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Dictadores aferrados al poder, ¿por cuánto tiempo?

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Robert Fisk
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Siempre acertado en predecir los cambios de fortuna, Walid Jumblatt ha comenzado a hacer comentarios muy pesimistas acerca de Siria. Líder druso, cabeza del Partido Socialista Progresista Libanés, señor de la guerra, fue él quien sugirió que el tribunal internacional de la ONU que investigó el asesinato del ex primer ministro Rafiq Hariri, cometido en 2005, fuera hecho a un lado en nombre de la estabilidad antes que la justicia. El comentario suscitó aullidos de rabia del hijo del ex premier, Saad Hariri, quien en estos días deambula por el mundo para no regresar a Líbano –algo comprensible, dados sus miedos de ser asesinado él también–, en tanto la hermana Siria permanece en silencio. Ahora Jumblatt dice que algunos en Siria impiden la reforma.

Al parecer esos algunos del régimen del partido Baaz no quieren traducir en acción las promesas de reforma del presidente Bashar Assad: los soldados no deben disparar a los civiles. Jumblatt dice que la lección de Noruega lo es también para el régimen sirio: no ha escapado al mundo árabe que las peroratas de Anders Breivik por Internet instan a echar a todos los árabes de Gaza y Cisjordania.

No hay promesas de este corresponsal en Medio Oriente, pero podríamos estar –cómo detesto este lugar común– en el punto de quiebre en Siria. Cien mil manifestantes (mínimo) en las calles de Homs, versiones de deserción de soldados de la academia militar siria, todo un tren de pasajeros descarrilado –por saboteadores, según las autoridades; por el gobierno, según los opositores que exigen poner fin al régimen– y disparos de armas de fuego por las noches en Damasco. ¿Aún espera Assad que los temores sectarios le conserven el apoyo de la minoría alawita y de los cristianos y drusos? Los manifestantes afirman que pistoleros del gobierno asesinan a sus líderes, y que cientos, quizá miles, de los suyos han sido arrestados. ¿Es cierto?

El largo brazo de Siria, por supuesto, puede llegar lejos. En Sidón, cinco soldados italianos de la ONU fueron heridos luego de que Berlusconi secundó a la Unión Europea en condenar a Siria. Luego Sarkozy se unió a la condena y –bang– cinco soldados franceses fueron heridos en la misma ciudad esta semana. Una bomba sofisticada. Todos sospechan de Siria; nadie sabe. Siria tiene partidarios entre los palestinos del campo Ein el-Helweh, en Sidón. El jefe de Hezbolá, Hassán Nasralá, anuncia que su movimiento protegerá las reservas aún sin prospectar de Líbano para que no caigan en manos de los israelíes –mil 425 kilómetros cuadrados del Mediterráneo, frente a la costa de Tiro, que tal vez pertenezcan a Líbano o tal vez no–, así que allí podría haber otra causa de guerra.

Y luego, allá en Egipto, el anciano ex presidente Hosni Mubarak irá a juicio el miércoles con sus hijos Gamal y Alaa y otros de sus favoritos. Sin embargo, los ministros de Justicia e Inteligencia, viejos asistentes de Mubarak, siguen en el gobierno. ¿Qué significa eso? ¿Los viejos mubarakitas siguen aferrándose al poder? Los sauditas han ofrecido millones de dólares al ejército egipcio para que no someta a juicio a Mubarak –muchos quieren que reciba una condena a muerte, el ejército querría que muriera hoy–, mientras los sauditas dan todo su respaldo a Bahrein y a todos los potentados de Medio Oriente. Están preparados para dejar que hagan pedazos a Kadafi, que muchas veces ha intentado asesinar a su rey. Los sauditas no han acabado de definir de qué lado se inclinará Obama con respecto a Siria –sospecho que Obama tampoco–, pero es seguro que él debe estar feliz de no tener que mantener una fuerza de paz en Líbano. Todos sabemos lo que le pasó a la última (1982, la base marina, 241 muertos, un bombazo suicida, la explosión más grande desde Nagasaki).

Un egipcio se manifiesta parado en un poste de luz durante la multitudinaria protesta del pasado viernes en la plaza Tahrir de El Cairo, considerada unas de las mayores concentraciones de público desde la revolución que provocó el derrocamiento del presidente Hosni MubarakFoto Xinhua

Tienen que enjuiciar a Mubarak, me dijo la semana pasada un periodista egipcio. La rabia incendiará las calles si no lo hacen. Promete ser el juicio del siglo en Egipto (The Independent estará allí.) Lo cual me lleva a nuestro viejo amigo Kadafi, el dictador árabe que no entra en el mismo saco que los otros déspotas regionales. Ahora el mundo político libio parece bullir de Kerenskys: de hecho, el fracaso aliado en ganar la guerra para los rusos blancos en contra de los bolcheviques, luego del conflicto de 1914-1918, pudiera ofrecer algunos espectros sombríos a los igualmente desdichados pero muy condecorados comandantes de la OTAN. (Pueden consultar la participación de Churchill en la biblioteca de la alianza atlántica.)

De hecho, el fracaso de los rebeldes en Libia probablemente se parezca más al agotamiento de Sharif Hussain luego de ser capturado en La Meca en 1916; se necesitó un Lawrence y armas británicas (y dinero, y fuerzas en tierra) para poner de nuevo en pie al viejo combatiente para enfrentar a los turcos. Lástima, no hay ningún Sharif Hussain en Libia. Entonces, ¿por qué nos metimos en esta insensatez? (No estoy tomando en cuenta las más recientes aventuras asesinas en Bengasi.) ¿Por los civiles de Bengasi? Tal vez. Pero, ¿por qué lanzó Sarkozy su primer ataque? El profesor Dale Scott, de la Universidad de California en Berkeley, tiene una explicación. Kadafi trataba de crear una unión africana con el respaldo de las reservas en oro y divisas del banco central libio, con lo cual Francia perdería su extraordinaria influencia financiera sobre sus antiguas colonias en África central. La parte más publicitada de las sanciones de Obama contra Libia –el coronel Kadafi, sus hijos y familiares, y altos funcionarios del gobierno libio– ayudó a oscurecer la parte de “todas las propiedades del gobierno de libia y –oh– el banco central de Libia”. En el sótano del banco central, en Trípoli, en oro y divisas, hay 32 mil 500 millones de dólares que se iban a usar para poner en marcha los tres proyectos de la federación centroafricana.

Y ya que estamos en eso, sometamos la guerra en Afganistán a algún escrutinio. He aquí las palabras de un comité investigador sobre nuestra guerra (y casi derrota) allá: “El objetivo –oh– es ayudar a nuestros compatriotas a entender en qué pasos de la guerra con la nación afgana han sido involucrados, y qué terrenos han sido asignados para esa guerra por sus autores. La guerra se nos vino encima de modo muy repentino. No sólo no hubo consulta del gobierno al Parlamento, ni comunicación alguna a ese órgano sobre algún cambio de política tendiente a involucrarnos en una disputa, sino que cuando se hicieron preguntas las respuestas dadas estuvieron calculadas para confundir, y de hecho confundieron a los oficiales y expertos más escépticos, y a través de ellos, a la nación entera”. La cita procede de la investigación parlamentaria sobre la segunda guerra en Afganistán. Fecha: 1879.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

Una respuesta

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  1. Es terrible que todas estas cruentas guerras tenga un asidero en gobiernos de corte social , siendo que realmente los que lo encabezan estos estados sean personas enfermas por el dinero y el poder.

    VALERIA MORA

    1 agosto, 2011 at 22:10


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