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Alfredo Jocelyn-Holt: “Chile no está a la altura de sus ideales”…

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Por Rodrigo Alvarado / La Nación Domingo

Alfredo Jocelyn-Holt:“Chile no está a la altura de sus ideales”

Hace unos meses se reeditó su libro “La independencia de Chile: transición, modernización y mito”, el último sobre un período histórico que, según el académico, explica casi todo el desarrollo del Chile republicano. Aquí exige una comparación entre los ideales liberales que establecimos como autogobierno y su continuidad histórica autoritaria.

El reloj empieza a correr hacia atrás. A un año del bicentenario la cuenta regresiva anuncia mega celebraciones desde La Moneda y menudencias en los medios sobre el mejor lugar para comer empanadas.

El ambiente se llena de “chilenidad”. En la carrera electoral se le enrostra una antigua entrevista a Marco Enríquez-Ominami donde dice que preferiría ser italiano a chileno y responde que es chileno por convicción porque otros, como Piñera y sus amigos de la dictadura, no le permitieron serlo por derecho. Y el candidato de la derecha hace un “18 chico” el mismo 11 de septiembre, que nos pertenece a todos e invita a olvidarlo, aunque ambas fechas mucho tienen que ver.

Entre todo ese barullo, el abogado e historiador Alfredo Jocelyn-Holt accede a regañadientes a dar una entrevista. Dice que no le interesa ser parte de este ceremonial, porque eso no es hacerse cargo de la historia.

“Siempre aparece el tema de la identidad y es adolescente preguntarse ‘to be not to be’ cuando este país, contando 300 años bajo la égida europea, tiene 500 años”.

Pero el profesor de Historia Institucional de Chile en la Universidad de Chile y declarado derechista liberal, reeditó hace unos meses “La independencia de Chile: transición, modernización y mito” (Editorial Debolsillo), su tesis doctoral de Historia en Oxford escrita en 1992 y que se convirtió -desde “Ideas and politics of Chilean independence” (1967) del inglés Simon Collier- en el único libro de magnitud sobre el período que hoy celebramos.

Un camino iniciado por escrito con la Primera Junta de Gobierno y continuado por la dictadura de O’Higgins, que a tientas y sin dejar las armas, configuraron los primeros pasos de la República que, según el historiador, se acaba en 1973: “Allende terminó siendo, si no el último republicano, uno de los mejores exponentes del ideario liberal reformista que se venía barajando hace 160 años”, anota en su nuevo prólogo, mientras los F-16 de la FACh surcan los cielos preparando la Parada Militar que celebra la gesta épica inicial, pero cuyo significado parece estar mucho más enraizado con el devenir de Chile.

-Partamos por lo que celebramos, en tu libro aseguras que la independencia es un quiebre político, no económico-social.

-El tema político es fundamental. El grupo dirigente tenía enorme poder antes de 1810 y lo va a seguir teniendo e incluso lo va a acrecentar hasta llegar a principios del siglo XX, a una República oligárquica bastante extraordinaria, en ningún caso reaccionaria. Nunca hubo en Chile una derecha reaccionaria hasta la dictadura militar y eso permitió que no hubiera revolución en Chile por 150 años. Los sectores tradicionales asumen el lenguaje revolucionario del republicanismo y le quitan la carga revolucionaria aunque mantienen sus postulados. Eso sin perjuicio que Allende va a llegar a La Moneda con ese mismo ideario y en ese contexto va a producir efectos de orden revolucionario de hecho. Hay una continuidad que uno puede datarla desde este primer momento y se puede hablar de casi toda la historia del Chile republicano a partir de ahí.

-¿Aprobamos?

-Doscientos años atrás este país decidió salir de una estructura imperial y autogobernarse. Asumió la soberanía popular; elecciones periódicas, igualdad ante la ley, separación de poderes, Constitución escrita, etc. A la luz de los hechos mi impresión, sin ser demasiado duro, es que no estamos a la altura de nuestros propios ideales. Si los principios fundamentales republicanos son la justicia, la igualdad y la fraternidad, hagamos el test y veamos si Chile pasa o no lo pasa. Dependemos de bloques económicos mundiales -estamos en la órbita de EEUU-, hay individuos más iguales que otros, tenemos una segregación social extraordinaria y un retraso socioeconómico que no se compadece con los ideales establecidos. Desde el 1980 y bajo signos muy distintos, tenemos gente que cree que no se puede cambiar la Constitución. Hay señores que se mueren y sus últimas palabras para la posteridad son que no se cambie ni una coma. Y lo santifican a menos de 24 horas de que lo entierren. Eso le parecería delirante a Manuel de Salas, Andrés Bello, Francisco Bilbao y hasta a Juan Egaña, que era bastante conservador.

-¿Cuál es la pregunta esencial de estos 200 años?

-¿Este país es más propenso al republicanismo en clave autoritaria o liberal? Esa es la pregunta dura a la luz de la historia y a veinte años del supuesto fin de la dictadura. El período de la independencia tira hacia una posible solución de orden revolucionaria, liberal, militar, autoritaria, en todas sus combinaciones. Eso queda abierto, porque la independencia es una oferta de cómo gobernarnos, modernizarnos y estar a la altura de los principios fundamentales. Éste es un país muy militar y eso se remonta a la independencia.

ADÓNDE VAMOS

-Haciendo ficción, ¿podríamos haber tenido un republicanismo dentro de una mancomunidad con centro en España?

-Perfectamente posible. Además el republicanismo con las monarquías no son incompatibles. Eso se barajó en Francia y España a principios del siglo XIX y hoy tenemos en España una monarquía constitucional. El Río de la Plata y Chile podrían ser equivalentes a Australia o Canadá. Me queda claro que el continente americano tiene que ser pensado en funciones imperiales, creo que Carlos V tenía toda la razón. La pregunta es qué imperio queremos y hay buenas razones para preferir un imperio español a un norteamericano. Los 300 años de dominio en Chile fueron muy laxos y eso es bueno, nos incorporó a la cultura europea y hablamos este prodigioso idioma.

-Ya que no lo tuvimos, ¿para dónde vamos?

-No vaticino nada. Creo en las instituciones republicanas, que tienen un gran sentido con características utópicas y crecederas. Tenemos que ser consecuentes con esos ideales. Independiente de cuán autoritarias sean las constituciones presidencialistas, la tendencia siempre apunta hacia un régimen parlamentario. Lo único que puedo predecir son focos de conflictos que pueden ser muy costosos. Los historiadores proporcionamos esos criterios, lo aconsejable es mirar la historia no porque se repita, sino porque podemos encontrarnos con sorpresas que se podrían haber evitado.

-¿El golpe de Estado podría haberse evitado? Hemos estado hablando todo el rato de lo autoritario y militarizado que es este país.

-Eduardo Frei Montalva, que era presidente del Senado, pensaba que en 90 días llamarían a elecciones. Lo mismo Patricio Aylwin, un golpista que creyó lo mismo y se equivocó. Que este país recurra a Aylwin para presidir el gobierno me parece una insensatez mayúscula desde el punto de vista histórico. Habríamos tenido una transición distinta.

MALAS NOTICIAS

-Cerremos la transición. ¿Bastaría con una nueva Constitución?

-Una Constitución que abriera las garantías individuales de las personas nos movería hacia una sociedad más compleja que se reconocería como tal. Entonces, tomaríamos en cuenta las reivindicaciones de pueblos originarios, la postergación de la mujer y de grupos minoritarios económicos, sociales y sexuales. No podemos tener la Constitución pétrea que no ha sido reformada en su elemento básico, un fuerte autoritarismo con deficiencia en la separación de los poderes del Estado. Debe ser cambiada y lo piden personas que son moderadas. Hay que tener cuidado, porque eso significa que quieren anticiparse a que la solución venga en un conflicto mayor donde van a tener la palabra los sectores más ultra. El único de los actuales candidatos que ha manifestado que no debe haber ningún cambio es Sebastián Piñera. Y en el escenario de que llegue a La Moneda, la demanda por un cambio constitucional, con uno de los hombres más ricos del mundo y con una Constitución que le da enormes poderes al Presidente, créeme que va a existir.

-Podría existir también una radicalización de las demandas.

-La agudización de las contradicciones es posible, y entonces tendría que recurrir a un autoritarismo fuerte que la Constitución permite. No estoy por radicalizar nada y a Piñera lo veo muy pinochetista, infinitamente más que Lavín.

-¿Cómo ves el camino de Chile entre sus pares latinoamericanos?

-Siempre hay que estar atento, no existe profilaxis para evitar contagio de influencias, así como en los sesenta no estuvimos libres de la influencia estadounidense ni del castrismo. Hay que estar atento al chavismo, al peronismo y al populismo reivindicatorio de Evo Morales. No estamos exentos de conflictos limítrofes. Chile es un país complicado e infinitamente más pobre que antes, porque hay progreso pero no hay un reparto equitativo que nos permita tener un colchón. Hay una mala distribución, segregación, centralismo, conflictos sociales, un aumento del aparato de seguridad, chicos con bombas en las mochilas, y el conflicto mapuche que, a esta altura del juego, es militar. Carabineros no es una fuerza militar común, es paramilitar desde su creación, entonces hay una fuerza paramilitar en la Araucanía. Todas son variables de posibles conflictos. Ojo, que en el Ministerio del Interior hacen estos análisis, pero a puertas cerradas. Yo creo que hay que abrirlos, tomar conciencia y no aceptar tutelas de Interior, de militares o expertos. Son temas que nos corresponden a todos.

-¿A qué momento histórico se parece el actual?

-No quiero ser dramático ni apocalíptico. A veces se producen ciertas regresiones. Desde los últimos años del gobierno de Lagos veo un autoritarismo fuerte, que tiene cierta analogía con escenarios de 86-87, con la diferencia enorme de no estar en dictadura, pero sí en su proyección. También creo que había más pluralismo comunicacional en ese tiempo que ahora. Los mensajeros de las malas noticias siempre suenan fuerte, pero ese es mi diagnóstico.

Written by Eduardo Aquevedo

20 septiembre, 2009 a 22:59

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