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Archive for mayo 24th, 2008

Emos y otras tribus urbanas

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El reciente choque de algunas de las tribus urbanas como los punketos y darketos contra los emos o emotivos, vuelve a traer al tapete de la discusión este fenómeno social inatendido por las autoridades que se vuelve de tiempo en tiempo una bomba a punto de estallar en las mano de la negligencia política más ocupada en mantener el poder que en atender realmente a la ciudadanía que mantiene con sus impuestos el costoso aparato democrático.

Para comprender lo que sucede hagamos un poco de historia. El fenómeno de las tribus sociales o contracultura inicia al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando del desencanto juvenil ante una crisis globalizada los enfrentaba a un futuro sin esperanzas aunque algunos apuntan incluso a fenómenos anteriores como génesis de la pérdida de identidad personal a través de la pertenecía de grupos que reemplazan la autoestima perdida con antivalores que se expresan lo mismo en el fanatismo deportivo de las porras, barras o hooligans, las sectas religiosas ultras, las maras, gangas o pandillas o cualquier manifestación social que sustituya en el joven el apoyo de una familia desintegrada, disfuncional o inexistente. La primera tribu emergente de ese periodo es la de los “rebeldes sin causa”, etiquetados así por una sociedad sumamente conservadora y vigilante del status quo que rechazaba todo lo que le fuera ajeno en todos sentidos: valores sociales, moda, lenguaje, conducta, segregación racial, etc. y que no comprendía las quejas y demandas de una juventud que enarbolaba la libertad como bandera tanto en lo sexual como social. Esta tribu tuvo su versión europea en los beatniks o existencialistas franceses, amantes del jazz y de la lectura de Jean Paul Sastre y Simone de Beauvoir y en general, pedantemente intelectuales. Dos películas cincuenteras clásicas ilustran este fenómeno con claridad: Rebelde sin causa de James Dean y Natalie Wood y el rebelde de Marlon Brando, quien acuña el estereotipo generacional del joven vestido de mezclilla a bordo de una veloz motocicleta, ajeno a cartabones sociales y camisas de fuerza morales. La contraparte sesentera son los hippies o hijos de las flores, que al enarbolar la paz, el amor y las drogas alucinógenas como doctrina intentaban detener la leva obligatoria que nutría con sangre joven la inútil guerra de Vietnam que se prolongaría hasta casi mediados de los setenta y que daría paso a una resistencia social más beligerante y desencantada que fermentó a la siguiente tribu urbana, violenta y autodestructiva y que por su esencia proletaria, la que más largamente ha logrado subsistir : los punks. Los punks surgen en la Inglaterra depauperada de mediados de los setenta, en los llamados council flats o multifamiliares gubernamentales, alojamientos baratos y de mínimo espacio destinados a desempleados profesionales que viven de la seguridad social y el bono de desempleo o dole. Estos espacios socialmente consanguíneos e incestuosos nutren a una banda rockera legendaria: Los Sex Pistols, conformada de base por sus dos motores, Sid Vicious y Johnny Rotten, quienes adoptan el pelo levantado en puas al estilo mohicano, pintado de colores brillantes, vestidos con bolsas negras de basura, alfileres y entubados jeans rotos adornados por estoperoles, todo ello aderezado con los imprescindibles tatuajes, adorno corporal hasta entonces limitado a presidiarios y marinos. El impacto de este movimiento social pasó inicialmente inadvertido y fue tachado como una moda más, similar a otros grupúsculos sociales británicos como los Teddy Bears o los elegantes Sloane Rangers que compartían Chelsea y su King’s Road, la zona londinense precursora de toda moda. Pero la dureza de una realidad social común en esos años, derivada de una sociedad depauperada por guerras inútiles y altísimo costo de energéticos, similar a la que hoy vivimos, enfrentó a los jóvenes de entonces a un futuro sin perspectivas, con trabajitos mal pagados y una diferencia abismal entre clases sociales que nutre hasta el día de hoy un fuerte resentimiento y una frustración sólo encauzada mediante la destrucción. Dado que el orden mundial aun no ha logrado dar respuesta a las demandas de los marginados, los punks mantienen viva su postura que básicamente es atacar todo lo establecido y moralmente correcto con actitudes de violencia extrema y se ha trasladado bien a países como el nuestro donde la corrupción y el costo de una democracia imperfecta refleja todos los vicios políticos que siguen alimentando un odio creciente al gobierno en turno. En los ochenta y noventa, con la pérdida de las utopías sociales, surgen otras tribus urbanas hijas también del desencanto y el aburrimiento y a éstas pertenecen los darketos o góticos quienes encuentran su inspiración y filosofía de ser en las novelas de vampiros como las salidas de la pluma de Bram Stocke, padre literario de Drácula y las más modernas de Anne Rice, Stephen King y otros tantos autores más de este popular género. Los darketos, que visten de negro riguroso al estilo romántico, con largos abrigos y complicada parafernalia, complementan el look con maquillaje pálido, largas uñas y ojos enmarcados en tonos oscuros, prefieren la música estridente en alemán o sueco aunque no entiendan de la letra una palabra y afirman que el contacto con el más allá a través de complejos rituales en cementerios y el beber sangre es lo suyo aunque la verdad nos indica que éstos hijos desobedientes de Nosferatu son en realidad más cuento que novela. Cuando la indiferencia social, la desintegración familiar y la falta de posibilidades de un futuro con oportunidades reales se une a una sociedad deshumanizada por la comunicación despersonalizada presagiada ya brillantemente por George Orwell en su imprescindible novela 1984 se agudizan, los jóvenes encuentran una nueva opción para encauzar sus inquietudes y frustraciones: Los Emos o emotivos, manifestación que favorece el dolor como vehículo y la tristeza como bandera, contraponiéndose diametralmente a los punks; mientras los emos sufren para sentirse vivos, los punks lastiman para justificarse. Los unos son masoquistas sociales y los otros sádicos. El look Emo es inconfundible y se vuelve como en todas las tribus urbanas su uniforme social e identidad grupal: el pelo oscuro sobre los ojos en flecos asimétricos para dar aire de desvalido o la interpretación post moderna de los llamados poetas malditos, aunque dudosamente algún emo ha leído a Verlain o Baudelaire; los pantalones de tubo sumamente ajustados preferentemente negros que dejan al descubierto ropa interior de colores y con dibujos infantiles al igual que sus camisetas de rayas que muestran personajes de los comics infantiles o de bandas de rock, complementado con tenis de colores, usados nunca nuevos, de tipo ska o de grandes suelas de goma y cinturones de estoperoles y grandes hebillas metálicas. El maquillaje unisex, al igual que sus tendencias amorosas, es negro y marcado y sus ropajes deben dejar ver las cicatrices de los cortes en la piel hechos a navaja, ya que sólo al sufrir y gozar con el dolor, encuentran una razón de existir, con una tendencia marcada al suicidio. Curiosamente los emos al igual que los punks y darketos, son subculturas eminentemente racistas y sexistas, particularmente opresoras de la mujer que en todas ellas es un mero objeto, antítesis de toda lucha feminista. Esta es sólo la primera parte de este iceberg social al que daremos continuación para explicar los porqués y consecuencias de su presencia como manifestación de una sociedad decadente y francamente enferma. http://olganza.com/2008/03/25/emos-y-otras-tribus-urbanas/

" ¿JUVENTUD DESCARRIADA? " , por Manuel Castells

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Un clamor de alarma social surge de escuelas, hogares y vecindarios. Ya no hay quien los aguante, se dice. A los jóvenes de ahora. No hay respeto, no hay disciplina, no hay responsabilidad. Consumismo, libertinaje, alcohol, sexo, drogas y, a veces, violencia. La crónica mediática de sucesos se alimenta de este temor creciente y lo retroalimenta. Una niña de 14 años patea a su madre en plena calle, otra le corta el dedo a su maestra de un portazo, tras ser expulsada de la escuela.

Las pandillas de adolescentes (chicos y chicas, inmigrantes y nativos) proliferan y amedrentan, copiando atuendos y actitudes del cine norteamericano. Las plazas públicas resuenan con una polifonía de estruendos que transforma las noches de verano en episodios de insomnio para un vecindario hastiado que ventea su protesta en las banderolas de sus balcones. Barcelona, capital mundial del grafiti. Sus muros se iluminan (o ensucian, según quién lo mira) con señas personales que transforman la ciudad en calidoscopio de identidades. El rayado de lunas y cristales se propone como surrealismo de nuestro tiempo. Discotecas y bares nocturnos rebosan de alcohol, ruido y excitación. El alba transfiere sus excedentes a los ámbitos after hours para iniciados. Y cuando la vida cotidiana reemprende su ritmo diurno, las motocicletas trepidan y se entrometen en calzadas y aceras, atronando la ciudad con sus escapes amañados para amplificar el ruido. Y, claro está, se estudia cada vez menos y, frente a las dificultades de trabajo y vivienda, muchos jóvenes y menos jóvenes se apalancan en el hogar familiar, frecuentemente convertido en hotel de paso.

¿Es real todo esto, más allá de algunos comportamientos minoritarios, magnificados por imágenes mediáticas? ¿No ha existido siempre un malentendido entre generaciones?

¿Es descarriada nuestra juventud?O, más precisamente: ¿es más descarriada de lo que fuimos los ahora mayores en nuestros años mozos?

El excelente Informe sobre la realitat de la joventut a la ciutat de Barcelona ,que acaba de publicar un equipo del Ayuntamiento de Barcelona bajo la direccion de Màrius Boada y Marta Isaac, permite objetivar algunos elementos de dicha cuestión.

Hasta donde yo conozco, los datos no difieren demasiado de los de otras grandes ciudades españolas o europeas. Veamos. Considerando como jóvenes a las personas entre 15 y 29 años, sí parece que tienen normas y valores claramente diferenciados de otros grupos de edad. Así, un 77% considera que es poco grave o no grave el viajar sin billete en el transporte público, un 52% tampoco reprueba el robar en un gran almacén, a un 75% le parece normal fumar porros, para el 73% no hay problema en pintar grafitis. Y aunque otros comportamientos claramente en ruptura con las normas dominantes son minoritarios, es significativo que a un 31% no le parezca mal no pagar impuestos, a un 30% el vender droga para vivir, al 25% vivir del paro sin buscar trabajo, al 24% consumir pastillas de droga y al 21% tomar cocaína. En cambio, un 97% piensa que es grave el contaminar un río y un 99% considera reprobable pegar a su pareja. O sea, no es una cuestión de falta de valores. Son otros valores que en muchos casos contrastan con la moral mayoritaría de la sociedad y, por tanto, los valores de su propia familia. Pero al mismo tiempo, estos jóvenes valoran la familia más que a nada en el mundo: para un 79% es lo más importante. Y para un 68% los amigos es lo importante.

Todos los demás objetos de valoración se sitúanm uy por detrás (los estudios sólo son importantes para un 19%, pero el dinero aún es menos apreciado: sólo para un 13% es lo más importante). A partir de esa protección familiar y personal, la práctica de un buen porcentaje de jóvenes corresponde a la imagen de pobladores habituales de la vida nocturna, aunque no en los días de trabajo.Un 36% sitúa a bares y discotecas entre sus principales actividades de ocio y casi dos tercios de los hombres y casi la mitad de las mujeres salen con mucha frecuencia los fines de semana. Y cuando salen, casi un 90% vuelve a casa después de las dos de la mañana, incluyendo un 30% que regresa después de las seis. Las salidas más frecuentes son para ir a bailar y a tomar copas. Un 29% declara beber mucho los fines de semana, un dato del 2002 que dobla el 14% que lo reconocían en 1997.Un 64,7% ha probado porros, al 40% le han ofrecido pastillas, al 33% le han ofrecido cocaína y el 18% la ha probado. Y hay una relación directa entre la frecuencia de las salidas nocturnas y el contacto con las drogas. De hecho, la mayor parte del dinero que gastan se va en ropa, bares, discotecas, cine y tabaco. En suma: es una juventud consumista y que en una alta proporción tiene el ocio nocturno como centro de su actividad de tiempo libre.

Es también una juventud indiferente o crítica con respecto a las instituciones y a la política formal, aunque interesada por las causas humanitarias y solidarias. Pero en pocos casos se traducen sus sentimientos en una práctica asociativa. Un 62,5% no pertenece a ninguna asociación, y el asociacionismo se concentra en clubs deportivos (un 23,8%). Los jóvenes se movilizan puntualmente, pero mantienen su independencia individual. En cuanto a la relación con el sistema educativo, el dato fundamental es un 30% de abandono escolar en la enseñanza secundaria y los bajos niveles académicos en comparación con los países de nuestro entorno, según los estudios internacionales, tales como el informe Pisa de la OCDE. Es precisamente en los últimos años de secundaria donde se concentran los problemas de disciplina. Por otro lado, casi un 40% de los jóvenes de entre 25 y 29 años tienen estudios universitarios. Lo cual no impide que un 38,5% de esa edad siga viviendo en casa de sus padres, así como el 73,7% de los que están entre 20 y 24 años. En cuanto a la dependencia económica, la mitad de las personas entre 25 y 29 años vive sólo de sus propios ingresos. A pesar de que la mayoría de ellos trabaja.

Si juntamos esta serie de observaciones, emerge una fuerte contradicción entre una juventud culturalmente autónoma y psicológicamente emancipada en contraposición a una dependencia material en la vivienda y en los ingresos con respecto a sus familias.

Y como las familias están en plena evolución hacia formas nuevas de relación y no han sabido transmitir valores claros; y como la escuela no está equipada para resolver lo que la familia no puede resolver; y como a las fuentes tradicionales de autoridad, como la Iglesia o el Estado, no las cree casi nadie entre los jóvenes (sólo un 14% tiene práctica religiosa en España); y como el mercado de trabajo no ofrece alicientes económicos y de estabilidad para una mayoría en el corto plazo, por todo ello, ni hay transmisión de valores, ni disciplina apoyada en incentivos, ni estructuras de apoyo social que no sean los grupos de amigos creados en la experiencia compartida del ocio y la comunicación (física, por internet y por móvil). De modo que la percepción del problema de un choque cultural entre jóvenes y adultos corresponde a una realidad objetivable. Pero las causas de esa incomunicación son profundas, porque se refieren a la dominación de los valores de consumismo e individualismo en el conjunto de una sociedad que se ha constituido de hecho en una colección de individuos, cada uno a la suya. En todas las edades.

¿Juventud descarriada? Más bien una sociedad desorientada que ni sabe ni contesta.

publicado en LAVANGUARDIA, España.

Written by Eduardo Aquevedo

24 mayo, 2008 at 13:06

Publicado en ESTUDIANTES, SOCIOLOGIA