CIENCIAS SOCIALES HOY – Weblog

Actualidad sobre política, sociología, economia, cultura…

Posts Tagged ‘GRAMSCI

G. Arrighi: desarrollo capitalista, crisis económica y renovación del marxismo…

leave a comment »

Entrevista al economista neomarxista Giovanni Arrighi

"El desarrollo capitalista no se fundamenta necesariamente sobre la proletarización total"

ARRIGHI1 David Harvey

ddooss.org

¿Puedes contarnos cuáles fueron tus orígenes familiares y tu educación?

Nací en Milán en 1937. La familia de mi madre era de origen burgués. Mi abuelo, hijo de inmigrantes suizos asentados en Italia, había ascendido desde la filas de la aristocracia obrera llegando a establecer a principios del siglo XX sus propias fábricas de producción de maquinaria textil, para posteriormente pasar a fabricar equipos de calefacción y de aire acondicionado.

Mi padre, nacido en Toscana, era hijo de un trabajador ferroviario. Llegó a Milán y encontró trabajo en la fábrica de mi abuelo materno para acabar casándose con la hija del jefe. Se produjeron tensiones, que finalmente provocaron que mi padre estableciese su propio negocio en competencia con su suegro. Ambos, sin embargo, compartían sentimientos antifascistas, lo cual influenció en gran medida mis primeros años de infancia, dominados como lo estuvieron por la guerra: la ocupación nazi del norte de Italia tras la rendición de Roma en 1943, la Resistencia y la llegada de las tropas aliadas.

Mi padre murió de improviso en un accidente de coche cuando yo tenía dieciocho años. Decidí mantener su compañía en funcionamiento, contra el consejo de mi abuelo, y entré en la Università Bocconi para estudiar económicas, con la esperanza de que ello me ayudaría a gestionar la empresa.

El Departamento de Teoría Económica era un baluarte del pensamiento neoclásico sin relación alguna con el keynesianismo, y de ninguna ayuda para llevar las riendas de la empresa de mi padre. Finalmente me convencí de que tendría que cerrarla. Tras ello invertí dos años trabajando en una de las empresas de mi abuelo recopilando datos sobre la organización del proceso de producción. El estudio me convenció de que los elegantes modelos de la economía neoclásica eran irrelevantes para comprender la producción y la distribución de la renta, lo cual se convirtió en el zócalo de mi tesina. A continuación fui nombrado assistente volontario, esto es, asistente no retribuido de mi profesor, que en aquellos días era el primer escalón del organigrama de las universidades italianas. Para ganarme la vida conseguí un trabajo en Unilever, como responsable de gestión.

¿Qué pasó para que fueras a África en 1963 para trabajar en la University College de Rhodesia y Nyasaland?

Lo que ocurrió fue muy simple. Supe que las universidades inglesas estaban pagando gente para enseñar e investigar, a diferencia de lo que sucedía en Italia en donde tenías que pasar cuatro o cinco años como asistente voluntario antes de tener esperanza alguna de obtener un trabajo retribuido. A principios de la década de 1960, los británicos estaban estableciendo universidades a lo largo de todo su antiguo imperio colonial, como colleges de las universidades británicas. La UCRN era un college de la Universidad de Londres. Me presenté a dos puestos, uno en Rhodesia y otro en Singapur. Me llamaron para hacerme una entrevista en Londres y dado que la UCRN se mostró interesada, me ofrecieron un trabajo como docente de economía. Y me fui para allá.

Fue un verdadero renacimiento intelectual. La tradición neoclásica modelada matemáticamente en la que me había formado no tenía nada que decir sobre los procesos que estaba observando en Rhodesia o sobre las realidades de la vida africana. En la UCRN trabajé junto a antropólogos, en particular con Clyde Mitchell, quien ya estaba investigando sobre análisis en red, y con Jaap van Velsen, que estaba introduciendo el análisis situacional, reconceptualizado más tarde como análisis de estudios de caso. Asistí a sus seminarios regularmente y ambos me influyeron enormemente. Poco a poco, abandoné los modelos abstractos en pro de una teoría de la antropología social empírica e históricamente fundada. Comencé mi larga marcha desde la teoría económica neoclásica a la sociología histórico-comparativa.

Este fue el contexto en el que escribiste tu ensayo «The Political Economy of Rhodesia», que analizaba las formas de desarrollo de la clase capitalista en este país y sus contradicciones específicas, al tiempo que explicaba las dinámicas que condujeron a la victoria en 1962 del Rhodesian Front Party, animado por los colonos, y a la Declaración Unilateral de Independencia de 1965 por parte de Smith. ¿Cuál fue el impulso inicial subyacente al ensayo y cuál es para ti retrospectivamente su importancia?

«The Political Economy of Rhodesia» fue escrito a instancias de Van Velsen, que criticaba sin descanso mi uso de los modelos matemáticos. Yo había escrito una recensión del libro de Colin Leys European Politics in Southern Rhodesia y Van Velsen me sugirió que la convirtiese en una artículo largo.

Aquí y en «Labor Supplies in Historical Perspective» analicé los modos mediante los que la total proletarización del campesinado de Rhodesia creaba contradicciones para la acumulación de capital, produciendo de hecho a la postre más problemas que ventajas para el sector capitalista 1. En la medida en que la proletarización era parcial hacía posible que los campesinos africanos subsidiaran la acumulación de capital, porque producían parte de su subsistencia; pero cuanto más se proletarizaba al campesinado, más se descomponían estos mecanismos. El trabajo totalmente proletarizado podía ser explotado únicamente si se le pagaba un salario que le permitiera reproducir su vida. Así, pues, en lugar de facilitar la explotación del trabajo, la proletarización la hacía más difícil, exigiendo con frecuencia un régimen que debía hacerse paulatinamente más represivo. Martin Legassick y Harold Wolpe, por ejemplo, mantenían que el apartheid sudafricano respondía fundamentalmente al hecho de que el régimen tenía que optar por una mayor represión de la fuerza de trabajo africana porque ésta estaba totalmente proletarizada y no podía subsidiar por más tiempo la acumulación de capital como había hecho en el pasado.

El conjunto de la región meridional de África –que abarca desde Sudáfrica y Botsuana, pasando por la antigua Rhodesia, Mozambique y Malawi, que se denominaba entonces Nyasaland, hasta llegar a Kenia como su espolón nororiental– se caracterizaba por su riqueza mineral, su agricultura de colonos y una extrema desposesión del campesinado. Es muy diferente del resto de África, incluido el norte. Las economía de África occidental se basaban fundamentalmente en el campesinado, pero la región meridional –la que Samir Amin denomina «el África de las reservas de trabajo»– era en muchos aspectos un paradigma de extrema desposesión campesina y por consiguiente de proletarización. Varios de nosotros estábamos señalando que este proceso de extrema desposesión era contradictorio, ya que habiendo creado inicialmente las condiciones para que el campesinado subsidiase la agricultura, la industria minera, la actividad manufacturera, etc. capitalistas, comenzaba, sin embargo, a provocar cada vez más dificultades a la hora de explotar, movilizar y controlar el proletariado que estaba generando. El trabajo que hicimos entonces –mi «Labour Supplies in Historical Perspective» y los trabajos relacionados de Legassick y Wolpe– estableció lo que llegó a ser conocido como el Southern African Paradigm sobre los límites de la proletarización y la desposesión.

Contrariamente a lo afirmado por aquellos que todavía identifican desarrollo capitalista con proletarización tout court –Robert Brenner, por ejemplo– la experiencia de África meridional mostró que la proletarización, en y por sí misma, no favorece el desarrollo capitalista, cuando no se hallan presentes el resto de circunstancias requeridas. Respecto a Rhodesia, identifiqué tres estadios de proletarización, siendo tan solo uno de ellos favorable a la acumulación capitalista. En el primer estadio, los campesinos respondían al desarrollo rural capitalista ofertando productos agrícolas y suministrando trabajo únicamente a cambio de salarios elevados, caracterizándose por lo tanto la totalidad del área por la escasez de éste, porque nada más que comenzaba a funcionar una explotación agrícola o minera capitalista ello creaba una demanda de productos locales que los campesinos africanos estaban más que dispuestos a suministrar, lo cual les permitía participar en la economía monetaria mediante la venta de sus productos en vez de mediante la venta de su trabajo. Un objetivo del apoyo estatal a la agricultura de colonos era inducir la competencia entre los campesinos africanos, de modo que se vieran forzados a suministrar trabajo en vez de productos, lo cual condujo a un dilatadísimo proceso que pasó de la proletarización parcial a la total, si bien, como hemos mencionado, este proceso fue también contradictorio. El problema con el modelo simple de «proletarización como desarrollo capitalista» es que ignora no sólo las realidades del capitalismo de colonos de África meridional, sino también otros muchos casos, como por ejemplo el de Estados Unidos, que se caracterizó por una pauta totalmente diferente: una combinación de esclavitud, genocidio de la población nativa e inmigración de trabajo excedente procedente de Europa.

Tú fuiste uno de los nueve docentes arrestados en la UCRN por actividades políticas durante la represión desencadenada por el gobierno de Smith en julio de 1966, ¿no es así? Sí, fuimos encarcelados durante una semana y después deportados. Te fuiste a Dar es Salaam, que parecía entonces, por muchas razones, una especie de paraíso de interacciones intelectuales. ¿Puedes hablarnos de ese periodo y del trabajo que allí realizaste con John Saul?

Fue un periodo muy excitante, tanto intelectual como políticamente. Cuando llegué a Dar es Salaam en 1966, Tanzania era un país independiente desde hacía tan solo unos años. Nyerere defendía lo que él consideraba que era una forma de socialismo africano. Logró mantenerse equidistante de ambos lados durante la escisión chino-soviética y mantuvo muy buenas relaciones con los escandinavos. Dar es Salaam se convirtió en la encrucijada de todos los movimientos de liberación nacional exiliados de África meridional: de las colonias portuguesas, Rhodesia y Sudáfrica. Pasé allí tres años en la Universidad y encontré todo tipo de gente: desde activistas del movimiento Black Power estadounidense a académicos e intelectuales como Immanuel Wallerstein, David Apter, Walter Rodney, Roger Murray, Sol Picciotto, Catherine Hoskins, Jim Mellon, que después sería unos de los fundadores de los Weathermen, Luisa Passerini, que estaba realizando una investigación sobre el FRELIMO, y muchos otros, incluyendo, por supuesto, a John Saul.

En Dar es Salaam, trabajando con John, cambié el objeto de mis investigaciones pasando de los procesos de oferta de fuerza de trabajo al problema de los movimientos de liberación nacional y los nuevos regímenes que estaban emergiendo de la descolonización. Ambos éramos escépticos sobre la capacidad de estos regímenes de emanciparse por sí mismos de lo que comenzaba a denominarse por entonces neocolonialismo y de cumplir sus promesas de desarrollo económico. Pero había también una diferencia entre nosotros, que creo que ha persistido hasta el día de hoy, consistente en que yo me mostraba mucho menos emocionalmente afectado por este hecho que John. Para mí, estos movimientos eran movimientos de liberación nacional; no eran en modo alguno movimientos socialistas aun cuando abrazasen la retórica del socialismo. Eran regímenes populistas y, por consiguiente, yo no esperaba mucho más allá de la liberación nacional, que ambos consideramos importante por sí misma. Pero si había posibilidades para que se produjeran desarrollos políticos que transcendieran este cuadro es algo que John y yo todavía discutimos, afablemente, siempre que nos encontramos. Los ensayos que escribimos juntos, sin embargo, fueron la crítica sobre la que estábamos de acuerdo.

Cuándo volviste a Europa, ¿encontraste un mundo muy distinto al que habías dejado seis años antes?

Sí. Regreso a Italia en 1969 y me veo inmerso inmediatamente en dos situaciones peculiares. Una fue en la Universidad de Trento donde me habían ofrecido un puesto docente. Trento era el principal centro de militancia estudiantil y la única universidad en Italia que ofrecía doctorados en sociología en aquellos momentos. Mi nombramiento fue apoyado por el comité directivo de la universidad formado por el democratacristiano Nino Andreatta, por el socialista liberal Noberto Bobbio y por Francesco Alberoni; la decisión pretendía calmar al movimiento estudiantil contratando a un radical. En el primer seminario que di tuve solo cuatro o cinco estudiantes; pero en el primer cuatrimestre, tras publicarse mi libro sobre África en el verano de 1969, tuve casi 1.000 estudiantes intentando entrar en el aula 2. Mi curso se convirtió en un gran acontecimiento en Trento, llegando incluso a producir un conflicto en Lotta Continua: la facción de Boato quería que los estudiantes acudieran a clase para que oyeran una crítica radical de las teorías del desarrollo, mientras que la de Rostagno intentaba interrumpir las lecciones tirando piedras al aula desde el patio.

La segunda situación en la que me veo inmerso se produce en Turín con la participación de Luisa Passerini, que era una prominente propagadora de los escritos situacionistas, y que tenía por consiguiente una gran influencia sobre los cuadros de Lotta Continua que coqueteaban con el situacionismo.

Estaba yendo de Trento a Turín a través de Milán, que era como ir desde el centro del movimiento estudiantil al centro del movimiento obrero. Me sentí atraído y al mismo tiempo molesto por determinados aspectos de este movimiento, particularmente por su rechazo de la «política». En algunas asambleas, trabajadores realmente militantes se levantaban y decían «¡basta ya de política! La política nos está llevando en la dirección equivocada. Necesitamos unidad». Para mí, fue como un shock, viniendo de África, descubrir que los sindicatos comunistas eran considerados reaccionarios y represivos por los trabajadores en lucha y eso que había una buena parte de verdad en esto. La reacción contra los sindicatos del PCI se convirtió en una reacción contra los sindicatos. Grupos como Potere Operario y Lotta Continua se erigieron ellos mismos como alternativas, tanto a los sindicatos como a los partidos de masas. Con Romano Madera, que entonces era un estudiante, pero también un cuadro político y un gramsciano –una rareza en la izquierda extraparlamentaria– comenzamos a desarrollar la idea de encontrar una estrategia gramsciana que sirviera para el movimiento.

De ahí emergió por primera vez la idea de autonomía, la idea de autonomía intelectual de la clase obrera. La creación de este concepto se atribuye ahora habitualmente a Antonio Negri, pero de hecho se originó en la interpretación de Gramsci que nosotros desarrollamos a principios de la década de 1970 en el Grupo Gramsci, cofundado por Madera, Passerini y yo mismo. Consideramos que nuestra principal contribución al movimiento no consistía en proporcionar un sustituto a los sindicatos o los partidos, sino en ayudar como estudiantes e intelectuales a las vanguardias obreras a desarrollar su propia autonomía –autonomia operaia– mediante una comprensión de los procesos generales, tanto nacionales como globales, en los que sus luchas tenían lugar. En términos gramscianos, esto se concibió como la formación de intelectuales orgánicos de la clase obrera en lucha, para lo cual creamos los Colletivi Politici Operai, que llegaron a ser conocidos como el Area dell’Autonomia. Cuando estos colectivos desarrollaran su propia práctica autónoma, el Grupo Gramsci dejaría de tener una función y podría disolverse. Cuando realmente se disolvió, Negri entró en escena y llevó a los Colletivi Politici Operai y al Area dell’Autonomia en una dirección arriesgada que estaba muy alejada de lo que originalmente pretendía el proyecto inicial.

¿Extrajiste lecciones comunes de las luchas de liberación nacional africanas y de las luchas obreras que se estaban produciendo en Italia?

Las dos experiencias tenían en común el hecho de que en ambas mantenía muy buenas relaciones con los movimientos globalmente considerados, los cuales querían saber con qué fundamento yo estaba participando en su lucha. Mi posición era: «Yo no voy a deciros qué hacer, porque vosotros conocéis la situación mucho mejor que yo la conoceré nunca. Pero yo estoy mejor situado para comprender el contexto general en el que se desarrollan las luchas, así que nuestro intercambio tiene que basarse en el hecho de que vosotros me contáis cuál es vuestra situación y yo os cuento como se relaciona con el contexto más amplio que vosotros no podéis ver o que veis tan solo parcialmente, desde donde vosotros operáis». Esa fue siempre la base de excelentes relaciones, tanto con los movimientos de liberación en África meridional como con los trabajadores italianos.

El artículo sobre la crisis capitalista surgió de un intercambio de este tipo, en 1973. A los trabajadores se les decía: «Ahora se está produciendo una crisis económica, tenemos que mantener la calma. Si luchamos, los trabajos de la fábrica se irán a otro sitio». Así que los trabajadores nos preguntaban: «¿Estamos en crisis? Y si es así, ¿cuáles son las implicaciones de ello? ¿Debemos estarnos quietos ahora por esta razón?». Los artículos que constituyeron «Towards a Theory of Capitalist Crisis» fueron escritos en esta particular problemática, definida por los propios trabajadores, que nos decían: «Informadnos sobre el mundo exterior y sobre lo que tenemos que esperar». El punto de partida de los artículos era «mirad, las crisis ocurren con independencia de que luchéis o no; no son un producto de la militancia de los trabajadores o de los “errores” de la gestión económica, sino elementos fundamentales del funcionamiento de la propia acumulación de capital». Esa fue la orientación inicial. El artículo fue escrito en el inicio mismo de la crisis, antes de que ésta fuera ampliamente reconocida; fue importante como marco de referencia, un marco que he utilizado a lo largo de los años para verificar lo que estaba sucediendo y desde ese punto de vista han funcionado realmente bien.

Volveremos a la teoría de las crisis capitalistas, pero primero quería preguntarte sobre tu trabajo en Calabria. En 1973, justo cuando el movimiento estaba empezando a refluir, aceptaste la oferta de enseñar en Cosenza.

Una de las atracciones de ir a Calabria, para mí, fue continuar en una nueva ubicación mi investigación sobre los procesos de oferta de trabajo. Ya había visto en Rhodesia cómo la proletarización total de los africanos –o, dicho más exactamente, cuando éstos llegaban a la conclusión de que lo habían sido totalmente– conducía a luchas que reclamaban un salario que les permitiese reproducirse en las áreas urbanas. En otras palabras, la ficción de que «somos varones solteros, nuestras familias siguen viviendo en comunidades campesinas en las zonas rurales» no puede mantenerse una vez que ellos viven en las ciudades. Yo había señalado esto en «Labour Supplies in Historical Perspective», lo cual llegó a perfilarse más nítidamente en Italia porque aquí me enfrentaba a un enigma: los migrantes del sur eran llevados a las regiones industriales del norte como esquiroles durante la década de 1950 y principios de la de 1960, pero a lo largo de ésta y sobre todo al final de la misma se transformaron en las vanguardias de la lucha de clases, lo cual constituye una experiencia típica de los migrantes. Cuando formé un grupo de investigación en Calabria, propuse la lectura de los antropólogos sociales sobre África, particularmente sobre migración, y a continuación efectuamos un análisis de los procesos de oferta de fuerza de trabajo procedente de Calabria. Las cuestiones planteadas eran las siguientes: ¿qué estaba creando las condiciones para que se produjese esta migración? y ¿cuáles eran sus límites, dado que en un cierto punto en lugar de crear una fuerza de trabajo dócil que podía ser utilizada para socavar el poder negociador de la clase obrera septentrional, los propios migrantes se convertirían en la vanguardia militante?

De la investigación emergieron dos cosas. En primer lugar, el desarrollo capitalista no se fundamenta necesariamente sobre la proletarización total.

Por un lado, la migración obrera de larga distancia se estaba produciendo desde lugares en los que no estaba teniendo lugar desposesión alguna, en dónde había incluso posibilidades para que los migrantes comprasen tierra de los terratenientes, lo cual se hallaba interrelacionado con el sistema local de primogenitura mediante el cual el primogénito heredaba la tierra. Tradicionalmente, los hijos menores terminaban entrando en la Iglesia o en el ejército, hasta que la migración de larga distancia a gran escala ofreció una alternativa cada vez más importante de ganar el dinero necesario para comprar tierra y volver a casa para establecer sus propias explotaciones agrícolas. Por otro lado, en las áreas realmente pobres, en las que el trabajo se hallaba totalmente proletarizado, esos hijos menores no podían permitirse en absoluto el lujo de emigrar. El único modo en el que pudieron hacerlo fue, por ejemplo, cuando los brasileños abolieron la esclavitud en 1888 y necesitaron una fuerza de trabajo barata sustitutiva para lo cual reclutaron trabajadores de estas áreas profundamente empobrecidas del sur Italia, pagaron sus pasajes y los establecieron en Brasil para reemplazar a los esclavos emancipados. Se trata de pautas de migración muy diferentes, pero en general no es el muy pobre el que migra porque es necesario tener determinados recursos y conexiones para hacerlo.

La segunda conclusión de la investigación calabresa presentaba similitudes con los resultados de la investigación sobre África. Aquí también la disposición de los migrantes a involucrarse en las luchas obreras en los lugares a los que se desplazaban, dependía de si las condiciones en los mismos se consideraban permanentes a la hora de determinar sus oportunidades de vida. No basta con decir que la situación de las áreas de procedencia de los flujos migratorios determina cuáles serán los salarios y las condiciones en las que los migrantes trabajarán. Hay que indicar en qué momento los migrantes perciben que están obteniendo el grueso de sus medios de subsistencia del empleo asalariado: este punto de inflexión puede detectarse y verificarse su evolución. Pero el punto esencial que descubrimos fue un tipo de crítica diferente de la idea de proletarización como el proceso típico de desarrollo capitalista.

La primera versión escrita de esta investigación fue robada de un coche en Roma, de modo que la versión definitiva se escribió en Estados Unidos muchos años después de que te trasladaras a Binghamton en 1979, en donde se está desarrollando el análisis de los sistemas-mundo. ¿Fue ésta la primera vez en la que te posicionaste explícitamente sobre la relación existente entre proletarización y desarrollo capitalista respecto a las opiniones mantenidas por Wallerstein y Brenner?

Sí, aunque no fui lo suficientemente explícito al respecto, si bien mencioné tanto a Wallerstein como a Brenner de pasada, siendo el conjunto del trabajo no obstante una crítica de ambos 4. Wallerstein mantiene la teoría de que las relaciones de producción son determinadas por su posición en la estructura centro-periferia de la economía-mundo capitalista. En su opinión, en la periferia tendemos a encontrar relaciones de producción que son coercitivas; no encontramos una proletarización total, que es la situación que tenemos en el centro. Brenner mantiene, en algunos aspectos, la opinión opuesta, pero en otros sentidos es muy similar: que las relaciones de producción determinan la posición en la estructura centro-periferia.

En ambos casos, encontramos una relación particular entre la posición en la relación centro-periferia y las relaciones de producción. La investigación calabresa mostró que éste no era el caso. Ahí, en el seno de la misma ubicación periférica, encontramos tres sendas diferentes desarrollándose y reforzándose simultánea y recíprocamente. Además, las tres sendas se asemejaban poderosamente a la evolución que había caracterizado, históricamente, diferentes ubicaciones del centro de la economía-mundo capitalista.

Una es muy similar a la vía del junker que presentaba Lenin: latifundio con total proletarización; otra se asemeja a la vía «estadounidense» de Lenin, de pequeñas y medianas explotaciones, insertas en el mercado. Lenin no presenta la tercera, que nosotros denominamos vía suiza: migración de larga distancia y después inversión y retención de la propiedad cuando se vuelve a casa. En Suiza, no existe desposesión del campesinado, sino por el contrario una tradición de migración de larga distancia que conduce a la consolidación de la pequeña explotación agrícola. Lo interesante sobre Calabria es que estas tres vías, que en otros sitios se hallan asociadas con un posición en el centro, se encuentran aquí en la periferia, lo cual constituye una crítica tanto del proceso uniforme de proletarización postulado por Brenner como de la remisión de las relaciones de producción a la posición en la estructura centro/periferia mantenida por Wallerstein.

Tu libro La geometria dello’imperialismo apareció en 1978, antes de que te fueses a Estados Unidos. Releyéndolo, me sorprendió la metáfora matemática –la geometría– que utilizas para comprender la teoría del imperialismo de Hobson, y que desempeña una función muy útil. Pero en su interior, se plantea una interesante cuestión geográfica: cuando pones en relación a Hobson con el capitalismo, la noción de hegemonía emerge repentinamente bajo la forma de un cambio que va de la geometría a la geografía y que surge de las tesis que planteas en el libro. ¿Cuál fue el impulso inicial que te llevo a escribir La geometria dell’imperialismo y cuál es su importancia para ti?

Me desconcertaban, en ese momento, las confusiones terminológicas que giraban en torno al término «imperialismo». Mi objetivo era disipar parte de esa confusión creando un espacio topológico en el que los diferentes conceptos, que con frecuencia se denominaban todos ellos confusamente como «imperialismo», pudieran distinguirse entre sí. Pero como un ejercicio sobre el imperialismo, sí, también funcionaba para mí como una transición al concepto de hegemonía. Me extendí sobre este aspecto explícitamente en el «Posfacio» a la segunda edición de La geometria dell’imperialismo, en el que sostenía que el concepto gramsciano de hegemonía podía ser más útil que el de «imperialismo» para analizar las dinámicas del sistema interestatal contemporáneo. Desde este punto de vista, lo que yo –y otros– hacíamos era simplemente aplicar la noción de hegemonía gramsciana a las relaciones interestatales, cuando se había aplicado originalmente antes de Gramsci al análisis de las relaciones de clase en el seno de una jurisdicción política nacional. Al hacerlo, por supuesto, Gramsci enriquecía el concepto de innumerables modos que no habían sido perceptibles anteriormente. Nuestra reexportación del mismo a la esfera internacional se benefició enormemente de este enriquecimiento.

Una influencia central en The Long Twentieth Century 5, publicado en 1994, es Braudel. Tras haber absorbido sus enseñanzas, ¿tienes alguna crítica importante que hacerle?

La crítica es realmente fácil. Braudel es una fuente increíblemente rica de información sobre los mercados y el capitalismo, pero carece de un marco teorético. O dicho más precisamente, como señaló Charles Tilly, Braudel es tan ecléctico que tiene innumerables teorías parciales, la suma de las cuales no es una teoría. Tú no puedes simplemente apoyarte en Braudel; tienes que aproximarte a él con una idea clara de lo que estás buscando y de lo que quieres extraer de él. Un aspecto sobre el me concentré, que diferencia a Braudel de Wallerstein y del resto de analistas de los sistemas-mundo –por no hablar de historiadores económicos más tradicionales, marxistas o no– es la idea de que el sistema de Estados nacionales, tal y como emergió en los siglos XVI y XVII, fue precedido por un sistema de ciudades-Estado; y que los orígenes del capitalismo han de buscarse ahí, en las ciudades-Estado. Ésta es una característica específica de Occidente, o de Europa, en comparación con otras partes del mundo.

Pero es fácil perderse si uno se limita simplemente a seguir a Braudel, porque él te lleva en innumerables direcciones diferentes. Por ejemplo, yo tuve que extraer este punto y combinarlo con lo que estaba aprendiendo del libro de William McNeill The Pursuit of Power, que también argumenta, desde una perspectiva diferente, que un sistema de ciudades-Estado precedió y preparó la emergencia del sistema de Estados territoriales.

Otra idea a la que tú dotas de una profundidad teórica mucho mayor, pero que sin embargo proviene de Braudel, es la noción de que la expansión financiera anuncia el otoño de un particular sistema hegemónico y precede el cambio a una nueva potencia hegemónica. ¿Esto sería una de las intuiciones fundamentales de The Long Twentieth Century?

Sí. La idea era que las organizaciones capitalistas más importantes de una época particular también serían líderes de la expansión financiera, que siempre se produce cuando la expansión material de las fuerzas productivas alcanza sus límites. La lógica de este proceso –aunque de nuevo Braudel no la presenta– es que cuando la competencia se intensifica, la inversión en la economía material se hace cada vez más arriesgada y, por consiguiente, la preferencia por la liquidez se acentúa, lo cual crea las condiciones de oferta de la expansión financiera. La cuestión que se plantea a continuación es, por supuesto, cómo se crean las condiciones de demanda para que se produzcan expansiones financieras. A este respecto, recurrí a la idea de Weber de que la competencia interestatal por el capital en busca de inversión constituye la especificidad histórico-mundial de la era moderna.

Esta competencia crea, en mi opinión, las condiciones de demanda para la expansión financiera. La idea de Braudel del «otoño» como fase conclusiva del proceso de liderazgo en la acumulación, que pasa de la material a la financiera, y que conduce finalmente al desplazamiento por otro líder, es crucial. Pero también lo es la idea de Marx de que el otoño de un Estado particular, que experimenta una expansión financiera, es también la primavera de otra ubicación: los excedentes que se acumulan en Venecia van a Holanda; los que se acumulan aquí van después a Inglaterra; y los que se acumulan en ésta última van a Estados Unidos. Marx nos permite, pues, complementar lo que hemos encontrado en Braudel: el otoño se convierte en primavera en otra parte, produciendo una serie de desarrollos interconectados. The Long Twentieth Century describe estos ciclos sucesivos de expansión capitalista y de poder hegemónico desde el Renacimiento hasta el momento presente.

En tu narrativa, las fases de expansión material del capital finalmente colapsa bajo la presión de la supercompetencia dando lugar a fases de expansión financiera cuyo agotamiento precipita a continuación un periodo de caos interestatal que se resuelve mediante la emergencia de una nueva potencia hegemónica capaz de restaurar el orden global y de reiniciar de nuevo el ciclo de expansión material soportado por un nuevo bloque social. Tales potencias hegemónicas han sido sucesivamente Génova, los Países Bajos, Gran Bretaña y Estados Unidos. ¿En qué medida consideras su surgimiento puntual, momento en el que cada una de ellas concluye un periodo precedente de desorden y conflictos, como un conjunto de contingencias?

¡Buena y difícil pregunta! Hay siempre un elemento de contingencia, pero al mismo tiempo la razón por la que estas transiciones duran tanto y atraviesan periodos de turbulencia y caos es que las propias agencias, como emergen posteriormente para organizar el sistema, experimentan un proceso de aprendizaje. Esto resulta obvio si analizamos el caso más reciente, el de Estados Unidos, que a finales del siglo XIX ya presentaba determinadas características que lo convertían en posible sucesor de Gran Bretaña como líder hegemónico, pero que necesitó más de medio siglo, dos guerras mundiales y una depresión catastrófica antes de desarrollar tanto las estructuras como las ideas que después de la Segunda Guerra Mundial le permitieron convertirse en una potencia verdaderamente hegemónica. ¿Fue el desarrollo de Estados Unidos como poder hegemónico potencial en el siglo XIX estrictamente una contingencia o hay algo más? No lo sé. Claramente, hubo un aspecto geográfico contingente, dado que Norteamérica tenía una configuración espacial diferente de la de Europa, que le permitió formar un Estado que no podía haberse creado en esta última, excepto en su flanco oriental, en el que Rusia también se estaba expandiendo territorialmente; pero hubo también un elemento sistémico: Gran Bretaña creó un sistema de crédito internacional que, después de determinado momento, favoreció la formación de Estados Unidos de modos específicos.

Ciertamente, si Estados Unidos no hubiera existido con su particular configuración geográfica a finales del siglo XIX, la historia habría sido muy diferente.

¿Cual habría sido la potencia hegemónica? Tan solo podemos hacer conjeturas. Pero existía Estados Unidos, que estaba creciendo en múltiples aspectos a partir de la tradición de Holanda y Gran Bretaña. Génova era un poco diferente: no digo en ningún momento que fuera hegemónica; se hallaba más próxima al tipo de organización financiera transnacional que se produce en las diásporas, incluida la diáspora china contemporánea, pero nunca fue hegemónica en el sentido gramsciano en el que lo fueron Holanda, Gran Bretaña y Estados Unidos. La geografía cuenta muchísimo; pero aunque éstas son tres potencias hegemónicas espacialmente muy diferentes, cada una de ellas creció a partir de características organizacionales aprendidas de la anterior. Gran Bretaña tomó prestados un gran número de elementos de Holanda y Estados Unidos hizo lo propio respecto a la potencia británica; se trata de un conjunto interrelacionado de Estados y en su sucesión se produce un efecto bola de nieve. Así que sí, hay contingencia, pero también vínculos sistémicos.

The Long Twentieth Century no se ocupa de las vicisitudes del movimiento obrero. ¿Lo omitiste porque lo considerabas entonces como de menor importancia o porque la arquitectura del libro –su subtítulo es Dinero y poder en los orígenes de nuestra época– era ya tan amplia y compleja que pensaste que incluir el movimiento la iba a sobrecargar demasiado?

Por la segunda razón. The Long Twentieth Century originalmente iba a ser coescrito con Beverly Silver –a quien encontré en Binghamton– e iba a tener tres partes. Una trataba sobre las hegemonías, que ahora constituye el primer capítulo del libro. La segunda debía abordar el capital: la organización del capital, la empresa; básicamente la competencia. La tercera parte iba a analizar la cuestión del trabajo: relaciones trabajo y capital y los movimientos obreros. Pero el descubrimiento de la financiarización como una pauta recurrente del capitalismo histórico puso patas arriba todo el proyecto y me forzó a retroceder en el tiempo, lo cual yo nunca quise hacer, porque el libro supuestamente iba a versar sobre el «largo siglo XX», entendiendo por tal el periodo comprendido desde la Gran Depresión de la década de 1870 hasta el presente. Cuando descubrí el paradigma de la financiarización quedé totalmente fuera de combate y The Long Twentieth Century se convirtió básicamente en un libro sobre el papel del capital financiero en el desarrollo histórico del capitalismo desde el siglo XIV. Así que Beverly se hizo cargo del análisis sobre el trabajo en su libro Forces of Labour, que apareció en 2003 6.

Sí, Chaos and Governance in the Modern World System incluye capítulos sobre la geopolítica, la empresa, el conflicto social, etc., lo cual indica que el proyecto original nunca fue abandonado 7. Pero ciertamente no se añadió a The Long Twentieth Century porque no podía concentrarme en la recurrencia cíclica de las expansiones financieras y materiales y al mismo tiempo ocuparme del trabajo. Una vez que cambias el objeto de análisis a la hora de definir el capitalismo y optas por estudiarlo a partir de una sucesión de expansiones materiales y financieras, se hace muy difícil volver a reintroducir el trabajo. No solo se trata de un asunto enorme a la hora de abordarlo, sino que también se produce una variación considerable a lo largo del tiempo y del espacio en la relación entre capital y trabajo.

En primer lugar, como señalamos en Chaos and Governance in the Modern World System, se produce una aceleración de la historia social. Cuando tú comparas las transiciones de un régimen de acumulación a otro, te das cuenta de que en la transición de la hegemonía holandesa a la británica en el siglo XVIII, el conflicto social llega tarde respecto a las expansiones financieras y las guerras. En la transición de la hegemonía británica a la estadounidense a principios del siglo XX, la explosión del conflicto social fue más o menos simultánea al despegue de la expansión financiera y las guerras. En la transición actual –hacia un destino desconocido– la explosión del conflicto social a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970 precedió a la expansión financiera y se produjo sin guerras entre las potencias más importantes.

En otras palabras, si analizamos la primera mitad del siglo XX, las mayores luchas de los trabajadores se produjeron en la víspera de las guerras mundiales y después de las mismas. Este era el fundamento de la teoría de la revolución de Lenin: que las rivalidades intercapitalistas convertidas en guerras crearían las condiciones favorables para la revolución, que es algo que puede observarse empíricamente hasta la Segunda Guerra Mundial. En cierto sentido, puede sostenerse que en la transición actual la aceleración del conflicto social ha impedido que los Estados capitalistas libren guerras entre sí. Así, pues, para volver a tu pregunta, en The Long Twentieth Century opté por concentrarme en analizar exhaustivamente las expansiones financieras, los ciclos sistémicos de acumulación de capital y las hegemonías mundiales, mientras que en Chaos and Governance in the Modern World System volvimos al problema de las interrelaciones entre el conflicto social, las expansiones financieras y las transiciones hegemónicas.

En su discusión de la acumulación primitiva Marx escribe sobre la deuda nacional, el sistema crediticio y la bancocracia –en cierto sentido, la integración entre finanzas y Estado se ha producido durante la acumulación primitiva– como algo absolutamente crítico para el modo en que evoluciona el sistema capitalista. Pero el análisis de El capital no aborda el sistema crediticio hasta el volumen III, porque Marx no quiere ocuparse del interés, aunque el sistema crediticio resulte crucial para la centralización del capital, para la organización del capital fijo, etc. Esto plantea la cuestión de cómo funciona realmente la lucha de clases en torno al nexo finanzas-Estado, que desempeña el papel vital que estás comentando. Parece existir un vacío en el análisis de Marx: por un lado, dice que la dinámica importante es la existente entre el capital y el trabajo; por otro, el trabajo no parece que sea crucial para los procesos de los que estás hablando, esto es, transferencias de hegemonía, saltos de escalas. Es comprensible que fuera realmente difícil integrar en la narrativa de The Long Twentieth Century el trabajo, porque en un sentido la relación capital-trabajo no es central para ese aspecto de la dinámica capitalista. ¿Estarías de acuerdo con ello?

Sí, estoy de acuerdo, pero con una cualificación: el fenómeno que he mencionado de la aceleración de la historia social. Las luchas obreras de la década de 1960 y principios de la de 1970, por ejemplo, constituyeron un factor esencial en la financiarización de finales de esta última década y principios de la de 1980 y de las formas en que evolucionó. La relación entre luchas de los trabajadores y grupos subalternos y la financiarización es algo que cambia a lo largo del tiempo y recientemente ha desarrollado características que antes no tenía. Pero si tú intentas explicar la recurrencia de las expansiones financieras no puedes concentrarte demasiado sobre el trabajo, porque entonces hablarás únicamente sobre el último ciclo; cometerás el error de tomar el trabajo como la causa de las expansiones financieras, cuando las anteriores despegaron sin la intervención de las luchas de los trabajadores o de los grupos subalternos.

No obstante, sobre la cuestión del trabajo podríamos remontarnos a tu ensayo de 1990 sobre la remodelación del movimiento obrero mundial, «Marxist Century, American Century»8. Sostienes aquí que el análisis de Marx de la clase obrera contenido en el Manifiesto comunista es profundamente contradictorio, ya subraya simultáneamente el creciente poder colectivo del trabajo, a medida que avanza el desarrollo capitalista, y su creciente pauperización como consecuencia de la existencia de un ejército industrial activo y de un ejército industrial de reserva. Marx, señalas, pensaba que ambas tendencias se unirían en una misma masa humana, pero tú sostienes que a principios del siglo XX ambas llegaron a estar espacialmente polarizadas. En Escandinavia y en el mundo anglosajón prevaleció la primera, en Rusia y más al este la segunda (Berstein comprendió la situación de la primera, Lenin de la segunda), lo cual condujo a la escisión entre las alas reformista y revolucionaria del movimiento obrero. En Europa central –Alemania, Austria, Italia–, por otro lado, sostienes, que existía un equilibrio más fluctuante entre la fuerza de trabajo activa y en reserva, lo cual condujo a los errores de Kautsky, incapaz de escoger entre reforma o revolución, que contribuyeron a la victoria del fascismo. Al final del ensayo, sugerías que una recomposición del movimiento podría estar a punto de producirse, dado que la miseria reaparecía en Occidente con el retorno de un desempleo masivo, y el poder colectivo de los trabajadores se manifestaba en el Este con el surgimiento de Solidaridad en Polonia, reuniendo quizá lo que el espacio y la historia habían dividido. ¿Cuál es tu opinión sobre tal perspectiva hoy?

Bien, la primera cosa que hay que decir es que además de este escenario optimista desde el punto de vista de la conexión de las condiciones de la clase obrera globalmente analizada se perfilaba una consideración más pesimista en el ensayo, que apuntaba a algo que siempre he considerado un serio defecto en el Manifiesto de Marx y Engels. Hay un salto lógico que realmente no se sostiene ni intelectual ni históricamente y que es la idea de que para el capital aquellas cosas que hoy denominaríamos género, etnicidad, nacionalidad, no importan, que la única cosa que le importa es la posibilidad de explotación y que, por lo tanto, el grupo de estatus más explotable presente en el seno de la clase trabajadora es el único que empleará sin ninguna discriminación en términos de raza, género o etnicidad.

Eso es ciertamente cierto, pero de ello no se desprende que los diversos grupos de estatus presentes en la clase obrera aceptarán esto tal cual. De hecho es precisamente en el momento en que la proletarización se generaliza y los trabajadores se hallan sujetos a esta disposición del capital, cuando movilizan toda diferencia de estatus que pueden identificar o construir para ganar un tratamiento privilegiado por parte de los capitalistas. Los trabajadores se movilizarán a partir de líneas de género, nacionales, étnicas o de cualquier otro tipo para obtener un tratamiento privilegiado del capital.

«Marxist Century, American Century» no es tan optimista como podría parecer, porque señala esta tendencia interna de la clase trabajadora a acentuar las diferencias de estatus para protegerse a sí misma de la predisposición del capital a tratar al trabajo como una masa indiferenciada que sería empleada únicamente en la medida en que le permite obtener beneficios. Así, pues, el artículo finalizaba con una nota optimista –existe una tendencia hacia la igualación–, pero al mismo tiempo es de esperar que los trabajadores luchen para protegerse a sí mismos mediante la formación o consolidación de grupos de estatus contra esa misma tendencia.

¿Significa esto que la diferenciación entre el ejército industrial activo y el ejército industrial de reserva también tiende a hallarse divida por el estatus, racializado si lo prefieres?

Depende. Si observamos el proceso globalmente –en cuyo caso el ejército industrial de reserva no se halla constituido únicamente por los desempleados, sino también por los encubiertamente desempleados y por los excluidos– entonces definitivamente existe una división de estatus entre los dos.

La nacionalidad ha sido utilizada por segmentos de la clase obrera pertenecientes al ejército industrial activo para diferenciarse del ejército de reserva global. A escala nacional, esto es menos claro. Si pensamos en Estados Unidos o en Europa, es mucho menos evidente que exista realmente una diferencia de estatus entre la fuerza de trabajo activa y la de reserva, pero si incluimos a los migrantes que actualmente están llegando desde países que son mucho más pobres, comprobamos que los sentimientos antiinmigración, que son una manifestación de esta tendencia a crear distinciones de estatus en el seno de la clase trabajadora, han crecido. Resulta, pues, un cuadro muy complicado, particularmente si observamos los flujos de migración transnacional y atendemos al hecho de que el ejército industrial de reserva se halla fundamentalmente concentrado en el Sur global y no en el Norte.

En tu artículo de 1991 «World Income Inequalities and the Future of Socialism » tú mostrabas una extraordinaria estabilidad de la jerarquía de la riqueza regional durante el siglo XX, esto es, el grado en que la diferencia en la renta per capita entre el Norte/Occidente situado en el centro de la economía-mundo capitalista y el Sur/Este situado en la semiperiferia y la periferia ha permanecido inmutado, o en realidad se ha intensificado, tras medio siglo de desarrollismo9. El comunismo, señalabas, no había logrado colmar esta diferencia en Rusia, Europa oriental o China, aunque no lo había hecho peor en este sentido que el capitalismo en América Latina, Asia sudoriental o África y en otros aspectos –una distribución más igualitaria de la renta en la sociedad y una mayor independencia del Estado del centro constituido por el Norte/Occidente– lo había hecho significativamente mejor. Dos décadas después, China ha roto obviamente la pauta que tú describías entonces. ¿En qué medida te sorprendió o no esto?

Ante todo, no debemos exagerar en qué grado China ha roto la pauta. El nivel de renta per capita en China era tan bajo –y todavía es bajo comparado con los países ricos– que incluso los avances importantes tienen que ser cualificados. China ha doblado su posición relativa respecto al mundo rico, pero todavía eso solo significa pasar del 2 por 100 de la media de la renta per capita de los países ricos al 4 por 100. Es cierto que China ha sido decisiva a la hora de reducir las desigualdades de renta mundial entre países. Si prescindimos de China, la posición del Sur ha empeorado desde la década de 1980; si la mantenemos, entonces el Sur ha mejorado algo, debido casi exclusivamente al avance de este país. Pero, por supuesto, se ha producido un enorme crecimiento de la desigualdad en el interior de la RPCh , de modo que China ha contribuido también al incremento de las desigualdades en el interior de los países durante las últimas décadas. Tomando estas dos medidas juntas –desigualdad entre y en el interior de los países– estadísticamente China ha provocado una reducción en la desigualdad global total. No deberíamos exagerar esto, dado que la pauta mundial presenta un perfil de enormes diferencias que se están reduciendo en pequeña medida. Sin embargo, es importante porque cambia las relaciones de poder entre países. Si continua, puede cambiar incluso la distribución global de la renta de un modelo que es todavía muy polarizado a una distribución más normal de tipo paretiano.

¿Me sorprendió esto? En cierto sentido, sí. De hecho, es por ello por lo que cambié mi objeto de interés durante los últimos quince años para estudiar Asia oriental, porque me di cuenta de que, aunque esta región –excepto Japón obviamente– formaba parte del Sur tenía determinadas peculiaridades que le permitían generar un tipo de desarrollo que no casaba en absoluto con la pauta de desigualdad estable entre regiones. Al mismo tiempo nadie ha afirmado –y yo desde luego no– que la estabilidad en la distribución global de la renta también significaba inmovilidad de países o regiones particulares. Una estructura completamente estable de desigualdades puede persistir con algunos países ascendiendo y otros descendiendo y esto es, en cierto sentido, lo que ha sucedido. Durante las décadas de 1980 y 1990, en particular, el desarrollo más importante ha sido la bifurcación de una altamente dinámica Asia oriental que se ha movido hacia arriba, un África estancada que ha seguido la senda descendente, particularmente África meridional, el «África de las reservas de trabajo» de nuevo.

Esta bifurcación es el asunto que más me interesa en estos momentos: ¿por qué África meridional y Asia oriental se han movido en direcciones tan opuestas? Es un fenómeno muy importante que tenemos que intentar comprender, porque hacerlo también modificaría nuestra comprensión de los fundamentos de un desarrollo capitalista exitoso y el grado en que reposa o no sobre la desposesión: la completa proletarización del campesinado como sucedió en África meridional o en una proletarización mucho más parcial que ha tenido lugar en Asia oriental. Por consiguiente, la divergencia de estas dos regiones suscita una gran cuestión teórica, que de nuevo desafía la identificación de Brenner del desarrollo capitalista con la total proletarización de la fuerza de trabajo.

Chaos and Governance in the Modern World System sostenía en 1999 que la hegemonía estadounidense declinaría principalmente al hilo del ascenso de Asia oriental y sobre todo de China. Al mismo tiempo planteaba la perspectiva de que ésta sería la región en la que el trabajo podría plantear en el futuro el desafío más drástico al capital a escala mundial. Se ha sugerido en algunas ocasiones que existe una tensión entre estas perspectivas: el ascenso de China como centro de poder rival de Estados Unidos y el incremento de la revuelta de las clases trabajadoras chinas. ¿Cómo contemplas la relación entre ambos procesos?

La relación es muy estrecha porque ante todo, contrariamente a lo que mucha gente piensa, los campesinos y trabajadores chinos tiene una tradición milenaria de revuelta que no tiene paralelo en ninguna otra parte del mundo. De hecho, muchas de las transiciones dinásticas fueron impulsadas por rebeliones, huelgas y manifestaciones no únicamente de trabajadores y campesinos, sino también de pequeños comerciantes. Se trata de una tradición que continúa sin interrupción hasta el presente. Cuando Hu Jintao dijo a Bush hace algunos años, «No se preocupe por el intento de China de desafiar el predominio estadounidense; tenemos demasiadas preocupaciones en casa», estaba señalando una de las principales características de la historia china: cómo enfrentarse a la combinación de rebeliones internas protagonizadas por las clases subordinadas y de invasiones externas por parte de los denominados bárbaros, procedentes bien de las estepas, hasta el siglo XIX, y después, desde las Guerras del Opio, del mar. Éstas han sido siempre preocupaciones abrumadoras de los gobiernos chinos y han impuesto estrechos límites al papel de China en las relaciones internacionales. El Estado chino imperial de finales del siglo XVIII y del XIX era básicamente un tipo de Estado del bienestar premoderno.

Estas características se reprodujeron a lo largo de su subsiguiente evolución. Durante la década de 1990, Jiang Zemin permitió al genio capitalista salir de la botella. Los actuales intentos de meterlo de nuevo en ella tienen que abordarse en el contexto de esta tradición mucho más dilatada. Si las rebeliones de las clases subordinadas chinas se materializan en una nueva forma de Estado del bienestar, entonces ello influirá la pauta de las relaciones internacionales durante los próximos veinte o treinta años. Pero el equilibrio de fuerzas entre las clases en China es todavía una cuestión abierta.

¿Existe una contradicción entre ser un centro fundamental de revuelta social y ser una potencia en ascenso? No necesariamente: Estados Unidos en la década de 1930 estuvo en la vanguardia de las luchas obreras al tiempo que emergía como potencia hegemónica. El hecho de que estas luchas tuvieran éxito en medio de la Gran Depresión fue un factor significativo a la hora de que Estados Unidos fuera socialmente hegemónico también para las clases trabajadoras. Éste fue ciertamente el caso en Italia donde la experiencia estadounidense se convirtió en el modelo para algunos sindicatos católicos.

Declaraciones recientes de China sugieren que existe una gran preocupación sobre los niveles de desempleo que pueden resultar de la recesión global, habiéndose dispuesto una batería de medidas para enfrentarse a ella.

¿Pero esto implica también la continuación del modelo de desarrollo de modos que pueden, a fin de cuentas, desafiar al resto del capitalismo global?

La cuestión es si las medidas que los dirigentes chinos adopten como respuesta a las luchas de los grupos subordinados pueden funcionar en otros lugares en los no existen las mismas condiciones. La cuestión de si China puede convertirse en modelo para otros Estados –particularmente para otros grandes Estados del Sur, como India– depende de innumerables especificidades históricas y geográficas que pueden no ser reproducibles en otras partes.

Los chinos saben esto y no se postulan como un modelo que tenga que ser imitado. Así, pues, lo que suceda en China será crucial en cuanto a las relaciones entre la RPCh y el resto del mundo, pero no en términos del establecimiento de un modelo para que otros lo sigan. Existe, sin embargo, una interpenetración de las luchas en China –de las luchas obreras y campesinas contra la explotación, pero también de las luchas contra los problemas ambientales y la destrucción ecológica– que no se encuentran con esa extensión en ninguna otra parte. Estas luchas están creciendo en estos momentos y resultará importante ver cómo los líderes chinos responden a ellas.

Creo que el traspaso de liderazgo a Hu Jintao y Wen Jiabao tiene que ver con el nerviosismo, por decirlo suavemente, ligado al abandono de una larga tradición de políticas de bienestar. Tendremos, pues, que seguir la evolución de la situación y observar los posibles resultados de la misma.

Volvamos a la cuestión de las crisis capitalistas. Tu ensayo de 1972 «Towards a Theory of Capitalist Crisis» establece una comparación entre el largo declive de 1873-1896 y la predicción, que se probó totalmente exacta, de otra crisis similar que históricamente comenzó en 1973. Has vuelto a este paralelismo varias veces desde entonces, señalando las similitudes, pero también las importantes diferencias entre ambas, sin embargo has escrito menos sobre la crisis de 1929 y su evolución. ¿Sigues considerando que la Gran Depresión presenta una menor relevancia?

Bien, no menos relevancia, porque de hecho es la crisis más seria que ha experimentado el capitalismo histórico y ciertamente constituyó un punto de inflexión. Pero también educó a las potencias realmente importantes sobre lo que tenían que hacer para no repetir la experiencia. Existe una variedad de instrumentos conocidos y menos conocidos para impedir que ese tipo de hundimiento se produzca de nuevo. Incluso ahora, aunque el colapso de los mercados bursátiles está siendo comparado con el de la década de 1930, creo, y puedo estar equivocado, que tanto las autoridades monetarias como los gobiernos de los Estados que realmente cuentan van a hacer todo lo que puedan para evitar que el colapso de los mercados financieros tenga efectos sociales similares a los de la década de 1930. No pueden permitírselo políticamente así que tirarán para adelante haciendo todo lo que tengan que hacer. Incluso Bush –y antes que él Reagan– a pesar de toda su ideología de libre mercado, recurrieron a un tipo extremo de financiación del gasto de corte keynesiano. Su ideología es una cosa, lo que realmente hacen es otra, porque están respondiendo a situaciones políticas que no pueden tolerar que se deterioren demasiado. Los aspectos financieros pueden ser similares a la década de 1930, pero existe una mayor conciencia y unas restricciones más severas sobre las autoridades políticas para que no permitan que estos procesos afecten a la denominada economía real en la misma medida en que lo hicieron en la década de 1930. No estoy diciendo que la Gran Depresión sea menos relevante, pero no estoy convencido de que se vaya a repetir en un futuro próximo. La situación de la economía mundial es radicalmente diferente. En la década de 1930 se hallaba enormemente segmentada y ello puede haber sido el factor que produjo las condiciones para que se produjera una cadena de derrumbamientos como la que se produjo. Ahora está mucho más integrada.

En «Towards a Theory of Capitalist Crisis» describes un profundo conflicto estructural en el capitalismo, en el que diferencias entre crisis que son causadas por una tasa demasiado alta de explotación, que conduce a crisis de realización a causa de una demanda efectiva insuficiente, y aquellas otras debidas a una tasa demasiado baja de explotación, que reduce la demanda de medios de producción. En la actualidad, ¿todavía sostienes esta distinción general y si es así dirías que estamos inmersos en una crisis de realización, enmascarada por un endeudamiento personal y una financiarización crecientes debidos a las represiones salariales que han caracterizado al capitalismo durante los últimos treinta años?

Sí. Creo que durante los últimos treinta años se ha producido un cambio en la naturaleza de la crisis. Hasta principios de la década de 1980, la crisis fue una crisis típica de caída de la tasa de beneficio debido a la intensificación de la competencia entre las agencias capitalistas y a que en aquellas circunstancias los trabajadores estaban mucho mejor equipados para protegerse a sí mismos que en depresiones anteriores, tanto la de finales del siglo XIX como la de la década de 1930. Esta fue, pues, la situación durante la década de 1970. La contrarrevolución monetaria de Reagan- Thatcher se orientó realmente a socavar este poder, esta capacidad de las clases trabajadoras de protegerse a sí mismas, y si bien este no fue su único objetivo, sí fue uno de los principales. Creo que tú citas algún asesor de Thatcher diciendo que lo que ellos hacían…… era crear un ejército industrial de reserva; exactamente…

… ¡lo que Marx dice que ellos debían hacer! Eso cambió la naturaleza de la crisis. En las décadas de 1980 y 1990 y ahora en la de 2000, nos enfrentamos en realidad a una crisis de sobreproducción, con todas sus características típicas. La renta ha sido redistribuida a favor de los grupos y clases que disponen de alta liquidez y predisposiciones especulativas, por lo cual no se reintegra en la circulación en forma de demanda efectiva, sino que se encamina a la especulación, creando burbujas que explotan regularmente.

Por consiguiente, sí, la crisis se ha transformado de una caracterizada por la caída de la tasa de beneficio, debida a la intensificación de la competencia entre capitales, en una de sobreproducción debida a la escasez sistémica de demanda efectiva creada por las tendencias del desarrollo capitalista.

Un informe reciente del National Intelligence Council predecía el fin del dominio global de Estados Unidos en 2025 y la emergencia de un mundo más fragmentado, más multipolar y potencialmente más conflictivo. ¿Piensas que el capitalismo como sistema-mundo requiere, como condición de posibilidad, una única potencia hegemónica? ¿Es la ausencia de una de éstas necesariamente equivalente a un caos sistémico inestable, es imposible un equilibrio de poder entre grandes Estados aproximadamente comparables?

No, no diría que es imposible. En gran medida depende de si la potencia hegemónica en ejercicio acepta la acomodación o no. El caos de los últimos seis o siete años es debido a la respuesta de la Administración de Bush al 11-S, que ha sido en algunos aspectos un caso de suicidio de una gran potencia. Lo que las potencias declinantes hacen es muy importante, porque ellas tienen la capacidad de crear caos. El conjunto del «Project for a New American Century» era una negativa a aceptar ese declive, lo cual ha sido una catástrofe. Se ha producido una debacle militar en Iraq y el correspondiente deterioro financiero de la posición estadounidense en la economía mundial, que ha transformado a Estados Unidos de una nación acreedora en la mayor nación deudora de la historia mundial. Como derrota, la de Iraq es peor que la de Vietnam, porque en Indochina había una larga tradición de guerra de guerrillas: los vietnamitas tenían un líder del calibre de Ho Chi Minh, habían derrotado ya a los franceses. La tragedia de los estadounidenses en Iraq es que incluso en las mejores circunstancias posibles les está costando mucho ganar la guerra y ahora mismo están intentando abandonarla salvando de algún modo la cara. Su resistencia a la acomodación ha conducido, primero, a una aceleración de su declive y, segundo, a un increíble sufrimiento y caos en Iraq. Iraq es un desastre. El volumen de la población desplazada es mucho mayor que en Dafur.

No está claro lo que Obama quiere hacer realmente. Si piensa que pude revertir el declive, va a encontrarse con sorpresas muy desagradables. Lo que puede hacer es gestionarlo inteligentemente, en otras palabras, cambiar la política seguida de: «Nosotros no nos estamos acomodando. Nosotros queremos otro siglo» a una de gestión de facto del declive, ideando políticas que se acomoden al cambio acaecido en las relaciones de poder. No se si Obama va a hacer esto, porque es muy ambiguo, realmente no lo se. Pero el cambio de Bush a Obama abre la posibilidad de gestionar y acomodar el declive de Estados Unidos en un modo no catastrófico. Bush ha tenido el efecto opuesto: la credibilidad del ejército estadounidense se ha socavado todavía más, la posición financiera es ahora más desastrosa. Así que la tarea a la que se enfrenta Obama, creo, es gestionar el declive inteligentemente; eso es lo que puede hacer, si bien su idea de incrementar las tropas en Afganistán es como poco preocupante.

A lo largo de los años, aunque siempre has basado tu trabajo en la concepción de Marx de la acumulación de capital, nunca has vacilado en expresar determinadas críticas importantes a su pensamiento: entre otras su infravaloración de las luchas de poder entre los Estados, su indiferencia respecto al espacio, las contradicciones en su análisis de la clase obrera. Durante mucho tiempo te ha fascinado Adam Smith, que juega un papel central en tu último trabajo Adam Smith en Pekín 10. ¿Cuáles serían las reservas, similares a las que oponías a Marx, que le plantearías?

Las reservas comparables sobre Smith son las mismas que las que Marx tenía respecto a él. Marx tomó un montón de cosas de Smith: la tendencia de la tasa de beneficio a caer bajo el impacto de la competencia intercapitalista, por ejemplo, es una idea de Smith. El capital es una crítica de la economía política: Marx estaba criticando a Smith por no haber tenido en cuenta lo que sucedía en los lugares ocultos de la producción, por decirlo con sus palabras: la competencia intercapitalista podía impulsar a la baja la tasa de beneficio, pero ello era contrarrestado por la tendencia y la capacidad de los capitalistas de alterar a su favor las relaciones de poder con la clase trabajadora. Desde este punto de vista, la crítica de Marx de la economía política de Smith estaba efectuando una aportación crucial. Sin embargo, también tenemos que atender a la evidencia histórica, porque el de Marx era un constructo teórico dotado de premisas que pueden no corresponder a la realidad histórica de periodos o lugares particulares.

No podemos inferir realidades empíricas de constructos teóricos. La validez de su crítica de Smith tiene que evaluarse en función de los hechos históricos; eso se aplica a Smith lo mismo que a Marx o cualquier otro autor.

Una de las conclusiones de Marx en El capital , particularmente del volumen I, es que la adopción de un sistema de libre mercado smithiano provocará el incremento de la desigualdad de clase. ¿En qué medida la introducción de un régimen smithiano en Pekín trae aparejado el riesgo de mayores desigualdades en China?

Mi razonamiento en el capítulo teórico sobre Smith, en Adam Smith en Pekín, es que no existe noción alguna en su trabajo de unos mercados autorregulados, como sucede en el credo neoliberal. La mano invisible es la del Estado, que debe gobernar de un modo descentralizado con un mínimo de interferencia burocrática. Sustantivamente, la acción del gobierno en Smith es pro trabajo, no pro capital. Smith es muy explícito cuando afirma que no es partidario de que los trabajadores compitan para reducir los salarios, sino de que lo hagan los capitalistas para reducir sus beneficios a una mínima recompensa aceptable por sus riesgos. Las concepciones actuales afirman lo contrario de lo que él dice. No esta claro, sin embargo, hacia donde se dirige China hoy. En la era de Jiang Zemin, durante la década de 1990, se encaminaba ciertamente a hacer competir a los trabajadores en pro del capital y el beneficio; no cabe duda al respecto. Ahora se ha producido una inversión, que como he dicho tiene en cuenta no solo la tradición de la Revolución y del periodo maoísta, sino también la de las políticas de bienestar de la China imperial tardía durante la dinastía Qing de finales del siglo XVIII y principios del XIX. No apuesto por un resultado particular en China, pero debemos estar atentos para analizar hacia dónde se encamina.

En Adam Smith en Pekín utilizas también el trabajo de Sugihara Kaoru, que contrapone una «revolución industriosa» basada en el trabajo intensivo y la gestión respetuosa de la naturaleza que en los inicios del periodo moderno se verifica en Asia oriental, y una «revolución industrial» basada en la mecanización y la depredación de los recursos naturales, y comentas la esperanza de que pudiera producirse una convergencia de las dos en beneficio de la humanidad en el futuro. ¿Cómo estimarías el equilibrio entre ambas en la actual Asia oriental?

Muy precario. No soy tan optimista como Sugihara que piensa, quizá, que la tradición de Asia oriental de «revolución industriosa» se halla tan profundamente incrustada que puede si no llegar a ser dominante de nuevo, al menos jugar un importante papel en cualquier formación híbrida que vaya a emerger. Estos conceptos son más importantes para seguir lo que está sucediendo que para afirmar que Asia oriental va por este camino o Estados Unidos por aquel otro. Existen pruebas de que las autoridades asiáticas están preocupadas por el medioambiente y por el descontento social, pero después hacen cosas que son absolutamente estúpidas. La idea de copiar a Estados Unidos, desde este punto de vista, ya fue absurda en Europa y es obviamente todavía más absurda en China. Siempre he dicho a los chinos que durante las décadas de 1990 y 2000 ellos miraron a la ciudad equivocada. Si querían observar cómo ser ricos sin ser ecológicamente destructivos debían mirar a Ámsterdam en lugar de a Los Angeles. En Ámsterdam todo el mundo se mueve en bicicleta; hay miles de bicicletas aparcadas en la estación por la noche, porque la gente llega en tren, coge sus bicicletas por la mañana y las deja de nuevo por la tarde. Si bien no había coches en China la primera vez que estuve allí en 1970 –tan solo unos pocos autobuses en un mar de bicicletas–, ahora, cada vez más, las bicicletas han sido expulsadas. Desde ese punto de vista nos topamos con un panorama claroscuro, muy preocupante y contradictorio. La ideología de la modernización se halla desacreditada en todas partes, pero hasta ahora colea, muy ingenuamente, en China.

Pero por lo que implica de Adam Smith en Pekín parece ser que podríamos necesitar algo de esa revolución industriosa en Occidente, y que por consiguiente ésta es una categoría que no es específica de China, sino que puede ser en realidad mucho más amplia.

Sí, pero el punto fundamental de Sugihara es que el desarrollo típico de la revolución industrial, la substitución de trabajo por maquinaria y energía, no solo tiene límites ecológicos, como sabemos, sino que también tiene límites económicos. De hecho los marxistas a menudo olvidan que la idea de Marx de la creciente composición orgánica del capital, que impulsa a la baja a la tasa de beneficio, tiene que ver fundamentalmente con el hecho de que el uso de más máquinas y energía intensifica la competencia entre los capitalistas de tal modo que la hace menos rentable, además de ser ecológicamente destructiva. El punto de Sugihara es que la separación de dirección y gestión empresarial, por un lado, y trabajo, por otro, el creciente dominio de los directivos y gestores empresariales sobre el trabajo y el hecho de que éste se halle privado de sus competencias, incluidas las de la autogestión, que es típica de la revolución industrial, tiene límites. En la revolución industriosa se produce una movilización de todos los recursos de los hogares que desarrolla, o al menos preserva, competencias de gestión y dirección entre los trabajadores. Finalmente, las ventajas de estas competencias de autogestión resultan más importantes que las ventajas derivadas de la separación de concepción y ejecución que fue típica de la revolución industrial. Creo que tiene razón, en el sentido de que es realmente crucial para comprender el actual ascenso de China; de que al haber preservado estas competencias de autogestión mediante la imposición de serias limitaciones a los procesos de proletarización en un sentido sustantivo, China puede ahora tener una organización del proceso de trabajo que se apoya más sobre las competencias de autogestión del trabajo que en otras partes. Esta es probablemente una de las principales fuentes de ventaja competitiva de China bajo las nuevas circunstancias.

Lo cual nos retrotraería a la política del Grupo Gramsci en lo que se refiere al proceso de trabajo y de autonomia.

Sí y no. Se trata de dos formas diferentes de autonomía. De lo que estamos hablando ahora es de autonomía de gestión y dirección, mientras que la otra se refería a la autonomía en la lucha, en el antagonismo de los trabajadores frente al capital. Ahí, la idea de autonomía era: ¿cómo formulamos nuestro programa de modo tal que unamos a los trabajadores en la lucha contra el capital, en vez de dividirlos creando así las condiciones para que éste restablezca su autoridad sobre ellos en el lugar de trabajo? La situación actual es ambigua. Muchos observan las competencias de autogestión chinas y las consideran como un modo de subordinar el trabajo al capital, en otras palabras, el capital ahorra en costes de gestión y dirección. Debemos poner estas competencias de autogestión en su contexto: dónde, cuándo y para qué propósito. No es tan fácil clasificarlas de un modo u otro.

Finalizabas «World Income Inequalities» en 1991 argumentando que tras el colapso de la URSS, la profundización y la multiplicación de los conflictos sobre recursos escasos en el Sur – la Guerra Iraq-Irán o la Guerra del Golfo pueden considerarse emblemáticos– obligaban a Occidente a crear estructuras embrionarias de gobierno mundial para regular aquellos: el G7 como comité ejecutivo de la burguesía global, el FMI y el Banco Mundial como su Ministerio de Economía, el Consejo de Seguridad como su Ministerio de Defensa. Estas estructuras, tú sugerías, podrían caer en manos de las fuerzas no conservadoras en un plazo de quince años.

En Adam Smith en Pekín hablas por el contrario de una sociedad de mercado mundial como un futuro potencialmente esperanzador en el cual ninguna potencia es ya una potencia hegemónica. ¿Cuál es la relación entre ellas y cuáles son tus concepciones de ambas?

En primer lugar, no dije realmente que las estructuras del gobierno mundial emergieran como consecuencia de los conflictos en el seno del Sur. La mayoría de ellas eran organizaciones de Bretton Woods, establecidas por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial como mecanismos necesarios para evitar los problemas provocados por los mercados autorregulados en la economía global y como instrumentos de gobernanza.

Por consiguiente, desde el comienzo del periodo de posguerra existieron estructuras embrionarias de gobierno mundial. Lo que se produjo en la década de 1980 fue una creciente turbulencia e inestabilidad, de la cual estos conflictos en el Sur eran un aspecto, y por lo tanto estas instituciones fueron reactivadas para gestionar la economía mundial de un modo diferente al de antes. ¿Podrían apropiarse las fuerzas no conservadoras de las mismas? Mi actitud ante esas instituciones fue siempre ambivalente, porque en muchos aspectos reflejaban el equilibrio de poder entre los Estados del Norte y del Sur: en el seno del Norte, entre el Norte y el Sur, etc. No había nada en teoría que excluyese la posibilidad de que esas instituciones pudieran realmente ser puestas a trabajar para regular la economía mundial, de modo que pudieran promover una distribución más equitativa de las rentas a escala global. Sin embargo, lo que sucedió fue exactamente lo contrario. Durante la década de 1980, el FMI y el Banco Mundial se convirtieron en instrumentos de la contrarrevolución neoliberal y promovieron, por consiguiente, una distribución más desigual de la renta. Pero incluso entonces, como he dicho, lo que sucedió finalmente fue no tanto una distribución más desigual entre Norte y Sur, sino una gran bifurcación dentro del propio Sur, con Asia oriental comportándose muy bien y África meridional comportándose muy mal, mientras otras regiones se colocaban entre esos extremos.

¿Cómo se relaciona eso con el concepto de sociedad de mercado mundial que discuto en Adam Smith en Pekín? Resulta ahora obvio que un Estado mundial, incluso en su forma más embrionaria, de tipo confederal, sería muy difícil de materializar. No constituye una posibilidad seria en un futuro inmediato. Se está gestando una sociedad de mercado mundial en el sentido de que los países se relacionarán los unos con los otros mediante mecanismos de mercado que no se autorregulan en absoluto, sino que son regulados, lo cual era también cierto del sistema desarrollado por Estados Unidos, que constituía un proceso altamente regulado mediante el que la eliminación de las tarifas, las cuotas y las restricciones sobre la movilidad del trabajo eran siempre negociadas por los Estados, fundamentalmente por Estados Unidos y Europa, y después entre ambos y otros Estados. La cuestión ahora es qué regulación va a introducirse para impedir un hundimiento del mercado similar al acaecido en la década de 1930. Así, pues, la relación entre los dos conceptos es que la organización de la economía mundial se basará fundamentalmente en el mercado, pero con una importante participación de los Estados en la regulación de esa economía.

En The Long Twentieth Century bosquejabas tres resultados posibles del caos sistémico hacia los que estaba encaminándose la larga ola de financiarización que había comenzado a principios de la década de 1970: un imperio mundial controlado por Estados Unidos, una sociedad de mercado mundial en la que ningún Estado dominara a los otros o una nueva guerra mundial que destrozaría la humanidad. En los tres casos, el capitalismo, tal y como se había desarrollado históricamente, desaparecería.

En Adam Smith en Pekín concluyes que dados los fracasos de la Administración de Bush, el primero puede ahora ser excluido, dejando únicamente los otros dos. ¿Pero no existe, lógicamente al menos y de acuerdo con tu propio marco analítico, la posibilidad de que China pueda emerger en un determinado momento como una nueva potencia hegemónica que sustituya a Estados Unidos sin alterar las estructuras del capitalismo y del territorialismo tal y como tú las has descrito? ¿Excluyes esa posibilidad?

No excluyo esa posibilidad, pero comencemos recordando exactamente qué dije en realidad. El primero de los tres escenarios que contemplaba en The Long Twentieth Century era un imperio mundial controlado no por Estados Unidos, sino por Estados Unidos en alianza con sus aliados europeos.

Nunca pensé que Estados Unidos sería tan intratable como para intentar perseguir por sí solo un Nuevo Siglo Americano, dado que era un proyecto lo suficientemente absurdo como para ser tenido en cuenta; y, por supuesto, se volvería en su contra de modo inmediato. De hecho, existe una fuerte corriente en el seno del establishment de la política exterior estadounidense deseosa de reparar las relaciones con Europa, que experimentaron tensiones con el unilateralismo de la Administración de Bush. Se trata tan sólo todavía de una posibilidad, si bien es ahora menos probable de lo que lo era previamente. El segundo punto es que la sociedad de mercado mundial y el mayor peso de China en la economía global no son mutuamente excluyentes. Si observamos el modo en que China se ha comportado respecto a sus vecinos históricamente, siempre ha habido una relación basada más en el comercio y en los intercambios económicos que en el poder militar; y ello todavía es así. La gente malinterpreta con frecuencia este punto: piensan que estoy describiendo a los chinos como si fuesen más blandos que Occidente, pero no tiene nada que ver con esto, sino con los problemas de la gobernanza de un país como China, que hemos discutido anteriormente. China tiene una tradición de rebeliones a la que ningún otro territorio de tamaño y densidad de población similares se ha enfrentado nunca. Sus gobernantes son también muy conscientes de la posibilidad de nuevos invasores que vengan del mar, en otras palabras Estados Unidos. Como señalo en el capítulo X de Adam Smith en Pekín existen varios planes estadounidenses sobre cómo tratar a China, ninguno de los cuales es exactamente tranquilizador para Pekín. Aparte del plan de Kissinger, que apuesta por la cooptación, los otros contemplan bien una nueva Guerra Fría dirigida contra China o bien la implicación de China en guerras con sus vecinos, mientras Estados Unidos desempeña el papel de «tercero feliz». Si China emerge, como pienso que hará, como un nuevo centro de la economía global, su papel será radicalmente diferente al de las potencias hegemónicas anteriores. No solo a causa de los contrastes culturales, enraizados como lo están en diferencias histórico-geográficas, sino precisamente porque la historia y la geografía diferentes de la región asiático-oriental no dejarán de impactar las nuevas estructuras de la economía global. Si China va a ser una potencia hegemónica, va a serlo de un modo muy diferente a las otras. Ante todo, el poder militar será mucho menos importante que el poder cultural y económico, particularmente éste último.

China tendrá que jugar la carta económica mucho más de lo que lo hicieron Estados Unidos, los británicos o los holandeses.

¿Prevés una mayor unidad en Asia oriental? Se comenta, por ejemplo, la posibilidad de una especie de FMI asiático, de la unificación de la moneda, etc., ¿ves a China como el centro de una potencia hegemónica asiático- oriental en vez de cómo un actor solitario? Y si es así, ¿cómo cuadra esto con el creciente nacionalismo de Corea del Sur, Japón y China?

Lo que resulta más interesante de Asia oriental es cómo, a fin de cuentas, la economía es determinada por las predisposiciones y políticas reciprocas de los Estados, a pesar de sus nacionalismos, los cuales se hallan muy bien asentados e imbricados, pero también vinculados a un hecho histórico con frecuencia olvidado por Occidente: que Corea, China, Japón, Tailandia, Camboya, todos ellos eran Estados nacionales mucho antes de que hubiera un solo Estado-nación en Europa, que todos ellos tienen historias de reacciones nacionalistas frente al resto en un marco que es predominantemente económico. Ocasionalmente hubo guerras y la actitud de los vietnamitas respecto a China o de los coreanos respecto a Japón se asienta profundamente en la memoria de esas guerras. Al mismo tiempo, la economía parecer predominar. Fue sorprendente que el resurgimiento nacionalista en Japón, durante el mandato de Kozumi, fuera súbitamente puesto a buen recaudo cuando llegó a ser evidente que las empresas japonesas estaban interesadas en hacer negocios con China. En ésta también se produjo una enorme ola de manifestaciones antijaponesas, pero después se detuvo. El cuadro general en Asia oriental indica que existen profundas predisposiciones nacionalistas, pero al mismo tiempo que tienden a ser dominadas por los intereses económicos.

La actual crisis del sistema financiero mundial parece la reivindicación más espectacular de las predicciones teóricas que has sostenido desde hace mucho tiempo más allá de lo que nadie podía imaginar. ¿Hay de todas formas aspectos de esta crisis que te hayan sorprendido?

Mi predicción era muy simple. La tendencia recurrente hacia la financiarización era, como señaló Braudel, un signo del otoño de una expansión material particular que se centraba en un Estado determinado. En The Long Twentieth Century denominé el inicio de la financiarización la crisis-señal de un régimen de acumulación y señalé que a lo largo del tiempo –habitualmente tras medio siglo– se produce la crisis terminal. Para las anteriores potencias hegemónicas, era posible identificar tanto la crisis-señal como las crisis terminal. Para Estados Unidos aventuré la hipótesis de que la década de 1970 era la crisis señal; la crisis terminal no había llegado todavía, pero llegaría. ¿Cómo? La hipótesis básica es que todas estas expansiones financieras eran fundamentalmente insostenibles, porque estaban canalizando hacia la especulación más capital del que podía ser realmente gestionado o dicho con otras palabras existía la tendencia de que estas expansiones financieras desarrollaran burbujas de diversos tipos. Preví que esta expansión financiera conduciría finalmente a una crisis terminal, porque las burbujas son tan insostenibles hoy como lo fueron en el pasado, pero no los detalles de las burbujas: la burbuja de los valores tecnológicos o la burbuja de la vivienda.

También, me mostré ambiguo sobre en qué momento nos encontrábamos a principios de la década de 1990, cuando escribí The Long Twentieth Century. Pensaba que de algún modo la belle époque de Estados Unidos estaba ya acabada, cuando en realidad estaba justo empezando. Reagan la preparó provocando una recesión importante, que creó a continuación las condiciones para la subsiguiente expansión financiera, pero fue Clinton quien realmente presidió la belle époque que después terminó en el colapso de la década de 2000, especialmente del Nasdaq. Con la explosión de la burbuja de la vivienda, lo que estamos observando ahora es, con toda claridad, la crisis terminal de la centralidad financiera y de la hegemonía estadounidenses.

Lo que distingue tu trabajo de casi todos los partícipes en tu campo es tu aprecio por la flexibilidad, la adaptabilidad, y la fluidez del desarrollo capitalista, en el marco del sistema interestatal. Sin embargo, en la longue durée , como sucede en los marcos de 500, 150 y 50 años que adoptas para el examen colectivo de la posición de Asia oriental en el sistema interestatal emergen pautas de comportamiento sorprendentemente claras, casi nítidas en su determinación y simplicidad 11. ¿Cómo caracterizarías la relación existente entre contingencia y necesidad en tu pensamiento?

Hay dos cuestiones diferentes aquí: una concierne a la apreciación de la flexibilidad del desarrollo capitalista y la otra atañe a la recurrencia de las pautas de comportamiento, y la extensión en la que éstas se hallan determinadas por la contingencia o la necesidad. Sobre la primera, la adaptabilidad del capitalismo: esto se halla parcialmente ligado a mi experiencia de empresa cuando era joven. Inicialmente intenté gestionar la empresa de mi padre, que era relativamente pequeña; después redacté una disertación sobre la empresa de mi abuelo, que era de mayor tamaño que la de mi padre. A continuación discutí con mi abuelo y me fui a Unilever, que en cuanto a número de empleados era la segunda multinacional en esos momentos.

Tuve, pues, la suerte –desde el punto de vista del análisis de la empresa capitalista– de incorporarme sucesivamente a empresas cada vez mayores lo cual me ayudó a comprender que no puedes hablar sobre empresas capitalistas en general, porque las diferencias entre la empresa de mi padre, la de mi abuelo y Unilever eran increíbles. Por ejemplo, mi padre invertía todo su tiempo en visitar a sus clientes en los distritos textiles y estudiar los problemas técnicos que tenían con sus máquinas, para después volver a la fábrica y discutir los problemas con su ingeniero y adaptar las máquinas a las necesidades de aquellos. Cuando intenté gestionar este negocio me sentí totalmente perdido; todo se basaba en las competencias y los conocimientos que formaban parte de la práctica y la experiencia de mi padre. Podía ir a visitar y ver a los clientes, pero no podía resolver sus problemas, no podía realmente ni siquiera comprenderlos. No había remedio. De hecho, en mi juventud, cuando le decía a mi padre, «si llegan los comunistas, vas a tener problemas», él decía, «no, no voy a tener problemas, continuaré haciendo lo que hago, ellos necesitan gente que haga esto».

Cuando cerré la empresa de mi padre y me incorporé a la de mi abuelo, me encontré con una organización que ya era más fordista. No se estudiaban los problemas de los clientes, sino que se producían máquinas estandarizadas, les gustaran a los clientes o no. Sus ingenieros diseñaban máquinas en virtud de lo que ellos pensaban que precisaba el mercado y les decían a los clientes: esto es lo que tenemos. Se trataba de una producción en masa embrionaria, con líneas de montaje embrionarias. Cuando llegué a Unilever, apenas tuve contacto con el ámbito de la producción.

Existían muchas fábricas diferentes: una hacía margarina, otra jabón, otra perfumes. Había docenas de productos diferentes, pero la sede principal de actividad no era ni la organización del marketing ni el lugar de producción, sino el departamento financiero y el departamento de publicidad.

Así que eso me enseñó que era muy difícil identificar una forma específica como «típicamente» capitalista. Posteriormente, estudiando a Braudel, observé que esta idea de la naturaleza eminentemente adaptable del capitalismo era algo que podíamos observar históricamente.

Uno de los mayores problemas de la izquierda, pero también de la derecha, es pensar que hay únicamente un tipo de capitalismo que se reproduce históricamente, mientras que el capitalismo se ha transformado a sí mismo sustantivamente –sobre todo a escala global– de modos inesperados.

Durante varios siglos el capitalismo dependió de la esclavitud y parecía tan imbricado con la misma desde todos los puntos de visa que resultaba difícil pensar que podría sobrevivir sin ella; pero la esclavitud fue abolida y el capitalismo no solo sobrevivió sino que prosperó más que nunca, desarrollándose ahora a partir del colonialismo y el imperialismo.

En ese momento pareció que el colonialismo y el imperialismo eran esenciales para su funcionamiento, pero una vez más, tras la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo se desprendió de ambos y sobrevivió y prosperó.

Desde un punto de vista histórico-mundial, el capitalismo siempre ha estado transformándose a sí mismo y ésta es una de sus principales características; sería realmente miope intentar precisar lo que es el capitalismo sin tener en cuenta estas transformaciones cruciales. Lo que permanece constante a lo largo de estas transformaciones y lo que define la esencia del mismo se halla capturado de modo óptimo por la fórmula del capital acuñada por Marx, D-M-D’, a la cual me refiero repetidamente cuando identifico la alternancia de expansiones materiales y financieras. Si observamos la China actual, podemos decir que el sistema allí vigente quizá es capitalismo quizá no, y al respecto yo creo que se trata de una cuestión que todavía está abierta; pero aunque asumamos que se trata de capitalismo, debemos tener en cuenta que no es el mismo capitalismo que el existente en periodos anteriores, sino que se halla totalmente transformado.

El problema es identificar sus especificidades, cómo difiere de los capitalismos anteriores, lo denominemos capitalismo o de otro modo. ¿Y la segunda parte de la cuestión, esto es, la emergencia de pautas de comportamiento tan específicas de longue durée analizadas en tu trabajo y las transformaciones de escala?

Un punto es que existe una dimensión geográfica muy clara en los ciclos recurrentes de expansión material y financiera, pero podemos observar este aspecto únicamente si no nos limitamos a concentrarnos en un solo país, porque entonces se observa un proceso totalmente diferente. Esto es lo que ha hecho la mayoría de los historiadores: se concentran en un país y describen su evolución. En Braudel, por el contrario, la idea es precisamente que la acumulación de capital salta; y si tú no saltas con ella, si tú no le sigues de lugar a lugar, no la ves. Si permanecemos concentrados en Inglaterra o en Francia, perdemos de vista lo que es más esencial del desarrollo del capitalismo histórico-mundial. Tienes que moverte con él para comprender que el proceso de desarrollo capitalista es esencialmente aquel que supone un salto de una situación en la que lo que tú has denominado «solución espacial de carácter infraestructural» se vuelve demasiado constrictiva y la competencia se intensifica, a otra en la que una solución espacial de mayor escala y ámbito de acción permite al sistema experimentar otro periodo de expansión material. Y después, por supuesto, el ciclo se repite de nuevo.

Cuando formulaba esta idea por primera vez, infiriendo las pautas de comportamiento de Braudel y Marx, todavía no había apreciado totalmente tu concepto de solución espacial en el doble sentido de la palabra: fijeza del capital invertido y solución de las contradicciones previas de la acumulación capitalista. Existe una necesidad endógena en estas pautas de comportamiento que se deriva del proceso de acumulación, que moviliza dinero y otros recursos a una escala cada vez mayor, lo cual a su vez crea problemas bajo la forma de una competencia intensificada y de sobreacumulación de diversos tipos. El proceso de acumulación capitalista de capital –como proceso opuesto a la acumulación no capitalista de capital– tiene este efecto bola de nieve que intensifica la competencia e impulsa a la baja la tasa de beneficio. Quienes se hallan mejor posicionados para encontrar una nueva solución espacial lo hacen optando por un «contenedor» cada vez mayor.

De las ciudades-Estado, que acumularon un ingente capital en pequeños contenedores, a la Holanda del siglo XVII, que fue más que una ciudad-Estado pero menos que un Estado nacional, pasando por la Gran Bretaña de finales del siglo XVIII y del siglo XIX, con su imperio de dimensiones mundiales, para llegar a la dimensión continental de Estados Unidos en el siglo XX.

Ahora el proceso no puede continuar de la misma forma, porque no existe un contenedor mayor que pueda desplazar a Estados Unidos. Existen grandes Estados nacionales –de hecho civilizacionales– como China e India, que no son mayores que Estados Unidos en términos espaciales, pero que tienen cuatro o cinco veces su población. Así, pues, ahora estamos cambiando hacia una nueva pauta: en vez de desplazarnos de un contenedor a otro espacialmente mayor, estamos yendo de un contenedor con una baja densidad de población a contenedores con densidades mayores.

Por otro lado, anteriormente se produjo un cambio de países ricos a países ricos, mientras que ahora estamos desplazándonos de países muy ricos a países todavía básicamente pobres (la renta per capita de China es todavía la veintésima parte de la de Estados Unidos). En cierto sentido, puedes decir, «Perfecto, ahora la hegemonía, si es eso lo que está sucediendo, está cambiando de los ricos a los pobres». Pero al mismo tiempo, estos países presentan enormes diferencias y desigualdades internas. Todo se halla muy matizado. Se trata de tendencias contradictorias y necesitamos desarrollar nuevas herramientas conceptuales para comprenderlas.

Concluyes Adam Smith en Pekín con la esperanza de una comunidad de civilizaciones que vivan en términos igualitarios, una con otra, en un respeto compartido por el planeta y sus recursos naturales. ¿Usarías el término «socialismo» para describir esta visión o consideras que está agotado?

Bien, no tendría objeciones a ser llamado socialista, excepto que desafortunadamente el socialismo ha sido demasiado identificado con el control de la economía por el Estado. Nunca pensé que fuera una buena idea. Provengo de un país en el que el Estado es despreciado o no inspira ninguna confianza. La identificación del socialismo con el Estado crea grandes problemas.

Así, pues, si este sistema-mundo se va a llamar socialista sería necesario que se redefiniera en términos de respeto mutuo entre los seres humanos y un respeto colectivo por la naturaleza. Pero esto puede tener que organizarse a través de intercambios mercantiles regulados por el Estado, de modo que se incremente de una forma smithiana el poder de los trabajadores y se disminuya el del capital, y no mediante la propiedad y el control de los medios de producción por parte de aquel. El problema con el término socialismo es que ha sido maltratado de tantas formas diferentes que se halla, pues, muy desacreditado. Si me preguntas cuál sería un término mejor, no tengo ni idea, creo que tenemos que buscar uno.

Tú eres muy bueno encontrando nuevas expresiones, así que deberías ofrecernos alguna sugerencia.

De acuerdo, me pongo a buscar uno.

Sí, tienes que trabajar para encontrar un sustituto para el término «socialista » que lo despoje de su identificación histórica con el Estado y lo acerque más a la idea de una mayor igualdad y respeto muto. ¡Así, que te dejo la tarea a ti!

Notas:

1 Véase, respectivamente, G. Arrighi, «The Political Economy of Rhodesia», NLR 1/39 (septiembre- octubre de 1966); C. Leys, European Politics in Southern Rhodesia , Oxford, 1959; y G. Arrighi, «Labour Supplies in Historical Perspective. A Study of the Proletarianization of the African Peasantry in Rhodesia », en G. Arrighi y John Saul, Essays on the Political Economy of Africa, Nueva York, 1973.

3 Véase, en inglés, G. Arrighi, «Towards a Theory of Capitalist Crisis», NLR 1/111 (septiembre octubre de 1978); primero publicado en Rassegna Comunista 2, 3, 4 y 7, Milán (1972-1973).

4 Véase G. Arrighi y Fortunata Piselli, «Capitalist Development in Hostile Environments: Feuds, Class Struggles and Migrations in a Peripheral Region of Southern Italy», Review ( Fernand Braudel Center ) X, 4 (1987).

5 G . Arrighi, The Long Twentieth Century , Londres, 1994 [ed. cast.: El largo siglo XX . Dinero y poder en los orígenes de nuestra época , Madrid, Akal, 1999].

6 Coescrito por ambos en 1999, Chaos and Governance in the Modern World System parece respetar el tipo de estructura que tú habías planeado inicialmente para The Long Twentieth Century.

6 Beverly J. Silver, Forces of Labour. Workers’ Movements and Globalization Since 1870, Cambridge , 2003 [ed. cast.: Fuerzas de trabajo. Los movimientos obreros y la globalización desde 1870, Madrid, Akal, 2005].

7 G . Arrighi y B. Silver, Chaos and Governance in the Modern World System, Minneapolis 1999 [ed. cast.: Caos y orden en el sistema-mundo moderno, Madrid, Akal, 2001].

8 G . Arrighi, «Marxist Century, American Century. The Making and Remaking of the World Labour Movement», NLR 1/179 (enero-febrero de 1990) [ed. cast.: «Siglo marxista, siglo americano. La formación y remodelación del movimiento obrero mundial», NLR 0 (2000)].

9 G . Arrighi, «World Income Inequalities and the Future of Socialism», NLR 1/189 (septiembre-octubre de 1991).

10 G . Arrighi, Adam Smith in Beijing , Londres, Verso, 2007 [ed. cast.: Adam Smith en Pekín , Madrid , Akal, 2007].

11 G . Arrighi, Takeshi Hamashita y Mark Selden (eds.), The Resurgence of East Asia . 500, 150 and 50 Year Perspectives, Londres, 2003.
http://ddooss.org/articulos/entrevistas/Giovanni_Arrighi.htm

REBELION.ORG

MAPU, Historia: Gobierno UP y quiebres 1971-1973… (Cuarta Parte)

leave a comment »

AMBROSIO1 por Cristina Moyano, Dra. en Historia

Capitulo 4:

Gobierno y quiebres 1971-1973. MAPU: el partido “que nació a caballo”

La formación de la izquierda cristiana y la primera fractura del MAPU: la oportunidad para definir la identidad marxista.

Ampliamente cubierto por El Mercurio, el conflicto desatado en la mitad de 1971 mostraba, según el periódico, las tensiones insalvables e irreconciliables, en el largo plazo, de la compleja convivencia entre marxismo y cristianismo.

La idea de que el marxismo y el cristianismo podían convivir de manera armónica y potenciarse mutuamente se termina abruptamente con la creación de la IC y la salida de los parlamentarios del MAPU, principales líderes en los primeros meses de actuación del partido, cuestión que será sobredimensionada por la prensa de derecha. Sin embargo, cabe mencionar que la formación de la Izquierda Cristiana no se debe a dichos parlamentarios, sino que a un conflicto que cruza a la DC y el sector tercerista que decide quebrar con dicho partido ante el fracaso de reformar por dentro la colectividad de la flecha roja y avanzar en un proceso de profundización de las reformas sociales y económicas prometidas bajo el lema de la “Revolución en Libertad”.

El conflicto por la definición ideológica al interior del MAPU comienza a hacerse más agudo en el mes de agosto de 1971, días previos a la inscripción formal de la colectividad en el registro electoral. Dada la importancia que tenía el hecho de convertir al MAPU en un partido, con todas las de la ley, las pugnas internas se hicieron cada vez más visibles. La nueva colectividad debía tener una ideología clara y definida y en ese ámbito parece que la opción de Rodrigo Ambrosio, Secretario General por esos años, de definirse como partido marxista, excluía la posibilidad de mantener el ideal cristiano.

Así lo expresaba una carta enviada por Jerez, Gumucio, Silva Solar y Chonchol a Ambrosio el 25 de mayo de 1971, en donde conminan al Secretario General a “abordar y resolver seriamente el problema de su ideología”. En dicha carta los viejos fundadores del MAPU enfatizaban que “para algunos, entre los que nos encontramos, somos una fuerza dentro de la izquierda, destinada fundamentalmente a ser cauce para aquellos que siendo de formación o tradición cristiana, se sienten comprometidos en un frente político y con un programa común para la fuerzas populares, fundamentalmente de formación marxista, para impulsar juntos el cambio revolucionario de la sociedad y construir en Chile una sociedad socialista… para otros, por ejemplo para muchos jóvenes del MAPU y para usted mismo, compañero Ambrosio, somos un partido leninista. Con ello deja atrás lo planteado en el principal documento teórico del movimiento que al formarse el MAPU señaló que éste hacía suyos “los valores revolucionarios que el cristianismo como fuerza cultural incorporó al mundo”.[1]

Se planteaba en esta carta que el MAPU se encontraba perdiendo la fuerza potencial, que los viejos fundadores creían tenía la nueva colectividad de izquierda. Ese elemento de identidad y que según ellos ampliaba las bases de la UP al incluir el elemento cristiano al ideario popular y revolucionario, que en nuestro país estaba articulado básicamente en torno a los partidos que se habían declarado marxistas, se abandonaba para constituirse en un partido más de la izquierda ya existente. Según los mismos parlamentarios “respetamos plenamente al cristiano que milita en un partido marxista. Nos parece una opción legítima. Pero creemos que la incorporación masiva de los sectores populares cristianos a la lucha por la construcción socialista requiere de un cauce político que les sea más accesible, y eso es a nuestro juicio, una izquierda de inspiración cristiana… que tome su puesto en la tarea de transformación revolucionaria de la sociedad junto a los comunistas, socialistas, radicales y toda la izquierda.”[2]

Sin embargo, la misiva junto con enfatizar que la opción por el marxismo leninismo dejaría fuera a un importante contingente de personas cuya identidad popular no estaba afianzada en esa ideología, también dejaba ver, entrelíneas, que la definición teórico-ideológica estaba cruzada por un conflicto generacional. Los parlamentarios señalan que son los más jóvenes los que mayoritariamente abogaron por esta definición ideológica y entre ellos se encontraba Ambrosio y la gran cantidad de militantes que provenientes de la tradición cristiana necesitaban definirse como marxistas, quebrando sus lazos con el pasado, construyendo una nueva identidad.

Finalmente la apuesta de los jóvenes no estará en aportar a la izquierda una ideología distinta, sino que una forma de poner en práctica esa ideología, una nueva forma de hacer política, que requería precisamente de cortes y rupturas con aquellos sectores tradicionales y que en el MAPU representaban los más viejos, aquellos para quienes el peso de la cultura política adquirida en la Democracia Cristiana no podía ser arrancada de raíz.

De esta forma la constitución de la Izquierda Cristiana, aún cuando se propusiera básicamente herir a la Democracia Cristiana, terminaría también hiriendo al MAPU, toda vez que la base militante y el ideario eran bastante comunes. Es por eso que los intentos públicos de Ambrosio se encuentran abocados a construir una imagen del MAPU como partido tolerante donde todos tienen espacio para hacer política, tratando con ello de mantener esa duplicidad que le daba la importancia política a la colectividad. Ambrosio señalaba que en el MAPU tenían un espacio de participación todos los que quisieren adherir a su propuesta, ya que esta colectividad era “pluripartidista no sólo como actitud, sino que como una forma de vivir y actuar”[3].

Mientras Ambrosio intentaba mantener esta imagen del MAPU para evitar que otros militantes salieran de la colectividad, la Izquierda Cristiana en sus declaraciones públicas enfatizaba la imposibilidad de que convivieran en la misma colectividad marxistas y cristianos. Las palabras de Luis Maira, líder fundador de la IC, eran bastante claras cuando argumentaba que “no polemizará con el MAPU, por cuanto los diferencia la matriz ideológica, los primeros son cristianos y los segundo de inspiración marxista”[4]. Con ello Maira zanjaba la discusión al afirmar que los cristianos revolucionarios están en la IC, los marxistas en las otras colectividades.

Para la prensa de ese entonces, el conflicto desatado con la formación de la IC viene a poner en juego la base de apoyo a la Unidad Popular. Para el Mercurio por ejemplo, la formación de esta nueva colectividad no aumenta el apoyo al gobierno de Allende, sino que divide el ya existente. Según este periódico la IC permite simplemente que los cristianos del MAPU formen su propia colectividad, dejando de convivir con los marxistas. Eran los mismos, no aumentaron, solo se dividieron, era la conclusión del periódico.

Al mismo tiempo, El Mercurio señalaba que el MAPU “al perder su identidad inicial cristiana, socialista y revolucionaria deja(ba) de ser atractiva, para convertirse en un partido leninista más que no le aporta(ba) pluralismo a la U.P[5]. Resaltaba también el periódico, para fundamentar esta idea, las palabras con que Narciso Irureta, militante de la DC analizaba el conflicto, esgrimiendo que la formación de la IC y la aparente crisis que generaría en la DC era simplemente una “estrategia para tapar la crisis de la UP”[6].

De esta forma tanto el periódico El Mercurio como la Tercera, enfatizaron la creación de la Izquierda Cristiana como un conflicto que si bien se inicia en la DC, termina afectando también al MAPU y las bases de apoyo de la Unidad Popular. Dicho enfoque, sin embargo, quedaba matizado con la forma en que se cubrió el nacimiento de la nueva colectividad política por los periódicos El Siglo y El Clarín. En estos últimos periódicos, el conflicto parecía solo rozar al MAPU, planteandose como clave el problema del debilitamiento estructural de las fuerzas demócrata –cristianas, causado por un descontento militante ante el comportamiento de las cúpulas partidarias, bastante alejado de las promesas de cambio social y de construcción de una sociedad comunitaria, que hicieron atractivo a dicho partido formado hacia fines de los años 50.

Dentro de este conflicto político, el 12 de agosto de 1971 el MAPU se inscribió como partido formal ante el registro electoral. Avalan su inscripción 34.000 firmas, de las cuales ya habían renunciado el 6 de agosto, los líderes más visibles en los primeros meses de existencia del Movimiento de Acción Popular Unitaria. No estarían en el “MAPU partido” ni Chonchol, ni Jerez, ni Gumucio, ni Silva Solar.

Sólo dos días después de la inscripción de la colectividad, Ambrosio aceptó la renuncia de los antiguos militantes y en una declaración pública afirmó que “la declaración de los renunciados envolvía una paradoja, porque mientras por un lado se integraban a un nuevo cauce revolucionario, desvalorizaban al mismo tiempo la multiplicidad de caminos que tienen los cristianos para trabajar por la revolución[7]. En forma similar, en una carta de la comisión política del MAPU hecha pública el 17 de agosto del año 1971 se argumentaba que el MAPU aceptaba la renuncia de dichos militantes, pero sin comprender la estrechez de visión de los parlamentarios, que no les permitía entender la posibilidad de que un cristiano milite en un partido sin ideología cristiana y de izquierda[8].

La “estrechez de visión” que los miembros de la comisión política del MAPU destacaron como argumento a la renuncia de estos militantes ex rebeldes de la DC, estaba referida también a otro elemento que sobresaltaron en la misma carta, referida a la profunda crítica sobre la forma tradicional de entender y practicar la política, tal como estos lo habían hecho en su partido originario. Los jóvenes del MAPU enfatizaron así, que el problema no era sólo ideológico-doctrinario, sino que contraponía dos formas de pensar y actuar la política, antagónicas tanto en el sentido ideológico así como en el sentido generacional.

La prensa de la época destacó esos elementos y contrapuso de manera más evidente la aparente incongruencia entre marxismo y cristianismo. De hecho una tira cómica que aparece en el Mercurio muestra al MAPU como un partido atropellador e intolerante, tratando con ello de estigmatizar un dogmatismo exacerbado del marxismo, que no se condice con los postulados expresos en los documentos políticos de la colectividad, donde ellos argumentaban que el marxismo era simplemente una herramienta de análisis de la realidad social y no un dogma incuestionable. En la tira cómica, aparece el sacerdote jesuita Gonzalo Arroyo, destacado militante del MAPU, pescando con un anzuelo dos peces que tienen escritos en sus vientres marxistas y cristianos, bajo los pies del sacerdote aparece escrito: ¡ Se desbordó el arroyo!.

De esta forma, la primera ruptura del MAPU comenzó a configurar de manera más expresa elementos de su propia cultura política. La intensidad puesta en la definición doctrinal inicial era interesante porque llevaba a la colectividad a expresar de manera pública cuál sería su manera de relacionarse con el marxismo. Aquí aparece, por lo tanto, un elemento que será importante no sólo en esos momentos, sino que más tarde dentro del proceso de renovación socialista. El MAPU entenderá el marxismo como un instrumento de análisis de la realidad social, sin dejar de lado otros elementos que permitieran adentrarse en una comprensión más profunda de lo social. Lo importante para ellos era generar una nueva forma de ver la política, donde el análisis coyuntural y estructural de la realidad chilena se volviera clave para definir la acción de los militantes. El estudio y por lo tanto una construcción más “profesional” de la política fueron elementos que van configurando la novedosa cultura política del MAPU.

Junto a lo anterior, otro elemento que va demostrando este quiebre, era una forma de militancia política que va poniendo en jaque la diversidad dentro del partido. Si bien Ambrosio en forma permanente tratará de postular que un elemento importante que aporta el MAPU a la izquierda es la posibilidad de que coexistan y convivan dentro del partido distintos actores y distintas posturas sobre lo que se entiende por socialismo y marxismo; en la práctica la militancia cotidiana, tan mezclada con el compromiso personal, la ética y la moral del militante, va imposibilitando que permanezcan en la colectividad grupos demasiado diversos. De allí que la historia de este período fundacional tenga dos quiebres importantes en un corto período de tiempo: el que acabamos de relatar y el que se irá produciendo hacia el año 1972 y que terminará por quebrar públicamente al MAPU en marzo de 1973. Esto quedará graficado de manera metafórica en un dicho atribuido a Ambrosio y recordado en la prensa por Oscar Garretón, a raíz del quiebre del año 1973: “El partido nació a caballo… de allí que no temamos a los corcoveos”[9], haciendo referencia a las turbulencias en las cuales nació y se desarrolló el MAPU en sus cortos años de existencia.

El MAPU y “la colaboración crítica” con el gobierno de la Unidad Popular.

Tal como expresamos en el capítulo anterior, el MAPU nació como colectividad para posibilitar la unión de la izquierda con miras a la elecciones de 1970. Así, una vez que Allende triunfó, el MAPU debió articular un nuevo discurso que justificara su existencia en la arena política, cuando ya se había alcanzado el objetivo fundacional.

La participación en el gobierno de la Unidad Popular conllevó al MAPU a una definición doctrinal importante que fundamentó el primer quiebre antes relatado. En forma paralela, puso a los jóvenes militantes a diseñar una estrategia de participación en el recién formado gobierno, participación que podemos definir de “colaboración crítica”.

Dicha colaboración crítica se caracterizará por el aporte de importantes cuadros técnicos en la administración del Estado. Es en esa esfera donde comenzarán a aparecer en la prensa los nombres de los militantes que hasta nuestros días son asociados al MAPU. Importantes cuadros del MAPU fueron las figuras de Oscar Guillermo Garretón[10] en la subsecretaría de Economía, quien más tarde será reemplazado por Fernando Flores[11]; José Antonio Viera Gallo[12] en la subsecretaría de Justicia, otras figuras en la CORFO como el mismo Flores o Francisco Gonzalez[13]; interventores de empresas pasadas al área de propiedad social[14], o dentro de la misma área económica y financiera, personas como Jaime Estévez, por ejemplo.

De esta forma el MAPU entregó a la gestión administrativa del gobierno de Salvador Allende importantes cuadros técnicos[15] compuestos por militantes jóvenes, con preparación universitaria y que a temprana edad se encontraban ejerciendo importantes cargos en la administración del Estado[16]. Sin embargo, esta participación en la administración no estuvo exenta de críticas a la gestión del gobierno. Así mientras algunos cuadros participaban de la construcción de la sociedad socialista desde el Estado, también coexistieron en el MAPU cuadros militantes[17] que articularon duras críticas a dicho proceso, referidas tanto a la rapidez como a la profundidad de las transformaciones.

Junto a este cuestionamiento coexiste otro referido al lugar desde es necesario construir el poder para llegar a la sociedad socialista. Un grupo importante de militantes del MAPU básicamente agrupados en el Regional de Concepción, Valparaíso y el Regional Sur de Santiago comenzaron a adherir a la propuesta de que era necesario “crear poder popular” y que por lo tanto, la participación en el Estado era una cuestión menor, razón por lo cual el partido debería concentrarse en el trabajo con las masas y desde las masas.

De esta forma parte importante de la crítica que un sector del MAPU hizo al gobierno de Allende, se realizó desde el lugar que cada militante ocupa en la sociedad. En otras palabras, el MAPU durante ese período reúne en su critica elementos visibles de la práctica política – administrativa, generadas a raíz de lo que sus propios militantes realizan. Esto es importante, por cuanto la crítica del MAPU no es solo doctrinaria, sino que también práctica, derivada de su propia participación y experiencia, cuestión que lo diferenciaba del MIR, por ejemplo.

Los cuadros técnicos de MAPU que ocuparon puestos estratégicos, fueron generando una particular forma de entender el proceso de construcción del socialismo. Su aporte crítico o de colaboración se hizo desde la perspectiva profesional administrativa donde actuaban, haciéndose cada vez más partidarios de fortalecer el poder del Estado, desde donde entendían debía dirigirse el proyecto de construcción de una sociedad socialista. De allí que el MAPU apareciera como un actor importante en el proceso económico, tanto en el sector industrial – empresarial como en el sector agrícola, ya que fue a través de su acción en la subsecretaría de economía, en la CORFO o en INDAP desde donde hablaron sus cuadros a la prensa de la época. Es por eso que una primera forma de aparición del MAPU en la prensa tuviera un corte asociado al trabajo programático, profesional y administrativo; es decir, sus actuaciones públicas estaban en estricta relación con su actuación en el gobierno.

De la acción gubernamental por lo tanto, el MAPU aprovechó los espacios para comunicar su propia idea de socialismo y de nación chilena, quedando claro que la opción del proyecto socialista debía partir de una acción práctica que evidenciara un real conocimiento de nuestra sociedad. Este elemento era válido tanto para quienes eran más partidarios de fortalecer el movimiento popular, como para quienes eran más cercanos a la idea de fortalecer el poder del Estado y potenciar el proyecto de la UP dentro del marco institucional.

Entre 1970 y fines de 1971, el MAPU planteó la línea de colaboración crítica hacia el gobierno de la UP, cuestión que en la práctica se tradujo en una militancia ordenada y disciplinada de apoyo a la gestión gubernamental con sus cuadros técnicos, dirigiendo sus principales críticas a la Democracia Cristiana, al imperialismo y a la oligarquía patronal chilena. Estos últimos focos de ataque fueron recurrentes en casi todos los partidos de la U.P, aunque el conflicto con la DC fuera más patente en el MAPU, en su afán permanente por diferenciarse de su partido original. Las tensiones internas entre los dos grandes grupos que hemos destacado, sólo asomaron en la prensa y no lograron constituir un elemento distintivo de la colectividad.

En ese período y bajo la conducción de Rodrigo Ambrosio, el MAPU se dedicó en conjunto con las labores administrativas y ejecutivas, a crecer como colectividad. Para esta última tarea, situó como elementos centrales de su trabajo el frente de masas, donde la colectividad tuvo importante participación sindical (CUT)[18], así como en las Federaciones Universitarias de Estudiantes, donde el MAPU logró bastante presencia, y en el sector campesino cuyas bases populares fueron efectivamente la gran base social de apoyo al partido junto a los estudiantes y algunos dirigentes del movimiento de pobladores. El sector campesino de apoyo del MAPU, se le debe al trabajo proveniente de la Democracia Cristiana, con figuras importantes como Jacques Chonchol y que continuaron militantes destacados como Jaime Gazmuri, por ejemplo. Las conexiones de la DC en el sector campesino a través de la creación de INDAP y la CORA en el contexto de la Reforma Agraria del gobierno de Frei Montalva, fueron generando condiciones positivas para que una vez producido el quiebre, el MAPU mantuviera dichas conexiones, que de modo general era un espacio poco visitado por la izquierda tradicional.

El trabajo de base y de proselitismo que se realizó en el contexto de la Reforma Agraria, por figuras del aparato DC del departamento campesino y que más tarde migraron de manera masiva al MAPU, posibilitó a esta colectividad heredar un espacio de influencia nuevo y que se encontraba tradicionalmente en disputa por el centro político y la derecha.

Las influencias del MAPU en otros sectores sociales, como el movimiento obrero más clásico (industrial o minero, por ejemplo) fueron más reducidas. Se puede inferir por tanto, que su capacidad de disputa de los viejos nichos fue bastante escasa, ya que el MAPU no concitó mayor atractivo para los viejos dirigentes sociales que se sentían mucho más identificados con los postulados y los estilos políticos de comunistas y socialistas.

Sin embargo, donde el MAPU logró importantes apoyos fue en aquellos sectores sociales y económicos más nuevos y que emergieron en el proceso de modernización iniciado con los radicales. La ampliación importante del sector servicios en la economía proporcionó un nicho no explorado por los partidos tradicionales, compuesto por personas jóvenes, sin militancia previa reconocida, con algunos grados mayores de preparación educacional, para quienes el MAPU aparecía como una fuerza novedosa y atractiva.

De allí que una de las labores importantes de esta colectividad, junto al trabajo tradicional en el frente de masas, se concentró en buscar “los mejores” cuadros técnicos, para ocupar lugares del aparato gubernamental y aumentar en conjunto, su dotación parlamentaria. Esto último se debía realizar con suma urgencia, por cuanto si bien el MAPU nació como colectividad teniendo cinco parlamentarios, al momento de la fundación de la I.C se quedó sin ninguno. De esta forma, el registro de la prensa nacional va mostrando cómo esta colectividad que si bien era un grupo “minúsculo” o diminuto como lo definía el Mercurio[19], fue haciéndose cada vez más importante en la gestión gubernamental, así como en lugares visibles del movimiento estudiantil, de trabajadores y campesinos.

La concentración en estos dos frentes de trabajo permite graficar su concepción del poder y la política. De acuerdo con la prensa, el MAPU concentró su trabajo partidario en aumentar sus bases sociales de apoyo así como en aumentar sus cargos en el Estado. De allí que los MAPUS aparecieran en la prensa de la época enfatizando el objetivo de ayudar a construir un puente entre el movimiento social y el político, de manera que el primero pudiera efectivamente convertirse en un actor con capacidad autónoma de participación en la construcción de la sociedad socialista. Sin embargo, los grados de preparación que el MAPU privilegiaba para participar de la administración, terminaban generando una exclusión efectiva de todo aquel militante que no pudiera colaborar técnicamente en dichas tareas. Por ello, que la configuración pública de esta colectividad esté concentrada en figuras provenientes del ámbito profesional universitario y no existen militantes conocidos (o al menos recordados por la prensa) que pertenecieran a otros ámbitos de la vida social o económica de nuestro país.

Esto último se hizo más visible en el período de la dirección de Ambrosio, quién terminó por sistematizar esta conexión entre lo social y lo político, en su teoría de los “dos filos”. En dicha “teoría” se esbozaba que era necesario que los MAPUS estuvieran presentes tanto en el aparato del Estado como en los movimientos sociales, porque el partido debía ser entendido como el vehículo que permitiera conectar estos dos espacios, que según su crítica a los partidos tradicionales, permanecían desconectados. De allí que mientras se pretendía crecer en la esfera social, participando en la CUT o ganando federaciones de estudiantes (secundarias y universitarias), también se abocaran a decidir racionalmente en qué ámbitos del Estado les parecía adecuado participar para seguir creciendo orgánicamente y ganando influencia en las bases sociales. Sólo en este sentido, el MAPU suponía se podía construir hegemónicamente un proyecto socialista. Sin ambos frentes ocupados y conectados, la disociación entre lo político y lo social se mantendría.

Para muchos esta teoría y este espíritu que nutrió la forma de participación del MAPU en la UP, era una simple forma de ocultar “artificiosamente” una intensa vocación de poder de quienes participaban en dicho movimiento. Críticos del MAPU veían en esos años, que esta colectividad era usada como trampolín social y económico para hombres y mujeres que aspiraban a participar de las labores del Estado y tener un trabajo estable y remunerado[20].

Sin embargo, esta crítica no era una prerrogativa exclusiva de los partidos opositores a la UP, sino que también generó conflictos al interior del MAPU. El 18 de diciembre de 1971, se realizaba en Santiago el 4° pleno de la Directiva Nacional del MAPU, cuyo objetivo central era “realizar un balance realista, crítico y autocrítico del primer año de gobierno; diseñar las grandes tareas de gobierno y del partido para el año 1972 y hacer una revisión autocrítica del funcionamiento del MAPU, su desarrollo en las masas y su funcionamiento en el gobierno”.

En la recurrente y permanente autocrítica que realiza el MAPU de su actuación[21], se van delineando claramente dos corrientes internas que comenzarán a tensionar la militancia interna. Por un lado, la corriente partidaria de acentuar el trabajo en las masas y en los movimientos sociales y que proponía una proletarización del partido y de sus militantes, criticando la preocupación dirigencial de nutrir con cuadros técnicos al aparato de gobierno. Dicho sector planteaba como tarea urgente la necesidad de articular los Comités de Unidad Popular, concebidos como “el mejor vehículo de comunicación entre el gobierno y las masas”[22], evitando la desmovilización que según ellos se estaba generando con la excesiva burocratización en la que había caído el gobierno de la UP. Ante ello, este sector era también partidario de unirse con el MIR y con el PS para aumentar la movilización y tensionar la estructura oficial (régimen político constitucional), permitiendo así acelerar el proceso de transición hacia el socialismo, configurando además lo que más tarde se conocería con el nombre del Polo Revolucionario.

Por otro lado, se delineaba el sector partidario de mantener puestos importantes en el aparato del Estado y en el Parlamento, por cuanto entendían que no sólo era importante contar con apoyo de masas sino que también contar con las herramientas que el poder institucional establecía como válidas para realizar las transformaciones hacia el socialismo. Aunque ambas corrientes terminaban en el mismo objetivo, las tensiones y las críticas que ambos sectores comenzaban a hacerse se volvieron cada vez más fuertes.

Sin embargo, las resoluciones del 4° Pleno del MAPU estipulaban que las tareas para el año 1972 serían las siguientes: “lucha antiimperialista, expropiación de todos los monopolios, acelerar la Reforma Agraria, ganar la batalla de la producción, ganar a los medianos y pequeños empresarios, organizar el abastecimiento, incorporar a las masas a las instancias de poder, recuperar la iniciativa en el terreno ideológico, preparar la batalla por el Parlamento y mejorar los métodos de dirección en la UP y el gobierno”[23]. Estas tareas trataban de unir ambas posturas dentro de la colectividad, estableciéndose bajo la dirección de Ambrosio que no había una incongruencia en ellas, y que el MAPU debía dirigir sus acciones tanto a la esfera social como a la esfera estatal y administrativa. Para Ambrosio tensionar ambas acciones, terminaría disolviendo la potencialidad del MAPU dentro de la UP y por lo tanto, haciendo a este partido inoperante y prescindible dentro de coalición de gobierno.

Mientras el MAPU se concentraba en estas labores de construcción de una identidad ideológica, el resto de la Unidad Popular, sobre todo el PC y un sector del Partido Socialista (sector moderado, liderado por Clodomiro Almeyda), encabezados por la figura del Presidente Salvador Allende, veían que el MAPU gastaba demasiado tiempo en discusiones fútiles, por cuanto su potencialidad como colectividad había sido zanjada en el momento de su creación.

Según la carta que Allende le envío a Rodrigo Ambrosio, disculpándose por no estar presente en la clausura del 4° Pleno, el Presidente enfatizaba que la incorporación del MAPU a la UP era una muestra “de pluralismo ideológico y verdadera democracia, cristianos, laicos y marxistas hemos volcado en un programa de gobierno, cuyas primera etapas ya hemos cumplido y seguiremos cumpliendo inflexiblemente. Así estamos haciendo la Historia.” Continúa más adelante Allende, diciendo que “tenemos que demostrarle a estos chilenos que están equivocados y que aquellos que son cristianos se convenzan que nadie que considere al cristianismo como eje central de su existencia puede ser adversario nuestro. No hay nada de lo que el gobierno popular construya que no pueda contar con la adhesión y participación de los discípulos del carpintero. Aún por sobre los errores que podamos cometer, porque es ese también uno de los riesgos de la revolución chilena, que no se sujeta a ningún modelo extraño a nuestra nacionalidad. Para un auténtico cristiano tales riesgos no deben constituir una valla, sino un estímulo para una sociedad sin explotadores ni explotados.”[24]

Allende termina dicha carta, diciéndole a Ambrosio que el MAPU ha ocupado, en el sentido antes descrito, un lugar de vanguardia, como incentivo para zanjar la discusión que se volvía cada vez más visible dentro de la colectividad y se decidieran de manera definitiva por una colaboración “inrrestricta” (y no crítica) al gobierno, dada la tenaz oposición que tenía en su contra.

De esta forma, mientras Ambrosio y sus correligionarios gastaban horas tratando de construir una identidad y un estilo político propio, Allende les reforzaba la imagen cristiana. El gran aporte del MAPU, según el sector de la izquierda que el Presidente representaba, estaba puesto en la integración de un sector social e ideológico que antes escapaba a la izquierda tradicional. Sin embargo, el cristianismo no era para el MAPU carta de nada, ni señal de identidad y menos de una cultura política en particular. A los hijos de Ambrosio esto ya les parecía un “karma”, que les recordaba permanentemente el pecado original y se esforzaron en construir un tipo de partido distinto en la izquierda, donde elementos no asociados al cristianismo les permitieran mostrar una identidad también distinta a su origen demócrata cristiano. Sin embargo, en ese esfuerzo se entienden los dos quiebres. El primero antes relatado y el segundo, que se gesta en la decisión definitoria sobre el MAPU, su carácter y objetivo político en la lucha por el poder y el socialismo.

Los signos públicos, que auguraron el segundo y gran quiebre del MAPU, se comienzan a visibilizar en los primeros días del año 1972 y se agudizan de manera profunda después del paro de Octubre del mismo año, mismo período en el que se realiza el II Congreso de la colectividad. La primera luz la daría la renuncia al partido hecha por entonces Intendente de Ñuble, Alejandro Bell. En su carta de renuncia este militante aduce como motivo de su accionar la disconformidad “en lo que se refiere a la relación entre el partido y el aparato de gobierno[25]. Bell, manifiesta que el Partido ha abandonado su quehacer social y que la actual directiva sólo está preocupada de la burocracia administrativa, ante lo cual aduce que el colectivo en el que milita ha perdido su norte y su sentido.

Otros de los puntos que hicieron pública la tensión al interior de la colectividad fue la discusión de la propuesta del MAPU de crear un “Partido Federado” que permitiera enfrentar de mejor forma las elecciones de mayo de 1973. Dicho partido pretendía concentrar las fuerzas de la UP, en un gran organismo disciplinado que permitiera por un lado contener las fuerzas que tendían a la dispersión y por otro lado, articular un discurso hegemónico y coherente que le diera una base de apoyo más sólida al gobierno de la UP. Sin embargo, si bien esta propuesta estaba liderada por la Dirección oficial del MAPU, existían algunos militantes del sector más radical que advertían que esta era una preocupación menor, ya que la gran tarea era hegemonizar el movimiento social, labor que permitiera constituir bases poderosas para oponerse con fuerza a la acción sediciosa de la oposición.

Las tensiones de este período estuvieron contenidas por la figura de Ambrosio, que constituía un liderazgo indiscutido dentro de la colectividad. Su gran preparación intelectual era reconocida por todos los sectores políticos, cuestión que generaba un respeto y admiración que permitía unificar cualquier disidencia en torno a su figura. Nadie dentro de la colectividad parecía querer ir en su contra[26]. Sin embargo, un suceso fortuito posibilitó que se dieran las condiciones para que las tensiones dentro del MAPU generaran el quiebre inminente.

El 19 de mayo de 1972, Rodrigo Ambrosio muere en un accidente de tránsito en Panamericana Norte, cuando el vehículo donde viajaba trató se sobrepasar a un camión que transportaba cemento. Le acompañaban ese día el más tarde electo vicepresidente de la CUT Eduardo Rojas.

La muerte de Ambrosio genera un descalabro interno, no hay un liderazgo claro que asuma su conducción. De manera interina, ocupará la Secretaría General del Partido el hombre de confianza de Ambrosio, Jaime Gazmuri. Sin embargo, las posiciones de éste último más distanciadas de los sectores radicales de la colectividad, condujeron a acelerar el conflicto, ante lo cuál el 24 de junio de 1972, el MAPU convoca al 5° Pleno, que presenta como objetivo examinar la situación política interna de la colectividad y del país.

Dicho Pleno tiene también como objetivo encubierto, parar la serie de renuncias masivas que a contar de mayo del año 72 se estaban produciendo en el partido, que enfatizaban que dicha colectividad “no había cumplido las aspiraciones de los trabajadores[27]. Según el periodico El Siglo, estos militantes habían migrado hacia el MIR[28]. Se comienza articular de forma cada vez más clara una vinculación fraccional entre un sector del MAPU y el MIR, así como con el sector del PS dirigido por Carlos Altamirano. El polo revolucionario que nunca se constituye de manera oficial, comenzaba a funcionar en la práctica desde mediados del año 72.

Bajo la conducción de Gazmuri, el MAPU va delineando sus posturas políticas y en las resoluciones del pleno antes mencionado, queda de manifiesto el gran apoyo que tenían las posturas más críticas al gobierno de la UP. Según las conclusiones plenarias, el MAPU enfatiza que el gobierno debe apresurar la constitución del área social de la economía, “la cuál deberá ser organizada como centro de dirección de la economía en conjunto, con plena participación de las masas en la política de distribución”[29].

En agosto de ese mismo año, Gazmuri debe enviar una carta al Presidente Allende donde se plantea “la existencia de serios problemas en la dirección de la UP especialmente en lo que se refiere a la movilización y participación de las masas”[30]. Así mientras Gazmuri es presionado por un sector del MAPU a plantear posturas cada vez más críticas al gobierno, por otra parte, el sector operativo interno manejado por los cercanos a dicho Secretario General eliminan del partido a los grupos más radicales. El quiebre por lo tanto se hacía inminente.

El violento quiebre: Se delinea una cultura política.

El 25 de mayo de 1972 Gazmuri es confirmado como cabeza del MAPU en su cargo de Secretario General y el 29 de ese mismo mes esta colectividad llamaba a acentuar el proceso revolucionario chileno. Sin embargo, cinco días antes de esta declaración “4 interventores del MAPU renuncian a sus cargos por no hacerse efectiva la participación de los trabajadores en la administración de esas empresas… Raimundo Baeza (uno de los interventores) argumentó que la UP no se había pronunciado sobre el traspaso de esas empresas al área social y dijo que la dirección del MAPU les había obligado a perseguir a los trabajadores adictos al Frente de Trabajadores Revolucionarios”[31].

Se va configurando así, a través de los escritos de prensa, un partido que aparecía divido en la práctica. Mientras por un lado la dirección aparecía liderando una crítica formal pero responsable al gobierno, los líderes intermedios y otros más visibles actuaban en otros frentes más radicales y para algunos de ellos, la colectividad ya no tenía razón de existir. Es necesario recalcar aquí que esta imagen de un partido fracturado, inorgánico y poco disciplinado era resaltada por la prensa de oposición a la UP. Así mientras el Mercurio y La Tercera enfatizaban las tensiones, El Siglo y El Clarín trataban al sector disidente a la dirección como grupúsculo que sufre de infatilismo político[32] y que sólo entorpece la conducción gubernamental.

Lo que queda claro a pesar de estas diferencias es que el conflicto al interior del MAPU adquirirá ribetes cada vez más violentos, caracterizando un estilo de hacer política donde la intransigencia y el desprecio por la colectividad y su orgánica van delineando un nuevo estilo político.

En la segunda mitad del año 1972 el MAPU continúa actuando en el frente social y en el gobierno. Así el 13 de julio de 1972, gana la segunda vicepresidencia de la CUT con Eduardo Rojas[33] y el 27 de julio manifiesta su acuerdo con la constitución de una Asamblea Popular en Concepción, cuestión que desata la ira del Presidente y del Partido Comunista.

El 4 de agosto del mismo año la dirección del MAPU es obligada, por el Presidente Allende a retractarse del apoyo a dicha Asamblea. Es así como una nueva declaración de la dirección consignó el “rechazo de las acciones espontaneístas y el intento de implantar el paralelismo en los poderes públicos[34]. José Antonio Viera Gallo, subsecretario de Justicia y militante del MAPU, acusa a los partidarios de dicha Asamblea de sufrir de infantilismo político, declarando que el MAPU no está por respaldar iniciativas que debiliten los poderes del Estado legítimamente consagrados por la Constitución[35].

Se va configurando así un estilo confrontacional de hacer política, donde la estructura partidaria parece más un espacio de ubicación y reconocimiento para el resto de los conglomerados políticos, que un espacio de actuación para los mismos miembros. La facilidad para que las posturas divergentes lleguen a la prensa y sean destacadas por ella, no manifiesta sólo el interés de la oposición por resaltar los conflictos, sino que la debilidad de la estructura orgánica del MAPU y los grandes márgenes de libertad dados para que cada militantes apareciera como voz valida del colectivo. También puede dar cuenta de las redes y contactos que los militantes utilizaban para hacer públicas sus divergencias. Así el partido parecía significar bastante poco cuando la disputa por el poder se hacía inminente.

Ante esta situación la colectividad podía fracturarse, tomar otro nombre o integrarse a otro colectivo, por cuanto eran sus militantes con sus particulares experiencias de vida los que hacían al partido, configurando un estilo personalista de hacer política, donde si bien se aceptaba al partido como institución legítima para alcanzar el poder político, también se demostraba que en la práctica podían existir otras formas igualmente válidas. Todo dependería del momento histórico y sus características.

El 2 de diciembre de 1972 se inició el II Congreso Nacional del MAPU que culminó el 7 del mismo mes. Dicho Congreso se realiza después de ocurrido el paro de Octubre, que deja a Allende y sus partidarios muy debilitados frente a la oposición. Desde sus inicios las voces que auguraban la división se hacían más fuertes. En este pleno el MAPU asume una identidad marxista leninista, renegando de cualquier otra influencia en la composición de su ideología. Se reniega por tanto del cristianismo o de la forma en que Ambrosio entendía el marxismo, es decir, esta filosofía pasaba de ser una herramienta válida para el análisis social a convertirse en un dogma.

Hacia el día 6 de ese mes, y en pleno desarrollo del Congreso las críticas a la directiva de Jaime Gazmuri eran cada vez más violentas. Dicho dirigente ya no podía jugar el rol conductor y ante ello se elige una nueva directiva que estaría compuesta por Oscar Guillermo Garretón como Secretario General, y como subsecretarios Eduardo Aquevedo (líder de la fracción más radical del MAPU) y Juan Enrique Vega (más cercano a las posturas de Gazmuri). Con dicha directiva a la cabeza, el MAPU da a conocer que en “el pleno general se aprobó la estrategia política en orden a aumentar la base proletaria de la UP y del propio MAPU, convirtiéndolo en un partido revolucionario”.

Con lo anterior se desliza la crítica interna tanto a la conducción del gobierno así como a la dirección de Ambrosio y Gazmuri, quienes no habían logrado aumentar considerablemente las bases del MAPU en los sectores proletarios del país. De hecho, los grandes apoyos provenían de estudiantes secundarios y universitarios, profesionales jóvenes, técnicos, campesinos y trabajadores del sector servicios y obreros de áreas de la industria más “moderna” (ej. Area metalúrgica). Sin embargo, en el mundo poblacional y en los obreros de la industria más clásica el MAPU tenía poca influencia real. Su estilo político no les era atractivo.

De esta forma con Garretón a la cabeza, el MAPU va articulando una línea de crítica pública al gobierno que va perdiendo la idea de colaboración manifestada en los inicios de la UP. Por ejemplo el 28 de enero de 1973, el MAPU plantea abiertamente una postura contraria a la propuesta del comunista Orlando Millas sobre el área de propiedad social y la posibilidad de coadministrar las empresas. Según la colectividad de la bandera verde “la creación y desarrollo multiplicado de organismos de base tales como las JAP y los Comandos Comunales, es decir, del control y poder revolucionarios de las masas, es el fundamento y la condición de la nueva política. Pues bien, el impulso de esta política por parte de la UP y del gobierno ha sido hasta hoy demasiado débil, casi inexistente”[36].

Sin embargo, pese a que esta era la declaración oficial de la colectividad, el 4 de febrero del mismo año aparecía Jaime Estévez apoyando la tesis comunista, avalada por Fernando Flores (como subsecretario de Economía, en reemplazo de O. Garretón quien era candidato a diputado por la zona de Concepción). Según Estévez “la única solución es el control del pueblo y del gobierno sobre la producción y la distribución[37]. Así nuevamente las opiniones de la directiva de turno eran desafiadas y desautorizadas por las voces disidentes.

La pugna anterior se da en el marco de la campaña electoral del año 73, que en marzo debía renovar el parlamento. De manera, los militantes del MAPU tuvieron que participar en una campaña electoral divididos de facto a partir de diciembre del año 72. Los resultados de dicha elección son bastante magros para la colectividad, obteniendo un 2,79%[38] de la votación, que correspondían a 101.987 votos. Ninguno de sus candidatos por la zona de Santiago, Carmen Gloria Aguayo (candidata a Senadora), José Antonio Viera Gallo (candidato a diputado por el primer distrito – Santiago) y José Miguel Inzulza (candidato a diputado por el tercer distrito – Santiago) resultaron electos.

Es más, si comparamos electoralmente el porcentaje de votación que había obtenido la DC en la elección de 1969, correspondiente a un 30,98% de la votación nacional, con el resultado obtenido por la misma colectividad en el año 1973, correspondiente a un 28,32 %; podemos decir que la DC sólo había disminuido un 2,66%, es decir, muy similar a los resultados de la cifra electoral obtenida por el MAPU cuatro años después. En la práctica, si sólo consideramos los resultados electorales, el MAPU era en 1973 lo mismo que pareció ser en el momento de su fundación: el grupo rebelde escindido de la DC. Sin embargo, dicha interpretación puede prestarse a errores, por cuanto el MAPU efectivamente había concitado nuevas adhesiones distintas del grupo original. ¿Dónde estaban esos votos entonces? Pareciera, que muchos miembros del MAPU votaron ya divididamente, manifestando la clara tensión entre las fuerzas más radicales y rupturistas de la UP y aquellas más gradualistas y cercanas al Presidente Allende.

En marzo de ese mismo año, Allende desesperadamente hace un llamado de atención a la dirección enfatizando que “El MAPU habla como si estuviera fuera de la UP”[39]. Con ello pretendía enderezar las torcidas filas, pero no lo consigue.

La mecha ya estaba encendida, solo cabía esperar el tiempo que demorara en tocar el explosivo para estallar definitivamente. Ese tiempo se acortó, ya que el 2 de marzo del año 1973, el Mercurio filtra un documento en donde militantes del MAPU afirman que el gobierno de Allende sólo tiene recursos económicos para mantenerse a flote hasta fines de abril. Este informe lapidario sobre el manejo económico, desató la ira del gobierno quien desconoció la validez del mismo. Se le calificó de falso y de errado. Los autores del documento del conflicto fueron Eduardo Aquevedo, Rodrigo González, Enrique Olivares, Kalki Glauser y Carlos Montes.

Mientras las críticas del grupo partidario de la tesis moderada, que a estas alturas funcionaba como aliado de las posturas del Partido Comunista, se volvían contra el Secretario General y su incapacidad de mantener la disciplina interna así como a la irresponsabilidad de los autores del documento, el Mercurio resaltaba la capacidad analítica de los cuadros del MAPU a quienes se les atribuía la autoría del mismo.

Según este periódico “en primer término hay que reconocer que el menos significativo numéricamente de los movimientos agrupados en la UP, es el que da muestras de abarcar con mayor conciencia la incapacidad con que actúan los organismos de la actual administración y de precisar las causas de su inefectividad. Esto podría explicarse por actuar en el seno del MAPU elementos capaces de tomar en sus manos los instrumentos de la teoría marxista y aplicarlos a la realidad política con mucha más conciencia revolucionara que las directivas de los partidos que aparecen como propietarios del programa socialista”[40].

Más allá de lo que expresa El Mercurio de los jóvenes autores del documento, que considerado en el contexto de fuerte oposición que este periódico realizaba al gobierno de Allende puede ser leído como un intento de enardecer los ánimos de la coalición gobernante, también es posible detectar la “valoración” que hace el mismo diario sobre los militantes del MAPU. En otras palabras, si le extraemos la intención política coyuntural al escrito periodístico, es posible encontrar una mirada importante desde la derecha hacia los militantes del MAPU.

Así, cuando el periódico enfatiza la idea de que en dicha colectividad es posible encontrar “elementos capaces de tomar en sus manos los instrumentos de la teoría marxista y aplicarlos a la realidad política”, da cuenta de la percepción que existía sobre los cuadros altamente preparados del MAPU. De esta forma, si bien El Mercurio afirma que este partido es el “menos significativamente numérico”, era a su vez y dada, sus condiciones profesionales, y por qué no decirlo también (aunque no lo exprese abiertamente el periódico), de clase, la colectividad más “certeramente” crítica de la UP. Esto permitiría esbozar que para la opinión de Derecha que representa el Mercurio, el MAPU aparecía como un partido altamente intelectualizado y crítico, dado el grado de preparación académica y profesional que tenía la mayoría (sobre todo la dirigente) de sus militantes. Lo anterior quedaría expresado, cuando el periódico afirma que esta colectividad es vista así en comparación con “las directivas de los otros partidos que aparecen como propietarios del programa revolucionario”.

De allí por lo tanto que para el sector de derecha que representa la opinión de El Mercurio, los MAPUS fueran visibilizados, identificados como un grupo o partido distinto de los que tradicionalmente habían existido en la izquierda. Uno de los elementos que los hacía aparecer atractivo para la época, era el alto grado de preparación con que contaban sus cuadros dirigentes. Jóvenes profesionales que ponían al servicio de la política y la conquista del poder, sus formaciones intelectuales y académicas. Representaban por lo tanto la combinación justa de idealismo revolucionario con el tecnócrata profesional que aporta desde su práctica.

Ante el lapidario documento que vaticinaba el fracaso de la política económica de la Unidad Popular, el gobierno exigió tomar sanciones contra los autores del mismo. Ante ello, la directiva encabezada por Garretón se negó aduciendo la libertad de expresión interna así como al carácter del documento. Según el Secretario General lo que había que juzgar era el por qué se había filtrado un documento que no tenía para nada un carácter público, y por ende, sus autores no habían cometido ninguna falta.

Sin embargo, el sector encabezado por Gazmuri, presionado por el Partido Comunista y Allende, pedían la cabeza de los autores. Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo, el día 7 de marzo del año 1973 el MAPU se divide. La división de esta colectividad cobra ribetes de excesiva violencia, que no sólo debe ser entendida en el contexto de polarización social que se vivía seis meses antes del golpe, sino que también debido a la forma y el estilo propio de la colectividad al momento de resolver conflictos.

En un acto que fue calificado por el Secretario General O. Garretón como un intento de autogolpe, Jaime Gazmuri y Fernando Flores, que mantenían el control de la Secretaria de Asuntos Especiales del MAPU [41](SAE) expulsaron a quince miembros de la colectividad entre los que se encontraban los miembros de la directiva E. Aquevedo y el mismo Garretón, entre otros[42]

Jaime Gazmuri se autonomina Secretario General subrogante, conformando una nueva directiva en conjunto con Fernando Flores, José Miguel Inzulza, José Antonio Viera Gallo, y Carmen Gloria Aguayo. Dicha directiva acusa a los expulsados de “realizar labores obstruccionistas debido a su carácter pequeño burgués” y califica la escritura y filtración del documento como “no sólo un atentado contra la disciplina del partido, sino además el hecho político más grave creado por grupos divisionistas desde que el partido fue formado por Ambrosio[43].

De esta forma, la división quedaba manifiesta con la constitución de dos directivas que se autoarrogaban tanto el nombre de la colectividad como la herencia de Rodrigo Ambrosio. En represalia a la expulsión hecha por la directiva de Gazmuri, el 9 de marzo Oscar Guillermo Garretón expulsa al sector conducido por Flores y Gazmuri, declarándolos fuera del partido y enfatizando que el MAPU es “un partido que nació a caballo, de allí que no temamos a los corcoveos”[44].

Así mientras el sector que decía mantenerse fiel al gobierno y a la vía institucional, dirigido por Gazmuri, afirmaba que “era necesario eliminar a los ultraizquierdistas del MAPU[45] y lanzaba proclamas varias por medio de la prensa, el grupo de Garretón buscaba apoyo en las otras colectividades de la izquierda para que reconocieran su dirección como la única legítima. El 15 de marzo tanto el Partido Socialista como el MIR afirman que el verdadero MAPU es el que conduce O. Garretón[46].

Así los registros de prensa que cubren el período desde la división hasta el día que el registro electoral dictamina que el único MAPU que existe legalmente es el que se quedó con la mayor parte de la directiva, es decir, el grupo encabezado por Garretón[47], van dando cuenta de la violencia que adquiere el conflicto entre los camaradas militantes.

El día 19 de mayo, fecha en que esta colectividad celebraba su fundación y conmemoraba la muerte de Ambrosio, se realizaron dos actos paralelos del MAPU. Dichos actos intentan apropiarse de la figura de Ambrosio como símbolo de identidad, de manera de dar continuidad con su pasado inicial. De allí que la figura de este personaje, reconocido como el fundador de la colectividad, fuera tan peleada por ambos bandos. Quién se apropiara de él pretendía erigirse como el grupo legítimo ante el resto de las colectividades políticas, así como ante el resto de los militantes disidentes.

Sin embargo, los grupos disidentes no sólo se pelearon la figura de Ambrosio, sino que la prensa de la época registró también violentos incidentes entre los militantes que se disputaban los bienes materiales de la colectividad, como los autos y las sedes del partido. El conflicto tomó ribetes de suma seriedad cuando detuvieron a dos individuos por homicidio frustrado en San Fernando[48], en una espiral de violencia, golpizas callejeras, intentos de incendio y acusaciones públicas varias.

Otra acusación que cayó sobre los militantes del MAPU, y que fue hecha por opositores a la UP, tuvo relación con el usufructo del estanco de autos, para la compra de dichas especies que tenían como destino la campaña electoral de marzo de ese mismo año. Sin embargo, a los autos se les suma la adquisición de camiones y de artículos de línea blanca, que poco tenían que ver con la campaña misma. Las acusaciones de corrupción recayeron sobre Gazmuri, quién terminó reconociendo el hecho. Sin embargo, el episodio fue rápidamente empañado por la espiral confrontacional que hacia fines de junio de 1973, auguraba la antesala del golpe de Estado.

Paralelamente a los conflictos internos que terminaron con el quiebre público de la colectividad, la tensión expresaba también un conflicto que cruzaba a toda la U.P. La existencia práctica del famoso polo revolucionario, compuesto por el MAPU, el MIR y el PS (dirigido por Altamirano), también se hizo pública con la famosa acusación por intento de sedición a la Armada. Dicha acusación recayó sobre Garretón (Secretario General del MAPU y diputado por la zona de Concepción) y sobre Carlos Altamirano en ese entonces senador y Secretario General del Partido Socialista, a quienes se les atribuye un ejercicio de inteligencia para tratar de configurar un grupo dentro de la marinería que estuviera dispuesto a realizar una especie de autogolpe interno, para desbancar cualquier intento de golpe al gobierno de Allende, así como de generar un compromiso directo de esta rama con el proyecto revolucionario más radical.

Paralelamente a lo anterior el 8 de agosto del año 73, El Mercurio publica “MAPU DE VALPARAISO CONTRA LAS FFAA”. Según el registro de prensa,”diez estudiantes universitarios y obreros, pertenecientes al MIR y al MAPU, fueron detenidos luego de ser sorprendidos repartiendo propaganda subversiva para las FFAA en los blocks de Carabineros”[49]. De esta forma al intento de infiltrar la Armada, se le acusa también a la colectividad de intervenir en Carabineros.

Estas acusaciones generarán la petición de desafuero parlamentario de Garretón y Altamirano el primero de septiembre de 1973, cuestión que es formalizada por la Corte Suprema el 3 de septiembre del mismo año. Según El Mercurio el desafuero es pertinente para investigar las numerosas “menciones en diversas declaraciones como “autores intelectuales” del intento de sublevación en la Armada por varios de los detenidos”[50].

La resolución definitiva quedó en suspenso… ocho días después acaeció el golpe de Estado y en la práctica tanto los cercanos a la conducción de Allende, como los sectores del “polo revolucionario” fueron los culpables de la crisis “social, política, económica y moral” por la que pasaba nuestro país, según los dichos de la Junta Militar que asumió el poder ese día 11 de septiembre. La historia final del MAPU quedaba trunca.

De esta forma, seis meses después de la división del MAPU, que condujo a sus militantes a un enfrentamiento interno desgarrador, acaeció el golpe de Estado del 11 de septiembre. Poco tiempo habían tenido ambas fracciones, la que mantuvo el nombre legítimo de MAPU y el grupo de Gazmuri y Flores que tomó el nombre de MAPU – Obrero y Campesino (MAPU-OC), para rearmarse como colectividad. Las disputas, la violencia interna, la ruptura de amistades y de vínculos internos, sumados al clima político nacional, terminó destruyendo la colectividad que había nacido en el año 1969 y que se había planteado como objetivo ser el puente conector para que los partidos de izquierda se unieran en una sola fuerza. De su objetivo inicial y fundador: “la unidad”, quedaban en septiembre de 1973 dos fracciones que simbolizaban una cultura política particular: la de los jóvenes de los años 60.

Los jóvenes militantes que aspiraban a la unidad de las fuerzas de izquierda terminaron fracturando su propia colectividad. El fuerte compromiso y la radicalidad de una cultura política que hizo de la militancia el aspecto más significativo de sus vidas, estructuró un tipo de militante donde la experiencia compartida y el poder terminaron siendo los elementos identitarios más fuertes.

Cuando el partido se fractura, ya no quedan más que los recuerdos y los símbolos. Cuando la violencia del golpe recae sobre los partidos políticos y la sociedad entera, no queda más que la lucha de resistencia atomizada. Sin embargo, para militantes que entendían que la política se podía hacer fuera del partido o de la institucionalidad partidaria, la desaparición del colectivo por la fuerza de los hechos represivos no era un golpe tan desastrosamente duro. La identidad MAPU podía permanecer en cada uno de sus militantes quienes eran en suma el partido, más allá de la estructura oficial que los cobijaba.

¿Cómo lo lograron? Creemos que aquí es necesario abordar las historias de vida y los relatos que cada uno de sus militantes puedan hacer de ese pasado fundacional y para ello ahondaremos en las memorias que de este momento histórico tienen algunos militantes políticos.



[1] La Tercera 7/08/1971.

[2] El Siglo, 7/08/1971.

[3] La Tercera 19/08/1971.

[4] La Tercera 19/08/1971.

[5] El Mercurio 5/8/1971.

[6] El Mercurio 15/08/1971.

[7] El Mercurio 14/08/1971.

[8] El Mercurio 17/08/1971.

[9] La Tercera. 9/03/1973.

[10] Ex gerente general de IANSA, y ex gerente del METRO y de Teléfonica, después del retorno a la democracia en Chile. Actual militante del Partido Socialista de Chile.

[11] También formó parte de los cuadros dirigenciales de la CORFO y actualmente es Senador de la República por la Región de Tarapacá.

[12] Actual Senador de la República, militante del Partido Socialista

[13] Ex director del INIA (Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas) y candidato a senador por La Serena, durante la UP.

[14] Es el caso de Juan Francisco Sanchez interventor de la fábrica Textil Yarur.

[15] Al respecto cuenta Ismael Llona en sus memorias: “Al gobierno van los buenos cuadros técnicos-políticos como Fernando Flores, el Dr. Juan Carlos Concha, Carlos Bau, José Antonio Viera-Gallo, Oscar Guillermo Garretón, Rodrigo Egaña, Eugenio Ruiz Tagle. También Nelson Avila, intendente de Aconcagua hace más de treinta años. Santiago Bell, Pancho Gonzalez, el Coco Echenique. Pepe Olavaria los coordina, desde el partido.

En la dirección del partido quedan los mejores “para la dirección de la revolución”: Ambrosio, Gazmuri, Correa, el chico Avila, políticos-técnicos, y sus acompañantes en la copol, la comisión política: Eduardo Rojas, Alejandro Bell, Pancho Geisse, Maria Antonieta Saa, Cesáreo Flores, Luchín Toro, Vicente Sota, Fránex Vera, Jorge Setz y el MC que serviría como MC y en agitprop.

Los compañeros de la Cono, comisión nacional de organización, el negro Santander, el chico Riveros, el gordo Perelló, que sufrió un ataque al corazón, y Pete el Negro, que se les murió de un ataque al corazón.” En Los Santos están marchando. Ediciones Off The Record, Santiago, 2006. Pág. 68-69.

[16] Por ejemplo Oscar Guillermo Garretón tenía 27 años al momento de asumir como Subsecretario.

[17] Es importante resaltar que las voces criticas también provenían de esos cuadros que participaban de la administración.

[18] Obtuvo la 2ª vicepresidencia en 1972 y ya la tenía desde 1970.

[19] El Mercurio 17/2/1972

[20] El Mercurio, 15 de agosto de 1971.

[21] Nos sorprende que en los pocos años de existencia de dicha colectividad, se hayan realizado 5 plenos y 2 Congresos orgánicos e ideológicos, que mantenían al MAPU en una actividad partidaria interna bastante intensa.

[22] La Tercera, 9 de Enero de 1971.

[23] El Mercurio, 19 de diciembre de 1971.

[24] Carta publicada en el Siglo, 20 de diciembre de 1971.

[25] El Mercurio, 21 de Enero de 1972.

[26] Ismael Llona recuerda en sus memorias sobre la figura de Ambrosio: ““El joven Lenin, que ya se había autodesignado, fue el designado. Su figura agradable, con cuidados bigotes debray, jockey escocés, pálido, manta gruesa y clara de mediano propietario agrícola; un discurso autodictado y leído en el aire o en el viento, atrayente por lo racional y lo verdadero: su pasión por la política como arte de dirigir para dirigir en el bien de los que estaban mal; su carácter aparentemente duro en el bien de los que estaban mal; su carácter aparentemente duro y aparentemente afable; su decisión de ordenar nacer, como diría Pablito, se impusieron entre sus pares.

Entre 1967 y 1970 trabajó sin descanso para construir partido, partido revolucionario; construir alianzas; construir ideas; construir programa; construir estrategias y tácticas.

Leía mucho pero tenía también quien le leyera y le formateara las fichas correspondientes; en Concepción, Eduardo Aquevedo; en Santiago, Tomás Moulián.

Escribía y para ello se apoyaba en Kalky Glausser. Corregía y corregía” “Con Ambrosio, el Mediocampista entendió que el cambio revolucionario en el que había soñado desde adolescente sólo se podía hacer desde el poder – que era bastante más que el gobierno – y que el poder había que conquistarlo – con el gobierno y desde el gobierno- con una revolución”. Llona, Ismael. Op. Cit. P. 64 y 65.

[27] El Mercurio, 24 de mayo de 1972.

[28] El Siglo, 25 de mayo de 1972. “Dirigentes del MAPU se pasaron al MIR: Seis dirigentes del MAPU, entre ellos el interventor de la industria SUMAR, Jaime Gre (sic) Zegers, fueron expulsados por la dirección nacional de esa colectividad. El informe emitido por ese organismo señala que la Comisión Nacional de Control y Cuadros de Infiltración y actividades fraccionales de dicho partido, los expulsó por oportunismo político, traición al partido, a la clase obrera y al pueblo”

[29] El Mercurio, 24 de junio de 1972.

[30] El Mercurio, 14 de agosto de 1972.

[31] La Tercera, 24 de mayo de 1972.

[32] El Siglo marzo de 1973.

[33] Este militante acompañaba a Ambrosio en el auto el día del accidente y pertenecía al sector más cercano a Jaime Gazmuri.

[34] Palabras de Jaime Suarez quien reemplaza como ministro del Interior al Socialista Hernan del Canto. EL siglo, 4 de agosto de 1972.

[35] La Tercera, 2 de agosto de 1972.

[36] El Mercurio 28 de enero de 1973.

[37] El Mercurio, 2 de abril de 1973.

[38] Base de Datos Políticos de las Américas. Universidad de Georgetown. http://www.georgetown.edu/pdba/spanish.html.

[39] La Tercera, 31 de marzo de 1973.

[40] El Mercurio, 2 de marzo de 1973.

[41] Dirigida en esos años por Gabriel Gaspar, actual Subsecretario de Guerra.

[42] Otros expulsados fueron Rodrigo Gonzalez, René Plaza, Gonzalo Ojeda, René Roman, Kalki Glauser, Francisco Ureta, Rodrigo Rivas, Fernando Robles, Luis Magallón, Alejandro Bahamondes, Carlos Pulgar, Leopoldo Vega, Alfonso Néspolo y Carlos Lagos. La Tercera, 8 de marzo de 1973.

[43] La Tercera, 8 de marzo de 1973.

[44] La Tecera, 9 de marzo de 1973.

[45] Palabras de Mario Montanari, en La Tercera 10 de marzo de 1973.

[46] La Tercera, 15 de marzo de 1973.

[47] Dictamen que tiene como fecha 2 de junio de 1973. Esto nutrió uno de los gritos de batalla del MAPU, y que se siguió usando en los años de dictadura: “EL MAPU es un solo y está con GARRETON”.

[48] El Mercurio 18 de mayo de 1973.

[49] El Mercurio, 1 de septiembre de 1973.

[50] El Mercurio, 3 de septiembre de 1973.

Chile: El MAPU, La seducción del poder y la juventud (Tercera Parte)

leave a comment »

klee6 Cristina Moyano

Capitulo 3

Desde el movimiento al partido, 1969 -1971. Los registros de prensa y el relato coyuntural

Introducción.

El proceso de formación del Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) en el año 1969, no puede ser entendido fuera del conflicto que comienza a vivenciar el Partido Demócrata Cristiano a partir de 1967. La coyuntura electoral en ciernes, así como el surgimiento de posturas cada vez más críticas y radicales dentro de la colectividad, que abogaban por llevar a un cabal cumplimiento las propuestas del programa de la Revolución en Libertad, comienzan a ser cada vez más notorias en esta segunda mitad del gobierno de Frei Montalva.

La radicalidad de un grupo de militantes DC, conocidos como los “rebeldes” va haciendo cabeza del descontento y de las ansias de avanzar más rápidamente a una sociedad socialista y ya no sólo comunitaria. La jerga revolucionaria y los conceptos analíticos del marxismo son adoptados por los líderes de esta corriente, mayoritariamente en la Juventud Demócrata Cristiana, que se van distanciando cada vez más del gobierno y empiezan a hacerle una dura oposición dentro del mismo partido.

Los líderes que, a la luz de la prensa, encabezan dicha corriente son el emblemático senador fundador de la Falange, Rafael Agustín Gumucio, Jacques Chonchol[62] ex vicepresidente de INDAP y los entonces diputados Alberto Jerez (más tarde senador) y Julio Silva Solar. Son ellos quienes aparecen como los líderes indiscutidos de este movimiento contestatario dentro del PDC y que más tarde se quiebra para formar el MAPU, según los registros de la prensa de la época.

De esta forma, los siguientes dos capítulos de esta investigación se encuentran exclusivamente construidos con los registros de la política coyuntural que los periódicos seleccionados[63] iban publicando día a día. De esta forma se tratará de reconstruir la historia de la fundación del MAPU sólo con las noticias políticas y comentarios editoriales donde dicha colectividad tenga mención. Esta opción tiene como fundamento contraponer este tipo de registros con los registros que más tarde nos proporcionará las memorias de los militantes entrevistados. Creo que a través de esta combinación de fuentes, la historia de un partido político en particular puede dar nuevas pistas sobre nuestra historia política reciente en general ya que permite adentrarnos en formas de significar el pasado y de construir subjetividades, que de otra forma serían inalcanzables o imposibles de ser constatadas.

Dado lo anterior es que es posible constatar que junto a estas cabezas visibles (en la prensa) se encuentran otros personajes con importancia más real, ya que son los que aparecen en las memorias de todos los militantes, en la constitución plena del Movimiento y que son los Jóvenes Demócratas Cristianos. Estos eran liderados por Rodrigo Ambrosio, Juan Enrique Vega y Enrique Correa, quienes encabezan la resistencia y crítica al gobierno de Frei, desde la juventud de dicha colectividad política. Tan importante será su actuación en la formación del nuevo partido, que al momento del quiebre provocado en la DC en el año 1969, este partido se quedó prácticamente sin juventud política, y esta se constituyó en pleno en la primera base de apoyo del recién formado Movimiento de Acción Popular Unitaria.

Dichos jóvenes significarán un elemento generacional muy potente en el MAPU y aportarán no sólo la radicalidad de sus años, sino que por sobre todo, serán quienes abrazarán con mayor fuerza el marxismo como vertiente de identificación analítica y programática, renegando del peso que tenía en ellos el provenir de una posición reformista y donde el cristianismo tenía importancia fundamental[64]. Estos jóvenes constituirán el aparato orgánico del partido y de a poco comenzarán a imprimirle un sello propio a sus propuestas políticas, así como a las prácticas que los identificarán y diferenciarán de las otras colectividades de izquierda. Se esboza aquí un conflicto generacional en ciernes, que en el primer año de vida del MAPU queda cubierto u opacado por la necesidad de fijar las bases programáticas de la Unidad Popular y la decisión de nominar al abanderado de dicha coalición.

Los primeros registros de prensa, entonces, nos muestran como cabezas visibles a los ex rebeldes de la DC. Serán “los viejos” quienes asumirán la vocería del MAPU y por lo mismo, durante todo el primer año, la identidad MAPU y su nominación siempre tendrá que cargar con el peso de ser nombrados como “los rebeldes de la DC”, existiendo por lo tanto una vinculación permanente con el pasado originario de la coyuntura, del que poco a poco querrán irse desligando.

Sin embargo, ya a contar del segundo año (1970) el conflicto generacional y también doctrinario[65], se hará más visible para en definitiva explotar en 1971 cuando se forme la Izquierda Cristiana. En dicha coyuntura histórica, los “viejos” rebeldes de la DC se van a la recién formada colectividad, quedando a la cabeza del MAPU quienes efectivamente tenían el control del partido: los jóvenes provenientes de la JDC liderados por Rodrigo Ambrosio.

A pesar de lo anterior, los jóvenes MAPU ya habían conseguido durante el año 1971 convertirse en partido político propiamente tal, desafiando las primeras apuestas de los viejos rebeldes quienes no aspiraban a lo anterior y encontraban que aquello solo contribuiría a complicar más el esquema de las fuerzas de izquierda. Con la constitución del MAPU como partido y la fijación de una propuesta política que abrazaba el marxismo leninismo como base, los jóvenes terminaron por tomarse completamente la colectividad y avanzar en una propuesta más novedosa, con todas las particularidades de lo que nosotros entenderemos como cultura política.

Sin embargo, los escritos de prensa apenas dibujan los conflictos anteriores. Estos sólo se hicieron visibles luego de contrastar el material periodístico con las memorias orales de sus ex militantes. A pesar de lo anterior, creemos que será fundamental analizar a la luz de las primeras fuentes como fue vista la fundación del MAPU en la coyuntura política de 1969. Para lograr este objetivo, sin el cual nuestra investigación histórica quedaría trunca, es que nos abocamos a la revisión de la prensa de esos años.

Metodológicamente se cubrirá todo el período que se extiende desde 1969 hasta 1973, analizando a la luz de los periódicos de izquierda: El Clarín y el Siglo, cómo fue vista por dicho sector la formación de la nueva colectividad. En forma paralela, se trabajaron los periódicos El Mercurio y La Tercera para contrastar desde la óptica de la derecha la significación que se realizó del MAPU. Ambas visiones políticamente encontradas nos ayudarán a dar una imagen de cómo fue abordado y significado en la coyuntura histórica analizada: el quiebre de la DC, la propuesta del MAPU y la participación del mismo en el gobierno de la UP. Analizados estos tres tópicos fundamentales, se irán cruzando las variables del conflicto que explican la formación de la Izquierda Cristiana y las nuevas prácticas culturales y programáticas que dicha agrupación política aportará a la izquierda y al gobierno de Salvador Allende.

El Conflicto al interior de la DC y la formación del MAPU.

El Partido Demócrata Cristiano se fundó como tal en 1957 y sus grupos originarios provenían de la Falange Nacional. Sus miembros iniciales estaban constituidos primordialmente por profesionales jóvenes universitarios, que encantados con el cristianismo social de la Iglesia, la teoría de la marginalidad y el pensamiento tecnocrático de la Cepal, formaron esta nueva colectividad que representaba los intereses de los sectores medios ilustrados comprometidos con una mayor justicia social y el logro de un desarrollo económico estable en el tiempo. Sus líderes más connotados eran Eduardo Frei Montalva, Bernardo Leighton, Rafael Agustín Gumucio, y Radomiro Tomic.

La Democracia Cristiana fue entendida además como una colectividad nueva, con nuevos aires y más moderna, que hacía eco de la crítica que los partidos tradicionales no habían dado cabida a los intereses de estos sectores sociales, frente a los cuales se montó además una dura crítica de anquilosamiento y de prácticas anticuadas[66].

La organización interna de la Democracia Cristiana quedó sancionada en los estatutos internos aprobados en noviembre de 1963, poco tiempo antes de que Frei asumiera como nuevo Presidente de Chile. Los dos organismos básicos que constituían al partido eran:

  1. los organismos políticos, donde se encontraban todos los grupos comunitarios y de base.
  2. las organizaciones especializadas, compuestas por 4 comités o departamentos: orden y administración, acción política, asesoría política y asesoría técnica. De estos comités, el más importante por su labor en la movilización de masas y obtención de clientela electoral lo constituyó el de acción política, que a su vez estaba compuesto por los departamentos sindical, campesino, pobladores y juvenil

Los departamentos, dada su clara orientación electoralista y de movilización, se convirtieron rápidamente en grupos de poder dentro del partido, sobre todo si a esto le sumamos, que los nuevos grupos integrantes de la colectividad tenían sólo ese espacio para ascender políticamente, dado que la dirección del PDC se encontraba anquilosada en la misma generación fundadora de la Falange en los años 40.

Por lo anterior, uno de los departamentos que más importancia adquirió durante los años 60 fue el juvenil. En dicho espacio los jóvenes que se integraban al PDC motivados por esta idea de la nueva colectividad y la nueva representación, así como la posibilidad de ascenso dentro de la elite política chilena, organizaron una estructura que funcionaba casi paralela al partido. La orgánica de la JDC “reproducía en su interior todo el esquema organizativo del partido y estaba controlado y mayoritariamente compuesto por estudiantes universitarios”[67]. Esto generó que la Juventud del Partido tuviera representación nacional y estuviera casi ausente de la política a nivel local, puesto que expresaba sus opiniones preferentemente en términos de los problemas políticos nacionales. Los jóvenes se convertirían en una fracción de presión dentro de la DC y en actores de peso dentro de la coyuntura del quiebre en 1969.

Junto al aparato orgánico de la DC, es necesario esbozar las principales tendencias o fracciones internas que cruzaron al partido durante el gobierno de Frei y que comenzaron a enfrentarse de manera más abierta y radicalmente opuestas desde 1967 en adelante. Estas fracciones fueron:

  1. los oficialistas, también conocidos como los hombres de Frei y que fueron los más comprometidos con el éxito del gobierno y su programa reformista.
  2. los rebeldes, es decir, los más críticos al gobierno de Frei y que abogaban por una radicalización y profundización del programa de reformas, que transformara la actual sociedad ya no sólo en una comunitaria sino que en una sociedad socialista. Ellos eran partidarios además de llegar a un acuerdo con la izquierda para lograr estos aspectos programáticos y vencer a los grupos de intereses económicos “monopolistas e imperialistas”[68].
  3. los terceristas, quienes asumieron un rol de crítica al gobierno más moderado que los rebeldes y se plantearon como mediadores entre las fracciones anteriormente mencionadas, y que apostaban a transformar al partido desde dentro. En otras palabras ellos pretendían izquierdizar a la Democracia Cristiana en su conjunto.

El enfrentamiento fraccional no quedó supeditado a la vida interna del partido, sino que se hizo público, sobre todo a través de los parlamentarios rebeldes y terceristas que ocuparon los escaños legislativos para hacerle las críticas al gobierno. Paralelamente, la JDC se abocó a construir redes de apoyo y de poder que le valieron convertirse en la principal fuente opositora al gobierno dentro del mismo partido.

Los problemas al interior del partido de gobierno se hicieron visibles después de las elecciones municipales de 1967. La DC que había prometido gobernar 30 años, sufría un gran revés en dichas elecciones, bajando su apoyo electoral. Esto motivó profundos análisis dentro del partido que pusieron de manifiesto el problema central que dividía a las fracciones internas: “el conflicto entre la justicia social y el desarrollo económico”[69]. Quienes hegemonizaron por un momento la discusión, rebeldes y terceristas, plantearon la necesidad de lograr una alianza política con aquellas otras “fuerzas políticas” que estuvieran dispuestas a acelerar los cambios que el país necesitaba, toda vez que se entendió esta pérdida de apoyo como crítica a las expectativas generadas y no cumplidas del gobierno de Frei.

El 16 de julio de 1967 un nuevo Consejo Nacional, dominado por terceristas y rebeldes, pone como presidente del partido al líder rebelde Rafael Agustín Gumucio[70]. Durante su presidencia, el senador Gumucio asumió la tarea de potenciar dentro del partido aquellas fuerzas que estaban por profundizar los cambios estructurales que Frei había prometido y que los distintos grupos de poder económico se habían propuesto obstaculizar. Para ello la línea central de su acción directiva quedó planteada en el documento “proposiciones para la acción política en el período 1967-1970 de una vía no capitalista de desarrollo”.

En dicha propuesta, la nueva dirección del PDC plantea la posibilidad de realizar una alianza con la izquierda, como única forma de terminar con el poderío de los grupos económicos, generando las transformaciones legales que impedían el avance más rápido hacia la sociedad comunitaria.

El 6 de enero de 1968, una nueva Junta Nacional debía analizar la propuesta de la directiva y decidir los pasos a seguir. El gobierno de Frei y el propio Presidente sienten que el partido está siendo poco leal con sus logros y llama a la fidelidad dentro de los márgenes que la acción del gobierno puede y debe ejecutar. Ante esto el Presidente llama a rechazar la propuesta de la dirección y su opción gana por 237 votos contra 235 de los rebeldes y terceristas, ante lo cual asume una nueva directiva, dominada por la fuerzas oficialistas y liderada por Jaime Castillo Velasco. Con esta estrategia, Frei trataba de mitigar la fuerza que las críticas dentro del propio partido hacían más difícil su gobierno.

Sin embargo, la nueva coyuntura electoral parlamentaria que se avecinaba en marzo de 1969, favoreció la mantención y proliferación de los discursos críticos al gobierno de Frei, sobre todo como estrategia electoral de quienes sentían que un acercamiento a la administración gubernamental podía generarles pérdidas importantes en el electorado. Así el 3 de agosto de 1968, es elegida una nueva Directiva cuya misión consistía en conducir al PDC en la campaña electoral. La cabeza directiva es asumida por Renán Fuentealba, quien fue elegido por unanimidad.

Bajo la dirección de Fuentealba, no solo se debatió el tema más próximo de la campaña parlamentaria, sino que también comenzaba a esbozarse la campaña presidencial de 1970. Ante ello, el impedimento constitucional de la reelección, volvía el escenario favorable a aquellos partidarios de desmarcarse de la acción administrativa de Frei y propulsar un programa político más “revolucionario” y en donde la justicia social jugara un rol preponderante.

Es así como el 1º de mayo de 1969, una nueva junta nacional debía votar la propuesta de la directiva de Fuentealba, que como programa presidencial levantó “la vía no capitalista de desarrollo” y planteó la idea de una alianza con la izquierda para enfrentar la elección de 1970. Los puntos que según esta directiva debía discutir la nueva Junta Nacional eran los siguientes:

“ 1) Postergación del Congreso Nacional del Partido, proposición que se hace sobre la base de un compromiso tácito de los distintos sectores del partido.

2) Reforma de los Estatutos, con dos fines esenciales: a) dar al partido una estructura moderna, dinámica y eficaz; b) fortalecer las autoridades del Partido y dictar normas disciplinarias, entregando el conocimiento de las relacionadas con el cumplimiento de los deberes políticos que tienen los militantes, a la directiva nacional y al Consejo Nacional según los casos.

3) Bases programáticas para una segunda etapa: a) participación popular real, efectiva en la conducción del país a través de todos los órganos del Estado, interviniendo en su dirección, en sus deliberaciones y acuerdos y en la ejecución de éstos. El actual gobierno ha sido el de la organización popular; el próximo debe ser el de la participación popular.

b) Derecho para los trabajadores. El desarrollo que nosotros queremos es el siguiente:

1. se trata de un Derecho que no tenga como precio una cada vez mayor dependencia del imperialismo.

2. se trata de un derecho que beneficie directa y exclusivamente a la mayoría de los trabajadores, que corrija las desigualdades en la distribución del ingreso, la riqueza, las oportunidades, utilizando los recursos nacionales en la producción de bienes o servicios que satisfacen las necesidades más urgentes del pueblo.

3. Se trata de un derecho que no se hace a base de sacrificar los bajos niveles de vida de los trabajadores a través de la compresión o congelación de sus niveles actuales de consumo, sino de la compresión de los consumos de los sectores oligárquicos”[71]

Como se desprende de lo anterior, los puntos de discusión estaban cruzados por una aguda crítica al gobierno y su actuación en torno a los temas salariales y partidarios. La mesa dirigida por Fuentealba aspiraba a profundizar los cambios en la sociedad en conjunto con una nueva autonomía al Partido como estructura, para que su accionar en el escenario electoral le permitiera no cargar con los problemas y críticas que se le hacían al gobierno de Frei Montalva.

El resultado fue lapidario, el frente oficialista abortó dicha propuesta y postuló la idea del camino propio, sin resolver por cierto la problemática mayor del programa político de fondo[72]. El fracaso de la propuesta, llevó a la renuncia de la directiva a la mesa y la renuncia al Partido de los líderes rebeldes, que sintieron que ya nada tenían que hacer en esta colectividad. La formación del MAPU estaba ad portas de concretarse, sobre todo con los acontecimientos desatados dentro de la Juventud y la coyuntura generada por la matanza de Pampa Irigoin[73].

El año 1969 y los primeros meses del conflicto. De la coyuntura electoral a la formación del Movimiento de Acción Popular Unitaria.

El año 1969 es un año que marcado por la coyuntura electoral, se agudiza también el conflicto al interior de la Democracia Cristiana. Las críticas al gobierno y la tensión creciente de los grupos o fracciones que constituyen el PDC se van volviendo cada vez más visibles e irreconciliables, dada la fuerte necesidad de diferenciarse o distanciarse de las decisiones gubernamentales, como una estrategia de obtener dividendos políticos.

La elección parlamentaria del año 69 se vivirá dentro de la DC como una elección decisiva para medir las posibilidades de triunfo en el campo presidencial para el año siguiente. Estos elementos no deben dejarse de lado en el análisis, porque si bien existen conflictos ideológicos y criticas programáticas a la administración de Frei Montalva que constituyen la identidad de los grupos dentro del partido, también es cierto que la mayor intolerancia y posterior ruptura se vive en el ambiente electoral, donde se hace propicio el enfrentamiento para construir el apoyo político que le granjee los beneficios a los distintos candidatos. Por lo menos esto será parte de la estrategia de los terceristas y los rebeldes, que estiman que sólo con un discurso radicalizado y más cercano a la izquierda podrán obtener las cuotas de poder respectivas.

De esta forma la coyuntura electoral obliga a definirse teórica y programáticamente. La prensa nos demuestra que durante esos años no sólo bastaba con ofrecer las clásicas medidas populistas de mayor bienestar al electorado o a las masas, sino que era necesario también que estas medidas se enmarcaran en proyectos ideológicos más poderosos que le dieran coherencia a las medidas y continuidad en el tiempo. De allí que dentro de la DC la discusión sobre la “vía no capitalista de desarrollo” se convirtiera en algo vital dentro del contexto electoral y que las posiciones particulares dentro del partido tuvieran que definirse también en términos programáticos.

“Democracia Cristiana es algo que deriva de una filosofía propia, filosofía tan vieja como nuestra civilización, pero absolutamente reconocible en las distintas gamas ideológicas. Rechaza con igual energía el predominio del individuo sobre la sociedad, que es el caso del capitalismo burgués, como el predominio de la sociedad sobre el individuo, que es el caso del comunismo. Pretende hacer justicia distributiva sin menoscabo de la libertad de cada cual, así como pretende defender la dignidad del ser humano sin perjuicio de su bienestar económico.

… La D.C pretende reemplazar a un Estado grande y poderoso por comunidades pequeñas y solidarias entre sí. La D.C para defender a los débiles, pretende que nadie sea fuerte y no existiendo propiedad individual o estatal, sino propiedad comunitaria, todos cuidarán de lo de todos y cada cual estará resguardado en su derecho porque desaparecerán los derechos privilegiados y el hombre, a la luz de su propia razón y de un orden desligado de imperfecciones, no requerirá de fuerzas represivas para solucionar sus problemas”[74].

A pesar de lo anterior, existían personeros de la DC más cercanos al oficialismo que estaban por mejorar la administración sin darle tanto énfasis al debate teórico que encontraban estéril.

El PDC de Antofagasta timoneado por Benito Pérez Zujovic, hermano mayor del ministro del Interior, y hombre que no se anda con chicas para definir las corrientes internas de su partido en el Norte: – Acá hay algunos intelectuales, porque eso son: intelectuales (y lo dice con tono despectivo) que se preocupan de esas cosas. La mayoría de nosotros no, y yo entre estos últimos.

-¿los ideólogos? Bueno, son los que generalmente menos trabajan, son los más jóvenes en general, los que no ponen los pies en el suelo”[75]

De esta forma se va delineando el debate dentro de la Democracia Cristiana, donde a pesar de lo expresado por Pérez Zujovic, el tema de las fracciones y las definiciones teórico-ideológicas cubre la mayor parte de los escritos de prensa, dando cuenta de lo importante que parecía esta materia en el conflicto electoral existente. Por ejemplo, el periódico La Tercera a inicios de 1969, afirma que “las aguas internas del PDC se encuentran demasiado turbias, a pesar de la campaña parlamentaria, las posiciones se hacen cada vez más divergentes. Mientras los oficialistas o moderados quieren seguir siendo una alternativa entre el capitalismo y el comunismo, los rebeldes y terceristas opinan que deben abrirse las compuertas hacia un entendimiento con la izquierda marxista”[76].

El periódico El Clarín por su parte, en marzo del año 69, dedica parte de su análisis político a dar cuenta de las distintas fracciones del PDC, enfatizando las diferencias ideológicas que sustentan los grupos. Así afirma que “en 1966 el movimiento tercerista surgió en el PDC como un hito de conducta doctrinaria. Lo procreó un grupo de intelectuales de ese partido que estimaba que no todo estaba perdido en cuanto a los esfuerzos por llevar al gobierno más a la izquierda cada vez. Se alimentaron de esperanzas ante la estrategia de poder esgrimida por el grupo rebelde que nació deshaciendo esa posibilidad como tarea inmediata. Los rebeldes exigían una aceleración máxima en la Revolución en Libertad y maduraron trabajando en las bases, por lo tanto se robustecieron. Los terceristas se quedaron en el grupo de amigos hermanados por inquietudes comunes. Solo reaccionaban ante hechos provocados por otros grupos y cuando alguno de sus talentos era cuestionado o puesto en apuros”[77].

Sin embargo, a pesar de estas diferencias entre ambos grupos, la idea común de llevar hacia la izquierda las posturas demócratas cristianas, los había tendido a unir en la acción partidaria. Podemos decir que se vislumbraba en la prensa la posibilidad de que en el año 1969, se formara una especie de Frente de Izquierda Cristiana, dentro del mismo partido, que propugnara por acelerar los cambios, sin romper con la colectividad. Así lo afirma El Clarín cuando especifica que “después del requies cat in pacem de esta noche, en todo caso, los ya casi “ex terceristas” se integraran al gran grupo de izquierda cristiana. Hablamos de la mayoría de ellos… Los rebeldes por su parte, recibirán este brillante grupo, haciendo necesariamente algunas concesiones. Al parecer, ya hay acuerdo. Para hablar de frente, digamos, que “la izquierda cristiana” (como probablemente se denomine a la corriente) agudizará su vigilancia revolucionaria, poniéndole la bayoneta en el pecho a los grupos juveniles rupturistas. En casi todos los planteamientos doctrinarios hay coincidencia hasta con los rupturistas, pero éstos últimos están en otra táctica, en aquella que aconseja dividir el partido en último caso. La nueva izquierda cristiana hará notar que eso no corresponde ni siquiera en último caso”[78].

Los grupos rupturistas estaban concentrados mayoritariamente en la JDC, de allí que la relación de éstos con el partido se hiciera básicamente al amparo del grupo rebelde encabezado por Gumucio, Jerez y Silva Solar. Este grupo no esgrimía, como ya expresamos la necesidad imperante de romper con el partido. De hecho, Rafael Agustín Gumucio era uno de los líderes fundadores de la DC y su poder se daba en el contexto de esta colectividad. Sin embargo, las relaciones del grupo rebelde con los rupturistas, van a tensar cada vez más la posibilidad de que terceristas y rebeldes lleguen a un acuerdo antes de la Junta que se celebraría en mayo de ese año y que debía definir las posturas ideológicas y programáticas que llevaría la DC en la próxima elección presidencial.

“Posiblemente a tres bandos se de la Junta Nacional del PDC que debe efectuarse los días 1, 2 y 3 de mayo próximo. Por una parte, el “oficialismo” jugaría sus cartas en el sentido de buscar un camino propio para el PDC, elaborando un programa presidencial para 1970, eligiendo a un abanderado de sus filas y facultando a éste para que inicie los contactos necesarios a fin de facilitar un apoyo al abanderado DC de otros sectores políticos. Por su parte, el sector rebelde propicia al igual que “terceristas” una definición del partido hacia la izquierda buscando contactos con las fuerzas del FRAP, radicalizando el partido y su esquema de transformaciones para el país. Rebeldes y terceristas han efectuado numerosas conversaciones para presentar un rostro unido a la Junta Nacional, pero el llamado sector tercerista no acepta que dentro de la unidad de ambos grupos figuren los elementos juveniles llamados “rupturistas”, que al fin y al cabo ganaron la Junta Nacional de la JDC”[79].

La tensión por la presencia de los grupos rupturistas, amparados por el grupo rebelde del partido, se agudizará y finalmente los terceristas no llegarán a acuerdo con los rebeldes. Los terceristas incluso conversarán con los oficialistas y el sector denominado “unitario”, dejando fuera de cualquier acuerdo a los rebeldes sobre todo en los aspectos relativos a la determinación del nombre del candidato a la presidencia[80].

Sin embargo, si bien esto pasa al nivel del partido, la dinámica de la JDC es un tanto distinta. Podemos enfatizar que aquí el conflicto es más ideológico y menos pragmático, más de fondo y menos electoral que el que se vivía en el nivel adulto de la colectividad. De allí la radicalidad de las mismas críticas y los enfrentamientos de los grupos adultos con el sector juvenil. Estos últimos, con cierta lógica de poder en su actuar, se dan cuenta de que el contexto electoral existente los beneficia, porque obliga a los miembros adultos a tomar posiciones sobre los temas más profundos del debate, medir fuerzas y disputar los nichos de poder político existentes. Finalmente el conflicto se resuelve a través de la ruptura, la salida más viable y más beneficiosa para el sector juvenil, aunque no así para el sector adulto[81].

Presenciamos así dos formas de hacer la política, donde el corte generacional es la variable más importante. Por un lado los miembros del partido, que si bien estaban preocupados por la definición doctrinaria, su forma de hacer política fue siempre más tradicional, y buscando cauces dentro del partido, en contraposición con los jóvenes que rápidamente buscaron la ruptura. De allí que los rebeldes juveniles fueran tildados como “rupturistas”.

Los rebeldes de la Democracia Cristiana del sector adulto eran vistos como aquellos que: “quiere otro ritmo revolucionario, el que busca nuevas estructuras y se desespera un buen poco cuando el gobierno de su Partido aparece haciendo concesiones a los enemigos irreconciliables de cualquier proceso de cambios verdaderos: la Derecha política y económica[82]

En cambio el sector juvenil, constituido por los rebeldes – rupturistas, eran vistos como:

“una especie de marxistas-leninistas-cristianos, pero no mucho, que propician, dicho en términos claros, que la gente izquierdista de la DC se embarque en un viaje con comunistas y socialistas”[83]. Incluso, para los diarios que representan la opinión de la Derecha chilena, La Tercera y el Mercurio, estos grupos eran abiertamente marxistas.

Estas dos configuraciones identitarias se pondrán de manifiesto en el conflicto inmediato suscitado por los sucesos ocurridos en Pampa Irigoin en marzo de 1969. La matanza ocurrida producto de la toma de terrenos en la zona de Puerto Montt, fue rápidamente condenada por los jóvenes, quienes con mucha fuerza criticaron y pidieron la salida del Ministro del Interior Edmundo Pérez Zujovic. La intransigencia de la misiva hecha pública por la directiva de la JDC que encabezaba Enrique Correa, generó un arduo debate dentro del partido y medidas disciplinarias suspensivas para los miembros de la Juventud que apoyaron la carta. Sólo unos días después de las fuertes declaraciones de los jóvenes, los adultos del grupo rebelde se suman a las críticas, sin embargo su adición fue siempre bajo la lógica de mantenerse dentro del partido y por ende, menos intransigente que la carta de los jóvenes.

Esta carta revela dos tipos de elementos que serán también visualizados por actores DC de la época. La coyuntura de Pampa Irigoin será vista casi como una excusa para quebrar el partido y llevarse por parte de la JDC una orgánica que hacía tiempo funcionaba de manera bastante autónoma y por otro lado demuestra, que los adultos de la colectividad salieron por la emergencia de la coyuntura y los cauces propios que rodearon el conflicto, a sumarse a un proyecto progresista que rápidamente se les escapó de la manos y fue hegemonizado por los más jóvenes.

La carta que generó la salida de parte importante de la JDC y por la cual fueron pasados al tribunal de disciplina toda su directiva, enrostraba una dura crítica al gobierno de Frei en su gestión en general y no sólo hacía referencia a los sucesos de Pampa Irigoin, demostrando que el quiebre no era solo coyuntural sino que estructural y profundo. Ellos afirmaban que “este nuevo acto represivo del gobierno no es sino la consecuencia de una política cada vez más alejada y contraria a los intereses populares, que necesita para imponerse de una cuota cada vez mayor de autoritarismo. Esto no es otra cosa que la demostración de la incapacidad que el gobierno ha tenido en la tarea de unir al pueblo para destruir el poder antipopular de la derecha económica; la creciente vacilación y debilidad gobiernista lo obliga a ser cada vez más obsecuente con los poderosos y cada vez más duro con el pueblo. Ante una derecha triunfante, el gobierno no parece querer competirle apoyo y clientelas”[84] .

Por su parte la carta de repudio que el sector adulto rebelde envía al gobierno tiene un carácter menos radical y apela a la búsqueda de unidad. Dicha misiva se envía un día después de la carta de los jóvenes, también como una forma de apoyo a las duras medidas disciplinarias a las que fueron sometidos los miembros de la directiva juvenil, después de la publicación de la misma. Los líderes rebeldes firmantes de la carta: Rafael Gumucio, Alberto Jerez, Julio Silva, Vicente Sota y Jacques Chonchol, señalaban: “Los dolorosos sucesos de Puerto Montt que lamentamos profundamente ocurran en un gobierno D.C, son de aquellos que no permiten guardar un silencio que podría aparecer como un acto de tácita aceptación. No se puede limitar lo sucedido a sólo un problema de autoridad. Menos aún, justificarla calificando como actitud sediciosa la legítima protesta popular provocada por la difícil situación habitacional que, aún cuando no es de responsabilidad del actual gobierno, corresponde a una angustiosa realidad.

Las declaraciones de la JDC, de la FECH y de la UFUCH, son serias y enjuician con extraordinaria valentía los hechos ocurridos”[85].

En la misiva de los jóvenes, éstos comparan el gobierno de Frei con la dictadura de Onganía en Argentina y exigen la rápida salida de Pérez Zujovic del gabinete. El enfrentamiento de poderes al interior de la DC y la intransigencia de los términos utilizados van marcando un camino de ruptura que ya no puede ser consensuado: “No es este el camino; el PDC ofreció una salida al gobierno: destruir con el apoyo del pueblo el circuito básico del poder capitalista, liderando de este modo el movimiento popular, en lugar de reprimirlo con grupos móviles y balas. El gobierno no aceptó y optó por el camino antipopular de ser guardián de un”capitalismo eficiente”. Los guardianes que los capitalistas prefieren en toda hora son los gorilas; se trata para ganar su preciada confianza, de demostrar que éste es un gobierno tan eficaz para defender el orden como lo es el de Onganía u otros. Símbolo y personificación de esta derechización creciente demostrada en estas nuevas muertes que el pueblo sufre es el Ministro del Interior, Edmundo Pérez. La JDC exige su inmediata salida, porque de nada valen las explicaciones y excusas que acostumbra dar al partido, si fuera de él, actúa de un modo diametralmente opuesto”[86].

Para el caso de los adultos, quienes buscan resolver el conflicto dentro del partido, la colectividad sigue siendo el lugar adecuado y que pone los marcos para resolver el conflicto. A diferencia de los jóvenes que han deslegitimado abiertamente esa opción, los adultos rebeldes afirmaban que “Coincidimos con lo expresado por el presidente del PDC en el Consejo Plenario de Cartagena, que el partido debe ser solidario con todo lo bueno y lo malo de la acción del gobierno, pero creemos que él, como cualquier militante DC, debe entender esa solidaridad limitada a las políticas que se deciden en el seno del partido. La represión popular siempre ha sido condenada por el PDC y por lo tanto no cabe solidaridad alguna con la política representada por los actos que deploramos, ni con sus responsables directos.

Insistentemente y dentro del marco de la disciplina y del diálogo interno, hemos luchado por acentuar en forma clara el espíritu revolucionario que debe presidir los actos del gobierno DC. Ahora, más que nunca, frente a la prepotencia de la Derecha que aprovecha los luctuosos procesos de Puerto Montt para llevar agua a su molino, reafirmamos nuestra convicción que por sobre los sectarismos partidistas se hace indispensable unificar a todas las fuerzas políticas y sociales que están dispuestas a impedir el regreso de la oligarquía al poder y a instaurar un gobierno popular en Chile.

La desgraciada repetición de hechos como éste que el país enfrenta hoy y perjudican gravemente el destino popular del partido, nos han obligado a hacer pública expresión de nuestro pensamiento”[87].

De esta forma, los sucesos de Pampa Irigoin, denotan dos lógicas políticas distintas, que se pondrán de manifiesto de manera más clara en los meses que siguen a la matanza de pobladores y la fundación del MAPU en mayo de 1969. Es decir, entre marzo y mayo de 1969, adultos rebeldes y jóvenes rupturistas van caminando al encuentro disidente fuera de la colectividad, pero por vías y lógicas de actuar diferentes.

Para los adultos rebeldes y algunos terceristas la propuesta de la formación de una Unidad Popular, que buscara acuerdos con la izquierda marxista, era un elemento central que debía discutirse en la Junta Nacional de mayo de 1969. El programa sobre el cual debía buscarse el nombre del candidato y las alianzas, estaban planteadas en el famoso documento de la “vía no capitalista de desarrollo”, que según los diarios La Tercera y el Mercurio, no era otra cosa que una vía socialista a secas. Así lo demostrarían los dichos del diputado Alberto Jaramillo quien anunció, a raíz de la pérdida de la Junta Nacional por parte del grupo rebelde, que “no estoy de acuerdo con los resultados de la Junta Nacional. El partido ha demostrado que prefiere seguir por la vía capitalista. En cambio nosotros pensamos que la vía socialista es la única solución para desarrollar el país. No un socialismo marxista, sino un socialismo democrático”[88].

De esta forma, los miembros del grupo rebelde del partido, buscaron ganar la Junta Nacional y persistir en el apoyo a la mesa dirigida por Renán Fuentealba. Por su parte, los jóvenes realizaron toda una campaña política dirigida a ganar la Junta de la JDC, pero con una aspiración aparentemente distinta a la que tenía el grupo adulto. Los jóvenes apostaban a ganar la Juventud, logrando una hegemonía visible, de manera que al quebrar el partido la ruptura fuera más aguda.

Los discursos utilizados por los jóvenes para ganar la Junta de la JDC, que se realizó antes de la adulta y producto de la suspensión de la directiva que encabezaba Enrique Correa, fueron de abierta crítica al gobierno. A éste se le acusaba de haber abandonado los principios libertarios y comunitarios que sustentaban la Revolución en Libertad y de trabajar para el capitalismo y el imperialismo yanqui, así como para la oligarquía nacional. Así lo destaca El Mercurio donde se da cuenta que “La Junta se inició con la cuenta del presidente suspendido de su cargo hace algunas semanas, Enrique Correa, quien pudo presentarla sólo, a través de un miembro del Consejo ya que el Tribunal de disciplina que los suspendió por 2 años de sus derechos de militante no le permitió actuar oficialmente en la Junta… El informe político de Correa consta de 20 carillas y es en el fondo una lista de acusaciones a la línea gubernamental. Culpa a esta y a la corriente oficialista de haber llevado al partido a la ambigüedad, a la derechización y a la entrega al capitalismo… Por primera vez, dijo Correa, que aludía a una situación que no había tocado antes por no rebajar el nivel del debate. Este nuevo elemento de crítica que aporta el joven rebelde “es que el poder, cuando no es ejercido colectivamente por el pueblo en un sentido revolucionario y socialista, corrompe, es biombo de los oportunistas, de los que quieren convertir a la política en la mejor profesión del mundo… El dilema para Correa es claro: revolución socialista o regresión derechista”[89].

El triunfo de los rebeldes rupturistas en la Junta de la JDC fue abrumante y categórico y según El Clarín “los oficialistas y hombres del gobierno pueden sufrir peligroso infarto. La lista encabezada por Juan Enrique Vega obtuvo 154 votos, contra la lista de los oficialistas que encabezaba Luis Capiolo. Los terceristas dieron chupe de guata con 24 votos y llevaban como abanderado al ex presidente de la UFUCH, José Miguel Inzulza”[90]. Al igual que lo destacara el periódico El Mercurio, este periódico de corte izquierda-populista, afirma que “la victoria de los rebeldes se basó en las duras críticas que se hizo al gobierno y en especial al Ministro del Interior, Edmundo Pérez Zujovic, por sus inclinaciones antipopulares y derechistas”[91].

La fuerza del triunfo que los rebeldes – rupturistas obtuvieron en la Junta, hizo que el enfrentamiento con el Partido fuera cada vez más frontal e ideologizado, generando un clima de tensión tan abrumante que no tuviera otra salida que la división del partido. De hecho, las consignas utilizadas por los jóvenes hablaban cada vez más de socialismo y revolución, dejando de lado cualquier duda sobre la ambigüedad de sus postulados. Cuestión que no era tan evidente en el sector adulto, donde el tema del cristianismo era más preponderante que el marxismo. Los jóvenes de la DC se comenzaban a apropiar del imaginario de la izquierda marxista, y con estos postulados iniciarían el camino de ruptura, que debía desarrollarse en una coyuntura particular: los resultados de la Junta Nacional del Partido Demócrata Cristiano a realizarse en mayo. Mientras tanto, estos jóvenes gritaban después del Triunfo de Juan Enrique Vega en la JDC, las palabras que inmortalizaron al Che Guevara: “Patria o Muerte ¡Venceremos!”[92].

La postura programática que los consejeros juveniles llevarían a la Junta Nacional adulta apostaba a la creación de un Frente Revolucionario, que condujera a la Unidad Popular y a la revolución[93]. Dicho Frente Revolucionario debía estar conformado por la DC y los sectores de la izquierda tradicional chilena, como única estrategia de derrotar a Alessandri en las elecciones y de conducir al país hacia cambios radicales que tuvieran como horizonte final, la construcción de una sociedad socialista, y ya no tan solo comunitaria[94].

Estos aspectos, referidos a los discursos “revolucionarios” y “abiertamente marxistas” son destacados mayoritariamente por la prensa de derecha, donde el conflicto juvenil aparece mejor tratado que en los periódicos de izquierda que hemos revisado. Para El Clarín por ejemplo, el conflicto juvenil es menor, los actores desaparecen ante el conflicto adulto y lo que resaltaba este diario, hacía más bien referencia a un cristianismo radicalizado que a un socialismo abiertamente marxista, como lo declaraban los otros periódicos que cubrieron el conflicto. Lo anterior puede entenderse como estrategia comunicacional – política en un enfrentamiento electoral ampliamente polarizado, que lleva a los demócratas cristianos a definirse con una postura identificable y donde el “comunitarismo” aparecía como ambiguo y poco atractivo.

Los Jóvenes DC que triunfaron en la Junta, comienzan a reunirse y a planificar sus posturas y actuaciones para la Junta Nacional a realizarse en mayo. Cada vez quedaba más claro que si las posturas de rebeldes- rupturistas no eran acogidas o no triunfaban en la Junta, el Partido Demócrata Cristiano se quebraría. Sin embargo, la interrogante que se hacían los medios de comunicación, era sobre la magnitud del quiebre.

Las dudas comienzan a despejarse una vez realizada la Junta Nacional los días 2 y 3 de mayo de 1969. En dicho evento ganaron las posturas oficialistas y la tesis del camino propio por un escaso margen de 18 votos. Ante el triunfo de estas posturas, la mesa dirigida por Renán Fuentealba renuncia y asume la nueva directiva encabezada por Jaime Castillo Velasco, quien pertenecía a las posturas triunfadoras. Según El Clarín “El PDC se puso ropita usada después de la Junta que, durante dos días, mantuvo al mundo político del país en suspenso. El nuevo presidente de la colectividad resultó Jaime Castillo, Ministro de Justicia, ideólogo de la soledad del partido para conservar la pureza. ¿Qué cosa nueva puede ofrecer el PDC con Castillo a la cabeza? Nada de consideración, a juzgar por el voto político aprobado por una estrechísima mayoría. El triunfo del oficialismo en la Junta Nacional del PDC se logró apenas por 18 votos, entre más de 400 delegados que votaron. Este hecho, significó la renuncia de la mesa de Fuentealba y Bernardo Leighton, el alejamiento del todos los consejeros de libre elección de las corrientes rebeldes y terceristas”[95].

La tesis del camino propio, triunfadora en la Junta en manos del oficialismo, rechazaba de pleno la postura rebelde rupturista de la Juventud referida a la tesis del “Frente Revolucionario”. Según este mismo periódico “Los más damnificados con el voto aprobado por la Junta Nacional del Partido fueron los cabros de la Juventud, que propiciaron con enorme entusiasmo el Frente Revolucionario. Durante años elaboraron la teoría y la propusieron como tesis fundamentada en el Congreso de la JDC. Con el Frente Revolucionario ganaron Juan Enrique Vega y sus boys de la Directiva Juvenil. Sin embargo, el voto victorioso señala expresamente que la tesis del Frente Revolucionario “es rechazada por la Junta Nacional del PDC como incompatible con la existencia del partido y con su posición política. En otras palabras, “lo prohibieron”.[96]

Ante esta nueva coyuntura, los jóvenes rupturistas debían decidir qué hacer en la DC. Estaba cada vez más claro que dentro de esta colectividad sus posturas no tenían respaldo, así como tampoco podían contribuir desde éste a la propuesta de la Unidad Popular para derrotar a las fuerzas políticas de la derecha que representaba Alessandri. Definido un marco de actuación cada vez más estrecho y que daba como única opción la salida y el alejamiento del partido, los jóvenes perdedores en la Junta Nacional debían resolver el mejor momento o coyuntura política para que su salida fuera lo más impactante posible. Los jóvenes tenían claro que esto solo sucedería si lograban que dentro del partido renunciaran militantes de la talla de Gumucio, de manera que la sangría fuera transversal y no sólo generacional.

Así lo declara La Tercera cuando analizando los resultados de la Junta se pregunta “¿Qué ocurrirá en el seno de la DC? Es difícil predecirlo. Los propios líderes rebeldes y terceristas como Rafael Agustín Gumucio, Alberto Jerez, Juan Enrique Vega y otros, prefirieron no opinar dado que el momento era difícil y los ánimos estaban tensos. Muchos piensan que un sector del PDC, especialmente la Juventud abandonará las filas del partido de Gobierno. Esto se sabrá en los próximos días. En todo caso grupos oficialistas predijeron que solo una pequeña parte de la juventud, del llamado grupo “rupturista” y probablemente uno o dos parlamentarios abandonarían el partido, pero el resto de los militantes se mantendrían disciplinadamente en la colectividad. En gran medida todo dependerá de la resolución que adopte el senador R. A Gumucio. Si Gumucio se va se irá con él la Juventud. No podría decirse en modo alguno, que la Junta Nacional de la DC no dejó heridos, los dejó y en todos los niveles”[97].

Los efectos que traería esta Junta en la esfera política no dejaron indiferente a nadie. Así mientras los socialistas hacían un llamado a los jóvenes de la DC para que se salieran del Partido del cual formaban parte, [98] el Partido Nacional hacía el siguiente análisis: “Para nosotros habría sido más conveniente el triunfo del sector marxista, porque así se habría definido con mayor claridad la verdadera situación política de Chile. Dijo (Jarpa) respecto de la posibilidad de que un grupo de la Juventud y de sectores rebeldes del PDC se retiraran de la DC, que “como casi todos los rebeldes tienen puestos públicos y fiscales van a ser muy pocos los que quieran perder esas granjerías y opten por irse”[99].

Sin embargo, el momento llegó el 6 de mayo de 1969, cuando Rafael Agustín Gumucio, militante ejemplar dada su connotada trayectoria en la colectividad desde su fundación, presentó su renuncia ante la mesa del PDC. La renuncia del senador rebelde, generó en los días subsiguientes una seguidilla de renuncias que hicieron que la ruptura fuera eminentemente significativa en la DC y los análisis de la derecha profundamente equivocados.

En su carta de renuncia el Senador Gumucio afirma que su decisión es una opción personal, y que no pretende arrastrar con ella a nadie más dentro de su partido. Su carta demuestra que no aspiraba a la ruptura, y que ésta se generó producto de las condiciones internas que vivía el proceso político demócrata cristiano. Según el senador “Esto me ha llevado al convencimiento que en nuestro partido se han consolidado fuerzas que ya nada tienen en común con lo que yo pienso. El acuerdo de la Junta revela una indiferencia realmente alarmante ante la seria chance de la Derecha de retornar al gobierno, y junto a eso un rechazo muy profundo a buscar condiciones que pudieran aproximarnos a la izquierda. El ideal que siempre nos unió fue la lucha contra la injusticia de las estructuras capitalistas, la lucha por cambiar esta sociedad de un modo verdadero, profundo. Los principios cristianos han inspirado nuestra acción. Pero yo veo que ahora las cosas son distintas. Las corrientes más avanzadas del pensamiento cristiano no son recogidas por nosotros y de hecho más que un instrumento del cambio revolucionario de la sociedad somos un instrumento del status social, una fuerza administradora del sistema, garantizadora del orden establecido. No son pocos los esfuerzos que hemos hecho por rectificar desde dentro esta situación. Hoy creo honradamente que tal rectificación es imposible al menos por largo tiempo. La influencia del poder se ha hecho incontrarrestable dentro del Partido para imponer criterios. No pretendo arrastrar a nadie con mi actitud; no pretendo convocar una división en el PDC, y aún más, respeto el criterio de los camaradas que creen que hay posibilidades de impedir la derechización creciente del Partido permaneciendo dentro de él. Sólo pretendo resolver mi caso individual”[100]

De esta forma, según Gumucio “mi renuncia es un problema de conciencia personal. No quiero, por lo tanto, arrastrar a sectores de la Juventud del Partido para que adopten igual postura. En una oportunidad dije que haría mal quedándome en el partido si yo no compartía su línea política”[101].

Sin embargo, pese a que la postura de Gumucio no buscaba la ruptura del PDC, ésta igual llegó. Entre los días 7 y 14 de mayo, renuncian en conjunto el recién electo senador Alberto Jerez, los diputados Vicente Sota y Julio Silva, el departamento campesino de la DC[102], el departamento sindical con el vicepresidente de la CUT, Sergio Sanchez[103]a la cabeza, el ex vicepresidente del INDAP y líder del sector tercerista Jacques Chonchol y la Juventud casi completa[104].

Los días que siguen al 14 de mayo cuando se registra la salida de la JDC del PDC hasta la fundación del MAPU, el 19 de mayo, los periódicos realizan una serie de conjeturas sobre las acciones que los rebeldes y escindidos del partido de gobierno harán como próxima movida política.

Según constata El Mercurio, “los sectores rupturistas encabezados por Gumucio, el ex vicepresidente de INDAP, Jacques Chonchol; el senador electo Alberto Jerez y el diputado Vicente Sota, unirán su destino a un movimiento cuyas bases serán sentadas en plazo de 15 días. Tendrá un carácter que escape a los márgenes de los partidos tradicionales, no basado en la acción parlamentaria, sino en la actividad con campesinos, obreros y juventud, y abierto a las colectividades marxistas para la conformación de la Unidad Popular”[105].

Estos mismos disidentes agregan que “nos organizaremos para seguir luchando por aquello que ha tenido un carácter más permanente en nuestra acción: retomar el legado moral de la Falange, unirnos a la lucha del pueblo por la justicia, por la democracia, por la revolución, por la nueva sociedad comunitaria y socialista”[106].

Estaba en discusión sin embargo, la estructura que debía tomar este nuevo movimiento político. Las posturas que afirmaban que esto debía ser un movimiento que apostara por la unidad de la izquierda, triunfaron en un primer momento. Sin embargo, ya en 1970 la postura de convertir el movimiento en partido tenía la hegemonía. El control del nuevo aparato estaría en manos de los sectores liderados por Ambrosio. En este sentido podemos decir que el periódico que hizo el análisis más certero sobre el MAPU fue El Mercurio al enfatizar que “el nuevo movimiento formado por los rebeldes, es de corto tiempo y está destinado a convertirse en Partido[107].

La formación del MAPU.

La mañana del 19 de mayo de 1969 traía una noticia política que se venía fraguando hacía ya varios días. Los periódicos que hemos trabajado constatan este hecho ocurrido el 18 de mayo con los siguientes titulares: “Rebeldes del PDC formaron el MAPU”[108], “Movimiento político formaron militantes que abandonaron PDC”[109] y “Ex militantes del PDC forman nuevo partido”[110].

De esta forma, mientras El Clarín resalta los primeros días de formación de la nueva colectividad el elemento rebelde demócrata cristiano como principal característica identitaria del MAPU, El Mercurio y la Tercera destacarán el elemento marxista que existe dentro de la nueva colectividad y que se aglutina con el cristianismo avanzado para darle al MAPU una nueva fuerza dentro de la izquierda chilena[111].

Las primeras reacciones de la prensa política al cubrir la formación del MAPU fue analizar el objetivo de su constitución como colectividad política y los alcances de su actuación en el marco de la política chilena y los actores tradicionales. Para El Mercurio, tal como lo señala la tira cómica el perejil, el MAPU era una especie de tumor maligno que se le extirpó a la DC, tumor maligno que por lo demás había ayudado a generar el Partido Comunista[112], dentro de su estrategia de corroer a la Democracia Cristiana.

Para El Clarín en cambio, el MAPU será asociado durante todo su primer año de vida al movimiento rebelde de los Demócratas Cristianos, sin atribuirle a la nueva colectividad ninguna otra característica que la que ya tenía este grupo desde su formación en la Democracia Cristiana. Incluso Eugenio Lira Massi enfatiza, luego de mofarse del nombre MAPU, que la nueva colectividad solo puede ofrecer la doctrina del cristianismo en la sociedad moderna y que ese sería y debería ser el gran aporte de estos actores al engrandecimiento de la izquierda chilena. Dice Lira Massi que “quienes formaron este movimiento tienen una sola cosa que vender y es la doctrina demócrata cristiana. Son demócratas cristianos. Desean aplicar en nuestros días la doctrina de Cristo y dos milenios avalan la calidad de la mercadería. Cristo sigue siendo más importante que Chonchol, Juan Enrique Vega o Enrique Correa, para no mencionar a los ya nombrados. La gracia que tienen quienes se marginaron del PDC es que se fueron porque pensaron que la directiva de su partido no estaba cumpliendo con el ideal que inspira esa colectividad. Son ellos entonces los depositarios del ideal cristiano de una sociedad moderna. Ellos son los “rebeldes”. Los que se rebelaron cuando se quiso llevar al partido junto al dinero y lejos del pueblo. Martín Lutero nunca negó a Cristo. ¿Por qué los rebeldes lo esconden?. Ellos quieren la reforma. Instalen entonces su capilla. Póngale “Partido Rebelde Demócrata Cristiano” y llegarán solitos miles y miles de feligreses. Pero si le ponen MAPU no les va llegar nadie. Les costará mucho más que un año enseñar a la gente que eso significa “Movimiento de Acción Popular Unitaria” y otro año más para que el pueblo entienda lo que eso quiere decir en el terreno político. Y para entonces habría pasado el 70”[113].

En forma conjunta el mismo comentarista político critica que si el MAPU no asume su carácter identitario rebelde y demócrata cristiano, sólo conseguirá entrar al final en cualquier negociación con el FRAP, sin lograr ser tomado demasiado en cuenta. Así como también crítica que el nuevo nombre y esa falsa identidad se deba al influjo de los ideólogos que están muy presentes en la nueva colectividad. Enfatiza que ·”está bueno que los ideólogos se dejen de ser tan inteligentes todo el tiempo y se convenzan que las siglas ya están desprestigiadas y sirven solo de factor de perturbación para los escolares, de ironía para los adultos y de clave para los iniciados. ¿Qué importa un MAPU más o un MAPU menos? Pero los rebeldes DC son otra cosa. Y significan más que cuatro letras”[114].

De esta manera, el nacimiento del MAPU será registrado como parte de un conflicto interno la DC, para más tarde ir adquiriendo vuelo propio cuando se desate la campaña presidencial de 1970. Sin embargo, la opinión de Eugenio Lira Massi estaba dando cuenta de lo que a un sector de la izquierda chilena interesaba destacar: la llegada de cristianos a ese mundo tradicionalmente hegemonizado por los dos partidos marxistas existentes. La tensión entre cristianismo y socialismo estaba solo asomada en la prensa, pero poco a poco se volverá un elemento trascendental en la definición ideológica de la naciente colectividad.

El MAPU nace un 18 de mayo de 1969, constituido por 550 miembros que se reunieron en el local de los trabajadores de la Empresa de Transportes Colectivos del Estado (ETCE). La mayoría de ellos provenía de los expulsados o renunciados del Partido Demócrata Cristiano, liderados públicamente por los parlamentarios rebeldes de la DC más el ex vicepresidente de INDAP Jacques Chonchol, que pertenecía al sector tercerista. La gran base de apoyo a la nueva colectividad la constituía la mayoría de la Juventud renunciada de la DC, por lo que el elemento juvenil será muy importante en el MAPU, aún cuando todavía su figuración pública y mediática no sea tan visible, en los primeros meses.

Sin embargo, a pesar de la invisibilidad mediática de los jóvenes, estos aportarán la identidad ideológica marxista que rápidamente va tomando el MAPU. Estos apuestan además a que su fracasada propuesta del Frente Revolucionario sea tomada como bandera de lucha por los otros partidos de la izquierda chilena. Al respecto decía Rodrigo Ambrosio, en un texto expuesto en la primera reunión masiva del MAPU después de su constitución, realizada el 27 de mayo en el teatro La Comedia, que “los partidos de izquierda en Chile deberían sufrir una decantación similar a la que ocurre en la DC chilena: los que están con la revolución para este lado; los otros y los tibios, que se queden donde están.”[115].

En paralelo a la definición de la identidad de la nueva colectividad política, surge el debate mediático acerca de cómo se organizarán los nuevos actores. Ser movimiento o partido aparece como una primera disyuntiva rápidamente despejada por los líderes. El MAPU como su nombre lo dice será un movimiento y su principal objetivo de existencia era ayudar a crear conciencia unitaria en la izquierda chilena, para avanzar de manera real y revolucionaria a la construcción de una sociedad socialista. De allí que las primeras declaraciones de su Secretario General sean desmentir que el MAPU es o será un nuevo partido político.

Al respecto titula El Clarín “El MAPU apenas dijo “agú” y ya le están inventando chuecuras”. Continúa con “Está bien que el MAPU de los ex rebeldes demócratas cristianos tenga un nombre poco agarrador, pero no hay derecho a que le anden inventando propósitos e ideas que nunca han tenido. Desde la reunión que tuvieron el domingo les andan colgando que ahora están reuniendo 10.000 firmas para inscribir al movimiento como nuevo partido político. “¡Nunca ha sido ese nuestro objetivo!” dijo a Clarín Jacques Chonchol. Secretario General del MAPU, para luego subrayar: “creemos que eso sólo contribuiría a aumentar la confusión dentro de la fuerzas populares”. El objetivo del movimiento (“que tiene fines políticos, pero que no está destinado a ser un partido político más”) fue señalado por Chonchol como “destinado a crear conciencia en las bases sociales del país: obreros, campesinos, asalariados, empleados, juventud, estudiantes, intelectuales, en toda la gente- y también en los partidos que se dicen y son populares de la necesidad de unirse para impedir el regreso de la Derecha al poder y la posibilidad de echar las bases para un proceso efectivamente revolucionario en nuestro país”[116].

De esta forma, tal como lo expresan los medios periodísticos[117], el MAPU tenía una abierta vocación movimientista de cuadros y no de masas. Su aspiración era unir a la izquierda en las cúpulas partidarias y en las bases sociales. Objetivo muy ambicioso y que demostraba cierto aire de superioridad, que se autoentregaron los líderes del movimiento, para creer que con su actuación romperían con las lógicas tradicionales de la izquierda chilena[118]. Gazmuri planteaba al respecto, “creemos estar en los 5.000 militantes. No buscamos ser una elite, pero pensamos que representamos lo mejor en poder social. Tenemos sectores bien importantes del estudiantado y del campesinado”[119].

Así, sin ser de una identidad de izquierda tradicional en su nacimiento, los recién nacidos llegan a dar lecciones a la izquierda, a definir lo que deben hacer para derrotar a Alessandri. Esto será un elemento fundamental en la forma que tendrá de desenvolverse el MAPU dentro del contexto de la campaña electoral del año 70 y durante los años que participan del gobierno de Allende. De allí que uno de los elementos más importantes a destacar durante los primeros días y meses de funcionamiento del MAPU sea lograr la unidad de la izquierda para la elección de 1970, vista como única arma para derrotar a Alessandri.

La nueva organización, pese a no ser un partido político como lo enfatizan sus líderes, funcionará en la práctica como partido. Rápidamente se aprontaron a elegir un Secretario General, Jacques Chonchol; un Subsecretario General, Jaime Gazmuri; y una Dirección Nacional constituida por 25 miembros donde destacaron los ex rebeldes Alberto Jerez, Rafael Agustín Gumucio, Julio Silva Solar y Vicente Sota[120]. En forma conjunta a la elección de esta directiva, el MAPU se aprestó a funcionar en un local establecido, para así evitar cualquier problema de conexión más formal con los otros partidos de izquierda. El local elegido comenzó a funcionar en Mac Iver 555 y en sus inicios y dada la precariedad económica de la nueva colectividad, será bastante pobre en su infraestructura[121].

En forma paralela a la estructura orgánica del nuevo movimiento, el MAPU se asigna como prioritario el trabajo en cuatro frentes, donde decide intervenir para lograr la tan mentada unidad de la izquierda chilena. Dichos frentes son el campesinado, los trabajadores, los estudiantes y los artistas, profesionales y técnicos. Se abarca con ellos a las fuerzas sociales trabajadoras, cruzando las barreras definitorias de una clase social en particular. El MAPU será representante de los trabajadores, sea cual sea la rama de actividad en la que se desempeñen, ampliando de esta forma la representación de la izquierda, incorporando a estudiantes, empleados, profesionales, intelectuales y artistas, que no siempre eran convocados por el discurso clasista de la izquierda tradicional chilena.

Una vez definidos los frentes de actuación, el MAPU se aboca la construcción de la unidad popular. Sin embargo, un elemento importante a destacar es que el MAPU enfatiza que la unidad de la izquierda debe hacerse en torno a un programa y no en torno a un candidato, cambiando la lógica electoralista que traía consigo la izquierda tradicional, según la crítica que la nueva colectividad realiza. De allí que para el MAPU sea más importante un programa revolucionario y novedoso, que la definición del nombre del candidato que tenía enfrascada a la izquierda en un punto de no retorno para la constitución de la UP.

Así el MAPU autodefine su identidad de actuación inicial como un movimiento “que desea crear conciencia en los partidos políticos de izquierda de que si no superan sus diferencias, que son lógicas porque somos pluralistas, no podremos jamás cambiar las estructuras, caeremos en el populismo y nos seguiremos engañando todos. Con Unidad Popular conquistaremos el poder”. Asi, “pretendemos ser un movimiento de cuadros y no un movimiento de masas. No pretendemos andar robándoles gente a los demás, sino dedicarnos a crear conciencia revolucionaria[122]. Esta conciencia revolucionaria se realizaría por medio del trabajo con los trabajadores en los cuatro frentes antes definidos, revelando a éstos “las contradicciones de clase que son producto del sistema capitalista y del reformismo populista que lo sostiene a través de la agudización de las luchas sociales”[123].

La actuación del MAPU por lo tanto debería concentrarse, según sus objetivos iniciales, en lograr la Unidad Popular “por arriba”, es decir, a través de acuerdos con las directivas de las distintas colectividades de izquierda, así como “por abajo” a través de discusiones y concientización de las bases sociales de apoyo. Solo en esta mutua nutrición entre estructura partidaria y bases electorales y de apoyo, se lograría la tan mentada Unidad Popular.

Un elemento importante que debía definirse previamente a la discusión del programa de la Unidad Popular, consistía en la clarificación de la situación de la sociedad chilena y su estado de desarrollo. Esto era considerado sustancial para el MAPU, porque sobre ese diagnóstico preliminar se podría llegar a un acuerdo de transformación más radical y más revolucionario. Por ello, los primeros manifiestos de la naciente colectividad estaban dirigidos a dar a conocer la visión mapucista de la historia nacional. De esta forma en el Informe Político del MAPU del 2/08/1969 se destacaba lo siguiente: “ – Chile es hoy una sociedad dominada por una estructura social y cultural de tipo capitalista y burgués, que se ha demostrado incapaz a través de múltiples experiencias conducidas por diversos hombres, bajo distintos signos, de resolver los problemas fundamentales del pueblo. Explotado y colonizado mentalmente por el imperialismo, ha logrado alcanzar un nivel de desarrollo que solo es capaz de sustentar un alto nivel de vida para la oligarquía y un adecuado nivel de vida para sectores mínimos de la clase media, condenando a la inmensa mayoría del pueblo y de la clase media a la frustración permanente que proviene de la contradicción entre las aspiraciones crecientes que promueve el capitalismo de consumo y su incapacidad para satisfacerlas en un régimen neocolonial subdesarrollado”[124].

De esta forma y previo diagnóstico según el MAPU, el programa que debía estructurar la Unidad Popular, debería estar constituido en torno a siete puntos “1) no acelerar las aspiraciones al consumo de todos los grupos sociales[125]; 2) recuperación total de las riquezas mineras en poder de empresas extranjeras; 3) profundizar la Reforma Agraria en toda su extensión; 4) participación activa de los trabajadores organizados en la conducción del Estado; 5) nacionalización de la Banca y de los grandes centros económicos; 6) acelerar el programa de industrialización; y 7) establecer las bases de una nueva educación”[126].

Definidos así los puntos, el MAPU consideraba básico para lograr la Unidad Popular la nueva colectividad realizara un amplio despliegue territorial para ir trabajando en los frentes antes descritos, así como una serie de reuniones con las directivas de los partidos de izquierda (P. Socialista y P. Comunista) y con el Partido Radical, de manera de buscar la base partidaria sobre la cual debía constituirse la nueva Unidad Popular. Según el MAPU, una vez realizada esta discusión programática, el nombre del candidato vendría solo y sería por lo demás, secundario.

Sin embargo, el MAPU sentía que la izquierda estaba enfrascada en una discusión poco asertiva y que se quedaba en la lógica electoralista. La nueva colectividad abogaba por una ruptura de los marcos tradicionales sobre los cuales la izquierda había realizado sus alianzas, entendiendo que “sin Unidad Popular efectiva, los obstáculos son demasiado grandes, los enemigos externos e internos demasiado poderosos, las fuerzas del mantenimiento del status quo, demasiado significativas, para que la revolución pueda ser realizada. Hay muchos ejemplos en América Latina, de gobiernos que contaron incluso con el apoyo mayoritario del pueblo y que terminaron con un populismo de compromiso con la oligarquía interna y con el imperialismo, para pensar que sin Unidad Popular profunda, consciente y organizada se pueda hacer efectiva una revolución anticapitalista y comenzar a construir el socialismo”[127]. Por ello la Unidad Popular debía ser por sobre todo programática y ello será el principal aporte del MAPU en este contexto histórico.

La actuación del MAPU en el contexto de la Campaña Electoral de 1970: La definición del programa y del candidato.

Como habíamos mencionado anteriormente, la gran preocupación del MAPU desde su fundación y hasta la determinación del candidato que debía conducir la Unidad Popular, estaba constituida por la determinación de un programa político revolucionario, que condujera a Chile a una sociedad socialista. En ese contexto, el MAPU como colectividad estará abocado a la construcción política de un lenguaje y de un ideario programático que le diera consistencia a la propuesta de izquierda, avanzando en una línea más profesional de la política y entendiendo que había que dejar atrás las prácticas populistas que habían caracterizado a la izquierda, según su opinión, hasta esa fecha.

La gran cantidad de intelectuales y profesionales que constituyeron al MAPU desde sus inicios, le dio una potencialidad única a este movimiento político, por cuanto contó con numerosos y bien formados cuadros que potenciaron ideológicamente la campaña del año 70. Ya no bastaban las viejas consignas, ni los mismos símbolos. El MAPU creía que había que cambiar la forma de hacer la política en todos sus planos, como paso inicial para transformar radicalmente la sociedad. En ese sentido el MAPU creía, mesiánicamente, que su misión era en particular transformar la política chilena y conducir a Chile a la sociedad socialista. Para ello, el Movimiento de Acción Popular Unitaria había nacido, para forjar la unidad, para ser la punta de lanza de una transformación mayor, en suma, para ser la vanguardia de la izquierda chilena.

Bajo esos objetivos que se dio el MAPU desde su nacimiento, se entiende la particular preocupación del MAPU por el programa político que debía aglutinar a la Unidad Popular, y de allí también el fuerte desprecio mostrado hacia el “hombre” o “nombre” en particular que debía conducir el gobierno de la UP, porque según Jacques Chonchol “Unidad Popular significa unidad consciente de todos los sectores sociales del pueblo conducidos por sus vanguardias políticas, que superen sus diferencias ideológicas y sus contradicciones más aparentes que reales que los dividen, que se establezca en torno a programas de acción común orientados a la efectiva sustitución del capitalismo y sin la cual pensamos que hablar de revolución es un engaño consciente o inconsciente. Esta es nuestra tarea principal del futuro”[128]. Y en ese contexto, “nos interesa darle forma primero a la plataforma y al programa y no somos partidarios, ahora de nominar a alguien de nuestras filas como candidato”[129].

Sin embargo, a pesar de que el MAPU intentaba conducir a los otros partidos que conformarían la UP en esta dirección de discusión ideológica y política, los partidos de la izquierda tradicional, especialmente el Partido Comunista y el Partido Socialista eran promotores primero de nominar el candidato y posteriormente construir el programa. Esta fórmula favorecía particularmente al Partido Socialista que apostaba por cuarta vez a la candidatura de Salvador Allende.

Desde mayo de 1969 hasta enero de 1970, fecha en que es nominado Allende como candidato, el MAPU trabaja arduamente por darle coherencia a la construcción de un programa sólido de gobierno. Este programa, que será la base de la propuesta final de la UP, será denominado por el MAPU como “Acta del Pueblo” y contiene los puntos básicos que fueron mencionados anteriormente, es decir; la construcción de un Estado socialista con participación activa de los trabajadores, nacionalización de las riquezas naturales de nuestro país y que están en manos extranjeras, aceleración del proceso de industrialización y de reforma agraria, estatización de las empresas y la banca, así como una reforma educacional, base articuladora de una nueva construcción valórica que le diera legitimidad y sustento a las transformaciones que iniciaría el nuevo gobierno[130].

Sin embargo, pese a que el MAPU es categórico en enfatizar que su estrategia política y en definitiva su razón de ser es la construcción de un proyecto de Unidad Popular, los acontecimientos van tomando el rumbo contrario, y a poco andar el MAPU debe entrar en la disputa del nombramiento del candidato, como única forma de no quedarse fuera de la discusión que enfrascaba a la UP.

De esta manera hacia mediados de septiembre de 1969 el MAPU designa como precandidato presidencial a Jacques Chonchol[131].En el acto de proclamación del candidato mapucista, este enfatizó que “todos nosotros fuimos partidarios de que la unidad de las fuerzas políticas y sociales que representan al pueblo, debía construirse, primero, en torno a una visión común, basada en un análisis profundo y objetivo del momento que vive el país y en un acuerdo en cuanto a los planteamientos que era necesario hacerle para superar en definitiva el atraso y la opresión que derivan de su estructura capitalista y comenzar a construir una verdadera sociedad de trabajadores. Qué solo después de logrado lo anterior, debía buscarse a quienes eran las personas que podían encabezar ese movimiento y elegir entre ellas aquella que fuera la más adecuada. Pero las cosas se dieron de otro modo y los distintos partidos populares han ido proclamando, con legítimo derecho, a sus abanderados. Esto nos ha conducido, con el fin de acelerar el proceso de clarificación y apresurar la unidad, a elegir también uno de entre nosotros para representarnos y ustedes me han hecho el honor de designarme a mí…”[132]

De esta forma, el MAPU con Chonchol como su precandidato sucumbe a la lógica electoral de las otras colectividades. Sin embargo, seguirá luchando por la construcción del programa socialista por el cual abogaba desde sus inicios.

La figura de Chonchol, que podría haber sido entendida por el MAPU como una nominación forzada ante los hechos consumados, fue generando en la prensa una particular valoración. De ser el ex vicepresidente de INDAP, expulsado de la DC y de su cargo y posterior secretario general del MAPU, Chonchol comienza a aparecer ante la prensa como un candidato particularmente atractivo y con potencialidades de disputarle el triunfo a Alessandri.

Así lo destacaba El Clarín en sus páginas, cuando retrataba a Chonchol como un candidato poco tradicional, joven, inteligente, de estilo directo y muy bien preparado. Según este periódico “de los cinco postulantes de la izquierda (Neruda y Tarud para empezar no tienen na´ que ver (sic)), la mejor carta podría ser Jacques Chonchol, que representa algo nuevo y tiene el aporte de la juventud. Con Chonchol la izquierda demostraría que no es la misma de hace treinta años, que levanta los mismos gastados líderes[133] y eslogans.[134].

Bajo esta mirada del Clarín, el MAPU completo aparece como una colectividad novedosa, más moderna, más adecuada a los requerimientos del país. Sus apuestas revolucionarias se volvían coherentes al ser planteadas por estos grupos de jóvenes profesionales, intelectuales, que muy preparados venían a hacer la revolución, previa unidad de la izquierda chilena, a la que aspiraban conducir como vanguardia.

Estos elementos también aparecen como novedosos y por lo demás peligrosos, a los ojos de la prensa de derecha de nuestro país. Según La Tercera, por ejemplo, el MAPU se había convertido ya hacia octubre de 1969 en la entidad más revolucionaria de la fuerzas constitutivas de la Unidad Popular, ya que según la periodista de ese medio comunicacional, María Eugenia Oyarzún, “Para Chonchol y su partido el futuro gobierno debe ser socialista en lo económico; un Estado de trabajadores es su concepción política y un gobierno expropiador en toda o casi toda la industria privada en que incluso los medios de expresión, como la prensa, la radio y la televisión estén en manos de los trabajadores. Poco se libra al ánimo expropiatorio del MAPU”[135].

La opinión anterior es compartida por El Mercurio, para quién las propuestas programática del MAPU eran bastante preocupantes, sobre todo su apuesta por la creación de una Asamblea Popular, que reemplazaría al Congreso Nacional e incluso al poder judicial, terminando como enfatiza el periódico, con la democrática tradición de la división de los poderes del Estado[136].

Los aspectos anteriores hacen aparecer al MAPU como la fuerza más de izquierda dentro del espectro de la Unidad Popular, y por lo tanto, su peligrosidad se volcaba además en que dicha colectividad aspiraba a conducir el aspecto programático del nuevo gobierno. Dado lo anterior, los periódicos de derecha enfatizaron las discrepancias entre el MAPU y el Partido Comunista, dado que según estos últimos no buscaban la construcción de un Estado Socialista inmediato, sino que sólo una transición hacia dicho ideal.

Otro de los aspectos que estos periódicos destacaron fue la fuerza que puso el MAPU en la idea de que fueran las bases sociales las que decidieran el nombre del candidato y no mediante un acuerdo político superestructural, como lo había sido hasta la época. Según el MAPU sólo así se podría asegurar que el nuevo gobierno fuese revolucionario de verdad y no como sucedió con la campaña de Allende en 1964 donde se buscó atenuar el discurso revolucionario[137].

Sin embargo, pese a todas las visiones anteriores, tanto de la prensa de izquierda como de derecha, la lógica política tradicional se impone. Y ante el estancamiento y el punto de no retorno de las conversaciones entre las distintas colectividades, el MAPU decide bajar a su candidato Jacques Chonchol en un gesto político que pretendía demostrar la coherencia de sus postulados ideológicos y programáticos en pos de lograr el objetivo número uno que los convocó como colectividad: lograr la unidad de las fuerzas populares[138].

De esta forma desde el retiro de Chonchol a comienzos de enero de 1970 hasta la nominación definitiva de Allende el 23 de enero de 1970, el MAPU comienza a tener un papel de menor importancia. Al bajar a su candidato, si bien presionó a las demás colectividades para que hicieran el mismo gesto político unidad, y ese objetivo se logra, el MAPU también restringió su capacidad efectiva de presionar políticamente, dado el incierto apoyo electoral con el que contaría. En forma paralela, la elección de Allende no agradaba del todo al MAPU, dado que era caracterizado por dicha colectividad como un hombre político tradicional y “pasado de moda”, que representaba precisamente todo aquello de la izquierda tradicional que el MAPU se proponía cambiar.

Sin embargo, y muy disciplinadamente el MAPU, apoyó al candidato electo, desplegando un gran trabajo territorial en los meses que siguen a la nominación y hasta la elección el 4 de septiembre de 1970. La participación del MAPU se concentra prioritariamente en el sector campesino y en el sector estudiantil, donde la colectividad había ganado notorias fuerzas[139]. Sin embargo, la cobertura periodística en la campaña cubre poco al MAPU, debido principalmente a los escasos actos a los que convoca como anfitrión. La mayoría de las acciones de campaña son realizadas por el Partido Comunista y el Partido Socialista, a los cuales los líderes del MAPU apoyan con su oratoria, pero con muy pocas bases sociales de apoyo real.

Lo anterior se explica además porque el MAPU, en sus primeros meses no aspira a convertirse, a lo menos públicamente, en un partido de masas. Como dijeron con anterioridad, ellos no aspiraban robarle gente a nadie. Sin embargo, la fuerza de la política chilena y su propia lógica de funcionamiento pronto generará la disyuntiva de cómo sobrevivirá el MAPU ante el triunfo de la UP con Allende a la cabeza. ¿Qué papel le queda al MAPU una vez cumplido el objetivo de la lograr la unidad de las fuerzas populares?

Una respuesta posible y que fue significativa en el largo plazo[140], era la propuesta del MAPU de formar una Federación Socialista, donde el MAPU y el PS se fundieran para evitar la proliferación de pequeños partidos de izquierda y formar una gran colectividad que tuviera coincidencia programática visible, en torno a la idea de realizar una revolución socialista de carácter nacional, sin copiar modelos extranjeros[141]. Esta idea no tendrá eco en esos momentos, pues el PS era un partido fuerte y además tenía al abanderado presidencial en sus filas.

La otra respuesta posible y la que finalmente se concretó, era convertir al MAPU en un partido político, que pudiera competir por los espacios de poder y transformar desde el sistema las prácticas políticas que aspiraba a modernizar, para hacer de Chile una verdadera sociedad socialista.

NOTAS:

[62] Que para ser más exactos pertenece al grupo de los terceristas.

[63] EL Mercurio, La Tercera, El Clarín y El Siglo.

[64] Un papel fundamental en este proceso lo jugará el liderazgo de Rodrigo Ambrosio.

[65] A la diferencia generacional había que sumarle el acercamiento o distanciamiento respecto de la utilización del marxismo como categoría de análisis de la realidad social. Los “viejos fundadores” creyeron que la particularidad del MAPU en la izquierda era precisamente el aporte del cristianismo, mientras que los más jóvenes querían sacarse ese “estigma” y pretendían convertirse en el tercer partido marxista de la izquierda chilena.

[66] Dicha crítica se hacía sobre todo al partido Radical y a los sectores políticos de la Derecha, como el Partido Liberal por ejemplo, que no lograban representar ni en sus discursos ni en sus prácticas a estos nuevos sectores de la clase media más ilustrada y profesional.

[67] Jocelevsky, Ricardo. “La Democracia Cristiana y el gobierno de Eduardo Frei (1964-1970). U. A Metropolitana. Unidad Xochimilco. México, 1987. P. 286.

[68] Uno de los paradigmas ideológicos que cruzaba a toda la Democracia Cristiana hacia 1964 era la frase “ni capitalista ni socialista, sociedad comunitaria”. Sin embargo, los lideres rebeldes a poco andar el gobierno de Frei comenzaron a acuñar la idea de una sociedad basada en el “socialismo comunitario”, cuestión que será consignada en la propuesta de la “vía no capitalista de desarrollo” que encabeza la línea rebelde que gana la mesa de la directiva DC en el año 1967, con Gumucio a la cabeza.

[69] Jocelevsky, R. Ibíd. P. 299.

[70] Importante me parece señalar que un mes antes de esta elección había sido elegido como Presidente de la JDC el líder rebelde juvenil Rodrigo Ambrosio.

[71] El Clarín. 3/05/1969.

[72] El líder de esta postura fue Patricio Aylwin, entonces Senador de la República.

[73] “En términos de alianzas políticas, las contradicciones entre justicia social y desarrollo económico significaba optar por una alianza con los partidos de la izquierda o bien por una con los grupos de poder económico. El problema de los demócratas cristianos es que parecía imposible para ellos ocupar una posición hegemónica en cualquiera de los 2 tipos de alianza”. Jocelevsky, R. Ibíd. P. 306.

[74] El Clarín. Opinión política de “Picotón”. 15/01/1969.

[75] El Clarín. 21/01/1969.

[76] La Tercera 1/01/1969.

[77] El Clarín 25/03/1969.

[78] El Clarín. Op. Cit.

[79] La Tercera. 23/04/01969.

[80] El Clarín. 25/03/1969.

[81] Esto permite entender por qué los militantes más antiguos casi desaparecen de la memoria de los militantes más jóvenes.

[82] El Clarín 12/02/1969. Perfil electoral de Alberto Jerez candidato a senador por la zona de Concepción.

[83] El Clarín.28/03/1969.

[84] El Clarín, 11/03/1969.

[85] El Clarín, 12/03/1969.

[86] El Clarín, 11/03/1969.

[87] El Clarín. 12/03/1969.

[88] La Tercera. 7/05/1969.

[89] El Mercurio. 20/04/1969.

[90] El Clarín, 21/04/1969.

[91] El Clarín, 21/04/1969.

[92] El Clarín 21/04/1969

[93] El Clarín, 21/04/1969.

[94] La Tercera. 22/04/01969. “Según Juan Enrique Vega, presidente de la JDC, el triunfo se logró debido al planteamiento de la siguiente tesis: En lo ideológico: que el PDC debe definirse por el “socialismo” a secas, en lo político afirmando que el PDC debe ubicarse en la “izquierda”, en lo estratégico planteando la necesidad de la lucha por una unidad popular de nuevo tipo en Chile”.

[95] El Clarín. 5/05/1969.

[96] El Clarín. 5/05/1969.

[97] La Tercera, 5/05/1969.

[98] El Clarín. 5/05/1969.

[99] El Mercurio. 6/05/1969. Las declaraciones son de Sergio Onofre Jarpa.

[100] El Clarín. 7/05/1969.

[101] El Clarín 6/05/1969.

[102] A este departamento pertenecía Jaime Gazmuri.

[103] Sobre la renuncia de Sánchez al PDC, la tira cómica “el perejil” ironiza el 17/5/1969: “Pa´mi que renunció porque la flecha roja… no era tan roja… ni tenía la forma de hoz ni martillo”, haciendo alusión al acercamiento y casi identificación del sector rebelde con los lineamientos de la izquierda tradicional, en especial, el Partido Comunista.

[104] El Clarín declaraba el 14 de mayo de 1969: “El PDC se quedó sin su juventud, como don Fulgencio: … “nos han cambiado el partido. Este no es el partido al que entramos”, explican los cabros a Castillo. La carta está concebida en términos durísimos, la crítica no está adornada y hasta le hacen un llamado de conciencia a Castillo para que medite sobre la composición que ahora tiene el partido al cual él tanto le defendió la pureza. Vega informó que junto a ellos se salen 16 provincias, como departamentos juveniles completos y en las otras renunciaron grupos importantes. Es decir, que ahora el PDC no tiene juventud”.

[105] El Mercurio.10/05/1969.

[106] El Mercurio op. Cit.

[107] El Mercurio 18/05/1969.

[108] El Clarín 19/05/1969.

[109] El Mercurio 19/05/1969

[110] La Tercera 19/05/1969.

[111] La Tercera 30/05/1969. Titular “Marxistas y cristianos están fabricando nueva izquierda”. Continúa “la condiciones están dadas para que surja una “nueva izquierda”, en el país, a juicio del personero del MAPU, que participó en una reunión con comunistas y socialistas. Sobre la reunión que se realizó en la sede del P.S dijeron los informantes, que en ella hubo un análisis sobre las posibilidades de la unidad popular y que se notó gran coincidencia en los planteamientos de las tres colectividades, en el sentido de hacer la unidad partiendo desde las bases. Manifestó el vocero, que a su juicio el resultado más importante es que las condiciones están dadas pata que surja una nueva izquierda, con participación de cristianos, marxistas e independientes”.

[112] El Mercurio. Referencia del comic el perejil el 6/61969 y la referencia a la influencia del PC 22/06/1969.

[113] El Clarín. 20/05/1969.

[114] El Clarín 20/05/1969.

[115] El Clarín 28/05/1969.

[116] El Clarín 20/05/1969.

[117] Este elemento también es cubierto por El Mercurio y La Tercera.

[118] Esta reflexión se ha repetido en muchos militantes mapucistas a lo largo de la historia de dicho partido, siendo un elemento constitutivo de la cultura política del mismo. En ese sentido se entienden por ejemplo las ansias de constituir un partido federado, en la época de Ambrosio, y más tarde, en la época de la transición, la conformación de la Concertación.

[119] El Clarín 27/07/1969.

[120] El Mercurio. 4/08/1969.

[121] El Clarín 14/06/1969 y 25/07/1969.

[122] El Clarín 27/07/1969.

[123] El Mercurio 5/08/1969.

[124] El Clarín 2/08/1969.

[125] Criticas a medidas reformistas y populistas que no aspiran a un cambio radical del sistema capitalista.

[126] El Mercurio 5/08/1969.

[127] El Clarín 2/08/1969.

[128] El Clarín 3/08/1969.

[129] El Clarín 20/08/1969.

[130] El Clarín 30/09/1969.

[131] El Clarín, La Tercera y el Mercurio. 22/09/1969

[132] El Clarín. 28/09/1969.

[133] Critica a la nominación de Allende por parte del Partido Socialista.

[134] El Clarín 10/10/1969.

[135] La Tercera 5/10/1969.

[136] El Mercurio. 10710/1969.

[137] La Tercera 22/08/1969.

[138] El Clarín 1/1/1970.

[139] Desde el momento fundacional hasta la elección el MAPU había ganado varias elecciones de federaciones de estudiantes, en alianza con las otras colectividades de izquierda. Un ejemplo importante lo constituye el triunfo del Centro de Estudiantes de Ingeniería de la Universidad de Chile, con Manuel Riesco a la cabeza.

[140] Enfatizo el largo plazo, porque aquí está la primera idea que más tarde retomará el MAPU durante el proceso conocido como Renovación Socialista, que de una renovación ideológica pos golpe de Estado dará paso a la constitución de la idea de un bloque histórico que pasará a llamarse hacia los años 80 como Convergencia Socialista. No hay que olvidar que el MAPU se une al Partido Socialista en 1989, durante los inicios del proceso de transición a la democracia en nuestro país.

[141] La Tercera 22/08/1969

Chile: El MAPU, La seducción del poder y la juventud (Segunda Parte)

leave a comment »

INVESTIGACION6 Cristina Moyano

Capitulo 2:

El Mapu en la historiografía.

Relatos incomprensivos de una elite política

Introducción.

La reconstrucción historiográfica sobre nuestro pasado reciente ha estado sujeta a una serie de avatares epistemológicos e interpretativos. Por una parte surgen los clásicos cuestionamientos acerca de la posibilidad que tiene el historiador de escribir una historia en la que él (o ella) mismo (a) ha sido actor sin caer en la excesiva subjetivización de ese pasado reciente. Por otro lado, surge la problemática de cómo acercarse a ese objeto de estudio, las fuentes y las memorias que cruzan el período, donde muchos de los actores se encuentran vivos y contraponen la validez de los estudios según sus propias experiencias.

Sin embargo, a pesar de lo anterior y de las múltiples críticas que puedan provenir de la historiografía más conservadora y positivista, nuestro país ha visto cómo se han multiplicado en la última década los estudios historiográficos y en ciencias sociales sobre el pasado reciente, en el que la gran fractura que produjo el golpe de Estado en nuestras sociedades cambió la configuración del presente en el cual vivimos. De esta manera, el estudio de las décadas que van desde el año 60 hasta el golpe mismo se volvió un tema de áridas disputas interpretativas por cuanto, las distintas visiones buscaban enfocar nuestra realidad desde determinadas arenas políticas y por ende componían parte de las batallas por la historia y la reconstrucción del pasado. El definir cómo éramos y qué sucedió era fundamental para llegar a comprender el cómo somos en la actualidad y en ese margen existencial la visión interpretativa del pasado era fundamental.

Quizás uno de los hechos trascendentales y abiertamente polémicos de esta problemática, en el plano de la historiografía, fue la disputa desatada por la interpretación del pasado reciente ocurrida entre Gonzalo Vial (como representante de una corriente historiográfica y por cierto política) y un grupo firmante de lo que se conoció como el “Manifiesto de Historiadores”. Entre ellos se desató una polémica en torno a temas cruciales de las décadas mencionadas, cuestionándose las bases clásicas de la aproximación al estudio de dicho período, que hacía ver a Gonzalo Vial no solo la inevitabilidad del golpe sino que también su justificación en tanto proceso de quiebre de la democracia.

De esta manera entró al tapete de la opinión pública la fuerza de la historiografía en tanto herramienta política para la interpretación del pasado. Esta dejaba de ser encubiertamente “objetiva” para transformarse en instrumento de acción de los sujetos para el presente. Detrás de ella había una cuestión de proyecto, una idea de destino, la finalidad ya no era saber del pasado porque sí, sino que para comprender nuestro presente y actuar sobre él. Y esto obviamente sin cambiar arbitrariamente “los hechos”.

La abundancia de textos sobre la historia presente se puso de manifiesto también cuando se conmemoraron los 30 años desde la elección y triunfo de Allende y más tarde los 30 años del golpe de Estado. Esto dejó de manifiesto que las décadas pasadas tenían mucho que decirnos sobre nuestro presente, y en la necesidad permanente de las sociedades de comprenderse, la historiografía aparecía como una herramienta muy válida, sin embargo no única, ya que los aportes disciplinarios que entregaba la sociología, la antropología y la ciencia política venían a complejizar los análisis y hacerlos más útiles para ese intento comprensivo.

De esta manera, el presente capítulo pretende dar cuenta de la discusión que dentro de las ciencias sociales ha existido sobre este pasado reciente. Las décadas del 60 y del 70 resultan cruciales para la comprensión del quiebre de la democracia en Chile. Sin embargo, las distintas miradas nos complejizan las relaciones y cambian los enfoques interpretativos. El nacimiento del MAPU como partido en el año 69, debe ser analizado a la luz de la perspectiva histórica de esas décadas, sus especificidades así como sus continuidades. Un enfoque de más largo plazo (estructural) u otro que pone su eje en la coyuntura, explican de distinta manera el origen de la colectividad, de ahí la importancia de contraponer estas visiones, por cuanto nos abren dos perspectivas de análisis sobre un mismo proceso, que si bien no son antagónicas por lo menos son diversas y hasta cierto punto complementarias.

El ethos cultural de la época en el corto plazo: Las décadas del 60 y 70, según las ciencias sociales.

La mayoría de los estudios sociales sobre las décadas en cuestión ha puesto fuerte énfasis en los temas que tienen relación con el espacio o la esfera política. De esta forma el sistema de partidos, los análisis de los cambios electorales y los partidos políticos y sus comportamientos en torno a discurso, prácticas y alianzas, forman la piedra angular dentro de la mayoría de las aproximaciones a este pasado reciente.

El recuento que propone este apartado partirá al revés de la mayoría de los análisis. Creemos que es válido partir caracterizando, desde la reconstrucción que han hecho las ciencias sociales, el campo cultural y la producción simbólica y discursiva que permite definir el ethos cultural propio de una época. Ello nos permitirá validar nuestra propuesta de la importancia de la subjetividad en la política, y tratar de comprender de manera más compleja las clásicas caracterizaciones que nos hablan de una época de gran “radicalización e ideologización” en la cual se “movilizaban los individuos”.

El no caracterizar esta parte más subjetiva de las producciones políticas, puede llevarnos a no comprender cabalmente las producciones discursivas de la época, los enfrentamientos simbólicos que estaban detrás de los proyectos de los diferentes actores políticos. En suma puede llevarnos a no comprender ese pasado tan distinto, culturalmente hablando, del nuestro. La dimensión subjetiva de la política puede ayudarnos a acercarnos a este pasado de una manera distinta para que las otras esferas adquieran más sentido.

Los estudios en este ámbito no son muy abundantes. Sin embargo, la mayoría de los que han analizado la época entregan descripciones no muy exhaustivas sobre las producciones culturales y discursivas que la sociedad chilena, y en especial los partidos políticos, creaban en ese entonces, como marco de significación de sus acciones. Tal como lo expresa Moulian “la política se despliega mediante la producción de un “imaginario” donde la realidad aparece simbólicamente elaborada. Esta construcción contiene definiciones del mundo social realizada en términos fácticos (proposiciones donde se afirma la existencia objetiva de hechos sociales) y en términos normativos (proposiciones del deber ser)”[22].

Este artefacto, denominado por Moulian como imaginario, sirve para orientar las acciones de los sujetos así como para movilizar las voluntades. Dentro de él confluyen además las motivaciones inconscientes y los sentidos racionales e irracionales que se entremezclan en las estrategias, alianzas y cálculos de las mismas acciones[23]. De allí que el plano discursivo sea tan importante como las actuaciones, porque estas últimas adquieren sentido en el primero, allí se significan e incluso se evalúan.

El papel que juega la construcción discursiva también ayuda a visibilizar la realidad social. Al volver texto lo que presenciamos, lo que sentimos y lo que vivenciamos, éste adquiere la validez de su existencia. Así lo expresa Illanes al enfatizar que el papel que juegan las ideologías dentro de las sociedades es “nominar y visibilizar las corrientes del cambio social”[24]. En otras palabras darle cuerpo de significación y coherencia analítica a una realidad diversa, compleja y dispersamente ininteligible.

Dadas las premisas anteriores, la caracterización cultural de las décadas del 60 y 70 resulta primordial para entender algunas particularidades que los cientistas sociales, desde distintos enfoques, han manifestado casi de manera consensual: la existencia de una gran polarización y radicalización en los discursos políticos de la época, que dieron el marco de acción para que el sistema político adquiriera la forma que tenía en esos años.

Según Moulian una característica central de la época estudiada tiene relación con la fuerte contraposición entre crecimiento económico real y expectativas de derrumbe del capitalismo. Tal como lo expresara Hobsbawm en su historia del siglo XX, los años que van desde el 50 hasta el 73 corresponden a lo que él denomina como los años dorados del capitalismo. El alto crecimiento económico y la configuración de un Estado benefactor, hizo que muchos sectores sociales marginales pudieran incorporarse al consumo, en los países en desarrollo, amplió las expectativas educacionales, mejoró los sistemas de salud e incorporó al movimiento obrero a prácticas sindicales que exigían cada vez más posibilidades de consumo masivo y menos enfrentamiento antagónico por derrumbar al modelo capitalista[25] .

Sin embargo a pesar de que esto ocurre en el plano de lo cotidiano existe una sensación, tanto en el primer como en el tercer mundo, de descontento, de necesidad de cambiar el sistema. Dicha situación se agudiza aún más en continentes como el americano donde la realidad del Estado benefactor no tuvo la fuerza histórica de los países desarrollados y por lo tanto, la inserción equitativa, igualitaria y real de todos los sectores sociales era mucho menor que en Europa.

Así en el mundo de los años 60 se contraponían dos imágenes importantes que ayudaron a articular un determinado campo de significación simbólica. “En los años sesenta ya había madurado y estabilizado, aunque con diferencias fuertes entre países, un capitalismo más racionalizado. Pero esto ocurría en la atmósfera opresiva de la “guerra fría”, de la amenaza nuclear y del riesgo de las constantes aventuras militaristas, realizadas por los países capitalistas occidentales o socialistas… Justamente lo que hace tan contradictoria esa época es que este relativo mejoramiento de la situación económico-social, que demostraba que no eran verdaderas las profecías de la crisis ineluctable o de la necesaria intensificación de los conflictos, se combinaba con una tendencia totalmente opuesta, la expansión de una ideología revolucionaria”[26].

Esta expansión de la ideología revolucionaria, la idea de la posibilidad de cambiar este mundo, de darle mayor espacio simbólico trascendental a la vida del ser humano, de terminar la “insoportable levedad del ser”, la posibilidad de que el ser humano se realizara en algo más allá del consumo, fue generándose en la época de expansión económica del capitalismo precisamente porque sólo bajo esas condiciones era posible imaginar un mundo mejor. Sin embargo, el modelo capitalista que había posibilitado el crecimiento económico y la integración (aunque desigual) de sectores que antes se encontraban marginados del consumo, no había desarrollado un marco discursivo de legitimación que le diera a él mismo la justificación de su mantención. En otras palabras, el capitalismo había fracasado en la construcción hegemónica. Sobre este punto el socialismo, en cuanto modelo simbólico, le llevaba gran ventaja.

Así, “como aparente contrapunto paradojal, también desde la posguerra, se fue renovando constantemente la esperanza del socialismo. Más aún, en la década del sesenta ésta llegó a convertirse en el mito ideológico de un segmento importante de los intelectuales y de un movimiento obrero que, sin embargo, estaba integrado, en los países del Occidente desarrollado, en la repartición del poder estatal”[27]. El socialismo desplegaba de esta forma su principal virtud, una capacidad de seducción en tanto promesa de buen orden en lo ético, que apelaba a la búsqueda y construcción de la felicidad del hombre en la tierra, que bien poco se condecía con los logros reales que el modelo implementaba en la práctica, pero como anhelo virtuoso lo lograba a cabalidad.

De esta forma, el socialismo había logrado una hegemonía discursiva de bondad, de seducción y desarrollo igualitario que logró proyectarse hasta entrada la década de los 80, cuando las perversiones, desviaciones y problemas del sistema, hicieron caer el modelo en su conjunto. Sin embargo, a pesar del derrumbe de lo que se denominó “socialismos reales”, existía un lógica de preservar el ideal por sobre la construcción real.

“El socialismo logra afincarse como ilusión liberadora, como único modelo de “buen orden” por su consonancia con ciertas características culturales de la época, que por supuesto (dialécticamente) contribuyó a formar. Se instauró como la única teoría que, por su radicalidad, podía dar cuenta del capitalismo, que proveía tanto una explicación fáctica como una política normativa, una propuesta utópica realizable, no por voluntad de los sujetos, sino por las condiciones históricas. Impregnó al propio mundo católico cuyas posiciones diferenciadoras fueron perdiendo la clara identidad de antaño y substituyó a las críticas que se inspiraban del liberalismo democrático o que tomaban las banderas del humanismo”[28]

En América Latina, según Moulian, el socialismo se hizo particularmente atractivo por cuanto era el ejemplo histórico, que sociedades atrasadas podían alcanzar en poco tiempo el desarrollo económico, tal como se ufanaban las sociedades del socialismo real con la URSS a la cabeza y más tarde China. Nuestra conceptualizada dependencia económica, nuestro “atraso y desigualdades” generaban un campo fértil para que estos discursos germinaran en proyectos políticos locales.

De esta manera si estimamos que el socialismo tenía esa virtud de vocación seductora y hegemónica porque estaba planteada en términos valóricos, la potencia de las acciones realizadas bajo esa bandera, debían ser por lo demás radicales y profundas. Sobre esto, Moulian destaca la fuerte carga de historicismo que trae consigo esta concepción filosófica que supone el cambio como algo global y necesario:

“En esos tiempos los proyectos políticos con capacidad civilizatoria se formulaban como realización de una moral o como implementación de verdades… Más aún, tenían en su base una filosofía y más específicamente una antropología, de manera tal que en su centro no sólo había la propuesta de una nueva organización económica, sino la propuesta de una “revolución cultural””.[29]

La posibilidad que le daba el socialismo al hombre de aparecer como actor de su destino y como artífice de su presente, en una lucha que además era ética por cuanto no era un trabajo mezquino e individual sino que una lucha colectiva por el mejoramiento de la sociedad en su conjunto, lo hacía atractivo e inmensamente más hegemónico que el capitalismo. De esta forma, “lo más seductor del marxismo, aquello que le permitió captar las ilusiones más profundas del mundo contemporáneo, es que se representa a la revolución como historicidad máxima, en cuanto tal como despliegue de la razón y como condición del paso de la sociedad dividida a la sociedad armoniosa. En ella se concentra, por tanto, toda la carga de pasión, esperanza y energías que suscita la posibilidad de la “emancipación””[30].

De allí que la praxis política fuera entendida como una acción humana superior, de entrega, de emancipación del hombre. Su fuerte carga ética conducía las acciones con una lógica de superioridad que el discurso entregaba hasta a los actos más mínimos o corrientes.

Según Illanes, esa época puede ser caracterizada porque se vivenció una “gran revolución ética que atravesaba por casi todos los sectores de la sociedad y que inspiraba especialmente a la juventud”[31], sector social donde la radicalidad del discurso se combinaba con la condición biológica de capacidad de acción y movilización del propio sujeto.

En ese contexto deben entenderse las prácticas y los discursos políticos. Sin embargo, en los partidos que nacen en esta época estas condicionantes serán mucho más poderosas, por cuanto no cuentan con una historia pasada de organización con la que deban lidiar o al menos intentar acomodar. Ellos serán absolutamente hijos de esa época donde la revolución, la entrega y el cambio son los ejes fundamentales de la praxis política.

Quizás un ejemplo importante lo da la Democracia Cristiana, partido creado en 1957. Dicho partido que ha sido analizado como colectividad de centro ideológico, puede ser entendido como parte de este proceso de construcción simbólica. Así lo expresa Jocelyn Holt cuando afirma que “la D.C., en ese entonces, ofrecía mística, unidad e ilusiones. La política se había desacreditado, ergo había que cambiar la política. De ahí que se ofreciera pureza e integridad, solvencia técnica y capacidad movilizadora, fe y esperanza, visión futura y crítica, confiable y fraternal, amor a la Patria sin dejar de lado el compromiso continental, el “sueño de Bolivar”, certeza de los principios sumado a un permanente ánimo de lucha… Frei Montalva… en él se encarna la idea de que la política es otra manera de hacer religión”[32] .

Partiendo de esa caracterización, el autor recién mencionado cuestiona políticamente esa característica de la D.C. Le cuesta situarla en el contexto de significación simbólica mayor. Según él, las fuertes críticas que planteó la D.C al sistema, que intentaron borrar de una plumada 150 años de historia chilena con ese afán revolucionario “fue lo que desequilibró el orden político”[33]. Sin embargo, bajo la lógica de Moulian y de Illanes esta potencialidad revolucionaria y discursiva, era algo mucho mayor, más universal y que no se circunscribía sólo al ámbito de la política chilena. La D.C así es solo un ejemplo, no una excepción y por tanto su actuación en este ámbito no podría haber desequilibrado por sí sola el orden político existente.

Jocelyn Holt también critica la importancia de la verbalización en dicha época. A diferencia de Illanes no entiende el discurso como capacidad de visualizar la realidad, de darle cabida a la inteligibilidad, sino que lo califica como peyorativo al entregarle al discurso una validez en la acción material positiva. Según el autor “se habla porque se piensa que hablando se va a cambiar el mundo, mundo que se transformaría a punta de verbo y adjetivo en imagen y forma de nuestro creciente y deslumbrante bla bla. A propósito de esta eterna verbalización, llama la atención otro aspecto: el que tenga tan poca consistencia, tan precaria materialidad. Frei Montalva nuevamente me parece el mejor exponente. Leyéndolo impresiona su facilidad extraordinaria de moverse en la abstracción. Siguiendo a Maritain, insiste mucho en esto del humanismo, de que el hombre no caiga en la alienación, sin embargo, es difícil muy difícil[34] ubicar al hombre de carne y hueso en sus discursos. Lo de él es ante todo una mirada sociológica, platónica, vaporosa. Frei habla para la historia, a partir de la historia, a propósito de la historia, para terminar con la historia”[35]. En esta última parte existe una coincidencia con Moulian al entregarle al discurso de Frei, como parte de la época, un sentido historicista, característica del período según el sociólogo. Sin embargo, difiere en suponer que el discurso deba evaluarse en la materialidad, ya que Moulian propone que la acción se signifique en torno a la potencialidad discursiva, en su capacidad de visibilizar la acción y de darle coherencia mayor.

Si seguimos con la lógica de Jocelyn Holt, una sociedad donde la verbalización es excesiva no puede construir una política que aspire al gobierno, sino que solo a la movilización. De allí emerge la potencialidad disruptiva de la misma. “De modo que este hablar pretendía además convertirse en acción. Esto es enteramente nuevo. En el siglo XIX la política fue un medio para hacer país, mejor dicho, fue una manera de pensar e imaginar el país. Luego con el tiempo, la política se volvió instrumento participativo. En las décadas que estamos analizando, sin embargo, la política se redujo a una mera fuerza de cambio y movilización”[36].

“De igual manera no se entendió que una cosa es movilización y otra es gobernar. Movilizar desde luego no garantizaba un ordenado manejo de demandas. Tampoco aseguraba un disciplinado accionar político. En efecto, lo que se generó particularmente después de 1967, fue una avalancha de expectativas, de ilusiones que resultaron imposibles de satisfacer y frenar”[37].

Desequilibrio del orden político existente, como consecuencia de la excesiva verbalización según el autor. Nuevas formas de praxis políticas más globales según Moulian, producto de una característica más general del sistema filosófico mundial que cambiaba los parámetros para evaluar las acciones políticas. Dos visiones culturales contrapuestas de la misma época, coincidentes en la caracterización inicial: polarización, ideologización y predominio del ideal revolucionario.

Este último ideal, existente siempre bajo los discursos socialistas, tomará gran fuerza en las décadas mencionadas dada la importancia que adquiere el fenómeno de la Revolución Cubana. La mayoría de los cientistas sociales coincide en destacar la importancia del mismo, en tanto ejemplo y en tanto realización efectiva de la lógica historicista que está detrás del modo socialista. Claro eso sí, previas modificaciones conceptuales donde el paso de un modo de producción a otro no tenía por qué seguir la lógica soviética. En este punto los teóricos de la dependencia, que conceptualizaron la realidad latinoamericana como un tipo especial de capitalismo dependiente, enfatizaron que la hora de la revolución no sólo era posible sino que se acercaba raudamente y el ejemplo más visible de ello fue precisamente Cuba[38].

En conjunto con la posibilidad cierta de una revolución en este continente, Cuba además aportó una especie de “moralización de la lucha armada” o una revalorización de la violencia como método de lucha para derrocar el régimen capitalista. De esta forma “esta dejó ser objeto de análisis en términos de racionalidad instrumental, porque dejó de estar sometida al estudio de la correlación de fuerzas, al cálculo de costos y oportunidades alternativas, para convertirse en un trascendental, en un fin en sí mismo. Se produjo una verdadera metamorfosis del medio en fin”[39]. La violencia pasó a estar sacralizada por el ejemplo cubano. Su utilización se justificaba en la historia misma y surgía además la idea de concebirla como necesidad. Este elemento puede ayudar a entender la radicalidad del discurso, violencia que penetró no sólo los discursos de los partidarios del modelo socialista, sino que también a ciertos sectores de la derecha chilena.

La revolución por lo tanto será entendida como necesidad y no como posibilidad. El realizarla, paralelamente tenía que ser por un medio violento. El ejemplo cubano y la especificidad del modelo de desarrollo capitalista dependiente eran los sustentos teóricos de dicha afirmación. Sin embargo a pesar que estos elementos calaron hondo en los grupos políticos de izquierda de la época, pusieron en tensión en nuestro país a aquellos sectores que no creyeron que esta posibilidad se pudiera aplicar a Chile: me refiero a la pugna entre los grupos denominados como “gradualistas” y “rupturistas”[40], que no cruzó sólo a la izquierda sino que también a la derecha y al centro político. Esto demostraría lo profundo y transversal de la discusión en torno al cambio revolucionario y la violencia.

“La memoria de la izquierda que se registra en aquellos meses (últimos de 1968) sacude a los estudiantes en las universidades y en general a la juventud, a propósito de la suerte de Guevara y de sus compañeros. La radical disconformidad de los jóvenes con la sociedad que les toca vivir, la convicción de que pueden lograr cambios sustantivos si luchan, la disponibilidad de organizaciones fuertes, como las federaciones de estudiantes o las juventudes políticas, y el efecto carismático de líderes inspirados en el Che o en el sacerdote guerrillero colombiano Camilo Torres, son el sustento del estudiantado como sujeto social con creciente poder político, tanto como los cambios que se viven en el interior de la Iglesia y en la sociedad…”[41]

Junto al impacto de los elementos anteriores en la configuración discursiva de los actores políticos de la época, Moulian destaca que “tres cuestiones favorecieron la capacidad de seducción de la revolución cubana. La primera era que convocaba a una política concebida como gesta épica, como sacrificio y entrega de sí, conectándose con las profundas raíces católicas de la cultura latinoamericana. La segunda clave era que presentaba al socialismo como resolución de la situación sin salida de las economías latinoamericanas. La tercera clave era la ya señalada debilidad cultural del capitalismo, su incapacidad de persuadir el camino de futuro, carencia que era mucho mayor en los países periféricos y atrasados”[42]

Nos interesa destacar, por su importancia con la colectividad que es el eje de esta tesis, el primer elemento señalado por Moulian, referido a la conexión con las raíces católicas de la sociedad latinoamericana. Esta conexión que analiza el autor, nos pone de manifiesto cierta transformación de la política en la década, ya que vuelve a nutrirse la acción política de una ética de vida, de entrega completa, de sacrificio, asociada a la actividad política, dejando atrás la propuesta maquiavélica que había separado la ética de la política, allá por el siglo XV.

La acción política y los discursos se vuelven más globales y a la vez más duramente antagónicos, toda vez que en ellos se encuentran expresados valores éticos que suponen la acción política no sólo para alcanzar el poder sino que para transformar el mundo en algo más feliz y bueno para todos. Aquí el fin de la lógica socialista era alcanzar una especie de paraíso terrenal, similar al propuesto por la Iglesia en el cielo. De allí el poder de la acción de este discurso y la permeabilidad que generó a las esferas de la vida privada de quienes vivieron la política en esos momentos. Volvemos a enfatizar que la presencia de esta característica será más fuerte en los grupos constituidos en estos mismos años, ya que los otros partidos de izquierda como el socialista y comunista traían prácticas propias, que si bien se nutrirán en estos años con la misma tónica no significará un abandono absoluto de las otras que eran la base histórica de su identidad[43]. Sin embargo en colectividades como el MIR y el MAPU donde el elemento juvenil se combinaba con el ethos revolucionario, esta lógica de la militancia ética será a nuestro juicio mucho más poderosa como parte de una cultura política propia.

Por su parte, la Iglesia en cuanto institución también vivenció cambios importantes en la época. Proceso que para Moulian se retrotrae a la encíclica Rerum Novarum, ya que “aún cuando esta misma no haya cuestionado el orden constitutivo del capitalismo ni sus ejes centrales de propiedad, lucro y mercado”[44], generó en la Iglesia un cambio de postura al pasar a constituir sus ejes de preocupación los elementos de desigualdad y pobreza que generaba el capitalismo como modelo de desarrollo.

Uno de los cambios más trascendentales en la profundización de este proceso de transformación, se vivencia en la Iglesia justamente hacia estos mismos años: El Concilio Vaticano II, que “en parte culminó un cambio de atmósfera que había comenzado antes. La noción de revolución siguió siendo sospechosa, a menos que se usara por analogía, pero cambió la clasificación moral de los revolucionarios. Se les borró el estigma semidiabólico que se les había colocado y hasta fueron aceptados en la categoría, por otra parte sujeta a reinterpretación, de los humanistas”[45].

De esta forma, los revolucionarios fueron bendecidos con el rótulo de buenas personas, de idealistas, de humanistas. Buscaban el bien en la tierra, querían acabar con la pobreza, todos ideales que no tenían por qué contraponerse a los ideales que también decía sostener la Iglesia católica. De este modo no es extraño que comenzaran a acercarse los partidarios del socialismo con los curas y miembros laicos de la Iglesia. “Teología de la liberación” en América Latina y “Cristianos por el socialismo” en Chile, son ejemplos de esta mixtura que hoy nos parece tan extraña, pero que en la época se insertaba plenamente en la lógica cultural imperante.

El elemento cristiano le incorporó a la política de la época la concepción sacrificial de la militancia. Tal como lo expresara Moulian, las décadas de los 60 y 70, y en particular durante la Unidad Popular, la política se convirtió en una especie de religión, de fe quiliastica. En dicho nuevo constructo de la praxis política y lo simbólico, el elemento profético, mesiánico, se unía a la idea de entender la revolución como una necesidad. De esta forma, “la consecuencia, máxima expresión de la ética revolucionaria, implica heroísmo, entrega de sí, entrega de la vida, en ocasiones a través del martirio. Esa visión de la política es profundamente religiosa: a través de la militancia consecuente se consigue la salvación del alma”[46], todos elementos que posibilitaron la alianza ( no hegemónica por cierto) entre marxismo y cristianismo, que parecía imposible y antagónica.

Cuando los discursos políticos están planteados en esos términos la potencialidad radicalizadora de las prácticas está en las palabras mismas que las textualizan. Sin comprender estos elementos la polarización discursiva que caracterizaba, según los cientistas sociales, el período que antecede al golpe de Estado, no se consigue entender en su totalidad. Los elementos subjetivos del ethos cultural de la época se van nutriendo de realidades significadas bajo conceptos construidos en un momento histórico. Las prácticas políticas no tendrían por qué estar ajenas a dicho proceso y se van alimentando además dialécticamente.

Según María Angelica Illanes “una suerte de expiación histórica ocurría a través del acercamiento de la palabra solidaria y del compromiso por el cambio estructural”[47]. El sujeto que permitía a las colectividades políticas acercarse a esa expiación histórica y ética era el “sujeto popular”, de allí la constante presencia en los discursos de la época. Se habla para el pueblo, desde el pueblo y por el pueblo. Su estado de abandono y de pobreza lo hacía asible como sujeto con el cual se alcanzaba la salvación. “El pueblo pasó a ser el tema central de la sociedad chilena. Al nombrarse su presencia pobre, al estamparse su imagen blanca y negra con sus tablas, cartones y cordeles de ropa húmeda, el pueblo entró al texto, a la conciencia social y a la economía, a la prensa, a las cámaras y al aula universitaria”[48], y su figura estuvo en el centro de los discursos y debates políticos copando de manera hegemónica las referencias en estos ámbitos.

Sin embargo y esto fue lo más peligroso para un sector de la clase política chilena, el pueblo también entró a las prácticas políticas, sobre todo en estas décadas donde las primeras políticas de promoción popular del gobierno de Frei y más tarde las políticas de integración y participación que fomentó la UP. El pueblo parecía convertirse en actor con deseo de poder no sólo a través de discursos que otros podían emitir, sino que poder hacer. Para Illanes esto fue un elemento esencial de la UP en cuanto apropiación de los sectores populares de las acciones del gobierno. “Los problemas eran secundarios, la factibilidad era secundaria, la vía era secundaria; lo principal era haber hecho andar la gobernabilidad popular a través de un camino que la había conducido al “gobierno mío”. En esto consistía la base real de la revolución”[49].

Estas características culturales de la época que hemos destacado recientemente, significan el espacio donde se desarrollará el particular sistema de partidos que articulará las redes de poder que manejarán el Estado en Chile en las décadas analizadas.

El MAPU en la Historiografía.

El nacimiento de esta colectividad política a fines de la década de 1960 no ha generado una gran preocupación en los análisis políticos de la época. La mayoría de las producciones historiográficas sólo hacen una mención menor del surgimiento de esta colectividad en el contexto del quiebre del Partido Demócrata Cristiano en 1969[50]. El MAPU solo merece algunas líneas, y no posee especificidad propia al ser entendido siempre como una fractura de la DC.

De esta forma el surgimiento del MAPU será analizado bajo una coyuntura mayor que dice relación con los procesos de polarización que cruzaron a la sociedad en su conjunto hacia estas décadas. Bajo estas premisas, la fuerte polarización también cruzó a la Democracia Cristiana, quien se vio aparentemente atrapada por el discurso revolucionario de la época y por prácticas que tendieron a controlar la movilización social que, en los primeros años del gobierno de Frei Montalva, el mismo Estado había ayudado a crear. De esta forma, los autores que explican el surgimiento del MAPU lo hacen poniendo de relieve este conflicto o tensión entre logros reales y expectativas generadas de un cambio social más radical. Así lo expresa por ejemplo Sofía Correa quien afirma que “al mismo tiempo, la DC, se vio envuelta en graves disputas internas, a la vez que paulatinamente fue perdiendo respaldo popular en atención a las dificultades económicas y políticas que se presentaron en la aplicación del programa de gobierno. Sus militantes se debatieron entre las tendencias que propiciaban la desaceleración del proceso de cambios y las que buscaban su profundización inmediata. El conflicto culminó en el quiebre del Partido, cuando en 1969 un numeroso grupo de militantes de la Juventud Demócrata Cristiana formó el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), el que poco más tarde pasaría a integrar las fuerzas de la izquierda agrupadas en la Unidad Popular”[51].

Collier y Sater, compartiendo la tesis anterior afirman que el proceso de polarización que vivía el sistema político y la disensión sobre los proyectos y las vías para alcanzar los objetivos no estuvo restringida solo a la izquierda. “En junio de 1967, los rebeldes y terceristas se hicieron con la dirección del PDC. Las relaciones entre Frei y su partido se volvieron pronto muy tensas. Un comité del PDC, encabezado por Jacques Chonchol (el líder rebelde)[52], había esbozado recientemente un informe que defendía la “vía no capitalista de desarrollo”. Bajo una nube de ampulosas generalidades, este documento exigía claramente una política radical, incluidas las nacionalizaciones y ciertos esquemas de control de los trabajadores. Aunque los disidentes fueron expulsados de la dirección del partido en una Asamblea del Comité nacional (enero de 1968) con la ayuda de una efectista aparición del mismo Frei, el descontento del ala izquierda del PDC y de su movimiento joven continuó madurando. En noviembre de 1968, Chonchol renunció a su cargo de vicepresidente del INDAP. La escisión del PDC parecía sólo una cuestión de tiempo”[53]

En una perspectiva similar Skidmore y Smith entienden el surgimiento del MAPU dentro de un contexto de descontento con los logros alcanzados por el gobierno de Frei. Tal como lo expresan “los logros reformistas habían sido sustanciales si se medían con los parámetros del pasado chileno, pero ya no resultaban suficientes”[54]. Sin embargo, agregan un nuevo elemento: los recientemente actores sociales incorporados al sistema: campesinos, mujeres y jóvenes aspiraban a mayores demandas y mejores satisfacciones. Aquí se entiende el clima cultural al cual hacía mención Moulian, relativo a que las expectativas de cambio más radical en un escenario donde había una mejora cualitativa, dan cuenta de la escasa legitimidad que tenía el capitalismo como discurso cultural hegemónico.

Skidmore y Smith, al igual que Yocelevsky introducen un elemento adicional al tema de la polarización y radicalización del sistema político y de las demandas y que tiene estricta relación con el sistema electoral y la imposibilidad de reelegir al Presidente de la República. Según estos autores, lo anterior generaba dentro de los partidos fuertes pugnas en los períodos cercanos a las elecciones, para desvincularse críticamente de la administración que venía saliendo, como estrategia para no cargar con el peso electoral que la evaluación de la gestión gubernamental pudiera generar en ellos. Dicho de otra forma, la coyuntura electoral era vista como estrategia de sobrevivencia de los partidos o de sectores dentro de los mismos, pero también como forma de desbloquear los ascensos partidistas y pasar a constituir parte de las elites de los mismos.

En este contexto el elemento generacional juega un rol muy importante a juzgar por Yocelevsky y Luis Moulian. Tal como lo expresaran Tomas Moulian y María Angélica Illanes la década de los 60 constituyó un momento histórico donde los jóvenes irrumpieron con su especificidad en el espacio político. Ellos no se sentían representados por los partidos y las prácticas tradicionales de la política y buscaron referentes propios, donde el culto a la revolución y al cambio formaba parte de la cultura política que ellos supieron construir. Sin embargo, no solo no se sintieron representados, sino que vieron que el sistema de partidos no les daba a ellos cabida para hacer carrera política dentro de los mismos.

Según Yocelevsky “la evolución de la generación de jóvenes aspirantes a una carrera en la política en la década de los sesenta obedeció a los fenómenos ideológicos internacionales por una parte, y por otra, a sus perspectivas de ascenso y desarrollo dentro del sistema de partidos políticos”[55]. Los jóvenes que entraron a la DC, y que más tarde la quebraron eran “jóvenes de las clases medias con educación universitaria, por lo general formados en los partidos y movimientos que habían dominado en los años cincuenta, a través de ideologías nacionalistas y desarrollistas, y que encontraban sus carreras políticas obstruidas o retardadas por una generación que envejecía lentamente para sus intereses”[56].

De esta forma la ruptura de partidos en la década del 60 y la emergencia de nuevas colectividades tenía un elemento generacional muy importante. Aspiración de ascenso dentro de las elites políticas, así como búsqueda de nuevas prácticas y discursos que se hicieran cargo de las nuevas realidades y expectativas que el mundo contemporáneo les hacía visible. En este sentido, el quiebre de la DC puede ser entendido como un fracaso debido a que este partido también surgido bajo el mismo contexto diez años antes, no pudo darle cabida a los más jóvenes ni hacer eco de sus expectativas. Así lo expresa Luis Moulian cuando afirma que “el movimiento estudiantil, y de la juventud en general, pasa a un abierto rechazo del gobierno, porque no hizo una patria para los jóvenes como había prometido. Frei quedó con una gran deuda ante el movimiento juvenil. Hay que reconocer que el Presidente de la República fue sobrepasado por una serie de cambios, de los cuales no estaba en condiciones de ponerse a la vanguardia por su historia personal y sus concepciones políticas. Había un fuerte viraje de la juventud hacia concepciones revolucionarias y progresistas. Frei no se encontraba capacitado para entender la nueva dinámica de los jóvenes. Se había definido como alternativa a la Revolución Cubana y también contra el Che Guevara y las guerrillas. No era a mediados de su gobierno, con el proceso de derechización en marcha, un modelo a seguir para los jóvenes. Era un líder de distinto paño, demasiado tradicional. El movimiento juvenil no estaba para largos procesos de reformas: quería vivir y hacer la revolución”[57].

En ese clima la disonancia también alcanzó a un sector de la Juventud Demócrata Cristiana quienes dentro del partido comienzan una fuerte crítica a las políticas gubernamentales y tensionan la militancia en el seno mismo de la colectividad, donde dichos jóvenes son fuertemente atacados por traicionar los principios de la DC. Según Moulian en la Junta DC realizada en Peñaflor, Frei se refirió duramente a esos jóvenes[58] enfatizando que ellos “usaban un lenguaje marxista o filomarxista y que no respetaban la postura anticapitalista y antisocialista de la DC. Que veía una coincidencia entre la juventud del partido con las juventudes comunistas y socialistas”[59]. Estos enfrentamientos cubrieron parte importante de los años 68 y 69, hasta que las cercanías de las nuevas elecciones presidenciales y la coyuntura de la matanza ocurrida en Pampa Irigoin generó la salida de estos jóvenes del partido, liderados públicamente por algunos destacados militantes que también aspiraban a cambios más radicales[60] dentro del cristianismo.

Para otros autores como Jocelyn – Holt, este desencanto de la juventud, como elemento generacional, se entiende como otro fracaso más del proyecto DC. Según el historiador “Ya en la Junta Nacional de enero de 1968, Frei les pidió a los delegados definir si el partido estaba en el gobierno o en la oposición. Tanto la creación del MAPU en 1969 como eventualmente la Izquierda Cristiana en 1972, significaron pérdidas en varios sentidos, La escisiones favorecieron a la Unidad Popular, e implicaron la salida de los cuadros jóvenes del partido. Desde ese entonces hasta nuestros días la DC nunca ha vuelto a representar a las nuevas generaciones políticas…”[61].

Conflicto generacional de representación de intereses y de ascenso en la política, clima cultural donde la revolución se volvía hegemónica, más el conflicto electoral inminente de 1970, fueron los elementos coyunturales que explican el surgimiento del MAPU, analizado dentro de la ruptura de su partido madre: el Partido Demócrata Cristiano.

Sin embargo estas escasas menciones que más tarde sitúan al MAPU y su acción dentro de la UP como parte de las fuerzas rupturistas de la coalición, nos parecen insuficientes para entender lo particular de este partido. Creemos que el MAPU introduce nuevas formas de hacer política y constituye nuevas formas de articular una cultura política, que lo volvieron actor central en los procesos pos dictadura y de transición a la democracia, y los análisis anteriores no nos permiten acercarnos a la comprensión de este fenómeno. Lo que viene más adelante en esta investigación está orientado a comprender como se articuló esta cultura política desde su momento fundacional hasta el golpe de Estado de 1973.

NOTAS:

[22] Moulian, Tomás. “La forja de ilusiones: el sistema de partidos. 1932-1973”. 1993. P. 233

[23] op. Cit. P. 234.

[24] Illanes, María Angélica. “La batalla de la memoria”. 2002. P. 139.

[25] Hobsbawm, Eric. “Historia del Siglo XX”.Ed. Crítica, 1996.

[26] Moulian, Tomás. Op Cit. P. 237.

[27] Moulian, T. Op. Cit. P. 239.

[28] Moulian, T. Ibíd. P. 241.

[29] Moulian, T. Ibíd. P. 243.

[30] Moulian, T. Op Cit. P. 244

[31] Illanes, M. Op. Cit. P. 147.

[32] Jocelyn Holt, Alfredo. “El Chile perplejo. Del avanzar sin transar al transar sin parar”. 1998. P. 94.

[33] Jocelyn Holt, A. Op. Cit. P. 97

[34] La cursiva es del propio autor citado.

[35] Jocelyn Holt, A. Ibíd. P. 99

[36] Op. Cit. P. 100

[37] Op. Cit. P. 100.

[38] Moulian afirma que los teóricos de la dependencia “corrigieron las tentaciones historicistas-voluntaristas o “subjetivistas” para afirmar “la necesidad actual” del socialismo desde una lógica estructural. El objetivo de ese discurso antietapista consistió en demostrar que ya no había espacio ni condiciones de viabilidad en América Latina para un nuevo intento de modernización en el marco del capitalismo ni para una tercera vía”. Op. Cit. P. 250.

[39] Moulian, T. Op. Cit. P. 249.

[40] Corvalán M, Luis. “Los partidos políticos y el golpe del 11 de septiembre. Contribución al estudio del contexto histórico”. CESOC, Santiago, 2000.

[41] Arrate, Jorge y Rojas, Eduardo. “Memoria de la izquierda chilena”. Tomo 1. Ediciones B. Chile s.a. Santiago, 2003. PP. 430-431.

[42] Moulian, T. Ibíd. P. 252.

[43] Al respecto ver trabajos de Alvarez, Rolando. Por ejemplo. “Desde las sombras. Una historia de la clandestinidad comunista”. Ed. Lom, 2002. y tesis doctoral “La tarea de las tareas…” (Universidad de Chile, 2007. Inédita)

[44] Moulian, T. Op cit. PP 254-255

[45] Moulian, T. Ibíd. P. 256.

[46] Moulian, T. Op. Cit. P. 263.

[47] Illanes, María Angelica. Op cit. P. 151.

[48] Illanes, María Angélica. Op. Cit. P. 150.

[49] Illanes, M. A. Ibíd. P. 158.

[50] Excepciones a esta afirmación la constituyen dos tesis de pregrado de la Universidad Católica de Chile.

[51] Correa, Sofía et al. “Historia del siglo XX chileno”. Editorial Sudamericana. 2001. PP 256-257.

[52] Aquí hay una equivocación histórica. Jacques Chonchol pertenecía al sector de los terceristas.

[53] Coller, S. y Sater, W. “Historia de Chile…”. P. 227.

[54] Skidmore, Thomas y Smith, Peter. “Historia Contemporánea de América Latina”. Editorial Critica. Barcelona, 1996. P. 149.

[55] Yocelevsky, Ricardo. “Chile: partidos políticos…”. P. 60.

[56] Op. Cit. P. 61.

[57] Moulian, Luis y Guerra, Gloria. “Eduardo Frei (1911-1982) Biografía de un estadista utópico”. Editorial Sudaméricana. 2000. P. 171.

[58] Rodrigo Ambrosio, Enrique Correa y Juan Enrique Vega principalmente, como miembros de la directiva de la JDC.

[59] Moulian, Luis. Op. Cit. P. 172.

[60] Militantes como Jacques Chonchol, Julio Silva Solar, Alberto Jerez, Vicente Sota y Rafael Agustín Gumucio.

[61] Jocelyn Holt, Alfredo. “El Chile perplejo…”. P. 103.

Chile: El MAPU, La seducción del poder y la juventud, C. Moyano (Primera Parte)…

leave a comment »

AMBROSIO1 (publicación de texto no definitivo o final de esta seria obra de la historiadora  C. Moyano)

Los años fundacionales (1969-1973) del partido-mito de nuestra transición”

Autora: Cristina Moyano Barahona.

Introducción

El comienzo de esta investigación histórica fue una interrogante que nació desde el presente. Y me refiero con ello no sólo al momento temporal en el que me surgió el cuestionamiento, sino que también por la validez de una problemática vigente.

Por razones de índole familiar, políticas y de interés intelectual, me comencé a cuestionar la problemática de las identidades políticas y su configuración histórica. En esa problemática descubrí en conversaciones cotidianas y en observaciones poco sistemáticas, como diversos actores sociales hacían mención a la existencia de un grupo “inorgánicamente político” que aparentemente tenía mucha vigencia e ingerencia en la construcción del proceso de transición a la democracia y en la administración del Estado, desde la década del 90 hasta ahora. Me refiero puntualmente a los ex – militantes del MAPU.

Una disputa ideológica y con algunos rasgos (que se fueron diluyendo) de academicismo, enfrentó al historiador Alfredo Jocelyn Holt con el sociológico Eugenio Tironi, en una epistolar discusión que tenía como problema de fondo una constatación del historiador referida a las redes de poder que tenía al MAPU en las primeras líneas de dirección no sólo de la política, sino que también, y en menor medida, en el mundo empresarial. Uno de los puntos más significativos de dicha propuesta, se puede graficar en la frase titular de la revista “Cosas” del año 2000, donde el historiador afirmaba que el Gobierno de Frei Ruiz Tagle era “un gobierno DC, dirigido por gente del MAPU”.

Sobre esa disputa, que me interesó muchísimo, nacieron mis primeras inquietudes académicas por tratar de dilucidar esta problemática que no sólo me aparecía como política sino que también histórica. ¿Cómo es posible que quienes militaron en un partido (y que se integraron en su mayoría a otras colectividades) desaparecido hace ya mas de 2 décadas, sigan siendo visibles, identificados con su militancia primera? ¿Qué volvía a los MAPU tan atractivos y tan fustigados con una imagen de secta de poder? ¿Por qué dentro de los actuales partidos, donde muchos de ellos se desenvuelven, siguen apareciendo como un grupo con conexiones, homogéneos, e incluso con relaciones transversales y diversas en lo ideológico? ¿Hay detrás de ellos una propuesta ideológica unitaria que los hace identificables o son más bien portadores de una cultura política particular configurada históricamente?

Mis intentos por dilucidar estas interrogantes se volcaron hacia el estudio histórico de la constitución de una cultura política particular. Paralelamente se agruparon en una gran pregunta o problema ¿Por qué los ex militantes del MAPU son aún visibles en tanto tales, aún cuando orgánicamente su referente espacial, temporal y de construcción narrativa, como lo fue el partido propiamente tal, dejó de existir hace ya más de 15 años? O dicho de otra forma ¿Cómo constituyeron una identidad tan particular y visible aún en nuestro presente, que ha trascendido a las estructuras partidarias clásicas y que sigue siendo visible especialmente para otros?

Mi apuesta hipotética es que el MAPU fue un partido generacional, muy compacto por el desarrollo histórico del mismo, que sin haber logrado nunca ser un partido de masas logró desarrollar importantes cuadros individuales. Éstos junto a los poderosos lazos sociales forjados en una historia común, que rompió con la pertenencia hacia el pasado, se tradujo en una especial y particular forma de entender y de hacer la política entre los años 69 y 73. El peso de esa historia compartida, en años tan complejos de la historia chilena, combinado con las formas que impusieron en la política (más como prácticas que como aporte ideológico), generó en sus militantes procesos de identificación tan poderosos, que aún cuando el partido haya desaparecido históricamente en el año 89, siguen existiendo, como señas de identidad en sus ex militantes. En suma podríamos hablar de la constitución de una cultura política MAPU que impregna cierta matriz identitaria en quienes participaron de ese proceso fundacional, que se superpone a las identidades partidarias vigentes y que ha construido un nuevo referente político en el Chile contemporáneo, superando las estructuras políticas partidistas.

Sin embargo, se vuelve imperioso aclarar que no estamos hablando de una entelequia o esencia del MAPU, como algo que se constituyó en un momento histórico y se ha mantenido inmutable en el tiempo, como podría pensarse a primera vista. Así queremos enfatizar que las identidades son mutables y se van construyendo incesantemente en el transcurso del tiempo, en espacios, ambientes y lenguajes o narraciones distintas. Sin embargo, existen núcleos de acontecimientos, que se constituyeron en espacios y tiempos específicos, que son más importantes en tanto aglutinadores y conformadores de ciertos elementos de identidad. Esta visión sólo se puede abordar desde una perspectiva histórica, en una visión de proceso mayor, aún cuando para el caso puntual hagamos énfasis en la genealogía del partido estudiado.

Serán entonces, a nuestro juicio, tres los momentos históricos cruciales que han configurado una cultura política MAPU: el primero de ellos, y del cual se hará cargo este estudio, es el momento fundacional. El segundo las vivencias de los militantes en el proceso de clandestinidad al interior de Chile, y como tercero, el exilio y el proceso de renovación socialista. Todos estos procesos históricos confluyen para explicar la pregunta que desde el presente se hace sobre la identidad y la cultura política de los MAPU.

Para lo que implica este trabajo abordaremos este momento fundacional, ya que creemos que los símbolos de identidad y de cultura política que permiten explicar la vigencia a la mirada de los otros, de los MAPUS en la realidad nacional actual, fueron más fuertes para los que recorrieron este proceso desde el inicio, que para los que entraron a dicha colectividad en los otros dos momentos mencionados con anterioridad.

De esta manera, el elemento generacional que asume la matriz identitaria del partido en el momento fundacional, no siguió un curso normal, si es que pudiera haber existido alguno, debido al impacto que generó en el sistema político en general el golpe de Estado de 1973. De esta forma, el golpe asestado contra la democracia ese 11 de septiembre, ayudó a cristalizar la identidad y la cultura política MAPU sin haber logrado institucionalizar la colectividad. El partido en cuestión fue arrojado rápidamente, y pese a su corta vida, a abandonar la vida partidaria normal y sumergirse en la clandestinidad, donde las identidades de todos los partidos políticos de oposición al régimen de facto, se confundieron en la gran caracterización y denominación de “opositores”, “upelientos perseguidos”, “marxistas” o “traidores”, según quien emitiera el juicio sobre los mismos.

Este elemento de homogeneización que comenzó a diferenciarse en los procesos de articulación para derrotar a la dictadura y en las distintas apuestas teóricas que sustentaron las prácticas; hizo que mientras los otros partidos opositores sumaban a su construcción política presente, su “historia” y una identidad forjada en años de lucha, que no sólo se retrotraía a los momentos cercanos a la U.P; los militantes del MAPU aportaban sólo una identidad donde el momento fundacional, como eje aglutinador de los lazos y redes sociales que sustentaron el proceso, se hizo muy importante. De allí la importancia que le entregamos en este estudio a ese momento histórico y su relación con la memoria sobre el mismo.

Para llegar a esta propuesta, decidí insertarme en las caudalosas aguas del estudio de las subjetividades colectivas e individuales y de la configuración de culturas políticas, donde no encontré un gran apoyo en estudios historiográficos. La mayoría de los estudios en esta disciplina, se refieren más a investigaciones sobre ideologías expresas, comportamientos electorales, alianzas y discursos sobre determinados ejes, tales como estrategias de lucha, tácticas y formas de conceptualizar y practicar el poder. Sin embargo, la vertiente subjetiva, aquella más volcada a las experiencias no ideológicas, sino que cotidianas, las redes sociales y las formas de construir los universos discursivos que configuran los marcos de acción que ayudan a formar identidades colectivas, visibles no sólo a quienes se sienten partícipes del grupo en cuestión sino que también visibles para los otros actores con quienes se comparten espacios, se lucha y se construyen alianzas y oposiciones, no han sido aparentemente elementos que hayan motivado a los historiadores.

Los universos discursivos que los sujetos construyen sobre su mundo, ayudan a la comprensión de los periodos históricos, ya que no solo dan cuenta de una “realidad aparentemente objetiva”, sino que la utilización de tal o cual lenguaje, determina la manera distintiva con que dicho sujeto o grupo comprende la realidad. El lenguaje como instrumento de comprensión y como herramienta de construcción a la vez, permite articular identidades particulares que vuelven a los sujetos visibles a sí mismos y a los demás. De esta forma, el estudio de las construcciones discursivas no sólo nos permite dar cuenta de esa “objetividad” o “materialidad” en la cual los sujetos actúan y pretenden cambiar, sino que también da cuenta de la constante articulación de nuevos mundos discursivos que reconstruyen nuevamente las realidades en las que están insertos.

En este marco, el pertenecer a una colectividad política no sólo daría cuenta de la adherencia a un discurso ideológico en particular, sino que también significa comenzar a formar parte de la construcción colectiva de una identidad, de la participación de redes sociales, de prácticas y formas de lucha que hacen al sujeto sentirse parte de un grupo que lo define en forma particular y que lo hace visible a los otros sujetos con quienes convive.

Dado lo anterior, la decisión de pertenecer a un partido político condiciona no sólo la forma de percibir el mundo y al discurso al que se adhiere sino que también permite construir una realidad en conjunto, hacer amigos, hacer familia, construir redes, que en el plano de la afectividad van dando sentido y un nuevo cariz a la vida individual y social. El sujeto y su vida se modifican a la luz de la militancia, así como el partido se construye a la luz de la vida de los sujetos.

De esta manera, la presente investigación aborda los elementos constitutivos de lo que entenderemos como cultura política de un partido, concepto que está compuesto por las formas de construir discursos políticos, la construcción de las auto y heteroimagenes, las prácticas políticas, las formas de organización y de lucha, las redes sociales y las formas de construir discursivamente las experiencias pasadas de vida.

Comprender la cultura política de este partido puede ayudarnos a complejizar los actuales análisis sobre las elites políticas. Nuestra transición a la democracia, con sus altos y bajos, sus aciertos y fracasos, no podría comprenderse si no escarbamos en las construcciones identitarias de los principales líderes que la dirigieron. Muchos de quienes son apuntados como los artífices de nuestra transición, militaron en esta tienda política, por lo que nos atreveríamos a decir que fueron sus imágenes sociales las que articularon una visión hegemónica sobre nuestra sociedad y sobre las cuales se pensaron y diseñaron las acciones de salida a la dictadura.

Los MAPUs se han venido constituyendo en los demonios de la Concertación, los negociadores y los lobbistas, los que abandonaron sus banderas para ‘venderse’ a las bondades de un mercado que antaño criticaban. Estas imágenes se hicieron mucho más potentes en el curso de la reciente elección presidencial que llevó a la Concertación a su cuarto gobierno. Se habló del fin de esa elite, ya que esos ‘héroes fatigados’ habían sido expulsados por un recambio político y ciudadano.

Más que una constatación sobre estas afirmaciones, esta investigación invita a pensar desde las identidades y las culturas políticas. Más que lapidar al Mapu y su vigencia, hay aquí una invitación a recorrer 5 años de su corta vida política. Si el Mapu está muerto o vivo, si resucitará al amparo de un Lagos recargado en el 2009 o verdaderamente las estructuras históricas de los partidos de la Concertación abortaron su forma de existencia, no son cuestiones que podremos resolver como analistas. Pero ante las preguntas sólo una sugerencia, unidos o dispersos la elite fundadora del Mapu encontró formas de sobrevivencia innovadoras, que habiendo molestado a los militantes históricos y su propia meritocracia, han logrado mantener su identidad pese a los golpes recibidos. Si en el 73 se levantó después del quiebre, si resintió la dictadura con dos escisiones y nuevas fusiones, ¿quién puede augurar su muerte definitiva? ¿será esta una expresión posmoderna de una política en crisis?

Capítulo 1:

Tres consideraciones teóricas: subjetividad, memoria y cultura política

Subjetividad.

El gran cientista político fallecido hace unos años atrás, Norbert Lechner, hacía un llamado en sus escritos a volcar las miradas y los estudios sociales hacia la comprensión de la vertiente subjetiva de la política. Según dicho autor, el acercamiento a este aspecto, controvertido y poco estudiado, era necesario no sólo para comprender el funcionamiento del sistema político en sí mismo, sino que las percepciones que de la política tiene el común de las personas y las valoraciones, construcciones simbólicas y apropiaciones afectivas que de dichos universos subjetivos hacen los sujetos en su vida cotidiana.

Haciéndonos eco de este llamado, creemos que los estudios sobre subjetividades políticas son importantes también para comprender el funcionamiento del sistema de partidos, en especial para indagar en las particularidades que hacen atractivo a cada uno de ellos más allá del mero enunciado de sus ideales programáticos.

Si entendemos por política las formas de construcción del orden deseado por una colectividad y por los sujetos que forman parte de ella, la subjetividad es inherente a la misma. Los discursos sobre los distintos órdenes deseados, la formas de articulación del poder y los significados que en esta construcción juegan los actores de carne y hueso, no son sólo una técnica de administración, sino que son una creación simbólica y significativa, que pone en discusión el lugar que cada sujeto quiere, desea y puede ocupar en el nuevo orden por el cual lucha, actúa, se moviliza, en suma, por el cual vive.

Por este motivo los discursos programáticos de los partidos dan cuenta de la construcción de estos universos simbólicos sobre los cuales comprenden, o al menos intentan comprender, la realidad en la cual están insertos y que desean mantener o cambiar. De esta forma, la administración de la política por un grupo en particular no debe ser sólo analizada en tanto impacto de políticas públicas, sino que también en tanto apropiación afectiva de sus receptores, que al no ser pasivos, resignifican las acciones y modifican conductas, alterando siempre las delicadas y múltiples redes de poder.

Las suposiciones anteriores, sin embargo, sólo tienen validez si estimamos, como afirma Lechner[1] que la política tiene un carácter constructivista, es decir, que es la herramienta que nos permite construir sociedad. Sólo allí la subjetividad social ofrece las motivaciones que alimentan el proceso de construcción simbólica y valórica de lo social.

En este contexto el volcarse hacia lo subjetivo no significa renunciar al afán de comprensión global, no significa el querer crear discursos falsos o irreales, sino que aspirar a abrir una nueva luz en la comprensión de los sujetos sociales y sus universos. De esta manera, cuando estudiamos un partido político debemos partir de la premisa de que éste está compuesto por sujetos activos, que sienten, que valoran y que cambian en el transcurso de la historia, herederos de un pasado y constructores de un futuro. Son la fuerza de la historia, y olvidar esta vertiente significa renunciar a la comprensión más profunda del pasado. Un partido político entonces, no es sólo una estructura, sino que es un colectivo y como tal compuesto de sujetos – actores que construyen su historia presente, haciendo eco de un pasado conjunto y que proyectan sus visiones de futuro en la lucha política electoral, administrativa, valórica e ideológica.

Lechner afirma que “las experiencias pasadas, sean rutinas inertes o acontecimientos extraordinarios, nos fijan los objetivos que ambicionamos. Por el otro, expuestos a un futuro inédito, somos llevados a buscar en el pasado las lecciones que ayuden a comprenderlo.”[2] De esta forma la concatenación temporal del pasado-presente-futuro, constitutiva de la concepción moderna de la historia, tiene como vector de dirección elementos subjetivos que motivan a los sujetos a su acción, ya sea de manera individual o de manera colectiva. Son esos elementos subjetivos racionalizados en las acciones colectivas los que han estado ausentes en los estudios de la teoría política contemporánea y de las ciencias sociales en general, por cuanto se ha tendido a fomentar un proceso de des-subjetivización.

Una política que no da cuenta de los deseos, ansiedades y dudas de las personas, corre el peligro de caer en la denominada “crisis de representación”, es decir, una crisis que se caracteriza por estar constituida de discursos y acciones vacías, alejadas del sentir popular, del sentir colectivo, que no representa nuestros anhelos y que por lo mismo, pierde el sentido de su ser. Según Lechner, “la brecha que se abre entre sociedad y política tiene que ver con las dificultades de acoger y procesar la subjetividad. Esta no es una materia prima anterior a la vida social; es una construcción cultural. Depende pues del modo en que se organiza la sociedad, y en especial, del modo en que la política moldea esa organización social”[3].

Para Zygmunt Bauman, coincidentemente con Lechner, el problema no es sólo metodológico sino que político, en tanto acción. Para dicho autor, la política en la actualidad no sólo no da cuenta de las subjetividades, sino que se ha constituido sobre la negación de la representatividad de nuestros anhelos y las promesas incumplidas. En líneas generales, el incremento de la libertad individual puede coincidir con el incremento de la impotencia colectiva, en tanto los puentes entre la vida pública y la vida privada están desmantelados o ni siquiera fueron construidos alguna vez; o para expresarlo de otro modo, en tanto no existe una forma fácil ni obvia de traducir las preocupaciones privadas en temas públicos e, inversamente, de discernir en las preocupaciones privadas temas de preocupación pública. Y en tanto que, en nuestra clase de sociedad los puentes entre ambas dimensiones están cortados, o desaparecieron abiertamente, lo público y lo privado se vuelven antagónicos, incomprensibles entre sí y diferenciados. De esta forma, los agravios privados, los problemas cotidianos, al estar los puentes cortados, no se convierten en causas colectivas[4].

Esta interpretación sirve para entender el descontento, el desánimo y la incredulidad que numerosas encuestas y estudios, más o menos serios de nuestro país, dan cuenta de una transformación de la identidad chilena. Se opone a la imagen de una sociedad politizada, participativa y con proyectos globales como la chilena de las décadas de los 60 y 70, una sociedad incrédula, individualista, desconfiada y pesimista de los años 90 – 2000. Algunos analistas sociales culpan de la transformación a la dictadura militar de los años 70-80. Sin embargo, las transformaciones parecieran ser, según Bauman, más complejas, más globales y menos locales. En otras palabras, podríamos entender a la dictadura militar como un factor que aceleró en Chile un proceso de transformación de la política que hoy parece ser característico de la sociedad mundial – global. Sin embargo lo que no podemos desconocer es que la política actual poco tiene que ver con la de antaño y más aún, a pesar de una permanencia de los actores los discursos han cambiado, para volverse vacíos, televisivos y de corto impacto.

Así, la configuración de los universos de lo deseable, de lo anhelable, de lo justo, de lo ético y de lo bueno, son construcciones culturales simbólicas que dan cuenta de las relaciones de poder sobre las cuales se fundamentan, se constituyen, cambian y se descomponen. Dichas relaciones de poder son por ende, relaciones de política. Política de lo cotidiano, política de la vida diaria, que nutre los discursos públicos y viceversa.

De esta forma cuando un partido político convoca a la militancia a sus adeptos y el colectivo es capaz de construir señas de identidad social, es un partido que ha logrado unir los elementos de la subjetividad individual y colectiva y hacerla eco en un discurso público coherente y atractivo. Es un partido que impregna lo cotidiano porque da cuenta de lo cotidiano, pero a su vez, da sentido a las mismas acciones con ambiciones de trascendentalidad y cambio, en el fin último de la política, la búsqueda del poder.

De esta manera, cuando la estructura partidaria desaparece, y el imaginario colectivo sigue haciendo referencia a la existencia del “partido – inexistente”, podríamos estar en presencia de una nueva forma de organización política que ya no necesita de la estructura tradicional de funcionamiento, sino que sus líderes, militantes y adeptos llevan el partido en su subjetividad, en sus acciones cotidianas, que pueden desarrollarse aún dentro de otros partidos políticos. El reconocimiento de estos actores-enclaves es sustancial para nuestra interpretación de lo que entenderemos como cultura política del MAPU.

Los sujetos y sus discursos e imaginarios, por lo tanto, se hacen más necesarios de estudiar, por cuanto la estructura legal ya no existe y no se articula, como tradicionalmente se supone lo hacen los partidos políticos tradicionales[5]. El partido está en cada uno de los sujetos, aún cuando éstos ni siquiera estén juntos, porque dicho partido más que discurso ideológico fue constructor de una identidad colectiva, donde el individuo explica y entiende su vida cotidiana y política.

Así el sujeto no “es una unidad cerrada, como postulan las vías inductiva y deductiva, sino abierta (disparatada, contradictoria). La transducción se mueve en el elemento de la unidad, pero de una unidad problemática.”[6] Individuo considerado como “frontera topocronológica que divide el universo en dos zonas: una interior/ pasado (la parte del universo ya incorporada) y un exterior/futuro (la parte del universo por incorporar)[7]. Individuo depositario y constructor de historia, entendido éste como el ser que aglutina en su interior lo pasado y lo futuro, en tanto vivencia y proyecto.

La consideración del sujeto como unidad topocronológica, sugiere sin embargo una problemática de acercamiento metodológico y epistemológico a la vez. Si el observador es sujeto/individuo que intenta observar/comprender a otro sujeto/individuo como universo independiente y distinto, debe negarse a sí mismo en tanto observador/activo. “Esta escisión pone una disparación o una contradicción en el corazón del universo: el mundo es indudablemente sí mismo (esto es, idéntico a sí mismo), pero en cualquier intento de verse a sí mismo como objeto, debe también, indudablemente, actuar de modo que se haga a sí mismo distinto, y por tanto, falso a sí mismo. En estas condiciones siempre se eludirá parcialmente a sí mismo”[8].

Esta disyuntiva quizá pueda resolverse a través de darle validez a la subjetividad inherente a cada sujeto, que al interrelacionarse se vuelve intersubjetiva y plausible de aprehender como “objeto” de análisis social. Lograr simular mediante la acción simbólica y lingüística universos construidos y vividos en la simultaneidad del relato, permite asir la realidad pasada intersubjetivamente sin necesidad de que esta reconstrucción sea intrínsecamente “falsa”.

Según Ibañez el sujeto actual es un sujeto reflexivo, “pues tiene que doblar la observación del objeto con la observación de su observación del objeto (medida cuántica). El sujeto y el objeto son efectos del orden simbólico: el sujeto está sujetado y el objeto objetivado, por el orden simbólico”.[9] La estructura de este orden simbólico, sin embargo, no es inmutable sino que histórica en tanto construcción cultural. Es en dicho orden donde las funciones de arquetipo ideal o imaginario dan las coordenadas de nuestra situación y de nuestro futuro.

En el cambio o en las mutaciones permanentes del orden simbólico donde se sitúa y construye a sí mismo el sujeto, se cruzan según Ibañez dos movimientos “un movimiento de represión que produce el desvanecimiento del sujeto (que pierde su profundidad vertical, para quedar aplanado en la horizontalidad superficial del intercambio); y un movimiento de retorno a lo reprimido (del sujeto de la enunciación). Se puede hacer coincidir el primer movimiento con la modernidad, y el segundo – que actúa ya en la modernidad – con la posmodernidad” [10].

Es el sujeto de la enunciación el que nos interesa, en cuanto es en él donde prima la subjetividad, en tanto análisis social plausible. “El sujeto de la enunciación no se resigna a perder lo bello, lo bueno, lo verdadero. Reivindica equivalentes de valor que sean, otra vez, unidad de medida y tesoro. El movimiento que desemboca en el formalismo reivindica la unidad de medida. Es el retorno de los reprimidos en el objeto y en el sujeto. No hay cobertura en la horizontal de la circulación: la hay en la vertical, arriba está el ideal, abajo está el tesoro”[11]

Lo real, aparece de esta forma, en la perspectiva del sujeto como interioridad experencial. Nuestro tesoro sólo es alcanzable a través de la memoria, en tanto ésta permite dar cuenta de las construcciones simbólicas y de valor que dan coherencia a los universos colectivos. Según Subercaseaux, se trata de “realzar el proceso de constitución y autonomía del sujeto, sin desconocer los determinismos sociales, pero focalizando el análisis en ese espacio en que el sujeto llega a ser y en que se manifiesta o representa su autonomía. En este proceso el “yo” interactúa con el mundo externo. El sujeto se constituye y es modificado en diálogo continuo con el otro, con las formaciones discursivas y con los mundos culturales exteriores”. [12]

El diálogo continuo de la multiplicidad de sujetos individuales (yo) no debe ser considerado en los análisis sociales en tanto individualidad pura, sino que en tanto contacto trans-cultural con otros sujetos. De allí la validez historiográfica de los relatos, de las memorias que dan cuenta de las subjetividades individuales y colectivas. De esta manera, la noción de sujeto histórico apunta “a un sujeto colectivo compacto, a un conjunto de “yoes”, que se proyectan e interactúan en lo político y cultural. Cuando nos referimos a un sujeto colectivo, al usar la voz sujeto, en lugar por ejemplo, de hablar simplemente de “sector social”, estamos implicando que tiene conciencia de sí”[13]. O dicho en otros términos, estamos hablando de sujetos con identidad.

“En estos usos el espacio semántico del “yo” pareciera que se disuelve, o se presupone plegado a un sujeto preconstituido, o en algunos casos, cooptado por la dimensión de lo político y lo social. Sin embargo, la dimensión político-social implica siempre una elección de valores y una acción dentro de un repertorio posible de opciones. Se trata, por ende, de un espacio en que opera la autonomía del sujeto, desde el “yo”, pues es desde allí desde donde se elige y actúa. Y es desde allí también que se pliega o no a un determinado discurso y a un conjunto de valores” [14]

Ese es el espacio donde la subjetividad opera, donde las acciones adquieren su sentido y significado más profundo. La articulación de la tensión operativa entre el mundo individual, el “yo”, y el mundo colectivo del cual formo parte, los “yoes”, nutre la subjetividad política de los actores. Es en esta tensión donde las decisiones valóricas, de militancia, de hacerse y sentirse parte de un discurso y de una acción cobran la relevancia de la que queremos dar cuenta en este estudio.

Tensión que existe también en la relación histórica de pasado – presente y futuro, ya que cada sujeto llega cargado de una herencia cultural propia, que configura su existencia del presente, y sobre el cual se articularán las opciones de futuro. Sin embargo, si bien ese pasado no es determinante, tampoco es fútil. Por esa razón el sujeto activo debe ser considerado siempre un sujeto topocronológico, ya que las interrelaciones temporales para este estudio serán muy relevantes en la configuración de una particular cultura política.

Los mundos de los cuales los sujetos provienen, sus círculos sociales, sus experiencias pasadas, los hacen sentirse más cerca o más lejos de otros sujetos con quienes pueden compartir o no dichos universos simbólicos y significantes. El presente por su parte, será comprendido a la luz de esa experiencia pasada. Sin embargo las nuevas vivencias interrelacionadas, van a la vez configurando las opciones de futuro, la nueva relectura del mundo social, la construcción de nuevos universos discursivos, que van reinterpretando mi pasado, pero que van guiando mi futuro. Aquí se constituye entonces, una determinada cultura política.

Lechner afirmaba, “los temores al futuro nacen en el pasado. Y los sueños de futuro nos hablan de las promesas incumplidas del pasado; lo que pudo ser y no fue. De lo que hemos perdido y de lo que no debía haber sucedido. Hacer memoria es actualizar nuestras experiencias”[15]. Así memoria y subjetividad están interrelacionadas, por cuanto la primera no sólo se constituye en herramienta para excavar en las subjetividades, sino que es parte constitutiva de la misma subjetividad.

Cultura política como síntesis comprensiva.

Finalmente, uno de los últimos conceptos ancla de esta investigación lo constituye el de “cultura política”, sobre el cual a diferencia de lo referido a la memoria no existe una sistematización muy acabada. La principal fuente de teoría sobre este tópico se encuentra en la ciencia política, en la sociología y en algunos estudios de antropología, y en ninguno de ellos se encuentra una definición exhaustiva sobre el mismo. Generalmente se habla y se da por entendido el concepto “cultura política”, abarcando ejes tan dispares como “formas de hacer política” hasta la “producción de universos simbólicos y discursivos”.

Por su parte la aplicación historiográfica es casi inexistente. Aparte de los estudios de Ana María Stuven quien utiliza una definición bastante somera para referirse a la cultura política de la elite chilena en el proceso de construcción de nación, no encontramos otros estudios más acabados de los mismos[16]. Uno de ellos, quizá rozando el concepto, pero sin utilizarlo propiamente tal, sea el de Julio Pinto y Verónica Valdivia, quienes en “Revolución proletaria o querida chusma…” se acercan a la producción de significado y de apropiación que los discursos y la expresión en prácticas políticas determinadas, generaron las propuestas socialistas de Recabarren y el populismo alessandrista[17].

La escasa sistematización conceptual de los estudios historiográficos monográficos sobre algún partido o movimiento, ha hecho primar la atención en los aspectos más visibles de la constitución y actuación de los mismos, obviando los efectos subjetivos que la participación, la producción de significados y representación, generan en los militantes y en los no militantes en un determinado tiempo histórico.

Para este estudio cultura política constituirá un eje central en el análisis, porque será el concepto que nos permitirá interrelacionar las variables objetivas (número de militantes, discursos, votos, escritos de prensa) con aquellas variables subjetivas de apropiación de significados, producción de sentidos, construcción de mapas mentales y cognitivos que sitúen a los actores en la lucha por la construcción de un determinado orden social.

De esta forma cultura política será la forma en que un movimiento entiende la actuación política y simbólica de sus miembros, dentro de la construcción de un orden social determinado, la significación que realizan de su actuación, las luchas por la búsqueda de las hegemonías del recuerdo y del presente, la direccionalidad que le entregan a la acción y las lecturas que hacen de ella, las redes sociales que articulan sus relaciones, en suma, la forma en que contruyen de una identidad partidaria forjada en la vida cotidiana misma.

Para esto será necesario tratar de esbozar los mapas mentales que los actores construyeron durante el período en estudio, para entender espacial y temporalmente las significaciones que desde la memoria realizan de los mismos. Entenderemos por mapa mental la forma que tienen los sujetos para representar una determinada realidad social, para hacer inteligible la misma en la relación temporal de los tres tiempos históricos.

Según Lechner “hay distintas maneras de mirar y sentir cada uno de los tres tiempos y, en particular, de anudar los hilos, tenues o gruesos, entre ellos. Y de esa delicada trama depende finalmente la construcción del orden social y su sentido. Nuestro modo de vivir el orden social tiene que ver con la forma en que situamos al presente en la tensión entre pasado y futuro”[18].

En dichos mapas se encontrarán presentes los horizontes de lo político (los límites geográficos entre lo que se considera político y lo que no lo es), las utopías, los anhelos, las formas de entender el poder y las relaciones sociales dentro del mismo. La forma de simbolizar y de textualizar las acciones con sus significados y las formas de nominar el orden social.

La construcción del orden está íntimamente ligada a la producción social del espacio y del tiempo. Por un lado, el orden es creado mediante la delimitación de su entorno, estableciendo un límite entre inclusión y exclusión. No hay orden social y político sin fronteras que separen un nosotros de los otros. Aún más, la noción de orden modela la idea del espacio.

Dentro de este contexto la reformulación de los códigos interpretativos, el manejo de nuestros miedos, el trabajo de hacer memoria, son facetas de la subjetividad social, abarcando tanto los afectos y las emociones como los universos simbólicos e imaginarios colectivos. La politicidad de estos elementos se manifiesta en una doble relación: como formas de experiencia cotidiana que inciden sobre la calidad de la democracia y, a la vez, como expresión de la sociedad que es construida por la política.

Un estudio de cultura política debe volcar su mirada a la vida cotidiana que los militantes realizan durante un período en cuestión, por cuanto, ella ayuda a revisar los procesos de apropiación simbólica de los discursos y de las acciones mismas. Según Lechner “al tomar una parte de nuestra vida como lo normal y natural estamos elaborando cierto esquema de interpretación para concebir los otros aspectos de nuestra vida. Definiendo un conjunto de actividades como cotidianas, estamos definiendo ciertos criterios de normalidad con los cuáles percibimos y evaluamos lo anormal, es decir, lo nuevo y lo extraordinario, lo problemático. Tal vez el aspecto más relevante de la vida cotidiana es la producción y reproducción de aquellas certezas básicas sin las cuáles no sabríamos discernir las nuevas situaciones ni decidir qué hacer. Para un animal de instintos polivalentes como el ser humano, crear esta base de estabilidad y certidumbre es una experiencia indispensable, requiere un ámbito de seguridad para enfrentar los riesgos de una vida no predeterminada. Enfrentando a un futuro abierto recurre a un mundo familiar donde encontrar los motivos “por qué” que le permitan determinar el “para qué”[19].

Qué es lo político para unos y cómo se pone en práctica, hasta dónde llega el partido y hasta dónde llega el militante, cómo me apropio del discurso de acción en mi vida privada y cómo se crean y entrecruzan las nuevas y antiguas redes sociales, son elementos que forman parte de la vida cotidiana y también por ende de la cultura política de un grupo en particular. “Cada grupo social concibe su vida diaria en referencia, tácita o explícita, a otros grupos, asimilando o modificando, aspirando o rechazando lo que entiende por la vida cotidiana de aquellos. Encontramos pues diferentes vidas cotidianas, determinadas por el contexto en que se desarrollan los distintos grupos. La vida cotidiana es un ámbito acotado, pero no aislado. Sólo en relación a la totalidad social y, específicamente, a la estructura de dominación, puede ser aprehendida la significación de la vida diaria en tanto “cara oculta” de la vida social”[20].

La vida cotidiana de los años 60 y 70 fue particularmente especial, según cierto consenso historiográfico que enfatiza que en dicha época existió una gran polarización y discusión política que los actores vivenciaban a diario. Todos parecen coincidir que en esos años, lo político se volvió precisamente cotidiano y marcó a generaciones, sobre todo a los jóvenes, en la comprensión de un mundo donde las relaciones políticas y de poder sistematizadas en discursos, movimientos y prácticas políticas construían la identidad particular y colectiva de los mismos. Por esa razón obviar la producción subjetiva de las prácticas políticas cotidianas y los lazos afectivos de la acción, parece absurdo al momento de querer adentrarnos en las arenas de la comprensión de una cultura política particular como lo fue la del Mapu durante esos años (69 al 73).

De esta forma, estudiar a un partido desde lo cotidiano implica considerar el cruce de las relaciones entre los procesos micro y macro sociales. “En lugar de reducir los procesos microsociales al plano del individuo (en contraposición a la sociedad), habría que visualizar la vida cotidiana como una cristalización de las contradicciones sociales que nos permiten explorar la textura celular de la sociedad de algunos elementos constitutivos de los procesos macrosociales. Desde este campo de análisis de los contextos en los cuales diferentes experiencias particulares llegan a reconocerse en identidades colectivas. Ello remite, por otro lado, a la relación entre la práctica concreta de los hombres y su objetivación en determinadas condiciones de vida. En lugar de reducir la vida cotidiana a los hábitos reproductivos de la desigualdad social (Bourdieu), habría que señalar igualmente cómo a raíz de la vivencia subjetiva de esa desigualdad estructural, las prácticas cotidianas producen (transforman) las condiciones de vida objetivas. Vista así, la vida cotidiana se ofrece como un lugar privilegiado para estudiar, según una feliz expresión de Sartre, lo que el hombre hace con lo que han hecho de él”[21].

La memoria, la vida cotidiana y la cultura política como síntesis comprensiva, son tres elementos que van de la mano en esta investigación que quiere adentrarse en la aguas de la producción simbólica y subjetiva, para comprender la vigencia de un movimiento que en la actualidad, sin tener estructura formal sigue influyendo y es reconocido por otros actores como parte importante en las luchas por el poder político. Las claves, creemos, están en la genealogía misma del partido, en la cultura política que en el momento fundacional contrapuso a jóvenes y viejos, antiguos y nuevos discursos, acciones y símbolos de poder, marxismo y cristianismo, gradualidad y revolución, ideología y pragmatismo, que marcaron la forma de hacer política de sus militantes desde los dirigentes hasta sus bases. La participación militante de los miembros de este partido ha configurado históricamente una cultura política particular, que a nuestro juicio tiene tres momentos sustanciales: el período fundacional, la clandestinidad y el proceso de renovación socialista, y por último el retorno a la democracia en los años 89-90. Sin embargo, a pesar de creer que los tres momentos mencionados son importantes, esta investigación sólo ahondará, por razones metodológicas el primer período, dejando para investigaciones posteriores los otros momentos históricos en la configuración de la cultura política Mapu.

Las razones para anclar este estudio particularmente en el período de formación, son básicamente la existencia de varias tensiones puntuales, que a nuestro juicio tuvieron expresión sólo en el período fundacional (de allí su importancia histórica). Dichas tensiones son las siguientes:

1. Existencia de dos formas de hacer política sintetizada en la pugna juventud versus antigua escuela. El Mapu vivenciará durante los años de su formación una fuerte pugna por el control del partido que contrapone dos formas o concepciones de entender y practicar la política. Una es la vigorosa, nueva y fuerte forma que traen los jóvenes y la otra, la clásica y un tanto desprestigiada forma de hacer política que tenían los viejos cuadros provenientes de la D.C. De esta forma se da en el Mapu una tensión generacional, donde el grupo más joven terminará por hegemonizar el partido y darle un cariz distintivo.

2. De la tensión anterior aparecerá una característica muy importante de considerar en este partido, que tiene relación con las particulares formas que tendrán estos jóvenes de relacionarse entre sí y con los círculos de poder. Muchos jóvenes militantes, estudiantes universitarios, profesionales recién egresados, estudiantes de enseñanza media, pobladores y trabajadores jóvenes participarán del proyecto político de la U.P imprimiéndole un sello especial de ímpetu juvenil, pero generando una identidad particular en los miembros mismos. Ellos se hicieron políticos en la cúspide del poder administrativo del Estado. Esta característica no la ha tenido ningún otro partido político en Chile.

3. Existencia de una compleja combinación entre la teoría marxista y una vertiente del cristianismo social que hacía de la propuesta del Mapu una apuesta novedosa, heterodoxa y con cierta cercanía a grupos de jóvenes de clase media y acomodada donde se mezclaba el mesianismo redentor, el materialismo histórico, la lucha de clases, el concepto de revolución y el paternalismo.

4. Otra de las tensiones que cruzará, no sólo al Mapu sino que al espectro político general de izquierda y centro, tiene que ver con la relación entre cambio gradual y revolución. Si bien, la mayoría del partido abogaba por un cambio revolucionario, los tiempos de la revolución y la evaluación de sus costos, también se encontraron supeditados a la disputa generacional y posteriormente entre gradualistas-aliancistas y revolucionarios-rupturistas. Será en esta última tensión donde dos concepciones del poder y la forma de alcanzarlo, terminen jalonando al Mapu hacia la división en el año 1972 entre Mapu-OC y Mapu-Garretón, contraponiendo dos formas de cultura política que se unirán posteriormente en el proceso de renovación socialista y el retorno a la democracia.

Especificadas las tensiones descritas más arriba, es que creemos que el período fundacional merece una especial atención, sobre todo en lo que respecta a la configuración de una cultura política partidaria especial que identificó y aún hace visibles a sus ex militantes como miembros de un colectivo estructuralmente inexistente pero subjetivamente vivo.



NOTAS

 

[1] Lechner, Norbert. “Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política”. 2002. Pág.8

[2] Lechner, Norbert. Opus cit. Pág.9

[3] Lechner, N. Ibíd. Pág. 12

[4] Bauman, Zigmunt. “En busca de la política”. F.C.E. México 2000.

[5] Sobre una tipología y estructura básica de los partidos tradicionales y no tradicionales, ver Duverger, Maurice. “Los partidos políticos”. Fondo Cultura Económica, 1996.(Décimo quinta edición).

Para este autor los partidos, para poder recibir esta nominación, debe no ser solo una comunidad solidaria de pares y dirigentes, sino que una estructura que tienda a la permanencia, con un orden interno, con diferenciaciones y tipos especiales de militancia, que la hagan permanente e identificable en el tiempo, sin importar el aporte específico que realice cada uno de sus miembros.

En el estudio de Duverger no aparece la variable subjetiva, ya que para el autor el partido es una estructura conformada en la coyuntura pero con visión de proyecto de trascendencia, en tanto destinada a formar parte de los tiempos de larga duración.

[6] Ibañez, Jesús. “El regreso del sujeto. La investigación social de segundo orden”. Santiago, 1991. Pág. 24.

[7] Ibañez, Jesús. Opus cit.

[8] Ibañez, Jesus. Opus cit. Pág. 26.

[9] Ibañez, Jesus. Ibíd. Págs. 28-29.

[10] Ibañez, Jesús. Ibíd. Pág. 86.

[11] Ibañez, Jesús. Opus cit. Pág. 89.

[12] Subercaseaux, Bernardo. “La constitución del sujeto: de lo singular a lo colectivo” en Identidades y sujetos. Para una discusión latinoamericana”. Universidad de Chile. Santiago, 2002.

[13] Subercaseaux, Bernardo. Opus cit. Págs. 131-132.

[14] Subercaseaux, Bernardo. Ibíd. Págs. 131-132.

[15] Lechner, Norbert. “Las sombras del mañana…” Pág. 10.

[16] Stuven, Ana María. “La seducción de un orden. Las elites y la construcción de Chile en las polémicas culturales y políticas del siglo XIX”. Ediciones Universidad Católica de Chile. Santiago, 2000.

La definición que utiliza la autora de cultura política es la siguiente: “La cultura política incluye los valores, creencias y símbolos que definen la situación en la cual se desarrolla la acción política. Ocupa, en otras palabras, el ámbito subjetivo de la política”. Pág.19.

[17] Cabe destacar que el concepto que utilizan los autores y que puede ser asimilable, con diferencias por cierto, es el de politización. Según ellos, “Adoptando un marco más restringido, aquí se hablará de politización sólo para hacer referencia a cuatro fenómenos contenidos dentro del ámbito más amplio de la cuestión social: 1) una formulación discursiva, difundida desde distintos sectores sociales, sobre el lugar que le correspondía ocupar al pueblo trabajador dentro del conjunto del cuerpo social; 2) la articulación orgánica de las demandas populares a través de referentes creados o adaptados expresamente para tal propósito, incluyendo asociaciones de diverso tipo, partidos políticos y comicios electorales; 3) la elaboración de propuestas programáticas destinadas a levantar un diagnóstico y diseñar soluciones para los principales males sociales; y 4) la reivindicación de un principio de ciudadanía popular, entendiendo por tal el derecho de los sectores obreros a participar en la discusión e implementación de aquellas decisiones que afectan a toda la sociedad, y por tanto a ellos mismos. En la medida que una propuesta o movimiento orientado hacia los trabajadores o nacido a partir de ellos reúna esos cuatro componentes, podrá sostenerse que se está en presencia de una politización del mundo popular, al menos dentro de los márgenes aquí definidos”. Pág. 10.

Pinto, Julio y Valdivia, Verónica. “¿Revolución proletaria o querida chusma. Socialismo y Alessandrismo en la pugna por la politización pampina (1911-1932)”. Ediciones Lom, 2001.

De esta forma en el concepto de politización están presentes los elementos de apropiación afectiva y activa de los discursos, también presente en el concepto de cultura política. Sin embargo la gran diferencia, es la importancia que tiene para éste último concepto los universos de orden social que constituyen los mismos discursos en la construcción de identidades colectivas.

[18] Lechner, Norbert. “Sombras del mañana…” Pág. 63.

[19] Lechner, Norbert. “Los patios interiores de la democracia. Subjetividad y política”. Flacso, 1988. Página 57.

[20] Lechner, Norbert. Opus cit. Pág. 63-64.

[21] Lechner, Norbert. Opus cit. Pág. 65-66.