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P. Krugman: Para que no olvidemos…

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krugman21PAUL KRUGMAN 30/11/2008 – TRIBUNA SEMANAL

Hace unos meses, me encontraba en una reunión de economistas y autoridades financieras hablando, cómo no, de la crisis. Hubo mucho examen de conciencia. Un político veterano preguntaba: “¿Por qué no lo vimos venir?”.

Naturalmente, sólo se le podía responder una cosa, y la dije yo: “¿Qué quieres decir con ‘vimos’, hombre blanco?”.

Ahora en serio, el susodicho tenía razón. Hay quienes dicen que la crisis actual no tiene precedente, pero lo cierto es que hay muchos precedentes, algunos de ellos de cosecha muy reciente. Ahora bien, se hizo caso omiso de estos precedentes. Y la historia de cómo no lo “vimos” venir tiene una clara implicación política, a saber, que la reforma del mercado financiero debería ponerse en marcha rápidamente, de que no se debería esperar a que la crisis se resuelva.

Y respecto a esos precedentes: ¿por qué desecharon tantos observadores los signos inequívocos de la burbuja inmobiliaria, a pesar de que aún estaba reciente en nuestra memoria la burbuja de las puntocom de la década de los noventa?

¿Por qué insistía tanta gente en que nuestro sistema financiero era “fuerte”, como dijo Alan Greenspan, cuando en 1998 el colapso de un único fondo de cobertura (Long-Term Capital Management) paralizó temporalmente los mercados de crédito de todo el mundo?

¿Por qué prácticamente todo el mundo creía en la omnipotencia de la Reserva Federal cuando su homólogo, el Banco de Japón, se pasó una década tratando en vano de reactivar una economía atascada?

Una buena respuesta a estas preguntas es que a nadie le gusta un aguafiestas.

Mientras la burbuja inmobiliaria seguía hinchándose, los prestamistas estaban ganando muchísimo dinero concediendo hipotecas a cualquiera que entrara por la puerta; los bancos de inversión estaban ganando aún más dinero reconvirtiendo esas hipotecas en nuevos y relucientes valores; y los gestores de capital que se apuntaban enormes ganancias sin realizar al comprar esos valores con fondos prestados parecían verdaderos genios y se les pagaba como corresponde. Pero, ¿quién tenía ganas de escuchar a unos economistas patéticos advirtiendo que todo aquello era, en realidad, un negocio piramidal de dimensiones descomunales?

Hay también otro motivo por el que los círculos de la política económica no vieron venir la crisis actual. Las crisis de la década de 1990 y de principios de la década actual deberían haber sido contempladas como presagios funestos, como el preludio de los problemas todavía peores que se nos venían encima. Pero todo el mundo estaba demasiado ocupado celebrando que habíamos logrado superar esas crisis como para prestar atención.

Repasemos en concreto lo que aconteció tras la crisis de 1997 y 1998. Esta crisis puso de manifiesto que el sistema financiero moderno, con sus mercados liberalizados, unos actores fuertemente apalancados y movimientos de capital mundiales, estaba volviéndose peligrosamente frágil. Pero cuando amainó la crisis, lo que estaba a la orden del día era el triunfalismo, no los exámenes de conciencia.

La revista Time denominó a Greenspan, Robert Rubin y Lawrence Summers “El comité que salvará al mundo”, el trío que “impidió un desastre financiero mundial”. Efectivamente, todo el mundo celebró que pudimos alejarnos del precipicio, pero se olvidó de preguntar por qué llegamos a estar tan cerca del borde.

De hecho, es posible que tanto la crisis de 1997 y 1998 como el pinchazo de la burbuja de las puntocom tuvieran el perverso efecto de hacer que tanto los inversores como las autoridades económicas se volvieran más complacientes, en vez de menos. Dado que ninguna de las dos crisis estuvo a la altura de nuestros peores temores, dado que ninguna de las dos desembocó en otra Gran Depresión, los inversores llegaron a creer que Greenspan tenía un poder mágico para resolver todos los problemas (y también el propio Greenspan, sospecha un servidor, pues se opuso a todas las propuestas de una regulación prudente del sistema financiero).

En estos momentos nos encontramos en medio de otra crisis, la peor desde la década de 1930. Hasta la fecha, todas las miradas apuntan a la respuesta inmediata a esta crisis. ¿Servirán finalmente de algo las cada vez más drásticas iniciativas de la Reserva Federal para descongelar los mercados de crédito? ¿Servirá el estímulo fiscal del Gobierno de Obama para dar un giro a la productividad y el empleo? (Por cierto, sigo sin estar seguro de que el equipo económico esté siendo suficientemente ambicioso).

Y puesto que estamos todos tan preocupados por la crisis actual, cuesta concentrarse en temas a más largo plazo, como frenar nuestro desenfrenado sistema financiero con el objetivo de evitar o al menos acotar la próxima crisis. No obstante, la experiencia de la última década nos indica que, mejor temprano que tarde, deberíamos plantearnos una reforma financiera y, sobre todo, regular el “sistema bancario en la sombra” que ha originado el caos actual.

Porque una vez que la economía esté en la senda de la recuperación, los chanchulleros volverán a ganar dinero fácil, y presionarán con todas sus fuerzas contra todo aquél que intente limitar sus beneficios netos. Es más, el éxito de las iniciativas para la recuperación parecerá algo predestinado, aunque no lo haya sido, y la urgencia para actuar desaparecerá.

Éste es mi ruego: por muy apretada que ya esté la agenda del ejecutivo entrante, no debería aplazar la reforma financiera. El momento de empezar a prevenir la próxima crisis es precisamente ahora.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y Premio Nóbel de Economía de 2008. © 2008 New York Times News Service Traducción de News Clips.

Tecnología: Nokia abandona Japón, pero controla 40% del mercado mundial…

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El fabricante de teléfonos celulares más grande del mundo dejará de vender equipos en Japón, a excepción de su marca de lujo Vertu. Por otro lado, comenzó a despachar su modelo táctil a unos pocos países. La finlandesa Nokia había dicho anteriormente que recortaría costos “decisivamente”, a la espera de una contracción de las ventas mundiales de teléfonos móviles el próximo año a raíz de la crisis económica.
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Japón es el cuarto mayor mercado de telefonía celular del mundo, detrás de los EEUU, China e India. Sin embargo, sólo una pequeña parte de las ventas son de Nokia, cuyos productos fracasaron en atraer a los clientes que prefieren modelos japoneses más sofisticados.

“En el actual clima económico mundial, hemos concluido que la continuación de nuestras inversiones en productos localizados específicamente en Japón ya no es sostenible”, explicó en un comunicado Timo Ihamuotila, vicepresidente ejecutivo de Nokia.

Agregó que el negocio de Nokia en Japón se concentrará en investigación, desarrollo y abastecimiento para el mercado mundial, al igual que en proyectos específicos como la marca Vertu.

La mayoría de los teléfonos móviles utilizados en Japón forman parte de redes de tercera generación (3G) y poseen características como funciones de televisión y de pago electrónico.

Esto hace difícil para los fabricantes extranjeros competir con los dispositivos domésticos.

“Nokia está enfrentando problemas de resultados a nivel mundial y muchos otros problemas, y esto muestra que Japón es un mercado de baja prioridad en un momento en que están reforzando sus operaciones mundiales, pese a que aún pueda ser atractivo”, comentó Michito Kimura, analista de IDC Japan.

“No me sorprende mucho la decisión”, añadió.

Nokia, que posee una participación en el mercado mundial cercana al 40%, había dicho originalmente que apuntaba a aumentar su participación en Japón a una cifra de dos dígitos. Pero sólo ganó alrededor de un 0,3% del mercado japonés durante el último año, según el diario Nikkei.

En vez de seguir expandiéndose, prefirió centrarse en Vertu, su marca de lujo, que vende terminales hechos artesanalmente y que incluyen hasta piedras preciosas, cuyos precios van desde los 3.500 a los 100 mil euros.

La revancha de Nokia

Nokia 5800 XpressMusic

Un clon del iPhone en versión finlandesa

Aunque Nokia insista en que su nuevo terminal no pretende competir con el iPhone, resulta indudable que los finlandeses se han inspirado en gadget de Apple para desarrollar el 5800 XpressMusic.Ambos dispositivos son bastante similares, tanto en las especificaciones técnicas como en la apariencia externa, y su enfoque en el mercado es bastante similar.

Nokia ha prescindido del teclado tradicional incorporando una amplia pantalla táctil de 3,2 pulgadas, que permite que el dispositivo tenga unas dimensiones mucho más reducidas que las que tienen los últimos terminales de gama alta a los que nos tiene acostumbrado Nokia, sólo mide 11,1×5,17×1,55 cm y pesa 109 gramos.

La pantalla no es muti touch, como el dispositivo de Nokia, sino simplemente táctil, por lo que la navegación tanto por páginas webs como por los menús, es ligeramente diferente. El terminal de Nokia permite acercar ciertas partes haciendo doble clic con el dedo sobre la pantalla y en el iPhone se hace con dos dedos. Sin embargo, el 5800 XpressMusic también integra un sensor de movimiento, que permite adaptar al interfaz a la pantalla en posición vertical y horizontal.

Al igual que Apple, Nokia ha potenciado las opciones multimedia, donde destaca la cámara de 3,2 megapíxeles que graba también vídeo (el iPhone sólo a través de aplicaciones de terceros), el GPS y el reproductor de música. Como su propio nombre indica, la música es uno de sus puntos más fuertes, tiene altavoces esteros y está asociado al servicio de descarga de canciones ‘Comes with Music’, que incluye una tarifa plana para descargar al dispositivo canciones desde internet.

En cuanto a conectividad destaca el 3G, WiFi, Bluetooth 2.0 y HSDPA, y funcionará con el sistema operativo para smartphones de la casa, el Symbian S60.

Una de las diferencias fundamentales con el teléfono de Apple es el precio. Para llegar a todo el mercado de consumo, Nokia planea vender el teléfono a un precio mucho más económico que sus competidores. Por 279 euros será posible comprar este terminal liberado en España a partir del 1 de diciembre.

El 5800 XpressMusic es solo el primer desarrollo de una gran familia que integrará estas características, “es solo el primero de otros que están por llegar”, ha advertido ya Nokia.

La Universidad (y el proceso de Bolonia) en debate, por M. Castells

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Manuel Castells, La Vanguardia.com

La ocupación estudiantil de la Universitat de Barcelona y de la Universitat Autònoma de Barcelona, independientemente de la opinión sobre sus razones, tiene el enorme mérito de plantear mediáticamente el indispensable debate público sobre la universidad, la institución central de la economía y la sociedad. La universidad es esencial en la producción de conocimiento, fuente del crecimiento económico. Pero también es esencial para la equidad, porque la igualdad de oportunidades pasa por el acceso a una educación superior de calidad.

Además, es el único espacio donde hay una relativa libertad de pensamiento y creación, porque desde hace siglos los poderes económicos y políticos entendieron que sin libertad se seca la fuente de innovación de la que depende el progreso. Pero los poderes ideológicos y religiosos siempre intentaron aherrojar la universidad para imponer su pensamiento único. De ahí la carga emocional que conlleva todo debate sobre la universidad. Hay que conjugar pasión con confrontación de ideas, sin límites ni a prioris, para un diálogo que genere un proyecto innovador de universidad. Diálogo que, dicho sea de paso, excluye la negociación a golpes de expediente.

Debatamos, pues. Tras tres décadas como catedrático en la universidad española y en algunas de las mejores universidades del mundo, sigo percibiendo en muchas de nuestras universidades el predominio de los intereses corporativos y personales sobre los valores de la educación y la ciencia. Eso quiero decir a los estudiantes que se oponen al proceso de Bolonia que propone un espacio europeo de educación superior. Yo también critico ese plan. Pero tiene la ventaja de romper la rutina de un sistema burocratizado y en el que cada reforma ha cambiado todo para que todo siga igual. En la raíz de esa inercia está el control del Estado sobre las universidades, a través de los planes de estudio, del funcionariado docente y del presupuesto. La uniformidad estatista dificulta la diversificación de las universidades, frena la innovación y las nivela por su nivel más bajo. Y esa es mi crítica a una posible interpretación del proceso de Bolonia. Podría intentar extender la uniformidad estatal a la uniformidad europea so pretexto de hacer compatibles los programas. Pero eso no está decidido, depende de cómo use cada país y cada universidad los márgenes de autonomía que deja Bolonia. De ahí la urgencia del debate que exigen los estudiantes y que los rectores dicen haber emprendido. Hagámoslo. Pero no sólo en la universidad, sino también en la sociedad, porque a todos concierne la universidad.

En donde estoy en desacuerdo con los documentos que los estudiantes me dieron en mi visita a la universidad ocupada es en que Bolonia supone “la privatización y la mercantilización de la universidad”. Hay en el mundo universidades públicas, como mi Universidad de Berkeley, que reciben fondos de investigación y becas de empresas sin comprometer la independencia y la calidad de la enseñanza.

Las empresas saben que la autonomía universitaria es esencial para que les sirvan sus productos. Hay que conseguir incremento de la financiación pública y posibilidad de recabar financiación privada y programas con empresas que proporcionen una formación directamente útil en el mercado de trabajo. En Europa las universidades son y serán predominantemente públicas. Pero para servir a la sociedad, empezando por los estudiantes, han de ser capaces de gestión autónoma, lo cual pide fórmulas jurídicas sin las trabas de la administración pública. También necesitan autonomía financiera. Y ahí hay que romper tabúes.

Sería aconsejable aumentar el precio de las matrículas para que la parte más importante del presupuesto de las universidades dependa de la aportación de sus estudiantes y se vean obligadas a competir para atraer estudiantes ofreciendo mejor calidad y servicio. El Estado tiene que dar becas a todos los estudiantes que las necesiten. Precios públicos bajos para todos es una política regresiva, como demuestran los estudios internacionales, porque si los hijos de buena familia pagan lo mismo que los de familias modestas quiere decir que nuestros impuestos subvencionan a los más ricos. Equidad es que paguen todos más y que la mayoría reciba becas según el ingreso familiar.

Las universidades que no den buen servicio tendrán que darlo si no quieren que los estudiantes se vayan a las que funcionen mejor. Aguijoneadas por la búsqueda de recursos, dedicarán más esfuerzo a innovar en la enseñanza y a dar una formación útil que a pedirle al Estado café para todos. Ello exige renovar la gobernanza universitaria, empezando por la elección de los rectores. Las mejores universidades del mundo son las que gozan de autonomía de decisión, combinando en su gobierno la gestión académica descentralizada en manos de los profesores con la dirección estratégica y la necesaria disciplina por parte de la administración de la universidad. ¿Quién nombra entonces a los rectores? Patronatos de personalidades independientes nombrados por quienes aportan los recursos. En el caso de las universidades privadas, los donantes. En el caso de las universidades públicas, los parlamentos y gobiernos que administran nuestros impuestos. Pero, ya nombrados, patronatos, administradores y profesores gozan de autonomía para gestionar la universidad.

La elección de rectores por estudiantes y personal introduce un elemento político y demagógico que desestabiliza la institución universitaria. Pero su participación en las deliberaciones de los órganos del gobierno universitario es clave para asegurar la pluralidad y la democracia en la institución. Saber combinar el autogobierno de los profesores, la dirección de los administradores y la representación de estudiantes y trabajadores es la fórmula ganadora para una universidad capaz de adaptarse a un mundo en continuo cambio tecnológico y social. Pero si la universidad carece de capacidad económica y política para decidir su destino, los problemas se enquistan, la frustración aumenta, las empresas se alejan, los estados ordenan y los estudiantes, en justa correspondencia, ocupan los lugares en donde buscaban guía y encuentran hastío.

Colo Colo logra empate con Cobreloa: semifinales al rojo…

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colocolo11¿Alguien podría dudar que el fútbol es un fenómeno social y cultural, que da cuenta de un cierto tipo de expectativas colectivas, sea de evasión, de distracción, de alguna forma de “alienación”, de “fuga” respecto de otras dimensiones de la realidad?  Así se constata en Europa y América Latina, donde de lejos se trata del deporte más popular, “deporte y pasión de multitudes”, y que de simple actividad social y cultural, se transforma progresivamente en una actividad mercantil, en un negocio, en una actividad empresarial que mueve miles de millones de dólares en diferentes continentes… Pero aún considerando esa evolución mercantil, sigue siendo un fenómeno social y cultural…  En Chile, Colo Colo, junto a Universidad de Chile, encarnan visiblemente ese fenómeno… ¿podríamos entonces dejar de dar cuenta de expresiones notorias de su existencia? Por ejemplo, Colo Colo va ahora en marcha hacia otro título, despertando fuertes expectativas en un sector de la subjetividad colectiva nacional … pero un accidente podría impedirlo aún… E.A.

Colo Colo se llevó valioso empate de Calama

En un entretenido partido, los albos lograron arrebatarle un punto a Cobreloa y, más importante aún, anotarle tres goles.

Sábado 29 de Noviembre de 2008
17:54
El Mercurio Online

SANTIAGO.- Las fichas estaban puestas en los naranjas. En las últimas fechas de la fase regular y, sobre todo, en los cuartos de final (triunfo por 3-0 sobre la U), Cobreloa había vuelto a hacer del Municipal de Calama un reducto inexpugnable.

Así, los dirigidos de Marco Antonio Figueroa salían hoy, sábado, a asegurar los tres puntos y a conseguir una cuenta de ahorro con la que llegar a buscar la clasificación a Santiago.

Pero el que, finalmente, hizo su negocio fue Colo Colo, que se fue con un importante punto y 3 valiosos goles como visitante, que a la hora de una igualdad en puntos pesan como el plomo.

Y todo empezó temprano para los albos, ya que a los 8 minutos se pusieron en ventaja con un tanto de Rodolfo Moya tras recibir un centro de Daúd Gazale, quien había recibido un pase profundo, a las espaldas de los defensores, de Macnelly Torres.

A los 20′, Cobreloa consiguió la igualdad gracias a un grueso error del portero Cristián Muñoz. Fabián Benítez disparó desde 30 metros y el tiro, frontal, rozó en Riffo, pero no desvió el balón que llegó a las manos del meta que vio cómo el balón se le escapaba y se anidaba en su arco.

Tras el empate, los loínos subieron sus líneas y presionaron en campo rival, cambio que encontró frutos a los 35 minutos, cuando Gustavo Savoia sacó un remate desde 25 metros que se desvió en un defensor albo descolocando a Muñoz. 2-1 para el local.

Pero antes del descanso, Macnelly Torres, que en Calama ha hecho buenas presentaciones, puso el 2 a 2 para la visita, resultado con que se terminó el primer lapso.

En la segunda etapa, la noche pudo venirse para Colo Colo, pues a los 49 minutos Rodrigo Meléndez le cometió una fea infracción a Pablo Magalhaes y se hizo acreedor de la cartulina roja.

Sin embargo, con un hombre menos el “Cacique” se supo poner en ventaja con anotación de Daúd Gazale, quien recibió un pelotazo largo y frontal que el ariete ganó entre dos centrales loínos -aunque tocó el balón con la mano- y definió de gran manera nate la estirada de prieto.

De ahí en más, Barticciotto se dedicó a defender el resultado. Sacó a Moya por Villarroel y a Gazale por Carrasco.

Cobreloa se fue en busca del empate y el tanto llegó en los pies de Gustavo Savoia que sacó un remate cruzado razante tras una buena jugada de Junior Fernández que había ingresado opr Daniel González.

El local fue por más, pero la barrera alba impidió el triunfo loíno y rescató un valioso empate desde Calama.

El próximo sábado se definirá al primer semifinalista del Clausura en el estadio Monumental. Colo Colo corre con ventaja.

Mañana, domingo, a partir de las 12:00 horas, comenzará la segunda semifinal en el estadio Fiscal de Talca, entre Rangers y Palestino.

Barticciotto: “No podemos relajarnos para la revancha”

Noticias Primera A
Sábado, 29 de Noviembre de 2008 18:55

El DT de Colo Colo se mostró feliz con el esfuerzo de su equipo, señalando que sacaron adelante un difícil partido ante Cobreloa, jugando de manera inteligente, además de recalcar que no hay nada definido y que saldrán a buscar la victoria en Santiago.

Muy conforme se mostró el entrenador de Colo Colo Marcelo Barticciotto tras el empate obtenido por su equipo en Calama. ‘Barti’ señaló que la expulsión de Meléndez condicionó el planteamiento y que la revancha será igual de complicada, por lo que saldrán a ganar el partido en Santiago.

“Después de la expulsión, perdimos un poco la generación de juego, pero fuimos inteligentes y supimos aguantarlo. En Santiago tenemos que salir a buscar el partido y por eso necesitamos el apoyo de la gente, porque la revancha será complicada y no podemos relajarnos, porque no hay nada definido”, dijo el técnico albo.

Como lo señaló el estratega colocolino, el hombre de menos fue un factor clave. El responsable de esto fue Rodrigo Meléndez, quien reconoció su error, pero destacó el esfuerzo de sus compañeros para sacar el resultado.

“Partimos ganando y ellos después nos hicieron dos goles de rebote, pero Colo Colo fue inteligente, se manejó bien en todas las líneas y sacamos un gran resultado. La expulsión fue mi error, porque vi que no llegaba con la cabeza y metí la mano”, dijo ‘Kalule’.

En el camarín local, el entrenador Marco Antonio Figueroa no quiso hacer declaraciones. Pero el que sí habló fue el goleador Gustavo Savoia, a quien no le gustó el resultado. El argentino reconoció las individualidades del rival, pero se mostró optimista de cara al partido de vuelta.

“Tenían jugadores que no venían jugando, pero Gazale y Moya marcaron diferencias, y nosotros no supimos aprovechar el hombre de más. Tengo bronca, pero creo que en la vuelta lo ganamos y pasaremos a la final”, cerró el trasandino.

Written by Eduardo Aquevedo

29 noviembre, 2008 at 17:21

A. Freeman, economista marxista: "La crisis en EE.UU. va a durar 15 años"…

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Prensa Web RNV
 

Alan Freeman tiene 62 años y es uno de los principales referentes vivos de la economía marxista. Enseña en Greenwich y asesoró al alcalde de Londres, Ken “el Rojo” Livingstone. Especialista en finanzas internacionales, visita Buenos Aires cada vez que puede y en 2004 organizó un Comité de Justicia Económica para la Argentina, desde donde fustigó al FMI por condicionar al país.

En una charla con el diario argentino Mirador Nacional, pronosticó que el dólar “va a devaluarse enormemente” y que la crisis norteamericana “va a durar 15 años”. También dijo que pagarle al Club de París y a los acreedores que rechazaron el canje puede servir si frena eventuales embargos, pero que sería “tonto” hacerlo para caerle bien al mercado financiero internacional. “Ese mercado no existe más”, opinó.

¿Estamos viviendo una crisis del capitalismo?
–Lo que entró en crisis es el liderazgo capitalista de Estados Unidos. No el capitalismo en sí. El problema es que Estados Unidos fue la principal locomotora del capitalismo desde 1937 y ahora ya no puede
jugar ese rol. Pero el otro problema es que nadie puede reemplazarlo.

¿Entonces vamos a un mundo más multilateral, con varias potencias, o
a una pelea violenta por ese lugar?

–Son sinónimos. Muchos dicen que podemos ir pacíficamente a un mundo más multipolar. Pero el capitalismo requiere ser un solo sistema mundial, que haya una sola moneda de referencia y un solo sistema
financiero. Todas las experiencias de momentos con equilibrios de poder multilaterales terminaron en bloques que confrontan despiadadamente. Ninguna fue pacífica.

¿Cuál es el antecedente inmediato?
–La última experiencia es la decadencia del Reino Unido, a partir de 1873. Pero en aquel momento había espacio para competir. Por eso surgió y llegó a su apogeo el imperialismo. Ahora no quedan esos
espacios vacantes.

¿Qué va a pasar con el dólar?
–Va a devaluarse enormemente.

¿Pero cuándo? ¿Los inversores grandes no siguen refugiándose en el
dólar por el temporal?

–Sí, pero yo hablo del mediano plazo. Hoy las potencias como China, Rusia y la India quieren mantener al dólar como patrón para seguir exportándole, en definitiva, a Estados Unidos.

¿Cómo ve el futuro de los alimentos que exporta la Argentina?

–Hay muchas que están sobredemandadas y van a seguir caras. Pero la comida para el consumidor también estuvo subiendo y eso es un riesgo. Su precio es cada vez más especulativo. Va a haber mucha volatilidad.

¿Cómo ve las estatizaciones de bancos de Bush y Europa?

–El Estado vuelve, pero es de derecha. Yo siempre digo que cuando falla la mano invisible aparece la mano negra. Están tratando de lograr a través del Estado lo que querían que lograra el mercado: garantizar las ganancias de los ricos. También las van a cuidar reprimiendo, si surge un estallido social en Estados Unidos.

¿Está bien pagarles al Club de París y a los holdouts en este momento?

–Creo que la razón que dio el Gobierno es que el país debe volver al mercado de capitales. Si es así, es algo tonto. Porque no hay más mercado de capitales. Se fue el lunes y no va a volver.

¿Para qué otra cosa podría servir?

–Para darle estabilidad a la región y remover obstáculos para el Banco del Sur, como los pedidos de embargo que lo podrían trabar. Los países de América Latina tienen que comerciar más entre sí, armarse como un bloque.

Pero a ese banco lo impulsa Venezuela y el Gobierno no quiere mostrarse dependiente de Chávez…

Todo el mundo depende de alguien. ¿Qué prefieren, depender de China?
–Pueden. Lo único que no conviene es elegir a Estados Unidos porque está implosionando, envuelto en una crisis que va a durar 15 años. No le va a extender una mano de ayuda a nadie.

Véase también:

Crítica del neoliberalismo: ¿Quién era Milton Friedman?, por P. Krugman

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krugman1La historia del pensamiento económico en el siglo XX es algo parecida a la del cristianismo en el XVI. Hasta que John Maynard Keynes publicó su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero en 1936, la ciencia económica -al menos en el mundo anglosajón- estaba completamente dominada por la ortodoxia del libre mercado. De vez en cuando surgían herejías, pero siempre se suprimían. La economía clásica, escribía Keynes en 1936, “conquistó Inglaterra tan completamente como la Santa Inquisición conquistó España”. Y la economía clásica decía que la respuesta a casi todos los problemas era dejar que las fuerzas de la oferta y la demanda hicieran su trabajo.

El País.com

Pero la economía clásica no ofrecía ni explicaciones ni soluciones para la Gran Depresión. Hacia mediados de la década de 1930, los retos a la ortodoxia ya no podían contenerse. Keynes desempeñó la función de Martín Lutero, al proporcionar el rigor intelectual necesario para hacer la herejía respetable. Aunque Keynes no era ni mucho menos de izquierdas -vino a salvar el capitalismo, no a enterrarlo-, su teoría afirmaba que no se podía esperar que los mercados libres proporcionaran pleno empleo, y estableció una nueva base para la intervención estatal a gran escala en la economía.

Keynes

El keynesianismo constituyó una gran reforma del pensamiento económico. Inevitablemente, le siguió una contrarreforma. Diversos economistas desempeñaron un papel importante en la gran recuperación de la economía clásica entre los años 1950 y 2000, pero ninguno fue tan influyente como Milton Friedman. Si Keynes era Lutero, Friedman era Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas. Y al igual que los jesuitas, los seguidores de Friedman han actuado como una especie de disciplinado ejército de fieles y provocado una amplia, pero incompleta, retirada de la herejía keynesiana. A finales de siglo, la economía clásica había recuperado buena parte de su anterior hegemonía, aunque ni mucho menos toda, y a Friedman le corresponde buena parte del mérito.

No quiero llevar demasiado lejos la analogía religiosa. La teoría económica aspira al menos a ser ciencia, no teología; se ocupa de la tierra, no del cielo. La teoría keynesiana se impuso en un principio porque era mucho mejor que la ortodoxia clásica a la hora de dar sentido al mundo que nos rodea, y la crítica de Friedman a Keynes adquirió tanta influencia porque supo detectar los puntos débiles del keynesianismo. Y sólo a modo de aclaración: aunque este artículo sostiene que Friedman estaba equivocado en algunos aspectos, y a veces parecía poco sincero con sus lectores, le considero un gran economista y un gran hombre.

Friedman economista, político e ideólogo

Milton Friedman desempeñó tres funciones en la vida intelectual del siglo XX. Estaba el Friedman economista de economistas, que escribía análisis técnicos, más o menos apolíticos, sobre el comportamiento de los consumidores y la inflación. Estaba el Friedman emprendedor político, que pasó décadas haciendo campaña en nombre de la política conocida como monetarismo y que acabó viendo cómo la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra adoptaban su doctrina a finales de la década de 1970, sólo para abandonarla por inviable unos años más tarde. Por último, estaba el Friedman ideólogo, el gran divulgador de la doctrina del libre mercado.

¿Desempeñó el mismo hombre todas estas funciones? Sí y no. Las tres estaban guiadas por la fe de Friedman en las verdades clásicas de la economía del libre mercado. Además, su eficacia como divulgador y propagandista descansaba en parte en su merecida fama de profundo economista teórico. Pero hay una diferencia importante entre el rigor de su obra como economista profesional y la lógica más laxa y a veces cuestionable de sus pronunciamientos como intelectual público. Mientras que la obra teórica de Friedman es universalmente admirada por los economistas profesionales, hay mucha más ambivalencia respecto a sus pronunciamientos políticos y en especial su trabajo divulgativo. Y debe decirse que hay serias dudas respecto a su honradez intelectual cuando se dirigía a la masa de ciudadanos.

Friedman teórico de la economía

Pero dejemos de lado por el momento el material cuestionable y hablemos de Friedman en cuanto teórico económico. Durante la mayor parte de los dos siglos pasados, el pensamiento económico estuvo dominado por el concepto del Homo economicus. El hipotético Hombre Económico sabe lo que quiere; sus preferencias pueden expresarse matemáticamente mediante una función de utilidad, y sus decisiones están guiadas por cálculos racionales acerca de cómo maximizar esa función: ya sean los consumidores al decidir entre cereales normales o cereales integrales para el desayuno, o los inversores que deciden entre acciones y bonos, se supone que esas decisiones se basan en comparaciones de la utilidad marginal, o del beneficio añadido que el comprador obtendría al adquirir una pequeña cantidad de las alternativas disponibles.

Es fácil burlarse de este cuento. Nadie, ni siquiera los economistas ganadores del Premio Nobel, toma las decisiones de ese modo. Pero la mayoría de los economistas, yo incluido, consideramos útil al Hombre Económico, quedando entendido que se trata de una representación idealizada de lo que realmente pensamos que ocurre. Las personas tienen preferencias, incluso si esas preferencias no pueden expresarse realmente mediante una función de utilidad precisa; por lo general toman decisiones sensatas, aunque no maximicen literalmente la utilidad. Uno podría preguntarse por qué no representar a las personas como realmente son. La respuesta es que la abstracción, la simplificación estratégica, es el único modo de que podamos imponer cierto orden intelectual en la complejidad de la vida económica. Y la suposición del comportamiento racional es una simplificación especialmente fructífera.

La cuestión, sin embargo, es hasta dónde se puede llevar. Keynes no atacó de lleno al Hombre Económico, pero a menudo recurría a teorías psicológicas verosímiles y no a un cuidadoso análisis de qué haría una persona que tomara decisiones racionales. Las decisiones empresariales estaban guiadas por impulsos viscerales (animal spirits); las decisiones de consumo, por una tendencia psicológica a gastar parte, pero no la totalidad, de un aumento de la renta; los acuerdos salariales, por un sentido de la equidad, y así sucesivamente.

¿Pero era realmente una buena idea reducir tanto la función del Hombre Económico? No, decía Friedman, que en un artículo de 1953 titulado The methodology of positive economics [La metodología de la economía positiva] sostenía que las teorías económicas no deberían juzgase por su realismo psicológico, sino por su capacidad para predecir el comportamiento. Y los dos mayores triunfos de Friedman como economista teórico procedieron de aplicar la hipótesis del comportamiento racional a cuestiones que otros economistas habían considerado fuera del alcance de dicha hipótesis.

En un libro de 1957 titulado Una teoría de la función del consumo -no exactamente un título que agradara a las masas, pero sí un tema importante-, Friedman sostenía que el mejor modo de entender el ahorro y el gasto no es, como había hecho Keynes, recurrir a una teorización psicológica laxa, sino, por el contrario, pensar que los individuos hacen planes racionales sobre cómo gastar su riqueza a lo largo de la vida. Ésta no era necesariamente una idea antikeynesiana; de hecho, el gran economista keynesiano Franco Modigliani planteó de manera simultánea e independiente el mismo argumento, incluso con más cuidado, al considerar el comportamiento racional, en colaboración con Albert Ando. Pero sí señalaba un retorno a los modos de pensar clásicos, y funcionaba. Los detalles son un poco técnicos, pero la “hipótesis de la renta permanente” planteada por Friedman y el “modelo del ciclo vital” de Ando y Modigliani resolvían varias paradojas aparentes sobre la relación entre renta y gasto, y todavía hoy siguen constituyendo las bases de cómo estudian los economistas el gasto y el ahorro.

Friedman y la relación inflacion/desempleo. La estanflación…

El trabajo sobre el comportamiento de los consumidores habría forjado por sí solo la fama académica de Friedman. Sin embargo, obtuvo un triunfo al aplicar la teoría del Hombre Económico a la inflación. En 1958, el economista neozelandés A. W. Phillips señalaba que existía una correlación histórica entre el desempleo y la inflación, de modo que la inflación iba asociada a un bajo desempleo y viceversa. Durante un tiempo, los economistas trataron esta correlación como si fuera una relación fiable y estable. Esto provocó un debate serio sobre qué punto de la curva de Phillips debería escoger el Gobierno. ¿Debería Estados Unidos, por ejemplo, aceptar una tasa de inflación más alta para alcanzar una tasa de desempleo más baja?

En 1967, sin embargo, Friedman pronunciaba ante la Asociación Económica Estadounidense una conferencia presidencial en la que sostenía que la correlación entre inflación y desempleo, aun siendo visible en los datos, no representaba una verdadera compensación, al menos no a largo plazo. “Siempre hay”, decía, “una compensación temporal entre inflación y desempleo; no hay una compensación permanente”. En otras palabras, si los políticos intentaran mantener el desempleo bajo mediante una política de generar mayor inflación, sólo conseguirían un éxito temporal. Según Friedman, el desempleo acabaría por aumentar de nuevo, incluso con una inflación elevada. En otras palabras, la economía sufriría la situación que Paul Samuelson más tarde denominaría “estanflación”.

¿Cómo llegó Friedman a esta conclusión? (Edmund S. Phelps, premio Nobel de Economía de este año, había llegado de manera simultánea e independiente al mismo resultado). Como en el caso de su trabajo sobre el comportamiento de los consumidores, Friedman aplicó la idea del comportamiento racional. Sostenía que después de un periodo de inflación sostenido, las personas introducirían las expectativas de inflación futura en sus decisiones, lo cual anularía cualquier efecto positivo de la inflación sobre el empleo. Por ejemplo, una de las razones por las que la inflación puede aumentar el empleo es que contratar a más trabajadores se vuelve más rentable cuando los precios suben más que los salarios. Pero en cuanto los trabajadores comprenden que el poder de adquisición de sus salarios se verá erosionado por la inflación, exigen por adelantado acuerdos de subida salarial más elevados, para que los salarios alcancen el mismo nivel que los precios. En consecuencia, cuando la inflación se mantiene durante un tiempo, ya no proporciona el mismo impulso al empleo que al principio. De hecho, se producirá un aumento del desempleo si la inflación no cumple las expectativas.

En el momento en que Friedman y Phelps propusieron sus ideas, Estados Unidos tenía poca experiencia con la inflación sostenida. De modo que ésta fue verdaderamente una predicción, en lugar de un intento de explicar el pasado. Sin embargo, en la década de 1970, la inflación persistente puso a prueba la hipótesis de Friedman-Phelps. Sin duda, la correlación histórica entre inflación y desempleo se rompió exactamente como Friedman y Phelps habían predicho: en la década de 1970, mientras la tasa de inflación superaba el 10%, la tasa de desempleo era tan elevada o más que en las décadas de 1950 y 1960, unos años de precios estables. Al fin la inflación se controló en la década de 1980, pero sólo después de un doloroso periodo de desempleo extremadamente elevado, el peor desde la Gran Depresión.

Al predecir el fenómeno de la estanflación, Friedman y Phelps alcanzaron uno de los grandes triunfos de la economía de posguerra. Este triunfo, más que ninguna otra cosa, confirmó a Milton Friedman en su categoría de grande entre los economistas, independientemente de lo que pudiera pensarse de sus demás funciones.

Las “expectativas racionales”

Una interesante anotación: aunque avanzó mucho en la aplicación del concepto de racionalidad individual a la macroeconomía, también sabía dónde parar. En la década de 1970, algunos economistas llevaron más lejos aún el análisis de Friedman, llegando a sostener que no hay una compensación útil entre inflación y desempleo ni siquiera a corto plazo, porque los ciudadanos anticiparán las acciones del Gobierno y aplicarán esa anticipación, así como la experiencia pasada, al establecimiento de precios y a las negociaciones salariales. Esta doctrina, conocida como las “expectativas racionales”, se extendió por buena parte de la economía académica. Pero Friedman nunca la aceptó. Su sentido de la realidad le advertía de que esto era llevar demasiado lejos la idea del Homo economicus. Y así se demostró: la conferencia pronunciada por Friedman en 1967 ha superado la prueba del tiempo, mientras que las opiniones más extremas propuestas por los teóricos de las expectativas racionales en los años setenta y ochenta no la han superado.

Monetarismo, un fracaso

“A Milton todo le recuerda la oferta monetaria. Bien, a mí todo me recuerda el sexo, pero no lo pongo por escrito”, escribía en 1966 Robert Solow, del MIT. Durante décadas, la imagen pública y la fama de Milton Friedman se definieron en gran medida por sus pronunciamientos sobre la política monetaria y su creación de la doctrina conocida como monetarismo. Sorprende darse cuenta, por tanto, de que el monetarismo se considera en gran medida un fracaso, y que parte de lo dicho por Friedman sobre el dinero y la política monetaria -al contrario que lo que dijo acerca del consumo y la inflación- parece haber sido engañoso, y quizá de manera deliberada.

Para comprender de qué trataba el monetarismo, lo primero que hay que saber es que la palabra dinero no significa exactamente lo mismo en economía que en el lenguaje común. Cuando los economistas hablan de oferta monetaria

[en inglés, money supply, oferta de dinero] no se refieren a riqueza en el sentido habitual. Sólo se refieren a esas formas de riqueza que pueden usarse de manera más o menos directa para comprar cosas. La moneda -trozos de papel con retratos de presidentes muertos- es dinero, y también los depósitos bancarios contra los que se pueden extender cheques. Pero las acciones, los bonos y los bienes raíces no son dinero, porque hay que convertirlos en efectivo o en depósitos bancarios antes de poder usarlos para hacer compras.

Si la oferta monetaria constara sólo de moneda, estaría bajo el control directo del Gobierno, o más precisamente, de la Reserva Federal, un organismo monetario que, como sus homólogos los bancos centrales de muchos otros países, está institucionalmente un poco separado del Gobierno propiamente dicho. El hecho de que la oferta de dinero incluya también los depósitos bancarios complica un poco la realidad. El banco central sólo tiene control directo sobre la base monetaria -la suma de moneda en circulación, la moneda que los bancos tienen en sus cámaras acorazadas y los depósitos que los bancos guardan en la Reserva Federal-, pero no sobre los depósitos que los ciudadanos tienen en los bancos. En circunstancias normales, sin embargo, el control directo de la Reserva Federal sobre la base monetaria basta para darle también un control efectivo sobre la oferta monetaria total.

Antes de Keynes, los economistas consideraban la oferta monetaria una herramienta primordial de la gestión económica. Pero él sostenía que en condiciones de depresión, cuando los tipos de interés son muy bajos, los cambios en la oferta monetaria tienen pocas consecuencias sobre la economía. La lógica era la siguiente: cuando los tipos de interés son del 4% o del 5%, nadie quiere que su dinero quede ocioso. Pero en una situación como la de 1935, cuando el tipo de interés de las letras del Tesoro a tres meses era sólo del 0,14%, hay muy poco incentivo para asumir el riesgo de poner el dinero a trabajar. El banco central podría tratar de estimular la economía acuñando grandes cantidades de moneda adicional; pero si el tipo de interés es ya muy bajo, es probable que el efectivo adicional languidezca en las cámaras acorazadas de los bancos o debajo de los colchones. En consecuencia, Keynes sostenía que la política monetaria, un cambio en la oferta de dinero circulante para gestionar la economía, sería ineficaz. Y por eso, él y sus seguidores creían que hacía falta una política presupuestaria -en especial un aumento del gasto público- para sacar a los países de la Gran Depresión.

¿Por qué es esto importante? La política monetaria es una forma de intervención pública en la economía altamente tecnocrática y en gran medida apolítica. Si la Reserva Federal decide aumentar la oferta monetaria, todo lo que hace es comprar unos cuantos bonos del Tesoro a bancos privados, y pagar los bonos mediante anotaciones en las cuentas de reserva de esos bancos: en realidad, todo lo que la Reserva Federal tiene que hacer es acuñar un poco más de base monetaria. En cambio, la política presupuestaria supone una participación mucho más profunda del sector público en la economía, a menudo de un modo cargado de ideología: si los políticos deciden usar las obras públicas para promover el empleo, tienen que decidir qué construir y dónde. Por tanto, los economistas con una inclinación al libre mercado tienden a querer creer que la política monetaria es todo lo que hace falta; los que desean un sector público más activo tienden a creer que la política presupuestaria es esencial.

El pensamiento económico tras el triunfo de la revolución keynesiana -como se refleja, por ejemplo, en las primeras ediciones del libro de texto clásico de Paul Samuelson- daba prioridad a la política presupuestaria, mientras que la política monetaria quedaba relegada a los márgenes. Como Friedman decía en la conferencia pronunciada en 1967 ante la Asociación Económica Estadounidense:

“La amplia aceptación de las opiniones entre los profesionales de la economía ha hecho que durante dos décadas, prácticamente todos menos unos cuantos reaccionarios pensaran que los nuevos conocimientos económicos habían vuelto obsoleta la política monetaria. El dinero no importaba”.

Aunque esto tal vez fuese una exageración, la política monetaria no estuvo muy bien considerada en las décadas de 1940 y 1950. Friedman, sin embargo, hizo una cruzada a favor de la propuesta de que el dinero también importaba, la cual culminó con la publicación en 1963 de A monetary history of the United States, 1867-1960, en colaboración con Anna Schwartz

Aunque A monetary history of the United States es una gran obra de extraordinaria erudición, que abarca un siglo de desarrollos monetarios, su análisis más influyente y controvertido fue el relativo a la Gran Depresión. Friedman y Schwartz afirmaban que habían refutado el pesimismo de Keynes acerca de la eficacia de la política monetaria en condiciones de depresión. “La contracción” de la economía, declaraban, “es de hecho un trágico testimonio de la importancia de las fuerzas monetarias”.

¿Pero qué querían decir con eso? Desde el principio, la posición de Friedman y Schwartz parecía un poco escurridiza. Y con el tiempo, la presentación que Friedman hacía de la historia se hizo más grosera, no más sutil, y acabó pareciendo -no hay otra forma de decirlo- intelectualmente corrupta.

Al interpretar los orígenes de la Gran Depresión es crucial distinguir entre la base monetaria (dinero más reservas bancarias), que la Reserva Federal controla directamente, y la oferta monetaria (dinero más depósitos bancarios). La base monetaria aumentó durante los primeros años de la Gran Depresión, subiendo de una media de 6.050 millones de dólares en 1929 a una media de 7.020 millones en 1933. Pero la oferta monetaria cayó drásticamente, de 26.600 millones a 19.900 millones de dólares. Esta divergencia reflejaba principalmente las consecuencias de la oleada de quiebras bancarias de 1930-1931: a medida que los ciudadanos perdían la fe en los bancos, empezaron a guardar su riqueza en efectivo y no en depósitos bancarios, y los bancos que sobrevivieron empezaron a tener grandes cantidades de efectivo a mano en lugar de prestarlo, para evitar el peligro de un pánico bancario. La consecuencia fue que se hacían muchos menos préstamos y, por tanto, muchos menos gastos de los que habría habido si los ciudadanos hubieran seguido depositando el efectivo en los bancos, y los bancos hubieran seguido prestando los depósitos a las empresas. Y dado que el desplome del gasto fue la causa próxima de la depresión, el deseo repentino tanto por parte de los individuos como de los bancos de poseer más efectivo empeoró sin duda la recesión.

Friedman y Schwartz sostenían que la caída de la oferta monetaria había convertido lo que podría haber sido una recesión ordinaria en una depresión catastrófica, un argumento de por sí discutible. Pero incluso poniendo por caso que lo aceptemos, cabe preguntar si puede decirse que la Reserva Federal, que al fin y al cabo aumentó la base monetaria, provocó la caída de la oferta monetaria total. Al menos inicialmente, Friedman y Schwartz no dijeron eso. Lo que dijeron, por el contrario, fue que la Reserva Federal pudo haber prevenido la caída de la oferta monetaria, en especial acudiendo al rescate de los bancos en quiebra durante la crisis de 1930-1931. Si la Reserva Federal se hubiera apresurado a prestar dinero a los bancos en apuros, la oleada de quiebras bancarias podría haberse evitado, y eso a su vez podría haber evitado la decisión de los ciudadanos de guardar el dinero en efectivo en lugar de depositarlo en los bancos, y la preferencia de los bancos supervivientes por acumular los depósitos en sus cámaras acorazadas en lugar de prestar esos fondos. Y esto, a su vez, podría haber evitado lo peor de la depresión.

A este respecto, tal vez sea útil una analogía. Supongamos que se desata una epidemia de gripe, y que análisis posteriores indican que una acción adecuada de los centros de control de enfermedades podrían haber contenido la epidemia. Sería justo culpar a las autoridades públicas de no tomar las medidas adecuadas. Pero sería un exceso decir que el Estado causó la epidemia, o usar el fallo de esos centros para demostrar la superioridad de los mercados libres sobre el sector público.

Pero muchos economistas, y todavía más lectores legos en la materia, han interpretado que la explicación de Friedman y Schwartz significa que de hecho la Reserva Federal causó la Gran Depresión; que la depresión es en cierto sentido una demostración de los males de un Estado excesivamente intervencionista. Y en años posteriores, como he dicho, las afirmaciones de Friedman se volvieron más imprecisas, como si quisiera alimentar esta percepción errónea. En su alocución presidencial de 1967 declaraba que “las autoridades monetarias estadounidenses siguieron políticas altamente deflacionarias”, y que la oferta monetaria cayó “porque el Sistema de la Reserva Federal forzó o permitió una reducción aguda de la base monetaria, al no ejercer las responsabilidades que tenía asignadas”, una afirmación extraña dado que, como hemos visto, la base monetaria aumentó de hecho mientras la oferta monetaria caía. (Friedman tal vez se refiriese a dos episodios en los que la base monetaria cayó moderadamente por breves periodos, pero aun así su declaración es, como mínimo, muy engañosa).

En 1976, Friedman les decía a los lectores de Newsweek que “la verdad elemental es que la Gran Depresión se produjo por una mala gestión pública”, una declaración que seguramente sus lectores interpretaron como que la depresión no se habría producido si el Estado se hubiera mantenido al margen, cuando de hecho lo que Friedman y Schwartz afirmaban era que el sector público debería haberse mostrado más activo, no menos.

¿Por qué los debates históricos sobre la función de la política monetaria en la década de 1930 importaban tanto en la de 1960? En parte porque encajaban en el programa más amplio de Friedman en contra del sector público, del que hablaremos más adelante. Pero la aplicación más directa era su defensa del monetarismo. De acuerdo con esta doctrina, la Reserva Federal debía mantener el crecimiento de la oferta monetaria en una tasa baja y constante, por ejemplo, el 3% anual, y no desviarse de ese objetivo, con independencia de lo que ocurriese en la economía. La idea era poner la política monetaria en piloto automático, eliminando cualquier poder por parte de las autoridades públicas.

El razonamiento de Friedman a favor del monetarismo era en parte económico y en parte político. Sostenía que el crecimiento constante de la oferta monetaria mantendría una economía razonablemente estable. Nunca pretendió que siguiendo esta norma se eliminarían todas las recesiones, pero sí afirmaba que las variaciones en la curva de crecimiento de la economía serían suficientemente pequeñas como para ser tolerables, de ahí la afirmación de que la Gran Depresión no habría ocurrido si la Reserva Federal hubiera seguido una norma monetarista. Y junto a esta fe con reservas en la estabilidad de la economía con un régimen monetario se daba su desprecio sin reservas hacia la capacidad de los directivos de la Reserva Federal para hacerlo mejor si se les daba poder para ello. La demostración de la falta de fiabilidad de la Reserva Federal estaba en el inicio de la Gran Depresión, pero Friedman podía señalar otros muchos ejemplos de políticas que habían salido mal. “Un régimen monetario”, escribía en 1972, “aislaría la política monetaria del poder arbitrario de un pequeño grupo de hombres no sujetos al control de los electores, y de las presiones a corto plazo de la política partidista”.

El monetarismo fue una fuerza poderosa en el debate económico durante unas tres décadas a partir de que Friedman expusiera por primera vez su doctrina en Un programa de estabilidad monetaria y reforma bancaria, publicado en 1959. Hoy, sin embargo, es una sombra de lo que era, por dos razones principales.

En primer lugar, cuando Estados Unidos y Reino Unido intentaron poner en práctica el monetarismo a finales de los setenta, los resultados fueron decepcionantes: en ambos países, el crecimiento constante de la oferta monetaria no consiguió impedir recesiones graves. La Reserva Federal adoptó oficialmente objetivos monetarios al estilo Friedman en 1979, pero los abandonó de hecho en 1982, cuando la tasa de desempleo superó el 10%. Este abandono se hizo oficial en 1984, y desde entonces la Reserva Federal realiza precisamente el tipo de afinación discrecional que Friedman condenaba. Por ejemplo, en 2001 respondía a la recesión reduciendo los tipos de interés y permitiendo que la oferta monetaria creciese a ritmos que en ocasiones superaban el 10% anual. Cuando se convenció de que la recuperación era sólida, la Reserva Federal cambió el rumbo, subiendo los tipos de interés y permitiendo que el crecimiento de la reserva monetaria cayese a cero.

En segundo lugar, desde comienzos de la década de 1980, la Reserva Federal y sus homólogos de otros países han realizado un trabajo razonablemente bueno, debilitando la imagen que Friedman daba de los banqueros centrales, a los que consideraba chapuceros irredimibles. La inflación se mantiene baja, las recesiones -excepto en Japón, país del que hablaremos enseguida- han sido relativamente breves y leves. Y todo esto ha ocurrido a pesar de las fluctuaciones de la oferta monetaria, que horrorizaban a los monetaristas y que los llevaron -incluso a Friedman- a predecir desastres que no llegaron a materializarse. Como señalaba David Warsh, de The Boston Globe, en 1992, “Friedman despuntó su lanza prediciendo la inflación en la década de 1980, durante la que se equivocó profunda y frecuentemente”.

En 2004, el Informe Económico del Presidente, escrito por los muy conservadores economistas del Gobierno de Bush, podía no obstante hacer la altamente antimonetarista declaración de que “una política monetaria audaz”, no estable ni constante, sino audaz, “puede reducir la profundidad de una recesión”.

Ahora, unas palabras sobre Japón. Durante la década de 1990, Japón experimentó una especie de reproducción a pequeña escala de la Gran Depresión. La tasa de desempleo nunca llegó a los niveles de la Depresión, gracias a un enorme gasto en obras públicas que hizo que cada año Japón, con menos de la mitad de población, vertiese más cemento que Estados Unidos. Pero las condiciones de tipos de interés muy bajos que se dieron en la Gran Depresión reaparecieron con fuerza. Hacia 1998, el tipo del dinero a la vista, los tipos de los préstamos a un día entre bancos, era literalmente cero.

Y en esas condiciones, la política monetaria resultó tan ineficaz como Keynes había afirmado que lo fue en los años treinta. El Banco de Japón, el equivalente japonés a la Reserva Federal, podía aumentar la base monetaria, y lo hizo. Pero los yenes añadidos se guardaban, no se gastaban. Los únicos bienes de consumo duradero que se vendían bien, me dijeron por aquel entonces algunos economistas japoneses, eran las cajas fuertes. De hecho, el Banco de Japón se vio incapaz siquiera de aumentar la oferta monetaria tanto como deseaba. Puso en circulación enormes cantidades de efectivo, pero las medidas más generales de oferta monetaria crecieron muy poco. Por fin, hace dos años, iniciaba una recuperación económica, impulsada por una recuperación de la inversión empresarial para aprovechar las nuevas oportunidades tecnológicas. Pero la política monetaria nunca consiguió arrancar.

En efecto, Japón en los años noventa brindó una nueva oportunidad para poner a prueba las opiniones de Friedman y Keynes respecto a la eficacia de la política monetaria en condiciones de depresión. Y claramente los resultados respaldaban el pesimismo de Keynes y no el optimismo de Friedman.

El libre mercado

En 1946, Milton Friedman debutó como divulgador de la economía del libre mercado con un panfleto titulado Roofs or Ceilings: The Current Housing Problema

[Tejados o techos: el actual problema de la vivienda], escrito en colaboración con George J. Stigler, que más tarde se uniría a él en la Universidad de Chicago. El panfleto, un ataque contra el control de los alquileres, que todavía era universal inmediatamente después de la II Guerra Mundial, se publicó en circunstancias bastante extrañas: era una publicación de la Fundación para la Educación Económica, organización que, como Rick Perlstein escribe en Before the Storm (2001), su libro sobre los orígenes del movimiento conservador actual, “difundía un evangelio libertario tan drástico que rondaba el anarquismo”. Robert Welch, fundador de la John Birch Society, era miembro de su consejo directivo. Esta primera aventura en la popularización del libre mercado anticipaba de dos maneras el curso de la evolución de Friedman como intelectual público a lo largo de las seis décadas siguientes.

En primer lugar, el panfleto demostraba la especial voluntad de Friedman de llevar las ideas del libre mercado hasta sus límites lógicos. Ni la idea de que los mercados son medios eficientes de asignar bienes escasos ni la propuesta de que los controles de precios crean escaseces e ineficacias eran nuevas. Pero muchos economistas, temiendo la reacción negativa contra una subida repentina de los alquileres (que Friedman y Stigler predecían que sería del 30% para el país en su conjunto), podrían haber propuesto una especie de transición gradual a la liberalización. Friedman y Stigler quitaban hierro a esas preocupaciones.

En décadas posteriores, esta tozudez se convertiría en uno de los sellos característicos de Friedman. Una y otra vez pedía soluciones de mercado a problemas -educación, atención sanitaria, tráfico de drogas ilegales- que en opinión de casi todos los demás exigían una intervención estatal extensa. Algunas de sus ideas han sido objeto de aceptación generalizada, como sustituir las normas rígidas sobre contaminación por un sistema de permisos de contaminación que las empresas pueden comprar y vender. Otras, como los cheques escolares, tienen un amplio respaldo en el movimiento conservador, pero no han avanzado mucho políticamente. Y algunas de sus propuestas, como eliminar los procedimientos de concesión de licencia para los médicos y abolir la Administración de Alimentos y Medicamentos, las consideran estrambóticas incluso la mayoría de los conservadores.

En segundo lugar, el panfleto demostraba lo bueno que Friedman era como divulgador. Está escrito de manera elegante y sagaz. No hay jerga; los argumentos se presentan con ejemplos del mundo real inteligentemente escogidos, desde la rápida recuperación de San Francisco tras el terremoto de 1906 hasta los problemas de un ex combatiente en 1946, recién licenciado del ejército, para encontrar un lugar decente donde vivir. El mismo estilo, mejorado por la imagen, marcaría la celebrada serie televisiva de Friedman en la década de 1980 Free to choose

[Libre para elegir].

Hay muchas probabilidades de que la gran oscilación hacia las políticas liberales que se produjeron en todo el mundo a comienzos de la década de 1970 se hubiera dado aunque Milton Friedman no hubiese existido. Pero su incansable y brillantemente eficaz campaña a favor de los libres mercados seguramente ayudó a acelerar el proceso, tanto en Estados Unidos como en todo el mundo. Desde cualquier punto de vista -proteccionismo frente a libre comercio; reglamentación frente a liberalización; salarios establecidos mediante convenio colectivo y salarios mínimos obligatorios frente a salarios establecidos por el mercado-, el mundo ha avanzado en la misma dirección que Friedman. E incluso más llamativa que su logro en lo referente a los cambios de la política real ha sido la transformación de la opinión general: la mayoría de las personas influyentes se han convertido hasta tal punto al modo de pensar de Friedman que simplemente se da por sentado que el cambio de políticas económicas promovido por él ha sido una fuerza positiva. ¿Pero lo ha sido?

Desmentido por los hechos…

Consideremos en primer lugar los resultados macroeconómicos de la economía estadounidense. Tenemos datos de la renta real -es decir, teniendo en cuenta la inflación- de las familias estadounidenses entre 1947 y 2005. Durante la primera mitad de ese periodo de 55 años, desde 1947 hasta 1976, Milton Friedman era una voz que predicaba en el desierto, cuyas ideas no eran tenidas en cuenta por los políticos. Pero la economía, a pesar de todas las ineficacias que él denunciaba, mejoró enormemente el nivel de vida de la mayoría de los estadounidenses: la renta media real se duplicó con creces. Por contraste, en el periodo transcurrido desde 1976, las ideas de Friedman se han ido aceptando cada vez más; aunque siguió habiendo intervención pública de sobra para que él pudiera quejarse, no cabe duda de que las políticas de libre mercado se generalizaron mucho más. Pero el aumento del nivel de vida ha sido mucho menos fuerte que durante el periodo anterior: en 2005, la renta media real sólo era un 23% superior a la de 1976.

Parte de la razón de que a la segunda generación de posguerra no le fuese tan bien como a la primera era la tasa total de crecimiento económico más lenta, un hecho que tal vez sorprenda a quienes suponen que la tendencia hacia el libre mercado ha aportado mayores dividendos económicos. Pero otra razón importante del retraso en el nivel de vida de la mayoría de las familias es un incremento espectacular de la desigualdad económica: durante la primera generación de posguerra, el aumento de la renta se extendió ampliamente a toda la población, pero desde finales de la década de 1970, la mediana de la renta, la renta de la familia típica, sólo ha subido la tercera parte de la renta media, que incluye la gran subida experimentada por las rentas de la pequeña minoría situada en lo más alto de la pirámide.

Esto plantea una cuestión interesante. Milton Friedman solía asegurar a su público que no hacía falta ninguna institución especial, como el salario mínimo y los sindicatos, para garantizar que los trabajadores compartiesen los beneficios del crecimiento económico. En 1976 les decía a los lectores de Newsweek que los cuentos de los perjuicios causados por los barones ladrones eran puro mito:

“Probablemente no haya habido ningún otro periodo en la historia, en este o en cualquier otro país, en el que el hombre de a pie haya experimentado una mejora tan grande de su nivel de vida como en el periodo transcurrido entre la guerra civil y la I Guerra Mundial, cuando más fuerte era el individualismo desenfrenado”.

(¿Y qué hay del extraordinario periodo de 30 años posterior a la II Guerra Mundial, que abarcó buena parte de la trayectoria profesional del propio Friedman?). Sin embargo, en las décadas que siguieron a ese pronunciamiento, mientras se permitía que el salario mínimo cayese por debajo de la inflación y los sindicatos desaparecían en gran medida como factor importante en el sector privado, los trabajadores estadounidenses veían cómo sus fortunas iban a la zaga del crecimiento de la economía en general. ¿Era Friedman demasiado optimista respecto a la generosidad de la mano invisible?

Para ser justos, hay muchos factores que afectan tanto al crecimiento económico como a la distribución de la renta, por lo que no podemos culpar a las políticas friedmanistas de todas las decepciones. Aun así, dada la suposición común de que el cambio a las políticas de libre mercado ha hecho grandes cosas por la economía estadounidense y por el nivel de vida de los estadounidenses corrientes, es asombroso el poco respaldo que los datos proporcionan a esa afirmación.

Dudas similares respecto a la falta de pruebas claras de que las ideas de Friedman funcionan de hecho en la práctica se pueden encontrar, todavía con más fuerza, en Latinoamérica. Hace una década era normal citar el éxito de la economía chilena, en la que los asesores de Augusto Pinochet, educados en Chicago, se habían pasado a las políticas del libre mercado después de que Pinochet se hiciera con el poder en 1973, como prueba de que las políticas inspiradas por Friedman mostraban la senda hacia un próspero desarrollo económico. Pero aunque otros países latinoamericanos, desde México hasta Argentina, han seguido el ejemplo de Chile en la liberación del comercio, la privatización de empresas y la liberalización, la historia de éxito chilena no se ha repetido.

Por el contrario, la percepción de la mayoría de los latinoamericanos es que las políticas neoliberales han sido un fracaso: el prometido despegue del crecimiento económico nunca llegó, mientras que la desigualdad de la renta ha empeorado. No quiero culpar de todo lo que ha salido mal en Latinoamérica a la Escuela de Chicago, ni idealizar lo sucedido antes, pero hay un asombroso contraste entre la percepción que Friedman defendía y los resultados reales de las economías que se pasaron de las políticas intervencionistas de las primeras décadas de posguerra a la liberalización.

Centrándonos más estrictamente en el tema, uno de los principales objetivos de Friedman era la, en su opinión, inutilidad y naturaleza contraproducente de la mayor parte de la reglamentación pública. En una necrológica para su colaborador George Stigler, Friedman elogiaba en concreto la crítica de Stigler a la normativa sobre la electricidad, y su argumento de que los reguladores normalmente acaban sirviendo a los intereses de los regulados y no a los de los ciudadanos. ¿Cómo ha funcionado entonces la liberalización?

Empezó bien, comenzando con la liberalización del transporte por carretera y de las aerolíneas a finales de la década de 1970. En ambos casos, la liberalización, aunque no contentó a todos, aumentó la competencia, en general bajó los precios, y aumentó la eficacia. La liberalización del gas natural también fue un éxito.

Pero la siguiente gran oleada de liberalización, la del sector eléctrico, fue otra historia. Al igual que la depresión japonesa de la década de 1990, demostraba que las preocupaciones keynesianas por la eficacia de la política monetaria no eran un mito; la crisis de la electricidad en California en 2000 y 2001 -en la que las compañías eléctricas y las distribuidoras de energía crearon una escasez artificial para hacer subir los precios- nos recordó la realidad que había tras los cuentos de los barones ladrones y sus depredaciones. Aunque otros Estados no sufrieron una crisis tan grave como la de California, en todo el país la liberalización de la electricidad supuso un aumento, no una disminución, de los precios, y unos beneficios enormes para las compañías eléctricas.

Aquellos Estados que, por la razón que fuera, no se subieron al vagón de la liberalización en la década de 1990 se consideran ahora afortunados. Y las más afortunadas son aquellas ciudades que por algún motivo no recibieron el memorando sobre los males del sector público y las bondades del sector privado, y siguen teniendo compañías eléctricas públicas. Todo esto demuestra que los argumentos originales a favor de la reglamentación eléctrica -la observación de que sin reglamentación las compañías eléctricas tendrían demasiado poder monopolístico- siguen siendo tan válidos como siempre.

¿Debería esto llevarnos a la conclusión de que la liberalización es siempre mala idea? No. Depende de los detalles específicos. Deducir que la liberalización es siempre y en todas partes una mala idea sería incurrir en el mismo tipo de pensamiento absolutista que, se podría decir, fue el mayor defecto de Milton Friedman.

En la reseña de 1965 sobre Monetary history, de Friedman y Schwartz, el fallecido premio Nobel James Tobin acusaba levemente a los autores de ir demasiado lejos. “Considérense las siguientes tres proposiciones”, escribía. “El dinero no importa. Sí que importa. El dinero es lo único que importa. Es demasiado fácil deslizarse de la segunda proposición a la tercera”. Y añadía que “en su celo y euforia”, eso es lo que muy a menudo hacían Friedman y sus seguidores.

La defensa del laissez-faire por parte de Milton Friedman parece haber seguido una secuencia similar. Después de la Gran Depresión, muchos empezaron a decir que los mercados nunca pueden funcionar. Friedman tuvo la valentía intelectual de decir que los mercados sí funcionan, y sus dotes teatrales, unidas a su habilidad para organizar datos objetivos, lo convirtieron en el mejor portavoz de las virtudes del libre mercado desde Adam Smith. Pero caía con demasiada facilidad en la afirmación de que los mercados siempre funcionan y que son lo único que funciona. Es extremadamente difícil encontrar casos en los que Friedman reconociese la posibilidad de que los mercados pudieran funcionar mal, o de que la intervención pública podía ser útil.

El absolutismo liberal de Friedman ha contribuido a crear un clima intelectual en el que la fe en los mercados y el desdén por el sector público a menudo se imponen a los datos objetivos. Los países en vías de desarrollo se apresuraron a abrir sus mercados de capitales, a pesar de las advertencias de que eso podría exponerlos a crisis financieras; después, cuando las crisis llegaron como era previsible, muchos observadores culparon a los Gobiernos de esos países, no a la inestabilidad de los flujos de capital internacionales. La liberalización de la electricidad se produjo a pesar de las claras advertencias de que el poder de monopolio podría ser un problema; de hecho, al tiempo que la crisis de la electricidad en California seguía su evolución, la mayoría de los analistas quitaban importancia a las preocupaciones por el posible amaño de los precios alegando que no eran más que teorías de conspiración descabelladas. Los conservadores siguen insistiendo en que el libre mercado es la respuesta a la crisis sanitaria, frente a las abrumadoras pruebas en contra.

Lo extraño del absolutismo de Friedman respecto a las virtudes de los mercados y los vicios del Estado es que en su trabajo como economista teórico era de hecho un modelo de comedimiento. Como ya he señalado, hizo grandes contribuciones a la teoría económica al resaltar la importancia de la racionalidad individual, pero, a diferencia de algunos de sus colegas, sabía cuándo parar. ¿Por qué no mostró el mismo comedimiento en su papel de intelectual público?

La respuesta, sospecho, es que se vio atrapado en una función esencialmente política. Milton Friedman, el gran economista, sabía reconocer la ambigüedad y la reconocía. Pero de Milton Friedman, el gran defensor de la libertad de mercado, se esperaba que predicase la verdadera fe, no que manifestase sus dudas. Y acabó desempeñando la función que sus seguidores esperaban. A consecuencia de ello, la refrescante iconoclasia de los primeros años de su carrera se convirtió con el tiempo en una rígida defensa de algo que se había convertido en la nueva ortodoxia.

A la larga, a los grandes hombres se les recuerda por sus virtudes y no por sus defectos, y Milton Friedman fue de hecho un hombre muy grande, un hombre de valentía intelectual que fue uno de los pensadores económicos más importantes de todos los tiempos, y posiblemente el más brillante comunicador de las ideas económicas a los ciudadanos en general que jamás haya existido. Pero hay buenas razones para sostener que el friedmanismo, al final, fue demasiado lejos, como doctrina y en sus aplicaciones prácticas. Cuando Friedman inició su trayectoria como intelectual público, había llegado la hora de llevar a cabo una contrarreforma contra el keynesianismo, y todo lo que eso conllevaba. Pero lo que el mundo necesita ahora, diría yo, es una contra-contrarreforma. –

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © New York Times Service, 2008. Traducción de News Clips.

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Bombay: claves de la masacre

Editorial

Los ataques terroristas perpetrados hace dos días en Bombay, y atribuidos por el gobierno indio a militantes procedentes del vecino Pakistán, son sin duda un hecho bárbaro que ha causado más de un centenar de muertos y más de 300 heridos entre civiles inocentes y que, sea cual fuere la causa política, religiosa o nacional a la que se afilien los agresores, ha generado el justificado repudio mundial.

Más allá de la condena es preciso, sin embargo, analizar los contextos en los que tuvo lugar el cruento ataque. Es necesario recordar que las fuentes de la actividad terrorista en India se ubican, principalmente, en los conflictos étnicos, religiosos y territoriales que dejó sembrados el colonialismo inglés en la frontera indo-paquistaní: el de Cachemira, poblada en su mayoría por musulmanes, y el del Punjab, cuya población, en la que predomina la etnia sij, se encuentra dividida de manera artificial entre ambos países.

Esa herencia nefasta no sólo ha provocado cuatro guerras entre India y Pakistán y una peligrosa carrera armamentista –en el contexto de la cual ambos países desarrollaron armas atómicas–: ha sido, además, el telón de fondo de los asesinatos de Mahatma Gandhi y de Indira Gandhi, y se ha traducido en una enconada violencia cíclica en el país. El antecedente más próximo es el de julio de 2006, cuando los trenes suburbanos de la propia Bombay fueron atacados con bombas, lo que dejó unos 190 muertos.

Desde otro punto de vista, resulta significativo que la carnicería perpetrada en Bombay ocurra tras siete años de lo que el gobierno de Estados Unidos aún denomina “guerra contra el terrorismo internacional”, empeño cuyo signo verdadero es el pillaje neocolonial y que, en materia de seguridad, no se ha traducido en un resultado apreciable.

Cierto, los grupos que recurren al terrorismo en India no necesariamente están vinculados con los sectores del fundamentalismo islámico que organizaron los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, pero no deja de ser paradójico que una operación terrorista en gran escala sacuda al mundo justo en los días finales de la presidencia de George W. Bush, quien se presentó como el gran cruzado contra el terrorismo en el mundo, y que en esa caracterización ordenó la invasión, la devastación y la ocupación de dos países –Afganistán e Irak–, atropelló los derechos humanos en Estados Unidos y en el extranjero, erigió centros de tortura y redes de desaparición forzada de personas, y alentó, de esa forma, una severa regresión de los avances civilizatorios en todo el mundo.

A despecho de todo eso, el fenómeno que se pretendía combatir sigue vivo y presente, en Irak, en Afganistán, en India y en muchos otras naciones, con o sin tropas invasoras estadunidenses, y es claro que no podrá ser resuelto a punta de bombardeos.

 

Bombay: el fin pero no el final

Soutik Biswas
BBC, Bombay

Comandos en uno de los jardines

Este sábado no fueron turistas los que se pasearon por los jardines del hotel.

En el patio delantero del hotel Taj Mahal Palace, las ambulancias esperaban su turno para llevar a los muertos a la morgue, horas después de que el sitio de 60 horas finalizara, en la mañana del sábado.

ÚLTIMAS NOTICIAS

Las autoridades indias advierten que el saldo de muertos podría aumentar, ahora que retiran los cuerpos de los hoteles.  Al menos 195 personas perdieron la vida. En India ya empezaron los funerales de algunas de las víctimas. La mayoría de los muertos fueron indios. Al menos 15 miembros de las fuerzas de seguridad india perdieron la vida.

Entre los extranjeros muertos había israelíes, chinos, australianos, tailandeses, alemanes, japoneses, británicos, franceses, estadounidenses, italianos, canadienses, singapurenses y mauricianos.

Cajas de guantes quirúrgicos de látex se apilaban en una esquina y el personal sanitario entraban con baldes y botellas de desinfectante. Los comandos indios seguían revisando cada habitación en busca de sobrevivientes, cadáveres o municiones, pues hasta terminar no podían declarar que el lugar era seguro. Y afuera, los empleados del Taj Mahal corrían de un lado a otro con lo que parecían listas de huéspedes, tratando de averiguar quiénes no habían sido encontrados aún.

No se sabe todavía cuántos huéspedes estaban en el hotel de 565 habitaciones, una de las más famosos de Bombay, cuando los atacantes irrumpieron el miércoles por la noche.

Daños adentro del hotel

Mucho se arruinó.

Tampoco se sabe aún cuántos perdieron la vida en los restaurantes y el lobby, que estaban llenos cuando el ataque empezó.

“Hay mucha gente muerta adentro. Es un desastre”, susurró un socorrista. “La operación aún no termina; seguimos muy perturbados”.

 

“Inimaginable”

Los comandos indios iniciaron un nuevo asalto en el hotel en la madrugada del sábado. Nuevamente se vieron llamas salir de algunas partes del hotel, así como disparos intermitentes.

Algunas horas más tarde, el jefe de la policía de la ciudad declaró que el sitio había llegado a su fin y que los últimos tres hombres armados habían sido dados de baja.

Llamas saliendo de una ventana del hotel.

Parte del hotel volvió a arder durante la operación de la mañana. El jefe de los comandos, JK Dutt, le pidió a los huéspedes que estaban en sus habitaciones que abrieran las cortinas, para poderlos ver desde afuera.  Yo vi sólo a un hombre, con el uniforme del hotel, saliendo, cojeando, con al ayuda de otros dos.

Un poco más tarde, se escucharon dos explosiones controladas desde adentro del hotel y la policía explicó que estaban destruyendo municiones que encontraron. Al mediodía, otra explosión, más fuerte.  El bombero que entró a apagar las llamas tomó una fotografía con su celular de uno de los atacantes muertos. Al salir dijo que el olor adentro era “inimaginable”.

El gigante silencioso

Esto no terminará hasta que inspeccionemos hasta el último rincón y saquemos a todos los huéspedes, vivos o muertos

Empleado del Taj Mahal Palace

El hotel, uno de los más grandiosos de India, está ahora en silencio, tras tres noches de disparos y explosiones constantes de los atacantes y los comandos.

Parte de la majestuosa ala antigua del hotel fue destruida. Una capa de hollín oscuro cubre las paredes de ladrillo marrón y piedra. Hasta las ventanas de una sección del segundo piso están carbonizadas.

Nadie sabe cuánto de la elaborada decoración del hotel -cielo rasos de alabastro, tapices de seda tejidos a mano, una colección de arte excepcional- sobrevivió.

Interior hotel antes de los ataques.

Pasará algún tiempo antes de que el hotel recupere su grandiosidad.

“Pasará algún tiempo antes de que podamos aceptar la pérdida”, dijo un empleado.

“Esto no terminará hasta que inspeccionemos hasta el último rincón y saquemos a todos los huéspedes, vivos o muertos”.

El sitio del hotel Taj Mahal puede haber terminado, pero el conteo de los muertos y el cálculo de las pérdidas materiales apenas empieza.

Podrían pasar varios meses, hasta un año, antes de que el hotel más famoso de Bombay vuelva a la vida.

 

El Ejército indio pone fin a tres días de terror

 

Las autoridades señalan que un comando de élite mata a los tres últimos terroristas atrincherados en el interior del hotel Taj Mahal.-  Las víctimas ascienden a 195

ELPAÍS.com / AGENCIAS – Madrid / Bombay – 29/11/2008

Las tropas de élite del Ejército indio están registrando, habitación por habitación, el lujoso hotel Taj Mahal de Bombay, en busca de más terroristas que puedan permanecer escondidos, tres días después de los ataques terroristas coordinados que han dejado casi dos centenares de muertos.

Las fuerzas especiales han abatido a tiros esta madrugada (hora española) a los tres últimos terroristas que se encontraban atrincherados en el Taj. Los atentados realizados con explosivos, tiroteos y secuestro de rehenes en el Taj Mahal y el hotel Trident/Oberoi, además de un centro judío, han dejado 195 muertos y otros 295 heridos, según cifras oficiales. Entre los muertos hay 22 extranjeros, ninguno de ellos español.

Una vez controlada la situación, han comenzado las investigaciones, internas y externas, acerca de éstos, uno de los peores ataques que se han registrado en India. El presidente paquistaní, Asif Ali Zardari, ha afirmado hoy que actuará “rápidamente” si existen evidencias de la participación de grupos o individuos de su país en los atentados de Bombai.

Asimismo, el gobierno de Londres investiga la existencia de una “conexión británica” a través de un equipo de la policía antiterrorista que fue enviado al día siguiente de los ataques. Los expertos certificarán las versiones según las cuales varios de los hombres que sembraron el terror en esa ciudad son ciudadanos de Reino Unido nacidos en Pakistán, o incluso nacidos en Reino Unido pero de ascendencia paquistaní.

Fuentes diplomáticas indias han dicho a la BBC que no hay evidencias de una “conexión británica” en la matanza, pero Londres colaborará en las indagaciones.

Días de Terror

“El Taj está controlado”, ha asegurado el jefe de policía Hasan Gafoor en declaraciones emitidas por la televisión india. En el asalto final ha fallecido un soldado. Ahora las fuerzas de seguridad lideradas por Jyoti Krishna Dutt, se encuentran revisando las instalaciones del hotel habitación por habitación.

Los empresarios españoles Alvaro Rengifo y Alejandro de la Joya han llegado esta mañana a Madrid tras el “horror” vivido por ambos en el hotel Trident, del que fueron rescatados este viernes. “Estoy muy bien, estoy con toda mi familia”, ha explicado desde su domicilio Rengifo. Este empresario y el consejero delegado de Ferrovial-Agromán, Alejandro de la Joya, han aterrizado en la base aérea de Torrejón de Ardoz en un avión privado fletado expresamente para su repatriación.

Mientras el hotel Trident (antiguo Oberoi) ha quedado este viernes “completamente bajo control” y “libre de terroristas”, así como el centro judío Nariman House, por la noche (sobre las 23.30 hora peninsular española) se han registrado unas cinco explosiones en el Taj. Esta madrugada, el Ejército ha comenzado un intenso tiroteo con los islamistas atrincherados en el establecimiento y las imágenes de televisión mostraban un incendio declarado en la planta baja.

En el cruento episodio han fallecido, según las autoridades, 18 extranjeros. Entre ellos un ciudadano británico, cuatro australianos, un italiano y un japonés. Además, el Gobierno de Estados Unidos ha confirmado la muerte de cinco ciudadanos estadounidenses.

Entre los heridos hay un matrimonio español, formado por Rafael Deaux y María Rosa Romero. Ambos continúan hospitalizados con pronóstico leve y su salud no corre peligro. Se prevé que permanezcan en la ciudad aún unos días.

Asalto al centro judío

Este viernes, un comando de élite asaltó el centro judío Nariman House, donde murieron cinco rehenes y dos secuestradores. Cientos de personas fueron testigos de los esfuerzos del Ejército por controlar la situación mediante una dura batalla en la que se registraron tiroteos y el lanzamiento de granadas.

La operación finalizó sobre las 14.00 hora española peninsular. Según J. K. Dutt, director general de la Guardia Nacional de Seguridad, sus hombres volaron un muro exterior del centro e irrumpieron en él, “neutralizando” a dos terroristas. Sin embargo, no pudieron evitar la muerte de cinco rehenes israelíes, entre ellos un rabino y su esposa, residentes en Brooklyn (Nueva York). El hijo de la pareja ha sido salvado por la niñera y se encuentra a salvo, informa Georgina Higueras.

Los autores

Este sábado se han conocido más detalles sobre los terroristas. Algunos de los islamistas atacantes visitaron Bombay meses antes y han vivido allí durante todo este tiempo fingiendo ser estudiantes, recoge el Times of India. El grupo habría visitado en varias ocasiones los dos hoteles asaltados. Los terroristas procederían la mayoría de Pakistán, pero durante estas visitas de reconocimiento se habrían hecho pasar por malasios. A pesar de que la pista paquistaní cobra fuerza, el primer ministro, Yusaf Raza Gilani, ha señalado que “Pakistán no tiene nada que ver con esto”.

El primer ministro indio, Manmonah Singh, en una comparecencia ante la nación, condenó los ataques y manifestó que su Gobierno tomará “las medidas necesarias para defender la seguridad” de los ciudadanos. Además, señaló a terroristas llegados de fuera del país como responsables de la matanza.

En un principio, la autoría de los atentados se atribuyó a la organización islamista Deccan Muyahidiny, que había reivindicado las acciones. Sin embargo, tres de los terroristas detenidos en el transcurso de la contraofensiva del ejército indio han confesado ser miembros de la célula rebelde con base en Pakistán, Lashkar-e-Taiba (Ejército de los Puros), según el diario Hindu. Lashkar-e-Taiba, uno de los grupos de milicianos islamistas más influyentes en Asia, había negado este jueves su implicación en los atentados.