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P. Krugman: incapacidad (de Gob. de Obama) para reaccionar ante la crisis…

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krugman_visita_barcelonaPAUL KRUGMAN 15/02/2009

Según todos los parámetros políticos normales, el acuerdo conseguido esta semana en el Congreso de EE UU en torno al paquete de estímulo económico ha constituido una gran victoria para el presidente Obama. Ha obtenido más o menos lo que había pedido: casi 800.000 millones de dólares para rescatar la economía, y de ellos, la mayoría asignados al gasto y no a rebajas fiscales. ¡Descorchemos el champán!

O quizá no. Éstos no son tiempos normales, de modo que los parámetros políticos normales no son válidos: la victoria de Obama da la impresión de ser más bien una derrota. La ley de estímulo parece útil, pero inadecuada, en especial si se combina con un decepcionante plan de rescate para los bancos. Y el juego político en torno al plan de estímulo ha convertido los sueños pospartidistas de Obama en tonterías.

Empecemos por la política.

Se podría haber esperado que los republicanos se mostrasen al menos ligeramente escarmentados en estos primeros días del Gobierno de Obama, dada su sonora derrota en las dos últimas elecciones y la debacle económica de los pasados ocho años.

Pero ahora está claro que la devoción del partido por el vudú profundo -reforzado en parte por los grupos de presión dispuestos a presentar rivales en las primarias contra los herejes- es tan fuerte como siempre. Tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado, la inmensa mayoría de los republicanos cerró filas en torno a la idea de que la respuesta adecuada al vergonzoso fracaso de las rebajas fiscales del Gobierno de Bush son más rebajas fiscales al estilo Bush.

Y la respuesta retórica de los conservadores al plan de estímulo -que, vale la pena tenerlo en cuenta, costará considerablemente menos que los recortes de dos billones de dólares en impuestos de la Administración de Bush, o el billón gastado en Irak (y los que se gastarán)- raya en la demencia.

Es un “robo generacional”, comentaba el senador John McCain pocos días después de votar a favor de unos recortes tributarios que habrían costado cuatro veces más a lo largo de la próxima década. Está “destruyendo el futuro de mi hija. Es igual que si me sentara a ver cómo una pandilla de delincuentes saquea mi casa”, decía Arnold Kling, del Instituto Cato.

Y la acritud del debate político no da igual porque despierta dudas acerca de la capacidad del Gobierno de Obama para recaudar más dinero si, como parece probable, el plan de estímulo resulta insuficiente.

Porque si bien Obama ha conseguido más o menos lo que pidió, casi con certeza no pidió lo suficiente. Probablemente nos enfrentamos a la peor crisis desde la Gran Depresión. La Oficina Presupuestaria del Congreso, que generalmente no es dada a la hipérbole, predice que a lo largo de los próximos tres años se producirá un desfase de 2,9 billones de dólares entre lo que la economía puede producir y lo que de hecho producirá. Y 800.000 millones de dólares, aunque parezca mucho dinero, no sirve ni mucho menos para salvar ese abismo.

Oficialmente, la Administración insiste en que el plan es adecuado para las necesidades de la economía. Pero pocos economistas se muestran de acuerdo. Y en general se cree que las consideraciones políticas llevaron a un plan más débil y que contiene más reducciones de impuestos de los que debería tener; que Obama cedió por adelantado, con la esperanza de obtener un amplio apoyo de ambos partidos. Acabamos de ver lo bien que le ha funcionado.

Sin embargo, las probabilidades de que el estímulo fiscal resulte adecuado serían mayores si fueran acompañadas por un rescate financiero eficaz que descongelase los mercados crediticios y volviese a poner el dinero en movimiento. Pero el largamente esperado anuncio de los planes de la Administración de Obama en ese frente, que también se producía esta semana, aterrizaba con un vil ruido sordo.

No es que el plan esbozado por Tim Geithner, secretario del Tesoro, sea precisamente malo. Es más bien que es vago. Nos deja a todos tratando de averiguar cuáles son realmente las intenciones del Gobierno. ¿Acabarán esas alianzas entre el sector público y el privado siendo una forma encubierta de avalar a los banqueros a expensas de los ciudadanos? ¿O servirá la requerida prueba de tensión de puerta trasera para la nacionalización temporal de los bancos? (la solución preferida por un número cada vez mayor de economistas, entre los que me incluyo). Quién sabe.

En general, el efecto ha sido el de ganar tiempo. Y eso no basta.

Por el momento, la respuesta del Gobierno de Obama a la crisis económica recuerda mucho a la respuesta de Japón en la década de 1990: una ampliación presupuestaria suficientemente amplia para evitar lo peor, pero no lo suficiente como para que la recuperación arranque; apoyo al sistema bancario, pero con reservas a la hora de obligar a los bancos a afrontar sus pérdidas. Todavía es pronto, pero nos estamos saliendo de la curva.

Y no sé ustedes, pero yo siento una sensación rara en el estómago, como si Estados Unidos no estuviera a la altura del mayor reto económico en 70 años. Puede que los mejores no carezcan por completo de convicción, pero parecen alarmantemente dispuestos a conformarse con medias tintas. Y los peores están, como siempre, llenos de apasionada intensidad, completamente ajenos al grotesco fracaso de su doctrina en la práctica.

Todavía hay tiempo para dar la vuelta a la situación. Pero Obama tiene que ser más fuerte y mirar más hacia el futuro. De lo contrario, el veredicto de esta crisis podría ser que no, no podemos.

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Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel en 2008. Traducción de News Clips. © New York Times News Service, 2009.

El País.com

Joseph Stiglitz: nacionalizar los bancos es la única respuesta. Entrevista…

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josept stiglitz Entrevista al economista Joseph Stiglitz

“La nacionalización es la única respuesta. Estos bancos están, efectivamente, en bancarrota”

Michael Knigge

Deutsche Welle

En una entrevista con Deutsche Welle, el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz habla de nacionalizar los bancos, el panorama para los países en desarrollo y la necesidad de un regulador financiero internacional.

Joseph Stiglitz recibió el Premio Nobel de Economía en 2001. Bajo el Presidente Bill Clinton fue presidente del Consejo de Asesores Económicos de 1995 a 1997. Fue economista principal del Banco Mundial de 1997 a 2000 y autor principal del Informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de 1995, el cual recibió el Premio Nobel de la Paz compartido. Actualmente es profesor en la Universidad Columbia en Nueva York.

DW-WORLD: Muchos expertos temen que aunque las cosas están mal ahora, aún no hemos visto lo peor de la crisis. ¿Comparte usted la creencia de que nos enfrentamos a un largo descenso que pudiera rivalizar con la gran depresión?

Joseph Stiglitz: Vivimos en un mundo muy diferente al de la Gran Depresión. Entonces teníamos una economía de manufactura. Ahora tenemos una economía del sector de servicios. Muchas personas en Estados Unidos ya están trabajando parte del tiempo porque no pueden conseguir trabajo de tiempo completo. La gente están hablando más acerca de medidas coherentes de desempleo, y estas muestran un desempleo de muy altos niveles, alrededor de 15 por ciento. Así que es claramente un descenso serio. Otra gran diferencia entre ahora y la Gran Depresión es que entonces no teníamos una red de seguridad. Ahora tenemos seguro de desempleo.

DW: Los economistas Nouriel Roubini y Nassim Taleb, quienes predijeron el descenso de la economía global, han hecho un llamado para la nacionalización de los bancos a fin de detener la debacle económica, ¿Está usted de acuerdo?


Stiglitz: Lo cierto es que los bancos están en muy mala situación. El gobierno de EE.UU. ha vertido cientos de miles de millones de dólares con muy pocos resultados. Los ciudadanos norteamericanos se han convertido en propietarios mayoritarios de un gran número de bancos importantes. Pero no tienen el control. Cualquier sistema que tenga una separación de la propiedad y el control es una receta para el desastre.
La única respuesta es la nacionalización. Esos bancos ciertamente están en bancarrota.

DW: El Instituto Internacional de Finanzas estima que el flujo privado de capital hacia los países en desarrollo se reducirá en unos dos tercios. ¿Estamos llegando a una situación en la que pudiéramos ver un colapso total de muchos países en desarrollo?
Stiglitz: Pienso que muchos gobiernos de naciones emergentes en realidad tienen un sistema bancario central mucho mejor que el de Estados Unidos. Ellos comprendieron los riesgos de exceso de influencia, la excesiva dependencia en los préstamos de bienes raíces, así que realizaron acciones mucho más prudentes. Muchos países en desarrollo también acumularon grandes reservas y están en mejor situación para enfrentar esta crisis que hace una década.
Pero algunos se enfrentarán a tiempos muy difíciles, suspensión de pagos. Algunos de estos países están sufriendo por haber prestado demasiada atención a lo que ha estado sucediendo en Estados Unidos.

DW: ¿Se deben tomar medidas para ayudar a esos países en desarrollo?

Stiglitz: Definitivamente. Pienso que es absolutamente imperativo no solo en interés de esos países, no solo desde una perspectiva humanitaria, sino desde una perspectiva de estabilidad global. No es posible tener una fuerte economía global cuando hay grandes zonas de agitación económica.
El Banco Mundial ha hecho un llamado a los países industrialmente avanzados para que a medida que rescaten a sus propias industrias y brinden subsidios, separen algunas cantidades para los países en desarrollo, los cuales no pueden competir en este desigual campo de juego.

DW: El Presidente Obama atacó a los bancos por pagar miles de millones en regalías a los ejecutivos mientras estaban aún al borde del colapso. ¿Está usted de acuerdo con él de que su comportamiento es “vergonzoso” e “irresponsable”?

Stiglitz: Sí, es vergonzoso e irresponsable. Pero no es una sorpresa… durante años los ejecutivos de firmas norteamericanas han defendido sus escandalosas compensaciones, diciendo que es importante como plan de incentivo. ¿Cómo se pueden entregar bonos de miles de millones de dólares cuando una firma ha tenido pérdidas records de miles de millones de dólares? No se les deben dar regalías, se les debe castigar. A no ser que estén recompensando a la gente por fracasar

DW: En su discurso en el Foro Económico Mundial, la Canciller alemana Merkel advirtió a EE.UU. acerca del proteccionismo y criticó los subsidios a las fabricantes norteamericanos de autos. ¿Tiene ella razón? ¿Cree usted que existe el peligro de que EE.UU. acuda a medidas proteccionistas?

Stiglitz: Sí, muy probablemente. Siempre hemos sabido que el proteccionismo adopta dos formas. Tarifas y subsidios. Los subsidios distorsionan el campo de juego al igual que las tarifas. Los subsidios son mucho más injustos y aún más distorsionantes, porque mientras que los países desarrollados pueden entregar subsidios, los países pobres no pueden darse ese lujo. Los países ricos están distorsionando el nivel del campo de juego al entregar grandes subsidios, no necesariamente con intención de protección, pero con las consecuencias de la protección.

DW: Merkel recientemente hizo un llamado para la creación de un organismo internacional de supervisión financiera, y está creciendo el consenso a favor del tema. ¿Cuán realista cree usted que es que los gobiernos y compañías entregarían la soberanía a una entidad internacional?
La idea de Merkel es muy importante y hace mucho que la apoyo. Tiene que haber una coordinación de la política económica global más allá del FMI, que ha fracasado, y del Banco Mundial. No se puede decir que debemos tener fronteras abiertas sin una regulación global. Es inconcebible que mientras avanzamos permitamos productos financieros que son muy riesgosos, fabricados en países con regulación inadecuada, que vengan sin regulación a Estados Unidos y viceversa. Las compañías internacionales que están comprometidas con la globalización debieran estar a la vanguardia de este llamado a favor de la regulación internacional.
http://www.dw-world.de/dw/article/0,,4005355,00.html

Cuentos de hadas sobre la crisis: las causas de fondo…

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Alejandro Nadal

La interpretación más difundida sobre la crisis es que la codicia y la desregulación financiera generaron una burbuja especulativa. Cuando cayeron los precios de los bienes raíces, la burbuja reventó. En este proceso, los consumidores se tiraron tremenda borrachera de consumo y la codicia de los bancos estadunidenses llevó a otorgar hipotecas a personas que no eran sujetos de crédito. Los activos tóxicos contaminaron bancos, corporativos y fondos de inversión en todo el mundo. Eso congeló el crédito interbancario, colapsó la demanda y vino la recesión.

Este cuento tiene la ventaja de ser conciso y claro. Su defecto no es que sea falso, sino superficial. Se necesita un diagnóstico más serio sobre la naturaleza de la crisis. De lo contrario no hay garantía de que la medicina funcione y hasta puede estar contraindicada.

Por eso hay que hacer algunas preguntas más incisivas. ¿Por qué los mercados no corrigieron los desequilibrios? Respuesta: el mito de los mercados bien portados es la primera víctima de esta crisis. En el caso de los mercados de activos financieros, la formación de expectativas conduce de manera sistemática al desequilibrio. Pero, vaya, dirán que eso se arregla con una buena dosis de regulación financiera. Correcto, pero no es suficiente.

¿Cuál es el origen de toda burbuja especulativa? Respuesta: la expansión del sector financiero. Pero eso ya está vinculado con problemas de la economía real. Por ejemplo, la Reserva Federal y las agencias regulatorias del sistema bancario estadunidense permitieron la creación monetaria en exceso y adoptaron la desregulación como bandera porque los sectores reales de la economía del capitalismo estadunidense estaban en problemas.

Esa economía mostraba indicios de estancamiento desde los años 70: reducido crecimiento de la productividad, pérdida de poder adquisitivo de los salarios, caída en la inversión productiva, creciente capacidad instalada ociosa, así como un mayor desempleo abierto y disfrazado. En la década de los 80 también cayeron las tasas de innovación y difusión de “progreso” técnico en ramas clave de la producción (bienes de capital).

El mal desempeño de la economía incluye un marcado deterioro en las cuentas externas y unas finanzas públicas que sólo en apariencia eran sanas. Todo eso estuvo acompañado de una brutal concentración de riqueza y una desigualdad creciente.

El capital estadunidense saltó de una burbuja a otra. También intensificó la búsqueda de opciones para reducir el costo del trabajo. Por eso la subcontratación ciega y el desplazamiento de procesos de producción a entornos que permitían altísimas tasas de explotación. Pero ni las maquiladoras, ni el trabajo esclavo en Asia, frenaron las tendencias negativas.

Los episodios de burbujas financieras siempre están asociados con un entorno en el que la rentabilidad de la economía real comienza a estancarse o a decrecer. La especulación financiera es la salida del capital, aunque en ese deporte extremo los ingenuos pierden hasta la camisa.

La tendencia al sobrendeudamiento, o la propensión a la especulación, no se resuelven con inyecciones astronómicas de dólares a la economía. Desde esta perspectiva, el problema del paquete de rescate bancario de la administración de Bush no es que sea insuficiente, o siquiera que no impuso condicionamientos a los bancos. No, el problema es que es algo así como echar gasolina al fuego.

Hoy la prioridad en Estados Unidos está en la solución de los problemas de la economía real, no en los del sector financiero. Es crucial detener el deterioro salarial y eso pasa por reorganizar todo el modelo económico, redefiniendo la política monetaria y reorganizando la política fiscal para ejecutar un gasto público comprometido con prioridades sociales. Será necesario también abrir nuevos canales de participación pública en las estructuras de gobierno, inventar nuevas formas de control social de los recursos productivos y democratizar el proceso de trabajo.

Claro, eso es lo que el capital aborrece. Prefiere contar fábulas sobre la crisis. Los pueblos deben recibir la lucha que viene con reivindicaciones políticas bien definidas. Deben saber que si no se adopta un programa que enfrente los problemas de la economía real, la crisis va a empeorar. El capital va a resistir por todos los medios a su alcance. Bush lo sentenció: si no se aprueba el paquete de rescate, podría ser necesario invocar la ley marcial y declarar el estado de sitio. Para amenazas, ninguna más clara.

Un análisis similar se aplica, ceteris paribus, a la economía mexicana. Las tonteras de Slim, o las pronunciadas por Calderón-Ortiz-Carstens revelan que desde el poder sólo se busca engañar. Pero los cuentos de hadas son para niños. Y parafraseando a Marx, decimos que los pueblos no pueden regresar a ser niños, a menos que caigan en el infantilismo. Hay niños mal educados y otros, los obedientes, que se convirtieron en adultos prematuramente. Yo creo son preferibles las preguntas de los niños mal educados.

LA JORNADA.COM

Gestión de la crisis: ¡Que se vayan todos!, N. Klein

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The Nation

Viendo a las multitudes en Islandia blandiendo y golpeando ollas y cacerolas hasta hacer caer a su gobierno me acordaba yo de una popular consigna coreada en los círculos anticapitalistas en 2002: “Ustedes son Enron; nosotros, la Argentina”.

Su mensaje era suficientemente simple. Ustedes –políticos y altos ejecutivos amalgamados en alguna que otra cumbre comercial— son como los temerarios estafadores ejecutivos de Enron (claro que entonces no sabíamos ni la mitad de lo ocurrido)—. Nosotros –el populacho mantenido al margen— somos como los argentinos, quienes, en medio de una crisis económica misteriosamente parecida a la nuestra, salieron a la calle con ollas y cacerolas al grito de: “Que se vayan todos”. Forzaron la dimisión de cuatro presidentes en menos de tres semanas. Lo que hizo única la rebelión argentina de 2001-2002 fue que no iba dirigida contra ningún partido político concreto, ni tampoco contra la corrupción en abstracto. Su objetivo era el modelo económico dominante: fue la primera revuelta de una nación contra el capitalismo desregulado de nuestros días.

Ha tomado su tiempo, pero, finalmente, desde Islandia hasta Letonia, pasando por Corea del Sur y Grecia, el resto del mundo está llegando al mismo resultado: ¡que se vayan todos!

Las estoicas matriarcas islandesas que sacaban sus cacerolas mientras sus hijos buscaban proyectiles en el frigorífico (huevos, desde luego, ¿también yogures?) reproducen las tácticas que se hicieron famosas en Buenos Aires. Un eco de la rabia colectiva contra unas elites que destruyeron un país otrora próspero pensando salir de rositas. Como dijo Gudrun Jonsdottir, una oficinista islandesa de 36 años: “Estoy hasta el moño de todos esto. No me fío del gobierno, no me fío de los bancos, no me fío de los partidos políticos y no me fío del FMI. Teníamos un país estupendo, y se lo han cargado”.

Otro eco: en Reikiavik, los manifestantes no se conforman con un mero cambio de rostros en la cúspide (aunque la nueva primera ministra sea una lesbiana). Exigen ayudas al pueblo, no a los bancos; investigación penal de la debacle; y una profunda reforma electoral.

Parecidas exigencias pueden oírse en Letonia, cuya economía ha experimentado la contracción más drástica dentro de la Unión Europea y en donde el gobierno se halla al borde del precipicio. Durante semanas, la capital se ha visto sacudida por protestas, incluidos unos disturbios en toda regla el pasado 13 de enero. Como en Islandia, los letones están indignados por la negativa de sus dirigentes a aceptar la menor responsabilidad por la catástrofe. Preguntado por la Televisión Bloomberg por las causas de la crisis, el ministro de finanzas letón soltó displicentemente: “ninguna en especial”.

Pero los disturbios letones sí son especiales: las mismas políticas que permitieron al “Tigre Báltico” crecer a una tasa del 12% en 2006, están ahora causando una violenta contracción que se estima del 10% para este año: el dinero, emancipado de toda barrera, viene tan prontamente como se va, tras rellenar, eso sí, algunos bolsillos políticos. No es casual que muchas de las catástrofes de hoy sean los “milagros” de ayer: Irlanda, Estonia, Islandia, Letonia.

Pero todavía hay algo más argentinesco en el aire. En 2001, los dirigentes argentinos respondieron a la crisis con un brutal paquete de austeridad dictado por el FMI: 9 mil millones de dólares de recorte del gasto público, señaladamente en sanidad y educación. Lo que se reveló un error fatal. Los sindicatos de los trabajadores realizaron una huelga general, los maestros sacaron sus clases a la calle, y por doquiera proseguían las protestas.

Esa misma negativa de los de abajo a ser inmolados en la crisis es lo que une hoy a muchos manifestantes de todo el mundo. En Letonia, buena parte de la cólera popular se ha centrado en las medidas gubernamentales de austeridad –despidos masivos, recorte de servicios sociales y brusca disminución de los salarios en el sector público— tomadas para hacer méritos ante el FMI, de quien se espera un préstamo de urgencia: no, definitivamente, nada ha cambiado. Las revueltas del pasado diciembre en Grecia fueron desencadenadas por el asesinato a tiros por la policía de un adolescente de 15 años. Pero lo que las mantiene vivas, con los agricultores recogiendo el testigo de los estudiantes, es la general cólera que desierta en el pueblo griego la respuesta del gobierno a la crisis: se ofrece a los bancos un rescate por valor de 36 mil millones de dólares, mientras se recortan las pensiones de los trabajadores y se da a los campesinos poco más que nada. A pesar de las molestias causadas por el bloqueo de carreteras de los tractores, el 78% de los griegos opina que las exigencias de los agricultores son razonables. Análogamente en Francia, en donde la reciente huelga general –desencadenada en parte por los planes del presidente Sarkozy de reducir espectacularmente el número de profesores— se atrajo el apoyo del 70% de la población.

Acaso el hilo más robusto que atraviesa a toda esa revuelta global sea el rechazo a la lógica de la “política extraordinaria”, por emplear la expresión acuñada por el político polaco Leszek Balcerowicz para describir el modo en que los políticos acostumbran ahora a ignorar las disposiciones legislativas para avilantarse a “reformas” de todo punto impopulares. Un ardid que está dejando de funcionar, como acaba de descubrir ahora el gobierno de Corea del Sur. En diciembre pasado, el partido gobernante trató de servirse de la crisis en curso para lanzarse a un más que discutible acuerdo de libre comercio con los EEUU. Llevando a nuevos extremos la política de puertas cerradas, los legisladores se cerraron a cal y canto en la Cámara para poder votar en privado: defendieron la puerta con mesas, sillas y butacas. Los políticos de la oposición no se dejaron impresionar: con martillos percutores y sierras eléctricas, echaron la puerta abajo y entraron en el Parlamento organizando una sentada que habría de durar doce días. Se aplazó el voto, a fin de permitir un mayor debate. Una victoria para un nuevo tipo de “política extraordinaria”.

Aquí, en Canadá, la política es notoriamente menos pronta a escenas chocarreras que terminan en YouTube, pero tampoco ha estado exenta de sorprendentes acontecimientos. El pasado octubre, el Partido Conservador ganó las elecciones nacionales con un programa sin ambición. Seis semanas después, nuestro primer ministro tory se sacaba de la chistera un proyecto presupuestario que privaba del derecho de huelga a los trabajadores del sector público, abolía la financiación pública de los partidos políticos y no contenía el menor atisbo de estímulo económico. Los partidos de oposición replicaron con la formación de una coalición histórica, que no consiguió hacerse con el poder sólo porque se suspendió abruptamente la sesión parlamentaria. Los tories han regresado ahora con un presupuesto revisado: las políticas extremistas de derecha han desaparecido, y hay un paquete de estímulos económicos.

La pauta es clara: los gobiernos que responden a la crisis creada por la ideología de libre mercado con una acrecida dosis de la desacreditada medicina, no sobrevivirán al intento. Como están gritando en la calle los estudiantes italianos: “No pagaremos por vuestra crisis”.

Naomi Klein es autora de numerosos libros, incluido el más reciente The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism .

Traducción para www.sinpermiso.info : Roc F. Nyerro

http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2344

P. Krugman: rescates financieros para banqueros incompetentes…

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k05PAUL KRUGMAN 08/02/2009

Pregunta: ¿qué pasa si pierdes cantidades ingentes de dinero de otras personas? Respuesta: recibes un gran regalo del Gobierno federal (pero el presidente dice cosas muy duras sobre ti antes de soltar la pasta).

¿Estoy siendo injusto? Eso espero. Pero, ahora mismo, da la impresión de que eso es lo que está pasando.

Para dejar las cosas claras diré que no me estoy refiriendo al plan de la Administración de Barack Obama de estimular el empleo y la producción mediante un gran aumento del gasto federal durante algún tiempo, que es exactamente lo que hay que hacer. De lo que estoy hablando es de los planes de la Administración para rescatar el sistema bancario, planes que están tomando la forma de un ejercicio clásico de socialismo amargo: los contribuyentes pagan la factura si las cosas salen mal, pero los accionistas y los ejecutivos reciben los beneficios si las cosas salen bien.

Cuando leo los últimos comentarios sobre política financiera de algunos altos funcionarios de la Administración de Obama, me siento como si el tiempo se hubiera detenido, como si todavía estuviésemos en 2005, Alan Greenspan aún fuese el maestro y los banqueros todavía fuesen los héroes del capitalismo.

“Tenemos un sistema financiero controlado por accionistas privados y administrado por instituciones privadas, y nos gustaría hacer todo lo posible para preservarlo”, dice Timothy Geithner, el secretario del Tesoro, mientras se prepara para hacer que los contribuyentes carguen con el mochuelo de las inmensas pérdidas de ese sistema.

Mientras tanto, un artículo del Washington Post que cita fuentes gubernamentales afirma que Geithner y Lawrence Summers, el principal asesor económico del presidente Obama, “creen que los Gobiernos son malos gerentes bancarios” (a diferencia, se supone, de los genios del sector privado, que se las han arreglado para perder más de un billón de euros en unos cuantos años).

Y este prejuicio a favor del control privado, incluso cuando es el Gobierno quien está poniendo todo el dinero, parece estar pervirtiendo la respuesta de la Administración a la crisis financiera.

Ahora bien, hay que hacer algo para apuntalar el sistema financiero. El caos posterior a la quiebra de Lehman Brothers ha demostrado que permitir que las principales instituciones financieras se hundan puede ser muy perjudicial para la salud de la economía. Y hay varias instituciones importantes que están peligrosamente cerca del abismo.

De modo que los bancos necesitan más capital. En épocas normales, los bancos amplían su capital vendiendo acciones a inversores privados, quienes a cambio reciben una participación en la propiedad del banco. Por tanto, se podría pensar que si ahora los bancos no pueden o no quieren ampliar lo suficiente su capital mediante inversores privados, el Gobierno debería hacer lo que haría un inversor privado: aportar capital a cambio de una parte de la propiedad.

Pero hoy en día las acciones de los bancos valen tan poco -Citigroup y Bank of America tienen un valor de mercado combinado de sólo 40.560 millones de euros-, que la propiedad no sería parcial: inyectar el dinero de los contribuyentes necesario para que los bancos fuesen solventes los convertiría, a efectos prácticos, en empresas de propiedad pública.

Mi respuesta a esta perspectiva es: ¿y? Si los contribuyentes están corriendo con los gastos del rescate de los bancos, ¿por qué no deberían obtener la propiedad, al menos hasta que aparezcan compradores privados? Pero la Administración de Obama parece estar partiéndose la cabeza para evitar este desenlace.

Si las noticias son ciertas, el plan de rescate bancario constará de dos elementos principales: la compra por parte del Gobierno de algunos activos bancarios con problemas y garantías frente a pérdidas causadas por otros activos. Las garantías representarían un gran regalo para los accionistas de los bancos; las compras tal vez no, si el precio fuera justo, pero, según información del Financial Times, los precios probablemente estarían basados en modelos de tasación en lugar de en precios de mercado, lo que significa que el Gobierno les estaría haciendo un gran regalo también con esto. Y, a cambio de lo que probablemente sea una gigantesca subvención para los accionistas, los contribuyentes obtendrán… Bueno, nada.

¿Habrá al menos límites en la remuneración de los ejecutivos, a fin de evitar más timos como los que han enfurecido a la opinión pública? El presidente Obama ha criticado las bonificaciones de Wall Street en su último discurso semanal, pero según The Washington Post, “es probable que la Administración se abstenga de imponer restricciones más duras a las indemnizaciones de los ejecutivos de la mayoría de las empresas que reciban ayuda gubernamental” porque “los límites muy estrictos podrían disuadir a algunas de solicitar la ayuda”. Esto indica que las palabras duras de Obama son sólo para aparentar.

Mientras tanto, parece que la crisis apenas ha hecho mella en la cultura del exceso de Wall Street. “Digamos que soy un banquero y que he generado 23 millones de euros. Yo debería recibir parte de ese dinero”, comentaba un banquero a The New York Times. ¿Y si eres un banquero y has destruido 23.000 millones? ¡El Tío Sam acude al rescate!

Lo que aquí está en juego es algo más que la imparcialidad, aunque ésta también cuente. Salvar la economía va a ser muy caro: es probable que ese plan de estímulo económico de 800.00 millones de dólares sea sólo un anticipo, y que rescatar el sistema financiero, incluso si se hace bien, cueste cientos de miles de millones. No podemos permitirnos el lujo de despilfarrar el dinero regalándolo como si creciese en los árboles a los bancos y a sus ejecutivos sólo para mantener la ilusión de que son propiedad privada.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. Traducción de News Clips. © New York Times News Service, 2009.

P. Krugman: sobre la crisis, Obama no parece estar aún a la altura…

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KRUGMAN33 PAUL KRUGMAN 01/02/2009

Como cualquiera que preste atención a las noticias empresariales y financieras, estoy en un estado de enorme ansiedad económica. Como cualquier persona de buena voluntad, esperaba que el discurso inaugural del presidente Obama resultase tranquilizador, que indicase que la nueva Administración tiene las cosas bajo control. Pero no fue así. Terminé el martes menos confiado respecto al rumbo que va a seguir la política económica de lo que lo estaba por la mañana.

Para dejar las cosas claras diré que en el discurso no había nada malo que llamase especialmente la atención, aunque para quienes todavía esperan que Obama allane el camino hacia una atención sanitaria universal resultó decepcionante que sólo hablase del coste excesivo de la sanidad, sin mencionar ni una sola vez la precaria situación de quienes no tienen seguro médico o están escasamente cubiertos por él.

Uno también esperaba que a los redactores del discurso se les hubiese ocurrido algo más inspirador que un llamamiento a una “era de responsabilidad”, lo cual, hablando en plata, es lo mismo que proclamó el ex presidente George W. Bush hace ocho años.

Pero la verdadera pega que le encuentro al discurso, en materia económica, es su convencionalismo. En respuesta a una crisis económica sin precedentes -o, más exactamente, una crisis cuyo único precedente real es la Gran Depresión-, Obama ha hecho lo que hace la gente de Washington cuando quiere parecer seria: ha hablado, de forma más o menos abstracta, sobre la necesidad de tomar decisiones difíciles y no doblegarse ante los intereses particulares.

Eso no es suficiente. De hecho, ni siquiera está bien. Así, en su discurso, Obama ha atribuido la crisis económica en parte a “nuestro fracaso colectivo a la hora de tomar decisiones difíciles y preparar al país para una nueva era”, pero no tengo ni idea de a qué se refiere. Ésta es, en primer lugar, una crisis provocada por un sector financiero fuera de control. Y si no hemos sido capaces de controlar ese sector no ha sido porque los estadounidenses, “colectivamente”, se hayan negado a tomar decisiones difíciles; los ciudadanos estadounidenses no tenían ni idea de lo que estaba pasando, y la mayoría de la gente que lo sabía pensaba que la liberalización era una idea estupenda.

O fíjense en esta frase de Obama: “Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando empezó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, ni nuestros bienes y servicios menos necesarios de lo que lo eran la semana pasada o el mes pasado o el año pasado. Nuestra capacidad sigue intacta. Pero el tiempo de resistirnos a los cambios, de proteger intereses limitados y de posponer las decisiones desagradables, ese tiempo, sin duda, ha pasado”.

Es casi seguro que la primera parte de este párrafo pretendía parafrasear las palabras que escribió John Maynard Keynes cuando el mundo se hundía en la Gran Depresión, y ha sido un gran alivio, tras décadas de denuncias maquinales del Gobierno, oír a un nuevo presidente expresar respeto por Keynes. “Los recursos de la naturaleza y los inventos de los hombres”, escribía Keynes, “son exactamente igual de ricos y productivos que antes. El ritmo de nuestro avance hacia la resolución de los problemas materiales de la vida no es menos rápido. Somos tan capaces como antes de proporcionar un buen nivel de vida a todo el mundo… Pero ahora nos hemos metido en un lío enorme, después de habernos equivocado gravemente a la hora de controlar una máquina delicada cuyo funcionamiento no comprendemos”.

Pero hay algo que se ha perdido por el camino. Tanto Obama como Keynes afirman que no estamos haciendo uso de nuestra capacidad económica. Pero la revelación de Keynes -la de que estamos en un “lío” del que es necesario salir- ha sido sustituida de algún modo por las frases de rigor de que esto es culpa de todos nosotros y de que tenemos que ser severos con nosotros mismos.

Recuerden que Herbert Hoover no tenía problemas para tomar decisiones desagradables: tenía el valor y la firmeza necesarios para recortar drásticamente los gastos y subir los impuestos frente a la Gran Depresión. Desgraciadamente, eso sólo sirvió para empeorar las cosas.

Con todo, un discurso no es más que un discurso. No cabe duda de que los miembros del equipo económico de Obama comprenden la naturaleza extraordinaria del lío en el que estamos metidos. Así que puede que el tono del discurso del martes no indique nada sobre la futura política de la Administración de Obama.

Por otra parte, Obama es, como su predecesor ha dicho, el que decide. Y va a tener que tomar algunas decisiones importantes muy pronto. En concreto, va a tener que decidir lo audaces que van a ser sus pasos para mantener en pie el sistema financiero, cuyas perspectivas han empeorado tan drásticamente que un número sorprendente de economistas, no todos especialmente progresistas, sostienen ahora que la solución de la crisis tendrá que pasar por una nacionalización temporal de algunos bancos importantes.

De modo que ¿está Obama preparado para eso? ¿O eran los tópicos de su discurso inaugural una señal de que va a esperar a que la sabiduría convencional termine por ponerse a la altura de los acontecimientos? Si es así, su Administración se va a encontrar con que se está saliendo peligrosamente de la curva.

Y no es así como queremos ver al nuevo equipo. La crisis económica empeora y se vuelve más difícil de resolver a medida que pasan las semanas. Si no actuamos pronto de forma contundente, puede que nos veamos metidos en el lío durante mucho tiempo.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. Traducción de News Clips. © New York Times News Service, 2009

El País.com

Presidenta Bachelet aumenta aprobación pública: 53,1%, según Adimark

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bachelet1La mandataria obtuvo el primer mes del año el apoyo de 53,1% , su mejor evaluación desde diciembre de 2006 y uno de los mejores niveles en los 35 meses de su administración (VER GRAFICO). En tanto, la gestión del Gobierno recibe una evaluación (43,4%) bastante inferior a la de la Presidenta. Esto demuestra la inédita separación que se ha venido produciendo entre el gobierno y la Jefa de Estado. El estudio además revela que los ministros peor evaluados son Mónica Jiménez, Álvaro Erazo y René Cortázar.

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De este modo, la mandataria vuelve a los niveles exhibidos en los primeros meses de su gobierno, superando los efectos de las crisis del Transantiago, los escándalos de salud y educación e incluso el paro de los  estudiantes “pingüinos” en el 2006, resaltando sus atributos personales como su gran fortaleza.

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Es así como tanto el ser “Querida por  los Chilenos” (79%) como el “Respetada” (73%) se sitúan en los niveles de excelencia exhibidos en los primeros tres meses de su gobierno. Por otra parte, su “liderazgo” percibido evidencia por quinto mes consecutivo un alza significativa, alcanzando un 59%, 15 puntos más que el mes de agosto de 2008. Su nivel de “Autoridad” (62%) llega al  máximo desde que comenzamos a medir este atributo en abril del 2008.

En sintonía con lo anterior, un 67% cree que la presidenta cuenta con “Capacidad para enfrentar situaciones de crisis” alcanzando su máximo histórico. Esta variable, creemos,  permite identificar el elemento explicativo a las alzas de todos los indicadores: “la crisis económica”.

Esto porque desde septiembre del 2008, mes en que comienza a anunciarse la debacle económica, los niveles de aprobación de la presidenta cambian drásticamente su tendencia negativa y comienzan a recuperarse con velocidad. Otro ganador es sin duda el Ministro de Hacienda, Andrés Velasco, que  se ubica este mes como el segundo ministro mejor evaluado del gabinete.

 

El Gobierno baja

La gestión del Gobierno, sin embargo,  recibe una evaluación (43,4%) bastante inferior a la de la presidenta (53,1%). Esto demuestra la inédita separación que se ha venido produciendo entre el gobierno y la persona de la presidenta Bachelet, y que este estudio ha mostrado  desde hace ya varios meses.

Por áreas de gestión, resulta notorio el deterioro que se observa en el tema de Delincuencia. Esta evaluación viene deteriorándose en forma sostenida, y el nivel actual (11%) es la peor evaluación para el manejo gubernamental de este problema en los últimos 15 meses.  La Delincuencia se ha separado del resto como el problema más grave que enfrenta el gobierno.

El Transantiago, con 15% de aprobación, logra una leve pero sostenida mejoría, mientras que la Corrupción en los organismos del Estado (14,2%) es la segunda área peor evaluada.

Evaluación de ministros

El ministro de Relaciones Exteriores, Alejandro Foxley, se mantiene como el mejor evaluado (52,4%), pero el titular de Hacienda, Andrés Velasco,  mantiene su tendencia al alza y se ubica ahora, con un 46,1% de aprobación, en el segundo lugar.

Un poco más atrás pero con buenos niveles de aprobación se ubican los Ministros Francisco Vidal (41,4%) Patricia Poblete (41,1%) y Sergio Bitar (40,3%) .
Resulta notoria la tendencia negativa en sus evaluaciones que comienzan a evidenciar los titulares de dos importantes carteras del gobierno: Edmundo Pérez Yoma, Ministro de Interior, y José Antonio Viera Gallo, Secretario General de Presidencia, quienes  mantienen  una tendencia a la baja y ubican sus niveles de aprobación en torno al 36%.

En la zona más negativa se ubican las carteras que han sido tradicionalmente más conflictivas: La Ministra de Educación, Mónica Jiménez (31,4%), el nuevo Ministro de Salud, Álvaro Erazo (29,4%) y de Transportes, René Cortázar (25,6%).

Coaliciones políticas

Después de tres meses en que el nivel de aprobación de la Concertación se ubicaba por debajo del de la Alianza, en Enero la coalición de gobierno logra revertir la tendencia y se ubica 2.9 por sobre la oposición. Ambos eso sí con paupérrimos niveles de aprobación: un 22,6% aprueba a la Concertación y un 19,7% a la Alianza opositora.

Metodología

El estudio se basa en entrevistas de muestra probabilística, que en enero de 2009 alcanzó a 1.020 personas, realizadas a través del teléfono. Éstas se aplicaron distribuidamente entre los días 8 y 29 del respectivo mes. La muestra es de tipo probabilístico con selección aleatoria de hogares y de entrevistados. El universo está compuesto por los hogares que disponen de teléfono en las principales ciudades del país.  El error se estima en +/- 3%, considerando una varianza máxima y un 95% de confianza.

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El Mostrador.cl

¿Debacle financiera, crisis sistémica ? Respuestas ilusorias y respuestas necesarias, por S. Amin

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crisisss1Samir Amin, economista Egipcio

Informe introductivo – Foro Mundial de las Alternativas – Caracas, Octubre 2008

La crisis financiera era inevitable.

No nos cogió desprevenidos la explosión brutal de la actual crisis que además había yo evocado hace unos meses cuando los economistas convencionales se esmeraban en minimizar sus consecuencias, particularmente en Europa. Para entender su génesis, conviene abandonar la definición corriente del capitalismo que se suele definir, hoy día, como “neo-liberal globalizado”. Esta calificación es engañosa y oculta lo esencial.

El sistema capitalista actual es dominado por un puñado de oligopolios que controlan la toma de decisiones fundamentales en la economía mundial. Unos oligopolios que no sólo son financieros, constituidos por bancos o compañías de seguros, sino que son grupos que actúan en la producción industrial, en los servicios, en los transportes, etc. Su característica principal es su financiarización. Con eso conviene comprender que el centro de gravedad de la decisión económica ha sido transferido de la producción de plusvalía en los sectores productivos hacia la redistribución de provechos ocasionados por los productos derivados de las inversiones financieras. Es una estrategia perseguida deliberadamente no por los bancos sino por los grupos “financiarizados”. Más aún, estos oligopolios no producen provechos, sencillamente se apoderan de una renta de monopolio mediante inversiones financieras.

Este sistema es sumamente provechoso para los segmentos dominantes del capital. Luego no estamos en presencia de una economía de mercado, como se suele decir, sino de un capitalismo de oligopolios financiarizados. Sin embargo, la huida hacia delante en las inversiones financieras no podía durar eternamente cuando la base productiva sólo crecía con una tasa débil. Eso no resultaba sostenible. De allí la llamada “burbuja financiera” que traduce la lógica del sistema de inversiones financieras.

El volumen de las transacciones financieras es del orden de dos mil trillones de dólares cuando la base productiva, el PIB mundial, sólo es de unos 44 trillones de dólares. Un gigantesco múltiple. Hace treinta años, el volumen relativo de las transacciones financieras no tenía ese tamaño. Esas transacciones se destinaban entonces principalmente a la cobertura de las operaciones directamente exigidas por la producción y por el comercio nacional e internacional. La dimensión financiera de ese sistema de los oligopolios finaciarizados era – ya lo dije – el talón de Aquiles del conjunto capitalista. La crisis debía pues estallar por una debacle financiera.

Detrás de la crisis financiera, la crisis sistémica del capitalismo aviejado.

Pero no basta con llamar la atención sobre la debacle financiera. Detrás de ella se esboza una crisis de la economía real ya que la actual deriva financiera misma va a asfixiar el desarrollo de la base productiva. Las soluciones aportadas a la crisis financiera sólo pueden desembocar en una crisis de la economía real, esto es una estagnación relativa de la producción y lo que ella va a acarrear : regresión de los ingresos de los trabajadores, aumento del paro laboral, alza de la precariedad y empeoramiento de la pobreza en los países del Sur. En adelante debemos hablar de depresión y ya no de recesión.

Y detrás de esta crisis se perfila a su vez la verdadera crisis estructural sistémica del capitalismo. La continuación del modelo de desarrollo de la economía real tal y como lo venimos conociendo así como el del consumo que le va emparejado, se ha vuelto, por primera vez en la historia, una verdadera amenaza para el porvenir de la humanidad y el del planeta.

La dimensión mayor de esta crisis sistémica concierne el acceso a los recursos naturales del planeta que se han vuelto muchísimo más escasos que hace medio siglo. El conflicto Norte/Sur constituye por lo tanto el eje central de las luchas y conflictos por venir.

El sistema de producción y de consumo/despilfarro existente hace imposible el acceso a los recursos naturales del globo para la mayoría de los habitantes del planeta, para los pueblos de los países del Sur. Antaño, un país emergente podía retener su parte de esos recursos sin amenazar los privilegios de los países riscos. Pero hoy día ya no es el caso. La población de los países opulentos – el 15% de la población del planeta – acapara para su propio consumo y despilfarro el 85 % de los recursos del globo y no puede consentir que unos recién llegados accedan a estos recursos ya que provocarían graves penurias que pondrían en peligro los niveles de vida de los ricos.

Si los Estados unidos se han fijado como objetivo el control militar del planeta es porque saben que sin ese control no pueden cerciorarse del acceso exclusive a esos recursos. Como bien se sabe, China, la India y el Sur en su conjunto también necesitan esos recursos para su desarrollo. Para los Estados Unidos se trata imperativamente de limitar ese acceso y, en último recurso, sólo existe un medio : la guerra.

Por otra parte, para ahorrar las fuentes de energía de origen fósil, los Estados Unidos, Europa y otras naciones desarrollan proyectos de producción de agro-carburantes en gran escala, en detrimento de la producción de víveres cuyos precios en alza los azotan.

Las respuestas ilusorias de los poderes vigentes.

Los poderes vigentes, al servicio de los oligopolios financieros, no tienen otro proyecto sino el de volver a poner de pie este mismo sistema. Esas intervenciones de los Estados ¿ qué son sino las que les manda la misma oligarquía ? Sin embargo no es imposible el éxito de esta puesta de pie si las infusiones de medios financieros resultan suficientes y si las reacciones de las víctimas – las clases populares y las naciones del Sur – no dejan de ser limitadas. Pero en este caso el sistema sólo retrocede para mejor saltar y una nueva debacle financiera, aún más tremenda, será ineludible ya que las “adaptaciones” previstas para la gestión de los mercados financieros y monetarios resultan ampliamente insuficientes puesto que no ponen en tela de juicio el poder de los oligopolios.

Por otra parte, resultan divertidísimas estas respuestas a la crisis financiera mediante la inyección de fondos públicos astronómicos para restablecer la seguridad de los mercados financieros : privatizados ya los provechos, en cuanto resultan amenazadas las inversiones financieras se socializan las pérdidas. ¡ Cara: gano yo, cruz: tú pierdes !

Las condiciones de una respuesta positiva a los desafíos.

No basta con decir que las intervenciones de los Estados pueden modificar las reglas del juego, atenuar las derivas. También es necesario definir sus lógicas y sus impactos sociales. Desde luego, en teoría, se podría volver a fórmulas de asociación de los sectores públicos y privados, fórmulas de economía mixta como ocurrió durante los “treinta años gloriosos” (los años 1945/1975) en Europa y durante la era de Bandung, en Asia y en África, cuando el capitalismo de Estado dominaba ampliamente, acompañado por políticas sociales fuertes. Pero este tipo de intervención del Estado no está a la orden del día. Y ¿ están las fuerzas sociales progresistas en medida de imponer una transformación de esta amplitud ? Todavía no, opino yo.

La verdadera alternativa pasa por el derrocamiento del poder exclusivo de los oligopolios, el cual es inconcebible sin, finalmente, su nacionalización democrática progresiva. ¿ Fin del capitalismo ? No lo creo. Creo en cambio que son posibles unas nuevas configuraciones de las relaciones de fuerzas sociales que impongan al capital a ajustarse, él, a las reivindicaciones de las clases populares y de los pueblos. A condición que las luchas sociales todavía fragmentadas y a la defensiva, en su conjunto, consigan cristalizarse en una alternativa política coherente. Con esta perspectiva, resulta posible el comienzo de una larga transición del capitalismo al socialismo. Los avances en esta dirección, claro está, siempre serán desiguales de un país a otro y de una fase de su despliegue a otra.

Las dimensiones de la alternativa deseable y posible son múltiples y conciernen todos los aspectos de la vida económica, social, política. Evocaré a continuación las grandes líneas de esta respuesta necesaria.

1) – La reinvención por los trabajadores de organizaciones apropiadas que hagan posible la construcción de su unidad con el fin de trascender su dispersión asociada a las formas de explotación vigente (paro laboral, precariedad, informalidad)

2) – La perspectiva es la de un despertar de la teoría y de la práctica de la democracia asociada al progreso social y al respeto de la soberanía de los pueblos y no disociada de éstos.

3) – Liberarse del virus liberal fundado en el mito del individuo que ya pasó a ser tema histórico. Los rechazos frecuentes de los modos de vida asociados al capitalismo (múltiples enajenaciones, consumerismo y destrucción del planeta) señalan la posibilidad de esta emancipación.

4) – Liberarse del atlantismo y del militarismo que le está asociado, ambos destinados a hacer aceptar la perspectiva de un planeta organizado sobre la base del apartheid a escala mundial.

En los países del Norte el desafío implica que la opinión general no se deje encerrar en un consenso de defensa de sus privilegios con respeto a los pueblos del Sur. El internacionalismo necesario pasa por el antiimperialismo, no por el humanitarismo.

En los países del Sur, la estrategia de los oligopolios mundiales lleva consigo el hacer recaer el peso de la crisis sobre sus pueblos (desvalorización de sus reservas de cambio, baja de los precios de las materias primas exportadas y alza de los precios de los productos importados). La crisis ofrece la ocasión del renacimiento de un desarrollo nacional, popular y democrático autocentrado, que someta las relaciones con el Norte a sus exigencias, esto es la desconexión. Lo cual implica:

a) El dominio nacional de los mercados monetarios y financieros

b) El dominio de las tecnologías modernas en adelante posible,

c) La recuperación del uso de los recursos naturales,

d) La derrota de la gestión mundializada dominada por los oligopolios (la OMC) y la del control militar del planeta por los Estados Unidos y sus aliados,

e) Liberarse de las ilusiones de un capitalismo nacional autónomo en el sistema y de los mitos pasadistas.

f) La cuestión agraria, en efecto, está en el centro de las opciones por venir en los países del tercer mundo. Un desarrollo digno de así llamarse exige una estrategia política agrícola fundada sobre la garantía del acceso a la tierra para todos los campesinos (la mitad de la humanidad). En contrapunto, las fórmulas preconizadas por los poderes dominantes – acelerar la privatización de la tierra agrícola y transformar la tierra agrícola en mercancía – llevan consigo el éxodo rural masivo que bien venimos conociendo. Como el desarrollo industrial de los países concernidos no puede absorber a esta mano de obra surabundante, ésta se amasa en las barriadas o se deja tentar por las aventuras trágicas de una huida en balsa por el Atlántico. Existe una relación directa entre la supresión de la garantía del acceso a la tierra y el acrecentamiento de las presiones migratorias.

g) La integración regional, al favorecer el surgimiento de nuevos polos de desarrollo, ¿ puede constituir una forma de resistencia y de alternativa ? La regionalización es necesaria, tal vez no para gigantes como China y la India o incluso para Brasil, pero seguramente sí para otras muchas regiones, en Asia del sur-este, en África o en América Latina. Este continente está un poco en avance en este dominio. Venezuela, oportunamente, ha tomado la iniciativa de crear el Alba (Alternativa bolivariana para América Latina y el Caribe) y el Banco del Sur (Bancosur), incluso antes de la crisis. Pero el Alba – un proyecto de integración económica y política – todavía no ha recibido la adhesión de Brasil ni la de Argentina. En cambio, el Bancosur, supuesto promover otra forma de desarrollo, asocia igualmente a estos dos países pese a que, hasta hoy, sigan teniendo una concepción convencional del papel que ha de desempeñar un banco.

Avances en esas direcciones, al Norte así como al Sur, bases del internacionalismo de los trabajadores y de los pueblos, constituyen las únicas garantías de la reconstrucción de un mundo mejor, multipolar y democrático, única alternativa a la barbarie del capitalismo alicaído.

Más que nunca la lucha por el socialismo del siglo 21 está a la orden del día.

Traducido por Manuel Colinas para Investig’Action – http://www.michelcollon.info

http://www.redescristianas.net

J. Stiglitz y M. Yunus: entrevistas a sobre la crisis internacional…

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crisis002 Entrevista a Joseph Stiglitz y Muhammad Yunus
por Nathan Gardels y Hasnain Kazim

Letras Libres Nov-08

Dos Premios Nobel, uno de economía y otro de la paz, se suman al coro de voces que intenta entender las causas de la crisis financiera y sus posibles salidas. Ambos repiten como un mantra: regulación, regulación

La caída de Wall Street. Entrevista con Joseph Stiglitz

Barack Obama ha dicho que el desplome de Wall Street es la crisis financiera más grave desde la Gran Depresión. John McCain dice que la economía está en riesgo, pero que sus cimientos son sólidos. ¿Quién tiene la razón?

Obama está mucho más cerca de dar en el blanco. Sí, en Estados Unidos hay gente talentosa, grandes universidades y un buen sector de alta tecnología. Pero los mercados financieros han jugado un papel muy importante y representan un 30 por ciento de las utilidades corporativas de los últimos años. Quienes manejan los mercados financieros han cosechado estas utilidades bajo el argumento de que estaban ayudando a administrar el riesgo y a asignar el capital de manera eficiente, razón por la cual, según ellos, “merecían” esos altos rendimientos. Pero hoy se ha demostrado que eso no era cierto. Lo han hecho todo mal. Y ahora las cosas se han vuelto en su contra y el resto de la economía lo pagará conforme los engranes del comercio se ralenticen debido a la crisis crediticia. Ninguna economía moderna puede funcionar bien sin un sector financiero vigoroso. Así que el diagnóstico de Obama, según el cual nuestro sector financiero está en condiciones alarmantes, es correcto. Y si dicho sector está en condiciones alarmantes, eso significa que nuestra economía está en condiciones alarmantes.

Incluso si no nos concentramos en el caos financiero, sino en el nivel doméstico, veremos que la deuda nacional y federal es un problema importante. Nos estamos ahogando. Si reparamos en la desigualdad –la más acentuada desde la Gran Depresión – veremos que ahí hay un problema importante. Si reparamos en el estancamiento de los salarios, veremos que ahí hay un gran problema. La mayor parte del crecimiento económico de los últimos cinco años descansó sobre la burbuja hipotecaria que hoy ha estallado. Y los frutos de ese crecimiento no han sido distribuidos con la debida amplitud. En pocas palabras, los cimientos no son sólidos.

¿Cuál debería ser la política que responda al desplome de Wall Street?

Claramente, necesitamos no sólo una nueva regulación sino un rediseño del sistema regulatorio. Durante su reinado como presidente de la Reserva Federal –el periodo durante el cual creció esta burbuja hipotecaria y financiera– Alan Greenspan tuvo muchos instrumentos a su disposición para atajar el problema, pero fracasó. Después de todo, Ronald Reagan lo designó por su postura antirregulatoria. El anterior presidente, Paul Volcker, conocido por mantener la inflación bajo control, fue despedido porque la administración Reagan no lo consideraba un desregulador adecuado. Estados Unidos padece entonces las consecuencias de elegir como regulador en jefe de la economía a alguien que no creía en la regulación.

Así, para corregir el problema necesitamos en primer lugar líderes políticos y legisladores que crean en la regulación. Y además de eso, necesitamos construir un nuevo sistema capaz de lidiar con la expansión de los instrumentos financieros y económicos más allá de los tradicionales bancos. Necesitamos, por ejemplo, regular los incentivos. Los bonos deben pagarse según el desempeño multianual y no cada año, ya que esto fomenta la especulación. La opción de compra de acciones alienta la contabilidad deshonesta y es preciso ponerle un freno. En pocas palabras, hemos fabricado incentivos al mal comportamiento en el sistema, y lo que hemos obtenido es ese mal comportamiento.

También nos hacen falta “topes”. Históricamente, toda crisis financiera ha estado asociada con la expansión demasiado rápida de determinado tipo de activos, desde tulipanes hasta hipotecas. Si restringimos este fenómeno, podremos impedir que las burbujas se salgan de control. El mundo no desaparecería si las hipotecas crecieran a un 10 por ciento anual en lugar de un 25 por ciento anual. Conocemos tan bien el modelo que debemos ser capaces de hacer algo para moderarlo. Pero sobre todo, de la misma manera en que tenemos una comisión de seguridad para los bienes de consumo, necesitamos una comisión de seguridad para los productos financieros. Los hombres de finanzas inventaron productos que no estaban diseñados para administrar el riesgo sino para crearlo.

Por supuesto, creo firmemente en una mayor transparencia. Ahora bien, en términos de los estándares regulatorios, los productos financieros deben ser transparentes en un sentido técnico. Dichos productos eran tan complejos que nadie podía entenderlos. Si cada disposición de los contratos se hubiera hecho pública, no habría añadido ninguna información sobre el riesgo que le resultara útil a cualquier mortal. Tener demasiada información equivale a no tener ninguna. En este sentido, quienes llaman a una mayor apertura como solución al problema no entienden la información. Si compras un producto, quieres saber cuál es el riesgo, así de simple. Esa es la cuestión.

Los tenedores de los títulos hipotecarios detrás del colapso están en todo el mundo, en bancos o en fondos soberanos en China, Japón, Europa y el Golfo. ¿Qué impacto tendrá esta crisis sobre ellos?

Eso es cierto. Las pérdidas que sufrieron las instituciones financieras europeas por las hipotecas de alto riesgo fueron mayores a las registradas en Estados Unidos. A decir verdad, el hecho de que Estados Unidos diversificara los títulos hipotecarios entre tenedores alrededor del mundo –gracias a la globalización de los mercados– suavizó el impacto en el país. Si no hubiéramos repartido el riesgo alrededor del mundo, la caída en Estados Unidos habría sido mucho peor. Ahora, como resultado de esta crisis, se empieza a entender la asimetría informativa de la globalización. En Europa, por ejemplo, no quedaba muy claro que las hipotecas estadounidenses son hipotecas sin aval: si el valor de la propiedad se vuelve menor al valor de la hipoteca, uno puede devolver la llave al banco y retirarse. En Europa, la propiedad es una garantía, y el prestatario está obligado a pagar el monto que recibió sin que importe nada más. Este es uno de los peligros de la globalización: el conocimiento aún es local porque uno sabe mucho más sobre la propia sociedad que sobre otras.

Entonces, ¿cuál es, en última instancia, el impacto del desplome de Wall Street sobre la globalización orientada al mercado?

La agenda de la globalización ha estado estrechamente ligada a los fundamentalistas del mercado, es decir, a la ideología del libre comercio y de la liberalización financiera. En esta crisis hemos visto cómo la mayor parte de las instituciones de mercado en la economía más orientada al mercado fracasaron y corrieron a pedir ayuda al gobierno. Todo el mundo dirá ahora que este es el fin del fundamentalismo de mercado. En este sentido, el desplome de Wall Street es para el fundamentalismo de mercado lo que la caída del Muro de Berlín fue para el comunismo: le dice al mundo que esta forma de organización económica resultó no ser sustentable. A fin de cuentas, dicen todos, el modelo no funcionó. Este momento es un indicador de que los alegatos por la liberalización del mercado financiero eran falsos. ~

– Nathan Gardels © New Perspectives Quarterly

 

El capitalismo se ha convertido en un casino

Entrevista con Muhammad Yunus

Durante años usted ha abogado por una mayor conciencia social en nuestra forma de hacer negocios y ha denunciado lo dañina que resulta la estrechez de miras cuando sólo se busca la maximización de ganancias. Ahora el sistema financiero entero se está tambaleando.

Me entristece el curso actual de los acontecimientos. Es algo que sin duda no me hace feliz. La crisis ha lastimado a mucha gente y súbitamente ha vuelto inestable al mundo entero. En estos momentos deberíamos concentrarnos en garantizar que una crisis financiera de esta índole no vuelva a repetirse.

¿Qué debe hacerse?

Hay enormes agujeros en el sistema financiero que se deben tapiar. Está claro que ahora el mercado no puede resolver estos problemas por sí mismo, así que la gente tiene que acudir a los gobiernos para pedir ayuda de emergencia. Esto no es una buena señal, pues muestra que la confianza en los mercados se ha desvanecido. Desafortunadamente, por el momento no existe otra alternativa más que la intervención y el apoyo de los gobiernos. Hoy día ese es el método empleado para combatir la crisis, un método que se echó a andar con los 700 billones de dólares del paquete de rescate aprobado en Estados Unidos.

¿Cuál es exactamente el problema con esta estrategia?

El punto es que debemos regresar tan pronto sea posible a los mecanismos de mercado que puedan paliar la crisis y resolver los problemas. Las soluciones deben provenir del mercado y no de los gobiernos.

Pero usted mismo ha dicho que el mercado es incapaz de resolver los problemas.

En eso precisamente es en lo que debemos trabajar. Durante un largo tiempo, las prioridades principales han sido la maximización de ganancias y el crecimiento rápido, pero este enfoque nos ha conducido a la actual situación. Cada día debemos escudriñar para ver si existe crecimiento potencialmente dañino en algún lugar. Si descubrimos que lo hay, entonces debemos reaccionar de inmediato. Si algo crece anormalmente rápido, entonces debemos detenerlo. ¿Por qué no invierten todas las compañías en un fondo que compre los títulos que se han vuelto demasiado riesgosos? Ya puedo imaginar un modelo de negocios para un programa de tal naturaleza.

Por una parte, usted dice que el mercado debe resolver el problema por sí mismo pero, por otra, critica el crecimiento demasiado acelerado. Al parecer, usted cree que el capitalismo orientado hacia el lucro ha fracasado.

En absoluto. El capitalismo, con todos sus mecanismos de mercado, debe sobrevivir, no me cabe duda. Lo que condeno es que hoy sólo exista un incentivo para hacer negocios, y que este sea la maximización de ganancias. El incentivo del bienestar social debe ser incluido. Se precisan muchas más compañías cuyo objetivo principal no sea tener los rendimientos más altos, sino proporcionar el mayor beneficio a la humanidad.

¿Y usted piensa que esos dos incentivos se excluyen mutuamente? El banco que usted fundó, el Grameen Bank, que lo llevó a recibir el Premio Nobel de la Paz en 2006, ayuda a la gente y tiene rendimientos saludables.

El Grameen Bank es una compañía orientada al bienestar social que, además, tiene utilidades, pero no se concentra en maximizar sus ganancias. No me interesa convertir todas las compañías lucrativas en empresas socialmente responsables. Se trata de dos categorías diferentes, y siempre habrá negocios cuyo objetivo principal sea ganar tanto dinero como sea posible. Pero ganar tanto dinero como sea posible sólo puede ser el medio para un fin, y no un fin en sí mismo. Uno debe invertir el dinero en algo significativo, y yo defendería que ha de ser en algo que mejore la calidad de vida de toda la gente.

Pero, ¿qué tiene que ver la crisis financiera con un aumento en el número de compañías socialmente responsables?

Si hubiera más compañías socialmente responsables, la gente tendría más oportunidades para forjar sus vidas. Los mercados estarían más equilibrados que hoy.

Usted está hablando de salvar al mundo a través del altruismo…

Hay muchos filántropos en este mundo, gente que ayuda a la gente dándole casa, educación, etcétera. Pero esa es una vía de un solo sentido. El dinero se gasta y nunca regresa. Si uno invirtiera ese dinero en una compañía socialmente responsable, el dinero se mantendría en la economía y resultaría mucho más eficaz, ya que se utilizaría según los criterios del mercado generando así cierto nivel de retorno de la inversión.

¿Quién cree que sea culpable del actual desplome financiero?

El mercado mismo, por la falta de una regulación adecuada. El capitalismo de hoy se ha vuelto un casino. Los mercados financieros están impulsados por la avaricia. La especulación ha alcanzado proporciones catastróficas. Todo esto debe terminar.

La actual crisis financiera comenzó como una crisis crediticia: los propietarios de viviendas en Estados Unidos ya no podían pagar sus hipotecas. En el Grameen Bank, que proporciona micropréstamos, el índice de pago es cercano al cien por ciento. ¿Usted cree que su banco podría ser un modelo para todo el sistema financiero mundial?

La diferencia fundamental es que nuestro negocio está muy vinculado a la economía real. Cuando otorgamos un préstamo por 200 dólares, ese dinero se utilizará para comprar una vaca en algún lugar. Si prestamos 100 dólares, alguien comprará unos pollos. En otras palabras, el dinero va a parar en algo con un valor concreto. Las finanzas y la economía real deben estar vinculadas. En Estados Unidos, el sistema financiero se ha separado por completo de la economía real. Ahí se construyeron castillos en el aire y, de pronto, la gente se dio cuenta de que esos castillos sencillamente no existían. Ese fue el punto en que se desplomó el sistema financiero.

¿Y es momento de que los gobiernos intervengan en la economía de mercado y refuercen la regulación?

Debe haber regulación, pero no se debe permitir que los gobiernos conduzcan el mercado. Se ha hecho evidente que la “mano invisible” de Adam Smith, que supuestamente resuelve todos los problemas del mercado, no existe. Esa “mano” ha desaparecido en los últimos días. Lo que estamos viviendo es un dramático fracaso de los mercados. ~

– Hasnain Kazim © Der Spiegel

Traducción de Marianela Santoveña

www.ddooss.org

Evo, Lugo, Chávez y Correa en el Foro Social Mundial…

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REUNIDOS POR EL FSM, CUATRO MANDATARIOS HABLARON DE LA NUEVA AGENDA LATINOAMERICANA

Los cuatro, cada uno a su manera, coincidieron en que otro mundo no sólo es posible, sino que ya nació, de la mano de los procesos democráticos que están teniendo lugar en la región. Y coincidieron en reconocerse herederos del foro social.

Por Sandra Russo

Desde Belém do Pará
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Por primera vez desde la existencia del Foro Social Mundial (FSM), cuatro presidentes latinoamericanos en ejercicio se sumaron a los debates. Fernando Lugo, de Paraguay; Rafael Correa, de Ecuador; Evo Morales, de Bolivia, y Hugo Chávez, de Venezuela, vinieron a Belém en un gesto que rebasa la empatía que existe entre los participantes y las políticas que ellos llevan adelante en sus respectivos países. Los cuatro, cada uno a su manera, coincidieron en que otro mundo no sólo es posible, sino que ya nació, de la mano de los procesos democráticos que están teniendo lugar en la región. Y también coincidieron en reconocerse herederos, portavoces, receptores del ideario que el FSM proclama desde 2001. Hablaron frente a integrantes de los movimientos sociales de la región, a quienes agradecieron que con sus luchas les hayan allanado el camino hacia el gobierno.

El encuentro no estaba anunciado y tuvo lugar en la Universidad Estadual, que hasta ayer no formaba parte de los escenarios previstos para el FSM. La seguridad de los presidentes obligó a que los organizadores dieran algunas pistas el miércoles, que la prensa haya ido al gimnasio de esa universidad a acreditarse sin saber del todo a qué, que el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierras, que sesionaron un rato antes, extendiera las acreditaciones, y que el encuentro empezara con el estadio lleno de blancos, que se fueron cubriendo con el pasar de las horas: los llenaron indígenas de diferentes etnias, sobre todo de Ecuador, Bolivia y Brasil.

El rumor indicaba que Hugo Chávez llegaría al encuentro con los movimientos sociales, pero el que primero llegó, para sorpresa de todos, fue Rafael Correa. Un rato más tarde, llegó Lugo. Y por último, dieron el presente Evo y Chávez. Mientras Correa y Lugo esperaban a los otros dos presidentes hubo música, pero a la manera del FSM: Correa y Lugo agarraron los micrófonos, y cantaron a voz en cuello desde temas de Silvio Rodríguez hasta boleros y marchas militantes. El cartel que se desplegaba en el escenario rezaba: “Diálogo sobre la integración popular de nuestra América”.

El que empezó fue el carismático Correa, en cuyo mensaje se dedicó sobre todo a definir cómo es y cómo se imagina que debe seguir germinando el “socialismo del siglo XXI”. “Estamos en una época de cambios en América latina. No es casual que ésta sea la primera vez que hay presidentes en este foro. Pero debemos preguntarnos qué cambió. Y lo que cambió es que ya no respondemos a ese extraño Consenso de Washington al que adherían antes los gobiernos latinoamericanos. ¿Qué consenso era ése? ¿Por qué íbamos a adherir a un consenso hecho en Washington? ¿Quién consensuaba con América latina? Quién iba a pensar que después de una época en la que gobernaban Collor de Mello, Menem, Fujimori, íbamos a comenzar este proceso que inició Hugo Chávez en Venezuela, aunque quiero recordar aquí a Fidel Castro”, dijo, y los aplausos taparon su voz.

Sobre el cambio que ya comenzó, Correa dijo que espera “que al menos los responsables de esta crisis mundial hagan un mea culpa, un examen de conciencia por el desastre que han hecho. Este cambio es muy profundo. Somos parte de un proceso de esperanza, contra el modelo de injusticia y de muerte que fue el neoliberalismo. Lo que está pendiente, compañeros y compañeras, es nuestra definitiva independencia”.

Sobre la crisis, Correa alegó que lo que cae es un sistema. Y que el cambio debe incluir la ética que rige nuestras sociedades. “Venimos del culto al individualismo extremo. El socialismo del siglo XXI se expresa a través de la reivindicación del Estado, interviniendo en las cuestiones públicas. No un Estado ineficiente, porque hay que aprender las lecciones. Pero rescatamos el rol del Estado en nuestros países. También, la acción colectiva, porque el neoliberalismo nos demostró qué sucede cuando cada uno piensa solamente en sí mismo. Y por último, la planificación. Los países ricos durante décadas planificaron sus políticas, pero a los países emergentes no nos permitían planificar las nuestras.”

Sobre la integración latinoamericana, dijo: “Habrá que tener en poco tiempo una moneda común, regional. Debe ser una integración con una nueva lógica, y con políticas comunes en comunicación, energía, recursos, logística. ¿Qué sentido tiene que vayamos a resolver nuestros problemas a una OEA que tiene su sede en Washington?”.

Fernando Lugo, por su parte, recuperó del discurso de Correa la idea de que el cambio ya empezó, y que ese otro mundo que reclama desde hace ocho años el FSM ya tiene forma.

“Con mucha alegría recuerdo que fui desde Asunción a Porto Alegre en 2001, al primer foro. Aquí sigo viendo los rostros esperanzados de esta América latina que hoy vive un proceso intenso de cambio. Quién se iba a imaginar, no hace ocho años, hace uno, que la lucha de los movimientos sociales, de jóvenes, de indígenas, de mujeres, de trabajadores iban a dar estos frutos. La lucha de los movimientos sociales es el gran sostén de un cambio duradero en la región. Hace unos años nuestros países tenían gobiernos conservadores, a los que derrotamos. Pero no es suficiente. Hace falta un cambio de ética. Y hace falta volver a creer en la profecía del pueblo guaraní, en la Tierra Sin Mal. Hemos tenido aciertos y errores. Por eso hay que decir algunas cosas con todas las palabras. Por ejemplo, lo que sentimos cuando vemos niños palestinos masacrados.”

Lugo admitió que a la democratización de nuestras sociedades le falta mucho camino. “No sólo hace falta acercamiento entre gobiernos. Hace falta acercamiento entre partidos, entre movimientos sociales. La integración no la podemos hacer sólo los presidentes, porque sería una falsa integración. La verdadera debe venir de abajo. Mientras tanto, seguiremos caminando y cantando, como siempre.”

Evo Morales fue ovacionado por el estadio. Fue un aplauso de pie, quizá para reparar en parte el maltrato que Evo sufre en su país, pese a demostrar una y otra vez en las urnas que la mayoría de su pueblo lo apoya. Entre las cosas más directas y claras que dijo Evo, se cuenta la mención a la Iglesia Católica. “El pueblo boliviano ya habló. Pero quiero decirles hoy que no sólo la prensa boliviana es de derecha. También lo es la Iglesia Católica. Y les digo que así como otro mundo es posible, otra Iglesia también es posible”, dijo, y de nuevo el estadio se paró a aplaudir.

Sobre las grandes líneas políticas con las que los otros tres presidentes acuerdan, Evo dijo que el agua, la energía, los recursos básicos no pueden ser privados. Recordó que en su país había una base militar norteamericana: “No aceptamos ninguna base extranjera en nuestro territorio. Podrán decir que el presidente Morales se equivocó, pero nunca que cedió a alguna presión para claudicar en la lucha contra el imperialismo norteamericano”.

Y llegó el turno de Chávez; esta vez con un preocupado Pablo De Michelis, de la CTA, presente en el panel, admitió, “para la tarea antipática pero militante de medir el tiempo que habla cada presidente”. Cuando Chávez comenzó a hablar, les había tomado él mismo el tiempo a Lugo, Correa y Morales. “Hablamos veinte minutos. Yo también voy a hablar veinte minutos. ¡Socialismo, igualdad!”, se rió. Y empezó a hablar como suele hacerlo, con bromas a Evo (“que juega al fútbol todos los días a 5000 metros de altura”) y a Correa (“ya le están saliendo canas. Rafael: antes no las tenías”). Chávez se preocupó por traer una y otra vez al estadio la figura de Fidel Castro. Fue un homenaje, una dedicatoria de este foro al comandante cubano. Y cada vez que mencionaba su nombre, los miembros de los movimientos sociales reconocían el gesto y vivaban la revolución que cumplió medio siglo. “Estamos ahora ante la opción del socialismo, porque no hay una tercera vía. Es capitalismo o socialismo. Tenemos que elegir”, señaló Chávez.

Dijo que alguna vez Fidel le dijo que el FSM era la expresión genuina de las corrientes emergentes. También trajo una frase del subcomandante Marcos, que dijo que el FSM era “un nido de sueños”. Repasó la historia regional de las últimas décadas. Recordó los ’90, la “gran oscurona”, cuando se apagaron todas las luces del continente. Recordó cómo su gobierno peligró una y otra vez en 2001, 2002, 2003, bajo la sombra de la reacción. “Todos nosotros somos una consecuencia de las luchas de otros. De las luchas de ustedes. La lucha de los bolivianos trajo a Evo, la de los ecuatorianos trajo a Rafael, la de los paraguayos a Lugo, y yo cumplo con la lucha de los venezolanos. Estos últimos diez años marcan el comienzo de esta nueva época. Ahora vamos a ver qué hace el nuevo presidente norteamericano, Barack Obama, después de que su antecesor se haya ido por la puerta de atrás de la historia. Está muy bien que haya cerrado la cárcel de Guantánamo, pero lo correcto sería que les devolviera Guantánamo a sus dueños, los cubanos.”

Finalmente, eligió dedicar un homenaje a las mujeres. “Yo afirmo aquí que soy feminista. Y es más, creo que no puede existir un buen socialista que no sea feminista. Si no lo es, algo le falla”, dijo, y las feministas presentes se pararon a vitorearlo. Eran muchísimas.

Para cerrar el encuentro, después de recordar la importancia que en este proceso tuvo la Cumbre de las Américas en Mar del Plata, cuando nació el Alba y cayó el ALCA, Chávez reafirmó lo que dijeron los otros tres: “Otro mundo no sólo es posible. Es necesario. Y digo más: otro mundo ya nació. Pero tenemos que cuidarlo mucho, como a un bebé. Ese otro mundo está aquí”.

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Elementos del debate entre K. Rogoff y J. Stiglitz sobre la globalización y el FMI…

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EL MALESTAR EN LA GLOBALIZACIÓN

GLOBALIZATION AND ITS DISCONTENTS


de Joseph Stiglitz, 2002, Taurus, Bogotá, 314 páginas.

Astrid Martínez*

* Profesora asociada de la Universidad Nacional de Colombia e investigadora del CIPE, Universidad Externado de Colombia, as_martinez@hotmail.com. Fecha de recepción: 24 de septiembre de 2002; fecha de aceptación: 1 de octubre de 2002.



En el verano de 1997, cuando el baht tailandés perdió súbitamente un veinticinco por ciento de su valor, nadie anticipó que se trataba del comienzo de una crisis universal. En el siguiente semestre, la crisis financiera llegó a Indonesia, Corea y Malasia. La caída del crecimiento en el sureste asiático redujo el crecimiento global y los precios de las materias primas. Las repercusiones llegaron a Rusia, África y América Latina. La crisis financiera se extendió a Brasil en 1998, a Argentina en 2001 y a Uruguay en 2002.

El descontento se expresó en las manifestaciones contra la globalización que comenzaron con ataques a los símbolos de la transnacionalización como McDonald’s en París y siguieron contra la reunión ministerial de la OMC en Seattle en diciembre de 1999 y contra otras reuniones de las entidades multilaterales en los siguientes años.

En todos los rincones del planeta la pregunta es: ¿qué falló? A comienzos de la década de los años noventa había optimismo. Los países en desarrollo y los que hacían el tránsito de una economía centralmente planificada a una economía de mercado estaban adoptando los preceptos del Consenso de Washington, y la economía mundial prometía ser más dinámica gracias a la liberación del comercio y de los flujos de capitales.

En América Latina, para Eduardo Lora (2002), la difícil situación económica internacional hace dudar sobre la capacidad de ajuste fiscal de los países. En todas partes hay manifestaciones de descontento social y de insatisfacción, y surge un espacio para propuestas populistas de izquierda y de derecha. Se observa desde 1997 un deterioro agudo en los términos de intercambio de América Latina, amortiguado parcialmente con la evolución de los precios del petróleo.

A pesar de las reducciones de las tasas de interés del Federal Reserve, no se ha reducido el costo de financiamiento para América Latina: los márgenes a principios de 2002 eran superiores en seis puntos a los vigentes en 1997, antes de la crisis asiática. Los mercados en 2001 habían diferenciado países en la región, y la crisis financiera había afectado a Argentina y Brasil, pero no a Colombia ni México. En septiembre de 2002, los márgenes se han elevado para todos los países de la región.

Los flujos de financiamiento externo a América Latina se han debilitado en los últimos años, desde 1998. En su mejor momento, esos recursos llegaron a 100 mil millones de dólares al año. Hoy cayeron a la mitad debido al comportamiento de las inversiones de cartera. En 1999 y 2000, estos flujos fueron negativos y hoy son nulos. En 2001, la inversión externa directa, IED, en la región latinoamericana fue de 57 mil millones de dólares. Las perspectivas del crecimiento en 2002 son pobres contra el 3 a 4% que se pronosticó a principios de año. La inflación ha caído en todos los países del área.

Según el mismo Lora, economista del BID, a pesar del debilitamiento de la demanda interna, los gobiernos han mantenido políticas fiscales austeras. Los países no han podido tampoco aumentar el déficit externo, “como sería deseable” para no tener que recortar aún más el gasto interno cuando están cayendo los ingresos de exportación. La inversión extranjera logró cubrir los faltantes hasta mediados de 2001, pero ese no parece ser un escenario sostenible. Debido al reducido margen de ajuste de los balances fiscales y externos para preservar la estabilidad macroeconómica, Brasil y Chile recurrieron a la devaluación en 2001 y Argentina, a la elevación de las tasas de interés. La tragedia argentina no estaba anunciada. A principios de 2000, el consenso de los mercados era que en 2001, el crecimiento de ese país sería de 4 o 5%. Los márgenes de deuda no eran superiores a 600 puntos básicos (6% por encima de los bonos del tesoro de Estados Unidos) y el país tenía una buena calificación de riesgo. Hoy, las perspectivas de crecimiento son negativas y el mercado de crédito está cerrado para ese país. A Argentina, según Lora, la afectó la devaluación del real, la caída del precio de las materias primas, el fortalecimiento del dólar y los hechos políticos internos que dificultaron la adopción de medidas de ajuste y debilitaron la confianza internacional. Todo ello creó preocupación sobre la sostenibilidad fiscal debido a la elevada deuda pública, la sensibilidad de la situación fiscal a la tasa de interés (toda en dólares) y los elevados requerimientos de endeudamiento público para 2001. A pesar del ajuste más “draconiano”, con reducción de salarios públicos, creativas reestructuras de deuda y dos soportes del FMI, Argentina no pudo superar la crisis.

Con base en las encuestas que se hacen en la región, Lora (2002) se pregunta si ha llegado el fin de las reformas que se emprendieron a principios de los años noventa en la región, si habrá retorno a las políticas de control e intervención estatal. El autor responde que hasta ahora no, que los opositores a las reformas han decidido ceder en momentos de crisis, para evitar un riesgo mayor. Sin embargo dice:

no se puede desconocer que en toda la región reina un ambiente de descontento con la situación económica y de insatisfacción con los resultados de algunas reformas económicas. Dos de cada tres personas en Argentina, Colombia y Perú opinan que la situación es mala o muy mala. Menos de la mitad de los venezolanos, brasileños o chilenos, y sólo uno de cada cinco de los peruanos, argentinos o colombianos opinan que las privatizaciones han traído beneficios.

En las actuales circunstancias de América Latina, no se han cumplido las condiciones que Lora señaló como necesarias para evitar el retroceso de las reformas: que se encontrara una solución a la situación de Argentina y evitar el contagio; que se recuperara la economía de los Estados Unidos y que se dinamizaran las exportaciones.

La democracia también parece estar en riesgo. Los latinoamericanos esperan mucho más de la democracia: dos de cada tres latinoamericanos se declaran insatisfechos o muy insatisfechos con los resultados de la democracia, y en muchos países apenas una minoría piensa que es la mejor forma de gobierno.

En este escenario, en 2001, Joseph Stiglitz de la Universidad de Columbia gana el premio Nobel de Economía, junto con Michael Spence de Stanford y George Akerlof de California, por sus contribuciones al análisis de mercados con información asimétrica1. Estos estudiosos aportaron elementos para el desarrollo de la teoría de la competencia imperfecta y de los casos en los cuales se justifica la intervención del Estado. Las fallas de mercado detectadas en estos análisis impiden que la competencia conduzca a un óptimo paretiano en el mercado. Diversos dispositivos de la regulación pueden conducir a una situación de “segundo mejor”. De esa manera, este análisis mejora la capacidad teórica de la corriente principal en economía. Sus críticos afirman que las fallas del Estado impiden que la intervención conduzca a un mejor resultado que el mercado. Los constitucionalistas, por ejemplo, son partidarios de introducir reglas fijas en el contrato social, en la Constitución Política, para reducir al mínimo el margen de maniobra de las autoridades en situaciones de falla de mercado.

El reconocimiento de la obra de estos economistas fue recibido con euforia por el movimiento internacional en contra de la globalización y por quienes están en contra de las políticas inspiradas en el Consenso de Washington. Se les otorgaba así estatus teórico a las objeciones contra el fundamentalismo de mercado que según sus detractores había inspirado las reformas económicas adoptadas en el mundo en desarrollo y en las economías en transición al capitalismo después de la caída del muro de Berlín en 1989.

La publicación del libro El malestar en la globalización de Joseph Stiglitz en 2002, en un lenguaje periodístico y accesible a la opinión pública mundial, sacó el debate de los círculos cerrados de la academia y está a punto de convertirse en la biblia de los movimientos alternativos en el mundo.

El libro fue escrito, según su autor, para narrar lo que vio, en su condición de consejero de Bill Clinton, entre 1993 y 1997, y como economista jefe y vicepresidente senior del Banco Mundial, entre 1997 y 2000, de la gestión de la globalización por parte del gobierno de los Estados Unidos y del FMI, y en menor medida por el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, OMC. Esta gestión es la responsable de que los beneficios de la globalización, entendida como “la supresión de las barreras al libre comercio y la mayor integración de las economías nacionales”, hayan tenido un “efecto devastador” sobre los pobres de los países en desarrollo.

El libro tiene una gran repercusión por dos razones. La primera, porque fue escrito por el Premio Nobel de 2001. Innumerables autores en el mundo2, en el nivel internacional de la academia y de la política, vienen comentando y criticando el papel de las entidades multilaterales y la necesidad de revisar la arquitectura institucional internacional, con mayor énfasis desde 1997, sin que hasta el momento ninguno de ellos haya tenido el eco del manifiesto de Stiglitz. En segundo lugar, porque el contenido del libro habla de los problemas que preocupan a los gobiernos y a los pueblos de los países desarrollados y no desarrollados. El fracaso del Consenso de Washington como fórmula del éxito de la política económica en el logro simultáneo de los objetivos de crecimiento, empleo y equidad social ha minado la fe en la globalización y en la democracia. Los escándalos por la falta de transparencia de las operaciones contables de los grandes grupos económicos en los Estados Unidos y la repercusión en el mundo de la caída del valor accionario de las compañías punto com han renovado la pertinencia de la reflexión sobre el papel del Estado en la protección de los grupos que no cuentan con la información adecuada.

Stiglitz hace un juicio crítico del Consenso de Washington3 no porque estuviera mal formulado u orientado o porque fueran falsos sus enunciados que buscaban corregir los errores de la política monetaria laxa, la hiperinflación, la corrupción, la hipertrofia gubernamental y el crecimiento por encima de las posibilidades de los países, rasgos que habían caracterizado el manejo económico de los países altamente endeudados en la década de los años ochenta. “El problema radicó –según el autor– en que muchas de esas políticas se transformaron en fines en sí mismas, más que en medios para un crecimiento equitativo y sostenible. Así, las políticas fueron llevadas demasiado lejos y demasiado rápido, y excluyeron otras políticas que eran necesarias” (Stiglitz, 2002, 81). En el capítulo tres, “¿Libertad de elegir?”, Stiglitz desarrolla el núcleo fundamental de los argumentos del libro.

Estos argumentos son tres. El primero afirma el derecho de las naciones a definir autónomamente sus políticas económicas y sociales. Son los nacionales quienes mejor conocen sus problemas y sus instituciones, y las autoridades locales son las que responden por el resultado de las acciones gubernamentales. Los países que han tenido éxito para sortear la crisis son aquellos que como China, Polonia, Vietnam, Uganda, Etiopía y Malasia siguieron su propio camino, y no el indicado por el FMI. Esos países recurrieron al mercado, pero respetaron las características de sus economías y sociedades. Aquí aparecen menciones específicas sobre lo que se ha debido hacer en economías en transición, que se desarrollan después en los capítulos dedicados a Rusia. El llamado es a no ignorar las instituciones a la hora de formular las recomendaciones de política.

El segundo argumento, que es un juicio de valor no demostrado, es que las entidades multilaterales son las representantes de los intereses privados del gran capital financiero y comercial. Este hecho explica la falta de secuencia y ritmo de las exigencias hechas a los países del sureste asiático en la crisis de 1997 y 1998. El apoyo financiero que el FMI les dio a Tailandia, Indonesia y Corea era para que sostuvieran sus tipos de cambio. La medicina prescrita incluyó alzas en las tasas de interés, recortes en los gastos y aumento de los impuestos para garantizar el retorno de los capitales. La medicina fracasó, pero los paquetes de rescate sirvieron para que las empresas pagaran los préstamos que habían obtenido de la banca internacional.

Cuando Estados Unidos actúa por su cuenta y no en el marco de las agencias multilaterales, el resultado puede ser aun peor para los países. El representante comercial de los Estados Unidos pretendió obligar a China en 1994 a abrir sus mercados rápidamente, so pena de impedirle pertenecer a la OMC. En 1999 se le exigió liberar su mercado financiero para responder “a los estrechos intereses de la comunidad financiera norteamericana, que el Tesoro enérgicamente representa” (ibíd., 92). El premier chino Zhu Rongji debió volver a su país con las manos vacías, lo que debilitó su agenda reformista en contra, paradójicamente, de lo que buscaba Estados Unidos.

La liberación de los mercados financieros, precipitada por este juego de intereses, es para Stiglitz la causa central de las fallas de la apertura y la desregulación propuestas por el FMI durante la última década. Como elemento secundario menciona, sin igual énfasis, la “hipocresía” de los países desarrollados en las negociaciones comerciales cuando exigen derrumbar las barreras al comercio libre mientras levantan muros de protección para sus sectores no competitivos.

Un tercer punto es el llamado de atención sobre la necesidad de reexaminar el papel de las instituciones multilaterales y la transparencia con la cual operan, con el fin de que la globalización rinda sus frutos positivos. Se requiere reencontrar la concepción que dio origen, con la visión de Keynes, al FMI, una institución creada originalmente para corregir fallas del mercado, que aceptaba la necesidad de la acción colectiva en el nivel global, pero que se encuentra hoy en manos de los fundamentalistas del mercado. Las reformas que requiere el FMI son profundas, pero Stiglitz es muy escéptico sobre la viabilidad de esta reforma; no piensa lo mismo de la reforma del Banco Mundial y de la OMC. Respecto de estas dos instituciones, piensa que el cambio ya comenzó. La parte más sugerente de las recomendaciones alternativas es la que hace el autor en el capítulo final de su obra, en el apartado en que sugiere “Lo que se necesita” para reformar el sistema financiero internacional.

La reacción del FMI al libro no se hizo esperar. Kenneth Rogoff, consejero económico y director de investigación del FMI, le dirigió una carta abierta a Stiglitz el 2 de julio de 2002. En ella, el consejero defiende la institución y sus funcionarios, reconoce que hay que hacer ajustes en la forma como se maneja la situación de países que entran en bancarrota y duda que las recomendaciones de Stiglitz hubieran conducido a un mejor resultado. También le recuerda a Stiglitz que el FMI no causó la pérdida de Rusia, que ese país ya estaba perdido en una profunda crisis política y social cuando el FMI acudió en su ayuda. Por último pone en duda la veracidad de las afirmaciones de Stiglitz sobre conversaciones o encuentros que narra en el libro y afirma que si Stiglitz hubiera expuesto sus argumentos dentro del sistema, el FMI le habría oído.

La polémica internacional continuó. A manera de ilustración, el 9 de julio, Martin Wolf publica la columna “Wolf on Stiglitz: self-satisfied, simplistic, cogent” en Comment & Analysis. En ella reconoce la importancia de Stiglitz como economista teórico y de su testimonio por tratarse de alguien que estuvo dentro de las instituciones criticadas. Los argumentos correctos de Stiglitz son dos, según Wolf: El primero es que aquellos que se oponen a la globalización ignoran a menudo sus beneficios. El segundo es que para muchos analistas de los países en desarrollo, la globalización no ha traído los prometidos beneficios económicos. Sin embargo, los ataques personales que hace Stiglitz dejan un mal sabor. Además encuentra que el autor no reconoce las fallas del gobierno, mientras califica a sus oponentes de fanáticos del mercado. Muchos gobiernos son corruptos, violentos e incompetentes. Es ingenuo pensar que siempre actúan por el interés público.

El análisis de Stiglitz, dice Wolf, simplifica la realidad. ¿Cómo podría Rusia seguir una vía paulatina como la China si había perdido el Estado, el partido dirigente, el sistema económico y una ideología en solo meses?

Para Wolf, hay observaciones de Stiglitz que merecen ser tenidas en cuenta. Una es que la liberación de la cuenta de capital ha coexistido con regímenes cambiarios erróneos y debilitado los sistemas financieros, lo que causó catástrofes en varios países. Dos, el apoyo del FMI y del Banco Mundial a un sistema corrupto en Rusia y otros países en transición fue equivocado y motivo de escándalo. Tres, no se debió subestimar el papel de las instituciones en la promoción de la liberalización de la cuenta de capital. Cuatro, el Fondo no es transparente y debe cambiar.

Es cierto que el libro tiene por momentos un tono demasiado personal en la descripción de cómo funcionan las instituciones multilaterales y que no siempre es claro el ámbito de decisiones que estaban realmente al alcance de las instituciones y de los países en cada una de las situaciones examinadas. Sin embargo, la lectura de este libro contribuye a entender el entorno en el que operan economías como la colombiana y convoca a una reflexión sobre el papel que deben cumplir las autoridades y la sociedad en la búsqueda de nuevas propuestas de política y de respuestas a los desafíos de los países en desarrollo: promover el crecimiento, generar empleo y reducir la inequidad.


NOTAS AL PIE

1. Michael Spence mostró que los agentes mejor informados en el mercado adelantan acciones costosas para mejorar sus resultados de mercado. Para ello transmiten informaciones correctas a los peor informados y esta señal funciona. Sus trabajos han tenido aplicación en el caso de la educación como señal de productividad en el mercado laboral y en el caso de los dividendos como señal de rentabilidad en el mercado de acciones. George Ackerlof demostró que los vendedores tienen mejor información que los compradores y que este hecho conduce a una selección adversa que desmejora el bienestar de los consumidores. Igual cosa ocurre entre los prestamistas y quienes demandan los préstamos, lo que lleva a que las tasas de interés sean más altas en los países del Tercer Mundo. Joseph Stiglitz demostró que las asimetrías de la información pueden explicar fenómenos como el desempleo y el racionamiento de crédito. Sobre este último aspecto y las aplicaciones de estas contribuciones a Colombia, ver Tenjo (2002). Para una relación de la obra de los ganadores, ver www.nobelprizes.com.

2. Mencionamos dos autores pertenecientes a la academia de los Estados Unidos: Sachs (1997) y Rodrik (2002), y la CEPAL (2002).

3. El Consenso de Washington es un conjunto de recomendaciones hechas por las entidades multilaterales a finales de la década de los años ochenta a los países altamente endeudados y se resume en lo siguiente: 1. El déficit público no puede ser usado para reactivar la economía, a no ser que el mayor gasto vaya a infraestructura, y debe ser muy bajo (1 a 2% del PIB); 2. El gasto público debe ser reorientado. En vez de disponer recursos para la oferta de servicios sociales, hay que dar subsidios a la demanda en educación y salud; 3. La base impositiva debe ser amplia y las tasas marginales impositivas, bajas; 4. Las tasas de interés reales deben ser positivas para evitar la fuga de capitales e incentivar el ahorro; 5. Las exportaciones deben ser el motor del crecimiento, y la tasa de cambio real debe ser competitiva y estable; 6. La peor forma de protección son los paraaranceles y cuotas, y debe haber aranceles bajos excepto para las industrias nacientes; la liberalización comercial debe ser paulatina; 7. La restricción a la inversión extranjera es indeseable; 8. Las privatizaciones son bienvenidas cuando promueven la competencia, y son aún más útiles si ayudan a financiar el Estado; 9. La competencia se debe promover mediante una regulación adecuada, pero si la regulación la hacen administradores mal pagados, ello promueve la corrupción, y 10. Los derechos de propiedad son cruciales para el crecimiento.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

1. CEPAL. Globalización y desarrollo, vigésimo noveno período de sesiones, Brasilia, Brasil, 6 al 10 de mayo, 2002.

2. Lora, Eduardo. “América Latina en la encrucijada”, Revista El Espectador, 6 de enero, 2002.

3. Rodrik, Dani. After neoliberalism, what?, 2002, www.harvard.edu

4. Sachs, Jeffrey. “The Wrong Medicine for Asia”, New York Times, 3 de noviembre, 1997.

5. Stiglitz, Joseph. El malestar en la globalización, Taurus, Bogotá, 2002.

6. Tenjo, Fernando. “Stiglitz, sus aportes y la economía colombiana”, Carta Financiera, ANIF, enero, 2002.

KEN ROGOFF, consejero económico del Fondo lanza un ataque contra el premio Nobel Joe Stiglitz

El consejero económico del FMI, Ken Rogoff, se despachó a gusto contra el premio Nobel Joe Stiglitz, echándole en cara que las acusaciones que vierte sistemáticamente contra la institución no atienden a la verdad. Sugiere incluso que con sus palabras y sus ideas, Stiglitz, y no el FMI, podía haber agravado en su momento la crisis asiática

LA VANGUARDIA – 15.00 horas – 07/07/2002

Andy Robinson
Qué mosca le picó a Ken Rogoff, el consejero económico del Fondo Monetario Internacional (FMI)? Es la pregunta que se repite en los e-mails que se intercambian estos días entre las sedes del FMI y el Banco Mundial una en frente de la otra en la calle H de Washington. Rogoff lanzó un ataque tan visceral y personal contra el premio Nobel Joe Stiglitz durante la presentación del nuevo libro de este, “La globalización y sus descontentos”, que portavoces del banco se mostraron “asombrados” tras la conferencia.

Algunos en Washington se preguntan si el Fondo ha optado por responder al disidente Stiglitz –quien abandonó su puesto de economista jefe del Banco Mundial hace tres años bajo fuertes presiones del Tesoro de EE.UU. y del FMI– con aquel método del senador MacArthy: “character assasination”, o sea, difamación.

O como dijo un ex directivo del Fondo: “La especulación dentro de la sede del Fondo es que la alta dirección del FMI quería dar una respuesta fuerte al libro de Joe pero que Rogoff se pasó” .

Es una posible explicación aunque la misma fuente añade que “el Fondo es una organización extremadamente jerárquica y los discursos suelen ser revisados ad náuseam”. Stiglitz cree que fue una emboscada y se mostró extremadamente decepcionado. Hay un consuelo: la polémica “es fenomenal para las ventas del libro”, dijo una amiga de Stiglitz.

Todo esto ocurrió el pasado 29 de junio en una conferencia organizada por el Banco Mundial para debatir los argumentos esgrimidos por Stiglitz en su libro, muchos de ellos especialmente críticos con las políticas de austeridad que el Fondo recomendó durante las crisis en Asia y América Latina.

Rogoff tomó la palabra y en un discurso preparado, que inmediatamente después de la conferencia fue transcrito en la página web del FMI (www.imf.org), lanzó una dura invectiva contra Stiglitz calificándolo más o menos textualmente como soberbio y traidor, y tildando su libro de simplista y maniqueísta. He aquí unos extractos de su intervención: “Querido Joe (…) a diferencia de ti, me siento humilde ante el personal del FMI y del Banco Mundial (…). Me encuentro con gente que está profundamente comprometida con el fomento del crecimiento en el mundo en desarrollo y la reducción de la pobreza.(…) Representantes del Fondo han recibido tiros en Bosnia. Han trabajado durante semanas como esclavos en el frío de Tadjikistán y sin calefacción. Han contraído mortales enfermedades tropicales en África. Es gente inteligente, dotada de energía imaginativa. Su dedicación me hace sentir humilde. Pero en tus discursos y en tu libro te sientes libre para calumniarlos con desenvoltura”.

EL TEXTO DE LA INTERVENCION DE  ROGOFF CONTRA STIGLITZ…

Fragmentos de la carta abierta de Kenneth Rogoff, Consejero Económico y Director del Departamento de Estudios del FMI a Joseph Stiglitz, autor de El malestar en la globalización

2 de julio de 2002

Estimado Joe,

Como tú, al ocupar mi cargo en Washington abandoné los claustros de una universidad estadounidense de primera línea, donde ocupaba un cargo académico permanente. Como tú, asumí estas funciones animado por el deseo de servir al interés general, pero a diferencia de lo que a ti te sucede,me invaden a diario sentimientos de humildad cuando me reúno con los técnicos del Banco Mundial y del FMI, personas intensamente dedicadas a promover el crecimiento económico en el mundo en desarrollo y a aliviar la pobreza. Me reúno con profesionales notables, que trabajan regularmente 80 horas por semana y que soportan prolongadas separaciones de sus familias. Funcionarios del FMI han sido blanco de disparos en Bosnia, han estado enclaustrados semanas enteras, sin calefacción, en el brutal invierno de Tayikistán, y han contraído enfermedades tropicales letales en África. Personas brillantes, dinámicas, de espíritu innovador, a quienes en tus discursos y en tu libro te permites difamar desaprensivamente.

Joe, quizá no recuerdes lo que voy a referirte, pero tuve el privilegio de ser tu vecino de oficina durante un semestre. A los economistas jóvenes, nos inspirabas profunda admiración. Uno de mis recuerdos favoritos de esa época es el almuerzo que compartimos con nuestro ex colega, Carl Shapiro. Comenzasteis a debatir la cuestión de si Paul Volcker
merecía que lo votarais para un cargo permanente en Princeton. En cierto momento, te volviste a mí, diciéndome: “Ken, tú trabajaste a las órdenes de Volcker en el Sistema de la Reserva Federal. ¿Es realmente una persona inteligente?”. Respondí algo así como: “Puede sostenerse que fue el más destacado Presidente del Sistema en el siglo XX”. Tu réplica fue: “Lo que quiero decir es si es inteligente como nosotros”. No supe cómo tomarlo, pues estabas mirando a Carl, y no a mí, cuando lo dijiste.

Dos razones me llevan a evocar esa anécdota. Primero, quizás el personal del FMI al que etiquetaste genéricamente como “de tercera categoría”—y creo que incluías también al personal del Banco Mundial en ese juicio— se sentirá mejor si sabe que forma parte del mismo grupo que el gran Paul Volcker. Segundo, el relato es un paradigma de la sin igual confianza en tí mismo con que llegaste a Washington, donde te viste confrontado con problemas de política económica un poquito más arduos que los que aparecen en nuestros modelos matemáticos, confianza que rezuman las 282 páginas de tu nuevo libro.De hecho, no me fue posible encontrar un solo pasaje en el que tú, Joe Stiglitz, admitas haber cometido siquiera el más leve error en relación con un problema importante del mundo real. Si la economía estadounidense atraviesa por un período de auge, en los años noventa, te acreditas cierto mérito. Pero si algo anduvo mal, ello se debe a que los mortales inferiores, como el Presidente del Sistema de la Reserva Federal, Alan Greenspan, o el ex Secretario del Tesoro Robert Rubin, desoyeron tus consejos.

Desearía formular tres aseveraciones sustanciales. Primero, que tu libro contiene muchas ideas y enseñanzas que los funcionarios del FMI en general podríamos compartir, aunque en su mayoría no son novedosas. Estamos totalmente de acuerdo, por ejemplo, en que es necesario modificar radicalmente los métodos que utilizamos para manejar situaciones de bancarrota de los países. La Primera Subdirectora Gerente del FMI, Anne Krueger —a quien describes como la malvada de la película por los esfuerzos que realizó en los años ochenta para promover la liberalización del comercio en el contexto de la política del Banco Mundial— ha respaldado enérgicamente una propuesta muy ambiciosa referente a los cometidos del FMI. En nuestro panel de Davos, criticaste acremente la idea en todos sus aspectos. En tu libro, en cambio, pretendes que se te reconozca el mérito de haber sido el primero en promoverla categóricamente. En tu libro abundan las insinuaciones y escasean las notas de referencia.

Segundo, recomiendas mecanismos que permitan al FMI mejorar radicalmente el asesoramiento que ofrece en la esfera de la política macroeconómica. Tus ideas son, en el mejor de los casos, sumamente polémicas, y en el peor de los casos, un curalotodo. Esto me lleva a mi tercera y más importante aseveración. En tu carácter de Economista Jefe del Banco Mundial decidiste asumir el que a tu juicio es el papel de heroico aguafiestas, que denuncia las medidas macroeconómicas, en tu opinión desacertadas, que se adoptaron durante la crisis asiática de los años noventa.

Tenías plena confianza en tí mismo; plena certeza de que las medidas que recomendabas eran impecables. En medio de una ola mundial de ataques especulativos, que tú mismo rotulaste como crisis de confianza, alimentaste el pánico al socavar la confianza en las mismas instituciones para las que trabajabas. ¿Nunca se te ocurrió que tus medidas pueden haber perjudicado a los pobres e indigentes de Asia por los que tanto te preocupas? ¿Pasaste alguna noche en vela pensando que quizás Alan Greenspan, Larry Summers, Bob Rubin y Stan Fischer tenían razón, y que tus actos impulsivos pueden haber acentuado la depresión económica o demorado —aun tan solo por un día— la recuperación a la que ahora asistimos en Asia?

Examinemos las recetas stiglitzianas para ayudar a un país deudor de mercado financiero emergente que se ve en dificultades; las ideas que describes como mejores que las que se están aplicando. Habitualmente los gobiernos acuden al FMI para obtener asistencia financiera cuando les resulta difícil encontrar compradores para sus instrumentos de deuda y cuando su moneda está perdiendo valor. Tu receta consiste en aumentar el déficit fiscal, es decir emitir más instrumentos de deuda e imprimir más dinero. A tu juicio, si el Gobierno de un país en dificultades emite más dinero, sus ciudadanos creerán súbitamente que su moneda es más valiosa. Al parecer, crees que cuando los inversionistas deciden no mantener instrumentos de deuda pública, basta incrementar la oferta para que esos títulos se vendan como pan caliente.

Nosotros, en el FMI —me corrijo: en el planeta Tierra— hace tiempo que recomendamos algo diferente.Nosotros los terrícolas hemos comprobado que cuando un país que padece dificultades fiscales trata de superarlas imprimiendo más dinero, la inflación aumenta, en muchos casos en forma incontrolable.Una inflación descontrolada estrangula el crecimiento económico y perjudica a toda la población, pero en especial a los indigentes. Las leyes de la economía pueden ser diferentes en tu parte del cuadrante gama, pero los de por aquí hemos comprobado que cuando el Gobierno de un país casi en quiebra no logra restringir en forma creíble el perfil cronológico de su déficit fiscal, las cosas en general no mejoran, sino que empeoran.

Joe: a lo largo de todo tu libro condenas al FMI porque parecería que en todos los países donde actúa hay dificultades. ¿En cierta medida, no es como si uno dijera que cuando hay epidemias suelen aparecer más médicos?
Te envuelves en el manto de John Maynard Keynes, diciendo que la finalidad de las medidas que recomiendas es mantener el pleno empleo. A nosotros, en el FMI, nos interesa mucho el empleo. Pero si un gobierno acude a nosotros suele ser precisamente porque se encuentra en una situación insostenible, y no tenemos que examinar simplemente lo que ha de ocurrir en las próximas dos semanas, sino en los próximos dos años, y ulteriormente. Es evidente que creemos en las enseñanzas de Keynes, pero en forma moderna, con un matiz.

Por ejemplo, los estudios macroeconómicos posteriores a 1975 —a los que, según sostienes, hacemos oídos sordos— destacan la importancia de controlar el presupuesto fiscal a largo plazo. De nada vale acumular deuda frente al FMI a muy corto plazo si ello empeora drásticamente la situación en un futuro no tan distante. Dicho sea de paso, en flagrante contradicción con tus asertos, con frecuencia en los programas del FMI se admiten los déficit; de hecho, es lo que ocurrió en la crisis de Asia. Si su medicamento inicial de urgencia era equivocado, el FMI reaccionó, aprendiendo de sus errores, y alterando rápidamente el rumbo.

Recomiendas mecanismos que permitan al FMI mejorar radicalmente el asesoramiento que ofrece en la esfera de la política macroeconómica. Tus ideas son, en el mejor de los casos, sumamente polémicas, y en el peor de los casos, un curalotodo.

Me corrijo: tus teorías no están revestidas por el manto de Keynes, sino por el de Arthur Laffer y otros exponentes extremos de una economía ofertista estilo Reagan que vimos en los años ochenta. Según Laffer, basta que el Estado reduzca las tasas impositivas para que las personas trabajen más y aumente el ingreso fiscal agregado. La teoría de Stiglitz y Laffer sobre la gestión de la crisis sostiene que los países no tienen que preocuparse de que el déficit aumente, ya que con ello incrementarían desproporcionadamente su capacidad de atención del servicio de la deuda. George Bush padre denominó esas ideas “economía vudú”. Tenía razón.

Debo admitir, Joe, que la economía política del mundo real es complicada, y quizás estudios adicionales prueben que estás en lo cierto. Pero lo que realmente me intriga es cómo puedes estar tan seguro, tanto como para dar la señal de alarma en mitad de la crisis, dirigiendo tus ataques contra los paramédicos cuando estaban curando a los heridos. Joe, los estudios académicos que están apareciendo en las principales revistas especializadas respaldan cada vez más las medidas de defensa de la tasa de interés sustentadas por el ex Primer Subdirector Gerente del FMI, Stan Fischer, y por el FMI, que tú, desde tu cargo en el Banco Mundial, saboteaste innoblemente. ¿No cabe la posibilidad de que quizá haya sido Joe Stiglitz quien lo estropeó todo; de que quizá hayas sido parte del problema y no de la solución?

Dices que el FMI hace oídos sordos y nunca escucha a quienes lo critican.Me consta que no es cierto, porque durante mi labor académica fui uno, entre muchos, de los que criticaron al FMI y éste me escuchó.

No hay tiempo para hacer justicia aquí a otras de tus insólitas recetas de política económica, pero me referiré a los países en transición. Acusas al FMI de haber “perdido a Rusia”. Tu análisis sobre la transición en Rusia se asemeja a un estudio en el que un teórico hace abstracción de todos los problemas cardinales y sólo se ocupa de los únicos dos que puede manejar. Te desentiendes por completo del hecho de que el FMI comenzó a actuar en Rusia cuando el país atravesaba una crisis no sólo económica, sino también social y política.

Todo tu libro delata tu implacable creencia en la propiedad difusiva de las fallas del mercado, y la firme convicción de que los gobiernos pueden hacer las cosas mejor, y en efecto lo harán. Nos llamas “fundamentalistas de mercado”.No creemos que los mercados sean siempre perfectos, según nos acusas, pero sí creemos que en muchos casos también el Estado tiene fallas, y que éstas, en conjunto, constituyen un problema mucho mayor que las del mercado en el mundo en desarrollo. Tanto el Presidente del Banco Mundial, Jim Wolfensohn, como el Director Gerente del FMI,Horst Köhler, han señalado repetidamente la importancia fundamental que tiene en el desarrollo la calidad de la gestión pública y de las instituciones. También a este respecto tu medicina alternativa —una intervención gubernamental cada vez mayor— es sumamente cuestionable en muchos contextos del mundo real.

Joe, no he tenido tiempo de verificar todos los hechos que mencionas en tu libro, pero tengo algunas dudas. En la pág. 112 afirmas que Larry Summers sometió a una severa reprimenda al ex Vicepresidente del Banco Mundial, Jean-Michel Severino.

Pero, Joe, ellos nunca se encontraron. ¿Cuántas conversaciones nunca ocurridas mencionas? Das un ejemplo según el cual se habría emitido un memorando del personal del FMI antes de la visita al país. Joe, eso no se hace;me gustaría ver la documentación en que te basas. En la pág. 208 difamas al ex “número dos” del FMI, Stan Fischer, dando a entender que el Citibank puede haberlo tentado con una oferta de trabajo a cambio de su cooperación en renegociaciones de deudas.

Joe: Stan Fischer es una persona de notoria e impecable integridad.De todas las falsas inferencias e insinuaciones que contiene tu libro, ésta es la más agraviante. Te sugiero que retires tu libro de los estantes hasta haber eliminado esa falsa acusación.

Joe, como académico, eres un genio de primer nivel. Al igual que el también ganador del Premio Nobel, John Nash, posees una “mente maravillosa”. Como responsable de la elaboración de políticas, en cambio, tus antecedentes son un poco menos espectaculares.

Con esas salvedades, tu libro me parece muy bueno.
Atentamente,

Ken

CÀTEDRA
UNESCO
A LA UPC/

http://www.odg.cat/documents/enprofunditat/Organismes_multilaterals/6_fmi_responde_stiglitz.pdf

El FMI contraataca
Por Kenneth Rogoff
Consejero Económico y Director del Departamento de Estudios
Fondo Monetario Internacional
Reproducido con permiso de FOREIGN POLICY
, No. 134 (enero/febrero de 2003) www.foreignpolicy.com
Copyright 2003, Carnegie Endowment for International Peace

Fustigado por manifestantes antiglobalización, políticos de países en desarrollo y economistas laureados con el Premio Nóbel, el Fondo Monetario Internacional (FMI) se ha convertido en el chivo expiatorio número uno del mundo. Sin embargo, los economistas del FMI no son seres malignos ni se equivocan siempre. Ya es hora de poner las cosas en su sitio y de ocuparse de cuestiones económicas más apremiantes, como encontrar la mejor manera de promover el crecimiento económico y la estabilidad financiera a escala mundial.

Arrojar veneno contra el FMI —incluso en forma de ataques personales que ponen en tela de juicio la competencia y la integridad de sus funcionarios— se ha convertido en una expresión creativa en los últimos años. El autor de uno de los libros más vendidos califica a todos los nuevos funcionarios contratados por el Fondo como “de tercera categoría”, da a entender que la gerencia del organismo es venal y analiza el papel del FMI en la crisis financiera de Asia de finales de los años noventa como quien alude a la Alemania nazi y al holocausto. Incluso algunos de los que critican a la institución en términos más serios y equilibrados —como el redactor del Washington Post, Paul Blustein, cuya excelente reseña sobre la trastienda de la crisis financiera asiática, The Chastening, debería ser de lectura obligatoria para los futuros economistas del Fondo (y sus cónyuges)— eligen títulos que evocan al diablo. ¿No suena The Chastening como a la continuación de algún dramón de horror de los años setenta, al estilo de El Exorcista o La Profecía? Quizás esto es un resultado natural de las fuerzas del mercado. Al fin y al cabo, en un mundo en el que las noticias económicas se suceden las 24 horas del día es muy rentable ser presentado como “el más destacado crítico del FMI”.

Lamentablemente, muchas de las imputaciones con frecuencia formuladas contra el Fondo revelan una profunda confusión con respecto a las políticas e intenciones de la institución. Otras críticas, sin embargo, efectivamente se refieren a posibles fallas fundamentales de las prácticas actuales del FMI. Por desgracia, este cúmulo de recriminaciones y acusaciones hace que resulte difícil distinguir las críticas espurias de las inquietudes legítimas. Y lo que es peor, algunas de las cuestiones más serias, que deberían constituir aspectos medulares de esos debates —las referentes a la pobreza, la elección del régimen cambiario apropiado, o si el sistema financiero mundial alienta a los países en desarrollo a endeudarse en exceso, etc.— se pasan por alto con demasiada facilidad.

Considérense las cuatro críticas más comúnmente dirigidas contra el Fondo. Se argumenta, en primer lugar, que los programas de préstamos del FMI imponen una severa austeridad fiscal a los países desprovistos de efectivo. Segundo, que dichos préstamos alientan a los financistas a invertir desaprensivamente, confiando en que el Fondo los rescatará (el denominado problema del riesgo moral). Tercero, que las recomendaciones del Fondo a los países que sufren crisis de deuda o crisis monetarias no hacen más que agravar la situación económica. Y cuarto, que el Fondo, actuando de modo irresponsable, empuja a los países a abrir sus economías a flujos de capital extranjero inestables y desestabilizadores.

Algunas de esas imputaciones tienen fundamentos importantes, aunque los críticos (incluido yo mismo en mis épocas de economista académico) tienden a exagerarlas para darles mayor realce. Otras, en cambio, son polémicas y están profundamente apartadas de la realidad. Al ocuparme de ellas espero despejar la atmósfera para hacer posible un análisis más preciso y coherente sobre lo que pueden hacer el FMI y otras personas y entidades a fin de mejorar las condiciones imperantes en la economía mundial. Esa debe ser, sin duda, nuestra meta común.

El mito de la austeridad

A lo largo de los años ninguna crítica dirigida contra el Fondo ha encerrado mayor carga emocional que la de la “austeridad”. Quienes lanzan diatribas contra la institución sostienen que, en todos los países en que el Fondo se hace presente, las políticas macroeconómicas restrictivas que impone a los gobiernos invariablemente dan por tierra con las esperanzas y las aspiraciones del pueblo. (Dudo en formular citas concretas, pero con ellas sería fácil llenar toda una edición de Bartlett’s Quotations.) No obstante, a riesgo de parecer hereje, sostengo que la realidad es casi la contraria. Como norma, los programas del Fondo reducen la austeridad, en lugar de crearla. Sí, como lo oyen.

Quienes critican al FMI deben comprender que los gobiernos de los países en desarrollo no solicitan la asistencia financiera de la institución cuando el sol brilla; acuden a ella cuando ya están sumidos en profundas dificultades financieras, provocadas, en general, por una gestión desacertada y por mala suerte combinadas en diversas proporciones. Esta descripción se aplica, a lo largo de los últimos 50 años, prácticamente a todos los países con programas del Fondo: desde el Perú de 1954 hasta la Argentina de hoy, pasando por Corea del Sur en 1997.

Los responsables de la política económica de las economías en dificultades saben que el Fondo actúa donde ningún acreedor privado se atreve a intervenir, y otorga préstamos a tasas tan favorables que sus países sólo podrían soñar en obtener en las épocas de mayor bonanza. Comprenden que, a corto plazo, los préstamos del FMI permiten a un país deudor en dificultades ajustarse el cinturón menos de lo que tendría que hacerlo a falta de esa asistencia. Las condiciones de política económica que el Fondo aplica a sus préstamos sustituyen a la disciplina más rigurosa que impondrían las fuerzas del mercado si el FMI no existiera. Tanto Corea del Sur como Tailandia, por ejemplo, enfrentaban en 1997 una situación de lisa y llana cesación de pagos, o de caída libre del valor de sus monedas, resultados estos mucho más perniciosos que los que efectivamente sobrevinieron.

No obstante, la institución sirve de cómodo chivo expiatorio cuando los políticos enfrentan a la población de sus países con un presupuesto menos despilfarrador. “¡El FMI nos obligó!” es el estribillo habitual de los gobiernos que reducen el gasto y los subsidios. Nada importa que el gobierno del país —cuya insatisfactoria gestión macroeconómica suele tener mucho que ver con la crisis— mantenga, en general, una considerable discrecionalidad para elegir la política económica dentro de la gama de posibilidades existentes, no siendo la menos importante la de determinar en qué ámbitos debe reducirse el gasto presupuestario.

La crítica referente a la austeridad surge de una confusión entre correlación y causalidad. Culpar al FMI por la realidad de que todos los países deben hacer frente a sus restricciones presupuestarias es como culparlo de la ley de la gravedad.

Hay que reconocer que el FMI, en efecto, insiste en que le reembolsen sus préstamos, por lo cual al cabo de cierto tiempo los países prestatarios deben desprenderse de recursos de divisas que, de lo contrario, podrían haber destinado a programas internos. No obstante, esos reembolsos no aumentan normalmente hasta después de superada la crisis, lo que significa que a los gobiernos de dichos países les resulta más llevadero realizar los pagos. Los accionistas del FMI —sus 184 países miembros— podrían adoptar la decisión colectiva de transformar en donaciones todos los préstamos otorgados por la institución, con lo cual los países receptores de asistencia no tendrían que hacer frente a costo alguno. Sin embargo, si el FMI nunca recibiera el reembolso de sus préstamos, los países industrializados deberían estar dispuestos a reponer continuamente los recursos con que cuenta el organismo para otorgar préstamos, pues de lo contrario no se dispondría de financiamiento alguno para ayudar a enfrentar la siguiente crisis de la deuda que afectara al mundo en desarrollo.

Una crítica peligrosa

Naturalmente, en múltiples programas del FMI los países prestatarios deben reembolsar el crédito recibido de sus acreedores privados y además el recibido del Fondo. No obstante, ¿la austeridad fiscal no sería un poco más soportable si los países deudores en dificultades pudieran obligar a los prestamistas privados externos a soportar parte de la carga? ¿Por qué han de ser los contribuyentes de los países en desarrollo los que reciban el golpe en su integridad?

Se trata de una pregunta totalmente legítima, pero comencemos por aclarar algunos hechos. En primer lugar, los inversionistas privados difícilmente pueden suspirar aliviados cuando el Fondo se hace presente en el escenario de la crisis financiera de un mercado emergente. Según el Instituto de Finanzas Internacionales, dichos inversionistas perdieron alrededor de US$225.000 millones en la crisis financiera de Asia de finales de los años noventa, y alrededor de US$100.000 millones como consecuencia de la cesación de pagos de la deuda rusa en 1998. ¿Y qué decir de la crisis de la deuda de América Latina en los años ochenta, cuando el FMI ayudó a persuadir a los bancos extranjeros de prorrogar una proporción considerable de las deudas latinoamericanas durante casi cinco años y hasta de aceptar cancelaciones contables no menores del 30%? Es indudable que si los prestamistas privados externos pierden continuamente dinero al otorgar préstamos a los países en desarrollo, cesará de afluir nuevo financiamiento. De hecho, la afluencia de recursos a gran parte de América Latina —que es nuevamente el escenario de los problemas de la deuda— se redujo pronunciadamente en los dos últimos años.

En algunos casos, los acreedores privados deberían estar dispuestos a aceptar cancelaciones contables de gran envergadura de sus deudas, especialmente cuando el país se encuentra en una situación tan extraordinariamente desfavorable que, en la práctica, es insolvente. En esas circunstancias puede ser contraproducente tratar de obligar al deudor a reembolsar la totalidad de su deuda, lo que no solo afecta a su población, sino que a menudo lleva a que los acreedores reciban menos de lo que podrían obtener reduciendo la carga de la deuda del país deudor, para que éste quiera y pueda incrementar la inversión y el crecimiento económico. A veces se llevan a cabo reestructuraciones de deudas, como en Ecuador (1999), Pakistán (1999) y Ucrania (2000), pero esos casos son la excepción y no la regla, ya que las normas internacionales actuales hacen extraordinariamente engorroso y caótico el proceso de quiebra de estados soberanos. En consecuencia, la comunidad financiera oficial, guiada normalmente por el FMI, suele no estar dispuesta a imponer ese procedimiento, y en algunos casos, tiene que tratar de mantener a flote a un país mucho más allá del punto en que su economía se vuelve irrecuperable. En Rusia en 1998, por ejemplo, la comunidad oficial respaldó con financiamiento un régimen de tipos de cambio fijos evidentemente condenado al fracaso. En ultima instancia, el Fondo cortó el cordón e hizo posible una cesación de pagos, demostrando el error de los muchos inversionistas privados que creyeron que Rusia era “demasiado importante como para quebrar”. Pero si el Fondo hubiera permitido la cesación de pagos en una etapa anterior, Rusia podría muy bien haber superado la consiguiente depresión económica por lo menos con la misma rapidez y con un nivel más bajo de deuda oficial.

Como la reestructuración de la deuda frente a acreedores privados es relativamente infrecuente, a muchos críticos les preocupa, con razón, la posibilidad de que el financiamiento del FMI sea, en muchos casos, una póliza de seguros general para los prestamistas privados. Además, cuando los acreedores privados creen que el FMI acudirá en su ayuda con una operación de rescate financiero, tienen razones para prestar más y a tasas de interés mas bajas de lo que sería conveniente. Por otra parte, ese argumento seductor hace que el país deudor se endeude en exceso, lo que se traduce en crisis más frecuentes y graves, exactamente como las que el FMI fue diseñado para aliviar. Quiero ser el primero en admitir que la teoría del “riesgo moral” que entraña el crédito del FMI es lúcida (habiéndola introducido en los años ochenta), y creo, sin lugar a dudas, que en algunos casos reviste importancia. No obstante, la evidencia empírica es ambivalente. Uno de los factores que debilitan el argumento del riesgo moral es que, en general, la mayoría de los países reembolsan los préstamos del FMI; si no puntualmente, con retraso, pero pagando la totalidad de los intereses. Si el FMI recibe sistemáticamente lo que se le debe, los prestamistas privados no reciben subsidios, por lo cual no se realiza una operación de rescate en la acepción simplista del término. Por supuesto, pese a los sólidos antecedentes de reembolso al FMI en la mayor parte de los programas de préstamos otorgados a mercados emergentes, no existen garantías con respecto al futuro, por lo cual ciertamente sería erróneo negarle al riesgo moral la importancia que reviste.

Disparates fiscales

Aunque no procede culpar a las políticas del FMI por la reducción del gasto presupuestario en las economías pobres, ¿cabe la posibilidad de que el diseño de los programas del Fondo sea tan inadecuado que las condiciones desacertadas a las que están sometidas esas operaciones contrarresten con creces todos los beneficios que puedan entrañar los recursos proporcionados por los prestamistas internacionales? Los críticos aseveran, en particular, que el FMI obliga a los países a elevar las tasas de interés internas, cuando sería más eficaz bajarlas para estimular la economía. Se acusa también al FMI de forzar a las economías en crisis a reducir sus presupuestos en el medio de una recesión. Al igual que el argumento de la austeridad, esas críticas contra ciertas recomendaciones básicas de política económica del FMI parecen bastante apocalípticas, en especial cuando se envuelven en la retórica de que todos los economistas del FMI son pensadores de tercera categoría, tan refractarios al asesoramiento externo que no escucharían ni al propio John Maynard Keynes si los telefoneara desde el cielo.

Naturalmente, sería magnífico que los gobiernos de los países con mercados emergentes pudieran aplicar las “políticas contracíclicas” keynesianas, es decir que pudieran estimular la economía reduciendo las tasas de interés, aumentando el gasto público o recortando los impuestos durante una recesión. En su informe Perspectivas de la economía mundial, de septiembre de 2002, el FMI promueve exactamente esas medidas, cuando son factibles. (Por ejemplo, ha recomendado categóricamente a Alemania actuar con flexibilidad con respecto a las restricciones presupuestarias del Pacto de Estabilidad y Crecimiento Europeo, para que el gobierno no agrave la ya severa depresión económica que sufre el país.) Lamentablemente, a la mayoría de los países con mercados emergentes les resulta extraordinariamente difícil obtener crédito durante la fase de depresión del ciclo, por lo cual deben ajustarse el cinturón precisamente en el momento en que podría convenirles aplicar una política fiscal más flexible. Por su parte, el FMI —o cualquier otra entidad, dicho sea de paso— solo puede ayudar hasta cierto punto a los países que no prestan atención a la recomendación de sentido común de acumular superávit en épocas de auge —por ejemplo Argentina en los años noventa— a fin de dejar margen para los déficit que se produzcan en la fase de depresión.

Sin embargo, para algunos críticos, una solución sencilla consiste en dirigirse al FMI en términos enérgicos: si esos tozudos economistas del Fondo comprendieran, por lo menos, que una política fiscal expansiva puede ser muy eficaz para promover el crecimiento del producto, comprenderían que los países pueden superar una crisis de la deuda simplemente endeudándose aún más. ¿Recuerdan al gurú económico del ex Presidente de Estados Unidos Ronald Reagan, Arthur Laffer, que sostenía la teoría de que reduciendo las tasas impositivas el país lograría un crecimiento económico de tales proporciones que el ingreso tributario aumentaría en realidad? Con argumentos bastante parecidos, algunos críticos del FMI —desde el economista ganador del Premio Nobel Joseph Stiglitz hasta la entidad filantrópica Oxfam— sostienen que, manteniendo un déficit fiscal en medio de la conmoción producida por la deuda, un país puede lograr un crecimiento económico de tal magnitud que estará en condiciones de mantener esos altos niveles de deuda. Se presume que los acreedores comprenderán este argumento y entregarán alegremente los fondos adicionales necesarios. Problema resuelto, caso concluido. A decir verdad, ¿qué necesidad habría jamás de austeridad?

Huelga decir que la reducción de impuestos dispuesta por el Presidente Reagan en los años ochenta no se tradujo en un aumento del ingreso tributario, sino en un déficit de gran escala. Por razones similares, no existe una poción mágica para los países deudores en dificultades. Los prestamistas simplemente no se dejan persuadir por argumentos de ese género.

Aún más absurda es la idea de que los países deben bajar las tasas de interés —en lugar de elevarlas— para hacer frente a las crisis de la deuda y a las crisis cambiarias. Cuando los inversionistas temen que esté aumentando la probabilidad de que un país incurra en cesación del pago de sus deudas, lo lógico es que, para contrarrestar ese riesgo, exijan tasas de interés más altas, y no más bajas. Y cuando los ciudadanos de un país pierden la confianza en su propia moneda exigen una prima mayor para aceptar instrumentos de deuda denominados en dicha moneda o para mantener sus depósitos en los bancos nacionales. No es sorprendente que, prácticamente en todos los países que experimentaron crisis de la deuda en la última década —desde México hasta Turquía—, las tasas de interés subieran como la espuma aun cuando se permitiera la flotación de sus monedas frente al dólar.

Es lícito discutir hasta qué punto debe permitirse la subida de las tasas de interés para hacer frente a ataques especulativos contra la moneda. Cuanto más altas son las tasas de interés mayores son las tensiones que sufre la economía y más numerosas las quiebras y las caídas de los bancos; son casos clásicos los de México en 1995 y Corea de Sur en 1998. Además, como en la mayoría de los países en crisis se da una considerable “dolarización de los pasivos” —en otras palabras, una gran proporción de los prestamos están denominados en dólares— una reducción excesivamente pronunciada del tipo de cambio también es causa de quiebras; el caso de Indonesia en 1998 no es más que un ejemplo entre otros muchos. Los gobiernos deben establecer un delicado equilibrio de corto a mediano plazo, al determinar con qué rapidez han de reducir las tasas de interés respecto a los niveles de épocas de crisis. Como mínimo indispensable, quienes critican las tácticas del FMI deben reconocer la dificultad de esas soluciones de compromiso. La opinión simplista de que todo puede resolverse simplemente adoptando medidas más flexibles, “que favorezcan el empleo”, como la reducción de las tasas de interés y la expansión fiscal, es peligrosa y además ingenua en un contexto de turbulencia financiera.

Fanáticos de los controles de capital

Aunque en los medios de difusión las crisis monetarias y las operaciones de rescate financiero son los aspectos dominantes de la cobertura del FMI, gran parte de la labor de rutina del organismo consiste en un diálogo permanente con sus 184 países miembros. En el marco de los programas de supervisión del Fondo, los técnicos de la institución visitan regularmente dichos países y se reúnen con las autoridades económicas para analizar la mejor forma de lograr un crecimiento económico sostenido y tasas de inflación estables. Por lo tanto, en lugar de juzgar al Fondo exclusivamente por la eficacia de las medidas que adopta para hacer frente a crisis financieras, los críticos deberían considerar sus continuas recomendaciones para tratar de ayudar a los países a evitar problemas. A este respecto quizá el tema más polémico sea el referente a las recomendaciones sobre la liberalización de los movimientos internacionales de capital, es decir, sobre la rapidez con que los mercados emergentes deben abrir de par en par sus mercados financieros internos, dotados en muchos casos de fuertes mecanismos de protección.

Críticos tales como el economista de la Universidad de Columbia Jagdish Bhagwati, han señalado que el celo con que el FMI promueve la libre circulación de capitales en el mundo sembró inadvertidamente las semillas de la crisis financiera de Asia. En principio, si los bancos y las empresas de los mercados emergentes asiáticos no hubieran podido endeudarse libremente en moneda extranjera no habrían acumulado enormes deudas de ese género, los acreedores internacionales no habrían exigido el reembolso en momentos en que se estaba agotando la liquidez y se estaban encareciendo las divisas. Pese a que durante la crisis de Asia yo no trabajaba para el FMI, la impresión que extraje de la lectura de documentos archivados y de mis conversaciones con veteranos de la institución es que, si bien esta acusación goza de cierto predicamento, las recomendaciones del Fondo fueron más eclécticas a este respecto de lo que admite la mayoría de los críticos. Por ejemplo, en los meses que precedieron al colapso de la moneda tailandesa, en 1997, en los informes del FMI sobre esa economía se describían en términos drásticos los riesgos de liberalizar los flujos de capital manteniendo, al mismo tiempo, un tipo de cambio fijo de la moneda nacional (el baht) frente al dólar de EE.UU. Como describe vívidamente Blustein en The Chastening, las autoridades tailandesas hicieron oídos sordos a esas advertencias, confiando en que Bangkok se convertiría en un centro financiero, como Singapur. En última instancia, el baht tailandés sucumbió a un ataque especulativo de gran envergadura. Naturalmente, en algunos casos —los más famosos son los de Corea del Sur y México— el Fondo no alertó a los países en forma suficientemente categórica sobre los peligros que implicaba la apertura a los mercados internacionales de capital antes de que los mercados financieros internos y sus autoridades reguladoras estuvieran preparados para hacer frente a la consiguiente volatilidad.

Independientemente de cómo se distribuyan las culpas por las crisis financieras de las dos últimas décadas, abundan los errores de concepto acerca de las virtudes y defectos de la liberalización de los mercados de capital. En primer lugar, es lisa y llanamente un error concluir que los países con mercados de capital cerrados estén en mejores condiciones para capear el temporal en los mercados financieros. Hay que reconocer que las economías relativamente cerradas de China e India no contrajeron la “gripe asiática”, o por lo menos no se trató de casos especialmente graves. Pero tampoco lo fueron los casos de Australia y Nueva Zelandia, países que se ufanan de haber liberalizado radicalmente sus mercados de capital. ¿Por qué? Porque los mercados financieros internos muy desarrollados de esos dos países estaban sometidos a una regulación sumamente adecuada. El peligro más grave acecha en el término medio, especialmente en el caso de las economías —muchas de ellas de Asia oriental o América Latina— en las que la debilidad y la falta de desarrollo de los mercados financieros se acompañan de una insuficiente regulación.

Además, un país necesita ingresos de exportación como respaldo para hacer frente a los pagos de su deuda externa, y las industrias de exportación no brotan de la noche a la mañana. Por ese motivo, los riesgos que conlleva incurrir en problemas de financiamiento externo son mayores para los países que liberalizan plenamente sus mercados de capital antes de abrirse considerablemente a los flujos comerciales. De hecho, las economías con sectores comerciales pequeños pueden tener dificultades aunque su nivel de endeudamiento parezca moderado. Este problema ha atormentado repetidamente a los países de América Latina, en los que el comercio exterior está relativamente restringido por políticas autárquicas, que se combinan con una ubicación remota.

Quizá la prueba más elocuente de la conveniencia de liberalizar los mercados de capital sea que, pese a las perturbaciones financieras internacionales de la ultima década, la mayor parte de los países en desarrollo sigan tratando de liberalizar sus mercados de capital como objetivo a largo plazo. Son sorprendentemente pocos los países que han dado marcha atrás al proceso de liberalización financiera y de la cuenta de capital. A medida que la economía nacional se va desarrollando, sobre todo en lo tocante al nivel de negociación y a la amplia utilización de sus instrumentos financieros, los responsables de la política económica buscan tenazmente la manera de convivir con mercados de capital abiertos. Las enseñanzas de los enérgicos y fallidos intentos de los países europeos de regular los flujos internacionales de capital en los años setenta y ochenta parecen estar siendo asimiladas cada vez más por los países en desarrollo.

Incluso China, que durante mucho tiempo fue el modelo predilecto de fuerte crecimiento económico para los entusiastas de los controles de capital, se ha propuesto como objetivo cardinal a largo plazo una mayor apertura hacia los mercados de capital. Las autoridades económicas comprenden que una cosa es convertirse en una economía de US$1.000 per cápita como lo es China en la actualidad y otra mantener ese desempeño estelar en materia de crecimiento económico y algún día lograr ingresos per cápita de US$20.000 a US$40.000 como los países industrializados. Para ello, China necesitará, en ultima instancia, un mercado de capitales de categoría mundial.

Aunque, como norma universal, estamos asistiendo a un continuo proceso de aproximación a una mayor movilidad del capital, una absoluta e irrestricta movilidad del capital a escala mundial no constituye necesariamente el resultado óptimo a largo plazo. Los controles temporales a la salida de capital pueden ser importantes para hacer frente a algunas crisis financieras modernas y, al mismo tiempo, a los países que registran un aumento repentino de la afluencia de capital puede convenirles establecer diversos tipos de impuestos que no graven excesivamente esa afluencia. Chile es el ejemplo clásico de un país que parece haber utilizado con éxito impuestos sobre la afluencia de capital favorables para el mercado, aunque persiste un acalorado debate acerca de su eficacia. Sea como fuere, la comunidad internacional debe encontrar la manera de atemperar las corrientes de deuda y al mismo tiempo promover las inversiones de capital y las inversiones extranjeras directas tales como las inversiones físicas en instalaciones y equipo. En los países industrializados, los daños de una caída del 20% en los mercados bursátiles se reparten automáticamente, de forma bastante amplia, entre toda la economía; en cambio en los países que basan su financiamiento en la deuda externa, un súbito cambio de actitud de los inversionistas puede generar desastres.

No obstante, las autoridades financieras de los países en desarrollo deben considerar con cautela los controles de capital, sin pensar que son una solución fácil. Los controles “temporales” pueden arraigarse muy fácilmente, ya que las fuerzas políticas y las presiones presupuestarias hacen difícil eliminarlos. Invitados a la mesa del almuerzo, los controles de capital tratarán de quedarse también a cenar.

Un buen negocio mundial

¿La comunidad internacional debe simplemente desechar la política de movilidad mundial del capital y recomendar a los países que cierren sus fronteras? En una perspectiva que abarque el resto del siglo XXI, ¿el mundo realmente quiere adoptar una política de más estricto aislacionismo financiero?

Quizás el mayor desafío que enfrentan los países industrializados en este siglo es el que representa el extraordinario envejecimiento de su población. Teniendo en cuenta este factor, ¿no sería más conveniente que los países ricos buscaran mecanismos eficaces para invertir en países en desarrollo mucho más jóvenes, y luego utilizaran el producto de esas inversiones para brindar asistencia económica al creciente número de jubilados? Además, debemos admitir que los países en desarrollo del mundo necesitan sin dilación financiamiento para inversiones y educación, por lo cual el comercio exterior sería beneficioso para ambas partes: todos ganarían. Es cierto que las crisis de la deuda recurrentes que ha sufrido el mundo en desarrollo han atemperado esa conclusión, pero la integración financiera puede ser enormemente beneficiosa. Una retirada en toda la línea difícilmente será la solución.

¿Puede ayudar el FMI? Ciertamente. El Fondo constituye un foro clave para el intercambio de ideas y prácticas óptimas. Indudablemente se podría dejar de lado esas consideraciones y suprimir el FMI, como desean algunos detractores más extremos de la institución, pero con ello no se resolvería ningún problema fundamental. Este mundo cada vez más globalizado seguirá necesitando un foro económico mundial. Incluso hoy día, el FMI sigue siendo un foro de ese tipo para el diálogo y el debate en torno a un nuevo procedimiento internacional de quiebra que pueda atenuar el caos resultante de la insolvencia de los países deudores.

Además, el FMI, o algún organismo multilateral similar, parece ser un mecanismo esencial para dar solución a muchos otros problemas. Por ejemplo, el actual sistema de multiplicidad de regímenes cambiarios parece demasiado inestable como para sobrevivir en el siglo XXII. ¿Cómo realizará el mundo la transición hacia un sistema más estable y coherente? Se trata de un problema mundial, y para enfrentarlo se requiere la perspectiva global que el FMI puede ayudar a proporcionar.

¿Y qué decir de la pobreza? A este respecto, al organismo hermano del FMI, el Banco Mundial, con su enfoque microeconómico y social y la escala consiguientemente mucho mayor de su personal, le ha sido confiado con acierto el papel de institución orientadora. No obstante, los países pobres del mundo en desarrollo siguen enfrentando importantes desafíos macroeconómicos. Por ejemplo, aunque se aumente la asistencia, las autoridades de los países con mercados emergentes tendrán que hallar la manera de dar un vigoroso impulso a la producción interna. Quizá los países pobres no necesitarán el asesoramiento específico del FMI en materia macroeconómica, pero sí necesitarán algo muy similar.

La irreversible globalización

BANCO MUNDIAL CONTRA FMI, Y VICEVERSA

En el contexto a que estamos refiriéndonos, cargado de tensiones entre el FMI y el BM, a nadie ha extrañado nadie que un día saltara la chispa dialéctica. Concretamente, el 28 de junio, cuando en la Biblioteca del Banco Mundial se hizo un acto de presentación del libro de Stiglitz, encomendándose esa tarea a Kenneth Rogoff, actual Director de Estudios del FMI. En tan discreto ambiente, y cuando se pensaba que todo iba a ser una serena y tal vez monótona sesión dedicada a temas como el manejo de los tipos de interés, la técnica de los planes de ajuste, y la forma de institucionalizar las ayudas de ambas organizaciones a los países en crisis, Kenneth Rogoff, de lo más inesperadamente, formuló un duro ataque a las tesis de Stiglitz.

Empezó por cuestiones muy personales, defendiendo a su predecesor en el FMI, Stanley Fischer, que según Stiglitz fue premiado por los grandes grupos financieros tras su salida del Fondo; hace pocos meses, al adjudicársele la presidencia del Grupo Citi. Por otro lado, Rogoff puso en dudas las ideas centrales del libro de Stiglitz, especialmente en todo lo que concierne a la forma de trabajar el Fondo. En el sentido de que los informes sobre países, de misiones de sus funcionarios, están poco trabajados, apreciándose aún más poco las opiniones de los observadores locales. E incluso escribiendo los informes como si nunca se hubiera visitado los países a analizar.

A esa catilinaria puesta en boca de Stiglitz, Rogoff replicó que muchos empleados del FMI hacen semanas de 80 horas de trabajo, y arriesgan su vida, visitando países en condiciones extremas como las de Asia Central, a temperaturas muy bajas, o contraen enfermedades letales en las áreas tropicales. Aún más concretamente, Rogoff caracterizó el libro objeto de presentación como “una curiosa mezcla de ideología y mala ciencia económica”, para acto seguido pedir su retirada del mercado.

Toda la controversia reseñadas se produjo en medio de la tensión y la sorpresa de los asistentes, y tuvo numerosas referencias ulteriores en los grandes medios de comunicación anglosajones, como el World Street Journal, el Financial Times, The Economist, etc.

Por todo ello, debemos preguntarnos: ¿qué hay en el fondo de toda la polémica Rogoff/Stiglitz? ¿Es una lucha entre científicos para encontrar el recto camino, o más bien resulta expresivo de actitudes ideológicas muy diferentes? Lo segundo es lo más seguro, sobre la base de que Stiglitz, a lo largo de sus años en el Banco Mundial, ha sido permanente crítico de las operaciones del FMI. Por entender, según subraya ahora detenidamente en su libro, que en toda una serie de experiencias de asesoramiento del Fondo, se asigna la preeminencia suprema al mercado; sin advertir las ventajas que tendrían algunos dispositivos de regulación.

Lo expresado hasta aquí no significa, ni mucho menos, que Stiglitz se sitúe contra la globalización, que por lo demás es irreversible, y que va a seguir contra viento y marea. Como a mi juicio puso de relieve muy bien el anterior director de la OMC, Mike Moore, cuando dijo aquello de que “la única alternativa a la globalización es la guerra fría, la vuelta al armamentismo, y a las tensiones que pudieron parecernos definitivamente superadas”.

¿PUENTES ENTRE DAVOS Y PORTO ALEGRE?

Hoy, el espíritu de la controversia sobre la globalización tiene nombres propios; siendo el primero, por orden de antigüedad, el Foro Económico Mundial de Davos, la celebre estación de esquí en los Alpes suizos, donde desde hace más de 20 años se reúnen representaciones sobre todo de los países avanzados; casi siempre para subrayar la necesidad de una economía abierta de mercado. En tanto que en el Foro Social Mundial, con sede en la ciudad brasileña de Porto Alegre, la capital del Estado de Río Grande Do Sul, se defienden posturas más intervensionistas en la idea de hacer posible una mejor distribución de riqueza y renta a escala mundial.

Entre esos dos foros se sitúa Stiglitz, aceptando lo inevitable de la globalización, pero proponiendo, al mismo tiempo, una serie de reformas para que los países menos desarrollados puedan beneficiarse de ella. Lo cual hace pensar que entre Davos y Porto Alegre están tendiéndose puentes para tal vez un futuro entendimiento, tal como lo expresaba Mario Soares, el ex Presidente de Portugal, el 4 de marzo del 2002, cuando a invitación del autor de este comentario, y dentro de los Cursos de Invierno de la UCM, explicaba, recién regresado de Porto Alegre, que lo verdaderamente deseado en el Sur es una globalización con rostro humano; o como dice Mary Robinson, responsable máxima de los Derechos Humanos en las Naciones Unidas, una globalización con nuevas reglas de equidad y justicia.

En ese sentido, están cimentándose, seguramente, nuevas bases de entendimiento, que podrían personificar los más descontentos del Foro de Davos, como lo es George Soros, y los más críticos de los problemas del Tercer Mundo, como en el caso de Noam Chomsky en el marco de Porto Alegre.

Naturalmente, habrá que dar tiempo al tiempo, y la dialéctica de los hechos y las ideas, el enfrentamiento, a pesar de esas aproximaciones, proseguirá sine die. Ese es el sino del mundo en que vivimos.

http://blogs.periodistadigital.com/tamames.php?p=136&more=1&page=2

P. Krugman: equipo economico de Obama va por mal camino…

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k05PAUL KRUGMAN 25/01/2009

UN RESCATE INCIERTO…

La anticuada economía del vudú -la creencia en la magia de las rebajas fiscales- ha desaparecido del discurso civilizado. El culto a la economía de la oferta se ha reducido hasta tal punto que sólo lo profesan maniáticos, charlatanes y republicanos.

Pero algunos informes de prensa recientes dan a entender que muchas personas influyentes, incluidos funcionarios de la Reserva Federal, reguladores bancarios y, posiblemente, miembros del Gobierno entrante de Obama se han vuelto devotos de otro tipo de vudú: la fe en que podemos hacer que los bancos anden celebrando complejos rituales financieros.

Para explicar el problema, permítanme describir la posición de un banco hipotético que denominaré Gothamgroup, o Gotham, para abreviar.

Sobre el papel, Gotham tiene activos por valor de 2 billones de euros y unas deudas de 1,9 billones, de modo que tiene un valor neto de 100.000 millones de euros. Pero una fracción considerable de estos activos -pongamos, 400.000 millones de euros- son activos hipotecarios y otra basura tóxica. Si el banco intentase vender estos activos, no obtendría más que 200.000 millones de euros.

Por consiguiente, Gotham es un banco zombi: sigue funcionando, pero en realidad ya ha quebrado. Sus acciones no carecen por completo de valor (sigue teniendo una capitalización bursátil de 20.000 millones de euros), pero ese valor se basa enteramente en la esperanza de que los accionistas serán rescatados por una ayuda estatal.

¿Por qué iba el Estado a rescatar a Gotham? Porque desempeña una función primordial en el sistema financiero. Cuando se permitió que Lehman quebrase, los mercados financieros se congelaron y durante unas semanas la economía mundial se tambaleó al borde del colapso. Puesto que no queremos repetir la actuación, hay que mantener a Gotham a flote. Pero ¿cómo podemos hacerlo?

Bien, el Gobierno podría limitarse a darle a Gotham unos 200.000 millones de euros, suficiente para que vuelva a ser solvente. Pero esto, por supuesto, sería un enorme regalo a los actuales accionistas de Gotham y también invitaría a asumir riesgos excesivos en el futuro. Aun así, la posibilidad de que se produzca ese regalo es lo que ahora sostiene el precio bursátil de Gotham.

Un método mejor sería hacer lo que el Gobierno hizo con las cajas de ahorro zombies a finales de la década de 1980: se incautó de los bancos difuntos y se deshizo de los accionistas. Después transfirió sus activos morosos a una institución especial, la Resolution Trust Corporation [Corporación del Fideicomiso de Resolución], pagó suficientes deudas de los bancos como para devolverles la solvencia y vendió los bancos saneados a nuevos propietarios.

Sin embargo, los actuales rumores dan a entender que los políticos no están dispuestos a seguir ninguno de estos métodos. Por el contrario, supuestamente se inclinan por una solución intermedia: trasladar los activos tóxicos de los balances de los bancos a un banco malo o banco agregador público, parecido a la Corporación del Fideicomiso de Resolución, pero que no se incautaría primero de los bancos.

Sheila Bair, presidenta de la Corporación Federal de Seguros de Depósitos, intentó hace poco explicar cómo funcionaría: “El banco agregador compraría los activos a un valor justo”. Pero ¿qué significa “valor justo”?

En mi ejemplo, Gothamgroup es insolvente porque los supuestos 400.000 millones de euros de activos tóxicos que tiene en sus libros sólo valen de hecho 200.000. La única manera de que una compra pública de esos activos tóxicos pueda devolver la solvencia a Gotham es que el Estado pague mucho más de lo que los compradores privados están dispuestos a ofrecer.

Ahora bien, los compradores privados podrían no estar dispuestos a pagar lo que los activos tóxicos valen en realidad: “La verdad es que en estos momentos no disponemos de ninguna tasación racional de algunas de estas categorías de activos”, afirma Bair. Pero ¿debería la Administración pública dedicarse a declarar que sabe mejor que el mercado cuánto valen los activos? ¿Y es realmente probable que pagar un “valor justo”, sea lo que sea que eso signifique, bastaría para devolverle la solvencia a Gotham?

Lo que sospecho es que los políticos -posiblemente sin ser conscientes de ello- se disponen a dar gato por liebre: una política que se parece a la limpieza de las cajas de ahorro, pero que en la práctica equivale a hacer a los accionistas de los bancos, a expensas del contribuyente, enormes regalos disfrazados de compras de activos tóxicos a un “valor justo”.

¿Por qué estas contorsiones? La respuesta parece ser que Washington sigue teniendo un miedo mortal a esa palabra que empieza por N: nacionalización. La verdad es que Gothamgroup y sus instituciones hermanas ya son pupilas del Estado, completamente dependientes de la ayuda del contribuyente, pero nadie quiere reconocer ese hecho y aplicar la solución obvia: una absorción pública explícita, aunque temporal. De ahí la popularidad del nuevo vudú, que, como he dicho, afirma que unos rituales financieros complejos pueden resucitar a los bancos muertos.

Por desgracia, este retorno a la superstición puede salir caro. Espero equivocarme, pero sospecho que los contribuyentes estamos a punto de ser víctimas de otra mala pasada, y estamos a punto de que nos den otro plan de rescate financiero que no servirá para nada.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. Traducción de News Clips. © New York Times News Service, 2009

 

Sobre el último libro de Paul Krugman

(El retorno de la economía de la depresión y la crisis actual, editorial Crítica)

JOAQUÍN ESTEFANÍA 25/01/2009
Al tiempo que la toma de posesión de Obama manifestaba la potencia de un nuevo liderazgo, se publicaba en España el último libro de Paul Krugman (El retorno de la economía de la depresión y la crisis actual, editorial Crítica), que es el primero que sale tras habérsele concedido el Nobel de Economía. En el anterior, Krugman se declaraba favorable a la nominación de Hillary Clinton como candidata del Partido Demócrata. En realidad, El retorno de… es una edición corregida y aumentada de un viejo texto de 1999, cuando el economista estudió los efectos de la primera crisis global de la historia: la que comenzó en los países del sureste asiático con la devaluación de la moneda tailandesa.
 

Ahora, con la perspectiva de una década, entiende Krugman que aquélla fue un ensayo general con todo de la crisis que hoy asuela el planeta. Al último galardonado con el Nobel de la cosa -que se distingue de otros colegas, entre otros aspectos, por la gran claridad de su escritura y su envidiable capacidad argumental- le gustaría decir que esta crisis no se parece a ninguna de las que hemos visto en el pasado, pero acierta al comunicar que es idéntica a las anteriores, “con la particularidad de que, en esta ocasión, todos los elementos se dan simultáneamente”: el estallido de la burbuja inmobiliaria, comparable a lo que aconteció en Japón a finales de los años ochenta; una sucesión de pánicos bancarios como los que se dieron en los años treinta (si bien hasta hace poco parecía que el primer afectado era, sobre todo, el sistema bancario en la sombra y no la banca convencional); una trampa de liquidez en Estados Unidos que nos recuerda de nuevo lo acontecido en Japón; y más recientemente, una interrupción de los flujos de capital internacional y una serie de crisis de divisas, similares a lo que pasó en Asia a finales de la década de los noventa.

Esta tormenta perfecta es la que hace que los números y las previsiones apenas aguanten horas antes de quedarse irremediablemente viejos. Los de la Reserva Federal sustituyen a los de la Oficina Presupuestaria del Congreso; los de la Comisión Europea, a las actualizaciones de los Programas de Estabilidad 2008-2011 de los países de la zona euro, etcétera. El consenso de los principales servicios de estudio sobre la marcha de la economía ha de ser actualizado de modo casi permanente, y los cuadros macroeconómicos de los presupuestos estatales, arrojados a la basura de las antiguallas inservibles.

Por ello, las últimas previsiones de la Comisión Europea, presentadas la pasada semana por el comisario de Asuntos Económicos, Joaquín Almunia, y que sustituyen a las del mes de noviembre de 2008, tienen el valor que tienen. Escaso. Con una característica: la acelerada tendencia a la baja. No se ha tocado fondo. Se han destacado los niveles del paro, pero ¿qué me dicen de la marcha del déficit público? Ejemplos para el año presente y el futuro: Irlanda (11% y 13% del PIB), Reino Unido (8,8% y 9,6%), España (6,2% y 5,7%), etcétera.

 

El País.com

¿Por que B. Obama no habló en su discurso de Gaza, Palestina e Israel?, por R. Fisk

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Por Robert Fisk *

Quizá hubiese sido útil que Obama hablara de lo que todo el mundo está hablando en Medio Oriente. Parece que faltó coraje. No, no se trata del retiro de las tropas de Irak, eso ya se sabe. Por supuesto que mencionó a “civiles masacrados”, pero esto no era precisamente lo que los árabes tenían en mente. Lo que había que hacer era llamar a las cosas por su nombre y, sin más, referirse al conflicto de Gaza.

Claro que, para ser honestos, llamó a Mahmud Abbas. Tal vez Obama piense que él es líder de los palestinos, pero como todo árabe sabe, a excepción quizás del Sr. Abbas, este hombre lo único que lidera es un gobierno fantasma, asimilable a un cuerpo que agoniza y que sólo se mantiene con vida gracias a las transfusiones de sangre que le brinda la “comunidad internacional”. Además, por supuesto, Obama hizo la llamada obligada a los israelíes.

Pero para los pueblos de Medio Oriente, si hubo algo que ensombreció el discurso inaugural del nuevo presidente norteamericano fue justamente la ausencia en su discurso de las palabras “Gaza” e “Israel”. ¿Acaso no le importó? ¿Tuvo miedo? ¿Es que el muchacho que le escribe los discursos a Obama no se dio cuenta de que el hecho de hacer hablar a su jefe de por qué a los negros no les servían un plato de comida en ciertos restaurantes hace 60 años en Estados Unidos iba a hacer pensar a los árabes en un pueblo actualmente discriminado y masacrado sólo por votar a la “gente equivocada”? Demasiados cuerpos muertos yacen en Gaza como para que la cuestión no haya estado presente en ese discurso. Imposible no verlos.

Por eso, por más distancia que el nuevo presidente haya tratado de poner en su discurso con el régimen corrupto al cual reemplazó, demasiados ecos sonaron en el ambiente, como si los atentados del 11 de septiembre hubiesen ocurrido ayer. En consecuencia, tuvimos que recordar, por ejemplo, cómo “heroicos bomberos lucharon contra las cortinas de humo que bajaban por las escaleras”.

Si bien es cierto que para los árabes frases del tipo “nuestra nación está en guerra con una red de violencia y odio de alcance mundial” remite puramente a Bush, el hecho de que Obama haya hecho referencia al “terror”, esa palabra tan usada por Bush y los israelíes, fue un signo preocupante de que todavía no captó el mensaje. De ahí que, por ejemplo, lo hayamos visto hablando de cómo, a pesar de la fuerza de los talibán y las masacres que cometen, “no nos vencerán”. ¿Les suena? En cuanto a sus menciones de “aquellos corruptos que pretenden acallar la disidencia”, frase que supuestamente aludía a Irán, lo cierto es que en el imaginario árabe esas características seguramente remitan a líderes como Hosni Mubarak en Egipto (quien por cierto también recibió una llamada de Obama), el rey Abdallah de Arabia Saudita y toda esa clase de autócratas que se la pasan cortando cabezas pero que son, claro, los aliados de Estados Unidos en la región.

Hanan Ashrawi lo entendió bien. Los cambios que hacen falta en Medio Oriente, es decir, justicia para los palestinos, seguridad para éstos y para los israelíes, el fin de la construcción de los asentamientos para judíos en Cisjordania, el fin de toda violencia, tienen que ser inmediatos. Y, si acaso el tibio nombramiento de George Mitchell como enviado para la región estaba destinado a satisfacer estas demandas, por ahora no alcanza. Ni de cerca.

El mensaje amigable destinado a los musulmanes que evocó la necesidad de encontrar un nuevo enfoque para relacionarse basado en los intereses y el respeto mutuos, simplemente no ilustra ni remite bajo ningún concepto a las imágenes del baño de sangre que tuvo lugar en Gaza durante las últimas semanas. Sí, los países árabes y muchos otros alrededor del mundo pueden regocijarse de que la era Bush haya terminado y Guantánamo se vaya a cerrar. Pero, ¿serán juzgados los torturadores de Bush y de Rumsfeld? ¿O serán discretamente cambiados de lugar de trabajo hacia alguno donde no tengan que calzarse el instrumental de tortura y escuchar a la gente gritar de dolor?

Bueno, después de todo, hay que darle una oportunidad a la nueva administración. Quizá Mitchell hable con Hamas, él es nuevo y puede hacerlo, ¿pero qué tendrán para decir los ya probados fracasos como Denis Ross, Rahm Emmanuel, Robert Gates o Hillary Clinton? Todo el mundo notó la ausencia de esas dos palabras, Palestina e Israel. Parece que eran dos papas demasiado calientes para agarrar en un día tan helado en Washington, en el que Obama ni siquiera estaba usando guantes.

* De The Independent. Especial para Página/12.

Presidente B. Obama: ¿cómo asumirá simbolos, promesas e intereses contradictorios?

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Por Santiago O’Donnell

Fue la ceremonia de traspaso de poder más vista en la historia de la civilización. Como tal fue pensada y por eso la sobrecarga de simbolismo. Tuvo como máximo referente a Abraham Lincoln, el héroe republicano de la guerra civil, el hombre blanco que más hizo por la igualdad de las razas en Estados Unidos. Tuvo la bendición del pastor Rick Warren, un viejo luchador del movimiento por los derechos civiles de los años sesenta, uno de los negros vivos que más hicieron para unir a las razas en Estados Unidos. Y contó con la esforzada presencia del gran Muhammad Alí, el mejor atleta de todos los tiempos, uno de los hombres que más hicieron por la dignidad y los derechos de los negros en Estados Unidos y el mundo.

Esa es la impronta simbólica que Obama eligió darle al inicio de su presidencia, la de la unidad entre los blancos y los negros en primer lugar, para cerrar las heridas de la esclavitud, los linchamientos, las iglesias quemadas y las leyes Jim Crow.

Por eso empezó y terminó su discurso hablando de relaciones raciales. Arrancó invocando los “sacrificios” de sus antepasados y la “sangre” que dieron para alcanzar la “extensión de los derechos constitucionales”, o sea el fin de la esclavitud. Cerró recordando que hace 60 años los clientes negros eran rechazados en muchos restaurantes y ahora negros y blancos se mezclaban en el parque central de Washington para asistir a su asunción.

Así, Obama habló de unidad racial, no ya como meta o tarea pendiente, sino como punto de partida de un consenso más amplio, basado en la igualdad de oportunidades y en el respeto por el otro. El llamado a la unidad que simbolizó la ceremonia incluyó a los adversarios políticos, representados en la figura de Bush, a quien Obama trató con deferencia. También se extendió al mundo entero que miraba por televisión. Significativamente, en su discurso Obama sólo se dirigió a dos actores internacionales, ninguno de ellos aliados naturales de Estados Unidos. Al mundo musulmán le prometió un nuevo camino de paz. A los países pobres les prometió no ser indiferente.

La puesta en escena se completó con la ubicua presencia de Dianne Feinstein. La veterana senadora por California ofició de maestra de ceremonias en la explanada del Capitolio. Anunciaba lo que iba a pasar, presentaba a los números musicales, señalaba a las distintas personalidades que iban ocupando el escenario y las tribunas, llamaba a cantar el himno cuando era el momento. Feinstein representa el ala liberal y feminista del Partido Demócrata, y también es una fuerte aliada del lobby israelí. A través de ese capital simbólico, Obama buscó equilibrar el protagonismo de Bush en la ceremonia y mandar un guiño a su aliado en Medio Oriente.

Pero claro, así como es difícil conciliar intereses enfrentados en distintas partes del mundo, también lo es a nivel local. El mandato de cambio profundo que recibió el nuevo presidente tensiona la alianza policlasista y multisectorial que él propone. Esa tensión quedó en evidencia en el primer tramo del discurso inaugural, dedicado a la economía. Obama dijo que va a recompensar a los hacedores, a los creadores y a los tomadores de riesgo. Pero se reservó el derecho a agrandar el estado y anunció que habrá que tomar decisiones duras.

Los intereses que tocarán, o no, esas duras decisiones terminarán por definir las características de su alianza gobernante. Eso se verá con el tiempo. Lo que ayer hizo Obama es marcar un punto de partida y establecer las reglas básicas que regirán su presidencia.

En ese sentido, antes que líder y aún antes que ciudadano, se definió a sí mismo como un representante del pueblo. Para hacerlo usó las primeras tres palabras de la Constitución estadounidense, “We the People” (Nosotros la Gente): “Estados Unidos no prosperó simplemente por la habilidad y visión de aquellos en altos cargos. Prosperó porque Nosotros la Gente permanecimos fieles a nuestros antepasados y nuestros documentos fundantes”.

Desde ese lugar prometió que el respeto por los derechos humanos estará por encima de la lucha antiterrorista, admitiendo implícitamente que ese no fue el caso durante la presidencia de George W. Bush.

Mientras partía el helicóptero que alejaba a Bush de la Casa Blanca, dando fin a la ceremonia, el analista de la CNN en español se babeaba. “Fue una jornada impecable. En muy pocos lugares del mundo se puede presenciar un traspaso de poder voluntario, sin enfrentamientos,” dijo entusiasta desde un rincón de la pantalla, haciendo gala de un impecable castellano con acento centroamericano. “Esto demuestra que el nuestro es un gran país (Estados Unidos)”, se congratuló.

Pero mientras el analista apilaba elogios para la democracia norteamericana, millones de televidentes dispersos por el mundo se imaginaban, en un final hollywoodense, al helicóptero de Bush explotando en mil pedazos.

Lindo desastre le dejó a Obama. Linda ceremonia.

sodonnell@pagina12.com.ar

Página/12

Obama, Chávez y América Latina…

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obama-ooo001Obama asumió el martes 20 de enero la presidencia de los EE.UU., y antes de hacerlo opina entre otros temas sobre Chávez y América Latina. En su entrevista a Univisión opinó en efecto sobre muchos tópicos, incluidos los ya mencionados, pero nuevamente no dijo nada significativo sobre la crisis en el medio oriente y el rol de Israel como país agresor. En ese rubro nada que pueda cuestionar al “presidente Bush”.

Pero sobre América Latina y Venezuela, tampoco dice nada que contradiga las conocidas posiciones de Bush, salvo quizás en el tono… Obama sostiene que “Chávez ha sido una fuerza que ha impedido el progreso de la región”.  ¿En qué sentido? ¿Por su vínculo con las Farc?  ¿O por su constante cuestionamiento de las políticas estadounidenses en América Latina y su apoyo a Cuba?  Podría pensarse que más por esto último que por su relación con las Farc, relación que en muchos aspectos ha contado con el apoyo de la mayoría de los países latinoamericanos e incluso del gobierno colombiano, por su rol en la liberación de rehenes…

Más allá del estilo caudillesco o autoritario de Chávez, diríamos más bien que su rol en América Latina ha sido positivo, en el sentido de promover una corriente independientista o de autonomía nacional y continental, de centro-izquierda o de izquierda, de cuestionamiento de las políticas neoliberales y conservadoras que devastaron al continente durante más de tres décadas. Obviamente su rol ha sido negativo para esas políticas y para sus sostenedores, comenzando por el propio gobierno norteamericano.

La verdadera pregunta es más bien:  ¿”EE.UU. es una fuerza que favorece el progreso de la región”? Para una gran mayoría de latinoamericanos, EE.UU. representa más bien un gigantesco obstáculo, una fuerza opresiva, un promotor del despojo de riquezas y excedentes generados en este continente, así como un factor de desestabilización de fuerzas políticas y gobiernos progresistas (mediante golpes de estado innumerables)… Obama por cierto conoce la historia, pero ¿está dispuesto y en condiciones de modificarla en alguna medida?  Sabemos que no pocos depositan en él inmensas expectativas: ¿en que medida estará a la altura de ellas, o simplemente será una decepción más?

E. Aquevedo

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Primeras declaraciones desde que fue electo, donde critica un gobierno latinoamericano.

Barack Obama: “Chávez ha sido una fuerza que ha impedido el progreso de la región”

El Mandatario electo de Estados Unidos, que asume mañana, dijo que está dispuesto a mejorar las relaciones bilaterales.

Poco duraron las palabras de cortesía entre el Presidente Electo de EE.UU., Barack Obama, y el Mandatario venezolano, Hugo Chávez. Obama se refirió a su homólogo latinoamericano como un obstáculo que “ha impedido” el progreso de América Latina, en una entrevista que concedió la semana pasada a Univisión, y que fue segmentada y transmitida el martes y ayer domingo.

Es la primera vez que Obama aborda públicamente temas de interés para los hispanos en Estados Unidos y América Latina en general desde su elección, y el Mandatario electo fue claro: “Chávez ha sido una fuerza que ha impedido el progreso de la región”.

“Por otra parte, Venezuela es un país de importancia crítica en el comercio con toda la región, es un proveedor importante de petróleo”, declaró. “Es decir, nosotros estamos dispuestos a comenzar conversaciones diplomáticas de cómo mejorar las relaciones”.

Sin embargo, señaló que “hay que ser muy firmes cuando vemos estas noticias, que Venezuela está exportando actividades terroristas o respalda a entidades maliciosas como las FARC. Eso crea problemas que no se pueden aceptar. Ese no es un buen comportamiento internacional que debemos esperar de cualquiera en el hemisferio”.

Chávez, quien hace dos meses calificó la elección de Obama como un hecho histórico que permitiría reanudar un diálogo “constructivo”, retomó su tono crítico y severo contra EE.UU. y dijo que “no hay mucho que esperar” del nuevo Mandatario.

En un acto público, la noche del sábado, Chávez dijo que “si algún país ha sido una fuerza perversa, que ha interrumpido el progreso, la libertad, y la vida en este continente, ese país es el que tú vas a comenzar a gobernar. No es Chávez ni Venezuela ¿No te has dado cuenta todavía Obama?”.

También el jefe de Estado acusó a Obama de ponerse del lado de la oposición en su campaña contra la enmienda constitucional que permitirá la reelección indefinida de Chávez.

A pesar de sus palabras contra Chávez, el Mandatario que asumirá mañana, dijo que todavía está dispuesto a “hablar con quien sea cuando nos beneficie”, para darle un “cambio” a las relaciones con Latinoamérica.

Incluso, dentro de sus planes, expresó, está ablandar las restricciones de viajes a Cuba y remesas desde EE.UU. a las islas, pero aseguró que no levantaría el embargo y que dialogará.

En tanto, ayer Evo Morales, Presidente de Bolivia, señaló que Obama es bienvenido a entablar relaciones con los países de la región, pero aseguró que se encontrará con un “bloque fuerte”, que no aceptará una relación de “sometimiento”.

“Nuestra nación está en guerra. Nuestra economía está en crisis (…) No se olviden de que el verdadero carácter de nuestra nación se revela no en los tiempos de comodidad y calma, sino por lo que hacemos bien cuando los tiempos son difíciles”.

 

BARACK OBAMA

Entrevista a Insulza, Secretario Gral. de la OEA: “Es una pelea de un lado no más”

GONZALO VEGA SFRASANI

En conversación con “El Mercurio”, el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, se refirió a las declaraciones cruzadas entre Barack Obama y Hugo Chávez, afirmando que “es una pelea de un lado no más”.

“Trataré de ser lo más franco posible. Creo que el Presidente Obama ha dicho alguna cosa de carácter muy general de Venezuela, pero creo que no tiene ningún interés en buscar una pelea con el Presidente Chávez. El Presidente Chávez está en campaña para el referéndum, entonces naturalmente ha tomado este asunto”.

“No creo que haya habido de parte del Presidente electo ningún ataque ni mucho menos. Por lo tanto diría que es una pelea de un lado no más, desde el otro lado no creo que el Presidente Obama esté muy preocupado del tema Venezuela en estos días”.

-¿En las futuras relaciones entre Estados Unidos, Cuba y Venezuela, ¿quién tiene que tomar la iniciativa?

“Lo de Cuba me parece interesante. Por una parte hay tres medidas unilaterales: Guantánamo, liberalizar los viajes a la isla y permitir las remesas del dinero. Y al mismo tiempo Raúl Castro ha dicho que ellos van a responder gesto por gesto”.

“Vamos a ver qué va a hacer Cuba después de eso, si considera que hay que tomar otras medidas, y eso contribuye a relajar las tensiones. Creo que la situación es más bien promisoria. Ojalá hubiera disposición también a hacer gestos respecto a la presencia de Cuba en la OEA. Eso es lo que quiere la mayor parte de los latinoamericanos”.

-¿Cree que América Latina estará más presente en la agenda del nuevo gobierno, en relación a como fue durante la administración de George W. Bush?

“En un comienzo el Presidente Barack Obama va a estar muy atado a la crisis económica”, advierte Insulza.

Pero agrega que hay señales positivas: “Él ha dado señales de que tiene interés de dialogar con los presidentes de América Latina. Cuando hablé por teléfono con él, me dijo que iba a ir a la Cumbre de las Américas (en abril en Trinidad y Tobago). Se ha reunido ya con el Presidente de México. Creo que va a haber un interés mayor por América Latina. Creo que esa ha sido una cierta tradición de los demócratas en su política exterior”.

-¿Y él le habló de algún otro viaje a la región?

“Entiendo que se está conversando de un primer viaje a la región. Creo que naturalmente el Presidente debería visitar pronto México, y seguramente Brasil, y no descarto que vaya a otros países del sur. Ellos han tenido siempre frases muy favorables a Chile, y por qué no podría darse que en el primer viaje a la región estuviera Chile. Pero él no me habló de eso”.

Confianza en Obama para salir de la crisis

El 61% de los norteamericanos cree que dentro de cinco años la situación económica cambiará gracias a la gestión de Barack Obama.

En una encuesta divulgada ayer por el diario The New York Times, el 83% de los participantes considera que la situación actual es peor que la de hace cinco años, pero el 79% se declaró “optimista” acerca de las perspectivas para los próximos cuatro años debido a la presencia del demócrata en la Casa Blanca.

También el 60% de los encuestados señaló que tiene una opinión “favorable o muy favorable” de Obama, cifra superior al 22% que opina lo mismo de George W. Bush.

El Mercurio.cl

P. Krugman: Ideas para Obama…

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krugman33PAUL KRUGMAN 18/01/2009

La semana pasada, al presidente electo Barack Obama le pidieron que respondiese a los escépticos que afirman que su plan de estímulo no bastará para ayudar a la economía. Obama respondió que quiere oír ideas sobre “cómo gastar dinero de manera eficiente y eficaz para hacer que arranque la economía”. Pues bien, entraré al trapo, aunque como explicaré en breve, la metáfora del “arranque” es parte del problema.

En primer lugar, Obama debería descartar su propuesta de dedicar 114.000 millones de euros a subvenciones fiscales a empresas, lo cual no ayudaría mucho a la economía. Lo ideal sería que desechase también el recorte propuesto de 114.000 millones de euros en impuestos sobre la renta, aunque soy consciente de que fue una promesa electoral.

El dinero no despilfarrado en recortes de impuestos inútiles podría usarse para proporcionar más ayuda a los estadounidenses con problemas: aumentar las prestaciones de desempleo, ampliar el Medicaid [asistencia médica a personas sin recursos] y más. ¿Y por qué no iniciar ya las subvenciones para seguros -probablemente a un ritmo de 75.000 millones de euros o más al año- que serán esenciales si queremos una atención sanitaria universal?

Pero lo principal es que Obama necesita ampliar su plan. Para entender por qué, echen un vistazo a un nuevo informe de su propio equipo económico.

El sábado 10 de enero, Christina Romer, futura directora del Consejo de Asesores Económicos, y Jared Bernstein, que será economista jefe del vicepresidente, publicaban cálculos sobre lo que se conseguirá con el plan económico de Obama. Su informe es razonable e intelectualmente honrado, un cambio que se agradece después de las farragosas matemáticas de los últimos ocho años. Pero también deja claro que el plan se queda muy escaso respecto a lo que la economía necesita.

De acuerdo con Romer y Bernstein, el plan de Obama alcanzará su máximo impacto en el cuarto trimestre de 2010. Proyectan que, sin el plan, la tasa de desempleo en ese trimestre sería de un desastroso 8,8%. Pero incluso con el plan, el desempleo sería del 7%, aproximadamente como en la actualidad.

En el informe se afirma que, después de 2010, los efectos del plan desaparecerán rápidamente. Sin embargo, la tarea de impulsar la plena recuperación no quedaría rematada: la tasa de desempleo se mantendría en un doloroso 6,3% en el último trimestre de 2011.

Es cierto que la previsión económica es una ciencia inexacta, en el mejor de los casos, y las cosas podrían ir mejor de lo que predice el informe. Pero también podrían ir peor. En el informe se reconoce que “algunos analistas particulares prevén que las tasas de desempleo llegarán al 11% si no se toma ninguna medida. Y yo coincido con Lawrence Summers, otro miembro del equipo económico de Obama, que recientemente declaraba: “En esta crisis, hacer demasiado poco plantea una mayor amenaza que hacer demasiado”. Por desgracia, ese principio no se refleja en el plan actual.

¿Cómo puede entonces Obama hacer más? Incluyendo en su plan mucha más inversión pública, lo cual será posible si adopta un punto de vista más a largo plazo.

El informe de Romer y Bernstein reconoce que “un dólar de gasto en infraestructuras es más eficaz para crear puestos de trabajo que un dólar de rebajas fiscales”. Sin embargo, sostiene que “en un marco temporal corto, la inversión pública que puede efectuarse con eficacia tiene un límite”. ¿Pero por qué tiene que ser corto el marco temporal?

Por lo que yo sé, los planificadores de Obama se han centrado en proyectos de inversión que impulsarán el empleo sobre todo a lo largo de los próximos dos años. Pero dado que es probable que el desempleo siga siendo elevado mucho más allá de esa ventana de dos años, el plan debería incluir también proyectos de inversión a más largo plazo.

Y hay que tener en cuenta que incluso un proyecto que surta su mayor efecto en, pongamos, 2011, puede proporcionar un significativo respaldo económico en años anteriores. Si Obama abandona la metáfora del “arranque”, si acepta el hecho de que necesitamos un programa plurianual más que un efímero brote de actividad, puede crear muchos más puestos de trabajo mediante la inversión pública, incluso a corto plazo.

Aun así, ¿no debería Obama esperar una prueba de que hace falta un plan de miras más anchas y a más largo plazo? No. Ahora mismo la parte del plan de Obama relativa a la inversión está limitada por una escasez de proyectos listos para empezar de inmediato. Si Obama da su visto bueno ahora, podría haber en marcha mucha más inversión para finales de 2010 o 2011; pero si tarda mucho en decidirse, esa oportunidad habrá desaparecido.

Una cosa más: incluso con el plan de Obama, el informe de Romer y Bernstein predice una tasa de desempleo media del 7,3% en los próximos tres años. Es un porcentaje que da miedo, suficientemente elevado como plantear un verdadero riesgo de que la economía estadounidense quede atrapada en una trampa deflacionaria como la de Japón.

Por lo tanto, mi consejo al equipo de Obama es que se olviden de rebajar los impuestos a las empresas y, lo más importante, que afronten la amenaza de hacer demasiado poco haciendo más. Y la forma de hacer más es dejar de hablar de arranques y contemplar con más amplitud de miras las posibilidades para la inversión pública.

Paul Krugman es columnista del diario ‘The New York Times’. Traducción de News Clips. © New York Times News Service, 2009

El País.com

J. Stiglitz: el camino escabroso hacia la recuperación…

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joseph-stiglitzJOSEPH E. STIGLITZ 18/01/2009

Hoy existe un consenso de que la recesión de Estados Unidos -que ya lleva un año- probablemente sea extensa y profunda, y que casi todos los países se verán afectados. Siempre pensé que la noción de que lo que sucediera en Estados Unidos estaría desacoplado del resto del mundo era un mito. Los acontecimientos lo están confirmando.

Afortunadamente, Estados Unidos por fin tiene un presidente que de alguna manera entiende la naturaleza y la gravedad del problema y que se comprometió a implementar un fuerte programa de estímulo. Esto, junto con la acción concertada de los Gobiernos en otras partes, hará que la depresión sea menos severa de lo que sería si no fuera así.

La Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), que ayudó a crear los problemas mediante una combinación de liquidez excesiva y regulación laxa, intenta enmendar las cosas inundando la economía de liquidez -una medida que, en el mejor de los casos, simplemente impidió que las cosas fueran peor de lo que son-. No sorprende que quienes ayudaron a crear los problemas y no vieron venir el desastre no hicieran un buen trabajo a la hora de resolverlo. Por ahora, ya está establecida la dinámica de la caída y las cosas se pondrán peor, no mejor.

De alguna manera, la Fed se parece a un conductor ebrio que, al darse cuenta de repente de que se está saliendo del camino, empieza a conducir alocadamente de un lado a otro de la ruta. La respuesta a la falta de liquidez es cada vez más liquidez. Cuando la economía empiece a recuperarse y los bancos comiencen a prestar, ¿podrán drenar suavemente la liquidez del sistema? ¿Estados Unidos se enfrentará a un brote de inflación? ¿O, más probablemente, en otro momento de exceso, la Reserva Federal reaccionará exageradamente, cortando la recuperación de raíz? En vistas del trazo confuso exhibido hasta ahora, no podemos tener mucha confianza en lo que nos aguarda.

Aún así, no estoy seguro de que haya un reconocimiento suficiente de algunos de los problemas subyacentes que enfrenta la economía global, sin el cual la recesión global actual quizá no dé lugar a un crecimiento robusto -no importa el buen trabajo que realice la Fed.

Durante mucho tiempo, Estados Unidos desempeñó un papel importante a la hora de mantener en funcionamiento la economía global. El libertinaje de Estados Unidos -el hecho de que el país más rico del mundo no pudiera vivir con sus propios medios- fue muchas veces criticado. Pero tal vez el mundo debería estar agradecido, porque sin el libertinaje norteamericano, la demanda agregada global habría sido insuficiente. En el pasado, los países en desarrollo cumplían este papel a través de un déficit comercial y fiscal. Pero pagaron un precio alto, y ahora están de moda la responsabilidad fiscal y las políticas monetarias conservadoras.

De hecho, muchos países en desarrollo, temerosos de perder su soberanía económica en manos del FMI -como ocurrió durante la crisis financiera asiática de 1997-, acumularon cientos de miles de millones de dólares en reservas. El dinero que se dedica a reservas es ingreso que no se gasta.

Es más, la creciente desigualdad en la mayoría de los países del mundo implicó que el dinero pasó de quienes estaban dispuestos a gastarlo a quienes están tan bien que, por más que lo intenten, no pueden gastarlo todo.

El apetito interminable de petróleo del mundo, más allá de su capacidad o voluntad para producirlo, aportó un tercer factor. Los crecientes precios del petróleo transfirieron dinero a los países ricos en petróleo, contribuyendo nuevamente a la inundación de liquidez. Si bien por ahora se desinflaron los precios del petróleo, una recuperación robusta haría que se dispararan otra vez.

Durante un tiempo, la gente hablaba casi favorablemente de la inundación de liquidez. Pero esto sólo fue la otra cara de lo que había preocupado a Keynes -una insuficiente demanda agregada global-. La búsqueda de retornos contribuyó al apalancamiento y a la aceptación imprudente de riesgos subyacentes a esta crisis.

El Gobierno de Estados Unidos, durante un tiempo, compensará el ahorro creciente de los consumidores norteamericanos. Pero si los consumidores de Estados Unidos pasan de un nivel prácticamente cero de ahorro como tenían a un modesto 4% o 5% del PBI, entonces el efecto desalentador sobre la demanda (además del que resulte de las caídas en la inversión, las exportaciones y los gastos de los Gobiernos estatales y locales) no se verá plenamente compensado ni siquiera por los programas más grandes de gasto del Gobierno. En dos años, los Gobiernos, conscientes de los gigantescos aumentos de la carga de la deuda como resultado de los megarrescates y los asombrosos déficits, se verán presionados a arrojar excedentes primarios (donde el gasto del Gobierno neto de pagos de intereses es menor que los ingresos).

Hace pocos años se le tenía miedo al riesgo de un desdoblamiento desordenado de los “desequilibrios globales”. La crisis actual puede ser vista como parte de eso, pero es poco lo que se está haciendo respecto de los problemas subyacentes que dieron origen a esos desequilibrios. No sólo necesitamos estímulos temporales, sino soluciones a más largo plazo. No es que exista una escasez de necesidades; es sólo que quienes podrían satisfacer esas necesidades tienen una escasez de fondos.

Primero: necesitamos revertir las tendencias preocupantes de una creciente desigualdad. Una carga tributaria más progresiva sobre los ingresos también ayudará a estabilizar la economía a través de lo que los economistas llaman “estabilizadores automáticos”. También ayudaría si los países desarrollados avanzados cumplieran con sus compromisos de ayudar a los más pobres del mundo aumentando sus presupuestos de ayuda exterior al 0,7% del PBI.

Segundo: el mundo necesita enormes inversiones si ha de responder a los desafíos del calentamiento global. Los sistemas de transporte y los patrones de vida deben cambiarse drásticamente.

Tercero: se necesita un sistema de reservas global. Tiene poco sentido que los países más pobres del mundo les presten dinero a los más ricos a tasas de interés bajas. El sistema es inestable. El sistema de reservas en dólares está deshilachándose, pero probablemente sea reemplazado por un sistema dólar/euro o dólar/euro/yen que es incluso más inestable. Las emisiones anuales de una moneda de reserva global (lo que Keynes llamaba Bancor o el Fondo Monetario Internacional llama DEG) podrían ayudar a estimular la demanda agregada global, y utilizarse para promover el desarrollo y encarar los problemas del calentamiento global.

Este ejercicio será lúgubre. El interrogante que necesitamos formularnos ahora es: ¿cómo podemos mejorar las posibilidades de que finalmente logremos una recuperación robusta?

Joseph E. Stiglitz es profesor de Economía en la Universidad de Columbia y Premio Nobel de Economía en 2001. Copyright: Project Syndicate, 2009. http://www.project-syndicate.org Traducción de Claudia MartínezJoseph

El País.com

Chile debe abandonar el paradigma neoliberal…

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JUAN GUILLERMO ESPINOSA, ECONOMISTA:  “Estamos dejando atrás décadas de neoliberalismo”

Uno de los asesores de Eduardo Frei Ruiz-Tagle ve con alarma que las dimensiones de la crisis están cambiando paradigmas que se consideraban inamovibles, pese a lo cual, a su juicio, las autoridades en Chile reaccionan tarde. Éste debería ser el año de la solidaridad, dice; de mover el centro de gravedad del manejo económico desde las grandes empresas hacia las pymes y la economía del hogar. De lo contrario, podría convertirse en el año de los desórdenes.

En Chile, al menos fuera de las fronteras de la izquierda extra parlamentaria, es un anatema hablar en contra de los paradigmas del neoliberalismo imperantes en el país. Pero hay algunos que lo hacen. Uno que va contra la corriente es Juan Guillermo Espinosa. Militante DC, ingeniero civil de la Universidad de Chile, doctor en Economía de la Universidad de Cornell y ex director ejecutivo del BID, fue embajador en La Haya durante el Gobierno de Ricardo Lagos. Hoy divide su tiempo entre la Facultad de Economía, Administración y Negocios de la Universidad Pedro de Valdivia, de la que es decano, y el equipo económico que apoya la candidatura de su camarada Eduardo Frei.

Un hombre del establishment convencido, sin embargo, de que estamos entrando a una nueva era, que vendrán nuevos paradigmas que apuntarán hacia el desarrollo con un enfoque más integral, con una visión más social de la economía. Será el resultado de los efectos devastadores que, a su juicio, causará una crisis económica que nació y se esparció por el planeta debido a una doctrina neoliberal extrema, sin regulaciones, que se estaba convirtiendo en una suerte de pensamiento único.

A diferencia de quienes aseguran que Chile está mucho mejor blindado en esta ocasión a cómo lo estaba para crisis anteriores, sostiene que el país está a merced de equipos de trabajo sin capacidad de poner en práctica las políticas sociales que se necesitan en este momento complicado. “La gran mayoría de nuestros economistas están formados como dicen hoy en Estados Unidos en la universidad de Wall Street, y en nuestro país en lo que ahora llaman ‘las universidades de la cota mil’. En todos los ámbitos políticos se han producido conversiones o acercamientos a esta doctrina de moda”, dice.

Pero también se habla de un redescubrimiento de las teorías keynesianas.
Hoy están reapareciendo enfoques de economía social y de reconsideración de un desarrollo más integral que no sólo descansa en el crecimiento económico. Estamos frente a un gran vuelco, estamos dejando atrás años, por no decir décadas, de neoliberalismo, de libre mercado sin regulaciones, para entrar a este nuevo período con restablecimiento de doctrinas con mayor intervención pública. Hay una recuperación del rol del Estado en todas las economías, no en las emergentes o periféricas, hablo de las 10 ó 12 más grandes economías del planeta.

Usted es muy crítico con la manera con que se está manejando la economía en Chile.
Es que toda nuestra legislación, incluyendo la del Banco Central, está construida bajo un enfoque neoliberal y de libre mercado sin regulaciones.

¿Qué consecuencias puede tener este enfoque?
Hemos tenido signos bastante claros de deflación, con todos los bancos centrales del mundo bajando aceleradamente las tasas de interés. Pero cuando los precios y la producción caen, y la demanda no se recupera, es muy poco lo que puede hacer la política monetaria, por el contrario, tiene que aventurarse en territorios, más allá de esta fórmula tradicional de intentar manejar la economía con una sola variable, subiendo o bajando las tasas de interés, para adentrarse en regulaciones más precisas en el sistema financiero y crediticio, para que realmente restablezca la cadena del crédito, que es la que hoy está suspendida. Es un instante muy complejo, que puede incluso significar que la coalición de gobierno pierda la elección presidencial, aunque en eso hay opiniones encontradas.

¿Chile va a caer en crisis, o será sólo un frenazo fuerte del crecimiento?
Yo creo que va a ser una fuerte desaceleración. No va a ser una recesión con crecimiento negativo.

¿Cuáles son sus estimaciones de crecimiento?
Cuando el Banco Central empieza a proyectar entre un 2,5 y un 3,0 por ciento, todos los especialistas saben que el Central se equivoca sistemáticamente o hace predicciones más elevadas que la realidad. En este momento, un 80 por ciento de los especialistas pronostica un crecimiento entre un 1,5 y un 2,0 por ciento.

¿Está entre ellos?
Sí, por cierto, aún cuando pienso que nuestro crecimiento es bastante poco representativo de lo que ocurre en la totalidad de la economía. Tenemos una economía que pertenece a las grandes corporaciones, que son el dos o el tres por ciento de todas las empresas del país. En general, son los que más influyen en las políticas públicas, más de un 80 por ciento del crédito está concentrado en las grandes empresas, son los que financian los medios de comunicación y, por lo tanto, tienen un poder y un voto diario, mientras el resto de la población y de las empresas, que son las pequeñas y micro empresas, no tienen mayor incidencia en las políticas públicas y sociales en general. Están ausentes incluso en la formación del Producto Interno Bruto. En realidad, el crecimiento refleja lo que le ocurre principalmente a las grandes empresas del país.

¿Usted qué cambiaría?
Tanto los grandes grupos económicos como las políticas públicas deberían preocuparse en mucha mayor proporción del segmento de empresas medianas y pequeñas, para atenuar las pérdidas de empleo, y para la economía de los hogares, que es el tercer gran segmento de nuestra economía. Las políticas públicas están mucho más orientadas al lado de la oferta más que de la demanda. No es posible en estos años seguir sosteniendo este enfoque sin preocuparse del lado de la demanda y del nivel y la calidad de vida que la población ha alcanzado. Éste debiera ser el año de la solidaridad en Chile, para que no lleguemos a los excesos de las crisis del pasado, en que el desempleo subía rápidamente hasta dos dígitos. Que el tipo de recursos que el sector público coloque, y la responsabilidad social de las empresas, apunten a las condiciones de vida de los sectores de ingresos medios y más bajos, porque de otra manera esta crisis va a tener un componente social y provocará un aumento de la violencia, de los enfrentamientos internos, precisamente en un año electoral.

Pero el Gobierno ha tomado medidas. La Presidenta acaba de anunciar que se destinarán 4.000 millones de dólares para tratar de paliar la situación.
Las autoridades están reaccionando a destiempo. No hay evidencia más clara que el rezago con que Hacienda y el Banco Central van adoptando las medidas, lo hacen sobre la base de indicadores de tres o cuatro meses anteriores, cuando estamos viendo un vuelco muy agudo en la economía internacional que empezó a manifestarse en junio-agosto del 2008, con la caída de los precios del petróleo, del cobre, de los granos y de un sinnúmero de otros productos básicos. Nuestro Banco Central ha venido a reaccionar bajando las tasas ¡sólo en enero de 2009!, cuando se tenía una distancia de más de ocho puntos con la tasa de política monetaria de la Fed de Estados Unidos. Y no ha adoptado ninguna medida respecto a las diferentes líneas de crédito para las empresas y los hogares endeudados, la renegociación de deudas a menores tasas. Esto se va a transformar en un problema agudo en tres o cuatro meses más, cuando se empiecen a manifestar los grados de morosidad y de pérdidas que están ocurriendo en los diferentes mercados.

¿Hacia mediados de año Chile estará en lo más fuerte de la tormenta?
Efectivamente, creo que desde el punto de vista de la población, de los hogares, el período más adverso se va a dejar sentir en el invierno.

¿Cómo será palpable?
La persona común y corriente se va a dar cuenta por las fuertes alzas que empezará a mostrar el desempleo, por la paralización de más y más empresas. Creo que estamos perdiendo la ocasión que se nos está presentando para atenuar esos efectos, porque si se sigue hablando solamente de las grandes empresas y de un salvataje del sistema financiero, esta crisis va a dejar de ser una oportunidad para mejorar en coordinación, en integración, en solidaridad y en la eficiencia social de las políticas públicas. Las autoridades económicas han presentado en los últimos años cerca de ocho paquetes de medidas para reavivar la economía y no han logrado los objetivos que se habían propuesto, particularmente en el campo de la mediana y la pequeña empresa, y en el área de la equidad y de las políticas sociales. Yo me atrevería a decir que el problema de esos paquetes ha estado en la deficiencia con que han sido puestos en práctica.

¿Puede pasar lo mismo con el reciente paquete de medidas reactivadoras anunciadas por la Presidenta?
Una alta proporción de ellas pueden implementarse tardíamente frente al rápido desarrollo que puede mostrar esta crisis en los próximos meses. Hay que formar equipos de trabajo, con ayuda de todos los sectores (Parlamento, grupos empresariales, emprendedores, organizaciones no gubernamentales) para buscar la implementación oportuna, rápida y eficaz de esas medidas.

¿Quiere decir que el diseño del paquete es adecuado, pero se aplicará muy tarde?
Así es. No quiero calificar si es el óptimo o no, pero diría que hay medidas interesantes, aunque la gran mayoría requiere una preparación y coordinación entre las empresas públicas, semi públicas, las instituciones crediticias y de promoción privadas, y no están preparadas para ello.

¿En estos juicios usted engloba los planes de subsidio a la contratación que se aplicarán a partir de marzo?
Ese, por ejemplo, es un tipo de plan que sería tremendamente innovador respecto de lo que se ha hecho en el pasado. Nunca antes hemos tenido en los planes de empleo una medida de esta naturaleza, y, por lo tanto debieran tratar de implementarse ya.

¿Considera entonces que tendrán un efecto positivo?
No sólo positivo, sino que es una gran innovación en políticas sociales. Pero debe considerarse una forma de evaluación inmediata, desde el primer momento, para lograr el máximo de efectividad. No hay que olvidar que todos estos planes pro empleo van a tender a ser muy criticados desde la oposición por tratarse de un año electoral. Es un año muy complejo, no cabe duda de que la oposición va a hacer uso político de esta crisis internacional que no tiene un origen interno. Este plan en particular de subsidio a la contratación es una forma de traspasarle directamente recursos al sector privado, pero al de empresas medianas y pequeñas, y ese es el énfasis que hay que darle.

Pero hay muchas grandes empresas que, como resultado de la crisis, están postergando inversiones y reduciendo personal. ¿Qué les diría?
Una respuesta genérica y casi automática en un período más recesivo es postergar las inversiones. Pero habitualmente, esto es el resultado de visiones de corto plazo y de la falta de una estrategia de mediano-largo plazo. En 12 a 18 meses habremos salido de esta coyuntura negativa, si es que no antes, y el gran riesgo de esta estrategia es salir de la recesión sin ventaja, mientras los competidores sí han invertido. Además, despedir trabajadores que son importantes para el desarrollo de largo plazo de la empresa en los que se ha invertido años en capacitar, es una de las decisiones que casi siempre se lamentan desde el principio. Una de las oportunidades de los tiempos de crisis es invertir más en capacitación de las personas, aprovechando que están menos ocupadas. El cardenal y la Conferencia Episcopal han pedido, especialmente a los empresarios del país, que hagan los mayores esfuerzos para no despedir trabajadores en esta coyuntura negativa.

“EL BANCO CENTRAL TAMBIÉN DEBERÍA VELAR POR EL DESARROLLO”
Juan Guillermo Espinosa es un crítico declarado de la Ley Orgánica Constitucional por la que se rige el Banco Central, una norma introducida en diciembre de 1989, en los estertores del Gobierno militar. Desde su óptica, se ha quedado desajustada frente a los tiempos que corren, y una de las primeras reformas que debieran realizarse para enfrentar mejor la crisis es cambiar su institucionalidad. “El Central ya no puede darse el lujo de mantener una interpretación de su autonomía exclusivamente centrada en la inflación, discrepante del resto de las políticas económicas. Entre sus obligaciones también debiera estar el velar por el desarrollo, por el empleo, por el crecimiento de la economía”.

–¿Quiere decir que debería ampliar sus objetivos?

–Absolutamente. Hoy sólo privilegia el control de la inflación, y de ahí para adelante no tiene ninguna otra obligación, como una política cambiaria, o una de fomento y desarrollo, no tiene responsabilidad en el crecimiento y el empleo de la economía, como la enormidad de los bancos centrales de Europa y la propia Fed de Estados Unidos. Definitivamente, es una institucionalidad que prácticamente en ningún país desarrollado sigue vigente.

Una visión neomarxista: “Los átomos de la crisis”, por Alejandro Nadal…

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La destrucción de capital que trae aparejada la crisis es una lección importante. Demuestra que detrás de los amables rituales y sofisticados gadgets con los que disfrazamos la realidad social, yacen fuerzas destructivas que algún día terminarán con todo.

La crisis no sólo ha provocado una colosal desvalorización de capital contable en la esfera financiera. También causa la destrucción física de máquinas, líneas de producción y empresas. Por supuesto, con el desempleo la crisis alcanza el grado máximo de devastación, poniendo en peligro la vida de millones de personas. Y lejos de ser enviado a un segundo plano, el tema de la destrucción ambiental debe estar al frente de la discusión sobre la salida de la crisis.

Por eso el Programa de Naciones Unidas sobre medio ambiente (PNUMA) dio a conocer en octubre pasado una iniciativa para hacer compatible la economía con el medio ambiente. La idea central de este proyecto es que urge colocar las prioridades de la sustentabilidad en el corazón de la economía. Después de años de retórica hueca, se trata de que el entorno físico ocupe el lugar que le corresponde en las decisiones de los agentes económicos.

El nombre de la iniciativa es extraño: se puede traducir como la Iniciativa para una economía verde (IEV). Desgraciadamente, la IEV no está bien estructurada y sus fundamentos son débiles, por decirlo diplomáticamente.

La iniciativa está organizada alrededor de seis temas: energía renovable, transporte, desechos, infraestructura ambiental, negocios basados en la biodiversidad y tecnologías limpias. Es evidente que los primeros dos son clave para la reducción de emisiones de gases invernadero y para alcanzar una mayor eficiencia. El tercero es crucial para intensificar el reciclaje de productos y embalajes y, en general, para alcanzar un metabolismo industrial que no descanse en la destrucción del medio ambiente.

El solo enunciado de los componentes de la IEV es una señal sobre la confusión en la que están empantanados sus autores. Poco de lo que contienen estos rubros es realmente un tema de economía. En materia de energía, transporte y desechos, por ejemplo, de lo que se trata es de “reverdecer la tecnología”. Lo cual no está mal. Pero algo esencial está faltando.

El tema de la biodiversidad es colocado en relación directa con las “oportunidades de negocios” y con la rentabilidad, ignorando a los dos mil millones de campesinos que trabajan en todo el mundo, cuidando suelos, agua y agro-biodiversidad. Y en medio de otro escándalo conceptual, en la IEV el medio ambiente es visto como un componente de la “infraestructura” sobre la que descansa la economía. Supongo que con estas orientaciones, el siguiente paso será recomendar la privatización de la mencionada infraestructura natural.

La IEV ignora que las relaciones económicas del modelo que provocó esta crisis son las mismas que han intensificado el profundo deterioro ambiental que hoy amenaza la supervivencia de la humanidad. La sobreproducción, el exceso de capacidad instalada y el colapso de la demanda efectiva son resultado de ese modelo. Y los procesos de erosión de suelos, contaminación de acuíferos, extinción masiva de especies, cambio climático, por mencionar unos ejemplos, se han intensificado con este modelo delirante que descansa sobre bases equivocadas.

La desregulación financiera, la concentración de poder de mercado, la manipulación de precios, el estancamiento del salario real, la apertura ciega de mercados, los premios para el capital financiero, los flujos de capital especulativo, son asuntos que reclaman atención a gritos. Pero la IEV no les presta atención. Como si estos temas no tuvieran nada que ver con el desarrollo sustentable.

Una cosa es evidente. La crisis financiera y económica global no se va a superar con sólo oprimir el botón de reinicio, el “reset”. Si se mantienen en pie las estructuras y procesos que dieron lugar a la globalización neoliberal, lo único que va a lograrse es reiniciar un nuevo ciclo que acabará por estallar con mucha mayor intensidad en unos pocos años. El astronómico estímulo fiscal planeado por la administración Obama no sólo será desperdiciado, sino que será el detonador de una debacle económica sin paralelo dentro de unos pocos años.

En conclusión y por paradójico que parezca, el simple “rescate” de la economía no es una buena idea. Lo que se necesita es descartar el modelo neoliberal para proceder con un diseño nuevo que realmente coloque a la justicia, la responsabilidad social y la integridad ambiental en el centro de las prioridades.

Marx lo vio claramente: no hay un átomo de materia que penetre en las relaciones sociales. Éstas no son lo mismo que las cosas materiales que les dan soporte. Si en esta etapa de la historia se requiere hacer compatible a la economía capitalista con la sustentabilidad, es necesario transformar las relaciones económicas que han sido la marca del modelo neoliberal. No basta con “reverdecer” la tecnología.

Alejandro Nadal es economista. Profesor investigador del Centro de Estudios Económicos, El Colegio de México, y colabora regularmente con el cotidiano mexicano de izquierda La Jornada.

La Jornada, 7 enero 2009

El retorno triunfante de J.M. Keynes, por Joseph Stiglitz…

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keynes1Ahora somos todos keynesianos. Incluso la derecha en Estados Unidos se sumó al bando keynesiano con un entusiasmo desenfrenado y en una escala que, en algún momento, habría sido verdaderamente inimaginable.

Para quienes nos adjudicábamos alguna conexión con la tradición keynesiana, éste es un momento de triunfo, después de que nos dejaran en el desierto, prácticamente ignorados, durante más de tres décadas. En un nivel, lo que está sucediendo ahora es un triunfo de la razón y la evidencia sobre la ideología y los intereses.

La teoría económica se había dedicado a explicar durante mucho tiempo por qué los mercados sin obstáculos no se autocorregían, por qué se necesitaba regulación, por qué era importante el papel que jugaba el Gobierno en la economía. Pero muchos, especialmente la gente que trabaja en los mercados financieros, presionaban por una suerte de fundamentalismo de mercado. Las políticas erróneas resultantes -impulsadas, entre otros, por algunos miembros del equipo económico del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama- ya antes habían infligido enormes costos a los países en desarrollo. La luz se hizo justo cuando esas políticas empezaron a generar costos en Estados Unidos y otros países industriales avanzados.

Keynes sostenía no sólo que los mercados no se autocorregían, sino que, en una crisis pronunciada, la política monetaria probablemente resultara ineficiente. Se necesitaba una política fiscal.

Pero no todas las políticas fiscales son equivalentes. En Estados Unidos hoy, con una montaña de deuda inmobiliaria y un alto nivel de incertidumbre, los recortes impositivos probablemente resulten ineficientes (como lo fueron en Japón en los años 1990). Gran parte, si no la mayor parte, del recorte tributario norteamericano del pasado mes de febrero fue destinado al ahorro.

Con la enorme deuda que deja atrás la Administración de Bush, Estados Unidos debería estar especialmente motivado para obtener el mayor estímulo posible de cada dólar invertido. El legado de subinversión en tecnología e infraestructuras, especialmente del tipo verde, y la creciente brecha entre los ricos y los pobres requieren una congruencia entre el gasto a corto plazo y una visión a largo plazo.

Eso exige la reestructuración de los programas tanto tributario como de gasto. Bajarles los impuestos a los pobres y aumentar los beneficios de desempleo al mismo tiempo que se aumentan los impuestos a los ricos puede estimular la economía, reducir el déficit y disminuir la desigualdad. Reducir el gasto en la guerra de Irak y aumentar el gasto en educación puede incrementar la producción en el corto y largo plazo y, al mismo tiempo, reducir el déficit.

A Keynes le preocupaba la trampa de la liquidez -la incapacidad de las autoridades monetarias para inducir un incremento en la oferta de crédito a fin de aumentar el nivel de actividad económica-. El presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, hizo un esfuerzo por evitar que se culpara a la Fed de agravar esta crisis de la misma manera que se la responsabilizó por la gran depresión, asociada con una contracción de la oferta monetaria y el colapso de los bancos.

Y aun así deberíamos leer la historia y la teoría con cuidado: preservar las instituciones financieras no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin. Lo importante es el flujo de crédito y la razón por la cual el fracaso de los bancos durante la gran depresión fue importante es que participaban en la determinación de la capacidad crediticia; eran los depositarios de información necesaria para el mantenimiento del flujo de crédito.

Sin embargo, el sistema financiero de Estados Unidos cambió drásticamente desde los años treinta. Muchos de los grandes bancos salieron del negocio del préstamo y se metieron en el “negocio con movimiento”. Se centraron en comprar activos, reempaquetarlos y venderlos, al mismo tiempo que marcaron un récord de incompetencia a la hora de evaluar el riesgo y analizar la capacidad crediticia. Se invirtieron cientos de miles de millones de dólares para preservar estas instituciones disfuncionales. Ni siquiera se hizo nada para reencauzar sus estructuras perversas de incentivos, que alentaban el comportamiento cortoplacista y la toma de riesgos excesiva. Con recompensas privadas tan marcadamente diferentes de los retornos sociales, no sorprende que la búsqueda del interés personal (codicia) condujera a consecuencias tan destructivas desde un punto de vista social. Ni siquiera velaron por los intereses de sus propios accionistas.

Mientras tanto, es muy poco lo que se está haciendo para ayudar a los bancos que efectivamente hacen lo que se supone que deben hacer los bancos: prestar dinero y evaluar la capacidad crediticia.

El Gobierno federal asumió miles de millones de dólares en pasivos y riesgos. Al rescatar al sistema financiero, tanto como en política fiscal, necesitamos preocuparnos por el “retorno de la inversión”. De lo contrario, el déficit -que se duplicó en ocho años- aumentará aún más.

En septiembre se decía que el Gobierno recuperaría su dinero con intereses. A medida que se incrementó el rescate, cada vez resulta más evidente que éste era simplemente otro ejemplo más de una mala apreciación del riesgo por parte de los mercados financieros, como vienen haciendo consistentemente en los últimos años. Los términos de los rescates de Bernanke y Paulson eran desventajosos para los contribuyentes y, aun así, a pesar de su volumen, hicieron poco para reactivar el préstamo.

La presión neoliberal para una desregulación también satisfacía algunos intereses. A los mercados financieros les fue bien a través de la liberalización del mercado de capitales. Permitir a Estados Unidos vender sus productos financieros riesgosos y participar en una especulación en todo el mundo puede haber beneficiado a sus compañías, aunque esto les impusiera grandes costos a otros.

Hoy, el riesgo es que se utilice y se abuse de las nuevas doctrinas keynesianas para satisfacer algunos de estos mismos intereses. ¿Acaso quienes presionaron por la desregulación hace 10 años aprendieron la lección? ¿O simplemente querrán imponer reformas cosméticas: el mínimo requerido para justificar los rescates con centenares de miles de millones de dólares? ¿Hubo un cambio de parecer o solamente un cambio de estrategia? Después de todo, en el contexto de hoy, perseguir políticas keynesianas parece incluso más rentable que ir detrás del fundamentalismo de mercado.

Hace 10 años, en el momento de la crisis financiera asiática, se discutió mucho sobre la necesidad de reformar la arquitectura financiera global. Poco se hizo. Es imperativo que no sólo respondamos adecuadamente a la crisis actual, sino que emprendamos reformas a largo plazo que serán necesarias si queremos crear una economía global más estable, más próspera y equitativa.

Joseph E. Stiglitz es profesor de Economía en la Universidad de Columbia y ganador del Premio Nobel de Economía en 2001.

Traducción de Claudia Martínez

El País, 11 enero 2009

B. Obama: "Me siento abrumado por los retos que nos aguardan". Entrevista.

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obama0001111ENTREVISTA: Primer plano BARACK OBAMA Presidente electo de Estados Unidos

JOHN HARWOOD 11/01/2009

En vísperas de su toma de posesión como presidente de Estados Unidos, Barack Obama rechaza los excesos de confianza, pero apuesta por medidas audaces para “evitar lo peor”. En la entrevista, concedida el miércoles pasado, repasa los principales puntos calientes de su programa económico.

Pregunta. Una de las cosas a las que más dinero va a destinar en cuanto tome posesión de su cargo de presidente es al paquete de estímulos económicos. Alrededor de 775.000 millones de dólares, según parece.

Respuesta. En efecto.

P. Sus asesores repiten que el peligro es quedarse cortos en la financiación de esos estímulos, no pasarse…

R. Sí.

P. Entonces, ¿por qué 775.000 millones? ¿Por qué no llegar a los 1,2 billones de dólares como han recomendado algunos economistas? ¿Cree que la cifra del billón de dólares tiene demasiada carga política para rebasarla? ¿O que un mayor gasto sólo beneficiaría a grupos especiales, en lugar de servir de estímulo? ¿O cree que ha descubierto exactamente el volumen de estímulo que se necesita?

R. En primer lugar, hay que resaltar que todos los economistas, tanto conservadores como progresistas, están de acuerdo hoy en que necesitamos un plan de recuperación importante para ayudar a poner en marcha de nuevo la economía, que a corto plazo va a costar mucho dinero, pero que siempre será mucho menos que el que nos supondría el dejar que la economía prosiga en la espiral de deterioro que ha emprendido. Hemos visto cantidades que van desde los 800.000 millones hasta 1,3 billones, y nuestra postura es que, dado cómo es el proceso legislativo, es mejor comenzar por abajo y ver cómo evoluciona la situación. Estamos preocupados…

P. Van a aumentar las dotaciones.

R. No lo sabemos todavía. Lo que nos preocupa ahora es asegurarnos de que el dinero se gaste con prudencia, que esté supervisado, que haya transparencia. Vamos a emplear este dinero para dar un impulso temporal a la economía, para crear o salvar tres millones de puestos de trabajo, pero también para hacer los pagos iniciales de cosas que se deberían haber hecho en los últimos decenios y que pueden ayudar a crear una economía más competitiva en Estados Unidos.

Ejemplos: asegurarnos de multiplicar por dos las energías alternativas y hacer que nuestros edificios y nuestros transportes sean mucho más eficientes, asegurarnos de reducir el coste de la sanidad mediante el empleo de tecnologías de la información sobre salud, construir unas escuelas de primera categoría para que nuestros hijos se beneficien de ellas y puedan competir en la economía mundial. Es decir, lo que queremos hacer es asegurarnos de que todo el dinero se gaste, primero, en crear empleo, en estabilizar la economía, pero también que se utilice con prudencia para que, cuando salgamos de esta racha en la que estamos, podamos ver una economía más fuerte, mejor, más eficaz.

P. Se han mencionado muchos paralelismos entre usted y John F. Kennedy, que también hizo historia, llegó con una familia joven y atractiva, como la suya, y reunió a un montón de cerebros de Harvard al comenzar su mandato.

R. Es verdad.

P. Durante los años sesenta aprendimos que los mejores y más brillantes no siempre aciertan.

R. Hay que tener cuidado con esos tipos de Harvard. Se quedan siempre contigo.

P. ¿Hasta qué punto confía en que su plan va a funcionar, y cómo evita el peligro de creérselo demasiado?

R. Creo que la estrategia que hemos adoptado es no hablar sólo con los de siempre, sino también con personas que tradicionalmente no están de acuerdo conmigo. Cuando hay antiguos asesores económicos de Ronald Reagan, antiguos asesores económicos de John McCain y antiguos asesores económicos de George Bush que dan consejos similares a los de los asesores de Bill Clinton y Jimmy Carter, da la impresión de que existe cierto consenso en todo el espectro político.

Las cosas no van a solucionarse de la noche a la mañana. Es una situación difícil y sabemos que, por mucho que hagamos en materia de reinversión y recuperación, vamos a tener que hacer otras cosas para mejorar la economía. Una de las cosas fundamentales será reformar el modo de funcionamiento de nuestros sistemas financieros. Necesitamos que el crédito vuelva a circular. Eso significa restablecer la confianza, restaurar la transparencia del sistema. Significa reformar por completo nuestros marcos reguladores, y ése será un gran paquete de medidas que daré a conocer durante los próximos meses. Significa que tenemos que abordar con mucha más seriedad la crisis inmobiliaria y estabilizarla. Significa que vamos a tener que pensar en cómo abordar la responsabilidad fiscal.

Por eso he anunciado hoy la designación de un supervisor que llevará a la práctica mi compromiso de campaña de examinar el presupuesto federal partida por partida, página a página, para ver qué programas funcionan y cuáles no y eliminar los que no estén funcionando y mejorar el rendimiento de los que tenemos. Es decir, se trata de un ataque en muchos frentes contra la tremenda crisis que estamos viviendo.

El objetivo a largo plazo es asegurarnos de que estamos salvando y protegiendo puestos de trabajo, que las empresas y las familias estadounidenses pueden volver a beneficiarse de los créditos. No quiero intensificar la intervención del gobierno a largo plazo. Preferiría que fuera el sector privado el que estuviera haciendo todo esto. Pero tengo la impresión de que existe un consenso, incluso entre gente que no lo manifestó así con su voto, de que necesitamos emprender medidas audaces para evitar que ocurra lo peor.

P. ¿Le preocupa pecar de exceso de confianza?

R. No, me siento abrumado por los retos que nos aguardan. En lo que sí tengo confianza es en que sé escuchar, se me da bien sintetizar los consejos que me llegan desde puntos de vista muy distintos y desde luego vamos a tomar las mejores decisiones posibles desde la perspectiva de beneficiar al ciudadano de la calle.

P. Ayudas al ciudadano de la calle y a sectores como el automóvil, los seguros y el financiero como las que se han dado en los últimos tiempos… ¿Cuándo cree que llegará el momento de empezar a pensar en la responsabilidad fiscal a largo plazo?

R. Lo primero, decir que no vamos a hacer una cosa después de otra, sino que vamos a seguir vías paralelas. Voy a elaborar un presupuesto que se presentará al Congreso en febrero y ese presupuesto incluirá proyecciones a medio y a largo plazo, además de las más inmediatas, de las previstas para el corto plazo.

P. ¿No le preocupa el incremento que estas medidas van a aportar a un déficit que ya es muy elevado?

R. Sí, sin duda. Pero lo que me interesa destacar es que no vamos a esperar hasta dentro de dos años y entonces empezar a preocuparnos de lo que vamos a hacer con el déficit. Queremos ver qué podemos hacer ahora y empezar a invertir la tendencia hacia un déficit menor. Mi principio esencial es que cuando empecemos a ver que el sector privado vuelve a prestar dinero, que el crédito empieza otra vez a circular hacia las familias y las empresas, cuando veamos que pueden obtener préstamos para comprar el coche, respaldar las hipotecas, y que el mercado de trabajo se ha estabilizado, entonces estaremos dispuestos a retirarnos. Y por eso va a ser muy importante vigilar con atención los progresos que hagamos.

Pero debe quedar claro que los cálculos más precisos de los que disponemos en estos momentos dicen que, pese a todo el enorme esfuerzo que vamos a hacer, la perspectiva de desempleo va a seguir siendo muy alta. Salvo que no será de dobles cifras, como podría ser si no hiciéramos absolutamente nada. Y quizá tenga que pasar la mayor parte del próximo año antes de que la economía empiece a recuperar el rumbo debido.

P. ¿Crecerá la economía de EE UU en la segunda mitad de 2009?

R. Bueno, no tengo una bola de cristal. Pero hay algo de lo que estoy seguro. Si no hacemos nada, las cosas irán mucho, mucho peor. Con el plan que tenemos, saldremos mejor parados que sin él. Y tengo confianza en que podemos crear o salvar tres millones de puestos de trabajo. Ya hemos perdido por lo menos dos. Y, si empezamos a ver la pérdida de tres, cuatro, cinco millones más el próximo año, ésta será una crisis como no hemos visto desde hace mucho, así que vamos a cortarla de raíz.

P. En junio dijo que quizá estaría dispuesto a aplazar algunos aumentos fiscales que había propuesto como respuesta a las actuales circunstancias económicas.

R. Sí.

P. Sabemos que tiene previstos 300.000 millones de dólares, más o menos, de recortes fiscales…

R. Sí.

P. Lo dice en su programa económico, pero ahora admite que está dispuesto a no revocar rápidamente los recortes fiscales del presidente Bush para personas que ganan más de 250.000 dólares y que va a dejar que expiren, en 2010, esas reducciones.

R. La verdad es que no puedo darle una respuesta clara e inmediata a lo que plantea. Lo que he dicho es que me preocupa menos que se haga la revocación de esas medidas este año o el que viene. Lo que me preocupa de verdad es el principio básico de que debemos restablecer el equilibrio y la justicia en el sistema fiscal. Y por eso hemos incluido en nuestro paquete una serie de recortes fiscales selectivos. El 95% de las familias trabajadoras obtendría un respiro fiscal. Queremos descubrir otras formas de llevar más deprisa ese dinero a los bolsillos de la gente, sin tener que esperar hasta que presenten su declaración el año que viene, porque, si no, no servirá de estímulo como pretendemos. Pero también queremos estar seguros de vigilar el déficit. Y en cuanto a las personas como usted y como yo, que ganamos más de 200.000 o 250.000 dólares al año, creemos que los recortes fiscales de Bush eran innecesarios, creemos que siguen siendo innecesarios, y vamos a asegurarnos de que no formen parte de nuestras leyes fiscales a largo plazo.

P. No sé qué quiere decir deprisa, pero da la impresión de que no va a tratar de conseguir la revocación acelerada este año.

R. Todavía no he tomado una decisión definitiva. Entrará en nuestras consultas con el Congreso.

P. Querría que me hable de la colaboración entre los dos partidos. Parece que hay, al menos por el momento, un nivel de diálogo diferente al que hemos visto otras veces entre ellos. ¿Hasta qué punto es importante para usted el bipartidismo en sí? Es decir, ¿estará dispuesto a aceptar ideas del otro lado del hemiciclo, aunque no le parezcan tan buenas como otras a las que podrían sustituir?

R. Sí.

P. ¿Sólo para tener un consenso más amplio y no limitarse a aprobar un paquete con el voto de tres o cuatro republicanos?

R. Claro. Lo más importante es qué es lo que ayuda a que las cosas salgan adelante. Ése es el prisma que aplico a todo. ¿Está creando o salvando tres millones de puestos de trabajo? ¿Estamos preparando el terreno para la independencia energética o reduciendo nuestros costes sanitarios, que va a ser un aspecto clave para abordar nuestro déficit a largo plazo? ¿Estamos creando un sistema educativo de primera categoría? Ésa es mi primera prioridad. No creo que el Partido Demócrata tenga el monopolio de las buenas ideas. Creo que los republicanos tienen mucho que ofrecer. Y lo que voy a hacer es escuchar y aprender de mis colegas republicanos. Y siempre que logren convencerme de que es algo que va a beneficiar a los estadounidenses. Que no se les haya ocurrido a los demócratas y sean los republicanos los que lo estén promoviendo, no es una buena razón para no hacerlo.

Ahora bien, habrá ocasiones en las que no vamos a estar de acuerdo. Y, si alguien me presenta un plan y lo defiende por motivos ideológicos pero no me puede convencer de que va a ser verdaderamente positivo para la economía, entonces no lo haremos. Y habrá ocasiones en las que tendremos disputas. Pero yo no voy a buscar pelea, y sí voy a buscar toda la cooperación posible, y estoy abierto a cualquier idea que me presenten.

P. ¿Cree que la parte de su plan que afecta a los recortes fiscales se extenderá en las consultas con los republicanos del Congreso, cuando intente obtener más apoyos para su programa?

R. La actitud que voy a tener respecto a los recortes fiscales es la misma que aplico al paquete de inversiones. Es decir, ¿es dinero bien gastado? Es dinero de los contribuyentes, que va a contribuir al déficit a corto plazo. Y, si no podemos justificarlo, entonces no vamos a gastar decenas o cientos de miles de millones de dólares sólo para que alguien esté contento, si no va a ser bueno para la economía. Ésa es la regla que voy a aplicar a todo.

P. Existe un consenso de que la vivienda es la raíz de los problemas económicos que ahora sufrimos.

R. Sí.

P. Su equipo ha indicado que Sheila Bair va a permanecer al frente de la FDIC

[Corporación Federal de Seguros de Depósitos]. ¿Qué va a proponer aparte del plan que ha presentado ella para intentar mitigar las ejecuciones hipotecarias? Y, cuando lo proponga, ¿cree que la máxima prioridad será volver a estimular la compra de vivienda, tal vez mediante créditos fiscales, o limitar las ejecuciones?

R. En primer lugar, creo que la FDIC y Sheila Bair han abordado el problema con la sensación de urgencia que quiero ver. Todavía no hemos hecho ninguna declaración oficial al respecto, pero creo que, en general, han hecho todo lo posible con los recursos que tienen para intentar apuntalar el sistema. En mi opinión, respecto al mercado inmobiliario, el Consejo de la Reserva Federal ha hecho lo que ha podido para rebajar los tipos de interés lo más posible. Por eso hemos visto algo de actividad en torno a la refinanciación. Aunque eso no resuelve el problema de la pérdida de valor de la vivienda.

Creo que lo más importante, respecto a la caída del valor de la vivienda, es evitar nuevas ejecuciones hipotecarias, que disminuyen el valor de la vivienda en todas partes. Y por eso pienso que, desde el punto de vista de los que todavía estamos pagando una hipoteca, pues a veces, en el campo, uno oye decir a una persona: “Yo me he comportado de forma responsable. ¿Por qué voy a ayudar a alguien que firmó una hipoteca que no podía permitirse?” Pues bien, hay que acordarse del dicho de que, si ves que la casa de tu vecino está en llamas, lo primero es apagar el incendio, aunque la causa haya sido su irresponsabilidad. En mi opinión, lo mismo pasa con las ejecuciones hipotecarias.

Tenemos que impedir que el mercado de la vivienda siga deteriorándose. Y eso empieza por las ejecuciones hipotecarias. Eso no significa que no podamos también ayudar algo. Quizá no siempre en forma de ayuda hipotecaria. Una cosa que nos parece muy importante en nuestro plan de reinversión es proporcionar incentivos para aclimatar las viviendas en todo el país. Es el tipo de inversión a largo plazo que puede reducir drásticamente la factura de energía, aumentar la independencia energética y reducir los gases de efecto invernadero. Es decir, hay ciertas áreas en las que podemos avanzar y aliviar la carga y ayudar a los propietarios de viviendas. Pero tenemos que hacer algo para resolver esta crisis hipotecaria. Tengo previsto exponer nuestros planes para evitar las ejecuciones hipotecarias en consultas con Barney Frank y Chris Dodd, que han trabajado mucho en este asunto, en el próximo mes o los próximos dos meses.

P. ¿Dentro de la siguiente fase del paquete de rescate financiero?

R. Dentro de nuestro ataque multifrontal para abordar la crisis.

P. Se ha especulado mucho que Larry Summers, el ex secretario del Tesoro que encabeza su consejo económico nacional, será la persona escogida por usted para sustituir a Ben Bernanke como presidente de la Reserva Federal cuando expire el mandato de este último, en 2010. ¿Tiene esa intención, o puede decir que volverá a nombrar a Ben Bernanke?

R. Larry Summers todavía no tiene ni siquiera este puesto. Lo he nombrado para él, pero aún no gobernamos. Creo que es prematuro que me ponga a especular sobre cargos que habrá que ocupar dentro de dos años cuando ni siquiera tengo a mi equipo actual en sus puestos.

P. Dígame algo sobre regulaciones. Nos encontramos en un edificio que en un tiempo albergó la SEC [la Comisión del Mercado de Valores].

R. Sí.

P. ¿Hasta qué punto va a proponer y apoyar una transformación sustancial del aparato regulador financiero? ¿Cuándo lo hará? ¿Y cree que es necesario crear un aparato regulador mundial? En abril se celebrará la reunión del G-20 en Londres.

R. Para cuando se celebre la reunión del G-20, creo que ya habremos presentado nuestra estrategia en materia de regulación financiera. Pienso que hay que poner en marcha cierta coordinación internacional. Pero ahora tenemos que cuidar también estos asuntos dentro de casa. Wall Street no ha funcionado, nuestro sistema regulador no ha funcionado como debía.

De modo que habrá que abordar una transformación sustancial. Tendremos una mejor vigilancia del cumplimiento de las normas, una mejor supervisión, más transparencia. Tendremos que examinar el batiburrillo de organismos y tratar de lograr que colabren más eficazmente entre sí. Debemos dejar de dividir funciones de tal forma que el capital en una modalidad se trata de una manera y el capital en otra modalidad se trata de otra manera, porque en estos tiempos, en los mercados financieros mundiales, todo se funde. Y existen riesgos estructurales que son posibles, sean en forma de derivados, o de seguros, o de depósitos bancarios tradicionales. Así que debemos actualizar todo el sistema para hacer frente a las necesidades del siglo XXI. Ésta es una tarea en la que mi equipo ya está trabajando y creo que, de aquí a poco tiempo, tendremos un paquete de medidas que estamos elaborando junto a Barney Frank y Chris Dodd, para presentárselo a los estadounidenses.

P. Le han comparado también a usted, y a los retos que le aguardan, con Franklin Roosevelt y los que él tuvo que afrontar.

R. Sí.

P. Porque ésta es la peor crisis financiera desde la Depresión. Cuando Roosevelt pronunció su discurso de toma de posesión, dijo a los estadounidenses: “Lo único a lo que debemos tener miedo es al propio miedo”.

R. En efecto.

P. Cuando pronuncie su discurso, el 20 de enero, ¿cree que va a tener la misma obligación de tranquilizar al pueblo estadounidense? ¿Y cómo encuentra el equilibrio entre ese mensaje y la necesidad de transmitir al tiempo que es urgente actuar?

R. Como puede imaginarse, últimamente he estado leyendo discursos de toma de posesión, y, si mira el discurso de Roosevelt, la frase que se recuerda es la que usted ha citado. Sin embargo, en realidad, el resto del discurso se centró en la necesidad de actuar y actuar ya. Y creo que explicó muy bien la naturaleza de la crisis tanto en ese discurso como en las sucesivas charlas al lado de la chimenea.

Hay un consejo que recibí de uno de los ex presidentes. Me dijo: “Mira, Barack, parte del motivo por el que te están yendo bien las cosas es que no hablas a los ciudadanos con condescendencia, hablas claro y explicas lo que ocurre”. Tengo mucha confianza en los estadounidenses. Creo que, si se es franco con ellos, si se les explica que tenemos este reto, así es como hemos llegado hasta aquí y ahora creo que debemos ir en esta dirección, tengo enorme confianza en que los estadounidenses responderán a ese reto. Por consiguiente, mi tarea, tanto en el discurso inaugural como en los próximos meses, no es más que explicar con la mayor honradez y la mayor sinceridad posibles cuáles son las circunstancias, cuáles son las mejores ideas que circulan para abordar esos retos, y, si consigo hacerlo, estoy seguro de que nos uniremos para resolver estos problemas.

P. Hasta ahora no ha tenido muchos comentarios negativos en los medios de comunicación ni en los mercados.

R. Seguro que llegarán. Pero el caso de los mercados, desde luego, es una situación ligeramente distinta. En estos momentos, dada su delicada situación, tengo que prestar cierta atención a la psicología del mercado porque parte de lo que estamos sufriendo ahora es una pérdida de confianza en el mercado y en el gobierno, y reestablecer esa confianza y esa seguridad va a ser algo muy importante.

Voy a asegurarme de mantener abierta una comunicación regular con los actores clave del mercado para explicarles cuáles son exactamente nuestros planes y pedirles que me proporcionen buenas ideas.

En conjunto, no obstante, tengo muy claro que, como presidente, debo mirar hacia el horizonte. No puedo estar pendiente de los titulares de hoy, porque, en ese caso, entonces lo más seguro es que no tome decisiones en función de lo que conviene más al país. Entonces me pasaré demasiado tiempo preocupado por el día a día político, y eso es algo que he tratado de evitar.

P. ¿Sigue teniendo una agenda electrónica en el bolsillo?

R. La verdad es que la he sacado para la entrevista, pero continúo apegado a mi BlackBerry. Tendrán que quitármela de las manos.

P. ¿Conseguirá usted vencer esta anacrónica idea de que los presidentes no pueden o no saben utilizar personalmente los dispositivos más modernos?

R. Creo que podré seguir teniendo acceso a un ordenador en algún sitio. Quizá no en el Despacho Oval. Lo segundo que espero poder hacer es que alguien dé con la manera de permitirme que siga teniendo acceso a una BlackBerry. Sé que…

P. A día de hoy, todavía tiene su BlackBerry.

R. A día de hoy, todavía la tengo. Tengo que añadir que esto es algo que preocupa no sólo al Servicio Secreto, sino también a los abogados. Ya sabe usted que esta ciudad está llena de abogados.

P. Estaba diciendo que va a pelear para conservar su BlackBerry.

R. No sé si ganaré, pero sigo intentándolo. Ah, sí, pero esto es lo que quería decir: no se trata sólo de recibir información. Quiero decir, alguien me puede imprimir las cosas importantes, puedo leer periódicos. De lo que se trata es de tener mecanismos para relacionarse de forma real con la gente de fuera de la Casa Blanca. Y tengo que buscar cada oportunidad de hacerlo, formas que no estén preparadas, que no estén controladas, formas de hablar con personas que no sólo se limiten a halagarme o ponerse de pie cuando entre en una habitación, formas de mantener los pies en la tierra. Y si puedo conseguirlo en estos cuatro años, creo que eso me ayudará a servir mejor a los ciudadanos, porque oiré sus voces. No se apagarán porque yo esté en la Casa Blanca.

P. Un par de cosas rápidas antes de terminar. ¿Dick Parsons va a ser su secretario de Comercio?

R. No he tomado una decisión definitiva sobre quién va a ser mi próximo secretario de Comercio.

P. ¿Es uno de los candidatos?

R. No voy a hacer ningún comentario al respecto. Lo único que diré es que Dick Parsons es un gran tipo, un buen amigo mío.

El Pais.com

P. Krugman: luchar contra la depresión…

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krugman1PAUL KRUGMAN 11/01/2009

Si no actuamos con rapidez y audacia”, declaraba el presidente electo Barack Obama en un reciente discurso semanal, “podríamos experimentar una recesión económica mucho más profunda, que podría provocar un desempleo superior al 10%”. Si me preguntan a mí, diría que Obama estaba siendo muy suave.

El hecho es que las recientes cifras económicas son aterradoras, no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. La fabricación, en concreto, se está desplomando por doquier. Los bancos no prestan; las empresas y los consumidores no gastan. Las cosas como son, esto se parece mucho al principio de la segunda Gran Depresión.

¿Actuaremos con suficiente “rapidez y audacia” para evitar que eso ocurra? Pronto lo averiguaremos. Se suponía que no deberíamos hallarnos en esta situación. Durante muchos años la mayoría de los economistas creían que sería fácil evitar otra gran depresión. En 2003, Robert Lucas, de la Universidad de Chicago, en su discurso presidencial ante la Asociación Económica Estadounidense, declaraba que “el problema principal para prevenir la depresión se ha resuelto, a todos los efectos prácticos, y lleva de hecho muchas décadas resuelto”.

Milton Friedman, en especial, convenció a muchos economistas de que la Reserva Federal pudo haber frenado en seco la Gran Depresión simplemente proporcionando a los bancos más liquidez, lo cual habría impedido una drástica caída de la oferta monetaria. Es bien sabido que Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, se disculpó ante Friedman en nombre de su institución: “Tiene usted razón. Fue culpa nuestra. Lo sentimos mucho. Pero gracias a usted, no volveremos a hacerlo”.

Resulta, sin embargo, que prevenir las depresiones no es tan fácil al fin y al cabo. Dirigida por Bernanke, la Reserva Federal está proporcionando liquidez igual que si fuera un equipo de bomberos tratando de apagar un fuego de gran magnitud, y la oferta monetaria ha crecido con rapidez. Pero el crédito sigue escaseando, y la economía continúa en caída libre.

La afirmación de Friedman de que la política monetaria podría haber evitado la Gran Depresión fue un intento de refutar el análisis de John Maynard Keynes, quien sostenía que, en situaciones de depresión, la política monetaria es ineficaz y que hace falta una política presupuestaria -gasto deficitario a gran escala por parte del Estado- para luchar contra el desempleo. El fracaso de la política monetaria en esta crisis demuestra que Keynes lo entendió a la primera. Y el pensamiento keynesiano está detrás de los planes de Obama para rescatar la economía.

Pero estos planes podrían resultar difíciles de vender. Los informes de prensa dicen que los demócratas esperan aprobar un plan con amplio apoyo de los dos partidos. Les deseo buena suerte.

Lo cierto es que la toma de posiciones políticas ya ha empezado, y los líderes republicanos están poniendo obstáculos a las leyes encaminadas a estimular la economía al tiempo que pretenden ser los adalides de una deliberación prudente en el Congreso, lo cual no deja de tener su gracia, teniendo en cuenta el comportamiento de su partido en los últimos ocho años.

Más en general, después de declarar durante décadas que el Estado es el problema, no la solución, por no mencionar las críticas a la economía keynesiana y al New Deal, casi ningún republicano va a reconocer la necesidad de aplicar a la crisis económica una solución de gasto a lo grande, al estilo Roosevelt.

Sin embargo, el mayor problema al que probablemente se enfrentará el plan de Obama es la exigencia de muchos políticos de que se demuestre que las ventajas del gasto público propuesto justifican sus costes, demostración que nunca se exige a propuestas de recortes tributarios.

Es un problema que Keynes conocía bien: regalar dinero, señalaba, tiende a recibirse con menos objeciones que los planes de inversión pública, “que, al no ser completamente despilfarradores, tienden a juzgarse de acuerdo con principios estrictamente ‘empresariales”. Lo que se pierde en dichos debates es el principal argumento a favor del estímulo económico, o sea, que en las actuales condiciones un aumento drástico del gasto público proporcionaría empleo a estadounidenses que de otro modo estarían en paro, y dinero que de otro modo se mantendría ocioso, y pondría a ambos a trabajar para producir algo útil.

Todo esto me hace temer por las perspectivas del plan de Obama. Estoy seguro de que el Congreso aprobará un plan de estímulo, pero me preocupa que el plan pueda retrasarse y/o rebajarse. Y Obama tiene razón: realmente necesitamos medidas rápidas y audaces.

Ésta es mi hipótesis de pesadilla: el Congreso tarda meses en ratificar un plan de estímulo, y la legislación que acaba aprobándose es demasiado cauta. Como consecuencia de ello, la economía se hunde durante la mayor parte de 2009, y cuando el plan empieza por fin a surtir efecto, lo hace sólo con fuerza suficiente para frenar la caída, no para detenerla. Mientras tanto, la deflación se instala, y empresas y consumidores empiezan a basar sus planes de gasto en la perspectiva de una economía permanentemente deprimida; y bien, uno puede ver en qué desemboca esto.

Por lo tanto, ésta es nuestra hora de la verdad. ¿Haremos realmente lo necesario para evitar la segunda Gran Depresión? -

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008.Traducción de News Clips. © 2008 New York Times News Service.

"No va a ser tan duro como la Gran Depresión", entrevista a J. Sachs

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JEFFREY SACHS, Presidente del Earth Institute

CLAUDI PÉREZ 04/01/2009

Prototipo del intelectual moderno, Jeffrey Sachs (Detroit, EE UU, 1954) es uno de los economistas más influyentes del mundo, aunque en los últimos tiempos ha dejado de lado la ortodoxia académica para centrarse en aspectos relacionados con la pobreza, el hambre, el cambio climático y, últimamente, también en España. Sachs viaja a menudo a Madrid como asesor de la Fundación Ideas y se reúne asiduamente con miembros del Gobierno. Sobre la economía mundial es pesimista: “Si se cometen más errores, la recesión puede derivar en una depresión”. Sobre España, también: “A la economía española va a llevarle mucho tiempo salir de ésta”. Aunque no todo son malas noticias. “España es claramente la nueva voz más importante en problemas globales como el hambre o la pobreza”, apunta.

Pregunta. Hace medio año hablaba de riesgos de recesión en la economía internacional. ¿Ve ahora una depresión en el horizonte?

Respuesta. Han pasado un montón de cosas desde entonces. Era difícil ver cuántas trampas había en el camino y prever los serios errores que se han cometido. Ahora ya estamos metidos en una recesión mundial muy profunda. Si se cometen más errores, puede derivar en una depresión. Si el paro en EE UU sube hasta el 13% desde la tasa actual, lo que supondría poco más o menos duplicar el desempleo, podríamos entrar en territorio de depresión.

P. La economía española ya roza esos números y las previsiones son mucho más sombrías: se espera que la tasa de paro supere el 15% en 2009…

R. Pero los números no significan lo mismo. En EE UU, un 13% supondría superar con creces la tasa de paro normal, y eso sería ponerse en una situación insostenible. Lo de ahora es una brusca desaceleración. Pero si se cometen más errores, como dejar caer la industria automovilística de Detroit por la falta de apoyo público, puede llegar la depresión.

P. ¿Dónde hay que buscar a los responsables de la crisis?

R. En los bancos, sin duda. Pero no son los únicos. Yo diría que Alan Greenspan también tiene una responsabilidad capital: él era el banquero central de EE UU, y su política monetaria y la política económica durante su mandato han desempeñado un papel muy significativo en esta crisis. Incentivaron el sobreendeudamiento, el apetito desmesurado por el crédito en un periodo de exuberancia con montones de especulación y de fácil acceso al crédito, que han resultado muy perniciosos.

P. ¿Ve cerca el final, o es tan pesimista como otros economistas del estilo de Nouriel Roubini, que augura un cataclismo?

R. Bueno, Roubini es alumno mío. Pero ahora habrá que pensar en aprender de él.

P. ¿Tan mal lo ve?

R. Creo que esta recesión va a ser más seria que otras, pero no tan dura como la Gran Depresión. También creo que Asia debería ser capaz de mantener el crecimiento económico en niveles positivos; no veo un colapso global. Además, me siento mejor con el presidente Obama a punto de entrar en el despacho oval. No creo que eso vaya a provocar una recuperación milagrosa, pero puede asumir un tipo de liderazgo que ha brillado por su ausencia en Estados Unidos y puede mejorar la cooperación global, algo en lo que también ha fallado Bush. En suma, creo que podremos sentirnos mejor en poco tiempo, no lo suficiente como para detener la recesión, pero sí como para reducir el miedo que flota en el ambiente.

P. ¿Qué le parece el equipo económico de Obama?

R. Es un buen equipo, muy experimentado. Espero que preste atención a los aspectos internacionales de la crisis y no se centre demasiado en los problemas internos.

P. ¿Dónde queda el famoso cambio?

R. Es verdad que sus asesores económicos están muy relacionados con la Administración de Clinton. Tal vez no sea un cambio radical. Pero es el propio Obama quien introduce ese componente. Eso sí, con gente experimentada.

P. ¿Cómo evalúa el tándem George Bush-Henry Paulson?

R. Ha sido muy flojo, obviamente: un pobre trabajo, con pésimos resultados. Bush es el peor presidente de la historia en política exterior, en política interior, en política económica y social… Paulson no ha sido el peor, pero tampoco es que haya sido muy efectivo.

P. ¿Están funcionando los planes de rescate?

R. Probablemente hayan ayudado a prevenir un completo colapso. Pero no están funcionando en el sentido de restaurar la confianza y detener la espiral negativa en la que se han metido también las fuerzas de la economía real. Lo de dejar caer Lehman Brothers fue un error garrafal de política económica. El mundo cambió drásticamente ese día. Todo el esfuerzo público desde entonces se ha orientado a resguardar a los bancos del colapso. Eso se ha logrado en parte, pero los planes no han tenido éxito en solucionar la crisis de confianza, ni han impedido el aterrizaje forzoso de nuevos bancos, ni en el objetivo de fijar el fondo de esta recesión…

P. ¿Qué medidas echa de menos?

R. En Estados Unidos se pusieron sobre la mesa los 700.000 millones de dólares por la vía de la urgencia, sin ninguna planificación, dos días después de la quiebra de Lehman Brothers, en un movimiento desesperado por el pánico financiero. Paulson presentó en el Congreso un documento de apenas tres páginas, sin conceptos, sin dar una idea a los congresistas acerca de cómo iba a gastar ese dinero, cómo se iban a comprar los activos dañados de la banca. Pero la prueba de que no había ningún guión es que después el dinero se ha usado para recapitalizar los bancos, sin una estrategia clara. Es el plan de una Administración fallida. En Europa hay otros problemas: un montón de líderes, un montón de países buscando un consenso nada fácil. Europa tiene esa paradoja: un solo dinero para muchos presidentes, lo que genera fricciones. La ventaja es que el sector bancario no está tan afectado como el norteamericano, aunque haya entidades con serios problemas.

P. España sufre la crisis global, pero tiene sus propias dificultades. ¿Qué le augura a la economía española?

R. El final del ciclo inmobiliario ha sido abrupto, se trata de uno de los países que más han sufrido junto con Estados Unidos, el Reino Unido, Irlanda o Australia. Va a llevar tiempo salir de ésta. Porque además de los problemas financieros que se derivan del pinchazo inmobiliario, la economía real tiene que reorientarse desde el fuerte peso de la construcción hacia un modelo con nuevas exportaciones. Se abre un periodo de serias dificultades. A la vez, España es claramente la nueva voz más importante en problemas globales como el hambre o la pobreza. Está demostrando mucho interés por aprovechar las nuevas oportunidades que vendrán de África. Tengo algunas sugerencias para el Gobierno: podría ayudar a la recuperación aquí el desarrollo en África, en campos como las energías renovables o la construcción. Hay que encontrar la manera de financiar esas posibilidades. -

Así será el año 2009, por I. Ramonet

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Le Monde Diplomatique
 

“Balas para los jóvenes, dinero para los bancos.” Este expresivo grito de ira de los amotinados de Grecia bien pudiera oírse, a lo largo de 2009, en otras ciudades europeas. Porque el año que empieza se va a caracterizar, como consecuencia de los despidos masivos que está causando la crisis, por un fuerte descontento social. Y éste desembocará en huelgas, manifestaciones y enfrentamientos que las elecciones europeas de junio próximo no calmarán.

Numerosos jóvenes – estudiantes o no -, son concientes de que su destino es ir a dar a la mar de la precariedad (“generación 700 euros”) o del desempleo. Desean hacer tabla rasa. Algunos se sienten de nuevo atraídos por los movimientos libertarios. En la atmósfera de lucha social que se avecina, las filas del anarquismo podrían engrosar i . Como en los años 1930…

Aunque en materia de política internacional no caben supersticiones, los años terminados en 9 son a menudo convulsivos. Basta con observar que, a lo largo de éste, se conmemorarán : los 10 años de la revolución bolivariana de Venezuela (febrero); los 20 de la caída del muro de Berlín y de la implosión del bloque soviético (noviembre); los 30 de la “revolución islámica” de Irán (febrero); los 40 de la “revolución libia” del coronel Gaddafi (septiembre); los 50 de la revolución cubana (enero); los 60 de la revolución china (octubre); los 70 de la derrota de la República española en la Guerra civil (abril) y del inicio de la Segunda Guerra Mundial (septiembre); y los 80 de la crisis de 1929 y de la Gran Depresión…

Sin duda, la recesión económica será también la principal característica del año que comienza. Porque los efectos del triple crack de la construcción, de los bancos y de las Bolsas golpearán de lleno a la economía real.

En ese contexto de descontento social, ¿representa el nuevo Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, una luz de esperanza? Menos de lo que creímos. S u equipo económico, en el que figuran varias personalidades ultraliberales responsables en parte de la crisis actual – como Robert Rubin, Lawrence Summers o Timothy Geithner –, no estará a la altura para cambiar las cosas.

Además, parece evidente ya que la nueva Administración Obama será de centro-derecha, es decir más a la derecha que el nuevo Congreso surgido de las elecciones del 4 de noviembreii. Lo cual augura tensiones más fuertes que previsto entre el ejecutivo y el legislativo. Los nuevos congresistas demócratas no dejarán de hacerse eco de las impaciencias de los electores duramente afectados por la crisis y profundamente irritados por el gigantesco fraude del estafador Bernard Madoff así como por las ayudas masivas ofrecidas por el Gobierno a los banqueros. En suma, el entusiasmo de hoy hacia el nuevo Presidente podría, a lo largo del año, cambiarse en decepción, frustración… y cólera.

Su equipo de politica exterior – constituído por Hillary Clinton, Robert Graves y el general Jim Jones – tambien resulta muy conservador para quien ha prometido dejar de imponer la democracia a punta de bayoneta.

El « foco perturbador » del mundo seguirá siendo Oriente Próximo como lo muestran los recientes enfrentamientos trágicos de Gaza. En Irak, las fuerzas británicas y las de todos los demás aliados de Estados Unidos, se retirarán en primavera. Por su parte, las tropas estadounidenses de combate dejarán de patrullar en pueblos y ciudades para replegarse en sus cuarteles. Y su retirada se acelerará. Rebrotará la violencia. El zapatazo del periodista Muntazer Al-Zaidi al Presidente Bush, el pasado 14 de diciembre en Bagdad, da una idea de la rabia de una parte del pueblo iraquí contra la ocupación estadounidense. ¿ Conseguirá el nuevo y corrupto ejercito de Irak impedir la dislocación del país ?

Habrá elecciones decisivas en Israel, para la función de Primer ministro, el 10 de febrero ; y en Irán, para la Presidencia, el 12 de junio. La tensión entre estos dos países alcanzará niveles incandescentes ¿Desembocará en un conflicto abierto? Nadie debe desearlo pues las consecuencias geopolíticas serían imprevisibles. También económicas, ya que los precios del petroleo volverían a rondar los 150 dólares. Lo cual agravaría más aún la crisis actual…

En cuanto a Afganistán, país que Barack Obama desea convertir en la prioridad militar de su mandato, si Washington intensifica su intervención tendrá que multiplicar los ataques ilegales contra Pakistan, gigante demógrafico y a la vez potencia nuclear. Eso provocará una posible desestabilización de Asif Zardari, Presidente de este Estado en quiebra, amenazado además por su poderoso vecino indio después de los atentados de Bombay del 26 de noviembre pasado. Washington entraria entonces en un nuevo engranage intervencionista que podría favorecer el rápido retorno al Pentágono de los « halcones », partidarios de un imperialismo duro y dominador. En Kabúl, los estadounidenses tratarán de imponer a un « dictador presentable ». Lo cual significará un regreso al realismo político (o sea, al cinismo) y el abandono del proyecto ético que ha defendido Obama durante su campaña electoral.

Otro gigante que puede reservar sorpresas es China. Porque la crisis – que se va a traducir por una subida general del proteccionismo en el mundo y la consiguiente reducción de las exportaciones – le golpeará con mayor rudeza. Miles de fábricas cerrarán despidiendo masivamente a trabajadores desprovistos, en su mayoría, de seguridad social y de atención médica. Las protestas crecerán. ¿Conseguirán las autoridades de Pekín mantener la paz social ?¿ A qué precio?

En América latina, la incognita principal será de saber si Barack Obama aceptará el ramo de olivo que le ha ofrecido el Presidente de Cuba, Raúl Castro, y si negociará por fin el final del embargo comercial de la isla. Lo sabremos el 17 de abril cuando, con ocasión de la Cumbre de las Américas en Puerto España (Trinidad y Tobago), el mandatario estadounidense defina su nueva política para el hemisferio.

Entretanto la crisis climática seguirá agravándose. Todo indica que el año 2009 será el de todos los peligros. Porque agoniza une era, la del neoliberalismo, y comienza, a tientas, un nuevo paradigma. Debiera también ser el momento de todas las oportunidades. Para empezar a edificar, por fin, un mundo mejor.

i Este 15 de enero se celebra el II centenario del nacimiento, en Besançon (Francia), de Joseph Proudhon, padre del anarquismo.

ii Moisés Naim « La Brigada 23 de enero », El País, Madrid, 30 de noviembre de 2008.

Consejo para Barack Obama: pásese al centro…, por P.A. Samuelson

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PAUL A. SAMUELSON 28/12/2008

Es una vieja historia eso de que se produzca una burbuja inmobiliaria ascendente seguida del estallido de esa burbuja. Es posible que ese proceso cíclico empezase poco después de que los humanos dejasen las cuevas.

Sin embargo, lo que ha causado la caótica convulsión en Wall Street y en todo el mundo, esta vez ha sido un factor completamente nuevo: que esta crisis en la construcción de viviendas y en el préstamo hipotecario se deriva de las nuevas invenciones monstruosas de los ingenieros de las matemáticas financieras.

Prácticamente ningún experto de Wall Street entendía las cosas tan raras que ocurrían cada semana. Bancos de inversión como Goldman Sachs y Morgan Stanley, así como enormes bancos normales como Bank of America, descubrían de repente que su deuda crecía muy por encima de sus activos disponibles.

Curiosamente, la actividad en la economía real, en la que la gente busca trabajo y espera ganar suficiente dinero como para ahorrar para los tiempos de vacas flacas y la posible jubilación, no cayó tanto ni tan deprisa en 2007 y 2008. Pero a estas alturas, tan seguro como que el sol se pone por la noche, las economías reales de todo el mundo están sufriendo, y mucho. Sus males son directamente atribuibles a los chanchullos de Wall Street. De acuerdo con los pronósticos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, lo peor está por venir; y puede durar más que todo lo visto entre 1929 y 1939, los años de la gran depresión.

Como macroeconomista, intento fijarme en los mercados financieros y en cómo reaccionan los bancos centrales -la Reserva Federal estadounidense y el Banco Central Europeo, así como el centenario Banco de Inglaterra- para intentar capear los vientos adversos de los mercados especulativos. Eso ocupa mi mente matemática. Pero lo más importante, lo que ocupa mi corazón como economista académico, es lo que probablemente les ocurrirá a las familias en los primeros años de la presidencia de Obama. ¿Cómo va a reparar el presidente el daño causado por ocho años de chapuzas de George Bush?

Tengo que reconocer que los rescates financieros del Gobierno eran necesarios para evitar el hundimiento total de la economía. El presidente Franklin Roosevelt lo descubrió en la semana posterior a su aceptación del cargo, en 1933. Pero como líder del new deal

que salvó el sistema capitalista, Roosevelt descubrió que los banqueros, después de ser salvados, se negaban tajantemente a aventurarse a conceder préstamos a empresas arriesgadas y a las familias.

Entonces, ¿cómo consiguió el new deal eliminar la mayor parte del desempleo en 1939? Los economistas que hoy tienen menos de 60 años han olvidado la respuesta a esa pregunta, si es que alguna vez conocieron la respuesta verdadera. Hasta el jefe de la Reserva Federal, Ben Bernanke, alumno aventajado de Harvard y del MIT, estaba indebidamente influido por el tosco monetarismo de Milton Friedman cuando escribió su tesis doctoral sobre la gran depresión en 1979.

De hecho, ni la Reserva Federal ni el Banco de Inglaterra realizaron la difícil labor que elevó el nivel de empleo y reactivó el crecimiento saludable del producto interior bruto en 1939. ¿Por qué no? Desde muy pronto y durante buena parte de la década de 1930, los tipos de interés de los bancos centrales habían caído casi a cero.

De hecho, en el momento de escribir estas líneas, The Wall Street Journal publica la noticia de que los bonos del Tesoro estadounidense a 90 días, seguros y de gran calidad, se venden en el mercado de subastas a un tipo de interés cero (¡!). Eso significa que Obama empieza con una trampa de liquidez muy parecida a la que mantiene a Japón en una recesión desde 1991. Durante una trampa de liquidez, lo inteligente es acumular dinero y no gastarlo ni en mano de obra ni en bienes de consumo.

Volvamos a leer los discursos pronunciados por Alan Greenspan o por Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra, entre 1987 y 2006. ¿Es posible que no fueran a clase el día en que se enseñó ese concepto?

Para centrarme en mi argumento principal, las pruebas actuales y la historia económica dan a entender claramente que durante la presidencia de Obama harán falta fuertes dosis de gasto fiscal deficitario para sacar a Europa, América y Asia de la recesión posterior a la catástrofe. Sólo después de eso empezarán las herramientas normales de la Reserva Federal a recuperar su fuerza.

El nuevo presidente se verá inundado de consejos contradictorios. Esto es lo que yo le sugiero: que tire por el camino de en medio y se pase al centro. Y no es porque no pueda decidirse. En la izquierda están las nociones fracasadas de Marx, Lenin, Stalin, Castro y Mao. Todos ellos eran como los incompetentes polis del cine mudo en lo que a organizar una gran economía se refiere. Y en la derecha están las opiniones libertarias extremistas de la caterva posterior a Reagan. Sí, sólo los sistemas de mercado pueden conservar la riqueza y el progreso de este milenio. Sin embargo, los mercados descontrolados causarán su propia defunción, como hemos podido ver.

Los centristas están condenados a hacer concesiones. Cuando todo va viento en popa, puede ser una locura el tratar de mantener a flote a las tambaleantes empresas automovilísticas de Detroit (el economista de Harvard Joseph Schumpeter lo llamaba “capitalismo en una tienda de oxígeno”). Cuando las tasas de desempleo se disparan hasta el 10% o más, tal vez esté justificado tomar otra decisión.

Tirar billetes verdes recién acuñados desde helicópteros puede ser un modo de generar crecimiento. Ese dinero nuevo se gastará en lugar de ser atesorado o ahorrado. Sin embargo, gastar ese dinero nuevo en carreteras que conduzcan a alguna parte será mejor que emplearlo en carreteras que no vayan a ninguna. En Japón fueron los grupos de presión del sector de la construcción los que decidieron adónde debía dirigirse el gasto público. En Estados Unidos podemos hacerlo mejor, siempre que la vieja pandilla de Bush ya no sea más que un recuerdo desagradable.

Moraleja: manténgase en el centro a la hora de tomar decisiones para ayudar a los pobres y a las clases medias. Las mujeres y los hispanos y otros que llegan tarde a la fiesta merecen justicia en el tribunal centrista.

Quienes presumen de dar consejo pronto resultan aburridos. Aun así, ofrezco una última advertencia importante. Un centrista tiene que ser, por fuerza, un centrista limitado. Un centrista sólo puede reducir en un grado limitado las desigualdades inevitables en un sistema de mercado. Eso dista mucho de abolir la mayor parte de la desigualdad.

Perseguir ese objetivo inalcanzable y quijotesco sería un modo seguro de hundir el mundo moderno en una fase de estancamiento como las anteriores.

(c) 2008 Paul Samuelson. Distribuido por Tribune Media Services. Traducción de News Clips.

P. Krugman: de la crisis actual, a una vida sin burbujas…

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PAUL KRUGMAN 28/12/2008 krugman3

Haga lo que haga el nuevo Gobierno, nos esperan varios meses o incluso un año de desbarajuste económico. Después las cosas deberían mejorar, a medida que empiece a coger impulso el plan de estímulo económico del presidente Obama (vale, me indican que el término políticamente correcto que se utiliza ahora es “plan de recuperación económica”). A finales del año próximo la economía debería empezar a estabilizarse y soy bastante optimista acerca de 2010.

¿Pero qué ocurrirá después? Ahora mismo todo el mundo habla de algo así como dos años de estímulos a la economía, que tiene sentido como horizonte de previsión. No obstante, demasiados de los comentarios sobre economía que he estado leyendo parecen dar por sentado que eso es en realidad todo lo que necesitamos, que una vez que el arrebato de gasto deficitario dé un vuelco a la economía todo volverá a ser como de costumbre.

Sin embargo, las cosas no deben volver de hecho a ser como eran antes de la crisis actual, y espero que la gente de Obama se percate de ello. La prosperidad de hace unos años, tal y como estaban las cosas -los beneficios eran estupendos, los salarios no tanto-, dependía de una burbuja inmobiliaria de enormes dimensiones que a su vez sustituía a una burbuja bursátil anterior. Y puesto que la burbuja inmobiliaria no va a volver, el gasto que sostenía la economía en los años anteriores a la crisis tampoco va a volver.

Para ser más concretos: el drástico desplome de la vivienda que estamos experimentando en la actualidad llegará a su fin antes o después, pero el descomunal boom inmobiliario de la era de Bush no se repetirá. Los consumidores recuperarán parte de la confianza tarde o temprano, pero no gastarán como hicieron entre 2005 y 2007, cuando mucha gente utilizaba su casa como cajero automático y la tasa de ahorro cayó prácticamente a cero.

Por tanto, ¿qué sustentará la economía si ni los cautelosos consumidores ni los humillados promotores inmobiliarios serán capaces de hacerlo?

Hace unos meses, un titular del periódico satírico The Onion, agudo como siempre, ofrecía una posible respuesta: “País asfixiado por la recesión busca nueva burbuja en la que invertir”. Podría surgir algo nuevo que animara el consumo privado, tal vez generando un boom en la inversión empresarial.

Pero para rellenar el hueco dejado por el retroceso del consumo y la vivienda, este boom tendría que ser gigantesco y elevar la inversión empresarial hasta niveles del PIB sin precedentes en nuestra historia. Ahora bien, aunque esto es una posibilidad, no parece ser algo con lo que se pueda contar.

Un camino más convincente hacia una recuperación sostenida sería un recorte drástico del déficit de la balanza comercial de Estados Unidos, que se disparó al mismo tiempo que se hinchaba la burbuja inmobiliaria. Vendiendo más a otros países y consumiendo más productos nacionales, podríamos alcanzar el pleno empleo sin necesidad de un boom del consumo o del gasto en inversión.

Pero probablemente pasará mucho tiempo antes de que el déficit comercial descienda lo bastante como para compensar el estallido de la burbuja inmobiliaria. Para empezar, tras varios años de bonanza, el crecimiento de las exportaciones se ha estancado, en parte por culpa de los inversores extranjeros que, llevados por el nerviosismo, han acudido rápidamente a refugiarse en valores que aún consideran seguros, elevando la cotización del dólar frente a otras divisas y haciendo que la producción estadounidense sea mucho menos competitiva en relación con los costes.

Además, aunque el dólar cayera de nuevo, ¿de dónde surgirá la capacidad para aumentar repentinamente las exportaciones y la producción de artículos capaces de competir con las importaciones? A pesar del incremento en el comercio de servicios, la mayoría del comercio internacional sigue siendo de bienes, sobre todo bienes manufacturados; además, el sector manufacturero estadounidense, tras años de olvido en favor de los sectores inmobiliario y financiero, tiene mucho que hacer para ponerse al día.

En cualquier caso, el resto del mundo puede que no esté listo para lidiar con un déficit comercial estadounidense drásticamente menor. Como señalaba recientemente mi colega Tom Friedman, gran parte de la economía china en concreto está concebida en torno a las exportaciones a EE UU, y sufrirá mucho si tiene que amoldarse a otras ocupaciones.

En pocas palabras, alcanzar el punto en que nuestra economía prospere sin ayudas fiscales puede ser un proceso largo y difícil, y como he comentado anteriormente, espero que el equipo de Obama se percate de ello.

En estos momentos, con la economía en caída libre y con todo el mundo atemorizado ante la Gran Depresión versión 2.0, quienes se oponen a una intervención federal de calado están pasando apuros para recabar apoyos. John Boehner, el líder republicano en la Cámara de Representantes, se ha visto obligado a utilizar su página web para buscar “economistas estadounidenses acreditados” dispuestos a añadir su nombre a una lista de “escépticos respecto a utilizar el gasto como estímulo”.

Pero una vez que la economía remonte sensiblemente, la nueva Administración se verá bastante presionada para echarse a un lado y quitarle las muletas a la economía. Y si el Gobierno cede a esa presión demasiado pronto, la consecuencia podría ser una repetición del error que Franklin Delano Roosevelt cometió en 1937, el año en que rebajó drásticamente el gasto, subió los impuestos y contribuyó a hundir a EE UU en una grave recesión.

La cuestión es que puede que lleve mucho más tiempo del que la gente se piensa el que la economía estadounidense esté lista para vivir sin burbujas. Y hasta entonces, la economía va a necesitar mucha ayuda del Gobierno. -

(c) New York Times News Service, 2008.

Paul Krugman es columnista del diario The New York Times. Traducción de News Clips.

Paul Krugman cree que el final de la crisis está lejos…

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krugman2En declaraciones a la cadena SER, el Nobel de Economía afirma que es probable que aparezcan nuevos escándalos como el ‘caso Madoff’

EP / ELPAÍS.com - Nueva York / Madrid – 26/12/2008

El economista Paul Krugman, último premio Nobel de Economía, cree que el final de la actual crisis económica es aún “lejano” y considera probable que aparezcan nuevos escándalos financieros como el de Madoff, así como la nacionalización de más bancos en EEUU. Así lo ha señalado en una entrevista concedida este viernes al programa radiofónico Hora 25 Global, que emite la cadena Ser.

“La crisis es peor de lo que había pensado. Yo pensé que íbamos a tener problemas con la caída del mercado inmobiliario, pero la escala misma desde luego de dicha crisis es una gran sorpresa. Bueno, las cosas son tan malas como se dicen, sí, esto es una depresión muy fuerte, y yo creo que va a ser la peor depresión desde la última depresión”, ha declarado Krugman, que cree que, aunque se producirán algunas mejoras, “quizás a finales de 2009″, será difícil establecer cuándo se logrará una recuperación plena.

Además, el Nobel considera probable que salgan a la luz nuevos escándalos como el caso Madoff. “Casi seguro veremos más situaciones de esta índole, porque cuando se cae la casa encuentras los esqueletos en el armario””, dice.

Por otro lado, Krugman ha calificado de “necesaria” la decisión de la Reserva Federal estadounidense de recortar los tipos de interés hasta prácticamente cero, pues cree que “la mejor forma de evitar una depresión de este tipo es responder con cierta agresividad en un momento temprano”, aunque no ha entrado a valorar las posibles repercusiones a medio plazo de la decisión de Bernanke y su equipo.

Obama no lo tendrá fácil

Respecto al futuro inmediato que espera a Estados Unidos tras la llegada de Obama a la Casa Blanca, el próximo 20 de enero, el economista ha mostrado su preocupación por la velocidad en la implantación del paquete de medidas adelantado por el presidente electo para reactivar el mercado laboral y crear empleo, pues considera que “es muy difícil implantar un programa de este tipo en menos de seis meses” y apuesta por que tardará al menos un año.

Krugman cree también que la Administración Bush no ha ayudado mucho en la solución de los problemas. Aunque afirma que el presidente saliente no causó la crisis, reconoce que no ayudó a prevenirla y que su Administración impidió la correcta regulación del mercado. En este sentido, opina que Bush no ha sido un buen presidente “desde el punto de vista económico, ni desde ningún punto de vista”.

P. Krugman: la depresión económica, el caos europeo y el boicot conservador…

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krugman_visita_barcelona1PAUL KRUGMAN 21/12/2008

Esta es la situación: la economía se enfrenta a la peor depresión que ha sufrido en décadas. La respuesta habitual a una crisis económica, recortar los tipos de interés, no está funcionando. Las ayudas gubernamentales a gran escala parecen la única forma de parar la caída en picado de la economía. Pero hay un problema: los políticos conservadores, aferrándose a una ideología pasada de moda, y puede que apostando [equivocadamente] por que sus electores están relativamente mejor situados para capear el temporal, están impidiendo que se tomen medidas.

No, no estoy hablando de Bob Corker, el senador de Nissan (perdón, de Tennessee) y sus amigos republicanos, que torpedearon el intento de la semana pasada de ganar tiempo para el sector del automóvil estadounidense. [¿Por qué se ha bloqueado el plan? Un mensaje de correo electrónico a entre los republicanos del Senado afirmaba que negar al sector automovilístico un préstamo era una oportunidad para que los republicanos "lanzasen un primer ataque contra el sindicalismo organizado"]. A quien me estoy refiriendo es a Angela Merkel, la canciller alemana, y a su equipo económico, que se han convertido en el principal obstáculo para un muy necesario plan europeo de rescate económico.

En Estados Unidos no se le está prestando mucha atención al caos económico europeo porque, comprensiblemente, estamos centrados en nuestros propios problemas. Pero se puede decir que la otra superpotencia económica mundial (Estados Unidos y la Unión Europea tienen aproximadamente el mismo PIB) está en los mismos apuros que nosotros.

Los problemas más graves se dan en la periferia europea, donde numerosas economías más pequeñas están experimentando crisis que recuerdan mucho a las pasadas crisis de Latinoamérica y Asia: Letonia es la nueva Argentina; Ucrania es la nueva Indonesia. Pero el dolor ha llegado a las grandes economías de Europa occidental: Reino Unido, Francia, Italia y la mayor de todas, Alemania.

Como en EE UU, la política monetaria de rebajas de los tipos de interés en un intento de reanimar la economía está llegando rápidamente a su límite. Esto deja una única vía para prevenir el peor desplome desde la Gran Depresión: un uso agresivo de la política fiscal consistente en aumentar el gasto o recortar los impuestos para impulsar la demanda. Ahora mismo todo el mundo ve la necesidad de un gran estímulo fiscal paneuropeo.

Mejor dicho, todo el mundo excepto los alemanes. Merkel se ha convertido en Frau Nein: si tiene que haber un rescate de la economía europea, no quiere tomar parte en él y ha dicho en una reunión de su partido que "no vamos a participar en esta carrera sin sentido por los billones".

La semana pasada, Peer Steinbrueck, el ministro de Economía de Merkel, fue todavía más lejos. No contento con negarse a desarrollar un plan serio de estímulo económico para su propio país denunció los planes de otros países europeos. Concretamente, el ministro acusó al Reino Unido de embarcarse en un "keynesianismo craso".

Los dirigentes alemanes parecen creer que su propia economía está en buena forma y no necesita grandes ayudas. Están, casi con toda seguridad, equivocados respecto a eso. Sin embargo, lo verdaderamente malo no es la valoración errónea de su propia situación, sino la forma en que la oposición de Alemania está impidiendo una acción común europea ante la crisis económica.

Para entender mejor el problema, piensen en lo que pasaría si, por ejemplo, Nueva Jersey intentase impulsar su economía mediante rebajas de impuestos u obras públicas sin que este esfuerzo estatal formase parte de un programa nacional. Evidentemente, gran parte del estímulo se "fugaría" hacia los Estados vecinos, de forma que Nueva Jersey terminaría cargando con toda la deuda, mientras que otros Estados se quedarían con muchos de los puestos de trabajo, si no con todos.

Los países europeos están en una situación muy parecida. Cualquier gobierno que actúe de forma unilateral se enfrenta a una posibilidad considerable de contraer una enorme deuda sin crear demasiados puestos de trabajos en el país en cuestión.

Sin embargo, para la economía europea en su conjunto esa clase de fuga supone un problema mucho menor: dos terceras partes de las importaciones de un miembro medio de la Unión Europea proceden de otros países europeos, por lo que el continente en su conjunto no es más dependiente de la importación que Estados Unidos. Esto significa que una iniciativa coordinada para estimular la economía, en la que cada país cuente con que sus vecinos harán un esfuerzo similar al suyo, le proporcionaría al euro un impulso mucho mayor que unos esfuerzos individuales y descoordinados.

Pero no es posible tener un esfuerzo europeo coordinado si la economía más grande de Europa no sólo se niega a participar, sino que además menosprecia los intentos de sus vecinos por frenar la crisis.

El gran nein de Alemania no durará eternamente. La semana pasada, el Ifo, un instituto de investigación muy respetado, advertía de que Alemania se enfrentará pronto a su peor crisis económica desde los años cuarenta. En el caso de que esto suceda, seguramente Merkel y sus ministros reconsiderarán su postura.

Pero en Europa, como en Estados Unidos, el problema es el tiempo. En todo el mundo las economías se hunden con rapidez mientras esperamos que alguien, cualquiera, proponga una respuesta política eficaz. ¿Cuántos destrozos más habrá antes de que esa respuesta llegue al fin? -

Paul Krugman es columnista del diario The New York Times. Traducción de News Clips. (c) New York Times News Service, 2008.

El País.com

La chispa griega o un nuevo Mayo del 68…

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grecia-estud003La juventud helena se alza contra el Gobierno y sus ecos recorren Europa – Los expertos advierten de que no debe subestimarse el alcance de la revuelta

ABEL GRAU 22/12/2008

Ya hay quien compara diciembre de 2008 con mayo de 1968. La muerte del joven griego Alexandros Grigoropulos, de 15 años, fallecido en Atenas el pasado 6 de diciembre tras recibir un disparo de un policía, encendió la mecha de la indignación en Grecia. Surgieron manifestaciones y estallaron disturbios desde Salónica, al norte, hasta Heraclión, en Creta. Cientos de universitarios y bachilleres salieron a las calles para protestar contra la violencia policial y, sobre todo, contra el Gobierno y contra un futuro negro en el que se ven cobrando 700 euros al mes (algo así como ser mileurista en España), con empleos precarios e incapaces de abandonar el hogar de sus padres. Y no están solos. Cuatro días después, justo en la misma jornada en la que Grecia quedaba paralizada por una huelga general, pequeñas réplicas del terremoto social heleno se extendieron hasta Italia, Alemania, Francia, Dinamarca y España (donde arrecia otra protesta estudiantil: la que se opone a la Declaración de Bolonia). Sociólogos y antropólogos coinciden en un consejo: no se debe menospreciar el alcance de la revuelta.

¿Existe el peligro de contagio hacia otros países de la Unión Europea? “Como el contagio biológico, el contagio social sólo se expande si existen condiciones ambientales que lo favorezcan”, indica Carles Feixa, profesor de antropología social de la Universitat de Lleida y co-autor de Movimientos juveniles: de la globalización a la antiglobalización. En Grecia, donde la revuelta sigue viva dos semanas después, la causa ha sido una combinación de factores: “Brutalidad policial y corrupción política por un lado y, por otro, perspectivas pesimistas para los jóvenes (en educación, el mercado laboral y la formación del propio hogar); y a todo ello se ha sumado la falta de integración de los inmigrantes y el miedo a la crisis económica mundial”, señala desde la capital griega Manos Matsaganis, profesor del Departamento de estudios económicos europeos e internacionales de la Universidad de Economía y Negocios de Atenas.

Uno de esos factores, el que atañe a la falta de un porvenir digno para los jóvenes, es común en el sur de Europa, indican los expertos. Y en España se da una situación singular en el continente. Es el único país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en el que se ha reducido el poder adquisitivo del salario medio (un 4% entre 1995 y 2005; paradójicamente, en un período de vacas gordas). Y cuenta también con una elevada precariedad: tiene la tasa de temporalidad laboral más alta de Europa: un 31% de los trabajadores es eventual (casi uno de cada tres), el doble de la media de la Unión Europea (14,5%), según datos de Eurostat de 2007. “Los salarios para los jóvenes que empiezan son bajos en todas partes, pero en ningún lado se encuentran con que su futuro profesional está tan bloqueado como en Europa del sur y, quizá, en Francia”, añade Matsaganis.

Los jóvenes españoles tienen motivos suficientes para estar descontentos, según advierte Josep Espluga Trenc, doctor en Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona. “La mayoría de estudios sobre las perspectivas de futuro de las actuales generaciones jóvenes muestran escenarios peores que los de las anteriores”. Y enumera y concluye: “Tienen mayores dificultades para acceder a viviendas y formar nuevas familias. Ante estas presiones no es extraño que haya gente joven -y no tan joven- dispuesta a protestar”. Podría suceder, incluso, que personas que se sienten agraviadas por otros procesos de exclusión social decidan sumarse. “El contexto de crisis propicia que la revuelta se pueda reproducir en cualquier país”.

La concentración de toda esa insatisfacción, sumada a la crítica al Gobierno del primer ministro liberal Kostas Karamanlis, es la que ha conferido un gran ímpetu a la agitación en Grecia, bautizada ya como el alzamiento de la generación de los setencientoseuristas. Recelan del sistema político (y su corrupción), del judicial, de los medios y de la iglesia. “En todas partes hay minorías marginadas e insatisfechas”, opina el profesor Matsaganis, “lo singular de Grecia es que estas minorías han encontrado una base común con estratos sociales más amplios, sobre todo debido al extremo rechazo generalizado hacia el Gobierno”. Se han unido grupúsculos antisistema, antiglobalizadores y anarquistas, pero el grueso de las protestas lo integran estudiantes de universidades e institutos. “Todos ellos son jóvenes, aunque obviamente no todos comparten las mismas razones”, precisa el profesor griego.

Los especialistas coinciden en que, ateniéndose a ciertas similitudes de los contextos socioeconómicos, “cualquier tipo de protesta es fácilmente exportable”, según opina Celso Arango, jefe de la Unidad de adolescentes del hospital Gregorio Marañón, de Madrid. “Todavía es pronto para valorar si lo que sucede con la revuelta griega y la protesta anti-Bolonia (en cierta manera, una revuelta ibérica) son acontecimientos puntuales o más profundos”, advierte el antropólogo Feixa, “pero sí existen ciertas condiciones socioambientales comunes en Europa (sobre todo en la mediterránea), que en parte explican también la revuelta de las banlieues francesas [barriadas de la periferia] de hace unos años y la que está empezando a surgir en Italia”.

Otros se confiesan confiados aunque con ciertas reservas: “No tenemos la sensación de que se vaya a extender”, indicó la semana pasada a la agencia Associated Press el presidente del Consejo de la Juventud Española Daniel Lostao. “Esperemos que no me equivoque”, añadió.

El caso griego, con todo, es singular, según precisa el profesor Matsaganis, que asiste desde el inicio de la revuelta a la ocupación de su universidad. La razón: el problema de la violencia inherente en la sociedad griega. “Las actividades del grupo terrorista local 17 de noviembre nunca han recibido una condena pública firme similar a las dirigidas contra ETA o las Brigadas Rojas. El número de gente indiferente cuando los terroristas mataron a un agente de la CIA, a un político de centro-derecha o a un industrial fue considerable. Lo explica nuestro individualismo rampante y nuestra costumbre de la confrontación política”. Matsaganis, crítico con el Gobierno y exmilitante de la Coalición de la Izquierda Radical (SYRIZA), de la que se distanció porque la consideraba extremista, rechaza la violencia de los disturbios.

Una violencia que es común en muchas reivindicaciones juveniles, según Guillermo Ballenato, psicólogo de la Universidad Carlos III. “Las respuestas violentas de grupos de jóvenes son en gran medida un reflejo de la violencia social que se respira en la calle”, explica. “La juventud sufre un gran desencanto. No le gusta la sociedad que ve y sobredimensiona lo más negativo: el individualismo, la competitividad, las injusticias”, al tiempo que “se siente impotente para cambiar la sociedad”.

La réplica del seísmo social griego llegó a España el pasado 10 de diciembre. En Madrid, una concentración de 300 antisistema en la Puerta del Sol, en solidaridad con la muerte del joven griego, derivó en un ataque a una sede cercana de la Policía Municipal, que se saldó con nueve detenidos y numerosos destrozos. En Barcelona, 400 personas marcharon de manera pacífica desde la plaza de Urquinaona, pero unos 40 encapuchados la emprendieron contra el mobiliario urbano y se encararon con la policía autonómica.

Al mismo tiempo, también se producían enfrentamientos en Italia (seis policías y un soldado heridos leves en Bolonia y Roma, respectivamente); en Dinamarca (un grupo de manifestantes cargó con botellas y botes de pintura contra la policía en la capital, Copenhague); en Alemania, dos días antes, 15 personas ocuparon el consulado griego en Berlín y unas 100 se concentraron ante el de Frankfurt. Los altercados regresaron a Barcelona el pasado sábado. Unos 200 antisistema se manifestaron en un acto que dejó cinco agentes contusionados y tres detenidos.

“Lo que está sucediendo en Grecia parece probar que la extrema izquierda existe, contrariamente a lo que pensaban algunos durante las últimas semanas”, aseguraba recientemente Gérard Gachet, portavoz del Ministerio de Interior francés, en declaraciones a la agencia Associated Press. “Por el momento, no podemos sacar más conclusiones y decir que existe un peligro de contagio de la situación griega en Francia. Todo está siendo observado con atención”.

Los especialistas también inciden en destacar la relevancia de la revuelta como indicadora de problemas estructurales profundos. “No es casual que estas revueltas coincidan e incluso se avancen a la crisis (en un sentido no sólo económico sino cultural)”, considera el antropólogo Feixa. “Los jóvenes suelen ser el termómetro de los cambios sociales. Mientras hace cuarenta años (1968) anunciaban los límites del progreso, ahora anticipan sus efectos perversos”. Y glosa: “En la Europa mediterránea, la juventud se ha convertido en una fase de la vida extremadamente larga, cuyo inicio se adelanta y cuyo final se atrasa ad infinitum, como consecuencia de las precarias políticas estatales de bienestar social, vivienda y trabajo. Lo que conlleva un modelo de adultescencia (jóvenes adultos parcialmente emancipados) viable en situaciones de bienestar pero menos soportable cuando arrecia la crisis. Lo relevante es que ello no sólo afecta a los sectores marginados sino también a la juventud universitaria, que ve su futuro peligrar”.

La oleada de protesta encontró en España el terreno abonado. Ya había un caldo de cultivo de insatisfacción entre los estudiantes, que han han intensificado sus protestas en los últimos meses contra la Declaración de Bolonia, cuyo objetivo es unificar el sistema universitario europeo. Miles de alumnos se manifestaron en Madrid y cientos en otras ciudades españolas el pasado 14 de noviembre para oponerse a una reforma que, según su opinión y entre otras críticas, Bolonia conlleva el aumento de las tasas y una mercantilización de los estudios: es decir, la acomodación de los programas educativos a las necesidades de las empresas.

El último episodio de las manifestaciones anti-Bolonia sucedió el pasado jueves en Barcelona. Cientos de estudiantes cortaron el tráfico en hora punta en varios accesos a la ciudad, y además ocuparon el Comisionado de Universidades. Protestaban por la expulsión de seis estudiantes acusados de cometer actos violentos durante la pasada primavera en otra manifestación contra Bolonia. El rectorado de la Universitat de Barcelona sigue ocupado desde hace varias semanas por grupos de estudiantes.

La agitación urbana es un recurso extremo, según observan los especialistas, al que se opta cuando se han agotado las vías habituales. “Cuando ciertas demandas ciudadanas no encuentran respuesta en el entramado institucional y político, tienden a manifestarse en forma de conflictos en la esfera pública; es decir, principalmente en la calle y a través de los medios de comunicación de masas”, explica el sociólogo Espluga. Y se trata de un recurso atractivo para los jóvenes. “Su situación vital, que comprende el desarrollo de su madurez, impulsividad, diferente concepto de responsabilidad, falta de cargas familiares y gregarismo hacen que sea en esta edad en la que más protestas de este tipo aparecen”, apunta Arango.

El simbolismo de la revuelta también es importante, según avisa desde Atenas el abogado Nikos Kairis. “Esta revuelta es un grito de atención y cada Gobierno europeo debería buscar las causas en su propia comunidad”, sostiene. “Todo ello constituye un cóctel explosivo que podría conducir a un nuevo mayo del 68 en toda Europa. Por eso todos los gobiernos europeos deberían escuchar a las sociedades que representan, intentando afrontar más los problemas humanos que los monetarios”. Un diagnóstico con el que coincide el antropólogo Feixa. “Diciembre del 2008 tiene ciertos ecos de mayo del 68: más que a una revuelta económica o política, quizá asistimos a una revuelta cultural, no por minoritaria menos significativa”.

La protesta se coordina en la Red

La difusión de la revuelta griega a través de Europa ha contado con una correa de transmisión excepcional: Internet. Decenas de proveedores de noticias alternativos a los grandes medios han seguido el día a día de los disturbios y han difundido la convocatoria de manifestaciones desde Madrid a Moscú (y en casi una veintena de países, según la entrada de la revuelta en Wikipedia: 2008 Greek riots).

Uno de los más activos ha sido Independent Media Center (Indymedia), una red internacional de colaboradores que informan sobre asuntos políticos y sociales, desde un enfoque próximo a los movimientos antiglobalizadores y opuesto al neoliberalismo. Sus integrantes recelan de la cobertura de los medios tradicionales (Indymedia Barcelona declinó responder a EL PAÍS). La delegación ateniense ha participado en la coordinación de las protestas en la capital griega.

En España, existen decenas de webs similares, como Nodo50.org, Rebelión.org, Alasbarricadas.org y Kaosenlared.net.

“Nada es lo mismo que antes de Internet”, subraya el sociólogo Josep Espluga Trenc, de la Universidad Autónoma de Barcelona. Los movimientos sociales, añade, funcionan ya de manera sustancialmente diferente. “En primer lugar, porque los discursos que circulan por la esfera pública ya no son los de las fuentes oficiales, sino que hay una multitud de fuentes alternativas. Ya no dependemos de los expertos oficiales”, indica. “La Red permite a los múltiples grupúsculos coordinarse entre sí, establecer conexiones entre diversos territorios y planificar actuaciones conjuntas”.

Las revueltas siguen en Grecia, cuya población es la más pesimista de la eurozona

M. A. SÁNCHEZ-VALLEJO - Madrid – 21/12/2008

Entre rumores de remodelación ministerial, huelgas, calles tomadas por los manifestantes y repetidos episodios de violencia, Grecia se asoma una semana más al abismo. Quince días después de la muerte por el disparo de un policía de Alexandros Grigoropulos, de 15 años, el reguero de pólvora está lejos de agotarse. Un estudiante de secundaria, hijo de un conocido sindicalista, fue tiroteado el miércoles en un suburbio de Atenas; nadie sabe de qué arma salió el disparo, que le alcanzó una muñeca, pero el incidente ha alimentado aún más si cabe la tensión.

Con las calles en pie de guerra, el primer ministro, Kostas Karamanlis, del derechista partido Nueva Democracia, se disculpaba el martes por los escándalos de corrupción que han salpicado su mandato, en un gesto de contrición que no hacía sino confirmar una de las causas del descontento popular, la corrupción rampante.

Otras son la falta de expectativas laborales de los jóvenes (una tasa de paro del 23%; un sueldo medio no superior a 700 euros) y el profundo malestar popular ante los escándalos de corrupción, pero también por una política de privatizaciones de la que no se excluye la educación.

El país que siempre ha registrado el menor índice de suicidios de Europa muestra hoy el mayor pesimismo de la eurozona: siete de cada 10 griegos creen que su país va por mal camino, según el Eurobarómetro publicado el jueves. Tan sombría impresión, no obstante, viene de atrás, pues la encuesta se realizó poco antes de la revuelta.

El diario Ta Nea resumía esta semana la convulsión que vive el país en la siguiente frase: “La cuestión no es si Grecia tiene un mal Gobierno, porque un mal Gobierno puede cambiarse en las próximas elecciones, sino si Grecia se ha convertido en un país ingobernable”.

Ante el callejón sin salida en que parece hallarse el país, la política de gestos institucionales se revela amable, pero escasa. El jueves, el presidente griego, Karolos Papulias, recibió a representantes del hasta ahora desconocido movimiento ciudadano G700 (Generación de los 700 euros), a quienes expresó su comprensión. Como a la victoria, a la revuelta griega le salen padres -algunos putativos- por las esquinas.

Las dos semanas transcurridas desde la muerte de Grigoropulos han visto denodados esfuerzos de organización, cuando no intentos a la desesperada de subirse a un tren en marcha. Los principales sindicatos de docentes aúnan fuerzas para que el calendario de movilizaciones, previsto en principio hasta Navidad, prosiga en 2009. El próximo 9 de enero, 18º aniversario del asesinato a manos de desconocidos del profesor Nikos Teboneras en Patras, se ha convocado una manifestación en Atenas. Pero la teórica comunión existente en el movimiento sindical no tiene correlación política.

“El Gobierno prefiere actos de violencia a un movimiento de protesta organizado”, afirma Lena Rigas, portavoz del Partido Socialista de los Trabajadores (izquierda extraparlamentaria). “A los primeros es lógico oponerse. Romper escaparates o incendiar coches sólo causa destrozos y genera repulsa ciudadana, pero una movilización común sí puede poner contra las cuerdas al Gobierno”.

Pero las revueltas están lejos de navegar en la misma dirección, porque los intereses que las respaldan son distintos, y en algunos casos espurios: la presencia de elementos del lumpenproletariat es evidente en los focos de la resistencia junto a grupos de izquierda anticapitalista, antisistema y anarquistas.

La tradicional desunión de la izquierda parlamentaria tampoco permite enarbolar una bandera común. El Partido Comunista de Grecia (KKE, en sus siglas en griego) ha condenado la violencia desde el primer día y acusado a su principal rival, la coalición de partidos de izquierda Sinaspismos (Syriza, en sus siglas griegas) de instrumentalizar la revuelta. Según las últimas encuestas, Syriza saldría reforzado de la crisis, con un incremento de la intención de voto que le sitúa como tercera fuerza política tras los socialistas del Pasok, en la oposición.

“El Partido Comunista condena todo aquello que no controla”, explica Angeliki Faturu, profesora de secundaria y miembro del sindicato de docentes Olme. “Creo que Syriza va a capitalizar el descontento, pero éste es un movimiento popular espontáneo, y una respuesta ciudadana así resulta difícil de politizar. En él se expresan todas las contradicciones de la sociedad griega, y también la arraigada memoria de la resistencia, la mayor de Europa”.

¿Crisis de la economía o de los economistas?

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FÉLIX OVEJERO LUCAS 19/12/2008

Hace ahora medio siglo una polémica entretuvo a las mejores cabezas económicas. Se la bautizó como “la disputa entre los dos Cambridges”, porque sus más importantes protagonistas ejercían en el Cambridge original, en Inglaterra, y en el de Massachusetts, el que da cobijo a la Universidad de Harvard. Aunque la pregunta que la desencadenó, formulada por Joan Robinson, parece ingenua -y engañosamente- clara: “¿Cómo se mide el capital?”, el debate era lo bastante técnico como para que no se deje contar en pocas líneas sin maltrato irreparable. La polémica, en suma, era ciencia en estado puro. Y, sin embargo, como dijo uno de sus comentaristas, bastaba conocer la opinión de cada uno sobre la guerra de Vietnam para anticipar en qué bando se alineaba. Una apreciación intranquilizadora para quienes confían en la objetividad de la ciencia.

Si así estaban las cosas entre aquellos respetables académicos que se ocupaban de cosas tan sesudas como “la función agregada de producción”, con discutibles implicaciones -que sobre su alcance también discrepaban- teóricas y prácticas, es normal que nos preguntemos cómo estarán ahora cuando los “conceptos” que se cruzan son cosas como “neoliberales”, “soluciones socialdemócratas”, “globalización”, “refundación del capitalismo”. Para muchos críticos las cosas están claras: no podemos fiarnos de los economistas. En realidad, la culpa de nuestros males sería de la economía real, del capitalismo, y también de la economía teórica, de las ideas de unos economistas a la altura científica de los echadores de cartas. Los economistas ni han anticipado la crisis ni son capaces de darles respuesta. Sobre todo, rematan algunos, los “economistas del sistema”.

Vayamos por partes. La incapacidad predictiva, como tal, no descalifica a ninguna ciencia. La geología dispone de solventes explicaciones de los terremotos pero atina bien poco a la hora de anticiparlos. En realidad son pocas las disciplinas en condiciones de establecer predicciones afinadas. Pero es que, además, la acusación es precipitada. Desde hace al menos cinco años se podían escuchar prestigiosas voces de economistas anticipando el lío inmobiliario y sus consecuencias. Y no tirando a bulto, a ver si sonaba la flauta, que también los echadores de cartas aciertan de vez en vez, sino dando cuenta de cómo han sido las cosas, que es lo que caracteriza al buen hacer científico. Otra cosa es que confundamos a los economistas profesionales con los opinadores, algo así como si confundiéramos a los politólogos con los tertulianos. Las malas noticias se dijeron. Claro si no fuerte. Otra cosa es que nos resistamos a escuchar las malas noticias. La teoría del amor de Stendhal y la moderna psicología nos lo llevan diciendo desde hace mucho tiempo.

Un indicio de que el problema es menos de las teorías que de la realidad lo sugiere el hecho de que el núcleo último de conceptos que manejan los mejores -o al menos los más escuchados- críticos de cómo se han llevado las cosas, los Stiglitz o los Krugman, por mencionar algunos que aparecen con frecuencia por estas mismas páginas, es el mismo que el de la mayor parte de sus colegas. Basta con ojear sus manuales de microeconomía o de economía internacional. No se puede tomar como buenos sus diagnósticos -y buenos lo son- y, a la vez, sostener que no sirven las teorías en que se basan.

Por supuesto, eso no quiere decir que la teoría económica no tenga problemas. Ellos, y otros más que ellos, han destacado con frecuencia lo fantasioso -que raya en la simple falsedad en muchos casos- de muchos de sus supuestos, pero eso es bien distinto de convertir a la economía en un simple ditirambo del mercado. De hecho, si se piensa bien, esa misma irrealidad permite interpretarla como una crítica de la economía real. Si, como sostiene la teoría, el mercado sólo funciona eficientemente si se dan unas imposibles condiciones -eso que, a bulto, se subsume bajo la etiqueta de “competencia perfecta”-, ello quiere decir que es imposible que el mercado real funcione.

Convertir a los economistas en simples voceros del “sistema” es, por lo pronto, un ejercicio de esa repugnante estrategia común a cierta izquierda que consiste en asumir que los otros -a diferencia de uno mismo, forjado con el material de los santos- no tienen trato honesto con las ideas que defienden, algo que, entre otras cosas, hace imposible el diálogo, pues no cabe discutir con aquel que no cree en lo que dice, con los vendidos. Pero acusar a los economistas de los males de la economía es ya puro delirio, sobre todo, cuando, a la vez, se sostiene la sensata tesis de que quienes mandan, al final, son los ricos, la infraestructura, para decirlo como antes. El primer Plan Paulson no buscó sus razones entre los setenta y tantos economistas de primera línea, de muy diferente inspiración política, que el pasado 24 de septiembre dirigieron una carta al Congreso de Estados Unidos descalificándolo por impreciso, injusto y miope. Y, más domésticamente, se me hace que los trajines de Repsol, Sacyr y Lukoil no se han decidido en ningún seminario universitario.

Ahora bien, que bastantes economistas compartan la misma caja de herramientas teóricas no impide que discrepen en sus diagnósticos o en sus propuestas ni, aún menos, que debamos dejar en sus manos las decisiones sobre la vida colectiva, que quepa prescindir de la política. Frente a los cientificistas -que no los científicos- de viejo o nuevo cuño, conviene recordar el axioma más firme de la razón práctica: la ciencia no marca objetivos, tan sólo ayuda a sopesar sus condiciones de posibilidad. Las decisiones de asignación y la distribución de recursos escasos no son independientes de valores, de ideas acerca de la buena sociedad, y deben recaer, finalmente, en los ciudadanos. Sucede cada día. Aunque algunos defiendan que los órganos para trasplantes se han de entregar a quienes paguen más por ellos, otros podemos pensar que han de primar consideraciones como la necesidad, el provecho o el tiempo de espera.

Más en general, las distintas propuestas económicas suponen distintos destinos y distintas ideas acerca de cómo transitar hacia ellos. Algo que, por cierto, se escamotea bajo la pavimentadora descripción “salida a la crisis”, como si todos tuviéramos el mismo problema, como si solo hubiera una solución. En unas propuestas ganan -o pierden menos- unos y en otras otros y en casi todas pierden las generaciones futuras. Decidir si se ayuda a los bancos a deshacerse de sus cadáveres o a los hipotecados, si las inversiones públicas van a una cosa o a otra, si se alientan unas actividades y se frenan otras, asumir, en fin, que unas cosas se tocan y otras no, supone tomar decisiones acerca de qué principios y qué poderes -de nuevo, que principios- se juzgan respetables y atendibles. Es sencillamente falso que los economistas no tengan respuestas. Pero antes de pedírselas es cosa de todos contestar a otras preguntas: qué intereses consideramos prioritarios y qué poderes intocables.

Por cierto, en la disputa de los dos Cambridges los americanos reconocieron su derrota, que no tenían réplica a los argumentos de sus rivales, los críticos. Por supuesto, cada cual seguía pensando lo mismo sobre Vietnam.

Félix Ovejero Lucas es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona.

El País.com

J. Stiglitz: causas de la crisis, que se reducen a una esencial…

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Vanity Fair/Znet
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Algún día se habrán calmado las amenazas más urgentes posadas por la crisis crediticia y nos veremos ante la tarea principal de elaborar una dirección para los pasos económicos del futuro. Será un momento peligroso. Detrás de los debates sobre la política futura hay un debate sobre la historia: un debate sobre las causas de nuestra situación actual. La batalla por el pasado determinará la batalla por el presente. Por lo tanto es crucial entender bien la historia.

¿Cuáles fueron las decisiones críticas que llevaron a la crisis? Se cometieron errores en cada encrucijada – tuvimos lo que los ingenieros llaman una “falla del sistema:” cuando no una sola decisión sino una cascada de decisiones producen un resultado trágico. Consideremos cinco momentos cruciales:

No. 1: Despido del presidente

En 1987 el gobierno de Reagan decidió remover a Paul Volcker de su puesto de presidente del Consejo de la Reserva Federal y nombrar en su lugar a Alan Greenspan. Volcker había hecho lo que supuestamente es la tarea de los banqueros centrales. Bajo su control, la inflación fue reducida de más de un 11% a bajo de un 4%. En el mundo de la banca central, eso le habría significado un grado de A+++ y asegurado su renombramiento. Pero Volcker también entendió que los mercados financieros deben ser regulados. Reagan quería a alguien que no creyera algo semejante, y lo encontró en un devoto de la filósofa objetivista y fanática del libre mercado, Ayn Rand.

Greenspan tuvo un doble papel. La Reserva Federal controla el grifo del dinero, y en los primeros años de esta década, lo abrió a todo dar. Pero la Fed también es un regulador. Si se nombra a un anti-regulador como brazo ejecutor, se sabe el tipo de ejecución que se tendrá. Un torrente de liquidez combinado con diques reguladores defectuosos resultaron ser desastrosos.

Greenspan presidió sobre no una, sino sobre dos burbujas financieras. Después de que reventó la burbuja de la alta tecnología, en 2000 – 2001, ayudó a inflar la burbuja de la vivienda. La primera responsabilidad de un banco central debería ser el mantenimiento de la estabilidad del sistema financiero. Si los bancos prestan sobre la base de valores artificialmente altos de los activos, el resultado puede ser una catástrofe como la que estamos viendo, y Greenspan lo debiera haber sabido. Tenía muchos de los instrumentos necesarios para hacer frente a la situación. Para encarar a la burbuja de la alta tecnología, podría haber aumentado los requerimientos marginales (la cantidad de dinero que deben financiar los compradores con sus propios medios para adquirir acciones). Para deflacionar la burbuja de la vivienda, podría haber limitado los préstamos depredadores a hogares de bajos ingresos y prohibido otras prácticas insidiosas (los préstamos sin documentación o “mentirosos”, los préstamos sólo con intereses, etc.). Esto habría ido bastante lejos para protegernos. Si no tenía los instrumentos, podría haber ido al Congreso y haberlos solicitado.

Desde luego, los actuales problemas con nuestro sistema financiera no son sólo el resultado de préstamos incobrables. Los bancos han hecho mega-apuestas mutuas mediante instrumentos complicados como los derivados, “credit-default swaps” (CDS), etc. Con estos, una parte paga a la otra si ocurren ciertos eventos; por ejemplo, si quiebra Bear Stearns, o si el dólar aumenta. Estos instrumentos fueron originalmente creados para ayudar a gestionar el riesgo, pero pueden también ser utilizados para jugar por dinero. Por lo tanto, si uno se siente seguro de que el dólar va a caer, podría hacer una gran apuesta correspondiente, y si el dólar verdaderamente cayera, sus ganancias aumentarían considerablemente. El problema es que, con este complicado entrelazado de apuestas de gran magnitud, nadie podía estar seguro de la posición financiera de otro, o incluso de la propia. No es sorprendente que los mercados crediticios se hayan paralizado.

Greenspan también jugó un papel en esto. Cuando yo era presidente del Consejo de Asesores Económicos, durante el gobierno de Clinton, participé en un comité de todos los principales reguladores financieros federales, un grupo que incluía a Greenspan y al Secretario del Tesoro Robert Rubin. Incluso entonces, era obvio que los derivados planteaban un peligro. No lo señalé de un modo tan memorable como Warren Buffett – quien vio en los derivados “armas financieras de destrucción masiva” – pero comprendimos lo que quería decir. Y sin embargo, con todo ese riesgo, los desreguladores a cargo del sistema financiero – en la Fed, en la Comisión de Mercados e Inversores de Estados Unidos, (SEC), y en otros sitios – decidieron no hacer nada, preocupados de que cualquier acción podría interferir con la “innovación” del sistema financiero. Pero la innovación, como el “cambio,” no tiene un valor inherente. Puede ser mala (los préstamos “mentirosos” son un buen ejemplo) así como buena.

No. 2: Demoliendo los muros

La filosofía de la desregulación pagó dividendos indeseados durante años. En noviembre de 1999, el Congreso revocó la Ley Glass-Steagall – culminación de un esfuerzo de cabildeo de 300 millones de dólares por las industrias bancarias y de servicios financieros, y liderado en el Congreso por el senador Phil Gramm. Glass-Steagall había separado desde hace tiempo a los bancos comerciales (que prestan dinero) y a los bancos de inversiones (que organizan la venta de bonos y valores); había sido promulgada como consecuencia de la Gran Depresión y debía limitar los excesos de esa era, incluidos los conflictos de intereses. Por ejemplo, sin separación, si una compañía cuyas acciones habían sido emitidas por un banco de inversión, con su fuerte apoyo, se metía en problemas, ¿no sentiría su brazo comercial, si lo tuviera, presión para prestarle dinero, tal vez insensatamente? No cuesta prever la espiral resultante de malas decisiones. Yo me había opuesto a la revocación de Glass- Steagalll. Sus defensores dijeron, en efecto: Confiad en nosotros, creamos murallas chinas para asegurar que los problemas del pasado no vuelvan a ocurrir. Como economista, yo poseía ciertamente un grado saludable de confianza, confianza en el poder de los incentivos económicos para desviar la conducta humana hacia el interés propio a corto plazo, en todo caso, en lugar del “interés propio bien entendido” de Tocqueville.

La consecuencia más importante de la revocación de Glass-Steagall fue indirecta – fue cómo la revocación cambió toda una cultura. No se supone que los bancos comerciales sean empresas de alto riesgo; se supone que administren el dinero de otros de un modo muy conservador. Basado en este entendimiento el gobierno acepta pagar la cuenta si llegan a quebrar. Los bancos de inversión, por otra parte, han administrado tradicionalmente el dinero de gente acaudalada – gente que puede tomar riesgos mayores para obtener mayores ganancias. Cuando la revocación de Glass-Steagall juntó a los bancos de inversiones y comerciales, la cultura de la banca de inversiones salió ganando. Existía una demanda para el tipo de altas ganancias que sólo podían ser obtenidas mediante un alto apalancamiento y la aceptación de grandes riesgos.

Hubo otros pasos importantes por el camino desregulador. Uno fue la decisión en abril de 2004 de la Comisión de Mercados e Inversores de Estados Unidos, (SEC), tomada en una reunión a la que no asistió casi nadie y que fue pasada por alto en gran parte, de permitir que los grandes bancos de inversiones aumentaran su ratio de deuda a capital (de 12:1 a 30:1, o más) para poder comprar más valores respaldados por hipotecas, inflando al hacerlo la burbuja de la vivienda. Al aceptar esa medida, la SEC argumentó a favor de las virtudes de la autorregulación: la noción peculiar de que los bancos pueden controlarse efectivamente a sí mismos. La autorregulación es disparatada, como reconoce ahora hasta Alan Greenspan, y como asunto práctico no puede, en todo caso, identificar riesgos sistémicos – los tipos de riesgos que aparecen cuando, por ejemplo, los modelos utilizados por cada uno de los bancos para administrar sus carteras de inversiones indican a todos los bancos que vendan de golpe algunos valores.

Cuando echamos por tierra las antiguas regulaciones, no hicimos nada por encarar los nuevos desafíos planteados por los mercados del Siglo XXI. El desafío más importante fue el planteado por los derivados. En 1998, la jefa de la Comisión del Comercio en Futuros sobre Mercancías de EE.UU., Brooksley Born, había llamado a que hubiera una tal regulación – una preocupación que ganó en urgencia después que la Fed, en ese mismo año, organizó el rescate de Long-Term Capital Management, un hedge fund cuya quiebra de más de un billón de dólares amenazó los mercados financieros globales. Pero el Secretario del Tesoro, Robert Rubin, su Secretario-Adjunto, Larry Summers, y Greenspan, fueron inflexibles y exitosos en su oposición. No se hizo nada.

No. 3: Aplicando sanguijuelas

Luego vinieron los recortes tributarios de Bush, impuestos primero el 7 de junio de 2001, con una nueva entrega dos años después. El presidente y sus asesores parecían creer que recortes tributarios, especialmente para estadounidenses de altos ingresos, constituían un cura-lo-todo para cualquier enfermedad económica – el equivalente moderno de sanguijuelas. Las reducciones de impuestos jugaron un papel fundamental en la conformación de las condiciones que crearon el trasfondo de la actual crisis. Como su contribución al estímulo de la economía fue mínima, el verdadero impulso quedó en manos de la Fed, que emprendió la tarea con tasas bajas y liquidez sin precedentes.

La guerra en Iraq empeoró las cosas, porque llevó a un aumento brutal de los precios del petróleo. Ante la dependencia de EE.UU. de las importaciones de petróleo, tuvimos que gastar varios cientos de millones de dólares más para comprar petróleo – dinero que de otra manera habría sido gastado en bienes estadounidenses. Normalmente eso hubiera llevado a una ralentización económica, como lo hizo en los años setenta. Pero la Fed enfrentó el desafío del modo más miope que se pueda imaginar. El diluvio de liquidez hizo que el dinero fuera fácilmente disponible en los mercados hipotecarios, incluso para los que normalmente no estarían en condiciones de pedir prestado. Y, sí, eso logró impedir una desaceleración económica: la tasa de ahorro doméstica de EE.UU. cayó a cero. Pero debiera haber sido obvio que estábamos viviendo de dinero prestado, y de tiempo prestado.

La reducción de la tasa de impuestos sobre ganancias del capital contribuyó de otra manera a la crisis. Fue una decisión que enfocaba los valores: los que especulaban (léase: jugaban con dinero) y ganaban eran gravados menos que los que ganaban un salario, los que simplemente trabajaban duro. Pero más que eso, la decisión alentaba el apalancamiento, porque los intereses eran deducibles de los impuestos. Si, por ejemplo, se pedía prestado un millón para comprar una casa o se tomaba un préstamo sobre la apreciación inmobiliaria por 100.000 dólares para comprar acciones, los intereses serían totalmente deducibles cada año. Cualquier ganancia de capital que se hacía era levemente gravada – en algún día posiblemente remoto en el futuro. El gobierno de Bush hacía una invitación abierta a los excesos al pedir prestado y prestar – pero los consumidores estadounidenses no necesitaban que los estimularan para hacerlo.

No. 4: Falsificación de las cifras

Mientras tanto, el 30 de junio de 2002, después de una serie de grandes escándalos – notablemente el colapso de WorldCom y Enron – el Congreso aprobó la Ley Sarbanes-Oxley. Los escándalos habían involucrado a cada firma contable estadounidense, a la mayoría de nuestros bancos, y a algunas de nuestras principales compañías, y dejaron en claro que teníamos serios problemas con nuestro sistema de contabilidad. La contabilidad es un tópico que causa sueño a la mayoría de la gente, pero si no se puede confiar en las cifras de una compañía, no se puede confiar en nada respecto a una compañía. Por desgracia, en las negociaciones sobre lo que llegó a ser Sarbanes-Oxley, se tomó la decisión de no encarar lo que muchos, incluyendo el respetado anterior jefe de la SEC, Arthur Levitt, consideraban un problema subyacente fundamental: las opciones de compra de acciones.

Las opciones de compra de acciones habían sido defendidas como la contribución de saludables incentivos para una buena administración, pero en realidad eran sólo tenían el nombre de “pagos de incentivos”. Si a una compañía le va bien, su jefe ejecutivo obtiene grandes compensaciones en la forma de opciones de compra de acciones; si a una compañía le va mal, la compensación es casi del mismo tamaño, pero otorgada de otras maneras. Es bastante malo. Pero un problema colateral con las opciones de compra de acciones es que ofrecen incentivos para llevar una mala contabilidad: el personal directivo superior tiene todos los incentivos para suministrar información distorsionada a fin de elevar los precios de las acciones.

La estructura de incentivos en las agencias de calificación también resultó ser perversa. Agencias como Moody’s y Standard & Poor’s son pagadas por los mismos a los que supuestamente deben calificar. Como resultado, tienen todos los motivos del mundo para dar buenas calificaciones a las compañías, en una versión financiera de lo que los profesores universitarios conocen como inflación de notas. Las agencias de calificación de riesgos, como los bancos de inversión que les pagaban, creían en la alquimia financiero – que hipotecas tóxicas de grado F podían ser convertidas en productos suficientemente seguros para estar en poder de bancos comerciales y fondos de pensión. Habíamos visto el mismo fracaso de las agencias de calificación durante la crisis del Este Asiático durante los años noventa: altas calificaciones facilitaron una fuerte corriente de dinero hacia la región, y luego una repentina inversión de las calificaciones produjo la ruina. Pero los supervisores financieros no se interesaron.

No. 5: Que se desangre

El momento decisivo final vino con la aprobación de un paquete de rescate el 3 de octubre de 2008 – es decir, con la reacción del gobierno a la crisis en sí. Sentiremos las consecuencias durante años. Tanto el gobierno como la Fed habían sido impulsados desde hace tiempo por ilusiones, esperando que las malas noticias fueran sólo un accidente pasajero, y que un retorno al crecimiento estuviera a la vuelta de la esquina. Mientras los bancos de EE.UU. enfrentaban el colapso, el gobierno viraba de un modo de actuar a otro. Algunas instituciones (Bear Stearns, A.I.G., Fannie Mae, Freddie Mac) fueron rescatadas. Lehman Brothers no. Algunos accionistas recuperaron algo. Otros no.

La propuesta original del Secretario del Tesoro, Henry Paulson, un documento de tres páginas que habría proporcionado 700.000 millones de dólares al secretario para gastar a su sola discreción, sin supervisión o revisión judicial, fue un acto de extraordinaria arrogancia. Vendió el programa como necesario para restaurar confianza. Pero no encaró las razones subyacentes de la pérdida de confianza. Los bancos habían otorgado demasiados préstamos incobrables. Tenían grandes agujeros en sus balances. Nadie sabía lo que era verdad y lo que era ficción.

El paquete de rescate fue como una masiva transfusión a un paciente con hemorragia interna – y no se hizo nada en cuanto a la fuente del problema, es decir todas esas ejecuciones hipotecarias. Se desperdició un tiempo valioso mientras Paulson presionaba por su propio plan: “efectivo por basura,” comprando activos malos y trasfiriendo el riesgo a los contribuyentes estadounidenses. Cuando terminó por abandonarlo, suministrando a los bancos el dinero que necesitaban, lo hizo de una manera que no sólo estafó a los contribuyentes estadounidenses sino no logró asegurar que los bancos utilizaran el dinero para reiniciar los préstamos. Incluso permitió a los bancos que entregaran dinero a sus accionistas mientras los contribuyentes depositaban su dinero en los bancos.

El otro problema que no fue encarado tenía que ver con las amenazantes debilidades en la economía. La economía había sido sostenida con préstamos excesivos. Ese juego se había acabado. Al contraerse el consumo, las exportaciones mantuvieron en funcionamiento la economía, pero con el fortalecimiento del dólar y la debilidad en Europa y en el resto del mundo, era difícil ver cómo eso podría continuar. Mientras tanto, los Estados enfrentaban masivas caídas de los ingresos – tendrían que reducir sus gastos. Sin una acción rápida del gobierno, la economía enfrentaba un receso. E incluso si los bancos hubieran prestado sabiamente – lo que no habían hecho – era seguro que el receso significaría un aumento en las deudas perdidas, debilitando aún más al sector financiero en dificultades.

El gobierno habló de desarrollo de confianza, pero lo que presentó fue en realidad un timo. Si el gobierno hubiera querido realmente restaurar confianza en el sistema financiero, habría comenzado por encarar los problemas subyacentes – las estructuras deficientes de incentivos y el sistema regulador inadecuado.

¿Hubo una sola decisión aislada que, si hubiera sido revertida, habría cambiado el curso de la historia? Todas las decisiones, incluidas las de no hacer algo, como han sido muchas de nuestras malas decisiones económicas, son consecuencia de decisiones anteriores, una red interrelacionada que va desde el pasado lejano hasta el futuro. Se escuchará a algunos de la derecha apuntar a ciertas acciones del propio gobierno – como ser la Ley de Reinversión Comunitaria (CRA), que requiere que los bancos pongan a disposición dinero para hipotecas en vecindarios de bajos ingresos. (En los hechos los incumplimientos de pagos en los préstamos basados en la CRA fueron efectivamente mucho menores que en otros préstamos). Muchos han culpado a Fannie Mae y Freddie Mac, los dos inmensos prestamistas hipotecarios, que originalmente eran de propiedad gubernamental. Pero en los hechos llegaron tarde al juego de las hipotecas de alto riesgo, y su problema fue similar a los del sector privado: Sus jefes ejecutivos tuvieron el mismo perverso incentivo para lanzarse al juego.

verdad es que la mayoría de los errores individuales se reducen a sólo uno: la creencia en que los mercados se ajustan solos y que el papel del gobierno debiera ser mínimo. Al mirar retrospectivamente a esa creencia durante audiencias en otoño de este año en el Congreso, Alan Greenspan dijo en voz alta: “He encontrado un defecto.” El congresista Henry Waxman lo presionó, respondiendo: “En otras palabras, usted ha descubierto que su visión del mundo, su ideología, no era correcta; no funcionaba.” Ciertamente, precisamente,” dijo Greenspan. La adopción por EE.UU. – y por gran parte del resto del mundo – de esa filosofía económica defectuosa hizo inevitable que hayamos llegado al lugar en el que nos encontramos actualmente.

[Joseph E. Stiglitz, economista galardonado con el Premio Nobel, es profesor de la Universidad Columbia.]
http://www.zmag.org/znet/viewArticle/19909

http://www.vanityfair.com/magazine/2009/01/stiglitz200901

Rebelion.org

La inflación es hoy el menor de los males, K. Rogoff

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KENNETH ROGOFF 14/12/2008 crisis002

El País.com

Es tiempo de que los principales bancos centrales del mundo reconozcan que un repentino episodio de inflación moderada sería extremadamente útil para desenredar el tremendo atolladero de la deuda actual.

No obstante, la inflación es una forma injusta de amortizar efectivamente las deudas no indexadas de la economía. La inflación en los precios obliga a los acreedores a aceptar pagos en una moneda devaluada. Sí, en principio, debería haber una forma de remediar los males del sistema financiero sin recurrir a la inflación. Lamentablemente, cuanto más estudiamos las alternativas, incluyendo las inyecciones de capital a los bancos y la ayuda directa a los tenedores de hipotecas inmobiliarias, más claro resulta que la inflación sería un apoyo y no un obstáculo.

Las finanzas modernas han logrado crear una dinámica de una complejidad tan pasmosa que desafía los enfoques normales para enfrentarse a las deudas. La titulización, las finanzas estructuradas y otras innovaciones han entretejido tanto a los varios actores del sistema financiero que resulta esencialmente imposible reestructurar una institución financiera a la vez. Se necesitan soluciones que abarquen todo el sistema.

Una inflación moderada a corto plazo -digamos del 6% durante dos años- no arreglaría los problemas, pero los mejoraría significativamente, con lo que otras medidas serían menos costosas y más efectivas.

Es cierto que una vez que se deje salir al genio de la inflación de la botella podría llevar varios años volverlo a meter. Nadie quiere volver a vivir las luchas contra la inflación de los años ochenta y noventa. Pero en este momento, la economía se tambalea a orillas del precipicio del desastre. Ya tenemos una recesión global hecha y derecha. A menos que los Gobiernos tomen el control del problema, corremos el riesgo de sufrir un deterioro mundial como no se ha visto desde los años treinta.

Las acciones de política necesarias implican estímulos macroeconómicos agresivos. Idealmente, la política fiscal debería enfocarse en la reducción de impuestos y el gasto en infraestructura. Los bancos centrales ya están recortando las tasas de interés por todas partes. Es probable que en todo el mundo las tasas de interés oficiales se acerquen a cero; las de Estados Unidos y Japón ya se situaron ahí. A la larga, el Reino Unido y la zona del euro decidirán acercarse lo más posible.

También se deben tomar medidas para recapitalizar y dar una nueva reglamentación al sistema financiero. Mientras el sistema financiero siga recibiendo respiración artificial de los Gobiernos, como sucede en Estados Unidos, el Reino Unido, la zona del euro y muchos otros países, habrá riesgos enormes.

La mayoría de los bancos más grandes del mundo son esencialmente insolventes y dependen de la ayuda y los préstamos continuos de los Gobiernos para mantenerse a flote. Muchos bancos ya admitieron sus pérdidas abiertas en las hipotecas inmobiliarias. Sin embargo, a medida que la recesión se agudice, una nueva oleada de impagos de bienes raíces comerciales, tarjetas de crédito, fondos privados de capital y de cobertura de riesgos golpeará las hojas de balance de los bancos. A medida que los Gobiernos traten de evitar la nacionalización abierta de los bancos, se verán obligados a realizar segundas y terceras recapitalizaciones.

Incluso el extravagante rescate del gigante financiero Citigroup, en el que el Gobierno de Estados Unidos ya ha desembolsado 45.000 millones de dólares de capital y respaldado pérdidas de más de 300.000 millones de dólares de créditos fallidos, puede resultar insuficiente. Al observar el panorama de los problemas restantes, incluyendo el mercado de varios miles de millones de dólares del mercado de los credit default swaps, es claro que el hoyo en el sistema financiero es demasiado grande para taparlo completamente con los dólares de los contribuyentes.

Ciertamente, una parte clave de la solución es permitir que quiebren más bancos, garantizando que los ahorradores, pero no necesariamente los acreedores, reciban todo su dinero. Sin embargo, este camino será costoso y doloroso.

Eso nos lleva de regreso a la opción de la inflación. Además de atenuar los problemas de la deuda, un episodio moderado de inflación reduciría el valor real (ajustado a la inflación) de las propiedades residenciales, lo que facilitaría la estabilización de ese mercado. En ausencia de una inflación significativa, los precios nominales de las casas tendrían que caer un 15% adicional en EE UU y más en España, el Reino Unido y muchos otros países. Si la inflación aumenta, los precios nominales de las casas no necesitan caer tanto.

Por supuesto, dada la recesión en curso, tal vez no sea tan fácil para los bancos centrales fomentar ni siquiera un poco de inflación en estos momentos. En efecto, parece que lo único que pueden hacer es evitar una deflación sostenida o la caída de los precios.

Afortunadamente, crear inflación no requiere gran ciencia. Todo lo que los bancos centrales necesitan hacer es seguir imprimiendo billetes para comprar deuda pública. El riesgo principal es que la inflación podría descontrolarse y ser del 20% o 30% en lugar del 5% o 6%. En efecto, el temor a ese descontrol paralizó el Banco de Japón durante una década. Pero ese problema se puede salvar fácilmente. Con una buena política de comunicación se pueden contener las expectativas de inflación y se puede reducir tan rápido como sea necesario.

Se tendrán que utilizar todas las herramientas a nuestro alcance para solucionar esta crisis financiera, que es de las que ocurren una vez en un siglo. Al mirarlo en el contexto de una posible depresión global, el temor a la inflación equivale a preocuparse por un posible contagio de sarampión cuando se corre el riesgo de contraer la peste.

Kenneth Rogoff es profesor de economía y políticas públicas en la Universidad de Harvard y fue economista en jefe del FMI.Copyright: Project Syndicate, 2008.www.project-syndicate.org.Traducción de Kena Nequiz

La crisis economica y el inevitable retorno de Keynes…

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JOAQUÍN ESTEFANÍA 08/12/2008

KEYNES3 Vuelven Keynes y Roosevelt. Ante la profundidad de la recesión se disuelven las veleidades autorreguladoras que han hegemonizado la política económica durante el último cuarto de siglo y se acude a las fórmulas de quienes solucionaron los efectos más nocivos de la Gran Depresión, adaptadas al marco de la globalización. Contra lo que se cree, las relaciones entre el economista británico y el presidente norteamericano no siempre fueron muy fluidas, aunque se produjo una influencia mutua entre ellos. Todavía el 31 de diciembre de 1933, 10 meses después de que Roosevelt iniciase el New Deal, Keynes le escribía una Carta abierta al presidente, publicada en The New York Times, en la que le aconsejaba una serie de impulsos como “una acción predominante en el más alto grado al incremento de la capacidad de compra nacional resultante de los gastos públicos”. Y tres años después publicaba su obra magna, la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero.

Todo el mundo aplica hoy programas típicos de expansión de la demanda, en un giro copernicano a lo practicado hasta anteayer. Recuérdense, por ejemplo, algunas de las declaraciones hechas por los responsables europeos: “No habrá cambio de política, no cederemos al pánico” (Jean-Claude Juncker, presidente del Eurogrupo); “No habrá bajada de tipos” (Jean-Claude Trichet, gobernador del Banco Central Europeo); “No habrá plan de relanzamiento de la economía. Bastan las reformas estructurales de la Agenda de Lisboa y los límites del Plan de Estabilidad y Crecimiento” (conclusiones de la reunión informal de ministros de Economía de la UE, en Niza, el pasado mes de septiembre).

Pero aunque esos programas coinciden en sus grandes enunciados, difieren en los plazos de aplicación y en la letra pequeña. No todos son iguales. Desde que comenzó la crisis, en agosto de 2007, se suceden los planes de rescate y de potenciación de la economía real, con distintos énfasis. Merece la pena reflexionar sobre las prioridades: por dónde hay que empezar para cambiar la fase descendente del ciclo. Esto es lo que ha hecho el presidente electo de EE UU, Barack Obama, una vez escogido el equipo que conducirá la política económica de su legislatura. Conviene subrayar que todo ese equipo destila rubinomics, la filosofía económica con la que Clinton comandó el periodo de crecimiento más largo y profundo de la economía americana desde hace muchas décadas, pero sin la presencia de quien le dio nombre. Robert Rubin, secretario del Tesoro de Clinton, no figura entre los colaboradores oficiales de Obama al estar al frente del Citigroup, el último conglomerado financiero que ha necesitado de la ayuda pública para sobrevivir. Así pues, rubinomics sin Rubin.

La primera medida de Obama será un gigantesco plan de inversión pública, con el objetivo de crear 2,5 millones de puestos de trabajo, centrado en la creación y mejora de infraestructuras clásicas (carreteras, autopistas, escuelas, hospitales…), energías renovables (atención a la sustitución del lobby petrolero que representaba Bush, por el lobby de los biocombustibles y el etanol) y tecnologías de la información y la comunicación. Se tratará de la mayor utilización de dinero público en la historia de Estados Unidos, por encima del New Deal y del plan de infraestructuras de Eisenhower, en los años cincuenta. El anuncio de las inversiones masivas se hizo apenas 24 horas después de que se conociesen las catastróficas cifras de desempleo del mes de noviembre (destrucción de 533.000 puestos de trabajo, la cifra más alta de incremento del paro en un solo mes desde el año 1974; entre enero y noviembre se han perdido en EE UU casi dos millones de empleos) y poco después de que la Oficina Nacional de Investigación Económica, un grupo privado de economistas con sede en Cambridge, avisase de que la recesión comenzó en EE UU en diciembre del año pasado.

Ello significa que la recesión dura ya 11 meses en Estados Unidos, y que si persistiese hasta el mes de abril, situación harto probable, sería la más larga en la historia americana desde la Gran Depresión, superior en el tiempo a las recesiones de los años setenta y ochenta, y a la de 1990-1991 y a la de 2001. Y que Bush será el primer presidente, desde Nixon, que ha sufrido más de una recesión en sus mandatos. Ésa es la situación.

El País.com

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Latinoamérica, un desafío para Obama

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El nuevo presidente de Estados Unidos tendrá que afrontar los retos de una zona que no conoce y que ha dado quebraderos de cabeza a sus antecesores. Los casos más peliagudos son Nicaragua, Venezuela y Cuba

JORGE CASTAÑEDA 08/12/2008

Cuando Barack Obama tome posesión el 20 de enero, tendrá que afrontar un gran número de desafíos. Los conocemos: la crisis financiera internacional, su creciente contagio de la economía real, los posibles colapsos económicos en el horizonte de varios países, salir de Irak sin dejar un tiradero, entrar a Afganistán sin agravar el tiradero ya existente, evitar un enfrentamiento de Israel con Irán, o de Irán con Israel, y presionar desde un principio al Tzahal para que deje de apoyar la creación de nuevas comunidades en los territorios ocupados que hagan inviable para siempre la coexistencia de dos Estados. Por si fuera poco, es posible que deba afrontar también retos procedentes de una región que no conoce y que, sin embargo, le ha dado más de un dolor de cabeza a varios presidentes norteamericanos. Se trata, por supuesto, de América Latina, de donde varias señales no auguran nada bueno.

Primero, un país emblemático para Estados Unidos, por todas las malas razones: Nicaragua. Se le atribuye a Daniel Ortega haberle confiado hace poco a un interlocutor que no pensaba volver a perder una elección como en 1990, y que esta vez haría todo lo necesario, desde el poder, para no repetir el error. Parece haberlo logrado. Las acusaciones de la oposición al Frente Sandinista en torno al fraude electoral en las elecciones municipales del 9 de noviembre, aunada a la prohibición de observadores internacionales de la OEA o del Centro Carter, han generado una amplia impresión de maniobras y trampas para violentar el sentimiento de los votantes que hacen palidecer a las viejas mañas del PRI en México. Todo indica que la oposición ganó la alcaldía de Managua y muy posiblemente varias otras: León, Granada, Masaya y Chinandega. Después de la votación, lo que antes se llamaban las turbas sandinistas han vuelto a despertar para interrumpir a golpes las manifestaciones de los opositores e impedir la protesta contra el fraude.

El problema no se antojaría tan grave si no fuera por el silencio ensordecedor en la región latinoamericana, y en España también, que ha acompañado a este atropello. A pesar de que la Carta Democrática Interamericana fue elaborada justamente a raíz del fraude electoral perpetrado por Alberto Fujimori en el año 2000 en Perú, y que desde hace tiempo se acepta, afortunadamente, que la democracia en cada país de América Latina es asunto de todos los países de América Latina, ningún gobierno ha protestado. La razón: lo que le volvió a suceder a José Miguel Insulza, secretario general de la OEA, cuando al expresar cierta preocupación por los acontecimientos, fue vilipendiado por los portavoces de Ortega y por sus camaradas que no podían faltar a la cita: los heraldos del chavismo. Pero la oposición puede, y muy probablemente así lo intente, lograr que se suspenda la ayuda de EE UU y de la UE a Nicaragua, y se interrumpan los créditos del Banco Mundial y del BID, entre otros, por violaciones a diversos instrumentos internacionales. Y eso obligará a definiciones, de todos, pero principalmente de Obama.

Lo mismo puede suceder con Venezuela. A pesar de un esfuerzo desmedido, de amenazas constantes, de una manipulación descarada de los medios y del presupuesto, y del esfuerzo por transformar elecciones municipales y de gobernadores en un referéndum sobre su propia permanencia en el poder, no se cumplieron los deseos de Hugo Chávez. La oposición ganó Caracas, el Estado petrolero de Zulia, el Estado industrial de Carabobo, el Estado políticamente crucial de Miranda, y Sucre, el municipio más pobre y poblado. Parece haber retenido el Estado de Barinas, donde su hermano Adán era el candidato oficialista pero la oposición ahí ha denunciado múltiples atropellos graves y evidentes.

Ahora bien, si la historia de los últimos diez años nos dice algo, es que cada vez que Chávez se encuentra en honduras (sin mayúscula, por supuesto), su propensión a la fuite en avant es ilimitada. Responde al revés con radicalidad: pega manotazos, nacionaliza empresas, ataca vecinos y adversarios, y profundiza el camino al “socialismo del siglo XXI”. Es muy posible que entre sus reacciones próximas figuren más nacionalizaciones de empresas extranjeras, más cierres o una mayor censura a los medios críticos (ya sucedió con Globovisión), la designación de vicealcaldes y vicegobernadores en todos los municipios y Estados del país, arrebatándole el poder a los funcionarios electos, cambiar la Constitución para volver a presentarse en 2013 (ya anunció que lo hará el 3 de febrero por la vía parlamentaria o refrendaria), y buscar o fortalecer, como lo ha hecho estos últimos días, alianzas extrañas con países extraños: Rusia, Irán, China.

Nada de todo esto resulta demasiado novedoso, pero en un contexto mundial distinto y con una Administración recién llegada al Gobierno, puede transformarse en un dilema. En un mundo ideal, Obama preferiría seguir con la política de Bush hacia Chávez, poner la otra mejilla, aunque pronto acabaría con ambas mejillas bastante enrojecidas. Pero los reveses de Chávez en los comicios, la caída del precio del petróleo, las crecientes dificultades de sus diversos aliados -Argentina, Bolivia, Nicaragua, Cuba y Ecuador-, al borde del default y de la desdolarización y sus nuevas aventuras en países como El Salvador pueden volver inviable dicha continuidad.

El tercer problema, por supuesto, es Cuba, detonante de pesadillas para tres presidentes norteamericanos demócratas, a saber: Kennedy, Carter y Clinton. Debido a los sufragios a su favor de parte de la comunidad cubano-americana de segunda generación, el ex senador de Illinois ganó el Estado de Florida, cosa que no había sucedido desde Clinton en 1996, y antes de eso sólo con Carter en 1976. Un sector importante del Partido Demócrata va a empezar a presionar al presidente para que emprenda una normalización con La Habana. Y muy posiblemente haga algo casi al inicio de su mandato: suspender las restricciones a los viajes y al envío de remesas de cubano-americanos a la isla. Pero también lo van a presionar otros y en otro sentido. Los latinoamericanos, y España también, han adoptado cada vez más la visión castrista para la salida cubana del atolladero: la vía vietnamita. En términos concretos esto significa (con toda razón) que EE UU levante unilateralmente el embargo, que (sin razón alguna) se readmita a Cuba sin condiciones a distintos organismos de la comunidad hemisférica, y que realice las reformas económicas que considere necesarias a su ritmo, dejando a un lado cualquier reforma política remotamente imaginable.

Prueba de que ya empieza a darse esa tendencia es la reciente decisión del llamado Grupo de Río, en Zacatecas, México, de readmitir a Cuba en dicho grupo, a pesar de que desde su creación como ampliación del Grupo Contadora de los años 80 siempre consistió en una asociación de carácter político, y en los hechos siempre estableció como condición la vigencia (relativa) de la democracia representativa, y el respeto (relativo) a los derechos humanos. A tal grado que, en 1989, Panamá fue suspendido por las “violaciones a los derechos humanos” de Antonio Noriega y Perú fue suspendido en 1992 por el cierre del Congreso decretado por Fujimori.

El problema de Obama yace en que el embargo es desde 1994 un acto del Congreso, y no un decreto del Ejecutivo como lo había sido desde 1962. Necesita 60 votos en el Senado para levantarlo unilateralmente, y sortear las trampas y los desafíos que seguramente el Gobierno de Cuba le tenderá durante las primeras semanas o meses de su residencia en la Casa Blanca, al igual que lo ha hecho La Habana con los últimos nueve presidentes de EE UU y tendrá también que lidiar Obama con la postura de su secretaria de Estado, Hillary Clinton, cuya cuñada, María Victoria Arias, nacida en La Habana en 1958 y abogada militante y activa en la comunidad cubano-americana de Miami, se autodescribe como pro-embargo. Ya Arias incidió en la política de su concuñado Bill Clinton hacia Cuba en 1992 y 1994; es de esperar que lo haga con su cuñada.

De nuevo, sin duda lo último que quisiera Obama es verse obligado a afrontar una crisis cubana, migratoria, internacional o interna, durante los primeros meses de su Gobierno, o juntar los votos en el Senado para levantar el embargo y darles gusto a los latinoamericanos. Welcome to Latin America, president Obama.

Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México, es profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York.

El País.com

Crisis financiera: ¿quienes fueron los pocos que la anticiparon?

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Ver también en esta página EL RETORNO DE KEYNES, de J. Estefanía

Los ‘gurús’ de la economía no anticiparon la crisis por miedo a disentir y por interés – Muchos analistas también viven del negocio

DAVID FERNÁNDEZ 04/12/2008

Imagínese que usted forma parte de una de las instituciones económicas más influyentes del mundo como es la London School of Economics. Imagínese también que ejerce de anfitrión junto con sus colegas durante una visita de la reina Isabel II a la sede del centro. En principio, uno de tantos actos protocolarios de guante blanco. Imagínese que la soberana de todo un Imperio se salta el protocolo para lanzar al aire una pregunta que seguro también se la hace el tendero de la esquina: “¿Por qué nadie ha sido capaz de anticipar la que se nos ha venido encima?”. Deje de imaginar. La situación es real, ocurrió el pasado noviembre y ejemplifica cómo la crisis económica ha puesto en evidencia los pronósticos económicos. Hasta tal punto han fallado las previsiones que uno de los pocos que anticipó el crash, Nouriel Roubini, ha traspasado la línea que separa al economista de la estrella del pop y ahora va impartiendo doctrina por medio mundo en conferencias avaladas con cheques de varios ceros.

Simples turbulencias, desaceleración, crisis, recesión, ¿depresión? Ésta es la secuencia que han seguido las previsiones de Gobiernos (incluido el español, que hasta bien entrado 2008 se negó a hablar de crisis), organismos internacionales, escuelas de negocios, reputados consultores y gurús de la gestión empresarial. Nadie tiene una bola de cristal para anticipar el futuro. Como decía Karl Popper, “predecir el nacimiento de la rueda es inventarla”. Además, una crisis económica como la actual, la peor para muchos desde 1929, presenta varias raíces inéditas que han aflorado al mismo tiempo, lo que complica cualquier análisis. Sin embargo, estas dificultades no deben servir de excusa para esconder que los modelos de estimación económica presentan algunos vicios que limitan sus probabilidades de éxito. Conflictos de intereses, falta de transparencia, miedo a ir contracorriente (“fuera del consenso hace mucho frío”, ironiza un experto) o la resistencia a dar voz a los críticos con el sistema económico durante el largo periodo de bonanza porque sus teorías no venden son algunos de estos vicios.

Hace un año este periódico pidió a 15 casas de Bolsa que dijeran en qué nivel se situaría el Ibex 35 en diciembre de 2008. El precio objetivo medio situaba el índice bursátil español en 17.300 puntos. El Ibex 35 está hoy por debajo de los 9.000 enteros. En defensa de los analistas hay que decir que en ese momento la crisis financiera aún no había mostrado su cara más violenta y que la economía real no se había contagiado. Lo que ya tiene menos explicación es que el pasado junio, cuando la metástasis de las hipotecas basura se había extendido por todo el sistema, la venta de optimismo seguía siendo la tónica dominante.

Credit Suisse, UBS, Citigroup, JPMorgan, Deutsche Bank, Goldman Sachs y Exane BNP Paribas son algunas de las firmas de Bolsa más importantes del mundo. En conjunto analizan las acciones de más de 10.000 compañías cotizadas. Pues bien, en junio sólo un 13% de sus consejos eran de vender acciones. El resto de recomendaciones a sus clientes eran de comprar o en el peor de los casos de mantener los títulos en cartera.

¿Por qué cuesta tanto escribir en un informe de Bolsa la palabra vender? “Por la propia estructura del mercado. Una entidad financiera suele tener conflictos entre el análisis y el negocio. Esta situación puede significar que la independencia de los analistas a la hora de emitir sus opiniones se vea limitada”, reconoce Rafael Sarandeses, secretario general del Instituto Español de Analistas Financieros. A pesar de entonar el mea culpa, Sarandeses matiza que esta crisis no se debe a los errores de los analistas sino “a los fallos de los supervisores financieros y a las malas prácticas de las agencias de calificación de riesgos”.

Sería injusto centrar todas las críticas en los analistas de Bolsa. Sus colegas macroeconómicos tampoco han estado muy finos. En enero de 2007 el consenso de mercado (bajo este concepto se engloban organismos supranacionales como el FMI, el Banco Mundial o la OCDE cuyos juicios deberían estar a salvo de las tentaciones que acechan a las instituciones privadas) preveía un crecimiento del PIB en EE UU y en la zona euro del 3% y del 2,1%, respectivamente. En noviembre de 2008 esas expectativas habían caído al 1,4% y al 1%. “Las crisis ocurren porque son inesperadas. Si todo el mundo las esperase no se materializarían. Además, en este caso nos hemos topado no con una crisis, sino con tres al mismo tiempo: la financiera, la hipotecaria y la económica”, se defiende José Luis Martínez, economista jefe de Citigroup en España. Entonces, ¿no cree que haya que ajustar en nada los modelos económicos? “Todos los economistas manejamos varios escenarios. Quizás esta crisis lo que nos enseñe es que debemos aprender a asignar una determinada probabilidad al escenario elegido. No es lo mismo que digamos que va a producirse determinado acontecimiento cuando el margen de acierto que manejamos es de sólo el 40% que cuando asignamos a nuestro pronóstico el 80% de probabilidades. Esta crisis va a forzar una mayor transparencia en las previsiones”.

Al calor de cada burbuja suelen surgir teorías que hablan de cambios revolucionarios que transformarán por completo el sistema económico. Estos planteamientos, sin embargo, suelen desinflarse casi a la misma velocidad que la burbuja que los amparó. A finales del siglo pasado se popularizó el concepto de Nueva Economía según el cual el desarrollo de Internet y otras tecnologías harían que pasásemos de una economía industrial a una economía del conocimiento y, como consecuencia de ello, se acabarían los ciclos económicos. Que le pregunten a las personas que hacen cola a cientos a las puertas del Inem si todavía existen los altibajos en economía… Con la burbuja financiera de los últimos años, diferentes think tanks han puesto de moda otra teoría no menos visionaria bautizada con el nombre de decoupling. La corriente de pensamiento que está detrás de este vocablo viene a decir que las reformas estructurales acometidas por los países emergentes les permitirán seguir con su senda de crecimiento con independencia de lo que ocurra en las economías desarrolladas. En los últimos dos meses se ha vuelto a comprobar que cuando las economías occidentales tosen, el resto, como mínimo, se resfría. China echa el freno a su espectacular crecimiento, los inversores castigan las divisas de México y Brasil, Rusia se ve forzada a cerrar en varias ocasiones sus mercados, Argentina desempolva medidas confiscatorias… En fin, todo un déjà vu.

“No creo en los gurús. Es una tendencia a abolir”, sentencia José de Rafael, director de la Asociación Española de Empresas de Consultoría. “No se puede opinar más que con altos conocimientos de la situación. Se han corrido muchos riesgos por la proliferación de los mal llamados gurús. Siempre están los arribistas que tiene más pico que los demás, y en un determinado momento sus teorías pueden llegar a convencer”. A pesar de la fuerte crítica a los analistas estrella, De Rafael opina que las previsiones económicas en esta crisis no han resultado tan erróneas. “La crisis se veía venir desde hace 14 meses. Lo que los expertos no han sabido anticipar ha sido su intensidad. Además, la raíz de la crisis no es financiera, sino de valores, y esto es imposible de predecir. La codicia y la corrupción han prevalecido sobre la ética empresarial”, añade este experto.

El escritor especializado en temas de management Peter Drucker solía decir que el término gurú se había convertido en una palabra bastante popular debido a que la etiqueta alternativa de charlatán era demasiado larga para usarla en un titular periodístico. En los últimos años las conferencias de los grandes expertos en gestión empresarial han desbordado todos los aforos. Cientos de discursos y power points para encontrar la receta del éxito, pero pocas voces que alarmasen sobre lo que se estaba gestando. “Que yo recuerde, de los economistas extranjeros sólo adelantaron la crisis Nouriel Roubini y Paul Krugman mientras que entre los españoles destacan Ignacio Garikano y Xabier Mena”, recuerda Alberto Saiz, director de HSM España, empresa especializada en contenidos de gestión empresarial y organizadora de Expomanagement. “Es más fácil subirse a la ola del pensamiento reinante que hacer un estudio profundo de la situación. En este sentido, yo también criticaría la actitud de los medios de comunicación por popularizar algunos mensajes”, añade. “La verdad absoluta no la tiene nadie. Nuestra misión es inspirar a los ejecutivos para que encuentren alternativas para desarrollar sus estrategias, no decirles lo que tienen que hacer”.

Tanto Saiz como el resto de expertos consultados para este reportaje reconocen que ante el tema de las previsiones, sean estas económicas o de otra índole, las personas se mueven con un marcado sentido gregario y que, al igual que hace dos años era un milagro que un libro de management o un economista crítico se abrieran paso, ahora se corre el peligro, por la ley del péndulo, de que sólo quede espacio para los agoreros. “Los seres humanos queremos oír aquello que se adecúa a nuestros patrones mentales. Si antes lo único que parecía vender eran las noticias buenas, ahora parece que triunfan las previsiones pesimistas”, señala el director de HSM. “Tanta incertidumbre obliga a converger en posiciones, se traduce en una cierta opinión consensuada. Aunque con puntuales discrepancias, todos buscamos saber la opinión del de al lado. Ahora puede que corramos el riesgo de irnos al otro extremo: caer en el pesimismo absoluto y no valorar las cosas buenas que se están haciendo”, añade José Luis Martínez.

Pero, cuidado, conviene no pasarse de frenada en la teoría del caos. La realidad es tozuda y el éxito efímero. Y si no que se lo pregunten a Ariun Murti, experto de materias primas en Goldman Sachs. En marzo de 2005 Murti predijo que el precio del petróleo daría el salto de 50 dólares a 105 en sólo cuatro años. Se desvió sólo unos meses. La situación del mercado le llevó a doblar su apuesta en mayo pasado, situando el barril de crudo en 200 dólares en sólo dos años. Coincidiendo con este segundo augurio de Murti, el petróleo inició un vertiginoso descenso que le ha devuelto de nuevo a la zona de los 50 dólares.

Otra consecuencia de la crisis actual es que se ha puesto en duda un dogma de fe económico de los últimos años: el poder casi religioso del libre mercado. Incluso en el santa sanctorum del capitalismo como es Wall Street han tenido que hincar la rodilla y rogar una inyección de dinero público para resolver sus pecados. El retorno a políticas de corte más intervencionista ha vuelto a poner de moda al economista británico John Maynard Keynes, partidario de la intervención del Gobierno para estimular la economía.

Pero incluso él también erraba a veces en sus previsiones. Un día tuvo que salir del paso de las críticas de un economista rival que le acusaba de inconsistencia en sus argumentos. “Cuando los hechos cambian, yo cambio mi opinión, ¿qué hace usted, caballero?”. Habría sido interesante oír la respuesta que hubiera dado Keynes a la pregunta de la reina Isabel II.

El País.com

EL RETORNO DE KEYNES

JOAQUÍN ESTEFANÍA 08/12/2008

Vuelven Keynes y Roosevelt. Ante la profundidad de la recesión se disuelven las veleidades autorreguladoras que han hegemonizado la política económica durante el último cuarto de siglo y se acude a las fórmulas de quienes solucionaron los efectos más nocivos de la Gran Depresión, adaptadas al marco de la globalización. Contra lo que se cree, las relaciones entre el economista británico y el presidente norteamericano no siempre fueron muy fluidas, aunque se produjo una influencia mutua entre ellos. Todavía el 31 de diciembre de 1933, 10 meses después de que Roosevelt iniciase el New Deal, Keynes le escribía una Carta abierta al presidente, publicada en The New York Times, en la que le aconsejaba una serie de impulsos como “una acción predominante en el más alto grado al incremento de la capacidad de compra nacional resultante de los gastos públicos”. Y tres años después publicaba su obra magna, la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero.

Todo el mundo aplica hoy programas típicos de expansión de la demanda, en un giro copernicano a lo practicado hasta anteayer. Recuérdense, por ejemplo, algunas de las declaraciones hechas por los responsables europeos: “No habrá cambio de política, no cederemos al pánico” (Jean-Claude Juncker, presidente del Eurogrupo); “No habrá bajada de tipos” (Jean-Claude Trichet, gobernador del Banco Central Europeo); “No habrá plan de relanzamiento de la economía. Bastan las reformas estructurales de la Agenda de Lisboa y los límites del Plan de Estabilidad y Crecimiento” (conclusiones de la reunión informal de ministros de Economía de la UE, en Niza, el pasado mes de septiembre).

Pero aunque esos programas coinciden en sus grandes enunciados, difieren en los plazos de aplicación y en la letra pequeña. No todos son iguales. Desde que comenzó la crisis, en agosto de 2007, se suceden los planes de rescate y de potenciación de la economía real, con distintos énfasis. Merece la pena reflexionar sobre las prioridades: por dónde hay que empezar para cambiar la fase descendente del ciclo. Esto es lo que ha hecho el presidente electo de EE UU, Barack Obama, una vez escogido el equipo que conducirá la política económica de su legislatura. Conviene subrayar que todo ese equipo destila rubinomics, la filosofía económica con la que Clinton comandó el periodo de crecimiento más largo y profundo de la economía americana desde hace muchas décadas, pero sin la presencia de quien le dio nombre. Robert Rubin, secretario del Tesoro de Clinton, no figura entre los colaboradores oficiales de Obama al estar al frente del Citigroup, el último conglomerado financiero que ha necesitado de la ayuda pública para sobrevivir. Así pues, rubinomics sin Rubin.

La primera medida de Obama será un gigantesco plan de inversión pública, con el objetivo de crear 2,5 millones de puestos de trabajo, centrado en la creación y mejora de infraestructuras clásicas (carreteras, autopistas, escuelas, hospitales…), energías renovables (atención a la sustitución del lobby petrolero que representaba Bush, por el lobby de los biocombustibles y el etanol) y tecnologías de la información y la comunicación. Se tratará de la mayor utilización de dinero público en la historia de Estados Unidos, por encima del New Deal y del plan de infraestructuras de Eisenhower, en los años cincuenta. El anuncio de las inversiones masivas se hizo apenas 24 horas después de que se conociesen las catastróficas cifras de desempleo del mes de noviembre (destrucción de 533.000 puestos de trabajo, la cifra más alta de incremento del paro en un solo mes desde el año 1974; entre enero y noviembre se han perdido en EE UU casi dos millones de empleos) y poco después de que la Oficina Nacional de Investigación Económica, un grupo privado de economistas con sede en Cambridge, avisase de que la recesión comenzó en EE UU en diciembre del año pasado.

Ello significa que la recesión dura ya 11 meses en Estados Unidos, y que si persistiese hasta el mes de abril, situación harto probable, sería la más larga en la historia americana desde la Gran Depresión, superior en el tiempo a las recesiones de los años setenta y ochenta, y a la de 1990-1991 y a la de 2001. Y que Bush será el primer presidente, desde Nixon, que ha sufrido más de una recesión en sus mandatos. Ésa es la situación.

El País.com

P. Krugman: urgencia de gasto público para superar la crisis en EE.UU…

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krugman_visita_barcelonaPAUL KRUGMAN 07/12/2008

Hay ahora mismo un intenso debate sobre lo dinámicos que deberían ser los intentos del Gobierno de EE UU por invertir la marcha de la economía. Muchos economistas, entre los que me incluyo, están pidiendo una gran expansión fiscal que impida que la economía entre en caída libre. A otros, sin embargo, les preocupa el lastre que unos grandes déficit presupuestarios puedan suponer para las generaciones futuras.

Pero quienes se preocupan por el déficit están completamente equivocados. En las condiciones actuales, no hay que sacrificar lo que es bueno a largo plazo por lo que lo es a corto plazo; una expansión fiscal fuerte mejoraría realmente las perspectivas económicas a largo plazo.

La afirmación de que los déficit presupuestarios empobrecen a la larga la economía se basa en la creencia de que los préstamos adquiridos por el Gobierno excluyen a la fuerza la inversión privada: que el Gobierno, al emitir grandes cantidades de deuda, impulsa al alza los tipos de interés, lo que hace que las empresas sean reacias a invertir en nuevas plantas y equipos, lo cual, a su vez, reduce la tasa de crecimiento económico a largo plazo. En circunstancias normales, este argumento tendría mucho a su favor.

Pero ahora mismo las circunstancias son de todo menos normales. Plantéense lo que sucedería el año que viene si la Administración de Obama cediese ante los halcones del déficit y redujese la escala de sus planes fiscales. ¿Haría esto que bajasen los tipos? Está claro que no conduciría a una disminución a corto plazo de los tipos de interés, que están más o menos controlados por la Reserva Federal. La Reserva ya está manteniendo esos tipos tan bajos como le es posible -prácticamente a cero- y no variará su política a menos que vea alguna señal de que la economía amenaza con recalentarse. Y esa perspectiva no parece realista por el momento.

¿Y qué hay de los tipos a más largo plazo? Estos tipos, que ya están en su nivel mínimo desde hace medio siglo, son principalmente el reflejo de los tipos a corto plazo que se esperan para el futuro. La austeridad fiscal podría hacerlos bajar aún más, pero a costa de generar expectativas de que la economía siga profundamente deprimida durante mucho tiempo, lo cual reduciría la inversión privada en lugar de incrementarla.

La idea de que, cuando la economía está deprimida, una política fiscal rígida reduce de hecho la inversión privada no es simplemente un razonamiento hipotético: es exactamente lo que sucedió en dos episodios históricos importantes.

El primero tuvo lugar en 1937, cuando Franklin Roosevelt cometió el error de seguir los consejos de quienes se preocupaban por el déficit en aquella época. Redujo radicalmente el gasto del Gobierno recortando a la mitad la inversión en la Administración para la Mejora del Trabajo y subiendo los impuestos, entre otras cosas. El resultado fue una grave recesión y una caída pronunciada de la inversión privada.

El segundo episodio tuvo lugar en Japón 60 años después. En 1996 y 1997, el Gobierno japonés intentó equilibrar su presupuesto recortando el gasto y subiendo los impuestos. Y, de nuevo, la recesión que provocó indujo una caída pronunciada de la inversión privada.

Para que quede claro, no estoy argumentando que tratar de reducir el déficit presupuestario sea siempre negativo para la inversión privada. Se puede afirmar razonablemente que la moderación fiscal de Bill Clinton en los años noventa contribuyó a alimentar la gran explosión de la inversión que se produjo en EE UU durante esa década, la cual, a su vez, llevó a una recuperación en el crecimiento de la productividad.

Lo que hizo que la austeridad fiscal fuese tan mala idea tanto en los EE UU de Roosevelt como en el Japón de los años noventa fue el hecho de que se daban unas circunstancias especiales: en ambos casos, el Gobierno dio marcha atrás frente a una trampa de la liquidez, una situación en la que, a pesar de que la autoridad monetaria había recortado los tipos de interés todo lo posible, la economía seguía funcionando muy por debajo de su capacidad.

Y ahora nos encontramos ante la misma clase de trampa, y por eso quienes se preocupan por el déficit están fuera de contexto.

Una cosa más: la expansión fiscal será todavía mejor para el futuro de EE UU si una gran parte de ella se lleva a cabo en forma de inversión pública: construcción de carreteras, reparación de puentes y desarrollo de nuevas tecnologías, todo lo cual hará más rico al país a largo plazo.

¿Debería el Gobierno mantener indefinidamente una política de grandes déficit presupuestarios? Desde luego que no. Aunque la deuda pública no es tan mala como mucha gente cree -básicamente, es dinero que nos debemos a nosotros mismos-, a la larga, el Gobierno, al igual que los particulares, tiene que compensar sus gastos con sus ingresos.

Pero ahora mismo tenemos un déficit básico en el gasto privado: los consumidores están redescubriendo las ventajas del ahorro en el mismo momento en que las empresas, quemadas por los excesos del pasado e incapacitadas por las dificultades del sistema financiero, están recortando sus inversiones. Ese desfase terminará por corregirse, pero, hasta que lo haga, el gasto del Gobierno debe cargar con el muerto. De otro modo, la inversión privada, y la economía en su conjunto, se hundirán aún más.

Resumiendo: la gente que piensa que una expansión fiscal hoy será mala para las generaciones futuras se equivoca radicalmente. La mejor línea de actuación, tanto para los trabajadores de hoy como para sus hijos, es hacer todo lo que haga falta para poner esta economía en el camino hacia su recuperación. -

(c) 2008 New York Times Service Traducción de News Clips.

El País.com

El retorno de Marx…

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marx7ÁNGEL RUPÉREZ 30/11/2008

La losa que pesa sobre el pensamiento de Carlos Marx, debido a la usurpación que hicieron de él las revoluciones que se llamaron marxistas, todas fracasadas, ha impedido que reconozcamos, sin esos lúgubres embargos, la grandeza de algunas de sus ideas (no de todas, desde luego). Pero de la misma manera que podemos leer el Evangelio de Jesús liberados de las coacciones que ejercen sobre él los atropellos cometidos en su nombre -múltiples crímenes de toda laya-, así también podemos y debemos recuperar la figura de Marx sin consentir que ninguno de sus usurpadores lastre el alcance del poder crítico y liberador de su pensamiento. Y en estos momentos en los que el capitalismo ha dado muestras evidentes de sus flaquezas más demoledoras, la figura de Marx debe ser recuperada precisamente para recordar la forma como describió el funcionamiento del capitalismo, siempre voraz y dispuesto a cualquier forma de abuso con tal de hacer valer su principio esencial del beneficio por encima de todo.

Que la idolatría del dinero supusiera la humillación de miles y miles de seres humanos, era algo que al primer capitalismo no le importaba la más mínima higa. De ahí que Marx, genial intérprete de esos mecanismos de dominación, fuera a la vez alguien que quisiera y se propusiera cambiar el signo de la historia con el fin de superarla en un proyecto ideal que, al hacerse él mismo historia, degeneró en sociedades también esclavizadas, con el crimen político como bandera y la segregación social como método de dominación. Al caer esos regímenes totalitarios y estafadores, pareció que el capitalismo no tenía oponentes y por eso alguien que se hizo famoso pudo decretar el fin de la historia, que sólo era el sueño de la impunidad absoluta. Ninguna tropelía cometida en nombre del capitalismo podría seriamente ser objeto de una desautorización global en el siglo XXI, puesto que no había ideas alternativas, ya que las únicas que se habían alegado y puesto en práctica habían fracasado estrepitosamente. Incluso un país como China, mastodonte que mantiene intactas las hechuras de un Estado totalitario, hizo su particular revisión y se afilió al capitalismo antaño denostado y del que ahora es un principal motor en el mundo, atropellando a su paso los derechos humanos y también los derechos de la Naturaleza (que son también derechos humanos).

Pero si leemos sin prejuicios los escritos de Marx, nos daremos cuenta del portentoso aliento que hay en ellos para penetrar en los entresijos de la maquinaria del capital voraz y ciego con el fin de no someterse a la primacía del dinero como valor supremo, convertida en ideología inapelable, es decir, en auténtica ley de la historia inmune a cualquier justificada y desconfiada sospecha y no digamos a cualquier intento de superación. Una reflexión crítica sobre nuestro mundo nos avisa, como avisó Marx en el XIX, de que el dinero es el ídolo absoluto que los capitalistas financieros, enfermos de avaricia, han pretendido multiplicar, en forma de beneficios ilimitados, por medio del engaño y la mentira. Las víctimas de sus operaciones fraudulentas no serán precisamente ellos mismos, los grandes tiburones de las finanzas, inmensamente remunerados, a salvo de cualquier imputación legal, lejos de cualquier cárcel justamente punitiva, sino todos los que, gracias a ese bandidaje de cuello blanco, conocerán la ruina de sus vidas, aquí y allá, cerca y lejos, en los países desarrollados pero también en los países pobres, más pobres aún, más miserables aún si cabe cuando la marea negra se extienda. A ese capitalismo ilimitadamente voraz hay que imputarle, con la ayuda de Marx, el encerramiento de la existencia en la cárcel exclusiva del dinero idolatrado y de su progenie no menos ciega e inhumana: los valores que se arrastran detrás de esa estela que no mira más que a su ombligo, y es ajena al horror de la pobreza de los más pobres que ya lo eran y a la de los que lo serán a partir de ahora.

La avaricia insaciable ha dejado al descubierto la esencia de un sistema que solo cree en el fondo en el dinero como único valor y sobre el que pretende que fundamentemos todas las manifestaciones de la existencia. Así, la productividad económica rige los últimos derroteros de la educación superior; las desmesuradas ganancias rigen los principios de la actividad económica; la acumulación de dinero rige los anhelos de tantos y tantos seres humanos, doblados en pequeños terratenientes de sus idolatradas -aunque modestas- riquezas; el valor de cambio de las obras de arte -Hirst y compañía- sustituye con creces su contenido de verdad, como diría Adorno, y, a la postre, su invitación a ser un hecho revelador del hombre esencial antes que un sustituto del dinero. Los escritos de Marx nos ayudan a no creer en esos ídolos y a denunciar las mentiras sobre las que se sustentan. No sé si habrá otras alternativas, pero al menos ese pensamiento, que parecía enterrado, nos devolverá, en el espejo roto de nuestra reciente historia, la mejor imagen de nuestra dignidad.

Ángel Rupérez es escritor y profesor de Teoría de la Literatura de la Universidad Complutense de Madrid.

El País.com

Para enfrentar la crisis, marcha atrás en la ortodoxia

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Los Gobiernos y los bancos centrales sacan toda su artillería contra la crisis

ALICIA GONZÁLEZ 30/11/2008, El País.com

El gurú de la crisis, Nouriel Roubini, sostiene que “tiempos desesperados exigen medidas desesperadas y extremas”. Y nada más desesperado, en su opinión, que la amenaza de deflación, suspensiones de pagos y trampas de liquidez que atenazan a la economía mundial.

En eso están todos los gobiernos del mundo en este momento. Rebajas de impuestos a empresas y consumidores, compras de créditos dudosos, inversiones en obra pública… Todo es poco para evitar la fatídica combinación que supone el desplome de la actividad, frenazo del consumo, restricción del crédito y caídas de precios a la que parece abocada sin remedio la economía mundial.

A eso se comprometían, precisamente, los líderes del G-20 el pasado 15 de noviembre en Washington. “Usaremos medidas fiscales para estimular la demanda doméstica con efecto inmediato, según sea necesario, mientras se mantiene un marco político enfocado a la sostenibilidad presupuestaria”, decía el punto número siete del comunicado. La ortodoxia parece haber quedado relegada ante el riesgo de que la recesión global deje paso a una depresión. Las autoridades están llevando a cabo una movilización sin precedentes de todos los recursos disponibles, aunque eso se traduzca en la vuelta a los déficit públicos, un incremento en las emisiones de deuda de los Estados desconocido en los últimos años y la puesta en marcha de políticas hasta ahora consideradas heterodoxas, como las aprobadas esta última semana en Estados Unidos.

La Reserva Federal ha llevado a cabo una fuerte inyección de liquidez en la economía para animar el crédito a las familias y a las pequeñas y medianas empresas. Se trata de una medida excepcional, no sólo por el elevado volumen de la medida (800.000 millones de dólares, frente a los 700.000 millones del plan de rescate del Gobierno) sino por el cambio de estrategia que implica.

“Aunque aún es demasiado pronto para saber si las últimas medidas son suficientes para marcar un punto de inflexión en la crisis crediticia, cada una de ellas supone un cambio radical en la forma en la que los responsables políticos y económicos de Washington están respondiendo a la crisis”, aseguraba Barclays Capital en un informe.

Mientras los planes del Gobierno se financian con dinero de los contribuyentes a través de la emisión de deuda pública, los del banco central implican, de hecho, darle a la máquina de hacer dinero. Así, el balance del banco ha pasado en los últimos meses de 800.000 millones a 2 billones de dólares. Todo con un doble objetivo: aumentar la liquidez del mercado y evitar el riesgo de deflación.

La Reserva ha tenido que adoptar estas medidas ante la amenaza de “quedarse sin munición”, como lo definió su ahora presidente Ben Bernanke en 2002. Entonces, como miembro del Consejo de Gobierno de la entidad, apostaba porque la Reserva comprara deuda pública e incluso privada si los tipos de interés se aproximaban peligrosamente a cero.

Seis años después, ése es el escenario que baraja la entidad. Con el precio del dinero en el 1%, los analistas apuestan por una nueva rebaja en diciembre hasta el 0,5%. A partir de ese nivel, la rebaja de los tipos de interés deja de ser un instrumento efectivo de política monetaria y son necesarias otro tipo de medidas.

Ahí es donde se enmarca el cambio de estrategia de la entidad dentro de las denominadas políticas de expansión cuantitativa. Es lo que hizo Japón entre el año 2001 y 2006, un tiempo durante el que mantuvo los tipos de interés en el 0,15%, pero proporcionando al mismo tiempo provisiones suficientes de reservas al sistema bancario para fomentar la ampliación de los créditos. Y fue eso lo que permitió a Japón salir de una década de crisis, según asegura Mark Spiegel, analista de la Reserva Federal de San Francisco.

Europa en esta ocasión ha ido por delante de Estados Unidos. Aunque la política monetaria europea aún cuenta con mucho margen de actuación, con el precio del dinero en el 3,25%, el BCE lleva desde hace aproximadamente un mes ofreciendo cantidades de dinero ilimitadas en las subastas semanales de liquidez a un tipo fijo, un claro giro hacia políticas cuantitativas.

“Lo cierto es que el BCE tardó en actuar y ahora permite barra libre de liquidez” a los bancos, asegura José Carlos Díez, economista jefe de Intermoney. Eso ha incrementado en un 50% el neto que presta al conjunto del sistema financiero respecto a los niveles de agosto de 2007.

UBS señalaba en un reciente informe que tanto el euro como el sistema financiero articulado en torno a la moneda única nacieron con defectos de origen que esta crisis ha sacado a la luz. Entre ellos, que la responsabilidad de la política monetaria reside en el BCE mientras la responsabilidad sobre el sistema bancario reside en los bancos centrales. “Eso significa, in extremis, que Europa carece de un prestamista creíble de último recurso”, dicen los analistas de UBS. Como dijo en su puesta en marcha el entonces presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, “estoy seguro de que el euro nos obligará a introducir un conjunto de nuevos instrumentos de política económica. Es políticamente imposible proponerlos ahora. Pero algún día habrá una crisis y esos instrumentos serán creados”. A estas alturas, el debate ni siquiera se ha planteado entre los miembros del consejo de la entidad.

Las autoridades europeas también parecen haber hecho caso omiso de los buenos propósitos expresados en la cumbre de Washington y cada día parece más difícil articular un plan de estímulo económico coordinado a nivel comunitario.

La propuesta de la Comisión de poner en marcha rebajas fiscales y ayudas presupuestarias equivalentes al 1,5% del PIB se ha encontrado con el rechazo tajante de Francia y Alemania, especialmente lo que respecta a la rebaja del IVA. Se trata de un plan de 200.000 millones de dólares -”aunque puede ser necesario más para atajar la crisis”, advertía el presidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso- al que Bruselas apenas aporta 30.000 millones. Algunos Estados miembros cuentan con escaso margen presupuestario, dado que su nivel de déficit ya roza el 3% del PIB, pero Bruselas está dispuesta a hacer la vista gorda. “En circunstancias excepcionales uno puede utilizar la máxima flexibilidad”, admitió Barroso.

Sin esperar a un acuerdo, Londres ya ha puesto en marcha su propio plan, con el objetivo principal de impulsar el consumo a través de una rebaja del IVA. En total, 20.000 millones de libras (24.000 millones de euros), el mayor plan de estímulo aprobado en el Reino Unido desde 1988, equivalente al 1,1% del PIB.

Para paliar, aunque sea parcialmente los costes del plan, el Gobierno laborista ha anunciado que, a partir de 2011, subirá el impuesto sobre la renta del 40% al 45% a quienes ganen más de 150.000 libras anuales (180.000 euros). Y ahí radica un cambio fundamental en la política aplicada por Reino Unido y la mayor parte del mundo occidental en la última década. Desde la llegada de la conservadora Margaret Thatcher al poder en 1979 (a la que se sumaría con la misma filosofía liberal Ronald Reagan en Estados Unidos en 1981) el tipo máximo del IRPF sólo ha hecho que bajar, una tendencia a la baja que Tony Blair como primer ministro acentuó.

“Es la vuelta a los años setenta”, aseguraba Bill Jones, profesor de políticas de la Universidad de Manchester. “Es un retorno a las diferencias entre los dos partidos políticos y el fin temporal de las políticas de consenso. Es como si los laboristas, de pronto, hubieran roto su camisa de fuerza”.

Es la línea que también anticipa el nuevo Gobierno demócrata en Estados Unidos. Como candidato presidencial, Barack Obama criticó con dureza las rebajas fiscales para las rentas más altas llevadas a cabo por el Gobierno de George Bush. Los nuevos asesores presidenciales descartan que el plan de estímulo que Obama aprobará nada más ser investido presidente vaya a incluir subidas de impuestos para estos colectivos. Pero el propio Obama reiteraba esta semana su intención de que “los más ricos paguen un poco más para que podamos invertir en el crecimiento y recuperar la economía”. Toda una declaración de intenciones.

Y un planteamiento muy diferente a algunas de las medidas -que no las declaraciones- del Gobierno español. El plan de estímulo aprobado por el Consejo de Ministros el pasado mes de abril incluía la eliminación del impuesto sobre el patrimonio, ahora en tramitación en el Senado y por el que el Estado dejará de ingresar unos 1.800 millones de euros anuales. La medida ha sido muy bien acogida por aquellos obligados a pagar este impuesto, entre otros, los que acumulan bienes por valor superior a los 600.000 euros. “No sabía que yo fuera socialdemócrata y que lo fuera tanto”, se ha comentado con sorna en algunos reservados de los restaurantes más caros de Madrid a la vista del ahorro que esa medida supondrá para sus comensales.

Vuelta a los déficit

Los planes de rescate financiero y de estímulo económico conllevan la vuelta a los déficit públicos y las emisiones de deuda masivas. Los últimos cálculos apuntan que el deterioro de las cuentas públicas de los países desarrollados se situará de media en el 4,1% del PIB en 2010, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Mayor será el impacto de los planes de estímulo para Estados Unidos, que verá cómo sus cuentas públicas registran un déficit del 6,8% en dos años, el mayor déficit entre los de la OCDE. Sin embargo, algunos analistas privados apuntan que el déficit alcanzará niveles próximos al 8% del PIB en economías como la del Reino Unido e incluso España.

A la hora de gastar ese dinero, la OCDE reconoce que la inversión en infraestructuras puede ser un buen instrumento, aunque tarda en instrumentarse y ponerse en marcha y, por tanto, en trasladarse al resto de la economía. De ahí que apunte alternativas como las rebajas de impuestos o las transferencias de renta a las familias más endeudadas y con menos recursos. Sí subraya que “una vez que haya signos claros de recuperación será necesario deshacer con rapidez los estímulos macroeconómicos para evitar que se asienten las presiones inflacionistas en la economía”.

Pero eso no resultará nada fácil. La economista jefe de Schroders, Keith Wade, sostiene que “resulta difícil para los gobiernos dar marcha atrás en los planes de estímulo, especialmente cuando están asociados a objetivos políticos prioritarios”, como los trabajadores menos cualificados o los hogares de menor renta. Eso supone que una vez que comienza la recuperación de la actividad en el sector privado “el mantenimiento de la expansión presupuestaria deriva en un sobrecalentamiento y en más inflación”. Un pronóstico que resultaría amenazante en cualquier otro momento pero no tanto ahora, cuando el riesgo de una espiral deflacionista se ha hecho evidente.

En ese sentido, el elevado endeudamiento público tampoco sería ahora una amenaza para los precios “dada la debilidad de la demanda del sector privado”, insiste Schroders en su análisis. Todo ello dibuja un escenario similar al de los años sesenta, con el IPC por debajo del 2% pero sin entrar en deflación. -

A. Freeman, economista marxista: "La crisis en EE.UU. va a durar 15 años"…

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Prensa Web RNV
 

Alan Freeman tiene 62 años y es uno de los principales referentes vivos de la economía marxista. Enseña en Greenwich y asesoró al alcalde de Londres, Ken “el Rojo” Livingstone. Especialista en finanzas internacionales, visita Buenos Aires cada vez que puede y en 2004 organizó un Comité de Justicia Económica para la Argentina, desde donde fustigó al FMI por condicionar al país.

En una charla con el diario argentino Mirador Nacional, pronosticó que el dólar “va a devaluarse enormemente” y que la crisis norteamericana “va a durar 15 años”. También dijo que pagarle al Club de París y a los acreedores que rechazaron el canje puede servir si frena eventuales embargos, pero que sería “tonto” hacerlo para caerle bien al mercado financiero internacional. “Ese mercado no existe más”, opinó.

¿Estamos viviendo una crisis del capitalismo?
–Lo que entró en crisis es el liderazgo capitalista de Estados Unidos. No el capitalismo en sí. El problema es que Estados Unidos fue la principal locomotora del capitalismo desde 1937 y ahora ya no puede
jugar ese rol. Pero el otro problema es que nadie puede reemplazarlo.

¿Entonces vamos a un mundo más multilateral, con varias potencias, o
a una pelea violenta por ese lugar?

–Son sinónimos. Muchos dicen que podemos ir pacíficamente a un mundo más multipolar. Pero el capitalismo requiere ser un solo sistema mundial, que haya una sola moneda de referencia y un solo sistema
financiero. Todas las experiencias de momentos con equilibrios de poder multilaterales terminaron en bloques que confrontan despiadadamente. Ninguna fue pacífica.

¿Cuál es el antecedente inmediato?
–La última experiencia es la decadencia del Reino Unido, a partir de 1873. Pero en aquel momento había espacio para competir. Por eso surgió y llegó a su apogeo el imperialismo. Ahora no quedan esos
espacios vacantes.

¿Qué va a pasar con el dólar?
–Va a devaluarse enormemente.

¿Pero cuándo? ¿Los inversores grandes no siguen refugiándose en el
dólar por el temporal?

–Sí, pero yo hablo del mediano plazo. Hoy las potencias como China, Rusia y la India quieren mantener al dólar como patrón para seguir exportándole, en definitiva, a Estados Unidos.

¿Cómo ve el futuro de los alimentos que exporta la Argentina?

–Hay muchas que están sobredemandadas y van a seguir caras. Pero la comida para el consumidor también estuvo subiendo y eso es un riesgo. Su precio es cada vez más especulativo. Va a haber mucha volatilidad.

¿Cómo ve las estatizaciones de bancos de Bush y Europa?

–El Estado vuelve, pero es de derecha. Yo siempre digo que cuando falla la mano invisible aparece la mano negra. Están tratando de lograr a través del Estado lo que querían que lograra el mercado: garantizar las ganancias de los ricos. También las van a cuidar reprimiendo, si surge un estallido social en Estados Unidos.

¿Está bien pagarles al Club de París y a los holdouts en este momento?

–Creo que la razón que dio el Gobierno es que el país debe volver al mercado de capitales. Si es así, es algo tonto. Porque no hay más mercado de capitales. Se fue el lunes y no va a volver.

¿Para qué otra cosa podría servir?

–Para darle estabilidad a la región y remover obstáculos para el Banco del Sur, como los pedidos de embargo que lo podrían trabar. Los países de América Latina tienen que comerciar más entre sí, armarse como un bloque.

Pero a ese banco lo impulsa Venezuela y el Gobierno no quiere mostrarse dependiente de Chávez…

Todo el mundo depende de alguien. ¿Qué prefieren, depender de China?
–Pueden. Lo único que no conviene es elegir a Estados Unidos porque está implosionando, envuelto en una crisis que va a durar 15 años. No le va a extender una mano de ayuda a nadie.

Véase también:

EE.UU: Capital financiero y declinación industrial…

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Alejandro Nadal, La Jornada.com

Las relaciones entre el sector financiero y la economía real son cruciales para entender la naturaleza de la crisis. Pero la teoría económica ortodoxa carece de herramientas que analicen estas relaciones. De hecho, para ese discurso teórico lo que sucede en la esfera financiera debiera servir a la esfera real, proveyendo los servicios financieros que necesita la producción de bienes y servicios. Mas la historia económica de Estados Unidos nos muestra cómo el sector financiero pudo someter a la economía real.

El poderío industrial estadunidense constituyó la plataforma de su hegemonía desde finales del siglo XIX hasta 1970. La ola de innovaciones técnicas que moldearon su sistema industrial le aseguró el predominio en el mercado mundial y en los conflictos armados del siglo XX. Durante décadas la supremacía industrial de Estados Unidos pareció incuestionable.

Pero un enemigo de cuidado surgió y se desarrolló en el seno mismo del capitalismo estadunidense. El capital financiero terminó por transformar la relación entre inversiones y rentabilidad en la economía real de la potencia. El desarrollo y expansión del sistema financiero condujo incluso a la aparición de la casta de los “administradores de dinero”, como en alguna ocasión los llamó el gran economista Hyman Minsky.

Entre 1950 y 1990 los administradores de dinero vieron aumentar la fracción de acciones del sector corporativo (no bancario) que controlaban de 8 a 60 por ciento. Es decir, las empresas que antes manejaban directamente su intervención en el mercado accionario, cedieron la administración de este tipo de operaciones a administradores “profesionales”. En ese mismo periodo, los fondos de pensión aumentaron su parcela del mercado de valores de un tímido uno por ciento a un portentoso 40 por ciento. Su participación en el segmento de manejo de deuda corporativa pasó de 13 por ciento a 50 por ciento en esas cuatro décadas.

En la década de los 90, los recursos manejados por los administradores de dinero se incrementaron de manera prodigiosa. Los activos de los “inversionistas institucionales” se triplicaron en esa década. Quizás la expansión más espectacular se dio en los llamados fondos mutuos de inversión. Estos fondos son compañías inversionistas que combinan el dinero de los accionistas y lo invierten en una cartera de valores diversificada (acciones, bonos y mercado de dinero). En Estados Unidos hay 90 millones de personas que poseen acciones de algún fondo mutuo. En 2001, 52 por ciento de los hogares tenía acciones de algún fondo mutuo. Entre 1998 y 2001 los activos totales de los fondos mutuos pasaron de 4.8 a 7 billones (castellanos) de dólares.

Entre 1900 y 1960, los ejecutivos de las corporaciones industriales (y, en general, de todo tipo de empresas en Estados Unidos) gozaron de bastante autonomía frente a los accionistas y banqueros. Pero eso cambió en las décadas siguientes, sobre todo a partir de 1980. El auge de los inversionistas institucionales les permitió imponer su racionalidad (ligada al mundo de las finanzas) a la industria a través de varios procesos íntimamente relacionados.

La primera manifestación de la presión financiera sobre una corporación es precisamente en el mercado de valores. En la lógica de los administradores profesionales, el valor de las acciones debe incrementarse en el corto plazo, lo que ha impuesto una camisa de fuerza a las corporaciones: las inversiones que rinden frutos a largo plazo son relegadas a un segundo plano. Mejor invertir en cambios de cosmético que en modificaciones estructurales que aseguran rentabilidad en el largo plazo.

Los administradores de dinero también favorecieron la ola de fusiones y adquisiciones que caracteriza el mercado de valores estadunidense. Las fusiones de empresas y cualquier tipo de reorganización son bien vistas por los administradores de dinero porque presionan al alza el valor de los activos financieros. Esta es una de las razones por las que han proliferado en Estados Unidos la cesión de acciones, los acuerdos de licencias cruzadas y el fuerte apalancamiento en las operaciones de fusión de empresas.

Finalmente, la administración profesional de operaciones financieras ejerció una extraordinaria presión para que las corporaciones redujeran los costos laborales, entrando en un intenso proceso de “adelgazamiento y racionalización” cuya principal manifestación es la subcontratación. La lógica de la subcontratación presionó los salarios a la baja. Así, las necesidades del capital financiero terminan por convertir las relaciones laborales en una especie de mercado spot en el que la fuerza de trabajo pierde estabilidad y se ve obligada a aceptar salarios bajos.

El estancamiento en la evolución del salario real y el creciente endeudamiento de las familias durante los últimos 30 años era una bomba de tiempo que algún día tenía que estallar. El predominio del capital financiero armó el detonador hace varias décadas y el proceso de acumulación con apalancamiento no podía durar indefinidamente. Hoy la crisis debe pasar por un periodo de devaluación de activos financieros de todo tipo. Antes de mejorar, las cosas tendrán que empeorar.

La Jornada.com, 27/11

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