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P. Krugman: la reaganomía aún gobierna en Washington?

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Todos los zombies del presidente…

PAUL KRUGMAN 30/08/2009

Krugman_visita_Barcelona El debate sobre la "opción pública" en la asistencia sanitaria ha sido deplorable en muchos sentidos. Sin embargo, puede que el aspecto más deprimente para los progresistas haya sido hasta qué punto los que se oponen a la variedad de elección han ganado aceptación -en el Congreso, aunque no entre los ciudadanos en general- simplemente a base de machacar, repetidas veces, que la opción pública sería, horror de los horrores, un programa del Gobierno.

¿Por qué no mueren estas ideas? Parte de la respuesta es que hay mucho dinero tras ellas

Por lo visto, Washington sigue gobernado por el reaganismo, una ideología que dice que la intervención del Gobierno siempre es mala y que dejar que el sector privado se las arregle solo siempre es bueno.

Llámenme inocentón, pero la verdad es que esperaba que el fracaso del reaganismo en la práctica acabara con él. Pero resulta que es una doctrina zombi: aunque debería estar muerto, vuelve una y otra vez.

Hablemos un momento de por qué la era de Reagan debería haber terminado. En primer lugar, incluso antes de la crisis actual, la reaganomía no cumplió sus promesas. ¿Recuerdan que los impuestos más bajos sobre las rentas más altas y la liberalización que dio rienda suelta a la "magia del mercado" iban a llevar supuestamente a unos resultados mejores para todo el mundo? Pues bien, no fue así.

No cabe duda de que los ricos salieron enormemente beneficiados: las rentas reales del 1% de estadounidenses con ingresos más altos se multiplicaron por siete entre 1980 y 2007. Pero la renta real de las familias medias sólo creció un 22%, menos de un tercio de lo que había crecido en los 27 años anteriores.

Es más, la mayor parte de la mejoría que experimentaron los estadounidenses de a pie se produjo durante los años de Clinton. El presidente George W. Bush, que se distinguió por ser el primer presidente reaganita que tuvo, además, un Congreso totalmente republicano, también se distinguió por presidir la primera Administración desde la de Herbert Hoover durante la cual la familia típica no vio una mejora significativa de sus ingresos.

Y luego está el pequeño detalle de la peor recesión sufrida desde la década de los treinta. Se pueden decir muchas cosas del desastre financiero de los últimos dos años, pero la versión corta es sencilla: los políticos esclavos de la ideología reaganita desmantelaron las normativas del New Deal que evitaron la crisis bancaria durante medio siglo, en la creencia de que los mercados financieros podían cuidar de sí mismos. La consecuencia que tuvo fue hacer que el sistema financiero se volviera vulnerable a una crisis del estilo de la de los años treinta, y la crisis se produjo.

"Siempre hemos sabido que el interés personal inmoderado es mala ética", dijo Franklin Delano Roosevelt en 1937. "Ahora sabemos que es mala economía". Y el año pasado volvimos a aprender la lección. ¿Pero la aprendimos de verdad? Lo más curioso del actual panorama político es que nada ha cambiado.

El debate sobre la opción pública ha sido, como ya he dicho, deprimente por su insensatez. Los que se oponen a la opción -no sólo republicanos, sino también demócratas, como los senadores Kent Conrad y Ben Nelson- no han presentado argumentos coherentes contra ella. Nelson presagiaba siniestramente que si dispusieran de esa opción, los estadounidenses la preferirían a los seguros privados, lo cual considera evidentemente malo en sí mismo, en vez de lo que debería pasar si el programa del Gobierno fuera, de hecho, mejor de lo que las aseguradoras privadas ofrecen.

Pero en otros frentes está pasando más o menos lo mismo. Los intentos de reforzar la regulación bancaria parecen estar perdiendo fuerza, ya que los enemigos de la reforma declaran que cuantas más normas haya, menos innovación financiera habrá, y esto sólo unos meses después de que las maravillas de la innovación llevaran a nuestro sistema financiero al borde de la quiebra, una quiebra que sólo se ha evitado gracias a la inyección masiva de fondos del contribuyente.

Entonces, ¿por qué no mueren estas ideas zombi? Parte de la respuesta es que hay mucho dinero tras ellas. "Es difícil hacer que un hombre entienda algo", decía Upton Sinclair, "cuando su salario" -o, añadiría yo, las contribuciones a su campaña electoral- "depende de que no lo entienda". Cantidades ingentes de dinero procedente del sector de los seguros en concreto han ido a parar a demócratas obstruccionistas como Nelson y el senador Max Baucus, cuya Pandilla de los Seis y sus negociaciones han constituido un obstáculo crucial para la legislación.

Pero podemos achacar parte de la culpa al presidente Obama, que puso por las nubes al presidente Reagan durante las primarias demócratas y no ha utilizado su posición privilegiada para plantar cara al fundamentalismo del "gobierno es malo". No deja de ser irónico en cierto modo porque gran parte de lo que hizo a Reagan tan eficaz, para bien o para mal, fue el hecho de que pretendiera cambiar el pensamiento estadounidense además de su código fiscal.

¿En qué acabará todo esto? No lo sé. Pero es difícil no tener la sensación de que nos estamos perdiendo una oportunidad crucial, de que estamos en lo que debería ser un giro decisivo, pero sin decidirnos a dar el giro.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2009 New York Times Service. Traducción de News Clips.

El pais.com

Recuperación: los dioses están enfadados

Alejandro Nadal

El coro ya comenzó su himno a la recuperación económica. La pradera está llena de nuevos brotes verdes y el año que viene retornará el crecimiento. El espectro de una posible gran depresión fue conjurado. La crisis misma será rebautizada como el gran pánico de 2008, como si se tratara de un fenómeno imaginario, algo que sólo existió en la cabeza de unos pocos dementes, manejadores de fondos de cobertura. Y los economistas neoclásicos explicarán todo lo que pasó con sus nociones de fallas de mercado o información asimétrica. Todo regresará a la normalidad.

Pero las cosas no son tan sencillas. Es cierto que la caída de la economía estadunidense en el segundo trimestre fue solamente de 1.7 por ciento, en contraste con 5.8 por ciento en el primero. Pero los efectos del apoyo fiscal que se necesitó para lograr esto no son agradables. La nueva cifra estimada para el déficit pasa de 1.2 a 1.5 billones (castellanos) de dólares, aproximadamente 10 por ciento del PIB. La misma Casa Blanca está anunciando que el viaje por la dulce pradera de la recuperación no va a ser tan fácil.

Pero la semana pasada, cuando reconfirmó a Ben Bernanke para un segundo periodo al frente de la Reserva federal, Obama lo presentó como el héroe que salvó a la economía de una gran depresión como la de 1930. La verdad es que una buena parte del déficit fiscal tendrá que ser cubierta con recursos de la Reserva Federal, es decir, debe ser monetizado, lo que se consideraba tabú en los años anteriores a la crisis. Ya el balance de la Reserva Federal se ha incrementado de manera vertiginosa por las compras de los títuloschatarra de diversos agentes en Wall Street, y ahora resulta que deberá absorber otros 2 billones (castellanos) de dólares para sacar a flote al presupuesto federal. El total puede llegar a los 4 billones en los próximos dos años, generando importantes expectativas inflacionarias.

¿Cómo se porta el mercado residencial? Según los optimistas, la caída en los precios de casas ya no es tan severa como antes. Pero, por otro lado, hay un indicador alarmante. Hace dos años, cuando el dueño de una casa se atrasaba en los pagos de su hipoteca, había 45 por ciento de probabilidades de que se recuperara. Esa llamada tasa de curación es de 6 por ciento. Hoy son muy altas las probabilidades de que los titulares de créditos hipotecarios no se recuperen y pierdan su casa. Por supuesto, todo esto empeora con la altísima tasa de desempleo. Pero casi todo mundo ya se resignó a que ese indicador alcance el nivel de 10 por ciento este año.

El freno en la caída económica se debió a que el gobierno se lanzó a los rescates bancarios y los estímulos fiscales como nunca. Pero los efectos del rescate bancario siguen siendo inciertos: la agencia federal de garantías de depósitos bancarios (la FDIC) anunció la semana pasada la lista de bancos con problemas de capitalización y cartera vencida. El número subió de 305 en marzo a 416 en junio, lo que constituye el número más alto desde 1994.

El consumo se fortaleció con programas de estímulo que son temporales. Las encuestas sobre planes de los consumidores concuerdan: viene una reducción importante y duradera en los niveles de consumo de toda la sociedad estadunidense. Eso es, por cierto, un comportamiento racional: las familias saben que sus ingresos se apretarán en el futuro próximo y deben incrementar su ahorro. Ese parco nivel de consumo y menor endeudamiento será parte del paisaje macroeconómico de ahora en adelante. Así que para mantener la máquina económica funcionando se va a necesitar un estímulo adicional y una cadena de déficit fiscales insostenible.

En estas condiciones, es muy probable que la economía estadunidense ingrese en un largo proceso de estancamiento. Ese proceso podría durar unos cinco o seis años, y después cualquier predicción estaría entrando en territorio desconocido.

Para el modelo neoliberal mexicano eso es un desastre, pues lo único que lo salvaría es la recuperación estadunidense. Las consideraciones anteriores muestran que eso puede ser como apostarle alTitanic. A decir verdad, aquí lo que se requiere es la reconstrucción de una economía que ha sido devastada por 20 años de neoliberalismo. Por eso ninguna de las recetas tradicionales de política macroeconómica funcionaría, porque todo está desarticulado y patas arriba. Esto tiene sin cuidado a las autoridades monetarias y hacendarias: para ellas lo único que cuenta es el tipo de cambio (y aún eso seguirá descosiéndose).

Nuestra economía necesita cirugía mayor. Pero eso plantea una discusión política de primera magnitud. Ni la elite económica-financiera ni la clase política quieren oír hablar de ello. La amenaza de aumentos en los impuestos sobre energéticos, alimentos y medicinas es la prueba más reciente de que las autoridades económicas duermen en un mundo torcido. Cuando despierten, México estará festejando el centenario de la Revolución. Quizás sea una celebración en grande.

http://nadal.com.mx

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