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Encuesta CERC: ¿por qué se acercó más al resultado final?

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La predicción electoral del CERC

Carlos Huneeus (*)

CHILE-FREI-PIÑERA-MEONuevamente el CERC predijo exitosamente el resultado de la elección presidencial, al igual que en la de 2005 (cuadro 1). Quiero explicar a los lectores de El Mostrador cómo lo logramos.

Ello no fue el fruto de la improvisación o de un ejercicio especulativo, sino del trabajo cuidadoso profesional de más de dos décadas, habiendo participado en la predicción de todas las elecciones presidenciales, desde la no competitiva de Octubre de 1988, en que fue derrotado el general Pinochet. Ha sido posible por el esfuerzo de muchas personas, de técnicos y encuestadores, que agradezco. Yo soy sólo la cara visible de este amplio equipo de personas.

El CERC fue la única institución que hizo una predicción en estos comicios –al igual que en los de 2005-, lo que constituye una anomalía en América Latina, pues en casi todos los países los encuestadores predicen las elecciones. Acabamos de verlo en Uruguay, con gran éxito. Chile es subdesarrollado en términos de encuestas electorales.

Las elecciones son para los encuestólogos como las Olimpiadas para los deportistas: la ocasión en que debemos mostrar nuestra capacidad profesional y ella se expresa en predecir el resultado. No hacerlo es admitir no tener los recursos profesionales para hacerlo.

A diferencia de 2005, esta vez no entregamos el resultado de la pregunta directa “por quién votará en la elección presidencial…”, sino que sólo la predicción. Tomamos esta decisión porque éste es el principal desafío de los encuestadores. Además, en la anterior elección la prensa y los colegas no consideraron la predicción que dimos hace cuatro años (por ejemplo, hasta hoy Wikipedia no reproduce la predicción del CERC del 2005), faltando a la verdad. Buscamos evitar eso de la manera indicada, que fue cuestionada por algunos colegas que exigen “transparencia”, aunque en verdad lo que buscan es que se les regale la fórmula del éxito. Ni lo piensen.

En estos comicios, hubo más encuestas que en las anteriores elecciones presidenciales y fueron hechas por empresas, centros de estudios y diarios. Estos últimos buscaron influir en la agenda y algunas quisieron hasta influir en el proceso electoral, apoyando la candidatura presidencial de Marco Enríquez-Ominami, el joven diputado elegido el 2005 en un distrito de su padre, el senador Carlos Ominami, habiendo renunciado ambos al PS.

Sin embargo, desde dos semanas antes del 13 de diciembre las empresas y diarios dejaron de hacer o de dar a conocer sus encuestas, con la excepción de El Mercurio, que la publicó el miércoles 9 de Diciembre, dando un 38,2% a Piñera y un 22.6% a Frei, muy lejos del resultado  (cuadro 2).

La negativa a hacer predicciones puede deberse al temor ante las dificultades para lograrlo, comenzando por asignar a los “indecisos”, es decir, aquellos que no responden la pregunta de intención de voto. Esto ocurre en muchos países y desde el clásico estudio de Elizabeth Noelle-Neumann se conoce como “la espiral del silencio”. El porcentaje a que ascendía este grupo variaba entre las distintas encuestas, aunque para la mayoría fue de dos dígitos.

Disponemos de información para estimar adónde irán esos electores. Desde el plebiscito de 1988 sabemos que los “indecisos” no son tales, pues, teniendo una inclinación de voto, no quieren decir por quién lo harán, lo cual se puede saber a través de la información entregada por otras preguntas, electorales y políticas, y por la experiencia de anteriores elecciones.

También sabemos que los votantes de derecha esconden más el voto que los de centro e izquierda. Lo vimos en el plebiscito de 1988, cuando predijimos exactamente el voto “No”, pero fallamos en el voto “Si” porque más de un 20% no dijo cómo votaría, sufragando luego por la reelección del general Pinochet. El voto conservador se escondió menos en las elecciones presidenciales de 1989 y 1993, que el CERC predijo bien, pero volvió a hacerse muy evidente en las de 1999, oportunidad en que subestimamos el voto de Joaquín Lavín (UDI), que estuvo a escasos 30 mil votos de derrotar en primera vuelta a Ricardo Lagos (PS/PPD), candidato de la Concertación. Hicimos las correcciones técnicas para evitar la subestimación del voto de derecha, pudiendo predecir acertadamente la votación de Sebastián Piñera (RN) y Joaquín Lavín (UDI) en la primera vuelta del 2005 y la de Piñera el 2009 (cuadro 1).

No se puede detener el avance a la modernidad, aunque sabemos que las sociedades modernas tienen partes tradicionales (los escoceses usan faldas). Los encuestadores, más tarde que nunca, deberán entrar al campo minado de la predicción electoral.

En tercer lugar, hay una norma elemental para predecir el resultado electoral: es necesario hacer el trabajo de campo de la encuesta lo más cerca posible a la fecha de la elección. Ello debe ser así porque durante la campaña se producen cambios en la intención de voto de los electores en todas direcciones, especialmente cuando comienza la fase final, con la franja televisiva, un mes antes de los comicios. Puede haber resultados similares de un candidato en dos encuestas sucesivas, pero la estructura del electorado es distinta. Por ejemplo, en la de Diciembre del CERC Enríquez-Ominami tenía similar votación que en Octubre, pero había perdido los votantes de la UDI. Este dinamismo explica que si una encuesta hecha en Octubre entrega resultados similares a los alcanzados en las urnas por los candidatos dos meses después, ello no demuestra una buena predicción, como dicen algunos medios de prensa y ciertos politólogos, sino, por el contrario, constituye una simple coincidencia. Nada más y nada menos.

Esta exigencia deja fuera de la predicción a los encuestadores que usan muestras probabilísticas, como el CEP (Centro de Estudios Públicos) y la Universidad Diego Portales (UDP),  porque ellas requieren varias semanas de trabajo de campo. Por ese motivo, el CERC en 1988 adoptó las muestras por cuota, con una tecnología proporcionada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de España, cuyos expertos la habían diseñado y aplicado con un excelente desempeño durante las elecciones de la transición a la democracia y las emplean hasta hoy. Desde entonces las hemos utilizado con el resultado indicado, un logro no reconocido por algunos profesores de estadísticas que se empecinan en valorar sólo las encuestas que usan muestras probabilísticas, porque permiten “calcular el margen de error”, un tecnicismo que les obsesiona, como también a ciertos politólogos formados con libros de texto en universidades de EE.UU.

Es bien sabido que sólo en EE.UU. se usan muestras probabilísticas en las encuestas, mientras que en el resto del mundo se usan por cuotas, comenzando por Europa.

Los ayatolas del cálculo del margen de error olvidan que las encuestas pueden tener graves errores no muestrales, cometidos por los encuestadores, que no siguen las instrucciones, rompiendo la aleatoriedad de la muestra o falsean la información reunida, dañando así los resultados. Es por eso que una de las claves para tener encuestas de calidad es realizar un muy buen trabajo de campo, que en las encuestas del CERC es realizado por MORI.

La elección del 2009 era más difícil de predecir que la del 2005 por el nuevo escenario constituido por el grave debilitamiento de los partidos de la Concertación a consecuencia de la ruptura del PS, con dos postulantes que renunciaron a la colectividad para competir por el sillón de O´Higgins: Jorge Arrate, ex presidente del partido, y Enríquez-Ominami. También había abandonado el PS el senador Alejandro Navarro para iniciar una candidatura presidencial que no despegó, sumándose a la de Enríquez-Ominami. El electorado de la izquierda se dividió antes de las elecciones entre Frei, Enríquez-Ominami y Arrate y los votantes del PS se volcaron mayoritariamente por el joven diputado, otra parte apoyó a Arrate y una minoría, estuvo con el senador Eduardo Frei Ruiz-Tagle (PDC), lo cual debe considerarse al momento de analizar su debilidad electoral. También los votantes del PPD se volcaron mayoritariamente a los dos candidatos socialistas. La espiral del silencio en esta elección actuó contra Eduardo Frei, quien recibió sólo un 16% en la encuesta electoral, pero, revisando las respuestas de otras preguntas, identificamos un numeroso voto escondido, que nos llevó a predecir que alcanzaría un 31%.

Por otro lado, la experiencia electoral muestra que la derecha ha sido minoría, por lo cual había que evaluar cuidadosamente el clima de opinión favorable a Piñera, pues un descuido en ello podía conducir a darlo por ganador en primera vuelta o bordeando el 50%.

Había una segunda dificultad, que planteaba enormes complejidades técnicas: Enríquez-Ominami mostraba un gran apoyo en los jóvenes,  pero sólo una minoría de ellos está inscrito en los registros electorales. Si hubiera habido inscripción automática, éste habría podido derrotar a Frei y pasar a la segunda vuelta. Aquí surge un problema técnico, referido a la información usada para construir la muestra. Las encuestas electorales se apoyan en muestras representativas de la población y se construyen con la información del censo del 2002, actualizado al 2009. Sin embargo, el universo electoral es distinto, porque está constituido por quienes se han inscrito en el Registro Electoral. Es bien sabido que éste ha permanecido con escasas variaciones desde el comienzo de la transición a la democracia en 1988, por lo cual el padrón electoral se caracteriza por tener un perfil etario envejecido, diferente al perfil etario de la población en general.

De ahí que las encuestas sobrestimaron a Enríquez-Ominami (me incluyo en la de Octubre, cuando se le dio empatado con Frei). Hubo quienes fueron más lejos, que predijeron que vencería a Frei en primera vuelta. Otra explicación a partir de la experiencia: cuando se pregunta al entrevistado si está inscrito, un porcentaje que no lo está responde afirmativamente. Por eso que no basta hacer el cruce entre inscritos y no inscritos, porque los primeros están sobre representados en las encuestas y de ahí “la victoria” de Enríquez-Ominami en las encuestas y el convencimiento de sus asesores que vencería a Frei, porque vieron encuestas de población en general, sin tomar en cuenta que los jóvenes son una minoría en el padrón electoral.

Esta discrepancia debe corregirse a través de ponderar los resultados de la encuesta con los datos por edad de los inscritos en los registros electorales, tarea que fue realizada exitosamente en el CERC por un ingeniero de la Universidad de Chile y con un doctorado en economía de una universidad de los EE.UU.

En tercer lugar, es necesario conocer las tendencias en que se mueve el electorado durante el año de los comicios, que es muy cambiante, para lo cual es indispensable tener encuestas en distintos momentos. El CERC hizo cuatro el 2009, tres con muestras a la población en general y la de Diciembre, fue sólo de inscritos, con la cual hicimos la predicción.

Aquí surgen dificultades a quienes hacen sólo una encuesta en el año de las elecciones, como la Universidad Diego Portales (UDP), que tiene una encuesta anual desde 2006. Ella entrega una información que puede ser valiosa para sus académicos, pero es de un momento, sin saber qué significa ella en el proceso electoral. El CERC hace cuatro encuestas cada año desde 1990, entregando una información de enorme valor para conocer las tendencias de continuidad y cambio en los electores. Las encuestas del CERC comenzaron en 1986 en la Academia de Humanismo Cristiano bajo la dirección técnica de Eduardo Hamuy, el padre de las encuestas en Chile. Bajo su dirección realizamos las encuestas del plebiscito de 1988 y su sensible fallecimiento a comienzos de 1989 nos privó de su sabiduría para hacer las que hicimos desde ese año.

Hemos reunido un total de 134 estudios, con mediciones hechas antes y después de cada elección presidencial, con cuestionarios que abarcan numerosos temas, más que cualquier otro centro de estudios. Con todo respeto y mucha modestia, debo señalar que la UDP ha realizado apenas cinco encuestas en sus cinco años del programa de opinión pública, que tiene un difundido “magister en opinión pública”.

Algunos académicos pertenecientes a universidades pretenden arrogarse el monopolio de la competencia para “estudiar” la opinión pública. El hábito no hace al monje. Los estudios de opinión en el mundo –y Chile no es la excepción- no están dominados por las universidades, sino que por los centros de estudios privados y por empresas de estudios de mercado. En los países avanzados las universidades trabajan junto a estas instituciones para estudiar el comportamiento electoral, pero ello no se ha dado en Chile, lo cual da cuenta del débil estado de la ciencia política en uno de los ámbitos más desarrollados de la disciplina.

Saber hacer encuestas no consiste en aplicar conocimiento aprendido en textos de estudio, especialmente si son escritos a partir de la política de los países desarrollados. No basta leer textos de cocina escritos por franceses y españoles para ser un buen cocinero. La experiencia práctica es de vital importancia, especialmente en Chile,  en que el régimen militar interrumpió la labor de los cientistas sociales y debimos comenzar de cero.

Por último, nuestro conocimiento sobre la opinión pública proviene de nuestra relación de amistad y trabajo profesional, desde fines de los años 80, con colegas de otros países, comenzando por los de América Latina, de España, Alemania, Francia y Gran Bretaña. Todos ellos son destacados académicos en las universidades de sus respectivos países y hemos aprendido mucho de ellos. La mayoría de ellos colabora con el Latinobarómetro, institución creada a partir de la cooperación entre centros privados de investigación que hacía encuestas desde los años 80’ en el cono sur por iniciativa del CERC, entonces bajo la dirección de Marta Lagos. Nadie nos ha contado su fórmula de predicción, ni se la hemos preguntado, pero han compartido con nosotros las estrategias que utilizan para hacer predicciones electorales. Les agradecemos su ayuda.

En un país que busca la modernidad, sus líderes e intelectuales deben se consecuentes con ello y reconocer los méritos de las instituciones y actores, sin excepciones con consideraciones del origen social, la riqueza o posición política, propios de una sociedad con rasgos tradicionales.  Eso no se aplica en la industria de las encuestas, en que hay instituciones valoradas sin responder a criterios de calidad, porque no han predicho elecciones. ¿Qué criterios de mérito se usan para ello? Porque usan muestras probabilísticas. Un chiste.

No sólo se desconoce por algunos el trabajo del CERC de casi un cuarto de siglo sino que, además, soy el único encuestador en Chile a quien se le indica la afiliación partidista (PDC), como si mi trabajo profesional estuviera sesgado. ¿Por qué no se aplica la misma medida a los demás? No tengo conflictos de interés económico, ni con grupos políticos –los lectores de El Mostrador pueden comprobarlo con mis columnas sobre el PDC, el PS y la gestión de la presidenta Bachelet. Critiqué en una columna de junio de este año Alta popularidad presidencial, ¿para qué?, la estrategia de La Moneda de resaltar su protagonismo porque ello terminaría dañando la candidatura presidencial, tesis confirmada por las elecciones. No he ayudado a ningún candidato parlamentario desde hace más de una década y la única vez que lo hice fue en las de 1989 y 1997 (los dos fueron elegidos). Ni siquiera he mostrado los resultados de encuestas a los equipos de campaña de candidatos presidenciales desde hace mucho tiempo.

No se puede detener el avance a la modernidad, aunque sabemos que las sociedades modernas tienen partes tradicionales (los escoceses usan faldas). Los encuestadores, más tarde que nunca, deberán entrar al campo minado de la predicción electoral. Esta columna les ha proporcionado bastantes pistas para ayudarles en ello y se puedan preparar con tiempo.

CERC-CUADROS1

(*) Director del Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea (CERC).

http://www.cerc.cl/

Written by Eduardo Aquevedo

16 diciembre, 2009 a 18:23

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