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¿Democracia en China?, por Manuel Castells

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 OBSERVATORIO GLOBAL

La mayoría de la población china es indiferente al tema de la democracia e ignora o critica a Liu Xiaobo

China_saca_pechoLa concesión del Nobel de la Paz al escritor disidente Liu Xiaobo es una llamada al orden a una China comunista salvadora del capitalismo mundial por parte de países occidentales que aún se atreven a defender los derechos humanos aunque les cueste un enfrentamiento con el motor industrial del planeta. Al Gobierno chino le ha molestado especialmente que Obama, seguido por los países de la UE, pidiese la liberación de Liu Xiaobo, siendo así que el déficit presupuestario del Gobierno estadounidense se sostiene gracias a la compra de sus bonos del Tesoro por parte del Gobierno chino.

Pero por fundada que sea la crítica al hecho de encarcelar por delito de opinión, no parece que la causa de la democracia vaya a progresar en China, al menos en el corto plazo, a pesar de un limitado movimiento de solidaridad simbolizado por el manifiesto de intelectuales liderados por Xu Youyou y Zhang Zuhua. Y no es sólo por el férreo control que ejerce el Partido Comunista sobre los medios de comunicación y la sociedad civil, sino porque la gran mayoría de la población china es indiferente al tema de la democracia e ignora o critica a Liu Xiaobo.

Todavía no se ha olvidado su famoso comentario de que China necesitaba otros 300 años de colonialismo para desarrollarse correctamente, lo que provocó la furia del nacionalismo chino, la ideología dominante entre los jóvenes. Asimismo, intelectuales críticos de izquierda (también disidentes) se oponen a Liu por ser un neoliberal defensor a ultranza del mercado. De ahí que haya sido fácil para el Gobierno chino reunir el apoyo de la ciudadanía contra la pretensión extranjera de imponer valores y reglas a China. En encuestas internacionales relativamente fiables sobre niveles de apoyo al Gobierno, China alcanza el más alto nivel (72%), en contraste con la crisis de confianza en las democracias occidentales. No es un reflejo del miedo, sino al contrario, de una mezcla de satisfacción por la mejora del nivel de vida en las dos últimas décadas junto a un orgullo nacional de sentirse fuertes y respetados en el mundo.

La proyección directa sobre China de la problemática occidental es un grave error, porque impide la comprensión de lo que está pasando. De ahí que la denuncia de la represión en China no puede mezclarse con el intento de exportar nuestro sistema democrático, porque produce la reacción contraria: el crecimiento distanciamiento político de China en el preciso momento histórico en que la economía mundial depende en gran parte del crecimiento chino. Entender China empieza por asumir la paradoja de que sea un Estado comunista el que conduce el más espectacular proceso de crecimiento capitalista nunca visto. La contribución china al crecimiento mundial ha pasado del 8% hace 30 años al 20% en estos momentos. Es el primer exportador mundial y uno de los primeros cinco países receptores de inversión extranjera.

Aunque con creciente desigualdad social, los indicadores de bienestar social han mejorado considerablemente.

La mortalidad infantil se ha reducido en más de la mitad. Y la esperanza de vida de 40 años en los cincuenta ha pasado a 73 años en la actualidad. La capacidad tecnológica se ha incrementado hasta el punto de ser líderes en sectores de telecomunicaciones (sobre todo en internet móvil) y diseño digital, mientras que sus universidades se han conectado a la red mundial y progresan aceleradamente. La clave es que este crecimiento y modernización están dirigidos por un Estado que sigue estrechamente controlado por el Partido Comunista y cuya estrategia es utilizar mecanismos capitalistas para aumentar la riqueza de la nación y el poder del Estado.

La profesora de Berkeley You-tien Hsing ha identificado la clase social que lidera el desarrollo chino. Es lo que ella llama “burócratas emprendedores”. No es una contradicción: son burócratas que utilizan su posición en el partido, en niveles nacionales, provinciales y locales, para proporcionar acceso al suelo y a los permisos administrativos a capitalistas locales o extranjeros. De modo que no hay una burguesía externa al Estado a quien le podría interesar la democracia, sino que es el Estado el que se ha fundido personalmente con las empresas capitalistas. De ahí ha surgido una importante clase media urbana que vive en un delirio de consumo y que no se presta a veleidades políticas.

Y una juventud que puede expresarse sin trabas en internet (428 millones de internautas) mientras no utilicen palabras feas como democracia, Tíbet o Tiananmen. Demasiado ocupados están blogueando para ser celebridades digitales y bajándose películas y música por gigabytes. Pero, como en la industrialización europea del siglo XIX, esa gigantesca transformación genera un éxodo rural masivo, una explotación salvaje de una clase obrera sin derechos, una población flotante de inmigrantes sin permiso de residencia en ciudades sin servicios para su gente, una especulación urbana desenfrenada que expulsa a los pobres de sus barrios a golpes de excavadora y una población desprotegida, sin seguro médico ni jubilación asegurada. De ahí salen los suicidios masivos de trabajadores, las violentas revueltas campesinas, las huelgas de centenares de miles de obreros, las denuncias de la injusticia y la corrupción.

Esos son los verdaderos problemas de China y de ahí surgen las explosiones sociales que pueden socavar sus instituciones y su economía y con ello el mismo capitalismo global. Desde la perspectiva de la China real, de la gloria de los rascacielos de Shanghai al sufrimiento de millones de proletarios desangrando sus vidas en el delta del río de la Perla, desde ese mirador de grandezas y miserias, la cuestión de la democracia (que nunca existió en China), francamente, aparece como un divertimento para mis amigos intelectuales y, tal vez, como una estrategia geopolítica del mundo occidental para deslegitimar la expansión china. Lo cual no quiere decir que nos olvidemos de Liu Xiaobo. Tenemos que sacarlo de la cárcel por una cuestión de principio. Pero sabiendo los límites de su respetable ideología democrática en el contexto de la China realmente existente.

Manuel Castells Oliván (1942) es un sociólogo y profesor universitario, catedrático de Sociología y de Urbanismo en la Universidad de California en Berkeley, así como director del Internet Interdisciplinary Institute en la Universitat Oberta de Catalunya.

La Vanguardia.es

Written by Eduardo Aquevedo

2 noviembre, 2010 at 22:12

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