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Marx y Minsky frente a la crisis actual…

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Alejandro Nadal

CRISISSS1 Cuando la economía capitalista entra en crisis no es porque una fuerza externa la golpea. Es porque algo no anda bien internamente. Pero ¿qué podría ser ese malestar endógeno?

La pregunta no es trivial: el diagnóstico es clave para determinar las medidas para salir de la emergencia.

Hoy predomina la interpretación de que estamos en una crisis causada por la desregulación del sector financiero, bancario y no bancario. Este debilitamiento de reglas habría generado incentivos perversos a la especulación y la aceptación de riesgos desmedidos.

Por supuesto, cuando reventó la burbuja especulativa los sectores no financieros también se vieron afectados por el colapso en la demanda agregada. Por eso se han aplicado estímulos fiscales para reactivarla. Pero la narrativa oficial es que los sectores no financieros de la economía (agricultura, industria y servicios) iban bien hasta que pegó el coletazo de una crisis que nace en el sector financiero.

Eso es erróneo. Los problemas de la economía real están en la raíz de esta crisis y, mientras no sean encarados, la economía mundial seguirá sufriendo tropiezos y un día llegará una verdadera hecatombe.

En 1992, mientras los economistas oficiales cantaban loas al neoliberalismo, Hyman Minsky elaboraba su teoría sobre la inestabilidad financiera del capitalismo. Según este autor, en épocas de bonanza el optimismo lleva a empresas y familias a sobrestimar el valor de sus activos, a considerar que los buenos tiempos perdurarán y a asumir mayores riesgos.

Esto sucede en cada ciclo de negocios, pero el proceso culmina en un ciclo más largo que acaba por transformar el régimen regulatorio del sector financiero, sus mercados y hasta sus prácticas contables. La erosión de las instituciones que debían controlar la especulación y dar estabilidad termina generando la proliferación de esquemas financieros de alto riesgo, escasas garantías y grandes niveles de apalancamiento.

El modelo Minsky se queda corto. En él no hay cabida para los impulsos que desde el sector real conduzcan a la crisis. Es cierto que en los ciclos de negocios de la economía estadunidense a partir de 1980 los deudores y acreedores tomaron cada vez mayores riesgos y que a lo largo de ese periodo se erosionó el régimen regulatorio. Según esto, la crisis se debe a fenómenos psicológicos y a los incentivos perversos que favorecieron la especulación descontrolada. Los factores estructurales en las esferas (no financieras) de la producción quedan fuera de esta explicación.

En contraste, otras investigaciones revelan que entre 1973-1984 ocurrieron cambios importantes en la economía real de Estados Unidos y otras economías capitalistas. El más importante es que la tasa de ganancia comenzó a reducirse. Aunque hay diferencias entre sectores, los indicadores elaborados con diferentes metodologías no se equivocan: la tasa de ganancia se reduce en Estados Unidos, Alemania, Japón y otros países.

Esa caída en la tasa de ganancia desencadenó una ofensiva en contra de los asalariados desde la década de los setenta. Sindicatos y reglas laborales que habían mantenido una evolución favorable en los salarios y prestaciones fueron atacados en todos los frentes. La globalización neoliberal fue parte de ese ataque, generando fuerzas para deprimir más los salarios.

El resultado fue que los salarios se estancaron y el poder de compra de la clase trabajadora en Estados Unidos se debilitó. El sobrendeudamiento fue lo único que mantuvo el nivel de vida al que aspiraban las clases trabajadoras. Las burbujas especulativas mantuvieron el nivel de la demanda agregada que necesitaba la economía estadunidense.

Frente al descenso en rentabilidad, el capital se refugió en las finanzas. La ofensiva contra los asalariados y la expansión del sector financiero son dos caras de la misma moneda: la caída en la tasa de ganancia, un problema con raíces profundas en la evolución del capitalismo.

Aquí se escucha el eco del análisis de Marx que ha estado a la defensiva desde hace tiempo. El dogmatismo y varias dificultades teóricas, especialmente el llamado problema de la transformación de valores en precios de producción (planteado por Marx en el tomo III de El Capital), frenaron durante años el desarrollo crítico del pensamiento marxista. Hoy cobra fuerza la reflexión de corte marxista sobre la crisis, aunque siga pendiente la solución de varios problemas teóricos importantes.

En estos análisis se articula la evolución del cambio técnico, la competencia intercapitalista y el conflicto por la explotación y la distribución del ingreso en un edificio analítico coherente. Los aportes de Minsky, de la teoría de Keynes, y por supuesto Kalecki, se fusionan bien con estas interpretaciones marxistas. El punto central es que las raíces de la crisis están en la economía real y no sólo en la esfera de las transacciones financieras. La conclusión es clara: la economía de la globalización neoliberal (y no sólo su casino financiero) está mortalmente enferma y sus fundamentos deben modificarse radicalmente.

http://nadal.com.mx

LA JORNADA.MX

Las causas de la crisis mundial actual

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Vicenç Navarro, en Sistema Digital

CRISIS--Marcha_ortodoxia Gran parte de los análisis que se han realizado de las causas de la crisis se han centrado en la crisis financiera. Y de los miles de trabajos y artículos que han atribuido la crisis actual a la situación financiera, destacan los trabajos de Hyman Minsky, uno de los pocos economistas que predijo el colapso del sistema financiero. De ahí que se le considere como el analista que mejor ha definido la causa de la crisis, centrándola en el comportamiento del capital financiero. Tal como escribió Martin Wolf en el Finantial Times de Septiembre de 2008, “La respuesta a la pregunta del por qué de la crisis, ya la tenemos. Minsky ya nos la dio. Y llevaba razón”. Paul Krugman ha añadido su voz a este reconocimiento en otro artículo en el The New York Times (04.05.09), en el que subraya la necesidad de releer de nuevo el trabajo de Minsky. Se ha desarrollado así una bibliografía larga y extensa sobre las causas de la crisis financiera y cómo ésta ha generado la crisis económica.

De ahí la gran cantidad de artículos –tanto en la literatura científica, como en la prensa en general- sobre las consecuencias de la desregulación de los mercados financieros e introducción de nuevos productos de alto riesgo, que originaron la crisis financiera y, como resultado, la crisis económica. La consecuencia de este enfoque ha sido que la mayoría de propuestas para resolver la crisis han tenido como objetivo salir de la crisis financiera mediante ayudas a la banca y medidas (muy moderadas) dirigidas a su regulación, junto con políticas encaminadas a desincentivar los comportamientos especulativos por parte de los gestores bancarios, además de acciones (también muy moderadas) sancionadoras de tales comportamientos, con el objetivo de paliar el enorme descontento general hacia la banca por parte de la población.

El problema de tales intervenciones es que, aunque necesarias muchas de ellas, son insuficientes, porque no es la crisis financiera la que determinó la crisis económica, sino al revés: fue la situación económica la que creó la crisis financiera. De ahí que, aunque se resolviera la crisis financiera, el problema económico de base permanecería. Tom Palley, en su artículo “The limits of Minsky’s Finantial Inestability Hypothesis as an explanation of the crisis” (New American Foundation, Washington D.C. Nov.18, 2009) subraya lo que también otros autores (como Kotz, Foster and McChesney, y otros) han mencionado, y es que Minsky y sus seguidores ignoran la causa de que el capital financiero adquiriera una enorme importancia (tanto en su tamaño como en su poder) a partir de los años setenta y ochenta. En otras palabras, la crisis financiera es el síntoma de un problema mayor, que los trabajos de Minsky y sus seguidores parecen desconocer.

¿Qué pasó antes de que se iniciara la crisis financiera? La respuesta es que las relaciones de poder (y muy primordialmente, las relaciones de poder de clase) cambiaron en aquel periodo. El Pacto Social Capital-Trabajo que había existido después de la II Guerra Mundial se rompió, debido al poder del mundo empresarial de las grandes compañías que en EEUU se conoce como la Corporate Class (la clase empresarial de las grandes compañías). El Pacto Social había posibilitado el elevado crecimiento económico desde 1945 hasta mediados de los años setenta. En el sector industrial, el Pacto daba lugar a convenios colectivos de cinco años, inicialmente firmados por el Sindicato del Automóvil (United Autoworkers Union, UAW) y las tres compañías de automóviles de EEUU, y que se convertían en el punto de referencia para el resto de convenios colectivos en tal sector. En ellos, los salarios estaban ligados a la productividad, de manera que el crecimiento de la última determinaba el crecimiento correspondiente de los salarios. Durante aquel periodo, la riqueza creada por el aumento de la productividad se distribuyó a todos los sectores, beneficiándolos a todos ellos. Desde 1949 a 1979, el incremento de la renta de la decila inferior fue de un 116% y el de la decila superior fue de un 99%.

Esta situación cambió durante la Administración Carter, cuando el Gobernador del Banco Central Estadounidense, el Sr. Paul Wolcker, creó una recesión, aumentando los intereses bancarios, a fin de crear un elevado desempleo y reducir los salarios. El argumento utilizado es que había que reducirlos a fin de controlar la inflación. En realidad, significaba un cambio en las relaciones de poder de clase que dio origen a unas políticas fiscales y económicas que claramente beneficiaron a las rentas de capital y a las rentas superiores. Fue el fin del Pacto Social, y ello determinó que a partir de entonces los crecimientos de la productividad no se tradujeran en un crecimiento paralelo de los salarios. La riqueza creada por el aumento de la productividad pasó a beneficiar primordialmente a las rentas del capital y a las rentas superiores. Del periodo 1970 a 2005, el 5% de la población de renta superior incrementó su renta un 81%, el 20% de la población de renta superior un 53%, mientras que las rentas medias e inferiores vieron disminuir sus rentas (el 20% de la población con menor renta vio descender su renta un 1%) o la vieron crecer muy lentamente (el siguiente 20% por encima del anterior 20% vio crecer sus rentas un 9%). Y ello fue consecuencia de que los salarios descendieran o se estancaran durante aquel periodo, tal como han documentado los informes The State of Working America del Economic Policy Institute. Es este descenso el que determinó el gran endeudamiento de las familias, que originó el enorme crecimiento de la banca. La financialización de la economía (es decir, la gran extensión del sector financiero en la economía) se explica precisamente por el gran endeudamiento de la población, endeudamiento que era posible por el elevado precio de la vivienda, el mayor aval de tal endeudamiento. La práctica agresiva de promoción del endeudamiento por parte de la Banca llegó también al fenómeno de las hipotecas basura que se supone que son el origen de la crisis financiera.

Por otra parte, la escasa demanda hizo disminuir el crecimiento económico, lo que forzó al Banco Central del gobierno federal a bajar los intereses, facilitando la aparición de las sucesivas burbujas, siendo la última la burbuja hipotecaria. De nuevo, la crisis financiera se originaba por la escasa demanda, resultado del descenso de las rentas del trabajo. De ahí que, a no ser que se resuelva el enorme endeudamiento de las familias, recuperando las rentas del trabajo existentes antes de la rotura del Pacto Social, no se resolverá la crisis. (Para una ampliación de este tema, leer mi artículo “Para entender la crisis. Así empezó todo en Estados Unidos”, en Le Monde Diplomatique, junio de 2004, en www.vnavarro.org, sección EEUU.).

De ahí se deriva el hecho de que, aún cuando se hayan evitado los colapsos de la gran banca, la crisis no se está resolviendo, pues el problema de fondo no se está resolviendo. La escasa capacidad de consumo por parte de la población se traduce en un problema de demanda de dimensiones enormes y que no se puede resolver sin solucionarse el enorme problema del endeudamiento privado. La única manera inmediata de resolver esta situación es aumentando la demanda pública a costa, en parte, de un elevado endeudamiento público. De ahí la necesidad de mantener un elevado déficit público. Reducirlo es retrasar todavía más la recuperación económica y la creación de empleo. Tal como he indicado repetidamente, el estado debiera mantener un déficit elevado, a fin de permitir una inversión sobre todo en empleo público, que permita no sólo resolver el enorme problema de falta de creación de empleo sino también solucionar el retraso en la recuperación económica.

Vemos que, por desgracia, la Unión Europea está todavía estancada en el pensamiento liberal, que toma el Pacto de Estabilidad como su dogma, Pacto que ha sido responsable de que la Unión Europea haya crecido menos y haya creado menos empleo que EE.UU. donde tal Pacto ni existe ni se espera.

Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University (www.vnavarro.org)

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Del capitalismo como "sistema parásito"…

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Zygmunt Bauman, Sociólogo

crisis2008 Tal como el reciente "tsunami financiero" demostró a millones de personas que creían en los mercados capitalistas y en la banca capitalista como métodos evidentes para la resolución exitosa de problemas, el capitalismo se especializa en la creación de problemas, no en su resolución.

Al igual que los sistemas de los números naturales del famoso teorema de Kurt Gödel, el capitalismo no puede ser al mismo tiempo coherente y completo. Si es coherente con sus propios principios, surgen problemas que no puede abordar; y si trata de resolverlos, no puede hacerlo sin caer en la falta de coherencia con sus propias premisas. Mucho antes de que Gödel escribiera su teorema, Rosa Luxemburgo publicó su estudio sobre la "acumulación capitalista" en el que sugería que el capitalismo no puede sobrevivir sin economías "no capitalistas"; puede proceder según sus principios siempre cuando haya "territorios vírgenes" abiertos a la expansión y la explotación, si bien cuando los conquista con fines de explotación, el capitalismo los priva de su virginidad precapitalista y de esa forma agota las reservas que lo nutren. En buena medida es como una serpiente que se devora la cola: en un primer momento la comida abunda, pero pronto se hace cada vez más difícil de tragar, y poco después no queda nada que comer ni tampoco quien lo coma…

El capitalismo es en esencia un sistema parásito. Como todos los parásitos, puede prosperar un tiempo una vez que encuentra el organismo aún no explotado del que pueda alimentarse, pero no puede hacerlo sin dañar al anfitrión ni sin destruir tarde o temprano las condiciones de su prosperidad o hasta de su propia supervivencia.

Rosa Luxemburgo, que escribió en una era de imperialismo rampante y conquista territorial, no pudo prever que las tierras premodernas de continentes exóticos no eran los únicos posibles "anfitriones" de los que el capitalismo podía alimentarse para prolongar su vida e iniciar sucesivos ciclos de prosperidad. El capitalismo reveló desde entonces su asombroso ingenio para buscar y encontrar nuevas especies de anfitriones cada vez que la especie explotada con anterioridad se debilitaba. Una vez que anexó todas las tierras vírgenes "precapitalistas", el capitalismo inventó la "virginidad secundaria". Millones de hombres y mujeres que se dedicaban a ahorrar en lugar de a vivir del crédito fueron transformados con astucia en uno de esos territorios vírgenes aún no explotados.

La introducción de las tarjetas de crédito fue el indicio de lo que se avecinaba. Las tarjetas de crédito habían hecho irrupción en el mercado con una consigna elocuente y seductora: "elimine la espera para concretar el deseo". ¿Se desea algo pero no se ahorró lo suficiente para pagarlo? Bueno, en los viejos tiempos, que por fortuna ya quedaron atrás, había que postergar las satisfacciones (esa postergación, según Max Weber, uno de los padres de la sociología moderna, era el principio que hizo posible el advenimiento del capitalismo moderno): ajustarse el cinturón, negarse otros placeres, gastar de manera prudente y frugal y ahorrar el dinero que se podía apartar con la esperanza de que con el debido cuidado y paciencia se reuniría lo suficiente para concretar los sueños.

Gracias a Dios y a la benevolencia de los bancos, ya no es así. Con una tarjeta de crédito, ese orden se puede invertir: ¡disfrute ahora, pague después! La tarjeta de crédito nos da la libertad de manejar las propias satisfacciones, de obtener las cosas cuando las queremos, no cuando las ganamos y podemos pagarlas.

A los efectos de evitar reducir el efecto de las tarjetas de crédito y del crédito fácil a sólo una ganancia extraordinaria para quienes prestan, la deuda tenía (¡y lo hizo con gran rapidez!) que transformarse en un activo permanente de generación de ganancia. ¿No puede pagar su deuda? No se preocupe: a diferencia de los viejos prestamistas siniestros, ansiosos de recuperar lo que habían prestado en el plazo fijado de antemano, nosotros, los modernos prestamistas amistosos, no pedimos el reembolso de nuestro dinero sino que le ofrecemos darle aun más crédito para devolver la deuda anterior y quedarse con algún dinero adicional (vale decir, deuda) para pagar nuevos placeres. Somos los bancos a los que les gusta decir "sí". Los bancos amistosos. Los bancos sonrientes, como afirmaba uno de los comerciales más ingeniosos.

La trampa del crédito

Lo que ninguno de los comerciales declaraba abiertamente era que en realidad los bancos no querían que sus deudores reembolsaran los préstamos. Si los deudores devolvieran con puntualidad lo prestado, ya no estarían endeudados. Es su deuda (el interés mensual que se paga sobre la misma) lo que los prestamistas modernos amistosos (y de una notable sagacidad) decidieron y lograron reformular como la fuente principal de su ganancia ininterrumpida. Los clientes que devuelven con rapidez el dinero que pidieron son la pesadilla de los prestamistas. La gente que se niega a gastar dinero que no ganó y se abstiene de pedirlo prestado no resulta útil a los prestamistas, así como tampoco las personas que (motivadas por la prudencia o por un sentido anticuado del honor) se apresuran a pagar sus deudas a tiempo.

Para beneficio suyo y de sus accionistas, los bancos y proveedores de tarjetas de crédito dependen ahora de un "servicio" ininterrumpido de deudas y no del rápido reembolso de las mismas. Por lo que a ellos concierne, un "deudor ideal" es el que nunca reembolsa el crédito por completo. Se pagan multas si se quiere reembolsar la totalidad de un crédito hipotecario antes del plazo acordado… Hasta la reciente "crisis del crédito", los bancos y emisores de tarjetas de crédito se mostraban más que dispuestos a ofrecer nuevos préstamos a deudores insolventes para cubrir los intereses impagos de créditos anteriores. Una de las principales compañías de tarjetas de crédito de Gran Bretaña se negó hace poco a renovar las tarjetas de los clientes que pagaban la totalidad de su deuda cada mes y, por lo tanto, no incurrían en interés punitorio alguno.

Para resumir, la "crisis del crédito" no fue resultado del fracaso de los bancos. Al contrario, fue un resultado por completo esperable, si bien inesperado, el fruto de su notable éxito: éxito en lo relativo a transformar a la enorme mayoría de los hombres y mujeres, viejos y jóvenes, en un ejército de deudores. Obtuvieron lo que querían conseguir: un ejército de deudores eternos, la autoperpetuación de la situación de "endeudamiento", mientras que se buscan más deudas como la única instancia realista de ahorro a partir de las deudas en que ya se incurrió.

Ingresar a esa situación se hizo más fácil que nunca en la historia de la humanidad, mientras que salir de la misma nunca fue tan difícil. Ya se tentó, sedujo y endeudó a todos aquellos a los que podía convertirse en deudores, así como a millones de otros a los que no se podía ni debía incitar a pedir prestado.

Como en todas las mutaciones anteriores del capitalismo, también esta vez el Estado asistió al establecimiento de nuevos terrenos fértiles para la explotación capitalista: fue a iniciativa del presidente Clinton que se introdujeron en los Estados Unidos las hipotecas subprime auspiciadas por el gobierno para ofrecer crédito para la compra de casas a personas que no tenían medios para reembolsar esos préstamos, y para transformar así en deudores a sectores de la población que hasta el momento habían sido inaccesibles a la explotación mediante el crédito…

Sin embargo, así como la desaparición de la gente descalza significa problemas para la industria del calzado, la desaparición de la gente no endeudada anuncia un desastre para el sector del crédito. La famosa predicción de Rosa Luxemburgo se cumplió una vez más: otra vez el capitalismo estuvo peligrosamente cerca del suicido al conseguir agotar la reserva de nuevos territorios vírgenes para la explotación…

Hasta ahora, la reacción a la "crisis del crédito", por más impresionante y hasta revolucionaria que pueda parecer una vez procesada en los titulares de los medios y las declaraciones de los políticos, fue "más de lo mismo", con la vana esperanza de que las posibilidades vigorizadoras de ganancia y consumo de esa etapa aún no se hayan agotado por completo: un intento de recapitalizar a los prestadores de dinero y de hacer que sus deudores vuelvan a ser dignos de crédito, de modo tal que el negocio de prestar y tomar prestado, de endeudarse y permanecer así, pueda retornar a lo "habitual".

El Estado benefactor para los ricos (que, a diferencia de su homónimo para los pobres, nunca vio cuestionada su racionalidad, y mucho menos interrumpidas sus operaciones) volvió a los salones de exposición tras abandonar las dependencias de servicio a las que se había relegado sus oficinas de forma temporaria para evitar comparaciones envidiosas.

Lo que los bancos no podían obtener –por medio de sus habituales tácticas de tentación y seducción–, lo hizo el Estado mediante la aplicación de su capacidad coercitiva, al obligar a la población a incurrir de forma colectiva en deudas de proporciones que no tenían precedentes: gravando/hipotecando el nivel de vida de generaciones que aún no habían nacido…

Los músculos del Estado, que hacía mucho tiempo que no se usaban con esos fines, volvieron a flexionarse en público, esta vez en aras de la continuación del juego cuyos participantes hacen que esa flexión se considere indignante, pero inevitable; un juego que, curiosamente, no puede soportar que el Estado ejercite sus músculos pero no puede sobrevivir sin ello.

Ahora, centenares de años después de que Rosa Luxemburgo diera a conocer su pensamiento, sabemos que la fuerza del capitalismo reside en su asombroso ingenio para buscar y encontrar nuevas especies de anfitriones cada vez que la especie que se explotó antes se debilita demasiado o muere, así como en la expedición y la velocidad virulentas con que se adapta a las idiosincrasias de sus nuevas pasturas. En el número de noviembre de 2008 de The New York Review of Books (en el artículo "La crisis y qué hacer al respecto"), el inteligente analista y maestro del arte del marketing George Soros presentó el itinerario de las empresas capitalistas como una sucesión de "burbujas" de dimensiones que excedían en mucho su capacidad y explotaban con rapidez una vez que se alcanzaba el límite de su resistencia.

La "crisis del crédito" no marca el fin del capitalismo; sólo el agotamiento de una de sus sucesivas pasturas… La búsqueda de un nuevo prado comenzará pronto, tal como en el pasado, alentada por el Estado capitalista mediante la movilización compulsiva de recursos públicos (por medio de impuestos en lugar de a través de una seducción de mercado que se encuentra temporariamente fuera de operaciones). Se buscarán nuevas "tierras vírgenes" y se intentará por derecha o por izquierda abrirlas a la explotación hasta que sus posibilidades de aumentar las ganancias de accionistas y las bonificaciones de los directores quede a su vez agotada.

Como siempre (como también aprendimos en el siglo XX a partir de una larga serie de descubrimientos matemáticos desde Henri Poincaré hasta Edward Lorenz) un mínimo paso al costado puede llevar a un precipicio y terminar en una catástrofe. Hasta los más pequeños avances pueden desencadenar inundaciones y terminar en diluvio…

Los anuncios de otro "descubrimiento" de una isla desconocida atraen multitudes de aventureros que exceden en mucho las dimensiones del territorio virgen, multitudes que en un abrir y cerrar de ojos tendrían que volver corriendo a sus embarcaciones para huir del inminente desastre, esperando contra toda esperanza que las embarcaciones sigan ahí, intactas, protegidas…

La gran pregunta es en qué momento la lista de tierras disponibles para una "virginización secundaria" se agotará, y las exploraciones, por más frenéticas e ingeniosas que sean, dejarán de generar respiros temporarios. Los mercados, que están dominados por la "mentalidad cazadora" líquida moderna que reemplazó a la actitud de guardabosques premoderna y a la clásica postura moderna de jardinero, seguramente no se van a molestar en plantear esa pregunta, dado que viven de una alegre escapada de caza a otra como otra oportunidad de posponer, no importa qué tan brevemente ni a qué precio, el momento en que se detecte la verdad.

Todavía no empezamos a pensar con seriedad en la sustentabilidad de nuestra sociedad impulsada a crédito y consumo. "El regreso a la normalidad" pronostica un regreso a vías malas y siempre peligrosas. La intención de hacerlo es alarmante: indica que ni la gente que dirige las instituciones financieras, ni nuestros gobiernos, llegaron al fondo del problema con sus diagnósticos, y mucho menos con sus actos.

Parafraseando a Héctor Sants, el director de la Autoridad de Servicios Financieros, que hace poco confesó la existencia de "modelos empresarios mal equipados para sobrevivir al estrés (…), algo que lamentamos", Simon Jenkins, un analista de The Guardian de extraordinaria agudeza, observó que "fue como si un piloto protestara porque su avión vuela bien a excepción de los motores".

© Zygmunt Bauman y Clarín, 2009. Traducción de Joaquín Ibarburu.

Clarín/Periodismo.com
Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2009/12/27/_-02107667.htm

¿Viene una nueva crisis económica?

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Marcelo Justo, BBC Mundo

Bolsa de Valores (Foto: Archivo)

La periodista Gillian Tett advirtió que el estallido puede ser peor que en 2008. La formación de una nueva burbuja económica global es el fantasma que recorre hoy los despachos gubernamentales y marca los análisis económicos.

Los premio Nobel de Economía Paul Krugman y Joseph Stigliz la temen, el analista estrella de la firma RGE Nouriel Roubin opina que es un riesgo palpable y los gobiernos se persignan en silencio para que no vuelva a ocurrir.

Y es que los mercados financieros están otra vez de fiesta.

Desde marzo, los mercados de valores y acciones no han dejado de subir, el precio del oro está en su zenit, el del petróleo se ha reubicado en torno a los US$80 mientras que se multiplica el intercambio de derivados y otros instrumentos financieros de alto riesgo. Hasta el mercado de la vivienda, cuna de la crisis de 2008, está experimentando una clara mejoría.

En un artículo en el diario especializado Financial Times, una de las pocas periodistas que alertó sobre la burbuja financiera que estalló el año pasado, Gillian Tett, advirtió que el estallido puede ser peor que en 2008.

"Según un veterano del mundo financiero, la actividad especulativa se extiende a todo el frente financiero: bonos, mercados emergentes, commodities, propiedades. Este veterano se preguntaba si no era posible que la crisis de 2008 fuera un simple globo de ensayo de la que se viene ahora", dice Tett.


Optimistas y pesimistas

¿Pájaros de mal agüero o experimentados observadores que han visto demasiadas veces el mismo espectáculo?

Paul Krugman

Paul Krugman: el peligro de una nueva burbuja

A fin de cuentas, en vez de adoptar este enfoque pesimista, se puede pensar que la euforia de los mercados es una clara señal de que el mundo ha salido de la parálisis económica que siguió al derrumbe de Lehman Brothers en septiembre del año pasado.

El vaso medio lleno de la ecuación indica que el precio del petróleo no estaría subiendo si no fuera por la expectativa de mayor actividad económica existente gracias a la recuperación de actores clave de la economía mundial.

En abril, China anunció que estaba creciendo nuevamente a un 8%. El cálculo es que Asia, la primera región del planeta en salir del estupor económico, crecerá un 5% en 2009.

En noviembre la eurozona (16 países que manejan el Euro como moneda) salió oficialmente de la recesión, mientras que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico predijo una fuerte recuperación de Estados Unidos para el año próximo, y la CEPAL aseguró que América Latina vuelve al crecimiento en 2010.

¿No deberíamos estar celebrando que en vez de un derrumbe sistémico que todos temían a principios de año haya estas luces?

Los escépticos o cautos o pesimistas o realistas -el adjetivo varía de acuerdo a la posición de cada uno- advierten que el escenario actual tiene los ingredientes ideales de toda burbuja.

"La tasa de interés es muy baja, las entidades financieras siguen siendo demasiado grandes para dejarlas caer y los mercados están dispuestos a asumir riesgos", señala Wolfgang Munchau de la consultora económica Eurointelligence.

En Estados Unidos la tasa de interés es de entre 0 y 0,25%, en la eurozona del 1%, en el Reino Unido del 0,5 %.

Según este punto de vista, con el precio del dinero tan barato y los valores de activos también deprimidos por efecto de la misma crisis, es difícil ver cómo no va a haber un vértigo especulativo en los mercados, atizado por el hecho de que los grandes bancos pueden apostar sabiendo que tienen las espaldas cubiertas por el fisco.


Advertencias de la historia

El antecedente histórico más obvio, el Crack del 29, es un buen ejemplo de los peligros enceguecedores del optimismo.

Un año después de la brutal caída de las acciones en octubre de 1929, la euforia volvió a los mercados que recuperaron el 80% de los valores bursátiles.

Poco después el valor de las acciones volvió a caer y en 1932 sobrevino el derrumbe.

Graham Turner, director de la consultora GFC

Graham Turner: una crisis de larga data.

Los inversores perdieron hasta la ropa y la economía se hundió en un pantano.

Los historiadores recuerdan un hecho más ominoso aún: de este segundo capítulo de la crisis sólo se salió con la Segunda Guerra Mundial.


Sobre deudas y tumbas

Los datos no son alentadores.

Según Graham Turner, director de la consultora GFC y autor de No Way to Run an Economy, la actual crisis tiene un sustrato histórico de largo alcance.

"Las burbujas reflejan el comportamiento actual del capitalismo globalizado con una caída del salario real en las últimas tres décadas que ha debilitado la demanda en los países centrales. La única manera de compensar esta demanda ha sido con la creación de deuda. Este modelo explotó y no tenemos nada en su lugar", señaló Turner a BBC Mundo.

Desde esta perspectiva, la recuperación del sistema financiero este año se debió más a un acto de prestidigitación que al poder de recuperación de la economía mundial.

La Reserva Federal estadounidense absorbió unos US$800.000 millones en activos tóxicos financieros (deudas prácticamente incobrables).

Todos están ganando tiempo. Las entidades se montan a este tipo de actividad con la esperanza de sacar un rédito a corto plazo que les permita salir de la situación en que se encuentran. El gobierno reza para que no hay a una nueva crisis financiera.

Anthony Hilton, analista del "Evening Standard"

En la Unión Europea en su conjunto la ayuda a los bancos superó los US$6 millones de millones.

"Hubo una gigantesca inyección de capital y salvamos a los bancos, pero no se hizo nada en cuanto a regular los mercados de capital, de modo que el mismo aparato que produjo la crisis está funcionando. Hay mucha liquidez que se está usando para actividades especulativas y no para financiar a la economía real", señala Turner

Mientras tanto estos activos tóxicos, verdaderos agujeros negros del sistema, siguen existiendo.


La cuerda floja

Nadie sabe su monto actual porque es muy difícil evaluar el valor de préstamos en virtual default y porque probablemente mejor sea no enterarse de su valor real.

"Los bancos se niegan a declarar el default de estos préstamos porque no quieren convertir a esos préstamos en pérdidas que pasen a formar una parte neta de sus pasivos", señala el analista financiero del diario London Evening Standard Anthony Hilton.

A esta magia contable, se suma el nuevo festival especulativo.

"Todos están ganando tiempo. Las entidades se montan a este tipo de actividad con la esperanza de sacar un rédito a corto plazo que les permita salir de la situación en que se encuentran. El gobierno reza para que no hay a una nueva crisis financiera", señala Hilton en el Evening Standard.

En otras palabras, muchas entidades financieras siguen en el callejón sin salida de los activos tóxicos y como un jugador empedernido, vuelven al casino a recuperar lo perdido, mientras que los gobiernos patean la crisis hacia adelante con la esperanza de que en el futuro aparezca la solución.

Con este telón de fondo, el sistema financiero internacional y la economía mundial seguirán haciendo equilibrio montados a una tenue cuerda floja y rodeados de un vacío abismal.

Written by Eduardo Aquevedo

24 noviembre, 2009 at 22:07

¿Por qué falla el capitalismo?

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HYMAN MINSKY, EL ECONOMISTA QUE VIO VENIR EL DESPLOME AÚN VEÍA OTRO PROBLEMA EN EL HORIZONTE: SU REPETICIÓN

Por Stephen Mihm-Globe Correspondent

crisis0022 Desde que el sistema financiero mundial empezara a deshilacharse hace dos años, los distinguidos economistas han sufrido su propia crisis particular. Profesores de la Ivy League que habían anunciado con fanfarrias el albor de una nueva era de estabilidad se ven en apuros a la hora de explicar cómo, por decirlo con exactitud, la peor crisis financiera desde la Gran Depresión ha cogido en paños menores a su profesión entera.

Entre el suplicio y la autoflagelación, algunos comentaristas, algo más cerebrales, han comenzado a hablar de la llegada del “momento Minsky”, y un número cada vez mayor de personas con acceso a información privilegiada incluso empiezan a advertir de la llegada de un “colapso Minsky.”

“Minsky” es el diminutivo de Hyman Minsky, un macroeconomista desconocido hasta la fecha que murió hace ya más de una década. Muchos economistas nunca habían oído hablar de él cuando estalló la crisis, y sigue siendo en gran medida una figura oscurecida en el gremio. Pero últimamente ha comenzado a emerger como el más aventajado pensador sobre los sucesos en desarrollo. Un economista a contracorriente en la conformidad de la Norteamérica de la posguerra, un experto en los campos de las finanzas y las crisis, entonces tan poco de moda, Minsky fue uno de los economistas que vio lo que se avecinaba. Predijo, hace decenios, casi con toda exactitud, el tipo de desplome que ha sacudido a la economía mundial recientemente.

En los últimos meses la estrella de Minsky no ha hecho más que brillar. Economistas galardonados con el premio Nobel hablan de incorporar sus conocimientos a la disciplina y se reimprimen copias de sus libros que se venden estupendamente bien. Ha pasado de ser una figura prácticamente olvidada a otra clave en el debate sobre cómo solucionar el sistema financiero.

Pero si Minsky estaba en lo cierto, como parece que así fue, la noticia no es algo que precisamente anime. Él creía en el capitalismo, pero también creía que tenía una flaqueza en su genética: las modernas finanzas, dijo, estaban muy lejos de ser la fuerza estabilizadora que la economía al uso retrataba. Es más, se trataba de un sistema que creaba la ilusión de estabilidad mientras creaba simultáneamente las condiciones para un desplome inevitable y dramático.

En otras palabras, la única persona que predijo la crisis también creía que el sistema financiero contenía las semillas de su propia destrucción. “La inestabilidad”, escribió, “es una imperfección inherente al capitalismo de la que éste no puede escapar.”

Puede que la visión de Minsky fuera sombría, pero él no era ningún fatalista: creía que era posible diseñar políticas que pudiesen atemperar los daños colaterales causados por las crisis financieras. Pero con un número cada vez mayor de economistas prestos a declarar que la recesión ya ha terminado, que hemos dejado a la crisis misma detrás nuestro, estas políticas pueden demostrarse tan poco cómodas como las que acaba de reemplazar. Más aún: a medida que los economistas van adoptando los juicios proféticos de Minsky, parece que están muy lejos de recordar todo lo que ello implica.

En un mundo ideal, una profesión dedicada al estudio del capitalismo sería tan irresponsable e innovadora como el objeto de su estudio. Pero los economistas han estado a menudo sujetos a poderosas ortodoxias, y nunca lo estuvieron tanto como cuando Minsky entró en escena.

Esa ortodoxia, nacida en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, era conocida como “síntesis neoclásica.” La vieja creencia en un mercado libre que se autoregulaba y se estabilizaba a sí mismo había absorbido selectivamente algunas de las teorías de John Maynard Keynes, el gran economista de la década de los treinta que escribió extensivamente sobre cómo el capitalismo puede fracasar a la hora de mantener el pleno empleo. La mayoría de economistas aún creía que el capitalismo de mercado libre era, en lo fundamental, una base estable para la economía, aunque gracias a Keynes, algunos ahora reconocían que el gobierno podía bajo ciertas circunstancias jugar un papel central en la economía –y en el empleo– para mantener la estabilidad del sistema.

Economistas como Paul Samuelson se convirtieron en el rostro del nuevo establishment: él y otros, procedentes de contadas universidades de elite, terminaron siendo inmensamente influyentes en Washington. En teoría, Minsky podría haber sido una estrella académica en el nuevo establishment. Como Samuelson, se doctoró en economía por la Universidad de Harvard, donde estudió con el legendario economista austríaco Joseph Schumpeter, así como el futuro premio Nobel Wassily Leontief.

Pero Minsky estaba cortado por otro patrón. Descendiente de inmigrantes de Minsk, actual Bielorrusia, Minsky vino al mundo entre paños rojos, hijo de socialistas mencheviques. Mientras que la mayoría de economistas se pasaron los años cincuenta y sesenta estudiando penosamente modelos matemáticos, Minsky hizo una investigación sobre la pobreza, algo que difícilmente puede considerarse el no va más para los economistas. Con sus largos cabellos blancos, Minsky se encontraba más cerca de la contracultura que de la economía al uso. Era, según recuerda el economista L. Randall Wray, un antiguo estudiante, “todo un personaje.”

Así que mientras sus colegas de universidad iban ganando premios Nobel y escalando posiciones en la Academia, Minsky palidecía. Fue sin rumbo de trabajo en trabajo, de Brown a Berkeley, y de ahí a la Universidad de Washington. Aún peor: muchos economistas ni siquiera conocían su obra. Una reseña sobre Minsky publicada en 1997 anotaba simplemente que “su obra no ha ejercido una influencia a tener en cuenta en las discusiones macroeconómicas de los últimos treinta años.”

Con todo, se mantuvo ocupado. Además de la pobreza, Minsky empezó a ahondar en el estudio de las finanzas, las cuales, a pesar de su aparente importancia, no ocupaban ningún lugar en las teorías formuladas por Samuelson y otros. También empezó a formular una pregunta simple e inquietante: “¿’Eso’ podría volver a ocurrir?”, donde “eso” era, como Voldemort, la némesis de Harry Potter, lo innombrable: la Gran Depresión.

En sus escritos, Minsky miraba hacia su héroe intelectual, Keynes, razonablemente el mayor economista del siglo XX. Pero donde la mayoría de economistas extraían una lección, por lo demás muy simple, de Keynes (a saber, que el gobierno podía dar un paso al frente y microgestionar la economía, limar las asperezas del ciclo económico y mantener las cosas en funcionamiento), Minsky no tenía ningún interés en lo que él y otros economistas disidentes llegaron a definir como “keynesianismo bastardo.”

En vez de eso Minsky extrajo sus propias y mucho más sombrías conclusiones de los principales escritos de Keynes, en los que no sólo trató los problemas del desempleo, sino también del dinero y la banca. Aunque Keynes nunca lo afirmó explícitamente, Minsky sostuvo que toda la obra de Keynes conducía a la conclusión de que el capitalismo era por su misma naturaleza inestable y propenso a su desplome. Lejos de dirigirse hacia algún tipo de estado de equilibrio mágico, el capitalismo podía hacer justamente lo contrario. Podía ir dando bandazos por un acantilado.

Este análisis llevaba la marca de su consejero Joseph Schumpeter, el reputado economista austríaco hoy famoso por documentar el incesante proceso de “destrucción creativa” del capitalismo. Pero Minsky se pasó más tiempo pensando en la destrucción que en la creación. Al hacerlo, formuló una intrigante teoría: no sólo el capitalismo era propenso al desplome, escribió, sino que precisamente eran sus períodos de estabilidad económica los que allanaban el camino a crisis monumentales.

Minsky llamó a esta idea “la hipótesis de la inestabilidad financiera.” En el despuntar de una depresión, observó, las instituciones financieras son extraordinariamente conservadoras, como lo son los negocios. Con los prestatarios y prestamistas alimentando la economía con sus acuerdos de alto riesgo, las cosas marchan con suavidad: los préstamos se pagan casi siempre a tiempo, los negocios tienen por lo general éxito y a todo el mundo le va bien. Este éxito, empero, inevitablemente anima a los prestatarios y a los prestamistas a arriesgarse más con la razonable esperanza de conseguir más dinero. Como observó Minsky, “el éxito alimenta el rechazo a la posibilidad de un fracaso.”

Cuando la gente olvida que el fracaso es una posibilidad, una “economía eufórica” se desarrolla finalmente, alimentada por el crecimiento de prestatarios que emprenden riesgos -lo que denominó prestatarios especuladores, cuyos ingresos cubrirían los intereses pero no las deudas principales; y aquellos a quienes denominó “prestatarios Ponzi”, que ni siquiera cubrirían los intereses y sólo podrían pagar sus facturas pidiendo nuevos préstamos. A medida que los miembros de estas últimas categorías creciesen, la economía general se desplazaría de un ambiente conservador pero rentable a un sistema mucho más irresponsable dominado por agentes cuya supervivencia no depende solamente de planes empresariales sólidos, sino del dinero prestado y de créditos a libre disposición.

Una vez desarrollada una economía como ésta, cualquier pánico podría hacer que se fuera a pique al mercado. El fracaso de una sola empresa, por ejemplo, o la revelación de un fraude asombroso podrían disparar el miedo y un repentino y generalizado intento de la economía por liberarse de la deuda. Este hito -que más tarde recibiría el nombre de “momento Minsky”- crearía un ambiente profundamente inhóspito para todos los prestatarios. Los especuladores y prestatarios Ponzi serían los primeros en venirse abajo, a medida que pierden acceso al crédito que necesitan para sobrevivir. Incluso los agentes más estables pueden encontrarse en la situación de no ser capaces de afrontar sus deudas sin vender sus activos. Esta venta de activos forzada haría entrar el valor de los mismos en una espiral descendente e inevitablemente el agrietado edificio financiero empezaría a venirse abajo. Los negocios se tambalearían y la crisis se extendería a la economía “real” dependiente del sistema financiero ahora en desplome.

Desde los sesenta en adelante Minsky trabajó en esta hipótesis. En aquella época creyó que este desplazamiento estaba ya produciéndose: la estabilidad de posguerra, la innovación financiera y el reflujo del recuerdo de la Gran Depresión estaban gradualmente estableciendo las bases para una crisis de proporciones épicas. La mayor parte de lo que dijo fue a caer en oídos sordos. Los sesenta fueron una época de sólido crecimiento, y aunque el estancamiento económico de los setenta fue un duro golpe para el grueso de la economía neokeynesiana, los responsables de la política económica no acudieron raudos a Minsky. En vez de eso, el fundamentalismo de libre mercado echó raíces: el gobierno era el problema, no la solución.

Además, el nuevo dogma coincidió con una notable época de estabilidad. El período de finales de los ochenta hacia adelante ha recibido el nombre de la “gran moderación”, una época de recesiones poco profundas y de una gran capacidad de recuperación en la mayor parte de las mayores economías industriales. Las cosas nunca habían sido tan estables. La posibilidad de que “eso” ocurriese de nuevo parecía una broma.

Y a pesar de todo, en este período el sistema financiero -no la economía, sino las finanzas como industria- estaba creciendo a pasos agigantados. Minsky se pasó los últimos años de su vida, a principios de los noventa, advirtiendo de los peligros de la titulización y otras formas de innovación financiera, pero pocos economistas le escucharon. Tampoco prestaron atención a la creciente dependencia de los consumidores y empresas de la deuda, y el empleo creciente del apalancamiento en el sistema financiero.

Para finales de siglo XX, el sistema financiero del que Minsky había advertido se había ya materializado, completado con prestatarios especuladores, prestatarios Ponzi y unos pocos prestatarios conservadores que completaban el esquema y eran los cimientos de una economía verdaderamente estable. Después de décadas, habíamos olvidado de verdad el significado de la palabra riesgo. Cuando empresas financieras de varios pisos de altura empezaron a derrumbarse, enviando señales a través de la economía “real”, sus predicciones comenzaron a parecerse mucho a un mapa de carreteras.

“No fue un momento Minsky”, explica Randall Wray. “Fue medio siglo Minsky.”

Ahora Minsky hace furor. Hace un año un influyente columnista del Financial Times le confió a sus lectores que la relectura de la “obra maestra” de Minsky de 1986 -Stabilizing and Unstable Economy (Estabilizando una economía inestable)- “me había ayudado a aclarar mis ideas respecto a la crisis.” Otros se unieron al coro sin tardanza. A principios de este año, dos pesos pesados de la economía –Paul Krugman y Brad DeLond– se quitaron el sombrero ante él en foros públicos. Es más, el ganador del premio Nobel Paul Krugman tituló una de sus conferencias en la London School of Economics “The Night They Re-read Minsky.” (La noche en que releyeron a Minsky)

Hoy la mayoría de los economistas, qué duda cabe, están leyendo por vez primera a Minsky, intentando encajar sus análisis, tan poco convencionales, en los andamiajes teoréticos de su profesión. Si Minsky viviera, sin duda hubiera aplaudido este reconocimiento tardío, aún produciéndose a un terrible costo. Como observó irónicamente en una ocasión, ¿acaso nos es Minsky de alguna ayuda? Si el capitalismo es un sistema inestable e inherentemente autodestructivo -más allá de que produce desigualdades y desempleo, como observó Keynes-, ¿ahora qué?

Después de haber empleado su vida advirtiendo de los peligros de la complacencia en lo que se refiere a la estabilidad -y que dieron en oídos sordos-, Minsky fue razonablemente pesimista en cuanto a la posibilidad de cortocircuitar el trágico ciclo de booms y pinchazos. Pero sí que creía que se podían hacer muchas cosas con el fin de sortear el peligro.

Para evitar que el momento Minsky se convirtiese en una calamidad nacional, parte de su solución (que era compartida por otros economistas) era que la Reserva Federal -que él gustaba en llamar “Big Bank”- se adentrase en la brecha y actuase como prestamista en última instancia para las empresas bajo asedio. Inyectando liquidez a las empresas en zozobra, la Reserva Federal podría romper el ciclo y estabilizar el sistema financiero. Fracasó a la hora de hacerlo en la Gran Depresión, cuando se quedó a un lado y dejó que la crisis bancaria entrase en una espiral fuera de todo control. Esta vez, bajo la dirección de Ben Bernanke –como Minsky, un académico de la Depresión– ha tomado un acercamiento diferente, convirtiéndose en el prestamista en última instancia de todo, desde hedge funds a bancos de inversión y fondos monetarios.

La otra solución de Minsky, no obstante, era considerablemente más radical y políticamente un sapo difícil de tragar. La táctica favorita de sacar a la economía de la crisis estaba –y está– basada en la noción keynesiana de “bombear el inflador” (priming the pump) enviando dinero para emplear a grandes masas de mano de obra cualificada y sindicada en la construcción de una línea de ferrocarril, por ejemplo.

Minsky, sin embargo, defendió un acercamiento del tipo “burbuja”, que enviase primero dinero a los pobres y los obreros no cualificados. El gobierno –o como él prefería llamarlo, el “Gran gobierno”– debería convertirse en “última instancia en el empleador”, dijo, ofreciendo trabajo a cualquiera que quisiera ejercer uno a partir de un salario mínimo que sería pagado a los trabajadores que proporcionasen cuidados a los niños, limpiasen las calles o proporcionasen servicios que dieran a los contribuyentes pruebas visibles de la inversión de sus dólares. Disponibles para todos, sería incluso más ambicioso que el New Deal, reduciendo considerablemente las cuentas del estado de bienestar al garantizar un empleo para cualquiera que fuese capaz de trabajar. Un programa como éste no sólo ayudaría, según él creía, a los pobres y a los trabajadores no cualificados, sino que también pondría una red de seguridad debajo del salario de todos los demás, previniendo que los salarios de los trabajadores más cualificados cayese precipitadamente, y enviando los beneficios a lo largo de toda la escalera socioeconómica.

Mientras los economistas acaso reconozcan algunos de los análisis de Minsky respecto a la inestabilidad financiera, parece que puede afirmarse con seguridad que incluso los responsables políticos más liberales están muy lejos de pensar un papel para el gobierno americano tan expansivo. Un caro programa de pleno empleo estaría demasiado cerca del socialismo como para que fuese cómodo para los políticos. Por su parte, Wray piensa que los críticos están dispuestos a interpretar incorrectamente a Minsky: “él vio estas ideas como perfectamente consistentes con el capitalismo”, dice Wray. “Harían que el capitalismo funcionase mejor.”

Pero no a la perfección. Si hay que extraer alguna conclusión de las obras completas de Minsky, es que la perfección, como la estabilidad y el equilibrio, son espejismos. Minsky no compartió la extraña creencia de su profesión de que todo podía ser reducido a un pequeño modelo o a una teoría fácil. La suya era una especie de economía existencial: el capitalismo, como la vida misma, era difícil, e incluso trágica. “No hay ninguna respuesta simple a los problemas de nuestro capitalismo”, escribió Minsky. “No hay ninguna solución que pueda transformarse en una frase pegadiza e imprimirse en grandes carteles.”

Es un sentir que puede limitar el que Minsky se convierta en parte de una nueva ortodoxia. Pero eso es probablemente lo que él hubiera preferido, según creía el economista James Galbraith. “Creo que se resistiría a ser domesticado”, dijo Galbraith. “Se pasó toda su carrera aislado profesionalmente.”

Stephen Mihm es profesor de historia en la Universidad de Georgia y autor de A Nation of Counterfeiters (Una nación de falsificadores), Harvard, 2007.

Traducción para http://www.sinpermiso.info: Ángel Ferrero

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2902

Krugman en Argentina: sin intervención pública no hay salida durable a la crisis…

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Por Gabriel Holand

Algunas reflexiones que dejó Krugman en su paso por el país

02-11-2009 / 

    Krugman_visita_Barcelona Paul Krugman, en la exposición que realizó frente a unas mil personas en silencio reverencial, desgranó durante cerca de una hora sus opiniones acerca de la economía del mundo. Tanto durante la charla como en la posterior conferencia de prensa, tuve la impresión de estar escuchando a un embajador sabio y político, pero lejos del Paul Krugman polémico e irónico que tanto disfruto en papers y notas periodísticas.

    Por supuesto, el contenido de sus mensajes tuvo la riqueza acostumbrada, y quienes pudieron leer entre líneas se llevaron algunas ideas muy interesantes. Aquí trataré de resumir algunas de sus principales definiciones.

    BURBUJA, NO SÓLO INMOBILIARIA. Krugman señaló que el desproporcionado aumento de los inmuebles fue el efecto y no la causa de la explosión financiera global pos Lehman Brothers. En otras palabras, las causas de la crisis bien podrían buscarse en el excesivo flujo de fondos derivados hacia el sistema financiero mundial; torrentes de liquidez que ayudaron a los bancos a armar la gigantesca cartera de derivados que se esparcieron por todo el mundo y que aumentaron exponencialmente, dado el poder multiplicador de los productos financieros. Destacó que la burbuja también tuvo lugar en otros países como España e Inglaterra, que se sumaron a la carrera especulativa sin tapujos.

    Asimismo, el Nobel destacó que además de las “burbujas” hubo otra razón que dio lugar a la crisis: si bien bajo el paraguas de los reguladores sólo se encontraban los bancos “oficiales”, quedaron fuera de ,regulación otras estructuras que, sin ser bancos, se dedican también a la actividad de tomar dinero y prestarlo. Estos bancos en las sombras son los “REPO” y otros “derivados financieros”.

    Un REPO es una operación con pacto de recompra en la que una entidad vende un activo, frecuentemente un título de deuda pública, a un inversor, al tiempo que pacta su compra futura a un precio determinado.

    Un “derivado financiero” (según un extracto de la definición del Barron’s-Dictionary of Finance and Investment Terms) es un producto financiero cuyo valor se basa en el precio de otro activo, de ahí su nombre. El activo del que depende toma el nombre de activo subyacente.

    Como se puede ver, el efecto multiplicador de estos instrumentos es infinito, y todo basado en la garantía de un solo bien que dio origen al instrumento financiero.

    Llegados a este punto, la pregunta que cabe hacerse aquí es: cómo se llegó a un extremo de desregulaciones tal que permitió montar semejantes industrias paralelas a los bancos oficiales. Muchos sectores de la política y las finanzas globales pensaban que el mercado se autorregularía, sin necesidad de participación de los gobiernos. Los resultados están a la vista.

    Claro que hubo varios factores que ayudaron a contener la crisis. En primer lugar, los bancos centrales no repitieron errores que sí se habían cometido en la crisis de 1930. Además, los gobiernos hoy tienen mayor poder de acción que a principios del siglo XX, por lo tanto pueden mantener y aun aumentar el gasto público mientras los ingresos fiscales bajan. De esta manera logran dar oxígeno al consumo y a la inversión en momentos de crisis. A su vez, el poder político pudo ayudar a los bancos al comprarles activos ilíquidos.

    Por último, los planes de estímulo ayudan a capear el temporal, pero en menor medida que las acciones mencionadas más arriba. En ese sentido, los planes “sólo” evitaron 1,5 millón de nuevos despidos en un mercado laboral formado por 154.577.000 de personas.

    LO QUE VIENE. En los próximos 6 a 8 meses se espera una nueva contracción de la economía global. Esto sería así debido a que las empresas están cerca de terminar su proceso de formar nuevos stocks; y si la demanda no se reactiva rápidamente –cosa improbable–, volverán los despidos y la baja en la producción industrial.

    Es posible esperar para los próximos años un lento crecimiento de la economía, mientras que el problema del desempleo en los EE.UU. se extendería hasta el 2012.

    A continuación, reconstruiré algunas de las preguntas respondidas por Krugman:

    –¿Por qué la recuperación de la economía será lenta?

    –Porque por el momento no se visualiza ningún factor dinámico que dispare un crecimiento económico de grandes proporciones (por ejemplo, la aparición de Internet, que generó el auge de las “puntocom”).

    –¿Cómo se visualiza la recuperación de la crisis actual?

    –No será de la mano de los EE.UU., que deberán resolver sus problemas derivados de las hipotecas subprime. Tampoco será guiados por Europa, y menos aún por Japón. Queda, entonces, la expectativa de que China sea el motor de la economía global.

    Sin embargo, hay dos problemas que hacen de China más una esperanza a largo plazo que una realidad actual: por un lado, su economía está en crecimiento, pero aún representa la mitad de la americana o de la europea; por otro lado, el valor del yuan es fijado por el poder político y no es de libre convertibilidad. No existe un mercado flexible y accesible hacia esa moneda para el resto del mundo. Así, cuando el dólar cae frente al euro, no cae frente al yuan, constituyéndose así un modelo que distorsiona la realidad.

    –¿Cómo se lograría la recuperación más rápidamente en los EE.UU. (que siguen siendo el mayor mercado del mundo)?

    –Se lograría con mayor expansión del gasto público. Esto puede hacerse porque aún los EE.UU. encuentran inversores dispuestos a financiar su déficit a bajas tasas, al menos a corto plazo. Pero no parece que esa política se lleve a cabo, debido a la oposición de buena parte del sector político y la prensa. Lo óptimo sería que aumentara la inversión privada

    Krugman espera y desea que las inversiones en las industrias ligadas a la ecología –industria verde– sean las que impulsen la vuelta de los privados al mercado de inversiones.

    Todo lo expuesto apunta, en resumen, a un largo período de debilidad para los Estados Unidos.

    ENDEUDAMIENTO DE LOS EE.UU. Para Paul Krugman aumentar el endeudamiento de su país no sería grave. Antes de la crisis, la deuda americana representaba el 40% de su PBI, y podría llegar al 90% en los próximos años. Sin embargo, países como Bélgica o Italia tienen un endeudamiento mayor al 100% del PBI, sin que esto genere crisis financiera. Lo que sí resulta clave en el proceso de los EE.UU es que las personas sigan confiando en el dólar y continúen prestando dinero al Tesoro de ese país, a tasas cercanas al 4% anual.

    MONEDAS. Dado el rol central del dólar en las transacciones comerciales y financieras internacionales –y aun en la vida diaria–, no se espera una desaparición de su liderazgo en el futuro cercano. No se visualiza otra moneda “viva” que hoy pueda cumplir las mismas funciones de la divisa de los EE.UU.

    Por su parte, el yuan no estará preparado para competir con la moneda americana, dado que la moneda china es “no convertible” y por lo tanto no transable internacionalmente.

    El euro parecería el rival más serio para el dólar, pero totalmente alejado de la potencia y la globalidad del “verde”. Esto es así porque la moneda europea representa la realidad dispar de 19 países con riesgos fiscales y de solvencia distintos.

    Se descartan totalmente las monedas asiáticas  como competidoras económicas del dólar, y esto es debido a las enormes divergencias económicas y sociales existentes entre los países de Asia.

    Brasil, Rusia y los “ICHS”. No siempre es cierto que el buen desempeño en un momento de crisis implique tener éxito en las buenas épocas, fue la reflexión escuchada.

    Parecería que, para el Premio Nobel, nuestro vecino es una promesa hacia el futuro… y lo seguirá siendo hasta que demuestre que su modelo económico es capaz de funcionar no sólo durante una crisis. Sobre la evolución de Rusia también mostró dudas, y terminó su comentario mencionando que los países del futuro no serían los “BRIC”, sino los “ICH” (por India y China).

    ARGENTINA. Krugman, que apoyó nuestra salida de la convertibilidad y posterior renegociación de la deuda soberana, opina que nuestro país necesita ganar “reputación” (credibilidad y confiabilidad  internacional). Esto se lograría manteniendo el rumbo de las normas y políticas trazadas por espacios razonables de tiempo.

    Por último, repitió los beneficios que trae a nuestro país el auge de la demanda de commodities en el mundo, a la vez que manifestó que las políticas de retenciones agrícolas no suelen dar buenos resultados en el mundo.

    LAS DISPUTAS DEL FUTURO. Los commodities estratégicos del futuro serán los vinculados con el medio ambiente: aire, agua dulce, clima, medio ambiente en general.

    Se espera que las empresas hagan grandes inversiones en saneamiento ambiental y reducción de la emisión de gases contaminantes. Esto las llevará a disminuir su rentabilidad de corto plazo.

    Se estima que el PBI global podría mermar en un 2 a 3 por ciento por las acciones necesarias para reducir los gases contaminantes en un 20 por ciento.

    CONCLUSIONES. Haciendo un collage de los comentarios del economista americano, unidos a mis propias reflexiones acerca de lo escuchado, rescato cinco puntos:

  1. La economía de los EE.UU. está debilitada y le tomará años a este país volver a fortalecerse, aunque hay confianza en que logrará ese cometido. Además, sigue siendo la primera potencia del mundo.

  2. El dólar es y será rey por ahora. Aun con su traje deshilachado y rodeado de enemigos, no se vislumbra un competidor capaz de desplazarlo como la principal moneda del mundo financiero y comercial.

  3. China es la nación que más crece y en la cual estará el futuro. Pero hoy por hoy, necesita tener fuertes logros políticos, económicos y sociales para aspirar a ser una potencia. India acompañaría al gigante en el proceso de crecimiento.

  4. La demanda de los commodities seguirá en alza. Pero en los próximos años, el agua dulce y el aire no contaminado serán los materiales básicos cuya demanda está llamada a crecer exponencialmente, debido a la escasez de estos recursos.

  5. Nuestro país tiene las condiciones para crecer, pero no está en la mirada estratégica de los “grandes” del mundo. Ganar credibilidad es fundamental para nuestra evolución económica y social.

  6. Gabriel Holand
    Especialista en mercados financieros, docente universitario, director de HR Global

    La sustancia de la crisis económica actual…

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    por Ricardo Antunes

    Antunes, Ricardo. Profesor titular de Sociología en el Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas (IFCH) de la Universidad de Campinas, Brasil (Unicamp). Hizo su maestría en Ciencia Política en el IFCH de la Unicamp (1980), se doctoró en Sociología en la Universidad de San Pablo (1986) y es docente libre en Sociología del Trabajo por el IFCH de la Unicamp (1994). Trabajó un año como investigador visitante en la Universidad de Sussex, Inglaterra (1997-98). Ha dictado numerosos cursos, seminarios y conferencias en universidades de América Latina y Europa y participado en congresos de su especialidad. Es autor de Adeus ao trabalho?, editado en español (¿Adiós al trabajo?, Buenos Aires, Herramienta, 2ª edición, 2003); A rebeldía do trabalho, O novo sindicalismo no Brasil, Classe operária, sindicatos e partido no Brasil, O que é sindicalismo? y Crise e poder, entre otros libros. Actualmente, coordina las colecciones Mundo del Trabajo de Boitempo Editorial y Trabajo y Emancipación de Editora Expressão Popular. Colabora regularmente en revistas y diarios de Brasil y otros países. Participa activamente en las revistas Margem esquerda (Brasil), Latin American Perspectives (Estados Unidos), Herramienta (Argentina), Proteo (Italia), Asian Journal of Latin Americana Studies (Corea) y Trayectorias (México), así como en otras publicaciones de distintos países.


    I

    Mucho se ha escrito sobre la crisis. Crisis de las subprime, crisis especulativa, crisis bancaria, crisis financiera, crisis global, réplica de las crisis de 1929, etc. Florece una fenomenología de la crisis, donde lo que ayer se dijo se vuelve hoy obsoleto. Los grandes periódicos, empezando por The Economist, hablan de “crisis de confianza” y la máxima se expande. La crisis se resume a un acto volitivo. ¡Fiducia! diría los latinos. He ahí la clave analítica.

    Los gobiernos de los países en crisis, en los Estados Unidos, Europa y otras partes del mundo, parecen redescubrir el estatismo todo privatizado como el recetario para eliminar la crisis de “desconfianza”. El remedio neokeynesiano, sepultado en las últimas cuatro décadas, considerado uno de los principales males de las crisis anteriores, resurge como salvación para el verdadero camino de la servidumbre, o sea, la sujeción de la humanidad a los designios de la lógica destructiva del capitalismo y en particular de su polo hegemónico financiero.

    Pero, más allá de esa fenomenología de la crisis, podríamos recordar a varios autores críticos, dentro de la izquierda, que intentaron ir más allá de las apariencias y develar los fundamentos estructurales y sistémicos del derretimiento y licuación del sistema del capital.

    Robert Kurz, por ejemplo, ha venido alertando desde principios de 1990, que la crisis que llevó a la bancarrota a los países del llamado "socialismo real" (con la URSS al frente), no sin antes haber devastado el “Tercer Mundo”, era expresión de una crisis del modo de producción de mercancías que después migraría en dirección al corazón del sistema capitalista.

    François Chesnais apuntó las complejas conexiones existentes entre producción, financierización (“la forma más fetichizada de la acumulación”) y mundialización del capital, enfatizando que la esfera financiera se nutre de la riqueza generada por la inversión y de la explotación de la fuerza de trabajo dotada de múltiples cualificaciones y amplitud global. Y es parte de esa riqueza, canalizada para la esfera financiera, que infla el flácido capital ficticio.

    Pero fue István Mészáros quien, desde el final de los años de 1960 viene sistemáticamente develando la crisis que entonces comenzaba a asolar al sistema global del capital: alertaba que las rebeliones de 1968, así como la caída de la tasa de ganancia y el inicio de la monumental reestructuración productiva del capital, que se manifestaba en 1973, ya eran ambas expresiones del cambio substantivo que se diseñaba, tanto en el sistema capitalista, cuando en el propio sistema global del capital.[1]

    Indicaba que el sistema de capital (y en particular el capitalismo), tras experimentar la era de los ciclos, se adentraba en una nueva fase, inédita, de crisis estructural, marcada por un continuum depresivo que haría que aquella fase cíclica anterior se volviera historia. Aunque pudiera haber alternancia en su epicentro, la crisis se muestra longeva y duradera, sistémica y estructural.

    Y más, demostraba la falencia de los dos más osados sistemas estatales de control y regulación del capital experimentados en el siglo XX. El primero, de talle keynesiano, que estuvo en vigor especialmente en las sociedades capitalistas marcadas por el welfare state. El segundo, de “tipo soviético” (vigente, según Mészáros, en la URSS y en las demás “sociedades post-capitalistas”) que, aunque fuera resultado de una revolución social que buscó destruir el capital, fue por él absorbido. En ambos casos el ente político regulador fuera desregulado, al final de un largo periodo por el propio sistema de metabolismo social del capital.[2] Proceso similar parece ocurrir en China de nuestros días, laboratorio excepcional para la reflexión crítica.

    II

    El libro A Crise Estrutural do Capital, [3] de István Mészáros, que presento al lector, es la condensación de un conjunto de artículos y entrevistas que presentan las principales tesis y formulaciones de la analítica de István Mészáros, escritos a lo largo de más de tres décadas y que son ahora publicados en un único volumen, condensando algunas de sus formulaciones más fuertes, en un momento decisivo de este siglo XXI, donde todo lo que parecía sólido se desvanece, encontrándose el capitalismo en fuerte proceso de licuación. La sumatoria de recursos, que se contabilizan en billones de dólares que fenecieron en los últimos meses, es por sí sólo contundente. La crisis del sistema financiero global, la retracción de la producción industrial, agrícola y de servicios, también son demasiado evidentes. Desde 1929 que el capitalismo no presenciaba un proceso crítico tan profundo, aflorando incluso en el propio discurso de los detentores del capital, sus gestores y principales gendarmes políticos. Así, István Mészáros ha sido, en las últimas décadas, uno de los críticos más densos, profundos, calificados y radicales. De esta manera, este pequeño libro es una muestra de esa contundencia y fuerza, que se encuentra presente en el enorme y poderoso conjunto de su obra.

    Si pudiéramos, en pocas páginas, condensar algunas de las principales tesis que configuran la actual crisis estructural del capital comenzaríamos diciendo que Mészáros hace una crítica desbastadora a los engranajes que caracterizan su sistema socio-metabólico.

    Su aguda investigación, indagando profundamente a lo largo de todo el siglo XX, lo lleva a constatar que el sistema de capital, por no tener límites para su expansión, termina por convertirse en una procesualidad incontrolable y profundamente destructiva. Conformada por lo que denomina, en la línea de Marx, como mediaciones de segundo orden –cuando todo pasa a ser controlado por la lógica de la valorización del capital, sin que se tome en cuenta los imperativos humano-societarios vitales– la producción y el consumo superfluos terminan generando la corrosión del trabajo, con la consecuente precarización del trabajo y el desempleo estructural, además de impulsar una destrucción de la naturaleza a escala global jamás vista anteriormente.

    Expansionista en la búsqueda creciente y desmedida de plusvalor, destructivo en su procesualidad pautada por lo descartable y la superfluidad, el sistema de capital se vuelve, en el límite, incontrolable. Todo esto, aquí resumido de manera breve, hace con que, después de un largo período dominado por los ciclos, el sistema de capital venga asumiendo, siempre según la formulación de István Mészáros, la forma de una crisis endémica, acumulativa, crónica y permanente, lo que replantea, como imperativo global de nuestros días, dado el espectro de destrucción global, la búsqueda de una alternativa societaria apuntando a la construcción de un nuevo modo de producción y de un nuevo modo de vida cabal y frontalmente contrario a la lógica destructiva del capital hoy dominante.

    Al contrario, por tanto, de los ciclos de expansión que conforman el capitalismo a lo largo de su historia, alternando períodos de expansión y crisis, nos encontramos, desde fines de los años de 1960 e inicios de 1970, sumergidos en lo que István Mészáros denomina como depressed continuum que exhibe las características de una crisis estructural.

    Su análisis ya anticipaba que, al interior de los países capitalistas centrales, los mecanismos de “administración de las crisis” serían cada vez más recurrentes –y también cada vez más insuficientes– una vez que la disyunción radical entre producción para las necesidades sociales y auto-reproducción del capital cambiaba la tónica del capitalismo contemporáneo de nuestros días, generando consecuencias devastadoras para la humanidad

    Dada la nueva forma de ser de la crisis, ingresamos entonces en una nueva fase, sin intervalos cíclicos entre expansión y recesión, pero presenciando la eclosión de precipitaciones cada vez más frecuentes y continuas. Tratándose, por tanto, de una crisis en la propia realización del valor, la lógica destructiva que se acentúa en nuestros días permitió a Mészáros desarrollar otra tesis, central en su análisis, de que el sistema de capital no puede más desarrollarse sin recurrir a la tasa de utilización decreciente del valor de uso de las mercancías como mecanismo que le es intrínseco. Esto porque el capital no considera valor de uso (que remite a la esfera de las necesidades) y valor de cambio (esfera de la valorización del valor) como separados, sino al contrario, subordinando radicalmente el primero al segundo.

    Lo que significa, agrega el autor, que una mercancía puede variar de un extremo a otro, es decir, desde tener su valor de uso realizado inmediatamente o, en el otro extremo, jamás ser utilizada, sin dejar de tener, para el capital, su utilidad esencial. Y, en la medida en que la tendencia decreciente del valor de uso reduce drásticamente el tiempo de vida útil de las mercancías –condición sine qua non del funcionamiento de proceso de valorización en su ciclo reproductivo– ella se convierte en uno de los principales mecanismos a través del cual el capital viene realizando su proceso de acumulación por la vía de la destrucción del tiempo de vida útil de las mercancías y de la subordinación de su valor del uso a los imperativos del valor de cambio.

    Al profundizar la disyunción entre la producción orientada genuinamente para el atendimiento de las necesidades humanas y aquellas dominantes orientadas para la auto-reproducción del capital, se intensifican las consecuencias destructivas, de las cuales dos anteriormente referidas ponen en riesgo el presente y el futuro de la humanidad: la precarización estructural del trabajo y la destrucción de la naturaleza. La conclusión de Mészáros es fuerte: aunque el 90% del material y de los recursos de trabajo necesarios para la producción y distribución de una dada mercancía comercializada – un producto cosmético, por ejemplo –fuese directamente para el basurero y sólo 10% efectivamente destinados al preparado del producto, buscando los beneficios reales o imaginarios del consumidor, las prácticas obviamente devastadoras aquí envueltas serían plenamente justificadas, desde que estuvieran sintonizadas con los criterios ‘eficiencia’, ‘racionalidad’ y ‘economía’ capitalistas, en virtud de la rentabilidad comprobada de la mercancía en cuestión. Y agrega: ¿qué será de la humanidad cuando menos del 5% de la población mundial (EUA) consuman 25% del total de los recursos energéticos disponibles? Y, ¿si el 95% restante viniera a adoptar el mismo padrón de consumo? La tragedia china actual, con su destrucción ambiental, es emblemática.

    Esto acentúa otra contradicción vital en la que el mundo se sumergió en este inicio de siglo: si las tasas de desempleo continúan ampliándose, aumentan explosivamente los niveles de degradación y barbarie social oriunda del desempleo. Si, al contrario, el mundo productivo retomara los niveles de crecimiento anteriores, aumentando la producción y su modo de vida fundado en la superfluidad y en el desperdicio, tendremos la intensificación aún mayor de la destrucción de la naturaleza, ampliando la lógica destructiva hoy dominante.

    Sin embargo el cuadro de crisis estructural y sistémica tiene otro componente vital, dado por la corrosión del trabajo. Después de la intensificación del cuadro crítico en EUA y demás países capitalistas centrales, estamos presenciando profundas repercusiones en el mundo del trabajo a escala global. En el medio del huracán de la crisis que ahora alcanza el corazón del sistema capitalista, vemos la erosión del trabajo relativamente contratado y reglamentado, heredero de la era taylorista y fordista, que fue dominante en el siglo XX –resultado de una secular lucha obrera por los derechos sociales– que está siendo substituido por las diversas formas de “empreendedorismo”, “cooperativismo”, “trabajo voluntario”, “trabajo atípico”, formas que oscilan entre la superexplotación del trabajo y la propia autoexplotación del trabajo, siempre caminando en dirección a una precarización estructural de la fuerza de trabajo a escala global. Esto, sin hablar de la explosión del desempleo que alcanza enormes contingentes de trabajadores, sean hombres y mujeres, fijos o precarizados, formales o informales, nativos o inmigrantes, siendo que estos últimos son los primeros en ser fuertemente penalizados.[4]

    La OIT, con datos que son bastante moderados, en un reciente informe, proyectó 50 millones de desempleados a lo largo del 2009. Bastaría que una de las grandes automotrices de los EUA cerrase sus puertas y tendríamos millones de nuevos desempleados. En Europa, los periódicos, diariamente, listan millares de nuevos trabajadores sin empleo.

    El mismo informe de la OIT agrega aún que cerca de 1,5 mil millones de trabajadores son afectados por la fuerte erosión salarial y la ampliación del desempleo en ese mismo período (Informe mundial sobre salarios, febrero de 2009). Pero se sabe que la contabilización mundial del empleo no capta en profundidad el desempleo oculto, frecuentemente enmascarado en las estadísticas oficiales. Y, como advirtió, Mészáros innumerables veces, si incluimos los datos reales del desempleo en China e India, estos números se multiplicarían en muchas veces.

    Es importante destacar que, en China, 26 millones de ex trabajadores rurales que estaban trabajando en las industrias de las ciudades perdieron sus empleos en los últimos meses del 2008 y los primeros meses del 2009 y no encuentran trabajo disponible en el campo, desencadenando una nueva ola de revueltas obreras en dicho país. En América Latina, la OIT agrega que, debido a la crisis “hasta 2,4 millones de personas podrán entrar en las filas del desempleo regional en el 2009”, sumándose a los casi 16 millones hoy desempleados (Panorama Laboral para América Latina y el Caribe, enero del 2009).

    En EUA, Inglaterra e Japón los índices de desempleo en los inicios del 2009 son los mayores de las últimas décadas. Es por eso que los empresarios presionan, en todas partes del mundo, para aumentar la flexibilidad en la legislación laboral, con la falacia de que así preservan los empleos. En EUA, Inglaterra, España y Argentina, para dar algunos ejemplos, esa flexibilización fue intensa y el desempleo solo ha venido aumentando.

    De manera que, diferenciándose totalmente de los análisis que circunscriben la crisis al universo de los bancos, a la “crisis del sistema financiero”, a la “crisis de créditos”, para István Mészáros, la “inmensa expansión especulativa del aventurerismo financiero –sobre todo en las últimas tres o cuatro décadas– es naturalmente inseparable de la profundización de la crisis de las ramas productivas y de la industria así como de las resultantes perturbaciones que surgen con la absoluta letárgica acumulación de capital (en verdad, acumulación fracasada) en el campo productivo de la actividad económica. Ahora, inevitablemente, también en el dominio de la producción industrial la crisis se está poniendo mucho peor. Naturalmente, la consecuencia necesaria de la crisis siempre profundizándose en las ramas productivas de la ‘economía real’ (…) es el crecimiento del desempleo por todas partes en una escala asustadora, asociado a la miseria humana. Esperar una solución feliz para esos problemas surgida de las operaciones de rescate del Estado capitalista sería una gran ilusión”.

    Y agrega: “(…) las recientes tentativas de contener los síntomas de la crisis que se intensifican por la nacionalización –camuflada de forma cínica– de grandezas astronómicas de la bancarrota capitalista, por medio de los recursos del Estado aún a ser inventados, solo cumplen el papel de subrayar las determinaciones causales antagónicas profundamente enraizadas de la destructividad del sistema capitalista. Pues lo que está fundamentalmente en curso hoy no es apenas una crisis financiera maciza, sino el potencial de autodestrucción de la humanidad en el actual momento del desarrollo histórico, tanto militarmente como por medio de la destrucción en curso de la naturaleza”.

    Si el neokeynesianismo de estado todo privatizado es la respuesta encontrada por el capital para su crisis estructural, las respuestas de las fuerzas sociales del trabajo deben ser radicales. Contra la falacia de la “alternativa” neokeynesiana que siempre encuentra acogida en varios sectores de la “izquierda” que actúan en el universo del Orden –“alternativas” condenadas al fracaso, como demostró Mészáros analizando el siglo XX, pues se inscriben en la línea de menor resistencia del capital– el desafío ya estaba indicado en su artículo “Política Radical y Transición hacia el Socialismo” (escrito en 1982 y publicado en Brasil por la primera vez en 1983, y que consta en este libro). Allí estaba presente tanto la distinción crucial entre la crisis de tipo estructural y sistémica y las crisis cíclicas coyunturales del pasado, así como la necesidad de una política radical, al contrario de las alternativas (neo)keynesianas y a las cuales el capital recurre en sus momentos de crisis.

    Vale recordar aquí la reciente Nota de los Editores de Monthly Review que así se refiere a la decisiva contribución de István Mészáros: “¿Cómo la izquierda irá a reaccionar frente a la crisis económica y a las tentativas de socializar las pérdidas sobre la población como un todo? Al depararnos con una depresión y crisis financiera, ¿debemos aceptar que las cargas recaigan sobre nuestros hombros, a través de la implantación de estrategias ligeramente más benignas para salvar el sistema?”

    Y agrega la Nota: “En septiembre [de 2008] algunos sectores progresistas en Estados Unidos argumentaron que era necesario apoyar el plan de “Socorro a los Ricos” de Paulson, para que no hubiera una depresión. Tres meses más tarde tenemos billones en fondos gubernamentales entregados a las personas más ricas del planeta y a la depresión. El punto crucial, a nuestro modo de ver, fe capturado por István Mészáros, en su Más allá del Capital, donde él explicó que ‘la política radical sólo puede acelerar su propia renuncia (…) consintiendo en definir su propio objeto en términos de blancos económicos determinados, los cuales, de hecho, son necesariamente dictados por la estructura socioeconómica establecida en crisis’” (Monthly Review, “Notes from the Editors”, vol. 60, No. 10, março de 2009, p.64).

    Una vez que las manifestaciones inmediatas de la crisis son económicas, dice Mészáros aún en el artículo premonitorio de 1982,

    “de la inflación al desempleo y de la bancarrota de empresas industriales y comerciales locales a la guerra comercial en general y al colapso potencial del sistema financiero internacional, la presión que emana de la referida base social inevitablemente tiende a definir la tarea inmediata en términos de encontrar respuestas económicas urgentes al nivel de las manifestaciones de la crisis, mientras son dejadas intactas sus causas sociales.” Y añadía: “(…) ‘apretar los cinturones’ y ‘aceptar los sacrificios necesarios’ para ‘crear empleos reales’, ‘inyectar nuevos fondos de inversión’, ‘aumentar la productividad y la competitividad’ etc., impone premisas sociales del orden establecido (en nombre de imperativos puramente económicos) sobre la iniciativa política socialista (…) dentro del marco de las viejas premisas sociales y determinaciones estructurales, terminando, de ese modo, (…) por ayudar a la revitalización del capital.”

    Es por eso que para Mészáros, cualquier intento de superar este sistema de metabolismo social que siga la línea de menor resistencia del capital, que se restrinja a la esfera institucional y parlamentaria está condenado a la derrota. En contrapartida, solamente una política radical y extraparlamentaria reorientando radicalmente la estructura económica, podrá ser capaz de destruir el sistema de dominio social del capital y su lógica destructiva.

    Crear un modo de producción y de vida profundamente distinto del actual es, por tanto, un desafío vital lanzado por Mészáros. La construcción de un modo de vida dotado de sentido replantea, en este inicio del siglo XXI, la imperiosa necesidad de construcción de un nuevo sistema de metabolismo social, de un nuevo modo de producción basado en actividad auto-determinada, en la acción de los individuos libremente asociados (Marx) y en valores más allá del capital. La actividad basada en el tiempo disponible para producir valores de uso socialmente útiles y necesarios, contraria a la producción basada en el tiempo excedente para la producción exclusiva de valores de cambio para la reproducción del capital se vuelve vital.

    Durante la vigencia del capitalismo (y también del capital), el valor de uso de los bienes socialmente necesarios se subordinó a su valor de cambio, que pasó a comandar la lógica del sistema de producción. Las funciones productivas y reproductivas básicas fueron radicalmente separadas entre aquellos que producen (los trabajadores) y aquellos que controlan (los capitalistas y sus gestores). Habiendo sido el primer modo de producción a crear una lógica que no toma en cuenta prioritariamente las reales necesidades societarias, el capital instauró, según la rica indicación de Mészáros, un sistema orientado para su auto-valorización, independiente de las reales necesidades auto-reproductivas de la humanidad.

    En contrapartida, una nueva forma de sociedad solamente será dotada de sentido y efectivamente emancipada cuando sus funciones vitales, controladoras de su sistema de metabolismo social fueran efectivamente ejercidas de manera autónoma por los productores libremente asociados y no por un cuerpo exterior extraño y controlador de estas funciones vitales.

    El develamiento más profundo de los significados de la crisis actual, su sentido global, estructural y sistémico, su marca agudamente destructiva, ese es la principal contribución de este poderos (pequeño) libro de István Mészáros. Y debe ser leído por todos aquellos hombres y mujeres que, en las luchas sociales, en sus embates cotidianos, afrontan, de algún modo, el sistema de metabolismo social hoy dominante y esencialmente destructivo para la humanidad y la naturaleza. Su lectura ayudará a reflexionar, imaginar y pensar en una otra forma de sociabilidad auténticamente socialista, capaz de rescatar el sentido social de la producción y reproducción de la vida humana y, de esta manera, auxiliar en la creación de las condiciones críticas imprescindibles para el florecimiento de una nueva sociabilidad auténtica y emancipada, lo que sería un gran avance en este siglo XXI que acaba de comenzar. En el mejor espíritu de la incansable obra de István Mészáros en su ardorosa y apasionada defensa de la humanidad.


    [1] Es decisivo resaltar que, para Mészáros, capital y capitalismo son fenómenos distintos. El sistema de capital, según el autor, antecede al capitalismo y tiene vigencia también en las sociedades post-capitalistas. El capitalismo es una de las formas posibles de la realización del capital, una de sus variantes históricas, presente en la fase caracterizada por la generalización de la subsunción real del trabajo al capital, que Marx denominaba como capitalismo pleno. Así como existía capital antes de la generalización del capitalismo (de que son ejemplos el capital mercantil, el capital usurario, etc.), las formas recientes de metabolismo socio-metabólico permiten constatar la continuidad del capital incluso después del capitalismo, a través de la constitución de aquello que Mészáros denomina como "sistema de capital post-capitalista", de lo que fueron ejemplos la URSS y demás países de Europa del Este. Estos países post-capitalistas no consiguieron romper con el sistema de metabolismo social del capital y la identificación conceptual entre capital y capitalismo hizo con que, según el autor, todas las experiencias revolucionarias vividas en este siglo se mostraran incapaces para superar el sistema de metabolismo social del capital (el complejo caracterizado por la división jerárquica del trabajo, que subordina sus funciones vitales al capital). Ver, sobre la experiencia soviética, especialmente el capítulo XVII, ítems 2/3/4 de Más Allá del Capital. Sobre las más importantes diferencias entre el capitalismo y el sistema soviético, ver especialmente la síntesis en las páginas 630/1.

    [2] El sistema de metabolismo social del capital tiene su núcleo central formado por el trípode capital, trabajo asalariado y estado, tres dimensiones fundamentales y directamente interrelacionadas, lo que imposibilita la superación del capital sin la eliminación del conjunto de los tres elementos que comprenden este sistema. No es suficiente, por tanto, según Mészáros, eliminar uno o igual dos de los polos del sistema de metabolismo social del capital, sino que es imperioso eliminar sus tres pilares. Y esta tesis tiene una fuerza explicativa que contrasta con la totalidad de lo que se escribió hasta el presente, sobre el fin de la URSS y de los países del erróneamente llamado “bloque socialista”.

    [3] Este libro, publicado in Brazil em maio de 2009 (Boitempo Editorial, São Paulo) nació de una correspondencia que István Mészáros y yo intercambiamos en enero del 2009, cuando le envié un artículo que recién publicaba sobre la crisis actual. Buscaba indicar, entonces, de manera brevísima, la fuerza, la densidad y la originalidad de su análisis crítico, frente al completo desconocimiento de los más distintos segmentos del capital –intelectuales, gestores, gobiernos- tras décadas de una apologética deprimente que predicaba la eternización del capital sin percibir que se encontraba a la víspera de su derretimiento y licuación. De ahí nació la idea de publicar, bajo la forma de un pequeño libro, un conjunto de sus artículos y entrevistas, desde sus primeros escritos hasta los más recientes, que de algún modo rescataran su análisis e indicaran una línea de continuidad decisiva para la comprensión de los elementos determinativos más esenciales de la crisis que dejó huérfanos y asombrados a los ideólogos del sistema y tantos otros que se habían conformado con la máxima del fin de la historia, que Mészáros llamó irónicamente como “fukuyamización seudohegeliana”.

    [4] Recientemente, en una manifestación de trabajadores británicos, en febrero del 2009, había un cartel que decía las siguientes frases: “Put Brithsh Workers First”- Empleen primero a los trabajadores británicos. Esta manifestación era contraria a la contratación de trabajadores inmigrantes italianos y portugueses con salarios inferiores a los británicos. Si la lucha por la igualdad salarial es justa y antigua, la exclusión de trabajadores inmigrantes tiene un evidente sentido xenófobo. En Europa, Japón, EUA y en otras partes del mundo, manifestaciones semejantes se esparcen.

    Revista Herramienta Nº 41

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