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Umberto Eco: niños y jóvenes, una generación de extraños…

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Umberto Eco  

El pensamiento de los niños ha sido formado por medios de comunicación que reducen la permanencia de un suceso a una breve frase e imágenes fugaces.

Creo que la de Michel Serres es la mejor mente filosófica que existe en Francia hoy en día. Y como cualquier buen filósofo, Serres es capaz de reflexionar sobre los asuntos actuales tan bien como sobre los sucesos históricos. Desvergonzadamente, voy a basar esta columna en el ensayo espléndido que Serres escribió el mes pasado para Le Monde, en el que nos recuerda acerca de asuntos que conciernen a la juventud actual: los hijos de mis lectores jóvenes y los nietos de nosotros, los viejos.

Para empezar, la mayoría de estos niños o nietos nunca han visto un cerdo, una vaca o un pollo, una observación que me recuerda una encuesta realizada aproximadamente hace 30 años en Estados Unidos. Reveló que la mayoría de los niños en Nueva York creían que la leche, que ellos veían que se vendía en recipientes en el supermercado, era un producto hecho por el hombre, como la Coca-Cola. Los seres humanos modernos ya no están acostumbrados a vivir en la Naturaleza; sólo conocen la ciudad. También me gustaría señalar que al salir de vacaciones, la mayoría de ellos se aloja en lo que el antropólogo Marc Augé ha definido como “no lugares”: “espacios de circulación, consumo y comunicación” homogenizados. Las villas de los hoteles de lujo o “resorts” es notablemente similar a, digamos, el aeropuerto de Singapur, cada uno de ellos dotado de una naturaleza perfectamente ordenada y limpia, arcadiana, totalmente artificial. Estamos en medio de una de las mayores revoluciones antropológicas desde la Era Neolítica. Los niños de hoy viven en un mundo sobrepoblado, con una expectativa de vida cercana a los 80 años. Y dada la creciente longevidad de las generaciones de sus padres y abuelos, tienen menos probabilidades de recibir sus herencias antes de que estén al borde de la vejez.

Una persona nacida en Europa durante los 60 años pasados no ha conocido la guerra. Y, habiéndose beneficiado de los progresos de la medicina, no ha sufrido tanto como sus antepasados. La generación de sus padres tuvo hijos más tarde en su vida que lo usual en la generación de sus padres, y sus padres muy posiblemente estén divorciados. En la escuela, estudió al lado de niños de otros colores, religiones y costumbres; esto lleva a Serres a preguntarse cuánto tiempo más los escolares en Francia cantarán La Marsellesa, que contiene una referencia a la “sangre impura” de los extranjeros. ¿Qué obras literarias puede todavía disfrutar y con cuáles establecer una conexión, dado que nunca ha conocido la vida rústica, la vendimia de uvas, las invasiones militares, los monumentos a los caídos, los estandartes perforados por balas enemigas, o la urgencia vital de la moralidad?

Su pensamiento ha sido formado por medios de comunicación que reducen la permanencia de un suceso a una breve frase e imágenes fugaces, fieles a la sabiduría convencional de los lapsos de atención de siete segundos y las respuestas de los programas de concurso con respuestas que se deben dar en 15 segundos. Y esos medios de comunicación le muestran cosas que no vería en su vida cotidiana: cadáveres ensangrentados, ruinas, devastación. “Al llegar a los 12 años de edad, los adultos ya han forzado (a los niños) a ser testigos de 20.000 asesinatos”, escribe Serres.

Los niños actuales son criados con anuncios llenos de abreviaciones y palabras extranjeras que les hacen perder contacto con su lengua madre. La escuela ya no es un lugar de aprendizaje y, acostumbrados a las computadoras, esos niños viven una buena parte de su existencia en el mundo virtual. Al escribir en el teclado usan sus dedos índices o pulgares en lugar de toda la mano (y, lo que es más, están totalmente consumidos por el afán de desarrollar varias tareas al mismo tiempo). Se sientan, hipnotizados por Facebook y Wikipedia que, según Ferres, “no excitan las mismas neuronas o las mismas zonas de la corteza (cerebral)” que si estuvieran leyendo un libro. Los seres humanos antes vivían en un mundo percibible, tangible. Esta generación existe en un espacio virtual que no establece distinción entre cercanía y distancia.

No escribiré de las reflexiones de Serres acerca de cómo manejar los nuevos requerimientos de educación. Pero su observación general del tema abarca un período de disturbio total no menos pivotal que las eras que llevaron a la invención de la escritura y siglos después, de la prensa de impresión. El problema es que la tecnología moderna cambia a una velocidad inaudita, escribe Serres, y “al mismo tiempo el cuerpo es transfigurado, el nacimiento y la muerte cambian, como lo hacen el sufrimiento y la sanación, las vocaciones, el espacio, el medio ambiente, y el estar en el mundo”. ¿Por qué no estuvimos listos para esta transformación? Serres llega a la conclusión de que quizá parte de la culpa debe atribuirse a los filósofos, quienes, por la naturaleza de su profesión, deberían prever cambios en el conocimiento y la práctica. Y no han hecho suficiente en este sentido porque, dado que están involucrados en la política día tras día, no sintieron la aproximación de la contemporaneidad’’.

No sé si Serres esté completamente acertado, pero ciertamente no está totalmente equivocado.

La Nación.cl

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Written by Eduardo Aquevedo

20 abril, 2011 at 18:49

Zygmunt Bauman: un pensador de la modernidad y postmodernidad…

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Maciek Wisniewski*

ZB2 ¿No que en vez del pesimismo, más bien necesitamos el optimismo y la esperanza?

Después de tanto triunfalismo capitalista, sin importar que ahora ande un poco apagado por la crisis financiera, y después de un prematuro optimismo antisistémico, encendido precisamente por la misma, un poco de pesimismo no nos vendría mal: sobre todo al estilo de Zygmunt Bauman, sociólogo polaco reconocido recientemente –junto con Alain Touraine– con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades por ser uno de los máximos pensadores cuyos conceptos ayudan a entender el mundo en que vivimos.

Nacido en 1925 en Poznaƒ, en Polonia, profesor emérito de la Universidad de Leeds, Inglaterra, autor de más de 50 libros, Bauman es uno de los más influyentes teóricos y analistas de nuestras prácticas sociales, un escritor de sociología, cuyo gran mérito consiste en causar el desasosiego entre los lectores haciéndolos pensar en su condición y en la complicada red de sus causas.

Su obra más importante es sin duda Modernidad y Holocausto, uno de los 10 libros más citados sobre el Holocausto, dónde argumenta que éste no ha sido un accidente, una momentánea explosión de irracionalidad, ni una monstruosidad típicamente alemana, sino una consecuencia lógica del desarrollo de la razón moderna.

Dedicado a investigar entre otros temas el paso de la sociedad de productores hacia la de consumidores (más detalladamente en Trabajo, consumismo y nuevos pobres) es también uno de los máximos teóricos de la posmodernidad, pero nunca ha sido su apologista. Luego abandonó este término y acuñó dos nuevos: “modernidad sólida” y modernidad líquida.

Jamás se deshizo del término capitalismo, hablando de manera paralela del capitalismo sólido y líquido (o pesado y leve), para describir el paso del capitalismo industrial al financiero. Tampoco se volvió antimarxista, subrayando que aprendió mucho tanto de Marx como de Engels y que les es muy agradecido: desde luego el mismo concepto de la liquidez evoca a la increíble fuerza del capitalismo para disolver todo lo sólido en el aire, imagen plasmada en el Manifiesto Comunista.

Desde hace unos años viene escribiendo una sola obra sobre este cambio de estado de la modernidad, dónde no sólo el capital se sube con su levedad o el mando pasa a las manos de las fuerzas extraterritoriales, sino que en el aire quedan disueltas también las viejas instituciones y reglas orden-constitutivas. A consecuencia de esto, nos quedamos sin las coordinadas fijas, condenados a una búsqueda individual entre las identidades y normas fluidas. Este opus maior lo da por entregas en libros como: Modernidad líquida, Sociedad sitiada, La vida líquida, La vida desperdiciada, Miedos líquidos, Amor líquido, Vida de consumo, El arte de la vida y otros.

Bauman se posiciona en ellos no sólo como un sociólogo, tratando de restablecer el vínculo perdido entre las “dolencias objetivas” y la “experiencia subjetiva”, sino también como filósofo y sicólogo, prefiriendo en vez de centrarse en datos y encuestas, registrar la atmósfera vaporosa en que flotan nuestras vidas perdidas. Para contarnos esta historia pide prestado tanto de sus colegas como Pierre Bourdieu, Richard Sennett o Ulrich Beck, como los escritores Italo Calvino, Milan Kundera o Josif Brodski.

A primera vista su literatura nos deja con una sensación de inmovilidad. Su diagnosis es densa y no deja mucho espacio para la actividad. Bauman, no nos ofrece ningún mensaje esperanzador: no hay promesas alentadoras, no hay predicciones fáciles, no hay recetas cómodas.

En un tono muy característico mientras aboga por recuperar la política, enseguida afirma que no hay un espacio público, donde ejercerla; cuando dice que es necesario organizarse para enfrentar la asimetría capital-trabajo, concluye que es un asunto global, y que aún no existen los recursos globales para los problemas globales; si en medio de la creciente individualización destaca a los movimientos sociales, concluye que estos no representan mucha alternativa y en el mejor de los casos sirven sólo para postergar un poco el paso del juggernaut capitalista.

La reciente crisis no ha sido, según él, una muestra del fracaso, sino del enorme éxito del capitalismo, que logró “entrenarnos” en la cultura de crédito; aunque ahora ha desaparecido la vieja “normalidad”, aún no hay otra que la sustituya.

A diferencia de por ejemplo Immanuel Wallerstein (¡a él sí le gusta hacer predicciones!) que dice que ahora es el momento e indica en qué dirección tendríamos que empujar, para Bauman esta coyuntura es como cualquiera y no existe ninguna dirección en particular hacia dónde orientar nuestros esfuerzos…

Su análisis nos puede pesar sobre los hombros, pero no hay que quedarse con las manos cruzadas; aquí Bauman nos deja una tarea y una lección. Primero: estudiar la sociedad que emerge de manera desordenada de la globalizada, privatizada e individualizada condición humana y cuestionar su razón y moralidad. Y segundo: los procesos son productos de la decisión de la gente y no hay nada determinado e inevitable (como el Holocausto, determinado por la razón moderna, pero no ineludible).

Una vez hablando de la diferencia entre optimismo y pesimismo, decía que un optimista es el que piensa que este mundo es el mejor de todos los posibles y un pesimista es el que sospecha que el optimista tiene la razón. Pero él –junto a Claus Offe, de quien tomó esta postura– se abstrae de esta disyuntiva, creyendo, a pesar de su análisis negro, que el mundo puede ser otro e incluso mejor.

En este sentido el autor de Modernidad líquida parece encarnar el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad, que pregonaba Antonio Gramsci.

Una mezcla así, es justamente la que necesitamos.

* Periodista polaco, La Jornada.mx

Written by Eduardo Aquevedo

12 junio, 2010 at 17:01

El nuevo "capitalismo flexible": impactos en la personalidad de jóvenes y asalariados. Entrevista a R. Sennett

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El sociólogo norteamericano Richard Sennett realizó uno de los más lúcidos estudios acerca del impacto de la flexibilización laboral en la formación de la personalidad. Entrevistado en Nueva York, explica por qué el "nuevo capitalismo" desarticuló los lazos sociales, y anticipa la línea de su último ensayo, "La cultura del nuevo capitalismo". Por otra parte, el politólogo argentino Fernando Iglesias polemiza con esa "glorificación calvinista (y nostálgica) del trabajo".

Richard Sennett es uno de los investigadores que ha iluminado de manera más rigurosa la relación entre capitalismo y personalidad. Desde sus primeras investigaciones históricas hasta sus últimos libros, ha utilizado diversos registros —archivos, novelas, entrevistas y la observación— para delinear dos hipótesis que recorren toda su obra: una, que la privatización de la vida pública redunda en una ausencia de espacios donde los extraños puedan encontrarse y reconocerse en sus diferencias; que las formas de la política que de esto resultan están cargadas del código afectivo más propicio para la esfera íntima y culminan en los líderes carismáticos y autoritarios.

Sennett se hizo conocido en Argentina en 2002 con la publicación de La Corrosión del Carácter, un libro en el que el autor discute las consecuencias personales de la flexibilización laboral. Su último libro publicado en Argentina es Respeto, en el que, desde un registro autobiográfico, interroga las posibilidades de interactuar equitativamente y en cooperación en relaciones teñidas por la desigualdad de capacidades y experiencias. En Nueva York, Sennett habló con Ñ.

—La relación entre capitalismo y personalidad ha sido un núcleo de su obra. ¿Piensa que es aún productivo hacer estas preguntas?

– —Si, de hecho esta pregunta se hace muy urgente por los cambios producidos por y en el capitalismo moderno. Este tiende a ser mucho más individualizado, aislante que en el pasado. Lo que argumento es que este nuevo capitalismo flexible desmonta la arquitectura burocrática que durante muchos años, a veces de manera feliz, otras no tanto, mantuvo a la gente agrupada. En este sentido el nuevo capitalismo es un sistema mucho más individualizante que los sistemas fijos, a gran escala, permanentes, de las grandes burocracias. El problema con la individualización es que el valor individual ha mutado en un asunto de habilidad y movilización de talento. Ya no reside más en el respeto recibido como miembro de una categoría social: el trabajador. El centro del sistema se movió del reconocimiento hacia el auto-desarrollo y la mayor parte de la gente perdió en el cambio. El sistema no tiene suficiente espacio para acomodar a la gente a la que presiona para que sea más habilidosa y más competente.

—¿Qué tipo de sociedades construye este nuevo capitalismo?

– —Un mundo mucho más polarizado, que se divide entre relaciones sociales a gran escala en derredor del trabajo y relaciones personales, propias del mundo privado. Lo que se pierde son las organizaciones políticas intermedias que pueden mediar. Las ciudades, por ejemplo, se hacen más homogéneas, son más parte del capitalismo que sociedades auto-organizadas. El capitalismo flexible debilitó a los gremios y sindicatos, otro tipo de instancia de mediación institucional. El tipo de sociedades que construimos se erige sobre divisiones absolutas, la abstracción creciente del mundo del trabajo y el mundo que va hacia la intimidad de las relaciones afectivas.

—Su obra parece moverse de libro a libro; un tema irresuelto en uno parece llevarlo al próximo. ¿A dónde lo ha llevado el hecho de terminar "Respeto"?

– —En dos direcciones. Por un lado, estoy publicando una mirada general sobre el nuevo capitalismo que lleva ese título, la cultura del nuevo capitalismo. Con éste considero que ya he dicho todo lo que tenía que decir sobre este tema, así que vuelvo a uno de mis primeros amores: un proyecto sobre las prácticas culturales materiales, el tipo de asuntos sobre los que escribí un poco en El declive del hombre público. El resultado primero de esto es un libro sobre el artesanado, sobre las relaciones entre las actividades mentales y manuales. Quiero hacer una serie de libros para mostrar el modo en que la cultura aparece expresada en prácticas materiales.

—En muchos de sus trabajos utiliza su propia práctica artesanal, la música, como metáfora de la interacción social. ¿Cuáles son los límites y las ventajas de esta metáfora?

– —La ventaja es que nos ayuda a comprender cómo existe la cooperación en la desigualdad. La colaboración musical sucede entre gente que no hace lo mismo. El punto es entender, por ejemplo en una orquesta; cómo un gran número de actores individuales que hacen cosas diversas y de diverso valor expresivo tocan juntos. Es en ese sentido que la música se convierte para mí en una campo de investigación sobre la cooperación. El límite es bastante obvio. Que el poder controla a las relaciones sociales de una manera que aparece más morigerada en la música. Las prácticas de control tienen un fin distinto en las artes performativas que en la sociedad en general. Este no es sólo un dilema personal, existe toda una línea de pensamiento que se remonta a Maquiavelo, que piensa de manera dramatúrgica a las acciones sociales y políticas.

—¿Cómo relaciona a la música con el resto de su práctica intelectual?

– —¡No la relaciono! Las tengo totalmente separadas. No enseño música, escribo sobre ella pero trato de no escribir sobre lo que me gusta tanto. Nunca tuve una relación fácil entre estos dos mundos. Yo nunca entré en una relación como la de Adorno, cuya experiencia de la música estaba influida por su actividad filosófica. Aunque lo que yo experimento con la música ha aparecido de alguna forma u otra en mis investigaciones sobre la vida social, no puedo decir que la sociología me haya convertido en un mejor músico, como sí podría decirse quizá de Adorno.

—¿Y la escritura de ficción? Sé que ha escrito dos novelas.

– —Escribir no es algo que salga de manera natural, tuve que aprender cómo escribir y esto sale más fácil en la ficción que en el ensayo. Yo quisiera ser recordado como un escritor acerca de las sociedades antes que como un sociólogo y pienso que lo que trato de hacer es crear un lenguaje expresivo, una estética, para entrar a los problemas sociales. La ficción ha sido para mí un laboratorio para encontrar el lenguaje expresivo para el ensayo.

—¿Se considera un intelectual público? ¿Cuál debería ser el rol de ese tipo de intelectual?

– —No sé qué debería hacer un intelectual público. Sí sé que alguien que escribe debe ser tan informativo como pueda para quien lo lee sin comprometer sus estándares intelectuales. Y que así es como se forma el ámbito público, cuando la gente se quiere comunicar entre sí. Quienes no se quieren comunicar, especialmente con aquellos que no son como ellos, han concluido en sus propios palacios, encierros de la búsqueda intelectual que perpetúan el propio poder. El problema es mayor en los Estados Unidos que en Europa o en América latina, donde existe una larga tradición de diálogo público. Pero en los Estados Unidos la academia tendió a aislarse de la arena pública. Aunque esto por suerte está cambiando. Estoy muy contento de que la idea de la sociología como una forma de expresión, como una forma de literatura, haya cobrado auge entre los jóvenes; que el divorcio entre saber y expresar que era tan fuerte en el momento positivista y que significaba que mucho de lo que escribían los sociólogos era ilegible, ha sido superado. Eso es bueno porque significa que los sociólogos pueden volver a la esfera pública en vez de refugiarse en una práctica intelectual hermética.

—Desde "El Declive del hombre público" en adelante usted abogó por espacios sin fines específicos donde la gente pudiera desarrollar una sociabilidad pública. ¿Cuáles serían estos espacios hoy?

– —Creo que los que dije entonces aún se mantienen; serían espacios impersonales en vez de locales, mixtos en vez de homogéneos, espacios esencialmente urbanos. El cambio reside en dónde se pueden encontrar estos espacios. Cuando escribí el libro, el tamaño de la mayoría de las ciudades marcaba que el centro urbano sería el lugar de la sociabilidad pública. Con el tipo de ciudades que se están desarrollando hoy en día, la idea de un solo centro como el foco de la vida social se ve eclipsada. Acabo de volver de Shangai, una ciudad de 20 millones de habitantes. No tendría sentido, seria ecológicamente disfuncional intentar concentrar todas las funciones sociales en el centro de ese tipo de ciudad. Al dispersar el centro social, al tener varios de ellos, lo que comienza a suceder —y los chinos lo están entendiendo— es que aparecen estrategias de resistencia a formas de poder altamente centralizadas. Mi respuesta sería: el carácter es el mismo que yo imaginaba, pero dado el crecimiento económico y poblacional, la locación de ese espacio público se ha convertido en múltiple, en vez de unifocal.

—A pesar de esto ¿aún considera a la vista como el sentido principal para construir una sociedad democrática?

– —El ojo es más importante que la palabra. El ojo es el órgano por el que los extraños se conocen y reconocen y la esencia de una sociedad democrática es que la gente aprende acerca de aquellos a quienes no conoce. Diría que es el sentido más subvalorado, uno no piensa a la democracia en términos visuales, lamentablemente aún no hemos teorizado bien este aspecto. Hice un trabajo bastante pobre al respecto en La Conciencia del Ojo. Me parece una tarea urgente saber qué es lo que aprendemos cuando miramos a gente de la que no sabemos nada y mirando lugares cuando no estamos en casa. Lo visual es un ámbito político que no hemos terminado de comprender.

RICHARD SENNETT, CHICAGO, 1947. SOCIOLOGO.
Nació en uno de los barrios más pobres de Chicago y se destacó en su juventud como solista de cello. Residió en Boston, Londres y Nueva York y realiza investigaciones alrededor del mundo. El historiador y sociólogo Richard Sennett es una de las autoridades mundiales en procesos urbanos, tanto que ha sido convocado recientemente para dirigir un programa conjunto entre el MIT y Harvard (donde estudió) sobre ciudades. Enseña en la New York University y en la London School of Economics. Sus libros recientes han retomado la línea de uno de sus primeros trabajos: "The Hidden Injuries of Class", indagando la relación entre reconocimiento, identidad, trabajo y persona. Recibió en 2004 el premio a la trayectoria de la Asociación Norteamericana de Sociología.

Diario CLARIN, Suplemento de cultura Ñ.

R. Gumucio describe en “La deuda” la transformación social y económica de Chile…

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  • Intento crear intimidad en un país que cambió de rostro: Rafael Gumucio
  • Con La deuda me quedé como el tipo que va a una orgía y grita muy fuerte, señala
  • El autor se ocupa de temas como la corrupción, las marcadas diferencias sociales y el tejemaneje político

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Ericka Montaño Garfias

Periódico La Jornada
Martes 16 de marzo de 2010, p. 5

Con la novela La deuda quedé como el tipo que va a una orgía y grita muy fuerte, dice el escritor chileno Rafael Gumucio, quien se ocupa en este libro de temas como la corrupción, las marcadas clases sociales que aún señalan a los chilenos o el tejemaneje político.

Al respecto, en Chile todavía no estamos preparados para leer sobre estos temas, expresa en entrevista.

“La recepción crítica de esta obra y amigos me dicen: ‘este libro está bien, la novela está bien escrita, bien hecha… pero no’. ¿Qué es ese pero no?, les pregunto y me responden que es muy íntima y dolorosa y es por esto: la política chilena de los pasados seis meses está llena de mis personajes, de mi novela, de los diálogos de mi novela, y es impresionante ver eso.

Es algo que todavía está en desarrollo; hay una transformación social, económica, que tiene repercusiones personales íntimas que vivimos. Quizá me apuré demasiado en denunciarla y quedé como el tipo que va a una orgía y grita muy fuerte.

En contraste con lo que pueda pensarse, La deuda (Mondadori) no es una novela microchilena, local. El tema sí suena para los habitantes de Chile, porque la ficción tiene como base la historia real de un contador que estafó a personajes de la vida pública de ese país. Sin embargo, sus temas atañen a cualquier país de cualquier lugar del mundo.

Extrañamente, ese libro ha tenido más éxito, más lectores y más simpatías entre los que no son chilenos y no conocen el contexto en el que sucedió, explica Gumucio (Santiago de Chile, 1970).

Claro, yo quería hacer una novela que reflejara un poco una época, un momento, y que hubiera una reacción a lo que sucede en el país, pero creo que funciona como una metáfora para otros lugares y quería que eso se reflejara de manera muy cercana. Mi impresión es que no es microchilena; de hecho la han entendido mejor los que no son chilenos.

Obsesión por la lucha de clases

Otro tema que Rafael Gumucio toca y el lector capta desde las primeras páginas es esa lucha de clases, que “es mi obsesión en este libro. Los que había escrito antes están totalmente desnudos de este tema social o de la lucha de clases; advertí lo importante que es para nosotros y cómo en Chile muchos diálogos están determinados por esa variante socioeconómica, por este resentimiento y esta humillación.

Sentí que hablar del Chile de hoy o de siempre, sin hablar de ese tema, era de alguna forma equivocarse. Le atribuí en la novela la importancia que tiene en la realidad, y reflejar así esta manera subterránea, compleja que el conflicto de clases ha ido adquiriendo en países como Chile.

Otra intención, añade el escritor, fue romper con la literatura que se hace ahora en esa nación sudamericana, en la que en estos momentos “hay muchos temas distintos, entre ellos la recuperación de la memoria afectiva y personal; hay una gran soledad, un gran desarraigo en todos estos libros. Existe un intento de crear intimidad en un país que ha cambiado totalmente de rostro, pero las formas de escribirlo son muy diferentes. Mi novela no se parece en nada a lo que te estoy diciendo.

“Quise romper un poco con todo eso. Ya había escrito ese tipo de novela, de carácter íntimo, familiar, autobiográfica, que reflejaba la vida política y social del país, pero a través de la óptica de un niño, un adolescente o un energúmeno: eso es lo que yo escribía.

“Con La deuda quise romper con eso y presentar una visión más amplia. Es divertida, contradictoria y con una trama que atrapa, pero también te hace pensar que hay un poco más allá de lo que parece.”

Written by Eduardo Aquevedo

16 marzo, 2010 at 19:09

Chile: violencia y miserias morales de un cataclismo social…

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La tectónica de la miseria y la violencia

/ La Nación Por Rodrigo Alvarado E.

En apenas horas el sismo de 8,8 grados Richter dejó al descubierto la realidad social que no se ve en las publicidades. En muchos casos los habitantes de las zonas devastadas sacaron a relucir la violencia a través del pillaje y el fascismo, con una virulencia nunca vista. “No extrañan los saqueos, cuando en Chile predomina el empleo precario”, sostiene Gabriel Salazar.

La tectónica de la miseria y la violencia

El terremoto del sábado 27 de febrero que se extendió por más 700 kilómetros, no sólo produjo una inclinación de 8 centímetros en el eje de la Tierra. Como otros, causó cambios en el paisaje natural, la arquitectura, la economía y el diario vivir de los chilenos, que ya se empiezan a constatar: Las Siete Tazas se secaron, el adobe jubiló, las acciones de las constructoras cayeron tras los severos daños en edificios y con seguridad habrán migraciones.

Sin embargo, lo más notable es que abrió una fisura por donde salieron las mayores contradicciones de un país que pretende alcanzar el desarrollo en poquitos años: la mala calidad de la vivienda, el fascismo, el debilitamiento del Estado, la indolencia del mercado, la centralización y la marginalidad que subsiste detrás del acceso al consumo, quedaron a la vista como si los maremotos hubiesen sido acetona sobre los cosméticos beneficios del sistema y en cosa de horas muchos chilenos depredaron el comercio en el sur.

“El lumpen” saltó de la boca de las autoridades, a las que un conocido columnista chascón les colgó al cuello la culpa de haber tenido mano blanda durante veinte años. Más lejos llegaron los que sostuvieron entre líneas que por tener un plasma que terminará de pagar después de que entre en vigencia la norma japonesa de televisión digital, un pobre dejó de ser pobre.

“La violencia social apareció con más virulencia y una actitud más desafiante que antes. Como no hay canales políticos para ese descontento social, se manifiesta contra la propiedad y ahora sin respeto por las personas”, apunta el Premio Nacional de Historia Gabriel Salazar.

EL BENDITO SISTEMA

“Vergüenza debieron sentir tanto funcionario, ministro de Hacienda, empresario y en fin, tanto hechizado con el modelo económico chileno cuando el terremoto dejaba a la vista sus pies de barro: sujetos ayer considerados respetables consumidores en cuotas que se convertían en cuestión de horas en bárbaros que no respetaban nada”, resumió el profesor de Derecho Laboral de la Universidad Diego Portales, José Luis Ugarte, en el diario electrónico El Mostrador, “ni nuestra mejor propaganda ni la de los organismos financieros puede esconder que a la hora de repartir entre todos nuestros beneficios, nos parecemos más a los países africanos que a los del primer mundo con los que nos gustaría compararnos”.

La opinión es compartida entre quienes intentan comprender el fenómeno y no sólo enjuiciar moralmente los actos o culpar únicamente a la demora del Estado para enviar al Ejército a las zonas devastadas, sobre todo a Concepción, zona urbana que sufrió cinco incendios.

“El saqueo es una derivación de la mala estructura del sistema laboral. Los índices de empleo precario son exactamente iguales a los de comienzos del siglo XX: sobre 60% y hay que sumarle un porcentaje de profesionales que trabajan a honorarios, sin previsión ni salud”, sostiene Salazar, “y este problema se agudiza con la emigración campo-ciudad, donde la gente va por pega, se mete al empleo precario y reside al lado del mercado negro y lo seudo-delictual. No hay ciudad en Chile que no tenga un 70% de vivienda popular y por lo tanto, no hay ciudad en Chile que no este propensa a saqueos”.

DESPROTECCIÓN Y FASCISMO

De que Chile es un país golpeado por los terremotos no hay duda. Están los casos de verdaderos desastres causados por la fuerza de las placas tectónicas, como los sismos de Valparaíso en 1906, Chillán en 1939 y Valdivia en 1960. Sin embargo ningún otro terremoto había desnudado tantos problemas como el de la semana pasada y los saqueos no llegaron tan lejos.

Cuando el sismo de 1906 remeció Valparaíso, ésta era una ciudad emergente que contaba con un sistema de alcantarillado y electricidad acorde al principal puerto del continente. Con el puerto en el suelo apareció el pillaje pero también el vicealmirante Luis Gómez Carreño, quien apagó el vandalismo con fusilamientos públicos de saqueadores que cortaban los dedos de los cadáveres para robar anillos.

Se ve lejano, pero hoy mucha gente pidió lo mismo. “Queremos a las Fuerzas Armadas aquí y no queremos que detengan a los delincuentes y los suelten al otro día, queremos que los maten”, clamaba a través de las cámaras de televisión una humilde vecina de Talcahuano, angustiada por los robos a casas.

“Hay sectores de la población que viven del delito y se aprovecharon de la situación, un sector bastante violento, pero sabemos que la delincuencia es fruto de la desigualdad económica en que viven sectores que quieren participar de la torta. Son sectores medios bajos que por miedo a pauperizarse o se vuelven lumpen o se vuelven fascistas”, explica el historiador Jocelyn-Holt, “se reveló ese fascismo latente que lo único que quiere es sacar pistolas, un sector al que le encanta los militares y que nunca ha desaparecido. Recuerdo el final de la película “La frontera” (1991): la gente aplaudía en el cine cuando aparecía el helicóptero de Carabineros”.

Los terremotos de Chillán y Valdivia también tuvieron saqueos, aunque en menor grado. “Yo estaba en Ancud en 1960 cuando llegó una ola de 15 metros que dejó refrigeradores y televisores en las calles”, recuerda el cantante e historiador Patricio Manns, quien en 1972 publicó dos volúmenes de su libro “Los terremotos en Chile” por Quimantú, “por eso los militares prohibieron agacharse o si no te pegaban un tiro. Mataron a dos o tres saqueadores”, recuerda el músico.

Según Gabriel Salazar se explica por la labor del Estado. “Entre 1938 y 1973 se desarrollaron muchas empresas públicas y a través de la Corfo, el trabajo era mucho más estable. Aunque no se resolvieron temas como la vivienda, por eso la presencia de callampas, existía un estado social benefactor que protegía al trabajador y a la familia, y que por otro lado tenía sus propios aparatos y capacidades para proteger y educar. No me extraña que este Estado se haya enredado para actuar con mayor eficiencia y tampoco los saqueos, cuando predomina el empleo precario, sin protección, y con el único beneficio de obtener créditos de consumo que bordean el 40% de interés anual”.

Sin embargo para el historiador esto es sólo la punta de lanza de la desigualdad y la marginalidad. “La presencia de la masa marginal desde el siglo XIX contempla el 60% o 70% de la fuerza laboral, con empleos precarios que no les permiten adquirir viviendas dignas. A eso se suma una frustración afectiva considerable, porque la familia nuclear ha desaparecido, aumentando la cantidad de los llamados ‘huachos’ que son abandonados por sus padres, muchas veces por un tema de recursos. Es gente sin futuro que hace cien años se evadía en el alcohol y ahora en la drogadicción, que acarrea la falta de respeto y la violencia. Todo eso quedó a la vista hace unos días y explica la explosión social”. LCD

Sismo político

La influencia de un terremoto en la política también es constatable. Tras el terremoto de Chillán en 1939, muchos analistas argumentaron que sin la catástrofe ocurrida a dos meses de que Pedro Aguirre Cerda asumiera la Presidencia, al líder del Frente Popular le habría costado conseguir la aprobación de leyes y la creación de la Corporación de Fomento de la Producción.

“Sí, es probable, pero en 1960 produjo una crisis económica que no benefició a Jorge Alessandri”, dice Jocelyn-Holt. “No hay una regla general, pero el vínculo entre el terremoto de 1960 en relación a los cambios de 1964 en adelante, tras dejar en evidencia a un país con muchas inequidades y muy desvalido, merece la pregunta. Lo mismo el de 1985: ¿Cuánto de eso incide en desmantelar la dictadura? No es causa-efecto, pero sí relaciones que hay que pensar”, lanza el historiador Alfredo Jocelyn-Holt.

-¿Entonces cómo golpea el terremoto a Sebastián Piñera?

-Es clarísimo que alteró su agenda. Lo único que él quería era un gabinete de unidad nacional. No lo consiguió, pero con el terremoto, sí un gobierno de reconstrucción nacional. En términos políticos se traduce como un gobierno no de derecha, que presumo nunca quiso, a lo sumo de transición, con técnicos vinculados a la empresa privada. Políticamente lo beneficia y en el año del bicentenario está hecho a la medida”.

DAÑOS Y MANIFESTACIONES MORALES DEL CATACLISMO

/ La Nación Domingo Por Mariela Vallejos

Perturbadoras consecuencias de un sismo que dejó a la vista profundas grietas en la identidad nacional. Violencia y pillaje se impusieron entre una población aterrada. A una semana de la catástrofe, analizamos el trauma menos esperado de todos: la caída del mito ciudadano.

Domingo 7 de marzo de 2010 | | LND Reportajes

Los daños morales de un cataclismo social

Todavía no se asentaba el polvo del derrumbe ni el mar volvía a su sitio cuando llegó el segundo remezón. Uno que puso en tela de juicio la imagen que Chile tenía de Chile. De entre la oscuridad, los escombros y la desesperación emergió lo más primitivo del ser humano y, en el espejo de los medios, nos encontramos con una escena de pesadilla: el vecino, tan parecido a nosotros mismos, convertido súbitamente en depredador. Todos contra todos parecía ser la consigna y cundió el pánico en Concepción, Talca, y luego en barrios de Santiago. Pero, ¿basta un desastre natural, por grave que éste sea, para trocar en minutos a gente común y a ciudadanos más o menos normales en una turba de saqueadores violentos y resentidos? ¿Hasta qué punto el instinto de conservación justifica que tantos corrieran a los supermercados y a las bombas de bencina a acabar con el stock sin que importara un comino lo que le pasaba al de al lado? ¿Hasta qué punto el instinto de conservación individual explica el total desprecio por el bien colectivo que campeó tras el sismo? ¿Cuándo se impuso la ley de la selva? ¿Después del terremoto o el fenómeno venía de antes?

Luego de que la autoridad retomara el control de las zonas afectadas, intentamos llegar a la raíz de un comportamiento que desnudó profundas grietas en la base de la convivencia nacional.

Naturaleza humana

A juicio de la sicóloga de la Universidad Diego Portales, Verónica Gómez, hay una base “natural” instintiva en lo ocurrido. “Una situación límite como el terremoto genera una alarma biológica. El organismo interpreta la amenaza externa que recibe a través del aparato cognitivo (pensamiento) y gatilla una respuesta del sistema simpático (nervioso)”, afirma la profesional. Agrega que el cuerpo genera adrenalina y otras hormonas que producen reacciones fuertes. Gómez explica que, cuando “hay personalidades mal configuradas y/o trastornos graves de personalidad, se gatillan conductas disruptivas y desadaptadas. Allí aparece lo más primitivo del ser humano”. Por eso, dice, “más allá de la lógica de la sobrevivencia, es común que la gente se pelee en situaciones límite como la que vivimos”.

Violencia más o menos explicable que, en Concepción, rápidamente dio paso a un extenso capítulo de vandalismo e irracionalidad. ¿Qué tan biológico era eso? Poco, admite Gómez. Agrega que “la violencia específica contra el comercio y los incendios de locales se explican más como un desquite, como la expresión de un fuerte resentimiento social”, dice la especialista. Una emoción consciente o inconsciente gestada a fuego lento por largo tiempo.

Luego de que el sábado y domingo la televisión repitiera incesantemente imágenes de saqueos y convulsión, uno de los primeros en poner el foco en su origen fue el capellán de Un Techo Para Chile, Felipe Berríos: “Aquí hubo dos terremotos: el natural y el social”, dijo. “Y tal vez se deba a que un sector de la población se ha sentido como fuera del desarrollo del país”. El capellán fue enfático: “Aquí se cayó el estuco social… apareció la decepción y la frustración acumulada y se liberó la amargura”.

Berríos había puesto el dedo en la llaga de la inequidad, iniciando una reflexión más profunda sobre nuestro mito de que Chile es un país solidario: “Estábamos acostumbrados en el país a que siempre, después de una catástrofe, lo que venía era espontáneamente la solidaridad (…) y hemos visto que eso no se ha producido”, lamentó. ¿Su diagnóstico?: “Hemos ido perdiendo el ser ciudadano y nos hemos ido volviendo consumidores, y el consumidor es prepotente, piensa sólo en él primero”.

El sacerdote también increpó a la televisión por limitarse a pontificar contra el pillaje y llamó a los medios a asumir un rol de liderazgo positivo para frenar el caos.

Para entonces, las imágenes del saqueo habían dado la vuelta al mundo y las interpretaciones se sucedían. Aunque no faltó quien criticó a las autoridades por no imponer de inmediato el control militar, otros ponían el foco en los protagonistas del pillaje. Muchos observadores no conseguían entender por qué, casi inmediatamente después del terremoto, y antes de que la necesidad impulsara a ciudadanos supuestamente hambrientos a tomar lo necesario para sobrevivir, hordas descontroladas irrumpieron en supermercados y se tomaron las calles. Esto otro, tenía más visos de estallido social que de mero descontrol atribuible al pánico y la necesidad.

Según el sicólogo social de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Domingo Asún, el fenómeno del estallido social sólo se da cuando hay tensiones latentes bajo un escenario de catástrofe. “Para las víctimas de la región del Maule y Concepción, el terremoto implicó una seguidilla de eventos traumáticos en un lapso breve. El ruido, el desplome de los hogares y de los símbolos, el peligro inminente de muerte y los incendios generaron un agudo sentimiento de estar atrapado”, señala. “Lo anterior, unido al corte de electricidad, estrecha el mundo cognitivo y dispara una reacción similar a la del pánico al interior de una discoteca que se incendia”, afirma. Pero este escenario extremo explica sólo en parte el comportamiento irracional. “Lo que vimos en Chile en esta ocasión tiene, más bien, las características de lo que llamamos un estallido social. Es decir, la violencia está definida por tensiones sociales y raciales. El grupo actúa de acuerdo a estereotipos, con esquemas básicos que condicionan la conducta. El resentimiento se vuelca a las instituciones hacia las que la gente no siente lealtad, porque percibe que se han aprovechado de él en cuanto a consumidor: las multitiendas, las farmacias. Estalla la catarsis colectiva y la ira”, explica.

Enajenación capitalista

En opinión de Asún, los eventos de esta semana “venían precedidos de otros hechos que habíamos estado ignorando por largo tiempo, pero que algunos especialistas ya habían consignado al retratar el individualismo de los chilenos. Esto que se evidenció violentamente tras el terremoto, ya se había manifestado, pero no lo habíamos ponderado. Parecían hechos aislados, pero se estaban sucediendo en fechas históricas como el 11 de septiembre, y después de encuentros de fútbol. Esto ya lo habían advertido cientistas políticos, incluso el informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) 2009 que muestra un quiebre de las confianzas y la creación de una ideología y subjetividad individualista. Este informe revela un tejido social basado en intereses particulares y falta de sentimientos comunitarios, declara Asún. Sólo así se explica que, tras el terremoto, se esfumara el respeto a las normas y las instituciones tan rápidamente: “La red social se cayó igual como se cayó el sistema de comunicaciones telefónico, dejándonos a oscuras”.

¿Cuál es su diagnóstico? dice Asún: “Lo que pasó fue un fenómeno de enajenación capitalista”, subraya. “Y a la hora de contener, se evidenció la ausencia de redes sociales que contuvieran las expresiones instintivas. El fracaso en la construcción de la solidaridad es un hecho mayor. Se diluyen las instituciones y salen a relucir las lealtades más básicas: el clan, la familia inmediata. En este escenario, al Estado no le quedó más alternativa que enviar a las Fuerzas Armadas”, afirma.

El sociólogo y Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales Manuel Antonio Garretón también apunta los dardos hacia el modelo económico. Critica la ideología del lucro que se impone a distintos niveles y reprocha que Chile haya adoptado esquemas de desarrollo que producen inequidad. Pero ¿a qué se refieren los analistas? A la hora de ejemplificar la ideología del lucro, los referentes internacionales son numerosos y transversales: comenzando por la crisis financiera mundial generada por la especulación al más alto nivel y sin precedentes. La lógica que se impone parece ser ésta: si Bernard Madoff no se arrugó para embolsarse 50 mil millones de dólares en una suerte de asalto a mano armada global, ¿qué remilgos podrían tener los demás?

Garretón agrega: ”Mi impresión es que en el último tiempo, el modelo de desarrollo chileno no ha sido pensado en términos de lo que somos como realidad geográfica. Debimos pensar en tener más de una ruta que atraviese todo el país, que la capital tenga más de un aeropuerto, y que las regiones contaran con autonomía para responder a la crisis sin que debiera hacerse necesariamente desde el centro”. Necesitamos una estructura distinta.

“En una situación como ésta”, consigna, “la gente queda entregada a reacciones instintivas y animales. Yo digo que no es sólo eso. También, cuando desaparecen normas y parámetros y no funcionan las instituciones, la gente recurre a conductas instintivas, pero también a lo aprendido. Y ¿qué aprendió? Que cada uno se rasca con sus uñas y que cada uno es enemigo del otro. Esto provoca inmediatismo individual. Falla la interacción social y desaparecen los límites”.

“Es evidente que la catástrofe, si bien afecta a todos, afecta mucho más a algunos segmentos. Hay sectores de pobreza y de ubicación geográfica que quedan mucho más vulnerables. En los últimos años se ha exacerbado una visión consumista, de individualismo respecto de los derechos ciudadanos. Un ejemplo que puede parecer atemporal: un país que cambia el voto obligatorio por el voto voluntario, es un país que no le da importancia al hecho de que el acto de votar es un deber ciudadano y no una cuestión de estado de ánimo. Se exacerba el aspecto consumo, la realización personal y los derechos individuales, propiedad privada e iniciativa individual, en desmedro de lo colectivo”, señala.

Pero Garretón subraya que no todo es negativo: “Hay comportamientos altruistas de jóvenes que van a hacer trabajo voluntario. Esto me recuerda la década del sesenta, tras el terremoto de Valdivia, cuando comenzó la gran tradición de los trabajos de verano”, consigna.

Tanto Garretón como Asún manifiestan que es clave aprender de la experiencia de esta semana. “Esta catástrofe genera la posibilidad de repensar el modelo. Pero habrá que reconstruir de otra manera. No basta con restablecer lo que se tenía”, asegura Garretón.

Asún señala que lo sucedido le penará al país por largo tiempo. “El trauma social es enorme: se pierde la sensación de invulnerabilidad y control que teníamos”. Pero advierte que, ante un panorama resquebrajado, se abre la oportunidad de redefinir y recrear el tejido social: “Desafíos políticos son rearticular las organizaciones sociales y el tejido comunitario”. Por último, este trabajo debe ir de la mano de la reconstrucción: “Si no hay organización social arraigada, no hay posibilidad de desplegar una acción humanitaria que resulte en contribución al largo plazo”, destaca.

El sacerdote Berríos lo expresó: “Es así como en los años 60, después del terremoto, descubrimos que nuestras casas tenían una falencia constructiva en un país sísmico y se pusieron normas y estándares de construcción, lo cual permitió soportar relativamente bien este terremoto y tsunami. Yo creo que nosotros tenemos que ver qué es lo que nos ha fallado en nuestra estructura social, en qué fallamos como sociedad, qué pilares de nuestra sociedad necesitan ser reforzados, qué valores necesitan ser construidos de nuevo”, dijo.

En el escenario socioeconómico que se viene, hay una realidad decidora: Chile está entre los 10 países que peor distribuyen la riqueza en el mundo. El terremoto de la madrugada del sábado 27 nos impuso la tarea de examinarnos profundamente, de saber qué haremos como sociedad para enfrentar futuras catástrofes naturales con pilares sociales sólidos. //LND

Written by Eduardo Aquevedo

7 marzo, 2010 at 19:13

Chile: las razones del terremoto social o el país que hemos construido

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13648_21701_433293937 Chile azotado por una doble tragedia

Francisco Herreros, El Siglo, 6-3-2010

Cualquier análisis que pretenda rigor y seriedad debe partir del reconocimiento de la intensidad y la extensión geográfica del terremoto seguido de tsunamis en numerosas localidades costeras de tres regiones, la madrugada del 27 de febrero, inscrito ya entre las peores de las muchas tragedias que ha sufrido este país a lo largo y ancho de su historia.

Pero eso no alcanza para justificar la pasmosa ineficacia, la descoordinación, la tardanza en la respuesta e incluso la crisis de diagnóstico que mostraron por igual las instancias de gobierno central, regional, local y municipal; la institucionalidad dispuesta para la emergencia; las fuerzas policiales, las fuerzas armadas y los servicios de salud; los servicios básicos como electricidad, agua potable, telefonía y telecomunicaciones, e incluso los medios de comunicación; lo cual no obstó para que en el nivel del discurso todo estuviera, en todo momento, “bajo control”.

Dos imágenes bastan para demostrar ese juicio, en general compartido por la ciudadanía.

Tal vez la más emblemática haya sido la descoordinación entre la Armada y la Oficina Nacional de Emergencia acerca de la existencia o no de riesgo de tsunami, transmitida profusamente por el sistema mediático, cuando éste ya había borrado de la faz de la tierra a poblados costeros completos y sembrado destrucción en ciudades más importantes, como Constitución y Talcahuano, donde barrió con una base naval, sin que hasta el momento haya una evaluación medianamente aproximada del número de desaparecidos.

Incluso el alcalde de Tomé, Eduardo Aguilera, denunció esta confusión como causa de la muerte de pobladores que desde los cerros regresaron a sus viviendas confiando en la información difundida por los medios.

La segunda no es menos elocuente. La primera ayuda que recibieron alrededor del mediodía del martes 2 los primeros habitantes de la traumatizada población de Concepción, consistente en víveres de la más elemental necesidad, tardó más de 72 horas después de producida la tragedia. Se trata de la segunda ciudad del país, y no de poblados remotos de los que no se tuviera noticia.

Y hay una tercera, que encierra ominosas interrogantes sobre el país que hemos construido, relativa al hecho de que en el primer plano de las preocupaciones de la autoridad, los políticos, la prensa e incluso de la población de las regiones afectadas haya estado la seguridad pública y por tanto la exigencia del despliegue de las Fuerzas Armadas; en lugar de la solidaridad de un ayer no tan lejano, el reconocerse como pueblo en la tragedia y el inicio de las tareas de la reconstrucción.

En suma, las dolorosas consecuencias de una catástrofe natural a las que este país está habitualmente expuesto, dejaron al descubierto no sólo la pedante insustancialidad del discurso de la modernidad, la eficiencia y el desarrollo, sino también las profundas fracturas de nuestra estratificada sociedad.

Carácter de clase de la tragedia

Por de pronto, y como siempre ocurre en estos desastres, el mayor castigo se abatió sobre los sectores más modestos y vulnerables de la población; sea por el material ligero de sus viviendas; por la ubicación de las mismas, en zonas periféricas, mayormente expuestas a las calamidades naturales, o por carencia de recursos para soportarlas una vez que se presentan. Más aún en este caso, cuando la tragedia llegó a fin de mes, con los hogares precariamente abastecidos y sin haber recibido ingresos salariales.

Una imagen proyectada por los medios de comunicación ilustra el carácter de clase que rápidamente asumen eventos como un sismo de estas proporciones. Casi sin excepción, los periodistas que relataban las impresionantes secuencias de los primeros saqueos de supermercados en Concepción colocaban el énfasis en el derecho de propiedad de los dueños de las cadenas, en lugar del hambre y la necesidad de la gente, en circunstancias de que ya habían pasado más de 36 horas desde el sismo, sin que hubiese llegado no ya ayuda, sino tan siquiera una orientación a esa martirizada población. Tanto es así, que el propio Horst Paulmann, todopoderoso dueño de la cadena Cencosud, llamó al orden a los periodistas a la salida de La Moneda, y les rogó encarecidamente omitir la palabra “saqueo”, por sus potenciales efectos de demostración y contagio.

Lo dijo después de haberse reunido por más de una hora con las autoridades de mayor rango del país en la propia sede del Gobierno, posibilidad que por cierto no tenían las masas desesperadas, lanzadas a la acción directa. Aunque de manera ambigua, quedó flotando la versión de que el Gobierno se haría cargo del costo de la mercadería saqueada. Por tanto cabe la pregunta ¿qué hubiera pasado si los dueños de las grandes cadenas de supermercados toman tempranamente la decisión de olvidarse por un momento de sus ganancias y distribuir la mercadería en la población? Tal vez se hubieran conjurado muchas de las impresionantes escenas que se pudieron observar en directo, o hubiesen descendido los niveles de tensión social, pero a esta altura eso queda en el terreno de la especulación.

En el mismo lodo todos revolcados

Otra cosa muy distinta son los saqueos perpetrados por bandas de lumpen organizado y armado, no sólo a grandes tiendas y pequeños establecimientos, sino también a atemorizados vecinos que intentaban defender sus pertenencias, tema que se verá más adelante, en otro contexto.

Pero ¿es saqueo o libre mercado la conducta de aquellos comerciantes que, aprovechando el contexto de la tragedia, elevaron productos como el pan hasta diez veces su valor? ¿es aceptable que personas de condición acomodada acapararan productos básicos que necesitaban los afectados, mientras otros, en regiones no castigadas por el sismo continuaban su vida como si nada? ¿qué pasa con la condena social a esas conductas igualmente deleznables?

Y una pregunta ineludible: ¿quién le responde a la gente por el enorme sufrimiento social derivado de tan manifiesta inoperancia en el manejo de la crisis?

Pavorosa ineficacia

Quizá convenga aclarar que no se trata de una crítica a conductas individuales. Nadie podría desconocer la oportuna reacción de la Presidenta de la República, que se puso personalmente a la cabeza del dispositivo de emergencia, o a la Directora de la ONEMI, que pasó a lo menos 48 horas ininterrumpidas sin dormir. Distinto es el caso de la alcaldesa de Concepción, que para disimular su propia ineptitud, incapacidad y falta de conducción, le endosó la responsabilidad al gobierno central, con argumentos de tan dudoso gusto como sugerir que éste había sido más expedito en enviar tropas a Haití que a las zonas afectadas por el cataclismo de la madrugada del 27 de febrero.

El problema es que el dispositivo no funcionó, o más bien lo hizo sólo en un sentido mediático, virtual, que en no pocas ocasiones causó más descoordinación y desconcierto, que sensación de orientación y liderazgo, sin perjuicio de la fractura entre la realidad y el discurso.

Y no podía ser de otra forma, porque lo primero que colapsó en este país, supuesto ejemplo de modernidad, fue toda la infraestructura de comunicaciones, incluidas las redes radiales de Carabineros y las Fuerzas Armadas, y las redes inalámbricas de telefonía celular. Con asombro, se pudo comprobar que ni la institucionalidad de la emergencia, ni siquiera las fuerzas policiales o las fuerzas armadas, contaban con una red de respaldo.

Todo bajo control

Sin embargo, a falta de comunicaciones efectivas, emergieron al punto tanto el prurito autoritario heredado de la dictadura, consistente en la obsesión de mantener todo bajo control así el mundo se esté cayendo, como la tendencia posmoderna de hacer pasar la realidad por el tamiz del marketing político, de forma que durante las primeras 24 horas predominó el discurso triunfalista en virtud del cual Chile, debido a su organización e infraestructura, había soportado de una manera más que aceptable un sismo que a otros países hubiera dejado literalmente en el suelo. Fue el día en que se discutió si lo que hubo fue marejada o tsunami, y que, como se encargó de señalar el diario The Washington Post, “la Mandataria sugirió que Chile no necesitaría ayuda internacional”.

Fuego cruzado

El punto de inflexión ocurrió a mediodía del domingo, con la imagen del desvalijamiento de un supermercado Líder en Concepción, ante una fuerza policial largamente sobrepasada, y a partir de ese momento, casi sin pausa, con los informes periodísticos y las imágenes de destrucción, que empezaron a llegar desde las áreas más lejanas, particularmente del borde costero de las regiones del Maule y el Bío-Bío.

La profusión de testimonios unánimes e inapelables de damnificados clamando por ayuda y reclamando por abandono hizo que el sentido del discurso cambiara hasta el extremo opuesto. Se empezó a hablar de una “tragedia sin parangón en nuestra historia”, mientras cada cual intentó salvar sus responsabilidades. Así, el Ministro de Defensa, calificó derechamente de erróneo el comportamiento de la Armada, respecto al aviso de tsunami; “gentileza” devuelta primero por el Comandante en Jefe de la FACh, quién aseguró que la institución tenía listos los aviones dos horas después del siniestro, pero "el problema fue que no nos llegó la orden; son otros los que deben indicar dónde ir y con qué ayuda”, (a lo que ésta replicó que había esperado por cuatro horas un helicóptero la mañana del terremoto) y luego por el Comandante en Jefe de la propia Armada, quién aseguró que se había enviado a la ONEMI un aviso radial por la banda de alta frecuencia alertando sobre la posibilidad de tsunami veinte minutos después del terremoto, reiterado doce minutos después por fax, tal como establecen los protocolos, sin perjuicio de lo cual reconoció que no se le informó con claridad a la Presidenta cuando ésta llamó por teléfono, a las 05:15 de la madrugada. El detalle es crítico, pues los reportes de las distintas localidades afectadas indican que el primero de los tsunami ocurrió a las O4:20 h. en Iloca, y el último a las 06:30 h. en Constitución.

Estado de excepción

La derecha, como de costumbre, a través de personajes como la alcaldesa de Concepción, Jacqueline van Rysselberghe, los presidentes del Senado y la Cámara de Diputados Jovino Novoa y Rodrigo Alvarez, y el propio Presidente electo Sebastián Piñera, redujeron el problema a “pillaje y vandalismo”, y por tanto dedicaron el resto del domingo a exigir despliegue de las Fuerzas Armadas en las calles, lo cual hizo la Presidenta al día siguiente. Decretó Estado de Excepción Constitucional de Catástrofe en las dos regiones más afectadas, por un período de 30 días, y designó como responsable de garantizar el orden público en la región del Bío Bío, al jefe del Comando de Operaciones Terrestres del Ejército, General Guillermo Ramírez Chovar, y al General de Brigada Bosco Pesce Quappe, en la del Maule.

A partir de ese momento, el tema de la seguridad pública empezó a predominar sin contrapeso en el discurso oficial: “van a recibir todo el rigor que la ley contempla”, advirtió la mandataria; “las Fuerzas Armadas no se van a inhibir en el cumplimiento de su deber, usando las armas si fuese necesario”, tronó el Ministro de Hacienda. El día martes ya había doce mil efectivos militares en la zona del desastre.

Pérdida de musculatura

En el nivel del discurso, la cadena de desaciertos, descoordinaciones y declaraciones contradictorias se intentó conjurar, de una parte, con la apelación al colapso de los sistemas de comunicaciones, tesis enarbolada por la Ministra Armanet, y de otra, mediante la invocación de que este “no es el momento del análisis, sino el momento de la acción”, tesis de la Presidenta Bachelet, ni el momento de buscar responsabilidades, tesis del Ministro Pérez Yoma.

Sin embargo, es del todo evidente que la gravedad de la emergencia exige un análisis minucioso. Y en un primer nivel no puede resultar tan sorprendente la crisis en el manejo de la emergencia, si se consideran las tres décadas de impugnación a conceptos como planificación o proceso de toma de decisiones a nivel centralizado, así como las diatribas y descalificaciones contra el Estado, perpetradas en nombre de la eficiencia de un mercado tanto más eficiente cuanto mayormente desregulado. De esa manera cuando el aparato del Estado fue interpelado a fondo por una catástrofe de semejantes proporciones, quedó en evidencia que no sólo había perdido entrenamiento, sino también musculatura. En consecuencia, el resultado no podía ser muy distinto.

Lucro y rentabilidad

Enseguida, no se puede eludir las responsabilidades en el colapso de las redes de comunicación, de energía eléctrica, de agua potable y de infraestructura vial, así como en la caída o daño estructural irreparable en numerosos edificios de reciente construcción, incluso en el centro de uno de los símbolos de la arrogancia neoliberal, como la ciudad empresarial; más aún cuando desde hace tres décadas se viene machacando sobre la eficiencia de la empresa privada.

Seriamente no se puede especular acerca de qué hubiese pasado si esos servicios básicos e indispensables estuviesen en poder del Estado o bajo algún régimen de administración pública. Pero el hecho es que estaban en poder de conglomerados privados, cuya primera prioridad, si es que no única finalidad, es la ganancia, y la segunda, la rentabilidad de su inversión. Y el hecho es que 72 horas después de ocurrido el sismo, las zonas más afectadas por el desastre seguían sin energía eléctrica ni agua potable, lo cual generaba numerosos efectos en cascada, incluyendo, naturalmente, la violencia social.

Ciertamente, la debilidad del sistema de energía eléctrica, que ya se ha manifestado en múltiples ocasiones, es el problema principal, pues fue el detonante de la falla de los otros sistemas, como las redes de comunicaciones, las redes de agua potable, las redes de abastecimiento de combustible y las cadenas de supermercados. Es evidente que esa debilidad obedece, al menos en parte, a la huelga de inversiones que sostuvieron los consorcios transnacionales entre 2002 y 2007, mientras no lograron que el gobierno les asegurara la rentabilidad de las mismas, por la vía del incremento de las tarifas.

Las empresas sanitarias aducen que sin energía eléctrica no pueden hacer funcionar las redes de agua potable. Pero ¿qué otra cosa aparte de la ausencia de rentabilidad, les impidió distribuir agua potable mediante camiones cisterna? Claro, podrían argumentar la falta de combustible, y los distribuidores de combustibles alegarán la falta de energía eléctrica, tal como el gobierno imputó su impotencia a la caída del sistema de comunicaciones, y así recursivamente.

En este orgulloso Chile de la modernidad, nadie quiere aceptar sus responsabilidades.

No es accesorio reiterar la interrogante ¿qué hubiese pasado si el gremio de cadenas de supermercados decide el día sábado repartir mercadería en los sectores más azotados por la catástrofe? Con su nivel de interlocución con el Gobierno, igual hubieran logrado el pago de la cuenta, y así y todo, habría sido socialmente más barato para todos. Pero, como en un inmenso tablero de teoría de los juegos, cada cual eligió apostar por su interés individual.

Detrás del derrumbe

El mismo juicio merece el colapso de modernas autopistas concesionadas y la implosión o daños estructurales irremediables en centenares de elevados edificios recién entregados o incluso aún en construcción.

El obispo de Rancagua, Alejandro Goic, fue tajante: “ El hombre usa mal su libertad y por ganar unos pesos más llegamos a esta triste tragedia”, dijo en referencia a los innumerables casos de fallas estructurales en carreteras y edificios. Es evidente que esa fue una de las causas. Pero también están en las normas y protocolos de construcción, y en la supervisión de las mismas. Los ingentes recursos que orbitan en torno al negocio de la construcción parecen haber relajado el cumplimiento de la normativa por parte de ciertas empresas y la fiscalización de ciertos funcionarios de la institucionalidad supervisora.

Como fuere, los resultados están a la vista y nadie los puede desmentir.

Resulta irónico observar que los desvíos de la emblemática ruta sur concesionada pasan por antiguas rutas hoy relegadas a la condición de caleteras, construidas cuando la finalidad de las carreteras era la conectividad vial y no el pretexto para el lucro de grandes consorcios transnacionales, las que resistieron incólumes el terremoto.

En el caso de las autopistas hay por contrato seguros comprometidos. Pero en el caso de los edificios, ¿quién responderá a los propietarios de los departamentos?

El segundo terremoto

Queda para el final el análisis del problema más delicado, aquél que el Obispo de Concepción, Ricardo Ezzati denominó “un segundo terremoto” y que los más lúcidos reporteros de televisión describieron como un “terremoto social” de consecuencias casi más devastadoras que el de condición natural, y que obliga a interrogarnos acerca del tipo de sociedad hemos construido.

José Luis Ugarte, profesor de Derecho Laboral de la Universidad Diego Portales, formuló acertadamente la interrogante de la siguiente manera:

“¿Por qué en Chile apenas el orden se retira –cuando el brazo armado de la ley deja de atemorizar- los sectores más pobres se sienten con el legitimo derecho de saquear y tomar aquello que de otro modo –los legales- no alcanzan?”. Y la respondió también de manera atinada: “la sensación de injusticia y de exclusión altamente extendida entre los pobres –que tantas veces se ha diagnosticado como “escandalosa desigualdad”- hace que nuestra sociedad esté pegada con el mismo pegamento que esos edificios nuevos que hoy se derrumban”. E incluso da un paso más allá: “el terremoto –quién lo iba a decir- ha desnudado al capitalismo chileno mostrando vergonzosamente sus pies de barro. Ni nuestra mejor propaganda ni la de los organismos financieros puede esconder que a la hora de repartir entre todos nuestros beneficios, nos parecemos más a los países africanos que a los del primer mundo con los que nos gustaría compararnos”.

En ese cuadro, no sorprende que la derecha reduzca la complejidad del problema a “pillaje y vandalismo”, lo cual, consecuentemente, puede ser resuelto con mano dura y represión, porque eso está en su naturaleza genética.

Incluso tampoco es sorprendente que sectores de modesta condición, la clase más golpeada por la represión dictatorial, haya clamado por la presencia militar en las calles, puesto que la sensación de peligro, inseguridad y desamparo ante la eclosión social, fue una experiencia dramáticamente real.

También es cierto que el análisis fino debe distinguir entre el robo por necesidad y el saqueo del lumpen organizado, sin omitir que el Jefe de la Plaza de Concepción, general Ramírez, declaró que más del 60% de los llamados a las patrullas militares correspondían a psicosis colectiva.

Anomia social

En términos sociológicos, en las regiones asoladas por el terremoto se verificó de manera amplificada lo que Durkheim y Merton caracterizaron como anomia social, referida a la desviación o ruptura de las normas sociales, en concepto del primero, o a la disociación entre los objetivos culturales y el acceso de ciertos sectores a los medios necesarios, por lo que la relación entre los medios y los fines se debilita, en opinión del segundo. O en palabras de Ugarte, una falta de lealtad con la sociedad.

Pero ¿qué lealtad con la sociedad pueden sentir sectores triplemente marginados; marginados del reparto de los recursos; marginados de las oportunidades y marginados de la participación política y social? ¿Y quién puede lanzar la primera piedra en cuanto al respeto a las normas o exigir lealtad social después de tres décadas de prédica de individualismo, de loas al consumismo desenfrenado, de disolvente práctica del sálvese quién pueda y de descarada impunidad de los delincuentes de cuello y corbata?

Una vez más es útil la reflexión del profesor Ugarte: “es que pedir a tanto chileno que recibe el sueldo mínimo, que no tiene mayores derechos laborales ni quienes lo representen -en Chile los sindicatos no existen-; que no tienen ni salud ni educación pública de calidad, que de súbito muestre lealtad y compromiso -y no sólo miedo a la cárcel- con un modelo que los excluye, respetando el sagrado derecho de propiedad, es simplemente una ingenuidad que el terremoto ha hecho caer como la cúpula de la Divina Providencia”. A la inversa, agrega, “no es difícil entender por qué los ganadores en nuestro modelo –unos pocos- exhiben y exigen alta lealtad a las reglas, incluidas las que protegen de mejor manera sus triunfos, como es la propiedad. Lo difícil es pretender que los perdedores de siempre –nuestros eternos pobres- tengan lealtad hacia reglas que no sólo no han diseñado sino que mirada nuestra historia, han estado marcadas desde siempre a favor de los mismos”.

En suma, en primer y último término el problema es político y se inscribe en el proyecto de sociedad que han impuesto las elites en los últimos 35 años.

En sociedades desarrolladas, como Suecia u Holanda, o igualitarias, como Cuba, que han hecho ingentes esfuerzos por incluir y distribuir el producto entre todos, y donde existe alto grado de lealtad y cohesión social, son inimaginables escenas que dieron la vuelta al mundo como la convulsión social que sucedió a la convulsión telúrica, en este país ejemplo de modernidad.

Fascismo agazapado

A la inversa, en sociedades altamente desiguales, la cohesión y la lealtad social son sustituidas por la fuerza, la represión y el temor, que como se sabe, constituyen el caldo de cultivo para el desarrollo del fascismo, el cual, aunque en ciernes, no ha estado ausente en estos días de tragedia.

Expresiones filofascistas son aquellas imágenes que muestran hombres y muchachos enarbolando garrotes y armas arrojadizas para defenderse de las turbas vandálicas. A lo menos protofascista es el siguiente titular de un diario de circulación nacional: “Militares de toman las calles en Concepción: Se Acabó el Webeo, Siñures”, de intencionada connotación pinochetista; y derechamente fascista, es el afiebrado argumento de un columnista de la misma cadena periodística, para quién el origen del problema está en la “hegemonía ideológica de las doctrinas acerca de los derechos humanos” y en el hecho de que “por veinte años la Concertación no hizo sino debilitar el concepto mismo de "orden público".

Para decirlo en breve, el terremoto no fue sino un fogonazo de advertencia, a la luz del cual podemos observar el modo cómo treinta años de modelo económico excluyente y desigual han colocado a este país al borde del abismo.

No es fatal que caigamos en él. No es cierto que el hombre es el lobo del hombre, como muestra la correlación entre la llegada de la ayuda y el cese de los “zaqueoz”, para decirlo en palabras de un majadero reportero de televisión. No es cierto que la “cuestión social” se soluciona con mano dura y represión. A lo más posterga el problema al precio de profundizarlo en su base. No hay mejor garantía para la seguridad pública, e incluso para el derecho a la propiedad, que la justicia distributiva y un contrato social equitativo para todos los contratantes. Ergo, la única solución es el esfuerzo incesante, incansable, insobornable, de los sectores más lúcidos de la sociedad, orientado a generar las correlaciones que permitan avanzar en la construcción de sociedades más justas e igualitarias, en el ambiente más democrático que sea posible.

El problema consiste en que al menos por los próximos cuatro años, esa tarea se hará mucho más cuesta arriba.

Información, manipulación y "democracia de superficie"…

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Escrito por María Toledano

La sociedad de la información es una de las más ignorantes de la historia (Giovanni Arrighi)

Existe una relación histórica, conocida, que une información y poder. Es una relación estable, limpia y ordenada como un sacramento católico, como un buen matrimonio burgués. Las empresas propietarias de los grandes medios de comunicación (que a su vez detentan infinidad de otros negocios multinacionales) deciden, de acuerdo con sus intereses y los de sus anunciantes, qué se emite o publica, cómo y cuándo. Los férreos filtros (pocas veces se equivocan) vienen fijados por los directivos, verdaderas correas de transmisión -perros de presa- de su accionariado y responden ante los indefensos espectadores con pequeñas dosis de verosimilitud (una aparente mirada inocente sobre el mundo) que nada tiene que ver con la verdad de los hechos descritos, ni con el principio básico -repetido por ellos mismos hasta la extenuación- de la objetividad. De esto y otras muchas cosas de interés habla Pascual Serrano en su nuevo libro Desinformación (Península, 2009), un verdadero vademécum de análisis periodístico y falsedades desveladas que pone de manifiesto, de forma clara y distinta, "cómo los medios ocultan el mundo".

La idea es sencilla. Cuanto menos sepamos (esa es la única función de los mass-media) y más sepan (de cualquier materia) aquellos que circulan por las autopistas y moquetas del poder, más difícil será la crítica, más dura la batalla e imposible (casi) la erradicación de sus métodos y procedimientos de explotación y apropiación. La ciudadanía, destrozada y sin apenas más aliento que el denominado "tiempo de ocio" promovido por la dinámica consumista, es incapaz de reaccionar y las píldoras o mensajes -lo que se denomina "información"- van calando de tal forma que resulta imposible establecer un diálogo sensato (por no decir crítico) con alguien cuyas fuentes sean, únicamente, los medios mayoritarios. El objetivo está logrado. Por un lado la sociedad, el conjunto de los ciudadanos libres e iguales, legitima con su aceptación cotidiana -su incapacidad colectiva para desear otro modo de mirar, exigir y entender es dramática- los medios de masas y la veracidad de las noticias o análisis (ya no existe diferencia) y por otro, desautoriza, de raíz, sin paliativos, como exigen los cancerberos de la difusión, todas aquellas informaciones (por contrastadas que estén) que no provengan de sus autorizados órganos de emisión.

El resultado es el siguiente: cualquier información ajena a los detentadores del poder mediático universal será considerada propaganda, falsificación o mentira. Resulta sorprendente comprobar, día a día, cómo la ciudadanía, en esta "democracia de superficie" -gráfica expresión de Alain Badiou, citada en su reciente trabajo l´Hipothèse communiste (2009)- ha cedido su soberanía informativa y, por tanto, la función de control y crítica, a las empresas de transmisión de la ideología dominante. Reaparece, vestido con los sensacionalistas colores de la información, el dilema clásico esbozado por Sócrates en La República de Platón: ¿quién vigilará a los vigilantes? ¿Qué contrapoder informativo puede garantizar la calidad y veracidad de las noticias difundidas, si aquellos en los que hemos depositado nuestra confianza mienten?

Vivimos atenazados, amedrentados, por el ruido informativo. El bombardeo permanente de datos provoca un atroz desconcierto. Ya no se trata de que los periodistas manipulen la realidad (su salario depende de la fidelidad ideológica a su empresa), el problema, mucho más grave, consite en la sobreabundancia y en la imposibilidad de retener, discriminar y analizar (una función periodística olvidada) lo relatado. Los canales de transisión se han multiplicado (las empresas ha creado un sistema reticular que difunde el mismo mensaje por infinidad de medios) creando la apariencia de absoluta y transparente libertad. La consagrada « libertad de expresión » ha sido asimilada a la proliferación de medios, dando por sentado -una falacia más- que un mayor número de radios, televisiones, revistas y periódicos garantiza la pluralidad.

El mercado informativo, el espacio donde se desarrolla el intercambio de datos, es un campo minado por las empresas transmisoras. Ese territorio hostil, arenas movedizas, esconde una trampa en cada recodo. Desde las «elecciones libres» en Afganistán (¿existe un censo riguroso?) hasta las noticias relacionadas con avances médicos vinculadas a intereses de las compañías farmacéuticas; de la corrupción en los partidos políticos a los resultados de cualquier tipo de encuesta, todo dato está filtrado por el emisor. Frente a este panorama, los medios alternativos de información (en internet, su mayoría) aparcen como una pequeña isla rodeada por acorazados y destructores. Si una parte de nuestro conocimiento del mundo -y por tanto, de nuestra capacidad para discernir- proviene de la información facilitada por los grandes medios de comunicación, ¿qué sabemos? ¿Cómo podemos reflexionar y elegir? La «democracia de superficie» es, en realidad, una democracia mediática, confusa y extraña.

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