CIENCIAS SOCIALES HOY – Weblog

Actualidad sobre política, sociología, economia, cultura…

Posts Tagged ‘CAPITALISMO

EL CAPITAL DEL SIGLO XXI: Comentario crítico desde la economía política. Por Héctor Vega *

leave a comment »

CRISISSS1 
 
 
El libro de Thomas Piketty, Le Capital au XXIè siècle. Seuil, Les Libres du Nouveau Monde, 2013 [976 páginas con tablas y estadísticas], tiene el gran mérito de contribuir al esclarecimiento de la desigualdad de ingresos en algunos países [34] de Europa y EEUU. La estadística de la obra sobre el capital, según lo aclara el autor, proviene esencialmente de fuentes fiscales e intenta describir un mapa de la distribución de riquezas. El capital en Piketty tiene una acepción diferente al concepto en Marx. Se trata de una diferencia no sólo en lo conceptual sino además en la intención. Para Marx el propietario de los medios de producción, sean estos capital físico o en dinero, maneja un medio de explotación. En Marx la tasa de explotación, es decir la proporción de trabajo excedente con respecto al trabajo necesario es el concepto genérico aplicable a todas las sociedades de explotación. La plusvalía sólo se aplica al capitalismo, donde el producto del trabajo asume la forma de valor. Marx desentraña el sentido de la explotación en su forma capitalista, es decir mediante la plusvalía, la cual se extrae del trabajador en un proceso en el cual éste vende su fuerza de trabajo pero no vende el valor trabajo que crea. Los reformadores del modelo no buscan cambiarlo. La obra de Marx es el paso central para desactivarlo. Es decir, desactivar una situación de poder.

Marx nunca se hizo ilusiones acerca del cambio del sistema capitalista desde su lógica puesto que los capitalistas siempre han tenido claro el medio a través del cual obtienen sus ganancias: el mercado. Con un sarcasmo, que intenta apaciguar ilusiones y esperanzas, Marx nos instruye acerca de la lógica del sistema. No se trata de acusar el capitalismo a la manera ingenua de los idealistas que describen la explotación como un robo. Si todo se intercambia a su valor –y el mercado lo fija– para qué ocuparnos de cuanto le corresponde al trabajador, –razonan los capitalistas– puesto que no es el trabajador que crea el valor sino el mercado. Así, el valor como el costo son hechos establecidos e inamovibles. El costo es el valor de la subsistencia del trabajador…y punto.

I° En el siglo XXI, los esfuerzos de los capitalistas van dirigidos a la integración de los trabajadores en el sistema.
[Notas al final del texto]

Marx entiende que es en el mercado donde se realizan los valores y desde donde se reproduce el sistema que deberá dar la solución de crecimiento del producto que haga compatible dicho crecimiento con la distribución de la riqueza. –, puesto que desde ese producto se extraerán los recursos para su crecimiento. Pero ¿adónde nos conducirá el crecimiento de ese producto? ¿Podrá generarse suficiente riqueza como para ser distribuida igualitariamente? Las estadísticas que proporciona Piketty bastan para desechar esa ilusión. Pero, ¿Es posible redistribuir los ingresos en el seno de la misma estructura que preside la distribución, mediante impuestos a los ingresos, a la herencia y la firma de un decreto destinado a elevar el salario mínimo, como Piketty lo propone? Al igual que la ilusión anterior esta propuesta parece un ejercicio ingenuo e inútil que deberíamos recomenzar cuando el mercado y el orden establecido, donde reinan los monopolios, las grandes corporaciones y los bancos, restablecieran el valor al cual se intercambian los productos y se redefinan las partes que correspondan a patrones y trabajadores. En definitiva ¿basta expropiar los ricos para compensar los pobres? Pregunta pertinente a hacerse puesto que no está en la intención de Piketty cambiar el sistema capitalista.

Piketty rechaza las ideas fundamentales de Marx en relación al sistema capitalista; se centra en la valorización de activos tangibles y financieros y la transferencia de dichos activos mediante la herencia del patrimonio de una generación a otra. Patrimonio que desarrolla un crecimiento sin límites y que se transmite hereditariamente. Olvida que el capitalismo financiero mediante los mecanismos de la Deuda [crédito, emisión de deuda de las empresas, gestión de la deuda mediante derivados] involucra al conjunto de la población, promueve el ahorro forzoso de millones de trabajadores, como es el caso de los fondos de pensiones, desde donde se proporciona estabilidad al sistema financiero del capitalismo –, sin que los trabajadores sean necesariamente parte de las ganancias.

Inherente al capitalismo es el control de los medios de producción, lo cual permite la recuperación del valor agregado por el trabajador. Piketty confunde activos de diversa clase que constituyen la riqueza de la sociedad, unos que entran en el consumo, como por ejemplo la riqueza patrimonial inmobiliaria, con otros, tangibles o intangibles, donde su función económica es la de medios de producción, que contribuyen al incremento de la producción del período siguiente.

El rendimiento del capital se mide según la rentabilidad del mercado de los Ingresos de la Propiedad.[1] A la cual se agregan elementos adicionales a saber, externalidades, proporcionadas por el estado y exentas de impuestos, cual es el caso de la infraestructura pública; bienes públicos, como el agua, la educación, el medio ambiente, la seguridad pública…cuyo costo se transfiere a la sociedad, e implica un mayor rendimiento del capital.
Se pueden citar otros casos donde el rendimiento del capital se incrementa, generando con ello externalidades negativas; por ejemplo, explotaciones mineras donde la investigación sobre el costo verdadero [true cost] revela situaciones en que muere la actividad agrícola por el uso excesivo e indiscriminado del recurso agua [caso del altiplano chileno] inherente a la actividad minera; o la contaminación de la napa freática con daño a la salud de los habitantes del valle [caso de Pascua Lama en la cordillera o del proyecto minero Pacto-Junín en Ecuador entre muchos otros en el mundo[2]]; situación de las salmoneras en regiones septentrionales de Chile con transmisión de virus y contaminación del ambiente ictiológico…Pero también la actividad gananciosa de estas externalidades negativas daña el valor de otros activos, como por ejemplo refinerías o plantas nucleares instaladas en la proximidad de complejos inmobiliarios, etcétera…En resumen se trata del daño al desarrollo general de la economía a través del daño al “capital natural”[3].

Piketty no entra en esas distinciones, mide el valor de los activos por la relación capital-producto [= ingreso], donde los activos parecieran valorarse según su calidad de factor de producción. Opción de la economía neoclásica donde capital y salarios, como parte de una función de producción, se remuneran según la productividad marginal de cada factor. Se legitima así la ganancia como la justa retribución a una contribución indispensable y con ello se elimina cualquier posibilidad de evaluación crítica de los ingresos del capital y del trabajo en la relación entre el crecimiento del Producto y el rendimiento del capital.

II° La relación r>g

La relación central de Thomas Piketty es r>g, que valida con estadísticas desde casi 300 años de historia económica de países avanzados principalmente EEUU y Europa. “r”, es la tasa de crecimiento del rendimiento del capital; “g” es la tasa de crecimiento del producto.
En la remuneración del capital “r”, Piketty incluye en promedio en el curso del año, ganancias, dividendos, intereses, arriendos…en porcentajes. “g” representa la tasa de crecimiento de la economía, es decir el crecimiento anual del ingreso y la producción.

¿Por qué la relación de remuneración del capital [r] crece de manera desmesurada respecto al crecimiento de la economía [g], aumentando con ello la desigualdad en los ingresos? ¿Puede reproducirse en el siglo XXI esta situación constatada en los últimos dos siglos, con efectos dramáticos sobre la desigualdad de los ingresos? Son las interrogantes que plantea el trabajo del autor.

Controversias sobre la base conceptual de los cálculos que presenta Piketty oscurecen la relación r>g sobre todo en lo que se refieren a su valor como propuesta de validez general. Según lo precisa Eric Walravens, Piketty define junto con Gabriel Zucman en un trabajo anterior, “g” como el ingreso nacional que incluye ingresos de la tierra, los inmuebles, los bienes domésticos y los ingresos netos obtenidos del extranjero. Esta definición, según Walravens, es más precisa que el PIB pero es diferente pues incorpora componentes del PIB y del PNB. [4]

Piketty toma el capital como un capital patrimonial inmobiliario, o de herencia en términos de activos financieros. Es una contabilidad de activos donde el funcionamiento de la economía y por consiguiente la dinámica de las variables capital y producto no tienen otro sentido que coeficientes técnicos capital/producto. En términos de activos productivos, la ganancia es función de la inversión. No existe ningún tipo de proporcionalidad en esa relación –, a menos que se trate de un modelo estático, con un Presupuesto público y Balance externo en equilibrio donde, con un nivel de inversión se determine la ganancia y la producción.

Piketty establece el rendimiento del patrimonio capitalista, en los últimos 3 siglos por sobre 4 puntos sobre el crecimiento del producto. En el largo plazo el rendimiento del capital [r], antes de impuestos, se situaría entre 4% y 5% incluso entre 3% y 6%. En los siglos XVIII y XIX estas cifras oscilarían entre 4% y 5% y en el siglo XX entre 3% y 4%. Antes del siglo XX, señala el autor, prácticamente no había impuestos sobre el patrimonio. Plantea así mismo que los ingresos del capital en relación al Ingreso Nacional oscilan en el largo plazo entre 25% y 40%, donde el saldo, 75% y 60% respectivamente, representa la parte de los ingresos del trabajo.

Según las estadísticas del autor, el crecimiento del producto [g] en los dos últimos siglos, ha sido inferior a 1%, incluso, entre 0,2% y 0,5% antes del siglo XIX y salvo el siglo XX, período en que ha sido sensiblemente superior. El autor comenta que bastaría que los herederos ahorren una parte limitada de los ingresos del capital, por ejemplo 1%, para que el capital heredado por las generaciones venideras fuera un quinto del crecimiento del producto.

Cabe preguntarse, –el autor no lo plantea– el escenario a que debería enfrentarse la humanidad si r=g. Desde ya el hecho que “r” crezca más que “g” centra la discusión en la distribución del Ingreso Nacional entre los poseedores del capital, digamos “R”, y los poseedores de la fuerza de trabajo, “W”. Pues equiparar el crecimiento del producto observado [1%] al actual rendimiento del capital [4%], es decir, r=g, equivaldría a plantear en términos de distribución del Ingreso, W=R.

Suponiendo que el sistema capitalista actual se mantiene, y con ello la relación constante capital-producto que plantea el autor, y por tanto el rendimiento del capital de 4%, habría que plantearse el precio al cual debería lograrse tal igualdad de ingresos entre capitalistas y trabajadores. Imagino que en términos de infraestructura productiva, activos de todo tipo, materias primas, etcétera los medios necesarios serían equivalentes a varios planetas Tierra. Las condiciones tecnológicas en que se sustenta el aparato productivo, así como las actuales fuentes de energía…y sobre todo la rentabilidad del capital que señala Piketty, manteniéndose dichas condiciones, ponen un punto de interrogación acerca de la continuidad del sistema productivo actual. Quiero decir que esta reflexión nos lleva, más allá del reparto del Ingreso, a plantearnos la viabilidad material y los efectos dramáticos producidos por el modo de explotación del actual sistema capitalista y sus efectos en el calentamiento global.

Baste citar el caso de EEUU. Estudios llevados a cabo revelan una realidad preocupante de daños económicos irreversibles causados por el cambio climático y las emisiones de carbono –, una de las bases materiales del desarrollo de la revolución industrial en el curso de los siglos XVIII y XIX. Actualmente se comprueba una temperatura promedio de la superficie terrestre de 0,74 Celsius por sobre su promedio en el siglo XX. En el período 1970-1990 se calculó una baja de la productividad del país de alrededor de 1.5%. Regionalmente se comprueban bajas de la productividad de 3% en el sureste de EEUU con daños por tormentas, incendios, olas de calor con daños evaluados en miles de millones de dólares, a lo cual se suman en Nueva York, los efectos del huracán Sandy.[5] Con el alza en el nivel del mar con propiedades que quedarán físicamente bajo la superficie del agua en la costa este de EEUU, se proyectan para 2050 pérdidas entre 60 mil y 106 mil millones de dólares. De continuar el deterioro ambiental al ritmo actual, a fines del siglo las pérdidas aumentarían entre 238 mil y 507 mil millones de dólares. Por el calor extremo, en Estados del suroeste y grandes llanuras se calculan pérdidas en rendimiento medios de 50 y 70% en cultivos anuales de maíz, soya, algodón, trigo. Pérdidas que superarían las ganancias en áreas de menor temperatura. Actualmente este escenario se replica en el mundo con efecto sobre los precios de materias primas como el café, el azúcar y la soya, y repercusiones en la recuperación económica de los países desarrollados. Todo ello con efectos desestabilizadores sobre países que importan la mayor parte de sus alimentos.

La reflexión de Piketty no se encamina por esas rutas. Si crece la ganancia más que el producto significa que el producto crece en desmedro de sueldos y salarios con lo cual nos dice Piketty, y esta es su propuesta clave, que el corazón del problema es que la tasa de rendimiento del capital privado es demasiado alta y la mejor solución es en consecuencia bajar esa tasa de rendimiento. ¿Cómo? –, se plantea Piketty. Su respuesta es ¡Aumentando el salario mínimo! a lo cual agrega el incremento de la tasa impositiva del ingreso y la herencia.

Según los cálculos de Piketty la magnitud del patrimonio heredado alcanza a tales niveles que bastaría un ahorro suplementario para que dicho patrimonio creciera mucho más rápidamente que el producto. Con lo cual, al menos teóricamente, habría que enfrentar la hipótesis de capitalización de 100% de los ingresos. Se excluye de esta hipótesis las fluctuaciones del ahorro y la inversión y por tanto la tasa de acumulación del capital. Si la remuneración del capital explica la inversión, es porque en un período anterior dicho rendimiento, constituyó en parte, el ingreso de los capitalistas, y en parte los fondos de utilidad no retirados de la empresa, en total, ahorro del lado capitalista, con funciones diferentes pero que desde el lado de los ingresos, independientemente de la función que puedan cumplir estos [consumo, inversión, liquidez], justifican un nivel de demanda efectiva alcanzado a través de su mediación.[6]

III° Replantear la relación r>g nos obliga a pensar en un cambio de sistema que Piketty elude

Las cifras de Piketty demuestran que la remuneración del capital [r] crece en función directa de la inversión, y la producción [g] desciende en relación con la remuneración del capital [r].

El crecimiento de la tasa de rendimiento del capital no parece plantear dudas, pero la relación de crecimiento de la producción sí parece plantearlas. ¿Por qué el crecimiento de la inversión no se refleja en el crecimiento de la producción en los períodos estudiados por Piketty?

La fructificación de la inversión, es decir su efecto en el nivel de la producción no se realiza necesariamente en el tiempo que corresponda a un período [por ejemplo, un año] –, no es instantánea. Ello explica el cálculo de valor presente de los recursos financieros que se invierten, a la tasa de interés corriente operando en el mercado, y la cantidad de la inversión que se decide finalmente teniendo en cuenta su rendimiento. Segundo, la mayor producción no se obtiene de las ganancias sino de la inversión y esta última es financiada por el ahorro. De aquí surge la relación central entre riqueza –bajo la forma de ahorro– y la inversión. Tercero, la mayor demanda, producto del Producto Nacional Bruto, puede incluir cifras de mayor consumo, déficit presupuestal y excedente de exportaciones, procesos que no se traducen necesariamente en crecimiento de la producción.

A continuación un ejemplo necesario e importante.

Difícilmente la economía China volverá a registrar cifras de crecimiento del PNB a alrededor o a más del 10%; pues ha franqueado la etapa del mayor crecimiento en sectores dirigidos a la exportación, para orientarse hacia el mercado interno, con una mayor demanda [además de mayor sofisticación] explicada por la movilidad social de sectores de la población de clase media instalada en los grandes centros urbanos. En el presente, las tasas de crecimiento se calculan alrededor del 7%. La actividad no baja: se reorienta. Imperan nuevas demandas donde el crédito, de instituciones públicas o privadas, cubre desajustes entre inversión y producción; se ordena a los gobiernos regionales que aceleren el gasto; que cubran nuevas exigencias medio ambientales; coberturas en educación, salud, vivienda; se disminuya la cantidad de dinero en efectivo que algunos bancos deben tener como reserva; se bajan impuestos, etcétera.

La estadística tras la relación r>g no explica estos procesos de arbitraje entre el presente y el futuro lo cual explica las soluciones que Piketty ofrece al final de su obra –, por decir lo menos modestas: alza de impuestos a los ingresos del capital y al patrimonio hereditario y elevación del salario mínimo. Medidas que no impedirían, al cabo de un tiempo, la reproducción de las desigualdades del presente, ahondadas por las fluctuaciones del ciclo.

De hecho Piketty no se enreda en el funcionamiento de la economía. Da por sentado que desde que el rendimiento del capital sobrepasa significativamente el crecimiento de la economía, mecánicamente los patrimonios del pasado se recapitalizarán en un ritmo más rápido que el de la producción y los ingresos. Sus evidencias estadísticas reflejan épocas de conflictos bélicos [1914-1918; 1939-1945], así como períodos de reconstrucción [pos 1945] donde no cabe sumar, para los efectos del rendimiento del capital, activos fijos a valores del mercado financiero.
Comparativa que tiene importancia cuando se trata de analizar la importancia de la acumulación del stock de capital en el proceso de rendimiento del capital.

El autor muestra que posterior a 1970 los ingresos del capital aumentan. En el mundo anglo-americano, sus cálculos señalan que el ratio capital-producto se incrementa entre 250% y 300% del ingreso de esa época, contra 500-600% de hoy día. Lo cual refleja el carácter dominante del capital en la vida económica del presente. De allí proviene el carácter central de la relación r>g que se centra en el volumen físico del capital que proviene año tras año del ahorro-inversión.

Sin un análisis de las fluctuaciones del ahorro y la inversión en el ciclo, como lo pretende Piketty cuando nos describe la desigualdad creciente que se avecina en el siglo XXI, difícilmente podremos establecer los ingresos del capital y menos aún su proyección. Peor aún, caemos en el escenario de una teoría del crecimiento sin fin de los patrimonios. En este esquema la clase media reemplazaría a los rentistas, escenario en el cual 40% de la clase media se haría de 33% del ingreso nacional, en la lógica del sistema que vislumbra Piketty bajo el paraguas de la “recapitalización a ritmo más rápido que el crecimiento de la producción y los ingresos”. El resto, aparte de la cúspide de la pirámide de ingresos, no incluido en la lógica de Piketty, funda su movilidad en esquemas compensatorios del Estado en vivienda, salud, educación, programas asistenciales…y la deuda.

División de roles en un paraíso liberal donde la ganancia condena a los menos hábiles; los ricos y más inteligentes se hacen de la parte del león. Resultado al cual nos lleva la convicción de Piketty de una “recapitalización mecánica de los patrimonios del pasado.” Se elimina así toda lucha política y social, donde el ordenamiento de los ingresos –con desigualdades extremas– aparece reglado por la mecánica de la economía. En todo caso esta mecánica resulta menos cruel que las constataciones de Vilfredo Pareto en 1909 cuando escribía que los débiles morirán de hambre antes que su existencia lleve a la degeneración de la sociedad. Se puede –agregaba Pareto– comparar el cuerpo social al cuerpo humano que prontamente moriría si se le impidiera de eliminar las toxinas [7].

Sin embargo, la recapitalización mecánica no existe. La capitalización no es el proceso lineal que quiere ver Piketty, con su secuela de ricos permanentes fortaleciendo su riqueza patrimonial. Por el contrario, las fluctuaciones del ciclo elimina a muchos de ellos y otros deben contentarse con aumentos moderados en sus remuneraciones –, dado los montos involucrados esto último no parece tener efectos dramáticos en la riqueza de los altos ejecutivos. [8] Si se examinan los salarios de los más altos ejecutivos se comprueba que sus salarios están ligados fundamentalmente al desempeño financiero de sus firmas, donde se incluye en la remuneración total, salario, incentivos, opciones de acciones y bonificaciones. [9] Es decir bases variables, si no, aleatorias.

El debate que preconiza Piketty se sitúa al nivel de un sistema cuyas soluciones no tienen en definitiva otra expectativa que compensaciones cuyo rol social consiste en absorber la crítica fundamental al sistema y la incorporación de los trabajadores a éste mediante la Deuda [infra]. Lo cual puede parecer una caricatura de lo que la clase política chilena [entre muchas otras en el mundo] denomina como objetivo social: la inclusión. La inclusión significa políticas sociales, subsidios del Estado y la voluntad política de ampliar espacios democráticos de ejercicio del poder. Lo cual activa la movilidad social desde capas empobrecidas de la población hacia la clase media con mejores opciones de trabajo y con ello, de calidad de vida. Se crean nuevos criterios relativos al acceso a la educación, salud, vivienda, medio ambiente…y a la justicia social que los resume en su totalidad. Cuando el sistema económico no asegura estos nuevos criterios surgen métodos abreviados, más próximos del crédito o la manipulación bancaria –en definitiva la Deuda– que se sustituyen a cambios políticos y sociales necesarios. Cuando esto ocurre, como un fenómeno generalizado en el cuerpo social, es el momento de preguntarse acerca de las fallas en que hemos incurrido en nuestro proyecto de inclusión.

Dada la velocidad de los cambios en el corto plazo y las variables que intervienen, el desarrollo de los acontecimientos se aprecia claramente en el examen de la Oferta y Demanda Global de la economía. A los fenómenos de inversión y consumo se agregan los de la deuda privada o pública, o financiamientos compensatorios para aquellos que acceden a un mercado de consumo de mayor amplitud sujeto a las fluctuaciones del ciclo. Todo lo cual no implica necesariamente crecimiento, pero sí Deuda financiada mediante el desequilibrio del balance exterior [exportaciones-importaciones, i.e., X-M] o del déficit presupuestal [Gasto-Impuestos, i.e., G-T]; deuda bancaria o estatal…arbitraje entre presente y futuro en períodos de inversión-producción.

Pero ese no es el mundo de Piketty, la desigualdad de los ingresos supone que la recapitalización de los patrimonios del pasado se realizará más rápidamente que el crecimiento de la economía, con nulo crecimiento del ingreso de los trabajadores. En la hipótesis de g=1% y r=5% [en la relación r>g], como ya lo vimos más arriba [p. 4], bastaría ahorrar un quinto de los ingresos del capital para que el capital heredado de la generación precedente progresase al mismo ritmo que la economía en su conjunto. Con un ahorro superior al 1%, el patrimonio tendría tendencia a aumentar rápidamente. Es la ventaja en que nos sitúa el rendimiento del capital.

¿Tiene sentido explicar importantes desigualdades sociales sin entrar en las soluciones que ha buscado el capitalismo financiero? ¿Cómo ha resuelto el mercado en el corto plazo la inclusión dentro de la desigualdad de ingresos? Es la pregunta de millones de consumidores que viven de la Deuda.

Si en la búsqueda de una solución apostamos al crecimiento, es decir a la inversión, caemos en instrumentos del mercado que en parte administra el estado y en parte los privados. Mediante el ahorro total de la población [capitalistas y trabajadores] justificamos la inversión y lo que falta se cubre con el excedente de las exportaciones y el déficit presupuestal. Sin embargo, lo que el balance de fuente y uso de recursos no revela son las fluctuaciones del ciclo cuando las expectativas de ganancias futuras no se cumplen y las expectativas de inversión son menores debido a las menores ganancias del período anterior. De hecho, los procesos de inversión y consumo fluctúan según el ciclo por lo cual no dependen necesariamente de las ganancias que se han obtenido en el período anterior, pues pueden variar en base a acontecimientos sobrevinientes. Esto puede verse claramente en la ecuación de las ganancias formulada por M. Kalecki donde el lado izquierdo [ganancias brutas deducidas los impuestos] aparece justificado en el lado derecho con la inversión bruta, el excedente de exportaciones, el déficit presupuestal y el consumo de los capitalistas, menos el ahorro de los trabajadores.

Esa contabilidad nacional aclara los elementos que de un lado y otro sitúan los elementos que en un paso posterior explican el ahorro necesario para un nivel de inversiones [Ver infra]. Pero, no explican los procesos del capitalismo financiero durante las fluctuaciones del ciclo. Sin esa problemática las arremetidas de Piketty contra la injusticia, en el largo período en estudio [1740-2014], no quedan sino en eso. [10]

En presencia de salarios bajos la estrategia anti cíclica apostará, a partir de la tasa de interés de corto plazo, restablecer el crédito, es decir la deuda, para reactivar las transacciones del mercado. Si M, es cantidad de dinero; T, transacciones; V, velocidad del dinero; ri la tasa de interés de corto plazo; la función del dinero en la coyuntura se expresará por T/M = V[ri]. Lo que significa que dada la función de velocidad del dinero [V], la tasa de interés a corto plazo, ri estará determinada por el valor de las transacciones, T, y la oferta de dinero, M, que determina la política bancaria de corto plazo. [11] Es así como se logra, a una inversión dada, un nivel de ingreso y empleo, es decir un nivel de demanda efectiva. Salarios [W] compatibles a ese nivel se obtendrán agregándoles la deuda [W + Deuda], e incluyendo, de esa manera, la población al mercado mediante el crédito y el dinero plástico.

La tasa de interés del mercado resuelve el financiamiento del lado de las empresas, puesto que se trata de una variable financiera que varía en relación al valor de activos físicos de capital y desde la cual se calcula la utilidad de dichos activos. En el caso del capital financiero la tasa de interés real es una variable financiera que varía en relación al valor de activos de capital financiero.

Hasta aquí los impuestos que propone Piketty no son sino un acompañamiento que capitalistas y comerciantes tienen en cuenta e incorporan en la administración de la deuda cuando se deciden las tasas de interés que gobiernan su monto. Según lo ya explicado, si se aprobaran tales impuestos, lo más probable es que éstos sean recuperados según los mecanismos de la deuda. Todo ello sin mencionar la evasión y la elusión tributaria, tema recurrente en las economías sean estas avanzadas, emergentes o subdesarrolladas.

La deuda como parte del equilibrio social entre capitalistas y trabajadores juega un papel que desestima Piketty. Es la cuestión central al problema del poder y que abordaremos en el párrafo siguiente.

IV° De los ingresos de la propiedad capitalista y el papel de los trabajadores en la reproducción del capitalismo financiero

De los ingresos y Deuda de sectores surge la relación entre sectores de la economía, relación donde las ganancias de un sector se explican por los ingresos de otros. En primera aproximación el análisis de los grandes agregados de la macro economía permiten ver los efectos de los ingresos de la propiedad.

Partamos con los agregados macroeconómicos. A partir de la propiedad del capital inmobiliario y activos de capital, actual o heredado, Piketty calcula un ingreso de la propiedad, bajo la forma de ganancia, renta o interés. Sin embargo, falta algo en la explicación. No basta constatar la importancia del capital patrimonial, sus titulares y su evolución estadística, si no se dilucida el efecto de los ingresos de la propiedad en el ahorro. ¿Cuál es el sentido de la riqueza, y del ahorro que esta devenga, en la inversión durante el ciclo de corto plazo? ¿Qué sucede si el ahorro interno no es igual a la inversión? Allí, en ausencia de ahorro, surgen los interrogantes.
¿Deberemos remitirnos a la deuda interna, o internacional; a la circulación de dinero entre las economías avanzadas y emergentes; [12] al ahorro forzoso de los trabajadores [fondos de pensiones]; al uso de externalidades positivas [o fallas de mercado]; a nuevas formas de realización del excedente [a la Baran]; a nuevas técnicas de intermediación bancaria…?

En globalización los flujos de capitales juegan un rol subsidiario fundamental en la viabilidad del sistema capitalista financiero. Es decir, subsidiario al gran proyecto político de las clases dominantes cuya objetivo final es el de involucrar al conjunto de la sociedad en el financiamiento del sistema. Analizaremos a continuación dicho proyecto, para en el párrafo siguiente abordar la relación de los mercados financieros globales en el gran proyecto de las clases dominantes.

El gran proyecto de financiamiento que desarrollan las clases dominantes en las economías no es una problemática que se aborde en el esquema de Piketty. Pues las proyecciones de sus estadísticas proporcionan sólo resultados anuales [Ver crítica supra]. Piketty deja al lector resolver el proceso de ecualización del ahorro con la inversión. No es su problema y ello plantea la duda sobre la relación central de su texto: la desigualdad en la distribución de los ingresos, cuando ella surge precisamente de las ganancias del capital. Tema abordado en el curso de los ‘30 por Michael Kalecki y la Escuela de Cambridge en los ‘60 del siglo pasado [13].

Dicho razonamiento puede resumirse de la manera siguiente. Cuando la inversión produce un alza de precios en relación al salario y con ello un exceso de demanda efectiva y por consiguiente un alza en los márgenes de ganancia, tendremos el ahorro disponible y de esa manera la ecualización del ahorro con la inversión. Con lo cual la distribución del ingreso entre tasa de salarios y tasa de ganancias, aparece influenciada por la tasa de inversión a través del nivel de precios. Como la posibilidad de ahorro de los capitalistas [o su posibilidad de administración y manejo del ahorro forzoso de los trabajadores, o de la intermediación bancaria, o instituciones financieras en la administración de la deuda] es superior a la de los trabajadores, la ecualización de ahorro e inversión podrá realizarse. Esa es la lógica tras el crecimiento del Producto. Sin explicar la lógica de relaciones entre el ahorro, la inversión, la ganancia y el nivel de precios, no se entiende la participación de los trabajadores en el funcionamiento y reproducción del capitalismo financiero. Proceso que no resuelven las cifras que presenta Piketty en la relación r>g.

En un esquema de relaciones entre 3 sectores de la economía, o departamentos, M. Kalecki aclara la teoría de las ganancias en la distribución de los salarios. Con lo cual nos da una indicación acerca de la lógica de un sistema que basa precisamente su continuidad y desarrollo en la participación “acordada”, bien o mal, con aquellos que poseen la fuerza de trabajo pero no los medios financieros para administrar la Deuda.[14]

El esquema parte del proceso de desajuste entre inversión y ahorro, con las variables de inversión, ganancia e ingresos y nivel de precios. Los 3 sectores de producción o departamentos son los siguientes: un sector de la economía dedicada a la producción de bienes de capital [I], otro, orientado al consumo de altos ingresos [II], y otro al consumo de trabajadores o población de medianos y bajos ingresos [III].

El caso es argumentado por Kalecki en los términos siguientes. Si la mala distribución de ingresos del lado de los trabajadores limita su capacidad de consumo a la producción de dichos bienes, cualquier aumento de inversión del lado de los capitalistas causará un aumento de precios de dichos bienes, lo cual elevará las ganancias en el sector de bienes de consumo para los trabajadores [departamento III de la economía]; beneficiará los salarios en el sector de producción de bienes de inversión [departamento I] y de bienes de consumo para los capitalistas [departamento II]. La tasa real de salarios descenderá reflejando el hecho que el aumento del importe total de los salarios encuentra una oferta invariable de bienes de consumo. Digamos que Kalecki basa su argumento en el supuesto de una oferta elástica.

En síntesis el alza de precios, en relación al salario, determinada por el crecimiento de la inversión llevará a un exceso de la demanda efectiva y por consiguiente al alza de los márgenes de ganancia. Con lo cual aumentará el ahorro disponible y por esa vía se ecualizará el ahorro con la inversión. Inversión que se efectúa según la relación que existe con el stock de capital. 30 años después, en los ‘60, la Escuela de Cambridge retomará la solución de la ecualización de ahorro e inversión dada por Kalecki.
Kalecki sintetiza la relación entre los 3 departamentos de la economía. “La producción de los departamentos I y II también determinará la del departamento III si se conoce la distribución entre ganancias y salarios en todos los departamentos. La producción del departamento III se llevará hasta el punto donde las ganancias obtenidas de esa producción serán iguales a los salarios de los departamentos I y II. Para expresarlo de otra manera, el empleo y la producción del departamento III se llevarán hasta un punto donde el excedente de esta producción sobre lo que los trabajadores de este departamento compran con sus salarios, sea igual a los salarios del departamento I y II”.[15]

Los desajustes entre el ahorro y la inversión surgen de la organización de la producción, en monopolios, oligopolios, carteles, grandes corporaciones…etc., cuando se realiza el producto en el mercado. En la teoría de Kalecki estos son los “factores de distribución” de la economía.[16] Factores de distribución del ingreso y por tanto del consumo de los trabajadores, la producción y el empleo nacionales. Es la solución del sistema donde la realización del producto está determinada por la suma de la inversión y el consumo de los capitalistas. Las modalidades de realización en el mercado, abarcan las externalidades positivas, y la obtención de recursos compensatorios al ingreso propios de la economía capitalista actualmente en crisis. Es un marco de interpretación no sólo de las desigualdades sino además de factores centrales de cualquier transición hacia otro sistema.[17]

A partir de la segunda mitad del siglo XX se activa el trabajo sobre los factores de distribución, inquietud que recientemente puede verse en el trabajo de Saez y Zucman en EEUU.[18] En su trabajo ven las desigualdades como un atentado a la democracia. Subrayan que los Okupa[19] fallan al identificar el enemigo pues los verdaderos culpables de la desigualdad de ingresos no es el 1% al cual culpan sino un grupo más pequeño de un 10% de ese 1%, i.e., los top 0.01% quienes han recibido la mayor parte de los ingresos en estos últimos 30 años. Lo cual, piensan, al igual que Piketty, que es una situación que puede repetirse en el siglo XXI, con estándares de desigualdad media alta [‘medium’ inequality] más equivalentes al siglo XIX, que a la desigualdad media [‘medium’ inequality] de la pos guerra mundial II.

¿Intenta Piketty expropiar a los ricos? La situación descrita por las organizaciones internacionales dedicadas al recuento de los ricos es clara. Oxfam presentó en el World Economic Forum [enero, 2014] un informe en que revelaba que los 85 individuos más ricos del mundo poseían valores equivalentes al poseído por la mitad más pobre de la población del mundo, es decir 3500 millones de individuos [incluyendo niños]. Según las cifras ambos grupos poseen US$ 1.7 billones [millones de millones]. Esto es 20 mil millones de dólares si Usted pertenece al primer grupo y 486 dólares si perteneces al segundo![20]

V° De cómo el riesgo especulativo se instala en el siglo XXI de la globalización

A fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI se estimó que los desajustes de la relación capital-producto en la economía privada y en el marco de una balanza de pagos equilibrada podían resolverse, en un ambiente de globalización del mercado de capitales. La obra de Piketty no arroja luces sobre la evolución de dicha relación. Lo que observamos en cambio es la erosión del principio que sustenta la globalización financiera a saber, fondos financieros cuando existen fundadas expectativas de crecimiento de la economía. En su lugar predomina un sistema sustentado en la Deuda [emisiones de deuda dependiente de la liquidez sustentada por los bancos centrales] que vive entre el financiamiento y los malos resultados –, en un ambiente pletórico de apuestas sobre el futuro.

[El alivio monetario norteamericano [Quantitive Easing, QE, 85 mil millones de dólares mensuales en régimen –, actualmente 50 mil millones. Se espera que la FED termine el programa de la QE con 15 mil millones de dólares en octubre 2014], eficazmente auxiliado por la impresora de billetes de la FED ilustra claramente el principio de la palanca monetaria y sus efectos desestabilizadores en la economía mundial].

El período de las dos guerras mundiales del siglo XX y la reconstrucción significó inversiones masivas dirigidas por el Estado en sectores con necesidades de capital. Hoy, procesos de innovaciones, nuevos horizontes de la investigación, búsqueda de materias primas, desafíos en la búsqueda de fuentes de energía, cambios climáticos por el efecto invernadero, muestran la lógica exponencial de las inversiones que dichas situaciones debieran producir en la decisión de los gobiernos. Sin embargo, las urgencias creadas por la desestabilización del sistema se trasladan a la administración de la Deuda. Con la titularización y creación de productos derivados, con un riesgo transferido a otros se crearon fluctuaciones que ponen en riesgo el desarrollo de la economía real. En el pensamiento económico oficial los Factores de Distribución pesaron en el siglo XX como preocupación fundamental en la justicia social. En la segunda mitad del siglo pasado y en lo que va del siglo XXI, lo fundamental fue la Deuda, lo cual posibilita que cambios en la distribución de los ingresos sea neutralizado a través de mecanismos de intermediación bancaria, deuda, hipotecas, derivados, modificación de tasas cambiarias y manejo de tasas de interés.

La administración de la Deuda basada en el manejo de la tasa de interés determina el valor de los activos financieros, creando rentabilidades registradas en la relación r>g de Piketty… Es la realidad del capital ficticio de la cual escribía Marx.[21] Se desarticula así la formación de las ganancias con sus procesos de inversión y consumo, que en el período corto, corresponde a decisiones que se toman como reacción a factores que suceden en el pasado inmediato. De hecho, los procesos de inversión y consumo fluctúan según el ciclo por lo cual no dependen necesariamente de las ganancias que se han obtenido en el período anterior, pues pueden variar en base a acontecimientos sobrevinientes. Los Factores de Distribución así como los procesos reactivos de la Deuda en su fuerza cinética no aparecen como elementos de explicación en los capítulos de desigualdad de ingresos. No basta entender –como lo hace Piketty– el New Deal rooseveliano, como poder reactivador del Estado de la inversión y el gasto. En las dos décadas de la posguerra aparecerán los gérmenes de la globalización que Kennedy habrá detectado cuando instaura el impuesto IET [1963] que busca fijar un precio al flujo de capitales norteamericanos que se escapa hacia Europa.

El movimiento de capitales a nivel internacional demuestra que las interpretaciones del FMI y de los banqueros centrales van en dirección contraria a la realidad. En el siglo pasado se popularizó la idea que una ampliación del mercado interno creaba las condiciones para incrementar el ahorro al interior de las empresas. Es decir que la relación capital-producto podía ser mantenida mediante la oferta monetaria. De allí surge, a mediados de los ‘70s la teoría monetaria de la balanza de pagos del FMI, donde el superávit en cuenta corriente justifica el crédito interno, es decir la ampliación de la demanda en el mercado interno. Este ejercicio mecánicamente aplicado explica las acciones presididas y estimuladas por los Bancos Centrales y posteriormente en los años 2008, 2009 y siguientes de la crisis en las economías desarrolladas.

Las sucesivas crisis de los ‘90s y del siglo XXI demuestran que la Deuda globalizada predomina como fundamento privilegiado del crédito interno…en economías estimuladas con importantes emisiones de deuda. Eso conlleva capitales de portafolio invertidos en compra de acciones y bonos de mercados emergentes. A comienzos de 2014 esos fondos por valor de casi US$ 60 mil millones salieron de países considerados como vulnerables, esencialmente países emergentes. Hoy, retornan a esas mismas economías…cuando es escasa la rentabilidad de los bonos en EEUU, Europa y Japón. Los países considerados ayer como vulnerables, hoy resurgen en el interés de los inversionistas. Brasil y Sudáfrica, economías con endeudamientos importantes hoy parecen promisorios para los inversionistas, con índices bursátiles aceptables; en India la elección del primer ministro Narendra Modi, del Bharatiya Janata Party, partido nacionalista hindú, genera expectativas y crea sustentabilidad al punto que el mercado considere aceptable posiciones de bonos, así como en China en moneda local; en Indonesia y Turquía hoy resurgen cuando en un pasado muy reciente pasaban por importantes tensiones políticas e índices bursátiles a la baja.

En este cambio de escenarios. El real brasileño perdió 1%, pero los bonos denominados en real subieron 3%. Los bonos turcos denominados en liras ganaron 2% pero esa moneda cayó más de 2%. Según datos proporcionados por EPFR Global [julio 2014] se inyectaron 4900 millones de dólares en moneda local de economías emergentes [entre abril y junio de 2014] los cuales compensan en parte los 5500 millones de dólares que salieron de esas plazas entre enero y marzo de este año. Nótese que estos 4900 millones de dólares casi igualan a la deuda en dólares, euros y yenes por 5400 millones de dólares.

La situación de rentabilidades financieras con situación de riesgo, demuestra que la realidad de la remuneración “r”, que nos presenta Piketty, poco tiene que ver con la visión patrimonial de la riqueza y bastante más con el riesgo especulativo de los componentes del mercado de capital –, recuérdese el riesgo de la deuda subprime, donde los precios de las hipotecas alcanzaron valores superiores al valor mismo de la propiedad. Es la activación de la titularización con la creación de productos derivados. El riesgo se transfirió a otros. La noción de los montos negociados revela elementos que relacionan el pasado con el futuro, [es decir dinero], mediante valores del mercado, tanto en su realidad de precios como de expectativas de ganancia.

La lógica del ahorro-inversión subsiste representada por el desequilibrio del sector externo bajo la forma del excedente de exportaciones, y el déficit presupuestal en la ecuación de las ganancias brutas; también el ahorro forzoso de los trabajadores bajo su forma más importante en la economía moderna a saber, el ahorro forzoso representado en los Fondos de Pensiones de la seguridad social. El riesgo se transfiere a través la titularización de la Deuda [supra].

Reflexión final: Bienes públicos e impuestos y salario mínimo à la Piketty en el siglo XXI

El gran mérito de Thomas Piketty ha sido de mostrar a través de cifras del Ingreso Nacional la desigualdad [que provoca el sistema capitalista] en el reparto de los ingresos como resultado de la relación entre el rendimiento del capital y el crecimiento de la economía.[22] Sin embargo, Piketty no ve en este análisis el carácter fundamental de las externalidades, la Deuda y los efectos de las fluctuaciones del ciclo del corto plazo en el reparto del Ingreso.

La importancia de la administración de la Deuda en el siglo 21 obliga a asumir los títulos de deuda como parte del flujo de rendimiento del capital concebido, no como riqueza patrimonial à la Piketty sino como fuente de poder capaz de activar en su favor el déficit presupuestario, el excedente de exportaciones y las externalidades positivas y negativas creadas por el crecimiento de la actividad económica.

El resultado de estas operaciones, a favor de las clases dominantes, no se revierte con el pago de mayores impuestos [lo cual lleva necesariamente a un menor déficit presupuestal] o el alza del salario mínimo pues, situado el problema en el ámbito del poder el sistema se defiende mediante la organización de los mercados [monopolios, oligopolios…], los bancos, el manejo de los precios, en fin los llamados Factores de Distribución [supra]; totalidad que determina el presupuesto público, el comercio exterior y los títulos de deuda como parte fundamental de la administración del sistema y de las fluctuaciones del ciclo en el período corto. Es decir, el sistema se defiende y recrea sus propias defensas, con lo cual el mayor gasto, los programas sociales y las reformas estructurales del Estado son recuperados.

El rendimiento del capital [en la relación r>g que nos
presenta Piketty] categoría central del reparto del Ingreso proviene de la inversión que lo genera. La pregunta adecuada –aún antes de la distribución del ingreso– es, qué es lo que determina la inversión. La inversión genera el ahorro necesario para financiarla y las ganancias como lo vimos anteriormente [página 3, supra] equivalen al consumo y la inversión de los capitalistas.[23] De manera que la ecuación del crecimiento de Harrod-Domar [trabajada por el autor] necesita de ciertas precisiones que Piketty no hace. [a] a la igualdad entre Inversión y Ahorro debe agregarse el excedente de exportaciones y el déficit presupuestal. Cuando se transfiere parte del Ingreso a trabajadores, o se incurre en alguna inversión presupuestal, se habrá explicado la parte que eventualmente, vía impuestos a capitalistas, podrá ir a consumo de trabajadores o inversión presupuestal.

Del consumo capitalista se deducirá el efecto de las externalidades positivas [realizadas por el capitalista en el mercado] y las externalidades negativas que falsean el cálculo de los costos de la explotación, incidiendo positivamente en la ganancia del capitalista. Agregados a la inversión los efectos del déficit presupuestal, el excedente de exportaciones y las externalidades en sus dos versiones deberá considerarse además, [b] los efectos del ciclo causados por las fluctuaciones en los aportes de capital financiero. Tales fluctuaciones se reflejan en la oferta de reservas líquidas de las empresas; bonos, créditos de los bancos y la negociación de títulos de la Deuda en el mercado de capitales, etcétera

En la investigación de Piketty sobre la distribución de los ingresos y la renta no veo el tratamiento de los puntos [a] y [b] consustanciales al boom y la recesión. Sin embargo, el autor considera correctamente, como causas importantes en la capitalización y la distribución de los ingresos los efectos de los períodos de guerra [mundial I y II del siglo XX] y reconstrucción.

Existen otros elementos propios del funcionamiento del mercado que Piketty no menciona explícitamente y que se reflejan en la realidad de los precios de mercado y sus efectos en las desigualdades de ingreso de la población. Dichos elementos se resumen en la Deuda que alcanza al grueso de la población, léase crédito bancario [de consumo, hipotecas en operaciones inmobiliarias] y administración del dinero plástico. En seguida aparece una diversidad de títulos de la deuda negociados en el mercado de capitales.[24] Ninguno de estos elementos tiene el carácter de una riqueza patrimonial con base hereditaria, por tanto histórica, que Piketty menciona como causa central de las desigualdades de ingreso con proyección hacia el futuro.

El autor identifica dos variables del crecimiento de esta riqueza: [i] el rendimiento de los activos de capital superiores al crecimiento de la economía y por tanto favorece el crecimiento del patrimonio de los ricos y el crecimiento de las desigualdades; [ii] la acumulación del patrimonio es proporcional a la duración de vida y al impuesto a la sucesión en vigor al momento del deceso del causante. Piketty estima el flujo anual de herencias en un 15% del Ingreso anual en Francia [estimación realizada el 2013]; y cree sorprendente que un hecho de tal magnitud no sea noticia en los diarios o comentado en los manuales. La volatilidad de los activos en la crisis y la existencia misma de sus poseedores [ver párrafo IV, supra] pone un punto de interrogación sobre el alcance de la sucesión como causa de las desigualdades de ingreso en las economías avanzadas.

En este recuento de proyecciones hacia el siglo XXI es preciso mencionar –no ocupa mayor espacio en el trabajo de Piketty– el endeudamiento masivo del gobierno norteamericano, basado en la impresión del billete dólar, lo cual pone en riesgo sus acreencias y con ello el comercio mundial. La Deuda en los negocios y su colocación en el mercado de capitales, es un factor importante en el rendimiento del capital. Sin embargo, las operaciones de Deuda constituyen un factor desestabilizante, véase la crisis subprime; la volatilidad del rendimiento del capital, con sus consecuencias en el endeudamiento, es alentado por el carácter fiduciario del patrón-dólar. En la época del patrón oro, con la relación oro-dinero la intermediación bancaria y financiera se regía por reglas fijas de paridad monetaria. El elemento cambiario se refleja en las cifras que justifican la tasa “r” de Piketty y lo que es peor el carácter global de las desigualdades que se avizoran en el comportamiento de la economía en el siglo 21. Elemento no menor si se tiene en cuenta los 827 millones que en el mundo no tienen lo suficiente para comer y de los cuales 552 millones viven en Asia y Oceanía [cifras del WFP para 2013].

Dadas las situaciones mencionadas, efecto directo de la lógica de funcionamiento del sistema, las soluciones de Piketty resultan intrascendentes en la lucha contra las desigualdades del ingreso en el siglo XXI. Mayores impuestos a los ingresos del capital y al patrimonio que se hereda y un alza del salario mínimo ignoran la situación de poder que existe tras las desigualdades sociales y constituyen propuestas episódicas sin mayor proyección cuando se abordan las desigualdades de ingreso. Esto equivale a presentar el crédito, o la Deuda como respuesta a la desigualdad de ingresos [argumento mencionado más arriba en párrafo III], que el sistema capitalista, cuando se trata de resolver problemas de demanda presenta como solución clave en sus programas de “inclusión social” sin que el sistema de mercado sea tocado. Así, se concibe la demanda de la población al interior del mercado, vía deuda, sin que intervenga la distribución del ingreso. A lo cual se suma el carácter subsidiario de los flujos financieros internacionales.

La riqueza, o patrimonio financiero, está constituido por apuestas sobre las ganancias y los riesgos de mercado, pero también pérdidas relativas a activos fijos representados por dichos valores, en la situación de guerras, catástrofes…El pago, por externalidades positivas –léase por ejemplo, impuesto al combustible, pago del agua del altiplano en el caso de compañías mineras operando en el norte de Chile, etcétera– o externalidades negativas por daños al medio ambiente [contaminación de napas freáticas, desplazamiento de poblaciones…], constituye parte del costo pues incide en el rendimiento del capital.

En un mundo global las apuestas sobre el futuro son cada vez más complejas y alcanzan a un mayor número de inversionistas [apostadores] en sumas cada vez más importantes, de manera que se esperan mayores rendimientos para un mayor número de personas, en riesgos que incluyen un mayor número de variables a saber, geopolíticas, tecnológicas, nuevas materias primas, disponibilidad de nuevas fuentes de energía… Para estos escenarios de capitalización compleja del siglo XXI se ha privilegiado la liquidez como política monetaria en la zona Euro y la FED de EEUU con el Quantitive Easing. Un incremento en la oferta monetaria con efecto en la compra de bonos a través del sector bancario, puede cambiar un parámetro del riesgo a saber, la cantidad de titulares de bonos en el mercado. Se actúa así sobre la ganancia esperada y la minimización del riesgo.[25] Como hemos visto la interconectividad de los mercados financieros globales genera riesgos, por lo cual se explica que las economías emergentes hagan valer la importancia de los flujos financieros internacionales para el financiamiento de sus inversiones. Es la tesis que sustentaron en la reciente 5ª conferencia anual en el mes de julio del Comité de Reinversión de Bretton Woods [en Lima]. Surgió además la demanda hacia los organismos internacionales de ejercer un rol de prestamista de última instancia. La limitante central es que dichos organismos están financiados por las mismas economías avanzadas actualmente en problemas. El non dit de las economías emergentes pos Bretton Woods es asegurar la venta de deuda para así financiar sus reservas internacionales y asegurar sus inversiones. En definitiva el negocio de la Deuda consiste en conocer el grado de credibilidad entre los actores en juego. Comentarios de prensa expresan que si Venezuela deseara colocar deuda tendría que ofrecer un 14%. Sudáfrica paga una tasa de interés de 7,9 % por sus bonos de referencia a 10 años. Los bonos turcos ofrecen rendimientos de 8,7%. Sin embargo, en ambos países se ofrecen bonos en dólares por tasas de 4,5% y 4,6% respectivamente.

El riesgo en negocios complejos concierne a cada vez mayor número de personas e instituciones entre operadores, gobiernos, intermediarios bancarios. Se construyen así canastas de valores –con derivados y garantías para las operaciones de derivados– inversiones financiadas con ahorro forzoso de los sistemas de pensiones…Al número de actores en juego [parámetro central] y cantidad de recursos involucrados debe agregarse todavía otro parámetro a saber, la relación capital-producto. El rendimiento del capital en el siglo XXI se completa así con la combinación de situaciones positivas y negativas.[26]

En definitiva el escenario sociológico en que se mueve Piketty a través de un Producto que crece, donde el resultado es el crecimiento de “r”, es impredecible pues no es el cambio de parámetros presentados –ganancias, riesgos, número de inversionistas y en definitiva “r” – el que va determinar mayores beneficios a una clase dominante situada en tramos de ingreso varias veces superior al resto de la población.

La tasa de crecimiento “g” no aborda el tema de la distribución pues si aumenta el ingreso, dada la distribución actual de gran desigualdad, la situación favorecerá al número actual de ricos. En el caso de los seguros citado por B. Mandelbrot, las mayores indemnizaciones beneficiarán al número de ricos capaz de negociar y pagar la prima de un seguro. En ese caso la apuesta es alta porque sus altos ingresos lo posibilitan. El dinero atrae al dinero…“a quien tiene se le dará.” No hay trabajadores que puedan apostar a una indemnización de seguros alta. No poseen cuentas bancarias, acciones, títulos de deuda, inmuebles, pinturas, antigüedades, etc…Sin nada que perder los explotados no poseen sino sus cadenas [Marx].

La relación capital-producto, a la base de “r” no es constante, es flujo, cambia y conjuntamente con ese cambio, cambia el ahorro [sube o baja] y el ahorro determina la inversión [Cf. párrafo II, supra]. Ese conjunto de relaciones se desarrolla como parte del proceso de crecimiento del Producto. Pero resta resolver el problema de una mejor distribución del ingreso: es la norma del salario mínimo que Piketty propone. Es decir una norma de remuneración-trabajo a la cual debiera agregarse una norma de ganancia-capital.

Sin embargo, ello supone nuevos Factores de Distribución del Ingreso, [tema que no abordan los impuestos sobre las ganancias y la herencia de Piketty], lo cual supone nuevas relaciones de producción, nueva institucionalidad y de organización de la economía: área de propiedad social; economía de bienes públicos; fin del poder de monopolios y oligopolios; nuevas relaciones del campo y la ciudad…En ese contexto de nuevos Factores de Distribución de la economía se consideran los flujos de riqueza en su carácter de capitalización, pérdida o destrucción. La relación capital-producto no es stock sino flujo por cuanto el capital y las variables que influyen en su construcción y crecimiento del Producto deben renovarse. Es el caso de la infraestructura;[27] deben tomarse en cuenta las externalidades positivas y negativas. En conclusión, inversión y ahorro se renuevan en el curso del tiempo. El Producto crece como resultado de una cantidad de inversión y de ahorro que se renueva en el curso del tiempo, pero no se trata sólo de activos fijos sino como parte central de la innovación y desarrollo está el proceso de acrecentar el patrimonio cultural y científico.

Esta evolución no la veo posible sino dentro de la búsqueda de menos desigualdad con un valor trabajo reflejado en nuevas relaciones de precio, producto de la valorización de las externalidades. Proceso ligado al desarrollo de las fuerzas productivas y por ese canal a nuevos modos de producción.

¿Cómo es posible concebir tales transformaciones?

En la sociedad pos industrial se privilegia el rol subsidiario del Estado en la economía. Lo cual significa entregar la economía al mercado y dejar al Estado en su función de reparador de daños. En un ambiente donde el desarrollo de la ciencia implica reconocer su función humanista, es decir universal, siendo el desarrollo de la educación un desafío fundamental y lógico, la condición de existencia del Estado son las identidades colectivas y ciudadanas definidas por el mismo.

Serán dichas identidades las que conducirán al control de las externalidades en un nuevo sistema económico, donde en la relación Estado-colectividades se definirán los criterios de existencia y administración de aquellas. Es la tarea del siglo XXI.

Los bienes públicos constituyen un reflejo de necesidades centrales a saber, educación, salud, vivienda social, medio ambiente, pensiones, previsión social… Durante el siglo XX tales bienes se incorporaron en las economías avanzadas como función del Estado, participando en su oferta y administración. El New Deal rooseveliano sobrevivió la posguerra por algunas décadas, siendo reemplazado en la doctrina y la práctica, a fines del siglo XX, por el supply economics de Reagan y Thatcher. En ese modelo de sociedad no tiene cabida la ciudadanía como base de una economía que busca la legitimación del dominio social. El modelo privatizador establece las normas bajo las cuales se realiza la capitalización de los grupos económicos, entre ellas la regulación de las concesiones y el ensanchamiento del mercado mediante la Deuda. Eso requiere de consensos políticos, negociaciones entre los actores sociales pues se trata de un proyecto de poder.

La experiencia mundial señala que la transición hacia un nuevo modelo de sociedad no es sencilla; a veces resulta traumática y muchas veces es traicionada. Los grupos económicos no están en contra de los Bienes Públicos. Su postulación es otra. Buscan obtener una rentabilidad de su compraventa o administración. En fin reducirlos a un objeto de mercado. Tradicionalmente esto se ha logrado, tratándolos como externalidades a cargo del Estado, financiándolos mediante el presupuesto nacional –, léase déficit presupuestal si fuere necesario. Las aplicaciones de esta metodología son múltiples y abarcan terrenos tan diversos como la explotación de yacimientos mineros donde el Estado les proporciona el agua en desmedro del consumo humano y el medio ambiente; salmoneras que destruyen el medio ambiente y propagan virus afectando la riqueza ictiológica de las zonas donde se instalan; cárceles privadas; hogares de ancianos; jardines infantiles de estándares dudosos, etcéteras.

De allí las carencias, pues nunca el presupuesto público es suficiente, pero aún en ese caso los mecanismos de la Deuda asegurarán los márgenes de ganancias que el sistema consagra. Siempre existirá la salud, la educación, la vivienda, etcétera, financiada de manera privada y al contado. De hecho en una transición hacia una economía social se respetará su existencia. En la transición los objetivos del cambio deben quedar claros desde un comienzo. El mayor peligro consiste en fijar como un área donde los Bienes Públicos son concesionados a Grupos privados bajo los mismos criterios de un negocio de venta de autos, propiedades o artículos para el hogar, etcétera, puesto que con toda lógica, la ciudadanía asumirá que se ha negociado a sus espaldas.

Dejar en manos de la ciudadanía –las identidades colectivas de ciudadanos que mencionamos más arriba– las propuestas de los Bienes Públicos es el primer paso para la vigencia de los Factores de Distribución del Ingreso de una economía social. Por eso, la formación de un Área de Propiedad Social va en la dirección de administrar y desarrollar los Bienes Públicos y con ello las relaciones sociales que la regirán. Se llegará así a la legitimación del dominio social.

Pienso que echar las bases de esa nueva economía, socialmente concebida, representa el desafío del siglo XXI.

Santiago, 28 de julio 2014

* Héctor Vega es Doctor de Estado en Ciencias Económicas de la Universidad Aix-Marseille [Francia]; Doctor de Tercer Ciclo en Ciencias Sociales del Desarrollo de l’EHESS de la Universidad de París y Abogado de la Universidad de Chile. Consultor Internacional [DTCD –PNUD; FAO, OIT, UNCTAD, Gobierno Suizo].

NOTAS

[1] El término Ingresos de la Propiedad fue acuñado y utilizado por a Joseph D. Phillips, como colaborador de Paul A. Baran y Paul M. Sweezy quienes le solicitaron realizara el cálculo del Excedente Económico Real de la economía de los EEUU en la década de los ‘60. Véase Monopoly Capital. An essay on the American Economic and Social Order. Penguin Books. 1968. Cf. Appendix by J. D. Phillips. Estimating the economic surplus, p. 355].

[2] El proyecto Pascua Lama se desarrolla simultáneamente en los territorios de Argentina, Provincia de San Juan y Chile, en la Región de Atacama [IIIa], Provincia de Huasco. El proyecto Pacto-Junin se sitúa en la región de El Intag, Ecuador. Ambos proyectos han sido rechazados por las comunidades por el impacto que genera la megaminería en la salud, el medio ambiente y el desarrollo de las economías. La minera Barrick Gold con sede en Toronto, Canadá está involucrada en Pascua Lama. En el Intag interviene la Minera Codelco y Enami, ambas del Estado de Chile.

[3] En el estudio realizado, para la región de El Intag se hace una evaluación del valor del capital natural [Yo subrayo –HV]. La lógica del razonamiento es el siguiente. Cito. “Una forma de determinar el valor económico es estimar el valor de los activos del capital natural que provee este flujo anual de valor. Esto es como comparar pagos de hipoteca [flujo de valor] al valor de mercado de la vivienda [valor de los activos]. El valor de un activo puede estimarse a partir del flujo de beneficios que proporciona. Si el capital natural de la zona de Intag se tratara como un bien económico, el valor de los activos de los sistemas naturales sería un promedio de USD $15.5 mil millones a una tasa de descuento del 3% que reconoce el carácter renovable de los servicios de los ecosistemas, y que habrá gente en el futuro se beneficien de ellos”. Cf. Kocian, M., Batker, D., Harrison-Cox, J. “Estudio ecológico de la región de Intag, Ecuador: Impactos ambientales y recompensas potenciales de la minería”. Earth Economics, Tacoma, WA, Estados Unidos. 2011.

[4] En el artículo: Capital is Back: Wealth-Income Ratios in Rich Countries 1700-2010: Noted, Thomas Piketty y Gabriel Zucman, previo a El Capital en el siglo XXI, Piketty precisa “g” como el ingreso nacional según se expone en el texto principal. Ver crítica de Eric Walraven [octubre 2013]: http://blogs.mediapart.fr/blog/eric-walravens/221013/le-capital-au-xxie-siecle-de-thomas-piketty-une-formidable-boite-outils-pour-penser-les-inegalités. Según el autor las consecuencias de la confusión entre Ingreso Nacional, PIB y PNB en el período 1975-2010 sería que el rendimiento del capital “r”, para Francia sería de 6,23%, y 7% para Alemania. “g”, sería el PIB y no el Ingreso Nacional como lo presenta el autor. En cuanto al PIB, en el período citado, la cifra para Francia es de 2%. La crítica a las cifras presentadas por Piketty señala que en el Ingreso Nacional se incluyen las riquezas que provienen del extranjero [ingresos netos provenientes del extranjero]. Si en lugar de comparar con el PIB Piketty hubiese comparado con el Ingreso Nacional, en el mismo período, se habría llegado a cifras diferentes para el mismo período: “r” habría sido inferior al crecimiento de “g” en Francia: r=5,95% y g=6,27%, cifras casi equivalentes al Reino Unido r=5,75% y g=5,13%; para Alemania “r” sería muy superior a “g”: r=7,62% y g=3,30%. En nuestra opinión en su definición más corriente y general del Ingreso Nacional es el valor neto de los bienes y servicios producidos por un país en un período determinado. Ese concepto elimina el consumo intermedio que aparece en las diversas etapas del proceso productivo, dejando sólo el valor original y el valor agregado por la producción. Se mide así el valor de los bienes y servicios terminados, eliminando de este valor las materias primas y otros materiales empleados, y el valor del equipo de capital consumido [depreciación].

[5] El huracán Sandy se abatió en la costa este de EEUU, ciudad de New York el 18 de octubre en la temporada de huracanes de 2012. Con un diámetro de 1800 km, afectó gravemente Colombia, Venezuela, Haití, República Dominicana, Jamaica, Cuba, Bahamas, Bermudas, Estados Unidos y Canadá.

[6] La comparación de los ingresos del capital y de los trabajadores, a la luz de los cálculos de Piketty, ha llevado a fuertes controversias en Francia. Cf. Jean-Phillipe Delsol, Les avatars d’un nouveau matérialisme scientifique. 22/04/2014 in http://fr.irefeurope.org/Richesses-et-croissance-les-tromperies-statistiques-de-Thomas-Piketty,a2892. J.Ph. Delsol abogado fiscalista y director del IREF [Institut de rechechers économiques et fiscales], comentando sus cifras, en un período que abarca 17 años, 1996-2012, observa que si se toman las cifras del patrimonio neto de los hogares según el INSEE se llega a que la diferencia entre el rendimiento nominal del patrimonio neto de hogares y la tasa de crecimiento a precios corrientes, sería de 0,4 puntos [3.58% versus 3.18%] –, cifras bastante alejadas de aquellas proporcionadas por Piketty. Para el INSEE [L’Institut National des Statistiques et Études Économiques de Francia] el ingreso de los hogares está constituido por los salarios percibidos, los ingresos de la propiedad [intereses, dividendos, ingresos inmobiliarios…], ingresos provenientes de la producción mercantil y de las prestaciones sociales. Cuando se mezclan esos ingresos más aquellos provenientes de una explotación, llevada a cabo por los hogares, que produce bienes y servicios para su uso final propio [aparte de los servicios de habitación] estamos en presencia de un ingreso mixto que remunera trabajo y capital inmovilizado. Delsol calcula el ingreso bruto de los hogares mediante la adición de los ingresos de la propiedad más el excedente bruto de explotación. El rendimiento neto del patrimonio de los hogares se obtiene de la deducción de los intereses del ingreso bruto.

[7] Ver Vilfredo Pareto, 1909, Manuel d’économie politique. Paris, Marcel Giard & Brière. Reedición Oeuvres Complètes, 1966, vol VII, Genève, Librairie Droz. Benoît Mandelbrot comenta que esta afirmación de Pareto terminó con su reputación. A su muerte en 1923, agrega el autor, los fascistas lo beatificaban y los republicanos lo demonizaban. El filósofo Karl Popper lo denominaba el teórico del totalitarismo [Cf. Une aproche fractale des marchés. Edition Odile Jacob, Paris, 2009, p.175.

[8] En relación a los movimientos en el ranking de ricos de la revista Forbes se revela en octubre de 2013 la caída del magnate brasileño Eike Batista clasificado hasta entonces en el séptimo lugar. Al cual se suman otros que en los últimos 10 años carecen de vigencia en las listas de Forbes.

[9] Según el Wall Street Journal [wsjamericas.com, 28/05/2014] el ranking de presidentes ejecutivos de grandes corporaciones –una lista de 300 grandes empresas que cotizan en bolsa– aparece encabezado por los CEOs de Oracle, CBS y Liberty Global PLC. Según la publicación los tres ganaron un total de US$ 188 millones, lo cual sería equivalente al pago combinado de los 50 presidentes ejecutivos que están en el fondo de la lista. El mejor pagado, el ejecutivo de Oracle habría ganado US$ 76,8 millones. Según la publicación los 10 presidentes ejecutivos mejor pagados recibieron en 2013 una remuneración de casi US$ 420 millones. La media de remuneración de la lista es de US$ 11,4 millones. Las remuneraciones de los 10 presidentes ejecutivos que más ganaron se dividen en efectivo, opciones sobre acciones, acciones con restricciones, premios por desempeño. En la época de Reagan y Thatcher, como parte del supply economics, a la rebaja de impuestos se acoplaba estas alternativas de pago para los más altos ejecutivos de las grandes corporaciones. La tendencia de sus remuneraciones está cada vez más ligada al desempeño futuro de sus firmas.

[10] La ecuación general de las ganancias se presenta de la manera siguiente:

Ganancias brutas deducidos los impuesto = inversión bruta
+ excedente de exportaciones + déficit presupuestal – ahorro de los trabajadores + consumo de los capitalistas

Esta relación es válida aún en la situación que el presupuesto y el comercio exterior estuvieren equilibrados y que los trabajadores no ahorrarán, es decir:

Ganancias brutas después de los impuestos = inversión bruta + consumo de los capitalistas.

Para obtener la ecuación de ahorro e inversión presentada en el texto se resta de ambos lados de la ecuación general de las ganancias el consumo de los capitalistas y se agrega el ahorro de los trabajadores. Cf. Michael Kalecki. Teoría de la dinámica económica. Fondo de Cultura Económica. México-Buenos Aires. 1956, pp. 47-54. La teoría de las ganancias del texto fue originalmente desarrollada por Kalecki en 1935 en los artículos “Essai d’une théorie de Mouvement cyclique des affaires”, Revue d’Économie Politique, marzo-abril de 1935 y “A macrodynamic theory of business cycles”, Econometrica, julio de 1935.

[11] M. Kalecki, Ibidem, p. 76-77

[12] Por ejemplo en el caso actual con índices bursátiles fluctuantes y baja rentabilidad de los bonos en EE.UU, Europa y Japón, impulsan a los inversionistas a transferir sus dineros a mercados como Brasil y Sudáfrica, que sintomáticamente hasta hace poco habían abandonado. Se citan otros mercados, como el de India e Indonesia donde gobiernos conservadores adoptan reformas económicas favorables a las empresas.

[13] M. Kalecki, Op. cit. [1935, 1954, 1956] y la Escuela de Cambridge posteriormente. Cf. síntesis de esta Escuela en Review of Economic Studies. Octubre 1966 [autores, Pasineti, Robinson, Kaldor, Samuelson, Modigliani]; J. Robinson. Hérésies économiques, Paris, Calmann-Levy, 1971 [traducción al francés, 1972]

[14] M. Kalecki, Op. cit. 48-49. La escuela de Cambridge y específicamente Mrs. J. Robinson se vale de la explicación de los esquemas de 3 departamentos de Kalecki.
La administración de fondos de pensiones [AFPs] en el caso chileno resulta una parodia cuando se constata que en los directorios no hay representantes de los imponentes.

[15] M. Kalecki. p. 49…..

[16] Ibidem, p. 49

[17] Héctor Vega. L’économie du populisme et le projet de passage au socialismo proposé par l’Unité Populaire au Chili. Institut de Sociologie de l’Université Libre de Bruxelles. Centre d’Étude de l’Amérique Latine. Bruxelles. 1984, p. 243-291; 292-414 passim. Integración económica y globalidad. América Latina y el Caribe. Ed. Tierra Mía. 2001, p. 54, 55.

[18] Emmanuel Saez [UC Berkeley], Gabriel Zucman [LSE and UC Berkeley] The Distribution of US Wealth, Capital Income and Returns since 1913. Marzo 2014.

[19] Los okupa buscan dar uso a terrenos desocupados; edificios abandonados de manera temporal o permanente. Con ello denuncian el estado de cosas que impide hacer frente a las dificultades económicas y hacen al mismo tiempo efectivo el derecho a una vivienda.

[20] Los cálculos de Oxfam se basan en la lista de millonarios de Forbes del año 2013. Laura Shin, escribiendo acerca de las cifras de Forbes presentadas por Luisa Kroll, editora de Riqueza [enero 2014], señala que mirando más de cerca las cifras descubrió que el grupo de los 85 era más rico que los del año pasado, esto es que para ser incluido en los 20 más ricos de ese grupo había que tener 31 billones de dólares [miles de millones] en lugar de los 23 billones de dólares del año pasado…Reactualizadas las cifras a marzo de 2014 bastó con 67 de los más ricos individuos para equiparar la mitad de los más pobres del mundo. La riqueza de cada uno de esos 67 equivale en promedio a lo que posee 52 millones de personas del fondo de la pirámide de riqueza del mundo. La fortuna de Bill Gates, el hombre más rico del mundo, cuyo valor neto es de 76 mil millones de dólares, equivale a lo que posee 156 millones de personas del fondo de la pirámide. ¿Quiénes son esos 67? Se trata de 28 billonarios estadounidenses y constituyen 42% del total. Ningún otro país se acerca a estos. Otra comentarista, Kasia Moreno [marzo 2014], tiene expresiones de indignación acerca de estas obscenas diferencias, cuando observa que a nadie puede importarle quien son esos 67; así como tampoco podría importarnos que quién abrió las compuertas para que pudiera establecerse esta verdadera Kleptocracia fue un mal actor de Holliwood, Ronald Reagan. Agrega que, en realidad nos importa sólo la inevitable existencia de este pequeño grupo de personas [67 en 2014] que acumula tanta riqueza como la que poseen 3 mil 500 millones de personas en el mundo.
Cf. http://www.forbes.com/sites/laurashin/2014/01/23/the-85-richest-people-in-the-world-have-as-much-wealth-as-the-3-5-billion-poorest/
Ver también http://www.forbes.com/sites/forbesinsights/2014/03/25/the-67-people-as-wealthy-as-the-worlds-poorest-3-5-billion/.

[21] Karl Marx, Capital. Volumen III, Capítulo XXV: Credit and Ficticious Capital, p. 392-404 y Capítulos XXVI-XXXI passim. Foreign Languages Publishing House. Editado por F. Engels. Moscú 1962.

[22] Anteriormente, en 1909, Vilfredo Pareto, Op. cit., vid nota 5, presentó la curva de los ingresos basado en sus investigaciones sobre la riqueza y los ingresos en diferentes países. Sus fuentes, al igual que las fuentes de Piketty fueron estadísticas fiscales de Suiza [Basilea] de 1454 y Alemania [Augsburgo] de 1471, 1498 y 1512; ingresos de la renta de París de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX y los ingresos individuales en Gran Bretaña, Prusia, Sajonia, Irlanda, Italia y Perú. La pirámide de ingresos lo condujo a resultados brutalmente diferenciados, pues la gran masa de la población vivía en la base de la pirámide y el círculo de afortunados se concentraba en la cima. Sin embargo, lo que para Piketty debe ser objeto de corrección urgente aún a nivel global, para Pareto sus hallazgos no eran sino la comprobación de un hecho que siempre había existido y era parte de la condición humana. Cf. B. Maldelbrot, Op. cit. p. 173-178 y p. 320 vid nota 5.

[23] Consecuencia de ello es que concluimos que la tasa de interés no es determinada por la demanda y oferta de capital nuevo.

[24] Deuda realizada en el mercado de capitales a través de operaciones de swaps de divisas, tipos de interés, valores a plazo; sub fondos para compra y venta de futuros, warrants y opciones sobre instrumentos financieros basados en índices bursátiles y tipos de interés; deuda compuesta de renta inmobiliaria; utilidades y dividendos; colocación de deuda; transacciones de activos y pasivos financieros entre residentes y no residentes; activos financieros que comprenden tenencias de oro monetario, fondos financieros de origen nacional e internacional; inversiones transitorias de excesos de liquidez destinadas entre otros a compra de bonos del gobierno; fondos fiduciarios, etcétera.

[25] Este cambio del riesgo fue ilustrado por B. Mandelbrot [Op. cit. p. 299-301] cuando explica la lógica de los riesgos del negocio de los seguros. Mandelbrot se refiere al estudio de Pareto sobre la distribución de ingresos para, a continuación, referirse al tema de los seguros [Op. cit. p. 179]. El argumento podría resumirse de la siguiente manera. Cuando Pareto buscaba una ley universal sobre la distribución de los ingresos llegó, mediante la ley de las potencias, a determinar que cuando la pendiente de la recta en el espacio cartesiano [donde la coordenada ilustra el monto de los ingresos y la abscisa la población] era más suave, la distribución de los ingresos era uniforme. [En la geometría fractal, explica Mandelbrot, se puede obtener una gama infinita de potencias con pendientes más débiles o más fuertes y que pueden crecer o decrecer]. No siempre es posible pensar que se puede llegar a una situación con la que se encontró Pareto en el sentido que la pendiente era más fuerte y en consecuencia una menor cantidad de receptores de ingreso se adjudicaba los ingresos más elevados. El caso contrario es ilustrado por una pendiente más suave. En el caso de los asegurados, Mandelbrot describe el caso de una pendiente suave, donde un mayor número de asegurados percibe indemnizaciones millonarias. Viendo las grandes indemnizaciones en la industria de los seguros se puede observar que agrupan una cantidad cada vez mayor de personas que las reciben. Para adoptar ese tipo de soluciones basta cambiar un parámetro a saber el de la horizontal donde se inscriben los asegurados. En la vertical se miden las indemnizaciones o rendimientos. En el texto traslado el ejemplo de Mandelbrot sobre los seguros a la situación de negocios cada vez más complejos en el ámbito global.

[26] B. Mandelbrot, Op. cit. p. elabora un escenario de rendimientos en base a una potencia positiva y otros en base a una potencia negativa. Si no existiere correlación el resultado sería suma cero. Si hubiere correlación en ambos desarrollos el resultado puede ser de ruina o de ganancia, según el caso.

[27] Es preciso renovar la infraestructura, encontrar nuevas fuentes de materias primas, renovar la tecnología, incorporar las externalidades en el cálculo económico, lo cual significará hacerse cargo de la contaminación del medio ambiente; sanear lagos y corrientes de agua, restaurar bosques talados…todo lo cual conlleva una modificación del PIB.

I. Wallerstein: una política de izquierdas para una época de transición

with one comment

Por Immanuel Wallerstein, Sociólogo

 

La versión que presentamos aquí, autorizada y supervisada por el autor, es traducción del original que ha editado en inglés el Fernand Braudel Center: (http://www.fbc.binghamton.edu/iwleftpol2.htm).
Traducido por Ignacio Reyes García.

 

En 1999, di una conferencia sobre la actual política de izquierda en el Caucus for a New Political Science (2), en la que resumí la situación actual de la izquierda mundial de la siguiente forma:

1) Tras 500 años de existencia, el sistema capitalista mundial está, por primera vez, en una verdadera crisis sistémica, y nos encontramos en una época de transición.

2) La salida a esta situación es intrínsecamente indeterminada, pero, no obstante, por primera vez en 500 años existe una verdadera perspectiva de cambio fundamental, que puede ser progresivo, pero no necesariamente.

3) En esta coyuntura, el principal problema para la izquierda mundial es que la estrategia para la transformación del mundo, desarrollada en el siglo XIX, está hecha trizas, y, por consiguiente, se actúa con inseguridad y debilidad en el marco de un generalizado estado de depresión.

Tomaré estas tres afirmaciones como supuestos que no puedo argumentar aquí, aunque ya lo he hecho de forma extensa en otro lugar (3), y me centraré en sus implicaciones para una estrategia de izquierdas durante los próximos 10-20 años. La primera implicación es que no hemos sido derrotados globalmente. El derrumbe de la Unión Soviética no fue un desastre para la izquierda mundial. Ni siquiera estoy seguro de que pueda considerarse un revés.

No sólo nos liberó de forma colectiva del respetuoso temor hacia la estrategia y la retórica leninistas, obsoletas, sino que también impuso una enorme carga sobre el centro liberal mundial, que perdió el apoyo estructural que, de hecho, recibió de los movimientos leninistas, que habían controlado el radicalismo popular durante mucho tiempo por medio de sus garantizados ”brillantes mañanas” a alcanzar por la vía de un presente desarrollo leninista(4).

Ni siquiera creo que la ofensiva global del neoliberalismo y la llamada globalización hayan estrangulado nuestras posibilidades. Por un lado, se trata de una exagerada propaganda que no sobrevivirá a la deflación que se aproxima. Por otro, engendrarán, han engendrado, su contratoxina. Además, estructuralmente hablando, en la actualidad el capitalismo mundial no goza de una ”nueva economía”, sino que está en mal estado.

Déjenme resumir mi posición sin argumentarla, por cuestiones de tiempo y espacio(5). Además de las dificultades políticas causadas por el derrumbamiento del leninismo y el final de la Guerra Fría, el capital se mueve hacia tres asíntotas estructurales que obstaculizan irremediablemente su capacidad de acumulación:

1) la desruralización del mundo, que pone fin a su capacidad de control sobre el crecimiento de la proporción entre los salarios y valor total mundial creado;

2) los límites ecológicos de la contaminación y del uso de recursos no renovables, que limita la capacidad del capital para reducir los costes de los inputs por medio de su externalización continuada;

3) el proceso de democratización que se extiende por todo el mundo, evidenciado por las presiones populares siempre al alza en cuanto a gastos en salud, educación e ingresos garantizados a lo largo de toda la vida, lo que ha creado una constante presión impositiva ascendente en tanto que porcentaje del valor mundial creado.

Ciertamente, el capital intenta reducir estas presiones estructurales en todo momento. En eso ha consistido la ofensiva neoliberal de los últimos veinte años. Pero la curva a largo plazo actúa como un trinquete ascendente. Aunque regularmente consiguen reducir esas presiones, la disminución es siempre inferor al incremento provocado por el siguiente impulso ascendente. Para luchar contra esto, predican la denominada TINA (There is no alternative, o, en castellano, no hay alternativa), tratando de reducir la voluntad de poner en marcha una contrapolítica. Esto tampoco es nada nuevo. Gareth Stedman Jones, intentando explicar la relativa estabilidad política a finales del siglo XIX en Gran Bretaña, lo atribuyó a la ”manifiesta inevitabilidad del capitalismo” y a su ”manifiesta invulnerabilidad”(6). La I Guerra Mundial echó por tierra tales sentimientos, al menos por un largo tiempo. Ahora están siendo resucitados, o, al menos, la derecha lo está intentando.

Si estamos buscando una estrategia de izquierda para el siglo XXI, primero debemos recordar cuál ha sido esa estrategia. La estrategia de la izquierda desarrollada durante la segunda mitad del siglo XIX y vigente hasta que fue más o menos rechazada en el último tercio del siglo XX (simbólicamente, podríamos hablar del período 1848-1968), fue, evidentemente, la denominada estrategia en dos etapas: primero, obtener el poder estatal; después, transformar el mundo. Deben hacerse tres observaciones sobre esta estrategia:

– probablemente, era la única posible por aquel entonces, puesto que los movimientos con cualquier otra clase de estrategia podrían ser simplemente aplastados por el uso del poder estatal;

– fue adoptada por todos los principales movimientos, tanto las dos ramas del movimiento socialista mundial, socialdemócratas y comunistas, como los movimientos de liberación nacional;

– la estrategia fracasó porque tuvo éxito. Los tres tipos de movimientos llegaron al poder en casi todos los lugares durante el período 1945-1970, y ninguno de ellos fue capaz de cambiar el mundo, lo cual condujo a la profunda desilusión actual ante esta estrategia, y provocó, como resultado sociosicológico, un fuerte antiestatalismo (7).

Desde 1968, diversos movimientos, viejos y nuevos, han puesto a prueba muchas estrategias alternativas, y además tuvo lugar un saludable cambio en las relaciones entre los movimientos antisistémicos, disminuyendo considerablemente las mortíferas denuncias mutuas y las feroces luchas de antaño, evolución positiva que hemos subestimado. Quisiera ahora sugerir algunas posibles líneas a lo largo de las cuales podríamos desarrollar la idea de una estrategia alternativa.

(1) Extender el espíritu de Porto Alegre. ¿Cuál es ese espíritu? Lo definiría como la convergencia no jerárquica de la familia mundial de los movimientos antisistémicos para ejercer presión en favor de: (a) la claridad intelectual, (b) acciones militantes basadas en la movilización popular que puedan ser vistas de forma inmediata como útiles para las vidas de las personas, (c) las tentativas de proponer, a más largo plazo, cambios más fundamentales.

Son tres elementos cruciales del espíritu de Porto Alegre. Se trata de una estructura difusa, más o menos similar a lo que Jesse Jackson denomino ”la alianza del arco iris”. Es una estructura que, sobre bases no meramente simbólicas, ha agrupado a escala mundial a movimientos del Sur y del Norte. Se trata de una estructura militante, tanto intelectual (no pretende alcanzar un consenso global con el espíritu de Davos) como políticamente (en el sentido que los movimientos de 1968 eran militantes). Naturalmente, tendremos que ver si un movimiento mundial difusamente estructurado puede mantenerse unido en algún sentido significativo y por qué medios puede desarrollar sus tácticas de lucha. Pero su propia flexibidad hace más difícil su liquidación y alienta la neutralidad vacilante de fuerzas centristas.

(2) Utilizar tácticas electorales defensivas. Si el mundo de la izquierda se implica en tácticas militantes extraparlamentarias y difusamente estructuradas, se plantea inmediatamente la cuestión de nuestra actitud hacia los procesos electorales. Pensar que son cruciales o que son irrelevantes lleva a tener que elegir entre Scylla y Charybdis. Las victorias electorales no transformarán el mundo, pero no pueden ser despreciadas. Son un mecanismo esencial para proteger las necesidades inmediatas de las poblaciones del mundo contra las agresiones en busca de ganancias. Hay que tratar de obtenerlas para minimizar el daño que puede ser infligido por la derecha a través del control de los gobiernos de todo el mundo.

Sin embargo, esto hace de las tácticas electorales un asunto totalmente pragmático. Una vez que dejamos de pensar en la obtención del poder como una forma de transformar el mundo, dichas tácticas se convierten en un asunto relacionado con el ”mal menor”, y la decisión de cuál es el menor de los males tiene que ser tomada caso a caso y momento a momento. Depende, en parte, de cuál es el sistema electoral. Un sistema mayoritario, ”el que gana se lleva todo”, debe ser abordado de forma diferente a uno con dos vueltas o proporcional. Pero la regla general que nos guíe tiene que ser la ”izquierda plural”, lema actual en Francia y que en América Latina se ha denominado frente amplio. En la izquierda mundial existen muchas y diferentes tradiciones de partido e incluso de ”subpartido”. La mayoría de estas tradiciones son reliquias de otra época, pero mucha gente todavía sigue votando de forma acorde con ellas. Dado que las elecciones son un asunto pragmático, es crucial crear alianzas que respeten dichas tradiciones, aspirando a obtener el 51% de los votos. ¡Pero no bailemos en las calles cuando ganemos! La victoria electoral es simplemente una táctica defensiva.

(3) Promocionar incesantemente la democratización. La demanda más popular en los Estados de todo el mundo es ”más”. Más educación, más salud, más garantías de contar con ingresos asegurados durante toda la vida. Esto no solamente es popular: es también inmediatamente útil en las vidas de la gente. Y reduce los márgenes para la acumulación incesante del capital. Estas demandas deben ser expuestas a viva voz, continuamente y en todas partes. Nunca será excesivo hacerlo.

Claro está que la ampliación de todas estas funciones del ”estado del bienestar” siempre plantea problemas respecto a la eficiencia del gasto, a la corrupción, a la creación de burocracias demasiado poderosas e irresponsables. Son problemas que debemos estar dispuestos a abordar, pero nuca debemos cejar en la reivindicación básica del más, mucho más.

Los movimientos populares no deberían ahorrar estas demandas a los gobiernos de centroizquierda que ellos han elegido. Aunque estos gobiernos nos resulten más ”amistosos” que un gobierno claramente de derechas, eso no significa que debamos arrojar los guantes de pelea. Al presionar a los gobiernos ”amigos”, se empuja también hacia el centroizquierda a fuerzas derechistas de la oposición. Sin presión, los gobiernos de centroizquierda se deslizan hacia posiciones de centroderecha. Aunque ocasionalmente puedan existir circunstancias especiales que aconsejen obviar estos truismos, la regla general en lo que a democratización se refiere es más, mucho más.

4) Forzar a que el centro liberal cumpla con sus preferencias teóricas. Es decir, forcemos el ritmo del liberalismo. Rara vez el centro liberal quiere aquello que proclama o practica lo que predica. Tomemos algún tema evidente, como, por ejemplo, la libertad. El centro liberal solía denunciar con regularidad a la URSS, porque no permitía la libre emigración. Pero, por supuesto, la otra cara de la libre emigración es la libre inmigración. No es muy útil poder salir de un país a menos que se pueda ir a alguna otra parte. Debemos presionar para conseguir fronteras abiertas.

El centro liberal reivindica regularmente mayor apertura comercial y mayor libertad empresarial, manteniendo al gobierno alejado de la toma de decisiones empresariales. La otra cara de esto es que los empresarios que fracasan en el mercado no deberían ser salvados. Cogen los beneficios cuando tienen éxito; así que deben acarrear con las pérdidas cuando fracasan. Se dice a menudo que salvar a las compañías es salvar empleos. Pero hay maneras mucho más baratas de salvar empleos, como pagar el subsidio de paro, promover la formación y el reciclaje o, incluso, fomentar nuevas oportunidades de empleo, opciones que no implican cargar con las deudas del empresario fracasado.

El centro liberal insiste regularmente en que el monopolio es algo malo. Pero la otra otra cara de esto sería la abolición o fuerte limitación del sistema de patentes, y la no implicación del gobierno en la protección de industrias frente a la competencia extranjera. ¿Esto dañaría a las clases trabajadores en las zonas nucleares del sistema? No necesariamente, si el dinero y la energía se invierten en intentar conseguir una mayor convergencia mundial de los niveles salariales.

Los detalles de la propuesta son complejos y hay que discutirlos. La cuestión, sin embargo, radica en no permitir que el centro liberal mantenga su retórica, y coseche los beneficios de ello, sin pagar los costes de sus propuestas. Además, el verdadero modo político de neutralizar la opinión centrista es hacer referencia a sus ideales, no a sus intereses. Hacer demandas basadas en su retórica es una manera de apelar a los ideales de los elementos centristas, en vez de hacerlo a sus intereses.

Finalmente, debemos tener siempre en cuenta que un buen aprovechamiento de las ventajas de la democratización no está al alcance, o lo está en menor grado, de los estratos más pobres, debido a las dificultades que tienen a la hora de sortear los obtáculos burocráticos. Recupero la propuesta formulada, hace unos 30 años, por Cloward y Piven: hay que ”reventar los escalafones”, es decir, movilizarse en las comunidades más pobres de modo que éstas puedan hacer pleno uso de sus derechos legales(8).

5) Hacer del antirracismo la medida definitoria de la democracia. La democracia se define por tratar a toda la gente de una misma manera, en términos de poder, de distribución y de oportunidades para la realización personal. El racismo es el modo primario de distinguir entre aquellos que tienen derechos (o más derechos) y aquellos que no tienen derechos o tienen menos. El racismo define a los grupos y ofrece simultáneamente una justificación torticera para la práctica. El racismo no es una cuestión secundaria, ni a escala nacional ni a escala mundial. Es el modo por el cual la promesa de criterios universales formulada por el centro liberal es minada sistemática, deliberada, y constantemente.

El racismo está generalizado a través del actual sistema-mundo. No hay rincón del planeta en el que no esté como una característica central de la política local, nacional y mundial. En su discurso a la Asamblea Nacional Mejicana (29/3/2001), la comandante Esther del EZLN dijo:

Los blancos (ladinos) y la gente rica se burlan de nosotras, mujeres indígenas, por nuestra forma de vestir, por nuestra forma de hablar, por nuestro idioma, por nuestra forma de rezar y curar, y por nuestro color, que es el color de la tierra que nosotras trabajamos(9).

Continuó su intervención en favor de la ley que garantizaría la autonomía de los pueblos indígenas, diciendo:

Cuando los derechos y la cultura de los pueblos indígenas sean reconocidos… la ley comenzará a acercar su hora y la hora de los pueblos indígenas… Y si hoy somos mujeres indígenas, mañana seremos los otros, hombres y mujeres que son asesinados, perseguidos o encarcelados debido a su diferencia.

6) Avanzar hacia la desmercantilización. La peor del sistema capitalista no es la propiedad privada, que es simplemente un medio, sino la mercantilización, que es el elemento esencial en la acumulación de capital. Hoy, el sistema-mundo capitalista no está plenamente mercantilizado, aunque hay esfuerzos para conseguirlo. Pero de hecho podríamos movernos en otra dirección. En vez de transformar universidades y hospitales (tanto si son propiedad estatal o de titularidad privada) en instituciones lucrativas, deberíamos estar pensando en cómo podemos transformar las fábricas de acero en instituciones no lucrativas, es decir, estructuras autosostenidas que no pagan dividendos a nadie. Este es el rostro de un futuro más esperanzador que, de hecho, podría comenzar ahora.

7) Recordar siempre que estamos viviendo una época de transición del actual sistema-mundo a algo diferente. Esto significa varias cosas. No deberíamos dejarnos arrastrar por la retórica de la globalización o por las peroratas derrotistas basadas en la TINA. No sólo existen alternativas, sino que la única alternativa realmente inexistente es la continuación de nuestras actuales estructuras.

Durante 20, 30 o 50 años habrá una lucha inmensa en torno a cuál será el sistema sucesor, y su resultado es intrínsecamente indeterminado. La historia no está a favor de ninguna parte. Depende de lo que lo hacemos, lo que ofrece una gran oportunidad para la acción creativa. Durante la vida normal de un sistema histórico, incluso los grandes esfuerzos transformadores (también llamados ”revoluciones”) tienen limitadas consecuencias, ya que el sistema genera grandes presiones para recuperar su equilibrio. Pero en el ambiente caótico de una transición estructural, las fluctuaciones llegan a ser salvajes y pequeños impulsos pueden tener grandes consecuencias favoreciendo una u otra rama de una bifurcación. Este es el momento en el que la acción puede resultar especialmente operativa.

El problema principal no es la organización, por importante que sea. El problema clave es la lucidez. Las fuerzas que desean cambiar el sistema a fin de que nada cambie, para que surja un sistema diferente pero igualmente o aún más jerárquico y polarizador, tienen dinero, energía e inteligencia a su disposición. Vestirán los falsos cambios con ropas atractivas. Solamente un cuidadoso análisis nos librará de caer en sus muchas trampas.

Utilizarán lemas con los que no podamos discrepar, como los derechos humanos. Pero les darán un contenido que mezcle algunos elementos altamente deseables con otros muchos que perpetúen la ”misión civilizadora” de los poderosos y privilegiados sobre los ”no civilizados”. Debemos diseccionar cuidadosamente sus propuesatas y desenmascarar sus faroles. Si un procedimiento judicial internacional contra el genocidio es deseable, entonces debe aplicarse a todo el mundo, no únicamente al débil. Si las armas nucleares o la guerra biológica son peligrosas, incluso bárbaras, entonces ningún poseedor de tales armas es digno de confianza.

En la incertidumbre inherente al mundo, en sus momentos de transformación histórica, la única estrategia plausible para la izquierda mundial es la búsqueda militante e inteligente de su objetivo básico: la consecución de un mundo relativamente democrático, relativamente igualitario. Tal mundo es posible. No es seguro que llegue a ser realidad. Pero no es imposible.

NOTAS.

1. Conferencia en la Socialist Scholars Conference, New York City, 13 de abril de 2001.

2. Fue publicado como: ”A Left Politics for the 21st Century? o, Theory and Praxis Once Again”, en New Political Science, XXII, 2 de junio de 2000, pág. 143-159.

3. Además del anterior artículo en New Political Science, vea Utopística, o las opciones históricas del siglo XXI (Mexico: Siglo XXI de Mexico, 1998).

4. Discuto esto detalladamente en Después del liberalismo (Siglo XXI, UNAM, México, 1996)

5. Ver, para la cuestión expuesta, ”¿Globalización o era de transición? Una visión a largo plazo de la trayectoria del sistema-mundo”, en Casa de las Américas, nº 219, abril-junio 2000, pp. 14-25, y en Revista de la Universidad de San Carlos de Guatemala, año 1, nº 8, abril-junio 2000, pp. 10-14.

6. Languages of Class, Cambridge: Cambridge Univ. Press, 1982, pág. 74.

7. Ver este análisis con mayor detalle en Giovanni Arrighi, Terence K. Hopkins y Immanuel Wallerstein, Movimientos antisistémicos, Madrid, ed. Akal.

8. Frances Fox Piven & Richard A. Cloward concluyen su libro sobre bienestar público así: ”en ausencia de reformas económicas fundamentales, creemos que reventar los escalafones es la reforma verdaderamente relevante, que debería ser defendida y ampliada. Incluso ahora, no reciben ningun ayuda cientos y miles de familias empobrecidas con derecho a los servicios de asistencia” Regulating the Poor: The Functions of Public Welfare, Nueva York, Pantheon, 1971, pág. 348 (versión original en cursiva).

9. http://www.ezln.org/marcha/20010320.htm

©Immanuel Wallerstein 2001

¿Democracia en China?, por Manuel Castells

with 3 comments

 OBSERVATORIO GLOBAL

La mayoría de la población china es indiferente al tema de la democracia e ignora o critica a Liu Xiaobo

China_saca_pechoLa concesión del Nobel de la Paz al escritor disidente Liu Xiaobo es una llamada al orden a una China comunista salvadora del capitalismo mundial por parte de países occidentales que aún se atreven a defender los derechos humanos aunque les cueste un enfrentamiento con el motor industrial del planeta. Al Gobierno chino le ha molestado especialmente que Obama, seguido por los países de la UE, pidiese la liberación de Liu Xiaobo, siendo así que el déficit presupuestario del Gobierno estadounidense se sostiene gracias a la compra de sus bonos del Tesoro por parte del Gobierno chino.

Pero por fundada que sea la crítica al hecho de encarcelar por delito de opinión, no parece que la causa de la democracia vaya a progresar en China, al menos en el corto plazo, a pesar de un limitado movimiento de solidaridad simbolizado por el manifiesto de intelectuales liderados por Xu Youyou y Zhang Zuhua. Y no es sólo por el férreo control que ejerce el Partido Comunista sobre los medios de comunicación y la sociedad civil, sino porque la gran mayoría de la población china es indiferente al tema de la democracia e ignora o critica a Liu Xiaobo.

Todavía no se ha olvidado su famoso comentario de que China necesitaba otros 300 años de colonialismo para desarrollarse correctamente, lo que provocó la furia del nacionalismo chino, la ideología dominante entre los jóvenes. Asimismo, intelectuales críticos de izquierda (también disidentes) se oponen a Liu por ser un neoliberal defensor a ultranza del mercado. De ahí que haya sido fácil para el Gobierno chino reunir el apoyo de la ciudadanía contra la pretensión extranjera de imponer valores y reglas a China. En encuestas internacionales relativamente fiables sobre niveles de apoyo al Gobierno, China alcanza el más alto nivel (72%), en contraste con la crisis de confianza en las democracias occidentales. No es un reflejo del miedo, sino al contrario, de una mezcla de satisfacción por la mejora del nivel de vida en las dos últimas décadas junto a un orgullo nacional de sentirse fuertes y respetados en el mundo.

La proyección directa sobre China de la problemática occidental es un grave error, porque impide la comprensión de lo que está pasando. De ahí que la denuncia de la represión en China no puede mezclarse con el intento de exportar nuestro sistema democrático, porque produce la reacción contraria: el crecimiento distanciamiento político de China en el preciso momento histórico en que la economía mundial depende en gran parte del crecimiento chino. Entender China empieza por asumir la paradoja de que sea un Estado comunista el que conduce el más espectacular proceso de crecimiento capitalista nunca visto. La contribución china al crecimiento mundial ha pasado del 8% hace 30 años al 20% en estos momentos. Es el primer exportador mundial y uno de los primeros cinco países receptores de inversión extranjera.

Aunque con creciente desigualdad social, los indicadores de bienestar social han mejorado considerablemente.

La mortalidad infantil se ha reducido en más de la mitad. Y la esperanza de vida de 40 años en los cincuenta ha pasado a 73 años en la actualidad. La capacidad tecnológica se ha incrementado hasta el punto de ser líderes en sectores de telecomunicaciones (sobre todo en internet móvil) y diseño digital, mientras que sus universidades se han conectado a la red mundial y progresan aceleradamente. La clave es que este crecimiento y modernización están dirigidos por un Estado que sigue estrechamente controlado por el Partido Comunista y cuya estrategia es utilizar mecanismos capitalistas para aumentar la riqueza de la nación y el poder del Estado.

La profesora de Berkeley You-tien Hsing ha identificado la clase social que lidera el desarrollo chino. Es lo que ella llama “burócratas emprendedores”. No es una contradicción: son burócratas que utilizan su posición en el partido, en niveles nacionales, provinciales y locales, para proporcionar acceso al suelo y a los permisos administrativos a capitalistas locales o extranjeros. De modo que no hay una burguesía externa al Estado a quien le podría interesar la democracia, sino que es el Estado el que se ha fundido personalmente con las empresas capitalistas. De ahí ha surgido una importante clase media urbana que vive en un delirio de consumo y que no se presta a veleidades políticas.

Y una juventud que puede expresarse sin trabas en internet (428 millones de internautas) mientras no utilicen palabras feas como democracia, Tíbet o Tiananmen. Demasiado ocupados están blogueando para ser celebridades digitales y bajándose películas y música por gigabytes. Pero, como en la industrialización europea del siglo XIX, esa gigantesca transformación genera un éxodo rural masivo, una explotación salvaje de una clase obrera sin derechos, una población flotante de inmigrantes sin permiso de residencia en ciudades sin servicios para su gente, una especulación urbana desenfrenada que expulsa a los pobres de sus barrios a golpes de excavadora y una población desprotegida, sin seguro médico ni jubilación asegurada. De ahí salen los suicidios masivos de trabajadores, las violentas revueltas campesinas, las huelgas de centenares de miles de obreros, las denuncias de la injusticia y la corrupción.

Esos son los verdaderos problemas de China y de ahí surgen las explosiones sociales que pueden socavar sus instituciones y su economía y con ello el mismo capitalismo global. Desde la perspectiva de la China real, de la gloria de los rascacielos de Shanghai al sufrimiento de millones de proletarios desangrando sus vidas en el delta del río de la Perla, desde ese mirador de grandezas y miserias, la cuestión de la democracia (que nunca existió en China), francamente, aparece como un divertimento para mis amigos intelectuales y, tal vez, como una estrategia geopolítica del mundo occidental para deslegitimar la expansión china. Lo cual no quiere decir que nos olvidemos de Liu Xiaobo. Tenemos que sacarlo de la cárcel por una cuestión de principio. Pero sabiendo los límites de su respetable ideología democrática en el contexto de la China realmente existente.

Manuel Castells Oliván (1942) es un sociólogo y profesor universitario, catedrático de Sociología y de Urbanismo en la Universidad de California en Berkeley, así como director del Internet Interdisciplinary Institute en la Universitat Oberta de Catalunya.

La Vanguardia.es

Written by Eduardo Aquevedo

2 noviembre, 2010 at 22:12

I. Wallerstein: La reestructuraciòn capitalista y el sistema-mundo…

with one comment

 

por Immanuel Wallerstein (iwaller@binghamton.edu)

© Immanuel Wallerstein 1997. (Iwaller@binghamton.edu)

GAUGUIN1[Conferencia magistral en el XX° Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología, México, 2 al 6 de octubre de 1995]

Celebramos el XX° Congreso de ALAS y discutimos las perspectivas de la reconstrucción de la América Latina y del Caribe. No es un tema nuevo. Se lo discute en América Latina desde 1945, si no desde el siglo XVIII. ¿Qué podemos decir ahora que sea diferente de lo que ya se ha dicho?

Creo que nos encontramos en un momento de bifurcación fundamental en el desarrollo del sistema-mundo. Pienso que, no obstante, lo discutimos como si se tratara de una transición ordinaria en el cauce de una evolución cuasi-predestinada. Lo que debemos hacer es "impensar" no sólo el desarrollismo neoclásico tradicional, sino también el desarrollismo de sus críticos de izquierda, cuyas tesis resurgen regularmente a pesar de todos sus rechazos, pero que en realidad comparten la misma epistemología.

Yo voy elaborar dos tesis principales en esta ponencia. Tesis No. 1: Es absolutamente imposible que América Latina se desarrolle, no importa cuales sean las políticas gubernamentales, porque lo que se desarrolla no son los países. Lo que se desarrolla es únicamente la economía-mundo capitalista y esta economía-mundo es de naturaleza polarizadora. Tesis No. 2: La economía-mundo capitalista se desarrolla con tanto éxito que se está destruyendo y por lo cual nos hallamos frente a una bifurcación histórica que señala la desintegración de este sistema-mundo, sin que se nos ofrezca ninguna garantía de mejoramiento de nuestra existencia social. A pesar de todo, pienso que les traigo a Vds. un mensaje de esperanza. Veamos.

Empecemos con la Tesis No. 1. Las fuerzas dominantes del sistema-mundo han sostenido, desde por lo menos los comienzos del siglo XIX, que el desarrollo económico fue un proceso muy natural, que todo lo que se requiere para realizarlo es liberar las fuerzas de producción y permitir a los elementos capitalistas crecer rápidamente, sin impedimentos. Evidentemente, también fue esencial la voluntad. Cuando el estado francés empezaba a reconstruir la vida económica de sus colonias a principios del siglo XX, se llamaba a esta política "la mise en valeur des territoires" ("la valorización de los territorios"). Eso lo dice todo. Antes los territorios no valían nada, y luego (con el desarrollo impuesto por los franceses) valen algo.

Desde 1945, la situación geopolítica cambiaba fundamentalmente con el alcance político del mundo non- "europeo" o non-occidental. Políticamente el mundo no occidental se dividía en dos sectores, el bloque comunista (dicho socialista) y el otro denominado el Tercer Mundo. Desde el punto de vista del Occidente, y evidentemente sobre todo de los Estados Unidos, el bloque comunista fue dejado a su propia cuenta, para que sobreviviera económicamente como pudiera. Y este bloque eligió un programa estatal de industrialización rápida con el objetivo de "superar" al Occidente. Jruschov prometía "enterrar" a los Estados Unidos en el año 2000.

La situación en el Tercer Mundo fue bastante diferente. En los primeros años después de 1945, los Estados Unidos concentró todos sus esfuerzos en ayudar a Europa occidental y al Japón a "reconstruirse." Al principio, ignoró largamente al Tercer Mundo, con la excepción parcial de la América Latina, campo de preferencia para los Estados Unidos desde largo tiempo antes. Lo que predicaba los Estados Unidos en América Latina era la tradicional canción neoclásica: abrir las fronteras económicas, permitir la inversión extranjera, crear la infraestructura necesaria para fomentar el desarrollo, concentrarse en las actividades para las cuales tienen estos países una "ventaja comparativa." Una nueva literatura científica comenzaba a aparecer en los Estados Unidos sobre el "problema" del desarrollo de los países subdesarrollados.

Los intelectuales de la América Latina fueron muy recalcitrantes a esta prédica. Reaccionaron bastante ferozmente. La primera reacción importante fue la de la nueva institución internacional, la CEPAL, presidida por Raúl Prebisch, cuya creación misma fue contestada enérgicamente por el gobierno estadounidense. La CEPAL negaba los beneficios de una política económica de fronteras abiertas y afirmaba en contra un rol regulador de los gobiernos a fin de reestructurar las economías nacionales. La recomendación principal fue la de promover la sustitución de importaciones por la protección de las industrias nacientes, una política ampliamente adoptada. Cuando resumimos las acciones sugeridas por la CEPAL, vemos que lo esencial fue que si el Estado seguía una política sabia podría asegurar el desarrollo nacional y, en consecuencia, un aumento serio en el producto nacional bruto per cápita.

Hasta cierto punto, las recomendaciones de CEPAL fueron seguidas por los gobiernos latinoamericanos y efectivamente hubo una mejoría económica, aunque limitada, en los años cincuenta y sesenta. Sabemos ahora que esta mejoría no perduró y fue, en primer término, consecuencia de la tendencia general de las actividades económicas a nivel mundial en un período Kondratieff-A. En todo caso, la mejora de la situación media en América Latina parecía insignificante para la mayoría de los intelectuales latinoamericanos que decidieron radicalizar el lenguaje y los análisis de la CEPAL. Hemos llegado a la época de los dependentistas, primera versión (entre otros Dos Santos, Marini, Caputo, Cardoso de los años 60, y Frank, lo mismo que Amin fuera de América Latina).

Los dependentistas pensaban que tanto los análisis como los remedios preconizados por la CEPAL eran muy tímidos. De un lado, pensaban que para desarrollarse, los gobiernos de los países periféricos deberían ir mucho más allá de una simple sustitución de importaciones; deberían, en las palabras de Amin, desconectarse definitivamente de la economía-mundo capitalista (según, implícitamente, el modelo de los países comunistas).

De otro lado, los análisis de los dependentistas fueron mucho más políticos. Incorporaron a sus razonamientos las situaciones políticas presentes en cada país y en el sistema-mundo. Consideraban en consecuencia las alianzas existentes y potenciales y en fin los obstáculos efectivos a una restructuración económica. Por supuesto, aceptaban que el rol de las sociedades transnacionales, de los gobiernos occidentales, del FMI, del Banco Mundial y todos los otros esfuerzos imperialistas, eran negativos y nefastos. Pero, al mismo tiempo, y con una pasión igual, si no más vigorosa, atacaban a los partidos comunistas latinoamericanos y detrás de ellos a la Unión Soviética. Dijeron que la política abogada por estos partidos, una alianza entre los partidos socialistas y los elementos progresistas de la burguesía, equivalía a fin de cuentas a las recomendaciones de los imperialistas, de un reforzamiento del rol político y social de las clases medias, y una tal política no podría lograr una revolución popular. En suma, eso no era ni revolucionario, ni eficaz, si el objetivo era una transformación social profunda.

Los dependentistas escribían en un momento de euforia de la izquierda mundial: la época del Che y del foquismo, de la revolución mundial de 1968, de la victoria de los vietnamitas, de un Maoismo furioso que se expandía a prisa a través del mundo. Pero el Oriente no era ya tan rojo como se proclamaba. Todo eso no tomaba en consideración los comienzos de una fase Kondratieff-B. O mejor dicho, la izquierda latinoamericana y mundial pensaba que el impacto de un estancamiento de la economía-mundo afectaría en primer lugar las instituciones políticas y económicas que sostienen el sistema capitalista. En realidad, el impacto más inmediato fue sobre los gobiernos llamados revolucionarios en el Tercer Mundo y en el bloque comunista. Desde los años setenta, todos estos gobiernos se hallaron en dificultades económicas y presupuestarias enormes que no podían resolver, inclusive parcialmente, sin comprometer sus políticas estatales tan publicitadas y sus retóricas tan acariciadas. Comenzaba el repliegue generalizado.

A nivel intelectual fue introducido el tema del desarrollo dependiente (Cardoso de los años 70 y otros). Es decir, un poco de paciencia, compañeros; un poco de sabiduría en la manipulación del sistema existente, y podremos hallar algunas posibilidades intermedias que son al menos un paso en la buena dirección. El mundo científico y periodístico iniciaba el concepto de los NICs (New Industrial Countries). Y los NICs eran propuestos como los modelos a imitar.

Con el estancamiento mundial, la derrota de los guevarismos, y el repliegue de los intelectuales latinoamericanos, los poderosos no necesitaban más las dictaduras militares, no mucho más en todo caso, para frenar los entusiasmos izquierdistas. ¡Olé!, viene la democratización. Sin duda, vivir en un país pos-dictadura militar era inmensamente más agradable que vivir en los cárceles o en el exilio. Pero, visto con más cuidado, los "vivas" para la democratización en América Latina fueron un poco exageradas. Con esta democratización parcial (incluidas las amnistías para los verdugos) venían los ajustes à la FMI y la necesidad para los pobres de apretarse los cinturones aún mas. Y debemos notar que si en los años 70 la lista de los NICs principales incluía normalmente México y Brasil, al lado de Corea y Taiwan, en los años 80 México y Brasil desaparecían de estas listas, dejando solos a los cuatro dragones de Asia Oriental.

Vino después el choque de la caída de los comunismos. El repliegue de los años 70 y 80 pasó a ser la fuga desordenada de los años 90. Una gran parte de los izquierdistas de ayer se convertían en heraldos del mercado y los que no seguían este camino buscaban ansiosamente senderos alternativos. Rechazaban, sin duda, los senderos luminosos, pero no querían renunciar a la posibilidad de alguna, cualquier luminosidad. Desgraciadamente, no fue fácil encontrarla.

Para no desmoronarse frente al júbilo de una derecha mundial resucitada, que se felicita de la confusión de las fuerzas populares en todas partes, debemos analizar con ojos nuevos, o al menos nuevamente abiertos, la historia del sistema- mundo capitalista de los últimos siglos. ¿Cuál es el problema principal de los capitalistas en un sistema capitalista? La respuesta es clara: individualmente, optimizar sus beneficios y, colectivamente, asegurar la acumulación continua e incesante de capital. Hay ciertas contradicciones entre estos dos objetivos, el individual y el colectivo, pero no voy discutir eso aquí. Voy a limitarme al objetivo colectivo. ¿Cómo hacerlo? Es menos obvio de lo que se piensa a menudo. Los beneficios son la diferencia entre los ingresos para los productores y los costes de producción. Evidentemente, si se amplía el foso entre los dos, aumentan los beneficios. Luego, ¿si se reduce los costes, aumentan los beneficios? Lo parece, a condición de que no afecte la cantidad de ventas. Pero, sin duda, si se reduce los costes, es posible que se reduzcan los ingresos de los compradores potenciales. De otra parte, ¿si se aumenta los precios de venta, aumentan los beneficios? Lo parece, a condición de que no afecte la cantidad de ventas. Pero, si se aumenta los precios, los compradores potenciales pueden buscar otros vendedores menos caros, si existen. ¡Claro que las decisiones son delicadas!

No son, además, los únicos dilemas. Hay dos variedades principales de costes para los capitalistas: los costes de la fuerza de trabajo (incluso la fuerza de trabajo para todos los insumos) y los costes de transacciones. Pero lo que reduce los costes de fuerza de trabajo podría acrecentar los costes de transacciones y vice versa. Esencialmente, es una cuestión de ubicación. Para minimizar los costes de transacciones, es menester concentrar los actividades geográficamente, es decir, en zonas de altos costes de fuerza de trabajo. Para reducir los costes de fuerza de trabajo, es útil dispersar las actividades productivas, pero inevitablemente eso afecta negativamente los costes de transacciones. Por lo tanto, desde hace por lo menos 500 años, los capitalistas reubican sus centros de producción de acá para allá, cada 25 años más o menos, en correlación esencial con los ciclos de Kondratieff. En los fases A, priman los costes de transacciones y hay centralización, y en los fases B, priman los costes de fuerza de trabajo y hay la fuga de fábricas.

El problema se complica aún más. No es suficiente ganar los beneficios. Debe hacerse lo necesario para guardarlos. Son los costes de protección. ¿Protección contra quienes y contra qué? Contra los bandidos, por supuesto. Pero también, y sin duda más importante, contra los gobiernos. No es tan obvio cómo protegerse contra los gobiernos si se es capitalista de un nivel un poco interesante, porque necesariamente un tal capitalista trata con múltiples gobiernos. Podría defenderse contra un gobierno débil (dónde se ubican fuerzas de trabajo baratos) por la renta (colectiva, es decir los impuestos; e individual, es decir el soborno) y/o por la fuerte influencia de los gobiernos centrales sobre los gobiernos débiles, pero por ella los capitalistas tienen que pagar una otra renta. Es decir, a fin de reducir la renta periférica, deben pagar una cierta renta central. Para protegerse contra el robo de los gobiernos, deben sostener financieramente los gobiernos.

Finalmente, para hacer ganancias mayores y no menores, los capitalistas necesitan monopolios, por lo menos monopolios relativos, al menos monopolios en ciertos rincones de la vida económica, por algunas décadas. ¿Y cómo obtener estos monopolios? Claro que toda monopolización exige un rol fundamental de los gobiernos, sea legislando o decretando, sea impidiendo a otros gobiernos legislar o decretar. De otro lado, los capitalistas deben crear los canales culturales que favorezcan tales redes monopolísticas, y para eso necesitan el apoyo de los creadores y mantenedores de patrones culturales. Todo esto resulta en costes adicionales para las capitalistas.

A pesar de todo esto (o tal vez a causa de todo esto), es posible ganar magníficamente, como puede verse estudiando la historia del sistema-mundo capitalista desde sus principios. Sin embargo, en el siglo XIX aparecía una amenaza a esta estructuración, que podía hacer caer el sistema. Con una centralización de producción acrecentada, emergía la amenaza de "las clases peligrosas," sobre todo en Europa Occidental y en la primera mitad del siglo XIX. En el lenguaje de la antigüedad, que fue introducida en nuestra armadura intelectual por la Revolución Francesa, hablamos del problema del proletariado.

Los proletariados de la Europa Occidental comenzaron a ser militantes en la primera mitad del siglo XIX y la reacción inicial de los gobiernos fue de reprimirlos. En este época el mundo político se dividía, principalmente, entre conservadores y liberales, entre los que denegaban por completo los valores de la Revolución Francesa y los que trataban, en el seno de un ambiente hostil, de recuperar su empuje para continuar la construcción de un estado constitucional, laico y reformista. Los intelectuales de izquierda, denominados demócratas, o republicanos, o radicales, o jacobinos, o algunas veces socialistas, no eran más que una pequeña banda.

Fué la revolución "mundial" de 1848 lo que sirvió como choque para las estructuras del sistema-mundo. Mostró dos cosas. La clase obrera era verdaderamente peligrosa y podía desbaratar el funcionamiento del sistema. En consecuencia, no era sabio ignorar todas sus reivindicaciones. De otro lado, la clase obrera no era lo bastante fuerte para hacer caer el sistema con sublevaciones casi espontáneas. Es decir, el programa de los reaccionarios fue auto destructor, pero lo mismo era el programa de los partidarios de conspiraciones izquierdistas. La conclusión a derecha y a izquierda fue esencialmente centrista. La derecha se decía que sin duda algunas concesiones deberían hacerse frente a las reclamaciones populares. Y la izquierda naciente se decía que debería organizarse para una lucha política larga y difícil a fin de llegar al poder. Entraba en escena el conservadurismo moderno y el socialismo científico. Seamos claros: el conservadurismo moderno y el socialismo científico son o llegaron a ser dos alas, dos avatares del liberalismo reformista, intelectualmente ya triunfante.

La construcción del estado liberal "europeo" (europeo en sentido amplio) fue el hecho político principal del siglo XIX y la contrapartida esencial de la ya consumada conquista europea del mundo entero y basada sobre el racismo teorizado. Llamo a esto la institucionalización de la ideología liberal como geocultura de la economía-mundo capitalista. El programa liberal para los estados del centro, estados en los cuales la amenaza de las clases peligrosas aparecía como inminente, sobre todo en el período 1848- 1914, fue triple. Primero, dar progresivamente a todo el mundo el sufragio. La lógica era que el voto satisfaría el deseo de participación, creando para los pobres un sentido de pertenencia a la "sociedad" y, de ese modo, no exigirían mucho más. Segundo, aumentar progresivamente los ingresos reales de las clases inferiores a través del bienestar estatal. La lógica era que los pobres estarían tan contentos de cesar de vivir en la indigencia, que aceptarían quedar más pobres que las clases superiores. Los costes de esas transferencias de plusvalía serían menores que los costes de insurrecciones y en todo caso serían pagados por el Tercer Mundo. Y tercero, crear la identidad nacional y también trans-nacional blanco-europea. La lógica era que las luchas de clases serían sustituidas por las luchas nacionales y globales raciales y de esa manera las clases peligrosas de los países del centro se ubicarían en el mismo lado que sus elites.

Debemos reconocer que este programa liberal fué un éxito enorme. El estado liberal logró la doma de los clases peligrosas en el centro, es decir, de los proletariados urbanos (incluso si éstos estaban bien organizados, sindicalizados y politizados). El célebre consentimiento de éstos a las políticas nacionales de guerra en 1914, es la más evidente prueba del fin de la amenaza interna para las clases dominantes.

Sin embargo, en el momento mismo en que se resolvía ese problema, para los poderosos surgía una otra amenaza de otras clases peligrosas, las clases populares del Tercer Mundo. La revolución mexicana de 1910 fué una señal importante, pero seguramente no la única. Pensemos en las revoluciones en Afganistán, Persia y China. Y pensemos en la revolución de liberación nacional rusa, que fue esencialmente una revolución por pan, por tierra, pero ante todo, por la paz, es decir, con el fin de no seguir una política nacional que servía principalmente los intereses de las grandes potencias de Occidente.

¿Se diría que todas estas revoluciones, incluso la mexicana, fueron ambiguas? Cierto, pero no existen revoluciones no ambiguas. ¿Se diría que todas estas revoluciones, incluso la mexicana, fueron finalmente recuperadas? Cierto, pero no existe revoluciones nacionales que no fueran recuperadas al seno de este sistema-mundo capitalista. No es esta la cuestión interesante.

Desde el punto de vista de los poderosos del mundo, la posible sublevación global de los pueblos periféricos y descuidados constituía una grave amenaza para la estabilidad del sistema, al menos tan grave como la posible sublevación europea de los proletariados. Tenían que tomar cuenta de eso y decidir cómo hacerle frente. En especial, porque los bolcheviques en Rusia se presentaban, para la izquierda mundial, como un movimiento de vuelta hacia una posición verdaderamente antisistémica. Los bolcheviques afirmaban que la política "centrista" de los socialdemócratas debería ser descartada. Querían encabezar una sublevación global renovada.

El debate derecha-centro sobre el método de combatir las clases peligrosas se repetía. Como lo hizo en el caso de los proletariados europeos en la primera mitad del siglo XIX, la derecha de nuevo favorecía la represión, pero esta vez en forma racista-popular (es decir, el fascismo). El centro favorecía la reforma recuperadora. El centro fue encarnado por dos líderes sucesivos en los Estados Unidos, Woodrow Wilson y Franklin Delano Rossevelt, que adaptaron las tácticas decimonónicas del liberalismo a la nueva escena mundial. Woodrow Wilson proclamó el principio de la autodeterminación de los pueblos. Este principio fue el equivalente global del sufragio nacional. Una persona, un voto; un pueblo, un país soberano. Como en el caso del sufragio, no se pensaba dar todo a todos inmediatamente. Para Wilson, esa fue, más o menos, la salida para la desintegración de los imperios derrotados austro-húngaro, otomano y ruso. No intentó aplicarlo al Tercer Mundo, como es obvio, pues el mismo Wilson fue quien intervino en México para vencer a Pancho Villa. Pero en 1933, con la Política del Buen Vecino, Roosevelt incluyó, al menos teóricamente, la América Latina. Y en la Segunda Guerra Mundial, extendió la doctrina a los imperios oeste-europeos en desintegración, aplicándolo primeramente al Asia y más tarde al África y al Caribe.

Además, cuando Roosevelt incluía en sus Cuatro Libertades "la libertad de la necesidad" ("freedom from want"), hablaba de la redistribución de la plusvalía. Pero no fue muy específico. Unos años después, su sucesor Truman proclamó en su Discurso Inaugural cuatro prioridades nacionales. El único que recordamos fue el celebre Punto Cuatro, que dijo que los Estados Unidos debe "lanzarse en un programa nuevo y audaz" de ayudar a los países "subdesarrollados." Comenzó lo que era el equivalente del estado de bienestar a nivel nacional, esto es, el desarrollo del Tercer Mundo a través de un keynesianismo mundial.

Este programa liberal mundial patrocinado por los Estados Unidos, poder hegemónico, fue también un éxito enorme. Sus razones se remontan a 1920, al Congreso de Bakú, convocado por los bolcheviques. En el momento en que Lenin y los otros vieron que era imposible impulsar a los proletariados europeos hacia una verdadera vuelta a la izquierda, decidieron no esperar a Godot. Giraron hacia el Oriente, hacia los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo como aliados para la supervivencia del régimen soviético. A las revoluciones proletarias las substituían efectivamente las revoluciones anti-imperialistas. Pero con eso aceptaron lo esencial de la estrategia liberal-wilsoniana. El anti- imperialismo fue un vocabulario más fanfarroneado y más impaciente que la misma autodeterminación de los pueblos. Desde este momento, los bolcheviques se transformaron en el ala izquierda del liberalismo global. Con la Segunda Guerra Mundial, Stalin prosiguió este camino más allá. En Yalta aceptó un rol limitado y consagrado en el seno del sistema que los Estados Unidos pensaba crear en el período de posguerra. Y cuando en los años cincuenta y después, los soviéticos predicaban la "construcción socialista" de esos países, en el fondo utilizaban un vocabulario más fanfarroneado y más impaciente para el mismo concepto de desarrollo de los países subdesarrollados, predicado por los Estados Unidos. Y cuando, en Asia y África, una colonia después de otra podía obtener su independencia, con luchas de una facilidad variable, fue con el consentimiento tal vez oculto y todavía prudente, pero no obstante importante, de los Estados Unidos.

Cuando digo que la estrategia liberal mundial fue un gran éxito, pienso en dos cosas. Primero, entre 1945 y 1970, en la gran mayoría de países del mundo, los movimientos herederos de los temas de la Vieja Izquierda del siglo XIX llegaron al poder, utilizando varias etiquetas: comunista, alrededor de la Unión Soviética; movimientos de liberación nacional, en África y Asia; socialdemócrata, en Europa occidental; populista, en América Latina. Segundo, el resultado del hecho de que tantos movimientos de la Vieja Izquierda hayan llegado al poder estatal, fue una euforia debilitadora y, al mismo tiempo, también la entrada de todos estos movimientos en la maquinaria del sistema histórico capitalista. Cesaron de ser anti sistémicos y pasaron a ser pilares del sistema sin dejar de gargarizar un lenguaje izquierdista, esta vez con lengua de madera (langue de bois). Ese éxito, por tanto, fue más frágil de lo que pensaban los poderosos, y en todo caso no fue tan destacado como la recuperación de la clase obrera blanca- occidental. Hubo dos diferencias fundamentales entre las situaciones nacionales de los países del centro y la del sistema-mundo globalmente. El coste de una distribución nacional ampliada de la plusvalía a los obreros occidentales no fue enorme como porcentaje del total mundial y pudo ser pagado en gran parte por las clases populares del Tercer Mundo. Hacer una redistribución significativa hacia las poblaciones del Tercer Mundo, por el contrario habría tenido que ser pagado necesariamente por los poderosos y eso habría limitado gravemente las posibilidades de una acumulación de capital en el futuro. De otra parte, fue imposible utilizar la carta del racismo para integrar los pueblos de color en el sistema-mundo. Si todo el mundo era considerado como "nosotros" ¿quién iba a ser el otro a denegar y despreciar? El desprecio racial hacia afuera había sido un elemento crucial en la construcción de la lealtad de los obreros de sangre privilegiada hacia sus naciones. Pero esta vez, no existía un Tercer Mundo para el Tercer Mundo.

El año 1968 marcó el comienzo de un desmoronamiento rápido de todo lo que los poderosos han erigido en el sistema-mundo con la geocultura liberal después de 1945. Dos elementos concurrían. El alza fenomenal de la economía-mundo alcanzó sus límites e íbamos a entrar en la fase-B de nuestro ciclo Kondratieff actual. Políticamente, habíamos llegado a la cima de los esfuerzos anti sistémicas mundiales Vietnam, Cuba, el comunismo con rostro humano en Checoeslovakia, el movimiento de poder negro en los Estados Unidos, los inicios de la revolución cultural en China, y tantos otros movimientos no previstos en los años cincuenta. Eso culminaba con las revoluciones de 1968, revoluciones sobre todo estudiantiles, pero no exclusivamente, en muchos países.

Vivimos después las consecuencias de la ruptura histórica generada por esta segunda revolución mundial, una ruptura que ha tenido sobre las estrategias políticas un impacto tan grande como el impacto de la primera revolución mundial, que fue esa de 1848. Claro que los revolucionarios han perdido en lo inmediato. Los múltiples incendios impresionantes a través del mundo durante tres años, se extinguieron para terminar en la creación de varias pequeñas sectas maoizantes que murieron pronto.

Sin embargo, 1968 dejó heridas y agonizantes dos víctimas: la ideología liberal y los movimientos de la Vieja Izquierda. Para la ideología liberal, el golpe el más serio fue la pérdida de su rol como la única ideología imaginable de la modernidad racional. Entre 1789 e 1848, el liberalismo existía ya, pero solamente como una ideología posible, confrontado por un conservadurismo duro y un radicalismo naciente. Entre 1848 e 1968, a mi juicio, como vengo de afirmar, el liberalismo llegó a ser la geocultura del sistema-mundo capitalista. Los conservadores y los socialistas (o radicales) se han convertido en avatares del liberalismo. Después de 1968, los conservadores y los radicales han retrocedido a sus actitudes anteriores a 1848, negando la validad moral del liberalismo. La Vieja Izquierda, comprometida con el liberalismo, hizo esfuerzos valientes para cambiar de piel, adoptando un barniz de Nueva Izquierda, pero no lo logró en realidad. Más bien, ha corrompido los pequeños movimientos de la Nueva Izquierda, mucho más de lo que ellos misma pudieran realmente convertir la Vieja Izquierda. Seguía inevitablemente el decline global de los movimientos de la Vieja Izquierda.

Al mismo tiempo, sufríamos los azares de una fase-B de un ciclo Kondratieff. No es necesario rememorar ahora los itinerarios en detalle. Recordemos únicamente dos momentos. En 1973 la OPEP lanzó el alza de los precios del petróleo. Observemos las varias consecuencias. Fue una bonanza en renta para los países productores incluso en América Latina, México, Venezuela y Ecuador. Fue una bonanza para las empresas transnacionales de petróleo. Fue una bonanza para los bancos transnacionales en los cuales fue depositada la renta no gastada en seguida. Ayudaba, por un cierto tiempo, a los Estados Unidos en su competencia con la Europa Occidental y con el Japón, porque los Estados Unidos era menos dependiente de la importación de petróleo. Fue un desastre para todos los países del Tercer Mundo y del bloque comunista que no fueran productores de petróleo. Los presupuestos nacionales cayeron en déficits dramáticos. Complicó las dificultades de los países centrales reduciendo aún más la demanda global para sus productos.

¿Cuál fue el resultado? Hubo dos etapas. Primeramente, los bancos transnacionales, con el apoyo de los gobiernos centrales, ofrecían energéticamente empréstitos a los gobiernos pobres en situaciones desesperadas, e inclusive a los propios gobiernos productores de petróleo. Claro que los gobiernos pobres cogieron este salvavidas para mantenerse contra la amenaza de tumultos populares y los gobiernos productores de petróleo se aprovecharon de la oportunidad de "desarrollarse" rápidamente. Al mismo tiempo, estos empréstitos redujeron los problemas económicos de los países centra-les aumentando su posibilidad de vender sus productos en el mercado mundial.

La única pequeña dificultad con esta bella solución era que había que reembolsar los empréstitos. En unos años, el interés compuesto de las deudas llegó a ser un porcentaje enorme de los presupuestos anuales de los países deudores. Fue imposible controlar ese sumidero galopante de los recursos nacionales. La Polonia debe su crisis de 1980 a este problema. Y en 1982 México anunció que no podía continuar pagando como antes.

Tal crisis de la deuda perduró en la prensa unos años y luego esa prensa la olvidó. Para los países endeudados, sin embargo, la crisis perdura todavía, no solamente como una carga presupuestaria, sino como un castigo en la forma de las exigencias draconianas del FMI que fueron impuestos sobre estos estados. El nivel de vida en todos estos estados ha caído, sobre todo para el estrato pobre que es un 85-95% de la población.

Quedaron los dilemas de una economía-mundo en estancamiento. Si no era posible atenuar más este estancamiento mundial con los empréstitos de países pobres, era necesario hallar en los años ochenta otros expedientes. El mundo financiero-político ha inventado dos. Un nuevo prestador se presentó, los Estados Unidos que, bajo Reagan, practicaba una política keynesiana ocultada. Como lo sabemos, la política de Reagan ha sostenido ciertas grandes empresas estadounidenses y ha limitado el desempleo, pero acentuando la polarización interna. Así ha ayudado a sostener los ingresos en Europa Occidental y Japón. Pero evidentemente el mismo problema iba a presentarse. El interés sobre la deuda empezaba a ser demasiado pesado. De nuevo sobrevino una crisis de deuda nacional. Los Estados Unidos se hallaron en una situación tan desconcertante, que para jugar el rol de líder militar del mundo en la Guerra del Golfo en 1991, fue necesario que Japón, Alemania, Arabia Saudita y Kuwait pagan lo esencial de los gastos. ¡Sic transit gloria !. A fin de impedir un poco un ocaso precipitado que estaba en marcha, los Estados Unidos recurren a la solución FMI, infligiéndose su proprio castigo. Se llama "El Contrato para América." Exactamente como insiste el FMI para los países pobres, los EE.UU. están reduciendo el nivel de vida de los pobres, sin perjuicio de mantener, inclusive aumentar, las posibilidades de acumulación para una minoría de la población.

El segundo expediente resultó del hecho que un aspecto fundamental de toda fase-B de los ciclos Kondratieff, es la dificultad acentuada de obtener grandes beneficios en el sector productivo. O para ser más precisos, la fase B se caracteriza, se explica, por la restricción de beneficios. Eso no llega a ser un obstáculo para un gran capitalista. Si no hay un margen suficiente de beneficios en la producción, se vuelve hacia el sector financiero para sacar ganancias de la especulación. En las decisiones económicas de los años ochenta, vemos que esto se traducía en el fenómeno del súbito control (takeover) de grandes corporaciones por medio de los llamados "junk bonds" o bonos ilícitos. Visto desde el exterior, lo que sucede es que las grandes corporaciones se están endeudando, con la misma consecuencia, en el corto plazo, para la economía-mundo, una inyección de actividad económica que constituye una lucha contra el estancamiento. Pero luchan con las mismas limitaciones. Deben pagar las deudas. Cuando eso se muestra imposible, la empresa va a la bancarrota o entra un "FMI privado" que impone la restructuración, es decir, la despedida de empleados. Lo que ocurre muchísimo en estos días.

De estos acontecimientos tristes, casi indecentes, de los años 1970-1995, ¿qué conclusiones políticas han sacado las masas populares? Me parece obvio. La primera conclusión que han sacado es que la perspectiva de reformas graduales que permitirían la eliminación del foso rico-pobre, desarrollado-subdesarrollado, no es posible en la situaciòn actual y que todos los que lo habían dicho fueron ya sea mentirosos o ya sea manipuladores. Pero, ¿quiénes fueron estos? Ante todo, fueron los movimientos de la Vieja Izquierda.

La revolución de 1968 ha sacudido la fe en el reformismo, incluso el tipo de reformismo que se llamaba revolucionario. Los veinticinco años posteriores de eliminación de las ganancias económicas de los años 1945-1970, destruyeron las ilusiones que aún persistían. País tras país, el pueblo dio un voto de no-confianza a los movimientos herederos de la Vieja Izquierda, sea populista, sea de liberación nacional, sea social-demócrata, sea leninista. El derrumbe de los comunismos en 1989 fue la culminación de la revolución de 1968, la caída de los movimientos que pretendían ser los más fuertes y los más militantes. Su pérdida de apoyo popular fue ultra-dramático y para muchas personas, incluso evidentemente para muchos intelectuales de las Américas, fue un desarreglo de toda una vida mental y espiritual.

Los coyotes del capitalismo han gritado victoria. Pero los defensores más sofisticados del sistema actual sabían mejor. La derrota del leninismo, y es una derrota definitiva, es un catástrofe para los poderosos. Eliminó el último y mejor escudo político, su única garantía, como fue el hecho de que las masas creyeran en la certidumbre de un éxito del reformismo. Y en consecuencia, ahora esas masas no están más dispuestas a ser tan pacientes como en el pasado. La caída de los comunismos es un fenómeno muy radicalizante para el sistema. Lo que se derrumbó en 1989 fue precisamente la ideología liberal.

Lo que proporcionaba el liberalismo a las clases peligrosas fue sobre todo la esperanza, o mejor la seguridad del progreso. Fue una esperanza muy materialista, todo el mundo finalmente tendrá un nivel de vida confortable y saludable, una educación, una posición honorable para sí mismo y sus descendientes. Lo fue prometido si no para hoy, pues en un próximo mañana. La esperanza justificaba las demoras, a condición de que hubiera ciertas reformas gubernamentales visibles y alguna también visible actividad militante de parte de los que esperaban. Mientras tanto, los pobres trabajaron, votaron, y sirvieron en los ejércitos. Es decir, hicieron funcionar el sistema capitalista.

Empero, si debían perder esta esperanza, ¿qué harían las clases peligrosas? Lo sabemos, porque lo vivimos actualmente. Renuncian a su fe en los estados, no únicamente en el estado en manos de los "otros," sino en todo estado. Llegan a ser muy cínicos en lo que concierne los políticos, los burócratas y también respecto de los líderes llamados revolucionarios. Empiezan a abrazar un anti-estatismo radical. Es poco menos que querer hacer desaparecer los estados que no dan ninguna confianza. Podemos ver esta actitud a través del mundo en el Tercer Mundo, en el mundo ex socialista, así como también en los países centrales. ¡En los Estados Unidos lo mismo que en México!

¿Están contentas, la gente ordinaria, con esta nueva postura? Tampoco. Al contrario, tienen mucho miedo. Los estados fueron sin duda opresivos, desconfiables, pero fueron también, al mismo tiempo, fuentes de seguridad cotidiana. En ausencia de fe en los estados, ¿quiénes van garantizar la vida y la propiedad personal? Llega a ser necesario retornar al sistema pre-moderno: debemos proveernos de nuestra propia seguridad. Funcionamos como la policía, el recaudador de impuestos y el maestro escolar. Además, porque es difícil asumir todas estas tareas, nos sometemos a "grupos" construidos de múltiples maneras y con varias etiquetas. Lo nuevo no es que estos grupos se organicen, sino que comiencen a asumir las funciones que otrora pertenecían a la esfera estatal. Y al hacer eso, las poblaciones están menos y menos listas a aceptar lo que los gobiernos les impongan para estas actividades. Después de cinco siglos de fortalecimiento de los estructuras estatales, en el seno de un sistema interestatal también en fortalecimiento continuado, vivimos actualmente la primera gran retracción del rol de los estados y necesariamente por tanto también del rol del sistema interestatal.

No es algo menor. Es un terremoto en el sistema histórico del cual somos participantes. Estos grupos a los cuales nos sometemos representan una cosa muy distinta de las naciones que construíamos en los dos últimos siglos. Los miembros no son "ciudadanos," porque las fronteras de los grupos no son definidos jurídicamente sino míticamente, no para incluir sino para rechazar.

¿Es esto bueno o malo? ¿Y para quiénes? Desde el punto de vista de los poderosos, es un fenómeno muy volátil. Desde el punto de vista de una derecha resucitada, da la posibilidad de erradicar el estado de bienestar y permitir el florecimiento de los egoísmos de corta duración ("après moi le déluge !"). Desde el punto de vista de las clases oprimidas, es una espada de doble filo y tampoco están seguras de si deberían luchar contra la derecha porque sus proposiciones les hacen daños inmediatos graves o apoyar la destrucción de un estado que les ha defraudado.

Pienso que el colapso de la fe popular en la inevitabilidad de una transformación igualitarizante es el más serio golpe para los defensores del sistema actual, pero seguramente no es el único. El sistema-mundo capitalista está desagregándose a causa de un conjunto de vectores. Podríamos decir que esta desagregación es muy sobre determinada. Voy a discutir brevemente algunos de estos vectores inquietantes para el funcionamiento del sistema-mundo.

Antes de hacerlo, debo decir que no se presenta como un problema de tecnología. Algunos sostienen que el proceso continuo de mecanización de la producción resultará en la eliminación de empleos posibles. No lo creo. Podemos todavía inventar otras tareas para la fuerza de trabajo. Otros declaran que la revolución informática acarreará un proceso de globalización que en sí hace caduco el rol de los estados. No lo creo tampoco, porque la globalidad ha sido elemento esencial de la economía-mundo capitalista desde el siglo XVI. No es nada de nuevo. Si estos fueron los únicos problemas de los capitalistas en el siglo XXI, estoy seguro que podrían hacer lo necesario a fin de mantener el impulso de la acumulación incesante de capital. Hay cosas peores.

Primeramente, para los empresarios hay dos dilemas que son casi imposibles de resolver: la des ruralización del mundo y la crisis ecológica. Los dos son buenos ejemplos de procesos que van de cero a ciento por ciento y cuando llegan cerca de la asíntota, pierden valor como mecanismos de ajuste. Esto constituye la fase última de una contradicción interna.

¿Cómo ocurrió que el mundo moderno se haya des ruralizado progresivamente? Una explicación tradicional es que la industrialización exige la urbanización. Pero no es verdad. Todavía quedan industrias localizadas en las regiones rurales y hemos ya notado la oscilación cíclica entre la concentración y la dispersión geográfica de la industria mundial. La explicación es diferente. Cada vez que hay estancamiento cíclico en la economía-mundo, uno de los resultados al fin de estos períodos es una movilización acrecentada de los proletarios urbanos contra la declinación de su poder de compra. Así se crea una tensión que los capitalistas resisten, por supuesto. Sin embargo, la organización obrera aumenta y comienza a ser peligrosa. Al mismo tiempo, las reorganizaciones empresariales alcanzan un momento en que podrían relanzar la economía-mundo sobre la base de nuevos productos monopolizados. Pero falta un elemento, la demanda global suficiente.

Frente a esto, la solución es clásica: alzar los ingresos de los proletarios, sobre todo de los obreros calificados, incluso facilitar para algunos el ingreso en esas categorías. Del mismo golpe, resuelven los problemas de la tensión política y de la falta de demanda suficiente. Pero hay una contrapartida. El porcentaje de plusvalía que corresponde a los propietarios ha disminuido. Para compensar esta caída de plusvalía relativa, de nuevo existe una solución clásica: transferir algunos sectores de actividad económica que no son más muy rentables, hacia zonas donde hay una población rural importante, una parte de la cual podría ser atraída a nuevas localidades urbanas de producción, por salarios que representan para ellos un aumento de sus entradas familiares, pero que en la escena mundial representan costes de trabajo industrial mínimos. En efecto, a fin de resolver las dificultades recurrentes de los estancamientos cíclicos, los capitalistas fomentan cada vez una des ruralización parcial del mundo. Pero, ¿y si no hay más poblaciones a desruralizar? Hoy nos acercamos a esta situación. Las poblaciones rurales, todavía hace no mucho fuertes en la propia Europa, han desaparecido enteramente de muchas regiones del mundo y disminuyen en todas partes. Probablemente, son menos de 50% mundialmente hoy y dentro de 25 años la cifra va ser menos de 25%. La consecuencia es clara. No habrá nuevas poblaciones de bajo pago para compensar los salarios más elevados de los sectores proletarizados anteriormente. En efecto, el coste de trabajo aumentará mundialmente, sin que los capitalistas puedan evitarlo.

Lo mismo pasa con la ecología. ¿Por qué existe hoy una crisis ecológica? No es complicado explicarlo. A fin de maximizar los beneficios, hay dos recursos principales para un capitalista: no pagar demasiado a los obreros y no pagar demasiado por el proceso de producción. ¿Cómo hacer esto? De nuevo es obvio: hacerlo pagar en gran parte por "otros." Se llama "la externalización de costes." Hay dos métodos principales de externalizar costes. Uno es esperar que el estado pague por la infraestructura necesaria por la producción y la venta de los productos. La desagregación de los estados representa una amenaza aguda para esto. Pero el segundo y más importante método es no pagar los costes dichos ecológicos: por ejemplo, no reemplazar los bosques cortados o no pagar por la limpieza de desperdicios tóxicos.

Mientras existían otros bosques, o zonas aún no utilizadas, luego no toxificadas, el mundo y los capitalistas podían ignorar las consecuencias. Pero hoy tocan los límites de la externalización de costes. No hay más muchos bosques. Los efectos negativos de una toxificación excesivamente aumentada de la tierra, implican impactos serios y múltiples que nos anuncian los científicos avisados. Por eso han surgido movimientos verdes. Desde un punto de vista global, hay únicamente dos soluciones: hacer pagar los costes por los capitalistas; y/o aumentar los impuestos. Pero esto último es poco probable, dadas las tendencias de reducir el rol de los estados. Y lo primero implica una reducción seria en las ganancias de los capitalistas.

Hay otros vectores que representan dilemas, no para los empresarios, pero sí para los estados. Primero, la polarización socio-econòmica cada día más aguda del mundo corre parejas con la polarización demográfica del mundo. Cierto, hay una transformación demográfica en proceso desde 200 años al menos y ahora mismo toca por primera vez al África que en el período pos-1945 tenía la tasa de crecimiento la más alta del mundo. No obstante, aunque las tasas en general bajen, el foso entre el Norte, donde las tasas son a menudo negativas, y el Tercer Mundo, donde aún son altas, aún sigue ensanchándose. Si hay recuperación de la economía-mundo en el primer cuarto del siglo XXI, el foso económico ya se agrandará, porque la recuperación será fuertemente desigual.

La consecuencia es fácil de prever. Habrá un fuerte aumento de la migración Sur-Norte, legal o ilegalmente. No importa. No hay mecanismos posibles para terminarlo y aún limitarlo seriamente. Las personas que querrían venir al Norte son reclutadas entre los más capaces del Tercer Mundo y están determinadas a llegar. Habrá muchos empleos insuficientemente pagados para ellos. Por supuesto, habrá una oposición política xenófoba contra ellos, pero no bastará para cerrar las puertas.

Si al mismo tiempo el rol de los estados disminuye (y esto servirá también para permitir el aumento del número de migrantes), la integración económica de estos inmigrantes será limitada. Si la oposición política no logra frenar la entrada, probablemente logrará limitar los derechos políticos y sociales de los inmigrantes. En este caso, preveo lo siguiente: el número verdadero de inmigrantes "sureños" y sus descendientes inmediatos en los países del Norte será entre 10-35% por ciento de la población, si no más. Y esto no sólo en América del Norte y Europa Occidental, sino también en Japón. Al mismo tiempo, este 10-35% de la población más joven, mucho más pobre, y ubicado en barrios urbanos segregados de hecho, será una población obrera sin derechos políticos o sociales. Retornaremos a la situación de la Gran Bretaña y la Francia en la primera mitad del siglo XIX, aquella de proletariados que son clases peligrosas. Así se deshace doscientos años de recuperación liberal y esta vez sin posibilidad de repetir el guión. Preveo que las zonas de conflicto social las más intensas en el siglo XXI, no serán las Somalias y las Bosnias, sino las Francias y los Estados Unidos. ¿Las estructuras estatales ya debilitadas van a sobrevivir ese tipo de guerra civil?

Y si esto no fuera bastante, hay el problema de la democratización. ¿Problema, digo yo? ¡Sí, problema! La democratización no es una mera cuestión de partidos múltiples, sufragio universal y elecciones libres. La democratización es una cuestión de acceso igual a las verdaderas decisiones políticas y a un nivel de vida y a una seguridad social razonables. La democracia no puede coexistir con una gran polarización socio-económica, ni al nivel nacional, ni al nivel mundial. No obstante, existe una ola de sentimiento democratizador que se fortalece enormemente estos días. ¿Cómo se traduce ella? La prensa y los últimos heraldos del liberalismo anuncian que la democratización se muestra en la caída de varias dictaduras a través del mundo. Sin duda, esto representa un esfuerzo de democratizar estos países. Pero estoy un poco desengañado del éxito efectivo de estos cambios. Lo que es más interesante es la presión continua, no únicamente en el Sur, sino inclusive de modo más fuerte en los países del Norte, para aumentar los gastos para la salud, la educación, y la vida de los sectores retrasados. Pero esta presión agudiza, y muchísimo, los dilemas fiscales de los estados. La ola de democratización será la última clave en el ataúd ("nail in the coffin") del estado liberal. Vemos lo que pasa estos días en los Estados Unidos.

Para todas estas razones, el período frente a nosotros, los próximos 30-40 años, será el momento de la desintegración del sistema histórico capitalista. No será un momento agradable de vivir. Será un período negro, lleno de inseguridades personales, incertidumbres del futuro y odios viciosos. Al mismo tiempo, será un período de transición masiva hacia algo otro, un sistema (o unos sistemas) nuevo(s). Al decir esto, sin duda se preguntan Vds. porque les he dicho que les traigo un mensaje de esperanza.

Nos hallamos en una situación de bifurcación muy clásica. Las perturbaciones aumentan en todas direcciones. Están fuera de control. Todo parece caótico. No podemos, nadie puede, prever lo que resultará. Pero no quiere decir que no podemos tener un impacto sobre el tipo de nuevo orden que va ser construido al fin. Todo lo contrario. En una situación de bifurcación sistémica, toda acción pequeña tiene consecuencias enormes. El todo se construye de cosas infinitesimales. Los poderosos del mundo lo saben bien. Preparan de múltiple maneras la construcción de un mundo pos-capitalista, una nueva forma de sistema histórico desigual a fin de mantener sus privilegios. El desafío para nosotros, sociólogos y otros intelectuales y para todas las personas en pos de un sistema democrático e igualitario (los dos adjetivos tienen idéntico significado), es mostrarnos tan imaginativos como los poderosos y tan audaces, pero con la diferencia de que debemos vivir nuestras creencias en la democracia igualitaria, lo que no hacían nunca (o raramente) los movimientos de la Vieja Izquierda. ¿Cómo hacerlo? Es esto que debemos discutir hoy, mañana y pasado mañana. Es posible hacerlo, pero no existe una certidumbre sobre eso. La historia no garantiza nada. El único progreso que existe es aquello por lo cual luchamos con, recordémoslo, unas grandes posibilidades de perder. Hic Rhodus, hic salta. La esperanza reside, ahora como siempre, en nuestra inteligencia y en nuestra voluntad colectiva.

Giovanni Arrighi, sobre el sistema capitalista mundial, hoy. Entrevista de D. Harvey

with one comment

entrevista a Giovanni Arrighi
por David Harvey

INVESTIGACION6 ¿Puedes contarnos cuáles fueron tus orígenes familiares y tu educación?

Nací en Milán en 1937. La familia de mi madre era de origen burgués. Mi abuelo, hijo de inmigrantes suizos asentados en Italia, había ascendido desde la filas de la aristocracia obrera llegando a establecer a principios del siglo XX sus propias fábricas de producción de maquinaria textil, para posteriormente pasar a fabricar equipos de calefacción y de aire acondicionado.

Mi padre, nacido en Toscana, era hijo de un trabajador ferroviario. Llegó a Milán y encontró trabajo en la fábrica de mi abuelo materno para acabar casándose con la hija del jefe. Se produjeron tensiones, que finalmente provocaron que mi padre estableciese su propio negocio en competencia con su suegro. Ambos, sin embargo, compartían sentimientos antifascistas, lo cual influenció en gran medida mis primeros años de infancia, dominados como lo estuvieron por la guerra: la ocupación nazi del norte de Italia tras la rendición de Roma en 1943, la Resistencia y la llegada de las tropas aliadas.

Mi padre murió de improviso en un accidente de coche cuando yo tenía dieciocho años. Decidí mantener su compañía en funcionamiento, contra el consejo de mi abuelo, y entré en la Università Bocconi para estudiar económicas, con la esperanza de que ello me ayudaría a gestionar la empresa.

El Departamento de Teoría Económica era un baluarte del pensamiento neoclásico sin relación alguna con el keynesianismo, y de ninguna ayuda para llevar las riendas de la empresa de mi padre. Finalmente me convencí de que tendría que cerrarla. Tras ello invertí dos años trabajando en una de las empresas de mi abuelo recopilando datos sobre la organización del proceso de producción. El estudio me convenció de que los elegantes modelos de la economía neoclásica eran irrelevantes para comprender la producción y la distribución de la renta, lo cual se convirtió en el zócalo de mi tesina. A continuación fui nombrado assistente volontario, esto es, asistente no retribuido de mi profesor, que en aquellos días era el primer escalón del organigrama de las universidades italianas. Para ganarme la vida conseguí un trabajo en Unilever, como responsable de gestión.

¿Qué pasó para que fueras a África en 1963 para trabajar en la University College de Rhodesia y Nyasaland?

  Lo que ocurrió fue muy simple. Supe que las universidades inglesas estabanpagando gente para enseñar e investigar, a diferencia de lo que sucedía en Italia en donde tenías que pasar cuatro o cinco años como asistente volontario antes de tener esperanza alguna de obtener un trabajo retribuido. A principios de la década de 1960, los británicos estaban estableciendo universidades a lo largo de todo su antiguo imperio colonial, como colleges de las universidades británicas. La UCRN era un college de la Universidad de Londres. Me presenté a dos puestos, uno en Rhodesia y otro en Singapur. Me llamaron para hacerme una entrevista en Londres y dado que la UCRN se mostró interesada, me ofrecieron un trabajo como docente de economía. Y me fui para allá.

Fue un verdadero renacimiento intelectual. La tradición neoclásica modelada matemáticamente en la que me había formado no tenía nada que decir sobre los procesos que estaba observando en Rhodesia o sobre las realidades de la vida africana. En la UCRN trabajé junto a antropólogos, en particular con Clyde Mitchell, quien ya estaba investigando sobre análisis en red, y con Jaap van Velsen, que estaba introduciendo el análisis situacional, reconceptualizado más tarde como análisis de estudios de caso. Asistí a sus seminarios regularmente y ambos me influyeron enormemente. Poco a poco, abandoné los modelos abstractos en pro de una teoría de la antropología social empírica e históricamente fundada. Comencé mi larga marcha desde la teoría económica neoclásica a la sociología histórico-comparativa.

Este fue el contexto en el que escribiste tu ensayo «The Political Economy of Rhodesia», que analizaba las formas de desarrollo de la clase capitalista en este país y sus contradicciones específicas, al tiempo que explicaba las dinámicas que condujeron a la victoria en 1962 del Rhodesian Front Party, animado por los colonos, y a la Declaración Unilateral de Independencia de 1965 por parte de Smith. ¿Cuál fue el impulso inicial subyacente al ensayo y cuál es para ti retrospectivamente su importancia?

«The Political Economy of Rhodesia» fue escrito a instancias de Van Velsen, que criticaba sin descanso mi uso de los modelos matemáticos. Yo había escrito una recensión del libro de Colin Leys European Politics in Southern Rhodesia y Van Velsen me sugirió que la convirtiese en una artículo largo.

Aquí y en «Labor Supplies in Historical Perspective» analicé los modos mediante los que la total proletarización del campesinado de Rhodesia creaba contradicciones para la acumulación de capital, produciendo de hecho a la postre más problemas que ventajas para el sector capitalista 1. En la medida en que la proletarización era parcial hacía posible que los campesinos africanos subsidiaran la acumulación de capital, porque producían parte de su subsistencia; pero cuanto más se proletarizaba al campesinado, más se descomponían estos mecanismos. El trabajo totalmente proletarizado podía ser explotado únicamente si se le pagaba un salario que le permitiera reproducir su vida. Así, pues, en lugar de facilitar la explotación del trabajo, la proletarización la hacía más difícil, exigiendo con frecuencia un régimen que debía hacerse paulatinamente más represivo. Martin Legassick y Harold Wolpe, por ejemplo, mantenían que el apartheid sudafricano respondía fundamentalmente al hecho de que el régimen tenía que optar por una mayor represión de la fuerza de trabajo africana porque ésta estaba totalmente proletarizada y no podía subsidiar por más tiempo la acumulación de capital como había hecho en el pasado.

El conjunto de la región meridional de África –que abarca desde Sudáfrica y Botsuana, pasando por la antigua Rhodesia, Mozambique y Malawi, que se denominaba entonces Nyasaland, hasta llegar a Kenia como su espolón nororiental– se caracterizaba por su riqueza mineral, su agricultura de colonos y una extrema desposesión del campesinado. Es muy diferente del resto de África, incluido el norte. Las economía de África occidental se basaban fundamentalmente en el campesinado, pero la región meridional –la que Samir Amin denomina «el África de las reservas de trabajo»– era en muchos aspectos un paradigma de extrema desposesión campesina y por consiguiente de proletarización. Varios de nosotros estábamos señalando

que este proceso de extrema desposesión era contradictorio, ya que habiendo creado inicialmente las condiciones para que el campesinado subsidiase la agricultura, la industria minera, la actividad manufacturera, etc. capitalistas, comenzaba, sin embargo, a provocar cada vez más dificultades a la hora de explotar, movilizar y controlar el proletariado que estaba generando. El trabajo que hicimos entonces –mi «Labour Supplies in Historical Perspective» y los trabajos relacionados de Legassick y Wolpe– estableció lo que llegó a ser conocido como el Southern African Paradigm sobre los límites de la proletarización y la desposesión.

Contrariamente a lo afirmado por aquellos que todavía identifican desarrollo capitalista con proletarización tout court –Robert Brenner, por ejemplo– la experiencia de África meridional mostró que la proletarización, en y por sí misma, no favorece el desarrollo capitalista, cuando no se hallan presentes el resto de circunstancias requeridas. Respecto a Rhodesia, identifiqué tres estadios de proletarización, siendo tan solo uno de ellos favorable a la acumulación capitalista. En el primer estadio, los campesinos respondían al desarrollo rural capitalista ofertando productos agrícolas y suministrando trabajo únicamente a cambio de salarios elevados, caracterizándose por lo tanto la totalidad del área por la escasez de éste, porque nada más que comenzaba a funcionar una explotación agrícola o minera capitalista ello creaba una demanda de productos locales que los campesinos africanos estaban más que dispuestos a suministrar, lo cual les permitía participar en la economía monetaria mediante la venta de sus productos en vez de mediante la venta de su trabajo. Un objetivo del apoyo estatal a la agricultura de colonos era inducir la competencia entre los campesinos africanos, de modo que se vieran forzados a suministrar trabajo en vez de productos, lo cual condujo a un dilatadísimo proceso que pasó de la proletarización parcial a la total, si bien, como hemos mencionado, este proceso fue también contradictorio. El problema con el modelo simple de «proletarización como desarrollo capitalista» es que ignora no sólo las realidades del capitalismo de colonos de África meridional, sino también otros muchos casos, como por ejemplo el de Estados Unidos, que se caracterizó por una pauta totalmente diferente: una combinación de esclavitud, genocidio de la población nativa e inmigración de trabajo excedente procedente de Europa.

Tú fuiste uno de los nueve docentes arrestados en la UCRN por actividades políticas durante la represión desencadenada por el gobierno de Smith en julio de 1966, ¿no es así? Sí, fuimos encarcelados durante una semana y después deportados. Te fuiste a Dar es Salaam, que parecía entonces, por muchas razones, una especie de paraíso de interacciones intelectuales. ¿Puedes hablarnos de ese periodo y del trabajo que allí realizaste con John Saul?

Fue un periodo muy excitante, tanto intelectual como políticamente. Cuando llegué a Dar es Salaam en 1966, Tanzania era un país independiente desde hacía tan solo unos años. Nyerere defendía lo que él consideraba que era una forma de socialismo africano. Logró mantenerse equidistante de ambos lados durante la escisión chino-soviética y mantuvo muy buenas relaciones con los escandinavos. Dar es Salaam se convirtió en la encrucijada de todos los movimientos de liberación nacional exiliados de África meridional: de las colonias portuguesas, Rhodesia y Sudáfrica. Pasé allí tres años en la Universidad y encontré todo tipo de gente: desde activistas del movimiento Black Power estadounidense a académicos e intelectuales como Immanuel Wallerstein, David Apter, Walter Rodney, Roger Murray, Sol Picciotto, Catherine Hoskins, Jim Mellon, que después sería unos de los fundadores de los Weathermen, Luisa Passerini, que estaba realizando una investigación sobre el FRELIMO, y muchos otros, incluyendo, por supuesto, a John Saul.

En Dar es Salaam, trabajando con John, cambié el objeto de mis investigaciones pasando de los procesos de oferta de fuerza de trabajo al problema de los movimientos de liberación nacional y los nuevos regímenes que estaban emergiendo de la descolonización. Ambos éramos escépticos sobre la capacidad de estos regímenes de emanciparse por sí mismos de lo que comenzaba a denominarse por entonces neocolonialismo y de cumplir sus promesas de desarrollo económico. Pero había también una diferencia entre nosotros, que creo que ha persistido hasta el día de hoy, consistente en que yo me mostraba mucho menos emocionalmente afectado por este hecho que John. Para mí, estos movimientos eran movimientos de liberación nacional; no eran en modo alguno movimientos socialistas aun cuando abrazasen la retórica del socialismo. Eran regímenes populistas y, por consiguiente, yo no esperaba mucho más allá de la liberación nacional, que ambos consideramos importante por sí misma. Pero si había posibilidades para que se produjeran desarrollos políticos que transcendieran este cuadro es algo que John y yo todavía discutimos, afablemente, siempre que nos encontramos. Los ensayos que escribimos juntos, sin embargo, fueron la crítica sobre la que estábamos de acuerdo.

Cuándo volviste a Europa, ¿encontraste un mundo muy distinto al que habías dejado seis años antes?

Sí. Regreso a Italia en 1969 y me veo inmerso inmediatamente en dos situaciones peculiares. Una fue en la Universidad de Trento donde me habían ofrecido un puesto docente. Trento era el principal centro de militancia estudiantil y la única universidad en Italia que ofrecía doctorados en sociología en aquellos momentos. Mi nombramiento fue apoyado por el comité directivo de la universidad formado por el democratacristiano Nino Andreatta, por el socialista liberal Noberto Bobbio y por Francesco Alberoni; la decisión pretendía calmar al movimiento estudiantil contratando a un radical. En el primer seminario que di tuve solo cuatro o cinco estudiantes; pero en el primer cuatrimestre, tras publicarse mi libro sobre África en el verano de 1969, tuve casi 1.000 estudiantes intentando entrar en el aula 2. Mi curso se convirtió en un gran acontecimiento en Trento, llegando incluso a producir un conflicto en Lotta Continua: la facción de Boato quería que los estudiantes acudieran a clase para que oyeran una crítica radical de las teorías del desarrollo, mientras que la de Rostagno intentaba interrumpir las lecciones tirando piedras al aula desde el patio.

La segunda situación en la que me veo inmerso se produce en Turín con la participación de Luisa Passerini, que era una prominente propagadora de los escritos situacionistas, y que tenía por consiguiente una gran influencia sobre los cuadros de Lotta Continua que coqueteaban con el situacionismo.

Estaba yendo de Trento a Turín a través de Milán, que era como ir desde el centro del movimiento estudiantil al centro del movimiento obrero. Me sentí atraído y al mismo tiempo molesto por determinados aspectos de este movimiento, particularmente por su rechazo de la «política». En algunas asambleas, trabajadores realmente militantes se levantaban y decían «¡basta ya de política! La política nos está llevando en la dirección equivocada. Necesitamos unidad». Para mí, fue como un shock, viniendo de África, descubrir que los sindicatos comunistas eran considerados reaccionarios y represivos por los trabajadores en lucha y eso que había una buena parte de verdad en esto. La reacción contra los sindicatos del PCI se convirtió en una reacción contra los sindicatos. Grupos como Potere Operario y Lotta Continua se erigieron ellos mismos como alternativas, tanto a los sindicatos como a los partidos de masas. Con Romano Madera, que entonces era un estudiante, pero también un cuadro político y un gramsciano –una rareza en la izquierda extraparlamentaria– comenzamos a desarrollar la idea de encontrar una estrategia gramsciana que sirviera para el movimiento.

De ahí emergió por primera vez la idea de autonomía, la idea de autonomía intelectual de la clase obrera. La creación de este concepto se atribuye ahora habitualmente a Antonio Negri, pero de hecho se originó en la interpretación de Gramsci que nosotros desarrollamos a principios de la década de 1970 en el Grupo Gramsci, cofundado por Madera, Passerini y yo mismo. Consideramos que nuestra principal contribución al movimiento no consistía en proporcionar un sustituto a los sindicatos o los partidos, sino en ayudar como estudiantes e intelectuales a las vanguardias obreras a desarrollar su propia autonomía –autonomia operaia– mediante una comprensión de los procesos generales, tanto nacionales como globales, en los que sus luchas tenían lugar. En términos gramscianos, esto se concibió como la formación de intelectuales orgánicos de la clase obrera en lucha, para lo cual creamos los Colletivi Politici Operai, que llegaron a ser conocidos como el Area dell’Autonomia. Cuando estos colectivos desarrollaran su propia práctica autónoma, el Grupo Gramsci dejaría de tener una función y podría disolverse. Cuando realmente se disolvió, Negri entró en escena y llevó a los Colletivi Politici Operai y al Area dell’Autonomia en una dirección arriesgada que estaba muy alejada de lo que originalmente pretendía el proyecto inicial.

¿Extrajiste lecciones comunes de las luchas de liberación nacional africanas y de las luchas obreras que se estaban produciendo en Italia?

  Las dos experiencias tenían en común el hecho de que en ambas mantenía muy buenas relaciones con los movimientos globalmente considerados, los cuales querían saber con qué fundamento yo estaba participando en su lucha. Mi posición era: «Yo no voy a deciros qué hacer, porque vosotros conocéis la situación mucho mejor que yo la conoceré nunca. Pero yo estoy mejor situado para comprender el contexto general en el que se desarrollan las luchas, así que nuestro intercambio tiene que basarse en el hecho de que vosotros me contáis cuál es vuestra situación y yo os cuento como se relaciona con el contexto más amplio que vosotros no podéis ver o que veis tan solo parcialmente, desde donde vosotros operáis». Esa fue siempre la base de excelentes relaciones, tanto con los movimientos de liberación en África meridional como con los trabajadores italianos.

El artículo sobre la crisis capitalista surgió de un intercambio de este tipo, en 1973. A los trabajadores se les decía: «Ahora se está produciendo una crisis económica, tenemos que mantener la calma. Si luchamos, los trabajos de la fábrica se irán a otro sitio». Así que los trabajadores nos preguntaban: «¿Estamos en crisis? Y si es así, ¿cuáles son las implicaciones de ello? ¿Debemos estarnos quietos ahora por esta razón?». Los artículos que constituyeron «Towards a Theory of Capitalist Crisis» fueron escritos en esta particular problemática, definida por los propios trabajadores, que nos decían: «Informadnos sobre el mundo exterior y sobre lo que tenemos que esperar». El punto de partida de los artículos era «mirad, las crisis ocurren con independencia de que luchéis o no; no son un producto de la militancia de los trabajadores o de los “errores” de la gestión económica, sino elementos fundamentales del funcionamiento de la propia acumulación de capital». Esa fue la orientación inicial. El artículo fue escrito en el inicio mismo de la crisis, antes de que ésta fuera ampliamente reconocida; fue importante como marco de referencia, un marco que he utilizado a lo largo de los años para verificar lo que estaba sucediendo y desde ese punto de vista han funcionado realmente bien.

Volveremos a la teoría de las crisis capitalistas, pero primero quería preguntarte sobre tu trabajo en Calabria. En 1973, justo cuando el movimiento estaba empezando a refluir, aceptaste la oferta de enseñar en Cosenza.

Una de las atracciones de ir a Calabria, para mí, fue continuar en una nueva ubicación mi investigación sobre los procesos de oferta de trabajo. Ya había visto en Rhodesia cómo la proletarización total de los africanos –o, dicho más exactamente, cuando éstos llegaban a la conclusión de que lo habían sido totalmente– conducía a luchas que reclamaban un salario que les permitiese reproducirse en las áreas urbanas. En otras palabras, la ficción de que «somos varones solteros, nuestras familias siguen viviendo en comunidades campesinas en las zonas rurales» no puede mantenerse una vez que ellos viven en las ciudades. Yo había señalado esto en «Labour Supplies in Historical Perspective», lo cual llegó a perfilarse más nítidamente en Italia porque aquí me enfrentaba a un enigma: los migrantes del sur eran llevados a las regiones industriales del norte como esquiroles durante la década de 1950 y principios de la de 1960, pero a lo largo de ésta y sobre todo al final de la misma se transformaron en las vanguardias de la lucha de clases, lo cual constituye una experiencia típica de los migrantes. Cuando formé un grupo de investigación en Calabria, propuse la lectura de los antropólogos sociales sobre África, particularmente sobre migración, y a continuación efectuamos un análisis de los procesos de oferta de fuerza de trabajo procedente de Calabria. Las cuestiones planteadas eran las siguientes: ¿qué estaba creando las condiciones para que se produjese esta migración? y ¿cuáles eran sus límites, dado que en un cierto punto en lugar de crear una fuerza de trabajo dócil que podía ser utilizada para socavar el poder negociador de la clase obrera septentrional, los propios migrantes se convertirían en la vanguardia militante?

De la investigación emergieron dos cosas. En primer lugar, el desarrollo capitalista no se fundamenta necesariamente sobre la proletarización total.

Por un lado, la migración obrera de larga distancia se estaba produciendo desde lugares en los que no estaba teniendo lugar desposesión alguna, en dónde había incluso posibilidades para que los migrantes comprasen tierra de los terratenientes, lo cual se hallaba interrelacionado con el sistema local de primogenitura mediante el cual el primogénito heredaba la tierra. Tradicionalmente, los hijos menores terminaban entrando en la Iglesia o en el ejército, hasta que la migración de larga distancia a gran escala ofreció una alternativa cada vez más importante de ganar el dinero necesario para comprar tierra y volver a casa para establecer sus propias explotaciones agrícolas. Por otro lado, en las áreas realmente pobres, en las que el trabajo se hallaba totalmente proletarizado, esos hijos menores no podían permitirse en absoluto el lujo de emigrar. El único modo en el que pudieron hacerlo fue, por ejemplo, cuando los brasileños abolieron la esclavitud en 1888 y necesitaron una fuerza de trabajo barata sustitutiva para lo cual reclutaron trabajadores de estas áreas profundamente empobrecidas del sur Italia, pagaron sus pasajes y los establecieron en Brasil para reemplazar a los esclavos emancipados. Se trata de pautas de migración muy diferentes, pero en general no es el muy pobre el que migra porque es necesario tener determinados recursos y conexiones para hacerlo.

La segunda conclusión de la investigación calabresa presentaba similitudes con los resultados de la investigación sobre África. Aquí también la disposición de los migrantes a involucrarse en las luchas obreras en los lugares a los que se desplazaban, dependía de si las condiciones en los mismos se consideraban permanentes a la hora de determinar sus oportunidades de vida. No basta con decir que la situación de las áreas de procedencia de los flujos migratorios determina cuáles serán los salarios y las condiciones en las que los migrantes trabajarán. Hay que indicar en qué momento los migrantes perciben que están obteniendo el grueso de sus medios de subsistencia del empleo asalariado: este punto de inflexión puede detectarse y verificarse su evolución. Pero el punto esencial que descubrimos fue un tipo de crítica diferente de la idea de proletarización como el proceso típico de desarrollo capitalista.

La primera versión escrita de esta investigación fue robada de un coche en Roma, de modo que la versión definitiva se escribió en Estados Unidos muchos años después de que te trasladaras a Binghamton en 1979, en donde se está desarrollando el análisis de los sistemas-mundo. ¿Fue ésta la primera vez en la que te posicionaste explícitamente sobre la relación existente entre proletarización y desarrollo capitalista respecto a las opiniones mantenidas por Wallerstein y Brenner?

  Sí, aunque no fui lo suficientemente explícito al respecto, si bien mencioné tanto a Wallerstein como a Brenner de pasada, siendo el conjunto del trabajo no obstante una crítica de ambos 4. Wallerstein mantiene la teoría de que las relaciones de producción son determinadas por su posición en la estructura centro-periferia de la economía-mundo capitalista. En su opinión, en la periferia tendemos a encontrar relaciones de producción que son coercitivas; no encontramos una proletarización total, que es la situación que tenemos en el centro. Brenner mantiene, en algunos aspectos, la opinión opuesta, pero en otros sentidos es muy similar: que las relaciones de producción determinan la posición en la estructura centro-periferia.

En ambos casos, encontramos una relación particular entre la posición en la relación centro-periferia y las relaciones de producción. La investigación calabresa mostró que éste no era el caso. Ahí, en el seno de la misma ubicación periférica, encontramos tres sendas diferentes desarrollándose y reforzándose simultánea y recíprocamente. Además, las tres sendas se asemejaban poderosamente a la evolución que había caracterizado, históricamente, diferentes ubicaciones del centro de la economía-mundo capitalista.

Una es muy similar a la vía del junker que presentaba Lenin: latifundio con total proletarización; otra se asemeja a la vía «estadounidense» de Lenin, de pequeñas y medianas explotaciones, insertas en el mercado. Lenin no presenta la tercera, que nosotros denominamos vía suiza: migración de larga distancia y después inversión y retención de la propiedad cuando se vuelve a casa. En Suiza, no existe desposesión del campesinado, sino por el contrario una tradición de migración de larga distancia que conduce a la consolidación de la pequeña explotación agrícola. Lo interesante sobre Calabria es que estas tres vías, que en otros sitios se hallan asociadas con un posición en el centro, se encuentran aquí en la periferia, lo cual constituye una crítica tanto del proceso uniforme de proletarización postulado por Brenner como de la remisión de las relaciones de producción a la posición en la estructura centro/periferia mantenida por Wallerstein.

Tu libro La geometria dello’imperialismo apareció en 1978, antes de que te fueses a Estados Unidos. Releyéndolo, me sorprendió la metáfora matemática –la geometría– que utilizas para comprender la teoría del imperialismo de Hobson, y que desempeña una función muy útil. Pero en su interior, se plantea una interesante cuestión geográfica: cuando pones en relación a Hobson con el capitalismo, la noción de hegemonía emerge repentinamente bajo la forma de un cambio que va de la geometría a la geografía y que surge de las tesis que planteas en el libro. ¿Cuál fue el impulso inicial que te llevo a escribir La geometria dell’imperialismo y cuál es su importancia para ti?

  Me desconcertaban, en ese momento, las confusiones terminológicas que giraban en torno al término «imperialismo». Mi objetivo era disipar parte de esa confusión creando un espacio topológico en el que los diferentes conceptos, que con frecuencia se denominaban todos ellos confusamente como «imperialismo», pudieran distinguirse entre sí. Pero como un ejercicio sobre el imperialismo, sí, también funcionaba para mí como una transición al concepto de hegemonía. Me extendí sobre este aspecto explícitamente en el «Posfacio» a la segunda edición de La geometria dell’imperialismo, en el que sostenía que el concepto gramsciano de hegemonía podía ser más útil que el de «imperialismo» para analizar las dinámicas del sistema interestatal contemporáneo. Desde este punto de vista, lo que yo –y otros– hacíamos era simplemente aplicar la noción de hegemonía gramsciana a las relaciones interestatales, cuando se había aplicado originalmente antes de Gramsci al análisis de las relaciones de clase en el seno de una jurisdicción política nacional. Al hacerlo, por supuesto, Gramsci enriquecía el concepto de innumerables modos que no habían sido perceptibles anteriormente. Nuestra reexportación del mismo a la esfera internacional se benefició enormemente de este enriquecimiento.

Una influencia central en The Long Twentieth Century 5, publicado en 1994, es Braudel. Tras haber absorbido sus enseñanzas, ¿tienes alguna crítica importante que hacerle?

  La crítica es realmente fácil. Braudel es una fuente increíblemente rica de información sobre los mercados y el capitalismo, pero carece de un marco teorético. O dicho más precisamente, como señaló Charles Tilly, Braudel es tan ecléctico que tiene innumerables teorías parciales, la suma de las cuales no es una teoría. Tú no puedes simplemente apoyarte en Braudel; tienes que aproximarte a él con una idea clara de lo que estás buscando y de lo que quieres extraer de él. Un aspecto sobre el me concentré, que diferencia a Braudel de Wallerstein y del resto de analistas de los sistemas-mundo –por no hablar de historiadores económicos más tradicionales, marxistas o no– es la idea de que el sistema de Estados nacionales, tal y como emergió en los siglos XVI y XVII, fue precedido por un sistema de ciudades-Estado; y que los orígenes del capitalismo han de buscarse ahí, en las ciudades-Estado. Ésta es una característica específica de Occidente, o de Europa, en comparación con otras partes del mundo.

Pero es fácil perderse si uno se limita simplemente a seguir a Braudel, porque él te lleva en innumerables direcciones diferentes. Por ejemplo, yo tuve que extraer este punto y combinarlo con lo que estaba aprendiendo del libro de William McNeill The Pursuit of Power, que también argumenta, desde una perspectiva diferente, que un sistema de ciudades-Estado precedió y preparó la emergencia del sistema de Estados territoriales.

Otra idea a la que tú dotas de una profundidad teórica mucho mayor, pero que sin embargo proviene de Braudel, es la noción de que la expansión financiera anuncia el otoño de un particular sistema hegemónico y precede el cambio a una nueva potencia hegemónica. ¿Esto sería una de las intuiciones fundamentales de The Long Twentieth Century?

  Sí. La idea era que las organizaciones capitalistas más importantes de una época particular también serían líderes de la expansión financiera, que siempre se produce cuando la expansión material de las fuerzas productivas alcanza sus límites. La lógica de este proceso –aunque de nuevo Braudel no la presenta– es que cuando la competencia se intensifica, la inversión en la economía material se hace cada vez más arriesgada y, por consiguiente, la preferencia por la liquidez se acentúa, lo cual crea las condiciones de oferta de la expansión financiera. La cuestión que se plantea a continuación es, por supuesto, cómo se crean las condiciones de demanda para que se produzcan expansiones financieras. A este respecto, recurrí a la idea de Weber de que la competencia interestatal por el capital en busca de inversión constituye la especificidad histórico-mundial de la era moderna.

Esta competencia crea, en mi opinión, las condiciones de demanda para la expansión financiera. La idea de Braudel del «otoño» como fase conclusiva del proceso de liderazgo en la acumulación, que pasa de la material a la financiera, y que conduce finalmente al desplazamiento por otro líder, es crucial. Pero también lo es la idea de Marx de que el otoño de un Estado particular, que experimenta una expansión financiera, es también la primavera de otra ubicación: los excedentes que se acumulan en Venecia van a Holanda; los que se acumulan aquí van después a Inglaterra; y los que se acumulan en ésta última van a Estados Unidos. Marx nos permite, pues, complementar lo que hemos encontrado en Braudel: el otoño se convierte en primavera en otra parte, produciendo una serie de desarrollos interconectados. The Long Twentieth Century describe estos ciclos sucesivos de expansión capitalista y de poder hegemónico desde el Renacimiento hasta el momento presente.

  En tu narrativa, las fases de expansión material del capital finalmente colapsa bajo la presión de la supercompetencia dando lugar a fases de expansión financiera cuyo agotamiento precipita a continuación un periodo de caos interestatal que se resuelve mediante la emergencia de una nueva potencia hegemónica capaz de restaurar el orden global y de reiniciar de nuevo el ciclo de expansión material soportado por un nuevo bloque social. Tales potencias hegemónicas han sido sucesivamente Génova, los Países Bajos, Gran Bretaña y Estados Unidos. ¿En qué medida consideras su surgimiento puntual, momento en el que cada una de ellas concluye un periodo precedente de desorden y conflictos, como un conjunto de contingencias?

¡Buena y difícil pregunta! Hay siempre un elemento de contingencia, pero al mismo tiempo la razón por la que estas transiciones duran tanto y atraviesan periodos de turbulencia y caos es que las propias agencias, como emergen posteriormente para organizar el sistema, experimentan un proceso de aprendizaje. Esto resulta obvio si analizamos el caso más reciente, el de Estados Unidos, que a finales del siglo XIX ya presentaba determinadas características que lo convertían en posible sucesor de Gran Bretaña como líder hegemónico, pero que necesitó más de medio siglo, dos guerras mundiales y una depresión catastrófica antes de desarrollar tanto las estructuras como las ideas que después de la Segunda Guerra Mundial le permitieron convertirse en una potencia verdaderamente hegemónica. ¿Fue el desarrollo de Estados Unidos como poder hegemónico potencial en el siglo XIX estrictamente una contingencia o hay algo más? No lo sé. Claramente, hubo un aspecto geográfico contingente, dado que Norteamérica tenía una configuración espacial diferente de la de Europa, que le permitió formar un Estado que no podía haberse creado en esta última, excepto en su flanco oriental, en el que Rusia también se estaba expandiendo territorialmente; pero hubo también un elemento sistémico: Gran Bretaña creó un sistema de crédito internacional que, después de determinado momento, favoreció la formación de Estados Unidos de modos específicos.

Ciertamente, si Estados Unidos no hubiera existido con su particular configuración geográfica a finales del siglo XIX, la historia habría sido muy diferente.

¿Cual habría sido la potencia hegemónica? Tan solo podemos hacer conjeturas. Pero existía Estados Unidos, que estaba creciendo en múltiples aspectos a partir de la tradición de Holanda y Gran Bretaña. Génova era un poco diferente: no digo en ningún momento que fuera hegemónica; se hallaba más próxima al tipo de organización financiera transnacional que se produce en las diásporas, incluida la diáspora china contemporánea, pero nunca fue hegemónica en el sentido gramsciano en el que lo fueron Holanda, Gran Bretaña y Estados Unidos. La geografía cuenta muchísimo; pero aunque éstas son tres potencias hegemónicas espacialmente muy diferentes, cada una de ellas creció a partir de características organizacionales aprendidas de la anterior. Gran Bretaña tomó prestados un gran número de elementos de Holanda y Estados Unidos hizo lo propio respecto a la potencia británica; se trata de un conjunto interrelacionado de Estados y en su sucesión se produce un efecto bola de nieve. Así que sí, hay contingencia, pero también vínculos sistémicos.

The Long Twentieth Century no se ocupa de las vicisitudes del movimiento obrero. ¿Lo omitiste porque lo considerabas entonces como de menor importancia o porque la arquitectura del libro –su subtítulo es Dinero y poder en los orígenes de nuestra época– era ya tan amplia y compleja que pensaste que incluir el movimiento la iba a sobrecargar demasiado?

Por la segunda razón. The Long Twentieth Century originalmente iba a ser coescrito con Beverly Silver –a quien encontré en Binghamton– e iba a tener tres partes. Una trataba sobre las hegemonías, que ahora constituye el primer capítulo del libro. La segunda debía abordar el capital: la organización del capital, la empresa; básicamente la competencia. La tercera parte iba a analizar la cuestión del trabajo: relaciones trabajo y capital y los movimientos obreros. Pero el descubrimiento de la financiarización como una pauta recurrente del capitalismo histórico puso patas arriba todo el proyecto y me forzó a retroceder en el tiempo, lo cual yo nunca quise hacer, porque el libro supuestamente iba a versar sobre el «largo siglo XX», entendiendo por tal el periodo comprendido desde la Gran Depresión de la década de 1870 hasta el presente. Cuando descubrí el paradigma de la financiarización quedé totalmente fuera de combate y The Long Twentieth Century se convirtió básicamente en un libro sobre el papel del capital financiero en el desarrollo histórico del capitalismo desde el siglo XIV. Así que Beverly se hizo cargo del análisis sobre el trabajo en su libro Forces of Labour, que apareció en 2003 6.

Sí, Chaos and Governance in the Modern World System incluye capítulos sobre la geopolítica, la empresa, el conflicto social, etc., lo cual indica que el proyecto original nunca fue abandonado 7. Pero ciertamente no se añadió a The Long Twentieth Century porque no podía concentrarme en la recurrencia cíclica de las expansiones financieras y materiales y al mismo tiempo ocuparme del trabajo. Una vez que cambias el objeto de análisis a la hora de definir el capitalismo y optas por estudiarlo a partir de una sucesión de expansiones materiales y financieras, se hace muy difícil volver a reintroducir el trabajo. No solo se trata de un asunto enorme a la hora de abordarlo, sino que también se produce una variación considerable a lo largo del tiempo y del espacio en la relación entre capital y trabajo.

En primer lugar, como señalamos en Chaos and Governance in the Modern World System, se produce una aceleración de la historia social. Cuando tú comparas las transiciones de un régimen de acumulación a otro, te das cuenta de que en la transición de la hegemonía holandesa a la británica en el siglo XVIII, el conflicto social llega tarde respecto a las expansiones financieras y las guerras. En la transición de la hegemonía británica a la estadounidense a principios del siglo XX, la explosión del conflicto social fue más o menos simultánea al despegue de la expansión financiera y las guerras. En la transición actual –hacia un destino desconocido– la explosión del conflicto social a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970 precedió a la expansión financiera y se produjo sin guerras entre las potencias más importantes.

En otras palabras, si analizamos la primera mitad del siglo XX, las mayores luchas de los trabajadores se produjeron en la víspera de las guerras mundiales y después de las mismas. Este era el fundamento de la teoría de la revolución de Lenin: que las rivalidades intercapitalistas convertidas en guerras crearían las condiciones favorables para la revolución, que es algo que puede observarse empíricamente hasta la Segunda Guerra Mundial. En cierto sentido, puede sostenerse que en la transición actual la aceleración del conflicto social ha impedido que los Estados capitalistas libren guerras entre sí. Así, pues, para volver a tu pregunta, en The Long Twentieth Century opté por concentrarme en analizar exhaustivamente las expansiones financieras, los ciclos sistémicos de acumulación de capital y las hegemonías mundiales, mientras que en Chaos and Governance in the Modern World System volvimos al problema de las interrelaciones entre el conflicto social, las expansiones financieras y las transiciones hegemónicas.

En su discusión de la acumulación primitiva Marx escribe sobre la deuda nacional, el sistema crediticio y la bancocracia –en cierto sentido, la integración entre finanzas y Estado se ha producido durante la acumulación primitiva– como algo absolutamente crítico para el modo en que evoluciona el sistema capitalista. Pero el análisis de El capital no aborda el sistema crediticio hasta el volumen III, porque Marx no quiere ocuparse del interés, aunque el sistema crediticio resulte crucial para la centralización del capital, para la organización del capital fijo, etc. Esto plantea la cuestión de cómo funciona realmente la lucha de clases en torno al nexo finanzas-Estado, que desempeña el papel vital que estás comentando. Parece existir un vacío en el análisis de Marx: por un lado, dice que la dinámica importante es la existente entre el capital y el trabajo; por otro, el trabajo no parece que sea crucial para los procesos de los que estás hablando, esto es, transferencias de hegemonía, saltos de escalas. Es comprensible que fuera realmente difícil integrar en la narrativa de The Long Twentieth Century el trabajo, porque en un sentido la relación capital-trabajo no es central para ese aspecto de la dinámica capitalista. ¿Estarías de acuerdo con ello?

Sí, estoy de acuerdo, pero con una cualificación: el fenómeno que he mencionado de la aceleración de la historia social. Las luchas obreras de la década de 1960 y principios de la de 1970, por ejemplo, constituyeron un factor esencial en la financiarización de finales de esta última década y principios de la de 1980 y de las formas en que evolucionó. La relación entre luchas de los trabajadores y grupos subalternos y la financiarización es algo que cambia a lo largo del tiempo y recientemente ha desarrollado características que antes no tenía. Pero si tú intentas explicar la recurrencia de las expansiones financieras no puedes concentrarte demasiado sobre el trabajo, porque entonces hablarás únicamente sobre el último ciclo; cometerás el error de tomar el trabajo como la causa de las expansiones financieras, cuando las anteriores despegaron sin la intervención de las luchas de los trabajadores o de los grupos subalternos.

No obstante, sobre la cuestión del trabajo podríamos remontarnos a tu ensayo de 1990 sobre la remodelación del movimiento obrero mundial, «Marxist Century, American Century»8. Sostienes aquí que el análisis de Marx de la clase obrera contenido en el Manifiesto comunista es profundamente contradictorio, ya subraya simultáneamente el creciente poder colectivo del trabajo, a medida que avanza el desarrollo capitalista, y su creciente pauperización como consecuencia de la existencia de un ejército industrial activo y de un ejército industrial de reserva. Marx, señalas, pensaba que ambas tendencias se unirían en una misma masa humana, pero tú sostienes que a principios del siglo XX ambas llegaron a estar espacialmente polarizadas. En Escandinavia y en el mundo anglosajón prevaleció la primera, en Rusia y más al este la segunda (Berstein comprendió la situación de la primera, Lenin de la segunda), lo cual condujo a la escisión entre las alas reformista y revolucionaria del movimiento obrero. En Europa central –Alemania, Austria, Italia–, por otro lado, sostienes, que existía un equilibrio más fluctuante entre la fuerza de trabajo activa y en reserva, lo cual condujo a los errores de Kautsky, incapaz de escoger entre reforma o revolución, que contribuyeron a la victoria del fascismo. Al final del ensayo, sugerías que una recomposición del movimiento podría estar a punto de producirse, dado que la miseria reaparecía en Occidente con el retorno de un desempleo masivo, y el poder colectivo de los trabajadores se manifestaba en el Este con el surgimiento de Solidaridad en Polonia, reuniendo quizá lo que el espacio y la historia habían dividido. ¿Cuál es tu opinión sobre tal perspectiva hoy?

  Bien, la primera cosa que hay que decir es que además de este escenario optimista desde el punto de vista de la conexión de las condiciones de la clase obrera globalmente analizada se perfilaba una consideración más pesimista en el ensayo, que apuntaba a algo que siempre he considerado un serio defecto en el Manifiesto de Marx y Engels. Hay un salto lógico que realmente no se sostiene ni intelectual ni históricamente y que es la idea de que para el capital aquellas cosas que hoy denominaríamos género, etnicidad, nacionalidad, no importan, que la única cosa que le importa es la posibilidad de explotación y que, por lo tanto, el grupo de estatus más explotable presente en el seno de la clase trabajadora es el único que empleará sin ninguna discriminación en términos de raza, género o etnicidad.

Eso es ciertamente cierto, pero de ello no se desprende que los diversos grupos de estatus presentes en la clase obrera aceptarán esto tal cual. De hecho es precisamente en el momento en que la proletarización se generaliza y los trabajadores se hallan sujetos a esta disposición del capital, cuando movilizan toda diferencia de estatus que pueden identificar o construir para ganar un tratamiento privilegiado por parte de los capitalistas. Los trabajadores se movilizarán a partir de líneas de género, nacionales, étnicas o de cualquier otro tipo para obtener un tratamiento privilegiado del capital.

«Marxist Century, American Century» no es tan optimista como podría parecer, porque señala esta tendencia interna de la clase trabajadora a acentuar las diferencias de estatus para protegerse a sí misma de la predisposición del capital a tratar al trabajo como una masa indiferenciada que sería empleada únicamente en la medida en que le permite obtener beneficios. Así, pues, el artículo finalizaba con una nota optimista –existe una tendencia hacia la igualación–, pero al mismo tiempo es de esperar que los trabajadores luchen para protegerse a sí mismos mediante la formación o consolidación de grupos de estatus contra esa misma tendencia.

¿Significa esto que la diferenciación entre el ejército industrial activo y el ejército industrial de reserva también tiende a hallarse divida por el estatus, racializado si lo prefieres?

Depende. Si observamos el proceso globalmente –en cuyo caso el ejército industrial de reserva no se halla constituido únicamente por los desempleados, sino también por los encubiertamente desempleados y por los excluidos– entonces definitivamente existe una división de estatus entre los dos.

La nacionalidad ha sido utilizada por segmentos de la clase obrera pertenecientes al ejército industrial activo para diferenciarse del ejército de reserva global. A escala nacional, esto es menos claro. Si pensamos en Estados Unidos o en Europa, es mucho menos evidente que exista realmente una diferencia de estatus entre la fuerza de trabajo activa y la de reserva, pero si incluimos a los migrantes que actualmente están llegando desde países que son mucho más pobres, comprobamos que los sentimientos antiinmigración, que son una manifestación de esta tendencia a crear distinciones de estatus en el seno de la clase trabajadora, han crecido. Resulta, pues, un cuadro muy complicado, particularmente si observamos los flujos de migración transnacional y atendemos al hecho de que el ejército industrial de reserva se halla fundamentalmente concentrado en el Sur global y no en el Norte.

En tu artículo de 1991 «World Income Inequalities and the Future of Socialism » tú mostrabas una extraordinaria estabilidad de la jerarquía de la riqueza regional durante el siglo XX, esto es, el grado en que la diferencia en la renta per capita entre el Norte/Occidente situado en el centro de la economía-mundo capitalista y el Sur/Este situado en la semiperiferia y la periferia ha permanecido inmutado, o en realidad se ha intensificado, tras medio siglo de desarrollismo9. El comunismo, señalabas, no había logrado colmar esta diferencia en Rusia, Europa oriental o China, aunque no lo había hecho peor en este sentido que el capitalismo en América Latina, Asia sudoriental o África y en otros aspectos –una distribución más igualitaria de la renta en la sociedad y una mayor independencia del Estado del centro constituido por el Norte/Occidente– lo había hecho significativamente mejor. Dos décadas después, China ha roto obviamente la pauta que tú describías entonces. ¿En qué medida te sorprendió o no esto?

  Ante todo, no debemos exagerar en qué grado China ha roto la pauta. El nivel de renta per capita en China era tan bajo –y todavía es bajo comparado con los países ricos– que incluso los avances importantes tienen que ser cualificados. China ha doblado su posición relativa respecto al mundo rico, pero todavía eso solo significa pasar del 2 por 100 de la media de la renta per capita de los países ricos al 4 por 100. Es cierto que China ha sido decisiva a la hora de reducir las desigualdades de renta mundial entre países. Si prescindimos de China, la posición del Sur ha empeorado desde la década de 1980; si la mantenemos, entonces el Sur ha mejorado algo, debido casi exclusivamente al avance de este país. Pero, por supuesto, se ha producido un enorme crecimiento de la desigualdad en el interior de la RPCh , de modo que China ha contribuido también al incremento de las desigualdades en el interior de los países durante las últimas décadas. Tomando estas dos medidas juntas –desigualdad entre y en el interior de los países– estadísticamente China ha provocado una reducción en la desigualdad global total. No deberíamos exagerar esto, dado que la pauta mundial presenta un perfil de enormes diferencias que se están reduciendo en pequeña medida. Sin embargo, es importante porque cambia las relaciones de poder entre países. Si continua, puede cambiar incluso la distribución global de la renta de un modelo que es todavía muy polarizado a una distribución más normal de tipo paretiano.

¿Me sorprendió esto? En cierto sentido, sí. De hecho, es por ello por lo que cambié mi objeto de interés durante los últimos quince años para estudiar Asia oriental, porque me di cuenta de que, aunque esta región –excepto Japón obviamente– formaba parte del Sur tenía determinadas peculiaridades que le permitían generar un tipo de desarrollo que no casaba en absoluto con la pauta de desigualdad estable entre regiones. Al mismo tiempo nadie ha afirmado –y yo desde luego no– que la estabilidad en la distribución global de la renta también significaba inmovilidad de países o regiones particulares. Una estructura completamente estable de desigualdades puede persistir con algunos países ascendiendo y otros descendiendo y esto es, en cierto sentido, lo que ha sucedido. Durante las décadas de 1980 y 1990, en particular, el desarrollo más importante ha sido la bifurcación de una altamente dinámica Asia oriental que se ha movido hacia arriba, un África estancada que ha seguido la senda descendente, particularmente África meridional, el «África de las reservas de trabajo» de nuevo.

Esta bifurcación es el asunto que más me interesa en estos momentos: ¿por qué África meridional y Asia oriental se han movido en direcciones tan opuestas? Es un fenómeno muy importante que tenemos que intentar comprender, porque hacerlo también modificaría nuestra comprensión de los fundamentos de un desarrollo capitalista exitoso y el grado en que reposa o no sobre la desposesión: la completa proletarización del campesinado como sucedió en África meridional o en una proletarización mucho más parcial que ha tenido lugar en Asia oriental. Por consiguiente, la divergencia de estas dos regiones suscita una gran cuestión teórica, que de nuevo desafía la identificación de Brenner del desarrollo capitalista con la total proletarización de la fuerza de trabajo.

Chaos and Governance in the Modern World System sostenía en 1999 que la hegemonía estadounidense declinaría principalmente al hilo del ascenso de Asia oriental y sobre todo de China. Al mismo tiempo planteaba la perspectiva de que ésta sería la región en la que el trabajo podría plantear en el futuro el desafío más drástico al capital a escala mundial. Se ha sugerido en algunas ocasiones que existe una tensión entre estas perspectivas: el ascenso de China como centro de poder rival de Estados Unidos y el incremento de la revuelta de las clases trabajadoras chinas. ¿Cómo contemplas la relación entre ambos procesos?

La relación es muy estrecha porque ante todo, contrariamente a lo que mucha gente piensa, los campesinos y trabajadores chinos tiene una tradición milenaria de revuelta que no tiene paralelo en ninguna otra parte del mundo. De hecho, muchas de las transiciones dinásticas fueron impulsadas por rebeliones, huelgas y manifestaciones no únicamente de trabajadores y campesinos, sino también de pequeños comerciantes. Se trata de una tradición que continúa sin interrupción hasta el presente. Cuando Hu Jintao dijo a Bush hace algunos años, «No se preocupe por el intento de China de desafiar el predominio estadounidense; tenemos demasiadas preocupaciones en casa», estaba señalando una de las principales características de la historia china: cómo enfrentarse a la combinación de rebeliones internas protagonizadas por las clases subordinadas y de invasiones externas por parte de los denominados bárbaros, procedentes bien de las estepas, hasta el siglo XIX, y después, desde las Guerras del Opio, del mar. Éstas han sido siempre preocupaciones abrumadoras de los gobiernos chinos y han impuesto estrechos límites al papel de China en las relaciones internacionales. El Estado chino imperial de finales del siglo XVIII y del XIX era básicamente un tipo de Estado del bienestar premoderno.

Estas características se reprodujeron a lo largo de su subsiguiente evolución. Durante la década de 1990, Jiang Zemin permitió al genio capitalista salir de la botella. Los actuales intentos de meterlo de nuevo en ella tienen que abordarse en el contexto de esta tradición mucho más dilatada. Si las rebeliones de las clases subordinadas chinas se materializan en una nueva forma de Estado del bienestar, entonces ello influirá la pauta de las relaciones internacionales durante los próximos veinte o treinta años. Pero el equilibrio de fuerzas entre las clases en China es todavía una cuestión abierta.

¿Existe una contradicción entre ser un centro fundamental de revuelta social y ser una potencia en ascenso? No necesariamente: Estados Unidos en la década de 1930 estuvo en la vanguardia de las luchas obreras al tiempo que emergía como potencia hegemónica. El hecho de que estas luchas tuvieran éxito en medio de la Gran Depresión fue un factor significativo a la hora de que Estados Unidos fuera socialmente hegemónico también para las clases trabajadoras. Éste fue ciertamente el caso en Italia donde la experiencia estadounidense se convirtió en el modelo para algunos sindicatos católicos.

Declaraciones recientes de China sugieren que existe una gran preocupación sobre los niveles de desempleo que pueden resultar de la recesión global, habiéndose dispuesto una batería de medidas para enfrentarse a ella.

¿Pero esto implica también la continuación del modelo de desarrollo de modos que pueden, a fin de cuentas, desafiar al resto del capitalismo global?

La cuestión es si las medidas que los dirigentes chinos adopten como respuesta a las luchas de los grupos subordinados pueden funcionar en otros lugares en los no existen las mismas condiciones. La cuestión de si China puede convertirse en modelo para otros Estados –particularmente para otros grandes Estados del Sur, como India– depende de innumerables especificidades históricas y geográficas que pueden no ser reproducibles en otras partes.

Los chinos saben esto y no se postulan como un modelo que tenga que ser imitado. Así, pues, lo que suceda en China será crucial en cuanto a las relaciones entre la RPCh y el resto del mundo, pero no en términos del establecimiento de un modelo para que otros lo sigan. Existe, sin embargo, una interpenetración de las luchas en China –de las luchas obreras y campesinas contra la explotación, pero también de las luchas contra los problemas ambientales y la destrucción ecológica– que no se encuentran con esa extensión en ninguna otra parte. Estas luchas están creciendo en estos momentos y resultará importante ver cómo los líderes chinos responden a ellas.

Creo que el traspaso de liderazgo a Hu Jintao y Wen Jiabao tiene que ver con el nerviosismo, por decirlo suavemente, ligado al abandono de una larga tradición de políticas de bienestar. Tendremos, pues, que seguir la evolución de la situación y observar los posibles resultados de la misma.

Volvamos a la cuestión de las crisis capitalistas. Tu ensayo de 1972 «Towards a Theory of Capitalist Crisis» establece una comparación entre el largo declive de 1873-1896 y la predicción, que se probó totalmente exacta, de otra crisis similar que históricamente comenzó en 1973. Has vuelto a este paralelismo varias veces desde entonces, señalando las similitudes, pero también las importantes diferencias entre ambas, sin embargo has escrito menos sobre la crisis de 1929 y su evolución. ¿Sigues considerando que la Gran Depresión presenta una menor relevancia?

Bien, no menos relevancia, porque de hecho es la crisis más seria que ha experimentado el capitalismo histórico y ciertamente constituyó un punto de inflexión. Pero también educó a las potencias realmente importantes sobre lo que tenían que hacer para no repetir la experiencia. Existe una variedad de instrumentos conocidos y menos conocidos para impedir que ese tipo de hundimiento se produzca de nuevo. Incluso ahora, aunque el colapso de los mercados bursátiles está siendo comparado con el de la década de 1930, creo, y puedo estar equivocado, que tanto las autoridades monetarias como los gobiernos de los Estados que realmente cuentan van a hacer todo lo que puedan para evitar que el colapso de los mercados financieros tenga efectos sociales similares a los de la década de 1930. No pueden permitírselo políticamente así que tirarán para adelante haciendo todo lo que tengan que hacer. Incluso Bush –y antes que él Reagan– a pesar de toda su ideología de libre mercado, recurrieron a un tipo extremo de financiación del gasto de corte keynesiano. Su ideología es una cosa, lo que realmente hacen es otra, porque están respondiendo a situaciones políticas que no pueden tolerar que se deterioren demasiado. Los aspectos financieros pueden ser similares a la década de 1930, pero existe una mayor conciencia y unas restricciones más severas sobre las autoridades políticas para que no permitan que estos procesos afecten a la denominada economía real en la misma medida en que lo hicieron en la década de 1930. No estoy diciendo que la Gran Depresión sea menos relevante, pero no estoy convencido de que se vaya a repetir en un futuro próximo. La situación de la economía mundial es radicalmente diferente. En la década de 1930 se hallaba enormemente segmentada y ello puede haber sido el factor que produjo las condiciones para que se produjera una cadena de derrumbamientos como la que se produjo. Ahora está mucho más integrada.

En «Towards a Theory of Capitalist Crisis» describes un profundo conflicto estructural en el capitalismo, en el que diferencias entre crisis que son causadas por una tasa demasiado alta de explotación, que conduce a crisis de realización a causa de una demanda efectiva insuficiente, y aquellas otras debidas a una tasa demasiado baja de explotación, que reduce la demanda de medios de producción. En la actualidad, ¿todavía sostienes esta distinción general y si es así dirías que estamos inmersos en una crisis de realización, enmascarada por un endeudamiento personal y una financiarización crecientes debidos a las represiones salariales que han caracterizado al capitalismo durante los últimos treinta años?

  Sí. Creo que durante los últimos treinta años se ha producido un cambio en la naturaleza de la crisis. Hasta principios de la década de 1980, la crisis fue una crisis típica de caída de la tasa de beneficio debido a la intensificación de la competencia entre las agencias capitalistas y a que en aquellas circunstancias los trabajadores estaban mucho mejor equipados para protegerse a sí mismos que en depresiones anteriores, tanto la de finales del siglo XIX como la de la década de 1930. Esta fue, pues, la situación durante la década de 1970. La contrarrevolución monetaria de Reagan- Thatcher se orientó realmente a socavar este poder, esta capacidad de las clases trabajadoras de protegerse a sí mismas, y si bien este no fue su único objetivo, sí fue uno de los principales. Creo que tú citas algún asesor de Thatcher diciendo que lo que ellos hacían…

… era crear un ejército industrial de reserva; exactamente…

  … ¡lo que Marx dice que ellos debían hacer! Eso cambió la naturaleza de la crisis. En las décadas de 1980 y 1990 y ahora en la de 2000, nos enfrentamos en realidad a una crisis de sobreproducción, con todas sus características típicas. La renta ha sido redistribuida a favor de los grupos y clases que disponen de alta liquidez y predisposiciones especulativas, por lo cual no se reintegra en la circulación en forma de demanda efectiva, sino que se encamina a la especulación, creando burbujas que explotan regularmente.

Por consiguiente, sí, la crisis se ha transformado de una caracterizada por la caída de la tasa de beneficio, debida a la intensificación de la competencia entre capitales, en una de sobreproducción debida a la escasez sistémica de demanda efectiva creada por las tendencias del desarrollo capitalista.

Un informe reciente del National Intelligence Council predecía el fin del dominio global de Estados Unidos en 2025 y la emergencia de un mundo más fragmentado, más multipolar y potencialmente más conflictivo. ¿Piensas que el capitalismo como sistema-mundo requiere, como condición de posibilidad, una única potencia hegemónica? ¿Es la ausencia de una de éstas necesariamente equivalente a un caos sistémico inestable, es imposible un equilibrio de poder entre grandes Estados aproximadamente comparables?

  No, no diría que es imposible. En gran medida depende de si la potencia hegemónica en ejercicio acepta la acomodación o no. El caos de los últimos seis o siete años es debido a la respuesta de la Administración de Bush al 11-S, que ha sido en algunos aspectos un caso de suicidio de una gran potencia. Lo que las potencias declinantes hacen es muy importante, porque ellas tienen la capacidad de crear caos. El conjunto del «Project for a New American Century» era una negativa a aceptar ese declive, lo cual ha sido una catástrofe. Se ha producido una debacle militar en Iraq y el correspondiente deterioro financiero de la posición estadounidense en la economía mundial, que ha transformado a Estados Unidos de una nación acreedora en la mayor nación deudora de la historia mundial. Como derrota, la de Iraq es peor que la de Vietnam, porque en Indochina había una larga tradición de guerra de guerrillas: los vietnamitas tenían un líder del calibre de Ho Chi Minh, habían derrotado ya a los franceses. La tragedia de los estadounidenses en Iraq es que incluso en las mejores circunstancias posibles les está costando mucho ganar la guerra y ahora mismo están intentando abandonarla salvando de algún modo la cara. Su resistencia a la acomodación ha conducido, primero, a una aceleración de su declive y, segundo, a un increíble sufrimiento y caos en Iraq. Iraq es un desastre. El volumen de la población desplazada es mucho mayor que en Dafur.

No está claro lo que Obama quiere hacer realmente. Si piensa que pude revertir el declive, va a encontrarse con sorpresas muy desagradables. Lo que puede hacer es gestionarlo inteligentemente, en otras palabras, cambiar la política seguida de: «Nosotros no nos estamos acomodando. Nosotros queremos otro siglo» a una de gestión de facto del declive, ideando políticas que se acomoden al cambio acaecido en las relaciones de poder. No se si Obama va a hacer esto, porque es muy ambiguo, realmente no lo se. Pero el cambio de Bush a Obama abre la posibilidad de gestionar y acomodar el declive de Estados Unidos en un modo no catastrófico. Bush ha tenido el efecto opuesto: la credibilidad del ejército estadounidense se ha socavado todavía más, la posición financiera es ahora más desastrosa. Así que la tarea a la que se enfrenta Obama, creo, es gestionar el declive inteligentemente; eso es lo que puede hacer, si bien su idea de incrementar las tropas en Afganistán es como poco preocupante.

A lo largo de los años, aunque siempre has basado tu trabajo en la concepción de Marx de la acumulación de capital, nunca has vacilado en expresar determinadas críticas importantes a su pensamiento: entre otras su infravaloración de las luchas de poder entre los Estados, su indiferencia respecto al espacio, las contradicciones en su análisis de la clase obrera. Durante mucho tiempo te ha fascinado Adam Smith, que juega un papel central en tu último trabajo Adam Smith en Pekín 10. ¿Cuáles serían las reservas, similares a las que oponías a Marx, que le plantearías?

  Las reservas comparables sobre Smith son las mismas que las que Marx tenía respecto a él. Marx tomó un montón de cosas de Smith: la tendencia de la tasa de beneficio a caer bajo el impacto de la competencia intercapitalista, por ejemplo, es una idea de Smith. El capital es una crítica de la economía política: Marx estaba criticando a Smith por no haber tenido en cuenta lo que sucedía en los lugares ocultos de la producción, por decirlo con sus palabras: la competencia intercapitalista podía impulsar a la baja la tasa de beneficio, pero ello era contrarrestado por la tendencia y la capacidad de los capitalistas de alterar a su favor las relaciones de poder con la clase trabajadora. Desde este punto de vista, la crítica de Marx de la economía política de Smith estaba efectuando una aportación crucial. Sin embargo, también tenemos que atender a la evidencia histórica, porque el de Marx era un constructo teórico dotado de premisas que pueden no corresponder a la realidad histórica de periodos o lugares particulares.

No podemos inferir realidades empíricas de constructos teóricos. La validez de su crítica de Smith tiene que evaluarse en función de los hechos históricos; eso se aplica a Smith lo mismo que a Marx o cualquier otro autor.

Una de las conclusiones de Marx en El capital , particularmente del volumen I, es que la adopción de un sistema de libre mercado smithiano provocará el incremento de la desigualdad de clase. ¿En qué medida la introducción de un régimen smithiano en Pekín trae aparejado el riesgo de mayores desigualdades en China?

Mi razonamiento en el capítulo teórico sobre Smith, en Adam Smith en Pekín, es que no existe noción alguna en su trabajo de unos mercados autorregulados, como sucede en el credo neoliberal. La mano invisible es la del Estado, que debe gobernar de un modo descentralizado con un mínimo de interferencia burocrática. Sustantivamente, la acción del gobierno en Smith es pro trabajo, no pro capital. Smith es muy explícito cuando afirma que no es partidario de que los trabajadores compitan para reducir los salarios, sino de que lo hagan los capitalistas para reducir sus beneficios a una mínima recompensa aceptable por sus riesgos. Las concepciones actuales afirman lo contrario de lo que él dice. No esta claro, sin embargo, hacia donde se dirige China hoy. En la era de Jiang Zemin, durante la década de 1990, se encaminaba ciertamente a hacer competir a los trabajadores en pro del capital y el beneficio; no cabe duda al respecto. Ahora se ha producido una inversión, que como he dicho tiene en cuenta no solo la tradición de la Revolución y del periodo maoísta, sino también la de las políticas de bienestar de la China imperial tardía durante la dinastía Qing de finales del siglo XVIII y principios del XIX. No apuesto por un resultado particular en China, pero debemos estar atentos para analizar hacia dónde se encamina.

En Adam Smith en Pekín utilizas también el trabajo de Sugihara Kaoru, que contrapone una «revolución industriosa» basada en el trabajo intensivo y la gestión respetuosa de la naturaleza que en los inicios del periodo moderno se verifica en Asia oriental, y una «revolución industrial» basada en la mecanización y la depredación de los recursos naturales, y comentas la esperanza de que pudiera producirse una convergencia de las dos en beneficio de la humanidad en el futuro. ¿Cómo estimarías el equilibrio entre ambas en la actual Asia oriental?

  Muy precario. No soy tan optimista como Sugihara que piensa, quizá, que la tradición de Asia oriental de «revolución industriosa» se halla tan profundamente incrustada que puede si no llegar a ser dominante de nuevo, al menos jugar un importante papel en cualquier formación híbrida que vaya a emerger. Estos conceptos son más importantes para seguir lo que está sucediendo que para afirmar que Asia oriental va por este camino o Estados Unidos por aquel otro. Existen pruebas de que las autoridades asiáticas están preocupadas por el medioambiente y por el descontento social, pero después hacen cosas que son absolutamente estúpidas. La idea de copiar a Estados Unidos, desde este punto de vista, ya fue absurda en Europa y es obviamente todavía más absurda en China. Siempre he dicho a los chinos que durante las décadas de 1990 y 2000 ellos miraron a la ciudad equivocada. Si querían observar cómo ser ricos sin ser ecológicamente destructivos debían mirar a Ámsterdam en lugar de a Los Angeles. En Ámsterdam todo el mundo se mueve en bicicleta; hay miles de bicicletas aparcadas en la estación por la noche, porque la gente llega en tren, coge sus bicicletas por la mañana y las deja de nuevo por la tarde. Si bien no había coches en China la primera vez que estuve allí en 1970 –tan solo unos pocos autobuses en un mar de bicicletas–, ahora, cada vez más, las bicicletas han sido expulsadas. Desde ese punto de vista nos topamos con un panorama claroscuro, muy preocupante y contradictorio. La ideología de la modernización se halla desacreditada en todas partes, pero hasta ahora colea, muy ingenuamente, en China.

Pero por lo que implica de Adam Smith en Pekín parece ser que podríamos necesitar algo de esa revolución industriosa en Occidente, y que por consiguiente ésta es una categoría que no es específica de China, sino que puede ser en realidad mucho más amplia.

  Sí, pero el punto fundamental de Sugihara es que el desarrollo típico de la revolución industrial, la substitución de trabajo por maquinaria y energía, no solo tiene límites ecológicos, como sabemos, sino que también tiene límites económicos. De hecho los marxistas a menudo olvidan que la idea de Marx de la creciente composición orgánica del capital, que impulsa a la baja a la tasa de beneficio, tiene que ver fundamentalmente con el hecho de que el uso de más máquinas y energía intensifica la competencia entre los capitalistas de tal modo que la hace menos rentable, además de ser ecológicamente destructiva. El punto de Sugihara es que la separación de dirección y gestión empresarial, por un lado, y trabajo, por otro, el creciente dominio de los directivos y gestores empresariales sobre el trabajo y el hecho de que éste se halle privado de sus competencias, incluidas las de la autogestión, que es típica de la revolución industrial, tiene límites. En la revolución industriosa se produce una movilización de todos los recursos de los hogares que desarrolla, o al menos preserva, competencias de gestión y dirección entre los trabajadores. Finalmente, las ventajas de estas competencias de autogestión resultan más importantes que las ventajas derivadas de la separación de concepción y ejecución que fue típica de la revolución industrial. Creo que tiene razón, en el sentido de que es realmente crucial para comprender el actual ascenso de China; de que al haber preservado estas competencias de autogestión mediante la imposición de serias limitaciones a los procesos de proletarización en un sentido sustantivo, China puede ahora tener una organización del proceso de trabajo que se apoya más sobre las competencias de autogestión del trabajo que en otras partes. Esta es probablemente una de las principales fuentes de ventaja competitiva de China bajo las nuevas circunstancias.

Lo cual nos retrotraería a la política del Grupo Gramsci en lo que se refiere al proceso de trabajo y de autonomia.

Sí y no. Se trata de dos formas diferentes de autonomía. De lo que estamos hablando ahora es de autonomía de gestión y dirección, mientras que la otra se refería a la autonomía en la lucha, en el antagonismo de los trabajadores frente al capital. Ahí, la idea de autonomía era: ¿cómo formulamos nuestro programa de modo tal que unamos a los trabajadores en la lucha contra el capital, en vez de dividirlos creando así las condiciones para que éste restablezca su autoridad sobre ellos en el lugar de trabajo? La situación actual es ambigua. Muchos observan las competencias de autogestión chinas y las consideran como un modo de subordinar el trabajo al capital, en otras palabras, el capital ahorra en costes de gestión y dirección. Debemos poner estas competencias de autogestión en su contexto: dónde, cuándo y para qué propósito. No es tan fácil clasificarlas de un modo u otro.

Finalizabas «World Income Inequalities» en 1991 argumentando que tras el colapso de la URSS, la profundización y la multiplicación de los conflictos sobre recursos escasos en el Sur – la Guerra Iraq-Irán o la Guerra del Golfo pueden considerarse emblemáticos– obligaban a Occidente a crear estructuras embrionarias de gobierno mundial para regular aquellos: el G7 como comité ejecutivo de la burguesía global, el FMI y el Banco Mundial como su Ministerio de Economía, el Consejo de Seguridad como su Ministerio de Defensa. Estas estructuras, tú sugerías, podrían caer en manos de las fuerzas no conservadoras en un plazo de quince años.

  En Adam Smith en Pekín hablas por el contrario de una sociedad de mercado mundial como un futuro potencialmente esperanzador en el cual ninguna potencia es ya una potencia hegemónica. ¿Cuál es la relación entre ellas y cuáles son tus concepciones de ambas?

En primer lugar, no dije realmente que las estructuras del gobierno mundial emergieran como consecuencia de los conflictos en el seno del Sur. La mayoría de ellas eran organizaciones de Bretton Woods, establecidas por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial como mecanismos necesarios para evitar los problemas provocados por los mercados autorregulados en la economía global y como instrumentos de gobernanza.

Por consiguiente, desde el comienzo del periodo de posguerra existieron estructuras embrionarias de gobierno mundial. Lo que se produjo en la década de 1980 fue una creciente turbulencia e inestabilidad, de la cual estos conflictos en el Sur eran un aspecto, y por lo tanto estas instituciones fueron reactivadas para gestionar la economía mundial de un modo diferente al de antes. ¿Podrían apropiarse las fuerzas no conservadoras de las mismas? Mi actitud ante esas instituciones fue siempre ambivalente, porque en muchos aspectos reflejaban el equilibrio de poder entre los Estados del Norte y del Sur: en el seno del Norte, entre el Norte y el Sur, etc. No había nada en teoría que excluyese la posibilidad de que esas instituciones pudieran realmente ser puestas a trabajar para regular la economía mundial, de modo que pudieran promover una distribución más equitativa de las rentas a escala global. Sin embargo, lo que sucedió fue exactamente lo contrario. Durante la década de 1980, el FMI y el Banco Mundial se convirtieron en instrumentos de la contrarrevolución neoliberal y promovieron, por consiguiente, una distribución más desigual de la renta. Pero incluso entonces, como he dicho, lo que sucedió finalmente fue no tanto una distribución más desigual entre Norte y Sur, sino una gran bifurcación dentro del propio Sur, con Asia oriental comportándose muy bien y África meridional comportándose muy mal, mientras otras regiones se colocaban entre esos extremos.

¿Cómo se relaciona eso con el concepto de sociedad de mercado mundial que discuto en Adam Smith en Pekín? Resulta ahora obvio que un Estado mundial, incluso en su forma más embrionaria, de tipo confederal, sería muy difícil de materializar. No constituye una posibilidad seria en un futuro inmediato. Se está gestando una sociedad de mercado mundial en el sentido de que los países se relacionarán los unos con los otros mediante mecanismos de mercado que no se autorregulan en absoluto, sino que son regulados, lo cual era también cierto del sistema desarrollado por Estados Unidos, que constituía un proceso altamente regulado mediante el que la eliminación de las tarifas, las cuotas y las restricciones sobre la movilidad del trabajo eran siempre negociadas por los Estados, fundamentalmente por Estados Unidos y Europa, y después entre ambos y otros Estados. La cuestión ahora es qué regulación va a introducirse para impedir un hundimiento del mercado similar al acaecido en la década de 1930. Así, pues, la relación entre los dos conceptos es que la organización de la economía mundial se basará fundamentalmente en el mercado, pero con una importante participación de los Estados en la regulación de esa economía.

En The Long Twentieth Century bosquejabas tres resultados posibles del caos sistémico hacia los que estaba encaminándose la larga ola de financiarización que había comenzado a principios de la década de 1970: un imperio mundial controlado por Estados Unidos, una sociedad de mercado mundial en la que ningún Estado dominara a los otros o una nueva guerra mundial que destrozaría la humanidad. En los tres casos, el capitalismo, tal y como se había desarrollado históricamente, desaparecería.

En Adam Smith en Pekín concluyes que dados los fracasos de la Administración de Bush, el primero puede ahora ser excluido, dejando únicamente los otros dos. ¿Pero no existe, lógicamente al menos y de acuerdo con tu propio marco analítico, la posibilidad de que China pueda emerger en un determinado momento como una nueva potencia hegemónica que sustituya a Estados Unidos sin alterar las estructuras del capitalismo y del territorialismo tal y como tú las has descrito? ¿Excluyes esa posibilidad?

No excluyo esa posibilidad, pero comencemos recordando exactamente qué dije en realidad. El primero de los tres escenarios que contemplaba en The Long Twentieth Century era un imperio mundial controlado no por Estados Unidos, sino por Estados Unidos en alianza con sus aliados europeos.

Nunca pensé que Estados Unidos sería tan intratable como para intentar perseguir por sí solo un Nuevo Siglo Americano, dado que era un proyecto lo suficientemente absurdo como para ser tenido en cuenta; y, por supuesto, se volvería en su contra de modo inmediato. De hecho, existe una fuerte corriente en el seno del establishment de la política exterior estadounidense deseosa de reparar las relaciones con Europa, que experimentaron tensiones con el unilateralismo de la Administración de Bush. Se trata tan sólo todavía de una posibilidad, si bien es ahora menos probable de lo que lo era previamente. El segundo punto es que la sociedad de mercado mundial y el mayor peso de China en la economía global no son mutuamente excluyentes. Si observamos el modo en que China se ha comportado respecto a sus vecinos históricamente, siempre ha habido una relación basada más en el comercio y en los intercambios económicos que en el poder militar; y ello todavía es así. La gente malinterpreta con frecuencia este punto: piensan que estoy describiendo a los chinos como si fuesen más blandos que Occidente, pero no tiene nada que ver con esto, sino con los problemas de la gobernanza de un país como China, que hemos discutido anteriormente.

China tiene una tradición de rebeliones a la que ningún otro territorio de tamaño y densidad de población similares se ha enfrentado nunca. Sus gobernantes son también muy conscientes de la posibilidad de nuevos invasores que vengan del mar, en otras palabras Estados Unidos. Como señalo en el capítulo X de Adam Smith en Pekín existen varios planes estadounidenses sobre cómo tratar a China, ninguno de los cuales es exactamente tranquilizador para Pekín. Aparte del plan de Kissinger, que apuesta por la cooptación, los otros contemplan bien una nueva Guerra Fría dirigida contra China o bien la implicación de China en guerras con sus vecinos, mientras Estados Unidos desempeña el papel de «tercero feliz». Si China emerge, como pienso que hará, como un nuevo centro de la economía global, su papel será radicalmente diferente al de las potencias hegemónicas anteriores. No solo a causa de los contrastes culturales, enraizados como lo están en diferencias histórico-geográficas, sino precisamente porque la historia y la geografía diferentes de la región asiático-oriental no dejarán de impactar las nuevas estructuras de la economía global. Si China va a ser una potencia hegemónica, va a serlo de un modo muy diferente a las otras. Ante todo, el poder militar será mucho menos importante que el poder cultural y económico, particularmente éste último.

China tendrá que jugar la carta económica mucho más de lo que lo hicieron Estados Unidos, los británicos o los holandeses.

¿Prevés una mayor unidad en Asia oriental? Se comenta, por ejemplo, la posibilidad de una especie de FMI asiático, de la unificación de la moneda, etc., ¿ves a China como el centro de una potencia hegemónica asiático- oriental en vez de cómo un actor solitario? Y si es así, ¿cómo cuadra esto con el creciente nacionalismo de Corea del Sur, Japón y China?

  Lo que resulta más interesante de Asia oriental es cómo, a fin de cuentas, la economía es determinada por las predisposiciones y políticas reciprocas de los Estados, a pesar de sus nacionalismos, los cuales se hallan muy bien asentados e imbricados, pero también vinculados a un hecho histórico con frecuencia olvidado por Occidente: que Corea, China, Japón, Tailandia, Camboya, todos ellos eran Estados nacionales mucho antes de que hubiera un solo Estado-nación en Europa, que todos ellos tienen historias de reacciones nacionalistas frente al resto en un marco que es predominantemente económico. Ocasionalmente hubo guerras y la actitud de los vietnamitas respecto a China o de los coreanos respecto a Japón se asienta profundamente en la memoria de esas guerras. Al mismo tiempo, la economía parecer predominar. Fue sorprendente que el resurgimiento nacionalista en Japón, durante el mandato de Kozumi, fuera súbitamente puesto a buen recaudo cuando llegó a ser evidente que las empresas japonesas estaban interesadas en hacer negocios con China. En ésta también se produjo una enorme ola de manifestaciones antijaponesas, pero después se detuvo. El cuadro general en Asia oriental indica que existen profundas predisposiciones nacionalistas, pero al mismo tiempo que tienden a ser dominadas por los intereses económicos.

La actual crisis del sistema financiero mundial parece la reivindicación más espectacular de las predicciones teóricas que has sostenido desde hace mucho tiempo más allá de lo que nadie podía imaginar. ¿Hay de todas formas aspectos de esta crisis que te hayan sorprendido?

Mi predicción era muy simple. La tendencia recurrente hacia la financiarización era, como señaló Braudel, un signo del otoño de una expansión material particular que se centraba en un Estado determinado. En The Long Twentieth Century denominé el inicio de la financiarización la crisis-señal de un régimen de acumulación y señalé que a lo largo del tiempo –habitualmente tras medio siglo– se produce la crisis terminal. Para las anteriores potencias hegemónicas, era posible identificar tanto la crisis-señal como las crisis terminal. Para Estados Unidos aventuré la hipótesis de que la década de 1970 era la crisis señal; la crisis terminal no había llegado todavía, pero llegaría. ¿Cómo? La hipótesis básica es que todas estas expansiones financieras eran fundamentalmente insostenibles, porque estaban canalizando hacia la especulación más capital del que podía ser realmente gestionado o dicho con otras palabras existía la tendencia de que estas expansiones financieras desarrollaran burbujas de diversos tipos. Preví que esta expansión financiera conduciría finalmente a una crisis terminal, porque las burbujas son tan insostenibles hoy como lo fueron en el pasado, pero no los detalles de las burbujas: la burbuja de los valores tecnológicos o la burbuja de la vivienda.

También, me mostré ambiguo sobre en qué momento nos encontrábamos a principios de la década de 1990, cuando escribí The Long Twentieth Century. Pensaba que de algún modo la belle époque de Estados Unidos estaba ya acabada, cuando en realidad estaba justo empezando. Reagan la preparó provocando una recesión importante, que creó a continuación las condiciones para la subsiguiente expansión financiera, pero fue Clinton quien realmente presidió la belle époque que después terminó en el colapso de la década de 2000, especialmente del Nasdaq. Con la explosión de la burbuja de la vivienda, lo que estamos observando ahora es, con toda claridad, la crisis terminal de la centralidad financiera y de la hegemonía estadounidenses.

Lo que distingue tu trabajo de casi todos los partícipes en tu campo es tu aprecio por la flexibilidad, la adaptabilidad, y la fluidez del desarrollo capitalista, en el marco del sistema interestatal. Sin embargo, en la longue durée , como sucede en los marcos de 500, 150 y 50 años que adoptas para el examen colectivo de la posición de Asia oriental en el sistema interestatal emergen pautas de comportamiento sorprendentemente claras, casi nítidas en su determinación y simplicidad 11. ¿Cómo caracterizarías la relación existente entre contingencia y necesidad en tu pensamiento?

Hay dos cuestiones diferentes aquí: una concierne a la apreciación de la flexibilidad del desarrollo capitalista y la otra atañe a la recurrencia de las pautas de comportamiento, y la extensión en la que éstas se hallan determinadas por la contingencia o la necesidad. Sobre la primera, la adaptabilidad del capitalismo: esto se halla parcialmente ligado a mi experiencia de empresa cuando era joven. Inicialmente intenté gestionar la empresa de mi padre, que era relativamente pequeña; después redacté una disertación sobre la empresa de mi abuelo, que era de mayor tamaño que la de mi padre. A continuación discutí con mi abuelo y me fui a Unilever, que en cuanto a número de empleados era la segunda multinacional en esos momentos.

Tuve, pues, la suerte –desde el punto de vista del análisis de la empresa capitalista– de incorporarme sucesivamente a empresas cada vez mayores lo cual me ayudó a comprender que no puedes hablar sobre empresas capitalistas en general, porque las diferencias entre la empresa de mi padre, la de mi abuelo y Unilever eran increíbles. Por ejemplo, mi padre invertía todo su tiempo en visitar a sus clientes en los distritos textiles y estudiar los problemas técnicos que tenían con sus máquinas, para después volver a la fábrica y discutir los problemas con su ingeniero y adaptar las máquinas a las necesidades de aquellos. Cuando intenté gestionar este negocio me sentí totalmente perdido; todo se basaba en las competencias y los conocimientos que formaban parte de la práctica y la experiencia de mi padre. Podía ir a visitar y ver a los clientes, pero no podía resolver sus problemas, no podía realmente ni siquiera comprenderlos. No había remedio. De hecho, en mi juventud, cuando le decía a mi padre, «si llegan los comunistas, vas a tener problemas», él decía, «no, no voy a tener problemas, continuaré haciendo lo que hago, ellos necesitan gente que haga esto».

Cuando cerré la empresa de mi padre y me incorporé a la de mi abuelo, me encontré con una organización que ya era más fordista. No se estudiaban los problemas de los clientes, sino que se producían máquinas estandarizadas, les gustaran a los clientes o no. Sus ingenieros diseñaban máquinas en virtud de lo que ellos pensaban que precisaba el mercado y les decían a los clientes: esto es lo que tenemos. Se trataba de una producción en masa embrionaria, con líneas de montaje embrionarias. Cuando llegué a Unilever, apenas tuve contacto con el ámbito de la producción.

Existían muchas fábricas diferentes: una hacía margarina, otra jabón, otra perfumes. Había docenas de productos diferentes, pero la sede principal de actividad no era ni la organización del marketing ni el lugar de producción, sino el departamento financiero y el departamento de publicidad.

Así que eso me enseñó que era muy difícil identificar una forma específica como «típicamente» capitalista. Posteriormente, estudiando a Braudel, observé que esta idea de la naturaleza eminentemente adaptable del capitalismo era algo que podíamos observar históricamente.

Uno de los mayores problemas de la izquierda, pero también de la derecha, es pensar que hay únicamente un tipo de capitalismo que se reproduce históricamente, mientras que el capitalismo se ha transformado a sí mismo sustantivamente –sobre todo a escala global– de modos inesperados.

Durante varios siglos el capitalismo dependió de la esclavitud y parecía tan imbricado con la misma desde todos los puntos de visa que resultaba difícil pensar que podría sobrevivir sin ella; pero la esclavitud fue abolida y el capitalismo no solo sobrevivió sino que prosperó más que nunca, desarrollándose ahora a partir del colonialismo y el imperialismo.

En ese momento pareció que el colonialismo y el imperialismo eran esenciales para su funcionamiento, pero una vez más, tras la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo se desprendió de ambos y sobrevivió y prosperó.

Desde un punto de vista histórico-mundial, el capitalismo siempre ha estado transformándose a sí mismo y ésta es una de sus principales características; sería realmente miope intentar precisar lo que es el capitalismo sin tener en cuenta estas transformaciones cruciales. Lo que permanece constante a lo largo de estas transformaciones y lo que define la esencia del mismo se halla capturado de modo óptimo por la fórmula del capital acuñada por Marx, D-M-D’, a la cual me refiero repetidamente cuando identifico la alternancia de expansiones materiales y financieras. Si observamos la China actual, podemos decir que el sistema allí vigente quizá es capitalismo quizá no, y al respecto yo creo que se trata de una cuestión que todavía está abierta; pero aunque asumamos que se trata de capitalismo, debemos tener en cuenta que no es el mismo capitalismo que el existente en periodos anteriores, sino que se halla totalmente transformado.

El problema es identificar sus especificidades, cómo difiere de los capitalismos anteriores, lo denominemos capitalismo o de otro modo. ¿Y la segunda parte de la cuestión, esto es, la emergencia de pautas de comportamiento tan específicas de longue durée analizadas en tu trabajo y las transformaciones de escala?

Un punto es que existe una dimensión geográfica muy clara en los ciclos recurrentes de expansión material y financiera, pero podemos observar este aspecto únicamente si no nos limitamos a concentrarnos en un solo país, porque entonces se observa un proceso totalmente diferente. Esto es lo que ha hecho la mayoría de los historiadores: se concentran en un país y describen su evolución. En Braudel, por el contrario, la idea es precisamente que la acumulación de capital salta; y si tú no saltas con ella, si tú no le sigues de lugar a lugar, no la ves. Si permanecemos concentrados en Inglaterra o en Francia, perdemos de vista lo que es más esencial del desarrollo del capitalismo histórico-mundial. Tienes que moverte con él para comprender que el proceso de desarrollo capitalista es esencialmente aquel que supone un salto de una situación en la que lo que tú has denominado «solución espacial de carácter infraestructural» se vuelve demasiado constrictiva y la competencia se intensifica, a otra en la que una solución espacial de mayor escala y ámbito de acción permite al sistema experimentar otro periodo de expansión material. Y después, por supuesto, el ciclo se repite de nuevo.

Cuando formulaba esta idea por primera vez, infiriendo las pautas de comportamiento de Braudel y Marx, todavía no había apreciado totalmente tu concepto de solución espacial en el doble sentido de la palabra: fijeza del capital invertido y solución de las contradicciones previas de la acumulación capitalista. Existe una necesidad endógena en estas pautas de comportamiento que se deriva del proceso de acumulación, que moviliza dinero y otros recursos a una escala cada vez mayor, lo cual a su vez crea problemas bajo la forma de una competencia intensificada y de sobreacumulación de diversos tipos. El proceso de acumulación capitalista de capital –como proceso opuesto a la acumulación no capitalista de capital– tiene este efecto bola de nieve que intensifica la competencia e impulsa a la baja la tasa de beneficio. Quienes se hallan mejor posicionados para encontrar una nueva solución espacial lo hacen optando por un «contenedor» cada vez mayor.

De las ciudades-Estado, que acumularon un ingente capital en pequeños contenedores, a la Holanda del siglo XVII, que fue más que una ciudad-Estado pero menos que un Estado nacional, pasando por la Gran Bretaña de finales del siglo XVIII y del siglo XIX, con su imperio de dimensiones mundiales, para llegar a la dimensión continental de Estados Unidos en el siglo XX.

Ahora el proceso no puede continuar de la misma forma, porque no existe un contenedor mayor que pueda desplazar a Estados Unidos. Existen grandes Estados nacionales –de hecho civilizacionales– como China e India, que no son mayores que Estados Unidos en términos espaciales, pero que tienen cuatro o cinco veces su población. Así, pues, ahora estamos cambiando hacia una nueva pauta: en vez de desplazarnos de un contenedor a otro espacialmente mayor, estamos yendo de un contenedor con una baja densidad de población a contenedores con densidades mayores.

Por otro lado, anteriormente se produjo un cambio de países ricos a países ricos, mientras que ahora estamos desplazándonos de países muy ricos a países todavía básicamente pobres (la renta per capita de China es todavía la veintésima parte de la de Estados Unidos). En cierto sentido, puedes decir, «Perfecto, ahora la hegemonía, si es eso lo que está sucediendo, está cambiando de los ricos a los pobres». Pero al mismo tiempo, estos países presentan enormes diferencias y desigualdades internas. Todo se halla muy matizado. Se trata de tendencias contradictorias y necesitamos desarrollar nuevas herramientas conceptuales para comprenderlas.

Concluyes Adam Smith en Pekín con la esperanza de una comunidad de civilizaciones que vivan en términos igualitarios, una con otra, en un respeto compartido por el planeta y sus recursos naturales. ¿Usarías el término «socialismo» para describir esta visión o consideras que está agotado?

  Bien, no tendría objeciones a ser llamado socialista, excepto que desafortunadamente el socialismo ha sido demasiado identificado con el control de la economía por el Estado. Nunca pensé que fuera una buena idea. Provengo de un país en el que el Estado es despreciado o no inspira ninguna confianza. La identificación del socialismo con el Estado crea grandes problemas.

Así, pues, si este sistema-mundo se va a llamar socialista sería necesario que se redefiniera en términos de respeto mutuo entre los seres humanos y un respeto colectivo por la naturaleza. Pero esto puede tener que organizarse a través de intercambios mercantiles regulados por el Estado, de modo que se incremente de una forma smithiana el poder de los trabajadores y se disminuya el del capital, y no mediante la propiedad y el control de los medios de producción por parte de aquel. El problema con el término socialismo es que ha sido maltratado de tantas formas diferentes que se halla, pues, muy desacreditado. Si me preguntas cuál sería un término mejor, no tengo ni idea, creo que tenemos que buscar uno.

Tú eres muy bueno encontrando nuevas expresiones, así que deberías ofrecernos alguna sugerencia.

De acuerdo, me pongo a buscar uno.

Sí, tienes que trabajar para encontrar un sustituto para el término «socialista » que lo despoje de su identificación histórica con el Estado y lo acerque más a la idea de una mayor igualdad y respeto muto. ¡Así, que te dejo la tarea a ti!

1 Véase, respectivamente, G. Arrighi, «The Political Economy of Rhodesia», NLR 1/39 (septiembre- octubre de 1966); C. Leys, European Politics in Southern Rhodesia , Oxford, 1959; y G. Arrighi, «Labour Supplies in Historical Perspective. A Study of the Proletarianization of the African Peasantry in Rhodesia », en G. Arrighi y John Saul, Essays on the Political Economy of Africa, Nueva York, 1973.

3 Véase, en inglés, G. Arrighi, «Towards a Theory of Capitalist Crisis», NLR 1/111 (septiembre octubre de 1978); primero publicado en Rassegna Comunista 2, 3, 4 y 7, Milán (1972-1973).

4 Véase G. Arrighi y Fortunata Piselli, «Capitalist Development in Hostile Environments: Feuds, Class Struggles and Migrations in a Peripheral Region of Southern Italy», Review ( Fernand Braudel Center ) X, 4 (1987).

5 G . Arrighi, The Long Twentieth Century , Londres, 1994 [ed. cast.: El largo siglo XX . Dinero y poder en los orígenes de nuestra época , Madrid, Akal, 1999].

6 Coescrito por ambos en 1999, Chaos and Governance in the Modern World System parece respetar el tipo de estructura que tú habías planeado inicialmente para The Long Twentieth Century.

6 Beverly J. Silver, Forces of Labour. Workers’ Movements and Globalization Since 1870, Cambridge , 2003 [ed. cast.: Fuerzas de trabajo. Los movimientos obreros y la globalización desde 1870, Madrid, Akal, 2005].

7 G . Arrighi y B. Silver, Chaos and Governance in the Modern World System, Minneapolis 1999 [ed. cast.: Caos y orden en el sistema-mundo moderno, Madrid, Akal, 2001].

8 G . Arrighi, «Marxist Century, American Century. The Making and Remaking of the World Labour Movement», NLR 1/179 (enero-febrero de 1990) [ed. cast.: «Siglo marxista, siglo americano. La formación y remodelación del movimiento obrero mundial», NLR 0 (2000)].

9 G . Arrighi, «World Income Inequalities and the Future of Socialism», NLR 1/189 (septiembre-octubre de 1991).

10 G . Arrighi, Adam Smith in Beijing , Londres, Verso, 2007 [ed. cast.: Adam Smith en Pekín , Madrid , Akal, 2007].

11 G . Arrighi, Takeshi Hamashita y Mark Selden (eds.), The Resurgence of East Asia . 500, 150 and 50 Year Perspectives, Londres, 2003.

http://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/Giovanni_Arrighi.htm

Written by Eduardo Aquevedo

21 octubre, 2010 at 22:24

“Comunismo chino” y capitalismo de Estado?

with 4 comments

¿Comunistas chinos?

Xulio Ríos, Rebelión

China_saca_pecho Es verdad que los dirigentes y militantes del PCCh –cerca de 76 millones de personas- dicen ser comunistas, lo cual es ciertamente llamativo en los tiempos que corren. ¿Por qué insisten tanto en ello cuando, a simple vista, la realidad parece mostrar un particular empeño, por ejemplo, en el impulso a la liberalización económica y una desatención hilarante a las cuestiones sociales?

¿Es realmente creíble que, como dicen, el injusto tiempo actual es sólo un inevitable periodo de transición cuya culminación en forma de refundación de un socialismo adaptado a las circunstancias nacionales depende en exclusiva de que sea el PCCh quien conduzca el proceso? ¿O esto es sólo una coartada para seguir usufructuando el poder y beneficiarse de ello conteniendo protestas sociales que de otro modo podrían dispararse? ¿Tienen los dirigentes chinos necesidad de seguir autodenominándose comunistas?

Aunque pocos les creen, tanto dentro como fuera del país, insisten en el ritual. Hu Jintao y otros lo recuerdan a cada paso, mientras se promueven iniciativas de estudio del marxismo y desde las escuelas del Partido, el leninismo, el pensamiento de Mao Zedong, de Deng Xiaoping y de Jiang Zemin es objeto de reiteradas campañas para que no queden en el olvido, al tiempo que se insiste en erradicar todo dogmatismo y enaltecer la “adaptación”: “la verdad está en los hechos”. Siendo así, los hechos son preocupantes… El 0,4% de la población acumula el 70% de la riqueza, aseguraba en octubre pasado Hu Xingdu, profesor de economía en el Instituto de Tecnología de Pekín. China es el país del mundo con más billonarios después de EEUU, según la revista Hurun. Su fortuna supera el PIB de Indonesia o de Bélgica ¿Cómo un auténtico PCCh en el gobierno puede expresar esa desafección tan llamativa frente a los más humildes y tanta complicidad con las grandes fortunas, muchos de ellos especuladores del sector inmobiliario o dueños de esas minas de carbón donde mueren obreros a cada paso en condiciones infrahumanas? ¿En verdad no hay otro camino que la asunción de un mercado de estas características y el agravamiento de las desigualdades para alcanzar el socialismo?

Por otra parte, el esmero represivo de toda disidencia política que reclame signos liberalizadores de signo occidental, en paralelo al control ejercido sobre quienes detentan cierto poder económico, se complementa con el dominio directo de los sectores estratégicos de mayor calado, con preeminencia absoluta de empresas estatales donde las estructuras del PCCh actúan de verdadera columna vertebral y cuyos dirigentes dependen del nombramiento (y cese) del PCCh. El sector privado, tan en boca de todos por su creciente contribución al PNB, está representado en más de un 90% por pequeñas y medianas empresas, en un escenario atomizado que, siguiendo la advertencia de Deng Xiaoping, nunca podrá configurarse como un todo integral que se conduzca como una nueva burguesía que dispute el poder al PCCh. Tras la decisión del gobierno, el pasado 13 de mayo, de abrir nuevos sectores a la inversión y presencia del sector privado, se espera una nueva oleada privatizadora, pero el PCCh defiende a ultranza su capacidad de gestión del desafío (en parte integrando a los nuevos ricos en sus filas). Por no citar al Ejército, más fiel al PCCh y su Comisión Militar Central que al propio Estado, ambos hoy totalmente confundidos.

¿Por qué comunistas? Podría ser, simplemente, porque es verdad y se lo creen. O no se lo creen pero les viene de perlas para estar en la cresta de la ola y prolongar la legitimidad derivada de un proyecto que hoy parece deambular por sus antípodas. Podría ocurrir también que el reconocer lo contrario equivaliera a “perder la cara”, circunstancia culturalmente poco admisible incluso en esta China abrumada por los signos de la modernidad pero donde la hipotética contradicción sigue resolviéndose por la mera coexistencia de los contrarios. Por último, si dejan de ser comunistas muchas cosas en la China actual perderían sentido, entre otras, el discurso que asegura su hegemonía política indiscutible, so pena de conceptuarse como un absolutismo más equiparable a cualquier dictadura sin matices.

¿Forma parte todo ello de una mera coartada para lograr la complicidad de Occidente en términos tecnológicos y financieros a fin de asegurar, primer objetivo, su desarrollo? No dejar de ser sintomático que en el orden exterior la animadversión de multinacionales y poderes constituidos frente al PCCh brille por su ausencia. Ello a pesar de que en casi todo el mundo la palabra comunista tiene una connotación negativa. Las disputas, cuando existen, son de naturaleza pragmática o estratégica, pero en ningún caso ideológica.

¿Criptocapitalistas o criptocomunistas? Stalin decía que los comunistas chinos eran como los rábanos: rojos por fuera y blancos por dentro. Su razón de ser principal siempre ha sido el nacionalismo, credo inevitable para lograr el resurgimiento de la China arrodillada por las cañoneras occidentales en el siglo XIX, y tan presente en la liquidación del poder imperial como en la China maoísta disfrazado de lucha ideológica contra el comunismo soviético. La fraternidad internacionalista no fue suficiente. Tanto el Gran Salto Adelante como la Revolución Cultural expresaban, entre otras cosas, esa sensibilidad que hoy reviste la denominación de reforma y apertura.

Ese proyecto, la revitalización de la gran nación china, exige un alto grado de cohesión que sólo puede garantizar una fuerza política esencialmente monolítica (con sensibilidades y divisiones que apenas trasciendan) que ejerce el poder en exclusiva y con capacidad para emitir mensajes que refuercen su condición de garante de la estabilidad. No obstante, ese proyecto escora cada día más hacia la transmutación del PCCh en un nuevo poder de signo confuciano, articulado en torno a las bondades tradicionales del mandarinato, administradores honestos y virtuosos (lo que también explicaría parcialmente la importancia de la lucha contra la corrupción) cuyo objetivo es enriquecer la nación y garantizar la armonía social, pero en ningún caso alumbrar un nuevo orden emancipador. A la postre, en esa base radica la fluidez del entendimiento que hoy acerca posiciones como las defendidas en su día por fuerzas antaño tan antagónicas como el PCCh y el Kuomintang (KMT), desideologizados pese a tanta liturgia de signo aparentemente contrario y ambos contagiados por el pragmatismo que invita a la “reconstrucción de la nación”. Las negativas a una liberalización, del signo que sea, no se sustentan en un proyecto ideológico de clase sino nacional.

Más ficción que realidad, la subsistencia del ideario comunista es el argumento ideal para mantener el poder del partido único y reafirmar su legitimidad histórica, valiéndose de una hipotética continuidad respecto al proyecto de un Mao Zedong cuyas proclamas están totalmente ausentes del discurso y acciones del actual PCCh, en su mayoría y en su práctica, confucianas entre líneas.

El PCCh es hoy un aparato de poder que todo lo ocupa, pero vacío de otro sentido ideológico que no sea el nacionalismo. Las loas al socialismo y la reivindicación del marxismo que proclama Hu Jintao desde las tribunas conmemorativas se quedan en un brindis al sol con fecha de caducidad. Valga de ejemplo que ya en las útimas celebraciones del 60 aniversario de la RPCh, el retrato que presidía la ceremonia no era el de Mao (incorporado al desfile con el Deng, Jiang Zemin o Hu Jintao) sino el de Sun Yat-sen, el fundador de esa primera China republicana que el año próximo cumplirá su primer centenario.

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China y autor, entre otros, de “Mercado y control político en China”.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Manuel Castells, La era de la información. Sociedad, economía y cultura…

with one comment

INVESTIGACION2 Prólogo

La red y el yo

-¿Me consideras un hombre culto y leído?
-Sin duda -replicó Zi-gong-. ¿No lo eres?

-En absoluto -dijo Confucio- Tan sólo he agarrado el hilo que enlaza el resto*.

Hacia el final del segundo milenio de la era cristiana, varios acontecimientos de trascendencia histórica han transformado el paisaje social de la vida humana. Una revolución tecnológica, centrada en torno a las tecnologías de la información, está modificando la base material de la sociedad a un ritmo acelerado. Las economías de todo el mundo se han hecho interdependientes a escala global, introduciendo una nueva forma de relación entre economía, Estado y sociedad en un sistema de geometría variable. El derrumbamiento del estatismo soviético y la subsiguiente desaparición del movimiento comunista internacional han minado por ahora el reto histórico al capitalismo, rescatado a la izquierda política (y a la teoría marxista) de la atracción fatal del marxismo-leninismo, puesto fin a la guerra fría, reducido el riesgo de holocausto nuclear y alterado de modo fundamental la geopolítica global.

El mismo capitalismo ha sufrido un proceso de reestructuración profunda, caracterizado por una mayor flexibilidad en la gestión; la descentralización e interconexión de las empresas, tanto interna como en su relación con otras; un aumento de poder considerable del capital frente al trabajo, con el declive concomitante del movimiento sindical; una individualización y diversificación crecientes en las relaciones de trabajo; la incorporación masiva de la mujer al trabajo retribuido, por lo general en condiciones discriminatorias; la intervención del estado para desregular los mercados de forma selectiva y desmantelar el estado de bienestar, con intensidad y orientaciones diferentes según la naturaleza de las fuerzas políticas y las instituciones de cada sociedad; la intensificación de la competencia económica global en un contexto de creciente diferenciación geográfica y cultural de los escenarios para la acumulación y gestión del capital.

Como consecuencia de este reacondicionamiento general del sistema capitalista, todavía en curso, hemos presenciado la integración global de los mercados financieros, el ascenso del Pacífico asiático como el nuevo centro industrial global dominante, la ardua pero inexorable unificación económica de Europa, el surgimiento de una economía regional norteamericana, la diversificación y luego desintegración del antiguo Tercer Mundo, la transformación gradual de Rusia y la zona de influencia ex soviética en economías de mercado, y la incorporación de los segmentos valiosos de las economías de todo el mundo a un sistema interdependiente que funciona como una unidad en tiempo real. Debido a todas estas tendencias, también ha habido una acentuación del desarrollo desigual, esta vez no sólo entre Norte y Sur, sino entre los segmentos y territorios dinámicos de las sociedades y los que corren el riesgo de convertirse en irrelevantes desde la perspectiva de la lógica del sistema. En efecto, observamos la liberación paralela de las formidables fuerzas productivas de la revolución informacional y la consolidación de los agujeros negros de miseria humana en la economía global, ya sea en Burkina Faso, South Bronx, Kamagasaki, Chiapas o La Courneuve.

De forma simultánea, las actividades delictivas y las organizaciones mafiosas del mundo también se han hecho globales e informacionales, proporcionando los medios para la estimulación de la hiperactividad mental y el deseo prohibido, junto con toda forma de comercio ¡lícito demandada por nuestras sociedades, del armamento sofisticado a los cuerpos humanos. Además, un nuevo sistema de comunicación, que cada vez habla más un lenguaje digital universal, está integrando globalmente la producción y distribución de palabras, sonidos e imágenes de nuestra cultura y acomodándolas a los gustos de las identidades y temperamentos de los individuos. Las redes informáticas interactivas crecen de modo exponencial, creando nuevas formas y canales de comunicación, y dando forma a la vida a la vez que ésta les da forma a ellas.

Los cambios sociales son tan espectaculares como los procesos de transformación tecnológicos y económicos. A pesar de toda la dificultad sufrida por el proceso de transformación de la condición de las mujeres, se ha minado el patriarcalismo, puesto en cuestión en diversas sociedades. Así,, en buena parte del mundo, las relaciones de género se han convertido en un dominio contestado, en vez de sor una esfera de reproducción cultural. De ahí se deduce una redefinición fundamental de las relaciones entre mujeres, hombres y niños y, de este modo, de la familia, la sexualidad y la personalidad. La conciencia medioambiental ha calado las instituciones de la sociedad y sus valores han ganado atractivo político al precio de ser falseados y manipulados en la práctica cotidiana de las grandes empresas y las burocracias. Los sistemas políticos están sumidos en una crisis estructural de legitimidad, hundidos de forma periódica por escándalos, dependientes esencialmente del respaldo de los medios de comunicación y del liderazgo personalizado, y cada vez más aislados de la ciudadanía. Los movimientos sociales tienden a ser fragmentados, localistas, orientados a un único tema y efímeros, ya sea reducidos a sus mundos interiores o fulgurando sólo un instante en torno a un símbolo mediático.

En un mundo como éste de cambio incontrolado y confuso, la gente tiende a reagruparse en torno a identidades primarias: religiosa, étnica, territorial, nacional. En estos tiempos difíciles, el fundamentalismo religioso, cristiano, islámico, judío, hindú e incluso budista (en lo que parece ser un contrasentido), es probablemente la fuerza más formidable de seguridad personal y movilización colectiva. En un mundo de flujos globales de riqueza, poder e imágenes, la búsqueda de la identidad, colectiva o individual, atribuida o construida, se convierte en la fuente fundamental de significado social. No es una tendencia nueva, ya que la identidad, y de modo particular la identidad religiosa y étnica, ha estado en el origen del significado desde los albores de la sociedad humana.

No obstante, la identidad se está convirtiendo en la principal, y a veces única, fuente de significado en un periodo histórico caracterizado por una amplia desestructuración de las organizaciones, deslegitimación de las instituciones, desaparición de los principales movimientos sociales y expresiones culturales efímeras. Es cada vez más habitual que la gente no organice su significado en torno a lo que hace, sino por lo que es o cree ser. Mientras que, por otra parte, las redes globales de intercambios instrumentales conectan o desconectan de forma selectiva individuos, grupos, regiones o incluso países según su importancia para cumplir las metas procesadas en la red, en una corriente incesante de decisiones estratégicas. De ello se sigue una división fundamental entre el instrumentalismo abstracto y universal, y las identidades particularistas de raíces históricas. Nuestras sociedades se estructuran cada vez más en tomo a una posición bipolar entre la red y el yo.

En esta condición de esquizofrenia estructural entre función y significado, las pautas de comunicación social cada vez se someten a una tensión mayor. Y cuando la comunicación se, rompe, cuando deja de existir, ni siquiera en forma de comunicación conflictiva (como sería el caso en las luchas sociales o la oposición política), los grupos sociales y los individuos se, alienan unos de otros y ven al otro como un extraño, y al final como una amenaza. En este proceso la fragmentación social: se extiende, ya que las identidades se vuelven más específicas y aumenta la dificultad de compartirlas. La sociedad informacional, en su manifestación global, es también el mundo de Aum Shinrikyo, de la American Militia, de las ambiciones teocráticas islámicas/cristianas y del genocidio recíproco de hutus/tutsis.

Confundidos por la escala y el alcance del cambio histórico, la cultura y el pensamiento de nuestro tiempo abrazan con frecuencia un nuevo milenarismo. Los profetas de la tecnología predican una nueva era, extrapolando a las tendencias y organizaciones sociales la lógica apenas comprendida de los ordenadores y el ADN. La cultura y la teoría posmodernas se recrean en celebrar el fin de la historia y, en cierta medida, el fin de -la razón, rindiendo nuestra capacidad de comprender y hallar sentido, incluso al disparate. La asunción implícita es la aceptación de la plena individualización de la conducta y de la impotencia de la sociedad sobre su destino.

El proyecto que informa este libro nada contra estas corrientes de destrucción y se opone a varias formas de nihilismo intelectual, de escepticismo social y de cinismo político. Creo en la racionalidad y en la posibilidad de apelar a la razón, sin convertirla en diosa. Creo en las posibilidades de la acción social significativa y en la política transformadora, sin que nos veamos necesariamente arrastrados hacia los rápidos mortales de las utopías absolutas. Creo en el poder liberador de la identidad, sin aceptar la necesidad de su individualización o su captura por el fundamentalismo. Y propongo la hipótesis de que todas las tendencias de cambio que constituyen nuestro nuevo y confuso mundo están emparentadas y que podemos sacar sentido a su interrelación. Y, sí, creo, a pesar de una larga tradición de errores intelectuales a veces trágicos, que observar, analizar y teorizar es un modo de ayudar a construir un mundo diferente y mejor. No proporcionando las respuestas, que serán específicas para cada sociedad y las encontrarán por sí mismos los actores sociales, sino planteando algunas preguntas relevantes. Me gustaría que este libro fuese una modesta contribución a un esfuerzo analítico, necesariamente colectivo, que ya se está gestando desde muchos horizontes, con el propósito de comprender nuestro nuevo mundo sobre la base de los datos disponibles y de una teoría exploratoria.

Para recorrer los pasos preliminares en esa dirección, debemos tomar en serio la tecnología, utilizándola como punto de partida de esta indagación; hemos de situar este proceso de cambio tecnológico revolucionario en el contexto social donde tiene lugar y que le da forma; y debemos tener presente que la búsqueda de identidad es un cambio tan poderoso como la transformación tecnoeconómica en el curso de la nueva historia. Luego, tras haber enunciado el proyecto de este libro, partiremos en nuestro viaje intelectual, por un itinerario que nos llevará a numerosos ámbitos y cruzará diversas culturas y contextos institucionales, ya que la comprensión de una transformación global requiere una perspectiva tan global como sea posible, dentro de los límites obvios de la experiencia y el conocimiento de este autor.

TECNOLOGIA, SOCIEDAD Y CAMBIO HISTORICO

La revolución de la tecnología de la información, debido a su capacidad de penetración en todo el ámbito de la actividad humana, será mi punto de entrada para analizar la complejidad de la nueva economía, sociedad y cultura en formación. Esta elección metodológica no implica que las nuevas formas y procesos sociales surjan como consecuencia del cambio tecnológico. Por supuesto, la tecnología no determina la sociedad . Tampoco la sociedad dicta el curso del cambio tecnológico, ya que muchos factores, incluidos la invención e iniciativas personales, intervienen en el proceso del descubrimiento científico, la innovación tecnológica y las aplicaciones sociales, de modo que el resultado final depende de un complejo modelo de interacción . En efecto, el dilema del determinismo tecnológico probablemente es un falso problema , puesto que tecnología es sociedad y ésta no puede ser comprendida o representada sin sus herramientas técnicas .

Así, cuando en la década de 1970 se constituyó un nuevo paradigma tecnológico organizado en torno a la tecnología de la información, sobre todo en los Estados Unidos (véase el capítulo 1), fue un segmento específico de su sociedad, en interacción con la economía global y la geopolítica mundial, el que materializó un modo nuevo de producir, comunicar, gestionar y vivir, Es probable que el hecho de que este paradigma naciera en los Estados Unidos, y en buena medida en California y en la década de los setenta, tuviera consecuencias considerables en cuanto a las formas y evolución de las nuevas tecnologías de la información. Por ejemplo, a pesar del papel decisivo de la financiación y los mercados militares en el fomento de los primeros estadios de la industria electrónica durante el periodo comprendido entre las décadas de 1940 y 1960, cabe relacionar de algún modo el florecimiento tecnológico que tuvo lugar a comienzos de la década de los setenta con la cultura de la libertad, la innovación tecnológica y el espíritu emprendedor que resultaron de la cultura de los campus estadounidenses de la década de 1960.

No tanto en cuanto a su política, ya que Silicon Valley era, y es, un sólido bastión del voto conservador y la mayoría de los innovadores fueron metapolíticos, sino en cuanto a los valores sociales de ruptura con las pautas de conducta establecidas, tanto en la sociedad en general como en el mundo empresarial. El énfasis concedido a los instrumentos personalizados, la interactividad y la interconexión, y la búsqueda incesante de nuevos avances tecnológicos, aun cuando en apariencia no tenían mucho sentido comercial, estaban claramente en discontinuidad con la tradición precavida del mundo empresarial. La revolución de la tecnología de la información, de forma medio consciente , difundió en la cultura material de nuestras sociedades el espíritu libertario que floreció en los movimientos de la década de los sesenta. No obstante, tan pronto como se difundieron las nuevas tecnologías de la información y se las apropiaron diferentes países, distintas culturas, diversas organizaciones y metas heterogéneas, explotaron en toda clase de aplicaciones y usos, que retroalimentaron la innovación tecnológica, acelerando la velocidad y ampliando el alcance del cambio tecnológico, y diversificando sus fuentes . Un ejemplo ayudará a comprender la importancia de las consecuencias sociales inesperadas de la tecnología.

Como es sabido, Internet se originó en un audaz plan ideado en la década de los sesenta por los guerreros tecnológicos del Servicio de Proyectos de Investigación Avanzada del Departamento de Defensa estadounidense (Advanced Research Projects Agency, el mítico DARPA), para evitar la toma o destrucción soviética de las comunicaciones estadounidenses en caso de guerra nuclear. En cierta medida, fue el equivalente electrónico de las tácticas maoístas de dispersión de las fuerzas de guerrilla en torno a un vasto territorio para oponerse al poder de un enemigo con versatilidad y conocimiento del terreno. El resultado fue una arquitectura de red que, como querían sus inventores, no podía ser controlada desde ningún centro, compuesta por miles de redes informáticas autónomas que tienen modos innumerables de conectarse, sorteando las barreras electrónicas.

Arpanet, la red establecida por el Departamento de Defensa estadounidense, acabó convirtiéndose en la base de una red de comunicación global y horizontal de miles de redes (desde luego, limitada a una elite informática instruida de cerca de 20 millones de usuarios a mediados de la década de 1990, pero cuyo crecimiento es exponencial), de la que se han apropiado individuos y grupos de todo el mundo para toda clase de propósitos, bastante alejados de las preocupaciones de una guerra fría extinta. En efecto, fue vía Internet como el Subcomandante Marcos, jefe de los zapatistas chiapanecos, se comunicó con el mundo y con los medios desde las profundidades de la selva Lacandona durante su retirada en febrero de 1995.

No obstante, si bien la sociedad no determina la tecnología, sí puede sofocar su desarrollo, sobre todo por medio del estado. 0, de forma alternativa y sobre todo mediante la intervención estatal, puede embarcarse en un proceso acelerado de modernización tecnológica, capaz de cambiar el destino de las economías, la potencia militar y el bienestar social en unos cuantos años. En efecto, la capacidad o falta de capacidad de las sociedades para dominar la tecnología, y en particular las que son estratégicamente decisivas en cada periodo histórico, define en buena medida su destino, hasta el punto de que podemos decir que aunque por sí misma no determina la evolución histórica y el cambio social, la tecnología (o su carencia) plasma la capacidad de las sociedades para transformarse, así como los usos a los que esas sociedades, siempre en un proceso conflictivo, deciden dedicar su potencial tecnológico .

Así, hacia 1400, cuando el Renacimiento europeo estaba plantando las semillas intelectuales del cambio tecnológico que dominaría el mundo tres siglos después, China era la civilización tecnológica más avanzada de todas, según Mokyr . Los inventos clave se habían desarrollado siglos antes, incluso un milenio y medio antes, como es el caso de los altos hornos que permitieron el fundido de hierro ya en el año 200 a.C. Además, Su Sung inventó el reloj de agua en 1086 d.C., sobrepasando la precisión de medida de los relojes mecánicos europeos de la misma fecha. El arado de hierro fue introducido en el siglo VI y adaptado al cultivo de los campos de arroz encharcados dos siglos después. En textiles, el torno de hilar manual apareció al mismo tiempo que en Occidente, en el siglo XIII, pero avanzó mucho más de prisa en China debido a la existencia de una antigua tradición de equipos de tejer complejos: los telares de arrastre para tejer seda ya se utilizaban en tiempos de las dinastías Han.

La adopción de la energía hidráulica fue paralela a la de Europa: en el siglo VIII los chinos ya utilizaban martinetes de fragua hidráulicos y en 1280 existía una amplia difusión de la rueda hidráulica vertical. El viaje oceánico fue más fácil para las embarcaciones chinas desde una fecha anterior que para las europeas: inventaron el compás en torno a 960 d.C. y sus juncos ya eran los barcos más avanzados del mundo a finales del siglo XIV, permitiendo largos viajes marítimos. En el ámbito militar, los chinos, además de inventar la pólvora, desarrollaron una industria química capaz de proporcionar potentes explosivos, y sus ejércitos utilizaron la ballesta y la catapulta siglos antes que Europa. En medicina, técnicas como la acupuntura obtenían resultados extraordinarios que sólo recientemente han logrado un reconocimiento universal.

Y, por supuesto, la primera revolución del procesamiento de la información fue chino: el papel y la imprenta fueron inventos suyos. El papel se introdujo en China 1.000 años antes que en Occidente y la imprenta es probable que comenzara a finales del siglo VII. Como Ojones escribe: «China estuvo a un ápice de la industrialización en el siglo XIV» . Que no llegase a industrializarse cambió la historia del mundo. Cuando en 1842 las guerras del opio condujeron a las imposiciones coloniales británicas, China se dio cuenta demasiado tarde de que el aislamiento no podía proteger al Imperio Medio de las consecuencias de su inferioridad tecnológica. Desde entonces tardó más de un siglo en comenzar a recuperarse de una desviación tan catastrófica en su trayectoria histórica.

Las explicaciones de un curso histórico tan inusitado son numerosas y polémicas. No hay lugar en este prólogo para entrar en la complejidad del debate, pero, de acuerdo con la investigación y el análisis de historiadores como Needham , Qian , Jones , y Mokyr , es posible sugerir una interpretación que ayude a comprender, en términos generales, la interacción entre sociedad, historia y tecnología. En efecto, como señala Mokyr, la mayoría de las hipótesis sobre las diferencias culturales (incluso aquellas sin matices racistas implícitos) fracasan en explicar no las diferencias entre China y Europa, sino entre la China de 1300 y la de 1800. ¿Por qué una cultura y un imperio que habían sido los líderes tecnológicos del mundo durante miles de años cayeron de repente en el estancamiento, en el momento preciso en que Europa se embarcaba en la era de los descubrimientos y luego en la revolución industrial?

Needham ha propuesto que la cultura china estaba más inclinada que los valores occidentales a mantener una relación armoniosa entre el hombre y la naturaleza, algo que podía ponerse en peligro por la rápida innovación tecnológica. Además, se opone a los criterios occidentales utilizados para medir el desarrollo tecnológico. Sin embargo, este énfasis cultural sobre un planteamiento holístico del desarrollo no había impedido la innovación tecnológica durante milenios, ni detenido el deterioro ecológico como resultado de las obras de irrigación en el sur de China, cuando la producción agrícola escalonada llevó a la agresión de la naturaleza para alimentar a una población creciente. De hecho, Wen-yuan Qian, en su influyente libro, critica el entusiasmo algo excesivo de Needham por las proezas de la tecnología tradicional china, pese a su admiración por el monumental trabajo de toda una vida. Qian sugiere una vinculación más estrecha entre el desarrollo de la ciencia china y las características de su civilización, dominada por la dinámica del Estado. Mokyr también considera que el Estado es el factor clave para explicar el retraso tecnológico chino en los tiempos modernos. Cabe proponer una explicación en tres pasos: durante siglos, la innovación tecnológica estuvo sobre todo en manos del Estado; a partir de 1400 el Estado chino, bajo las dinastías

Ming y Qing, perdió interés en ella; y, en parte debido a su dedicación a servir al Estado, las elites culturales y sociales se centraron en las artes, las humanidades y la promoción personal con respecto a la burocracia imperial. De este modo, lo que parece ser crucial es el papel del Estado y el cambio de orientación de su política. ¿Por qué un Estado que había sido el mayor ingeniero hidráulico de la historia y había establecido un sistema de extensión agrícola para mejorar la productividad desde el periodo Han de repente se inhibió de la innovación tecnológica e incluso prohibió la exploración geográfica, abandonando la construcción de grandes barcos en 1430? La respuesta obvia es que no era el mismo Estado, no sólo debido a que se trataba de dinastías diferentes, sino porque la clase burocrática se había atrincherado en la administración tras un periodo más largo de lo habitual de dominio incontestado.

Según Mokyr, parece que el factor determinante del conservadurismo tecnológico fue el miedo de los gobernantes a los posibles impactos del cambio tecnológico sobre la estabilidad social. Numerosas fuerzas se opusieron a la difusión de la tecnología en China, como en otras sociedades, en particular los gremios urbanos. A los burócratas, contentos con el orden establecido, les preocupaba la posibilidad de que se desataran conflictos sociales que pudieran aglutinarse con otras fuentes de oposición latentes en una sociedad mantenida bajo control durante varios siglos. Hasta los dos déspotas ilustrados manchús del siglo XVIII, K’ang Chi y Ch’ien Lung, centraron sus esfuerzos en la pacificación y el orden, en lugar de desencadenar un nuevo desarrollo.

A la inversa, la exploración y los contactos con los extranjeros más allá del comercio controlado y la adquisición de armas, fueron considerados, en el mejor de los casos, innecesarios y, en el peor, amenazantes, debido a la incertidumbre que implicaban. Un Estado burocrático sin incentivo exterior y con desincentivadores internos para aplicarse a la modernización tecnológica optó por la más prudente neutralidad, con el resultado de detener la trayectoria tecnológica que China había venido siguiendo durante siglos, si no milenios, precisamente bajo su guía. La exposición de los factores subyacentes en la dinámica del Estado chino bajo las dinastías Ming y Qing se encuentra sin duda más allá del alcance de este libro.

Lo que interesa a nuestro propósito de investigación son dos enseñanzas de esta experiencia fundamental de desarrollo tecnológico interrumpido: por una parte, el Estado puede ser, y lo ha sido en la historia, en China y otros lugares, una fuerza dirigente de innovación tecnológica; por otra, precisamente debido a ello, cuando cambia su interés por el desarrollo tecnológico, o se vuelve incapaz de llevarlo a cabo en condiciones nuevas, el modelo estatista de innovación conduce al estancamiento debido a la esterilización de la energía innovadora autónoma de la sociedad para crear y aplicar la tecnología. El hecho de que años después el Estado chino pudiera construir una nueva y avanzada base tecnológica en tecnología nuclear, misiles, lanzamiento de satélites y electrónica demuestra una vez más la vacuidad de una interpretación predominantemente cultural del desarrollo y retraso tecnológicos: la misma cultura puede inducir trayectorias tecnológicas muy diferentes según el modelo de relación entre Estado y sociedad. Sin embargo, la dependencia exclusiva del primero tiene un precio, y para China fue el del retraso, la hambruna, las epidemias, el dominio colonial y la guerra civil hasta al menos mediados del siglo XX.

Puede contarse una historia bastante similar, y se hará en este libro (véase el volumen III), sobre la incapacidad del estatismo soviético para dominar la revolución de la tecnología de la información, con lo que ahogó su capacidad productiva y socavó su poderío militar. No obstante, no debemos saltar a la conclusión ideológica de que toda intervención estatal es contraproducente para el desarrollo tecnológico, abandonándonos a una reverencia ahistórica del espíritu emprendedor individual sin cortapisas. Japón es, por supuesto, el ejemplo contrario, tanto para la experiencia histórica china como para la falta de capacidad del estado soviético para adaptarse a la revolución de la tecnología de la información iniciada en los Estados Unidos.

Japón pasó un periodo de aislamiento histórico, incluso más profundo que China, bajo el shogunado Tokugawa (establecido en 1603), entre 1636 y 1853, precisamente durante el periodo crítico de la formación del sistema industrial en el hemisferio occidental. Así, mientras que a comienzos del siglo XVII los mercaderes japoneses comerciaban por todo el este y sudeste asiáticos, utilizando modernas embarcaciones de hasta 700 toneladas, en 1635 se prohibió la construcción de barcos de más de 50 toneladas y todos los puertos japoneses excepto Nagasaki fueron cerrados a los extranjeros, mientras que el comercio se restringía a China, Corea y Holanda . El aislamiento tecnológico no fue total durante estos dos siglos y la innovación endógena permitió a Japón seguir con un cambio incremental a un ritmo más rápido que China . No obstante, debido a que el nivel tecnológico japonés era inferior al chino, a mediados del siglo XIX los kurobune (barcos negros) del comodoro Perry pudieron imponer el comercio y las relaciones diplomáticas a un país muy rezagado de la tecnología occidental.

Sin embargo, tan pronto como la Ishin Meiji (Restauración Meiji) de 1868 creó las condiciones políticas para una modernización decisiva conducida por el Estado . Japón progresó en tecnología avanzada a pasos agigantados en un lapso de tiempo muy corto . Sólo como ejemplo significativo debido a su importancia estratégica actual, recordemos brevemente el desarrollo extraordinario de la ingeniería eléctrica y sus aplicaciones a la comunicación en el último cuarto del siglo XIX . En efecto, el primer departamento independiente de ingeniería eléctrica en el mundo se estableció en 1873 en la recién fundada Universidad Imperial de Ingeniería de Tokio, bajo la dirección de su decano, Henry Dyer, un ingeniero mecánico escocés. Entre 1887 y 1892, un sobresaliente académico de la ingeniería eléctrica, el profesor británico William Ayrton. fue invitado para dar clase en la universidad y desempeñó un papel decisivo en la diseminación del conocimiento en una nueva generación de ingenieros japoneses, de tal modo que a finales del siglo la Oficina de Telégrafos ya fue capaz de reemplazar a los extranjeros en todos sus departamentos técnicos. Se buscó la transferencia de tecnología de Occidente mediante diversos mecanismos.

En 1873, el taller de maquinaria de la Oficina de Telégrafos envió a un relojero japonés, Tanaka Seisuke, a la exposición internacional de máquinas celebrada en Viena para obtener información sobre éstas. Unos diez años más tarde, todas las máquinas de la Oficina estaban hechas en Japón. Basándose en esta tecnología, Tanaka Daikichi fundó en 1882 una fábrica de electricidad, Shibaura, que, tras su adquisición por Mitsui, prosiguió hasta convertirse en Toshiba. Se enviaron ingenieros a Europa y los Estados Unidos, y se permitió a Western Electric producir y vender en Japón en 1899, en una empresa conjunta con industriales japoneses: el nombre de la compañía fue NEC. Sobre esa base tecnológica, Japón entró a toda velocidad en la era de la electricidad y las comunicaciones antes de 1914: para esa fecha, la producción de energía total había alcanzado 1.555.000 kilovatios a la hora y 3.000 oficinas de teléfonos transmitían mil millones de mensajes al año. Resulta en efecto simbólico que el regalo del comodoro Perry al Shogun en 1857 fuera un juego de telégrafos estadounidenses, hasta entonces nunca vistos en Japón: la primera línea de telégrafos se tendió en 1869 y diez años después Japón estaba enlazado con todo el mundo mediante una red de información transcontinental, vía Siberia, operada por la Great Northern Telegraph Co., gestionada de forma conjunta por ingenieros occidentales y japoneses, y que transmitía tanto en inglés como en japonés.

El relato del modo cómo Japón se convirtió en un importante actor mundial en las industrias de las tecnologías de la información en el último cuarto del siglo XX es ahora del conocimiento público, por lo que puede darse por supuesto en nuestra exposición . Lo que resulta relevante para las ideas aquí presentadas es que sucedió al mismo tiempo que una superpotencia industrial y científica, la Unión Soviética, fracasaba en esta transición tecnológica fundamental. Es obvio, como muestran los recordatorios precedentes, que el desarrollo tecnológico japonés desde la década de 1960 no sucedió en un vacío histórico, sino que se basó en décadas de antigua tradición de excelencia en ingeniería. No obstante, lo que importa para el propósito de este análisis es resaltar qué resultados tan llamativamente diferentes tuvo la intervención estatal (y la falta de intervención) en los casos de China y la Unión Soviética comparados con Japón tanto en el periodo Meiji como en el posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Las características del Estado japonés que se encuentran en la base de ambos procesos de modernización y desarrollo son bien conocidas, tanto en lo que se refiere a la Ishin Meiji como al Estado desarrollista contemporáneo , y su presentación nos alejaría demasiado del núcleo de estas reflexiones preliminares. Lo que debemos retener para la comprensión de la relación existente entre tecnología y sociedad es que el papel del Estado, ya sea deteniendo, desatando o dirigiendo la innovación tecnológica, es un factor decisivo en el proceso general, ya que expresa y organiza las fuerzas sociales y culturales que dominan en un espacio y tiempo dados. En buena medida, la tecnología expresa la capacidad de una sociedad para propulsarse hasta el dominio tecnológico mediante las instituciones de la sociedad, incluido el Estado. El proceso histórico mediante el cual tiene lugar ese desarrollo de fuerzas productivas marca las características de la tecnología y su entrelazamiento con las relaciones sociales.

Ello no es diferente en el caso de la revolución tecnológica actual. Se origino y difundió, no por accidente, en un periodo histórico de reestructuración global del capitalismo, para el que fue una herramienta esencial. Así, la nueva sociedad que surge de ese proceso de cambio es tanto capitalista como informacional, aunque presenta una variación considerable en diferentes países, según su historia, cultura, instituciones y su relación específica con el capitalismo global y la tecnología de la información.

INFORMACIONALISMO, INDUSTRIALISMO, CAPITALISMO Y ESTATISMO: MODOS DE DESARROLLO Y MODOS DE PRODUCCION

La revolución de la tecnología de la información ha sido útil para llevar a cabo un proceso fundamental de reestructuración del sistema capitalista a partir de la década de los ochenta. En el proceso, esta revolución tecnológica fue remodelada en su desarrollo y manifestaciones por la lógica y los intereses del capitalismo avanzado, sin que pueda reducirse a la simple expresión de tales intereses. El sistema alternativo de organización social presente en nuestro periodo histórico, el estatismo, también trató de redefinir los medios de lograr sus metas estructurales mientras preservaba su esencia: ése es el significado de la reestructuración (o perestroika en ruso). No obstante, el estatismo soviético fracasó en su intento, hasta el punto de derrumbar todo el sistema, en buena parte debido a su incapacidad para asimilar y utilizar los principios del informacionalismo encarnados en las nuevas tecnologías de la información, como sostendré más adelante basándome en un análisis empírico (véase volumen III).

El estatismo chino pareció tener éxito al pasar al capitalismo dirigido por el Estado y la integración en redes económicas globales, acercándose en realidad más al modelo de Estado desarrollista del capitalismo asiático oriental que al «socialismo con características chinas» de la ideología oficial , como también trataré de exponer en el volumen III. Sin embargo, es muy probable que el proceso de transformación estructural en China sufra importantes conflictos políticos y cambio estructural durante los años próximos. El derrumbamiento del estatismo (con raras excepciones, por ejemplo, Vietnam, Corea del Norte, Cuba, que no obstante están en proceso de enlazarse con el capitalismo global) ha establecido una estrecha relación entre el nuevo sistema capitalista global definido por su perestroika relativamente lograda y el surgimiento del informacionalismo como la nueva base tecnológica material de la actividad tecnológica y la organización social. No obstante, ambos procesos (reestructuración capitalista, surgimiento del informacionalismo) son distintos y su interacción sólo puede comprenderse si separamos su análisis. En este punto de m¡ presentación introductoria de las idées fortes del libro, parece necesario proponer algunas distinciones y definiciones teóricas sobre capitalismo, estatismo, industrialismo e informacionalismo.

Es una tradición de mucho arraigo en las teorías del postindustrialismo y el informacionalismo, que comenzó con las obras clásicas de Alain Touraine y Daniel Bell , situar la distinción entre preindustrialismo, industrialismo e informacionalismo (o postindustrialismo) en un eje diferente que el que opone capitalismo y estatismo (o colectivismo, en términos de Bell). Mientras cabe caracterizar a las sociedades a lo largo de los dos ejes (de tal modo que tenemos estatismo industrial, capitalismo industrial y demás), es esencial para la comprensión de la dinámica social mantener la distancia analítica y la interrelación empírica de los modos de producción (capitalismo, estatismo) y los modos de desarrollo (industrialismo, informacionalismo). Para arraigar estas distinciones en una base teórica que informará los análisis específicos presentados en este libro, resulta inevitable introducir al lector, durante unos cuantos párrafos, en los dominios algo arcanos de la teoría sociológica.

Este libro estudia el surgimiento de una nueva estructura social, manifestada bajo distintas formas, según la diversidad de culturas e instituciones de todo el planeta. Esta nueva estructura social está asociada con el surgimiento de un nuevo modo de desarrollo, el informacionalismo, definido históricamente por la reestructuración del modo capitalista de producción hacia finales del siglo XX.

La perspectiva teórica que sustenta este planteamiento postula que las sociedades están organizadas en torno a proceso humanos estructurados por relaciones de producción, experiencia y poder determinadas históricamente. La producción es la acción de la humanidad sobre la materia (naturaleza) para apropiársela y transformarla en su beneficio mediante la obtención de un producto, el consumo (desigual) de parte de él y la acumulación del excedente para la inversión, según una variedad de metas determinadas por la sociedad. La experiencia es la acción de los sujetos humanos sobre sí mismos, determinada por la interacción de sus identidades biológicas y culturales y en relación con su entorno social y natural. Se construye en torno a la búsqueda infinita de la satisfacción de las necesidades y los deseos humanos. El poder es la relación entre los sujetos humanos que, basándose en la producción y la experiencia, impone el deseo de algunos sujetos sobre los otros mediante el uso potencial o real de la violencia, física o simbólica. Las instituciones de la sociedad se han erigido para reforzar las relaciones de poder existentes en cada periodo histórico, incluidos los controles, límites y contratos sociales logrados en las luchas por el poder.

La producción se organiza en relaciones de clase que definen el proceso mediante el cual algunos sujetos humanos, basándose en su posición en el proceso de producción, deciden el reparto y el uso del producto en lo referente al consumo y la inversión. La experiencia se estructura en torno a la relación de género/sexo, organizada en la historia en torno a la familia y caracterizada hasta el momento por el dominio de los hombres sobre las mujeres. Las relaciones familiares y la sexualidad estructuran la personalidad y formulan la interacción simbólica.

El poder se fundamenta en el Estado y su monopolio institucionalizado de la violencia, aunque lo que Foucault etiqueta como microfísica del poder, encarnada en instituciones y organizaciones, se difunde por toda la sociedad, de los lugares de trabajo a los hospitales, encerrando a los sujetos en una apretada estructura de deberes formales y agresiones informales.

La comunicación simbólica entre los humanos, y la relación entre éstos y la naturaleza, basándose en la producción (con su complemento, el consumo), la experiencia y el poder, cristaliza durante la historia en territorios específicos, con lo que genera culturas e identidades colectivas.

La producción es un proceso social complejo debido a que cada uno de sus elementos se diferencia internamente. Así pues, la humanidad como productor colectivo incluye tanto el trabajo como a los organizadores de la producción, y el trabajo está muy diferenciado y estratificado según el papel de cada trabajador en el proceso de producción. La materia incluye la naturaleza, la naturaleza modificada por los humanos, la naturaleza producida por los humanos y la naturaleza humana misma, forzándonos la evolución histórica a separarnos de la clásica distinción entre humanidad y naturaleza, ya que milenios de acción humana han incorporado el entorno natural a la sociedad y nos ha hecho, material y simbólicamente, una parte inseparable de él. La relación entre trabajo y materia en el proceso de trabajo supone el uso de los medios de producción para actuar sobre la materia basándose en la energía, el conocimiento y la información. La tecnología es la forma específica de tal relación.

El producto del proceso de producción lo utiliza la sociedad bajo dos formas: consumo y excedente. Las estructuras sociales interactúan con los procesos de producción mediante la determinación de las reglas para la apropiación, distribución y usos del excedente. Estas reglas constituyen modos de producción y estos modos definen las relaciones sociales de producción, determinando la existencia de clases sociales que se constituyen como tales mediante su práctica histórica. El principio estructural en virtud del cual el excedente es apropiado y controlado caracteriza un modo de producción. En esencia, en el siglo XX hemos vivido con dos modos predominantes de producción: capitalismo y estatismo.

En el capitalismo, la separación entre productores y sus medios de producción, la conversión del trabajo en un bien y la propiedad privada de los medios de producción como base del control del capital (excedente convertido en un bien) determinan el principio básico de la apropiación y distribución del excedente por los capitalistas, aunque quién es (son) la(s) clase(s) capitalista(s) es un tema de investigación social en cada contexto histórico y no una categoría abstracta. En el estatismo, el control del excedente es externo a la esfera económica: se encuentra en las manos de quienes ostentan el poder en el Estado, llamémosles apparatchiki o ling-dao. El capitalismo se orienta hacia la maximización del beneficio, es decir, hacia el aumento de la cantidad de excedente apropiado por el capital en virtud del control privado de los medios de producción y circulación. El estatismo se orienta (¿orientaba?) a la maximización del poder, es decir, hacia el aumento de la capacidad militar e ideológica del aparato político para imponer sus metas a un número mayor de sujetos y a niveles más profundos de su conciencia.

Las relaciones sociales de producción y, por tanto, el modo de producción, determinan la apropiación y usos del excedente. Una cuestión distinta pero fundamental es la cuantía de ese excedente, determinada por la productividad de un proceso de producción específico, esto es, por la relación del valor de cada unidad de producto (output) con el valor de cada unidad de insumo (input). Los grados de productividad dependen de la relación entre mano de obra y materia, como una función del empleo de los medios de producción por la aplicación de la energía y el conocimiento. Este proceso se caracteriza por las relaciones técnicas de producción y define los modos de desarrollo. Así pues, los modos de desarrollo son los dispositivos tecnológicos mediante los cuales el trabajo actúa sobre la materia para generar el producto, determinando en definitiva la cuantía y calidad del excedente.

Cada modo de desarrollo se define por el elemento que es fundamental para fomentar la productividad en el proceso de producción. Así, en el modo de desarrollo agrario, la fuente del aumento del excedente es el resultado del incremento cuantitativo de mano de obra y recursos naturales (sobre todo tierra) en el proceso de producción, así como de la dotación natural de esos recursos. En el modo de producción industrial, la principal fuente de productividad es la introducción de nuevas fuentes de energía y la capacidad de descentralizar su uso durante la producción y los procesos de circulación. En el nuevo modo de desarrollo informacional, la fuente de la productividad estriba en la tecnología de la generación del conocimiento, el procesamiento de la información y la comunicación de símbolos.

Sin duda, el conocimiento y la información son elementos decisivos en todos los modos de desarrollo, ya que el proceso de producción siempre se basa sobre cierto grado de conocimiento y en el procesamiento de la información . Sin embargo, lo que es específico del modo de desarrollo informacional es la acción del conocimiento sobre sí mismo como principal fuente de productividad (véase el capítulo 2). El procesamiento de la información se centra en la superación de la tecnología de este procesamiento como fuente de productividad, en un círculo de interacción de las fuentes del conocimiento de la tecnología y la aplicación de ésta para mejorar la generación de conocimiento y el procesamiento de la información: por ello, denomino informacional a este nuevo modo de desarrollo, constituido por el surgimiento de un nuevo paradigma tecnológico basado en la tecnología de la información (véase capítulo 1).

Cada modo de desarrollo posee asimismo un principio de actuación estructuralmente determinado, a cuyo alrededor se organizan los procesos tecnológicos: el industrialismo se orienta hacia el crecimiento económico, esto es, hacia la maximización del producto; el informacionalismo se orienta hacia el desarrollo tecnológico, es decir, hacia la acumulación de conocimiento y hacia grados más elevados de complejidad en el procesamiento de la información. Si bien grados más elevados de conocimiento suelen dar como resultado grados más elevados de producto por unidad de insumo, la búsqueda de conocimiento e información es lo que caracteriza a la función de la producción tecnológica en el informacionalismo.

Aunque la tecnología y las relaciones de producción técnicas se organizan en paradigmas originados en las esferas dominantes de la sociedad (por ejemplo, el proceso de producción, el complejo industrial militar), se difunden por todo el conjunto de las relaciones y estructuras sociales y, de este modo, penetran en el poder y la experiencia, y los modifican . Así pues, los modos de desarrollo conforman todo el ámbito de la conducta social, incluida por supuesto la comunicación simbólica. Debido a que el informacionalismo se basa en la tecnología del conocimiento y la información, en el modo de desarrollo informacional existe una conexión especialmente estrecha entre cultura y fuerzas productivas, entre espíritu y materia. De ello se deduce que debemos esperar el surgimiento histórico de nuevas formas de interacción, control y cambio sociales.

Informacionalismo y perestroika capitalista

Pasando de las categorías teóricas al cambio histórico, lo que verdaderamente importa de los procesos y formas sociales que constituyen el cuerpo vivo de las sociedades es la interacción real de los modos de producción y los modos de desarrollo, establecidos y combatidos por los actores sociales de maneras impredecibles dentro de la estructura restrictiva de la historia pasada y las condiciones actuales de desarrollo tecnológico y económico. Así, el mundo y las sociedades habrían sido muy diferentes si Gorbachov hubiera logrado su propia perestroika, una meta política difícil, pero no fuera de su alcance. 0 si el Pacífico asiático no hubiera sido capaz de mezclar la forma tradicional de interconexión comercial de su organización económica con las herramientas proporcionadas por la tecnología de la información. No obstante, el factor histórico más decisivo para acelerar, canalizar y moldear el paradigma de la tecnología de la información e inducir sus formas sociales asociadas fue/es el proceso de reestructuración capitalista emprendido desde la década de 1980, así que resulta adecuado caracterizar al nuevo sistema tecnoeconómico de capitalismo informacional.

El modelo keynesiano de crecimiento capitalista que originó una prosperidad económica y una estabilidad social sin precedentes para la mayoría de las economías de mercado durante casi tres décadas desde la Segunda Guerra Mundial, alcanzó el techo de sus limitaciones inherentes a comienzos de la década de 1970 y sus crisis se manifestaron en forma de una inflación galopante . Cuando los aumentos del precio del petróleo de 1974 y 1979 amenazaron con situar la inflación en una espiral ascendente incontrolada, los gobiernos y las empresas iniciaron una reestructuración en un proceso pragmático de tanteo que aún se está gestando a mediados de la década de 1990, poniendo un esfuerzo más decisivo en la desregulación, la privatización y el desmantelamiento del contrato social entre el capital y la mano de obra, en el que se basaba la estabilidad del modelo de crecimiento previo.

En resumen, una serie de reformas, tanto en las instituciones como en la gestión de las empresas, encaminadas a conseguir cuatro metas principales: profundizar en la lógica capitalista de búsqueda de beneficios en las relaciones capital-trabajo; intensificar la productividad del trabajo y el capital; globalizar la producción, circulación y mercados, aprovechando la oportunidad de condiciones más ventajosas para obtener beneficios en todas partes; y conseguir el apoyo estatal para el aumento de la productividad y competitividad de las economías nacionales, a menudo en detrimento de la protección social y el interés público. La innovación tecnológica y el cambio organizativo, centrados en la flexibilidad y la adaptabilidad, fueron absolutamente cruciales para determinar la velocidad y la eficacia de la reestructuración. Cabe sostener que, sin la nueva tecnología de la información, el capitalismo global hubiera sido una realidad mucho más limitada, la gestión flexible se habría reducido a recortes de mano de obra y la nueva ronda de gastos en bienes de capital y nuevos productos para el consumidor no habría sido suficiente para compensar la reducción del gasto público. Así pues, el informacionalismo está ligado a la expansión y el rejuvenecimiento del capitalismo, al igual que el industrialismo estuvo vinculado a su constitución como modo de producción.

Sin duda, el proceso de reestructuración tuvo diferentes manifestaciones según las zonas y sociedades del mundo, como investigaremos brevemente en el capítulo 2: fue desviado de su lógica fundamental por el «keynesianismo militar» del gobierno de Reagan, creando en realidad aún más dificultades a la economía estadounidense al final de la euforia estimulada de forma artificial; se vio algo limitado en Europa occidental debido a la resistencia de la sociedad al desmantelamiento del Estado de bienestar y a la flexibilidad unilateral del mercado laboral, con el resultado del aumento del desempleo en la Unión Europea; fue absorbido en Japón sin cambios llamativos, haciendo hincapié en la productividad y la competitividad basadas en la tecnología y la colaboración, y no en el incremento de la explotación, hasta que las presiones internacionales le obligaron a llevar al exterior la producción y ampliar el papel del mercado laboral secundario desprotegido; y sumergió en una importante recesión, en la década de los ochenta, a las economías de África (excepto a Sudáfrica y Botswana) y de América Latina (con la excepción de Chile y Colombia), cuando la política del Fondo Monetario Internacional recortó el suministro de dinero y redujo salarios e importaciones para homogeneizar las condiciones de la acumulación del capitalismo global en todo el mundo.

La reestructuración se llevó a cabo en virtud de la derrota política de los sindicatos de trabajadores en los principales países capitalistas y de la aceptación de una disciplina económica común para los países comprendidos en la OCDE. Tal disciplina, aunque hecha respetar cuando era necesario por el Bundesbank, el Banco de la Reserva Federal estadounidense y el Fondo Monetario Internacional, se inscribía de hecho en la integración de los mercados financieros globales, que tuvo lugar a comienzos de la década de los ochenta utilizando las nuevas tecnologías de la información. En las condiciones de una integración financiera global, las políticas monetarias nacionales autónomas se volvieron literalmente inviables y, de este modo, se igualaron los parámetros económicos básicos de los procesos de reestructuración por todo el planeta.

Aunque la reestructuración del capitalismo y la difusión del informacionalismo fueron procesos inseparables, a escala global, las sociedades actuaron/reaccionaron de forma diferente ante ellos, según la especificidad de su historia, cultura e instituciones. Así pues, sería hasta cierto punto impropio referirse a una Sociedad Informacional, que implicaría la homogeneidad de formas sociales en todas partes bajo el nuevo sistema. Ésta es obviamente una proposición insostenible, tanto desde un punto de vista empírico como teórico. No obstante, podríamos hablar de una Sociedad Informacional en el mismo sentido que los sociólogos se han venido refiriendo a la existencia de una Sociedad Industrial, caracterizada por rasgos fundamentales comunes de sus sistemas sociotécnicos, por ejemplo, en la formulación de Raymond Aron .

Pero con dos precisiones importantes: por una parte, las sociedades informacionales, en su existencia actual, son capitalistas (a diferencia de las sociedades industriales, muchas de las cuales eran estatistas); por otra parte, debemos destacar su diversidad cultural e institucional. Así, la singularidad japonesa , o la diferencia española , no van a desaparecer en un proceso de indiferenciación cultural, marchando de nuevo hacia la modernización universal, esta vez medida por porcentajes de difusión informática. Tampoco se van a fundir China o Brasil en el crisol global del capitalismo informacional por continuar su camino de desarrollo actual de alta velocidad. Pero Japón, España, China, Brasil, así como los Estados Unidos, son, y lo serán mas en el futuro, sociedades informacionales, en el sentido de que los procesos centrales de generación del conocimiento, la productividad económica, el poder político/militar y los medios de comunicación ya han sido profundamente transformados por el paradigma informacional y están enlazados con redes globales de salud, poder y símbolos que funcionan según esa lógica.

De este modo, todas las sociedades están afectadas por el capitalismo y el informacionalismo, y muchas de ellas (sin duda todas las principales) ya son informacionales , aunque de tipos diferentes, en escenarios distintos y con expresiones culturales/institucionales específicas. Una teoría sobre la sociedad informacional, como algo diferente de una economía global/informacional, siempre tendrá que estar atenta tanto a la especificidad histórica/cultural como a las similitudes estructurales relacionadas con un paradigma tecnoeconómico en buena medida compartido. En cuanto al contenido real de esta estructura social común que podría considerarse la esencia de la nueva sociedad informacional, me temo que soy incapaz de resumirlo en un párrafo: en efecto, la estructura y los procesos que caracterizan a las sociedades informacionales son el tema de que trata este libro.

EL YO EN LA SOCIEDAD INFORMACIONAL

Las nuevas tecnologías de la información están integrando al mundo en redes globales de instrumentalidad. La comunicación a través del ordenador engendra un vasto despliegue de comunidades virtuales. No obstante, la tendencia social y política característica de la década de 1990 es la construcción de la acción social y la política en torno a identidades primarias, ya estén adscritas o arraigadas en la historia y la geografía o sean de reciente construcción en una búsqueda de significado y espiritualidad. Los primeros pasos históricos de las sociedades informacionales parecen caracterizarse por la preeminencia de la identidad como principio organizativo. Entiendo por identidad el proceso mediante el cual un actor social se reconoce a sí mismo y construye el significado en virtud sobre todo de un atributo o conjunto de atributos culturales determinados, con la exclusión de una referencia más amplia a otras estructuras sociales.

La afirmación de la identidad no significa necesariamente incapacidad para relacionarse con otras identidades (por ejemplo, las mujeres siguen relacionándose con los hombres) o abarcar toda la sociedad en esa identidad (por ejemplo, el fundamentalismo religioso aspira a convertir a todo el mundo). Pero las relaciones sociales se definen frente a los otros en virtud de aquellos atributos culturales que especifican la identidad. Por ejemplo, Yoshino, en su estudio sobre la nihonjiron (ideas de la singularidad japonesa), define significativamente el nacionalismo cultural como el objetivo de regenerar la comunidad nacional mediante la creación, la conservación o el fortalecimiento de la identidad cultural de un pueblo cuando se cree que va faltando o está amenazada. El nacionalismo cultural considera a la nación el producto de su historia y cultura únicas y una solidaridad colectiva dotada de atributos únicos .

Calhoun, si bien rechaza la novedad histórica del fenómeno, resalta asimismo el papel decisivo de la identidad para la definición de la política en la sociedad estadounidense contemporánea, sobre todo en el movimiento de las mujeres, en el gay y en el de los derechos civiles de los Estados Unidos, movimientos todos que «no sólo buscan diversas metas instrumentales, sino la afirmación de identidades excluidas como públicamente buenas y políticamente sobresalientes» . Alain Touraine va más lejos al sostener que, «en una sociedad postindustrial, en la que los servicios culturales han reemplazado los bienes materiales en el núcleo de la producción, la defensa del sujeto, en su personalidad y su cultura, contra la lógica de los aparatos y los mercados, es la que reemplaza la idea de la lucha de clases» . Luego el tema clave, como afirman Calderón y Laserna, en un mundo caracterizado por la globalización y fragmentación simultáneas, consiste en «cómo combinar las nuevas tecnologías y la memoria colectiva, la ciencia universal y las culturas comunitarias, la pasión y la razón» . Cómo, en efecto. Y por qué observamos la tendencia opuesta en todo el mundo, a saber, la distancia creciente entre globalización e identidad, entre la red y el yo.

Raymond Barglow, en su ensayo sobre este tema, desde una perspectiva sociopsicoanalítica, señala la paradoja de que aunque los sistemas de información y la interconexión aumentan los poderes humanos de organización e integración, de forma simultánea subvierten el tradicional concepto occidental de sujeto separado e independiente.

El paso histórico de las tecnologías mecánicas a las de la información ayuda a subvertir las nociones de soberanía y autosuficiencia que han proporcionado un anclaje ideológico a la identidad individual desde que los filósofos griegos elaboraron el concepto hace más de dos milenios. En pocas palabras, la tecnología está ayudando a desmantelar la misma visión del mundo que en el pasado alentó .

Después prosigue presentando una fascinante comparación entre los sueños clásicos recogidos en los escritos de Freud y los de sus propios pacientes en el entorno de alta tecnología de San Francisco en la década de los noventa: «La imagen de una cabeza… y detrás de ella hay suspendido un teclado de ordenador… ¡Yo soy esa cabeza programada!» . Este sentimiento de soledad absoluta es nuevo si se compara con la clásica representación freudiana: «los que sueñan [ …] expresan un sentimiento de soledad experimentada como existencial e ineludible, incorporada a la estructura del mundo [ … ] Totalmente aislado, el yo parece irrecuperablemente perdido para sí mismo» . De ahí, la búsqueda de una nueva capacidad de conectar en torno a una identidad compartida, reconstruida.

A pesar de su perspicacia, esta hipótesis sólo puede ser parte de la explicación. Por un lado, implicaría una crisis del yo limitada a la concepción individualista occidental, sacudida por una capacidad de conexión incontrolable. No obstante, la búsqueda de una nueva identidad y una nueva espiritualidad también está en marcha en el Oriente, pese al sentimiento de identidad colectiva más fuerte y la subordinación tradicional y cultural del individuo a la familia. La resonancia de Aum Shinrikyo en Japón en 1995-1996, sobre todo entre las generaciones jóvenes con educación superior, puede considerarse un síntoma de la crisis que padecen los modelos de identidad establecidos, emparejado con la desesperada necesidad de construir un nuevo yo colectivo, mezclando de forma significativa espiritualidad, tecnología avanzada (química, biología, láser), conexiones empresariales globales y la cultura de la fatalidad milenarista .

Por otro lado, también deben hallarse los elementos de un marco interpretativo más amplio que explique el poder ascendente de la identidad en relación con los macroprocesos de cambio institucional, ligados en buena medida con el surgimiento de un nuevo sistema global. Así, como Alain Touraine y Michel Wieviorka han sugerido, cabe relacionar las corrientes extendidas de racismo y xenofobia en Europa occidental con una crisis de identidad por convertirse en una abstracción (europeas), al mismo tiempo que las sociedades europeas, mientras veían difuminarse su identidad nacional, descubrieron dentro de ellas mismas la existencia duradera de minorías étnicas (hecho demográfico al menos desde la década de 1960). O, también, en Rusia y la ex Unión Soviética, el fuerte desarrollo del nacionalismo en el periodo postcomunista puede relacionarse, como sostendré más adelante (volumen III), con el vacío cultural creado por setenta años de imposición de una identidad ideológica excluyente, emparejado con el regreso a la identidad histórica primaria (rusa, georgiana) como la única fuente de significado tras el desmoronamiento del históricamente frágil sovetskii narod (pueblo soviético).

El surgimiento del fundamentalismo religioso parece asimismo estar ligado tanto a una tendencia global como a una crisis institucional . Sabemos por la historia que siempre hay en reserva ideas y creencias de todas clases esperando germinar en las circunstancias adecuadas. Resulta significativo que el fundamentalismo, ya sea islámico o cristiano, se haya extendido, y lo seguirá haciendo, por todo el mundo en el momento histórico en que las redes globales de riqueza y poder enlazan puntos nodales e individuos valiosos por todo el planeta, mientras que desconectan y excluyen grandes segmentos de sociedades y regiones, e incluso países enteros. ¿Por qué Argelia, una de las sociedades musulmanas más modernizadas, se volvió de repente hacia sus salvadores fundamentalistas, que se convirtieron en terroristas (al igual que sus predecesores anticolonialistas) cuando se les negó la victoria electoral en las elecciones democráticas? ¿Por qué las enseñanzas tradicionalistas de Juan Pablo II encuentran un eco indiscutible entre las masas empobrecidas del Tercer Mundo, de modo que el Vaticano puede permitirse prescindir de las protestas de una minoría de feministas de unos cuantos países avanzados, donde precisamente el progreso de los derechos sobre la reproducción contribuyen a menguar las almas por salvar?

Parece existir una lógica de excluir a los exclusores, de redefinir los criterios de valor y significado en un mundo donde disminuye el espacio para los analfabetos informáticos, para los grupos que no consumen y para los territorios infracomunicados. Cuando la Red desconecta al Yo, el Yo, individual o colectivo, construye su significado sin la referencia instrumental global: el proceso de desconexión se vuelve recíproco, tras la negación por parte de los excluidos de la lógica unilateral del dominio estructural y la exclusión social.

Éste es el terreno que debe explorarse, no sólo enunciarse. Las pocas ideas adelantadas aquí sobre la manifestación paradójica del yo en la sociedad informacional sólo pretenden trazar la trayectoria de mi investigación para información de los lectores, no sacar conclusiones de antemano.

UNAS PALABRAS SOBRE EL MÉTODO

Éste no es un libro sobre libros. Aunque se basa en datos de diversos tipos y en análisis y relatos de múltiples fuentes, no pretende exponer las teorías existentes sobre el postindustrialismo o la sociedad informacional. Se dispone de varias presentaciones completas y equilibradas de estas teorías , así como de diversas críticas 46, incluida la mía 47 . De forma similar, no contribuiré, excepto cuando sea necesario en virtud del argumento, a la industria creada en la década de los ochenta en torno a la teoría postmoderna 48, satisfecho por mi parte como estoy con la excelente crítica elaborada por David Harvey sobre las bases sociales e ideológicas de la «posmodernidad» , así como con la disección sociológica de las teorías posmodernas realizada por Scott Lash . Sin duda debo muchos pensamientos a muchos autores y en particular a los antepasados del informacionalismo, Alain Touraine y Daniel Bell, así como al único teórico marxista que intuyó los nuevos e importantes temas justo antes de su muerte en 1979, Nicos Poulantzas . Y reconozco debidamente los conceptos que tomo de otros cuando llega el caso de utilizarlos como herramientas en mis análisis específicos. No obstante, he intentado construir un discurso lo más autónomo y menos redundante posible, integrando materiales y observaciones de varias fuentes, sin someter al lector a la penosa visita de la jungla bibliográfica donde he vivido (afortunadamente, entre otras actividades) durante los pasados doce años.

En una vena similar, pese a utilizar una cantidad considerable de fuentes estadísticas y estudios empíricos, he intentado minimizar el procesamiento de datos para simplificar un libro ya excesivamente pesado. Por consiguiente, tiendo a utilizar fuentes de datos que encuentran un amplio y resignado consenso entre los científicos sociales (por ejemplo, OCDE, Naciones Unidas, Banco Mundial y estadísticas oficiales de los gobiernos, monografías de investigación autorizadas, fuentes académicas o empresariales generalmente fiables), excepto cuando tales fuentes parecen ser erróneas (por ejemplo, las estadísticas soviéticas sobre el PNB o el informe del Banco Mundial sobre las políticas de ajuste en África). Soy consciente de las limitaciones de prestar credibilidad a una información que puede no siempre ser precisa, pero el lector se dará cuenta de que se toman numerosas precauciones en este texto, así que por lo general se llega a conclusiones sopesando las tendencias convergentes de varias fuentes, según una metodología de triangulación que cuenta con una prestigiosa tradición de éxito entre los historiadores, policías y periodistas de investigación.

Además, los datos, observaciones y referencias presentados en este libro no pretenden realmente demostrar hipótesis, sino sugerirlas, mientras se constriñen las ideas en un corpus de observación, seleccionado, he de admitirlo, teniendo en mente las preguntas de mi investigación, pero de ningún modo organizado en torno a respuestas preconcebidas. La metodología seguida en este libro, cuyas implicaciones específicas se expondrán en cada capítulo, está al servicio del propósito de este empeño intelectual: proponer algunos elementos de una teoría transcultural y exploratoria sobre la economía y la sociedad en la era de la información, que hace referencia específica al surgimiento de una nueva estructura social. El amplio alcance de mi análisis lo requiere la misma amplitud de su objeto (el informacionalismo) en todos los dominios sociales y las expresiones culturales. Pero de ningún modo pretendo tratar la gama completa de temas y asuntos de las sociedades contemporáneas, ya que escribir enciclopedias no es mi oficio.

El libro se divide en tres partes que la editorial ha transformado sabiamente en tres volúmenes. Aunque están interrelacionados analíticamente, se han organizado para hacer su lectura independiente. La única excepción a esta regla es la conclusión general, que aparece en el volumen III pero que corresponde a todo el libro y presenta una interpretación sintética de sus datos e ideas.

La división en tres volúmenes, aunque hace al libro publicable y legible, suscita algunos problemas para comunicar mi teoría general. En efecto, algunos temas esenciales que trascienden a todos los tratados en este libro se presentan en el segundo volumen. Tal es el caso en particular del análisis de la condición de la mujer y el patriarcado y de las relaciones de poder y el Estado. Advierto al lector de que no comparto la opinión tradicional de una sociedad edificada por niveles superpuestos, cuyo sótano son la tecnología y la economía, el entresuelo es el poder, y la cultura, el ático. No obstante, en aras de la claridad, me veo forzado a una presentación sistemática y algo lineal de temas que, aunque están relacionados entre sí, no pueden integrar plenamente todos los elementos hasta que se hayan expuesto con cierta profundidad a lo largo del viaje intelectual al que se invita al lector en este libro.

El primer volumen, que tiene en las manos, trata sobre todo de la lógica de lo que denomino la red, mientras que el segundo (El poder de la identidad) analiza la formación del yo y la interacción de la red y el yo en la crisis de dos instituciones centrales de la sociedad: la familia patriarcal y el Estado nacional. El tercer volumen (Fin de milenio) intenta una interpretación de las transformaciones históricas actuales, como resultado de la dinámica de los procesos estudiados en los dos primeros volúmenes. Hasta el tercer volumen no se propondrá una integración general entre teoría y observación que vincule los análisis correspondientes a los distintos ámbitos, aunque cada volumen concluye con un esfuerzo de sintetizar los principales hallazgos e ideas presentados en él. Aunque el volumen III se ocupa de forma más directa de los procesos específicos del cambio histórico en diversos contextos, a lo largo de todo el libro he hecho cuanto he podido por cumplir dos metas: basar el análisis en la observación, sin reducir la teorización al comentario; diversificar culturalmente mis fuentes de observación y de ideas al máximo, utilizando la ayuda de colegas y colaboradores para abarcar las que están en lenguas que desconozco. Este planteamiento proviene de mi convicción de que hemos entrado en un mundo verdaderamente multicultural e interdependiente que sólo puede comprenderse y cambiarse desde una perspectiva plural que articule identidad cultural, interconexión global y política multidimensional.

Manuel Castells, La era de la información. Tomo I, Economía, Sociedad y Cultura, Edit. Siglo XXI

http://www.hipersociologia.org.ar