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Chile: El MAPU, La seducción del poder y la juventud (Segunda Parte)

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INVESTIGACION6 Cristina Moyano

Capitulo 2:

El Mapu en la historiografía.

Relatos incomprensivos de una elite política

Introducción.

La reconstrucción historiográfica sobre nuestro pasado reciente ha estado sujeta a una serie de avatares epistemológicos e interpretativos. Por una parte surgen los clásicos cuestionamientos acerca de la posibilidad que tiene el historiador de escribir una historia en la que él (o ella) mismo (a) ha sido actor sin caer en la excesiva subjetivización de ese pasado reciente. Por otro lado, surge la problemática de cómo acercarse a ese objeto de estudio, las fuentes y las memorias que cruzan el período, donde muchos de los actores se encuentran vivos y contraponen la validez de los estudios según sus propias experiencias.

Sin embargo, a pesar de lo anterior y de las múltiples críticas que puedan provenir de la historiografía más conservadora y positivista, nuestro país ha visto cómo se han multiplicado en la última década los estudios historiográficos y en ciencias sociales sobre el pasado reciente, en el que la gran fractura que produjo el golpe de Estado en nuestras sociedades cambió la configuración del presente en el cual vivimos. De esta manera, el estudio de las décadas que van desde el año 60 hasta el golpe mismo se volvió un tema de áridas disputas interpretativas por cuanto, las distintas visiones buscaban enfocar nuestra realidad desde determinadas arenas políticas y por ende componían parte de las batallas por la historia y la reconstrucción del pasado. El definir cómo éramos y qué sucedió era fundamental para llegar a comprender el cómo somos en la actualidad y en ese margen existencial la visión interpretativa del pasado era fundamental.

Quizás uno de los hechos trascendentales y abiertamente polémicos de esta problemática, en el plano de la historiografía, fue la disputa desatada por la interpretación del pasado reciente ocurrida entre Gonzalo Vial (como representante de una corriente historiográfica y por cierto política) y un grupo firmante de lo que se conoció como el “Manifiesto de Historiadores”. Entre ellos se desató una polémica en torno a temas cruciales de las décadas mencionadas, cuestionándose las bases clásicas de la aproximación al estudio de dicho período, que hacía ver a Gonzalo Vial no solo la inevitabilidad del golpe sino que también su justificación en tanto proceso de quiebre de la democracia.

De esta manera entró al tapete de la opinión pública la fuerza de la historiografía en tanto herramienta política para la interpretación del pasado. Esta dejaba de ser encubiertamente “objetiva” para transformarse en instrumento de acción de los sujetos para el presente. Detrás de ella había una cuestión de proyecto, una idea de destino, la finalidad ya no era saber del pasado porque sí, sino que para comprender nuestro presente y actuar sobre él. Y esto obviamente sin cambiar arbitrariamente “los hechos”.

La abundancia de textos sobre la historia presente se puso de manifiesto también cuando se conmemoraron los 30 años desde la elección y triunfo de Allende y más tarde los 30 años del golpe de Estado. Esto dejó de manifiesto que las décadas pasadas tenían mucho que decirnos sobre nuestro presente, y en la necesidad permanente de las sociedades de comprenderse, la historiografía aparecía como una herramienta muy válida, sin embargo no única, ya que los aportes disciplinarios que entregaba la sociología, la antropología y la ciencia política venían a complejizar los análisis y hacerlos más útiles para ese intento comprensivo.

De esta manera, el presente capítulo pretende dar cuenta de la discusión que dentro de las ciencias sociales ha existido sobre este pasado reciente. Las décadas del 60 y del 70 resultan cruciales para la comprensión del quiebre de la democracia en Chile. Sin embargo, las distintas miradas nos complejizan las relaciones y cambian los enfoques interpretativos. El nacimiento del MAPU como partido en el año 69, debe ser analizado a la luz de la perspectiva histórica de esas décadas, sus especificidades así como sus continuidades. Un enfoque de más largo plazo (estructural) u otro que pone su eje en la coyuntura, explican de distinta manera el origen de la colectividad, de ahí la importancia de contraponer estas visiones, por cuanto nos abren dos perspectivas de análisis sobre un mismo proceso, que si bien no son antagónicas por lo menos son diversas y hasta cierto punto complementarias.

El ethos cultural de la época en el corto plazo: Las décadas del 60 y 70, según las ciencias sociales.

La mayoría de los estudios sociales sobre las décadas en cuestión ha puesto fuerte énfasis en los temas que tienen relación con el espacio o la esfera política. De esta forma el sistema de partidos, los análisis de los cambios electorales y los partidos políticos y sus comportamientos en torno a discurso, prácticas y alianzas, forman la piedra angular dentro de la mayoría de las aproximaciones a este pasado reciente.

El recuento que propone este apartado partirá al revés de la mayoría de los análisis. Creemos que es válido partir caracterizando, desde la reconstrucción que han hecho las ciencias sociales, el campo cultural y la producción simbólica y discursiva que permite definir el ethos cultural propio de una época. Ello nos permitirá validar nuestra propuesta de la importancia de la subjetividad en la política, y tratar de comprender de manera más compleja las clásicas caracterizaciones que nos hablan de una época de gran “radicalización e ideologización” en la cual se “movilizaban los individuos”.

El no caracterizar esta parte más subjetiva de las producciones políticas, puede llevarnos a no comprender cabalmente las producciones discursivas de la época, los enfrentamientos simbólicos que estaban detrás de los proyectos de los diferentes actores políticos. En suma puede llevarnos a no comprender ese pasado tan distinto, culturalmente hablando, del nuestro. La dimensión subjetiva de la política puede ayudarnos a acercarnos a este pasado de una manera distinta para que las otras esferas adquieran más sentido.

Los estudios en este ámbito no son muy abundantes. Sin embargo, la mayoría de los que han analizado la época entregan descripciones no muy exhaustivas sobre las producciones culturales y discursivas que la sociedad chilena, y en especial los partidos políticos, creaban en ese entonces, como marco de significación de sus acciones. Tal como lo expresa Moulian “la política se despliega mediante la producción de un “imaginario” donde la realidad aparece simbólicamente elaborada. Esta construcción contiene definiciones del mundo social realizada en términos fácticos (proposiciones donde se afirma la existencia objetiva de hechos sociales) y en términos normativos (proposiciones del deber ser)”[22].

Este artefacto, denominado por Moulian como imaginario, sirve para orientar las acciones de los sujetos así como para movilizar las voluntades. Dentro de él confluyen además las motivaciones inconscientes y los sentidos racionales e irracionales que se entremezclan en las estrategias, alianzas y cálculos de las mismas acciones[23]. De allí que el plano discursivo sea tan importante como las actuaciones, porque estas últimas adquieren sentido en el primero, allí se significan e incluso se evalúan.

El papel que juega la construcción discursiva también ayuda a visibilizar la realidad social. Al volver texto lo que presenciamos, lo que sentimos y lo que vivenciamos, éste adquiere la validez de su existencia. Así lo expresa Illanes al enfatizar que el papel que juegan las ideologías dentro de las sociedades es “nominar y visibilizar las corrientes del cambio social”[24]. En otras palabras darle cuerpo de significación y coherencia analítica a una realidad diversa, compleja y dispersamente ininteligible.

Dadas las premisas anteriores, la caracterización cultural de las décadas del 60 y 70 resulta primordial para entender algunas particularidades que los cientistas sociales, desde distintos enfoques, han manifestado casi de manera consensual: la existencia de una gran polarización y radicalización en los discursos políticos de la época, que dieron el marco de acción para que el sistema político adquiriera la forma que tenía en esos años.

Según Moulian una característica central de la época estudiada tiene relación con la fuerte contraposición entre crecimiento económico real y expectativas de derrumbe del capitalismo. Tal como lo expresara Hobsbawm en su historia del siglo XX, los años que van desde el 50 hasta el 73 corresponden a lo que él denomina como los años dorados del capitalismo. El alto crecimiento económico y la configuración de un Estado benefactor, hizo que muchos sectores sociales marginales pudieran incorporarse al consumo, en los países en desarrollo, amplió las expectativas educacionales, mejoró los sistemas de salud e incorporó al movimiento obrero a prácticas sindicales que exigían cada vez más posibilidades de consumo masivo y menos enfrentamiento antagónico por derrumbar al modelo capitalista[25] .

Sin embargo a pesar de que esto ocurre en el plano de lo cotidiano existe una sensación, tanto en el primer como en el tercer mundo, de descontento, de necesidad de cambiar el sistema. Dicha situación se agudiza aún más en continentes como el americano donde la realidad del Estado benefactor no tuvo la fuerza histórica de los países desarrollados y por lo tanto, la inserción equitativa, igualitaria y real de todos los sectores sociales era mucho menor que en Europa.

Así en el mundo de los años 60 se contraponían dos imágenes importantes que ayudaron a articular un determinado campo de significación simbólica. “En los años sesenta ya había madurado y estabilizado, aunque con diferencias fuertes entre países, un capitalismo más racionalizado. Pero esto ocurría en la atmósfera opresiva de la “guerra fría”, de la amenaza nuclear y del riesgo de las constantes aventuras militaristas, realizadas por los países capitalistas occidentales o socialistas… Justamente lo que hace tan contradictoria esa época es que este relativo mejoramiento de la situación económico-social, que demostraba que no eran verdaderas las profecías de la crisis ineluctable o de la necesaria intensificación de los conflictos, se combinaba con una tendencia totalmente opuesta, la expansión de una ideología revolucionaria”[26].

Esta expansión de la ideología revolucionaria, la idea de la posibilidad de cambiar este mundo, de darle mayor espacio simbólico trascendental a la vida del ser humano, de terminar la “insoportable levedad del ser”, la posibilidad de que el ser humano se realizara en algo más allá del consumo, fue generándose en la época de expansión económica del capitalismo precisamente porque sólo bajo esas condiciones era posible imaginar un mundo mejor. Sin embargo, el modelo capitalista que había posibilitado el crecimiento económico y la integración (aunque desigual) de sectores que antes se encontraban marginados del consumo, no había desarrollado un marco discursivo de legitimación que le diera a él mismo la justificación de su mantención. En otras palabras, el capitalismo había fracasado en la construcción hegemónica. Sobre este punto el socialismo, en cuanto modelo simbólico, le llevaba gran ventaja.

Así, “como aparente contrapunto paradojal, también desde la posguerra, se fue renovando constantemente la esperanza del socialismo. Más aún, en la década del sesenta ésta llegó a convertirse en el mito ideológico de un segmento importante de los intelectuales y de un movimiento obrero que, sin embargo, estaba integrado, en los países del Occidente desarrollado, en la repartición del poder estatal”[27]. El socialismo desplegaba de esta forma su principal virtud, una capacidad de seducción en tanto promesa de buen orden en lo ético, que apelaba a la búsqueda y construcción de la felicidad del hombre en la tierra, que bien poco se condecía con los logros reales que el modelo implementaba en la práctica, pero como anhelo virtuoso lo lograba a cabalidad.

De esta forma, el socialismo había logrado una hegemonía discursiva de bondad, de seducción y desarrollo igualitario que logró proyectarse hasta entrada la década de los 80, cuando las perversiones, desviaciones y problemas del sistema, hicieron caer el modelo en su conjunto. Sin embargo, a pesar del derrumbe de lo que se denominó “socialismos reales”, existía un lógica de preservar el ideal por sobre la construcción real.

“El socialismo logra afincarse como ilusión liberadora, como único modelo de “buen orden” por su consonancia con ciertas características culturales de la época, que por supuesto (dialécticamente) contribuyó a formar. Se instauró como la única teoría que, por su radicalidad, podía dar cuenta del capitalismo, que proveía tanto una explicación fáctica como una política normativa, una propuesta utópica realizable, no por voluntad de los sujetos, sino por las condiciones históricas. Impregnó al propio mundo católico cuyas posiciones diferenciadoras fueron perdiendo la clara identidad de antaño y substituyó a las críticas que se inspiraban del liberalismo democrático o que tomaban las banderas del humanismo”[28]

En América Latina, según Moulian, el socialismo se hizo particularmente atractivo por cuanto era el ejemplo histórico, que sociedades atrasadas podían alcanzar en poco tiempo el desarrollo económico, tal como se ufanaban las sociedades del socialismo real con la URSS a la cabeza y más tarde China. Nuestra conceptualizada dependencia económica, nuestro “atraso y desigualdades” generaban un campo fértil para que estos discursos germinaran en proyectos políticos locales.

De esta manera si estimamos que el socialismo tenía esa virtud de vocación seductora y hegemónica porque estaba planteada en términos valóricos, la potencia de las acciones realizadas bajo esa bandera, debían ser por lo demás radicales y profundas. Sobre esto, Moulian destaca la fuerte carga de historicismo que trae consigo esta concepción filosófica que supone el cambio como algo global y necesario:

“En esos tiempos los proyectos políticos con capacidad civilizatoria se formulaban como realización de una moral o como implementación de verdades… Más aún, tenían en su base una filosofía y más específicamente una antropología, de manera tal que en su centro no sólo había la propuesta de una nueva organización económica, sino la propuesta de una “revolución cultural””.[29]

La posibilidad que le daba el socialismo al hombre de aparecer como actor de su destino y como artífice de su presente, en una lucha que además era ética por cuanto no era un trabajo mezquino e individual sino que una lucha colectiva por el mejoramiento de la sociedad en su conjunto, lo hacía atractivo e inmensamente más hegemónico que el capitalismo. De esta forma, “lo más seductor del marxismo, aquello que le permitió captar las ilusiones más profundas del mundo contemporáneo, es que se representa a la revolución como historicidad máxima, en cuanto tal como despliegue de la razón y como condición del paso de la sociedad dividida a la sociedad armoniosa. En ella se concentra, por tanto, toda la carga de pasión, esperanza y energías que suscita la posibilidad de la “emancipación””[30].

De allí que la praxis política fuera entendida como una acción humana superior, de entrega, de emancipación del hombre. Su fuerte carga ética conducía las acciones con una lógica de superioridad que el discurso entregaba hasta a los actos más mínimos o corrientes.

Según Illanes, esa época puede ser caracterizada porque se vivenció una “gran revolución ética que atravesaba por casi todos los sectores de la sociedad y que inspiraba especialmente a la juventud”[31], sector social donde la radicalidad del discurso se combinaba con la condición biológica de capacidad de acción y movilización del propio sujeto.

En ese contexto deben entenderse las prácticas y los discursos políticos. Sin embargo, en los partidos que nacen en esta época estas condicionantes serán mucho más poderosas, por cuanto no cuentan con una historia pasada de organización con la que deban lidiar o al menos intentar acomodar. Ellos serán absolutamente hijos de esa época donde la revolución, la entrega y el cambio son los ejes fundamentales de la praxis política.

Quizás un ejemplo importante lo da la Democracia Cristiana, partido creado en 1957. Dicho partido que ha sido analizado como colectividad de centro ideológico, puede ser entendido como parte de este proceso de construcción simbólica. Así lo expresa Jocelyn Holt cuando afirma que “la D.C., en ese entonces, ofrecía mística, unidad e ilusiones. La política se había desacreditado, ergo había que cambiar la política. De ahí que se ofreciera pureza e integridad, solvencia técnica y capacidad movilizadora, fe y esperanza, visión futura y crítica, confiable y fraternal, amor a la Patria sin dejar de lado el compromiso continental, el “sueño de Bolivar”, certeza de los principios sumado a un permanente ánimo de lucha… Frei Montalva… en él se encarna la idea de que la política es otra manera de hacer religión”[32] .

Partiendo de esa caracterización, el autor recién mencionado cuestiona políticamente esa característica de la D.C. Le cuesta situarla en el contexto de significación simbólica mayor. Según él, las fuertes críticas que planteó la D.C al sistema, que intentaron borrar de una plumada 150 años de historia chilena con ese afán revolucionario “fue lo que desequilibró el orden político”[33]. Sin embargo, bajo la lógica de Moulian y de Illanes esta potencialidad revolucionaria y discursiva, era algo mucho mayor, más universal y que no se circunscribía sólo al ámbito de la política chilena. La D.C así es solo un ejemplo, no una excepción y por tanto su actuación en este ámbito no podría haber desequilibrado por sí sola el orden político existente.

Jocelyn Holt también critica la importancia de la verbalización en dicha época. A diferencia de Illanes no entiende el discurso como capacidad de visualizar la realidad, de darle cabida a la inteligibilidad, sino que lo califica como peyorativo al entregarle al discurso una validez en la acción material positiva. Según el autor “se habla porque se piensa que hablando se va a cambiar el mundo, mundo que se transformaría a punta de verbo y adjetivo en imagen y forma de nuestro creciente y deslumbrante bla bla. A propósito de esta eterna verbalización, llama la atención otro aspecto: el que tenga tan poca consistencia, tan precaria materialidad. Frei Montalva nuevamente me parece el mejor exponente. Leyéndolo impresiona su facilidad extraordinaria de moverse en la abstracción. Siguiendo a Maritain, insiste mucho en esto del humanismo, de que el hombre no caiga en la alienación, sin embargo, es difícil muy difícil[34] ubicar al hombre de carne y hueso en sus discursos. Lo de él es ante todo una mirada sociológica, platónica, vaporosa. Frei habla para la historia, a partir de la historia, a propósito de la historia, para terminar con la historia”[35]. En esta última parte existe una coincidencia con Moulian al entregarle al discurso de Frei, como parte de la época, un sentido historicista, característica del período según el sociólogo. Sin embargo, difiere en suponer que el discurso deba evaluarse en la materialidad, ya que Moulian propone que la acción se signifique en torno a la potencialidad discursiva, en su capacidad de visibilizar la acción y de darle coherencia mayor.

Si seguimos con la lógica de Jocelyn Holt, una sociedad donde la verbalización es excesiva no puede construir una política que aspire al gobierno, sino que solo a la movilización. De allí emerge la potencialidad disruptiva de la misma. “De modo que este hablar pretendía además convertirse en acción. Esto es enteramente nuevo. En el siglo XIX la política fue un medio para hacer país, mejor dicho, fue una manera de pensar e imaginar el país. Luego con el tiempo, la política se volvió instrumento participativo. En las décadas que estamos analizando, sin embargo, la política se redujo a una mera fuerza de cambio y movilización”[36].

“De igual manera no se entendió que una cosa es movilización y otra es gobernar. Movilizar desde luego no garantizaba un ordenado manejo de demandas. Tampoco aseguraba un disciplinado accionar político. En efecto, lo que se generó particularmente después de 1967, fue una avalancha de expectativas, de ilusiones que resultaron imposibles de satisfacer y frenar”[37].

Desequilibrio del orden político existente, como consecuencia de la excesiva verbalización según el autor. Nuevas formas de praxis políticas más globales según Moulian, producto de una característica más general del sistema filosófico mundial que cambiaba los parámetros para evaluar las acciones políticas. Dos visiones culturales contrapuestas de la misma época, coincidentes en la caracterización inicial: polarización, ideologización y predominio del ideal revolucionario.

Este último ideal, existente siempre bajo los discursos socialistas, tomará gran fuerza en las décadas mencionadas dada la importancia que adquiere el fenómeno de la Revolución Cubana. La mayoría de los cientistas sociales coincide en destacar la importancia del mismo, en tanto ejemplo y en tanto realización efectiva de la lógica historicista que está detrás del modo socialista. Claro eso sí, previas modificaciones conceptuales donde el paso de un modo de producción a otro no tenía por qué seguir la lógica soviética. En este punto los teóricos de la dependencia, que conceptualizaron la realidad latinoamericana como un tipo especial de capitalismo dependiente, enfatizaron que la hora de la revolución no sólo era posible sino que se acercaba raudamente y el ejemplo más visible de ello fue precisamente Cuba[38].

En conjunto con la posibilidad cierta de una revolución en este continente, Cuba además aportó una especie de “moralización de la lucha armada” o una revalorización de la violencia como método de lucha para derrocar el régimen capitalista. De esta forma “esta dejó ser objeto de análisis en términos de racionalidad instrumental, porque dejó de estar sometida al estudio de la correlación de fuerzas, al cálculo de costos y oportunidades alternativas, para convertirse en un trascendental, en un fin en sí mismo. Se produjo una verdadera metamorfosis del medio en fin”[39]. La violencia pasó a estar sacralizada por el ejemplo cubano. Su utilización se justificaba en la historia misma y surgía además la idea de concebirla como necesidad. Este elemento puede ayudar a entender la radicalidad del discurso, violencia que penetró no sólo los discursos de los partidarios del modelo socialista, sino que también a ciertos sectores de la derecha chilena.

La revolución por lo tanto será entendida como necesidad y no como posibilidad. El realizarla, paralelamente tenía que ser por un medio violento. El ejemplo cubano y la especificidad del modelo de desarrollo capitalista dependiente eran los sustentos teóricos de dicha afirmación. Sin embargo a pesar que estos elementos calaron hondo en los grupos políticos de izquierda de la época, pusieron en tensión en nuestro país a aquellos sectores que no creyeron que esta posibilidad se pudiera aplicar a Chile: me refiero a la pugna entre los grupos denominados como “gradualistas” y “rupturistas”[40], que no cruzó sólo a la izquierda sino que también a la derecha y al centro político. Esto demostraría lo profundo y transversal de la discusión en torno al cambio revolucionario y la violencia.

“La memoria de la izquierda que se registra en aquellos meses (últimos de 1968) sacude a los estudiantes en las universidades y en general a la juventud, a propósito de la suerte de Guevara y de sus compañeros. La radical disconformidad de los jóvenes con la sociedad que les toca vivir, la convicción de que pueden lograr cambios sustantivos si luchan, la disponibilidad de organizaciones fuertes, como las federaciones de estudiantes o las juventudes políticas, y el efecto carismático de líderes inspirados en el Che o en el sacerdote guerrillero colombiano Camilo Torres, son el sustento del estudiantado como sujeto social con creciente poder político, tanto como los cambios que se viven en el interior de la Iglesia y en la sociedad…”[41]

Junto al impacto de los elementos anteriores en la configuración discursiva de los actores políticos de la época, Moulian destaca que “tres cuestiones favorecieron la capacidad de seducción de la revolución cubana. La primera era que convocaba a una política concebida como gesta épica, como sacrificio y entrega de sí, conectándose con las profundas raíces católicas de la cultura latinoamericana. La segunda clave era que presentaba al socialismo como resolución de la situación sin salida de las economías latinoamericanas. La tercera clave era la ya señalada debilidad cultural del capitalismo, su incapacidad de persuadir el camino de futuro, carencia que era mucho mayor en los países periféricos y atrasados”[42]

Nos interesa destacar, por su importancia con la colectividad que es el eje de esta tesis, el primer elemento señalado por Moulian, referido a la conexión con las raíces católicas de la sociedad latinoamericana. Esta conexión que analiza el autor, nos pone de manifiesto cierta transformación de la política en la década, ya que vuelve a nutrirse la acción política de una ética de vida, de entrega completa, de sacrificio, asociada a la actividad política, dejando atrás la propuesta maquiavélica que había separado la ética de la política, allá por el siglo XV.

La acción política y los discursos se vuelven más globales y a la vez más duramente antagónicos, toda vez que en ellos se encuentran expresados valores éticos que suponen la acción política no sólo para alcanzar el poder sino que para transformar el mundo en algo más feliz y bueno para todos. Aquí el fin de la lógica socialista era alcanzar una especie de paraíso terrenal, similar al propuesto por la Iglesia en el cielo. De allí el poder de la acción de este discurso y la permeabilidad que generó a las esferas de la vida privada de quienes vivieron la política en esos momentos. Volvemos a enfatizar que la presencia de esta característica será más fuerte en los grupos constituidos en estos mismos años, ya que los otros partidos de izquierda como el socialista y comunista traían prácticas propias, que si bien se nutrirán en estos años con la misma tónica no significará un abandono absoluto de las otras que eran la base histórica de su identidad[43]. Sin embargo en colectividades como el MIR y el MAPU donde el elemento juvenil se combinaba con el ethos revolucionario, esta lógica de la militancia ética será a nuestro juicio mucho más poderosa como parte de una cultura política propia.

Por su parte, la Iglesia en cuanto institución también vivenció cambios importantes en la época. Proceso que para Moulian se retrotrae a la encíclica Rerum Novarum, ya que “aún cuando esta misma no haya cuestionado el orden constitutivo del capitalismo ni sus ejes centrales de propiedad, lucro y mercado”[44], generó en la Iglesia un cambio de postura al pasar a constituir sus ejes de preocupación los elementos de desigualdad y pobreza que generaba el capitalismo como modelo de desarrollo.

Uno de los cambios más trascendentales en la profundización de este proceso de transformación, se vivencia en la Iglesia justamente hacia estos mismos años: El Concilio Vaticano II, que “en parte culminó un cambio de atmósfera que había comenzado antes. La noción de revolución siguió siendo sospechosa, a menos que se usara por analogía, pero cambió la clasificación moral de los revolucionarios. Se les borró el estigma semidiabólico que se les había colocado y hasta fueron aceptados en la categoría, por otra parte sujeta a reinterpretación, de los humanistas”[45].

De esta forma, los revolucionarios fueron bendecidos con el rótulo de buenas personas, de idealistas, de humanistas. Buscaban el bien en la tierra, querían acabar con la pobreza, todos ideales que no tenían por qué contraponerse a los ideales que también decía sostener la Iglesia católica. De este modo no es extraño que comenzaran a acercarse los partidarios del socialismo con los curas y miembros laicos de la Iglesia. “Teología de la liberación” en América Latina y “Cristianos por el socialismo” en Chile, son ejemplos de esta mixtura que hoy nos parece tan extraña, pero que en la época se insertaba plenamente en la lógica cultural imperante.

El elemento cristiano le incorporó a la política de la época la concepción sacrificial de la militancia. Tal como lo expresara Moulian, las décadas de los 60 y 70, y en particular durante la Unidad Popular, la política se convirtió en una especie de religión, de fe quiliastica. En dicho nuevo constructo de la praxis política y lo simbólico, el elemento profético, mesiánico, se unía a la idea de entender la revolución como una necesidad. De esta forma, “la consecuencia, máxima expresión de la ética revolucionaria, implica heroísmo, entrega de sí, entrega de la vida, en ocasiones a través del martirio. Esa visión de la política es profundamente religiosa: a través de la militancia consecuente se consigue la salvación del alma”[46], todos elementos que posibilitaron la alianza ( no hegemónica por cierto) entre marxismo y cristianismo, que parecía imposible y antagónica.

Cuando los discursos políticos están planteados en esos términos la potencialidad radicalizadora de las prácticas está en las palabras mismas que las textualizan. Sin comprender estos elementos la polarización discursiva que caracterizaba, según los cientistas sociales, el período que antecede al golpe de Estado, no se consigue entender en su totalidad. Los elementos subjetivos del ethos cultural de la época se van nutriendo de realidades significadas bajo conceptos construidos en un momento histórico. Las prácticas políticas no tendrían por qué estar ajenas a dicho proceso y se van alimentando además dialécticamente.

Según María Angelica Illanes “una suerte de expiación histórica ocurría a través del acercamiento de la palabra solidaria y del compromiso por el cambio estructural”[47]. El sujeto que permitía a las colectividades políticas acercarse a esa expiación histórica y ética era el “sujeto popular”, de allí la constante presencia en los discursos de la época. Se habla para el pueblo, desde el pueblo y por el pueblo. Su estado de abandono y de pobreza lo hacía asible como sujeto con el cual se alcanzaba la salvación. “El pueblo pasó a ser el tema central de la sociedad chilena. Al nombrarse su presencia pobre, al estamparse su imagen blanca y negra con sus tablas, cartones y cordeles de ropa húmeda, el pueblo entró al texto, a la conciencia social y a la economía, a la prensa, a las cámaras y al aula universitaria”[48], y su figura estuvo en el centro de los discursos y debates políticos copando de manera hegemónica las referencias en estos ámbitos.

Sin embargo y esto fue lo más peligroso para un sector de la clase política chilena, el pueblo también entró a las prácticas políticas, sobre todo en estas décadas donde las primeras políticas de promoción popular del gobierno de Frei y más tarde las políticas de integración y participación que fomentó la UP. El pueblo parecía convertirse en actor con deseo de poder no sólo a través de discursos que otros podían emitir, sino que poder hacer. Para Illanes esto fue un elemento esencial de la UP en cuanto apropiación de los sectores populares de las acciones del gobierno. “Los problemas eran secundarios, la factibilidad era secundaria, la vía era secundaria; lo principal era haber hecho andar la gobernabilidad popular a través de un camino que la había conducido al “gobierno mío”. En esto consistía la base real de la revolución”[49].

Estas características culturales de la época que hemos destacado recientemente, significan el espacio donde se desarrollará el particular sistema de partidos que articulará las redes de poder que manejarán el Estado en Chile en las décadas analizadas.

El MAPU en la Historiografía.

El nacimiento de esta colectividad política a fines de la década de 1960 no ha generado una gran preocupación en los análisis políticos de la época. La mayoría de las producciones historiográficas sólo hacen una mención menor del surgimiento de esta colectividad en el contexto del quiebre del Partido Demócrata Cristiano en 1969[50]. El MAPU solo merece algunas líneas, y no posee especificidad propia al ser entendido siempre como una fractura de la DC.

De esta forma el surgimiento del MAPU será analizado bajo una coyuntura mayor que dice relación con los procesos de polarización que cruzaron a la sociedad en su conjunto hacia estas décadas. Bajo estas premisas, la fuerte polarización también cruzó a la Democracia Cristiana, quien se vio aparentemente atrapada por el discurso revolucionario de la época y por prácticas que tendieron a controlar la movilización social que, en los primeros años del gobierno de Frei Montalva, el mismo Estado había ayudado a crear. De esta forma, los autores que explican el surgimiento del MAPU lo hacen poniendo de relieve este conflicto o tensión entre logros reales y expectativas generadas de un cambio social más radical. Así lo expresa por ejemplo Sofía Correa quien afirma que “al mismo tiempo, la DC, se vio envuelta en graves disputas internas, a la vez que paulatinamente fue perdiendo respaldo popular en atención a las dificultades económicas y políticas que se presentaron en la aplicación del programa de gobierno. Sus militantes se debatieron entre las tendencias que propiciaban la desaceleración del proceso de cambios y las que buscaban su profundización inmediata. El conflicto culminó en el quiebre del Partido, cuando en 1969 un numeroso grupo de militantes de la Juventud Demócrata Cristiana formó el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), el que poco más tarde pasaría a integrar las fuerzas de la izquierda agrupadas en la Unidad Popular”[51].

Collier y Sater, compartiendo la tesis anterior afirman que el proceso de polarización que vivía el sistema político y la disensión sobre los proyectos y las vías para alcanzar los objetivos no estuvo restringida solo a la izquierda. “En junio de 1967, los rebeldes y terceristas se hicieron con la dirección del PDC. Las relaciones entre Frei y su partido se volvieron pronto muy tensas. Un comité del PDC, encabezado por Jacques Chonchol (el líder rebelde)[52], había esbozado recientemente un informe que defendía la “vía no capitalista de desarrollo”. Bajo una nube de ampulosas generalidades, este documento exigía claramente una política radical, incluidas las nacionalizaciones y ciertos esquemas de control de los trabajadores. Aunque los disidentes fueron expulsados de la dirección del partido en una Asamblea del Comité nacional (enero de 1968) con la ayuda de una efectista aparición del mismo Frei, el descontento del ala izquierda del PDC y de su movimiento joven continuó madurando. En noviembre de 1968, Chonchol renunció a su cargo de vicepresidente del INDAP. La escisión del PDC parecía sólo una cuestión de tiempo”[53]

En una perspectiva similar Skidmore y Smith entienden el surgimiento del MAPU dentro de un contexto de descontento con los logros alcanzados por el gobierno de Frei. Tal como lo expresan “los logros reformistas habían sido sustanciales si se medían con los parámetros del pasado chileno, pero ya no resultaban suficientes”[54]. Sin embargo, agregan un nuevo elemento: los recientemente actores sociales incorporados al sistema: campesinos, mujeres y jóvenes aspiraban a mayores demandas y mejores satisfacciones. Aquí se entiende el clima cultural al cual hacía mención Moulian, relativo a que las expectativas de cambio más radical en un escenario donde había una mejora cualitativa, dan cuenta de la escasa legitimidad que tenía el capitalismo como discurso cultural hegemónico.

Skidmore y Smith, al igual que Yocelevsky introducen un elemento adicional al tema de la polarización y radicalización del sistema político y de las demandas y que tiene estricta relación con el sistema electoral y la imposibilidad de reelegir al Presidente de la República. Según estos autores, lo anterior generaba dentro de los partidos fuertes pugnas en los períodos cercanos a las elecciones, para desvincularse críticamente de la administración que venía saliendo, como estrategia para no cargar con el peso electoral que la evaluación de la gestión gubernamental pudiera generar en ellos. Dicho de otra forma, la coyuntura electoral era vista como estrategia de sobrevivencia de los partidos o de sectores dentro de los mismos, pero también como forma de desbloquear los ascensos partidistas y pasar a constituir parte de las elites de los mismos.

En este contexto el elemento generacional juega un rol muy importante a juzgar por Yocelevsky y Luis Moulian. Tal como lo expresaran Tomas Moulian y María Angélica Illanes la década de los 60 constituyó un momento histórico donde los jóvenes irrumpieron con su especificidad en el espacio político. Ellos no se sentían representados por los partidos y las prácticas tradicionales de la política y buscaron referentes propios, donde el culto a la revolución y al cambio formaba parte de la cultura política que ellos supieron construir. Sin embargo, no solo no se sintieron representados, sino que vieron que el sistema de partidos no les daba a ellos cabida para hacer carrera política dentro de los mismos.

Según Yocelevsky “la evolución de la generación de jóvenes aspirantes a una carrera en la política en la década de los sesenta obedeció a los fenómenos ideológicos internacionales por una parte, y por otra, a sus perspectivas de ascenso y desarrollo dentro del sistema de partidos políticos”[55]. Los jóvenes que entraron a la DC, y que más tarde la quebraron eran “jóvenes de las clases medias con educación universitaria, por lo general formados en los partidos y movimientos que habían dominado en los años cincuenta, a través de ideologías nacionalistas y desarrollistas, y que encontraban sus carreras políticas obstruidas o retardadas por una generación que envejecía lentamente para sus intereses”[56].

De esta forma la ruptura de partidos en la década del 60 y la emergencia de nuevas colectividades tenía un elemento generacional muy importante. Aspiración de ascenso dentro de las elites políticas, así como búsqueda de nuevas prácticas y discursos que se hicieran cargo de las nuevas realidades y expectativas que el mundo contemporáneo les hacía visible. En este sentido, el quiebre de la DC puede ser entendido como un fracaso debido a que este partido también surgido bajo el mismo contexto diez años antes, no pudo darle cabida a los más jóvenes ni hacer eco de sus expectativas. Así lo expresa Luis Moulian cuando afirma que “el movimiento estudiantil, y de la juventud en general, pasa a un abierto rechazo del gobierno, porque no hizo una patria para los jóvenes como había prometido. Frei quedó con una gran deuda ante el movimiento juvenil. Hay que reconocer que el Presidente de la República fue sobrepasado por una serie de cambios, de los cuales no estaba en condiciones de ponerse a la vanguardia por su historia personal y sus concepciones políticas. Había un fuerte viraje de la juventud hacia concepciones revolucionarias y progresistas. Frei no se encontraba capacitado para entender la nueva dinámica de los jóvenes. Se había definido como alternativa a la Revolución Cubana y también contra el Che Guevara y las guerrillas. No era a mediados de su gobierno, con el proceso de derechización en marcha, un modelo a seguir para los jóvenes. Era un líder de distinto paño, demasiado tradicional. El movimiento juvenil no estaba para largos procesos de reformas: quería vivir y hacer la revolución”[57].

En ese clima la disonancia también alcanzó a un sector de la Juventud Demócrata Cristiana quienes dentro del partido comienzan una fuerte crítica a las políticas gubernamentales y tensionan la militancia en el seno mismo de la colectividad, donde dichos jóvenes son fuertemente atacados por traicionar los principios de la DC. Según Moulian en la Junta DC realizada en Peñaflor, Frei se refirió duramente a esos jóvenes[58] enfatizando que ellos “usaban un lenguaje marxista o filomarxista y que no respetaban la postura anticapitalista y antisocialista de la DC. Que veía una coincidencia entre la juventud del partido con las juventudes comunistas y socialistas”[59]. Estos enfrentamientos cubrieron parte importante de los años 68 y 69, hasta que las cercanías de las nuevas elecciones presidenciales y la coyuntura de la matanza ocurrida en Pampa Irigoin generó la salida de estos jóvenes del partido, liderados públicamente por algunos destacados militantes que también aspiraban a cambios más radicales[60] dentro del cristianismo.

Para otros autores como Jocelyn – Holt, este desencanto de la juventud, como elemento generacional, se entiende como otro fracaso más del proyecto DC. Según el historiador “Ya en la Junta Nacional de enero de 1968, Frei les pidió a los delegados definir si el partido estaba en el gobierno o en la oposición. Tanto la creación del MAPU en 1969 como eventualmente la Izquierda Cristiana en 1972, significaron pérdidas en varios sentidos, La escisiones favorecieron a la Unidad Popular, e implicaron la salida de los cuadros jóvenes del partido. Desde ese entonces hasta nuestros días la DC nunca ha vuelto a representar a las nuevas generaciones políticas…”[61].

Conflicto generacional de representación de intereses y de ascenso en la política, clima cultural donde la revolución se volvía hegemónica, más el conflicto electoral inminente de 1970, fueron los elementos coyunturales que explican el surgimiento del MAPU, analizado dentro de la ruptura de su partido madre: el Partido Demócrata Cristiano.

Sin embargo estas escasas menciones que más tarde sitúan al MAPU y su acción dentro de la UP como parte de las fuerzas rupturistas de la coalición, nos parecen insuficientes para entender lo particular de este partido. Creemos que el MAPU introduce nuevas formas de hacer política y constituye nuevas formas de articular una cultura política, que lo volvieron actor central en los procesos pos dictadura y de transición a la democracia, y los análisis anteriores no nos permiten acercarnos a la comprensión de este fenómeno. Lo que viene más adelante en esta investigación está orientado a comprender como se articuló esta cultura política desde su momento fundacional hasta el golpe de Estado de 1973.

NOTAS:

[22] Moulian, Tomás. “La forja de ilusiones: el sistema de partidos. 1932-1973”. 1993. P. 233

[23] op. Cit. P. 234.

[24] Illanes, María Angélica. “La batalla de la memoria”. 2002. P. 139.

[25] Hobsbawm, Eric. “Historia del Siglo XX”.Ed. Crítica, 1996.

[26] Moulian, Tomás. Op Cit. P. 237.

[27] Moulian, T. Op. Cit. P. 239.

[28] Moulian, T. Ibíd. P. 241.

[29] Moulian, T. Ibíd. P. 243.

[30] Moulian, T. Op Cit. P. 244

[31] Illanes, M. Op. Cit. P. 147.

[32] Jocelyn Holt, Alfredo. “El Chile perplejo. Del avanzar sin transar al transar sin parar”. 1998. P. 94.

[33] Jocelyn Holt, A. Op. Cit. P. 97

[34] La cursiva es del propio autor citado.

[35] Jocelyn Holt, A. Ibíd. P. 99

[36] Op. Cit. P. 100

[37] Op. Cit. P. 100.

[38] Moulian afirma que los teóricos de la dependencia “corrigieron las tentaciones historicistas-voluntaristas o “subjetivistas” para afirmar “la necesidad actual” del socialismo desde una lógica estructural. El objetivo de ese discurso antietapista consistió en demostrar que ya no había espacio ni condiciones de viabilidad en América Latina para un nuevo intento de modernización en el marco del capitalismo ni para una tercera vía”. Op. Cit. P. 250.

[39] Moulian, T. Op. Cit. P. 249.

[40] Corvalán M, Luis. “Los partidos políticos y el golpe del 11 de septiembre. Contribución al estudio del contexto histórico”. CESOC, Santiago, 2000.

[41] Arrate, Jorge y Rojas, Eduardo. “Memoria de la izquierda chilena”. Tomo 1. Ediciones B. Chile s.a. Santiago, 2003. PP. 430-431.

[42] Moulian, T. Ibíd. P. 252.

[43] Al respecto ver trabajos de Alvarez, Rolando. Por ejemplo. “Desde las sombras. Una historia de la clandestinidad comunista”. Ed. Lom, 2002. y tesis doctoral “La tarea de las tareas…” (Universidad de Chile, 2007. Inédita)

[44] Moulian, T. Op cit. PP 254-255

[45] Moulian, T. Ibíd. P. 256.

[46] Moulian, T. Op. Cit. P. 263.

[47] Illanes, María Angelica. Op cit. P. 151.

[48] Illanes, María Angélica. Op. Cit. P. 150.

[49] Illanes, M. A. Ibíd. P. 158.

[50] Excepciones a esta afirmación la constituyen dos tesis de pregrado de la Universidad Católica de Chile.

[51] Correa, Sofía et al. “Historia del siglo XX chileno”. Editorial Sudamericana. 2001. PP 256-257.

[52] Aquí hay una equivocación histórica. Jacques Chonchol pertenecía al sector de los terceristas.

[53] Coller, S. y Sater, W. “Historia de Chile…”. P. 227.

[54] Skidmore, Thomas y Smith, Peter. “Historia Contemporánea de América Latina”. Editorial Critica. Barcelona, 1996. P. 149.

[55] Yocelevsky, Ricardo. “Chile: partidos políticos…”. P. 60.

[56] Op. Cit. P. 61.

[57] Moulian, Luis y Guerra, Gloria. “Eduardo Frei (1911-1982) Biografía de un estadista utópico”. Editorial Sudaméricana. 2000. P. 171.

[58] Rodrigo Ambrosio, Enrique Correa y Juan Enrique Vega principalmente, como miembros de la directiva de la JDC.

[59] Moulian, Luis. Op. Cit. P. 172.

[60] Militantes como Jacques Chonchol, Julio Silva Solar, Alberto Jerez, Vicente Sota y Rafael Agustín Gumucio.

[61] Jocelyn Holt, Alfredo. “El Chile perplejo…”. P. 103.

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Chile: El MAPU, La seducción del poder y la juventud, C. Moyano (Primera Parte)…

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AMBROSIO1 (publicación de texto no definitivo o final de esta seria obra de la historiadora  C. Moyano)

Los años fundacionales (1969-1973) del partido-mito de nuestra transición”

Autora: Cristina Moyano Barahona.

Introducción

El comienzo de esta investigación histórica fue una interrogante que nació desde el presente. Y me refiero con ello no sólo al momento temporal en el que me surgió el cuestionamiento, sino que también por la validez de una problemática vigente.

Por razones de índole familiar, políticas y de interés intelectual, me comencé a cuestionar la problemática de las identidades políticas y su configuración histórica. En esa problemática descubrí en conversaciones cotidianas y en observaciones poco sistemáticas, como diversos actores sociales hacían mención a la existencia de un grupo “inorgánicamente político” que aparentemente tenía mucha vigencia e ingerencia en la construcción del proceso de transición a la democracia y en la administración del Estado, desde la década del 90 hasta ahora. Me refiero puntualmente a los ex – militantes del MAPU.

Una disputa ideológica y con algunos rasgos (que se fueron diluyendo) de academicismo, enfrentó al historiador Alfredo Jocelyn Holt con el sociológico Eugenio Tironi, en una epistolar discusión que tenía como problema de fondo una constatación del historiador referida a las redes de poder que tenía al MAPU en las primeras líneas de dirección no sólo de la política, sino que también, y en menor medida, en el mundo empresarial. Uno de los puntos más significativos de dicha propuesta, se puede graficar en la frase titular de la revista “Cosas” del año 2000, donde el historiador afirmaba que el Gobierno de Frei Ruiz Tagle era “un gobierno DC, dirigido por gente del MAPU”.

Sobre esa disputa, que me interesó muchísimo, nacieron mis primeras inquietudes académicas por tratar de dilucidar esta problemática que no sólo me aparecía como política sino que también histórica. ¿Cómo es posible que quienes militaron en un partido (y que se integraron en su mayoría a otras colectividades) desaparecido hace ya mas de 2 décadas, sigan siendo visibles, identificados con su militancia primera? ¿Qué volvía a los MAPU tan atractivos y tan fustigados con una imagen de secta de poder? ¿Por qué dentro de los actuales partidos, donde muchos de ellos se desenvuelven, siguen apareciendo como un grupo con conexiones, homogéneos, e incluso con relaciones transversales y diversas en lo ideológico? ¿Hay detrás de ellos una propuesta ideológica unitaria que los hace identificables o son más bien portadores de una cultura política particular configurada históricamente?

Mis intentos por dilucidar estas interrogantes se volcaron hacia el estudio histórico de la constitución de una cultura política particular. Paralelamente se agruparon en una gran pregunta o problema ¿Por qué los ex militantes del MAPU son aún visibles en tanto tales, aún cuando orgánicamente su referente espacial, temporal y de construcción narrativa, como lo fue el partido propiamente tal, dejó de existir hace ya más de 15 años? O dicho de otra forma ¿Cómo constituyeron una identidad tan particular y visible aún en nuestro presente, que ha trascendido a las estructuras partidarias clásicas y que sigue siendo visible especialmente para otros?

Mi apuesta hipotética es que el MAPU fue un partido generacional, muy compacto por el desarrollo histórico del mismo, que sin haber logrado nunca ser un partido de masas logró desarrollar importantes cuadros individuales. Éstos junto a los poderosos lazos sociales forjados en una historia común, que rompió con la pertenencia hacia el pasado, se tradujo en una especial y particular forma de entender y de hacer la política entre los años 69 y 73. El peso de esa historia compartida, en años tan complejos de la historia chilena, combinado con las formas que impusieron en la política (más como prácticas que como aporte ideológico), generó en sus militantes procesos de identificación tan poderosos, que aún cuando el partido haya desaparecido históricamente en el año 89, siguen existiendo, como señas de identidad en sus ex militantes. En suma podríamos hablar de la constitución de una cultura política MAPU que impregna cierta matriz identitaria en quienes participaron de ese proceso fundacional, que se superpone a las identidades partidarias vigentes y que ha construido un nuevo referente político en el Chile contemporáneo, superando las estructuras políticas partidistas.

Sin embargo, se vuelve imperioso aclarar que no estamos hablando de una entelequia o esencia del MAPU, como algo que se constituyó en un momento histórico y se ha mantenido inmutable en el tiempo, como podría pensarse a primera vista. Así queremos enfatizar que las identidades son mutables y se van construyendo incesantemente en el transcurso del tiempo, en espacios, ambientes y lenguajes o narraciones distintas. Sin embargo, existen núcleos de acontecimientos, que se constituyeron en espacios y tiempos específicos, que son más importantes en tanto aglutinadores y conformadores de ciertos elementos de identidad. Esta visión sólo se puede abordar desde una perspectiva histórica, en una visión de proceso mayor, aún cuando para el caso puntual hagamos énfasis en la genealogía del partido estudiado.

Serán entonces, a nuestro juicio, tres los momentos históricos cruciales que han configurado una cultura política MAPU: el primero de ellos, y del cual se hará cargo este estudio, es el momento fundacional. El segundo las vivencias de los militantes en el proceso de clandestinidad al interior de Chile, y como tercero, el exilio y el proceso de renovación socialista. Todos estos procesos históricos confluyen para explicar la pregunta que desde el presente se hace sobre la identidad y la cultura política de los MAPU.

Para lo que implica este trabajo abordaremos este momento fundacional, ya que creemos que los símbolos de identidad y de cultura política que permiten explicar la vigencia a la mirada de los otros, de los MAPUS en la realidad nacional actual, fueron más fuertes para los que recorrieron este proceso desde el inicio, que para los que entraron a dicha colectividad en los otros dos momentos mencionados con anterioridad.

De esta manera, el elemento generacional que asume la matriz identitaria del partido en el momento fundacional, no siguió un curso normal, si es que pudiera haber existido alguno, debido al impacto que generó en el sistema político en general el golpe de Estado de 1973. De esta forma, el golpe asestado contra la democracia ese 11 de septiembre, ayudó a cristalizar la identidad y la cultura política MAPU sin haber logrado institucionalizar la colectividad. El partido en cuestión fue arrojado rápidamente, y pese a su corta vida, a abandonar la vida partidaria normal y sumergirse en la clandestinidad, donde las identidades de todos los partidos políticos de oposición al régimen de facto, se confundieron en la gran caracterización y denominación de “opositores”, “upelientos perseguidos”, “marxistas” o “traidores”, según quien emitiera el juicio sobre los mismos.

Este elemento de homogeneización que comenzó a diferenciarse en los procesos de articulación para derrotar a la dictadura y en las distintas apuestas teóricas que sustentaron las prácticas; hizo que mientras los otros partidos opositores sumaban a su construcción política presente, su “historia” y una identidad forjada en años de lucha, que no sólo se retrotraía a los momentos cercanos a la U.P; los militantes del MAPU aportaban sólo una identidad donde el momento fundacional, como eje aglutinador de los lazos y redes sociales que sustentaron el proceso, se hizo muy importante. De allí la importancia que le entregamos en este estudio a ese momento histórico y su relación con la memoria sobre el mismo.

Para llegar a esta propuesta, decidí insertarme en las caudalosas aguas del estudio de las subjetividades colectivas e individuales y de la configuración de culturas políticas, donde no encontré un gran apoyo en estudios historiográficos. La mayoría de los estudios en esta disciplina, se refieren más a investigaciones sobre ideologías expresas, comportamientos electorales, alianzas y discursos sobre determinados ejes, tales como estrategias de lucha, tácticas y formas de conceptualizar y practicar el poder. Sin embargo, la vertiente subjetiva, aquella más volcada a las experiencias no ideológicas, sino que cotidianas, las redes sociales y las formas de construir los universos discursivos que configuran los marcos de acción que ayudan a formar identidades colectivas, visibles no sólo a quienes se sienten partícipes del grupo en cuestión sino que también visibles para los otros actores con quienes se comparten espacios, se lucha y se construyen alianzas y oposiciones, no han sido aparentemente elementos que hayan motivado a los historiadores.

Los universos discursivos que los sujetos construyen sobre su mundo, ayudan a la comprensión de los periodos históricos, ya que no solo dan cuenta de una “realidad aparentemente objetiva”, sino que la utilización de tal o cual lenguaje, determina la manera distintiva con que dicho sujeto o grupo comprende la realidad. El lenguaje como instrumento de comprensión y como herramienta de construcción a la vez, permite articular identidades particulares que vuelven a los sujetos visibles a sí mismos y a los demás. De esta forma, el estudio de las construcciones discursivas no sólo nos permite dar cuenta de esa “objetividad” o “materialidad” en la cual los sujetos actúan y pretenden cambiar, sino que también da cuenta de la constante articulación de nuevos mundos discursivos que reconstruyen nuevamente las realidades en las que están insertos.

En este marco, el pertenecer a una colectividad política no sólo daría cuenta de la adherencia a un discurso ideológico en particular, sino que también significa comenzar a formar parte de la construcción colectiva de una identidad, de la participación de redes sociales, de prácticas y formas de lucha que hacen al sujeto sentirse parte de un grupo que lo define en forma particular y que lo hace visible a los otros sujetos con quienes convive.

Dado lo anterior, la decisión de pertenecer a un partido político condiciona no sólo la forma de percibir el mundo y al discurso al que se adhiere sino que también permite construir una realidad en conjunto, hacer amigos, hacer familia, construir redes, que en el plano de la afectividad van dando sentido y un nuevo cariz a la vida individual y social. El sujeto y su vida se modifican a la luz de la militancia, así como el partido se construye a la luz de la vida de los sujetos.

De esta manera, la presente investigación aborda los elementos constitutivos de lo que entenderemos como cultura política de un partido, concepto que está compuesto por las formas de construir discursos políticos, la construcción de las auto y heteroimagenes, las prácticas políticas, las formas de organización y de lucha, las redes sociales y las formas de construir discursivamente las experiencias pasadas de vida.

Comprender la cultura política de este partido puede ayudarnos a complejizar los actuales análisis sobre las elites políticas. Nuestra transición a la democracia, con sus altos y bajos, sus aciertos y fracasos, no podría comprenderse si no escarbamos en las construcciones identitarias de los principales líderes que la dirigieron. Muchos de quienes son apuntados como los artífices de nuestra transición, militaron en esta tienda política, por lo que nos atreveríamos a decir que fueron sus imágenes sociales las que articularon una visión hegemónica sobre nuestra sociedad y sobre las cuales se pensaron y diseñaron las acciones de salida a la dictadura.

Los MAPUs se han venido constituyendo en los demonios de la Concertación, los negociadores y los lobbistas, los que abandonaron sus banderas para ‘venderse’ a las bondades de un mercado que antaño criticaban. Estas imágenes se hicieron mucho más potentes en el curso de la reciente elección presidencial que llevó a la Concertación a su cuarto gobierno. Se habló del fin de esa elite, ya que esos ‘héroes fatigados’ habían sido expulsados por un recambio político y ciudadano.

Más que una constatación sobre estas afirmaciones, esta investigación invita a pensar desde las identidades y las culturas políticas. Más que lapidar al Mapu y su vigencia, hay aquí una invitación a recorrer 5 años de su corta vida política. Si el Mapu está muerto o vivo, si resucitará al amparo de un Lagos recargado en el 2009 o verdaderamente las estructuras históricas de los partidos de la Concertación abortaron su forma de existencia, no son cuestiones que podremos resolver como analistas. Pero ante las preguntas sólo una sugerencia, unidos o dispersos la elite fundadora del Mapu encontró formas de sobrevivencia innovadoras, que habiendo molestado a los militantes históricos y su propia meritocracia, han logrado mantener su identidad pese a los golpes recibidos. Si en el 73 se levantó después del quiebre, si resintió la dictadura con dos escisiones y nuevas fusiones, ¿quién puede augurar su muerte definitiva? ¿será esta una expresión posmoderna de una política en crisis?

Capítulo 1:

Tres consideraciones teóricas: subjetividad, memoria y cultura política

Subjetividad.

El gran cientista político fallecido hace unos años atrás, Norbert Lechner, hacía un llamado en sus escritos a volcar las miradas y los estudios sociales hacia la comprensión de la vertiente subjetiva de la política. Según dicho autor, el acercamiento a este aspecto, controvertido y poco estudiado, era necesario no sólo para comprender el funcionamiento del sistema político en sí mismo, sino que las percepciones que de la política tiene el común de las personas y las valoraciones, construcciones simbólicas y apropiaciones afectivas que de dichos universos subjetivos hacen los sujetos en su vida cotidiana.

Haciéndonos eco de este llamado, creemos que los estudios sobre subjetividades políticas son importantes también para comprender el funcionamiento del sistema de partidos, en especial para indagar en las particularidades que hacen atractivo a cada uno de ellos más allá del mero enunciado de sus ideales programáticos.

Si entendemos por política las formas de construcción del orden deseado por una colectividad y por los sujetos que forman parte de ella, la subjetividad es inherente a la misma. Los discursos sobre los distintos órdenes deseados, la formas de articulación del poder y los significados que en esta construcción juegan los actores de carne y hueso, no son sólo una técnica de administración, sino que son una creación simbólica y significativa, que pone en discusión el lugar que cada sujeto quiere, desea y puede ocupar en el nuevo orden por el cual lucha, actúa, se moviliza, en suma, por el cual vive.

Por este motivo los discursos programáticos de los partidos dan cuenta de la construcción de estos universos simbólicos sobre los cuales comprenden, o al menos intentan comprender, la realidad en la cual están insertos y que desean mantener o cambiar. De esta forma, la administración de la política por un grupo en particular no debe ser sólo analizada en tanto impacto de políticas públicas, sino que también en tanto apropiación afectiva de sus receptores, que al no ser pasivos, resignifican las acciones y modifican conductas, alterando siempre las delicadas y múltiples redes de poder.

Las suposiciones anteriores, sin embargo, sólo tienen validez si estimamos, como afirma Lechner[1] que la política tiene un carácter constructivista, es decir, que es la herramienta que nos permite construir sociedad. Sólo allí la subjetividad social ofrece las motivaciones que alimentan el proceso de construcción simbólica y valórica de lo social.

En este contexto el volcarse hacia lo subjetivo no significa renunciar al afán de comprensión global, no significa el querer crear discursos falsos o irreales, sino que aspirar a abrir una nueva luz en la comprensión de los sujetos sociales y sus universos. De esta manera, cuando estudiamos un partido político debemos partir de la premisa de que éste está compuesto por sujetos activos, que sienten, que valoran y que cambian en el transcurso de la historia, herederos de un pasado y constructores de un futuro. Son la fuerza de la historia, y olvidar esta vertiente significa renunciar a la comprensión más profunda del pasado. Un partido político entonces, no es sólo una estructura, sino que es un colectivo y como tal compuesto de sujetos – actores que construyen su historia presente, haciendo eco de un pasado conjunto y que proyectan sus visiones de futuro en la lucha política electoral, administrativa, valórica e ideológica.

Lechner afirma que “las experiencias pasadas, sean rutinas inertes o acontecimientos extraordinarios, nos fijan los objetivos que ambicionamos. Por el otro, expuestos a un futuro inédito, somos llevados a buscar en el pasado las lecciones que ayuden a comprenderlo.”[2] De esta forma la concatenación temporal del pasado-presente-futuro, constitutiva de la concepción moderna de la historia, tiene como vector de dirección elementos subjetivos que motivan a los sujetos a su acción, ya sea de manera individual o de manera colectiva. Son esos elementos subjetivos racionalizados en las acciones colectivas los que han estado ausentes en los estudios de la teoría política contemporánea y de las ciencias sociales en general, por cuanto se ha tendido a fomentar un proceso de des-subjetivización.

Una política que no da cuenta de los deseos, ansiedades y dudas de las personas, corre el peligro de caer en la denominada “crisis de representación”, es decir, una crisis que se caracteriza por estar constituida de discursos y acciones vacías, alejadas del sentir popular, del sentir colectivo, que no representa nuestros anhelos y que por lo mismo, pierde el sentido de su ser. Según Lechner, “la brecha que se abre entre sociedad y política tiene que ver con las dificultades de acoger y procesar la subjetividad. Esta no es una materia prima anterior a la vida social; es una construcción cultural. Depende pues del modo en que se organiza la sociedad, y en especial, del modo en que la política moldea esa organización social”[3].

Para Zygmunt Bauman, coincidentemente con Lechner, el problema no es sólo metodológico sino que político, en tanto acción. Para dicho autor, la política en la actualidad no sólo no da cuenta de las subjetividades, sino que se ha constituido sobre la negación de la representatividad de nuestros anhelos y las promesas incumplidas. En líneas generales, el incremento de la libertad individual puede coincidir con el incremento de la impotencia colectiva, en tanto los puentes entre la vida pública y la vida privada están desmantelados o ni siquiera fueron construidos alguna vez; o para expresarlo de otro modo, en tanto no existe una forma fácil ni obvia de traducir las preocupaciones privadas en temas públicos e, inversamente, de discernir en las preocupaciones privadas temas de preocupación pública. Y en tanto que, en nuestra clase de sociedad los puentes entre ambas dimensiones están cortados, o desaparecieron abiertamente, lo público y lo privado se vuelven antagónicos, incomprensibles entre sí y diferenciados. De esta forma, los agravios privados, los problemas cotidianos, al estar los puentes cortados, no se convierten en causas colectivas[4].

Esta interpretación sirve para entender el descontento, el desánimo y la incredulidad que numerosas encuestas y estudios, más o menos serios de nuestro país, dan cuenta de una transformación de la identidad chilena. Se opone a la imagen de una sociedad politizada, participativa y con proyectos globales como la chilena de las décadas de los 60 y 70, una sociedad incrédula, individualista, desconfiada y pesimista de los años 90 – 2000. Algunos analistas sociales culpan de la transformación a la dictadura militar de los años 70-80. Sin embargo, las transformaciones parecieran ser, según Bauman, más complejas, más globales y menos locales. En otras palabras, podríamos entender a la dictadura militar como un factor que aceleró en Chile un proceso de transformación de la política que hoy parece ser característico de la sociedad mundial – global. Sin embargo lo que no podemos desconocer es que la política actual poco tiene que ver con la de antaño y más aún, a pesar de una permanencia de los actores los discursos han cambiado, para volverse vacíos, televisivos y de corto impacto.

Así, la configuración de los universos de lo deseable, de lo anhelable, de lo justo, de lo ético y de lo bueno, son construcciones culturales simbólicas que dan cuenta de las relaciones de poder sobre las cuales se fundamentan, se constituyen, cambian y se descomponen. Dichas relaciones de poder son por ende, relaciones de política. Política de lo cotidiano, política de la vida diaria, que nutre los discursos públicos y viceversa.

De esta forma cuando un partido político convoca a la militancia a sus adeptos y el colectivo es capaz de construir señas de identidad social, es un partido que ha logrado unir los elementos de la subjetividad individual y colectiva y hacerla eco en un discurso público coherente y atractivo. Es un partido que impregna lo cotidiano porque da cuenta de lo cotidiano, pero a su vez, da sentido a las mismas acciones con ambiciones de trascendentalidad y cambio, en el fin último de la política, la búsqueda del poder.

De esta manera, cuando la estructura partidaria desaparece, y el imaginario colectivo sigue haciendo referencia a la existencia del “partido – inexistente”, podríamos estar en presencia de una nueva forma de organización política que ya no necesita de la estructura tradicional de funcionamiento, sino que sus líderes, militantes y adeptos llevan el partido en su subjetividad, en sus acciones cotidianas, que pueden desarrollarse aún dentro de otros partidos políticos. El reconocimiento de estos actores-enclaves es sustancial para nuestra interpretación de lo que entenderemos como cultura política del MAPU.

Los sujetos y sus discursos e imaginarios, por lo tanto, se hacen más necesarios de estudiar, por cuanto la estructura legal ya no existe y no se articula, como tradicionalmente se supone lo hacen los partidos políticos tradicionales[5]. El partido está en cada uno de los sujetos, aún cuando éstos ni siquiera estén juntos, porque dicho partido más que discurso ideológico fue constructor de una identidad colectiva, donde el individuo explica y entiende su vida cotidiana y política.

Así el sujeto no “es una unidad cerrada, como postulan las vías inductiva y deductiva, sino abierta (disparatada, contradictoria). La transducción se mueve en el elemento de la unidad, pero de una unidad problemática.”[6] Individuo considerado como “frontera topocronológica que divide el universo en dos zonas: una interior/ pasado (la parte del universo ya incorporada) y un exterior/futuro (la parte del universo por incorporar)[7]. Individuo depositario y constructor de historia, entendido éste como el ser que aglutina en su interior lo pasado y lo futuro, en tanto vivencia y proyecto.

La consideración del sujeto como unidad topocronológica, sugiere sin embargo una problemática de acercamiento metodológico y epistemológico a la vez. Si el observador es sujeto/individuo que intenta observar/comprender a otro sujeto/individuo como universo independiente y distinto, debe negarse a sí mismo en tanto observador/activo. “Esta escisión pone una disparación o una contradicción en el corazón del universo: el mundo es indudablemente sí mismo (esto es, idéntico a sí mismo), pero en cualquier intento de verse a sí mismo como objeto, debe también, indudablemente, actuar de modo que se haga a sí mismo distinto, y por tanto, falso a sí mismo. En estas condiciones siempre se eludirá parcialmente a sí mismo”[8].

Esta disyuntiva quizá pueda resolverse a través de darle validez a la subjetividad inherente a cada sujeto, que al interrelacionarse se vuelve intersubjetiva y plausible de aprehender como “objeto” de análisis social. Lograr simular mediante la acción simbólica y lingüística universos construidos y vividos en la simultaneidad del relato, permite asir la realidad pasada intersubjetivamente sin necesidad de que esta reconstrucción sea intrínsecamente “falsa”.

Según Ibañez el sujeto actual es un sujeto reflexivo, “pues tiene que doblar la observación del objeto con la observación de su observación del objeto (medida cuántica). El sujeto y el objeto son efectos del orden simbólico: el sujeto está sujetado y el objeto objetivado, por el orden simbólico”.[9] La estructura de este orden simbólico, sin embargo, no es inmutable sino que histórica en tanto construcción cultural. Es en dicho orden donde las funciones de arquetipo ideal o imaginario dan las coordenadas de nuestra situación y de nuestro futuro.

En el cambio o en las mutaciones permanentes del orden simbólico donde se sitúa y construye a sí mismo el sujeto, se cruzan según Ibañez dos movimientos “un movimiento de represión que produce el desvanecimiento del sujeto (que pierde su profundidad vertical, para quedar aplanado en la horizontalidad superficial del intercambio); y un movimiento de retorno a lo reprimido (del sujeto de la enunciación). Se puede hacer coincidir el primer movimiento con la modernidad, y el segundo – que actúa ya en la modernidad – con la posmodernidad” [10].

Es el sujeto de la enunciación el que nos interesa, en cuanto es en él donde prima la subjetividad, en tanto análisis social plausible. “El sujeto de la enunciación no se resigna a perder lo bello, lo bueno, lo verdadero. Reivindica equivalentes de valor que sean, otra vez, unidad de medida y tesoro. El movimiento que desemboca en el formalismo reivindica la unidad de medida. Es el retorno de los reprimidos en el objeto y en el sujeto. No hay cobertura en la horizontal de la circulación: la hay en la vertical, arriba está el ideal, abajo está el tesoro”[11]

Lo real, aparece de esta forma, en la perspectiva del sujeto como interioridad experencial. Nuestro tesoro sólo es alcanzable a través de la memoria, en tanto ésta permite dar cuenta de las construcciones simbólicas y de valor que dan coherencia a los universos colectivos. Según Subercaseaux, se trata de “realzar el proceso de constitución y autonomía del sujeto, sin desconocer los determinismos sociales, pero focalizando el análisis en ese espacio en que el sujeto llega a ser y en que se manifiesta o representa su autonomía. En este proceso el “yo” interactúa con el mundo externo. El sujeto se constituye y es modificado en diálogo continuo con el otro, con las formaciones discursivas y con los mundos culturales exteriores”. [12]

El diálogo continuo de la multiplicidad de sujetos individuales (yo) no debe ser considerado en los análisis sociales en tanto individualidad pura, sino que en tanto contacto trans-cultural con otros sujetos. De allí la validez historiográfica de los relatos, de las memorias que dan cuenta de las subjetividades individuales y colectivas. De esta manera, la noción de sujeto histórico apunta “a un sujeto colectivo compacto, a un conjunto de “yoes”, que se proyectan e interactúan en lo político y cultural. Cuando nos referimos a un sujeto colectivo, al usar la voz sujeto, en lugar por ejemplo, de hablar simplemente de “sector social”, estamos implicando que tiene conciencia de sí”[13]. O dicho en otros términos, estamos hablando de sujetos con identidad.

“En estos usos el espacio semántico del “yo” pareciera que se disuelve, o se presupone plegado a un sujeto preconstituido, o en algunos casos, cooptado por la dimensión de lo político y lo social. Sin embargo, la dimensión político-social implica siempre una elección de valores y una acción dentro de un repertorio posible de opciones. Se trata, por ende, de un espacio en que opera la autonomía del sujeto, desde el “yo”, pues es desde allí desde donde se elige y actúa. Y es desde allí también que se pliega o no a un determinado discurso y a un conjunto de valores” [14]

Ese es el espacio donde la subjetividad opera, donde las acciones adquieren su sentido y significado más profundo. La articulación de la tensión operativa entre el mundo individual, el “yo”, y el mundo colectivo del cual formo parte, los “yoes”, nutre la subjetividad política de los actores. Es en esta tensión donde las decisiones valóricas, de militancia, de hacerse y sentirse parte de un discurso y de una acción cobran la relevancia de la que queremos dar cuenta en este estudio.

Tensión que existe también en la relación histórica de pasado – presente y futuro, ya que cada sujeto llega cargado de una herencia cultural propia, que configura su existencia del presente, y sobre el cual se articularán las opciones de futuro. Sin embargo, si bien ese pasado no es determinante, tampoco es fútil. Por esa razón el sujeto activo debe ser considerado siempre un sujeto topocronológico, ya que las interrelaciones temporales para este estudio serán muy relevantes en la configuración de una particular cultura política.

Los mundos de los cuales los sujetos provienen, sus círculos sociales, sus experiencias pasadas, los hacen sentirse más cerca o más lejos de otros sujetos con quienes pueden compartir o no dichos universos simbólicos y significantes. El presente por su parte, será comprendido a la luz de esa experiencia pasada. Sin embargo las nuevas vivencias interrelacionadas, van a la vez configurando las opciones de futuro, la nueva relectura del mundo social, la construcción de nuevos universos discursivos, que van reinterpretando mi pasado, pero que van guiando mi futuro. Aquí se constituye entonces, una determinada cultura política.

Lechner afirmaba, “los temores al futuro nacen en el pasado. Y los sueños de futuro nos hablan de las promesas incumplidas del pasado; lo que pudo ser y no fue. De lo que hemos perdido y de lo que no debía haber sucedido. Hacer memoria es actualizar nuestras experiencias”[15]. Así memoria y subjetividad están interrelacionadas, por cuanto la primera no sólo se constituye en herramienta para excavar en las subjetividades, sino que es parte constitutiva de la misma subjetividad.

Cultura política como síntesis comprensiva.

Finalmente, uno de los últimos conceptos ancla de esta investigación lo constituye el de “cultura política”, sobre el cual a diferencia de lo referido a la memoria no existe una sistematización muy acabada. La principal fuente de teoría sobre este tópico se encuentra en la ciencia política, en la sociología y en algunos estudios de antropología, y en ninguno de ellos se encuentra una definición exhaustiva sobre el mismo. Generalmente se habla y se da por entendido el concepto “cultura política”, abarcando ejes tan dispares como “formas de hacer política” hasta la “producción de universos simbólicos y discursivos”.

Por su parte la aplicación historiográfica es casi inexistente. Aparte de los estudios de Ana María Stuven quien utiliza una definición bastante somera para referirse a la cultura política de la elite chilena en el proceso de construcción de nación, no encontramos otros estudios más acabados de los mismos[16]. Uno de ellos, quizá rozando el concepto, pero sin utilizarlo propiamente tal, sea el de Julio Pinto y Verónica Valdivia, quienes en “Revolución proletaria o querida chusma…” se acercan a la producción de significado y de apropiación que los discursos y la expresión en prácticas políticas determinadas, generaron las propuestas socialistas de Recabarren y el populismo alessandrista[17].

La escasa sistematización conceptual de los estudios historiográficos monográficos sobre algún partido o movimiento, ha hecho primar la atención en los aspectos más visibles de la constitución y actuación de los mismos, obviando los efectos subjetivos que la participación, la producción de significados y representación, generan en los militantes y en los no militantes en un determinado tiempo histórico.

Para este estudio cultura política constituirá un eje central en el análisis, porque será el concepto que nos permitirá interrelacionar las variables objetivas (número de militantes, discursos, votos, escritos de prensa) con aquellas variables subjetivas de apropiación de significados, producción de sentidos, construcción de mapas mentales y cognitivos que sitúen a los actores en la lucha por la construcción de un determinado orden social.

De esta forma cultura política será la forma en que un movimiento entiende la actuación política y simbólica de sus miembros, dentro de la construcción de un orden social determinado, la significación que realizan de su actuación, las luchas por la búsqueda de las hegemonías del recuerdo y del presente, la direccionalidad que le entregan a la acción y las lecturas que hacen de ella, las redes sociales que articulan sus relaciones, en suma, la forma en que contruyen de una identidad partidaria forjada en la vida cotidiana misma.

Para esto será necesario tratar de esbozar los mapas mentales que los actores construyeron durante el período en estudio, para entender espacial y temporalmente las significaciones que desde la memoria realizan de los mismos. Entenderemos por mapa mental la forma que tienen los sujetos para representar una determinada realidad social, para hacer inteligible la misma en la relación temporal de los tres tiempos históricos.

Según Lechner “hay distintas maneras de mirar y sentir cada uno de los tres tiempos y, en particular, de anudar los hilos, tenues o gruesos, entre ellos. Y de esa delicada trama depende finalmente la construcción del orden social y su sentido. Nuestro modo de vivir el orden social tiene que ver con la forma en que situamos al presente en la tensión entre pasado y futuro”[18].

En dichos mapas se encontrarán presentes los horizontes de lo político (los límites geográficos entre lo que se considera político y lo que no lo es), las utopías, los anhelos, las formas de entender el poder y las relaciones sociales dentro del mismo. La forma de simbolizar y de textualizar las acciones con sus significados y las formas de nominar el orden social.

La construcción del orden está íntimamente ligada a la producción social del espacio y del tiempo. Por un lado, el orden es creado mediante la delimitación de su entorno, estableciendo un límite entre inclusión y exclusión. No hay orden social y político sin fronteras que separen un nosotros de los otros. Aún más, la noción de orden modela la idea del espacio.

Dentro de este contexto la reformulación de los códigos interpretativos, el manejo de nuestros miedos, el trabajo de hacer memoria, son facetas de la subjetividad social, abarcando tanto los afectos y las emociones como los universos simbólicos e imaginarios colectivos. La politicidad de estos elementos se manifiesta en una doble relación: como formas de experiencia cotidiana que inciden sobre la calidad de la democracia y, a la vez, como expresión de la sociedad que es construida por la política.

Un estudio de cultura política debe volcar su mirada a la vida cotidiana que los militantes realizan durante un período en cuestión, por cuanto, ella ayuda a revisar los procesos de apropiación simbólica de los discursos y de las acciones mismas. Según Lechner “al tomar una parte de nuestra vida como lo normal y natural estamos elaborando cierto esquema de interpretación para concebir los otros aspectos de nuestra vida. Definiendo un conjunto de actividades como cotidianas, estamos definiendo ciertos criterios de normalidad con los cuáles percibimos y evaluamos lo anormal, es decir, lo nuevo y lo extraordinario, lo problemático. Tal vez el aspecto más relevante de la vida cotidiana es la producción y reproducción de aquellas certezas básicas sin las cuáles no sabríamos discernir las nuevas situaciones ni decidir qué hacer. Para un animal de instintos polivalentes como el ser humano, crear esta base de estabilidad y certidumbre es una experiencia indispensable, requiere un ámbito de seguridad para enfrentar los riesgos de una vida no predeterminada. Enfrentando a un futuro abierto recurre a un mundo familiar donde encontrar los motivos “por qué” que le permitan determinar el “para qué”[19].

Qué es lo político para unos y cómo se pone en práctica, hasta dónde llega el partido y hasta dónde llega el militante, cómo me apropio del discurso de acción en mi vida privada y cómo se crean y entrecruzan las nuevas y antiguas redes sociales, son elementos que forman parte de la vida cotidiana y también por ende de la cultura política de un grupo en particular. “Cada grupo social concibe su vida diaria en referencia, tácita o explícita, a otros grupos, asimilando o modificando, aspirando o rechazando lo que entiende por la vida cotidiana de aquellos. Encontramos pues diferentes vidas cotidianas, determinadas por el contexto en que se desarrollan los distintos grupos. La vida cotidiana es un ámbito acotado, pero no aislado. Sólo en relación a la totalidad social y, específicamente, a la estructura de dominación, puede ser aprehendida la significación de la vida diaria en tanto “cara oculta” de la vida social”[20].

La vida cotidiana de los años 60 y 70 fue particularmente especial, según cierto consenso historiográfico que enfatiza que en dicha época existió una gran polarización y discusión política que los actores vivenciaban a diario. Todos parecen coincidir que en esos años, lo político se volvió precisamente cotidiano y marcó a generaciones, sobre todo a los jóvenes, en la comprensión de un mundo donde las relaciones políticas y de poder sistematizadas en discursos, movimientos y prácticas políticas construían la identidad particular y colectiva de los mismos. Por esa razón obviar la producción subjetiva de las prácticas políticas cotidianas y los lazos afectivos de la acción, parece absurdo al momento de querer adentrarnos en las arenas de la comprensión de una cultura política particular como lo fue la del Mapu durante esos años (69 al 73).

De esta forma, estudiar a un partido desde lo cotidiano implica considerar el cruce de las relaciones entre los procesos micro y macro sociales. “En lugar de reducir los procesos microsociales al plano del individuo (en contraposición a la sociedad), habría que visualizar la vida cotidiana como una cristalización de las contradicciones sociales que nos permiten explorar la textura celular de la sociedad de algunos elementos constitutivos de los procesos macrosociales. Desde este campo de análisis de los contextos en los cuales diferentes experiencias particulares llegan a reconocerse en identidades colectivas. Ello remite, por otro lado, a la relación entre la práctica concreta de los hombres y su objetivación en determinadas condiciones de vida. En lugar de reducir la vida cotidiana a los hábitos reproductivos de la desigualdad social (Bourdieu), habría que señalar igualmente cómo a raíz de la vivencia subjetiva de esa desigualdad estructural, las prácticas cotidianas producen (transforman) las condiciones de vida objetivas. Vista así, la vida cotidiana se ofrece como un lugar privilegiado para estudiar, según una feliz expresión de Sartre, lo que el hombre hace con lo que han hecho de él”[21].

La memoria, la vida cotidiana y la cultura política como síntesis comprensiva, son tres elementos que van de la mano en esta investigación que quiere adentrarse en la aguas de la producción simbólica y subjetiva, para comprender la vigencia de un movimiento que en la actualidad, sin tener estructura formal sigue influyendo y es reconocido por otros actores como parte importante en las luchas por el poder político. Las claves, creemos, están en la genealogía misma del partido, en la cultura política que en el momento fundacional contrapuso a jóvenes y viejos, antiguos y nuevos discursos, acciones y símbolos de poder, marxismo y cristianismo, gradualidad y revolución, ideología y pragmatismo, que marcaron la forma de hacer política de sus militantes desde los dirigentes hasta sus bases. La participación militante de los miembros de este partido ha configurado históricamente una cultura política particular, que a nuestro juicio tiene tres momentos sustanciales: el período fundacional, la clandestinidad y el proceso de renovación socialista, y por último el retorno a la democracia en los años 89-90. Sin embargo, a pesar de creer que los tres momentos mencionados son importantes, esta investigación sólo ahondará, por razones metodológicas el primer período, dejando para investigaciones posteriores los otros momentos históricos en la configuración de la cultura política Mapu.

Las razones para anclar este estudio particularmente en el período de formación, son básicamente la existencia de varias tensiones puntuales, que a nuestro juicio tuvieron expresión sólo en el período fundacional (de allí su importancia histórica). Dichas tensiones son las siguientes:

1. Existencia de dos formas de hacer política sintetizada en la pugna juventud versus antigua escuela. El Mapu vivenciará durante los años de su formación una fuerte pugna por el control del partido que contrapone dos formas o concepciones de entender y practicar la política. Una es la vigorosa, nueva y fuerte forma que traen los jóvenes y la otra, la clásica y un tanto desprestigiada forma de hacer política que tenían los viejos cuadros provenientes de la D.C. De esta forma se da en el Mapu una tensión generacional, donde el grupo más joven terminará por hegemonizar el partido y darle un cariz distintivo.

2. De la tensión anterior aparecerá una característica muy importante de considerar en este partido, que tiene relación con las particulares formas que tendrán estos jóvenes de relacionarse entre sí y con los círculos de poder. Muchos jóvenes militantes, estudiantes universitarios, profesionales recién egresados, estudiantes de enseñanza media, pobladores y trabajadores jóvenes participarán del proyecto político de la U.P imprimiéndole un sello especial de ímpetu juvenil, pero generando una identidad particular en los miembros mismos. Ellos se hicieron políticos en la cúspide del poder administrativo del Estado. Esta característica no la ha tenido ningún otro partido político en Chile.

3. Existencia de una compleja combinación entre la teoría marxista y una vertiente del cristianismo social que hacía de la propuesta del Mapu una apuesta novedosa, heterodoxa y con cierta cercanía a grupos de jóvenes de clase media y acomodada donde se mezclaba el mesianismo redentor, el materialismo histórico, la lucha de clases, el concepto de revolución y el paternalismo.

4. Otra de las tensiones que cruzará, no sólo al Mapu sino que al espectro político general de izquierda y centro, tiene que ver con la relación entre cambio gradual y revolución. Si bien, la mayoría del partido abogaba por un cambio revolucionario, los tiempos de la revolución y la evaluación de sus costos, también se encontraron supeditados a la disputa generacional y posteriormente entre gradualistas-aliancistas y revolucionarios-rupturistas. Será en esta última tensión donde dos concepciones del poder y la forma de alcanzarlo, terminen jalonando al Mapu hacia la división en el año 1972 entre Mapu-OC y Mapu-Garretón, contraponiendo dos formas de cultura política que se unirán posteriormente en el proceso de renovación socialista y el retorno a la democracia.

Especificadas las tensiones descritas más arriba, es que creemos que el período fundacional merece una especial atención, sobre todo en lo que respecta a la configuración de una cultura política partidaria especial que identificó y aún hace visibles a sus ex militantes como miembros de un colectivo estructuralmente inexistente pero subjetivamente vivo.


NOTAS

 

[1] Lechner, Norbert. “Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política”. 2002. Pág.8

[2] Lechner, Norbert. Opus cit. Pág.9

[3] Lechner, N. Ibíd. Pág. 12

[4] Bauman, Zigmunt. “En busca de la política”. F.C.E. México 2000.

[5] Sobre una tipología y estructura básica de los partidos tradicionales y no tradicionales, ver Duverger, Maurice. “Los partidos políticos”. Fondo Cultura Económica, 1996.(Décimo quinta edición).

Para este autor los partidos, para poder recibir esta nominación, debe no ser solo una comunidad solidaria de pares y dirigentes, sino que una estructura que tienda a la permanencia, con un orden interno, con diferenciaciones y tipos especiales de militancia, que la hagan permanente e identificable en el tiempo, sin importar el aporte específico que realice cada uno de sus miembros.

En el estudio de Duverger no aparece la variable subjetiva, ya que para el autor el partido es una estructura conformada en la coyuntura pero con visión de proyecto de trascendencia, en tanto destinada a formar parte de los tiempos de larga duración.

[6] Ibañez, Jesús. “El regreso del sujeto. La investigación social de segundo orden”. Santiago, 1991. Pág. 24.

[7] Ibañez, Jesús. Opus cit.

[8] Ibañez, Jesus. Opus cit. Pág. 26.

[9] Ibañez, Jesus. Ibíd. Págs. 28-29.

[10] Ibañez, Jesús. Ibíd. Pág. 86.

[11] Ibañez, Jesús. Opus cit. Pág. 89.

[12] Subercaseaux, Bernardo. “La constitución del sujeto: de lo singular a lo colectivo” en Identidades y sujetos. Para una discusión latinoamericana”. Universidad de Chile. Santiago, 2002.

[13] Subercaseaux, Bernardo. Opus cit. Págs. 131-132.

[14] Subercaseaux, Bernardo. Ibíd. Págs. 131-132.

[15] Lechner, Norbert. “Las sombras del mañana…” Pág. 10.

[16] Stuven, Ana María. “La seducción de un orden. Las elites y la construcción de Chile en las polémicas culturales y políticas del siglo XIX”. Ediciones Universidad Católica de Chile. Santiago, 2000.

La definición que utiliza la autora de cultura política es la siguiente: “La cultura política incluye los valores, creencias y símbolos que definen la situación en la cual se desarrolla la acción política. Ocupa, en otras palabras, el ámbito subjetivo de la política”. Pág.19.

[17] Cabe destacar que el concepto que utilizan los autores y que puede ser asimilable, con diferencias por cierto, es el de politización. Según ellos, “Adoptando un marco más restringido, aquí se hablará de politización sólo para hacer referencia a cuatro fenómenos contenidos dentro del ámbito más amplio de la cuestión social: 1) una formulación discursiva, difundida desde distintos sectores sociales, sobre el lugar que le correspondía ocupar al pueblo trabajador dentro del conjunto del cuerpo social; 2) la articulación orgánica de las demandas populares a través de referentes creados o adaptados expresamente para tal propósito, incluyendo asociaciones de diverso tipo, partidos políticos y comicios electorales; 3) la elaboración de propuestas programáticas destinadas a levantar un diagnóstico y diseñar soluciones para los principales males sociales; y 4) la reivindicación de un principio de ciudadanía popular, entendiendo por tal el derecho de los sectores obreros a participar en la discusión e implementación de aquellas decisiones que afectan a toda la sociedad, y por tanto a ellos mismos. En la medida que una propuesta o movimiento orientado hacia los trabajadores o nacido a partir de ellos reúna esos cuatro componentes, podrá sostenerse que se está en presencia de una politización del mundo popular, al menos dentro de los márgenes aquí definidos”. Pág. 10.

Pinto, Julio y Valdivia, Verónica. “¿Revolución proletaria o querida chusma. Socialismo y Alessandrismo en la pugna por la politización pampina (1911-1932)”. Ediciones Lom, 2001.

De esta forma en el concepto de politización están presentes los elementos de apropiación afectiva y activa de los discursos, también presente en el concepto de cultura política. Sin embargo la gran diferencia, es la importancia que tiene para éste último concepto los universos de orden social que constituyen los mismos discursos en la construcción de identidades colectivas.

[18] Lechner, Norbert. “Sombras del mañana…” Pág. 63.

[19] Lechner, Norbert. “Los patios interiores de la democracia. Subjetividad y política”. Flacso, 1988. Página 57.

[20] Lechner, Norbert. Opus cit. Pág. 63-64.

[21] Lechner, Norbert. Opus cit. Pág. 65-66.

Chile: Fernando Flores, el gran “travesti” de la política chilena…

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Jueves 13.03.08

Entrevista a Fernando Flores Por Giglia Vaccani y Manuel Salazar / La Nación Domingo

Fernando Flores se reinventa

Loco por el cambio

En los primeros años de la década de los 90 había acumulado dinero (la revista “Fortune” lo calculó en unos 40 millones de dólares), prestigio y decenas de consultorías en varios continentes. Cultivó también nuevas amistades en las redes de influencia, un célebre mal carácter y una vanidad exacerbada.

Todo empezó en una barraca, en la barraca de su madre, a fines de los años 50, en Talca, cuando ella le explicó la lógica que hacía funcionar aquel taller de maderas. En ese momento, Fernando Flores Labra pensó que su futuro estaba en la ingeniería industrial. Y de allí saltó a la informática y a la computación, a la filosofía del lenguaje, a las teorías para ordenar la producción, al éxito económico y a la arena política, donde se ha movido entre el bacheletismo y el piñerismo con tanta serenidad como frialdad.

Por estos días, Flores se ha vuelto actor principal entre los reclamos de sus amigos concertacionistas y los periodistas. Hombre temperamental, varios son los reporteros que cuentan como anécdota los ataques de ira y las amenazas de despido que él lanza cuando lo hacen navegar por aguas turbulentas. Como le pasó a Gustavo Manén, periodista de CNN, a quien Flores amenazó choreado por las reiteradas preguntas de su nuevo rol de salvavidas del piñerismo.

Pero antes que Manén, otros y más famosos periodistas se han sumado a la lista de vetados. Una de sus primeras víctimas fue la guapa Ximena Torres Cautivo. Corría abril de 2000. La periodista de larga cabellera llevaba poco tiempo como parte del equipo de la revista "El Sábado", de "El Mercurio", cuando salió de la reunión de pauta entusiasmada con su tema para la semana: un reportaje sobre los millonarios seminarios para emprendedores; furor en la época y que realizaba un tal Fernando Flores.

El objetivo era conocer el intenso quehacer del ingeniero especialista en tecnología, incluyendo su novedoso método educacional que lanzó a la fama al Colegio Altamira. "Incluso tenía hasta concertada una entrevista con su señora (Gloria Letelier)", recuerda la periodista que en eso estaba cuando logró, por fin, acceder durante una mañana al salón donde Flores impartía el famoso taller de estímulo para profesionales exitosos. Y muy exitosos, porque algunas empresas pagaban hasta US$1 millón por seminario.

"Algo pasó que él se molestó. No sé estuve parte de la mañana sentada, siguiendo el taller y a ratos riéndome de algunas situaciones", cuenta la periodista a LND al recordar que horas después, cuando avanzaba hacia su auto, vivió en directo la posesión de ira del gurú. "Me encontró en el estacionamiento y básicamente me dijo que sabía que yo lo quería cagar y que iba a hacer que me echaran ., fue muy grosero y la verdad es que yo quedé tan impresionada, que casi no contesté. Me quedé paralizada", recuerda.

-¿Y finalmente hiciste el reportaje?

-No, los editores me dieron total libertad pero quedé con tan mala impresión que preferí no hacerlo.

Días después, ya más sosegada, Torres Cautivo hizo pública una carta de repudio al actual senador: "He entrevistado a muchas personas: políticos, científicos, militares, artistas, gente común y corriente, culta y de escasa educación. He entrevistado a drogadictos, sicóticos y delincuentes Pero nunca, jamás, había recibido el trato y las amenazas con que usted se dirigió a mí", se leía en la carta enviada con copia al director de "El Mercurio", que nunca publicó.

Ella no sería la primera periodista de este medio que sufriría sus iracundas manifestaciones. La mismísima decana del periodismo nacional, Raquel Correa, se sumó al grupo. "Quiero dejar muy claro que no me insultó", dice al recordar para LND las molestias del senador ante algunas preguntas suyas que lo incomodaban. "Yo seguía no más ¡si tenía que preguntar!", enfatiza Correa, quien fiel a su estilo, comenzó una de las dos entrevistas que le ha hecho a Flores así: "Moreno, imponente, con fama de genio, el senador de la Primera Región Fernando Flores es una mezcla de soberbia y franqueza. Nada rencoroso, bastante agresivo, contesta corto, le molestan algunas preguntas, se impacienta. Incluso, en algún momento amenazó con dejar la entrevista ‘hasta aquí nomás’".

Pero como todo caballero, Flores sabe reconocer sus exabruptos y hacer como que aquí no ha pasado nada. Mientras que con Torres Cautivo y Correa se encargó de enviar emisarios para hacer las paces, con Manén el senador atinó a decir que pese a la pachotada televisada, eran amigos. "Sólo puedo decir que no tengo ninguna relación de amistad con el senador", dejó en claro el periodista de CNN a LND.

Para algunos sus actitudes son la pura arrogancia que corre por sus venas. Para otros, como su esposa Gloria Letelier, sólo "es que habla las cosas de frente", como cuando el ingeniero, en plena campaña senatorial, dejó a todos boquiabiertos al reconocer en una revista de papel couché que sí, que había tenido un hijo fuera del matrimonio y que su mujer lo había perdonado. "Él me lo dijo al primer minuto, al primer minuto…", dijo en otra entrevista Gloria Letelier, dejando en claro lo directo que ha sido su marido para enfrentar la vida.

Peso pesado

Así es este peso pesado de la ingeniería e informática, que en la política no ha pasado inadvertido y que, desde que entró al Senado, se ha abocado principalmente a los temas de defensa, educación, ciencia y tecnología, cultivando un bajo perfil en la sala.

A fines de 2002, ante los crecientes reclamos de los denominados "autoflagelantes" del Gobierno, empezó a chocar con sus adversarios en el PPD, principalmente con los seguidores del senador Guido Girardi. Se entusiasmó con una candidatura presidencial, pero el tsunami que representó la postulación de Michelle Bachelet sepultó sus expectativas. Entonces bajó la cabeza y se cuadró. Tanto, que incluso las emprendió públicamente contra el contrincante de la ahora Mandataria. "Piñera encarna lo peor de la codicia empresarial; ansía el poder para sus negocios; hizo su riqueza con la dictadura que me relegó a Dawson", sentenció entonces.

De allí al conflicto final con su partido y con la Concertación medió un breve lapso. Levantó primero el movimiento Atina Chile y luego, en compañía de otros pepedeístas, abandonó su militancia y se distanció del oficialismo para crear el partido ChilePrimero y finalmente, sumarse a las filas opositoras en la Coalición por el Cambio.

Extendiéndole su mano a Piñera esta semana, Flores sonreía a la cámara con la certeza de que sería el personaje de la noticia del día. El candidato lucía igual de satisfecho. Ninguno imaginaba entonces que el tránsfuga parlamentario pasaría por alto que el micrófono aún estaba encendido y las cámaras grabando cuando huevoneó a Manén. Después del episodio, más de alguien se pregunta en el comando del RN si el salvavidas no irá a hundir a Piñera.

Estudiante destacado

Flores ha sido un hombre con tanto temperamento como currículum desde muy temprana edad. Fue el más destacado del bachillerato del ’59 en el Colegio Blanco Encalada, en la hoy capital del Maule. Viajó a Santiago a estudiar ingeniería civil en la UC. A los 26 años empezó a enseñar investigación operacional y participó en la Dirección de Asuntos Académicos y Económicos de su universidad. Era ya integrante del MAPU.

En 1970, al iniciarse el gobierno del Presidente Salvador Allende llegó a la gerencia de Corfo y puso en marcha el proyecto Cybersyn, que introdujo por primera vez en Chile aplicaciones computacionales y sistemas de trabajo en redes para la administración pública.

El 1 de noviembre de 1972, Flores asumió como ministro de Economía, Fomento y Reconstrucción y 50 días después reemplazó al comunista Orlando Millas en el Ministerio de Hacienda. En agosto de 1973 juró como ministro secretario general de Gobierno, cargo donde lo sorprendió el golpe militar del 11 de septiembre.

De la Unidad Popular, el senador recuerda con profundo afecto a Salvador Allende y al general Carlos Prats, a quien conoció en su adolescencia, cuando el militar estaba destinado en el regimiento de Talca y Sofía, una de sus hijas, era su compañera de curso en las humanidades. En agosto del ’73, cuando el general Prats dejó el mando del Ejército y se temió un atentado en su contra, Flores le solicitó a Andrónico Luksic un departamento en Viña del Mar para que el militar eludiera el acoso de la prensa y de sus detractores.

Fue también Flores el enviado por Allende al Ministerio de Defensa, aquella mañana del martes 11 de septiembre, junto a Daniel Vergara y Osvaldo Puccio, para intentar un acuerdo con los generales golpistas. No hubo diálogo posible y se le condujo a la Escuela Militar, luego por un año a la isla de Dawson, otros dos años en el campo de prisioneros de Ritoque y nueve meses en el centro de detención de Tres Álamos. En Dawson hizo clases sobre electricidad y enseñó los rudimentos de la física cuántica y de partículas, cursos a los cuales también asistían algunos de los marinos que lo custodiaban.

El sociólogo Tomás Moulian y el biólogo Humberto Maturana lo visitaron con frecuencia en Tres Álamos. A este último, Flores le pidió que le explicara los fundamentos de la biología del conocimiento y del lenguaje, cuestión que abordaron en sesiones semanales durante ocho meses.

Afuera, mientras, sus amigos efectuaban gestiones para liberarlo. Entre ellos estaban el ingeniero y académico británico Stafford Beer, quien lo había asesorado en la puesta en marcha del proyecto Cybersyn durante la UP; y Guillermo Agüero, ex MAPU y hoy exitoso empresario, que recurrió a Jaime Guzmán Errázuriz para avalar el interés de una universidad estadounidense por incorporar a Flores como profesor.

Finalmente, en agosto de 1976, a los 33 años de edad, el ex ministro pudo abandonar Chile rumbo a San Francisco, California, acompañado de su esposa, Gloria Letelier, y los cinco hijos nacidos dentro de su matrimonio. Hablaba un inglés chapurreado, pero llevaba en la maleta un contrato por un año para hacer docencia en la Universidad de Stanford.

Exilio y éxito

Se instalaron en una modesta casa en Cupertino, en el condado de Santa Clara; disponían de un Volkswagen y Flores dividía el tiempo entre sus clases y los estudios para optar a un doctorado en Filosofía Analítica del Lenguaje y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Berkeley. Su esposa, en tanto, envasaba emparedados en una línea aérea y los hijos repartían diarios y servían mesas en locales de comida rápida. Todos ayudaban a parar la olla familiar.

En 1977, gracias al biólogo chileno Francisco Varela, quien estaba en Harvard, Flores conoció en Stanford a Terry Winogard, un doctor del MIT abocado a investigaciones en el campo de la inteligencia artificial. Hicieron amistad y el chileno lo convenció para que dejara el mundo de los robots y se abocara al uso de los computadores al servicio del ser humano.

Absorbidos por las teorías sobre el lenguaje, Flores y Winogard escribieron el libro "Understanding computers and cognition: a new foundation for design", donde expusieron sus reflexiones sobre el diseño organizacional y las teorías del "workflow", sustentadas en los postulados de otra figura de Berkeley, John Searle, que permitía mejorar la productividad de las empresas mediante la coordinación y el lenguaje de sus empleados. El paso siguiente fue fundar juntos la empresa Action Technologies Inc. y la creación del software "El Coordinador", que transformó en práctica las lucubraciones teóricas previas. En 1991 se habían vendido ya más de 100 mil copias del software, lo que les permitió dar una nueva zancada y fundar la empresa Business Design Associates (BDA).

La lógica de la barraca que años antes le había explicado su madre, su formación de ingeniero y su experiencia en la UP le permitieron a Flores darle un uso práctico a las múltiples teorías que se enseñaban e investigaban en las universidades estadounidenses. En los primeros años de la década de los 90 había acumulado dinero (la revista "Fortune" lo calculó en unos 40 millones de dólares), prestigio y decenas de consultorías en varios continentes. Cultivó también nuevas amistades en las redes de influencia, un célebre mal carácter y una vanidad exacerbada. //LND

Negocios en Chile

En 1992, el entonces ministro de Mideplan, Sergio Molina, lo invitó a un taller sobre el “Futuro de Chile y la creación de confianza”, al que asistieron los miembros de la elite política y empresarial del país. En las semanas siguientes firmó contratos para asesorar a Codelco, a la Telefónica, al BCI y a Sodimac. En 1996, la CTC le pagó cerca de seis millones de dólares para mejorar la gestión de la empresa. En 1998 fundó en Santiago el “Club de Emprendedores”, una especie de comunidad de líderes orientada a reflexionar sobre el futuro y donde había que ponerse con cinco mil dólares anuales para participar en las reuniones.

Seguía viviendo en California, en Silicon Valley, y mantenía residencias en varios otros países, pero ya pensaba en su retorno a Chile.

Entró a la propiedad de la Universidad Vicente Pérez Rosales y compró a Agata Gambardell, esposa del ex ministro de Obras Públicas, Carlos Cruz, en varios millones de dólares, el Colegio Altamira, en Peñalolén, fundado por un grupo de ex alumnas del Liceo Manuel de Salas.

En el mes de julio del año 2000, el Presidente Ricardo Lagos lo puso al frente de la Fundación Chile, cuya administración era compartida con la transnacional estadounidense ITT, de triste recuerdo para los partidarios del gobierno de la UP.

A fines de aquel año, Sergio Bitar y Marco Colodro lo convencieron para que entrara en la política a través del PPD, cediéndole un cupo de senador por la Región de Tarapacá, donde llegó en abril de 2001 a bordo de un jet Falcon, avaluado en más de US$20 millones, propiedad de su amigo mexicano Carlos Slim, el hombre más rico de América Latina. Hizo alarde de riqueza y poderío, de ser un “gurú” tecnológico conectado internacionalmente en todos los ámbitos. Su primer invitado a la zona fue el ex primer ministro de España, el socialista Felipe González. Otro eje de su campaña fue el Circo Simbad, organizado por el dramaturgo chileno Óscar Castro, radicado en París. Su estilo dio frutos y arrasó en las urnas, desplazando por amplio margen al DC Enrique Krauss.

Trayectoria de Flores: la tesis con que se graduó de ingeniero y su “transformación” política… (de Marx y Guevara, al apoyo a Piñera)…

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7 Mayo, 2009.

En 1970 Fernando Flores necesitaba urgentemente sacar su título de ingeniero civil industrial para poder ingresar al gobierno de la UP. En vez de recurrir a un profesor de su escuela, le pidió al sociólogo Manuel Antonio Garretón que guiara su tesis. CIPER encontró el texto, que contiene mucho análisis filosófico, histórico y sociológico desde el punto de vista marxista y bastante poco de ingeniería. Ahí están las raíces políticas del senador Flores, que desde entonces ha vivido en un permanente cambio que lo llevó a instalarse hoy en la campaña de Sebastián Piñera.

Por Francisca Skoknic, CIPER

La mediática irrupción del senador Fernando Flores en la Coalición por el Cambio, la flamante plataforma electoral de Sebastián Piñera, no debería sorprender. Es cierto que suena extraña la inclusión de un ministro de Salvador Allende en la campaña del candidato de la derecha, pero si hay una constante en la trayectoria de Flores, eso es paradójicamente el cambio: de estatizador a empresario, de antiimperialista al exilio en Estados Unidos, del PPD a Chileprimero y ahora a socio estratégico de la derecha.

Flores es ingeniero civil industrial y fue en las aulas de la Universidad Católica donde dejó sus primeras huellas políticas. Las guarda la enorme biblioteca del Campus San Joaquín, donde se conservan las tesis de quienes egresaron de esa casa de estudios. “Análisis histórico y práctica académica, el caso de la Ingeniería Industrial” se titula el trabajo archivado bajo el nombre de Carlos Fernando Flores Labra. Año: 1970.

“Nos forjaremos en la acción cotidiana, creando un Hombre Nuevo con una nueva técnica”, es la frase de Ernesto “Che” Guevara con que cierra el texto, que también contiene citas del “gran líder y poeta chino” Mao Tse Tung y numerosas referencias a Karl Marx. Al leerla 40 años más tarde, el contraste con el Flores de hoy resulta brutal.

Pero no es lo único que llama la atención. Gran parte de las 104 páginas están dedicadas al análisis político, sociológico, filosófico e histórico, y el resto a una propuesta de cambio académico para la carrera, acorde con los tiempos que corrían a comienzos de la Unidad Popular y en busca de la formación del “hombre nuevo” (el eslogan guevarista de la época). Independientemente de la ideología, el texto no contiene nada de lo que se esperaría de una tesis para obtener el título de Ingeniero Industrial.

Quien guió la tesis tampoco fue un ingeniero, sino que el trabajo estuvo a cargo del sociólogo Manuel Antonio Garretón, quien recuerda perfectamente el contexto en que realizó su labor. Comenzaría el gobierno de Allende y Flores, que entonces tenía 27 años, necesitaba urgentemente titularse para poder ingresar al aparato público

Fernando Flores junto a Sebastián Piñera-Había una cláusula en la letra chica de la universidad que decía que en casos excepcionales se podía hacer una memoria en cualquier tema relativo a algún ramo hecho en Ingeniería. Él había asistido a un seminario mío y me pidió que le dirigiera la tesis. Acepté-, relata Garretón, quien era director del Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN), que se creó en la UC tras la reforma universitaria.

Académicos contemporáneos a Flores cuentan que tras egresar, entró a trabajar como profesor al Departamento de Ingeniería de Sistemas durante media jornada. Ahí creó un grupo llamado “Centro de Ciencias de la Administración”, donde confluían profesores de sociología e ingeniería. Trabajaban bajo conceptos como cibernética, estudiaban la teoría de sistemas y temas de gestión bastante innovadores para la época y que Flores desarrollaría más adelante en su carrera.

El resto de la jornada, Flores se desempeñaba en la vicerrectoría académica, bajo las órdenes del entones rector Fernando Castillo Velasco. Según el relato de Garretón, fue ahí donde el actual senador se vinculó con la gente del MAPU, grupo que tras el quiebre del movimiento de la reforma universitaria se había quedado del lado de Castillo Velasco.

Los contactos con el MAPU lo acercaron al gobierno de Allende y le abrieron las puertas para asumir como director técnico de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO). Ahí desarrolló el proyecto Synco, hoy conocido como la Internet socialista de Allende, que funcionaba vía télex. Lo hizo trayendo a Chile al mítico Stafford Beer, quien instaló muy resevadamente una sala cibernética desde donde se podría controlar toda la producción de las empresas al mando de CORFO. Fue ese reputado científico quien lo llevó a California.

Pero, para asumir ese cargo, antes debía titularse. Recuerda Garretón que cuando recibió el primer manuscrito de la tesis le pareció que debía ser mejorado bastante y se lo devolvió. “Le hizo un par de arreglos y lo presentó”, cuenta el sociólogo. Le faltaban más que un par de cosas. Cuando Flores se enfrentó a la comisión evaluadora, compuesta por ingenieros y el propio Garretón, el resultado fue mediocre. Según recuerda el sociólogo, la nota fue un 5, lo que no dejó satisfecho a Flores.

-No le gustó la nota y reclamó. Hizo un gesto muy poco educado hacia la comisión y dijo: “Entienden poquito”- relata Garretón. Flores ya mostraba el carácter soberbio que lo distingue hasta hoy y que esta semana lo llevó a advertirle a un periodista de CNN -cuando pensó que ya no estaba al aire- que no le daría más entrevistas porque le había hecho “puras preguntas huevonas”. Después dijo que había sido una broma.

Tesis o manifiesto

Sociólogo, Manuel Antonio Garretón“No es más que un manifiesto político”, describe un académico de izquierda que leyó en esos años la tesis de Flores. Escrito en primera persona plural, el texto parte del trabajo del marxista checoslovaco Karel Kosik. Luego dedica un capítulo al tema “Desarrollo y dependencia”, que incluye un análisis político e histórico del “fracaso del pensamiento social Latinoamericano”. Si bien dice que no pretende declararse marxista, cree que sólo dicha escuela de pensamiento refleja la práctica social revolucionaria que era contemporánea en aquellos años.

-La dependencia es pues hoy la integración de América Latina al sistema imperialista mismo. Luchar por su superación, es luchar por la destrucción del sistema Imperialista. Toda lucha contra el imperialismo es un paso hacia nuestra liberación- concluye.

Ya entonces desarrollaba el lenguaje retórico que lo caracterizaría más adelante, con afirmaciones del tipo “la totalidad del mundo comprende a la vez, como un elemento de su totalidad, el modo de abrirse esta totalidad del hombre y del modo de descubrir al hombre”.

Aunque critica a algunos ideólogos de países socialistas, es mucho más duro al cuestionar al capitalismo.

La última parte de la tesis, consistente en el 40% del trabajo, habla propiamente de la ingeniería industrial. Pero antes de entrar a las propuestas se aboca al “análisis histórico y práctica académica” de la Ingeniería Industrial, específicamente en la UC, a partir de la idea de que “un conocimiento científico de la realidad social se basa en una análisis que debe ser necesariamente histórico, dialéctico y totalizante”.

A su juicio, “los grupos de izquierda son los únicos que son capaces de plantear nuevas ideas para la Universidad dentro de un rigor académico”. En el relato histórico que hace de la Facultad de Ingeniería de la UC, llama la atención la referencia que hace a Icare, entidad que define como “un organismo de ideologización de las empresas privadas chilenas”. Años más tarde se lo vería como charlista en los seminarios del organismo empresarial.

-Si queremos diseñar un proyecto de acción, para un colectivo social chileno integrado en torno a la práctica académica de la tecnología, éste deberá insertarse dentro del proyecto histórico que orienta la práctica social del pueblo de Chile. Este proyecto histórico se inscribe a su vez en la lucha conjunta de todos los pueblos del mundo y, de manera determinante de los pueblos latinoamericanos contra el imperialismo encarnado por la potencia hegemónica, el gobierno y las clases dominantes de Estados Unidos. La sociedad que es necesario destruir es la sociedad socialista, donde desaparecen las clases sociales y la propiedad privada de los medios de producción-, escribe el idealista y algo confuso joven ingeniero.

El senador Fernando Flores, en la inauguración de ChilePrimeroEntre sus propuestas de cambio están terminar con la práctica de estudiantes y profesores que hasta ese momento son “representantes aventajados de la pequeña y alta burguesía”, para ampliar la perspectiva hacia personas con distintas posiciones. La nueva universidad contemplaría también una revolución de la gestión proveniente de la “complejidad de los sistemas” y una estructura que llama “praxeología política”, basada en la cibernética y la ciencia social crítica.

Y cita a un autor que dice que para la praxeología deben estudiarse otras prácticas sociales y culturales, como la estrategia y táctica de la guerra de Mao, los métodos de dirección del partido de Lenin y los escritos sobre guerrilla del Che.

Concluye Flores su tesis: “Es nuestra contribución mediante la práctica académica a la formación del Hombre Nuevo, que a partir de Guevara, se empieza a producir en nuestra América”. Y cierra con una larga cita del Che.

El hombre nuevo y la revolución capitalista

– No hay nada más revolucionario que el capitalismo, si revolucionario significa una cosa que crea y destruye a pasos agigantados todo lo que toca. Este capitalismo tecnológico y globalizado es brutalmente rápido. No es para gente que se queda dormida. Pero también entrega un tremendo espacio para que las personas puedan resolver sus problemas de pasión por la vida y para que la comunidad pueda tener una vida próspera- decía un renovado Fernando Flores a El Mercurio en 2003.

Todos los actores y compañeros de Flores en 1970 han cambiado. Evolucionado, dirán algunos. Lo cierto es que pocos de los revolucionarios de entonces suscribirían hoy sus dichos de aquellos días. Pero el cambio de Flores es más notorio y radical. Tras entregar su tesis ingresó al gobierno de la UP, donde luego de pasar por CORFO asumió a los 29 años como ministro de Economía, para después encabezar Hacienda y la Secretaría General de Gobierno. Ahí lo pilló el golpe de 1973.

El 11 de septiembre estuvo en La Moneda con Allende, donde fue detenido. Los militares lo tuvieron preso en Isla Dawson, Ritoque y Tres Álamos. Sólo en 1976 pudo salir al exilio, instalándose en San Francisco, California. Ahí comenzó su doctorado en Filosofía Analítica del Lenguaje y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Berkeley. Ahí comenzó también su giro ideológico. En la entrevista que cerró a garabatos en CNN esta semana, le consultaron si todavía podía considerarse un hombre de izquierda y Flores se definió como un hombre “libre y autónomo, que piensa en función de las realidad y problemas que tiene”, diciendo que esto viene de su estancia en Estados Unidos.

Dejando atrás su pasado político, Flores se concentró en lo profesional, llegando a convertirse en un gurú informático y desarrollar teorías basadas en la comunicación, el lenguaje y los principios sistémicos aplicados a la empresa. La “conversación para la acción” fue su concepto más popular. Su trabajo se plasmó en el software “El Coordinador” y se volvió empresario. Escribía libros, daba charlas, vendía sus ideas. En 1995 la revista Fortune cifró su patrimonio en US$ 40 millones.

Senador Fernando Flores, junto a Andrés AllamandTras el regreso a la democracia, se quedó en un principio en Estados Unidos, pero empezó a hacer negocios en Chile. También armó fundaciones, se hizo conocido por su carácter arrogante y nada empático, pero también se popularizó la idea de que era un hombre renovado y lleno de ideas brillantes y amigos poderosos. “Todos saben que soy de izquierda y me gusta ganar dinero”, decía en 1999 al diario El Sur.

También regresó a la política, a través del PPD. En 2001 se presentó a senador por la Primera Región, en el cupo que le cedió el ex senador por esa región, Sergio Bitar, su compañero en el campo de concentración de Dawson y quien se convirtió en uno de sus mejores amigos. Salió electo luego de una polémica y millonaria campaña, en la que llevó literalmente el circo al pueblo (contrató una carpa y la mandó de gira por la circunscripción) y usó un jet que le prestó el empresario mexicano Carlos Slim.

No ha sido protagonista en el Senado, pero ha hecho ruido en la política. Se declaró presidenciable. Pero bajó su candidatura cuando hasta el PPD le dio la espalda. Desairó a la Presidenta Michelle Bachelet al revelar que ésta lo había visitado en su departamento, justo en los momentos en que él se lanzaba contra su propio partido debido a las acusaciones de corrupción por el caso Chiledeportes. “No estoy para aguantar tanta huevá”, dijo entonces, muy en su estilo, a Radio Cooperativa. Congeló y luego renunció a su militancia PPD. Fundó Chileprimero junto al también ex PPD Jorge Schaulsohn. Y aunque dijo a Qué Pasa que nunca sería “un hombre de partido de derecha”, esta semana le brindó un feroz espaldarazo a la candidatura de Sebastián Piñera. Alabó al candidato y se declaró orgulloso de haber sido ministro de Allende. Así es el nuevo Fernando Flores.

Documentos PDF:
Análisis histórico y práctica académica: Al caso de la Ingeniería Industrial – Tesis Parte I
Análisis histórico y práctica académica: Al caso de la Ingeniería Industrial – Tesis Parte II

Enlaces relacionados:
Revise la historia del proyecto Cybersyn o Synco en la página web de Fernando Flores
Mire el video con el lanzamiento de la “Coalición por el Cambio” en el sitio web oficial de Sebastián Piñera
Vea la entrevista realizada en CNN al senador Fernando Flores

 

ciperchile.cl

Chile: el MAPU (Movimiento de Acción Popular Unitaria), hace 40 años…

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DR1 Movimiento de Acción Popular Unitaria, a 40 años de su fundación…

De Wikipedia, la enciclopedia libre

MAPU (Movimiento de Acción Popular Unitaria), partido político de izquierda chileno que se formó de la escisión de un sector rebelde de la Democracia Cristiana. Una razon que desencadenó la división fue la Junta Nacional de la DC, mayo 1969, cuyo voto político no satisfizo a dicho sector, formando el 19 de mayo de 1969 el MAPU. La formación del sector rebelde y de otros nucleos críticos dentro de la DC tiene su origen ya desde los inicios del gobierno de Frei, cuya orientación pro-norteamericana provocó creciente descontento en la juventud DC en especial.

En este grupo se encontraban, principalmente jóvenes militantes democratacristianos, Rodrigo Ambrosio, Rafael Agustín Gumucio, Oscar Guillermo Garretón, Eduardo Rojas, Alberto Jerez, Julio Silva Solar, Vicente Sota, Carlos Montes, Jacques Chonchol, José Miguel Insulza, Eduardo Aquevedo, Jaime Estévez, Tomás Moulian, Gonzalo Ojeda, Samuel Bello, Juan Ruz y Enrique Correa, entre otros.

Ingresa a la Unidad Popular en 1970. Participó directamente en el gobierno de Salvador Allende encabezado por Rodrigo Ambrosio, quien fallece en un accidente en mayo de 1972. Durante 1971 Allende y otros sectores presionaron a la dirección del MAPU para no definirse como marxistas, al punto que para el 26 de Julio de ese año una delegación del MAPU encabezada por Jaime Gazmuri y Eduardo Aquevedo es invitada a Cuba, donde tiene lugar una conversación de varias horas, en el Hotel Habana Libre, con el Comandante Fidel Castro. Junto con Eduardo Aquevedo y Jaime Gazmuri estuvo presente también Juan Enrique Vega, entonces Embajador de Chile en Cuba. En un ambiente muy positivo y coloquial, Fidel Castro intentó convencer a dichos dirigentes del Mapu de no adoptar una definición marxista, sino cristiana de izquierda, con el argumento de que ya el marxismo estaba representado por varios partidos en Chile, pero no asi el cristianismo revolucionario o de izquierda (no obstante la existencia de la Izquierda Cristiana, considerada muy débil aún). Esta propuesta del máximo dirigente cubano fue rechazada por los dirigentes del Mapu, especialmente por Eduardo Aquevedo, cuya posición crítica frente al modelo soviético era conocida.

En Octubre del año siguiente (1972) se realiza el Segundo Congreso del MAPU, donde triunfa ampliamente el sector encabezado por Eduardo Aquevedo y Kalki Glauser, sector representativo de una línea marxista independiente de los bloques internacionales y muy crítico de la URSS. Esto le valió fuertes cuestionamientos del PC y de sectores del PS. En este Congreso de elige a O. Guillermo Garretón, a propuesta de Eduardo Aquevedo, y éste último quedó de Primer Subsecretario General. Al final del gobierno de Allende (marzo de 1973) el Mapu se divide en 2 corrientes: el MAPU propiamente tal, que se declaró marxista-leninista y más radicalizado liderado por Óscar Guillermo Garretón y Eduardo Aquevedo y el MAPU Obrero Campesino (MAPU OC o MOC), de tendencias más moderado y afines al Partido Comunista, liderado por Jaime Gazmuri y Enrique Correa. Ambos sectores siguen participando de la UP y en las elecciones parlamentarias de 1973, hasta el golpe de septiembre de 1973.

Con el gobierno de Augusto Pinochet, el Mapu es proscrito al igual que todos los partidos de la UP y hay una persecución de los militantes de este partido. Entre 1975 y 1976, la UP aún es el punto central de la política de sus partidos. Son años de remezones partidarios que van reacomodando paulatinamente las fuerzas en el interior de cada organización. Por ejemplo, a Europa llega, desde el interior, Eugenio Tironi, entonces miembro del grupo de dirección interior del Mapu que ha sucedido a O. Garretón luego de su asilo en la embajada de Colombia, y que encabeza Carlos Montes e integran, entre otros, Carlos Ortúzar, Guillermo Del Valle, Víctor Barrueto y Fernando Echeverría. Tironi lleva la misión de expulsar del partido a una mal denominada “fracción” izquierdista encabezada por Eduardo Aquevedo (Primer Subsecretario del MAPU) y Gonzalo Ojeda, que representaban a la mayoría de los militantes del MAPU en el exilio y a sectores importantes de la militancia del interior, cuya política supuestamente dificultaba los esfuerzos de reconstrucción de la UP porque planteaban la conformación de un frente amplio opositor que agrupara la izquierda chilena desde la UP hasta el MIR. Es el comienzo de un importante viraje del Mapu.

Desde el interior, y a raíz de una fuerte autocrítica de su participación en el gobierno de Allende, los nuevos dirigentes que asumen en la clandestinidad, tales como Carlos Montes (Cristián), Víctor Jeame Barrueto (Tito), Guillermo del Valle (Zuñiga), Rodrigo González (Javier), Guillermo Ossandón (Pizarro), Ricardo Brodsky (Mica), y Jaime Manuschevich (Ismael). En 1980, al no lograrse la unidad de los socialistas y al existir fuertes indicios que el PC se propone iniciar la lucha armada, optan por participar junto a otros sectores moderados del socialismo chileno, tales como Ricardo Lagos Escobar o Ricardo Núñez, en la renovación del ideario socialista chileno, influyendo de manera significativa en la conformación de la Convergencia Socialista y posteriormente del Bloque Socialista, lo que facilitó el entendimiento con el centro político y la creación de un vasto movimiento social democrático antidictatorial.

Dentro del MAPU, un grupo minoritario, encabezado por Guillermo Ossandón, se opuso a esta orientación y se marginaron de la nueva política, conformando un grupo que fue llamado MAPU Lautaro, que realizaron acciones violentas en contra de la dictadura militar, por lo que son considerados terroristas. Este sector de habia formado en Cuba, siguiendo orientaciones de G. Garretón desde inicios de los 80. Con el retorno a la democracia, este grupo siguió realizando acciones violentas, hasta ser desarticulado por los servicios de investigaciones.

En 1985, en el llamado Congreso de Unidad, realizado en forma clandestina en Punta de Tralca, los sectores encabezados por Garretón y Gazmuri, se reunifican, y asume como nuevo Secretario General Víctor Barrueto.

En 1988, la mayor parte de sus militantes contribuyen a la formación del Partido por la Democracia (PPD), y luego un sector importante ingresa al Partido Socialista de Chile. La militancia y cuadros del MAPU en realidad se distribuyen por partes casi iguales entre ambos Partidos (PPD y PS). Hasta la actualidad, 2008, la presencia del ex MAPU sigue vigente en la política y en el debate chileno, a través de diversos dirigentes en instancias de gobierno, del parlamento y en el mundo académico.


http://es.wikipedia.org/wiki/Movimiento_de_Acci%C3%B3n_Popular_Unitaria

El MAPU bajo la lupa a 40 años de su fundación…

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AMBROSIO2La historiadora Cristina Moyano escribe libro sobre el Mapu

Aunque el movimiento original desapareció en términos históricos en 1989, sus fundadores siguen bajo la atenta mirada de partidarios y detractores. Y pasan de artífices de la transición a "demonios" concertacionistas, negociadores y lobbistas que abandonaron sus banderas para "venderse" a las bondades de un mercado que antaño criticaban.

NELLY YÁÑEZ y GUSTAVO VILLAVICENCIO

Sólo cinco turbulentos años alcanzó a existir el MAPU antes del 11 de septiembre de 1973. No obstante, este "partido mito" de la transición -que sucumbe en términos históricos en 1989 y que ficha a figuras como José Miguel Insulza, Eugenio Tironi, José Antonio Viera-Gallo y Enrique Correa- se niega a desaparecer y emerge hasta hoy en cada paso político de sus fundadores.

Su historia no es fácil. Parte con una cruda división de la DC, cuando la mayoría de la juventud, molesta con el gobierno de Eduardo Frei Montalva y apoyada por algunos parlamentarios como Jacques Chonchol, Rafael Agustín Gumucio, Julio Silva Solar y Alberto Jerez, opta por salirse del partido en 1969.

¿Su objetivo? Renovar la izquierda -a la que le aporta militancia cristiana- e impedir un gobierno de derecha en la presidencial del 70.

El naciente movimiento -conformado por cuadros profesionales y de élite- alcanza, sin base electoral, a conquistar puestos claves en el gobierno de la Unidad Popular. Pero sufre serios reveses. En 1971 migran todos sus parlamentarios a la recién formada Izquierda Cristiana; el 19 de mayo de 1972 su ideólogo, Rodrigo Ambrosio, muere trágicamente en un accidente automovilístico; en marzo de 1973 el movimiento se divide tras una pugna interna feroz, en la que hasta se disputan hasta la marca MAPU, y en septiembre pasan a la clandestinidad.

A 40 años de su fundación, la historiadora Cristina Moyano escarba en las entrañas de este movimiento en el libro MAPU o la seducción del poder y la juventud, que lanzará el 19 de mayo, para entender la influencia que hasta hoy tienen sus fundadores, cuyos movimientos políticos continúan bajo la atenta mirada de partidarios y detractores.

Pasan -según la autora- de artífices de la transición a "demonios de la Concertación", pues los ven como "los negociadores y los lobbistas, los que abandonaron sus banderas para ‘venderse’ a las bondades de un mercado que antaño criticaban".

Hoy su poder aparece menguado, aunque rebrotó con la llegada de Viera-Gallo a La Moneda y con las opciones presidenciales de Insulza para el 2014.

La ambiciosa campaña de inscripción:

"Seremos 100 mil"

La inscripción del partido fue una tarea ardua. La ley establecía 10 mil firmas y la directiva, pecando de optimista, lanzó la campaña "El pueblo inscribe al Mapu" y "Seremos 100 mil".

El libro sostiene que la cifra resultó inalcanzable y que la barrera autoimpuesta debió rebajarse a 40 mil, y luego a 20 mil. Al final, el 12 de agosto de 1971, el Mapu se inscribió con 34 mil firmas, cifra bastante lejana a sus expectativas originales.

Dos duras divisiones

El Mapu -el mismo partido que había provocado el primer quiebre en la DC- sufre una convulsión similar en agosto de 1971. Los ex rebeldes del falangismo -incómodos con la doctrina marxista- optan por migrar hacia la Izquierda Cristiana y dejan al movimiento sin parlamentarios.

El golpe más fuerte, sin embargo, viene el 7 de marzo de 1973, cuando las diferencias internas frente al poder y al gobierno de la UP se hacen insalvables y se quiebra el Mapu.

La historiadora Cristina Moyano menciona que la mecha la enciende un documento que aseguraba que el gobierno de Allende sólo tenía recursos económicos para mantenerse hasta fines de abril, elaborado por los militantes de ese partido Eduardo Aquevedo, Rodrigo González, Enrique Olivares, Kalky Glausser y Carlos Montes.

El gobierno de Salvador Allende exige sanciones y Garretón se niega aduciendo libertad de expresión

Jaime Gazmuri se autonomina secretario general subrogante, conformando una nueva directiva en conjunto con Fernando Flores, José Miguel Insulza, José Antonio Viera-Gallo y Carmen Gloria Aguayo. Y Garretón hace lo propio. El 15 de marzo, tanto el Partido Socialista como el MIR afirman que el verdadero Mapu es el que conduce Garretón, por lo que el grupo Gazmuri pasa a llamarse Mapu Obrero Campesino.

De ahí en adelante los grupos disidentes no sólo se pelean la figura de Ambrosio, sino que hasta se registran incidentes entre militantes.

Durante la clandestinidad y el exilio se convierten en bisagras para el diálogo entre la izquierda y la Democracia Cristiana, contactos claves para el origen de la Concertación y para el proceso de transición a la democracia.

Ex esposa de Belisario Velasco fue afectada:

Los costos del compromiso total que exigía el partido

Tiempo completo exigía el partido. Era la casa y el hogar. Una de las afectadas fue María de la Luz Silva, en ese tiempo esposa del DC Belisario Velasco y con cuatro hijos.

El testimonio que entrega en el libro es el siguiente: "Me separé el 72, en mayo, poco después de un gran problema que fue la discusión previa al Congreso, donde se dio la orden de concentrarse en el partido. Había que ir a unas reuniones, y en ellas se comenzó a trabajar además la idea de prepararse ante un posible enfrentamiento armado. Había alertas y, en esa época hubo una primera alerta, y yo me tuve que dirigir al lugar correspondiente. Entonces llegué más tarde a mi casa, y cuando iba de vuelta para la casa me chocaron los tiras y terminé llegando como a las dos de la mañana. Y claro, no me creyeron que venía de la reunión política, y era verdad, porque en eso estábamos y más encima con el auto chocado. Entonces tuvimos una discusión muy fuerte, en un ambiente que ya estaba muy conflictivo, porque en ese tiempo el marido mío estaba a cargo de Radio Balmaceda y él estaba en contra de Tohá y del gobierno, y nos habíamos pasado el verano entero peleando. Entonces, después de ese episodio, como él no se fue de la casa, me fui yo".

Allende los instala en complejos puestos

Apenas roto el cascarón, el Mapu determina su estructura. Los "viejos" quedan en la dirección: Jacques Chonchol, como secretario nacional, seguido de Rafael Agustín Gumucio, Alberto Jerez, Julio Silva Solar y Vicente Sota.

Y toma dos decisiones: que no será partido y que privilegiará el programa por sobre el candidato. Tanto, que autodefine su identidad diciendo que "pretendemos ser un movimiento de cuadros, y no un movimiento de masas. No pretendemos andar robándoles gente a los demás, sino dedicarnos a crear conciencia revolucionaria".

No obstante, a poco andar, debe hacer ajustes. En septiembre de 1969 designa como precandidato a Chonchol, para no quedar fuera de las negociaciones, al que baja en enero del 70 en pro de la unidad.

Tras el triunfo de Salvador Allende, el Mapu coloca a sus profesionales a disposición, y se visibiliza en dos áreas: la reforma agraria, donde Chonchol, como ministro de Agricultura, toma el papel principal, y el área de la constitución de la propiedad social con Garretón en la subsecretaría de Economía y José Antonio Viera-Gallo en la de Justicia.

"En otras palabras -sentencia Moyano-, el Mapu se hizo perceptible en dos de los proyectos más ambiciosos y más criticados por la derecha chilena, por el impacto que tuvieron en la problemática de la propiedad privada".

El Mercurio.com

Fidel Castro opina sobre encuentro con M. Bachelet…

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fc2Texto se denomina “Reflexiones del compañero Fidel: Encuentro con la Presidenta de Chile Michelle Bachelet”.

“No importa lo que yo diga sobre el amistoso encuentro, algunas agencias y publicaciones tomarán la información y divulgarán que el anciano, el convaleciente de una grave enfermedad o algún otro calificativo dirigido a reducir el modesto valor de lo que expresé a mi prestigiosa interlocutora.

A Michelle le correspondió el mérito de ser electa como Presidenta de Chile por el voto mayoritario otorgado al Partido Socialista que la postuló. Por primera vez en los últimos años en América Latina una organización de izquierda había obtenido tal victoria, sin apoyo del dinero, las armas y el aparato de publicidad yanki.

Aún más esa distinción correspondió al Partido Socialista de Salvador Allende, que murió bajo el artero ataque aéreo directo a La Moneda, donde ejercía ese cargo como Presidente Constitucional de Chile. No pidió ni concedió tregua. Estaba resuelto a morir en su puesto, como había prometido.

La traición del siniestro Jefe del Ejército Chileno, que fingió a todos y a todos engañó hasta el último momento no tuvo precedentes.

Hasta la casa en que moraba su familia, en Tomás Moro, también fue atacada y destruida.

En momentos muy duros de aquella etapa, cuando detrás quedaban miles de torturados, asesinados y desaparecidos, una mujer muy joven, Gladys Marín, dirigía al Partido Comunista de Chile, forjado durante decenas de años de esfuerzos y sacrificios de la clase obrera chilena, que la llevó a esa responsabilidad.

Gladys Marín y su Partido no se equivocaron, dieron todo su apoyo a Michelle Bachelet, determinando así el fin de la influencia de Augusto Pinochet. No se podía admitir que el tirano diseñado y llevado al poder por el imperio rigiera una vez más los destinos de Chile.

La opinión mundial aborrecía su comportamiento.

A pesar de ello, no ha sido ni es aún fácil deshacer la urdimbre legal que, con la ayuda yanki, la oligarquía vengativa y fascista ata a la nación chilena, digna de un mejor destino.

Esa misma oligarquía hace más de cien años le arrebató a Bolivia, en la guerra desatada en 1879, la costa marítima que le daba amplio acceso al Océano Pacífico.

Bolivia sufrió una extraordinaria humillación histórica en aquella contienda. No solo le arrebataron la costa marítima y la salida al mar, sino que privaron a ese país, de origen auténticamente americano, sobre todo aimaras y quechuas, de extensos territorios muy ricos en cobre que constituían la mayor reserva del mundo, que habiendo sido explotada durante 130 años, hoy su producción se eleva a 5 millones 364 mil toneladas anuales y aporta a la economía chilena alrededor de 18 mil 452 millones de dólares anuales. No se concibe la sociedad moderna sin el cobre metálico, cuyos precios tienden a elevarse.

Otros valiosísimos minerales y productos naturales, algunos ya agotados y otros nuevos de altísimos precios, han aparecido. No se sabe cuáles de ellos eran chilenos y cuáles bolivianos.

Evo Morales, actual presidente de Bolivia, no por ello guarda rencor alguno, sino al contrario ofreció su territorio para una amplia y moderna vía, por donde podrán enviarse a muchos mercados del mundo los productos de la eficiente industria de Chile, en pleno auge y desarrollo, con sus laboriosos y productivos trabajadores.

Chile es especialmente eficiente también en la producción de nutritivos alimentos y maderas de alta calidad, en sus tierras agrícolas, sus montañas y su privilegiado clima.

No hay otro país que lo supere en la eficiencia de sus cultivos marítimos y de productos tan demandados como el salmón y otras especies cultivadas o naturales, en sus ricas aguas marítimas y terrestres.

Estamos hoy muy próximos al 15 de febrero, día del referéndum sobre la enmienda constitucional, en la hermana República Bolivariana de Venezuela.

José Martí fue el más profundo pensador revolucionario que ha tenido Cuba y nuestro Héroe Nacional. Frente a la imagen de granito de ese pensador, Michelle Bachelet depositó una ofrenda floral en nombre de su pueblo, que mucho agradecemos.

De Bolívar, dijo hace 115 años: “Lo que él no dejó hecho, sin hacer está hoy; porque Bolívar tiene que hacer en América todavía”.

“Bolívar despierta cada cien años”, sentenció por otro lado el gran poeta chileno Pablo Neruda.

A punto de cumplirse el segundo siglo de su rebelión contra la metrópoli española, Bolívar despierta de nuevo en la acción revolucionaria de Chávez. Si el nuevo líder, que conduce a su combativo pueblo no lograra el objetivo, es difícil que algún otro líder pudiera alcanzarlo. Los recursos mediáticos de la oligarquía y el imperio no podrían ser superados.

¿Qué hacer entonces para que este planeta dejara de ser como el infierno de Dante, donde un letrero a su entrada exigía dejar toda esperanza?

Albergo sin embargo la seguridad de que en Venezuela la Revolución obtendrá la victoria, y en Chile vencerá definitivamente el ideal del socialismo, por el cual luchó y dio su vida Salvador Allende.

De estos temas conversé con Michelle Bachelet, quien me hizo el honor de escucharme con interés, conversar cálidamente y expresar con amplitud sus ideas.

Estaré siempre satisfecho de su amistosa visita.

Fidel Castro Ruz
Febrero 12 de 2009″

http://www.cooperativa.cl