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EL Genocidio de Ruanda de 1994: Presidente acusa y veta a Francia…

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El presidente Paul Kagame carga contra París e impide al embajador galo participar en el vigésimo aniversario del exterminio de 800.000 tutsis

MIGUEL MORA París 9 ABR 2014 – 23:34 CET31

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En 100 días, entre el 7 de abril y el 4 de julio de 1994, 800.000 hombres, mujeres y niños fueron exterminados en Ruanda. La razón: pertenecían a la etnia tutsi o intentaron oponerse a las matanzas. Al genocidio más rápido de la historia le siguieron dos décadas de cicatrices, impunidad y ocultación. Francia protegió a numerosos sospechosos de haber planificado y ejecutado las masacres, manipuló pruebas y desvió la atención sin pedir excusas. En marzo, una primera condena judicial trató de apaciguar las relaciones bilaterales, y hay 30 casos más en espera de ser juzgados en la Fiscalía del Genocidio en París. Pero Ruanda, el país de las mil colinas, ha vetado la presencia francesa en el 20º aniversario de su tragedia nacional.

El presidente Paul Kagame aprovechó este lunes el discurso oficial del 7 de abril, pronunciado ante 30.000 personas en el estadio Amaharo de Kigali, para afirmar por tercera vez en dos semanas que Francia jugó un papel protagonista en las masacres. Kagame ha concedido entrevistas a la revista Jeune Afrique y al diario Libération. En la segunda afirmó: “Francia y Bélgica tuvieron un papel nefasto en la historia de Ruanda, y contribuyeron al surgimiento de una ideología genocida”.

Pero la acusación más dura estaba en la primera entrevista, del 27 marzo: “Las potencias occidentales querrían que Ruanda sea un país normal. Pero es imposible. Vean el caso de Francia. Veinte años después, el único reproche que admite es que no hizo lo suficiente para evitar el genocidio. Es un hecho, pero esconde lo esencial: el papel directo de Bélgica y Francia en la preparación política del genocidio, y la participación de esta última en su ejecución. Pregunten a los supervivientes de la masacre de Bisesero en junio de 1994, y les dirán lo que hicieron los soldados franceses de la Operación Turquesa. Cómplices seguro, en Bisesero y en la llamada zona humanitaria segura. Pero también actores”.

Las palabras de Kagame, el presidente que encarna la victoria contra los genocidas y el nuevo despertar de Ruanda, han abierto una nueva crisis diplomática entre Kigali y París. El conservador Alain Juppé, ministro de Exteriores en 1994 con François Mitterrand; y Laurent Fabius, el ministro socialista actual, han expresado su malestar, demostrando que el bloque formado por la derecha y la izquierda para silenciar las aberraciones cometidas en Ruanda sigue vigente. El periodista Patrick de Saint-Exupéry, que reveló cómo el Ejército francés toleró tres días de asesinatos masivos en Biserero, tituló su libro sobre aquel episodio con una fórmula elocuente: “Lo inconfesable”.

Kagame tiene razones para estar enfadado con París. El presidente ruandés había invitado a François Hollande a acudir a la conmemoración, que durará, como las matanzas, 100 días. Pero París decidió mandar, contra toda lógica institucional, a Christiane Taubira, ministra de Justicia y única persona de raza negra del Gabinete. Mientras Bélgica no alteró sus planes y enviaba a su ministro de Exteriores, París replicó al ataque de Kagame dejando que fuera su embajador en Kigali quien asistiera a los actos oficiales. Pero este lunes las autoridades locales indicaron que la presencia del embajador no era “deseada”. Poco después, el Elíseo emitió una nota en la que se suma al “pueblo ruandés para honrar la memoria de las víctimas”, y presume de que “la prevención de los genocidios es un elemento central de la acción exterior de Francia”.

El secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, que sí estaba en Kigali, reconoció que el genocidio es “una vergüenza” para la ONU: “Debimos hacer más, los cascos azules fueron retirados de Ruanda en el momento en que más se les necesitaba”.

La ausencia de Francia erosiona la imagen de libertador de África que ha intentado construirse Hollande tras intervenir militarmente en Malí y República Centroafricana. Edwy Plenel, director de Mediapart, ha recordado que Francia tardó medio siglo en asumir su responsabilidad directa en el Holocausto, y se ha preguntado por qué Hollande no ha ido a Ruanda a “presentar excusas, pedir perdón y decir la verdad”, admitiendo que “Francia —es decir su presidencia, su Gobierno, su Estado y su ejército—, fue cómplice del genocidio”.

Bélgica hizo ese ejercicio de contrición en el año 2000, y lo repitió en 2004. En 2010, Nicolas Sarkozy reconoció la “ceguera” de Francia, sin ir más allá. Ahora, al no hacer una cosa ni otra, la Francia oficial, dice Plenel, “ha deshonrado al pueblo francés”.

 

El papel de Francia en el genocidio ruandés

La justicia gala está restaurando la verdad sobre lo ocurrido en 1994
NICOLE MUCHNIK 9 ABR 2014 – 00:00 CET

Más de un millón de muertes en solo 100 días: el genocidio de la minoría tutsi de Ruanda es la más fulgurante tentativa de exterminio de la historia contemporánea. También, la menos conocida y reconocida.

Sin embargo, hoy está establecido que el Gobierno francés, y en particular el Gobierno de Mitterrand, muy informado sobre la situación real en el país, lejos de apaciguar los ánimos racistas de la población hutu, armó a las fuerzas ruandesas —que pasaron de 3.500 a 55.000 hombres— con material de guerra y formación técnica.

Veinte años después es el título de la célebre novela de Dumas. Pero hoy, en Francia, es el fin de una historia muy poco edificante, por no decir criminal: la condena “histórica” del genocida ruandés Pascal Simbikwanga ha servido para esclarecer la implicación francesa antes, durante y después de la matanza de 800.000 tutsis por los hutus. Los dos meses de un proceso expedido a ritmo acelerado sirvieron para demostrar que este tal Pascal Simbikwanga no fue un simple actor, si no “la típica, aséptica, distante actuación del autor intelectual y no la del autor material que chapotea en la sangre”. También se dejaron al descubierto los contactos entre el criminal y la policía política francesa. Un proceso doloroso en el que Alain Gauthier, en nombre del colectivo de las partes civiles, tuvo que recordar algo evidente en todos los genocidios del mundo: “La marca del genocidio es el silencio de nuestros muertos”.

Los hechos son conocidos. Aunque el atentado cometido el 6 de abril de 1994 contra el Falcon del presidente ruandés Juvénal Habyarimana nunca fue la causa de una sangrienta depuración étnica, anunciada y preparada desde 1991, la muerte del jefe del Estado hutu fue la señal para el comienzo del tercer genocidio de la historia reconocido por Naciones Unidas, el cometido entre el 6 de abril y el 4 de julio de 1994 por el régimen hutu contra el pueblo tutsi (y sus apoyos hutus).

Mientras Francia se hundía en una estrategia negacionista en cuanto a su responsabilidad, la justicia brillaba por su lentitud y el entierro de todos los procesos comenzados en 20 años, que llevaron a la condena de Francia por la Corte Europea de Derechos Humanos. Sin embargo, en enero de 2014 la cámara de primera instancia del Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR) confió a la justicia francesa la tarea de juzgar a dos presuntos genocidas: Wenceslao Munyeshyaka y Laurent Bucyibaruta. Esta decisión obligará a juzgar a todos los que desde hace años viven en Francia en la impunidad. También en enero de 2014, un “polo” judicial especializado en los crímenes contra la humanidad y los crímenes de guerra, basado en el principio del Derecho Internacional bautizado como de “competencia universal”, se instauró en los Tribunales de París.

Durante muchos años se formó una estrategia de la negación sobre las responsabilidades del conflicto tutsis-hutus

La notable importancia del juicio de Pascal Simbikwanga y su condena es que pone también punto final a la propaganda gubernamental francesa en lo que concierne a su propia responsabilidad por la muerte de un presidente ruandés y por el genocidio que se derivó de ella. Durante 20 años, en nombre de la razón de Estado y a causa de la investigación partidista del juez Bruguière, no solamente no se arrojó luz alguna sobre la responsabilidad de los criminales hutus y la de los militares, políticos y diplomáticos franceses destinados en Ruanda, sino que se instrumentó un auténtico montaje de declaraciones oficiales con la complicidad de ciertos medios de comunicación. Así se formó una estrategia de la negación, un negacionismo político en el máximo nivel acerca de las responsabilidades francesas en la preparación, el desarrollo, el resultado y la protección ulterior de los agentes genocidas —siendo, por otra parte, el negacionismo la cosa mejor compartida del mundo—. Teorías engañosas que como una tela de araña resisten a toda lógica o análisis racional de los hechos.

De hecho, durante 20 años Francia ha sido la caja de resonancia de las teorías negacionistas sobre el genocidio y uno de los pocos países occidentales que no pidieron perdón al pueblo ruandés. Hasta ese momento la justicia francesa liberaba, uno tras otro, y permitía vivir sin problemas a genocidas conocidos, como el abate Munyeshaka, que ejerce en una parroquia de Normandía, a numerosos responsables del antiguo régimen hutu o a la viuda del presidente Habyarimana.

Sin embargo, “después de que el dossier del juez Bruguière pasara a las manos de Marc Trevidic, juez antiterrorista que, este sí, estuvo en el lugar de los hechos”, escribe Colette Braeckman (una de las especialistas más precisas acerca del genocidio ruandés) en Le Soir de Bruselas, “el proceso actual, que se desarrolló en condiciones unánimemente reconocidas como serias, ha demostrado la eficacia del polo genocida”. Para Braeckman, si la reciente condena de Simbikwanga “no cierra el doloroso legajo francés del genocidio de tutsis, marca una primera etapa en el restablecimiento de la verdad… y ha restaurado el honor de la justicia francesa”.

Iba siendo hora.

Nicole Muchnik es periodista y pintora.

La cumbre (esquizofrénica) de las Américas…

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Ángel Guerra Cabrera

De la quinta cumbre de las Américas no debe esperarse ni asomo de solución a los dramáticos problemas estructurales de América Latina y el Caribe, hoy agravados por tres décadas de neoliberalismo y la irreversible crisis sistémica del capitalismo. Son muy ingenuos, o muy cipayos, quienes deliran con que Obama puede modificar, por bien intencionado que sea, el rígido y ciego andamiaje de sujeción económica, política y militar edificado a sangre y fuego por la clase dominante de su país al sur del río Bravo, desde la anexión de más de la mitad del territorio de México. Al contrario, todos los datos disponibles indican que Washington se emplea a fondo en apuntalar ese edifico y la mejor prueba es la reactivación de la Cuarta Flota y la reproducción hacia el sur de su frontera de versiones a la carta del Plan Colombia.

El hecho de excluir a Cuba por imposición de Washington con el argumento de la carta democrática de la moribunda Organización de Estados Americanos (OEA) hace de la cumbre un relicto monroísta, ajeno a la voluntad de los pueblos, a la moral y la legalidad internacional. Cabe recordar su embrión histórico en el último cuarto del siglo XIX, contra cuyos fines de dominación económica y política por Estados Unidos alertara José Martí, reciclado a partir de 1994 en la cumbre de Miami con el canto de sirena del libre comercio.

La declaración final, ya cocinada, pese a la digna oposición de varios gobiernos latinoamericanos, no menciona nada que incomode a Washington, servilmente atemperada por la secretaría de la OEA. Obvio, no puede emplear el lenguaje neoliberal triunfalista de las primeras cumbres puesto que el neoliberalismo empujó a la catástrofe económica y social, y América Latina y el Caribe mostraron su capacidad de rechazarlo y derrotarlo desde el entierro del Área de Libre Comercio de las Américas en la cumbre de Mar del Plata. El resultado es un documento insulso y sin fondo, como lo calificó el ecuatoriano Correa, que recibirá múltiples cuestionamientos, sobre todo porque no condena el bloqueo a Cuba e insiste en recetas inaceptable como reflotar al Fondo Monetario Internacional.

Sin embargo, el eco de las luchas populares latinoamericanas y del Caribe que contribuyeron a debilitar la hegemonía imperial y al quiebre de la unipolaridad e hicieron surgir nuevos gobiernos independientes, una vocación de unidad e integración regional y el unánime llamado a Estados Unidos a poner fin al bloqueo contra Cuba, seguramente se escuchará en la cumbre. Barack Obama se verá enfrentado a esta realidad, ignorada en el discurso de sus asesores, que tal vez lo lleve a meditar sobre la necesaria búsqueda de una relación más respetuosa con sus vecinos del sur.

El bloqueo es un acto genocida, la mayor y más prolongada violación masiva de los derechos humanos de un pueblo en la época contemporánea, sobradamente un crimen de lesa humanidad. Obama no tomó parte en su establecimiento, pero, a menos que cambie su postura, no tiene cómo justificar la idea que ha expresado de mantenerlo mientras Cuba no cumpla con los requisitos de Washington. Insistir en esa arbitraria condicionante en la cumbre, además de encarnar la política del garrote, arrojará graves dudas sobre su voluntad de cambio, lo colocará en contra de la opinión de todos los gobiernos presentes, incluso Canadá, y de la inmensa mayoría de los representados en la ONU.

Sus recientes medidas sobre Cuba rompen ciertamente con la obsesiva hostilidad de Bush, aunque el lenguaje que las justifica, más moderado, sigue en la tónica del cambio de régimen, pero son objetivamente un paso hacia la distensión. No obstante, quedan muy lejos del clamor latinoamericano e internacional, de las propuestas de un viraje en la política hacia Cuba de importantes grupos empresariales y numerosos legisladores de su país y hasta de la opinión de una gran mayoría de estadunidenses, que, según sondeos recientes, abogan por la normalización de relaciones con Cuba.

Es esquizofrénica la exclusión de Cuba cuando el consenso latinocaribeño ha sido normalizar las relaciones diplomáticas con La Habana y su integración a todos los organismos regionales existentes. América Latina y el Caribe pidieron unánimemente a Washington el levantamiento del bloqueo hace cuatro meses y éste será exigido por los mandatarios más independientes y decididos. Ese fantasma planeará todo el tiempo en la reunión a puertas cerradas, pero no tardaremos en enterarnos de las sorpresas que deparará a Obama.

La Jornada.com