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Las causas de la crisis mundial actual

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Vicenç Navarro, en Sistema Digital

CRISIS--Marcha_ortodoxia Gran parte de los análisis que se han realizado de las causas de la crisis se han centrado en la crisis financiera. Y de los miles de trabajos y artículos que han atribuido la crisis actual a la situación financiera, destacan los trabajos de Hyman Minsky, uno de los pocos economistas que predijo el colapso del sistema financiero. De ahí que se le considere como el analista que mejor ha definido la causa de la crisis, centrándola en el comportamiento del capital financiero. Tal como escribió Martin Wolf en el Finantial Times de Septiembre de 2008, “La respuesta a la pregunta del por qué de la crisis, ya la tenemos. Minsky ya nos la dio. Y llevaba razón”. Paul Krugman ha añadido su voz a este reconocimiento en otro artículo en el The New York Times (04.05.09), en el que subraya la necesidad de releer de nuevo el trabajo de Minsky. Se ha desarrollado así una bibliografía larga y extensa sobre las causas de la crisis financiera y cómo ésta ha generado la crisis económica.

De ahí la gran cantidad de artículos –tanto en la literatura científica, como en la prensa en general- sobre las consecuencias de la desregulación de los mercados financieros e introducción de nuevos productos de alto riesgo, que originaron la crisis financiera y, como resultado, la crisis económica. La consecuencia de este enfoque ha sido que la mayoría de propuestas para resolver la crisis han tenido como objetivo salir de la crisis financiera mediante ayudas a la banca y medidas (muy moderadas) dirigidas a su regulación, junto con políticas encaminadas a desincentivar los comportamientos especulativos por parte de los gestores bancarios, además de acciones (también muy moderadas) sancionadoras de tales comportamientos, con el objetivo de paliar el enorme descontento general hacia la banca por parte de la población.

El problema de tales intervenciones es que, aunque necesarias muchas de ellas, son insuficientes, porque no es la crisis financiera la que determinó la crisis económica, sino al revés: fue la situación económica la que creó la crisis financiera. De ahí que, aunque se resolviera la crisis financiera, el problema económico de base permanecería. Tom Palley, en su artículo “The limits of Minsky’s Finantial Inestability Hypothesis as an explanation of the crisis” (New American Foundation, Washington D.C. Nov.18, 2009) subraya lo que también otros autores (como Kotz, Foster and McChesney, y otros) han mencionado, y es que Minsky y sus seguidores ignoran la causa de que el capital financiero adquiriera una enorme importancia (tanto en su tamaño como en su poder) a partir de los años setenta y ochenta. En otras palabras, la crisis financiera es el síntoma de un problema mayor, que los trabajos de Minsky y sus seguidores parecen desconocer.

¿Qué pasó antes de que se iniciara la crisis financiera? La respuesta es que las relaciones de poder (y muy primordialmente, las relaciones de poder de clase) cambiaron en aquel periodo. El Pacto Social Capital-Trabajo que había existido después de la II Guerra Mundial se rompió, debido al poder del mundo empresarial de las grandes compañías que en EEUU se conoce como la Corporate Class (la clase empresarial de las grandes compañías). El Pacto Social había posibilitado el elevado crecimiento económico desde 1945 hasta mediados de los años setenta. En el sector industrial, el Pacto daba lugar a convenios colectivos de cinco años, inicialmente firmados por el Sindicato del Automóvil (United Autoworkers Union, UAW) y las tres compañías de automóviles de EEUU, y que se convertían en el punto de referencia para el resto de convenios colectivos en tal sector. En ellos, los salarios estaban ligados a la productividad, de manera que el crecimiento de la última determinaba el crecimiento correspondiente de los salarios. Durante aquel periodo, la riqueza creada por el aumento de la productividad se distribuyó a todos los sectores, beneficiándolos a todos ellos. Desde 1949 a 1979, el incremento de la renta de la decila inferior fue de un 116% y el de la decila superior fue de un 99%.

Esta situación cambió durante la Administración Carter, cuando el Gobernador del Banco Central Estadounidense, el Sr. Paul Wolcker, creó una recesión, aumentando los intereses bancarios, a fin de crear un elevado desempleo y reducir los salarios. El argumento utilizado es que había que reducirlos a fin de controlar la inflación. En realidad, significaba un cambio en las relaciones de poder de clase que dio origen a unas políticas fiscales y económicas que claramente beneficiaron a las rentas de capital y a las rentas superiores. Fue el fin del Pacto Social, y ello determinó que a partir de entonces los crecimientos de la productividad no se tradujeran en un crecimiento paralelo de los salarios. La riqueza creada por el aumento de la productividad pasó a beneficiar primordialmente a las rentas del capital y a las rentas superiores. Del periodo 1970 a 2005, el 5% de la población de renta superior incrementó su renta un 81%, el 20% de la población de renta superior un 53%, mientras que las rentas medias e inferiores vieron disminuir sus rentas (el 20% de la población con menor renta vio descender su renta un 1%) o la vieron crecer muy lentamente (el siguiente 20% por encima del anterior 20% vio crecer sus rentas un 9%). Y ello fue consecuencia de que los salarios descendieran o se estancaran durante aquel periodo, tal como han documentado los informes The State of Working America del Economic Policy Institute. Es este descenso el que determinó el gran endeudamiento de las familias, que originó el enorme crecimiento de la banca. La financialización de la economía (es decir, la gran extensión del sector financiero en la economía) se explica precisamente por el gran endeudamiento de la población, endeudamiento que era posible por el elevado precio de la vivienda, el mayor aval de tal endeudamiento. La práctica agresiva de promoción del endeudamiento por parte de la Banca llegó también al fenómeno de las hipotecas basura que se supone que son el origen de la crisis financiera.

Por otra parte, la escasa demanda hizo disminuir el crecimiento económico, lo que forzó al Banco Central del gobierno federal a bajar los intereses, facilitando la aparición de las sucesivas burbujas, siendo la última la burbuja hipotecaria. De nuevo, la crisis financiera se originaba por la escasa demanda, resultado del descenso de las rentas del trabajo. De ahí que, a no ser que se resuelva el enorme endeudamiento de las familias, recuperando las rentas del trabajo existentes antes de la rotura del Pacto Social, no se resolverá la crisis. (Para una ampliación de este tema, leer mi artículo “Para entender la crisis. Así empezó todo en Estados Unidos”, en Le Monde Diplomatique, junio de 2004, en www.vnavarro.org, sección EEUU.).

De ahí se deriva el hecho de que, aún cuando se hayan evitado los colapsos de la gran banca, la crisis no se está resolviendo, pues el problema de fondo no se está resolviendo. La escasa capacidad de consumo por parte de la población se traduce en un problema de demanda de dimensiones enormes y que no se puede resolver sin solucionarse el enorme problema del endeudamiento privado. La única manera inmediata de resolver esta situación es aumentando la demanda pública a costa, en parte, de un elevado endeudamiento público. De ahí la necesidad de mantener un elevado déficit público. Reducirlo es retrasar todavía más la recuperación económica y la creación de empleo. Tal como he indicado repetidamente, el estado debiera mantener un déficit elevado, a fin de permitir una inversión sobre todo en empleo público, que permita no sólo resolver el enorme problema de falta de creación de empleo sino también solucionar el retraso en la recuperación económica.

Vemos que, por desgracia, la Unión Europea está todavía estancada en el pensamiento liberal, que toma el Pacto de Estabilidad como su dogma, Pacto que ha sido responsable de que la Unión Europea haya crecido menos y haya creado menos empleo que EE.UU. donde tal Pacto ni existe ni se espera.

Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University (www.vnavarro.org)

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

El largo adiós a la Gran Recesión…

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Una frágil recuperación sucede al mayor desplome económico en medio siglo

CRISISSS1 ALEJANDRO BOLAÑOS

2009 tiene ya capítulo reservado en los libros de historia. La mayor crisis económica en más de medio siglo explotó unos meses antes, con la quiebra del banco Lehman Brothers, pero ha sido este año cuando se ha ganado a pulso el nombre con el que se la recordará, la Gran Recesión. A su lado, 2010 será mucho menos convulso, menos dramático, según el vaticinio de los expertos, que apuntan el inicio de una recuperación lenta y desigual, incapaz todavía de taponar la sangría de puestos de trabajo.

Es un pronóstico resabido, lleno de cautelas y escepticismo, un recordatorio de que casi nadie supo ver lo que se venía encima. Más aún, en los análisis sobre 2010 que abundan estos días, se dedica casi tanto espacio a describir qué hará crecer de nuevo a la economía, como a advertir de las emboscadas que acechan en las revueltas del camino, un desfiladero donde cualquier paso en falso puede precipitar la recaída.

El impacto de lo ocurrido este año pesa, y mucho. Hasta hace bien poco, la mayoría de los economistas daba por hecho que la era de la Gran Moderación -las mayúsculas sólo servirán esta vez para resaltar un fiasco monumental-, estaba consolidada. Se creía que el conocimiento sobre las crisis y los instrumentos de Gobiernos y bancos centrales bastaban para domar los ciclos económicos. "El problema central de la prevención de la depresión está resuelto", sintetizó en 2003 Robert Lucas, premio Nobel de Economía.

Prevalecía la idea de que el explosivo desarrollo de los mercados financieros era positivo, no una fuente de riesgo. En palabras de Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal: "Las tecnologías de la información han expandido de tal manera los mercados que los gobiernos, aun los incrédulos, no tienen otra alternativa que desregular (…) Los mercados financieros mundiales hoy son sin duda más eficientes que nunca".

Y, de golpe y porrazo, la depresión llamó a la puerta.

Porque la única referencia válida que queda para comparar el descalabro del último año y medio es la Gran Depresión de 1929. Y, únicamente si se cumplen los vaticinios de los expertos, y la economía empieza a crecer en 2010, este periodo destructivo quedará sólo en la mayor recesión global en 75 años.

De hecho, los datos que han recopilado los profesores de Economía, Barry Eichengreen (Universidad de Berkeley, California) y Kevin H. O’Rourke, (Trinity College, Dublín), muestran que la producción industrial, los mercados bursátiles y el comercio mundial han caído con más fuerza que en el arranque de la Gran Depresión. Y, sólo desde el pasado verano, los indicadores han empezado a mejorar (ver gráfico), aunque la evolución del comercio y las Bolsas es aún peor.

En la Gran Depresión, la producción industrial mundial cayó tres años seguidos, y ahora se ha recuperado en doce meses, una diferencia sustancial que abona la idea de que esta etapa destructiva no será tan prolongada como aquella. Pero el profesor O’Rourke apela, otra vez, a la prudencia: "Todavía no sabemos si la demanda del sector privado mejorará lo suficiente. Hasta ahora, la recuperación se debe en buena parte a las ayudas de los gobiernos y a la reconstrucción de los stocks en las empresas, pero nada de eso puede durar para siempre".

Arrojar algunas estadísticas más ayuda a calibrar la profundidad de la sima en la que ha caído la economía mundial, y particularmente, la de los países avanzados. Hay que retrotraerse al último gran conflicto bélico, la Segunda Guerra Mundial, para encontrar un desplome del PIB de los países industrializados tan acusado (-3,4% este año). Y tampoco hay una referencia más cercana para el vertiginoso aumento del paro: el próximo año, las 30 economías de la OCDE sumarán 60 millones de desempleados, casi el doble que al inicio de la crisis. El retrato de los mercados bursátiles es sombrío: pese a la remontada de los últimos meses, el batacazo que se dieron las Bolsas en el arranque de la crisis hará de esta década la peor de Wall Street desde 1820, según un reciente estudio de la Universidad de Yale.

Hay ya muy pocas dudas de que el epicentro de este formidable maremoto se gestó en los mercados financieros, donde el endeudamiento para comprar activos cada vez más arriesgados (y que prometían más rendimiento) fue durante años una estrategia ganadora entre inversores de todo tipo, incluida buena parte de la banca. La crisis ha volteado de tal manera la percepción sobre la economía, que la resurrección del pensamiento de John Maynard Keynes, más favorable a la intervención estatal y la regulación, ha resultado natural.

Al derrumbe de los mercados financieros siguió un severo recuento de daños en buena parte de la banca estadounidense y europea, la congelación del crédito privado y el parón de la actividad económica, adobado en algunos países con el desmoronamiento del sector inmobiliario. Y, pese a todo, los países industrializados, con las sonoras excepciones de Reino Unido y España, han salido ya de la recesión (la tasa trimestral del PIB vuelve a ser positiva). Los expertos coinciden en que la masiva intervención pública y el buen comportamiento de los países emergentes, con China a la cabeza, han sido determinantes para volver a poner en marcha la economía.

Los mandatarios de países emergentes y avanzados, que coordinaron sus planesanticrisis en el G-20, y los gobernantes de los principales bancos centrales insisten en atribuir un carácter histórico a la intervención pública contra la recesión. El tiempo dirá si fue suficiente, pero lo que es indudable es que no tiene precedentes. Los recortes de impuestos, los subsidios a la compra de automóviles o la inversión en obra pública han sumado más del 2% del PIB mundial, y han contribuido a sostener la demanda y a mantener millones de empleos. Del lado de los bancos centrales, la actuación ha sido si cabe más espectacular, por heterodoxa. La Reserva Federal, el Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo redujeron los tipos de interés a mínimos históricos. Rebajaron sus exigencias sobre las garantías para prestar miles de millones de euros a la banca privada. Pusieron en marcha programas de compra de activos financieros para reanimar los mercados. Y ayudaron a diseñar los rescates de las entidades privadas caídas.

El más activista de los gobernadores de bancos centrales ha sido el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, más apremiado también por los estropicios que ocasionaron los activos tóxicos en los balances de la banca de EE UU. La intervención en las entidades estadounidenses acabó con el modelo de banca de inversión (con la excepción de Goldman Sachs) y obligó a recapitalizaciones multimillonarias con dinero público. Pero, aún con el paro al alza, la tensión en los mercados financieros ha remitido (reflejado en un coste del endeudamiento más bajo) y la economía vuelve a carburar.

Un balance que a Bernanke le ha valido la distinción de Personaje del Año, el popular galardón que otorga Time. Es un premio inusual para el gobernador de un banco central, como subraya el arranque del reportaje de la publicación estadounidense: "Es un hombre calvo con barba gris y ojos cansados que habla de economía en su oficina". Eso sí, la revista destaca que Bernanke tampoco vio venir la crisis y que fue, en su día, uno de los promotores de la teoría de la Gran Moderación (de hecho, fue el que popularizó su nombre). Y aún así, lo que es determinante ahora es que Bernanke, un estudioso de la Gran Depresión, está dispuesto a ensayar cualquier medida para reactivar el crédito, en contraste con el inmovilismo de los que dirigían la Reserva Federal en los años treinta del siglo pasado.

En un año cautivo de la crisis económica, no es de extrañar que quien pujaba con Bernanke por la distinción de Time fuera "el trabajador chino", así, en abstracto. Como tampoco lo es que publicaciones españolas, como este periódico, consideren que el Personaje del Año es el parado. No en vano, España ha sufrido el mayor aumento del desempleo (1,5 millones de parados más en un año) entre los países avanzados.

Las escasas buenas noticias que ha dado la economía en 2009 han salido casi siempre de Asia. Y todo apunta a que seguirá así. "En 2010, cerca del 50% del crecimiento mundial vendrá de China", aseguran los analistas de Deutsche Bank. "La crisis ha consolidado la tendencia de más crecimiento en las economías emergentes", suscribe Joachim Fels, de Morgan Stanley, en su último informe sobre la economía mundial. El PIB de China rondará un crecimiento del 8,5% este año y hay quien pronostica un 10% para el próximo. "La reorientación hacia un crecimiento basado en la demanda avanza más de lo que sugieren las estadísticas", añade Fels.

Junto a China, la mejor evolución de otros países asiáticos y latinoamericanos (con la excepción de México), confirma que las economías emergentes ganan peso. Los garbanzos negros están en Europa del Este: "Son países cuyo alto crecimiento antes de la crisis se basó ampliamente en créditos y el notable descenso de los flujos de capital penaliza su recuperación", señala un reciente informe de Citigroup, que advierte de que el deterioro de las finanzas públicas dará más de un quebradero de cabeza a los gobiernos de estos países.

En el bando de los países avanzados, Estados Unidos ha vuelto a hacer bueno el axioma de que es una economía flexible que sale antes de las crisis. "Hay indicadores adelantados como la cartera de pedidos de las empresas industriales, el acusado descenso del stock de nuevas viviendas o la menor petición de subsidios de desempleo, que muestran una reactivación sólida", asegura el servicio de estudios de Barclays. Por contraste, de la zona euro los expertos esperan crecimientos muy débiles, que rondarán el 2% del PIB en las principales economías del área, Alemania y Francia.

El consenso es que las economías avanzadas tardarán entre cuatro y cinco años en recuperar el nivel de producción que exhibían en 2007. La digestión de los excesos acumulados, y singularmente el enorme endeudamiento de agentes privados y públicos en muchas economías, apenas deja opción: con el crédito bajo mínimos, sólo queda someterse a una cura de ahorro para afrontar los pagos de las deudas, lo que lastrará el consumo privado y la inversión, y encogerá irremediablemente el crecimiento.

"En los años anteriores a la crisis, hubo unas condiciones en los mercados financieros totalmente excepcionales, una infravaloración del riesgo excesiva, el crédito no puede volver a ser como antes", señala Rafael Domenech, economista jefe para Europa de BBVA. "Una de las principales incógnitas para 2010 es si el proceso de desapalancamiento seguirán siendo tan intenso, si las personas y las empresas volverán a aumentar el ahorro en detrimento del gasto", agrega Juan José Toribio, profesor de la escuela de negocios IESE y ex director ejecutivo del FMI.

Para Toribio, los efectos del desapalancamiento de la economía es una de las "cuatro incógnitas fundamentales" que planean sobre el incipiente crecimiento económico. La previsible retirada de los estímulos fiscales de los Gobiernos, la posibilidad de que los bancos centrales limiten algunas de sus medidas excepcionales y las dificultades de un sistema financiero que no acaba de culminar su reconversión completan el cuadro básico de incertidumbres, compartido por todos los analistas. Si se incluyen puntos de vista más polémicos, la lista de las cosas que pueden dar al traste con la recuperación se amplía.

- ¿Otro Lehman Brothers? La primera lección de esta crisis fue que dejar quebrar a Lehman Brothers, como hizo la Administración Bush, no fue una buena idea. Los gobiernos se han comprometido a actuar, con inyecciones de capital si fuera necesario, para evitar que una entidad financiera relevante vuelva a caer. Y han dado diversas muestras ya de que cumplirán su palabra (básicamente, la banca de Reino Unido está nacionalizada). Pero otro susto similar dispararía de nuevo la tensión en los mercados financieros y la desconfianza entre los bancos. "Todavía pueden aguardar sorpresas en el camino, en Estados Unidos y, sobre todo, en Europa, donde las pruebas de esfuerzo que se hicieron a la banca no fueron transparentes", señala Domenech. Los problemas en Europa del Este y Grecia han vuelto a poner en el punto de mira a entidades de países centroeuropeos (Austria, Alemania) y nórdicos (Suecia).

- Zombis enredados en una trampa japonesa. Superado a duras penas la amenaza de otra gran depresión, el temor que prende en las economías avanzadas es repetir la salida en falso que experimentó Japón en los años noventa, cuyas consecuencias todavía sufre. "En Japón tardaron seis meses en empezar a bajar los tipos, cuatro años en usar los estímulos fiscales y diez en afrontar los problemas del sector financiero", replica José Carlos Díez, economista jefe de Intermoney. Tanto en el frente monetario como en el fiscal, las autoridades han reaccionado esta vez mucho más rápido. Pero, aunque no necesiten un rescate urgente, no está claro si las entidades financieras serán capaces de aumentar el crédito cuando la recuperación se consolide. En el caso japonés, muchos bancos siguieron abiertos como zombis: incapaces de prestar, todo el dinero lo chupaba el agujero creado en sus cuentas por activos devaluados. "No está clara la situación en la que están muchas entidades, con cuentas de resultados peores en 2010 es difícil que se reanude un flujo normal de crédito", señala Toribio. "Hay una enorme heterogeneidad, queda mucho por hacer en la reestructuración del sector en toda Europa, puede que nos encontremos más de un cadáver cuando abramos la puerta de los armarios", abunda Domenech.

- China echa el freno. El 8% es la línea que marca en el gigante asiático la diferencia entre un crecimiento suficiente para reducir la pobreza y hace asumible el éxodo rural a las ciudades. Es una obsesión para el Gobierno chino, que supedita todo al baoba("mantener el ocho"), lema que acompaña sus decisiones. En 2009 lo ha logrado, pero a costa de un mastodóntico plan de inversiones públicas (equivalente a más del 3% del PIB) y de forzar el grifo de crédito de la banca, que ha aumentado a tasas interanuales del 25%, una rareza en medio de esta crisis financiera. No es en absoluto un vaticinio generalizado, pero algunos servicios de estudios, como el de Citigroup, no dejan de señalar que se están dando créditos insolventes y que el exceso de liquidez puede calentar la inflación e inflar una burbuja de activos financieros. Una tendencia que obligaría al banco central chino a elevar los tipos de interés y a apreciar la tasa del cambio del renminbi, medidas restrictivas que harían más difícil el baoba.

- Una hucha para el consumidor de EE UU. Una de las fuerzas que han impulsado el crecimiento mundial en las últimas décadas ha sido el desaforado gasto de los consumidores estadounidenses. Y uno de los primeros indicios de que la recuperación está aquí son indicadores tan locales como las cifras de venta de los comercios de EE UU. A fin de cuentas, el consumo de las familias estadounidenses aporta más del 15% del PIB mundial. Brian Coulton, analista de la agencia de calificación Fitch, ha recopilado algunas de las razones por las que este repunte podía ser un canto de cisne: el endeudamiento de los hogares estadounidenses es muy alto y presiona para aumentar el ahorro; el aumento de gasto ha sido alimentado artificialmente por medidas del Gobierno que no se mantendrán (cheques fiscales y subsidios a la compra de coches) y el desempleo seguirá subiendo.

- La deuda pública infla otra burbuja. Es el asunto estrella de los analistas en las últimas semanas. La falta de cobertura de Dubai a la empresa estatal que construye sus delirios urbanísticos y, más recientemente, el castigo de los mercados a Grecia por su abultado déficit público, han encendido el debate. "Si los problemas de Grecia se extienden a economías más grandes, como España, la credibilidad del euro estará en cuestión", llegó a afirmar esta semana el economista jefe de Goldman Sachs, Jim O?Neill. Lo cierto es que, con la mayor expansión de deuda pública en décadas, es de esperar que el coste de emisión para los gobiernos se eleve. Y un repunte en el coste de la deuda pública implica de forma casi automática un encarecimiento en la financiación de las empresas de ese país. La duda estriba en si eso debe llevar a recortes presupuestarios inmediatos para recuperar credibilidad en el mercado.

La cuestión divide a los teóricos que han descrito con más precisión los mecanismos de la crisis. "Es una amenaza fantasma", reitera cada vez que tiene ocasión Paul Krugman, Premio Nobel de Economía en 2008. "El ritmo al que se está acumulando la deuda gubernamental podría propiciar fácilmente una segunda oleada de crisis", escribió hace poco Kenneth Rogoff, profesor de Economía de la Universidad de Harvard. Y Carmen Reinhart, profesora de la Universidad de Maryland, que ha publicado junto a Rogoff la más completa radiografía de las últimas crisis, advierte que hay países con mayores "niveles de intolerancia" a la deuda.

- Los estímulos fiscales, en desbandada. "¡No!", grita el coro de analistas. Entre ellos, muchos de los que avisan del peligro del aumento de la deuda pública y aconsejan recortes presupuestarios. Domenech matiza: "Hay países como España, que empezaron antes y con más intensidad, y por tanto, deben empezar la consolidación fiscal antes. Y otros, como Alemania o Francia, que se gastaron menos al principio, pueden permitirse extender las medidas anticrisis un poco más".

- Aquí viene el petróleo otra vez."¿Han aprendido los inversores la lección de que una economía mundial frágil no puede pagar 145 dólares por barril?", se pregunta el servicio de estudios de Merrill Lynch. "Confiamos en que sí, pero no estamos seguros", es la titubeante respuesta. Con la mayor recesión en medio siglo, el precio del crudo ha bajado desde aquella cumbre que alcanzó en julio de 2007. Y, pese a la mayor recesión medio siglo, el precio se mantiene en los 75 dólares, un nivel históricamente alto. "Cuando la recuperación se consolide, no hay nada que impida que los mercados de materias primas vuelvan a calentarse". El aviso es, ni más ni menos, que de Nouriel Roubini, el profesor dede la Universidad de Nueva York que se ha hecho un hueco mediático por haber sido uno de los pocos que predijo el desastre. Y nada lo impide porque los renovados esfuerzos de regulación apenas tocan estos mercados, tan sensibles a la especulación financiera.

- Los bancos centrales desandan el camino. Si el petróleo vuelve a galopar, la inflación subirá y hará más difícil la vida a los bancos centrales. Pero, salvo sorpresas por ese flanco, el paro y el bajo nivel de utilización de la capacidad de las empresas permiten anticipar incrementos muy tenues de los precios del consumo. Con ese escenario, casi ningún analista pronostica que el BCE toque los tipos de interés antes del verano, o que la Reserva Federal lo haga antes de final de 2010. Y, lo más probable, es que la retirada de las medidas extraordinarias de liquidez sea muy gradual. Para espantar las dudas, Bernanke ha puesto a la vista en su despacho una foto en blanco y negro, retrato de los gobernadores que se pasaron de prudentes en la Gran Depresión. "La recesión, desde un punto de vista técnico, se ha acabado, pero parecerá durante un tiempo que sigue aquí, sobre todo por el desempleo", afirmó en octubre el presidente de la Reserva Federal, que afronta los obstáculos que vendrán con resignación. En el calendario que corona su mesa, cada fecha se encabeza con una variación humorística de la popular Ley de Murphy: "Todo lo que puede ir mal, irá mal". La economía mundial agradecería que, al menos en 2010, esa peculiar ley se tomara muchos días de vacaciones. -

EL PAIS.COM

Giovanni Arrighi, la larga duración del capitalismo geohistórico y la crisis actual

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Tom Reifer


ARRIGHI12 La amplitud y el alcance de la obra intelectual de Giovanni Arrighi –especialmente, su capacidad para ofrecer análisis fundamentados en un contexto geohistórico a largo plazo– supone un logro sorprendente, sin olvidar que su generosidad para con sus interlocutores no tenía casi parangón. Tom Reifer escribe en memoria de Giovanni Arrighi.

Uno de los rasgos más ilustrativos de nuestros días es la escasez de análisis capaces de situar la actual crisis socioeconómica en una perspectiva geohistórica. Desde el punto de vista del capitalismo de larga duración, ningún intelectual ha desarrollado un análisis más imponente de la crisis actual que Giovanni Arrighi.(1) Arrighi, por supuesto, junto con Immanuel Wallerstein (1974, 1980, 1989) y el difunto Terence Hopkins, fue uno de los creadores y principales defensores del enfoque del sistema-mundo sobre el capitalismo europeo, las desigualdades mundiales de la renta y el “desarrollo” (véase Arrighi, Hopkins y Wallerstein, 1989).(2) La propia visión del sistema-mundo –que cuestionaba la preponderancia, tras la Segunda Guerra Mundial, de la teoría de la modernización– surgió de los movimientos de los años sesenta e hizo confluir una fructífera síntesis del marxismo, el radicalismo del Tercer Mundo y una serie de corrientes críticas de las ciencias sociales, desde la escuela francesa de los Annales a la escuela histórica alemana (véase Goldfrank, 2000).

El análisis de los sistemas-mundo fue inicialmente desarrollado por Wallerstein y Hopkins, que simpatizaban con los estudiantes que ocuparon la Universidad de Columbia durantes las revueltas estudiantiles y la “revolución mundial de 1968” (ambos formaban parte del comité ejecutivo de la comisión universitaria que se creó con tal ocasión). Hopkins y Wallerstein acabaron trasladándose, en los años setenta, a la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY), en Binghamton, que se convirtió durante un tiempo en el centro de los estudios sobre los sistemas-mundo. Así, la visión del sistema-mundo fue consecuencia directa de los movimientos de los años sesenta y uno de sus legados intelectuales más duraderos.

Arrighi llegó a la facultad de Sociología de Binghamton a fines de los años setenta y pasó a ser una pieza clave del programa de licenciatura y del Centro Fernand Braudel para el Estudio de Economías, Sistemas Históricos y Civilizaciones. Aquí, varios grupos de investigación colectiva reunían a estudiantes y profesores para trabajar sobre proyectos comunes. En uno u otro momento, por la facultad de Binghamton pasaron figuras como Anibal Quijano, Bernard Magubane y Walter Mignolo.

La amplitud y el alcance de la obra intelectual de Giovanni Arrighi –desde el análisis del sur de África a su interpretación del auge del sudeste asiático encabezado por China, así como sobre las perspectivas para el Sur Global y un nuevo Bandung– supone un logro sorprendente. Además, tal como señaló Ravi Sundaram –actual director del Centro para el Estudio de la Sociedades en Desarrollo de Delhi– en una conferencia para conmemorar y discutir todo el trabajo de Arrighi en el contexto de la presente crisis que tuvo lugar en mayo de 2009 en Madrid, Arrighi demostraba una generosidad casi sin parangón para con sus interlocutores.(3) Este tipo de debates en el marco de la solidaridad mutua, en los que tanto creía Giovanni, es sin duda necesario para renovar las fuerzas progresistas en todo el mundo. Así, la noticia de la muerte de Arrighi, que falleció el 18 de junio de 2009 tras una dura batalla contra el cáncer, fue recibida con gran tristeza por el mundo de la academia y el activismo, y por sus amigos, ex alumnos y colegas.

La conferencia organizada en Madrid, en la que se dieron cita personas de todo el mundo –incluidos muchos ex alumnos y colaboradores de Arrighi desde los años sesenta hasta la actualidad– pretendía ser una especie de punto de reencuentro y una oportunidad para discutir la crisis actual y el trabajo de Giovanni. Por desgracia, a última hora y debido a su enfermedad, Giovanni y Beverly Silver, su mujer y compañera intelectual, no pudieron asistir al encuentro. Gracias a la tecnología moderna, Giovanni y Beverly pudieron seguir partes de la discusión desde la habitación de un hospital en los Estados Unidos. Sin embargo, no se dio el animado intercambio de visiones con Giovanni y Beverly que todos los participantes esperaban con tanta expectación. A pesar de esta dolorosa ausencia de la conferencia –que contó con la participación, entre otros, de Lu Aiguo, Samir Amin, Perry Anderson, Amiya Bagchi (2005), Walden Bello, Robert Brenner, Gillian Hart, Hung Ho-fung, Bill Martin, Emir Sadr, Ravi Palat y John Saul–, y tal como comentó Beverly Silver, se trató, sin duda, de un gran éxito. Durante los cinco días que duraron las jornadas, los debates fueron tremendamente intensos y, a menudo, derivaron en sesiones maratonianas.

Nacido en Milán en 1937, la trayectoria política de Giovanni estuvo definitivamente marcada por la actitud antifascista de su familia. El contexto político en que surgieron estas actitudes estaba caracterizado, por supuesto, por la ocupación nazi en algunas zonas de Italia, el aumento de la resistencia local y la llegada de los aliados. Formado originalmente en economía neoclásica en Italia, tras trabajar un tiempo en algunas empresas, Arrighi acabó emigrando a Zimbabwe (entonces Rhodesia) a principios de los años sesenta. Como apunta William Martin (2005: 381) en un artículo sobre la importancia de académicos como C.L.R. James, W.E.B. Du Bois y Oliver Cox en la perfilación del concepto, “el análisis de los sistemas-mundo, como la economía capitalista mundial, tiene profundas raíces africanas”.(4) La emigración de Arrighi (2009) a África fue, según sus propias palabras, “un verdadero renacimiento intelectual”, un viaje en que empezó su “larga marcha de la economía neoclásica a la sociología histórica comparativa”. Aquí, junto con John Saul, Martin Legassick y muchos otros, esta nueva generación de activistas-investigadores desarrolló un análisis político-económico pionero, centrado en las contradicciones generadas por la proletarización y la desposesión del campesinado en el sur de África.

Fue también en Rhodesia donde Giovanni, que en 1966 se hizo miembro de la Unión del Pueblo Africano en Zimbabwe (ZAPU), coincidió con su antiguo alumno –y después amigo y compañero de la ZAPU– Bhasker Vashee, un africano de origen indio con su mismo espíritu internacionalista y que, años después, pasaría a ser director del Transnational Institute, sustituyendo al legendario activista-académico antiimperialista Eqbal Ahmad (2006).(5) De hecho, Giovanni y Bhasker fueron compañeros de celda al ser detenidos por sus actividades anticolonialistas. Giovanni fue deportado aproximadamente una semana después de su arresto; Basker sólo fue liberado tras un año de prisión incomunicada y tras una larga campaña internacional a favor de su puesta en libertad. En 1966, Giovanni se trasladó a Dar es Salaam, en un momento en el que Tanzania daba refugio a movimientos de liberación nacional de toda África. Aquí, entre los colegas de Arrighi se contaba una larga lista de académicos radicales, como John Saul, Walter Rodney e Immanuel Wallerstein.

Más tarde, Giovanni volvió a Italia para dedicarse a la enseñanza y participó en movimientos que defendían la autonomía de la clase trabajadora, además de ayudar a fundar el Gruppo Gramsci. A fines de los años setenta, Arrighi finalizó una de sus obras clave, La geometría del imperialismo, reeditada en 1983. Fue más o menos en torno a esta época cuando Giovanni empezó a reconceptualizar este trabajo como un puente hacia lo que se convertiría en su libro más significativo, El largo siglo XX, seguido después por (2007) Adam Smith en Pekín: orígenes y fundamentos del s. XXI. La obra de Arrighi es hoy considerada por muchos como el trabajo individual más importante sobre la larga duración y la actual crisis del capitalismo mundial.(6)

Partiendo del trabajo de Smith, Polanyi, Gramsci, Marx y Braudel –y del concepto de éste último del capitalismo como el antimercado–, Arrighi afirma que el capitalismo evolucionó durante una serie de largos siglos, en los que distintas combinaciones de organizaciones gubernamentales y comerciales han dirigido, sucesivamente, unos ciclos sistémicos de acumulación. Estos ciclos se han caracterizado por las expansiones materiales del sistema-mundo capitalista. Cuando estas expansiones alcanzan su límite, el capital se desplaza al ámbito de las altas finanzas, donde la competencia militarizada entre Estados por el capital móvil ofrece algunas de las mayores oportunidades para las expansiones financieras.

Así, la otra cara de la moneda de estas expansiones financieras ha sido el estímulo recíproco de la industrialización militar y las altas finanzas como parte de la reestructuración general del sistema-mundo que acompaña a los otoños de los ciclos sistémicos de acumulación y las estructuras hegemónicas de los que forman parte. Las expansiones financieras desembocaron, en un primer momento, en un auge temporal del poder hegemónico en decadencia, en lo que George Soros ha tildado de la “burbuja de la supremacía norteamericana” tras el derrumbe del imperio soviético y la ruptura de la URSS. En última instancia, sin embargo, estas expansiones financieras militarizadas dieron lugar a un creciente caos sistémico y a nuevas revoluciones organizativas en un emergente bloque hegemónico de organizaciones gubernamentales y comerciales “dotado de unas capacidades organizativas cada vez más amplias y complejas para controlar el entorno político y social de la acumulación de capital a escala mundial”, un proceso que, como señalaba Arrighi (1994: 14, 18), tiene un claro “límite inherente”.

En este sentido, cabe destacar que Arrighi –a diferencia de Wallerstein, pero al igual que Braudel– no sitúa los orígenes del capitalismo mundial en los Estados territoriales de Europa durante el largo siglo XVI, sino más bien en las ciudades-Estado italianas de los siglos XIII y XIV, en lo que fue un precursor regional del sistema-mundo moderno. Arrighi dibuja después la alianza del capital genovés y el poder español que produjo los grandes descubrimientos, antes de pasar a analizar la cambiante suerte de las hegemonías holandesa, británica y estadounidense, sus respectivos ciclos sistémicos de acumulación y el desafío planteado a los Estados Unidos por el renacimiento económico del sudeste asiático, al que hoy se ha sumado China.(7) En volúmenes posteriores, que conformaron lo que Arrighi llamaba una ‘trilogía imprevista’ –Caos y orden en el sistema-mundo moderno (coescrito con Beverly Silver y otros colaboradores, 1999) y Adam Smith en Pekín (2007)–, así como en una serie de artículos y la versión actualizada de El largo siglo XX (próxima publicación), este potente análisis aparece aplicado hasta el presente.

Tomemos, por ejemplo, algunas de las propuestas planteadas por Arrighi y Silver hace ya una década (1999: 273-274, 287-288):

La expansión financiera mundial de los últimos veinte años, más o menos, no es ni una nueva etapa del capitalismo mundial ni el anuncio de una “futura hegemonía de los mercados globales”. Se trata, más bien, del indicio más evidente de que nos encontramos en medio de una crisis hegemónica. Como tal, cabe esperar que la expansión sea un fenómeno temporal que terminará de forma más o menos catastrófica”; (…) [hoy día], la propia expansión financiera parece basarse en fundamentos cada vez más precarios” [lo cual se deriva en una] “reacción” [que] “anuncia que la masiva redistribución de renta y riqueza sobre la que descansa la expansión ha alcanzado o está a punto de alcanzar sus límites. Y cuando la redistribución ya no se pueda sostener económica, social y políticamente, la expansión financiera está destinada a su fin. El único interrogante que sigue abierto no es si tendrá lugar, sino cuándo y con qué catastróficas consecuencias se derrumbará el actual dominio mundial de los mercados financieros sin regular (…) Pero la ceguera que llevó a los grupos dirigentes de estos Estados a confundir el “otoño” con una nueva “primavera” de su poder hegemónico supuso que el fin llegara antes y de forma más catastrófica de lo que hubiera podido ser de otro modo (…) Hoy se hace evidente una ceguera parecida”. [Y así], “la caída, más o menos inminente, de Occidente de los puestos de mando del sistema capitalista mundial no sólo es posible, sino probable (…) los Estados Unidos tienen incluso una mayor capacidad que Gran Bretaña hace un siglo para convertir su hegemonía en declive en una dominación explotadora. Si el sistema acaba hundiéndose, será fundamentalmente por la resistencia de los Estados Unidos a ajustarse y acomodarse a las nuevas circunstancias. Y viceversa: que los Estados Unidos se ajusten y se acomoden al creciente poder económico del sudeste asiático es una condición esencial para una transición no catastrófica hacia un nuevo orden mundial”.

En Adam Smith en Pekín, Arrighi retomó muchos de estos temas bajo la perspectiva del nuevo auge de un este asiático centrado en China y la despiadada apuesta norteamericana para mantener su dominio hegemónico con la invasión y la ocupación de Iraq, territorio que alberga las segundas mayores reservas de petróleo del mundo. En lugar de anunciar una nueva etapa de la hegemonía estadounidense, como esperaban sus artífices, Arrighi (2007) hizo hincapié en cómo las ambiciones del Proyecto por un Nuevo Siglo Estadounidense, cuyos miembros ocupaban cargos clave en la Casa Blanca de Bush, ha incrementado la probabilidad a largo plazo de que cada vez hablemos más de los Estados Unidos en el contexto de la “era asiática” del siglo XXI y de lo que los comentaristas ya han empezado a llamar “el Consenso de Beijing” (Ramo, 2002).(8)

Adam Smith en Pekín, al igual que sus predecesores, exige una atenta lectura, teniendo en cuenta lo denso del análisis y lo ambicioso de su alcance. Como señala el propio Arrighi (2007: xi), el objetivo del libro es “ofrecer una interpretación tanto del actual desplazamiento del epicentro de la economía política mundial desde Norteamérica hacia Asia oriental a la luz de la teoría de Adam Smith sobre el desarrollo económico como una interpretación de La riqueza de las naciones a la luz de dicho desplazamiento”. Al mismo tiempo, el libro aborda otras cuestiones, como los motivos de lo que Kenneth Pomeranz (2000) denomina la “gran divergencia” entre Europa occidental, sus ramas colonas y Asia oriental. En la última parte del libro, Arrighi analiza la creciente divergencia entre el poder militar de los Estados Unidos en todo el mundo y el creciente poder económico de Asia oriental, como lo demuestra la acumulación de miles de millones de dólares de superávit en el este asiático encabezado por China y su inversión en valores del Tesoro estadounidense y otros activos en dólares, incluidas las hipotecas de alto riesgo o ‘basura’. Estos hechos son considerados anómalos, sin precedentes en ciclos sistémicos de acumulación anteriores ni en ciclos hegemónicos afines.

Además, el libro de Arrighi, partiendo de una serie de borradores anteriores publicados en New Left Review (NLR), dibuja un reconocimiento y una crítica –aunque desde una perspectiva histórico-mundial comparativa– del trabajo reciente de Robert Brenner (1998, 2002, 2006), que muchos consideran la teoría más convincente del actual largo ciclo descendente y la crisis del capitalismo mundial. Brenner es un académico ya famoso por su trabajo sobre los orígenes del capitalismo. En muchos sentidos, esta combinación de reconocimiento y crítica de Brenner no resulta sorprendente e ilustra el método de Arrighi que, como profesor y académico, siempre instaba a sus alumnos y colegas a combatir los puntos más fuertes de un argumento, no los más débiles.

Bob Brenner (1977, 1981) es, sin duda, uno de los principales detractores del análisis del sistema-mundo, que en un principio criticó como una forma de “marxismo neo-smithiano”. Su labor sobre los orígenes del desarrollo capitalista dieron después lugar al llamado “debate Brenner” (Aston y Philpin, 1987). En muchos sentidos, teniendo en cuenta sus respectivos análisis de los orígenes del desarrollo capitalista, Arrighi y Brenner no podían estar más lejos. La crítica de Brenner a la perspectiva del sistema-mundo de Wallerstein pasaba fundamentalmente por el papel preponderante que Brenner concede a las relaciones entre clases y la lucha de clases en la agricultura, excluyendo prácticamente todo lo demás, situando los orígenes del desarrollo capitalista en el campo inglés. Wallerstein y Arrighi, en cambio, sitúan dichos orígenes en el contexto de un sistema-mundo en expansión, que funciona con una única división del trabajo, que supera los límites territoriales de los Estados-nación.

Aún así, en lo que se refiere a la agricultura capitalista, Wallerstein y Brenner –a pesar de sus grandes diferencias y siguiendo la tradición de la escuela de Annales, muy centrada en la historia rural– tienen más en común entre sí que con el tratamiento de los orígenes del capitalismo que Arrighi elabora en El largo siglo XX (véase también Brenner e Isett, 2002). En la obra de Arrighi (1994, 1998), el capitalismo agrícola tiene un papel modesto o nulo en los orígenes del desarrollo capitalista a escala mundial. Esto difiere claramente de la visión de Wallerstein en El moderno sistema mundial, cuyo primer volumen, al fin y al cabo, lleva por subtítulo La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI. En este punto, tal y como apunta Walter Goldfrank en uno de sus artículos (2000:162), la perspectiva de Wallerstein tenía mucho en común con la clásica obra de Barrington Moore Los orígenes sociales de la dictadura y la democracia (1966). En cambio, la versión de Braudel de la historia capitalista, siguiendo a Oliver Cox (1959), situaba al capitalismo en el máximo nivel del comercio y las altas finanzas mundiales –y sólo en menor medida en la industria–, y ésa es la idea con la que Arrighi coincidía fundamentalmente. La actual crisis del capitalismo a escala mundial parece un momento especialmente oportuno para volver a plantear estos importantes debates sobre la naturaleza del desarrollo capitalista, sus orígenes, sus trayectorias futuras, su posible desaparición y alternativas realistas. Una cuestión clave es qué tipo de sistema o sistemas alternativos se acercarían más al orden u órdenes mundiales más democráticos, igualitarios, pacíficos y socialmente justos que busca la humanidad.

En cuanto a la presente crisis, Arrighi y Brenner tienen mucho más en común en lo que se refiere al análisis del largo ciclo ascendente y del consiguiente largo ciclo descendente. Aunque parezca paradójico, Brenner –la persona que arremetió contra el “marxismo neo-smithiano”– ofrece una visión de la crisis que se parece bastante al análisis neo-smithiano que hace Arrighi sobre el fin de todas las expansiones materiales: la creciente competencia reduce los beneficios. Así, tanto Arrighi como Brenner consideran que la crisis actual no es tanto una crisis financiera propiamente dicha como la muestra de una crisis del capitalismo mucho más profunda, que se remontaría al largo ciclo descendente de los años setenta.

Brenner, sin embargo, considera que esta crisis se caracteriza en gran medida por la sobreproducción, mientras que Arrighi opina que el ciclo descendente se debe básicamente a la sobreacumulación. Otro aspecto que Arrighi destaca (2007), a diferencia de Brenner, pasa por relacionar más claramente el actual ciclo largo descendente con la crisis de la hegemonía estadounidense –algo parecido, salvando las distancias, a los problemas a los que se enfrentó la hegemonía británica a fines del siglo XIX y principios del XX–, así como a los diversos grados del creciente poder de la clase trabajadora.(9) Curiosamente, Brenner, que antes había subrayado el protagonismo de la lucha de clases en los orígenes del desarrollo capitalista, prácticamente pasa por alto el papel de la clase obrera y la lucha de clases para explicar el origen del largo ciclo descendente y se centra, de forma casi exclusiva, en la rivalidad intracapitalista entre Japón, Alemania y los Estados Unidos.

La atención de Brenner a la producción en Japón, Alemania y los Estados Unidos se diferencia también del acento de Arrighi en el dinero, las finanzas y la financiarización en el contexto de la actual crisis de la hegemonía estadounidense. Arrighi destaca, en concreto, el crecimiento exponencial de los mercados monetarios extranjeros, el desmantelamiento del sistema de cambios fijos de Bretton Woods y el paso a un sistema cambiario flexible en el marco de la guerra de Vietnam y la crisis fiscal general de lo que James O’Conner denomina “el Estado militar del bienestar” de los Estados Unidos. La consiguiente liberalización de los controles sobre el capital en gran parte del mundo que fue de la mano de este paso a los cambios flexibles ha desembocado, como se predijo, en burbujas especulativas y repetidas crisis financieras mundiales.

Para Arrighi, un momento especialmente decisivo en este sentido llegó con la expansión financiera militarizada, encabezada por los Estados Unidos, de fines de los años setenta y principios de los ochenta, en la que los Estados Unidos competían por el capital móvil en los mercados de capital mundiales adquiriendo créditos con los medios más regresivos posibles. Esto supuso un giro crucial, ya que fue durante esta época cuando Washington abandonó su anterior tolerancia por formas de desarrollismo a favor de una contrarrevolución en la política del desarrollo asociada con el llamado “Consenso de Washington”, que se sigue desplegando hoy en día en el contexto del desmoronamiento del capitalismo “neoliberal” (véase Serra y Stiglitz, 2008; Eatwell y Taylor, 2000; Arrighi, 1994, 2002).

Peter Gowan (1999), con su libro La apuesta por la globalización: la geoeconomía y la geopolítica del imperialismo euro-estadounidense y una serie de artículos relacionados (véase también Davis, 1986; véase también Sassen, 2008), fue uno de los mejores analistas de este proceso de globalización empresarial-estatal capitaneada por los Estados Unidos. Gowan prestaba una especial atención a la ofensiva de lo que Jagdish Bhagwati (2002) denomina “el complejo Wall Street-Tesoro” –repleto de ahorros de inversores asiáticos– para abrir los mercados asiáticos a través de la guerra financiera. La eliminación de los controles sobre el capital, la desregulación de los mercados financieros y el crecimiento del capital financiero especulativo –desde los derivados a los fondos de alto riesgo– en el marco del aumento de las exportaciones chinas condujo directamente a la crisis económica asiática de 1997 y a los consiguientes intentos por mejorar la integración financiera regional.(10) Esta importante obra de Gowan –ex investigador del Transnational Institute y miembro del equipo de redacción de New Left Review durante muchos años, también fallecido el pasado junio– le valió la entrada al selecto club de los más destacados analistas del poder estadounidense, entre los que también sobresale el brillante lingüista y destacado pensador político Noam Chomsky (1982, 1991, 1993, 2007, 2010).(11)

Poco antes de su muerte, Arrighi (2009) reflexionaba sobre su propia obra en una entrevista realizada por David Harvey, uno de los más renombrados expertos en capitalismo. Harvey le preguntaba a Arrighi: “La actual crisis del sistema financiero mundial parece la reivindicación más espectacular de las predicciones teóricas que has sostenido desde hace mucho tiempo más allá de lo que nadie podía imaginar. ¿Hay de todas formas aspectos de esta crisis que te hayan sorprendido?”. Arrighi (2009:90) le respondió aludiendo a los distintos elementos que le habían pasado por alto: los detalles de las burbujas especulativas, desde el auge de las punto com y la megaburbuja inmobiliaria a la determinación de la belle époque de la hegemonía estadounidense, que considera que ganó impulso con Clinton, antes de apuntar que: “con la explosión de la burbuja de la vivienda, lo que estamos observando ahora es, con toda claridad, la crisis terminal de la centralidad financiera y de la hegemonía estadounidenses” (véase también Canova, 2008).

Entre los principales aspectos de la definición de los períodos del capitalismo mundial según Arrighi (1994: 4-5; 2009: 90-94), se encuentra la convergencia fundamental con el acento que pusieron Braudel y Schumpeter en la flexibilidad del capitalismo, su no especialización y su capacidad para cambiar y adaptarse. También aquí radica el papel privilegiado del capital monetario y el sistema de deudas nacionales para reiniciar el capitalismo, ya que se acumula en centros en declive y busca futuros beneficios invirtiendo en potencias hegemónicas al alza, desde Venecia a los Estados Unidos.(12) Igual de importante es el constante énfasis de Arrighi en la geohistoria; Arrighi demuestra cómo las diversas combinaciones de geografía e historia han hecho y deshecho fortunas capitalistas.

Otro de los aspectos más importantes del análisis de Arrighi –al que se suele prestar poca importancia y que es fundamental para entender su uso del concepto de hegemonía de Gramsci en el contexto del capitalismo como un sistema global– es que las repetidas batallas entre las potencias capitalistas y territoriales han sido decisivas para la creación y la recreación del capitalismo mundial. En este sentido, aunque pocas veces se menciona, las potencias capitalistas y territorialistas de Arrighi eran, en gran medida, sinónimo de las repetidas batallas entre las potencias navales y, después, aéreas (Venecia, las Provincias Unidas, Inglaterra, los Estados Unidos) y las potencias continentales territorialistas (España, Francia, Alemania y la URSS).

Como Arrighi subraya, las expansiones financieras y la rivalidad por el capital móvil y el creciente caos sistémico que, por norma, caracterizan a las transiciones hegemónicas fueron recreando el mundo sobre unas bases sociales cada vez más estrechas y militarizadas. La trayectoria del poder estadounidense desde fines de los años setenta lo demuestra de forma bastante clara (Gowan, 1999; véase también Reifer, 2007). Sin embargo, en última instancia, estas repetidas expansiones militarizadas terminaron, sin excepción, con la recreación del sistema mundial sobre unas nuevas bases sociales bajo una potencia hegemónica en alza o, al menos, con la caída del rival continental. El último ejemplo de derrumbe de un rival continental fue la dramática caída del imperio soviético en Europa oriental y la ruptura de la propia Unión Soviética, de forma que gran parte de la región ha vuelto ahora a su papel de Tercer Mundo, en una batalla que se libró tanto en los mercados mundiales de capital como en cualquier campo de batalla, como no se cansaba de recalcar Arrighi (véase también Berend, 1996). En este panorama, no sólo se revela el eclecticismo y la flexibilidad del capitalismo, sino también la naturaleza evolutiva y dinámica de este sistema en expansión a medida que crecía hacia un alcance global.

Otro aspecto crítico de la obra de Arrighi (1990, 1991, 2002) es el análisis de distintas regiones-mundo y las desigualdades en la renta mundial. En este sentido, Arrighi siempre intentó tener en cuenta: a) la herencia precolonial b) el impacto del colonialismo y c) la trayectoria poscolonial, en el marco de un análisis histórico mundial comparativo. La idea de los últimos trabajos de Arrighi (1991, 2002) era combinar su análisis comparativo de largo plazo del África subsahariana con su trabajo más reciente sobre Asia oriental, así como analizar el desarrollo en otras regiones, desde la experiencia de Europa oriental a lo que él denominaba “el núcleo orgánico de la economía-mundo capitalista”, incluidos Europa occidental, Japón y los Estados Unidos.

Otro elemento destacable del trabajo de Arrighi (1998) fue replantear lo que él llamaba “los no debates de los años setenta” (primero entre Theda Skocpol, Robert Brenner y Immanuel Wallerstein y, después, entre Wallerstein y Braudel). Aquí, Arrighi señalaba que por útiles que hubieran resultado estos no debates en el pasado para proteger algunas agendas de investigación contra su desaparición prematura, “finalmente resultaron contraproducentes para la plena realización de sus potencialidades. Opino que el análisis de los sistemas-mundo hace tiempo que llegó a este nivel y que sólo se puede beneficiar de una discusión dinámica de cuestiones que se deberían haber debatido hace mucho tiempo pero que nunca se debatieron”.

En este contexto, Perry Anderson (2007: Ch.12), redactor durante años de New Left Review, comparte algunos pasajes especialmente reveladores en su ensayo sobre la importante obra de Brenner.(13) Tras examinar el argumento de Brenner sobre el papel central del capitalismo agrícola en Inglaterra –excluyendo prácticamente todo lo demás, como el papel de las ciudades y del comercio (exterior)– en los orígenes del desarrollo capitalista, Anderson (2007: 251), de forma muy elocuente, admite:

Más allá de la fuerza de este caso, siempre ha habido dificultades con su contexto general. La idea del capitalismo en un solo país, tomada literalmente, es sólo un poco más plausible que la del socialismo en un solo país (…) Históricamente, tiene más sentido contemplar el surgimiento del capitalismo como un proceso de valor añadido que ganaba en complejidad a medida que se movía a lo largo de una cadena de lugares interrelacionados. En esta historia, el papel de las ciudades fue siempre central (…) Los terratenientes ingleses nunca podrían haber iniciado su conversión hacia la agricultura comercial sin el mercado de la lana en las ciudades flamencas (véase también Jameson, 1998: 136-161).

No me consta que nadie haya apuntado aún a la confluencia entre Brenner y Wallerstein –en marcado contraste con el trabajo de Braudel y de Arrighi– sobre la relevancia del capitalismo agrícola (en Inglaterra para Brenner y en Inglaterra y las periferias emergentes de la economía-mundo en las Américas y en Europa oriental para Wallerstein) en la emergencia del capitalismo. Sin duda, las diferencias son aún mayores que las similitudes: para Brenner, el capitalismo se desarrolla en el campo del Estado-nación inglés y, para Wallerstein, en el contexto del incipiente sistema-mundo. En su obra El moderno sistema mundial, Wallerstein elaboró un esquema brillante de las interrelaciones entre el capitalismo agrícola y el máximo nivel del comercio y las finanzas mundiales de Braudel. Sin embargo, hasta la fecha, nadie ha analizado en profundidad cómo estas formas dinámicas de capitalismo agrícola podrían relacionarse con el crecimiento del capitalismo en el máximo nivel del comercio y las finanzas mundiales que plantea Braudel en su trilogía clásica Civilización y capitalismo, del siglo XV al XVIII y Arrighi en El largo siglo XX. En muchos sentidos, no resulta sorprendente, ya que una de las principales ideas de la obra de Braudel y Arrighi –a diferencia de Annales y Brenner, que conceden una gran importancia a la historia rural– pasa por relativizar la importancia potencial de la agricultura en los orígenes del sistema-mundo del desarrollo capitalista.

En este contexto, resulta significativo el retorno de Arrighi a su propio trabajo anterior sobre el papel de la oferta de mano de obra, basándose en la importante obra de Gillian Hart (2002) sobre el tema en el este asiático y el sur de África. Hart llama la atención sobre las contradicciones de la acumulación del capital a través de la desposesión mediante la plena proletarización, como señala Arrighi, de lo que Samir Amin (1976) denomina “las reservas de mano de obra de África” en todo el sur de África, incluido el país del apartheid (véase también Mamdani, 1996). Aquí, la combinación de colonialismo blanco –en el marco de la expansión de la agricultura capitalista, el descubrimiento de extensas reservas de riquezas naturales y una continua falta de mano de obra– condujo a los colonialistas blancos a promover la total desposesión de una gran parte del campesinado africano para proporcionar mano de obra barata a las minas, primero, y a la industria manufacturera, después. Con el tiempo, sin embargo, la plena proletarización de estos grupos terminó incrementando los costes laborales y desembocando en un creciente estancamiento económico.

Esta experiencia surafricana de la acumulación a través de la desposesión en el contexto del colonialismo blanco contrasta marcadamente, como subraya Gillian Hart (2002), con las experiencias de “éxito de desarrollo” del este asiático, incluido el reciente auge económico de China. La trayectoria del este asiático ha pasado por la acumulación del capital sin un proceso de desposesión, combinada con un “desarrollo e industrialización rurales” (por ejemplo, mediante iniciativas de empresas en aldeas). “Así como la tradición surafricana, en última instancia, ha reducido los mercados nacionales, aumentado los costes de reproducción y disminuido la calidad de la mano de obra, la tradición del este asiático ha ampliado los mercados nacionales, reducido los costes de reproducción y mejorado la calidad de la mano de obra” (Arrighi, Aschoff y Scully, 2009: 39-40; véase también Hart, 2002: 206-231).(14)

La paradoja aquí –resaltada por Arrighi y sus colaboradores– es que la plena proletarización de los productores originales a través de la acumulación mediante desposesión, aunque normalmente se asociaba con los orígenes de un desarrollo capitalista fructífero, se ha convertido en uno de los principales obstáculos a ese tipo de desarrollo en el sur de África, así como quizá en muchas otras regiones del Sur Global. Así pues, se parte de distintas trayectorias de acumulación –con o sin desposesión y políticas de exclusión racial– para analizar la discrepancia radical de las experiencias de desarrollo del este asiático y del sur de África. Para abordar estos desafíos, especialmente la necesidad de redistribuir tierras y mejorar la educación y el bienestar social de la mayoría de los africanos, se presentan varias recomendaciones (Arrighi, Aschoff & Scully, 2009; véase también Sen, 1999).(15)

El trabajo de Hart y Arrighi sobre la acumulación con y sin desposesión en las trayectorias contemporáneas de desarrollo en el sur de África y el este asiático también podría arrojar cierta luz sobre la cuestión de los orígenes del desarrollo capitalista en la agricultura analizado por Brenner y Wallerstein. De hecho, y aunque no se ha hecho hasta el momento, es posible imaginar el establecimiento de una serie de vínculos geohistóricos entre la obra de Marx, Wallerstein, Braudel y Arrighi sobre “el máximo nivel del comercio y las altas finanzas” (junto con el trabajo de Barrington Moore, Brenner, Wallerstein y otros sobre el capitalismo agrícola, que relaciona estos acontecimientos en una síntesis original). La idea aquí pasaría por demostrar más claramente –como, por ejemplo, a través del tratamiento clásico que Wallerstein concede a estas cuestiones en El moderno sistema mundial y mediante una relectura del “debate Brenner” y de lo que Giovanni denomina “los no debates de los años setenta”– cómo la agricultura capitalista, la urbanización y lo que Arrighi llama el “sistema capitalista de formación del Estado y libramiento de la guerra”– están estrechamente interrelacionados en los orígenes históricos mundiales del desarrollo capitalista, como Perry Anderson parece sugerir en el pasaje de Spectrum citado anteriormente. Estos debates sobre pasado y presente están, por supuesto, interrelacionados; las digresiones del pasado plantean, en esencia, preguntas sobre el presente y reflejan inquietudes de hoy día.

Tal como indicaba la revista New Ledt Review (1977: 1) en una introducción editorial a la crítica de Brenner al llamado ‘marxismo neo-smithiano’ a fines de los años setenta:

El famoso debate en los años cuarenta entre historiadores marxistas –Dobb, Sweezy, Hilton, Takahashi y otros– sobre los orígenes del capitalismo representa uno de los intercambios internacionales más duraderos sobre una cuestión teórica fundamental que haya tenido jamás lugar en el marco del materialismo histórico. Las implicaciones de sus lecturas encontradas de cómo surgió el capitalismo y por qué lo hizo en determinadas regiones del mundo en lugar de otras revestían un interés que excedía lo meramente histórico. Estas lecturas influyen en la evaluación de la situación de la lucha de clases a escala mundial hoy día, las interpretaciones del Estado burgués y las concepciones de la transición del capitalismo al socialismo. El debate también conllevó una serie de problemas teóricos clave sobre la naturaleza del determinismo histórico, la relación entre economía y política, y la validez del análisis básico de Marx del capitalismo.(16)

Se podría decir algo muy parecido con respecto a los debates actuales sobre estas cuestiones. En los últimos años, Arrighi esperaba elaborar una recopilación de su trabajo más importante desde la óptica de la desigualdad global. Lamentablemente, Arrighi no podrá terminar esta labor, aunque espero que haya otros que reunirán sus trabajos más importantes sobre el tema y les darán la amplia difusión que se merecen. Uno no puede dejar de preguntarse hasta qué punto Arrighi habría basado esta iniciativa en el destacado trabajo sobre la desigualdad desarrollado en las últimas décadas por personas como Jean Dreze, Amartya Sen, Amiya Kumar Bagchi (2005), Charles Tilly (1999), Branko Milanovic (2005) y Roberto Korzeniewicz, entre otros.(17) Por otro lado, no se podría rendir mejor homenaje a Giovanni Arrighi y su búsqueda de un sistema mundial más humano que volviendo a estas cuestiones fundamentales de nuestro tiempo, que forman parte de nuestros esfuerzos colectivos para entender el mundo y transformarlo en un lugar más pacífico, socialmente justo, medioambientalmente sostenible e igualitario en todos los sentidos.

Entre las pérdidas más significativas en la vorágine de la vida contemporánea del siglo XXI, dominada por la cultura de lo inmediato y de lo que Noam Chomsky –tomando prestadas las palabras de Isaiah Berlin– llama ‘el clero secular de los intelectuales de elite, se encuentran la práctica desaparición de cualquier intento por analizar el presente desde la perspectiva de la larga duración. La obra de Giovanni Arrighi –y la de sus colaboradores y tantos estudiantes y activistas a los que ha servido de inspiración– representa un esfuerzo pionero precisamente en ese sentido. Como decía mi amigo y compañero Wilbert van der Zeijden, pensando en la pérdida durante el pasado mes de junio de dos de los más grandes intelectuales de nuestro tiempo, Giovanni Arrighi y Peter Gowan, “sólo podemos esperar que nuestra generación sea lo bastante inteligente como para seguir avanzando a partir de sus investigaciones, pensamiento y perspectivas”.

Así que, en palabras de los movimientos de liberación africanos, ¡a luta continua!

27/8/2009

Tom Reifer es profesor adjunto de Sociología de la Universidad de San Diego e investigador adjunto del Transnational Institute.

Notas

Me gustaría expresar mi agradecimiento a todos los participantes de la conferencia internacional sobre la obra de Giovanni Arrighi y la actual crisis patrocinada por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid por estimular un debate que ha influido mucho en mi propio pensamiento. Gracias también a Tom Doberzeniecki por sus útiles comentarios. Asumo, por supuesto, la responsabilidad por cualquier posible error u omisión.

La revista Journal of World-Systems Research publicará próximamente una versión previa de este ensayo.

(1) Según su página web en la Universidad Johns Hopkins, donde Arrighi trabajó en su día como director del Instituto de Estudios Globales sobre Cultura, Poder e Historia y como catedrático entre 2003 y 2006, y donde daba clases desde fines de los años noventa, finalmente recibió uno de los mayores honores del centro, la cátedra de Sociología George Armstong Kelly. La página explica también que “Giovanni contará con un acto en su honor en la convención anual de la Asociación de Sociología de los Estados Unidos, con una sesión titulada ‘Desde Rhodesia a Pekín: reflexiones sobre la labor académica de Giovanni Arrighi”, el sábado 8 de agosto en el Hilton San Francisco”.

(2) Véase también el importante trabajo de Branko Milanovic (2005), que bebe de las importantes aportaciones de Arrighi sobre las desigualdades de la renta mundial para analizar la actual polarización global de la riqueza.

(3) Se prevé que las ponencias de la conferencia, patrocinada por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, se publiquen próximamente en un único volumen.

(4) Véase también la destacada colección en volúmenes editada por Aquino de Braganca e Immanuel Wallerstein, The African Liberation Reader: Documents of the National Liberation Movements, Zed Press, 1982.

(5) Los textos de Ahmad (2006) están recopilados en un imponente volumen. Amigos durante años, el difunto Edward Said le dedicó su libro Cultura e imperialismo (Barcelona: Anagrama, 2004).

Sobre Basker, véase la breve biografía, una curiosa entrevista con él y los distintos tributos, incluido el del propio Arrighi, en la página web del Transnational Institute, que patrocina una charla anual en memoria de Basker Vashee y que esperaba que Arrighi se hubiera podido encargar de la próxima.

(6) Para hacerse una idea de sus logros, véanse las distintas entradas de Ingham y Reifer en The Cambridge Dictionary of Sociology, 2006. Véanse también las brillantes reseñas de Frederic Jameson en The Cultural Turn, capítulos 7-8, New York: Verso, 1998, pp. 136-189.

El largo siglo XX, que salió publicado en 1994, no dibuja en detalle, por supuesto, la actual crisis de las últimas décadas, un tema que Arrighi trató en (2007) Adam Smith en Pekín. Sin embargo, como se comenta más adelante, el marco analítico que Arrighi estableció a principios de los años noventa se revela muy profético a la luz de la debacle financiera de 2008 y 2009. Más adelante, examinaremos la opinión de Arrighi (2007) sobre lo que se suele considerar el análisis alternativo más importante e integral de la actual crisis, propuesto por Robert Brenner (2003, 2006). Véase también Arrighi y Silver, 1999, al que también aludiremos más adelante.

(7) Nuestra interpretación del papel clave del capitalismo financiero y cosmopolita genovés en la conformación del mundo moderno se está viendo transformada hoy día gracias a la titánica aunque poco conocida labor de uno de los ex alumnos de Fernand Braudel, Giuseppe Felloni, que se ha pasado unos treinta años estudiando y catalogando los archivos –escritos en latín– del legendario Banco di San Giorgi de Génova. Sobre el trabajo de Felloni, véase Vincent Boland, “The World’s First Modern, Public Bank”, Financial Times, 17 de abril de 2009, y las referencias citadas en él.

(8) Véase también la Declaración de Beijing.

(9) Véase también el interesante artículo de Beverly J. Silver y Giovanni Arrighi, “Workers North & South”, Socialist Register 2001, editado por Leo Panitch y Colin Leys, London: Merlin Press, 2000, pp. 53-76, el artículo de Arrighi (1990) “Marxist Century, American Century: The Making & Remaking of the World Labour Movement”, New Left Review 179, enero/febrero de 2009, pp. 29-64, y Silver, 2003.

(10) Un trabajo fundamental sobre el importante papel de los fondos de alto riesgo durante la crisis –que echa por tierra gran parte de la ortodoxia neoliberal preponderante– es Gordon de Brouwer (2001), Hedge Funds in Emerging Markets, Cambridge University Press. Véase también Alfred Steinherr’s Derivatives, John Wiley, 1998, 2000. Para un excelente análisis del crecimiento de la integración financiera de Asia oriental, véase Injoo Sohn (2005, 2007). Finalmente, véase también Eatwell & Taylor, 2000, así como Helleiner (1994), y Panitch y Konings (2008).

(11) Véase una muestra del compromiso de Gowan con la perspectiva del sistema-mundo en su importante reseña de Caos y orden en el sistema-mundo, de Arrighi y Silver, en New Left Review 13, enero/febrero de 2002, pp. 136-145 y su “Contemporary Intracore Relations & World-Systems Theory”, en Christopher Chase-Dunn y Salvatore Babones, eds., Global Social Change, Baltimore: Johns Hopkins, 2006, pp. 213-238, en el que Gowan analiza el destacado trabajo de Christopher Chase-Dunn y Thomas Hall (1997) y de Chase-Dunn, 1989. Chase-Dunn es actualmente director del Instituto de Investigación sobre Sistemas-Mundo (IROWS) en la Universidad de California Riverside.

(12) Para un interesante artículo sobre el papel clave –y a menudo olvidado– del dinero y la banca en los orígenes y el desarrollo del capitalismo, véase Geoffrey Ingham, “Capitalism, Money & Banking: A Critique of Recent Historical Sociology”, British Journal of Sociology, Volume no. 50, Issue no. 1, marzo de 1999, pp. 76-96. Véase también Ingham 2004, 2008.

Para uno de los mejores blogs sobre la actual crisis financiera, véase el sitio web del Transnational Institute y el Institute for Policy Studies: http://www.casinocrash.org – “pensamiento crítico sobre la crisis financiera y económica”.

(13) En este capítulo, Anderson (2007) desarrolla uno de los debates críticos más elaborados sobre el análisis de Brenner del largo ciclo descendente, analizando sus virtudes y las cuestiones teóricas y empíricas que deja sin respuesta. Entre los principales puntos débiles de Brenner, según señala Anderson (2007: 261-262; véase también Arrighi, 2007: 139-142), estarían: a) el presupuesto, y no la argumentación, del papel protagonista de la producción material, concretamente de la fabricación industrial, en la interpretación del largo ciclo descendente y b) la poca atención teórica (tan habitual entre los economistas después de Marx) que se presta al papel del dinero, las divisas y los tipos de cambio, así como a la importancia del dominio del dólar estadounidense en el sistema global (este último punto es, precisamente, uno de los más fuertes del trabajo de Arrighi). El ensayo de Anderson incluye una discusión preliminar sobre las primeras críticas de Arrighi a Brenner, posteriormente revisada e incluida en Adam Smith en Pekín.

Otra cuestión clave que aún queda por abordar con mayor detalle es el vínculo entre la profunda estructura del capitalismo Estatal-empresarial militarizado de los Estados Unidos y el poder estadounidense en el conjunto del sistema global.

(14) Giovanni Arrighi, Nicole Aschoff y Benjamin Scully, “Accumulation by Dispossession & its Limits: The Southern African Paradigm Revisited”, 17 de febrero de 2009, artículo inédito de próxima publicación. Los autores (2009: 8-10) también citan la sugerencia de Hart (2002: 199-200) de que entendamos este análisis de las diferencias histórico-comparativas entre las trayectorias de desarrollo del sur de África y el este asiático como una forma para “replantear debates de economía política clásicos y revisar la premisa teleológica sobre la ‘acumulación primitiva’ a través de la que la desposesión se ve como un concomitante natural del desarrollo capitalista”.

Para una larga revisión histórica sobre las desigualdades en Sudáfrica, véase el destacado trabajo de Terreblanche (2005).

(15) Una forma interesante de realizar este análisis comparativo podría pasar por incluir más plenamente la experiencia de América Latina. Para una primera idea de este tipo de análisis, en que se comparan los ejemplos del este asiático, bajo la influencia de Japón, y de América Latina, bajo la influencia de los Estados Unidos, en lo que se refiere a los modelos de desarrollo e industrialización, véase el excelente trabajo del fallecido Fernando Fajnzylber, 1990a, b; véase también Reifer, 2006: 133-135; así como Janvry, 1981. Para un análisis sobre la importancia de las cuestiones medioambientales en el desarrollo sostenible, véase Faber, 1993. Para debates más amplios sobre la creciente relevancia de las cuestiones medioambientales en las luchas por el desarrollo sostenible y la justicia social, véase la revista Capitalism, Nature & Socialism.

(16) Véase también las aportaciones al debate reunidas en The Transition from Feudalism to Capitalism, Verso, 1976, con una introducción de Rodney Hilton.

(17) Korzeniewicz –otro de los ex alumnos de Arrighi– y sus colegas son autores de lo que será, sin duda alguna, una obra de referencia sobre las desigualdades globales, Unveiling Inequality (próxima publicación, Russell Sage Foundation, 2009).

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Una crítica al fallecido Nobel de economía, P. Samuelson…

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FotoEl problema de Paul Samuelson

Michael Hudson, in CounterPunch

Paul Samuelson, el más conocido de los economistas norteamericanos, falleció este pasado domingo. Fue el primer galardonado con el Premio Nobel de Economía (establecido en 1970, el año anterior, por el Banco de Suecia “en honor de Alfred Nobel”). Dicho galardón provocó esta mordaz crítica publicada por Michael Hudson el 18 de diciembre de 1970 en Commonweal. El artículo se titulaba “¿Merece la economía el Premio Nobel? (Y a propósito, ¿se lo merece Samuelson?)”.

Ya resulta bastante lamentable que el campo de la psicología haya constituido durante tanto tiempo una ciencia no social, al observar las fuerzas motivadoras de la personalidad como algo que se deriva de la experiencia psíquica interna y no, en cambio, de la interacción personal con el entorno social. Algo parecido sucede en el campo de la economía: desde su revolución "utilitarista" hará cosa de un siglo, esta disciplina ha abandonado también su análisis del mundo objetivo y sus relaciones políticas, económico-productivas, en favor de normas más introvertidas, utilitarias y orientadas hacia el bienestar social. Las especulaciones morales relativas a lo psíquico matemático han venido a desplazar a la ciencia otrora social de la economía política.

En buena medida, la revuelta de esta disciplina contra la economía política clásica británica era una reacción contra el marxismo, que representaba la culminación lógica de la economía clásica ricardiana y su énfasis primordial en las condiciones de producción. Tras la contrarrevolución, la fuerza motivadora del comportamiento económico vino a considerarse como algo que proviene de las necesidades humanas antes que de sus capacidades productivas, la organización de la producción y las relaciones sociales que se siguen de ello. Para el periodo de postguerra, la revolución anticlásica (curiosamente denominada neoclásica por sus participantes) había ganado la batalla. Su más importante libro de texto para el adoctrinamiento fue Economics de Paul Samuelson.

Hoy en día prácticamente todos los economistas reconocidos son producto de esta revolución anticlásica, que yo mismo me siento tentado a llamar revolución contra el análisis económico per se. Los profesionales reconocidos de la economía descuidan de modo uniforme las condiciones sociales previas y las consecuencias de la actividad económica humana. En esto reside su deficiencia, así como la del Premio de Economía recientemente instituido y otorgado por la Academia Sueca: durante la próxima década por lo menos debe seguir siendo por fuerza un premio para lo que no es economía o para la economía superficial en el mejor de los casos. ¿Debería por tanto concederse en algún caso?

Este es sólo el segundo año en que se concede el Premio de Economía y la primera vez que se otorga a una sola persona — Paul Samuelson –, descrito en palabras de un jubiloso editorial del New York Times como “el mayor teórico económico puro del mundo". Y sin embargo el cuerpo de doctrina al que se adhiere Samuelson constituye una de las razones por las que ha ido descendiendo el número de estudiantes matriculados en las facultades de Economía del país. Pues se sienten consternados, me alegra decirlo, por la irrelevante naturaleza de esta disciplina tal como hoy se enseña, se impacientan ante su incapacidad para describir los problemas que acosan al mundo en que viven, y se sienten ofendidos por cómo se aparta en sus explicaciones de los problemas más evidentes que hacían en un principio tan atractiva a sus ojos esta materia.

El problema de la concesión del Nobel no reside tanto en la persona escogida (aunque me extenderé después sobre las implicaciones de la elección de Samuelson), sino en su designación de la economía como campo científico digno en algún caso de recibir un Premio Nobel. En palabras del comité del Premio, el señor Samuelson ha sido galardonado "por el trabajo científico mediante el cual ha desarrollado la teoría económica estática y dinámica y ha contribuido activamente a elevar el nivel del análisis en la ciencia económica…".

¿Cuál es la naturaleza de esta ciencia? ¿Puede ser "científico" promulgar teorías que no describen la realidad económica tal como se desenvuelve en su contexto económico, y que, cuando se aplican, conducen al desequilibrio económico? ¿Es la economía verdaderamente una ciencia? Por supuesto, se lleva a la práctica, pero con una notable falta de éxito en años recientes por parte de todas las principales escuelas económicas, de los postkeynesianos a los monetaristas.

En el caso de Samuelson, por ejemplo, la política comercial que se deduce de sus doctrinas teóricas es el laissez faire. Que esta doctrina ha sido adoptada por la mayoría del mundo occidental resulta evidente. Que ha beneficiado a las naciones desarrolladas, está claro también. Sin embargo, es dudosa su utilidad en el caso de los países menos desarrollados, pues por debajo se encuentra una permanente justificación del statu quo: dejemos que las cosas marchen por sí solas y todo llegará (tenderá) a alcanzar un “equilibrio.” Por desgracia, este concepto de equilibrio es la idea más perversa de todas las que asolan la economía de hoy en día, y es justamente este concepto el que Samuelson ha hecho tanto por popularizar. Pues se pasa demasiado a menudo por alto que cuando alguien cae de bruces queda "en equilibrio", lo mismo que cuando está erguido. La pobreza, igual que la riqueza, presenta un estado de equilibrio. Todo lo que existe representa, ya sea sólo brevemente, alguna clase de equilibrio –es decir, algún balance o resultado– de fuerzas.

En ningún lado es tan evidente la esterilidad de esta concepción previa del equilibrio como en el famoso teorema del principio de igualación del precio de los factores, que establece que la tendencia natural de la economía internacional es que salarios y beneficios entre las naciones acaben convergiendo con el tiempo. Como generalidad empírica esto evidentemente no resulta válido. Los niveles de los salarios internacionales y los niveles de vida están divergiendo, no convergiendo, de modo que los países acreedores ricos se están volviendo más ricos mientras los países pobres endeudados se están volviendo más pobres, y a un ritmo que se acelera, para acabar de rematarlo. Las transferencias de capital (inversión y “ayuda” internacionales) si han hecho algo es agravar el problema, en buena medida porque han tenido tendencia a apuntalar los defectos estructurales que obstaculizan el progreso de los países pobres: sistemas obsoletos de tenencia de tierra, inadecuadas instituciones educativas y de formación laboral, estructuras sociales aristocráticas precapitalistas y así sucesivamente. Por desgracia, son justamente esos factores político-económicos los que ha pasado por alto la teorización de Samuelson (como los pasan por alto la generalidad establecida de los economistas académicos desde que la economía política dejó paso a la “economía” hace un siglo).

A este respecto, las teorías de Samuelson se pueden describir como hermosas piezas de reloj que, una vez montadas, componen un reloj que no da la hora con precisión. Las piezas individuales son perfectas, pero su interacción en cierto modo no lo es. Las piezas de este reloj son los elementos constitutivos de la teoría neoclásica que se añaden a un conjunto inaplicable. Forman un estuche de instrumentos conceptuales diseñados idealmente para corregir un mundo que no existe.

Es un problema de alcance. Los tres volúmenes de ensayos sobre economía de Samuelson representan multitud de aplicaciones de teorías dotadas de coherencia interna (o lo que los economistas llaman "elegantes"), pero ¿con qué fin? Las teorías son estáticas, el mundo dinámico.

En última instancia, el problema se reduce a una diferencia básica entre la economía y las ciencias naturales. En estas últimas, la concepción previa de una simetría última ha llevado a muchos avances revolucionarios, de la revolución copernicana en astronomía a la teoría del átomo y sus subpartículas, sin olvidar las leyes de la termodinámica, la tabla periódica de los elementos y la teoría de campos unificados. La actividad económica no se caracteriza por una simetría similar subyacente. Es más desequilibrada. Las variables independientes o las conmociones exógenas no ponen en movimiento otros movimientos a la contra en compensación, tal como deberían, a fin de aportar un nuevo equilibrio significativo. Si lo hicieran, no habría en absoluto crecimiento económico en la economía mundial, ni diferencia alguna entre la potencia productiva per cápita y los niveles de vida de los Estados Unidos y de Paraguay.

Samuelson, sin embargo, es representativo de la corriente académica central hoy al imaginar que las fuerzas de la economía tienden a igualar el poder productivo y la renta personal en todo el mundo, salvo cuando se impide mediante las “impurezas” de la política gubernamental que rompen el equilibrio. La observación empírica lleva mucho tiempo indicando que la evolución histórica de las fuerzas del “libre” mercado ha favorecido cada vez más a las naciones más ricas (aquellas lo bastante afortunadas como para haberse beneficiado de una ventaja económica de partida) retardando de forma correspondiente el desarrollo de los países rezagados. Precisamente la existencia de “impurezas” políticas e institucionales, tales como programas de ayuda exterior, políticas gubernamentales de empleo ex profeso, y actuaciones políticas afines que han tendido a contrarrestar el “curso” natural de la historia económica, al tratar de mantener cierta equidad internacional del desarrollo económico y ayudar a compensar la dispersión económica causada por la economía “natural” que rompe el equilibrio.

Esta década será testigo de una revolución que derribará estas insostenibles teorías. No son infrecuentes tales revoluciones en el pensamiento económico. Es más, prácticamente todos los postulados económicos destacados y las “herramientas del oficio” se han desarrollado en el contexto de de debates político-económicos que acompañaban a momentos decisivos de la historia económica. Así pues, cada teoría propuesta ha tenido su contrateoría.

En una importante medida estos debates se han referido al comercio y los pagos internacionales. David Hume, por ejemplo, con su teoría cuantitativa del dinero, junto a Adam Smith y su “mano invisible” del interés propio, se oponían a las teorías monetarias mercantilistas y a las teorías financieras internacionales que se habían utilizado para defender las restricciones comerciales de Inglaterra en el siglo XVIII. Durante los debates en Inglaterra sobre las Corn Laws (Leyes del Grano) unos años más tarde, Malthus se opuso a Ricardo en relación con la teoría del valor y la renta y sus implicaciones para la teoría de la ventaja comparativa en el comercio internacional. Posteriormente, los proteccionistas norteamericanos del siglo XIX se opusieron a los ricardianos, apremiando a que los coeficientes de ingeniería y la teoría de la productividad se convirtieran en nexo del pensamiento económico, más que la teoría del intercambio, el valor y la distribución. Aún más tarde, surgieron la escuela austriaca y Alfred Marshall para oponerse a la economía política clásica (sobre todo a Marx) desde otra posición de ventaja más, haciendo del consumo y la utilidad el nexo de su teorización.

En la década de 1920, Keynes se opuso a Bertil Ohlin y Jacques Rueff (entre otros) en lo que toca a la existencia de límites estructurales a la capacidad de los mecanismos tradicionales de ajuste de precio y renta para mantener el “equilibrio”, o incluso la estabilidad económica y social. El escenario de este debate fue el problema de las reparaciones germanas. Hoy en día se libra un debate paralelo entre la Escuela Estructuralista, que florece principalmente en América Latina y se opone a los programas de austeridad como plan viable de mejora económica de sus respectivos países, y las escuelas monetarista y postkeynesiana que defienden los programas de austeridad del FMI de ajuste de la balanza de pagos. Por último, en otro debate, Milton Friedman y su escuela monetarista se oponen a lo que queda de los keynesianos (incluyendo a Paul Samuelson) respecto a si son los agregados monetarios o las tasas de interés y la política fiscal los factores decisivos en la actividad económica.

En ninguno de estos debates admiten (o admitían) los miembros de esta escuela las teorías, ni siquiera los supuestos y postulados subyacentes, de la otra. A este respecto, la historia del pensamiento económico no se ha asemejado a la de la física, la medicina u otras ciencias naturales, en las que un descubrimiento se reconoce con bastante rapidez y el interés nacional propio vinculado al mismo está casi completamente ausente. Sólo en economía se plantea la ironía de que dos teorías contradictorias puedan ambas tener derecho a una superioridad digna de premio, y que el premio pueda agradar a un grupo de naciones y contrariar a otro en el terreno teórico.

Así pues, si el Premio Nobel pudiera concederse a título póstumo, tanto a Ricardo como a Malthus; Marx y Marshall tendrían derecho a recibirlo, lo mismo que tanto Paul Samuelson como Milton Friedman fueron contendientes destacados en el Premio de 1970 [Friedman consiguió su Nobel en 1976]. ¿Quién, por otro lado, podría imaginar al destinatario del Premio de Física o Química manteniendo un punto de vista que no fuera universalmente compartido por sus colegas? (Dentro de la profesión pueden, por supuesto, existir diferentes escuelas de pensamiento. Pero no suelen discutir la aportación positiva reconocida del ganador del Nobel en su profesión). ¿Quién podría examinar la historia de estos premios y entresacar a buen número de sus receptores cuyas aportaciones demostraran ser vías falsas o escollos al progreso teórico en lugar de avances (en su día) revolucionarios?

La Academia Real Sueca se ha dejado aprehender por tanto en una serie de incoherencias al escoger a Samuelson para que reciba el Premio de Economía correspondiente a 1970. Para empezar, el premio del año pasado se otorgó a dos economistas matemáticos (Jan Tinbergen, de Holanda y Ragnar Frisch, de Noruega) por su traducción a lenguaje matemático de las teorías económicas de otras personas, y por poner a prueba estadísticamente la teoría económica existente. Por contraposición, el premio de este año se le otorgó a un hombre cuya aportación teórica es en lo esencial de imposible comprobación por la propia naturaleza de sus “puros” supuestos, que son siempre excesivamente estáticos como para hacer que el mundo se detenga en su dinámica evolución con el fin de que puedan “someterse a prueba” (lo que impulsó a una de mis colegas a comentar que el siguiente Premio de Economía debía otorgarse a todo aquel que fuera capaz de probar empíricamente cualquiera de los teoremas de Samuelson).

Y precisamente debido a que la “ciencia” económica parece más semejante a la “ciencia política” que a la ciencia natural, el Premio de Economía aparenta estar más próximo al Premio Nobel de la Paz que al de Química. Deliberadamente o no, representa el respaldo o reconocimiento de la Academia Sueca a la influencia política de algún economista al ayudar a defender alguna medida política gubernamental (presuntamente) loable. ¿Podría por consiguiente galardonarse tan de buena gana con el premio a un presidente norteamericano, a un miembro de un banco central o a alguna otra figura no académica como a un teórico “puro” (si es que tal cosa existe)? ¿Podría concederse igualmente a David Rockefeller por tomar la iniciativa a la hora de rebajar los tipos de interés preferente, o al presidente Nixon por su acreditado papel como guía de la mayor economía del mundo, o bien a Arthur Burns como presidente de la Junta de la Reserva Federal? Si la cuestión es en última instancia la de la política gubernamental, la respuesta habría de ser afirmativa.

¿O ha de convertirse la popularidad en el criterio principal para ganar el premio? El premio de este año debe de haberse concedido al menos en parte como reconocimiento al libro de texto de Samuelson, Economics, que ha vendido más de dos millones de ejemplares desde 1947, influyendo de este modo en la mentalidad de toda una generación –digámoslo, pues ciertamente no es todo culpa de Samuelson— de anticuados carrozas. La orientación misma del libro ha movido a los estudiantes a apartarse de un mayor estudio de la materia en lugar de atraerlos a ella. Y sin embargo, si la popularidad y el éxito en el mercado de las modas económicas pasajeras (entre quienes han preferido permanecer en la disciplina, en lugar de buscar más jugosos pastos intelectuales en otros pagos) han de tomarse en consideración, entonces el Comité del Premio ha cometido una injusticia al no otorgar el premio literario de este año Jacqueline Susann [mediocre novelista norteamericana de gran éxito popular en los años 70].

Para resumir, la realidad y la pertinencia, más que la “pureza” y la elegancia, son las cuestiones candentes de la economía de hoy, y las implicaciones políticas, más que las geometrías de anticuario. El error no es por tanto de Samuelson, sino de su disciplina. Hasta que haya acuerdo sobre lo qué es o debería ser economía, resulta tan estéril conceder un premio a la “buena economía” como otorgárselo a un ingeniero que diseñara una maravillosa máquina que no pudiera construirse o cuya finalidad quedara sin explicación. El premio debe así recaer en aquellos aún perdidos en los pasillos de marfil del pasado, reforzando la economía del equilibrio general del mismo modo que no gozará del favor de quienes se esfuerzan por devolver la materia a ese pedestal suyo de la política económica por largo tiempo perdido.

PS.- Diciembre de 2009. En la época en que escribí esta crítica enseñaba teoría del comercio internacional en la Facultad de Postgrado de la New School for Social Research. Posteriormente critiqué la metodología de Samuelson en “The Use and Abuse of Mathematical Economics,” Journal of Economic Studies, 27 (2000):292-315. Lo más importante de todo es el teorema de igualación del precio de los factores. Finalmente ha vuelto a editarse mi libro Trade, Development and Foreign Debt: A History of Theories of Polarization v. Convergence in the World Economy.

Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.

Traducción para http://www.sinpermiso.info: Lucas Antón
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2979

Falleció el Nobel Paul Samuelson; formó las bases de la economía moderna

KAND2

Periódico La Jornada
Lunes 14 de diciembre de 2009

Boston, 13 de diciembre. Paul Samuelson, cuyo trabajo ayudó a formar las bases de la economía moderna, falleció el domingo en su casa de Belmont, Massachusetts, tras una breve enfermedad. Tenía 94 años. Fue el primer estadunidense que ganó el Nobel de Economía (1970) y se le considera el creador del sistema de análisis sobre el cual está basada la economía moderna.

Su muerte fue anunciada por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Paul Samuelson transformó todo lo que tocó: las bases teóricas de su campo, la manera de abordar la economía en todo el mundo, los valores y la importancia de su departamento, las prácticas de inversión del MIT y las vidas de sus colegas y estudiantes, dijo la rectora del MIT, Susan Hockfiel, en un comunicado.

Samuelson era conocido por su trabajo en la aplicación de rigurosos análisis matemáticos para el equilibrio entre los precios y la oferta y la demanda. Su posición equidistante de centro le valió críticas de sectores de izquierda y de la derecha, aunque nunca fue un intelectual encerrado en una torre de marfil. Lo mismo criticó las políticas económicas de George Bush hijo, así como la invasión a Irak, que escribió artículos donde califificaba de tontos de aldea a Marx, Lenin y Stalin.

En un artículo publicado en octubre de 2008, en medio de la mayor crisis financiera desde la gran depresión, escribió: “¿Qué fue entonces lo que provocó el suicidio del capitalismo de Wall Street a partir de 2007? En el fondo de esta hecatombe financiera, la peor de todas, está el capitalismo liberal delaissez faire de Milton Friedman y Friedrich Hayek, que tuvo rienda suelta sin ningún tipo de regulación. Fue la raíz de todos los males de hoy. Los dos están muertos, pero sus legados venenosos perduran”. También recuerda en ese artículo: Fui un excelente estudiante en la conservadora Universidad de Chicago de 1932 a 1935. Me encantaban mis renombrados profesores de economía y ellos me calificaban con las notas más altas. Pero… siempre que miraba por las ventanas del campus veía índices de desocupación de casi 50 por ciento… Nada de todo eso concordaba con lo que decían mis libros de texto de lectura obligatoria.

Paul Samuelson también modificó la manera de enseñar economía al mundo, los rasgos y la dimensión de su departamento, las prácticas de investigación del MIT y la vida de sus colegas y estudiantes, dijo la rectora Hockfiel en un comunicado.

Samuelson fue el primer estadunidense en conseguir un Nobel de Economía, en el segundo año que se entregó el galardón. A la vez, la Academia Sueca citó a Samuelson por haber hecho más que cualquier otro economista contemporáneo por aumentar el nivel de análisis científico de la teoría económica.

Samuelson insistió en que las matemáticas eran esenciales para el análisis económico, una idea que generó críticas en algunos sectores que veían en esta expresión una manera de centrar las ideas económicas en el ámbito del terreno financiero.

En su tesis de 1947, Fundamentos del análisis económico, tachó a su profesión por practicar gimnasia mental de una clase particularmente depravada.

Entre sus alumnos más destacados se encuentran el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke; el Nobel y columnista del New York Times, Paul Krugman, y Christina Romer, directora del Consejo de Asuntos Económicos de la Casa Blanca.

P. Krugman: desastre y negación…

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PAUL KRUGMAN 20/12/2009

Krugman_visita_Barcelona Cuando empecé a escribir para The Times, era ingenuo respecto a muchas cosas. Pero mi mayor error era éste: yo creía realmente que la gente influyente podía reaccionar ante las pruebas, que cambiarían de opinión si los acontecimientos refutaban por completo sus creencias.

En 2003 los reguladores posaron con tijeras de podar junto a pilas de papel que aludían a las regulaciones

Y, a decir verdad, sucede alguna que otra vez. He sido enormemente crítico con Alan Greenspan a lo largo de los años (desde mucho antes de que se pusiese de moda serlo), pero hay que reconocer el mérito del ex presidente de la Reserva Federal: ha admitido que estaba equivocado en cuanto a la capacidad de los mercados financieros de vigilarse a sí mismos.

Pero es un caso raro. Hasta qué punto es raro queda demostrado por lo que sucedió el viernes pasado en la Cámara de Representantes, cuando -con la catástrofe que ha desatado un sistema financiero desbocado aún fresca en nuestras mentes y el paro masivo que esa catástrofe ha provocado todavía claramente perceptible- todos y cada uno de los republicanos y 27 demócratas votaron en contra de un intento bastante tímido de refrenar los excesos de Wall Street.

Recordemos cómo nos metimos en el lío en que estamos. Estados Unidos salió de la Gran Depresión con un sistema bancario estrictamente regulado. La regulación funcionaba: el país se ha librado de crisis financieras importantes durante casi cuatro décadas tras la Segunda Guerra Mundial. Pero, a medida que desaparecía el recuerdo de la Depresión, los banqueros empezaron a impacientarse por las restricciones a que se enfrentaban. Y los políticos, cada vez más influidos por la ideología del libre mercado, se mostraban cada vez más dispuestos a darles a los banqueros lo que querían.

La primera gran oleada de liberalización se produjo durante la presidencia de Ronald Reagan y rápidamente desembocó en desastre, en la forma de la crisis de las cajas de ahorro de los años ochenta. Los contribuyentes terminaron pagando más del 2% del PIB, el equivalente a unos 300.000 millones de dólares actuales, para arreglar el desastre.

Pero los defensores de la liberalización no se inmutaron, y en la década que precedió a la crisis actual, los políticos de ambos partidos se tragaron la idea de que las restricciones de la era del New Deal que afectaban a los banqueros no eran más que burocracia sin sentido. En un memorable incidente en el año 2003, los principales reguladores bancarios posaron para la prensa utilizando tijeras de podar y una motosierra para cortar pilas de papel que representaban las regulaciones.

Y los banqueros -liberados tanto por la legislación que eliminaba las antiguas restricciones como por la actitud no intervencionista de los reguladores que no creían en la regulación- respondieron flexibilizando enormemente las normas de otorgamiento de préstamos. Las consecuencias fueron un estallido del crédito y una burbuja inmobiliaria monstruosa, seguidos por la peor recesión económica desde la Gran Depresión. Lo irónico es que las iniciativas para frenar la crisis requirieron la intervención gubernamental a una escala mucho mayor de la que habría sido necesaria para evitarla desde el principio: rescates gubernamentales de instituciones con problemas, préstamos a gran escala de la Reserva Federal para el sector privado, y así sucesivamente.

Teniendo en cuenta esta historia, a lo mejor esperaban que surgiese un consenso nacional a favor de restaurar una regulación financiera más efectiva, a fin de evitar una repetición de la jugada. Pues se habrían equivocado.

Háblenles a los conservadores de la crisis financiera y entrarán en un extraño universo alternativo en el que los burócratas del Gobierno, no los banqueros avariciosos, son los que provocaron la catástrofe. Es un universo en el que los organismos de préstamo respaldados por el Gobierno desencadenaron la crisis, aun cuando las entidades crediticias privadas son los que realmente concedieron la inmensa mayoría de los préstamos subpreferenciales. Es un universo en el que los reguladores coaccionaron a los banqueros para conceder préstamos a prestatarios insolventes, aunque sólo una de las 25 entidades crediticias más importantes que concedieron préstamos subpreferenciales estaba sujeta a las regulaciones en cuestión.

Ah, y los conservadores omiten sin más la catástrofe del sector inmobiliario comercial: en su universo, los únicos préstamos malos fueron aquellos concedidos a la gente pobre y a los miembros de los grupos minoritarios, porque los malos préstamos para promotores de centros comerciales y torres de oficinas no encajan en la historia.

En cierto sentido, el predominio de este relato es un reflejo del principio enunciado por Upton Sinclair: "Es difícil conseguir que un hombre comprenda algo cuando su salario depende de que no lo comprenda". Como han señalado los demócratas, tres días antes de que la Cámara votase sobre la reforma bancaria los dirigentes republicanos se reunían con más de cien cabilderos del sector financiero para coordinar estrategias. Pero también es un reflejo de hasta qué punto el Partido Republicano moderno está comprometido con una ideología insolvente, una que no le permite afrontar la realidad de lo que le ha sucedido a la economía estadounidense.

Así que está en manos de los demócratas y, más concretamente, puesto que la Cámara ha aprobado el proyecto de ley, en manos de los demócratas "centristas" del Senado. ¿Están dispuestos a aprender algo del desastre que se ha adueñado de la economía estadounidense, y a respaldar la reforma financiera?

Esperemos que sí. Porque una cosa está clara: si los políticos se niegan a aprender de la historia de la reciente crisis financiera, nos condenarán a todos a repetirla. -

© 2009 New York Times News Service. Traducción de News Clips.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008.

Murió el Nobel P. Samuelson: una mente brillante…

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PAUL SAMUELSON MURIO AYER A LOS 94 AñOS

ECONO-SAMUELSON Una mente brillante

El economista estadounidense Paul Samuelson murió ayer a los 94 años en su casa de Belmont, Massachusetts. Era considerado uno de los principales referentes de la economía moderna por la calidad científica de sus trabajos y la enorme influencia que tuvo a través de sus libros en varias generaciones de estudiantes y graduados. En 1970 ganó el Premio Nobel de Economía y en 1996 obtuvo la Medalla Nacional de las Ciencias, la mayor distinción científica de Estados Unidos. Fue un profesional que a lo largo de su vida escapó a los encasillamientos, a punto tal que combinó elementos de las teorías neoclásica y keynesiana. Reivindicaba el libre mercado, pero sin renegar de la intervención estatal.

Samuelson nació en Gari, Indiana, el 15 de mayo de 1915. A los 20 años se graduó en la Universidad de Chicago y a los 23 se casó con una ex alumna de esa casa de estudios con la cual tuvo seis hijos (incluidos unos trillizos) que luego llegarían a darle 15 nietos. Se doctoró en Harvard con las máximas distinciones ante un tribunal presidido por el prestigioso economista austríaco Joseph Schumpeter. En 1940 comenzó su carrera docente en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), casa de estudios que ayer se encargó de comunicar su fallecimiento.

Fue asesor del ex presidente John F. Kennedy (1961-1963) y de Lyndon Johnson (1963-1969), pero seguramente por lo que más va a ser recordado es por su libro Curso de Economía Moderna, publicado en 1948. Ese texto fue traducido a más de 40 idiomas, registra 19 ediciones sólo en inglés y llegó a vender más de 4 millones de copias durante los últimos sesenta años.

En un informe enviado a Kennedy en 1961, Samuelson afirmó que la reducción temporal de impuestos sobre la renta individual podía ser un “arma poderosa para luchar contra la recesión”. El entonces presidente aceptó el consejo, pero fue asesinado antes de poder aprobar la medida. Johnson ejecutó luego el plan de Samuelson y la idea del economista contribuyó en gran medida a impulsar el “boom” económico de los años ‘60.

Fue un pionero en la matematización de la teoría económica y un defensor de la economía mixta, ya que cuestionó con dureza a los regímenes comunistas y a quienes propugnaban el libre mercado en estado puro. De hecho, fue un crítico feroz de Milton Friedman y Friedrich Hayek. En un artículo titulado “Adiós al capitalismo de Friedman y Hayek”, publicado a fines del año pasado, luego del estallido de la crisis económica mundial, escribió que “en el fondo de este caos financiero, el peor en el siglo, encontramos lo siguiente: el capitalismo libertario del laissez faire que predicaban Friedman y Hayek, al que se permitió desbocarse sin reglamentación. Esta es la fuente primaria de nuestros problemas actuales. Hoy estos dos hombres están muertos, pero sus envenenados legados continúan”.

En 1970, cuando obtuvo el Premio Nobel de Economía, el segundo en Ciencias Económicas que otorgaba la Real Academia de Ciencias de Suecia y el primero que concedía a un estadounidense, la institución dijo que Samuelson había hecho más que cualquier otro economista contemporáneo para aumentar el nivel del análisis científico en la teoría económica, recordó ayer el MIT. “Paul Samuelson transformó todo lo que tocó: las bases teóricas de su campo, la manera en que se enseñaba la economía en todo el mundo, el espíritu y el estatus de su Departamento, las prácticas de inversión del MIT y las vidas de sus colegas y estudiantes”, señaló la presidenta del Instituto. Otra de sus virtudes fue el entusiasmo que dedicó a la divulgación de sus ideas a través de medios masivos de comunicación. De hecho, la revista Newsweek publicó durante varios años sus influyentes columnas.

Página/12

¿Por qué falla el capitalismo?

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HYMAN MINSKY, EL ECONOMISTA QUE VIO VENIR EL DESPLOME AÚN VEÍA OTRO PROBLEMA EN EL HORIZONTE: SU REPETICIÓN

Por Stephen Mihm-Globe Correspondent

crisis0022 Desde que el sistema financiero mundial empezara a deshilacharse hace dos años, los distinguidos economistas han sufrido su propia crisis particular. Profesores de la Ivy League que habían anunciado con fanfarrias el albor de una nueva era de estabilidad se ven en apuros a la hora de explicar cómo, por decirlo con exactitud, la peor crisis financiera desde la Gran Depresión ha cogido en paños menores a su profesión entera.

Entre el suplicio y la autoflagelación, algunos comentaristas, algo más cerebrales, han comenzado a hablar de la llegada del “momento Minsky”, y un número cada vez mayor de personas con acceso a información privilegiada incluso empiezan a advertir de la llegada de un “colapso Minsky.”

“Minsky” es el diminutivo de Hyman Minsky, un macroeconomista desconocido hasta la fecha que murió hace ya más de una década. Muchos economistas nunca habían oído hablar de él cuando estalló la crisis, y sigue siendo en gran medida una figura oscurecida en el gremio. Pero últimamente ha comenzado a emerger como el más aventajado pensador sobre los sucesos en desarrollo. Un economista a contracorriente en la conformidad de la Norteamérica de la posguerra, un experto en los campos de las finanzas y las crisis, entonces tan poco de moda, Minsky fue uno de los economistas que vio lo que se avecinaba. Predijo, hace decenios, casi con toda exactitud, el tipo de desplome que ha sacudido a la economía mundial recientemente.

En los últimos meses la estrella de Minsky no ha hecho más que brillar. Economistas galardonados con el premio Nobel hablan de incorporar sus conocimientos a la disciplina y se reimprimen copias de sus libros que se venden estupendamente bien. Ha pasado de ser una figura prácticamente olvidada a otra clave en el debate sobre cómo solucionar el sistema financiero.

Pero si Minsky estaba en lo cierto, como parece que así fue, la noticia no es algo que precisamente anime. Él creía en el capitalismo, pero también creía que tenía una flaqueza en su genética: las modernas finanzas, dijo, estaban muy lejos de ser la fuerza estabilizadora que la economía al uso retrataba. Es más, se trataba de un sistema que creaba la ilusión de estabilidad mientras creaba simultáneamente las condiciones para un desplome inevitable y dramático.

En otras palabras, la única persona que predijo la crisis también creía que el sistema financiero contenía las semillas de su propia destrucción. “La inestabilidad”, escribió, “es una imperfección inherente al capitalismo de la que éste no puede escapar.”

Puede que la visión de Minsky fuera sombría, pero él no era ningún fatalista: creía que era posible diseñar políticas que pudiesen atemperar los daños colaterales causados por las crisis financieras. Pero con un número cada vez mayor de economistas prestos a declarar que la recesión ya ha terminado, que hemos dejado a la crisis misma detrás nuestro, estas políticas pueden demostrarse tan poco cómodas como las que acaba de reemplazar. Más aún: a medida que los economistas van adoptando los juicios proféticos de Minsky, parece que están muy lejos de recordar todo lo que ello implica.

En un mundo ideal, una profesión dedicada al estudio del capitalismo sería tan irresponsable e innovadora como el objeto de su estudio. Pero los economistas han estado a menudo sujetos a poderosas ortodoxias, y nunca lo estuvieron tanto como cuando Minsky entró en escena.

Esa ortodoxia, nacida en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, era conocida como “síntesis neoclásica.” La vieja creencia en un mercado libre que se autoregulaba y se estabilizaba a sí mismo había absorbido selectivamente algunas de las teorías de John Maynard Keynes, el gran economista de la década de los treinta que escribió extensivamente sobre cómo el capitalismo puede fracasar a la hora de mantener el pleno empleo. La mayoría de economistas aún creía que el capitalismo de mercado libre era, en lo fundamental, una base estable para la economía, aunque gracias a Keynes, algunos ahora reconocían que el gobierno podía bajo ciertas circunstancias jugar un papel central en la economía –y en el empleo– para mantener la estabilidad del sistema.

Economistas como Paul Samuelson se convirtieron en el rostro del nuevo establishment: él y otros, procedentes de contadas universidades de elite, terminaron siendo inmensamente influyentes en Washington. En teoría, Minsky podría haber sido una estrella académica en el nuevo establishment. Como Samuelson, se doctoró en economía por la Universidad de Harvard, donde estudió con el legendario economista austríaco Joseph Schumpeter, así como el futuro premio Nobel Wassily Leontief.

Pero Minsky estaba cortado por otro patrón. Descendiente de inmigrantes de Minsk, actual Bielorrusia, Minsky vino al mundo entre paños rojos, hijo de socialistas mencheviques. Mientras que la mayoría de economistas se pasaron los años cincuenta y sesenta estudiando penosamente modelos matemáticos, Minsky hizo una investigación sobre la pobreza, algo que difícilmente puede considerarse el no va más para los economistas. Con sus largos cabellos blancos, Minsky se encontraba más cerca de la contracultura que de la economía al uso. Era, según recuerda el economista L. Randall Wray, un antiguo estudiante, “todo un personaje.”

Así que mientras sus colegas de universidad iban ganando premios Nobel y escalando posiciones en la Academia, Minsky palidecía. Fue sin rumbo de trabajo en trabajo, de Brown a Berkeley, y de ahí a la Universidad de Washington. Aún peor: muchos economistas ni siquiera conocían su obra. Una reseña sobre Minsky publicada en 1997 anotaba simplemente que “su obra no ha ejercido una influencia a tener en cuenta en las discusiones macroeconómicas de los últimos treinta años.”

Con todo, se mantuvo ocupado. Además de la pobreza, Minsky empezó a ahondar en el estudio de las finanzas, las cuales, a pesar de su aparente importancia, no ocupaban ningún lugar en las teorías formuladas por Samuelson y otros. También empezó a formular una pregunta simple e inquietante: “¿’Eso’ podría volver a ocurrir?”, donde “eso” era, como Voldemort, la némesis de Harry Potter, lo innombrable: la Gran Depresión.

En sus escritos, Minsky miraba hacia su héroe intelectual, Keynes, razonablemente el mayor economista del siglo XX. Pero donde la mayoría de economistas extraían una lección, por lo demás muy simple, de Keynes (a saber, que el gobierno podía dar un paso al frente y microgestionar la economía, limar las asperezas del ciclo económico y mantener las cosas en funcionamiento), Minsky no tenía ningún interés en lo que él y otros economistas disidentes llegaron a definir como “keynesianismo bastardo.”

En vez de eso Minsky extrajo sus propias y mucho más sombrías conclusiones de los principales escritos de Keynes, en los que no sólo trató los problemas del desempleo, sino también del dinero y la banca. Aunque Keynes nunca lo afirmó explícitamente, Minsky sostuvo que toda la obra de Keynes conducía a la conclusión de que el capitalismo era por su misma naturaleza inestable y propenso a su desplome. Lejos de dirigirse hacia algún tipo de estado de equilibrio mágico, el capitalismo podía hacer justamente lo contrario. Podía ir dando bandazos por un acantilado.

Este análisis llevaba la marca de su consejero Joseph Schumpeter, el reputado economista austríaco hoy famoso por documentar el incesante proceso de “destrucción creativa” del capitalismo. Pero Minsky se pasó más tiempo pensando en la destrucción que en la creación. Al hacerlo, formuló una intrigante teoría: no sólo el capitalismo era propenso al desplome, escribió, sino que precisamente eran sus períodos de estabilidad económica los que allanaban el camino a crisis monumentales.

Minsky llamó a esta idea “la hipótesis de la inestabilidad financiera.” En el despuntar de una depresión, observó, las instituciones financieras son extraordinariamente conservadoras, como lo son los negocios. Con los prestatarios y prestamistas alimentando la economía con sus acuerdos de alto riesgo, las cosas marchan con suavidad: los préstamos se pagan casi siempre a tiempo, los negocios tienen por lo general éxito y a todo el mundo le va bien. Este éxito, empero, inevitablemente anima a los prestatarios y a los prestamistas a arriesgarse más con la razonable esperanza de conseguir más dinero. Como observó Minsky, “el éxito alimenta el rechazo a la posibilidad de un fracaso.”

Cuando la gente olvida que el fracaso es una posibilidad, una “economía eufórica” se desarrolla finalmente, alimentada por el crecimiento de prestatarios que emprenden riesgos -lo que denominó prestatarios especuladores, cuyos ingresos cubrirían los intereses pero no las deudas principales; y aquellos a quienes denominó “prestatarios Ponzi”, que ni siquiera cubrirían los intereses y sólo podrían pagar sus facturas pidiendo nuevos préstamos. A medida que los miembros de estas últimas categorías creciesen, la economía general se desplazaría de un ambiente conservador pero rentable a un sistema mucho más irresponsable dominado por agentes cuya supervivencia no depende solamente de planes empresariales sólidos, sino del dinero prestado y de créditos a libre disposición.

Una vez desarrollada una economía como ésta, cualquier pánico podría hacer que se fuera a pique al mercado. El fracaso de una sola empresa, por ejemplo, o la revelación de un fraude asombroso podrían disparar el miedo y un repentino y generalizado intento de la economía por liberarse de la deuda. Este hito -que más tarde recibiría el nombre de “momento Minsky”- crearía un ambiente profundamente inhóspito para todos los prestatarios. Los especuladores y prestatarios Ponzi serían los primeros en venirse abajo, a medida que pierden acceso al crédito que necesitan para sobrevivir. Incluso los agentes más estables pueden encontrarse en la situación de no ser capaces de afrontar sus deudas sin vender sus activos. Esta venta de activos forzada haría entrar el valor de los mismos en una espiral descendente e inevitablemente el agrietado edificio financiero empezaría a venirse abajo. Los negocios se tambalearían y la crisis se extendería a la economía “real” dependiente del sistema financiero ahora en desplome.

Desde los sesenta en adelante Minsky trabajó en esta hipótesis. En aquella época creyó que este desplazamiento estaba ya produciéndose: la estabilidad de posguerra, la innovación financiera y el reflujo del recuerdo de la Gran Depresión estaban gradualmente estableciendo las bases para una crisis de proporciones épicas. La mayor parte de lo que dijo fue a caer en oídos sordos. Los sesenta fueron una época de sólido crecimiento, y aunque el estancamiento económico de los setenta fue un duro golpe para el grueso de la economía neokeynesiana, los responsables de la política económica no acudieron raudos a Minsky. En vez de eso, el fundamentalismo de libre mercado echó raíces: el gobierno era el problema, no la solución.

Además, el nuevo dogma coincidió con una notable época de estabilidad. El período de finales de los ochenta hacia adelante ha recibido el nombre de la “gran moderación”, una época de recesiones poco profundas y de una gran capacidad de recuperación en la mayor parte de las mayores economías industriales. Las cosas nunca habían sido tan estables. La posibilidad de que “eso” ocurriese de nuevo parecía una broma.

Y a pesar de todo, en este período el sistema financiero -no la economía, sino las finanzas como industria- estaba creciendo a pasos agigantados. Minsky se pasó los últimos años de su vida, a principios de los noventa, advirtiendo de los peligros de la titulización y otras formas de innovación financiera, pero pocos economistas le escucharon. Tampoco prestaron atención a la creciente dependencia de los consumidores y empresas de la deuda, y el empleo creciente del apalancamiento en el sistema financiero.

Para finales de siglo XX, el sistema financiero del que Minsky había advertido se había ya materializado, completado con prestatarios especuladores, prestatarios Ponzi y unos pocos prestatarios conservadores que completaban el esquema y eran los cimientos de una economía verdaderamente estable. Después de décadas, habíamos olvidado de verdad el significado de la palabra riesgo. Cuando empresas financieras de varios pisos de altura empezaron a derrumbarse, enviando señales a través de la economía “real”, sus predicciones comenzaron a parecerse mucho a un mapa de carreteras.

“No fue un momento Minsky”, explica Randall Wray. “Fue medio siglo Minsky.”

Ahora Minsky hace furor. Hace un año un influyente columnista del Financial Times le confió a sus lectores que la relectura de la “obra maestra” de Minsky de 1986 -Stabilizing and Unstable Economy (Estabilizando una economía inestable)- “me había ayudado a aclarar mis ideas respecto a la crisis.” Otros se unieron al coro sin tardanza. A principios de este año, dos pesos pesados de la economía –Paul Krugman y Brad DeLond– se quitaron el sombrero ante él en foros públicos. Es más, el ganador del premio Nobel Paul Krugman tituló una de sus conferencias en la London School of Economics “The Night They Re-read Minsky.” (La noche en que releyeron a Minsky)

Hoy la mayoría de los economistas, qué duda cabe, están leyendo por vez primera a Minsky, intentando encajar sus análisis, tan poco convencionales, en los andamiajes teoréticos de su profesión. Si Minsky viviera, sin duda hubiera aplaudido este reconocimiento tardío, aún produciéndose a un terrible costo. Como observó irónicamente en una ocasión, ¿acaso nos es Minsky de alguna ayuda? Si el capitalismo es un sistema inestable e inherentemente autodestructivo -más allá de que produce desigualdades y desempleo, como observó Keynes-, ¿ahora qué?

Después de haber empleado su vida advirtiendo de los peligros de la complacencia en lo que se refiere a la estabilidad -y que dieron en oídos sordos-, Minsky fue razonablemente pesimista en cuanto a la posibilidad de cortocircuitar el trágico ciclo de booms y pinchazos. Pero sí que creía que se podían hacer muchas cosas con el fin de sortear el peligro.

Para evitar que el momento Minsky se convirtiese en una calamidad nacional, parte de su solución (que era compartida por otros economistas) era que la Reserva Federal -que él gustaba en llamar “Big Bank”- se adentrase en la brecha y actuase como prestamista en última instancia para las empresas bajo asedio. Inyectando liquidez a las empresas en zozobra, la Reserva Federal podría romper el ciclo y estabilizar el sistema financiero. Fracasó a la hora de hacerlo en la Gran Depresión, cuando se quedó a un lado y dejó que la crisis bancaria entrase en una espiral fuera de todo control. Esta vez, bajo la dirección de Ben Bernanke –como Minsky, un académico de la Depresión– ha tomado un acercamiento diferente, convirtiéndose en el prestamista en última instancia de todo, desde hedge funds a bancos de inversión y fondos monetarios.

La otra solución de Minsky, no obstante, era considerablemente más radical y políticamente un sapo difícil de tragar. La táctica favorita de sacar a la economía de la crisis estaba –y está– basada en la noción keynesiana de “bombear el inflador” (priming the pump) enviando dinero para emplear a grandes masas de mano de obra cualificada y sindicada en la construcción de una línea de ferrocarril, por ejemplo.

Minsky, sin embargo, defendió un acercamiento del tipo “burbuja”, que enviase primero dinero a los pobres y los obreros no cualificados. El gobierno –o como él prefería llamarlo, el “Gran gobierno”– debería convertirse en “última instancia en el empleador”, dijo, ofreciendo trabajo a cualquiera que quisiera ejercer uno a partir de un salario mínimo que sería pagado a los trabajadores que proporcionasen cuidados a los niños, limpiasen las calles o proporcionasen servicios que dieran a los contribuyentes pruebas visibles de la inversión de sus dólares. Disponibles para todos, sería incluso más ambicioso que el New Deal, reduciendo considerablemente las cuentas del estado de bienestar al garantizar un empleo para cualquiera que fuese capaz de trabajar. Un programa como éste no sólo ayudaría, según él creía, a los pobres y a los trabajadores no cualificados, sino que también pondría una red de seguridad debajo del salario de todos los demás, previniendo que los salarios de los trabajadores más cualificados cayese precipitadamente, y enviando los beneficios a lo largo de toda la escalera socioeconómica.

Mientras los economistas acaso reconozcan algunos de los análisis de Minsky respecto a la inestabilidad financiera, parece que puede afirmarse con seguridad que incluso los responsables políticos más liberales están muy lejos de pensar un papel para el gobierno americano tan expansivo. Un caro programa de pleno empleo estaría demasiado cerca del socialismo como para que fuese cómodo para los políticos. Por su parte, Wray piensa que los críticos están dispuestos a interpretar incorrectamente a Minsky: “él vio estas ideas como perfectamente consistentes con el capitalismo”, dice Wray. “Harían que el capitalismo funcionase mejor.”

Pero no a la perfección. Si hay que extraer alguna conclusión de las obras completas de Minsky, es que la perfección, como la estabilidad y el equilibrio, son espejismos. Minsky no compartió la extraña creencia de su profesión de que todo podía ser reducido a un pequeño modelo o a una teoría fácil. La suya era una especie de economía existencial: el capitalismo, como la vida misma, era difícil, e incluso trágica. “No hay ninguna respuesta simple a los problemas de nuestro capitalismo”, escribió Minsky. “No hay ninguna solución que pueda transformarse en una frase pegadiza e imprimirse en grandes carteles.”

Es un sentir que puede limitar el que Minsky se convierta en parte de una nueva ortodoxia. Pero eso es probablemente lo que él hubiera preferido, según creía el economista James Galbraith. “Creo que se resistiría a ser domesticado”, dijo Galbraith. “Se pasó toda su carrera aislado profesionalmente.”

Stephen Mihm es profesor de historia en la Universidad de Georgia y autor de A Nation of Counterfeiters (Una nación de falsificadores), Harvard, 2007.

Traducción para http://www.sinpermiso.info: Ángel Ferrero

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2902

Krugman en Argentina: sin intervención pública no hay salida durable a la crisis…

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Por Gabriel Holand

Algunas reflexiones que dejó Krugman en su paso por el país

02-11-2009 / 

    Krugman_visita_Barcelona Paul Krugman, en la exposición que realizó frente a unas mil personas en silencio reverencial, desgranó durante cerca de una hora sus opiniones acerca de la economía del mundo. Tanto durante la charla como en la posterior conferencia de prensa, tuve la impresión de estar escuchando a un embajador sabio y político, pero lejos del Paul Krugman polémico e irónico que tanto disfruto en papers y notas periodísticas.

    Por supuesto, el contenido de sus mensajes tuvo la riqueza acostumbrada, y quienes pudieron leer entre líneas se llevaron algunas ideas muy interesantes. Aquí trataré de resumir algunas de sus principales definiciones.

    BURBUJA, NO SÓLO INMOBILIARIA. Krugman señaló que el desproporcionado aumento de los inmuebles fue el efecto y no la causa de la explosión financiera global pos Lehman Brothers. En otras palabras, las causas de la crisis bien podrían buscarse en el excesivo flujo de fondos derivados hacia el sistema financiero mundial; torrentes de liquidez que ayudaron a los bancos a armar la gigantesca cartera de derivados que se esparcieron por todo el mundo y que aumentaron exponencialmente, dado el poder multiplicador de los productos financieros. Destacó que la burbuja también tuvo lugar en otros países como España e Inglaterra, que se sumaron a la carrera especulativa sin tapujos.

    Asimismo, el Nobel destacó que además de las “burbujas” hubo otra razón que dio lugar a la crisis: si bien bajo el paraguas de los reguladores sólo se encontraban los bancos “oficiales”, quedaron fuera de ,regulación otras estructuras que, sin ser bancos, se dedican también a la actividad de tomar dinero y prestarlo. Estos bancos en las sombras son los “REPO” y otros “derivados financieros”.

    Un REPO es una operación con pacto de recompra en la que una entidad vende un activo, frecuentemente un título de deuda pública, a un inversor, al tiempo que pacta su compra futura a un precio determinado.

    Un “derivado financiero” (según un extracto de la definición del Barron’s-Dictionary of Finance and Investment Terms) es un producto financiero cuyo valor se basa en el precio de otro activo, de ahí su nombre. El activo del que depende toma el nombre de activo subyacente.

    Como se puede ver, el efecto multiplicador de estos instrumentos es infinito, y todo basado en la garantía de un solo bien que dio origen al instrumento financiero.

    Llegados a este punto, la pregunta que cabe hacerse aquí es: cómo se llegó a un extremo de desregulaciones tal que permitió montar semejantes industrias paralelas a los bancos oficiales. Muchos sectores de la política y las finanzas globales pensaban que el mercado se autorregularía, sin necesidad de participación de los gobiernos. Los resultados están a la vista.

    Claro que hubo varios factores que ayudaron a contener la crisis. En primer lugar, los bancos centrales no repitieron errores que sí se habían cometido en la crisis de 1930. Además, los gobiernos hoy tienen mayor poder de acción que a principios del siglo XX, por lo tanto pueden mantener y aun aumentar el gasto público mientras los ingresos fiscales bajan. De esta manera logran dar oxígeno al consumo y a la inversión en momentos de crisis. A su vez, el poder político pudo ayudar a los bancos al comprarles activos ilíquidos.

    Por último, los planes de estímulo ayudan a capear el temporal, pero en menor medida que las acciones mencionadas más arriba. En ese sentido, los planes “sólo” evitaron 1,5 millón de nuevos despidos en un mercado laboral formado por 154.577.000 de personas.

    LO QUE VIENE. En los próximos 6 a 8 meses se espera una nueva contracción de la economía global. Esto sería así debido a que las empresas están cerca de terminar su proceso de formar nuevos stocks; y si la demanda no se reactiva rápidamente –cosa improbable–, volverán los despidos y la baja en la producción industrial.

    Es posible esperar para los próximos años un lento crecimiento de la economía, mientras que el problema del desempleo en los EE.UU. se extendería hasta el 2012.

    A continuación, reconstruiré algunas de las preguntas respondidas por Krugman:

    –¿Por qué la recuperación de la economía será lenta?

    –Porque por el momento no se visualiza ningún factor dinámico que dispare un crecimiento económico de grandes proporciones (por ejemplo, la aparición de Internet, que generó el auge de las “puntocom”).

    –¿Cómo se visualiza la recuperación de la crisis actual?

    –No será de la mano de los EE.UU., que deberán resolver sus problemas derivados de las hipotecas subprime. Tampoco será guiados por Europa, y menos aún por Japón. Queda, entonces, la expectativa de que China sea el motor de la economía global.

    Sin embargo, hay dos problemas que hacen de China más una esperanza a largo plazo que una realidad actual: por un lado, su economía está en crecimiento, pero aún representa la mitad de la americana o de la europea; por otro lado, el valor del yuan es fijado por el poder político y no es de libre convertibilidad. No existe un mercado flexible y accesible hacia esa moneda para el resto del mundo. Así, cuando el dólar cae frente al euro, no cae frente al yuan, constituyéndose así un modelo que distorsiona la realidad.

    –¿Cómo se lograría la recuperación más rápidamente en los EE.UU. (que siguen siendo el mayor mercado del mundo)?

    –Se lograría con mayor expansión del gasto público. Esto puede hacerse porque aún los EE.UU. encuentran inversores dispuestos a financiar su déficit a bajas tasas, al menos a corto plazo. Pero no parece que esa política se lleve a cabo, debido a la oposición de buena parte del sector político y la prensa. Lo óptimo sería que aumentara la inversión privada

    Krugman espera y desea que las inversiones en las industrias ligadas a la ecología –industria verde– sean las que impulsen la vuelta de los privados al mercado de inversiones.

    Todo lo expuesto apunta, en resumen, a un largo período de debilidad para los Estados Unidos.

    ENDEUDAMIENTO DE LOS EE.UU. Para Paul Krugman aumentar el endeudamiento de su país no sería grave. Antes de la crisis, la deuda americana representaba el 40% de su PBI, y podría llegar al 90% en los próximos años. Sin embargo, países como Bélgica o Italia tienen un endeudamiento mayor al 100% del PBI, sin que esto genere crisis financiera. Lo que sí resulta clave en el proceso de los EE.UU es que las personas sigan confiando en el dólar y continúen prestando dinero al Tesoro de ese país, a tasas cercanas al 4% anual.

    MONEDAS. Dado el rol central del dólar en las transacciones comerciales y financieras internacionales –y aun en la vida diaria–, no se espera una desaparición de su liderazgo en el futuro cercano. No se visualiza otra moneda “viva” que hoy pueda cumplir las mismas funciones de la divisa de los EE.UU.

    Por su parte, el yuan no estará preparado para competir con la moneda americana, dado que la moneda china es “no convertible” y por lo tanto no transable internacionalmente.

    El euro parecería el rival más serio para el dólar, pero totalmente alejado de la potencia y la globalidad del “verde”. Esto es así porque la moneda europea representa la realidad dispar de 19 países con riesgos fiscales y de solvencia distintos.

    Se descartan totalmente las monedas asiáticas  como competidoras económicas del dólar, y esto es debido a las enormes divergencias económicas y sociales existentes entre los países de Asia.

    Brasil, Rusia y los “ICHS”. No siempre es cierto que el buen desempeño en un momento de crisis implique tener éxito en las buenas épocas, fue la reflexión escuchada.

    Parecería que, para el Premio Nobel, nuestro vecino es una promesa hacia el futuro… y lo seguirá siendo hasta que demuestre que su modelo económico es capaz de funcionar no sólo durante una crisis. Sobre la evolución de Rusia también mostró dudas, y terminó su comentario mencionando que los países del futuro no serían los “BRIC”, sino los “ICH” (por India y China).

    ARGENTINA. Krugman, que apoyó nuestra salida de la convertibilidad y posterior renegociación de la deuda soberana, opina que nuestro país necesita ganar “reputación” (credibilidad y confiabilidad  internacional). Esto se lograría manteniendo el rumbo de las normas y políticas trazadas por espacios razonables de tiempo.

    Por último, repitió los beneficios que trae a nuestro país el auge de la demanda de commodities en el mundo, a la vez que manifestó que las políticas de retenciones agrícolas no suelen dar buenos resultados en el mundo.

    LAS DISPUTAS DEL FUTURO. Los commodities estratégicos del futuro serán los vinculados con el medio ambiente: aire, agua dulce, clima, medio ambiente en general.

    Se espera que las empresas hagan grandes inversiones en saneamiento ambiental y reducción de la emisión de gases contaminantes. Esto las llevará a disminuir su rentabilidad de corto plazo.

    Se estima que el PBI global podría mermar en un 2 a 3 por ciento por las acciones necesarias para reducir los gases contaminantes en un 20 por ciento.

    CONCLUSIONES. Haciendo un collage de los comentarios del economista americano, unidos a mis propias reflexiones acerca de lo escuchado, rescato cinco puntos:

  1. La economía de los EE.UU. está debilitada y le tomará años a este país volver a fortalecerse, aunque hay confianza en que logrará ese cometido. Además, sigue siendo la primera potencia del mundo.

  2. El dólar es y será rey por ahora. Aun con su traje deshilachado y rodeado de enemigos, no se vislumbra un competidor capaz de desplazarlo como la principal moneda del mundo financiero y comercial.

  3. China es la nación que más crece y en la cual estará el futuro. Pero hoy por hoy, necesita tener fuertes logros políticos, económicos y sociales para aspirar a ser una potencia. India acompañaría al gigante en el proceso de crecimiento.

  4. La demanda de los commodities seguirá en alza. Pero en los próximos años, el agua dulce y el aire no contaminado serán los materiales básicos cuya demanda está llamada a crecer exponencialmente, debido a la escasez de estos recursos.

  5. Nuestro país tiene las condiciones para crecer, pero no está en la mirada estratégica de los “grandes” del mundo. Ganar credibilidad es fundamental para nuestra evolución económica y social.

  6. Gabriel Holand
    Especialista en mercados financieros, docente universitario, director de HR Global

    La sustancia de la crisis económica actual…

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    por Ricardo Antunes

    Antunes, Ricardo. Profesor titular de Sociología en el Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas (IFCH) de la Universidad de Campinas, Brasil (Unicamp). Hizo su maestría en Ciencia Política en el IFCH de la Unicamp (1980), se doctoró en Sociología en la Universidad de San Pablo (1986) y es docente libre en Sociología del Trabajo por el IFCH de la Unicamp (1994). Trabajó un año como investigador visitante en la Universidad de Sussex, Inglaterra (1997-98). Ha dictado numerosos cursos, seminarios y conferencias en universidades de América Latina y Europa y participado en congresos de su especialidad. Es autor de Adeus ao trabalho?, editado en español (¿Adiós al trabajo?, Buenos Aires, Herramienta, 2ª edición, 2003); A rebeldía do trabalho, O novo sindicalismo no Brasil, Classe operária, sindicatos e partido no Brasil, O que é sindicalismo? y Crise e poder, entre otros libros. Actualmente, coordina las colecciones Mundo del Trabajo de Boitempo Editorial y Trabajo y Emancipación de Editora Expressão Popular. Colabora regularmente en revistas y diarios de Brasil y otros países. Participa activamente en las revistas Margem esquerda (Brasil), Latin American Perspectives (Estados Unidos), Herramienta (Argentina), Proteo (Italia), Asian Journal of Latin Americana Studies (Corea) y Trayectorias (México), así como en otras publicaciones de distintos países.


    I

    Mucho se ha escrito sobre la crisis. Crisis de las subprime, crisis especulativa, crisis bancaria, crisis financiera, crisis global, réplica de las crisis de 1929, etc. Florece una fenomenología de la crisis, donde lo que ayer se dijo se vuelve hoy obsoleto. Los grandes periódicos, empezando por The Economist, hablan de “crisis de confianza” y la máxima se expande. La crisis se resume a un acto volitivo. ¡Fiducia! diría los latinos. He ahí la clave analítica.

    Los gobiernos de los países en crisis, en los Estados Unidos, Europa y otras partes del mundo, parecen redescubrir el estatismo todo privatizado como el recetario para eliminar la crisis de “desconfianza”. El remedio neokeynesiano, sepultado en las últimas cuatro décadas, considerado uno de los principales males de las crisis anteriores, resurge como salvación para el verdadero camino de la servidumbre, o sea, la sujeción de la humanidad a los designios de la lógica destructiva del capitalismo y en particular de su polo hegemónico financiero.

    Pero, más allá de esa fenomenología de la crisis, podríamos recordar a varios autores críticos, dentro de la izquierda, que intentaron ir más allá de las apariencias y develar los fundamentos estructurales y sistémicos del derretimiento y licuación del sistema del capital.

    Robert Kurz, por ejemplo, ha venido alertando desde principios de 1990, que la crisis que llevó a la bancarrota a los países del llamado "socialismo real" (con la URSS al frente), no sin antes haber devastado el “Tercer Mundo”, era expresión de una crisis del modo de producción de mercancías que después migraría en dirección al corazón del sistema capitalista.

    François Chesnais apuntó las complejas conexiones existentes entre producción, financierización (“la forma más fetichizada de la acumulación”) y mundialización del capital, enfatizando que la esfera financiera se nutre de la riqueza generada por la inversión y de la explotación de la fuerza de trabajo dotada de múltiples cualificaciones y amplitud global. Y es parte de esa riqueza, canalizada para la esfera financiera, que infla el flácido capital ficticio.

    Pero fue István Mészáros quien, desde el final de los años de 1960 viene sistemáticamente develando la crisis que entonces comenzaba a asolar al sistema global del capital: alertaba que las rebeliones de 1968, así como la caída de la tasa de ganancia y el inicio de la monumental reestructuración productiva del capital, que se manifestaba en 1973, ya eran ambas expresiones del cambio substantivo que se diseñaba, tanto en el sistema capitalista, cuando en el propio sistema global del capital.[1]

    Indicaba que el sistema de capital (y en particular el capitalismo), tras experimentar la era de los ciclos, se adentraba en una nueva fase, inédita, de crisis estructural, marcada por un continuum depresivo que haría que aquella fase cíclica anterior se volviera historia. Aunque pudiera haber alternancia en su epicentro, la crisis se muestra longeva y duradera, sistémica y estructural.

    Y más, demostraba la falencia de los dos más osados sistemas estatales de control y regulación del capital experimentados en el siglo XX. El primero, de talle keynesiano, que estuvo en vigor especialmente en las sociedades capitalistas marcadas por el welfare state. El segundo, de “tipo soviético” (vigente, según Mészáros, en la URSS y en las demás “sociedades post-capitalistas”) que, aunque fuera resultado de una revolución social que buscó destruir el capital, fue por él absorbido. En ambos casos el ente político regulador fuera desregulado, al final de un largo periodo por el propio sistema de metabolismo social del capital.[2] Proceso similar parece ocurrir en China de nuestros días, laboratorio excepcional para la reflexión crítica.

    II

    El libro A Crise Estrutural do Capital, [3] de István Mészáros, que presento al lector, es la condensación de un conjunto de artículos y entrevistas que presentan las principales tesis y formulaciones de la analítica de István Mészáros, escritos a lo largo de más de tres décadas y que son ahora publicados en un único volumen, condensando algunas de sus formulaciones más fuertes, en un momento decisivo de este siglo XXI, donde todo lo que parecía sólido se desvanece, encontrándose el capitalismo en fuerte proceso de licuación. La sumatoria de recursos, que se contabilizan en billones de dólares que fenecieron en los últimos meses, es por sí sólo contundente. La crisis del sistema financiero global, la retracción de la producción industrial, agrícola y de servicios, también son demasiado evidentes. Desde 1929 que el capitalismo no presenciaba un proceso crítico tan profundo, aflorando incluso en el propio discurso de los detentores del capital, sus gestores y principales gendarmes políticos. Así, István Mészáros ha sido, en las últimas décadas, uno de los críticos más densos, profundos, calificados y radicales. De esta manera, este pequeño libro es una muestra de esa contundencia y fuerza, que se encuentra presente en el enorme y poderoso conjunto de su obra.

    Si pudiéramos, en pocas páginas, condensar algunas de las principales tesis que configuran la actual crisis estructural del capital comenzaríamos diciendo que Mészáros hace una crítica desbastadora a los engranajes que caracterizan su sistema socio-metabólico.

    Su aguda investigación, indagando profundamente a lo largo de todo el siglo XX, lo lleva a constatar que el sistema de capital, por no tener límites para su expansión, termina por convertirse en una procesualidad incontrolable y profundamente destructiva. Conformada por lo que denomina, en la línea de Marx, como mediaciones de segundo orden –cuando todo pasa a ser controlado por la lógica de la valorización del capital, sin que se tome en cuenta los imperativos humano-societarios vitales– la producción y el consumo superfluos terminan generando la corrosión del trabajo, con la consecuente precarización del trabajo y el desempleo estructural, además de impulsar una destrucción de la naturaleza a escala global jamás vista anteriormente.

    Expansionista en la búsqueda creciente y desmedida de plusvalor, destructivo en su procesualidad pautada por lo descartable y la superfluidad, el sistema de capital se vuelve, en el límite, incontrolable. Todo esto, aquí resumido de manera breve, hace con que, después de un largo período dominado por los ciclos, el sistema de capital venga asumiendo, siempre según la formulación de István Mészáros, la forma de una crisis endémica, acumulativa, crónica y permanente, lo que replantea, como imperativo global de nuestros días, dado el espectro de destrucción global, la búsqueda de una alternativa societaria apuntando a la construcción de un nuevo modo de producción y de un nuevo modo de vida cabal y frontalmente contrario a la lógica destructiva del capital hoy dominante.

    Al contrario, por tanto, de los ciclos de expansión que conforman el capitalismo a lo largo de su historia, alternando períodos de expansión y crisis, nos encontramos, desde fines de los años de 1960 e inicios de 1970, sumergidos en lo que István Mészáros denomina como depressed continuum que exhibe las características de una crisis estructural.

    Su análisis ya anticipaba que, al interior de los países capitalistas centrales, los mecanismos de “administración de las crisis” serían cada vez más recurrentes –y también cada vez más insuficientes– una vez que la disyunción radical entre producción para las necesidades sociales y auto-reproducción del capital cambiaba la tónica del capitalismo contemporáneo de nuestros días, generando consecuencias devastadoras para la humanidad

    Dada la nueva forma de ser de la crisis, ingresamos entonces en una nueva fase, sin intervalos cíclicos entre expansión y recesión, pero presenciando la eclosión de precipitaciones cada vez más frecuentes y continuas. Tratándose, por tanto, de una crisis en la propia realización del valor, la lógica destructiva que se acentúa en nuestros días permitió a Mészáros desarrollar otra tesis, central en su análisis, de que el sistema de capital no puede más desarrollarse sin recurrir a la tasa de utilización decreciente del valor de uso de las mercancías como mecanismo que le es intrínseco. Esto porque el capital no considera valor de uso (que remite a la esfera de las necesidades) y valor de cambio (esfera de la valorización del valor) como separados, sino al contrario, subordinando radicalmente el primero al segundo.

    Lo que significa, agrega el autor, que una mercancía puede variar de un extremo a otro, es decir, desde tener su valor de uso realizado inmediatamente o, en el otro extremo, jamás ser utilizada, sin dejar de tener, para el capital, su utilidad esencial. Y, en la medida en que la tendencia decreciente del valor de uso reduce drásticamente el tiempo de vida útil de las mercancías –condición sine qua non del funcionamiento de proceso de valorización en su ciclo reproductivo– ella se convierte en uno de los principales mecanismos a través del cual el capital viene realizando su proceso de acumulación por la vía de la destrucción del tiempo de vida útil de las mercancías y de la subordinación de su valor del uso a los imperativos del valor de cambio.

    Al profundizar la disyunción entre la producción orientada genuinamente para el atendimiento de las necesidades humanas y aquellas dominantes orientadas para la auto-reproducción del capital, se intensifican las consecuencias destructivas, de las cuales dos anteriormente referidas ponen en riesgo el presente y el futuro de la humanidad: la precarización estructural del trabajo y la destrucción de la naturaleza. La conclusión de Mészáros es fuerte: aunque el 90% del material y de los recursos de trabajo necesarios para la producción y distribución de una dada mercancía comercializada – un producto cosmético, por ejemplo –fuese directamente para el basurero y sólo 10% efectivamente destinados al preparado del producto, buscando los beneficios reales o imaginarios del consumidor, las prácticas obviamente devastadoras aquí envueltas serían plenamente justificadas, desde que estuvieran sintonizadas con los criterios ‘eficiencia’, ‘racionalidad’ y ‘economía’ capitalistas, en virtud de la rentabilidad comprobada de la mercancía en cuestión. Y agrega: ¿qué será de la humanidad cuando menos del 5% de la población mundial (EUA) consuman 25% del total de los recursos energéticos disponibles? Y, ¿si el 95% restante viniera a adoptar el mismo padrón de consumo? La tragedia china actual, con su destrucción ambiental, es emblemática.

    Esto acentúa otra contradicción vital en la que el mundo se sumergió en este inicio de siglo: si las tasas de desempleo continúan ampliándose, aumentan explosivamente los niveles de degradación y barbarie social oriunda del desempleo. Si, al contrario, el mundo productivo retomara los niveles de crecimiento anteriores, aumentando la producción y su modo de vida fundado en la superfluidad y en el desperdicio, tendremos la intensificación aún mayor de la destrucción de la naturaleza, ampliando la lógica destructiva hoy dominante.

    Sin embargo el cuadro de crisis estructural y sistémica tiene otro componente vital, dado por la corrosión del trabajo. Después de la intensificación del cuadro crítico en EUA y demás países capitalistas centrales, estamos presenciando profundas repercusiones en el mundo del trabajo a escala global. En el medio del huracán de la crisis que ahora alcanza el corazón del sistema capitalista, vemos la erosión del trabajo relativamente contratado y reglamentado, heredero de la era taylorista y fordista, que fue dominante en el siglo XX –resultado de una secular lucha obrera por los derechos sociales– que está siendo substituido por las diversas formas de “empreendedorismo”, “cooperativismo”, “trabajo voluntario”, “trabajo atípico”, formas que oscilan entre la superexplotación del trabajo y la propia autoexplotación del trabajo, siempre caminando en dirección a una precarización estructural de la fuerza de trabajo a escala global. Esto, sin hablar de la explosión del desempleo que alcanza enormes contingentes de trabajadores, sean hombres y mujeres, fijos o precarizados, formales o informales, nativos o inmigrantes, siendo que estos últimos son los primeros en ser fuertemente penalizados.[4]

    La OIT, con datos que son bastante moderados, en un reciente informe, proyectó 50 millones de desempleados a lo largo del 2009. Bastaría que una de las grandes automotrices de los EUA cerrase sus puertas y tendríamos millones de nuevos desempleados. En Europa, los periódicos, diariamente, listan millares de nuevos trabajadores sin empleo.

    El mismo informe de la OIT agrega aún que cerca de 1,5 mil millones de trabajadores son afectados por la fuerte erosión salarial y la ampliación del desempleo en ese mismo período (Informe mundial sobre salarios, febrero de 2009). Pero se sabe que la contabilización mundial del empleo no capta en profundidad el desempleo oculto, frecuentemente enmascarado en las estadísticas oficiales. Y, como advirtió, Mészáros innumerables veces, si incluimos los datos reales del desempleo en China e India, estos números se multiplicarían en muchas veces.

    Es importante destacar que, en China, 26 millones de ex trabajadores rurales que estaban trabajando en las industrias de las ciudades perdieron sus empleos en los últimos meses del 2008 y los primeros meses del 2009 y no encuentran trabajo disponible en el campo, desencadenando una nueva ola de revueltas obreras en dicho país. En América Latina, la OIT agrega que, debido a la crisis “hasta 2,4 millones de personas podrán entrar en las filas del desempleo regional en el 2009”, sumándose a los casi 16 millones hoy desempleados (Panorama Laboral para América Latina y el Caribe, enero del 2009).

    En EUA, Inglaterra e Japón los índices de desempleo en los inicios del 2009 son los mayores de las últimas décadas. Es por eso que los empresarios presionan, en todas partes del mundo, para aumentar la flexibilidad en la legislación laboral, con la falacia de que así preservan los empleos. En EUA, Inglaterra, España y Argentina, para dar algunos ejemplos, esa flexibilización fue intensa y el desempleo solo ha venido aumentando.

    De manera que, diferenciándose totalmente de los análisis que circunscriben la crisis al universo de los bancos, a la “crisis del sistema financiero”, a la “crisis de créditos”, para István Mészáros, la “inmensa expansión especulativa del aventurerismo financiero –sobre todo en las últimas tres o cuatro décadas– es naturalmente inseparable de la profundización de la crisis de las ramas productivas y de la industria así como de las resultantes perturbaciones que surgen con la absoluta letárgica acumulación de capital (en verdad, acumulación fracasada) en el campo productivo de la actividad económica. Ahora, inevitablemente, también en el dominio de la producción industrial la crisis se está poniendo mucho peor. Naturalmente, la consecuencia necesaria de la crisis siempre profundizándose en las ramas productivas de la ‘economía real’ (…) es el crecimiento del desempleo por todas partes en una escala asustadora, asociado a la miseria humana. Esperar una solución feliz para esos problemas surgida de las operaciones de rescate del Estado capitalista sería una gran ilusión”.

    Y agrega: “(…) las recientes tentativas de contener los síntomas de la crisis que se intensifican por la nacionalización –camuflada de forma cínica– de grandezas astronómicas de la bancarrota capitalista, por medio de los recursos del Estado aún a ser inventados, solo cumplen el papel de subrayar las determinaciones causales antagónicas profundamente enraizadas de la destructividad del sistema capitalista. Pues lo que está fundamentalmente en curso hoy no es apenas una crisis financiera maciza, sino el potencial de autodestrucción de la humanidad en el actual momento del desarrollo histórico, tanto militarmente como por medio de la destrucción en curso de la naturaleza”.

    Si el neokeynesianismo de estado todo privatizado es la respuesta encontrada por el capital para su crisis estructural, las respuestas de las fuerzas sociales del trabajo deben ser radicales. Contra la falacia de la “alternativa” neokeynesiana que siempre encuentra acogida en varios sectores de la “izquierda” que actúan en el universo del Orden –“alternativas” condenadas al fracaso, como demostró Mészáros analizando el siglo XX, pues se inscriben en la línea de menor resistencia del capital– el desafío ya estaba indicado en su artículo “Política Radical y Transición hacia el Socialismo” (escrito en 1982 y publicado en Brasil por la primera vez en 1983, y que consta en este libro). Allí estaba presente tanto la distinción crucial entre la crisis de tipo estructural y sistémica y las crisis cíclicas coyunturales del pasado, así como la necesidad de una política radical, al contrario de las alternativas (neo)keynesianas y a las cuales el capital recurre en sus momentos de crisis.

    Vale recordar aquí la reciente Nota de los Editores de Monthly Review que así se refiere a la decisiva contribución de István Mészáros: “¿Cómo la izquierda irá a reaccionar frente a la crisis económica y a las tentativas de socializar las pérdidas sobre la población como un todo? Al depararnos con una depresión y crisis financiera, ¿debemos aceptar que las cargas recaigan sobre nuestros hombros, a través de la implantación de estrategias ligeramente más benignas para salvar el sistema?”

    Y agrega la Nota: “En septiembre [de 2008] algunos sectores progresistas en Estados Unidos argumentaron que era necesario apoyar el plan de “Socorro a los Ricos” de Paulson, para que no hubiera una depresión. Tres meses más tarde tenemos billones en fondos gubernamentales entregados a las personas más ricas del planeta y a la depresión. El punto crucial, a nuestro modo de ver, fe capturado por István Mészáros, en su Más allá del Capital, donde él explicó que ‘la política radical sólo puede acelerar su propia renuncia (…) consintiendo en definir su propio objeto en términos de blancos económicos determinados, los cuales, de hecho, son necesariamente dictados por la estructura socioeconómica establecida en crisis’” (Monthly Review, “Notes from the Editors”, vol. 60, No. 10, março de 2009, p.64).

    Una vez que las manifestaciones inmediatas de la crisis son económicas, dice Mészáros aún en el artículo premonitorio de 1982,

    “de la inflación al desempleo y de la bancarrota de empresas industriales y comerciales locales a la guerra comercial en general y al colapso potencial del sistema financiero internacional, la presión que emana de la referida base social inevitablemente tiende a definir la tarea inmediata en términos de encontrar respuestas económicas urgentes al nivel de las manifestaciones de la crisis, mientras son dejadas intactas sus causas sociales.” Y añadía: “(…) ‘apretar los cinturones’ y ‘aceptar los sacrificios necesarios’ para ‘crear empleos reales’, ‘inyectar nuevos fondos de inversión’, ‘aumentar la productividad y la competitividad’ etc., impone premisas sociales del orden establecido (en nombre de imperativos puramente económicos) sobre la iniciativa política socialista (…) dentro del marco de las viejas premisas sociales y determinaciones estructurales, terminando, de ese modo, (…) por ayudar a la revitalización del capital.”

    Es por eso que para Mészáros, cualquier intento de superar este sistema de metabolismo social que siga la línea de menor resistencia del capital, que se restrinja a la esfera institucional y parlamentaria está condenado a la derrota. En contrapartida, solamente una política radical y extraparlamentaria reorientando radicalmente la estructura económica, podrá ser capaz de destruir el sistema de dominio social del capital y su lógica destructiva.

    Crear un modo de producción y de vida profundamente distinto del actual es, por tanto, un desafío vital lanzado por Mészáros. La construcción de un modo de vida dotado de sentido replantea, en este inicio del siglo XXI, la imperiosa necesidad de construcción de un nuevo sistema de metabolismo social, de un nuevo modo de producción basado en actividad auto-determinada, en la acción de los individuos libremente asociados (Marx) y en valores más allá del capital. La actividad basada en el tiempo disponible para producir valores de uso socialmente útiles y necesarios, contraria a la producción basada en el tiempo excedente para la producción exclusiva de valores de cambio para la reproducción del capital se vuelve vital.

    Durante la vigencia del capitalismo (y también del capital), el valor de uso de los bienes socialmente necesarios se subordinó a su valor de cambio, que pasó a comandar la lógica del sistema de producción. Las funciones productivas y reproductivas básicas fueron radicalmente separadas entre aquellos que producen (los trabajadores) y aquellos que controlan (los capitalistas y sus gestores). Habiendo sido el primer modo de producción a crear una lógica que no toma en cuenta prioritariamente las reales necesidades societarias, el capital instauró, según la rica indicación de Mészáros, un sistema orientado para su auto-valorización, independiente de las reales necesidades auto-reproductivas de la humanidad.

    En contrapartida, una nueva forma de sociedad solamente será dotada de sentido y efectivamente emancipada cuando sus funciones vitales, controladoras de su sistema de metabolismo social fueran efectivamente ejercidas de manera autónoma por los productores libremente asociados y no por un cuerpo exterior extraño y controlador de estas funciones vitales.

    El develamiento más profundo de los significados de la crisis actual, su sentido global, estructural y sistémico, su marca agudamente destructiva, ese es la principal contribución de este poderos (pequeño) libro de István Mészáros. Y debe ser leído por todos aquellos hombres y mujeres que, en las luchas sociales, en sus embates cotidianos, afrontan, de algún modo, el sistema de metabolismo social hoy dominante y esencialmente destructivo para la humanidad y la naturaleza. Su lectura ayudará a reflexionar, imaginar y pensar en una otra forma de sociabilidad auténticamente socialista, capaz de rescatar el sentido social de la producción y reproducción de la vida humana y, de esta manera, auxiliar en la creación de las condiciones críticas imprescindibles para el florecimiento de una nueva sociabilidad auténtica y emancipada, lo que sería un gran avance en este siglo XXI que acaba de comenzar. En el mejor espíritu de la incansable obra de István Mészáros en su ardorosa y apasionada defensa de la humanidad.


    [1] Es decisivo resaltar que, para Mészáros, capital y capitalismo son fenómenos distintos. El sistema de capital, según el autor, antecede al capitalismo y tiene vigencia también en las sociedades post-capitalistas. El capitalismo es una de las formas posibles de la realización del capital, una de sus variantes históricas, presente en la fase caracterizada por la generalización de la subsunción real del trabajo al capital, que Marx denominaba como capitalismo pleno. Así como existía capital antes de la generalización del capitalismo (de que son ejemplos el capital mercantil, el capital usurario, etc.), las formas recientes de metabolismo socio-metabólico permiten constatar la continuidad del capital incluso después del capitalismo, a través de la constitución de aquello que Mészáros denomina como "sistema de capital post-capitalista", de lo que fueron ejemplos la URSS y demás países de Europa del Este. Estos países post-capitalistas no consiguieron romper con el sistema de metabolismo social del capital y la identificación conceptual entre capital y capitalismo hizo con que, según el autor, todas las experiencias revolucionarias vividas en este siglo se mostraran incapaces para superar el sistema de metabolismo social del capital (el complejo caracterizado por la división jerárquica del trabajo, que subordina sus funciones vitales al capital). Ver, sobre la experiencia soviética, especialmente el capítulo XVII, ítems 2/3/4 de Más Allá del Capital. Sobre las más importantes diferencias entre el capitalismo y el sistema soviético, ver especialmente la síntesis en las páginas 630/1.

    [2] El sistema de metabolismo social del capital tiene su núcleo central formado por el trípode capital, trabajo asalariado y estado, tres dimensiones fundamentales y directamente interrelacionadas, lo que imposibilita la superación del capital sin la eliminación del conjunto de los tres elementos que comprenden este sistema. No es suficiente, por tanto, según Mészáros, eliminar uno o igual dos de los polos del sistema de metabolismo social del capital, sino que es imperioso eliminar sus tres pilares. Y esta tesis tiene una fuerza explicativa que contrasta con la totalidad de lo que se escribió hasta el presente, sobre el fin de la URSS y de los países del erróneamente llamado “bloque socialista”.

    [3] Este libro, publicado in Brazil em maio de 2009 (Boitempo Editorial, São Paulo) nació de una correspondencia que István Mészáros y yo intercambiamos en enero del 2009, cuando le envié un artículo que recién publicaba sobre la crisis actual. Buscaba indicar, entonces, de manera brevísima, la fuerza, la densidad y la originalidad de su análisis crítico, frente al completo desconocimiento de los más distintos segmentos del capital –intelectuales, gestores, gobiernos- tras décadas de una apologética deprimente que predicaba la eternización del capital sin percibir que se encontraba a la víspera de su derretimiento y licuación. De ahí nació la idea de publicar, bajo la forma de un pequeño libro, un conjunto de sus artículos y entrevistas, desde sus primeros escritos hasta los más recientes, que de algún modo rescataran su análisis e indicaran una línea de continuidad decisiva para la comprensión de los elementos determinativos más esenciales de la crisis que dejó huérfanos y asombrados a los ideólogos del sistema y tantos otros que se habían conformado con la máxima del fin de la historia, que Mészáros llamó irónicamente como “fukuyamización seudohegeliana”.

    [4] Recientemente, en una manifestación de trabajadores británicos, en febrero del 2009, había un cartel que decía las siguientes frases: “Put Brithsh Workers First”- Empleen primero a los trabajadores británicos. Esta manifestación era contraria a la contratación de trabajadores inmigrantes italianos y portugueses con salarios inferiores a los británicos. Si la lucha por la igualdad salarial es justa y antigua, la exclusión de trabajadores inmigrantes tiene un evidente sentido xenófobo. En Europa, Japón, EUA y en otras partes del mundo, manifestaciones semejantes se esparcen.

    Revista Herramienta Nº 41

    Lecciones de China: treinta años de reformas y de crecimiento económico…

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    Lecciones de China: reflexiones tentativas sobre los treinta años de reformas económicas.

    Autor(es): Chun, Lin

    Chun, Lin. Enseña política comparada en la Escuela de Economía de Londres y en la Universidad de Nueva York. Es autora de The British New Left (Edimburg University Press, 1993) y de The Transformation of Chinese Socialism (Duke University Press, 2006), editora de China I, II y III (Ashgate, 2000), y coeditora de la antología de clásicos feministas traducidos del chino, Women: The Longest Revolution (Beijing, Social Science Publisher, 1997).


    Contradicciones de la reforma

    China comenzó a reformar su economía política socialista de estado después de la muerte de Mao Zedong en 1976. El pragmático programa de reformas de mercado de Deng Xiaoping fue legitimado formalmente en la histórica sesión plenaria del Partido Comunista de 1978 para reemplazar la ingeniería social maoísta utópica. Treinta años después, China es hoy la segunda mayor economía del mundo, la tercera mayor en comercio y, con enormes reservas de divisas extranjeras (1,4 billones de dólares o el 40 % del producto interno bruto en 2007) y enorme exceso de capital, el tercer mayor exportador de capitales. Además, China es también el segundo mayor consumidor de petróleo y es responsable por alrededor del 20 % del consumo de los recursos minerales de la tierra, produciendo el 15 % de las emisiones mundiales en el proceso.

    En el contexto más amplio del desarrollo chino y de los desarrollos nacionales en general, están produciéndose cambios mayores en la política, la economía, las relaciones internacionales y la geopolítica mundiales desde el final de la guerra fría, en particular desde el colapso del bloque soviético y las transiciones poscomunistas por un lado, y la marcha progresiva transnacional de la liberalización, la desregulación y la privatización, por otro. Estos cambios han alterado profundamente los parámetros de la modernización en China con respecto a aquellos con los cuales estaban comprometidos los reformadores imperiales de la segunda mitad del siglo XIX y mucho más los revolucionarios republicanos y comunistas del siglo XX. Además, mientras más profundamente un país es integrado a los mercados mundiales, más fuertes son la dependencia y las restricciones que encuentra en sus opciones políticas y estratégicas.

    La trayectoria de las reformas ha atravesado hasta ahora en China dos etapas distintas y está entrando en una tercera, cuya naturaleza todavía está por definirse. La primera, comenzada en 1977, estuvo inspirada por las rupturas en el pensamiento nacional iniciadas por el partido, expresadas en consignas tales como “reforma y apertura”, “economía socialista de mercado” y “construir un socialismo altamente civilizado, altamente democrático”. La idea principal era entonces que China “hiciera uso” de los mecanismos de mercado y de las avanzadas capacidades de gestión y tecnología del mundo capitalista para sus propios propósitos socialistas. En efecto, la primera década de la reforma contempló algunos magníficos logros: desde “liberar la mente” (un movimiento autocrítico dentro del partido comunista) hasta la descentralización política y económica, incluyendo esfuerzos para limitar los periodos de desempeño de los cuadros dirigentes y separar al partido del gobierno, la administración y la gerencia empresarial; y desde el alivio de la pobreza hasta la promoción de las empresas colectivas municipales y aldeanas (TVE, siglas de su nombre en inglés) a fin de proveer de empleo, ingresos y prosperidad a las comunidades locales. Uno de los rasgos indisputables fue la marcada mejora en el nivel general de vida para la amplia mayoría de la población china: 400 millones de personas fueron sacadas de la pobreza, y el dinamismo de los negocios se expandió a través de las áreas urbanas y rurales de China. Un comprometido programa anti-pobreza, financiado por el estado central con amplia participación desde abajo, ejemplificó los primeros métodos chinos del desarrollo.

    Después de los disturbios de la protesta de Tiananmen de 1989 (contra el deterioro de los servicios públicos y de la seguridad social y el aumento de la corrupción de los funcionarios) y su violento final, el siguiente paso de China quedó en claro sin lugar a dudas en 1992, cuando se relajaron las sanciones internacionales y Deng recorrió el sur para impulsar las zonas económicas especiales anunciando que “el desarrollo es la regla de hierro”. Una trágica ironía de la historia: en vez de refrenar los problemas iniciales que causaron los movimientos de estudiantes y ciudadanos de 1989, resultó que estos movimientos allanaron el camino para cambios más radicales en la década de 1990, bajo las fuerzas combinadas del ajuste del mercado y la violencia estatal. Recién en 2002, en que los dirigentes de la “cuarta generación” asumieron el poder de manos de Jiang Zemin (quien como secretario general del partido impulsó lejos la línea de Deng), ciertos errores serios del desarrollismo comenzaron a ser adjudicados al nivel político, si bien sólo tímida e ineficazmente. La necesitada reorientación que pudiera devolver a China a su senda reformista de integración selectiva al mundo en la prosecución de una economía socialista de mercado y democrática dependería de las correspondientes determinación política y presiones populares organizadas. Ya que es completamente posible que una transformación esencialmente capitalista sea irreversible, en tanto que ha confundido e institucionalizado muchos y poderosos intereses creados, tales como la alianza de la elite -funcionarios, grandes empresarios y académicos/medios de comunicación- formada en la temeraria segunda fase de acuerdo con un “capitalismo burocrático”. El acceso de China a la OMC en 2001 también le impuso al país un “auto-fortalecimiento” artificial que resiste los cambios.

    Estas “reformas” radicales significaron realmente una transformación revolucionaria en el carácter del estado en China, en su estructura económica y relaciones sociales. La privatización generalizada, en particular, fue sobre todo la encarnación de la corrupción. Aunque eufemísticamente llamada “reestructuración”, fue aplicada por los gobiernos locales con una explícita luz verde desde arriba. Involucrando a gerentes y otros elementos internos tanto como adquisiciones y fusiones externas, transfirió a menudo la propiedad sin una adecuada evaluación/monitoreo o consulta de la opinión de los trabajadores afectados. La estrategia original era “mantener a las grandes y dejar irse a las pequeñas”, pero pronto cambió en un apresurado y defectuoso proceso de privatización también de las empresas rentables de magnitud grande y mediana. Las normas y regulaciones relevantes tales como la consulta obligatoria a los empleados fueron ignoradas. Como tal, no sólo la privatización, de una manera general, fracasó en lograr sus objetivos proclamados de eficiencia, productividad y mejoramiento tecnológico, sino que también resultó en un extendido desmantelamiento del patrimonio público y un gran desequilibrio macroeconómico.

    La porción del PBI chino producido por el estado se había reducido a menos del 20 % para junio de 2007. Más del 80 % de las compañías chinas registradas en el país eran privadas o semi-privadas a través de una variedad de sistemas de tenencia de acciones en la mayor parte de los cuales los accionistas ordinarios no tienen voz en las decisiones sobre inversiones y dividendos. El sector colectivo urbano también disminuyó en más de dos tercios. Las industrias cooperativas rurales también han sido reestructuradas por compradores privados. El sector sobreviviente bajo control del estado, altamente capitalizado y centralmente controlado, está ahora en gran medida confinado a las empresas estratégicas en las industrias monopólicas (petróleo y refinerías, metalurgia, electricidad, telecomunicaciones y militares) con las barreras de entrada bajadas.

    Entretanto, la privatización llevó a una drástica reducción del tamaño de las empresas, con cerca de 50 millones de trabajadores expulsados de sus empleos entre 1997 y 2002. Muchos puestos de trabajo creados en el sector privado permitieron escandalosas condiciones de trabajo, como en el caso de los talleres explotadores de obreros, manejados a bajo costo violando las leyes laborales y ambientales. Al menos 20 millones de personas viven ahora en las ciudades chinas bajo el nivel de la pobreza, más de medio siglo después de que la revolución comunista eliminara por primera vez la pobreza urbana. Más allá de las preocupaciones de la economía moral concernientes a la subsistencia y la seguridad, es aún más importante la herida a la dignidad de los trabajadores, y en consecuencia a la legitimidad del régimen: la difícil condición de los trabajadores causa una crisis fundamental de identidad a la República Popular, auto-percibida después de la revolución como un estado de obreros y campesinos, lo cual, de forma inercial, todavía legitimiza altamente la intensidad y la extensión de la “resistencia legal”. Toda violencia estatal local utilizada para aplastar las protestas sólo profundiza esa crisis.

    A la vez, millones de granjeros han sido expulsados de la tierra en las condiciones de decadencia rural posteriores a las TVE, así como cada vez hay más incidentes de usurpación de tierras por empresarios privados usualmente apoyados por los funcionarios locales. Gracias a todo esto surgió la mayor “población flotante” (entre los 150 y los 200 millones) que el mundo haya visto jamás. La mano de obra migrante estaba menos protegida aún, atrapada a menudo en formas de exclusión social y privaciones físicas. Accidentes industriales, enfermedades relacionadas con las actividades laborales, polución del aire, la tierra y las aguas, todo había empeorado. La tasa de mortalidad en las minas privadas y privatizadas de China llegó a ser la mayor del mundo. La nueva ley del trabajo está lejos de ser adecuada, incluso para el criterio de las multinacionales capitalistas (por ejemplo, de acuerdo a Nike, que opera en China, el régimen existente de protección de los trabajadores allí, “a pesar de haber sido mejorado por la implementación este año de una nueva ley de contrato de trabajo, sigue por debajo de los estándares establecidos por la OIT, Financial Times, 9 de marzo de 2008). Y con todo, estas estipulaciones moderadas han sido ferozmente resistidas tanto por el capital interno como por el extranjero. Durante su debate público en 2006, el proyecto de ley fue rechazado por el lobby corporativo (Nike fue una excepción), el cual amenazó con retirar sus inversiones y trasladarse a otra parte en búsqueda de trabajadores más baratos y menos exigentes. En consecuencia, la Asamblea Nacional Popular hizo notables concesiones en la versión final antes de sancionarla para que tomara validez en enero de 2008.

    Incorporadas a las leyes laborales hay provisiones legales de género, específicas para las mujeres, incluida una activa Federación de Mujeres de China. Sin embargo, en un mercado de trabajo pobremente regulado y marcado por la búsqueda de ganancias, una gran fracción de la mano de obra femenina sufre triple discriminación y desventajas por ser a la vez pobres, mujeres y de origen campesino – el sesgo a favor de los sectores urbanos permanece fuerte, basado en la cultura material e institucionalmente en el registro o sistema de pasaporte interno. A pesar de que sobrevive cierto grado de “feminismo estatal”, acompañado por regulaciones y políticas a favor de las mujeres, para los patrones, en tanto que actúan en el mercado, sólo llega a ser “racional” contratar a las mujeres al último y despedirlas primero, excepto en aquellos rubros (por ejemplo textil e indumentaria) donde las mujeres jóvenes en particular pueden ser más eficientes pero peor remuneradas (violando la ley). Además, las mujeres trabajadoras migrantes usualmente se separan de sus maridos y familias, dejando atrás a sus hijos para, en el mejor de los casos, ser cuidados por sus abuelos. Raras veces están organizadas, incluso en los sindicatos oficiales, y en general son descuidadas por las federaciones de mujeres. En todas partes, las mujeres también pierden terreno frente a revividas relaciones patriarcales en algunos hogares y comunidades rurales después de la disolución de las comunas, frente a la comercialización de la femineidad en formas físicas o culturales que incluyen la prostitución, y frente a una edad oficial de jubilación diferenciada entre varones (60) y mujeres (55) para los empleados públicos. Todo esto contrasta agudamente con el otrora extendido compromiso de China en lograr la equidad de género junto con la dignidad y los derechos de los trabajadores. Como un ejemplo, en términos de participación política formal, también se redujo el número de mujeres diputadas en los congresos populares nacional, provinciales y de los condados, hasta llevar a China del puesto mundial 12° en 1994 al 48° en 2006.

    No sólo los trabajadores, sino también millones de propietarios de pequeños emprendimientos han sido esquivados por el boom, del cual los mayores beneficiarios son más bien los especuladores transnacionales y quienes detentan el poder local, que abusan de los cargos públicos en provecho propio. Estos dos grupos están conectados entre sí, alimentando una clase particular de intermediarios conocidos históricamente en chino como maiban o compradores. Por una parte, la manufactura para exportar alienta una competencia brutal, especialmente entre pequeños productores, a través de la despiadada reducción de costos, salarios y consumo. Por la otra, las políticas favorables a los capitales extranjeros refuerzan un ambiente desfavorable en el que las pequeñas empresas se encuentran agobiadas entre bancos estatales que no las apoyan y competidores extranjeros que cuentan con muchos más recursos. Entretanto, ciertos éxitos importantes de las primeras reformas han sido anulados por el retroceso de un buen régimen público que había logrado cubrir las necesidades básicas cuando China era muchas veces más pobre. Como las políticas sociales han perdido su prioridad en el programa nacional, considerables segmentos de aquellos que al principio habían sido sacados de la pobreza han vuelto a caer en la miseria. El alarmante grado de polarización y desigualdad ha forzado finalmente al gobierno a buscar remedios – en alrededor de 0,45 por algunos años consecutivos, el coeficiente de Gini para China ha sido muy superior a los de la mayoría de los países, incluidos los países en desarrollo tales como la India (con un 0,33), junto con líneas de clase, género, sectoriales, regionales, etc.

    El balance de las reformas post-maoístas es un embrollo de contradicciones, mostrando por una parte las condiciones materiales de la existencia mejoradas en general junto a una creciente clase media urbana, y por otro lado los problemas y dificultades antes señalados. Han surgido dos Chinas. Hasta ahora, el patrón de crecimiento de China no ha superado sus rasgos de bajos salarios, baja tecnología y baja productividad con el costo de alta inversión, alto consumo de energía y alta polución, y un alta tasa de explotación y dependencia del comercio exterior. Por lo tanto, la economía china ha llegado a ser cada vez más vulnerable a potenciales shocks endógenos y exógenos, desde descontento social o colapsos financieros hasta desastres naturales y crisis ecológicas. Por ejemplo, la recesión que está cobrando mucha importancia en los EEUU ya ha golpeado las exportaciones y las perspectivas de exportar de China; y los dólares depreciados han costado una abrupta devaluación en las reservas chinas de divisas extranjeras.

    Reemplazando una cultura política de equidad y solidaridad, el ascenso del fetichismo de la mercancía está acompañado por un sentido de alienación profundo e invasivo en una sociedad atrapada en la codicia desnuda, dura competencia, consumismo histérico y una amplia mercantilización de los valores humanos. Los movimientos religiosos se extienden como respuesta a la decadencia social entre una población tradicionalmente atea. El desarrollismo sin sentido mezclado con prejuicios chauvinistas trajo tensiones y conflictos étnicos en las regiones de las minorías nacionales. Estas contradicciones y confusiones hacen que la gente se pregunte si el fin no ha sido absorbido por los medios, y si lo que es esencial y precioso para la humanidad no está siendo destruido por las ciegas fuerzas del mercado. La popularidad de los así llamados “clásicos rojos”, desde los textos hasta la literatura, de las canciones hasta los trabajos artísticos, es sólo un signo de la búsqueda del alma nacional. La movilización a través de Internet en búsqueda de información crítica y debates políticos es otro. La insustentabilidad del sendero chino desde los años 1990 es reconocida comúnmente en el país, ejerciendo mucha presión sobre el gobierno para buscar un cambio de rumbo hacia una tercera fase de la reforma que sea distinguible de la segunda.

    Explicando el crecimiento y desarrollo

    La economía china es alrededor de ocho veces mayor de lo que era en 1978, después de un continuo crecimiento anual de alrededor de 8-10 % desde la década de los años 1980. Esto es atribuible en gran medida al aumento cuantitativo en mano de obra, materias primas e inversiones de capital, sin mejoras significativas en innovaciones organizativas y tecnológicas y en productividad. No obstante, esta amplia y rápida acumulación de riqueza en términos reales (descontando las enormes burbujas en los mercados de los bienes inmobiliarios y de acciones) no tiene precedentes en la historia contemporánea china ni tampoco en el registro mundial, dado el tamaño del país y su relativa escasez de recursos naturales. Sin embargo, el así llamado “milagro chino” todavía tiene que ser explicado apropiadamente, ya que diferentes explicaciones suponen diferentes implicancias políticas.

    Basta aquí identificar una línea divisoria en el debate entre las descripciones “mundialistas” dominantes que abrazan las doctrinas neoliberales, por un lado, y sus críticos “localistas” que se centran en los factores internos, por el otro. Para los primeros, las inversiones y el comercio exterior, las privatizaciones y otros elementos del “consenso de Washington” son lo que explica el éxito económico chino, resaltando la mano de obra barata como su ventaja competitiva principal. Hay ciertamente alguna verdad en esta argumentación. La integración de China en la OMC, por ejemplo, ha incrementado rápidamente el volumen del comercio exterior del país. Pero también es cierto que la dependencia del comercio exterior deprime el mercado interno y el poder de compra, y amenaza la seguridad económica nacional en un juego que se rige por las reglas de las naciones ricas, desde sus subsidios agrícolas hasta sus leyes y tarifas anti-dumping. Es de notar también que el así llamado “comercio exterior” incluye una contribución significativa de las multinacionales que operan en China, las cuales se apoderan de la mayor porción de las ganancias a través de relaciones comerciales típicamente desiguales. En cuanto al mito de que la economía de mercado requiere una total privatización, está demostrado ampliamente en los debates y experiencias chinos, así como en Rusia y en muchos otros sitios, que es falso en teoría y desastroso en realidades.

    Rechazando las explicaciones globalistas, para la oposición “localista” no fue la “mano de obra barata” – y en China se están acabando todas ventajas relacionadas con este tema; el mercado laboral se deprimió aún antes de los recientes avances legales a favor de los trabajadores y del viraje macroeconómico hacia la inflación – sino un conjunto de otros factores claves que explican el desarrollo económico del país. Ellos incluyen las inversiones en infraestructura física y capital humano en los años de Mao, que explican una fuerza de trabajo educada, saludable y disciplinada en general. La abundancia de mano de obra calificada es una ventaja destacada que China tiene por sobre la mayoría de los otros países en desarrollo. A pesar de los retrocesos antes indicados, China sigue adelante en casi todos los índices de los informes sobre desarrollo humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Además, fundamentos como la propiedad pública de la tierra, el control público sobre las industrias estratégicas, la fuerte capacidad organizativa y políticas del estado, la participación social organizada, la ideología de justicia social y redistributiva y de equidad de género y étnica, y un buen régimen público de educación y tratamiento médico universales con énfasis en la inmunización masiva y la medicina preventiva, destacan importantes continuidades, reales o deseables, entre los logros anteriores y los posteriores a las reformas. Juntos, estos factores contribuyen a un súper modelo de estado socialista desarrollista que explica mejor los principales éxitos de la reforma.

    Igualmente, el debilitamiento o la eliminación de estos factores explican las fallas de la segunda fase de la reforma que fue parte de la característica ola neoliberal de la globalización. Los globalistas ni siquiera reconocen la polarización de clase, la desigualdad del desarrollo o la corrupción como problemas y males sociales que amenazan al crecimiento económico. Para ellos, estos son precios necesarios a pagar por la transición al mercado, o resultados tolerables de esa transición incompleta. La superstición acerca de un mercado libre “total” impregna todo el pensamiento económico chino. Pero “mano de obra barata” no es un concepto inocente. Más bien significa subordinación del trabajo al capital, y la clara desventaja de la posición de los trabajadores. Peor aún, cuando la mano de obra barata es pintada como una “ventaja”, hasta los talleres explotadores ilegales pueden ser legitimados; de aquí proviene la mancillada etiqueta de “made in China”.

    Lecciones de la trayectoria de la reforma china

    El argumento “localista”, si bien básicamente firme y más convincente, debería estimular nuestra búsqueda de lecciones a extraer de las dos fases de la reforma china: cómo un proyecto popularmente aceptado de reforma del socialismo estatista degeneró en una transformación capitalista revolucionaria o, de hecho, en una contrarrevolución, en el contexto de la repudiada y socavada revolución china del siglo XX. La versión china de la “revolución de color” fue llevada a cabo sin ningún alboroto electoral. Las consecuencias esperadas e inesperadas de esta transformación a tal escala y velocidad son sorprendentes. Las lecciones a extraer de esto podrían ser instructivas para que los reformistas más reflexivos en China conduzcan o reconduzcan una tercera fase (todavía abierta) del curso de la reforma, y pueden también contener implicancias más amplias para otros países.

    De manera muy tentativa, antes que nada, todo emprendimiento social de tal magnitud debe examinar constantemente sus principios fundantes y evaluar su progreso respecto a los objetivos vitales que se ha planteado. La política de “sin discusiones” de Deng, de desestimar la ideología, pudo haber servido al propósito de ganar un consenso temporal y superficial, reduciendo así los costos de las negociaciones, pero en el largo plazo, la ideología de la no ideología erosionó la reforma misma permitiendo su descarrilamiento. Aún si se puede cruzar el río “tanteando las piedras”, como dice el famoso dicho chino, perder de vista la otra orilla del río anularía instantáneamente el motivo del cruce, y podría terminar en el ahogamiento. Simplemente, no puede negarse la centralidad de la política, dado que en última instancia se trata de una disputa perpetua sobre qué y por qué producir, y quiénes deben quedarse con el excedente. Tal contienda necesita la verificar los objetivos mediante evaluaciones políticas y debates legislativos, en el gobierno central y los locales, entre investigadores y asesores, y en la sociedad en su conjunto. Insistir en la lucha ideológica es así también un argumento para la democracia política y deliberativa.

    Un ejemplo a mano es la lectura “marxista” de una historia lineal en la que el capitalismo sería una etapa ineludible, y en la que China debe ingresar para proseguir un desarrollo capitalista interrumpido por la revolución comunista. Esta lectura se convirtió en un dogma intelectual en China, sin ser revisada de manera crítica por los teóricos institucionalmente influyentes en los círculos políticos. Otro ejemplo más positivo es el debate acerca de la primera ley china sobre la propiedad. Debido a las discusiones extensas y prolongadas, el resultado fue en 2007 la protección equiparada de las propiedades pública y privada. La oposición a la privatización radical hizo oír al menos su voz en el sentido de que el control público debía ser preservado por sobre las prioridades de inversión y los dividendos de las empresas estatales, y que la decisiones más importantes debían ser debatidas en los congresos populares a los niveles nacional y locales, incluyendo a los expertos y a la consultas públicas. Las reformas legales en todas las áreas han generado además una amplia participación. Entre muchos ejemplos negativos, se encuentra la transición al mercado experimentada por el sistema médico chino, el que se volvió imposible de solventar para la mayoría de la población, y que fue debidamente declarado como un “completo fracaso” por la comisión investigadora del desarrollo del Consejo de Estado. Actualmente se están llevando a cabo nuevos esfuerzos para reparar los daños y reestablecer la cobertura universal de la atención médica básica. Pero si se hubieran examinado apropiadamente las reformas iniciales a la luz de la opinión popular, podría haberse evitado el fracaso que sacrificó a una generación. La lección, en otras palabras, es que los gobiernos y las políticas deben responder ante el pueblo a través de instituciones democráticamente investidas, y que un poder determinado con suficiente capacidad política sólo puede ser legitimado a través de estas instituciones. El argumento subyacente tras la primera lección versa entonces sobre la claridad y legitimidad de los objetivos nacionales logrados a través de la lucha política y de la deliberación democrática.

    La segunda lección es que los logros iniciales de la revolución china deben ser defendidos. Esa revolución cambió la vieja estructura social y las relaciones de clase, etnia y género procurando la justicia social, la igualdad étnica y la liberación femenina. La reforma agraria (que fue más restringida en las áreas de minorías), por ejemplo, fue decisiva para la construcción económica subsiguiente en China. La prosperidad de las TVE a lo largo de la década de los años 1980 no habría sido posible sin esta condición fundamental de la tierra pública. De manera inversa, el abandono de la agricultura colectiva, y luego también del llamado doble nivel (hogares individuales y colectivos), fue una causa básica de las crisis rurales de mediados de los años 1990. El compromiso del estado post-revolucionario con la satisfacción de las necesidades básicas, como otro ejemplo, sostuvo un nivel de inversiones relativamente alto en la infraestructura física y humana de China, como la escolaridad gratuita y los servicios médicos elementales (aunque amplios), gratuitos o baratos. Esto constituyó un sistema de mantenimiento del bienestar social por parte del estado, que distinguió a China de otros países en desarrollo menos exitosos. Aún hoy, la privatización todavía no puede ser legitimada verbalmente, debido a restricciones ideológicas -aunque decrecientes- y a la resistencia popular. Esta resistencia, irónicamente armada por el lenguaje oficialmente sancionado del socialismo, es lo que mantiene con vida a las crecientes presiones sobre el gobierno y la búsqueda de alternativas. Precisamente, debido a la experiencia china con una revolución épica, el compromiso social con la igualdad y la justicia sigue muy arraigado, deslegitimando así las ideas y prácticas neoliberales. El giro “pro-pueblo” desde 2003 en las políticas y objetivos políticos incluye la eliminación de impuestos agrícolas, la revitalización del campo, la restauración del programa de educación obligatoria de nueve años, la reconstrucción de la seguridad social tanto para las áreas urbanas como para las rurales, más protección al trabajo, mejores regulaciones en la conservación ambiental, más eficiencia en el consumo de energía, etc. Estos movimientos, largo tiempo postergados, sólo son la respuesta a una agravada crisis de legitimidad del régimen desde 1989.

    Esto de ningún modo es una vuelta al maoísmo, cuyas fallas, desde las desigualdades sectoriales y los privilegios burocráticos hasta la limitación de las libertades personales, están fuera de discusión. Lo que está más bien en juego es la naturaleza de un estado históricamente determinado, en el caso chino, por una de las mayores revoluciones sociales del mundo contemporáneo. Por una parte, aún si es aparentemente necesaria en China la sindicalización independiente, una cuestión más fundamental seguiría siendo qué lugar ocupa el estado. Por otro lado, tomando la noción weberiana del estado moderno como una autoridad pública nacional, la necesidad de la conducción y organización a cargo del estado en el desarrollo tardío es una noción de sentido común en las corrientes principales de la literatura, desde la modernización hasta la economía del desarrollo. Categóricamente diferente del modelo de estado predatorio, la capacidad del estado desarrollista de “gobernar el mercado” e invertir en capital humano habrían creado una suerte de “autonomía imbricada” que aísla las funciones estatales de los intereses específicos, tanto locales como extranjeros. La segunda lección versa entonces sobre la defensa de los compromisos y promesas de la revolución, en primer lugar la concesión de poder a un pueblo liberado, y el bien común.

    La siguiente lección señala el carácter negativo del desarrollismo, o “Pebeísmo”, es decir, el aumento numérico del PBI como la máxima prioridad nacional. Ciertamente, a pesar de las opciones terminológicas (construcción, modernización, promoción de las fuerzas productivas, etc.) o las prioridades políticas (autonomía versus apertura), el desarrollo ha sido central en la concepción china de la economía política desde 1949, si no antes. En efecto, el imperativo del crecimiento en diversas situaciones históricas y consideraciones gubernamentales ha sido tan grande que constituiría la única explicación racional para movimientos tan aparentemente irracionales como el Gran Salto Adelante a finales de los años cincuenta, o la fiebre globalizadora desde los años noventa. Aún durante el auge maoísta de “la política al mando”, la clase política estaba profundamente convencida de que la supervivencia de la Nueva China dependía de su éxito económico. Pero recién cuando el crecimiento fue declarado como “la única dura verdad”, a ser perseguida a todo costo, el desarrollismo simple y llano prevaleció con consecuencias sociales y ambientales devastadoras. La protesta tibetana de marzo y abril de 2008 sólo representó uno de los frentes de reacciones violentas, aunque fue el más visible a escala mundial. La comercialización irreflexiva, combinada con la ingerencia de empresas chinas que contradecían los principios constitucionales de autonomía regional y sensibilidad étnica y cultural, son al menos parcialmente responsables del violento resentimiento local.

    La cuestión no es tanto si el desarrollo económico en los países y regiones en desarrollo es justificable, sino qué clase de desarrollo – si beneficia a pocos o a muchos, si amplía la libertad o la alienación, o si sacrifica el tejido social orgánico y el medio ambiente en el proceso. Las desigualdades globales y los efectos de la falta de poder económico son obvios, pero un mal no puede ser corregido por otro. O sea, la justificación fundamental para que la gente pobre ejercite sus derechos socioeconómicos puede en realidad ser socavada por la locura desarrollista. El desarrollo humano justamente no puede ser lo mismo que la expansión económica medida por la tasa de crecimiento y los valores del mercado. Y el PBI no es ni siquiera un indicador económico confiable, dado el posible volumen de las burbujas, las transacciones especulativas y la contabilidad repetitiva en su estimación.

    En estas circunstancias, dada en especial la vulnerabilidad de las economías nacionales a lo largo del planeta en un mercado financiero global altamente volátil, y dada la debilidad institucional en la infraestructura regulatoria de China, el equilibrio macroeconómico buscado ha sido perturbado seriamente por flujos de capital especulativo de corto plazo sobre sus mercados monetario, bursátil, de futuros, inmobiliario y de seguros. En vez de hacer inversiones altamente riesgosas en el exterior, las cuales ya han fracasado en un par de casos con enormes pérdidas, una alternativa forzosa, como señala un grupo de economistas críticos del desarrollismo, sería hacer uso del exceso de capital internamente, para controlar la inflación, recapitalizar los bancos, revitalizar las empresas estatales, aumentar los gastos en bienestar social, y ampliar la capacidad gubernamental de manejar las crisis. Esto aumentaría a su vez el ingreso bruto de los hogares para fortalecer la demanda tanto como para contener el exceso de capacidad productiva y la dependencia tecnológica, que, en un círculo vicioso, deprime tanto el valor del trabajo como de los bienes chinos.

    Sólo a través del rechazo de las versiones convencionales del desarrollismo, capitalistas y socialistas, podemos diseñar un nuevo curso de desarrollo, que premie a los productores directos y las necesidades y conocimiento locales, y que promueva el aumento de poder y la capacidad de construir desde abajo. Existen prácticas alternativas, en China como en todas partes, para estimular los pequeños negocios junto con ciertas formas tradicionales de producción, consumo y bienestar social cooperativo, en un momento en que las normas del paradigma de la modernización, del desarrollo, desde la industrialización a la urbanización, se vuelven imposibles de sostener en términos sociales y ambientales. El paquete verde[1] del PBI de China (actualmente en discusión) descontaría el costo ambiental de la tasa de crecimiento y dispondría de nuevos objetivos para la evaluación del rendimiento oficial. La tercera lección de la reforma es así un argumento contra el desarrollismo guiado por el PBI. En última instancia, lo decisivo no es la suma cuantitativa de riqueza, al margen de su representación estadística distorsionada, sino su distribución. Hambre o pobreza, como han documentado rigurosamente y demostrado E. A. Wrigley, Amartya Sen, Jean Dreze y otros, no pueden reducirse en la actualidad a una cuestión de escasez de oferta.

    La última de las cuestiones que constituyen lecciones a aprender de la experiencia reformista china versa sobre la importancia de mantener la autonomía o la subjetividad nacionales al interactuar con las fuerzas mundiales, conocida como globalización “tímida” o selectiva, de manera de beneficiarse de la integración económica y los intercambios culturales, al tiempo que se contienen los riesgos financieros y otros riesgos de mercado. Por ejemplo, la apertura amplia a la inversión extranjera, el apoyo estatal y los subsidios al capital extranjero en China, empobrecieron al mercado interno y al empresariado local a través de tasas impositivas diferenciales. Aún más, el capital internacional ha participado de manera agresiva en la privatización en China -entre 2003 y 2006, el gasto externo en la adquisición de empresas chinas creció 12 veces en relación con el total de inversión extranjera directa (IED) del país-. Esta IED fue asignada así, principalmente, para canalizar fusiones y adquisiciones de empresas estatales por parte de capitales extranjeros, comprando además en el camino participaciones en los bancos estatales. Este distanciamiento respecto a la reforma original estaba, desde luego, en sintonía con la hegemonía ejercida por la ideología neoliberal, que completó un giro paradigmático en China desde la autonomía a la dependencia extranjera.

    Condicionada en particular por las intrusivas normas de la OMC, China se encuentra sufriendo las excesivas concesiones otorgadas ávidamente por sus negociadores para el acceso a esta organización, incluyendo un temerario plan de liberalización para abrir de manera sostenida su cuenta de capital y el sistema bancario a la “homogeneización” del mercado global de aquí a pocos años. Las condiciones comerciales bajo la OMC han llevado además a la quiebra a un buen número de productores chinos de algodón y porotos de soja, y a exportadores en el rubro textil. Al costo de explotar despiadadamente sus recursos y fuerza de trabajo, y empeorar sus ya exhaustos y contaminados recursos naturales y medio ambiente, China ha estado produciendo cantidades masivas de commodities[2], ampliamente subvaluadas, para el consumo extranjero. La tajada más grande de las ganancias de la industria exportadora china es llevada afuera, dejando a los trabajadores locales con magros salarios, y a los empresarios compitiendo brutalmente entre sí. Las viejas cuestiones subrayadas en las teorías de la dependencia y del intercambio desigual respecto al neocolonialismo y la retención de excedentes, han resurgido con toda vitalidad en el sitio menos pensado.

    Es de destacar además que la globalización tal como la conocemos no implica de manera automática transferencias tecnológicas desde los países desarrollados a los países en desarrollo. Lo que le permitió a China conseguir algunas tecnologías notablemente avanzadas en las primeras décadas de la República Popular, a pesar de constituir un país de bajos ingresos, fue la estrategia estatal del esfuerzo por lograr alta tecnología, que concentró recursos financieros e intelectuales en sus instituciones investigadoras de elite, donde dedicados científicos e ingenieros dedicados pudieron realizar tareas ambiciosas y creativas. Tras años de apertura, la brecha tecnológica entre China y el mundo se amplía cada vez más; aún cuando las economías desarrolladas exportan sus actividades de I+D hacia China, esta práctica no ha ayudado a la adquisición y control chinos sobre las tecnologías avanzadas. En muchos casos de adquisición por parte del capital extranjero, la presión sobre las empresas estatales fue tan grande que dejó a estas sin posibilidad de demandar mejoras y transferencias tecnológicas a cambio de la entrada de los nuevos socios. China está, por ende, perdiendo su (limitada) tecnología de punta y sus sectores de altos dividendos, aún cuando la economía parece estar subiendo lentamente en la cadena de valor. Esto no implica descartar todo beneficio proveniente del mercado y el comercio internacionales. De hecho, la política de puertas abiertas fue una ruptura vital en la historia de la R. P. China, y la reforma del sistema y de la relación con el mundo constituyó un progreso positiva para el pueblo chino: después de todo, el socialismo, si tiene aún algún sentido, no puede ser confinado a un solo país. La verdadera lección aquí es cómo no reemplazar la autarquía por la indefensión, o la autonomía por la dependencia. La globalización debe emprenderse en función del interés nacional; no a la inversa.

    Reorientación e innovación

    Aún hoy resuena aquello que ilustra el manifiesto comunista: el capitalismo subordina el campo a la ciudad, el oriente al occidente, y revoluciona constantemente las industrias y polariza al planeta. Si existe alguna posibilidad de liberarse de esta ley, esto debe comenzar a partir de las alternativas locales. Se ha hablado del “Consenso de Beijing” (y del “Consenso de Nueva Delhi”, etc.), pero tal modelo está aún pendiente de definición y clarificación. Una cuestión básica a destacar acerca de China es que ya es tiempo de reelaborar el concepto de “competitividad” económica. Sólo a través de la detección y construcción de ventajas genuinas, no falsas (por ejemplo la explotación de mano de obra barata), China y otros países en desarrollo (en alianza mutua, como han venido intentando desde Bandung y últimamente en Cancún y Doha) podrán cambiar las reglas de juego en una causa común de desarrollo, como de mayor libertad. De aquí que la única respuesta sea la solidaridad internacional, antes que una carrera global hacia abajo.

    Dadas sus tradiciones revolucionarias y socialistas, dada la requerida determinación política y apoyo institucional, China podría estar lista finalmente para forjar una visión alternativa de una economía basada en lo doméstico, dirigida por las necesidades, energéticamente eficiente, con baja utilización de carbón, y ecológica y socialmente no perjudicial, superior a los modelos privados de sobreproducción y sobre-consumo. No obstante, la ironía es que el socialismo es un lenguaje protestatario en la sociedad china actual, empleado de manera mucho más sugestiva por la oposición que por el gobierno. Sin embargo el capitalismo, en constante proceso de destrucción creativa, no puede resolver los problemas fundamentales de China ni del mundo, como está históricamente probado. Para terminar con una nota optimista, existen fuerzas sociales emergentes en China -trabajadores, mujeres, críticos sociales e intelectuales independientes, jóvenes idealistas- para presionar por una tercera fase de reformas que, aprendiendo del pasado, pueda en efecto llevar a China por un camino hacia la reconciliación entre el socialismo y el mercado.


    Este ensayo lo hemos recibido por gentileza de la Escuela de Historia y el Programa de Estudios Contemporáneos Coreanos y del Noreste de Asia, de la FFyH de la UNC. Esta escuela está preparando un libro sobre los “Treinta Años de la Reforma en la R. P. China”, en el que está previsto publicar dos artículos de Lin Chun.

    Traducido por Jorge Santarrosa con la colaboracion de Gustavo Santillan. Corrección final por Francisco T. Sobrino.

    [1] (Green Package): conjunto articulado de propuestas legislativas o gubernamentales orientadas a cumplir objetivos ambientales, contabilizando sus costos y gestionándolos (N. del trad.).

    [2] En este caso entendemos commodities como materias primas y mercancías a la vez (n. del trad.)

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    Nobel de economía 2009: premio a la “nueva economía institucional”…

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    El Nobel de Economía premia a Elinor Ostrom, la primera mujer en lograrlo

    Williamson comparte el galardón por analizar cómo funcionan las organizaciones

    A. BOLAÑOS - Madrid

    Nobel_economia2009 Nacido en Estados Unidos y hombre. Desde que se instituyó el Nobel de Economía, en 1969, sólo 20 de los 60 premiados se habían saltado la primera condición. Y ha habido que esperar 40 años para que el galardón recayera en una mujer. La Real Academia de Ciencias de Suecia anunció ayer la concesión del premio a Elinor Ostrom, de 76 años, que comparte el galardón con Oliver Williamson, de 77 años. A ambos se les reconoce por sus investigaciones sobre cómo se decide en las organizaciones sociales, aunque desde campos bien distintos. Y, eso sí, ambos son estadounidenses.

    La edición de 2009 completa así un elenco de premiados llamativo. A la sorpresa de la concesión del Nobel de la Paz al presidente de EE UU, Barack Obama, se suma que hay cinco mujeres entre los galardonados, lo que también ocurre por primera vez.

    Ni Ostrom ni Williamson estaban este año en las quinielas. En el caso del profesor de la Universidad de Berkeley (California), también había cuentas pendientes. En 1991, el Nobel de Economía reconoció el trabajo de Ronald Coase, por formular la teoría de los costes de transacción y su importancia en la creación de grandes compañías. Pero muchos expertos atribuyen a Williamson el desarrollo de la teoría y su aplicación al funcionamiento interno de las empresas.

    "Hay que tomar este premio como un reconocimiento a la economía de las instituciones", dejó escrito ayer en su blog Paul Krugman, ganador del Nobel de Economía en 2008, en un intento de conciliar las investigaciones de los dos galardonados. Pero el propio Krugman, como otros reputados economistas, reconocía no estar familiarizado con los estudios de Ostrom.

    El trabajo de la profesora de la Universidad de Indiana es mucho más conocido en el ámbito de la ciencia política y el medio ambiente. Su obra se ha centrado en estudiar la gestión de la propiedad común, lo que la conecta de forma casi inmediata con la candente cuestión del uso de los recursos naturales. Ante la corriente de pensamiento imperante que descalificaba la gestión comunal de bancos de pesca, bosques o reservas de agua, Ostrom opone un ingente trabajo de campo que demuestra que la privatización o la gestión pública no son siempre las mejores alternativas.

    La investigadora estadounidense ha estudiado decenas de casos en los que comunidades locales, cuando se han organizado en instituciones con reglas claras, tienen una autoridad colectiva legitimada y mecanismos de castigo para los que se salten las normas, logran una gestión eficaz y sostenible de esos recursos. Y que esas experiencias perviven durante décadas. "Hemos visto que los gestores externos muchas veces no disponen de la información sobre los recursos que tienen los usuarios directos, ojalá esto refuerce el sentido de capacidad y poder en los ciudadanos", dijo ayer Ostrom tras conocer la concesión del Nobel. "Estoy sorprendida por el premio y muy honrada", añadió.

    El trabajo de Williamson se ha desarrollado en un ámbito muy diferente: la organización empresarial. Williamson ha analizado por qué las relaciones económicas con costes de transacción muy complejos son más fáciles de gestionar dentro de una empresa que en el mercado. Y también cómo influye las relaciones jerárquicas dentro de las grandes compañías en la resolución de conflictos. Sus estudios ayudan a definir cuándo la organización empresarial se hace tan compleja e ineficaz que aconseja externalizar ciertas actividades.

    Otro ganador del Nobel de Economía, Robert Solow (premiado en 1987), citó la crisis financiera cuando la agencia Bloomberg le pidió que explicara con un ejemplo alguna aplicación práctica de la obra de Williamson: "Su trabajo puede y debe servir para cuestionar cómo funcionaban los grandes bancos de inversión y cómo ese funcionamiento llevó a lo que, en retrospectiva, resultó ser un comportamiento muy estúpido y arriesgado".

    La conexión valenciana

    Elinor Ostrom y Oliver Williamson compartirán el Premio Nobel de Economía de 2009 y, por tanto, su dotación económica (10 millones de coronas suecas, casi un millón de euros). Sus estudios también parten del mismo origen, el análisis del funcionamiento de las organizaciones, para luego desembocar en áreas de investigación muy diferentes. Sus currículos desvelan otro punto en común: Valencia.

    En su exhaustiva investigación sobre comunidades locales exitosas en la gestión de recursos naturales escasos, Ostrom resalta el ejemplo del Tribunal de las Aguas de Valencia, un jurado formado por regantes de ocho acequias que resuelve cada semana los conflictos sobre el uso de agua desde hace cientos de años. Y Williamson fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Valencia en 2004.

    Otra coincidencia. Las principales obras de Ostrom (El gobierno de los bienes comunes) y Williamson (Las instituciones económicas del capitalismo) han sido publicadas en español por la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica.

    EL PAIS.COM

    ELINOR OLSTROM GANO EL PREMIO EN ECONOMIA, JUNTO A OLIVER WILLIAMSON

    El Nobel le llegó a una mujer

    Por primera vez en la historia una mujer recibirá el galardón de la Academia Sueca en Economía. Es una estadounidense que investigó sobre las fallas del mercado. Lo comparte con otro economista de ese origen que avanzó en el mismo campo.

    El Nobel de Economía fue para dos investigadores estadounidenses, entre ellos una mujer, la primera en la historia en recibir el premio. Se trata de Elinor Olstrom y Oliver Williamson, quienes obtuvieron el galardón por sus trabajos en el análisis de las fallas e imperfecciones del mercado. “Ambos investigaron cómo otras fuerzas, más allá del mercado, pueden aportarnos una cooperación organizada”, afirmó Mats Persson, miembro del comité sueco que otorga el premio. La elección de los ganadores refleja el cambio de aire a partir de la crisis internacional, que puso en cuestión el pensamiento económico dominante de las últimas dos décadas. Olstrom se destaca en el campo de la Nueva Economía Institucional. Sus estudios se basan en la acción colectiva, la evolución de las instituciones y su supervivencia a largo plazo. Williamson es un teórico del nuevo institucionalismo y autor del concepto de “mecanismos de gobierno”, para referirse a sistemas de control del riesgo asociado a cualquier transacción.

    “Estoy conmocionada”, confesó Olstrom luego de enterarse de que la Real Academia Sueca de Ciencias la había distinguido con el Nobel en Economía, junto a su colega Williamson. La ganadora aseguró que los resultados de sus estudios pueden ser utilizados hoy en la lucha contra los problemas medioambientales. En sus trabajos plantea que ante situaciones de abuso dominante de los recursos humanos, “hay que llegar a soluciones alternativas a las planteadas por los teóricos del Estado o de la privatización”. “Estas no son las únicas vías para resolver los problemas que enfrentan quienes se apropian de recursos de uso común”, según sus conclusiones.

    La economista propone un juego donde es posible establecer contratos vinculantes entre todos los participantes. Como regla se obliga a “cumplir de manera infalible” con los acuerdos iniciales y con estrategias de cooperación formadas por ellos mismos. Los resultados de sus modelos permitieron inferir acerca de la necesidad de contar con una estructura institucional, y sostiene que “el interés propio de los que negociaron el contrato los conducirá a supervisarse mutuamente y a reportar las infracciones observadas, de modo que se hace cumplir el contrato”. La Real Academia sueca consideró que sus trabajos demostraron “cómo organizaciones de usuarios pueden gestionar con éxito la propiedad pública”.

    Olstrom es politóloga y economista. Nació en 1933, se doctoró en ciencia política en UCLA en 1965 y desde 1966 es profesora en la Universidad de Indiana. Fue la primera en poner el acento en la gestión de recursos comunes que “no pertenecen a nadie y que deben ser administrados colectivamente, como el agua, los bosques, las reservas de ganadería o el pescado”, señaló Martine Antona, economista del Centro de Cooperación Internacional de Investigación Agronómica para el Desarrollo (Cirad).

    Por su parte, Williamson, nacido en 1932, está doctorado por la Carnegie Mellon University en 1963, y actualmente es profesor de Economía y leyes en la Universidad de California en Berkeley. Sus campos principales de investigación son la economía de las instituciones, la estrategia de las organizaciones, la burocracia, la política y los costos de transacción. “Sus trabajos pueden servir de estructura para la resolución de conflictos”, subrayó la Real Academia.

    En sus investigaciones, Williamson constató que las transacciones que se desarrollan en el mercado pueden generar importantes costos vinculados sobre todo a los desacuerdos y conflictos que surgen. De acuerdo con su teoría de los “costos de transacción”, una empresa puede salir beneficiada a nivel financiero dando preferencia a las alianzas a largo plazo, que pueden permitir resolver discrepancias a través del contrato, y abandonando las operaciones a corto plazo efectuadas en mercados con múltiples actores. Su trabajo no parte de la idea de que los mercados son perfectos y se autorregulan, por el contrario, parte de sus fallas. “Se puede pensar que sus conclusiones son una reacción a los problemas que surgieron en los mercados financieras debido a la crisis económica mundial actual”, dijo Landi Gabel, investigador del Instituto Internacional Insead de Fontainebleau y antiguo alumno de Williamson.

    Los dos economistas recibirán 10 millones de coronas suecas, equivalente a 1,4 millón de dólares. El premio fue dominado ampliamente por los estadounidenses desde su creación. El año pasado fue otorgado al también estadounidense Paul Krugman.

    Página/12

    Premio por escudriñar las instituciones del mercado.

    Williamson y Ostrom, Nobel de Economía por explicar cómo funcionan las empresas y las comunas.

    Premio por escudriñar las instituciones del mercado

    Premio por escudriñar las instituciones del mercado. La estadounidense Elinor Ostrom. – BLOOMBERG

    C. G. A. – Madrid – 13/10/2009

    Las pequeñas sociedades que se autogestionan y las empresas son realidades económicas con funcionamiento interno propio, y el estudio de las mismas ha valido el premio Nobel de economía a los dos ganadores de este año: Elinor Ostrom (la primera mujer que lo logra) y Oliver Williamson, ambos estadounidenses.

    La elección de la Real Academia Sueca de las Ciencias es relativamente sorprendente, porque las apuestas por los ganadores estaban 21 a 1 en el caso de Williamson y 51 1a 1 en el caso de Ostrom. Ha optado por dos investigadores que se alejan de los temas financieros y bursátiles. Williamson, profesor de la Universidad de California en Berkeley, está considerado uno de los fundadores de la economía organizacional, el estudio de cómo las instituciones se crean y se desarrollan, y su impacto en el crecimiento económico.

    Su trabajo sugiere que es mejor regular las grandes compañías que intentar dividirlas en varias o controlar su tamaño. El Nobel de 1987 Robert Solow, profesor emérito de MIT, declaró ayer a Bloomberg que "se puede y se debe interpretar el trabajo de Williamson como una manera de abordar la pregunta de cómo trabajan los grandes bancos de inversión y cómo eso ha llevado a lo que retrospectivamente suena muy estúpido y arriesgado", señaló Solow.

    Transacciones complejas

    Williamson se propuso aclarar por qué algunas transacciones ocurren en las empresas y no en los mercados, y concluyó que las organizaciones jerárquicas emergen cuando las transacciones son complejas y las partes son interdependientes. Según la Academia, encontró que las grandes corporaciones existen, en primer lugar, porque son eficaces y benefician a dueños, trabajadores, proveedores y consumidores, pero que pueden abusar de su poder y deben ser reguladas.

    El ganador del Nobel, de 77 años, trabajó en el departamento de competencia de la justicia estadounidense en 1966 y 1967, y ha descrito sus análisis como una mezcla de los extremos de la ciencia social y la teoría económica abstracta.

    Su trabajo ha influido desde la fórmula de la desregulación de la electricidad en California hasta la gestión de personal en empresas tecnológicas. También ha ayudado a las empresas a determinar cuándo conviene externalizar una tarea.

    La profesora de la Universidad de Indiana Elinor Ostrom, especializada en medioambiente, ha mostrado que en ocasiones los grupos informales de personas pueden manejar recursos naturales como bosques y lagos mejor que el Gobierno y las empresas. Analizando propiedades comunales de bancos pesqueros, pastos y aguas, por ejemplo, Ostrom concluyó que los resultados son con frecuencia mejores de lo que predicen las teorías estándares y que los usuarios desarrollan mecanismos sofisticados y para tomar decisiones y reforzar las reglas al tratar conflictos de intereses.

    A cambio, las reglas impuestas desde el exterior tienen menos legitimidad y hay mayor probabilidad de que sean violadas. Para que funcione el autogobierno la participación activa de los miembros del grupo es esencial.

    La doctora en políticas, de 76 años, declaró ayer tras conocer el premio que se considera una "economista política", y que su trabajo debería animar a los ciudadanos a darse cuenta de que tienen capacidad y poder más allá de las burocracias que les gobiernan.

    Sobre el calentamiento global, explicó que aunque es importante un acuerdo internacional, "podemos dar pasos a nivel familiar y comunitario". Ostrom presidió la Asociación Americana de Ciencia Política en 1996 y 1997.

    Primera mujer que lo gana en 41 años de historia

    Estados Unidos es un año más la cuna de los ganadores del Nobel de economía. La gran novedad es que se lo ha llevado una mujer, ex aequo con un hombre, algo que no había ocurrido desde que el Banco de Suecia instauró el premio, en 1969. Ya son 66 los galardonados del único de los seis premios que se entregan que no está incluido en el testamento de Alfred Nobel.

    De los doce premiados este año por la Real Academia de las Ciencias de Suecia, cinco son mujeres: las estadounidenses Elizabeth Blackburn y Carol Greider (junto con Jack W. Szostak, premios de Medicina), por sus estudios sobre el envejecimiento de las células y su relación con el cáncer; la israelí Ada E. Yonath (Nobel de Química con Venkatraman Ramakrishnan y Thomas A. Steitz), por mostrar el aspecto y funcionamiento de los ribosomas; la escritora german-alemana Hertha Müller, y Elinor Ostrom. Desde 1901 se ha galardonado a 801 personas, de las cuales 40 pertenecen al sexo femenino.

    Con el anuncio de ayer se cierran los premios Nobel de este año, que se entregarán el 10 de diciembre en sendas ceremonias en Estocolmo y Oslo (el de la Paz). Cada premio está dotado con 980.000 euros.

    http://www.cincodias.com

    Premio Nobel: Cuando la Economía es algo más

    por Juan Ignacio Sanz

    La Real Academia Sueca de las Ciencias hacía público en el día de ayer el nombre de los galardonados con el Premio Nobel de Economía del año 2009. Un Premio Nobel que, a diferencia de los restantes, fue instaurado por el Banco Central de Suecia en memoria de Alfred Nobel como prueba del reconocimiento perpetuo por el Banco a su figura y aportación.

    Motivo bastante para tener servida la polémica a la hora de conocer el resultado de la decisión.

    Este año, en contra de las previsiones y expectativas creadas a su alrededor, el galardón recaía en dos personalidades norteamericanas: la politóloga Elinor Ostrom, de la Universidad de Indiana, y el economista Oliver E. Williamson, de la de Berkeley. Dos personalidades de diferente formación y procedencia académica, la una vinculada al campo de la ciencia política y el otro al de la economía, a pesar de lo cual ambos comparten un mismo denominador en común, como es el reconocimiento de la importancia de la organización económica (economic governance) en las distintas instituciones, mercado, empresas y gobierno político, a través de las cuales tiene lugar la organización de las relaciones sociales entre los hombres.

    Efectivamente, ambos participan de un mismo objetivo, como es el de la comprensión de las organizaciones sociales a partir del análisis de las realidades económicas a las que se enfrenta cada una de aquellas formas de organización. Y aunque lo hacen, como hemos dicho, desde dos ópticas bien distintas en origen, los dos mantienen conclusiones también complementarias a su vez.

    Distintas, ciertamente, son las visiones de los dos. Por un lado, Williamson aborda la importancia que el grado de dependencia de los agentes entre sí desempeña ante una determinada transacción, considerando que a mayor complejidad y especificidad de los activos negociados, mayor tendencia habrá a su ejecución dentro del perímetro de una organización empresarial, por ser la que mejor resuelve los conflictos que se pueden ocasionar; mientras que la menor dependencia de los sujetos contribuye a su ejecución en el ámbito de un mercado más competitivo y ajeno a la institución empresarial.

    Organización centenaria
    Por su parte, la profesora Ostrom analiza distintas formas de gestión colectiva de recursos (Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Actions (1990), incluidas las desarrolladas a través de algunas formas de organización social de antigüedad centenaria que existen en el Levante español, y cuyos criterios de gestión demostraron ser muchos más eficientes que los propios de una gestión absolutamente privada o, alternativamente, centralizada en una autoridad estatal, lo bastante lejana como para desconocer las preocupaciones y necesidades de una concreta organización social.

    Y complementarias, ciertamente, lo son también las preocupaciones de los dos, circunstancia que justifica la concesión conjunta del galardón. Así, Williamson se preocupa de la regulación de las transacciones económicas ajenas al mercado, encuadrables en un perímetro empresarial y carente muchas veces de regulación detallada, ya sea normativa o contractual; es decir, se preocupa de la empresa como mecanismo de resolución de conflictos. Y, a su vez, a Ostrom le obsesiona el problema de la coerción de las reglas aplicables a determinadas formas de auto organización que nada tienen que envidiar a otras formas públicas o privadas de gestión.

    Con todo ello, los profesores Ostrom y Williamson conectan y contribuyen al reconocimiento de otro ilustre economista, Ronald Coase, que también fue galardonado con el Nobel de Economía en el año 1991 por sus trabajos sobre los factores determinantes del tamaño de la organización empresarial y, muy especialmente, su teoría de los costes de transacción, que culminarían en lo que hoy conocemos como Análisis Económico del Derecho.

    En definitiva, un Nobel de Economía que pone sus conclusiones, en unión del Derecho, la Política y la Sociología, al servicio de una mejor comprensión y explicación de la organización social. Algo que no siempre es fácil de conjugar.

    www.expansion.com

    NOBEL-ECONOMÍA

    Oliver Williamson, referente de la nueva economía institucional

    Washington, 12 oct (EFE).- El estadounidense Oliver E. Williamson, referente de la nueva economía institucional, fue reconocido hoy con el Premio Nobel de Economía por su teoría sobre el papel de las empresas como estructuras para la resolución de conflictos y su exhaustivo análisis de las transacciones económicas.

    Williamson, profesor emérito en la Universidad de California en Berkeley, ha argumentado que las organizaciones jerárquicas, como las empresas, representan estructuras de gobierno alternativo, que difieren en sus enfoques para la solución de los conflictos.

    El galardonado, de 77 años, se propuso explicar por qué algunas transacciones ocurren dentro de las empresas y no en los mercados y concluyó que las organizaciones jerárquicas emergen cuando las transacciones son complejas o no estándares y cuando las partes son interdependientes.

    El marco general establecido por Williamson ha demostrado que puede aplicarse para analizar todo tipo de contratos incompletos, desde los realizados entre miembros de un hogar a los contratos financieros entre empresarios e inversores.

    Nacido en 1932, en Superior (Wisconsin), se licenció en el Instituto de Tecnología de Massachusetts en 1955 y se doctoró en Economía en 1963 en la Universidad Carnegie Mellon.

    Sus principales campos de investigación son la economía de las instituciones, la estrategia de las organizaciones, la burocracia, la política y los costes de transacción.

    En 1960 realizó un Máster en Negocios en la Universidad de Stanford y durante su carrera ha sido un prolífico autor económico en el ámbito de los costos de las transacciones y las disciplinas afines.

    Entre sus libros se encuentran: "Markets and Hierarchies: Analysis and Antitrust Implications", (1975); "The Economic Institutions of Capitalism", (1985); "The Nature of the Firm: Origins, Evolution, and Development" (1991) escrito con Sidney Winter; y "The Mechanisms of Governance",(1996).

    Según la revista Forbes, el libro "The Economic Institutions of Capitalism" que escribió en 1975, fue un texto de referencia para el movimiento de la "nueva economía institucional" que cuestionó la idea de que las empresas sean sólo "máquinas" de producción de beneficios.

    Williamson acuñó el concepto "mecanismos de gobierno" para referirse a los sistemas de control del riesgo asociado a cualquier transacción.

    Desde 1997 es miembro de la Academia Estadounidense de Ciencia Política y Social y desde 1994 de la Academia Nacional de Ciencias. Además, forma parte de la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias, desde 1983, y de la sociedad de Econometría, desde 1977.

    En 1957 se casó con Dolores Celeni y tiene cinco hijos, Scott, Tamara, Karen, Oliver y Dean.

    Williamson comparte el premio con la también estadounidense Elinor Ostrom, que se ha convertido en la primera mujer en ganar el Premio Nobel de Economía, desde que se creó esta categoría en 1968.

    La academia ha considerado que las teorías de ambos autores se complementan en el ámbito del análisis del gobierno económico y los límites de las empresas.

    El año pasado, el ganador fue el estadounidense Paul Krugman, creador de nuevas teorías que integraron el comercio internacional y la geografía económica, además de prestigioso articulista y opositor a las políticas del ex presidente de EEUU George W. Bush.

    El Premio Nobel de Ciencias Económicas fue creado en 1968 por el Banco Central de Suecia, que financia el premio, en memoria de Alfred Nobel.

    La Real Academia Sueca de las Ciencias se encarga de entregar el premio que desde 1901 ha otorgado los Premios Nobel a las personas o instituciones que hayan realizado logros destacables en las áreas de Física, Química, Medicina, Literatura y la Paz.

    www.finanzas.com

    “No se debe volver al neoliberalismo”, A. Bhaduri…

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    ENTREVISTA AL ECONOMISTA HETERODOXO DE ORIGEN INDIO AMIT BHADURI

    Bhaduri es un crítico de las reformas estructurales y las asimetrías generadas por la globalización. Su preocupación está puesta en la importancia del mercado doméstico y el rol central del Estado para alcanzar el pleno empleo.

    Por Tomás Lukin

    CRISIS004 “El neoliberalismo es una visión del mundo fracasada”, sentenció Amit Bhaduri, uno de los economistas heterodoxos más reconocidos del mundo. El especialista en crecimiento nació en la India y estudió en la Universidad de Cambridge. Bhaduri es un crítico de las políticas neoliberales de reformas estructurales y las asimetrías generadas por la globalización. Su preocupación está puesta en la importancia del mercado doméstico y el rol central del Estado para alcanzar el pleno empleo: “El crecimiento debe estar guiado por la demanda doméstica con suficiente espacio para que la acción pública logre y mantenga una tasa de empleo elevada”, explica. Bhaduri, que ahora se encuentra en Buenos Aires invitado por el Cefid-ar para dar una serie de conferencias, conversó con Página/12.

    –Desde el establishment financiero internacional se asegura que la crisis ya terminó y que las economías avanzadas están volviendo a crecer, pero el desempleo sigue en ascenso a escala global. ¿Cómo se explica?

    –Eso se debe a la forma en la que se crea el crecimiento. Se tiene que pensar en una estrategia donde el crecimiento sea una consecuencia del empleo y no al revés. El foco del Estado tiene que estar puesto en la creación de puestos de trabajo para los más pobres. En los últimos años, ningún gobierno de ningún país llevó adelante este tipo de medidas. En países como China, India, Brasil y Argentina, el crecimiento tiene que estar guiado por la expansión del mercado doméstico. Se tienen que encarar políticas distributivas más profundas y hay que crear riqueza desde el fondo de la pirámide y en forma descentralizada. Es indispensable que el Estado asegure un elevado nivel de empleo.

    –¿Cómo se logra ese crecimiento del mercado doméstico?

    –Existen dos formas que desarrollamos con Stephen Marglin. La forma capitalista y regresiva de impulsar el mercado doméstico es permitiendo que el crecimiento esté guiado por una expansión en las ganancias y la inversión. En la otra forma, cooperativa y progresiva, el crecimiento está tirado por aumentos en los salarios reales de los trabajadores y mejoras en la distribución del ingreso que debe ser acompañado por incrementos en la productividad. Ambos modelos impulsan el crecimiento, pero la primera depende más del mercado externo. En cambio, en el impulsado por salarios se tiene más control sobre las decisiones de política sin necesidad de preocuparse por si la inversión extranjera entra o sale, o crear un clima de inversión propicio para atraer a las grandes corporaciones multinacionales.

    –Precisamente en Argentina existe una fuerte presión para que el Gobierno vuelva al mercado de crédito internacional y normalice sus relaciones con el Fondo Monetario Internacional.

    –Esa suele ser la posición de los economistas neoliberales. Ellos tienen que decir esas cosas, pero la suya es una visión del mundo fracasada. Sus teorías sobre la eficiencia de los mercados financiero son las que nos llevaron a la crisis, no hay que seguir escuchándolos. Ninguna de sus propuestas funciona a menos que haya pleno empleo. Antes de pensar en aplicar las políticas neoliberales, hay que ser keynesianos. No se debe regresar a las viejas reformas liberalizadoras del mercado de trabajo y el financiero. En India sucede algo parecido, aunque no al extremo de Argentina en 1991-1992.

    –¿Cuál es el rol de los medios de comunicación en el proceso de globalización?

    –Los medios se han encargado de difundir y moldear una especie de cultura popular en política económica, una “cultura adoradora del mercado”. Los medios presionan para que los gobiernos se comporten de acuerdo con las políticas económicas aceptadas y para que no se impulsen políticas de pleno empleo. En ese marco los gobiernos muchas veces prefieren no ir contra la corriente, olvidarse de la búsqueda del pleno empleo, y terminan adoptando la filosofía del mercado. Los gobiernos tienen la obligación de mostrar resultados, en cambio el mercado es como un dictador que puede continuar prometiendo sin cumplir.

    PAGINA/12

    Krugman: capital financiero e ideología librecambista… (2 textos)

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    • Reforma o ruina (27/09/2009)

    • Memorias de la Administración Carter, o cómo se entró en la edad obscura de la ciencia económica

    krugman1 PAUL KRUGMAN 27/09/2009

    En el nefasto periodo que siguió a la quiebra de Lehman, parecía inconcebible que los banqueros volvieran a las andadas al cabo de pocos meses y reanudaran las prácticas que estuvieron a punto de hundir el sistema financiero. Uno pensaría que, como mínimo, mostrarían algo de moderación por miedo a provocar una reacción violenta.

    Pero ahora que nos hemos alejado unos cuantos pasos del borde del abismo -gracias, no lo olvidemos, a enormes paquetes de ayuda financiados por el contribuyente- el sector financiero está volviendo rápidamente a la rutina. Aunque el resto del país sigue sufriendo como consecuencia del aumento del desempleo y las durísimas privaciones, las nóminas en Wall Street están volviendo a los niveles anteriores a la crisis. Y el sector está haciendo alarde de su garra política para bloquear hasta las más mínimas reformas.

    La buena noticia es que a las autoridades del Gobierno de Obama y a la Reserva Federal parece estar acabándoseles la paciencia con el egoísmo del sector. La mala noticia es que no está claro si el presidente Barack Obama está preparado, ni siquiera ahora, para enfrentarse a los banqueros.

    Al César lo que es del César: me puse muy contento cuando Lawrence Summers, el economista de más rango de la Administración de Obama, la emprendió con la campaña que ha puesto en marcha la Cámara de Comercio estadounidense, en colaboración con los cabilderos del sector financiero, contra la propuesta de crear un organismo para proteger a los consumidores frente a los abusos de las entidades financieras, como préstamos cuyas condiciones no entienden. Los anuncios de la Cámara, declaraba Summers, son "el equivalente financiero-regulador de los anuncios sobre el panel de la muerte que se están haciendo sobre la reforma sanitaria".

    Pero el proteger a los consumidores frente a los abusos financieros debería ser sólo el principio de la reforma. Si de verdad queremos impedir que Wall Street cree otra burbuja, seguida de otra recesión, necesitamos cambiar los incentivos del sector, lo que, en concreto, significa cambiar la forma en que se paga a los banqueros.

    ¿Qué tiene de malo el sistema de remuneración del sector financiero? En pocas palabras, a los ejecutivos de la banca se les recompensa generosamente si consiguen grandes beneficios a corto plazo, pero no se les castiga de forma acorde si más tarde provocan pérdidas mayores. Esto incita a asumir riesgos excesivos: algunos de los hombres que más responsabilidad han tenido en esta crisis han acabado haciéndose inmensamente ricos gracias a las primas que obtuvieron en los años de vacas gordas, aunque las estrategias de alto riesgo que reportaron esas primas acabaran diezmando a sus empresas, y de paso derribaran gran parte del sistema financiero.

    La Reserva Federal, ya espabilada después del aletargamiento de la era de Greenspan, entiende el problema y se propone hacer algo para zanjarlo. Según los últimos informes, la Reserva está barajando la posibilidad de imponer nuevas normas salariales a las entidades financieras, y exigir que los bancos "recuperen" las primas cuando sufran pérdidas y que en lugar de vincular la paga al rendimiento a corto plazo, la vinculen al largo plazo. La Reserva alega que tiene autoridad para hacerlo como parte de su cometido general de controlar la solidez de los bancos.

    Pero el sector -apoyado por prácticamente todos los republicanos y algún que otro demócrata- se opondrá categóricamente. Y aunque la Administración respaldará alguna clase de reforma del sistema de remuneración, no está claro si apoyará sin reservas los esfuerzos de la Reserva.

    Obama me asustó la semana pasada, cuando, en una entrevista con Bloomberg News, puso en tela de juicio los argumentos para limitar los sueldos en el sector financiero. "¿Por qué razón?", preguntaba, "¿tenemos que poner un tope a la remuneración de los banqueros de Wall Street pero no a los empresarios de Silicon Valley o a los jugadores de fútbol?".

    Es un comentario chocante y no sólo porque la Liga Nacional de Fútbol imponga, en efecto, topes salariales. Las empresas tecnológicas no dejan colgado el sistema operativo del mundo entero cuando quiebran; los centrocampistas que hacen demasiados pases arriesgados no tienen que ser rescatados con ayudas de cientos de miles de millones de dólares. La banca es un caso especial y, sin duda, el presidente es lo suficientemente listo como para saberlo. Lo único que se me ocurre es que éste fuera otro ejemplo de algo que ya hemos visto antes: la visceral aversión que siente Obama hacia todo lo que se asemeje a la retórica populista. Y es algo que tiene que superar.

    No es sólo que adoptar una postura populista frente a los banqueros sea una buena política, que lo es: a la Administración le ha perjudicado más de lo que parece percatarse de que está regalando a Wall Street el dinero duramente ganado por los contribuyentes, y debería agradecer la oportunidad de retratar al Partido Republicano como el partido de las primas obscenas.

    Y lo que es igual de importante, el populismo en este caso es buena economía. Se puede razonar que reformar el sistema de remuneración de los banqueros es lo mejor que puede hacerse para evitar que se produzca otra crisis financiera al cabo de pocos años. Es hora de que el presidente caiga en la cuenta de que, a veces, el populismo, sobre todo el que cabrea a los banqueros, es precisamente lo que la economía necesita.

    Paul Krugman es profesor de Economía de la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008. Traducción de News Clips. © 2009 New York Times News Service

    Memorias de la Administración Carter, o cómo se entró en la edad obscura de la ciencia económica

    Paul Krugman

    krugman.blogs.nytimes.com

    Una de las novelas de John Updike se titulaba Memorias de la Administración Ford. Huelga decir que no versaba sobre Gerald Ford; iba de sexo, porque Updike recordaba los años de Ford como la era dorada de enredos amorosos extramaritales. Análogamente, este post no se refiera a Jimmy Carter, sino sobre teoría macroeconómica. (Lo siento.)

    Fue a finales de los setenta cuando la teoría macroeconómica experimentó su gran proceso de división. Es un período grabado en la memoria de quienes éramos entonces jóvenes economistas en busca de un sendero propio. Sin embargo, no he visto nunca una explicación clara de lo que pasó en aquellos momentos. He aquí, pues, un esbozo de explicación que espero ver completada algún día por algún historiador serio de las ideas.

    Tal como yo lo recuerdo, todo empezó con el volumen de Phelps: Microeconomic Foundations of Employment and Inflation Theory. El asunto que esa colección de ensayos trataba de resolver está lindamente resumido aquí. Keynes (y, para lo que aquí interesa, Milton Friedman) sostenían que un descenso de la demanda agregada debido, pongamos por caso, a una caída en la oferta de dinero traería consigo una caída del empleo y de la producción; y la experiencia demostró que llevaban razón. Sin embargo, la teoría microeconómica estándar implica que la producción tendría que responder sólo a cambios en los precios relativos, no a cambios en el nivel general de precios, lo que, a su vez, implica que el dinero debería ser “neutral”: un 20% de caída en la oferta de dinero debería traer consigo un 20% de caída en el nivel general de precios, pero no alteraciones en el volumen de producción o en el empleo.

    Phelps y otros se proponían explicar en términos de información imperfecta por qué la economía tiene una apariencia tan keynesiana: los trabajadores y las empresas responden a los cambios en el nivel de precios como si se tratara de un cambio en los precios relativos, porque, al comienzo, no pueden percatarse de la diferencia. Con el tiempo, no obstante, se percatan de su error, de modo, por ejemplo, que un incremento de la tasa de inflación comenzará por reducir el desempleo, pero no con una base sostenida, porque, al final, la inflación se reflejará en las expectativas de los agentes. Así pues, la nueva teoría predecía la aparición de estanflación, una predicción que se vio oportunamente confirmada.

    Mas ¿de dónde vienen las expectativas? Robert Lucas procedió al maridaje de los modelos phelpianos con las expectativas racionales, la teoría según de la cual los agentes económicas se sirven de todo tipo de información disponible para hacer predicciones. Y eso llevó a una asombrosa conclusión: las políticas que la gente puede anticipar no tienen el menor efecto sobre el nivel de empleo. Sólo cuentan los cambios por sorpresa en, digamos, el nivel de oferta monetaria, lo que significa que no puedes servirte de políticas monetarias o de políticas fiscales para estabilizar la economía.

    La teoría de Lucas tomó al asalto a los recintos de la profesión económica. No porque aportara la menor prueba sólida, sino por su astuta audacia, porque se servía de unos lindos razonamientos matemáticos, porque permitía a los macroeconomistas abandonarse al teórico neoclásico que todos llevaban dentro.

    Pero ya a finales de los setenta resultaba claro que las expectativas o anticipaciones racionales no funcionaban a escala macro. ¿Por qué? Porque la gente tiene demasiada información.

    Piénsese en el asunto del desempleo que antes mencioné. Lo que ocurre aquí es que una contracción en la oferta monetaria puede generar una recesión, ¡pero sólo mientras la gente no se percate de que hay una recesión! Ya ven ustedes, si la gente sabe que hay una recesión, sabe también que los precios bajos que se le ofrecen reflejan una demanda general baja, no una demanda específicamente baja para sus productos.

    En los modelos del tipo de los de Lucas, se parte del supuesto de que la gente observa los precios a los que se enfrenta y es capaz de distinguir óptimamente la “señal” del “ruido”. Los modelos se desploman, sin embargo, así que permites que las gentes tengan acceso a cualquier tipo de información (observando, pongamos por caso, los tipos de interés, o leyendo periódicos). Y la realidad, huelga decirlo, es que las recesiones persisten hasta mucho después de que todo el mundo sepa que hay una recesión, es decir, hasta mucho después de que se haya desvanecido la confusión exigida por los modelos lucasianos.

    Recuerdo un seminario, celebrado, creo, en 1980, en el que Robert Barro presentaba un modelo de ciclos económicos basado en las expectativas racionales. Alguien le preguntó cómo podía reconciliar ese modelo con la grave recesión que estaba en curso mientras él hablaba. “No me interesa el último residual”, replicó Barro.

    Pero hacia 1980 o 1981 era ya bastante claro para todo el mundo que el proyecto de Lucas –el intento de explicar el comportamiento manifiestamente keynesiano de la economía en puros términos de información imperfecta— había fracasado. ¿Qué harían los teóricos de la macroeconomía?

    Pues se dividieron. Una facción, en efecto, dijo: “Vale; no podemos explicar lo que creemos ver en términos de maximización total. Pues supondremos la maximización tiene ciertos límites: costes del cambio de precios, racionalidad limitada, o cualquier cosa por el estilo”. Esa facción terminó por ser conocida como Nuevo keynesianismo, teoría económica de agua salada. (1)

    La otra facción, en efecto, dijo: “Vale: no podemos explicar lo que creemos ver en términos de maximización toral. Pues será porque interpretamos mal los datos: cosas como los cambios en la oferta monetaria no pueden traer consigo recesiones, porque la teoría dice que eso es imposible”. Esa facción terminó por ser conocida como la escuela de los ciclos económicos reales, teoría económica de agua dulce. (2)

    Pero la cosa es así: llegados a este punto, la escuela de agua dulce no se acuerda ya de nada de esto, en buena medida porque purgaron de sus centros a todo lo que oliera a keynesiano y aun a monetarista. Todo lo que saben del keynesianismo es que fue “refutado", y que nada que proceda de él (ni siquiera los modelos neokeynesianos con expectativas racionales, un enfoque que, como dice, Greg Mankiw, “ofrece un esquema conceptual para la intervención pública en la economía, por ejemplo, una política monetaria o fiscal anticíclica”) merece siquiera ser escuchado.

    Y así se ha llegado adonde se ha llegado.

    Notas:

    (1) En referencia a la ciencia económica cultivada en las instituciones académicas ubicadas en el Este y en el Oeste de los EEUU, es decir, en las costas atlántica y pacífica (Harvard, Berkely, Princenton, Stanford, etc.).

    (2) En referencia a la ciencia económica cultivada en las instituciones académicas ubicadas en el centro de los EEUU, en áreas de grandes lagos (Chicago, Rochester, Minessota, etc.).
    Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008.
    Traducción para http://www.sinpermiso.info: Ricardo Timón
    Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2785

    J. Stiglitz: Fetichismo del PIB…

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    Joseph E. Stiglitz

    El Espectador

    josept stiglitz Esforzarse por reavivar la economía mundial, al mismo tiempo que se responde a la crisis climática global, ha planteado un interrogante complejo: ¿las estadísticas nos están dando las "señales" correctas sobre qué hacer? En nuestro mundo orientado hacia el desempeño, las cuestiones de medición han cobrado mayor relevancia: lo que medimos afecta lo que hacemos.

    Si tomamos malas decisiones, lo que intentamos hacer (digamos, aumentar el PIB) en realidad puede contribuir a empeorar los niveles de vida. También podemos enfrentarnos a falsas opciones y ver compensaciones entre producción y protección ambiental que no existen. Por el contrario, una mejor medición del desempeño económico podría demostrar que las medidas tomadas para mejorar el medio ambiente son buenas para la economía.

    Hace dieciocho meses, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, creó una Comisión Internacional para la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social, debido a su insatisfacción -y la de muchos otros- con el estado actual de la información estadística sobre la economía y la sociedad. El 14 de septiembre, la Comisión dará a conocer su tan esperado informe.

    El gran interrogante es si el PIB ofrece una buena medición de los niveles de vida. En muchos casos, las estadísticas del PIB parecen sugerir que a la economía le está yendo mucho mejor que las propias percepciones de la mayoría de los ciudadanos. Es más, el foco en el PIB crea conflictos: a los líderes políticos se les dice que lo maximicen, pero los ciudadanos también exigen que se preste atención a mejorar la seguridad, a reducir la contaminación del aire, del agua y el ruido, y demás -lo cual podría reducir el crecimiento del PIB.

    El hecho de que el PIB pueda ser una medición deficiente del bienestar, o incluso de la actividad del mercado, obviamente es algo que se reconoce desde hace tiempo. Pero los cambios en la sociedad y la economía pueden haber agudizado los problemas, al mismo tiempo que los avances en la economía y las técnicas estadísticas pueden haber ofrecido oportunidades para mejorar nuestras mediciones.

    Por ejemplo, si bien se supone que el PIB mide el valor de la producción de bienes y servicios, en un sector clave -el gobierno- normalmente no tenemos manera de hacerlo, de modo que solemos medir la producción simplemente por las inversiones. Si el gobierno gasta más -incluso de manera ineficiente- la producción aumenta. En los últimos 60 años, el porcentaje de la producción del gobierno en el PIB aumentó del 21,4% al 38,6% en Estados Unidos; del 27,6% al 52,7% en Francia; del 34,2% al 47,6% en el Reino Unido; y del 30,4% al 44% en Alemania. De manera que lo que era un problema relativamente menor se ha convertido en un problema importante.

    De la misma manera, las mejoras de calidad -digamos, mejores autos en lugar de más autos- representan gran parte del aumento del PIB hoy en día. Pero evaluar las mejoras de calidad resulta difícil. La atención médica ejemplifica este problema: gran parte de la medicina se ofrece públicamente, y muchos de los avances son en calidad.

    Los mismos problemas de hacer comparaciones en el tiempo se aplican a las comparaciones entre países. Estados Unidos gasta más en atención sanitaria que cualquier otro país (tanto per cápita como en porcentaje de los ingresos), pero obtiene peores resultados. Parte de la diferencia entre el PIB per cápita en Estados Unidos y algunos países europeos puede ser, en consecuencia, el resultado de la manera en que medimos las cosas.

    Otro cambio pronunciado en la mayoría de las sociedades es un incremento de la desigualdad. Esto significa que existe una creciente disparidad entre el ingreso promedio (medio) y el ingreso mediano (el de la persona "típica", cuyo ingreso se ubica en el medio de la distribución de todos los ingresos). Si unos pocos banqueros se vuelven mucho más ricos, el ingreso promedio puede subir, a pesar de que los ingresos de la mayoría de la gente estén decayendo. De manera que las estadísticas sobre el PIB per cápita tal vez no reflejen lo que les sucede a la mayoría de los ciudadanos.

    Utilizamos precios de mercado para valuar los bienes y servicios. Pero ahora, incluso los que tienen mucha fe en los mercados, cuestionan la dependencia de los precios de mercado, ya que están en contra de las valuaciones por ajuste al mercado. Las ganancias previas a la crisis de los bancos -una tercera parte de todas las ganancias corporativas- parecen haber sido un espejismo.

    Entender esto arroja una nueva luz no sólo sobre nuestras mediciones del desempeño, sino también sobre las inferencias que hacemos. Antes de la crisis, cuando el crecimiento de Estados Unidos (utilizando mediciones estándar del PIB) parecía mucho más sólido que el de Europa, muchos europeos sostenían que Europa debía adoptar el capitalismo al estilo estadounidense. Por supuesto, todo aquel que hubiera querido podría haber visto un creciente endeudamiento de los hogares estadounidenses, lo que habría permitido corregir la falsa impresión de éxito ofrecida por la estadística del PIB.

    Los recientes avances metodológicos nos han permitido evaluar mejor qué contribuye a la sensación de bienestar de los ciudadanos y reunir los datos necesarios para hacer ese tipo de evaluaciones de manera regular. Estos estudios, por caso, verifican y cuantifican lo que debería ser obvio: la pérdida de un empleo tiene un mayor impacto de lo que representa la pérdida del ingreso. También demuestran la importancia de la conectividad social.

    Toda buena medición de lo bien que nos está yendo también debe tener en cuenta la sustentabilidad. De la misma manera que una empresa necesita medir la depreciación de su capital, también nuestras cuentas nacionales deben reflejar la sobreexplotación de los recursos naturales y la degradación de nuestro medio ambiente.

    Los marcos estadísticos están destinados a resumir lo que está sucediendo en nuestra sociedad compleja en unos pocos números fácilmente interpretables. Debería haber sido obvio que no se podía reducir todo a un único número, el PIB. El informe de la Comisión para la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social, esperamos, conducirá a un mejor entendimiento de los usos, y abusos, de esa estadística.

    El informe también debería servir de guía para crear un conjunto más amplio de indicadores que capturen de manera más precisa tanto el bienestar como la sustentabilidad, a la vez que debería dar impulso para mejorar la capacidad del PIB y las estadísticas relacionadas a la hora de evaluar el desempeño de la economía y la sociedad. Estas reformas nos ayudarán a dirigir nuestros esfuerzos (y recursos) de maneras que conduzcan al mejoramiento de ambos.

    Fuente: http://www.elespectador.com/columna161000-fetichismo-del-pib

    El autor es profesor universitario en la Universidad de Columbia y ganador del Premio Nobel de Economía en 2001, se desempeñó como presidente de la Comisión para la Medición del Desarrollo Económico y el Progreso Social.

    Written by Eduardo Aquevedo

    20 septiembre, 2009 at 10:52

    P. Krugman: la reaganomía aún gobierna en Washington?

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    Todos los zombies del presidente…

    PAUL KRUGMAN 30/08/2009

    Krugman_visita_Barcelona El debate sobre la "opción pública" en la asistencia sanitaria ha sido deplorable en muchos sentidos. Sin embargo, puede que el aspecto más deprimente para los progresistas haya sido hasta qué punto los que se oponen a la variedad de elección han ganado aceptación -en el Congreso, aunque no entre los ciudadanos en general- simplemente a base de machacar, repetidas veces, que la opción pública sería, horror de los horrores, un programa del Gobierno.

    ¿Por qué no mueren estas ideas? Parte de la respuesta es que hay mucho dinero tras ellas

    Por lo visto, Washington sigue gobernado por el reaganismo, una ideología que dice que la intervención del Gobierno siempre es mala y que dejar que el sector privado se las arregle solo siempre es bueno.

    Llámenme inocentón, pero la verdad es que esperaba que el fracaso del reaganismo en la práctica acabara con él. Pero resulta que es una doctrina zombi: aunque debería estar muerto, vuelve una y otra vez.

    Hablemos un momento de por qué la era de Reagan debería haber terminado. En primer lugar, incluso antes de la crisis actual, la reaganomía no cumplió sus promesas. ¿Recuerdan que los impuestos más bajos sobre las rentas más altas y la liberalización que dio rienda suelta a la "magia del mercado" iban a llevar supuestamente a unos resultados mejores para todo el mundo? Pues bien, no fue así.

    No cabe duda de que los ricos salieron enormemente beneficiados: las rentas reales del 1% de estadounidenses con ingresos más altos se multiplicaron por siete entre 1980 y 2007. Pero la renta real de las familias medias sólo creció un 22%, menos de un tercio de lo que había crecido en los 27 años anteriores.

    Es más, la mayor parte de la mejoría que experimentaron los estadounidenses de a pie se produjo durante los años de Clinton. El presidente George W. Bush, que se distinguió por ser el primer presidente reaganita que tuvo, además, un Congreso totalmente republicano, también se distinguió por presidir la primera Administración desde la de Herbert Hoover durante la cual la familia típica no vio una mejora significativa de sus ingresos.

    Y luego está el pequeño detalle de la peor recesión sufrida desde la década de los treinta. Se pueden decir muchas cosas del desastre financiero de los últimos dos años, pero la versión corta es sencilla: los políticos esclavos de la ideología reaganita desmantelaron las normativas del New Deal que evitaron la crisis bancaria durante medio siglo, en la creencia de que los mercados financieros podían cuidar de sí mismos. La consecuencia que tuvo fue hacer que el sistema financiero se volviera vulnerable a una crisis del estilo de la de los años treinta, y la crisis se produjo.

    "Siempre hemos sabido que el interés personal inmoderado es mala ética", dijo Franklin Delano Roosevelt en 1937. "Ahora sabemos que es mala economía". Y el año pasado volvimos a aprender la lección. ¿Pero la aprendimos de verdad? Lo más curioso del actual panorama político es que nada ha cambiado.

    El debate sobre la opción pública ha sido, como ya he dicho, deprimente por su insensatez. Los que se oponen a la opción -no sólo republicanos, sino también demócratas, como los senadores Kent Conrad y Ben Nelson- no han presentado argumentos coherentes contra ella. Nelson presagiaba siniestramente que si dispusieran de esa opción, los estadounidenses la preferirían a los seguros privados, lo cual considera evidentemente malo en sí mismo, en vez de lo que debería pasar si el programa del Gobierno fuera, de hecho, mejor de lo que las aseguradoras privadas ofrecen.

    Pero en otros frentes está pasando más o menos lo mismo. Los intentos de reforzar la regulación bancaria parecen estar perdiendo fuerza, ya que los enemigos de la reforma declaran que cuantas más normas haya, menos innovación financiera habrá, y esto sólo unos meses después de que las maravillas de la innovación llevaran a nuestro sistema financiero al borde de la quiebra, una quiebra que sólo se ha evitado gracias a la inyección masiva de fondos del contribuyente.

    Entonces, ¿por qué no mueren estas ideas zombi? Parte de la respuesta es que hay mucho dinero tras ellas. "Es difícil hacer que un hombre entienda algo", decía Upton Sinclair, "cuando su salario" -o, añadiría yo, las contribuciones a su campaña electoral- "depende de que no lo entienda". Cantidades ingentes de dinero procedente del sector de los seguros en concreto han ido a parar a demócratas obstruccionistas como Nelson y el senador Max Baucus, cuya Pandilla de los Seis y sus negociaciones han constituido un obstáculo crucial para la legislación.

    Pero podemos achacar parte de la culpa al presidente Obama, que puso por las nubes al presidente Reagan durante las primarias demócratas y no ha utilizado su posición privilegiada para plantar cara al fundamentalismo del "gobierno es malo". No deja de ser irónico en cierto modo porque gran parte de lo que hizo a Reagan tan eficaz, para bien o para mal, fue el hecho de que pretendiera cambiar el pensamiento estadounidense además de su código fiscal.

    ¿En qué acabará todo esto? No lo sé. Pero es difícil no tener la sensación de que nos estamos perdiendo una oportunidad crucial, de que estamos en lo que debería ser un giro decisivo, pero sin decidirnos a dar el giro.

    Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2009 New York Times Service. Traducción de News Clips.

    El pais.com

    Recuperación: los dioses están enfadados

    Alejandro Nadal

    El coro ya comenzó su himno a la recuperación económica. La pradera está llena de nuevos brotes verdes y el año que viene retornará el crecimiento. El espectro de una posible gran depresión fue conjurado. La crisis misma será rebautizada como el gran pánico de 2008, como si se tratara de un fenómeno imaginario, algo que sólo existió en la cabeza de unos pocos dementes, manejadores de fondos de cobertura. Y los economistas neoclásicos explicarán todo lo que pasó con sus nociones de fallas de mercado o información asimétrica. Todo regresará a la normalidad.

    Pero las cosas no son tan sencillas. Es cierto que la caída de la economía estadunidense en el segundo trimestre fue solamente de 1.7 por ciento, en contraste con 5.8 por ciento en el primero. Pero los efectos del apoyo fiscal que se necesitó para lograr esto no son agradables. La nueva cifra estimada para el déficit pasa de 1.2 a 1.5 billones (castellanos) de dólares, aproximadamente 10 por ciento del PIB. La misma Casa Blanca está anunciando que el viaje por la dulce pradera de la recuperación no va a ser tan fácil.

    Pero la semana pasada, cuando reconfirmó a Ben Bernanke para un segundo periodo al frente de la Reserva federal, Obama lo presentó como el héroe que salvó a la economía de una gran depresión como la de 1930. La verdad es que una buena parte del déficit fiscal tendrá que ser cubierta con recursos de la Reserva Federal, es decir, debe ser monetizado, lo que se consideraba tabú en los años anteriores a la crisis. Ya el balance de la Reserva Federal se ha incrementado de manera vertiginosa por las compras de los títuloschatarra de diversos agentes en Wall Street, y ahora resulta que deberá absorber otros 2 billones (castellanos) de dólares para sacar a flote al presupuesto federal. El total puede llegar a los 4 billones en los próximos dos años, generando importantes expectativas inflacionarias.

    ¿Cómo se porta el mercado residencial? Según los optimistas, la caída en los precios de casas ya no es tan severa como antes. Pero, por otro lado, hay un indicador alarmante. Hace dos años, cuando el dueño de una casa se atrasaba en los pagos de su hipoteca, había 45 por ciento de probabilidades de que se recuperara. Esa llamada tasa de curación es de 6 por ciento. Hoy son muy altas las probabilidades de que los titulares de créditos hipotecarios no se recuperen y pierdan su casa. Por supuesto, todo esto empeora con la altísima tasa de desempleo. Pero casi todo mundo ya se resignó a que ese indicador alcance el nivel de 10 por ciento este año.

    El freno en la caída económica se debió a que el gobierno se lanzó a los rescates bancarios y los estímulos fiscales como nunca. Pero los efectos del rescate bancario siguen siendo inciertos: la agencia federal de garantías de depósitos bancarios (la FDIC) anunció la semana pasada la lista de bancos con problemas de capitalización y cartera vencida. El número subió de 305 en marzo a 416 en junio, lo que constituye el número más alto desde 1994.

    El consumo se fortaleció con programas de estímulo que son temporales. Las encuestas sobre planes de los consumidores concuerdan: viene una reducción importante y duradera en los niveles de consumo de toda la sociedad estadunidense. Eso es, por cierto, un comportamiento racional: las familias saben que sus ingresos se apretarán en el futuro próximo y deben incrementar su ahorro. Ese parco nivel de consumo y menor endeudamiento será parte del paisaje macroeconómico de ahora en adelante. Así que para mantener la máquina económica funcionando se va a necesitar un estímulo adicional y una cadena de déficit fiscales insostenible.

    En estas condiciones, es muy probable que la economía estadunidense ingrese en un largo proceso de estancamiento. Ese proceso podría durar unos cinco o seis años, y después cualquier predicción estaría entrando en territorio desconocido.

    Para el modelo neoliberal mexicano eso es un desastre, pues lo único que lo salvaría es la recuperación estadunidense. Las consideraciones anteriores muestran que eso puede ser como apostarle alTitanic. A decir verdad, aquí lo que se requiere es la reconstrucción de una economía que ha sido devastada por 20 años de neoliberalismo. Por eso ninguna de las recetas tradicionales de política macroeconómica funcionaría, porque todo está desarticulado y patas arriba. Esto tiene sin cuidado a las autoridades monetarias y hacendarias: para ellas lo único que cuenta es el tipo de cambio (y aún eso seguirá descosiéndose).

    Nuestra economía necesita cirugía mayor. Pero eso plantea una discusión política de primera magnitud. Ni la elite económica-financiera ni la clase política quieren oír hablar de ello. La amenaza de aumentos en los impuestos sobre energéticos, alimentos y medicinas es la prueba más reciente de que las autoridades económicas duermen en un mundo torcido. Cuando despierten, México estará festejando el centenario de la Revolución. Quizás sea una celebración en grande.

    http://nadal.com.mx

    La crisis y sus perspectivas: una visión marxista crítica…

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    Entrevista con Alejandro Nadal, economista, profesor investigador del Centro de Estudios Económicos y colaborador de La Jornada

    CRISIS-WS1 "La izquierda debería estar haciendo su tarea"

    Salvador López Arnal, El Viejo Topo

    Alejandro Nadal es economista doctorado en París. Profesor investigador del Centro de Estudios Económicos y de “El Colegio de México”, colabora semanalmente en el cotidiano mexicano de izquierda La Jornada. Los temas que cubre desde hace años abarcan un amplio arco: economía del cambio técnico, con intervenciones sobre tecnología industrial, nuclear (militar y civil), tecnología pesquera, agrícola; teoría económica pura (equilibrio general, Marx, Ricardo-Sraffa, etc) y teoría y práctica macroeconómica. Muchos de sus artículos han sido reproducidos en páginas electrónicas como www.rebelion.org o sin permiso.info. Además, Nadal es miembro del consejo editorial de Investigación Económica, una excelente revista de ciencias sociales dirigida por el economista mexicano Ignacio Perrotini. Nadal dirige actualmente un proyecto multinacional sobre política macroeconómica y medio ambiente en Argentina, Brasil, Ecuador, Costa Rica y México

    ¿De qué crisis hablamos cuando hablamos de la crisis? ¿De una abisal crisis financiera, de una enorme crisis político-cultural del neoliberalismo, de una usual crisis de sobreproducción, de una crisis del sistema de producción mercantil mundial sin bridas limitadoras, de una crisis del capitalismo como sistema civilizatorio?

    Estamos hablando de un cambio de época. El capitalismo probablemente no se va a acabar con esta crisis, pero los esquemas de crecimiento basados en la expansión del sector financiero no pueden continuar siendo su plataforma de acumulación.

    Usted ha escrito: “Después de la tormenta, cuando el polvo se asiente, veremos que la economía y el sistema financiero globales habrán sufrido transformaciones profundas. Y la secuela pavorosa de quiebras, desempleo y desigualdad marcará el adiós definitivo a la retórica feliz sobre las virtudes de la globalización”. ¿Está en contra, pues, de la globalización de la economía, piensa que esa es una de las principales causas que explican la situación?

    La globalización neoliberal es una quimera y una máquina ideológica. Se le ha utilizado para justificar la idea de que el Estado no debe intervenir en la economía. La globalización es la palabra que utiliza el capital para hacer creer que la expansión de los mercados y la ley de la mercancía son fenómenos naturales. Lo que hoy llamamos “globalización” es el engendro del colapso del sistema de Bretton Woods y es un sistema económico internacional enfermo. La base de este sistema es la idea de que lo único que pueden hacer los Estados nacionales para promover el pleno empleo es fomentar las exportaciones y eso implica imponer a los demás países la carga del desempleo.

    Se ha señalado en ocasiones no infrecuentes que la idea de que la crisis financiera que atraviesa Estados Unidos sea debida a una anomalía en un segmento del sistema de préstamos hipotecarios está equivocada, que los créditos hipotecarios irresponsables y de mala calidad no hubieran sido capaces de generar por sí mismos una crisis de estas dimensiones. ¿Por qué?

    Es correcto afirmar que la crisis no sólo se generó en el mercado de hipotecas de segunda clase por dos razones. Primero, las hipotecas de segunda fueron objeto de un proceso de comercialización financiera muy amplia, a través de la bursatilización y de su proyección en lo mercados de derivados. Debido al fuerte apalancamiento en estas actividades, eso hace que el peso de las hipotecas sea mucho mayor al que hubieran tenido de permanecer en el mercado hipotecario. Además, la crisis se origina en un proceso de muy largo aliento de endeudamiento que se refleja no solo en las hipotecas, sino en tarjetas de crédito, préstamos para automóviles, para estudiantes, etc. El endeudamiento en Estados Unidos es lo que está detrás de la crisis.

    Sin olvidar otras aristas, ¿estamos presenciando el estallido y desarrollo de la peor catástrofe financiera desde 1930? ¿La peor crisis financiera en siete décadas extendida por todo el planeta?

    Afirmativo. Esta es la peor crisis financiera y económica desde la Gran Depresión. No sólo es la más profunda, también es una crisis global.

    Paradójicamente usted ha apuntado también que los mecanismos supuestamente diseñados para reducir el riesgo de una crisis sistémica son precisamente los que hoy constituyen la peor amenaza para la integridad del sistema financiero, bancario y no bancario. ¿A qué mecanismos se estaba refiriendo?

    La expansión del sector financiero estuvo asociada a la llamada innovación financiera, es decir, a la generación de instrumentos que no existían con anterioridad. Entre ellos destacan los vehículos de inversión estructurada (los SIVs) y las deudas garantizadas por activos (los CDOs). En teoría, estos productos financieros debían servir para canalizar el ahorro hacia empleos eficientes y, además, para diversificar el riesgo. En realidad, lo que hicieron fue difundir y amplificar el riesgo a escalas astronómicas. Otra forma de decirlo es que la expansión del sector financiero adjudicó la tarea de evaluar el riesgo financiero inherente a actividades de alto apalancamiento a instituciones (las corredurías y calificadoras) que no estaban preparadas para hacerlo. Por esta razón, el riesgo se difundió de manera más intensa de lo que había pasado en otras épocas.

    También usted ha señalado que la destrucción de capital que trae aparejada la crisis apuntaba una lección importante, demostraba, son sus propias palabras, “que detrás de los amables rituales y sofisticados gadgets con los que disfrazamos la realidad social, yacen fuerzas destructivas que algún día terminarán con todo”. ¿Con todo, dice usted? ¿No exagera? Por lo demás, ¿a qué fuerzas hacía usted referencia?

    La crisis que estamos observando no se reduce a la problemática financiera y económica. No estamos amenazados sólo por la deflación y el desempleo, o en el futuro cercano, por la hiperinflación. También estamos sufriendo una crisis ambiental de primera magnitud. Estamos igualmente amenazados por la deforestación, la erosión de suelos, la sobre-explotación de acuíferos, el cambio climático, y la extinción masiva de especies que hemos provocado.

    ¿Dónde está afectando y dónde golpeará más las crisis en su opinión?

    La crisis está afectando a todo el mundo. Claro, los pobres de todo el mundo, esa mitad de la población que vive con menos de 2.5 dólares diarios, van a seguir en lo mismo, en la lucha por la supervivencia. Las clases medias van a ver su base patrimonial seriamente afectada.

    Usted defiende que lejos de ser enviado a un segundo plano, el tema de la destrucción ambiental debería estar al frente de la discusión sobre la salida de la crisis. Sin embargo, las cosas no parecen apuntar en esa dirección. Lo que importa, se dice, es salir de la crisis, sea como sea, y, además, de forma rápida. Usted ha citado el Programa de Naciones Unidas sobre medio ambiente (PNUMA), que se dio a conocer en octubre de 2008, pero no parece que ese programa esté en el puesto de mando de las decisiones gubernamentales ni en las agendas no propagandísticas de las grandes corporaciones.

    Además he citado esa iniciativa del PNUMA para criticarlo. Esa iniciativa (la “Green Economy Initiative”) está basada en una premisa falsa. Supone que lo único que tenemos que hacer es cambiar nuestra tecnología y las cosas se arreglarán casi como por magia. Hay que tener edificios inteligentes, automóviles eficientes en energía, hay que invertir en fuentes renovables de energía, etc. El sector privado encontrará en esto oportunidades rentables muy favorables. La iniciativa descansa en esta idea de que si arreglamos nuestra tecnología, todo mejorará.

    Pero si bien es cierto que una mejor tecnología puede reducir el impacto ecológico (o la huella ecológica), también es cierto que esto no es suficiente. No basta con cambiar la tecnología. Se necesita cambiar las relaciones económicas que existen hoy en día en el seno de esta etapa en la acumulación capitalista. No basta con tener autos eficientes y una mejor infraestructura si no modificamos las pautas de distribución del ingreso que existen a nivel nacional e internacional. No podemos dejar sin cambio los patrones de flujos de inversión y de comercio mundial. Todo eso, y otras cosas que sería largo enumerar, son la razón por la que existe la terrible desigualdad social que observamos en el planeta. Es obvio que si no cambiamos este marco macroeconómico, no nos vamos a acercar a la sustentabilidad.

    ¿Qué horizontes vislumbra usted ante la actual situación? ¿Qué salidas son esperables, no me atrevo a decir deseables?

    Los pueblos deberán descifrar con precisión los contornos de esta crisis y de este cambio de época. En función de ese análisis, deberán fijar el rumbo a seguir. Esta es una época peligrosa. Pero una cosa ya saben los pueblos. El capital reprime cuando se siente amenazado. Y utilizará la violencia para defenderse, como lo ha hecho en el pasado.

    Por su parte, me parece que muchos economistas no tienen una idea clara de lo que viene (muchos usan esquemas teóricos según los cuales esta crisis ni siquiera debería estar sucediendo).

    Los principales rasgos de las salidas deseables pueden describirse sin demasiada dificultad en un esquema reformista. Por el momento se puede pensar en un esquema de mayor democratización y control social sobre los procesos productivos y sobre los circuitos financieros. Esto debe acompañarse de una serie de esquemas redistributivos de ingreso y riqueza. Además, es importante regular la actividad productiva para evitar el deterioro ambiental que está amenazando la biosfera.

    En esta época de crisis, dada la correlación de fuerzas existentes, ¿en qué puntos deberían poner énfasis la izquierda política? ¿En las nacionalizaciones? ¿En el control del sistema financiero? ¿En el desarrollo sostenible del sector industrial? ¿En una agricultura menos extensiva?

    En todos esos renglones. Pero no hay que olvidar: lo fundamental está en la macroeconomía. Y la izquierda siempre parece tenerle miedo a la macroeconomía. El único renglón que se relaciona con la macroeconomía en esta pregunta es el del sector financiero. Por supuesto que ese sector es fundamental. También lo es la redefinición de la política monetaria y cambiaria, y de la política fiscal. También hay que apuntar en la dirección de reformas profundas en el sistema financiero internacional.

    ¿La izquierda, en su opinión, debería hablar de socialismo en estos momentos? Si fuera así, ¿a qué sistema económico social se estaría apuntando, cuáles serían sus ejes esenciales? Lo que se necesita, ha afirmado usted, es descartar el modelo neoliberal para proceder con un diseño nuevo que realmente coloque a la justicia, la responsabilidad social y la integridad ambiental en el centro de las prioridades. Explíquenos algo de ese modelo que usted defiende.

    La izquierda debería estar haciendo su tarea, analizando lo que está pasando y preparando un proyecto político viable. Hoy mucha gente cita a Keynes y lo adereza con citas de Marx. Es cierto que Keynes es un autor relevante para nuestro tiempo. Pero no hay que olvidar que este autor no hizo una crítica completa de la teoría económica de su tiempo. Y por eso fue recuperado y distorsionado en los años sesenta y setenta. Esto también nos dice que si hay algo que debemos evitar es leer a Marx sin cuestionarlo. El proyecto analítico de Marx es un trabajo trunco que adolece de múltiples errores. A pesar de que sus intuiciones y buena parte de su trabajo son sumamente relevantes y valiosos, Marx no pudo llevar a buen término su proyecto científico. Desde el problema de la transformación de valores en precios de producción, hasta los problemas en los esquemas de reproducción, el discurso de Marx presenta graves dificultades analíticas. Los marxistas se han encargado de empobrecer el análisis de Marx al leerlo como si fuera una especie de texto religioso. Sería bueno que dejaran de recitarlo como catecismo.

    ¿Cree usted que el capitalismo carga en sus entrañas con la semilla de su propia destrucción? ¿Qué semilla benefactora es esa? ¿Estamos entrando, pues, en el postcapitalismo?

    La dinámica de la historia es incontenible y ningún sistema económico dura para siempre. En esto Marx tiene razón. La especificidad histórica del capitalismo es al mismo tiempo la fórmula de su destrucción. Ahora bien, no creo que esta crisis sea terminal y constituya el anuncio de que estamos entrando en una época post-capitalista. Lo que sí puede ser es que la redefinición del papel del estado en la conducción de la vida económica podría permitir la transición a un régimen más democrático y menos inhumano. Esto no está garantizado y sólo será el resultado de un largo proceso de lucha política.

    Desde un punto de vista teórico, de ciencia económica, si queremos decirlo así, ¿puede afirmarse que la crisis actual ha significado la bancarrota científica del paradigma neoliberal, de su, digamos, programa de investigación teórico-político?

    No, la bancarrota científica del paradigma neoliberal se produce mucho antes de esta crisis y se ubica en el callejón sin salida de la teoría económica, lo que Marx llamaba el discurso del capital. La idea de que los mercados son un dispositivo social que conduce a un equilibrio y que ese equilibrio es una asignación óptima de recursos es absurda, pero es lo que animó a la teoría económica del capital durante doscientos cincuenta años. Desde hace mucho se sabe que esa teoría es un discurso vacío. Los economistas que hemos estado criticando el discurso dominante en las universidades (sobre todo de la teoría de equilibrio general) sabíamos desde hace años que esa teoría tiene carencias fundamentales.

    Los economistas han estado tratando de construir una teoría que pudiera demostrar que los mercados conducen a posiciones de equilibrio desde 1776, año en que Smith publicó laRiqueza de las naciones. Y todos los intentos fracasaron. El más importante y “sofisticado” es la teoría de equilibrio general. Y con ese edificio teórico no sólo no se pudo demostrar que las fuerzas de la competencia en el mercado conducían al equilibrio, sino que al final se pudo demostrar (en 1974, para ser precisos) que para alcanzar ese resultado sería necesario introducir supuestos súper restrictivos en el modelo. Y eso ya es algo serio, porque ya se sabía que el modelo de equilibrio general tenía otros defectos serios (una figura centralizadora de información, no toleraban la introducción de la moneda, etc.). Entonces, la bancarrota científica del discurso y modelo neoclásico es mucho anterior a la crisis, pero se pudo imponer en el plano ideológico, impulsado por el poder político, los medios y una vida académica cada vez más sometida al establishment.

    La crisis actual es la prueba de que el modelo neoliberal en el plano de la política económica tampoco es consistente. Esto también es algo que el análisis de las crisis financieras de la última década nos había revelado.

    ¿Observa país en donde se esté trabajando a favor de una salida de la crisis que a usted le parezca razonable y justa?

    Es posible que algunos países estén buscando enfrentar este problema de manera eficiente y justa. No sé cuáles. Veo muchos países con paquetes de estímulos fiscales que simplemente buscan regresar al punto en que se encontraban las economías antes de la crisis. Y los rescates a bancos tampoco son el anuncio de una transición a algo mejor.

    También usted ha señalado que el astronómico estímulo fiscal planeado por la administración Obama no sólo será desperdiciado, sino que será el detonador de una debacle económica sin paralelo dentro de unos pocos años. ¿Por qué? ¿Es contrario a ese programa de ayuda pública?

    Lo único que está haciendo el programa de Obama es inyectarle más liquidez a una economía enferma. En el mejor de los casos, eso simplemente va a posponer la debacle de esa economía y de su moneda, el dólar.

    Usted ha criticado en alguna ocasión los comportamientos de lo que ha llamado la “la burocracia sindical”. Así, en el caso de Chrysler que cerró 28 plantas en Estados Unidos, despidió a 48.000 obreros y otros 20.000 empleados también perdieron su empleo, los trabajadoras más jóvenes y militantes fueron los primeros en ser despedidos, mientras la burocracia sindical era recompensada.¿Teme que la situación pueda volver a repetirse? ¿Cómo podemos combatirla?

    Sí, la situación puede volver a repetirse. El ajuste va a pasar primero por sacrificar puestos de trabajo y por flexibilizar todavía más el mercado laboral. La democratización de los puestos de trabajo es una forma de evitar que suceda esto. Pero es algo que debió producirse en el pasado. Hoy lo que queda es una gran movilización política, de escala masiva y permanente, que impida que el costo de la crisis le sea endosado a los trabajadores.

    Se ha afirmado, usted mismo lo ha hecho, que la pérdida de poder adquisitivo del salario es parte importante de los orígenes de la crisis actual, porque esa pérdida tuvo que ser compensada con endeudamiento privado para mantener los niveles de demanda efectiva. Una generación no tuvo más remedio que endeudarse para mantener sus niveles de consumo. ¿Cómo salir del círculo entonces si los salarios, como parece ser el caso, no paran de descender en muchos lugres de mundo, y no sólo en países emergentes o en países orillados, sino también en los centros del Imperio?

    Es necesario revertir los efectos de la globalización neoliberal. Keynes vio con claridad que no es posible tener una economía mundial que esté basada en que cada economía nacional aviente a sus vecinos (cercanos y lejanos) su problema de desempleo y de falta de demanda efectiva. Eso hace daño a todos los países. Tarde o temprano explota la crisis.

    Para usted la siguiente explicación es un cuento conciso y claro pero superficial: la codicia y la desregulación financiera generaron una burbuja especulativa, y cuando cayeron los precios de los bienes raíces, la burbuja reventó. En este proceso, los consumidores se tiraron una tremenda borrachera de consumo y la codicia de los bancos estadounidenses llevó a otorgar hipotecas a personas que no eran sujetos de crédito. Los activos tóxicos contaminaron bancos, corporativos y fondos de inversión en todo el mundo, lo que congeló el crédito interbancario, colapsó la demanda y vino la recesión. ¿Qué añadiría usted para que el relato no sea superficial?

    Habría que explicar por qué se tiene un sistema económico que para crecer tiene que descansar en burbujas especulativas. Este es un tema delicado y quizás no tenemos espacio para aclararlo en esta entrevista. Lo cierto es que en un plano reformista, podemos decir que Keynes advirtió muy bien sobre este peligro y su solución consiste en mantener una política macroeconómica activa que permita contrarrestar la deficiente demanda efectiva en los ciclos de las economías capitalistas. Pero en la medida en que se consideró que la política macroeconómica distorsionaba el buen funcionamiento del mercado, esa visión fue abandonada. Hoy la crisis vuelve a recordar al capital que su forma de vida es una amenaza para la sociedad y la biósfera del planeta.

    Por lo demás, ¿por qué los mercados no corrigieron los desequilibrios?

    Los mercados no son dispositivos que “corrigen” desequilibrios. Si un equilibrio puede ser “corregido” por las fuerzas del mercado, se dice que ese equilibrio es “estable”. Pero hoy lo que sabemos es que ni siquiera es viable razonar en términos de posiciones de equilibrio. El capitalismo vive en la inestabilidad, en el desequilibrio, en la crisis. Es su forma natural de operar. Y Marx tenía razón al señalar que eso implica un enorme desperdicio de recursos.

    Parafraseando a Marx, usted ha señalado que los pueblos no pueden regresar a ser niños, a menos que caigan en el infantilismo. Hay niños mal educados y otros, los obedientes, que se convirtieron en adultos prematuramente. Quizá sean preferibles las preguntas de los niños mal educados. ¿Qué preguntas deberíamos hacer entonces si somos niños maleducados?

    Los pueblos hacen sus propias preguntas. Pero una cosa sí es clara. Hay que cuestionarlo todo. Hay que ir a las causas últimas de los procesos históricos. Hay que cuestionar al propio Marx. Insisto, hay que dejar de leerlo como catecismo religioso, eso ha empobrecido el análisis marxista.

    Krugman pide un segundo plan de estímulo para evitar una crisis a la japonesa…

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    El premio Nobel de Economía en 2008 cree que la situación es muy similar a la vivida por el país asiático durante la década perdida y pero no cree que se trate de una segunda Gran Depresión

    Krugman_visita_Barcelona Mal pero no tanto. Ese es el diagnóstico que el Premio Nobel de Economía en 2008, Paul Krugman, ha realizado sobre la actual crisis financiera global y su desarrollo en un futuro próximo en una entrevista concedida a la cadena de televisión CNBC. "En estos momentos el mundo en general se asemeja al Japón de principios de los 90. No es una catástrofe, aunque no sabemos cómo se desarrollará. De hecho, el desplome globalmente ha sido mucho peor que cualquiera ocurrido en Japón durante la ‘década perdida’", señala Krugman en esta entrevista.

    Hay que entender que al inyectar dinero en el sistema, en su mayor parte se queda ahí. Es bastante sencillo retirarlo si la inflación comienza a ser una amenaza

    La solución de Krugman pasa por un segundo plan de estímulo que considera "fundamental" para lograr una recuperación sostenible. La mejor parte del análisis viene después, cuando Krugman asegura. "Realmente deberíamos contar con un segundo estímulo (…) La buena noticia es que ya no parece que estemos ante la segunda Gran Depresión, como pareció durante algunos meses", apunta Krugman.

    Sin miedo a la inflación

    Por otro lado, el Nobel de Economía rechaza los temores "excesivos" a que estos planes de estímulo puedan representar una amenaza desde el punto de vista de la inflación, uno de los miedos más extendidos entre analistas, políticos y responsables de los bancos centrales.

    En su opinión, no hay signos de inflación en el horizonte. "Hay que entender que al inyectar dinero en el sistema, en su mayor parte se queda ahí. Es bastante sencillo retirarlo si la inflación comienza a ser una amenaza", dice Krugman.

    Nacido en 1953, Paul Krugman fue galardonado con el premio Nobel de Economía 2008 por "sus análisis de las pautas comerciales y de la geografía de la actividad económica". Asimismo, Krugman fue premiado en 2004 con el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Actualmente, Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, y colabora con el periódico The New York Times. Además, sus columnas se publican en Negocios, el suplemento económico de EL PAÍS.

    ELPAÍS.com / EUROPA PRESS - Madrid – 10/08/2009

    El gran miedo a la inflación

    PAUL KRUGMAN 07/06/2009

    De repente parece que todos hablan de la inflación. Opiniones muy severas advierten de que la hiperinflación está a la vuelta de la esquina. Y puede que los mercados se estén dejando llevar por esta alarma: los tipos de interés de los bonos del Estado a largo plazo están subiendo, y el temor a la futura inflación es una de las posibles razones de esa subida.

    ¿Pero tiene sentido este gran miedo a la inflación? Básicamente no, aunque con una advertencia a la que llegaré más tarde. Y sospecho que este miedo tiene que ver, al menos en parte, con la política, no con la economía.

    Vayamos al grano. Es importante que nos demos cuenta de que no hay asomo de presiones inflacionarias en la economía ahora mismo. Los precios al consumo están más bajos que hace un año y las subidas salariales se han estancado debido al alto desempleo. El peligro claro y actual es la deflación, no la inflación.

    Entonces, si los precios no suben, ¿a qué se debe esta preocupación por la inflación? Algunos afirman que la Reserva Federal está acuñando montones de dinero, lo cual tiene por fuerza que ser inflacionario, mientras que otros dicen que el déficit presupuestario acabará obligando al Gobierno estadounidense a reducir su deuda mediante la inflación.

    Lo primero es sencillamente falso. Lo segundo podría ser correcto, pero no es así.

    Sí es cierto que la Reserva Federal últimamente ha estado tomando medidas sin precedentes. Más concretamente, ha estado comprando muchísima deuda, tanto pública como del sector privado, y financiando estas compras atribuyendo a los bancos reservas adicionales. Y en tiempos normales, esto sería muy inflacionario: los bancos, nadando en reservas, aumentarían los préstamos, lo cual elevaría la demanda, lo que a su vez haría que subieran los precios.

    Pero los tiempos que corren no son normales. Los bancos no están prestando sus reservas extra. No las están dando trámite y, de hecho, están devolviendo el dinero con rapidez a la Reserva Federal. De modo que, a fin de cuentas, la Reserva no está acuñando realmente dinero.

    Aun así, ¿esas medidas no acabarán siendo inflacionarias, antes o después? No. El Banco de Japón, enfrentado a dificultades económicas no muy distintas de las que nosotros afrontamos hoy, compró deuda a grandísima escala entre 1997 y 2003. ¿Y qué pasó con los precios al consumo? Que bajaron.

    En el fondo, buena parte del actual debate sobre la inflación nos recuerda lo ocurrido en los primeros años de la Gran Depresión, cuando muchos personajes influyentes prevenían sobre la inflación aunque los precios estuvieran cayendo. Como escribía el economista británico Ralph Hawtrey, "se manifestaban temores fantasiosos a la inflación. Era como gritar ‘fuego’ durante el diluvio universal". Y añadía: "Cuando la depresión y el desempleo amainan es cuando la inflación se vuelve peligrosa".

    ¿Corremos el riesgo de que suba la inflación cuando la economía se recupere? Eso afirman quienes contemplan proyecciones de que la deuda federal superará el cien por cien del PIB, y dicen que Estados Unidos tendrá finalmente que reducir su deuda recurriendo a la inflación: es decir, subir los precios para que se reduzca el valor real de la deuda.

    Cosas así han ocurrido en el pasado. Por ejemplo, Francia redujo mediante la inflación buena parte de la deuda en la que había incurrido durante la I Guerra Mundial.

    Pero faltan ejemplos más actuales. En las últimas dos décadas, Bélgica, Canadá y, por supuesto, Japón han experimentado episodios en los que la deuda superaba el cien por cien del PIB. Y Estados Unidos salió de la II Guerra Mundial con una deuda superior al 120% del PIB. En ninguno de estos casos recurrieron los Gobiernos a la inflación para resolver sus problemas.

    Entonces, ¿hay razones para pensar que se acerca la inflación? Algunos economistas son partidarios de mantener una política deliberada de inflación moderada, como método para fomentar el préstamo y reducir la carga del endeudamiento privado. Yo estoy de acuerdo con estos argumentos, y expuse un razonamiento similar para Japón en la década de 1990. Pero la defensa de la inflación nunca prosperó entre los políticos japoneses de aquel entonces, y no hay señales de que esté arraigando entre los políticos estadounidenses de hoy.

    Todo esto plantea la siguiente pregunta: si la inflación no es un riesgo real, ¿por qué todas esas afirmaciones de que sí lo es?

    Bien, como ya se habrán dado cuenta, a veces los economistas disienten. Y las grandes disensiones son especialmente probables en tiempos extraños como éstos que corren, en los que muchas de las normas habituales ya no son válidas.

    Pero es difícil que a uno no le dé la impresión de que el actual alarmismo respecto a la inflación es en parte político, y que procede en gran medida de economistas que no tenían problema con el déficit causado por las rebajas de impuestos, pero que de repente se convirtieron en cascarrabias fiscales cuando el Gobierno empezó a gastar dinero para sacar la economía a flote. Y su objetivo parece ser el de presionar al Gobierno de Obama para que abandone los planes de recuperación.

    Huelga decir que el presidente no debería dejar que le intimiden. La economía sigue teniendo grandes problemas y necesita una ayuda continua.

    Sí, tenemos un problema presupuestario a largo plazo, y tenemos que empezar a sentar las bases de una solución a largo plazo. Pero en lo referente a la inflación, lo único que debemos temer es al propio miedo a la inflación. -

    Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. © 2009 New York Times Service. Traducción de News Clips.

    Fracaso y continuidad del experimento neoliberal?

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    Revancha en el laboratorio

    Alejandro Nadal, La Jornada

    CRISISSS1 El ensayo neoliberal ha concluido. Todo salió mal. No generó crecimiento, y cuando lo hubo fue sobre bases artificiales. Los desequilibrios macroeconómicos crecieron y resultaron insostenibles. Las remuneraciones salariales se estancaron, lo que condujo al endeudamiento. La desigualdad y pobreza aumentaron. El sector financiero se expandió por la deficiente rentabilidad en el sector real y la crisis no se hizo esperar.

    Pero dentro de todo esto una minoría se benefició. Esa elite planea no sólo continuar el experimento, sino ampliarlo. Los primeros signos se encuentran inscritos en la arquitectura y prioridades de los programas de rescate y de estímulo para frenar la recesión. Otra señal clara ya se despliega en los laboratorios de la academia.

    Vamos por partes. Una lección clave de la crisis se relaciona con la teoría económica. Ahora debe quedar claro para todos que la escuela de pensamiento económico dominante, la teoría económica neoclásica, está en bancarrota. Su principal exponente, el modelo de equilibrio general, es una entelequia para la que esta crisis no debería estar sucediendo. La sofisticación matemática de la teoría de equilibrio general (TEG) sólo es comparable con la superficialidad de sus seguidores. La TEG es el artefacto ideológico más importante del neoliberalismo (y quizás del capitalismo).

    Los fracasos de ésta son múltiples. Su principal objetivo era demostrar que las fuerzas del mercado, si son dejadas en libertad, conducen a una posición de equilibrio (oferta y demanda iguales en todos los mercados). Durante años, la TEG trató de probar (a través de un modelo matemático) que la formación de precios de equilibrio es intrínseca al libre funcionamiento de los mercados.

    Pero no pudo lograr su objetivo. A finales de los años 50 se alcanzaron algunos resultados que se pensó podían ser la base de una demostración general. La ilusión duró poco: en 1960, Herbert Scarf demostró con su célebre contraejemplo que no había fundamentos para apoyar esa conjetura. En 1974, los teoremas de Sonnenschein-Mantel-Debreu mostraron definitivamente que se había llegado a un callejón sin salida: la TEG nunca podría demostrar la convergencia al equilibrio. ¡Vaya resultado! Pero hay una ironía extraordinaria: en los años que siguieron, la bancarrota científica de la teoría que justificaba el credo del libre mercado coincidiría con el triunfo ideológico del neoliberalismo. Eso tiene mucho que ver con lo que sucedió en las universidades.

    La teoría de equilibrio general tiene otros defectos importantes. Por sorprendente que le parezca a los lectores, esta teoría no tolera la introducción de la moneda. Sí, leyó usted bien, la teoría más sofisticada de la que se reclaman los tecnócratas aduladores del libre mercado es no monetaria y su modelo matemático es el de una economía de trueque. La paradoja es más fuerte: resulta que el modelo utilizado para justificar la apertura financiera es un modelo teórico en el que no tiene cabida la moneda. Esto es un escándalo.

    La concepción idílica del libre mercado también es la base de la teoría macroeconómica contemporánea. En efecto, la nueva macroeconomía clásica (en su versión monetarista o de expectativas racionales) descansa en una fe inquebrantable en la estabilidad de los mercados. Para esta teoría, si existe flexibilidad de precios y salarios, no habrá desempleo. No importa que no se tenga la menor prueba de que el libre mercado conduce al equilibrio. No importa que muchos estudios demuestren que la flexibilidad de precios es precisamente lo que conduce a la volatilidad e inestabilidad de los mercados.

    Los economistas neoclásicos, en su modalidad micro o macroeconómica, tienen una pesada responsabilidad en lo que ha sucedido en la economía mundial. Sus modelos vacíos están detrás de la divergencia entre productividad y salarios, de la desigualdad y del endeudamiento, de la idea absurda de la tasa natural de desempleo y de la especulación como leitmotiv de la vida financiera.

    No será fácil cambiar las prioridades de la política económica para acceder a un modelo de desarrollo comprometido con el bienestar y la sustentabilidad ambiental. Esta crisis debería contribuir a reformular trayectorias de investigación y planes de estudio en las universidades con nuevas prioridades sobre crecimiento, salarios y remuneraciones, cartelización y corporaciones, la experiencia monetaria y el sector financiero, y, desde luego, la intersección con la base de recursos naturales.

    Pero es precisamente en el laboratorio de la academia donde el establishment buscará que todo siga igual, como si la crisis no existiera. La TEG seguirá siendo objeto de enseñanza (pero sin sus deficiencias), al igual que la nueva macroeconomía clásica. Como si nada. El fuerte compromiso ideológico de los economistas neoclásicos y la flojera crónica para abrir nuevas vías de investigación harán difícil el camino. El revanchismo neoliberal en la academia buscará consolidar la stasis. Para las ciencias sociales, esto conlleva un peligro mortal. Y eso no es metáfora.

    ¿Por que socialdemócratas y laboristas pierden las elecciones?

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    Gordon el desafortunado

    PAUL KRUGMAN 14/06/2009

    krugman1 Qué habría pasado si las papeletas a medio perforar y el Tribunal Supremo no le hubiesen negado a Al Gore la Casa Blanca en el año 2000? Sin duda, muchas cosas habrían sido distintas durante los ocho años siguientes.

    Pero una cosa probablemente habría sido igual: habría habido una enorme burbuja inmobiliaria, y una crisis financiera al pincharse la burbuja. Y si los demócratas hubiesen estado en el poder al llegar las malas noticias, habrían cargado con las culpas, aunque las cosas seguramente hubiesen salido igual de mal o peor con un Gobierno republicano.

    Ahora ya conocen ustedes los fundamentos de la actual situación política en el Reino Unido.

    Durante gran parte de los últimos 30 años, la política y las normativas en Londres y Washington se han movido a la par. Nosotros tuvimos a Reagan; ellos, a Thatcher. Nosotros tuvimos la Ley Garn-St. Germain de 1982, que desmanteló la regulación bancaria de la era del new deal; ellos tuvieron el Big Bang de 1986, que liberalizó el sector financiero londinense. Ambos países experimentaron una explosión de la deuda familiar y vieron cómo sus sistemas financieros se volvían cada vez más inseguros.

    En ambos países, los conservadores que impulsaron la liberalización perdieron el poder en los años noventa. En cada caso, sin embargo, los nuevos dirigentes se encapricharon con las finanzas innovadoras tanto como sus predecesores. Robert Rubin, en sus años como secretario del Tesoro, y Gordon Brown, en sus años como ministro de Hacienda, predicaron el mismo evangelio.

    Pero mientras que el movimiento conservador estadounidense -mejor organizado y mucho más implacable que su homólogo británico- se las arregló para volver a abrirse camino hasta el poder a principios de esta década, en el Reino Unido el Partido Laborista siguió gobernando durante los años de la burbuja. Brown terminó por convertirse en primer ministro. Y por eso el desastre de Bush en EE UU es equivalente al desastre de Brown en Reino Unido.

    ¿Realmente se merecen Brown y su partido que se les culpe de la crisis británica? Sí y no. Brown defendió el dogma de que el mercado sabe lo que hace, que menos regulación es más. En 2005 instaba a "confiar en la empresa responsable, el empleado dedicado y el consumidor culto", e insistía en que la regulación debería tener "no sólo una ligera influencia, sino una influencia restringida". Esas palabras bien podría haberlas dicho Alan Greenspan.

    No cabe duda de que este entusiasmo por la liberalización puso al Reino Unido al borde del precipicio. Fíjense en el ejemplo opuesto de Canadá, un país anglohablante en su mayoría, tan expuesto a la influencia cultural estadounidense como el Reino Unido, pero en el que nunca arraigó la liberalización financiera al estilo Reagan/Thatcher. Como era de esperar, los bancos canadienses han sido un pilar de estabilidad en medio de la crisis.

    Pero la cuestión es la siguiente: aunque puede que Brown y su partido merezcan ser castigados, sus rivales políticos no merecen ser recompensados.

    A fin de cuentas, ¿acaso un Gobierno conservador habría sido menos esclavo del fundamentalismo de libre mercado, o habría estado más dispuesto a refrenar las finanzas desbocadas, durante la pasada década? Desde luego que no.

    Y la respuesta de Brown a la crisis -un estallido de actividad para compensar su anterior pasividad- tiene sentido, mientras que la de sus oponentes no lo tiene.

    El Gobierno de Brown ha actuado de forma decidida para sacar a flote a los bancos con problemas. Esto posiblemente pasará una cara factura a los contribuyentes en el futuro, pero la situación financiera se ha estabilizado. Brown ha respaldado al Banco de Inglaterra, el cual, al igual que la Reserva Federal, ha tomado medidas poco convencionales para desbloquear el crédito. Y se ha mostrado dispuesto a incurrir en un gran déficit presupuestario ahora, a pesar de estar programando subidas de impuestos significativas para el futuro.

    Todo esto parece estar dando resultado. Los principales indicadores se han vuelto (ligeramente) positivos, lo que indica que el Reino Unido, cuya competitividad se ha beneficiado de la devaluación de la libra, iniciará la recuperación económica mucho antes que el resto de Europa.

    Mientras tanto, David Cameron, el líder conservador, ha tenido poco que ofrecer aparte de izar la bandera roja del pánico fiscal y exigir que el Gobierno británico se apriete el cinturón de inmediato.

    Es cierto que muchos analistas han dado la voz de alarma sobre el panorama fiscal del Reino Unido, y un organismo de calificación de riesgo ha advertido de que el país podría perder su nota de triple A (aunque los demás no están de acuerdo). Pero los mercados no parecen excesivamente preocupados: el tipo de interés de la deuda británica a largo plazo es sólo ligeramente más alto que el de la deuda alemana, que no es lo que se esperaría de un país condenado a la bancarrota. Aun así, si hoy se celebrasen elecciones, Brown y su partido sufrirían una estrepitosa derrota. Estaban en el poder cuando ocurrió el desastre, y la pelota (o, en este caso, un enorme balón) está en el tejado del número 10 de Downing Street.

    Es una perspectiva que da que pensar. Si yo formase parte del equipo económico de Obama -un equipo cuyos miembros más destacados estaban tan entusiasmados con las maravillas de las finanzas modernas como sus homólogos británicos-, estaría mirando hacia el otro lado del Atlántico y murmurando: "Así estaría yo si no hubiese sido por la vergüenza de Gore contra Bush".

    Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. © 2009 New York Times Service. Traducción de News Clips.

    EL PAIS.COM

    G. Arrighi: desarrollo capitalista, crisis económica y renovación del marxismo…

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    Entrevista al economista neomarxista Giovanni Arrighi

    "El desarrollo capitalista no se fundamenta necesariamente sobre la proletarización total"

    ARRIGHI1 David Harvey

    ddooss.org

    ¿Puedes contarnos cuáles fueron tus orígenes familiares y tu educación?

    Nací en Milán en 1937. La familia de mi madre era de origen burgués. Mi abuelo, hijo de inmigrantes suizos asentados en Italia, había ascendido desde la filas de la aristocracia obrera llegando a establecer a principios del siglo XX sus propias fábricas de producción de maquinaria textil, para posteriormente pasar a fabricar equipos de calefacción y de aire acondicionado.

    Mi padre, nacido en Toscana, era hijo de un trabajador ferroviario. Llegó a Milán y encontró trabajo en la fábrica de mi abuelo materno para acabar casándose con la hija del jefe. Se produjeron tensiones, que finalmente provocaron que mi padre estableciese su propio negocio en competencia con su suegro. Ambos, sin embargo, compartían sentimientos antifascistas, lo cual influenció en gran medida mis primeros años de infancia, dominados como lo estuvieron por la guerra: la ocupación nazi del norte de Italia tras la rendición de Roma en 1943, la Resistencia y la llegada de las tropas aliadas.

    Mi padre murió de improviso en un accidente de coche cuando yo tenía dieciocho años. Decidí mantener su compañía en funcionamiento, contra el consejo de mi abuelo, y entré en la Università Bocconi para estudiar económicas, con la esperanza de que ello me ayudaría a gestionar la empresa.

    El Departamento de Teoría Económica era un baluarte del pensamiento neoclásico sin relación alguna con el keynesianismo, y de ninguna ayuda para llevar las riendas de la empresa de mi padre. Finalmente me convencí de que tendría que cerrarla. Tras ello invertí dos años trabajando en una de las empresas de mi abuelo recopilando datos sobre la organización del proceso de producción. El estudio me convenció de que los elegantes modelos de la economía neoclásica eran irrelevantes para comprender la producción y la distribución de la renta, lo cual se convirtió en el zócalo de mi tesina. A continuación fui nombrado assistente volontario, esto es, asistente no retribuido de mi profesor, que en aquellos días era el primer escalón del organigrama de las universidades italianas. Para ganarme la vida conseguí un trabajo en Unilever, como responsable de gestión.

    ¿Qué pasó para que fueras a África en 1963 para trabajar en la University College de Rhodesia y Nyasaland?

    Lo que ocurrió fue muy simple. Supe que las universidades inglesas estaban pagando gente para enseñar e investigar, a diferencia de lo que sucedía en Italia en donde tenías que pasar cuatro o cinco años como asistente voluntario antes de tener esperanza alguna de obtener un trabajo retribuido. A principios de la década de 1960, los británicos estaban estableciendo universidades a lo largo de todo su antiguo imperio colonial, como colleges de las universidades británicas. La UCRN era un college de la Universidad de Londres. Me presenté a dos puestos, uno en Rhodesia y otro en Singapur. Me llamaron para hacerme una entrevista en Londres y dado que la UCRN se mostró interesada, me ofrecieron un trabajo como docente de economía. Y me fui para allá.

    Fue un verdadero renacimiento intelectual. La tradición neoclásica modelada matemáticamente en la que me había formado no tenía nada que decir sobre los procesos que estaba observando en Rhodesia o sobre las realidades de la vida africana. En la UCRN trabajé junto a antropólogos, en particular con Clyde Mitchell, quien ya estaba investigando sobre análisis en red, y con Jaap van Velsen, que estaba introduciendo el análisis situacional, reconceptualizado más tarde como análisis de estudios de caso. Asistí a sus seminarios regularmente y ambos me influyeron enormemente. Poco a poco, abandoné los modelos abstractos en pro de una teoría de la antropología social empírica e históricamente fundada. Comencé mi larga marcha desde la teoría económica neoclásica a la sociología histórico-comparativa.

    Este fue el contexto en el que escribiste tu ensayo «The Political Economy of Rhodesia», que analizaba las formas de desarrollo de la clase capitalista en este país y sus contradicciones específicas, al tiempo que explicaba las dinámicas que condujeron a la victoria en 1962 del Rhodesian Front Party, animado por los colonos, y a la Declaración Unilateral de Independencia de 1965 por parte de Smith. ¿Cuál fue el impulso inicial subyacente al ensayo y cuál es para ti retrospectivamente su importancia?

    «The Political Economy of Rhodesia» fue escrito a instancias de Van Velsen, que criticaba sin descanso mi uso de los modelos matemáticos. Yo había escrito una recensión del libro de Colin Leys European Politics in Southern Rhodesia y Van Velsen me sugirió que la convirtiese en una artículo largo.

    Aquí y en «Labor Supplies in Historical Perspective» analicé los modos mediante los que la total proletarización del campesinado de Rhodesia creaba contradicciones para la acumulación de capital, produciendo de hecho a la postre más problemas que ventajas para el sector capitalista 1. En la medida en que la proletarización era parcial hacía posible que los campesinos africanos subsidiaran la acumulación de capital, porque producían parte de su subsistencia; pero cuanto más se proletarizaba al campesinado, más se descomponían estos mecanismos. El trabajo totalmente proletarizado podía ser explotado únicamente si se le pagaba un salario que le permitiera reproducir su vida. Así, pues, en lugar de facilitar la explotación del trabajo, la proletarización la hacía más difícil, exigiendo con frecuencia un régimen que debía hacerse paulatinamente más represivo. Martin Legassick y Harold Wolpe, por ejemplo, mantenían que el apartheid sudafricano respondía fundamentalmente al hecho de que el régimen tenía que optar por una mayor represión de la fuerza de trabajo africana porque ésta estaba totalmente proletarizada y no podía subsidiar por más tiempo la acumulación de capital como había hecho en el pasado.

    El conjunto de la región meridional de África –que abarca desde Sudáfrica y Botsuana, pasando por la antigua Rhodesia, Mozambique y Malawi, que se denominaba entonces Nyasaland, hasta llegar a Kenia como su espolón nororiental– se caracterizaba por su riqueza mineral, su agricultura de colonos y una extrema desposesión del campesinado. Es muy diferente del resto de África, incluido el norte. Las economía de África occidental se basaban fundamentalmente en el campesinado, pero la región meridional –la que Samir Amin denomina «el África de las reservas de trabajo»– era en muchos aspectos un paradigma de extrema desposesión campesina y por consiguiente de proletarización. Varios de nosotros estábamos señalando que este proceso de extrema desposesión era contradictorio, ya que habiendo creado inicialmente las condiciones para que el campesinado subsidiase la agricultura, la industria minera, la actividad manufacturera, etc. capitalistas, comenzaba, sin embargo, a provocar cada vez más dificultades a la hora de explotar, movilizar y controlar el proletariado que estaba generando. El trabajo que hicimos entonces –mi «Labour Supplies in Historical Perspective» y los trabajos relacionados de Legassick y Wolpe– estableció lo que llegó a ser conocido como el Southern African Paradigm sobre los límites de la proletarización y la desposesión.

    Contrariamente a lo afirmado por aquellos que todavía identifican desarrollo capitalista con proletarización tout court –Robert Brenner, por ejemplo– la experiencia de África meridional mostró que la proletarización, en y por sí misma, no favorece el desarrollo capitalista, cuando no se hallan presentes el resto de circunstancias requeridas. Respecto a Rhodesia, identifiqué tres estadios de proletarización, siendo tan solo uno de ellos favorable a la acumulación capitalista. En el primer estadio, los campesinos respondían al desarrollo rural capitalista ofertando productos agrícolas y suministrando trabajo únicamente a cambio de salarios elevados, caracterizándose por lo tanto la totalidad del área por la escasez de éste, porque nada más que comenzaba a funcionar una explotación agrícola o minera capitalista ello creaba una demanda de productos locales que los campesinos africanos estaban más que dispuestos a suministrar, lo cual les permitía participar en la economía monetaria mediante la venta de sus productos en vez de mediante la venta de su trabajo. Un objetivo del apoyo estatal a la agricultura de colonos era inducir la competencia entre los campesinos africanos, de modo que se vieran forzados a suministrar trabajo en vez de productos, lo cual condujo a un dilatadísimo proceso que pasó de la proletarización parcial a la total, si bien, como hemos mencionado, este proceso fue también contradictorio. El problema con el modelo simple de «proletarización como desarrollo capitalista» es que ignora no sólo las realidades del capitalismo de colonos de África meridional, sino también otros muchos casos, como por ejemplo el de Estados Unidos, que se caracterizó por una pauta totalmente diferente: una combinación de esclavitud, genocidio de la población nativa e inmigración de trabajo excedente procedente de Europa.

    Tú fuiste uno de los nueve docentes arrestados en la UCRN por actividades políticas durante la represión desencadenada por el gobierno de Smith en julio de 1966, ¿no es así? Sí, fuimos encarcelados durante una semana y después deportados. Te fuiste a Dar es Salaam, que parecía entonces, por muchas razones, una especie de paraíso de interacciones intelectuales. ¿Puedes hablarnos de ese periodo y del trabajo que allí realizaste con John Saul?

    Fue un periodo muy excitante, tanto intelectual como políticamente. Cuando llegué a Dar es Salaam en 1966, Tanzania era un país independiente desde hacía tan solo unos años. Nyerere defendía lo que él consideraba que era una forma de socialismo africano. Logró mantenerse equidistante de ambos lados durante la escisión chino-soviética y mantuvo muy buenas relaciones con los escandinavos. Dar es Salaam se convirtió en la encrucijada de todos los movimientos de liberación nacional exiliados de África meridional: de las colonias portuguesas, Rhodesia y Sudáfrica. Pasé allí tres años en la Universidad y encontré todo tipo de gente: desde activistas del movimiento Black Power estadounidense a académicos e intelectuales como Immanuel Wallerstein, David Apter, Walter Rodney, Roger Murray, Sol Picciotto, Catherine Hoskins, Jim Mellon, que después sería unos de los fundadores de los Weathermen, Luisa Passerini, que estaba realizando una investigación sobre el FRELIMO, y muchos otros, incluyendo, por supuesto, a John Saul.

    En Dar es Salaam, trabajando con John, cambié el objeto de mis investigaciones pasando de los procesos de oferta de fuerza de trabajo al problema de los movimientos de liberación nacional y los nuevos regímenes que estaban emergiendo de la descolonización. Ambos éramos escépticos sobre la capacidad de estos regímenes de emanciparse por sí mismos de lo que comenzaba a denominarse por entonces neocolonialismo y de cumplir sus promesas de desarrollo económico. Pero había también una diferencia entre nosotros, que creo que ha persistido hasta el día de hoy, consistente en que yo me mostraba mucho menos emocionalmente afectado por este hecho que John. Para mí, estos movimientos eran movimientos de liberación nacional; no eran en modo alguno movimientos socialistas aun cuando abrazasen la retórica del socialismo. Eran regímenes populistas y, por consiguiente, yo no esperaba mucho más allá de la liberación nacional, que ambos consideramos importante por sí misma. Pero si había posibilidades para que se produjeran desarrollos políticos que transcendieran este cuadro es algo que John y yo todavía discutimos, afablemente, siempre que nos encontramos. Los ensayos que escribimos juntos, sin embargo, fueron la crítica sobre la que estábamos de acuerdo.

    Cuándo volviste a Europa, ¿encontraste un mundo muy distinto al que habías dejado seis años antes?

    Sí. Regreso a Italia en 1969 y me veo inmerso inmediatamente en dos situaciones peculiares. Una fue en la Universidad de Trento donde me habían ofrecido un puesto docente. Trento era el principal centro de militancia estudiantil y la única universidad en Italia que ofrecía doctorados en sociología en aquellos momentos. Mi nombramiento fue apoyado por el comité directivo de la universidad formado por el democratacristiano Nino Andreatta, por el socialista liberal Noberto Bobbio y por Francesco Alberoni; la decisión pretendía calmar al movimiento estudiantil contratando a un radical. En el primer seminario que di tuve solo cuatro o cinco estudiantes; pero en el primer cuatrimestre, tras publicarse mi libro sobre África en el verano de 1969, tuve casi 1.000 estudiantes intentando entrar en el aula 2. Mi curso se convirtió en un gran acontecimiento en Trento, llegando incluso a producir un conflicto en Lotta Continua: la facción de Boato quería que los estudiantes acudieran a clase para que oyeran una crítica radical de las teorías del desarrollo, mientras que la de Rostagno intentaba interrumpir las lecciones tirando piedras al aula desde el patio.

    La segunda situación en la que me veo inmerso se produce en Turín con la participación de Luisa Passerini, que era una prominente propagadora de los escritos situacionistas, y que tenía por consiguiente una gran influencia sobre los cuadros de Lotta Continua que coqueteaban con el situacionismo.

    Estaba yendo de Trento a Turín a través de Milán, que era como ir desde el centro del movimiento estudiantil al centro del movimiento obrero. Me sentí atraído y al mismo tiempo molesto por determinados aspectos de este movimiento, particularmente por su rechazo de la «política». En algunas asambleas, trabajadores realmente militantes se levantaban y decían «¡basta ya de política! La política nos está llevando en la dirección equivocada. Necesitamos unidad». Para mí, fue como un shock, viniendo de África, descubrir que los sindicatos comunistas eran considerados reaccionarios y represivos por los trabajadores en lucha y eso que había una buena parte de verdad en esto. La reacción contra los sindicatos del PCI se convirtió en una reacción contra los sindicatos. Grupos como Potere Operario y Lotta Continua se erigieron ellos mismos como alternativas, tanto a los sindicatos como a los partidos de masas. Con Romano Madera, que entonces era un estudiante, pero también un cuadro político y un gramsciano –una rareza en la izquierda extraparlamentaria– comenzamos a desarrollar la idea de encontrar una estrategia gramsciana que sirviera para el movimiento.

    De ahí emergió por primera vez la idea de autonomía, la idea de autonomía intelectual de la clase obrera. La creación de este concepto se atribuye ahora habitualmente a Antonio Negri, pero de hecho se originó en la interpretación de Gramsci que nosotros desarrollamos a principios de la década de 1970 en el Grupo Gramsci, cofundado por Madera, Passerini y yo mismo. Consideramos que nuestra principal contribución al movimiento no consistía en proporcionar un sustituto a los sindicatos o los partidos, sino en ayudar como estudiantes e intelectuales a las vanguardias obreras a desarrollar su propia autonomía –autonomia operaia– mediante una comprensión de los procesos generales, tanto nacionales como globales, en los que sus luchas tenían lugar. En términos gramscianos, esto se concibió como la formación de intelectuales orgánicos de la clase obrera en lucha, para lo cual creamos los Colletivi Politici Operai, que llegaron a ser conocidos como el Area dell’Autonomia. Cuando estos colectivos desarrollaran su propia práctica autónoma, el Grupo Gramsci dejaría de tener una función y podría disolverse. Cuando realmente se disolvió, Negri entró en escena y llevó a los Colletivi Politici Operai y al Area dell’Autonomia en una dirección arriesgada que estaba muy alejada de lo que originalmente pretendía el proyecto inicial.

    ¿Extrajiste lecciones comunes de las luchas de liberación nacional africanas y de las luchas obreras que se estaban produciendo en Italia?

    Las dos experiencias tenían en común el hecho de que en ambas mantenía muy buenas relaciones con los movimientos globalmente considerados, los cuales querían saber con qué fundamento yo estaba participando en su lucha. Mi posición era: «Yo no voy a deciros qué hacer, porque vosotros conocéis la situación mucho mejor que yo la conoceré nunca. Pero yo estoy mejor situado para comprender el contexto general en el que se desarrollan las luchas, así que nuestro intercambio tiene que basarse en el hecho de que vosotros me contáis cuál es vuestra situación y yo os cuento como se relaciona con el contexto más amplio que vosotros no podéis ver o que veis tan solo parcialmente, desde donde vosotros operáis». Esa fue siempre la base de excelentes relaciones, tanto con los movimientos de liberación en África meridional como con los trabajadores italianos.

    El artículo sobre la crisis capitalista surgió de un intercambio de este tipo, en 1973. A los trabajadores se les decía: «Ahora se está produciendo una crisis económica, tenemos que mantener la calma. Si luchamos, los trabajos de la fábrica se irán a otro sitio». Así que los trabajadores nos preguntaban: «¿Estamos en crisis? Y si es así, ¿cuáles son las implicaciones de ello? ¿Debemos estarnos quietos ahora por esta razón?». Los artículos que constituyeron «Towards a Theory of Capitalist Crisis» fueron escritos en esta particular problemática, definida por los propios trabajadores, que nos decían: «Informadnos sobre el mundo exterior y sobre lo que tenemos que esperar». El punto de partida de los artículos era «mirad, las crisis ocurren con independencia de que luchéis o no; no son un producto de la militancia de los trabajadores o de los “errores” de la gestión económica, sino elementos fundamentales del funcionamiento de la propia acumulación de capital». Esa fue la orientación inicial. El artículo fue escrito en el inicio mismo de la crisis, antes de que ésta fuera ampliamente reconocida; fue importante como marco de referencia, un marco que he utilizado a lo largo de los años para verificar lo que estaba sucediendo y desde ese punto de vista han funcionado realmente bien.

    Volveremos a la teoría de las crisis capitalistas, pero primero quería preguntarte sobre tu trabajo en Calabria. En 1973, justo cuando el movimiento estaba empezando a refluir, aceptaste la oferta de enseñar en Cosenza.

    Una de las atracciones de ir a Calabria, para mí, fue continuar en una nueva ubicación mi investigación sobre los procesos de oferta de trabajo. Ya había visto en Rhodesia cómo la proletarización total de los africanos –o, dicho más exactamente, cuando éstos llegaban a la conclusión de que lo habían sido totalmente– conducía a luchas que reclamaban un salario que les permitiese reproducirse en las áreas urbanas. En otras palabras, la ficción de que «somos varones solteros, nuestras familias siguen viviendo en comunidades campesinas en las zonas rurales» no puede mantenerse una vez que ellos viven en las ciudades. Yo había señalado esto en «Labour Supplies in Historical Perspective», lo cual llegó a perfilarse más nítidamente en Italia porque aquí me enfrentaba a un enigma: los migrantes del sur eran llevados a las regiones industriales del norte como esquiroles durante la década de 1950 y principios de la de 1960, pero a lo largo de ésta y sobre todo al final de la misma se transformaron en las vanguardias de la lucha de clases, lo cual constituye una experiencia típica de los migrantes. Cuando formé un grupo de investigación en Calabria, propuse la lectura de los antropólogos sociales sobre África, particularmente sobre migración, y a continuación efectuamos un análisis de los procesos de oferta de fuerza de trabajo procedente de Calabria. Las cuestiones planteadas eran las siguientes: ¿qué estaba creando las condiciones para que se produjese esta migración? y ¿cuáles eran sus límites, dado que en un cierto punto en lugar de crear una fuerza de trabajo dócil que podía ser utilizada para socavar el poder negociador de la clase obrera septentrional, los propios migrantes se convertirían en la vanguardia militante?

    De la investigación emergieron dos cosas. En primer lugar, el desarrollo capitalista no se fundamenta necesariamente sobre la proletarización total.

    Por un lado, la migración obrera de larga distancia se estaba produciendo desde lugares en los que no estaba teniendo lugar desposesión alguna, en dónde había incluso posibilidades para que los migrantes comprasen tierra de los terratenientes, lo cual se hallaba interrelacionado con el sistema local de primogenitura mediante el cual el primogénito heredaba la tierra. Tradicionalmente, los hijos menores terminaban entrando en la Iglesia o en el ejército, hasta que la migración de larga distancia a gran escala ofreció una alternativa cada vez más importante de ganar el dinero necesario para comprar tierra y volver a casa para establecer sus propias explotaciones agrícolas. Por otro lado, en las áreas realmente pobres, en las que el trabajo se hallaba totalmente proletarizado, esos hijos menores no podían permitirse en absoluto el lujo de emigrar. El único modo en el que pudieron hacerlo fue, por ejemplo, cuando los brasileños abolieron la esclavitud en 1888 y necesitaron una fuerza de trabajo barata sustitutiva para lo cual reclutaron trabajadores de estas áreas profundamente empobrecidas del sur Italia, pagaron sus pasajes y los establecieron en Brasil para reemplazar a los esclavos emancipados. Se trata de pautas de migración muy diferentes, pero en general no es el muy pobre el que migra porque es necesario tener determinados recursos y conexiones para hacerlo.

    La segunda conclusión de la investigación calabresa presentaba similitudes con los resultados de la investigación sobre África. Aquí también la disposición de los migrantes a involucrarse en las luchas obreras en los lugares a los que se desplazaban, dependía de si las condiciones en los mismos se consideraban permanentes a la hora de determinar sus oportunidades de vida. No basta con decir que la situación de las áreas de procedencia de los flujos migratorios determina cuáles serán los salarios y las condiciones en las que los migrantes trabajarán. Hay que indicar en qué momento los migrantes perciben que están obteniendo el grueso de sus medios de subsistencia del empleo asalariado: este punto de inflexión puede detectarse y verificarse su evolución. Pero el punto esencial que descubrimos fue un tipo de crítica diferente de la idea de proletarización como el proceso típico de desarrollo capitalista.

    La primera versión escrita de esta investigación fue robada de un coche en Roma, de modo que la versión definitiva se escribió en Estados Unidos muchos años después de que te trasladaras a Binghamton en 1979, en donde se está desarrollando el análisis de los sistemas-mundo. ¿Fue ésta la primera vez en la que te posicionaste explícitamente sobre la relación existente entre proletarización y desarrollo capitalista respecto a las opiniones mantenidas por Wallerstein y Brenner?

    Sí, aunque no fui lo suficientemente explícito al respecto, si bien mencioné tanto a Wallerstein como a Brenner de pasada, siendo el conjunto del trabajo no obstante una crítica de ambos 4. Wallerstein mantiene la teoría de que las relaciones de producción son determinadas por su posición en la estructura centro-periferia de la economía-mundo capitalista. En su opinión, en la periferia tendemos a encontrar relaciones de producción que son coercitivas; no encontramos una proletarización total, que es la situación que tenemos en el centro. Brenner mantiene, en algunos aspectos, la opinión opuesta, pero en otros sentidos es muy similar: que las relaciones de producción determinan la posición en la estructura centro-periferia.

    En ambos casos, encontramos una relación particular entre la posición en la relación centro-periferia y las relaciones de producción. La investigación calabresa mostró que éste no era el caso. Ahí, en el seno de la misma ubicación periférica, encontramos tres sendas diferentes desarrollándose y reforzándose simultánea y recíprocamente. Además, las tres sendas se asemejaban poderosamente a la evolución que había caracterizado, históricamente, diferentes ubicaciones del centro de la economía-mundo capitalista.

    Una es muy similar a la vía del junker que presentaba Lenin: latifundio con total proletarización; otra se asemeja a la vía «estadounidense» de Lenin, de pequeñas y medianas explotaciones, insertas en el mercado. Lenin no presenta la tercera, que nosotros denominamos vía suiza: migración de larga distancia y después inversión y retención de la propiedad cuando se vuelve a casa. En Suiza, no existe desposesión del campesinado, sino por el contrario una tradición de migración de larga distancia que conduce a la consolidación de la pequeña explotación agrícola. Lo interesante sobre Calabria es que estas tres vías, que en otros sitios se hallan asociadas con un posición en el centro, se encuentran aquí en la periferia, lo cual constituye una crítica tanto del proceso uniforme de proletarización postulado por Brenner como de la remisión de las relaciones de producción a la posición en la estructura centro/periferia mantenida por Wallerstein.

    Tu libro La geometria dello’imperialismo apareció en 1978, antes de que te fueses a Estados Unidos. Releyéndolo, me sorprendió la metáfora matemática –la geometría– que utilizas para comprender la teoría del imperialismo de Hobson, y que desempeña una función muy útil. Pero en su interior, se plantea una interesante cuestión geográfica: cuando pones en relación a Hobson con el capitalismo, la noción de hegemonía emerge repentinamente bajo la forma de un cambio que va de la geometría a la geografía y que surge de las tesis que planteas en el libro. ¿Cuál fue el impulso inicial que te llevo a escribir La geometria dell’imperialismo y cuál es su importancia para ti?

    Me desconcertaban, en ese momento, las confusiones terminológicas que giraban en torno al término «imperialismo». Mi objetivo era disipar parte de esa confusión creando un espacio topológico en el que los diferentes conceptos, que con frecuencia se denominaban todos ellos confusamente como «imperialismo», pudieran distinguirse entre sí. Pero como un ejercicio sobre el imperialismo, sí, también funcionaba para mí como una transición al concepto de hegemonía. Me extendí sobre este aspecto explícitamente en el «Posfacio» a la segunda edición de La geometria dell’imperialismo, en el que sostenía que el concepto gramsciano de hegemonía podía ser más útil que el de «imperialismo» para analizar las dinámicas del sistema interestatal contemporáneo. Desde este punto de vista, lo que yo –y otros– hacíamos era simplemente aplicar la noción de hegemonía gramsciana a las relaciones interestatales, cuando se había aplicado originalmente antes de Gramsci al análisis de las relaciones de clase en el seno de una jurisdicción política nacional. Al hacerlo, por supuesto, Gramsci enriquecía el concepto de innumerables modos que no habían sido perceptibles anteriormente. Nuestra reexportación del mismo a la esfera internacional se benefició enormemente de este enriquecimiento.

    Una influencia central en The Long Twentieth Century 5, publicado en 1994, es Braudel. Tras haber absorbido sus enseñanzas, ¿tienes alguna crítica importante que hacerle?

    La crítica es realmente fácil. Braudel es una fuente increíblemente rica de información sobre los mercados y el capitalismo, pero carece de un marco teorético. O dicho más precisamente, como señaló Charles Tilly, Braudel es tan ecléctico que tiene innumerables teorías parciales, la suma de las cuales no es una teoría. Tú no puedes simplemente apoyarte en Braudel; tienes que aproximarte a él con una idea clara de lo que estás buscando y de lo que quieres extraer de él. Un aspecto sobre el me concentré, que diferencia a Braudel de Wallerstein y del resto de analistas de los sistemas-mundo –por no hablar de historiadores económicos más tradicionales, marxistas o no– es la idea de que el sistema de Estados nacionales, tal y como emergió en los siglos XVI y XVII, fue precedido por un sistema de ciudades-Estado; y que los orígenes del capitalismo han de buscarse ahí, en las ciudades-Estado. Ésta es una característica específica de Occidente, o de Europa, en comparación con otras partes del mundo.

    Pero es fácil perderse si uno se limita simplemente a seguir a Braudel, porque él te lleva en innumerables direcciones diferentes. Por ejemplo, yo tuve que extraer este punto y combinarlo con lo que estaba aprendiendo del libro de William McNeill The Pursuit of Power, que también argumenta, desde una perspectiva diferente, que un sistema de ciudades-Estado precedió y preparó la emergencia del sistema de Estados territoriales.

    Otra idea a la que tú dotas de una profundidad teórica mucho mayor, pero que sin embargo proviene de Braudel, es la noción de que la expansión financiera anuncia el otoño de un particular sistema hegemónico y precede el cambio a una nueva potencia hegemónica. ¿Esto sería una de las intuiciones fundamentales de The Long Twentieth Century?

    Sí. La idea era que las organizaciones capitalistas más importantes de una época particular también serían líderes de la expansión financiera, que siempre se produce cuando la expansión material de las fuerzas productivas alcanza sus límites. La lógica de este proceso –aunque de nuevo Braudel no la presenta– es que cuando la competencia se intensifica, la inversión en la economía material se hace cada vez más arriesgada y, por consiguiente, la preferencia por la liquidez se acentúa, lo cual crea las condiciones de oferta de la expansión financiera. La cuestión que se plantea a continuación es, por supuesto, cómo se crean las condiciones de demanda para que se produzcan expansiones financieras. A este respecto, recurrí a la idea de Weber de que la competencia interestatal por el capital en busca de inversión constituye la especificidad histórico-mundial de la era moderna.

    Esta competencia crea, en mi opinión, las condiciones de demanda para la expansión financiera. La idea de Braudel del «otoño» como fase conclusiva del proceso de liderazgo en la acumulación, que pasa de la material a la financiera, y que conduce finalmente al desplazamiento por otro líder, es crucial. Pero también lo es la idea de Marx de que el otoño de un Estado particular, que experimenta una expansión financiera, es también la primavera de otra ubicación: los excedentes que se acumulan en Venecia van a Holanda; los que se acumulan aquí van después a Inglaterra; y los que se acumulan en ésta última van a Estados Unidos. Marx nos permite, pues, complementar lo que hemos encontrado en Braudel: el otoño se convierte en primavera en otra parte, produciendo una serie de desarrollos interconectados. The Long Twentieth Century describe estos ciclos sucesivos de expansión capitalista y de poder hegemónico desde el Renacimiento hasta el momento presente.

    En tu narrativa, las fases de expansión material del capital finalmente colapsa bajo la presión de la supercompetencia dando lugar a fases de expansión financiera cuyo agotamiento precipita a continuación un periodo de caos interestatal que se resuelve mediante la emergencia de una nueva potencia hegemónica capaz de restaurar el orden global y de reiniciar de nuevo el ciclo de expansión material soportado por un nuevo bloque social. Tales potencias hegemónicas han sido sucesivamente Génova, los Países Bajos, Gran Bretaña y Estados Unidos. ¿En qué medida consideras su surgimiento puntual, momento en el que cada una de ellas concluye un periodo precedente de desorden y conflictos, como un conjunto de contingencias?

    ¡Buena y difícil pregunta! Hay siempre un elemento de contingencia, pero al mismo tiempo la razón por la que estas transiciones duran tanto y atraviesan periodos de turbulencia y caos es que las propias agencias, como emergen posteriormente para organizar el sistema, experimentan un proceso de aprendizaje. Esto resulta obvio si analizamos el caso más reciente, el de Estados Unidos, que a finales del siglo XIX ya presentaba determinadas características que lo convertían en posible sucesor de Gran Bretaña como líder hegemónico, pero que necesitó más de medio siglo, dos guerras mundiales y una depresión catastrófica antes de desarrollar tanto las estructuras como las ideas que después de la Segunda Guerra Mundial le permitieron convertirse en una potencia verdaderamente hegemónica. ¿Fue el desarrollo de Estados Unidos como poder hegemónico potencial en el siglo XIX estrictamente una contingencia o hay algo más? No lo sé. Claramente, hubo un aspecto geográfico contingente, dado que Norteamérica tenía una configuración espacial diferente de la de Europa, que le permitió formar un Estado que no podía haberse creado en esta última, excepto en su flanco oriental, en el que Rusia también se estaba expandiendo territorialmente; pero hubo también un elemento sistémico: Gran Bretaña creó un sistema de crédito internacional que, después de determinado momento, favoreció la formación de Estados Unidos de modos específicos.

    Ciertamente, si Estados Unidos no hubiera existido con su particular configuración geográfica a finales del siglo XIX, la historia habría sido muy diferente.

    ¿Cual habría sido la potencia hegemónica? Tan solo podemos hacer conjeturas. Pero existía Estados Unidos, que estaba creciendo en múltiples aspectos a partir de la tradición de Holanda y Gran Bretaña. Génova era un poco diferente: no digo en ningún momento que fuera hegemónica; se hallaba más próxima al tipo de organización financiera transnacional que se produce en las diásporas, incluida la diáspora china contemporánea, pero nunca fue hegemónica en el sentido gramsciano en el que lo fueron Holanda, Gran Bretaña y Estados Unidos. La geografía cuenta muchísimo; pero aunque éstas son tres potencias hegemónicas espacialmente muy diferentes, cada una de ellas creció a partir de características organizacionales aprendidas de la anterior. Gran Bretaña tomó prestados un gran número de elementos de Holanda y Estados Unidos hizo lo propio respecto a la potencia británica; se trata de un conjunto interrelacionado de Estados y en su sucesión se produce un efecto bola de nieve. Así que sí, hay contingencia, pero también vínculos sistémicos.

    The Long Twentieth Century no se ocupa de las vicisitudes del movimiento obrero. ¿Lo omitiste porque lo considerabas entonces como de menor importancia o porque la arquitectura del libro –su subtítulo es Dinero y poder en los orígenes de nuestra época– era ya tan amplia y compleja que pensaste que incluir el movimiento la iba a sobrecargar demasiado?

    Por la segunda razón. The Long Twentieth Century originalmente iba a ser coescrito con Beverly Silver –a quien encontré en Binghamton– e iba a tener tres partes. Una trataba sobre las hegemonías, que ahora constituye el primer capítulo del libro. La segunda debía abordar el capital: la organización del capital, la empresa; básicamente la competencia. La tercera parte iba a analizar la cuestión del trabajo: relaciones trabajo y capital y los movimientos obreros. Pero el descubrimiento de la financiarización como una pauta recurrente del capitalismo histórico puso patas arriba todo el proyecto y me forzó a retroceder en el tiempo, lo cual yo nunca quise hacer, porque el libro supuestamente iba a versar sobre el «largo siglo XX», entendiendo por tal el periodo comprendido desde la Gran Depresión de la década de 1870 hasta el presente. Cuando descubrí el paradigma de la financiarización quedé totalmente fuera de combate y The Long Twentieth Century se convirtió básicamente en un libro sobre el papel del capital financiero en el desarrollo histórico del capitalismo desde el siglo XIV. Así que Beverly se hizo cargo del análisis sobre el trabajo en su libro Forces of Labour, que apareció en 2003 6.

    Sí, Chaos and Governance in the Modern World System incluye capítulos sobre la geopolítica, la empresa, el conflicto social, etc., lo cual indica que el proyecto original nunca fue abandonado 7. Pero ciertamente no se añadió a The Long Twentieth Century porque no podía concentrarme en la recurrencia cíclica de las expansiones financieras y materiales y al mismo tiempo ocuparme del trabajo. Una vez que cambias el objeto de análisis a la hora de definir el capitalismo y optas por estudiarlo a partir de una sucesión de expansiones materiales y financieras, se hace muy difícil volver a reintroducir el trabajo. No solo se trata de un asunto enorme a la hora de abordarlo, sino que también se produce una variación considerable a lo largo del tiempo y del espacio en la relación entre capital y trabajo.

    En primer lugar, como señalamos en Chaos and Governance in the Modern World System, se produce una aceleración de la historia social. Cuando tú comparas las transiciones de un régimen de acumulación a otro, te das cuenta de que en la transición de la hegemonía holandesa a la británica en el siglo XVIII, el conflicto social llega tarde respecto a las expansiones financieras y las guerras. En la transición de la hegemonía británica a la estadounidense a principios del siglo XX, la explosión del conflicto social fue más o menos simultánea al despegue de la expansión financiera y las guerras. En la transición actual –hacia un destino desconocido– la explosión del conflicto social a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970 precedió a la expansión financiera y se produjo sin guerras entre las potencias más importantes.

    En otras palabras, si analizamos la primera mitad del siglo XX, las mayores luchas de los trabajadores se produjeron en la víspera de las guerras mundiales y después de las mismas. Este era el fundamento de la teoría de la revolución de Lenin: que las rivalidades intercapitalistas convertidas en guerras crearían las condiciones favorables para la revolución, que es algo que puede observarse empíricamente hasta la Segunda Guerra Mundial. En cierto sentido, puede sostenerse que en la transición actual la aceleración del conflicto social ha impedido que los Estados capitalistas libren guerras entre sí. Así, pues, para volver a tu pregunta, en The Long Twentieth Century opté por concentrarme en analizar exhaustivamente las expansiones financieras, los ciclos sistémicos de acumulación de capital y las hegemonías mundiales, mientras que en Chaos and Governance in the Modern World System volvimos al problema de las interrelaciones entre el conflicto social, las expansiones financieras y las transiciones hegemónicas.

    En su discusión de la acumulación primitiva Marx escribe sobre la deuda nacional, el sistema crediticio y la bancocracia –en cierto sentido, la integración entre finanzas y Estado se ha producido durante la acumulación primitiva– como algo absolutamente crítico para el modo en que evoluciona el sistema capitalista. Pero el análisis de El capital no aborda el sistema crediticio hasta el volumen III, porque Marx no quiere ocuparse del interés, aunque el sistema crediticio resulte crucial para la centralización del capital, para la organización del capital fijo, etc. Esto plantea la cuestión de cómo funciona realmente la lucha de clases en torno al nexo finanzas-Estado, que desempeña el papel vital que estás comentando. Parece existir un vacío en el análisis de Marx: por un lado, dice que la dinámica importante es la existente entre el capital y el trabajo; por otro, el trabajo no parece que sea crucial para los procesos de los que estás hablando, esto es, transferencias de hegemonía, saltos de escalas. Es comprensible que fuera realmente difícil integrar en la narrativa de The Long Twentieth Century el trabajo, porque en un sentido la relación capital-trabajo no es central para ese aspecto de la dinámica capitalista. ¿Estarías de acuerdo con ello?

    Sí, estoy de acuerdo, pero con una cualificación: el fenómeno que he mencionado de la aceleración de la historia social. Las luchas obreras de la década de 1960 y principios de la de 1970, por ejemplo, constituyeron un factor esencial en la financiarización de finales de esta última década y principios de la de 1980 y de las formas en que evolucionó. La relación entre luchas de los trabajadores y grupos subalternos y la financiarización es algo que cambia a lo largo del tiempo y recientemente ha desarrollado características que antes no tenía. Pero si tú intentas explicar la recurrencia de las expansiones financieras no puedes concentrarte demasiado sobre el trabajo, porque entonces hablarás únicamente sobre el último ciclo; cometerás el error de tomar el trabajo como la causa de las expansiones financieras, cuando las anteriores despegaron sin la intervención de las luchas de los trabajadores o de los grupos subalternos.

    No obstante, sobre la cuestión del trabajo podríamos remontarnos a tu ensayo de 1990 sobre la remodelación del movimiento obrero mundial, «Marxist Century, American Century»8. Sostienes aquí que el análisis de Marx de la clase obrera contenido en el Manifiesto comunista es profundamente contradictorio, ya subraya simultáneamente el creciente poder colectivo del trabajo, a medida que avanza el desarrollo capitalista, y su creciente pauperización como consecuencia de la existencia de un ejército industrial activo y de un ejército industrial de reserva. Marx, señalas, pensaba que ambas tendencias se unirían en una misma masa humana, pero tú sostienes que a principios del siglo XX ambas llegaron a estar espacialmente polarizadas. En Escandinavia y en el mundo anglosajón prevaleció la primera, en Rusia y más al este la segunda (Berstein comprendió la situación de la primera, Lenin de la segunda), lo cual condujo a la escisión entre las alas reformista y revolucionaria del movimiento obrero. En Europa central –Alemania, Austria, Italia–, por otro lado, sostienes, que existía un equilibrio más fluctuante entre la fuerza de trabajo activa y en reserva, lo cual condujo a los errores de Kautsky, incapaz de escoger entre reforma o revolución, que contribuyeron a la victoria del fascismo. Al final del ensayo, sugerías que una recomposición del movimiento podría estar a punto de producirse, dado que la miseria reaparecía en Occidente con el retorno de un desempleo masivo, y el poder colectivo de los trabajadores se manifestaba en el Este con el surgimiento de Solidaridad en Polonia, reuniendo quizá lo que el espacio y la historia habían dividido. ¿Cuál es tu opinión sobre tal perspectiva hoy?

    Bien, la primera cosa que hay que decir es que además de este escenario optimista desde el punto de vista de la conexión de las condiciones de la clase obrera globalmente analizada se perfilaba una consideración más pesimista en el ensayo, que apuntaba a algo que siempre he considerado un serio defecto en el Manifiesto de Marx y Engels. Hay un salto lógico que realmente no se sostiene ni intelectual ni históricamente y que es la idea de que para el capital aquellas cosas que hoy denominaríamos género, etnicidad, nacionalidad, no importan, que la única cosa que le importa es la posibilidad de explotación y que, por lo tanto, el grupo de estatus más explotable presente en el seno de la clase trabajadora es el único que empleará sin ninguna discriminación en términos de raza, género o etnicidad.

    Eso es ciertamente cierto, pero de ello no se desprende que los diversos grupos de estatus presentes en la clase obrera aceptarán esto tal cual. De hecho es precisamente en el momento en que la proletarización se generaliza y los trabajadores se hallan sujetos a esta disposición del capital, cuando movilizan toda diferencia de estatus que pueden identificar o construir para ganar un tratamiento privilegiado por parte de los capitalistas. Los trabajadores se movilizarán a partir de líneas de género, nacionales, étnicas o de cualquier otro tipo para obtener un tratamiento privilegiado del capital.

    «Marxist Century, American Century» no es tan optimista como podría parecer, porque señala esta tendencia interna de la clase trabajadora a acentuar las diferencias de estatus para protegerse a sí misma de la predisposición del capital a tratar al trabajo como una masa indiferenciada que sería empleada únicamente en la medida en que le permite obtener beneficios. Así, pues, el artículo finalizaba con una nota optimista –existe una tendencia hacia la igualación–, pero al mismo tiempo es de esperar que los trabajadores luchen para protegerse a sí mismos mediante la formación o consolidación de grupos de estatus contra esa misma tendencia.

    ¿Significa esto que la diferenciación entre el ejército industrial activo y el ejército industrial de reserva también tiende a hallarse divida por el estatus, racializado si lo prefieres?

    Depende. Si observamos el proceso globalmente –en cuyo caso el ejército industrial de reserva no se halla constituido únicamente por los desempleados, sino también por los encubiertamente desempleados y por los excluidos– entonces definitivamente existe una división de estatus entre los dos.

    La nacionalidad ha sido utilizada por segmentos de la clase obrera pertenecientes al ejército industrial activo para diferenciarse del ejército de reserva global. A escala nacional, esto es menos claro. Si pensamos en Estados Unidos o en Europa, es mucho menos evidente que exista realmente una diferencia de estatus entre la fuerza de trabajo activa y la de reserva, pero si incluimos a los migrantes que actualmente están llegando desde países que son mucho más pobres, comprobamos que los sentimientos antiinmigración, que son una manifestación de esta tendencia a crear distinciones de estatus en el seno de la clase trabajadora, han crecido. Resulta, pues, un cuadro muy complicado, particularmente si observamos los flujos de migración transnacional y atendemos al hecho de que el ejército industrial de reserva se halla fundamentalmente concentrado en el Sur global y no en el Norte.

    En tu artículo de 1991 «World Income Inequalities and the Future of Socialism » tú mostrabas una extraordinaria estabilidad de la jerarquía de la riqueza regional durante el siglo XX, esto es, el grado en que la diferencia en la renta per capita entre el Norte/Occidente situado en el centro de la economía-mundo capitalista y el Sur/Este situado en la semiperiferia y la periferia ha permanecido inmutado, o en realidad se ha intensificado, tras medio siglo de desarrollismo9. El comunismo, señalabas, no había logrado colmar esta diferencia en Rusia, Europa oriental o China, aunque no lo había hecho peor en este sentido que el capitalismo en América Latina, Asia sudoriental o África y en otros aspectos –una distribución más igualitaria de la renta en la sociedad y una mayor independencia del Estado del centro constituido por el Norte/Occidente– lo había hecho significativamente mejor. Dos décadas después, China ha roto obviamente la pauta que tú describías entonces. ¿En qué medida te sorprendió o no esto?

    Ante todo, no debemos exagerar en qué grado China ha roto la pauta. El nivel de renta per capita en China era tan bajo –y todavía es bajo comparado con los países ricos– que incluso los avances importantes tienen que ser cualificados. China ha doblado su posición relativa respecto al mundo rico, pero todavía eso solo significa pasar del 2 por 100 de la media de la renta per capita de los países ricos al 4 por 100. Es cierto que China ha sido decisiva a la hora de reducir las desigualdades de renta mundial entre países. Si prescindimos de China, la posición del Sur ha empeorado desde la década de 1980; si la mantenemos, entonces el Sur ha mejorado algo, debido casi exclusivamente al avance de este país. Pero, por supuesto, se ha producido un enorme crecimiento de la desigualdad en el interior de la RPCh , de modo que China ha contribuido también al incremento de las desigualdades en el interior de los países durante las últimas décadas. Tomando estas dos medidas juntas –desigualdad entre y en el interior de los países– estadísticamente China ha provocado una reducción en la desigualdad global total. No deberíamos exagerar esto, dado que la pauta mundial presenta un perfil de enormes diferencias que se están reduciendo en pequeña medida. Sin embargo, es importante porque cambia las relaciones de poder entre países. Si continua, puede cambiar incluso la distribución global de la renta de un modelo que es todavía muy polarizado a una distribución más normal de tipo paretiano.

    ¿Me sorprendió esto? En cierto sentido, sí. De hecho, es por ello por lo que cambié mi objeto de interés durante los últimos quince años para estudiar Asia oriental, porque me di cuenta de que, aunque esta región –excepto Japón obviamente– formaba parte del Sur tenía determinadas peculiaridades que le permitían generar un tipo de desarrollo que no casaba en absoluto con la pauta de desigualdad estable entre regiones. Al mismo tiempo nadie ha afirmado –y yo desde luego no– que la estabilidad en la distribución global de la renta también significaba inmovilidad de países o regiones particulares. Una estructura completamente estable de desigualdades puede persistir con algunos países ascendiendo y otros descendiendo y esto es, en cierto sentido, lo que ha sucedido. Durante las décadas de 1980 y 1990, en particular, el desarrollo más importante ha sido la bifurcación de una altamente dinámica Asia oriental que se ha movido hacia arriba, un África estancada que ha seguido la senda descendente, particularmente África meridional, el «África de las reservas de trabajo» de nuevo.

    Esta bifurcación es el asunto que más me interesa en estos momentos: ¿por qué África meridional y Asia oriental se han movido en direcciones tan opuestas? Es un fenómeno muy importante que tenemos que intentar comprender, porque hacerlo también modificaría nuestra comprensión de los fundamentos de un desarrollo capitalista exitoso y el grado en que reposa o no sobre la desposesión: la completa proletarización del campesinado como sucedió en África meridional o en una proletarización mucho más parcial que ha tenido lugar en Asia oriental. Por consiguiente, la divergencia de estas dos regiones suscita una gran cuestión teórica, que de nuevo desafía la identificación de Brenner del desarrollo capitalista con la total proletarización de la fuerza de trabajo.

    Chaos and Governance in the Modern World System sostenía en 1999 que la hegemonía estadounidense declinaría principalmente al hilo del ascenso de Asia oriental y sobre todo de China. Al mismo tiempo planteaba la perspectiva de que ésta sería la región en la que el trabajo podría plantear en el futuro el desafío más drástico al capital a escala mundial. Se ha sugerido en algunas ocasiones que existe una tensión entre estas perspectivas: el ascenso de China como centro de poder rival de Estados Unidos y el incremento de la revuelta de las clases trabajadoras chinas. ¿Cómo contemplas la relación entre ambos procesos?

    La relación es muy estrecha porque ante todo, contrariamente a lo que mucha gente piensa, los campesinos y trabajadores chinos tiene una tradición milenaria de revuelta que no tiene paralelo en ninguna otra parte del mundo. De hecho, muchas de las transiciones dinásticas fueron impulsadas por rebeliones, huelgas y manifestaciones no únicamente de trabajadores y campesinos, sino también de pequeños comerciantes. Se trata de una tradición que continúa sin interrupción hasta el presente. Cuando Hu Jintao dijo a Bush hace algunos años, «No se preocupe por el intento de China de desafiar el predominio estadounidense; tenemos demasiadas preocupaciones en casa», estaba señalando una de las principales características de la historia china: cómo enfrentarse a la combinación de rebeliones internas protagonizadas por las clases subordinadas y de invasiones externas por parte de los denominados bárbaros, procedentes bien de las estepas, hasta el siglo XIX, y después, desde las Guerras del Opio, del mar. Éstas han sido siempre preocupaciones abrumadoras de los gobiernos chinos y han impuesto estrechos límites al papel de China en las relaciones internacionales. El Estado chino imperial de finales del siglo XVIII y del XIX era básicamente un tipo de Estado del bienestar premoderno.

    Estas características se reprodujeron a lo largo de su subsiguiente evolución. Durante la década de 1990, Jiang Zemin permitió al genio capitalista salir de la botella. Los actuales intentos de meterlo de nuevo en ella tienen que abordarse en el contexto de esta tradición mucho más dilatada. Si las rebeliones de las clases subordinadas chinas se materializan en una nueva forma de Estado del bienestar, entonces ello influirá la pauta de las relaciones internacionales durante los próximos veinte o treinta años. Pero el equilibrio de fuerzas entre las clases en China es todavía una cuestión abierta.

    ¿Existe una contradicción entre ser un centro fundamental de revuelta social y ser una potencia en ascenso? No necesariamente: Estados Unidos en la década de 1930 estuvo en la vanguardia de las luchas obreras al tiempo que emergía como potencia hegemónica. El hecho de que estas luchas tuvieran éxito en medio de la Gran Depresión fue un factor significativo a la hora de que Estados Unidos fuera socialmente hegemónico también para las clases trabajadoras. Éste fue ciertamente el caso en Italia donde la experiencia estadounidense se convirtió en el modelo para algunos sindicatos católicos.

    Declaraciones recientes de China sugieren que existe una gran preocupación sobre los niveles de desempleo que pueden resultar de la recesión global, habiéndose dispuesto una batería de medidas para enfrentarse a ella.

    ¿Pero esto implica también la continuación del modelo de desarrollo de modos que pueden, a fin de cuentas, desafiar al resto del capitalismo global?

    La cuestión es si las medidas que los dirigentes chinos adopten como respuesta a las luchas de los grupos subordinados pueden funcionar en otros lugares en los no existen las mismas condiciones. La cuestión de si China puede convertirse en modelo para otros Estados –particularmente para otros grandes Estados del Sur, como India– depende de innumerables especificidades históricas y geográficas que pueden no ser reproducibles en otras partes.

    Los chinos saben esto y no se postulan como un modelo que tenga que ser imitado. Así, pues, lo que suceda en China será crucial en cuanto a las relaciones entre la RPCh y el resto del mundo, pero no en términos del establecimiento de un modelo para que otros lo sigan. Existe, sin embargo, una interpenetración de las luchas en China –de las luchas obreras y campesinas contra la explotación, pero también de las luchas contra los problemas ambientales y la destrucción ecológica– que no se encuentran con esa extensión en ninguna otra parte. Estas luchas están creciendo en estos momentos y resultará importante ver cómo los líderes chinos responden a ellas.

    Creo que el traspaso de liderazgo a Hu Jintao y Wen Jiabao tiene que ver con el nerviosismo, por decirlo suavemente, ligado al abandono de una larga tradición de políticas de bienestar. Tendremos, pues, que seguir la evolución de la situación y observar los posibles resultados de la misma.

    Volvamos a la cuestión de las crisis capitalistas. Tu ensayo de 1972 «Towards a Theory of Capitalist Crisis» establece una comparación entre el largo declive de 1873-1896 y la predicción, que se probó totalmente exacta, de otra crisis similar que históricamente comenzó en 1973. Has vuelto a este paralelismo varias veces desde entonces, señalando las similitudes, pero también las importantes diferencias entre ambas, sin embargo has escrito menos sobre la crisis de 1929 y su evolución. ¿Sigues considerando que la Gran Depresión presenta una menor relevancia?

    Bien, no menos relevancia, porque de hecho es la crisis más seria que ha experimentado el capitalismo histórico y ciertamente constituyó un punto de inflexión. Pero también educó a las potencias realmente importantes sobre lo que tenían que hacer para no repetir la experiencia. Existe una variedad de instrumentos conocidos y menos conocidos para impedir que ese tipo de hundimiento se produzca de nuevo. Incluso ahora, aunque el colapso de los mercados bursátiles está siendo comparado con el de la década de 1930, creo, y puedo estar equivocado, que tanto las autoridades monetarias como los gobiernos de los Estados que realmente cuentan van a hacer todo lo que puedan para evitar que el colapso de los mercados financieros tenga efectos sociales similares a los de la década de 1930. No pueden permitírselo políticamente así que tirarán para adelante haciendo todo lo que tengan que hacer. Incluso Bush –y antes que él Reagan– a pesar de toda su ideología de libre mercado, recurrieron a un tipo extremo de financiación del gasto de corte keynesiano. Su ideología es una cosa, lo que realmente hacen es otra, porque están respondiendo a situaciones políticas que no pueden tolerar que se deterioren demasiado. Los aspectos financieros pueden ser similares a la década de 1930, pero existe una mayor conciencia y unas restricciones más severas sobre las autoridades políticas para que no permitan que estos procesos afecten a la denominada economía real en la misma medida en que lo hicieron en la década de 1930. No estoy diciendo que la Gran Depresión sea menos relevante, pero no estoy convencido de que se vaya a repetir en un futuro próximo. La situación de la economía mundial es radicalmente diferente. En la década de 1930 se hallaba enormemente segmentada y ello puede haber sido el factor que produjo las condiciones para que se produjera una cadena de derrumbamientos como la que se produjo. Ahora está mucho más integrada.

    En «Towards a Theory of Capitalist Crisis» describes un profundo conflicto estructural en el capitalismo, en el que diferencias entre crisis que son causadas por una tasa demasiado alta de explotación, que conduce a crisis de realización a causa de una demanda efectiva insuficiente, y aquellas otras debidas a una tasa demasiado baja de explotación, que reduce la demanda de medios de producción. En la actualidad, ¿todavía sostienes esta distinción general y si es así dirías que estamos inmersos en una crisis de realización, enmascarada por un endeudamiento personal y una financiarización crecientes debidos a las represiones salariales que han caracterizado al capitalismo durante los últimos treinta años?

    Sí. Creo que durante los últimos treinta años se ha producido un cambio en la naturaleza de la crisis. Hasta principios de la década de 1980, la crisis fue una crisis típica de caída de la tasa de beneficio debido a la intensificación de la competencia entre las agencias capitalistas y a que en aquellas circunstancias los trabajadores estaban mucho mejor equipados para protegerse a sí mismos que en depresiones anteriores, tanto la de finales del siglo XIX como la de la década de 1930. Esta fue, pues, la situación durante la década de 1970. La contrarrevolución monetaria de Reagan- Thatcher se orientó realmente a socavar este poder, esta capacidad de las clases trabajadoras de protegerse a sí mismas, y si bien este no fue su único objetivo, sí fue uno de los principales. Creo que tú citas algún asesor de Thatcher diciendo que lo que ellos hacían…… era crear un ejército industrial de reserva; exactamente…

    … ¡lo que Marx dice que ellos debían hacer! Eso cambió la naturaleza de la crisis. En las décadas de 1980 y 1990 y ahora en la de 2000, nos enfrentamos en realidad a una crisis de sobreproducción, con todas sus características típicas. La renta ha sido redistribuida a favor de los grupos y clases que disponen de alta liquidez y predisposiciones especulativas, por lo cual no se reintegra en la circulación en forma de demanda efectiva, sino que se encamina a la especulación, creando burbujas que explotan regularmente.

    Por consiguiente, sí, la crisis se ha transformado de una caracterizada por la caída de la tasa de beneficio, debida a la intensificación de la competencia entre capitales, en una de sobreproducción debida a la escasez sistémica de demanda efectiva creada por las tendencias del desarrollo capitalista.

    Un informe reciente del National Intelligence Council predecía el fin del dominio global de Estados Unidos en 2025 y la emergencia de un mundo más fragmentado, más multipolar y potencialmente más conflictivo. ¿Piensas que el capitalismo como sistema-mundo requiere, como condición de posibilidad, una única potencia hegemónica? ¿Es la ausencia de una de éstas necesariamente equivalente a un caos sistémico inestable, es imposible un equilibrio de poder entre grandes Estados aproximadamente comparables?

    No, no diría que es imposible. En gran medida depende de si la potencia hegemónica en ejercicio acepta la acomodación o no. El caos de los últimos seis o siete años es debido a la respuesta de la Administración de Bush al 11-S, que ha sido en algunos aspectos un caso de suicidio de una gran potencia. Lo que las potencias declinantes hacen es muy importante, porque ellas tienen la capacidad de crear caos. El conjunto del «Project for a New American Century» era una negativa a aceptar ese declive, lo cual ha sido una catástrofe. Se ha producido una debacle militar en Iraq y el correspondiente deterioro financiero de la posición estadounidense en la economía mundial, que ha transformado a Estados Unidos de una nación acreedora en la mayor nación deudora de la historia mundial. Como derrota, la de Iraq es peor que la de Vietnam, porque en Indochina había una larga tradición de guerra de guerrillas: los vietnamitas tenían un líder del calibre de Ho Chi Minh, habían derrotado ya a los franceses. La tragedia de los estadounidenses en Iraq es que incluso en las mejores circunstancias posibles les está costando mucho ganar la guerra y ahora mismo están intentando abandonarla salvando de algún modo la cara. Su resistencia a la acomodación ha conducido, primero, a una aceleración de su declive y, segundo, a un increíble sufrimiento y caos en Iraq. Iraq es un desastre. El volumen de la población desplazada es mucho mayor que en Dafur.

    No está claro lo que Obama quiere hacer realmente. Si piensa que pude revertir el declive, va a encontrarse con sorpresas muy desagradables. Lo que puede hacer es gestionarlo inteligentemente, en otras palabras, cambiar la política seguida de: «Nosotros no nos estamos acomodando. Nosotros queremos otro siglo» a una de gestión de facto del declive, ideando políticas que se acomoden al cambio acaecido en las relaciones de poder. No se si Obama va a hacer esto, porque es muy ambiguo, realmente no lo se. Pero el cambio de Bush a Obama abre la posibilidad de gestionar y acomodar el declive de Estados Unidos en un modo no catastrófico. Bush ha tenido el efecto opuesto: la credibilidad del ejército estadounidense se ha socavado todavía más, la posición financiera es ahora más desastrosa. Así que la tarea a la que se enfrenta Obama, creo, es gestionar el declive inteligentemente; eso es lo que puede hacer, si bien su idea de incrementar las tropas en Afganistán es como poco preocupante.

    A lo largo de los años, aunque siempre has basado tu trabajo en la concepción de Marx de la acumulación de capital, nunca has vacilado en expresar determinadas críticas importantes a su pensamiento: entre otras su infravaloración de las luchas de poder entre los Estados, su indiferencia respecto al espacio, las contradicciones en su análisis de la clase obrera. Durante mucho tiempo te ha fascinado Adam Smith, que juega un papel central en tu último trabajo Adam Smith en Pekín 10. ¿Cuáles serían las reservas, similares a las que oponías a Marx, que le plantearías?

    Las reservas comparables sobre Smith son las mismas que las que Marx tenía respecto a él. Marx tomó un montón de cosas de Smith: la tendencia de la tasa de beneficio a caer bajo el impacto de la competencia intercapitalista, por ejemplo, es una idea de Smith. El capital es una crítica de la economía política: Marx estaba criticando a Smith por no haber tenido en cuenta lo que sucedía en los lugares ocultos de la producción, por decirlo con sus palabras: la competencia intercapitalista podía impulsar a la baja la tasa de beneficio, pero ello era contrarrestado por la tendencia y la capacidad de los capitalistas de alterar a su favor las relaciones de poder con la clase trabajadora. Desde este punto de vista, la crítica de Marx de la economía política de Smith estaba efectuando una aportación crucial. Sin embargo, también tenemos que atender a la evidencia histórica, porque el de Marx era un constructo teórico dotado de premisas que pueden no corresponder a la realidad histórica de periodos o lugares particulares.

    No podemos inferir realidades empíricas de constructos teóricos. La validez de su crítica de Smith tiene que evaluarse en función de los hechos históricos; eso se aplica a Smith lo mismo que a Marx o cualquier otro autor.

    Una de las conclusiones de Marx en El capital , particularmente del volumen I, es que la adopción de un sistema de libre mercado smithiano provocará el incremento de la desigualdad de clase. ¿En qué medida la introducción de un régimen smithiano en Pekín trae aparejado el riesgo de mayores desigualdades en China?

    Mi razonamiento en el capítulo teórico sobre Smith, en Adam Smith en Pekín, es que no existe noción alguna en su trabajo de unos mercados autorregulados, como sucede en el credo neoliberal. La mano invisible es la del Estado, que debe gobernar de un modo descentralizado con un mínimo de interferencia burocrática. Sustantivamente, la acción del gobierno en Smith es pro trabajo, no pro capital. Smith es muy explícito cuando afirma que no es partidario de que los trabajadores compitan para reducir los salarios, sino de que lo hagan los capitalistas para reducir sus beneficios a una mínima recompensa aceptable por sus riesgos. Las concepciones actuales afirman lo contrario de lo que él dice. No esta claro, sin embargo, hacia donde se dirige China hoy. En la era de Jiang Zemin, durante la década de 1990, se encaminaba ciertamente a hacer competir a los trabajadores en pro del capital y el beneficio; no cabe duda al respecto. Ahora se ha producido una inversión, que como he dicho tiene en cuenta no solo la tradición de la Revolución y del periodo maoísta, sino también la de las políticas de bienestar de la China imperial tardía durante la dinastía Qing de finales del siglo XVIII y principios del XIX. No apuesto por un resultado particular en China, pero debemos estar atentos para analizar hacia dónde se encamina.

    En Adam Smith en Pekín utilizas también el trabajo de Sugihara Kaoru, que contrapone una «revolución industriosa» basada en el trabajo intensivo y la gestión respetuosa de la naturaleza que en los inicios del periodo moderno se verifica en Asia oriental, y una «revolución industrial» basada en la mecanización y la depredación de los recursos naturales, y comentas la esperanza de que pudiera producirse una convergencia de las dos en beneficio de la humanidad en el futuro. ¿Cómo estimarías el equilibrio entre ambas en la actual Asia oriental?

    Muy precario. No soy tan optimista como Sugihara que piensa, quizá, que la tradición de Asia oriental de «revolución industriosa» se halla tan profundamente incrustada que puede si no llegar a ser dominante de nuevo, al menos jugar un importante papel en cualquier formación híbrida que vaya a emerger. Estos conceptos son más importantes para seguir lo que está sucediendo que para afirmar que Asia oriental va por este camino o Estados Unidos por aquel otro. Existen pruebas de que las autoridades asiáticas están preocupadas por el medioambiente y por el descontento social, pero después hacen cosas que son absolutamente estúpidas. La idea de copiar a Estados Unidos, desde este punto de vista, ya fue absurda en Europa y es obviamente todavía más absurda en China. Siempre he dicho a los chinos que durante las décadas de 1990 y 2000 ellos miraron a la ciudad equivocada. Si querían observar cómo ser ricos sin ser ecológicamente destructivos debían mirar a Ámsterdam en lugar de a Los Angeles. En Ámsterdam todo el mundo se mueve en bicicleta; hay miles de bicicletas aparcadas en la estación por la noche, porque la gente llega en tren, coge sus bicicletas por la mañana y las deja de nuevo por la tarde. Si bien no había coches en China la primera vez que estuve allí en 1970 –tan solo unos pocos autobuses en un mar de bicicletas–, ahora, cada vez más, las bicicletas han sido expulsadas. Desde ese punto de vista nos topamos con un panorama claroscuro, muy preocupante y contradictorio. La ideología de la modernización se halla desacreditada en todas partes, pero hasta ahora colea, muy ingenuamente, en China.

    Pero por lo que implica de Adam Smith en Pekín parece ser que podríamos necesitar algo de esa revolución industriosa en Occidente, y que por consiguiente ésta es una categoría que no es específica de China, sino que puede ser en realidad mucho más amplia.

    Sí, pero el punto fundamental de Sugihara es que el desarrollo típico de la revolución industrial, la substitución de trabajo por maquinaria y energía, no solo tiene límites ecológicos, como sabemos, sino que también tiene límites económicos. De hecho los marxistas a menudo olvidan que la idea de Marx de la creciente composición orgánica del capital, que impulsa a la baja a la tasa de beneficio, tiene que ver fundamentalmente con el hecho de que el uso de más máquinas y energía intensifica la competencia entre los capitalistas de tal modo que la hace menos rentable, además de ser ecológicamente destructiva. El punto de Sugihara es que la separación de dirección y gestión empresarial, por un lado, y trabajo, por otro, el creciente dominio de los directivos y gestores empresariales sobre el trabajo y el hecho de que éste se halle privado de sus competencias, incluidas las de la autogestión, que es típica de la revolución industrial, tiene límites. En la revolución industriosa se produce una movilización de todos los recursos de los hogares que desarrolla, o al menos preserva, competencias de gestión y dirección entre los trabajadores. Finalmente, las ventajas de estas competencias de autogestión resultan más importantes que las ventajas derivadas de la separación de concepción y ejecución que fue típica de la revolución industrial. Creo que tiene razón, en el sentido de que es realmente crucial para comprender el actual ascenso de China; de que al haber preservado estas competencias de autogestión mediante la imposición de serias limitaciones a los procesos de proletarización en un sentido sustantivo, China puede ahora tener una organización del proceso de trabajo que se apoya más sobre las competencias de autogestión del trabajo que en otras partes. Esta es probablemente una de las principales fuentes de ventaja competitiva de China bajo las nuevas circunstancias.

    Lo cual nos retrotraería a la política del Grupo Gramsci en lo que se refiere al proceso de trabajo y de autonomia.

    Sí y no. Se trata de dos formas diferentes de autonomía. De lo que estamos hablando ahora es de autonomía de gestión y dirección, mientras que la otra se refería a la autonomía en la lucha, en el antagonismo de los trabajadores frente al capital. Ahí, la idea de autonomía era: ¿cómo formulamos nuestro programa de modo tal que unamos a los trabajadores en la lucha contra el capital, en vez de dividirlos creando así las condiciones para que éste restablezca su autoridad sobre ellos en el lugar de trabajo? La situación actual es ambigua. Muchos observan las competencias de autogestión chinas y las consideran como un modo de subordinar el trabajo al capital, en otras palabras, el capital ahorra en costes de gestión y dirección. Debemos poner estas competencias de autogestión en su contexto: dónde, cuándo y para qué propósito. No es tan fácil clasificarlas de un modo u otro.

    Finalizabas «World Income Inequalities» en 1991 argumentando que tras el colapso de la URSS, la profundización y la multiplicación de los conflictos sobre recursos escasos en el Sur – la Guerra Iraq-Irán o la Guerra del Golfo pueden considerarse emblemáticos– obligaban a Occidente a crear estructuras embrionarias de gobierno mundial para regular aquellos: el G7 como comité ejecutivo de la burguesía global, el FMI y el Banco Mundial como su Ministerio de Economía, el Consejo de Seguridad como su Ministerio de Defensa. Estas estructuras, tú sugerías, podrían caer en manos de las fuerzas no conservadoras en un plazo de quince años.

    En Adam Smith en Pekín hablas por el contrario de una sociedad de mercado mundial como un futuro potencialmente esperanzador en el cual ninguna potencia es ya una potencia hegemónica. ¿Cuál es la relación entre ellas y cuáles son tus concepciones de ambas?

    En primer lugar, no dije realmente que las estructuras del gobierno mundial emergieran como consecuencia de los conflictos en el seno del Sur. La mayoría de ellas eran organizaciones de Bretton Woods, establecidas por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial como mecanismos necesarios para evitar los problemas provocados por los mercados autorregulados en la economía global y como instrumentos de gobernanza.

    Por consiguiente, desde el comienzo del periodo de posguerra existieron estructuras embrionarias de gobierno mundial. Lo que se produjo en la década de 1980 fue una creciente turbulencia e inestabilidad, de la cual estos conflictos en el Sur eran un aspecto, y por lo tanto estas instituciones fueron reactivadas para gestionar la economía mundial de un modo diferente al de antes. ¿Podrían apropiarse las fuerzas no conservadoras de las mismas? Mi actitud ante esas instituciones fue siempre ambivalente, porque en muchos aspectos reflejaban el equilibrio de poder entre los Estados del Norte y del Sur: en el seno del Norte, entre el Norte y el Sur, etc. No había nada en teoría que excluyese la posibilidad de que esas instituciones pudieran realmente ser puestas a trabajar para regular la economía mundial, de modo que pudieran promover una distribución más equitativa de las rentas a escala global. Sin embargo, lo que sucedió fue exactamente lo contrario. Durante la década de 1980, el FMI y el Banco Mundial se convirtieron en instrumentos de la contrarrevolución neoliberal y promovieron, por consiguiente, una distribución más desigual de la renta. Pero incluso entonces, como he dicho, lo que sucedió finalmente fue no tanto una distribución más desigual entre Norte y Sur, sino una gran bifurcación dentro del propio Sur, con Asia oriental comportándose muy bien y África meridional comportándose muy mal, mientras otras regiones se colocaban entre esos extremos.

    ¿Cómo se relaciona eso con el concepto de sociedad de mercado mundial que discuto en Adam Smith en Pekín? Resulta ahora obvio que un Estado mundial, incluso en su forma más embrionaria, de tipo confederal, sería muy difícil de materializar. No constituye una posibilidad seria en un futuro inmediato. Se está gestando una sociedad de mercado mundial en el sentido de que los países se relacionarán los unos con los otros mediante mecanismos de mercado que no se autorregulan en absoluto, sino que son regulados, lo cual era también cierto del sistema desarrollado por Estados Unidos, que constituía un proceso altamente regulado mediante el que la eliminación de las tarifas, las cuotas y las restricciones sobre la movilidad del trabajo eran siempre negociadas por los Estados, fundamentalmente por Estados Unidos y Europa, y después entre ambos y otros Estados. La cuestión ahora es qué regulación va a introducirse para impedir un hundimiento del mercado similar al acaecido en la década de 1930. Así, pues, la relación entre los dos conceptos es que la organización de la economía mundial se basará fundamentalmente en el mercado, pero con una importante participación de los Estados en la regulación de esa economía.

    En The Long Twentieth Century bosquejabas tres resultados posibles del caos sistémico hacia los que estaba encaminándose la larga ola de financiarización que había comenzado a principios de la década de 1970: un imperio mundial controlado por Estados Unidos, una sociedad de mercado mundial en la que ningún Estado dominara a los otros o una nueva guerra mundial que destrozaría la humanidad. En los tres casos, el capitalismo, tal y como se había desarrollado históricamente, desaparecería.

    En Adam Smith en Pekín concluyes que dados los fracasos de la Administración de Bush, el primero puede ahora ser excluido, dejando únicamente los otros dos. ¿Pero no existe, lógicamente al menos y de acuerdo con tu propio marco analítico, la posibilidad de que China pueda emerger en un determinado momento como una nueva potencia hegemónica que sustituya a Estados Unidos sin alterar las estructuras del capitalismo y del territorialismo tal y como tú las has descrito? ¿Excluyes esa posibilidad?

    No excluyo esa posibilidad, pero comencemos recordando exactamente qué dije en realidad. El primero de los tres escenarios que contemplaba en The Long Twentieth Century era un imperio mundial controlado no por Estados Unidos, sino por Estados Unidos en alianza con sus aliados europeos.

    Nunca pensé que Estados Unidos sería tan intratable como para intentar perseguir por sí solo un Nuevo Siglo Americano, dado que era un proyecto lo suficientemente absurdo como para ser tenido en cuenta; y, por supuesto, se volvería en su contra de modo inmediato. De hecho, existe una fuerte corriente en el seno del establishment de la política exterior estadounidense deseosa de reparar las relaciones con Europa, que experimentaron tensiones con el unilateralismo de la Administración de Bush. Se trata tan sólo todavía de una posibilidad, si bien es ahora menos probable de lo que lo era previamente. El segundo punto es que la sociedad de mercado mundial y el mayor peso de China en la economía global no son mutuamente excluyentes. Si observamos el modo en que China se ha comportado respecto a sus vecinos históricamente, siempre ha habido una relación basada más en el comercio y en los intercambios económicos que en el poder militar; y ello todavía es así. La gente malinterpreta con frecuencia este punto: piensan que estoy describiendo a los chinos como si fuesen más blandos que Occidente, pero no tiene nada que ver con esto, sino con los problemas de la gobernanza de un país como China, que hemos discutido anteriormente. China tiene una tradición de rebeliones a la que ningún otro territorio de tamaño y densidad de población similares se ha enfrentado nunca. Sus gobernantes son también muy conscientes de la posibilidad de nuevos invasores que vengan del mar, en otras palabras Estados Unidos. Como señalo en el capítulo X de Adam Smith en Pekín existen varios planes estadounidenses sobre cómo tratar a China, ninguno de los cuales es exactamente tranquilizador para Pekín. Aparte del plan de Kissinger, que apuesta por la cooptación, los otros contemplan bien una nueva Guerra Fría dirigida contra China o bien la implicación de China en guerras con sus vecinos, mientras Estados Unidos desempeña el papel de «tercero feliz». Si China emerge, como pienso que hará, como un nuevo centro de la economía global, su papel será radicalmente diferente al de las potencias hegemónicas anteriores. No solo a causa de los contrastes culturales, enraizados como lo están en diferencias histórico-geográficas, sino precisamente porque la historia y la geografía diferentes de la región asiático-oriental no dejarán de impactar las nuevas estructuras de la economía global. Si China va a ser una potencia hegemónica, va a serlo de un modo muy diferente a las otras. Ante todo, el poder militar será mucho menos importante que el poder cultural y económico, particularmente éste último.

    China tendrá que jugar la carta económica mucho más de lo que lo hicieron Estados Unidos, los británicos o los holandeses.

    ¿Prevés una mayor unidad en Asia oriental? Se comenta, por ejemplo, la posibilidad de una especie de FMI asiático, de la unificación de la moneda, etc., ¿ves a China como el centro de una potencia hegemónica asiático- oriental en vez de cómo un actor solitario? Y si es así, ¿cómo cuadra esto con el creciente nacionalismo de Corea del Sur, Japón y China?

    Lo que resulta más interesante de Asia oriental es cómo, a fin de cuentas, la economía es determinada por las predisposiciones y políticas reciprocas de los Estados, a pesar de sus nacionalismos, los cuales se hallan muy bien asentados e imbricados, pero también vinculados a un hecho histórico con frecuencia olvidado por Occidente: que Corea, China, Japón, Tailandia, Camboya, todos ellos eran Estados nacionales mucho antes de que hubiera un solo Estado-nación en Europa, que todos ellos tienen historias de reacciones nacionalistas frente al resto en un marco que es predominantemente económico. Ocasionalmente hubo guerras y la actitud de los vietnamitas respecto a China o de los coreanos respecto a Japón se asienta profundamente en la memoria de esas guerras. Al mismo tiempo, la economía parecer predominar. Fue sorprendente que el resurgimiento nacionalista en Japón, durante el mandato de Kozumi, fuera súbitamente puesto a buen recaudo cuando llegó a ser evidente que las empresas japonesas estaban interesadas en hacer negocios con China. En ésta también se produjo una enorme ola de manifestaciones antijaponesas, pero después se detuvo. El cuadro general en Asia oriental indica que existen profundas predisposiciones nacionalistas, pero al mismo tiempo que tienden a ser dominadas por los intereses económicos.

    La actual crisis del sistema financiero mundial parece la reivindicación más espectacular de las predicciones teóricas que has sostenido desde hace mucho tiempo más allá de lo que nadie podía imaginar. ¿Hay de todas formas aspectos de esta crisis que te hayan sorprendido?

    Mi predicción era muy simple. La tendencia recurrente hacia la financiarización era, como señaló Braudel, un signo del otoño de una expansión material particular que se centraba en un Estado determinado. En The Long Twentieth Century denominé el inicio de la financiarización la crisis-señal de un régimen de acumulación y señalé que a lo largo del tiempo –habitualmente tras medio siglo– se produce la crisis terminal. Para las anteriores potencias hegemónicas, era posible identificar tanto la crisis-señal como las crisis terminal. Para Estados Unidos aventuré la hipótesis de que la década de 1970 era la crisis señal; la crisis terminal no había llegado todavía, pero llegaría. ¿Cómo? La hipótesis básica es que todas estas expansiones financieras eran fundamentalmente insostenibles, porque estaban canalizando hacia la especulación más capital del que podía ser realmente gestionado o dicho con otras palabras existía la tendencia de que estas expansiones financieras desarrollaran burbujas de diversos tipos. Preví que esta expansión financiera conduciría finalmente a una crisis terminal, porque las burbujas son tan insostenibles hoy como lo fueron en el pasado, pero no los detalles de las burbujas: la burbuja de los valores tecnológicos o la burbuja de la vivienda.

    También, me mostré ambiguo sobre en qué momento nos encontrábamos a principios de la década de 1990, cuando escribí The Long Twentieth Century. Pensaba que de algún modo la belle époque de Estados Unidos estaba ya acabada, cuando en realidad estaba justo empezando. Reagan la preparó provocando una recesión importante, que creó a continuación las condiciones para la subsiguiente expansión financiera, pero fue Clinton quien realmente presidió la belle époque que después terminó en el colapso de la década de 2000, especialmente del Nasdaq. Con la explosión de la burbuja de la vivienda, lo que estamos observando ahora es, con toda claridad, la crisis terminal de la centralidad financiera y de la hegemonía estadounidenses.

    Lo que distingue tu trabajo de casi todos los partícipes en tu campo es tu aprecio por la flexibilidad, la adaptabilidad, y la fluidez del desarrollo capitalista, en el marco del sistema interestatal. Sin embargo, en la longue durée , como sucede en los marcos de 500, 150 y 50 años que adoptas para el examen colectivo de la posición de Asia oriental en el sistema interestatal emergen pautas de comportamiento sorprendentemente claras, casi nítidas en su determinación y simplicidad 11. ¿Cómo caracterizarías la relación existente entre contingencia y necesidad en tu pensamiento?

    Hay dos cuestiones diferentes aquí: una concierne a la apreciación de la flexibilidad del desarrollo capitalista y la otra atañe a la recurrencia de las pautas de comportamiento, y la extensión en la que éstas se hallan determinadas por la contingencia o la necesidad. Sobre la primera, la adaptabilidad del capitalismo: esto se halla parcialmente ligado a mi experiencia de empresa cuando era joven. Inicialmente intenté gestionar la empresa de mi padre, que era relativamente pequeña; después redacté una disertación sobre la empresa de mi abuelo, que era de mayor tamaño que la de mi padre. A continuación discutí con mi abuelo y me fui a Unilever, que en cuanto a número de empleados era la segunda multinacional en esos momentos.

    Tuve, pues, la suerte –desde el punto de vista del análisis de la empresa capitalista– de incorporarme sucesivamente a empresas cada vez mayores lo cual me ayudó a comprender que no puedes hablar sobre empresas capitalistas en general, porque las diferencias entre la empresa de mi padre, la de mi abuelo y Unilever eran increíbles. Por ejemplo, mi padre invertía todo su tiempo en visitar a sus clientes en los distritos textiles y estudiar los problemas técnicos que tenían con sus máquinas, para después volver a la fábrica y discutir los problemas con su ingeniero y adaptar las máquinas a las necesidades de aquellos. Cuando intenté gestionar este negocio me sentí totalmente perdido; todo se basaba en las competencias y los conocimientos que formaban parte de la práctica y la experiencia de mi padre. Podía ir a visitar y ver a los clientes, pero no podía resolver sus problemas, no podía realmente ni siquiera comprenderlos. No había remedio. De hecho, en mi juventud, cuando le decía a mi padre, «si llegan los comunistas, vas a tener problemas», él decía, «no, no voy a tener problemas, continuaré haciendo lo que hago, ellos necesitan gente que haga esto».

    Cuando cerré la empresa de mi padre y me incorporé a la de mi abuelo, me encontré con una organización que ya era más fordista. No se estudiaban los problemas de los clientes, sino que se producían máquinas estandarizadas, les gustaran a los clientes o no. Sus ingenieros diseñaban máquinas en virtud de lo que ellos pensaban que precisaba el mercado y les decían a los clientes: esto es lo que tenemos. Se trataba de una producción en masa embrionaria, con líneas de montaje embrionarias. Cuando llegué a Unilever, apenas tuve contacto con el ámbito de la producción.

    Existían muchas fábricas diferentes: una hacía margarina, otra jabón, otra perfumes. Había docenas de productos diferentes, pero la sede principal de actividad no era ni la organización del marketing ni el lugar de producción, sino el departamento financiero y el departamento de publicidad.

    Así que eso me enseñó que era muy difícil identificar una forma específica como «típicamente» capitalista. Posteriormente, estudiando a Braudel, observé que esta idea de la naturaleza eminentemente adaptable del capitalismo era algo que podíamos observar históricamente.

    Uno de los mayores problemas de la izquierda, pero también de la derecha, es pensar que hay únicamente un tipo de capitalismo que se reproduce históricamente, mientras que el capitalismo se ha transformado a sí mismo sustantivamente –sobre todo a escala global– de modos inesperados.

    Durante varios siglos el capitalismo dependió de la esclavitud y parecía tan imbricado con la misma desde todos los puntos de visa que resultaba difícil pensar que podría sobrevivir sin ella; pero la esclavitud fue abolida y el capitalismo no solo sobrevivió sino que prosperó más que nunca, desarrollándose ahora a partir del colonialismo y el imperialismo.

    En ese momento pareció que el colonialismo y el imperialismo eran esenciales para su funcionamiento, pero una vez más, tras la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo se desprendió de ambos y sobrevivió y prosperó.

    Desde un punto de vista histórico-mundial, el capitalismo siempre ha estado transformándose a sí mismo y ésta es una de sus principales características; sería realmente miope intentar precisar lo que es el capitalismo sin tener en cuenta estas transformaciones cruciales. Lo que permanece constante a lo largo de estas transformaciones y lo que define la esencia del mismo se halla capturado de modo óptimo por la fórmula del capital acuñada por Marx, D-M-D’, a la cual me refiero repetidamente cuando identifico la alternancia de expansiones materiales y financieras. Si observamos la China actual, podemos decir que el sistema allí vigente quizá es capitalismo quizá no, y al respecto yo creo que se trata de una cuestión que todavía está abierta; pero aunque asumamos que se trata de capitalismo, debemos tener en cuenta que no es el mismo capitalismo que el existente en periodos anteriores, sino que se halla totalmente transformado.

    El problema es identificar sus especificidades, cómo difiere de los capitalismos anteriores, lo denominemos capitalismo o de otro modo. ¿Y la segunda parte de la cuestión, esto es, la emergencia de pautas de comportamiento tan específicas de longue durée analizadas en tu trabajo y las transformaciones de escala?

    Un punto es que existe una dimensión geográfica muy clara en los ciclos recurrentes de expansión material y financiera, pero podemos observar este aspecto únicamente si no nos limitamos a concentrarnos en un solo país, porque entonces se observa un proceso totalmente diferente. Esto es lo que ha hecho la mayoría de los historiadores: se concentran en un país y describen su evolución. En Braudel, por el contrario, la idea es precisamente que la acumulación de capital salta; y si tú no saltas con ella, si tú no le sigues de lugar a lugar, no la ves. Si permanecemos concentrados en Inglaterra o en Francia, perdemos de vista lo que es más esencial del desarrollo del capitalismo histórico-mundial. Tienes que moverte con él para comprender que el proceso de desarrollo capitalista es esencialmente aquel que supone un salto de una situación en la que lo que tú has denominado «solución espacial de carácter infraestructural» se vuelve demasiado constrictiva y la competencia se intensifica, a otra en la que una solución espacial de mayor escala y ámbito de acción permite al sistema experimentar otro periodo de expansión material. Y después, por supuesto, el ciclo se repite de nuevo.

    Cuando formulaba esta idea por primera vez, infiriendo las pautas de comportamiento de Braudel y Marx, todavía no había apreciado totalmente tu concepto de solución espacial en el doble sentido de la palabra: fijeza del capital invertido y solución de las contradicciones previas de la acumulación capitalista. Existe una necesidad endógena en estas pautas de comportamiento que se deriva del proceso de acumulación, que moviliza dinero y otros recursos a una escala cada vez mayor, lo cual a su vez crea problemas bajo la forma de una competencia intensificada y de sobreacumulación de diversos tipos. El proceso de acumulación capitalista de capital –como proceso opuesto a la acumulación no capitalista de capital– tiene este efecto bola de nieve que intensifica la competencia e impulsa a la baja la tasa de beneficio. Quienes se hallan mejor posicionados para encontrar una nueva solución espacial lo hacen optando por un «contenedor» cada vez mayor.

    De las ciudades-Estado, que acumularon un ingente capital en pequeños contenedores, a la Holanda del siglo XVII, que fue más que una ciudad-Estado pero menos que un Estado nacional, pasando por la Gran Bretaña de finales del siglo XVIII y del siglo XIX, con su imperio de dimensiones mundiales, para llegar a la dimensión continental de Estados Unidos en el siglo XX.

    Ahora el proceso no puede continuar de la misma forma, porque no existe un contenedor mayor que pueda desplazar a Estados Unidos. Existen grandes Estados nacionales –de hecho civilizacionales– como China e India, que no son mayores que Estados Unidos en términos espaciales, pero que tienen cuatro o cinco veces su población. Así, pues, ahora estamos cambiando hacia una nueva pauta: en vez de desplazarnos de un contenedor a otro espacialmente mayor, estamos yendo de un contenedor con una baja densidad de población a contenedores con densidades mayores.

    Por otro lado, anteriormente se produjo un cambio de países ricos a países ricos, mientras que ahora estamos desplazándonos de países muy ricos a países todavía básicamente pobres (la renta per capita de China es todavía la veintésima parte de la de Estados Unidos). En cierto sentido, puedes decir, «Perfecto, ahora la hegemonía, si es eso lo que está sucediendo, está cambiando de los ricos a los pobres». Pero al mismo tiempo, estos países presentan enormes diferencias y desigualdades internas. Todo se halla muy matizado. Se trata de tendencias contradictorias y necesitamos desarrollar nuevas herramientas conceptuales para comprenderlas.

    Concluyes Adam Smith en Pekín con la esperanza de una comunidad de civilizaciones que vivan en términos igualitarios, una con otra, en un respeto compartido por el planeta y sus recursos naturales. ¿Usarías el término «socialismo» para describir esta visión o consideras que está agotado?

    Bien, no tendría objeciones a ser llamado socialista, excepto que desafortunadamente el socialismo ha sido demasiado identificado con el control de la economía por el Estado. Nunca pensé que fuera una buena idea. Provengo de un país en el que el Estado es despreciado o no inspira ninguna confianza. La identificación del socialismo con el Estado crea grandes problemas.

    Así, pues, si este sistema-mundo se va a llamar socialista sería necesario que se redefiniera en términos de respeto mutuo entre los seres humanos y un respeto colectivo por la naturaleza. Pero esto puede tener que organizarse a través de intercambios mercantiles regulados por el Estado, de modo que se incremente de una forma smithiana el poder de los trabajadores y se disminuya el del capital, y no mediante la propiedad y el control de los medios de producción por parte de aquel. El problema con el término socialismo es que ha sido maltratado de tantas formas diferentes que se halla, pues, muy desacreditado. Si me preguntas cuál sería un término mejor, no tengo ni idea, creo que tenemos que buscar uno.

    Tú eres muy bueno encontrando nuevas expresiones, así que deberías ofrecernos alguna sugerencia.

    De acuerdo, me pongo a buscar uno.

    Sí, tienes que trabajar para encontrar un sustituto para el término «socialista » que lo despoje de su identificación histórica con el Estado y lo acerque más a la idea de una mayor igualdad y respeto muto. ¡Así, que te dejo la tarea a ti!

    Notas:

    1 Véase, respectivamente, G. Arrighi, «The Political Economy of Rhodesia», NLR 1/39 (septiembre- octubre de 1966); C. Leys, European Politics in Southern Rhodesia , Oxford, 1959; y G. Arrighi, «Labour Supplies in Historical Perspective. A Study of the Proletarianization of the African Peasantry in Rhodesia », en G. Arrighi y John Saul, Essays on the Political Economy of Africa, Nueva York, 1973.

    3 Véase, en inglés, G. Arrighi, «Towards a Theory of Capitalist Crisis», NLR 1/111 (septiembre octubre de 1978); primero publicado en Rassegna Comunista 2, 3, 4 y 7, Milán (1972-1973).

    4 Véase G. Arrighi y Fortunata Piselli, «Capitalist Development in Hostile Environments: Feuds, Class Struggles and Migrations in a Peripheral Region of Southern Italy», Review ( Fernand Braudel Center ) X, 4 (1987).

    5 G . Arrighi, The Long Twentieth Century , Londres, 1994 [ed. cast.: El largo siglo XX . Dinero y poder en los orígenes de nuestra época , Madrid, Akal, 1999].

    6 Coescrito por ambos en 1999, Chaos and Governance in the Modern World System parece respetar el tipo de estructura que tú habías planeado inicialmente para The Long Twentieth Century.

    6 Beverly J. Silver, Forces of Labour. Workers’ Movements and Globalization Since 1870, Cambridge , 2003 [ed. cast.: Fuerzas de trabajo. Los movimientos obreros y la globalización desde 1870, Madrid, Akal, 2005].

    7 G . Arrighi y B. Silver, Chaos and Governance in the Modern World System, Minneapolis 1999 [ed. cast.: Caos y orden en el sistema-mundo moderno, Madrid, Akal, 2001].

    8 G . Arrighi, «Marxist Century, American Century. The Making and Remaking of the World Labour Movement», NLR 1/179 (enero-febrero de 1990) [ed. cast.: «Siglo marxista, siglo americano. La formación y remodelación del movimiento obrero mundial», NLR 0 (2000)].

    9 G . Arrighi, «World Income Inequalities and the Future of Socialism», NLR 1/189 (septiembre-octubre de 1991).

    10 G . Arrighi, Adam Smith in Beijing , Londres, Verso, 2007 [ed. cast.: Adam Smith en Pekín , Madrid , Akal, 2007].

    11 G . Arrighi, Takeshi Hamashita y Mark Selden (eds.), The Resurgence of East Asia . 500, 150 and 50 Year Perspectives, Londres, 2003.
    http://ddooss.org/articulos/entrevistas/Giovanni_Arrighi.htm

    REBELION.ORG

    Destacados economistas firman declaración en apoyo del fortalecimientos de los sindicatos en EE.UU…

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    40 destacados economistas norteamericanos firman una declaración a favor de la resindicalización de la vida económica

    KLEE125 Sin Permiso

    Premios Nobel como Arrow, Sollow y Stiglitz, y otros 37 científicos sociales norteamericanos de primer nivel, como Dean Baker, James Galbraith, Brad De Long, Robert Frank, Richard Freeman, Frank Levy, Lawrence Michel y Robert Pollin, en apoyo de los sindicatos, de los trabajadores y de una nueva legislación que democratice la vida laboral en los EEUU.

    Aunque su colapso ha dominado la reciente cobertura de noticias por parte de los medios de comunicación, el sector financiero no es el único segmento de la economía estadounidense que atraviesa graves dificultades. Las instituciones que gobiernan el mercado de trabajo han fracasado también, generando la insólita e insana situación actual, en la que la remuneración horaria de los trabajadores norteamericanos se ha estancado, a pesar del incremento de su productividad.

    En efecto: entre 2000 y 2007, el ingreso del hogar mediano en edad laboral cayó en 2.000 dólares, un desplome sin precedentes. En ese tiempo, prácticamente todo el crecimiento económico de la nación fue a parar a un reducido número de norteamericanos ricos. Una de las razones de peso que explican este paso que va de una prosperidad ampliamente compartida a una creciente desigualdad es la erosión de la capacidad de los trabajadores para organizarse sindicalmente y negociar colectivamente.

    Una respuesta natural de los trabajadores incapaces de mejorar su situación económica es organizarse sindicalmente para negociar una participación más equitativa en los resultados de la economía, y ese deseo queda bien reflejado en encuestas recientes. Millones de trabajadores norteamericanos –más de la mitad de los que no tienen cargos ejecutivos— han dicho que desean la presencia de sindicatos en su puesto de trabajo. Sin embargo, sólo el 7,5% de los trabajadores del sector privado están ahora mismo representados por una organización sindical. Y en todo 2007, menos de 60.000 trabajadores lograron una posición sindical mediante elecciones sancionadas por el gobierno. ¿Qué es lo que explica tamaño hiato?

    El problema es que el proceso electoral supervisado por el Comité Nacional de Relaciones Laborales ha degenerado y se ha vuelto hostil, con feroces campañas de la patronal para prevenir la sindicalización, a veces hasta el punto de incurrir en flagrante violación de la legislación laboral. Los simpatizantes de los sindicatos son rutinariamente amenazados y aun despedidos, y tienen pocos recursos efectivos para defenderse legalmente. Y aun cuando los trabajadores logren superar esa presión y votar por la presencia sindical en sus puestos de trabajo, dada la resistencia de la patronal, una de cada tres veces son incapaces de lograr contratos.

    Para remediar esa situación, el Congreso está reflexionando sobre la oportunidad de la Ley de Libertad de Elección de los Empleados (EFCA, por sus siglas en inglés). Esa ley cumpliría tres propósitos: en primer lugar, daría a los trabajadores o la oportunidad de usar un mecanismo de firmas mayoritarias –instituyendo un procedimiento sencillo para que los trabajadores pudieran indicar, con sólo estampar una firma, su apoyo a la presencia sindical en el puesto de trabajo—, o la puesta en marcha de unas elecciones supervisadas por el Comité Nacional de Relaciones Laborales; en segundo lugar, triplicaría el castigo para los empresarios que despiden a sindicalistas o violan otras leyes laborales; y en tercer lugar, crearía un proceso capaz de garantizar que se dé a los empleados recién sindicalizados una oportunidad justa para obtener un primer contrato, pudiendo acudir a un arbitraje tras 120 días de negociaciones infructuosas.

    La EFCA reflejará mejor los deseos de los trabajadores que la actual “guerra en torno a la representación”. La Ley rebajará también los niveles de acrimonia y desconfianza que acompañan ahora a menudo las elecciones sindicales bajo el presente sistema.

    Una marea creciente sólo levanta todos los botes cuando el trabajo y la patronal negocian en condiciones de relativa igualdad. En las últimas décadas, el grueso del poder negociador ha estado del lado de la patronal. La actual recesión seguirá debilitando la capacidad de los trabajadores para negociar individualmente. Más que nunca, los trabajadores necesitan actuar colectivamente.

    La EFCA no es una panacea, pero restauraría cierto equilibrio en nuestros mercados laborales. Como economistas, creemos que es de vital importancia avanzar en la reconstrucción de nuestra vida económica y robustecer nuestra democracia fortaleciendo la voz del pueblo trabajador en el puesto de trabajo.

    Firman esta declaración: Henry J. Aaron, Brookings Institution; Katharine Abraham, University of Maryland; Philippe Aghion, Massachusetts Institute of Technology; Eileen Appelbaum, Rutgers University; Kenneth Arrow, Stanford University; Dean Baker, Center for Economic and Policy Research; Jagdish Bhagwati, Columbia University; Rebecca Blank, Brookings Institution; Joseph Blasi, Rutgers University; Alan S. Blinder, Princeton University; William A. Darity, Duke University; Brad DeLong, University of California/Berkeley; John DiNardo, University of Michigan; Henry Farber, Princeton University; Robert H. Frank, Cornell University; Richard Freeman, Harvard University; James K. Galbraith, University of Texas; Robert J. Gordon, Northwestern University; Heidi Hartmann, Institute for Women’s Policy Research; Lawrence Katz, Harvard University; Robert Lawrence, Harvard University; David Lee, Princeton University; Frank Levy, Massachusetts Institute of Technology; Lisa Lynch, Brandeis University; Ray Marshall, University of Texas; Lawrence Mishel, Economic Policy Institute; Robert Pollin, University of Massachusetts; William Rodgers, Rutgers University; Dani Rodrik, Harvard University; Jeffrey D. Sachs, Columbia University; Robert M. Solow, Massachusetts Institute of Technology; William Spriggs, Howard University; Joseph E. Stiglitz, Columbia University; Peter Temin, Massachusetts Institute of Technology; Mark Thoma, University of Oregon; Lester C. Thurow, Massachusetts Institute of Technology; Laura Tyson, University of California/Berkeley; Paula B. Voos, Rutgers University; David Weil, Boston University; Edward Wolff, New York University.

    Traducción para http://www.sinpermiso.info: Ricardo Timón

    http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2585/REBELION.ORG

    Crisis mundial: no se salva ni Finlandia…

    with one comment

    FERNANDO CANO 24/05/2009

    El derrumbe del país nórdico, líder en innovación tecnológica, demuestra que nadie es inmune a la crisis 

    INVESTIGACION3La economía finlandesa está en mínimos. Los efectos del crudo invierno financiero todavía se dejan sentir en el país nórdico, que ha completado tres trimestres consecutivos de caídas en su PIB. El derrumbe de Finlandia -uno de los países más industrializados del mundo, con un PIB per cápita similar al de Francia, Alemania o Reino Unido y que ha hecho de la innovación tecnológica su principal arma competitiva- demuestra que nadie es inmune a la crisis económica internacional. Este año se espera que su PIB se contraiga un 4,7%.

    Del mismo modo, los datos de Eurostat hablan de una contracción del 0,3% entre julio y septiembre de 2008 y del 1,3% entre octubre y diciembre del año pasado. Este curso, las cosas no van mejor, con un 10,8% de caída en marzo respecto al mismo mes de 2008, según cifras oficiales. El negativo cuadro económico se completa con el retroceso en el PIB del 10,9% en febrero y el 11,1% en enero, completando así cinco meses de caída consecutiva, situando al país en su mayor crisis económica de los últimos 17 años.

    ¿Qué ha pasado? Todo lo ha precipitado la caída de las exportaciones finlandesas, que podrían contraerse un 16,5% este año, tras reducirse un 1,1% en 2008. El país es líder en sectores como la ingeniería y la industria electrónica, áreas que se han visto seriamente afectadas por la crisis económica, principalmente por su dependencia del consumo privado. Finlandia es, además, extremadamente dependiente del sector de las telecomunicaciones, en especial, de la empresa de móviles Nokia, que en esta última década ha representado el 3,4% de su PIB.

    En contra de Finlandia ha jugado, además, la recesión de los países de Europa del Este, mercados emergentes que se habían convertido en sus principales compradores. Mientras tanto, los malos datos se acumulan. Las estimaciones indican que la producción industrial caerá este año un 10%, la inversión fija se contraerá un 11,5% y las importaciones se reducirán un 15,5%. No obstante, el principal problema será el desempleo, que continuará creciendo hasta el año 2010, cuando bordeará el 9,5%, casi dos puntos sobre el paro registrado en 2006, cuando llegó al 7,7%.

    Para frenar esta sangría, el Ejecutivo ha puesto en marcha un plan de estímulo fiscal para este año equivalente al 1,7% del PIB, unos 3.000 millones de euros. No obstante, la mayoría de este porcentaje consiste en recortes de impuestos, por lo que el dinero disponible no alcanzará los 900 millones de euros. Adicionalmente, el Ejecutivo ha impulsado un paquete de ayuda a los bancos por un monto de 4.000 millones de euros y con cobertura de 50.000 millones de euros. También se contemplan otras ayudas indirectas a la banca.

    Frente a este panorama, algunas entidades creen que la salida del túnel está más cerca de lo esperado. Incluso algunos como el Nordea Bank ponen fecha a este repunte: otoño de este año. El informe de esta entidad indica, además, que en 2010 el país podría volver a crecer un 1,5%, mientras que la Unión Europea pronostica un crecimiento leve del 0,2%. Todo dependerá del comportamiento del comercio exterior y, sobre todo, del consumo interno, que en el último lustro se ha convertido en el motor de la economía finlandesa. -

    EL PAIS.COM

    La crisis económica mundial: una visión marxista…

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    “Una plétora de capital”

     

    En diálogo con Cash, el investigador marxista Rolando Astarita señaló que en el último cuarto de siglo hubo una expansión mundial del capitalismo, que la brecha entre ricos y pobres no impidió el crecimiento de los mercados y que la crisis no se dio sólo por un mal funcionamiento del mercado financiero, sino de la economía en su conjunto.

    CRISISSS1 Por Natalia Aruguete

    Desde diversas posturas económicas, sobre todo progresistas y heterodoxas, se afirma que estamos en una época de hegemonía del sector financiero sobre el productivo y en una hipertrofia del capital especulativo, que dejó al descubierto el estancamiento de la economía mundial en los últimos treinta años. En diálogo con Cash, el investigador marxista Rolando Astarita señaló, en cambio, que, en realidad, en el último cuarto de siglo hubo una expansión mundial del capitalismo, que la brecha entre ricos y pobres no impidió el crecimiento de los mercados y que la crisis no se dio sólo por un mal funcionamiento del mercado financiero, sino de la economía en su conjunto. “Lo del capital ficticio hay que ponerlo en proporción, no debe hacernos perder el análisis estructural”, explicó.

    ¿Cree que la crisis financiera marca la caída de “la dictadura de las finanzas”?

    –No veo que haya una dictadura de las finanzas, sino un dominio del capital en general, acentuado de manera muy profunda a partir de los años ’80. En el último cuarto de siglo, el disciplinamiento del capital sobre las clases trabajadoras operó a través de mecanismos directos pero también del mercado, con políticas monetarias duras, aperturas comerciales, flexibilización laboral. Pero no veo distinción de sectores dentro del capital.

    Sin embargo, el crédito y las deudas crecieron en todo el mundo. ¿Esto pudo haber afectado el desarrollo de la economía real?

    –Nunca hubo desarrollo del capitalismo sin desarrollo del crédito y de una monetización de la economía. Desde la perspectiva de Marx, el crédito es una palanca de la acumulación del capital. Esto también se ve en la fase que va de 1890 a 1929. En China, junto con la expansión capitalista crecieron sus índices monetarios y la participación de los mercados financieros. Pero el crédito también potencia las posibilidades de especulación, sobreacumulación y crac. Marx trabajaba con tendencias y contra-tendencias. Hoy, en cambio, se toma un solo aspecto de la realidad.

    Algunos sostienen que el crecimiento del crédito prueba el estancamiento del sistema capitalista.

    –La idea de que el sistema capitalista está estancado desde hace 25 años no resiste el análisis de la realidad. En los últimos 30 años, la economía capitalista tuvo tasas de expansión superiores al 3 por ciento a nivel mundial. Aunque fueron desiguales: Japón está estancada desde 1992 y Europa tuvo un crecimiento débil. Hubo una expansión geográfica del sistema capitalista, que entró en China, en el Este de Europa y en Rusia, y una profundización de las relaciones capitalistas. El aumento de la productividad en la economía de Estados Unidos desde 1995 fue mayor al 3 por ciento anual. El crédito actúa como una potenciación de tendencias del sistema y muchas veces permite que un ciclo económico se expanda más allá de sus posibilidades. En 2001, Estados Unidos sufrió una recesión suave. La economía creció 0,8 por ciento y el crédito lubricó los mecanismos económicos. Pero la recuperación de 2002 fue débil, con poca generación de puestos de trabajo y recuperación débil de la inversión.

    ¿Hacia qué sectores se dirigió el crédito en ese contexto?

    –Hacia la construcción residencial y al consumo en general; no a las empresas. Desde el 2000, las empresas de Estados Unidos y del G-7 disminuyeron su dependencia del sistema financiero. Hubo un exceso de ahorro y las empresas achicaron sus deudas con los bancos. Incluso, usaron parte de esa liquidez para recomprar sus acciones. No hubo una gran expansión de la inversión productiva, pero tampoco una dependencia del capital productivo con respecto al capital financiero. Las ratios de dependencia volvieron a promedios de los ’70. No se puede decir que haya sido una crisis a lo Hyman Minsky, un autor keynesiano que planteaba que las crisis se producen porque las empresas caen en un sobreendeudamiento y pagan deuda con deuda hasta que la situación explota.

    Pero sí hubo una “financiarización de los consumidores”, con la que se amortiguó la crisis de 2001.

    –Y además ayudó a la recuperación de 2002. Eso es cierto, lo equivocado es pensar que eso actuó solo. En 2001, la sobreabundancia de capital líquido y la débil inversión se dieron porque la tasa de rentabilidad del capital se venía debilitando desde 1996/97. Ese es el fondo del problema. Se produjo lo que Marx llamaba “una plétora de capital”: abundante capital líquido, tasas de interés muy bajas (motorizados por la Reserva Federal y por la entrada de capitales que buscaban refugio en Estados Unidos) y una sobreoferta del crédito. Esos capitales líquidos terminaron en el sector de la construcción, donde encontraron un campo de expansión relativamente rápido. Y terminó explotando.

    También se plantea que, desde los años setenta, el mundo asiste a una crisis de sobreproducción combinada con una crisis de subproducción.

    –Hay dos tipos de explicaciones de las crisis. Una, que el problema de las crisis se dio por las finanzas. Otra, que en Argentina se repite bastante, dice que se debe a una importante desigualdad en los ingresos, lo que produjo una crisis de consumo por falta de demanda. Creo que esto tampoco explica lo que sucedió. En el último cuarto de siglo, hubo un proceso de “proletarización”, enormes masas de la población se incorporaron al ejército de asalariados. Los casos más resonantes son China y la India. Esto supone una ampliación de los mercados, aun cuando haya una brecha creciente en los ingresos. Según The Economist, en Estados Unidos, el 0,1 por ciento de la población gana 77 veces más que el 90 por ciento. En los ’70 esa diferencia era de 1 a 20. También en China crece la desigualdad. Pero no es cierto que si crece la desigualdad no crecen los mercados.

    En este crecimiento de la economía capitalista, ¿cómo se compone el producto bruto en el mundo?

    –En el caso de Estados Unidos, desde la recuperación de 2001 se generaron fenómenos de sobre-acumulación de capital y caída de la tasa de rentabilidad. Ese es el telón de fondo de la crisis. Sobre esto actuó el factor financiero, pero también el crecimiento desproporcionado en la construcción residencial entre 2001 y 2007. Su participación en el Producto pasó de 4,2 a más del 6,0 por ciento. Esto genera tensiones, porque un sector está creciendo a tasas muy superiores al resto, en un contexto en que la inversión se mantiene débil. Esto potenció el sistema del crédito y se dio una sobre-expansión del sector en relación con las necesidades de la economía.

    Tomando sólo el sector financiero, ¿el crecimiento de su participación en el PIB de Estados Unidos supuso un cambio o una continuidad respecto de etapas anteriores?

    –No me parece que la tasa de crecimiento se haya acelerado desde 1979/80. Entre 1895 y 1929, la tasa de crecimiento de ese sector en Estados Unidos fue superior a los últimos veinte años. Con la crisis del ’30 bajó su participación en la economía y recuperó terreno desde la década del ’50, con un crecimiento relativamente constante desde 1960. No hubo un quiebre importante en los ’80, aunque sí aumentaron mucho las tasas de interés: entre 1979 y 1985, el peso de los intereses en las balanzas empresarias subió considerablemente. Esto expresa parte de la tesis de la financiarización, pero no se convirtió en algo permanente.

    ¿Por qué?

    –Se pronosticó que se produciría una punción permanente del sector financiero sobre la ganancia empresaria, mediante la tasa de interés. Y que esto debilitaría al sector productivo y llevaría al estancamiento. Pero insisto en que el peso de los intereses sobre el sector productivo tendió a bajar. Según datos del Official Bureau of Economic Analysis de Estados Unidos, entre 2006 y principios de 2007, ese peso estaba a niveles de 1970, que era una época keynesiana. Pienso que ésta es una crisis muy grave, muy profunda, pero estamos lejos de una crisis como la del ’30.

    ¿Entonces cree que no hay un predominio del capital ficticio por sobre el productivo, en detrimento del crecimiento de la economía real?

    –Hay que preguntarse hasta qué punto esto es novedoso. Cuando en el sistema capitalista hubo expansión del capital, en la Bolsa de Valores hubo sobrevalorizaciones. Tradicionalmente, un promedio de esta ratio estaría en 10 años de price earning. En momentos de euforia bursátil, alcanzó 20 o 30 años. Esto ayuda a la inestabilidad del sistema capitalista, ya que provoca inflación de ganancias que desaparecen de la noche a la mañana, pero éstas no crecen al margen del trabajo productivo.

    ¿Cree que la crisis actual refleja este mecanismo?

    –Aquí han estallado activos financieros ligados al crédito, que se había sobrevalorizado. El estallido refleja que la economía estaba funcionando mal. Lo del capital ficticio hay que ponerlo en proporción, no debe hacernos perder el análisis estructural. Al extraer la plusvalía y realizarla en los mercados, puede haber inflaciones que terminan reventando. Pero, si bien agravan la inestabilidad, no explican en sí mismas las crisis.

    ¿Se puede establecer alguna relación entre el exceso de ahorro y la tendencia a la financiarización de la economía?

    –Este exceso de ahorro se debió a la debilidad de la inversión productiva. En determinado momento, hubo sectores que han sobreacumulado. Los neoclásicos lo interpretaron como una decisión de los hogares cuando, en realidad, fue por debilidad de la inversión. Un ejemplo es la caída de la inversión en Asia –con excepción de China– después de la crisis de 1997/98. Esta masa de capital líquido presiona sobre el sector financiero al buscar su valorización. Pero hay que destacar la relación de causalidad. El crecimiento de este sector es consecuencia de la acumulación del capital, no opera por fuera del conjunto de los problemas de esa acumulación. La interpretación de los neo-keynesianos –que hoy son el mainstream– es la del acelerador financiero. Es decir, el uso de los activos financieros como colaterales en préstamos hace que, en determinado momento, se produzca un shock que se potencia a través del mecanismo financiero.

    ¿Y usted qué opina sobre ese diagnóstico?

    –Tiene aspectos de la realidad importantes, pero no analiza a qué se debe el shock, de dónde viene. Es el propio sistema de la competencia capitalista el que obliga a un banco a competir con otros para ofrecer más rentabilidades. Si no los ligamos a los problemas de fondo, no entendemos por qué esas especulaciones pueden estallar en una brutal crisis financiera, que no siempre afecta a la economía. Por ejemplo, el crac de Wall Street de 1987 no derivó en una crisis global y fue la segunda gran caída de la Bolsa de Estados Unidos.

    En la cumbre del G-20 se propuso una mayor regulación de los mercados como forma de apuntalar la situación económica, ¿cree que ésa sería una solución?

    –En el G-20 la regulación de los mercados se planteó como gran cuestión para después de la crisis. Hoy la discusión es hasta qué grado hay que tener intervención estatal y si se van a aplicar o no medidas proteccionistas. Todo el mundo pide que no haya medidas proteccionistas pero, en el fondo, muchos las aplican. Sobre esto quisiera hacer dos reflexiones. Los mercados financieros y capitalistas presionan por eludir las regulaciones. Las regulaciones de Basilea establecieron que los bancos debían tener cierta ratio de capital en relación a su cartera de activos. Pero éstos diseñaron “Sociedades de Propósitos Especiales” (especie de fideicomiso) para armar sus operaciones por fuera de balance y, luego, comprar los papeles que emitían esas entidades.

    ¿Y la segunda reflexión?

    –Lenin decía que estaban bien las consignas pero hay que pensar quién las aplica. En el G-20, se planteó que el FMI debe retomar poder para regular. Ese organismo está gobernado por las grandes potencias, los grandes banqueros y el capital internacionalizado. Va a responder a esos intereses. Es un control de los altos mandos del capital para evitar desequilibrios. No hay controles en abstracto.

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    El capitalismo “desregulado” o “flexible” y las relaciones sociales. Entrevista a Richard Sennett.

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    Entrevista a Richard Sennett, por C. del Olmo

    En su último libro publicado en España, El respeto, habla usted abundantemente de su vida: del compromiso político de sus padres, de su infancia en un bloque de viviendas sociales en Chicago… ¿Contribuye de algún modo esa herencia a explicar la orientación o el enfoque de su trabajo teórico?

    Mi padre y mi tío, que eran anarquistas, lucharon en la Guerra Civil española con el POUM, y su relación con España estuvo bastante circunscrita a Cataluña, y a Barcelona en particular. Cuando volvieron a Estados Unidos se encontraron con que allí a nadie le importaba la diferencia entre estalinistas, anarquistas y trotskistas y fueron catalogados, simplemente, como izquierdistas. De ahí parte la larga relación que tiene mi familia con España. Tras la muerte de Franco me quedé asombrado al ver que la mayor parte de los españoles de mi generación que conocía porque estaban exiliados en Nueva York, se convertían de pronto en alcaldes de ciudades como Barcelona. Uno de ellos, Narcís Serra, llegó a ser Ministro de Defensa. Me sorprendió mucho aquella brusca evolución. En cuanto a la relación de mi historia personal con mis libros, lo cierto es que si incluí en El respeto todo este material autobiográfico no fue para intentar explicar de dónde proceden mis teorías o, al menos, no fue exactamente por eso.

    Pero, ya que estaba escribiendo sobre el respeto, esa relación tan básica para el buen funcionamiento de la sociedad, para el estado de bienestar y los pobres, pensé que sería más ilustrativo describirlo recurriendo a mi propia infancia que limitarme a teorizar. El respeto forma parte de una trilogía cuyo primer libro es La corrosión del carácter y que se completa con un ensayo que aparecerá próximamente en España: La cultura del nuevo capitalismo. Estos tres volúmenes forman una especie de ciclo en el que describo qué es el nuevo capitalismo centrando mi atención en el trabajo en el caso de La corrosión del carácter, en el estado de bienestar en El respeto y en la cultura en el que libro que está a punto de salir.

    Resulta habitual que en los estudios sociales de los últimos años se mencione un cambio económico, político y social que habría tenido lugar entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, un cambio que se ha conceptualizado de maneras muy diferentes: capitalismo tardío, sociedad posindustrial, paso a un sistema de producción posfordista o a un régimen de acumulación flexible… En La corrosión del carácter también usted aludía a esta transformación citando algunos fragmentos del clásico libro de Piore y Sabel The Second Industrial Divide. ¿Cree que se trata de un cambio de gran calado o de una modificación superficial?

    En mi opinión, se trata de un cambio profundo y estructural: el capitalismo ha entrado en una nueva era, que no se puede describir únicamente en términos de globalización. Se ha producido una transformación profunda en las instituciones y también en las expectativas que tiene la gente acerca de la relación entre la economía política y la cultura. En esta trilogía de la que hablaba he intentado demostrar que no estamos presenciando simplemente un fenómeno pasajero. Y no creo que la izquierda haya comprendido aún el calado de esta mutación, como no ha comprendido las profundas modificaciones que la tecnología está introduciendo en el sistema capitalista ni en qué medida esta tecnología se emplea para incrementar las desigualdades y la dominación. Si no tenemos en cuenta esta transformación nos limitaremos a mirar hacia atrás y a pedir que las cosas no cambien, como esos estudiantes franceses que se están manifestando porque quieren una seguridad que ya no tienen. No creo que ése sea un buen método para combatir este tipo de cambio. Cuando emprendí esta investigación sobre el nuevo capitalismo que me ocupa desde hace prácticamente quince años, casi todo el mundo identificaba lo que estaba ocurriendo con una nueva fase del imperialismo americano. Sin embargo, ahora vemos que los mismos cambios están teniendo lugar en China, en la India… Sería demasiado simplista decir que ya hemos visto antes lo que está ocurriendo allí.

    Se trata de dos países extremadamente pobres que, de pronto, han alcanzado una posición de poder muy importante y están presenciando cómo en su seno se genera una profunda contradicción entre los nuevos tipos de clase media y la gente que se está quedando rezagada. No cabe duda de que éste es un cambio estructural producido, digamos, por la economía y no el resultado intencionado de las maniobras de Estados Unidos. Son temas importantes sobre los que es preciso reflexionar.

    En sus ensayos utiliza abundantemente estudios de caso, historias de vida y transcripciones de conversaciones. Además de manejarse estupendamente con el lenguaje, se aprecia claramente que tiene una especial sensibilidad para este tipo de relatos. No me ha sorprendido, pues, descubrir que también ha escrito usted tres novelas, que no están traducidas al castellano. ¿Qué le llevó a escribir narrativa?

    A lo largo de mi formación como sociólogo aprendí a recabar y a utilizar historias de vida en mi investigación. Este método de estudio se basa en una teoría según la cual, para comprender el significado de los hechos políticos o económicos es preciso situarlos en un contexto temporal. Se trata de un enfoque que surge de la tradición etnográfica de la sociología británica, aunque también ha recibido influencias del psicoanálisis. Su objetivo es llegar a comprender la situación dentro de un marco narrativo amplio. En realidad, mi formación como sociólogo estuvo muy próxima a la antropología y dado que la mayor parte de mis investigaciones requerían entrevistas de hasta diez y doce horas, acabé desembocando en la narrativa de una manera muy natural.

    Para mí, la literatura y la sociología no son cosas tan distintas. Por lo demás, si bien es cierto que no soy un novelista particularmente bueno, mis novelas fueron para mí una especie de extensión de mis estudios, una investigación diferente que también me servía para comprender el lugar de las cosas en el marco de períodos extensos de tiempo, lo cual resulta fundamental en unos momentos en los que el rasgo más relevante de la cultura del nuevo capitalismo es la ruptura del tiempo, su fragmentación en pequeñas porciones, de forma que, como explicaba en La corrosión del carácter, las experiencias resultan muy breves e inconexas. Este tipo de investigación etnológica, que produce un tipo de conocimiento muy específico, no tiene nada que ver con la escuela estadounidense, más orientada a los números y las estadísticas, pero tampoco con la francesa; es totalmente diferente. Aunque es cierto que la obra del sociólogo francés Pierre Bourdieu, que fue buen amigo mío y que también tuvo una formación antropológica, se basa en narraciones de este tipo. Curiosamente, en los últimos años estoy teniendo en la universidad, en Londres, bastantes alumnos franceses; tal vez están cansados de tanta teoría…

    Dice usted que sociología y literatura no son cosas tan distintas… Si no me equivoco, hace algún tiempo declaró que su intención era volver a convertir la sociología en un género literario, como lo fue en el siglo xix. ¿Qué opinión le merecen las pretensiones científicas de los sociólogos? Y, una vez que aceptamos la sociología como género literario, ¿a qué tipo de verdad cree que pueden aspirar sus conocimientos?

    La primera parte de la respuesta es que no hay por qué pensar que ciencia y arte son excluyentes. Las cosas se puede hacer como las hago yo o de otro modo. En realidad, siento un enorme respeto por los investigadores que trabajan con estadísticas, aunque mi método sea distinto. El trabajo que yo llevo a cabo, y que desarrollan otros muchos estudiosos con los que comparto un enfoque similar, desemboca en un tipo de conocimiento diferente que en alemán se denomina Verstehen; es una labor de reconocimiento y empatía, aunque tal vez «empatía» no sea la palabra adecuada. En cualquier caso, es la capacidad de imaginar una vida diferente de la propia. Naturalmente, este método basado en el Verstehen no es algo que yo haya inventado, procede de una tradición muy respetable en la que destacan figuras como Dilthey o Nietzsche.

    Los conceptos de «verdadero» y «falso» forman parte de un lenguaje propio de un mundo muy específico. En las investigaciones de este tipo, en cambio, no se trata tanto de producir verdades cuanto de conseguir un entendimiento, una comprensión que constituye también conocimiento objetivo, aunque de un tipo muy peculiar, que permite descubrir qué es lo que hace que otro ser humano sea diferente de uno mismo. Y para lograr que el lector experimente esas diferencias y comprenda ciertos aspectos concretos que están en el interior de otras personas, quien realiza el análisis debe trabajar mucho su escritura. Si yo quiero, por ejemplo, expresar qué hay de extraño en la vida de un señor que trabaja como programador informático, no puedo limitarme a explicarlo, tengo que convertirlo en una experiencia concreta que poder narrar. Si me limito a decir «estas personas son diferentes de ustedes», el lector no captará nada. Por eso le doy tanta importancia a la forma en la que escribo.

    He leído que Tony Blair ha citado su libro El respeto en apoyo de su Labour’s Respect Action Plan, un paquete de medidas destinadas a solventar los problemas de convivencia ciudadana –una normativa parecida a la ordenanza cívica que tanta polémica ha desatado en Barcelona–. ¿Comparten usted y Blair el mismo concepto de respeto?

    No, en absoluto. La cuestión de los problemas de convivencia que causan los excluidos y los marginales no tiene nada que ver con el tema sobre el que escribí en mi libro. Me sorprendió muchísimo enterarme de lo de Blair; supongo que la confusión se debe a la forma de leer que tienen los políticos. En realidad, mi libro habla precisamente sobre cómo los poderosos –y esto también vale para las instituciones– podrían tratar con más respeto a los que están por debajo de ellos, a los que están en sus manos.

    En los últimos años parece como si el discurso acerca de la justicia social, tan común en los estudios urbanos, hubiera sido remplazado por un discurso, muy típico del Nuevo Laborismo, que habla de «sostenibilidad social» y en el que los objetivos de competitividad y cohesión social, antaño considerados contradictorios, aparecen como complementarios. ¿Cree que los gobiernos pueden realmente lograr esta meta conjunta?

    No, cohesión y competitividad son conceptos que no pueden ir de la mano. Ése es el problema. En el capitalismo, al menos en su etapa actual, no puede haber conciliación entre las ganancias económicas y la cohesión social. Todo ese discurso del que hablas no es más que palabrería, es imposible producir simultáneamente más desigualdades económicas y más solidaridad. Esta cuestión cobra tintes dramáticos en países como China. Allí el capitalismo está en plena eclosión de una manera que los europeos no podemos ni imaginar. El Partido Comunista ha resultado ser un perfecto motor para llevar a cabo esta revolución capitalista.

    Pero este desarrollo está separando drásticamente las zonas urbanas de las rurales, violando uno de los principios fundamentales del comunismo chino y provocando una terrible pérdida de cohesión y un conflicto dramático del que sólo se está beneficiando un tercio de la población, mientras las barreras que separan a este grupo de los dos tercios restantes se vuelven cada día más infranqueables. Últimamente están empezando a producirse revueltas en las zonas rurales y se está forjando todo un discurso sobre las desigualdades que el Partido Comunista Chino no está preparado para asumir. Este asunto constituye, por cierto, un buen ejemplo de las razones por las que debemos evitar dirigir la mirada únicamente a Estados Unidos, o hablar sólo del capitalismo anglosajón. Pero volviendo a tu pregunta, creo firmemente que no es realista afirmar que puede haber crecimiento económico y un incremento de la cohesión social al mismo tiempo. Tal vez fuera posible hace un siglo, pero ahora no.

    Hace un par de años, Ray Pahl, uno de los padres de los estudios urbanos actuales, autor del clásico Whose city?, declaraba que los investigadores llevaban años culpando a la ciudad de ciertos aspectos de la vida social que tenían bastante más que ver con política fiscal, por ejemplo, y afirmaba que lo que deberían hacer era, precisamente, insistir en la relativa insignificancia de las pautas y procesos específicamente urbanos. ¿Está de acuerdo con esta opinión de Pahl?

    Pahl es un buen amigo mío. En mi opinión, lo que quiere decir con estas palabras es que no se puede tomar un fenómeno como el capitalismo flexible, por ejemplo, y tratar de intervenir a pequeña escala, a escala urbana. Si no se cambian, por ejemplo, las normas que rigen las operaciones de los bancos, quien se limite a dirigir la mirada a la sucursal bancaria de su pueblo sólo conseguirá un impacto mínimo. De todas formas, la afirmación de Pahl es realmente rotunda… Yo creo que los cambios económicos y sociales que he estudiado han tenido un efecto claro de homogeneización en las ciudades. Hoy en día, lugares tan dispares como Londres, Nueva York, Madrid, Shanghai o incluso Bombay, resultan enormemente parecidos, lo cual no deja de asombrarme. La principal razón de esta homogeneización es que el entorno urbano es el territorio ideal para que pueda operar este nuevo capitalismo, por tanto, todas las personas y los servicios irrelevantes para esta dinámica económica son expulsados del centro de las ciudades, que queda reservado para turistas y burgueses, con el inevitable componente de exclusión social que ello conlleva.

    En sus libros, especialmente en La corrosión del carácter, explica cómo la gente que se siente de un modo u otro amenazada por esta fragilización de las relaciones sociales que conllevan las nuevas condiciones flexibles del trabajo y la economía, tiende a desplazarse a posiciones políticas de derechas. ¿Qué es lo que motiva este giro político?

    Me alegro de que hayas tocado este tema, porque es algo que tengo muy presente en estos últimos tiempos. Me intriga sobremanera saber por qué el primer impulso de la gente en momentos de cambio como el actual es desplazarse a posiciones de derechas. Para comprenderlo, hay que tener en cuenta que generalmente se trata de una derecha particular, tipo Vicente Fox, por ejemplo, o tipo Berlusconi, muy marcada por el individualismo, que viene a decir a la gente: «Tú también puedes alcanzar el éxito. El problema son esos pesados de la izquierda que se interponen en tu camino». Es un discurso que apela a una mentalidad de derechas individualista, desligada, en apariencia, de los intereses de los grandes grupos de poder. La única razón que se me ocurre para explicar este fenómeno es que el nuevo capitalismo pone el énfasis en la responsabilidad de cada persona frente a su propio destino, antes que en la responsabilidad colectiva, y este tipo de movimientos de derechas también refuerzan esa responsabilidad personal: le dicen a la gente que también ellos son importantes como individuos, que no son simplemente parte de la gran masa, aunque las circunstancias les hayan impedido demostrar de lo que son capaces.

    En la India, por ejemplo, resulta muy interesante observar cómo las personas que más sufren los efectos de este nuevo capitalismo están siendo atraídas en gran medida por este tipo de ideología derechista que les dice: «Sí, vosotros también merecéis tener vuestra oportunidad». De modo que no es un fenómeno únicamente occidental. Y la cuestión es saber por qué los movimientos de izquierdas no conectan con estos sentimientos. Esta es la gran pregunta que la izquierda debe abordar porque, en estos momentos, lo único que parece transmitir a la gente es desesperanza. En el Reino Unido, por ejemplo, los movimientos organizados de izquierdas están totalmente anquilosados y en Francia, la izquierda se ha ganado la etiqueta de auténtico movimiento conservador, con sus reivindicaciones de estabilidad. Tal vez simplemente tengamos que esperar unos años para que la situación evolucione; al fin y al cabo, estas tendencias actuales sólo tienen diez o quince años de vida.

    Puede que lo único que haga falta sea un cambio generacional para conectar mejor con la gente, que la solución radique simplemente en librarse de los líderes de mi generación que hay en los sindicatos y los partidos de izquierdas. No conozco bien la situación en España, pero no me cabe duda de que en países como Francia o el Reino Unido la vieja izquierda no tiene ninguna idea sobre qué hacer. Por ejemplo, me parece imprescindible reinventar los sindicatos de forma que apoyen a la gente que vive inmersa en esta economía flexible y va cambiando de un trabajo a otro; deberían reconvertirse en una especie de combinación de agrupación comunitaria y servicio de empleo, así podrían aportar a las personas algo de continuidad y estabilidad a pesar de las interrupciones y las rupturas que implica el nuevo capitalismo.

    En cierta ocasión hablé sobre este tema en un congreso sindical en el Reino Unido, y me asombró oír las respuestas que me dieron: «No podemos hacer eso, perderíamos nuestra identidad. Somos un sindicato que sólo representa a los trabajadores de un ramo determinado, y si uno de ellos cambia de ramo, dejamos de representarlo. Además, lo que nos importa es preservar el salario de nuestros trabajadores, no buscarles empleo». Me parece una actitud absolutamente tradicional: sólo te protegen si ya tienes trabajo. Mi esperanza es que, a medida que se vaya muriendo la gente de mi generación puedan desarrollarse estos nuevos sindicatos que defiendo…

    En El respeto utiliza su experiencia como violonchelista para explicar cómo una base de técnica, disciplina y «saber hacer» es necesaria para poder disfrutar de la libertad –en este caso, de un vibrato–. Imagino que es una metáfora válida para todos los ámbitos, desde la práctica artística hasta la vida cotidiana. ¿Cree que la disciplina es un valor en desuso que debiera ser rescatado?

    Sí, estoy firmemente convencido. Ahora bien, cuando hablo de disciplina no me refiero al término en el mismo sentido que Foucault y sus seguidores, no es algo impuesto desde arriba. Para mí, la palabra «disciplina» es una especie de símbolo que representa la fuerza psicológica que ha de tener la gente para sobrevivir en este capitalismo tan lleno de injusticias. También me refiero a este concepto con la palabra «oficio» [craft], en el sentido de los oficios artesanos, algo que es necesario dominar. ¿Nunca has tenido la sensación de que tienes la capacidad de realizar una tarea determinada, y de que quieres hacerla bien aunque el sistema económico no te vaya a compensar por ello? Eso quiere decir que crees en ti misma, que te respetas, y eso te proporciona energía. En cambio, si te conviertes en una especie de criatura del momento, en alguien que aborda cualquier tarea aunque sólo tenga un conocimiento superficial de ella, estás perdida. De modo que esta idea de reconstrucción de uno mismo a través de una disciplina u oficio, es crucial. Porque este nuevo capitalismo resulta ser un sistema muy destructivo tanto en el plano social como en el psicológico, dañino de una forma en que no lo era el capitalismo clásico. Y si queremos soportarlo tenemos que empezar por construirnos una personalidad fuerte para enfrentarnos a él.

    Vida urbana e identidad personal, Barcelona, Península, 1975
    El declive del hombre público, Barcelona, Península, 1978
    La autoridad, Madrid, Alianza, 1982
    Carne y piedra: el cuerpo y la ciudad en la civilización occidental,
    Madrid, Alianza, 1997
    La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo
    en el nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, 2000
    El respeto: sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad,
    Barcelona, Anagrama, 2003
    La cultura del nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, en prensa.

    MINERVA 02. Revista del Circulo Bellas Artes
    Traducción Xohana Bastida Calvo
    http://www.ddooss.org

    Entrevista a Joseph Stiglitz y Muhammad Yunus, por N. Gardels y H. Kazim

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    INVESTIGACION6 Nathan Gardels y Hasnain Kazim, entrevistan

    Letras Libres Nov-08

    Dos Premios Nobel, uno de economía y otro de la paz, se suman al coro de voces que intenta entender las causas de la crisis financiera y sus posibles salidas. Ambos repiten como un mantra: regulación, regulación

    La caída de Wall Street. Entrevista con Joseph Stiglitz

    Barack Obama ha dicho que el desplome de Wall Street es la crisis financiera más grave desde la Gran Depresión. John McCain dice que la economía está en riesgo, pero que sus cimientos son sólidos. ¿Quién tiene la razón?

    Obama está mucho más cerca de dar en el blanco. Sí, en Estados Unidos hay gente talentosa, grandes universidades y un buen sector de alta tecnología. Pero los mercados financieros han jugado un papel muy importante y representan un 30 por ciento de las utilidades corporativas de los últimos años. Quienes manejan los mercados financieros han cosechado estas utilidades bajo el argumento de que estaban ayudando a administrar el riesgo y a asignar el capital de manera eficiente, razón por la cual, según ellos, “merecían” esos altos rendimientos. Pero hoy se ha demostrado que eso no era cierto. Lo han hecho todo mal. Y ahora las cosas se han vuelto en su contra y el resto de la economía lo pagará conforme los engranes del comercio se ralenticen debido a la crisis crediticia. Ninguna economía moderna puede funcionar bien sin un sector financiero vigoroso. Así que el diagnóstico de Obama, según el cual nuestro sector financiero está en condiciones alarmantes, es correcto. Y si dicho sector está en condiciones alarmantes, eso significa que nuestra economía está en condiciones alarmantes.

    Incluso si no nos concentramos en el caos financiero, sino en el nivel doméstico, veremos que la deuda nacional y federal es un problema importante. Nos estamos ahogando. Si reparamos en la desigualdad –la más acentuada desde la Gran Depresión – veremos que ahí hay un problema importante. Si reparamos en el estancamiento de los salarios, veremos que ahí hay un gran problema. La mayor parte del crecimiento económico de los últimos cinco años descansó sobre la burbuja hipotecaria que hoy ha estallado. Y los frutos de ese crecimiento no han sido distribuidos con la debida amplitud. En pocas palabras, los cimientos no son sólidos.

    ¿Cuál debería ser la política que responda al desplome de Wall Street?

    Claramente, necesitamos no sólo una nueva regulación sino un rediseño del sistema regulatorio. Durante su reinado como presidente de la Reserva Federal –el periodo durante el cual creció esta burbuja hipotecaria y financiera– Alan Greenspan tuvo muchos instrumentos a su disposición para atajar el problema, pero fracasó. Después de todo, Ronald Reagan lo designó por su postura antirregulatoria. El anterior presidente, Paul Volcker, conocido por mantener la inflación bajo control, fue despedido porque la administración Reagan no lo consideraba un desregulador adecuado. Estados Unidos padece entonces las consecuencias de elegir como regulador en jefe de la economía a alguien que no creía en la regulación.

    Así, para corregir el problema necesitamos en primer lugar líderes políticos y legisladores que crean en la regulación. Y además de eso, necesitamos construir un nuevo sistema capaz de lidiar con la expansión de los instrumentos financieros y económicos más allá de los tradicionales bancos. Necesitamos, por ejemplo, regular los incentivos. Los bonos deben pagarse según el desempeño multianual y no cada año, ya que esto fomenta la especulación. La opción de compra de acciones alienta la contabilidad deshonesta y es preciso ponerle un freno. En pocas palabras, hemos fabricado incentivos al mal comportamiento en el sistema, y lo que hemos obtenido es ese mal comportamiento.

    También nos hacen falta “topes”. Históricamente, toda crisis financiera ha estado asociada con la expansión demasiado rápida de determinado tipo de activos, desde tulipanes hasta hipotecas. Si restringimos este fenómeno, podremos impedir que las burbujas se salgan de control. El mundo no desaparecería si las hipotecas crecieran a un 10 por ciento anual en lugar de un 25 por ciento anual. Conocemos tan bien el modelo que debemos ser capaces de hacer algo para moderarlo. Pero sobre todo, de la misma manera en que tenemos una comisión de seguridad para los bienes de consumo, necesitamos una comisión de seguridad para los productos financieros. Los hombres de finanzas inventaron productos que no estaban diseñados para administrar el riesgo sino para crearlo.

    Por supuesto, creo firmemente en una mayor transparencia. Ahora bien, en términos de los estándares regulatorios, los productos financieros deben ser transparentes en un sentido técnico. Dichos productos eran tan complejos que nadie podía entenderlos. Si cada disposición de los contratos se hubiera hecho pública, no habría añadido ninguna información sobre el riesgo que le resultara útil a cualquier mortal. Tener demasiada información equivale a no tener ninguna. En este sentido, quienes llaman a una mayor apertura como solución al problema no entienden la información. Si compras un producto, quieres saber cuál es el riesgo, así de simple. Esa es la cuestión.

    Los tenedores de los títulos hipotecarios detrás del colapso están en todo el mundo, en bancos o en fondos soberanos en China, Japón, Europa y el Golfo. ¿Qué impacto tendrá esta crisis sobre ellos?

    Eso es cierto. Las pérdidas que sufrieron las instituciones financieras europeas por las hipotecas de alto riesgo fueron mayores a las registradas en Estados Unidos. A decir verdad, el hecho de que Estados Unidos diversificara los títulos hipotecarios entre tenedores alrededor del mundo –gracias a la globalización de los mercados– suavizó el impacto en el país. Si no hubiéramos repartido el riesgo alrededor del mundo, la caída en Estados Unidos habría sido mucho peor. Ahora, como resultado de esta crisis, se empieza a entender la asimetría informativa de la globalización. En Europa, por ejemplo, no quedaba muy claro que las hipotecas estadounidenses son hipotecas sin aval: si el valor de la propiedad se vuelve menor al valor de la hipoteca, uno puede devolver la llave al banco y retirarse. En Europa, la propiedad es una garantía, y el prestatario está obligado a pagar el monto que recibió sin que importe nada más. Este es uno de los peligros de la globalización: el conocimiento aún es local porque uno sabe mucho más sobre la propia sociedad que sobre otras.

    Entonces, ¿cuál es, en última instancia, el impacto del desplome de Wall Street sobre la globalización orientada al mercado?

    La agenda de la globalización ha estado estrechamente ligada a los fundamentalistas del mercado, es decir, a la ideología del libre comercio y de la liberalización financiera. En esta crisis hemos visto cómo la mayor parte de las instituciones de mercado en la economía más orientada al mercado fracasaron y corrieron a pedir ayuda al gobierno. Todo el mundo dirá ahora que este es el fin del fundamentalismo de mercado. En este sentido, el desplome de Wall Street es para el fundamentalismo de mercado lo que la caída del Muro de Berlín fue para el comunismo: le dice al mundo que esta forma de organización económica resultó no ser sustentable. A fin de cuentas, dicen todos, el modelo no funcionó. Este momento es un indicador de que los alegatos por la liberalización del mercado financiero eran falsos. ~

    – Nathan Gardels © New Perspectives Quarterly


    El capitalismo se ha convertido en un casino

    Entrevista con Muhammad Yunus

    Durante años usted ha abogado por una mayor conciencia social en nuestra forma de hacer negocios y ha denunciado lo dañina que resulta la estrechez de miras cuando sólo se busca la maximización de ganancias. Ahora el sistema financiero entero se está tambaleando.

    Me entristece el curso actual de los acontecimientos. Es algo que sin duda no me hace feliz. La crisis ha lastimado a mucha gente y súbitamente ha vuelto inestable al mundo entero. En estos momentos deberíamos concentrarnos en garantizar que una crisis financiera de esta índole no vuelva a repetirse.

    ¿Qué debe hacerse?

    Hay enormes agujeros en el sistema financiero que se deben tapiar. Está claro que ahora el mercado no puede resolver estos problemas por sí mismo, así que la gente tiene que acudir a los gobiernos para pedir ayuda de emergencia. Esto no es una buena señal, pues muestra que la confianza en los mercados se ha desvanecido. Desafortunadamente, por el momento no existe otra alternativa más que la intervención y el apoyo de los gobiernos. Hoy día ese es el método empleado para combatir la crisis, un método que se echó a andar con los 700 billones de dólares del paquete de rescate aprobado en Estados Unidos.

    ¿Cuál es exactamente el problema con esta estrategia?

    El punto es que debemos regresar tan pronto sea posible a los mecanismos de mercado que puedan paliar la crisis y resolver los problemas. Las soluciones deben provenir del mercado y no de los gobiernos.

    Pero usted mismo ha dicho que el mercado es incapaz de resolver los problemas.

    En eso precisamente es en lo que debemos trabajar. Durante un largo tiempo, las prioridades principales han sido la maximización de ganancias y el crecimiento rápido, pero este enfoque nos ha conducido a la actual situación. Cada día debemos escudriñar para ver si existe crecimiento potencialmente dañino en algún lugar. Si descubrimos que lo hay, entonces debemos reaccionar de inmediato. Si algo crece anormalmente rápido, entonces debemos detenerlo. ¿Por qué no invierten todas las compañías en un fondo que compre los títulos que se han vuelto demasiado riesgosos? Ya puedo imaginar un modelo de negocios para un programa de tal naturaleza.

    Por una parte, usted dice que el mercado debe resolver el problema por sí mismo pero, por otra, critica el crecimiento demasiado acelerado. Al parecer, usted cree que el capitalismo orientado hacia el lucro ha fracasado.

    En absoluto. El capitalismo, con todos sus mecanismos de mercado, debe sobrevivir, no me cabe duda. Lo que condeno es que hoy sólo exista un incentivo para hacer negocios, y que este sea la maximización de ganancias. El incentivo del bienestar social debe ser incluido. Se precisan muchas más compañías cuyo objetivo principal no sea tener los rendimientos más altos, sino proporcionar el mayor beneficio a la humanidad.

    ¿Y usted piensa que esos dos incentivos se excluyen mutuamente? El banco que usted fundó, el Grameen Bank, que lo llevó a recibir el Premio Nobel de la Paz en 2006, ayuda a la gente y tiene rendimientos saludables.

    El Grameen Bank es una compañía orientada al bienestar social que, además, tiene utilidades, pero no se concentra en maximizar sus ganancias. No me interesa convertir todas las compañías lucrativas en empresas socialmente responsables. Se trata de dos categorías diferentes, y siempre habrá negocios cuyo objetivo principal sea ganar tanto dinero como sea posible. Pero ganar tanto dinero como sea posible sólo puede ser el medio para un fin, y no un fin en sí mismo. Uno debe invertir el dinero en algo significativo, y yo defendería que ha de ser en algo que mejore la calidad de vida de toda la gente.

    Pero, ¿qué tiene que ver la crisis financiera con un aumento en el número de compañías socialmente responsables?

    Si hubiera más compañías socialmente responsables, la gente tendría más oportunidades para forjar sus vidas. Los mercados estarían más equilibrados que hoy.

    Usted está hablando de salvar al mundo a través del altruismo…

    Hay muchos filántropos en este mundo, gente que ayuda a la gente dándole casa, educación, etcétera. Pero esa es una vía de un solo sentido. El dinero se gasta y nunca regresa. Si uno invirtiera ese dinero en una compañía socialmente responsable, el dinero se mantendría en la economía y resultaría mucho más eficaz, ya que se utilizaría según los criterios del mercado generando así cierto nivel de retorno de la inversión.

    ¿Quién cree que sea culpable del actual desplome financiero?

    El mercado mismo, por la falta de una regulación adecuada. El capitalismo de hoy se ha vuelto un casino. Los mercados financieros están impulsados por la avaricia. La especulación ha alcanzado proporciones catastróficas. Todo esto debe terminar.

    La actual crisis financiera comenzó como una crisis crediticia: los propietarios de viviendas en Estados Unidos ya no podían pagar sus hipotecas. En el Grameen Bank, que proporciona micropréstamos, el índice de pago es cercano al cien por ciento. ¿Usted cree que su banco podría ser un modelo para todo el sistema financiero mundial?

    La diferencia fundamental es que nuestro negocio está muy vinculado a la economía real. Cuando otorgamos un préstamo por 200 dólares, ese dinero se utilizará para comprar una vaca en algún lugar. Si prestamos 100 dólares, alguien comprará unos pollos. En otras palabras, el dinero va a parar en algo con un valor concreto. Las finanzas y la economía real deben estar vinculadas. En Estados Unidos, el sistema financiero se ha separado por completo de la economía real. Ahí se construyeron castillos en el aire y, de pronto, la gente se dio cuenta de que esos castillos sencillamente no existían. Ese fue el punto en que se desplomó el sistema financiero.

    ¿Y es momento de que los gobiernos intervengan en la economía de mercado y refuercen la regulación?

    Debe haber regulación, pero no se debe permitir que los gobiernos conduzcan el mercado. Se ha hecho evidente que la “mano invisible” de Adam Smith, que supuestamente resuelve todos los problemas del mercado, no existe. Esa “mano” ha desaparecido en los últimos días. Lo que estamos viviendo es un dramático fracaso de los mercados. ~

    – Hasnain Kazim © Der Spiegel

    Traducción de Marianela Santoveña

    P. Krugman: dinero (para los banqueros) a cambio de nada…

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    CRISIS004 PAUL KRUGMAN 03/05/2009

    El 15 de julio de 2007, The New York Times publicaba un artículo con el titular ‘Los más ricos entre los ricos, orgullosos de una nueva Época Dorada’. Entre los "nuevos titanes", el que destacaba más prominentemente era Sanford Weill, ex presidente de Citigroup, que insistía en que él y sus homólogos del sector financiero habían obtenido su inmensa fortuna gracias a sus aportaciones a la sociedad.

    Poco después de que se publicara dicho artículo, el edificio financiero que Weill se congratulaba de haber ayudado a construir se venía abajo, y provocaba con su caída inmensos daños colaterales. Aunque consigamos evitar que se repita la Gran Depresión, la economía mundial necesitará años para recuperarse de esta crisis.

    Todo esto explica por qué debería preocuparnos que las remuneraciones en los bancos de inversión, tras bajar el año pasado, vuelven a dispararse, hasta los niveles de 2007. ¿Por qué es esto preocupante? Déjenme contarles los motivos. En primer lugar, ya no hay razón para creer que los magos de Wall Street realizan de hecho una aportación positiva a la sociedad, y mucho menos una aportación que justifique esas nóminas desmesuradas.

    Recuérdese que el dorado Wall Street de 2007 era un fenómeno bastante nuevo. Desde la década de 1930 hasta aproximadamente 1980, la banca era un negocio sobrio y aburrido que, de media, no pagaba mejor que otros sectores, pero hacía que las ruedas de la economía siguieran girando.

    Entonces, ¿por qué algunos banqueros empezaron a acumular enormes fortunas? Era, se nos decía, una recompensa por su creatividad, por la innovación financiera. A estas alturas, sin embargo, es difícil pensar en una gran innovación financiera reciente que de hecho ayudase a la sociedad, y que no fuera una forma nueva y mejorada de provocar burbujas, evadir normas y crear de facto pirámides financieras.

    Recordemos un discurso reciente de Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal, en el que intentó defender la innovación financiera. Sus ejemplos de innovaciones financieras "buenas" eran: (1) las tarjetas de crédito, que no son precisamente una idea nueva; (2) la cobertura de descubiertos, y (3) las hipotecas subprime. (No me lo invento). ¿Éstas son las cosas por las que pagaban tanto a los banqueros?

    Aun así, se podría alegar que tenemos una economía de libre mercado, y que es el sector privado el que debe decidir cuánto valen sus trabajadores. Pero esto me lleva a mi segundo razonamiento: Wall Street ya no forma parte, en un sentido real, del sector privado. Es un pupilo del Estado, tan dependiente de la ayuda pública como los receptores de la Asistencia Temporal a Familias Necesitadas. No hablo sólo de los 600.000 millones de dólares ya asignados del TARP. Están también las enormes líneas de crédito de la Reserva Federal; el préstamo a gran escala efectuado por los bancos federales hipotecarios; los finiquitos de los contratos de AIG financiados por los contribuyentes; la enorme expansión de los avales del Fondo de Garantía de Depósitos (FDIC en sus siglas en inglés), y, más en general, el apoyo implícito proporcionado a todas las empresas financieras consideradas demasiado grandes, o demasiado estratégicas, para quebrar.

    Se puede argumentar que es necesario rescatar a Wall Street para proteger la economía en su conjunto, y estoy de acuerdo. Pero teniendo en cuenta el dinero de los contribuyentes que hay en peligro, las empresas financieras deberían comportarse como las de servicios públicos, y no volver a las prácticas y remuneraciones de 2007.

    Es más, pagar cantidades ingentes a embaucadores no sólo es indignante; también es peligroso. A fin de cuentas, ¿por qué asumieron los banqueros riesgos tan excesivos? Porque el éxito -o incluso la apariencia temporal de éxito- ofrecía unas recompensas gigantescas: hasta los ejecutivos que hacían saltar por los aires sus empresas podían largarse con cientos de millones de dólares y lo hacían. Ahora estamos viendo que se ofrecen remuneraciones parecidas a gente que puede jugar sus arriesgados juegos con respaldo federal.

    ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué van las nóminas camino de la estratosfera una vez más? Las afirmaciones de que las empresas tienen que pagar estos salarios para conservar a sus mejores profesionales no son verosímiles: si el empleo en el sector financiero se está desplomando, ¿adónde va a ir toda esa gente?

    No, la verdadera razón por la que las empresas financieras vuelven a pagar tanto es sencillamente porque pueden. Están ganando dinero otra vez (aunque no tanto como afirman), ¿y por qué no? Al fin y al cabo, consiguen préstamos baratos, gracias a todos esos avales federales, y prestan con unos tipos de interés mucho más elevados. Así que comen, beben y son felices, porque a lo peor mañana les regulan.

    O a lo mejor no. La sensación palpable en la prensa financiera es que la tempestad ha pasado: las Bolsas suben, la caída en picado de la economía podría estar nivelándose, y es probable que el Gobierno de Obama deje a los banqueros irse de rositas con nada más que unos cuantos discursos severos. Con razón o sin ella, los banqueros parecen creer que las cosas están a punto de volver a ser lo que eran.

    Sólo podemos desear que nuestros líderes les demuestren que están equivocados, y lleven a cabo una verdadera reforma. En 2008, unos banqueros demasiado bien pagados que asumieron grandes riesgos con dinero de otros pusieron de rodillas a la economía mundial. Lo último que necesitamos es darles la oportunidad de volver a hacerlo.

    Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. © 2009 New York Times Service. Traducción de News Clips.

    Perú: la larga marcha del neoliberalismo y sus graves impactos sociales. Dos miradas críticas…

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    Hedelberto López Blanch
    Rebelión


    Las políticas neoliberales instauradas en Perú durante varias décadas y que se han visto reforzadas en los dos últimos gobiernos de Alejandro Toledo y de Alan García, han llevado al pueblo andino a un nivel desbordante de desesperación económica y social.

    Los efectos de la pobreza, miseria, inestabilidad social y la desigualdad distribución de riquezas impulsaron a los diferentes sectores del país a lanzarse a las calles para reclamar sus derechos cercenados y protestar contra la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos.

    Las manifestaciones y huelgas– realizadas a lo largo y ancho del territorio nacional para exigir al gobierno una distribución equitativa de las riquezas y la aplicación de políticas sociales y económicas que promuevan disminuir los altos índices de pobreza– han estado encabezadas por el Sindicato Único de Trabajadores de la Educación Peruana (SUTEP), la Confederación Nacional de Trabajadores del Perú (CGTP), la Federación Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Siderúrgicos del Perú (FNTMMSP). A la extensa lista se unen la Federación Nacional de Trabajadores Universitarios (FENTUP), la Federación de Trabajadores del Sector Salud (FERSALUD), el Sindicato de Docentes de Educación Superior (SIDESP), la Confederación Nacional de Comunidades del Perú Afectadas por la Minería (COCAMI) y la Corporación Peruana de Aeropuertos y Aviación Comercial por solo citar algunos.

    Pero lo más llamativo es que mientras la aprobación popular del presidente Alan García cae en las encuestas a solo 35 %, el mandatario tildó a los miles de manifestantes de "radicales de izquierda, suicidas y locos". Para no quedarse atrás, el presidente del Consejo de Ministros, Jorge del Castillo, expresó que solo se trata de “pequeñas y focalizadas protestas” a la par que se ordenó la represión masiva contra las demostraciones que ocasionaron varios muertos y numerosos heridos. Las huelgas se iniciaron con los maestros, los cuales protestan por la promulgación de la ley sobre la carrera pública magisterial, que entre otros puntos, plantea el despido de los educadores que desaprueben las evaluaciones. Los profesores afirman que la prueba se traducirá en cientos de despidos arbitrarios.

    Todo esta efusión reivindicadora en Perú sucede cuando se cumple el primer año del gobierno de Alan García y antes de entrar en vigor el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos en el que el presidente andino ha puesto todo su empeño. Con ese fin ha viajado en dos ocasiones a Washington para reunirse con su homólogo George W. Bush y para solicitar a los congresistas estadounidenses que lo aprueben. El gobierno ha incumplido todas sus promesas preelectorales, entre las que se destacan la disminución de la pobreza y la revisión del documento base del TLC que ofrece innumerables prebendas a los inversionistas extranjeros.

    Según el oficial Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), en 2006, la pobreza afectaba a 13,7 millones de personas, que equivalían a 50,4 % de los 27,2 millones de peruanos, mientras otro documento de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) revela que el 25 % de los niños en Perú sufren este flagelo. En contraposición, la nación andina aparece con uno de los mejores promedios de crecimiento del Producto Interno Bruto en los últimos años en la región, que alcanza al 7 %. Esa contradicción ocurre, entre otras causas, porque las ganancias extraordinarias por los precios internacionales de los productos que exporta Perú, son sacadas del país por los beneficios que reciben las transnacionales (exoneración de impuestos) o quedan en manos de los empresarios privados nacionales, mientras los salarios están congelados, lo cual aumenta la desigualdad en la distribución de ingresos.

    No existe una política social a favor de la mayoría de la población pues, como afirman las federaciones sindicales, “mantienen presupuestos de hambre en educación, salud, Fuerzas Armadas, y se argumenta que no hay recursos para aumentar los salarios, mientras se pre-paga la deuda externa”. Con la entrada en vigor del TLC que se prevé para el próximo mes de octubre, todas las empresas de producción y servicios, así como toda la tierra, minería, bosques, fuentes fluviales, flora y fauna pasarán a la categoría de venta libre al mejor postor. En el campo, los que sobreviven de la agricultura familiar no podrán competir con los productos subsidiados por el gobierno de Estados Unidos que entrarán libremente en Perú, y los campesinos tendrán que emigrar a las ciudades para venderse como mano de obra barata a cualquier negocio o empresa privada.

    Las prerrogativas sindicales a favor de programas sociales desaparecerán pues los convenios del TLC prohíben la creación de federaciones obreras dentro de sus negocios. Las riquezas nacionales fluirán con más fuerza hacia la metrópolis norteamericana por intermedio de sus transnacionales mientras la pueblo peruano le quedará solo las migajas. De estas realidades se han dado cuenta una gran parte de los maestros, estudiantes, mineros, campesinos, y portuarios peruanos que demandan un cambio de rumbo en la política económica neoliberal y pronorteamericana del régimen de Alan García.

    Rebelión.org

    A dos años de gestión Alan García

    El nuevo modelo neoliberal en la región

    Ricardo Daher

    Viernes 6 de junio de 2008, puesto en línea por Ricardo Daher

    A casi dos años de la asunción de Alan García a la presidencia de Perú (será el 28 de julio), el país se presenta como el nuevo modelo neoliberal en la región, y recibe las alabanzas de Washington. Al mismo tiempo que el país presenta tasas de crecimiento del producto bruto interno (PBI) superior al 7% en los últimos 7 años, el 42% de la población continúa viviendo en la pobreza.

    Loe elogios del mundo empresarial y desde los organismos internacionales al presidente Alan García, y sus antecesores, pretenden presentar al “modelo” peruano como el nuevo éxito del neoliberalismo en la región y anteponer sus resultados a los gobiernos progresistas que dominan en los demás países.

    En la reciente cumbre UE-América Latina, que tuvo lugar en Lima a principios de mayo, el presidente, Alan García, lanzó como desafío “superar a Chile” -el modelo neoliberal por excelencia- en crecimiento económico. En busca de este objetivo, el presidente Alan García ha profundizado el modelo entreguista al capital internacional, y para compensar, ha emprendido algunas acciones para reducir la pobreza con escasos resultados.

    Perú ha abierto todo su territorio a la explotación minera por lo que el gobierno espera inversiones por 20.000 millones de dólares hasta el 2011, y un nuevo decreto presidencial le permite al gobierno disolver las comunidades indígenas y hasta disponer de sus tierras, de forma tal de habilitar a las empresas extranjeras a acceder a esas áreas hasta ahora vetadas para sus proyectos.

    A sanción del decreto 1015 es rechazado por las organizaciones indígenas que preparan una serie de movilizaciones. Estas movilizaciones se coordinan con las demandas de los trabajadores y todas concluirá con un paro agrario para el 8 y 9 de julio, que enlazará con el paro amazónico del 8, 9 y 10 de julio, y con el paro cívico y popular del 9 de julio.

    En un comunicado reciente, las organizaciones indígenas y campesinas sostienen que el decreto 1015 es una herramienta para el despojo de sus territorios “y arrasar con las formas tradicionales de trabajo, economía y organización”. Explican que el decreto modifica la ley 26505 (ley de la inversión privada en el desarrollo de las actividades económicas en las tierras del territorio nacional y de las comunidades campesinas y nativas), la cual exigía como requisito para la venta de tierras comunales el voto aprobatorio de las dos terceras partes de los miembros de la Comunidad. La norma modificatoria reduce este requisito al voto aprobatorio del 50 por ciento más uno de los asistentes a la Asamblea Comunal.

    En la práctica, el decreto 1015 desconoce el requisito del quórum reglamentario que exigen todas las normas legales. Por ejemplo, si una comunidad de mil miembros hace una "asamblea" con cien personas, bastará el voto de 51 de ellas para disponer de los territorios comunales.

    A ello se añade que quienes no son miembros de la Comunidad, podrán pedir la titulación de tierras con el mismo requisito: el 50% más 1 de los asistentes a la Asamblea. Esto implica un grave riesgo, porque las empresas extractivas que invaden territorio comunal pueden apropiarse "legalmente" de esas tierras amañando "asambleas".

    El boom de la minería

    De hecho en los últimos años Perú ha captado más de 400 millones de dólares por año en inversiones mineras y su producción en este rubro se ha multiplicado. Sin embargo ha sido poca la nueva mano de obra ocupada, y las inversiones han castigado comunidades indígenas, han destrozado el medio ambiente y están provocando daños irreparables al ecosistema.

    En un reciente VIII Simposio Internacional del Oro que se celebró en Lima, el presidente de la Sociedad Nacional de Minería de Perú, Ysaac Cruz, afirmó que hay 15.000 millones de dólares previstos en inversión extranjera para el periodo 2008-2015 en el sector minero.

    Cruz expuso durante el simposio, en el que participaron más de mil representantes de las principales empresas mineras del mundo, que actualmente existen más de "200 proyectos de exploración, 30 más en fase de exploración avanzada y seis minas que van a ampliar sus actividades".

    Por su parte, el gerente de la Sociedad Nacional de Minería y miembro del comité organizador del Simposio, Guillermo Albareda, declaró que la existencia de "unos Andes prácticamente vírgenes" en cuanto a exploración, unidos al "sostenido crecimiento económico del país" y un gobierno que "emite buenas señales para la inversión", convierten al Perú en un destino ejemplar para las empresas.

    Los especialistas destacaron que el precio del oro continuará en ascenso, y superará la barrera de los 1.000 dólares la onza, gracias a fenómenos como la depreciación del dólar, el alza del petróleo, la inflación, y la demanda de materias prima de China, también interesada en invertir en el país andino.

    Perú es el primer productor mundial de plata, el tercero de zinc y cobre, así como el quinto de oro. En los últimos quince años, este sector ha concentrado el 62 por ciento de las exportaciones totales del país y sólo en 2006 las ventas al exterior de minerales se calcularon en 14.000 millones de dólares. Pero estos beneficios no se vuelcan en las comunidades ni en los trabajadores mineros.

    Los departamentos, donde prevalece la minería, ostentan los más altos niveles de pobreza del país. Cajamarca, donde está ubicada la Minera Yanacocha -51.35% de cuyas acciones las posee la transnacional estadunidense Newmont Mining Corporation, 43.65% el grupo nacional Benavides y el 5% la Corporación Financiera Internacional del Banco Mundial-, que aporta alrededor del 10% de las exportaciones del país, es el quinto departamento más pobre del país con 77.4% de su población viviendo en la pobreza y 50.8% en la extrema pobreza.

    Los mineros de Perú, donde casi el 50 de la población vive en la pobreza, denuncian que más de 90.000 trabajadores son contratados o subcontratados con sueldos de unos diez dólares diarios y que su esperanza de vida no supera los 50 años.

    En este afán minero, el gobierno insiste en que el 90% de su territorio está aun sin explorar para esa producción y prepara proyectos para desforestar la selva del Amazonas, parcelar terrenos, desplazar comunidades indígenas y convocar a las empresas mineras a que participen en su exploración y protección. Los proyectos mineros destructores del medio ambiente han sido rechazados por las comunidades locales ante la indiferencia o complicidad del gobierno con las empresas.

    Amnistía Internacional ha manifestado su preocupación por las amenazas de muerte contra activistas ecológicos. El representante de A.I. en Perú, Jorge Trefogli denunció que Javier Jahncke Benavente, defensor ecologista, fue amenazado de muerte por colaborar con la ONG Muqui en la provincia de Piura (norte), que trabajaba para que las comunidades campesinas tengan acceso a la información sobre los planes mineros en la zona. "A.I. también está preocupada porque hasta el momento no atiende la solicitud de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para proteger a 65 personas de La Oroya, región Junín (centro andino), una de las ciudades más contaminadas por plomo del Perú, que tienen alto índice de contaminación", reveló Trefogli.

    Gobierno anuncia reducción de la pobreza y nadie le cree

    Alan García está recogiendo la política económica aplicada por Alberto Fujimori desde principios de los 90. Daniel Córdova, decano de la Facultad de Economía de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, defensor del modelo, explica el crecimiento del Perú como “la maduración de una serie de fenómenos que se empezaron a gestar a comienzos de los noventa. El cambio de reglas de juego, las privatizaciones, la estabilidad macroeconómica, la apertura a la economía mundial… todo está dando sus frutos", subrayó.

    Frutos que no alcanzan a todos. El gobierno anunció con bombos y platillos que la pobreza había disminuido un 5,2 por ciento durante 2007. El Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), anunció que el índice de pobreza bajó de 44,5 a 39,3 por ciento. El jefe del INEI, Renán Quispe, agregó que la mayor merma de la pobreza se registró en el área urbana, con una caída de 31,2 por ciento en 2006, a 25,7 por ciento en 2007, mientras en el área rural la reducción fue de 69,3 a 64,6 por ciento. El primer ministro, Jorge del Castillo, celebró las cifras reportadas por el INEI y sostuvo que el país avanza con un “ritmo estupendo” a lograr la meta de reducción de la pobreza a 30 por ciento en 2011, cuando terminará el mandato del presidente Alan García. Agregó que el índice de extrema pobreza, pasó de más de 20 a 13 por ciento. Del Castillo atribuyó el logro a las inversiones propiciadas por el gobierno, que han generado fuentes de trabajo.

    Pero la euforia del gobierno no es compartida por los trabajadores. La Confederación General de Trabajadores (CGTP) cuestionó las cifras oficiales. Según la central, los datos del INEI no condicen con la realidad, pues las grandes mayorías son afectadas por el impacto del constante incremento de precios de los productos de primera necesidad, la perdida del poder adquisitivo de las remuneraciones y el empleo precario. Sostiene que la reducción de la pobreza ha sido materia de “un anuncio mediático que trata de ocultar la injusticia social cimentada por el continuismo neoliberal” que el presidente Alan García prometió cambiar como candidato.

    La central sindical reclama una verdadera redistribución de la bonanza económica para erradicar con eficiencia la pobreza, lo que implica una serie de reformas, y acusa al gobierno de estar aliado a los grupos de poder. La declaración de la central sindical afirma que el gobierno exacerba las expectativas de la población y busca instaurar un régimen mediático alejado de la realidad, en alusión a anuncios de éxitos y discursos triunfalistas del presidente Alan García. El objetivo de esas acciones es “mantener el continuismo neoliberal revestido de un discurso de optimismo que oculta la exclusión y discriminación de millones de peruanos”, ajenos a los beneficios del crecimiento económico y a los discursos del presidente Alan García, añade. Reitera su convocatoria a un paro nacional, el 9 de julio próximo, “para enfrentar la fantasía presidencial y evitar que siga destruyendo al país, impidiendo una justa redistribución de la riqueza expresada en bienestar y trabajo con derechos para todos”.

    En tanto, para el ex jefe del INEI Farid Matouk las cifras oficiales no son creíbles porque nunca antes la pobreza se redujo tan aceleradamente y porque el gobierno no ha hecho pública la fundamentación estadística de la mejoría. Dijo además tener información de que la metodología fue manipulada para aparentar la reducción.

    En el mismo sentido se manifestó el ex presidente Alejandro Toledo. ”Lo felicito siempre y cuando las cifras sean reales", dijo el ex presidente Alejandro Toledo a Alan García refiriéndose a las cifras de reducción de la pobreza. Toledo calificó el índice de 5.2% brindado por el gobierno una cifra "exagerada y poco creíble". "Si en un año se disminuye la pobreza en cinco puntos quiere decir que en el 2011 se habrá eliminado totalmente", expresó irónicamente Toledo. El líder de Perú Posible cuestionó la metodología empleada para obtener las cifras y las críticas que ha generado entre especialistas nacionales.

    El economista Carlos Parodi agregó que no hace falta ser experto para darse cuenta que la pobreza no se redujo como señala el INEI, pues la realidad cotidiana evidencia la ausencia de cambios tan significativos. Refirió que el INEI hizo un juego aritmético para aparentar la reducción y que una verdadera medición debe contar con más variables y verificar si realmente la calidad de vida de los peruanos mejoró.

    Yankees come home

    Junto al modelo de abrir todo su territorio a las multinacionales, especialmente las mineras que exploran en busca de oro y otros minerales preciosos, el gobierno también ha abierto las fronteras para el ingreso de tropas norteamericanas a través de ejercicios militares casi permanentes.

    A mediados del pasado mes de mayo, el Congreso autorizó el ingreso de tropas norteamericanas para realizar ejercicios “humanitarios hasta por lo menos el mes de septiembre. En la discusión parlamentaria salió a la luz la presencia ya de soldados norteamericanos en la región centro andina de Ayacucho. Según presidente de esa región (gobernador), Ernesto Molina, hace más de un año que soldados norteamericanos están en su jurisdicción y aseguró desconocer a que se dedican. Esto aparte de funcionarios de la DEA que trabajan en el país, y responsables hace un par de años del derribo de una avioneta civil que confundieron con narcotraficantes. La decisión de la mayoría aprista del Congreso fue fuertemente cuestionada por la oposición y despertó las sospechas internacionales de que Estados Unidos pretende trasladar a Perú la base de Manta de Ecuador al vencer el convenio el próximo año. La oposición también cuestionó el supuesto carácter ”humanista” de los ejercicios de las tropas norteamericanas en el país.

    La parlamentaria Juana Huancahuari, del Partido Nacionalista (PNP) que representa a Ayacucho, dijo que las tropas extranjeras se proponen operar en el Valle de los ríos Apurímac y Ene, donde hay actividad de remanentes del grupo armado Sendero Luminoso y del narcotráfico. Van a realizar operaciones de erradicación de plantaciones de hoja de coca e involucrarse en acciones contra los grupos armados y el tráfico de drogas, bajo la cobertura de brindar ayuda humanitaria. Huancahuari señaló la responsabilidad del gobierno y el ministro de Defensa, Antero Flores, por no haber evaluado las graves implicancias de la presencia de militares norteamericanos armados, paseando por las calles y pueblos de Ayacucho.

    Preguntó por qué tienen que venir militares de Estados Unidos a perforar algunos pozos de agua, construir unas pocas aulas escolares y tres centros médicos, si hay personal peruano capacitado para ello.

    ”Si vienen en misión humanitaria, para qué traen cuatro helicópteros de combate Chinook”, inquirió la legisladora, al señalar que las tropas extranjeras han sido autorizadas con el fin de infundir temor en la población y aprovechar su sensibilidad respecto al tema de la violencia.

    Por su parte, el legislador José Urquizo, también del PNP, reveló que el Congreso, manejado por el gobernante Partido Aprista y grupos conservadores, se apresta a extender otro permiso para la entrada de más soldados norteamericanos. Agregó que el ingreso de las tropas extranjeras a Ayacucho es un acto de provocación contra las fuerzas sociales, que preparan medidas de rechazo a los militares estadounidenses y dijo que su bancada exige que el ministro Flores dé explicaciones al Congreso.

    El congresista opositor Víctor Mayorga manifestó preocupación por la constante presencia de militares norteamericanos en el país y dijo sospechar que la misma está relacionada con planes de Washington para establecer una base militar, en reemplazo de la de Manta, Ecuador, próxima a desmantelarse. Indicó que el gobierno tramitó unas 30 autorizaciones para la entrada de fuerzas del ejército, la armada y la fuerza aérea de Estados Unidos.

    Al anunciarse el ingreso del último contingente, para Ayacucho, el líder opositor Ollanta Humala planteó que, si es cierto que los militares extranjeros vienen a colaborar en tareas civiles, por qué traen armas, incluyendo helicópteros.

    Por otra parte, el periodista venezolano José Vicente Rangel, ex vicepresidente del país, denunció que Perú instaló hace tres meses un centro de entrenamiento militar multinacional, situado en la población de Iquitos, en la Amazonía, autorizado por el presidente Alan García y controlado por personal de Estados Unidos e Israel. Rangel señaló que su función es entrenar a grupos procedentes de países de la región con gobiernos progresistas, a los cuales le hacen oposición.

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    A. Latina: un continente sin teoría…

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    José Luis Fiori · · · · ·

    26/04/09

    En el siglo XIX, el pensamiento social europeo dedicó poquísima atención al continente americano. Incluso los socialistas y marxistas que discutieron la “cuestión colonial”, al final del siglo, sólo estaban preocupados por Asia y África. Nunca tuvieron interés teórico y político en los nuevos Estados americanos que alcanzaron su independencia aunque se mantuvieron bajo la tutela diplomática y financiera de Gran Bretaña. Fue solamente en el inicio del siglo XX que la teoría marxista del imperialismo se dedicó al estudio específico de la internacionalización del capital y de su papel en el desarrollo capitalista a escala global. Asimismo, su objeto siguió siendo la competencia y la guerra entre los europeos, y la mayor parte de los autores marxistas todavía compartían cierta visión evolucionista procedente de Marx sobre el futuro económico de los países atrasados, seguros de que “los países más desarrollados industrialmente muestran, a los menos desarrollados, la imagen de lo que será su propio futuro”.

    Fue sólo después de la década de los 20 que la III Internacional Comunista transformó el imperialismo en un adversario estratégico y en un obstáculo al desarrollo de las fuerzas productivas en los países “coloniales y semicoloniales”. De cualquier forma, el objeto central de todos los análisis  y propuestas revolucionarias fue siempre para China, Egipto, Indonesia, mucho más que para la América Latina.  En la primera mitad del siglo XX, los Estados Unidos ya se habían transformado en una gran potencia imperialista, y el resto de América Latina fue incluida por la III Internacional, después de 1940, en la misma estrategia general de las “revoluciones nacionales”, o de las “revoluciones democrático burguesas”, contra la alianza de las fuerzas imperialistas con las oligarquías agrarias feudales y a favor de la industrialización nacional de los países periféricos.

    Un poco más adelante, en la década de 1950, la tesis de la “revolución democrático-burguesa” y su defensa del desarrollo industrial fue reforzada por la “economía política de la CEPAL” (Comisión Económica para la América Latina) que analizaba la economía latinoamericana en el contexto de una división internacional del trabajo entre países “centrales” y  países “periféricos”. La CEPAL criticaba la tesis de las “ventajas comparativas” de la teoría del comercio internacional de David Ricardo, y consideraba que las relaciones comerciales entre las dos “franjas” del sistema económico mundial perjudicaban el desarrollo industrial de los países periféricos. Se trataba de una crítica económica heterodoxa, de filiación  keynesiana, aunque desde el punto de vista práctico terminó confluyendo con las propuestas “nacional-desarrollistas”, hegemónicas en el continente después de la II Guerra Mundial. En la década de los 60, entretanto, la Revolución Cubana, la crisis económica y la multiplicación de los golpes militares en toda América Latina provocaron un desencanto generalizado con la estrategia “democrático-burguesa” y con la propuesta “cepaliana” de la industrialización por “sustitución de importaciones”.

    Su crítica intelectual dio origen a las tres grandes vertientes de la “teoría de la dependencia”, que tal vez haya sido la última tentativa de teorización latinoamericana del siglo XX. La primera vertiente – de filiación marxista – consideraba el desarrollo de los países centrales y del imperialismo como un obstáculo insuperable para el desarrollo capitalista periférico. Por eso hablaban del “desarrollo del subdesarrollo” y defendían la necesidad de una revolución socialista inmediata, incluso como estrategia de desarrollo económico. La segunda vertiente – de filiación “cepaliana”– también identificaba obstáculos para la industrialización del continente, pero consideraba posible superarlos a través de una serie de “reformas estructurales” que se transformaron en tema central de la agenda política latinoamericana durante toda la década de los 60. En realidad, la propia teoría de la CEPAL sobre la relación “centro-periferia” ya no daba cuenta de la relación de los Estados Unidos con su “territorio económico supranacional”, que era diferente de lo que había ocurrido con Gran Bretaña. Finalmente, la tercera vertiente de la teoría de la dependencia – de filiación a un mismo tiempo marxista y cepaliana – fue la que tuvo más larga vida y arrojó resultados más sorprendentes. Por por tres razones fundamentales: primero, porque defendía la viabilidad del capitalismo latinoamericano; segundo, porque defendía una estrategia de desarrollo “dependiente y asociado” con los países centrales; y tercero, porque salieron de estas corrientes algunos de los principales dirigentes políticos e intelectuales de la “restauración neoliberal” de los años 90. Como si hubiese ocurrido un apagón mental, viejos marxistas, nacionalistas y desarrollistas abandonaron sus teorías latinoamericanistas y adhirieron a la visión del sistema mundial y del capitalismo propia del liberalismo europeo del siglo XVIII.

    En esta línea de pensamiento, todavía en 2009, un importante intelectual de esta corriente de ideas defendía – por sobre todo lo que pasó en el mundo, desde el inicio del siglo XXI – que “no existe más geopolítica ni imperialismo en el nuevo mundo poscolonial, de la globalización, del sistema político y de la democracia global… [y que] la estrategia clásica de la geopolítica de garantizar acceso exclusivo a los recursos naturales en la periferia del capitalismo ya no tiene sentido no solo por sus costos, sino también porque todas las fronteras ya están definidas…”(1). Ingenuidades aparte, los liberales nunca tuvieron una teoría original con respecto a América Latina. Ni precisan de ella. La repetición recurrente de algunos tópicos cosmopolitas fue más que suficiente para sostener su visión de la economía mundial y legitimar su acción política y económica idéntica en todos los países. Aunque en el caso de los intelectuales progresistas del continente, es una mala noticia saber que no existe ya una teoría capaz de leer e interpretar la historia del continente y fundamentar una estrategia coherente de construcción del futuro, congruente con la inmensa heterogeneidad del continente latinoamericano.

    NOTA: (1) Bresser Pereira, L.C. “O mundo menos sombrío. Política e economia nas relações internacionais entre os grandes países”, en Jornal de Resenhas. Marzo de 2009, Nº 1. Discurso Editorial, Sâo Paulo, pp: 6 y 7.

    José Luis Fiori, profesor de economía y ciencia política en la Universidad pública de Río de Janeiro, es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.

    Sin permiso.info

    Crisis económica: lo peor está por venir…, por N. Roubini, S. Roach, D. Smick, R. Shiller y D. Baker…

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    crisis0022 Cinco economistas a cuyas proféticas advertencias no se prestó atención echan un vistazo a la próxima fase de la crisis mundial. He aquí lo que nos dicen:

    •  Aviso: se avecinan tiempos sombríos. Nouriel Roubini
    •  Una conmoción letal. Stephen Roach
    •  Buena suerte, Barack. David Smick
    •  ¿Falta mucho? Robert Shiller
    •  Hay que vigilar el dólar. Dean Baker

    AVISO: SE AVECINAN TIEMPOS SOMBRÍOS

    Por Nouriel Roubini

    Las peores previsiones del año pasado se han hecho realidad. La pandemia financiera mundial de la que algunos habíamos avisado ya está aquí. Pero nos encontramos todavía en las primeras fases de esta crisis. Mis predicciones para el año que empieza, por desgracia, son todavía más pesimistas: las burbujas, y había muchas, no han hecho más que empezar a estallar.

    La idea más extendida es que los precios de muchos activos financieros de riesgo han caído tanto que hemos tocado fondo. Aunque es verdad que han descendido enormemente respecto a sus máximos de finales de 2007, es probable que todavía lo sigan haciendo aún más. En los próximos meses, las noticias macroeconómicas en Estados Unidos y en todo el mundo serán mucho peores de lo que espera la mayoría. Los informes sobre las ganancias de las empresas asombrarán a cualquier analista de valores que aún pueda creerse que la contracción económica va a ser suave y breve.

    Los mercados financieros siguen teniendo varios puntos vulnerables: una crisis crediticia que empeorará antes de empezar a mejorar; un desapalancamiento que seguirá adelante a medida que los fondos alternativos y otros actores con fondos ajenos se vean obligados a vender sus activos en mercados no líquidos y sin tensión, lo cual producirá caídas en cascada de los precios de los activos, exigencias de márgenes y más desapalancamiento; la quiebra de otras instituciones financieras; la entrada en una crisis financiera plena para algunas economías de mercado emergentes, y el peligro, para otras, de impago de su deuda soberana.

    Desde luego, Estados Unidos va a experimentar su peor recesión en décadas. La idea tradicional de que la contracción estadounidense iba a ser breve y superficial –una recesión en V con una recuperación rápida, como las de 1990-1991 y 2001– está ya descartada. Por el contrario, la contracción en EE UU será en U: larga, profunda y de unos 24 meses de duración. Podría acabar incluso siendo más prolongada, un estancamiento de varios años en L, como el que sufrió Japón en los 90.

    A medida que la economía estadounidense se contraiga, toda la economía mundial entrará en recesión. En Europa, Canadá, Japón y las demás economías avanzadas, será grave. Y las economías de mercado emergentes –vinculadas al mundo desarrollado por el comercio de bienes, finanzas y divisas– tampoco se escaparán.

    Exactamente qué constituirá una recesión dependerá de cada país. Para China, una caída brusca sería que el crecimiento anual pasara del 12% al 6%. Pekín debe crecer a un 10% anual o más para llevar a entre 12 y 15 millones de agricultores pobres al mundo moderno. Para otros mercados emergentes, como Brasil o Corea del Sur, la caída brusca es un crecimiento por debajo del 3%. Los países más vulnerables, como Ecuador, Hungría, Letonia, Pakistán y Ucrania, quizá vivan una crisis financiera total y necesiten un gran volumen de financiación externa para evitar el colapso.

    En los países más ricos, podría producirse una combinación debilitadora de estancamiento económico y deflación, a medida que los mercados de bienes se contraigan cuando la demanda acumulada disminuya. Dado el enorme crecimiento que ha tenido la capacidad productiva debido al exceso de inversiones en China y en otros mercados emergentes, esta caída de la demanda seguramente generaría una inflación más baja. Mientras tanto, las pérdidas de empleo se acumularían y las tasas de paro aumentarían, con la consiguiente presión a la baja sobre los salarios. Unos mercados de materias primas debilitados –en los que los precios ya han caído mucho desde su máximo del verano, y caerán todavía más en medio de una recesión mundial– producirían una inflación todavía más baja. En la primera parte de 2009, la inflación en las economías avanzadas podría caer hasta el 1%, más o menos, demasiado próximo a la deflación.

    Esta situación es peligrosa por muchos motivos. Varios bancos centrales se aproximarán tanto a fijar tipos de interés cero que sus economías sufrirán un triple revés: una trampa de liquidez, una trampa de deflación y una deflación de la deuda. En una trampa de liquidez, los bancos pierden su capacidad de estimular la economía porque no pueden fijar tipos de interés nominales por debajo de cero. En una trampa de deflación, la caída de los precios hace que los tipos de interés reales sean relativamente altos, lo cual asfixia el consumo y la inversión. Eso desemboca en un círculo vicioso en el que las rentas y el empleo caen y la demanda cae todavía más. Por último, con la deflación de la deuda, el valor real de las deudas nominales sube a medida que caen los precios, y eso es malo para países como Estados Unidos y Japón, que tienen ratios elevadas entre deuda y PIB.

    A medida que las herramientas monetarias ortodoxas pierdan eficacia, las autoridades tendrán que buscar métodos heterodoxos. Veremos políticas fiscales tradicionales, en forma de recortes de impuestos y aumentos del gasto, pero también veremos operaciones mundiales de rescate de acreedores, de inversores y de instituciones financieras, así como de los prestatarios. Los bancos centrales inyectarán enormes cantidades de dinero en los sistemas financieros para desbloquear la crisis de liquidez. Quizá sean también necesarias acciones más radicales, como compras de bonos corporativos y oficiales o la subvención de los tipos de interés, para que los mercados crediticios vuelvan a funcionar como es debido.

    Esta crisis no es sólo resultado del estallido de la burbuja inmobiliaria estadounidense o de la caída del sector de las hipotecas basura en Estados Unidos. Los excesos crediticios que causaron este desastre eran mundiales. Había varias burbujas, que en muchos países iban más allá de la vivienda y se extendían a las hipotecas y a los préstamos sobre propiedades inmobiliarias de uso comercial, tarjetas de crédito, préstamos para la compra de coches y préstamos a estudiantes. Había burbujas para los productos convertidos en valores, que transformaron esos préstamos e hipotecas en instrumentos financieros complejos, tóxicos y destructivos. Y había burbujas, también, en los préstamos oficiales locales, compras con capital ajeno, fondos alternativos, préstamos comerciales e industriales, bonos corporativos, materias primas y permutas de riesgo de crédito; un peligroso mercado sin regular en el que se vendieron hasta sesenta billones de dólares (unos 60.000 millones de euros) de protección nominal contra una reserva pendiente de bonos corporativos de sólo 6 billones de dólares.

    Estas burbujas formaron, en total, la mayor burbuja crediticia y de activos de la historia; con su estallido, las pérdidas totales de crédito podrían ser de hasta dos billones de dólares. Si los gobiernos no toman medidas más rápidas para recapitalizar los bancos y otras instituciones financieras, la crisis del crédito se agravará aún más. Las pérdidas aumentarán a mayor velocidad de lo que tardarán las compañías en reponer sus balances.

    Gracias a las drásticas acciones del G-7 y otros, el riesgo de una crisis financiera estructural ha disminuido. Pero, por desgracia, lo peor no ha pasado todavía. Este año será difícil. Sólo una actuación muy agresiva, coordinada y eficaz por parte de las autoridades, garantizará que 2010 no sea aún peor de lo que seguramente va a ser 2009.


    UNA CONMOCIÓN LETAL

    Por Stephen Roach

    Antes de que pase este año, todas las regiones del mundo sufrirán los efectos de la recesión. En mi opinión, 2009 pasará a la historia como el año de la primera recesión verdaderamente mundial de la economía moderna. Es cierto que empezó en Estados Unidos en el verano de 2007, con la llamada “crisis de las hipotecas basura ”. Pero había modelos de crecimiento basados en burbujas en un número asombrosamente grande de países, y todas ellas han estallado.      

    En Estados Unidos, el crecimiento basado en los activos se centraba en dos áreas de la economía: la actividad constructora y el consumo personal. Hoy, ambos sectores, que en su mejor momento representaban casi el 80% del PIB estadounidense, sufren una debilidad sostenida.

    Eso hace que las economías asiáticas, que dependen de las exportaciones, entren en la ecuación. En efecto, crecieron gracias a burbujas de exportación que, a su vez, dependían de la burbuja de consumo de Estados Unidos. Asia también contó con la ayuda de unas divisas claramente infravaloradas. Y, para mantener sus divisas baratas, países como China tuvieron que reciclar enormes cantidades de reservas extranjeras en activos basados en el dólar, lo cual contribuyó a suprimir los tipos de interés estadounidenses y sostener precisamente las burbujas de crédito y de activos que alimentaban la economía estadounidense de las burbujas. Era un círculo virtuoso que ahora se ha roto. Y, como las economías asiáticas no cuentan con un consumo particular interno que les sirva de apoyo sólido, los riesgos para el crecimiento de la región han empezado a aumentar.

    Lo mismo sucederá, probablemente, con las regiones productoras de materias primas; no sólo Oriente Medio, que depende del petróleo, sino las economías basadas en los recursos de Australia, Canadá, Brasil, Rusia y África. A medida que el crecimiento mundial disminuya, también lo hará la demanda de materias primas sensibles a la economía, con la consiguiente corrección de los precios, distorsionados por las burbujas, y de los índices de crecimiento de los principales productores.

    Una segunda megafuerza en activo es la globalización, los vínculos transfronterizos que, durante el último decenio, han adoptado cada vez más la forma de flujos comerciales, de capital, de información y de mano de obra. La propia crisis crediticia consiste esencialmente en un fuerte contagio entre productos, un virus que apareció con las hipotecas basura , pero que se extendió con rapidez al papel comercial respaldado por activos, los valores respaldados por hipotecas y a precios de subasta y otros instrumentos en todos los mercados de crédito. Sin embargo, como los ingenieros financieros eran tan aficionados a repartir los complejos productos que creaban, esta situación económica tiene también una dimensión transfronteriza que resulta letal. No es de extrañar que ésta sea la peor crisis financiera en 75 años.

    Impulsada por la confluencia de las conmociones tras el estallido de las burbujas y la fuerza creciente de los vínculos mundiales, esta recesión será probablemente la peor de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. Eso quiere decir que tal vez sea más grave que las de mediados de los 70 y principios de los 80. Entonces fueron las agresivas medidas de los bancos centrales contra la inflación las que provocaron unas recesiones profundas. Esta vez, todo ha sido obra de la implosión de unos desequilibrios mundiales basados en burbujas.

    Pero no debemos contar con una vigorosa recuperación (en V) de la recesión mundial pos-burbuja de 2009. Sin grandes probabilidades de que aparezca otro consumidor importante para llenar el hueco dejado por Estados Unidos, el mundo, desigual y distorsionado por las burbujas, experimentará una recuperación anémica en el mejor de los casos. Pasará mucho tiempo antes de que el crecimiento mundial vuelva al ritmo de casi el 5% que tuvo en los cuatro años y medio que culminaron a mediados de 2007. Las conmociones de este tipo son mortales para cualquier economía en particular, y mucho más para el mundo en su conjunto.


    BUENA SUERTE, BARACK

    Por David Smick

    Barack Obama ha llegado a la Casa Blanca con un programa ambicioso. Pero, con la economía mundial en medio de un brutal desapalancamiento financiero –en el que prácticamente todos los activos del mundo están viendo disminuir su valor–, a él y a sus homólogos internacionales les esperan enormes sufrimientos.

    Empecemos por la política interna de Estados Unidos. El primer déficit presupuestario de Obama podría muy bien ser superior a 1,5 billones de dólares. Varios paquetes de rescate y planes de estímulos fiscales aumentarán el gasto, y la contracción económica hará que los ingresos fiscales disminuyan. Los gobiernos de los Estados están ya haciendo cola para pedir ayudas federales. Los fondos privados de pensiones serán los próximos. La Corporación Federal de Seguros de Depósitos (FDIC), que está ocupándose del lío de las hipotecas, necesitará una saludable inyección de capital del tío Sam. Y eso, antes de sumar las promesas de Obama sobre gastos y recortes fiscales.

    La factura de toda esta deuda llegará seguramente antes de 2012. Los tipos de interés de las hipotecas se apresuraron a subir cuando el Tesoro estadounidense presentó su plan de rescate, y los pasivos de la balanza de pagos de la Reserva Federal han aumentado un 100%. Los mercados financieros prevén que, de aquí a tres o cuatro años, los bancos centrales de todo el mundo, tras un periodo de desinflación, se verán obligados a afrontar este incremento masivo de la deuda. Obama tal vez tendrá que enfrentarse a una pesadilla bancaria con reminiscencias de la que sacudió a Japón en los 90. Hoy, los bancos estado?unidenses están llenos de capital (400.000 millones de dólares suplementarios, según las últimas cuentas, en gran parte proporcionados por los contribuyentes), pero no conceden préstamos. Es un problema como el del huevo y la gallina. Los bancos no prestan dinero debido al debilitamiento de la economía estadounidense. La economía se debilita porque los bancos no prestan. Aparte de nacionalizarlos, hay poco que Obama pueda hacer para obligarles.

    En el resto del mundo, el breve periodo de alegría por el mal ajeno ante los problemas económicos de Washington se ha terminado. Resulta que Europa estaba seis veces más expuesta a la deuda comercial de riesgo de los mercados emergentes que a las hipotecas basura estadounidenses. En algunas economías, entre ellas la de Gran Bretaña, el peligro en el que han incurrido los bancos deja pequeño el PIB nacional.

    ¿Por qué eso es un problema inmenso? Porque las economías en vías de desarrollo se han permitido depender peligrosamente de las exportaciones, al tiempo que vinculaban sus divisas al dólar estadounidense y acumulaban montañas de excedentes de ahorro. Ese modelo de crecimiento está viniéndose abajo a toda velocidad, a medida que cae la demanda mundial. Pero, si se desmoronan muchos de esos mercados emergentes, el FMI carecerá de los recursos necesarios para organizar operaciones de rescate. Para poner las cosas en perspectiva, los bancos austriacos tienen un contacto financiero con los mercados emergentes que supera los 290.000 millones de dólares. El PIB de Austria asciende a 370.000 millones. El único motivo para el optimismo es que al mundo no le falta capital. Simplemente, está a la espera, incluidos seis billones de dólares sólo en fondos del mercado de dinero mundial.

    Cuanto antes puedan Obama y sus homólogos elaborar unas reformas financieras creíbles que incrementen la transparencia al tiempo que protegen los flujos comerciales y de capital, antes volverá a circular el capital apartado. Al final, los mercados desean certezas; en este caso, la certeza de que nuestros líderes tengan un plan de acción en el que se pueda confiar. Ese plan no existe todavía.


    ¿FALTA MUCHO?

    Por Robert Shiller

    Las burbujas especulativas, al final, son cuestión de psicología. La gente se crea expectativas extravagantes sobre la riqueza que van a producir sus inversiones y olvida las valiosas lecciones de otras crisis financieras del pasado; entonces surge una burbuja peligrosa.

    Pero la psicología de la caída puede ser igual de peligrosa. A medida que los precios de los activos bajan, los mercados pueden pasarse. Algunos indicadores muestran que ya estamos aproximándonos a los niveles de precios anteriores a la burbuja. La ratio entre precios y ganancias en la Bolsa estadounidense está más o menos en su promedio histórico. Los precios de la vivienda ya están seguramente a mitad de camino en su regreso al nivel de finales de los 90, cuando comenzó la burbuja. En algunas ciudades de EE UU han vuelto ya casi por completo a ese nivel.

    Ahora bien, nadie puede decir cuándo tocará fondo el mercado exactamente. En cierto sentido, el proceso es una profecía autocumplida. La euforia se acaba y las expectativas negativas hacen que los precios de los activos se derrumben, lo cual, a su vez, parece justificar ese pesimismo. Dadas las malas perspectivas de la economía para el año que ha empezado, es posible que los precios de la vivienda sigan cayendo hasta bien entrado 2010, como sugieren los mercados de futuros de Chicago.

    La historia nos dice que existe algún precedente de mercado de la vivienda débil durante un periodo prolongado. Tras el último auge de la vivienda en Estados Unidos, que alcanzó su máximo en 1989, las ciudades tardaron cinco años en tocar fondo. En esta ocasión, los precios están bajando sólo desde hace dos años. Quizá deberíamos mirar con cautela lo que ocurrió en Japón, donde los precios de las propiedades urbanas cayeron durante 15 años consecutivos, entre 1991 y 2006.

    Cuando el mercado toque fondo, tal vez sea en una caída suave, no un batacazo. En general, no hay puntos de inflexión muy marcados. Los precios de la vivienda quizá se mantengan iguales durante unos cuantos años antes de empezar a subir de nuevo. Mientras tanto, será difícil identificar los hitos con mucha claridad hasta que los hayamos dejado ya atrás.

    Hasta ahora, las medidas que hemos tomado para resolver esta crisis han prescindido de los principios racionales de las finanzas. Hemos iniciado una dieta drástica –contradiciendo los contratos de hipotecas caso por caso y dando mucho dinero– cuando deberíamos haber ideado un régimen de comidas que nos permita vivir de manera indefinida. En vez de poner los parches a corto plazo que parezcan necesarios, deberíamos adoptar una estrategia más estructural, basada en el mercado, como estipular que los valores de las hipotecas siempre estén vinculados a los precios de la vivienda y se ajusten cada mes.

    Los excesos especulativos son un problema endémico del sistema de mercado, pero el capitalismo también proporciona sus propios mecanismos correctores. No hay motivos para abandonar ahora esos instrumentos.


    HAY QUE VIGILAR EL DOLAR

    Por Dean Baker

    La burbuja inmobiliaria fue la primera que estalló, pero no será la última en esta recesión mundial. Hoy deberíamos estar prestando más atención al inminente estallido de la burbuja del dólar.

    La moneda estadounidense está seriamente sobrevalorada desde finales de los 90, y eso ha causado un enorme déficit comercial, que alcanzó su máximo con casi el 6% del PIB nacional en 2006 (900.000 millones de dólares en la economía de hoy). Eso es insostenible. Al final, obligará al dólar a caer a un nivel en el que la balanza comercial esté prácticamente equilibrada.

    Ese proceso ya estaba en marcha. Pero la crisis ha hecho que los inversores acudan al dólar en busca de seguridad, y eso ha provocado que éste suba frente a la mayoría de las demás divisas. Su ascenso y las recesiones en la mayor parte del mundo harán que el déficit comercial vuelva a incrementarse.

    Sin embargo, una vez que la situación financiera empiece a recobrar la normalidad (lo que tal vez no ocurra en 2009), los inversores estarán a disgusto con el escasísimo rendimiento de los activos en dólares. Su éxodo hará que el dólar reanude la caída que había iniciado en 2002, pero esta vez su caída podría ser mucho más rápida. Otros países, sobre todo China, dependerán mucho menos del mercado estadounidense para sus exportaciones y estarán menos interesados en sostener el dólar.

    Para los estadounidenses, el efecto de una caída pronunciada del dólar consistirá en unos precios a la importación mucho más elevados y un nivel de vida más bajo. Si la Reserva Federal se preocupa por la inflación provocada por la subida de los precios de los artículos importados, quizá eleve los tipos de interés, y eso sería un nuevo golpe para la economía. En cuanto a 2009, la continuación del derrumbe de la burbuja inmobiliaria, la caída de la burbuja de la propiedad inmobiliaria para uso comercial que se avecina y la consiguiente oleada de deudas impagadas serán importantes obstáculos para la economía estadounidense, aunque el dólar no se desmorone hasta más tarde. 

    En realidad, las hipotecas basura no fueron más que el detonante de una crisis mucho más amplia. La caída de los precios de la vivienda ha provocado también unos índices sin precedentes de impagados en los préstamos preferentes, y todavía está por llegar la mayor parte de las consecuencias. También veremos más impagos en préstamos para la compra de coches, tarjetas de crédito y otras formas de deuda de consumo, porque los propietarios de viviendas ya no pueden utilizarlas como aval para pagar otras deudas.

    A la propiedad inmobiliaria de uso comercial también le llegará su día. Cuando el mercado de la vivienda empezó a decaer, a finales de 2005, empezó a aumentar la construcción no residencial. En menos de tres años, este sector creció más del 40%. Ahora hay un exceso considerable de espacio para tiendas, oficinas, hoteles y otros usos no residenciales, y eso ha provocado la caída de los precios, la disminución de la construcción y otra fuente importante de deudas impagadas para los bancos.

    En resumen, tengan cuidado con las palabras optimistas de los que dicen que “ya estamos pasando lo peor”, ignoren los altibajos diarios del mercado y apriétense los cinturones. Vamos a pasarlo mal.

    ddooss.org

    R. Boyer y la Escuela de la Regulación: neoliberalismo, crisis económica mundial y perspectivas…

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    CRISISECO miércoles, 21 de enero de 2009
    Fuente: Realidad Económica

    Robert Boyer es Director de Investigaciones del Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS) de Francia y Profesor de la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de Paris y de la Universidad de Paris XIII. Es también Profesor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires. Sus trabajos se desarrollan en el CEPREMAP del CNRS y en la Ecole Normale Supérieure de Paris. Se cuenta entre los máximos exponentes de la Teoría de la Regulación. Entre sus publicaciones en castellano se encuentran "La teoría de la regulación: un análisis crítico", los tres volúmenes de "Teoría de la regulación: un estado de los conocimientos" y "Los modelos productivos" con Michel Freyssenet

    .- Desde la teoría de la regulación, ¿cuál considera que debería ser el papel del Estado en la economía?

    - Creo que vivimos en un período histórico, en el sentido de que en Estados Unidos fracasó una visión ingenua según la cual el Estado no debe intervenir en la economía. Eso derivó en un colapso triple. En primer lugar, la creencia de que los mercados se equilibran naturalmente. El segundo es un fracaso intelectual.

    - ¿Por qué lo denomina un "fracaso intelectual"?

    - Los matemáticos utilizan una ley según la cual los riesgos muy largos son muy improbables. Y lo que ocurrió fue que hubo períodos de riesgo muy largos que ellos no preveían. Es decir que se ha fracasado porque los modelos eran falsos. Hoy no se puede evaluar los precios de los derivativos porque los modelos fracasaron y no hay ningún mercado en el cual se evalúen. El tercer aspecto es el hecho de que Wall Street dominaba totalmente la política monetaria norteamericana. La organización de la política económica era para garantizar la estabilidad financiera. Y el colapso fue tal que cayó el business model (modelo de negocios) y hoy son los bancos comerciales típicos los que están organizando el crédito.

    - ¿Y ello qué consecuencias trae?

    - Ello supone un cambio radical en el sentido de que aparece una visión muy loca del Estado, que está pagando las pérdidas de los ricos. Y por falta de previsión de la crisis, hay gente que está pagando un monto terrible de dinero cuando no debería hacerlo, porque se equivocaron. Y cuando compran productos derivados tóxicos, compran derivados que valen nada. La validación técnica es cero. ¿Por qué pagar mil millones de dólares por papeles, signos abstractos, que no tienen ninguna valuación?

    - ¿Basándose en qué cálculos el Estado norteamericano les da un valor a esos productos?

    - Nadie puede darles un valor porque los modelos son abstractos y falsos. Y se tenía una pirámide de activos donde había derivados de derivados, con una complejidad tal de los productos fundamentales que la misma gente que ellos inventaron, que es muy lista, no puede entender hoy cuál es el precio. Nadie puede darle un precio a ello. Y ése es el drama de una crisis que va a durar un período muy largo porque, como en Japón en la década perdida, en los balances de los bancos nadie conoce si ese balance es positivo o negativo. Entonces, nadie quiere prestar al otro y hay un bloqueo al interior de los bancos que va a repercutir sobre la economía real.

    - ¿De qué manera impactará en la economía real?

    - Impactará sobre el estancamiento del consumo norteamericano, de la inversión y del empleo. Y habrá una segunda ola de recesión y, muy probablemente, de deflación. Estoy escribiendo un libro en que procuro demostrar que a partir de la caída de Wall Street en octubre de 1987 -con el colapso del Long-Term Capital Management, con la caída de Enron y con el colapso de la burbuja de Internet- había evidencias de una crisis muy grave. Pero esos hechos fueron interpretados como accidentes. Aunque claramente no era el funcionamiento normal de un mercado con total liberalización. De modo que la crisis es muy severa porque se acumularon muchos desequilibrios.

    - ¿Cómo cuáles?

    - La especulación, una tasa del crédito muy alta, el abuso de modelos abstractos. Todos estos factores se cruzaron en esta crisis. Esto explica por qué la gente está tan sorprendida. Alan Greenspan (ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos) dijo que él no tenía ningún pronóstico de esta crisis, que era totalmente excepcional para él. De modo que dentro de su paradigma intelectual, esto no podía ocurrir y ocurrió. Se equivocaron y no saben cómo salir de la crisis, lo que es muy impresionante.

    - ¿Cuál cree que debería ser el rol del Estado en este contexto que usted describe?

    - El rol que debería jugar es el de defender la estabilidad monetaria y financiera. Pero no ex post, cuando hay una crisis sistémica, sino ex ante, cuando se puede prevenir la ocurrencia de la crisis. Se trata de controlar las finanzas de tal modo que no se repita este tipo de crisis. La segunda tarea del Estado sería el planeamiento de largo plazo, porque los financistas viven el día a día y son muy "corto-termistas". Se necesita inversión en educación y en salud y que no se permita la optimización de corto plazo de la tasa de ganancia. De tal modo que el Estado debería decidir las prioridades de la inversión, porque la idea de que el funcionamiento de los mercados y las expectativas era perfecto no es cierta, eran muy falsas. Hoy el Estado está en mejor posición de definir el futuro. Los mercados extrapolan el corto plazo al largo plazo. En tercer lugar, hay muchas inequidades, debido a la financiarización. A los ricos les pagaron con acciones, bonos, etcétera, y los pobres tenían un ingreso real muy bajo. Con la crisis cae la remuneración de los financistas pero cae también la remuneración de los pobres, de modo que la tarea del Estado sería la de limitar las inequidades, manteniendo el pleno empleo para que no haya una brecha social del tamaño que se observa. En una palabra, lo que ocurrió con los subprime es que los ricos decidieron obtener ganancias de los pobres y fracasaron. El Estado podría prevenir este tipo de cuestiones.

    - ¿Y qué debería hacer el Estado para que esas inequidades no sean tan grandes?

    - Un cuarto rol sería la organización de los servicios públicos. En Estados Unidos, la salud y la educación son mayormente privadas. La idea sería ofrecer a todos los ciudadanos el mismo tipo de servicios públicos. Por ejemplo, estoy pensando en un país como Dinamarca, donde la mitad del Producto Bruto Interno está distribuida a través del Estado, que tiene una oferta gratuita de salud, educación, capacitación y la gente está feliz de pagar impuestos porque hay una igualdad del acceso a los servicios públicos, que son gratuitos.

    - Países como Dinamarca tienen ingresos muy altos porque, como contrapartida, hay países muy pobres, como muchos latinoamericanos.

    - Sí, es un país muy pequeño donde hay una alta densidad de interacción entre la gente y un sentido de igualdad. Es muy específico de esos países, pero lo que se puede reproducir es la idea de socialización de los beneficios de la globalización. Si hay un fracaso de una industria, la sociedad paga la recapacitación de los obreros que pierden su empleo. Eso se podría reproducir con otras instituciones. La globalización es buena pero siempre que todos ganen a través de la distribución. Se pueden acordar pactos nacionales, se puede imaginar el equivalente del modelo de Dinamarca. No propongo reproducir ese modelo, pero sí es posible inspirarse de los principios que difunden los riesgos y los beneficios. Naturalmente, esto es muy difícil en el caso de Argentina porque el Estado está muy debilitado, el tamaño de la economía no es tan grande y no hay tradición demócrata, así que no se puede copiar completamente pero se puede imaginar instituciones que imiten esos rasgos.

    - ¿Qué tipo de lógica institucional se podría pensar aquí?

    - Imaginemos que de las retenciones a las exportaciones se saca un fondo y se usa para invertirlo en innovación industrial y capacitación. Uno se puede imaginar varios mecanismos, ése no es el problema. La dificultad es lograr un compromiso de largo plazo. Por ejemplo en Dinamarca, si hay un cambio político (un cambio de gobierno) no cambian tanto las instituciones porque ya hay un compromiso básico. En Argentina, lo que falta es la estabilidad de ese compromiso y es muy difícil la inversión de largo plazo, porque con cada gobierno hay acciones muy distintas que desestabilizan la inversión de largo plazo.

    - ¿Eso implicaría una relación distinta entre el Estado y los empresarios?

    - Se necesita un poder de los asalariados. En Dinamarca, por ejemplo, la tasa de sindicalización es del 80 por ciento, hay un poder de negociación de los asalariados. Tienen una gran capacidad de reacción si las empresas quieren reducir personal y además no dependen tanto de la esfera política. Es una fuerza organizacional de los asalariados. Se necesita un Estado muy listo, que tenga buena información y pueda organizar la oferta de servicios públicos.

    - ¿Y la relación Estado-empresa cómo debería ser?

    - No debería ser asimétrica. Una interpretación del colapso de Wall Street es que los financistas tenían tanto poder sobre el Senado que previnieron el pacto de leyes controlando la innovación. Eran tan poderosos que podían organizar el sistema financiero con su único interés. Eran tan fuertes… que hicieron fracasar el sistema. En cambio, si hubiera habido más control, el sistema habría sido más estable. Ellos pelearon para imponer un sistema de contabilidad muy específico, un modelo de mercado. Pero cuando hay una caída de la Bolsa de acciones, eso repercute directamente en los balances de las empresas. Y los financistas lo impusieron en sistemas no financieros. Entonces, el sistema fracasó porque se tenía desconfianza sobre la estabilidad. Hubo una caída de la Bolsa y, mecánicamente, en el sistema de contabilidad hubo pérdidas. Es decir que se fracasó por la implementación de la ley que ellos querían aplicar a otras áreas. Era un poder asimétrico absoluto. El deseo de ganancia es tan fuerte que desestabiliza el sistema. En la medida en que los empresarios dicten las leyes habrá problemas sociales y fracasará la dinámica económica. No me parece muy bien que haya un Estado corporativo que responda sólo a una fracción de la población, porque se genera un desequilibrio mayor en la economía y el sistema fracasa.

    - Economías como China e India basaron su crecimiento en modelos económicos impulsados por el Estado. ¿Cree que, debido a ello, puede haber diferencias en el impacto de la crisis en esos países?

    - En el caso de China hay un mercado para los productos normales, hay mucho capital y la tasa de cambio que compite con el dólar está controlada. De modo que no es sólo una economía de mercado. Es decir que hay economía de mercado para los productos normales y control para los capitales y las divisas. Como el gobierno chino no admitió la compra de productos derivados, no hay una crisis típica en China. Esto significa que el control del Estado puede ser muy favorable para la estabilidad global.

    - Pero la caída del comercio mundial también tendrá efectos en China.

    - Obviamente que China va a sufrir la caída del comercio mundial, pero al interior hay un nuevo plan de estimulación de la salud, la educación, la cultura y la jubilación. Hay un tipo de reforzamiento del tipo de intervención pública hacia un modelo de crecimiento con demanda interna. Creo que es la estrategia del gobierno, no es el mercado el que decide sino la conducción del partido comunista. El Estado está muy presente en el caso de China. En la calle se ve el mercado, pero hay un control muy claro del Estado.

    - ¿Cómo observa la presencia del Estado en la economía, en países de América latina?

    - Por ejemplo, en Brasil siempre hubo en Estado muy fuerte. En el caso de Argentina, hay una fragilidad del Estado, de tal modo que es muy diferente de país a país. Chile tuvo un Estado modernizador después de Pinochet, pero la relación con el Estado es muy específica de cada país y no hay una mirada general. Hay que analizar país por país.

    - Usted citó a Chile y Brasil como casos de Estados fuertes. Sin embargo, también fueron países donde se aplicaron fuertes políticas neoliberales.

    - Sí. En Chile, después de una liberalización muy grande, se corrieron y estatizaron parte del cobre y de los bancos. Lo que triunfó entonces no fue tanto la liberalización sino la corrección de todos los desequilibrios: el rol del Estado, la regulación de las exportaciones. De modo que yo rescataría de Chile no el big bang de Pinochet, sino la corrección del desequilibrio y el crecimiento estable. Y en el caso de Brasil nunca fue tan liberal como Chile, la corrección del liberalismo a nivel financiero y desarrollista, pero creo que nunca fue un adepto de la escuela de Chicago.

    - ¿Cree que la crisis implicará una pérdida de la hegemonía de Estados Unidos y un reordenamiento político y económico global?

    - Lo que ya perdieron es la hegemonía asimétrica. Wall Street era el centro de la escena financiera mundial, pero ese tipo de modelo colapsó. No se puede imaginar de nuevo que todos los chinos pongan sus ahorros en Wall Street. Habrá un reajuste muy sutil pero muy claro del modelo. También fracasó el militarismo con Irak y con Afganistán. De tal modo que hay una crisis de Estados Unidos con la comunidad internacional. Lo que falta es la posición de Asia y Europa para negociar con paridad con Estados Unidos. Alguna inercia de la hegemonía americana va a seguir tratando de imponer este orden, porque ellos se benefician tanto de ese orden y hoy no se puede negociar con paridad. Desde el punto de vista material, hay una decadencia que se observa de Estados Unidos, pero en el ámbito ideológico y político tienen el poder de conservar al máximo su hegemonía. En el comunicado del G-20, los europeos pusieron el término regulación de los mercados financieros y los norteamericanos impusieron todos sus términos liberales, esa es la hegemonía. Fracasan pero proponen la misma ideología, eso me parece muy malo porque fracasó la visión americana.

    - Si fracasó la visión americana, ¿cree que el nuevo presidente, Barack Obama, tendrá un cambio en su mirada?

    - Intelectualmente sí, porque Obama es el presidente más listo del último siglo en los Estados Unidos. El problema es Bush está dejando un caos interno y un caos productivo y político, y es muy difícil entonces por los costos que le hereda. Con la actual falta de igualdad, la liberalización y la falta de regulación va hacer muy difícil la situación, quizás lleve uno o dos decenios la recuperación y reconstrucción de nuevas instituciones y la gente puede desilusionarse, porque llevará tiempo y las expectativas son muy grandes e impacientes.

    - ¿Por qué cree que Obama es el más inteligente de los presidentes de Estados Unidos?

    - Yo he leído y escuchado a Bush y he leído y escuchado a Obama.

    - ¿Y en qué radica su inteligencia?

    - Es muy hábil dentro de la situación norteamericana, es como un ideólogo muy poderoso y tiene una visión de la sociedad norteamericana. Bush fue hijo de su papá, no conoce nada ni a nadie. Obama está emergiendo de las clases sociales americanas, conoce muy bien los vínculos de las clases y la sociedad americana y, además, es un intelectual. Es muy impresionante que los americanos eligieran un intelectual, porque suelen preferir a los millonarios o a los militares. Pero tampoco es suficiente con ser listo, hay que comprometerse con los grupos sociales. Si observa el equipo económico hay una estabilidad increíble con el representante de la Reserva del Estado de Nueva York, dando una continuidad al modelo.

    - Los organismos internacionales de crédito, ¿qué rol cumplieron durante la crisis y qué futuro tienen?

    - Creo que la responsabilidad de ellos es muy grande porque desde la crisis asiática de 1997 se equivocaron: propusieron subir la tasa de interés, cortar los subsidios a la salud y a la educación, de tal modo que el Fondo Monetario se equivocó totalmente. No me gustaría que ese organismo tenga la responsabilidad de analizar el futuro, porque no detectaron la crisis. El FMI era el ideólogo de los Estados Unidos, no tiene la confianza de la comunidad internacional y no tiene los instrumentos. Hay que dar a algún organismo o foro de estabilidad las competencias que pertenecían en el pasado al Fondo, porque fracasaron.

    - ¿Es posible pensar un nuevo paradigma económico con nuevos organismos internacionales?

    - Sí, idealmente se debe dar una refundación de los organismos con dos nuevos organismos. Un foro de estabilidad financiera mundial con todas las competencias, con el propósito de organizar el sistema mundial y detectar las crisis. Y el otro organismo sería una agencia internacional sobre ecología. También hay que sumar otras organizaciones internacionales de tal modo de democratizar estas organizaciones internacionales.

    - ¿Pero no se corre el riesgo de repetir la misma historia de los organismos internacionales?

    - Creo que no, siempre y cuando, por ejemplo, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) se dedicara a resolver todos los problemas referentes a la agricultura y la alimentación y la OMS (Organización Mundial de la Salud) se preocupara por la salud de los africanos, por caso, dándole a cada organismo una autonomía de los bienes públicos y no la subordinación al poder financiero mundial. Esta sería una reforma muy importante porque se dejaría de lado a la hegemonía financiera del comercio internacional.

    - ¿Qué papel están jugando las organizaciones sociales en el actual contexto de crisis?

    - En países como Finlandia o Dinamarca, las organizaciones de la sociedad civil son muy fuertes y ejercen una suerte de dominación. Los trabajadores no son solamente asalariados de un gremio, toda la sociedad puede organizarse y tiene acceso al Estado. De todos modos, habría que lograr más permeabilidad del Estado a las demandas de la sociedad civil porque es muy rica la relación entre el asalariado y el gremio. Hay muchas cosas: el debate político, la educación la salud, la información. En épocas de la planificación, en Francia se reunían los representantes de los empresarios, de los consumidores, de los asalariados, etc. De manera que había una representación muy grande de los intereses de la Nación y se tomaban decisiones tratando de compatibilizar todas las demandas, no sólo las de un único actor, tratando de encontrar soluciones para el conjunto de la sociedad.

    - ¿Cree que ése es el modelo que se debe seguir?

    - Creo que se necesita mayor dinamismo de las organizaciones civiles.

     

    http://www.ddooss.org

    P. Krugman: “Brotes verdes y rayos de esperanza”, o agravación de la crisis?

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    CRISIS008 PAUL KRUGMAN 26/04/2009

    Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, ve "brotes verdes". El presidente Barack Obama ve "rayos de esperanza". Y el mercado de valores ha subido. Entonces, ¿ha llegado la hora de anunciar que el peligro ha pasado? He aquí cuatro motivos para ser prudentes respecto a la perspectiva económica.

    1. Las cosas siguen empeorando. La producción industrial acaba de alcanzar su mínimo de los últimos 10 años. La construcción de viviendas sigue estando en una situación lamentable. Las ejecuciones hipotecarias, que disminuyeron cuando las empresas de hipotecas estaban a la espera de conocer los planes para la vivienda de la Administración de Obama, están aumentando otra vez.

    Lo más en lo de "puntuales": la última edición del Beige Book, la encuesta periódica de la Reserva Federal sobre la situación de las empresas, afirma que "5 de los 12 distritos han notado una moderación en el ritmo del declive". ¡Yupi!

    2. Algunas de las buenas noticias no resultan convincentes. La noticia positiva más importante de los últimos días llega de los bancos, que han estado anunciando unos beneficios sorprendentemente buenos. Pero algunos de esos informes de beneficios parecen un poco… raros.

    Wells Fargo, por ejemplo, ha anunciado los mejores beneficios trimestrales de su historia. Pero los beneficios anunciados por un banco no son un número fiable, como las ventas; dependen mucho, por ejemplo, de la cantidad que el banco reserve para cubrir las pérdidas futuras que prevé tener a causa de sus préstamos. Y algunos analistas han expresado dudas considerables sobre las suposiciones de Wells Fargo, así como sobre otros asuntos relacionados con la contabilidad.

    Mientras tanto, Goldman Sachs ha anunciado un gran salto en los beneficios desde el cuarto trimestre de 2008 hasta el primero de 2009. Pero, como los analistas se han apresurado a señalar, Goldman ha modificado su definición de trimestre (como consecuencia de un cambio en su estado legal), de forma que (se lo juro) el mes de diciembre, que resultó ser un mal mes para el banco, ha desaparecido de esta comparación.

    No quiero exagerar con esto. Tal vez los bancos realmente hayan pasado de unas graves pérdidas a unos cuantiosos beneficios en un tiempo récord. Pero es natural que nos sintamos escépticos en estos tiempos de Madoff.

    ¡Ah!, y para quienes están esperando que las pruebas de esfuerzo del Departamento del Tesoro lo aclaren todo: el portavoz de la Casa Blanca, Robert Gibbs, asegura que "verán de forma sistemática y coordinada la transparencia de determinar algunos de los resultados de estas pruebas de esfuerzo y mostrárselas a todos los implicados". No, yo tampoco sé lo que significa eso.

    3. Todavía podrían caer más torres. Incluso durante la Gran Depresión, no todo fue siempre cuesta abajo. En concreto, hubo una pausa en la caída al cabo de aproximadamente un año y medio (más o menos, el punto en que estamos ahora). Pero luego se produjeron una serie de bancarrotas a ambos lados del Atlántico, combinadas con algunas jugadas políticas desastrosas que se originaron cuando los países intentaron defender el moribundo patrón oro, y la economía mundial volvió a despeñarse.

    ¿Podría suceder esto otra vez? Bueno, el sector inmobiliario comercial en una situación crítica, las pérdidas de las tarjetas de crédito están aumentando drásticamente y nadie sabe todavía lo mal que se pueden poner las cosas en Japón o Europa del Este. Probablemente no se repetirá el desastre de 1931, pero decir que lo peor ya ha pasado está muy lejos de ser cierto.

    4. Incluso cuando haya pasado, no habrá pasado. Oficialmente, la recesión de 2001 sólo duró ocho meses y terminó en noviembre de ese año. Pero el paro siguió subiendo durante otro año y medio más. Lo mismo pasó tras la recesión de 1990-1991. Y hay muchas razones para creer que esta vez también sucederá lo mismo. No se sorprendan si el paro sigue subiendo a lo largo de 2010.

    ¿Por qué? Las recuperaciones en forma de V, en las que el empleo experimenta mejorías espectaculares, sólo se producen cuando hay gran cantidad de demanda reprimida. En 1982, por ejemplo, la vivienda estaba aplastada por los altos tipos de interés, así que cuando la Reserva Federal alivió la presión, las ventas de casas subieron. Eso no es lo que sucede esta vez: hoy, la economía está deprimida, por así decirlo, porque hemos acumulado demasiada deuda y construido demasiados centros comerciales, y nadie está de humor para un nuevo aumento del gasto.

    El empleo terminará por recuperarse, como siempre lo hace. Pero, probablemente, no será con rapidez. Así que, ahora que he conseguido deprimir a todo el mundo, ¿cuál es la solución? La persistencia.

    La historia demuestra que el optimismo prematuro es uno de los grandes peligros políticos cuando uno se enfrenta a una grave crisis económica. Roosevelt respondió a los signos de recuperación recortando a la mitad el presupuesto de la Administración para la Mejora del Trabajo y subiendo los impuestos; a renglón seguido, la depresión volvió con toda su fuerza. Japón descuidó sus esfuerzos a medio camino durante su década perdida y se aseguró otros cinco años de estancamiento.

    Los economistas de la Administración de Obama entienden todo esto. Están diciendo las cosas apropiadas respecto a mantener el rumbo. Pero existe un riesgo real de que todos esos comentarios sobre brotes verdes y rayos de esperanza alimenten una complacencia peligrosa.

    Así que éste es mi consejo, tanto para los ciudadanos como para los políticos: no cuenten los huevos de la recuperación hasta que los polluelos hayan salido del cascarón.

    Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. © 2009 New York Times Service. Traducción de News Clips.

    Giovanni Arrighi: la crisis mundial y el dilema chino…

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    escrito por Montserrat Galcerán

    viernes, 25 de enero de 2008

    ARRIGHI1 El libro de G. Arrighi, Adam Smith en Pekín (Madrid, Akal, 2007), recientemente publicado en las versiones inglesa y castellana, está destinado, sin lugar a dudas, a convertirse en uno de los textos básicos para enjuiciar la actual coyuntura socio-económica mundial, marcada por el declive simultáneo de la hegemonía americana y el ascenso de China.

    En este marco conceptual el autor define la cuestión central del s. XXI con las siguientes palabras: “si, y en qué condiciones, el ascenso chino, con todas sus deficiencias y probables reveses futuros, puede considerarse un presagio de esa mayor igualdad y mutuo respeto entre los pueblos europeos y no europeos, que Adam Smith preveía y propugnaba hace 230 años” (p. 393).

    Esta doble referencia al proceso chino y a A. Smith, presente en el propio título del libro, nos indica que el análisis se desarrolla en dos líneas esenciales: una, estudiar las transformaciones económicas en China, no como prueba de la capacidad de arrastre del credo neo-liberal, sino más bien como resultado de prácticas de economía mercantil que se remontan a tiempos antiguos, y que permitieron que aquel país mantuviera durante siglos lo que el autor denomina“equilibrio económico de alto nivel”, de tal modo que, si ya el desarrollo tradicional de China parecía demostrar la discrepancia entre los procesos de formación del mercado y los del desarrollo capitalista, la hibridación actual entre una economía intensiva en trabajo y la preponderancia de la producción para el mercado internacional –clave en su resurgimiento-, abriría la vía a un proceso alternativo al estilo (capitalista) americano de vida.

    Como segunda línea el autor propone una reinterpretación del legado económico de Adam Smith, en una clave que permite distinguir dos vías de desarrollo socio-económico: la revolución industrial de Occidente que, unida a un mercado capitalista, dio lugar al desarrollo capitalista clásico teorizado por Marx, y la vía “industriosa” (la terminología es de  K. Sugihara) que, unida a un mercado no capitalista, propició el desarrollo “natural” de Oriente. O dicho de otra manera, un desarrollo que explota las potencialidades de crecimiento del mercado y profundiza la división social del trabajo, pero no altera sustancialmente el entorno como sería el modelo oriental, a diferencia de otro que, centrándose en el comercio a larga distancia y en la producción para la exportación, lo destruye, como ocurre en el modelo occidental clásico. La existencia de esa otra vía refuerza la tesis anteriormente expuesta, de que en China se está dando un desarrollo alternativo, el cual, si este país llegara a ocupar una posición hegemónica mundial dado el declive de la hegemonía americana, podría suponer un profundo cambio en las relaciones geopolíticas globales. La argumentación teórica sobre las dos vías de desarrollo del mercado apuntala teóricamente esa conclusión.

    Porque el declive americano constituye la contra-imagen del ascenso de China; de hecho es el contrapunto del tema principal, al que el autor dedica una parte sustanciosa de la obra. Al hilo de la discusión, por una parte con R. Brenner y de otra con D. Harvey, argumenta que la depresión económica de los años 70 del pasado siglo, marcada por la contracción de los beneficios empresariales, fue profundizada por la resistencia de los trabajadores a cargar con el peso de la crisis, y por el declive de la hegemonía americana a partir de la derrota de Vietnam. Por tanto en su interpretación no se trata tanto, o no se trata sólo, de los efectos de la competencia inter-capitalista, como había subrayado Brenner, cuanto de que esta competencia, así como las luchas anteriormente mencionadas entre capital y trabajo, se inscriben en una dinámica geopolítica que les imprime su sello: el declive de la hegemonía americana. “Interpreto la crisis de rentabilidad como un aspecto de una crisis de hegemonía más amplia” (p. 172), a la que define como aquella “situación en la que el Estado hegemónico vigente carece de los medios o de la voluntad para seguir impulsando el sistema interestatal en una dirección que sea ampliamente percibida como favorable, no sólo para su propio poder sino para el poder colectivo de los grupos dominantes del sistema” (p. 160).

    En una situación de ese tipo, el centro declinante –ni que decir tiene que Arrighi inscribe su análisis en la teoría más amplia de los ciclos económicos del sistema-mundo, desarrollada entre otros textos en su conocida obra El largo siglo XX- en una situación de ese tipo, decía, el centro declinante puede intentar mantener una “dominación sin hegemonía”arrastrando a los otros agentes del sistema mundial a confrontaciones bélicas de desigual resultado e, inclusive, despeñándose en un abismo sin fondo como parece ser la guerra en Irak. Para Arrighi la estrategia seguida por Bushtras el 11 de septiembre es más que una muestra del intento por reconfigurar la maltrecha hegemonía americana: “El objetivo de la guerra contra el terror no era únicamente capturar terroristas, sino reconfigurar la geografía política de Asia occidental con el objetivo de iniciar un nuevo siglo americano”; en este marco “la invasión de Irak…pretendía ser una primera operación táctica en una estrategia a largo plazo destinada…a establecer el control estadounidense sobre el grifo global del petróleo y, por lo tanto, sobre la economía global durante otros cincuenta años o más” (p 194 y 202). A pesar del caos en Irak e incluso de la aventura en Líbano en el verano de 2005, esta estrategia no ha cosechado más que fracasos, como demuestra el descenso continuado del dólar profundizado por la crisis financiera del verano de 2007, que marca el hundimiento del proyecto imperial neoconservador americano.

    Hasta aquí las tesis de Arrighi son tremendamente coherentes, al menos en su trazado general. Quedan sin embargo algunos puntos oscuros: el primero es la extraordinaria importancia concedida a los “agentes políticos”, especialmente los Estados, como actores históricos y económicos, hasta el punto de que la distinción entre “sociedad de mercado” y “sociedad capitalista de mercado” reposa en que el Estado actúe o no actúe como un poder sometido al interés capitalista de clase, o sea al incremento de la acumulación. Según afirma textualmente: “el carácter capitalista del desarrollo basado en el mercado […] está determinado […] por la relación del poder del Estado con el capital. Se pueden añadir tantos capitalistas como se quiera a una economía de mercado, pero a menos que el Estado se subordine a su interés de clase, la economía de mercado sigue siendo no-capitalista” (p. 345).

    ¿Qué define el interés de clase que, incorporado por el Estado, asegura el carácter capitalista de la sociedad de mercado? El autor no lo define aunque, por el contexto, podemos adivinar que, en tanto el proceso de intercambio mercantil no se subordine a los mecanismos de acumulación y en especial de “acumulación por desposesión” (la terminología es de D. Harvey) generando un proceso sin fin de acumulación por la acumulación, sino que siga atendiendo a las necesidades de mejora económica y social de las poblaciones asentadas en el territorio, ese proceso no sucumbirá a aquella fatal deriva.

    Por esta razón puede afirmar que “el ascenso económico de Asia”, en especial si ese ascenso puede proseguir de modo pacífico, garantiza por sí mismo un aumento de la igualdad en el mundo –al menos de la igualdad entre naciones y/o entre regiones del mundo, si no entre individuos o entre clases– y puede propiciar un nuevo Bandung, o sea un nuevo reparto de poder e influencia entre el Norte y el Sur global. La ausencia, sin embargo, de cualquier perspectiva que evalúe las diferencias internas –de clase, de género, de raza,- y el exagerado protagonismo de los agentes político-estatales, no permiten matizar, siquiera sea someramente, aquella afirmación.

    El segundo punto oscuro surge al sugerir una distinción entre el interés del capital global del Norte –ocupado cada vez más en amplias operaciones financieras que elevan la rentabilidad pero generan efectos altamente depredadores- y el interés de la potencia hegemónica, USA, cuyo intento por reconfigurar un “poder imperial” ha fracasado irremisiblemente. Esta distancia entre un capital financiero altamente móvil y las dificultades del centro hegemónico para imponer políticas a escala global que le sean favorables, marcaría todavía más el declive de la primera potencia del mundo que, si bien sigue siéndolo a nivel militar, está –cosa curiosa– más endeudada que ninguna otra, siendo sus acreedores –cosa doblemente curiosa– los Estados y agentes empresariales emergentes del Asia oriental. Es decir que mientras el capital financiero propiamente capitalista –el del Norte- se lanza a operaciones de alto riesgo, surgen poderes financieros sustentados en los enormes superávits de los países emergentes, especialmente los chinos.

    Esta circunstancia contribuye a mantener las opciones tremendamente abiertas: difícilmente un Estado tan endeudado como la actual USA logrará construir un New deal a escala global –punto en el que Arrighi disiente de su amigo D. Harvey– pero, por eso mismo, no parece previsible que pueda prolongar su dominación, desprovista de hegemonía.

    ¿Cuáles podrían ser los agentes que precipitaran la situación? Por lo dicho anteriormente no parece que el autor confíe demasiado en los movimientos sociales cuyas luchas entiende siempre como luchas defensivas incluso si, en el mejor de los casos, logran forzar a las élites dirigentes a introducir cambios que respeten sus intereses. ¿Pero cabe esperar que las élites de los centros emergentes y especialmente las élites chinas serán tan perspicaces de escapar a las añagazas de la política exterior americana y preparar para su pueblo –y por extensión para la Humanidad en su conjunto- ese estado de mayor igualdad y cooperación? ¿Podemos confiar en que un nuevo orden mundial, centrado en China, termine, o al menos debilite, los enfrentamientos militares entre las potencias? Y en tanto que sujetos europeos occidentales ¿nos cabe luchar por ello?

    Arrighi no ofrece una respuesta concluyente. El final del libro deja abiertas varias posibilidades, dibujando sólo una alternativa entre una opción catastrófica en el caso de que China siguiera la pauta (capitalista) estadounidense y la otra, relativamente más tranquilizadora, si la abandonara. La apuesta del autor se inclina claramente por la segunda, aunque con cautela: “Si la reorientación consigue revitalizar y consolidar las tradiciones chinas de desarrollo autocentrado basado en el mercado, acumulación sin desposesión, movilización de los recursos humanos más que de los no-humanos y gobierno mediante la participación de las masas en la toma de decisiones, entonces es probable que China esté en condiciones de contribuir decisivamente al surgimiento de una comunidad de civilizaciones auténticamente respetuosa hacia las diferencias culturales; pero si la reorientación fracasa, China puede muy bien convertirse en un nuevo foco de caos social y político que facilite los intentos del Norte por restablecer un dominio global que se desmorona o …ayude a la Humanidad a arder en los horrores ( o las glorias) de la creciente violencia que acompaña la liquidación del orden mundial de la Guerra Fría” (p. 403).

    A pesar de no estar cerrada, la opción del autor parece ser clara: el futuro del s. XXI no se juega en los movimientos europeos, ni siquiera en Latinoamérica –a pesar de su claro protagonismo- ni en Oriente próximo, con todo su caos y violencia, sino en el ascenso de ese nuevo centro de la economía-mundo: el mercado asiático y en especial el chino, con su poder para crear en torno suyo una nueva economía global.

    http://www.nodo50.org

    G-20: ¿enterrar o resucitar a Keynes?

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    Alejandro Nadal, La Jornada.com

    KEYNES1 El invitado más importante en la reunión del G-20 es el economista John Maynard Keynes, o más bien, su fantasma. Ahí estará, codeándose con todos, aunque los participantes no lo vean. Algunos saludarán sus ideas sobre estímulos fiscales, otros hablarán de su plan para reorganizar el sistema monetario internacional al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

    Su lugar de invitado de honor se debe a la propuesta del gobernador del Banco Central de China, Zhou Xiaochuan, para reformar el sistema monetario internacional. La propuesta china recuerda que los países que emiten monedas de reserva enfrentan un dilema: o alcanzan sus objetivos internos de política monetaria, o satisfacen la demanda de una reserva internacional. No pueden alcanzar ambos objetivos a la vez: o satisfacen la demanda mundial de liquidez pero generan presiones inflacionarias internas, o restringen la demanda interna pero reducen la liquidez internacional.

    La propuesta china señala que se necesita una unidad de reserva estable, desconectada de las economías individuales y que satisfaga las necesidades de liquidez de la economía mundial. Eso es acertado. El funcionario chino recuerda que la propuesta de moneda de reserva internacional la hizo John Maynard Keynes en 1943 y que esa propuesta visionaria no fue aceptada.

    Pero una de dos, o en Pekín no han leído bien a Keynes, o simple y llanamente están seleccionando lo que le conviene al gobierno chino y desechando lo que no les gusta. Veamos por qué.

    Al terminar la Segunda Guerra Mundial Keynes llevó a la conferencia de Bretton Woods una propuesta para crear la unidad monetaria universal Bancor y la unión internacional de compensación, la International Clearing Union (ICU). Ese instrumento serviría para llevar a cabo ajustes automáticos en el comercio internacional para evitar los desequilibrios entre países con superávit exagerados y aquellos aplastados por déficit incontrolables.

    En ese plan las exportaciones e importaciones se pagarían en bancors. Cada país tendría una cuenta en la ICU con un saldo cercano a cero debido a su equilibrio (o desequilibrio moderado) de exportaciones e importaciones. La cuenta en bancors de cada país mantendría una tasa de cambio fija (pero ajustable) con respecto a la moneda local.

    El punto central del plan es el mecanismo de ajuste automático entre países superavitarios y deficitarios. Ambos compartirían la obligación de mantener un equilibrio en los flujos mundiales de comercio. Los países con déficit pagarían una tasa de interés a la ICU sobre su deuda en bancors y eso les impulsaría a reducir sus importaciones. Los de saldo comercial superavitario también tendrían que pagar a la ICU por ese excedente en bancors. Eso los incentivaría para invertir sus bancors en los países deficitarios o simplemente para reducir sus excedentes. El plan Keynes buscaba que los esfuerzos de los países deficitarios para equilibrar su balanza comercial coincidieran con el impulso de los países superavitarios para gastar sus bancors (que de otro modo carecerían de valor).

    En síntesis, lo esencial del plan Keynes es el mecanismo de ajuste automático. Ese dispositivo habría sido objeto de un acuerdo internacional y habría sido complementado por un régimen regulatorio sobre flujos de capital. Todo eso permitiría aplicar políticas de pleno empleo en lo interno de cada país. El resultado: se impediría que cada país resolviera su problema de desempleo ahogando en exportaciones baratas a los demás. Quedaría vedado subsanar una deficiente demanda efectiva exportando desempleo, que es precisamente lo que sucede en la globalización neoliberal.

    No hay que olvidar que hoy los países pobres enfrentarán problemas de liquidez para financiar cualquier esquema expansionista. En el plan Keynes eso se resolvería mediante la expansión de la oferta de la unidad monetaria internacional. Es lo que se pensó hacer originalmente con los derechos especiales de giro del FMI, pero eso no funcionó.

    En síntesis, el objetivo del plan Keynes era permitir a cada país retomar una política macroeconómica interna activa, capaz de desempeñar un papel anticíclico. Esto es lo visionario del plan Keynes, no la idea aislada de unamoneda universal.

    Desgraciadamente Keynes fue derrotado en Bretton Woods, de donde salió el Fondo Monetario Internacional, con funciones radicalmente distintas. Y hoy tenemos una mega crisis, con desequilibrios gigantescos entre países superavitarios y deficitarios. Todo se agrava porque el principal país deficitario es, precisamente, el país emisor de la moneda de reserva más importante de los últimos 50 años.

    China tiene razón en preocuparse por la calidad de sus reservas. Frente a la amenaza de una fuerte pérdida de valor del dólar, no es cómodo estar sentado encima de un billón de dólares en reservas. Pero hay que tomar en cuenta dos cosas. Primero, ese problema proviene de la manera en que China buscó resolver su problema de desempleo: ahogando en exportaciones baratas al resto del mundo. Segundo, una nueva moneda universal podría tranquilizar la ansiedad de los chinos y otros países con fuertes reservas en dólares. Pero ese no es el único problema que enfrenta la economía mundial. Lástima que la propuesta China sea tan corta de miras. Me temo que sus amigos en el G-20 no buscarán complementarla. Curiosa reunión en Londres. ¿Fiesta en honor de Keynes o su funeral?

    Miércoles 1º de abril de 2009

    P. Krugman, un crítico de izquierda a política económica de Obama…

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    PAUL KRUGMAN, EL ECONOMISTA QUE PONE NERVIOSO A BARACK OBAMA

    Es Nobel de Economía, académico de peso y bloguista popular. Raro en su ambiente, desde hace diez años es columnista del New York Times y tiene audiencias masivas. Sus críticas consistentes y discretas preocupan a la Casa Blanca. Krugman llena teatros con sus conferencias, especialmente después de la crisis.

    Por Stephen Foley *

    Sus advertencias apocalípticas atrajeron hordas de lectores a su blog. Un video frenético de un californiano literalmente cantando a gritos sus pronósticos es un éxito en YouTube. La semana pasada las entradas para una conferencia que dio en California se agotaron casi de inmediato a 135 dólares por cabeza. La revista Newsweek lo puso en su última portada, bajo el título, “La oposición desde adentro”. Paul Krugman es el hombre del momento, y eso pone nervioso al equipo de Barack Obama.

    Mientras el líder norteamericano intentaba convencer a los mandatarios extranjeros en una exhaustiva gira por Europa y se esforzaba por moldear una nueva era de bipartidismo en Estados Unidos, su más mordaz detractor comenzó a pisarle los talones, despacio y con mucha modestia, cuestionando sus explicaciones y sus planes, siempre desde la izquierda. Es el único que amenaza con poner fin a la luna de miel de Obama y activar la tan temida crisis de confianza en el sistema norteamericano.

    La emergencia de Krugman, un economista sin experiencia en la política, golpeó el punto más débil del gobierno estadounidense, su estrategia para frenar la crisis financiera y reconstruir la economía. El plan de la Casa Blanca tiene dos ejes, el paquete de estímulo de 800 mil millones de dólares y el paquete de rescate de un billón de dólares para el sector financiero. El profesor barbudo de la Universidad de Princeton criticó ferozmente ambas iniciativas.

    Krugman escribe una columna en el New York Times hace una década. Es conocido en los programas de política en televisión y el año pasado reafirmó su status de gurú económico al ganar el Premio Nobel de Economía por su trabajo sobre comercio internacional. Pero en los últimos meses supo captar la ansiedad de una audiencia mucho mayor, que se está formulando la pregunta del millón: ¿funcionará el plan económico de Obama?

    Su respuesta es un no tajante. El paquete de estímulo es mucho más chico de lo que el país necesita para combatir la creciente pérdida de puestos de trabajo, que este mes ya superó los cinco millones desde el inicio de la recesión norteamericana. Aún peor, el plan para reconstruir el sistema bancario –el préstamo de un billón de dólares a inversores privados para que éstos compren los activos tóxicos de los bancos, con la esperanza que entonces no quiebren– está condenado al fracaso. Según el economista, toda el plan se basa en la idea errónea de que los principales bancos de Estados Unidos siguen siendo, en sus bases, sólidos.

    “¿Por qué son tan obstinados en esto –preguntó Krugman en su blog–. Porque temo que ésta sea la única posibilidad que tendrá este gobierno, o que si el plan de salvataje a los bancos fracasa, el gobierno no tenga el suficiente capital político para intentar un plan B. Por eso es horroroso que Obama haya decidido basar todo su plan económico en la fantasía de que un poco de abracadabra financiera retrocedería el reloj de vuelta a 2006.” Krugman no es el único economista que sostiene que Estados Unidos está cometiendo los mismos errores que Japón en los noventa, cuando mantuvo a bancos que ya no eran viables, lo que provocó más de una década de estancamiento económico. Pero el economista de Princeton es el vocero de facto de ese movimiento. Para ellos los bancos en peor estado –Citigroup y Bank of America– deberían ser nacionalizados y canalizar, en cambio, los fondos federales a los desempleados o a proyectos de infraestructura, que garanticen o creen puestos de trabajo.

    Debido a sus contundentes credenciales de economista, muchas veces no se percibe que la base del reclamo de Krugman es emocional, no matemático. Les habla a los estadounidenses liberales que se vieron hipnotizados por el fenómeno Obama. Sus palabras son como pequeños martillos que golpean, despacio y de a poco, las esperanzas de un cambio y amenazan, por primera vez, con destruir el clima de optimismo en que están embebidos desde la victoria en las urnas en noviembre pasado.

    Las columnas en el diario neoyorquino alcanzan su clímax cuando el economista expresa sus expectativas y posterior frustración frente al gobierno de Obama –y fuerza una reacción similar en el lector–. “No sé ustedes, pero yo tengo el estómago revuelto”, escribió tres semanas después de la asunción del mandatario. “Tengo la sensación de que Estados Unidos simplemente no está a la altura del mayor desafío económico de los últimos 70 años.”

    En la raíz del problema, aseguró, está el ingenuo intento de Obama de atraer el apoyo del Partido Republicano, aún dominado por hombres creyentes y fieles al libre mercado. “El presidente comprometió por adelantado”, advirtió el economista, quien además acusó al mandatario de estar muy dispuesto a contentarse con medidas a medias.

    Obama tuvo que empezar a responder a las acusaciones del reconocido economista desde que presentó el paquete de estímulo. “Si Paul Krugman tiene una buena idea sobre cómo gastar de forma más eficiente y efectiva para reimpulsar la economía, nosotros la ejecutaremos”, dijo en aquel momento.

    Dos meses después, el círculo de asesores de Obama se muestra cada vez más frustrado al tener que debatir públicamente las críticas de Krugman todos los días. Larry Sumers, el jefe de asesores económicos del presidente, reconoció que está sorprendido y confundido por las críticas del premio Nobel contra el plan de salvataje a los bancos. No es el único. Cada vez que Tim Geither, el secretario del Tesoro, da una entrevista le enrostran las columnas críticas de Krugman.

    Hace poco Rahm Emanuel, el jefe de gabinete de la Casa Blanca, perdió la calma después de que Krugman criticara el acuerdo entre los demócratas y los republicanos en el Senado para aprobar el paquete de estímulo económico. “¿Cuántas leyes aprobó él?”, dijo, enojado, Emanuel, en una entrevista con la revista New Yorker. En ese momento, era necesario contar con los votos de los republicanos, ya que aún no se definió la situación del senador demócrata por Minnesota, Al Franken. La elección en ese estado todavía está bajo revisión judicial. “Que escriba una maldita columna sobre cómo sentar en su banca al hijo de puta. Me encantaría leer esa columna.”

    A pesar de su experiencia, el economista de 56 años no está acostumbrado a la ferocidad del debate político. El hijo de inmigrantes rusos, que creció como un chico tímido de Long Island, se mantiene firme en sus convicciones y planea reducir sus horas de profesor universitario para priorizar sus conferencias y sus apariciones en la televisión.

    Obama prometió reducir de forma agresiva el déficit, no bien el país pase la peor parte de la tormenta. Pero la promesa a largo plazo no es suficiente para Krugman. “Los países desarrollados con gobiernos estables pueden endeudarse mucho y luego ser perdonados por los mercados”, sostuvo hace dos semanas.

    Está obstinado en ser la piedra en el zapato de Obama durante toda su gestión, aunque su modestia no le permite reconocerlo. “La popularidad arruina el desempeño de los jefes, aun los mejores. Seguramente, lo mismo pasa, digamos, con los economistas. No pueden decir que no les advertí”, escribió recientemente en su blog.

    * De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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    Página/12 Web – Argentina/12/04/2009

    P. Krugman: La trampa de los dólares de China…

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    PAUL KRUGMAN 05/04/2009

    En los comienzos de la crisis financiera, los bromistas decían que nuestras relaciones comerciales con China habían resultado ser justas y equilibradas después de todo: ellos nos vendían juguetes envenenados y pescado contaminado, y nosotros les vendíamos valores fraudulentos.

    Pero últimamente ambas partes de ese acuerdo están fallando. Por un lado, el interés del mundo por los productos chinos ha caído en picado. Las exportaciones de aquel país se han hundido en los últimos meses y son ahora un 26% más bajas que hace un año. Por otra parte, es evidente que los chinos están poniéndose nerviosos por culpa de esos valores.

    Pero parece que China sigue teniendo expectativas poco realistas. Y eso es un problema para todos nosotros. La gran noticia de la semana pasada fue un discurso de Zhou Xiaochuan, el gobernador del Banco Central de China, en el que pedía una nueva “moneda de reserva supersoberana”.

    La facción paranoica del Partido Republicano advirtió inmediatamente sobre un vil complot para que Estados Unidos renunciase al dólar. Pero el discurso de Zhou Xiaochuan era en realidad un reconocimiento de la debilidad del país. Lo que estaba diciendo, de hecho, es que China se ha metido a sí misma en una trampa de dólares y que no es capaz de salir de esa trampa, ni de cambiar las políticas que la hicieron caer inicialmente en ella.

    Algunos antecedentes: en los primeros años de esta década, China empezó a registrar grandes superávit comerciales y también empezó a atraer un flujo considerable de capital extranjero. Si China hubiese tenido un tipo de cambio flotante -como, por ejemplo, Canadá-, esto habría provocado una revalorización de su moneda que, a su vez, habría ralentizado el crecimiento de las exportaciones chinas.

    Pero, en vez de eso, China decidió mantener el valor del yuan más o menos fijo con respecto al dólar. Para hacerlo tenía que comprar dólares a medida que llegaban. Con el paso de los años, esos superávit comerciales siguieron creciendo, al igual que lo hizo la reserva de activos extranjeros de la República Popular China.

    Pero la broma sobre los valores fraudulentos era injusta en realidad. Aparte de un tardío e irreflexivo acopio de acciones (de las más altas del mercado), los chinos han acumulado principalmente activos muy seguros, entre los que los bonos del Tesoro de Estados Unidos (bonos T, para abreviar) representan una parte importante del total. Pero aunque los bonos T son seguros como los que más, ofrecen una rentabilidad muy baja.

    ¿Había alguna estrategia oculta tras esta vasta acumulación de activos de baja rentabilidad? Probablemente, no. China adquirió su alijo de dos billones de dólares (con lo que convirtió la República Popular en la República de los bonos T) de la misma forma que Gran Bretaña adquirió su imperio: en un ataque de insensatez.

    Y, según parece, el otro día, los dirigentes chinos se despertaron y se dieron cuenta de que tenían un problema. La baja rentabilidad no parece preocuparles demasiado, ni siquiera ahora. Pero, aparentemente, están preocupados por el hecho de que alrededor del 70% de esos activos estén expresados en dólares, por lo que cualquier caída futura del dólar conllevaría una gran pérdida de capital para China. De ahí la propuesta de Zhou de pasar a una nueva moneda de reserva del tipo de los Derechos Especiales de Giro (DEG), en los que el Fondo Monetario Internacional mantiene sus cuentas.

    Pero esto es a la vez más y menos simple de lo que parece. Los Derechos Especiales de Giro no son dinero real. Son unidades contables cuyo valor se fija en función de una mezcla de dólares, euros, yenes japoneses y libras británicas. Y no hay nada que pueda evitar que China diversifique sus reservas apartándose del dólar ni, por supuesto, que se haga con una reserva que tenga una composición mixta como la de los DEG; es decir, nada excepto el hecho de que ahora China tiene tantos dólares, que no puede venderlos sin provocar una caída del dólar y desencadenar la pérdida de capital que temen sus dirigentes.

    Así que, en realidad, la propuesta de Zhou equivale a una súplica para que alguien rescate a China de las consecuencias de sus propios errores de inversión. Pero eso no va a ocurrir.

    Y la petición de alguna solución mágica al problema del exceso de dólares de China indica algo más: que los dirigentes de aquel país no se han enfrentado al hecho de que las reglas del juego han cambiado de una forma fundamental.

    Hace dos años vivíamos en un mundo en el que China podía ahorrar mucho más de lo que invertía y deshacerse de su exceso de ahorro en Estados Unidos. Ese mundo ha desaparecido.

    Aun así, el día después de su discurso sobre la nueva moneda de reserva, Zhou dio otro en el que parecía afirmar que la altísima tasa de ahorro china es inmutable, una consecuencia del confucionismo, que valora la “antiextravagancia”. Mientras tanto, “no es el momento apropiado” para que Estados Unidos ahorre más. En otras palabras, dejemos las cosas como estaban. Pero eso tampoco va a ocurrir.

    La conclusión es que China todavía no se ha enfrentado a los dolorosísimos cambios que serán necesarios para afrontar esta crisis mundial. Claro está que lo mismo podría decirse de los japoneses, los europeos y los estadounidenses.

    Y ese no aceptar las nuevas realidades es el principal motivo por el que, a pesar de algunos rayos de esperanza (la cumbre del G-20 ha conseguido más de lo que yo pensaba), es probable que esta crisis todavía se prolongue durante años.

    Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. © 2009 New York Times Service Traducción de News Clips

    Las exequias del neoliberalismo global…

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    Desde la City, capital del país que inventó e implementó hasta sus últimas consecuencias letales el neoliberalismo financiero global, Martin Wolf, otrora fanático de la globalización y editor de economía de The Financial Times, el periódico portavoz del depredador modelo desacreditado y desacralizado, formula las exequias del paradigma que gobernó insensatamente al mundo durante tres décadas (en realidad, fue desde 1991, fecha del colapso de la URSS que dio pie al unilateralismo financiero global de la dupla anglosajona).

    Wolf (The Financial Times, 8/3/09), apologista inveterado del neoliberalismo global (publicó un libro ¿Por qué funciona la globalización?, Yale University Press, 2004) justamente cuando el modelo había derrapado, comenta "las semillas de su propia destrucción" del neoliberalismo: "otro dios ideológico ha sucumbido".

    A nuestro juicio, el problema radica en ubicar correctamente la fecha de las exequias del cadáver del modelo neoliberal, que pudieron haber sido en 1997 (quiebra de LTCM); en 2000 (ascenso al poder del bushismo unilateral); en 2001 (montaje hollywoodense del 11/9); marzo de 2004 (cuando British Petroleum delató que los ejércitos de la dupla anglosajona no podían controlar los pletóricos yacimientos de hidrocarburos de Irak), o el 15 de septiembre de 2008 ("quiebra" de Lehman Brothers).

    Qué más da: en el lapso de los recientes 12 años, el modelo neoliberal global clínicamente estaba muerto, realidad lúgubre que se negaban a admitir, pese a su putrefacción universal, los financieros forenses de la City y Wall Street.

    Wolf ejerce la función del anatomista patólogo que busca descubrir las causales de la defunción del pestilente cadáver.

    Se pudiera alegar que con un lapso entre un mínimo de seis años y un máximo de 17, el capitalismo neoliberal sucumbió detrás del "socialismo revolucionario", como le llama Wolf.

    Qué no habremos visto durante un siglo con la muerte de cuatro ideologías, para no decir teologías, totalitarias: el fascismo, el nazismo, el comunismo y ahora el neoliberalismo global. Definitivamente los humanos (de)pendemos de un hilo muy frágil para sobrevivir en medio de los totalitarismos teológicos de la historia.

    Wolf asienta que "los supuestos que gobernaron las políticas durante más de tres décadas, súbitamente (sic) están caducas, como el socialismo revolucionario" cuando "los gobiernos inyectan millones de millones de dólares, euros y libras para intentar rescatar sus sistemas financieros". ¿Y qué tal si regresa el "socialismo revolucionario"?

    Con un retraso de casi tres décadas, Wolf se va a la yugular de Alan Greenspan, el culpable favorito, que ha sido colocado en la picota universal por haber propiciado y/o tolerado la mayor crisis financiera de la humanidad: “alumno de Ayn Rand (nota: la teóloga esotérica del individualismo misántropo) y principal banquero central de la época, quien confesó en su testimonio ante el Congreso, el pasado octubre, encontrarse en "estado de choque e incredulidad" debido al fracaso del autointerés (sic) de las instituciones de crédito por proteger el capital de los accionistas”.

    Repite lo archisabido sobre el inicio del modelo neoliberal global con el ascenso al poder de Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Estados Unidos (EU), en medio de "cambios" en China e India que se voltearon más hacia el "mercado", lo que en su conjunto marcaba "la muerte de la planeación central", que llegó a su paroxismo con la caída del comunismo soviético "entre 1989 y 1991". Esto es muy discutible, ya que China e India, más que desregularse al estilo sicótico anglosajón, se orientaron a "economías reguladas de libre mercado" (al estilo del añejo "PRI revolucionario", anterior al desviacionismo neoliberal que se inició con De la Madrid Hurtado y que prosiguieron Salinas y Zedillo: los tres criptopanistas).
    Foto
    Trabajadores montan protecciones al monumento conmemorativo de la Primera Guerra Mundial, ayer frente al Banco de Inglaterra, en el distrito financiero de Londres, en previsión de que las protestas programadas contra la cumbre del G-20, este jueves, se tornen violentasFoto Ap

    Asevera que "el impacto de la crisis será particularmente severo en los países emergentes" y acepta que en medio de "una inmensa (sic) crisis financiera global y del desplome sincronizado en la actividad económica, el mundo está cambiando de nuevo". Si, como aduce, "el sistema financiero es el cerebro de la economía de mercado", entonces, el capitalismo anglosajón se encuentra totalmente descerebrado.

    Confiesa su deriva mental: "es imposible (¡supersic!) en este punto de inflexión saber adónde vamos". No se percata de que el mundo va que vuela a la desglobalización, a la regionalización nacionalista y al neoproteccionismo patriótico, como sostuvimos en nuestros libros premonitorios (El fin de una era. Turbulencias en la globalización, Editorial del Zorzal, Buenos Aires, 2007, y Hacia la desglobalización, Editorial Jorale, 2007) con antelación al estallido del tsunami financiero global.

    Arguye que "la combinación del colapso (sic) financiero con una inmensa (sic) recesión, si no ocurre algo peor (léase: la gran depresión), seguramente (sic) cambiará al mundo. La legitimidad (sic) del mercado será debilitada. La credibilidad (sic) de EU será dañada. La autoridad de China aumentará. La misma globalización puede irse a pique. Éstos son los tiempos de la revuelta". ¡Ah, caray!

    Contempla la probabilidad de la "desglobalización" y una mayor regulación, y confiesa, muy a destiempo, que "la era de la liberalización contenía las semillas de su propia destrucción" para emprender su análisis forense que venimos asentando desde hace más de 10 años en el libro agotado El lado oscuro de la globalización: post-globalización y balcanización, Editorial Cadmo & Europa, 2000.

    Wolf argumenta que "el mundo de las pasadas tres décadas de liberalización financiera ha concluido", pero que, "a diferencia de la década de los treinta, no existe una alternativa creíble a la economía de mercado". Aquí discrepamos del fracasado teólogo del neoliberalismo global: en la geopolítica se generó un empate técnico entre EU y Rusia, mientras en el ámbito geoeconómico el BRIC (Brasil, Rusia, India y China) va en ascenso, en detrimento del G-7.

    El grave problema radica en el dolarcentrismo al que se ha aferrado la dupla anglosajona como su último círculo de defensa para mantener su hegemonía global. Asistimos a la gran paradoja del dólar: una divisa prácticamente sin valor, pero todavía muy funcional, cuando las otras divisas del BRIC y de las regiones de las economías emergentes (Sudamérica, las potencias petroleras del Golfo Pérsico y el sudeste asiático) no son competitivas ni cuentan con divisas sustituibles hasta ahora.

    Más aún: en su reciente boletín, GEAB (número 33) de LEAP/Europe 2020, expone persuasivamente la guerra de divisas que se escenifica en el marco de la cumbre del G-20 de Londres, cuando el eje anglosajón le ha declarado la guerra al euro.

    J. Stiglitz: la manera de no recuperarse (de la crisis…)

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    JOSEPH E. STIGLITZ 29/03/2009

    crisis0001Algunos pensaban que al elegir a Barack Obama todo cambiaría en Estados Unidos. Como no ha sido así, incluso después de que se aprobara una enorme ley de estímulo y se presentara un nuevo programa para solucionar el problema de la vivienda y diversos planes para estabilizar el sistema financiero, hay incluso quien empieza a culpar a Obama y a su equipo.

    Sin embargo, Obama ha heredado una economía en caída libre y era imposible que cambiara la situación en el corto plazo transcurrido desde que ocupa el cargo. Meses antes de abandonar la Casa Blanca, el presidente Bush parecía un ciervo atrapado por los faros de un coche: paralizado e incapaz de hacer prácticamente nada. Es un alivio que por fin Estados Unidos tenga un presidente capaz de actuar, y lo que ha estado haciendo supondrá una gran diferencia.

    Por desgracia, lo que está haciendo no basta. El plan de estímulo parece grande -más del 2% del PIB anual-, pero un tercio se va en reducciones de impuestos. Y dado que los estadounidenses afrontan deudas importantes, un desempleo en rápido crecimiento (con el peor sistema de compensación por desempleo de todos los países industrializados) y una caída de los precios bursátiles es probable que ahorren buena parte de esa reducción fiscal.

    Casi la mitad del estímulo se limita a compensar el efecto de contracción de los recortes estatales. Los 50 Estados del país deben mantener un presupuesto equilibrado. Hace unos meses se calculaba que el déficit total ascendía a 150.000 millones de dólares; ahora la cifra debe de ser mucho mayor; de hecho, solamente el déficit de California alcanza ya los 40.000 millones de dólares.

    Los ahorros de las familias empiezan por fin a crecer, lo cual es bueno para la salud de sus finanzas a largo plazo, pero desastroso para el crecimiento económico. Mientras tanto, la inversión y las exportaciones también están cayendo. Los estabilizadores automáticos de Estados Unidos -la progresividad de nuestros sistemas tributarios, la fortaleza de nuestro sistema de seguridad social- se han debilitado mucho, pero proporcionarán cierto estímulo, aunque el déficit presupuestario previsto se dispara hasta el 10% del PIB.

    En resumidas cuentas, el estímulo robustecerá la economía estadounidense, pero probablemente no lo suficiente como para que vuelva a registrar un crecimiento fuerte. Ésta es una mala noticia también para el resto del mundo, porque una recuperación mundial fuerte necesita una economía estadounidense fuerte.

    Sin embargo, los verdaderos fallos del programa de recuperación de Obama no radican en el plan de estímulo, sino en sus esfuerzos por revitalizar los mercados financieros. Los errores de Estados Unidos enseñan lecciones importantes a los demás países del mundo, que ahora tienen o tendrán problemas con sus bancos:

    - Retrasar la reestructuración bancaria sale caro, tanto en lo que se refiere a los costes de los posibles rescates como a los daños que sufrirá la economía en general en el ínterin.

    - A los Gobiernos no les gusta admitir los costes totales del problema, de modo que dan al sistema bancario lo justo para sobrevivir, pero no lo bastante como para devolverle la salud.

    - La confianza es importante, pero debe cimentarse en unos fundamentos sólidos. Las medidas no deben basarse en la ficción de que se han hecho buenos préstamos, y que la sagacidad empresarial de los directivos y reguladores de los mercados financieros quedará confirmada una vez que se restaure la confianza.

    - Es de esperar que los banqueros actúen en interés propio, sobre la base de los incentivos. Los incentivos perversos llevaron a asumir riesgos excesivos y los bancos que están a punto de hundirse, pero son demasiado grandes como para quebrar, volverán a asumir todavía más. Sabiendo que el Gobierno recogerá los pedazos si hace falta, pospondrán la concesión de hipotecas y pagarán miles de millones en primas y dividendos.

    - Socializar las pérdidas y privatizar los beneficios es más preocupante que las consecuencias de nacionalizar los bancos. El trato se vuelve cada vez peor para los contribuyentes estadounidenses. En la primera ronda de inyecciones de efectivo obtuvieron aproximadamente 0,67 dólares en activos por cada dólar que pusieron (aunque los activos estaban casi con seguridad sobrevalorados y su valor cayó enseguida). Pero con las últimas inyecciones de efectivo se calcula que los estadounidenses reciben 0,25 dólares, o menos, por cada dólar que ponen. Malas condiciones significan una gran deuda nacional en el futuro. Una de las razones por las que posiblemente estamos obteniendo malas condiciones es que si obtuviésemos un valor justo por nuestro dinero, a estas alturas seríamos el accionista mayoritario de al menos uno de los grandes bancos.

    - No confundamos salvar a los banqueros y a los accionistas con salvar a los bancos. Estados Unidos podía haber salvado a los bancos, y haberse olvidado de los accionistas, por mucho menos de lo que ha gastado.

    - La economía de la filtración de la riqueza casi nunca funciona. Dar dinero a los bancos no ha ayudado a los propietarios de viviendas: cada vez hay más desahucios. Permitir que AIG quebrase tal vez habría perjudicado a algunas instituciones importantes para el sistema, pero lidiar con eso habría sido mejor que apostar más de 150.000 millones de dólares y esperar que parte de ellos vayan a parar donde hacen falta.

    - La falta de transparencia metió al sistema financiero estadounidense en este lío. La falta de transparencia no lo sacará de él. El Gobierno de Obama promete cargar con las pérdidas para convencer a los fondos especulativos (hedge funds) y a otros inversores privados de que compren los activos incobrables de los bancos. Pero esto no establecerá “precios de mercado”, como afirma la Administración. Si el Gobierno asume las pérdidas, los precios se distorsionan. Los bancos ya han incurrido en pérdidas y ahora sus beneficios deben producirse a expensas del contribuyente. Introducir a los hedge funds como terceras partes no hará sino aumentar el coste.

    Más vale mirar hacia delante que hacia atrás, centrarse en reducir el riesgo de los nuevos préstamos y garantizar que los fondos crean nueva capacidad de préstamo. Agua pasada no mueve molino. Como punto de referencia, por cada 700.000 millones de dólares proporcionados a un banco nuevo, apalancado en una proporción de 10 a 1, se podrían haber financiado siete billones de nuevos préstamos.

    El momento de creer que se puede crear algo de la nada debería estar superado. Las respuestas miopes de los políticos -que esperan salir del paso con un trato lo suficientemente pequeño como para agradar a los contribuyentes y lo suficientemente grande como para agradar a los bancos- no hacen más que prolongar el problema. Nos espera un punto muerto. Hará falta más dinero, pero los estadounidenses no están de humor para aportarlo, o, desde luego, no con las condiciones vistas hasta ahora. El pozo de dinero podría estar secándose y con él, quizá, también el optimismo y la esperanza legendarios de Estados Unidos.

    Joseph E. Stiglitz es catedrático de Economía de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía en 2001. © Project Syndicate, 2009. Traducción de News Clips.

    La crisis: la causa profunda y silenciada…

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    Estamos en una crisis económica y financiera profunda que puede abocar rápidamente a una depresión mundial semejante a la que ocurrió en los años treinta del siglo XX. De ahí que sea importante ver si las dos crisis mundiales tienen causas comunes y si hay similitudes o diferencias entre ellas. Comencemos por las diferencias, y la más importante es que la situación existente en los países desarrollados es hoy muy distinta a la de los años treinta. Existen ahora sistemas de protección social (como los seguros de desempleo) que no existían entonces.

    Ahora bien, también hay semejanzas y una de ellas, la más importante y que ha pasado desapercibida en los medios de información españoles, es la enorme polarización en la distribución de las rentas que existió en los años que precedieron a la Gran Depresión del siglo XX, y que existe ahora. En la gran mayoría de países de la OCDE hemos visto desde los años ochenta un gran crecimiento de las rentas del capital a costa de una disminución de las rentas del trabajo, alcanzándose una concentración sin precedentes de las rentas en los sectores más pudientes de las sociedades avanzadas, con una disminución del porcentaje de la masa salarial sobre la renta nacional (y ello a pesar de que el número de trabajadores ha aumentado). Esta situación es resultado de la llamada revolución neoliberal (iniciada por el presidente Reagan en EEUU, y por la señora Thatcher en Europa) y sus políticas públicas liberales regresivas (bajadas de impuestos de las rentas superiores, aumento de la regresividad fiscal, desregulación de los mercados de trabajo y descenso de la cobertura de derechos sociales y laborales, entre otras) que han acentuado las enormes desigualdades de renta en la mayoría de aquellos países, alcanzando niveles sin precedentes desde la Gran Depresión. Y ello ha ocurrido en ambos lados del Atlántico, acentuándose todavía más en los últimos años. En EEUU las rentas del capital ascendieron como nunca antes había ocurrido mientras que las rentas del trabajo descendieron de un 68% en 1992 a un 62% de la renta nacional en 2005.

    En la Unión Europea pasó algo semejante. Las rentas del trabajo han sufrido un enorme bajón, pasando de representar en los países de la eurozona (que son los que llevaron a cabo aquellas políticas neoliberales con mayor contundencia, estimulados por la Comisión Europea y por el Banco Central Europeo) el 70% de la renta nacional en el año 1992 al 62% en el año 2005. En España las rentas del trabajo pasaron de representar el 72% de la renta nacional total al 61% en el mismo periodo. En otras palabras, el periodo neoliberal fue un periodo de gran exuberancia para el mundo empresarial (y muy en especial para el mundo financiero) que vio en la UE-15 crecer sus beneficios durante el periodo 1999-2005 un 33%; en la eurozona subió un 36% y en España un 73%, más del doble que el promedio de la UE-15. Los costes laborales, sin embargo, crecieron sólo un 18% en la UE-15 y en España sólo un 3,7%, una quinta parte del promedio de la UE-15. Una consecuencia de la polarización de las rentas y del descenso de las rentas del trabajo, ha sido la disminución de la capacidad adquisitiva de la clase trabajadora y de la demanda con el consiguiente endeudamiento de las clases populares.

    En EEUU la familia promedio que debía 40.000 dólares en 1980 pasó a deber 130.000 dólares en 2007. Una situación semejante ocurrió en la UE. Este endeudamiento creció enormemente hasta que se hizo insostenible. Por otra parte, las exuberantes rentas del capital se invirtieron en actividades especulativas, y muy en especial (en EEUU, España y Gran Bretaña) en la vivienda, desarrollando una burbuja que al explotar (debido a la enorme especulación y excesiva construcción) creó el colapso del crédito, pues la vivienda es el aval más utilizado por las clases populares para conseguir crédito. Contribuyendo a ello es la existencia de un sistema financiero altamente contaminado con productos tóxicos que nadie sabe cuántos ni dónde están, convirtiéndose en lo que se ha definido como bombas financieras de destrucción masiva.

    Mientras que las semejanzas en el origen de la crisis a ambos lados del Atlántico son muy notables, las respuestas son muy diferentes. En EEUU las fuerzas progresistas están respondiendo con medidas similares, aunque menos intensas, que las que desarrolló Franklin D. Roosevelt en el New Deal. Un aumento muy notable del gasto público en inversiones y servicios públicos (como sanidad y otros servicios), financiando tal gasto con un incremento en los impuestos de los sectores más pudientes de la población (que se beneficiaron enormemente de las políticas liberales) y permitiendo un crecimiento del déficit federal hasta alcanzar un 12% del PIB. También un reforzamiento de los sindicatos para aumentar los salarios, un elemento clave de la recuperación de la demanda, tal como hizo Franklin D. Roosevelt con la Ley Wagner que estableció los sindicatos y que la Administración Obama (presionada por las clases populares y por los sindicatos) está expandiendo para facilitar el incremento de los salarios y de la demanda.

    En la Unión Europea, sin embargo, bajo un dominio conservador liberal (excepto en España), la respuesta ha sido enormemente insuficiente. El estímulo económico ha sido mucho menor que el aprobado por el Congreso estadounidense; el Pacto de Estabilidad continúa penalizando a aquellos estados que tienen un déficit de más del 3% del PIB, y los gobiernos están proponiendo que los trabajadores congelen sus demandas salariales como manera de salir de la crisis. Todas ellas medidas contrarias a las necesarias en estos momentos en que debieran revertirse las políticas regresivas que causaron la polarización social, responsable de la crisis de entonces y la de ahora.

    Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra y profesor de Políticas Públicas en The Johns Hopkins University

    rebelion.org

    P. Krugman: ¿Qué le pasa a Europa?

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    PAUL KRUGMAN 22/03/2009

    Me preocupa Europa. De hecho, me preocupa el mundo entero; no hay refugios que estén a salvo de la tormenta económica mundial. Pero la situación de Europa me preocupa todavía más que la de EE UU.

    Quiero dejar claro que no pretendo repetir ahora las quejas estadounidenses de rigor sobre que en Europa los impuestos son demasiado altos y las prestaciones demasiado generosas. Los grandes Estados del bienestar no son la causa de la actual crisis europea. De hecho, como explicaré brevemente, son un factor atenuante.

    El peligro claro y actual que amenaza a Europa ahora mismo viene de otra dirección: la incapacidad del continente para responder de forma eficaz a la crisis financiera. Europa se ha quedado corta en lo referente tanto a la política fiscal como a la monetaria: se enfrenta a una depresión que es al menos tan grave como la de Estados Unidos y, sin embargo, está haciendo mucho menos para combatirla.

    En lo que se refiere al aspecto fiscal, la comparación con EE UU es sorprendente. Muchos economistas, entre los que me incluyo, sostienen que el plan de estímulo de la Administración de Obama es demasiado reducido, teniendo en cuenta la gravedad de la crisis. Pero las medidas de EE UU hacen que todo lo que los europeos están haciendo parezca pequeño.

    La diferencia en cuanto a la política monetaria es igual de llamativa. El BCE ha tenido mucha menos iniciativa que la Reserva Federal; ha sido lento a la hora de rebajar los tipos de interés (de hecho los subió el pasado mes de julio) y ha rehuido cualquier medida contundente para descongelar los mercados crediticios.

    Lo único que está actuando a favor de Europa es lo mismo por lo que recibe la mayoría de las críticas: la magnitud y la generosidad de sus redes de seguridad social, que están amortiguando el impacto del desplome económico. Éste no es asunto baladí. La asistencia sanitaria universal y los generosos subsidios por desempleo garantizan que, al menos hasta la fecha, en Europa no haya tanto sufrimiento humano como lo hay en EE UU. Y estos programas también contribuirán a que se mantenga el gasto durante la depresión. Pero estos “estabilizadores automáticos” no son un sustituto de la acción positiva. ¿Por qué se está quedando corta Europa? La falta de liderazgo tiene parte de la culpa. Los responsables de la banca europea, que no se percataron de la gravedad de la crisis, siguen pareciendo extrañamente satisfechos consigo mismos. Para oír en EE UU algo parecido a las diatribas ignorantes del ministro de economía de Alemania, uno tiene que escuchar a, bueno, los republicanos.

    Pero hay un problema más grave: la integración económica y monetaria de Europa va demasiado por delante de sus instituciones políticas. Las economías de los muchos países europeos están casi tan estrechamente vinculadas como las economías de los muchos Estados de EE UU, y la mayor parte de Europa comparte una moneda común. Pero, a diferencia de EE UU, Europa no tiene esa clase de instituciones de alcance continental necesarias para lidiar una crisis de alcance continental.

    Éste es uno de los motivos principales para la falta de medidas fiscales: no hay ningún Gobierno que esté en situación de asumir la responsabilidad de la economía europea en su conjunto. En lugar de eso, lo que Europa tiene son gobiernos nacionales, cada uno de los cuales es reacio a incurrir en grandes deudas para financiar un estímulo económico que traspasaría muchos de sus beneficios, si no todos, a los votantes de otros países.

    Se podría esperar que la política monetaria fuese más enérgica. Al fin y al cabo, aunque no haya un Gobierno europeo, sí que hay un Banco Central Europeo. Pero el BCE no es como la Reserva Federal, que puede permitirse ser atrevida porque está respaldada por un Gobierno nacional unitario, un Gobierno que ya ha tomado medidas para compartir los riesgos que conlleva la audacia de la Reserva, y que seguramente cubrirá las pérdidas de la Reserva si sus esfuerzos por descongelar los mercados financieros fracasan. El BCE, que debe responder a 16 gobiernos a menudo en desacuerdo, no puede contar con un apoyo similar. En otras palabras, Europa está demostrando que es estructuralmente débil en tiempos de crisis.

    La principal pregunta es qué pasará con esas economías europeas que prosperaron durante la época de dinero fácil de hace unos años y, en concreto, con España.

    Durante gran parte de la década pasada, España fue la Florida de Europa, con una economía que se mantenía a flote gracias al enorme auge especulativo de la vivienda. Al igual que en Florida, la expansión se ha transformado en recesión. España necesita encontrar nuevas fuentes de ingresos y de empleo para sustituir los trabajos perdidos en la construcción.

    En el pasado, España habría tratado de mejorar su competitividad devaluando su moneda. Pero ahora su moneda es el euro, y parece que la única forma de salir adelante es iniciar un demoledor proceso de recortes salariales. Esto habría sido difícil en la mejor de las épocas; y será casi inconcebiblemente doloroso si, como parece muy probable, la economía europea en su conjunto está en crisis y con tendencia a la deflación durante años.

    ¿Significa todo esto que Europa cometió un error al permitir una integración tan estrecha? ¿Significa, en concreto, que la creación del euro fue un error? Tal vez. Pero Europa todavía puede demostrar que los escépticos se equivocan, si sus políticos empiezan a dar muestras de una mayor capacidad de liderazgo. ¿Lo harán? -

    Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y Premio Nobel de Economía 2008.

    © 2009 New York Times News Service.

    Traducción de News Clips.

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