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G. Arrighi: Adam Smith en Pekin, o el dilema Chino y el capitalismo mundial

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GIOVANNI ARRIGHI

ADAM SMITH EN PEKIN

Prefacio y agradecimientos

Este libro es una continuación y reelaboración de dos obras anteriores, El largo siglo XX y Caos y orden en el sistema-mundo moderno. Se centra en dos acontecimientos que han configurado, más que ningún otro, la política, la economía y la sociedad mundiales. Uno es el ascenso y declive del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano diseñado por los neoconservadores estadounidenses y el otro es el surgimiento de China como adalid del resurgimiento económico de Asia oriental. Se dedicará la debida atención a los principales agentes estatales y no estatales que han contribuido a esos dos acontecimientos, pero el objeto principal del análisis se situará en Estados Unidos y China y sus aparatos estatales como agentes clave de la transformación global en curso.

Los amigos, alumnos y colegas que han leído y comentado el manuscrito antes de la ronda final de revisiones me han hecho llegar valoraciones desacostumbradamente discrepantes. Los capítulos que más gustaban a algunos eran los memos apreciados por otros; los apartados y secciones que algunos juzgaban más relevantes para la argumentación del libro les parecían superfluos a otros. Las discrepancias en las reacciones de los lectores son normales, pero no en la medida que he experimentado con este libro. Pienso que esa anomalía se puede atribuir al doble propósito del libro –al que se apunta en su título– y a los diferentes métodos empleados en su elaboración.

Mi propósito es tanto ofrecer una interpretación del desplazamiento en curso del centro de la economía política global de Norteamérica a Asia oriental a la luz de la teoría del desarrollo económico de Adam Smith, como ofrecer una interpretación de La riqueza de las naciones a la luz de ese desplazamiento. Este doble propósito se desarrolla a lo largo de todo el libro pero algunos apartados dependen más de argumentos teóricos, otros de análisis históricos y otros de la valoración de fenómenos actuales. Inevitablemente, los lectores con poca paciencia para la teoría, o para los análisis de acontecimientos distantes y poco familiares, o para una historia que todavía se está haciendo, pueden sentirse tentados a sobrevolar por encima de determinadas secciones o incluso de capítulos enteros. Consciente de esa posibilidad, he hecho cuanto he podido para asegurar que los lectores que así lo hagan puedan captar al menos uno de los dos argumentos generales del libro, el que se refiere al desplazamiento del centro de la economía política global a Asia oriental o el que concierne a La riqueza de las naciones. Todo lo que pido a cambio es que se juzgue el libro como una totalidad, y no sólo por sus distintas partes.

He venido confeccionando este libro durante varios años, y la lista de mis deudas intelectuales es larga. Sin la ayuda de muchos colaboradores de Asia oriental no habría podido acceder a textos claves en chino y japonés, algunos de los cuales aparecen en la bibliografía. Ikeda Satoshi, Hui Po-keung, Lu Aiguo, Shih Miin-wen, Hung Ho-fung y Zhang Lu me ayudaron en esta tarea. Además, Ikeda me introdujo en la literatura japonesa sobre el sistema comercial tributario centrado en China; Hui me enseñó a leer a Braudel desde la perspectiva de Asia oriental; Hung guió mis incursiones en la dinámica social del último período de la China imperial, y Lu Aiguo ha frenado mi excesivo optimismo sobre la naturaleza de los recientes logros chinos.

Una versión anterior y más corta de la Segunda Parte se publicó como «The Social and Political Economy of Global Turbulence» en New Left Review II/20 (2003), pp. 5-71 [ed. cast.: «La economía social y política de la turbulencia global», NLR II/20, mayo-junio de 2003, pp. 5-68]. Al igual que una parte del capítulo 1, reviso en ella críticamente la obra de Robert Brenner. Forma parte de un intento por mi parte de convencer a Bob Brenner de que se tome la sociología histórica más en serio que la economía, y le agradezco en cualquier caso el estímulo intelectual proporcionado por su obra y que se tome con calma mis críticas.

Una versión anterior de la Tercera Parte se publicó como «Hegemony Unraveling-I», en New Left Review II/32, marzo-abril de 2005, pp. 23-80, y «Hegemony Unraveling-II», en New Left Review II/33, mayo-junio de 2005, pp. 83-116 [ed. cast.: «Comprender la hegemonía I», NLR II/32, mayo-junio de 2005, pp. 20-74 y NLR II/33, julio-agosto de 2005, pp. 24-54]. Esos dos artículos han sido totalmente reestructurados y reescritos, pero muchas de las ideas del capítulo 8 todavía provienen de un seminario que dimos David Harvey y yo en la Universidad Johns Hopkins. Agradezco a David y a los participantes en aquel seminario su ayuda para en la reelaboración de argumentos clave de El largo siglo XX y Caos y orden en el sistema-mundo moderno en un marco analítico más riguroso y más sólido. Parte de los capítulos 1, 11 y 12 provienen de un artículo que publiqué junto con Hui Po-keung, Hung Ho-fung y Mark Selden con el título «Historical Capitalism, East and West», en The Resurgence of East Asia. 500, 150 and 50 Year Perspectives, editado por G. Arrighi, T. Hamashita y M. Selden (Londres, Routledge, 2003), y de otro publicado en solitario como «States, Markets and Capitalism, East and West», en Worlds of Capitalism. Institutions, Economic Performance, and Governance in the Era of Globalization, editado por M. Miller (Londres, Routledge, 2005). Ya he mencionado mis deudas intelectuales con Hui y Hung; además, debo agradecer a Mark Selden su generosa orientación en mis intentos de captar la experiencia de Asia oriental así como sus comentarios sobre el capítulo 1.

Benjamin Brewer, André Gunder Frank, Antonina Gentile, Greta Krippner, Thomas Ehrlich Reifer, Steve Sherman, Arthur Stinchcombe, Sugihara Kaoru, Charles Tilly y Susan Watkins me hicieron llegar valiosos comentarios sobre diversos artículos que se incorporaron más tarde al libro. Astra Bonini y Daniel Pasciuti me ayudaron a confeccionar las figuras y Dan también realizó investigaciones monográficas sobre ciertas cuestiones específicas. Baris Cetin Eren contribuyó a mantener al día el material del capítulo 7, mientras que Ravi Palat y Kevan Harris me bombardearon incesantemente con pruebas a favor y en contra de mis argumentos de las que he hecho abundante uso. Kevan también leyó todo el manuscrito, ofreciéndome valiosas sugerencias en cuanto al fondo y la forma. Patrick Loy me proporcionó algunas citas excelentes, y James Galbraith me ofreció útiles indicaciones con respecto a Adam Smith y la China de su tiempo. Los comentarios de Joel Andreas, Nicole Aschoff, Georgi Derluguian, Amy Holmes, Richard Lachman, Vladimir Popov, Benjamin Scully y Zhan Saohua fueron de mucha ayuda en la última ronda de revisiones.

Perry Anderson y Beverly Silver han actuado como siempre como mis principales consejeros. En sus respectivos papeles de «poli bueno» (Perry) y «poli malo» (Beverly), han sido igualmente decisivos en la realización de este trabajo. Les estoy muy agradecido a ambos por su orientación intelectual y su apoyo moral.

Este libro está dedicado a la memoria de mi buen amigo André Gunder Frank. En los treinta y seis años transcurridos desde que nos conocimos en París en 1969 hasta su muerte luchamos juntos y uno contra otro para desvelar las causas principales de las injusticias globales. Mantuvimos muchas disputas, pero viajábamos por la misma ruta y al final descubrimos que nos encaminábamos aproximadamente en la misma dirección. Sé –porque lo dijo– que no estaba de acuerdo con gran parte de mi crítica hacia Bob Brenner, pero creo que habría reconocido la perdurable influencia de su pensamiento sobre los argumentos generales de este libro.

Marzo de 2007

Introducción

A mediados de la década de 1960 Geoffrey Barraclough decía: «A principios del siglo XX el poder europeo en Asia y África estaba en su cenit; parecía que ninguna nación podía resistir la superioridad de las armas y el comercio europeo; pero sesenta años después sólo quedaban vestigios del dominio europeo […] Nunca antes en la historia de la humanidad se había producido un cambio tan revolucionario y con tanta rapidez». El cambio de situación de los pueblos de Asia y África «era la señal más inequívoca del advenimiento de una nueva era». Barraclough estaba convencido de que cuando se escribiera desde una larga perspectiva la historia de la primera mitad del siglo XX –que para la mayoría de los historiadores seguía todavía dominada por las guerras y los problemas europeos– «ningún tema parecerá de mayor importancia que la rebelión contra Occidente». La tesis central de este libro es que cuando se escriba desde esa larga perspectiva la historia de la segunda mitad del siglo XX, es probable que ningún tema parezca de mayor importancia que el resurgimiento económico de Asia oriental. La rebelión contra Occidente generó las condiciones políticas para el aumento de poder social y económico de los pueblos del mundo no occidental. El resurgimiento económico de Asia oriental es la primera señal y la más clara de que ese aumento de poder ha comenzado.

Hablo de resurgimiento porque –con palabras de Gilbert Rozman– «Asia oriental es una gran región del pasado, que estuvo a la vanguardia del desarrollo mundial durante más de dos mil años, hasta el siglo XVI, XVII o incluso el XVIII, cuando sufrió un eclipse relativamente breve pero profundo». Ese resurgimiento se ha producido mediante un proceso de bola de nieve en el que se han ido encadenando sucesivos «milagros» económicos en distintos países de Asia oriental, comenzando por Japón durante las décadas de 1950 y 1960, de donde pasó a Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong, Singapur, Malasia y Tailandia durante las dos décadas siguientes, para culminar en la de 1990 y principios del nuevo milenio con el surgimiento de China como el centro más dinámico de expansión económica y comercial del mundo. En opinión de Terutomo Ozawa –que introdujo la idea de un proceso de bola de nieve para describir el ascenso de Asia oriental– «el milagro chino, aunque todavía esté en una fase incipiente, será sin duda […] el más espectacular en cuanto a su efecto sobre el resto del mundo […] especialmente sobre los países vecinos». De forma parecida, Martin Wolf declaraba que

Si [el ascenso de Asia] prosigue como durante las últimas décadas, pondrá fin a los dos siglos de dominación global europea y de su gigantesco vástago norteamericano. Japón no fue sino el heraldo de un futuro asiático, pero se demostró demasiado pequeño e introvertido como para transformar el mundo. Lo que viene detrás –sobre todo China– no será ni una cosa ni otra […] Europa es el pasado, Estados Unidos el presente y una Asia dominada por China el futuro de la economía global. Ese futuro está llegando. Las grandes preguntas son en qué plazo y con qué sacudidas se producirá.

El futuro asiático pronosticado por Wolf puede no ser tan inevitable como él parece pensar; pero aunque sólo tenga razón en parte, el resurgimiento de Asia oriental sugiere que el vaticinio de Adam Smith de una nivelación final de poder entre el Occidente conquistador y el resto del mundo conquistado podría llegar a hacerse finalmente realidad. Como Karl Marx después de él, Adam Smith veía un punto crítico crucial de la historia mundial en los «descubrimientos» europeos de América y de una ruta hacia las Indias orientales doblando el cabo de Buena Esperanza, pero era mucho menos optimista que Marx en cuanto a los beneficios últimos para la humanidad de esos acontecimientos.

Sus consecuencias han sido ya muy considerables; pero es todavía un período muy corto el de los dos o tres siglos transcurridos desde aquellos descubrimientos para que se hayan manifestado todas ellas. Ninguna previsión humana puede adivinar los beneficios o daños que puedan resultar en el futuro para la humanidad de estos dos extraordinarios sucesos. Uniendo, en cierto modo, las regiones más distantes del mundo, habilitándolas para poder socorrerse recíprocamente en sus necesidades e incrementar su satisfacción mutua, y animando la actividad económica de uno y otro hemisferio, su tendencia general no puede por menos que ser beneficiosa. Bien es verdad que el beneficio comercial que podían haber obtenido los nativos de las Indias orientales y occidentales como consecuencia de esos acontecimientos se han perdido y hundido en los terribles infortunios que han ocasionado […] En la época del descubrimiento era tan superior la fuerza de los europeos que, valiéndose de la impunidad que ésta les confería, pudieron cometer toda clase de injusticias en aquellos remotos países. Es posible que en lo sucesivo los habitantes de aquellas regiones aumenten sus fuerzas o que se debiliten las europeas, y que los habitantes de todas las partes del mundo puedan alcanzar aquel nivel de valor y de fuerza que, inspirando a todos un temor recíproco, obligue a todas las naciones independientes a una especie de respeto mutuo.

En lugar de que los europeos se debilitaran y los países no europeos se fortalecieran, durante casi dos siglos tras la publicación de La riqueza de las naciones la «fuerza superior» de los europeos y sus descendientes en Norteamérica y otros lugares se hizo mayor, y lo mismo sucedió con su capacidad «para cometer con impunidad todo tipo de injusticias» en el mundo no europeo. De hecho, cuando escribía Smith el «eclipse» de Asia oriental apenas había comenzado y la notable paz, prosperidad y crecimiento demográfico que experimentó China durante gran parte del siglo XVIII eran fuente de inspiración para importantes figuras de la ilustración europea. Leibniz, Voltaire y Quesnay, entre otros, «miraban hacia China en busca de orientación moral, directrices para el desarrollo institucional y pruebas que apoyaran su defensa de causas tan variadas como el despotismo ilustrado, la meritocracia y una economía nacional basada en la agricultura». El mayor contraste con los países europeos era el tamaño y población del imperio chino. En palabras de Quesnay, el imperio chino era «lo que toda Europa sería si estuviera unida bajo un único soberano», caracterización de la que se hizo eco Smith en su observación de que la amplitud del «mercado nacional» chino no era «inferior al mercado de todos los países de Europa juntos».

Durante el siguiente medio siglo un gran salto adelante en el poderío militar europeo socavó esa imagen positiva que se tenía de China. Los comerciantes y aventureros europeos llevaban mucho tiempo insistiendo en la vulnerabilidad militar de un imperio gobernado por una clase de aristócratas ilustrados, al tiempo que se quejaban amargamente de las trabas burocráticas y culturales que hallaban al intentar comerciar con China. Esas censuras y quejas alimentaron una opinión sustancialmente negativa sobre China como un imperio burocráticamente opresor y militarmente débil. En 1836, tres años antes de que Gran Bretaña iniciara la primera Guerra del Opio contra China (1839-1842), el autor de un ensayo anónimo publicado en Cantón sostenía que «probablemente no existe en la actualidad un criterio más infalible para evaluar la civilización y el progreso de las sociedades que la eficacia que cada una de ellas ha alcanzado en “el arte de matar”, la perfección y variedad de sus instrumentos de destrucción mutua y la habilidad con que han aprendido a usarlos». Proseguía desdeñando a la Armada imperial china como una «parodia monstruosa», argumentando que los anticuados cañones e indisciplinados ejércitos habían dejado a China «impotente en tierra» y considerando esas debilidades como síntomas de una deficiencia básica de la sociedad china en su conjunto. Al dar cuenta de esas opiniones, Michael Adas añade que la creciente importancia de la destreza militar «en las evaluaciones europeas de la capacidad genérica de los pueblos no occidentales auguraba malos tiempos para los chinos, que habían caído muy por debajo de los agresivos “bárbaros” que hostigaban sus confines meridionales».

Durante el siglo que siguió a la derrota de China en la primera Guerra del Opio, el eclipse de Asia oriental se convirtió en lo que Ken Pomeranz ha llamado «la Gran Divergencia». La evolución política y económica de esas dos regiones del mundo, caracterizadas hasta entonces por un nivel de vida parecido, comenzó a divergir marcadamente, produciéndose un rápido ascenso de Europa hasta el cenit de su poder y un declive igualmente rápido de Asia oriental hasta su nadir. A finales de la Segunda Guerra Mundial China se había convertido en el país más pobre del mundo; Japón en un Estado «semisoberano» ocupado militarmente; y la mayoría de los países de la región estaban todavía luchando contra el dominio colonial o a punto de verse partidos en dos por la división de la Guerra Fría. En Asia oriental, como en otros lugares, se apreciaban pocas señales de una validación inminente del vaticinio de Adam Smith de que la ampliación y profundización de los intercambios en la economía global actuaría como nivelador de poder entre los pueblos de origen europeo y no europeo. Como es sabido, la Segunda Guerra Mundial dio un tremendo impulso a la rebelión contra Occidente. En toda Asia y África se restablecieron viejas soberanías y se crearon otras nuevas por docenas; pero la descolonización tuvo como contrapartida la constitución del aparato coercitivo occidental más extenso y potencialmente destructivo que el mundo había visto nunca.

La situación comenzó a cambiar a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, cuando el poderosísimo aparato militar estadounidense no consiguió mantener dividido al pueblo vietnamita mediante la frontera artificial creada por la Guerra Fría. Paolo Sylos-Labini, escribiendo para el bicentenario de la publicación de La riqueza de las naciones poco después de que Estados Unidos hubiera decidido retirarse de Vietnam, se preguntaba si había llegado por fin el momento de que –como vaticinaba Adam Smith– «los habitantes de todas las partes del mundo puedan alcanzar aquel nivel de valor y de fuerza que, inspirando a todos un temor recíproco, obligue a todas las naciones independientes a una especie de respeto mutuo». La coyuntura económica también parecía favorecer a los países que constituían el llamado Tercer Mundo. Había gran demanda de sus recursos naturales y también disponían de una mano de obra abundante y barata. Los flujos de capital del Primer al Tercer (y Segundo) Mundo experimentaron una gran expansión; la rápida industrialización de los países del Tercer Mundo socavaba la anterior concentración de actividades industriales en los países del Primer y Segundo mundos; y los países del Tercer Mundo se habían unido, por encima de sus diferencias ideológicas, para exigir un nuevo orden económico internacional.

Revisando las reflexiones de Sylos-Labini dieciocho años después en 1994, señalé que cualquier esperanza (o temor) de una nivelación inminente de las oportunidades de los pueblos del mundo para beneficiarse del proceso en curso de integración económica mundial había sido prematuro. Durante la década de 1980, la escalada de la competencia en los mercados financieros del mundo impulsada por Estados Unidos había frenado en seco el suministro de fondos a los países del Tercer y el Segundo Mundos y había provocado una importante contracción de la demanda mundial de sus productos. Los términos de intercambio se habían vuelto a inclinar en favor del Primer Mundo tan rápida y empinadamente como lo habían hecho en su contra durante la década de 1970. El imperio soviético, desorientado y desorganizado por la creciente turbulencia de la economía global y duramente hostigado por la nueva escalada de la carrera armamentística, se había desintegrado, y en lugar de dos superpotencias enfrentadas, los países del Tercer Mundo tenían ante sí un mundo «unipolar» en el que se veían obligados a competir con los restos del Segundo Mundo por el acceso a los mercados y los recursos del Primer Mundo. Al mismo tiempo, Estados Unidos y sus aliados europeos aprovecharon la oportunidad creada por el colapso de la URSS para reclamar con cierto éxito el «monopolio» global del uso legítimo de la violencia, fomentando la creencia de que su fuerza no sólo era mayor que nunca sino incuestionable a cualquier efecto práctico.

Aun así, también señalaba que la contraofensiva del Primer Mundo no había devuelto las relaciones de poder a su estado anterior a 1970, ya que la disolución del poder soviético se había visto acompañada por el ascenso de lo que Bruce Cumings denominaba el «archipiélago capitalista» de Asia oriental. Japón era de lejos la mayor de las «islas» de ese archipiélago, y tras él se situaban las ciudades-Estado de Singapur y Hong Kong, el Estado-cuartel de Taiwán y el semi-Estado nacional de Corea del Sur. Ninguno de esos Estados era poderoso en términos convencionales: mientras que Hong Kong no era ni siquiera un Estado soberano, los tres mayores Estados –Japón, Corea del Sur y Taiwán– dependían absolutamente de Estados Unidos no sólo en cuanto a su protección militar, sino también en cuanto a su abastecimiento de energía y alimentos, así como para la distribución rentable de sus productos industriales; y sin embargo, el poder económico colectivo del archipiélago como nuevo «taller» y «caja de caudales» del mundo estaba obligando a los centros tradicionales del poder capitalista –Europa occidental y Norteamérica– a reestructurar y reorganizar sus propias industrias, sus propias economías y su propia forma de vida.

Una bifurcación de ese tipo entre el poder económico y militar, argumentaba, no tenía precedente en los anales de la historia capitalista y podía evolucionar en tres direcciones muy diferentes: Estados Unidos y sus aliados europeos podían intentar utilizar su superioridad militar para extraer un «pago de protección» de los centros capitalistas emergentes de Asia oriental. Si ese intento tenía éxito, podía llegar a materializarse el primer imperio auténticamente global de la historia. Si no se llevaba a efecto ese intento, o si no tenía éxito, Asia oriental podría convertirse con el tiempo en el centro de una sociedad de mercado a escala mundial del tipo previsto por Adam Smith; pero también cabía que la bifurcación diera lugar a un caos indefinido a escala mundial. Como decía yo entonces parafraseando a Joseph Schumpeter, antes de que la humanidad se asfixie (o se deleite) en las mazmorras (o en el paraíso) de un imperio global centrado en Occidente o en una sociedad de mercado global centrada en Asia oriental, «podría muy bien arder en los horrores (o en las glorias) de la escalada de violencia que ha acompañado la liquidación del orden mundial de la Guerra Fría».

Las tendencias y acontecimientos durante los trece años que han pasado desde que se escribieron esas líneas han cambiado radicalmente la probabilidad de que se materialice cada un de esas tres posibilidades. La violencia a escala mundial ha seguido aumentando, y como se argumentará en la Tercera Parte de este libro, la adopción por el gobierno de Bush del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano como respuesta a los ataques del 11 de septiembre de 2001 fue en ciertos aspectos clave un intento de establecer el primer imperio auténticamente global de la historia del mundo. El fracaso abismal de ese proyecto en el terreno de pruebas iraquí no ha eliminado, pero si ha reducido en gran medida la probabilidad de que llegue a materializarse nunca un imperio mundial centrado en Occidente. Las posibilidades de un caos indefinido a escala mundial han aumentado, pero también lo ha hecho la probabilidad de que lleguemos a contemplar la formación de una sociedad de mercado a escala mundial centrada en Asia oriental. Las perspectivas más brillantes de esa eventualidad se deben en parte a las desastrosas consecuencias para el poderío mundial estadounidense de la aventura iraquí, pero sobre todo al espectacular progreso económico de China desde principios de la década de 1990.

Las eventuales derivaciones del ascenso de China son de suma importancia. China no es un vasallo de Estados Unidos, como Japón o Taiwán, ni tampoco es una mera ciudad-Estado como Hong Kong y Singapur. Aunque el alcance de su poderío militar palidece en comparación con el de Estados Unidos, y aunque el crecimiento de sus industrias todavía depende de las exportaciones al mercado estadounidense, la vinculación de la riqueza y el poder estadounidenses a la importación de artículos chinos baratos y a las compras chinas de bonos del Tesoro estadounidense ha relegado cada vez más a Estados Unidos como principal fuerza impulsora de la expansión comercial y económica de Asia oriental y otros lugares.

La tesis genérica planteada en este libro es que el fracaso del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano y el éxito del desarrollo económico chino, tomados conjuntamente, han hecho más probable que nunca en los casi dos siglos y medio que han pasado desde la publicación de La riqueza de las naciones la materialización de la previsión de Adam Smith de una sociedad de mercado a escala mundial basada en una mayor igualdad entre las civilizaciones del mundo.

El libro se divide en cuatro partes, una de ellas principalmente teórica y las otras tres principalmente empíricas. En los capítulos de la Primera Parte expongo las bases teóricas de la investigación. Comienzo repasando el reciente descubrimiento de la importancia de la teoría del desarrollo económico de Adam Smith para una comprensión de lo que Pomeranz ha llamado la Gran Divergencia. A continuación reconstruyo la teoría de Smith comparándola con las teorías del desarrollo capitalista de Marx y de Schumpeter. Mis principales tesis en esa Primera Parte son, en primer lugar, que Smith nunca defendió ni teorizó el desarrollo capitalista, y en segundo lugar que su teoría de los mercados como instrumentos de gobierno es especialmente relevante para una comprensión de las economías de mercado no capitalistas, como lo era China antes de su incorporación subordinada al sistema globalizante europeo de Estados y podría volver a serlo en el siglo XXI en condiciones nacionales e histórico-mundiales totalmente diferentes.

En los capítulos de la Segunda Parte empleo la perspectiva smithiana ampliada expuesta en la Primera Parte para analizar la turbulencia global que precedió y motivó la adopción por el gobierno estadounidense del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano y el ascenso económico de China. Sitúo los orígenes de esa turbulencia en la sobreacumulación de capital en un contexto global configurado por la rebelión frente a Occidente y otros levantamientos revolucionarios durante la primera mitad del siglo XX. El resultado fue una profunda crisis de la hegemonía estadounidense a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, que califico como «crisis-señal» de la hegemonía estadounidense. Estados Unidos respondió a esa crisis en la década de 1980 compitiendo agresivamente por el capital en los mercados financieros globales y con una importante escalada de la carrera armamentística con la URSS. Aunque esa respuesta logró reavivar la fortuna política y económica de Estados Unidos más allá de las expectativas más optimistas de sus promotores, también tuvo la consecuencia imprevista de agravar la turbulencia de la economía política global y de hacer depender aún más el poder y la riqueza nacional de Estados Unidos de los ahorros, el capital y el crédito de los inversores y gobiernos extranjeros.

En la Tercera Parte analizo la adopción por el gobierno de Bush del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano como respuesta a esas consecuencias imprevistas de la política estadounidense anterior. Tras analizar la debacle del Proyecto, replanteo su adopción y fracaso en la perspectiva smithiana ampliada expuesta en la Primera Parte y reelaborada en la Segunda. Argumentaré que la aventura iraquí ha confirmado hasta el empacho el veredicto anterior de la guerra de Vietnam, esto es, que la superioridad militar occidental ha alcanzado su límite y muestra una fuerte tendencia a implosionar. Además, los veredictos de Vietnam y de Iraq parecen complementarse mutuamente. Mientras que la derrota en Vietnam indujo a Estados Unidos a reintegrar a China en la política mundial para contener los daños y perjuicios políticos de la derrota militar, el resultado de la debacle iraquí puede muy bien marcar el surgimiento de China como auténtico vencedor de la guerra estadounidense contra el Terror.

En la Cuarta Parte analizo específicamente la dinámica del ascenso chino. Tras señalar las dificultades que afronta Estados Unidos en su intento de volver a meter al genio de la expansión económica china en la botella del dominio estadounidense, insisto en que los intentos de prever el futuro comportamiento de China frente a Estados Unidos, sus vecinos y el mundo en general a partir de la experiencia pasada del sistema occidental de Estados son fundamentalmente erróneos, ya que la expansión global del sistema occidental ha transformado su modo de funcionamiento, haciendo irrelevante gran parte de su experiencia anterior para entender las transformaciones actuales. Además, a medida que la relevancia del legado histórico del sistema de Estados occidental iba disminuyendo, la relevancia del anterior sistema centrado en China iba aumentando. Hasta donde podemos decir, la nueva era asiática, si efectivamente se materializa, será portadora de una hibridación fundamental de esos dos legados.

El epílogo con que concluye el libro resume las razones por las que los intentos estadounidenses de revertir el aumento de poder del Sur han tenido un efecto bumerán. Han precipitado lo que denomino la «crisis terminal» de la hegemonía estadounidense, y han creado condiciones más favorables que nunca para el establecimiento del tipo de comunidad de civilizaciones que preconizaba Adam Smith. Pero ese resultado no está asegurado; el dominio estadounidense puede reproducirse con formas más sutiles que en el pasado, y sobre todo, un largo período de aumento de la violencia y caos sin fin a escala mundial sigue siendo una posibilidad real. Qué orden o desorden mundial se materialice finalmente depende en gran medida de la capacidad de los países más poblados del Sur, en primer lugar y ante todo China y la India, de abrir para sí mismos y para el mundo una vía de desarrollo más igualitaria socialmente y más sostenible ecológicamente que la que propició la fortuna de Occidente.

Portafolio

EL DILEMA CHINO SEGUN GIOVANNI ARRIGHI

escrito por Montserrat Galcerán

El libro de G. Arrighi, Adan Smith en Pekín (Madrid, Akal, 2007), recientemente publicado en las versiones inglesa y castellana, está destinado, sin lugar a dudas, a convertirse en uno de los textos básicos para enjuiciar la actual coyuntura socio-económica mundial, marcada por el declive simultáneo de la hegemonía americana y el ascenso de China.

En este marco conceptual el autor define la cuestión central del s. XXI con las siguientes palabras: “si, y en qué condiciones, el ascenso chino, con todas sus deficiencias y probables reveses futuros, puede considerarse un presagio de esa mayor igualdad y mutuo respeto entre los pueblos europeos y no europeos, que Adam Smith preveía y propugnaba hace 230 años” (p. 393).

Esta doble referencia al proceso chino y a A. Smith, presente en el propio título del libro, nos indica que el análisis se desarrolla en dos líneas esenciales: una, estudiar las transformaciones económicas en China, no como prueba de la capacidad de arrastre del credo neo-liberal, sino más bien como resultado de prácticas de economía mercantil que se remontan a tiempos antiguos, y que permitieron que aquel país mantuviera durante siglos lo que el autor denomina “equilibrio económico de alto nivel”, de tal modo que, si ya el desarrollo tradicional de China parecía demostrar la discrepancia entre los procesos de formación del mercado y los del desarrollo capitalista, la hibridación actual entre una economía intensiva en trabajo y la preponderancia de la producción para el mercado internacional –clave en su resurgimiento-, abriría la vía a un proceso alternativo al estilo (capitalista) americano de vida.

Como segunda línea el autor propone una reinterpretación del legado económico de Adam Smith, en una clave que permite distinguir dos vías de desarrollo socio-económico: la revolución industrial de Occidente que, unida a un mercado capitalista, dió lugar al desarrollo capitalista clásico teorizado por Marx, y la vía “industriosa” (la terminología es de K.Sugihara) que, unida a un mercado no capitalista, propició el desarrollo “natural” de Oriente. O dicho de otra manera, un desarrollo que explota las potencialidades de crecimiento del mercado y profundiza la división social del trabajo, pero no altera sustancialmente el entorno como sería el modelo oriental, a diferencia de otro que, centrándose en el comercio a larga distancia y en la producción para la exportación, lo destruye, como ocurre en el modelo occidental clásico. La existencia de esa otra vía refuerza la tesis anteriormente expuesta, de que en China se está dando un desarrollo alternativo, el cual, si este país llegara a ocupar una posición hegemónica mundial dado el declive de la hegemonía americana, podría suponer un profundo cambio en las relaciones geopolíticas globales. La argumentación teórica sobre las dos vías de desarrollo del mercado apuntala teóricamente esa conclusión.

Porque el declive americano constituye la contra-imagen del ascenso de China; de hecho es el contrapunto del tema principal, al que el autor dedica una parte sustanciosa de la obra. Al hilo de la discusión, por una parte con R. Brenner y de otra con D. Harvey, argumenta que la depresión económica de los años 70 del pasado siglo, marcada por la contracción de los beneficios empresariales, fue profundizada por la resistencia de los trabajadores a cargar con el peso de la crisis, y por el declive de la hegemonía americana a partir de la derrota de Vietnam. Por tanto en su interpretación no se trata tanto, o no se trata sólo, de los efectos de la competencia inter-capitalista, como había subrayado Brenner, cuanto de que esta competencia, así como las luchas anteriormente mencionadas entre capital y trabajo, se inscriben en una dinámica geopolítica que les imprime su sello: el declive de la hegemonía americana. “Interpreto la crisis de rentabilidad como un aspecto de una crisis de hegemonía más amplia” (p. 172), a la que define como aquella “situación en la que el Estado hegemónico vigente carece de los medios o de la voluntad para seguir impulsando el sistema interestatal en una dirección que sea ampliamente percibida como favorable, no sólo para su propio poder sino para el poder colectivo de los grupos dominantes del sistema” (p. 160).

En una situación de ese tipo, el centro declinante –ni que decir tiene que Arrighi inscribe su análisis en la teoría más amplia de los ciclos económicos del sistema-mundo, desarrollada entre otros textos en su conocida obra El largo siglo XX– en una situación de ese tipo, decía, el centro declinante puede intentar mantener una “dominación sin hegemonía” arrastrando a los otros agentes del sistema mundial a confrontaciones bélicas de desigual resultado e, inclusive, despeñándose en un abismo sin fondo como parece ser la guerra en Irak. Para Arrighi la estrategia seguida por Bush tras el 11 de septiembre es más que una muestra del intento por reconfigurar la maltrecha hegemonía americana: “El objetivo de la guerra contra el terror no era únicamente capturar terroristas, sino reconfigurar la geografía política de Asia occidental con el objetivo de iniciar un nuevo siglo americano”; en este marco “la invasión de Irak…pretendía ser una primera operación táctica en una estrategia a largo plazo destinada…a establecer el control estadounidense sobre el grifo global del petróleo y, por lo tanto, sobre la economía global durante otros cincuenta años o más” (p 194 y 202). A pesar del caos en Irak e incluso de la aventura en Líbano en el verano de 2005, esta estrategia no ha cosechado más que fracasos, como demuestra el descenso continuado del dólar profundizado por la crisis financiera del verano de 2007, que marca el hundimiento del proyecto imperial neoconservador americano.

Hasta aquí las tesis de Arrighi son tremendamente coherentes, al menos en su trazado general. Quedan sin embargo algunos puntos oscuros: el primero es la extraordinaria importancia concedida a los “agentes políticos”, especialmente los Estados, como actores históricos y económicos, hasta el punto de que la distinción entre “sociedad de mercado” y “sociedad capitalista de mercado” reposa en que el Estado actúe o no actúe como un poder sometido al interés capitalista de clase, o sea al incremento de la acumulación. Según afirma textualmente: “el carácter capitalista del desarrollo basado en el mercado […] está determinado […] por la relación del poder del Estado con el capital. Se pueden añadir tantos capitalistas como se quiera a una economía de mercado, pero a menos que el Estado se subordine a su interés de clase, la economía de mercado sigue siendo no-capitalista” (p. 345).

¿Qué define el interés de clase que, incorporado por el Estado, asegura el carácter capitalista de la sociedad de mercado? El autor no lo define aunque, por el contexto, podemos adivinar que, en tanto el proceso de intercambio mercantil no se subordine a los mecanismos de acumulación y en especial de “acumulación por desposesión” (la terminología es de D. Harvey) generando un proceso sin fin de acumulación por la acumulación, sino que siga atendiendo a las necesidades de mejora económica y social de las poblaciones asentadas en el territorio, ese proceso no sucumbirá a aquella fatal deriva.

Por esta razón puede afirmar que “el ascenso económico de Asia”, en especial si ese ascenso puede proseguir de modo pacífico, garantiza por sí mismo un aumento de la igualdad en el mundo –al menos de la igualdad entre naciones y/o entre regiones del mundo, si no entre individuos o entre clases– y puede propiciar un nuevo Bandung, o sea un nuevo reparto de poder e influencia entre el Norte y el Sur global. La ausencia, sin embargo, de cualquier perspectiva que evalúe las diferencias internas –de clase, de género, de raza,- y el exagerado protagonismo de los agentes político-estatales, no permiten matizar, siquiera sea someramente, aquella afirmación.

El segundo punto oscuro surge al sugerir una distinción entre el interés del capital global del Norte –ocupado cada vez más en amplias operaciones financieras que elevan la rentabilidad pero generan efectos altamente depredadores- y el interés de la potencia hegemónica, USA, cuyo intento por reconfigurar un “poder imperial” ha fracasado irremisiblemente. Esta distancia entre un capital financiero altamente móvil y las dificultades del centro hegemónico para imponer políticas a escala global que le sean favorables, marcaría todavía más el declive de la primera potencia del mundo que, si bien sigue siéndolo a nivel militar, está –cosa curiosa– más endeudada que ninguna otra, siendo sus acreedores –cosa doblemente curiosa– los Estados y agentes empresariales emergentes del Asia oriental. Es decir que mientras el capital financiero propiamente capitalista –el del Norte- se lanza a operaciones de alto riesgo, surgen poderes financieros sustentados en los enormes superávits de los países emergentes, especialmente los chinos.

Esta circunstancia contribuye a mantener las opciones tremendamente abiertas: difícilmente un Estado tan endeudado como la actual USA logrará construir un New deal a escala global –punto en el que Arrighi disiente de su amigo D. Harvey– pero, por eso mismo, no parece previsible que pueda prolongar su dominación, desprovista de hegemonía.

¿Cuáles podrían ser los agentes que precipitaran la situación? Por lo dicho anteriormente no parece que el autor confíe demasiado en los movimientos sociales cuyas luchas entiende siempre como luchas defensivas incluso si, en el mejor de los casos, logran forzar a las élites dirigentes a introducir cambios que respeten sus intereses. ¿Pero cabe esperar que las élites de los centros emergentes y especialmente las élites chinas serán tan perspicaces de escapar a las añagazas de la política exterior americana y preparar para su pueblo –y por extensión para la Humanidad en su conjunto- ese estado de mayor igualdad y cooperación? ¿Podemos confiar en que un nuevo orden mundial, centrado en China, termine, o al menos debilite, los enfrentamientos militares entre las potencias? Y en tanto que sujetos europeos occidentales ¿nos cabe luchar por ello?

Arrighi no ofrece una respuesta concluyente. El final del libro deja abiertas varias posibilidades, dibujando sólo una alternativa entre una opción catastrófica en el caso de que China siguiera la pauta (capitalista) estadounidense y la otra, relativamente más tranquilizadora, si la abandonara. La apuesta del autor se inclina claramente por la segunda, aunque con cautela: “Si la reorientación consigue revitalizar y consolidar las tradiciones chinas de desarrollo autocentrado basado en el mercado, acumulación sin desposesión, movilización de los recursos humanos más que de los no-humanos y gobierno mediante la participación de las masas en la toma de decisiones, entonces es probable que China esté en condiciones de contribuir decisivamente al surgimiento de una comunidad de civilizaciones auténticamente respetuosa hacia las diferencias culturales; pero si la reorientación fracasa, China puede muy bien convertirse en un nuevo foco de caos social y político que facilite los intentos del Norte por restablecer un dominio global que se desmorona o …ayude a la Humanidad a arder en los horrores ( o las glorias) de la creciente violencia que acompaña la liquidación del orden mundial de la Guerra Fría” (p. 403).

A pesar de no estar cerrada, la opción del autor parece ser clara: el futuro del s. XXI no se juega en los movimientos europeos, ni siquiera en Latinoamérica –a pesar de su claro protagonismo- ni en Oriente próximo, con todo su caos y violencia, sino en el ascenso de ese nuevo centro de la economía-mundo: el mercado asiático y en especial el chino, con su poder para crear en torno suyo una nueva economía global.

http://www.nodo50.org/

Written by Eduardo Aquevedo

8 agosto, 2008 at 9:28

PERU: ALAN GARCIA, DE LA SOCIALDEMOCRACIA AL NEOLIBERALISMO DURO

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La dicotomía entre las cifras macroeconómicas y la percepción de la población es lo que resulta preocupante hacia el futuro. Alan García no es el primero que llega con el apoyo de la centroizquierda y que termina asumiendo una línea pragmática.

La Nación.cl

En medio de un crecimiento proyectado de cerca de 8% para este año, el Presidente peruano Alan García cumplió su segundo año de mandato con sólo 26% de apoyo. García, al igual que su antecesor, Alejandro Toledo -quien a esta altura tenía un índice de popularidad todavía más bajo, de 12%- no ha podido traducir el éxito de los resultados macroeconómicos en respaldo popular. Para los analistas internacionales, el país está mejor que nunca y las alabanzas a sus logros son reiterados y se le asimila a las economías más sólidas de América Latina, al nivel de México, Brasil y Chile. Incluso firmó con éxito un TLC con Estados Unidos.

Pero lo cierto es que aunque las cifras de reducción de la pobreza han bajado más de lo esperado (de 49% a 39% en menos de dos años), García es menos popular ahora de que lo que era a estas alturas en su primer Gobierno, que terminó con el país sumido en una crisis económica terrible, con índices de inflación que batieron todos los récords. No faltan quienes señalan que ha dejado atrás sus raíces ideológicas, ligadas a la izquierda: “Se transformó en un representante de la derecha, ha traicionado las bases de su partido, el APRA”, critica Olmedo Auris, subsecretario general de la Confederación General de Trabajadores de Perú, la central sindical más importante del país, que el 9 de julio llamó a un paro nacional que aunque no obtuvo su objetivo de paralizar el país, sí infligió un fuerte costo en términos de imagen para el Gobierno.

La pregunta que cabe hacerse: ¿qué pasa entonces? ¿Es un problema ideológico o de resultados? Alan García no es el primer caso de un hombre que llega con el apoyo de la centroizquierda y que termina asumiendo una línea pragmática. Antes que él lo han hecho Lula en Brasil y Tabaré Vázquez en Uruguay y han logrado conciliar desde la izquierda reformas promercado y apoyo. De hecho, García tiende a identificarse con la Concertación chilena, y rechaza eso sí de manera virulenta la línea populista del Presidente venezolano, Hugo Chávez, quien a su vez se identifica con Ollanta Humala, que compitió en segunda vuelta con Alan García.

Ahora bien, el problema -como lo reconoció el propio Presidente en su mensaje a la nación- es que “en este tercer año, luego de un gran impulso material, nos proponemos profundizar la redistribución, aumentando los recursos de lucha contra la extrema pobreza”. Lourdes Flores, la líder de Unidad Nacional, equivalente a nuestra Democracia Cristiana, denunciaba que “éste es un Gobierno de los ricos”, al mismo tiempo que el Presidente García asumía este compromiso.

La dicotomía entre las cifras macroeconómicas y la percepción de la población es lo que resulta preocupante hacia el futuro. No es de extrañar que en períodos de acelerado crecimiento, se produzca un incremento en la brecha de distribución del ingreso entre sus habitantes, lo que genera pérdida de adhesión política. Pero la incertidumbre en este caso se incrementa debido a dos factores: los niveles de pobreza de la población, más del doble que los de Chile, y la falta de sustento político de sus líderes, en la medida que son gobiernos que no se sostienen en partidos políticos fuertes y transversales, sino que responden a adhesiones emocionales que tarde o temprano cobran su precio. Toledo representó el antifujimorismo y García, el temor a Humala. Ahora puede que el turno sea para Humala, el que recoja las demandas insatisfechas y con un discurso nacionalista-populista se oponga a tanto pragmatismo y encante con un futuro incierto a los peruanos en 2011.

Aldo Cassinelli Capurro. Decano (I) de la Fac. Ciencias Políticas y Adm. Pública de la U. Central
Patricio Gajardo Lagomarsino. Director del Centro de Análisis Político de la U. Central

Written by Eduardo Aquevedo

8 agosto, 2008 at 5:13

TEXAS Y LA PENA DE MUERTE: LA BARBARIE EN EL SIGLO XXI

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IGNORARON TRATADOS, FALLOS Y QUEJAS DEL MUNDO

Inyección letal en Texas

El presidente Bush, el gobierno de México, la Corte de La Haya y decenas de países pidieron que se suspenda la ejecución de José Medellín, por violar el tratado de Viena. Pero el estado sureño fue fiel a su tradición.

Por Gerardo Albarrán de Alba

Desde México D.F.

Ser inmigrante en Estados Unidos, cometer un crimen grave –o ser imputado– puede costar la vida. El martes por la noche, José Ernesto Medellín Rojas fue ejecutado en una prisión texana, luego de pasar 15 años encarcelado, durante los cuales agotó las instancias de apelación a su alcance. Este es el cuarto mexicano ejecutado en lo que va de este siglo; otros 51 esperan en el pabellón de la muerte. La mayor parte de ellos fueron juzgados por diversos delitos, encontrados culpables y sentenciados a muerte sin que hubieran recibido apoyo consular del gobierno mexicano, un derecho que les fue negado durante su detención y proceso, en franca violación de la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares.

La ejecución de Medellín, mediante inyección letal, constituye además un abierto desacato a la ordenanza de la Corte Internacional de Justicia (CIJ), emitida el pasado 16 de julio, que obligaba a Estados Unidos a no matar al reo sin que hubiera una previa revisión y reconsideración de su condena. El presidente George Bush había enviado un memorando ordenando a las cortes acatar el fallo, pero fue desatendido. Como Medellín, otros 51 ciudadanos mexicanos fueron condenados a muerte a pesar de que, al momento de su detención, las autoridades no les informaron sobre su derecho a la protección consular.

Medellín fue encontrado culpable de participar en 1993 en la violación y asesinato de dos adolescentes en Houston. Originario del estado de Tamaulipas, Medellín fue detenido cuando acababa de cumplir 18 años, por lo que fue sentenciado a muerte. De nada sirvieron el fallo de la CIJ ni otra recomendación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en el mismo sentido, ni mucho menos el memorando de Bush. La Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos determinó que no tenían el carácter de normas federales obligatorias para las cortes estaduales de ese país. Ineficaces también resultaron las cartas enviadas por representantes de 12 países latinoamericanos, de los 47 Estados miembros del Consejo de Europa y de los 27 miembros de la Unión Europea solicitando clemencia para Medellín.

El gobierno mexicano emitió una nota de protesta al Departamento de Estado “por esta violación al derecho internacional, preocupado por el precedente que pueda sentar para los derechos de los connacionales que puedan ser detenidos en ese país”.

En realidad, este caso afecta a 120 ciudadanos de otros 33 países que esperan la ejecución de la pena de muerte a la que se encuentran sentenciados, 83 de ellos latinoamericanos. Del total, poco más del 44 por ciento son mexicanos. Un argentino se encuentra en revisión de su caso, y la pena de muerte en su contra se encuentra inactiva, según The Death Penalty Information Center, con sede en Washington, que registra a más de 3500 personas en el pabellón de la muerte.

Paradójicamente, la ejecución de Medellín ocurrió mientras en México se volvieron a escuchar voces derechistas en favor de aplicar aquí la pena de muerte, luego del secuestro, tortura y asesinato de un adolescente, hijo de un empresario, cometido por una banda integrada por policías del Distrito Federal. El caso también sirvió para que el presidente Felipe Calderón retome sus andanadas en contra del jefe de gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, afiliado al PRD –y desde ahora aspirante a contender por la Presidencia de la República en 2012–, por la inseguridad en la capital del país.

Pero no es el único caso, ni de lejos. Calderón omitió referirse a los más de cuatro mil muertos en lo que va de su administración. Las últimas semanas fueron particularmente violentas. Tan sólo en Sinaloa, una niña de tres años sigue hospitalizada luego de recibir una bala perdida durante un tiroteo, cuando estaba en su cuna; varias niñas fueron acribilladas al salir de una fiesta de 15 años y hubo una toma de rehenes en un centro comercial. Ayer hubo 16 ejecutados en Chihuahua.

Aparentemente, nadie está a salvo, independientemente de qué partido gobierne: por ejemplo, los secuestros y crímenes se han disparado en Guerrero (PRD), el estado de México (PRI) y Guanajuato (PAN). De diciembre de 2006 a la fecha 60 personas secuestradas han sido asesinadas por sus captores, en muchos casos a pesar de que se pagó un rescate. Para muchos, la vida no vale nada.

Written by Eduardo Aquevedo

8 agosto, 2008 at 4:22

Publicado en CULTURA, USA

EVO MORALES DENUNCIA PELIGRO DE GOLPE DE ESTADO

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Página/12

Mientras el presidente de Bolivia, Evo Morales, alertó hoy por la presencia de una “dictadura civil” en su país, que atenta contra la democracia, y llamó a la unidad nacional a cuatro días del referendo revocatorio, el ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, dijo que Bolivia está en el “umbral de un verdadero golpe de Estado contra el orden constitucional”, al atribuir a los prefectos (gobernadores) opositores un plan para derrocar a Morales.

En declaraciones a la radio estatal Red Patria Nueva, Quintana afirmó que los sucesos ocurridos en las provincias de Beni, Pando, Santa Cruz y Tarija “constituyen el preludio del golpe. Es lo mismo que ocurría en los golpes de Estado de los años 80. (…) Estamos hablando de una estrategia no tanto dirigida a impedir el Referendo Revocatorio del domingo, sino la desestabilización del orden constitucional, desplomar el orden democrático”, aseguró el ministro.

Quintana explicó que “debido a los sucesos de Tarija, Santa Cruz, Pando y Beni (todas provincias opositoras), el Gobierno denuncia ante los bolivianos, ante la comunidad internacional y ante los observadores que se encuentran en el país que se está en el umbral de un verdadero golpe de Estado contra el orden constitucional”. “Este es un montaje de golpe de Estado al típico estilo de las dictaduras. Para cualquier ciudadano de cualquier otro país donde se vive en democracia, lo que hoy día están haciendo los prefectos (gobernadores) no es nada más que un acto de sedición, de desacato, de organización de fuerzas ilegales, paramilitares, para atentar contra todas las libertades públicas”, dijo el ministro.

En tanto, Morales al hablar en el acto del “Día de las Fuerzas Armadas” expresó: “Tenemos que defender este proceso de profundas transformaciones democráticas ante la presencia de una dictadura civil que está atentando contra la democracia”. El mandatario andino participó hoy de la parada militar en la que exclamó que “por encima de cualquier reivindicación social, económica y regional primero está la unidad de Bolivia”.

Morales, quien el miércoles no pudo de participar de diferentes actos en Santa Cruz de la Sierra y Trinidad, criticó a los grupos que ahora “toman aeropuertos, ocupan cortes electorales departamentales y balean carros (vehículos) de ministros”. “Hago un llamado al pueblo boliviano a defender la democracia, a defender nuestras instituciones, a profundizar la democracia para que el pueblo tenga derecho a decidir el destino del país y de sus autoridades (a través del referéndum revocatorio)”, agregó.

Violencia y bloqueos antes de los referéndum

Por Sebastián Ochoa

Desde Santa Cruz

Con los prefectos en huelga de hambre y los milicianos de los comités cívicos bloqueando rutas y aeropuertos, la oposición al gobierno de Evo Morales apuesta a deslegitimar los referéndum revocatorios que ella misma impulsó en el Senado.

El clima político no deja de enrarecerse en este país cuando faltan tres días para el referéndum revocatorio. Allí se definirá la suerte del presidente Evo Morales y ocho prefectos, seis opositores a su gobierno. Ayer, Día de la Independencia, el presidente hizo un informe de gestión desde el balcón del Palacio Quemado, ante miles de oyentes en la plaza Murillo. Por primera vez en 26 años de democracia un mandatario no pasa la fecha en Sucre, capital de la república, cuya entrada Evo tiene prohibida por el comité cívico y la prefectura de Chuquisaca. Como el martes en Tarija, ayer Morales no pudo presentarse en Beni porque los cívicos intentaron tomar el aeropuerto de su capital, Trinidad. La noche anterior, en esta ciudad habían baleado el auto del ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana. Así había terminado ese día en que dos mineros fueron asesinados en el bloqueo de la carretera Oruro-La Paz. En su mensaje, Evo no tocó este tema y sólo resaltó los logros económicos de dos años y medio de presidencia.

No se olvidó de sus adversarios, los “queridos prefectos” de la Media Luna (Beni, Pando, Santa Cruz, Tarija, Cochabamba y Chuquisaca), quienes “se someten al imperio, pero no quieren someterse al pueblo”. Desde el balcón, Morales dijo que “algunos antipatrias, egoístas, tratarán de frenar este proceso de cambio. Quiero decirles que la democracia se profundiza, avanza”. Y les recordó que “decían referéndum, ahora no quieren. No atenten contra el voto del pueblo, nos someteremos al pueblo, que nos juzgue”.

Según encuestas, el domingo al aymara lo ratificará el 59 por ciento del electorado, cinco puntos más que en las elecciones de 2005. De los prefectos, el cochabambino Manfred Reyes Villa, el paceño José Luis Paredes y el padino Leopoldo Fernández tienen serias posibilidades de irse. Están en duda los prefectos del Movimiento Al Socialismo (MAS), los oficialistas Alberto Aguilar (Oruro) y Mario Virreira (Potosí). Los únicos seguros son el cruceño Rubén Costas –con 74 por ciento de Sí–, el beniano Ernesto Suárez y el tarijeño Mario Cossío.

Lo de seguros es una forma de decir, porque la Fiscalía General de la Nación pidió ayer permiso al Congreso para iniciar un juicio de responsabilidades contra Cossío y su tío, el ex prefecto Adel Cortez, por los delitos de contratos lesivos al Estado y conducta antieconómica. El “gobierno autónomo” habría comprado en forma irregular unos generadores eléctricos por U$S 1.362.280,50 que nunca funcionaron.

Otro investigado es Paredes, su esposa y su hijo, que a través de una supuesta Fundación Unión y Solidaridad llevaron a un banco de España U$S 1.735.550,65. También Costas está procesado por la organización del referéndum por el estatuto autonómico del 4 de mayo, que costó al Estado 11.200.000 bolivianos (1 U$S=7 bs).

Siguiendo el ejemplo del prefecto de Beni, ayer el cruceño se sumó a las huelgas de hambre para que el gobierno devuelva a los departamentos el 30 por ciento que les quitó del Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH). Con ese dinero, Morales creó la Renta Dignidad, un bono de 200 bs mensuales para los ancianos.

Costas habló del conflicto en Oruro que dejó dos muertos, Hernán Montero y Miguel Alegre: “Son las acciones de un dictador disfrazado de demócrata que lo único que hace es alentar el enfrentamiento entre bolivianos. Me siento frustrado, apenado y dolido por la muerte de esos mineros a manos de la policía, que obedece al presidente”. El día de las muertes terminó con amenazas al ministro de la Presidencia, cuyo vehículo recibió dos disparos en los vidrios. En ese momento, Quintana estaba reunido con militares para coordinar la presencia de Evo ayer a Trinidad, que no fue posible porque cien integrantes del Comité Cívico de Beni quisieron tomar el aeropuerto.

Para el ministro, “esas fuerzas que estaban acostumbradas a operar en ausencia del Estado y a usurpar el poder popular hoy se ven prácticamente asediadas por una conciencia ciudadana que ha decidido rechazar la gestión del prefecto (Suárez). Esta es la reacción que se ha manifestado en Trinidad con este atentado criminal”. Desde su lecho de ayuno, Suárez dijo que el gobierno “se autoatenta, quiere hacer una cortina de humo para tapar sus asesinatos de Oruro”.

Aguilar, prefecto de Oruro, advirtió ayer que “fuerzas ocultas del modelo neoliberal conservador intentan frenar este referéndum a través de comités cívicos y la mal llamada Media Luna. Pero este proceso democrático es imparable y se acerca el momento de la aprobación de la nueva Constitución”, texto aborrecido por la oposición al MAS. En su informe de gestión, el presidente evaluó que “Bolivia va por buen camino”, ya que la nación tiene U$S 7500 millones de reservas internacionales. “Ahora somos un país viable, confiable, que tiene mucho y tiene esperanza”, dijo. Remarcó que el país crece a un inédito 6,1 por ciento anual y que durante su dos años de mandato entregó a las prefecturas U$S 33.000 millones, mientras en los 12 años anteriores sólo habían recibido U$S 30.000 millones.

Written by Eduardo Aquevedo

8 agosto, 2008 at 2:36

Publicado en AMERICA LATINA

HOMENAJE A JUAN BUSTOS, DIPUTADO SOCIALISTA Y GRAN DEFENSOR DE DERECHOS HUMANOS EN CHILE

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GRAN HOMENAJE NACIONAL

Políticos de todos los espectros resaltaron la figura del diputado Juan Bustos, el abogado de Derechos Humanos fallecido a las 10:46 horas en la Clínica Alemana tras una larga agonía de dos semanas en dicho recinto .

Tras poner fin a la sesión de la Corporación para informar a sus pares la trágica noticia, el primer vicepresidente de la Cámara, Guillermo Ceroni (PPD), destacó a Bustos como una figura de “grandes cualidades humanas” y lo definió como un político que “honró el cargo” de presidente de los diputados. La presidenta de la DC, Soledad Alvear, lo destacó como “un gran socialista, un gran concertacionista”, mientras el timonel del Partido Socialista, Camilo Escalona, declaró que “nos ha dejado el jurista más eminente que ha dado el PS al país, nos ha dejado un sabio”.

El senador calificó a Bustos como una “persona honesta, buena, honrada. Una figura que enaltece la política nacional en momentos en que, a veces, en la juventud no se ven símbolos, la verdad es que Juan Bustos con su austeridad, por su dedicación al estudio, por su espíritu de diálogo, por su vocación social, es una figura que vale la pena que, sobre todo los jóvenes, puedan conocer, puedan tomar en cuenta”. Mientras, el senador Juan Pablo Letelier, a nombre de la bancada de Senadores del PS, lo catalogó como “un gran e incansable luchador por los derechos humanos, la justicia y la verdad en nuestro país” y dijo que es “un imprescindible como diría Bertolt Brecht”.

Al referirse a su detención en Argentina en el marco de la Operación Cóndor, Letelier destacó que “Juan Bustos enfrentó la vida con mucha alegría, fue un excelente profesor, un amigo, un jurista excepcional, un gran legislador. Enfrentó momentos muy adversos en los que su vida estuvo en peligro y siempre tenía una palabra de aliento y esperanza para los demás”. Por su parte, el militante comunista Hugo Gutiérrez, también abogado de Derechos Humanos, valoró el trabajo de Bustos en tribunales. “Si Augusto Pinochet fue desaforado creo que se debe en gran medida que toda la inteligencia que Juan Bustos le puso a esa causa”, dijo el candidato PC a alcalde por Estación Central.

Al otro lado del arco político, también hubo palabras de reconocimiento. Hernán Larraín, ex presidente de la UDI, destacó el trabajo de Bustos como legislador y su disponibilidad para la búsqueda de entendimientos “Pude apreciar a un hombre muy convencido de sus ideas, muy fuerte en sus convicciones, pero muy caballero, muy razonable, serio”, dijo el senador. En Renovación Nacional, el senador Sergio Romero, aseguró que “Juan Bustos tenía, respecto del mundo y de los derechos humanos, una óptica y cercanía trascendente. Aún cuando pudiésemos tener visiones no compartidas, en ciertos aspectos, esto no es menor”.

Romero argumentó que siempre tuvo una profunda relación de amistad con Juan Bustos, “porque era un hombre afable, sin dobleces ni mezquindades. Frecuentemente, nos encontrábamos en actividades desarrolladas en su distrito, que es parte de mi circunscripción, y ello no eran óbice para establecer un intercambio de ideas muy fecundo”.

BANCADAS

Un arreglo floral pusieron los diputados más cercanos en el escaño que correspondía a Juan Bustos, como un homenaje a la labor desarrollada, en tanto que los reconocimientos provinieron de parte de todas las bancadas. Desde su bancada, la socialista, el diputado Carlos Montes destacó el “gran talento” de Bustos tanto como constitucionalista, abogado, profesor y político, recalcando que “se jugó por el tema de derechos humanos durante años y ha sido un constructor, un creador del marco jurídico”.

La bancada falangista habló del “innegable aporte en materia de Derechos Humanos y su calidad como político, legislador y amigo”, de Juan Bustos. Eduardo Saffirio y Gonzalo Duarte, jefes de bancada, dijeron que del fallecido timonel de la Cámara Baja “nos quedan gratificantes recuerdos y la convicción de haber conocido a un hombre íntegro, sensible, luchador y consecuente”, y resaltaron que “su compromiso por las causas de violaciones a los Derechos Humanos fue clave en numerosas investigaciones, lo mismo podemos afirmar de su consecuencia y de su enorme calidad humana”.

En el PRSD, la bancada de diputados también se sumó a las muestras de pesar. Alejandro Sule señaló que el país pierde a un gran ser humano y “a un gran hombre preocupado toda su vida por las causas de los más desposeídos, de los más débiles y de los perseguidos”. Sule señaló que además de esta característica humanitaria del diputado del Partido Socialista, “también nos deja un destacado jurista y un especialista en el derecho penal”, agregando que sus libros sobre estas materias, “son leídos en distintas y prestigiosas universidades del mundo”

Recordó su rol como abogado querellante en los primeros procesos contra el ex general Augusto Pinochet, pero también destacó que “tuvo una importante participación en el proceso de investigación del asesinato del ex canciller Orlando Letelier en donde representó a la familia del ex ministro del Gobierno de Salvador Allende que terminó con las primeras condenas de los altos ex jefes de la DINA, Manuel Contreras y Pedro Espinoza”. Por su parte, la bancada PPD, encabezada por el diputado Jaime Quintana, resaltó su importante trayectoria política, y su recordada carrera como abogado de derechos humanos. “Su fortaleza y coraje lo llevó a llevar la defensa de la familia Letelier en el proceso en contra de Manuel Contreras y Pedro Espinoza por el asesinato del ex-canciller Orlando Letelier”, indicaron.

También enfatizaron en que a pesar de su enfermedad siempre se mantuvo activo, y nunca dejó de lado sus causas y su férrea búsqueda de la verdad en materia de derechos humanos. “Hemos perdido a un gran hombre, un gran presidente de la Cámara, que poseía un gran conocimiento jurídico, y que era un ejemplo de cómo se debe actuar en política, teniendo en claro la importancia de los acuerdos”, aseguró Quintana.

El jefe de la bancada UDI, Claudio Alvarado, lo calificó como “un contradictor noble, leal, que siempre a través de las ideas expuso sus argumentos y propició por sobre todo el diálogo y el encuentro”, destacando el acuerdo alcanzado entre oficialismo y derecha precisamente para posibilitar la elección de Bustos como presidente de la Cámara. Ese mismo acuerdo es el que obligaría a que sea el Partido Socialista el que proponga un nuevo nombre para reemplazar a Bustos como presidente de la Cámara. Ceroni apuntó que “lo lógico y normal sería que se respeten los acuerdos políticos, en esa línea yo tengo que convocar en un tiempo prudencial a una nueva elección de presidente y obviamente que esa elección tendría que recaer en base a esos acuerdos políticos”.

También el presidente del Partido Regionalista Independiente, diputado Jaime Mulet, expresó sus condolencias por el fallecimiento de Bustos, señalando que “murió un hombre que con su actitud se ganó el respeto de todo Chile” y dijo que su muerte representa “una gran pérdida de alguien que prestigió realmente la política”. El ex DC subrayó que “nadie puede negar su incansable trabajo por los derechos humanos y su actitud conciliatoria ante los problemas políticos, para salvar la unidad de la Concertación y de su propio partido y, eso causó la admiración sin exclusiones de todos los sectores políticos del país”.

Lanacion.cl

Written by Eduardo Aquevedo

8 agosto, 2008 at 2:07

Publicado en CHILE, IZQUIERDA