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Frei y las incoherencias estratégicas de la Concertación…

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La marcha errática de la Concertación

Son muchos los factores que explican el nivel de desaciertos que se ha visto, pero detrás de todo esto está un temor permanente y cada vez mayor: el de perder.

POR ASCANIO CAVALLO, PARA REPORTAJES DE LA TERCERA – 03/01/2010

Lo único de estas elecciones presidenciales que se sabía desde el primer día, desde antes incluso de que los candidatos fuesen nominados, es que habría segunda vuelta. La mayoría le ha sido esquiva a la derecha, pero sólo por unos pocos puntos, nada que no pueda ser superado por una pequeña combinación de astros bien alineados. Quien piensa en una derecha endémicamente minoritaria vive en un Chile de otros tiempos. Entre otras cosas, porque la de hoy es verdaderamente una centroderecha; nada que ver con el viejo bloque liberal-conservador, ni con el Partido Nacional, ni con el pinochetismo.

Y a pesar de que la segunda vuelta era la única certeza en una elección que ha permanecido porfiadamente abierta durante meses, ahora es evidente que el oficialismo carecía de un plan estratégico para enfrentarla. Como si el tiempo jugara a su favor, el nuevo comando de Eduardo Frei (¿el tercero, el cuarto?) se ha pasado tres semanas debatiendo dos tesis encontradas.

Una, probablemente la más cercana a los instintos del propio Frei, de Camilo Escalona, de la directiva del PDC y de una parte del gobierno, ha impulsado la defensa de la identidad de la Concertación, proponiendo tender puentes discretos hacia las candidaturas derrotadas en la primera vuelta, pero sin hacer más concesiones que las estrictamente necesarias. La versión más orgullosa de esta posición la puso por escrito el presidente del PRSD, el senador José Antonio Gómez, declarando su voluntad de infatuarse en la derrota antes que ceder en sus principios.

La otra, encabezada por el PPD, varias fracciones socialistas, segmentos del PDC y otra parte del gobierno, ha luchado por conquistar los votos de Marco Enríquez-Ominami, no sólo mediante la persuasión, sino incluso accediendo a sus condiciones más draconianas, como la renuncia de los presidentes de los partidos de la Concertación. Sorpresivamente, la versión más humilde de esta posición la ofreció el mismo senador Gómez, renunciando a la jefatura de su partido para que "Marco no tenga ninguna excusa" para sumarse a Frei.

En la Concertación es un secreto a voces que Gómez estaba enojado con los otros presidentes de partidos y con el propio Frei. Presentar su salida en la forma de voltereta que exhibió puede ser un síntoma de su pericia política, pero también un resultado del clima infectado que se vive en el oficialismo.

En realidad, a Enríquez-Ominami no le interesa la cabeza de Gómez, ni menos la de Pepe Auth, a pesar de que, después de conocer su renuncia, a este último lo acusó de haber estado cometiendo un "delito". Es duro calificar de delincuente a alguien que quiere tender lazos, pero quizás Auth, como se dice con enojo entre los radicales, tiene los ojos más puestos en las elecciones internas del PPD en abril que en las presidenciales de enero. Bastante más le interesa al "marquismo" la cabeza de Juan Carlos Latorre. Y, por sobre todo, desde el comienzo, la de Escalona.

¿Por qué? Su entorno "blando" -el menor, el que aún siente vínculos con el oficialismo- desearía castigar los modales de Escalona, su control de la "máquina" partidaria, su estilo disciplinario. Esta línea es la que describe el padre del diputado, el senador Carlos Ominami, cuando afirma que no están exigiendo renuncias.

El entorno "duro" de Enríquez-Ominami -el que desea demoler la Concertación- tiene una objeción de fondo, política, estratégica, contra el hecho de que Escalona haya propiciado la alianza con la DC como el eje del conglomerado. Esta línea fue anticipada por Max Marambio, que salió a pedir las cabezas de los partidos en la noche misma de la elección.

Entre uno y otro grupo hay una diferencia cualitativa de rencores. Pero en política hay pocas alianzas mejores que las de la bronca.

Para ser justos, el debate sobre la renuncia de los jefes partidarios puede haber sido alimentado desde muchos rincones y columnas de opinión, pero fue finalmente perfeccionado por uno de esos golpes de ingenio que han jalonado la campaña de Frei: el inopinado anuncio del martes de que competirá y gobernará al margen de los partidos (¿cuál sería la novedad respecto de los cuatro gobiernos precedentes?), acompañado de una severa crítica a sus prácticas… que no son otras que las que lo ungieron candidato.

Los hechos conocidos sugieren que Frei fue sorprendido por las renuncias de Gómez y Auth, pues su discurso no contemplaba esa petición. Pero los mismos hechos señalan que gente de su comando ha estado en comunicación continua con Auth y con miembros de las directivas del PDC y el PS, expresando su abierto interés en las renuncias de todos. El diseño del comando se completaría, tras las renuncias de los presidentes, con la votación a favor de las tres leyes que Enríquez-Ominami ha exigido, para luego empujarlo a una definición pública. ¿Y si falla en ese paso, como hasta un niño puede anticiparlo? ¿Dirá que fue culpa de otros o terminará por admitir que no comprendió la naturaleza del proyecto del "marquismo"?

Pero antes de esas preguntas hay otra, más urgente: ¿Es posible que Frei no calculase que sus palabras podían detonar las renuncias de los jefes partidarios? En un cuadro interno ordenado, no lo sería. Pero en una campaña en que a menudo el comando (el actual o los anteriores) ha tenido ideas que el candidato no refrenda, ya no resulta extraño. El resultado, sin embargo, es objetivo.

En medio de la batalla, el comandante en jefe sugiere la renuncia de su Estado Mayor. El Ejército de enfrente se solaza con el gesto. Y unos, desolados, y otros, celebrando, se preguntan quiénes querrán ser los nuevos gene-rales en semejante teatro de operaciones.

"Una barbaridad", la llamó Aylwin. Escalona, adivinando el gambito que se estructuraba en su contra y con el apoyo explícito de la Presidenta Michelle Bachelet, postergó la discusión sobre su liderazgo hasta después de la segunda vuelta. No desea que los jíbaros le den caza en esta ocasión. De paso, convenció a Latorre de mantenerse firme. Pero sabe que es la presa principal.

Ya se encargará la historia de decidir si Escalona fue un buen o un mal dirigente para el socialismo en estos tiempos. Por el momento, se puede sostener, sin error, que enfrentó una guerra civil en su partido, que tomó la opción de defender a rajatabla a la Presidenta socialista, que aceptó sin remilgos la candidatura de un DC (¡motivando otras tres precandidaturas desgarradas de sus filas!) y que actuó con rudeza para defenderla.

Si algún día Escalona, un duro de la política, un hombre que recibe y da sin llorar, tuviese que quejarse de algo, tendría que ser de la demora en la falta de reciprocidad que ha recibido.

Para respaldarlo, en este último episodio, la Presidenta Bachelet se involucró por primera vez en una batalla interna partidaria.

Sin embargo, todo esto no es sino parte de la hojarasca, detalles que alimentarán la historia de la peor performance presidencial de la Concertación, la única en que se llega a la definición requiriendo angustiadamente votos ajenos, la primera en que las filas que empezaron desordenadas continúan en trifulca a 14 días del final. Las razones de fondo son otras.

Con su característico estoicismo, Frei ya estuvo disponible para la reelección en el 2005. No avanzó entonces porque la Concertación creyó hallar una forma de reinventarse a través de un cambio de eje: una candidatura femenina. Ese golpe de inspiración ocultó lo que se hizo visible poco después: que sus cuadros mayores estaban ya exhaustos y que las ambiciones personales -terminales o iniciales- estaban corroyendo las reglas internas.

El carnaval de esas ambiciones estalló en cuanto se inició la administración Bachelet y alcanzó su máximo esplendor en el 2007, cuando comenzaron las renuncias de parlamentarios "díscolos", muchos de los cuales planeaban montar su chiringuito propio para cuando adviniera el siguiente verano electoral.

Llegada la nueva elección, Frei seguía disponible, incluso para la competencia interna, sólo que imaginaba esta competencia de una manera restringida: esto es, con las ligas mayores, Insulza, Lagos u otros semejantes. Su disposición a enfrentar a challengers menores -Gómez, Enríquez-Ominami, Navarro- era más baja, porque nunca lo ha hecho.

En teoría, Frei era el candidato adecuado para impedir la fuga de votos de la Concertación por la derecha y la DC, sobre todo después de dos administraciones socialistas. Pero la crisis económica, la popularidad de Bachelet y la amenaza de las candidaturas paralelas enervaron ese modelo hasta convertirlo en algo muy extraño y ecléctico, como si esos hechos inesperados hubiesen privado al candidato de su repertorio propio de respuestas.

Algún día habrá que estudiar si los temores de Frei Ruiz-Tagle han sido atavismos del desborde por la izquierda que a fines de los 60 sufrió Frei Montalva.

El Frei de estos días busca los votos del "progresismo", una especie de imbunche conceptual donde cabe de todo. Renunció a quitarle votos a Sebastián Piñera; la oposición puede estar tranquila en su hábitat. Quienes lo tienen a un tris de la derrota son, sin embargo, Piñera y la derecha. Una derecha nueva, distinta de la que atenazó a su padre, más astuta, más ganosa, más abierta.

Pero también -todo hay que decirlo- una derecha asustada, espantada de perder la oportunidad más propicia, aterrada de seguir sintiéndose minoría. Una derecha que recibiría un triunfo presidencial como el encuentro de la Tierra Prometida.

Tanto los manotazos afiebrados del oficialismo como la crispación neurótica de la oposición son parte de las novedades de este proceso, aunque la mayor de todas es la marcha errática de la Concertación tras la golpiza electoral del 13 de diciembre.

De esto se está tratando la elección del 17: del miedo a perder.

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