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P. Krugman: la crisis financiera fuera de control…

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krugman33El remolino que no para de agrandarse

PAUL KRUGMAN

Los datos económicos rara vez inspiran pensamientos poéticos. Pero mientras contemplaba el conjunto de cifras más reciente, me di cuenta de que me pasaba por la mente William Butler Yeats: “Girando y girando en el remolino que no para de agrandarse / El halcón no oye al halconero; / Las cosas se desmoronan; el centro no se sostiene”.

En este caso, el remolino que no para de agrandarse serían los bucles de retroalimentación (adiós a la poesía) que hacen que la crisis financiera se descontrole todavía más. El desdichado halconero sería, supongo, Henry Paulson, el secretario del Tesoro .

Y el remolino sigue agrandándose de formas nuevas y terroríficas. Mientras Paulson y sus homólogos de otros países tomaban medidas para rescatar a los bancos, nuevos desastres se acumulaban en otros frentes.

Algunos de estos desastres ya se preveían más o menos. Los economistas ya venían preguntándose desde hace tiempo por qué los fondos de cobertura no se veían afectados por la carnicería financiera. Ya no tienen que preguntárselo por más tiempo: los inversores están retirando su dinero de estos fondos, obligando a sus gestores a obtener efectivo vendiendo acciones y otros activos a precio de saldo.

Sin embargo, lo realmente escandaloso es el modo en el que la crisis se está extendiendo a los mercados emergentes, a países como Rusia, Corea del Sur y Brasil.

Estos países se vieron afectados de lleno por la anterior crisis financiera mundial, a finales de la década de 1990 (que en aquel momento parecía algo terrible, pero fue como pasar un día en la playa comparado con la que se nos ha echado encima ahora). Estos países respondieron a la experiencia acumulando enormes reservas de dólares y euros, que supuestamente debían protegerlos en caso de futura necesidad. Y parece que fue ayer cuando todo el mundo hablaba del “desacople”, la supuesta capacidad de las nuevas economías de mercado para seguir creciendo aunque Estados Unidos entrase en recesión. “El desacople no es un mito”, aseguraba The Economist a sus lectores en marzo. “De hecho, puede que incluso salve a la economía mundial”.

Eso era entonces. Ahora los mercados incipientes están en un buen apuro. De hecho, dice Stephen Jen, principal economista de divisas de Morgan Stanley, el “aterrizaje forzoso” de los nuevos mercados podría convertirse en el “segundo epicentro” de la crisis mundial (los mercados financieros estadounidenses fueron el primero).

¿Qué ha ocurrido? En la década de 1990, los gobiernos de los mercados emergentes eran vulnerables porque se habían acostumbrado a pedir prestado en el extranjero; cuando los dólares dejaron de afluir, se vieron empujados al borde del abismo. Desde entonces, han tenido cuidado de endeudarse principalmente en los mercados nacionales, al tiempo que acumulaban enormes reservas de dólares. Pero toda su cautela no ha servido para nada porque el sector privado ha hecho caso omiso del riesgo.

En Rusia, por ejemplo, los bancos y las grandes empresas corrieron a pedir prestado en el extranjero, porque los tipos de interés en dólares eran más bajos que en rublos. Así que, mientras el Estado ruso acumulaba una impresionante reserva de moneda extranjera, las empresas y los bancos rusos acumulaban una deuda externa igualmente impresionante. Ahora les han cortado las líneas de crédito, y su situación es desesperada.

Es innecesario decir que los problemas actuales en el sistema bancario y los nuevos problemas de los fondos de cobertura y de los nuevos mercados se refuerzan mutuamente. Las malas noticias engendran malas noticias, y el círculo de dolor sigue agradándose.

Mientras tanto, los políticos estadounidenses siguen mostrándose reacios a hacer lo que hay que hacer para controlar la crisis. Fue una buena noticia que Paulson accediese por fin a inyectar capital en el sistema bancario a cambio de la propiedad parcial. Pero la semana pasada Joe Nocera, de The Times, señalaba un fallo esencial del plan del Tesoro estadounidense para rescatar a los bancos: no contiene garantías contra la posibilidad de que los bancos sencillamente se guarden el dinero. “A diferencia del Gobierno británico, que ha acondicionado las inyecciones de capital a la concesión de créditos, a nuestro Gobierno parece que le da miedo hacer cualquier cosa que no sea rogar”. Y cómo no, parece que los bancos se están dedicando a acumular dinero.

Hoy están pasando cosas raras en lo que respecta al mercado hipotecario. Yo creía que lo que el Gobierno federal pretendía con la absorción de las agencias de préstamo Fannie Mae y Freddie Mac era eliminar los temores acerca de su solvencia y de ese modo bajar los tipos hipotecarios. Pero algunos altos cargos insisten en negar que la deuda de Fannie y Freddie esté respaldada por “toda la fe y el crédito” de la Administración Pública estadounidense y, en consecuencia, los mercados siguen tratando la deuda de las agencias como un activo arriesgado, lo cual hace subir los tipos de interés en un momento en el que deberían estar bajando.

Lo que ocurre, sospecho, es que la ideología antiestatal del Gobierno de Bush sigue impidiendo que se tomen medidas efectivas. Los acontecimientos han obligado a Paulson a nacionalizar parcialmente el sistema financiero, pero él se niega a usar el poder que conlleva esa propiedad.

Sean cuales sean los motivos para que persista la debilidad en la política, es evidente que la situación sigue sin estar controlada. Todo se está yendo a pique.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía 2008. © 2008 New York Times Service. Traducción de News Clips.

El País.es

Chile: el debate presidencial. El PS y la carta de Insulza…

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DEBATE PRESIDENCIAL EN CHILE

PS acoge petición de Insulza: aplaza convención

Sábado 15 de noviembre de 2008  | 18:32

Por unanimidad el Comité Central resolvió que en próxima cita se fijará nueva fecha para el cónclave presidencial que estaba fijado para el 30 de noviembre.

Tal como lo planteó el secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza, en una carta formal enviada desde Washington el Partido Socialista acordó aplazar la convención en que se espera su proclamación como su carta a La Moneda en la interna oficialista.

Por unanimidad, y de acuerdo a un comunicado emitido esta tarde, el Pleno del Comité Central de la colectividad acogió la solicitud del ex ministro y dejó sin efecto la instancia convocada hasta esta jornada para el próximo domingo 30 de noviembre.

“El CC del Partido Socialista acuerda fijar en su próximo pleno la fecha para la realización de la Convención Presidencial Socialista resuelta en el pasado Congreso, reiterando que es en esta instancia en que todos los socialistas elegiremos a nuestro candidato para las primarias”, apunta el texto.

Respecto de este debate sobre el mecanismo se estableció el “más resuelto apoyo a la realización de Primarias Abiertas de la Concertación” las que “deberán realizarse en el último domingo de Abril del 2009″.

También ponen el 20 de diciembre como la fecha en que “a más tardar” la Concertación debe disponer de “un acuerdo de gobernabilidad interno que determine con claridad los deberes y derechos de cada cual dentro de la coalición”.

La elección de la figura presidencial oficialista, para el Comité Central del PS es un “trascendente episodio democrático (que) deberá ser acompañado de un gran esfuerzo para renovar la Concertación, constituir una sola lista Parlamentaria que garantice una mayoría sólida y supere la exclusión en el próximo período”.

Respecto de la postura del timonel de la OEA en el debate señalan que se “valora la disposición de nuestro compañero Insulza para una candidatura unitaria, el respeto al mecanismo de las primarias abiertas y el acuerdo de un programa común”.

15 de Noviembre de 2008

Misiva da cuenta de sus razones

José Miguel Insulza pide suspender convención del PS

Este encuentro tiene como objeto proclamar al secretario general de la OEA como abanderado presidencial socialista, pero el temor de Insulza es ir con el ex mandatario Ricardo Lagos a una primaria que definirá al candidato concertacionista. La carta insta a la unidad de la colectividad y de la coalición de Gobierno, lo cual a su juicio no ha ocurrido. “Por todas estas razones me atrevo a sugerir al pleno del partido la postergación de la convención hasta que hayamos avanzado en cumplir estas tareas, cuyo objetivo debería ser tener un solo candidato de los partidos que conformen el sector socialdemócrata de la coalición, en torno a una visión y un programa común”, señala el escrito.

Por El Mostrador.cl

El presidente del Partido Socialista Camilo Escalona dio a conocer este sábado el contenido de la carta enviada por el secretario general de la OEA José Miguel Insulza, en la cual el ex ministro le pidió a la directiva la postergación de la convención de la colectividad fijada para el próximo 30 de noviembre, en cuya cita se proclamaría a Insulza como el precandidato presidencial socialista.

Escalona explicó en términos generales que la razón del ex ministro del Interior respondía básicamente a la inquietud de que hubiese una mayor clarificación sobre el mecanismo que adoptará la coalición de gobierno para definir al abanderado presidencial que los representará en las próximas elecciones.

Respecto a si la definición de Insulza tenía que ver con la decisión que adoptara finalmente el ex Presidente Ricardo Lagos, Escalona señaló que prefería no especular sobre ese asunto y que una respuesta con mayor detalle había que buscarla en el propio Insulza.

La carta de Insulza se da a conocer en momentos en que parte del Laguismo ha dicho que el ex mandatario ha manifestado estar disponible para participar en una primaria de la Concertación cambiando así su postura inicial donde había afirmado, hace algún tiempo, que él no participaría del mecanismo que definieran los partidos.

La decisión del secretario general de la OEA se dio a conocer en el marco de la cuenta política que realizó la directiva que encabeza Escalona al comité central del PS compuesto por 50 militantes.

En la reunión de hoy, efectuada en el ex Congreso Nacional en Santiago, estaban presentes diversas figuras del PS entre ellos el ministro del Trabajo Osvaldo Andrade, el ministro de Salud Álvaro Erazo, el ex presidente del Colegio Médico Juan Luis Castro, el presidente de la Confusam Esteban Maturana, los diputados Alfonso de Urresti, Fulvio Rossi y el presidente de la bancada Fidel Espinoza.

El Comité Central en pleno debate sobre el contenido de la cuenta política de Escalona, donde el timonel del PS abordo diversos temas entre ellos los resultados de la última elección municipal, la baja de alcaldes y concejales del partido y los problemas que trajo para la Concertación el “fenómeno” de los descolgados y el sistema de las dos listas impuesto por el presidente del PPD, Pepe Auth.

La epístola de Insulza

La siguiente es la carta in extenso de José Miguel Insulza a la directiva del PS.

“Carta al pleno del partido socialista de chile
Queridas compañeras y compañeros:

“Cuando manifesté, hace varios meses, mi disposición para ser candidato de la Concertación en las próximas elecciones presidenciales, fue en el entendido de que existieran condiciones objetivas para ello: que mi participación contribuyera efectivamente a la unidad del partido y de la Concertación; y que existiera un mecanismo claro de selección, acordado y respetado por todos para elegir un candidato único de la concertación.


Del debate de las últimas semanas se desprende que esa situación no se ha logrado. Valoro la confianza que la mayoría del partido me ha entregado, valoro también la adhesión que muchas personas me manifiestan de manera espontánea y el afecto que los chilenos me expresan, al margen incluso de sus preferencias. Pero eso no basta, si en torno a mi nombre no existe toda la unidad partidaria que se requiere, si hay mas de un candidato del partido, si no hay diálogo con las demás fuerzas de la Concertación, en especial con los otros partidos con los cuales siempre hemos tenido un candidato en común, y si no tenemos el clima unitario que debe acompañar este proceso.

Tampoco es posible avanzar si en el desarrollo mínimo de un programa común de futuro. Para recuperar una imagen positiva, no basta recordar lo mucho que hemos hecho por Chile en las últimas dos décadas; es indispensable, sobre todo, mostrar que seguimos siendo una fuerza unitaria eficiente y transformadora que el país necesita al iniciar su tercer siglo de vida independiente. No se entendería que enfrentemos una contienda presidencial sin ideas comunes sobre la crisis económica internacional que nos amenaza, la defensa del empleo, el Transantiago, la energía, el medioambiente, la seguridad, la calidad de la educación pública, la protección social y los cambios indispensables para la plena participación política.

Entiendo que existe un acuerdo para presentar un candidato único de la Concertación en la próxima elección presidencial y una sola lista parlamentaria. También existe consenso en un mecanismo de primarias abiertas, en donde participen todos los chilenos y chilenas mayores de 18 años, sin otra limitación que no estar inscritos en partidos de oposición. Yo respaldo firmemente este mecanismo, pero con la misma claridad debo decir que no me parece conveniente consagrar una nefasta división entre el PS y el PPD de impredecibles consecuencias futuras, presentando sus propios candidatos a las primarias, sin antes verificar las posibilidades de reconstruir la histórica alianza entre ambos partidos y que debiera apuntar a incluir al PRSD, que comparte nuestro ideario socialista y democrático.

Por todas estas razones me atrevo a sugerir al pleno del partido la postergación de la convención hasta que hayamos avanzado en cumplir estas tareas, cuyo objetivo debería ser tener un solo candidato de los partidos que conformen el sector socialdemócrata de la coalición, en torno a una visión y un programa común. Este es un objetivo difícil de alcanzar, pero vale la pena intentarlo cuando está en juego todo lo que hemos logrado en dos décadas de esfuerzo.

Fraternalmente
José Miguel Insulza”

12/11/2008

DECLARACION DE RICARDO LAGOS

(Holanda, 12/11)

El Partido por la Democracia (PPD), diversos parlamentarios, alcaldes y concejales de la Concertación y muchas personas me han pedido que acepte ser candidato a Presidente de la República en las próximas elecciones presidenciales.

Agradezco y valoro dichas peticiones y quisiera profundizar cual es mi posición ante ellos. Yo no busco ni he buscado ser candidato para un segundo mandato presidencial. Es por ello que he declarado reiteradamente que mi nombre no esta compitiendo en el proceso de designación del candidato de la Concertación.

Lo anterior no significa restarme a los desafíos del futuro. Ustedes saben bien que jamás he eludido un desafío de condición política cuando he tenido el convencimiento ético y político que es mi deber hacerlo, sobre todo cuando he sido depositario de las esperanzas de nuestro pueblo por un futuro mejor.

Así lo hice en tiempos duros frente a la dictadura, en la gran batalla del plebiscito, luego siendo ministro de los dos primeros gobiernos de la Concertación y sobre todo cuando tuve el inmenso honor de conducir el destino del país como Presidente de la República.

No soy yo, sino los ciudadanos quienes han juzgado y deben juzgar mi acción pública y la obra del gobierno que me correspondió encabezar. Estoy seguro que más allá de los avatares del conflicto político, que muchas veces deforma de manera mezquina lo realizado, finalmente se establecerá una visión honesta de un legado de avances económicos, sociales, de libertades, de construcción republicana y de integración exitosa de Chile al mundo.

Ello es mérito del esfuerzo de un país entero que se propuso metas altas y las logró.

Tales metas se inscribieron en la continuidad de los gobiernos de la Concertación que le han dado a Chile la dirección de los mejores veinte años de su historia en todos los planos.

Chile debe continuar esa senda de progreso. Estoy convencido que los electores están dispuestos a renovar la confianza en la coalición política siempre que ella misma muestre orgullo y defienda la obra realizada.

A condición igualmente de entender que el mundo atraviesa por momentos difíciles y cambios que requieren hoy unirse sin vacilaciones en el apoyo al gobierno de Michelle Bachelet y mañana una orientación sólida y clara que le permita hacer frente a las turbulencias, desafíos y oportunidades que requerirán respuestas nuevas y audaces. Esa será la exigencia de los chilenos al gobierno del futuro.

En consecuencia, dos cosas resultan indispensables tener claras en lo inmediato sea quien sea que encabece la lucha por conquistar la Presidencia de la República.

Primero, es necesario tener ideas y propuestas que conduzcan la acción del nuevo gobierno. Yo he esbozado algunas en ‘El futuro comienza hoy’. He dicho que lo fundamental a partir de los propios avances realizados, de las metas ya conquistadas es necesario plantear nuevos objetivos: un crecimiento basado cada vez más en el desarrollo de un sistema de innovación en ciencia y tecnología, una sociedad de garantías que progresivamente cubra de manera adecuada las exigencias de todos los chilenos en salud, educación, y protección social, una democracia más competitiva y más amplia y participativa, un Chile capaz de enfrentar de manera creativa y múltiple los desafíos ambientales y del cambio climático de manera audaz y pionera entre los países emergentes, en suma dar el salto que necesitamos para alcanzar el nivel de desarrollo equitativo que los chilenos están exigiendo.

Ello no será fácil en tiempos de crisis mundial. Requiere subordinar los intereses de las partes al de la coalición y los de la coalición a los del país de su conjunto.

Por ello, el segundo aspecto fundamental es tener una coalición ordenada que actúe con cultura de gobierno y con lealtad hacia su gobierno.

Se requiere una Concertación capaz de combatir el negativismo, los particularismos, los personalismos, las ansias de figurar a cualquier precio y la banalización de la acción política que conduce a dilapidar el patrimonio acumulado y al desvanecimiento frente al futuro. No fue ese el camino que nos llevo a los grandes logros que el mundo reconoce en la experiencia chilena. “Ese camino nos hubiese llevado a la paralización, al atraso y a la derrota”.

Resulta indispensable superar el actual estado de cosas. Quien encarne nuestras esperanzas futuras como candidata o candidato presidencial debe de ser nombrado en un ambiente de unidad y confianza, de amistad cívica.

Se le deben otorgar los instrumentos para contar con el apoyo real y permanente de la coalición, sus dirigentes y parlamentarios. Se debe asegurar el carácter siempre supra-suprapartidario del Presidente de la República como jefe de la coalición para que pueda en torno a ideas y valores acordados y compartidos impulsar con eficiencia las tareas de gobierno. Democracia y eficiencia deben conjugarse para hacer un buen gobierno. Ello requiere participación y consulta pero también disciplina y lealtad de quienes representan la coalición tanto en el gobierno como en el parlamento. No resulta comprensible que quien conduce la coalición de gobierno no tenga una palabra que decir sobre los candidatos de la coalición que sean elegidos en una elección simultanea.

Estoy convencido que sólo dando respuesta a estos dos aspectos y sobre la base de un compromiso sólido en relación a ellos, la Concertación, sus partidos y sus bases pueden superar los problemas actuales que se expresan en la indisciplina electoral que no permitió un mejor resultado en las recientes elecciones municipales.

Creo que sólo este camino permitirá renovar la confianza que millones de chilenos tienen en la coalición, incorporar a las nuevas generaciones dándoles todo el espacio que deben tener en el diseño del futuro y ampliar la coalición a quienes desean una conducción de progreso y de mayores oportunidades.

RICARDO LAGOS ESCOBAR

INSULZA Y EL PS: DECLARACIONES DE ESCALONA


El presidente del Partido Socialista (PS), Camilo Escalona afirmó que luego de los planteamientos de Ricardo Lagos Escobar sobre una posible candidatura presidencial es más “insulzista” que antes.

Ahora en este momento soy más ‘insulzista’ de cuando me levanté, por la sencilla razón de que Insulza está dispuesto a enfrentar el tema clave que está en la discusión“, declaró Escalona y enfatizó en la importancia de la “disposición de las personas que quieran liderar la Concertación a participar en primarias abiertas, con participación de ojalá de más de un millón de personas”.

Mientras el senador PS Ricardo Núñez afirmó que hay que tomar decisiones cuanto antes, la mayoría de los personeros de la Concertación se manifestó de acuerdo con el llamado de Lagos a la unidad de la coalición.

En referencia a Lagos Escobar, la diputada PPD Carolina Tohá aseguró que “su nombre está disponible, pero tiene que estar disponible para un proyecto claro, para una coalición que defina claramente cómo quiere enfrentar ese futuro y que dé condiciones para plantearnos ante los chilenos como una opción que sigue asegurando lo que ha sido hasta ahora nuestra trayectoria”.

En tanto, el titular del Partido Radical Social Demócrata (PRSD), José Antonio Gómez, quien fue proclamado por los parlamentarios de su partido como el representante de su tienda para llegar a La Moneda, afirmó que están “cansados” de que otros hablen por su tienda, aunque se manifestó de acuerdo con respecto a la unidad de la Concertación.

“Cada candidato o pre candidato tiene derecho a poner sus condiciones, una petición hecha de esa forma me parece razonable y responsable, porque si vamos a ser gobierno en el próximo período, necesitamos un Parlamento y una Concertación ordenadas”, señaló.

El ex Jefe de Estado Patricio Aylwin, por su parte, indicó que los concertacionistas no se pueden dar “gustitos” de andar “cada uno por su lado” y señaló que es indispensable un trabajo coordinado, como históricamente fue en el bloque.

Frei se reúne con “díscolos”

El presidenciable de la DC, Eduardo Frei, se reunió este miércoles con un grupo de parlamentarios, calificados como “díscolos”, quienes le entregaron un decálogo con los lineamientos programáticos que, a su juicio, debe tener el líder de la Concertación que pretenda contar con su respaldo.

“Hay que hablar de propuestas, hay que hablar de ideas, hay que hablar de visiones para el país del futuro, el próximo Presidente. Va a asumir el año del Bicentenario por lo tanto requerimos una propuesta potente y eso es lo primero que quiero yo destacar: el esfuerzo para poner ideas, para poner propuestas, para hacer aportes en una discusión que vamos a tener que tener de todas maneras en el transcurso de los próximos meses”, declaró.

Consultado por los planteamientos de Lagos para postular, Frei optó por no hacer comentarios.

MAS postula a Navarro y plantea primarias con el Podemos

Colectividad en formación propuso la construcción de una alternativa progresista, para “derrotar la candidatura de Sebastián Piñera”.

El Movimiento Amplio Socialista (MAS) oficializó al senador ex PS Alejandro Navarro como su candidato presidencial, y anunció su intención de realizar primarias con el Juntos Podemos.

El vicepresidente del MAS, Fernando Zamorano, dijo que Navarro está dispuesto a una elección con el precandidato del partido Comunista, Guillermo Teillier y con el abanderado del Partido Humanista, Tomás Hirsch, para definir a la carta que la izquierda presentará en las próximas presidenciales.

Zamorano aseguró que el senador por la Octava Región debe “asumir esta gran responsabilidad de representarnos en esta construcción, donde sin duda existen otros nombres, tan legítimos como el de Alejandro Navarro”.

El objetivo del MAS -añadió-  es “construir una alternativa para Chile en la reconstrucción del progresismo, necesaria además para derrotar la candidatura de Sebastián Piñera”, en alusión al candidato empresario de la derecha.

La designación de Navarro se produce a menos de una semana que el díscolo parlamentario comunicara su decisión de renunciar a las filas del PS, tras 26 años de militancia.

Junto a Navarro, se fueron del PS 135 militantes, entre ellos siete miembros del Comité Central, para engrosar las filas del MAS. La meta del MAS es, además, legalizarse como partido político ante el Servel y competir en parlamentarias.

LAGOS Y EL PPD

VOTO POLÍTICO

DIRECTIVA NACIONAL DEL PPD

En Santiago, a 8 de noviembre de 2008, la Directiva Nacional del Partido Por la Democracia, resuelve:

1.- Asumir la lección que nos entrega el resultado de la elección municipal del 26 de octubre, cuyo mensaje principal es la necesidad de renovar la Concertación, de reponer una agenda de reformas que sintonice con la demanda de la gran mayoría de los chilenos y chilenas que vota contra el imperio del mercado y la desregulación, que reafirme nuestra convicción contra la exclusión y de iniciar un ciclo político que apunte a reconstruir una mayoría social que empuje importantes transformaciones sociales y políticas. Chile quiere un cambio progresista.

2.- Respaldar a la Presidenta Bachelet para que el Gobierno entregue en 2009 respuestas progresistas y eficaces al déficit de la salud pública, a la necesidad de reforzar la educación pública, a garantizar el empleo en tiempos de crisis y someter al parlamento las reformas políticas indispensables para continuar la democratización.

3.- Establecer como prioridad uno del PPD la definición de la agenda del futuro inmediato escuchando a la ciudadanía, recogiendo las lecciones de la crisis global, que obligan a una nueva relación entre el Estado, el Mercado y la Sociedad, para garantizar grados superiores de protección social y de democratización de la economía.

Proponemos impulsar una gran Convención de la Concertación que incluya a todos nuestros partidos, a las organizaciones sociales comprometidas con la profundización democrática y a los líderes que aspiran a encarnar un proyecto de cambio para el Chile del Bicentenario.

4.- El PPD es partidario resuelto y entusiasta de elegir al abanderado común de la Concertación de cara a la ciudadanía, en un proceso de Primarias Abiertas, incluyendo ahora también a los mayores de 18 años no inscritos en los registros electorales. Queremos convertir la elección del candidato único en un proceso de debate nacional sobre lo que queremos para el futuro y de profunda movilización ciudadana para darle a la candidatura de la Concertación, la legitimidad, fuerza y proyección de futuro necesarias.

5.- Por resolución unánime de esta Directiva Nacional, el candidato del Partido Por la Democracia es Ricardo Lagos, nuestro presidente fundador. Porque tiene la capacidad para gobernar en tiempos de crisis y el liderazgo para encarnar un proyecto de futuro. El PPD –junto a muchos otros parlamentarios, alcaldes y concejales de todo el progresismo- confía y espera que acepte el desafío de liderar a la Concertación y al país del Bicentenario en la dirección del cambio.

FUENTES: LA NACION, LA TERCERA, EL MERCURIO, EL MOSTRADOR,  OTROS  SITIOS WEB.

E. Hobsbawm: la crisis del capitalismo y la actualidad de Marx…

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La crisis del capitalismo y la importancia actual de Marx 150 años después de los Grundrisse.

Entrevista Eric Hobsbawm · · ·

“Para cualquier interesado en las ideas, sea un estudiante universitario o no, es patentemente claro que Marx es y permanecerá como una de las grandes mentes filosóficas y analistas económicas del siglo diecinueve y, en su máxima expresión, un maestro de una prosa apasionada. También es importante leer a Marx porque el mundo en el cual vivimos  hoy, no puede entenderse sin la influencia que los escritos de este hombre tuvieron sobre el siglo XX. Y, finalmente, debería ser leído porque como él mismo escribió, el mundo no puede ser cambiado de manera efectiva a menos que sea entendido, y Marx permanece como una soberbia guía para la comprensión del mundo y los problemas a los que debemos hacer frente.”

Eric Hobsbawm es considerado uno de los más grandes historiadores vivientes. Es Presidente de la Birkbeck College (London University) y profesor emérito de la New School for Social Research (New York). Entre sus muchos escritos se encuentran la trilogía acerca del “largo siglo XIX”: The Age of Revolution: Europe 1789-1848 (1962); The Age of Capital: 1848-1874 (1975); The Age of Empire: 1875-1914 (1987) y el libro The Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914-1991 (1994) traducidos a varios idiomas. Le entrevistamos cuando la publicación del volumen Karl Marx’s Grundrisse. Foundations of the Critique of Political Economy 150 Years Later y con motivo de la nueva actualidad que están teniendo en los últimos años los escritos de Marx y después de la nueva crisis de Wall Street. Nuestro colaborador Marcello Musto lo entrevistó para Sin Permiso.

1) Marcelo Musto. Profesor Hobsbawm, dos décadas después de 1989, cuando fue apresuradamente relegado al olvido, Karl Marx ha regresado al centro de atención. Libre del papel de intrumentum regni que le fue asignado en la Unión Soviética y de las ataduras del “marxismo-leninismo”, no solo ha recibido atención intelectual por la nueva publicación de su obra sino que también ha sido el centro de un mayor interés. De hecho, en 2003, la revista francesa Nouvel Observateur dedicó un número especial a Karl Marx. Le penseur du troisième millénaire? Un año después, en Alemania, en una encuesta organizada por la compañía de televisión ZDF para establecer quien eran los más importantes alemanes de todos los tiempos, más de 500.000 televidentes votaron por Karl Marx; quien obtuvo el tercer lugar en la clasificación general y primero en la categoría de “relevancia actual”. Luego, en 2005, el semanario Der Spiegel le dedicó una portada con el título de Ein Gespenst Kehrt zurük (Un espectro ha vuelto) mientras los escuchas del programa In Our Time de Radio 4 de la BBC votaron por Marx como el más grande filósofo.
En una conversación recientemente publicada con Jacques Attalí, usted dijo que paradójicamente “son los capitalistas, más que otros, quienes han estado redescubriendo a Marx” y usted habló de su asombro, cuando el hombre de negocios y político liberal, George Soros, le dijo a usted que: “He estado leyendo a Marx y hay muchas cosas interesantes en lo que él dice”. Aunque sea débil y más bien vago ¿cuáles son las razones de este renacimiento? ¿Es probable que su obra sea de interés solamente para los especialistas e intelectuales, para ser presentada en cursos universitarios como un gran clásico del pensamiento moderno que no debería ser olvidado? o ¿también podría venir una nueva “demanda de Marx” en el futuro desde el lado político?

Eric Hobsbawm. Hay un indudable renacimiento del interés público en Marx en el mundo capitalista, sin embargo, probablemente no todavía en los nuevos miembros de la Unión Europea de Europa del Este. Este renacimiento, fue probablemente acelerado por el hecho de que el 150 aniversario de la publicación del Manifiesto del Partido Comunista coincidió con una crisis económica internacional particularmente dramática en medio de un período de ultra-rápida globalización del libre mercado.

Marx predijo la naturaleza de la economía mundial en el comienzo del Siglo XXI, sobre la base de su análisis de la “sociedad burguesa”, ciento cincuenta años antes. No es sorprendente que los capitalistas inteligentes, especialmente en el sector financiero globalizado, fueran impresionados por Marx, ya que ellos fueron necesariamente más concientes que otros de la naturaleza y las inestabilidades de la economía capitalista en la cual ellos operaban. La mayoría de la izquierda intelectual ya no supo que hacer con Marx. Fue desmoralizada por el colapso del proyecto social-demócrata en la mayoría de los Estados Atlánticos del Norte en los ochenta y la conversión masiva de los gobiernos nacionales a la ideología de libre mercado así como por el colapso de los sistemas políticos y económicos que afirmaban ser inspirados por Marx y Lenin. Los así llamados, “nuevos movimientos sociales” como el feminismo, tampoco tuvieron una conexión lógica con el anti-capitalismo (aunque como individuos sus miembros pudieran estar alineados con él) o cuestionaron la creencia en el progreso sin fin del control humano sobre la naturaleza que tanto el capitalismo como el socialismo tradicional habían compartido. Al mismo tiempo, “el proletariado”, dividido y disminuido, dejó de ser creíble como el agente histórico de la transformación social de Marx. Es también el caso que desde 1968, los más prominentes movimientos radicales han preferido la acción directa no necesariamente basada sobre muchas lecturas y análisis teóricos. Claro, esto no significa que Marx dejara de ser considerado como un gran y clásico pensador, aunque por razones políticas, especialmente en países como Francia e Italia, que alguna vez tuvieron poderosos Partidos Comunistas, ha habido una ofensiva intelectual apasionada contra Marx y los análisis marxistas, que probablemente llegaron a su más alto nivel en los ochenta y noventa. Hay signos de que ahora el agua retomará su nivel.


2) M. M. A través de su vida, Marx fue un agudo e incansable investigador, quien percibió y analizó mejor que ninguno otro en su ti
empo, el desarrollo del capitalismo a escala mundial. Él entendió que el nacimiento de una economía internacional globalizada era inherente al modo capitalista de producción y predijo que este proceso generaría no solamente el crecimiento y la prosperidad alardeados por políticos y teóricos liberales sino también violentos conflictos, crisis económicas e injusticia social generalizada. En la última década hemos visto la Crisis financiera del este asiático, que empezó en el verano de 1997; la crisis económica argentina de 1999-2002 y sobre todo, la crisis de los préstamos hipotecarios, que empezó en Estados Unidos en 2006 y ahora ha devenido la más grande crisis financiera de la post-guerra. ¿Es correcto decir entonces, que el regreso al interés en Marx está basado en la crisis de la sociedad capitalista y sobre su perdurable capacidad de explicar las profundas contradicciones del mundo actual?


E. H. Si la política de la izquierda en el futuro será inspirada una vez más en los análisis de Marx, como lo fueron los viejos movimientos socialistas y comunistas, dependerá de lo que pase en el mundo capitalista. Pero esto aplica no solamente a Marx sino a la izquierda como un proyecto y una ideología política coherente. Puesto que, como usted dice correctamente, la recuperación del interés en Marx está considerablemente –yo diría, principalmente- basado sobre la actual crisis de la sociedad capitalista, la perspectiva es más prometedora de lo que fue en los noventa. La presente crisis financiera mundial, que bien puede devenir en una mayor depresión económica en Estados Unidos, dramatiza el fracaso de la teología del libre mercado global incontrolado y obliga, inclusive del Gobierno norteamericano, a considerar optar por tomar acciones públicas olvidadas desde los treinta. Las presiones políticas están ya debilitando el compromiso de los gobiernos neoliberales en torno a una globalización incontrolada, ilimitada y desregulada. En algunos casos (China) las vastas desigualdades e injusticias causadas por una transición de modo general a una economía de libre mercado, plantea ya problemas importantes para la estabilidad social y dudas inclusive en altos niveles de gobierno.

Es claro que cualquier “retorno a Marx” será esencialmente un retorno al análisis de Marx del capitalismo y su lugar en la evolución histórica de la humanidad —incluyendo, sobre todo, sus análisis de la inestabilidad central del desarrollo capitalista que procede a través de crisis económicas auto-generadas con dimensiones políticas y sociales. Ningún marxista podría creer por un momento que, como argumentaron los ideólogos neoliberales en 1989, el capitalismo liberal se había establecido para siempre, que la historia tenía un fin o, en efecto, que cualquier sistema de relaciones humanas podría ser para siempre, final y definitivo.


3) M. M. No piensa usted que si las fuerzas políticas e intelectuales de la izquierda internacional, que se cuestionan a sí mismas con respecto al socialismo en el nuevo siglo, renunciaran a las ideas de Marx, ¿no perderían una guía fundamental para el examen y la transformación de la realidad actual?


E. H. Ningún socialista puede renunciar a las ideas de Marx, en tanto que su creencia de que el capitalismo debe ser sucedido por otra forma de sociedad está basada, no en la esperanza o la voluntad sino en un análisis serio del desarrollo histórico, particularmente de la era capitalista. Su predicción real de que el capitalismo sería re-emplazado por un sistema administrado o planeado socialmente todavía parece razonable, aunque él ciertamente subestimó los elementos de mercado que sobrevivirían en algún sistema(s) post-capitalista. Puesto que él deliberadamente se abstuvo de especular acerca del futuro, no puede ser hecho responsable por las formas específicas en que las economías “socialistas” fueron organizadas bajo el “socialismo realmente existente”. En cuanto a los objetivos del socialismo, Marx no fue el único pensador que quería una sociedad sin explotación y alienación, en que los seres humanos pudieran realizar plenamente sus potencialidades, pero sí fue el que la expresó con mayor fuerza que nadie, y sus palabras mantienen el poder para inspirar.

Sin embargo, Marx no regresará como una inspiración política para la izquierda hasta que sea entendido que sus escritos no deben ser tratados como programas políticos, autoritariamente, o de otra manera, ni como descripciones de una situación real del mundo capitalista de hoy, sino más bien, como guías hacia su modo de entender la naturaleza del desarrollo capitalista. Ni tampoco podemos o debemos olvidar que él no logró una presentación bien planeada, coherente y completa de sus ideas, a pesar de los intentos de Engels y otros de construir de los manuscritos de Marx, un volumen II y III de El Capital. Como lo muestran los Grundrisse. Incluso, un Capital completo habría conformado solamente una parte del propio plan original de Marx, quizá excesivamente ambicioso.

Por otro lado, Marx no regresará a la izquierda hasta que la tendencia actual entre los activistas radicales de convertir el anticapitalismo en anti-globalismo sea abandonada. La globalización existe y, salvo un colapso general de la sociedad humana, es irreversible. En efecto, Marx lo reconoció como un hecho y. como un internacionalista, le dio la bienvenida, teóricamente. Lo que él criticó y lo que nosotros debemos criticar es el tipo de globalización producida por el capitalismo.


4) M. M. Uno de los escritos de Marx que suscitaron el mayor interés entre los nuevos lectores y comentadores son los Grundrisse. Escritos entre 1857 y 1858, los Grundrisse son el primer borrador de la crítica de la economía política de Marx y, por tanto, también el trabajo inicial preparatorio del Capital; contiene numerosas reflexiones sobre temas que Marx no desarrolló en ninguna otra parte de su creación inacabada. ¿Por qué, en su opinión, estos manuscritos de la obra de Marx, continúan provocando más debate que cualquiera otro, a pesar del hecho de que los escribió solamente para resumir los fundamentos de su crítica de la economía política? ¿Cuál es la razón de su persistente interés?


E. H. Desde mi punto de vista, los Grundrisse han provocado un impacto internacional tan grande sobre la escena marxista intelectual por dos razones relacionadas. Permanecieron virtualmente no publicados antes de los cincuenta y, como usted dice, conteniendo una masa de reflexiones sobre asuntos que Marx no desarrolló en ninguna otra parte. No fueron parte del largamente dogmatizado corpus del marxismo ortodoxo en el mundo del socialismo soviético, de ahí que el socialismo soviético no pudiera simplemente desecharlos. Pudieron, por tanto, ser usados por marxistas que querían criticar ortodoxamente o ampliar el alcance del análisis marxista mediante una apelación a un texto que no podría ser acusado de ser herético o anti-marxista. Por tanto, las ediciones de los setenta y los ochenta antes de la caída del Muro de Berlín, continuaron provocando debate, fundamentalmente porque en estos manuscritos Marx plantea problemas importantes que no fueron considerados en el Capital, como por ejemplo, las cuestiones planteadas en mi prefacio al volumen de ensayos que usted recolectó (
Karl Marx’s Grundrisse. Foundations of the Critique of Political Economy 150 Years Later, editado por M. Musto, Londres-Nueva York, Routledge, 2008).


5) M. M. En el prefacio de este libro, escrito por varios expertos internacionales para conmemorar el 150 aniversario desde su composición, usted escribió: “Quizá este es el momento correcto para regresar al estudio de los Grundrisse menos constreñidos por las consideraciones temporales de las políticas de izquierda entre la denuncia de Nikita Khrushchev de Stalin y la caída de Mikhail Gorbachev”. Además, para subrayar el enorme valor de este texto, usted establece que los Grundrisse “contienen análisis y la comprensión, por ejemplo, de la tecnología, que lleva al tratamiento de Marx del capitalismo mas allá del siglo XIX en la era de una sociedad donde la producción no requiere ya mano de obra masiva, de automatización, de potencial de tiempo libre y de las transformaciones de alienación en tales circunstancias. Este es el único texto que va, de alguna manera, más allá de los propios indicios de Marx del futuro comunista en la Ideología Alemana. En pocas palabras, ha sido correctamente descrito como el pensamiento de Marx en toda su riqueza. Por tanto ¿cuál podría ser el resultado de la re-lectura de los Grundrisse hoy?


E. H. No hay probablemente más que un puñado de editores y traductores que han tenido un pleno conocimiento de esta gran y notoriamente difícil masa de textos. Pero una re-re-lectura o más bien lectura de ellos hoy puede ayudarnos a repensar a Marx: a distinguir lo general en el análisis del capitalismo de Marx de lo que fue específico de la situación de la “sociedad burguesa” en la mitad del siglo XIX. No podemos predecir qué conclusiones de este análisis son posibles y probablemente solamente que ellos ciertamente no llevarán a acuerdos unánimes.


6) M. M. Para terminar una pregunta final ¿Por qué es importante leer hoy a Marx?


E. H. Para cualquier interesado en las ideas, sea un estudiante universitario o no, es patentemente claro que Marx es y permanecerá como una de las grandes mentes filosóficas y analistas económicas del siglo diecinueve y, en su máxima expresión, un maestro de una prosa apasionada. También es importante leer a Marx porque el mundo en el cual vivimos hoy, no puede entenderse sin la influencia que los escritos de este hombre tuvieron sobre el siglo XX. Y finalmente debería ser leído porque como él mismo escribió, el mundo no puede ser cambiado de manera efectiva a menos que sea entendido, y Marx permanece como una soberbia guía para la comprensión del mundo y los problemas a los que debemos hacer frente.

Eric Hobsbawm es el decano de la historiografía marxista británica. Uno de sus últimos libros es un volumen de memorias autobiográficas: Años interesantes, Barcelona, Critica, 2003.

Traducción para
www.sinpermiso.info: Gabriel Vargas Lozano

Obama: prioridades políticas y sociales, por P. Krugman

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krugman2PAUL KRUGMAN 09/11/2008

El martes, 4 de noviembre de 2008, es una fecha que vivirá en la fama (lo opuesto a la infamia) para siempre. Si a quien lee estas líneas la elección de nuestro primer presidente afroamericano no le emocionó, si no le llenó los ojos de lágrimas y le hizo sentirse orgulloso de su país, es que le pasa algo.

Ahora bien, ¿marcará también esta elección un punto de inflexión en la política propiamente dicha? ¿Puede Barack Obama emprender verdaderamente una nueva era de políticas progresistas? Sí, puede.

En estos momentos, muchos comentaristas recomiendan a Obama que tenga cuidado. Algunos usan argumentos políticos: EE UU, dicen, sigue siendo un país conservador, y los votantes castigarán a los demócratas si se inclinan hacia la izquierda. Otros dicen que la crisis financiera y económica no deja margen de maniobra para actuar, por ejemplo, en la reforma de los seguros médicos. Confiemos en que Obama tenga suficiente sentido común para ignorar esos consejos.

Por lo que respecta al argumento político, cualquiera que dude que hemos vivido un gran realineamiento político no tiene más que ver lo que ha sucedido en el Congreso. Tras las elecciones de 2004, hubo muchos que declararon que habíamos entrado en una era prolongada, quizá permanente, de dominio republicano. Desde entonces, los demócratas han obtenido dos victorias consecutivas y han ganado al menos 12 escaños en el Senado y más de 50 en la Cámara de Representantes. Ahora disponen de unas mayorías en las dos cámaras más amplias de las que tuvo el Partido Republicano en ningún momento de sus 12 años de reinado.

Hay que tener en cuenta, además, que la elección presidencial de este año era un claro referéndum sobre filosofías políticas, y venció la filosofía progresista.

Tal vez la mejor forma de subrayar la importancia de este dato es comparar esta campaña con la de hace cuatro años. En 2004, el presidente Bush ocultó su verdadera agenda. Se presentó, para decirlo claro, como el defensor de la nación contra terroristas unidos en matrimonios homosexuales, y dejó atónitos a sus propios partidarios cuando, poco después de vencer, anunció que su primera prioridad iba a ser la privatización de la Seguridad Social. Aquello no era por lo que la gente había pensado que votaba, y el plan de privatización pasó rápidamente de ser una empresa gigantesca a convertirse en una farsa.

Este año, en cambio, Obama presentó un programa que incluía el seguro médico garantizado y los recortes fiscales para la clase media, pagados con unos impuestos más altos para los ricos. John McCain dijo que su rival era un socialista y un “redistribuidor”, pero EE UU votó por él. Eso sí que es tener un mandato.

¿Y qué ocurre con el argumento de que la crisis económica va a impedir poner en marcha un programa progresista?

No cabe duda de que la lucha contra la crisis costará mucho dinero. Rescatar el sistema financiero exigirá seguramente grandes sumas de dinero, además de los fondos ya desembolsados. Y también necesitamos con urgencia un programa de aumento del gasto público para fomentar la producción y el empleo. ¿Es posible que el déficit del presupuesto federal ascienda a un billón de dólares el año que viene? Sí.

Pero los manuales clásicos de economía nos dicen que está bien, que es apropiado incurrir en déficits temporales ante una economía deprimida. Y uno o dos años en números rojos, si bien contribuirían modestamente a los futuros gastos financieros federales, no deberían ser un obstáculo para un plan de salud que, por muy rápidamente que se convirtiera en ley, seguramente no entraría en vigor hasta 2011.

Aparte de eso, la propia respuesta a la crisis económica es, en sí, una oportunidad de impulsar un programa progresista. No obstante, Obama no debe imitar la costumbre del de Bush de convertir cualquier cosa en un argumento a favor de sus políticas preferidas. (¿Recesión? La economía necesita ayuda; ¡vamos a bajar los impuestos a los ricos! ¿Recuperación? Los recortes fiscales para los ricos funcionan; ¡vamos a aplicar unos cuantos más!).

Pero sí sería justo que la nueva Administración deje claro que la ideología conservadora, con su convicción de que la codicia siempre es buena, ha ayudado a crear esta crisis. Lo que dijo Franklin Delano Roosevelt en su segunda toma de posesión -”siempre hemos sabido que el interés egoísta e irresponsable era malo desde el punto de vista moral; ahora sabemos que es malo desde el punto de vista económico”- no ha sido nunca tan cierto como hoy.

Y hoy parece ser uno de esos momentos en los que también es verdad que, por el contrario, lo que es bueno desde el punto de vista moral es bueno desde el punto de vista económico. Ayudar a los más necesitados, aumentando las prestaciones de salud y desempleo, es lo que se debe hacer desde una perspectiva ética; es una forma mucho más eficaz de estímulo económico que rebajar el impuesto sobre las plusvalías. Ofrecer ayuda a gobiernos locales en situación difícil para que puedan mantener los servicios públicos esenciales es importante para quienes dependen de dichos servicios, pero es también una forma de evitar pérdidas de puestos de trabajo e impedir que la economía caiga en una depresión aún más profunda. Es decir, abordar un programa de prioridades progresista -llamémoslo un nuevo New Deal- no es sólo posible desde el punto de vista económico, es exactamente lo que necesita la economía.

Lo importante es que Barack Obama no debe escuchar a quienes tratan de asustarlo para que sea un presidente inactivo. Ha recibido un mandato político; tiene de su parte el sentido común económico. Podríamos decir que lo único a lo que debe tener miedo es al propio miedo.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton. © New York Times Service, 2008. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

El País.com

Chile: las debilidades de la izquierda parlamentaria, por C. Huneeus

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10 de Noviembre de 2008

La larga permanencia en el gobierno también tuvo altos costos para los partidos de izquierda. Las figuras del sector que opinan en los principales periódicos sobre el futuro de la Concertación no son senadores, académicos o intelectuales, como en los países avanzados, sino ex ministros o altos funcionarios de gobierno integrados al mundo de la empresa privada.

Por Carlos Huneeus

La Concertación aspira a un quinto gobierno, un objetivo muy difícil de alcanzar porque es inédito, con las excepciones de Suecia, Alemania e Italia. El estado de los partidos y las dificultades del gobierno Bachelet tampoco lo facilitan.

Fue posible en esos países por la solidez de sus partidos, que les permitió ser el eje de las definiciones programáticas y de reclutamiento de sus ministros, y por la calidad de los liderazgos de los jefes de gobierno, que eran, además, presidentes de sus partidos.

Esa solidez de los partidos no se da en Chile. Con la excepción de la UDI, son débiles como organización y en su desempeño. Las directivas del oficialismo han adoptado decisiones equivocadas, reduciéndolas a máquinas electorales, pareciendo imitar a las colectividades de EE.UU.  Chile tuvo una evolución democrática desde el siglo XIX porque  tuvo partidos organizados. Reducirlos sólo a las elecciones, es destruirlos.

Los errores del PDC son conocidos, pero también el PS y el PPD están en dificultades. El conflicto en las elecciones internas del PPD condujo a la renuncia del senador Fernando Flores, acompañado de un diputado, y a la expulsión de uno de sus fundadores y presidente de la colectividad, Jorge Schaulsohn. Para frenar la sangría de militantes, la directiva de Pepe Auth, junto al PRSD, presentó una segunda lista en las elecciones de concejales prometiendo más votos y concejales para la Concertación. Fue una técnica electoral de corto plazo y significó una definición estratégica: quebrar a la coalición ante sus adherentes. Auth no logró lo prometido y la coalición tuvo una lamentable experiencia de competencia interna. Su decisión de proclamar la candidatura del ex presidente Lagos le permite desviar la atención sobre ese grave error y reafirma la prioridad de la técnica electoral, reafirmando las dudas sobre las funciones de un partido instrumental hoy.

El PS también está en problemas, pues la renuncia del senador Alejandro Navarro, el tercero de la Concertación en solo dos años, da cuenta de un conflicto más profundo, que la directiva de Camilo Escalona no ha enfrentado: las diferencias acerca de ciertas políticas económicas y estilos de gestión que priorizan los intereses empresariales, poniendo en un segundo plano su atención de los derechos de los trabajadores, la juventud y las mujeres, especialmente del mundo popular. La larga permanencia en el gobierno también tuvo altos costos para los partidos de izquierda. Las figuras del sector que opinan en los principales periódicos sobre el futuro de la Concertación no son senadores, académicos o intelectuales, como en los países avanzados, sino ex ministros o altos funcionarios de gobierno integrados al mundo de la empresa privada. La participación socialista en la CUT ha reforzado el carácter marginal de esta organización en el sistema político y su cada vez más debilitada influencia entre los trabajadores.

Aquí hay un nudo gordiano para el PS y el PPD: personalidades  que son directores de grandes empresas, especialmente reguladas y españolas, ayudan al desarrollo de relaciones entre el poder económico y el poder político. Esta realidad irrita a los militantes de los partidos y despierta desconfianza en el electorado de la coalición, en un país subdesarrollado y con graves desigualdades económicas y sociales. El caso más llamativo es Jaime Estévez, ex presidente del BancoEstado, durante cuya gestión se concedió un crédito al grupo Luksic para adquirir el Banco de Chile y que fue  nombrado director de éste inmediatamente después de abandonar el gobierno Lagos. Este banco integra el Administrador Financiero del Transantiago, cuyos graves problemas han requerido la ayuda económica del gobierno. Estévez,  además, es director de Endesa, la principal empresa generadora del país, que impulsa, junto a Colbún, controlada por el grupo Matte, la construcción de cinco centrales hidroeléctricas en Aysén que le permitirán aumentar su poder en esta industria. Esto va contra la política energética de los dos primeros gobiernos democráticos, que  buscó disminuir el poder de Endesa y Gener, y promover la entrada de nuevos actores.  El presidente de Chilectra, vinculada a Endesa a través de Enersis, es Jorge Rosenblut, del PPD, un ex subsecretario del sector.

La primera tarea de la Concertación es explicar por qué y para qué busca un quinto gobierno. Se debe traducir en una propuesta sustantiva que refleje su arcoíris de partidos de centro e izquierda, que apunte a resolver los problemas pendientes, comenzando por “las escandalosas desigualdades”,  proponer medidas para separar el poder económico del político, que incluye estrictas normas para evitar los conflictos de intereses, y privilegiar el atender las necesidades de la mayoría. No puede concentrar sus energías en tácticas electorales, ni ignorar que sus partidos son débiles y han perdido electores, como lo demostró la elección municipal.

El PS y el PPD han llegado a una personalización de la lucha electoral que en el pasado caracterizó a la derecha, especialmente en 1958, que no la ayuda a superar sus problemas de liderazgo y de definiciones programáticas.  Las tácticas electorales del PPD y el inmovilismo del PS y el PDC favorecen la candidatura presidencial y parlamentaria de la derecha. Las alternancias de gobiernos en Suecia, Alemania e Italia se debieron a la derrota de los partidos oficialistas, más que al triunfo de la oposición. Los partidos de la Concertación tienen que enfrentar esta difícil situación con respuestas efectivas y debieran ser apoyados en ello por el gobierno y por la presidenta Bachelet.

Argentina: mayoría de la población apoya estatización de sistema de pensiones…

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UNA ENCUESTA MUESTRA APOYO AL SISTEMA ESTATAL
 
Página/12
 

Seis de cada diez argentinos consideran que la jubilación privada implementada en los años ’90 fue pensada como un negocio. También seis de cada diez argentinos aseguran que, puestos a elegir entre el proyecto de reestatización del sistema jubilatorio y la subsistencia de las AFJP, prefieren el traspaso al Estado. Estas son algunas de las conclusiones que arrojó una encuesta realizada por la consultora CEOP en la primera semana de noviembre. El sondeo también refleja el grado de confianza que genera el proyecto oficial de pase al Estado de los fondos administrados por las AFJP. El mayor nivel de dudas lo despierta el cálculo del valor de la jubilación, mientras que la confianza está motivada por la creación de una comisión plural que controle los fondos aportados.

El estudio de CEOP fue realizado a través de la consultas telefónicas, con un cuestionario estructurado y a partir de una muestra de mil personas, lo que da un margen de error de +/- 3,16 por ciento. Las personas consultadas habitan en la región metropolitana, las principales ciudades del país, el NOA, el NEA y dos ciudades de la Patagonia. La primera pregunta de la encuesta apunta a la decisión de reestatizar los fondos de las AFJP. Según las respuestas, el 62,1 por ciento de la población manifestó estar de acuerdo con el proyecto del Gobierno mientras que el 29,4 dijo estar de acuerdo con el proyecto de la oposición. Porcentajes casi iguales arrojó la pregunta sobre la jubilación privada: un 63,3 por ciento dijo que se trató de un negocio, mientras que el 31,3 la consideró un beneficio para los jubilados (ver gráficos).

Una de las preguntas mostró un importante reconocimiento a la política jubilatoria de la Presidenta y su esposo. El 61,1 por ciento de los consultados reconoció que los gobiernos de CFK y Néstor Kirchner se ocuparon especialmente de los jubilados, mientras que el 36,8 rechazó esa afirmación. El sondeo aporta más matices cuando se propone reflejar las confianzas, dudas y desconfianzas que generan algunas disposiciones del proyecto de reestatización. Allí se manifestaron altos porcentajes de dudas y desconfianza. Cuando se preguntó por la forma en que se calcularán los valores de la jubilación, el 51,2 por ciento de los consultados manifestó tener “duda” mientras que el 24,4 directamente reconoció tener “desconfianza”. Sólo expresó su “confianza” el 20,5 por ciento.En relación a cuál será el destino de los fondos de las AFJP, el 48,8 por ciento afirmó tener “desconfianza” mientras que el 30,6 reconoció que tenía “dudas”. La “confianza” fue del 19,3 por ciento.

El único ítem que despertó porcentajes más o menos equivalentes fue la creación de una comisión, integrada por oficialismo, oposición y otros actores sociales, para controlar el manejo de los fondos. Las respuestas fueron más parejas: el 36,2 dijo que la medida le generaba “confianza”, el 35,5 por ciento afirmó tener “duda” y un 26 por ciento aseguró directamente tener “desconfianza”.

EL OFICIALISMO VATICINA UN TRIUNFO EN EL SENADO, DESPUES DE APROBACION POR DIPUTADOS.

“Ya tenemos los votos”

El ministro de Trabajo, Carlos Tomada, y el titular de Anses, Amado Boudou, irán mañana al Senado para responder las consultas de los legisladores en el inicio del debate del proyecto de ley de eliminación de la jubilación privada. Ambos funcionarios estuvieron reunidos ayer para definir los ejes de sus exposiciones. El Gobierno asegura contar con los votos necesarios para que la iniciativa sea convalidada, e incluso señala que la aprobación sería con una mayoría contundente.

El presidente provisional del Senado, José Pampuro, afirmó que en la Cámara alta no se introducirán nuevos cambios al proyecto, que se convertiría en ley en la sesión especial del próximo día 20 tal como salió de Diputados.

“La mayoría de las modificaciones ya fueron tratadas en la Cámara de Diputados. En líneas generales la ley está bastante pulida y no creo que en el Senado se puedan incorporar demasiadas modificaciones”, adelantó Pampuro, e insistió en que “la cantidad de votos para aprobar el proyecto está”. La tranquilidad del oficialismo sobre el resultado de la votación también se basa en que el socialismo confirmó que apoyará la eliminación de las AFJP.

El senador y titular del PS, Rubén Giustiniani, ratificó ayer su postura en esa dirección. “Debemos ser coherentes con lo que sostuvimos en el ’93, ’94, en el sentido de que las AFJP iban a ser una estafa para el país y esto quedó demostrado catorce años después”, justificó. En tanto, el radicalismo, a través del titular del bloque de senadores de ese partido, Ernesto Sanz, ratificó su voto en contra de la propuesta oficial. Para Sanz, el trabajo en comisión de esta semana será sólo “un maquillaje institucional para que el oficialismo intente demostrar que se debaten las leyes en la Argentina”. No explicó cuál debería ser el mecanismo institucional adecuado, más allá del tratamiento legislativo.

Paul Krugman: más intervención del Estado para salir de “pesadilla” de la crisis…

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Paul Krugman propone extender las políticas sociales para combatir esta “pesadilla”

Agencia EFE
Viernes, 7 de noviembre 2008

El Premio Nobel de Economía calificó de “pesadilla” la situación en que se encuentra la economía global y apostó por la extensión de las políticas sociales como vía para combatir la crisis.

“Esto es como una especie de pesadilla. Está llamado a ser la peor depresión en 25 años y podría serlo desde la Gran Depresión. Todo se ha descarrilado y aunque empezó en Wall Street, ya está en las calles (Main Street)”, aseguró Krugman en una entrevista concedida a la cadena de información financiera CNBC.

Para recuperar la estabilidad y el crecimiento económico de los EEUU, el economista de la Universidad de Princeton calculó que se necesitará “probablemente el 4% del PIB (Producto Interior Bruto) o más. Estamos hablando quizá de un plan de 600.000 millones de dólares”, al tiempo que desaconsejó escatimar en esta cuestión.

Aunque estimó que la deuda nacional de los Estados Unidos alcanzará el próximo año el billón de dólares, insistió en recordar al presidente electo de los EEUU, Barack Obama, que “no es momento para pensar a largo plazo, sino de meter dinero a la economía”.

Respecto a la situación del mercado laboral, reconoció que las cifras publicadas este viernes en el país fueron mucho peores de lo previsto, ya que reflejan que en lo que va del año se han destruido casi 1,2 millones de empleos, de los que 240.000 se perdieron en octubre.

Ese mes el índice de desempleo estadounidense llegó al 6,5%, el mayor desde marzo de 1994, aunque Krugman advirtió de que se puede llegar “fácilmente” al 8%, e incluso al 10%, una posibilidad que “habría rechazado hace dos meses”.

“En la última recesión, que oficialmente duró ocho meses, el mercado laboral tardó en volver a mejorar dos años y medio, así que si seguimos ese camino, podría tardar hasta 2010 ó 2011, a no ser que se aplique un programa de recuperación muy efectivo”, explicó.

El también columnista de The New York Times alertó, igualmente, de los “terribles” datos que llegan desde el sector del comercio minorista, “que nos dicen que lo peor aún está por llegar”.

“Así que esto es realmente malo”, apuntó el economista, quien reconoció que jamás había previsto que algo así pudiera ocurrir, pese a que sí advirtió del posible estallido de la burbuja inmobiliaria.

Lo que dijo sorprenderle más de toda esta crisis es “el modo en que se está propagando” y cómo pasó de implicar una explosión de las ejecuciones de hipotecas en los EEUU a suponer la bancarrota de Islandia.

“Demuestra que todo el sistema era más frágil y estaba más interconectado de lo que nadie fue capaz de darse cuenta”, indicó Krugman, quien insistió en la CNBC en que esta es una cuestión “mundial, gigantesca y lo más cercano a 1932. Nunca había podido imaginar que nos acercáramos tanto”.

Ese año, Franklin Roosvelt ganó las elecciones en un país inmerso en la Gran Depresión, por lo que puso en marcha un paquete de medidas para recuperar la economía conocido como New Deal.

En su columna en The New York Times, el economista parafraseó este viernes el lema utilizado por Obama durante su campaña, al asegurar que el presidente electo “sí puede” dar un cambio a esta situación.

Para ello, propuso un New Deal que apueste claramente por la extensión de las políticas sociales. “Ayudar a los más necesitados en momentos de crisis, a través de la extensión de las ayudas sanitarias y al desempleo, es moralmente bueno, pero también es mucho mejor estímulo económico que el recorte de impuestos”, defendió.

Por ello, pidió a Obama que no se deje asustar por quienes quieren que tenga un perfil bajo y le recordó que el resultado de electoral fue “un verdadero mandato” por parte de la ciudadanía, que votó por “un socialista y un redistribuidor” de la riqueza, algo de lo que le acusó su oponente John McCain durante la campaña.

Fuente: EFE

El rescate financiero, saqueo final de Bush, por N. Klein

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En los días finales de la campaña presidencial, muchos republicanos parecen haberse dado por vencidos. Pero eso no significa que estén descansando. Si quieren ver verdadero trabajo duro republicano, vean la energía que le pusieron a sacar por la puerta grandes porciones del rescate de 700 mil millones de dólares. En una reciente sesión de la comisión bancaria del Senado, el republicano Bob Corker estaba obsesionado con esta tarea y con una clara fecha límite en mente: la toma de posesión presidencial. “¿Cuánto crees que pueda gastarse de aquí al 20 de enero o algo así?” Le preguntó Corker a Neel Kashkari, el ex banquero de 35 años encargado del rescate.Cuando los colonizadores europeos se dieron cuenta de que no tenían de otra más que entregar el poder a la población originaria del lugar, muchas veces se enfocaron en despojar a la tesorería local de su oro y llevarse el valioso ganado. Si eran realmente desagradables, como los portugueses en Mozambique a mediados de los años 70, vertían concreto por los huecos de los elevadores. La pandilla de Bush prefiere instrumentos burocráticos: subastas de “activos en riesgo” y el “programa de adquisición de acciones”. Pero no se vayan con la finta: la meta es la misma que la de los derrotados portugueses: un último frenético saqueo de la riqueza pública antes de entregar las llaves de la caja fuerte.

¿De qué otra manera serían lógicas las bizarras decisiones que han dominado la asignación del dinero del rescate? Cuando la administración de Bush anunció que inyectaría 250 mil millones de dólares a los bancos estadunidenses a cambio de acciones, el plan fue descrito por muchos como “nacionalización parcial”: una medida radical que se necesitaba para que los bancos comenzaran de nuevo a prestar dinero. De hecho, no ha habido ninguna nacionalización, parcial o no. Los contribuyentes no han adquirido un control significativo, razón por la cual los bancos pueden gastarse su inesperada ganancia como quieran (en bonificaciones, fusiones, ahorros…) y el gobierno no puede hacer otra cosa que rogar que utilicen una parte en préstamos.

Entonces, ¿cuál es el verdadero propósito del rescate? Me temo que es algo mucho más ambicioso que un regalo que se da una sola vez a los grandes negocios: este rescate está diseñado para seguir saqueando al Departamento del Tesoro durante años. Recuerden, la preocupación principal entre los grandes jugadores en el mercado, en específico los bancos, no es la falta de crédito sino los maltrechos precios de sus acciones. Los inversionistas han perdido la confianza en la honestidad de los bancos, y con razón. Aquí es donde el capital del Departamento del Tesoro rinde frutos.

Al comprar acciones en estas instituciones, el Departamento del Tesoro lanza el mensaje al mercado de que son una apuesta segura. ¿Por qué segura? Porque el gobierno no puede darse el lujo de que fracase. Si estas compañías se meten en problemas, los inversionistas pueden suponer que el gobierno seguirá encontrando más dinero, ya que permitir que se derrumben significaría perder sus primeras inversiones de capital (nomás miren a AIG). Esa atadura del interés público a las compañías privadas es el verdadero propósito del plan de rescate: el secretario del Tesoro Henry Paulson le está entregando a todas las compañías que son admitidas en el programa –que podrían ser miles– una implícita garantía del Departamento de Tesoro. Para inversionistas asustadizos en busca de lugares seguros para meter su dinero, estos acuerdos de capital serán aún más reconfortantes que una calificación Triple A de Moody’s.

Un seguro como ese no tiene precio. Pero para los bancos, la mejor parte es que el gobierno les paga –en algunos casos miles de millones de dólares– por aceptar su aprobación. Para los contribuyentes, en cambio, todo el plan es muy riesgoso, y podría costarle significativamente más que la idea original de Paulson de comprar 700 mil millones de dólares en deuda tóxica. Ahora los contribuyentes no solamente están enganchados por las deudas sino, podría decirse, por el destino de cada empresa que les vende capital.

Resulta interesante que tanto Fannie Mae y Freddie Mac disfrutaron de este tipo de garantía tácita. Durante décadas el mercado comprendió que, debido a que estos jugadores privados estaban enredados con el gobierno, el Tío Sam siempre saldría al rescate. Era el peor de todos los mundos. No sólo se privatizaban las ganancias mientras los riesgos se socializaban, sino que además el respaldo gubernamental implícito creaba poderosos incentivos para hacer imprudentes inversiones.

Ahora, con el nuevo programa de adquisición de acciones, Paulson tomó el desacreditado modelo de Fannie y Freddie y lo aplicó a una enorme franja de la industria bancaria privada. Y una vez más, no hay razón alguna para rehuir de apuestas riesgosas: sobre todo ya que el Departamento del Tesoro no le ha exigido a los bancos que dejen los instrumentos financieros de alto riesgo a cambio de los dólares de los contribuyentes.

Para documentar nuestro optimismo, el gobierno federal también reveló ilimitadas garantías públicas para muchas cuentas de depósito bancarias. Ah, y por si esto no fuera suficiente, el Departamento del Tesoro promueve que los bancos se fusionen entre sí, asegurándose así de que las únicas instituciones que queden en pie sean “demasiado grandes como para fracasar”. Se le está diciendo, de tres maneras distintas, al mercado fuerte y claro que Washington no permitirá que las instituciones financieras del país se responsabilicen de las consecuencias de su comportamiento. Puede ser que ésta sea la innovación más creativa de Bush: el capitalismo sin riesgos.

Hay un atisbo de esperanza. En respuesta a la pregunta del senador Corker, al Departamento del Tesoro se le dificulta distribuir los fondos del rescate. Pidió cerca de 350 mil millones de los 700 mil millones de dólares, pero la mayor parte de éstos todavía no sale por la puerta. Mientras tanto, cada día queda más claro que el rescate fue promovido de manera fraudulenta. Nunca consistió en conseguir que los préstamos fluyeran. Siempre en convertir el Estado en una gigantesca compañía de seguros para Wall Street: una red de seguridad para la gente que menos lo necesita, subsidiado por la gente que más lo necesita.

Esta grotesca duplicidad es una oportunidad. Quien sea que gane la elección del 4 de noviembre tendrá una enorme autoridad moral. Puede ser utilizada para hacer un llamado a frenar la distribución de los fondos del rescate, no después de la toma de posesión sino ahora mismo. Todas las acuerdos deben ser renegociados inmediatamente, y que esta vez sea el pueblo el que obtenga las garantías.

Es riesgoso, claro, interrumpir el rescate. Al mercado no lo gustará. Nada podría ser más riesgoso, sin embargo, que permitir que la pandilla de Bush le dé este regalo de despedida a los grandes negocios, el regalo del que continuaría tomando.

* Naomi Klein es autora de La doctrina del shock. www.naomiklein.org.

Copyright 2008 Naomi Klein. Este texto fue publicado en The Nation.

Traducción: Tania Molina Ramírez.

“el neoliberalismo como destrucción creativa”, por D. Harvey.

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The ANNALS of the American Academy of Political and Social Science 2007
Traducido por Germán Leyens

David Harvey geógrafo, sociólogo urbano e historiador social marxista de reputación académica internacional nació en 1935 en el Reino Unido. Se doctoró en la Universidad de Cambridge en geografía histórica, y en 1969 se mudó a Baltimore, en Estados Unidos, como profesor de geografía en la John Hopkins University. En ese mismo año aparece su primer libro, La explicación en geografía, y a partir de ese momento su interés comienza a centrarse en los aspectos sociales y políticos de la disciplina. En la actualidad es profesor en el Graduate Center in Anthropology de la City University of New York. Además de las obras ya mencionadas, Harvey es autor de Justicia, naturaleza y la geografía de la diferencia (1996) y, más recientemente, de Espacios de esperanza (2000) y El nuevo imperialismo (2003), ambos publicados en español por Akal.

El neoliberalismo se ha convertido en un discurso hegemónico con efectos omnipresentes en las maneras de pensar y las prácticas político-económicas hasta el punto de que ahora forma parte del sentido común con el que interpretamos, vivimos, y comprendemos el mundo. ¿Cómo logró el neoliberalismo una condición tan augusta, y qué representa? En este artículo, el autor afirma que el neoliberalismo es sobre todo un proyecto para restaurar la dominación de clase de sectores que vieron sus fortunas amenazadas por el ascenso de los esfuerzos socialdemócratas en las secuelas de la Segunda Guerra Mundial. Aunque el neoliberalismo ha tenido una efectividad limitada como una máquina para el crecimiento económico, ha logrado canalizar riqueza de las clases subordinadas a las dominantes y de los países más pobres a los más ricos. Este proceso ha involucrado el desmantelamiento de instituciones y narrativas que impulsaban medidas distributivas más igualitarias en la era precedente.

El neoliberalismo es una teoría de prácticas políticas económicas que proponen que el bienestar humano puede ser logrado mejor mediante la maximización de las libertades empresariales dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada, libertad individual, mercados sin trabas, y libre comercio. El papel del Estado es crear y preservar un marco institucional apropiado para tales prácticas. El Estado tiene que preocuparse, por ejemplo, de la calidad y la integridad del dinero. También debe establecer funciones militares, de defensa, policía y judiciales requeridas para asegurar los derechos de propiedad privada y apoyar mercados de libre funcionamiento. Además, si no existen mercados (en áreas como la educación, la atención sanitaria, o la contaminación del medioambiente) deben ser creados, si es necesario mediante la acción estatal. Pero el Estado no debe aventurarse más allá de esas tareas. El intervencionismo del Estado en los mercados (una vez creados) debe limitarse a lo básico porque el Estado no puede posiblemente poseer suficiente información como para anticiparse a señales del mercado (precios) y porque poderosos intereses inevitablemente deformarán e influenciarán las intervenciones del Estado (particularmente en las democracias) para su propio beneficio.

Por una variedad de razones, las prácticas reales del neoliberalismo discrepan frecuentemente de este modelo. Sin embargo, ha habido por doquier un cambio enfático, dirigido ostensiblemente por las revoluciones de Thatcher/Reagan en Gran Bretaña y EE.UU., en las prácticas político-económicas y en el pensamiento desde los años setenta. Estado tras Estado, los nuevos que emergieron del colapso de la Unión Soviética a socialdemocracias y Estados de bienestar de antiguo estilo tales como Nueva Zelanda y Suecia, han abrazado, a veces voluntariamente y a veces como reacción a presiones coercitivas, alguna versión de la teoría neoliberal y han ajustado por lo menos algunas de sus políticas y prácticas correspondientemente. Sudáfrica post-apartheid adoptó rápidamente el marco liberal e incluso China contemporánea parece orientarse en esa dirección. Además, propugnadores de la mentalidad neoliberal ocupan ahora posiciones de considerable influencia en la educación (universidades y muchos think-tanks), en los medios, en las salas de los consejos de las corporaciones y de las instituciones financieras, en instituciones estatales clave (departamentos del tesoro, bancos centrales), y también en aquellas instituciones internacionales como ser el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización Mundial de Comercio (OMC) que regulan las finanzas y el comercio globales. El neoliberalismo, en breve, se ha convertido en hegemónico como un modo de discurso y tiene efectos omnipresentes en las maneras de pensar y las prácticas político-económicas hasta el punto en que se ha incorporado al sentido común con el que interpretamos, vivimos, y comprendemos el mundo.

La neoliberalización se ha extendido, en efecto, por el mundo como una vasta marea de reforma institucional y ajuste discursivo. Aunque abundante evidencia muestra su desarrollo geográfico irregular, ningún sitio puede pretender una inmunidad total (con la excepción de unos pocos Estados como ser Norcorea.) Además, las reglas de enfrentamiento establecidas a través de la OMC (que rigen el comercio internacional) y por el FMI (que rigen las finanzas internacionales) amplifican el neoliberalismo como un conjunto de reglas internacionales. Todos los Estados que se afilian a la OMC y al FMI (¿y cuál puede permitirse no hacerlo?) aceptan acatar (a pesar de un “período de gracia” para permitir un ajuste tranquilo) esas reglas o enfrentar severos castigos.

La creación de este sistema neoliberal ha involucrado mucha destrucción, no sólo de previos marcos y poderes institucionales (tales como la supuesta soberanía previa del Estado sobre los asuntos políticos-económicos) sino también de divisiones laborales, de relaciones sociales, provisiones de seguridad social, mezclas tecnológicas, modos de vida, apego a la tierra, costumbres sentimentales, formas de pensar, etc. Se justifica una cierta evaluación de los aspectos positivos y negativos de esta revolución neoliberal. En lo que sigue, por ello, esbozaré en algunos argumentos preliminares cómo comprender y evaluar esta transformación en el modo en el que trabaja el capitalismo global. Esto requiere que arrostremos las fuerzas, intereses, y agentes subyacentes que han impulsado esta revolución neoliberal con tan implacable intensidad. Para usar la retórica neoliberal contra ella misma, podemos preguntar razonablemente: ¿Qué intereses particulares llevan a que el Estado adopte una posición neoliberal y en qué forma han utilizado esos intereses el neoliberalismo para beneficiarse en lugar de beneficiar, como pretenden, a todos, por doquier?

La “naturalización” del neoliberalismo

Para que algún sistema de pensamiento llegue a ser dominante, requiere la articulación de conceptos fundamentales que se arraiguen tan profundamente en entendimientos de sentido común que lleguen a ser tomados por dados e indiscutibles. Para que esto suceda, no sirve cualquier concepto viejo. Hay que construir un aparato conceptual que atraiga casi naturalmente a nuestras intuiciones e instintos, a nuestros valores y a nuestros deseos, así como a las posibilidades que parecen ser inherentes al mundo social que habitamos. Los personajes fundadores del pensamiento neoliberal tomaron por sacrosantos los ideales políticos de la libertad individual – así como los valores centrales de la civilización. Al hacerlo, eligieron sabiamente y bien, porque son ciertamente conceptos convincentes y muy atractivos. Esos valores fueron amenazados, arguyeron, no solo por el fascismo, las dictaduras, y el comunismo, sino también por todas las formas de intervención estatal que sustituyeron los juicios colectivos por los de individuos dejados en libertad de elegir. Luego concluyeron que sin “el poder diseminado y la iniciativa asociada con (la propiedad privada y el mercado competitivo) es difícil imaginar una sociedad en la que la libertad pueda ser preservada efectivamente.”(1)

Dejando de lado la pregunta de si la parte final del argumento resulta necesariamente de la primera, no puede caber duda de que los conceptos de libertad individual son poderosos por sí mismos, incluso más allá de aquellos terrenos en los que la tradición liberal ha tenido una fuerte presencia histórica. Semejantes ideales dieron fuerza a los movimientos disidentes en Europa Oriental y en la Unión Soviética antes del fin de la guerra fría así como a los estudiantes en la plaza Tiananmen. El movimiento estudiantil que recorrió el mundo en 1968 – de París y Chicago a Bangkok y la Ciudad de México – fue animado en parte por la búsqueda de más libertades de expresión y de decisión individual. Esos ideales han demostrado una y otra vez que constituyen una poderosa fuerza histórica por el cambio.

No es sorprendente, por lo tanto, que los llamados por la libertad rodeen retóricamente a EE.UU. a cada vuelta y que pueblen todo tipo de manifiestos políticos contemporáneos. Eso ha valido particularmente para EE.UU. en los últimos años. En el primer aniversario de los ataques conocidos ahora como 11-S, el presidente Bush escribió un artículo editorial para el New York Times en el que extrajo ideas de un documento de Estrategia Nacional de EE.UU. publicado poco después. “Un mundo en paz de creciente libertad,” escribió, incluso mientras su gabinete se preparaba para lanza la guerra contra Iraq, “sirve a largo plazo a los estadounidenses, refleja ideales perdurables y une a los aliados de EE.UU.” “La humanidad,” concluyó, “tiene en sus manos la oportunidad de ofrecer el triunfo de la libertad sobre sus enemigos de siempre,” y “EE.UU. abraza sus responsabilidades de dirigir en esta gran misión.” De modo aún más enfático, proclamó más adelante que “la libertad es el regalo del Todopoderoso a cada hombre y mujer en este mundo” y “como la mayor potencia del mundo [EE.UU. tiene] una obligación de ayudar a la extensión de la libertad.” (2)

De modo que cuando todas las demás razones para lanzarse a una guerra preventiva contra Iraq resultaron ser falaces o por lo menos deficientes, el gobierno de Bush apeló crecientemente a la idea de que la libertad conferida a Iraq era intrínsicamente una justificación adecuada para la guerra. ¿Pero qué clase de libertad estaba prevista en este caso, ya que, como señaló seriamente hace mucho tiempo el crítico cultural Matthew Arnold: “La libertad es un excelente caballo para cabalgar, pero para cabalgar a alguna parte, (3) ¿Hacia qué destino, entonces, se esperaba que el pueblo iraquí cabalgara sobre el caballo de la libertad que le fue conferido de modo tan desinteresado por la fuerza de las armas?

La respuesta de EE.UU. fue dada el 19 de septiembre de 2003, cuando Paul Bremer, jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición , promulgó cuatro órdenes que incluían “la plena privatización de empresas públicas, plenos derechos de propiedad de empresas iraquíes para firmas extranjeras, repatriación total de los beneficios extranjeros… la apertura de los bancos iraquíes al control extranjero, el tratamiento nacional para compañías extranjeras y… la eliminación de casi todas las barreras comerciales.” (4) Las órdenes debían ser aplicadas a todas las áreas de la economía, incluyendo a los servicios públicos, los medios de información, la manufactura, los servicios, los transportes, las finanzas, y la construcción. Sólo exceptuaron el petróleo.

También fue instituido un sistema tributario regresivo favorecido por los conservadores, llamado un impuesto de tipo único. El derecho de huelga fue ilegalizado y los sindicados prohibidos en sectores clave. Un miembro iraquí de la Autoridad Provisional de la Coalición protestó contra la imposición forzada del “fundamentalismo de libre mercado,” describiéndolo como “una lógica defectuosa que ignora la historia.” (5) Sin embargo, el gobierno iraquí interino nombrado a fines de junio de 2004 no obtuvo ningún poder para cambiar o escribir nuevas leyes – sólo pudo confirmar los decretos que ya habían sido promulgados.

Lo que evidentemente trataba de imponer EE.UU. a Iraq era un aparato estatal neoliberal hecho y derecho cuya misión fundamental era y es facilitar las condiciones para una acumulación rentable de capital para todos, iraquíes y extranjeros por igual. Se esperaba, en breve, que los iraquíes cabalgaran su caballo de la libertad directamente al corral del neoliberalismo. Según la teoría neoliberal, los decretos de Bremer son necesarios y suficientes para la creación de riqueza y por lo tanto para el bienestar mejorado del pueblo iraquí. Constituyen el fundamento apropiado para un adecuado estado de derecho, la libertad individual, y el gobierno democrático. La insurrección que siguió puede ser interpretada en parte como resistencia iraquí a ser presionados hacia el abrazo del fundamentalismo de libre mercado contra su libre voluntad. Es útil recordar, sin embargo, que el primer gran experimento en la formación de un Estado neoliberal fue Chile después del golpe de Augusto Pinochet, casi exactamente treinta años antes de la promulgación de los decretos de Bremer, en el “pequeño 11 de septiembre” de 1973. El golpe, contra el gobierno socialdemócrata, democráticamente elegido e izquierdista, de Salvador Allende, fue fuertemente respaldado por la CIA y apoyado por el Secretario de Estado de EE.UU., Henry Kissinger.

Reprimió violentamente a todos los movimientos sociales y organizaciones políticas a la izquierda del centro y desmanteló todas las formas de organizaciones populares, como ser centros comunitarios de salud en vecindarios pobres. El mercado laboral fue “liberado” de restricciones reguladoras o institucionales – el poder sindical, por ejemplo. Pero, en 1973, las políticas de sustitución de importación que habían dominado anteriormente en los intentos latinoamericanos de regeneración económica, y que habían tenido un cierto éxito en Brasil después del golpe de 1964, se habían desprestigiado. Con la economía mundial en medio de una seria recesión, se necesitaba evidentemente algo nuevo. Un grupo de economistas de EE.UU. conocido como “los Chicago boys,” por su apego a las teorías neoliberales de Milton Friedman, que entonces enseñaba en la Universidad de Chicago, fueron llamados para ayudar a reconstruir la economía chilena.

Lo hicieron siguiendo líneas de libre mercado, privatizando activos públicos, abriendo recursos naturales a la explotación privada, y facilitando inversiones extranjeras directas y el libre comercio. Garantizaron el derecho de las compañías extranjeras a repatriar beneficios de sus operaciones chilenas. Favorecieron el crecimiento basado en las exportaciones por sobre la sustitución de importaciones. La subsiguiente reanimación de la economía chilena en términos de crecimiento, acumulación de capital, y altas tasas de rentabilidad para las inversiones extranjeras suministró evidencia sobre la cual se pudo modelar las políticas neoliberales más abiertas tanto en Gran Bretaña (bajo Thatcher) y EE.UU. (bajo Reagan). No fue por primera vez en que un brutal experimento en destrucción creativa realizado en la periferia se convirtió en modelo para la formulación de políticas en el centro. (6)

Que dos reestructuraciones obviamente similares del aparato estatal hayan ocurrido en tiempos tan diferentes en partes bastante diferentes del mundo bajo la influencia coercitiva de EE.UU. podría ser tomado como indicativo de que el sombrío alcance del poder imperial de EE.UU. podría encontrarse tras la rápida proliferación de formas de Estado neoliberal en todo el mundo a partir de mediados de los años setenta. Pero el poder y la temeridad de EE.UU. no constituyen toda la historia. No fue, después de todo, EE.UU., quien obligó a Margaret Thatcher a emprender el camino neoliberal en 1979. Y a comienzos de los años ochenta, Thatcher fue una propugnadora mucho más consecuente del neoliberalismo que lo que llegó alguna vez a ser Reagan. Ni fue EE.UU. el que obligó a China en 1978 a seguir el camino que con el tiempo la llevó a acercarse más y más al abrazo del neoliberalismo. Sería difícil atribuir los avances hacia el neoliberalismo en India y Suecia en 1992 al alcance imperial de EE.UU. El disparejo desarrollo geográfico del neoliberalismo en la escena mundial ha sido un proceso muy complejo que involucró múltiples determinaciones y más que un poco de caos y confusión. ¿Por qué, entonces, ocurrió el giro neoliberal, y cuáles fueron las fuerzas que lo hicieron avanzar hasta el punto en que ahora se ha convertido en un sistema hegemónico dentro del capitalismo global?

¿A qué se debe el giro neoliberal?

Hacia fines de los años sesenta, el capitalismo global iba cayendo en una situación caótica. Una recesión importante ocurrió a comienzos de 1973 – la primera desde la gran crisis de los años treinta. El embargo del petróleo y el aumento de los precios del crudo que sobrevinieron posteriormente durante ese año después de la guerra árabe-israelí exacerbaron problemas críticos. El capitalismo arraigado del período de posguerra, con su fuerte énfasis en un pacto difícil entre el capital y el trabajo realizado gracias a la mediación de un Estado intervencionista que prestó mucha atención a lo social (es decir a los programas de asistencia) y a los salarios individuales, ya no funcionaba. El acuerdo de Bretton Woods establecido para regular el comercio y las finanzas internacionales fue finalmente abandonado en 1973 a favor de tasas de cambio flotantes.

Ese sistema había producido altas tasas de crecimiento en los países capitalistas avanzados y generado algunos beneficios indirectos – de modo más obvio en Japón pero también diferentemente a través de Sudamérica y algunos otros países del Sudeste Asiático – durante la “edad dorada” del capitalismo en los años cincuenta y a comienzos de los sesenta. Al llegar la década siguiente, sin embargo, los sistemas previamente existentes estaban agotados y se necesitaba urgentemente una nueva alternativa para reiniciar el proceso de la acumulación de capital. (7) Cómo y por qué el neoliberalismo emergió victorioso como respuesta a ese dilema es una historia compleja. En retrospectiva, puede parecer como si el neoliberalismo hubiera sido inevitable, pero en esos días nadie sabía o comprendía realmente con alguna certeza qué clase de reacción daría resultados y cómo.

El mundo trastabilló hacia el neoliberalismo a través de una serie de virajes y movimientos caóticos que terminaron por converger en el así llamado “Consenso de Washington” en los años noventa. El disparejo desarrollo geográfico del neoliberalismo, y su aplicación parcial y asimétrica de un país a otro, testimonia de su carácter vacilante y de las maneras complejas en las que fuerzas políticas, tradiciones históricas, y configuraciones institucionales existentes influyeron todas en por qué y cómo el proceso ocurrió realmente en el terreno.

Existe, sin embargo, un elemento dentro de esta transición que merece una atención coordinada. La crisis de la acumulación de capital de los años setenta afectó a todos a través de la combinación de creciente desempleo e inflación acelerada. El descontento se generalizaba, y la combinación de movimientos sociales laborales y urbanos en gran parte del mundo capitalista avanzado auguraba una alternativa socialista para el compromiso social entre capital y trabajo, que había cimentado la acumulación de capital de un modo tan exitoso en el período de posguerra. Los partidos comunistas y socialistas ganaban terreno en gran parte de Europa, e incluso en EE.UU. las fuerzas populares agitaban por amplias reformas e intervenciones estatales en todo, desde la protección del entorno a la seguridad en el trabajo y la salud y la protección del consumidor contra los abusos corporativos. Esto representaba una clara amenaza política para las clases gobernantes por doquier, tanto en los países capitalistas avanzados, como Italia y Francia, así como en numerosos países en desarrollo, como México y Argentina.

Más allá de los cambios políticos, la amenaza económica a la posición de las clases gobernantes se hacía palpable. Una condición del acuerdo de posguerra en casi todos los países fue la restricción del poder económico de las clases altas y que el trabajo recibiera una parte mucho mayor de la torta económica. En EE.UU., por ejemplo, la parte del ingreso nacional recibida por el 1% superior de los asalariados cayó de un máximo previo a la guerra de un 16% a menos de un 8% a fines de la Segunda Guerra Mundial y se quedó cerca de ese nivel durante casi tres décadas. Mientras el crecimiento era fuerte semejantes limitaciones parecían carecer de importancia, pero cuando el crecimiento se derrumbó en los años setenta, y las tasas de interés pasaron a ser negativas y los dividendos y beneficios se redujeron, las clases dirigentes se sintieron amenazadas. Tenían que actuar decisivamente si querían proteger su poder contra la aniquilación política y económica.

El golpe de estado en Chile y la toma del poder por los militares en Argentina, fomentados y dirigidos internamente en ambos casos por las elites dirigentes con apoyo de EE.UU., suministraron una especie de solución. Pero el experimento chileno con el neoliberalismo demostró que los beneficios de la acumulación de capital resucitada fueron presentados de un modo altamente sesgado. Al país y a sus elites dirigentes junto con los inversionistas extranjeros les fue bastante bien mientras a la gente en general le iba mal. Con el pasar del tiempo, esto ha sido un efecto tan persistente de las políticas neoliberales como para que sea considerado como un componente estructural de todo el proyecto. Dumenil y Levy han llegado a argumentar que el neoliberalismo fue desde su propio comienzo un esfuerzo por restaurar el poder de clase a las capas más ricas de la población. Mostraron como desde mediados de los años ochenta, la parte del 1% superior de los devengadores de ingresos en EE.UU. aumentó rápidamente para llegar a un 15% a fines del siglo. Otros datos muestran que el 0,1% superior de los devengadores de ingresos aumentaron su parte del ingreso nacional de un 2% en 1978 a más de un 6% en 1999. Otra medida más muestra que la ratio de la compensación media de trabajadores a los salarios de responsables ejecutivos máximos aumentó de sólo un poco más de treinta a uno en 1970 a más de cuatrocientos a uno en 2000. Es casi seguro que, con los recortes de impuestos del gobierno de Bush, la concentración de ingresos y de riqueza en los niveles superiores de la sociedad sigue su ritmo. (8)

Y EE.UU. no se encuentra solo: el 1% superior de los devengadores de ingresos en Gran Bretaña duplicó su parte del ingreso nacional de un 6,5% a un 13% durante los últimos veinte años. Si miramos más lejos, vemos extraordinarias concentraciones de riqueza y poder dentro de una pequeña oligarquía después de la aplicación de la terapia de choque neoliberal en Rusia y un aumento asombroso en las desigualdades de los ingresos y de la riqueza en China al adoptar prácticas neoliberales. Aunque hay excepciones a esta tendencia – varios países del este y del sudeste de Asia han contenido las desigualdades en los ingresos dentro de modestos límites, así como Francia y los países escandinavos – la evidencia sugiere que el giro neoliberal se asocia de alguna manera y en un cierto grado con intentos de restaurar o reconstruir el poder de las clases altas. Podemos, por lo tanto, examinar la historia del neoliberalismo sea como un proyecto utopista que provee un patrón teórico para la reorganización del capitalismo internacional o como un ardid político que apunta a reestablecer las condiciones para la acumulación de capital y la restauración del poder de clase. A continuación, argumentaré que el último de estos objetivos es el que ha dominado. El neoliberalismo no ha demostrado su efectividad en la revitalización de la acumulación global de capital, pero ha logrado restaurar el poder de clase. Como consecuencia, el utopismo teórico del argumento neoliberal ha funcionado más como un sistema de justificación y legitimación. Los principios del neoliberalismo son rápidamente abandonados cada vez que entran en conflicto con el proyecto de clase.

El neoliberalismo no ha demostrado su efectividad en la revitalización de la acumulación global de capital, pero ha logrado restaurar el poder de clase

Hacia la restauración del poder de clase

Si hubo movimientos para restaurar el poder de clase dentro del capitalismo global, ¿cómo fueron implementados y por quién? La respuesta a esa pregunta en países como Chile y Argentina fue simple: un rápido, brutal golpe de estado, seguro de sí mismo, respaldado por las clases altas. y la subsiguiente feroz represión contra todas las solidaridades creadas dentro de los movimientos sociales sindicales y urbanos que habían amenazado tanto su poder. En otros sitios, como en Gran Bretaña y México en 1976, fue necesario el amable espoleo de un Fondo Monetario Internacional, que todavía no era un feroz neoliberal, para empujar a los países hacia prácticas – aunque de ninguna manera un compromiso político – de recortar gastos sociales y programas de asistencia para reestablecer la probidad fiscal. En Gran Bretaña, por supuesto, Margaret Thatcher empuñó más tarde con tanta más furia el garrote neoliberal en 1979 y lo blandió con gran efecto, a pesar de que nunca logró superar por completo la oposición dentro de su propio partido y nunca pudo cuestionar efectivamente temas centrales del Estado de bienestar como el Servicio Nacional de Salud. Es interesante que recién en 2004 el gobierno laborista haya atrevido a introducir una estructura de pagos en la educación superior. El proceso de neoliberalización fue entrecortado, irregular desde el punto de vista geográfico, y fuertemente influenciado por estructuras de clase y otras fuerzas sociales que se mueven a favor o contra sus propuestas centrales dentro de formaciones estatales particulares e incluso dentro de sectores en particular, por ejemplo, la salud o la educación. (9)

Es informativo considerar más de cerca cómo el proceso se desarrolló en EE.UU., ya que este caso fue cardinal como influencia en otras y más recientes transformaciones. Varias líneas del poder se entrecruzaron para crear una transición que culminó a mediados de los años noventa con la toma del poder por el Partido Republicano. Ese logro representó de hecho un “Contrato con EE.UU.” neoliberal como programa para acción en el interior. Antes de ese desenlace dramático, sin embargo, se dieron muchos pasos, que se basaban y reforzaban mutuamente. Para comenzar, en 1970 o algo así, hubo un creciente sentimiento entre las clases altas de EE.UU. de que el clima contrario a los negocios y antiimperialista que había emergido hacia fines de los años sesenta había ido demasiado lejos.

En un célebre memorando, Lewis Powell (a punto de ser elevado a la Corte Suprema por Richard Nixon) instó en 1971 a la Cámara de Comercio de EE.UU. a montar una campaña colectiva para demostrar que lo que era bueno para los negocios era bueno para EE.UU. Poco después, fue formada una tenebrosa pero influyente Mesa Redonda Empresarial que todavía existe y que juega un importante papel estratégico en la política del Partido Republicano. Comités corporativos de acción política, legalizados bajo las leyes de financiamiento de las campañas electorales post Watergate de 1974, proliferaron como un reguero de pólvora. Con actividades protegidas bajo la Primera Enmienda como una forma de libertad de expresión por una decisión de la Corte Suprema de 1976, comenzó la captura sistemática del Partido Republicano como instrumento de clase del poder corporativo y financiero colectivo (más que particular o individual). Pero el Partido Republicano necesitaba una base popular, y lograrlo fue más problemático.

La incorporación de líderes de la derecha cristiana, presentada como mayoría moral, junto con la Mesa Redonda Empresarial, suministraron la solución a ese problema. Un gran segmento de la clase trabajadora resentida, insegura, y en su mayor parte blanca, fue persuadido para que votara regularmente contra sus propios intereses materiales por motivos culturales (antiliberales, antinegros, antifeministas y antigays), nacionalistas y religiosos. A mediados de los años noventa, el Partido Republicano había perdido casi todos sus elementos liberales y se había convertido en una máquina derechista homogénea que conecta los recursos financieros del gran capital corporativo con una base populista, la Mayoría Moral, que era particularmente fuerte en el sur de EE.UU. (10)

El segundo elemento en la transición de EE.UU. tuvo que ver con la disciplina fiscal. La recesión de 1973 a 1975 disminuyó los ingresos tributarios a todos los niveles en una época de creciente demanda de gastos sociales. Aparecieron déficits por doquier como un problema crucial. Había que hacer algo respecto a la crisis fiscal del Estado; la restauración de la disciplina monetaria era esencial. Esa convicción otorgó poder a las instituciones financieras que controlaban las líneas de crédito del gobierno. En 1975, se negaron a refinanciar la deuda de Nueva York y llevaron a esa ciudad al borde de la bancarrota. Una poderosa cabala de banqueros de unió al Estado para reforzar el control sobre la ciudad.

Eso significó refrenar las aspiraciones de los sindicatos municipales, despidos en el empleo público, congelación de salarios, recortes en las provisiones sociales (educación, salud pública y servicios de transporte), y la imposición de pagos por los usuarios (los gastos de matrícula fueron introducida por primera vez en el sistema de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). El rescate trajo consigo la construcción de nuevas instituciones que tenían prioridad en los ingresos de impuestos de la ciudad a fin de pagar a los poseedores de bonos, lo que quedaba iba al presupuesto de la ciudad para servicios esenciales. La indignidad final fue un requerimiento de que los sindicatos municipales invirtieran sus fondos de pensión en bonos de la ciudad. Esto aseguró que los sindicatos moderaran sus reivindicaciones para evitar el peligro de perder sus fondos de pensión debido a la bancarrota de la ciudad.

Acciones semejantes representaban un golpe de estado de las instituciones financieras contra el gobierno democráticamente elegido de la ciudad de Nueva York, y fueron tan efectivas como la toma del poder militar que había ocurrido anteriormente en Chile. Gran parte de la infraestructura social de la ciudad fue destruida, y los fundamentos físicos (por ejemplo, el sistema de tránsito) se deterioraron considerablemente por falta de inversión o incluso mantenimiento. La administración de la crisis fiscal de Nueva York allanó el camino para prácticas neoliberales tanto en el interior bajo Ronald Reagan como internacionalmente a través del Fondo Monetario Internacional durante todos los años ochenta. Estableció el principio de que, en el evento de un conflicto entre la integridad de las instituciones financieras y los poseedores de bonos por una parte y el bienestar de los ciudadanos por la otra, los primeros tuvieran la preferencia. Dejó en claro el punto de vista de que el papel del gobierno es crear un buen clima para los negocios en lugar de velar por las necesidades y el bienestar de la población en general. En medio de una crisis fiscal generalizada hubo redistribuciones fiscales en beneficio de las clases altas.

Queda por ver si todos los agentes involucrados en la producción de este compromiso en Nueva York lo vieron en la época como una táctica para la restauración del poder de las clases altas. La necesidad de mantener la disciplina fiscal es un asunto de profunda preocupación en sí mismo y no tiene que conducir a la restitución de la dominación de clase. Es poco probable, por lo tanto, que Felix Rohatyn, el banquero mercantil de importancia crucial en el acuerdo entre la ciudad, el Estado, y las instituciones financieras, haya pensado en la reimposición del poder de clase. Pero ese objetivo fue probablemente importante en los pensamientos de los banqueros de inversiones. Fue casi con seguridad el objetivo del Secretario del Tesoro de aquel entonces, William Simon, quien habiendo observado con aprobación el progreso de los eventos en Chile, se negó a ayudar a Nueva York y declaró abiertamente que quería que la ciudad sufriera tanto que ninguna otra ciudad en la nación se volviera a atrever a aceptar otra vez obligaciones sociales similares. (11)

El tercer elemento en la transición de EE.UU. conllevaba un ataque ideológico contra los medios de información y las instituciones educacionales. Proliferaron los “think tanks” independientes financiados por acaudalados individuos y donantes corporativos – ante todo la Heritage Foundation – para preparar una acometida ideológica orientada a persuadir al público del sentido común de las propuestas neoliberales. Una inundación de documentos y propuestas políticas y un verdadero ejército de lugartenientes bien pagados, entrenados para promover ideas neoliberales, en combinación con la adquisición corporativa de canales mediáticos transformaron efectivamente el clima discursivo en EE.UU. a mediados de los años ochenta.

Proclamaron estruendosamente el proyecto de “sacar al gobierno de por sobre las espaldas de la gente” y de reducir el gobierno hasta que pudiera ser “ahogado en una bañera”. A este respecto, los promotores del nuevo evangelio encontraron una audiencia dispuesta en el ala del movimiento de 1968 cuyo objetivo era lograr más libertad individual del poder estatal y de las manipulaciones del capital monopolista. El argumento libertario a favor del neoliberalismo resultó ser una poderosa fuerza a favor del cambio. Hasta el punto que el capital se reorganizó para abrir un espacio para el empresariado individual y desvió sus esfuerzos para satisfacer innumerables mercados nicho, particularmente los definidos por la liberación sexual, que fueron generados por un consumismo cada vez más individualizado, para que los hechos correspondieran a la teoría.

Este cebo del empresariado y del consumismo individualizados fue respaldado por el garrote blandido por el Estado y las instituciones financieras contra la otra ala del movimiento de 1968 cuyos miembros habían buscado justicia social mediante la negociación colectiva y las solidaridades sociales. La destrucción por Reagan de los controladores aéreos (PATCO) en 1980 y la derrota por Margaret Thatcher de los mineros británicos en 1984 fueron momentos cruciales en el giro global hacia el neoliberalismo. El ataque contra instituciones, como sindicatos y organizaciones de derechos asistenciales, que trataban de proteger y favorecer los intereses de la clase trabajadora fue amplio y profundo. Los salvajes recortes en los gastos sociales y del Estado de bienestar, y el paso de toda responsabilidad por su bienestar a los individuos y sus familias avanzaron a paso acelerado. Pero esas prácticas no se detuvieron en las fronteras nacionales, y no podían hacerlo.

Después de 1980, EE.UU., ya comprometido firmemente con la liberalización y claramente respaldado por Gran Bretaña, trató, mediante una mezcla de liderazgo, persuasión –los departamentos de economía de las universidades de investigación de EE.UU. jugaron un papel importante en la capacitación de muchos de los economistas de todo el mundo en los principios neoliberales– y la coerción para exportar la neoliberalización por todas partes. La purga de economistas keynesianos y su reemplazo por monetaristas neoliberales en el Fondo Monetario Internacional en 1982 transformó el FMI dominado por EE.UU. en un agente de primera clase de la neoliberalización mediante sus programas de ajuste estructural impuestos a cualquier Estado (y hubo muchos en los años ochenta y noventa) que requería su ayuda en el repago de la deuda. El Consenso de Washington, que fue forjado en los años noventa, y las reglas de negociación fijadas bajo la Organización Mundial de Comercio en 1998, confirmaron el giro global hacia las prácticas neoliberales. (12)

El nuevo concordato internacional también dependía de la reanimación y de la reconfiguración de la tradición imperial de EE.UU. Esa tradición había sido forjada en Centroamérica en los años veinte, como una forma de dominación sin colonias. Repúblicas independientes podían ser mantenidas bajo la dominación de EE.UU., y actuar efectivamente, en el mejor de los casos, como testaferros de los intereses de EE.UU. a través del apoyo de hombres fuertes – como Somoza en Nicaragua, el Shah en Irán, y Pinochet en Chile – y un séquito de seguidores respaldados por la ayuda militar y financiera. Se disponía de ayuda clandestina para promover el ascenso al poder de dirigentes semejantes, pero al llegar los años setenta se hizo evidente que se necesitaba algo más: la apertura de mercados, nuevos espacios para inversiones, y que se abrieran campos en los que los poderes financieros pudieran operar con seguridad. Esto implicaba una integración mucho más estrecha de la economía global, con una arquitectura financiera bien definida.

La creación de nuevas prácticas institucionales, tales como las que fueron fijadas por el FMI y la OMC , suministró vehículos convenientes a través de los cuales se podía ejercer el poder financiero y de mercado. El modelo necesitaba la colaboración entre las principales potencias capitalistas y el Grupo de Siete (G7), llevando a Europa y Japón a alinearse con EE.UU. para conformar el sistema financiero y comercial global de maneras que obligara efectivamente a todas las naciones a someterse. “Naciones proscritas,” definidas como las que no se ajustaban a esas reglas globales, podían entonces ser encaradas mediante sanciones o la fuerza coercitiva o incluso militar si resultaba necesario. De esta manera, las estrategias imperialistas neoliberales de EE.UU. fueron articuladas a través de una red global de relaciones de poder, uno de los efectos de la cual fue permitir que las clases altas de EE.UU. hicieran pagar tributos financieros y dispusieran de rentas del resto del mundo como un medio para aumentar su control ya hegemónico. (13)

Neoliberalismo como destrucción creativa

¿Cómo resolvió la neoliberalización los problemas del debilitamiento de la acumulación de capital? Sus antecedentes reales en el estímulo del crecimiento económico son pésimos. Las tasas de crecimiento agregado eran de unos 3,5% en los años sesenta e incluso durante los atribulados años setenta cayeron a sólo un 2,4%. Las tasas subsiguientes de crecimiento global de 1,4% y de 1,1% para los años ochenta y noventa, y una tasa que apenas llega a 1% desde 2000, indican que el neoliberalismo ha fracasado ampliamente en el estímulo del crecimiento global. (14) Incluso si excluimos de este cálculo los efectos catastróficos del colapso de la economía rusa y de algunas centroeuropeas después del tratamiento de terapia neoliberal de los años noventa, el rendimiento económico global desde el punto de vista de la restauración de las condiciones de acumulación general de capital ha sido débil.

A pesar de su retórica sobre la cura de economías enfermas, ni Gran Bretaña ni EE.UU. lograron un elevado rendimiento económico en los años ochenta. Esa década perteneció a Japón, a los “tigres” del Este Asiático, y a Alemania Occidental como motores de la economía global. Esos países fueron tuvieron mucho éxito, pero sus sistemas institucionales radicalmente diferentes dificultan la identificación de sus logros con el neoliberalismo. El Bundesbank (Banco Central) alemán había tomado una fuerte línea monetarista (concordante con el neoliberalismo) durante más de dos décadas, un hecho que sugiere que no existe una conexión necesaria entre el monetarismo per se y la búsqueda de la restauración del poder de clase. En Alemania Occidental, los sindicatos siguieron siendo fuertes y los niveles de salario se mantuvieron relativamente elevados junto a la construcción de un Estado de bienestar progresista.

Uno de los efectos de esta combinación fue que se estimuló una alta tasa de innovación tecnológica que mantuvo a Alemania Occidental en las primeras filas en el terreno de la competencia internacional. La producción impulsada por la exportación hizo avanzar al país como líder global. En Japón, los sindicatos independientes eran débiles o inexistentes, pero la inversión estatal en el cambio tecnológico y organizativo y la estrecha relación entre las corporaciones y las instituciones financieras (un sistema que también demostró ser acertado en Alemania Occidental) generó un sorprendente desempeño impulsado por la exportación, en gran parte a costas de otras economías capitalistas como ser el Reino Unido y EE.UU. Un tal crecimiento, como lo hubo en los años ochenta (y la tasa de crecimiento agregado en el mundo fue incluso más baja que la de los atribulados años setenta) no dependió por lo tanto, de la neoliberalización.

Muchos Estados europeos, por ello, se resistieron a las reformas neoliberales y encontraron cada vez más modos de preservar gran parte de su patrimonio socialdemócrata mientras se movían, en algunos casos con bastante éxito, hacia el modelo alemán occidental. En Asia, el modelo japonés implantado bajo sistemas autoritarios de gobierno en Corea del Sur, Taiwán y Singapur, demostró que era viable y concordante con una razonable igualdad de distribución. Recién en los años noventa, la neoliberalización comenzó a producir frutos tanto en EE.UU. como en Gran Bretaña. Esto sucedió en medio de un prolongado período de deflación en Japón, y un relativo estancamiento en la recién unificada Alemania. Queda por ver si la recesión japonesa ocurrió como simple resultado de presiones competitivas o si fue ingeniada por agentes financieros en EE.UU. para postrar la economía japonesa.

De modo que ¿por qué entonces ante estos antecedentes desiguales si no pésimos, tantos fueron persuadidos de que la neoliberalización es una solución exitosa? Además y más allá de la corriente persistente de propaganda que emana de los think tanks neoliberales y recarga los medios de información, se destacan dos razones materiales. Primero, la neoliberalización ha sido acompañada por una creciente volatilidad dentro del capitalismo global. El que el éxito se materializara en algún sitio oscureció la realidad de que el neoliberalismo fracasaba en general. Episodios periódicos de crecimiento se entremezclaron con fases de destrucción creativa, registradas usualmente como severas crisis financieras. Argentina fue abierta al capital extranjero y a la privatización en los años noventa y durante varios años fue la favorita de Wall Street, sólo para derrumbarse hacia el desastre cuando el capital internacional se retiró a fines de la década. El colapso financiero y la devastación social fueron rápidamente seguidos por una prolongada crisis política. La turbulencia financiera cundió por todo el mundo en desarrollo y en algunos casos, como en Brasil y México, repetidas olas de ajuste estructural y austeridad llevaron a la parálisis económica.

Por otra parte, el neoliberalismo ha sido un inmenso éxito desde el punto de vista de las clases altas. Ha restaurado la posición de clase de las elites gobernantes, como en EE.UU. y Gran Bretaña, o creado condiciones para la formación de la clase capitalista, como en China, India, Rusia, y otros sitios. Incluso países que sufrieron ampliamente por la neoliberalización han presenciado el masivo reordenamiento interno de las estructuras de clase. La ola de privatización que llegó a México con el gobierno de Salinas de Gortari en 1992, generó concentraciones de riqueza sin precedentes en las manos de unos pocos (Carlos Slim, por ejemplo, que se hizo cargo del sistema telefónico estatal y se convirtió instantáneamente en multimillonario).

Con medios dominados por los intereses de la clase alta, podía propagarse el mito de que ciertos sectores fracasaron porque no fueron suficientemente competitivos, preparando así la escena para aún más reformas neoliberales. Se necesitaba más desigualdad social para alentar el riesgo y la innovación empresariales, y éstas, por su parte, confieren ventajas competitivas y estimulan el crecimiento. Si las condiciones entre las clases bajas se deterioraban, era porque no mejoraban su propio capital humano mediante la educación, la adquisición de una ética protestante de trabajo, y su sumisión a la disciplina y flexibilidad laboral por defectos personales, culturales y políticos. En un mundo spenceriano, decía el argumento, sólo los más aptos debían y podían sobrevivir. Los problemas sistémicos fueron camuflados bajo una tempestad de pronunciamientos ideológicos y una plétora de crisis localizadas.

Si el principal efecto del neoliberalismo ha sido redistributivo en lugar de generativo, había que encontrar modos de transferir activos y canalizar la riqueza y los ingresos sea de la masa de la población hacia las clases altas o de países vulnerables a los más ricos. En otro sitio presento un informe sobre estos procesos bajo la rúbrica de acumulación por desposeimiento. (15) Con eso, quiero decir la continuación y proliferación de prácticas de acumulación que Marx había designado como “primitivas” u “originales” durante el ascenso del capitalismo. Estas incluyen (1) la conmodificación y privatización de la tierra y la expulsión forzada de poblaciones campesinas (como recientemente en México e India); (2) la conversión de diversas formas de derechos de propiedad (común, colectiva, estatal ,etc.) en derechos exclusivamente de propiedad privada; (3) la supresión de derechos a las áreas públicas; (4) la conmodificación del poder laboral y la supresión de formas alternativas (indígenas) de producción y consumo; (5) procesos coloniales, neocoloniales, e imperiales, de apropiación de activos (incluyendo los recursos naturales); (6) la monetización de los intercambios y de la tributación, particularmente de tierras; (7) la trata de esclavos (que continúa, particularmente en la industria del sexo); y (8) la usura, la deuda nacional y. lo más devastador de todo, el uso del sistema crediticio como un medio radical de acumulación primitiva.

El Estado, con su monopolio de la violencia y de las definiciones de la legalidad, juega un rol crucial en el respaldo y la promoción de estos procesos. A esta lista de mecanismos, podemos agregar ahora una armadía de técnicas adicionales, tales como la extracción de rentas de patentes y derechos de propiedad intelectual y la disminución o cancelación de varias formas de propiedad comunitaria – tales como pensiones estatales, vacaciones pagas, acceso a la educación y a la atención sanitaria – conquistadas en una generación o más de luchas socialdemócratas. La propuesta de privatizar todos los derechos a la pensión estatal (aplicada por primera vez en Chile bajo la dictadura de Augusto Pinochet) es, por ejemplo, uno de los objetivos predilectos de los neoliberales en EE.UU.

En los casos de China y Rusia, podría ser razonable referirse a recientes acontecimientos en términos “primitivos” y “originales”, pero las prácticas que restauraron el poder a elites capitalistas en EE.UU. y otros sitios son mejor descritas como un proceso continuo de acumulación mediante el desposeimiento que creció rápidamente bajo el neoliberalismo. A continuación, aíslo cuatro elementos principales.

1.  Privatización

La corporatizacion, conmodificación, y privatización de activos públicos anteriormente públicos han sido características emblemáticas del proyecto neoliberal. Su principal objetivo ha sido abrir nuevos campos para la acumulación de capital en terrenos que anteriormente eran considerados como fuera de límites para los cálculos de rentabilidad. Servicios públicos de todo tipo (agua, telecomunicaciones, transporte), suministro de asistencia social (viviendas sociales, educación, atención sanitaria, pensiones), instituciones públicas (tales como universidades, laboratorios de investigación, prisiones), e incluso la guerra (como lo ilustra el “ejército” de contratistas privados que operan junto a las fuerzas armadas en Iraq) han sido todos privatizados en algún grado en todo el mundo capitalista.

Derechos de propiedad privada establecidos a través del así llamado acuerdo ADPIC (Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio) dentro de la OMC , define como propiedad privada a materiales genéticos, plasmas de semillas, y a todo tipo de otros productos. Entonces se pueden extraer rentas por su uso de poblaciones cuyas prácticas han jugado un papel crucial en el desarrollo de esos materiales genéticos. La biopiratería es rampante, y el pillaje de las reservas de recursos genéticos del mundo ha avanzado en beneficio de unas pocas grandes compañías farmacéuticas. La escalada del agotamiento de los bienes comunes medioambientales del globo (tierra, aire, agua) y la proliferación de las degradaciones del hábitat que imposibilitan todo lo que no sean modos de requerimiento intensivo de capital para la producción agrícola han resultado asimismo de la conmodificación de la naturaleza en todas sus formas.

La conmodificación (a través del turismo) de las formas culturales, historias, y de la creatividad intelectual, involucra desposeimientos generalizados (la industria de la música es tristemente célebre por la apropiación y explotación de la cultura y la creatividad de base). Como en el pasado, el poder del Estado es utilizado frecuentemente para imponer esos procesos incluso contra la voluntad popular. El retroceso de los marcos reguladores diseñados para proteger a las fuerzas laborales y al entorno contra la degradación ha conllevado la pérdida de derechos. La reversión hacia el dominio privado de los derechos de propiedad común conquistados durante años de duras luchas de clase (el derecho a una pensión estatal, a la asistencia, a atención sanitaria nacional) ha sido una de las políticas de desposeimiento más atroces proseguidas en nombre de la ortodoxia neoliberal.
El neoliberalismo no ha demostrado su efectividad en la revitalización de la acumulación global de capital, pero ha logrado restaurar el poder de clase

La corporatización, conmodificación, y privatización de lo que hasta ahora eran activos públicos han sido características insignes del proyecto neoliberal. Todos estos procesos equivalen a una transferencia de activos de los campos público y popular a los dominios privados y de privilegios de clase. La privatización, argumentó Arundhati Roy respecto al caso indio, involucra “la transferencia de activos públicos productivos del Estado a compañías privadas. Los activos productivos incluyen recursos naturales: tierra, bosques, agua, aire. Estos son los activos que el Estado mantiene en fideicomiso para el pueblo que representa… Arrancárselos y venderlos como valores a compañías privadas es un proceso de bárbaro desposeimiento en una escala que no tiene paralelo en la historia.” (16)

2. Financialización

La poderosa ola financiera que comenzó después de 1980 ha estado marcada por su estilo especulativo y predatorio. El volumen diario de transacciones financieras en los mercados internacionales, que era de 2.300 millones de dólares en 1983, había aumentado a 130.000 millones de dólares en 2001. Este volumen anual de 40 billones de dólares en 2001 se compara con el cálculo de 800.000 millones de dólares que serían necesarios para apoyar el comercio internacional y los flujos de inversiones productivas. (17) La desregulación permitió que el sistema financiero se convirtiera en uno de los centros principales de actividad de redistribución mediante la especulación, la depredación, el fraude, y el robo. Las promociones de acciones; estafas Ponzi; destrucción de productos financieros estructurados mediante la inflación: liquidación de activos mediante fusiones y adquisiciones; y la promoción de incumbencias de deuda que redujo a poblaciones enteras, incluso en los países capitalistas avanzados, a la esclavitud por deudas –para no hablar del fraude corporativo y el desposeimiento de activos, tales como el robo de fondos de pensiones y su aniquilamiento por colapsos de acciones y de corporaciones mediante manipulaciones crediticias y bursátiles– son todas características del sistema financiero capitalista.

El énfasis en los valores de acciones, que surgieron después de juntar los intereses de propietarios y administradores de capital mediante la remuneración de estos últimos con opciones en acciones, condujo, como sabemos ahora, a manipulaciones en el mercado que crearon inmensa riqueza para unos pocos a costas de los muchos. El espectacular colapso de Enron fue emblemático para un proceso general que privó a muchos de su subsistencia y derechos a pensión. Más allá de eso, también debemos considerar los robos especulativos realizados por fondos de alto riesgo y otros importantes instrumentos del capital financiero que formaron la verdadera vanguardia de la acumulación por desposeimiento en la escena global, incluso aunque supuestamente conferían el beneficio positivo para la clase capitalista de “repartir los riesgos.”

3. La administración y la manipulación de crisis

Más allá de la espuma especulativa y a menudo fraudulenta que caracteriza gran parte de la manipulación financiera neoliberal, se halla un proceso más profundo que involucra accionar la trampa de la deuda como un medio primordial de acumulación por desposeimiento. La creación, administración y manipulación de crisis en la escena mundial se ha convertido en el fino arte de la redistribución deliberada de riqueza de los países pobres a los ricos. Al aumentar repentinamente las tasas de interés en 1979, Paul Volcker, en aquel entonces presidente de la Reserva Federal de EE.UU. subió la proporción de beneficios extranjeros que los países prestatarios tenían que invertir en los pagos por intereses por deudas. Forzados a la bancarrota, países como México tuvieron que aceptar el ajuste estructural. Mientras proclamaba su papel como un noble líder que organiza rescates para mantener la estabilidad y la dirección de la acumulación global de capital, EE.UU. también pudo abrir la puerta para el saqueo de la economía mexicana mediante el despliegue de su poder financiero superior bajo condiciones de crisis local.

El complejo Tesoro de EE.UU./Wall Street/FMI se convirtió en experto en hacerlo por doquier. El sucesor de Volker, Alan Greenspan, recurrió varias veces en los años noventa a tácticas similares. Las crisis de la deuda en países individuales, poco común en los años sesenta, se hizo frecuente durante los años ochenta y noventa. Casi ningún país en desarrollo dejó de ser afectado y en algunos casos, como en Latinoamérica, tales crisis fueron suficientemente frecuentes como para ser consideradas endémicas. Esas crisis de la deuda fueron orquestadas, administradas y controladas tanto para racionalizar el sistema como para redistribuir activos durante los años ochenta y noventa. Wade y Veneroso capturaron la esencia de esa tendencia cuando escribieron sobre la crisis asiática de 1997 y 1998 – provocada inicialmente por la operación de fondos de alto riesgo basados en EE.UU.

Las crisis financieras siempre han causado transferencias de propiedad y poder a los que mantienen intactos sus propios activos y están en la posición de crear crédito, y la crisis asiática no es una excepción… no cabe duda de que las corporaciones occidentales y japonesas son los grandes ganadores… La combinación de masivas devaluaciones impulsó a la liberalización financiera, y la recuperación facilitada por el FMI incluso podría precipitar la mayor transferencia de activos de propietarios nacionales a extranjeros en tiempos de paz de los últimos cincuenta años en cualquier parte del mundo, eclipsando las transferencias de propietarios nacionales a estadounidenses en Latinoamérica en los años ochenta o en México después de 1994. Se recuerda la declaración atribuida a Andrew Mellon: “En una depresión los activos vuelven a sus legítimos dueños.” (18)

La analogía con la creación deliberada de desempleo para producir una fuente de mano de obra excedente mal remunerada, conveniente para la acumulación ulterior, es exacta. Valiosos activos pierden su uso y su valor. Yacen inertes y durmientes hasta que capitalistas en posesión de liquidez deciden apoderarse de ellos e insuflarles nueva vida. El peligro, sin embargo, es que las crisis pueden descontrolarse y generalizarse, o que surgirán revueltas contra el sistema que las crea. Una de las funciones primordiales de las intervenciones estatales y de las instituciones internacionales es orquestar crisis y devaluaciones de manera que permitan que ocurra la acumulación por desposeimiento sin provocar un colapso general o una revuelta popular. El programa de ajuste estructural administrado por el complejo Wall Street/Tesoro/FMI se ocupa de la primera función. Es tarea del aparato comprador estatal neoliberal (respaldado por la ayuda militar de las potencias imperialistas) asegurar que no ocurran insurrecciones en el país que ha sido atracado. Sin embargo, emergieron señales de revuelta popular, primero con el levantamiento zapatista en México en 1994, y después con el descontento generalizado que informó a los movimientos contra la globalización como el que culminó en Seattle en 1999.

4. Redistribuciones estatales

El Estado, una vez que se ha convertido en un conjunto neoliberal de instituciones, se convierte en un agente primordial de las políticas redistribuidoras, invirtiendo el flujo de las clases altas hacia las bajas que había sido implementado durante la era precedente socialdemócrata.

Lo hace en primer lugar mediante esquemas de privatización y recortes en los gastos gubernamentales que debían apoyar el salario social. Incluso si la privatización parece ser beneficiosa para las clases bajas, los efectos a largo plazo pueden ser negativos. A primera vista, por ejemplo, el programa de Thatcher para la privatización de las viviendas sociales en Gran Bretaña pareció ser un regalo a las clases bajas cuyos miembros ahora podían pasar de ser arrendatarios a ser propietarios a un coste relativamente bajo, obtener el control de un activo valioso, y aumentar su riqueza. Pero una vez que fue completada la transferencia, entró en juego la especulación con la vivienda, particularmente en ubicaciones centrales de primera, terminando por sobornar u obligar a las poblaciones a partir a la periferia en las ciudades como Londres, y convirtiendo a lo que eran barrios de viviendas de clase trabajadora en centros de intenso aburguesamiento. La pérdida de viviendas asequibles en áreas centrales resultó en la falta de viviendas para muchos y en viajes extremadamente largos para los que tenían trabajos mal remunerados de servicio. La privatización de los ejidos (derechos de propiedad común de la tierra bajo la constitución mexicana) en México, que se convirtió en un componente central del programa neoliberal establecido durante los años noventa, tuvo efectos análogos en el campesinado mexicano, obligando a muchos habitantes rurales a irse a las ciudades en busca de trabajo. El Estado chino creó toda una serie de medidas draconianas mediante la cual activos fueron conferidos a una pequeña elite en detrimento de las masas.

El Estado neoliberal también busca redistribuciones mediante una serie de otras medidas como ser revisiones en el código tributario para beneficiar a los rendimientos de inversiones en lugar de ingresos y salarios, la promoción de elementos regresivos en el código tributario (como ser impuestos a la venta), el desplazamiento de gastos estatales y el libre acceso para todos mediante tarifas de usuarios (por ejemplo en la educación superior), y la provisión de una vasta gama de subsidios y beneficios tributarios a las corporaciones. Los programas de asistencia que ahora existen en EE.UU. en los ámbitos federal, estatal y local, equivalen a una vasta reorientación de los dineros públicos para beneficiar a las corporaciones (directamente como en el caso de subsidios a la agroindustria e indirectamente como en el caso del sector militar-industrial), de un modo muy parecido a como opera la deducción de los impuestos de la tasa de interés hipotecario en EE.UU., como un masivo subsidio para los propietarios de casas de altos ingresos y para la construcción industrial.

El aumento de la vigilancia y del mantenimiento del orden y, en el caso de EE.UU., el encarcelamiento de elementos recalcitrantes en la población, indican un rol más siniestro de intenso control social. En los países en desarrollo, donde la oposición al neoliberalismo y a la acumulación por desposeimiento puede ser más fuerte, el papel del Estado neoliberal asume rápidamente el de represión activa incluso hasta el punto de la guerra de baja intensidad contra movimientos opositores (muchos de los cuales pueden ahora ser convenientemente calificados de terroristas para obtener la ayuda militar y el apoyo de EE.UU.) tales como los zapatistas en México o los campesinos sin tierras en Brasil.

En efecto, informó Roy: “La economía rural de India, que sostiene a setecientos millones de personas, está siendo agarrotada. Agricultores que producen demasiado están necesitados, agricultores que producen demasiado poco están necesitados, y los jornaleros agrícolas sin tierra están sin trabajo porque grandes propietarios y haciendas despiden a sus trabajadores. Todos atestan las ciudades en busca de empleo.” (19) En China, se calcula que por lo menos la mitad de 1.000 millones de personas tendrá que ser absorbida por la urbanización durante los próximos diez años si se quiere evitar el caos y la revuelta en el campo. No se sabe lo que esos itinerantes harán en las ciudades, aunque los amplios planes de infraestructura física que están siendo implementados logren llegar a absorber en algo los excedentes laborales liberados por la acumulación primitiva.

Las tácticas redistribuidoras del neoliberalismo son amplias, sofisticadas, frecuentemente marcadas por estratagemas ideológicos, pero devastadoras para la dignidad y el bienestar social de poblaciones y territorios vulnerables. La ola de neoliberalización por destrucción creativa que ha recorrido el globo no tiene paralelo en la historia del capitalismo. Con razón ha generado resistencia y una búsqueda de alternativas viables.

Alternativas

El neoliberalismo ha generado un conjunto de movimientos opositores tanto dentro como fuera de su radio de acción, muchos de los cuales son radicalmente diferentes de los movimientos basados en los trabajadores que dominaron antes de 1980. Digo muchos, pero no todos. Los movimientos tradicionales basados en los trabajadores no están de ninguna manera muertos, ni siquiera en los países capitalistas avanzados en los que han sido muy debilitados por el ataque neoliberal. En Corea del Sur y Sudáfrica, vigorosos movimientos sindicales aparecieron durante los años ochenta, y en gran parte de Latinoamérica florecen los partidos de la clase obrera. En Indonesia, un putativo movimiento sindical de gran importancia potencial lucha por ser escuchado. El potencial de malestar laboral es inmenso aunque impredecible.

Y no es evidente tampoco que la masa de la clase trabajadora en EE.UU., que durante la última generación votó consistentemente contra sus propios intereses materiales por motivos de nacionalismo cultural, religión, y oposición a múltiples movimientos sociales, permanecerá para siempre bloqueada en una política semejante por las maquinaciones por igual de republicanos y demócratas. No hay motivos para excluir en el futuro la resurgencia de una política basada en los trabajadores con una fuerte agenda antineoliberal. Pero las luchas contra la acumulación por desposeimiento están fomentando líneas bastante diferentes de lucha social y política. En parte debido a las condiciones peculiares que dan origen a esos movimientos, su orientación política y modos de organización se diferencian fuertemente de los que son típicos en la política socialdemócrata. La rebelión zapatista, por ejemplo, no buscó la toma del poder estatal o la realización de una revolución política. En su lugar postuló una política inclusiva para trabajar a través del conjunto de la sociedad civil en una búsqueda abierta y fluida de alternativas que consideraran las necesidades específicas de diferentes grupos sociales y les permitiera mejorar su suerte. Desde el punto de vista organizativo, tendió a evitar el vanguardismo y se negó a adoptar la forma de un partido político. En su lugar prefirió seguir siendo un movimiento social dentro del Estado, intentando formar un bloque de poder político en el que las culturas indígenas fueran centrales en lugar de ser periféricas. Con ello trató de lograr algo similar a una revolución pasiva dentro de la lógica territorial del poder estatal.

El efecto de tales movimientos ha sido transferir el terreno de la organización política lejos de los partidos políticos y de las organizaciones sindicales tradicionales hacia una dinámica política menos enfocada de acción social a través de todo el espectro de la sociedad civil. Pero lo que perdieron en enfoque lo ganaron en relevancia. Sacaron sus fuerzas del arraigo en los trabajos diarios de la vida y lucha de todos los días, pero al hacerlo a menudo les fue difícil salirse de lo local y de lo particular para comprender la macropolítica de lo que fue y es la acumulación neoliberal por desposeimiento. La variedad de tales luchas fue y es simplemente sorprendente. Es difícil llegar a imaginar conexiones entre ellas. Fueron y son parte de una mezcla volátil de movimientos de protesta que recorrieron el mundo y ocuparon crecientemente los titulares durante y después de los años ochenta. (20)

Esos movimientos y revueltas fueron a veces aplastados con una violencia feroz, en la mayor parte por poderes estatales que actuaban en nombre del orden y la estabilidad. En otros sitios produjeron violencia entre etnias y guerras civiles cuando la acumulación por desposeimiento condujo a intensas rivalidades sociales y políticas en un mundo dominado por tácticas de dividir para gobernar por parte de fuerzas capitalistas. Los Estados clientes apoyados militarmente o en algunos casos con fuerzas especiales entrenadas por las principales potencias (encabezadas por EE.UU., y Gran Bretaña y Francia con un rol menor) lideraron en un sistema de represiones y liquidaciones para bloquear implacablemente los movimientos activistas que cuestionaban la acumulación por desposeimiento.

Los propios movimientos han producido una abundancia de ideas respecto a alternativas. Algunos tratan de desvincularse total o parcialmente de los poderes abrumadores del neoliberalismo y del neoconservadurismo. Otros buscan justicia social y medioambiental globales mediante la reforma o disolución de poderosas instituciones tales como el FMI y la OMC, y el Banco Mundial. Otras destacan una recuperación de los bienes comunes, mostrando con ello profundas continuidades con luchas de hace tiempo, así como con luchas libradas a lo largo de la amarga historia del colonialismo y el imperialismo. Algunas conciben una multitud en movimiento, o un movimiento dentro de la sociedad civil global, para enfrentar a los poderes dispersos y descentrados del orden neoliberal, mientras otros buscan de un modo más modesto experimentos locales con nuevos sistemas de producción y consumo animados por diferentes tipos de relaciones sociales y prácticas ecológicas. También existen las que confían en estructuras más convencionales de partidos políticos con el objetivo de obtener el poder del Estado como un paso hacia la reforma global del orden económico. Muchas de estas diversas corrientes se juntan ahora en el Foro Social Mundial en un intento de definir su misión compartida y edificar una estructura organizativa capaz de enfrentar las numerosas variantes del neoliberalismo y del neoconservadurismo. Hay mucho que admirar y para inspirar en esto. (21)

Aunque ha sido efectivamente disfrazado, hemos vivido toda una generación de lucha de clases sofisticada por parte de las capas superiores por restaurar, o como en China y Rusia por edificar, la dominación de clase.

Pero ¿qué tipo de conclusiones pueden ser extraídas de un análisis del tipo que hemos estructurado? Para comenzar, toda la historia del compromiso socialdemócrata y el subsiguiente giro hacia el neoliberalismo indica el papel crucial jugado por la lucha de clases para limitar o restaurar el poder de clase. Aunque ha sido efectivamente disfrazado, hemos vivido toda una generación de lucha de clases sofisticada por parte de las capas superiores por restaurar, o como en China y Rusia por edificar, la dominación de clase. Esto ocurrió durante décadas en las que muchos progresistas fueron teóricamente persuadidos de que la clase era una categoría falta de significado y en las que las instituciones desde las que se había librado la lucha hasta entonces por cuenta de las clases trabajadores estuvieron bajo un ataque feroz. La primera lección que debemos aprender, por lo tanto, es que si algo parece lucha de clase y actúa como lucha de clase, tenemos que llamarla por lo que es. La masa de la población tiene que resignarse a la trayectoria histórica y geográfica definida por el abrumador poder de clase o responder en términos de clase.

Decirlo de esta manera no es deshacernos en nostalgia por alguna era dorada en la que el proletariado estaba en movimiento. Tampoco significa necesariamente (si alguna vez debiera haberlo hecho) que podamos apelar a alguna simple concepción del proletariado como el agente primordial (para no decir exclusivo) de la transformación histórica. No existe un campo proletario de fantasía utópica marxiana a la que podamos apelar. Señalar la necesidad e inevitabilidad de la lucha de clase no es decir que la forma en la que la clase está constituida es determinada o incluso determinable anticipadamente. Los movimientos de clase se hacen a sí mismos, aunque no bajo condiciones de su propia elección. Y el análisis muestra que esas condiciones están actualmente bifurcadas en movimientos alrededor de la reproducción expandida – en la que la explotación del trabajo salariado y las condiciones que definen el salario social son temas centrales – y los movimientos alrededor de la acumulación por desposeimiento – en los que todo desde las formas clásicas de acumulación primitiva mediante prácticas destructoras de culturas, historias, y entornos, hasta las depredaciones producidas por las formas contemporáneas del capital financiero constituye el centro de resistencia.

El encuentro del vínculo orgánico entre esas diferentes corrientes de clase es una tarea teórica y práctica urgente. El análisis también muestra que esto tiene que ocurrir en una trayectoria histórico-geográfica de acumulación de capital que se basa en una creciente conectividad a través del espacio y del tiempo, pero marcada por acontecimientos geográficos disparejos cada vez más profundos. Esta desigualdad debe ser entendida como algo que es activamente producido y sostenido por procesos de acumulación de capital, no importa cuán importantes puedan ser las señales de residuos de configuraciones pasadas establecidas en el paisaje y en el mundo social. El análisis también destaca contradicciones explotables dentro de la agenda neoliberal. La brecha entre lo retórico (por el beneficio común) y la realización (por el beneficio de una pequeña clase gobernante) aumenta en el espacio y el tiempo, y los movimientos sociales han hecho mucho por concentrarse en esa brecha.

La idea de que el mercado tenga que ver con una competencia honrada es negada cada vez más por la realidad del extraordinario monopolio, centralización e internacionalización por parte de los poderes corporativos y financieros. El alarmante aumento en las desigualdades de clase y regionales tanto dentro de los Estados (como en China, Rusia, India, México, y en Sudáfrica) así como a escala internacional, posa un serio problema política que ya no puede ser ocultado como algo transitorio en el camino al mundo neoliberal perfeccionado. El énfasis neoliberal en los derechos del individuo y el creciente uso autoritario del poder estatal para sostener el sistema se convierten en un punto álgido de discusión. Mientras más se reconoce que el neoliberalismo es un proyecto fracasado, si no insincero y utópico, que oculta la restauración del poder de clase, más se crea la base para un resurgimiento de movimientos de masas que expresen reivindicaciones políticas igualitarias, buscando justicia económica, comercio justo, y mayor seguridad y democratización económica.

Pero la naturaleza profundamente antidemocrática del neoliberalismo debería seguramente ser el principal centro de la lucha política. Instituciones con enorme influencia, como ser la Reserva Federal de EE.UU., están fuera de cualquier control democrático. Internacionalmente, la falta de una responsabilización elemental, para no hablar de control democrático, sobre instituciones como el FMI, la OMC , y el Banco Mundial, para no hablar del gran poder privado de las instituciones financieras, convierten en una burla cualquier preocupación verosímil por la democratización. Volver a presentar exigencias de gobierno democrático e igualdad y justicia económica, política y cultural no es sugerir algún retorno a un pasado dorado ya que los significados tienen que ser reinventados en cada instancia para encarar condiciones y potencialidades contemporáneas. El significado de la democracia en la Atenas de la antigüedad tiene poco que ver con los significados que le tenemos que conferir en la actualidad en circunstancias tan diversas como las prevalecientes en Sao Paulo, Johannesburgo, Shangai, Manila, San Francisco, Leeds, Estocolmo, y Lagos. Pero a través de todo el globo, de China, Brasil, Argentina, Taiwán, y Corea a Sudáfrica, Irán, India, y Egipto, y más allá de las naciones en apuros de Europa oriental hasta los centros del capitalismo contemporáneo, grupos y movimientos sociales se unen a reformas que expresan valores democráticos. Es un punto esencial de muchas de las luchas que emergen actualmente.

Mientras mejor reconozcan los movimientos más claramente opositores que su objetivo central tiene que ser enfrentar el poder de clase que ha sido tan efectivamente restaurado bajo la neoliberalización, mejor será la probabilidad de que tengan coherencia. Arrancar la máscara neoliberal y denunciar su retórica seductiva, utilizada tan apropiadamente para justificar y legitimar la restauración de ese poder, tendrá un papel importante en las luchas contemporáneas. A los neoliberales les costó muchos años establecer y realizar su marcha por las instituciones del capitalismo contemporáneo. La lucha que viene no será menor cuando presionamos en la dirección opuesta.


Notas

1. Vea el sitio en la Red: www.montpelerin.org/mpsabout.cfm

2. G. W. Bush, “Securing Freedom’s Triumph,” New York Times, 11 de septiembre de 2002, p. A33. The National Security Strategy of the United State of America can be found on the Web site www.whitehouse.gov nsc/nss. See also G. W. Bush, “President Addresses the Nation in Prime Time Press Conference,” 13 de abril, 2004, www.whitehouse.gov/news/releases

3. Matthew Arnold es citado en Robin Williams, Culture and Society, 1780-1850 (London: Chatto and Windus, 1958), 118.

4. Antonia Juhasz, “Ambitions of Empire: The Bush Administration Economic Plan for Iraq (and Beyond),” Left Turn Magazine 12 (February/March 2004): 27-32.

5. Thomas Crampton, “Iraqi Official Urges Caution on Imposing Free Market,” New York Times, 14 de octubre de 2003, p. C5.

6. Juan Gabriel Valdez, Pinochet’s Economists: The Chicago School in Chile (New York: Cambridge University Press, 1995).

7. Philip Armstrong, Andre Glynn, and John Harrison, Capitalism since World War II: The Making and Breaking of the Long Boom (Oxford, UK: Basil Blackwell, 1991).

8. Gerard Dumenil and Dominique Levy, “Neoliberal Dynamics: A New Phase?” (Manuscript, 2004), 4. Vea también: Task Force on Inequality and American Democracy, American Democracy in an Age of Rising Inequality (Washington, DC : American Political Science Association, 2004), 3.

9. Daniel Yergin and Joseph Stanislaw, The Commanding Heights: The Battle between Government and Marketplace That Is Remaking the Modern World (New York: Simon & Schuster, 1998).

10. Thomas Byrne Edsall, The New Politics of Inequality (New York: Norton, 1984); Jamie Court , Corporateering: How Corporate Power Steals Your Personal Freedom ( New York : Tarcher Putnam, 2003); y Thomas Frank, What’s the Matter with Kansas : How Conservatives Won the Heart of America ( New York , Metropolitan Books, 2004).

11. William K. Tabb, The Long Default: New York City and the Urban Fiscal Crisis (New York, Monthly Review Press, 1982); y Roger E. Alcaly and David Mermelstein, The Fiscal Crisis of American Cities (New York, Vintage, 1977).

12. Joseph Stiglitz, Globalization and Its Discontents ( New York: Norton, 2002).

13. David Harvey, The New Imperialism ( Oxford , Oxford University Press, 2003).

14. World Commission on the Social Dimension of Globalization, A Fair Globalization: Creating Opportunities for All (Geneva, Switzerland : International Labor Office, 2004).

15. Harvey, The New Imperialism, chap. 4.

16. Arundhati Roy, Power Politics ( Cambridge, MA: South End Press, 2001).

17. Peter Dicken, Global Shift: Reshaping the Global Economic Map in the 21st Century, 4th ed. (New York: Guilford, 2003), chap. 13.

18. Robert Wade and Frank Veneroso, “The Asian Crisis: The High Debt Model versus the Wall Street- Treasury-IMF Complex,” New Left Review 228 (1998): 3-23.

19. Roy, Power Politics.

20. Barry K. Gills, ed., Globalization and the Politics of Resistance (New York: Palgrave, 2001); Ton Mertes, ed., A Movement of Movements (London: Verso, 2004); Walden Bello, Deglobalization: Ideas for a New World Economy (London: Zed Books, 2002); Ponna Wignaraja, ed., New Social Movements in the South: Empowering the People (London: Zed Books, 1993); and Jeremy Brecher, Tim Costello, and Brendan Smith, Globalization from Below: The Power of Solidarity (Cambridge, MA: South End Press, 2000).

21. Mertes, A Movement of Movements; and Walden Bello, Deglobalization: Ideas for a New World Economy (London, Zed Books, 2002).

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Obama: bases de su plan económico, con más intervención pública y políticas sociales…

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Las bases de la Obanomics

El plan de Obama para salir de la recesión y robustecer la economía podría verse condicionado por el creciente déficit fiscal norteamericano y por el megarrescate que se aprobó en la administración saliente.

Por Tomás Lukin, Página/12

Cuando asuma en enero Barack Obama heredará un país en recesión. Con los salarios en caída, creciente desempleo, contracción del consumo, estrangulamiento del mercado crediticio y una carga de deuda sobre las familias norteamericanas cada vez más difícil de pagar, el nuevo presidente de Estados Unidos buscará amortiguar la situación impulsando un nuevo y multimillonario plan de estímulo fiscal. El paquete podría llegar a los 200 mil millones de dólares. Parte de los recortes impositivos que planea introducir Obama se financiarán gravando las ganancias extraordinarias de las empresas petroleras. Además, intentará aumentarle la carga impositiva a los sectores de mayores ingresos. Para enfrentar la crisis subprime, la dupla Obama-Biden propone una moratoria de 90 días en las ejecución de hipotecas, la creación de un fondo para prevenir los remates y la modificación de las leyes de quiebra. Para muchos analistas preocupados por las finanzas públicas, el creciente déficit fiscal norteamericano junto con el peso del reciente megarrescate de 850 mil millones de dólares de Bush, condicionarán la aplicación de todos los puntos del proyecto del demócrata.

El puntapié inicial del “Plan para fortalecer la economía” está dividido en dos. Por un lado, propone cobrarles un impuesto sobre las ganancias extraordinarias a las compañías petroleras para otorgar un reintegro de emergencia de 1000 dólares a los contribuyentes. En segundo lugar, contempla otorgar 50 mil millones de dólares para impulsar la economía. Una mitad se destinará a prevenir recortes presupuestarios, a nivel local y estatal, en salud, educación y de tarifas. La otra mitad apuntará a “preservar más de un millón de puestos de trabajo que podrían desaparecer” asegurando el empleo desde el sector público. En total, el plan de estímulo asciende a 175 mil millones de dólares, pero no descartan que se extienda hasta los 200 mil millones.

Para los analistas del RGE Global Economonitor, que encabeza el economista Nouriel Roubini, Obama se enfrentará a un fuerte déficit fiscal que podría superar el billón de dólares en los próximos años a medida que los costos de los diferentes rescates impulsados por Bush se acumulan. Consciente de esta situación, Robert Rubin –asesor económico de Obama, ex secretario del Tesoro de Clinton y consultor del Citigroup– sostuvo a fines de octubre que el paquete de estímulo “deberá comprometerse con una disciplina fiscal de largo plazo”. El proyecto del demócrata también propone créditos para las empresas que creen empleos, permitir el retiro de hasta 10 mil dólares de los fondos de retiro sin penalización. También contempla aumentar el salario mínimo indexándolo a la inflación.

“No podemos tener un Wall Street exitoso mientras que la economía real sufre, en este país crecemos y caemos como una nación, como un pueblo”, sostuvo el martes Obama en su discurso de consagración. La creación de un fondo de 10 mil millones de dólares para evitar las ejecuciones hipotecarias y un crédito fiscal cercano a los 500 dólares para casi 10 millones de propietarios son algunas de las iniciativas del nuevo presidente para enfrentar la crisis subprime. A lo largo de su campaña enfatizó la necesidad de fortalecer la regulación en el sector financiero y monitorear con mayor profundidad a las agencias de crédito.

Aunque está siendo presionado para que empiece a tomar decisiones en materia económica antes de asumir, cuando el Senado retome las actividades, los asesores de Obama buscan dejar en claro que “éste es el show de Bush, y no queremos ninguna confusión con eso”.

El nuevo gobierno pretende mejorar la distribución del ingreso. Para eso profundizará los recortes impositivos de los sectores medios y bajos, y aumentará las cargas en los deciles más altos. Cuando los recortes impulsados por Bush caduquen, la nueva administración buscará aumentar la carga en materia de ganancias personales de 35 a 39,6 por ciento para aquellos que ganen más de 250.000 dólares al año.

¿Por qué Obama debía triunfar?, P. Krugman

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En busca desesperada de la seriedad

Paul Krugman, El País.com

Es posible que todos los sondeos y opiniones generalizadas se equivoquen, y que John McCain, inesperadamente, gane. Ahora bien, en estos momentos da la impresión de que el triunfo demócrata es inevitable: una victoria sólida, tal vez incluso aplastante, de Barack Obama; gran aumento del número de escaños demócratas en el Senado, tal vez incluso suficientes para darles una mayoría a prueba de bloqueos parlamentarios, y también un amplio avance demócrata en la Cámara de Representantes.

Hace sólo seis semanas los resultados parecían ajustados e incluso levemente favorables a McCain. El momento decisivo de la campaña se vivió a mediados de septiembre, coincidiendo con la repentina intensificación de la crisis financiera tras la bancarrota de Lehman Brothers. Pero ¿por qué la crisis económica y financiera ha beneficiado de una forma tan abrumadora a los demócratas?

Con todo el tiempo que he dedicado a presentar argumentos contra el dogma económico conservador, me gustaría creer que la mala situación convenció a muchos estadounidenses, por fin, de que las ideas económicas de la derecha son erróneas y las ideas progresistas son las acertadas. Y no cabe duda de que hay algo de eso. Hoy, cuando incluso el propio Alan Greenspan reconoce que se equivocó al creer que el sector financiero podía autorregularse, la retórica reaganesca sobre la magia del mercado y los males de la intervención del Gobierno resulta ridícula.

Además, McCain parece asombrosamente incapaz de hablar sobre economía como si fuera un asunto serio. Ha tratado de responsabilizar de la crisis a su culpable favorito, las asignaciones presupuestarias especiales del Congreso, una afirmación que deja atónitos a los economistas. Inmediatamente después de la quiebra de Lehman, McCain declaró: “Los cimientos de nuestra economía son sólidos”, por lo visto sin saber que estaba repitiendo casi al pie de la letra lo que dijo Herbert Hoover después de la crisis de 1929.

No obstante, sospecho que la razón fundamental del espectacular giro en las encuestas es algo menos concreto y más etéreo que el hecho de que los acontecimientos hayan desacreditado al fundamentalismo del libre mercado. En mi opinión, a medida que la situación económica ha ido oscureciéndose, los estadounidenses han redescubierto la virtud de la seriedad. Y eso ha beneficiado a Obama, porque su rival ha llevado a cabo una campaña tremendamente poco seria.

Piensen en los temas que han centrado la campaña de McCain hasta ahora. McCain nos recuerda, una y otra vez, que es un heterodoxo, pero ¿qué significa eso? Su heterodoxia parece definirse como un rasgo independiente de su personalidad, no vinculado a ninguna objeción concreta contra la manera de gobernar el país durante los últimos ocho años.

Por otro lado, ha criticado a Obama diciendo que es un “famoso”, pero sin explicar en concreto qué tiene eso de malo; se da por supuesto que las estrellas de Hollywood tienen que caernos mal.

Y es evidente que la elección de Sarah Palin como candidata republicana a la vicepresidencia no tuvo nada que ver con sus conocimientos ni sus posturas; fue por lo que era, o lo que parecía ser. Se suponía que los estadounidenses debían identificarse con una hockey mom parecida a ellos.

En cierto sentido, es comprensible que McCain haga campaña apoyándose en nimiedades; al fin y al cabo, en otras ocasiones ha funcionado. El caso más notable fue el del presidente Bush, que si logró colocarse a un paso de la Casa Blanca y que todo dependiera de una cuestión de papeletas mariposa y perforaciones mal hechas fue sólo porque gran parte de los medios, en vez de prestar atención a las propuestas políticas de los candidatos, se centraron en sus personalidades: Bush era un tipo simpático con el que uno podía tomarse una cerveza, mientras que Al Gore era un tieso sabelotodo; y eso era lo importante, no ese lío de los impuestos y la Seguridad Social. Y seamos francos: hace seis semanas parecía que la atención de McCain a las nimiedades estaba dándole buenos resultados.

Pero eso era antes de que la perspectiva de una segunda Gran Depresión captara la atención de la gente.

La campaña de Obama no ha estado tampoco libre de tonterías; en sus primeras fases estaba llena de un vago optimismo. Pero el Barack Obama que ven los votantes hoy es un hombre sereno, tranquilo, intelectual y enterado, capaz de hablar sobre la crisis financiera con una coherencia que McCain no tiene. Y, cuando parece que el mundo se viene abajo, uno no recurre a un tipo con el que le gustaría tomarse una cerveza, sino a alguien que quizá sepa realmente cómo arreglar la situación.

La reacción de la campaña de McCain al ver que disminuyen sus posibilidades de victoria ha sido significativa: en vez de argumentar que McCain está más preparado para hacer frente a la crisis económica ha hecho todo lo posible para volver a frivolizar las cosas. ¡Obama se junta con radicales de los años sesenta! ¡Es un socialista! ¡No ama a Estados Unidos! A juzgar por las encuestas, no parece que esté sirviendo de nada.

¿Persistirá la nueva exigencia de seriedad del país? Quizá no; ¿se acuerdan de que se suponía que con el 11-S iban a acabarse las frivolidades? Pero, de momento, parece que los votantes sí están interesados por los temas que de verdad son importantes. Y eso es malo para McCain y para los conservadores en general: en estos momentos, para parafrasear al cómico Rob Corddry, la realidad es claramente progresista. -

© 2008 New York Times News Service. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Obama: la crisis económica y social de EE.UU. que debe enfrentar…

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Alejandro Nadal, La Jornada

LA PIEL DE LA SERPIENTE

El próximo presidente de Estados Unidos deberá pugnar por que se cumplan los tres ideales que, según John Maynard Keynes, debe satisfacer todo sistema económico: eficiencia, justicia social y libertad personal. En los últimos decenios, Estados Unidos se ha ido alejando inexorablemente de estos ideales. Por sus reflejos anacrónicos y su ignorancia, McCain en la presidencia profundizaría el desastre en estas tres dimensiones. Obama podría ser, efectivamente, factor de cambio. Pero para ello, él mismo debe completar una transformación importante.

En Estados Unidos la eficiencia económica dejó de ser la llave del crecimiento hace mucho. Desde la década de 1970, la evolución de la productividad se convirtió en tema de preocupación. Industrias que habían sido la clave del desarrollo estadunidense (la siderúrgica, la automotriz, la de máquinas, herramientas y la química) comenzaron a atrasarse con respecto a sus competidores que inexorablemente fueron arrebatándole parcelas del mercado mundial. Décadas más tarde, la industria aeronáutica y la de semiconductores empezaron a experimentar los mismos síntomas del rezago frente a sus competidores en Europa y Asia.

El retraso en competitividad minó la posición del sector externo de Estados Unidos. En 1971 Washington abandonó el sistema Bretton Woods, reconfigurando el sistema financiero mundial. Eso precipitó el desmantelamiento de las restricciones a la libre circulación del capital, abriendo las puertas a la especulación y a la expansión del capital financiero que marcó el último tercio del siglo pasado.

En Estados Unidos, el sector manufacturero fue derrotado por el capital especulativo. Los empresarios estadunidenses se concentraron en los rendimientos de corto plazo y en cocinar estados financieros de importantes compañías y bancos. Como otras economías en su etapa crepuscular, los cuadros empresariales olvidaron las innovaciones industriales y se convirtieron en grandes inventores de productos financieros.

La crisis financiera es la muestra más clara de la profunda irracionalidad del capitalismo estadunidense. Si además consideramos los indicadores sobre consumo energético, de papel, aluminio, cemento, hidrocarburos, agua, y otros, observamos que Estados Unidos es efectivamente una colosal sociedad de desperdicio. Todavía no hay una política para revertir esto y encaminar esa economía en un sendero menos dañino para el medio ambiente.

¿Qué hay de la justicia social y la libertad personal? El próximo presidente enfrenta una estructura social altamente inequitativa que debe revertir porque constituye una amenaza para la viabilidad del capitalismo estadunidense. Pero la crisis acabó por comprometer el grado de libertad en política fiscal. El rescate del sistema financiero (que no está claro si funcionará) ha costado demasiado. La magnitud del saldo fiscal deficitario es una restricción que impide lanzar grandes iniciativas en el terreno social, educativo y científico-tecnológico.

En el ámbito de la libertad personal, Obama revertiría la tendencia a la destrucción de las libertades individuales, comenzando con la aceptación de la tortura como una práctica aceptable en la “lucha contra el terrorismo”. En este terreno Obama podría lograr avances espectaculares en poco tiempo. En contraste, McCain enseñó sus cartas con el nombramiento de la señora Pallin, personaje que muestra el lado más siniestro del proto-fascismo en Estados Unidos.

Regresando al terreno económico, la pelea por el programa de Obama comenzó hace meses. Robert Rubin, uno de los más influyentes representantes del mundo financiero, se le acercó cuando Hillary perdió la postulación. Rubin fue director de Goldman Sachs antes de ser secretario del Tesoro bajo Clinton. Desde ese puesto convenció al presidente para apoyar la ley Gramm-Leach y la Ley de modernización del mercado de commodities. Estas leyes perfeccionaron la desregulación financiera en Estados Unidos y catalizaron lo que hoy constituye la peor crisis del capitalismo estadunidense.

Si Keynes hubiera profundizado en su análisis del capitalismo contemporáneo habría anticipado que la mezcla de inestabilidad (inherente a los mercados capitalistas) e incertidumbre (sobre la composición de pasivos de los grandes agentes económicos) genera un coctel explosivo. Al incorporar en su Teoría General el impacto pleno del capitalismo financiero y especulativo, quizás habría concluido que ese sistema no puede llegar a la eficiencia.

Según la economista Joan Robinson, Keynes estaba mudando de piel mientras escribía su Teoría General, y nunca acabó de quitarse plenamente la antigua envoltura. Por eso no pudo hacer una crítica plena del capitalismo (y por eso fue recuperado por lo que la Robinson llamó el keynesianismo bastardo). Lástima. Pero eso nos deja una lección importante: en la ciencia y en la política, la crítica no puede ser a medias tintas.

Ésa es la lección que Obama debería aprender. La crítica incompleta se traduce en la recuperación por el enemigo. De llegar a la presidencia, Obama tendría que desechar la piel vieja cuanto antes. Deberá poner atención a la economía real, dentro de un esquema de responsabilidad social y buscar una mejor relación con el medio ambiente. Si no lo hace, la lógica financiera y los amigos de Rubin acabarán por comérselo a él y a las reformas que apenas ha comenzado a articular.

De la crisis financiera a la depresión económica global, por I. Ramonet

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Impacto global
Le Monde Diplomatique
El apocalipsis financiero no ha terminado. Se está transformando en recesión global. Y todo indica que vamos hacia una Gran Depresión. Por espectaculares que sean, las medidas adoptadas en Europa y en Estados Unidos no van a provocar el final de las dificultades. Lo admitió el propio Henry Paulson, Secretario del Tesoro estadounidense: “A pesar de nuestro gran plan de rescate, más instituciones financieras van a ir a la quiebra”.

En un informe sobre las crisis de los últimos treinta años, el Fondo Monetario Internacional (FMI) confirma que las que tienen a los bancos y al sector inmobiliario como protagonistas son especialmente “intensas, largas, profundas y dañinas para la economía real”. Las efectos ya se extienden por los cinco continentes: en unas semanas, el real brasileño ha perdido el 30% de su valor; el zloty polaco, un 22%; la rupia india, un 10%; el peso mexicano, un 14%. Presiones similares afrontan Indonesia, Filipinas o la República Checa.

Las autoridades estadounidenses ya han inyectado más de billón y medio de euros (equivalente al doble de lo que ha costado, desde 2001, las guerras de Afganistán y de Irak) en sus diferentes planes de rescate de bancos, cajas de ahorros y compañías de seguros. Y los grandes bancos del mundo aún necesitan varios miles de millones de euros… Lo cual les conduce a restringir el crédito a las empresas y a los particulares. Con las consecuencias muy negativas que eso está teniendo en la economía real.

Los países avanzados, entre ellos España, que han recurrido a la innovación financiera para garantizar altas rentabilidades a los inversores, son los que encajan el golpe más duro. El FMI estima que la economía de esos países tendrá el avance más débil desde hace 27 años. El mundo va camino de sufrir su peor pesadilla desde 1929.

Por sus inéditas dimensiones, esta crisis pone fin al periodo neoliberal basado en las tesis monetaristas de Milton Friedman que dominaron, durante tres décadas, el campo capitalista. Y encandilaron también a la socialdemocracia internacional. El repentino derrumbe de ese credo deja a la mayoría de los dirigentes políticos desamparados. El patético espectaculo de responsables multiplicando de modo disparatado las reuniones y las “medidas de rescate” da una idea de su despiste.

En Estados Unidos, los bancos han trabajado en unas condiciones de libertad absoluta concedidas en nombre de fundamentos ideológicos. Por ello, la clase política norteamericana tiene la responsabilidad del caos actual. El dogma del mercado infalible se ha autodestruido. En cambio, el modelo de los países que han mantenido algún tipo de control de cambio -China o Venezuela, por ejemplo- se ve ahora reivindicado. Y aunque el impacto de la crisis se hará sentir en todo el planeta, esas economías que no adoptaron la desregulacion ultraliberal saldrán mejor paradas. Algunos analistas resaltan, para América Latina, el interés de mecanismos como la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), el Banco del Sur, o la idea de un banco de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) recientemente propuesta por el presidente venezolano, Hugo Chávez.

Es un momento histórico (1). Se derrumba no sólo un modelo de economía sino también un estilo de gobierno. Eso altera el liderazgo de EEUU en el mundo. En particular su hegemonía económica. Sus finanzas dependen de que sigan entrando fuertes sumas de capital extranjero. Y los países de donde procede ese dinero -China, Rusia, petromonarquías del Golfo- van ahora a influir en su futuro.

En 2006, China y Oriente Próximo financiaron, a partes iguales, el 86% del déficit de los países industriales. En 2013, el superávit chino excederá la totalidad del déficit de los países industriales. Todo ello otorga a Pekín un papel decisivo en el mantenimiento de la estabilidad del sistema financiero internacional. Y es probable que, a cambio, China trate de obtener concesiones en asuntos como los de Taiwan o el Tíbet.

El declive de la economía anuncia, en general, la decadencia de los imperios (2). ¿Podrá la debilitada economía estadounidense seguir asumiendo la costosísima guerra de Irak? El conflicto de Vietnam acabó con la equivalencia entre el dólar y el oro, e hizo tambalear el sistema de Bretton Woods. La guerra de Irak, por su coste, ha provocado una transferencia de riqueza de EEUU a sus competidores. La influencia de los fondos soberanos y de China se ha reforzado. La crisis actual refuerza ese movimiento, y provoca un reequilibrio fundamental: el centro de gravedad del mundo se desplaza de Occidente hacia Oriente.

Pero tal desplazamiento desencadena consecuencias en cascada como las que plantea el ensayista británico John N. Gray: “Si EEUU se retira de Irak, Irán quedará como vencedor regional. ¿Cómo reaccionará Arabia Saudí? ¿Habrá más o menos probabilidades de una acción militar para impedir que Irán adquiera armas nucleares?” (3). Es evidente que Washington está perdiendo poder. La guerra de Georgia, en agosto pasado, mostró a Rusia rediseñando el mapa geopolítico del Cáucaso, sin que EEUU pudiera hacer nada.

La situación económica es tan grave que muchos Gobiernos echan por la borda sus creencias ideológicas, y están dispuestos a adoptar medidas que ellos mismos habrían tachado de heréticas hace poco. Por ejemplo, aumentar el gasto público. Y relanzar las inversiones en obras de infraestructura importantes como estímulo económico. El propio FMI aboga por una intervención pública más radical.

El modelo de capitalismo, diseñado por los Estados del Norte para el mayor provecho de los países ricos, ha muerto. La nueva arquitectura de economía social de mercado la definirán, a partir de la reunión del 15 de noviembre en Washington, no sólo los Grandes del G8 sino también, por primera vez, potencias del Sur como Argentina, Sudáfrica, Brasil, China, la India y México. Ya era hora.

Notas:
(1) John N. Gray, “Mucho más que una crisis financiera”, El País , Madrid, 11 de octubre de 2008.
(2) Paul Kennedy, Auge y caída de las grandes potencias , Debolsillo, Barcelona, 2004.
(3) Op. cit .

EE.UU: fin del periodo Bush, fin del ciclo neoconservador

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Las elecciones en Estados Unidos marcan el final de una época: se acabó el tiempo de Bush, pero también el de las ideas de Reagan, la acumulación de poder presidencial de Nixon o las conspiraciones de los ‘neocon’

LLUÍS BASSETS 04/11/2008, El País.com

No hay desacuerdo acerca de la fecha. El 4 de noviembre de 2008, el primer martes después del primer lunes, marcará un antes y un después. El desacuerdo es acerca de su rango, en relación con fechas relativamente recientes que hemos señalado como históricas en nuestra memoria: el 11 de septiembre de 2001, cuando Estados Unidos se sintió vulnerable y su presidente decidió convertirse en un jefe de guerra; el 9 de noviembre de 1989, cuando el muro de Berlín dejó de separar las dos Alemanias y empezó el fin del sistema comunista. Más inalcanzable es conocer la etapa que se abre con el mojón calendario, por más que creamos contar con datos acerca de los nuevos aires que soplan.

Respecto al pasado, el debate entre historiadores y cronistas está ya servido: para unos es meramente el final de la presidencia de Bush, para otros el de una larga era conservadora que se identifica con la llegada de Reagan a la presidencia en 1980, y hay incluso quien piensa que hay que retrotraerse unos años antes, a la presidencia de Richard Nixon (1969-1974). Dos importantes trabajos historiográficos acompañan esta polémica, de forma que en sus propios títulos queda reflejada la tesis que defienden: La Época de Reagan. Una historia, 1974-2008, de Sean Wilentz (Harper Collins); y Nixonlandia. El ascenso de un presidente y la fractura de América, de Rick Perlstein (Scribner).

El propio Wilentz reconoce que hay razones para datar el principio de la era en la presidencia de Nixon, pues éste, justo al empezar su segundo mandato, tenía proyectos para ampliar sus poderes y acceder a una especie de presidencia imperial, al estilo de lo que ha hecho George W. Bush, pero el escándalo Watergate, que le estalló inmediatamente después de su victoria y llevó a su dimisión, no tan sólo le cortó las alas sino que se convirtió en la vacuna contra la acumulación de poder presidencial para muchos años. Nixon quería colocarse como presidente por encima de la Constitución, especialmente en el capítulo que le ha hecho más antipático y a la vez conocido: el del espionaje. A fin de cuentas, lo que terminó con él fue la manía de grabar sus propias conversaciones telefónicas, que fueron requeridas por la justicia.

Durante la presidencia de Nixon y de su sucesor Gerald Ford, sin embargo, no se rompió del todo el consenso liberal que permitió la aprobación y aplicación de las leyes antidiscriminatorias en los años 60, la famosa sentencia sobre el aborto y el mantenimiento del realismo kissingeriano en política internacional. Sin esta tibieza republicana no hubiera sido posible, más tarde, una presidencia tan radical como la de Ronald Reagan. Pero dos de los actores más destacados de la presidencia de Bush son los portadores del hilo rojo de las continuidades: Donald Rumsfeld, jefe del gabinete presidencial de Gerald Ford, y su número dos, Dick Cheney, que protagonizaron lo que Wilentz califica como “la mayor remodelación del gabinete de la moderna historia de América”, sucedida en 1975 y conocida como la Matanza de Halloween, que se llevó por delante nada menos que a Henry Kissinger. Rumsfeld salió con el cargo de secretario de Estado de Defensa y Cheney como jefe del gabinete de la Casa Blanca.

En aquel momento ya se había puesto en marcha el entonces gobernador de California, Ronald Reagan. Con su candidatura fracasada en las primarias republicanas de 1976 sacó a colación las ideas económicas que conformarían la reaganomics, ahora retiradas de circulación: los recortes de impuestos a los más ricos y a las empresas harán crecer la economía y terminarán permitiendo mayor recaudación gracias a la nueva riqueza, lo que conducirá a equilibrar el déficit. Entonces todavía no coló. Pero lo que estaba empezando era un intento muy serio de dar un golpe de timón a la derecha y desmontar la entera sociedad del New Deal creada por Franklin D. Roosevelt a partir de 1932. La palanca en que se apoyaron los protagonistas de esta revolución conservadora (aunque más apropiado sería, en consonancia con la reforma de Roosevelt, calificar este movimiento como una contrarreforma) fue la crítica a la contracultura de los años 60, que significó la destrucción de los valores tradicionales respecto a la mujer, la familia, el sexo y las costumbres, y alcanzó, a veces con singular intensidad, a quienes se decían sus enemigos declarados. Los auténticos protagonistas, quizás de la era misma, son los neoconservadores, esos “liberales desengañados por la realidad” según frase atribuida al pope neocon Irving Kristol, que empiezan a adquirir densidad mediática, organizativa e ideológica en la década de los 70.

Aparentemente, las presidencias de Carter y de Clinton desentonan en la teoría de esta era conservadora de confines discutibles. Las condiciones en que se producen las victorias de ambos presidentes demócratas permiten aventurar que hoy es exactamente el día en que se puede cortar de verdad una racha electoral derechista que empezó en 1966. Carter venció por efecto del Watergate y de la desmoralización republicana pero su único mandato sirvió de lanzadera para Reagan. Clinton ganó en buena parte gracias a que Ross Perot dividió el voto de centro derecha y abrió las puertas a la mayor exhibición conservadora de la historia. Esta época conservadora tan prolongada ha funcionado electoralmente bajo la hegemonía de una coalición entre los republicanos moderados de los negocios de la costa Este, el conservadurismo social de la derecha religiosa del cinturón bíblico y el conservadurismo militar construido durante la guerra fría.

Esta coalición no hubiera sido posible sin la transferencia de voto blanco de los demócratas a los republicanos en los Estados sudistas, de una parte, como reacción a las leyes contra discriminación racial de los años 60, impulsadas sobre todo por el presidente demócrata Lyndon Johnson, y de la otra, en las zonas industriales clásicas, sin la mutación de la clase obrera blanca, como ha ocurrido también en Europa, donde la globalización suscita reacciones de ley y orden, populismo fiscal y sentimientos contra la inmigración.

Si hoy vence Obama, se podrá dar por cancelado un mapa electoral muy estable durante las tres últimas décadas, sustituido ahora por una nueva coalición mayoritaria más potente, que incorpora a las minorías negra e hispana, se basa en los empresarios, profesionales y universitarios jóvenes y tiene una fuerte impronta generacional, de unas cohortes de edad que están abandonando el republicanismo en masa.

Lo más curioso ha sido la finta que la historia le ha hecho al Partido Republicano y sobre todo a los neocon. Karl Rove, el mago electoral de Bush, quiso organizar un realineamiento electoral que diera la mayoría en todas las instituciones, incluyendo las judiciales, al republicanismo neoconservador para 40 años, los que duró el New Deal de Roosevelt. Ahora puede ser que lo que se esté produciendo sea precisamente un realineamiento de signo contrario. Este rebote de la realidad contra las intenciones de los revolucionarios de derechas -similar a lo que les sucede a los revolucionarios de izquierdas- podría extenderse a muchos capítulos, desde la imposición del unilateralismo de Estados Unidos en la escena mundial hasta la extensión de la democracia en Oriente Próximo a partir de Irak, pasando también por la extensión de los poderes presidenciales.

Algunos neocon ya consideraban obtenidos sus objetivos hace más de una década, con la caída del comunismo y el éxito de la ideología capitalista en todo el mundo. Otro de los popes del neoconservadurismo, Norman Podhoretz, escribió en 1996 un prematuro discurso de difuntos de la ideología neocon, a la que creía muerta en razón de su éxito: “Si el anticomunismo fue la pasión fundamental de los neoconservadores en cuestiones internacionales, la oposición a la contracultura de los años 60 fue su pasión preponderante en casa”. Lo que han hecho sus amigos tras la victoria republicana de 2000 es precisamente recuperar sus dos pasiones básicas, la exterior a través de la idea de una cuarta guerra contra un nuevo enemigo mundial, y la interior, mediante la recuperación de la guerra cultural ante las nuevas oleadas de permisividad que les permiten considerar viva y peligrosa la cultura de los 60.

Visto desde la periodificación, la victoria hoy de McCain, definido a sí mismo como soldado de Reagan, y de Sarah Palin, designada directamente por los neocon, desmentiría que estuviéramos ante la estación término, aunque es difícil pensar que sin mayoría en las Cámaras pudieran ir más allá de una prolongación agónica. Pero la victoria de Obama, en cambio, pondría punto final a varias series de acontecimientos en la esfera conservadora y constituiría un mentís en toda regla a las aspiraciones de un nuevo impulso neocon: creyeron ver detrás del 11-S las luces de un nuevo amanecer, con nuevas e ilusionantes oportunidades, pero eran en realidad las del crepúsculo, el suyo, claro está.

McCain, en la recta final, recorta la ventaja de Obama (44% – 49%)

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Domingo, 02-11-08, ABC.es
 

WASHINGTON. Aunque las metáforas deportivas resultan muchas veces un tópico demasiado casposo para hablar de política, la lucha por la Casa Blanca ha entrado en su recta final como un maratón en el que el corredor más aventajado durante un buen tramo empieza a sentir cómo le pisan los talones justo cuando ya se empieza a vislumbrar la meta. En el último fin de semana de una batalla política librada durante dos años y con vocación de pasar a la historia de Estados Unidos, John McCain parece estar recortando distancias con respecto a Barack Obama.

Sin el absurdo paternalismo de prohibir la publicación de encuestas durante los últimos días antes de los comicios previstos para el próximo martes, la última tanda de continuos sondeos -como el publicado ayer (49,1%-44,1%) por la agencia Reuters y el canal C-SPAN- indica que el candidato republicano está escalando posiciones hasta colocarse incluso dentro del margen de error estadístico. Un impulso que se centraría sobre todo en torno a votantes independientes, clase trabajadora pero conservadora y una parte del voto femenino. Junto a la táctica de cuestionar la política fiscal de Obama.

Según ha indicado Nicolle Wallace, asesora de McCain, «no estamos diciendo que hayamos superado a Obama, pero ciertamente nos anima el recorte de diferencias que estamos viendo en las últimas encuestas». Aunque en opinión de David Plouffe, director de la campaña de Obama, «todos los Estados que votaron demócrata en el 2004 están claramente a favor de nosotros y eso nos permite mantener a John McCain a la defensiva».

Geografía y dinero

Si los últimos números ofrecen cierto confort a los republicanos, la geografía de los programas de campaña hasta el 4-N sirve para ilustrar la ventaja de los demócratas. Obama tiene previsto concentrar sus últimos días de mítines en Nevada, Colorado, Missouri, Ohio y Virginia. Jurisdicciones todas que hace cuatro años votaron a favor de un segundo mandato para el presidente Bush. Pero que esta vez no forman parte de una segura retaguardia para los republicanos en virtud de la significativa impopularidad de Bush, los efectos de la crisis y los cambios demográficos que han convertido a Obama en un candidato viable en múltiples baluartes republicanos.

Con su evidente ventaja a la hora de recaudar donaciones privadas, la campaña de Barack Obama también se está permitiendo estos días invertir el triple de dinero en propaganda que John McCain, quien ha tenido que optar por acogerse al limitado sistema de subvenciones públicas. Según un estudio de la Universidad de Wisconsin, más de un 70% del multimillonario desembolso realizado por Obama se concentra en estados de tradición republicana. Con adquisiciones adicionales de anuncios por televisión en estados conservadores como Dakota del Norte, Georgia y la propia Arizona de John.

En la fase final, el candidato republicano ha optado por concentrarse en esa dudosa retaguardia compuesta por Virginia y Ohio. Además de Pensilvania, el único gran estado que en el 2004 votó por los demócratas y que los conservadores intentan cambiar de columna este año. Con un énfasis especial entre sectores del electorado que consideran a Obama como una opción excesivamente exótica, pese a haber votado con anterioridad a favor de candidatos presidenciales del Partido Demócrata.

 
Los consejos de Karl Rove
 

Karl Rove, el gurú electoral del presidente Bush que el mes pasado anticipaba la posible victoria de Barack Obama, ha empezado a aconsejar desde las páginas de opinión del «Wall Street Journal» un necesario escepticismo. Según Rove: «La cuestión que importa es el margen. Si McCain está por debajo un 3%, su objetivo es alcanzable aunque difícil. Si está por debajo un 9%, su misión es esencialmente imposible. Con todo, la verdad es que nadie sabe con seguridad qué déficit es insuperable o incluso qué encuestas son correctas. Por eso, todos debemos actuar con el entendimiento de que nada está todavía decidido»

EE.UU, la crisis económica y la batalla de las ideas. Krugman encore…

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Los libros de Paul Krugman se basan en un concepto: la polarización política de Estados Unidos es fruto de las crecientes desigualdades económicas. El Nobel analiza en su última obra el fin de los neocons.

JOAQUÍN ESTEFANÍA 01/11/2008, El País

Bill Clinton dejó la economía estadounidense, en la intersección de los dos siglos, con un crecimiento medio superior al 4% y superávit público. Las dos últimas legislaturas demócratas -básicamente la década de los noventa del siglo pasado- se caracterizaron por un incremento sin parangón de la riqueza, y dieron lugar al nacimiento de otro paradigma, la denominada nueva economía, que decía que se habían acabado los ciclos económicos. Todo ello motivado por la utilización masiva de las tecnologías de la información y la comunicación (lo relacionado con Internet y el planeta digital) y una flexibilización de las herramientas empresariales. Sin embargo, tanto desarrollo no sirvió para que se estrechasen las desigualdades en Estados Unidos, sino lo contrario, y éste es el único hilo conductor que coincide con lo que sucedería después, durante los ocho años de mandato de George W. Bush.

El apellido Bush, que desaparece ahora de la primera fila de la historia, no ha tenido suerte con la economía. Bush padre perdió las elecciones a favor de un semidesconocido Bill Clinton, después de haber vencido en la primera guerra de Irak, porque una pequeña e inoportuna recesión se coló en la campaña al grito de: “¡Es la economía, estúpido!”. Y Bush hijo, después de haber tenido que superar las secuelas del estallido de la burbuja tecnológica, de los atentados del 11-S, y de los escándalos corporativos que colocaron a Enron como su principal icono, deja la Casa Blanca como ya sabemos: EE UU al borde de la recesión, todos los desequilibrios macroeconómicos (inflación, déficit, deuda) manifestándose a la vez, e incrementándose espectacularmente las diferencias de la renta y la riqueza entre los ciudadanos.

Desde el inicio del primer mandato del actual Bush hubo un economista que manifestó abiertamente sus críticas a la política económica neocon, que hacía su principal bandera de la economía de mercado sin interferencias y que se reivindicaba heredera directa de la revolución conservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher: el neokeynesiano Paul Krugman, que acaba de recibir el Premio Nobel de Economía por sus trabajos científicos, pero que había brillado en el planeta de la influencia no sólo por los mismos sino por su asombrosa capacidad de divulgación, manifestada en sus artículos semanales en The New York Times (que en España publica EL PAÍS) y por sus libros. En los últimos años ha publicado al menos tres de ellos. En El gran engaño. Ineficacia y deshonestidad: Estados Unidos ante el siglo XXI -una crónica de la primera legislatura de Bush- resume lo que ha pasado desde que la Administración Clinton cesase: caída de las Bolsas, escándalos empresariales, crisis energética, retroceso del medio ambiente, dos millones de nuevos parados, los déficits gemelos (exterior y público), recesión, terrorismo, etcétera. Krugman se asombra entonces de que la principal política económica de Bush consista en bajar los impuestos a los más ricos (con el pretexto de que son los que más invierten) en medio de dos guerras. Lo contrario de lo que decía el sentido común e incluso cualquier ortodoxia económica. Según nuestro economista, la secuencia que los neocons pretendían instalar tenía un cariz ideológico: rebajar los ingresos públicos, subir el déficit (“el déficit no importa”, declaró el vicepresidente Dick Cheney), y aumentar al tiempo los gastos de seguridad y defensa. Cuando la situación se hiciese insostenible, la solución era cristalina: reducir los gastos sociales, lo que significaba acabar con el pequeño welfare estadounidense que, a su entender, es un freno a la eficacia del sistema.

No todo el Partido Republicano pensaba igual. Las anteriores no son las señas de identidad tradicionales de los republicanos (por ejemplo, no lo fueron de la Administración Nixon) sino de un pequeño grupo, muy ideologizado, con raíces en la extrema derecha religiosa y en los institutos de pensamiento fundamentalistas más relacionados con la Escuela de Chicago, que se ha apoderado de la dirección del mismo: los neocons. Ésta es la principal tesis del último libro de Krugman, Después de Bush, que subtitula El fin de los neocons y la hora de los demócratas. En él se demuestra que la polarización política es consecuencia de la desigualdad económica, lo que explicaría en buena parte el desarrollo de la actual campaña electoral. El hoy Nobel de Economía apostó en principio por Hillary Clinton como la mejor candidata demócrata a la Casa Blanca, por ser la más coherente para aplicar la política que según él debía seguir el país (el libro está escrito antes de que estallase la crisis financiera y económica): completar la obra del New Deal rooselvetiano, incluyendo una expansión del seguro social que cubriera riesgos evitables cuya relevancia se ha hecho inconmensurablemente mayor durante las últimas décadas.

En el año 1999, Krugman escribió otro libro, cuyo título puede resultar premonitorio estos días: El retorno de la economía de la depresión. En él abordaba los efectos de la primera crisis económica de la globalización: la que comenzó en el verano de 1997 en Tailandia, con la devaluación de su moneda, que se extendió primero por el conjunto de Asia, luego a Rusia y a América Latina, y finalmente al resto del planeta. Decía entonces que la economía mundial no se encontraba en depresión y que probablemente tampoco experimentaría ninguna depresión en el corto plazo. Pero que la economía de la depresión -los tipos de problemas que caracterizaron buena parte de la economía mundial en los años treinta del siglo pasado- se había instalado de forma pasmosa: hasta hace poco era difícil que alguien pensara que los países modernos se verían obligados a soportar recesiones apabullantes por temor a los especuladores monetarios; que un país avanzado podría verse con persistencia incapaz de generar el gasto suficiente para mantener el empleo de sus trabajadores y de sus fábricas; que incluso la Reserva Federal se preocuparía por su capacidad para contener un pánico del mercado financiero. La economía mundial, concluye, se ha convertido en un lugar mucho más peligroso de lo que imaginábamos. Este texto, publicado hace una década, está siendo reescrito ahora por Krugman, a la luz de la experiencia presente, que multiplica por cien lo acontecido antaño.

En 1930, John Maynard Keynes escribió que “nos hemos metido en un desorden colosal, cometiendo errores garrafales en el control de una máquina delicada, cuyo funcionamiento no entendemos”. La batalla que ha dado Krugman consiste precisamente en ello: para compartir un pronóstico de las dificultades y actuar en consecuencia, hay que comprender antes lo que está pasando. En ello ha sido un verdadero maestro. -

Después de Bush. El fin de los neocons y la hora de los demócratas. Traducción de Francesc Fernández. Crítica. Barcelona, 2008, 326 páginas. 29 euros. El gran engaño . Ineficacia y deshonestidad: Estados Unidos ante el siglo XXI. Traducción de Isabel Campos Adrados. Crítica. Barcelona, 2004. El retorno de la economía de la depresión . Traducción de Jordi Pascual. Crítica. Barcelona, 2000.

Economía coloca a Obama como favorito en elecciones…

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Un sondeo de ‘The New York Times’ sitúa a McCain 11 puntos por detrás

YOLANDA MONGE - Washington – 01/11/2008, El País

A tres días de las elecciones, Barack Obama y John McCain siguen su titánico esfuerzo por captar votos mientras que las últimas encuestas confirman una sólida ventaja del candidato demócrata, no sólo en su valoración general sino en todos los aspectos por los que los electores deciden su voto, especialmente, el de la economía. Un sondeo del diario The New York Times y la cadena CBS, publicado ayer, sitúa al candidato republicano 11 puntos por detrás de su rival demócrata y establece, además, que Obama continúa teniendo una significativa ventaja en asuntos claves como el manejo de los asuntos económicos, el sistema sanitario y la guerra de Irak.

El 89% de los estadounidenses, según ese sondeo, declara tener una visión negativa de cómo está la economía y un 85% considera que el país no va en la dirección adecuada. Ante tan pésimo panorama, un 54% de los encuestados considera que Obama mejoraría la situación económica frente al 32% que cree que el artífice de una mejora en las finanzas sería McCain. La burda propaganda del fontanero Joe no ha parecido funcionar y los encuestados parecen tener una visión parecida respecto a si los candidatos aumentarán los impuestos: 50% Obama; 46% McCain.

En un tema tan polémico y relevante aquí como el sistema de salud, casi el triple de los encuestados en comparación con McCain dicen que con el aspirante demócrata a la Casa Blanca la cobertura médica llegará a más personas: un 66% frente al 23%.

Respecto a la guerra que se libra en Irak, un 7% cree que la política de Obama llevará a una menor presencia militar en aquel país mientras que el 56% de los encuestados consideran que con el ex veterano de Vietnam la implicación en el país árabe y el envío de tropas será mayor. La encuesta deja claro la percepción de los votantes de que Obama haría un mejor trabajo en los temas antes citados pero sin embargo a la hora de definir quién sería mejor comandante en jefe los números todavía se vuelcan a favor de McCain. El 47% de los cuestionados cree que el senador de Arizona sería más efectivo en ése puesto. El 33% opinó que Obama.

Quien podría convertirse el próximo martes en el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos, no pierde oportunidad en sus mítines para resaltar los vínculos de su contrincante con George Bush, el mandatario con los peores índices de popularidad que se recuerdan en el país desde Harry Truman en 1952: un 22%. “George Bush cavó un profundo agujero . Y ahora quiere pasarle la pala a John McCain”, dijo ayer Obama en un mitin. Ambos candidatos están pisando a fondo el acelerador en los últimos días de campaña y han emprendido una carrera frenética que les llevará a ocho estados con tres diferentes husos horarios. Eso sí, la campaña de Obama informaba de que el senador de Illinois pasaría ayer unas horas por su casa en Chicago para celebrar Halloween con sus hijas.

“Confío en nuestra victoria”, declaró ayer McCain en Ohio, uno de los estados clave de la elección. McCain, 72 años, dice mantener la esperanza a pesar de que otro sondeo, el del diario The Washington Post y la cadena ABC le daba ayer hasta 8 puntos de desventaja frente a Obama. Sus esfuerzos por situarse como el candidato del cambio no han calado. Según el sondeo de New York Times / CBS el senador por Illinois es visto como “el candidato del cambio” por el 64% de los encuestados, mientras que sólo el 39% cree que McCain efectuaría “un auténtico cambio”.

También parece dejar claro este último estudio que la candidatura de Obama ha cambiado la percepción de la raza en el país. Cerca de dos tercios de los entrevistados creen que blancos y negros tienen las mismas posibilidades en la sociedad. Y un 14% declara que mucha de la gente que conocen no votaría por un negro. Pero esos números han mejorado desde que se inició la campaña. Por ejemplo, a mediados de julio sólo la mitad de los encuestados creían que la sociedad era igualitaria en la raza y era mucho mayor el porcentaje que rechazaba la idea de un afroamericano en al Casa Blanca.

Finalmente, la encuesta expone una vez más los pésimos números atribuidos a la aspirante a vicepresidenta. La estrella de la gobernadora de Alaska parece apagarse cada día un poco más. Según el sondeo del Times, casi seis de cada diez votantes creen que Sarah Palin no está preparada para el cargo. Esta cifra es nueve puntos superior que a principios de mes. Joe Biden gusta a los encuestados. Tres cuartas partes ven perfectamente en el puesto al senador demócrata.

Crisis mundial: algunos errores sobre la explicación de la crisis…

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Un artículo difundido recientemente en algunos medios de información de izquierdas lleva por título: “Nos sobran analistas, nos faltan activistas”. Pero si nos sobran analistas es porque éstos repiten en realidad los mismos análisis. Cada análisis se sigue de unos principios distintos, y de ellos se sigue también un programa político distinto, y una táctica política distinta. Pero el problema no es tanto que falten activistas, como que los análisis sean o no acertados, pues de análisis erróneos se siguen programas políticos erróneos, con lo que sobrarían también activistas guiados por ellos. Este artículo trata de advertir sobre algunos de estos análisis erroneos, desde la teoría marxista. Como dice el profesor de economía Rolando Astarita: “Algo que he visto a lo largo de mi militancia es que, por ejemplo, un trabajador que entendió que tenía que ir a la Plaza del No contra Menem, el día de mañana podía ser kirchnerista. Pero un trabajador que entendió la plusvalía, que adquirió conciencia de qué es la explotación del capital, no pasa más del otro lado de la barrera ideológica” (entrevista a Rolando Astarita en el libro “Las izquierdas en la política argentina”, Divino Tesoro, 2007).

Este artículo está dividido en dos partes. En la primera se critican algunos aspectos de la explicación dominante de la crisis, que se filtran en cierta medida en las explicaciones de la izquierda (capitalista); en la segunda se critica la explicación, basada en la teoría del subconsumo, compartida por la doctrina keynesiana (y, hoy día, decir keynesiano es casi lo mismo que decir “de izquierdas”, y viceversa), y por algunos marxistas. Nos dejamos algunos aspectos en el tintero: el amplio tema del neoliberalismo y, en particular, de la desrregulación financiera. Para una explicación histórico-económica del neoliberalismo en términos marxistas, remitimos a la excelente obra de Gerard Duménil y Dominique Lévy, recientementa traducida: “Crisis y salida de la crisis. Orden y desorden neoliberales”, Fondo de Cultura Económica, 2007; para una explicación detallada de la desrregulación financiera, y de la proliferación de la ingeniería financiera promovida por ella, remitimos al artículo de Rolando Astarita: “Sobre la crisis financiera (I): Sobre los mecanismos de control de los mercados financieros”  (http://www.elrevolucionario.org/rev.php?articulo966).

1. La crisis no empieza siendo una crisis financiera, que luego se traslada a la “economía real”, sino al revés.

La explicación oficial de la crisis difundida por los medios de comunicación dominantes comienza diciendo que la causa de la crisis ha sido la “codicia” de unos pocos especuladores. Pero el fin que mueve a los agentes capitalistas en general, y no sólo a “algunos”, es la búsqueda de beneficio, y no la “codicia”. La búsqueda del beneficio es una causa, junto con otras, fundamental de las crisis, en tanto que aquella es consustancial al capitalismo y las crisis también lo son. La búsqueda del beneficio no es algo ajeno al capitalismo, que algunos introducen en él de vez en cuando, produciendo las crisis.

Pero el aspecto fundamental de la explicación dominante no se presenta siquiera como tal, sino que se da por supuesto. Se da por supuesto que la crisis ha comenzado siendo una crisis financiera, y, con el pretendido fin de evitar su contagio a la “economía real”, se aplican medidas de rescate del sector financiero.

Todos sabemos que ha habido un exceso de crédito, que las entidades financieras se han volcado masivamente a la concesión de créditos hipotecarios para la compra de viviendas, y para el consumo en general. Según la explicación dominante, la crisis financiera se ha producido cuando muchos de los prestatarios se han revelado insolventes.

Pero miremos las cosas desde otra perspectiva, o completemos la visión unilateral y falsa, por tanto, que ofrece la explicación dominante. En primer lugar, si ha habido tantos insolventes ha sido porque éstos no han podido seguir pagando sus hipotecas conforme los intereses subían (junto con la inflación), bien porque sus salarios no han acompañado a dichas subidas, bien porque han perdido sus empleos, directamente. Pero los bajos salarios y el aumento del desempleo son, en último término, efectos de la crisis. Es decir: si la economía estuviera creciendo a un ritmo, digamos, adecuado (para responder al crédito), que hubiera permitido un aumento del empleo y los salarios, no se habría producido la crisis financiera. Sin embargo, los medios fijan nuestra atención en el aspecto financiero de la crisis, en la caída de las acciones de las entidades financieras, en vez de en el aumento del desempleo y en la bajada de los salarios, que son consecuencia de la crisis de la “economía real”.

Se viene a decir que la causa de la crisis ha sido el exceso de crédito. Pero, ¿con respecto a qué se produce el exceso de crédito? Con respecto al crecimiento de la economía. La causa de la crisis no es, entonces, el exceso de crédito, sino la falta de un crecimiento correspondiente de la economía. El exceso de crédito es efecto, y no causa, de la crisis.

Pero la crisis ya estaba ahí desde 2001. Tras la crisis de los 70 y principios de los 80, el capitalismo ha vivido un período de crecimiento desde mediados de los 80 hasta finales de los 90. Cuando la burbuja bursátil de las .com estalló, la FED bajó drásticamente los tipos de interés, con lo que dio un respiro a la economía mundial. Las entidades financieras se lanzaron entonces al mercado hipotecario y al sector de la construcción. De esta forma se postergó la crisis, pero la crisis ya estaba ahí.

Culpando de la crisis a los excesos del sistema financiero se trata de exculpar al sistema capitalista. Esta maniobra no es nueva: el fascismo y el nazismo ya culparon de la crisis de los 30 a la “plutocracia” o al “capitalismo financiero”, identificándolo con los judíos.

2. La causa de la crisis no es el subconsumo.

Pasamos ahora a una explicación de la crisis compartida tanto por la izquierda capitalista como por algunos marxistas. Unos y otros se basan en la teoría subconsumista. Muchos artículos aparecidos últimamente en medios de información de izquierdas comparten esta teoría. La teoría del subconsumo, aunque errónea, tiene al menos la virtud de tratar de ir a las causas del problema.

La teoría del subconsumo tiene una larga tradición que se remonta a Sismondi y Malthus, pasando por Hobson hasta llegar a Keynes y algunos marxistas como Luxemburgo, Baran y Sweezy, por ejemplo. Podemos exponer brevemente la lógica fundamental de esta teoría. La idea general es simple (baso la exposición en Anwar Shaikh, “Valor, acumulación y crisis”, Razón y Revolución, 2006): Si los trabajadores sólo reciben como salario el equivalente a una parte del valor del producto (nos referimos al producto social total), entonces sólo podrán comprar una parte del producto, lo que conduce al subconsumo (o a la sobreproducción). Las versiones más vulgares de la teoría se detienen aquí. Pero prosigamos: la otra parte del valor del producto serría comprada por los capitalistas, con su ganancia. Dicho ésto, parece que el problema está resuelto. Sin embargo, podría estarlo para el caso de lo que Marx denomina la reproducción simple, es decir, para el caso en que el capital no se acrecienta y la economía no crece, es decir, para el caso en que todo el beneficio es consumido por los capitalistas, que no dedican nada a la inversión. Pero si los capitalistas no consumen todo su beneficio e invierten una parte, entonces topamos finalmente con el problema del subconsumo. Para la teoría del subconsumo, el problema es, por tanto, la inversión. Llegamos así a una paradoja: la teoría del subconsumo podría explicar las crisis, si se entendiera por crisis la falta total de inversión y, por tanto, de crecimiento de la economía. Pero, si esta teoría fuera cierta, la economía capitalista no podría crecer, con lo que las economías capitalistas no habrían crecido a lo largo de su historia. Pero el crecimiento económico capitalista es un hecho histórico (aunque también lo es que este crecimiento pasa por fases de auge y de retroceso, y que las fases de auge son cada vez más limitadas). En conclusión: la teoría del subconsumo explica la crisis ¡al precio de dejar sin explicar el crecimiento, es decir, al precio de concluir que la economía capitalista se encuentra en una crisis perpetua!

No hace falta ir muy lejos para encontrar la solución a la contradicción planteada por las teorías del subconsumo: la solución está en aquello que para la teoría subconsumista constituye precisamente la causa del subconsumo, es decir, en la propia inversión. La inversión se materializa en más capital constante (equipos, materias primas, etc.) y en más trabajadores, destinados a ampliar la producción. Esta inversión acrecentada es la que sirve para realizar la producción anterior, fruto de una inversión acrecentada con respecto a la anterior, y así sucesivamente. En palabras de Shaikh: “Lo que muestran los ejemplos de Marx [se refiere a los esquemas de reproducción] es que, si los capitalistas realizaran la cantidad apropiada de inversión, ciertamente podrían vender su producto y obtener las ganancias esperadas. Si este éxito los estimula a invertir una vez más, en espera de ganancias aun mayores, una vez más obtendrán su recompensa, y así sucesivamente. Entretanto el consumo aumentaría debido al empleo creciente y a la creciente riqueza de los capitalistas”. Por ello la economía capitalista debe crecer necesariamente, aunque a ritmos mayores o menores. Así pues, el problema no es la inversión, sino la falta de inversión, y la inversión depende de la tasa de beneficio. Puede decirse, para terminar, que el problema de la teoría del subconsumo es que no tiene en cuenta el tiempo.

Sobre la actual crisis financiera se oye decir con frecuencia que el problema ha sido que hemos estado gastando más de lo que teníamos, es decir, más de lo que habíamos producido, gracias a un crédito excesivo. Este tópico es falso, al menos en un sentido: siempre que la economía crezca, porque lo haga la inversión, gastamos más de lo ya producido, porque la producción actual, acrecentada, es mayor que la producción pasada. Por otro lado, el crédito siempre es excesivo con respecto a la producción actual, precisamente en la medida en que presupone una producción futura acrecentada, y un mayor beneficio; porque, si la economía no creciera: ¿de dónde saldría el dinero para pagar los intereses? El problema ocurre cuando la economía no crece en la medida de lo previsto. Así como la inversión acrecentada debe servir, no sólo para pagar el crédito, sino los intereses, también debe servir para consumir el producto creado por una inversión anterior, normalmente menor. Por ello, las crisis se explican, no por un subconsumo congénito debido a la inversión, sino, al contrario, por una falta de inversión, debida a un descenso de la tasa de beneficio.

La teoría del subconsumo sirve de fundamento a la doctrina keynesiana de la crisis, pero no a la teoría de Marx (dejamos la explicación marxista de la crisis para otro artículo). Asímismo, esta teoría sirve de base a las políticas keynesianas, que no sirven para salir de la crisis, sino para paliar y prevenir sus efectos sobre la clase asalariada (ésto lo explicamos en un artículo anterior: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=73563) y, con ello, tratar de evitar que ésta se movilice contra el sistema capitalista y su Estado. El propio Keynes dijo: “Puedo estar influído por lo que me parece ser justicia y buen sentido, pero la guerra de clases me encontrará del lado de la burguesía educada”. Pero el marxismo no pretende un “capitalismo más justo”, porque entiende que ésto no es posible a la larga, sino destruir el sistema capitalista y construir el socialismo.

Sin embargo, estos días pueden leerse multitud de artículos en diversos medios de información de izquierdas, algunos de ellos escritos desde el marxismo, que ofrecen explicaciones de la crisis basadas en la teoría del subconsumo. Esta teoría puede servir, quizás, para explicar de forma simple la crisis (aunque resulte errónea, e incluso absurda, como hemos visto), pero no tiene nada que ver con la explicación marxista de la crisis, y hay que tener cuidado con el precio de esta simplificación. Porque si, según estas explicaciones erroneas, el problema es el subconsumo, bastaría (supuestamente) con volver a las recetas keynesianas redistributivas (aumento del gasto social, básicamente) con la ilusa pretensión de construir un capitalismo más justo. Pero no es ésta la solución, porque no es aquel el problema. Si las cosas se ponen difíciles para el capitalismo, ya se encargará la socialdemocracia de reeditar las políticas keynesianas, y ya lo está haciendo, en cierta medida. Por otro lado, el liberalismo puede dar nuevamente paso al fascismo, y ya lo está haciendo también, en medida creciente.

Obviamente, no se debe dejar de defender, también desde el marxismo, lo poco que queda del Estado de bienestar: sería un grave error no hacerlo. Pero también sería un grave error limitarse a ello. El marxismo tiene otro programa, y no hay mejor momento para darlo a conocer que los tiempos de crisis.

alfredo.torrado@gmail.com

Crisis mundial: EE.UU. entra en recesión…

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La economía cae a un ritmo anual del 0,3%, el peor dato desde 2001 – El frenazo se debe al mayor descenso del consumo de los últimos 28 años

SANDRO POZZI - Nueva York – 31/10/2008

Estados Unidos dio ayer el primer paso hacia la recesión. El producto interior bruto (PIB) registró una contracción del 0,1% en el tercer trimestre del año (equivalente a un ritmo anual de caída del 0,3%), el peor dato desde la última crisis económica, en 2001. El motivo de este frenazo reside en la mayor caída del consumo -motor de la primera economía del mundo- de los últimos 28 años y el pesado lastre de la devaluación de la vivienda, en medio de la peor crisis financiera desde la Gran Depresión.

Los economistas anticipan ya que la contracción continuará hasta la primavera, en el que será el periodo más prolongado de recesión desde la II Guerra Mundial. El paro podría alcanzar entre tanto el 8%.

Con todo, el frenazo es menor de lo que preveían los analistas, y quizá por eso las Bolsas estadounidenses reaccionaron con subidas moderadas. Pero este parón es importante si se tiene en cuenta que Estados Unidos crecía a un ritmo anual del 2,8% en el segundo trimestre. Este vuelco se produjo sobre todo en septiembre, cuando el caos volvió a dominar los mercados financieros tras el rescate de las hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac, el colapso del banco de inversión Lehman Brothers y la intervención pública en la aseguradora AIG.

Con el precio de la vivienda en caída libre, las restricciones para acceder al crédito y el desplome de las inversiones, las familias no tienen otra salida en la presente coyuntura que mirar a sus bolsillos y recortar ahí donde pueden para hacer frente a un futuro incierto, sobre todo en el empleo. El gasto de los consumidores, del que dependen dos terceras partes del crecimiento, cayó un 3,1%.

Es el primer recorte trimestral en el consumo desde el último trimestre de 1991 y el mayor desde la primavera de 1980. El Departamento de Comercio calcula que esta caída en el gasto de los hogares restó 2,25 puntos al PIB. Y es que las finanzas de las familias están bajo una tensión considerable, por la continua pérdida de empleo y de caída de las inversiones.

El dato del crecimiento económico revela en este sentido que los ingresos personales cayeron un 8,7% en el tercer trimestre, el peor dato desde que se empezó a utilizar este indicador en 1947 y que contrasta con el incremento del 19,1% del segundo trimestre, cuando empezaron a fluir los primeros estímulos fiscales al crecimiento.

Los hogares no son los únicos que miran hasta el último dólar en la coyuntura actual. Las empresas están buscando cómo ahorrar por todos los rincones. La del tercer trimestre fue la primera reducción en el gasto desde final de 2006, del 1%. Y también están destruyendo empleo. Motorola va a despedir a 3.000 empleados y American Express anunció ayer que eliminará 7.000 puestos de trabajo.

El otro punto vulnerable sigue estando en la vivienda, el epicentro de la crisis. La inversión residencial cayó un 19,1% en el tercer trimestre, lo que refleja que la contracción continúa con fuerza tras 11 trimestres y que queda camino por recorrer antes de que se pueda hablar de estabilización.

La contracción habría sido aún mayor de no ser por el sector exterior y el gubernamental. Del lado de la balanza comercial, las importaciones cayeron un 1,9%, y las exportaciones subieron un 5,9%. Esto sumó 1,1 puntos al crecimiento, aunque es tres veces menos que en el trimestre precedente. El gasto público subió un 5,8% y aportó 1,2 puntos al PIB.

Estos datos están sujetos aún a dos revisiones. Wall Street anticipó una contracción mayor del PIB, de en torno a medio punto. En cierta medida el indicador es viejo, porque no refleja el fuerte deterioro registrado en octubre, y podría quedarse corto, ya que los analistas hablan ya de una caída de tres puntos en el cuarto trimestre.

“Nos llevó tiempo llegar a esta situación, y llevará tiempo salir de ella”, reconoce el jefe del equipo de asesores económicos de la Casa Blanca, Edward Lazer, que aunque se mostró confiado en un repunte del consumo gracias al abaratamiento de la energía, no negó que el dato refleja el pesimismo de los estadounidenses.

La Reserva Federal (Fed) rebajó el miércoles medio punto los tipos de interés, hasta el 1%, su nivel más bajo desde mayo de 2004. Los precios vinculados al consumo personal subieron a un ritmo del 5,4% anual, el mayor desde comienzos de 1990. La subyacente fue del 2,9%. Pero esto no es un problema para la Fed, porque en octubre empezaron a moderarse.

El banco central estadounidense está claramente preocupado en este momento por devolver a la actividad económica su crecimiento potencial y evitar una recesión severa.

Chile: derrota de la Concertación en la elección municipal y opciones presidenciales, E. Aquevedo

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Piñera imbatible?

Piñera imbatible?

La Concertación no sufrió un desastre, no fue Waterloo, pero también es un exceso hablar de victoria. De hecho es una derrota, limitada pero real. En concejales (que es, sin duda, el indicador políticamente más representativo en esta elección), la Concertación logra aproximadamente un 45%, bajando desde el 47,9 que ya tenía en la elección anterior, mientras la Alianza logra un 36%, perdiendo 1,6%. En alcaldes la Concertación baja del 44,8 % al 38,4 %, quedando por debajo de la Alianza derechista (que sube de 38,7% al 40,5%; esto es, incrementa sus fuerzas solo en un 1,8%), desprendiéndose de  numerosas alcaldías importantes que antes controlaba (Valparaíso, Temuco, Chillán, Rancagua, Talca, por ejemplo) y que son capturadas ahora por la derecha. Esta, pues, globalmente, aumenta su fuerza electoral, aunque de modo nada espectacular. Digamos que la Concertación pierde bastante más de lo que gana la derecha.

Las pérdidas de la Concertación son por consiguiente mejor capitalizadas por otros sectores que por la propia Alianza. “Por un Chile Limpio”, el conglomerado heterogéneo formado por ex DC y ex PPD,  por ejemplo, con un 7,5% en concejales, se apropia más claramente de los votos extraviados por el bloque de gobierno. ¿De donde vienen las pérdidas de la Concertación? Sin duda de la DC, principalmente, que de aproximadamente 20% en 2004, desciende a un histórico 13,9% en esta elección. El PPD también pierde votos, pero más levemente (del 9,97% en las municipales del 2004, al 8,5% actual; es decir, pierde un 1,5%). El PRSD registra un pequeño crecimiento de 4,6% antes, a un 5,19% en esta municipal. En fin,el PS mejora también modestamente su rendimiento (10,9% en 2004, 11,17% ahora). He ahí pues los datos básicos. De ellos se deduce que la caída de la votación concertacionista, en concejales en particular, se origina esencialmente en la debacle electoral del PDC.

Una primera conclusión que merece destacarse entonces es que si bien la Concertación se debilita y pierde importante votación y ediles, logra conservar su “votación dura”, que oscila entre el 40 y 45%. La alianza de derecha, en cambio, logra un cuasi triunfo (sobre todo en alcaldías), pero no consigue equiparar la fuerza electoral de la concertación, ni dispone de “reservas” equivalentes al Juntos Podemos (sector de izquierda que logra un sólido 9% del electorado) con que cuenta, relativamente, la alianza de gobierno en la segunda vuelta presidencial. El “piso electoral” de la derecha sigue siendo inferior al de la Concertación en aproximadamente 5 puntos. Esa es la fragilidad estructural de la candidatura de Piñera, a pesar de las encuestas conocidas que lo dan como “ganador” antes de tiempo, y esa es también la fortaleza potencial de la Concertación con vistas a la presidencial del año próximo.

La segunda conclusión que queremos subrayar es que las mismas causas que provocaron el debilitamiento electoral de la Concertación, pueden igualmente complotar en beneficio de la Alianza de derecha encabezada por Piñera y permitirle conquistar ese gran “botín” que es la Presidencia de la República. Esas causas se resumen en una esencial, heredada en definitiva de la dictadura, aunque con evidentes modificaciones. Nos referimos a la orientación liberal, neoliberal o de mercado predominante en la Concertción, que está en la base de fracasos brutales como el del transantiago; la política educacional, que ocasiona rechazos y protestas masivas cada año, y que origina una grave fractura de la juventud con los gobiernos de la Concertación; la política laboral, salarial y de ingresos, que mantiene niveles de precariedad y fragmentación social extremadamente altos, así como una distribución del ingreso escandalosa; la política de salud y previsional, que a pesar de ciertos “parches” reproduce dicha precariedad y vulnerabilidad social;  y, en fin, la estrategia económica centrada en una modalidad de acumulación asentada en la producción de bienes exportables de muy bajo valor agregado, que permanece casi sin modificaciones, que implica altos niveles de desregulación y mercantilización en diversos planos como los señalados antes (transporte, educación, salud, mercado de trabajo, etc.) y que mantiene la debilidad estructural de la economía chilena y su carácter periférico. Todo ello ha provocado descontento y frustración creciente en amplios sectores medios y populares de la población, con los costos políticos y electorales que se verifican notoriamente en esta elección.

El problema no es tanto si el Gobierno de Bachelet modificará o no esa orientación, dado que, aunque lo quisiera, el contexto de crisis actual deja márgenes de maniobra obviamente limitados durante el periodo que le resta, sino en qué medida la nueva propuesta y candidatura presidencial de la Concertación va a  perseverar en ese error de fondo, o si marcará una ruptura significativa con ella. Es decir, en qué medida el nuevo proyecto responde o no a las demandas de crecientes sectores de la población y de la propia Concertación en el sentido de un claro viraje de centro-izquierda, con un potente sentido y regulación/intervención pública en todos aquellos aspectos que han marcado la acción de los gobiernos concertacionistas hasta el presente, con las consecuencias ya indicadas. Sólo esa reforma y reorientación del bloque gobernante puede impedir la consistente tendencia a la decadencia oficialista que se expresa en los resultados de esta elección, y frenar la marcha ascendente de las fuerzas conservadoras del país.

P. Krugman critica fundamentalismo de mercado de Friedman

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FRIEDMAN1

No hay crisis a la cual no se le asocie un culpable. Para algunos, la de Wall Street ya tiene uno: Milton Friedman. El ícono de la Escuela de Chicago y el más influyente promotor del libre mercado después de Adam Smith, ha sido puesto en tela de juicio por dos premios Nobel: Paul Samuelson y Paul Krugman. En este ensayo publicado el 2007 en The New York Review of Books, Krugman critica el absolutismo liberal y la defensa del laissez-faire, y pone en tela de juicio el éxito de las políticas que Friedman defendió, divulgó y logró imponer en el mundo desde mediados de los 70 hasta hoy. Los economistas José Ramón Valente y Axel Christensen comentan el ensayo.

La historia del pensamiento económico en el siglo XX es algo parecida a la del cristianismo en el XVI. Hasta que John Maynard Keynes publicó su Teoría general del empleo, el interés y el dinero, en 1936, la ciencia económica -al menos en el mundo anglosajón- estaba completamente dominada por la ortodoxia del libre mercado. De vez en cuando surgían herejías, pero siempre se suprimían. La economía clásica, escribía Keynes en 1936, “conquistó Inglaterra completamente, tal como la Santa Inquisición conquistó España”. La economía clásica decía que la respuesta a casi todos los problemas era dejar que la oferta y la demanda hicieran su trabajo.

Pero la economía clásica no ofrecía ni explicaciones ni soluciones para la Gran Depresión. Hacia mediados de la década del 30, los retos a la ortodoxia ya no podían contenerse. Keynes desempeñó la función de Martín Lutero, al proporcionar el rigor intelectual necesario para hacer respetable la herejía. Aunque Keynes no era de izquierda -vino a salvar el capitalismo, no a enterrarlo-, su teoría afirmaba que no se podía esperar que los mercados libres proporcionaran pleno empleo, y estableció una nueva base para la intervención estatal a gran escala en la economía.

El keynesianismo constituyó una gran reforma del pensamiento económico. Inevitablemente, le siguió una contrarreforma. Diversos economistas desempeñaron un papel importante en la gran recuperación de la economía clásica entre 1950 y 2000, pero ninguno fue tan influyente como Milton Friedman. Si Keynes fue Lutero, Friedman fue Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas. Y, al igual que los jesuitas, los seguidores de Friedman han actuado como una especie de disciplinado ejército de fieles, que provocaron una amplia, pero incompleta, retirada de la herejía keynesiana. A fines del siglo XX, la economía clásica había recuperado buena parte de su anterior hegemonía, aunque no toda; a Friedman le corresponde buena parte del mérito.

No quiero llevar demasiado lejos la analogía religiosa. La teoría económica aspira al menos a ser ciencia, no teología; se ocupa de la tierra, no del cielo. La teoría keynesiana se impuso en un principio porque era mucho mejor que la ortodoxia clásica a la hora de dar sentido al mundo que nos rodea. Y la crítica de Friedman a Keynes adquirió influencia porque supo detectar los puntos débiles del keynesianismo. Y sólo a modo de aclaración: aunque este artículo sostiene que Friedman estaba equivocado en algunos aspectos, lo considero un gran economista y un gran hombre.

Milton Friedman desempeñó tres funciones en la vida intelectual del siglo XX. El economista que escribía análisis técnicos, más o menos apolíticos, sobre el comportamiento de los consumidores y la inflación. El político, que pasó décadas haciendo campaña en nombre del monetarismo. Y el ideólogo, el gran divulgador de la doctrina del libre mercado.

¿Desempeñó el mismo hombre todas estas funciones? Sí y no. Las tres estaban guiadas por la fe de Friedman en las verdades clásicas de la economía del libre mercado. Además, su eficacia como divulgador y propagandista descansaba en parte en su merecida fama de profundo economista teórico. Pero hay una diferencia importante entre el rigor de su obra como economista profesional y la lógica más débil -y a veces cuestionable- de sus pronunciamientos como intelectual público.
Mientras que la obra teórica de Friedman es universalmente admirada por los economistas profesionales, hay muchos más reparos respecto a sus pronunciamientos políticos. Y existen serias dudas respecto a su honradez intelectual cuando le hablaba a la gran masa de ciudadanos.

Hablemos de Friedman en cuanto teórico económico. Durante la mayor parte de los dos siglos pasados, el pensamiento económico estuvo dominado por el concepto del Homo economicus. El hipotético Hombre Económico sabe lo que quiere; sus preferencias pueden expresarse matemáticamente mediante una función de utilidad, y sus decisiones están guiadas por cálculos racionales acerca de cómo maximizar esa función. Ya sean los consumidores al decidir entre cereales normales o cereales integrales para el desayuno, o los inversores que deciden entre acciones y bonos, se supone que esas decisiones se basan en comparaciones de la utilidad marginal, o del beneficio añadido que el comprador obtendría al adquirir una pequeña cantidad de las alternativas disponibles.

Es fácil burlarse de este cuento. Nadie, ni siquiera los economistas ganadores del Premio Nobel, toma las decisiones de ese modo. Pero la mayoría de los economistas, yo incluido, consideramos útil al Hombre Económico, entendiendo que se trata de una representación idealizada de lo que realmente pensamos que ocurre. Las personas tienen preferencias y por lo general toman decisiones sensatas, aunque no maximicen literalmente la utilidad. Uno podría preguntarse por qué no representar a las personas tal como realmente son. La respuesta es que la abstracción, la simplificación, es el único modo de que podamos imponer cierto orden intelectual en la complejidad de la vida económica.

La cuestión, sin embargo, es hasta dónde se puede llevar. Keynes no atacó de lleno al Hombre Económico, pero a menudo recurría a teorías psicológicas verosímiles y no a un cuidadoso análisis de qué haría una persona que tomara decisiones racionales. Las decisiones empresariales estaban guiadas por impulsos viscerales (animal spirits); o las decisiones de consumo por una tendencia psicológica a gastar parte, pero no la totalidad, de un aumento de la renta.

¿Pero era realmente una buena idea reducir tanto la función del Hombre Económico? No, decía Friedman, que en un artículo de 1953 titulado The methodology of positive economics (La metodología de la economía positiva) sostenía que las teorías económicas no deberían juzgarse por su realismo psicológico, sino por su capacidad para predecir el comportamiento. Y los dos mayores triunfos de Friedman como economista teórico provinieron de aplicar la hipótesis del comportamiento racional a cuestiones que otros economistas habían considerado fuera del alcance de dicha hipótesis.

En un libro de 1957 titulado Una teoría de la función del consumo, Friedman sostenía que el mejor modo de entender el ahorro y el gasto no es, como lo hizo Keynes, recurriendo a una teorización psicológica débil, sino, por el contrario, pensar que los individuos hacen planes racionales sobre cómo gastar su riqueza a lo largo de la vida. Esta no era necesariamente una idea antikeynesiana; pero sí señalaba un retorno a los modos de pensar clásicos. Y funcionaba. Los detalles son un poco técnicos, pero la “hipótesis de la renta permanente” planteada por Friedman, resolvía varias paradojas aparentes sobre la relación entre renta y gasto (todavía hoy constituyen las bases de cómo los economistas estudian el gasto y el ahorro).
El trabajo sobre el comportamiento de los consumidores habría forjado por sí solo la fama académica de Friedman. Sin embargo, obtuvo otro triunfo al aplicar la teoría del Hombre Económico a la inflación. En 1958, el economista neozelandés A. W. Phillips señaló que existía una correlación histórica entre el desempleo y la inflación, de modo que la inflación iba asociada a un bajo desempleo y viceversa. Durante un tiempo, los economistas trataron esta correlación como si fuera una relación fiable y estable. Esto provocó un debate serio sobre qué punto de la curva de Phillips debería escoger el gobierno: ¿debería EE.UU., por ejemplo, aceptar una tasa de inflación más alta para alcanzar una tasa de desempleo más baja?

En 1967, sin embargo, Friedman pronunciaba ante la Asociación Económica Estadounidense una conferencia en la que sostenía que dicha correlación entre inflación y desempleo, aun siendo visible en los datos, no representaba una verdadera compensación, al menos no a largo plazo. “Siempre hay”, decía, “una compensación temporal entre inflación y desempleo; no hay una compensación permanente”. En otras palabras, si los políticos intentaran mantener el desempleo bajo, mediante una política de generar mayor inflación, sólo conseguirían un éxito temporal. Según Friedman, el desempleo acabaría por aumentar de nuevo, incluso con una inflación elevada. En otras palabras, la economía sufriría la situación que Paul Samuelson más tarde denominaría “estanflación”.

¿Cómo llegó Friedman a esta conclusión? (Edmund S. Phelps, premio Nobel de Economía, había llegado de manera simultánea e independiente al mismo resultado). Friedman aplicó la idea del comportamiento racional. Sostenía que después de un periodo de inflación sostenido, las personas introducirían las expectativas de inflación futura en sus decisiones, lo cual anularía cualquier efecto positivo de la inflación sobre el empleo. Por ejemplo, una de las razones por las que la inflación puede aumentar el empleo es que contratar a más trabajadores se vuelve más rentable cuando los precios suben más que los salarios. Pero en cuanto los trabajadores comprenden que el poder adquisitivo de sus salarios se verá erosionado por la inflación, exigen por adelantado acuerdos de incremento salarial mayores, para que sus sueldos alcancen el mismo nivel que los precios. En consecuencia, cuando la inflación se mantiene durante un tiempo, ya no proporciona el mismo impulso al empleo que al principio. De hecho, se producirá un aumento del desempleo si la inflación no cumple las expectativas.

En el momento en que Friedman y Phelps propusieron sus ideas, EE.UU. tenía poca experiencia con la inflación sostenida. De modo que ésta fue verdaderamente una predicción. Sin embargo, en la década de 1970, la inflación persistente puso a prueba la hipótesis de Friedman-Phelps. Sin duda, la correlación histórica entre inflación y desempleo se rompió exactamente tal como Friedman y Phelps lo habían predicho: en la década de 1970, mientras la inflación superaba el 10%, el desempleo era tan elevado como en las décadas de 1950 y 1960, años de precios estables. Al fin la inflación se controló en la década del 80, pero sólo después de un periodo de desempleo extremadamente elevado, el peor desde la Gran Depresión.
Al predecir el fenómeno de la estanflación, Friedman y Phelps alcanzaron uno de los grandes triunfos de la economía de posguerra. Este triunfo, más que ninguna otra cosa, confirmó a Friedman en su categoría de grande entre los economistas, independientemente de lo que pudiera pensarse de sus demás funciones.

“A Milton todo le recuerda la oferta monetaria. Bien, a mí todo me recuerda el sexo, pero no lo pongo por escrito”, escribía en 1966 Robert Solow, del MIT. Durante décadas, la imagen pública y la fama de Milton Friedman se definieron en gran medida por sus pronunciamientos sobre la política monetaria y su creación de la doctrina conocida como monetarismo. Sorprende darse cuenta, por tanto, de que el monetarismo se considera en gran medida un fracaso, y que parte de lo dicho por Friedman sobre el dinero y la política monetaria -al contrario de lo que dijo acerca del consumo y la inflación- parece haber sido engañoso, y quizá de manera deliberada.

Para comprender de qué trataba el monetarismo, lo primero que hay que saber es que la palabra dinero no significa exactamente lo mismo en economía que en el lenguaje común. Cuando los economistas hablan de oferta monetaria (en inglés, money supply, oferta de dinero) no se refieren a riqueza en el sentido habitual. Sólo se refieren a esas formas de riqueza que pueden usarse de manera más o menos directa para comprar cosas. La moneda -trozos de papel con retratos de presidentes muertos- es dinero, y también los depósitos bancarios contra los que se pueden extender cheques. Pero las acciones, los bonos y los bienes raíces no son dinero, porque hay que convertirlos en efectivo o en depósitos bancarios antes de poder usarlos para hacer compras.

Antes de Keynes, los economistas consideraban a la oferta monetaria como una herramienta primordial de la gestión económica. Pero Keynes sostenía que en condiciones de depresión, cuando los tipos de interés son muy bajos, los cambios en la oferta monetaria tienen pocas consecuencias. La lógica era la siguiente: cuando los tipos de interés son del 4% ó 5%, nadie quiere que su dinero esté ocioso. Pero en una situación como la de 1935, cuando el tipo de interés de las letras del Tesoro a tres meses era sólo del 0,14%, hay muy poco incentivo para asumir el riesgo de poner el dinero a trabajar. El Banco Central podría tratar de estimular la economía, acuñando grandes cantidades de moneda adicional; pero si el tipo de interés es muy bajo, es probable que el efectivo adicional languidezca en las cajas fuertes de los bancos o debajo de los colchones.
En consecuencia, Keynes sostenía que la política monetaria -un cambio en la oferta de dinero circulante para gestionar la economía- sería ineficaz. Y por eso, él y sus seguidores creían que hacía falta una política presupuestaria -en especial un aumento del gasto público- para sacar a los países de la Gran Depresión.

¿Por qué es esto importante? La política monetaria es una forma de intervención pública altamente tecnocrática y en gran medida apolítica. Si la Reserva Federal decide aumentar la oferta monetaria, todo lo que hace es comprar unos cuantos bonos del Tesoro a bancos privados, y pagar los bonos mediante anotaciones en las cuentas de reserva de esos bancos: en realidad, todo lo que la Reserva Federal tiene que hacer es acuñar un poco más de base monetaria.

En cambio, la política presupuestaria supone una participación mucho más profunda del sector público en la economía, a menudo cargada de ideología: si los políticos deciden usar las obras públicas para promover el empleo, tienen que decidir qué construir y dónde.

El pensamiento económico tras el triunfo de la revolución keynesiana -como se refleja, por ejemplo, en las primeras ediciones del libro clásico de Paul Samuelson- daba prioridad a la política presupuestaria, mientras que la política monetaria quedaba relegada a los márgenes. Como Friedman dijo en la conferencia pronunciada en 1967 ante la Asociación Económica Estadounidense: “La amplia aceptación de las opiniones entre los profesionales de la economía ha hecho que durante dos décadas, prácticamente todos -menos unos cuantos reaccionarios- pensaran que los nuevos conocimientos económicos habían vuelto obsoleta la política monetaria. El dinero no importaba”.

Aunque esto tal vez fuese una exageración, la política monetaria no estuvo muy bien considerada en las décadas de 1940 y 1950. Friedman, sin embargo, hizo una cruzada a favor de la propuesta de que el dinero también importaba, la cual culminó con la publicación, en 1963, de A monetary history of the United States, 1867-1960, en colaboración con Anna Schwartz.
Aunque A monetary history of the United States es una gran obra, de extraordinaria erudición, su análisis más influyente y controvertido es el relativo a la Gran Depresión. Friedman y Schwartz refutaron el pesimismo de Keynes acerca de la eficacia de la política monetaria en condiciones de depresión. “La contracción” de la economía, declaraban, “es un trágico testimonio de la importancia de las fuerzas monetarias”.

¿Pero qué querían decir con eso? Desde el principio, la posición de Friedman y Schwartz parecía un poco escurridiza. Y con el tiempo, la presentación que Friedman hacía de la historia se hizo más grosera, no más sutil, y acabó pareciendo -no hay otra forma de decirlo- intelectualmente corrupta.

Al interpretar los orígenes de la Gran Depresión es crucial distinguir entre la base monetaria (dinero más reservas bancarias), que la Reserva Federal controla directamente, y la oferta monetaria (dinero más depósitos bancarios). La base monetaria aumentó durante los primeros años de la Gran Depresión, subiendo de una media de 6.050 millones de dólares en 1929 a una media de 7.020 millones en 1933. Pero la oferta monetaria cayó drásticamente, de US$ 26.600 millones a US$ 19.900. Esta divergencia reflejaba principalmente las consecuencias de la oleada de quiebras bancarias de 1930-1931: a medida que los ciudadanos perdían la fe en los bancos, empezaron a guardar su riqueza en efectivo y no en depósitos. Los bancos que sobrevivieron empezaron a tener grandes cantidades de efectivo a mano en lugar de prestarlo, para así evitar el peligro de un pánico bancario.

La consecuencia fue que se hacían muchos menos préstamos y, por lo tanto, muchos menos gastos de los que habría habido si los ciudadanos hubieran seguido depositando el efectivo en los bancos, y los bancos hubieran seguido prestando los depósitos a las empresas. Y dado que el desplome del gasto fue la causa próxima de la depresión, el deseo repentino tanto de los individuos como de los bancos de poseer más efectivo, empeoró sin duda la recesión.

Friedman y Schwartz sostenían que la caída de la oferta monetaria había convertido lo que podría haber sido una recesión ordinaria en una depresión catastrófica, un argumento de por sí discutible. Pero incluso poniendo por caso que lo aceptemos, cabe preguntar si puede decirse que la Reserva Federal, que al fin y al cabo aumentó la base monetaria, provocó la caída de la oferta monetaria total.

Al menos inicialmente, Friedman y Schwartz no dijeron eso. Al contrario: señalaron que la Reserva Federal pudo haber prevenido la caída de la oferta monetaria, en especial acudiendo al rescate de los bancos en quiebra durante la crisis de 1930-1931. Si se hubiera apresurado a prestar dinero a los bancos en apuros, la oleada de quiebras podría haberse detenido, y eso, a su vez, podría haber evitado 1) la decisión de los ciudadanos de guardar el dinero en efectivo en lugar de depositarlo, y 2) la preferencia de los bancos supervivientes por acumular los depósitos en sus cajas fuertes en lugar de prestar esos fondos. Esto, a su vez, podría haber evitado lo peor de la depresión.

Muchos economistas -y más aun los lectores legos en la materia- han interpretado que la explicación de Friedman y Schwartz significa que la Reserva Federal causó la Gran Depresión; y que la depresión es en cierto sentido una demostración de los males de un Estado excesivamente intervencionista. En años posteriores, como he dicho, las afirmaciones de Friedman se volvieron más imprecisas, como si quisiera alimentar esta percepción errónea. En su alocución presidencial de 1967 declaraba que “las autoridades monetarias estadounidenses siguieron políticas altamente deflacionarias”, y que la oferta monetaria cayó “porque el Sistema de la Reserva Federal forzó o permitió una reducción aguda de la base monetaria, al no ejercer las responsabilidades que tenía asignadas”, una afirmación extraña dado que, como hemos visto, la base monetaria aumentó mientras la oferta monetaria caía. (Friedman tal vez se refiriese a dos episodios en los que la base monetaria cayó moderadamente por breves periodos, pero aun así su declaración es, como mínimo, muy engañosa).

En 1976, Friedman les decía a los lectores de la revista Newsweek que “la verdad elemental es que la Gran Depresión se produjo por una mala gestión pública”, una declaración que seguramente sus lectores interpretaron como que la depresión no se habría producido si el Estado se hubiera mantenido al margen, cuando de hecho lo que Friedman y Schwartz afirmaban era que el sector público debería haberse mostrado más activo, no menos.

¿Por qué los debates históricos sobre la función de la política monetaria en la década de 1930 importaban tanto en la de 1960? En parte porque encajaban en la agendaen contra del sector público que tenía Friedman, de la cual hablaremos más adelante. Pero la aplicación más directa era su defensa del monetarismo.

El razonamiento de Friedman a favor del monetarismo era en parte económico y en parte político. Sostenía que el crecimiento constante de la oferta monetaria mantendría una economía razonablemente estable. Nunca pretendió que siguiendo esta norma se eliminarían todas las recesiones, pero sí afirmaba que las variaciones en la curva de crecimiento de la economía serían suficientemente pequeñas como para ser tolerables. De ahí la afirmación de que la Gran Depresión no habría ocurrido si la Reserva Federal hubiera seguido una norma monetarista.

El monetarismo fue una fuerza poderosa en el debate económico durante unas tres décadas a partir de que Friedman expusiera por primera vez su doctrina en Un programa de estabilidad monetaria y reforma bancaria, publicado en 1959.

Hoy, sin embargo, es una sombra de lo que era, por dos razones principales.

En primer lugar, cuando EE.UU. y Reino Unido intentaron poner en práctica el monetarismo a fines de los 70, los resultados fueron decepcionantes: en ambos países, el crecimiento constante de la oferta monetaria no consiguió impedir recesiones graves.

La Reserva Federal adoptó oficialmente objetivos monetarios al estilo Friedman en 1979, pero los abandonó en 1982, cuando la tasa de desempleo superó el 10%. Este abandono se hizo oficial en 1984, y desde entonces la Reserva Federal realiza precisamente el tipo de afinación discrecional que Friedman condenaba. Por ejemplo, en 2001 respondía a la recesión reduciendo los tipos de interés y permitiendo que la oferta monetaria creciese a ritmos que en ocasiones superaban el 10% anual. Cuando se convenció de que la recuperación era sólida, cambió el rumbo, subiendo los tipos de interés y permitiendo que el crecimiento de la reserva monetaria cayese a cero.

En segundo lugar, desde comienzos de la década de 1980, la Reserva Federal y sus homólogos de otros países han realizado un trabajo razonablemente bueno, debilitando la imagen que Friedman daba de los banqueros centrales, a los que consideraba embusteros irredimibles. Y todo esto ha ocurrido a pesar de las fluctuaciones de la oferta monetaria, que horrorizaban a los monetaristas y que los llevaron -incluso a Friedman- a predecir desastres que no llegaron a materializarse. Como señalaba David Warsh, de The Boston Globe, en 1992, “Friedman despuntó su lanza prediciendo la inflación en la década de 1980, pero se equivocó profunda y frecuentemente”.

En 1946, Milton Friedman debutó como divulgador de la economía del libre mercado con un panfleto titulado Roofs or Ceilings: The Current Housing Problem, escrito en colaboración con George J. Stigler, que más tarde se uniría a él en la Universidad de Chicago.

El panfleto, un ataque contra el control de los alquileres, que todavía era universal inmediatamente después de la II Guerra Mundial, se publicó en circunstancias bastante extrañas: era un texto de la Fundación para la Educación Económica, organización que -como Rick Perlstein escribe en Before the Storm (2001), su libro sobre los orígenes del movimiento conservador actual- “difundía un evangelio libertario tan drástico que rondaba el anarquismo”.

Esta primera aventura en la popularización del libre mercado anticipaba de dos maneras el curso de la evolución de Friedman como intelectual público a lo largo de las seis décadas siguientes.

En primer lugar, el panfleto demostraba la especial voluntad de Friedman de llevar las ideas del libre mercado hasta sus límites lógicos. Ni la idea de que los mercados son medios eficientes de asignar bienes escasos ni la propuesta de que los controles de precios crean escaseces e ineficacias, eran nuevas. Pero muchos economistas, temiendo la reacción negativa contra una subida repentina de los alquileres (que Friedman y Stigler predecían que sería del 30% para el país en su conjunto), podrían haber propuesto una especie de transición gradual a la liberalización. Friedman y Stigler quitaban hierro a esas preocupaciones.

En décadas posteriores, esta tozudez se convertiría en uno de los sellos característicos de Friedman. Una y otra vez pedía soluciones de mercado a problemas -educación, salud, tráfico de drogas ilegales- que en opinión de casi todos los demás exigían una intervención estatal potente.

Algunas de sus ideas han sido objeto de aceptación generalizada, como sustituir las normas rígidas sobre contaminación por un sistema de permisos que las empresas pueden comprar y vender. Otras, como los cheques escolares, tienen un amplio respaldo en el movimiento conservador, pero no han avanzado mucho políticamente. Y algunas de sus propuestas -como eliminar los procedimientos de concesión de licencia para los médicos y abolir la Administración de Alimentos y Medicamentos- son consideradas como estrambóticas incluso por la mayoría de los conservadores.

En segundo lugar, el panfleto demostraba lo bueno que Friedman era como divulgador. Está escrito de manera elegante y sagaz. No hay jerga económica; los argumentos se presentan con ejemplos del mundo real, inteligentemente escogidos: desde la rápida recuperación de San Francisco tras el terremoto de 1906 hasta los problemas de un ex combatiente en 1946, recién licenciado del ejército, para encontrar un lugar decente donde vivir. El mismo estilo, mejorado por la imagen, marcaría la celebrada serie televisiva de Friedman en la década de 1980 Free to choose (Libre para elegir).

Hay muchas probabilidades de que la gran oscilación hacia las políticas liberales que se produjo en todo el mundo a comienzos de la década de 1970 se hubiera dado aunque Friedman no hubiese existido. Pero su incansable y brillantemente eficaz campaña a favor del libre mercado seguramente ayudó a acelerar el proceso, tanto en EE.UU. como en el mundo. Desde cualquier punto de vista -proteccionismo frente a libre comercio; regulación frente a liberalización; salarios establecidos mediante convenio colectivo y salarios mínimos obligatorios frente a salarios establecidos por el mercado-, el mundo ha avanzado en la misma dirección que Friedman. Más llamativa que su logro en lo referente a los cambios de la política real, fue la transformación de la opinión general: la mayoría de las personas influyentes se han convertido hasta tal punto al modo de pensar de Friedman que simplemente se da por sentado que el cambio de políticas económicas promovido por él ha sido una fuerza positiva.

¿Pero lo ha sido?

Consideremos en primer lugar los resultados macroeconómicos de la economía estadounidense. Tenemos datos de la renta real -es decir, teniendo en cuenta la inflación- de las familias estadounidenses entre 1947 y 2005. Durante la primera mitad de ese periodo de 55 años, desde 1947 hasta 1976, Friedman era una voz que predicaba en el desierto y sus ideas no eran tenidas en cuenta por los políticos. Pero la economía, a pesar de todas las ineficacias que él denunciaba, mejoró enormemente el nivel de vida de la mayoría de los estadounidenses: la renta media real se duplicó con creces.

Por contraste: en el periodo transcurrido desde 1976 hasta el 2005, las ideas de Friedman se aceptaron cada vez más y aunque siguió habiendo intervención pública de sobra para que él pudiera quejarse, no cabe duda de que las políticas de libre mercado se generalizaron. Pues bien, el aumento del nivel de vida ha sido mucho menos fuerte que durante el periodo anterior: en 2005, la renta media real sólo era 23% superior a la de 1976.

Parte de la causa de que a la segunda generación de posguerra no le fuese tan bien como a la primera, es la tasa total de crecimiento económico más lenta (un dato que tal vez sorprenda a quienes suponen que la tendencia hacia el libre mercado ha aportado mayores dividendos económicos). Pero otra razón importante del retraso en el nivel de vida de la mayoría de las familias es un incremento espectacular de la desigualdad económica: durante la primera generación de posguerra, el aumento de la renta se extendió ampliamente a toda la población; sin embargo, desde fines de la década de 1970, la renta media -la renta de una familia típica-, se ha elevado sólo un tercio de lo rápido con que se elevó el ingreso promedio.

Esto plantea una cuestión interesante. Friedman solía asegurar a su público que no hacía falta ninguna institución especial -como el salario mínimo y los sindicatos- para garantizar que los trabajadores compartiesen los beneficios del crecimiento económico. En 1976 les decía a los lectores de Newsweek que los cuentos de los perjuicios causados por los robber barons -término peyorativo de EE.UU. que se refiere a los hombres de negocios y banqueros que hicieron su fortunas con malas prácticas- eran puro mito: “Probablemente no haya habido ningún otro periodo en la historia, en este o en cualquier otro país, en el que el hombre de a pie haya experimentado una mejora tan grande de su nivel de vida como en el periodo transcurrido entre la guerra civil y la I Guerra Mundial, cuando más fuerte era el individualismo desenfrenado”. (¿Y qué hay del extraordinario periodo de 30 años posterior a la II Guerra Mundial, que abarcó buena parte de la trayectoria profesional del propio Friedman?). Sin embargo, en las décadas que siguieron a ese pronunciamiento, mientras se permitía que el salario mínimo cayese por debajo de la inflación y los sindicatos desaparecían, los trabajadores estadounidenses veían cómo sus fortunas iban a la zaga del crecimiento de la economía en general. ¿Era Friedman demasiado optimista respecto a la generosidad de la mano invisible?

Para ser justos, hay muchos factores que afectan tanto al crecimiento económico como a la distribución de la renta, por lo que no podemos culpar a las políticas friedmanistas de todas las decepciones. Aun así, dada la suposición común de que el cambio a las políticas de libre mercado ha hecho grandes cosas por la economía estadounidense y por el nivel de vida de los estadounidenses corrientes, es asombroso el poco respaldo que los datos proporcionan a esa afirmación.

Dudas similares respecto a la falta de pruebas de que las ideas de Friedman funcionan en la práctica se pueden encontrar, todavía con más fuerza, en Latinoamérica.

Hace una década era normal citar el éxito de la economía chilena (asesores de Augusto Pinochet, educados en Chicago, introdujeron políticas del libre mercado después de 1973) como prueba de que las políticas inspiradas por Friedman mostraban la senda hacia un próspero desarrollo económico. Pero aunque otros países latinoamericanos, desde México hasta Argentina, han seguido el ejemplo de Chile en la liberalización del comercio y la privatización de empresas, la historia de éxito no se ha repetido.

Por el contrario, la percepción de la mayoría de los latinoamericanos es que las políticas neoliberales han sido un fracaso: el prometido despegue del crecimiento económico nunca llegó, mientras que la desigualdad de la renta ha empeorado. No quiero culpar de todo lo que ha salido mal en Latinoamérica a la Escuela de Chicago, ni idealizar lo sucedido antes, pero hay un asombroso contraste entre lo que Friedman defendía y los resultados reales de las economías que se pasaron de las políticas intervencionistas de las primeras décadas de posguerra a la liberalización.

Centrándonos más estrictamente en el tema: uno de los principales tópicos de Friedman era la inutilidad y naturaleza contraproducente de la mayor parte de la regulación pública. En una nota necrológica en homenaje a su colaborador George Stigler (muerto en 1991), Friedman elogiaba la crítica de Stigler a la normativa sobre la electricidad y su convicción de que los reguladores normalmente acaban sirviendo a los intereses de los regulados y no a los de los ciudadanos.

¿Cómo ha funcionado entonces la liberalización?

Empezó bien, comenzando por la del transporte por carretera y de las aerolíneas a finales de la década de 1970. En ambos casos, la liberalización, aunque no contentó a todos, aumentó la competencia, en general redujo los precios y aumentó la eficiencia. La liberalización del gas natural también fue un éxito.

Pero la siguiente gran oleada de liberalización, la del sector eléctrico, fue otra historia. Al igual que la depresión japonesa de la década de 1990, demostraba que las preocupaciones keynesianas por la eficacia de la política monetaria no eran un mito; la crisis de la electricidad en California en 2000 y 2001 -en la que las compañías eléctricas y las distribuidoras de energía crearon una escasez artificial para hacer subir los precios- nos recordó la realidad que había tras los cuentos de los robber barons y sus depredaciones. Aunque otros Estados no sufrieron una crisis tan grave como la de California, en todo el país la liberalización de la electricidad supuso un aumento -no una disminución- de los precios, y unos beneficios enormes para las compañías eléctricas.

Aquellos Estados que, por la razón que fuera, no se subieron al vagón de la liberalización en la década de 1990, se consideran ahora afortunados. Y las más afortunadas son aquellas ciudades que por algún motivo no recibieron el memorando sobre los males del sector público y las bondades del sector privado y siguen teniendo compañías eléctricas públicas. Todo esto demuestra que los argumentos originales a favor de la reglamentación eléctrica -la observación de que sin reglamentación las compañías eléctricas tendrían demasiado poder monopolístico- siguen siendo tan válidos como siempre.

¿Debería esto llevarnos a la conclusión de que la liberalización es siempre mala idea? No. Depende de los detalles específicos. Deducir que la liberalización es siempre y en todas partes una mala idea sería incurrir en el mismo tipo de pensamiento absolutista que, se podría decir, fue el mayor defecto de Milton Friedman.

En la reseña de 1965 sobre Monetary history, de Friedman y Schwartz, el fallecido premio Nobel James Tobin acusaba implícitamente a los autores de ir demasiado lejos. “Considérense las siguientes tres proposiciones: El dinero no importa. Sí que importa. El dinero es lo único que importa… Es demasiado fácil deslizarse de la segunda proposición a la tercera”.
La defensa del laissez-faire por parte de Milton Friedman parece haber seguido una secuencia similar. Después de la Gran Depresión, muchos empezaron a decir que los mercados nunca pueden funcionar. Friedman tuvo la valentía intelectual de decir que los mercados sí funcionan. Sus dotes teatrales, más su habilidad para organizar datos objetivos, lo convirtieron en el mejor portavoz de las virtudes del libre mercado desde Adam Smith. Pero caía con demasiada facilidad en la afirmación de que los mercados siempre funcionan y que son lo único que funciona. Es extremadamente difícil encontrar casos en los que Friedman reconociese la posibilidad de que los mercados pudieran funcionar mal, o de que la intervención pública podía ser útil.

El absolutismo liberal de Friedman ha contribuido a crear un clima intelectual en el que la fe en los mercados y el desdén por el sector público a menudo se imponen a los datos objetivos. Los países en vías de desarrollo se apresuraron a abrir sus mercados de capitales, a pesar de las advertencias de que eso podría exponerlos a crisis financieras. Después, cuando las crisis llegaron como era previsible, muchos observadores culparon a los gobiernos de esos países, no a la inestabilidad de los flujos de capital internacionales.

La liberalización de la electricidad se produjo a pesar de las claras advertencias de que el poder de monopolio podría ser un problema. Los conservadores siguen insistiendo en que el libre mercado es la respuesta a la crisis de la salud, frente a las abrumadoras pruebas en contra.

Lo extraño del absolutismo de Friedman respecto a las virtudes de los mercados y los vicios del Estado es que en su trabajo como economista teórico era un modelo de ubicación, centrado. Como ya he señalado, hizo grandes contribuciones a la teoría económica al resaltar la importancia de la racionalidad individual, pero, a diferencia de algunos de sus colegas, sabía cuándo parar y no caer en los extremos.

¿Por qué no hizo lo mismo en su papel de intelectual público?

La respuesta, sospecho, es que se vio atrapado en una labor esencialmente política. Milton Friedman, el gran economista, sabía reconocer la ambigüedad. Y la reconocía. Pero de Milton Friedman, el gran defensor de la libertad de mercado, se esperaba que predicase la verdadera fe, no que manifestase sus dudas. Y acabó desempeñando la función que sus seguidores esperaban. A consecuencia de ello, el refrescante iconoclasta de los primeros años de su carrera se convirtió con el tiempo en un ortodoxo.

A la larga, a los grandes hombres se les recuerda por sus virtudes y no por sus defectos. Y Milton Friedman fue de hecho un hombre muy grande, un hombre de valentía intelectual, uno de los pensadores económicos más importantes de todos los tiempos y posiblemente el más brillante comunicador de las ideas económicas a los ciudadanos que jamás haya existido. Pero hay buenas razones para sostener que el friedmanismo, al final, fue demasiado lejos, como doctrina y en sus aplicaciones prácticas. Cuando Friedman inició su trayectoria como intelectual público, había llegado la hora de llevar a cabo una contrarreforma contra el keynesianismo, y todo lo que eso conllevaba. Pero lo que el mundo necesita ahora, diría yo, es una contra-contrarreforma.

© New York Times, Qué Pasa.cl

P. Krugman: “La hora de la política fiscal”…

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PAUL KRUGMAN 10/2008

El Dow Jones se dispara; no, se desploma; no, se dispara; no, se…

No importa. Mientras el maniacodepresivo mercado de valores domina los titulares, la historia más importante son las lúgubres noticias que llegan sobre la economía real. Ahora está claro que rescatar a los bancos es sólo el principio: la economía no financiera tiene también una desesperada necesidad de ayuda.

Y para proporcionar esa ayuda vamos a tener que dejar de lado algunos prejuicios. Está políticamente de moda despotricar contra el gasto estatal y pedir responsabilidad fiscal. Pero ahora mismo, un mayor gasto estatal es justo lo que el doctor receta, y las preocupaciones sobre el déficit presupuestario deben ser dejadas en suspenso.

Antes de que llegue a eso, hablemos de la situación económica.

Esta misma semana hemos sabido que las ventas minoristas se han caído por un precipicio, al igual que la producción industrial. El desempleo está a niveles de una brusca recesión y el índice de manufacturas de la Fed de Filadelfia está cayendo a su ritmo más rápido en casi 20 años. Todos los síntomas apuntan a un desplome económico que será feo, brutal y largo.

¿Cómo de feo? La tasa de desempleo está ya por encima del 6% (y mediciones más amplias de subempleo están en cifras de dos dígitos). Ahora es virtualmente seguro que la tasa de desempleo se irá por encima del 7%, y bastante posiblemente por encima del 8%, haciendo de ésta la peor recesión en un cuarto de siglo.

¿Y cómo de largo? En realidad podría ser muy largo.

Piensen lo que sucedió en la última recesión, la que siguió al estallido de la burbuja tecnológica de finales de los noventa. A primera vista, la respuesta de las autoridades políticas a esa recesión parece una historia de éxito. Aunque se habían extendido los temores de que Estados Unidos experimentara una década perdida al estilo japonés, eso no ocurrió: la Reserva Federal fue capaz de impulsar una recuperación desde esa recesión bajando los tipos de interés.

Pero lo cierto es que estuvimos pareciendo japoneses por un buen rato: la Fed lo pasó mal hasta lograr darle empuje a la economía. A pesar de las repetidas rebajas de los tipos de interés, que ocasionalmente rebajaron el tipo de los fondos federales a sólo el 1%, la tasa de desempleo se mantuvo al alza; pasaron más de dos años antes de que el panorama del empleo empezara a mejorar. Y cuando finalmente llegó una recuperación convincente, fue sólo porque Alan Greenspan se las había arreglado para reemplazar la burbuja tecnológica con una burbuja inmobiliaria.

Ahora le ha llegado el turno de estallar a la burbuja inmobiliaria, dejando el paisaje financiero lleno de restos desparramados. Incluso si los esfuerzos en marcha para rescatar el sistema bancario y descongelar los mercados de crédito funcionan -y aunque todavía es pronto, los primeros resultados han sido decepcionantes-, es difícil imaginarse una recuperación inmobiliaria en algún momento próximo. Y no parece obvio que haya otra burbuja esperando su turno. Así que a la Fed va a resultarle todavía más difícil esta vez darle empuje a la economía.

En otras palabras, no hay mucho que Ben Bernanke pueda hacer por la economía. Puede y debe rebajar los tipos de interés todavía más, pero nadie espera que eso haga más que proporcionar un leve impulso económico.

Del otro lado, hay mucho que el Gobierno federal puede hacer por la economía. Puede proporcionar prestaciones ampliadas a los desempleados, lo que a la vez ayudará a las angustiadas familias a arreglárselas y pondrá dinero en los bolsillos de gente que probablemente se lo gastará. También puede proporcionar ayuda de emergencia a los gobiernos estatales y locales, de modo que no se vean forzados a bruscos recortes de gastos que a la vez degraden los servicios públicos y destruyan empleos. Puede comprar hipotecas (aunque no a su valor nominal, como ha propuesto John McCain) y reestructurar los términos de los préstamos para ayudar a las familias a seguir en sus casas.

Y éste es también un buen momento para embarcarse en algunas inversiones en infraestructuras importantes, que el país necesita miserablemente en cualquier caso. El argumento habitual contra las obras públicas como estímulo económico es que tardan demasiado: para el momento en que consigues reparar ese puente o mejorar aquella línea de ferrocarril, el desplome económico ha quedado atrás y ya no hace falta el estímulo. Pues bien, ese argumento no tiene valor ahora, en la medida en que las probabilidades de que este frenazo se supere pronto son virtualmente nulas. Así que pongamos esos proyectos en marcha.

¿Hará la próxima Administración lo que hace falta para lidiar el frenazo económico? No si McCain logra la victoria. Lo que necesitamos ahora mismo es más gasto público, pero cuando le preguntaron a McCain en uno de los debates cómo haría frente a la crisis, contestó: “Bueno, lo primero que tenemos que hacer es poner el gasto bajo control”.

Si Barack Obama se convierte en presidente, no tendrá el mismo movimiento reflejo de oponerse al gasto. Pero tendrá que enfrentarse en Washington a un coro de personas a su alrededor diciéndole que tiene que ser responsable, que los grandes déficits que el Gobierno tendrá el año próximo si hace lo correcto son inaceptables. Obama debe ignorar ese coro. Lo responsable, ahora mismo, es darle a la economía la ayuda que necesita. No es momento de preocuparse por el déficit.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © New York Times Service, 2008.

El País.com

La crisis mundial: el mundo después del ‘crash’…

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Keynes

Keynes

La crisis financiera ha acabado con los dogmas dominantes de los últimos 25 años

JOAQUÍN ESTEFANÍA 26/10/2008, El País

Hay en economía un concepto más enérgico que el de recesión para explicar lo que está sucediendo: depresión. La depresión es más grave y duradera que la recesión, y se manifiesta en el frenazo en seco de la actividad, la debilidad de la demanda, la contracción del comercio internacional, el incremento del paro, la caída del poder adquisitivo, etcétera, todos ellos procesos muy dolorosos y contrarios al progreso. Pues bien, el profesor de Economía de la Universidad de Nueva York Nouriel Roubini, el gurú que se ha hecho famoso por haber anticipado la crisis financiera que se inició con el estallido de las hipotecas tóxicas, ya ha utilizado el concepto de depresión como síntoma de lo que ocurre en la economía a escala planetaria. Hace unos días escribía Roubini: “No podemos descartar un fracaso sistémico y una depresión global. (…) Se corre el riesgo de un desplome del mercado, una debacle financiera y una depresión mundial”. El economista plantea que más que una coyuntura en forma de V (caída y pronta recuperación) estamos en otra en forma de U (caída en la que la economía se mantiene un tiempo, para luego ascender), o quizá en forma de L (caída y letargo a largo plazo).

Un arranque ciertamente tenebroso sobre la coyuntura quizá pueda compensar el optimismo del titular de este que parece llevar implícito -y no es así, como se ha visto la semana pasada- la superación del desplome bursátil que, en otras ocasiones históricas, ha sido la antesala de una recesión o de una depresión. Crash y depresión se retroalimentan. Hay muchas similitudes -y bastantes diferencias- con la Gran Depresión de 1929. Es urgente desempolvar los viejos manuales de entonces y establecer las comparaciones. “Pensar el presente desde un punto de vista histórico” (Walter Benjamin).

En diciembre de 2006 caía el Ownit Mortgate Solutions, un pequeño banco hipotecario de California especializado en productos de alto riesgo. Es el antecedente más cercano del estallido de la burbuja inmobiliaria y de las hipotecas subprime, que devendría en la norma a partir de julio de 2007. Desde entonces hay muchas víctimas sin enterrar. Entre ellas, la economía real en forma de estrangulamiento del crédito (que es su sistema sanguíneo), desaparición de los bancos de inversión y nacionalización de otras entidades que formaban parte de la aristocracia financiera internacional, desprestigio de los organismos reguladores nacionales y de las agencias de calificación de riesgos, profundísima descapitalización bursátil de muchas empresas financieras y no financieras, parón de la actividad económica y de la inversión, contracción de la demanda, suspensiones de pagos, desempleo, etcétera. Y sobre todo, un escalofrío en muchos ciudadanos en forma de inseguridad: no sólo miedo al terrorismo y a otras formas de inquietud ciudadana, sino a la inseguridad económica y el temor al otro, al diferente, al que compite con el puesto de trabajo y carga de obligaciones al Estado de bienestar.

Otra víctima de la crisis es una forma de entender el mundo, un modo de pensar que se identifica ampliamente con la ideología neoliberal. La máxima acuñada por la revolución conservadora de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, que ha durado un cuarto de siglo, de que el Estado es el problema y no la solución, ha saltado hecha trizas en cuanto se han acumulado las dificultades. La “destrucción creativa” de Schumpeter sólo se hizo realidad cuando las autoridades americanas dejaron hundirse al que era cuarto banco de negocios estadounidense, Lehman Brothers (y casi todos los analistas califican esta inacción como un grave error y el principio del pánico); las demás instituciones financieras con problemas han sobrevivido con una u otra fórmula de intervención pública, con paquetes de rescates a babor o a estribor, en forma de avales públicos, compras de activos o directamente de acciones. Lo explica resignado un economista español: “Hemos generado mucho riesgo moral para evitar el riesgo sistémico”. Ahora, la retórica del libre mercado se utiliza con más soltura, más selectivamente: se asume cuando sirve a intereses especiales y se descarta cuando no es así. Sin complejos, el presidente de la patronal española llegó a exigir “un paréntesis” a la economía de mercado.

Hace escasamente año y medio, todavía la economía mundial continuaba en la senda de crecimiento más larga y profunda de la historia contemporánea. La teoría de los ciclos económicos parecía extinguida y el planeta se instalaba en el denominado ciclo Kondratief, una onda larga de prosperidad debida -se decía- a la confluencia de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) con la flexibilidad empresarial y la innovación financiera. Los mantras más citados eran los de la desregulación y la autorregulación. Hasta tal punto que cuando se encienden las primeras luces rojas de las dificultades hay una generación de jóvenes ejecutivos, los que mandan en muchas empresas y en bastantes Gobiernos, que no tienen puntos de referencia para saber lo que es una crisis y qué tratamiento preventivo darle.

Es muy interesante seguir las mutaciones que ha sufrido la naturaleza de esta crisis en apenas 18 meses: primero se identificó con el estallido de la burbuja inmobiliaria y el abuso en la concesión de hipotecas de alto riesgo; a ello se le añadió un tsunami protagonizado por las materias primas alimentarias y los elevadísimos precios de la energía, de modo que entonces se habló de “tormenta perfecta” y se hizo una equivalencia con los primeros años setenta del anterior siglo, al aparecer la estanflación (alta inflación y crecimiento cero). Cuando se hicieron sentir los primeros efectos de la sequía crediticia en forma de reducción del crecimiento económico bajaron los precios de las materias primas; como consecuencia de ello, la inflación dejó de estar en primer plano, pero a las víctimas de la coyuntura se añadieron los países emergentes, principales productores de materias primas, y de los que se había dicho que en esta ocasión estarían exentos del efecto contagio. Conforme pasaban las semanas y dejaba de funcionar el mercado interbancario debido a la desconfianza que las entidades se tenían entre sí (¿cuál de ellas tenía en su interior la metástasis de los productos estructurados y colaterales sin valor alguno en el mercado?), la crisis hipotecaria devino en crisis financiera y los Gobiernos salieron al rescate en el entendido de que la desconfianza de los ciudadanos en las entidades de crédito es la antesala de una catástrofe en la economía real. Hubo un momento en que en algunas plazas y sucursales bancarias los clientes, después de hacer colas para sacar sus ahorros, intentaban transmutar sus depósitos en lingotes de oro, en la creencia de que este metal precioso era la inversión más segura.

Sólo cuando los ciudadanos, airados, comenzaron a preguntarse en alto por qué habían de rescatar a quienes habían sido víctimas de su codicia, es cuando se sofisticó un poco el discurso: la mayor inyección de dinero público utilizada en la historia para salvar a los bancos en dificultades era tan sólo una etapa intermedia para salvar a la economía real. Lo que es bueno para Wall Street es también bueno para la calle. Proteger a Wall Street es proteger a Main Street. Así lo ve el grupo de banqueros con chistera y puro que aparecen en la tira satírica del New Yorker. Uno de ellos grita indignado: “¡Maldita sea, para nosotros Wall Street es Main Street”.

Las ayudas oficiales a la banca (“Aportaremos todo lo que sea necesario”, ha declarado Berlusconi, el más desvergonzado de los políticos actuales) han servido hasta ahora para detener el pánico de los clientes y para que emerja un hilillo de liquidez en los mercados, que se ha concretado en una pequeña baja de los tipos de interés (Euríbor y Líbor). Pero sigue sin saberse si tanto dinero aportado por el Estado se trasladará del sistema financiero al conjunto de las empresas con inmediatez, para que la situación tienda a normalizarse, y a qué precio. Esto era así hasta anteayer. Pero resuelta al menos en parte la dificultad financiera más urgente, los mercados bursátiles han reaccionado extraordinariamente a la baja cuando en el frontispicio ha aparecido el problema de fondo: el colapso de la economía real. La mayor parte de los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) -los 30 países más ricos del mundo- han entrado en recesión o están a punto de hacerlo (dos trimestres seguidos de reducción de sus productos brutos), y sin visos de salida. Además, el contagio afecta a muchos países emergentes, que han tenido que gastar las reservas de divisas en defensa de sus monedas, mientras aumenta su riesgo país y ven bajar los precios de sus exportaciones. Se ha llegado a la madre de todas las crisis. Cada uno de los pronósticos que han ido elaborando las organizaciones multilaterales (OCDE, Fondo Monetario Internacional, etcétera) se han tirado a la papelera en el mismo momento en que se hacían públicas. La velocidad de la metástasis es tal que todas las explicaciones de la coyuntura se han quedado antiguas en tiempo real. Aun hace dos fines de semana, en su asamblea semestral, el FMI preveía un ligero crecimiento en 2009 para el conjunto de las economías avanzadas y del orden del 6% en las emergentes. Sin embargo, el pasado miércoles, el Foro Económico Mundial sentenciaba: “La crisis financiera afecta ya a la economía real en un nivel alto y el riesgo de una profunda y prolongada recesión crece”.

Con esta crisis multiforme y poliédrica ha desaparecido también una forma de hacer la política económica, que ha sido dominante en el último cuarto de siglo. Aquella que había formalizado el dogma de que los mercados son los que mejor saben qué hacer. Del mismo modo que hay ciclos en la coyuntura también hay ciclos ideológicos que conceden el énfasis a las distintas herramientas económicas. Y ha comenzado otro. En el año 1936, el que probablemente ha sido el economista más influyente del siglo XX (y lo vuelve a ser ahora), John Maynard Keynes, escribió en su obra magna Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero: “Las ideas justas o falsas de los filósofos de la economía y de la política tienen más importancia de lo que en general se piensa. A decir verdad, ellas dirigen casi exclusivamente el mundo. Los hombres de acción que se creen plenamente eximidos de las influencias doctrinales son normalmente esclavos de algún economista del pasado”. Las ideas keynesianas, tan menospreciadas en el último cuarto de siglo, están siendo aplicadas ahora por quienes tratan de sacar a la economía de la camisa de fuerza de la revolución conservadora y de la desregulación permanente. No por casualidad, sino como un signo de los tiempos, la Academia Sueca ha concedido hace unos días el Nobel de Economía a quien es uno de los neokeynesianos más insignes: Paul Krugman.

El New Deal del presidente Franklin Delano Roosevelt, respuesta a la Gran Depresión de 1929, inauguró un ciclo progresista de intervención en la económía que duró casi medio siglo y que ha sido denominado la edad dorada del capitalismo: el mundo creció mucho y los países más avanzados construyeron su Estado de bienestar. El 31 de diciembre de 1933, 10 meses después del inicio del New Deal, Keynes escribe una carta abierta al presidente en The New York Times, en la que le aconseja actuaciones adicionales, entre las que sobresale “una atención predominante en el más alto grado al incremento de la capacidad de compra resultante de los gastos públicos, financiados mediante créditos”.

A finales de los años setenta y principios de los ochenta se inició la revolución conservadora, que tuvo sus principales ideólogos en Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y su continuidad en los neocons que han gobernado en la Casa Blanca y en la Reserva Federal. Francis Fukuyama, el constructor del concepto del fin de la historia, ha matizado aquella forma de entender el mundo y recientemente ha hecho un balance de ese tiempo: la revolución conservadora perdió su rumbo porque se convirtió en una ideología irrebatible, y no en una respuesta pragmática a los excesos del Estado de bienestar. En ella había dos conceptos sacrosantos: que las reducciones de impuestos se autofinanciarían y que los mercados financieros podrían autorregularse. Pues bien, el balance es clarificador: Reagan y Bush dejan a EE UU con gigantescos déficit, la economía creció tanto con Clinton como con Reagan y con superávit público, y de las secuelas de la autorregulación del mercado financiero tenemos suficientes ejemplos catastróficos en los últimos meses.

La crisis traza una frontera, la del final (por ahora) de otra edad dorada: el crédito fácil, la liquidez extrema, los riesgos fuera del balance, los sueldos astronómicos de los grandes ejecutivos ligados a la creación de valor a corto plazo y no a la calidad de lo que se fabrica o con lo que se trabaja, los cambios legales para facilitar la especulación sin límites y las zonas de sombra (el capitalismo gris), una psicología mediante la cual los ahorradores se convirtieron en inversores y los inversores en activos apalancados, la autorregulación como pretexto para administrar sin límites, etcétera.

Cada ciclo ideológico en economía está provocado por una crisis. El New Deal llegó por la Gran Depresión; la revolución conservadora, como reacción a la estanflación; y el paradigma que parece instalarse a principios del siglo XXI, por la crisis iniciada con las hipotecas subprime llevada al paroxismo. Las matrices que lo componen son las de la intervención del Estado siempre que sea necesaria, la regulación financiera, quien contamina paga (en relación a los activos tóxicos) y la necesidad de dotar de gobernanza a la globalización realmente existente. Por ello se ha dado tanta significación a la construcción de un nuevo Bretton Woods, en analogía con la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas, celebrada en New Hampshire del 1 al 22 de julio de 1944, al final de la II Guerra Mundial, y que ha constituido hasta ahora el intento más ambicioso por configurar un nuevo orden económico internacional. Entonces participaron 44 países. Hoy se trata, como se declara con ampulosidad, de “refundar el capitalismo”: cambiar todo para que nada cambie.

Se trata de evitar otra Gran Depresión e ir, por el contrario, a una Gran Transformación, como tituló su libro de referencia Karl Polanyi en 1943. En él demostraba, acudiendo a la historia y a los datos empíricos, que no existe nada parecido a una mano invisible que ordene a los mercados; éstos se regulan por la acción del Estado. Hay que actualizar la Gran Transformación a la era de la globalización en la que los Estados tan sólo son entes intermedios.

La crisis empieza a afectar a América Latina

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El País.com, 25/10/2008

Hasta hace un par de semanas, la retórica latinoamericana a propósito de la magna crisis financiera que azota a Occidente (ya cada vez más a Oriente también) se caracterizaba por una mezcla muy peculiar de jactancia y prepotencia. Por un lado, líderes como Cristina Fernández, de Argentina, y Hugo Chávez, de Venezuela, proclamaban el fin del neoliberalismo, el bien merecido castigo a Estados Unidos por los incontables e innegables pecados de Bush, y la plena justificación de políticas diferentes: por fin parecía que otro mundo fuera posible. Por otro lado, mandatarios como Lula y Calderón, de Brasil y México, respectivamente, aseguraban que la crisis no afectaría a sus países, por distintos motivos: el presidente brasileño decidió que “ésta es una crisis de Bush”, y los colaboradores del mexicano aseveraban que la economía de México estaba “blindada” contra los estragos de la crisis. Por último, se alegaba que en el pasado (crisis de la deuda de 1982, efecto tequila de 1995, devaluación brasileña de 1999), las hecatombes se originaban en América Latina y se extendían hacia el norte. Ahora no es el caso, y por tanto no hay razón para suponer que el contagio se produzca. Todas estas tesis se antojan cada día más falsas.

Se han quedado en el camino, por equivocadas e irresponsables, y sobre todo porque la realidad se ha encargado de desmentirlas. Para empezar, las principales monedas latinoamericanas (el peso mexicano, el real brasileño, el bolívar venezolano, el peso argentino) han sufrido devaluaciones de hecho importantes en las últimas semanas, al extenderse el nerviosismo de Wall Street y de los mercados europeos a nuestros países. Estos movimientos, a su vez, han comenzado a generar dos tipos de fenómenos: brotes inflacionarios o alzas en las tasas de interés para retener capitales, que posteriormente se transfieren al conjunto de la sociedad (hipotecas, automóviles, tarjetas de crédito).

El segundo impacto, más importante sin duda, consiste en la caída de los precios de los principales productos de exportación latinoamericanos -los commodities- en los últimos tiempos. La soja, el petróleo, el cobre, el hierro, el carbón, en buena medida las locomotoras de la expansión económica reciente de América Latina, han sufrido derrumbes, y los consiguientes ingresos gubernamentales, también. El Gobierno argentino percibe una importante proporción de sus ingresos fiscales de impuestos a la exportación sobre la soja; el fisco mexicano depende en más del 30% de las exportaciones de petróleo. Se caen los ingresos, aumentan los déficit, o se enfrían las economías.

El tercer impacto, complementario del primero, consiste en un hecho generalmentedesconocido por el gran público, aunque muy pertinente para los analistas e inversionistas. Hoy en día, 38 empresas brasileñas, 20 mexicanas, 15 chilenas, 11 argentinas y varias peruanas y colombianas se cotizan en la Bolsa de Valores de Nueva York. El sistema mediante el cual esto sucede lleva el acrónimo de ADRs -American Depository Receipts-, que le permite al inversionista norteamericano comprar y vender, indirectamente, acciones en estos países. Huelga decir que un gran número de empresas europeas hacen lo mismo. La diferencia estriba en que la proporción de la capitalización de mercado controlado por estas empresas latinoamericanas en las Bolsas locales es muy superior al de las europeas. El mejor ejemplo es el Grupo Carso, el holding de Teléfonos de México y América Móvil, que representa casi el 50% de las transacciones de la Bolsa Mexicana de Valores.

Cuando el Índice Dow Jones cae en Nueva York, arrastra a la baja a los ADRs de América Latina, que a su vez afectan a las Bolsas en cada país. Los inversionistas se salen de la Bolsa, y se van donde siempre se han ido los ricos latinoamericanos cuando se ponen nerviosos: a dólares. Esto genera presiones adicionales sobre el tipo de cambio, con las consecuencias que ya vimos.

En otras palabras, en una economía globalizada, la mera idea de que algún país -sobre todo con economías tan abiertas como la mexicana, la chilena, la peruana e incluso la brasileña y la argentina- pueda permanecer al margen de la crisis es ilusa en el mejor de los casos, si no es que francamente peregrina. Pero incluso más ingenua resulta la esperanza de que, por un lado, la crisis financiera no azote a la llamada “economía real” de los países ricos, y que dicho impacto no surta efectos en la “economía real” de los países de ingreso medio, principalmente de América Latina. De nuevo, ambas tesis son falsas.

Al empezar a despejarse la incertidumbre financiera, y al iniciarse, por fin, una respuesta ordenada del G-7, comienza a entreverse lo que dejó el tsunami al tiempo de la resaca. Queda una vasta zona de desastre, ante todo en Estados Unidos (y quizás España), pero de alguna manera en todo el mundo industrializado. George Bush, en lugar de pedirle “sangre, sudor y lágrimas” a sus compatriotas después del 11 de septiembre, les aconsejó que se fueran de compras. Le tomaron la palabra: vivienda, automóviles, yates pequeños, televisores de plasma, vacaciones a granel, etc. Pero el consumidor estadounidense, locomotora tradicional de la economía de su país, se endeudó hasta el cogote. Hoy, para salir de la crisis de la economía real, va a tener que desendeudarse, y para ello va a tener que ahorrar, y por tanto, recortar su consumo. De todo, y por un plazo indefinido: nadie conoce exactamente el tamaño de la burbuja que reventó.

Y este recorte, o el receso económico consiguiente, no podrá dejar de generar consecuencias en el resto de las economías del mundo. Primero en China y Asia oriental: su dinamismo ha provenido de muchos factores, pero entre otros del hambre insaciable del consumidor norteamericano por la infinita cantidad de gadgets que los asiáticos producen. Al caerse la demanda por sus bienes, caerá también su demanda por los bienes de otros, y en particular por los commodities procedentes de América Latina. De allí el desplome del precio del petróleo, pero también de las demás materias primas. Y de allí, también, el contagio de economía real a economía real.

Esto será aún más cierto en el caso de países como México, que dependen mucho menos que otros de las ventas de commodities, pero mucho más que otros del mercado norteamericano. El país azteca exporta principalmente manufacturas, y alimentos de elevado valor agregado como hortalizas; pero dirige el 90% de sus ventas a Estados Unidos. No se requiere un premio Nobel de Economía para entender lo que le va a suceder a la economía mexicana.

América Latina va a sufrir los estragos de la crisis. Es cierto que se encuentra mejor preparada que nunca para enfrentar este reto, y que algunos países emergerán del drama mejor que otros. Justamente México, Chile, Brasil, Uruguay, Colombia, por la prudencia y ortodoxia de sus políticas macroeconómicas, y la calidad de sus liderazgos, deben de salir adelante sin mucho más que raspones y moretones. Otros, como Argentina, Perú, Paraguay, los centroamericanos y la República Dominicana, se verán más golpeadas, pero al final del día, podrán sortear la adversidad. A los demás -Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba-, Dios los coja confesados.

Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México, es profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York.

"El miedo domina los mercados, sólo queda la opción de cerrarlos"

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Crisis financiera mundial – La reacción de los mercados. NOURIEL ROUBINI Profesor de la Universidad de Nueva York

A. BOLAÑOS / C. DELGADO , El País – Madrid – 25/10/2008

“Espero no haberle deprimido demasiado”. Nouriel Roubini (Estambul, Turquía, 1958) cierra la entrevista con una amable sonrisa para quitar hierro a la andanada de malos augurios que acaba de lanzar. Este profesor de Economía de la Universidad de Nueva York es muy consciente del impacto que causan sus palabras. No siempre fue así. Sus investigaciones vaticinaron, con escaso eco, un colapso del sistema financiero de EE UU ya en 2004. Y cuando expuso sus conclusiones ante la flor y nata de los economistas del FMI, en 2006, cundió el escepticismo. Ahora, con el acierto de su parte, sus duras advertencias se rumian una y otra vez.

Porque Roubini cree que lo que otros consideraron exageraciones han acabado por quedarse cortas. “Lo que ha ocurrido esta mañana en Estados Unidos es otra señal de que los mercados están en caída libre, tratar de estabilizarlos es como que te lancen un cuchillo e intentar pararlo con las manos desnudas”, dijo en referencia a la suspensión de los mercados de futuros en Wall Street ayer tras caer más de un 6%.

“El miedo se ha adueñado de los mercados, todo el mundo quiere vender y nadie compra, sólo va quedando la alternativa de cerrarlos un tiempo”, afirma sin pestañear. Cuando el presidente italiano, Silvio Berlusconi, dijo algo parecido hace tres semanas, todo el mundo lo tomó como una más de sus célebres meteduras de pata. Pero ahora que lo vaticina Roubini, nadie se lo toma a chanza.

Porque el profesor universitario constata lo que ya a estas alturas resulta obvio: “El efecto positivo en los mercados del anuncio de intervenciones multimillonarias por los Gobiernos sólo duró un par de días”. Roubini cree que las inyecciones de capital a los bancos y el aval a los préstamos son medidas correctas, aunque tardías. Y aboga por decisiones más radicales aún, con “paquetes fiscales amplios” y mayores recortes de tipos. Pero ni eso serviría.

“Los mercados ya saben que los Gobiernos harán todo lo que esté en su mano para apoyar al sector financiero, pero siguen desplomándose. Ya no funcionan, no responden a ningún incentivo, están en un proceso imparable de liquidación de activos, se han convertido en una fuerza destructiva. Cada vez estoy más convencido de que la única solución es un cortocircuito temporal”.

Roubini ya esbozó su idea de un cierre de los mercados el jueves en Londres, en una conferencia mundial de gestores de fondos de alto riesgo. Ayer, en Madrid, fue más contundente aún ante los directivos convocados por la escuela de negocios IESE, que celebraba su 50º aniversario. Y repitió su lúgubre pronóstico, infatigable, en conferencia de prensa y entrevistas con los medios.

Su agenda está cada vez más repleta. El reconocimiento mediático y académico crece al mismo ritmo que el sistema financiero se tambalea. The New York Times le ha bautizado como Dr. Doom (doctor calamidad). Y el World Economic Forum, la institución que organiza los encuentros de líderes políticos y empresariales en Davos (Suiza) le encargó la coordinación de su reciente informe sobre el sistema financiero.

“El impacto en la economía real será muy duro, la recesión mundial es inevitable y durará al menos dos años”, sentencia. Obviamente, no cree posible una recuperación en 2009. Ni que las economías emergentes se salven de la quema. Recita sin respirar una veintena de países que ya afrontan problemas. Y advierte que “para China crecer menos que un 7% o para Brasil menos que un 2% es lo mismo que una recesión, aumentaría la pobreza”.

Cuando se le pregunta por la economía española, reparte estopa. “En España, la recesión será más dolorosa, la burbuja inmobiliaria ha ocultado los problemas de falta de competitividad, los avances en productividad son aún más débiles que en Italia, Grecia o Portugal”. Y es aún más contundente cuando se le inquiere por Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal. “Con Greenspan y ahora con [Ben] Bernanke, la Reserva Federal ha sido la principal cheerleader [animadora] de la ingeniería financiera que nos ha llevado a este desastre”.

“Cuando la supervisión se guía por la ceguera ideológica se va de un extremo a otro: antes eran defensores a ultranza de una autorregulación que no ha funcionado, ahora parecen la Unión Soviética”, bromea.

Roubini cree que esta vez no habrá más remedio que “construir de verdad un sistema de regulación global”. Porque él lo tiene claro: “Prefiero el coste de una sobrerregulación que el peligro de una falta total de regulación”. Una reforma que extendería a las agencias de calificación o al sistema de compensación de los altos ejecutivos. Pero antes habrá que gastar mucho dinero público en taponar la sangría del sistema financiero. “Decir que no habrá coste para los contribuyentes es un disparate”, dispara.

“La realidad jamás estuvo a la altura del sueño americano”. Entrevista a P. Krugman

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19/10/08

Paul Krugman, profesor de economía de la universidad de Princeton y columnista del diario New York Times, acaba de recibir el premio Nobel de economía 2008. En esta entrevista publicada en Alternatives Economiques, realizada por Christian Chavagneux, analiza la situación social norteamericana.

“Es necesario suprimir los bajos impuestos establecidos por Bush porque sabemos que son inútiles. Tuvimos una economía muy próspera bajo el gobierno de Clinton con una tasa de impuestos sobre las rentas superiores al 39,6 por ciento, y una economía menos próspera con Bush a pesar de una tasa del 35 por ciento. No hay un solo argumento racional para seguir en la misma vía. Por otro lado, no hay razón para aceptar los paraísos fiscales y desvíos que ellos permiten. Finalmente, hay un margen para aumentar las cargas fiscales sobre los más ricos. El objetivo no es penalizar a la gente rica, consiste solamente en hacerles pagar su parte del financiamiento de las políticas públicas que el resto de la población necesita.”

-Los Estados Unidos han conocido recientemente un ciclo de expansión económica importante, sin embargo las desigualdades y la pobreza se acrecentaron. ¿Cómo lo explica?

Esto responde, en gran parte, a un cambio en las relaciones de fuerza políticas. La masa de los asalariados perdió mucho poder de negociación y como lo explico en mi último libro (1), las condiciones políticas tienen una influencia esencial en la distribución de la renta.

-¿Cuál ha sido el papel de las políticas seguidas por el gobierno de Bush?

Bush hizo dos cosas. Modificó el sistema fiscal en un sentido muy regresivo, con fuertes bajas en los impuestos sobre las rentas más elevadas, los dividendos y las ganancias de capital. Ello benefició a los más ricos y al mismo tiempo redujo los fondos disponibles para las políticas públicas y la ayuda a los más necesitados. Podemos estimar que entre el 35 y el 40 por ciento de las reducciones de impuestos de Bush han beneficiado a las personas que ganan más de 300.000 dólares por año (alrededor de 210.000 euros), lo que representa una redistribución importante a favor de aquellos que son justamente los que mejor están en condiciones de pagar impuestos. El gobierno de Bush, por otro lado, aceleró la perdida de poder de negociación de los asalariados, reduciendo muy fuerte toda posibilidad de organización sindical.

-¿Cuál es el papel de la mundialización en el aumento de las desigualdades?

Debería, en principio, contribuir, pero mientras que las fuerzas de la mundialización afectan a todos los países desarrollados de la misma forma, la distribución de la renta es diferente según el país. Los Estados Unidos forman parte de aquellos en que las desigualdades se acrecentaron mucho. Es menos cierto en Canadá, que está tan abierto como nosotros, y es menos cierto en Europa continental. Las desigualdades aumentaron mucho en el Reino Unido, aunque ello se produjo esencialmente durante los años de Thatcher. Las condiciones políticas nacionales predominan, pues, sobre la mundialización, y es en los Estados Unidos dónde crearon un avance masivo de las desigualdades

-¿Los norteamericanos pueden contar con una fuerte movilidad social para combatir las desigualdades?

No. Algunos individuos logran trepar en la escala social, pero no tanto como nos gusta imaginarlo. Las historias de personas que salen de la pobreza y se vuelven ricas son muy, muy raras. Hay sólo el 3 por ciento de personas nacidas entre el 20 por ciento de los más pobres que acaba su vida entre el 20 por ciento de los más ricos. Los Estados Unidos hasta parecen, en la medida en que se puede medir estas cosas, registrar el grado más débil de movilidad social entre los países avanzados.

-¿El sueño americano está entonces muerto?

No. De todas maneras, la realidad jamás estuvo a la altura de lo que el sueño americano dejaba esperar. ¡Pero nosotros comenzamos a despertarnos!

-¿Qué políticas tendrían que aplicarse para luchar contra esta situación social degradada?

En principio poner en marcha un sistema de seguro sanitario que cubra a toda la población. Todos los países avanzados lo tienen. Y la ausencia de cobertura social representa una de las primeras causas de la desigualdad y de la pérdida de movilidad social. Luego, es preciso establecer un mejor sistema educativo, lo que pasa por reformas, pero exige igualmente de nuevos recursos. En fin, es necesario acrecentar el poder de negociación de los asalariados, facilitando la formación de sindicatos. La declinación del movimiento sindical no resulta de una tendencia inevitable a largo plazo: más de la mitad de la pérdida de poder de los sindicatos tuvo lugar durante la era de Reagan. Todo esto permitiría aumentar el número de empleos y las rentas destinadas a la clase media. Podríamos hacer una larga lista de medidas, sin embargo, pienso que poner en marcha una cobertura universal de salud, que es algo que se puede hacer, es una prioridad y representaría un gran paso adelante.

-¿Cómo se financia todo esto?

No es tan costoso como generalmente se piensa. Nosotros tenemos actualmente un sistema un poco particular: decimos no tener una cobertura médica pública, pero todas las personas mayores de 65 años reciben una asistencia financiera pública, también los más pobres. Si tomamos el total de las ayudas disponibles, más de la mitad de la cobertura en salud está ya asegurada por el Estado. Las personas no aseguradas hoy son los jóvenes o las familias jóvenes, las que por la precaria calidad de los empleos y sus ingresos insuficientes no pueden tener los beneficios de un seguro de salud privado. Estas personas no cuestan muy caro en términos de una cobertura de salud. Asegurar una visita médica regular, un control dental, etc. No es muy oneroso. En total, representará menos del 1 por ciento del PIB.

-Usted reclama en su libro una nueva política fiscal…

En un plano general, necesitamos más ingresos. Es necesario suprimir los bajos impuestos establecidos por Bush porque sabemos que son inútiles. Tuvimos una economía muy próspera bajo el gobierno de Clinton con una tasa de impuestos sobre las rentas superiores al 39,6 por ciento, y una economía menos próspera con Bush a pesar de una tasa del 35 por ciento. No hay un solo argumento racional para seguir en la misma vía. Por otro lado, no hay razón para aceptar los paraísos fiscales y desvíos que ellos permiten. Finalmente, hay un margen para aumentar las cargas fiscales sobre los más ricos. El objetivo no es penalizar a la gente rica, consiste solamente en hacerles pagar su parte del financiamiento de las políticas públicas que el resto de la población necesita.

-A pesar de esta morosidad social, los Estados Unidos continúan siendo la primera potencia económica mundial ¿Cómo lo explica?

Los Estados Unidos continúan siendo un lugar privilegiado para el 5 por ciento de los más ricos. Las rentas de los dirigentes son elevadas. Es una sociedad abierta. Nosotros tratamos muy bien a nuestras elites. Como académico, siempre me ha sorprendido la apertura y la competitividad del mundo intelectual norteamericano en relación al relativamente más cerrado de Europa, aunque últimamente ha mejorado. Pero vivimos también de nuestros laureles. Los Estados Unidos han sido, de lejos, los primeros en adaptar las nuevas tecnologías. Esto ya no es verdad. Nosotros registramos ahora un cierto retraso en relación a otros países. Una buena parte de la fuerza económica actual de Estados Unidos no es más que el eco del avance que nosotros tuvimos en los años 90.

NOTA : (1) L´Amérique que nous voulons, Ed. Flammarion, 2008.

Paul Krugman ganó el premio Nobel de economía de 2008

Traducción para www.sinpermiso.info: Carlos Abel Suárez

Sin Permiso.info

Greenspan, guardián de la ortodoxia neoliberal, reconoce error de la desregulación…

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Greenspan, atónito por un “tsunami crediticio” que no supo prever

Washington. (EFE).- El ex presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan y otros antiguos responsables de la supervisión del sistema financiero estadounidense se declararon hoy sorprendidos por el “tsunami crediticio” que afecta a EE.UU. y que no supieron prever.

En una comparecencia en el Comité de Supervisión y Reforma del Gobierno, en la Cámara de Representantes, Greenspan dijo que los mercados deberían haber estado más regulados y reconoció que estuvo “parcialmente” equivocado cuando apostó por la desregulación.

El presidente del Comité, el demócrata Henry Waxman, de California, dijo acusó a Greenspan de haber tenido “en sus manos la autoridad para impedir las prácticas de préstamo irresponsables que llevaron a la crisis de las hipotecas de alto riesgo”.

“Muchos le aconsejaron a usted que así lo hiciera”, añadió. “Y ahora toda nuestra economía paga el precio”. Greenspan -quien durante su etapa al frente de la Fed (1987-2006) habló con lenguaje casi indescifrable en decenas de audiencias similares- dijo que las empresas y mercados financieros “deberían estar mucho más regulados para impedir el peor tsunami financiero del último siglo”.

Durante el período en el que Greenspan encabezó la Reserva Federal, en EEUU se aceleró el proceso de desregulación, mientras que en los mercados financieros se multiplicaron los sofisticados “instrumentos” de inversión especulativa.

Greenspan, que hoy estuvo acompañado del ex secretario del Tesoro John Snow y el presidente de la Comisión de Valores, Christopher Cox, reconoció durante la sesión que estuvo “parcialmente equivocado” cuando se opuso a la regulación de algunos aspectos de la especulación financiera.

En un discurso en mayo de 2005, Greenspan afirmó con su estilo característico que “la regulación privada ha demostrado que es mucho más adecuada que la regulación gubernamental para constreñir la excesiva toma de riesgos”.

“Quienes confiamos en el interés de las instituciones prestamistas en proteger el patrimonio del accionista -incluido yo- estamos atónitos y no podemos creerlo”, afirmó hoy.

Por su parte, Cox reconoció que los responsables gubernamentales por la vigilancia y regulación de los mercados financieros cometieron “errores fatales” que han llevado el sistema financiero global al borde del caos.

El funcionario dijo que él y otros responsables de organismos reguladores “hemos aprendido muchas lecciones, y la principal es que la regulación voluntaria no funciona”.

Cox instó al Congreso a que “tape los agujeros en las regulaciones” que siguen poniendo en peligro la estabilidad económica. “Las lecciones de esta crisis del crédito apuntan, todas, a la necesidad de una regulación fuerte y eficaz, pero sin grandes agujeros”, agregó.

En lo que va de año, el Gobierno de EE.UU. ha asumido el control de entidades hipotecarias como Freddie Mac y Fannie Mae, ha nacionalizado parte del negocio de seguros con su intervención en American International Group (AIG), ha iniciado la compra de acciones en bancos privados y ha garantizado pagarés comerciales en un esfuerzo por desbloquear el crédito.

Con ello ha tratado de devolver la confianza a los mercados y de desatascar el mercado de crédito, que se encuentra constreñido. La crisis financiera está dañando también a las familias, que se enfrentan a ejecuciones sin precedentes de hipotecas, y el derrumbe de los precios de propiedades y otros activos.

La Vanguardia.es

El retorno del Estado frente a la impotencia del mercado…

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SEIS  ECONOMISTAS RESPONDEN EN FRANCIA

LE MONDE | 17.10.08 | 14h40  •  Mis à jour le 17.10.08 | 20h27

Michel Aglietta, profesor en París-X-Nanterre

“Los mecanismos de auto regulación de los  mercados han demostrado sus límites. Los bancos centrales tuvieron que sustituir un mercado mayorista de la  liquidez que dejó de funcionar  por líneas de crédito coordinadas. Trataron también de conjurar  la recesión por medio de una baja coordinada  de las tasas de interés directoras.

Pero los estados van a tener  un papel que desempeñar en relación con lo que yo llamo una “efecto de segunda ronda”: la recesión provocará una disminución en la demanda privada y la reducción de beneficios. Los bancos podrían no soportar  nuevas capas de deudas incobrables viniendo de las empresas. De ahí la necesidad de que los Estados  fortalezcan su capital muy rápidamente.

Las autoridades monetarias tienen ahora derecho a imponer una reglamentación más estricta para impedir el regreso de endeudamiento excesivo. Deberán   extender  la supervisión prudencial de las instituciones financieras no reguladas actualmente e imponer a los activos que no figuran en el balance  las mismas reglas que se aplican a aquellos que figuran en el balance. En las finanzas  globalizadas, estas reglas deben ser adoptadas también por los países emergentes. Por no hablar de las agencias off-shore (paraísos fiscales).

En cuanto a los bancos centrales,  deben adquirir las herramientas capaces de limitar las burbujas. En la fase eufórica del ciclo,  deben poder frenar la excesiva expansión del crédito por medio de exigencias en capital que aumente con el crecimiento del crédito. Se trata  de una herramienta contra cíclica   que acompañaría a la tasa de  interés  en la búsqueda de un doble objetivo de la estabilidad financiera y monetaria”.

HENRI STERDYNIAK, profesor en París-IX-Dauphine

“Los bancos están diseñados para permitir un financiamiento regular y la satisfactorio de la economía. Ellos se  han desviado de esa actividad vital para obtener rentabilidad adicional en los mercados financieros. La inestabilidad de los mercados financieros ha causado en retorno una conmoción injustificable  en los mercados bursátiles y de divisas. El Estado tiene ahora las cartas en la mano para reestructurar el sistema bancario y asegurar la adecuada financiación de las empresas y los hogares. Sin embargo, existe la preocupación de que en tres o cuatro años después de haber hecho pagar este rescate a los contribuyentes, el Estado permita  a los bancos una vez más actuar libremente  como les parezca conveniente “.

GILLES ETRILLARD, presidente de los fondos LFPI, fundador de la  ”REVUE FRANÇAISE D’ÉCONOMIE”

“Es falso decir que la retirada del Estado estaría en la raíz de la crisis. La estricta reglamentación del sector bancario no ha permitido evitar la crisis. Al contrario ellas han alentado  la externalización del  riesgo bancario y permitido, gracias a una liquidez excesiva  de la política monetaria estadounidense, una distribución laxista del  crédito. Estas reglas no han impedido el regreso boomerang de los créditos dudosos al seno de los establecimientos  bancarios.

Son más  los bancos que están en el centro de la tormenta y mucho menos los vehículos de inversión no regulados. El pánico de los últimos días no tiene sentido. Los  estados han tenido la razón en intervenir  ya que su  sabiduría está en  proporción  a su perennidad… Las crisis de confianza bancarias no se  resuelven  por un prestamista de último recurso como los bancos centrales, pero los estados han debido sustituirse a ellos  tienen para sustituir para aportar una garantía generalizada. Se debe esperar que su presencia en el capital de los bancos sólo será parcial y temporal. En el seno de la Unión Europea (UE), Es a sólo los gobiernos nacionales mismos  de soportar los riesgos de sus establecimientos y  Europa no podría  participar en un esfuerzo global que terminará por hacer soportar  a los contribuyentes europeos la factura que su homólogo y amigo americano debe pagar”.

JEAN-PAUL POLLIN, profesor de  L’UNIVERSITÉ D’ORLÉANS.

“Admitimos  demasiado fácilmente que los mercados eran capaces de auto regular. Sin embargo, la crisis actual demuestra los límites de esta creencia.

Los bancos centrales se han visto obligados de aceptar créditos de dudosa calidad para asegurar la liquidez de los bancos e intervinieron en el mercado de billetes de tesorería (créditos  a corto plazo emitidos por empresas). Los estados han re comprado créditos “tóxicos” para hacer solventes a las instituciones financieras

Sin estas intervenciones centralizadas, los mercados monetarios y financieros habrían  dejado de funcionar. Estos fracasos no son ajenos a la teoría económica. Esta crisis de liquidez demuestra que hay “factores externos” entre los participantes en el mercado. Es decir, que las operaciones de unos apremian las operaciones de otros,  resultando en un desequilibrio acumulativo que sólo una intervención publica puede frenar.

Por otra parte, la opacidad provocada por la titulización de créditos (NdT: transformación de deudas en títulos financieros transables en el mercado accionario) ha engendrado una desconfianza generalizada entre las instituciones financieras. Y sabemos que cuando los compradores y los vendedores no están igualmente informados, el mercado puede colapsar.

La intervención forzada del Estado y los bancos centrales tiene por necesaria contrapartida un retorno a la regulación. Será necesario imponer un mejor control de los riesgos, exigencias de liquidez, una revisión de los sistemas de remuneración, una separación entre actividades de   mercados y actividades bancarias … Condiciones esenciales  para el retorno de la confianza “.

GUNTHER CAPELLE-BLANCARD, Profesor de París I-Panthéon-Sorbona.

“¿El retorno del estado? Pero él nunca dejó el sector. El sector bancario es uno de los más regulados, precisamente a causa de la restricción que tiene el Estado de eternizar el sistema bancario.

El riesgo no  surge necesariamente de allí donde se espera. En 2006, numeroso eran aquellos que estimaban que hubo  los fondos especulativos (hedge funds) representaban  un factor de riesgo sistémico. Vemos hoy que no son el eslabón débil.

El eslabón débil fue la titulización, es decir, la posibilidad de un prestamista para diseminar  sus riesgos. La titulización ha sido uno de los motores de la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos. Para corregir el sistema, la idea no es prohibir la titulización, sino que impedir que aquel que tituliza  venda la totalidad del riesgo que él ha creado. Debe conservar una parte para él.

Hasta ahora, se pensaba que el riesgo sistémico provenía  de la concentración de riesgos en instituciones demasiado grandes. Por lo tanto, se ha privilegiado la dispersión de los riesgos. Pero al diseminar demasiado los riesgos, ya no sabemos quien soporta que (riesgos).

Las pistas de reflexión sobre puesta en marco de la toma de riesgos son múltiples. Ellas también pasan por el control de la remuneración. Dar primas fenomenales a los traders  cuando no asumen personalmente los riesgos no tiene sentido. Sería mejor  calcular los primas sobre la duración  en lugar de un año”.

MARIO DEHOVE,  profesor en  PARIS-IX-DAUPHINE

“El Estado ahora desempeña su papel como inversor y prestamista de último recurso. ¿Las nacionalizaciones que se producen aquí y allá firman  un retorno del dirigismo? No No sólo la intervención del Estado sigue siendo  clásica, sino que es  el Estado que vien en ayuda del mercado y  se ha convertido en rehén.

Sin embargo, si la crisis se agravara y penetrara en el mercado de divisas, las cosas podrían cambiar. Pero por ahora, no estamos en lo que los economistas llaman una doble crisis, donde se ve una crisis bancaria y una crisis de cambio estallar conjuntamente. En esta situación, la posición del banco central es muy delicada, porque debe subir las tasas para proteger la moneda y bajar las tasas más  para ayudar a los bancos.

Hasta que  el euro y el dólar no esten en crisis, no hay ninguna necesidad de reorganizar el sistema monetario internacional. Hoy en día seguimos dentro de los límites que el sistema puede manejar.

En revancha, las perspectivas de nuevas regulaciones sobre actividades que no figuran en los balances de  los bancos están abiertas. Será necesario levantar de nuevo  las fronteras que habían sido erigidas entre los bancos y las  finanzas de mercado. Se ha creído  por mucho tiempo que la auto regulación podía normar el sistema. Eso es  falso. Los propios bancos han cedido al pánico por un “run”, que ha cerrado las cajas. interbancarias. La idea de que los mercados financieros pueden auto  regularse  es una ilusión. También es urgente que el Estado o la UE cree una agencia encargada de  intervenir en los mercados financieros para estabilizar y organizar la trazabilidad de los productos financieros que circulan allí. “

Entrevistados por Yves Mamou

guillegg.wordpress.com

Crisis económica mundial y sociedad de riesgo global, por U. Beck

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Pensar una sociedad del riesgo global(*)

Ulrich Beck, Sociólogo (**)

 

De la noche a la mañana, la economía de mercado, un principio que el Occidente ha defendido como un misionero, y que manifiesta una aversión al comunismo, así como toma distancia crítica del actual sistema chino, se ha convertido en ficción. Esto, con el apresuramiento de los neófitos banqueros (convertiéndose en “banksters” en la opinión pública) exigen la nacionalización de sus pérdidas. El modelo chino de economía de mercado socialista, hasta ahora objeto de burlas, satanizado, pero también temido, está haciendo explosión en los círculos del muy anglo-sajon “laissez faire” ¿Cómo la globalización de los riesgos financieros puede causar tales trastornos en la política mundial?

La siguiente distinción, fundamentalmente, nos da una respuesta a esta pregunta: el riesgo no significa catástrofe, pero sí la percepción de futuros desastres en el presente. La difusión de los riesgos (cambio climático, crisis financiera, el terrorismo) establece un estado de excepción ilimitado, que trasciende el ámbito nacional para convertirse en universal.

A primera vista, uno podría pensar que el filósofo Carl Schmitt (1888-1985) había proporcionado el potencial político que posee el Estado de emergencia instaurado por la globalización de los riesgos. Sin embargo, en su teoría de la soberanía, Carl Schmitt cree posible el estado de emergencia dentro de los límites del Estado-nación. El signo más visible de la globalización de los riesgos es la posibilidad de instaurar una situación excepcional que suprime las fronteras entre los Estados-nación, difuminando los puntos de referencia: sociales, espaciales y temporales. En términos de socialización, este estado de emergencia trasciende más allá de las fronteras, en la medida que el nuevo capítulo financiero que se abre releva a la política interna de los países a nivel mundial. Esto lo o vemos reflejado en la batalla que libran los gobiernos comprometidos en encontrar primero y dominantemente el mejor plan de salvataje (véase el ejemplo del Primer Ministro Gordon Brown). Un juego de poder, tanto en el golpe de suerte de póquer y la ruleta rusa, ha transformado las reglas de la política internacional aparentemente revuelta.


Ningún jugador aislado puede escapar de su propio juego, porque todo ocurre necesariamente sobre la base de alianzas que contrató. Por sí mismo, un gobierno no puede luchar contra el terrorismo global o el cambio climático o eliminar la amenaza de desastre financiero. Cuando la búsqueda de una respuesta al colapso de la economía mundial en los estrechos límites del espacio nacional, un político como Michael Glos (Ministro alemán de Economía) se ve como un borracho, que, en plena noche trata de encontrar su monedero con la luz de una linterna. Cuando se le preguntó: “¿Es verdad que usted ha perdido su billetera?”, Él respondió: “No, pero la luz de la linterna por lo menos me permite seguir buscando!


En otros términos, la globalización de los riesgos financieros también podría conducir a la situación de “Estados Fallidos” incluso a los países occidentales. La estructura del Estado que surgió de este contexto tiene como características primordiales la impotencia y el autoritarismo postdomocrático.


El estado de emergencia suprime las zonas de protección, así como el impacto de los riesgos financieros en un mundo de interdependencia se ha convertido en extremadamente impredecible e imposible de compensar. La zona segura de los primeros Estados-nación de la era moderna no es inmune a los daños. Sin embargo, si se reparan los daños causados: aún es posible indemnizarlos. Una vez que el sistema financiero mundial colapsa, que el medioambiente y la atmósfera es contaminada en forma definitiva, que los grupos terroristas ya tienen armas de destrucción masiva, entonces es demasiado tarde. En vista de esta nueva forma de amenaza a la humanidad, el recurso lógico de reparación ya no es válido. En este contexto, cualquier decisión racional basada en la experiencia está prohibida!


La imprevisibilidad de riesgo financiero es el corolario a la falta de conocimiento. Al mismo tiempo, las exigencias del Estado en términos de conocimiento, el control y la seguridad siempre deben ser renovadas, en profundo y extenso. De ahí que el resultado de toda esta ironíca (para usar un eufemismo) situación es que: al pretender controlar algo, nadie puede suponer que conoce ni la naturaleza ni la evolución, e ignora cuáles serán los beneficios o miles de millones de efectos secundarios a partir de las predicciones terapéuticas de los políticos, en la embriaguez de los números. ¿Por qué es que el Estado ha de intervenir, cuando la economía se niega a trabajar? Y he aquí entonces una respuesta clave de orden sociológico: Porque es la promesa de seguridad con que el Estado moderno establece su supremacía.


¿Qué pasa si esta promesa antes que templada resulta excesiva? La respuesta es realista y cínica a la vez: la impotencia de la acción política aumenta el peligro y, por tanto, angustia. Con un resultado paradójico: angustia blanquea los errores políticos al mismo tiempo que crea las condiciones para su aparición. Mientras más los hechos agravan la angustia de las personas, más son perdonados.


El carácter impredecible del peligro creado en un estado de excepción ya no se encuentra limitado en el tiempo. Desde este punto de vista, los créditos “tóxicos” del sistema financiero mundial asoman un poco como el peligro de avalancha, mientras la nieve siga cayendo: sabemos que el riesgo existe, pero no sabemos con exactitud cuándo y dónde se producirá el colapso.


Al mismo tiempo, la percepción del peligro que nos amenaza a todos con llevarnos al fondo de la grieta crea una dinámica de aceleración de la acción, y, por tanto, una necesidad de consenso que acaba haciendo corto circuito con la toma de decisiones políticas. El resultado: lo que parece impensable en la política nacional se convierte en el espacio de lo posible, en concreto, a escala mundial. Compromisos financieros y políticos para llegar a ser adoptados a nivel mundial, en una carrera parecida a la terapia de electroshock.


¿Por qué? Debido a que el desastre se prevé, y el riesgo universal, es amplificado por las imágenes en los medios de comunicación. El poder sin precedentes de la percepción de peligro es universal, sin embargo, paga un costo elevado ya que no es sólo de corto plazo: la legitimidad de la acción “cosmopolita” frente a los riesgos mundiales depende de los medios de comunicación, y se mantiene sólo por la atención que éstos pongan a estos peligros.


En la sociedad del riesgo global ni la errática metafísica del Godot de Beckett, ni la visión horrorizante de Foucault y los mecanismos de control, ni incluso la tiranía silenciosa del proceso de racionalización con el que Weber nos ha aterrorizado, son causa suficiente de un shock antropológico. Lo que nos asusta es la idea de que la estructura de nuestras dependencias materiales y nuestros deberes morales podría ceder, y que el sistema sensible de la sociedad mundial de riesgo podría derrumbarse. Es el mundo al revés. ¿Qué es lo terrible para Weber, Adorno y Foucault? (la perfección del control racional que rige el mundo) es para la víctima potencial del riesgo financiero (es decir, para todos) una promesa: ah! si el control racional rigiera en todo! Si nuestros peores males fueran el consumo y el humanismo! Si el sistema pudiera hacer frente a sus perturbaciones,! Sería maravilloso!


¿Cuál es el impacto positivo de estos efectos perversos? Que los Estados-nación egoístas deban abrirse al mundo. Pero es una posibilidad entre muchas otras, lo que significa que han aprendido de la previsión de los desastres. Otra posibilidad es que nada de esto ocurra.


*Traducido del alemán al francés por Sandrine Adass. Del francés al castellano por Néstor Morales T.


**Ulrich Beck es filósofo y sociólogo de la Universidad de Munich.

© Ulrich Beck

http://nestormorales.wordpress.com

La Crisis, por M. Castells

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ORIGENES Y CARACTERISTICAS DE LA CRISIS MUNDIAL
 
Manuel Castells
Sociólogo, Universidad de Berkeley

Vivimos la crisis más profunda de la economía mundial desde 1929. Es una crisis financiera relacionada con una crisis del mercado inmobiliario.

Tiene su epicentro en EE. UU. pero se difunde mundialmente mediante la interdependencia de los mercados financieros globales. Sus raíces están en la desregulación de las instituciones financieras que fue acelerándose desde 1987. Surgió un nuevo sistema financiero que aprovechó las tecnologías de información y comunicación y la liberalización económica para innovar sus productos y generar una expansión sin precedentes de los mercados de capital. Se afanó en transformar cualquier valor, actual o potencial, en activos financieros, rentabilizando tanto el tiempo (mercados de futuros) como la incertidumbre (mercados de opciones) y procediendo a la titularización financiera (securitization)de cualquier tipo de bienes y servicios, activos y pasivos financieros y de las propias transacciones financieras.

Así, uno de los mecanismos más perniciosos en la crisis actual es la compraventa de valores a corto plazo, una práctica especulativa en la que se opera sin cobertura alguna de capital (naked short shelling). Un ejemplo de desregulación financiera son los fondos de cobertura (hedge funds)que escapan a cualquier control y administran inversiones de grandes capitales en operaciones de alto riesgo. Son sobre todo compañías de seguros y fondos de pensiones quienes invierten en estos fondos frecuentemente localizados en paraísos fiscales. Pero el cambio más profundo es la generalización de los derivados financieros, productos sintéticos que integran distintos tipos de activos de distintos orígenes y se mezclan en un producto nuevo cuya cotización depende de múltiples factores distribuidos globalmente. La complejidad de estos productos hace imposible su identificación, por lo cual desaparece la transparencia financiera, base de una contabilidad rigurosa capaz de informar a los inversores.

En algunos productos se mezclan valores sólidos con lo que en la jerga bancaria española se llaman chicharros o valores basura. En último término, el ahorro mundial (el suyo también) está en manos de gestores financieros apenas regulados que operan en la oscuridad contable mediante mecanismos cada vez más desligados de la economía y de la auditoría. Cierto que en una época de alto crecimiento de la productividad hace una década el dinamismo de los mercados financieros permitió una expansión económica global que creó empleo y demanda, incorporando a la economía mundial a grandes economías emergentes y ampliando la base del capitalismo.

Así, entre 1950 y 1980 por cada dólar generado por el crecimiento económico en la OCDE, se crearon 1,5 dólares de crédito. En el 2007 la proporción era de de 1 a 4,5. Pero el precio pagado por ese aumento de liquidez para empresas y hogares ha sido el endeudamiento masivo y la inseguridad financiera. La titularización financiera representó el 70% del aumento de los mercados de deuda entre el 2000 y el 2007.

Era un ejercicio de alto riesgo. Y se rompió por el punto más débil: la burbuja inmobiliaria.

Cuando la gente tiene algo de dinero (o lo puede conseguir fácilmente) piensa primero en comprar una casa.

Y como las financieras hacen tanto más dinero cuanto más dinero venden relajaron los controles de sus hipotecas aprovechando su libertad. Así surgieron las hipotecas basura (subprime)que se hicieron impagables para cientos de miles de familias que arriesgaron más de lo que podían. Como el mercado inmobiliario se hundió, el valor de las casas que los bancos usaban como garantía de préstamos no pudo compensar las pérdidas, poniendo en peligro las instituciones detentoras de hipotecas. En EE. UU., Fannie Mae y Freddie Mac, los bancos hipotecarios con garantía federal, no pudieron absorber la deuda con sus propios fondos y tuvieron que ser nacionalizados. Además esos activos inmobiliarios devaluados servían de garantía para los valores de fondos de inversión que vieron rebajada su cotización. Los inversores, con razón temerosos de la seguridad de su dinero, lo desviaron hacia bonos del Tesoro garantizados a plazo fijo o al oro y otros activos típicos de tiempos inciertos. Lo cual sustrajo una enorme masa de capital a los bancos de inversión que ya estaban inmersos en una vorágine de inversiones no garantizadas mediante fondos que ni ellos mismos sabían de dónde salían o dónde estaban.

Y es que el conjunto del sistema estaba basado en el principio de hacer girar la inversión cada vez más deprisa, expandiendo el mercado a base de inyectar dinero y recogiendo los frutos de esa expansión a través de la transformación inmediata de beneficios y ahorros en activos financieros. A partir del momento en que se genera incertidumbre se quiebra la base del sistema financiero. Y cuanto más alto volaba un banco más dura fue la caída, por la dimensión de su descubierto. Así han ido cayendo los cinco grandes bancos de inversión del mundo (todos estadounidenses) y aunque algunos, como Goldman Sachs, han sido rescatados por el Gobierno y los inversores, sólo sobreviven como bancos de depósito. Se acabó pues, aunque el proceso aún está en curso, la gran banca de inversión que había caracterizado la globalización financiera de nuestro tiempo. La falta de regulación permitió también a las aseguradoras, empezando por el gigante mundial AIG, especular con los fondos de sus asegurados, llegando al borde de la bancarrota cuando su capital propio sólo cubrió una pequeña parte de sus obligaciones. Si ni siquiera se puede estar seguro de los que aseguran, la desconfianza se generaliza. Por eso el Gobierno estadounidense refinanció AIG porque su caída hubiera tenido consecuencias trágicas.

Pero la tragedia sigue acechando. Porque si la incertidumbre continúa, nadie invierte y nadie presta. Y sin dinero, las empresas reducen actividad, aumenta el paro, cae la demanda y la espiral recesiva se convierte en torbellino destructor de economía y vidas. De eso hablan en Washington, mientras algunos intentan irse de rositas de lo que provocaron y otros medran con los despojos.

La crisis (2)
Manuel Castells

La Vanguardia

Es cierto que nuestro sistema financiero está saneado y regulado en la medida de lo posible, como se repite en medios oficiales con la intencion de no sembrar incertidumbre que pudiera desestabilizar las instituciones de depósito y provocar una crisis derivada de la psicología colectiva de crisis. Por otro lado, como los mercados financieros son globales e interdependientes, no puede evitarse el contagio de un país por la presencia en sus bancos de “activos tóxicos”, es decir, títulos financieros sin respaldo real y que son pasivo más que activo en las cuentas de las entidades financieras.

Si los gobiernos han tenido que intervenir en Alemania para salvar a Hypo, el mayor banco hipotecario del país, en el Benelux para rescatar a la gigantesca Fortis, en Francia para nacionalizar Dexia mientras se preparan para reflotar la legendaria Caisse d´Epargne, en Inglaterra para evitar la quiebra de bancos hipotecarios como el Bradford & Bingley, en Italia para proteger a Unicredit, con la Comisión Europea presta para intervenir en el conjunto del sistema bancario de la Unión, ¿por qué no aquí? Sobre todo teniendo en cuenta que la protección de los depósitos de los ahorradores españoles es la más baja de Europa (se sitúa en el mínimo establecido por la Unión Europea, 20.000 euros por titular de cuenta y entidad, en contraste con 70.000 en Francia, 63.000 en el Reino Unido o 175.000 en Estados Unidos -en la propuesta actual, que incrementó los 60.000 euros que había anteriormente-. En realidad, los argumentos tranquilizadores son sólidos.

El fondo español de garantías de depósitos es el mejor provisto de Europa, la vigilancia del Banco de España ha obligado a los bancos a mantener una liquidez razonable desde hace tiempo y los precedentes históricos tales como Banesto o Banca Catalana muestran la capacidad de la intervención preventiva del Estado antes de que los depósitos corran peligro. Al menos en ausencia de una crisis generalizada con reacciones en cadena de quiebras no absorbidas por el Estado en Estados Unidos y en Europa. Por eso es tan importante la aprobación por el Congreso estadounidense del plan de rescate (una vez reformado para que no sea un festín de banqueros a costa del contribuyente) para calmar a los mercados y frenar la caída de los valores bursátiles. Pero si una quiebra de parte del sistema financiero semejante a la que ha ocurrido en Estados Unidos es poco probable, las consecuencias de la crisis para la economía española son graves y profundas. Porque si los bancos no tienen grandes problemas de solvencia, sí tienen problemas de liquidez. Y es que nuestro sistema financiero depende del crédito exterior para financiar a las familias y empresas, sobre todo pymes. En la medida en que en el mercado global se ha ido cerrando el grifo del crédito fácil, nuestras entidades financieras han tenido que reducir sus préstamos en el último año.

De ahí la restricción de la actividad hipotecaria (caída anual del 47%) y por consiguiente la crisis inmobiliaria que está en el origen del estancamiento económico. Un altísimo nivel de paro y los elevados tipos de interés se traducen en un aumento de la morosidad que presiona a las entidades financieras, agravando sus dificultades de tesorería.

Es decir: el sistema está saneado y regulado, pero es cada vez menos capaz de proporcionar capital a la economía. Sin capital no hay inversión, no hay empleo y no hay crecimiento de la demanda.

La recesión en que ya estamos metidos supone la quiebra de un modelo de crecimiento que hace tiempo califiqué de inestable. Un modelo caracterizado por un alto crecimiento económico con bajo o nulo crecimiento de la productividad (exceptuando algunos sectores dinámicos como las finanzas o las telecomunicaciones). La economía española de la última década ha crecido a partir de tres factores básicos interrelacionados: el crecimiento del empleo, alimentado por la inmigración; el crecimiento del sector inmobiliario y de la construcción, y el crecimiento del turismo.

La inmigración ha sido un factor clave no sólo por proporcionar mano de obra abundante y barata, sino también porque un inmigrante, al instalarse en el país, crea una importante demanda. El empleo creció sustancialmente en sectores de servicios y de construcción de baja productividad y escasa cualificación. De modo que cuando se para el financiamiento del sector inmobiliario y se reduce empleo en un contexto de estancamiento del turismo como consecuencia del bajo crecimiento del entorno europeo, apenas quedan resortes para reactivar la economía española, salvo la inversión pública.

Más aún cuando los sectores manufactureros tradicionales (sobre todo el automóvil) acentúan su crisis, tanto por caída de la demanda derivada en parte del precio de la gasolina y en parte de la restricción del crédito, como por factores estructurales que hacen cada vez más difícil el mantenimiento en España de cadenas de montaje en serie. Sin un sistema de innovación eficaz, sin una suficiente capacidad instalada de desarrollo tecnológico y de servicios avanzados de procesamiento de información y con un bajo nivel de educación en la fuerza de trabajo, el antiguo modelo de crecimiento español ha entrado en crisis probablemente irreversible al secarse las fuentes de crédito fácil con tipos de interés real negativos y por tanto la economía de la demanda en que nos habíamos montado. Así, no corre peligro nuestro sistema financiero, que se ha replegado en orden. Lo que está agotándose es la bonanza de que disfrutábamos vendiendo nuestra calidad de vida, poniéndole cemento encima, importando trabajadores y montándonos en la lógica del endéudate y vive que son dos días. La economía, aun en recesión, tal vez pueda resistir el choque. Pero la sociedad puede digerir mal el duro despertar a la regla fundamental de la economía: sin productividad y competitividad no se crea ni riqueza ni empleo. Se acabó la fiesta. Tendremos que trabajar como chinos y además para los chinos, que son los únicos que pueden invertir.

LA CRISIS (y 3)

Manuel Castells  – 18/10/2008, La Vanguardia.es

La intervención de los gobiernos europeos en el sistema financiero ha ido más lejos que el plan de rescate en Estados Unidos. En lugar de absorber activos devaluados, han capitalizado los bancos. En algunos casos como el español garantizando una línea de crédito, y en otros, como el británico, procediendo a su nacionalización parcial. Estados Unidos también ha optado finalmente por financiar a los grandes bancos para que sigan prestando y se evite la parálisis económica. Los mercados han reaccionado positivamente, pero no están estabilizados ni mucho menos, pues la economía productiva está acusando la contracción de la demanda, el paro aumenta y las acciones de empresas inmobiliarias, tecnológicas o del automóvil siguen cayendo.

Parte de los activos que compran los gobiernos han perdido valor y la nacionalización total o parcial de un banco significa enjugar las pérdidas con el dinero de los contribuyentes, que es limitado. Por tanto, se recurre a emitir bonos, incrementando la deuda a niveles probablemente insostenibles. La esperanza, siguiendo el ejemplo sueco de 1990, es revalorizar los activos financieros y con su venta futura recuperar parte del dinero. La cuestión que se plantea es la transparencia de la operación. Nadie sabe quién tiene qué dada la interpenetración de inversiones en el mercado global. Y tambien falta transparencia en la intervención de los gobiernos con nuestro dinero. En EE. UU. tuvieron que crear un comité de seguimiento para lograr el acuerdo del Congreso. En Europa, hay una pasividad asombrosa de la ciudadanía, que deja hacer sin entender qué pasa.

Cuando alguien pregunta se le amenaza con males mayores si no se salvan los bancos. Porque en último término, ¿por qué tendríamos que seguir confiando en aquellas instituciones financieras que no han cumplido su función de asegurar nuestros ahorros y proporcionar capital a las empresas porque dieron prioridad a sus propias ganancias? Si hay que nacionalizar bancos, ¿por qué no hacerlos funcionar de forma distinta en lugar de reflotarlos para que vuelvan a las andadas?

Este es el problema de fondo. El tipo de capitalismo en el que vivíamos desde hacía tres décadas, construido en torno a un mercado financiero global desregulado, ha entrado en crisis irreversible Y la construcción de un sistema que lo sustituya es incierta porque no se había pensado en serio, pese a las advertencias de expertos como George Soros o Warren Buffet, que calificó los nuevos instrumentos de titularización de “armas financieras de destrucción masiva”. Todos concuerdan en dos cosas: las medidas actuales son paños calientes mientras se reforma en profundidad el sistema financiero, y es necesaria una regulación global de las prácticas financieras. Fácil de decir, muy difícil de hacer. Porque los flujos financieros son globales, operan electrónicamente y no reconocen fronteras. Y no hay autoridad financiera internacional con competencia para regular, ni el FMI.

No hay jurisdicción sobre los paraísos fiscales, los bancos centrales se limitan a su país y la contabilidad se ha hecho tan opaca que nadie sabe identificar el origen y destino de algunos de los flujos más importantes. Tomemos el caso de los seguros sobre créditos impagados -credit default swaps (CDS)-, la mayor innovación financiera de la última década. Para escapar a la obligación de tener reservas suficientes para los préstamos que hacían, las instituciones financieras crearon un seguro para cubrir los impagados. La idea genial fue titularizar los seguros mismos pagando intereses sobre dichos seguros. Los préstamos se clasificaron en función de su nivel de riesgo y se vendieron trozos de seguros a otras instituciones financieras, remunerando según riesgo.

Así los bancos pudieron prestar por un montante muy superior a su cobertura y el riesgo de los impagados se distribuyó entre los compradores de los CDS. Cuando algún préstamo fallaba, los poseedores de los CDS correspondientes pagaban en función de su cuota y todos contentos. Así se hicieron préstamos cada vez más arriesgados en todos los confines del planeta y con garantías colaterales de todo tipo, incluidas hipotecas o trozos de hipotecas, que también se aseguraban creando nuevos mercados. De 1995 al 2008 el mercado de CDS aumentó de 10.000 millones de dólares a 62 billones. El asegurador de última instancia en EE. UU. era AIG, la aseguradora mayor del mundo, que tenía 440.000 millones en CDS. Por eso fue rápidamente intervenida por el Gobierno, pues de quebrar se habrían difundido quiebras en cadena por instituciones financieras de todo el mundo. Pues bien, si ese mecanismo se suprime, como ya parece decidido en EE. UU., los bancos tendrán que adecuar sus préstamos a sus reservas y por tanto se reducirá extraordinariamente el volumen de préstamos. Este es el quid de la cuestión.

La expansión del capitalismo global se ha basado en mecanismos de multiplicación de capital virtual como este. Obligar al rigor financiero quiere decir que sin dinero fácil ni las empresas pueden invertir ni la gente puede comprar como antes.

Los chinos y los árabes tampoco, porque sus inversiones financieras están en el mismo saco y porque sus exportaciones dependen del consumo occidental. Así que lo que se plantea es un cambio de modelo de vida: menos consumo (porque no habrá crédito para comprar), más trabajo y más productividad (para generar más capital y más salario dentro de la empresa), más control del mercado por el Estado y limitar la circulación global de capital porque los intercambios financieros tendrán que ajustarse a las prácticas reguladoras de cada país. No hay marcha atrás en la globalización, pero emerge una globalización segmentada por regiones mundiales y con sistemas de control en sus intercambios. Como es un cambio estructural se hará entre contradicciones y conflictos, cada uno yendo a la suya, en un clima de ansiedad, de denuncia de los aprendices de brujo de las finanzas y condena de los ideólogos fundamentalistas del mercado. Entramos en una nueva época en la que habrá que invertir en la vida más que en la bolsa.

Argentina: del fracaso (o fraude) del sistema privado de pensiones, a su nacionalización

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Por Alfredo Zaiat, Página/12

El jefe de la mafia con el arma en la mano y el asesinado en el piso es una prueba contundente de culpabilidad. El traficante de drogas capturado con su cargamento en la mochila es un indicio bastante fuerte de una violación a la ley. La venta acelerada de títulos y acciones que derrumbaron sus cotizaciones es la demostración más transparente de la existencia de una asociación de financistas & afines para lucrar con el dinero previsional de los trabajadores. Si se trata de un delito, la utilización de esos fondos que no les pertenecen para expresar el rechazo al proyecto del Gobierno será tarea de la Justicia. Pero han dejado con total impunidad, que es la forma en que se mueve el poder financiero, las huellas bien visibles para avanzar en esa investigación.

El argumento más común y superficial de banqueros, economistas de la city y el coro afinado de voceros interesados es que las críticas a las AFJP son por “ideología”. Se trata de un debate absurdo, porque toda opinión a favor o en contra de un modelo económico, de una orientación que defina la autoridad monetaria con el tipo de cambio o de una organización del sistema previsional está basada en una determinada cosmovisión del mundo. O sea, de una ideología, palabra que en general es utilizada por el pensamiento conservador para descalificar convicciones que se enfrentan al discurso dominante. Resulta esclarecedora la discusión ideológica que permite conocer si es más importante el haber jubilatorio o las cuentas de banqueros y gerentes privilegiados abultadas con el dinero de los trabajadores. Las AFJP han demostrado en la práctica que han sido una enorme estafa previsional. Con datos “objetivos”, como gustan hablar los abanderados de la restauración conservadora.

Casi ninguna de las promesas vendidas con excelentes campañas de marketing fue realidad para los trabajadores jubilados o próximos a jubilarse. Ni lo serían nunca en el futuro, como lo demuestra la experiencia de casi 30 años del sistema chileno, que ya alcanzó su etapa de maduración y permite observar en forma rotunda su fracaso. Además de no brindar una prestación digna a los jubilados y de jugar con el aporte previsional de los trabajadores, el régimen privado desfinanció al Estado hasta arrinconarlo en una posición que lo obligó, entre otros factores, a declarar el default en 2001. Este tuvo como uno de sus impulsores la propia estructura del sistema previsional privado, que poseía el germen del default. Es una situación similar a la quiebra del Lehman Brothers: su debacle y la de los otros bancos de inversión no fue sólo por la codicia de los financistas, sino que el sistema de autorregulación del fundamentalismo de mercado es el que permitió el crecimiento de esas entidades y de ese tipo de banqueros. Resulta difícil encontrar hoy en Estados Unidos analistas que defiendan a Lehman Brothers. En cambio, no debería extrañar que los haya aquí para las AFJP.

No será una tarea sencilla desmontar el engendro del régimen de capitalización privada. Requerirá de habilidad y capacidad técnica para empezar a ordenar un sistema que fue desquiciado por los banqueros. Junto a la reestructuración de la deuda en default, la eliminación de las AFJP constituye una de las principales medidas de la administración kirchnerista que afecta al poder financiero. Se entiende así la reacción furiosa de banqueros, asesores, economistas, corredores bursátiles, gerentes financieros & otros aliados que integran una asociación dedicada a lucrar con el dinero de los trabajadores. Pocas labores han sido más perversas y miserables que enriquecerse con esos fondos.

La cuestión no es que el Estado se queda con los fondos para pagar deudas, sino que ese dinero vuelve al lugar original de un Sistema de Seguridad Social. El stock de capital acumulado durante catorce años en esas cuentas, deducido el obsceno monto de 9000 millones de dólares en comisiones, regresa al canal legítimo de un régimen previsional. Lo otro era un negocio financiero para un sistema de imprevisión social. Para adelante, será tarea de definir el mecanismo transparente de administración y control de esos recursos, que requerirá de destreza para desarmar con paciencia la temeraria estrategia de invertir fondos previsionales en acciones, fideicomisos financieros o bonos de deuda privada.

La reforma de 1994 impulsada por la dupla Carlos Menem-Domingo Cavallo, con el aval y financiamiento del FMI y Banco Mundial, desfinanció al Estado al desviar los aportes jubilatorios de los trabajadores hacia las AFJP. Se diseñó así una calesita financiera abusiva:

- El Estado contabilizaba un bache en la cuenta de Seguridad Social del Tesoro Nacional por el dinero girado a las AFJP.

- Para cubrirlo emitía títulos públicos.

- Esos papeles los compraban las AFJP.

- Los adquirían con el dinero que recibían de los trabajadores.

- Esos aportes antes iban al Tesoro Nacional.

El Estado quedaba en una posición financiera exigente por una deuda creciente precisamente por ese desfinanciamiento de la Seguridad Social. Las dificultades para cerrar ese déficit se agudizaban debido a que siguió pagando los haberes. Ese desequilibrio de las cuentas públicas provocó el incremento de la tasa de interés del endeudamiento necesario para cubrir ese bache. El costo de esa calesita fue una de las más pesadas mochilas que dejó la década del noventa. Teniendo en cuenta que la deuda del sector público nacional se incrementó en 66.500 millones de dólares entre diciembre de 1994 y de 2001, el sistema de AFJP explica por sí sólo 41.300 millones de dólares de ese aumento (el 62 por ciento). Ese monto surge de 31.800 millones de dólares de emisión de títulos públicos para compensar los fondos no ingresados, a los que se sumaron 9500 millones de dólares por el costo del endeudamiento por este concepto, con una tasa de interés promedio de 9,6 por ciento anual.

Varios son los hechos que se fueron revelando acerca de la inutilidad de la vigencia de AFJP. La más grosera es que el Estado tuvo que salir a completar el haber paupérrimo que entregan las AFJP a los ya jubilados privados. Como el dinero acumulado en los fondos privados, a lo que se le suma el aporte público que marca la ley (la prestación básica universal y la de permanencia), resulta una jubilación por debajo de la mínima, la Anses salió a completarla para alcanzar ese piso. Parece un absurdo si se tiene en cuenta que en su momento se presentó la reforma como más conveniente frente un régimen público de reparto, y ahora es el fisco el que tiene que venir a rescatar a los jubilados privados de haberes miserables.

La capitalización privada no redujo –como se argumentaba– la evasión o morosidad previsional. Además hay una baja proporción de aportes efectivos. Sólo el 40 por ciento de los afiliados contribuye al sistema. Los aportes voluntarios son insignificantes en relación a la recaudación total (0,3 por ciento), siendo que uno de los eslóganes de propaganda era que los afiliados iban a optar por engrosar sus cuentas porque verían que el sistema era muy bueno. El nuevo régimen no incentivó la afiliación y la relación entre aportantes y la población ocupada se redujo del 42,3 al 38,6 por ciento. En cuanto a la supuesta competencia que se iba a producir entre las AFJP, de las 26 compañías que comenzaron a operar en 1994, hoy sólo quedan 10. Estos datos indican una tendencia a la oligopolización del mercado, que se opone a los presuntos incentivos para reducir costos y mejorar los servicios.

Las AFJP se apropiaron vía comisiones, en promedio, de un tercio de los montos recaudados. Según información de la Anses, los gastos operativos del régimen público representaron entre 1999 y 2005 sólo el 1,6 por ciento de las contribuciones y los recursos tributarios percibidos con fines previsionales, lo que resulta veinte veces más barato que el costo de administración del sistema de capitalización. El sistema fue concebido para maximizar el beneficio de las AFJP. Los fondos gestionados por las AFJP se fueron incrementando gradualmente a lo largo del tiempo, pero esa creciente masa de recursos estuvo lejos de fomentar el desarrollo del mercado local de capitales. Los fondos de las AFJP no fueron canalizados hacia proyectos de inversión que apuntalaran el crecimiento económico.

La supuesta solvencia intertemporal del sistema previsional con fondos invertidos en volátiles mercados bursátiles quedó hecha añicos. Terminar con el régimen de capitalización es adelantarse y evitar que los actuales trabajadores puedan tener un panorama desolador en su etapa de retiro del mercado laboral. En países con el nivel de desarrollo de la Argentina, con su actual estructura de empleo, es imprescindible universalizar la cobertura, objetivo sobre el que se avanzó en estos años, y adoptar una visión de la jubilación basada fundamentalmente en la solidaridad intergeneracional del reparto. Poner fin, por fin, a las AFJP es en ese sentido una medida reparadora y de justicia redistributiva.

azaiat@pagina12.com.ar

Tres voces para la despedida

Alberto Muller, Plan Fénix

El sistema fue un fiasco

“El sistema de capitalización previsional fue un fiasco no sólo en la Argentina, sino también en otras naciones donde se la aplicó, como en Chile. La eliminación del sistema de jubilación privada era una medida que había que tomar en algún momento. Después del fracaso de este sistema de las AFJP, ahora lo importante es resguardar los intereses de los futuros jubilados. La estatización del sistema debe apuntar a incorporar la presencia de actores sociales como sindicatos, trabajadores y entidades civiles, para que no haya pérdida de control de los fondos de los aportantes. El sistema de jubilaciones tendría que funcionar como un sistema público no estatal, como una suerte de PAMI. La crisis financiera internacional puso en evidencia que los fondos de pensión en manos de las administradoras corren serios riesgos, por la fluctuación financiera. En los países desarrollados los sistemas jubilatorios son públicos y existen paralelamente los fondos privados que garantizan una renta mínima.”


Alejandro Vanoli, Vicepte. CNV

Control ciudadano

“Es una medida muy importante desde lo simbólico y desde lo conceptual. Implica recuperar la presencia del Estado en un área fundamental. Por malas políticas desde lo público y porque las AFJP no cumplieron adecuadamente la función. El sistema de capitalización no cumplió con principios básicos para los que se creó: otorgar una jubilación decente a la gente. En cambio, implicó la creación de un sistema muy costoso que no servía ni para financiar adecuadamente al Estado, que se endeudó a altas tasas, y tampoco se prestó de manera adecuada como servicio para financiar la economía real. Es necesario implementar un nuevo régimen público que permita, en un contexto donde el Estado tiene solvencia fiscal, brindar una adecuada y decente cobertura previsional, financiar al Estado y otorgar crédito a las actividades productivas. Esto sólo es posible en un país que crece y protege el empleo y que paga salarios en blanco, donde hay un modelo de desarrollo con equidad, sólo en este esquema es posible pagar buenas jubilaciones. Para que sea diferente a las experiencias previas el desafío es que el Estado gestione los bienes y recursos con participación y control ciudadano. Es fundamental un buen control de fondos para poder pagar jubilaciones dignas.”


Eduardo Curia, Economista

Una muerte asistida

“Es la muerte anunciada de un régimen que estaba muy desgastado. En las circunstancias vigentes, el paso a manos del Estado era la única resultante posible. Como venía la mano, no es una gran sorpresa lo que sucedió. El sistema jubilatorio de capitalización estaba desgastado y no había logrado su objetivo. El default, la convertibilidad, la desvalorización de los títulos de deuda argentinos y, ahora, la crisis internacional profundizaron el desgaste del sistema de capitalización. La mesura de las AFJP al momento se explica en parte porque los valores de la cuotaparte de los beneficiarios se venían resintiendo. Es una especie de eutanasia asistida. Ahora habrá que esperar para ver cómo queda todo. Qué se hace con la gente que aporta al sistema. Va a haber que aclarar mucho y el Gobierno deberá manejarse de manera muy responsable. El sistema de capitalización se había creado porque lo que había era un desastre. Ahora el Estado deberá tener una perspectiva muy aguda del riesgo de las operaciones. Tenemos que evitar terminar a los bandazos. Por otro lado, esta medida facilita al Gobierno el acceso a recursos poder afrontar el endeudamiento y los vencimientos para el año próximo.”

Intervención del Estado contra la crisis: no hay alternativa…

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Los expertos alertan que el rescate bancario no podrá contener la gran recesión que se avecina

CRISTINA GALINDO, El País.com

Desesperado e incapaz de hacer frente a sus deudas, un empleado de la compañía nacional de ferrocarriles de Estados Unidos quemó recientemente su coche en Washington. Fingió que se lo habían robado porque no podía afrontar el pago de la letra mensual de 800 dólares (600 euros) y quería que el seguro se hiciera cargo de este siniestro total. No es el único caso. Apurados por la hipoteca o el vencimiento de pagos, trabajadores y pequeños empresarios recurren a triquiñuelas para engañar a los aseguradores y bancos y obligarles a que se hagan cargo de sus deudas. Por ahora, los Gobiernos de EE UU y Europa prefieren atender a las entidades financieras, destinando casi tres billones de euros para sacarlas de la peor crisis de los últimos 80 años.

Pero muchos empiezan a pensar que si no se hace algo y pronto para ayudar a trabajadores como el empleado moroso de Washington -fue detenido-, la economía real entrará en breve en la mayor recesión de, como mínimo, el último cuarto de siglo, y las deudas de miles de empleados y familias a los que ahora nadie avala acabarán por derrumbar el sistema financiero que se quiere salvar. “Los planes de rescate son necesarios para evitar que el sistema bancario se rompa. Sin embargo, ahora parece inevitable que llegue una profunda recesión”, advierte el economista Daniel Gros, director del Centro de Estudios de Política Europea en Bruselas.

Las operaciones de rescate para dotar de liquidez y solvencia a la banca -anunciadas en los últimos días por las grandes economías occidentales- constituyen el último capítulo de una crisis financiera que salió a la luz hace 14 meses con el estallido de la burbuja inmobiliaria. El objetivo de estos planes es aliviar la crisis financiera a través de varias fórmulas: comprar acciones de los bancos para recapitalizarlos, avalar los préstamos, comprar deuda y garantizar los depósitos. De forma complementaria, los bancos centrales han inyectado capital en las últimas semanas. Algunos países han elegido una o varias de estas iniciativas, pero todos se han endeudado para salvar el sistema.

La crisis ha vuelto a poner de moda el intervencionismo. La recapitalización es una opción que contemplan Alemania, Francia, Italia, Austria o España (aunque no la ha presupuestado), pero los que más dinero prevén destinar para nacionalizar los bancos son paradójicamente Estados Unidos y Reino Unido, dos de los países que históricamente más han huido de la intervención estatal en los mercados. “El panorama bancario europeo va a cambiar completamente y habrá un mayor control gubernamental”, añade Gros.

El modelo de salvamento de los británicos -inspirado en la estrategia lanzada por Suecia en los años noventa para salir de la crisis inmobiliaria que sumió a los bancos del país en la ruina- ha sido el primero de Europa y ha marcado el paso al resto. El Gobierno de Gordon Brown ya ha empezado a nacionalizar el sistema financiero con la inyección de 37.000 millones de libras (48.000 millones de euros) en los tres mayores bancos del país, una operación que puede convertir al Estado en un peso pesado de la City.

Se trata de Royal Bank of Scotland, HBOS y Lloyds TSB, que ingresarán en conjunto 8.000 millones de libras (10.400 millones de euros) procedentes de las arcas públicas a cambio de un paquete de acciones preferentes que el Estado podrá vender pasado un tiempo con una rentabilidad garantizada del 5% anual. Con el resto del dinero, el Gobierno suscribirá ampliaciones de capital de estas entidades, de forma que si inversores privados no cubren la oferta, los poderes públicos asumirán la adquisición de los títulos ordinarios. En este caso, se convertirán en los principales accionistas. El paquete total aprobado por Londres para recapitalizar bancos asciende a 50.000 millones de libras. Este presupuesto no incluye el coste que tuvo la intervención de los bancos Northern Rock y Bradford & Bingley.

Sobre el papel, este mecanismo puede acabar siendo una buena inversión para el Estado, que decide qué bancos vale la pena salvar y qué condiciones les impone. Las retribuciones de los ejecutivos de Bank of Scotland, HBOS y Lloyds TSB se han limitado y las primas por objetivos correspondientes a este ejercicio se cobrarán con acciones; el Tesoro tendrá entre dos y tres representantes en sus consejos de administración, y no se repartirán dividendos hasta que se recupere la inversión. Además, sus presidentes han dimitido.

En el caso europeo, sólo el plan británico y el alemán incluyen condiciones y restricciones como éstas, al menos de momento. En Alemania, el ministro de Finanzas se reserva el derecho de tomar decisiones sobre la política de dividendos y la estructura de capital de las entidades que se beneficien de las ayudas.

El plan británico también ha convencido a la Administración de George W. Bush. En principio, el Tesoro estadounidense iba a destinar los 700.000 millones de dólares (medio billón de euros) presupuestados para salvar a Wall Street con la compra de activos tóxicos (títulos vinculados a hipotecas basura). Pero después ha dado un giro para seguir los pasos de Londres. Cada vez resultaba más difícil poner precio a esos activos y, en lugar de eso, ha aprobado una primera inversión de 250.000 millones de dólares (185.000 millones de euros) para entrar en el capital de los bancos.

Comprar acciones de bancos en lugar de los activos tóxicos es teóricamente más rentable -tiene un efecto multiplicador, según los economistas- y da un mayor control al inversor, que decide qué bancos vale la pena salvar.

El plan de Bush para sostener a bancos grandes y pequeños -unido a las recientes medidas para evitar algunas quiebras y apoyar el crédito y los mercados monetarios- representa la mayor intervención gubernamental en los mercados financieros estadounidenses desde la Gran Depresión, o según algunos, de la historia. Las ayudas que, a raíz del crash de 1929, dio la Corporación de Reconstrucción Financiera, una agencia independiente, tuvieron un coste de 1.300 millones de dólares, lo que en dólares de hoy serían 200.000 millones de dólares (150.000 millones de euros).

Al igual que el paquete británico, la recapitalización del plan de Bush se hará a través de la compra de acciones preferentes. Aún no ha quedado claro si también se suscribirán ampliaciones de capital. Todavía no se ha cerrado ningún trato. El plazo para solicitar ayudas termina el 14 de noviembre, pero la prensa ha publicado que nueve grandes bancos han accedido a vender acciones al Gobierno: Bank of America, Wells Fargo, Citigroup, JP Morgan Chase, Goldman Sachs, Morgan Stanley, Bank of New York Mellon Corp, State Street y Merrill Lynch.

Una diferencia clara con el plan de Londres es que el Tesoro estadounidense no aspira a intervenir en la gestión de estos bancos, ni estará presente en sus consejos. Tampoco se modifican los derechos actuales de los accionistas ordinarios. Eso sí, impondrá limitaciones en las retribuciones de los ejecutivos y será el único que podrá autorizar incrementos de los dividendos durante al menos tres años.

Sea como sea, se trata de una intervención pública radical para un país en el que nacionalización es una palabra que recuerda demasiado al socialismo y es mejor evitar. Pero no es la primera vez que Estados Unidos se atreve a llevar a cabo medidas como ésta. En tiempos de guerra, en 1917, no dudó un minuto en tomar el control de los ferrocarriles para garantizar el abastecimiento de alimentos a la población y el transporte de soldados y armas. En 1920, estos activos fueron devueltos a sus propietarios, con una compensación. Durante la Segunda Guerra Mundial se volvieron a expropiar temporalmente los ferrocarriles, una docena de compañías y varias minas de carbón. En el sector bancario, el Gobierno estadounidense se hizo en 1984 con una participación del 80% en un banco de Illinois. Más recientemente, bien el Gobierno, bien la Reserva Federal (banco central) han salido al rescate de Bear Stearns, Fannie Fae, Freddie Mac, Merrill Lynch y AIG, aunque dejaron caer a Lehman Brothers.

“El apoyo del capital público es ahora la única opción que queda para que el sector se capitalice suficientemente para eliminar las preocupaciones del mercado sobre la solvencia del sistema financiero”, afirma Philip Finch, analista de UBS, grupo que por cierto acaba de recibir una sustanciosa inyección de capital del Estado suizo.

El plan para recapitalizar los bancos con problemas que ahora se negocia incluye, como el británico, una serie de criterios que, de salir todo según lo previsto, pueden convertir esta nacionalización parcial en un negocio. En primer lugar, el Tesoro podrá mantener las participaciones que adquiera durante tres años, y éstas pagarán dividendos anuales del 5% durante los primeros cinco años y del 9% a partir del sexto ejercicio. Además, el Tesoro también recibirá derechos de compra de acciones ordinarias que podrán ser ejercitados durante 10 años a un precio determinado.

“La nacionalización de parte del sistema bancario en Estados Unidos y Europa puede constituir el momento que marca el principio del fin de la crisis financiera”, afirma el analista Philip Finch..

La nacionalización no es la única fórmula elegida para el gran rescate. Los avales para estas deudas se llevan el mayor porcentaje del plan en Europa: el Reino Unido destinará 250.000 millones de libras (320.000 millones de euros); Alemania, 400.000 millones; Francia, 320.000 millones, y España, 100.000 millones. En el caso español, hay que añadir la creación de un fondo de entre 30.000 y 50.000 millones para comprar activos de máxima calidad, como los llama el Gobierno sin concretar mucho más.

El objetivo está claro. Se ha dicho una y otra vez que ésta es también una crisis de confianza. Los bancos no se fían de nadie, ni siquiera de sí mismos, y no se prestan dinero. El mercado interbancario se ha colapsado. Una buena prueba de ello se vio cuando, hace dos semanas, los bancos centrales bajaron los tipos de interés medio punto en una acción coordinada sin precedentes, pero la bajada no se trasladó al Euríbor.

“Los Gobiernos se han dado cuenta de que no estamos sólo ante un problema de liquidez, sino también de solvencia”, opina Manuel Romera, director del sector financiero de la IE Business School de Madrid. “Los avales tienen sentido, pero lo difícil será ver cómo funciona todo: ¿a quién se debe avalar?, ¿a quién no?, en el caso de España, ¿qué activos se deben comprar?”.

El éxito del rescate no está garantizado. Al fin y al cabo, los Gobiernos están asumiendo los riesgos que están ahogando a todo el sistema financiero. Si hay que ejecutar dichos avales en grandes cantidades, o si los bancos nacionalizados se van a pique, las consecuencias son potencialmente devastadoras.

Otra cuestión es si el rescate llegará al resto de la economía, porque las crisis financieras se convierten rápidamente en crisis económicas y nadie suele salir al rescate de las fábricas y sus trabajadores. “Un sector financiero que no se compromete con la economía real no vale la pena ser salvado”, afirmaba esta semana el diario británico Financial Times en un editorial. De eso dependerá en parte que la crisis sea corta y llevadera, o larga y muy dura.

Si se toma como referente la anterior gran crisis, la de los años treinta, para ver qué puede pasar, no hay muchas razones para el optimismo. Cuando Franklin Delano Roosevelt llegó a la presidencia de Estados Unidos, en 1933, decenas de bancos habían cerrado o impuesto restricciones en la cantidad de dinero que los clientes podían sacar. “Lo único que hemos de temer es al miedo”, declaró. Su primera decisión fue cerrar durante tres días las sucursales bancarias para que los funcionarios estudiaran los libros contables de las entidades. Tras el examen, dijeron qué bancos había que cerrar y cuáles estaban bien.

Eso pareció dar confianza a los estadounidenses, pero tras la crisis bancaria se escondían grandes problemas económicos y al final el sistema se derrumbó al completo. Muchos economistas todavía escriben ensayos sobre si fueron los bancos los que llevaron al país a la crisis o fue al revés. Sea como sea, el mundo no volvió a ver la luz al final del túnel hasta el año 1939.

“Las medidas llegan demasiado tarde para prevenir una recesión”, afirma Michael Saunders, analista de Citigroup, en un informe sobre el efecto de los planes de rescate tomados por los países de la zona euro y la inyección de liquidez llevada a cabo por el Banco Central Europeo. “Las medidas [de la zona euro] aliviarán probablemente la crisis financiera, pero dudamos de que sean lo suficientemente grandes como para estabilizar los mercados”, añade el experto. Las garantías aprobadas en los países del euro apenas cubren un 7% de los activos consolidados de la banca de la zona, que suman 23,5 billones.

Pese a las numerosas advertencias (el FMI ya apuntó hace meses que sería necesaria una recapitalización y algunos funcionarios en Japón lo hicieron hace un año), los dirigentes políticos han tardado en reaccionar, aunque pasó lo mismo en las crisis de Suecia y Japón.

Las ayudas pueden devolver un poco de calma, pero los expertos advierten de que no pueden corregir los excesos cometidos en la última década, en la que el sector inmobiliario y las entidades que lo financiaron ganaron mucho dinero, mientras los ciudadanos se endeudaron muy por encima de sus posibilidades gracias a unos tipos de interés bajo mínimos. “Los controles fallaron, porque casi nadie quiso reconocer que había una excesiva acumulación de riesgo”, explica Gros. Ahora, la aversión a ese riesgo lo paraliza todo.

¿Otra gran depresión?

Desde Estados Unidos hasta Singapur, la economía está al borde del abismo. ¿Hasta dónde llegará la crisis? Con suerte, será la peor desde los años ochenta, pero algunos economistas temen que sea tan dura como la Gran Depresión de los años treinta, con el cierre de miles de empresas y un aumento récord del paro.

“Ésta es la peor crisis que he visto en mis 50 años de carrera”, afirmó la semana pasada William Rhodes, vicepresidente de Citigroup, ante sus compañeros banqueros de Nueva York. “Y todavía tenemos que enfrentarnos a los efectos de la economía real”, añadió.

Hay señales de que los dos grandes motores de la economía mundial de los últimos años -el gasto de los consumidores de EE UU y el impulso de las economías emergentes- están echando el freno. Mientras, el patrimonio de los hogares se está esfumando. La reciente semana negra de las bolsas hizo desaparecer 2,6 billones de dólares de la riqueza de los inversores en EE UU.

Habrá que ver qué pasa con el comercio, otro de los indicadores de la marcha de la economía. “La crisis financiera que está afectando a Estados Unidos y Europa impulsarán ciertas actitudes proteccionistas”, afirma Katinka Barysch, experta del Centro para la Reforma de Europa, con sede en Londres. El proteccionismo que siguió al crash bursátil de 1929, explica Barysch, se tradujo en una caída el comercio mundial del 14%. Los expertos prevén que los intercambios internacionales crezcan de media un 4-5% el próximo año, frente al 8% de media registrado en los últimos años.

Además, hay que tener en cuenta que la crisis ha provocado depreciaciones en los activos de los bancos que suman 580.000 millones de dólares (430.000 millones de euros) desde mediados de 2007, según el FMI.

Brown, el ‘salvador’

Hace poco más de un mes, el primer ministro británico, Gordon Brown, acudía al congreso del Partido Laborista con la popularidad por los suelos y con un pie fuera de Downing Street. Ahora, gracias a la iniciativa que ha tomado en la crisis, se ha convertido en el hombre fuerte que puede salvar la economía de su peor momento.

La fórmula británica para salvar la City -capitalizar los bancos en crisis, dar acceso a la banca a liquidez inmediata y a fondos a tres años vista- ha sido hecha suya por los países de la zona euro y por Estados Unidos, que hasta entonces se mostraba reacio a una solución que implicara entrar directamente en el capital de los bancos. En 10 años de actuación exterior, el ex primer ministro Tony Blair no alcanzó jamás tal éxito internacional.

“Gordon Brown: superhéroe europeo”, proclamó una columna del diario francés Le Monde, y mencionó un sondeo según el cual los franceses tenían más fe en Brown -caricaturizado con frecuencia como una persona vacilante, aburrida y sombría- como salvador de la economía mundial que su propio presidente, Nicolas Sarkozy.

“El Gobierno de Brown se ha mostrado dispuesto a pensar con lucidez respecto a la crisis financiera, y a actuar con rapidez una vez que ha llegado a una conclusión. Y esta combinación de lucidez y decisión no la ha igualado ningún otro Gobierno occidental, y mucho menos el de Estados Unidos”, afirmaba Paul Krugman en una tribuna que EL PAÍS publicó al día siguiente de serle concedido el Premio Nobel de Economía a mediados de esta semana.

Gordon Brown ha resucitado. Esto no significa que sea el favorito para ganar las próximas elecciones en el Reino Unido, pero al menos ya nadie se atreve a cuestionar su liderazgo dentro del partido.

Mercados financieros en rojo, ante inminencia de recesión (o depresión)…

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VOLVIERON A BAJAR LAS BOLSAS DE LAS PRINCIPALES ECONOMIAS DEL MUNDO. MAS SINTOMAS DE RECESION

Página/12

Los megapaquetes de rescate en Estados Unidos y Europa no parecen tener más impacto que amortiguar una caída que, de todos modos, se muestra inevitable. “La economía estadounidense ya está en recesión”, sentenció el Banco de Canadá.

Los anuncios conjuntos de los gobiernos, la ayuda de Francia y Japón a sus bancos y la posibilidad de que Estados Unidos disponga de 150 mil millones de dólares para impulsar el sector real de su economía no consiguieron continuar impulsando a los mercados. Mientras que cada vez más bancos despliegan su pedido de rescate, el índice Dow Jones cayó 2,5 por ciento y el Nasdaq otro 4,1 por ciento. En Europa, las principales bolsas cerraron con bajas moderadas y en Asia los resultados fueron mixtos. Ayer el Departamento del Tesoro norteamericano informó que las consultoras Ernst & Young y Price Waterhouse Coopers serán las encargadas de auditar la ejecución del programa de recompra de activos tóxicos por 250.000 millones de dólares impulsado por Bush y Paulson.

Por su parte, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) anunció que revisará la “lista negra” de paraísos fiscales. La actualización estará lista recién para mediados de 2009 y el ministro de Finanzas alemán, Peer Steinbruck, afirmó que Suiza debería pasar a integrar la lista de países que no cooperan en el área fiscal. La cotización del euro cayó el martes por debajo de los 1,31 dólares, su nivel más bajo desde marzo de 2007.

“La economía estadounidense ya está en recesión”, sentenció el Banco Central de Canadá, que bajó su tasa de interés un cuarto de punto para estimular su crecimiento. Según una encuesta privada, el 76 por ciento de los estadounidenses piensa que su país está en recesión que durará al menos seis meses. El pesimismo se extiende entre los norteamericanos a medida que las noticias negativas sobre la economía real se extienden. Yahoo redujo su beneficio un 64 por ciento y anunció que despedirá al menos 10 por ciento de sus empleados en los próximos dos meses para superar las dificultades económicas. Por su parte, las ventas semanales de los centros comerciales en Estados Unidos cayeron 1,6 por ciento la semana pasada; de todas formas, en términos interanuales los resultados continúan siendo positivos.

La Reserva Federal decidió ayer una nueva intervención de emergencia para comprar activos de corto plazo de los fondos comunes, ante los numerosos pedidos de rescate de inversores con carteras en ese tipo de instrumentos. El lunes el titular de la Fed, Ben Bernanke, había informado el lanzamiento de un paquete fiscal de 150 mil millones de dólares para impulsar el sector real de la economía. Este nuevo programa, llamado Money Market Investor Funding Facility, apunta a relajar las tensiones en los mercados de deuda de corto plazo y mejorar la situación de liquidez de los inversores. Para ello la Fed le prestará dinero a una serie de actores en condiciones de comprar certificados de depósitos, papeles comerciales y otros títulos con una maduración máxima de 90 días.

En París, 17 países reunidos por iniciativa de Francia y Alemania pidieron el martes a la OCDE que actualice la “lista negra” de paraísos fiscales que evitan cooperar con los investigadores que rastrean compañías y particulares que evaden impuestos, depositando sus ingresos en bancos del extranjero. En París estiman que pierden 30.000 y 40.000 millones de euros por la evasión en paraísos fiscales. Alemania propuso incluir a Suiza en la lista negra y además desde el Ministerio de Finanzas proponen crear una agencia calificadora de riesgo a nivel europeo para evaluar los productos financieros que funcione como alternativa a las muy criticadas Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch.

La crisis económica mundial y sus consecuencias de largo plazo, según E. Hobsbawm

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Entrevista al historiador británico
¿Qué opina Hobsbawm sobre la crisis?
 
BBC Mundo
 
El británico Eric Hobsbawm ha sido llamado “el historiador vivo más influyente” por la revista New York Review, y su visión marxista empapa su prolífica producción.

 

En estos días en los que las noticias instantáneas sobre la crisis financiera inundan los medios de comunicación, Hobsbawm concedió una larga entrevista a la BBC.

A los 91 años, Hobsbawm responde sobre los posibles cambios en la opinión intelectual sobre el capitalismo y sobre los efectos, duraderos según el, que tendrá la crisis económica mundial.

Aquí, los principales fragmentos de esa entrevista.


Muchos hablan de lo está pasando como un regreso al estatismo e incluso al socialismo. ¿Usted cree que es así?

Bueno, ciertamente es la más grave crisis del capitalismo desde la década del 30. Recuerdo un titular hace unos pocos días, en el Financial Times, que decía: “El capitalismo en convulsión”. Hacía mucho que uno no leía ese titular en el FT.

Ahora, creo que esta crisis está siendo más dramática por los más de 30 años de una cierta ideología “teológica” del libre mercado, que todos los gobiernos en Occidente han seguido.

Porque como Marx, Engels y Schumpeter han previsto, la globalización -que está implícita en el capitalismo- no sólo destruye una herencia de tradición sino también es increíblemente inestable: opera a través de una serie de crisis.

Y esto está siendo reconocido como el fin de una era específica. Sin dudas, se hablará más de (John Maynard) Keynes y menos de (Milton) Friedman y (Friedrich) Hayek.

Todos están de acuerdo en que, de una forma u otra, habrá un mayor rol para el Estado. Ya hemos visto al Estado como el prestamista de última instancia. Quizás regresaremos a la idea del Estado como el empleador de última instancia, que es lo que fue bajo FDR (Fraklin Delano Roosevelt) en el “New Deal” en Estados Unidos.

Lo que sea, será un emprendimiento público de acción e iniciativa, que será algo que orientará, organizará y dirigirá también la economía privada. Será mucho más una economía mixta que lo que ha sido.

¿Y qué del Estado como redistribuidor? Lo que se ha hecho hasta ahora parece más pragmático que ideológico…

Creo que será pragmático de la forma que era antes. Lo que ha estado pasando es que en los últimos 30 años el capitalismo global ha operado de una forma increíblemente inestable, excepto -por varias razones- en los países occidentales desarrollados.

Ellos se han mantenido, hasta un cierto punto, al margen, y por ello lo han minimizado.

En Brasil, en los 80, en México en los 90, en el sudeste asiático y Rusia en los 90, en Argentina en 2000: todos sabían que estas cosas podían traer catástrofes en el corto plazo. Y para nosotros eso implicaba caídas tremendas en el FTSE (bolsa de Londres) pero luego, seis meses después, recomenzábamos de nuevo.

Ahora, tenemos los mismos incentivos que habían en los ’30: si no se hace nada, el peligro político y social es profundo y eso es, después de todo, la forma en que el capitalismo se reformó a sí mismo durante y después de la guerra, bajo el principio de “nunca más” a los riesgos del 30.

No sólo los riesgos económicos -que el “New Deal” no fue muy exitoso- sino también los riesgos políticos.

Usted vio esos riesgos hacerse realidad: estuvo en Alemania cuando Adolf Hitler llegó al poder. ¿Usted cree que podría darse algo remotamente parecido a eso, como una consecuencia de lo que está pasando ahora?

En los años ’30 el efecto político neto a corto plazo de la Gran Depresión fue el fortalecimiento de la derecha, con dos excepciones. Una fue Escandinavia, que logró exitosamente moverse a la izquierda hacia regímenes socialdemócratas, y -curiosamente- Estados Unidos, donde reaccionaron a quien sería el equivalente de Bush.

A la izquierda no le fue bien en los ’30 hasta que llegó la guerra. Entonces, creo que ese es el principal peligro. En ese momento, hubo una izquierda fuerte en varias partes de Europa -incluyendo Inglaterra, con el partido laborista- pero hoy no la hay.

La izquierda está virtualmente ausente. Entonces, a mí me parece que el principal beneficiario de este descontento, otra vez con la posible excepción -al menos eso espero- de Estados Unidos, será la derecha.

¿Lo que vemos ahora es el equivalente de la caída de la Unión Soviética para la derecha? ¿Los desafíos intelectuales que esto implica para el capitalismo y el libre mercado son tan profundos como los desafíos que enfrentó la izquierda en 1989?

Sí, así lo creo, creo que este es el equivalente dramático al colapso de la Unión Soviética. Ahora sabemos que se terminó una era. No sabemos qué vendrá.

Tenemos un problema intelectual: solíamos pensar hasta entonces que habían dos alternativas, o una o la otra: o el libre mercado o el socialismo. Pero en realidad hay muy pocos ejemplos de un completo caso de laboratorio de cada una de esas ideologías.

Entonces, creo que tenemos que dejar de pensar en una o la otra y debemos pensar en la naturaleza de la mezcla. Particularmente hasta qué punto esa mezcla está motivada por la conciencia del modelo socialista y de las consecuencias sociales de lo que ha pasado.

¿Cree que regresaremos al lenguaje del marxismo?

Hasta un cierto punto, lo hemos hecho. Encuentro bastante extraño que el redescubrimiento de Marx lo han generado los hombres de negocios, ya que no hay izquierda.

Desde la crisis de los 90, son los hombres de negocios quienes empezaron a hablar en términos de decir: “Bueno, Marx predijo esta globalización y podemos pensar que el capitalismo está planteado como una serie de crisis”.

No creo que el lenguaje marxista políticamente será prominente; pero intelectualmente, la naturaleza del análisis marxista sobre la forma en la que el capitalismo opera verdaderamente será importante.

¿Siente un poco de reivindicación, después de años en los que la opinión intelectual iba en contra de lo que usted pensaba?

Bueno, obviamente hay un poco una sensación de schadenfreude (regocijo por la desgracia ajena).

Siempre dijimos que el capitalismo se iba a chocar contra sus propias dificultades, pero lo que yo siento no es reivindicación.

Lo que sí es cierto es que la gente descubrirá que de hecho lo que estaba pasando no ha producido los buenos resultados que se predecían.

Mire, por 30 años todos los ideólogos dijeron que todo iba a estar bien: el libre mercado es lógico y produce crecimiento máximo. Sí, decían, produce un poco de desigualdad aquí y allá, pero no importa porque también los pobres eran un poco más prósperos. Decían que funcionaría mejor que cualquier otra cosa.

Ahora sabemos que lo que pasó es que se crearon condiciones de inestabilidad enormes, que han creado condiciones en las que la desigualdad afecta no sólo a los más pobres, sino cada vez más a una gran parte de la clase media.

Sobre todo, en los últimos 30 años los beneficios de este gran crecimiento hemos sido principalmente a nosotros en Occidente en una condición de vida inmensurablemente superior que en cualquier otro lugar.

Y me sorprende mucho que el Financial Times diga que lo que esperan que pase ahora es que este nuevo tipo de globalización controlada beneficie a quienes realmente lo necesitan, que se reduzca la enorme diferencia entre nosotros que vivimos como príncipes y la enorme mayoría de los pobres y los desaventajados.

http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/business/newsid_7680000/7680432.stm

La depresión económica internacional ya empezó, por I. Wallerstein

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La depresión, una visión a largo plazo
 

 

La depresión ya empezó. Algo cohibidos, los periodistas siguen preguntándole a los economistas si será que tal vez sólo estamos entrando a una mera recesión. No lo crean ni por un minuto. Estamos ya en el comienzo de una depresión mundial de gran envergadura con desempleo masivo en casi todas partes. Puede asumir la forma de una deflación nominal clásica, con todas sus consecuencias negativas para la gente común. Es un poquito menos probable que asuma la forma de inflación galopante, que es simplemente otro modo en que los valores se desploman, y que es incluso peor para la gente común.

Por supuesto que todo el mundo se pregunta qué fue lo que disparó esta depresión. ¿Serán los instrumentos derivados, que Warren Buffett llama “armas financieras de destrucción masiva”? ¿O son acaso las hipotecas de segundo grado? ¿O los especuladores del petróleo? Jugar a las culpas no tiene importancia real. Eso es concentrarse en el polvo, como Fernand Braudel le llamaba, de los eventos de corta duración. Si queremos entender lo que está ocurriendo necesitamos echar un vistazo a otras dos temporalidades, que son mucho más reveladoras. Una es la de los vaivenes cíclicos de media duración. La otra es aquella de las tendencias estructurales de larga duración.

La economía-mundo capitalista ha tenido, durante varios cientos de años, por lo menos, dos formas importantes de vaivenes cíclicos. Uno son los llamados ciclos de Kondratieff que históricamente tenían una duración de unos 50-60 años. Y otros son los ciclos hegemónicos que son mucho más largos.

En términos de los ciclos hegemónicos, Estados Unidos fue un contendiente emergente de dicha hegemonía por ahí de 1873, logró su dominación hegemónica en 1945 y ha ido declinando desde los años 70. Las locuras de George W. Bush han transformado ese lento declinar en uno precipitado. Y ahora, estamos ya lejos de cualquier asomo de hegemonía estadunidense. Hemos entrado, como ocurre normalmente, en un mundo multipolar. Estados Unidos permanece como potencia fuerte, tal vez la más fuerte, pero continuará declinando en relación con otras potencias en las décadas venideras. No hay mucho que nadie puede hacer para cambiar eso.

Los ciclos de Kondratieff tienen una temporalidad diferente. El mundo salió de la última fase B del ciclo Kondratieff en 1945, y entonces vino el vuelco más fuerte hacia la fase A en la historia del sistema-mundo moderno. Llegó a su clímax cerca de 1967-1973, y comenzó su descenso. Esta fase B ha sido mucho más larga que las fases B previas y seguimos en ella.

Las características de una fase B de Kondratieff son bien conocidas y coinciden con lo que la economía-mundo ha experimentado desde los años 70. Las tasas de ganancia en las actividades productivas bajan, especialmente en aquellos tipos de producción que han sido más rentables. En consecuencia, los capitalistas que deseen niveles de ganancia realmente altos se inclinan hacia el ámbito financiero, y se involucran en lo que básicamente es especulación. Para que las actividades productivas no se vuelvan tan poco redituables, tienden a moverse de las zonas centrales a otras partes del sistema-mundo, negociando costos menores de transacción por costos menores de personal. Es por eso que comienzan a desaparecer los empleos en Detroit, Essen y Nagoya, y que se expanden las fábricas en China, India y Brasil.

En cuanto a las burbujas especulativas, algunas personas siempre hacen mucho dinero con ellas. Pero tarde o temprano las burbujas especulativas siempre revientan. Si uno se pregunta por qué esta fase B del ciclo Kondratieff ha durado tanto, es porque los poderes existentes –el Departamento del Tesoro y el Banco de la Reserva Federal estadunidenses, el Fondo Monetario Internacional, y sus colaboradores en Europa occidental y Japón– han intervenido en el mercado de modo regular e importante para llevar a puerto la economía-mundo –en 1987, al desplomarse el mercado de la bolsa; en 1989, en el colapso de los préstamos y ahorros en Estados Unidos; en 1997, en la caída financiera de Asia oriental; en 1998, por los malos manejos del llamado fondo de manejo de capitales de largo plazo (mundialmente conocido por su nombre en inglés Long Term Capital Management); en 2001-2002, con Enron. Aprendieron las lecciones de las previas fases B de Kondratieff, y los poderes existentes pensaron que podían vencer al sistema. Pero hay límites intrínsecos para hacer esto. Y ahora hemos llegado a ellos, como Henry Paulson y Ben Bernanke lo están aprendiendo para su vergüenza y tal vez para su asombro. Esta vez no será tan fácil, probablemente sea imposible, evitar lo peor.

En el pasado, una vez que una depresión daba rienda suelta a sus estragos, la economía-mundo se levantaba, sobre la base de innovaciones que podían ser cuasi monopolizadas por un tiempo. Así que cuando la gente dice que el mercado de la bolsa de valores se volverá a levantar, es esto en lo piensa que ocurrirá, esta vez como en el pasado, después de que las poblaciones del mundo hayan resentido todo el daño causado. Y tal vez así sea, en unos pocos años o así.

Hay sin embargo algo nuevo que puede interferir con este bonito patrón cíclico que ha sostenido al sistema capitalista por unos 500 años. Las tendencias estructurales pueden interferir con las tendencias cíclicas. Los rasgos estructurales básicos del capitalismo como sistema-mundo operan mediante ciertas reglas que pueden trazarse en una gráfica como un equilibrio en movimiento ascendente. El problema, como con todos los equilibrios estructurales de todos los sistemas, es que con el tiempo las curvas se mueven mucho más allá del equilibrio y se torna imposible regresarlas a éste.

¿Qué ha hecho que el sistema se mueva tan lejos del equilibrio? En breve, lo que ocurre es que a lo largo de 500 años los tres costos básicos de la producción capitalista –personal, insumos e impuestos– han subido constantemente como porcentaje de los precios posibles de venta, de tal modo que hoy hacen imposible obtener grandes ganancias de la producción cuasi monopólica que siempre fue la base de la acumulación capitalista significativa. No es porque el capitalismo esté fallando en lo que hace mejor. Es precisamente porque lo ha estado haciendo tan bien que finalmente minó la base de acumulaciones futuras.

Lo que ocurre cuando alcanzamos un punto así es que el sistema se bifurca (en el lenguaje de los estudios de la complejidad). Las consecuencias inmediatas son una turbulencia altamente caótica, que nuestro sistema-mundo está experimentando en este momento y que seguirá experimentando por unos 20-50 años. Como todos empujan en cualquier dirección que piensan que es mejor en lo inmediato para cada quien, emergerá un orden del caos en uno de los dos muy diferentes senderos alternos.

Podemos aseverar con confianza que el presente sistema no sobrevivirá. Lo que no podemos predecir es cuál nuevo orden será el elegido para remplazarlo, porque éste será el resultado de una infinidad de presiones individuales. Pero tarde o temprano, un nuevo sistema se instalará. No será un sistema capitalista pero puede ser algo mucho peor (aun más polarizado y jerárquico) o algo mucho mejor (relativamente democrático y relativamente igualitario) que dicho sistema. Decidir un nuevo sistema es la lucha política mundial más importante de nuestros tiempos.

En cuanto a las perspectivas inmediatas de corta duración ad interim, es claro lo que ocurre en todas partes. Nos hemos estado moviendo hacia un mundo proteccionista (olvídense de la llamada globalización). Nos hemos estado moviendo hacia un papel mucho mayor del gobierno en la producción. Aun Estados Unidos y Gran Bretaña están nacionalizando parcialmente los bancos y las moribundas grandes empresas. Nos movemos hacia una distribución populista conducida por el gobierno, que puede asumir modos socialdemócratas a la izquierda del centro o formas autoritarias de extrema derecha. Y nos movemos hacia conflictos sociales agudos al interior de algunos estados, debido a que todo el mundo compite por un pastel más pequeño. En el corto plazo, no es, de ningún modo, un panorama agradable.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

La crisis mundial, las elecciones y el poder político en EE.UU, por N. Chomsky

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Noam Chomsky, filósofo y lingüista

Por Gabor Steingart * / La Nación Domingo

Considerado en 2005 como el intelectual más influyente del planeta, y abierto crítico tanto de George W. Bush como de la guerra en Irak, el autor de “El Nuevo orden mundial (y el viejo)” analiza la crisis financiera y advierte que un gobierno de Obama no sería muy distinto al actual, pese a lo cual sigue manteniendo su fe en Estados Unidos como el mejor país de la tierra.

El lingüista e intelectual público Noam Chomsky ha sido por mucho tiempo un crítico del consumismo y el imperialismo estadounidenses. “Der Spiegel” conversó con él sobre la actual crisis del capitalismo, la retórica de Obama y la tolerancia de la clase intelectual.

Las catedrales del capitalismo han colapsado, el gobierno conservador está gastando sus últimas semanas en el poder en planes de nacionalización. ¿Cómo le hace sentir eso?

Los tiempos son demasiado difíciles y la crisis demasiado grave para permitirnos caer en lamentaciones. Mirando esto en perspectiva, el hecho de que iba a haber una crisis financiera era perfectamente previsible, su naturaleza general aunque no su magnitud. Los mercados son siempre ineficientes.

-¿Qué preveía usted exactamente?

-En la industria financiera, como en otras industrias, hay riesgos que quedan fuera de los cálculos. Si usted me vende un auto, hemos hecho quizás un buen negocio para nosotros mismos. Pero hay efectos de esta transacción sobre otros que no tomamos en cuenta: hay más contaminación, el precio de la gasolina sube, hay más congestión. Esos son los costos externos de nuestra transacción. En el caso de las instituciones financieras, son enormes.

-¿Pero no es la tarea de un banco tomar riesgos?

-Sí. Y si se administra bien, como Goldman Sachs, cubrirá sus propios riesgos y absorberá sus propias pérdidas. Pero ninguna institución financiera puede administrar riesgos sistémicos. Por eso el riesgo es subvaluado y se tomarán más riesgos de lo que sería prudente para la economía. Con la desregulación gubernamental y el triunfo de la liberalización financiera, los peligros de riesgos sistémicos, la posibilidad de un tsunami financiero, aumentaron bruscamente.

-¿Es correcto culpar solamente Wall Street? ¿Acaso Main Street, la clase media estadounidense, no vive también con dinero prestado, que podría o no podría pagar?

-La carga de la deuda de los hogares privados es enorme. Pero no haré responsable al individuo. Este consumismo está basado en el hecho de que somos una sociedad dominada por los intereses de negocios. Hay propaganda masiva para que todo el mundo consuma. El consumo es bueno para las ganancias y el consumo es bueno para el establishment político.

-¿Cómo beneficia a los políticos que el populacho ande mucho en auto, coma mucho y vaya mucho de compras?

-El consumo distrae a la gente. Usted no puede controlar a su propia población por la fuerza, pero puede distraerla mediante el consumo. La prensa de negocios ha sido bastante explícita sobre esta meta.

-Hace un tiempo, usted llamó a Estados Unidos “el más grande país de la Tierra”. ¿Cómo calza eso con lo que usted ha estado diciendo?

-En muchos aspectos, Estados Unidos es un gran país. La libertad de expresión está más protegida que en cualquier otro país. Es también una sociedad muy libre. En Estados Unidos, el profesor conversa con el mecánico. Están en la misma categoría.

-Tras viajar por Estados Unidos hace 170 años, Alexis de Tocqueville informó que “el pueblo reina sobre el mundo político de Norteamérica como Dios rige el universo”. ¿Era un soñador?

-La posición de James Madison en la Convención Constitucional era de que el poder del Estado debía ser usado “para proteger a la minoría opulenta contra la mayoría”. Es por eso que el Senado sólo tiene 100 miembros, que en su mayoría son ricos y a los que se dio mucho poder. La Cámara de Representantes (diputados), con varios cientos de miembros, es más democrática y se le dio mucho menos poder. Hasta liberales como Walter Lippmann, uno de los intelectuales destacados del siglo XX, era de opinión de que “en una democracia que funcione apropiadamente, la minoría inteligente, que debiera gobernar, tiene que ser protegida de los pisotones y vociferaciones de la horda descontrolada”. Entre los conservadores, el vicepresidente Dick Cheney recientemente ilustró acerca de cómo entiende la democracia. Se le preguntó por qué apoya una continuación de la guerra en Irak cuando la población se opone fuertemente. Su respuesta fue: “¿Y qué”?

150 9 kb-”Cambio” es el eslogan de la elección presidencial de este año. ¿Ve usted alguna posibilidad para un cambio inmediato y tangible? O, para emplear el grito de batalla de Obama, ¿está usted ‘encendido’?”

-Para nada. La reacción europea respecto de Obama es un autoengaño.

-Pero él dice cosas que Europa ha esperado largamente. Habla de la sociedad transatlántica, de la prioridad de la diplomacia y de la reconciliación de la sociedad.

-Eso es pura retórica. ¿A quién le importa eso? Toda esta campaña electoral tiene que ver con una retórica inflamada, esperanza, cambio, todo tipo de cosas, pero no con los temas.

-¿Acaso prefiere usted al otro equipo: el septuagenario veterano de Vietnam [John McCain] y la ex reina de belleza de Alaska [Sarah Palin]?

-Este fenómeno de Sarah Palin es muy curioso. Pienso que si nos están observando desde Marte pensarán que el país se ha vuelto loco.

-Los votantes archiconservadores y religiosos parecen estar encantados.

-No se debe olvidar que este país fue fundado por fanáticos religiosos. Desde Jimmy Carter, los fundamentalistas religiosos han jugado un papel de primera importancia en las elecciones. Él fue el primer presidente que se mostró como un cristiano renacido y eso encendió una pequeña luz en las mentes de los directores de campañas políticas: pretende ser un fanático religioso y puedes ganar de inmediato un tercio de los votos. Nadie preguntó si Lyndon Johnson iba a la iglesia todos los días. Bill Clinton es probablemente tan religioso como yo, es decir cero, pero sus operadores se aseguraron de que cada domingo en la mañana estuviera en la iglesia bautista cantando himnos.

-¿No hay nada en McCain que a usted le atraiga?

-En un aspecto, es más honesto que su oponente. Declara explícitamente que en esta elección no se trata de temas sino de personalidades. Los demócratas no son tan honestos, por mucho que lo ven de la misma manera.

-Para usted, entonces, ¿republicanos y demócratas representan sólo ligeras variaciones de la misma plataforma política?

-Por supuesto que hay diferencias, pero no son fundamentales. Nadie debiera hacerse ilusiones. Estados Unidos tiene esencialmente un sistema de partido único y el partido gobernante es el partido empresarial.

-Usted exagera. En casi todos los asuntos vitales, desde la tributación de los ricos a la energía nuclear, hay posiciones diferentes. Al menos en los temas de la guerra y la paz, difieren notoriamente. Los republicanos quieren pelear en Irak hasta la victoria, aunque les tome 100 años, según McCain. Los demócratas exigen un plan de retirada.

-Veamos las “diferencias” más de cerca y advertiremos lo limitadas y cínicas que son. Los halcones dicen: si seguimos, podemos ganar. Las palomas dicen: nos está costando demasiado. Pero intente encontrar un político estadounidense que diga francamente que esta agresión es un crimen: el tema no es que ganemos o no, sea o no sea caro. ¿Recuerda la invasión rusa a Afganistán? ¿Tuvimos un debate sobre si los rusos podían ganar la guerra o si era demasiado cara? Este puede haber sido el debate en el Kremlin o en el “Pravda”. Pero es el tipo de debate que se esperaría en una sociedad totalitaria. Si el general Petraeus pudiera lograr en Irak lo que Putin logró en Chechenia, sería coronado rey. La pregunta clave es aquí si aplicamos para nosotros los mismos estándares que les aplicamos a otros.

-¿Quién le impide a los intelectuales hacer y responder críticamente estas preguntas? Usted elogió la libertad de expresión en Estados Unidos.

-El mundo intelectual es profundamente conformista. Hans Morgenthau, que fue un fundador de la teoría de las relaciones internacionales realistas, condenó una vez lo que llamó “el servilismo conformista al poder” por parte de los intelectuales. George Orwell escribió que los nacionalistas, que son prácticamente la clase intelectual completa de un país, no sólo no desaprueban los crímenes de su propio estado, sino que tienen la notable capacidad de ni siquiera verlos. Eso es correcto. Hablamos muchos de los crímenes de los otros. Cuando se trata de nuestros propios crímenes, somos nacionalistas en el sentido orwelliano.

-¿Pero no hubo y no hay, en Estados Unidos y en el mundo, una fuerte protesta contra la guerra de Irak?

-La protesta contra la guerra en Irak es mucho mayor que contra la guerra de Vietnam. Cuando hubo cuatro mil muertes estadounidenses en Vietnam y se desplegaron 150.000 efectivos militares a nadie le importó. Cuando Kennedy invadió Vietnam en 1962 apenas hubo un bostezo.

-Para concluir, ¿tal vez pudiera brindar una palabra conciliatoria sobre el estado de la nación?

-La sociedad estadounidense se ha hecho más civilizada, en gran parte como resultado del activismo de los años sesenta. Nuestra sociedad, y también las de Europa, se hicieron más libres, más abiertas, más democráticas y, para muchos, bastante aterradoras. Esa generación fue condenada por eso. Pero tuvo un efecto.

*Der Spiegel
(The New York Times Syndicate)

¿EE.UU. perderá su rol de superpotencia hegemónica?

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Paul Reynolds
Corresponsal de temas internacionales de la BBC

Es probable que la crisis financiera rebaje el estatus de Estados Unidos como única superpotencia mundial.

En un nivel práctico, EE.UU. ya está exigido al límite militarmente en Afganistán e Irak, y ahora está exigido al límite financieramente. A nivel filosófico, será más difícil que el país argumente a favor de sus ideas de libre mercado, si sus propios mercados han colapsado.

¿Momento clave?

Algunos ven esto como un momento clave.

Estados Unidos sigue siendo inmensamente atractivo para inmigrantes calificados y aún es capaz de producir un Microsoft o un Google
Doctor Robin Niblett, director de Chatham House

El filósofo político John Gray, quien recientemente se jubiló del London School of Economics escribió en el periódico londinense The Observer: “Aquí hay un cambio geopolítico histórico en el que el equilibrio de poder en el mundo está siendo alterado irrevocablemente”.

“La era del liderazgo global estadounidense, que se remonta hasta la Segunda Guerra Mundial, se acabó… el credo del libre mercado estadounidense se autodestruyó mientras que los países que han mantenido un control general de los mercados han sido reivindicados”.

“En un cambio que tiene implicaciones de tanto alcance como la caída de la Unión Soviética, un modelo completo de gobierno y de economía ha colapsado”.

“¡Qué simbólico que los astronautas chinos están haciendo una caminata espacial mientras el Secretario del Tesoro de EE.UU. está de rodillas!”.

No es Apocalipsis ahora

No todos están de acuerdo en que llegó el apocalipsis estadounidense. Después de todo, el sistema ya ha sido puesto bajo prueba antes.

John Bolton

Bolton restó importancia a los rumores sobre la perdida de hegemonía de EE.UU.

En 1987 el índice bursátil Dow Jones cayó más de 20% en un solo día. En 2000, la burbuja de las “punto com” estalló. Sin embargo en ambas ocasiones Estados Unidos se levantó, como lo hizo después de la guerra de Vietnam.

Los comentarios del profesor Gray ciertamente no causaron mayor impresión en uno de los “halcones” que trabajó en el gobierno de Bush, el ex embajador ante la ONU John Bolton.

Cuando lo consulté, simplemente respondió: “Si el profesor Gray cree eso, ¿puede asegurarnos de que se está deshaciendo de sus activos estadounidenses?”.

“Si es así, ¿en qué otro lugar está invirtiendo su dinero? Y si no tiene activos en Estados Unidos ¿por qué deberíamos prestarle atención?”. No obstante, sí pareciera ser que el concepto de la superpotencia única conduciendo al mundo después del colapso del comunismo (y el supuesto fin de la historia) ya no es válido.

Mundo multipolar

Incluso los principales pensadores neoconservadores reconocen que un mundo multipolar está surgiendo, aunque quieren que en éste la posición estadounidense sea de liderazgo.

Astronautas chinos

A pesar de sus logros espaciales, China tiene ante sí el reto de una posible crisis alimentaria en el futuro.

Robert Kagan, cofundador en 1997 del “Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense” que pedía “Liderazgo global estadounidense”, escribió en la revista Foreign Affairs: “Quienes proclaman hoy que Estados Unidos está en declive muchas veces imaginan un pasado en el que el mundo bailó al son de una melodía olímpica estadounidense. Eso es una ilusión”.

“El mundo de hoy se parece más al Siglo XIX que al fin del XX”.

“Quienes se imaginan que son buenas noticias deberían recordar que el orden del Siglo XIX no terminó tan bien como lo hizo la Guerra Fría”.

“Para evitar un destino así, Estados Unidos y otras naciones democráticas necesitan tener una visión más iluminada y generosa de sus intereses que la que tuvieron incluso durante la Guerra Fría. Estados Unidos, como la democracia más fuerte, no debería oponerse sino dar la bienvenida a un mundo en el que la soberanía nacional es reducida”.

“Al mismo tiempo, las democracias de Asia y Europa necesitan redescubrir que el progreso hacia este orden liberal más perfecto no sólo descansa sobre la ley y la voluntad popular, sino también sobre las naciones poderosas que puedan apoyarlo y defenderlo”.

Nuevo escepticismo

El director del prestigioso centro de investigación británico Chatham House, Robin Niblett, quien ha trabajado a ambos lados del Atlántico, comentó que durante una reciente conferencia a la que asistió en Berlín un estadounidense que hizo un llamado a la continuidad del liderazgo de su país fue recibido con escepticismo.

Tropas estadounidenses en Irak

Estados Unidos está exigida al límite por guerra en Irak y Afganistán.

“A EE.UU. se le ve como si estuviera en caída relativa y ha ocurrido una aceleración enorme en esta percepción en la declinante etapa del gobierno de Bush. A esto se añade el auge de nuevas potencias, el aumento en la riqueza petrolera entre algunos países y la diseminación del poder económico en todo el mundo”.

“Pero tenemos que separar el momento inmediato del estructural. No hay dudas de que el presidente Bush creó algunos de sus propios problemas. La situación límite del poder militar y la crisis económica pueden achacarse al gobierno”.

“Su reducción de impuestos no fue acompañada por una reducción de los gastos. El efecto combinado de eventos como los fracasos en Irak, las dificultades en Afganistán, el golpe en la nariz que representó la acción de Rusia en Georgia y en otros lados, todo esto da una sensación de que es el final de una era”.

A largo plazo

El doctor Niblett argumenta que debemos esperar un poco antes de emitir un juicio y que estructuralmente Estados Unidos sigue siendo fuerte.

Aquí hay un cambio geopolítico histórico en el que el equilibrio de poder en el mundo está siendo alterado irrevocablemente
John Gray, filósofo político

“Estados Unidos sigue siendo inmensamente atractivo para inmigrantes calificados y aún es capaz de producir un Microsoft o un Google”, añadió.

“Incluso su deuda puede ser solventada. Tiene una enorme resistencia económica a nivel local y empresarial”.

“Y uno debe preguntarse ¿caída relativa con respecto a quién? China sigue en una desesperada carrera por crecer para alimentar su población y evitar un malestar en 15 o 20 años. Rusia no es exactamente un tigre de papel pero está estirando sus propios límites con una nueva estrategia construida sobre una base endeble. India tiene enormes contradicciones internas. Europa normalmente ha demostrado no ser tan capaz de saltar de su inactividad, tan dinámicamente como EE.UU.”.

“Sin embargo Estados Unidos debe recuperar su equilibrio financiero y su éxito en lograrlo también determinará su capacidad militar. Si tiene menos dinero, tendrá menos fuerzas”.

Ya con las elecciones presidenciales estadounidenses a la vuelta de la esquina, valdrá la pena regresar a este tema en un año para ver como se ve el mundo y el lugar que ocupa en él Estados Unidos.

La crisis económica, según Paul Krugman

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Redacción BBC Mundo

El economista Paul Krugman recibió el Premio Nobel de Economía 2008 por su trabajo investigando los patrones de comercio y actividad económica del mundo.

Pero, en un momento de incertidumbre y turbulencia financiera como el que se vive en las últimas semanas, el premio también le sirvió a Krugman -un crítico de las políticas neoliberales y del gobierno de George W. Bush- para transformarse en un referente inmediato de explicación de la compleja situación económica de estos días.

Esto dijo Krugman en una entrevista con la BBC después de enterarse que había sido seleccionado por la Academia Nacional de Ciencias sueca.


Usted siempre ha estado a favor de mayor intervención estatal en la economía. ¿Se siente redimido por el hecho que los gobiernos se hayan visto obligados a crear estos planes de rescate?

Yo no estoy a favor de la intervención del Estado siempre y en todo, pero sí he sido un crítico de la visión extrema del libre mercado. Y sí, esta es una reivindicación para aquellos que decimos: “Esperen, el mercado no siempre tiene la razón”.

¿Le desilusiona que el gobierno de Bush no se haya dado cuenta de la situación y haya actuado antes?

La palabra no es “desilusionado”. La palabra es “asustado”. Creo que es una de esas situaciones cuando importa mucho el tiempo, se puede hacer mucho daño. No me queda claro que ninguno de nosotros se dio cuenta de cuán mala era la crisis. La crisis se dio de una manera que se ha llevado por delante las expectativas.

Aún después de que se entendió la dimensión de la crisis, el gobierno de Bush se negó a enfrentar lo que era necesario hacer

Pero en las últimas tres semanas hemos visto cómo se pierde el tiempo porque, aún después de que se entendió la dimensión de la crisis, el gobierno de Bush se negó a enfrentar lo que era necesario hacer.

Este martes el gobierno de Estados Unidos lanzará, como lo ha hecho el Reino Unido y otros países, su propio plan de recapitalización de bancos. ¿Cree que esto es una buena idea?

Realmente es lo que yo y otros hemos estado pidiendo en las últimas tres semanas. El plan británico es el más sensato que hemos visto en esta crisis. Entonces sí, son buenas noticias.

¿Qué determinará el éxito de este plan en Estados Unidos?

Bueno, necesitamos entregar el capital a los bancos adecuados. Existe esta pregunta: ¿realmente hemos diagnosticado bien las razones de la crisis? Siempre es importante ser humildes en esto. Y además, también examinar si será suficiente.

La cantidad de desconfianza y pánico que ha generado la crisis es algo importante. No es muy fácil revertir eso, aún en una política en la que funcionan sus fundamentos.

El plan de Paulson costó US$700.000 y la suma de los rescates lanzados por el gobierno británico pareciese superar ese monto. ¿Será suficiente este dinero?

Las acusaciones de “socialismo” no asustan tanto como la sensación de que el sistema está colapsando.

En realidad la inyección de capital del Reino Unido es de US$37.000 millones, que si uno lo compara con Estados Unidos en términos de producto bruto interno es menor. Y las garantías de los préstamos quizás se pueda hacer por otros métodos, aunque no sé si es legal.

Probablemente será hecho por otros métodos sin tener que expandir la cantidad de dinero. No creo que los recursos serán inadecuados en Estados Unidos.

¿Creen que, en Estados Unidos, la política será un problema más grande?

Sí, nos estamos acercando a la situación de que un gobierno republicano está trabajando con los demócratas y los republicanos se mantienen al margen; es un escenario que todos estaban tratando de evitar.

Pero en realidad creo que el escenario político en torno a esto ha cambiado en las últimas tres semanas; la gente ahora está realmente asustada. Las acusaciones de “socialismo” no asustan tanto como la sensación de que el sistema está colapsando.

Obama vencedor. McCain pierde (también) su última oportunidad

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El candidato republicano no logra la victoria contundente que necesitaba para cambiar la orientación de unas encuestas desfavorables

YOLANDA MONGE - Washington – 16/10/2008

En el último debate electoral, el candidato republicano a la presidencia de EE UU, John McCain, ofreció su mejor y más agresiva versión. No le sirvió de nada. No logró la victoria contundente que necesitaba para cambiar la orientación de unas encuestas que hoy le son claramente desfavorables. Barack Obama mantuvo la serenidad en todo momento y recondujo la conversación al problema fundamental de Estados Unidos: la economía. El senador de Arizona atacó repetidamente a Obama en los dos flancos supuestamente vulnerables: su política fiscal -le acusó de querer subir los impuestos y aumentar el gasto- y sus amistades peligrosas.

Desde luego, si hubo un ganador del debate éste fue “Joe, the plumber” (Joe, el fontanero; el fontanero más famoso desde el Watergate, señalaban con ironía los comentaristas políticos), citado por McCain exactamente 20 veces con el objetivo último de señalar los supuestos perjuicios que la política económica del candidato demócrata causaría en la clase media. “Obama subirá los impuestos y destruirá empleo”, aseguró McCain. “Joe the plumber” es Joe Worsebocher, un fontanero que esta semana en un acto de Obama en Toledo, Ohio, dijo al candidato demócrata a la Casa Blanca que si subía mucho los impuestos no podría comprar el negocio para el que actualmente trabaja. Obama rápidamente mostró durante el debate la preocupación por este personaje y aseguró que la subida de impuestos sólo afectaría a aquellos contribuyentes con ingresos superiores a 250.000 dólares anuales y el resto de la población, el 95%, se beneficiaría de las rebajas fiscales.

Obama se defiende

Obama devolvió todas las pelotas que, con efecto, le lanzaba el senador de Arizona y descalificó la propuesta global de McCain en materia económica por considerarla un mero seguidismo de la impopular administración de George Bush. “Continuar con la política de estos últimos ocho años no es la mejor manera de sacar al país del actual desastre”, afirmó Obama. A ello respondió McCain con la declaración que, de forma más contundente, marca distancias con la actual administración de su propio partido. “Senador Obama yo no soy Bush”, dijo McCain a su rival mirándole cara a cara, “si usted quería competir contra el presidente Bush tendría que haberse presentado hace cuatro años…”

Obama admitió que McCain había tenido algunas posiciones distintas a las de Bush en algunos aspectos pero subrayó que sus posiciones eran las mismas en lo que respecta a la economía. “En el campo de la política económica, sus posiciones han sido sólo un vigoroso apoyo a Bush. Usted propone ocho años más de lo mismo”, dijo Obama. “Necesitamos un nuevo rumbo”, sentenció el candidato demócrata.

El formato del debate, desarrollado en la Universidad de Hofstra, en Hempstead (Nueva York), en el que por primera vez los candidatos estaban sentados uno al lado del otro a pocos metros, permitió a McCain ser más agresivo que en ocasiones anteriores, y reiterar algunas de las descalificaciones que había mencionado en sus últimos días de campaña. La relación de Obama con el profesor universitario William Ayers, vinculado en los años sesenta a un grupo terrorista anti guerra de Vietnam, fue la fundamental. McCain mencionó también el apoyo que Obama recibe de la organización ACORN, que está siendo investigada por algunos supuestos fraudes en el registro de votantes. Una vez más, el senador de Illinois se defendió con aplomo de estas acusaciones y declaró en relación con Ayers que “no está implicado en mi campaña ni lo ha estado nunca ni va a formar parte de mi equipo en la Casa Blanca”.

Obama, vencedor

Estos ataques no parecen haber modificado la opinión de los espectadores del debate. Según una encuesta de la cadena CNN, Obama venció por un 58% frente a un 31%, aunque esa cadena admitió que mientras el 40% de los encuestados se declaró demócrata sólo el 30% se definió votante republicano. Obama ganò por el 53% contra el 22%, según la cadena CBS.

En todo momento, el candidato demócrata rehuyó el cuerpo a cuerpo que le planteó John McCain e recondujo la discusión hacia la maltrecha economía, el asunto que preocupa a la gran mayoría de los norteamericanos. “Podemos seguir discutiendo sobre diferencias comprensibles en una campaña dura pero creo que lo importante para el público son los problemas económicos a los que cada día tiene que hacer frente”, dijo. Hubo varios momentos que McCain parecía perder los nervios, parpadeaba profusamente, frente a la serenidad con la que Obama -huyendo del estereotipo del “angry black”- recibía sus ataques. McCain, tras esbozar una forzada sonrisa, llegó a decir en tono irónico: “Admiro tanto la elocuencia de Obama”.

Temas variados

El debate abordó temas como el libre comercio de EE UU y la diferencia que ambos candidatos tienen sobre ese tema, especialmente sobre el Tratado de Libre Comercio con Colombia, sobre el que McCain reprochó a Obama haberse opuesto a su aprobación en el Congreso. “No permite un tratado con nuestro principal aliado, como es Colombia, y está dispuesto a sentarse sin condiciones previas con Chávez”. Obama explicó que no se opone a los tratados si no que exige condiciones de respeto a los derechos de los trabajadores, que a veces estos tratados no contemplan.

Respecto a sus compañeros de campaña, Obama dijo que Joe Biden tiene las mejores credenciales en política exterior. “Biden se ha equivocado en cuestiones sobre política y seguridad nacional”, criticó McCain. Respecto a Sarah Palin, defendido a capa y y espada por el candidato republicano, Obama consideró que “el pueblo estadounidense decidirá si está capacitada”.

Los dos candidatos discreparon también sobre el seguro de salud, la política educativa y la política energética. Pero el enfrentamiento más directo se produjo al abordarse el tema del aborto. Mientras Obama defendió Roe versus Wade, la sentencia del Supremo que garantiza el derecho al aborto, McCain no quiso comprometerse a mantener el derecho a la interrupción del embarazo.

McCain terminó el debate apelando a su compromiso de lealtad al país y a la larga tradición de su apellido al servicio a la nación. Obama en su intervención final aludió a la necesidad de cambio y a su capacidad de aunar voluntades, tanto de demócrata y republicanos como independientes. “Ahora hay que ir y votar, lo que nos hará sentirnos mejores y más grande, decía mi madre”, finalizó el moderador del debate Bob Schieffer.

¿Se acabó el neoliberalismo? E. Sader

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Por Emir Sader *

El neoliberalismo se constituyó en un nuevo modelo hegemónico en la historia del capitalismo, sucediendo al regulador-keynesiano o de bienestar social, como se quiera llamarlo. Realizó su diagnóstico sobre el agotamiento del modelo anterior y se propuso reorganizar el sistema capitalista en su conjunto, conforme a sus principios liberales reciclados para un nuevo período histórico.

Fue un modelo absolutamente hegemónico, que logró extenderse de la forma más universal posible: de Europa Occidental a Estados Unidos; de América latina a China; de Europa Oriental a Africa, de Rusia al sudeste asiático. Tuvo crisis precoces –a lo largo de la década de 1990, en México, en el sudeste asiático, Rusia, Brasil, Argentina–, pero se mantuvo hegemónico, sin ningún otro proyecto alternativo que le disputase esa categoría. Suscitó grandes movilizaciones en su contra –como las iniciadas en Seattle, que desembocaron en los Foros Sociales Mundiales–, siguió tropezando, como en la Organización Mundial de Comercio, con el adelgazamiento del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, pero continuó siendo el único modelo globalizado. Después de algún tiempo, la propuesta híbrida de China permitió que surgiera la expresión Consenso de Pekín, en lugar del de Washington, pero girando siempre en torno de las adecuaciones de las políticas de libre comercio.

Las potencias centrales del capitalismo ya habían sido víctimas de la desregulación y del potencial de ataque del capital especulativo, entre ellas Gran Bretaña en los ’80, objetivo del megaespeculador George Soros. Pero todo ataque especulativo tenía a Estados Unidos como beneficiario; toda fuga de capitales encontraba a la Bolsa de Nueva York como refugio. Se sabía que ese carnaval especulativo sólo encontraría límite cuando el principal beneficiario de la misma se convirtiera también en víctima. Ese momento llegó.

Las medidas emergentes, como siempre, hieren la doctrina neoliberal, con intervenciones directas y masivas del Estado –como ya había sucedido desde la primera crisis neoliberal de México, en 1994–. Pero, ¿significaban el fin del neoliberalismo? ¿Es posible retomar los procesos regulatorios globales –un nuevo Bretton Woods– que frenen estructuralmente la libre circulación de capitales y la reviertan por procesos de desregulación económica, esencia misma del neoliberalismo?

Nada indica que eso sea posible. No existe una lógica racional del sistema capitalista que haga que sus agentes –de grandes corporaciones de estados dominantes– integren una lógica superior del sistema. Esa es una de sus contradicciones estructurales, entre dominación global y apropiación privada.

La actual se trata de una gran crisis capitalista –se dice que la mayor desde la de 1929–, que puede abrir camino para la construcción de un modelo alternativo. Sin embargo, por el momento no se vislumbra en el horizonte ningún modelo que pueda tener ese papel, ni siquiera de manera embrionaria; a lo sumo existen versiones híbridas, como las políticas económicas de China y Brasil. La propia proliferación de gobiernos conservadores, nada innovadores en sus políticas, ubicados en el centro del capitalismo, indica que nada de nuevo puede provenir de ellos en sustitución del modelo agotado.

Todo indica que entre la crisis del modelo precozmente envejecido y las dificultades para el surgimiento de uno nuevo, mediará un período más o menos prolongado de inestabilidades, de sucesivas crisis, de turbulencias. Porque lo que se agota no es únicamente un modelo hegemónico, sino también la hegemonía política de Estados Unidos –los dos pilares de sustentación del presente período político, que sustituyeron al modelo regulador y a la bipolaridad mundial. Y tampoco en este terreno surge en el horizonte una potencia –o un conjunto de ellas– en condiciones de ejercer una nueva hegemonía.

El neoliberalismo no termina, pero se agota, dando paso a un período de disputa por alternativas en las que –por el momento– sólo se ve aparecer propuestas superadoras en América latina. Gana así la región un protagonismo –junto con China– en la proyección del mundo futuro para toda la primera mitad de este siglo, en la disputa entre lo viejo –que se resiste a morir y produce crisis con consecuencias por todos lados–, y lo nuevo, que comienza a anunciar el posneoliberalismo, un mundo solidario, desmercantilizado, humanista, del que el Foro Social Mundial de Belem –del 27 de enero al 1º de febrero– será una muestra pluralista y vigorosa de alternativas al neoliberalismo.

* Sociólogo brasileño. De La Jornada, de México. Especial para PáginaI12.

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