CIENCIAS SOCIALES HOY – Weblog

Actualidad sobre política, sociología, economia, cultura…

Posts Tagged ‘CRISIS DE SOBREPRODUCCION

Marx y Minsky frente a la crisis actual…

with one comment

Alejandro Nadal

CRISISSS1 Cuando la economía capitalista entra en crisis no es porque una fuerza externa la golpea. Es porque algo no anda bien internamente. Pero ¿qué podría ser ese malestar endógeno?

La pregunta no es trivial: el diagnóstico es clave para determinar las medidas para salir de la emergencia.

Hoy predomina la interpretación de que estamos en una crisis causada por la desregulación del sector financiero, bancario y no bancario. Este debilitamiento de reglas habría generado incentivos perversos a la especulación y la aceptación de riesgos desmedidos.

Por supuesto, cuando reventó la burbuja especulativa los sectores no financieros también se vieron afectados por el colapso en la demanda agregada. Por eso se han aplicado estímulos fiscales para reactivarla. Pero la narrativa oficial es que los sectores no financieros de la economía (agricultura, industria y servicios) iban bien hasta que pegó el coletazo de una crisis que nace en el sector financiero.

Eso es erróneo. Los problemas de la economía real están en la raíz de esta crisis y, mientras no sean encarados, la economía mundial seguirá sufriendo tropiezos y un día llegará una verdadera hecatombe.

En 1992, mientras los economistas oficiales cantaban loas al neoliberalismo, Hyman Minsky elaboraba su teoría sobre la inestabilidad financiera del capitalismo. Según este autor, en épocas de bonanza el optimismo lleva a empresas y familias a sobrestimar el valor de sus activos, a considerar que los buenos tiempos perdurarán y a asumir mayores riesgos.

Esto sucede en cada ciclo de negocios, pero el proceso culmina en un ciclo más largo que acaba por transformar el régimen regulatorio del sector financiero, sus mercados y hasta sus prácticas contables. La erosión de las instituciones que debían controlar la especulación y dar estabilidad termina generando la proliferación de esquemas financieros de alto riesgo, escasas garantías y grandes niveles de apalancamiento.

El modelo Minsky se queda corto. En él no hay cabida para los impulsos que desde el sector real conduzcan a la crisis. Es cierto que en los ciclos de negocios de la economía estadunidense a partir de 1980 los deudores y acreedores tomaron cada vez mayores riesgos y que a lo largo de ese periodo se erosionó el régimen regulatorio. Según esto, la crisis se debe a fenómenos psicológicos y a los incentivos perversos que favorecieron la especulación descontrolada. Los factores estructurales en las esferas (no financieras) de la producción quedan fuera de esta explicación.

En contraste, otras investigaciones revelan que entre 1973-1984 ocurrieron cambios importantes en la economía real de Estados Unidos y otras economías capitalistas. El más importante es que la tasa de ganancia comenzó a reducirse. Aunque hay diferencias entre sectores, los indicadores elaborados con diferentes metodologías no se equivocan: la tasa de ganancia se reduce en Estados Unidos, Alemania, Japón y otros países.

Esa caída en la tasa de ganancia desencadenó una ofensiva en contra de los asalariados desde la década de los setenta. Sindicatos y reglas laborales que habían mantenido una evolución favorable en los salarios y prestaciones fueron atacados en todos los frentes. La globalización neoliberal fue parte de ese ataque, generando fuerzas para deprimir más los salarios.

El resultado fue que los salarios se estancaron y el poder de compra de la clase trabajadora en Estados Unidos se debilitó. El sobrendeudamiento fue lo único que mantuvo el nivel de vida al que aspiraban las clases trabajadoras. Las burbujas especulativas mantuvieron el nivel de la demanda agregada que necesitaba la economía estadunidense.

Frente al descenso en rentabilidad, el capital se refugió en las finanzas. La ofensiva contra los asalariados y la expansión del sector financiero son dos caras de la misma moneda: la caída en la tasa de ganancia, un problema con raíces profundas en la evolución del capitalismo.

Aquí se escucha el eco del análisis de Marx que ha estado a la defensiva desde hace tiempo. El dogmatismo y varias dificultades teóricas, especialmente el llamado problema de la transformación de valores en precios de producción (planteado por Marx en el tomo III de El Capital), frenaron durante años el desarrollo crítico del pensamiento marxista. Hoy cobra fuerza la reflexión de corte marxista sobre la crisis, aunque siga pendiente la solución de varios problemas teóricos importantes.

En estos análisis se articula la evolución del cambio técnico, la competencia intercapitalista y el conflicto por la explotación y la distribución del ingreso en un edificio analítico coherente. Los aportes de Minsky, de la teoría de Keynes, y por supuesto Kalecki, se fusionan bien con estas interpretaciones marxistas. El punto central es que las raíces de la crisis están en la economía real y no sólo en la esfera de las transacciones financieras. La conclusión es clara: la economía de la globalización neoliberal (y no sólo su casino financiero) está mortalmente enferma y sus fundamentos deben modificarse radicalmente.

http://nadal.com.mx

LA JORNADA.MX

La sustancia de la crisis económica actual…

leave a comment »

por Ricardo Antunes

Antunes, Ricardo. Profesor titular de Sociología en el Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas (IFCH) de la Universidad de Campinas, Brasil (Unicamp). Hizo su maestría en Ciencia Política en el IFCH de la Unicamp (1980), se doctoró en Sociología en la Universidad de San Pablo (1986) y es docente libre en Sociología del Trabajo por el IFCH de la Unicamp (1994). Trabajó un año como investigador visitante en la Universidad de Sussex, Inglaterra (1997-98). Ha dictado numerosos cursos, seminarios y conferencias en universidades de América Latina y Europa y participado en congresos de su especialidad. Es autor de Adeus ao trabalho?, editado en español (¿Adiós al trabajo?, Buenos Aires, Herramienta, 2ª edición, 2003); A rebeldía do trabalho, O novo sindicalismo no Brasil, Classe operária, sindicatos e partido no Brasil, O que é sindicalismo? y Crise e poder, entre otros libros. Actualmente, coordina las colecciones Mundo del Trabajo de Boitempo Editorial y Trabajo y Emancipación de Editora Expressão Popular. Colabora regularmente en revistas y diarios de Brasil y otros países. Participa activamente en las revistas Margem esquerda (Brasil), Latin American Perspectives (Estados Unidos), Herramienta (Argentina), Proteo (Italia), Asian Journal of Latin Americana Studies (Corea) y Trayectorias (México), así como en otras publicaciones de distintos países.


I

Mucho se ha escrito sobre la crisis. Crisis de las subprime, crisis especulativa, crisis bancaria, crisis financiera, crisis global, réplica de las crisis de 1929, etc. Florece una fenomenología de la crisis, donde lo que ayer se dijo se vuelve hoy obsoleto. Los grandes periódicos, empezando por The Economist, hablan de “crisis de confianza” y la máxima se expande. La crisis se resume a un acto volitivo. ¡Fiducia! diría los latinos. He ahí la clave analítica.

Los gobiernos de los países en crisis, en los Estados Unidos, Europa y otras partes del mundo, parecen redescubrir el estatismo todo privatizado como el recetario para eliminar la crisis de “desconfianza”. El remedio neokeynesiano, sepultado en las últimas cuatro décadas, considerado uno de los principales males de las crisis anteriores, resurge como salvación para el verdadero camino de la servidumbre, o sea, la sujeción de la humanidad a los designios de la lógica destructiva del capitalismo y en particular de su polo hegemónico financiero.

Pero, más allá de esa fenomenología de la crisis, podríamos recordar a varios autores críticos, dentro de la izquierda, que intentaron ir más allá de las apariencias y develar los fundamentos estructurales y sistémicos del derretimiento y licuación del sistema del capital.

Robert Kurz, por ejemplo, ha venido alertando desde principios de 1990, que la crisis que llevó a la bancarrota a los países del llamado "socialismo real" (con la URSS al frente), no sin antes haber devastado el “Tercer Mundo”, era expresión de una crisis del modo de producción de mercancías que después migraría en dirección al corazón del sistema capitalista.

François Chesnais apuntó las complejas conexiones existentes entre producción, financierización (“la forma más fetichizada de la acumulación”) y mundialización del capital, enfatizando que la esfera financiera se nutre de la riqueza generada por la inversión y de la explotación de la fuerza de trabajo dotada de múltiples cualificaciones y amplitud global. Y es parte de esa riqueza, canalizada para la esfera financiera, que infla el flácido capital ficticio.

Pero fue István Mészáros quien, desde el final de los años de 1960 viene sistemáticamente develando la crisis que entonces comenzaba a asolar al sistema global del capital: alertaba que las rebeliones de 1968, así como la caída de la tasa de ganancia y el inicio de la monumental reestructuración productiva del capital, que se manifestaba en 1973, ya eran ambas expresiones del cambio substantivo que se diseñaba, tanto en el sistema capitalista, cuando en el propio sistema global del capital.[1]

Indicaba que el sistema de capital (y en particular el capitalismo), tras experimentar la era de los ciclos, se adentraba en una nueva fase, inédita, de crisis estructural, marcada por un continuum depresivo que haría que aquella fase cíclica anterior se volviera historia. Aunque pudiera haber alternancia en su epicentro, la crisis se muestra longeva y duradera, sistémica y estructural.

Y más, demostraba la falencia de los dos más osados sistemas estatales de control y regulación del capital experimentados en el siglo XX. El primero, de talle keynesiano, que estuvo en vigor especialmente en las sociedades capitalistas marcadas por el welfare state. El segundo, de “tipo soviético” (vigente, según Mészáros, en la URSS y en las demás “sociedades post-capitalistas”) que, aunque fuera resultado de una revolución social que buscó destruir el capital, fue por él absorbido. En ambos casos el ente político regulador fuera desregulado, al final de un largo periodo por el propio sistema de metabolismo social del capital.[2] Proceso similar parece ocurrir en China de nuestros días, laboratorio excepcional para la reflexión crítica.

II

El libro A Crise Estrutural do Capital, [3] de István Mészáros, que presento al lector, es la condensación de un conjunto de artículos y entrevistas que presentan las principales tesis y formulaciones de la analítica de István Mészáros, escritos a lo largo de más de tres décadas y que son ahora publicados en un único volumen, condensando algunas de sus formulaciones más fuertes, en un momento decisivo de este siglo XXI, donde todo lo que parecía sólido se desvanece, encontrándose el capitalismo en fuerte proceso de licuación. La sumatoria de recursos, que se contabilizan en billones de dólares que fenecieron en los últimos meses, es por sí sólo contundente. La crisis del sistema financiero global, la retracción de la producción industrial, agrícola y de servicios, también son demasiado evidentes. Desde 1929 que el capitalismo no presenciaba un proceso crítico tan profundo, aflorando incluso en el propio discurso de los detentores del capital, sus gestores y principales gendarmes políticos. Así, István Mészáros ha sido, en las últimas décadas, uno de los críticos más densos, profundos, calificados y radicales. De esta manera, este pequeño libro es una muestra de esa contundencia y fuerza, que se encuentra presente en el enorme y poderoso conjunto de su obra.

Si pudiéramos, en pocas páginas, condensar algunas de las principales tesis que configuran la actual crisis estructural del capital comenzaríamos diciendo que Mészáros hace una crítica desbastadora a los engranajes que caracterizan su sistema socio-metabólico.

Su aguda investigación, indagando profundamente a lo largo de todo el siglo XX, lo lleva a constatar que el sistema de capital, por no tener límites para su expansión, termina por convertirse en una procesualidad incontrolable y profundamente destructiva. Conformada por lo que denomina, en la línea de Marx, como mediaciones de segundo orden –cuando todo pasa a ser controlado por la lógica de la valorización del capital, sin que se tome en cuenta los imperativos humano-societarios vitales– la producción y el consumo superfluos terminan generando la corrosión del trabajo, con la consecuente precarización del trabajo y el desempleo estructural, además de impulsar una destrucción de la naturaleza a escala global jamás vista anteriormente.

Expansionista en la búsqueda creciente y desmedida de plusvalor, destructivo en su procesualidad pautada por lo descartable y la superfluidad, el sistema de capital se vuelve, en el límite, incontrolable. Todo esto, aquí resumido de manera breve, hace con que, después de un largo período dominado por los ciclos, el sistema de capital venga asumiendo, siempre según la formulación de István Mészáros, la forma de una crisis endémica, acumulativa, crónica y permanente, lo que replantea, como imperativo global de nuestros días, dado el espectro de destrucción global, la búsqueda de una alternativa societaria apuntando a la construcción de un nuevo modo de producción y de un nuevo modo de vida cabal y frontalmente contrario a la lógica destructiva del capital hoy dominante.

Al contrario, por tanto, de los ciclos de expansión que conforman el capitalismo a lo largo de su historia, alternando períodos de expansión y crisis, nos encontramos, desde fines de los años de 1960 e inicios de 1970, sumergidos en lo que István Mészáros denomina como depressed continuum que exhibe las características de una crisis estructural.

Su análisis ya anticipaba que, al interior de los países capitalistas centrales, los mecanismos de “administración de las crisis” serían cada vez más recurrentes –y también cada vez más insuficientes– una vez que la disyunción radical entre producción para las necesidades sociales y auto-reproducción del capital cambiaba la tónica del capitalismo contemporáneo de nuestros días, generando consecuencias devastadoras para la humanidad

Dada la nueva forma de ser de la crisis, ingresamos entonces en una nueva fase, sin intervalos cíclicos entre expansión y recesión, pero presenciando la eclosión de precipitaciones cada vez más frecuentes y continuas. Tratándose, por tanto, de una crisis en la propia realización del valor, la lógica destructiva que se acentúa en nuestros días permitió a Mészáros desarrollar otra tesis, central en su análisis, de que el sistema de capital no puede más desarrollarse sin recurrir a la tasa de utilización decreciente del valor de uso de las mercancías como mecanismo que le es intrínseco. Esto porque el capital no considera valor de uso (que remite a la esfera de las necesidades) y valor de cambio (esfera de la valorización del valor) como separados, sino al contrario, subordinando radicalmente el primero al segundo.

Lo que significa, agrega el autor, que una mercancía puede variar de un extremo a otro, es decir, desde tener su valor de uso realizado inmediatamente o, en el otro extremo, jamás ser utilizada, sin dejar de tener, para el capital, su utilidad esencial. Y, en la medida en que la tendencia decreciente del valor de uso reduce drásticamente el tiempo de vida útil de las mercancías –condición sine qua non del funcionamiento de proceso de valorización en su ciclo reproductivo– ella se convierte en uno de los principales mecanismos a través del cual el capital viene realizando su proceso de acumulación por la vía de la destrucción del tiempo de vida útil de las mercancías y de la subordinación de su valor del uso a los imperativos del valor de cambio.

Al profundizar la disyunción entre la producción orientada genuinamente para el atendimiento de las necesidades humanas y aquellas dominantes orientadas para la auto-reproducción del capital, se intensifican las consecuencias destructivas, de las cuales dos anteriormente referidas ponen en riesgo el presente y el futuro de la humanidad: la precarización estructural del trabajo y la destrucción de la naturaleza. La conclusión de Mészáros es fuerte: aunque el 90% del material y de los recursos de trabajo necesarios para la producción y distribución de una dada mercancía comercializada – un producto cosmético, por ejemplo –fuese directamente para el basurero y sólo 10% efectivamente destinados al preparado del producto, buscando los beneficios reales o imaginarios del consumidor, las prácticas obviamente devastadoras aquí envueltas serían plenamente justificadas, desde que estuvieran sintonizadas con los criterios ‘eficiencia’, ‘racionalidad’ y ‘economía’ capitalistas, en virtud de la rentabilidad comprobada de la mercancía en cuestión. Y agrega: ¿qué será de la humanidad cuando menos del 5% de la población mundial (EUA) consuman 25% del total de los recursos energéticos disponibles? Y, ¿si el 95% restante viniera a adoptar el mismo padrón de consumo? La tragedia china actual, con su destrucción ambiental, es emblemática.

Esto acentúa otra contradicción vital en la que el mundo se sumergió en este inicio de siglo: si las tasas de desempleo continúan ampliándose, aumentan explosivamente los niveles de degradación y barbarie social oriunda del desempleo. Si, al contrario, el mundo productivo retomara los niveles de crecimiento anteriores, aumentando la producción y su modo de vida fundado en la superfluidad y en el desperdicio, tendremos la intensificación aún mayor de la destrucción de la naturaleza, ampliando la lógica destructiva hoy dominante.

Sin embargo el cuadro de crisis estructural y sistémica tiene otro componente vital, dado por la corrosión del trabajo. Después de la intensificación del cuadro crítico en EUA y demás países capitalistas centrales, estamos presenciando profundas repercusiones en el mundo del trabajo a escala global. En el medio del huracán de la crisis que ahora alcanza el corazón del sistema capitalista, vemos la erosión del trabajo relativamente contratado y reglamentado, heredero de la era taylorista y fordista, que fue dominante en el siglo XX –resultado de una secular lucha obrera por los derechos sociales– que está siendo substituido por las diversas formas de “empreendedorismo”, “cooperativismo”, “trabajo voluntario”, “trabajo atípico”, formas que oscilan entre la superexplotación del trabajo y la propia autoexplotación del trabajo, siempre caminando en dirección a una precarización estructural de la fuerza de trabajo a escala global. Esto, sin hablar de la explosión del desempleo que alcanza enormes contingentes de trabajadores, sean hombres y mujeres, fijos o precarizados, formales o informales, nativos o inmigrantes, siendo que estos últimos son los primeros en ser fuertemente penalizados.[4]

La OIT, con datos que son bastante moderados, en un reciente informe, proyectó 50 millones de desempleados a lo largo del 2009. Bastaría que una de las grandes automotrices de los EUA cerrase sus puertas y tendríamos millones de nuevos desempleados. En Europa, los periódicos, diariamente, listan millares de nuevos trabajadores sin empleo.

El mismo informe de la OIT agrega aún que cerca de 1,5 mil millones de trabajadores son afectados por la fuerte erosión salarial y la ampliación del desempleo en ese mismo período (Informe mundial sobre salarios, febrero de 2009). Pero se sabe que la contabilización mundial del empleo no capta en profundidad el desempleo oculto, frecuentemente enmascarado en las estadísticas oficiales. Y, como advirtió, Mészáros innumerables veces, si incluimos los datos reales del desempleo en China e India, estos números se multiplicarían en muchas veces.

Es importante destacar que, en China, 26 millones de ex trabajadores rurales que estaban trabajando en las industrias de las ciudades perdieron sus empleos en los últimos meses del 2008 y los primeros meses del 2009 y no encuentran trabajo disponible en el campo, desencadenando una nueva ola de revueltas obreras en dicho país. En América Latina, la OIT agrega que, debido a la crisis “hasta 2,4 millones de personas podrán entrar en las filas del desempleo regional en el 2009”, sumándose a los casi 16 millones hoy desempleados (Panorama Laboral para América Latina y el Caribe, enero del 2009).

En EUA, Inglaterra e Japón los índices de desempleo en los inicios del 2009 son los mayores de las últimas décadas. Es por eso que los empresarios presionan, en todas partes del mundo, para aumentar la flexibilidad en la legislación laboral, con la falacia de que así preservan los empleos. En EUA, Inglaterra, España y Argentina, para dar algunos ejemplos, esa flexibilización fue intensa y el desempleo solo ha venido aumentando.

De manera que, diferenciándose totalmente de los análisis que circunscriben la crisis al universo de los bancos, a la “crisis del sistema financiero”, a la “crisis de créditos”, para István Mészáros, la “inmensa expansión especulativa del aventurerismo financiero –sobre todo en las últimas tres o cuatro décadas– es naturalmente inseparable de la profundización de la crisis de las ramas productivas y de la industria así como de las resultantes perturbaciones que surgen con la absoluta letárgica acumulación de capital (en verdad, acumulación fracasada) en el campo productivo de la actividad económica. Ahora, inevitablemente, también en el dominio de la producción industrial la crisis se está poniendo mucho peor. Naturalmente, la consecuencia necesaria de la crisis siempre profundizándose en las ramas productivas de la ‘economía real’ (…) es el crecimiento del desempleo por todas partes en una escala asustadora, asociado a la miseria humana. Esperar una solución feliz para esos problemas surgida de las operaciones de rescate del Estado capitalista sería una gran ilusión”.

Y agrega: “(…) las recientes tentativas de contener los síntomas de la crisis que se intensifican por la nacionalización –camuflada de forma cínica– de grandezas astronómicas de la bancarrota capitalista, por medio de los recursos del Estado aún a ser inventados, solo cumplen el papel de subrayar las determinaciones causales antagónicas profundamente enraizadas de la destructividad del sistema capitalista. Pues lo que está fundamentalmente en curso hoy no es apenas una crisis financiera maciza, sino el potencial de autodestrucción de la humanidad en el actual momento del desarrollo histórico, tanto militarmente como por medio de la destrucción en curso de la naturaleza”.

Si el neokeynesianismo de estado todo privatizado es la respuesta encontrada por el capital para su crisis estructural, las respuestas de las fuerzas sociales del trabajo deben ser radicales. Contra la falacia de la “alternativa” neokeynesiana que siempre encuentra acogida en varios sectores de la “izquierda” que actúan en el universo del Orden –“alternativas” condenadas al fracaso, como demostró Mészáros analizando el siglo XX, pues se inscriben en la línea de menor resistencia del capital– el desafío ya estaba indicado en su artículo “Política Radical y Transición hacia el Socialismo” (escrito en 1982 y publicado en Brasil por la primera vez en 1983, y que consta en este libro). Allí estaba presente tanto la distinción crucial entre la crisis de tipo estructural y sistémica y las crisis cíclicas coyunturales del pasado, así como la necesidad de una política radical, al contrario de las alternativas (neo)keynesianas y a las cuales el capital recurre en sus momentos de crisis.

Vale recordar aquí la reciente Nota de los Editores de Monthly Review que así se refiere a la decisiva contribución de István Mészáros: “¿Cómo la izquierda irá a reaccionar frente a la crisis económica y a las tentativas de socializar las pérdidas sobre la población como un todo? Al depararnos con una depresión y crisis financiera, ¿debemos aceptar que las cargas recaigan sobre nuestros hombros, a través de la implantación de estrategias ligeramente más benignas para salvar el sistema?”

Y agrega la Nota: “En septiembre [de 2008] algunos sectores progresistas en Estados Unidos argumentaron que era necesario apoyar el plan de “Socorro a los Ricos” de Paulson, para que no hubiera una depresión. Tres meses más tarde tenemos billones en fondos gubernamentales entregados a las personas más ricas del planeta y a la depresión. El punto crucial, a nuestro modo de ver, fe capturado por István Mészáros, en su Más allá del Capital, donde él explicó que ‘la política radical sólo puede acelerar su propia renuncia (…) consintiendo en definir su propio objeto en términos de blancos económicos determinados, los cuales, de hecho, son necesariamente dictados por la estructura socioeconómica establecida en crisis’” (Monthly Review, “Notes from the Editors”, vol. 60, No. 10, março de 2009, p.64).

Una vez que las manifestaciones inmediatas de la crisis son económicas, dice Mészáros aún en el artículo premonitorio de 1982,

“de la inflación al desempleo y de la bancarrota de empresas industriales y comerciales locales a la guerra comercial en general y al colapso potencial del sistema financiero internacional, la presión que emana de la referida base social inevitablemente tiende a definir la tarea inmediata en términos de encontrar respuestas económicas urgentes al nivel de las manifestaciones de la crisis, mientras son dejadas intactas sus causas sociales.” Y añadía: “(…) ‘apretar los cinturones’ y ‘aceptar los sacrificios necesarios’ para ‘crear empleos reales’, ‘inyectar nuevos fondos de inversión’, ‘aumentar la productividad y la competitividad’ etc., impone premisas sociales del orden establecido (en nombre de imperativos puramente económicos) sobre la iniciativa política socialista (…) dentro del marco de las viejas premisas sociales y determinaciones estructurales, terminando, de ese modo, (…) por ayudar a la revitalización del capital.”

Es por eso que para Mészáros, cualquier intento de superar este sistema de metabolismo social que siga la línea de menor resistencia del capital, que se restrinja a la esfera institucional y parlamentaria está condenado a la derrota. En contrapartida, solamente una política radical y extraparlamentaria reorientando radicalmente la estructura económica, podrá ser capaz de destruir el sistema de dominio social del capital y su lógica destructiva.

Crear un modo de producción y de vida profundamente distinto del actual es, por tanto, un desafío vital lanzado por Mészáros. La construcción de un modo de vida dotado de sentido replantea, en este inicio del siglo XXI, la imperiosa necesidad de construcción de un nuevo sistema de metabolismo social, de un nuevo modo de producción basado en actividad auto-determinada, en la acción de los individuos libremente asociados (Marx) y en valores más allá del capital. La actividad basada en el tiempo disponible para producir valores de uso socialmente útiles y necesarios, contraria a la producción basada en el tiempo excedente para la producción exclusiva de valores de cambio para la reproducción del capital se vuelve vital.

Durante la vigencia del capitalismo (y también del capital), el valor de uso de los bienes socialmente necesarios se subordinó a su valor de cambio, que pasó a comandar la lógica del sistema de producción. Las funciones productivas y reproductivas básicas fueron radicalmente separadas entre aquellos que producen (los trabajadores) y aquellos que controlan (los capitalistas y sus gestores). Habiendo sido el primer modo de producción a crear una lógica que no toma en cuenta prioritariamente las reales necesidades societarias, el capital instauró, según la rica indicación de Mészáros, un sistema orientado para su auto-valorización, independiente de las reales necesidades auto-reproductivas de la humanidad.

En contrapartida, una nueva forma de sociedad solamente será dotada de sentido y efectivamente emancipada cuando sus funciones vitales, controladoras de su sistema de metabolismo social fueran efectivamente ejercidas de manera autónoma por los productores libremente asociados y no por un cuerpo exterior extraño y controlador de estas funciones vitales.

El develamiento más profundo de los significados de la crisis actual, su sentido global, estructural y sistémico, su marca agudamente destructiva, ese es la principal contribución de este poderos (pequeño) libro de István Mészáros. Y debe ser leído por todos aquellos hombres y mujeres que, en las luchas sociales, en sus embates cotidianos, afrontan, de algún modo, el sistema de metabolismo social hoy dominante y esencialmente destructivo para la humanidad y la naturaleza. Su lectura ayudará a reflexionar, imaginar y pensar en una otra forma de sociabilidad auténticamente socialista, capaz de rescatar el sentido social de la producción y reproducción de la vida humana y, de esta manera, auxiliar en la creación de las condiciones críticas imprescindibles para el florecimiento de una nueva sociabilidad auténtica y emancipada, lo que sería un gran avance en este siglo XXI que acaba de comenzar. En el mejor espíritu de la incansable obra de István Mészáros en su ardorosa y apasionada defensa de la humanidad.


[1] Es decisivo resaltar que, para Mészáros, capital y capitalismo son fenómenos distintos. El sistema de capital, según el autor, antecede al capitalismo y tiene vigencia también en las sociedades post-capitalistas. El capitalismo es una de las formas posibles de la realización del capital, una de sus variantes históricas, presente en la fase caracterizada por la generalización de la subsunción real del trabajo al capital, que Marx denominaba como capitalismo pleno. Así como existía capital antes de la generalización del capitalismo (de que son ejemplos el capital mercantil, el capital usurario, etc.), las formas recientes de metabolismo socio-metabólico permiten constatar la continuidad del capital incluso después del capitalismo, a través de la constitución de aquello que Mészáros denomina como "sistema de capital post-capitalista", de lo que fueron ejemplos la URSS y demás países de Europa del Este. Estos países post-capitalistas no consiguieron romper con el sistema de metabolismo social del capital y la identificación conceptual entre capital y capitalismo hizo con que, según el autor, todas las experiencias revolucionarias vividas en este siglo se mostraran incapaces para superar el sistema de metabolismo social del capital (el complejo caracterizado por la división jerárquica del trabajo, que subordina sus funciones vitales al capital). Ver, sobre la experiencia soviética, especialmente el capítulo XVII, ítems 2/3/4 de Más Allá del Capital. Sobre las más importantes diferencias entre el capitalismo y el sistema soviético, ver especialmente la síntesis en las páginas 630/1.

[2] El sistema de metabolismo social del capital tiene su núcleo central formado por el trípode capital, trabajo asalariado y estado, tres dimensiones fundamentales y directamente interrelacionadas, lo que imposibilita la superación del capital sin la eliminación del conjunto de los tres elementos que comprenden este sistema. No es suficiente, por tanto, según Mészáros, eliminar uno o igual dos de los polos del sistema de metabolismo social del capital, sino que es imperioso eliminar sus tres pilares. Y esta tesis tiene una fuerza explicativa que contrasta con la totalidad de lo que se escribió hasta el presente, sobre el fin de la URSS y de los países del erróneamente llamado “bloque socialista”.

[3] Este libro, publicado in Brazil em maio de 2009 (Boitempo Editorial, São Paulo) nació de una correspondencia que István Mészáros y yo intercambiamos en enero del 2009, cuando le envié un artículo que recién publicaba sobre la crisis actual. Buscaba indicar, entonces, de manera brevísima, la fuerza, la densidad y la originalidad de su análisis crítico, frente al completo desconocimiento de los más distintos segmentos del capital –intelectuales, gestores, gobiernos- tras décadas de una apologética deprimente que predicaba la eternización del capital sin percibir que se encontraba a la víspera de su derretimiento y licuación. De ahí nació la idea de publicar, bajo la forma de un pequeño libro, un conjunto de sus artículos y entrevistas, desde sus primeros escritos hasta los más recientes, que de algún modo rescataran su análisis e indicaran una línea de continuidad decisiva para la comprensión de los elementos determinativos más esenciales de la crisis que dejó huérfanos y asombrados a los ideólogos del sistema y tantos otros que se habían conformado con la máxima del fin de la historia, que Mészáros llamó irónicamente como “fukuyamización seudohegeliana”.

[4] Recientemente, en una manifestación de trabajadores británicos, en febrero del 2009, había un cartel que decía las siguientes frases: “Put Brithsh Workers First”- Empleen primero a los trabajadores británicos. Esta manifestación era contraria a la contratación de trabajadores inmigrantes italianos y portugueses con salarios inferiores a los británicos. Si la lucha por la igualdad salarial es justa y antigua, la exclusión de trabajadores inmigrantes tiene un evidente sentido xenófobo. En Europa, Japón, EUA y en otras partes del mundo, manifestaciones semejantes se esparcen.

Revista Herramienta Nº 41

La crisis y sus perspectivas: una visión marxista crítica…

with 2 comments

Entrevista con Alejandro Nadal, economista, profesor investigador del Centro de Estudios Económicos y colaborador de La Jornada

CRISIS-WS1 "La izquierda debería estar haciendo su tarea"

Salvador López Arnal, El Viejo Topo

Alejandro Nadal es economista doctorado en París. Profesor investigador del Centro de Estudios Económicos y de “El Colegio de México”, colabora semanalmente en el cotidiano mexicano de izquierda La Jornada. Los temas que cubre desde hace años abarcan un amplio arco: economía del cambio técnico, con intervenciones sobre tecnología industrial, nuclear (militar y civil), tecnología pesquera, agrícola; teoría económica pura (equilibrio general, Marx, Ricardo-Sraffa, etc) y teoría y práctica macroeconómica. Muchos de sus artículos han sido reproducidos en páginas electrónicas como www.rebelion.org o sin permiso.info. Además, Nadal es miembro del consejo editorial de Investigación Económica, una excelente revista de ciencias sociales dirigida por el economista mexicano Ignacio Perrotini. Nadal dirige actualmente un proyecto multinacional sobre política macroeconómica y medio ambiente en Argentina, Brasil, Ecuador, Costa Rica y México

¿De qué crisis hablamos cuando hablamos de la crisis? ¿De una abisal crisis financiera, de una enorme crisis político-cultural del neoliberalismo, de una usual crisis de sobreproducción, de una crisis del sistema de producción mercantil mundial sin bridas limitadoras, de una crisis del capitalismo como sistema civilizatorio?

Estamos hablando de un cambio de época. El capitalismo probablemente no se va a acabar con esta crisis, pero los esquemas de crecimiento basados en la expansión del sector financiero no pueden continuar siendo su plataforma de acumulación.

Usted ha escrito: “Después de la tormenta, cuando el polvo se asiente, veremos que la economía y el sistema financiero globales habrán sufrido transformaciones profundas. Y la secuela pavorosa de quiebras, desempleo y desigualdad marcará el adiós definitivo a la retórica feliz sobre las virtudes de la globalización”. ¿Está en contra, pues, de la globalización de la economía, piensa que esa es una de las principales causas que explican la situación?

La globalización neoliberal es una quimera y una máquina ideológica. Se le ha utilizado para justificar la idea de que el Estado no debe intervenir en la economía. La globalización es la palabra que utiliza el capital para hacer creer que la expansión de los mercados y la ley de la mercancía son fenómenos naturales. Lo que hoy llamamos “globalización” es el engendro del colapso del sistema de Bretton Woods y es un sistema económico internacional enfermo. La base de este sistema es la idea de que lo único que pueden hacer los Estados nacionales para promover el pleno empleo es fomentar las exportaciones y eso implica imponer a los demás países la carga del desempleo.

Se ha señalado en ocasiones no infrecuentes que la idea de que la crisis financiera que atraviesa Estados Unidos sea debida a una anomalía en un segmento del sistema de préstamos hipotecarios está equivocada, que los créditos hipotecarios irresponsables y de mala calidad no hubieran sido capaces de generar por sí mismos una crisis de estas dimensiones. ¿Por qué?

Es correcto afirmar que la crisis no sólo se generó en el mercado de hipotecas de segunda clase por dos razones. Primero, las hipotecas de segunda fueron objeto de un proceso de comercialización financiera muy amplia, a través de la bursatilización y de su proyección en lo mercados de derivados. Debido al fuerte apalancamiento en estas actividades, eso hace que el peso de las hipotecas sea mucho mayor al que hubieran tenido de permanecer en el mercado hipotecario. Además, la crisis se origina en un proceso de muy largo aliento de endeudamiento que se refleja no solo en las hipotecas, sino en tarjetas de crédito, préstamos para automóviles, para estudiantes, etc. El endeudamiento en Estados Unidos es lo que está detrás de la crisis.

Sin olvidar otras aristas, ¿estamos presenciando el estallido y desarrollo de la peor catástrofe financiera desde 1930? ¿La peor crisis financiera en siete décadas extendida por todo el planeta?

Afirmativo. Esta es la peor crisis financiera y económica desde la Gran Depresión. No sólo es la más profunda, también es una crisis global.

Paradójicamente usted ha apuntado también que los mecanismos supuestamente diseñados para reducir el riesgo de una crisis sistémica son precisamente los que hoy constituyen la peor amenaza para la integridad del sistema financiero, bancario y no bancario. ¿A qué mecanismos se estaba refiriendo?

La expansión del sector financiero estuvo asociada a la llamada innovación financiera, es decir, a la generación de instrumentos que no existían con anterioridad. Entre ellos destacan los vehículos de inversión estructurada (los SIVs) y las deudas garantizadas por activos (los CDOs). En teoría, estos productos financieros debían servir para canalizar el ahorro hacia empleos eficientes y, además, para diversificar el riesgo. En realidad, lo que hicieron fue difundir y amplificar el riesgo a escalas astronómicas. Otra forma de decirlo es que la expansión del sector financiero adjudicó la tarea de evaluar el riesgo financiero inherente a actividades de alto apalancamiento a instituciones (las corredurías y calificadoras) que no estaban preparadas para hacerlo. Por esta razón, el riesgo se difundió de manera más intensa de lo que había pasado en otras épocas.

También usted ha señalado que la destrucción de capital que trae aparejada la crisis apuntaba una lección importante, demostraba, son sus propias palabras, “que detrás de los amables rituales y sofisticados gadgets con los que disfrazamos la realidad social, yacen fuerzas destructivas que algún día terminarán con todo”. ¿Con todo, dice usted? ¿No exagera? Por lo demás, ¿a qué fuerzas hacía usted referencia?

La crisis que estamos observando no se reduce a la problemática financiera y económica. No estamos amenazados sólo por la deflación y el desempleo, o en el futuro cercano, por la hiperinflación. También estamos sufriendo una crisis ambiental de primera magnitud. Estamos igualmente amenazados por la deforestación, la erosión de suelos, la sobre-explotación de acuíferos, el cambio climático, y la extinción masiva de especies que hemos provocado.

¿Dónde está afectando y dónde golpeará más las crisis en su opinión?

La crisis está afectando a todo el mundo. Claro, los pobres de todo el mundo, esa mitad de la población que vive con menos de 2.5 dólares diarios, van a seguir en lo mismo, en la lucha por la supervivencia. Las clases medias van a ver su base patrimonial seriamente afectada.

Usted defiende que lejos de ser enviado a un segundo plano, el tema de la destrucción ambiental debería estar al frente de la discusión sobre la salida de la crisis. Sin embargo, las cosas no parecen apuntar en esa dirección. Lo que importa, se dice, es salir de la crisis, sea como sea, y, además, de forma rápida. Usted ha citado el Programa de Naciones Unidas sobre medio ambiente (PNUMA), que se dio a conocer en octubre de 2008, pero no parece que ese programa esté en el puesto de mando de las decisiones gubernamentales ni en las agendas no propagandísticas de las grandes corporaciones.

Además he citado esa iniciativa del PNUMA para criticarlo. Esa iniciativa (la “Green Economy Initiative”) está basada en una premisa falsa. Supone que lo único que tenemos que hacer es cambiar nuestra tecnología y las cosas se arreglarán casi como por magia. Hay que tener edificios inteligentes, automóviles eficientes en energía, hay que invertir en fuentes renovables de energía, etc. El sector privado encontrará en esto oportunidades rentables muy favorables. La iniciativa descansa en esta idea de que si arreglamos nuestra tecnología, todo mejorará.

Pero si bien es cierto que una mejor tecnología puede reducir el impacto ecológico (o la huella ecológica), también es cierto que esto no es suficiente. No basta con cambiar la tecnología. Se necesita cambiar las relaciones económicas que existen hoy en día en el seno de esta etapa en la acumulación capitalista. No basta con tener autos eficientes y una mejor infraestructura si no modificamos las pautas de distribución del ingreso que existen a nivel nacional e internacional. No podemos dejar sin cambio los patrones de flujos de inversión y de comercio mundial. Todo eso, y otras cosas que sería largo enumerar, son la razón por la que existe la terrible desigualdad social que observamos en el planeta. Es obvio que si no cambiamos este marco macroeconómico, no nos vamos a acercar a la sustentabilidad.

¿Qué horizontes vislumbra usted ante la actual situación? ¿Qué salidas son esperables, no me atrevo a decir deseables?

Los pueblos deberán descifrar con precisión los contornos de esta crisis y de este cambio de época. En función de ese análisis, deberán fijar el rumbo a seguir. Esta es una época peligrosa. Pero una cosa ya saben los pueblos. El capital reprime cuando se siente amenazado. Y utilizará la violencia para defenderse, como lo ha hecho en el pasado.

Por su parte, me parece que muchos economistas no tienen una idea clara de lo que viene (muchos usan esquemas teóricos según los cuales esta crisis ni siquiera debería estar sucediendo).

Los principales rasgos de las salidas deseables pueden describirse sin demasiada dificultad en un esquema reformista. Por el momento se puede pensar en un esquema de mayor democratización y control social sobre los procesos productivos y sobre los circuitos financieros. Esto debe acompañarse de una serie de esquemas redistributivos de ingreso y riqueza. Además, es importante regular la actividad productiva para evitar el deterioro ambiental que está amenazando la biosfera.

En esta época de crisis, dada la correlación de fuerzas existentes, ¿en qué puntos deberían poner énfasis la izquierda política? ¿En las nacionalizaciones? ¿En el control del sistema financiero? ¿En el desarrollo sostenible del sector industrial? ¿En una agricultura menos extensiva?

En todos esos renglones. Pero no hay que olvidar: lo fundamental está en la macroeconomía. Y la izquierda siempre parece tenerle miedo a la macroeconomía. El único renglón que se relaciona con la macroeconomía en esta pregunta es el del sector financiero. Por supuesto que ese sector es fundamental. También lo es la redefinición de la política monetaria y cambiaria, y de la política fiscal. También hay que apuntar en la dirección de reformas profundas en el sistema financiero internacional.

¿La izquierda, en su opinión, debería hablar de socialismo en estos momentos? Si fuera así, ¿a qué sistema económico social se estaría apuntando, cuáles serían sus ejes esenciales? Lo que se necesita, ha afirmado usted, es descartar el modelo neoliberal para proceder con un diseño nuevo que realmente coloque a la justicia, la responsabilidad social y la integridad ambiental en el centro de las prioridades. Explíquenos algo de ese modelo que usted defiende.

La izquierda debería estar haciendo su tarea, analizando lo que está pasando y preparando un proyecto político viable. Hoy mucha gente cita a Keynes y lo adereza con citas de Marx. Es cierto que Keynes es un autor relevante para nuestro tiempo. Pero no hay que olvidar que este autor no hizo una crítica completa de la teoría económica de su tiempo. Y por eso fue recuperado y distorsionado en los años sesenta y setenta. Esto también nos dice que si hay algo que debemos evitar es leer a Marx sin cuestionarlo. El proyecto analítico de Marx es un trabajo trunco que adolece de múltiples errores. A pesar de que sus intuiciones y buena parte de su trabajo son sumamente relevantes y valiosos, Marx no pudo llevar a buen término su proyecto científico. Desde el problema de la transformación de valores en precios de producción, hasta los problemas en los esquemas de reproducción, el discurso de Marx presenta graves dificultades analíticas. Los marxistas se han encargado de empobrecer el análisis de Marx al leerlo como si fuera una especie de texto religioso. Sería bueno que dejaran de recitarlo como catecismo.

¿Cree usted que el capitalismo carga en sus entrañas con la semilla de su propia destrucción? ¿Qué semilla benefactora es esa? ¿Estamos entrando, pues, en el postcapitalismo?

La dinámica de la historia es incontenible y ningún sistema económico dura para siempre. En esto Marx tiene razón. La especificidad histórica del capitalismo es al mismo tiempo la fórmula de su destrucción. Ahora bien, no creo que esta crisis sea terminal y constituya el anuncio de que estamos entrando en una época post-capitalista. Lo que sí puede ser es que la redefinición del papel del estado en la conducción de la vida económica podría permitir la transición a un régimen más democrático y menos inhumano. Esto no está garantizado y sólo será el resultado de un largo proceso de lucha política.

Desde un punto de vista teórico, de ciencia económica, si queremos decirlo así, ¿puede afirmarse que la crisis actual ha significado la bancarrota científica del paradigma neoliberal, de su, digamos, programa de investigación teórico-político?

No, la bancarrota científica del paradigma neoliberal se produce mucho antes de esta crisis y se ubica en el callejón sin salida de la teoría económica, lo que Marx llamaba el discurso del capital. La idea de que los mercados son un dispositivo social que conduce a un equilibrio y que ese equilibrio es una asignación óptima de recursos es absurda, pero es lo que animó a la teoría económica del capital durante doscientos cincuenta años. Desde hace mucho se sabe que esa teoría es un discurso vacío. Los economistas que hemos estado criticando el discurso dominante en las universidades (sobre todo de la teoría de equilibrio general) sabíamos desde hace años que esa teoría tiene carencias fundamentales.

Los economistas han estado tratando de construir una teoría que pudiera demostrar que los mercados conducen a posiciones de equilibrio desde 1776, año en que Smith publicó laRiqueza de las naciones. Y todos los intentos fracasaron. El más importante y “sofisticado” es la teoría de equilibrio general. Y con ese edificio teórico no sólo no se pudo demostrar que las fuerzas de la competencia en el mercado conducían al equilibrio, sino que al final se pudo demostrar (en 1974, para ser precisos) que para alcanzar ese resultado sería necesario introducir supuestos súper restrictivos en el modelo. Y eso ya es algo serio, porque ya se sabía que el modelo de equilibrio general tenía otros defectos serios (una figura centralizadora de información, no toleraban la introducción de la moneda, etc.). Entonces, la bancarrota científica del discurso y modelo neoclásico es mucho anterior a la crisis, pero se pudo imponer en el plano ideológico, impulsado por el poder político, los medios y una vida académica cada vez más sometida al establishment.

La crisis actual es la prueba de que el modelo neoliberal en el plano de la política económica tampoco es consistente. Esto también es algo que el análisis de las crisis financieras de la última década nos había revelado.

¿Observa país en donde se esté trabajando a favor de una salida de la crisis que a usted le parezca razonable y justa?

Es posible que algunos países estén buscando enfrentar este problema de manera eficiente y justa. No sé cuáles. Veo muchos países con paquetes de estímulos fiscales que simplemente buscan regresar al punto en que se encontraban las economías antes de la crisis. Y los rescates a bancos tampoco son el anuncio de una transición a algo mejor.

También usted ha señalado que el astronómico estímulo fiscal planeado por la administración Obama no sólo será desperdiciado, sino que será el detonador de una debacle económica sin paralelo dentro de unos pocos años. ¿Por qué? ¿Es contrario a ese programa de ayuda pública?

Lo único que está haciendo el programa de Obama es inyectarle más liquidez a una economía enferma. En el mejor de los casos, eso simplemente va a posponer la debacle de esa economía y de su moneda, el dólar.

Usted ha criticado en alguna ocasión los comportamientos de lo que ha llamado la “la burocracia sindical”. Así, en el caso de Chrysler que cerró 28 plantas en Estados Unidos, despidió a 48.000 obreros y otros 20.000 empleados también perdieron su empleo, los trabajadoras más jóvenes y militantes fueron los primeros en ser despedidos, mientras la burocracia sindical era recompensada.¿Teme que la situación pueda volver a repetirse? ¿Cómo podemos combatirla?

Sí, la situación puede volver a repetirse. El ajuste va a pasar primero por sacrificar puestos de trabajo y por flexibilizar todavía más el mercado laboral. La democratización de los puestos de trabajo es una forma de evitar que suceda esto. Pero es algo que debió producirse en el pasado. Hoy lo que queda es una gran movilización política, de escala masiva y permanente, que impida que el costo de la crisis le sea endosado a los trabajadores.

Se ha afirmado, usted mismo lo ha hecho, que la pérdida de poder adquisitivo del salario es parte importante de los orígenes de la crisis actual, porque esa pérdida tuvo que ser compensada con endeudamiento privado para mantener los niveles de demanda efectiva. Una generación no tuvo más remedio que endeudarse para mantener sus niveles de consumo. ¿Cómo salir del círculo entonces si los salarios, como parece ser el caso, no paran de descender en muchos lugres de mundo, y no sólo en países emergentes o en países orillados, sino también en los centros del Imperio?

Es necesario revertir los efectos de la globalización neoliberal. Keynes vio con claridad que no es posible tener una economía mundial que esté basada en que cada economía nacional aviente a sus vecinos (cercanos y lejanos) su problema de desempleo y de falta de demanda efectiva. Eso hace daño a todos los países. Tarde o temprano explota la crisis.

Para usted la siguiente explicación es un cuento conciso y claro pero superficial: la codicia y la desregulación financiera generaron una burbuja especulativa, y cuando cayeron los precios de los bienes raíces, la burbuja reventó. En este proceso, los consumidores se tiraron una tremenda borrachera de consumo y la codicia de los bancos estadounidenses llevó a otorgar hipotecas a personas que no eran sujetos de crédito. Los activos tóxicos contaminaron bancos, corporativos y fondos de inversión en todo el mundo, lo que congeló el crédito interbancario, colapsó la demanda y vino la recesión. ¿Qué añadiría usted para que el relato no sea superficial?

Habría que explicar por qué se tiene un sistema económico que para crecer tiene que descansar en burbujas especulativas. Este es un tema delicado y quizás no tenemos espacio para aclararlo en esta entrevista. Lo cierto es que en un plano reformista, podemos decir que Keynes advirtió muy bien sobre este peligro y su solución consiste en mantener una política macroeconómica activa que permita contrarrestar la deficiente demanda efectiva en los ciclos de las economías capitalistas. Pero en la medida en que se consideró que la política macroeconómica distorsionaba el buen funcionamiento del mercado, esa visión fue abandonada. Hoy la crisis vuelve a recordar al capital que su forma de vida es una amenaza para la sociedad y la biósfera del planeta.

Por lo demás, ¿por qué los mercados no corrigieron los desequilibrios?

Los mercados no son dispositivos que “corrigen” desequilibrios. Si un equilibrio puede ser “corregido” por las fuerzas del mercado, se dice que ese equilibrio es “estable”. Pero hoy lo que sabemos es que ni siquiera es viable razonar en términos de posiciones de equilibrio. El capitalismo vive en la inestabilidad, en el desequilibrio, en la crisis. Es su forma natural de operar. Y Marx tenía razón al señalar que eso implica un enorme desperdicio de recursos.

Parafraseando a Marx, usted ha señalado que los pueblos no pueden regresar a ser niños, a menos que caigan en el infantilismo. Hay niños mal educados y otros, los obedientes, que se convirtieron en adultos prematuramente. Quizá sean preferibles las preguntas de los niños mal educados. ¿Qué preguntas deberíamos hacer entonces si somos niños maleducados?

Los pueblos hacen sus propias preguntas. Pero una cosa sí es clara. Hay que cuestionarlo todo. Hay que ir a las causas últimas de los procesos históricos. Hay que cuestionar al propio Marx. Insisto, hay que dejar de leerlo como catecismo religioso, eso ha empobrecido el análisis marxista.

G. Arrighi: desarrollo capitalista, crisis económica y renovación del marxismo…

leave a comment »

Entrevista al economista neomarxista Giovanni Arrighi

"El desarrollo capitalista no se fundamenta necesariamente sobre la proletarización total"

ARRIGHI1 David Harvey

ddooss.org

¿Puedes contarnos cuáles fueron tus orígenes familiares y tu educación?

Nací en Milán en 1937. La familia de mi madre era de origen burgués. Mi abuelo, hijo de inmigrantes suizos asentados en Italia, había ascendido desde la filas de la aristocracia obrera llegando a establecer a principios del siglo XX sus propias fábricas de producción de maquinaria textil, para posteriormente pasar a fabricar equipos de calefacción y de aire acondicionado.

Mi padre, nacido en Toscana, era hijo de un trabajador ferroviario. Llegó a Milán y encontró trabajo en la fábrica de mi abuelo materno para acabar casándose con la hija del jefe. Se produjeron tensiones, que finalmente provocaron que mi padre estableciese su propio negocio en competencia con su suegro. Ambos, sin embargo, compartían sentimientos antifascistas, lo cual influenció en gran medida mis primeros años de infancia, dominados como lo estuvieron por la guerra: la ocupación nazi del norte de Italia tras la rendición de Roma en 1943, la Resistencia y la llegada de las tropas aliadas.

Mi padre murió de improviso en un accidente de coche cuando yo tenía dieciocho años. Decidí mantener su compañía en funcionamiento, contra el consejo de mi abuelo, y entré en la Università Bocconi para estudiar económicas, con la esperanza de que ello me ayudaría a gestionar la empresa.

El Departamento de Teoría Económica era un baluarte del pensamiento neoclásico sin relación alguna con el keynesianismo, y de ninguna ayuda para llevar las riendas de la empresa de mi padre. Finalmente me convencí de que tendría que cerrarla. Tras ello invertí dos años trabajando en una de las empresas de mi abuelo recopilando datos sobre la organización del proceso de producción. El estudio me convenció de que los elegantes modelos de la economía neoclásica eran irrelevantes para comprender la producción y la distribución de la renta, lo cual se convirtió en el zócalo de mi tesina. A continuación fui nombrado assistente volontario, esto es, asistente no retribuido de mi profesor, que en aquellos días era el primer escalón del organigrama de las universidades italianas. Para ganarme la vida conseguí un trabajo en Unilever, como responsable de gestión.

¿Qué pasó para que fueras a África en 1963 para trabajar en la University College de Rhodesia y Nyasaland?

Lo que ocurrió fue muy simple. Supe que las universidades inglesas estaban pagando gente para enseñar e investigar, a diferencia de lo que sucedía en Italia en donde tenías que pasar cuatro o cinco años como asistente voluntario antes de tener esperanza alguna de obtener un trabajo retribuido. A principios de la década de 1960, los británicos estaban estableciendo universidades a lo largo de todo su antiguo imperio colonial, como colleges de las universidades británicas. La UCRN era un college de la Universidad de Londres. Me presenté a dos puestos, uno en Rhodesia y otro en Singapur. Me llamaron para hacerme una entrevista en Londres y dado que la UCRN se mostró interesada, me ofrecieron un trabajo como docente de economía. Y me fui para allá.

Fue un verdadero renacimiento intelectual. La tradición neoclásica modelada matemáticamente en la que me había formado no tenía nada que decir sobre los procesos que estaba observando en Rhodesia o sobre las realidades de la vida africana. En la UCRN trabajé junto a antropólogos, en particular con Clyde Mitchell, quien ya estaba investigando sobre análisis en red, y con Jaap van Velsen, que estaba introduciendo el análisis situacional, reconceptualizado más tarde como análisis de estudios de caso. Asistí a sus seminarios regularmente y ambos me influyeron enormemente. Poco a poco, abandoné los modelos abstractos en pro de una teoría de la antropología social empírica e históricamente fundada. Comencé mi larga marcha desde la teoría económica neoclásica a la sociología histórico-comparativa.

Este fue el contexto en el que escribiste tu ensayo «The Political Economy of Rhodesia», que analizaba las formas de desarrollo de la clase capitalista en este país y sus contradicciones específicas, al tiempo que explicaba las dinámicas que condujeron a la victoria en 1962 del Rhodesian Front Party, animado por los colonos, y a la Declaración Unilateral de Independencia de 1965 por parte de Smith. ¿Cuál fue el impulso inicial subyacente al ensayo y cuál es para ti retrospectivamente su importancia?

«The Political Economy of Rhodesia» fue escrito a instancias de Van Velsen, que criticaba sin descanso mi uso de los modelos matemáticos. Yo había escrito una recensión del libro de Colin Leys European Politics in Southern Rhodesia y Van Velsen me sugirió que la convirtiese en una artículo largo.

Aquí y en «Labor Supplies in Historical Perspective» analicé los modos mediante los que la total proletarización del campesinado de Rhodesia creaba contradicciones para la acumulación de capital, produciendo de hecho a la postre más problemas que ventajas para el sector capitalista 1. En la medida en que la proletarización era parcial hacía posible que los campesinos africanos subsidiaran la acumulación de capital, porque producían parte de su subsistencia; pero cuanto más se proletarizaba al campesinado, más se descomponían estos mecanismos. El trabajo totalmente proletarizado podía ser explotado únicamente si se le pagaba un salario que le permitiera reproducir su vida. Así, pues, en lugar de facilitar la explotación del trabajo, la proletarización la hacía más difícil, exigiendo con frecuencia un régimen que debía hacerse paulatinamente más represivo. Martin Legassick y Harold Wolpe, por ejemplo, mantenían que el apartheid sudafricano respondía fundamentalmente al hecho de que el régimen tenía que optar por una mayor represión de la fuerza de trabajo africana porque ésta estaba totalmente proletarizada y no podía subsidiar por más tiempo la acumulación de capital como había hecho en el pasado.

El conjunto de la región meridional de África –que abarca desde Sudáfrica y Botsuana, pasando por la antigua Rhodesia, Mozambique y Malawi, que se denominaba entonces Nyasaland, hasta llegar a Kenia como su espolón nororiental– se caracterizaba por su riqueza mineral, su agricultura de colonos y una extrema desposesión del campesinado. Es muy diferente del resto de África, incluido el norte. Las economía de África occidental se basaban fundamentalmente en el campesinado, pero la región meridional –la que Samir Amin denomina «el África de las reservas de trabajo»– era en muchos aspectos un paradigma de extrema desposesión campesina y por consiguiente de proletarización. Varios de nosotros estábamos señalando que este proceso de extrema desposesión era contradictorio, ya que habiendo creado inicialmente las condiciones para que el campesinado subsidiase la agricultura, la industria minera, la actividad manufacturera, etc. capitalistas, comenzaba, sin embargo, a provocar cada vez más dificultades a la hora de explotar, movilizar y controlar el proletariado que estaba generando. El trabajo que hicimos entonces –mi «Labour Supplies in Historical Perspective» y los trabajos relacionados de Legassick y Wolpe– estableció lo que llegó a ser conocido como el Southern African Paradigm sobre los límites de la proletarización y la desposesión.

Contrariamente a lo afirmado por aquellos que todavía identifican desarrollo capitalista con proletarización tout court –Robert Brenner, por ejemplo– la experiencia de África meridional mostró que la proletarización, en y por sí misma, no favorece el desarrollo capitalista, cuando no se hallan presentes el resto de circunstancias requeridas. Respecto a Rhodesia, identifiqué tres estadios de proletarización, siendo tan solo uno de ellos favorable a la acumulación capitalista. En el primer estadio, los campesinos respondían al desarrollo rural capitalista ofertando productos agrícolas y suministrando trabajo únicamente a cambio de salarios elevados, caracterizándose por lo tanto la totalidad del área por la escasez de éste, porque nada más que comenzaba a funcionar una explotación agrícola o minera capitalista ello creaba una demanda de productos locales que los campesinos africanos estaban más que dispuestos a suministrar, lo cual les permitía participar en la economía monetaria mediante la venta de sus productos en vez de mediante la venta de su trabajo. Un objetivo del apoyo estatal a la agricultura de colonos era inducir la competencia entre los campesinos africanos, de modo que se vieran forzados a suministrar trabajo en vez de productos, lo cual condujo a un dilatadísimo proceso que pasó de la proletarización parcial a la total, si bien, como hemos mencionado, este proceso fue también contradictorio. El problema con el modelo simple de «proletarización como desarrollo capitalista» es que ignora no sólo las realidades del capitalismo de colonos de África meridional, sino también otros muchos casos, como por ejemplo el de Estados Unidos, que se caracterizó por una pauta totalmente diferente: una combinación de esclavitud, genocidio de la población nativa e inmigración de trabajo excedente procedente de Europa.

Tú fuiste uno de los nueve docentes arrestados en la UCRN por actividades políticas durante la represión desencadenada por el gobierno de Smith en julio de 1966, ¿no es así? Sí, fuimos encarcelados durante una semana y después deportados. Te fuiste a Dar es Salaam, que parecía entonces, por muchas razones, una especie de paraíso de interacciones intelectuales. ¿Puedes hablarnos de ese periodo y del trabajo que allí realizaste con John Saul?

Fue un periodo muy excitante, tanto intelectual como políticamente. Cuando llegué a Dar es Salaam en 1966, Tanzania era un país independiente desde hacía tan solo unos años. Nyerere defendía lo que él consideraba que era una forma de socialismo africano. Logró mantenerse equidistante de ambos lados durante la escisión chino-soviética y mantuvo muy buenas relaciones con los escandinavos. Dar es Salaam se convirtió en la encrucijada de todos los movimientos de liberación nacional exiliados de África meridional: de las colonias portuguesas, Rhodesia y Sudáfrica. Pasé allí tres años en la Universidad y encontré todo tipo de gente: desde activistas del movimiento Black Power estadounidense a académicos e intelectuales como Immanuel Wallerstein, David Apter, Walter Rodney, Roger Murray, Sol Picciotto, Catherine Hoskins, Jim Mellon, que después sería unos de los fundadores de los Weathermen, Luisa Passerini, que estaba realizando una investigación sobre el FRELIMO, y muchos otros, incluyendo, por supuesto, a John Saul.

En Dar es Salaam, trabajando con John, cambié el objeto de mis investigaciones pasando de los procesos de oferta de fuerza de trabajo al problema de los movimientos de liberación nacional y los nuevos regímenes que estaban emergiendo de la descolonización. Ambos éramos escépticos sobre la capacidad de estos regímenes de emanciparse por sí mismos de lo que comenzaba a denominarse por entonces neocolonialismo y de cumplir sus promesas de desarrollo económico. Pero había también una diferencia entre nosotros, que creo que ha persistido hasta el día de hoy, consistente en que yo me mostraba mucho menos emocionalmente afectado por este hecho que John. Para mí, estos movimientos eran movimientos de liberación nacional; no eran en modo alguno movimientos socialistas aun cuando abrazasen la retórica del socialismo. Eran regímenes populistas y, por consiguiente, yo no esperaba mucho más allá de la liberación nacional, que ambos consideramos importante por sí misma. Pero si había posibilidades para que se produjeran desarrollos políticos que transcendieran este cuadro es algo que John y yo todavía discutimos, afablemente, siempre que nos encontramos. Los ensayos que escribimos juntos, sin embargo, fueron la crítica sobre la que estábamos de acuerdo.

Cuándo volviste a Europa, ¿encontraste un mundo muy distinto al que habías dejado seis años antes?

Sí. Regreso a Italia en 1969 y me veo inmerso inmediatamente en dos situaciones peculiares. Una fue en la Universidad de Trento donde me habían ofrecido un puesto docente. Trento era el principal centro de militancia estudiantil y la única universidad en Italia que ofrecía doctorados en sociología en aquellos momentos. Mi nombramiento fue apoyado por el comité directivo de la universidad formado por el democratacristiano Nino Andreatta, por el socialista liberal Noberto Bobbio y por Francesco Alberoni; la decisión pretendía calmar al movimiento estudiantil contratando a un radical. En el primer seminario que di tuve solo cuatro o cinco estudiantes; pero en el primer cuatrimestre, tras publicarse mi libro sobre África en el verano de 1969, tuve casi 1.000 estudiantes intentando entrar en el aula 2. Mi curso se convirtió en un gran acontecimiento en Trento, llegando incluso a producir un conflicto en Lotta Continua: la facción de Boato quería que los estudiantes acudieran a clase para que oyeran una crítica radical de las teorías del desarrollo, mientras que la de Rostagno intentaba interrumpir las lecciones tirando piedras al aula desde el patio.

La segunda situación en la que me veo inmerso se produce en Turín con la participación de Luisa Passerini, que era una prominente propagadora de los escritos situacionistas, y que tenía por consiguiente una gran influencia sobre los cuadros de Lotta Continua que coqueteaban con el situacionismo.

Estaba yendo de Trento a Turín a través de Milán, que era como ir desde el centro del movimiento estudiantil al centro del movimiento obrero. Me sentí atraído y al mismo tiempo molesto por determinados aspectos de este movimiento, particularmente por su rechazo de la «política». En algunas asambleas, trabajadores realmente militantes se levantaban y decían «¡basta ya de política! La política nos está llevando en la dirección equivocada. Necesitamos unidad». Para mí, fue como un shock, viniendo de África, descubrir que los sindicatos comunistas eran considerados reaccionarios y represivos por los trabajadores en lucha y eso que había una buena parte de verdad en esto. La reacción contra los sindicatos del PCI se convirtió en una reacción contra los sindicatos. Grupos como Potere Operario y Lotta Continua se erigieron ellos mismos como alternativas, tanto a los sindicatos como a los partidos de masas. Con Romano Madera, que entonces era un estudiante, pero también un cuadro político y un gramsciano –una rareza en la izquierda extraparlamentaria– comenzamos a desarrollar la idea de encontrar una estrategia gramsciana que sirviera para el movimiento.

De ahí emergió por primera vez la idea de autonomía, la idea de autonomía intelectual de la clase obrera. La creación de este concepto se atribuye ahora habitualmente a Antonio Negri, pero de hecho se originó en la interpretación de Gramsci que nosotros desarrollamos a principios de la década de 1970 en el Grupo Gramsci, cofundado por Madera, Passerini y yo mismo. Consideramos que nuestra principal contribución al movimiento no consistía en proporcionar un sustituto a los sindicatos o los partidos, sino en ayudar como estudiantes e intelectuales a las vanguardias obreras a desarrollar su propia autonomía –autonomia operaia– mediante una comprensión de los procesos generales, tanto nacionales como globales, en los que sus luchas tenían lugar. En términos gramscianos, esto se concibió como la formación de intelectuales orgánicos de la clase obrera en lucha, para lo cual creamos los Colletivi Politici Operai, que llegaron a ser conocidos como el Area dell’Autonomia. Cuando estos colectivos desarrollaran su propia práctica autónoma, el Grupo Gramsci dejaría de tener una función y podría disolverse. Cuando realmente se disolvió, Negri entró en escena y llevó a los Colletivi Politici Operai y al Area dell’Autonomia en una dirección arriesgada que estaba muy alejada de lo que originalmente pretendía el proyecto inicial.

¿Extrajiste lecciones comunes de las luchas de liberación nacional africanas y de las luchas obreras que se estaban produciendo en Italia?

Las dos experiencias tenían en común el hecho de que en ambas mantenía muy buenas relaciones con los movimientos globalmente considerados, los cuales querían saber con qué fundamento yo estaba participando en su lucha. Mi posición era: «Yo no voy a deciros qué hacer, porque vosotros conocéis la situación mucho mejor que yo la conoceré nunca. Pero yo estoy mejor situado para comprender el contexto general en el que se desarrollan las luchas, así que nuestro intercambio tiene que basarse en el hecho de que vosotros me contáis cuál es vuestra situación y yo os cuento como se relaciona con el contexto más amplio que vosotros no podéis ver o que veis tan solo parcialmente, desde donde vosotros operáis». Esa fue siempre la base de excelentes relaciones, tanto con los movimientos de liberación en África meridional como con los trabajadores italianos.

El artículo sobre la crisis capitalista surgió de un intercambio de este tipo, en 1973. A los trabajadores se les decía: «Ahora se está produciendo una crisis económica, tenemos que mantener la calma. Si luchamos, los trabajos de la fábrica se irán a otro sitio». Así que los trabajadores nos preguntaban: «¿Estamos en crisis? Y si es así, ¿cuáles son las implicaciones de ello? ¿Debemos estarnos quietos ahora por esta razón?». Los artículos que constituyeron «Towards a Theory of Capitalist Crisis» fueron escritos en esta particular problemática, definida por los propios trabajadores, que nos decían: «Informadnos sobre el mundo exterior y sobre lo que tenemos que esperar». El punto de partida de los artículos era «mirad, las crisis ocurren con independencia de que luchéis o no; no son un producto de la militancia de los trabajadores o de los “errores” de la gestión económica, sino elementos fundamentales del funcionamiento de la propia acumulación de capital». Esa fue la orientación inicial. El artículo fue escrito en el inicio mismo de la crisis, antes de que ésta fuera ampliamente reconocida; fue importante como marco de referencia, un marco que he utilizado a lo largo de los años para verificar lo que estaba sucediendo y desde ese punto de vista han funcionado realmente bien.

Volveremos a la teoría de las crisis capitalistas, pero primero quería preguntarte sobre tu trabajo en Calabria. En 1973, justo cuando el movimiento estaba empezando a refluir, aceptaste la oferta de enseñar en Cosenza.

Una de las atracciones de ir a Calabria, para mí, fue continuar en una nueva ubicación mi investigación sobre los procesos de oferta de trabajo. Ya había visto en Rhodesia cómo la proletarización total de los africanos –o, dicho más exactamente, cuando éstos llegaban a la conclusión de que lo habían sido totalmente– conducía a luchas que reclamaban un salario que les permitiese reproducirse en las áreas urbanas. En otras palabras, la ficción de que «somos varones solteros, nuestras familias siguen viviendo en comunidades campesinas en las zonas rurales» no puede mantenerse una vez que ellos viven en las ciudades. Yo había señalado esto en «Labour Supplies in Historical Perspective», lo cual llegó a perfilarse más nítidamente en Italia porque aquí me enfrentaba a un enigma: los migrantes del sur eran llevados a las regiones industriales del norte como esquiroles durante la década de 1950 y principios de la de 1960, pero a lo largo de ésta y sobre todo al final de la misma se transformaron en las vanguardias de la lucha de clases, lo cual constituye una experiencia típica de los migrantes. Cuando formé un grupo de investigación en Calabria, propuse la lectura de los antropólogos sociales sobre África, particularmente sobre migración, y a continuación efectuamos un análisis de los procesos de oferta de fuerza de trabajo procedente de Calabria. Las cuestiones planteadas eran las siguientes: ¿qué estaba creando las condiciones para que se produjese esta migración? y ¿cuáles eran sus límites, dado que en un cierto punto en lugar de crear una fuerza de trabajo dócil que podía ser utilizada para socavar el poder negociador de la clase obrera septentrional, los propios migrantes se convertirían en la vanguardia militante?

De la investigación emergieron dos cosas. En primer lugar, el desarrollo capitalista no se fundamenta necesariamente sobre la proletarización total.

Por un lado, la migración obrera de larga distancia se estaba produciendo desde lugares en los que no estaba teniendo lugar desposesión alguna, en dónde había incluso posibilidades para que los migrantes comprasen tierra de los terratenientes, lo cual se hallaba interrelacionado con el sistema local de primogenitura mediante el cual el primogénito heredaba la tierra. Tradicionalmente, los hijos menores terminaban entrando en la Iglesia o en el ejército, hasta que la migración de larga distancia a gran escala ofreció una alternativa cada vez más importante de ganar el dinero necesario para comprar tierra y volver a casa para establecer sus propias explotaciones agrícolas. Por otro lado, en las áreas realmente pobres, en las que el trabajo se hallaba totalmente proletarizado, esos hijos menores no podían permitirse en absoluto el lujo de emigrar. El único modo en el que pudieron hacerlo fue, por ejemplo, cuando los brasileños abolieron la esclavitud en 1888 y necesitaron una fuerza de trabajo barata sustitutiva para lo cual reclutaron trabajadores de estas áreas profundamente empobrecidas del sur Italia, pagaron sus pasajes y los establecieron en Brasil para reemplazar a los esclavos emancipados. Se trata de pautas de migración muy diferentes, pero en general no es el muy pobre el que migra porque es necesario tener determinados recursos y conexiones para hacerlo.

La segunda conclusión de la investigación calabresa presentaba similitudes con los resultados de la investigación sobre África. Aquí también la disposición de los migrantes a involucrarse en las luchas obreras en los lugares a los que se desplazaban, dependía de si las condiciones en los mismos se consideraban permanentes a la hora de determinar sus oportunidades de vida. No basta con decir que la situación de las áreas de procedencia de los flujos migratorios determina cuáles serán los salarios y las condiciones en las que los migrantes trabajarán. Hay que indicar en qué momento los migrantes perciben que están obteniendo el grueso de sus medios de subsistencia del empleo asalariado: este punto de inflexión puede detectarse y verificarse su evolución. Pero el punto esencial que descubrimos fue un tipo de crítica diferente de la idea de proletarización como el proceso típico de desarrollo capitalista.

La primera versión escrita de esta investigación fue robada de un coche en Roma, de modo que la versión definitiva se escribió en Estados Unidos muchos años después de que te trasladaras a Binghamton en 1979, en donde se está desarrollando el análisis de los sistemas-mundo. ¿Fue ésta la primera vez en la que te posicionaste explícitamente sobre la relación existente entre proletarización y desarrollo capitalista respecto a las opiniones mantenidas por Wallerstein y Brenner?

Sí, aunque no fui lo suficientemente explícito al respecto, si bien mencioné tanto a Wallerstein como a Brenner de pasada, siendo el conjunto del trabajo no obstante una crítica de ambos 4. Wallerstein mantiene la teoría de que las relaciones de producción son determinadas por su posición en la estructura centro-periferia de la economía-mundo capitalista. En su opinión, en la periferia tendemos a encontrar relaciones de producción que son coercitivas; no encontramos una proletarización total, que es la situación que tenemos en el centro. Brenner mantiene, en algunos aspectos, la opinión opuesta, pero en otros sentidos es muy similar: que las relaciones de producción determinan la posición en la estructura centro-periferia.

En ambos casos, encontramos una relación particular entre la posición en la relación centro-periferia y las relaciones de producción. La investigación calabresa mostró que éste no era el caso. Ahí, en el seno de la misma ubicación periférica, encontramos tres sendas diferentes desarrollándose y reforzándose simultánea y recíprocamente. Además, las tres sendas se asemejaban poderosamente a la evolución que había caracterizado, históricamente, diferentes ubicaciones del centro de la economía-mundo capitalista.

Una es muy similar a la vía del junker que presentaba Lenin: latifundio con total proletarización; otra se asemeja a la vía «estadounidense» de Lenin, de pequeñas y medianas explotaciones, insertas en el mercado. Lenin no presenta la tercera, que nosotros denominamos vía suiza: migración de larga distancia y después inversión y retención de la propiedad cuando se vuelve a casa. En Suiza, no existe desposesión del campesinado, sino por el contrario una tradición de migración de larga distancia que conduce a la consolidación de la pequeña explotación agrícola. Lo interesante sobre Calabria es que estas tres vías, que en otros sitios se hallan asociadas con un posición en el centro, se encuentran aquí en la periferia, lo cual constituye una crítica tanto del proceso uniforme de proletarización postulado por Brenner como de la remisión de las relaciones de producción a la posición en la estructura centro/periferia mantenida por Wallerstein.

Tu libro La geometria dello’imperialismo apareció en 1978, antes de que te fueses a Estados Unidos. Releyéndolo, me sorprendió la metáfora matemática –la geometría– que utilizas para comprender la teoría del imperialismo de Hobson, y que desempeña una función muy útil. Pero en su interior, se plantea una interesante cuestión geográfica: cuando pones en relación a Hobson con el capitalismo, la noción de hegemonía emerge repentinamente bajo la forma de un cambio que va de la geometría a la geografía y que surge de las tesis que planteas en el libro. ¿Cuál fue el impulso inicial que te llevo a escribir La geometria dell’imperialismo y cuál es su importancia para ti?

Me desconcertaban, en ese momento, las confusiones terminológicas que giraban en torno al término «imperialismo». Mi objetivo era disipar parte de esa confusión creando un espacio topológico en el que los diferentes conceptos, que con frecuencia se denominaban todos ellos confusamente como «imperialismo», pudieran distinguirse entre sí. Pero como un ejercicio sobre el imperialismo, sí, también funcionaba para mí como una transición al concepto de hegemonía. Me extendí sobre este aspecto explícitamente en el «Posfacio» a la segunda edición de La geometria dell’imperialismo, en el que sostenía que el concepto gramsciano de hegemonía podía ser más útil que el de «imperialismo» para analizar las dinámicas del sistema interestatal contemporáneo. Desde este punto de vista, lo que yo –y otros– hacíamos era simplemente aplicar la noción de hegemonía gramsciana a las relaciones interestatales, cuando se había aplicado originalmente antes de Gramsci al análisis de las relaciones de clase en el seno de una jurisdicción política nacional. Al hacerlo, por supuesto, Gramsci enriquecía el concepto de innumerables modos que no habían sido perceptibles anteriormente. Nuestra reexportación del mismo a la esfera internacional se benefició enormemente de este enriquecimiento.

Una influencia central en The Long Twentieth Century 5, publicado en 1994, es Braudel. Tras haber absorbido sus enseñanzas, ¿tienes alguna crítica importante que hacerle?

La crítica es realmente fácil. Braudel es una fuente increíblemente rica de información sobre los mercados y el capitalismo, pero carece de un marco teorético. O dicho más precisamente, como señaló Charles Tilly, Braudel es tan ecléctico que tiene innumerables teorías parciales, la suma de las cuales no es una teoría. Tú no puedes simplemente apoyarte en Braudel; tienes que aproximarte a él con una idea clara de lo que estás buscando y de lo que quieres extraer de él. Un aspecto sobre el me concentré, que diferencia a Braudel de Wallerstein y del resto de analistas de los sistemas-mundo –por no hablar de historiadores económicos más tradicionales, marxistas o no– es la idea de que el sistema de Estados nacionales, tal y como emergió en los siglos XVI y XVII, fue precedido por un sistema de ciudades-Estado; y que los orígenes del capitalismo han de buscarse ahí, en las ciudades-Estado. Ésta es una característica específica de Occidente, o de Europa, en comparación con otras partes del mundo.

Pero es fácil perderse si uno se limita simplemente a seguir a Braudel, porque él te lleva en innumerables direcciones diferentes. Por ejemplo, yo tuve que extraer este punto y combinarlo con lo que estaba aprendiendo del libro de William McNeill The Pursuit of Power, que también argumenta, desde una perspectiva diferente, que un sistema de ciudades-Estado precedió y preparó la emergencia del sistema de Estados territoriales.

Otra idea a la que tú dotas de una profundidad teórica mucho mayor, pero que sin embargo proviene de Braudel, es la noción de que la expansión financiera anuncia el otoño de un particular sistema hegemónico y precede el cambio a una nueva potencia hegemónica. ¿Esto sería una de las intuiciones fundamentales de The Long Twentieth Century?

Sí. La idea era que las organizaciones capitalistas más importantes de una época particular también serían líderes de la expansión financiera, que siempre se produce cuando la expansión material de las fuerzas productivas alcanza sus límites. La lógica de este proceso –aunque de nuevo Braudel no la presenta– es que cuando la competencia se intensifica, la inversión en la economía material se hace cada vez más arriesgada y, por consiguiente, la preferencia por la liquidez se acentúa, lo cual crea las condiciones de oferta de la expansión financiera. La cuestión que se plantea a continuación es, por supuesto, cómo se crean las condiciones de demanda para que se produzcan expansiones financieras. A este respecto, recurrí a la idea de Weber de que la competencia interestatal por el capital en busca de inversión constituye la especificidad histórico-mundial de la era moderna.

Esta competencia crea, en mi opinión, las condiciones de demanda para la expansión financiera. La idea de Braudel del «otoño» como fase conclusiva del proceso de liderazgo en la acumulación, que pasa de la material a la financiera, y que conduce finalmente al desplazamiento por otro líder, es crucial. Pero también lo es la idea de Marx de que el otoño de un Estado particular, que experimenta una expansión financiera, es también la primavera de otra ubicación: los excedentes que se acumulan en Venecia van a Holanda; los que se acumulan aquí van después a Inglaterra; y los que se acumulan en ésta última van a Estados Unidos. Marx nos permite, pues, complementar lo que hemos encontrado en Braudel: el otoño se convierte en primavera en otra parte, produciendo una serie de desarrollos interconectados. The Long Twentieth Century describe estos ciclos sucesivos de expansión capitalista y de poder hegemónico desde el Renacimiento hasta el momento presente.

En tu narrativa, las fases de expansión material del capital finalmente colapsa bajo la presión de la supercompetencia dando lugar a fases de expansión financiera cuyo agotamiento precipita a continuación un periodo de caos interestatal que se resuelve mediante la emergencia de una nueva potencia hegemónica capaz de restaurar el orden global y de reiniciar de nuevo el ciclo de expansión material soportado por un nuevo bloque social. Tales potencias hegemónicas han sido sucesivamente Génova, los Países Bajos, Gran Bretaña y Estados Unidos. ¿En qué medida consideras su surgimiento puntual, momento en el que cada una de ellas concluye un periodo precedente de desorden y conflictos, como un conjunto de contingencias?

¡Buena y difícil pregunta! Hay siempre un elemento de contingencia, pero al mismo tiempo la razón por la que estas transiciones duran tanto y atraviesan periodos de turbulencia y caos es que las propias agencias, como emergen posteriormente para organizar el sistema, experimentan un proceso de aprendizaje. Esto resulta obvio si analizamos el caso más reciente, el de Estados Unidos, que a finales del siglo XIX ya presentaba determinadas características que lo convertían en posible sucesor de Gran Bretaña como líder hegemónico, pero que necesitó más de medio siglo, dos guerras mundiales y una depresión catastrófica antes de desarrollar tanto las estructuras como las ideas que después de la Segunda Guerra Mundial le permitieron convertirse en una potencia verdaderamente hegemónica. ¿Fue el desarrollo de Estados Unidos como poder hegemónico potencial en el siglo XIX estrictamente una contingencia o hay algo más? No lo sé. Claramente, hubo un aspecto geográfico contingente, dado que Norteamérica tenía una configuración espacial diferente de la de Europa, que le permitió formar un Estado que no podía haberse creado en esta última, excepto en su flanco oriental, en el que Rusia también se estaba expandiendo territorialmente; pero hubo también un elemento sistémico: Gran Bretaña creó un sistema de crédito internacional que, después de determinado momento, favoreció la formación de Estados Unidos de modos específicos.

Ciertamente, si Estados Unidos no hubiera existido con su particular configuración geográfica a finales del siglo XIX, la historia habría sido muy diferente.

¿Cual habría sido la potencia hegemónica? Tan solo podemos hacer conjeturas. Pero existía Estados Unidos, que estaba creciendo en múltiples aspectos a partir de la tradición de Holanda y Gran Bretaña. Génova era un poco diferente: no digo en ningún momento que fuera hegemónica; se hallaba más próxima al tipo de organización financiera transnacional que se produce en las diásporas, incluida la diáspora china contemporánea, pero nunca fue hegemónica en el sentido gramsciano en el que lo fueron Holanda, Gran Bretaña y Estados Unidos. La geografía cuenta muchísimo; pero aunque éstas son tres potencias hegemónicas espacialmente muy diferentes, cada una de ellas creció a partir de características organizacionales aprendidas de la anterior. Gran Bretaña tomó prestados un gran número de elementos de Holanda y Estados Unidos hizo lo propio respecto a la potencia británica; se trata de un conjunto interrelacionado de Estados y en su sucesión se produce un efecto bola de nieve. Así que sí, hay contingencia, pero también vínculos sistémicos.

The Long Twentieth Century no se ocupa de las vicisitudes del movimiento obrero. ¿Lo omitiste porque lo considerabas entonces como de menor importancia o porque la arquitectura del libro –su subtítulo es Dinero y poder en los orígenes de nuestra época– era ya tan amplia y compleja que pensaste que incluir el movimiento la iba a sobrecargar demasiado?

Por la segunda razón. The Long Twentieth Century originalmente iba a ser coescrito con Beverly Silver –a quien encontré en Binghamton– e iba a tener tres partes. Una trataba sobre las hegemonías, que ahora constituye el primer capítulo del libro. La segunda debía abordar el capital: la organización del capital, la empresa; básicamente la competencia. La tercera parte iba a analizar la cuestión del trabajo: relaciones trabajo y capital y los movimientos obreros. Pero el descubrimiento de la financiarización como una pauta recurrente del capitalismo histórico puso patas arriba todo el proyecto y me forzó a retroceder en el tiempo, lo cual yo nunca quise hacer, porque el libro supuestamente iba a versar sobre el «largo siglo XX», entendiendo por tal el periodo comprendido desde la Gran Depresión de la década de 1870 hasta el presente. Cuando descubrí el paradigma de la financiarización quedé totalmente fuera de combate y The Long Twentieth Century se convirtió básicamente en un libro sobre el papel del capital financiero en el desarrollo histórico del capitalismo desde el siglo XIV. Así que Beverly se hizo cargo del análisis sobre el trabajo en su libro Forces of Labour, que apareció en 2003 6.

Sí, Chaos and Governance in the Modern World System incluye capítulos sobre la geopolítica, la empresa, el conflicto social, etc., lo cual indica que el proyecto original nunca fue abandonado 7. Pero ciertamente no se añadió a The Long Twentieth Century porque no podía concentrarme en la recurrencia cíclica de las expansiones financieras y materiales y al mismo tiempo ocuparme del trabajo. Una vez que cambias el objeto de análisis a la hora de definir el capitalismo y optas por estudiarlo a partir de una sucesión de expansiones materiales y financieras, se hace muy difícil volver a reintroducir el trabajo. No solo se trata de un asunto enorme a la hora de abordarlo, sino que también se produce una variación considerable a lo largo del tiempo y del espacio en la relación entre capital y trabajo.

En primer lugar, como señalamos en Chaos and Governance in the Modern World System, se produce una aceleración de la historia social. Cuando tú comparas las transiciones de un régimen de acumulación a otro, te das cuenta de que en la transición de la hegemonía holandesa a la británica en el siglo XVIII, el conflicto social llega tarde respecto a las expansiones financieras y las guerras. En la transición de la hegemonía británica a la estadounidense a principios del siglo XX, la explosión del conflicto social fue más o menos simultánea al despegue de la expansión financiera y las guerras. En la transición actual –hacia un destino desconocido– la explosión del conflicto social a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970 precedió a la expansión financiera y se produjo sin guerras entre las potencias más importantes.

En otras palabras, si analizamos la primera mitad del siglo XX, las mayores luchas de los trabajadores se produjeron en la víspera de las guerras mundiales y después de las mismas. Este era el fundamento de la teoría de la revolución de Lenin: que las rivalidades intercapitalistas convertidas en guerras crearían las condiciones favorables para la revolución, que es algo que puede observarse empíricamente hasta la Segunda Guerra Mundial. En cierto sentido, puede sostenerse que en la transición actual la aceleración del conflicto social ha impedido que los Estados capitalistas libren guerras entre sí. Así, pues, para volver a tu pregunta, en The Long Twentieth Century opté por concentrarme en analizar exhaustivamente las expansiones financieras, los ciclos sistémicos de acumulación de capital y las hegemonías mundiales, mientras que en Chaos and Governance in the Modern World System volvimos al problema de las interrelaciones entre el conflicto social, las expansiones financieras y las transiciones hegemónicas.

En su discusión de la acumulación primitiva Marx escribe sobre la deuda nacional, el sistema crediticio y la bancocracia –en cierto sentido, la integración entre finanzas y Estado se ha producido durante la acumulación primitiva– como algo absolutamente crítico para el modo en que evoluciona el sistema capitalista. Pero el análisis de El capital no aborda el sistema crediticio hasta el volumen III, porque Marx no quiere ocuparse del interés, aunque el sistema crediticio resulte crucial para la centralización del capital, para la organización del capital fijo, etc. Esto plantea la cuestión de cómo funciona realmente la lucha de clases en torno al nexo finanzas-Estado, que desempeña el papel vital que estás comentando. Parece existir un vacío en el análisis de Marx: por un lado, dice que la dinámica importante es la existente entre el capital y el trabajo; por otro, el trabajo no parece que sea crucial para los procesos de los que estás hablando, esto es, transferencias de hegemonía, saltos de escalas. Es comprensible que fuera realmente difícil integrar en la narrativa de The Long Twentieth Century el trabajo, porque en un sentido la relación capital-trabajo no es central para ese aspecto de la dinámica capitalista. ¿Estarías de acuerdo con ello?

Sí, estoy de acuerdo, pero con una cualificación: el fenómeno que he mencionado de la aceleración de la historia social. Las luchas obreras de la década de 1960 y principios de la de 1970, por ejemplo, constituyeron un factor esencial en la financiarización de finales de esta última década y principios de la de 1980 y de las formas en que evolucionó. La relación entre luchas de los trabajadores y grupos subalternos y la financiarización es algo que cambia a lo largo del tiempo y recientemente ha desarrollado características que antes no tenía. Pero si tú intentas explicar la recurrencia de las expansiones financieras no puedes concentrarte demasiado sobre el trabajo, porque entonces hablarás únicamente sobre el último ciclo; cometerás el error de tomar el trabajo como la causa de las expansiones financieras, cuando las anteriores despegaron sin la intervención de las luchas de los trabajadores o de los grupos subalternos.

No obstante, sobre la cuestión del trabajo podríamos remontarnos a tu ensayo de 1990 sobre la remodelación del movimiento obrero mundial, «Marxist Century, American Century»8. Sostienes aquí que el análisis de Marx de la clase obrera contenido en el Manifiesto comunista es profundamente contradictorio, ya subraya simultáneamente el creciente poder colectivo del trabajo, a medida que avanza el desarrollo capitalista, y su creciente pauperización como consecuencia de la existencia de un ejército industrial activo y de un ejército industrial de reserva. Marx, señalas, pensaba que ambas tendencias se unirían en una misma masa humana, pero tú sostienes que a principios del siglo XX ambas llegaron a estar espacialmente polarizadas. En Escandinavia y en el mundo anglosajón prevaleció la primera, en Rusia y más al este la segunda (Berstein comprendió la situación de la primera, Lenin de la segunda), lo cual condujo a la escisión entre las alas reformista y revolucionaria del movimiento obrero. En Europa central –Alemania, Austria, Italia–, por otro lado, sostienes, que existía un equilibrio más fluctuante entre la fuerza de trabajo activa y en reserva, lo cual condujo a los errores de Kautsky, incapaz de escoger entre reforma o revolución, que contribuyeron a la victoria del fascismo. Al final del ensayo, sugerías que una recomposición del movimiento podría estar a punto de producirse, dado que la miseria reaparecía en Occidente con el retorno de un desempleo masivo, y el poder colectivo de los trabajadores se manifestaba en el Este con el surgimiento de Solidaridad en Polonia, reuniendo quizá lo que el espacio y la historia habían dividido. ¿Cuál es tu opinión sobre tal perspectiva hoy?

Bien, la primera cosa que hay que decir es que además de este escenario optimista desde el punto de vista de la conexión de las condiciones de la clase obrera globalmente analizada se perfilaba una consideración más pesimista en el ensayo, que apuntaba a algo que siempre he considerado un serio defecto en el Manifiesto de Marx y Engels. Hay un salto lógico que realmente no se sostiene ni intelectual ni históricamente y que es la idea de que para el capital aquellas cosas que hoy denominaríamos género, etnicidad, nacionalidad, no importan, que la única cosa que le importa es la posibilidad de explotación y que, por lo tanto, el grupo de estatus más explotable presente en el seno de la clase trabajadora es el único que empleará sin ninguna discriminación en términos de raza, género o etnicidad.

Eso es ciertamente cierto, pero de ello no se desprende que los diversos grupos de estatus presentes en la clase obrera aceptarán esto tal cual. De hecho es precisamente en el momento en que la proletarización se generaliza y los trabajadores se hallan sujetos a esta disposición del capital, cuando movilizan toda diferencia de estatus que pueden identificar o construir para ganar un tratamiento privilegiado por parte de los capitalistas. Los trabajadores se movilizarán a partir de líneas de género, nacionales, étnicas o de cualquier otro tipo para obtener un tratamiento privilegiado del capital.

«Marxist Century, American Century» no es tan optimista como podría parecer, porque señala esta tendencia interna de la clase trabajadora a acentuar las diferencias de estatus para protegerse a sí misma de la predisposición del capital a tratar al trabajo como una masa indiferenciada que sería empleada únicamente en la medida en que le permite obtener beneficios. Así, pues, el artículo finalizaba con una nota optimista –existe una tendencia hacia la igualación–, pero al mismo tiempo es de esperar que los trabajadores luchen para protegerse a sí mismos mediante la formación o consolidación de grupos de estatus contra esa misma tendencia.

¿Significa esto que la diferenciación entre el ejército industrial activo y el ejército industrial de reserva también tiende a hallarse divida por el estatus, racializado si lo prefieres?

Depende. Si observamos el proceso globalmente –en cuyo caso el ejército industrial de reserva no se halla constituido únicamente por los desempleados, sino también por los encubiertamente desempleados y por los excluidos– entonces definitivamente existe una división de estatus entre los dos.

La nacionalidad ha sido utilizada por segmentos de la clase obrera pertenecientes al ejército industrial activo para diferenciarse del ejército de reserva global. A escala nacional, esto es menos claro. Si pensamos en Estados Unidos o en Europa, es mucho menos evidente que exista realmente una diferencia de estatus entre la fuerza de trabajo activa y la de reserva, pero si incluimos a los migrantes que actualmente están llegando desde países que son mucho más pobres, comprobamos que los sentimientos antiinmigración, que son una manifestación de esta tendencia a crear distinciones de estatus en el seno de la clase trabajadora, han crecido. Resulta, pues, un cuadro muy complicado, particularmente si observamos los flujos de migración transnacional y atendemos al hecho de que el ejército industrial de reserva se halla fundamentalmente concentrado en el Sur global y no en el Norte.

En tu artículo de 1991 «World Income Inequalities and the Future of Socialism » tú mostrabas una extraordinaria estabilidad de la jerarquía de la riqueza regional durante el siglo XX, esto es, el grado en que la diferencia en la renta per capita entre el Norte/Occidente situado en el centro de la economía-mundo capitalista y el Sur/Este situado en la semiperiferia y la periferia ha permanecido inmutado, o en realidad se ha intensificado, tras medio siglo de desarrollismo9. El comunismo, señalabas, no había logrado colmar esta diferencia en Rusia, Europa oriental o China, aunque no lo había hecho peor en este sentido que el capitalismo en América Latina, Asia sudoriental o África y en otros aspectos –una distribución más igualitaria de la renta en la sociedad y una mayor independencia del Estado del centro constituido por el Norte/Occidente– lo había hecho significativamente mejor. Dos décadas después, China ha roto obviamente la pauta que tú describías entonces. ¿En qué medida te sorprendió o no esto?

Ante todo, no debemos exagerar en qué grado China ha roto la pauta. El nivel de renta per capita en China era tan bajo –y todavía es bajo comparado con los países ricos– que incluso los avances importantes tienen que ser cualificados. China ha doblado su posición relativa respecto al mundo rico, pero todavía eso solo significa pasar del 2 por 100 de la media de la renta per capita de los países ricos al 4 por 100. Es cierto que China ha sido decisiva a la hora de reducir las desigualdades de renta mundial entre países. Si prescindimos de China, la posición del Sur ha empeorado desde la década de 1980; si la mantenemos, entonces el Sur ha mejorado algo, debido casi exclusivamente al avance de este país. Pero, por supuesto, se ha producido un enorme crecimiento de la desigualdad en el interior de la RPCh , de modo que China ha contribuido también al incremento de las desigualdades en el interior de los países durante las últimas décadas. Tomando estas dos medidas juntas –desigualdad entre y en el interior de los países– estadísticamente China ha provocado una reducción en la desigualdad global total. No deberíamos exagerar esto, dado que la pauta mundial presenta un perfil de enormes diferencias que se están reduciendo en pequeña medida. Sin embargo, es importante porque cambia las relaciones de poder entre países. Si continua, puede cambiar incluso la distribución global de la renta de un modelo que es todavía muy polarizado a una distribución más normal de tipo paretiano.

¿Me sorprendió esto? En cierto sentido, sí. De hecho, es por ello por lo que cambié mi objeto de interés durante los últimos quince años para estudiar Asia oriental, porque me di cuenta de que, aunque esta región –excepto Japón obviamente– formaba parte del Sur tenía determinadas peculiaridades que le permitían generar un tipo de desarrollo que no casaba en absoluto con la pauta de desigualdad estable entre regiones. Al mismo tiempo nadie ha afirmado –y yo desde luego no– que la estabilidad en la distribución global de la renta también significaba inmovilidad de países o regiones particulares. Una estructura completamente estable de desigualdades puede persistir con algunos países ascendiendo y otros descendiendo y esto es, en cierto sentido, lo que ha sucedido. Durante las décadas de 1980 y 1990, en particular, el desarrollo más importante ha sido la bifurcación de una altamente dinámica Asia oriental que se ha movido hacia arriba, un África estancada que ha seguido la senda descendente, particularmente África meridional, el «África de las reservas de trabajo» de nuevo.

Esta bifurcación es el asunto que más me interesa en estos momentos: ¿por qué África meridional y Asia oriental se han movido en direcciones tan opuestas? Es un fenómeno muy importante que tenemos que intentar comprender, porque hacerlo también modificaría nuestra comprensión de los fundamentos de un desarrollo capitalista exitoso y el grado en que reposa o no sobre la desposesión: la completa proletarización del campesinado como sucedió en África meridional o en una proletarización mucho más parcial que ha tenido lugar en Asia oriental. Por consiguiente, la divergencia de estas dos regiones suscita una gran cuestión teórica, que de nuevo desafía la identificación de Brenner del desarrollo capitalista con la total proletarización de la fuerza de trabajo.

Chaos and Governance in the Modern World System sostenía en 1999 que la hegemonía estadounidense declinaría principalmente al hilo del ascenso de Asia oriental y sobre todo de China. Al mismo tiempo planteaba la perspectiva de que ésta sería la región en la que el trabajo podría plantear en el futuro el desafío más drástico al capital a escala mundial. Se ha sugerido en algunas ocasiones que existe una tensión entre estas perspectivas: el ascenso de China como centro de poder rival de Estados Unidos y el incremento de la revuelta de las clases trabajadoras chinas. ¿Cómo contemplas la relación entre ambos procesos?

La relación es muy estrecha porque ante todo, contrariamente a lo que mucha gente piensa, los campesinos y trabajadores chinos tiene una tradición milenaria de revuelta que no tiene paralelo en ninguna otra parte del mundo. De hecho, muchas de las transiciones dinásticas fueron impulsadas por rebeliones, huelgas y manifestaciones no únicamente de trabajadores y campesinos, sino también de pequeños comerciantes. Se trata de una tradición que continúa sin interrupción hasta el presente. Cuando Hu Jintao dijo a Bush hace algunos años, «No se preocupe por el intento de China de desafiar el predominio estadounidense; tenemos demasiadas preocupaciones en casa», estaba señalando una de las principales características de la historia china: cómo enfrentarse a la combinación de rebeliones internas protagonizadas por las clases subordinadas y de invasiones externas por parte de los denominados bárbaros, procedentes bien de las estepas, hasta el siglo XIX, y después, desde las Guerras del Opio, del mar. Éstas han sido siempre preocupaciones abrumadoras de los gobiernos chinos y han impuesto estrechos límites al papel de China en las relaciones internacionales. El Estado chino imperial de finales del siglo XVIII y del XIX era básicamente un tipo de Estado del bienestar premoderno.

Estas características se reprodujeron a lo largo de su subsiguiente evolución. Durante la década de 1990, Jiang Zemin permitió al genio capitalista salir de la botella. Los actuales intentos de meterlo de nuevo en ella tienen que abordarse en el contexto de esta tradición mucho más dilatada. Si las rebeliones de las clases subordinadas chinas se materializan en una nueva forma de Estado del bienestar, entonces ello influirá la pauta de las relaciones internacionales durante los próximos veinte o treinta años. Pero el equilibrio de fuerzas entre las clases en China es todavía una cuestión abierta.

¿Existe una contradicción entre ser un centro fundamental de revuelta social y ser una potencia en ascenso? No necesariamente: Estados Unidos en la década de 1930 estuvo en la vanguardia de las luchas obreras al tiempo que emergía como potencia hegemónica. El hecho de que estas luchas tuvieran éxito en medio de la Gran Depresión fue un factor significativo a la hora de que Estados Unidos fuera socialmente hegemónico también para las clases trabajadoras. Éste fue ciertamente el caso en Italia donde la experiencia estadounidense se convirtió en el modelo para algunos sindicatos católicos.

Declaraciones recientes de China sugieren que existe una gran preocupación sobre los niveles de desempleo que pueden resultar de la recesión global, habiéndose dispuesto una batería de medidas para enfrentarse a ella.

¿Pero esto implica también la continuación del modelo de desarrollo de modos que pueden, a fin de cuentas, desafiar al resto del capitalismo global?

La cuestión es si las medidas que los dirigentes chinos adopten como respuesta a las luchas de los grupos subordinados pueden funcionar en otros lugares en los no existen las mismas condiciones. La cuestión de si China puede convertirse en modelo para otros Estados –particularmente para otros grandes Estados del Sur, como India– depende de innumerables especificidades históricas y geográficas que pueden no ser reproducibles en otras partes.

Los chinos saben esto y no se postulan como un modelo que tenga que ser imitado. Así, pues, lo que suceda en China será crucial en cuanto a las relaciones entre la RPCh y el resto del mundo, pero no en términos del establecimiento de un modelo para que otros lo sigan. Existe, sin embargo, una interpenetración de las luchas en China –de las luchas obreras y campesinas contra la explotación, pero también de las luchas contra los problemas ambientales y la destrucción ecológica– que no se encuentran con esa extensión en ninguna otra parte. Estas luchas están creciendo en estos momentos y resultará importante ver cómo los líderes chinos responden a ellas.

Creo que el traspaso de liderazgo a Hu Jintao y Wen Jiabao tiene que ver con el nerviosismo, por decirlo suavemente, ligado al abandono de una larga tradición de políticas de bienestar. Tendremos, pues, que seguir la evolución de la situación y observar los posibles resultados de la misma.

Volvamos a la cuestión de las crisis capitalistas. Tu ensayo de 1972 «Towards a Theory of Capitalist Crisis» establece una comparación entre el largo declive de 1873-1896 y la predicción, que se probó totalmente exacta, de otra crisis similar que históricamente comenzó en 1973. Has vuelto a este paralelismo varias veces desde entonces, señalando las similitudes, pero también las importantes diferencias entre ambas, sin embargo has escrito menos sobre la crisis de 1929 y su evolución. ¿Sigues considerando que la Gran Depresión presenta una menor relevancia?

Bien, no menos relevancia, porque de hecho es la crisis más seria que ha experimentado el capitalismo histórico y ciertamente constituyó un punto de inflexión. Pero también educó a las potencias realmente importantes sobre lo que tenían que hacer para no repetir la experiencia. Existe una variedad de instrumentos conocidos y menos conocidos para impedir que ese tipo de hundimiento se produzca de nuevo. Incluso ahora, aunque el colapso de los mercados bursátiles está siendo comparado con el de la década de 1930, creo, y puedo estar equivocado, que tanto las autoridades monetarias como los gobiernos de los Estados que realmente cuentan van a hacer todo lo que puedan para evitar que el colapso de los mercados financieros tenga efectos sociales similares a los de la década de 1930. No pueden permitírselo políticamente así que tirarán para adelante haciendo todo lo que tengan que hacer. Incluso Bush –y antes que él Reagan– a pesar de toda su ideología de libre mercado, recurrieron a un tipo extremo de financiación del gasto de corte keynesiano. Su ideología es una cosa, lo que realmente hacen es otra, porque están respondiendo a situaciones políticas que no pueden tolerar que se deterioren demasiado. Los aspectos financieros pueden ser similares a la década de 1930, pero existe una mayor conciencia y unas restricciones más severas sobre las autoridades políticas para que no permitan que estos procesos afecten a la denominada economía real en la misma medida en que lo hicieron en la década de 1930. No estoy diciendo que la Gran Depresión sea menos relevante, pero no estoy convencido de que se vaya a repetir en un futuro próximo. La situación de la economía mundial es radicalmente diferente. En la década de 1930 se hallaba enormemente segmentada y ello puede haber sido el factor que produjo las condiciones para que se produjera una cadena de derrumbamientos como la que se produjo. Ahora está mucho más integrada.

En «Towards a Theory of Capitalist Crisis» describes un profundo conflicto estructural en el capitalismo, en el que diferencias entre crisis que son causadas por una tasa demasiado alta de explotación, que conduce a crisis de realización a causa de una demanda efectiva insuficiente, y aquellas otras debidas a una tasa demasiado baja de explotación, que reduce la demanda de medios de producción. En la actualidad, ¿todavía sostienes esta distinción general y si es así dirías que estamos inmersos en una crisis de realización, enmascarada por un endeudamiento personal y una financiarización crecientes debidos a las represiones salariales que han caracterizado al capitalismo durante los últimos treinta años?

Sí. Creo que durante los últimos treinta años se ha producido un cambio en la naturaleza de la crisis. Hasta principios de la década de 1980, la crisis fue una crisis típica de caída de la tasa de beneficio debido a la intensificación de la competencia entre las agencias capitalistas y a que en aquellas circunstancias los trabajadores estaban mucho mejor equipados para protegerse a sí mismos que en depresiones anteriores, tanto la de finales del siglo XIX como la de la década de 1930. Esta fue, pues, la situación durante la década de 1970. La contrarrevolución monetaria de Reagan- Thatcher se orientó realmente a socavar este poder, esta capacidad de las clases trabajadoras de protegerse a sí mismas, y si bien este no fue su único objetivo, sí fue uno de los principales. Creo que tú citas algún asesor de Thatcher diciendo que lo que ellos hacían…… era crear un ejército industrial de reserva; exactamente…

… ¡lo que Marx dice que ellos debían hacer! Eso cambió la naturaleza de la crisis. En las décadas de 1980 y 1990 y ahora en la de 2000, nos enfrentamos en realidad a una crisis de sobreproducción, con todas sus características típicas. La renta ha sido redistribuida a favor de los grupos y clases que disponen de alta liquidez y predisposiciones especulativas, por lo cual no se reintegra en la circulación en forma de demanda efectiva, sino que se encamina a la especulación, creando burbujas que explotan regularmente.

Por consiguiente, sí, la crisis se ha transformado de una caracterizada por la caída de la tasa de beneficio, debida a la intensificación de la competencia entre capitales, en una de sobreproducción debida a la escasez sistémica de demanda efectiva creada por las tendencias del desarrollo capitalista.

Un informe reciente del National Intelligence Council predecía el fin del dominio global de Estados Unidos en 2025 y la emergencia de un mundo más fragmentado, más multipolar y potencialmente más conflictivo. ¿Piensas que el capitalismo como sistema-mundo requiere, como condición de posibilidad, una única potencia hegemónica? ¿Es la ausencia de una de éstas necesariamente equivalente a un caos sistémico inestable, es imposible un equilibrio de poder entre grandes Estados aproximadamente comparables?

No, no diría que es imposible. En gran medida depende de si la potencia hegemónica en ejercicio acepta la acomodación o no. El caos de los últimos seis o siete años es debido a la respuesta de la Administración de Bush al 11-S, que ha sido en algunos aspectos un caso de suicidio de una gran potencia. Lo que las potencias declinantes hacen es muy importante, porque ellas tienen la capacidad de crear caos. El conjunto del «Project for a New American Century» era una negativa a aceptar ese declive, lo cual ha sido una catástrofe. Se ha producido una debacle militar en Iraq y el correspondiente deterioro financiero de la posición estadounidense en la economía mundial, que ha transformado a Estados Unidos de una nación acreedora en la mayor nación deudora de la historia mundial. Como derrota, la de Iraq es peor que la de Vietnam, porque en Indochina había una larga tradición de guerra de guerrillas: los vietnamitas tenían un líder del calibre de Ho Chi Minh, habían derrotado ya a los franceses. La tragedia de los estadounidenses en Iraq es que incluso en las mejores circunstancias posibles les está costando mucho ganar la guerra y ahora mismo están intentando abandonarla salvando de algún modo la cara. Su resistencia a la acomodación ha conducido, primero, a una aceleración de su declive y, segundo, a un increíble sufrimiento y caos en Iraq. Iraq es un desastre. El volumen de la población desplazada es mucho mayor que en Dafur.

No está claro lo que Obama quiere hacer realmente. Si piensa que pude revertir el declive, va a encontrarse con sorpresas muy desagradables. Lo que puede hacer es gestionarlo inteligentemente, en otras palabras, cambiar la política seguida de: «Nosotros no nos estamos acomodando. Nosotros queremos otro siglo» a una de gestión de facto del declive, ideando políticas que se acomoden al cambio acaecido en las relaciones de poder. No se si Obama va a hacer esto, porque es muy ambiguo, realmente no lo se. Pero el cambio de Bush a Obama abre la posibilidad de gestionar y acomodar el declive de Estados Unidos en un modo no catastrófico. Bush ha tenido el efecto opuesto: la credibilidad del ejército estadounidense se ha socavado todavía más, la posición financiera es ahora más desastrosa. Así que la tarea a la que se enfrenta Obama, creo, es gestionar el declive inteligentemente; eso es lo que puede hacer, si bien su idea de incrementar las tropas en Afganistán es como poco preocupante.

A lo largo de los años, aunque siempre has basado tu trabajo en la concepción de Marx de la acumulación de capital, nunca has vacilado en expresar determinadas críticas importantes a su pensamiento: entre otras su infravaloración de las luchas de poder entre los Estados, su indiferencia respecto al espacio, las contradicciones en su análisis de la clase obrera. Durante mucho tiempo te ha fascinado Adam Smith, que juega un papel central en tu último trabajo Adam Smith en Pekín 10. ¿Cuáles serían las reservas, similares a las que oponías a Marx, que le plantearías?

Las reservas comparables sobre Smith son las mismas que las que Marx tenía respecto a él. Marx tomó un montón de cosas de Smith: la tendencia de la tasa de beneficio a caer bajo el impacto de la competencia intercapitalista, por ejemplo, es una idea de Smith. El capital es una crítica de la economía política: Marx estaba criticando a Smith por no haber tenido en cuenta lo que sucedía en los lugares ocultos de la producción, por decirlo con sus palabras: la competencia intercapitalista podía impulsar a la baja la tasa de beneficio, pero ello era contrarrestado por la tendencia y la capacidad de los capitalistas de alterar a su favor las relaciones de poder con la clase trabajadora. Desde este punto de vista, la crítica de Marx de la economía política de Smith estaba efectuando una aportación crucial. Sin embargo, también tenemos que atender a la evidencia histórica, porque el de Marx era un constructo teórico dotado de premisas que pueden no corresponder a la realidad histórica de periodos o lugares particulares.

No podemos inferir realidades empíricas de constructos teóricos. La validez de su crítica de Smith tiene que evaluarse en función de los hechos históricos; eso se aplica a Smith lo mismo que a Marx o cualquier otro autor.

Una de las conclusiones de Marx en El capital , particularmente del volumen I, es que la adopción de un sistema de libre mercado smithiano provocará el incremento de la desigualdad de clase. ¿En qué medida la introducción de un régimen smithiano en Pekín trae aparejado el riesgo de mayores desigualdades en China?

Mi razonamiento en el capítulo teórico sobre Smith, en Adam Smith en Pekín, es que no existe noción alguna en su trabajo de unos mercados autorregulados, como sucede en el credo neoliberal. La mano invisible es la del Estado, que debe gobernar de un modo descentralizado con un mínimo de interferencia burocrática. Sustantivamente, la acción del gobierno en Smith es pro trabajo, no pro capital. Smith es muy explícito cuando afirma que no es partidario de que los trabajadores compitan para reducir los salarios, sino de que lo hagan los capitalistas para reducir sus beneficios a una mínima recompensa aceptable por sus riesgos. Las concepciones actuales afirman lo contrario de lo que él dice. No esta claro, sin embargo, hacia donde se dirige China hoy. En la era de Jiang Zemin, durante la década de 1990, se encaminaba ciertamente a hacer competir a los trabajadores en pro del capital y el beneficio; no cabe duda al respecto. Ahora se ha producido una inversión, que como he dicho tiene en cuenta no solo la tradición de la Revolución y del periodo maoísta, sino también la de las políticas de bienestar de la China imperial tardía durante la dinastía Qing de finales del siglo XVIII y principios del XIX. No apuesto por un resultado particular en China, pero debemos estar atentos para analizar hacia dónde se encamina.

En Adam Smith en Pekín utilizas también el trabajo de Sugihara Kaoru, que contrapone una «revolución industriosa» basada en el trabajo intensivo y la gestión respetuosa de la naturaleza que en los inicios del periodo moderno se verifica en Asia oriental, y una «revolución industrial» basada en la mecanización y la depredación de los recursos naturales, y comentas la esperanza de que pudiera producirse una convergencia de las dos en beneficio de la humanidad en el futuro. ¿Cómo estimarías el equilibrio entre ambas en la actual Asia oriental?

Muy precario. No soy tan optimista como Sugihara que piensa, quizá, que la tradición de Asia oriental de «revolución industriosa» se halla tan profundamente incrustada que puede si no llegar a ser dominante de nuevo, al menos jugar un importante papel en cualquier formación híbrida que vaya a emerger. Estos conceptos son más importantes para seguir lo que está sucediendo que para afirmar que Asia oriental va por este camino o Estados Unidos por aquel otro. Existen pruebas de que las autoridades asiáticas están preocupadas por el medioambiente y por el descontento social, pero después hacen cosas que son absolutamente estúpidas. La idea de copiar a Estados Unidos, desde este punto de vista, ya fue absurda en Europa y es obviamente todavía más absurda en China. Siempre he dicho a los chinos que durante las décadas de 1990 y 2000 ellos miraron a la ciudad equivocada. Si querían observar cómo ser ricos sin ser ecológicamente destructivos debían mirar a Ámsterdam en lugar de a Los Angeles. En Ámsterdam todo el mundo se mueve en bicicleta; hay miles de bicicletas aparcadas en la estación por la noche, porque la gente llega en tren, coge sus bicicletas por la mañana y las deja de nuevo por la tarde. Si bien no había coches en China la primera vez que estuve allí en 1970 –tan solo unos pocos autobuses en un mar de bicicletas–, ahora, cada vez más, las bicicletas han sido expulsadas. Desde ese punto de vista nos topamos con un panorama claroscuro, muy preocupante y contradictorio. La ideología de la modernización se halla desacreditada en todas partes, pero hasta ahora colea, muy ingenuamente, en China.

Pero por lo que implica de Adam Smith en Pekín parece ser que podríamos necesitar algo de esa revolución industriosa en Occidente, y que por consiguiente ésta es una categoría que no es específica de China, sino que puede ser en realidad mucho más amplia.

Sí, pero el punto fundamental de Sugihara es que el desarrollo típico de la revolución industrial, la substitución de trabajo por maquinaria y energía, no solo tiene límites ecológicos, como sabemos, sino que también tiene límites económicos. De hecho los marxistas a menudo olvidan que la idea de Marx de la creciente composición orgánica del capital, que impulsa a la baja a la tasa de beneficio, tiene que ver fundamentalmente con el hecho de que el uso de más máquinas y energía intensifica la competencia entre los capitalistas de tal modo que la hace menos rentable, además de ser ecológicamente destructiva. El punto de Sugihara es que la separación de dirección y gestión empresarial, por un lado, y trabajo, por otro, el creciente dominio de los directivos y gestores empresariales sobre el trabajo y el hecho de que éste se halle privado de sus competencias, incluidas las de la autogestión, que es típica de la revolución industrial, tiene límites. En la revolución industriosa se produce una movilización de todos los recursos de los hogares que desarrolla, o al menos preserva, competencias de gestión y dirección entre los trabajadores. Finalmente, las ventajas de estas competencias de autogestión resultan más importantes que las ventajas derivadas de la separación de concepción y ejecución que fue típica de la revolución industrial. Creo que tiene razón, en el sentido de que es realmente crucial para comprender el actual ascenso de China; de que al haber preservado estas competencias de autogestión mediante la imposición de serias limitaciones a los procesos de proletarización en un sentido sustantivo, China puede ahora tener una organización del proceso de trabajo que se apoya más sobre las competencias de autogestión del trabajo que en otras partes. Esta es probablemente una de las principales fuentes de ventaja competitiva de China bajo las nuevas circunstancias.

Lo cual nos retrotraería a la política del Grupo Gramsci en lo que se refiere al proceso de trabajo y de autonomia.

Sí y no. Se trata de dos formas diferentes de autonomía. De lo que estamos hablando ahora es de autonomía de gestión y dirección, mientras que la otra se refería a la autonomía en la lucha, en el antagonismo de los trabajadores frente al capital. Ahí, la idea de autonomía era: ¿cómo formulamos nuestro programa de modo tal que unamos a los trabajadores en la lucha contra el capital, en vez de dividirlos creando así las condiciones para que éste restablezca su autoridad sobre ellos en el lugar de trabajo? La situación actual es ambigua. Muchos observan las competencias de autogestión chinas y las consideran como un modo de subordinar el trabajo al capital, en otras palabras, el capital ahorra en costes de gestión y dirección. Debemos poner estas competencias de autogestión en su contexto: dónde, cuándo y para qué propósito. No es tan fácil clasificarlas de un modo u otro.

Finalizabas «World Income Inequalities» en 1991 argumentando que tras el colapso de la URSS, la profundización y la multiplicación de los conflictos sobre recursos escasos en el Sur – la Guerra Iraq-Irán o la Guerra del Golfo pueden considerarse emblemáticos– obligaban a Occidente a crear estructuras embrionarias de gobierno mundial para regular aquellos: el G7 como comité ejecutivo de la burguesía global, el FMI y el Banco Mundial como su Ministerio de Economía, el Consejo de Seguridad como su Ministerio de Defensa. Estas estructuras, tú sugerías, podrían caer en manos de las fuerzas no conservadoras en un plazo de quince años.

En Adam Smith en Pekín hablas por el contrario de una sociedad de mercado mundial como un futuro potencialmente esperanzador en el cual ninguna potencia es ya una potencia hegemónica. ¿Cuál es la relación entre ellas y cuáles son tus concepciones de ambas?

En primer lugar, no dije realmente que las estructuras del gobierno mundial emergieran como consecuencia de los conflictos en el seno del Sur. La mayoría de ellas eran organizaciones de Bretton Woods, establecidas por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial como mecanismos necesarios para evitar los problemas provocados por los mercados autorregulados en la economía global y como instrumentos de gobernanza.

Por consiguiente, desde el comienzo del periodo de posguerra existieron estructuras embrionarias de gobierno mundial. Lo que se produjo en la década de 1980 fue una creciente turbulencia e inestabilidad, de la cual estos conflictos en el Sur eran un aspecto, y por lo tanto estas instituciones fueron reactivadas para gestionar la economía mundial de un modo diferente al de antes. ¿Podrían apropiarse las fuerzas no conservadoras de las mismas? Mi actitud ante esas instituciones fue siempre ambivalente, porque en muchos aspectos reflejaban el equilibrio de poder entre los Estados del Norte y del Sur: en el seno del Norte, entre el Norte y el Sur, etc. No había nada en teoría que excluyese la posibilidad de que esas instituciones pudieran realmente ser puestas a trabajar para regular la economía mundial, de modo que pudieran promover una distribución más equitativa de las rentas a escala global. Sin embargo, lo que sucedió fue exactamente lo contrario. Durante la década de 1980, el FMI y el Banco Mundial se convirtieron en instrumentos de la contrarrevolución neoliberal y promovieron, por consiguiente, una distribución más desigual de la renta. Pero incluso entonces, como he dicho, lo que sucedió finalmente fue no tanto una distribución más desigual entre Norte y Sur, sino una gran bifurcación dentro del propio Sur, con Asia oriental comportándose muy bien y África meridional comportándose muy mal, mientras otras regiones se colocaban entre esos extremos.

¿Cómo se relaciona eso con el concepto de sociedad de mercado mundial que discuto en Adam Smith en Pekín? Resulta ahora obvio que un Estado mundial, incluso en su forma más embrionaria, de tipo confederal, sería muy difícil de materializar. No constituye una posibilidad seria en un futuro inmediato. Se está gestando una sociedad de mercado mundial en el sentido de que los países se relacionarán los unos con los otros mediante mecanismos de mercado que no se autorregulan en absoluto, sino que son regulados, lo cual era también cierto del sistema desarrollado por Estados Unidos, que constituía un proceso altamente regulado mediante el que la eliminación de las tarifas, las cuotas y las restricciones sobre la movilidad del trabajo eran siempre negociadas por los Estados, fundamentalmente por Estados Unidos y Europa, y después entre ambos y otros Estados. La cuestión ahora es qué regulación va a introducirse para impedir un hundimiento del mercado similar al acaecido en la década de 1930. Así, pues, la relación entre los dos conceptos es que la organización de la economía mundial se basará fundamentalmente en el mercado, pero con una importante participación de los Estados en la regulación de esa economía.

En The Long Twentieth Century bosquejabas tres resultados posibles del caos sistémico hacia los que estaba encaminándose la larga ola de financiarización que había comenzado a principios de la década de 1970: un imperio mundial controlado por Estados Unidos, una sociedad de mercado mundial en la que ningún Estado dominara a los otros o una nueva guerra mundial que destrozaría la humanidad. En los tres casos, el capitalismo, tal y como se había desarrollado históricamente, desaparecería.

En Adam Smith en Pekín concluyes que dados los fracasos de la Administración de Bush, el primero puede ahora ser excluido, dejando únicamente los otros dos. ¿Pero no existe, lógicamente al menos y de acuerdo con tu propio marco analítico, la posibilidad de que China pueda emerger en un determinado momento como una nueva potencia hegemónica que sustituya a Estados Unidos sin alterar las estructuras del capitalismo y del territorialismo tal y como tú las has descrito? ¿Excluyes esa posibilidad?

No excluyo esa posibilidad, pero comencemos recordando exactamente qué dije en realidad. El primero de los tres escenarios que contemplaba en The Long Twentieth Century era un imperio mundial controlado no por Estados Unidos, sino por Estados Unidos en alianza con sus aliados europeos.

Nunca pensé que Estados Unidos sería tan intratable como para intentar perseguir por sí solo un Nuevo Siglo Americano, dado que era un proyecto lo suficientemente absurdo como para ser tenido en cuenta; y, por supuesto, se volvería en su contra de modo inmediato. De hecho, existe una fuerte corriente en el seno del establishment de la política exterior estadounidense deseosa de reparar las relaciones con Europa, que experimentaron tensiones con el unilateralismo de la Administración de Bush. Se trata tan sólo todavía de una posibilidad, si bien es ahora menos probable de lo que lo era previamente. El segundo punto es que la sociedad de mercado mundial y el mayor peso de China en la economía global no son mutuamente excluyentes. Si observamos el modo en que China se ha comportado respecto a sus vecinos históricamente, siempre ha habido una relación basada más en el comercio y en los intercambios económicos que en el poder militar; y ello todavía es así. La gente malinterpreta con frecuencia este punto: piensan que estoy describiendo a los chinos como si fuesen más blandos que Occidente, pero no tiene nada que ver con esto, sino con los problemas de la gobernanza de un país como China, que hemos discutido anteriormente. China tiene una tradición de rebeliones a la que ningún otro territorio de tamaño y densidad de población similares se ha enfrentado nunca. Sus gobernantes son también muy conscientes de la posibilidad de nuevos invasores que vengan del mar, en otras palabras Estados Unidos. Como señalo en el capítulo X de Adam Smith en Pekín existen varios planes estadounidenses sobre cómo tratar a China, ninguno de los cuales es exactamente tranquilizador para Pekín. Aparte del plan de Kissinger, que apuesta por la cooptación, los otros contemplan bien una nueva Guerra Fría dirigida contra China o bien la implicación de China en guerras con sus vecinos, mientras Estados Unidos desempeña el papel de «tercero feliz». Si China emerge, como pienso que hará, como un nuevo centro de la economía global, su papel será radicalmente diferente al de las potencias hegemónicas anteriores. No solo a causa de los contrastes culturales, enraizados como lo están en diferencias histórico-geográficas, sino precisamente porque la historia y la geografía diferentes de la región asiático-oriental no dejarán de impactar las nuevas estructuras de la economía global. Si China va a ser una potencia hegemónica, va a serlo de un modo muy diferente a las otras. Ante todo, el poder militar será mucho menos importante que el poder cultural y económico, particularmente éste último.

China tendrá que jugar la carta económica mucho más de lo que lo hicieron Estados Unidos, los británicos o los holandeses.

¿Prevés una mayor unidad en Asia oriental? Se comenta, por ejemplo, la posibilidad de una especie de FMI asiático, de la unificación de la moneda, etc., ¿ves a China como el centro de una potencia hegemónica asiático- oriental en vez de cómo un actor solitario? Y si es así, ¿cómo cuadra esto con el creciente nacionalismo de Corea del Sur, Japón y China?

Lo que resulta más interesante de Asia oriental es cómo, a fin de cuentas, la economía es determinada por las predisposiciones y políticas reciprocas de los Estados, a pesar de sus nacionalismos, los cuales se hallan muy bien asentados e imbricados, pero también vinculados a un hecho histórico con frecuencia olvidado por Occidente: que Corea, China, Japón, Tailandia, Camboya, todos ellos eran Estados nacionales mucho antes de que hubiera un solo Estado-nación en Europa, que todos ellos tienen historias de reacciones nacionalistas frente al resto en un marco que es predominantemente económico. Ocasionalmente hubo guerras y la actitud de los vietnamitas respecto a China o de los coreanos respecto a Japón se asienta profundamente en la memoria de esas guerras. Al mismo tiempo, la economía parecer predominar. Fue sorprendente que el resurgimiento nacionalista en Japón, durante el mandato de Kozumi, fuera súbitamente puesto a buen recaudo cuando llegó a ser evidente que las empresas japonesas estaban interesadas en hacer negocios con China. En ésta también se produjo una enorme ola de manifestaciones antijaponesas, pero después se detuvo. El cuadro general en Asia oriental indica que existen profundas predisposiciones nacionalistas, pero al mismo tiempo que tienden a ser dominadas por los intereses económicos.

La actual crisis del sistema financiero mundial parece la reivindicación más espectacular de las predicciones teóricas que has sostenido desde hace mucho tiempo más allá de lo que nadie podía imaginar. ¿Hay de todas formas aspectos de esta crisis que te hayan sorprendido?

Mi predicción era muy simple. La tendencia recurrente hacia la financiarización era, como señaló Braudel, un signo del otoño de una expansión material particular que se centraba en un Estado determinado. En The Long Twentieth Century denominé el inicio de la financiarización la crisis-señal de un régimen de acumulación y señalé que a lo largo del tiempo –habitualmente tras medio siglo– se produce la crisis terminal. Para las anteriores potencias hegemónicas, era posible identificar tanto la crisis-señal como las crisis terminal. Para Estados Unidos aventuré la hipótesis de que la década de 1970 era la crisis señal; la crisis terminal no había llegado todavía, pero llegaría. ¿Cómo? La hipótesis básica es que todas estas expansiones financieras eran fundamentalmente insostenibles, porque estaban canalizando hacia la especulación más capital del que podía ser realmente gestionado o dicho con otras palabras existía la tendencia de que estas expansiones financieras desarrollaran burbujas de diversos tipos. Preví que esta expansión financiera conduciría finalmente a una crisis terminal, porque las burbujas son tan insostenibles hoy como lo fueron en el pasado, pero no los detalles de las burbujas: la burbuja de los valores tecnológicos o la burbuja de la vivienda.

También, me mostré ambiguo sobre en qué momento nos encontrábamos a principios de la década de 1990, cuando escribí The Long Twentieth Century. Pensaba que de algún modo la belle époque de Estados Unidos estaba ya acabada, cuando en realidad estaba justo empezando. Reagan la preparó provocando una recesión importante, que creó a continuación las condiciones para la subsiguiente expansión financiera, pero fue Clinton quien realmente presidió la belle époque que después terminó en el colapso de la década de 2000, especialmente del Nasdaq. Con la explosión de la burbuja de la vivienda, lo que estamos observando ahora es, con toda claridad, la crisis terminal de la centralidad financiera y de la hegemonía estadounidenses.

Lo que distingue tu trabajo de casi todos los partícipes en tu campo es tu aprecio por la flexibilidad, la adaptabilidad, y la fluidez del desarrollo capitalista, en el marco del sistema interestatal. Sin embargo, en la longue durée , como sucede en los marcos de 500, 150 y 50 años que adoptas para el examen colectivo de la posición de Asia oriental en el sistema interestatal emergen pautas de comportamiento sorprendentemente claras, casi nítidas en su determinación y simplicidad 11. ¿Cómo caracterizarías la relación existente entre contingencia y necesidad en tu pensamiento?

Hay dos cuestiones diferentes aquí: una concierne a la apreciación de la flexibilidad del desarrollo capitalista y la otra atañe a la recurrencia de las pautas de comportamiento, y la extensión en la que éstas se hallan determinadas por la contingencia o la necesidad. Sobre la primera, la adaptabilidad del capitalismo: esto se halla parcialmente ligado a mi experiencia de empresa cuando era joven. Inicialmente intenté gestionar la empresa de mi padre, que era relativamente pequeña; después redacté una disertación sobre la empresa de mi abuelo, que era de mayor tamaño que la de mi padre. A continuación discutí con mi abuelo y me fui a Unilever, que en cuanto a número de empleados era la segunda multinacional en esos momentos.

Tuve, pues, la suerte –desde el punto de vista del análisis de la empresa capitalista– de incorporarme sucesivamente a empresas cada vez mayores lo cual me ayudó a comprender que no puedes hablar sobre empresas capitalistas en general, porque las diferencias entre la empresa de mi padre, la de mi abuelo y Unilever eran increíbles. Por ejemplo, mi padre invertía todo su tiempo en visitar a sus clientes en los distritos textiles y estudiar los problemas técnicos que tenían con sus máquinas, para después volver a la fábrica y discutir los problemas con su ingeniero y adaptar las máquinas a las necesidades de aquellos. Cuando intenté gestionar este negocio me sentí totalmente perdido; todo se basaba en las competencias y los conocimientos que formaban parte de la práctica y la experiencia de mi padre. Podía ir a visitar y ver a los clientes, pero no podía resolver sus problemas, no podía realmente ni siquiera comprenderlos. No había remedio. De hecho, en mi juventud, cuando le decía a mi padre, «si llegan los comunistas, vas a tener problemas», él decía, «no, no voy a tener problemas, continuaré haciendo lo que hago, ellos necesitan gente que haga esto».

Cuando cerré la empresa de mi padre y me incorporé a la de mi abuelo, me encontré con una organización que ya era más fordista. No se estudiaban los problemas de los clientes, sino que se producían máquinas estandarizadas, les gustaran a los clientes o no. Sus ingenieros diseñaban máquinas en virtud de lo que ellos pensaban que precisaba el mercado y les decían a los clientes: esto es lo que tenemos. Se trataba de una producción en masa embrionaria, con líneas de montaje embrionarias. Cuando llegué a Unilever, apenas tuve contacto con el ámbito de la producción.

Existían muchas fábricas diferentes: una hacía margarina, otra jabón, otra perfumes. Había docenas de productos diferentes, pero la sede principal de actividad no era ni la organización del marketing ni el lugar de producción, sino el departamento financiero y el departamento de publicidad.

Así que eso me enseñó que era muy difícil identificar una forma específica como «típicamente» capitalista. Posteriormente, estudiando a Braudel, observé que esta idea de la naturaleza eminentemente adaptable del capitalismo era algo que podíamos observar históricamente.

Uno de los mayores problemas de la izquierda, pero también de la derecha, es pensar que hay únicamente un tipo de capitalismo que se reproduce históricamente, mientras que el capitalismo se ha transformado a sí mismo sustantivamente –sobre todo a escala global– de modos inesperados.

Durante varios siglos el capitalismo dependió de la esclavitud y parecía tan imbricado con la misma desde todos los puntos de visa que resultaba difícil pensar que podría sobrevivir sin ella; pero la esclavitud fue abolida y el capitalismo no solo sobrevivió sino que prosperó más que nunca, desarrollándose ahora a partir del colonialismo y el imperialismo.

En ese momento pareció que el colonialismo y el imperialismo eran esenciales para su funcionamiento, pero una vez más, tras la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo se desprendió de ambos y sobrevivió y prosperó.

Desde un punto de vista histórico-mundial, el capitalismo siempre ha estado transformándose a sí mismo y ésta es una de sus principales características; sería realmente miope intentar precisar lo que es el capitalismo sin tener en cuenta estas transformaciones cruciales. Lo que permanece constante a lo largo de estas transformaciones y lo que define la esencia del mismo se halla capturado de modo óptimo por la fórmula del capital acuñada por Marx, D-M-D’, a la cual me refiero repetidamente cuando identifico la alternancia de expansiones materiales y financieras. Si observamos la China actual, podemos decir que el sistema allí vigente quizá es capitalismo quizá no, y al respecto yo creo que se trata de una cuestión que todavía está abierta; pero aunque asumamos que se trata de capitalismo, debemos tener en cuenta que no es el mismo capitalismo que el existente en periodos anteriores, sino que se halla totalmente transformado.

El problema es identificar sus especificidades, cómo difiere de los capitalismos anteriores, lo denominemos capitalismo o de otro modo. ¿Y la segunda parte de la cuestión, esto es, la emergencia de pautas de comportamiento tan específicas de longue durée analizadas en tu trabajo y las transformaciones de escala?

Un punto es que existe una dimensión geográfica muy clara en los ciclos recurrentes de expansión material y financiera, pero podemos observar este aspecto únicamente si no nos limitamos a concentrarnos en un solo país, porque entonces se observa un proceso totalmente diferente. Esto es lo que ha hecho la mayoría de los historiadores: se concentran en un país y describen su evolución. En Braudel, por el contrario, la idea es precisamente que la acumulación de capital salta; y si tú no saltas con ella, si tú no le sigues de lugar a lugar, no la ves. Si permanecemos concentrados en Inglaterra o en Francia, perdemos de vista lo que es más esencial del desarrollo del capitalismo histórico-mundial. Tienes que moverte con él para comprender que el proceso de desarrollo capitalista es esencialmente aquel que supone un salto de una situación en la que lo que tú has denominado «solución espacial de carácter infraestructural» se vuelve demasiado constrictiva y la competencia se intensifica, a otra en la que una solución espacial de mayor escala y ámbito de acción permite al sistema experimentar otro periodo de expansión material. Y después, por supuesto, el ciclo se repite de nuevo.

Cuando formulaba esta idea por primera vez, infiriendo las pautas de comportamiento de Braudel y Marx, todavía no había apreciado totalmente tu concepto de solución espacial en el doble sentido de la palabra: fijeza del capital invertido y solución de las contradicciones previas de la acumulación capitalista. Existe una necesidad endógena en estas pautas de comportamiento que se deriva del proceso de acumulación, que moviliza dinero y otros recursos a una escala cada vez mayor, lo cual a su vez crea problemas bajo la forma de una competencia intensificada y de sobreacumulación de diversos tipos. El proceso de acumulación capitalista de capital –como proceso opuesto a la acumulación no capitalista de capital– tiene este efecto bola de nieve que intensifica la competencia e impulsa a la baja la tasa de beneficio. Quienes se hallan mejor posicionados para encontrar una nueva solución espacial lo hacen optando por un «contenedor» cada vez mayor.

De las ciudades-Estado, que acumularon un ingente capital en pequeños contenedores, a la Holanda del siglo XVII, que fue más que una ciudad-Estado pero menos que un Estado nacional, pasando por la Gran Bretaña de finales del siglo XVIII y del siglo XIX, con su imperio de dimensiones mundiales, para llegar a la dimensión continental de Estados Unidos en el siglo XX.

Ahora el proceso no puede continuar de la misma forma, porque no existe un contenedor mayor que pueda desplazar a Estados Unidos. Existen grandes Estados nacionales –de hecho civilizacionales– como China e India, que no son mayores que Estados Unidos en términos espaciales, pero que tienen cuatro o cinco veces su población. Así, pues, ahora estamos cambiando hacia una nueva pauta: en vez de desplazarnos de un contenedor a otro espacialmente mayor, estamos yendo de un contenedor con una baja densidad de población a contenedores con densidades mayores.

Por otro lado, anteriormente se produjo un cambio de países ricos a países ricos, mientras que ahora estamos desplazándonos de países muy ricos a países todavía básicamente pobres (la renta per capita de China es todavía la veintésima parte de la de Estados Unidos). En cierto sentido, puedes decir, «Perfecto, ahora la hegemonía, si es eso lo que está sucediendo, está cambiando de los ricos a los pobres». Pero al mismo tiempo, estos países presentan enormes diferencias y desigualdades internas. Todo se halla muy matizado. Se trata de tendencias contradictorias y necesitamos desarrollar nuevas herramientas conceptuales para comprenderlas.

Concluyes Adam Smith en Pekín con la esperanza de una comunidad de civilizaciones que vivan en términos igualitarios, una con otra, en un respeto compartido por el planeta y sus recursos naturales. ¿Usarías el término «socialismo» para describir esta visión o consideras que está agotado?

Bien, no tendría objeciones a ser llamado socialista, excepto que desafortunadamente el socialismo ha sido demasiado identificado con el control de la economía por el Estado. Nunca pensé que fuera una buena idea. Provengo de un país en el que el Estado es despreciado o no inspira ninguna confianza. La identificación del socialismo con el Estado crea grandes problemas.

Así, pues, si este sistema-mundo se va a llamar socialista sería necesario que se redefiniera en términos de respeto mutuo entre los seres humanos y un respeto colectivo por la naturaleza. Pero esto puede tener que organizarse a través de intercambios mercantiles regulados por el Estado, de modo que se incremente de una forma smithiana el poder de los trabajadores y se disminuya el del capital, y no mediante la propiedad y el control de los medios de producción por parte de aquel. El problema con el término socialismo es que ha sido maltratado de tantas formas diferentes que se halla, pues, muy desacreditado. Si me preguntas cuál sería un término mejor, no tengo ni idea, creo que tenemos que buscar uno.

Tú eres muy bueno encontrando nuevas expresiones, así que deberías ofrecernos alguna sugerencia.

De acuerdo, me pongo a buscar uno.

Sí, tienes que trabajar para encontrar un sustituto para el término «socialista » que lo despoje de su identificación histórica con el Estado y lo acerque más a la idea de una mayor igualdad y respeto muto. ¡Así, que te dejo la tarea a ti!

Notas:

1 Véase, respectivamente, G. Arrighi, «The Political Economy of Rhodesia», NLR 1/39 (septiembre- octubre de 1966); C. Leys, European Politics in Southern Rhodesia , Oxford, 1959; y G. Arrighi, «Labour Supplies in Historical Perspective. A Study of the Proletarianization of the African Peasantry in Rhodesia », en G. Arrighi y John Saul, Essays on the Political Economy of Africa, Nueva York, 1973.

3 Véase, en inglés, G. Arrighi, «Towards a Theory of Capitalist Crisis», NLR 1/111 (septiembre octubre de 1978); primero publicado en Rassegna Comunista 2, 3, 4 y 7, Milán (1972-1973).

4 Véase G. Arrighi y Fortunata Piselli, «Capitalist Development in Hostile Environments: Feuds, Class Struggles and Migrations in a Peripheral Region of Southern Italy», Review ( Fernand Braudel Center ) X, 4 (1987).

5 G . Arrighi, The Long Twentieth Century , Londres, 1994 [ed. cast.: El largo siglo XX . Dinero y poder en los orígenes de nuestra época , Madrid, Akal, 1999].

6 Coescrito por ambos en 1999, Chaos and Governance in the Modern World System parece respetar el tipo de estructura que tú habías planeado inicialmente para The Long Twentieth Century.

6 Beverly J. Silver, Forces of Labour. Workers’ Movements and Globalization Since 1870, Cambridge , 2003 [ed. cast.: Fuerzas de trabajo. Los movimientos obreros y la globalización desde 1870, Madrid, Akal, 2005].

7 G . Arrighi y B. Silver, Chaos and Governance in the Modern World System, Minneapolis 1999 [ed. cast.: Caos y orden en el sistema-mundo moderno, Madrid, Akal, 2001].

8 G . Arrighi, «Marxist Century, American Century. The Making and Remaking of the World Labour Movement», NLR 1/179 (enero-febrero de 1990) [ed. cast.: «Siglo marxista, siglo americano. La formación y remodelación del movimiento obrero mundial», NLR 0 (2000)].

9 G . Arrighi, «World Income Inequalities and the Future of Socialism», NLR 1/189 (septiembre-octubre de 1991).

10 G . Arrighi, Adam Smith in Beijing , Londres, Verso, 2007 [ed. cast.: Adam Smith en Pekín , Madrid , Akal, 2007].

11 G . Arrighi, Takeshi Hamashita y Mark Selden (eds.), The Resurgence of East Asia . 500, 150 and 50 Year Perspectives, Londres, 2003.
http://ddooss.org/articulos/entrevistas/Giovanni_Arrighi.htm

REBELION.ORG

La crisis económica y el hundimiento del dólar, I. Wallerstein

leave a comment »

Immanuel Wallerstein

La Jornada

CRISISECO Cuando el premier Wen Jiabao de China dijo en marzo de 2009 que estaba un poquito preocupado por la situación del dólar estadunidense, se hacía eco de los sentimientos de estados, empresas e individuos por todo el mundo. Él hizo un llamado a Estados Unidos para que mantenga su buen crédito, honre sus promesas y garantice la seguridad de los activos de China.

Apenas hace cinco años, esto habría parecido una petición muy presuntuosa. Ahora parece entendible aun para Janet Yellen, presidenta del Banco de la Reserva Federal de San Francisco, pese a que considera que las propuestas de China acerca de la divisa mundial de reserva está lejos de ser una alternativa práctica.

Hay sólo dos maneras de almacenar riqueza: en estructuras físicas concretas y en alguna forma de dinero (divisas, bonos, oro). Ambas implican riesgos para el poseedor. Las estructuras físicas se deterioran a menos que se utilicen, lo que implica costos. Utilizar tales estructuras para obtener ingresos y como tal ganancias, depende del mercado –es decir, de la disponibilidad de compradores que deseen adquirir lo que las estructuras físicas puedan producir.

Las estructuras físicas son, por lo menos, tangibles. El dinero (que se denomina con cifras nominales) es meramente una reclamación potencial ante las estructuras físicas. Si varía un pequeño monto, casi nadie lo nota. Pero si varía considerablemente y con frecuencia, sus poseedores pueden ganar o perder mucha riqueza, en ocasiones bastante rápido.

En términos económicos una divisa de reserva es la forma más confiable de dinero, la que varía menos. Es entonces el lugar más seguro para almacenar cualquier riqueza que uno tenga, que no asuma la forma de estructuras físicas. Desde por lo menos 1945, la divisa mundial de reserva ha sido el dólar estadunidense. Es todavía el dólar estadunidense.

El país que emite la divisa de reserva tiene una ventaja singular sobre los otros países. Es el único que puede legalmente imprimir la divisa, siempre que piense que es a favor de su interés hacerlo.

Todas las divisas tienen una tasa de cambio con las otras divisas. Desde que en 1973 Estados Unidos puso fin a su tasa fija de cambio con el oro, el dólar ha fluctuado con respecto a otras divisas, subiendo y bajando. Cuando su divisa ha bajado con respecto a otra, se ha vuelto más fácil vender sus exportaciones porque el comprador de las exportaciones requiere menos de sus propias divisas. Pero también ha hecho más cara la importación, debido a que requiere más dólares para pagar el artículo importado.

En el corto plazo, una divisa debilitada puede incrementar el empleo al interior de un país. Pero esto es, cuando mucho, una ventaja de corto plazo. En el mediano plazo, hay mayores ventajas de contar con una divisa considerada fuerte. Esto significa que el poseedor de tales divisas tiene más control de la riqueza del mundo medida en productos y estructuras físicas.

Más allá del mediano plazo, las divisas de reserva son fuertes y quieren seguir siéndolo. La fortaleza de una divisa de reserva se deriva no sólo de su control sobre la riqueza del mundo sino del poder político que le ofrece al sistema-mundo. Es por eso que la divisa mundial de reserva tiende a ser la divisa del poder hegemónico en el mundo, aun si se trata de una potencia hegemónica en decadencia.

Así que, ¿ por qué está un poquito preocupado el primer ministro Wen? Es claro que es porque durante las últimas cuantas décadas, la tasa de cambio del dólar estadunidense ha estado fluctuando bastante pero a fin de cuentas va descendiendo lentamente. Uno de los factores principales ha sido la deuda global increíblemente creciente del gobierno de Estados Unidos. Existen dos modos principales mediante los cuales Estados Unidos ha podido balancear su contabilidad. Imprime dinero y vende bonos del tesoro estadunidense, primordialmente a otros gobiernos (los llamados fondos soberanos de inversión).

No es secreto que en años recientes el mayor comprador de bonos del tesoro estadunidense haya sido China. No es el único. Japón y Corea del Sur, Arabia Saudita y Abu Dhabi, India y Noruega, han comprado, todos, bonos del tesoro de Estados Unidos. Pero China es hoy el mayor comprador, y dada la presente contracción del crédito, China es uno de los pocos probables compradores en el futuro inmediato.

El dilema para China, como para otros que invirtieron en bonos del tesoro estadunidenses, es que si el dólar baja aún más o si hay una inflación significativa por el hecho de que Estados Unidos imprime dinero, su inversión en bonos del tesoro puede hacerlos perder dinero. Por otro lado, ¿qué alternativas tienen China o los demás?

La conclusión de políticas que China (y otros compradores) sacan es que hay un discreto desposeimiento constante. No quieren que sea tan rápido que ocasione un pánico bancario, pero que tampoco sea tan lento que uno termine siendo el último fuera de la puerta antes de la estampida, como tituló su artículo Joseph Stroupe en el Asia Times.

China está reduciendo la cantidad de bonos del tesoro estadunidense que está comprando, y ahora prefiere comprar unos de plazo más corto en lugar de aquellos de plazo más largo. China incursiona en el cambalache o trueque de divisas con otros países, como Argentina, de tal modo que ninguno tenga que usar dólares en sus transacciones. Y China está haciendo un llamado a la creación de una divisa de reserva alterna basada en los Derechos Especiales de Giro (DEG) creados por el Fondo Monetario Internacional, con base en una canasta de monedas. Rusia ya respaldó el llamado.

Estados Unidos no está seguro de cómo responder. Cuando el secretario del Tesoro Timothy Geithner dijo que el gobierno estadunidense está bastante abierto a la propuesta de China de incrementar el uso de los DEG, de inmediato bajó el dólar en el mercado de divisas. Así que Geithner clarificó entonces lo que había dicho. El dólar permanecería como divisa de reserva dominante en el mundo y es probable que continúe así por un periodo prolongado de tiempo. Aseguró que hará lo necesario para garantizar que mantenemos la confianza en nuestros mercados financieros, y en la capacidad productiva de este país y en nuestros fundamentos de largo plazo.

¿Será que Geithner sólo está aparentando calma? Y más importante, ¿quién cree que lo que dice es plausible? La clave de la fuerza de una divisa no son los llamados fundamentos sino la fe en la realidad de esos fundamentos.

Todos los actores principales están confiando que pueda haber una aterrizaje suave, una transición ordenada hacia algo que se aparte del dólar estadunidense. Nadie quiere precipitar una caída libre, porque nadie está seguro de salir adelante si eso ocurre. Pero si el estímulo de Estados Unidos resulta ser la última de las burbujas, el dólar bien puede desinflarse repentinamente en la forma más caótica. El modo de decir estampida en francés es “sauve-qui-peut”, que se traduce literalmente como sálvese quien pueda.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

http://www.jornada.unam.mx/2009/05/24/index.php?section=opinion&article=027a1mun

La crisis económica mundial: una visión marxista…

with one comment

“Una plétora de capital”

 

En diálogo con Cash, el investigador marxista Rolando Astarita señaló que en el último cuarto de siglo hubo una expansión mundial del capitalismo, que la brecha entre ricos y pobres no impidió el crecimiento de los mercados y que la crisis no se dio sólo por un mal funcionamiento del mercado financiero, sino de la economía en su conjunto.

CRISISSS1 Por Natalia Aruguete

Desde diversas posturas económicas, sobre todo progresistas y heterodoxas, se afirma que estamos en una época de hegemonía del sector financiero sobre el productivo y en una hipertrofia del capital especulativo, que dejó al descubierto el estancamiento de la economía mundial en los últimos treinta años. En diálogo con Cash, el investigador marxista Rolando Astarita señaló, en cambio, que, en realidad, en el último cuarto de siglo hubo una expansión mundial del capitalismo, que la brecha entre ricos y pobres no impidió el crecimiento de los mercados y que la crisis no se dio sólo por un mal funcionamiento del mercado financiero, sino de la economía en su conjunto. “Lo del capital ficticio hay que ponerlo en proporción, no debe hacernos perder el análisis estructural”, explicó.

¿Cree que la crisis financiera marca la caída de “la dictadura de las finanzas”?

–No veo que haya una dictadura de las finanzas, sino un dominio del capital en general, acentuado de manera muy profunda a partir de los años ’80. En el último cuarto de siglo, el disciplinamiento del capital sobre las clases trabajadoras operó a través de mecanismos directos pero también del mercado, con políticas monetarias duras, aperturas comerciales, flexibilización laboral. Pero no veo distinción de sectores dentro del capital.

Sin embargo, el crédito y las deudas crecieron en todo el mundo. ¿Esto pudo haber afectado el desarrollo de la economía real?

–Nunca hubo desarrollo del capitalismo sin desarrollo del crédito y de una monetización de la economía. Desde la perspectiva de Marx, el crédito es una palanca de la acumulación del capital. Esto también se ve en la fase que va de 1890 a 1929. En China, junto con la expansión capitalista crecieron sus índices monetarios y la participación de los mercados financieros. Pero el crédito también potencia las posibilidades de especulación, sobreacumulación y crac. Marx trabajaba con tendencias y contra-tendencias. Hoy, en cambio, se toma un solo aspecto de la realidad.

Algunos sostienen que el crecimiento del crédito prueba el estancamiento del sistema capitalista.

–La idea de que el sistema capitalista está estancado desde hace 25 años no resiste el análisis de la realidad. En los últimos 30 años, la economía capitalista tuvo tasas de expansión superiores al 3 por ciento a nivel mundial. Aunque fueron desiguales: Japón está estancada desde 1992 y Europa tuvo un crecimiento débil. Hubo una expansión geográfica del sistema capitalista, que entró en China, en el Este de Europa y en Rusia, y una profundización de las relaciones capitalistas. El aumento de la productividad en la economía de Estados Unidos desde 1995 fue mayor al 3 por ciento anual. El crédito actúa como una potenciación de tendencias del sistema y muchas veces permite que un ciclo económico se expanda más allá de sus posibilidades. En 2001, Estados Unidos sufrió una recesión suave. La economía creció 0,8 por ciento y el crédito lubricó los mecanismos económicos. Pero la recuperación de 2002 fue débil, con poca generación de puestos de trabajo y recuperación débil de la inversión.

¿Hacia qué sectores se dirigió el crédito en ese contexto?

–Hacia la construcción residencial y al consumo en general; no a las empresas. Desde el 2000, las empresas de Estados Unidos y del G-7 disminuyeron su dependencia del sistema financiero. Hubo un exceso de ahorro y las empresas achicaron sus deudas con los bancos. Incluso, usaron parte de esa liquidez para recomprar sus acciones. No hubo una gran expansión de la inversión productiva, pero tampoco una dependencia del capital productivo con respecto al capital financiero. Las ratios de dependencia volvieron a promedios de los ’70. No se puede decir que haya sido una crisis a lo Hyman Minsky, un autor keynesiano que planteaba que las crisis se producen porque las empresas caen en un sobreendeudamiento y pagan deuda con deuda hasta que la situación explota.

Pero sí hubo una “financiarización de los consumidores”, con la que se amortiguó la crisis de 2001.

–Y además ayudó a la recuperación de 2002. Eso es cierto, lo equivocado es pensar que eso actuó solo. En 2001, la sobreabundancia de capital líquido y la débil inversión se dieron porque la tasa de rentabilidad del capital se venía debilitando desde 1996/97. Ese es el fondo del problema. Se produjo lo que Marx llamaba “una plétora de capital”: abundante capital líquido, tasas de interés muy bajas (motorizados por la Reserva Federal y por la entrada de capitales que buscaban refugio en Estados Unidos) y una sobreoferta del crédito. Esos capitales líquidos terminaron en el sector de la construcción, donde encontraron un campo de expansión relativamente rápido. Y terminó explotando.

También se plantea que, desde los años setenta, el mundo asiste a una crisis de sobreproducción combinada con una crisis de subproducción.

–Hay dos tipos de explicaciones de las crisis. Una, que el problema de las crisis se dio por las finanzas. Otra, que en Argentina se repite bastante, dice que se debe a una importante desigualdad en los ingresos, lo que produjo una crisis de consumo por falta de demanda. Creo que esto tampoco explica lo que sucedió. En el último cuarto de siglo, hubo un proceso de “proletarización”, enormes masas de la población se incorporaron al ejército de asalariados. Los casos más resonantes son China y la India. Esto supone una ampliación de los mercados, aun cuando haya una brecha creciente en los ingresos. Según The Economist, en Estados Unidos, el 0,1 por ciento de la población gana 77 veces más que el 90 por ciento. En los ’70 esa diferencia era de 1 a 20. También en China crece la desigualdad. Pero no es cierto que si crece la desigualdad no crecen los mercados.

En este crecimiento de la economía capitalista, ¿cómo se compone el producto bruto en el mundo?

–En el caso de Estados Unidos, desde la recuperación de 2001 se generaron fenómenos de sobre-acumulación de capital y caída de la tasa de rentabilidad. Ese es el telón de fondo de la crisis. Sobre esto actuó el factor financiero, pero también el crecimiento desproporcionado en la construcción residencial entre 2001 y 2007. Su participación en el Producto pasó de 4,2 a más del 6,0 por ciento. Esto genera tensiones, porque un sector está creciendo a tasas muy superiores al resto, en un contexto en que la inversión se mantiene débil. Esto potenció el sistema del crédito y se dio una sobre-expansión del sector en relación con las necesidades de la economía.

Tomando sólo el sector financiero, ¿el crecimiento de su participación en el PIB de Estados Unidos supuso un cambio o una continuidad respecto de etapas anteriores?

–No me parece que la tasa de crecimiento se haya acelerado desde 1979/80. Entre 1895 y 1929, la tasa de crecimiento de ese sector en Estados Unidos fue superior a los últimos veinte años. Con la crisis del ’30 bajó su participación en la economía y recuperó terreno desde la década del ’50, con un crecimiento relativamente constante desde 1960. No hubo un quiebre importante en los ’80, aunque sí aumentaron mucho las tasas de interés: entre 1979 y 1985, el peso de los intereses en las balanzas empresarias subió considerablemente. Esto expresa parte de la tesis de la financiarización, pero no se convirtió en algo permanente.

¿Por qué?

–Se pronosticó que se produciría una punción permanente del sector financiero sobre la ganancia empresaria, mediante la tasa de interés. Y que esto debilitaría al sector productivo y llevaría al estancamiento. Pero insisto en que el peso de los intereses sobre el sector productivo tendió a bajar. Según datos del Official Bureau of Economic Analysis de Estados Unidos, entre 2006 y principios de 2007, ese peso estaba a niveles de 1970, que era una época keynesiana. Pienso que ésta es una crisis muy grave, muy profunda, pero estamos lejos de una crisis como la del ’30.

¿Entonces cree que no hay un predominio del capital ficticio por sobre el productivo, en detrimento del crecimiento de la economía real?

–Hay que preguntarse hasta qué punto esto es novedoso. Cuando en el sistema capitalista hubo expansión del capital, en la Bolsa de Valores hubo sobrevalorizaciones. Tradicionalmente, un promedio de esta ratio estaría en 10 años de price earning. En momentos de euforia bursátil, alcanzó 20 o 30 años. Esto ayuda a la inestabilidad del sistema capitalista, ya que provoca inflación de ganancias que desaparecen de la noche a la mañana, pero éstas no crecen al margen del trabajo productivo.

¿Cree que la crisis actual refleja este mecanismo?

–Aquí han estallado activos financieros ligados al crédito, que se había sobrevalorizado. El estallido refleja que la economía estaba funcionando mal. Lo del capital ficticio hay que ponerlo en proporción, no debe hacernos perder el análisis estructural. Al extraer la plusvalía y realizarla en los mercados, puede haber inflaciones que terminan reventando. Pero, si bien agravan la inestabilidad, no explican en sí mismas las crisis.

¿Se puede establecer alguna relación entre el exceso de ahorro y la tendencia a la financiarización de la economía?

–Este exceso de ahorro se debió a la debilidad de la inversión productiva. En determinado momento, hubo sectores que han sobreacumulado. Los neoclásicos lo interpretaron como una decisión de los hogares cuando, en realidad, fue por debilidad de la inversión. Un ejemplo es la caída de la inversión en Asia –con excepción de China– después de la crisis de 1997/98. Esta masa de capital líquido presiona sobre el sector financiero al buscar su valorización. Pero hay que destacar la relación de causalidad. El crecimiento de este sector es consecuencia de la acumulación del capital, no opera por fuera del conjunto de los problemas de esa acumulación. La interpretación de los neo-keynesianos –que hoy son el mainstream– es la del acelerador financiero. Es decir, el uso de los activos financieros como colaterales en préstamos hace que, en determinado momento, se produzca un shock que se potencia a través del mecanismo financiero.

¿Y usted qué opina sobre ese diagnóstico?

–Tiene aspectos de la realidad importantes, pero no analiza a qué se debe el shock, de dónde viene. Es el propio sistema de la competencia capitalista el que obliga a un banco a competir con otros para ofrecer más rentabilidades. Si no los ligamos a los problemas de fondo, no entendemos por qué esas especulaciones pueden estallar en una brutal crisis financiera, que no siempre afecta a la economía. Por ejemplo, el crac de Wall Street de 1987 no derivó en una crisis global y fue la segunda gran caída de la Bolsa de Estados Unidos.

En la cumbre del G-20 se propuso una mayor regulación de los mercados como forma de apuntalar la situación económica, ¿cree que ésa sería una solución?

–En el G-20 la regulación de los mercados se planteó como gran cuestión para después de la crisis. Hoy la discusión es hasta qué grado hay que tener intervención estatal y si se van a aplicar o no medidas proteccionistas. Todo el mundo pide que no haya medidas proteccionistas pero, en el fondo, muchos las aplican. Sobre esto quisiera hacer dos reflexiones. Los mercados financieros y capitalistas presionan por eludir las regulaciones. Las regulaciones de Basilea establecieron que los bancos debían tener cierta ratio de capital en relación a su cartera de activos. Pero éstos diseñaron “Sociedades de Propósitos Especiales” (especie de fideicomiso) para armar sus operaciones por fuera de balance y, luego, comprar los papeles que emitían esas entidades.

¿Y la segunda reflexión?

–Lenin decía que estaban bien las consignas pero hay que pensar quién las aplica. En el G-20, se planteó que el FMI debe retomar poder para regular. Ese organismo está gobernado por las grandes potencias, los grandes banqueros y el capital internacionalizado. Va a responder a esos intereses. Es un control de los altos mandos del capital para evitar desequilibrios. No hay controles en abstracto.

PAGINA/12

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 40.901 seguidores