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Chavez: una experiencia político-económica progresista y democrática, pero controvertida…

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Chávez, sobre todo, político

 Por José Natanson *

Un hombre es siempre muchas cosas. En el caso de Hugo Chávez, beisbolista aficionado, lector voraz aunque de gustos dispersos, militar habituado a ver el mundo en términos de táctica y estrategia, cristiano cada vez más convencido, showman, self-made man, cantor y pintor aficionado…

Podría haber sido, también, un héroe. En la tarde del 11 de abril del 2002 las fuerzas armadas rodeaban el Palacio de Miraflores, luego de que una manifestación antichavista liderada por empleados de Pvdsa se desviara hacia la sede presidencial y se enfrentara a un grupo de partidarios del presidente, con choques entre policías y militares y francotiradores que dejaron dos docenas de muertos de ambos bandos. Con un sector de los militares cercándolo, las comunicaciones con los más leales interrumpidas y un panorama internacional confuso –Estados Unidos y España apoyaban el golpe, la Argentina de Duhalde se oponía, Brasil aguardaba–, Chávez decidió no combatir. Todavía no sabía que sus funcionarios le jurarían lealtad, todavía los canales privados de televisión no transmitían dibujos animados para ocultar a los miles y miles de chavistas que bajaban de las laderas caraqueñas para respaldarlo, y todavía, decisivamente, no era consciente de que una parte importante de las fuerzas armadas, sobre todo de la Marina y el Ejército, se negaban a sumarse a la asonada.

En este contexto confuso, Chávez ordenó a su guardia personal no enfrentar a los militares sublevados y se entregó sin disparar un solo tiro. Al hacerlo, Chávez actuaba racionalmente, midiendo relaciones de fuerza, calculando probabilidades y recurriendo a la enorme astucia de no dejar nada por escrito: se rindió, por supuesto, pero se negó a firmar la renuncia formal que los golpistas nunca pudieron exhibir en público, en uno de esos gestos aparentemente menores pero que revelan la intuitiva sagacidad del verdadero político. Porque renunciando sin combatir, Chávez hacía algo más que evitar el destino trágico de Allende, que se pegó un tiro con la ametralladora obsequiada por los cubanos cuando las tropas de Pinochet entraban a La Moneda. En aquel momento, en una decisión que a la larga se revelaría acertada, Chávez sí renunció a algo: renunció al destino de héroe para ser, desde ahí y hasta el final de sus días, un político.

(Lo interesante es que el consejero definitivo de esa decisión, según el mismo Chávez contaría después, era, él sí, un héroe: Fidel Castro, al teléfono desde La Habana, le sugería que no se inmolara, que se entregara mientras pudiera porque, intuía bien, todavía había chances de un retorno al poder. En una de esas vueltas interesantes que a veces nos trae la historia, el héroe le aconsejaba a Chávez que actuara como un político.)

De entre todos los ángulos posibles para analizar a Chávez, elijo entonces éste: Chávez podrá haber sido un buen o un mal presidente, pero no fue un héroe ni un tirano. Por eso, aunque la tan de moda comparación con Fidel resulte tentadora, también puede ser engañosa: a diferencia del cubano, un exponente de la Guerra Fría que lideró la epopeya de una revolución triunfante a 90 millas de La Florida, Chávez fue un político del siglo XXI que llegó al poder por los votos y se mantuvo ahí 14 años gracias al apoyo popular evidenciado en una seguidilla de trece elecciones impecablemente ganadas.

Y fue también el primer gran líder de la etapa posneoliberal de América latina. Asumió la presidencia en 1999, en plena hegemonía del Consenso de Washington, y comenzó a explorar un camino por el que luego avanzarían otros países. No por una especial clarividencia, o al menos no sólo por eso, sino porque el estallido económico, la crisis social y el derrumbe del sistema de partidos (las marcas de fábrica de la transición pos neoliberal) que en Argentina se produjeron en 2001, en Bolivia en 2003/2004 y en Ecuador en 2004/2005, en Venezuela sucedieron en 1989, cuando el Caracazo cambió para siempre el paisaje de un país que, en la tibieza de una socialdemocracia autocomplaciente, se había creído a salvo de traumas sociales y golpes de Estado.

Desde su llegada al poder y la asombrosa puesta en escena de su primer juramento (“juro por esta moribunda Constitución”, dijo para dejar bien clara su intención de reformarla), Chávez maniobró hábilmente –siempre midiendo, calculando, sopesando– hasta alcanzar, en sus últimos años, un ambicioso proyecto de reforma política, social y en menor medida también económica.

Detengámonos un momento en el balance. Desde el punto de vista social, el saldo es positivo: prácticamente todos los indicadores mejoraron, se los mida como se los mida, en los 14 años de chavismo. Desde el punto de vista económico, en cambio, el balance es más matizado: Chávez no logró romper la monodependencia de un país que sigue exportando básicamente un solo producto –petróleo– a básicamente un solo destino –Estados Unidos–, aunque es lícito preguntarse si alguien podría haberlo hecho con un barril que se obstina en ubicarse por encina de los 100 dólares. Como sea, Venezuela ha registrado un crecimiento desparejo, acumula preocupantes tensiones macroeconómicas (alta inflación, déficit fiscal, un mercado cambiario caótico) y sigue descansando en una estructura productiva más parecida a la de Nigeria o Arabia Saudita que a la de Argentina o Brasil. Desde el punto de vista político, el saldo del chavismo es un formato institucional difícil de definir pero muy novedoso, una especie de hiperdemocracia plebiscitaria en la que la evidente legitimidad del líder convive con no menos evidentes esfuerzos por debilitar el componente republicano –y en menor medida el liberal– propio de cualquier sistema democrático. En concreto: Venezuela es el único país latinoamericano –a excepción de Cuba– que no contempla límites al ejercicio permanente del poder por la misma persona, y al mismo tiempo celebra periódicamente elecciones limpias en las que, cuando el líder pierde, como sucedió en el referéndum del 2007, reconoce su derrota.

Y por último, desde el punto de vista de las relaciones internacionales, Chávez fue el principal impulsor de una integración latinoamericana concebida como una articulación solidaria entre iguales, que no cayó en el típico esquema centro-periferia que caracterizó a las relaciones con Gran Bretaña, Estados Unidos e incluso, por momentos, Brasil, pero que a la vez encontró enormes dificultades para cristalizar en acuerdos concretos y duraderos. Una integración presidencial que aún no ha coagulado en procesos institucionalizados a la altura de sus intenciones (no tenemos ni Banco del Sur ni moneda única ni aduanas armonizadas ni un Parlamento), pero que de todos modos supone un desafío a Estados Unidos. Pero un desafío contenido, administrado. Sucede que, pese a su prédica antiimperialista, Chávez evitó jugar con los dos temas más sensibles en la estrategia exterior de Washington (cooperó siempre en materia de lucha contra el narcotráfico y no mantuvo con las FARC más contactos que los necesarios para resguardar sus fronteras, como por otra parte también hace Brasil), en el contexto de una relación comercial estable y mutuamente beneficiosa (la única vez que Chávez dejó de enviar petróleo al imperio fue –paradojas de la historia– cuando la oposición conservadora paralizó Pdvsa).

Resulta difícil, en medio de la avalancha de análisis y tras 14 años en el poder, ensayar un balance del chavismo. Lo central, creo, es evitar que las necesarias miradas panorámicas oculten los matices y las contracciones de un régimen que podrá ser de trazo grueso, pero al que el trazo grueso no alcanza para describir. Y que además –aunque apenas se reconoce– fue mutando en el tiempo, de la fascinación inicial con la tercera vía al socialismo del siglo XXI, por motivos totalmente comprensibles: a diferencia de Evo Morales y Lula y al igual que Rafael Correa, Chávez llegó al poder sin un partido, un movimiento social o una confederación sindical que lo respaldara, y quiso emprender cambios profundos basándose sobre todo en su voluntad y su carisma. Y ahí se encontró con la paradoja –otra más– de intentar implantar el socialismo, aun el del siglo XXI, en una sociedad amansada en una cultura económica rentista, con una estética que no es la única, por supuesto –porque Venezuela también es cuna de escritores y pintores geniales–, pero sí la dominante, de nuevo rico a lo Catherine Fulop; una revolución en el país que consume más whisky escocés per cápita del mundo (aunque no produce ni una gota y aunque sí fabrica un ron excelente), donde se venden más Hammers (a 80 mil dólares cada una) que en Estados Unidos y cuya capital se ha ido convirtiendo en la ciudad más insegura de Sudamérica (¡más que Río!), a pesar de que los índices de desigualad han mejorado (en una de esas contradicciones que ponen en crisis las verdades de los sociólogos, Caracas es una ciudad más igualitaria pero más peligrosa).

Volvamos al principio. Como el resto de los presidentes del giro a la izquierda latinoamericano, Chávez supo combinar gobernabilidad económica con estabilidad política e inclusión social, trípode en el que descansa la legitimidad de esta nueva camada de líderes. Fue, de todos ellos, el que llevó más lejos su vocación transformadora, aunque las reformas no siempre hayan funcionado y aunque muchas de ellas tengan pies de barro. Manteniéndose dentro de las amplias fronteras de la democracia y el capitalismo, Chávez tuvo la vocación de los grandes políticos que quieren estirar la cuerda al máximo, y en el camino chocó, una y otra vez, con la realidad de un país que lo quiso tanto como lo odió. Sin caer en disquisiciones de hegelianismo para aficionados acerca del Hombre y la Historia, si el sujeto o la estructura, digamos por último que Chávez fue la expresión más potente de un proceso que lo trasciende, histórica y geográficamente. Sus límites fueron los de Venezuela y los de las revoluciones impuestas desde arriba.

* Director de Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur. http://www.eldiplo.org

El balance económico de Chávez

El país que recibió Hugo Chávez al llegar a la presidencia, en 1997, se destacaba por la extrema desigualdad y la destrucción del tejido productivo. Los logros y el nuevo desafío.

 Por Raúl Dellatorre

No debe haber resultado sencillo transformar una economía en la que una cuarta parte de la población (26 por ciento) se encontraba en la pobreza extrema, el 15 por ciento de los trabajadores desempleados y, de los que tenían trabajo, más de la mitad (54 por ciento) lo hacían fuera de la legalidad. Esta era la situación de la economía venezolana hacia fines de la década del ’90, cuando Hugo Chávez llegó a la presidencia para reemplazar a Rafael Caldera, último representante del bipartidismo socialcristiano (Copei) y socialdemócrata (Acción Democrática) que mantuvo durante décadas, alternándose en el poder, la situación de concentración de la renta petrolera y desigualdad, de liquidación del desarrollo industrial y agrícola, y la ausencia de los más elementales servicios sociales responsabilidad del Estado, como salud y educación.

La transformación de esa economía, sin embargo, se logró. En base a un proceso revolucionario cuyo primer objetivo estratégico fue recuperar el control de Pdvsa, la poderosa petrolera estatal cuya línea gerencial se resistió por más de un lustro (hasta después del intento de golpe de 2002) a obedecer las directivas del poder político democrático. Paralelamente, se de-sarrollaba un ambicioso (más aún teniendo en cuenta las limitaciones presupuestarias, sin acceso en los primeros años a la totalidad de la renta petrolera) programa de alfabetización y de instalación de centros de salud en toda la extensión del territorio venezolano.

La reconstrucción del tejido productivo demandó recomponer una matriz desarticulada. Un ejemplo conocido es el de la producción de mineral de hierro, que se vendía a precio subsidiado a la industria siderúrgica, para que ésta produjera bienes intermedios (chapas y perfiles) que se exportaban a Estados Unidos a precio libre. Mientras tanto, la construcción debía proveerse en el exterior de los insumos siderúrgicos necesarios, pagando precios elevadísimos o requiriendo subsidio estatal. El intermediario que se quedaba con los mayores beneficios era una empresa monopólica, Sidor. Obviamente, la solución fue renacionalizarla (había sido privatizada por gobiernos anteriores). Lo curioso es que hubiera críticas a esta respuesta política del Estado.

Pdvsa no había dejado de ser estatal, pero su asociación con capitales privados extranjeros la convirtió en un actor más de la política petrolera depredatoria del medio ambiente. Muchas tierras antiguamente dedicadas a la agricultura fueron abandonadas entre las décadas del ’70 y del ’90 a medida que avanzaban las torres petroleras sobre las costas del lago de Maracaibo, y los territorios de Anzoategui y Monagas. La consecuencia fue el éxodo de la población rural o su condena a la miseria, con la formación de amplios cinturones de pobreza.

Hugo Chávez supo recurrir a la cooperación internacional, con orientación hacia un proyecto regional, para revertir la situación. Los médicos y maestros cubanos fueron una presencia notable que caracterizó los primeros años del proceso, así como los técnicos en materia agrícola de origen argentino lo fueron en la segunda etapa, de “reinstalación” de una economía rural. Cuando la Revolución Bolivariana recuperó el manejo del recurso petrolero, Chávez devolvió esos favores con un suministro permanente de recursos energéticos a Cuba y prestando ayuda financiera a la Argentina.

Si en sus primeros años de gobierno la Revolución Bolivariana había dado gestos de la orientación buscada, el fallido golpe en su contra de abril de 2002 impulsó las decisiones que hacían falta para profundizar el proceso. La derrota de los golpistas dejó al desnudo a los enemigos de la Revolución desde adentro, dando la oportunidad de desplazarlos y despejar el camino. Ese paso se tradujo en los resultados macroeconómicos de los años posteriores: desde fines de 2003 hasta mediados de 2008, Venezuela logró 23 períodos trimestrales de crecimiento consecutivo. El record se rompió por el impacto de la crisis mundial, pero la economía retomó la senda a partir del segundo trimestre de 2010. En 2011 ya obtuvo un crecimiento de 4,2 por ciento y en 2012 de 5,5 por ciento.

Menos dependiente de productos intermedios y finales que una década y media atrás (cuando “casi todo” lo que se consumía era estadounidense o colombiano), pero todavía altamente dependiente de las divisas que genera el petróleo, Venezuela dispuso una fuerte devaluación y un desdoblamiento cambiario el último 8 de febrero, como parte de una serie de medidas que buscan corregir desequilibrios externos y mantener el equilibrio entre las políticas de promoción de la producción y el empleo, y los ambiciosos programas sociales de inclusión con fondos públicos.

El desempleo bajó a menos de la mitad (del 15 al 7 por ciento) en una década y media, y la pobreza extrema a casi una cuarta parte (del 26 al 7 por ciento). La informalidad laboral descendió del 54 al 43 por ciento (con leyes de protección laboral para los trabajadores formales que antes no existían). Indicadores y tendencias que sólo podrán consolidarse si quienes asumen la conducción del proceso logran superar su principal de-safío: derrumbar, ya sin la presencia de su líder, la resistencia de un poder económico local y extranjero que no está dispuesto a resignar el terreno perdido.

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La China actual: condiciones de trabajo y explotación…

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Una visión de China a partir de los suicidios en Foxconn

Pun Ngai, Revista Trasversales

China_saca_pechoIntervención en el Foro sobre globalización y desarrollo social, organizado por el Centro de Estudios de Política y Economía Internacional, 14 de mayo 2010, China University of Political Science and Law

Quiero abordar el tema partiendo del vídeo que acabamos de ver. Ya son ocho (no siete) los muertos en la empresa Foxconn. El profesor de la Universidad Qinghua decía que la tasa de suicidios no le parecía muy alta. Al día siguiente una joven de 24 años se arrojó desde lo alto de un edificio. Personalmente pienso que estos hechos son dramáticos y que es importante saber con qué criterios hay que evaluarlos y qué es eso de una tasa no muy alta de suicidios.

Los principales medios de comunicación hablan de estos trágicos acontecimientos como si se tratase de una cuestión personal: el suicidio de un joven diplomado que parecía una persona abierta y alegre se presenta como un problema espiritual, mientras que otros de estos suicidios se atribuyen a problemas psicológicos. En el caso de un trabajador que se arrojó desde el tejado del dormitorio, se atribuyó a presiones psicológicas derivadas de problemas de fertilidad. Tras el séptimo suicidio en Foxconn se solicitó la colaboración de conocidos psicólogos, que no han hecho una buena labor, y recientemente también se ha contado con sacerdotes taoístas. La dirección de Foxconn prefiere ver el problema como algo vinculado con el Fengshui y la psicología, antes que verlo como un problema de gestión enpresarial o como un problema social. Yo, por el contrario, voy a abordar el problema desde un punto de vista sociológico.

Quiero partir de estos hechos para interpretar el fenómeno de los campesinos que migran desde el campo hacia las fábricas en el proceso de formación de una nueva clase obrera. Mis libros versan sobre la primera generación de trabajadores campesinos migrantes, últimamente he escrito algunos artículos dispersos sobre la segunda generación, a la que intentaré insertar en el contexto teórico marxista, en la formación del proletariado, incorporando también algunas teorías post-marxistas, con el propósito de valorar si es posible interpretar los suicidios y las huelgas como fenómenos de protesta en el marco de la tradición teórica marxista o de la sociología.

Obviamente, no consideramos que el suicidio sea algo normal, si así fuese la práctica de los obreros coreanos que se prenden fuego debería verse solamente como una advertencia a la sociedad, y los suicidios de jóvenes obreros chinos constituye una tragedia demasiado grande como para pensar que solamente se trata, después de todo, de un modo de contar a la sociedad el injusto trato sufrido. Hoy evitaré todos los detalles sobre las muertes, ya los hemos visto en el vídeo. Los suicidios acontecidos desde enero hasta hoy corresponden a jóvenes entre 18 y 24 años, y su modalidad ha sido siempre la misma: arrojarse desde lo alto de un edificio, gesto que no permite vuelta atrás. Dos obreras han quedado heridas y no han muerto. Pero ya se trate de heridos o de muertos, ¿cómo comprender esta tragedia? ¿Hay que situarla en el contexto de la empresa o bien hay que situar esa problemática interna de la empresa en el contexto más amplio de los 230 millones de trabajadores campesinos migrantes? ¿Y para qué? ¿Para decir que esta empresa tiene condiciones mejores que aquella, que el salario de tal empresa es mayor que el de esta otra?

En Shenzsen el salario habitual de un obrero está entre 1.000 y 1.500 yuanes, mientras que en Foxconn está entre 1.500 y 2.000, siendo, pues, significativamente mayor. Las condiciones de trabajo y la gestión son un poco mejores y por ese motivo en Foxconn cada mañana a las 5,30 h. hay una cola de personas que quieren entrar a trabajar allí, mientras que otras empresas más pequeñas tienen dificultades para encontrar trabajadores. Considerando esto, podríamos decir que estamos ante una representación a menor escala de la situación común de los trabajadores campesinos migrantes; si mejoran las condiciones de trabajo en Foxconn podrían mejorar las condiciones de vida de los trabajadores campesinos migrantes.

El secreto por el que China se ha convertido en la fábrica del mundo reside en la existencia de 230 millones de trabajadores campesinos migrantes, sin los que China no habría llegado a ocupar en los últimos 20 años, gracias al bajo coste, el primer puesto como fábrica del mundo. Hoy tenemos primacía en varios ámbitos, la exportación por ejemplo. Foxconn es la primera exportadora global en electrónica. Hoy, cuando construimos Shenzhen, Shanghai etc., decimos siempre que estamos en los primeros puestos a escala mundial, pero también deberíamos decir que, según creo, también lo estamos en cuanto a la tasa de suicidios de la fuerza de trabajo juvenil, pese a los psicólogos que nos dicen que la tasa no es elevada.

Cuando analizamos la formación de la clase obrera en el marco de China como fábrica del mundo, vemos claramente quién está construyendo la riqueza, quién está edificando China como fábrica del mundo, quién se sacrifica, quién se apropia de los beneficios. Hoy se ha replanteado claramente el fenómeno de la sociedad de clases. Un país socialista, que por eso mismo debería liberarse de las relaciones de producción capitalistas, ha permitido que la división de clase penetre profundamente en las relaciones sociales.

Yo me hice marxista cuando, por primera vez, entré en las zonas industriales chinas, la primera vez que entré en una fábrica, cuando aún era estudiante universitaria a comienzos de los años noventa. En aquella época se estaban produciendo grandes cambios económicos en Hong Kong y muchas fábricas se trasladaban a China continental. Los obreros de Hong Kong sufrían el desempleo, y cuando me desplacé a China continental observé el fenómeno de los trabajadores campesinos migrantes que, año tras año, se dirigían al Guangdong para trabajar.

Estos cambios me impresionaron y estaba estupefacta al ver que en la patria del socialismo se permitía una explotación capitalista brutal, que, en los años noventa, era aún más intensa que hoy.

En 1995 entré en una fábrica en la que se producían componentes electrónicos para los teléfonos móviles de entonces. Allí, me puse a preguntar a muchas personas cuál era su salario. Era una fábrica de componentes electrónicos, en la que se hacían los teléfonos celulares de entonces. El precio de uno de esos teléfonos eran unos 10.000 yuanes. ¿Y cuál era el salario de un obrero? ¿Con qué jornada? De media, 14 horas diarias, sin sábados ni domingos.

Tal vez vuestras madres y vuestros padres sean la primera generación de trabajadores campesinos migrantes a la que hemos entrevistado, aquella situación la recuerdan bien. Cuando entré en la fábrica, leí encolerizada El Capital de Marx y descubrí que la situación que describía no era tan grave como la que había en China en los años noventa. El salario del que habla El Capital se calculaba semanalmente, pero cuando yo empecé a trabajar el cobro del salario se retrasaba tres meses y el ritmo de trabajo era extenuante. A comienzos de los noventa, morían trabajadores en los incendios que se producían en las fábricas y en los dormitorios. Después de Marx, El Capital, que describe la situación industrial del siglo XIX, influenció la revolución socialista; si comparamos la época de Marx con la situación de los trabajadores y con los suicidios de la Foxconn, se nos viene a la mente que quizá aquella época fuese más feliz que la nuestra.

A inicios de los noventa la presión sobre el trabajo era mucho más fuerte, el salario era sólo de 500 yuanes, cuando ahora está entre 1.000 y 1.500. Los dormitorios y espacios de la fábrica han mejorado, y también han mejorado las condiciones laborales. ¿Por qué, entonces, no hubo suicidios y huelgas entre la primera generación de trabajadores campesiones migrantes, lo que sí ocurre actualmente?

Cuando entré en la fábrica y ví las horrendas condiciones de trabajo no comprendía cómo podía pasar algo así en nuestro país socialista. Estaba furiosa, pero los obreros no lo estaban. Pensaba que eso dependía de que estaban atenazados, bajo presión, que no tenían posibilidad de expresar lo que sentían. Sin embargo, no ví suicidios. Hubo muertes súbitas o por agotamiento, pero no con la gravedad actual.

En los años noventa ví cómo los trabajadores comenzaban a encolerizarse e incluso a hacer huelgas. Después del 2000 en el delta del Río Perla, en particular en Dongguan, hubo oleadas de huelgas en las que participaron miles de personas, aunque sin ninguna cobertura mediática. Después, algunos medios se interesaron en las huelgas, pero dejaron de hacerlo porque se habían hecho tan habituales, sobre todo en Dongguan, que ya no atraían la atención al ser tantas y tan frecuentes.

¿Cómo interpretar las diferencias entre ambas generaciones de trabajadores? Debemos reflexionar sobre ello y, sobre todo, preguntarnos cómo surgieron los trabajadores campesinos migrantes. Además tenemos que analizar en profundidad las diferencias existentes entre estas dos generaciones, incluso con una misma composición de clase, con las mismas relaciones de producción y tratándose de trabajadores que hacen el mismo trabajo en la fábrica y que afrontan las contradicciones del capitalismo. Hay que hacerlo porque la diferencia es verdaderamente grande.

También debemos reflexionar sobre el proceso de formación de la nueva clase de trabajadores campesinos migrantes, que no podemos encajar completamente en el proceso de proletarización. A lo largo de una remodelación que ha durado 30 años el campesino se ha convertido en trabajador (en precario, sin derechos), sujeto del trabajo pero no un obrero en sentido pleno. No está claro si aún es campesino o si es obrero. Aunque las condiones en que vive son objetivamente las de un obrero, desde un punto de vista subjetivo, en tanto que trabajador, su identidad es problemática.

Analicemos el problema del reconocimiento identitario a través de algunos contenidos teóricos del post-marxismo. En el paso de la clase en sí a la clase para sí participan factores complejos y difíciles. Si introducimos este aspecto en las particulares condiciones chinas y en el proceso de inclusión en la economía global capitalista, al hacer una comparación con otros países encontramos que la singularidad china reside en nuestros trabajadores campesinos migrantes. Aunque está claro que llegan a gastar diez o veinte años de su vida trabajando en la fábrica, les es negada su posición como obreros. Su conciencia como tal sujeto aún no se ha formado completamente.

¿Asistimos en China al surgimiento de unas nuevas Enclosures [nt: cierre de los terrenos comunales en favor de los terratenientes en la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX]? Pero este fenómeno es diferente en China. La nueva generación de trabajadores campesinos migrantes ya no puede volver a su pueblo pero tampoco puede quedarse en la ciudad. No puede permanecer donde está, pero tampoco pueden regresar al campo. ¿No deberíamos tal vez buscar en esta condición de clase proletaria incompleta los motivos de los suicidios y de las protestas de los trabajadores campesinos migrantes?

El fenómeno de los trabajadores campesinos migrantes no puede separarse del desarrollo de los últimos 30 años. Todo empezo con la reforma, y la reforma empezó en el campo, cuya dimensión colectiva fue destruida favoreciendo la emergencia de pequeñas economías campesinas; la base de la fuerza de trabajo a la que vengo refiriéndome se encuentra en el final del colectivismo, que dio lugar a un excedente de fuerza de trabajo campesina. Nuestros sociólogos utilizan una bella expresión para este fenómeno: una abundante fuerza de trabajo.

No importa tanto si es abundante o es sobreabundante, lo que importa es que una generación de jóvenes ya no tiene nada que hacer en el campo, no tiene ninguna oportunidad de trabajar allí porque la tierra no puede proporcionarles ocupación. Por eso empezaron a migrar buscando trabajo en la ciudad, en particular en las zonas costeras en las que entraba capital extranjero. Así fue fundada China como fábrica del mundo, gracias a esta fuerza de trabajo barata. En la reforma del agro y en la “estrategia de puertas abiertas” reside el secreto del surgimiento los trabajadores campesinos migrantes.

Estas son las condiciones del país, porque “la fuerza de trabajo” es demasiado grande. Si esta fuerza de trabajo excedente en los años 80 no hubiera sido absorbida en las fábricas de “sangre y sudor” tampoco se habrían tenido estas mínimas ocasiones de progreso. Según lo que aprendí entonces, en aquel tiempo con doscientos o trescientos yuanes mensuales se pagaban más de diez horas de trabajo diario.

Ya fuese una empresa de juguetes o una de electrónica, el producto era el mismo tanto si lo hacía una trabajadora de Hong Kong o yo misma, que trabajaba en Shenzhen, también eran iguales el capital y la marca. Por ejemplo, todo el mundo sabe que los productos Disney son muy caros, por un muñeco piden entre 200 y 300 yuanes. Bien, pues en los años 80, la misma fábrica, el mismo contexto, en Hong Kong se llegaba a ganar entre 5.000 y 6.000 yuanes, y al inicio de los 90 unos 6.000 haciendo horas extras; sin embargo, esa misma fábrica abrió una nueva sede más allá de la frontera con Shenzhen, en la que se producía la misma mercancía pero pagando salarios de 200/300 yuanes mensuales.

Esa diferencia me era difícil de comprender y aceptar, mientras que para aquellos que tenían sentido patrio era comprensible, pues decían que ambas sociedades se encontraban en una fase diferente de desarrollo, había gran cantidad de mano de obra y usar esa fuerza de trabajo barata podría impulsar el desarrollo, integrando a China en el sistema capitalista global y permitiendo dar el primer paso. Pero yo, que no tenía sentido patrio, me preguntaba si el capital de Hong Kong o Taiwán dejaría de invertir porque el salario de las trabajadoras subiese a 400 yuanes. Tanto entonces como hoy cabe preguntarse si un aumento de salarios haría que China dejase de ser la fábrica del mundo y se alejase de la ruta del desarrollo.

Para estos capitalistas el aumento de los salarios no les reporta ninguna ventaja, porque no ven a la fuerza de trabajo como personas. La patronal no se siente requerida a considerar como personas a la fuerza de trabajo barata. Por lo tanto, para ellos no tendría sentido un aumento de sueldo. Cuando entré en la fábrica, no tenían ninguna confianza en los trabajadores. Al andar por la calle o cuando íbamos a comer siempre escuchabas decir que los trabajadores chinos eran difíciles de manejar y que, muy en particular, tendían a robar mercancías ¿Es así? Ciertamente, en comparación con los trabajadores de Hong Kong y Taiwán el fenómeno del hurto de mercancías es más habitual. Los almacenes de las fábricas de Hong Kong tienen abiertas las ventanas, mientras que las de Shenzhen tienen barrotes de hierro por temor a los robos. Un trabajador de Foxconn se ha suicidado por haber perdido el prototipo del iPod; esta presión proviene del temor de la empresas a los robos. Pero si pensamos sobre ello, es preciso tomar en consideración la diferencia que había, en la fábrica en la que trabajaba, entre los salarios, unos 400/500 yuanes mensuales, y el precio de los teléfonos celulares que producíamos, a 10.000 yuanes cada uno.

He notado que muchos temen usar conceptos como clase y explotación, pero basta con entrar en una fábrica para que explotación, dignidad y palabras semejantes dejen de parecernos conceptos exóticos o que estén al servicio de alguna teoría foránea para manipular a los trabajadores. La clase objeto de esa explotación, la rabia que cada obrero siente y puede expresar, son cosas de las que, desde un punto de vista histórico, hablamos tranquilamente en la universidad entre estudiantes y profesores. Actualmente se teme la emergencia de las contradicciones de clase. Hace pocos años había fábricas carentes de las más mínimas condiciones dignas para los trabajadores. Los lugares en que se trabajaba y se vivía carecían de salidas de emergencia. Algunos obreros murieron abrasados por ese motivo. Las fábricas de los años noventa tenían los alamacenes en la planta baja, la cadena de montaje estaba en la segunda y tercera planta, mientras que los obreros vivían en los pisos superiores. Para evitar los robos se cerraba todo con llave, y en caso de incendio era imposible escapar y los trabajadores morían abrasados. Mi trabajo “Obreras chinas”, situado en los años ochenta y comienzos de los noventa, nace porque en esa época, como estudiante universitaria, ví morir así a obreras. Tras aquellos incendios, las zonas de alojamiento y de producción fueron separadas gracias a oportunas leyes. Por consiguiente, los alojamientos de una fábrica que tenga algún millar de trabajadores deben crearse ahora en sus alrededores.

En los últimos años he escrito varios artículos sobre el tema de la vivienda. Si la primera característica en la que reside el secreto de la fábrica del mundo son los trabajadores campesinos migrantes, la segunda está representada por los dormitorios vinculados a la fábrica. Es preciso preguntarse por el contexto de la vida de la fuerza de trabajo, por la posibilidad de formar una familia, ya que se debe pensar que eso, además de un salario, requiere un alojamiento, la posibilidad de criar hijos que puedan estudiar o de acudir al médico cuando se contrae una enfermedad. Pero el salario de 230 millones de trabajadores campesinos migrantes sólo se rige por las necesidades de la propia fábrica y obliga a vivir en alojamientos comunes, donde se amontonan decenas de trabajadores. El sueldo no les permite vivir en la ciudad de Shenzhen.

De hecho, en la zona costera de desarrollo en Shenzhen se piensa utilizar esta fuerza de trabajo sólo durante un breve periodo, hasta que los migrantes vuelvan al campo; son vistos como fuerza de trabajo, no como trabajadores. El problema se hace cada vez más evidente. Al comienzo, los trabajadores campesinos migrantes que estaban en las fábricas tenían su propio pedazo de tierra y la posibilidad de retornar a su pueblo; eso explica por qué razón yo me enfurecía pero ellos todavía no lo hacían. En los años noventa los obreros se consideraban, en el fondo, campesinos, aunque desde un punto de vista marxista sus relaciones de producción ya habían cambiado y se habían transformado en verdaderos obreros empleados en las fábricas, aunque sin estar aún en una posición completamente equiparable a la de los obreros: su salario no era un salario de obrero, porque el salario de un obrero debe garantizar el coste de reproducción de las generaciones sucesivas, esto es, poder tener una familia, trabajando ocho o diez horas, poder tener un lugar en el que vivir con la familia y desde el que volver al trabajo tras pasar un día de descanso.

Si en los años ochenta el salario no permitía vivir en la ciudad, actualmente el salario en Foxconn, entre 1.500 y 2.000 yuanes, tampoco permite que un obrero viva en Shenzhen. ¿Cómo puede reproducirse este sistema, cómo se tiene en pie este tipo de sostenibilidad?

Digamos claramente que este sistema sólo rige para los trabajadores campesinos migrantes, cuyo salario es la mitad del salario de un trabajador normal. Además, viviendo en el alojamiento de la fábrica se puede ahorrar algo de dinero para el futuro, ya que no es seguro que Foxconn siga aceptando a un trabajador cuando supere los 30 años de edad.

El actual desarrollo de las grandes ciudades se apoya completamente sobre los hombros de la fuerza de trabajo campesina. La ciudad es cada vez más rica, construimos ciudades cada vez más globales, como Beijing, Shanghai, Shenzhen, Guangzhou, cuyos gobiernos no tienen ninguna obligación respecto a las pensiones y al cuidado de los 230 millones de trabajadores campesinos migrantes. Tras haber explotado a la fuerza de trabajo, carecen de cualquier proyecto para su reproducción y para los cuidados que necesitan. El proyecto es devolverles al campo, arruinado desde hace veinte años, sin desarrollo alguno y sobre el que, además, pende la amenaza inminente de la venta de la tierra. Ésta es la injusticia fundamental, la fuerza de trabajo barata sostiene una producción de bajo coste que no sólo se dirige a la burguesía media urbana sino, de forma más relevante aún, a los países occidentales, como EEUU, donde quien no tiene dinero lo pide prestado para consumir y lo que consumirá es nuestra fuerza de trabajo barata. El Gobierno chino presta continuamente dinero a aquellos que puedan consumir las mercancías hechas con fuerza de trabajo barata en el sistema económico global, de forma que el sacrificio final recae sobre la masa de trabajadores campesinos migrantes.

¿Cuál es la diferencia entre las dos generaciones de trabajadores campesinos migrantes? La primera generación tenía una gran capacidad de aguante, de hecho el psicólogo que ha salido en el vídeo decía que el problema de las actuales protestas deriva de que la segunda generación está debilitada, no tiene aguante, pero debemos preguntarnos cómo se ha creado esta diferencia psicológica. Un análisis atento nos dirá que, si bien la primera generación tenía mayor fuerza para aguantar el trabajo duro y la adversidad, también tenía esperanzas y objetivos: lo que ahorraba era usado para construirse una casa y una vida familiar honorable, lo que les permitía soportar las angustias y la fatiga del trabajo en las ciudades. La segunda generación se ha formado totalmente en el ámbito urbano y aspira a un modo de vida metropolitano creado en los últimos años por el modelo de desarrollo dominante, una especie de civilidad urbana continuamente buscada, en la que se dice que hay que renunciar al campo porque de otra manera uno se desacredita, se pierde el honor, se es poco desarrollado y se pierde la posibilidad de cambiar lo que tus progenitores te dieron en su momento. Éste es el contexto en boga. La vía de desarrollo hoy imperante y su cultura nos hacen ver al campo y a nuestro pasado como si fuesen nuestros enemigos.

Desde el momento en el que nos pusimos a construir civilidad metropolitana del tipo de la de Beijing o la de Shanghai, los valores de la nueva generación están enteramente basados sobre eso, mientras que los de nuestros progenitores se basaban totalmente sobre el campo. La primera generación, aunque pobre y forzada a un duro trabajo, tenía una casa en la que pensar. Quienes ahora tienen entre 18 y 20 años no tienen motivo para sentirse vinculados al campo y sí muchos motivos para el conflicto. Año tras año se lucha por un salario más alto, y aunque los salarios son, en apariencia, el triple que a comienzos de los 90, la verdad es que también suben los precios. ¿Los 1.500 yuanes que se ganan hoy son en verdad más que los 500 de ayer? Tal vez sean menos, dada la inflación y el alza de precios. En los años noventa, en los suburbios de Shenzhen o Guangzhou se podía alquilar, por 200 o 300 yuanes, una casa en la que vivir con la familia. Hoy no se puede. Los trabajadores campesinos migrantes están forzados a residir en las zonas industriales, en las que no hay alquileres asequibles, por lo que se alojan en los dormitorios de la empresa, los mismos dormitorios desde cuyos tejados o ventanas se han arrojado estos trabajadores de Foxconn.

Un trabajador campesino migrante de veinte años que no quiera quedarse en el campo y desee vivir en la ciudad debe pagar al menos 1.000 yuanes de alquiler, pero, entonces, ¿cómo atender las demás necesidades básicas con un sueldo de 1.500 yuanes? No hay salida para los dilemas y dificultades de esta nueva generación. Hace dos o tres años se habló mucho de cuando la nieve obligó a los campesinos trabajadores migrantes a quedarse en la ciudad sin regresar a casa para la celebración del Año Nuevo chino; pero aunque hubieran podido hacerlo habría sido sólo por dos semanas, de lo que eran conscientes. La vida del campo, sus valores y su realidad se han perdido, mucho más aún si hablamos de la segunda y tercera generación.

A partir de aquí, podemos imaginar dos posibles caminos. Por un lado, sería posible un nuevo desarrollo rural que no pase por la venta de la tierra y que no esté al servicio de las grandes empresas que están devorando el campo. Un desarrollo que permita a las personas que regresan allí disponer de una base económica de la que vivir y percibir que la propia vida tiene un futuro.

Por otro lado, está la posibilidad de que estos trabajadores campesinos migrantes se conviertan realmente en la nueva clase obrera, con un incremento salarial que será beneficioso para el desarrollo de China. Si ahora todas las mercancias se orientan a la exportación, se debe a que aquí la gente no tiene dinero para consumir. Por una parte, se tiene miedo a que no haya consumo, pero no se elevan los salarios. No es lógico. Elevando los salarios en Foxconn se influiría también sobre otras empresas y sobre toda la zona de Shenzhen, induciendo mejoras.

El verdadero problema es la horrorosa competición a la baja en la que está inmerso internamente el capital, la última frontera de la competencia a la baja, cuyo precio final lo pagan los trabajadores.

¿Por qué los trabajadores han sido reducidos a esta condición? Seamos realistas: además del hecho de que nuestros sindicatos no desempeñan ningún papel útil, nuestros trabajadores no han tenido fuerza para negociar el salario. No tienen fuerza en la ciudad porque todavía están en una situación fluctuante y desarraigada. Hoy se trabaja en Dongguan, mañana tal vez en Shenzhen o Guangzhou. De este modo no se pertenece a un hogar ni a una sociedad.

La fuerza de los trabajadores, la presión que pueden ejercer sobre el capital, está fragmentada en el marco de esas condiciones. El capital desea que todos los trabajadores sean campesinos migrantes, y está claro que quiere mantener a los trabajadores migrantes de segunda y tercera generación como campesinos migrantes. Por eso no hemos modificado la situación creada por el sistema hukou [nt: sistema que regula los permisos de residencia permanentes y temporales].

Un aumento de salarios también influenciaría la situación de los estudiantes. ¿Por qué el salario de un diplomado es tan bajo? Porque detrás hay un hermano que tiene aún menos, un trabajador migrante que tiene aún menos, un desempleado que tiene aún menos. Hoy debemos reflexionar sobre quién sostiene una sociedad y sobre cuáles son los derechos a proteger.

Pun Ngai es socióloga y antropóloga, profesora en el Politécnico de Hong Kong.

Traducción del chino al italiano: Diego Gullotta

Traducción del italiano al castellano: Trasversales, con autorización de Diego Gullota.

Fuente:  http://www.trasversales.net/t20ngai.htm (Revista Trasversales número 20 otoño 2010)

Cuba excarcela a 52 presos (políticos)…

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Página/12

CUBA-CASTRO-RAULFIDEL El anuncio se hizo tras la reunión del canciller español con el presidente Raúl Castro. El disidente Guillermo Fariñas anunció que dejará la huelga de hambre cuando liberen a los primeros doce.

Cuba liberará a 52 presos en los próximos tres o cuatro meses. El anuncio llegó de la mano del canciller español, Miguel Angel Moratinos, que estuvo de visita el La Habana y se reunió con el presidente Raúl Castro. El disidente Guillermo Fariñas anunció que dejará la huelga de hambre cuando los primeros doce estén excarcelados. El gobierno cubano rechaza la calificación de presos políticos con relación a los liberados, ya que fueron acusados de delitos comunes

Moratinos volvió hacia la Península Ibérica con la misión cumplida. Ayer se entrevistó con el mandatario cubano y con el arzobispo de La Habana, el cardenal Jaime Ortega. En ese encuentro logró del líder socialista su promesa de liberar inmediatamente a cinco de estos presos que son calificados como políticos por la disidencia. Estos podrán viajar con sus familias a España. Otros 47 serán excarcelados en un plazo máximo de cuatro meses y tendrán la posibilidad de abandonar la isla. Esos reclusos integran lo que se conoce como el Grupo de los 75, que fueron detenidos en 2003 y sentenciados hasta a 28 años de cárcel por atentar contra la soberanía del Estado y conspirar con Estados Unidos. También, según informaron las autoridades eclesiásticas, otros seis detenidos serán llevados hasta penales en sus provincias.

“Este proceso ha tomado en consideración las propuestas expresadas previamente al cardenal Ortega por los familiares de los presos”, dijo la Arquidiócesis de La Habana en un comunicado difundido ayer. De las Damas de Blanco, movimiento que aglutina a familiares de los presos políticos, no se supo mucho.

Sin embargo, opositores cubanos en el exterior no tomaron tan bien las noticias. “Es un gesto positivo, pero lo positivo e importante sería que se queden en Cuba para defender los derechos humanos en la patria y no en el extranjero –afirmó Ernesto Gutiérrez, secretario general de la Federación Española en Asociaciones Cubanas–. No sería realmente un avance si se les impone el exilio.” Además, Gutiérrez remarcó: “Si tienen que marcharse al extranjero se trataría solamente de una señal de humo para que la Unión Europea modifique su posición común”. El canciller español había mostrado su intención de que sus socios europeos revisaran su política hacia la isla. El canciller cubano había saludado la iniciativa de su homólogo: “La posición común constituye un obstáculo insalvable en el avance de las relaciones con la Unión Europea, pues establece una política injusta, unilateral e injerencista”.

El diplomático español llegó el lunes por la noche a La Habana y se entrevistó con su par cubano, Bruno Rodríguez. También se reunió con Ortega, quien le agradeció por el apoyo y le hizo conocer sus esperanzas por la situación de los presos. La visita de Moratinos sirvió para fortalecer las negociaciones que se iniciaron el 19 de mayo entre la Iglesia Católica cubana y el régimen castrista. A raíz de esas conversaciones, doce presos fueron trasladados a cárceles en sus lugares de origen y un prisionero enfermo fue liberado. Es Ariel Sigler, un detenido parapléjico.

La cuestión de los prisioneros políticos en Cuba adquirió mayor repercusión tras la muerte de Orlando Zapata, un opositor detenido que realizó una huelga de hambre por 85 días. Desde ese entonces, el sociólogo disidente Guillermo Fariñas lleva adelante un ayuno. La salud del hombre de 48 años empeora cada día y esta semana culpó a Raúl y Fidel Castro por su inminente muerte. Fariñas busca con su protesta que sean liberados los 26 presos políticos enfermos. “Siempre he dicho que hasta que no liberen a doce y la Iglesia Católica me lo informe oficialmente, no voy a dejar la huelga”, dijo Fariñas, que ayer cumplió 134 días de ayuno. “Estoy escéptico. Hasta que nuestros hermanos estén en la calle no confiamos en las autoridades”, advirtió en una conversación telefónica con las Damas de Blanco, que fue escuchada por altavoces por la prensa.

En diálogo con Europa Press, la portavoz de Fariñas, Licet Zamora, manifestó que el disidente está decepcionado por el rol asumido por la Iglesia Católica. “No lo llamaron cuando excarcelaron a Ariel Sigler ni lo han llamado ahora”, denunció Zamora. Más allá de las críticas hacia las autoridades eclesiásticas, los disidentes cubanos estiman que Fariñas abandonaría la huelga de hambre en las próximas horas.

La oposición estima que son 167 los disidentes encarcelados. Por lo que el número de prisioneros de conciencia bajaría a unos 100. La Habana los denomina mercenarios de Washington y niega que existan prisioneros políticos. De concretarse la liberación anunciada por la Iglesia cubana, sería la mayor excarcelación desde la visita del papa Juan Pablo II en 1998. En ese momento, fueron puestos en libertad 299 reclusos, comunes y políticos. Ya en los últimos seis meses, la cantidad de prisioneros políticos se redujo en un 17 por ciento, como debió reconocer la misma oposición.

“Comunismo chino” y capitalismo de Estado?

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¿Comunistas chinos?

Xulio Ríos, Rebelión

China_saca_pecho Es verdad que los dirigentes y militantes del PCCh –cerca de 76 millones de personas- dicen ser comunistas, lo cual es ciertamente llamativo en los tiempos que corren. ¿Por qué insisten tanto en ello cuando, a simple vista, la realidad parece mostrar un particular empeño, por ejemplo, en el impulso a la liberalización económica y una desatención hilarante a las cuestiones sociales?

¿Es realmente creíble que, como dicen, el injusto tiempo actual es sólo un inevitable periodo de transición cuya culminación en forma de refundación de un socialismo adaptado a las circunstancias nacionales depende en exclusiva de que sea el PCCh quien conduzca el proceso? ¿O esto es sólo una coartada para seguir usufructuando el poder y beneficiarse de ello conteniendo protestas sociales que de otro modo podrían dispararse? ¿Tienen los dirigentes chinos necesidad de seguir autodenominándose comunistas?

Aunque pocos les creen, tanto dentro como fuera del país, insisten en el ritual. Hu Jintao y otros lo recuerdan a cada paso, mientras se promueven iniciativas de estudio del marxismo y desde las escuelas del Partido, el leninismo, el pensamiento de Mao Zedong, de Deng Xiaoping y de Jiang Zemin es objeto de reiteradas campañas para que no queden en el olvido, al tiempo que se insiste en erradicar todo dogmatismo y enaltecer la “adaptación”: “la verdad está en los hechos”. Siendo así, los hechos son preocupantes… El 0,4% de la población acumula el 70% de la riqueza, aseguraba en octubre pasado Hu Xingdu, profesor de economía en el Instituto de Tecnología de Pekín. China es el país del mundo con más billonarios después de EEUU, según la revista Hurun. Su fortuna supera el PIB de Indonesia o de Bélgica ¿Cómo un auténtico PCCh en el gobierno puede expresar esa desafección tan llamativa frente a los más humildes y tanta complicidad con las grandes fortunas, muchos de ellos especuladores del sector inmobiliario o dueños de esas minas de carbón donde mueren obreros a cada paso en condiciones infrahumanas? ¿En verdad no hay otro camino que la asunción de un mercado de estas características y el agravamiento de las desigualdades para alcanzar el socialismo?

Por otra parte, el esmero represivo de toda disidencia política que reclame signos liberalizadores de signo occidental, en paralelo al control ejercido sobre quienes detentan cierto poder económico, se complementa con el dominio directo de los sectores estratégicos de mayor calado, con preeminencia absoluta de empresas estatales donde las estructuras del PCCh actúan de verdadera columna vertebral y cuyos dirigentes dependen del nombramiento (y cese) del PCCh. El sector privado, tan en boca de todos por su creciente contribución al PNB, está representado en más de un 90% por pequeñas y medianas empresas, en un escenario atomizado que, siguiendo la advertencia de Deng Xiaoping, nunca podrá configurarse como un todo integral que se conduzca como una nueva burguesía que dispute el poder al PCCh. Tras la decisión del gobierno, el pasado 13 de mayo, de abrir nuevos sectores a la inversión y presencia del sector privado, se espera una nueva oleada privatizadora, pero el PCCh defiende a ultranza su capacidad de gestión del desafío (en parte integrando a los nuevos ricos en sus filas). Por no citar al Ejército, más fiel al PCCh y su Comisión Militar Central que al propio Estado, ambos hoy totalmente confundidos.

¿Por qué comunistas? Podría ser, simplemente, porque es verdad y se lo creen. O no se lo creen pero les viene de perlas para estar en la cresta de la ola y prolongar la legitimidad derivada de un proyecto que hoy parece deambular por sus antípodas. Podría ocurrir también que el reconocer lo contrario equivaliera a “perder la cara”, circunstancia culturalmente poco admisible incluso en esta China abrumada por los signos de la modernidad pero donde la hipotética contradicción sigue resolviéndose por la mera coexistencia de los contrarios. Por último, si dejan de ser comunistas muchas cosas en la China actual perderían sentido, entre otras, el discurso que asegura su hegemonía política indiscutible, so pena de conceptuarse como un absolutismo más equiparable a cualquier dictadura sin matices.

¿Forma parte todo ello de una mera coartada para lograr la complicidad de Occidente en términos tecnológicos y financieros a fin de asegurar, primer objetivo, su desarrollo? No dejar de ser sintomático que en el orden exterior la animadversión de multinacionales y poderes constituidos frente al PCCh brille por su ausencia. Ello a pesar de que en casi todo el mundo la palabra comunista tiene una connotación negativa. Las disputas, cuando existen, son de naturaleza pragmática o estratégica, pero en ningún caso ideológica.

¿Criptocapitalistas o criptocomunistas? Stalin decía que los comunistas chinos eran como los rábanos: rojos por fuera y blancos por dentro. Su razón de ser principal siempre ha sido el nacionalismo, credo inevitable para lograr el resurgimiento de la China arrodillada por las cañoneras occidentales en el siglo XIX, y tan presente en la liquidación del poder imperial como en la China maoísta disfrazado de lucha ideológica contra el comunismo soviético. La fraternidad internacionalista no fue suficiente. Tanto el Gran Salto Adelante como la Revolución Cultural expresaban, entre otras cosas, esa sensibilidad que hoy reviste la denominación de reforma y apertura.

Ese proyecto, la revitalización de la gran nación china, exige un alto grado de cohesión que sólo puede garantizar una fuerza política esencialmente monolítica (con sensibilidades y divisiones que apenas trasciendan) que ejerce el poder en exclusiva y con capacidad para emitir mensajes que refuercen su condición de garante de la estabilidad. No obstante, ese proyecto escora cada día más hacia la transmutación del PCCh en un nuevo poder de signo confuciano, articulado en torno a las bondades tradicionales del mandarinato, administradores honestos y virtuosos (lo que también explicaría parcialmente la importancia de la lucha contra la corrupción) cuyo objetivo es enriquecer la nación y garantizar la armonía social, pero en ningún caso alumbrar un nuevo orden emancipador. A la postre, en esa base radica la fluidez del entendimiento que hoy acerca posiciones como las defendidas en su día por fuerzas antaño tan antagónicas como el PCCh y el Kuomintang (KMT), desideologizados pese a tanta liturgia de signo aparentemente contrario y ambos contagiados por el pragmatismo que invita a la “reconstrucción de la nación”. Las negativas a una liberalización, del signo que sea, no se sustentan en un proyecto ideológico de clase sino nacional.

Más ficción que realidad, la subsistencia del ideario comunista es el argumento ideal para mantener el poder del partido único y reafirmar su legitimidad histórica, valiéndose de una hipotética continuidad respecto al proyecto de un Mao Zedong cuyas proclamas están totalmente ausentes del discurso y acciones del actual PCCh, en su mayoría y en su práctica, confucianas entre líneas.

El PCCh es hoy un aparato de poder que todo lo ocupa, pero vacío de otro sentido ideológico que no sea el nacionalismo. Las loas al socialismo y la reivindicación del marxismo que proclama Hu Jintao desde las tribunas conmemorativas se quedan en un brindis al sol con fecha de caducidad. Valga de ejemplo que ya en las útimas celebraciones del 60 aniversario de la RPCh, el retrato que presidía la ceremonia no era el de Mao (incorporado al desfile con el Deng, Jiang Zemin o Hu Jintao) sino el de Sun Yat-sen, el fundador de esa primera China republicana que el año próximo cumplirá su primer centenario.

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China y autor, entre otros, de “Mercado y control político en China”.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

20 años después de la caída del muro de Berlín: más allá del fundamentalismo de mercado, por E. Hobsbawn

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Por Eric Hobsbawn (*)

ERIC-HOBSBAWN1 LONDRES, Nov (IPS)  El breve siglo XX fue una era de guerras religiosas entre ideologías seculares. Por razones más históricas que lógicas el siglo pasado fue dominado por la oposición entre dos tipos de economía mutuamente excluyentes: el "socialismo", identificado con las economías planificadas centralmente del tipo soviético, y el "capitalismo", que cubrió todo el resto.

Esta aparentemente oposición fundamental entre un sistema que buscó eliminar la búsqueda de lucro de la empresa privada y otro que procuró eliminar toda restricción del sector público sobre el mercado nunca fue realista. Todas las economías modernas deben combinar lo público y lo privado de variadas maneras y de hecho lo hacen. Las dos tentativas de cumplir a rajatabla con la lógica de esas definiciones de "capitalismo" y de "socialismo" han fracasado. Las economías de planificación comandada por el Estado de tipo soviético no sobrevivieron a los años 80 y el "fundamentalismo del mercado" angloestadounidense, entonces en su apogeo, se hizo pedazos en 2008.

El siglo XXI tendrá que reconsiderar sus problemas en términos más realistas. ¿De qué manera ha afectado el fracaso a los países anteriormente comprometidos con el "modelo socialista"? Bajo el socialismo ellos no fueron capaces de reformar sus sistemas de economía planificada, aunque sus técnicos tenían plena conciencia de sus defectos fundamentales, que eran internacionalmente no competitivos y seguían siendo viables sólo en la medida en que estuvieran aislados del resto de la economía mundial.

El aislamiento no pudo ser mantenido, y cuando el socialismo fue abandonado, ya fuera por el colapso de los regímenes políticos, como ocurrió en Europa, o por el propio régimen, como sucedió en China y Vietnam, esos Estados se zambulleron en lo que a muchos pareció como la única alternativa a disposición: el capitalismo en su entonces dominante forma extrema del libre mercado.

Los resultados inmediatos en Europa fueron catastróficos. Los países de la ex Unión Soviética no han superado aún sus efectos. Afortunadamente para China su modelo capitalista no se inspiró en el neoliberalismo angloestadounidense sino en el mucho más dirigista de los "tigres" del Este asiático. China lanzó su "gran salto adelante" económico con escasa preocupación  por sus implicaciones sociales y humanas.

Este período está ahora llegando a su fin, tal como ocurre con el dominio del liberalismo económico angloestadounidense, aunque todavía no sabemos que cambios traerá la actual crisis económica mundial cuando sean superados los efectos de la sacudida de los últimos dos años. Una sola cosa es clara, hay un importante desplazamiento de las viejas economías del Atlántico Norte hacia el Sur y sobre todo hacia Asia del Este.

En esta situación, los Estados ex socialistas (incluyendo aquellos todavía gobernados por partidos comunistas) enfrentan muy diferentes perspectivas y problemas.

Rusia, habiéndose recobrado hasta cierto punto de la catástrofe de los años 90, quedó reducida a un fuerte pero vulnerable exportador de materias primas y energía, y hasta ahora ha sido incapaz de reconstruir una base económica más balanceada.

La reacción contra los excesos de la era neoliberal ha llevado a cierto retorno a una forma de capitalismo de Estado con una reversión a aspectos de la herencia soviética. Es evidente que la simple "imitación del Occidente" ha dejado de ser una opción. Esto es todavía más obvio en China, que ha desarrollado su capitalismo poscomunista con considerable éxito. Tanto es así que futuros historiadores bien podrían ver a China como el verdadero salvador de la economía del mundo capitalista en la actual crisis.

En resumen, ya no es posible creer en una única forma global de capitalismo o de poscapitalismo.

Sin embargo, modelar la economía futura es quizás el asunto menos importante de nuestras preocupaciones. La diferencia crucial  entre los sistemas económicos radica no en sus estructuras sino en sus prioridades sociales y morales. A este respecto veo dos problemas críticos:

El primero es que el fin del comunismo ha significado el súbito fin de los valores, hábitos y prácticas sociales con los cuales han vivido varias generaciones, no sólo de los regímenes comunistas sino también los del pasado precomunista y que han sido ampliamente preservados bajo tales regímenes. Excepto para los nacidos después de 1989, se mantiene en  todos un sentimiento de alteración y desorientación social, aún cuando los apuros económicos ya no predominan en la población poscomunista. Inevitablemente, pasarán varias décadas antes de que las sociedades poscomunistas encuentren un modo de vivir estable en la nueva era, y de que puedan ser erradicadas algunas de las consecuencias de la alteración social, de la corrupción y del crimen institucionalizados.

El segundo problema es que tanto el neoliberalismo occidental como las políticas poscomunistas que ha inspirado deliberadamente subordinan el bienestar y la justicia social a la tiranía del Producto Interno Bruto, sinónimo del máximo y deliberadamente desigual crecimiento. De esta manera se socavan, y en algunos países ex comunistas se destruyen, el sistema de seguridad social, los valores y los objetivos del servicio público. Tampoco existen bases para el "capitalismo con rostro humano" de Europa de las décadas posteriores a 1945 ni para satisfactorios sistemas poscomunistas de economía mixta.

El propósito de una economía no debe ser el lucro sino el bienestar de toda la gente, así como la legitimación del Estado es su pueblo y no su poder. El crecimiento económico no es un fin en sí sino un medio para crear sociedades buenas, humanas y justas. Lo que importa es cómo y con qué prioridades combinemos los elementos públicos y privados en nuestras economías mixtas. Esta es la cuestión política clave del siglo XXI.

(FIN/COPYRIGHT IPS)
(*) Eric Hobsbawm, historiador y escritor británico.

El Muro de Berlín cayó rápido pero llevó años de lucha…

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“FUE UN LARGO PROCESO DE REVOLUCION PACIFICA,” DICE EL LIDER DE LA RESISTENCIA GERD POPPE

klee101 La historia empieza en 1983, cuando la RDA aceptó la instalación de misiles nucleares rusos. Brotaron movimientos pacifistas, a uno y otro lado del Muro que por aquel entonces tenía 22 años. Seis años después caía.

Por Diego González

Desde Berlín

Aquel 9 de noviembre de 1989 Günter Schabowski, miembro del Comité Central del partido de gobierno en la Alemania socialista, se equivocó. En conferencia de prensa dijo cosas que no tendría que haber dicho, al menos no en ese momento. Dijo cosas como: “Hoy decidimos aprobar una regulación que posibilita a todo ciudadano de la RDA (República Democrática Alemana) salir del país por cruces de frontera de la RDA”. Cuando le repreguntaron por el cuándo, especificó inseguro: “Según entiendo, de inmediato, sin demora”. Así, después de más 30 años la caída del Muro era un hecho. Y con él se fue derrumbando toda la cortina de hierro que dividía al mundo.

En términos periodísticos resulta cómodo y atractivo narrar la debacle soviética desde ese furcio ocasional y precipitado. Sin embargo, los hechos se venían sucediendo lenta y paulatinamente en los años previos. Visto desde hoy, había señales por doquier. Aunque, lo reconocen todos, incluso los por entonces más optimistas, nadie esperaba que las cosas se dieran con la velocidad con que finalmente se dieron. “Fue un proceso muy rápido en el que uno se levantaba a la mañana y no sabía sobre qué iba a decidir en el transcurso del día. Había muchas sorpresas, mucha espontaneidad”, recuerda hoy Gerd Poppe, que por aquellos años estaba sentado a la mesa redonda junto a los miembros de la Alemania occidental, la oriental y las potencias extranjeras involucradas. Junto a otros, él representaba la cuarta pata, a aquellos que desde hacía años venían siendo oposición dentro de la RDA.

“El Muro cayó como resultado de un largo proceso que se ha denominado revolución pacífica. Que quede claro, no fue que primero cayó el Muro por error y luego vino la revolución. Fue exactamente al revés”, insiste. Poppe es un hombre de bigotes pronunciados, tan blancos como su pelo. Es afable. Se siente cómodo contando su historia, es como si sintiera el imperativo de hacerlo. Pregunta tres veces a lo largo de la conversación cuánto tiempo queda. Se lo nota embalado, quiere seguir contando todo, con detalles.

Según su conceptualización, esta historia empieza en 1983, cuando la RDA aceptó la instalación de misiles nucleares rusos. Brotaron movimientos pacifistas, a uno y otro lado del Muro que por aquel entonces tenía 22 años. Pero fracasaron, y a finales de año tuvieron que renovar objetivos. El cuidado del medio ambiente, los derechos de la mujer, los problemas del tercer mundo y, acá la novedad, comenzó una lenta politización en torno de la democracia y los derechos humanos. Todo se fue cocinando dentro de la protección de las diversas Iglesias.

Una de sus actividades fue publicar las demandas de los cuerpos internacionales como Naciones Unidas, que pedían democratización. A la vez se vincularon con opositores de Checoslovaquia, concretamente con el grupo de Carta 77, cuyos estatutos y líneas políticas sirvieron de orientadores. “En esos países los opositores o críticos decían muy claramente que la situación no se resolvía con reformas. En la RDA nos dimos cuenta después, en los ’70 creíamos que con reformas las cosas podían andar”, explica Poppe.

En los ochenta empezaron a publicar una serie de revistas clandestinas. Eran mil ejemplares a repartir con rústicos métodos en toda la RDA. En términos de infraestructura la cosa no era fácil, hacía falta la ayuda de la gente del oeste. Ahí es que aparece Petra Kelly, una de las fundadoras del Partido Verde alemán. Ella y otros cooperaban con la impresión y difusión ya que cruzaban fronteras con pasaporte diplomático.

Lentamente, los diferentes grupúsculos a lo largo y ancho de la RDA comenzaron a entrelazarse. Incluso, cuando en el ’87 lo detienen a Poppe y a otros cuatro colegas suyos, lograron articular protestas simultáneas en al menos 30 ciudades, siempre con la ayuda de la Iglesia. Poppe lo dice y sonríe y se pone colorado.

En la Alemania socialista la economía no marchaba bien y cada vez más alemanes pedían formalmente la retirada. Muchos partían sin más a Checoslovaquia y Hungría, mientras ganaban espacios en Hungría y Polonia los movimientos reformistas. A su vez en Rusia, a casi diez años de la derrota en Afganistán, Mijail Gorbachov abandonaba la “doctrina Brezhnev”, según la cual en el caso de que hubiera fuerzas hostiles al socialismo que buscasen influir en el desarrollo de algún país para que éste se dirigiera al capitalismo, se convertirían no sólo en un problema del país concerniente, sino también en un problema común para todos los países comunistas. Gorbachov innovó y a partir del ’88 estableció que el Kremlin no tendría la potestad de intervenir en ningún país que renegara del Pacto de Varsovia. La inspiración, cuentan quienes saben, provino de la canción de Frank Sinatra, “My way”. Se trataba de la “doctrina Sinatra”.

También se impulsarían reformas económicas (Perestroika) y políticas (Glasnost) en el bloque. Pero la RDA de Erick Honecker, sabiéndose el motorcito económico del socialismo real, las resistía.

El 7 de octubre se cumplió el aniversario de los 40 años de la RDA. Con actos solemnes y una convocatoria internacional, el gobierno se festejó a sí mismo. El parteaguas sería dos días después, el 9, con las marchas en Berlín y Leipzig. “Ahí se ponía en juego si se caían o no definitivamente. La pregunta era si habría violencia o no. Y no hubo. Y ése fue el día donde para mí todo estuvo dicho.”

“Ese movimiento fue una revolución, a pesar de haber sido pacífica. Porque lo que cambió fue todo un sistema con movilización de masas”, argumenta. El término revolución es siempre controversial. Más cuando se pretende digerir una historia tan cercana, tan reciente. Pero lo cierto es que desde casi todos los sectores, desde la izquierda actual de Die Linke hasta los democristianos de la CDU, hay consenso en este punto. Sin embargo, todos también aclaran que lo que había era también vida cotidiana. En plena campaña, la recientemente reelecta canciller Angela Merkel, quien vivó su juventud en el lado socialista, declaró que “es falso decir que toda la vida era mala. Teníamos nuestras familias y nos divertíamos con nuestros amigos”.

Lo cierto es que unos se impusieron sobre otros. La historia la escribieron unos y comenzaron las investigaciones. En el marco de la reunificación el debate giraba en torno de los tiempos. Los democristianos del canciller occidental Helmut Kohl pregonaban una integración feroz e inmediata. La socialdemocracia proponía un acercamiento lento, cauteloso. Francia e Inglaterra jugaban a trabar el proceso, mientras los Estados Unidos de George Bush lo fogoneaban. Pero el 18 de marzo del ’90 se realizaron elecciones limpias para la asamblea popular de la RDA y los conservadores de la CDU sorprendieron con el 48 por ciento de los votos. A principios de julio se reunificó la economía. Y en diciembre volvieron a ir a las urnas, pero esta vez ya como un solo Estado. Volvió a ganar la CDU que hoy comanda Merkel, o “la muchacha”, como por esos años Kohl la apodó.

El grupo de Poppe participó en cada una de las elecciones, pero no tuvieron demasiada suerte: “‘Son muy simpáticos y lucharon mucho –nos decían–, pero tenemos que votar a los que tienen la plata.’ Y los que tenían la plata eran los democristianos”. El grupo de Poppe, sin embargo, metería seis diputados en el ’90. Y él sería uno de ellos. Para el ’94 se aliaron con los verdes y él volvió a ser parlamentario.

En todo momento, su acción política se concentró en la investigación de lo que pasó detrás del Muro. Tal es así que hoy recuerda como gesta heroica la exitosa lucha de su grupo por abrir los archivos de la policía secreta, de la Stassi. El fue uno de los primeros que pudo ver sus actas. Diez mil páginas dedicadas a él y su mujer del ’76 en adelante. Incluso se inventó un software para hacer una especie de enorme puzzle con papeles destruidos en las muchas bolsas que fueron descubriendo.

Nadie que hubiera formado parte de aquella organización podía ser maestro, policía, empleado público en el nuevo Estado. A cada uno se le hizo un escrutinio para ver qué fue de su pasado. “Hoy mismo –agrega Johannes, el traductor– escuché en la radio que todavía hay 17.000 empleados públicos que fueron de la Stassi.” Se trata de un tema que es noticia cada tanto en Alemania. “Somos de Alemania del este y nos sentimos juzgados por Alemania occidental”, dice el ex parlamentario.

Van tres horas de conversación y Poppe seguiría hablando. Se trata de una causa personal, se le nota en los gestos. Por eso, aunque en términos políticos sea hoy un verde caído en desgracia, es evidente que mientras pueda va a seguir contándole su historia a cuanto oído quiera escucharla.

Lecciones de China: treinta años de reformas y de crecimiento económico…

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Lecciones de China: reflexiones tentativas sobre los treinta años de reformas económicas.

Autor(es): Chun, Lin

Chun, Lin. Enseña política comparada en la Escuela de Economía de Londres y en la Universidad de Nueva York. Es autora de The British New Left (Edimburg University Press, 1993) y de The Transformation of Chinese Socialism (Duke University Press, 2006), editora de China I, II y III (Ashgate, 2000), y coeditora de la antología de clásicos feministas traducidos del chino, Women: The Longest Revolution (Beijing, Social Science Publisher, 1997).


Contradicciones de la reforma

China comenzó a reformar su economía política socialista de estado después de la muerte de Mao Zedong en 1976. El pragmático programa de reformas de mercado de Deng Xiaoping fue legitimado formalmente en la histórica sesión plenaria del Partido Comunista de 1978 para reemplazar la ingeniería social maoísta utópica. Treinta años después, China es hoy la segunda mayor economía del mundo, la tercera mayor en comercio y, con enormes reservas de divisas extranjeras (1,4 billones de dólares o el 40 % del producto interno bruto en 2007) y enorme exceso de capital, el tercer mayor exportador de capitales. Además, China es también el segundo mayor consumidor de petróleo y es responsable por alrededor del 20 % del consumo de los recursos minerales de la tierra, produciendo el 15 % de las emisiones mundiales en el proceso.

En el contexto más amplio del desarrollo chino y de los desarrollos nacionales en general, están produciéndose cambios mayores en la política, la economía, las relaciones internacionales y la geopolítica mundiales desde el final de la guerra fría, en particular desde el colapso del bloque soviético y las transiciones poscomunistas por un lado, y la marcha progresiva transnacional de la liberalización, la desregulación y la privatización, por otro. Estos cambios han alterado profundamente los parámetros de la modernización en China con respecto a aquellos con los cuales estaban comprometidos los reformadores imperiales de la segunda mitad del siglo XIX y mucho más los revolucionarios republicanos y comunistas del siglo XX. Además, mientras más profundamente un país es integrado a los mercados mundiales, más fuertes son la dependencia y las restricciones que encuentra en sus opciones políticas y estratégicas.

La trayectoria de las reformas ha atravesado hasta ahora en China dos etapas distintas y está entrando en una tercera, cuya naturaleza todavía está por definirse. La primera, comenzada en 1977, estuvo inspirada por las rupturas en el pensamiento nacional iniciadas por el partido, expresadas en consignas tales como “reforma y apertura”, “economía socialista de mercado” y “construir un socialismo altamente civilizado, altamente democrático”. La idea principal era entonces que China “hiciera uso” de los mecanismos de mercado y de las avanzadas capacidades de gestión y tecnología del mundo capitalista para sus propios propósitos socialistas. En efecto, la primera década de la reforma contempló algunos magníficos logros: desde “liberar la mente” (un movimiento autocrítico dentro del partido comunista) hasta la descentralización política y económica, incluyendo esfuerzos para limitar los periodos de desempeño de los cuadros dirigentes y separar al partido del gobierno, la administración y la gerencia empresarial; y desde el alivio de la pobreza hasta la promoción de las empresas colectivas municipales y aldeanas (TVE, siglas de su nombre en inglés) a fin de proveer de empleo, ingresos y prosperidad a las comunidades locales. Uno de los rasgos indisputables fue la marcada mejora en el nivel general de vida para la amplia mayoría de la población china: 400 millones de personas fueron sacadas de la pobreza, y el dinamismo de los negocios se expandió a través de las áreas urbanas y rurales de China. Un comprometido programa anti-pobreza, financiado por el estado central con amplia participación desde abajo, ejemplificó los primeros métodos chinos del desarrollo.

Después de los disturbios de la protesta de Tiananmen de 1989 (contra el deterioro de los servicios públicos y de la seguridad social y el aumento de la corrupción de los funcionarios) y su violento final, el siguiente paso de China quedó en claro sin lugar a dudas en 1992, cuando se relajaron las sanciones internacionales y Deng recorrió el sur para impulsar las zonas económicas especiales anunciando que “el desarrollo es la regla de hierro”. Una trágica ironía de la historia: en vez de refrenar los problemas iniciales que causaron los movimientos de estudiantes y ciudadanos de 1989, resultó que estos movimientos allanaron el camino para cambios más radicales en la década de 1990, bajo las fuerzas combinadas del ajuste del mercado y la violencia estatal. Recién en 2002, en que los dirigentes de la “cuarta generación” asumieron el poder de manos de Jiang Zemin (quien como secretario general del partido impulsó lejos la línea de Deng), ciertos errores serios del desarrollismo comenzaron a ser adjudicados al nivel político, si bien sólo tímida e ineficazmente. La necesitada reorientación que pudiera devolver a China a su senda reformista de integración selectiva al mundo en la prosecución de una economía socialista de mercado y democrática dependería de las correspondientes determinación política y presiones populares organizadas. Ya que es completamente posible que una transformación esencialmente capitalista sea irreversible, en tanto que ha confundido e institucionalizado muchos y poderosos intereses creados, tales como la alianza de la elite -funcionarios, grandes empresarios y académicos/medios de comunicación- formada en la temeraria segunda fase de acuerdo con un “capitalismo burocrático”. El acceso de China a la OMC en 2001 también le impuso al país un “auto-fortalecimiento” artificial que resiste los cambios.

Estas “reformas” radicales significaron realmente una transformación revolucionaria en el carácter del estado en China, en su estructura económica y relaciones sociales. La privatización generalizada, en particular, fue sobre todo la encarnación de la corrupción. Aunque eufemísticamente llamada “reestructuración”, fue aplicada por los gobiernos locales con una explícita luz verde desde arriba. Involucrando a gerentes y otros elementos internos tanto como adquisiciones y fusiones externas, transfirió a menudo la propiedad sin una adecuada evaluación/monitoreo o consulta de la opinión de los trabajadores afectados. La estrategia original era “mantener a las grandes y dejar irse a las pequeñas”, pero pronto cambió en un apresurado y defectuoso proceso de privatización también de las empresas rentables de magnitud grande y mediana. Las normas y regulaciones relevantes tales como la consulta obligatoria a los empleados fueron ignoradas. Como tal, no sólo la privatización, de una manera general, fracasó en lograr sus objetivos proclamados de eficiencia, productividad y mejoramiento tecnológico, sino que también resultó en un extendido desmantelamiento del patrimonio público y un gran desequilibrio macroeconómico.

La porción del PBI chino producido por el estado se había reducido a menos del 20 % para junio de 2007. Más del 80 % de las compañías chinas registradas en el país eran privadas o semi-privadas a través de una variedad de sistemas de tenencia de acciones en la mayor parte de los cuales los accionistas ordinarios no tienen voz en las decisiones sobre inversiones y dividendos. El sector colectivo urbano también disminuyó en más de dos tercios. Las industrias cooperativas rurales también han sido reestructuradas por compradores privados. El sector sobreviviente bajo control del estado, altamente capitalizado y centralmente controlado, está ahora en gran medida confinado a las empresas estratégicas en las industrias monopólicas (petróleo y refinerías, metalurgia, electricidad, telecomunicaciones y militares) con las barreras de entrada bajadas.

Entretanto, la privatización llevó a una drástica reducción del tamaño de las empresas, con cerca de 50 millones de trabajadores expulsados de sus empleos entre 1997 y 2002. Muchos puestos de trabajo creados en el sector privado permitieron escandalosas condiciones de trabajo, como en el caso de los talleres explotadores de obreros, manejados a bajo costo violando las leyes laborales y ambientales. Al menos 20 millones de personas viven ahora en las ciudades chinas bajo el nivel de la pobreza, más de medio siglo después de que la revolución comunista eliminara por primera vez la pobreza urbana. Más allá de las preocupaciones de la economía moral concernientes a la subsistencia y la seguridad, es aún más importante la herida a la dignidad de los trabajadores, y en consecuencia a la legitimidad del régimen: la difícil condición de los trabajadores causa una crisis fundamental de identidad a la República Popular, auto-percibida después de la revolución como un estado de obreros y campesinos, lo cual, de forma inercial, todavía legitimiza altamente la intensidad y la extensión de la “resistencia legal”. Toda violencia estatal local utilizada para aplastar las protestas sólo profundiza esa crisis.

A la vez, millones de granjeros han sido expulsados de la tierra en las condiciones de decadencia rural posteriores a las TVE, así como cada vez hay más incidentes de usurpación de tierras por empresarios privados usualmente apoyados por los funcionarios locales. Gracias a todo esto surgió la mayor “población flotante” (entre los 150 y los 200 millones) que el mundo haya visto jamás. La mano de obra migrante estaba menos protegida aún, atrapada a menudo en formas de exclusión social y privaciones físicas. Accidentes industriales, enfermedades relacionadas con las actividades laborales, polución del aire, la tierra y las aguas, todo había empeorado. La tasa de mortalidad en las minas privadas y privatizadas de China llegó a ser la mayor del mundo. La nueva ley del trabajo está lejos de ser adecuada, incluso para el criterio de las multinacionales capitalistas (por ejemplo, de acuerdo a Nike, que opera en China, el régimen existente de protección de los trabajadores allí, “a pesar de haber sido mejorado por la implementación este año de una nueva ley de contrato de trabajo, sigue por debajo de los estándares establecidos por la OIT, Financial Times, 9 de marzo de 2008). Y con todo, estas estipulaciones moderadas han sido ferozmente resistidas tanto por el capital interno como por el extranjero. Durante su debate público en 2006, el proyecto de ley fue rechazado por el lobby corporativo (Nike fue una excepción), el cual amenazó con retirar sus inversiones y trasladarse a otra parte en búsqueda de trabajadores más baratos y menos exigentes. En consecuencia, la Asamblea Nacional Popular hizo notables concesiones en la versión final antes de sancionarla para que tomara validez en enero de 2008.

Incorporadas a las leyes laborales hay provisiones legales de género, específicas para las mujeres, incluida una activa Federación de Mujeres de China. Sin embargo, en un mercado de trabajo pobremente regulado y marcado por la búsqueda de ganancias, una gran fracción de la mano de obra femenina sufre triple discriminación y desventajas por ser a la vez pobres, mujeres y de origen campesino – el sesgo a favor de los sectores urbanos permanece fuerte, basado en la cultura material e institucionalmente en el registro o sistema de pasaporte interno. A pesar de que sobrevive cierto grado de “feminismo estatal”, acompañado por regulaciones y políticas a favor de las mujeres, para los patrones, en tanto que actúan en el mercado, sólo llega a ser “racional” contratar a las mujeres al último y despedirlas primero, excepto en aquellos rubros (por ejemplo textil e indumentaria) donde las mujeres jóvenes en particular pueden ser más eficientes pero peor remuneradas (violando la ley). Además, las mujeres trabajadoras migrantes usualmente se separan de sus maridos y familias, dejando atrás a sus hijos para, en el mejor de los casos, ser cuidados por sus abuelos. Raras veces están organizadas, incluso en los sindicatos oficiales, y en general son descuidadas por las federaciones de mujeres. En todas partes, las mujeres también pierden terreno frente a revividas relaciones patriarcales en algunos hogares y comunidades rurales después de la disolución de las comunas, frente a la comercialización de la femineidad en formas físicas o culturales que incluyen la prostitución, y frente a una edad oficial de jubilación diferenciada entre varones (60) y mujeres (55) para los empleados públicos. Todo esto contrasta agudamente con el otrora extendido compromiso de China en lograr la equidad de género junto con la dignidad y los derechos de los trabajadores. Como un ejemplo, en términos de participación política formal, también se redujo el número de mujeres diputadas en los congresos populares nacional, provinciales y de los condados, hasta llevar a China del puesto mundial 12° en 1994 al 48° en 2006.

No sólo los trabajadores, sino también millones de propietarios de pequeños emprendimientos han sido esquivados por el boom, del cual los mayores beneficiarios son más bien los especuladores transnacionales y quienes detentan el poder local, que abusan de los cargos públicos en provecho propio. Estos dos grupos están conectados entre sí, alimentando una clase particular de intermediarios conocidos históricamente en chino como maiban o compradores. Por una parte, la manufactura para exportar alienta una competencia brutal, especialmente entre pequeños productores, a través de la despiadada reducción de costos, salarios y consumo. Por la otra, las políticas favorables a los capitales extranjeros refuerzan un ambiente desfavorable en el que las pequeñas empresas se encuentran agobiadas entre bancos estatales que no las apoyan y competidores extranjeros que cuentan con muchos más recursos. Entretanto, ciertos éxitos importantes de las primeras reformas han sido anulados por el retroceso de un buen régimen público que había logrado cubrir las necesidades básicas cuando China era muchas veces más pobre. Como las políticas sociales han perdido su prioridad en el programa nacional, considerables segmentos de aquellos que al principio habían sido sacados de la pobreza han vuelto a caer en la miseria. El alarmante grado de polarización y desigualdad ha forzado finalmente al gobierno a buscar remedios – en alrededor de 0,45 por algunos años consecutivos, el coeficiente de Gini para China ha sido muy superior a los de la mayoría de los países, incluidos los países en desarrollo tales como la India (con un 0,33), junto con líneas de clase, género, sectoriales, regionales, etc.

El balance de las reformas post-maoístas es un embrollo de contradicciones, mostrando por una parte las condiciones materiales de la existencia mejoradas en general junto a una creciente clase media urbana, y por otro lado los problemas y dificultades antes señalados. Han surgido dos Chinas. Hasta ahora, el patrón de crecimiento de China no ha superado sus rasgos de bajos salarios, baja tecnología y baja productividad con el costo de alta inversión, alto consumo de energía y alta polución, y un alta tasa de explotación y dependencia del comercio exterior. Por lo tanto, la economía china ha llegado a ser cada vez más vulnerable a potenciales shocks endógenos y exógenos, desde descontento social o colapsos financieros hasta desastres naturales y crisis ecológicas. Por ejemplo, la recesión que está cobrando mucha importancia en los EEUU ya ha golpeado las exportaciones y las perspectivas de exportar de China; y los dólares depreciados han costado una abrupta devaluación en las reservas chinas de divisas extranjeras.

Reemplazando una cultura política de equidad y solidaridad, el ascenso del fetichismo de la mercancía está acompañado por un sentido de alienación profundo e invasivo en una sociedad atrapada en la codicia desnuda, dura competencia, consumismo histérico y una amplia mercantilización de los valores humanos. Los movimientos religiosos se extienden como respuesta a la decadencia social entre una población tradicionalmente atea. El desarrollismo sin sentido mezclado con prejuicios chauvinistas trajo tensiones y conflictos étnicos en las regiones de las minorías nacionales. Estas contradicciones y confusiones hacen que la gente se pregunte si el fin no ha sido absorbido por los medios, y si lo que es esencial y precioso para la humanidad no está siendo destruido por las ciegas fuerzas del mercado. La popularidad de los así llamados “clásicos rojos”, desde los textos hasta la literatura, de las canciones hasta los trabajos artísticos, es sólo un signo de la búsqueda del alma nacional. La movilización a través de Internet en búsqueda de información crítica y debates políticos es otro. La insustentabilidad del sendero chino desde los años 1990 es reconocida comúnmente en el país, ejerciendo mucha presión sobre el gobierno para buscar un cambio de rumbo hacia una tercera fase de la reforma que sea distinguible de la segunda.

Explicando el crecimiento y desarrollo

La economía china es alrededor de ocho veces mayor de lo que era en 1978, después de un continuo crecimiento anual de alrededor de 8-10 % desde la década de los años 1980. Esto es atribuible en gran medida al aumento cuantitativo en mano de obra, materias primas e inversiones de capital, sin mejoras significativas en innovaciones organizativas y tecnológicas y en productividad. No obstante, esta amplia y rápida acumulación de riqueza en términos reales (descontando las enormes burbujas en los mercados de los bienes inmobiliarios y de acciones) no tiene precedentes en la historia contemporánea china ni tampoco en el registro mundial, dado el tamaño del país y su relativa escasez de recursos naturales. Sin embargo, el así llamado “milagro chino” todavía tiene que ser explicado apropiadamente, ya que diferentes explicaciones suponen diferentes implicancias políticas.

Basta aquí identificar una línea divisoria en el debate entre las descripciones “mundialistas” dominantes que abrazan las doctrinas neoliberales, por un lado, y sus críticos “localistas” que se centran en los factores internos, por el otro. Para los primeros, las inversiones y el comercio exterior, las privatizaciones y otros elementos del “consenso de Washington” son lo que explica el éxito económico chino, resaltando la mano de obra barata como su ventaja competitiva principal. Hay ciertamente alguna verdad en esta argumentación. La integración de China en la OMC, por ejemplo, ha incrementado rápidamente el volumen del comercio exterior del país. Pero también es cierto que la dependencia del comercio exterior deprime el mercado interno y el poder de compra, y amenaza la seguridad económica nacional en un juego que se rige por las reglas de las naciones ricas, desde sus subsidios agrícolas hasta sus leyes y tarifas anti-dumping. Es de notar también que el así llamado “comercio exterior” incluye una contribución significativa de las multinacionales que operan en China, las cuales se apoderan de la mayor porción de las ganancias a través de relaciones comerciales típicamente desiguales. En cuanto al mito de que la economía de mercado requiere una total privatización, está demostrado ampliamente en los debates y experiencias chinos, así como en Rusia y en muchos otros sitios, que es falso en teoría y desastroso en realidades.

Rechazando las explicaciones globalistas, para la oposición “localista” no fue la “mano de obra barata” – y en China se están acabando todas ventajas relacionadas con este tema; el mercado laboral se deprimió aún antes de los recientes avances legales a favor de los trabajadores y del viraje macroeconómico hacia la inflación – sino un conjunto de otros factores claves que explican el desarrollo económico del país. Ellos incluyen las inversiones en infraestructura física y capital humano en los años de Mao, que explican una fuerza de trabajo educada, saludable y disciplinada en general. La abundancia de mano de obra calificada es una ventaja destacada que China tiene por sobre la mayoría de los otros países en desarrollo. A pesar de los retrocesos antes indicados, China sigue adelante en casi todos los índices de los informes sobre desarrollo humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Además, fundamentos como la propiedad pública de la tierra, el control público sobre las industrias estratégicas, la fuerte capacidad organizativa y políticas del estado, la participación social organizada, la ideología de justicia social y redistributiva y de equidad de género y étnica, y un buen régimen público de educación y tratamiento médico universales con énfasis en la inmunización masiva y la medicina preventiva, destacan importantes continuidades, reales o deseables, entre los logros anteriores y los posteriores a las reformas. Juntos, estos factores contribuyen a un súper modelo de estado socialista desarrollista que explica mejor los principales éxitos de la reforma.

Igualmente, el debilitamiento o la eliminación de estos factores explican las fallas de la segunda fase de la reforma que fue parte de la característica ola neoliberal de la globalización. Los globalistas ni siquiera reconocen la polarización de clase, la desigualdad del desarrollo o la corrupción como problemas y males sociales que amenazan al crecimiento económico. Para ellos, estos son precios necesarios a pagar por la transición al mercado, o resultados tolerables de esa transición incompleta. La superstición acerca de un mercado libre “total” impregna todo el pensamiento económico chino. Pero “mano de obra barata” no es un concepto inocente. Más bien significa subordinación del trabajo al capital, y la clara desventaja de la posición de los trabajadores. Peor aún, cuando la mano de obra barata es pintada como una “ventaja”, hasta los talleres explotadores ilegales pueden ser legitimados; de aquí proviene la mancillada etiqueta de “made in China”.

Lecciones de la trayectoria de la reforma china

El argumento “localista”, si bien básicamente firme y más convincente, debería estimular nuestra búsqueda de lecciones a extraer de las dos fases de la reforma china: cómo un proyecto popularmente aceptado de reforma del socialismo estatista degeneró en una transformación capitalista revolucionaria o, de hecho, en una contrarrevolución, en el contexto de la repudiada y socavada revolución china del siglo XX. La versión china de la “revolución de color” fue llevada a cabo sin ningún alboroto electoral. Las consecuencias esperadas e inesperadas de esta transformación a tal escala y velocidad son sorprendentes. Las lecciones a extraer de esto podrían ser instructivas para que los reformistas más reflexivos en China conduzcan o reconduzcan una tercera fase (todavía abierta) del curso de la reforma, y pueden también contener implicancias más amplias para otros países.

De manera muy tentativa, antes que nada, todo emprendimiento social de tal magnitud debe examinar constantemente sus principios fundantes y evaluar su progreso respecto a los objetivos vitales que se ha planteado. La política de “sin discusiones” de Deng, de desestimar la ideología, pudo haber servido al propósito de ganar un consenso temporal y superficial, reduciendo así los costos de las negociaciones, pero en el largo plazo, la ideología de la no ideología erosionó la reforma misma permitiendo su descarrilamiento. Aún si se puede cruzar el río “tanteando las piedras”, como dice el famoso dicho chino, perder de vista la otra orilla del río anularía instantáneamente el motivo del cruce, y podría terminar en el ahogamiento. Simplemente, no puede negarse la centralidad de la política, dado que en última instancia se trata de una disputa perpetua sobre qué y por qué producir, y quiénes deben quedarse con el excedente. Tal contienda necesita la verificar los objetivos mediante evaluaciones políticas y debates legislativos, en el gobierno central y los locales, entre investigadores y asesores, y en la sociedad en su conjunto. Insistir en la lucha ideológica es así también un argumento para la democracia política y deliberativa.

Un ejemplo a mano es la lectura “marxista” de una historia lineal en la que el capitalismo sería una etapa ineludible, y en la que China debe ingresar para proseguir un desarrollo capitalista interrumpido por la revolución comunista. Esta lectura se convirtió en un dogma intelectual en China, sin ser revisada de manera crítica por los teóricos institucionalmente influyentes en los círculos políticos. Otro ejemplo más positivo es el debate acerca de la primera ley china sobre la propiedad. Debido a las discusiones extensas y prolongadas, el resultado fue en 2007 la protección equiparada de las propiedades pública y privada. La oposición a la privatización radical hizo oír al menos su voz en el sentido de que el control público debía ser preservado por sobre las prioridades de inversión y los dividendos de las empresas estatales, y que la decisiones más importantes debían ser debatidas en los congresos populares a los niveles nacional y locales, incluyendo a los expertos y a la consultas públicas. Las reformas legales en todas las áreas han generado además una amplia participación. Entre muchos ejemplos negativos, se encuentra la transición al mercado experimentada por el sistema médico chino, el que se volvió imposible de solventar para la mayoría de la población, y que fue debidamente declarado como un “completo fracaso” por la comisión investigadora del desarrollo del Consejo de Estado. Actualmente se están llevando a cabo nuevos esfuerzos para reparar los daños y reestablecer la cobertura universal de la atención médica básica. Pero si se hubieran examinado apropiadamente las reformas iniciales a la luz de la opinión popular, podría haberse evitado el fracaso que sacrificó a una generación. La lección, en otras palabras, es que los gobiernos y las políticas deben responder ante el pueblo a través de instituciones democráticamente investidas, y que un poder determinado con suficiente capacidad política sólo puede ser legitimado a través de estas instituciones. El argumento subyacente tras la primera lección versa entonces sobre la claridad y legitimidad de los objetivos nacionales logrados a través de la lucha política y de la deliberación democrática.

La segunda lección es que los logros iniciales de la revolución china deben ser defendidos. Esa revolución cambió la vieja estructura social y las relaciones de clase, etnia y género procurando la justicia social, la igualdad étnica y la liberación femenina. La reforma agraria (que fue más restringida en las áreas de minorías), por ejemplo, fue decisiva para la construcción económica subsiguiente en China. La prosperidad de las TVE a lo largo de la década de los años 1980 no habría sido posible sin esta condición fundamental de la tierra pública. De manera inversa, el abandono de la agricultura colectiva, y luego también del llamado doble nivel (hogares individuales y colectivos), fue una causa básica de las crisis rurales de mediados de los años 1990. El compromiso del estado post-revolucionario con la satisfacción de las necesidades básicas, como otro ejemplo, sostuvo un nivel de inversiones relativamente alto en la infraestructura física y humana de China, como la escolaridad gratuita y los servicios médicos elementales (aunque amplios), gratuitos o baratos. Esto constituyó un sistema de mantenimiento del bienestar social por parte del estado, que distinguió a China de otros países en desarrollo menos exitosos. Aún hoy, la privatización todavía no puede ser legitimada verbalmente, debido a restricciones ideológicas -aunque decrecientes- y a la resistencia popular. Esta resistencia, irónicamente armada por el lenguaje oficialmente sancionado del socialismo, es lo que mantiene con vida a las crecientes presiones sobre el gobierno y la búsqueda de alternativas. Precisamente, debido a la experiencia china con una revolución épica, el compromiso social con la igualdad y la justicia sigue muy arraigado, deslegitimando así las ideas y prácticas neoliberales. El giro “pro-pueblo” desde 2003 en las políticas y objetivos políticos incluye la eliminación de impuestos agrícolas, la revitalización del campo, la restauración del programa de educación obligatoria de nueve años, la reconstrucción de la seguridad social tanto para las áreas urbanas como para las rurales, más protección al trabajo, mejores regulaciones en la conservación ambiental, más eficiencia en el consumo de energía, etc. Estos movimientos, largo tiempo postergados, sólo son la respuesta a una agravada crisis de legitimidad del régimen desde 1989.

Esto de ningún modo es una vuelta al maoísmo, cuyas fallas, desde las desigualdades sectoriales y los privilegios burocráticos hasta la limitación de las libertades personales, están fuera de discusión. Lo que está más bien en juego es la naturaleza de un estado históricamente determinado, en el caso chino, por una de las mayores revoluciones sociales del mundo contemporáneo. Por una parte, aún si es aparentemente necesaria en China la sindicalización independiente, una cuestión más fundamental seguiría siendo qué lugar ocupa el estado. Por otro lado, tomando la noción weberiana del estado moderno como una autoridad pública nacional, la necesidad de la conducción y organización a cargo del estado en el desarrollo tardío es una noción de sentido común en las corrientes principales de la literatura, desde la modernización hasta la economía del desarrollo. Categóricamente diferente del modelo de estado predatorio, la capacidad del estado desarrollista de “gobernar el mercado” e invertir en capital humano habrían creado una suerte de “autonomía imbricada” que aísla las funciones estatales de los intereses específicos, tanto locales como extranjeros. La segunda lección versa entonces sobre la defensa de los compromisos y promesas de la revolución, en primer lugar la concesión de poder a un pueblo liberado, y el bien común.

La siguiente lección señala el carácter negativo del desarrollismo, o “Pebeísmo”, es decir, el aumento numérico del PBI como la máxima prioridad nacional. Ciertamente, a pesar de las opciones terminológicas (construcción, modernización, promoción de las fuerzas productivas, etc.) o las prioridades políticas (autonomía versus apertura), el desarrollo ha sido central en la concepción china de la economía política desde 1949, si no antes. En efecto, el imperativo del crecimiento en diversas situaciones históricas y consideraciones gubernamentales ha sido tan grande que constituiría la única explicación racional para movimientos tan aparentemente irracionales como el Gran Salto Adelante a finales de los años cincuenta, o la fiebre globalizadora desde los años noventa. Aún durante el auge maoísta de “la política al mando”, la clase política estaba profundamente convencida de que la supervivencia de la Nueva China dependía de su éxito económico. Pero recién cuando el crecimiento fue declarado como “la única dura verdad”, a ser perseguida a todo costo, el desarrollismo simple y llano prevaleció con consecuencias sociales y ambientales devastadoras. La protesta tibetana de marzo y abril de 2008 sólo representó uno de los frentes de reacciones violentas, aunque fue el más visible a escala mundial. La comercialización irreflexiva, combinada con la ingerencia de empresas chinas que contradecían los principios constitucionales de autonomía regional y sensibilidad étnica y cultural, son al menos parcialmente responsables del violento resentimiento local.

La cuestión no es tanto si el desarrollo económico en los países y regiones en desarrollo es justificable, sino qué clase de desarrollo – si beneficia a pocos o a muchos, si amplía la libertad o la alienación, o si sacrifica el tejido social orgánico y el medio ambiente en el proceso. Las desigualdades globales y los efectos de la falta de poder económico son obvios, pero un mal no puede ser corregido por otro. O sea, la justificación fundamental para que la gente pobre ejercite sus derechos socioeconómicos puede en realidad ser socavada por la locura desarrollista. El desarrollo humano justamente no puede ser lo mismo que la expansión económica medida por la tasa de crecimiento y los valores del mercado. Y el PBI no es ni siquiera un indicador económico confiable, dado el posible volumen de las burbujas, las transacciones especulativas y la contabilidad repetitiva en su estimación.

En estas circunstancias, dada en especial la vulnerabilidad de las economías nacionales a lo largo del planeta en un mercado financiero global altamente volátil, y dada la debilidad institucional en la infraestructura regulatoria de China, el equilibrio macroeconómico buscado ha sido perturbado seriamente por flujos de capital especulativo de corto plazo sobre sus mercados monetario, bursátil, de futuros, inmobiliario y de seguros. En vez de hacer inversiones altamente riesgosas en el exterior, las cuales ya han fracasado en un par de casos con enormes pérdidas, una alternativa forzosa, como señala un grupo de economistas críticos del desarrollismo, sería hacer uso del exceso de capital internamente, para controlar la inflación, recapitalizar los bancos, revitalizar las empresas estatales, aumentar los gastos en bienestar social, y ampliar la capacidad gubernamental de manejar las crisis. Esto aumentaría a su vez el ingreso bruto de los hogares para fortalecer la demanda tanto como para contener el exceso de capacidad productiva y la dependencia tecnológica, que, en un círculo vicioso, deprime tanto el valor del trabajo como de los bienes chinos.

Sólo a través del rechazo de las versiones convencionales del desarrollismo, capitalistas y socialistas, podemos diseñar un nuevo curso de desarrollo, que premie a los productores directos y las necesidades y conocimiento locales, y que promueva el aumento de poder y la capacidad de construir desde abajo. Existen prácticas alternativas, en China como en todas partes, para estimular los pequeños negocios junto con ciertas formas tradicionales de producción, consumo y bienestar social cooperativo, en un momento en que las normas del paradigma de la modernización, del desarrollo, desde la industrialización a la urbanización, se vuelven imposibles de sostener en términos sociales y ambientales. El paquete verde[1] del PBI de China (actualmente en discusión) descontaría el costo ambiental de la tasa de crecimiento y dispondría de nuevos objetivos para la evaluación del rendimiento oficial. La tercera lección de la reforma es así un argumento contra el desarrollismo guiado por el PBI. En última instancia, lo decisivo no es la suma cuantitativa de riqueza, al margen de su representación estadística distorsionada, sino su distribución. Hambre o pobreza, como han documentado rigurosamente y demostrado E. A. Wrigley, Amartya Sen, Jean Dreze y otros, no pueden reducirse en la actualidad a una cuestión de escasez de oferta.

La última de las cuestiones que constituyen lecciones a aprender de la experiencia reformista china versa sobre la importancia de mantener la autonomía o la subjetividad nacionales al interactuar con las fuerzas mundiales, conocida como globalización “tímida” o selectiva, de manera de beneficiarse de la integración económica y los intercambios culturales, al tiempo que se contienen los riesgos financieros y otros riesgos de mercado. Por ejemplo, la apertura amplia a la inversión extranjera, el apoyo estatal y los subsidios al capital extranjero en China, empobrecieron al mercado interno y al empresariado local a través de tasas impositivas diferenciales. Aún más, el capital internacional ha participado de manera agresiva en la privatización en China -entre 2003 y 2006, el gasto externo en la adquisición de empresas chinas creció 12 veces en relación con el total de inversión extranjera directa (IED) del país-. Esta IED fue asignada así, principalmente, para canalizar fusiones y adquisiciones de empresas estatales por parte de capitales extranjeros, comprando además en el camino participaciones en los bancos estatales. Este distanciamiento respecto a la reforma original estaba, desde luego, en sintonía con la hegemonía ejercida por la ideología neoliberal, que completó un giro paradigmático en China desde la autonomía a la dependencia extranjera.

Condicionada en particular por las intrusivas normas de la OMC, China se encuentra sufriendo las excesivas concesiones otorgadas ávidamente por sus negociadores para el acceso a esta organización, incluyendo un temerario plan de liberalización para abrir de manera sostenida su cuenta de capital y el sistema bancario a la “homogeneización” del mercado global de aquí a pocos años. Las condiciones comerciales bajo la OMC han llevado además a la quiebra a un buen número de productores chinos de algodón y porotos de soja, y a exportadores en el rubro textil. Al costo de explotar despiadadamente sus recursos y fuerza de trabajo, y empeorar sus ya exhaustos y contaminados recursos naturales y medio ambiente, China ha estado produciendo cantidades masivas de commodities[2], ampliamente subvaluadas, para el consumo extranjero. La tajada más grande de las ganancias de la industria exportadora china es llevada afuera, dejando a los trabajadores locales con magros salarios, y a los empresarios compitiendo brutalmente entre sí. Las viejas cuestiones subrayadas en las teorías de la dependencia y del intercambio desigual respecto al neocolonialismo y la retención de excedentes, han resurgido con toda vitalidad en el sitio menos pensado.

Es de destacar además que la globalización tal como la conocemos no implica de manera automática transferencias tecnológicas desde los países desarrollados a los países en desarrollo. Lo que le permitió a China conseguir algunas tecnologías notablemente avanzadas en las primeras décadas de la República Popular, a pesar de constituir un país de bajos ingresos, fue la estrategia estatal del esfuerzo por lograr alta tecnología, que concentró recursos financieros e intelectuales en sus instituciones investigadoras de elite, donde dedicados científicos e ingenieros dedicados pudieron realizar tareas ambiciosas y creativas. Tras años de apertura, la brecha tecnológica entre China y el mundo se amplía cada vez más; aún cuando las economías desarrolladas exportan sus actividades de I+D hacia China, esta práctica no ha ayudado a la adquisición y control chinos sobre las tecnologías avanzadas. En muchos casos de adquisición por parte del capital extranjero, la presión sobre las empresas estatales fue tan grande que dejó a estas sin posibilidad de demandar mejoras y transferencias tecnológicas a cambio de la entrada de los nuevos socios. China está, por ende, perdiendo su (limitada) tecnología de punta y sus sectores de altos dividendos, aún cuando la economía parece estar subiendo lentamente en la cadena de valor. Esto no implica descartar todo beneficio proveniente del mercado y el comercio internacionales. De hecho, la política de puertas abiertas fue una ruptura vital en la historia de la R. P. China, y la reforma del sistema y de la relación con el mundo constituyó un progreso positiva para el pueblo chino: después de todo, el socialismo, si tiene aún algún sentido, no puede ser confinado a un solo país. La verdadera lección aquí es cómo no reemplazar la autarquía por la indefensión, o la autonomía por la dependencia. La globalización debe emprenderse en función del interés nacional; no a la inversa.

Reorientación e innovación

Aún hoy resuena aquello que ilustra el manifiesto comunista: el capitalismo subordina el campo a la ciudad, el oriente al occidente, y revoluciona constantemente las industrias y polariza al planeta. Si existe alguna posibilidad de liberarse de esta ley, esto debe comenzar a partir de las alternativas locales. Se ha hablado del “Consenso de Beijing” (y del “Consenso de Nueva Delhi”, etc.), pero tal modelo está aún pendiente de definición y clarificación. Una cuestión básica a destacar acerca de China es que ya es tiempo de reelaborar el concepto de “competitividad” económica. Sólo a través de la detección y construcción de ventajas genuinas, no falsas (por ejemplo la explotación de mano de obra barata), China y otros países en desarrollo (en alianza mutua, como han venido intentando desde Bandung y últimamente en Cancún y Doha) podrán cambiar las reglas de juego en una causa común de desarrollo, como de mayor libertad. De aquí que la única respuesta sea la solidaridad internacional, antes que una carrera global hacia abajo.

Dadas sus tradiciones revolucionarias y socialistas, dada la requerida determinación política y apoyo institucional, China podría estar lista finalmente para forjar una visión alternativa de una economía basada en lo doméstico, dirigida por las necesidades, energéticamente eficiente, con baja utilización de carbón, y ecológica y socialmente no perjudicial, superior a los modelos privados de sobreproducción y sobre-consumo. No obstante, la ironía es que el socialismo es un lenguaje protestatario en la sociedad china actual, empleado de manera mucho más sugestiva por la oposición que por el gobierno. Sin embargo el capitalismo, en constante proceso de destrucción creativa, no puede resolver los problemas fundamentales de China ni del mundo, como está históricamente probado. Para terminar con una nota optimista, existen fuerzas sociales emergentes en China -trabajadores, mujeres, críticos sociales e intelectuales independientes, jóvenes idealistas- para presionar por una tercera fase de reformas que, aprendiendo del pasado, pueda en efecto llevar a China por un camino hacia la reconciliación entre el socialismo y el mercado.


Este ensayo lo hemos recibido por gentileza de la Escuela de Historia y el Programa de Estudios Contemporáneos Coreanos y del Noreste de Asia, de la FFyH de la UNC. Esta escuela está preparando un libro sobre los “Treinta Años de la Reforma en la R. P. China”, en el que está previsto publicar dos artículos de Lin Chun.

Traducido por Jorge Santarrosa con la colaboracion de Gustavo Santillan. Corrección final por Francisco T. Sobrino.

[1] (Green Package): conjunto articulado de propuestas legislativas o gubernamentales orientadas a cumplir objetivos ambientales, contabilizando sus costos y gestionándolos (N. del trad.).

[2] En este caso entendemos commodities como materias primas y mercancías a la vez (n. del trad.)

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