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Cuba y el reto cubano: más allá de la economía, la economía… (dos textos)

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  • Más allá de la economía, la economía
  • Socialismo en el Siglo XXI

Aurelio Alonso, Sociólogo cubano, en La Ventana

CUBA-CASTRO-RAULFIDEL Sigue pendiente un debate en torno a la interpretación histórica de la adopción del rumbo socialista en Cuba después de la victoria revolucionaria de 1959. Tal vez siga pendiente por muchos años, pero más importante incluso que encontrar de una vez respuesta es que no se cierre el debate. No tengo la intención de extenderme en este problema, para lo cual están mejor dotados los historiadores. Pero creo que allí descubriríamos algunas de las claves que pueden explicar los rasgos del curso ulterior seguido por el proceso cubano de socialización. Y, en consecuencia, algunos de nuestros dilemas del presente.

El Programa del Moncada quedó adjetivado con el calificativo de «programa mínimo» a partir la celeridad de la concentración de la propiedad estatal en que desembocó la generalización del proceso expropiador, y la asimilación de un estadocentrismo sin fronteras en la gestión económica entre 1960 y 1963. En aquel momento se volvió inevitable, para el imaginario político, identificar socialismo con propiedad estatal sobre los medios de producción. Volver la vista desprejuiciadamente al Programa del Moncada quizá pudiera mostrarnos que aquel programa no era en realidad tan «mínimo». Que fue rebasado entonces por una impronta forzada por la confrontación con que la política del imperio, desde el corte de la cuota azucarera y del suministro de petróleo, comenzó a desbordar claramente el ámbito del discurso, y obligó a Cuba a imponer su soberanía, como nación, con acciones de resistencia que se correspondieran con la intensidad de las medidas represivas de que era objeto.

«Nacionalizar», convertir en propiedad de la nación, que equivalía a decir del Estado, se hacía la única variable plausible en términos de la propiedad sobre los medios de producción, en tanto se volvió el signo de resistencia. Fidel siempre previó que Washington no se cruzaría de brazos ante el desplante de soberanía que le llegaba desde un Estado que creyó políticamente insignificante y manejable. Muchas veces he pensado, sin embargo, que difícilmente haya podido prever que un plan sostenido y complejo de asfixia sine die, tan erosionante como el que se fue formando en aquella escalada de medidas (y que los cubanos tenemos motivos para negarnos a llamar de otra manera que «bloqueo»), sería la respuesta del imperio.

Pido disculpas si reitero consideraciones que todo el mundo conoce, pero es muy difícil aventurar lecturas que creemos nuevas, o al menos distintas, si no se parte de otras bien conocidas. Lo que quiero subrayar ahora es que probablemente la intensidad de la confrontación llevó al proyecto cubano a una radicalidad diferente de la que contenía su enunciado inicial. Digo «diferente» y no «mayor», pues el hecho es que la transformación que proclamaba el proyecto revolucionario fue, también desde el Moncada, una transformación radical. Pero la postura radical se puede adoptar en tonos distintos y de maneras diversas, lo cual implica la posibilidad de plantearse patrones diferentes de radicalidad en los procesos de socialización de la economía. Para decirlo con pocas palabras, pienso que la idea de que más estatal quiere decir más socialista y más radical, no deja de ser también dogmática y equivocada.

En suma, que valdría la pena volver la vista al Programa del Moncada, no como un texto preliminar u omiso, con intención o sin ella, en cuanto a la definición socialista. Lo ha argumentado así con seriedad el politólogo Pedro Campos en un artículo titulado «El Programa del Moncada era socialista y está inconcluso»[1], donde descarta verlo como una propuesta superada, en sentido hegeliano. Lo verdaderamente importante de esta perspectiva es que nos sugiere el desacuerdo con su reducción a un programa mínimo, para retomarlo como punto de partida e inspiración no solo del despegue socialista cubano que tuvo lugar en sentido histórico, sino también de correcciones sustantivas que requiere nuestro tiempo.

En los cincuenta años vividos, el proyecto cubano, definido socialista por su orientación y por la estructura de la propiedad, ha atravesado etapas que se distinguen con claridad ante una mirada retrospectiva, y admite muchas periodizaciones. Hace rato que la experiencia cubana no puede ser analizada solo desde las presiones del hecho presente, sino que exige una mirada que hurgue de manera polémica en los entresijos de la perspectiva histórica. Mesa Lago registra hasta hoy, por ejemplo, nueve cambios de dirección en la política económica cubana[2]. Omar Everleny toma como punto de partida la distinción de cinco etapas[3]. No quiero atenerme aquí a una periodización más minuciosa que la que necesito, y recuerdo de paso que las periodizaciones son, como las tipologías, convenciones del proceso cognoscitivo.

Prefiero dividir ahora el proceso cubano de transformación socioeconómica en tres grandes etapas, y diría que la primera estuvo signada por la convicción de que se podría armar un proyecto socialista autóctono y lograr una inserción independiente en el sistema mundial, al margen de las tensiones impuestas desde Washington. El intento fracasó por la confluencia de diversos factores, entre los cuales el bloqueo jugó, como puede suponerse, un papel decisivo. Etapa inicial marcada por la confrontación, dentro y fuera del régimen; por la diversidad de variables en juego; por los primeros logros en justicia social; por la esperanza de que la promesa de otro mundo posible de que nos sentíamos portadores germinaría más temprano en otros entornos periféricos; y, por supuesto, por los errores de inexperiencia y los primeros reveses económicos a escala nacional, que hicieron insostenible la propuesta.

El socialismo cubano no hizo eclosión, sin embargo: ni sufrió desplazamientos de liderazgo político, ni renuncia al nivel de resistencia alcanzado; la economía preservó la estructura estatal generalizada, se mantuvo la orientación socialista radical y, en consecuencia, las prioridades hacia las realizaciones de justicia social y equidad con el énfasis en la búsqueda de respuesta a las necesidades de la salud y la educación. Estas se volvieron emblemáticas desde la alfabetización en 1961, verdadera proeza y monumento del cambio cultural, y la adopción de la medicina como derecho del pueblo desde 1965.

El cambio que sobrevino en los 70 sería, en medida principal, el requerido por la opción de articular el proyecto cubano al sistema soviético, con un obligado expediente de identidad que no dejaba espacio a los disensos en el diseño: se aceptaba un solo socialismo, el que Moscú había bautizado como «real». Se creó a partir de entonces un nuevo patrón de dependencia económica exterior. Aquel acoplamiento al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) proporcionó crecimiento económico sostenido durante casi dos décadas y un nivel de satisfacción muy equitativo de las necesidades de la población, aunque esta prueba de estabilidad tampoco sirviera para mitigar los rigores de la hostilidad norteamericana. La coartada para juzgar a Cuba como un Estado alineado al enemigo dentro de un mundo bipolar, ante un imaginario formado en la abominación del comunismo, se consolidaba.

No me detengo en la discusión de nada de esto, pues solo lo aludo para recordar aquí que lo que siguió a la desintegración del socialismo soviético —objeto de las páginas que siguen— abarca para los cubanos las dos décadas de la historia más reciente: es decir, que de este medio siglo Cuba ha vivido veinte años —casi un cuarto de siglo— en las coordenadas creadas a partir del derrumbe soviético y el fin del bipolarismo en el mapa mundial.

Considero este ultimo dato, el dato del tiempo, como fundamental: el tiempo histórico no es un conteo de años, es existencia transcurrida, que responde por todo el paisaje económico, político, social, cultural que se despliega hoy ante nuestra mirada. Que conforma además el punto de partida obligado tanto para búsquedas de soluciones a los problemas concretos, como para el trazado de caminos.

El dramático reto de volver a empezar

Fidel Castro bautizó como «período especial de tiempo de paz» lo que previó que se produciría en el proyecto socialista cubano de desintegrarse el sistema soviético. Pensaba en la economía y el nuevo efecto de desconexión internacional, y pensaba en la integridad de la nación, y también en el impacto sobre las condiciones de vida del pueblo. No hay país inviable, escuché argumentar a Abel Pose polemizando con Manuel A. Garretón en un en un coloquio hace casi diez años[4]. Pero la pregunta que quedaba a flote era: ¿hay sistema inviable?, ¿podría afirmarse después de 1991 que el socialismo se había probado inviable? Y si acordamos que la inviabilidad no expresa una magnitud sistémica, sino que se debe al fracaso de un experimento histórico, comienza el dilema de encontrar el camino del socialismo viable.

Fidel escogió un término logístico, el de «período especial», que no dejara duda acerca de la profundidad de la crisis que se avecinaba para Cuba después del derrumbe. Aún no había sucedido la catástrofe cuando acuñó la frase, pero si un líder socialista la veía posible era él, que desde los años 60 compartía una prevención que el Che Guevara no dudó en vaticinar de manera más explícita. No creo necesario citar al respecto, pues todo el pensamiento económico apunta críticamente a la búsqueda de una alternativa.

Lo que aconteció a partir de 1990 puede ser caracterizado como la crisis económica más aguda afrontada por el proyecto socialista aplicado en Cuba. Las crisis económicas atravesadas por el socialismo cubano no se corresponden exactamente con las crisis mundiales, de carácter capitalista, cuyo epicentro en el sistema financiero en los Estados Unidos, como eje del capitalismo mundial, las hace irradiar irremediablemente hacia el resto del Planeta. Ha sucedido incluso, como he escuchado recordar a Juan Triana, que la economía cubana ni siquiera sintió la crisis de 1974-1975, vinculada a boom de los precios del petróleo, porque la inserción soviética nos aseguraba el crudo en abundancia. Pero no hay que hacerse ilusiones a partir de circunstancias excepcionales, como esta. Esas crisis también nos llegan.

Lo cierto es que la generación de nuestras crisis y las del sistema capitalista no son explicables exactamente por las mismas causas, aunque las segundas no dejen de afectar la economía local de una u otra forma y con intensidad variable. El estremecimiento y desplome económico que sufrió el sistema cubano en los 90 fue el más agudo dentro de los países que dependían del mundo que se vino abajo, aunque, a diferencia de Europa del Este, en la Isla no removió la estructura de poder. Sin embargo, los inevitables efectos sociales —que me atrevería a centrar principalmente en la desvalorización del salario, la depauperación de las condiciones de vida y la ruptura de los patrones de igualdad— fueron sumamente severos, y acentuaron las condiciones de austeridad para la población.

Indicadores sustantivos de pobreza, como el declive brusco en los de nutrición, se hicieron intensos en los cuatro años que siguieron al derrumbe, a tono con la caída del PIB y el desvanecimiento del poder adquisitivo de la economía del país. No me toca aquí exponer el contorno de la crisis cubana que se inició a principios de los noventa, sino subrayar como, de una superación con equidad de la pobreza, en la cual se había comenzado a avanzar en las décadas precedentes, la sociedad cubana se vio sumida en una repauperización bastante generalizada.

Fue gracias a los estudios en que tuve oportunidad de participar desde finales de los noventa que percibí las diferencias y la relación entre los conceptos de pobreza y desamparo[5]; diferencias indispensables como instrumental para comprender la gravedad de la realidad cubana y a la vez los méritos y la prioridad de las políticas sociales. Lo consigno como referencia igualmente válida para el diseño de respuesta en otros escenarios del mundo periférico.

Con esta distinción entre desamparo y pobreza me refiero al significado de la existencia de una institucionalidad, tanto política como civil, que asocie explícita o implícitamente dispositivos que garanticen protección a la subsistencia, y en general a la vulnerabilidad comunitaria, sin permitir que esta quede sujeta al entramado mercantil, o a dinámicas económicas centradas en la acumulación, aun cuando se manifiesten ajenas al mercado. Dicho sea de otro modo, que impidan que el desamparo domine la situación social, convirtiendo la anomalía en regla. No hay que olvidar que vivimos en un mundo con la mitad de la población en la pobreza y que no ha sido capaz de dar solución a la desnutrición (hambre) de ochocientos millones, a pesar de haber rebasado la capacidad productiva para hacerlo.

Ante la sacudida que siguió al derrumbe socialista en Cuba, se adoptaron reformas que introdujeron elementos de mercado temprano en los 90 (con frecuencia se citan como las reformas del 93[6], aunque las medidas que flexibilizaban el sistema comenzaron en realidad al final de los 80, y siguieron generándose hasta el 94 o el 95), coyunturales unas, y otras que tocaban estructuras. Este proceso reformador no mostró ser parte de un plan articulado, cada reforma se mostraba más bien orientada a mitigar un problema concreto, y se asumió además con muchas reticencias, o con la evidente aspiración política de revertirlas, aun si sirvieron para contener la caída brutal de la economía hacia mediados de la década.

Hubo desde entonces señales de reanimación. No obstante, no sería posible hablar en rigor de una recuperación económica hasta que se iniciaron cambios en el escenario latinoamericano que propiciarían para Cuba una nueva perspectiva de integración. Aquellas reformas, que pararon la caída, no eran suficientes para aportar una reanimación económica sostenida, en tanto contribuyeron a provocar, sin embargo, una ruptura del patrón de igualdad que había mantenido al mínimo las diferencias de ingresos familiares en las décadas anteriores.

En los 80 la proporción de lo percibido por el decil de más altos ingresos superaba en sólo 4.5 veces lo percibido por el de menores ingresos[7]; con la explosión del ingreso extrasalarial y la entrada de remesas se estima que esa proporción se desbalanceó de manera apreciable[8]. De modo que las distorsiones que vemos hoy en el escenario socioeconómico cubano resumen los efectos combinados, a veces caotizantes, de la desconexión y el derrumbe de la economía, de una parte, y de otra de las medidas aplicadas para contener la caída. Sin pasar por alto los viejos efectos combinados de las limitaciones impuestas por el bloqueo y las generadas por estrategias frustradas o erráticas: los viejos efectos dan un escenario a los nuevos, y se mantienen los unos y los otros determinando contornos. Ahora, además, habrá que contabilizar los efectos, directos e indirectos, de la nueva crisis mundial que acaba de desencadenarse en el sistema financiero y que ya vemos transferirse a la economía real.

El debate sobre una transición cubana

Otra vez en Cuba nos hemos visto obligados a repensar nuestra transición socialista. La tuvimos que repensar a principios de los setenta cuando se demostró que el alcance del poderío estadounidense estaba en condiciones de arruinar económicamente a un vecino tan frágil con sólo privarlo de escenario de inserción. Fue entonces que la dirigencia política optó por adscribir el proceso al bloque soviético. Esa decisión aseguró, como señalé al principio, un crecimiento económico decoroso y los recursos para costear los patrones de justicia social y equidad, aun en condiciones sociales de austeridad, pero no pudo propiciar la construcción de una estructura productiva sostenible. Tampoco fue un simple giro de bienestar realizado sin traumas y sin costos dentro del entramado complejo de la espiritualidad.

El tercer momento de la transición cubana va a tener otro carácter: se nos planteaba ahora como una disyuntiva. O una durísima, difícil ruta de preservación y cambios en el proyecto socialista, en un contexto mundial de dependencia neoliberal, de mercadocracia generalizada, sin escenarios de inserción alternativos; o, por el contrario, renunciar a la propuesta socialista e iniciar la transición inversa, en las coordenadas de la que se desencadenó en el Este, marcada por la economía de la privatización y el mercado, la política del pluripartidismo electoral asociado a las presiones del capital, y la ideología del individualismo, de la exaltación de la competencia y la desigualdad y la insensibilización hacia la pobreza: en una palabra, optar por la ley de la selva, la cual se asoma ya en Cuba.

Se asoma tras los conductos de la economía informal, pero tuvo su germen en un patrón individualista fertilizado en la etapa precedente por el espejismo del socialismo de mercado: el insaciable deseo de «tener más». Ese que, para sorpresa y admiración de la izquierda que se renueva, la sabiduría andina rechaza al oponerle el principio de «bien vivir».

El dilema se definía desde los mismos años 90 entre la transición de un socialismo fracasado hacia un socialismo viable, o la transición hacia un capitalismo que amablemente se nos aconsejaba realizable con «rostro humano». Se sabe que en Cuba prevaleció claramente la primera opción, pero que no se piense que no hubo motivación hacia el «rostro humano» del capital, ni que se trate de una idea pasada de moda del todo en el país. Ni en los 90 ni ahora. Porque con el socialismo viable sucede lo que con la democracia participativa: carece de referente concreto; de modo que todos o casi todos lo queremos pero no sabemos cómo será ni por dónde entrarle, aunque nos cansemos de asegurar lo contrario.

Hasta ahora tenemos más claridad en lo que le ha faltado al experimento socialista que en las propuestas idóneas para rehacerlo. Incluso el concepto de «transición», como una tarea en la agenda cubana, es rechazado por el lenguaje político oficial, y constituye uno de los temas más polémicos en Cuba[9]. No se trataría de rescatar con retoques el socialismo que tuvimos. Y que, en realidad, tenemos o creemos tener aún. Pero también pienso que, en cualquier caso, el futuro con «rostro humano» solo se podrá hacer socialista, porque la lógica del capital va a terminar siempre por tragarse cualquier empeño sostenido de justicia social, de amparo frente a la pobreza, de fórmula global equitativa, de esfuerzo por embridar el mercado, y hasta de soberanía económica.

No veo motivo para asumirlo como un rechazo intuitivo del experimento socialista conocido, lo cual llevaría a perder muchas cosas, sino de contabilizar con rigor las deficiencias probadas del modelo. Hablo ahora de deformaciones propias del modelo, no de las deficiencias que las coyunturas nos han impuesto sobre las del modelo, y que completan la amalgama generadora del caos actual. Clasificaría estas deformaciones en tres conjuntos.

En primer lugar, las económicas, estructurales, centradas en la confusión de socialización con estatización, la falta de ingenio, y de confianza, para la experimentación de formas diversificadas de socialización de la propiedad; la reticencia a buscar un patrón de eficiencia socialista que asegure la complementación de justicia y desarrollo, puesto que un proyecto de justicia social sólo será sostenible, y podrá reproducirse de manera ampliada, a partir de que cuente también con un soporte económico seguro; la demolición indiscriminada de todas las estructuras del capitalismo antes de tener con que reemplazarlas; la confusión de la necesidad de revertir el sometimiento al mercado con la ilusión de que el mercado se podía abolir por un acto de voluntad política.

«Una sociedad capitalista no lo es porque todas las relaciones económicas y sociales sean capitalistas, sino porque estas determinan el funcionamiento de todas las otras relaciones económicas y sociales existentes en la sociedad. Inversamente, una sociedad socialista no es socialista porque todas las relaciones sociales y económicas sean socialistas, sino porque estas determinan el funcionamiento de todas las otras relaciones existentes en la sociedad»[10]. De hecho, intentarlo de otro modo sería un absurdo, en el cual el socialismo, cuando ha sido creado, como hasta hoy, sin mecanismos económicos de corrección, es susceptible a sufrir la ilusión de que puede moldear la economía a voluntad. De tal modo, crea él mismo las deformaciones que obstruyen su viabilidad.

En el plano político, el modelo socialista generalizado en el siglo XX ha sido predominantemente autocrático, incapaz de articular íntegramente la institucionalidad que asegure el ejercicio de un verdadero poder popular: una democracia efectivamente participativa. El derrumbe soviético demostró que el socialismo no podrá existir sin democracia, si asumimos que democracia significa poder «del pueblo, por el pueblo y para el pueblo», como afirmó Abraham Lincoln.

La salvedad radica en que se hace necesario definir previamente el demos. En la república griega aludía una minoría esclavista, en la sociedad moderna capitalista se estratifica por el poder que aseguran las ganancias. Para que el demos devenga el pueblo, poco y mal puede hacerse si no se frena el poder del capital. Democracia no significa pluripartidismo electoral (se vuelve un negocio más) ni tampoco partidocracia movilizadora (que distorsiona el sentido del «partido vanguardia»). Coincido con Boaventura de Sousa Santos cuando afirma, en el texto citado, que «socialismo es democracia sin fin»[11]. Creo que es necesario que el partido que se proyecte portador del programa de la sociedad de justicia y equidad, si pretende legitimar su papel en «formar la república», como lo veía José Martí en su ideal del partido revolucionario, también debe vivir, en sistemas como el nuestro, una transición que lo consolide más como vanguardia, como potencia moral que preserve de los valores esenciales, y menos como poder institucional directo.

Un tercer plano estaría dado por los factores subjetivos, sobre lo cual existe en la Historia un arsenal de enunciados de valores irrealizados desde la antigüedad (desde el decálogo de la Ley mosaica, por ejemplo) y no sólo como propósitos incumplidos de los socialismos y de todas las sociedades existentes hasta nuestros días. Una sociedad en la cual la salida de las condiciones de pobreza se siga viendo hoy como la sumatoria de las soluciones familiares o individuales nunca saldrá por completo de la pobreza porque no saldrá de la enajenación. Sería siempre una sociedad centrada en la reproducción del individualismo. En la sociedad cubana el sentido de la solidaridad se ha logrado retener como un valor esencial, y es en este plano en el que se pudo distanciar del deterioro ético que se filtró en el bloque del Este. Sin embargo, no me atrevería a asegurar que se ha universalizado y se hace evidente que también dentro de la sociedad cubana, la crisis de paradigma sufrida a partir del derrumbe y las complejidades de los 90 han distorsionado sensiblemente valores que se creían con mayor grado de consolidación.

Me he detenido en esta formulación genérica para expresar donde veo los grandes desafíos que tenemos por delante los cubanos en el siglo XXI, al mantener y fortalecer la opción por el socialismo. Distinguía, al abordarlos, el modelo de la coyuntura, donde los problemas se traducen en una sociedad en la cual predomina una dislocación entre ingresos y poder adquisitivo, la economía informal se ha superpuesto a la formal, el salario del empleado de limpieza de un hospital puede ser superior al de los especialistas mejor pagados, y de no pagarse esos sueldos nadie haría la limpieza en los hospitales. Más allá de las reformas salariales se requiere llegar a las causas mismas del problema, que radican en el modelo.

Tampoco quisiera pasar por alto los significados que podríamos extraer de comparaciones entre el peso de lo modélico y el de lo coyuntural. Los altibajos de la inserción económica internacional se explican por respuestas coyunturales y, sin embargo, pueden mostrarse muy relevantes, decisivos. Cuando son de signo positivo, con el riesgo de que la clase política tienda a descuidar incluso los requerimientos de transformación del paradigma, espejismo en el cual se incurre con frecuencia. Y cuando son negativas, como es el caso del bloqueo económico de los Estados Unidos en la referencia puntual del sistema cubano, se hacen tan lesivos como para volverse objetivamente centrales en la provocación de situaciones críticas sostenidas que desvirtúan la totalidad del entorno nacional.

Lo que nos dice el IDH

Como es sabido, las insuficiencias propias del indicador de «pobreza de ingresos», motivó hace años la búsqueda de otro que englobara aspectos que quedaban fuera de consideración y, aunque sigue siendo el más funcional para comparaciones cuantitativas, se creó, y se adoptó de manera complementaria, el «índice de desarrollo humano» (IDH). En 1990 el IDH colocaba a Cuba en el lugar 39 dentro de un total de 130 países. La posición de Cuba en este índice se deterioró en los años sucesivos, según caían en el país los indicadores económicos y se deprimían las condiciones de vida de los cubanos. Su comportamiento más crítico lo tuvo en el año 1994, en que nos colocó en la posición 89 entre 173 países. Este indicador mostró, a lo largo de los noventa, el deterioro de la situación en que había quedado la población cubana, aunque hacia 1999 también comenzó a dar cuenta de una tendencia progresiva de recuperación.

El más reciente Informe de Desarrollo Humano del PNUD[12] muestra una recuperación importante de este índice en 2005, en que Cuba queda en el lugar 51. El índice de desarrollo humano de ese año, 0.838, es inferior al mostrado en 1990, que fue 0.877, y colocaba a Cuba en el sexto lugar en el conjunto de la América Latina y el Caribe. En este último Informe…, como en los anteriores, también se constata que la clasificación de Cuba como país de desarrollo humano alto se debe a los indicadores de calidad de vida, en tanto los económicos progresan muy lentamente.

Un posicionamiento realizado exclusivamente a partir de los ingresos (PIB per capita) movería bruscamente a la Isla al lugar 94 en los cálculos del año 2005. Esta paradoja muestra nuestras fuerzas y nuestra debilidad: la capacidad del sistema cubano de retener niveles de amparo a la ciudadanía que serían inimaginables, en una situación de crisis, dentro de una economía de mercado, por una parte; y la insuficiencia de la economía cubana para hacer sostenible el sistema, cuando es evidente que los logros en el terreno de la justicia social y la equidad tienen que descansar sobre un carril de desarrollo productivo no sujeto a la lógica de la ganancia sino a la del crecimiento del bien común de la sociedad.

Hasta aquí la estadística. Paso ahora a otros comentarios. El primero es que las cifras muestran: 1) que a pesar de la caída económica y del régimen de castigo desde los centros de poder imperialista, acrecentado a lo largo de los 90 y hasta los años finales de esta década, la economía cubana muestra capacidad de revitalizarse cuando vuelve a encontrar escenarios de inserción, sin hacer concesiones al imperativo neoliberal, ni a ningún compromiso que pueda traducirse en lazos de dependencia; 2) que el punto débil visible del sistema cubano termina siempre en el comportamiento de la economía, en el cual nunca se ha pasado de medidas aisladas, de mayor o menor alcance, que no aparecen articuladas a un cambio estructural orientado a introducir un nuevo patrón de eficiencia. Las urgencias del corto plazo interfieren con la materialización de cualquier proyección estratégica.

La recuperación económica de comienzo de la década presente, que tuvo su manifestación más elevada en el crecimiento del PIB del 12.5% en 2006, quedó todavía corta de cara a la mayoría de los indicadores de 1989. Además, el crecimiento volvió a desacelerarse con rapidez, cayendo a 7.3% en 2007 y 4.3% en 2008. Para 2009 se ha ajustado la cifra propuesta al 2.5%, aunque rigurosos estudios econométricos consideran esta como una variante óptima y menos probable que una cifra próxima al 1%. Y aun peor, si no encuentran solución los problemas que traban el sistema de pagos (al parecer el de mayor incidencia inmediata), no se descarta un comportamiento en el rojo, de alrededor de –0.5%[13]. Por primera vez bajo cero en dieciséis años.

De manera que, como a principios de los noventa, terminamos la primera década del siglo XXI con una caída significativa. Lo cual no hace más que ratificar, a mi juicio, que incluso cuando miramos más allá de la economía, descubrimos que el reto más inmediato y definitorio del socialismo cubano se localiza otra vez en la economía.

La economía cubana —cargada de malformaciones— está urgida de cirugía. Pero de cirugía socialista. Igualmente si es bajo el bloqueo sostenido, como si este quedara aligerado por motivaciones humanitarias, o si fuese progresivamente desmontado. Frente a cualquier variable la economía socialista cubana no tiene otra opción que encontrar una armazón eficiente. Rediseñada sobre una noción de desarrollo distinta: desde las fuerzas que el país ha creado (en primer lugar con el capital profesional, que sigue subutilizado), con el peso de sus carencias, y sobre las incertidumbres de cada coyuntura. En primer lugar para garantizar subsistencia a nuestra población y recuperación al medio natural del cual nos nutrimos: algo que no se ha logrado plenamente en los cincuenta años transcurridos.

No puede Cuba aspirar a convertirse en otra Suiza (ilusiones sin base que he escuchado a veces) y de hecho, ni siquiera me parece sano soñar con que exista otra Suiza. Las estadísticas económicas tienen más de un significado. Del lado negativo, los altos índices de comportamiento económico también suelen ser indicativos de altos niveles de consumo, contaminación de la atmósfera, y depredación del ambiente en más de un sentido. Se ha dicho que si la norma de consumo de combustible norteamericana se universalizara el agotamiento de las fuentes se haría casi inmediato. No podrá haber autos para todos en el mundo.

Mathis Wrackernagel, investigador del Global Footprint Network de California, calculó, para noventa y tres países, la cantidad de planetas Tierra que serían necesarios en el caso de generalizarse el nivel de consumo de cada uno de ellos. Los países europeos occidentales están en la media de tres planetas, y los orientales de dos. En tanto los Estados Unidos necesitarían cinco planetas. Los países de la América Latina estarían sobre la media de un planeta, y los de África bastante por debajo. En esta correlación la línea del desarrollo sustentable estaría en un índice de desarrollo humano de 0.8, y el nivel de la huella ecológica en 1 planeta. Cuba parece ser, al momento, uno de los países que más claramente se acerca a esta correspondencia[14].

No lo digo como insinuación de complacencia. En definitiva, son estadísticas, solo estadísticas. La complacencia es hija del conformismo y contra el conformismo se rebela el imperativo de redimensionar la economía con reformas que alcancen las estructuras donde quiera que la búsqueda de una eficiencia socialista lo reclame. Se rebela también la necesidad de restaurar un régimen laboral y de participación efectiva que incentive el trabajo. Se rebela la necesidad de posibilitar mejor vida sin más gasto. Se rebela la urgencia de dar un carácter más orgánico al rescate y la protección del ambiente. Se rebela la tarea inaplazable de hacer nacer al fin la democracia.

Y, sin embargo, este dato nos dice, a mi juicio, al margen de consideraciones ideológicas, que el escenario más idóneo para los proyectos de transformación sustentable se encuentra ahora en la América Latina, donde se ha iniciado —solo se ha iniciado— una significativa modificación del mapa político. Y que Cuba presenta, de algún modo, una posición de punta, por ser el país portador experimentado de un paradigma antisistémico de referencia con validez periférica continental.

Es obvio que la realidad presente muestra una compleja panoplia de necesidades de cambio en la transición cubana. Pero es así precisamente porque la opción es la del camino socialista. La otra transición hubiera sido más sencilla, al ponerlo todo en manos del mercado. Y también terrible, porque la lógica del capital no perdona: consolida desigualdades, agudiza y extiende la pobreza, empeña soberanías, compromete futuros. Habríamos perdido en Cuba medio siglo de sacrificios.

Es la transición socialista la que requiere a cada paso la inteligencia del cambio, la evaluación de cada resultado, combinar la mirada puesta en el horizonte con la del día a día, la del gran panorama con la de la calle. También confrontar críticamente nuestros disensos. Y permitir que el pueblo asuma cada vez más un protagonismo en lo que se construye. Que algún día las masas se pongan en condiciones de participar cada vez más —como diría Ernesto Che Guevara— en la decisión de qué parte de los ingresos de la sociedad va al consumo y qué parte a la acumulación[15].

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Notas:

 Sociólogo y ensayista cubano.

1.- Véase http://www.kaosenlared.net/noticia/programa-moncada-era-socialista-esta-inconcluso, 3 de febrero de 2009.

2.- Véase «Estoy disponible para servir a mi Patria», entrevista de Carmelo Mesa Lago concedida a Roberto Veiga para Espacio Laical, no. 61, marzo de 2009, La Habana.

3.- Véase Omar Everleny Pérez Villanueva, «La estrategia económica cubana: medio siglo de socialismo», ponencia presentada en el Seminario sobre Economía Cubana y Gerencia Empresarial, 27-29 de mayo de 2009, La Habana.

4.- Coloquio internacional celebrado en La Habana en febrero de 2000, convocado por la Oficina Regional para América Latina de la UNESCO, bajo el título «Repensar a América Latina».

5.- Véase Aurelio Alonso, «Estrategias de amparo frente a las dinámicas de empobrecimiento», ponencia al XXVII Congreso de LASA, Montreal, 2007.

6.- Véase Aurelio Alonso, «Las reformas cubanas y la introducción de la lógica de mercado en el sistema económico: apuntes sobre los efectos sociales», Alternatives Sud, vol. 1, no. 2, 1994, Paris.

7.- CIEM-PNUD: Investigación sobre derechos humanos y equidad en Cuba, editorial Caguayo, S.A., La Habana, 2000.

8.- Estimados oficiales aluden recientemente a una correlación 7-1 pero varios estudios por muestreo indican que el desbalance puede haber alcanzado una proporción superior a 15-1. Vease Mayra Espina Prieto: Efectos sociales del reajuste económico: igualdad, desigualdad, procesos de complejización de la sociedad cubana, ponencia presentada en el Congreso de Latin American Studies Association (LASA), Dallas, marzo de 2003.

9.- La revista Temas dedicó su número 50-51, de abril-septiembre 2007, al tema de las transiciones. En el mismo el debate cubano ocupa un espacio relevante, a través de una encuesta aplicada por Rafael Hernández y Daybel Panellas, bajo el título «Sobre la transición socialista en Cuba: un simposio», a trece «personas que se distinguen en el campo de las ideas y el conocimiento, en la práctica social y política, pertenecientes a diferentes profesiones y generaciones».

10.- Boaventura de Sousa Santos, «¿Por qué Cuba se ha vuelto un problema difícil para la izquierda?», en la lista Other News de Roberto Savio en IPS, 6 abril de 2009.

11.- Ibidem.

12.- Informe sobre Desarrollo Humano 2007-2008. La lucha contra el cambio climático: Solidaridad frente a un mundo dividido, publicado por el PNUD, México, 2007.

13.- Véase Pavel Vidal, «El PIB cubano en 2009 y la crisis global», en IPS – Economic Press Service, 09/ 15 de mayo de 2009.

14.- Véase Carlos Fernández Liria, «Un siglo de pereza y de comunismo», en Casa de las Américas, no. 254. enero-marzo de 2009, año XLVIII, La Habana.

15.- Ernesto Che Guevara: Apuntes críticos a la Economía Política, pag. 147, Ocean Sur, La Habana, 2006.

Socialismo en el siglo XXI

Enviado el Miércoles, 16 de Septiembre del 2009 (15:33:46)

Nuestra América

Intervención de Aurelio Alonso en el VIII Taller Internacional sobre Paradigmas Emancipatorios: “Debemos realizar una especie de auditoría perenne sobre el curso que nuestras decisiones provoquen en la sociedad, para no tener que volver a percatarnos de que salimos hacia el socialismo y llegamos a otro lugar”

por Aurelio Alonso

Me voy a concentrar en cuatro puntos. El primero se refiere a la razón del planteo. No podemos pasar por alto que el uso de la preposición “en” o “de” se empieza a convertir en un dilema con carga definitoria, o al menos distintiva de posturas. Creo que se puede perder tiempo y energías tratando de delimitar si el subrayado sustantivo debe destacar, con “en”, la continuidad del socialismo, previsto que no es válido reducir “el socialismo” al experimento fallido del siglo XX. O si lo que merece subrayarse, si se escoge “de”, es la convicción, desde un proceso de superación crítica de los errores, anomalías y desatinos, de que no se trata de repetir con más cuidado el camino andado, sino de enfrentarlo con una carga de apertura en la cual prevalezca la creatividad.

Sinceramente, en mi caso personal me he habituado al “de”, porque me pareció, desde un inicio, que el primer fantasma a despejar entre los que no hemos claudicado del ideal socialista, es el de los lastres que nos presionan desde el proyecto fallido. Con lo cual tampoco creo profesar menosprecio alguno hacia el proyecto fallido; al contrario, me parece indispensable que la crítica recupere todo lo de positivo que vimos y vivimos en él, que ha sido mucho.

A pesar de que se han escrito millones de páginas, no creo que la crítica del experimento socialista del siglo XXI haya sido agotada. En realidad, la necesidad de repensarlo es tal, que nunca va a ser agotada. Incluida una evaluación ponderada del liderazgo de Stalin, que tampoco puede hacerse en blanco y negro. Me ahorro el conteo de barbaridades y la insistencia acerca de su responsabilidad en la deformación y el fracaso socialista soviético. Pero recordemos la conducción de la resistencia a la agresión mundial del nazismo y la conversión de la desolación en ofensiva, y recordemos también que en los momentos más críticos de la contienda, no detuvo la construcción del metro de Moscú, lo cual da cuenta de un profundo compromiso con la consumación de su proyecto socioeconómico. Del suyo, en el cual creía.

Pero ningún reconocimiento parcial sería suficiente para no entender que el modelo nacido de la victoriosa revolución bolchevique se mostró, a la larga, incapaz de sostenerse, y esas incapacidades tienen que ser totalmente erradicadas en la construcción de un modelo viable. Estamos obligados, como ninguna otra generación lo estuvo, a asumir la historia sin maniqueísmo.

Concluyo el punto expresando que para mí es más importante el enfoque efectivo detrás del enunciado que la precisión semántica de la preposición que escojamos. No lo convirtamos en un debate típico del medioevo. Por eso, trato de evitar que esto devenga para mí un tema polémico. En definitiva, del siglo XXI estamos llegando solo al final de la primera década y quedan noventa años para que los experimentos socialistas en que nos empeñemos muestren su viabilidad o no. Para no repetir los viejos errores y para corregir los nuevos que cometamos. Es decir, si es que no perecemos antes de hambre o de sed, o cocinados por el calentamiento global, o de cualquier otra catástrofe que se vincule a la destrucción desenfrenada del ambiente humano en la cual estamos atrapados.

El segundo punto se refiere a los dilemas de hoy. Cuando hablamos de dilemas no es posible eludir que la historia nos los impone siempre a través una solución de continuidad y ruptura que, en la práctica, solo puede ser afrontada de manera concreta y diferenciada. Y las soluciones de los dilemas siempre tienen que salir de las generaciones que los viven (mejor decir, que los vivimos). Ninguna referencia precedente, por sensata que sea, nos puede dar respuesta a los que tenemos que resolver hoy. Nos ayudarán a pensarlos, pero la solución la tenemos que elaborar ante la realidad que vivimos, los mismos que la vivimos.

El dilema principal, planteado en el nivel más alto de abstracción, sería el que nos cuestiona hacia dónde nos dirigimos. Vuelve a expresarse, en el plano sistémico, en la disyuntiva entre capitalismo o socialismo. Quienes consideren exhausto el proyecto socialista, lo asumen como un dilema entre capitalismo con “rostro humano” y cualquier otra opción. Su desventaja es que los referentes históricos capitalistas a los cuales se podría atribuir “rostro humano” son muy discutibles y, en todo caso, poco generalizables el modelo sueco, por ejemplo), para no decir irrepetibles.

Una visión más realista nos lleva a replantear hoy este dilema central en términos de “socialismo o barbarie”, como lo hizo Rosa Luxemburgo a comienzos del siglo XX, y lo vuelve a hacer hoy Istvan Mészáros, ahora ante un nivel de agravamiento en las relaciones socioeconómicas y políticas a escala mundial, que puede extremarlo a “socialismo o devastación”.

“Barbarie —afirma Mézáros— si es que tenemos suerte, en el sentido de que el exterminio de la humanidad sería el resultado final del destructivo curso del desarrollo del capital”.

De manera que el futuro de la humanidad tendrá que enrumbarse progresivamente a través de un proceso de socialización (contradictorio, a menudo convulso, con giros inesperados, con avances y retrocesos, con confrontaciones violentas, con la exigencia constante de reciclajes que preserven la lucidez de liderazgo, en tanto profundizan la democracia), o no habrá futuro, del todo, para la humanidad. La tragedia consiste en que el tiempo histórico para que la humanidad se percate de la urgencia del cambio radical, y oriente sus pasos en la búsqueda efectiva de solución, se reduce también radicalmente.

No me gusta ser apocalíptico; ni siquiera me quiero sentir, en el fondo, pesimista. En una ocasión oí decir a Boaventura de Sousa Santos, después de describir la tétrica situación de la realidad contemporánea, que él se consideraba un optimista, aunque un optimista trágico.

Un tercer punto al cual me he sentido motivado se vincula a la reflexión en torno a los paradigmas. Este es un problema que presenta, a mi juicio, dos perspectivas metodológicas: una es la necesidad de definir qué contenidos se nos presentan, por su naturaleza misma, paradigmáticos para nuestra proyección; la otra sería cómo aproximarnos críticamente, revisar, constatar concreciones parciales, controlar y rectificar nuestros planteos paradigmáticos. Una especie de auditoría perenne sobre el curso real que nuestras decisiones provoquen en la sociedad. Para no tener que volver a percatarnos de que salimos hacia el socialismo y llegamos a otro lugar.

En términos de paradigmas, hoy podemos afirmar que la salvación de la humanidad descansa en la construcción o reconstrucción soberana de sociedades que se sostengan en proyectos de justicia y equidad, con propuestas de desarrollo económico orientadas a sostener dichos proyectos, a la par que reproducen el producto social; que se orienten en la práctica a la eliminación de la explotación del trabajo que el capitalismo convirtió en mercancía; con esquemas de participación en el sistema de decisiones, desde la comunidad hasta el Estado central, capaces de imponer una institucionalidad democrática sin precedentes (“el socialismo es democracia sin fin” ha dicho de Sousa Santos con razón).

Y lo más importante, debido a la inminencia del peligro de sucumbir, que cambie radicalmente la actitud del hombre hacia la naturaleza, en el sentido de preservación, restauración, comunicación y asimilación, en unidad con el medio ambiente, del cual hace parte. Y el cambio de la conciencia humana, que si miramos hacia los sacrificios solidarios parece que ha sido mucho, pero si miramos a la expansión de conductas individualistas lesivas al bienestar común, deja mucho que desear. El ideal del hombre nuevo es también un componente paradigmático universal, pero no me canso de repetir que no podremos hablar del hombre nuevo hasta que no se haga salir de la cabeza humana el deseo del automóvil.

Dicho sea rápidamente y sin ser todo lo acucioso que merece el punto, para mí estos resultan enunciados paradigmáticos perfectamente generalizables. No diría yo que para caracterizar el socialismo del siglo XXI, sino para esbozar el horizonte de su construcción. Y si pensamos en ellos de manera despejada, sin querer encontrar coartadas para complacencias, veremos que es poco, a veces demasiado poco, lo que podríamos contabilizar ya como realización en los esfuerzos en que hasta ahora nos hemos empeñado.

En qué medida se asemejan o divergen entre una y otra realidad nacional la correlación de clases sociales y cómo hacerle frente en la responsabilidad práctica de construcción social. Cómo se definiría, en términos de diseño, la institucionalidad política y jurídica que responda a los intereses del pueblo. Cuáles serían, aquí y allá, las proporciones idóneas de la propiedad sobre los medios económicos desde el sector estatal hasta el privado.

Estos son, junto a otros, temas dilemáticos puntuales, que requerirán de concreciones distintas en las respuestas que implementemos. No confundir los paradigmas con las decisiones coyunturales, los méritos del corto plazo con los del largo, la movilización con la participación, lo necesario de la espontaneidad y el ingenio creativo con rechazo del liderazgo (ni al revés). Estos y otros serán siempre (o al menos por uno o dos siglos, con buen tiempo) desafíos para lograr la irreversibilidad socialista.

Si el socialismo que construyamos no se hace definible como democracia, no será socialismo; pero si no se vuelve por naturaleza irreversible tampoco será socialismo. Corro el riesgo de ser acusado de veleidades dogmáticas. Acepto el riesgo. Pero no he abandonado la idea de la irreversibilidad. Aunque de ningún modo crea que la hemos conseguido al votar su inclusión en el texto constitucional: votamos la aspiración, pero solo el curso de la historia podrá decir si el socialismo que construimos resultará irreversible o si también cederá ante las presiones del mercado. Y, sobre todo, ante la inmensa deformación hegemónica que el dominio de los medios masivos de información ha impuesto al pensamiento. Vuelvo a recordar el deseo del automóvil como síndrome erosionante de nuestro tiempo. Creo, sin embargo, que la irreversibilidad, cuando tengamos modo de comprobar que ha sido lograda, será definitoria.

No puedo terminar sin detenerme un instante en el mapa latinoamericano de hoy. Tan sólo un instante —no hay tiempo para más ahora— para recordar que no estamos debatiendo en un plano estrictamente teórico. Estos temas han sido puestos al día por las exigencias, los desafíos y las esperanzas que nos plantea el cambio que las masas han impuesto en el escenario latinoamericano. Para recordar que frente al avance devastador del modelo neoliberal se ha impuesto una ola de resistencia y transformaciones que ha cambiado el mapa político, social y económico de la América Latina.

El cambio latinoamericano que se inició con la revolución bolivariana en Venezuela, y que se ha generado una onda expansiva, convierte al continente el laboratorio sociopolítico y económico por excelencia del mundo periférico hacia la transformación del ordenamiento mundial y hacia la subsistencia del planeta. Hacia el rescate de los paradigmas y la asunción de la posibilidad —difícil y escabrosa pero real— de que el dilema “socialismo o devastación” no se resuelva por la vía de la tragedia. Por supuesto que este punto merece más precisiones, pero sería imposible ahora ir más lejos.

La Habana, 5 de septiembre de 2009

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Intervención de Aurelio Alonso en la mesa Socialismo en el siglo XXI que sesionó en el VIII Taller Internacional sobre Paradigmas Emancipatorios, realizado en La Habana del 2 al 5 de septiembre de 2009

Paul Krugman: Obama perdió las elecciones por falta de osadía económica…

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El galimatías del foco de atención

klee6PAUL KRUGMAN 07/11/2010

Los demócratas, declaraba el miércoles Evan Bayh en un artículo de opinión en The New York Times, "se excedieron al centrarse en la atención sanitaria en vez de en la creación de empleo durante una recesión grave". Muchos otros han estado diciendo lo mismo: la idea de que el Gobierno de Obama se equivocó al no centrarse en la economía se está consolidando en la opinión pública.

      La política económica de Obama ha acabado siendo un desastre político precisamente porque trató de jugar sobre seguro

      Pero no tengo ni idea de qué quiere decir la gente, si es que quiere decir algo, cuando dice eso. Centrar toda la atención sobre el foco de atención es, a mi modo de ver, un acto de cobardía intelectual, ya que es una manera de criticar la trayectoria del presidente Obama sin explicar qué habrían hecho ellos de forma diferente.

      Después de todo, ¿la gente que dice que Obama se tendría que haber centrado en la economía está diciendo en realidad que debería haber aplicado un paquete de estímulos mayor? ¿Está diciendo que debería haber seguido una línea más dura con los bancos? Si no es eso, ¿qué están diciendo? ¿Que debería haberse paseado frunciendo el ceño y murmurando: "Estoy centrado, estoy centrado"?

      El problema de Obama no ha sido la falta de atención, sino la falta de osadía. Al inicio de su mandato optó por un plan económico que era demasiado débil. Agravó ese pecado original al pretender que todo estaba encarrilado y al adoptar la retórica de sus enemigos.

      Las consecuencias de las crisis financieras importantes casi siempre son terribles: las crisis graves vienen seguidas normalmente de numerosos años de desempleo muy elevado. Y cuando Obama ocupó su cargo, EE UU acababa de sufrir su peor crisis financiera desde la década de 1930. Lo que el país necesitaba, teniendo en cuenta el gris panorama, era un plan de reactivación realmente ambicioso.

      ¿Podría Obama haber ofrecido realmente dicho plan? Puede que no hubiera conseguido un gran plan por medio del Congreso, o por lo menos no sin usar unas tácticas políticas extraordinarias. Sin embargo, se podría haber decantado por ser atrevido y hacer que el Plan A fuese la aprobación de un plan económico verdaderamente adecuado y que el Plan B consistiera en culpar a los republicanos de los problemas económicos si lograban bloquear dicho plan.

      Pero eligió un rumbo aparentemente más seguro: un paquete de estímulos de tamaño medio que era claramente insuficiente para el cometido. Y eso no es hablar a toro pasado. A principios de 2009, muchos economistas, entre ellos un servidor, advertían más o menos frenéticamente de que las propuestas del Gobierno distaban mucho de ser lo suficientemente atrevidas.

      Lo peor es que no había Plan B. A finales de 2009 ya era obvio que los agoreros tenían razón, que el programa era demasiado pequeño. Obama podría haberse dirigido al país y declarar: "Mi predecesor dejó la economía en un estado incluso peor del que nos imaginábamos y necesitamos más medidas". Pero no lo hizo. En vez de eso, él y sus funcionarios siguieron afirmando que su plan original era el correcto, y eso dañó su credibilidad todavía más, ya que la economía seguía sin cumplir las expectativas.

      Mientras tanto, las políticas y la retórica del Gobierno condescendientes con los bancos -dictadas por el miedo a dañar la confianza financiera- acabaron por desatar el enfado populista, en beneficio de unos republicanos todavía más condescendientes con los bancos. Obama acrecentó sus problemas al ceder de hecho en la discusión sobre el papel del Gobierno en una economía en crisis.

      Percibí una sensación de desesperación en el primer discurso de Obama sobre el Estado de la Unión, en el que declaró que "las familias de todo el país se están apretando los cinturones y están tomando decisiones duras. El Gobierno federal debería hacer lo mismo". Eso no solo era mala ciencia económica -en estos momentos, el Gobierno debe gastar porque el sector privado no puede o no quiere hacerlo-, sino que era una repetición literal de lo que John Boehner, el futuro portavoz del Congreso, dijo cuando atacó los estímulos originales. Si el presidente no dice lo que piensa sobre su propia filosofía económica, ¿quién lo hará?

      Por tanto, en esta historia, ¿dónde encaja el foco de atención? ¿En la falta de coraje? Sí. ¿En la falta de valentía en sus propias convicciones? Sin duda. ¿En la falta de atención? No.

      ¿Y por qué el hecho de no abordar la asistencia sanitaria habría arrojado un resultado mejor? La gente del foco nunca lo explica.

      Por supuesto, del argumento que mantiene que la reforma sanitaria fue un error se extrae lo siguiente: principalmente, que los demócratas deberían dejar de comportarse como demócratas y convertirse en republicanos light. Analicen lo que está diciendo la gente como Bayh, y ello se reduce a exigir que Obama se pase los dos años próximos muerto de vergüenza y admitiendo que los conservadores tenían razón.

      Existe una alternativa: Obama puede adoptar una postura. Para empezar, sigue teniendo la capacidad de elaborar una ayuda importante para los propietarios de viviendas, un ámbito en el que su Gobierno ha perdido una oportunidad durante sus dos primeros años. Más allá de esto, el Plan B sigue disponible. Puede proponer unas medidas reales para crear empleo y ayudar a los desempleados, y poner a los republicanos en un aprieto por interponerse en el camino de la ayuda que necesitan los estadounidenses.

      ¿Podría ser políticamente arriesgado adoptar esa postura? Sí, por supuesto. Pero la política económica de Obama ha acabado siendo un desastre político precisamente porque trató de jugar sobre seguro. Es hora de que pruebe algo distinto.

      Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © New York Times News Service. Traducción de News Clips.

      EL PAIS.COM

      P. Krugman: ¿Por qué seguimos cayendo?

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      La inercia de las autoridades presagia una prolongación de la crisis y del alto nivel de paro

      PAUL KRUGMAN / ROBIN WELLS 03/10/2010

      CRISISSS1 En el invierno entre 2008 y 2009, la economía mundial estaba al borde del abismo. Los mercados de valores se hundían, los mercados de crédito estaban paralizados y los bancos quebraban como consecuencia de un contagio masivo que se extendía desde EE UU hasta Europa y que amenazaba con arrasar el resto del mundo. Durante la peor época de la crisis, EE UU perdía 700.000 puestos de trabajo al mes y el comercio mundial se reducía más deprisa de lo que lo había hecho durante el primer año de la Gran Depresión.

        Sin embargo, hacia el verano de 2009, a medida que la economía mundial se estabilizaba, quedó claro que no habría una repetición de la Gran Depresión en toda su magnitud. Desde junio de 2009, aproximadamente, muchos indicadores han estado apuntando hacia arriba: el PIB ha subido en todas las economías importantes, la producción industrial mundial ha crecido y los beneficios empresariales estadounidenses han vuelto a los niveles anteriores a la crisis.

        Sin embargo, el paro apenas ha descendido en EE UU y Europa (lo que significa que la precaria situación de los parados, especialmente en EE UU, donde la red de seguridad es mínima, no ha parado de empeorar a medida que las prestaciones se agotan y los ahorros se acaban). Y hay pocas perspectivas de mejoría: el desempleo sigue creciendo en las economías europeas más afectadas, el crecimiento económico de EE UU se está ralentizando claramente y muchas previsiones económicas apuntan a que la tasa de paro estadounidense seguirá siendo elevada o incluso ascenderá en el transcurso del próximo año.

        Teniendo en cuenta estas sombrías circunstancias, ¿no deberíamos esperar cierta urgencia por parte de los políticos y los economistas, cierta prisa por presentar planes que fomenten el crecimiento y creen empleo? Por lo visto, no: un análisis informal de libros y artículos recientes no muestra nada parecido.

        Los libros sobre la gran recesión siguen saliendo a raudales de las imprentas; pero, en su mayoría, tienen una visión retrospectiva y se preguntan cómo nos hemos metido en este lío, en vez de decirnos cómo salir de él. Para ser justos, muchos libros recientes sí que dan recetas sobre cómo evitar la siguiente burbuja; pero no ofrecen mucha orientación acerca del problema más acuciante: el de cómo hacer frente a las consecuencias no resueltas de la última.

        Esta extraña dejadez tampoco puede explicarse enteramente por los mecanismos del comercio editorial. Es cierto que la mayoría de los libros sobre economía que aparecen ahora llegaron a las imprentas antes de que se hiciese plenamente evidente la naturaleza decepcionante de nuestra mal llamada recuperación. No obstante, incluso un análisis de artículos recientes muestra una llamativa falta de disposición por parte de la abatida ciencia para ofrecer soluciones a los problemas de un paro persistentemente elevado y una economía floja. Ha habido un encendido debate sobre la efectividad de las medidas monetarias y fiscales adoptadas en los peores momentos de la crisis; también ha habido ruidosas declaraciones acerca de lo que no debemos hacer (las advertencias sobre el supuesto peligro de los déficits presupuestarios o de la política monetaria expansiva son incontables). Pero las propuestas de medidas positivas que nos saquen del agujero en el que estamos son pocas y muy distanciadas entre sí.

        En las páginas siguientes presentaremos un análisis relativamente breve sobre un tema en el que se ha hecho mucho hincapié, pero que sigue siendo controvertido: los orígenes de la crisis de 2008. Luego nos fijaremos en los debates políticos en curso acerca de la respuesta a la crisis y sus consecuencias. Para no dejar a los lectores en suspenso: creemos que la relativa ausencia de propuestas para hacer frente al paro masivo es un caso de "parálisis autoinducida" (una expresión utilizada por el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, hace una década, cuando era un investigador que criticaba a los responsables políticos desde fuera).

        Hay margen para la acción, tanto monetaria como fiscal. Pero tanto los políticos como los funcionarios y los economistas han sufrido una crisis nerviosa, una crisis por la que millones de trabajadores pagarán un alto precio.

        1.

        Podríamos llamarlo la gran burbuja inmobiliaria del Atlántico Norte: en la primera década del tercer milenio, los precios de las viviendas y los inmuebles comerciales se dispararon en algunas zonas de Europa y Norteamérica. Entre 1997 y 2007, el precio de la vivienda subió un 175% en EE UU, un 180% en España, un 210% en Reino Unido y un 240% en Irlanda.

        ¿Por qué subieron tanto los precios de los inmuebles y en tantos sitios? Hablando de manera general, hay cuatro explicaciones populares (que no son excluyentes entre ellas): la política de tipos de interés bajos de la Reserva Federal después de la recesión de 2001; la "superabundancia mundial de ahorros"; las innovaciones financieras que disfrazaban el riesgo, y los programas gubernamentales que generaban riesgo moral.

        La política de tipos de interés bajos de la Reserva Federal

        Después del estallido de la burbuja tecnológica a finales de los años noventa, los bancos centrales rebajaron drásticamente los tipos de interés a corto plazo que controlaban directamente en un intento por contener la consiguiente recesión. La Reserva Federal tomó la medida más radical al rebajar el tipo diario de los préstamos interbancarios del 6,5% registrado a principios de 2000 a un mero 1% en 2003, y al seguir manteniéndolo muy bajo durante 2004.

        Y hay una escuela de pensamiento -con la que Raghuram Rajan simpatiza claramente en su libro Fault Lines (Líneas de falla, no publicado en España), y que recibe un apoyo más matizado por parte de Nouriel Roubini y Stephen Mihm en Cómo salimos de ésta (Destino)- que considera que este periodo prolongado de tipos bajos fue un terrible error político que sentó las bases para la burbuja inmobiliaria.

        Sin embargo, este punto de vista presenta algunas pegas importantes. Para empezar, había buenos motivos para que la Reserva Federal mantuviese bajo su tipo interbancario, o político. Aunque la recesión de 2001 no fue especialmente profunda, la recuperación fue lenta; en EE UU, el empleo no recuperó los niveles anteriores a la recesión hasta 2005. Y con una inflación que alcanzó su valor más bajo en 35 años había razones para preocuparse por una posible trampa deflacionista en la cual una economía deprimida hace que bajen los salarios y precios, lo que a su vez deprime aún más la economía. Resulta difícil imaginar, incluso con la perspectiva que da el tiempo, de qué manera podría haber justificado la Reserva Federal el hecho de no mantener los tipos bajos durante un periodo prolongado.

        El hecho de que la burbuja inmobiliaria fuese un fenómeno más noratlántico que puramente estadounidense también hace que resulte difícil achacar la culpa de esa burbuja principalmente a la política de los tipos de interés. El Banco Central Europeo no fue ni mucho menos tan agresivo como la Reserva Federal, y redujo los tipos de interés que controlaba solo la mitad de lo que lo hizo su homóloga estadounidense, pero no obstante, las burbujas inmobiliarias europeas fueron perfectamente comparables en escala a la de EE UU.

        Estos argumentos dan a entender que sería un error atribuir toda o parte de la culpa por la burbuja inmobiliaria a una política monetaria descaminada.

        La superabundancia mundial de ahorros

        La expresión "superabundancia mundial de ahorros" proviene en realidad de un discurso que pronunció Ben Bernanke a principios de 2005. En dicho discurso, el futuro presidente de la Reserva Federal sostenía que el gran déficit comercial de EE UU -y los grandes déficits de otros países como Reino Unido y España- no reflejaba tanto un cambio en el comportamiento de esos países como un cambio en el comportamiento de los países con superávit.

        Históricamente, los países en vías de desarrollo han tenido déficits comerciales respecto a los países desarrollados, ya que compran maquinaria y otros bienes de equipo con el fin de aumentar su nivel de desarrollo económico. En los albores de la crisis financiera que golpeó Asia en 1997 y 1998, esta práctica habitual se invirtió: las economías en vías de desarrollo de Asia y Oriente Próximo tenían grandes superávits comerciales respecto a los países desarrollados, con el fin de acumular enormes reservas de activos extranjeros como seguro contra otra crisis financiera.

        Alemania también contribuyó a este desequilibrio mundial al alcanzar grandes superávits comerciales respecto al resto de Europa a fin de financiar la reunificación y el rápido envejecimiento de su población. En China, cuyo superávit comercial equivale a la mayor parte del déficit comercial de EE UU, el deseo de protegerse contra una posible crisis financiera ha dado forma a una política en la que la moneda se mantiene infravalorada, lo cual beneficia a las empresas exportadoras con conexiones políticas, a menudo a expensas de la población trabajadora en general.

        Para los países con déficit comercial como EE UU, España y Reino Unido, la otra cara del desequilibrio comercial fueron unos grandes flujos de capital entrante debido a que los países con superávit compraban cantidades ingentes de bonos y otros activos estadounidenses, españoles y británicos. Estas entradas de capital también hicieron bajar los tipos de interés; no los tipos a corto plazo fijados por las políticas de los bancos centrales, sino los tipos a largo plazo, que son los que importan con vistas al gasto y al precio de la vivienda y que dependen de los mercados de bonos. Tanto en EE UU como en los países europeos, los tipos de interés a largo plazo experimentaron un drástico descenso después de 2000 y permanecieron bajos incluso cuando la Reserva Federal empezó a subir su tipo a corto plazo. Su presidente en aquel momento, Alan Greenspan, llamó a esta divergencia el "enigma" del mercado de obligaciones, pero es perfectamente comprensible, dadas las fuerzas internacionales implicadas. Y merece la pena señalar que, aunque, como hemos dicho, el Banco Central Europeo no fuese ni mucho menos tan agresivo como la Reserva Federal a la hora de rebajar los tipos a corto plazo, los tipos a largo plazo cayeron igual o más en España e Irlanda que en EE UU, un hecho que invalida la idea de que fue la política monetaria flexible la causante de la burbuja inmobiliaria.

        De hecho, en aquel discurso de 2005, Bernanke reconocía que el impacto de la superabundancia de ahorros se estaba dejando sentir principalmente en el sector de la vivienda: durante estos últimos años, las principales repercusiones de la superabundancia mundial de ahorros en el precio de los activos parece haberse producido en el mercado de la inversión residencial, ya que los tipos hipotecarios bajos han propiciado unos niveles récord de construcción de casas y unas fuertes subidas del precio de las viviendas.

        Algo en lo que, por desgracia, no reparó fue que los precios de las casas estaban subiendo mucho más de lo que deberían haber subido, incluso teniendo en cuenta los tipos hipotecarios bajos. A finales de 2005, tan solo unos meses antes de que la burbuja inmobiliaria estadounidense empezase a deshincharse, declaraba -desechando implícitamente los argumentos de diversas Casandras prominentes- que los precios de la vivienda "son, en gran medida, el reflejo de unas bases económicas sólidas". Y como casi todos los demás, Bernanke no se percató de que tanto las instituciones financieras como las familias estaban asumiendo riesgos que no comprendían, porque daban por hecho que los precios de las viviendas nunca bajarían.

        A pesar de la extraordinaria falta de clarividencia de la que ha hecho gala Bernanke con respecto a la crisis que se nos venía encima, la historia de la superabundancia mundial ofrece, no obstante, una de las mejores explicaciones sobre cómo tantos países se las arreglaron para meterse en problemas tan parecidos.

        La innovación financiera descontrolada

        Mary tenía un corderito y, cuando vio que estaba enfermo, lo envió al polígono industrial de Packingtown, y ahora es pollo envasado.

        La famosa cancioncilla que resume La jungla de Upton Sinclair parece muy apropiada como descripción de las prácticas financieras que contribuyeron a alimentar la burbuja inmobiliaria, especialmente en el caso de las hipotecas subpreferenciales. A estas alturas, la letanía resulta familiar: el viejo modelo de banca, según el cual los bancos se quedaban con los préstamos que concedían, fue sustituido por la nueva práctica de generar y distribuir. Los generadores de hipotecas -que, en muchos casos, no poseían un negocio bancario tradicional- concedían préstamos para comprar casas y, acto seguido, vendían esos préstamos a otras empresas.

        Luego estas empresas reempaquetaban esos préstamos agrupándolos, y a continuación vendían participaciones de estos paquetes de valores; y las agencias de calificación estaban dispuestas a etiquetar el producto de pollo resultante, es decir, a poner su sello de aprobación, la calificación AAA, en los más privilegiados de estos valores hipotecarios, aquellos que tenían preferencia para reclamar el interés y el reembolso del capital principal.

        Todo el mundo desconocía tanto los riesgos que planteaba un retroceso general del mercado inmobiliario como la degradación de las reglas sobre garantía bancaria a medida que la burbuja se inflaba (esa ignorancia, sin duda, se veía favorecida por las enormes cantidades de dinero que se ganaban). Cuando llegó la crisis resultó que gran parte de ese papel de categoría triple A apenas valía unos cuantos céntimos por dólar.

        Es una historia vergonzosa. Sin embargo, es importante volver atrás y preguntarse por la importancia que tuvieron estas prácticas financieras poco fiables a la hora de sentar las bases de la crisis.

        Hay tres puntos que nos parecen importantes. Primero, la versión habitual de la historia transmite la impresión de que Wall Street no tenía ningún incentivo para preocuparse por los riesgos de los préstamos basura, porque era capaz de deshacerse de los residuos tóxicos y encajárselos a inversores incautos de todo el mundo.

        Pero esta afirmación parece ser en gran parte errónea, aunque no del todo: aunque había muchísimos inversores ingenuos comprando valores hipotecarios complejos sin comprender sus riesgos, las empresas de Wall Street que emitían estos valores mantenían los activos de más riesgo en sus propios libros de cuentas. Además, muchos de los activos relativamente menos arriesgados los compraban otras instituciones financieras, normalmente consideradas inversores especializados, y no los ciudadanos corrientes. El efecto final fue el de concentrar los riesgos en el sistema bancario, no el de cargar a otros con ellos.

        Segundo, la comparación entre Europa y EE UU es instructiva. Europa se las arregló para inflar unas burbujas inmobiliarias gigantescas sin recurrir a complejos esquemas financieros como los de EE UU. Los bancos españoles, en concreto, ampliaron enormemente el crédito; lo hicieron vendiendo garantías sobre sus préstamos a inversores extranjeros, pero estas garantías eran simples, contratos sin florituras que, en última instancia, dejaban el pasivo en manos de los prestamistas originales, los propios bancos españoles. La relativa simplicidad de sus técnicas financieras no impidió que se creara una burbuja enorme ni el estallido posterior.

        Un tercer argumento en contra de la idea de que las finanzas complejas desempeñaron una función esencial es el hecho de que la burbuja inmobiliaria vino acompañada de una burbuja simultánea de los inmuebles comerciales, que seguían financiándose fundamentalmente mediante préstamos bancarios tradicionales. De modo que las finanzas exóticas no fueron una condición necesaria para el descontrol de los préstamos, ni siquiera en Estados Unidos.

        Lo que sí es posible es que esa innovación financiera hiciera que los efectos de la crisis inmobiliaria fuesen más generalizados: en vez de quedarse en una crisis concentrada geográficamente, en la que solo las instituciones crediticias locales estaban en peligro, la complejidad de la estructura financiera extendió la crisis a instituciones financieras de todo el mundo.

        El riesgo moral generado por los programas gubernamentales

        La idea de que la culpa fue del Gobierno -que los préstamos avalados por el Gobierno, las órdenes gubernamentales y las garantías gubernamentales explícitas o implícitas condujeron a compras irresponsables de casas- es un dogma de fe de la derecha política. También es un tema central, aunque no el único, del libro Fault Lines, de Raghuram Rajan.

        En el mundo, según Rajan, catedrático de Finanzas en la escuela de empresariales de la Universidad de Chicago, las raíces de la crisis financiera se hunden en la creciente desigualdad adquisitiva en EE UU y en la reacción política a esa desigualdad: los congresistas, con la intención de ganarse el favor de los votantes y mitigar las consecuencias de la creciente desigualdad, canalizaron fondos hacia familias con pocos ingresos que querían comprar casas. Fannie Mae y Freddie Mac, las dos instituciones crediticias patrocinadas por el Gobierno, facilitaron el crédito hipotecario; la Ley de Reinversión en la Comunidad, que animaba a los bancos a adaptarse a las necesidades crediticias de las comunidades en las que operaban, les obligó a prestar dinero a prestatarios con pocos ingresos, independientemente del riesgo; y de todas formas, a los bancos no les preocupaba mucho el riesgo porque creían que el Gobierno les respaldaría si algo salía mal.

        Rajan afirma que el Programa de Eliminación de Activos Problemáticos (TARP, por sus siglas en inglés), convertido en ley por el presidente Bush el 3 de octubre de 2008, ratificaba la creencia de los bancos de que no tendrían que pagar ningún precio por su desenfreno. Aunque Rajan tiene la precaución de no dar nombres y echa la culpa a los "políticos" en general, está claro que los demócratas son los principales culpables, según su visión del mundo. En general, quienes afirman que el Gobierno ha sido el responsable tienden a centrar su ira en Bill Clinton y en el congresista Barney Frank, que supuestamente estaban detrás de la gran campaña para dar préstamos a los pobres.

        No obstante, a pesar de ser una historia en la que todo encaja a la perfección, choca claramente con los hechos. Y resulta decepcionante ver que Rajan, un economista respetado por todos que fue uno de los primeros que advirtieron sobre el descontrol de Wall Street, se traga algo que esencialmente es un mito con motivaciones políticas. El libro de Rajan se basa en gran medida en estudios del American Enterprise Institute, un comité de expertos de derechas. No menciona ninguno de los numerosos estudios y comentarios que demuestran la falsedad de la tesis que echa la culpa al Gobierno.

        Roubini y Mihm, por el contrario, captan bien la idea: el enorme crecimiento del mercado de las hipotecas basura estuvo respaldado principalmente no por Fannie Mae y Freddie Mac, sino por instituciones privadas de crédito hipotecario como Countrywide. Además, la Ley de Reinversión en la Comunidad es muy anterior a la burbuja inmobiliaria. Las afirmaciones exageradas sobre que Fannie Mae y Freddie Mac provocaron por sí solos la crisis de las hipotecas subpreferenciales son sencillamente descabelladas.

        Como han señalado otros, Fannie y Freddie representaban en realidad una parte muy reducida del conjunto del mercado de los préstamos inmobiliarios durante los años de mayor crecimiento de la burbuja. En la medida en que compraron préstamos inmobiliarios dudosos, lo hicieron buscando beneficios, no persiguiendo objetivos sociales (de hecho, estaban tratando de alcanzar a los prestamistas privados). Por otra parte, pocas de las instituciones implicadas en la concesión de préstamos hipotecarios subpreferenciales -como Countrywide Financial- eran bancos comerciales sujetos a la Ley de Reinversión en la Comunidad.

        Aparte de eso, había otras burbujas; la burbuja de los inmuebles comerciales de EE UU, que no estaba en absoluto promovida por políticas públicas, y las burbujas en Europa. El hecho de que los inmuebles residenciales estadounidenses solo fuesen parte de un fenómeno mucho mayor parece ser una presunta prueba en contra de cualquier opinión que dependa demasiado de supuestas distorsiones creadas por los políticos estadounidenses.

        ¿Era la política gubernamental completamente inocente? No, pero sus pecados eran más de omisión que de acción. A Fannie y Freddie no se les debería haber permitido tratar de obtener beneficios en las últimas etapas de la burbuja inmobiliaria; y los reguladores no fueron capaces de usar la autoridad que tenían para impedir que se asumieran riesgos excesivos. Pero por mucho que los conservadores quieran colocar a los políticos bondadosos en el centro de esta historia, ese no es su lugar. Y el respaldo que da Rajan a la versión conservadora de la historia, sin siquiera reconocer los problemas de dicha versión, resulta poco fiable y evasivo.

        La burbuja como un cisne blanco

        Sean cuales sean las causas exactas de la burbuja inmobiliaria, es importante darse cuenta de que las burbujas en general no son ni mucho menos algo fuera de lo habitual. Por el contrario, como explicaba detalladamente Robert Shiller, de Yale, en su libro Exuberancia irracional (Turner), elogiado con razón, son una característica recurrente de los mercados financieros. (No es una coincidencia que Shiller avisase desde el principio de que estábamos experimentando una burbuja inmobiliaria masiva). Las burbujas se han producido en las economías pequeñas y en las grandes, en países concretos y en la economía mundial en su conjunto, en periodos de intensa intervención pública y en épocas de mínima injerencia gubernamental. La burbuja inmobiliaria del Atlántico Norte, como dicen Roubini y Mihm, fue un "cisne blanco", un tipo de acontecimiento normal, no uno tremendamente inusual, aunque mucho más grande que la mayoría.

        Nosotros opinamos que la burbuja surgió en gran parte gracias a la superabundancia mundial de ahorros, pero que cobró bríos (que es lo que hacen las burbujas). Puede que las innovaciones financieras como la titularización de hipotecas hayan contribuido a inflar la burbuja, pero los bancos europeos se las apañaron para ampliar en exceso el crédito sin tantas florituras. Sin embargo, está claro que hubo fallos de supervisión garrafales. En concreto, Ben Bernanke ha reconocido que la Reserva Federal no empleó su autoridad reguladora para frenar los excesos de las entidades de crédito hipotecario (un descuido trágico). Greenspan hizo caso omiso de la clara advertencia que hizo un miembro de la junta directiva de la Reserva sobre los préstamos hipotecarios, que se habían vuelto peligrosamente excesivos. Y la titularización generalizada de los préstamos hipotecarios ha hecho que el problema sea mucho más difícil de resolver.

        En un mercado inmobiliario que ahora está deprimido en todos los aspectos de la economía, los titulares de hipotecas y prestatarios con problemas estarían en mejor situación si pudieran renegociar sus préstamos y evitar las ejecuciones hipotecarias. Pero cuando las hipotecas se han rebanado y troceado para agruparlas y luego se han vendido en el mercado internacional, de forma que ningún inversor posee más que una fracción de cualquier hipoteca, esas negociaciones son imposibles. Y por culpa de los lobbies del sector financiero que impidieron que las hipotecas estuviesen cubiertas por los procesos de quiebra personal, ningún juez puede imponer una solución. El fenómeno de la titularización, creado con la creencia de que nunca se produciría un hundimiento a gran escala en el sector de la vivienda, ha atrapado a los inversores y a los prestatarios con problemas en una espiral descendente mutuamente destructiva.

        2.

        ¿Qué pasa cuando las burbujas estallan? Invariablemente, un montón de riqueza en activos desaparece. Pero eso, en sí mismo, no basta para convertir el estallido de una burbuja en una catástrofe para la economía en general. La crisis de la Bolsa de 2000-2002 asestó un golpe de cinco billones de dólares al patrimonio de las familias estadounidenses. Hizo sufrir mucho a aquellas personas que contaban con las plusvalías para su jubilación, pero no desencadenó ninguna crisis sistémica generalizada. La crisis inmobiliaria representó un golpe de ocho billones de dólares, que tampoco fue mucho más grande que el del hundimiento de la Bolsa, si se tienen en cuenta la inflación y el crecimiento económico que hubo de por medio. Pero dio lugar a la peor crisis mundial desde los años treinta. ¿Por qué?

        La mayor parte de Cómo salimos de ésta, de Roubini y Mihm, está, de hecho, dedicada a esta pregunta. Curiosamente, teniendo en cuenta la reputación que tiene Roubini de persona extremista y agorera, el libro depara pocas sorpresas. Pero es una muy buena introducción para explicar la manera en que unas finanzas mal encaminadas pueden destrozar una economía por lo demás saludable.

        Hay dos respuestas principales a la pregunta de por qué algunas burbujas de activos hacen tanto daño cuando se pinchan. La respuesta más corta de miras se centra en el sector financiero; la de miras más amplias sostiene que la deuda y el apalancamiento entre agentes no financieros como corporaciones y propietarios de viviendas son igual de importantes. El hecho de que uno suscriba una u otra tiene consecuencias importantes para la visión que tiene sobre el modo en que deberíamos responder ante los pertinaces males de la economía.

        Hablemos primero del sector financiero: los bancos y otras instituciones similares. Incluso Adam Smith sabía que los bancos están particularmente sujetos a crisis de confianza. Forma parte de la naturaleza de su negocio: un banco puede prometerle que tendrá acceso a su dinero siempre que quiera pero, dado que la mayoría de los fondos depositados en manos de cualquier banco se invierten en valores a largo plazo, ningún banco puede mantener realmente esa promesa si una gran parte de los depositantes exigen simultáneamente que se les devuelva su dinero. Por eso la banca depende de la confianza: mientras la gente crea que su dinero está seguro y solo saque fondos cuando tenga un motivo personal o empresarial para hacerlo, su dinero probablemente estará a salvo. Pero si los clientes de un banco empiezan a dudar de la solidez de la institución y deciden en masa sacar su dinero -es decir, si hay una retirada masiva de fondos del banco-, el miedo a que el banco quiebre puede convertirse en una profecía hecha realidad.

        La crisis mundial del mercado inmobiliario, a diferencia del estallido de la burbuja de las punto.com, hizo que surgieran preocupaciones justificables respecto a la solidez de los bancos. Las instituciones financieras en su mayoría no estaban expuestas a las acciones tecnológicas. Sin embargo, estaban muy expuestas a pérdidas debidas a impagos hipotecarios. Por eso no resulta sorprendente, al menos retrospectivamente, que la crisis del mercado inmobiliario desencadenase una retirada masiva de fondos en grandes partes del sistema financiero. O por usar un término anticuado que vuelve a utilizarse de manera habitual, desencadenó el pánico financiero.

        Pero ¿cómo podría darse un pánico de los de antes en el mundo moderno? Generaciones de instructores económicos les han dicho a sus alumnos que las retiradas masivas de fondos en los bancos -como en la famosa escena de la película Qué bello es vivir- son algo del pasado, ya que los depositantes modernos saben que su dinero está asegurado por la Corporación Federal de Garantía de Depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés). ¿Por qué se equivocaban? La ahora familiar respuesta es que en 2007 el sistema financiero había evolucionado hasta un punto en el que tanto la regulación bancaria tradicional como la red de seguridad asociada a ella estaban llenas de agujeros.

        En EE UU, la banca convencional fue sustituyéndose progresivamente por diversas alternativas, ahora frecuentemente agrupadas con la expresión "banca en la sombra". Por ejemplo, muchas empresas empezaron a colocar su dinero no en depósitos bancarios sino en repos o acuerdos de recompra (préstamos a muy corto plazo a fondos de cobertura y bancos de inversión). Los acuerdos de recompra ofrecían unos tipos de interés más altos que los depósitos corrientes, porque sus emisores no estaban sujetos a los requisitos de reservas ni a otras normas que se aplican a los bancos convencionales. Pero no estaban garantizados por el Gobierno y, por tanto, estaban expuestos a crisis de confianza. Las retiradas masivas de acuerdos de recompra hundieron a Bear Stearns y Lehman Brothers. Y, según muchos cálculos, en 2007, los acuerdos de recompra y otras formas de banca en la sombra representaban alrededor del 60% del sistema bancario estadounidense total (pero la banca en la sombra seguía estando sin regular ni asegurar en su mayoría). "No es de extrañar", escriben Roubini y Mihm, "que el sistema de banca en la sombra estuviese en el centro de lo que se convertiría en la madre de todas las retiradas masivas bancarias".

        En Europa, la ruptura de la red de seguridad bancaria tradicional adquirió una forma un tanto distinta. En primer lugar, los bancos de las zonas de burbuja en España, Irlanda, Islandia y Reino Unido concedieron préstamos que superaban con creces sus depósitos, los cuales complementaron con financiación al por mayor, es decir, adquiriendo préstamos de otros bancos e inversores. Esta financiación al por mayor podía agotarse, y de hecho se agotó, cuando la solidez de los prestamistas originales se vio en tela de juicio.

        Más allá de eso, los bancos europeos estaban respaldados por sus Gobiernos nacionales, no por una red de seguridad paneuropea, lo cual quiere decir que, cuando en algunos países surgieron problemas bancarios realmente graves, la capacidad de los Gobiernos de esos países para apoyar a sus bancos se vio cuestionada. Islandia, donde un puñado de banqueros desmandados asumió una deuda varias veces mayor que el PIB del país, es el ejemplo más conocido. Pero dudas similares aunque menos importantes relativas a la capacidad del Gobierno para hacer frente a las deudas de la banca han surgido en Irlanda y España.

        De modo que la crisis del mercado inmobiliario generó una crisis de confianza en gran parte del sistema financiero mundial y terminó por paralizar partes cruciales de dicho sistema. Los signos de tensión empezaron a aparecer a finales del verano de 2007; el caos se desató después de la quiebra de Lehman en septiembre de 2008. Durante el invierno de 2008-2009 se dispararon los costes de los préstamos para casi todo el mundo -en el caso de que alguien consiguiera un crédito- excepto para los Gobiernos. Y la economía mundial parecía acercarse peligrosamente a una catástrofe total.

        Los responsables políticos se apresuraron a evitar ese final. Se rescató a las instituciones financieras a expensas de los contribuyentes; se ampliaron las garantías para restaurar la confianza (Irlanda, por ejemplo, tomó la extraordinaria medida de garantizar toda la deuda bancaria irlandesa); los bancos centrales y los organismos gubernamentales echaron una mano como prestamistas de último recurso y ofrecían crédito cuando los bancos no podían o no querían. Estas medidas consiguieron controlar el pánico: a principios del verano de 2009, la mayoría de los índices de estrés financiero habían vuelto a valores más o menos normales. Y como señalábamos al principio de este artículo, la economía mundial dejó de caer en picado y empezó a crecer otra vez.

        Pero, como también hemos señalado, no ha sido una recuperación en toda regla. Si el problema fundamental tiene que ver con una crisis de confianza en el sistema bancario, ¿por qué la restauración de la confianza en la banca no ha traído una vuelta del crecimiento económico sólido? Es probable que la respuesta sea que los bancos solo eran una parte del problema. Resulta curioso que sólo uno de los tres libros analizados aquí mencione al menos la obra del fallecido Hyman Minsky, un economista heterodoxo y durante mucho tiempo olvidado, a quien le ha llegado su momento (en más de un sentido). No obstante, Roubini y Mihm aportan una buena visión general de las ideas de Minsky (y Richard Koo, lo sepa o no, es en gran medida un minskyano).

        La teoría de Minsky, en resumen, era que las épocas de estabilidad financiera sientan las bases de las crisis futuras porque incitan a una amplia variedad de agentes económicos a contraer deudas cada vez mayores y a participar en una especulación cada vez más arriesgada. Mientras los precios de los activos siguen subiendo, impulsados por las compras financiadas con deuda, todo parece marchar sobre ruedas. Pero, antes o después, la música se detiene: hay un momento Minsky en el que todos los actores se dan cuenta (o los acreedores les obligan a darse cuenta) de que los precios de los activos no van a subir eternamente y de que los prestatarios han asumido una deuda excesiva.

        Pero ¿no es esta nueva prudencia algo bueno? No. Cuando un individuo intenta pagar lo que debe, no hay ningún problema; pero cuando todo el mundo trata de hacerlo al mismo tiempo, las consecuencias pueden muy fácilmente ser destructivas para todos los implicados. El proceso de destrucción se observa más claramente en el sector financiero, donde el intento por parte de todo el mundo de pagar su deuda vendiendo activos al mismo tiempo puede llevar a un círculo vicioso de precios que se hunden y angustia creciente. Pero el problema no se limita necesariamente a las finanzas.

        De hecho, Richard Koo sostiene en The Holy Grail of Macroeconomics (El santo grial de la macroeconomía, sin publicar en España ) que el mayor problema al que se enfrentan las economías después de un momento Minsky (aunque él nunca usa ese término) no reside en el sector financiero, sino en los sectores no financieros con demasiadas deudas en sus balances. Koo es el economista jefe del Instituto de Investigación Nomura. Gran parte de su libro está dedicado a la larga época de estancamiento de Japón que se inició a principios de los años noventa. Este estancamiento, afirma, era en su mayoría un reflejo de los problemas que tenían con las cuentas de resultados las corporaciones no financieras, que se vieron atrapadas en grandes deudas tras el estallido de la burbuja inmobiliaria japonesa en los años ochenta. Sostiene que EE UU se enfrenta ahora a un problema similar, con problemas de deuda concentrados no en las corporaciones sino en los propietarios de viviendas que han asumido grandes deudas tanto al comprar las casas como al usarlas como cajeros automáticos, es decir, rehipotecándolas para obtener dinero en efectivo por la revalorización de la vivienda y gastando ese efectivo en un mayor consumo.

        Según el análisis de Koo, los intentos simultáneos por parte de muchos actores privados de pagar sus deudas condujeron a una "falacia de la composición", que está estrechamente relacionada con la famosa (aunque muy a menudo subestimada) "paradoja del ahorro". Cada corporación o familia individual recorta el gasto en un intento por reducir la deuda; pero estos recortes del gasto reducen los ingresos de todo el mundo y mantienen la economía permanentemente deprimida.

        Estos problemas más generales de deuda y desapalancamiento posiblemente expliquen por qué el éxito a la hora de estabilizar el sector financiero solo ha servido para alejar un poco la economía del abismo, sin dar pie a una recuperación sólida. La economía está atada de pies y manos, todavía paralizada por la excesiva cantidad de deuda sin pagar. Es decir, los esfuerzos simultáneos de tantas personas por pagar sus deudas al mismo tiempo hacen que la economía siga deprimida.

        ¿Y cuál es la solución? A corto plazo, la única forma de evitar una recesión profunda cuando casi todo el mundo en el sector privado está tratando de pagar su deuda simultáneamente es que el Gobierno se mueva en la dirección contraria: que se convierta, de hecho, en el prestatario de último recurso, emitiendo deuda y gastando más a medida que el sector privado se retrae. Cuando el momento Minsky es más intenso, los déficits presupuestarios no solo son buenos, son necesarios. En realidad, el aumento de los déficits presupuestarios en todo el mundo entre 2007 y 2009 posiblemente fue más importante aún que los rescates financieros para evitar que la crisis del mercado inmobiliario desencadenase una repetición de la Gran Depresión en toda su magnitud.

        Por cierto que, este aumento repentino de los déficits presupuestarios no se debió principalmente a los esfuerzos deliberados por estimular la economía. Al contrario, los factores principales fueron la caída de la recaudación fiscal a medida que las economías se hundían y, en segundo lugar, un crecimiento de los pagos automáticos como los subsidios por desempleo. En EE UU, el déficit federal bianual de 2009-2010 rondará los 2,5 billones de dólares; el plan de estímulo de Obama representa menos de un cuarto del total.

        Por tanto, los déficits presupuestarios han evitado que caigamos en el abismo.

        Paul Krugman es columnista de The New York Times y catedrático de Economía y Asuntos Internacionales en Princeton. Obtuvo el premio Nobel de Economía en 2008. Robin Wells es coautora, junto con Krugman, de Fundamentos de economía y ha enseñado Economía en Princeton, Stanford y el Massachusetts Institute of Technology. © 2010 The New York Review of Books Distribuido por The New York Times Syndicate Traducción de News Clips.

        El País.com

        Paul Krugman: EE.UU se sume en la oscuridad…

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        Atacar a la Seguridad Social, P. Krugman (ver más abajo)

        Las luces se apagan en todo EE UU, literalmente. La ciudad de Colorado Springs ha copado los titulares con su intento desesperado por ahorrar dinero apagando un tercio de sus farolas, pero están ocurriendo o barajándose cosas similares en todo el país, desde Filadelfia hasta Fresno. Entretanto, un país que en su día asombró al mundo con sus visionarias inversiones en transportes, desde el canal de Erie hasta el sistema de autopistas interestatales, ahora se halla en un proceso de despavimentado: en varios Estados, los Gobiernos locales están destruyendo carreteras que ya no pueden permitirse mantener y reduciéndolas a grava.

        Y una nación que antaño valoraba la educación, que fue una de las primeras en ofrecer escolarización básica a todos sus niños, ahora está haciendo recortes. Los profesores están siendo despedidos, y los programas, cancelados. En Hawai, hasta el curso escolar se está acortando de manera drástica. Y todo apunta a que en el futuro se producirán todavía más ajustes.

        Nos dicen que no tenemos elección, que las funciones gubernamentales básicas -servicios esenciales que se han proporcionado durante generaciones- ya no son viables. Y es cierto que los Gobiernos estatales y locales, duramente azotados por la recesión, están faltos de fondos. Pero no lo estarían tanto si sus políticos estuvieran dispuestos a considerar al menos algunas subidas de impuestos.

        Y en el Gobierno federal, que puede vender bonos a largo plazo protegidos contra la inflación con un tipo de interés de solo el 1,04%, no escasea el dinero en absoluto. Podría y debería ofrecer ayuda a los Gobiernos locales y proteger el futuro de nuestras infraestructuras y de nuestros hijos.

        Pero Washington está prestando ayuda con cuentagotas, y hasta eso lo hace a regañadientes. Debemos dar prioridad a la reducción del déficit, dicen los republicanos y los demócratas centristas. Y luego, casi a renglón seguido, afirman que debemos mantener las subvenciones fiscales para los muy adinerados, lo cual tendrá un coste presupuestario de 700.000 millones de dólares durante la próxima década.

        En la práctica, buena parte de nuestra clase política está demostrando cuáles son sus prioridades: cuando se les da a elegir entre pedir que el 2% de los estadounidenses más acaudalados vuelvan a pagar los mismos impuestos que durante la expansión de la era Clinton o permitir que se derrumben los cimientos de la nación -de manera literal en el caso de las carreteras y figurada en el de la educación-, se decantan por esto último.

        Es una decisión desastrosa tanto a corto como a largo plazo. A corto plazo, esos recortes estatales y locales suponen un pesado lastre para la economía y perpetúan el desempleo, que es devastadoramente elevado.

        Es crucial tener en mente a los Gobiernos estatal y local cuando oímos a la gente despotricar sobre el desbocado gasto público durante la presidencia de Obama. Sí, el Gobierno federal estadounidense gasta más, aunque no tanto como cabría pensar. Pero los Gobiernos estatales y locales están haciendo recortes. Y si los sumamos, resulta que los únicos incrementos relevantes en el gasto público han sido en programas de protección social, como el seguro por desempleo, cuyos costes se han disparado por culpa de la gravedad de la crisis económica.

        Es decir que, a pesar de lo que dicen sobre el fracaso del estímulo, si observamos el gasto gubernamental en su conjunto, apenas vemos estímulo alguno. Y ahora que el gasto federal se reduce, a la vez que continúan los grandes recortes de gastos estatales y locales, vamos marcha atrás.

        Pero ¿no es también una forma de estímulo el mantener bajos los impuestos para los ricos? No como para notarlo. Cuando salvamos el puesto de trabajo de un profesor, eso ayuda al empleo sin lugar a dudas; cuando, por el contrario, damos más dinero a los multimillonarios, es muy posible que la mayor parte de ese dinero quede inmovilizado.

        ¿Y qué hay del futuro de la economía? Todo lo que sabemos acerca del crecimiento económico dice que una población culta y una infraestructura de alta calidad son cruciales para el crecimiento. Las naciones emergentes están realizando enormes esfuerzos por mejorar sus carreteras, puertos y colegios. Sin embargo, en Estados Unidos estamos reculando.

        ¿Cómo hemos llegado a este punto? Es la consecuencia lógica de tres décadas de retórica antigubernamental, una retórica que ha convencido a numerosos votantes de que un dólar recaudado en concepto de impuestos es siempre un dólar malgastado, que el sector público es incapaz de hacer algo bien.

        La campaña contra el Gobierno siempre se ha planteado como una oposición al despilfarro y el fraude, a los cheques enviados a reinas de la Seguridad Social que conducen lujosos Cadillac y a grandes ejércitos de burócratas que mueven inútilmente documentos de un lado a otro. Pero eso, cómo no, son mitos; nunca ha habido ni de lejos tanto despilfarro y fraude como aseguraba la derecha. Y ahora que la campaña empieza a dar frutos, vemos lo que había realmente en la línea de fuego: servicios que todo el mundo, excepto los muy ricos, necesita, unos servicios que debe proporcionar el Gobierno o nadie lo hará, como el alumbrado de las calles, unas carreteras transitables y una escolarización decente para toda la ciudadanía.

        Por tanto, el resultado final de la prolongada campaña contra el Gobierno es que hemos dado un giro desastrosamente equivocado. Ahora, EE UU transita por una carretera a oscuras y sin asfaltar que no conduce a ninguna parte.

        Atacar a la Seguridad Social

        PAUL KRUGMAN 22/08/2010

        La Seguridad Social cumplió 75 años la semana pasada. Debería haber sido una ocasión alegre, una fecha para celebrar un programa que ha aportado dignidad y decencia a la vida de los estadounidenses de más edad. Pero el programa está siendo atacado, y al asalto se han unido algunos demócratas y casi todos los republicanos. Cuentan los rumores que la comisión antidéficit del presidente Obama podría solicitar un profundo recorte de las prestaciones y, más concretamente, un fuerte aumento de la edad de jubilación.

        Los que atacan a la Seguridad Social (SS) afirman que les preocupa el futuro financiero del programa. Pero sus números no cuadran y en realidad su hostilidad no tiene nada que ver con dólares y céntimos, sino más bien con ideología y posicionamientos. Y lo que hay bajo todo ello es ignorancia o indiferencia hacia la realidad de la vida para muchos estadounidenses.

        Respecto a los números: legalmente, la SS tiene su propia financiación específica, a través del impuesto único. Pero también forma parte del presupuesto general federal. Esta doble contabilidad significa que hay dos formas en las que la SS podría enfrentarse a problemas financieros. La primera es que la financiación específica resulte insuficiente, lo que obligaría al programa bien a recortar las prestaciones o bien a acudir al Congreso en busca de ayuda. La segunda es que los costes de la Seguridad Social acaben siendo insoportables para el presupuesto federal en su conjunto.

        Pero ninguno de estos dos problemas en potencia supone un peligro claro y actual. La Seguridad Social ha registrado superávits durante los últimos 25 años, acumulando esos beneficios en una cuenta especial denominada fondo de fideicomiso. El programa no tendrá que solicitar ayuda al Congreso ni reducir las prestaciones hasta que, o a menos que, el fondo se haya agotado, cosa que los actuarios del programa no prevén que suceda hasta 2037, y, según sus cálculos, hay muchas probabilidades de que ese día no llegue nunca.

        Entretanto, una población envejecida acabará induciendo -a lo largo de los próximos 20 años- una subida del coste de pagar las prestaciones de la SS desde el actual 4,8% del PIB hasta cerca de un 6%. Para que se hagan una idea, esta subida es significativamente menor que el aumento en el gasto de defensa desde 2001, algo que Washington no consideró ni mucho menos una crisis, y ni siquiera una razón para replantearse algunas de las rebajas fiscales de Bush.

        Entonces, ¿a qué se deben esas aseveraciones de crisis? Se basan en gran medida en una contabilidad de mala fe. En concreto, se basan en un juego del trilero en el que los superávits que la SS ha estado registrando durante un cuarto de siglo no cuentan (porque, en fin, el programa no tiene una existencia independiente; no es más que una parte del presupuesto general federal), mientras que los futuros déficits de la Seguridad Social son inaceptables porque, bueno, el programa tiene que sostenerse por sí solo.

        Sería fácil descartar este timo de la estampita como un completo disparate, excepto por una cosa: muchas personas influyentes, entre ellas Alan Simpson, copresidente de la comisión antidéficit del presidente, están vendiendo este disparate. Y después de haberse inventado una crisis, ¿qué quieren hacer los asaltantes de la SS? No proponen recortar las prestaciones a los jubilados actuales; en lugar de eso, el plan es invariablemente recortar las prestaciones que se pagarán dentro de muchos años. Así que plantéenselo de esta manera: para evitar la posibilidad de que se produzcan futuros recortes de las prestaciones debemos recortar las prestaciones futuras. Estupendo.

        ¿Qué es lo que realmente está pasando aquí? Los conservadores odian la Seguridad Social por razones ideológicas: su éxito menoscaba su afirmación de que el Gobierno es siempre el problema, nunca la solución. Pero reciben un apoyo crucial de los enterados de Washington, para quienes una voluntad declarada de recortar la SS ha servido durante mucho tiempo como insignia de la seriedad fiscal, independientemente de la aritmética. Y ningún ala de la coalición anti-Seguridad Social parece conocer o preocuparse por las penalidades que sus propuestas favoritas causarían.

        Esta idea tan de moda de aumentar la edad de jubilación aún más de lo que aumentará conforme a la ley vigente -ya ha pasado de los 65 a los 66, está previsto que suba hasta los 67 y algunos proponen ahora que llegue hasta los 70- suele justificarse con afirmaciones de que la esperanza de vida ha aumentado, de modo que la gente puede fácilmente trabajar más años de su vida. Pero eso solo es cierto en el caso de los administrativos, la gente que menos necesita la Seguridad Social. No me refiero únicamente al hecho de que es mucho más fácil verse trabajando hasta los 70 años si se tiene un cómodo puesto de oficina que si uno se dedica a un trabajo físico. EE UU se está convirtiendo en una sociedad cada vez más desigual, y las crecientes disparidades se extienden a cuestiones de vida y muerte. La esperanza de vida a la edad de 65 años ha aumentado mucho en los escalafones más altos del reparto de la renta, pero mucho menos para los trabajadores con rentas más bajas. Y recuerden, la actual legislación ya prevé un aumento de la edad de jubilación.

        De modo que repelamos este injusto y -para qué andarnos con rodeos- cruel ataque contra los trabajadores estadounidenses. Los grandes recortes de la Seguridad Social no deben estar sobre el tapete.

        Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2010 New York Times News Service. Traducción de News Clips. Diario El País

        Written by Eduardo Aquevedo

        23 agosto, 2010 at 18:54

        Chile: Casen 2009 evidencia grave aumento de la brecha entre ricos y pobres…

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        La desigualdad aumenta en Chile, de acuerdo a la encuesta Casen 2009, que da cuenta de un incremento de 9% en los ingresos del 10% de hogares de mayores recursos, y sólo de 1% en el 10% de familias de más escasos recursos.

        Lunes 26 de julio de 2010, La Nación.com

        klee6El 10% de familias de mayores ingresos recibe en promedio poco menos de 3 millones de pesos, mientras que en el 10% de los hogares más pobres se las arreglan con 114 mil pesos, de acuerdo a los datos arrojados por la Encuesta de Caracterización Socioeconómica (Casen) medida en 2009.

        Los números dan cuenta de un incremento de 9% en los ingresos de los más ricos, que en el anterior estudio ganaban en promedio $2.205.000, lo que aumentó a $2.953.920 el año pasado.

        Ello aumentó la brecha con los más pobres, en tanto este último grupo aumentó ingresos en apenas 1%, equivalente a $990, pues antes recibían $113.010 y hoy la cifra es de $114.000.

        Los antecedentes los dio a conocer el titular de Mideplan, Felipe Kast, quien sostuvo que “los datos de pobreza nos ponen un tremendo desafío por delante y el gobierno reafirma su compromiso para terminar la extrema pobreza, para que tengamos una verdadera sociedad de seguridades”.

        Apuntó que, “al mismo tiempo, estos datos nos invitan a preguntarnos por nuestro sistema de educación y si es que podemos tener o no una sociedad más justa en el sentido que el origen no determine el destino”.

        Según el ministro de Planificación, los aspectos que más influyen en este resultado, que ubica a los pobres en su misma posición y a los más ricos en una notoria mejor situación, son la disminución de creación de nuevos empleos y la desaceleración de la economía a partir del año 2.000.

        La Casen fue aplicada entre noviembre y diciembre de 2009 a 71.460 hogares del país, contando con representatividad nacional, por zona urbana y rural, para las 15 regiones del país y para un total de 334 comunas. La muestra tiene un error muestral de 0,36 a nivel de hogares.

        Paul Krugman: los mitos de la austeridad…

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        PAUL KRUGMAN 11/07/2010

        Krugman_visita_Barcelona Cuando era joven e ingenuo, creía que la gente importante adoptaba una postura basándose en una consideración concienzuda de las opciones. Ahora sé que no es así. Gran parte de lo que la gente seria cree se basa en prejuicios, no en análisis. Y estos prejuicios están sujetos a modas y tendencias.

        Esto me lleva al tema de la columna de hoy. Durante los últimos meses, otros y yo hemos presenciado, con asombro y horror, el surgimiento de un consenso en los círculos políticos a favor de la austeridad fiscal inmediata. Es decir, la idea de que ha llegado la hora de recortar drásticamente el gasto se ha convertido de algún modo en una creencia generalizada, a pesar de que las principales economías mundiales siguen profundamente deprimidas.

        Esta creencia generalizada no se basa en pruebas ni en un análisis pormenorizado. En lugar de eso, se asienta sobre lo que podríamos llamar amablemente pura especulación, y menos amablemente, productos de la imaginación de la élite política -concretamente, en la fe en lo que yo he llegado a imaginar como un invisible guardián de los bonos y un hada de la confianza-.

        Los guardianes de los bonos son inversores que les cierran el grifo a los Gobiernos que consideran que son incapaces de pagar sus deudas o que no están dispuestos a hacerlo. No cabe duda de que los países pueden sufrir crisis de confianza [véase la deuda de Grecia]. Pero lo que los defensores de la austeridad afirman es que a) los guardianes de los bonos están a punto de atacar Estados Unidos y b) cualquier gasto adicional en estímulos económicos les hará saltar.

        ¿Qué motivos tenemos para creer que algo de esto pueda ser cierto? Sí, Estados Unidos tiene problemas presupuestarios a largo plazo, pero lo que hagamos en relación con los estímulos durante los dos próximos años no afectará prácticamente en nada a nuestra capacidad para hacer frente a estos problemas a largo plazo. Como ha dicho hace poco Douglas Elmendorf, el director de la Oficina Presupuestaria del Congreso, "no existe una contradicción intrínseca entre proporcionar un estímulo fiscal adicional hoy, cuando la tasa de paro es alta y muchas fábricas y oficinas están infrautilizadas, e imponer restricciones fiscales dentro de unos años, cuando la producción y el empleo probablemente estarán casi a la altura de sus posibilidades".

        No obstante, cada pocos meses nos dicen que los guardianes de los bonos han llegado y que debemos imponer la austeridad ya, ya mismo, para apaciguarlos. Hace tres meses se produjo un ligero repunte de los tipos de interés a largo plazo que fue recibido con reacciones cercanas a la histeria: "El miedo a la deuda dispara los tipos", era el titular de The Wall Street Journal, a pesar de que no había pruebas reales de dicho miedo, y Alan Greenspan declaró que la subida era el aviso de un "canario en una mina".

        Desde entonces, los tipos a largo plazo han vuelto a desplomarse. Lejos de huir de la deuda del Gobierno de Estados Unidos, los inversores la ven evidentemente como su apuesta más segura en medio de una economía que se tambalea. Pero los defensores de la austeridad siguen asegurando que los guardianes de los bonos atacarán en cualquier momento si no recortamos drásticamente el gasto de inmediato.

        Pero no se preocupen: los recortes del gasto pueden ser dolorosos, pero el hada de la confianza hará que desaparezca el dolor. "La idea de que las medidas de austeridad podrían desencadenar una situación de estancamiento es incorrecta", afirmaba Jean-Claude Trichet, el presidente del Banco Central Europeo, en una entrevista reciente. ¿Por qué? Porque "las políticas que inspiran confianza fomentarán, no obstaculizarán, la recuperación económica".

        ¿En qué se basa la creencia de que la contracción fiscal es en realidad expansionista, en que mejora la confianza? (Por cierto, esta es precisamente la doctrina que exponía Herbert Hoover en 1932). Bueno, ha habido casos históricos de recortes del gasto y subidas de impuestos que han ido seguidos de crecimiento económico. Pero, que yo sepa, cada uno de esos ejemplos, al analizarlo detenidamente, resulta ser un caso en el que los efectos negativos de la austeridad se vieron compensados por otros factores, factores que no es probable que sean relevantes actualmente. Por ejemplo, la era de la austeridad con crecimiento de Irlanda en la década de los ochenta dependió de una evolución drástica desde el déficit comercial al superávit comercial, lo cual no es una estrategia que pueda seguir todo el mundo al mismo tiempo.

        Y los ejemplos actuales de austeridad son cualquier cosa menos alentadores. Irlanda ha sido un buen soldado en esta crisis y ha aplicado con determinación unos recortes del gasto radicales. Su recompensa ha sido una crisis con categoría de depresión -y los mercados financieros siguen considerándolo un país con grave riesgo de impago-. A otros buenos soldados, como Letonia y Estonia, les ha ido todavía peor; y estos tres países, lo crean o no, han sufrido crisis peores en cuanto a producción y empleo que la de Islandia, que se vio obligada por la tremenda escala de su crisis financiera a adoptar políticas menos ortodoxas.

        Así que la próxima vez que oigan a gente aparentemente seria explicar por qué es necesaria la austeridad fiscal, traten de analizar sus argumentos. Casi con seguridad, descubrirán que lo que parece realismo pragmático se sostiene en realidad sobre una base fantástica, en la creencia de que unos guardianes invisibles nos castigarán si somos malos y el hada de la confianza nos recompensará si somos buenos. Y las políticas del mundo real -políticas que arruinarán las vidas de millones de familias trabajadoras- se están construyendo sobre esa base.

        El Pais.com

        Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2010 New York Times News Service. Traducción de News Clips.

        La actual crisis económico-social y sus perspectivas. Entrevista a M. Castells

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        entrevista a Manuel Castells
        por Iñaki Gabilondo

        en CNN, realizada el 10 de junio de 2010

        CRISIS008 El pasado 10 de junio, el eminente sociólogo Manuel Castells fue entrevistado por Iñaki Gabilondo en el programa “Hoy” de CNN+. Como era de esperar, el tema fue la actual crisis económica y las respuestas de Castells constituyen, en conjunto, una magistral lección de economía; no de “ciencia” económica, sino de economía social. He aquí la transcripción de dicha entrevista.

        IÑAKI GABILONDO: Ante la actual situación, ¿qué tipo de cosas van a ocurrir? ¿Ante qué tipo de fenómenos nos hemos de preparar y cómo, profesor?

        MANUEL CASTELLS: El gran problema que tenemos es que hemos vivido en una economía centrada en el consumo. La demanda representa el 70 por ciento del crecimiento económico, tanto en Europa como en Estados Unidos y, desde luego, en España, y esa demanda se ha hecho en los últimos años fundamentalmente a crédito, de forma especulativa, y cuando estalló la burbuja inmobiliaria y, a partir de ahí, la burbuja financiera, y los bancos y las instituciones financieras quedaron sin posibilidad de mantener esos créditos, totalmente arriesgados, sin las garantías que tenían antes, los gobiernos los rescataron a ellos, pero ellos no nos rescataron a nosotros. Entonces, en este momento no hay crédito para las pequeñas y medianas empresas, no hay crédito para seguir consumiendo, estamos montados en un nivel de vida que se basa en el consumo y en pensar que, de forma ilimitada, podemos endeudarnos y pagar nuestros préstamos, y eso se acabó. Hemos sido drogados por una sociedad de consumo, y ahora tenemos el mono de la droga del consumo cuando ya no podemos consumir.

        I.G.: Pero, ¿está acercándose un tiempo de gran austeridad? ¿Vamos a vivir en una austeridad… tal vez la tradición de España ha sido vivir en la austeridad, salvo estos pocos años, pero nos hemos de preparar para una vida austera?

        M.C.: Estamos, en cierto modo, entrando en esa vida austera, entre otras cosas porque si recortan sueldos, congelan pensiones y disminuye la capacidad de endeudarse de las familias, evidentemente vamos a tener que vivir con menos dinero del que teníamos antes. Y el gran problema aquí es nuestra capacidad personal, psicológica de poder vivir con menos dinero. Por otro lado, tenemos una gran oportunidad, porque lo peor de todo esto es que podemos tener que pasar por una austeridad bastante larga y complicada, con muchos sacrificios, ponernos a trabajar, los que tengan trabajo, mucho más duro y cobrando menos, y todo esto, en el fondo, con la idea de volver atrás, de volver al mismo modelo que teníamos antes, es decir, llevar una vida, hablando técnicamente, de idiotas.

        Es decir, una vida de correr sin parar, para consumir cosas que nos interesan solo a medias, para vivir con la angustia de pagar la hipoteca, pagar el coche, para seguir en los atascos y contaminando todo lo que está a nuestro alrededor, y no tener tiempo ni para vivir, ni siquiera para amar y ser amados, que es quizá lo que a mucha gente más le importa. Este es el problema. No solo los sacrificios, sino sacrificios, ¿para qué? Para volver a este mundo que teníamos, que quizá a algunos les guste, pero a la mayor parte de las personas, cuando se miran a sí mismos por la noche, después de haber pasado un día extenuante, piensan “y todo esto, ¿para qué?”.

        I.G.: ¿Pero sabe lo que ocurre, profesor? Puede que, en efecto, nosotros hayamos dicho “pues casi mejor instalarnos en una sociedad un poquito menos histérica que aquella, pero los grandes responsables, este planteamiento de los mercados excitados, la voracidad bancaria, etcétera, ellos sí quieren regresar a ese modelo anterior, nos van a empujar para que vayamos hacia allí.

        M.C.: Naturalmente, porque ese es su negocio. Su negocio es vendernos sueños a préstamo, y hacer que nos endeudemos y que no tengamos tiempo para pensar, y que dediquemos todo nuestro trabajo, es decir, toda nuestra vida y todo nuestro esfuerzo a pagarles el dinero que ellos nos prestan y que, en el fondo, es nuestro dinero, porque es el dinero que obtenemos trabajando, que va a los mercados financieros (ya sabe Vd. que ni sus ahorros ni los míos, ni los de las personas que nos estén viendo en este momento están en el banco; están en algún mercado financiero que nadie sabe y nadie controla); pues bien, ese dinero solo produce dinero a las instituciones financieras en la medida en que lo prestan, y últimamente lo tienen que prestar a otros bancos, esos bancos a otras personas y a nosotros.

        Para el sistema de funcionar en base a ganar dinero prestando dinero es esencial que sigamos manteniendo esa utopía, diría yo, de llegar a ser felices por medio del consumo,  sin saber para qué nos sirve ese consumo. Pero quizá aquí, en el momento en que no podemos consumir aunque queramos, es el momento de replantearnos cambiar el `chip': trabajar lo que tengamos que trabajar, ganar lo que tengamos que ganar y consumir lo que realmente necesitemos y, sobre todo, tener mucho más tiempo libre. Yo creo que uno de los temas que se podría entrar en la negociación seria entre patronal y sindicatos es esquemas que ya existen en 22 países de la OCDE: a saber, reducción del tiempo de trabajo con reducción equivalente del salario y, en muchos casos, el gobierno compensa un 60 por ciento del salario perdido. Pero como mínimo la idea es que, en lugar de que haya despido masivo, haya una reducción del tiempo de trabajo que, evidentemente, para que las empresas no cierren, tiene que ser equivalente a la reducción de salario.

        I.G.: Las palabras que Vd. emplea a la hora de analizar el actual momento, a la espera de que decidan por encima de nuestras cabezas, Vd. dice algo que nosotros deberíamos tomar como decisión automática, que es apostar por la innovación y alentar a los emprendedores. Me gustaría que nos contara con más detalle su posición.

        M.C.: El tema es que la economía tira a partir de la inversión, o del aumento de la productividad o a partir de la demanda. Entonces, hasta ahora nos habíamos montado una economía sin crecimiento de la productividad… en España; en Estados Unidos es diferente. En España, el gran problema es la falta de crecimiento o muy poco crecimiento de la productividad en los diez últimos años. Era un incremento del PIB en base al aumento del empleo en sectores poco cualificados, como la inmobiliaria, la construcción y el turismo, y aumento simplemente de consumo de detalle, de comercios, etc. Pues bien, esto es de bajísima productividad y lo que ha ocurrido es que no hemos generado suficiente valor para compensar lo que estábamos obteniendo como renta a partir de las deudas. Si en lugar de tirar de la demanda, como hacemos nosotros y la mayor parte de los países europeos y Estados Unidos, tiramos de la inversión y crecemos en base al crecimiento de la productividad, como hacen los chinos por ejemplo, las cosas cambian, porque el incremento del consumo que hagamos será la consecuencia de lo que ganemos en términos reales, en base al incremento de la productividad, y no en términos ficticios financieros.

        La productividad viene, fundamentalmente, de la innovación tecnológica y empresarial, y de la capacidad de que algunas personas puedan desarrollar proyectos de nuevo tipo, que encuentren nuevos productos, nuevos mercados, nuevas tecnologías, y con esto se incrementa la productividad y se crea valor real. Y hay miles y miles de personas que son emprendedores y emprendedoras en toda España. Hay grandes oportunidades y hay gente muy cualificado y con buen nivel educativo y tecnológico. El problema aquí es que necesitan financiación para sus proyectos. Sin financiación no hay emprendimiento real, hay sueños de emprendedores. Y aquí el problema que tenemos es que las instituciones financieras españolas no saben de capital riesgo de verdad, son muy conservadoras, son absolutamente arriesgadas en manipular nuestros fondos de inversión, pero en cambio son absolutamente conservadoras en favorecer el emprendimiento. Aquí, el capital riesgo, como se llama en el mundo, en España las instituciones financieras lo consideran capital para mí, riesgo para ti.

        I.G.: Porque Vd. defiende la teoría de que sería un magnífico negocio para todos, incluso para los que apoyaron la acción de los emprendedores, si se jugara en esa dirección de las pequeñas empresas. Además dice que ya está pasando, que aunque no nos demos cuenta, está ya ocurriendo esto.

        M.C.: Sí. En primer lugar, está ocurriendo porque la idea del empleo de por vida en una gran empresa o en una administración es realmente, en este momento, una fantasía total. El crecimiento del empleo en España y en todo el mundo se debe, sobre todo, a las pequeñas y medianas empresas. Y no solo de las que existen, sino de las que se van creando cada día. He vivido más o menos treinta años en Silicon Valley y las grandes empresas de hoy, que son las grandes multinacionales de la tecnología, Google o cualquiera que Vd. pueda mencionarme, se iniciaron todas como pequeñas empresas innovadoras, como acciones de emprendedores. Google lo crearon dos personas. Yahoo! lo crearon dos personas. Cisco lo creó una pareja. La clave es que esas personas tenían la capacidad de poder obtener financiación para desarrollar su capital tecnológico, su capital humano. En Silicon Valley, si no fracasas no te dan dinero. Es decir, como media, las empresas de Silicon Valley que se establecen finalmente, sus emprendedores han fracasado seis veces antes de que la séptima sea la que va la vencida. Y solamente les dan dinero sustantivo, dinero importante, en la medida en que ya tienen la experiencia del fracaso, porque si no, es que no han aprendido, y si no han aprendido a fracasar, no saben realmente llevar una empresa.

        En España es al revés. Si has fracasado, olvídate de que te financien. Y la innovación, por definición, pasa primero por intentos y fracasos, porque si no, no sería innovación. Porque es algo que no se sabe, que no existe, que hay que probar y, por consiguiente, implica un factor de riesgo, y un factor de riesgo de cada aprendizaje a través del fracaso. Implica, también, el mantenimiento de la determinación de seguir adelante, de crear nuevos productos, nuevas empresas, y así crear riqueza entre todos.

        Entonces, yo diría que la salida de la crisis pasa, a la vez, por hacer un modelo productivo basado en la innovación y en el aumento de la productividad del lado de la oferta, y por parte de la demanda, en cambio, reducir el consumo a niveles razonables, y pensar que no necesitamos todo lo que consumimos, pero que sí necesitamos los servicios básicos, los servicios públicos de salud, educación, cultura, transporte, vivienda, servicios que ahí sí necesitamos que el gobierno pueda ayudar, que el sector público pueda ayudar. Pero ese sector público no puede ayudar si no hay una creación de valor y de riqueza en la economía que tenga que venir de la innovación y del incremento de la productividad.

        I.G.: De todas maneras, hemos pensado que a nosotros ya nos ha convencido Vd. Ahora se trataría de ver cómo les convencemos a los bancos de que hicieran ese tipo de cambio de `chip’ para poder empujar en esa dirección. Pero Vd., hace muy poco, ha sido seleccionado como miembro del Comité… son 18 miembros y Vd. es el único español, de esa organización European Institute of Innovation and Technology, que parece que van a trabajar en asuntos de innovación de una manera muy potente en toda Europa. Por tanto, sospecho que tendrán intención de actuar en las líneas que Vd. nos dice y confiarán en que habrá financiación para una doctrina de esta naturaleza.

        M.C.: Sí, pero nosotros somos coherentes con el modelo de innovación y de emprendimiento que propugnamos. El EIT, como se llama, remedando al famoso MIT de Estados Unidos, es una nueva institución europea que depende del Parlamento Europeo y que tiene financiación del Parlamento Europeo. Pero nosotros no damos fondos, como los otros programas europeos, a fondo perdido, digamos, a subvencionar. Somos contrarios a la subvención, al subsidio, porque esto, en realidad, acostumbra a la gente a ser funcionarios. Lo que estamos haciendo, concretamente, es construir redes de empresas y universidades que colaboren en proyectos que, de momento, hemos lanzado en tres grandes áreas: proyecto de tecnologías y empresas para mitigar el calentamiento global; tecnologías de información y comunicación para el bienestar de la sociedad y el tercero, proyecto de energías renovables y sostenibles. Cada uno de estos proyectos está organizado en lo que llamamos comunidades de innovación y conocimiento.

        Para cada uno de estos proyectos hemos hecho un concurso competitivo, al que se han presentado más de veinte redes de empresas y universidades, que son cientos de empresas y universidades, las más importantes de Europa. De esas veinte, hemos seleccionado los tres mencionados, y cada uno de estos tres son cinco centros, en cinco grandes ciudades europeas, ligados entre ellos, y en cada uno de estos centros hay seis, siete, ocho empresas y universidades que colaboran en este proyecto. Pues bien, a cada una de estas comunidades de innovación y conocimiento, que tienen financiación para trece años, nosotros les damos el 25 por ciento de la financiación; ellos se tienen que buscar el 75 por ciento. Pero, claro, al principio nosotros les damos el 75, ellos ponen el 25, y así van generando… Por tanto, al final serán cientos de millones de euros que están siendo invertidos en estos proyectos de innovación y tecnología que tienen una condición `sine qua non': que de aquí salgan, no solo proyectos para las grandes empresas que participan, sino posibilidades de financiación de innovación para emprendedores de todo tipo.

        Hay que decir que una de esas comunidades importantes está en Barcelona, en temas de energía, en la que participan algunas de las grandes empresas de Barcelona, participa ESADE, una de las grandes escuelas de negocios de España, y participa también la Universidad Politécnica de Cataluña. En otra de las comunidades de innovación y tecnología, concretamente en la de cambio climático, participa la Generalitat valenciana. Es decir, aquí se está creando una capacidad conjunta de empresas y universidades y centros de investigación en base a financiación de la innovación, pero financiación para que lleguen a desarrollar proyectos rentables. Creo que es un ejemplo… nosotros solo intentamos presentar un modelo que funcione en la práctica, pero es algo que, naturalmente, tiene que hacerse desde los gobiernos, desde las comunidades autónomas, desde las empresas. Es un modelo que creo viable, pero que tendría que ser repetido y ampliado a muchos niveles. Lo que no sirve de nada es dar más dinero para hacer más carreteras, más trenes de alta velocidad, más obra pública, esa es la vieja fórmula de salir de la crisis, poniendo demanda pública, es decir, en el fondo, gasto público para sustituir a la demanda privada que baja y que ha desaparecido porque no hay crédito. Eso es una forma de empleo comunitario disfrazado, que lleva simplemente a que se agota a medio plazo porque los gobiernos no tienen más dinero para seguir pagando proyectos que no generan productividad.


        VIDEO de la ntrevista a Manuel Castells en CNN, realizada por Iñaki Gabilondo, el 10 de junio de 2010

        1 parte: www.youtube.com/watch 1

        2 parte www.youtube.com/watch 2

        http://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/Manuel_Castells.htm

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