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Hablemos de sionismo…

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Mauricio Amar
Revista Hoja de Ruta

El sionismo ya no parece ser un concepto escuchado en nuestros días, salvo en dos instancias: entre los que reivindican esta ideología en sus encuentros anuales, organizaciones y redes internacionales, y en las voces de quienes son contrarios a los efectos de la ocupación de Palestina y a las políticas del Estado de Israel. Tanto para el periodista que hace coyuntura como para la política internacional, términos como sionismo o bien simplemente no son parte del vocabulario, o bien son cosa del pasado, toda vez que el Estado de Israel parece haber adquirido una legalidad bajo una forma conceptual propia, más allá de la ideología sobre la que se sostiene. Pero en esto último parece haber algo interesante. ¿El Estado de Israel se creó por el sionismo político y luego dejó de ser sionista por definición? ¿Actualmente quienes son sionistas? ¿Sólo los colonos fundamentalistas o los partidos de extrema derecha israelí? .

Es normal, creo yo, que en la medida en que el conflicto palestino-israelí ha sido resignificado por los medios de comunicación masivos de acuerdo a los poderes fácticos que los atraviesan y constituyen, sea posible tergiversar los hechos para establecer una hegemonía que en el plano formal elimine los conceptos que aparecen contrarios a la época en que se tratan. La hegemonía se plantea así como la imposición por parte de un grupo dominante de una visión de mundo en la que son imperceptibles las dominaciones y más bien aparecen como universales los valores a los que se adscribe ese grupo. Por eso podemos entender que el concepto "sionismo" no se encuentre en boga, porque la estrategia de quienes ejercen poder ha sido validar un sistema de reglas que omite aquellos elementos que en otro contexto parecieran ser normales, pero que dado el fin del choque frontal entre las ideologías, hoy aparece anacrónico.

Estas rearticulaciones de las redes de poder han permitido invisibilizar aquello que se encuentra detrás de la ocupación militar, de los crímenes de lesa humanidad, de la confiscación del agua, de la anexión de tierras, de la colonización, de los campos de concentración, de los territorios de excepción. Sin el sionismo como concepto explicativo, anulado por los medios y la política oficial, estos hechos parecen enmarcados en la guerra milenaria, en el conflicto permanente entre iguales o desiguales a veces, en fin, se logra la reificación de la realidad como si esta hubiese sido siempre así, al tiempo que permite categorizar en tiempo estático las acciones, quitándoles su historia, los elementos de su devenir. Así aparece un palestino de Gaza, que ha vivido bajo ocupación militar toda su vida como un "terrorista" que puede ser aniquilado porque su vida es un obstáculo a algún proceso de paz levantado entre aquellos que no hablan de sionismo, pero sí de terrorismo.

El mayor logro del sionismo ha sido entonces su eliminación del vocablo. Ahora que los nazis, los comunistas y el mismo capitalismo (tan presente en nuestras vidas) ya no son objeto de discusión, el sionismo ha advertido su posibilidad de caer en el mismo descrédito. Sin embargo, así como el término capitalismo ha desaparecido del diccionario para establecer una hegemonía completa, el sionismo se nos aparece como invisible, orgullo de un Estado fundado por pioneros que con mochila y fusil habrían creado un hogar para el pueblo judío. Propongo entonces que tratemos de hablar de sionismo, de poner los conceptos relevantes sobre la mesa e indagar en su posibilidad actual de explicar el fenómeno de la cuestión palestina.

No es posible analizar el sionismo sin tener en cuenta el contexto en el que nace. Las persecuciones a los judíos en Europa, los progroms, las diferencias sociales justificadas en una supuesta extranjería permanente de quienes profesaban una religión, convirtieron a un grupo bastante grande de europeos en un "pueblo clase", cuya característica particular se encontraba en participar de las sociedades europeas de una manera tangencial, desde afuera, sin que existiera realmente ese afuera. Ante esa imposibilidad de existir a un costado de los discursos de la modernidad, sobre todo cuando los judíos habían sido importantes promotores de esa modernidad, aparecen opciones como la de asimilarse completamente a las sociedades de origen, o bien replantear la cuestión judía a partir de una nueva forma de nacionalismo. El fundador del sionismo político, Theodor Herzl, pasó por una etapa asimilacionista, pero fue el propio racismo europeo el que le hizo ver la realidad de otra manera.

Herzl terminó promoviendo la creación de un estado satélite del imperialismo en un territorio que se encontraba en manos del Islam turco otomano. La conquista de ese territorio por parte de la población judía de Europa serviría para redimir la imagen del judío, que pasaría a ser la punta de lanza del imperialismo occidental, al mismo tiempo que pondría una valla de seguridad que separaría definitivamente la historia de los judíos de la de Europa (1). Aquí hay elementos interesantes de tratar. El sionismo puede ser entendido como un hijo que asesina a su padre para fundar una nueva alianza, es el miembro de la familia que ‘se va’ para nacer de nuevo con las vestiduras del colonialismo y el imperialismo que, a fin de cuentas, son el universo simbólico posible bajo el cuál puede existir.

El sionismo nace del exterminio judío en Europa y como tal no pudo concebirse en otros términos más que como la redención de los judíos, pero al mismo tiempo también de la Europa colonial de la cuál habían formado parte. Por ello, la cuestión del sionismo en Palestina parte con lo esencial del imperialismo, la conquista territorial. Así mismo, en el imaginario sionista y por supuesto el israelí actual, Israel es un Estado moderno frente a una barbarie árabe y musulmana. Concebirse en estos términos no es gratuito y supone, como voy a plantear el problema más grave del sionismo y al mismo tiempo su propia crisis permanente.

Si usted observa el mapa de Palestina y Oriente Medio (hoy donde debiera decir Palestina dice Israel) no tardará en darse cuenta de la importancia estratégica de este territorio. La franja costera llamada Palestina es el puente que une Asia con África, y si agregamos los países que se ubican al norte, podemos llegar a conformar un paso completo entre tres continentes. Esta característica no es menor, pues si bien por haber sido un punto estratégico Palestina ha debido soportar invasiones continuas y prácticamente ninguna independencia absoluta, por otra parte, ese mismo hecho la convirtió históricamente en un lugar de encuentro entre distintas culturas. Lo que hace el sionismo al instalarse en Palestina es terminar con la idea de puente intercultural y convertir al territorio en el lugar privilegiado de un grupo con poder sobre el territorio.

El sionismo se postuló como el instrumento más eficaz del imperialismo occidental cuando este rebuscaba fórmulas para reposicionarse en Oriente Medio. Tanto el imperialismo en su forma tributaria, como imponían británicos y franceses en la zona, como de tipo sionista tienen por componente base el racismo en la medida en que generan un sistema político económico basado en la desigualdad moral y material de las naciones, lo que conlleva la sumisión y la explotación de los gobernados por parte de los gobernantes a través tanto del uso opresivo de la fuerza como por otros medios (2). La diferencia fundamental del sionismo con las otras formas de imperialismo es que al representarse así mismo como la vanguardia de la cultura occidental su búsqueda consiste en instalarse poblacionalmente, "trasladándose por completo" a la zona a la que aspira gobernar. Este hecho es particular del sionismo y no puede ser comparado ni siquiera con las cruzadas medievales, dado que estas enviaban población a vivir a los territorios ocupados que mantenían los lazos sanguíneos y culturales con sus países de origen (3).

Hay un devenir en el concepto de sionismo en la medida en que ciertos logros comienzan a concretarse. Desde el primer congreso sionista de Basilea (Suiza) en 1897 hasta la creación del Estado de Israel en 1948 hay un paso fundamental desde un sionismo en construcción que admitía incluso la posibilidad de habitar Palestina junto a los palestinos, a un sionismo cuyas prácticas delataban la influencia del racismo europeo más exacerbado. Sin esencializar al sionismo en una sola posición ideológica, es evidente que dentro del movimiento terminaron primando las visiones que no consideraban la posibilidad de incluir a los árabes dentro del proyecto nacional. El momento histórico de definición del sionismo, desde el congreso de Basilea hasta 1948, coincide también con la maduración de la idea de crear un Estado árabe en Palestina, un Estado que de formarse, con todos los vicios de clase inherentes a los Estados nacionales, al menos hubiese correspondido a los intereses y a las relaciones de poder internas de las comunidades que habitaban Palestina, como en la mayoría de los países del mundo.

El primer logro objetivo del sionismo fue la Declaración Balfour de 1917, enviada por el gobierno británico a uno de los organizadores del lobby sionista en Europa Lord Rothschild. Allí se planteaba que "El Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, quedando bien entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina ni los derechos y el estatuto político de que gocen los judíos en cualquier otro país." Si consideramos que las comunidades no judías de Palestina representaban en 1917 más del 80% de la población del país, comprenderemos la coherencia entre el discurso sionista y el imperialista británico, que a su vez había ya hecho un mapa divisorio en áreas de influencia con Francia (Tratado de Sikes-Picot de 1916) y también había prometido a los árabes la independencia a cambio de la ayuda para derrocar al imperio turco otomano.

Lo que hacen británicos y sionistas es lo que siempre han hecho los imperios: ignorar al otro con esa lógica hegeliana en la que sólo existe el que tiene poder. Y podría parecer extraño que Europa viese con buenos ojos traspasar un territorio probablemente ganado a otro grupo poblacional como los judíos embarcados en el proyecto sionista, pero debemos comprender también que el sionismo, ya en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial disponía de estructuras políticas, de órganos financieros y económicos, que se orientaban con clara decisión a lograr la conquista del territorio palestino (4). Y esas organizaciones, fundamentales para el lobby, actuaban dentro de los Estados europeos, a diferencia del nacionalismo palestino, cuyos capitales de influencia se encontraban sólo en la posesión de las tierras que los británicos y sionistas buscaban controlar.

De ahí que el paso fundamental del sionismo fuese la compra de tierras a los grandes hacendados árabes (que de todas maneras no superó el 5% del total de tierras en control del sionismo antes de la creación de Israel) y la prohibición de vender o arrendar tierras a los árabes que quedaron viviendo dentro del Estado sionista, una vez que se fundara. La tierra en este sentido es un elemento potente para comprender el despojo al que fue sometido el pueblo palestino, pero al mismo tiempo para confirmar la importancia de la posesión de los medios productores de riqueza como forma de forzar al exilio a los ‘desterrados’.

Ahora bien, el sionismo obtuvo su carta triunfal con las masacres nazis de la Segunda Guerra Mundial. Para muchos esta afirmación suena demasiado fuerte considerando que millones de seres humanos fueron asesinados brutalmente. Sin embargo, es preciso aclarar que los gestores del sionismo compartían intereses con los verdugos de los judíos en Europa, toda vez que tanto el asesinato como la expulsión masiva daban lugar a una consolidación de su propuesta política de crear un Estado donde los judíos se encontraran a salvo del racismo. Sin embargo, como ya planteado, el sionismo nace en un contexto racista y por ello (aunque no es una causalidad) su universo simbólico también se nutre de estos elementos. No está de más indagar en las similitudes entre el sionismo y el propio nacionalsocialismo, como la teoría de un espacio vital (desde el Nilo al Éufrates) o asumirse en la categoría de pueblo con características superiores (el pueblo elegido).

El desarrollo del sionismo no se deshizo de estos elementos, sino que al contrario, al construirse discursivamente en contra de ellos (en contra de los nazis y el fascismo) logra establecer una hegemonía coherente para sus seguidores (incluso superando la barrera religiosa) y para el mundo en general, que sin embargo se sostiene, al igual que el nazismo, en la exclusión del otro como principio constitutivo de la propia identidad.

Pero el problema del sionismo radica fundamentalmente en que las tres etapas por las que ha pasado (fundacional, institucional y de crisis (5)) lo han llevado a reformular sus estrategias de acuerdo a una realidad práctica. Lo que vemos hoy en Palestina no es un cambio del sionismo en términos de valoraciones respecto a la población no judía, a la que sigue comprendiendo como un ‘otro’ y ‘bárbaro’, sino una readecuación de las estrategias sionistas de acuerdo al rol que juega el Estado de Israel en el concierto internacional. La disyuntiva que marca actualmente la crisis del sionismo se refiere fundamentalmente a: reforzar el carácter judío de Israel o perseverar en las aspiraciones territoriales que le dieron origen (la creación de un Gran Israel desde el Nilo hasta el Éufrates). En ambos casos, cualquiera que sea la determinación que sigan los grupos sionistas predominantes, el problema del sionismo seguirá siendo la oposición que entre la identidad judía basada en sus términos exclusivistas y la integración al contexto en el que está inserto. La solución de un solo Estado donde convivan las personas que deseen ser parte de él sin distinción ni discriminación étnica ni religiosa, no es la que promueve hoy el sionismo, en ninguna de sus vertientes, porque de ese modo se estaría perdiendo el principio de un espacio vital exclusivo para los judíos.

Actualmente la hegemonía del sionismo es importante en Israel. Sesenta años de educación institucionalizada dan resultados respecto a la manera en que los israelíes ven a sus vecinos. Una encuesta realizada por un instituto israelí este año reveló, por ejemplo, que el 70% de la población está en desacuerdo con devolver las Alturas del Golan que Israel ocupó a Siria en 1967 (6). Esto nos habla de la importancia que tiene hoy para la población común y corriente de Israel (7) la supuesta ‘indefensión’ de su Estado frente a sus vecinos árabes, así como la legitimidad que ha adquirido para la sociedad israelí la reticencia a entregar territorios que se han adquirido a través de las guerras. Esto en parte, porque la construcción del propio Israel es producto de guerras y su población altamente militarizada mira al mundo desde esta perspectiva, como si la realidad tuviese que construirse así.

Los problemas del sionismo no sólo afectan a los países con los que tiene fronteras, sino también lo es para los palestinos que viven dentro del propio Estado sionista. Un estudio de la Universidad de Haifa en 2007 reveló que el 75 por ciento de estudiantes judíos en Israel piensa que los árabes son ignorantes, incultos y sucios (8). Si consideramos que los árabes israelíes son un quinto de la población del Estado, el problema del racismo no puede ser visto sólo como una postura estatal hacia fuera o hacia los Territorios Ocupados en los que existe una jurisdicción militar. El problema se encuentra dentro y probablemente la solución se encuentre también ahí.

En los últimos años ha sonado con fuerza la idea de crear un Estado binacional en la Palestina Histórica. Algunos sectores de la izquierda israelí, que no se reconocen como sionistas, la han promovido en conjunto con grupos de palestinos de dentro y fuera del Estado. Esta posibilidad abriría, por cierto, algunas esperanzas de que en Palestina nuevamente se pudiese vivir como antaño, sin importar la religión o el origen étnico. Sin embargo para que ello ocurra los propios israelíes tendrían que superar la base constitutiva del sionismo: el racismo.

Para concluir, creo que es necesario plantear la necesidad de hablar con los términos más explicativos posibles, dándoles un significado que permita no sólo su comprensión sino también su aplicación a realidades concretas. El sionismo es una ideología nacionalista que nace en un contexto racista, que se construye simbólicamente a través de los elementos del antisemitismo europeo de los siglos XIX y XX, y actualmente es la base ideológica que sostiene a un Estado, que por consiguiente, ha institucionalizado a través de su marco jurídico interno y sus relaciones internacionales las prácticas racistas que le dan sentido. La responsabilidad de la comunidad internacional es evidente, pero en este juego de poder el sionismo ha establecido una hegemonía que hace que sus estrategias no sean del todo perceptibles. Ese es el triunfo del sionismo, pero quizás también la causa de su final.

1. Ver Herzl, Theodor: "El Estado judío", Ediciones La Semana , Jerusalén, 1982.

2. Al Kayyali, Abdul Wahhab: "Las raíces históricas de la alianza imperialista-sionista", Ponencia presentada en el Congreso Internacional sobre Sionismo y Racismo, Bagdad 1976. Trad. Beatriz Morales Bastos. URL disponible en: http://www.al-moharer.net

3. Aunque es innegable el parecido de ambas construcciones simbólicas y también de las consecuencias que tuvieron para Oriente Medio.

4. Ver José U. Martínez Carreras: "50 años del Estado de Israel", Cuadernos de Historia Contemporánea Nº 21, Madrid 1999, pp. 355-363.

5. Fundacional es el período de 1897 a 1948, donde se consolida la idea de fundar un Estado judío. La etapa institucional va de 1948 hasta 1967, momento de integración del Estado de Israel a la comunidad internacional y de consolidación de una estructura jurídica interna. Etapa de crisis es aquella que va de 1967 hasta la actualidad. Luego de ocupados los Territorios Palestinos Israel se ve presionado por la comunidad internacional para fijar sus fronteras de manera definitiva, generando un replanteamiento de los intereses del sionismo en el concierto internacional y respecto a los propios judíos.

6. Ver Nueva Sion Online. URL disponible en: http://nuevasion.com.ar/nota.asp?IDNoticia=0005668

7. Susceptible de ser manipulada por los medios, por supuesto.

8. Ver AOL Noticias. URL disponible en: http://www.aol.es/noticias/story/La-mitad-de-los-jud%C3%ADos-israel%C3%ADes-no-quiere-%C3%A1rabes-en-sus-barrios-seg%C3%BAn-una-encuesta/4141124/index.html.

Mauricio Amar es sociólogo de la Universidad de Chile y director de la Oficina de Información Chileno-Palestina

Publicado en Revista Hoja de Ruta Nº 18, julio/agosto de 2008. (www.hojaderuta.org)

Written by Eduardo Aquevedo

5 agosto, 2011 at 22:03

La derecha chilena: saliendo del closet político y ambigüedad política-conceptual…

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Danny G. Monsalvez, Universidad de Concepción

La derecha política y su discurso “mediático” lograron imponerse finalmente el 17 de enero de 2010; con ello se materializó aquella perorata y práctica que tanto daño le ha hecho a la actividad política como es la muerte de las ideologías, teorías y proyectos de transformación social; es decir, hoy -de cuerdo a aquella visión- se impuso (no sabemos hasta cuando o hasta que grados) aquel pensamiento único y hegemónico; O bien como señala Tomás Moulian que al aceptar la muerte de las ideologías “es hacerle caso a la única ideología actualmente viva, que es el neoliberalismo, que es una ideología potentísima además, que anuncia la muerte de las ideologías, pero actúa como una de ellas: tiene un proyecto de sociedad, tiene aparatos ideológicos que permiten difundir esta idea de sociedad, sean ellas universidades, medios de comunicación, etc.” (Moulian, 2005: 99).

No obstante aquello, la segunda vuelta presidencial exteriorizó un par de acciones o fenómenos que reflejan la ambigüedad conceptual e inopia política que algunos sufren casi de manera crónica. El primero es aquel discurso que algunos pregonan con tanta fuerza de la objetividad, neutralidad e imparcialidad en el análisis de los hechos o procesos. Bajo ese discurso se pretende aparecer ante la opinión pública y la sociedad como un sujeto “políticamente correcto”, pero por sobre todo que no se llegue a advertir la ideología, credo o intención en la opinión y reflexión de quien la entrega.

De esta manera y tal como dice el columnista Carlos Peña, determinados sujetos “…creen que la imparcialidad intelectual obliga a ser neutral, la prudencia a suspender el juicio, el equilibrio a no decir nada, la cultura a pronunciar vaguedades, la reflexión a un si es no es permanente, la bondad a ser perdonavidas, la independencia cívica, la amistad a cuidar las redes como hueso santo, y el prestigio a no quebrar ni un huevo” (Carlos Peña, El Mercurio, domingo 10 de agosto de 2008, p. D 19).

Por ello es que nos parece curioso y llamativo (por decirlo menos) que aquellos que con tanta fuerza enarbolan las banderas de la objetividad, neutralidad, imparcialidad, que quieren presentarse ante la comunidad como apolíticos, independientes y que al mismo tiempo critican a quienes toman posición, son los primeros en caer en contradicciones, especialmente cuando se va a producir un cambio de coalición política en la conducción de Gobierno. En ese sentido, lo expuesto anteriormente va estrechamente ligado a otro fenómeno y que -también- es uno de los más comunes, el cual denominamos “saliendo del closet (político)” o como lo escuché recientemente una “tercera vuelta”.

¿En qué consiste aquello?. En que determinados sujetos al visualizar un posible cambio de gobierno, no dudan o trepidan en situarse del lado de quienes tienen mayores posibilidades de triunfo para posteriormente ubicarse en las esferas de aparto burocrático del Estado. Peor aun, no falta el “converso” que reniega de su pasado, de su historia, de lo que fue en algún momento y aprovecha la oportunidad para “darse vuelta la chaqueta” y pasar a constituirse en parte constitutiva del nuevo oficialismo.

Lamentablemente en los momentos de crisis políticas o en coyunturas eleccionarias aparece lo peor del ser humano: el oportunismo, figuración mediática, ansias de poder, ocupar cargos de confianza, aprovechar la instancia para pedir, solicitar y reclamar más de algún favor, alguna vuelta de mano a cambio del voto o por el apoyo brindado al sector político triunfante.

Para finalizar que mejor que citar a José Ingenieros en su clásica obra “El hombre mediocre”:

“…su vida es perpetua complicidad con la ajena. Son huestes mercenarias del primer hombre firme que sepa uncirlos a su yugo. Atraviesan el mundo cuidando su sombra e ignorando su personalidad. Nunca llegan a individualizarse: ignoran el placer de exclamar “yo soy”, frente a los demás. No existen solos. Su amorfa estructura los obliga a borrarse en una raza, en un pueblo, en un partido, en una secta, en una bandería…así medran, siguen el camino de las menores resistencias, nadando a favor de toda corriente y variando con ella; en su rodar agua abajo no hay mérito: es simple incapacidad de nadar agua arriba. Crecen porque saben adaptarse a la hipocresía social, como las lombrices a la entraña” (p. 116).

Written by Eduardo Aquevedo

25 enero, 2010 at 21:56

La dominación tecno-burocrática, o la dominación “sin ideología”…

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BRADE-RUNNER1 El reinado de la tecnocracia hace impracticables e inútiles todas las ideologías. Para transformar la sociedad queda el recurso de la movilización renovada de los colectivos de base como reacción a la opresión

JOSÉ VIDAL-BENEYTO 10/04/2009

En el artículo de la Cuarta Página que publiqué en marzo sobre la democracia-marketing insistía en el abandono de los atributos propiamente políticos por parte de la nueva democracia. En primer lugar, los actores, con la sustitución de los partidos y los militantes por los colectivos de apoyo electoral y los grupos en favor de campañas sociales concretas; y por otra parte, la renuncia a toda doctrina y formación ideológica, suplantadas por nuevos dispositivos técnico-funcionales.

Esta cancelación del espacio ideológico llevó a pensar que se trataba de una reedición del tema del fin de las ideologías, que había emergido a finales de los años cincuenta en el mundo de las ciencias sociales y del análisis político y que desde entonces ha acompañado todos los intentos de conservadurismo político y social.

En su momento inicial, sin duda el más brillante, sus principales protagonistas fueron, ya en 1955, Edward Shils (The end of ideology?), Lewis Feuer(Beyond ideology) y Raymond Aron (L’opium des intellectuels), seguidos en 1960 por S. Martin Lipset (The end of ideology?, Daniel Bell (The end of ideology in the West); Dennis H. Wrong(Reflections on the end of ideology; C. Wright Mills (Letter to the New Left) y un largo etcétera hasta finales de la década, recogidos y comentados en el Reader the end of ideology debate, de Chaim I. Wayman. En Francia y en España, Jean Meynaud es el más prestigioso difusor de esta problemática, en particular en sus libros Le destin des idéologies y Technocratie et politique.

La generalización y el vigor de la tesis, en el mundo académico y en el político, tuvo mucho que ver con la aparición, en los países occidentales, del tema de la sociedad opulenta y del amplio bienestar generalizado que, según sus promotores, conllevaba una situación, real o mitificada, que supuso un cierto apaciguamiento de los antagonismos sociales y una pérdida de pugnacidad de las opciones políticas de izquierda, en particular del comunismo y del socialismo. El progreso, predicaban, no podía venir de una transformación impuesta por la fuerza desde fuera de la sociedad, sino de los factores de cambio que en ella existían, de su propia evolución, estimulada por el desarrollo económico y las innovaciones tecnológicas. No se trata, por tanto, de excluir a lo ideológico de la esfera pública, sino tan sólo de sustituir las referencias relativas al combate político por la tesis del apaciguamiento político y de la eficacia económica, la llamada ideología tecnocrática, que se convierte durante 40 años en la única oferta ideológica capaz de imponerse.

Esta situación no podía escapar a la sagacidad de la sociología crítica, y así, en 1976, en el número 7 de la revista Actes de la Recherche en Sciences Sociales, vehículo del que se servía el entonces joven grupo de Pierre Bourdieu para dar a conocer sus trabajos, aparece, con el título de La producción de la ideología dominante, un largo artículo de más de 70 páginas, obra del grupo en su conjunto, pero cuyos dos principales autores fueron el mismo Bourdieu y su más próximo colaborador, Luc Boltanski. El texto y los numerosos materiales que lo componen son una carga en profundidad contra el orden establecido y una impugnación frontal y, en buena medida, provocativa contra los usos y los modos de las ciencias sociales en la Universidad y más ampliamente en la academia.

Frente a la interpretación convencional que retoma el fin de las ideologías y en la que sus contenidos desaparecen/se cancelan por cansancio o por indiferencia, lo que sucede hoy es que los marcos conceptuales que les son propios y que rigen sus conductas y acciones ya no tienen ninguna razón de ser, porque las decisiones que se toman, no dependen en modo alguno de sus estructuras ideatorias, sino de un conjunto de micromedidas, de dispositivos menores, de prácticas de detalle, que no responden a ningún imperativo global dictado desde arriba, sino a una incitación particular y difusa, movilizada sólo por las exigencias de funcionamiento cotidiano del sistema. Este hermetismo al universo de las ideas, esta inaccesibilidad al ejercicio de pensar, hacen que las concepciones del mundo sean ininteligibles, que simplemente no quepan, lo que convierte en radicalmente impracticable, además de inútil, toda ideología.

Ahora bien, los individuos y los colectivos no pueden vivir sin dotarse de motivos y de razones sobre lo que hacen y por qué y para qué lo hacen, por lo que, carentes de cualquier marco inspirado en las grandes explicaciones discursivas, tienen que recurrir a su historia privada, al patrimonio de anécdotas y de experiencias que dan sentido a su experiencia personal, a la trama de sus vidas, con sus triunfos y sus fracasos, sus tristezas y sus alegrías.

Desde esta consideración podemos entender mejor el éxito del story telling, la necesidad de los humanos, sobre todo cuando falta la racionalidad del pensamiento, de contarnos, de que nos cuenten historias. Así se explica mejor el absoluto primado de lo literario, la vigencia de lo narrativo en la sociedad actual y la dramática miseria del pensamiento. Hoy la vía más segura para el triunfo intelectual es escribir novelas policiacas con elementos people. Las universidades nórdicas lo están introduciendo en sus curricula, y la glorificación de las intimidades más húmedas viene acompañada por los referentes dominantes de nuestra contemporaneidad: el familismo, la juvenilidad, el egotismo sin límites.

Todo ello presidido por el economicismo empresarial, enseñado en las business schools,con su invocación constante a la racionalización de los medios, a la eficacia, a la innovación, pero sobre todo a la productividad, a la excelencia, al siempre más y mejor. Frente a la doctrina de la igualdad, aquí se predica a los mejores que sean aún mejores, superiores, más excelentes, que entren en la cultura de los campeones. Estamos en las antípodas del Mayo del 68 y de su voluntad de luchar contra la desigualdad, de privilegiar a los trabajadores, a los emigrantes, a los marginales, de no dejarse devorar por la incorporación al proceso productivo y al ascenso en la escala social. La desigualdad es una realidad natural, predican, que hay que aceptar y construir a partir de ella, valiéndose cada cual por sí mismo. Lo demás es huida de lo real, simple escapismo.

Este sálvese quien pueda provoca una permanente multiplicidad de microseísmos sociales, que maximizan las diferencias y las distancias entre unos y otros y producen un unánime antagonismo de todos contra todos. Sin principios ni valores comunes, la irreparable fragmentación resultante no tiene más tratamiento colectivo que el autoritarismo coactivo ni más práctica individual que la trampa y la marrullería. Para qué pensar si mandamos y engañamos. Lo que hace de nuestra vida colectiva un paisaje amenazado y tedioso en el que el hastío de lo público es incapaz de salir de su ensimismamiento poltrón y aprovechado y la mitificación de nuestros pequeños egos nos confina en la insignificancia de nuestras mismidades. Para todo ello, el único remedio de los que nos mandan es enseñarnos el palo, exhibir las catástrofes que nos amenazan. Con ello, la inseguridad y la violencia se convierten en nuestro destino inescapable, que nos condena a vivir en un aburrimiento átono y abotagado, pero sobre el que sabemos que pende la inminencia del desastre.

Claro que frente a la incuria de nuestros líderes y gestores, frente a la ineptitud de un poder en todas sus versiones -personal político, clase dominante, estructuras gubernativas- incompetente e incapaz, que sólo sabe recurrir a ritos y ceremonias y que pervive a golpe de anuncios incumplidos -después del último G-20 vendrán otros y otros-, sólo tenemos un recurso: la extraordinaria pujanza de los movimientos sociales, de los colectivos sociales de base. En todos los países, a todos los niveles, surgen y persisten como reacción a situaciones de opresión y de expoliación insoportables, como soportes y acompañantes de iniciativas que apuntan a la transformación de la sociedad.

José Vidal-Beneyto es director del Colegio Miguel Servet de París y presidente de la Fundación Amela.

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