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EE.UU y Afganistan: ¿por qué McChrystal provocó su salida?

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¿Por qué lo hizo McChrystal?

Immanuel Wallerstein, La Jornada

GUERRA El general Stanley McChrystal, comandante estadunidense en Afganistán, concedió una entrevista a la revista Rolling Stone en la que él y su equipo insultaron a los líderes civiles de su país. El presidente Barack Obama lo despidió por insubordinación. Incluso sus defensores dijeron que los comentarios de McChrystal eran poco políticos y un error. Debido al hecho de que McChrystal es una persona excepcionalmente inteligente y muy ambiciosa, ¿por qué lo hizo?

McChrystal concedió la entrevista con el fin de que lo corrieran. ¿Y por qué quería que lo corrieran? Quería que lo corrieran porque sabía que las políticas que estaba impulsando y reivindicando en la guerra en Afganistán no estaban funcionando, no podían funcionar. Y no quiso quedar manchado con la culpa pública.

Consideremos la larga historia que condujo a esta entrevista. La estrategia militar que Estados Unidos forjó en Afganistán e Iraq fue la que originalmente impuso el entonces secretario de la Defensa Donald Rumsfeld. Dicha política era de machismo ilimitado. Bombardeen al enemigo desde grandes alturas sin importar quién muera. Torturen a todo aquel que capturen. No consulten a nadie, ni siquiera a los llamados aliados. Ocupen el país por tiempo indefinido.

Stanley McChrystal era un general de una estrella al inicio de estas guerras, y trabajaba en Washington como uno de los muchachos dorados de Rumsfeld. Tenía una larga historia, desde sus días en West Point, de ser un atrevido rebelde que sabía muy bien cuándo detenerse –insolente con los superiores que no respetaba pero siempre buscando cómo avanzar él mismo. Rumsfeld lo puso a cargo de una de las unidades militares de elite más secretas, involucrada en operaciones especiales y conocida por ser una máquina de matar. Su desempeño fue brillante, como siempre.

Luego, en 2006, si seguimos recordando, los militares, los políticos y la prensa, todos, comenzaron a decir que Estados Unidos iba perdiendo la guerra en Iraq. La resistencia parecía demasiado fuerte y el número de vidas estadunidenses que se perdieron crecía constante mes tras mes. A los republicanos les fue muy mal en las elecciones de 2006. Algo tenía que hacerse.

Algo se hizo. El presidente Bush despidió a Rumsfeld. El vicepresidente Cheney, el defensor más fuerte de Rumsfeld, perdió influencia ante la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, y ante el sucesor de Rumsfeld, Robert Gates, que reivindicaba puntos de vista más moderados y enfatizaba la diplomacia. De pronto ganó terreno una nueva estrategia militar, la contrainsurgencia (referida con el acrónimo Coin). La desarrolló David Petraeus, un oficial militar previamente oscuro.

Petraeus es tan ambicioso y determinado como McChrystal, pero con personalidad bastante diferente. Es lo que podría llamarse un intelectual militar. Ganó el premio como mejor graduado del Army Command and General Staff College en 1983. Obtuvo un doctorado en relaciones internacionales en Princeton, en 1989. Impartió clases de relaciones internacionales en West Point. Al mismo tiempo tiene un largo historial como oficial curtido en combate. Y ha cultivado el favor de los políticos de Washington.

Desde los años 80, publicó artículos e informes dedicados a la contrainsurgencia como doctrina. Extrajo experiencias de los franceses al usarla en Argelia y de Estados Unidos al utilizarla en Vietnam. Como apuntan los críticos de Petraeus del ala derecha, éstos no fueron éxitos notables. Coin enfatiza la necesidad de ganarse los corazones y las mentes, lo que significa incorporar consideraciones políticas y diplomáticas en las tácticas militares. El escritor de la entrevista del Rolling Stone, Michael Hastings, describió a Coin de la siguiente manera: Piensen en los boinas verdes como Cuerpos de Paz armados.

El presidente Bush recurrió a Petraeus en 2006 y le permitió implementar la estrategia Coin en Iraq. Fue ésta la famosa oleada que implicó incrementar el número de tropas estadunidenses en Iraq y cambiar de estrategia. Básicamente, Petraeus hizo dos cosas que de hecho redujeron el nivel de violencia contra las tropas estadunidenses. La primera fue sobornar a los ancianos tribales suníes en centro y occidente de Iraq para que suspendieran su respaldo tácito a las unidades no iraquíes de al-Qaida. Dado que a los sheiks sunitas nunca le gustaron las unidades de al-Qaida, estuvieron dispuestos a olvidar su disgusto por los estadunidenses –a cambio de un precio.

Lo segundo que hizo Petraeus fue permitir la limpieza étnica en Bagdad, lo que convirtió una ciudad multiétnica en dos zonas segregadas, una chií más grande y una suní, mucho más pequeña y sitiada. Esto redujo la violencia contra las tropas estadunidenses a expensas de un incremento de la violencia interiraquí. Sirvió también a los intereses políticos del opositor más persistente y eficaz de los intereses estadunidenses en Iraq, Mokhtar Sadr, que está emergiendo como el negociador clave en el recién electo Parlamento iraquí.

Como dijo Hastings en una entrevista con el Huffington Post al respecto de su artículo, Petraeus es una especie de genio. Se las arregló para convertir en una retirada, salvando la cara, lo que habría sido una derrota catastrófica en Iraq. Pero, por supuesto, una retirada salvando la cara no es una victoria, aunque el senador John McCain insitiera en ello cuando fue candidato fallido a la presidencia en 2008.

Cuando el presidente Obama hizo campaña por el cargo, fue bastante claro en que estaba contra la guerra en Iraq pero en favor de la guerra en Afganistán. Así que obviamente tenía que impulsarla. Promovió a Petraeus, adoptó la estrategia Coin y nombró a McChrystal comandante en Afganistán. Fiel a su estilo rebelde, públicamente McChrystal exigió de Obama 40.000 más y éste, tras meses de reflexionarlo, le concedió 30.000, más una fecha de retirada.

Sin embargo, en este punto McChrystal abandonó su previo estilo machista y se volvió el impulsor entusiasta, excesivo, de la contrainsurgencia en Afganistán. Emitió directivas superestrictas para evitar las bajas civiles, una política no muy apreciada por las unidades de infantería estadunidenses. Desarrolló cálidas relaciones con el presidente Hamid Karzai, con quien otros líderes estadunidenses mantenían una distancia. Pensó que podía obtener una rápida victoria en Marja y devolverle el área a las fuerzas de Afganistán. Pero fue un fracaso. Y recientemente anunció que la operación clave en la provincia de Kandahar, corazón de las fuerzas talibanes, tenía que posponerse hasta septiembre.

Aún el jefe de operaciones de McChrystal, el mayor general Bill Mayville, dice que Afganistán será como Vietnam: “No se va a ver como un triunfo, ni olerá a triunfo ni sabrá a triunfo (…) esto va a terminar en una acalorada discusión”. Hastings termina su artículo de este modo: Ganar, parece que en realidad no es posible. Ni siquiera con Stanley McChrystal a la cabeza.

Así que, ¿qué harían ustedes si fueran McChrystal? Invitarían a un reportero de una revista de rock, considerada de izquierda, a que los acompañara en aviones y fiestas con bebida, y se burlarían del Gobierno. Esto garantizaría un despido. Y significaría que la acalorada discusión futura no los involucraría a ustedes.

¿Qué haría Obama? Tendría que despedir a McChrystal. Entonces le lanzaría la papa caliente a Petraeus, que no podía negarse. El año próximo o los dos años siguientes van a implicar un juego de movimientos rápidos en el cual Obama y Petraeus van a intentar pasarse la culpa pública de la derrota uno al otro.

La extrema derecha, los amigos de Cheney y Rumsfeld, no se dejan engañar. Diana West, una de sus expertas, dice: La pesadilla de la estrategia Coin continúa. Para ella Coin significa ordenar a las tropas que ejerzan fantasías de relativismo cultural que dan una sensación izquierdosa en un salón de clase computarizado pero que son ni más ni menos que apabullantes en la línea de combate. Un punto de vista ligeramente menos mordaz fue expresado por el coronel retirado Douglas Macgregor: La idea de que nos vamos a gastar un billón de dólares en remodelar la cultura del mundo islámico es un total sinsentido.

Por supuesto, Macgregor tiene razón. ¿Cuáles son las opciones de política? La extrema derecha quiere guerra permanente. La única alternativa es una retirada pronta y total. Obama no quiere la primera opción pero teme, en lo político, abrazar la segunda opción. Así que envía al director de la CIA, Leon Panetta, a que conceda una entrevista para ABC News donde dice que los progresos en Afganistán son más difíciles y que van más lento de lo que se había anticipado. Y por supuesto es así.

Traducción: Ramón Vera Herrera

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/07/10/index.php?section=mundo&article=022a1mun

Written by Eduardo Aquevedo

11 julio, 2010 a 21:31

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