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Concentración y crisis internacional de los medios de comunicación… (3 textos)

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MEDIOS1 Medios de comunicación en crisis

Ignacio Ramonet
Le Monde Diplomatique
 

Enero del 2005

Nada simboliza mejor el desasosiego de la prensa francesa, frente a una alarmante baja en su difusión, que la reciente disposición del diario Libération, otrora maoísta, de favorecer la toma de control de su capital por el banquero Edouard de Rothschild… Hace poco, el grupo Socpresse, que publica unos 70 títulos, entre ellos Le Figaro, L’Express, L’Expansion y decenas de diarios regionales, fue comprado a su vez por un fabricante de armas, Serge Dassault. Y se sabe que otro industrial del armamento, Arnaud Lagardère, es dueño del grupo Hachette (1) que posee 47 revistas (entre las cuales están Elle, Parents, Première) y diarios como La Provence, Nice-Matin o Corse-Presse. Si prosiguiera esta caída de la difusión, la prensa escrita independiente correría el riesgo de caer poco a poco bajo el control de un pequeño grupo de industriales -Bouygues, Dassault, Lagardère, Pinault, Arnault, Bolloré, BertelsmannŠ- que multiplican sus alianzas entre ellos, amenazando así el pluralismo.

La caída afecta actualmente a toda la prensa de referencia. Por primera vez desde hace quince años no se libra Le Monde Diplomatique. Nuestro periódico, que desde 1990 registraba un aumento regular en su difusión y que entre 2001 y 2003 tuvo un crecimiento récord en su venta -superior al 25% acumulado- habrá tenido sin duda en 2004 un retroceso del 12% en su difusión (2). La mayoría de los grandes diarios franceses de circulación nacional registrarán también un descenso importante, que se sumará al sufrido en 2003, a saber: Le Figaro: -4,4%; Libération: -6,2%; Les Echos: -6,4%; Le Monde: -7,5%; y La Tribune: -12,3%.

El fenómeno está lejos de circunscribirse a Francia. El diario estadounidense International Herald Tribune, por ejemplo, vio bajar sus ventas en 2003 en el 4,16%; en el Reino Unido, el Financial Times cayó en el 6,6%; en Alemania, en los últimos cinco años la difusión ha bajado el 7%, en Dinamarca el 9,5%, en Austria el 9,9%, en Bélgica el 6,9%, e incluso en Japón, cuyos habitantes son los mayores consumidores de periódicos, el retroceso ha sido del 2,2%. Dentro de la Unión Europea, el número de periódicos vendidos cada día es inferior en un millón de ejemplares respecto de hace 10 años… A escala mundial, la venta de diarios cae cada año un promedio del 2%. Hay quienes llegan a preguntarse si la prensa escrita no se convertirá en algo del pasado, un medio de la era industrial en vías de desaparición.

Aquí y allá hay periódicos que desaparecen. En Hungría, el 5 de noviembre de 2004, el diario Magyar Hirlap (propiedad del grupo suizo Ringier) cerró sus puertas. La víspera, 4 de noviembre, en Hong Kong, el semanario otrora de referencia sobre temas asiáticos Far Eastern Economic Review (propiedad del grupo estadounidense Down Jones) dejó de publicarse. En Francia, el 7 de diciembre de 2004, el mensual Nova Magazine también interrumpió su salida. En Estados Unidos, entre 2000 y 2004, desaparecieron más de dos mil empleos en la prensa escrita, lo que representa el 4% del total. La recesión afecta también a las agencias de prensa que suministran información a los periódicos. La principal de ellas, Reuters, acaba de anunciar una reducción de 4.500 empleos.

Se conocen las causas externas de esa crisis. Por una parte, la ofensiva devastadora de los diarios gratuitos. En Francia, el gratuito 20 Minutes ya ha tomado claramente la delantera en número de lectores, pues llega a más de dos millones de personas por día en promedio, superando ampliamente al diario de pago Le Parisien (1,7 millones) y a otro gratuito, Metro, que diariamente leen 1,6 millones de personas. Esos medios captan importantes flujos publicitarios, dado que los anunciantes no hacen ninguna distinción entre el lector que paga por su diario y el que lo recibe gratis.

Para resistir a esa competencia que podría resultar mortal para los diarios -y que ya amenaza a los semanarios- algunos de ellos, sobre todo en Italia, España, Grecia y Turquía (aunque el fenómeno se extiende también a Francia) proponen con cada entrega, por una pequeña suma extra, una revista de historietas, un DVD, CD, libros, Atlas, enciclopedias, colecciones de sellos o de antiguos billetes de banco, y hasta vajillas, juegos de ajedrez, etc. Lo cual refuerza la confusión entre información y mercancía, con el riesgo de que los lectores ya no sepan qué es lo que compran. Así es como los diarios enturbian más su identidad, desvalorizan el título y ponen en marcha un engranaje diabólico quenadie sabe en qué acabará.

La otra causa externa es, claro está, Internet, que continúa su fabulosa expansión. Unicamente en el curso del primer trimestre de 2004 se crearon 4,7 millones de sitios web. Actualmente existen en el mundo unos 70 millones de sitios e Internet cuenta con más de 700 millones de usuarios. En los países derrollados, muchas personas abandonan la lectura de la prensa-y hasta la televisión- por la pantalla del ordenador. El ADSL (Asymetric Digital Subscriber Line), ha modificado la situación especialmente. Por precios que oscilan entre los 10 y los 30 euros, hoy en día es posible abonarse a Internet de alta velocidad. Actualmente, en Francia, más de 5,5 millones de hogares están abonados con conexión ultra rápida a la prensa digital (el 79% de los diarios del mundo poseen ediciones electrónicas), a todo tipo de textos, e-mail, fotos, música, programas de televisión o de radio, películas, videojuegos, etc.

Existe además el fenómeno de los "blogs", característico de la cultura web, cuyo número ha aumentado de manera impresionante en todo el mundo durante el segundo semestre de 2004, y que, con el tono de un diario íntimo, mezclan sin complejo información y opinión, hechos verificados y rumores, análisis documentados e impresiones fantasiosas. Su éxito es tal, que se encuentran en la mayoría de los diarios digitales. Esa avidez muestra que muchos lectores prefieren la subjetividad y la parcialidad asumidas de los bloggers a la falsa objetividad y a la imparcialidad hipócrita de la gran prensa. Por otra parte, la conexión a la galaxia Internet a través de los teléfonos-móviles-multifunciones puede acelerar aún más ese movimiento. De esta manera la información se vuelve más móvil y más nómada. Así es posible saber, en todo momento, lo que ocurre en el mundo.

En la India, la firma Times Internet, filial multimedia del diario Times of India, envía mensualmente a los teléfonos móviles de sus abonados más de 30 millones de informaciones en forma de SMS (Short Message Service), tecnología que permite una comunicación rápida, breve y económica. En Japón y en Corea del Sur, una cantidad creciente de personas se informan a través de sus teléfonos móviles. Allí reciben programas de radio, de televisión y los canales de información permanente. Resultado: todos los sectores de información, fuera de Internet, pierden audiencia dado el alto nivel de competencia existente entre los medios de comunicación (3).

Pero la crisis tiene también causas internas, que obedecen principalmente a la pérdida de credibilidad de la prensa escrita. En primer lugar porque ésta pertenece cada vez más -como hemos visto- a grupos industriales que controlan el poder económico y que están en connivencia con el poder político. Y también porque la parcialidad, la falta de objetividad, la mentira, las manipulaciones o simplemente las imposturas, no cesan de aumentar. Sabemos que no ha existido ninguna época dorada de la información, pero actualmente esas derivas han alcanzado también a los diarios de calidad. En Estados Unidos, el caso de Jayson Blair, el periodista estrella que falsificaba hechos, plagiaba artículos copiados de Internet y que incluso inventó decenas de historias, causó un perjuicio colosal al New York Times, que a menudo publicaba sus fabulaciones en portada (4). Ese diario, que era considerado una referencia por los profesionales, sufrió una conmoción a raíz del mencionado caso: los dos responsables de la redacción, Howell Raines y Gerald Boyd, debieron renunciar, y hubo que crear un puesto de ombudsman (defensor del lector), para el que fue designado Daniel Okrent, un ensayista y ex jefe de redacción de la revista Time.

Pocos meses después estalló otro escándalo, aún más estruendoso, en el primer diario de Estados Unidos, USA Today. Sus lectores descubrían, estupefactos, que su más célebre reportero, Jack Kelley, una estrella internacional que desde hacía 20 años viajaba por todo el mundo, que había entrevistado a 36 jefes de Estado y cubierto una decena de guerras, era un falsificador compulsivo, un "impostor en serie". Entre 1993 y 2003, Kelley había inventado cientos de relatos sensacionales. Como por azar, siempre estaba en el lugar donde ocurrían los acontecimientos, de los que extraía historias excepcionales y apasionantes. En uno de sus reportajes decía haber sido testigo de un atentado en una pizzería de Jerusalén y describía a tres hombres que comían junto a él, cuyos cuerpos habían sido proyectados hacia arriba por la explosión, cayendo luego decapitados, mientras las cabezas rodaban sobre la calle…

Su reportaje más grosero, aparecido el 10 de marzo de 2000, era sobre Cuba. Kelley había fotografiado a una empleada de hotel -Jacqueline- cuya fuga clandestina a bordo de un frágil esquife relataba con lujo de detalles, incluyendo la muerte de la desdichada, ahogada en el estrecho de la Florida. En realidad, la mujer -cuyo verdadero nombre era Yamilet Fernández- está viva actualmente y nunca ha corrido tal aventura. Otro periodista de Usa Today, Blake Morrison, la entrevistó y pudo verificar que Kelley había mentido (5). Las revelaciones de esos fraudes, considerados como uno de los mayores escándalos del periodismo estadounidense, le costaron el puesto a la directora de la redacción, Karen Jurgensen, y a otros dos altos directivos: Brian Gallagher, su adjunto, y Hal Ritter, responsable de la información (6).

Más recientemente, en plena campaña electoral, un nuevo sismo deontológico sacudió el mundo de los medios. Dan Rather, el presentador estrella del informativo televisivo de CBS y del prestigioso programa "60 minutos", reconoció haber difundido, sin verificarlos, falsos documentos para probar que el presidente Bush había gozado de ayuda para evitar ser enviado a la guerra de Vietnam (7). Rather anunció que abandonaba su puesto y se retiraba.

Intoxicación sobre Irak.

A todos esos desastres hay que añadir el cambio de manos de los grandes medios, transformados en órganos de propaganda -en particular el canal Fox News (8)- de las mentiras de la Casa Blanca respecto de Irak. Los diarios no verificaron ni pusieron en duda las afirmaciones de la Administración de Bush. De haberlo hecho, un documental como Farenheit 9/11, de Michael Moore, no hubiera tenido tanto éxito, ya que la información que aporta la película estaba disponible desde hacía mucho. Pero los medios la habían ocultado.

Incluso el Washington Post y el New York Times participaron de ese "lavado de cerebro", como lo mostró perfectamente un especialista de los medios, John Pilger: "Mucho antes de la invasión, ambos diarios creaban falsas alarmas por cuenta de la Casa Blanca. En la portada del New York Times podían leerse títulos como: ‘Arsenal secreto [de Irak]: en busca de las bacterias de guerra’, ‘Un desertor describe los progresos de la bomba atómica en Irak’, ‘Un iraquí habla de la renovación de los emplazamientos de armas químicas y nucleares’, o ‘Desertores refuerzan el informe estadounidense contra Irak, afirman los oficiales’. Todos esos artículos resultaron ser pura propaganda. En un correo electrónico interno (publicado por el Washington Post) la periodista estrella del New York Times, Judith Miller, admitió que su fuente principal era Ahmed Chalabi, un exiliado iraquí, un prevaricador condenado por la justicia, que había dirigido el Congreso Nacional Iraquí (CNI), organización con sede en Washington y financiada por la CIA. Una investigación del Congreso llegó posteriormente a la conclusión de que toda la información suministrada por Chalabi y por otros exiliados del CNI carecía de valor" (9).

Un oficial de la CIA, Robert Baer, reveló cómo funcionaba ese sistema de intoxicación: "El Congreso Nacional Iraquí (CNI) tomaba sus informaciones de falsos desertores y las pasaba al Pentágono, posteriormente el Congreso Nacional Iraquí daba las mismas informaciones a los periodistas diciéndoles: ‘Si no lo creen, llamen al Pentágono’. Así se lograba crear un circuito cerrado con tales noticias. De esa manera, el New York Times podía decir que tenía dos fuentes de informaciones sobre las armas de destrucción masiva en Irak. Lo mismo ocurría con el Washington Post. Los periodistas no trataban de averiguar más. Por otra parte, los jefes de redacción les pedían que apoyaran al gobierno, por patriotismo" (10).

El jefe de redacción del Washington Post, Steve Coll, debió renunciar a su cargo el 25 de agosto de 2004, después de que una investigación mostrara el poco espacio que había otorgado a los artículos que cuestionaban la tesis del gobierno en el periodo previo a la invasión de Irak (11). El New York Times también entonó su mea culpa. En un editorial publicado el 26 de mayo de 2004, reconoció su falta de rigor en la presentación de los acontecimientos que llevaron a la guerra y lamentó haber publicado "informaciones erróneas".

En Francia, los desastres mediáticos no son menores, como lo demostró el tratamiento dado por los principales medios a los casos de Patrice Alegre, del mozo de equipajes de Orly, de los pederastas de Outreau y de Marie L. que afirmaba haber sufrido una agresión antisemita en un tren de las afueras de París (12). El fenómeno se repite en muchos otros países. En España, por ejemplo, después de los atentados del 11 de marzo de 2004, los medios controlados por el gobierno de José María Aznar manipularon la información, tratando de imponer una "verdad oficial" al servicio de ambiciones electorales, ocultando la responsabilidad de la red Al Qaeda y atribuyendo el crimen a la organización vasca ETA.

Todos esos casos, al igual que la alianza cada vez más estrecha entre los medios de comunicación y los poderes económicos y políticos, han causado un daño terrible a la credibilidad de la prensa. Lo cual revela un inquietante déficit democrático. Domina el periodismo complaciente, al tiempo que el periodismo crítico retrocede. Cabe incluso preguntarse si a la hora de la globalización y de los megagrupos mediáticos no está desapareciendo la noción de prensa libre.

"Ideas sanas"

Al respecto, las declaraciones de Serge Dassault confirman todos los temores. En cuanto asumió su cargo, el nuevo propietario del diario Le Figaro declaró a los redactores: "Desearía, en la medida de lo posible, que el diario pusiera más de relieve nuestras empresas. Creo que a veces hay informaciones que requieren mucha precaución. Como por ejemplo, los artículos sobre los contratos en curso de negociación. Hay informaciones que hacen más mal que bien. El riesgo consiste en poner en peligro intereses comerciales o industriales de nuestro país" (13). Se comprenderá que lo que Dassault llama "nuestro país" es su fábrica de armas Dassault-Aviation. Y sin duda para protegerla censuró una entrevista sobre la venta fraudulenta de aviones Mirage a Taiwán. Al igual que una información sobre las conversaciones entre el presidente francés Jacques Chirac y su homólogo argelino Abdelaziz Bouteflika, sobre un proyecto de venta de aviones Rafale a Argelia (14).

Recientemente, Dassault explicó que una de las razones que lo llevaron a comprar el semanario L’Express y el diario Le Figaro era que un periódico "permite difundir una cantidad de ideas sanas", lo que aumentó la inquietud de los periodistas (15).

Si a esas declaraciones sumamos las de Patrick Le Lay, director del canal TF1, sobre la verdadera función de ese gigante de los medios de comunicación franceses -"La función de TF1 es ayudar a Coca Cola a vender su producto. Lo que nosotros le vendemos a Coca Cola es tiempo disponible de cerebro humano" (16)- vemos los peligros que implica esa mezcla de actividades, hasta tal punto resultan contradictorias la obsesión comercial y la ética de la información.

La citada mezcla de actividades puede ir muy lejos, sin que los lectores se den cuenta. Walter Wells, director del International Herald Tribune (que pertenece al grupo New York Times, que cotiza en Bolsa) han advertido recientemente sobre los riesgos de la entrada en el mercado de valores de las empresas de prensa. "A menudo, quienes deben tomar una decisión periodística se preguntan si la misma hará bajar o subir en algunos centavos el valor en bolsa de las acciones de la editorial. Ese tipo de consideraciones se ha vuelto capital, los directores de diarios reciben permanentemente directrices en tal sentido por parte de los propietarios financieros del periódico. Se trata de un hecho nuevo en el periodismo contemporáneo, antes no era así" (17).

Esa confusión, que manipula y termina atrapando a los lectores, puede ir aún más lejos en Internet. Así, por ejemplo, el sitio Forbes.com, de la revista económica estadounidense Forbes, utiliza un nuevo procedimiento para hacer publicidad, integrando directamente los enlaces promocionales en el contenido de los artículos. Los anunciantes compran ciertas palabras-clave y cuando el cursor del internauta pasa sobre ellas, aparece un pop-up con un mensaje publicitario. Los periodistas no son informados por anticipado sobre las palabras-clave que compran los anunciantes, pero algunos ya se preguntan si dentro de poco no les pedirán que escriban artículos utilizando palabras precisas que podrían brindar importantes beneficios económicos a la empresa periodística.

La era de la inseguridad informativa

Cada vez más ciudadanos toman conciencia de esos nuevos peligros y se muestran muy sensibles respecto de las manipulaciones mediáticas, convencidos de que en nuestras sociedades hipermediatizadas, vivimos paradójicamente en estado de inseguridad informativa. La información prolifera, pero sin ninguna garantía de fiabilidad. Asistimos al triunfo del periodismo de especulación y de espectáculo, en detrimento del periodismo de información. La puesta en escena (el embalaje) predomina sobre la verificación de los hechos.

En lugar de constituir la última defensa contra los excesos derivados de la rapidez y la inmediatez, muchos diarios han fallado en su misión y han contribuido a veces -en nombre de una concepción perezosa o policial (18) del periodismo de investigación- a desacreditar lo que otrora se llamaba el "cuarto poder". Nuestro fundador, Hubert Beuve-Méry, recordaba siempre: "Los hechos son sagrados, la opinión es libre". Pero la actitud que se propaga en los medios parece invertir esa fórmula. Cada vez más editorialistas consideran que las que son sagradas son sus opiniones -pocas veces fundamentadas- a la vez que no dudan en deformar los hechos para obligarlos a justificar sus opiniones.

En semejante contexto, en que el entusiasmo militante retrocede mientras cunde una visión pesimista del futuro, la redacción de Le Monde diplomatique se consagra a la tarea de mejorar su contenido editorial y considera que lo más importante es no traicionar la confianza de los lectores. Más que nunca, contamos con su movilización y su solidaridad para defender la independencia de nuestro periódico y la libertad que ella nos garantiza. Les recordamos que la mejor manera de apoyarnos es suscribirse sin demora y suscribir a sus amigos.

Somos el periódico de la sociedad en movimiento, de la crítica social, de los que quieren que el mundo cambie. Y estamos dispuestos a mantenernos fieles a principios fundamentales que caracterizan nuestra manera de informar. Moderando la aceleración mediática; apostando por un periodismo de las luces, para disipar las sombras de la actualidad; interesándonos en situaciones que no están bajo los reflectores de la actualidad, pero que ayudan a comprender mejor el contexto internacional; proponiendo dossiers cada vez más completos, más profundos y mejor documentados sobre los grandes temas contemporáneos; yendo al fondo de los problemas, con método, rigor y seriedad; presentando informaciones y análisis inéditos, que muchas veces permanecían ocultos; y atreviéndonos a ir a contracorriente de los medios dominantes. Estamos convencidos de que de la calidad de la información depende la del debate cívico. La índole de este debate determina en última instancia la riqueza de la democracia.

NOTAS:

(1) Hachette Filipacchi Médias, filial de Lagardère Media, es el primer editor de revistas del mundo, con 245 títulos en 36 países. Ver el dossier sobre "la concentración de los medios en Francia" en el sitio del Observatorio francés de los medios: http://www.observatoire-medias.info. En el seno del grupo Le Monde SA -accionista principal (51%) de Le Monde Diplomatique SA- el grupo Lagardère es accionista (10%) de Midi Libre, de la imprenta de Le Monde y de Le Monde interactif.

(2) Por contra, el número de artículos leídos en nuestro sitio internet se ha duplicado en 2004. Nuestra audiencia internacional continúa ampliándose: alcanzan el número de 45, en 20 lenguas, y su difusión acumulada supera el 1,1 millones de ejemplares.

(3) En Estados Unidos, la audiencia de los informativos televisivos de los principales canales pasó de un promedio de 36,3 millones cada noche, en 1994, a 26,3 millones en 2004.

(4) Ver Le Monde, 21 de mayo de 2003 y Time, 16 de junio de 2003.

(5) http://www.usatoday.com/news/2004-03-19-2004-03-19-kelley-cuba_x.htm

(6) Le Monde, 30 de abril de 2004.

(7) Le Monde, 28 de septiembre de 2004.

(8) Cf. el documental de Robert Greenwald, Outfoxed (2004).

(9) John Pilger, "Cómo fabricar ciudadanos consumidores, mal informados y bien pensantes", Le Monde diplomatique, edición española, octubre de 2004, pág. 28.

(10) En el documental de Robert Greenwald, Uncovered (2003).

(11) The Washington Post, 12 de agosto de 2004.

(12) Ver la investigación de Gilles Balbastre, "Les faits divers, ou le tribunal implacable des médias", Le Monde diplomatique, París, diciembre 2004.

(13) Le Monde, 9 de septiembre de 2004.

(14) Le Canard enchaîné, 8 de septiembre de 2004.

(15) Una vez que Dassault asumió la dirección del grupo Socpresse, 268 periodistas del mismo, es decir, cerca del 10% del total, invocaron la cláusula de renuncia y anunciaron su renuncia.

(16) En el libro Les Dirigeants face au changement, ediciones Huitième jour, Paris, 2004.

(17) El Mundo, Madrid, 12 de noviembre de 2004.

(18) Donde se confunden demasiado a menudo informadores con soplones, verdaderas investigaciones con la recepción de mensajes.

* De Le Monde Diplomatique, número 111, de enero 2005, http://www.monde-diplomatique.es/

Permitida la reproducción parcial o total siempre y cuando se citen las fuentes. Copyleft ©2003-2005. Los pobres de la tierra.org – San José, Costa Rica.

 

Observatorio Internacional de Medios de Comunicación  (2003)

El quinto poder

por Ignacio Ramonet

El Observatorio Internacional de Medios de Comunicación (OIMC) surge como “quinto poder” para contrapesar los excesos del poder mediático. Los medios de comunicación, concebidos en su origen como canales de la libertad de expresión contra los abusos del poder político y económico, en la era de la globalización han pasado a expresar los intereses de un puñado de gigantescas empresas mediáticas identificadas con los intereses económicos del establishment, en detrimento del derecho de los ciudadanos a una información veraz.

La prensa y los medios de comunicación han sido, durante largos decenios, en el marco democrático, un recurso de los ciudadanos contra el abuso de los poderes. En efecto, los tres poderes tradicionales –legislativo, ejecutivo y judicial– pueden fallar, confundirse y cometer errores. Mucho más frecuentemente, por supuesto, en los Estados autoritarios y dictatoriales, donde el poder político es el principal responsable de todas las violaciones a los derechos humanos y de todas las censuras contra las libertades.

Pero en los países democráticos también pueden cometerse graves abusos, aunque las leyes sean votadas democráticamente, los gobiernos surjan del sufragio universal y la justicia –en teoría– sea independiente del ejecutivo. Puede ocurrir, por ejemplo, que la justicia condene a un inocente (¡cómo olvidar el caso Dreyfus en Francia!); que el Parlamento vote leyes discriminatorias para ciertos sectores de la población (como ha sucedido en Estados Unidos, durante más de un siglo, respecto de los afro-estadounidenses, y sucede actualmente respecto de los oriundos de países musulmanes, en virtud de la Patriot Act); que los gobiernos implementen políticas cuyas consecuencias resultarán funestas para todo un sector de la sociedad (como sucede, en la actualidad, en numerosos países europeos, respecto de los inmigrantes “indocumentados”).

En un contexto democrático semejante, los periodistas y los medios de comunicación a menudo han considerado un deber prioritario denunciar dichas violaciones a los derechos. A veces, lo pagaron muy caro: atentados, “desapariciones”, asesinatos, como aún ocurre en Colombia, Guatemala, Turquía, Pakistán, Filipinas, y en otros lugares. Es por esta razón que durante mucho tiempo se habló del “cuarto poder”. Ese “cuarto poder” era en definitiva, gracias al sentido cívico de los medios de comunicación y al coraje de valientes periodistas, aquel del que disponían los ciudadanos para democráticamente criticar, rechazar o enfrentar decisiones ilegales que pudieran ser inicuas, injustas e incluso criminales contra personas inocentes. Era, como se ha dicho a menudo, la voz de los sin-voz.

Desde hace una quincena de años, a medida que se aceleraba la mundialización liberal, este “cuarto poder” fue vaciándose de sentido, perdiendo poco a poco su función esencial de contrapoder. Esta evidencia se impone al estudiar de cerca el funcionamiento de la globalización, al observar cómo llegó a su auge un nuevo tipo de capitalismo, ya no simplemente industrial sino predominantemente financiero, en suma, un capitalismo de la especulación. En esta etapa de la mundialización, asistimos a un brutal enfrentamiento entre el mercado y el Estado, el sector privado y los servicios públicos, el individuo y la sociedad, lo íntimo y lo colectivo, el egoísmo y la solidaridad.

Megagrupos mediáticos

El verdadero poder es actualmente detentado por un conjunto de grupos económicos planetarios y de empresas globales cuyo peso en los negocios del mundo resulta a veces más importante que el de los gobiernos y los Estados. Ellos son los “nuevos amos del mundo” que se reúnen cada año en Davos, en el marco del Foro Económico Mundial, e inspiran las políticas de la gran Trinidad Globalizadora: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Organización Mundial del Comercio.

Es en este marco geoeconómico donde se produjo una metamorfosis decisiva en el campo de los medios de comunicación masiva, en el corazón mismo de su textura industrial.

Los medios masivos de comunicación (emisoras de radio, prensa escrita, canales de televisión, internet) tienden cada vez más a agruparse en el seno de inmensas estructuras para conformar grupos mediáticos con vocación mundial. Empresas gigantes como News Corps, Viacom, AOL Time Warner, General Electric, Microsoft, Bertelsmann, United Global Com, Disney, Telefónica, RTL Group, France Telecom, etc., tienen ahora nuevas posibilidades de expansión debido a los cambios tecnológicos. La “revolución digital” ha derribado las fronteras que antes separaban las tres formas tradicionales de la comunicación: sonido, escritura, imagen. Permitió el surgimiento y el auge de internet, que representa una cuarta manera de comunicar, una nueva forma de expresarse, de informarse, de distraerse.

Desde entonces, las empresas mediáticas se ven tentadas de conformar “grupos” para reunir en su seno a todos los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio, televisión), pero además a todas las actividades de lo que podríamos denominar los sectores de la cultura de masas, de la comunicación y la información. Estas tres esferas antes eran autónomas: por un lado, la cultura de masas con su lógica comercial, sus creaciones populares, sus objetivos esencialmente mercantiles; por el otro, la comunicación, en el sentido publicitario, el marketing, la propaganda, la retórica de la persuasión; y finalmente, la información con sus agencias de noticias, los boletines de radio o televisión, la prensa, los canales de información continua, en suma, el universo de todos los periodismos.

Estas tres esferas, antes tan diferentes, se imbricaron poco a poco para constituir una sola y única esfera ciclópea en cuyo seno resulta cada vez más difícil distinguir las actividades concernientes a la cultura de masas, la comunicación o la información (1). Por añadidura, estas empresas mediáticas gigantes, estos productores en cadena de símbolos multiplican la difusión de mensajes de todo tipo, donde se entremezclan televisión, dibujos animados, cine, videojuegos, CD musicales, DVD, edición, ciudades temáticas estilo Disneylandia, espectáculos deportivos, etc.

En otras palabras, los grupos mediáticos poseen de ahora en más dos nuevas características: primeramente, se ocupan de todo lo concerniente a la escritura, de todo lo concerniente a la imagen, de todo lo concerniente al sonido, y difunden esto mediante los canales más diversos (prensa escrita, radio, televisión de aire, por cable o satelital, vía internet y a través de todo tipo de redes digitales). Segunda característica: estos grupos son mundiales, planetarios, globales, y no solamente nacionales o locales.

En 1940, en una célebre película, Orson Welles arremetía contra el “superpoder” de Citizen Kane (en realidad, el magnate dela prensa de comienzos del siglo XX, William Randolph Hearst). Sin embargo, comparado con el de los grandes grupos mundiales de hoy, el poder de Kane era insignificante. Propietario de algunos periódicos en un solo país, Kane disponía de un poder ínfimo (sin por ello carecer de eficacia a nivel local o nacional) (2), en comparación con los archipoderes de los megagrupos mediáticos de nuestro tiempo.

Estas megaempresas contemporáneas, mediante mecanismos de concentración, se apoderan de los sectores mediáticos más diversos en numerosos países, en todos los continentes, y se convierten de esta manera, por su peso económico y su importancia ideológica, en los principales actores de la mundialización liberal. Al haberse convertido la comunicación (extendida a la informática, la electrónica y la telefonía) en la industria pesada de nuestro tiempo, estos grandes grupos pretenden ampliar su dimensión a través de incesantes adquisiciones y presionan a los gobiernos para que anulen las leyes que limitan las concentraciones o impiden la constitución de monopolios o duopolios (3).

La mundialización es también la mundialización de los medios de comunicación masiva, de la comunicación y de la información. Preocupados sobre todo por la preservación de su gigantismo, que los obliga a cortejar a los otros poderes, estos grandes grupos ya no se proponen, como objetivo cívico, denunciar los abusos contra el derecho ni corregir las disfunciones de la democracia para pulir y perfeccionar el sistema político. Tampoco desean ya erigirse en “cuarto poder” y, menos aun, actuar como un contrapoder.

Si, llegado el caso, constituyeran un “cuarto poder”, éste se sumaría a los demás poderes existentes –político y económico– para aplastar a su turno, como poder suplementario, como poder mediático, a los ciudadanos.

La cuestión cívica que se nos plantea de ahora en más es la siguiente: ¿cómo reaccionar? ¿cómo defenderse? ¿cómo resistir a la ofensiva de este nuevo poder que, de alguna manera, ha traicionado a los ciudadanos y se pasó con todos sus bártulos al enemigo?

Es necesario, simplemente, crear un “quinto poder”. Un “quinto poder” que nos permita oponer una fuerza cívica ciudadana a la nueva coalición dominante. Un “quinto poder” cuya función sería denunciar el superpoder de los medios de comunicación, de los grandes grupos mediáticos, cómplices y difusores de la globalización liberal. Esos medios de comunicación que, en determinadas circunstancias, no sólo dejaron de defender a los ciudadanos, sino que a veces actúan en contra del pueblo en su conjunto. Tal como lo comprobamos en Venezuela.

Información contaminada

En este país latinoamericano, donde la oposición política fue derrotada en 1998 en elecciones libres, plurales y democráticas, los principales grupos de prensa, radio y televisión han desatado una verdadera guerra mediática contra la legitimidad del presidente Hugo Chávez (4). Mientras que éste y su gobierno se mantienen respetuosos del marco democrático, los medios de comunicación, en manos de un puñado de privilegiados, continúan utilizando toda la artillería de las manipulaciones, las mentiras y el lavado de cerebro para tratar de intoxicar la mente de la gente (5). En esta guerra ideológica, abandonaron por completo la función de “cuarto poder”; pretenden desesperadamente defender los privilegios de una casta y se oponen a toda reforma social y a toda distribución un poco más justa de la inmensa riqueza nacional (ver Maurice Lemoine, pág. 10).

El caso venezolano es paradigmático de la nueva situación internacional en la cual grupos mediáticos enfurecidos asumen abiertamente su nueva función de perros guardianes del orden económico establecido, y su nuevo estatuto de poder antipopular y anticiudadano. Estos grandes grupos no sólo se asumen como poder mediático, constituyen sobre todo el brazo ideológico de la mundialización, y su función es contener las reivindicaciones populares tratando de adueñarse del poder político (como logró hacerlo en Italia, democráticamente, Silvio Berlusconi, dueño del principal grupo de comunicación peninsular).

La “guerra sucia mediática” librada en Venezuela contra el presidente Hugo Chávez es la réplica exacta de lo que hizo, de 1970 a 1973, el periódico El Mercurio (6) en Chile contra el gobierno democrático del presidente Salvador Allende, hasta empujar a los militares al golpe de Estado. Campañas semejantes, donde los medios de comunicación pretenden destruir la democracia, podrían reproducirse mañana en Ecuador, Brasil o Argentina contra toda reforma legal que intente modificar la jerarquía social y la desigualdad de la riqueza. Al poder de la oligarquía tradicional y al de los típicos reaccionarios, se suman actualmente los poderes mediáticos. Juntos –¡y en nombre de la libertad de expresión!– atacan los programas que defienden los intereses de la mayoría de la población. Tal es la fachada mediática de la globalización. Revela de la forma más clara, más evidente y más caricaturesca la ideología de la mundialización liberal.

Medios de comunicación masiva y mundialización liberal están íntimamente ligados. Por eso, es urgente desarrollar una reflexión sobre la manera en que los ciudadanos pueden exigir a los grandes medios de comunicación mayor ética, verdad, respeto a una deontología que permita a los periodistas actuar en función de su conciencia y no en función de los intereses de los grupos, las empresas y los patrones que los emplean.

En la nueva guerra ideológica que impone la mundialización, los medios de comunicación son utilizados como un arma de combate. La información, debido a su explosión, su multiplicación, su sobreabundancia, se encuentra literalmente contaminada, envenenada por todo tipo de mentiras, por los rumores, las deformaciones, las distorsiones, las manipulaciones.

Se produce en este campo lo que ya ocurrió con la alimentación. Durante mucho tiempo, el alimento fue escaso y aún lo es en numerosos lugares del mundo. Pero cuando gracias a las revoluciones agrícolas los campos comenzaron a producir en sobreabundancia, particularmente en los países de Europa Occidental o de América del Norte, se observó que numerosos alimentos estaban contaminados, envenenados por pesticidas que provocaban enfermedades, causaban infecciones, generaban cánceres y todo tipo de problemas de salud, llegando incluso a producir pánico en las masas como el mal de la “vaca loca”. En suma, antes uno podía morirse de hambre, ahora uno puede morirse por haber comido alimentos contaminados…

Con la información sucede lo mismo. Históricamente, ha sido muy escasa. Incluso actualmente, en los países dictatoriales, no existe información fiable, completa, de calidad. En cambio, en los Estados democráticos, desborda por todas partes. Nos asfixia. Empédocles decía que el mundo estaba constituido por la combinación de cuatro elementos: aire, agua, tierra, fuego. La información se tornó tan abundante que constituye, de alguna manera, el quinto elemento de nuestro mundo globalizado.

Pero al mismo tiempo, uno comprueba que, al igual que el alimento, la información está contaminada. Nos envenena la mente, nos contamina el cerebro, nos manipula, nos intoxica, intenta instilar en nuestro inconsciente ideas que no son las nuestras. Por eso, es necesario elaborar lo que podría denominarse una “ecología de la información”. Con el fin de limpiar, separar la información de la “marea negra” de las mentiras, cuya magnitud pudo medirse, una vez más, durante la reciente invasión a Irak (7). Es necesario descontaminar la información. Así como han podido obtenerse alimentos “bio”, a priori menos contaminados que los demás, debería obtenerse una suerte de información “bio”. Los ciudadanos deben movilizarse para exigir que los medios de comunicación pertenecientes a los grandes grupos globales respeten la verdad, porque sólo la búsqueda de la verdad constituye en definitiva la legitimidad de la información.

Fuerza moral

Por eso hemos propuesto la creación del Observatorio Internacional de Medios de Comunicación (en inglés: Media Watch Global, MWG). Para disponer finalmente de un arma cívica, pacífica, que los ciudadanos podrán utilizar con el fin de oponerse al nuevo superpoder de los grandes medios de comunicación masiva. Este observatorio es una expresión del movimiento social planetario reunido en Porto Alegre (Brasil). En plena ofensiva de la globalización liberal, expresa la preocupación de todos los ciudadanos ante la nueva arrogancia de las industrias gigantes de la comunicación.

Los grandes medios de comunicación privilegian sus intereses particulares en detrimento del interés general y confunden su propia libertad con la libertad de empresa, considerada la primera de las libertades. Pero la libertad de empresa no puede, en ningún caso, prevalecer sobre el derecho de los ciudadanos a una información rigurosa y verificada ni servir de pretexto a la difusión consciente de informaciones falsas o difamaciones.

La libertad de los medios de comunicación sólo es la extensión de la libertad colectiva de expresión, fundamento de la democracia. Como tal, no puede ser confiscada por un grupo de poderosos. Implica, por añadidura, una “responsabilidad social” y, en consecuencia, su ejercicio debe estar, en última instancia, bajo el control responsable de la sociedad. Es esta convicción la que nos llevó a proponer la creación del Observatorio Internacional de Medios de Comunicación, Observatoire International des Médias, Media Watch Global. Porque los medios de comunicación son actualmente el único poder sin contrapoder, y se genera así un desequilibrio perjudicial para la democracia.

La fuerza de esta asociación es ante todo moral: reprende basándose en la ética y sanciona las faltas de honestidad mediática a través de informes y estudios que elabora, publica y difunde.

El OIMC constituye un contrapeso indispensable para el exceso de poder de los grandes grupos mediáticos que imponen, en materia de información, una sola lógica –la del mercado– y una única ideología, el pensamiento neoliberal. Esta asociación internacional desea ejercer una responsabilidad colectiva, en nombre del interés superior de la sociedad y del derecho de los ciudadanos a estar bien informados. Al respecto, considera de una importancia primordial los desafíos de la próxima Cumbre Mundial sobre la Información que tendrá lugar en diciembre próximo, en Ginebra (8). Propone además prevenir a la sociedad contra las manipulaciones mediáticas que, como epidemias, se multiplicaron estos últimos años.

El Observatorio reúne tres tipos de miembros, que disponen de idénticos derechos: 1) periodistas profesionales u ocasionales, en actividad o jubilados, de todos los medios de comunicación, centrales o alternativos; 2) universitarios e investigadores de todas las disciplinas, y particularmente especialistas en medios de comunicación, porque la Universidad, en el contexto actual, es uno de los pocos lugares parcialmente protegidos contra las ambiciones totalitarias del mercado; 3) usuarios de los medios de comunicación, ciudadanos comunes y personalidades reconocidas por su estatura moral…

Los sistemas actuales de regulación de los medios de comunicación son en todas partes insatisfactorios. Al ser la información un bien común, su calidad no podría estar garantizada por organizaciones integradas exclusivamente por periodistas, a menudo vinculados a intereses corporativos. Los códigos deontológicos de cada empresa mediática –cuando existen– se revelan a menudo poco aptos para sancionar y corregir los desvíos, los ocultamientos y las censuras. Es indispensable que la deontología y la ética de la información sean definidas y defendidas por una instancia imparcial, creíble, independiente y objetiva, en cuyo seno los universitarios tengan un papel decisivo. La función de los ombudsmen o mediadores, que fue útil en los años 1980 y 1990, está actualmente mercantilizada, desvalorizada y degradada. Es a menudo un instrumento de las empresas, responde a imperativos de imagen y constituye una coartada barata para reforzar artificialmente la credibilidad de los medios.

Uno de los derechos más preciados del ser humano es el de comunicar libremente su pensamiento y sus opiniones. Ninguna ley debe restringir arbitrariamente la libertad de expresión o de prensa. Pero las empresas mediáticas no pueden ejercerla sino bajo la condición de no infringir otros derechos tan sagrados como el de que todo ciudadano pueda acceder a una información no contaminada. Al abrigo de la libertad de expresión, las empresas mediáticas no deben poder difundir informaciones falsas, ni realizar campañas de propaganda ideológica, u otras manipulaciones.

El Observatorio Internacional de Medios de Comunicación considera que la libertad absoluta de los medios de comunicación, reclamada a viva voz por los dueños de los grandes grupos de comunicación mundiales, no podría ejercerse a costa de la libertad de todos los ciudadanos. Estos grandes grupos deben saber de ahora en más que acaba de nacer un contrapoder, con la vocación de reunir a todos aquellos que se reconocen en el movimiento social planetario y que luchan contra la confiscación del derecho de expresión. Periodistas, universitarios, militantes de asociaciones, lectores de diarios, oyentes de radios, telespectadores, usuarios de internet, todos se unen para forjar un arma colectiva de debate y de acción democrática. Los globalizadores habían declarado que el siglo XXI sería el de las empresas globales; la asociación Media Watch Global afirma que será el siglo en el que la comunicación y la información pertenecerán finalmente a todos los ciudadanos. ◊

1 Ignacio Ramonet, La tiranía de la comunicación, Temas de Debate, Madrid, 1998; y Propagandas silenciosas, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 2001.

2 Véase, por ejemplo, en Italia, la superpotencia mediática del grupo Fininvest de Silvio Berlusconi, o en Francia, la de los grupos Lagardère o Dassault.

3 Presionada por los grandes grupos mediáticos estadounidenses, la Federal Communications Commission (FCC) de Estados Unidos autorizó, el 4-6-03, la flexibilización de los límites a la concentración: una empresa podría controlar hasta el 45% de la audiencia nacional (contra el 35%, en la actualidad). La decisión debía entrar en vigencia el 4 de septiembre último, pero debido a que algunos ven en ella “una grave amenaza para la democracia”, fue suspendida por la Corte Suprema.

4 Ignacio Ramonet, “El crimen perfecto”, Le Monde diplomatique, edición chilena, junio de 2002.

5 Maurice Lemoine, “Laboratorios de la mentira en Venezuela”, Le Monde diplomatique, edición chilena, agosto de 2002.

6 Y muchos otros medios de comunicación, como La Tercera, Ultimas Noticias, La Segunda, Canal 13, etc. Véase Patricio Tupper, Allende, la cible des médias chiliens et de la CIA (1970-1973), Editions de l’Amandier, París, 2003.

7 Ignacio Ramonet, “Mentiras de Estado”, Le Monde diplomatique, edición chilena, julio de 2003. 8 Armand Mattelart, “La clave del nuevo orden internacional”, Le Monde diplomatique, edición chilena, agosto de 2003.

I.R.

Concentración mediática y lavado de cerebros en América Latina

7/Julio/2009

antenaUn artículo publicado por la web “Sala de Prensa”, firmado por el periodista mexicano Jenaro Villamil, analiza la concentración de la propiedad de  los medios en Latinoamérica  y las redes tejidas por las grandes empresas comunicacionales que manejan la prensa, la TV y la radio en el mundo, como principales amenazas a la libertad de pensamiento y al surgimiento de un nuevo orden mundial en las comunicaciones.

Sala de Prensa / Jenaro Villamil *

Hace casi tres décadas, en 1980, el político irlandés Sean Mac Bride, fundador de Amnistía Internacional, elaboró para la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) un informe que constituyó el diagnóstico más puntual sobre la concentración mediática en el mundo hasta esa fecha.

El Informe Mac Bride advertía que “la industria de la comunicación está dominada por un número relativamente pequeño de empresas que engloban todos los aspectos de la producción y la distribución, están situadas en los principales países desarrollados y sus actividades son trasnacionales” (Un solo mundo, voces múltiples, Comunicación e Información en Nuestro Tiempo, FCEUNESCO, México, 1980).

Cuando se elaboró el informe, su autor identificó a 12 grandes grupos mediáticos, entre empresas televisivas, consorcios periodísticos, editoriales y corporativos de entretenimiento. A 20 años de distancia, la concentración que diagnosticó Mac Bride como principal amenaza para la libertad de pensamiento y principal obstáculo para llegar a un nuevo orden mundial de la información y la comunicación, ha aumentado: son ahora sólo seis grandes corporativos multinacionales y multimediáticos (manejan televisión, cine, sistemas de cable, sitios online, periódicos y revistas) los que controlan más de 60 % de los contenidos y de la distribución informativa, de entretenimiento y de comunicación.

Otro elemento difícil pronosticar hace casi 30 años era el surgimiento de los grandes canales globales de noticias, al estilo CNN o Fox News, que han creado un nuevo “género” periodístico: las Mc Noticias o la información chatarra, como las hamburguesas de Mc Donalds.

Estos grandes canales globales, como CNN en Español que desde la ciudad estadunidense de Atlanta dicta en gran medida la agenda informativa a América Latina, proponen un empaquetamiento poco reflexivo de noticias, siempre orientadas ideológicamente.

Más de 50% del contenido de sus noticiarios está dominado por este nuevo subgénero conocido como infoentretenimiento, una mezcla de noticias sobre la farándula, la moda, la decoración de interiores, la gastronomía, las nuevas tecnologías en boga, los chismes sobre la vida privada de celebridades del show business o el deporte, las promociones publicitarias embozadas sobre las películas de Hollywood, la industria automotriz estadunidense o la industria farmacéutica y sus “recetas” para complacer a los eternos Narcisos o Narcisas que según ellos conforman las audiencias globlales.

Ni qué decir de Fox News, la cadena perteneciente a Corps. News, la cadena del magnate australiano Rupert Murdoch, quien trasladó a la pantalla el amarillismo y sensacionalismo de sus periódicos tabloides en Gran Bretaña y Australia. La agenda conservadora de esta cadena, apenas disfrazada por talk shows contradictorios y una cobertura informativa aparentemente “profesional”, la transformó en “buque insignia” de los neoconservadores de George W. Bush.

Tanto CNN como Fox News forman parte de los dos grandes corporativos globales que encabezan la lista de grandes concentradoras multimediáticas. CNN, empresa creada por Ted Turner para exportar el punto de vista estadunidense ante la primera guerra del Golfo Pérsico en 1991, forma parte ahora de Time Warner, corporativo que domina los estudios de la Warner Bros., la productora HBO y maneja más de 150 títulos de revistas de espectáculos, finanzas y geopolítica, como Time, Fortune, Expansión o People.

Por su parte, Fox News, forma parte de News Corp, dueño de más de 200 periódicos de habla inglesa, accionista mayoritario del sistema de televisión satelital Sky y propietario de los estudios Twentieth Century Fox.

La lista de los seis grandes grupos que controlan la industria mediática, informativa y de entretenimiento en el mundo se completa con Walt Disney, Viacom-CBS, Vivendi-Universal y Bertelsmann. De ellos, cuatro son mayoritariamente anglosajones (Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia), y dos son una mezcla de capital francés y estadunidense, y uno alemán.

Así como las “cuatro grandes hermanas” del mundo petrolero definieron a principios del siglo XX las reglas del juego de la economía mundial, estas “seis grandes hermanas” definen ahora la dinámica de la percepción global de nuestra realidad cotidiana. Ellas deciden lo que hay que ver, cómo entretenerse y cuál es la agenda noticiosa importante en todo el mundo: de Japón a China, de América Latina a África, de Medio Oriente a Europa oriental y, por supuesto, en los países más desarrollados (Estados Unidos, Canadá, Australia y los de la Unión Europea) que constituyen 60% de su mercado.

Concentración y uniformidad

Controlan los contenidos audiovisuales (televisión, cine, Internet) y las redes de distribución (televisión terrestre, cable y satelital), pero también los medios impresos (periódicos, revistas), la radio y la publicidad exterior. Serán recordadas como las inventoras del infoentretenimiento –mezcla de información “dura” con soft news– y la telerrealidad –género de ficción que logra convencer al televidente de que lo que ve es verdadero, y así involucrarlo en la dramaturgia que se le propone. Al primer género se le ha llamado Mc Noticias. Sus contenidos son básicamente autorreferenciales: sus noticias hablan de los productos de sus mismas compañías de cine, de los chismes que se difunden en sus revistas de espectáculos y, por supuesto, de su agenda política y diplomática.

La hegemonía de las “seis hermanas” es indudable, aún cuando existan iniciativas públicas (como la británica BBC) o empresas alternativas (como la cadena árabe Al Jazeera, que copió el modelo de CNN una década después, pero para dar informaciones y análisis desde el punto de vista del mundo árabe).

En América Latina, esta concentración global se refleja a escala. Son nueve grandes grupos los que definen el futuro de la industria mediática continental: los mexicanos Televisa y TV Azteca; los brasileños O’ Globo y Folha; el argentino Clarín; el chileno Mercurio; el venezolano Grupo Cisneros; los colombianos Bavaria y Tiempo.

A estos consorcios se suma un par de grandes grupos españoles: PRISA y Recoletos, que se han convertido en los dos más importantes inversionistas de la pasada década, en lo que consideran el “nuevo desembarco”, es decir, la reconquista ibérica del mercado de la información, la comunicación y el entretenimiento en América Latina.

Más de 60% de los contenidos de entretenimiento e informativos de estas empresas latinoamericanas reproducen y replican lo generado por las “seis grandes hermanas” globales.

Quizá sólo el Grupo Televisa tiene una capacidad de producción propia, que la convierte en el consorcio más importante de habla hispana: 53 mil horas anuales de programación (entre 2007 y 2008), de las cuales, 67% se exporta hacia el resto del continente, Estados Unidos y España (Reporte F-20 de Televisa ante la Securities Exchange Commision, 2008).

Sólo el grupo brasileño O’ Globo rivaliza con el tamaño y la expansión de Televisa. El consorcio multimediático de Roberto Marinho posee 107 emisoras televisivas en su país, pero también es propietario del periódico de mayor circulación, O’ Globo, con un tiraje promedio de 350 mil ejemplares diarios, y posee la red radiofónica más grande de Brasil, con 20 emisoras afiliadas.

Sin embargo, la capacidad exportadora de O’ Globo es mucho menor que la de Televisa, en parte por la barrera idiomática y también por las dimensiones del mercado brasileño, que permiten al grupo desarrollarse internamente sin límites y lo convierten en mercado de autoconsumo.

En exportación y distribución, el grupo Venevisión, del venezolano Gustavo Cisneros, es el mayor en Sudamérica y expande su influencia por conducto de Caracol Televisión, la empresa colombiana más grande de medios electrónicos.

Estos grupos mediáticos tienen algo en común: todos defienden una agenda conservadora en lo moral, neoliberal en lo económico, mercantilizada y santificadora del rating. La creatividad y la credibilidad no son valores para ellos. Por lo contrario, han infantilizado a las audiencias regionales y han sobrexpuesto sus intereses, poniendo en riesgo su credibilidad. En ciertas partes de América Latina, esta “involución” empieza a provocar reacciones negativas.

Un estudio elaborado por el Consejo Nacional de Televisión de Chile, realizado en mayo de 2007, demuestra que entre los años 2002 y 2005 el nivel de insatisfacción de los televidentes por los contenidos de la pantalla creció de manera dramática. (1)

Este incremento coincidió con la “apertura” de la televisión chilena a los formatos y contenidos de los grandes grupos mediáticos mundiales, incluyendo la sobreexplotación de los nuevos géneros televisivos, como los talk shows o los reality shows, modelos de “telerrealidad” que algunos críticos denominan “telebasura”.

La principal característica de esos contenidos es la uniformidad en los contenidos, ya sea en los programas para las audiencias infantiles, en las telenovelas, los programas de espectáculos y, sobre todo, los noticiarios.

Paul Walter, coautor del estudio del Consejo Nacional de Televisión de Chile, afirmó que los adultos se quejan de que los noticiarios contienen poca variedad y se concentran en la delincuencia y en los hechos de sangre. La idea de que “la nota roja genera rating” ha agotado parte de las audiencias.

Desafortunadamente, existen pocos estudios similares en otros países de América Latina, debido, en buena medida, al veto de los grandes grupos televisivos para la creación de instancias autónomas encargadas de vigilar los contenidos y defender los derechos de las audiencias.

Este proceso ha sido particularmente grave en México. Televisa y TV Azteca han vetado desde 2001 hasta 2009 la posibilidad de una reforma profunda a la ley de medios electrónicos que permita la competencia y la existencia de un organismo de monitoreo autónomo. Para alcanzar ese propósito, en 2006, con el beneplácito de la mayoría de diputados y senadores de todos los partidos, impusieron una contrarreforma legal, conocida como Ley Televisa. El escándalo generado por esta legislación fue enmendado, parcialmente, por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que declaró anticonstitucionales aspectos sustanciales de esta legislación.

Hasta el momento, no se ha podido aprobar una nueva ley. “Nadie quiere pelearse con Televisa”, afirma el senador Carlos Sotelo, del Partido de la Revolución Democrática, quien se quedó aislado en su intento de reforma. Y el ex senador del Partido Acción Nacional Javier Corral, quien no ha dejado de insistir en los efectos perniciosos del monopolio televisivo en México y la docilidad de la clase política ante este fenómeno.

Un mercado estadunidense dominante

De los 20 mercados más grandes en la industria de la comunicación y entretenimiento a escala mundial, Estados Unidos concentra más de 40 por ciento de un total de 1 billón 428 mil 334 millones de dólares generados anualmente, según el reporte de 2006 de Pricewaterhouse Coopers (Global Entertainment and Media Outlook 2006-2010, junio 2006).

En un lejano segundo sitio está Japón (107 mil 407 millones de dólares, mdd), seguido por Gran Bretaña (95 mil 462 mdd), Alemania (82 mil 306 mdd), China (74 mil 178 mdd), Francia (56 mil 506 mdd), Italia (41 mil 593 mdd) y Canadá (33 mil 388 mdd).

Los dos únicos mercados latinoamericanos registrados en esta lista de los 20 más grandes son Brasil (16 mil 70 mdd) y México (10 mil 911 mdd). En total, América Latina apenas representa 3.6% del mercado mediático global.

De esta actividad, 75% se concentra en las industrias televisivas, radiofónica y en la edición de periódicos, tal como apunta Francisco Vidal Bonifaz, autor del libro Los dueños del poder (Editorial Planeta, 2008).

De estas industrias, la televisiva es la que sigue concentrando el mayor volumen. Entre la televisión abierta y la restringida se generaron 245 mil millones de dólares en 2006, según las mismas cifras de Pricewaterhouse, casi la quinta parte del total. Este segmento ha crecido anualmente de 7% a 8% en 2008, pero se espera que en 2011 baje a 6.9%.

En segundo sitio está la edición de periódicos, que generó 184 mil 45 millones de dólares, y en tercer sitio la edición de revistas, con 102 mil 5 millones de dólares. La caída de estos dos últimos sectores será pronunciada, debido a la crisis. En 2006 crecieron 3.1% y 3.6%, respectivamente. En 2008, la edición de periódicos bajó a 0.4% y se proyecta una caída de 0.3% en 2009. La edición de revistas disminuyó 1.9% en 2008 y se prevé una baja de 1.5% en 2009.

Debemos notar también que en esos grupos los ingresos –dependiendo de la publicidad y el acceso a Internet–, van remplazando paulatinamente las utilidades de los sectores de radio y cine.

Esta apretada síntesis de los ingresos generados por cada uno de los segmentos más importantes en la industria explica la estructuración multimediática de los seis grandes corporativos globales. Prácticamente todos parten de una posición muy fuerte en la industria televisiva y a partir de ahí expanden su influencia a otras áreas del infoentretenimiento.

Son los casos de Time Warner, que pasó del cómic Bugs Bunny al control de CNN, el emporio informativo de Atlanta, pasando por la poderosa compañía productora y distribuidora de televisión HBO y la empresa de Internet AOL. Time Warner registró ventas anuales por 44 mil 788 millones de dólares en 2006, con utilidades por 6 mil 552 millones de dólares, según la revista Fortune, de su propiedad.

Su división de televisión por cable tiene 11 millones de hogares afiliados, HBO cuenta con más de 40 millones de suscriptores en Estados Unidos y una distribución en 50 países. CNN es visto por 2 mil millones de personas en todo el mundo, al grado que se ha convertido en la agencia por antonomasia del imperio estadunidense.

Su revista más célebre, Time forma parte de un conglomerado de 150 títulos, cuyo tiraje rebasa los 170 millones de ejemplares. Entre esas publicaciones están People, Sports Illustrated, Life, Fortune, Expansión, Popular Science.

Si el famoso conejo del cómic logró construir un emporio, Mickey Mouse, quintaesencia de la cultura estadunidense, ha consolidado la segunda compañía de información y entretenimiento más grande del mundo: Walt Disney. En 2006 tuvo ventas por 34 mil 285 millones de dólares y utilidades por 3 mil 374 millones de dólares.

En Estados Unidos posee la segunda cadena televisiva comercial, ABC, más 22 estaciones de radio y 40 sitios de Internet. Entre sus canales de televisión de paga más célebres están el deportivo ESPN, así como A&E, Disney Channel, Lifetime Network. En la industria cinematográfica posee los estudios Walt Disney, Touchstone Pictures, Hollywood Pictures, Miramax Films, Buena Vista Home y Pixar.

De los periódicos amarillistas hasta el control accionario de The Wall Street Journal, el magnate autraliano Rupert Murdoch ha construido un imperio anglosajón, de contenido fuertemente conservador y alineado con las políticas del gobierno de George W. Bush, con ventas anuales por 25 mil 327 millones de dólares y ganancias de 3 mil 253 millones de dólares en 2006.

En televisión posee la cadena Fox Broadcasting, la tercera más importante en territorio estadunidense, y es el amo de la televisión satelital a través de BSkyb, DirecTV y Foxtel, y la compañía productora de cine más poderosa: Twentieth Century Fox y sus derivados en español, en caricaturas y en deportes.

Viacom-CBS es por su parte el resultado de la fusión entre la corporación Viacom, de Summer M. Redstone, y de la cadena televisiva CBS, la primera en rating en Estados Unidos, con un producto estrella: los premios MTV, vistos por una audiencia global de 480 millones de personas en 25 idiomas. Controla los estudios Paramount, DreamWorks, Nick Movies, y tiene la productora de televisión infantil Nickelodeon, que rivaliza con los creadores de Bugs Bunny y de Mickey Mouse.

Coherencia ideológica

Con el amparo de la gran trasnacional estadunidense General Electric y del grupo francés Vivendi Universal Entertainment, el grupo NBC-Vivendi se consolidó en 2004. NBC Universal se encuentra entre los 10 mayores grupos de comunicación del mundo, con la cadena NBC, la segunda en audiencia en Estados Unidos, y Telemundo, asociada con Televisa en 2008, después de una frustrada batalla para fundar la “tercera cadena” en México. Posee los estudios cinematográficos Universal y los estudios musicales Universal Music.

Por fin, el consorcio alemán Bertelsmann es el único gran grupo de capital mayoritariamente europeo, con 170 millones de televidentes de su división RTL Group. En España posee la cadena Antena 3. Su área editorial abarca la compañía Random House Mondadori y los periódicos The Financial Times y Sächische Zeitung. En la industria musical, su filial BMG absorbió a Sony Music.

La concentración de la industria en pocas manos, la variedad de los géneros propuestos y la profunda coherencia ideológica de los contenidos propicia un control intelectual, moral y social de las audiencias, es decir, de las sociedades sometidas permanentemente a un verdadero “lavado de cerebro”.

Nadie en la clase media latinoamericana escapa a la influencia de las “seis grandes” desde que las cableras locales y los sistemas satelitales Sky y Direct TV han logrado apoderarse de ese mercado, difundiendo masivamente sus contenidos e imponiendo el sueño americano como referencia única de pensamiento. Sus noticiarios y programas especiales privilegian la información propiciada por “los mercados”, la preocupación obsesiva por las “finanzas personales” y los hobbies y hábitos (inaccesibles para la mayoría de los televidentes) de la “clase ejecutiva”. En complemento, series inspiradas por el concepto de “telerrealidad”, como ER, Desperate Housewives, Sex and the City, Friends o Los Soprano, desde entonces moldean los comportamientos de una parte cada vez más importante de la población de la región, en particular la juventud.

La gran masa latinoamericana que no puede pagar por el servicio de cable o el satelital, no escapa por ello a dicho control mental, pues los grandes emporios multimediáticos de la región que controlan la televisión abierta (presentes también en la porción de cable y satelital), toman localmente el relevo de las “seis grandes”.

Dependencia de la programación extranjera

Si los personajes de Mariana, El derecho de nacer o del Chavo del ocho siguen viéndose en toda América Latina, y las películas de Cantinflas se transmiten aún en distintas televisoras del continente, es por la influencia determinante que Televisa tiene en el continente, al grado que se ha convertido en la “marca” mexicana para la región.

En ninguna otra parte del mundo una cadena televisiva comercial posee un nivel de concentración tan grande en su país de origen como Televisa, que tiene 65% de las frecuencias de televisión abierta (225 estaciones repetidoras de sus cadenas nacionales –canales 2, 5 y 9– y la metropolitana del canal 4), 68% de las audiencias (el canal 2 es el más visto en el país), 70% de la publicidad en medios electrónicos y 58% de la publicidad en todos los medios.

Por si fuera poco, controla casi 50 por ciento de la televisión por cable –a través de Cablevisión y sus recientes adquisiciones de TVI y Cablemás–, y controla 95% de la televisión satelital, mediante su inversión mayoritaria (58%) en el sistema Sky.

Su división de radio, donde Televisa está asociada en Radiópolis con el Grupo PRISA, controla 17 estaciones. En su informe de 2008 a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, el consorcio mexicano define como “otros negocios” su reciente incursión en el mundo de las apuestas, así como en el área editorial –especialmente revistas de espectáculos–, que en conjunto suman entre 4.7% y 6% del total de sus ventas.

Su expansión hacia América Latina se ha realizado por conducto de la empresa distribuidora de contenidos Intermex, con presencia en Chile, Argentina, Colombia, Panamá, Ecuador y Perú.

Lejos del poder de Televisa, pero en una segunda posición muy fuerte en México y en el continente, TV Azteca, propiedad de Ricardo Salinas Pliego, cuenta con 43 estaciones locales que difunden la señal de sus dos cadenas nacionales, canales 13 y 7. Además, es propietaria de Azteca America Network, cadena televisiva creada en 2001 y destinada al mercado hispanohablante de Estados Unidos. En 2001 adquirió el canal 12 de El Salvador, hasta entonces uno de los pocos espacios de libertad editorial en ese país.

La dependencia de la programación extranjera en Televisa y TV Azteca es fuerte, a pesar de que ambos producen casi 65 mil horas anuales de televisión (53 mil de Televisa y 12 mil de TV Azteca). En 2005, 40% de la programación de ambas compañías fue de origen foráneo, básicamente de alguno de los cinco grandes grupos mediáticos de Estados Unidos.

La dependencia se acentúa en la televisión de paga, donde Televisa es dominante. Alrededor de 80 de las 162 señales más vistas en Cablevisión y Sky son extranjeras.

El grupo brasileño O’Globo es el más grande de Sudamérica, aunque su influencia se concentra fundamentalmente en su país de origen. Posee la Rede Globo, con 107 emisoras de televisión que alcanzan una cobertura de 90 por ciento del territorio brasileño. El grupo es propietario del periódico de mayor circulación O’Globo y posee 20 emisoras radiofónicas afiliadas a la Central Brasil de Noticias (CBN). Su expansión internacional se ha realizado por conducto de TV Globo Internacional.

Los dos grupos que concentran la mayoría de la industria multimediática sudamericana de habla española son el argentino Clarín y el venezolano Venevisión, ambos han tenido una gran expansión.

El Grupo Clarín es una compañía holding que creció en torno a su principal producto: el periódico del mismo nombre, cuya circulación promedio es de 553 mil ejemplares diarios. Se asoció con el diario La Nación, de Buenos Aires, y con el grupo español Vocento para fundar la Compañía Inversora en Medios de Comunicación, propietaria de los principales periódicos de las grandes ciudades argentinas.

En el sector audiovisual, el grupo controla el Canal 13 y, asociado con Disney y la española Telefónica, creó la empresa cinematográfica Patagonik Film Group. Su expansión hacia otros países se ha realizado por conducto de Multicanal, un operador de televisión por cable con cerca de 1.5 millones de afiliados en Uruguay, Paraguay y la propia Argentina.

En Venezuela, el grupo dominante está encabezado por Gustavo Cisneros, propietario de Venevisión, la única cadena latinoamericana que rivaliza con Televisa en producción de telenovelas en español. El grupo posee Venevisión Internacional, compañía de entretenimiento, y Venevisión Continental, red de televisión de pago con programas de Caracol, de Colombia, así como Chilevisión y Univisión.

El imperio mediático de Cisneros es uno de los más grandes a escala continental. Fue socio, junto con la familia Azcárraga, de Univisión, la cadena televisiva de habla hispana más grande de Estados Unidos, es accionista de Imagen Satelital, de Argentina, y Playboy TV Internacional, y en 1995 se asoció con AOL, el principal proveedor de Internet en la región, y con Hughes Electronics, para crear DirecTV Latinoamérica, empresa de televisión restringida con presencia en 28 países.

Todos los gobiernos progresistas de Sudamérica han sufrido, en mayor o menor medida, el embate de los grandes grupos televisivos estadunidenses o regionales: CNN en español, Venevisión y las televisoras mexicanas no escondieron su simpatía por la oposición venezolana que terminó organizando un golpe de Estado contra Hugo Chávez.

Desde hace algunos meses, CNN y el grupo Clarín abren su antena de manera desproporcionada a los líderes el agro argentino en su lucha contra el gobierno de Cristina Fernández.

Surge un fantasma

La misma concentración, la misma desinformación afecta a América Central, aunque de manera solapada. Fenómeno poco estudiado y documentado es el caso de Remigio Ángel González González, el enigmático empresario mexicano, oriundo de Monterrey, que se ha convertido en uno de los grandes inversionistas de la televisión centroamericana y de la zona andina.

Con el auspicio de las dictaduras militares en la región durante la década de los 80, Remigio González, mejor conocido como El Fantasma, se convirtió en propietario de cuatro de los cinco canales de televisión abierta en Guatemala, posee una red de dos canales en Nicaragua, tres en Costa Rica, dos en Ecuador, dos en Perú, dos en Paraguay y, en 2007, adquirió el canal 9 de Argentina, provocando una airada protesta de los trabajadores.

El Fantasma hizo grandes negocios de la nada, a partir del broadcasting –distribución y venta de películas y telenovelas, la mayoría producidas por Televisa–, por medio de un sistema conocido como “empaquetamiento”, que le permite difundir un mismo producto en todos sus canales.

Ángel González no figura públicamente en ninguna de sus empresas, para evadir cualquier responsabilidad fiscal y política en sus canales de televisión.

En enero de 2008, la Unión Nacional de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires lo acusó de aplicar “métodos utilizados durante la dictadura militar, al censurar, despedir, filmar, encerrar e impedir que actúen libremente los delegados (sindicales) de la emisora.

“El actual dueño de canal 9, de ser un simple vendedor de publicidad y de programas de televisión de los canales mexicanos, se ha convertido, en dos décadas, en un magnate de los medios, comprando la mayoría de ellos en América Central”, abundó la unión gremial.

Organismos como Reporteros sin Fronteras, la Sociedad Interamericana de Prensa y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han acusado a El Fantasma de tener el control de “monopolios disfrazados” de radio y televisión, y de no respetar la libertad de expresión. La revista Fortune calculó su fortuna en 2 mil millones de dólares.

El “empaquetamiento” promovido por El Fantasma y su compra de medios al sur de México prolonga en América Central y en la región andina el “control de los espíritus” ejercido por las “seis grandes hermanas” y los emporios mexicanos.

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1) En 1999, 43.4% de los ciudadanos encuestados opinaba que los contenidos televisivos le gustaban “poco o nada”. En 2002, este porcentaje se elevó a 44.7%. En 2005, se incrementó a 58.8%.

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* Jenaro Villamil es reportero del semanario mexicano Proceso y colaborador de SdP. Este texto lo publicó en Le Monde Diplomatique México de mayo de 2009 y se reproduce con autorización expresa del autor

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