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Pascal Allende: "No he cambiado: soy mirista, marxista y sigo creyendo en el socialismo"

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Por: Ana María Sanhueza

Pascal Allende es el "tío Andrés" para Marco Enríquez. El fundador del MIR, íntimo de Fidel y admirador de Chávez, integra el comando estratégico del candidato. Para él, ME-O es la encarnación de un nuevo socialismo: "Lo que hoy vivimos en Chile, es el inicio de un proceso de crisis política y de cambio cultural como lo fue, en cierto sentido, el de los años 60". Dice que Arrate se quedó en el pasado y cuenta cómo es su relación con los MEO-piñeristas.

Para Marco Enríquez-Ominami, Andrés Pascal Allende -uno de los fundadores del MIR, amigo de Fidel Castro, formado por el Che Guevara para trabajar en el campo cubano, sobrino de Salvador Allende y admirador de Hugo Chávez-, es "el tío Andrés". Su cercanía viene desde que el actual secretario general de la Universidad Arcis lo visitaba en París, poco después de que su padre, Miguel Enríquez, muriera acribillado en 1974.

El diputado tenía cuatro años cuando lo vio por primera vez. Lo que más le llamó la atención de Pascal Allende era que solía estar rodeado de tres o cuatro hombres que oficiaban de guardaespaldas. La razón, en ese entonces, no era tan simple de explicar a un niño: el tío que acababa de conocer, sucesor de su padre en el MIR, andaba clandestino. Era uno de los hombres más buscados por la DINA.

Poco más de tres décadas después, Andrés Pascal Allende (65) es miembro del comité estratégico del candidato presidencial Marco Enríquez-Ominami (36), donde el ex revolucionario ha colaborado con gente de izquierda y también de derecha, como el empresario Paul Fontaine -socio de Rodrigo Danús- y Jorge González, quien hace un par de meses estaba en los grupos Tantauco de Sebastián Piñera. "Participar en el comando de ME-O ha sido una experiencia importante para mí", dice hoy sentado en un sofá adornado por un cojín que tiene bordada la imagen de Simón Bolívar.

Bolívar no es el único personaje que decora su departamento en Ñuñoa, donde vive con su joven esposa cubana. Sobre una de sus varias bibliotecas, además de una pequeña estatua, también hay una fotografía de Fidel Castro (Pascal ha vivido gran parte de su vida en Cuba), además de decenas de libros que, mirados al azar, son los siguientes: "Che, el camino del fuego", "Marxismo abierto", "Biografía de Camilo Torres Restrepo", "La utopía desarmada", "Crisis y renovación de las izquierdas", "Obras completas de Simón Bolívar", "Breve historia de la Revolución Mexicana", "II Congreso del Partido Comunista de Cuba", además de "Fidel y la religión", entre muchos más.

-¿Sigue siendo marxista?

-Sí. No he cambiado: soy revolucionario, mirista, marxista y sigo creyendo en el socialismo. Es más, hoy me siento más leninista por la capacidad que tuvo Lenin de interpretar la realidad específica de su país. Es decir, en el sentido no de copiar las fórmulas que hubo en la Revolución Bolchevique o la Revolución Cubana, porque estamos en otra época. Ya no vivimos el capitalismo industrial, sino uno posindustrial, con una sociedad que ha tenido cambios tecnológicos profundos y en que las relaciones de dominación no se expresan como hace 20 o 40 años. Eso te obliga a cambiar el disco duro.

-¿Cambió su disco duro con Marco o ya venía en ese proceso?

-Fue desde que llegué a Chile -hace siete años- y tuve la experiencia de lograr nada con la izquierda. Participé en varios colectivos  y la sensación que me dejó, es que levantábamos identidades y principios sin hacer una lectura real de lo que ocurría, sin saber cómo pensaba la mayoría de los jóvenes, que no piensan necesariamente entre izquierda y derecha. También, en el ámbito académico, vi que muchos intelectuales, gente que quiero mucho, siguen anclados a los mismos conceptos y miradas del pasado, sin una capacidad mínima de interlocución con esos jóvenes que tienen otra forma de ver las cosas. Pero que sí tienen sentimientos sociales y están descontentos con esta democracia.

-¿Pero ser parte de la elite acaso no le facilita las cosas a ME-O? -Desde luego que sí. Fidel Castro era hijo de un dueño de fundo; Lenin, hijo de un burócrata del gobierno zarista. Correa, en Ecuador, tampoco es un hijo del pueblo… Estos procesos comienzan justamente por una crisis en la elite.

-Y si es de izquierda, ¿por qué no está con Arrate?

-Inicialmente lo apoyé, porque es una excelente persona. Aunque en el pasado tuvimos diferencias políticas importantes, Arrate fue el padre de la renovación socialista. Además, yo nunca fui parte de la Concertación y él fue ministro. Estuve con él cuando tomó la valiente decisión de salirse del Partido Socialista. Eso me creó expectativas. Pero luego, le planteé que creía que esta candidatura iba a ser manejada por el Partido Comunista, y que no había una organización que pudiera hacerle el peso dentro del Juntos Podemos.

-¿Quién es hoy la izquierda: Arrate o ME-0?

-Somos todos. Pero ya pasó eso de que la izquierda está en la marginalidad. Y hoy muchos de la izquierda se han limitado a una política testimonial, que yo no le quito valor, porque sirve, sobre todo para recuperar la memoria histórica. Pero eso no es hacer política. Hacer política es intervenir dentro de la lucha social y generar nuevas bases de poder desde la sociedad. Arrate se ha sumado a la izquierda testimonial y conservadora que levanta programas sin ninguna base ni apoyo social real y que está aprisionada en una votación muy pequeña. Pero ahora, con Marco, por primera vez la izquierda logra superar sus márgenes y atraer a vastos sectores. A estas alturas, a más del 20% de las simpatías de voto en la población.

-Es crítico de la Concertación, y ME-O es hijo de la Concertación.¿No es una contradicción?

-Marco es hijo y fue parte de la Concertación. Pero también es hijo de otras historias, como las que tienen que ver con Miguel Enríquez y de su valoración de una época que no vivió, pero sí toda su familia y sus tíos, que aunque no seamos carnales, somos sus tíos. Marco me dice tío y lo conozco desde niño. Él es de una generación distinta a la nuestra, con otra forma de ver la realidad. Tiene una lectura más amplia de lo que sucede, mientras que otra parte de la izquierda -y lamentablemente Arrate es parte de ella- se queda con una lectura tradicional. Su discurso se ha quedado atado en el pasado. No hay categorías nuevas que den cuenta de una realidad. Tengo una muy buena impresión de él como persona, pero van a perder su voto por darse el gustito de decir "yo voto por Arrate". Con eso no están ayudando a la emergencia de una nueva fuerza. Votar por Arrate es perder el voto.

El heredero de Allende

-Criticó a Arrate por haberse renovado, ¿no están ahora invertidos los papeles y hoy el renovado es usted al estar con ME-O?

-No, no, no. Por el contrario: yo no estoy renovado, estoy tratando de ser lo más consecuente con mi pensamiento marxista. Porque una lectura marxista de la realidad da cuenta de los procesos históricos, de las situaciones y periodos de la lucha de clases y lo que hoy vivimos en Chile es el inicio de un proceso de crisis política y de cambio cultural tal como lo fue, en cierto sentido, el de los años 60.

-¿Qué hará si ME-O no pasa a segunda vuelta?

-Va a pasar, estoy seguro. Mira, si Marco hoy tiene 21% o 22% y Arrate el 7 %, súmalos y pasarían a la segunda vuelta. Además, Frei no tiene ninguna posibilidad de ganarle a Piñera. Según la CEP, Marco Enríquez está prácticamente en un empate técnico con Piñera. Se me revuelve el estómago de votar por Frei. Estoy en ésa.

-Pero la CEP dijo que ME-O no tiene cómo pasar a segunda vuelta.

-Quién sabe. La CEP no es Dios. La candidatura de Marco ya es un hecho histórico. Ha ido creciendo a un ritmo acelerado y no es para nada imposible. Estoy convencido de que Marco pasará a segunda vuelta. ¿Entonces por qué no, si Marco es la principal fuerza del cambio de una mayoría de izquierda más transversal? Hoy Lula es transversal, Evo es transversal y el mismo Chávez ¿no comenzó así?

-¿Chávez es transversal?

-Chávez lleva a cabo procesos bastante profundos. Y su gobierno no surge con las banderas del socialismo, sino que ha sido la radicalización del proceso la que lo ha llevado a plantear eso. Hoy, la fuerza del antineoliberalismo, le guste o no a Arrate y a la izquierda, se expresa en un movimiento que encabeza ME-O. La construcción de una sociedad socialista es un horizonte lejano, por lo menos para mí y para muchos de los que participamos con ME-O, pero entendemos que es producto de la generación de una nueva mayoría y de un proceso de cambio de la sociedad chilena. Además, los socialismos tampoco se dan igual que antes.

-¿Qué candidato es el heredero de Allende?

-Sin duda, Marco es el heredero de Miguel y de Allende. No creo que Allende hubiese estado, como Arrate, haciendo la renovación socialista ni fundando la Concertación. Allende era de izquierda y democrático. Creía que era posible una revolución democrática y murió por eso.

-¿Y Allende se habría sentado con la derecha en un mismo comando?

-Claro que sí. Una de las figuras que Allende tenía en su campaña era Gregorio Amunátegui, un liberal de derecha. Además, él también tenía relación con empresarios y figuras que no eran de izquierda y que lo apoyaron en su campaña.

-¿No hay algo emocional de su parte al votar por Marco?

-¡Pero si la emoción es parte de la política! El gran apoyo que tiene Marco es por ser transparente, una persona capaz de decir "sí, me equivoco". Marco, al igual que su padre, es un tipo capaz de jugársela. Dime ¿qué diputado ha tirado por la borda su diputación y la Concertación y se la juega por entero en lo que está haciendo?

-¿Pero ser parte de la elite no le facilita las cosas a ME-O?

-Desde luego que sí. Fidel Castro era hijo de un dueño de fundo; Lenin, hijo de un burócrata del gobierno zarista. Correa, en Ecuador, tampoco es un hijo del pueblo. Existen también los Lula y los Evo Morales, pero son más bien las excepciones. Estos procesos comienzan justamente por una crisis en la elite. Y evidentemente que una persona que está formada en una elite -tampoco entre los más ricos, pero sí en una clase media acomodada- se forma con una seguridad de lo que es capaz de hacer. Miguel era igual.

-¿A usted le pasó lo mismo?

-En parte, puede ser que sí. Pero no es una cosa consciente. De chico, cuando iba a veranear estaban Frei, Neruda y Allende. Los veía conversar, los escuchaba en las esquinas… ¿Qué necesidad tuve yo de niño, si mi padre me dio todo? Claro que eso te forma, entonces no es casual: Bernardo O’Higgins no era un muerto de hambre, Carrera menos; Manuel Rodríguez, a pesar de que era de clase media, tampoco. O sea, todos los procesos revolucionarios y de cambio comienzan con una ruptura desde dentro de la elite. Y eso Lenin lo decía: "Cuando se genera una situación revolucionaria es cuando los de abajo no quieren seguir viviendo igual, y los de arriba no pueden seguir viviendo igual".

La derecha de ME-O

-¿Qué es ser transversal en el mundo de ME-O?

-Primero, me costó comprenderlo. Soy sobrino de Salvador Allende, hijo de Laura Allende; a los 16 años me fui a Cuba a trabajar al campo; después volví a Chile, estuve en el Partido Socialista, luego creamos el MIR; estuve en la lucha contra la dictadura, gran parte del tiempo en la clandestinidad y luego volví a Cuba. O sea, soy una persona que los genes los tiene de izquierda. Pero hay dos miradas sobre la transversalidad: una cultural y social y otra política. Y no hay que confundir las dos cosas. La mayor parte de los jóvenes y adultos jóvenes no piensan en términos de izquierda y derecha, y esto es un fenómeno socialmente transversal.

-Hace cinco o 10 años ¿se habría embarcado en un proyecto común con alguien de derecha, como hoy le ocurre en el comando de ME-O?

-A pesar de haber estado en la clandestinidad, de haber sido perseguido por la dictadura, de haberme enfrentado con las armas para defender la democracia, tengo amigos que son de derecha, los que estuvieron conmigo en el colegio. Estudié en el Saint George, en la Católica y luego me titulé en la Chile y en la vida he recuperado muchos de esos amigos. Algunos son de RN, aunque con los UDI me cuesta un poquito más… Pero tengo amigos liberales, personas que quiero mucho y con las que discuto de política ¿por qué no?

-¿Cree que aún hay prejuicios sobre usted?

-Desde luego que debe haber prejuicios hacia mí desde la derecha, que me debe ver como a un terrorista, un tipo ultrarradical y algunos deben hablar de "este extremista come-guaguas". También puede haberlos en algunos comunistas, porque también tengo amigos allí. Pero son caricaturas que al final de la vida te resbalan.

-¿Cómo ha sido su experiencia en el comando?

-Ha sido una experiencia importante para mí. Allí, el 90%  es de sensibilidad de izquierda. También hay muchos independientes y gente como Paul Fontaine y Jorge González. Paul está en el grupo económico y he estado en múltiples reuniones con él. Tenemos diferencias y las hemos discutido. En el comando me siento como en mi casa.

-Usted nunca ha estado de acuerdo con privatizar una parte de Codelco.

-Paul partió con la idea de privatizar. Y ha reconocido que cometió un error. La mirada de Marco sobre el tema de Codelco es que tiene que existir un control ciudadano sobre las empresas públicas. Eso es parte del nuevo socialismo. Cuando Marco habla de privatizar el 5%, pensaba que los trabajadores fueran codueños, para que hubiera un poder fiscalizador. Eso se discutió en los grupos de programas y la opinión mayoritaria es que no hay que privatizar. Marco lo dijo en su reciente visita a Chuquicamata.

-En una entrevista con Qué Pasa, Fontaine se refirió a Marambio, Ominami y a usted. Dijo: "ellos eran de un marxismo leninismo violento" y que el medio que usaron "era equivocado".

-Y eso yo lo critico profundamente y lo hemos discutido. Paul Fontaine es una persona muy conversable y simpática. Es un liberal, pero no tiene una aproximación tipo militar de derecha. Yo me siento muy bien en el comando. Por ejemplo, he aprendido a querer a Jorge González. Pero la realidad del comité estratégico es que el 99% de sus miembros son de izquierda y progresistas.

-Y si son tan de izquierda ¿cómo explica que el 29% de los votantes de ME-O está dispuesto a apoyar a Piñera?, ¿lo complica ese respaldo?

-No me complica para nada. Primero, porque no es gente de partido. Muchos de ellos están aburridos de la Concertación y votarán por Piñera por eso. Y otros quién sabe qué ven en Piñera: tal vez un tipo exitoso, anda a saber tú. Pero no hay que confundir la transversalidad social con la política de partidos. Ésa es una lectura fundamental. Lo de hoy es un fenómeno nuevo. Y hay que abrir los ojos, porque si no, nos quedamos como viejos mirando al pasado.

Fidel y Chávez

-De los dos candidatos de la izquierda, ME-O y Arrate, ¿Fidel Castro a quién miraría con mejores ojos?

-No se lo he preguntado a Fidel, no lo veo desde hace tiempo. Pero hay una cosa que tiene Fidel y en eso lo respeto y admiro: es una persona que escucha. He tenido largas reuniones con él, acá en Chile y en Cuba. Es un estadista. Pero él y Cuba han vivido un bloqueo de más de 50 años y han sido empujados a una posición que obligatoriamente tiene que ser más cerrada. Pero eso está empezando a cambiar en América Latina. Marco ha salido del país, ¿y dónde va? A hablar con Lula, con Cristina Fernández, con Correa, conoce a Evo. Hoy la realidad es que hay una exclusión social. No es casual que Marco no vaya a  Estados Unidos y sí vaya a estos países.

No soy vocero de Marco, hablo por mí, pero creo que Marco respeta lo que está ocurriendo en Venezuela, le guste o no. Pero su identidad mayor es con Rafael Correa: es un líder joven que rompe esquemas y genera una revolución ciudadana, con sensibilidad hacia el problema indígena.

-También ha tenido deferencias hacia Hugo Chávez.

-Sí, es respetuoso de Hugo. No soy vocero de Marco, hablo por mí, pero creo que Marco respeta lo que está ocurriendo en Venezuela, le guste o no. Pero su identidad mayor es con Rafael Correa: es un líder joven que rompe esquemas y genera una revolución ciudadana, con sensibilidad hacia el problema indígena.

-¿Piensa que el gobierno de Chávez es democrático?

-Soy un admirador de Chávez. Él ha ido produciendo un cambio democrático muy importante. Lo he acompañado en sus giras y sabe comunicarse con su pueblo. El fervor que despierta entre los más pobres es extraordinario. Tengo una magnífica opinión de Chávez.

-¿Y qué le parece el gobierno de Cuba? ¿Lo ve anticuado?

-Cuba vive una situación muy difícil. Y yo tengo gran respeto y cariño por Fidel, es una persona extraordinaria. Hay una historia que lo muestra muy bien: en 1978, para poder entrar a Chile clandestino, me preparé en Cuba. La noche antes de venirme, Fidel me llamó y estuvimos hasta las cuatro de la mañana conversando en su oficina. Estaba muy preocupado de cómo lo iba a hacer para venir. Cuando me despedí e iba a tomar el ascensor, Fidel me alcanzó y me dijo: "Pascal, anda tranquilo, que tu familia acá estará segura, tus hijos estarán cuidados. Despreocúpate". Estando clandestino en Chile, mi hijo Pablito, de cuatro años, se murió en Cuba de una meningitis  fulminante, en 24 horas.

-¿Cómo se enteró?

-Por un sistema de comunicación radial. Para mí fue terrible…Cuando regresé a Cuba, dos años después, me llevaron a una casa de seguridad. De repente llegó Fidel y me preguntó de Chile y de la lucha. De pronto, me dice: "Pascal. Siento que te he fallado". "No comandante, han sido muy generosos, nos han ayudado en nuestra lucha contra la dictadura", le respondí. Pero él insistió: "No me refiero a eso, ¿te recuerdas que cuando te fuiste te dije que estuvieras tranquilo y que tu familia estaría segura? Tu hijo murió y siento que te hemos fallado. No fue responsabilidad de nadie, pero siento que te he fallado". Dime ¿qué jefe de Estado tiene una reacción así?

QUE PASA.CL

La sustancia de la crisis económica actual…

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por Ricardo Antunes

Antunes, Ricardo. Profesor titular de Sociología en el Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas (IFCH) de la Universidad de Campinas, Brasil (Unicamp). Hizo su maestría en Ciencia Política en el IFCH de la Unicamp (1980), se doctoró en Sociología en la Universidad de San Pablo (1986) y es docente libre en Sociología del Trabajo por el IFCH de la Unicamp (1994). Trabajó un año como investigador visitante en la Universidad de Sussex, Inglaterra (1997-98). Ha dictado numerosos cursos, seminarios y conferencias en universidades de América Latina y Europa y participado en congresos de su especialidad. Es autor de Adeus ao trabalho?, editado en español (¿Adiós al trabajo?, Buenos Aires, Herramienta, 2ª edición, 2003); A rebeldía do trabalho, O novo sindicalismo no Brasil, Classe operária, sindicatos e partido no Brasil, O que é sindicalismo? y Crise e poder, entre otros libros. Actualmente, coordina las colecciones Mundo del Trabajo de Boitempo Editorial y Trabajo y Emancipación de Editora Expressão Popular. Colabora regularmente en revistas y diarios de Brasil y otros países. Participa activamente en las revistas Margem esquerda (Brasil), Latin American Perspectives (Estados Unidos), Herramienta (Argentina), Proteo (Italia), Asian Journal of Latin Americana Studies (Corea) y Trayectorias (México), así como en otras publicaciones de distintos países.


I

Mucho se ha escrito sobre la crisis. Crisis de las subprime, crisis especulativa, crisis bancaria, crisis financiera, crisis global, réplica de las crisis de 1929, etc. Florece una fenomenología de la crisis, donde lo que ayer se dijo se vuelve hoy obsoleto. Los grandes periódicos, empezando por The Economist, hablan de “crisis de confianza” y la máxima se expande. La crisis se resume a un acto volitivo. ¡Fiducia! diría los latinos. He ahí la clave analítica.

Los gobiernos de los países en crisis, en los Estados Unidos, Europa y otras partes del mundo, parecen redescubrir el estatismo todo privatizado como el recetario para eliminar la crisis de “desconfianza”. El remedio neokeynesiano, sepultado en las últimas cuatro décadas, considerado uno de los principales males de las crisis anteriores, resurge como salvación para el verdadero camino de la servidumbre, o sea, la sujeción de la humanidad a los designios de la lógica destructiva del capitalismo y en particular de su polo hegemónico financiero.

Pero, más allá de esa fenomenología de la crisis, podríamos recordar a varios autores críticos, dentro de la izquierda, que intentaron ir más allá de las apariencias y develar los fundamentos estructurales y sistémicos del derretimiento y licuación del sistema del capital.

Robert Kurz, por ejemplo, ha venido alertando desde principios de 1990, que la crisis que llevó a la bancarrota a los países del llamado "socialismo real" (con la URSS al frente), no sin antes haber devastado el “Tercer Mundo”, era expresión de una crisis del modo de producción de mercancías que después migraría en dirección al corazón del sistema capitalista.

François Chesnais apuntó las complejas conexiones existentes entre producción, financierización (“la forma más fetichizada de la acumulación”) y mundialización del capital, enfatizando que la esfera financiera se nutre de la riqueza generada por la inversión y de la explotación de la fuerza de trabajo dotada de múltiples cualificaciones y amplitud global. Y es parte de esa riqueza, canalizada para la esfera financiera, que infla el flácido capital ficticio.

Pero fue István Mészáros quien, desde el final de los años de 1960 viene sistemáticamente develando la crisis que entonces comenzaba a asolar al sistema global del capital: alertaba que las rebeliones de 1968, así como la caída de la tasa de ganancia y el inicio de la monumental reestructuración productiva del capital, que se manifestaba en 1973, ya eran ambas expresiones del cambio substantivo que se diseñaba, tanto en el sistema capitalista, cuando en el propio sistema global del capital.[1]

Indicaba que el sistema de capital (y en particular el capitalismo), tras experimentar la era de los ciclos, se adentraba en una nueva fase, inédita, de crisis estructural, marcada por un continuum depresivo que haría que aquella fase cíclica anterior se volviera historia. Aunque pudiera haber alternancia en su epicentro, la crisis se muestra longeva y duradera, sistémica y estructural.

Y más, demostraba la falencia de los dos más osados sistemas estatales de control y regulación del capital experimentados en el siglo XX. El primero, de talle keynesiano, que estuvo en vigor especialmente en las sociedades capitalistas marcadas por el welfare state. El segundo, de “tipo soviético” (vigente, según Mészáros, en la URSS y en las demás “sociedades post-capitalistas”) que, aunque fuera resultado de una revolución social que buscó destruir el capital, fue por él absorbido. En ambos casos el ente político regulador fuera desregulado, al final de un largo periodo por el propio sistema de metabolismo social del capital.[2] Proceso similar parece ocurrir en China de nuestros días, laboratorio excepcional para la reflexión crítica.

II

El libro A Crise Estrutural do Capital, [3] de István Mészáros, que presento al lector, es la condensación de un conjunto de artículos y entrevistas que presentan las principales tesis y formulaciones de la analítica de István Mészáros, escritos a lo largo de más de tres décadas y que son ahora publicados en un único volumen, condensando algunas de sus formulaciones más fuertes, en un momento decisivo de este siglo XXI, donde todo lo que parecía sólido se desvanece, encontrándose el capitalismo en fuerte proceso de licuación. La sumatoria de recursos, que se contabilizan en billones de dólares que fenecieron en los últimos meses, es por sí sólo contundente. La crisis del sistema financiero global, la retracción de la producción industrial, agrícola y de servicios, también son demasiado evidentes. Desde 1929 que el capitalismo no presenciaba un proceso crítico tan profundo, aflorando incluso en el propio discurso de los detentores del capital, sus gestores y principales gendarmes políticos. Así, István Mészáros ha sido, en las últimas décadas, uno de los críticos más densos, profundos, calificados y radicales. De esta manera, este pequeño libro es una muestra de esa contundencia y fuerza, que se encuentra presente en el enorme y poderoso conjunto de su obra.

Si pudiéramos, en pocas páginas, condensar algunas de las principales tesis que configuran la actual crisis estructural del capital comenzaríamos diciendo que Mészáros hace una crítica desbastadora a los engranajes que caracterizan su sistema socio-metabólico.

Su aguda investigación, indagando profundamente a lo largo de todo el siglo XX, lo lleva a constatar que el sistema de capital, por no tener límites para su expansión, termina por convertirse en una procesualidad incontrolable y profundamente destructiva. Conformada por lo que denomina, en la línea de Marx, como mediaciones de segundo orden –cuando todo pasa a ser controlado por la lógica de la valorización del capital, sin que se tome en cuenta los imperativos humano-societarios vitales– la producción y el consumo superfluos terminan generando la corrosión del trabajo, con la consecuente precarización del trabajo y el desempleo estructural, además de impulsar una destrucción de la naturaleza a escala global jamás vista anteriormente.

Expansionista en la búsqueda creciente y desmedida de plusvalor, destructivo en su procesualidad pautada por lo descartable y la superfluidad, el sistema de capital se vuelve, en el límite, incontrolable. Todo esto, aquí resumido de manera breve, hace con que, después de un largo período dominado por los ciclos, el sistema de capital venga asumiendo, siempre según la formulación de István Mészáros, la forma de una crisis endémica, acumulativa, crónica y permanente, lo que replantea, como imperativo global de nuestros días, dado el espectro de destrucción global, la búsqueda de una alternativa societaria apuntando a la construcción de un nuevo modo de producción y de un nuevo modo de vida cabal y frontalmente contrario a la lógica destructiva del capital hoy dominante.

Al contrario, por tanto, de los ciclos de expansión que conforman el capitalismo a lo largo de su historia, alternando períodos de expansión y crisis, nos encontramos, desde fines de los años de 1960 e inicios de 1970, sumergidos en lo que István Mészáros denomina como depressed continuum que exhibe las características de una crisis estructural.

Su análisis ya anticipaba que, al interior de los países capitalistas centrales, los mecanismos de “administración de las crisis” serían cada vez más recurrentes –y también cada vez más insuficientes– una vez que la disyunción radical entre producción para las necesidades sociales y auto-reproducción del capital cambiaba la tónica del capitalismo contemporáneo de nuestros días, generando consecuencias devastadoras para la humanidad

Dada la nueva forma de ser de la crisis, ingresamos entonces en una nueva fase, sin intervalos cíclicos entre expansión y recesión, pero presenciando la eclosión de precipitaciones cada vez más frecuentes y continuas. Tratándose, por tanto, de una crisis en la propia realización del valor, la lógica destructiva que se acentúa en nuestros días permitió a Mészáros desarrollar otra tesis, central en su análisis, de que el sistema de capital no puede más desarrollarse sin recurrir a la tasa de utilización decreciente del valor de uso de las mercancías como mecanismo que le es intrínseco. Esto porque el capital no considera valor de uso (que remite a la esfera de las necesidades) y valor de cambio (esfera de la valorización del valor) como separados, sino al contrario, subordinando radicalmente el primero al segundo.

Lo que significa, agrega el autor, que una mercancía puede variar de un extremo a otro, es decir, desde tener su valor de uso realizado inmediatamente o, en el otro extremo, jamás ser utilizada, sin dejar de tener, para el capital, su utilidad esencial. Y, en la medida en que la tendencia decreciente del valor de uso reduce drásticamente el tiempo de vida útil de las mercancías –condición sine qua non del funcionamiento de proceso de valorización en su ciclo reproductivo– ella se convierte en uno de los principales mecanismos a través del cual el capital viene realizando su proceso de acumulación por la vía de la destrucción del tiempo de vida útil de las mercancías y de la subordinación de su valor del uso a los imperativos del valor de cambio.

Al profundizar la disyunción entre la producción orientada genuinamente para el atendimiento de las necesidades humanas y aquellas dominantes orientadas para la auto-reproducción del capital, se intensifican las consecuencias destructivas, de las cuales dos anteriormente referidas ponen en riesgo el presente y el futuro de la humanidad: la precarización estructural del trabajo y la destrucción de la naturaleza. La conclusión de Mészáros es fuerte: aunque el 90% del material y de los recursos de trabajo necesarios para la producción y distribución de una dada mercancía comercializada – un producto cosmético, por ejemplo –fuese directamente para el basurero y sólo 10% efectivamente destinados al preparado del producto, buscando los beneficios reales o imaginarios del consumidor, las prácticas obviamente devastadoras aquí envueltas serían plenamente justificadas, desde que estuvieran sintonizadas con los criterios ‘eficiencia’, ‘racionalidad’ y ‘economía’ capitalistas, en virtud de la rentabilidad comprobada de la mercancía en cuestión. Y agrega: ¿qué será de la humanidad cuando menos del 5% de la población mundial (EUA) consuman 25% del total de los recursos energéticos disponibles? Y, ¿si el 95% restante viniera a adoptar el mismo padrón de consumo? La tragedia china actual, con su destrucción ambiental, es emblemática.

Esto acentúa otra contradicción vital en la que el mundo se sumergió en este inicio de siglo: si las tasas de desempleo continúan ampliándose, aumentan explosivamente los niveles de degradación y barbarie social oriunda del desempleo. Si, al contrario, el mundo productivo retomara los niveles de crecimiento anteriores, aumentando la producción y su modo de vida fundado en la superfluidad y en el desperdicio, tendremos la intensificación aún mayor de la destrucción de la naturaleza, ampliando la lógica destructiva hoy dominante.

Sin embargo el cuadro de crisis estructural y sistémica tiene otro componente vital, dado por la corrosión del trabajo. Después de la intensificación del cuadro crítico en EUA y demás países capitalistas centrales, estamos presenciando profundas repercusiones en el mundo del trabajo a escala global. En el medio del huracán de la crisis que ahora alcanza el corazón del sistema capitalista, vemos la erosión del trabajo relativamente contratado y reglamentado, heredero de la era taylorista y fordista, que fue dominante en el siglo XX –resultado de una secular lucha obrera por los derechos sociales– que está siendo substituido por las diversas formas de “empreendedorismo”, “cooperativismo”, “trabajo voluntario”, “trabajo atípico”, formas que oscilan entre la superexplotación del trabajo y la propia autoexplotación del trabajo, siempre caminando en dirección a una precarización estructural de la fuerza de trabajo a escala global. Esto, sin hablar de la explosión del desempleo que alcanza enormes contingentes de trabajadores, sean hombres y mujeres, fijos o precarizados, formales o informales, nativos o inmigrantes, siendo que estos últimos son los primeros en ser fuertemente penalizados.[4]

La OIT, con datos que son bastante moderados, en un reciente informe, proyectó 50 millones de desempleados a lo largo del 2009. Bastaría que una de las grandes automotrices de los EUA cerrase sus puertas y tendríamos millones de nuevos desempleados. En Europa, los periódicos, diariamente, listan millares de nuevos trabajadores sin empleo.

El mismo informe de la OIT agrega aún que cerca de 1,5 mil millones de trabajadores son afectados por la fuerte erosión salarial y la ampliación del desempleo en ese mismo período (Informe mundial sobre salarios, febrero de 2009). Pero se sabe que la contabilización mundial del empleo no capta en profundidad el desempleo oculto, frecuentemente enmascarado en las estadísticas oficiales. Y, como advirtió, Mészáros innumerables veces, si incluimos los datos reales del desempleo en China e India, estos números se multiplicarían en muchas veces.

Es importante destacar que, en China, 26 millones de ex trabajadores rurales que estaban trabajando en las industrias de las ciudades perdieron sus empleos en los últimos meses del 2008 y los primeros meses del 2009 y no encuentran trabajo disponible en el campo, desencadenando una nueva ola de revueltas obreras en dicho país. En América Latina, la OIT agrega que, debido a la crisis “hasta 2,4 millones de personas podrán entrar en las filas del desempleo regional en el 2009”, sumándose a los casi 16 millones hoy desempleados (Panorama Laboral para América Latina y el Caribe, enero del 2009).

En EUA, Inglaterra e Japón los índices de desempleo en los inicios del 2009 son los mayores de las últimas décadas. Es por eso que los empresarios presionan, en todas partes del mundo, para aumentar la flexibilidad en la legislación laboral, con la falacia de que así preservan los empleos. En EUA, Inglaterra, España y Argentina, para dar algunos ejemplos, esa flexibilización fue intensa y el desempleo solo ha venido aumentando.

De manera que, diferenciándose totalmente de los análisis que circunscriben la crisis al universo de los bancos, a la “crisis del sistema financiero”, a la “crisis de créditos”, para István Mészáros, la “inmensa expansión especulativa del aventurerismo financiero –sobre todo en las últimas tres o cuatro décadas– es naturalmente inseparable de la profundización de la crisis de las ramas productivas y de la industria así como de las resultantes perturbaciones que surgen con la absoluta letárgica acumulación de capital (en verdad, acumulación fracasada) en el campo productivo de la actividad económica. Ahora, inevitablemente, también en el dominio de la producción industrial la crisis se está poniendo mucho peor. Naturalmente, la consecuencia necesaria de la crisis siempre profundizándose en las ramas productivas de la ‘economía real’ (…) es el crecimiento del desempleo por todas partes en una escala asustadora, asociado a la miseria humana. Esperar una solución feliz para esos problemas surgida de las operaciones de rescate del Estado capitalista sería una gran ilusión”.

Y agrega: “(…) las recientes tentativas de contener los síntomas de la crisis que se intensifican por la nacionalización –camuflada de forma cínica– de grandezas astronómicas de la bancarrota capitalista, por medio de los recursos del Estado aún a ser inventados, solo cumplen el papel de subrayar las determinaciones causales antagónicas profundamente enraizadas de la destructividad del sistema capitalista. Pues lo que está fundamentalmente en curso hoy no es apenas una crisis financiera maciza, sino el potencial de autodestrucción de la humanidad en el actual momento del desarrollo histórico, tanto militarmente como por medio de la destrucción en curso de la naturaleza”.

Si el neokeynesianismo de estado todo privatizado es la respuesta encontrada por el capital para su crisis estructural, las respuestas de las fuerzas sociales del trabajo deben ser radicales. Contra la falacia de la “alternativa” neokeynesiana que siempre encuentra acogida en varios sectores de la “izquierda” que actúan en el universo del Orden –“alternativas” condenadas al fracaso, como demostró Mészáros analizando el siglo XX, pues se inscriben en la línea de menor resistencia del capital– el desafío ya estaba indicado en su artículo “Política Radical y Transición hacia el Socialismo” (escrito en 1982 y publicado en Brasil por la primera vez en 1983, y que consta en este libro). Allí estaba presente tanto la distinción crucial entre la crisis de tipo estructural y sistémica y las crisis cíclicas coyunturales del pasado, así como la necesidad de una política radical, al contrario de las alternativas (neo)keynesianas y a las cuales el capital recurre en sus momentos de crisis.

Vale recordar aquí la reciente Nota de los Editores de Monthly Review que así se refiere a la decisiva contribución de István Mészáros: “¿Cómo la izquierda irá a reaccionar frente a la crisis económica y a las tentativas de socializar las pérdidas sobre la población como un todo? Al depararnos con una depresión y crisis financiera, ¿debemos aceptar que las cargas recaigan sobre nuestros hombros, a través de la implantación de estrategias ligeramente más benignas para salvar el sistema?”

Y agrega la Nota: “En septiembre [de 2008] algunos sectores progresistas en Estados Unidos argumentaron que era necesario apoyar el plan de “Socorro a los Ricos” de Paulson, para que no hubiera una depresión. Tres meses más tarde tenemos billones en fondos gubernamentales entregados a las personas más ricas del planeta y a la depresión. El punto crucial, a nuestro modo de ver, fe capturado por István Mészáros, en su Más allá del Capital, donde él explicó que ‘la política radical sólo puede acelerar su propia renuncia (…) consintiendo en definir su propio objeto en términos de blancos económicos determinados, los cuales, de hecho, son necesariamente dictados por la estructura socioeconómica establecida en crisis’” (Monthly Review, “Notes from the Editors”, vol. 60, No. 10, março de 2009, p.64).

Una vez que las manifestaciones inmediatas de la crisis son económicas, dice Mészáros aún en el artículo premonitorio de 1982,

“de la inflación al desempleo y de la bancarrota de empresas industriales y comerciales locales a la guerra comercial en general y al colapso potencial del sistema financiero internacional, la presión que emana de la referida base social inevitablemente tiende a definir la tarea inmediata en términos de encontrar respuestas económicas urgentes al nivel de las manifestaciones de la crisis, mientras son dejadas intactas sus causas sociales.” Y añadía: “(…) ‘apretar los cinturones’ y ‘aceptar los sacrificios necesarios’ para ‘crear empleos reales’, ‘inyectar nuevos fondos de inversión’, ‘aumentar la productividad y la competitividad’ etc., impone premisas sociales del orden establecido (en nombre de imperativos puramente económicos) sobre la iniciativa política socialista (…) dentro del marco de las viejas premisas sociales y determinaciones estructurales, terminando, de ese modo, (…) por ayudar a la revitalización del capital.”

Es por eso que para Mészáros, cualquier intento de superar este sistema de metabolismo social que siga la línea de menor resistencia del capital, que se restrinja a la esfera institucional y parlamentaria está condenado a la derrota. En contrapartida, solamente una política radical y extraparlamentaria reorientando radicalmente la estructura económica, podrá ser capaz de destruir el sistema de dominio social del capital y su lógica destructiva.

Crear un modo de producción y de vida profundamente distinto del actual es, por tanto, un desafío vital lanzado por Mészáros. La construcción de un modo de vida dotado de sentido replantea, en este inicio del siglo XXI, la imperiosa necesidad de construcción de un nuevo sistema de metabolismo social, de un nuevo modo de producción basado en actividad auto-determinada, en la acción de los individuos libremente asociados (Marx) y en valores más allá del capital. La actividad basada en el tiempo disponible para producir valores de uso socialmente útiles y necesarios, contraria a la producción basada en el tiempo excedente para la producción exclusiva de valores de cambio para la reproducción del capital se vuelve vital.

Durante la vigencia del capitalismo (y también del capital), el valor de uso de los bienes socialmente necesarios se subordinó a su valor de cambio, que pasó a comandar la lógica del sistema de producción. Las funciones productivas y reproductivas básicas fueron radicalmente separadas entre aquellos que producen (los trabajadores) y aquellos que controlan (los capitalistas y sus gestores). Habiendo sido el primer modo de producción a crear una lógica que no toma en cuenta prioritariamente las reales necesidades societarias, el capital instauró, según la rica indicación de Mészáros, un sistema orientado para su auto-valorización, independiente de las reales necesidades auto-reproductivas de la humanidad.

En contrapartida, una nueva forma de sociedad solamente será dotada de sentido y efectivamente emancipada cuando sus funciones vitales, controladoras de su sistema de metabolismo social fueran efectivamente ejercidas de manera autónoma por los productores libremente asociados y no por un cuerpo exterior extraño y controlador de estas funciones vitales.

El develamiento más profundo de los significados de la crisis actual, su sentido global, estructural y sistémico, su marca agudamente destructiva, ese es la principal contribución de este poderos (pequeño) libro de István Mészáros. Y debe ser leído por todos aquellos hombres y mujeres que, en las luchas sociales, en sus embates cotidianos, afrontan, de algún modo, el sistema de metabolismo social hoy dominante y esencialmente destructivo para la humanidad y la naturaleza. Su lectura ayudará a reflexionar, imaginar y pensar en una otra forma de sociabilidad auténticamente socialista, capaz de rescatar el sentido social de la producción y reproducción de la vida humana y, de esta manera, auxiliar en la creación de las condiciones críticas imprescindibles para el florecimiento de una nueva sociabilidad auténtica y emancipada, lo que sería un gran avance en este siglo XXI que acaba de comenzar. En el mejor espíritu de la incansable obra de István Mészáros en su ardorosa y apasionada defensa de la humanidad.


[1] Es decisivo resaltar que, para Mészáros, capital y capitalismo son fenómenos distintos. El sistema de capital, según el autor, antecede al capitalismo y tiene vigencia también en las sociedades post-capitalistas. El capitalismo es una de las formas posibles de la realización del capital, una de sus variantes históricas, presente en la fase caracterizada por la generalización de la subsunción real del trabajo al capital, que Marx denominaba como capitalismo pleno. Así como existía capital antes de la generalización del capitalismo (de que son ejemplos el capital mercantil, el capital usurario, etc.), las formas recientes de metabolismo socio-metabólico permiten constatar la continuidad del capital incluso después del capitalismo, a través de la constitución de aquello que Mészáros denomina como "sistema de capital post-capitalista", de lo que fueron ejemplos la URSS y demás países de Europa del Este. Estos países post-capitalistas no consiguieron romper con el sistema de metabolismo social del capital y la identificación conceptual entre capital y capitalismo hizo con que, según el autor, todas las experiencias revolucionarias vividas en este siglo se mostraran incapaces para superar el sistema de metabolismo social del capital (el complejo caracterizado por la división jerárquica del trabajo, que subordina sus funciones vitales al capital). Ver, sobre la experiencia soviética, especialmente el capítulo XVII, ítems 2/3/4 de Más Allá del Capital. Sobre las más importantes diferencias entre el capitalismo y el sistema soviético, ver especialmente la síntesis en las páginas 630/1.

[2] El sistema de metabolismo social del capital tiene su núcleo central formado por el trípode capital, trabajo asalariado y estado, tres dimensiones fundamentales y directamente interrelacionadas, lo que imposibilita la superación del capital sin la eliminación del conjunto de los tres elementos que comprenden este sistema. No es suficiente, por tanto, según Mészáros, eliminar uno o igual dos de los polos del sistema de metabolismo social del capital, sino que es imperioso eliminar sus tres pilares. Y esta tesis tiene una fuerza explicativa que contrasta con la totalidad de lo que se escribió hasta el presente, sobre el fin de la URSS y de los países del erróneamente llamado “bloque socialista”.

[3] Este libro, publicado in Brazil em maio de 2009 (Boitempo Editorial, São Paulo) nació de una correspondencia que István Mészáros y yo intercambiamos en enero del 2009, cuando le envié un artículo que recién publicaba sobre la crisis actual. Buscaba indicar, entonces, de manera brevísima, la fuerza, la densidad y la originalidad de su análisis crítico, frente al completo desconocimiento de los más distintos segmentos del capital –intelectuales, gestores, gobiernos- tras décadas de una apologética deprimente que predicaba la eternización del capital sin percibir que se encontraba a la víspera de su derretimiento y licuación. De ahí nació la idea de publicar, bajo la forma de un pequeño libro, un conjunto de sus artículos y entrevistas, desde sus primeros escritos hasta los más recientes, que de algún modo rescataran su análisis e indicaran una línea de continuidad decisiva para la comprensión de los elementos determinativos más esenciales de la crisis que dejó huérfanos y asombrados a los ideólogos del sistema y tantos otros que se habían conformado con la máxima del fin de la historia, que Mészáros llamó irónicamente como “fukuyamización seudohegeliana”.

[4] Recientemente, en una manifestación de trabajadores británicos, en febrero del 2009, había un cartel que decía las siguientes frases: “Put Brithsh Workers First”- Empleen primero a los trabajadores británicos. Esta manifestación era contraria a la contratación de trabajadores inmigrantes italianos y portugueses con salarios inferiores a los británicos. Si la lucha por la igualdad salarial es justa y antigua, la exclusión de trabajadores inmigrantes tiene un evidente sentido xenófobo. En Europa, Japón, EUA y en otras partes del mundo, manifestaciones semejantes se esparcen.

Revista Herramienta Nº 41