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Paul Krugman: Crear una crisis para explotarla…

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Por: Paul Krugman | febrero de 2013

Tim Geithner está equivocado. Pero también tiene razón. The New Republic publicaba recientemente una entrevista muy interesante de Liaquat Ahamed. Me sorprendió el hecho de que el secretario del Tesoro saliente afirmase sobre las perspectivas fiscales: “Hay algo extraño en el debate actual. La magnitud de la reducción adicional del déficit –aumentos de ingresos o recortes del gasto– que tenemos que establecer para lograr la sostenibilidad fiscal es bastante pequeña. Guiándonos por la mayoría de los métodos de contabilidad, debido a lo que ya hemos hecho en materia fiscal y de gasto, tenemos que encontrar otro 0,75% de PIB con medidas políticas. Y si hacemos eso, conseguiríamos superar la prueba de sostenibilidad de los economistas, lo que significaría reducir el déficit hasta un pequeño superávit primario, y así la deuda empezaría a disminuir como porcentaje del PIB”.

Eso coincide básicamente con un análisis del Centro para las Prioridades Políticas y Presupuestarias: un 0,75% a lo largo de la próxima década supone cerca de 1,5 billones de dólares. Es importante señalar que este mismo análisis da a entender que no se producirá un desastre si no adoptamos más medidas para reducir el déficit: en lugar de estabilizar la deuda en torno al 73% del producto interior bruto. se aumenta hasta cerca del 80%, lo cual no es fantástico, pero tampoco es una razón para que cunda el pánico.

En lo que se equivoca Geithner es en indicar que, dado que lo que debería hacerse a lo largo de la próxima década es bastante poco, deberíamos ser capaces de lograr un acuerdo bipartidista. No sé si lo cree realmente o si solo piensa que es algo que tiene que decir, pero nadie que haya estado prestando atención puede tomárselo en serio.

Diré lo que debería ser evidente: a los republicanos no les importa el déficit. Les importa explotar el déficit para lograr su objetivo de desmantelar el sistema de seguridad social. Quieren una crisis fiscal; la necesitan; la están disfrutando. Lo que quiero decir es ¿cómo se supone que va a funcionar lo de “matar de hambre a la bestia”? Pues, precisamente, creando una crisis fiscal, lo que les da la una excusa para recortar la Seguridad Social y Medicare.

La idea de que vayan a aceptar alegremente un acuerdo que elimine del debate la historia de terror del déficit actual sin causar un daño severo a los principales programas de seguridad social, y luego mantener una discusión filosófica sobre cómo podríamos cambiar esos programas a largo plazo, es pura fantasía. Eso equivaldría a reconocer su derrota.

Ahora bien, a lo mejor conseguimos que reconozcan su derrota. Pero eso es lo que será, y no una Gran Negociación entre las partes que actúan juntas por el bien del país.

© 2013 New York Times.

Traducción de News Clips.

Escrito por Eduardo Aquevedo

11 febrero, 2013 a 21:03

Krugman vaticina el fin del euro…

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Krugman vaticina el fin del euro y ve posible el ‘corralito’ bancario en España

El Nobel de Economía deja en manos de Alemania la decisión clave para evitar la ruptura

Madrid 14 MAY 2012 – 14:39 CET934
Paul Krugman.

 

El Nobel de Economía Paul Krugman, convertido en azote de quienes pretenden salir de la crisis a base únicamente de austeridad y recortes, advierte en un post publicado este pasado fin de semana que “es muy posible” que Grecia abandone el euro el próximo mes. En caso de que se cumpla esta posibilidad, que en su opinión y la de otros como el Der Spiegel o incluso el Financial Times (enlace con suscripción), medio que está en las antípodas de Krugman, ya no es tan extrema, cundiría el pánico entre el resto de la periferia.

Este es el panorama que se avecina según afirma Krugman en su post, cuyo texto íntegro se reproduce a continuación:

“Algunos de nosotros hemos estado hablando del tema, y creemos que el final del juego será algo como esto:

1. Salida griega del euro, muy posiblemente el próximo mes.

2. Cuantiosas retiradas de fondos de los bancos españoles e italianos, a medida que los depositantes tratan de llevar su dinero a Alemania.

3a. Tal vez, solo posiblemente, se impondrán controles de facto, con los bancos prohibiendo transferir depósitos fuera del país y limitando la retirada de dinero en efectivo.

3b. Alternativamente, o tal vez a la vez, el BCE realizará fuertes inyecciones de crédito para evitar el derrumbe de los bancos.

4a. Alemania tiene una elección. Aceptar indirectamente las reclamaciones que se hacen sobre Italia y España  —además de realizar una drástica revisión de su estrategia— básicamente, para darle a España alguna esperanza y poner en marcha garantías a la deuda para mantener bajos los costes de endeudamiento y permitir una mayor inflación en la eurozona para posibilitar el ajuste de precios relativos, o:

4b. Fin del euro.

Y estamos hablando de meses, no de años, para que esto ocurra”.

Escrito por Eduardo Aquevedo

15 mayo, 2012 a 20:49

Cinco preguntas sobre la crisis. Entrevista a los economistas Fumagalli y Marazzi…

con un comentario

Entrevista a los economistas Fumagalli y Marazzi
UniNomade

Traducción Susana Merino
                                                                                                                                                               

La profundización de la crisis, con sus devastadoras consecuencias sociales, continúa desplazando consolidados paradigmas interpretativos. De los que se derivan no solo la bancarrota de la ciencia económica “mainstream”, sino también inéditos desafíos para cuantos han continuado practicando de manera original durante estos años la crítica de la economía política. En suma, cada vez se ve más claramente, la relación existente entre la categoría económica y la categoría política. Para iniciar la discusión en el seno del sitio UniNomade hemos planteado cinco preguntas a Andrea Fumagalli, Christian Marazzi y Carlo Vercellone. Incluimos a continuación las respuestas de Andrea y Christian en forma de diálogo. Carlo ha desarrollado algunas reflexiones sobre la totalidad de los temas propuestos: se pueden leer como conclusiones.

 

¿Piensan verdaderamente ustedes que no tienen un líder latente, alguien que sugiera cómo operar? Esto al margen de toda teoría del complot, sino simplemente dentro del análisis de cada mecanismo de decisión, que prevé momentos de unificación consciente y no simplemente de concentración espontánea.

Andrea Fumagalli: Las grandes empresas financieras se comportan de una manera que podríamos definir como de oligopolio colusorio. Su objetivo es generar plusvalía. En esta fase las mayores plusvalías son extraíbles del cambio de los derivados CDS, sobre todo de aquellos relacionados con el riesgo de default privado o público. La naturaleza colusoria del oligopolio financiero se halla garantizada por la intermediación llevada a cabo por las empresas de rating. A partir de la crisis de las subprimes (a fines de 2007) se ha asistido a un ulterior proceso de concentración de los mercados financieros. He aquí algunos datos: Si el PIB del mundo entero en 2010 ha sido de 74 mil billones de dólares, las finanzas lo superan: el mercado mundial de obligaciones vale 95 mil billones de dólares. Las bolsas de todo el mundo 50 mil billones, los derivados 466 mil billones. En su conjunto los mercados mueven una riqueza ocho veces mayor que la producida en términos reales: industria, agricultura, servicios. Todo eso es evidente, pero lo que se olvida a menudo es que ese proceso, además de desviar el centro de la valorización y de la acumulación capitalista de la producción material e inmaterial y de la explotación del trabajo manual y del conocimiento, ha dado origen a una nueva “acumulación originaria” caracterizada por un elevado nivel de concentración.

En lo que se refiere al sector bancario, los datos de la Reserva Federal informan que entre 1980 y 2005 se han producido cerca de 11.500 fusiones, con un promedio de 440 por año. Reduciendo por lo tanto la cantidad de bancos a menos de 7.500. En 2011, cinco SIM (Sociedades de Intermediación Inmobiliaria y divisiones bancarias: J.P Morgan, Bank of America, Citybank, Goldman Sachs, Hsbc Usa) y cinco bancos (Deutsche Bank, Ubs, Credit Suisse, Citycorp-Merrill Linch, Bnp-Parisbas) han asumido el control de más del 90% de los títulos derivados. En el mercado accionario, las estrategias de fusión y de adquisición han reducido ampliamente la cantidad de sociedades cotizantes. Hoy en día las 10 primeras sociedades con mayor capitalización bursátil, equivalente al 0,12% de las 7800 sociedades registradas, detentan el 41% del valor total, el 47% de los beneficios y el 55% de las plusvalías registradas. En estos procesos de concentración, el papel principal es desempeñado por los inversores institucionales (término que designa a los operadores financieros – desde el SIM a los bancos, a las aseguradoras –que manejan por cuenta de terceros las inversiones financieras: son aquellos que en los años 30 Keynes definía como “especuladores profesionales”).

Hoy en día, siempre según los datos de la Reserva federal, los inversores institucionales manejan títulos por un valor nominal equivalente a los 39 billones, el 88,4% del total con un aumento 20 veces mayor con relación a hace 20 años. Además esta cifra se ha incrementado en el último año gracias a la difusión de los títulos de deuda soberana. No creo que haya alguien que aconseje seguir las estrategias de los administradores de las grandes sociedades financieras, menos aún algún “político” Como explicaré más adelante el poder economico-político se encuentra en sus manos y pueden ejercerlo sin que sea necesario que alguien se lo sugiera. El aliciente, como siempre en el capitalismo se halla en la ganancia y la riqueza, al margen de cualquier comportamiento “sopra le righe”. El problema no es la sed de ganancias de los mercados financieros, sino más bien de los que funcionan como sus vasallos y súbditos.

Christian Marazzi: ¡Vaya si existe el “liderazgo latente”! Como bien ha sintetizado Andrea Fumagalli y Carlo Vercellone, el liderazgo de los mercados reside en la fenomenal concentración del capital industrial-financiero que se ha venido creando en los últimos años sobre la falsía del “stop-and-go” de la financiarización. Bancos de inversión, empresas multinacionales, hedge funds, fondos institucionales y fondos de pensión constituyen su corazón: son ellos los que “crean el mercado”, que orientan las fases especulativas “normalizando” lo que Keynes llamaba las “convenciones” como la convención latinoamericana, la internetiana, la de las subprimes y luego la de las deudas soberanas. El ataque al euro lo decidió en febrero de 2010 en Nueva York un grupo de fondos especulativos, tanto como para dar un ejemplo reciente. Luciano Gallino, en su libro Finanzcapitalismo, ha cuantificado además, si no yerro, en 10 millones “los hombres que cuentan en el mundo”. Desde el punto de vista de la pirámide del poder, los lobbies que cuentan, porque ellos además de los altos niveles del G20, del FMI, de la UE y del BCE, actúan en el interior de los Estados nación, articulando a escala local los lineamientos guía del capitalismo financiero. Lo que a mí me parece sin embargo más importante es lo siguiente: el “liderazgo latente” existe pero no siempre.

El poder financiero, crea ciertamente el “mooddel mercado”, define por así decirlo la marcha normal de la fase de acumulación, la fase central de la curva de Gauss durante la cual los inversores se mueven miméticamente, gregariamente, según el principio (precisamente) de las convenciones históricamente determinadas. Pero en las fases de pánico en la cola de la curva gaussiana, cuando aparecen los cisnes negros de Taleb, el liderazgo entra precisamente en crisis, se convulsiona con lo imprevisto y lo imprevisible. Los cisnes negros no son precisamente las crisis financieras, implícitas y cíclicas en la teoría de la inestabilidad financiera de Minski. Son más bien los eventos sociales y políticos que escapan a cualquier modelización político-financiera.

Cuando se instala el pánico, también el liderazgo queda desplazado. Un aspecto que al menos para mí, no existe aun con suficiente claridad teórica, es el origen de las convenciones. Por ejemplo, yo no creo en la espontaneidad de la formación de las convenciones de los teóricos de la “finanza autoreferencial” en especial de André Orléan, que está entre los que mejor han explicado el funcionamiento de los mercados financieros. Creo que las convenciones son convenientemente determinadas, teniendo en cuenta toda una serie de factores estratégicos (además, obviamente, de las oportunidades de ganancia), entre los cuales los desequilibrios macroeconómicos y geopolíticos, las configuraciones monetarias (las diferencias, por ejemplo, entre el FED y el BCE no son bagatelas, así como el hecho de que existen países con superávit y países con déficit), etc.

Muchos analistas políticos piensan que los mercados han arruinado en los estados su capacidad de centralización y que por lo tanto la acción de los estados no es simplemente un acción soberana sino una acción soberana supradeterminada por un cúmulo de intereses financieros. La fase de refinanciamiento de los bancos por parte de los Estados que siguió al 2008 terminaría con una ulterior sujeción de los poderes soberanos a los intereses de los mercados. ¿Cómo funciona todo ello en la crisis actual?

A.F.: El hecho de que la crisis de las subprimes no haya conducido al colapso a los mercados financieros se ha debido al hecho de que se ha pasado del endeudamiento privado (causa de la crisis del 2007) al público (causa de la crisis actual), que se ha sumado a la privada. Los datos sobre la deuda pública bruta y sus componentes (en relación solo a Europa se debe actualizar) muestran que en el bienio 2008/2009 la deuda nacional bruta (pública y privada) ha aumentado en dos años desde un 382% del PBI a un 443% (+ de 8% anual) contra un aumento del 5% anual en el período 1995-2007. El endeudamiento privado ha aumentado un promedio del 8% anual mientras que el público casi un 14% anual, después de haber caído en la década precedente.

Con relación al sector privado el endeudamiento mayor está en Irlanda, Holanda, Dinamarca y Gran Bretaña. La situación del endeudamiento público es inversa: los países con menor endeudamiento privado (Italia, Grecia y Bélgica) son los que tienen mayor endeudamiento público. Puesto que el endeudamiento público es inferior, como parte del PBI, al privado es posible que Grecia, Italia y Bélgica puedan soportar mejor el riesgo de default que no lo podrían Gran Bretaña o Dinamarca (y por lo tanto resultarían más apetecibles, como gallinas capaces de poner huevos de oro, sin el riesgo de ser estranguladas). Cabe recordar también que Gran Bretaña y Dinamarca a diferencia de Grecia e Italia gozan del derecho de señorío. Un caso particular es Irlanda que tiene una elevadísima deuda privada y que ha visto casi cuadriplicada la relación deuda/PBI en el bienio 2008/2009.

Partiendo de esta situación, las políticas impuestas a nivel europeo han estado dirigidas a lograr dos objetivos: a) crear liquidez a fondo perdido para el sistema financiero donde evitar el efecto dominó de las quiebras privadas y b) una vez provista la liquidez gracias al endeudamiento público, impedir que dicho endeudamiento supere cierto umbral crítico, definido por las expectativas de la oligarquía financiera. La especulación no ha golpeado a los países con mayor riesgo de quiebra, como por ejemplo los EE.UU. (que han visto su propia relación deuda/PBI pasar del 60% en 2007 al 105% a fines del 2011, ante una elevada deuda privada y también una elevada deuda externa), Gran Bretaña y Dinamarca, aquellos que no pueden gozar del derecho de señorío y que son estratégicamente menos relevantes dentro del paradigma tecnológico y de valorización dominante en el ámbito del actual bio-capitalismo cognitivo. El panorama descrito refuerza la dependencia de los estados de la lógica financiera manejada por la oligarquía financiera. No es una novedad.

Desde 1994 las instituciones político-monetarias (Estados, Bancos centrales) han comprendido que la existencia de una convención financiera es mucho más poderosa que cualquier otra estrategia política que no sea cómplice. En esa época, 1994, fue la sublevación de Chiapas la que abrió el camino al retiro de los fondos de inversión de México (considerados no totalmente seguros) hacia los mercados financieros de Asia oriental (Tailandia, in primis). A pesar del esfuerzo conjunto de la Reserva Federal y del Banco Mundial no fue posible evitar la devaluación dl peso mexicano y la postergación de la firma del NAFTA (1º de enero de 1994). Se comprendió por primera vez que la política financiera privada es más poderosa que la política monetaria pública (aún la de EE.UU.) Desde entonces las decisiones sobre políticas monetarias dependen de la dinámica de las convenciones financieras. Se ha perdido en consecuencia la autonomía de los bancos centrales, en momentos en que dicha autonomía estaba siendo parte de la teoría del pensamiento neoliberal. Eso ha conducido a la autonomía “política” de los Bancos centrales de las naciones en declinación, reforzando de este modo la dependencia de los mercados financieros. Nace la gobernanza financiera.

Lo nuevo hoy en día es que esa gobernanza está en condiciones de elegir directamente los líderes políticos a ubicar en el gobierno. La gobernanza financiera se ha convertido en dictadura. Los expertos en ciencia política y jurídica,deberían decir tal vez algo al respecto.

CM: ¿Cómo funciona la soberanía supradeterminada? Puede decirse simplemente, con el chantaje. Es un hecho que la crisis del sistema bancario-financiero ha sido administrada por los Estados con inyecciones de enormes cantidades de liquidez y con la recuperación por parte de los bancos centrales de una buena cantidad de títulos tóxicos, que ahora tienen en su seno y que todos nosotros debemos “validar” con los impuestos fiscales sobre los réditos. Entretanto, para liberarse de las injerencias políticas, los bancos beneficiarios de la ayuda pública han devuelto gran parte del dinero recibido en el momento de la crisis. Y ahora están en posición de dictar leyes, de este modo su poder además ha aumentado, tanto que las medidas de intervención del BCE están sistemáticamente dirigidas a sostener el sistema bancario (a expensas de los países miembros de la UE) igual que la política del “quantitative easing” de la Reserva Federal y del Banco de Inglaterra.

Sin embargo, parece que estas medidas de creación de liquidez no parecen funcionar, tanto es así que se habla, con referencia a Europa especialmente, de la gran “trampa de la liquidez” a una situación en la que la inyección de liquidez no genera recuperación a causa de la desconfianza de los emprendedores y de los consumidores (y también a causa de las altas tasas de interés pretendidas por sus bancos comerciales) En suma la crisis no ha resuelto para nada los problemas que originaron la crisis. Nada se ha hecho desde el punto de vista de la re-reglamentación del sistema bancario (porque el lobby bancario mundial ha logrado volver vana toda veleidad en tal sentido), en consecuencia los desequilibrios fundamentales que desembocaron en la crisis continúan socavando impertérritos. La soberanía comisaria, por así decirlo es la expresión de una situación en la que tan enorme es el poder financiero que las medidas de reactivación de la economía resultan impotentes. En esa comisaría la apresada es la crisis.

En la última fase muchos comentaristas sostienen que algunos gobiernos, entre ellos el italiano y el español, corren el riesgo de ser golpeados en el terreno de las negociaciones sobre la deuda, mucho más eficazmente que precedentemente y por lo tanto de la introducción de una dimensión política otra que irrelevante en la gestión de la crisis.  ¿Piensan que estamos frente a una tendencia que puede incluir con éxito a los gobiernos europeos una vez eliminada Inglaterra del mazo? ¿ Logra el euro mantener unida a la Unión europea o debemos pensar en una Europa que se mantiene como un edificio gótico, remodelando un orden variado y variable?

AF:a comienzos de diciembre el CEO del Deutsche Bank, Ackermann, declaró que su institución aumentaría la adquisición de Btp italianos pasando de mil millones a 2,3 mil millones. Recuerdo que el Deutsche Bank había inducido expectativas negativas con relación a los Btp italianos a principios del 2011, vendiendo 7 de los 8 mil millones que tenía en su cartera y desencadenando la crisis italiana. La declaración de Ackerman ha sido la señal de que se podía alentar la presión especulativa sobre Italia. Esto sucedió luego de la asunción de Monti. Una situación análoga (pero de mayor envergadura) se produjo en España, en donde las elecciones políticas con la neta victoria del centro derecha (que deberá ahora demostrar que es tan confiable que no necesita ningún comisariato como sí sucedió con Berlusconi en Italia).

Por otra parte ha sido importante la decisión de Draghi de proporcionar préstamos ilimitados al sistema bancario, con el objeto de favorecer la capitalización de los bancos. Todavía no ha disminuido la inestabilidad y en cuanto se refiere a Italia, el spread es todavía alto, pero creo que por diferentes razones desde los tiempos de Berlusconi: en primer lugar porque se acercan tiempos de recesión a una velocidad mayor que la prevista no solo en Europa sino en el planeta: en segundo lugar, porque habrá que ver cuáles serán las reformas que se hagan en el mercado laboral y está planteado el negocio de la privatización de la sanidad (las pensiones ya han sido modificadas) Recuerdo (bastamente) que cuanto más libertad para los despidos, más privatización de la salud y de los servicios públicos más aumenta el papel de los mercados financieros como aseguradores sociales privados y más se amplían los mercados financieros.

Personalmente no creo – a diferencia con Christian – que el euro implosionará por dos motivos: 1) no creo que le convenga a Alemania a menos que la situación política internacional cambie repentinamente (está por verse que sucede con Irán: los EE.UU. ¿se retiran de Bagdad para estar disponibles para ir a Irán? O ¿pedirán la intervención conjunta europea, después de haberla probado en Libia, pero esta vez apoyada tal vez en el eje franco-alemán? 2)Tampoco le conviene a los grandes mercados financieros porque mientras exista un doble nivel de gobernanza – monetario y fiscal – fiesta de bodas!.

CM.: Lo que no me parece en absoluto es que Italia y España estén atravesando un período de fortalecimiento del poder de negociación de la deuda. De modo que el patético eje Monti-Sarkozy me parece fatigoso. La situación de la deuda está empeorando y la reivindicación de los eurobonos o de la Tasa Tobin no tienen ninguna chance de éxito. Estoy convencido de que será precisamente Italia ( y España) la que hará saltar a Eurolandia como resultado final del “sindrome griego” o sea de la espiral recesión-aumento de la deuda – recorte de los gastos públicos-recesión-nueva austeridad. Ya hemos entrado en la recesión y estamos cerca de la depresión. 

Los EE.UU. no han querido jamás a la Europa política y mucho menos al euro. A veces me pasa por la mente que un viejo reflejo unilateralista haya actuado en el interior de los llamados mercados financieros en el ataque al euro. ¿Es imaginable, mutatis mutandi, un revival imperialista, organizado alrededor de la defensa de la hegemonía del dólar en el desorden global? 

AF: no, no creo. Los únicos que tendrían interés en la implosión del euro serían los EE.UU. para sancionar no solo en forma política, sino también económico-financiera la relación bilateral con China: una especie de “imperio” bipolar. Pero los EE.UU. no disponen de la fuerza militar ni de la fuerza política, ni de fuerza económica para sostener políticas imperialistas. También ellos son súcubos de la gobernanza financiera global. Los fondos chinos aumentaron en los últimos meses como proporción de los intercambios totales. Habrá que monitorear las elecciones financieras chinas. Hasta ahora los fondos financieros chinos están manejados por las 10 hermanas del mercado financiero, pero ¿hasta cuándo? He leído en el FT de hace unos días que la China está por legalizar la venta de títulos financieros en descubierto autorizando la especulación puramente financiera

¿Con qué provecho? ¿Para comenzar a participar del Gotha de los mercados financieros y para tratar de controlarlo? Si así fuere el liderazgo del dólar corre serios riesgos…

CM.:no excluyo, sino al contrario, que en la fase inicial de la crisis del euro no haya estado la patita de los EE.UU. a través de los grandes bancos de inversión y de los hedge funds. Demoler el euro era funcional en efecto al objetivo de poner en la sombra el problema usamericano del enorme déficit-deuda pública, como también el comercial. Por lo tanto demoler el euro significaba eliminar un potencial competidor y favorecer la continuidad del flujo de capitales para permitir la financiación de la deuda estadounidense a tasas muy bajas. La estrategia obtuvo un éxito superior a las expectativas y ahora los EE.UU. están preocupados por las consecuencias económicas y financieras de la crisis de Eurolandia, que podrían provocar una fuerte desestabilización del sistema bancario estadounidense y también por las consecuencias políticas, porque la grieta en el euro podría volver a Alemania y a parte de Europa independiente de los EE.UU. fortaleciendo el eje estratégico con Rusia y China. Un revival imperialista alrededor de la hegemonía del dólar no parece posible, aunque de todos modos el dólar se está fortaleciendo como consecuencia de la crisis de Eurolandia (fuga de capitales del Euro, justo hacia el dólar).

Puesta en evidencia la hegemonía del capital financiero como forma de producción en la actual crisis financiera ¿juega de algún modo (y cómo) la relación entre finanzas y producción industrial, con referencia, por ejemplo a Alemania y a China?

AF:Esta pregunta requeriría tiempo…. La relación entre finanzas y producción real no está referida a la producción industrial sino más bien a la producción inmaterial. El punto nodal luego del desplome de Breton Woods está en la definición de la unidad de medida del valor de la producción inmaterial, es decir del intelecto en general. Por el momento eso es inestable, definido por la valorización financiera, pero esa medida es precisamente – estructuralmente- muy inestable para poder ser considerada “fija”. Aquí entran en juego las excedencias de las multitudes de vida y de trabajo. Como los zapatistas en 1994 pusieron en crisis al NAFTA, así hoy potencialmente – los movimientos desde la primavera árabe hasta los “ocupa xxx” pueden incidir en la definición de esa medida, que no es otra cosa que la medida de la vida puesta en valor, lo inconmensurable que trata de convertirse en “mensurable”.

CM: si Alemania no se somete al diktat de las finanzas internacionales es debido y especialmente a que el poder industrial no ha sido aún sofocado por las finanzas. En Alemania es la industria la que manda- en China pasa lo mismo al menos por ahora: China ha tenido la inteligencia de autoexcluirse de las finanzas globales. Ciertamente no hay libertad para el movimiento de capitales, un extranjero no puede invertir en la bolsa de Shanghai, ni tampoco un chino puede invertir en las plazas europeas o usamericanas. De modo que las relaciones de China con el resto del mundo son económicas, comerciales y políticas, mientras que las financieras son manejadas directamente por el gobierno de Pekin. El paradigma del libre mercado (financiero) no ha llegado aún allí.

Carlo Vercellone: Sus preguntas tocan algunos puntos cruciales. La primera y la última , configuran particularmente un verdadero programa de investigación que requeriría al menos un seminario ad hoc. Tratar de darle por escrito una respuesta un poco estructurada requeriría un poco más de tiempo para reflexionar y para reunir material empírico. Por lo tanto me limitaré por el momento a tratar de proporcionarle en crudo y de manera muy sintética algunas pistas para reflexionar partiendo, de la cuestión relativa a la organización de los mercados como hilo conductor.

El término mercados financieros, que parece referirse a una lógica anónima conformada por una miríada de sujetos sin coordinación entre sí, es a mi parecer equivocado o al menos fuertemente inexacto. La organización de los llamados mercados financieros, uno de cuyos componentes centrales son las grandes multinacionales que operan en la esfera de la producción (frente a toda presunta dicotomía entre esfera financiera y esfera productiva) se halla en efecto fuertemente concentrada en lo referente a las estructuras propietarias, que sobre todo lo son las estructuras de control. Sobre este tema, un reciente e innovador artículo de tres investigadores (Vitali, Glatfelder y Battiston) del Instituto federal de Tecnología de Zurich “Le réseau de contrôle global des grandes entreprises” (The Network of Global Corporate control”) ha permitido poner en evidencia la extrema centralización del poder del capital a escala global. Según esta investigación “las multinacionales (transnational corporations o TNCs) forman una estructura de nudo mariposa gigante y gran parte del control se halla derivado hacia un tejido núcleo cerrado de instituciones financieras. Ese núcleo o corazón puede ser considerado como una “super-entidad-económica” cuya existencia genera nuevas e importantes preguntas tanto para los investigadores como para los órganos que elaboran políticas (policy makers)”.

Más específicamente, sobre una base de alrededor de 43.060 empresas multinacionales (IM) se estima que 147 IM poseen a través de un complejo nodo de relaciones propietarias, el 40% del valor económico y financiero delas mencionadas 43.060 IM. Se comprueba además que en el interior de este conglomerado de 147 IM se puede identificar el eje central del capitalismo global conformado por 50 super entidades esencialmente (alrededor del 64%) por grandes instituciones financieras usamericanas y británicas. Es de destacar la escasa representación de los grandes grupos de la zona euro (cerca del 20%) aunque Francia con la AXA (se encuentra en 4ª posición entre las 50 top) y Alemania Con el Deutsche Bank (en décimo segunda posición) se encuentran por así decirlo en el corazón del corazón. Otro aspecto importante. de este grupo de los 50 top solo forma parte por el momento una sola gran IM china del sector de la petroquímica (ubicada en la última posición) , aunque este dato subvalua ciertamente la forma como China, como sabemos, está construyendo su propio poder financiero a través de diferentes vías políticas que las de la pura y simple integración al capital global. Comprobamos que otros datos confirman esta extrema concentración del poder económico y financiero del capital, como por ejemplo el hecho que dos tercios de los famosos CDS están en mano de menos de diez actores.

Teniendo en cuenta esto datos, es posible tratar de desarrollar alguna rápida hipótesis en respuesta a sus preguntas. 1) El poder del capital está al mismo tiempo centralizado y articulado a una escala global que se apoya en una red financiera estrechamente interconectada. En este contexto una restringida cantidad de grandes grupos financieros y de IM toma las principales decisiones relacionadas con la especulación sobre las deudas soberanas, sobre las materias primas, la vivienda, la reestructuración y la localización de las grandes empresas productivas, la orientación de las políticas económicas. Se podría hablar de una organización de tipo oligopólico (pero siempre solidario y siempre dispuesta a constituirse en capital colectivo en los momentos clave) del que parten los impulsos estratégicos iniciales, que encuentra su relevo en la lógica mimética de los mercados e inmediatamente convalidado (en la mayoría de los casos) por los otros operadores financieros dando lugar a un proceso de autovalidación de las “anticipaciones”. En este sentido me parece posible conciliar y articular la hipótesis de un liderazgo latente con la clásica descripción de la impronta keynesiana de la “sicología de los mercados” fundada en comportamientos miméticos. 2) Esta extremada interconexión vuelve aún fuertemente sensible y vulnerable al riesgo sistémico y a la lógica del endeudamiento del que se nutre la acumulación del capital, al corazón mismo del capital financiero. 3) Los estados aparecen cada vez más como simples relevos de los intereses del capital financiero globalizado. Todavía según mi opinión, esta subordinación depende no solo de los factores económicos objetivos sino de la mutación antropológica de la clase política y tecnocrática que conduce los estados y de las principales instituciones de política económica y monetaria que los ha convertido en verdaderos y propios funcionarios de la renta del capital. Esta situación es tanto más cierta en Europa en donde por razones históricas que se remontan en gran parte a la específica dinámica de la lucha de clases que la atravesó durante la crisis del fordismo, se ha asistido a una verdadera y propia constitunacionalización del poder de la renta particularmente encarnada en el estatudo de la llamada independencia del BCE. 4) El resultado es que en la zona euro los estados se encuentran privados de la existencia de un prestatario de última instancia y dependen de los mercados para su financiamiento.

De este modo ha podido instalarse el gobierno de la renta a través de la deuda soberana, un gobierno ya explícito que dicta las políticas económicas de austeridad y de expropiación de las instituciones del Welfare. Todavía y aún en este caso ( como en el de la crisis de las subprime), la deuda de instrumento esencial de la acumulación de capital corre el riesgo de transformarse en su límite principal. Un problema central desde este punto de vista es que en razón de la misma ausencia de este papel clásico de garante del banco central los títulos de la deuda pública pierden su carácter de seguros refugios y se convierten en cierto sentido en títulos como los demás, cuyo “valor de mercado” se desvaloriza según los balances de los bancos y de las instituciones financieras.

La lógica predatoria y especulativa del capital financiero globalizado y el pánico de los mercados se pueden reforzar mutuamente en una situación que yo creo sin salida, salvo que se produzca una inversión radical de sentido en la política del BCE. Algo que me parece altamente improbable, como lo muestran las últimas medidas del BCE, que una vez más ha inundado de liquidez sin contrapartida al sistema bancario, rechazando al mismo tiempo monetizar en el mercado primario las necesidades financieras de los estados. En este escenario, la recesión que inevitablemente provocarán las políticas de austeridad, reabriendo la espiral del déficit y agravando la relación deuda/PBI, darán razón a las efímeras ilusiones suscitadas por el gobierno de Monti, así como también las del español.

Fuente:  http://uninomade.org/cinque-domande-sulla-crisi/

Rebelion.org

P. Krugman: La Depresión Menor (o los riesgos inminentes de la austeridad neoliberal)…

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Paul Krugman · · · · ·
24/07/11
 

 

Esta es una época interesante, y lo digo en el peor sentido de la palabra. Ahora mismo, estamos viendo no una sino dos crisis inminentes, cada una de las cuales podría provocar un desastre mundial. En Estados Unidos, los fanáticos de derechas del Congreso pueden bloquear un necesario aumento del tope de la deuda, lo que posiblemente haría estragos en los mercados financieros mundiales. Mientras tanto, si el plan que acaban de pactar los jefes de Estado europeos no logra calmar los mercados, podríamos ver un efecto dominó por todo el sur de Europa, lo cual también haría estragos en los mercados financieros mundiales.

Solamente podemos esperar que los políticos congregados en Washington y Bruselas consigan esquivar estas amenazas. Pero hay una pega: aun cuando nos las arreglemos para evitar una catástrofe inmediata, los acuerdos que se están alcanzando a ambos lados del Atlántico van a empeorar la crisis económica casi con toda seguridad.

De hecho, los responsables políticos parecen decididos a perpetuar lo que he dado en llamar la Depresión Menor, el prolongado periodo de paro elevado que empezó con la Gran Recesión de 2007-2009 y que continúa hasta el día de hoy, más de dos años después de que la recesión supuestamente terminase.

Hablemos un momento sobre por qué nuestras economías están (todavía) tan deprimidas. La gran burbuja inmobiliaria de la década pasada, que fue un fenómeno tanto estadounidense como europeo, estuvo acompañada por un enorme aumento de la deuda familiar. Cuando la burbuja estalló, la construcción de viviendas cayó en picado, al igual que el gasto de los consumidores a medida que las familias cargadas de deudas hacían recortes.

Aun así, todo podría haber ido bien si otros importantes actores económicos hubiesen incrementado su gasto y llenado el hueco dejado por el desplome de la vivienda y el retroceso del consumo. Pero ninguno lo hizo. En concreto, las empresas que disponen de capital no ven motivos para invertir ese capital en un momento en el que la demanda de los consumidores es débil.

Los Gobiernos tampoco hicieron demasiado por ayudar. Algunos de ellos -los de los países más débiles de Europa y los Gobiernos estatales y locales de EE UU- se vieron de hecho obligados a recortar drásticamente el gasto ante la caída de los ingresos. Y los comedidos esfuerzos de los Gobiernos más fuertes -incluido, sí, el plan de estímulo de Obama- apenas bastaron, en el mejor de los casos, para compensar esta austeridad forzosa.

Así que tenemos unas economías deprimidas. ¿Qué proponen hacer al respecto los responsables políticos? Menos que nada. La desaparición del paro de la retórica política de la élite y su sustitución por el pánico al déficit han sido verdaderamente llamativas. No es una respuesta a la opinión pública. En un sondeo reciente de CBS News/The New York Times, el 53% de los ciudadanos mencionaba la economía y el empleo como los problemas más importantes a los que nos enfrentamos, mientras que solo el 7% mencionaba el déficit. Tampoco es una respuesta a la presión del mercado. Los tipos de interés de la deuda de EE UU siguen cerca de sus mínimos históricos.

Pero las conversaciones en Washington y Bruselas solo tratan sobre recortes del gasto (y puede que subidas de impuestos, es decir, revisiones). Esto es claramente cierto en el caso de las diversas propuestas que se están tanteando para resolver la crisis del tope de la deuda en Estados Unidos. Pero es igual de cierto en Europa.

El jueves, los “jefes de Estado y de Gobierno de la zona euro y las instituciones de la UE” -este trabalenguas da idea, por sí solo, de lo confuso que se ha vuelto el sistema de gobierno europeo- publicaban su gran declaración. No era tranquilizadora.

Para empezar, resulta difícil creer que la compleja y estrambótica ingeniería financiera que la declaración propone pueda resolver realmente la crisis griega, por no hablar de la crisis europea en general.

Pero, aunque así fuera, ¿qué pasará después? La declaración pide unas drásticas reducciones del déficit “en todos los países salvo en aquellos con un programa” que debe entrar en vigor “antes de 2013 como muy tarde”. Dado que esos países “con un programa” se ven obligados a observar una estricta austeridad fiscal, esto equivale a un plan para que toda Europa reduzca drásticamente el gasto al mismo tiempo. Y no hay nada en los datos europeos que indique que el sector privado vaya a estar dispuesto a cargar con el muerto en menos de dos años.

Para aquellos que conocen la historia de la década de 1930, esto resulta demasiado familiar. Si alguna de las actuales negociaciones sobre la deuda fracasa, podríamos estar a punto de revivir 1931, el hundimiento bancario mundial que hizo grande la Gran Depresión. Pero si las negociaciones tienen éxito, estaremos listos para repetir el gran error de 1937: la vuelta prematura a la contracción fiscal que dio al traste con la recuperación económica y garantizó que la depresión se prolongase hasta que la II Guerra Mundial finalmente proporcionó el impulso que la economía necesitaba.

¿He mencionado que el Banco Central Europeo -aunque, afortunadamente, no la Reserva Federal- parece decidido a empeorar aún más las cosas subiendo los tipos de interés?

Hay una antigua cita, atribuida a distintas personas, que siempre me viene a la mente cuando observo la política pública: “No sabes, hijo mío, con qué poca sabiduría se gobierna el mundo”. Ahora esa falta de sabiduría se pone plenamente de manifiesto, cuando las élites políticas de ambos lados del Atlántico malogran la respuesta al trauma económico haciendo caso omiso de las lecciones de la historia. Y la Depresión Menor continúa.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008.
El País, 23 julio 2011

P. Krugman: el gobierno de los rentistas y las políticas de austeridad…

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PAUL KRUGMAN 19/06/2011

 

Los últimos datos económicos han acabado con cualquier esperanza de que termine pronto la sequía laboral de EE UU, que ya se ha prolongado tanto que el parado estadounidense medio lleva sin trabajar casi cuarenta semanas. Sin embargo, no hay voluntad política de hacer nada respecto a la situación. Lejos de estar dispuestos a gastar más en la creación de empleo, ambos partidos coinciden en que es hora de recortar drásticamente el gasto -destruyendo empleos de paso- y la única diferencia que hay entre ambos es en cuanto a la magnitud.

Tampoco la Reserva Federal acude al rescate. El martes, Ben Bernanke, el presidente de la Reserva, admitía lo sombrío del panorama económico, pero indicaba que no hará nada al respecto.

Y el alivio de la carga de la deuda de los propietarios de viviendas -que podría haber hecho mucho por fomentar la recuperación económica general- simplemente ha desaparecido del programa. El actual plan de alivio hipotecario ha sido un desastre y solo ha gastado una ínfima parte de los fondos asignados, pero no parece haber interés por renovarlo y reanudar el esfuerzo.

La situación es similar en Europa, pero podría decirse que aún peor. En concreto, la retórica del Banco Central Europeo, que defiende la moneda fuerte y se opone al alivio de la carga de la deuda, hace que Bernanke parezca en comparación William Jennings Bryan [secretario de Estado de EE UU de 1913 a 1916 y miembro del ala izquierdista del Partido Demórata].

¿Qué se oculta tras esta parálisis política transatlántica? Estoy cada vez más convencido de que es una respuesta a la presión de los grupos de interés. Conscientemente o no, los responsables políticos están casi exclusivamente al servicio de los intereses de los rentistas, esos que obtienen enormes ingresos de sus activos, que prestaron grandes sumas de dinero en el pasado, a menudo imprudentemente, pero que ahora están siendo protegidos de las pérdidas a costa de todos los demás.

Por supuesto, no es así como eso que yo llamo el Comité del Dolor expone sus argumentos. En lugar de eso, el razonamiento en contra de ayudar a los parados se enfoca en función de los riesgos económicos: si hacen algo por crear puestos de trabajo, los tipos de interés se dispararán, habrá un estallido de inflación descontrolada, y así sucesivamente. Pero estos riesgos siguen sin materializarse. Los tipos de interés siguen cerca de sus mínimos históricos, mientras que la inflación al margen del precio del petróleo -que viene determinado por los mercados y acontecimientos mundiales, no por la política estadounidense- sigue siendo baja.

Y frente a estos riesgos hipotéticos, uno debe poner la realidad de una economía que sigue profundamente deprimida, con un coste enorme tanto para los trabajadores de hoy como para el futuro de nuestro país. Después de todo, ¿cómo podemos esperar prosperar dentro de dos décadas cuando, en la práctica, a millones de jóvenes licenciados se les está negando la oportunidad de iniciar sus carreras profesionales?

Pidan una teoría coherente que respalde el abandono de los parados, y no recibirán ninguna respuesta. En lugar de eso, los miembros del Comité del Dolor parecen ir elaborándola sobre la marcha, inventando razones siempre diferentes para sus recetas políticas, que son siempre las mismas.

Pero mientras que los motivos aparentes para infligir dolor siguen cambiando, todas las recetas políticas del Comité del Dolor tienen una cosa en común: protegen los intereses de los acreedores, cueste lo que cueste. El gasto deficitario podría dar trabajo a los desempleados, pero podría perjudicar los intereses de los titulares de bonos. Unas medidas más agresivas por parte de la Reserva Federal podrían contribuir a sacarnos de esta depresión -de hecho, hasta los economistas republicanos han sostenido que un poco de inflación podría ser exactamente lo que ha prescrito el médico-, pero es la deflación, no la inflación, la que viene bien a los intereses de los acreedores. Y, cómo no, hay una oposición feroz a todo lo que huela a alivio de la carga de la deuda.

¿Quiénes son estos acreedores de los que hablo? No son los propietarios ni los empleados de las pequeñas empresas que ahorran y trabajan duro, aunque a los mandamases les interese fingir que la cuestión es proteger a la gente de a pie que respeta las normas. La realidad es que tanto a las pequeñas empresas como a los trabajadores les hace mucho más daño una economía débil que, por ejemplo, una inflación moderada que ayude a impulsar la recuperación.

No, los únicos beneficiarios reales de las políticas del Comité del Dolor (aparte del Gobierno chino) son los rentistas: banqueros e individuos adinerados con montones de bonos en sus carteras de inversiones.

Y eso explica por qué los intereses de los acreedores ocupan un lugar tan importante en la política; no es solo la clase social que hace grandes contribuciones a las campañas, sino también la clase que tiene acceso personal a los responsables políticos (muchos de los cuales pasan a trabajar para estas personas cuando salen del Gobierno por la puerta giratoria). El proceso de influencia no conlleva necesariamente una corrupción flagrante (aunque esta también se da). Todo lo que se necesita es la tendencia a dar por hecho que lo que es bueno para las personas con las que uno se relaciona, esas personas que causan tanta impresión en las reuniones -¡eh!, son ricas, son elegantes y tienen grandes sastres- tiene que ser bueno para la economía en su conjunto.

Pero la realidad es justo la contraria: las políticas beneficiosas para los acreedores están paralizando la economía. Este es un juego con un resultado final negativo, en el que el intento de proteger a los rentistas de cualquier posible pérdida está causando pérdidas mucho mayores a todos los demás. Y la única forma de conseguir una recuperación real es dejar de jugar a ese juego.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008. © 2011. New York Times Service. Traducción de News Clips.

América Latina: auge de economías exportadoras con bajo valor agregado…

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Peligro de ‘exitomanía’

JAVIER SANTISO 24/04/2011

América Latina tiene el viento en popa. Las economías crecen y la inflación dejó de ser un dolor de cabeza. Las décadas de la fracasomanía parecen haberse quedado definitivamente atrás. Sin embargo, planea el riesgo de padecer un síndrome inverso, de sucumbir a cierta exitomanía que invitaría a dejarse llevar por la ola que se levantó la década pasada. De ello son conscientes muchos dirigentes que ven cómo se aprecian sus tipos de cambio, presionados por la avalancha de capital de corto plazo que fluye hacia la región. Las bonanzas de materias primas pueden conllevar encerrar los países en callejones sin salida, de bajo valor añadido y poco empleo cualificado.

El riesgo de quedarse atrapado en este círculo no es menor para la región. Se calcula que, solo para el sector de materias primas, entre 2010 y 2015 llegarán a la región inversiones por más de 150.000 millones de dólares. Las exportaciones de materias primas ya dominan ampliamente en Ecuador (78%), Perú (75%), Chile (60%) o Argentina (55%), sin hablar de Venezuela, donde lo representan todo. Desde este punto de vista, México sigue siendo una excepción con exportaciones de materias primas abarcando apenas 21% del total. En algunos (pocos) casos ha conseguido subir la cadena de valor, añadiendo valor agregado a los productos básicos. La alta gastronomía peruana o las tecnologías empleadas por la parapetrolera argentina Tenaris son claros ejemplos de ello.

Un instrumento clave para innovar -así lo fue para Israel, un país que hoy día ostenta el mayor número de empresas cotizadas en el NASDAQ después de EE UU- es el capital semilla (venture capital) y el private equity. En esa línea, Chile lanzó un ambicioso programa (Start Up Chile) para estimular el despliegue de empresas innovadoras. Otros, como Brasil, buscan estimular proveedores locales tirando de sus campeones nacionales, como Petrobras o Vale, para impulsarlos, emulando aquí la estrategia de Noruega en el pasado. Este caso es, de hecho, llamativo. El país escandinavo ha conseguido producir una diversificación muy amplia a partir del mismo sector petrolero. Dispone hoy de más de 200 empresas punteras en sectores tecnológicos vinculados a la sísmica, la logística o los servicios energéticos.

En el ámbito económico, lo que importa es al final la capacidad de los Estados y de las empresas para dar saltos productivos, es decir, emprender una diversificación más allá de las materias primas. Este tipo de salto lo dio también Finlandia, un país rico en madera, que ha conseguido hacer emerger un gigante tecnológico como Nokia. No hay razón por la cual países de América Latina no puedan dar estos saltos.

Brasil lo muestra: su industria agraria se está transformando en una de las más productivas e innovadoras del mundo; de la mano de Petrobras, emulando a la noruega Statoil, está provocando que suministradores tecnológicos se vuelvan más competitivos; a partir de la caña de azúcar, Cosan y otros, están desarrollando bioetanol, otra manera de darle valor añadido a un producto base como la caña de azúcar.

La comparación de Venezuela y Noruega también es ilustrativa: hace más de medio siglo, ambos países ostentaban niveles de desarrollo comparables; hoy día, Noruega y Venezuela, ambos países petroleros, presentan sendas de desarrollo drásticamente opuestas. Uno no ha dejado de enriquecerse y otro de empobrecerse. Mientras Noruega consigue exportar siete veces más petróleo por habitante que Venezuela, el crudo apenas representa el 35% del total de sus exportaciones y supera el 90% en el caso de Venezuela. Noruega ha conseguido dar saltos productivos, diversificar sus capacidades y empresas, construir gigantes mundiales de la industria de tankers, explosivos, o sísmica. Sus riquezas le han permitido emprender una carrera hacia la innovación y diversificación. Aquí el oro negro no ha sido una maldición, al contrario.

El reto en todo caso no es menor para la región. Es llamativo, por ejemplo, que, a pesar de ser el primer productor y exportador de cobre del mundo, Chile, uno de los países punteros de la región, no tiene ninguna multinacional de escala global como proveedor de vehículos, excavadoras o explosivos para este sector. Todas son extranjeras: Caterpillar y Joy Global cotizan en Nueva York; Komatsu, en Tokio; Atlas Copco y Sandvik, en Estocolmo; Boart Longyear, Leighton y Orica son australianas; Weir, escocesa; Hatch, canadiense. Todas ellas generan empleo a gran escala y de fuerte valor añadido. La chilena Coldelco, primera productora de cobre del mundo, emplea menos de 20.000 personas, es decir, mucho menos que las multinacionales suecas, proveedoras del sector minero, Sandvik (44.000 empleados) y Atlas Copco (30.000). Sus ingresos son siete veces inferiores a los de Caterpillar, que emplea cinco veces más personas que la minera chilena.

Se abre una década única para América Latina. Con toda probabilidad, las riquezas que poseen los países de la región seguirán siendo altamente demandadas, en particular por China e India. Estos países seguirán creciendo a ritmos elevados, pero tarde o temprano este filón de crecimiento exógeno se agotará. Dicho de otra manera: tiene una ventana de oportunidad temporal única para dotarse de un tejido industrial más potente, aumentar la productividad y subir la cadena de valor. De lograrlo, esta década será sin duda una década latinoamericana.

Javier Santiso es profesor de economía de ESADE Business School, El País.com

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Escrito por Eduardo Aquevedo

24 abril, 2011 a 14:23

P. Krugman: materias primas en alza por especulación, riesgo de inflación o aumento de la demanda?

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El mundo finito

PAUL KRUGMAN 09/01/2011

El barril de petróleo vuelve a estar por encima de los 90 dólares. El cobre y el algodón han alcanzado máximos históricos y, en general, los precios de las materias primas mundiales han aumentado un 25% en los últimos seis meses.

Entonces, ¿qué significa este repentino aumento? ¿Se ha desbocado la especulación? ¿Es consecuencia de la creación excesiva de dinero o es el anuncio de una inflación desenfrenada a la vuelta de la esquina? No y no.

Lo que nos están diciendo los mercados de materias primas es que vivimos en un mundo finito, en el que el rápido crecimiento de las economías emergentes está ejerciendo presión sobre las limitadas reservas de materias primas, lo que hace aumentar sus precios. Y EE UU, en buena medida, no es más que un espectador en esta historia.

Algunos antecedentes: la última vez que los precios del petróleo y de otras materias primas estuvieron tan altos, hace dos años y medio, muchos analistas atribuyeron el repunte de los precios a una anomalía causada por los especuladores. Y la caída en picado de los precios de las materias primas en la segunda mitad de 2008 pareció darles la razón.

Pero ese desplome de los precios coincidió con una grave recesión mundial que condujo a un drástico descenso de la demanda de materias primas. La prueba más importante llegaría cuando se recuperara la economía mundial. ¿Volverían las materias primas a ser caras otra vez?

Bien, en EE UU sigue pareciendo que estamos en una recesión. Pero, gracias al crecimiento en los países en desarrollo, la producción industrial mundial ha superado recientemente su pico anterior y, en efecto, los precios de las materias primas están aumentando nuevamente. Esto no significa necesariamente que la especulación no haya desempeñado algún papel en 2007 y 2008. Tampoco deberíamos descartar la idea de que la especulación esté desempeñando algún papel en los precios actuales; por ejemplo, ¿quién es el misterioso inversor que ha comprado la mayor parte de las reservas de cobre mundiales? Pero el hecho de que la recuperación económica mundial también haya provocado la recuperación de los precios de las materias primas indica claramente que las recientes fluctuaciones de los precios reflejan principalmente unos factores fundamentales.

¿Qué pasaría si los precios de las materias primas fueran un presagio de la inflación? Muchos analistas de la derecha han estado vaticinando durante años que la Reserva Federal, al imprimir una gran cantidad de dinero -realmente no está haciendo eso, pero se le acusa de hacerlo-, nos está llevando a una grave inflación. La estanflación se aproxima, declaraba el congresista Paul Ryan en febrero de 2009; Glenn Beck lleva avisando de una hiperinflación inminente desde 2008.

Sin embrago, la inflación se ha mantenido baja. ¿Qué puede hacer alguien a quien le preocupa la inflación? Una de las respuestas ha sido la proliferación de teorías de la conspiración y de afirmaciones de que el Gobierno está ocultando la verdad sobre el aumento de los precios. Pero últimamente muchas personas de la derecha han visto en el aumento de los precios de las materias primas la prueba de que siempre tuvieron razón y una señal de que una elevada inflación generalizada se encuentra a la vuelta de la esquina.

Uno tiene que preguntarse qué pensaba esa gente hace dos años, cuando los precios de las materias primas estaban desplomándose. Si el aumento del precio de las materias primas de los últimos seis meses anuncia una inflación desbocada, ¿por qué el descenso del 50% en la segunda mitad de 2008 no anunció una deflación desbocada?

Sin embargo, contradicciones aparte, el problema más importante de aquellos que culpan a la Reserva Federal del aumento de los precios de las materias primas es que están sufriendo delirios de grandeza económica estadounidense, ya que los precios de las materias primas se establecen a escala mundial y lo que haga EE UU no es un factor importante.

Concretamente, hoy día, como en 2007 y 2008, la principal fuerza impulsora que se halla detrás del aumento de los precios de las materias primas no es la demanda de EE UU, sino la demanda de China y de otras economías incipientes. A medida que un mayor número de personas de los países que antes eran pobres van incorporándose a la clase media mundial, están empezando a conducir coches y a comer carne, ejerciendo una creciente presión sobre las reservas mundiales de petróleo y de alimentos.

Y esas reservas no están siguiendo el ritmo. La producción de petróleo convencional lleva cuatro años sin cambios; en ese sentido, por lo menos, el petróleo ha tocado techo. Cierto es que las fuentes alternativas, como el petróleo de las arenas bituminosas de Canadá, han seguido creciendo. Pero el coste de estas fuentes alternativas es relativamente elevado, tanto desde el punto de vista monetario como desde el ecológico.

Asimismo, a lo largo del pasado año, el clima severo -especialmente el fuerte calor y la fuerte sequía en algunas regiones agrícolas importantes- desempeñó un papel importante en el aumento del precio de los alimentos. Y, sí, todo lleva a pensar que el cambio climático está haciendo que esos acontecimientos climáticos sean más habituales.

Por tanto, ¿cuáles son las consecuencias del reciente aumento de los precios de las materias primas? Es, como he dicho, una señal de que vivimos en un mundo finito, un mundo en el que las limitaciones de los recursos son cada vez más constrictivas. Esto no supondrá el final del crecimiento económico, y mucho menos un descenso hacia un hundimiento al estilo Mad Max. Exigirá que cambiemos gradualmente la forma en que vivimos, adaptando nuestra economía y nuestro estilo de vida a la realidad de unos recursos más caros.

Pero eso es para el futuro. En estos momentos, el incremento de los precios de las materias primas es básicamente consecuencia de la recuperación mundial. No guarda ninguna relación, se mire como se mire, con la política monetaria estadounidense, ya que esta es una historia mundial; en un nivel fundamental, no se trata de nosotros. -

Paul Krugman es profesor de la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © New York Times News Service. Traducción de News Clips.

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Escrito por Eduardo Aquevedo

14 enero, 2011 a 16:12

I. Wallerstein: ¿El fin de la recesión? ¿Quién engaña a quién?

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Immanuel Wallerstein, La Jornada.mx
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Los medios nos dicen que la crisis económica ya pasó, y que la economía-mundo está de regreso a su modo normal de crecimiento y ganancia. El 30 de diciembre, Le Monde resumió este sentir en uno de sus acostumbrados y brillantes titulares: Estados Unidos quiere creer en una recuperación económica. Exacto, ellos quieren creer, y no es solamente gente en Estados Unidos. ¿Pero es esto así?

Primero que nada, como lo he estado diciendo en repetidas ocasiones, no estamos en una recesión sino en una depresión. La mayoría de los economistas tienden a tener definiciones formales de estos términos, basados primordialmente en el aumento de los precios en los mercados bursátiles. Utilizan estos criterios para demostrar el crecimiento y la ganancia. Y los políticos en el poder se ponen felices de explotar este sinsentido. Pero ni el crecimiento ni la ganancia son las medidas apropiadas.

Siempre hay algunas personas que obtienen ganancias, aun en el peor de los tiempos. La cuestión es cuántas personas, cuáles personas. En los tiempos buenos, la mayoría de la gente disfruta de mejoras en su situación material, aun cuando haya diferencias considerables entre quienes están en la cima y los que están en la base de la escalera económica. Una marea creciente levanta todos los barcos, como dice el refrán, o por lo menos la mayoría de los barcos. Pero cuando la economía-mundo se estanca, como lo ha sido la economía-mundo desde la década de 1970, varias cosas ocurren. La cantidad de gente que está empleada con ganancia y que por tanto recibe un ingreso mínimamente adecuado, baja de modo considerable. Y debido a esto, los países intentan exportarle su desempleo unos a otros. Además, los políticos intentan privar de ingreso a los ancianos retirados y a los jóvenes que aún no están en edad de trabajar, con tal de apaciguar a sus votantes, que caen en las categorías comunes con edad de trabajar.

Si valoramos la situación país por país, es por eso que hay siempre algunos de éstos donde la situación se mira mejor que en la mayoría de los otros. Pero cuáles países parecen estar en mejor situación es algo que varía con alguna rapidez, como ha estado ocurriendo durante los últimos 40 años. Es más, mientras continúa el estancamiento, el cuadro negativo crece y se agranda, razón por la cual los medios comienzan a hablar de crisis y los políticos a buscar remedios prontos. Hacen llamados a la austeridad, lo que significa recortar todavía más las pensiones, la educación y la atención a la niñez. Deflactan sus divisas, si eso les es posible, con el fin de reducir momentáneamente sus tasas de desempleo a expensas de las tasas de desempleo de otro país.

Veamos el problema de las pensiones gubernamentales. En 2009, un pequeño poblado en Alabama agotó su fondo de pensión. Se declaró en bancarrota y dejó de pagar sus pensiones, con lo que violó la ley estatal que le requería hacerlo. Como apuntó el New York Times, no son sólo los pensionistas los que sufren cuando un fondo de pensiones se seca. Si una ciudad intenta obedecer la ley y pagarle a un pensionista con dinero de su presupuesto anual de operación, probablemente tendrá que adoptar vastos incrementos en sus impuestos, o realizar enormes recortes en los servicios, para juntar el dinero. Los actuales trabajadores urbanos pueden terminar pagando un plan de pensiones que no estará ahí para su propio retiro.

Pero éste es un problema que se avizora en cada uno de los estados de Estados Unidos que, por ley, deben contar con presupuestos balanceados, lo que significa que no pueden recurrir a préstamos para cumplir con sus actuales necesidades presupuestarias. Y hay un problema paralelo en toda nación que se encuentre en la zona del euro que no puede deflactar sus divisas con el fin de cumplir con sus necesidades presupuestarias, lo que ha significado que su capacidad de obtener préstamos conduzca a costos insostenibles y exorbitantes.

Pero qué hay, pueden ustedes preguntar, de aquellos países donde se dice que la economía florece, como Alemania, y más en lo particular dentro de Alemania, en Bavaria –llamado por algunos el planeta de los felices. ¿Por qué ocurre entonces que los habitantes de Bavaria sientan un malestar y parezcan avasallados e inseguros de su salud económica? El New York Times anota que (en Bavaria) está muy extendida la visión de que la buena fortuna de Alemania… llegó a expensas de los trabajadores, que en los últimos 10 años han sacrificado salarios y beneficios para hacer a sus empleadores más competitivos… De hecho, parte de la prosperidad proviene de que la gente no obtenga la seguridad social que debería tener.

Bueno, entonces, por lo menos está el buen ejemplo de las economías emergentes que han mostrado un crecimiento sostenido durante los últimos cuantos años, especialmente en los llamados países BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Miremos de nuevo. El gobierno chino está muy preocupado por las sueltas prácticas de otorgamiento de préstamos de los bancos chinos, que parecen ser una burbuja, y que conducen a la amenaza de una inflación. Un resultado es el marcado incremento en los despidos, en un país donde la red de seguridad de los desempleados parece haber desaparecido. Entre tanto, la nueva presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, dice perturbarle que la sobrevaluación de la divisa brasileña se conjunte con lo que ella percibe como deflactación de las divisas estadunidense y china amenazando la competitividad de las exportaciones brasileñas. Y los gobiernos de Rusia, India y Sudáfrica, todos enfrentan los primeros síntomas de descontento por parte de grandes segmentos de sus poblaciones que parecen no haber recibido los beneficios de su supuesto crecimiento económico. Finalmente, y no es menor, hay aumentos marcados en los precios de la energía, los alimentos y el agua. Esto es el resultado de la combinación de un crecimiento en la población mundial y el aumento en los porcentajes de gente que exige contar con ellos. Esto implica una lucha en pos de estos bienes básicos, una lucha que puede tornarse mortal. Hay dos posibles resultados. Uno es que gran cantidad de gente reduzca el nivel de su demanda –lo que es de lo más improbable. Otro es que lo mortal de la lucha termine reduciendo la población mundial y por lo tanto haya menos escasez –una solución malthusiana de lo más desagradable.

Conforme entramos en esta segunda década del siglo XXI, parece poco probable que hacia 2020 miremos hacia atrás a esta década como una en que la crisis fue relegada a recuerdo histórico. No ayuda mucho querer creer en una perspectiva que parece remota. No ayuda para intentar entender qué es lo que debemos hacer al respecto.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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Escrito por Eduardo Aquevedo

8 enero, 2011 a 18:58

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Brevísima historia de 40 años de imposición de políticas económicas neoliberales…

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Marshall Auerback · · · · ·
02/01/11

Un asiduo lector de New Deal 2.0 plantea una aguda cuestión:

"Hay una cuestión que no consigo responder nunca. Muchos expertos dicen que la ideología neoliberal se abrió paso en los 80 con Reagan, Thatcher y la escuela de Chicago. Pero sigo in entender qué hizo posible tal giro en la economía política. ¿Qué elementos, qué nuevas fuerzas en los 80 pueden explicar ese cambio ideológico y las desigualdades que le siguieron?"

Asuntos, todos, muy dignos de exploración, y yo desde luego no puedo hacerles justicia en una respuesta de dos líneas más que recomendando el soberbio libro de Yves Smith Econned. El libro proporciona una excelente explicación histórica del modo en que unas teorías de todo punto infundadas pero ampliamente aceptadas llevaron a la práctica de políticas que generaron el actual estado de cosas. También ilumina la capacidad de esas filosofías para resucitar incluso cuando se acumulan pruebas concluyentes contra ellas. Documenta no sólo la creciente degradación de los economistas profesionales neoclásicos (y su concomitante tendencia a reducir la suma de la experiencia humana a una serie de ecuaciones matemáticas), sino también la manera en que fundaciones muy bien financiadas subvencionaron a universidades y think tanks que, a su vez, legitimaron y validaron esas filosofías charlatanescas. La idea de que los gobiernos democráticamente elegidos deben servirse de políticas fiscales discrecionales para contraestabilizar las fluctuaciones del ciclo del gasto no-público llegó a ser vista como algo muy cercano al socialismo. Los poderes que toman decisiones políticas fueron puestos gradualmente en manos de un cuerpo políticamente incareable de tecnócratas neoliberales que pontificaban sobre las limitaciones de los gobiernos y reforzaban las posiciones fiscalmente procíclicas, es decir: reforzaban la contracción discrecional cuando los estabilizadores automáticos llevaban a grandes déficits presupuestarios como resultado de la débil demanda no-pública.

Ese cambio en nuestras políticas públicas fue acompañado por toda una toma de control de los juristas en una larga marcha a través del poder judicial. Fue un esfuerzo, patrocinado por las grandes empresas, centrado exclusivamente en el asunto de la desregulación, y culminó con un esfuerzo titánico para abrogar las reformas del New Deal, yugular el poder de los sindicatos y atar corto al gobierno (salvo en materia de defensa, huelga decirlo, que desplegó su propio y formidable ejército de lobistas).

Responder a la cuestión planteada por nuestro lector pasa por reconocer que este ha sido un proceso que ha durado décadas y que ha venido acompañado de enormes sumas de dinero y un vasto ejército de fuerzas empresariales, jurídicas y políticas empeñado en frustrar cualquier alternativa progresista. Ha acontecido en un trecho de tiempo de 40 años. Regulación y supervisión laxas; una creciente desigualdad que llevó a las familias a endeudarse para mantener el nivel de gasto; codicia y exhuberancia irracional y liquidez global excesiva: todos esos son síntomas del problema.

¿Pero cómo empezó todo? El análisis que realizó al final de su vida el gran economista Hyman Minsky es particularmente potente, porque permite ver esos cambios desde una vasta perspectiva histórica. Minsky llamó a la situación salida de la II Guerra Mundial "capitalismo paternalista". Se caracterizaba por un "Tesoro público enorme" (cuyo gasto equivalía al 5% del PIB) dotado de un presupuesto que oscilaba contracíclicamente a fin de estabilizar el ingreso, el empleo y los flujos de beneficios; una Reserva federal a modo de "enorme banco" que mantenía bajos los tipos de interés e intervenía como prestador de último recurso; una amplia variedad de garantías estatales (seguro de depósitos, respaldo público implícito al grueso de las hipotecas); programas de bienestar social (Seguridad Social, Ayuda a las familias con hijos dependientes, Medicaid y Medicare); estrecha supervisión y regulación de las instituciones financieras; y un abanico de programas públicos para promover la mejora de los ingresos y la igualdad de riqueza (fiscalidad progresiva, leyes de salario mínimo, protección para el trabajo sindicalmente organizado, mayor acceso a la educación y a la vivienda para las personas de bajos ingresos). Además, el Estado jugaba un papel importante en materia de financiación y refinanciación (por ejemplo, la Corporación pública para financiar la reconstrucción y la Corporación pública para el crédito y la compra de vivienda) y en la creación de un mercado hipotecario moderno para la compra de vivienda (basado en un préstamo de tipo fijo amortizable en  30 años) sostenido por empresas patrocinadas por el Estado.

Minsky reconoció el papel jugado por la Gran Depresión y la II Guerra Mundial en la creación de unas bases para la estabilidad financiera. En palabras de Randy Wray:

"La Depresión pulverizó y aventó el grueso de los activos y los pasivos financieros: eso permitió a las empresas y a los hogares salir con poca deuda privada. El ciclópeo gasto público durante la II Guerra Mundial creó ahorró y beneficio en el sector privado, llenando los libro de contabilidad con saneada deuda del Tesoro (60% del PIB, inmediatamente después de la Guerra). La creación de una clase media, así como el baby boom, mantuvieron alta la demanda de consumo y alimentaron un rápido crecimiento del gasto público de los estados federados y de los municipios en infraestructura y en servicios públicos deseados por los consumidores metropolitanos. La elevada demanda de los entes públicos y de los consumidores trajo a su vez consigo el que pudiera cubrirse el grueso de las necesidades de las empresas en punto a financiar el gasto interno, incluida la inversión. Así, durante las primeras décadas que siguieron a la II Guerra Mundial, el ‘capital financiero’ desempeñó un papel inusualmente menor. El recuerdo de la Gran Depresión generó reluctancia al endeudamiento. Los sindicatos presionaban, y a menudo obtenían más y más compensaciones, lo que permitió el crecimiento de los niveles de vida, financiados en su mayor parte sólo con los ingresos."

En la década de 1970 todo eso empezó a cambiar, como bien se explica en Econned. El gasto público comenzó a crecer más lentamente que el PIB; los salarios ajustados a la inflación se estancaron a medida que los sindicatos perdían poder; la desigualdad arrancó a crecer y las tasas de pobreza dejaron de caer; las tasas de desempleo se dispararon; y el crecimiento económico se ralentizó.

En los 70 asistimos también a los primeros esfuerzos sostenidos para escapar a las restricciones puestas por el New Deal a medida que las finanzas respondían para aprovechar las oportunidades. Tras el desastroso experimento monetarista de Volcker (1979-82), muchos de los viejos vestigios del sistema bancario establecido por el New Deal fueron arrasados. El ritmo de innovaciones se aceleró a medida que fueron adoptándose muchas prácticas financieras nuevas para proteger a las instituciones del riesgo de la tasa de interés. A despecho de todas las apologías hechas de los años de Volcker al frente de la Reserva federal, lo cierto es que sus políticas de tipos de interés altos sentaron las bases del actual sistema financiero basado en el mercado, incluidas la titulización hipotecaria, la innovación financiera en forma de derivados para cubrir el riesgo de los tipos de interés, así como muchos de los vehículos financieros "extracontables" que han proliferado en las dos últimas décadas. Se legisló para crear un tratamiento fiscal mucho más favorable a los intereses, lo cual, a su vez, estimuló las compras apalancadas para substituir activos por deuda (con la toma de control empresarial financiada con deuda que sería servida por los futuros flujos de ingresos de la empresa así controlada).

Los excedentes presupuestarios de los años de Clinton –otro ejemplo de ascendencia de una filosofía neoliberal que huyó de la política fiscal y determinó la primacía de la política monetaria— restringieron la demanda agregada, encogieron los ingresos y crearon una mayor dependencia respecto de la deuda privada como medio de sostener el crecimiento y los ingresos. Eso se vio claramente facilitado por innovaciones que ampliaron el acceso al crédito y cambiaron las criterios de las empresas y de los hogares respecto al nivel del endeudamiento prudente. El consumo llevaba la batuta, y la economía volvió finalmente a los rendimientos de los años 60. Regresó el crecimiento robusto, ahora alimentado por el déficit del gasto privado, no por el crecimiento del gasto público y el ingreso privado. Todo eso llevó a lo que Minsky llamó el capitalismo de los gestores del dinero.

Tal es el contexto histórico básico. Pero ha venido desarrollándose desde hace cerca de 40 años. Y esa es probablemente una respuesta que va más allá de lo que nuestro amable lector quería, pero su cuestión no es de las que se deja responder lacónicamente.

Marshall Auerback es un reconocido analista económico norteamericano. Investigador veterano del prestigioso Roosevelt Institute, colabora regularmente con New Economic Perspectives y con NewDeal2.0.

Traducción para http://www.sinpermiso.info: Casiopea Altisench

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Escrito por Eduardo Aquevedo

5 enero, 2011 a 15:53

La economía mundial en 2011: perspectivas turbulentas…

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Perspectivas de la economía mundial en 2011

Walden Bello, Focus on the Global South

En contraste con sus previsiones cautamente optimistas, a finales de 2009, de una recuperación sostenida, el humor dominante en los círculos económicos liberales cuando termina 2010 es sombrío, si no apocalíptico. Los halcones fiscales han ganado la batalla política en EEUU y Europa, para alarma de los abogados del gasto público, como el premio Nobel Paul Krugman y el columnista del Financial Times Martin Wolf, quienes ven las restricciones presupuestarias como la receta más segura para matar la incipiente recuperación de las economías centrales.

Pero aunque los EEUU y Europa parecen abocados a una crisis más profunda a corto plazo y al estancamiento en el plazo largo, algunos analistas se precian de observar un “desacoplamiento” del este asiático y de otras áreas en desarrollo con respecto a las economías occidentales. Esa tendencia empezó a comienzos de 2009 en la estela del programa de estímulos masivos de China, que no sólo reestableció el crecimiento chino de doble dígito, sino que sacó de la recesión y llevó a la recuperación a varias economías vecinas, desde Singapur hasta Corea del Sur. En 2010, la producción industrial asiática recuperó ya su tendencia histórica, “casi como si la Gran Recesión nunca hubiera tenido lugar”, de acuerdo con The Economist.

¿Sigue Asia un camino realmente separado de Europa y EEUU? ¿Estamos realmente asistiendo a un “desacoplamiento”?

El triunfo de la austeridad

En las economías centrales, la indignación con los excesos de las instituciones financieras que precipitaron la crisis económica ha dado paso a la preocupación por los déficit públicos masivos en que han incurrido los gobiernos para poder estabilizar el sistema financiero, frenar el colapso de la economía real y afrontar el desempleo. En los EEUU el déficit se sitúa por encima del 9% del PIB. No es un déficit desbocado, pero la derecha estadounidense logró la hazaña de que el miedo al déficit y a la deuda federal pesara más en el espíritu de la opinión pública que el miedo a la profundización del estancamiento y al aumento del paro. En Gran Bretaña y en los EEUU, los conservadores fiscales lograron un mandato electoral claro en 2010, mientras que en la Europa continental una Alemania "recrecida" hizo saber al resto de la Eurozona que no seguiría subsidiando los déficit de los miembros más débiles de las economías meridionales o periféricas como Grecia, Irlanda España y Portugal.

En los EEUU, la lógica de la razón dio paso a la lógica de la ideología. El impecable argumento de los demócratas de que el gasto público en estímulos era necesario para salvar y crear puestos de trabajo no pudo resistir el asalto del tórrido mensaje republicano, según el cual un mayor estímulo público, añadido los 787.000 millones de dólares del paquete de Obama en 2009 significaría un paso más hacia el “socialismo” y la “pérdida de libertad individual”. En Europa, los keynesianos arguyeron que la relajación fiscal no sólo ayudaría a Irlanda y a las economías meridionales con problemas, sino también a la poderosa maquinaria económica alemana, pues esas economías absorben las exportaciones de Alemania. Lo mismo que en los EEUU, los argumentos racionales sucumbieron a las imágenes sensacionalistas, en este caso al retrato mediático de unos esforzados alemanes subsidiando a hedonistas mediterráneos y derrochadores irlandeses. A regañadientes aprobó Alemania paquetes de rescate para Grecia e Irlanda, pero sólo a condición de que griegos e irlandeses fueran sometidos a salvajes programas de austeridad que han sido descritos por nada menos que dos exministros alemanes en el Financial Times como medidas antisociales “sin ejemplo en la historia moderna”.

El desacoplamiento, resucitado

El triunfo de la austeridad en EEUU y Europa, la cosa no ofrece duda, eliminará a esas dos áreas como motores para la recuperación económica global. ¿Pero se halla Asia en una senda diferente? ¿Puede soportar, como Sísifo, el peso del crecimiento global?

La idea de que el futuro económico de Asia se ha desacoplado del de las economías del centro no es nueva. Estuvo de moda antes de que la crisis financiera tumbara la economía estadounidense en 2007-2008. Pero se reveló ilusoria en cuanto la recesión en los EEUU, de los que China y otras economías del este asiático dependían para absorber sus excedentes, disparó una repentina y drástica en Asia entre finales de 2008 y mediados de 2009. De ese momento proceden las imágenes televisivas de millones de trabajadores chinos migrantes abandonando las zonas económicas costeras y regresando al campo.

Para contrarrestar la contracción, China, presa del pánico, lanzó lo que Charles Dumas, autor de Globalisation Fractures, caracterizó como un “violento estímulo interior” de 4 billones de yuanes (580.000 millones de dólares). Eso significaba cerca del 13% del PIB en 2008 y constituyó “probablemente el mayor programa de la historia de este tipo, incluidos los años de guerras”. El estímulo no sólo restituyó el crecimiento de dos dígitos; también comunicó a las economías del este asiático un impulso recuperador, mientras Europa y los EEUU caían en el estancamiento. Esa notable inversión es lo que ha llevado al renacimiento de la idea del desacoplamiento.

El gobernante Partido Comunista de China ha venido a reforzar esa idea al sostener que se ha producido un cambio de política que prima el consumo interior sobre el crecimiento orientado a la exportación. Pero si se observa con mayor detenimiento, se ve que eso es más retórica que otra cosa. En efecto, el crecimiento orientado a la exportación sigue siendo el eje estratégico, algo que se ve subrayado por la continuada negativa china a revalorizar el yuan, una política destinada a mantener competitivas sus exportaciones. La fase de empuje al consumo interior parece haber terminado, hallándose ahora China, como observa Dumas, “en proceso de cambio masivo desde el estímulo benéfico de la demanda interior hacia algo muy parecido al Business as usual de 2005-2007: crecimiento orientado a la exportación con un poco de recalentamiento”.

No sólo los analistas occidentales como Dumas han llamado la atención sobre ese regreso al creamiento orientado a la exportación. Yu Yongding, un influyente tecnócrata que sirvió como miembro del comité monetario del Banco Central Chino confirma que, en efecto, se ha vuelto a la práctica económica habitual: “En China, con una ratio comercio/PIB y exportaciones/PIB que excede ya, respectivamente, el 60% y el 30%, la economía no puede seguir dependiendo de la demanda externa para sostener el crecimiento. Desgraciadamente, con un enorme sector exportador que emplea a millones y millones de trabajadores, esa dependencia se ha hecho estructural. Eso significa que reducir la dependencia y el excedente comerciales de China pasa por harto más que por ajustar la política macroeconómica.”

El regreso al crecimiento orientado a la exportación no es simplemente un asunto de dependencia estructural. Tiene que ver con un conjunto de intereses procedentes del período de la reforma, intereses que, como dice Yu,”se han transformado en intereses banderizos que luchan duramente para proteger lo que tienen”. El lobby exportador, que junta a empresarios privados, altos ejecutivos de empresas públicas, inversores extranjeros y tecnócratas del Estado, es el lobby más poderosos ahora mismo en Pekín. Si la justificación ofrecida para el estímulo público ha sido derrotada por la ideología en los EEUU, en China la argumentación igualmente racional a favor del crecimiento centrado en el mercado interior ha sido aniquilada por intereses materiales banderizos.

Deflación global

Lo que los analistas como Dumas llaman el regreso de China al tipo de crecimiento orientado a la exportación chocará con los esfuerzos de los EEUU y Europa de empujar la recuperación mediante un crecimiento orientado a la exportación simultaneado con el levantamiento de barreras a la entrada de importaciones asiáticas. El resultado más probable de la promoción competitiva de esa volátil mezcla de empuje a la exportación y protección interior por parte de los tres sectores que encabezan la economía mundial en una época de comercio mundial relativamente menos boyante no será la expansión global, sino la deflación global. Como ha escrito Jeffrey Garten, antiguo subsecretario de comercio con Bill Clinton: “Aunque se ha prestado mucha atención a la demanda de consumo e industrial en los EEUU y en China, las políticas deflacionarias que envuelven a la UE, la unidad económica más grande del mundo, podrían hundir de mala manera el crecimiento económico global… Las dificultades llevan a Europa a redoblar su empeño en las exportaciones al tiempo que EEUU, Asia y América Latina están disponiendo sus economías para vender más en todo el mundo, lo que no podría sino exacerbar las tensiones, ya suficientemente altas, en los mercados de divisas. Podría llevar a un resurgimiento de las políticas industriales patrocinadas por los Estados, cuyo crecimiento ya se observa por doquiera. Tomados de consuno, todos esos factores podrían llegar a propagar el incendio proteccionista tan temido por todos.”

La crisis del Viejo Orden

Lo que nos aguarda en 2011 y en los próximos años, advierte Garten, son momentos de “turbulencia excepcional, a medida que el ocaso del orden económico global tal como lo hemos conocido avanza caótica y tal vez destructivamente”. Garten destila un pesimismo que está apoderándose cada vez más de buena parte de la elite global que otrora anunciaba la buena nueva de la globalización y que ahora la ve desintegrarse literalmente ante sus propios ojos. Y esta ansiedad fin de siècle no es monopolio de los occidentales; es compartida por el influyente tecnócrata chino Yu Yongding, que sostiene que el “tirón de crecimiento chino prácticamente ha agotado su potencial”. China, la economía que con mayor éxito consiguió cabalgar la ola globalizadora, “ha llegado a una disyuntiva crucial: de no poner por obra penosísimos ajustes estructurales, podría perder súbitamente el impulso de su crecimiento económico. El rápido crecimiento económico se ha logrado a un coste extremadamente alto. Sólo las generaciones venideras conocerán el verdadero precio pagado.”

La izquierda en la presente coyuntura

A diferencia de las medrosas aprensiones de figuras del establishment como Garten y Yu, muchas gentes de izquierda ven la turbulencia y el conflicto como la necesaria compañía del nacimiento de un nuevo orden. Y, en efecto, los trabajadores se han movilizado en China, y se ganaron incrementos salariales significativos con huelgas organizadas en determinadas empresas extranjeras a lo largo de 2010. La protesta ha estallado también en Irlanda, Grecia, Francia y Gran Bretaña. Pero a diferencia de China, en Europa marchan para mantener derechos perdidos. Y lo cierto es que ni en China, ni en Occidente, ni en parte alguna son los resistentes portadores de una visión alternativa al orden capitalista global. Al menos, no todavía.

Walden Bello, profesor de ciencias políticas y sociales en la Universidad de Filipinas (Manila), es miembro del Transnational Institute de Amsterdam y presidente de Freedom from Debt Coalition, así como analista sénior en Focus on the Global South.

Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón

Fuente: http://www.focusweb.org/content/global-economy-2011-recovery-recedes-convulsion-looms

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Escrito por Eduardo Aquevedo

3 enero, 2011 a 19:22

P. Krugman: fundamentalistas de mercado se han equivocado en todo, pero…

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Cuando ganan los zombis

Paul Krugman

Krugman_visita_BarcelonaCuando los historiadores miren atrás, a los años 2008 al 2010, lo que más les intrigará, yo creo, es el extraño triunfo de las ideas fallidas. Los fundamentalistas del libre mercado se han equivocado en todo, y, no obstante, ahora dominan a fondo la escena política como nunca antes.

¿Cómo pasó eso? ¿Cómo, después de que bancos fuera de control pusieron de rodillas a la economía, terminamos con Ron Paul, quien dice: “No creo que necesitemos reguladores”, a punto de encargarse de un panel clave de la Cámara de Representante que vigila a la Reserva Federal? ¿Cómo, después de las experiencias de los gobiernos de Clinton y Bush –el primero aumentó los impuestos y presidió un espectacular crecimiento en el empleo; y el segundo redujo los impuestos y presidió un crecimiento anémico incluso antes de la crisis–, terminamos con un acuerdo bipartidista para aún más recortes fiscales?

La respuesta de la derecha es que las fallas económicas del gobierno de Obama muestran que las políticas del gran gobierno no funcionan. Sin embargo, la respuesta debería ser: ¿cuáles políticas del gran gobierno?

Ya que el hecho es que el estímulo de Obama –que en sí mismo consistió de casi 40% de reducciones fiscales– fue excesivamente cauteloso como para cambiar a la economía. Y no se trata de necesitar anteojos para ver el pasado: muchos economistas, yo mismo incluido, advirtieron desde el principio que el plan era extremadamente inadecuado. Se puede expresar así: una política bajo la cual el empleo gubernamental cayó en realidad, bajo la cual el gasto gubernamental en bienes y servicios creció con más lentitud que durante los años de Bush, apenas si constituye una prueba de economía keynesiana.

Bien, quizá no era posible que el presidente Barack Obama obtuviera más de cara al escepticismo congresual sobre el gobierno. Sin embargo, aun si eso es cierto, solo demuestra el control persistente de una doctrina fallida sobre nuestra política.

También vale la pena señalar que todo lo que dijo la derecha sobre por qué la obamanomía fracasaría está equivocado. Durante dos años, se nos ha informado que los préstamos gubernamentales harían que las tasas de interés subieran hasta el cielo; de hecho, las tasas han fluctuado según el optimismo o el pesimismo hacia la recuperación, pero han permanecido sistemáticamente bajas según estándares históricos. Durante dos años se nos ha advertido que la inflación, incluso una hiperinflación, estaba a la vuelta de la esquina; en cambio, ha continuado la deflación, y la inflación central –que excluye los volátiles precios de alimentos y energía– está ahora en un punto bajo de medio siglo.

Los fundamentalistas del libre mercado han estado tan equivocados sobre los acontecimientos en ultramar como en los de Estados Unidos –y padecido, por igual, pocas consecuencias–. En 2006, George Osborne declaró que “Irlanda es un ejemplo reluciente del arte de lo posible en el diseño de políticas económicas a largo plazo”. Uups. Sin embargo, Osborne es hoy el principal funcionario de economía de Gran Bretaña.

Y en su nuevo cargo, se dispone a emular las políticas de austeridad que implementó Irlanda después que reventó su burbuja. Después de todo, los conservadores en ambos lados del Atlántico pasaron gran parte del año anterior elogiando la austeridad irlandesa como un éxito rotundo. “El enfoque irlandés funcionó en 1987 a 1989, y está funcionando ahora”, declaró Alan Reynolds del Instituto Cato en junio pasado. Uups, de nuevo.

Sin embargo, tales fracasos no parecen importar. Para tomar prestado el título de un libro reciente del economista australiano John Quiggin sobre las doctrinas que la crisis debió eliminar, pero que no fue así, aún nos rige –quizá más que nunca antes– la “economía zombi”. ¿Por qué?

Parte de la respuesta, sin duda, es que en lugar de que las personas que deberían haber estado tratando de aniquilar las ideas zombis, han tratado de comprometerse con ellas. Y esto es especialmente, aunque no exclusivamente, cierto sobre el Presidente.

La gente tiende a olvidar que Ronald Reagan a menudo cedió terreno en cuestiones políticas fundamentales, en forma más notable, terminó promulgando múltiples incrementos a los impuestos. Sin embargo, nunca titubeó en las ideas, nunca cedió en su posición de que su ideología era la correcta y la de sus oponentes, la equivocada.

En contraste, Obama ha tratado sistemáticamente de acercarse a los oponentes brindando cobertura a los mitos de la derecha. Ha elogiado a Reagan por restaurar el dinamismo estadounidense (¿cuándo fue la última vez que se escuchó a un republicano elogiar a Franklin Delano Roosevelt?), adoptó la retórica del partido Republicano sobre la necesidad de que el gobierno se apretara el cinturón, aun de cara a la recesión, y ofreció congelamientos simbólicos en el gasto y los salarios federales.

Nada de esto detuvo a la derecha para no seguirlo calificando de socialista. Sin embargo, ayudó a darle poder a las malas ideas en formas que pueden hacer un daño bastante inmediato. En este momento, Obama aclama el pacto de la reducción fiscal como un estímulo para la economía –pero los republicanos ya hablan de recortes en el gasto que contrarrestarían cualquier efecto positivo del pacto–. ¿Y cuán efectivamente nos podemos oponer a estas demandas, cuando él mismo ha abrazado la retórica de apretarse el cinturón?

Sí, la política es el arte de lo posible. Todos entendemos la necesidad de lidiar con nuestros enemigos políticos. Sin embargo, una cosa es hacer pactos para hacer avanzar los objetivos, y otra, abrirle la puerta a las ideas zombis. Cuando se hace eso, las zombis terminan comiéndose el cerebro, y, muy posiblemente, también a la economía.

© 2010 The New York Times News Service.

Escrito por Eduardo Aquevedo

25 diciembre, 2010 a 22:33

Argentina: también Stiglitz elogia su política económica…

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JOSEPH STIGLITZ SE REUNIO CON CRISTINA FERNANDEZ DE KIRCHNER Y ELOGIO LAS POLITICAS OFICIALES

Con el respaldo de un Premio Nobel

MIRO7El economista estadounidense le dijo a la Presidenta que siempre pone como ejemplo al país porque “para salir de la crisis aumentó el consumo, en lugar de enfriar la economía”. También se reunió con la titular del Banco Central y el ministro de Trabajo.

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner recibió ayer por la tarde, en la residencia de Olivos, al Premio Nobel de Economía 2001, Joseph Stiglitz. Durante el encuentro, del que también participó el canciller Héctor Timerman y que se extendió por poco más de media hora, analizaron la crisis internacional y el economista elogió las políticas que apuntalaron la recuperación de la economía argentina. Más temprano, se había reunido a almorzar con la titular del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, y el ministro de Trabajo, Carlos Tomada.

“La situación de Europa está muy complicada porque tiene su economía atada al euro y va a costar que salga de la crisis”, evaluó Stiglitz ante la Presidenta. No es la primera vez que el economista se muestra escéptico con respecto al futuro de Europa. En mayo había afirmado que el plan de ajuste para los países más complicados de ese continente iba a fracasar. “Las condiciones excesivamente duras impuestas a Grecia serán en realidad contraproducentes para prevenir un contagio”, sostuvo y agregó entonces que si Europa “no soluciona sus problemas institucionales fundamentales, el futuro del euro puede que sea muy breve”. En esta ocasión volvió con el mismo argumento y dijo que ve “con preocupación el recorte del consumo que están haciendo algunos gobiernos”.

Respecto de la situación de la Argentina, Stiglitz le dijo a la Presidenta que siempre pone como ejemplo al país porque “para salir de la crisis aumentó el consumo, en lugar de enfriar la economía”. Este economista estadounidense había sido uno de los principales críticos de las recetas neoliberales que se aplicaron hasta 2001. Además, destacó la participación argentina en el G-20 y dijo que será un eslabón clave para que ese grupo coordine políticas con el G-77, donde Argentina también participa. De hecho, el canciller Timerman declaró que Stiglitz se comprometió a “cooperar con el G-77 cuando en enero asumamos la presidencia”.

En la reunión que el Nobel de Economía había mantenido al mediodía con Marcó del Pont y Tomada también se trataron esos temas, pero se focalizó fundamentalmente en el papel que debe cumplir el Banco Central para fomentar la actividad económica. En este sentido, Stiglitz destacó el mandato múltiple de la entidad, consistente en no sólo preservar el valor de la moneda, sino también en estimular la economía y el empleo. Incluso recordó el caso sueco y el de otros países centrales que tienen esos objetivos en sus cartas orgánicas.

Además, elogió las políticas que lleva adelante el Gobierno para que los bancos otorguen financiamiento al sector productivo. El especialista dijo que es importante que las entidades financieras presten a las pymes, porque estas empresas son generadoras de empleo y a menudo constituyen el germen de casos empresariales exitosos. A la vez, Stiglitz remarcó la importancia de los acuerdos sociales como herramientas idóneas para promover el crecimiento económico.

Página/12

Escrito por Eduardo Aquevedo

25 diciembre, 2010 a 19:24

CEPAL: Argentina, Brasil, Bolivia y Venezuela, los que más redujeron desigualdad y pobreza…

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“Argentina…”

 

Por Tomás Lukin, Página/12

america-latina001La secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina (Cepal) recibió a Cash en una improvisada oficina donde está trabajando desde que el terremoto golpeó al emblemático edificio del organismo en Santiago de Chile. Alicia Bárcena no es economista, es bióloga pero recurre sin problemas a economistas latinoamericanos como Raúl Prebisch y Celso Furtado para proponer políticas de desarrollo diseñadas desde la región, cuestionar la apreciación cambiaria y defender los controles de capitales.

Bárcena desembarcó en el organismo a mediados de 2008 y se convirtió en la primera mujer en asumir la conducción de Cepal. Previamente la mexicana se desempeñaba como secretaria general Adjunta de Gestión en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, donde manejaba el gigantesco presupuesto de la ONU.

“América latina es hoy una región progresista. En Argentina se ha dado un cambio de modelo desde 2003. Es uno de los países de la región que más redujeron la desigualdad”, afirma Bárcena quien, lentamente, está revitalizando el discurso político y económico de la Cepal.

La agenda de desarrollo que presenta en sus intervenciones por la región reconoce la necesidad de “disciplinar” a los empresarios a través de distintos impuestos como pueden ser las retenciones, recupera las propuestas vinculadas con la inversión pública en ciencia y tecnología con desarrollos locales, y enfatiza la relevancia de preservar un tipo de cambio que responda a vectores productivos y no sea determinado por flujos especulativos.

–¿Qué evaluación hace la Cepal de la última década en América latina?

–Los gobiernos progresistas, desde 2002 y 2003, nos dejan un legado muy positivo donde no hay marcha atrás en las políticas sociales. Hemos aprendido que hay que igualar para crecer, que no alcanza crecer para igualar. El gasto social no se pierde, sino que es el motor de la economía.

–¿La región aprendió de los fracasos de las décadas del ’80 y ’90?

–Sin duda. La región ha aprendido lecciones muy importantes del pasado. Hoy somos una región que ha entendido la importancia de la macroeconomía: mantener bajos niveles de déficit de cuenta corriente, o superávit, bajos niveles de deuda, controlar la inflación y promover la acumulación de reservas. Después de la década del ’80 la región demoró 14 años para recuperar los niveles del PIB per cápita, pero para recuperar los niveles sociales nos tomamos 25 años.

–¿Qué cambió con los gobiernos progresistas en Latinoamérica?

–Como herencia de estos gobiernos progresistas la región invirtió activamente sus políticas sociales con distintas medidas de protección de empleo, el salario y otros programas. Apoyando incluso a los empresarios. Los estímulos fiscales durante la crisis fueron muy efectivos para estimular la demanda. Así nos recuperamos mucho más rápido de la crisis que el resto del mundo. El PIB había caído 1,9 por ciento en 2009. Este año la región recupera y crece 6 por ciento.

–¿Cómo continúa este nuevo esquema regional a la salida de la crisis económica global?

–Uno de los aspectos centrales de nuestra región es sobreponernos a la heterogeneidad estructural. En la Cepal creemos que el camino hacia el desarrollo está en la convergencia productiva. Rearticular los sectores productivos, dinamizarlos y reindustrializar. La región debe aprovechar sus mercados internos. Países con grandes mercados internos como Argentina, Brasil, Colombia y México deberían convertirse en los grandes motores del crecimiento regional. Si crece Brasil, crecen las economías que están a su alrededor. Eso es una buena noticia.

–¿Qué es lo que tienen que hacer los gobiernos?

–Hay que diversificar la estructura productiva e incentivar la inversión. Es muy importante porque la estructura de las exportaciones está muy concentrada en materias primas y precios que son volátiles y generan vulnerabilidad externa. La única forma para salir de la desigualdad es el empleo con derechos y protección.

–¿Qué significa diversificar la estructura productiva?

–Significa no sólo depender de enclaves de materias primas, sino también desarrollar servicios como puede ser la industria de software.

–Algo similar hizo Irlanda y hoy atraviesa una fuerte crisis económica.

–En Irlanda el manejo financiero es lo que fracasó; la diversificación productiva funcionó bien. Lo mismo en Finlandia y Nueva Zelanda. Cómo buscar nuevos nichos industriales es uno de los grandes temas. En el área de energía, biocombustibles, biotecnología, nanotecnología, comunicaciones, incluso con la soja. Es necesario profundizar el agregado de valor, la innovación y la articulación regional.

–¿Cómo pueden lograr Bolivia, Argentina o Ecuador impulsar este tipo de procesos?

–Definitivamente el gasto público debe cumplir un rol central. La inversión en investigación y desarrollo debe incrementarse. Hoy en la región es 0,6 por ciento mientras que en Corea del Sur alcanza al 4 por ciento. Nuestro continente tiene enorme espacio para crear localmente sus propios desarrollos tecnológicos sin que se importen de Japón o Alemania. Raúl Prebisch o Celso Furtado plantearon una agenda muy profunda para América latina que parte de la base de que el desarrollo arranca de nosotros mismos. Nadie nos va a desarrollar desde afuera. Hay que tener un planteamiento de pensamiento propio, con densidad nacional.

–La Cepal retoma así sus postulados históricos, que gestiones anteriores habían olvidado influenciados por la ola neoliberal.

–En la Cepal sabemos que el crecimiento y el desarrollo no son sinónimos. No alcanza con crecer: el desarrollo es igualar para crecer. Todavía nos falta gestión de la innovación que se hace en nuestras universidades y los jóvenes empresarios emprendedores. La región debe aprovechar la mejora en los términos de intercambio y crear fondos para ciencia y tecnología.

–Existe una importante oposición de algunos sectores económicos para que el Estado se apropie de esas ganancias y las utilice.

–Uno de los temas más importantes es la convergencia entre trabajadores, empresarios y el Estado. Nos hacen falta pactos sociales profundos. Disciplinar a los empresarios significa alcanzar un camino conjunto. El modelo donde el mercado lo podía todo no funciona y tampoco el Estado solo puede hacer todo.

–¿Propone un pacto social, como se quiere impulsar en estos momentos en Argentina?

–Necesitamos nuevos pactos para que las ganancias de productividad se queden en la región y no se concentren en muy pocos. El factor redistributivo debe ser el Estado y eso se logra con diálogo. Los empresarios deben ver que la desigualdad conspira contra ellos. Los empresarios también necesitan reglas de juego que las pone el Estado.

–¿Qué papel juega el tipo de cambio en este escenario que plantea?

–El tipo de cambio es un instrumento muy importante que manda señales muy potentes hacia el sector productivo. El tipo de cambio debe responder a los vectores productivos. Nada sería peor que las señales fueran a la concentración exclusiva de materias primas abandonando al resto de las actividades. Tenemos que evitar la apreciación.

–Esto implica aplicar controles al ingreso de capitales especulativos.

–Somos partidarios de los controles de capitales financieros especulativos. Esa medida es muy importante para apuntalar nuestras economías. Hay que desdramatizar algunos temas. La solvencia fiscal es importante, pero no se puede descuidar al sector productivo. La variable de ajuste no puede ser el sector productivo ni los trabajadores. Algunos países tienen más espacio que otros, pero sin duda no se puede perder el dinamismo en materia laboral.

–¿Cómo interpreta Cepal el desempeño argentino durante la última década?

–A partir de 2003, Argentina inició un cambio muy positivo. Hubo una acción muy valiente del Estado para transformar profundamente el modelo. Hay un quiebre cuando uno compara con la década de los ’90. Argentina, junto con Brasil, Bolivia y Venezuela, son los países de la región que más redujeron la desigualdad y la pobreza. Eso es sin contemplar la Asignación Universal por Hijo; midiendo eso, los resultados son todavía mejores.

También ha mejorado considerablemente el balance de pagos y la cuenta corriente. La deuda pública tiene un muy buen comportamiento y aumentan las reservas internacionales. El Estado ha tomado decisiones correctas para la sociedad argentina.

–¿Qué desafíos piensa que enfrenta?

–Es un proyecto de país que se ha ido construyendo desde 2003. Es un cambio de modelo que no está exento de problemas y desafíos pero por lo menos se plantea un proyecto social, productivo y de articulación política social de diálogo. Es un muy buen momento para la convocatoria de un pacto social. Hay un alto nivel de convergencia. Eso lo observé en Mar del Plata. En Argentina se está dando algo que para nosotros en Cepal es muy importante: un proyecto donde se está buscando la convergencia productiva y territorial, apoyando a las familias pobres, reduciendo la desigualdad, aprovechando el buen contexto externo a favor de la economía nacional

Escrito por Eduardo Aquevedo

24 diciembre, 2010 a 3:43

Wallerstein: ¿Guerra de divisas?, por supuesto

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Immanuel Wallerstein, La Jornada

CRISIS--Marcha_ortodoxiaLas divisas son un problema económico muy particular. Porque las divisas son la verdadera relación donde unos ganan y otros pierden. Sean cuales sean los méritos de la revaluación o devaluación de una divisa particular, estos méritos son ganancias sólo si otros pierden. No puede todo mundo devaluar al mismo tiempo. Es imposible lógicamente y por tanto carece de sentido en lo político.

La situación mundial es bien conocida. Hemos estado viviendo en un mundo donde el dólar estadunidense ha sido la divisa mundial de reserva. Esto, por supuesto, le ha dado a Estados Unidos un privilegio que ningún otro país tiene. Puede imprimir su divisa a voluntad, siempre que piense que al hacerlo resuelve algún problema económico inmediato. Ningún otro país puede hacer esto; o más bien ningún otro país puede hacerlo sin penalización mientras el dólar se mantenga como la divisa de reserva aceptada.

Es también muy conocido que, por algún tiempo ya, el dólar ha estado perdiendo su valor en relación con otras divisas. Pese a las fluctuaciones continuas, la curva ha sido descendente tal vez durante 30 años por lo menos.

Los países del noreste de Asia –China, Corea y Japón– han emprendido políticas relativas a las divisas que otros países han criticado. De hecho éste es un asunto que es objeto de una atención constante en los medios. Sin embargo, para ser justos, en este momento no es de ningún modo fácil establecer la política más sabia, aun desde la perspectiva egoísta de cada país.

Yo considero que el asunto subyacente es más simple que las enredadas explicaciones de la mayoría de los analistas de política. Comienzo con unos cuantos supuestos. El estatus del dólar como divisa de reserva del sistema-mundo es la última ventaja importante con que cuenta Estados Unidos en el sistema-mundo de hoy. Es por tanto entendible que Estados Unidos hará lo que pueda para mantener esta ventaja. Para hacer eso requiere de la voluntad de otros países (incluidos, notablemente, ésos del noreste de Asia) no sólo para que usen el dólar como modo de calcular las transferencias sino como algo en lo cual invertir sus excedentes (particularmente en bonos del Tesoro estadunidense).

No obstante, la tasa de cambio del dólar ha ido deslizándose constantemente. Esto significa que tales excedentes invertidos en bonos del tesoro valen menos conforme pasa el tiempo. Llega un punto en que las ventajas de tal inversión (siendo la principal ventaja el sostener la capacidad de las empresas estadunidenses y los consumidores individuales para pagar por sus importaciones) serán menores que la pérdida del valor real de las inversiones en bonos del Tesoro. Ambas curvas se mueven en direcciones opuestas.

El problema es uno que está presente en cualquier situación de mercado. Si el valor de unas acciones está cayendo, los dueños querrán deshacerse de ellas antes de que caigan muy bajo. Pero si un accionista grande se deshace de ellas muy rápido, esto puede impeler a que otros corran a vender, lo que ocasiona pérdidas aún mayores. El juego es siempre encontrar un momento elusivo para deshacerse de las acciones, uno que no sea ni demasiado tarde ni demasiado pronto, ni demasiado lento, ni demasiado aprisa. Esto requiere un sentido perfecto del tiempo, y la busca de esta sincronía perfecta es el tipo de juicio que con frecuencia se tuerce.

Esto es lo que veo como retrato básico de lo que está ocurriendo y ocurrirá con el dólar estadunidense. No puede continuar manteniendo el grado de confianza mundial de que alguna vez gozó. Tarde o temprano, la realidad económica se le empatará. Esto puede ocurrir en una conmoción de cinco minutos o en un proceso mucho más lento. Pero cuando ocurra, la pregunta clave es ¿qué pasará entonces?

No hay hoy otra moneda que tenga el equilibrio necesario para remplazar al dólar como divisa de reserva. Siendo ese el caso, cuando el dólar caiga no habrá divisa de reserva. Estaremos en un mundo multipolar de divisas. Y un mundo multipolar de divisas es un mundo muy caótico, en el cual nadie se siente a gusto porque los constantes virajes repentinos de las tasas de cambio hacen muy precarias las mínimamente racionales predicciones económicas a corto plazo.

El director administrativo del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, en este momento advierte públicamente de que el mundo se está hundiendo en una guerra de divisas, cuyo resultado podría tener un impacto negativo y muy dañino en el más largo plazo.

Una posibilidad real es que el mundo pueda revertir, a mí me parece que ya lo está haciendo, a acuerdos de trueque de facto, una situación que no es en realidad compatible con el funcionamiento efectivo de la economía-mundo capitalista. ¡Caveat emptor!, ¡compren a su propio riesgo!

Traducción: Ramón Vera Herrera

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/11/06/index.php?section=opinion&article=022a1mun

Escrito por Eduardo Aquevedo

13 noviembre, 2010 a 22:11

Cuba y el reto cubano: más allá de la economía, la economía… (dos textos)

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  • Más allá de la economía, la economía
  • Socialismo en el Siglo XXI

Aurelio Alonso, Sociólogo cubano, en La Ventana

CUBA-CASTRO-RAULFIDEL Sigue pendiente un debate en torno a la interpretación histórica de la adopción del rumbo socialista en Cuba después de la victoria revolucionaria de 1959. Tal vez siga pendiente por muchos años, pero más importante incluso que encontrar de una vez respuesta es que no se cierre el debate. No tengo la intención de extenderme en este problema, para lo cual están mejor dotados los historiadores. Pero creo que allí descubriríamos algunas de las claves que pueden explicar los rasgos del curso ulterior seguido por el proceso cubano de socialización. Y, en consecuencia, algunos de nuestros dilemas del presente.

El Programa del Moncada quedó adjetivado con el calificativo de «programa mínimo» a partir la celeridad de la concentración de la propiedad estatal en que desembocó la generalización del proceso expropiador, y la asimilación de un estadocentrismo sin fronteras en la gestión económica entre 1960 y 1963. En aquel momento se volvió inevitable, para el imaginario político, identificar socialismo con propiedad estatal sobre los medios de producción. Volver la vista desprejuiciadamente al Programa del Moncada quizá pudiera mostrarnos que aquel programa no era en realidad tan «mínimo». Que fue rebasado entonces por una impronta forzada por la confrontación con que la política del imperio, desde el corte de la cuota azucarera y del suministro de petróleo, comenzó a desbordar claramente el ámbito del discurso, y obligó a Cuba a imponer su soberanía, como nación, con acciones de resistencia que se correspondieran con la intensidad de las medidas represivas de que era objeto.

«Nacionalizar», convertir en propiedad de la nación, que equivalía a decir del Estado, se hacía la única variable plausible en términos de la propiedad sobre los medios de producción, en tanto se volvió el signo de resistencia. Fidel siempre previó que Washington no se cruzaría de brazos ante el desplante de soberanía que le llegaba desde un Estado que creyó políticamente insignificante y manejable. Muchas veces he pensado, sin embargo, que difícilmente haya podido prever que un plan sostenido y complejo de asfixia sine die, tan erosionante como el que se fue formando en aquella escalada de medidas (y que los cubanos tenemos motivos para negarnos a llamar de otra manera que «bloqueo»), sería la respuesta del imperio.

Pido disculpas si reitero consideraciones que todo el mundo conoce, pero es muy difícil aventurar lecturas que creemos nuevas, o al menos distintas, si no se parte de otras bien conocidas. Lo que quiero subrayar ahora es que probablemente la intensidad de la confrontación llevó al proyecto cubano a una radicalidad diferente de la que contenía su enunciado inicial. Digo «diferente» y no «mayor», pues el hecho es que la transformación que proclamaba el proyecto revolucionario fue, también desde el Moncada, una transformación radical. Pero la postura radical se puede adoptar en tonos distintos y de maneras diversas, lo cual implica la posibilidad de plantearse patrones diferentes de radicalidad en los procesos de socialización de la economía. Para decirlo con pocas palabras, pienso que la idea de que más estatal quiere decir más socialista y más radical, no deja de ser también dogmática y equivocada.

En suma, que valdría la pena volver la vista al Programa del Moncada, no como un texto preliminar u omiso, con intención o sin ella, en cuanto a la definición socialista. Lo ha argumentado así con seriedad el politólogo Pedro Campos en un artículo titulado «El Programa del Moncada era socialista y está inconcluso»[1], donde descarta verlo como una propuesta superada, en sentido hegeliano. Lo verdaderamente importante de esta perspectiva es que nos sugiere el desacuerdo con su reducción a un programa mínimo, para retomarlo como punto de partida e inspiración no solo del despegue socialista cubano que tuvo lugar en sentido histórico, sino también de correcciones sustantivas que requiere nuestro tiempo.

En los cincuenta años vividos, el proyecto cubano, definido socialista por su orientación y por la estructura de la propiedad, ha atravesado etapas que se distinguen con claridad ante una mirada retrospectiva, y admite muchas periodizaciones. Hace rato que la experiencia cubana no puede ser analizada solo desde las presiones del hecho presente, sino que exige una mirada que hurgue de manera polémica en los entresijos de la perspectiva histórica. Mesa Lago registra hasta hoy, por ejemplo, nueve cambios de dirección en la política económica cubana[2]. Omar Everleny toma como punto de partida la distinción de cinco etapas[3]. No quiero atenerme aquí a una periodización más minuciosa que la que necesito, y recuerdo de paso que las periodizaciones son, como las tipologías, convenciones del proceso cognoscitivo.

Prefiero dividir ahora el proceso cubano de transformación socioeconómica en tres grandes etapas, y diría que la primera estuvo signada por la convicción de que se podría armar un proyecto socialista autóctono y lograr una inserción independiente en el sistema mundial, al margen de las tensiones impuestas desde Washington. El intento fracasó por la confluencia de diversos factores, entre los cuales el bloqueo jugó, como puede suponerse, un papel decisivo. Etapa inicial marcada por la confrontación, dentro y fuera del régimen; por la diversidad de variables en juego; por los primeros logros en justicia social; por la esperanza de que la promesa de otro mundo posible de que nos sentíamos portadores germinaría más temprano en otros entornos periféricos; y, por supuesto, por los errores de inexperiencia y los primeros reveses económicos a escala nacional, que hicieron insostenible la propuesta.

El socialismo cubano no hizo eclosión, sin embargo: ni sufrió desplazamientos de liderazgo político, ni renuncia al nivel de resistencia alcanzado; la economía preservó la estructura estatal generalizada, se mantuvo la orientación socialista radical y, en consecuencia, las prioridades hacia las realizaciones de justicia social y equidad con el énfasis en la búsqueda de respuesta a las necesidades de la salud y la educación. Estas se volvieron emblemáticas desde la alfabetización en 1961, verdadera proeza y monumento del cambio cultural, y la adopción de la medicina como derecho del pueblo desde 1965.

El cambio que sobrevino en los 70 sería, en medida principal, el requerido por la opción de articular el proyecto cubano al sistema soviético, con un obligado expediente de identidad que no dejaba espacio a los disensos en el diseño: se aceptaba un solo socialismo, el que Moscú había bautizado como «real». Se creó a partir de entonces un nuevo patrón de dependencia económica exterior. Aquel acoplamiento al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) proporcionó crecimiento económico sostenido durante casi dos décadas y un nivel de satisfacción muy equitativo de las necesidades de la población, aunque esta prueba de estabilidad tampoco sirviera para mitigar los rigores de la hostilidad norteamericana. La coartada para juzgar a Cuba como un Estado alineado al enemigo dentro de un mundo bipolar, ante un imaginario formado en la abominación del comunismo, se consolidaba.

No me detengo en la discusión de nada de esto, pues solo lo aludo para recordar aquí que lo que siguió a la desintegración del socialismo soviético —objeto de las páginas que siguen— abarca para los cubanos las dos décadas de la historia más reciente: es decir, que de este medio siglo Cuba ha vivido veinte años —casi un cuarto de siglo— en las coordenadas creadas a partir del derrumbe soviético y el fin del bipolarismo en el mapa mundial.

Considero este ultimo dato, el dato del tiempo, como fundamental: el tiempo histórico no es un conteo de años, es existencia transcurrida, que responde por todo el paisaje económico, político, social, cultural que se despliega hoy ante nuestra mirada. Que conforma además el punto de partida obligado tanto para búsquedas de soluciones a los problemas concretos, como para el trazado de caminos.

El dramático reto de volver a empezar

Fidel Castro bautizó como «período especial de tiempo de paz» lo que previó que se produciría en el proyecto socialista cubano de desintegrarse el sistema soviético. Pensaba en la economía y el nuevo efecto de desconexión internacional, y pensaba en la integridad de la nación, y también en el impacto sobre las condiciones de vida del pueblo. No hay país inviable, escuché argumentar a Abel Pose polemizando con Manuel A. Garretón en un en un coloquio hace casi diez años[4]. Pero la pregunta que quedaba a flote era: ¿hay sistema inviable?, ¿podría afirmarse después de 1991 que el socialismo se había probado inviable? Y si acordamos que la inviabilidad no expresa una magnitud sistémica, sino que se debe al fracaso de un experimento histórico, comienza el dilema de encontrar el camino del socialismo viable.

Fidel escogió un término logístico, el de «período especial», que no dejara duda acerca de la profundidad de la crisis que se avecinaba para Cuba después del derrumbe. Aún no había sucedido la catástrofe cuando acuñó la frase, pero si un líder socialista la veía posible era él, que desde los años 60 compartía una prevención que el Che Guevara no dudó en vaticinar de manera más explícita. No creo necesario citar al respecto, pues todo el pensamiento económico apunta críticamente a la búsqueda de una alternativa.

Lo que aconteció a partir de 1990 puede ser caracterizado como la crisis económica más aguda afrontada por el proyecto socialista aplicado en Cuba. Las crisis económicas atravesadas por el socialismo cubano no se corresponden exactamente con las crisis mundiales, de carácter capitalista, cuyo epicentro en el sistema financiero en los Estados Unidos, como eje del capitalismo mundial, las hace irradiar irremediablemente hacia el resto del Planeta. Ha sucedido incluso, como he escuchado recordar a Juan Triana, que la economía cubana ni siquiera sintió la crisis de 1974-1975, vinculada a boom de los precios del petróleo, porque la inserción soviética nos aseguraba el crudo en abundancia. Pero no hay que hacerse ilusiones a partir de circunstancias excepcionales, como esta. Esas crisis también nos llegan.

Lo cierto es que la generación de nuestras crisis y las del sistema capitalista no son explicables exactamente por las mismas causas, aunque las segundas no dejen de afectar la economía local de una u otra forma y con intensidad variable. El estremecimiento y desplome económico que sufrió el sistema cubano en los 90 fue el más agudo dentro de los países que dependían del mundo que se vino abajo, aunque, a diferencia de Europa del Este, en la Isla no removió la estructura de poder. Sin embargo, los inevitables efectos sociales —que me atrevería a centrar principalmente en la desvalorización del salario, la depauperación de las condiciones de vida y la ruptura de los patrones de igualdad— fueron sumamente severos, y acentuaron las condiciones de austeridad para la población.

Indicadores sustantivos de pobreza, como el declive brusco en los de nutrición, se hicieron intensos en los cuatro años que siguieron al derrumbe, a tono con la caída del PIB y el desvanecimiento del poder adquisitivo de la economía del país. No me toca aquí exponer el contorno de la crisis cubana que se inició a principios de los noventa, sino subrayar como, de una superación con equidad de la pobreza, en la cual se había comenzado a avanzar en las décadas precedentes, la sociedad cubana se vio sumida en una repauperización bastante generalizada.

Fue gracias a los estudios en que tuve oportunidad de participar desde finales de los noventa que percibí las diferencias y la relación entre los conceptos de pobreza y desamparo[5]; diferencias indispensables como instrumental para comprender la gravedad de la realidad cubana y a la vez los méritos y la prioridad de las políticas sociales. Lo consigno como referencia igualmente válida para el diseño de respuesta en otros escenarios del mundo periférico.

Con esta distinción entre desamparo y pobreza me refiero al significado de la existencia de una institucionalidad, tanto política como civil, que asocie explícita o implícitamente dispositivos que garanticen protección a la subsistencia, y en general a la vulnerabilidad comunitaria, sin permitir que esta quede sujeta al entramado mercantil, o a dinámicas económicas centradas en la acumulación, aun cuando se manifiesten ajenas al mercado. Dicho sea de otro modo, que impidan que el desamparo domine la situación social, convirtiendo la anomalía en regla. No hay que olvidar que vivimos en un mundo con la mitad de la población en la pobreza y que no ha sido capaz de dar solución a la desnutrición (hambre) de ochocientos millones, a pesar de haber rebasado la capacidad productiva para hacerlo.

Ante la sacudida que siguió al derrumbe socialista en Cuba, se adoptaron reformas que introdujeron elementos de mercado temprano en los 90 (con frecuencia se citan como las reformas del 93[6], aunque las medidas que flexibilizaban el sistema comenzaron en realidad al final de los 80, y siguieron generándose hasta el 94 o el 95), coyunturales unas, y otras que tocaban estructuras. Este proceso reformador no mostró ser parte de un plan articulado, cada reforma se mostraba más bien orientada a mitigar un problema concreto, y se asumió además con muchas reticencias, o con la evidente aspiración política de revertirlas, aun si sirvieron para contener la caída brutal de la economía hacia mediados de la década.

Hubo desde entonces señales de reanimación. No obstante, no sería posible hablar en rigor de una recuperación económica hasta que se iniciaron cambios en el escenario latinoamericano que propiciarían para Cuba una nueva perspectiva de integración. Aquellas reformas, que pararon la caída, no eran suficientes para aportar una reanimación económica sostenida, en tanto contribuyeron a provocar, sin embargo, una ruptura del patrón de igualdad que había mantenido al mínimo las diferencias de ingresos familiares en las décadas anteriores.

En los 80 la proporción de lo percibido por el decil de más altos ingresos superaba en sólo 4.5 veces lo percibido por el de menores ingresos[7]; con la explosión del ingreso extrasalarial y la entrada de remesas se estima que esa proporción se desbalanceó de manera apreciable[8]. De modo que las distorsiones que vemos hoy en el escenario socioeconómico cubano resumen los efectos combinados, a veces caotizantes, de la desconexión y el derrumbe de la economía, de una parte, y de otra de las medidas aplicadas para contener la caída. Sin pasar por alto los viejos efectos combinados de las limitaciones impuestas por el bloqueo y las generadas por estrategias frustradas o erráticas: los viejos efectos dan un escenario a los nuevos, y se mantienen los unos y los otros determinando contornos. Ahora, además, habrá que contabilizar los efectos, directos e indirectos, de la nueva crisis mundial que acaba de desencadenarse en el sistema financiero y que ya vemos transferirse a la economía real.

El debate sobre una transición cubana

Otra vez en Cuba nos hemos visto obligados a repensar nuestra transición socialista. La tuvimos que repensar a principios de los setenta cuando se demostró que el alcance del poderío estadounidense estaba en condiciones de arruinar económicamente a un vecino tan frágil con sólo privarlo de escenario de inserción. Fue entonces que la dirigencia política optó por adscribir el proceso al bloque soviético. Esa decisión aseguró, como señalé al principio, un crecimiento económico decoroso y los recursos para costear los patrones de justicia social y equidad, aun en condiciones sociales de austeridad, pero no pudo propiciar la construcción de una estructura productiva sostenible. Tampoco fue un simple giro de bienestar realizado sin traumas y sin costos dentro del entramado complejo de la espiritualidad.

El tercer momento de la transición cubana va a tener otro carácter: se nos planteaba ahora como una disyuntiva. O una durísima, difícil ruta de preservación y cambios en el proyecto socialista, en un contexto mundial de dependencia neoliberal, de mercadocracia generalizada, sin escenarios de inserción alternativos; o, por el contrario, renunciar a la propuesta socialista e iniciar la transición inversa, en las coordenadas de la que se desencadenó en el Este, marcada por la economía de la privatización y el mercado, la política del pluripartidismo electoral asociado a las presiones del capital, y la ideología del individualismo, de la exaltación de la competencia y la desigualdad y la insensibilización hacia la pobreza: en una palabra, optar por la ley de la selva, la cual se asoma ya en Cuba.

Se asoma tras los conductos de la economía informal, pero tuvo su germen en un patrón individualista fertilizado en la etapa precedente por el espejismo del socialismo de mercado: el insaciable deseo de «tener más». Ese que, para sorpresa y admiración de la izquierda que se renueva, la sabiduría andina rechaza al oponerle el principio de «bien vivir».

El dilema se definía desde los mismos años 90 entre la transición de un socialismo fracasado hacia un socialismo viable, o la transición hacia un capitalismo que amablemente se nos aconsejaba realizable con «rostro humano». Se sabe que en Cuba prevaleció claramente la primera opción, pero que no se piense que no hubo motivación hacia el «rostro humano» del capital, ni que se trate de una idea pasada de moda del todo en el país. Ni en los 90 ni ahora. Porque con el socialismo viable sucede lo que con la democracia participativa: carece de referente concreto; de modo que todos o casi todos lo queremos pero no sabemos cómo será ni por dónde entrarle, aunque nos cansemos de asegurar lo contrario.

Hasta ahora tenemos más claridad en lo que le ha faltado al experimento socialista que en las propuestas idóneas para rehacerlo. Incluso el concepto de «transición», como una tarea en la agenda cubana, es rechazado por el lenguaje político oficial, y constituye uno de los temas más polémicos en Cuba[9]. No se trataría de rescatar con retoques el socialismo que tuvimos. Y que, en realidad, tenemos o creemos tener aún. Pero también pienso que, en cualquier caso, el futuro con «rostro humano» solo se podrá hacer socialista, porque la lógica del capital va a terminar siempre por tragarse cualquier empeño sostenido de justicia social, de amparo frente a la pobreza, de fórmula global equitativa, de esfuerzo por embridar el mercado, y hasta de soberanía económica.

No veo motivo para asumirlo como un rechazo intuitivo del experimento socialista conocido, lo cual llevaría a perder muchas cosas, sino de contabilizar con rigor las deficiencias probadas del modelo. Hablo ahora de deformaciones propias del modelo, no de las deficiencias que las coyunturas nos han impuesto sobre las del modelo, y que completan la amalgama generadora del caos actual. Clasificaría estas deformaciones en tres conjuntos.

En primer lugar, las económicas, estructurales, centradas en la confusión de socialización con estatización, la falta de ingenio, y de confianza, para la experimentación de formas diversificadas de socialización de la propiedad; la reticencia a buscar un patrón de eficiencia socialista que asegure la complementación de justicia y desarrollo, puesto que un proyecto de justicia social sólo será sostenible, y podrá reproducirse de manera ampliada, a partir de que cuente también con un soporte económico seguro; la demolición indiscriminada de todas las estructuras del capitalismo antes de tener con que reemplazarlas; la confusión de la necesidad de revertir el sometimiento al mercado con la ilusión de que el mercado se podía abolir por un acto de voluntad política.

«Una sociedad capitalista no lo es porque todas las relaciones económicas y sociales sean capitalistas, sino porque estas determinan el funcionamiento de todas las otras relaciones económicas y sociales existentes en la sociedad. Inversamente, una sociedad socialista no es socialista porque todas las relaciones sociales y económicas sean socialistas, sino porque estas determinan el funcionamiento de todas las otras relaciones existentes en la sociedad»[10]. De hecho, intentarlo de otro modo sería un absurdo, en el cual el socialismo, cuando ha sido creado, como hasta hoy, sin mecanismos económicos de corrección, es susceptible a sufrir la ilusión de que puede moldear la economía a voluntad. De tal modo, crea él mismo las deformaciones que obstruyen su viabilidad.

En el plano político, el modelo socialista generalizado en el siglo XX ha sido predominantemente autocrático, incapaz de articular íntegramente la institucionalidad que asegure el ejercicio de un verdadero poder popular: una democracia efectivamente participativa. El derrumbe soviético demostró que el socialismo no podrá existir sin democracia, si asumimos que democracia significa poder «del pueblo, por el pueblo y para el pueblo», como afirmó Abraham Lincoln.

La salvedad radica en que se hace necesario definir previamente el demos. En la república griega aludía una minoría esclavista, en la sociedad moderna capitalista se estratifica por el poder que aseguran las ganancias. Para que el demos devenga el pueblo, poco y mal puede hacerse si no se frena el poder del capital. Democracia no significa pluripartidismo electoral (se vuelve un negocio más) ni tampoco partidocracia movilizadora (que distorsiona el sentido del «partido vanguardia»). Coincido con Boaventura de Sousa Santos cuando afirma, en el texto citado, que «socialismo es democracia sin fin»[11]. Creo que es necesario que el partido que se proyecte portador del programa de la sociedad de justicia y equidad, si pretende legitimar su papel en «formar la república», como lo veía José Martí en su ideal del partido revolucionario, también debe vivir, en sistemas como el nuestro, una transición que lo consolide más como vanguardia, como potencia moral que preserve de los valores esenciales, y menos como poder institucional directo.

Un tercer plano estaría dado por los factores subjetivos, sobre lo cual existe en la Historia un arsenal de enunciados de valores irrealizados desde la antigüedad (desde el decálogo de la Ley mosaica, por ejemplo) y no sólo como propósitos incumplidos de los socialismos y de todas las sociedades existentes hasta nuestros días. Una sociedad en la cual la salida de las condiciones de pobreza se siga viendo hoy como la sumatoria de las soluciones familiares o individuales nunca saldrá por completo de la pobreza porque no saldrá de la enajenación. Sería siempre una sociedad centrada en la reproducción del individualismo. En la sociedad cubana el sentido de la solidaridad se ha logrado retener como un valor esencial, y es en este plano en el que se pudo distanciar del deterioro ético que se filtró en el bloque del Este. Sin embargo, no me atrevería a asegurar que se ha universalizado y se hace evidente que también dentro de la sociedad cubana, la crisis de paradigma sufrida a partir del derrumbe y las complejidades de los 90 han distorsionado sensiblemente valores que se creían con mayor grado de consolidación.

Me he detenido en esta formulación genérica para expresar donde veo los grandes desafíos que tenemos por delante los cubanos en el siglo XXI, al mantener y fortalecer la opción por el socialismo. Distinguía, al abordarlos, el modelo de la coyuntura, donde los problemas se traducen en una sociedad en la cual predomina una dislocación entre ingresos y poder adquisitivo, la economía informal se ha superpuesto a la formal, el salario del empleado de limpieza de un hospital puede ser superior al de los especialistas mejor pagados, y de no pagarse esos sueldos nadie haría la limpieza en los hospitales. Más allá de las reformas salariales se requiere llegar a las causas mismas del problema, que radican en el modelo.

Tampoco quisiera pasar por alto los significados que podríamos extraer de comparaciones entre el peso de lo modélico y el de lo coyuntural. Los altibajos de la inserción económica internacional se explican por respuestas coyunturales y, sin embargo, pueden mostrarse muy relevantes, decisivos. Cuando son de signo positivo, con el riesgo de que la clase política tienda a descuidar incluso los requerimientos de transformación del paradigma, espejismo en el cual se incurre con frecuencia. Y cuando son negativas, como es el caso del bloqueo económico de los Estados Unidos en la referencia puntual del sistema cubano, se hacen tan lesivos como para volverse objetivamente centrales en la provocación de situaciones críticas sostenidas que desvirtúan la totalidad del entorno nacional.

Lo que nos dice el IDH

Como es sabido, las insuficiencias propias del indicador de «pobreza de ingresos», motivó hace años la búsqueda de otro que englobara aspectos que quedaban fuera de consideración y, aunque sigue siendo el más funcional para comparaciones cuantitativas, se creó, y se adoptó de manera complementaria, el «índice de desarrollo humano» (IDH). En 1990 el IDH colocaba a Cuba en el lugar 39 dentro de un total de 130 países. La posición de Cuba en este índice se deterioró en los años sucesivos, según caían en el país los indicadores económicos y se deprimían las condiciones de vida de los cubanos. Su comportamiento más crítico lo tuvo en el año 1994, en que nos colocó en la posición 89 entre 173 países. Este indicador mostró, a lo largo de los noventa, el deterioro de la situación en que había quedado la población cubana, aunque hacia 1999 también comenzó a dar cuenta de una tendencia progresiva de recuperación.

El más reciente Informe de Desarrollo Humano del PNUD[12] muestra una recuperación importante de este índice en 2005, en que Cuba queda en el lugar 51. El índice de desarrollo humano de ese año, 0.838, es inferior al mostrado en 1990, que fue 0.877, y colocaba a Cuba en el sexto lugar en el conjunto de la América Latina y el Caribe. En este último Informe…, como en los anteriores, también se constata que la clasificación de Cuba como país de desarrollo humano alto se debe a los indicadores de calidad de vida, en tanto los económicos progresan muy lentamente.

Un posicionamiento realizado exclusivamente a partir de los ingresos (PIB per capita) movería bruscamente a la Isla al lugar 94 en los cálculos del año 2005. Esta paradoja muestra nuestras fuerzas y nuestra debilidad: la capacidad del sistema cubano de retener niveles de amparo a la ciudadanía que serían inimaginables, en una situación de crisis, dentro de una economía de mercado, por una parte; y la insuficiencia de la economía cubana para hacer sostenible el sistema, cuando es evidente que los logros en el terreno de la justicia social y la equidad tienen que descansar sobre un carril de desarrollo productivo no sujeto a la lógica de la ganancia sino a la del crecimiento del bien común de la sociedad.

Hasta aquí la estadística. Paso ahora a otros comentarios. El primero es que las cifras muestran: 1) que a pesar de la caída económica y del régimen de castigo desde los centros de poder imperialista, acrecentado a lo largo de los 90 y hasta los años finales de esta década, la economía cubana muestra capacidad de revitalizarse cuando vuelve a encontrar escenarios de inserción, sin hacer concesiones al imperativo neoliberal, ni a ningún compromiso que pueda traducirse en lazos de dependencia; 2) que el punto débil visible del sistema cubano termina siempre en el comportamiento de la economía, en el cual nunca se ha pasado de medidas aisladas, de mayor o menor alcance, que no aparecen articuladas a un cambio estructural orientado a introducir un nuevo patrón de eficiencia. Las urgencias del corto plazo interfieren con la materialización de cualquier proyección estratégica.

La recuperación económica de comienzo de la década presente, que tuvo su manifestación más elevada en el crecimiento del PIB del 12.5% en 2006, quedó todavía corta de cara a la mayoría de los indicadores de 1989. Además, el crecimiento volvió a desacelerarse con rapidez, cayendo a 7.3% en 2007 y 4.3% en 2008. Para 2009 se ha ajustado la cifra propuesta al 2.5%, aunque rigurosos estudios econométricos consideran esta como una variante óptima y menos probable que una cifra próxima al 1%. Y aun peor, si no encuentran solución los problemas que traban el sistema de pagos (al parecer el de mayor incidencia inmediata), no se descarta un comportamiento en el rojo, de alrededor de –0.5%[13]. Por primera vez bajo cero en dieciséis años.

De manera que, como a principios de los noventa, terminamos la primera década del siglo XXI con una caída significativa. Lo cual no hace más que ratificar, a mi juicio, que incluso cuando miramos más allá de la economía, descubrimos que el reto más inmediato y definitorio del socialismo cubano se localiza otra vez en la economía.

La economía cubana —cargada de malformaciones— está urgida de cirugía. Pero de cirugía socialista. Igualmente si es bajo el bloqueo sostenido, como si este quedara aligerado por motivaciones humanitarias, o si fuese progresivamente desmontado. Frente a cualquier variable la economía socialista cubana no tiene otra opción que encontrar una armazón eficiente. Rediseñada sobre una noción de desarrollo distinta: desde las fuerzas que el país ha creado (en primer lugar con el capital profesional, que sigue subutilizado), con el peso de sus carencias, y sobre las incertidumbres de cada coyuntura. En primer lugar para garantizar subsistencia a nuestra población y recuperación al medio natural del cual nos nutrimos: algo que no se ha logrado plenamente en los cincuenta años transcurridos.

No puede Cuba aspirar a convertirse en otra Suiza (ilusiones sin base que he escuchado a veces) y de hecho, ni siquiera me parece sano soñar con que exista otra Suiza. Las estadísticas económicas tienen más de un significado. Del lado negativo, los altos índices de comportamiento económico también suelen ser indicativos de altos niveles de consumo, contaminación de la atmósfera, y depredación del ambiente en más de un sentido. Se ha dicho que si la norma de consumo de combustible norteamericana se universalizara el agotamiento de las fuentes se haría casi inmediato. No podrá haber autos para todos en el mundo.

Mathis Wrackernagel, investigador del Global Footprint Network de California, calculó, para noventa y tres países, la cantidad de planetas Tierra que serían necesarios en el caso de generalizarse el nivel de consumo de cada uno de ellos. Los países europeos occidentales están en la media de tres planetas, y los orientales de dos. En tanto los Estados Unidos necesitarían cinco planetas. Los países de la América Latina estarían sobre la media de un planeta, y los de África bastante por debajo. En esta correlación la línea del desarrollo sustentable estaría en un índice de desarrollo humano de 0.8, y el nivel de la huella ecológica en 1 planeta. Cuba parece ser, al momento, uno de los países que más claramente se acerca a esta correspondencia[14].

No lo digo como insinuación de complacencia. En definitiva, son estadísticas, solo estadísticas. La complacencia es hija del conformismo y contra el conformismo se rebela el imperativo de redimensionar la economía con reformas que alcancen las estructuras donde quiera que la búsqueda de una eficiencia socialista lo reclame. Se rebela también la necesidad de restaurar un régimen laboral y de participación efectiva que incentive el trabajo. Se rebela la necesidad de posibilitar mejor vida sin más gasto. Se rebela la urgencia de dar un carácter más orgánico al rescate y la protección del ambiente. Se rebela la tarea inaplazable de hacer nacer al fin la democracia.

Y, sin embargo, este dato nos dice, a mi juicio, al margen de consideraciones ideológicas, que el escenario más idóneo para los proyectos de transformación sustentable se encuentra ahora en la América Latina, donde se ha iniciado —solo se ha iniciado— una significativa modificación del mapa político. Y que Cuba presenta, de algún modo, una posición de punta, por ser el país portador experimentado de un paradigma antisistémico de referencia con validez periférica continental.

Es obvio que la realidad presente muestra una compleja panoplia de necesidades de cambio en la transición cubana. Pero es así precisamente porque la opción es la del camino socialista. La otra transición hubiera sido más sencilla, al ponerlo todo en manos del mercado. Y también terrible, porque la lógica del capital no perdona: consolida desigualdades, agudiza y extiende la pobreza, empeña soberanías, compromete futuros. Habríamos perdido en Cuba medio siglo de sacrificios.

Es la transición socialista la que requiere a cada paso la inteligencia del cambio, la evaluación de cada resultado, combinar la mirada puesta en el horizonte con la del día a día, la del gran panorama con la de la calle. También confrontar críticamente nuestros disensos. Y permitir que el pueblo asuma cada vez más un protagonismo en lo que se construye. Que algún día las masas se pongan en condiciones de participar cada vez más —como diría Ernesto Che Guevara— en la decisión de qué parte de los ingresos de la sociedad va al consumo y qué parte a la acumulación[15].

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Notas:

 Sociólogo y ensayista cubano.

1.- Véase http://www.kaosenlared.net/noticia/programa-moncada-era-socialista-esta-inconcluso, 3 de febrero de 2009.

2.- Véase «Estoy disponible para servir a mi Patria», entrevista de Carmelo Mesa Lago concedida a Roberto Veiga para Espacio Laical, no. 61, marzo de 2009, La Habana.

3.- Véase Omar Everleny Pérez Villanueva, «La estrategia económica cubana: medio siglo de socialismo», ponencia presentada en el Seminario sobre Economía Cubana y Gerencia Empresarial, 27-29 de mayo de 2009, La Habana.

4.- Coloquio internacional celebrado en La Habana en febrero de 2000, convocado por la Oficina Regional para América Latina de la UNESCO, bajo el título «Repensar a América Latina».

5.- Véase Aurelio Alonso, «Estrategias de amparo frente a las dinámicas de empobrecimiento», ponencia al XXVII Congreso de LASA, Montreal, 2007.

6.- Véase Aurelio Alonso, «Las reformas cubanas y la introducción de la lógica de mercado en el sistema económico: apuntes sobre los efectos sociales», Alternatives Sud, vol. 1, no. 2, 1994, Paris.

7.- CIEM-PNUD: Investigación sobre derechos humanos y equidad en Cuba, editorial Caguayo, S.A., La Habana, 2000.

8.- Estimados oficiales aluden recientemente a una correlación 7-1 pero varios estudios por muestreo indican que el desbalance puede haber alcanzado una proporción superior a 15-1. Vease Mayra Espina Prieto: Efectos sociales del reajuste económico: igualdad, desigualdad, procesos de complejización de la sociedad cubana, ponencia presentada en el Congreso de Latin American Studies Association (LASA), Dallas, marzo de 2003.

9.- La revista Temas dedicó su número 50-51, de abril-septiembre 2007, al tema de las transiciones. En el mismo el debate cubano ocupa un espacio relevante, a través de una encuesta aplicada por Rafael Hernández y Daybel Panellas, bajo el título «Sobre la transición socialista en Cuba: un simposio», a trece «personas que se distinguen en el campo de las ideas y el conocimiento, en la práctica social y política, pertenecientes a diferentes profesiones y generaciones».

10.- Boaventura de Sousa Santos, «¿Por qué Cuba se ha vuelto un problema difícil para la izquierda?», en la lista Other News de Roberto Savio en IPS, 6 abril de 2009.

11.- Ibidem.

12.- Informe sobre Desarrollo Humano 2007-2008. La lucha contra el cambio climático: Solidaridad frente a un mundo dividido, publicado por el PNUD, México, 2007.

13.- Véase Pavel Vidal, «El PIB cubano en 2009 y la crisis global», en IPS – Economic Press Service, 09/ 15 de mayo de 2009.

14.- Véase Carlos Fernández Liria, «Un siglo de pereza y de comunismo», en Casa de las Américas, no. 254. enero-marzo de 2009, año XLVIII, La Habana.

15.- Ernesto Che Guevara: Apuntes críticos a la Economía Política, pag. 147, Ocean Sur, La Habana, 2006.

Socialismo en el siglo XXI

Enviado el Miércoles, 16 de Septiembre del 2009 (15:33:46)

Nuestra América

Intervención de Aurelio Alonso en el VIII Taller Internacional sobre Paradigmas Emancipatorios: “Debemos realizar una especie de auditoría perenne sobre el curso que nuestras decisiones provoquen en la sociedad, para no tener que volver a percatarnos de que salimos hacia el socialismo y llegamos a otro lugar”

por Aurelio Alonso

Me voy a concentrar en cuatro puntos. El primero se refiere a la razón del planteo. No podemos pasar por alto que el uso de la preposición “en” o “de” se empieza a convertir en un dilema con carga definitoria, o al menos distintiva de posturas. Creo que se puede perder tiempo y energías tratando de delimitar si el subrayado sustantivo debe destacar, con “en”, la continuidad del socialismo, previsto que no es válido reducir “el socialismo” al experimento fallido del siglo XX. O si lo que merece subrayarse, si se escoge “de”, es la convicción, desde un proceso de superación crítica de los errores, anomalías y desatinos, de que no se trata de repetir con más cuidado el camino andado, sino de enfrentarlo con una carga de apertura en la cual prevalezca la creatividad.

Sinceramente, en mi caso personal me he habituado al “de”, porque me pareció, desde un inicio, que el primer fantasma a despejar entre los que no hemos claudicado del ideal socialista, es el de los lastres que nos presionan desde el proyecto fallido. Con lo cual tampoco creo profesar menosprecio alguno hacia el proyecto fallido; al contrario, me parece indispensable que la crítica recupere todo lo de positivo que vimos y vivimos en él, que ha sido mucho.

A pesar de que se han escrito millones de páginas, no creo que la crítica del experimento socialista del siglo XXI haya sido agotada. En realidad, la necesidad de repensarlo es tal, que nunca va a ser agotada. Incluida una evaluación ponderada del liderazgo de Stalin, que tampoco puede hacerse en blanco y negro. Me ahorro el conteo de barbaridades y la insistencia acerca de su responsabilidad en la deformación y el fracaso socialista soviético. Pero recordemos la conducción de la resistencia a la agresión mundial del nazismo y la conversión de la desolación en ofensiva, y recordemos también que en los momentos más críticos de la contienda, no detuvo la construcción del metro de Moscú, lo cual da cuenta de un profundo compromiso con la consumación de su proyecto socioeconómico. Del suyo, en el cual creía.

Pero ningún reconocimiento parcial sería suficiente para no entender que el modelo nacido de la victoriosa revolución bolchevique se mostró, a la larga, incapaz de sostenerse, y esas incapacidades tienen que ser totalmente erradicadas en la construcción de un modelo viable. Estamos obligados, como ninguna otra generación lo estuvo, a asumir la historia sin maniqueísmo.

Concluyo el punto expresando que para mí es más importante el enfoque efectivo detrás del enunciado que la precisión semántica de la preposición que escojamos. No lo convirtamos en un debate típico del medioevo. Por eso, trato de evitar que esto devenga para mí un tema polémico. En definitiva, del siglo XXI estamos llegando solo al final de la primera década y quedan noventa años para que los experimentos socialistas en que nos empeñemos muestren su viabilidad o no. Para no repetir los viejos errores y para corregir los nuevos que cometamos. Es decir, si es que no perecemos antes de hambre o de sed, o cocinados por el calentamiento global, o de cualquier otra catástrofe que se vincule a la destrucción desenfrenada del ambiente humano en la cual estamos atrapados.

El segundo punto se refiere a los dilemas de hoy. Cuando hablamos de dilemas no es posible eludir que la historia nos los impone siempre a través una solución de continuidad y ruptura que, en la práctica, solo puede ser afrontada de manera concreta y diferenciada. Y las soluciones de los dilemas siempre tienen que salir de las generaciones que los viven (mejor decir, que los vivimos). Ninguna referencia precedente, por sensata que sea, nos puede dar respuesta a los que tenemos que resolver hoy. Nos ayudarán a pensarlos, pero la solución la tenemos que elaborar ante la realidad que vivimos, los mismos que la vivimos.

El dilema principal, planteado en el nivel más alto de abstracción, sería el que nos cuestiona hacia dónde nos dirigimos. Vuelve a expresarse, en el plano sistémico, en la disyuntiva entre capitalismo o socialismo. Quienes consideren exhausto el proyecto socialista, lo asumen como un dilema entre capitalismo con “rostro humano” y cualquier otra opción. Su desventaja es que los referentes históricos capitalistas a los cuales se podría atribuir “rostro humano” son muy discutibles y, en todo caso, poco generalizables el modelo sueco, por ejemplo), para no decir irrepetibles.

Una visión más realista nos lleva a replantear hoy este dilema central en términos de “socialismo o barbarie”, como lo hizo Rosa Luxemburgo a comienzos del siglo XX, y lo vuelve a hacer hoy Istvan Mészáros, ahora ante un nivel de agravamiento en las relaciones socioeconómicas y políticas a escala mundial, que puede extremarlo a “socialismo o devastación”.

“Barbarie —afirma Mézáros— si es que tenemos suerte, en el sentido de que el exterminio de la humanidad sería el resultado final del destructivo curso del desarrollo del capital”.

De manera que el futuro de la humanidad tendrá que enrumbarse progresivamente a través de un proceso de socialización (contradictorio, a menudo convulso, con giros inesperados, con avances y retrocesos, con confrontaciones violentas, con la exigencia constante de reciclajes que preserven la lucidez de liderazgo, en tanto profundizan la democracia), o no habrá futuro, del todo, para la humanidad. La tragedia consiste en que el tiempo histórico para que la humanidad se percate de la urgencia del cambio radical, y oriente sus pasos en la búsqueda efectiva de solución, se reduce también radicalmente.

No me gusta ser apocalíptico; ni siquiera me quiero sentir, en el fondo, pesimista. En una ocasión oí decir a Boaventura de Sousa Santos, después de describir la tétrica situación de la realidad contemporánea, que él se consideraba un optimista, aunque un optimista trágico.

Un tercer punto al cual me he sentido motivado se vincula a la reflexión en torno a los paradigmas. Este es un problema que presenta, a mi juicio, dos perspectivas metodológicas: una es la necesidad de definir qué contenidos se nos presentan, por su naturaleza misma, paradigmáticos para nuestra proyección; la otra sería cómo aproximarnos críticamente, revisar, constatar concreciones parciales, controlar y rectificar nuestros planteos paradigmáticos. Una especie de auditoría perenne sobre el curso real que nuestras decisiones provoquen en la sociedad. Para no tener que volver a percatarnos de que salimos hacia el socialismo y llegamos a otro lugar.

En términos de paradigmas, hoy podemos afirmar que la salvación de la humanidad descansa en la construcción o reconstrucción soberana de sociedades que se sostengan en proyectos de justicia y equidad, con propuestas de desarrollo económico orientadas a sostener dichos proyectos, a la par que reproducen el producto social; que se orienten en la práctica a la eliminación de la explotación del trabajo que el capitalismo convirtió en mercancía; con esquemas de participación en el sistema de decisiones, desde la comunidad hasta el Estado central, capaces de imponer una institucionalidad democrática sin precedentes (“el socialismo es democracia sin fin” ha dicho de Sousa Santos con razón).

Y lo más importante, debido a la inminencia del peligro de sucumbir, que cambie radicalmente la actitud del hombre hacia la naturaleza, en el sentido de preservación, restauración, comunicación y asimilación, en unidad con el medio ambiente, del cual hace parte. Y el cambio de la conciencia humana, que si miramos hacia los sacrificios solidarios parece que ha sido mucho, pero si miramos a la expansión de conductas individualistas lesivas al bienestar común, deja mucho que desear. El ideal del hombre nuevo es también un componente paradigmático universal, pero no me canso de repetir que no podremos hablar del hombre nuevo hasta que no se haga salir de la cabeza humana el deseo del automóvil.

Dicho sea rápidamente y sin ser todo lo acucioso que merece el punto, para mí estos resultan enunciados paradigmáticos perfectamente generalizables. No diría yo que para caracterizar el socialismo del siglo XXI, sino para esbozar el horizonte de su construcción. Y si pensamos en ellos de manera despejada, sin querer encontrar coartadas para complacencias, veremos que es poco, a veces demasiado poco, lo que podríamos contabilizar ya como realización en los esfuerzos en que hasta ahora nos hemos empeñado.

En qué medida se asemejan o divergen entre una y otra realidad nacional la correlación de clases sociales y cómo hacerle frente en la responsabilidad práctica de construcción social. Cómo se definiría, en términos de diseño, la institucionalidad política y jurídica que responda a los intereses del pueblo. Cuáles serían, aquí y allá, las proporciones idóneas de la propiedad sobre los medios económicos desde el sector estatal hasta el privado.

Estos son, junto a otros, temas dilemáticos puntuales, que requerirán de concreciones distintas en las respuestas que implementemos. No confundir los paradigmas con las decisiones coyunturales, los méritos del corto plazo con los del largo, la movilización con la participación, lo necesario de la espontaneidad y el ingenio creativo con rechazo del liderazgo (ni al revés). Estos y otros serán siempre (o al menos por uno o dos siglos, con buen tiempo) desafíos para lograr la irreversibilidad socialista.

Si el socialismo que construyamos no se hace definible como democracia, no será socialismo; pero si no se vuelve por naturaleza irreversible tampoco será socialismo. Corro el riesgo de ser acusado de veleidades dogmáticas. Acepto el riesgo. Pero no he abandonado la idea de la irreversibilidad. Aunque de ningún modo crea que la hemos conseguido al votar su inclusión en el texto constitucional: votamos la aspiración, pero solo el curso de la historia podrá decir si el socialismo que construimos resultará irreversible o si también cederá ante las presiones del mercado. Y, sobre todo, ante la inmensa deformación hegemónica que el dominio de los medios masivos de información ha impuesto al pensamiento. Vuelvo a recordar el deseo del automóvil como síndrome erosionante de nuestro tiempo. Creo, sin embargo, que la irreversibilidad, cuando tengamos modo de comprobar que ha sido lograda, será definitoria.

No puedo terminar sin detenerme un instante en el mapa latinoamericano de hoy. Tan sólo un instante —no hay tiempo para más ahora— para recordar que no estamos debatiendo en un plano estrictamente teórico. Estos temas han sido puestos al día por las exigencias, los desafíos y las esperanzas que nos plantea el cambio que las masas han impuesto en el escenario latinoamericano. Para recordar que frente al avance devastador del modelo neoliberal se ha impuesto una ola de resistencia y transformaciones que ha cambiado el mapa político, social y económico de la América Latina.

El cambio latinoamericano que se inició con la revolución bolivariana en Venezuela, y que se ha generado una onda expansiva, convierte al continente el laboratorio sociopolítico y económico por excelencia del mundo periférico hacia la transformación del ordenamiento mundial y hacia la subsistencia del planeta. Hacia el rescate de los paradigmas y la asunción de la posibilidad —difícil y escabrosa pero real— de que el dilema “socialismo o devastación” no se resuelva por la vía de la tragedia. Por supuesto que este punto merece más precisiones, pero sería imposible ahora ir más lejos.

La Habana, 5 de septiembre de 2009

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Intervención de Aurelio Alonso en la mesa Socialismo en el siglo XXI que sesionó en el VIII Taller Internacional sobre Paradigmas Emancipatorios, realizado en La Habana del 2 al 5 de septiembre de 2009

Paul Krugman: Obama perdió las elecciones por falta de osadía económica…

con un comentario

El galimatías del foco de atención

klee6PAUL KRUGMAN 07/11/2010

Los demócratas, declaraba el miércoles Evan Bayh en un artículo de opinión en The New York Times, "se excedieron al centrarse en la atención sanitaria en vez de en la creación de empleo durante una recesión grave". Muchos otros han estado diciendo lo mismo: la idea de que el Gobierno de Obama se equivocó al no centrarse en la economía se está consolidando en la opinión pública.

      La política económica de Obama ha acabado siendo un desastre político precisamente porque trató de jugar sobre seguro

      Pero no tengo ni idea de qué quiere decir la gente, si es que quiere decir algo, cuando dice eso. Centrar toda la atención sobre el foco de atención es, a mi modo de ver, un acto de cobardía intelectual, ya que es una manera de criticar la trayectoria del presidente Obama sin explicar qué habrían hecho ellos de forma diferente.

      Después de todo, ¿la gente que dice que Obama se tendría que haber centrado en la economía está diciendo en realidad que debería haber aplicado un paquete de estímulos mayor? ¿Está diciendo que debería haber seguido una línea más dura con los bancos? Si no es eso, ¿qué están diciendo? ¿Que debería haberse paseado frunciendo el ceño y murmurando: "Estoy centrado, estoy centrado"?

      El problema de Obama no ha sido la falta de atención, sino la falta de osadía. Al inicio de su mandato optó por un plan económico que era demasiado débil. Agravó ese pecado original al pretender que todo estaba encarrilado y al adoptar la retórica de sus enemigos.

      Las consecuencias de las crisis financieras importantes casi siempre son terribles: las crisis graves vienen seguidas normalmente de numerosos años de desempleo muy elevado. Y cuando Obama ocupó su cargo, EE UU acababa de sufrir su peor crisis financiera desde la década de 1930. Lo que el país necesitaba, teniendo en cuenta el gris panorama, era un plan de reactivación realmente ambicioso.

      ¿Podría Obama haber ofrecido realmente dicho plan? Puede que no hubiera conseguido un gran plan por medio del Congreso, o por lo menos no sin usar unas tácticas políticas extraordinarias. Sin embargo, se podría haber decantado por ser atrevido y hacer que el Plan A fuese la aprobación de un plan económico verdaderamente adecuado y que el Plan B consistiera en culpar a los republicanos de los problemas económicos si lograban bloquear dicho plan.

      Pero eligió un rumbo aparentemente más seguro: un paquete de estímulos de tamaño medio que era claramente insuficiente para el cometido. Y eso no es hablar a toro pasado. A principios de 2009, muchos economistas, entre ellos un servidor, advertían más o menos frenéticamente de que las propuestas del Gobierno distaban mucho de ser lo suficientemente atrevidas.

      Lo peor es que no había Plan B. A finales de 2009 ya era obvio que los agoreros tenían razón, que el programa era demasiado pequeño. Obama podría haberse dirigido al país y declarar: "Mi predecesor dejó la economía en un estado incluso peor del que nos imaginábamos y necesitamos más medidas". Pero no lo hizo. En vez de eso, él y sus funcionarios siguieron afirmando que su plan original era el correcto, y eso dañó su credibilidad todavía más, ya que la economía seguía sin cumplir las expectativas.

      Mientras tanto, las políticas y la retórica del Gobierno condescendientes con los bancos -dictadas por el miedo a dañar la confianza financiera- acabaron por desatar el enfado populista, en beneficio de unos republicanos todavía más condescendientes con los bancos. Obama acrecentó sus problemas al ceder de hecho en la discusión sobre el papel del Gobierno en una economía en crisis.

      Percibí una sensación de desesperación en el primer discurso de Obama sobre el Estado de la Unión, en el que declaró que "las familias de todo el país se están apretando los cinturones y están tomando decisiones duras. El Gobierno federal debería hacer lo mismo". Eso no solo era mala ciencia económica -en estos momentos, el Gobierno debe gastar porque el sector privado no puede o no quiere hacerlo-, sino que era una repetición literal de lo que John Boehner, el futuro portavoz del Congreso, dijo cuando atacó los estímulos originales. Si el presidente no dice lo que piensa sobre su propia filosofía económica, ¿quién lo hará?

      Por tanto, en esta historia, ¿dónde encaja el foco de atención? ¿En la falta de coraje? Sí. ¿En la falta de valentía en sus propias convicciones? Sin duda. ¿En la falta de atención? No.

      ¿Y por qué el hecho de no abordar la asistencia sanitaria habría arrojado un resultado mejor? La gente del foco nunca lo explica.

      Por supuesto, del argumento que mantiene que la reforma sanitaria fue un error se extrae lo siguiente: principalmente, que los demócratas deberían dejar de comportarse como demócratas y convertirse en republicanos light. Analicen lo que está diciendo la gente como Bayh, y ello se reduce a exigir que Obama se pase los dos años próximos muerto de vergüenza y admitiendo que los conservadores tenían razón.

      Existe una alternativa: Obama puede adoptar una postura. Para empezar, sigue teniendo la capacidad de elaborar una ayuda importante para los propietarios de viviendas, un ámbito en el que su Gobierno ha perdido una oportunidad durante sus dos primeros años. Más allá de esto, el Plan B sigue disponible. Puede proponer unas medidas reales para crear empleo y ayudar a los desempleados, y poner a los republicanos en un aprieto por interponerse en el camino de la ayuda que necesitan los estadounidenses.

      ¿Podría ser políticamente arriesgado adoptar esa postura? Sí, por supuesto. Pero la política económica de Obama ha acabado siendo un desastre político precisamente porque trató de jugar sobre seguro. Es hora de que pruebe algo distinto.

      Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © New York Times News Service. Traducción de News Clips.

      EL PAIS.COM

      P. Krugman: ¿Por qué seguimos cayendo?

      con un comentario

      La inercia de las autoridades presagia una prolongación de la crisis y del alto nivel de paro

      PAUL KRUGMAN / ROBIN WELLS 03/10/2010

      CRISISSS1 En el invierno entre 2008 y 2009, la economía mundial estaba al borde del abismo. Los mercados de valores se hundían, los mercados de crédito estaban paralizados y los bancos quebraban como consecuencia de un contagio masivo que se extendía desde EE UU hasta Europa y que amenazaba con arrasar el resto del mundo. Durante la peor época de la crisis, EE UU perdía 700.000 puestos de trabajo al mes y el comercio mundial se reducía más deprisa de lo que lo había hecho durante el primer año de la Gran Depresión.

        Sin embargo, hacia el verano de 2009, a medida que la economía mundial se estabilizaba, quedó claro que no habría una repetición de la Gran Depresión en toda su magnitud. Desde junio de 2009, aproximadamente, muchos indicadores han estado apuntando hacia arriba: el PIB ha subido en todas las economías importantes, la producción industrial mundial ha crecido y los beneficios empresariales estadounidenses han vuelto a los niveles anteriores a la crisis.

        Sin embargo, el paro apenas ha descendido en EE UU y Europa (lo que significa que la precaria situación de los parados, especialmente en EE UU, donde la red de seguridad es mínima, no ha parado de empeorar a medida que las prestaciones se agotan y los ahorros se acaban). Y hay pocas perspectivas de mejoría: el desempleo sigue creciendo en las economías europeas más afectadas, el crecimiento económico de EE UU se está ralentizando claramente y muchas previsiones económicas apuntan a que la tasa de paro estadounidense seguirá siendo elevada o incluso ascenderá en el transcurso del próximo año.

        Teniendo en cuenta estas sombrías circunstancias, ¿no deberíamos esperar cierta urgencia por parte de los políticos y los economistas, cierta prisa por presentar planes que fomenten el crecimiento y creen empleo? Por lo visto, no: un análisis informal de libros y artículos recientes no muestra nada parecido.

        Los libros sobre la gran recesión siguen saliendo a raudales de las imprentas; pero, en su mayoría, tienen una visión retrospectiva y se preguntan cómo nos hemos metido en este lío, en vez de decirnos cómo salir de él. Para ser justos, muchos libros recientes sí que dan recetas sobre cómo evitar la siguiente burbuja; pero no ofrecen mucha orientación acerca del problema más acuciante: el de cómo hacer frente a las consecuencias no resueltas de la última.

        Esta extraña dejadez tampoco puede explicarse enteramente por los mecanismos del comercio editorial. Es cierto que la mayoría de los libros sobre economía que aparecen ahora llegaron a las imprentas antes de que se hiciese plenamente evidente la naturaleza decepcionante de nuestra mal llamada recuperación. No obstante, incluso un análisis de artículos recientes muestra una llamativa falta de disposición por parte de la abatida ciencia para ofrecer soluciones a los problemas de un paro persistentemente elevado y una economía floja. Ha habido un encendido debate sobre la efectividad de las medidas monetarias y fiscales adoptadas en los peores momentos de la crisis; también ha habido ruidosas declaraciones acerca de lo que no debemos hacer (las advertencias sobre el supuesto peligro de los déficits presupuestarios o de la política monetaria expansiva son incontables). Pero las propuestas de medidas positivas que nos saquen del agujero en el que estamos son pocas y muy distanciadas entre sí.

        En las páginas siguientes presentaremos un análisis relativamente breve sobre un tema en el que se ha hecho mucho hincapié, pero que sigue siendo controvertido: los orígenes de la crisis de 2008. Luego nos fijaremos en los debates políticos en curso acerca de la respuesta a la crisis y sus consecuencias. Para no dejar a los lectores en suspenso: creemos que la relativa ausencia de propuestas para hacer frente al paro masivo es un caso de "parálisis autoinducida" (una expresión utilizada por el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, hace una década, cuando era un investigador que criticaba a los responsables políticos desde fuera).

        Hay margen para la acción, tanto monetaria como fiscal. Pero tanto los políticos como los funcionarios y los economistas han sufrido una crisis nerviosa, una crisis por la que millones de trabajadores pagarán un alto precio.

        1.

        Podríamos llamarlo la gran burbuja inmobiliaria del Atlántico Norte: en la primera década del tercer milenio, los precios de las viviendas y los inmuebles comerciales se dispararon en algunas zonas de Europa y Norteamérica. Entre 1997 y 2007, el precio de la vivienda subió un 175% en EE UU, un 180% en España, un 210% en Reino Unido y un 240% en Irlanda.

        ¿Por qué subieron tanto los precios de los inmuebles y en tantos sitios? Hablando de manera general, hay cuatro explicaciones populares (que no son excluyentes entre ellas): la política de tipos de interés bajos de la Reserva Federal después de la recesión de 2001; la "superabundancia mundial de ahorros"; las innovaciones financieras que disfrazaban el riesgo, y los programas gubernamentales que generaban riesgo moral.

        La política de tipos de interés bajos de la Reserva Federal

        Después del estallido de la burbuja tecnológica a finales de los años noventa, los bancos centrales rebajaron drásticamente los tipos de interés a corto plazo que controlaban directamente en un intento por contener la consiguiente recesión. La Reserva Federal tomó la medida más radical al rebajar el tipo diario de los préstamos interbancarios del 6,5% registrado a principios de 2000 a un mero 1% en 2003, y al seguir manteniéndolo muy bajo durante 2004.

        Y hay una escuela de pensamiento -con la que Raghuram Rajan simpatiza claramente en su libro Fault Lines (Líneas de falla, no publicado en España), y que recibe un apoyo más matizado por parte de Nouriel Roubini y Stephen Mihm en Cómo salimos de ésta (Destino)- que considera que este periodo prolongado de tipos bajos fue un terrible error político que sentó las bases para la burbuja inmobiliaria.

        Sin embargo, este punto de vista presenta algunas pegas importantes. Para empezar, había buenos motivos para que la Reserva Federal mantuviese bajo su tipo interbancario, o político. Aunque la recesión de 2001 no fue especialmente profunda, la recuperación fue lenta; en EE UU, el empleo no recuperó los niveles anteriores a la recesión hasta 2005. Y con una inflación que alcanzó su valor más bajo en 35 años había razones para preocuparse por una posible trampa deflacionista en la cual una economía deprimida hace que bajen los salarios y precios, lo que a su vez deprime aún más la economía. Resulta difícil imaginar, incluso con la perspectiva que da el tiempo, de qué manera podría haber justificado la Reserva Federal el hecho de no mantener los tipos bajos durante un periodo prolongado.

        El hecho de que la burbuja inmobiliaria fuese un fenómeno más noratlántico que puramente estadounidense también hace que resulte difícil achacar la culpa de esa burbuja principalmente a la política de los tipos de interés. El Banco Central Europeo no fue ni mucho menos tan agresivo como la Reserva Federal, y redujo los tipos de interés que controlaba solo la mitad de lo que lo hizo su homóloga estadounidense, pero no obstante, las burbujas inmobiliarias europeas fueron perfectamente comparables en escala a la de EE UU.

        Estos argumentos dan a entender que sería un error atribuir toda o parte de la culpa por la burbuja inmobiliaria a una política monetaria descaminada.

        La superabundancia mundial de ahorros

        La expresión "superabundancia mundial de ahorros" proviene en realidad de un discurso que pronunció Ben Bernanke a principios de 2005. En dicho discurso, el futuro presidente de la Reserva Federal sostenía que el gran déficit comercial de EE UU -y los grandes déficits de otros países como Reino Unido y España- no reflejaba tanto un cambio en el comportamiento de esos países como un cambio en el comportamiento de los países con superávit.

        Históricamente, los países en vías de desarrollo han tenido déficits comerciales respecto a los países desarrollados, ya que compran maquinaria y otros bienes de equipo con el fin de aumentar su nivel de desarrollo económico. En los albores de la crisis financiera que golpeó Asia en 1997 y 1998, esta práctica habitual se invirtió: las economías en vías de desarrollo de Asia y Oriente Próximo tenían grandes superávits comerciales respecto a los países desarrollados, con el fin de acumular enormes reservas de activos extranjeros como seguro contra otra crisis financiera.

        Alemania también contribuyó a este desequilibrio mundial al alcanzar grandes superávits comerciales respecto al resto de Europa a fin de financiar la reunificación y el rápido envejecimiento de su población. En China, cuyo superávit comercial equivale a la mayor parte del déficit comercial de EE UU, el deseo de protegerse contra una posible crisis financiera ha dado forma a una política en la que la moneda se mantiene infravalorada, lo cual beneficia a las empresas exportadoras con conexiones políticas, a menudo a expensas de la población trabajadora en general.

        Para los países con déficit comercial como EE UU, España y Reino Unido, la otra cara del desequilibrio comercial fueron unos grandes flujos de capital entrante debido a que los países con superávit compraban cantidades ingentes de bonos y otros activos estadounidenses, españoles y británicos. Estas entradas de capital también hicieron bajar los tipos de interés; no los tipos a corto plazo fijados por las políticas de los bancos centrales, sino los tipos a largo plazo, que son los que importan con vistas al gasto y al precio de la vivienda y que dependen de los mercados de bonos. Tanto en EE UU como en los países europeos, los tipos de interés a largo plazo experimentaron un drástico descenso después de 2000 y permanecieron bajos incluso cuando la Reserva Federal empezó a subir su tipo a corto plazo. Su presidente en aquel momento, Alan Greenspan, llamó a esta divergencia el "enigma" del mercado de obligaciones, pero es perfectamente comprensible, dadas las fuerzas internacionales implicadas. Y merece la pena señalar que, aunque, como hemos dicho, el Banco Central Europeo no fuese ni mucho menos tan agresivo como la Reserva Federal a la hora de rebajar los tipos a corto plazo, los tipos a largo plazo cayeron igual o más en España e Irlanda que en EE UU, un hecho que invalida la idea de que fue la política monetaria flexible la causante de la burbuja inmobiliaria.

        De hecho, en aquel discurso de 2005, Bernanke reconocía que el impacto de la superabundancia de ahorros se estaba dejando sentir principalmente en el sector de la vivienda: durante estos últimos años, las principales repercusiones de la superabundancia mundial de ahorros en el precio de los activos parece haberse producido en el mercado de la inversión residencial, ya que los tipos hipotecarios bajos han propiciado unos niveles récord de construcción de casas y unas fuertes subidas del precio de las viviendas.

        Algo en lo que, por desgracia, no reparó fue que los precios de las casas estaban subiendo mucho más de lo que deberían haber subido, incluso teniendo en cuenta los tipos hipotecarios bajos. A finales de 2005, tan solo unos meses antes de que la burbuja inmobiliaria estadounidense empezase a deshincharse, declaraba -desechando implícitamente los argumentos de diversas Casandras prominentes- que los precios de la vivienda "son, en gran medida, el reflejo de unas bases económicas sólidas". Y como casi todos los demás, Bernanke no se percató de que tanto las instituciones financieras como las familias estaban asumiendo riesgos que no comprendían, porque daban por hecho que los precios de las viviendas nunca bajarían.

        A pesar de la extraordinaria falta de clarividencia de la que ha hecho gala Bernanke con respecto a la crisis que se nos venía encima, la historia de la superabundancia mundial ofrece, no obstante, una de las mejores explicaciones sobre cómo tantos países se las arreglaron para meterse en problemas tan parecidos.

        La innovación financiera descontrolada

        Mary tenía un corderito y, cuando vio que estaba enfermo, lo envió al polígono industrial de Packingtown, y ahora es pollo envasado.

        La famosa cancioncilla que resume La jungla de Upton Sinclair parece muy apropiada como descripción de las prácticas financieras que contribuyeron a alimentar la burbuja inmobiliaria, especialmente en el caso de las hipotecas subpreferenciales. A estas alturas, la letanía resulta familiar: el viejo modelo de banca, según el cual los bancos se quedaban con los préstamos que concedían, fue sustituido por la nueva práctica de generar y distribuir. Los generadores de hipotecas -que, en muchos casos, no poseían un negocio bancario tradicional- concedían préstamos para comprar casas y, acto seguido, vendían esos préstamos a otras empresas.

        Luego estas empresas reempaquetaban esos préstamos agrupándolos, y a continuación vendían participaciones de estos paquetes de valores; y las agencias de calificación estaban dispuestas a etiquetar el producto de pollo resultante, es decir, a poner su sello de aprobación, la calificación AAA, en los más privilegiados de estos valores hipotecarios, aquellos que tenían preferencia para reclamar el interés y el reembolso del capital principal.

        Todo el mundo desconocía tanto los riesgos que planteaba un retroceso general del mercado inmobiliario como la degradación de las reglas sobre garantía bancaria a medida que la burbuja se inflaba (esa ignorancia, sin duda, se veía favorecida por las enormes cantidades de dinero que se ganaban). Cuando llegó la crisis resultó que gran parte de ese papel de categoría triple A apenas valía unos cuantos céntimos por dólar.

        Es una historia vergonzosa. Sin embargo, es importante volver atrás y preguntarse por la importancia que tuvieron estas prácticas financieras poco fiables a la hora de sentar las bases de la crisis.

        Hay tres puntos que nos parecen importantes. Primero, la versión habitual de la historia transmite la impresión de que Wall Street no tenía ningún incentivo para preocuparse por los riesgos de los préstamos basura, porque era capaz de deshacerse de los residuos tóxicos y encajárselos a inversores incautos de todo el mundo.

        Pero esta afirmación parece ser en gran parte errónea, aunque no del todo: aunque había muchísimos inversores ingenuos comprando valores hipotecarios complejos sin comprender sus riesgos, las empresas de Wall Street que emitían estos valores mantenían los activos de más riesgo en sus propios libros de cuentas. Además, muchos de los activos relativamente menos arriesgados los compraban otras instituciones financieras, normalmente consideradas inversores especializados, y no los ciudadanos corrientes. El efecto final fue el de concentrar los riesgos en el sistema bancario, no el de cargar a otros con ellos.

        Segundo, la comparación entre Europa y EE UU es instructiva. Europa se las arregló para inflar unas burbujas inmobiliarias gigantescas sin recurrir a complejos esquemas financieros como los de EE UU. Los bancos españoles, en concreto, ampliaron enormemente el crédito; lo hicieron vendiendo garantías sobre sus préstamos a inversores extranjeros, pero estas garantías eran simples, contratos sin florituras que, en última instancia, dejaban el pasivo en manos de los prestamistas originales, los propios bancos españoles. La relativa simplicidad de sus técnicas financieras no impidió que se creara una burbuja enorme ni el estallido posterior.

        Un tercer argumento en contra de la idea de que las finanzas complejas desempeñaron una función esencial es el hecho de que la burbuja inmobiliaria vino acompañada de una burbuja simultánea de los inmuebles comerciales, que seguían financiándose fundamentalmente mediante préstamos bancarios tradicionales. De modo que las finanzas exóticas no fueron una condición necesaria para el descontrol de los préstamos, ni siquiera en Estados Unidos.

        Lo que sí es posible es que esa innovación financiera hiciera que los efectos de la crisis inmobiliaria fuesen más generalizados: en vez de quedarse en una crisis concentrada geográficamente, en la que solo las instituciones crediticias locales estaban en peligro, la complejidad de la estructura financiera extendió la crisis a instituciones financieras de todo el mundo.

        El riesgo moral generado por los programas gubernamentales

        La idea de que la culpa fue del Gobierno -que los préstamos avalados por el Gobierno, las órdenes gubernamentales y las garantías gubernamentales explícitas o implícitas condujeron a compras irresponsables de casas- es un dogma de fe de la derecha política. También es un tema central, aunque no el único, del libro Fault Lines, de Raghuram Rajan.

        En el mundo, según Rajan, catedrático de Finanzas en la escuela de empresariales de la Universidad de Chicago, las raíces de la crisis financiera se hunden en la creciente desigualdad adquisitiva en EE UU y en la reacción política a esa desigualdad: los congresistas, con la intención de ganarse el favor de los votantes y mitigar las consecuencias de la creciente desigualdad, canalizaron fondos hacia familias con pocos ingresos que querían comprar casas. Fannie Mae y Freddie Mac, las dos instituciones crediticias patrocinadas por el Gobierno, facilitaron el crédito hipotecario; la Ley de Reinversión en la Comunidad, que animaba a los bancos a adaptarse a las necesidades crediticias de las comunidades en las que operaban, les obligó a prestar dinero a prestatarios con pocos ingresos, independientemente del riesgo; y de todas formas, a los bancos no les preocupaba mucho el riesgo porque creían que el Gobierno les respaldaría si algo salía mal.

        Rajan afirma que el Programa de Eliminación de Activos Problemáticos (TARP, por sus siglas en inglés), convertido en ley por el presidente Bush el 3 de octubre de 2008, ratificaba la creencia de los bancos de que no tendrían que pagar ningún precio por su desenfreno. Aunque Rajan tiene la precaución de no dar nombres y echa la culpa a los "políticos" en general, está claro que los demócratas son los principales culpables, según su visión del mundo. En general, quienes afirman que el Gobierno ha sido el responsable tienden a centrar su ira en Bill Clinton y en el congresista Barney Frank, que supuestamente estaban detrás de la gran campaña para dar préstamos a los pobres.

        No obstante, a pesar de ser una historia en la que todo encaja a la perfección, choca claramente con los hechos. Y resulta decepcionante ver que Rajan, un economista respetado por todos que fue uno de los primeros que advirtieron sobre el descontrol de Wall Street, se traga algo que esencialmente es un mito con motivaciones políticas. El libro de Rajan se basa en gran medida en estudios del American Enterprise Institute, un comité de expertos de derechas. No menciona ninguno de los numerosos estudios y comentarios que demuestran la falsedad de la tesis que echa la culpa al Gobierno.

        Roubini y Mihm, por el contrario, captan bien la idea: el enorme crecimiento del mercado de las hipotecas basura estuvo respaldado principalmente no por Fannie Mae y Freddie Mac, sino por instituciones privadas de crédito hipotecario como Countrywide. Además, la Ley de Reinversión en la Comunidad es muy anterior a la burbuja inmobiliaria. Las afirmaciones exageradas sobre que Fannie Mae y Freddie Mac provocaron por sí solos la crisis de las hipotecas subpreferenciales son sencillamente descabelladas.

        Como han señalado otros, Fannie y Freddie representaban en realidad una parte muy reducida del conjunto del mercado de los préstamos inmobiliarios durante los años de mayor crecimiento de la burbuja. En la medida en que compraron préstamos inmobiliarios dudosos, lo hicieron buscando beneficios, no persiguiendo objetivos sociales (de hecho, estaban tratando de alcanzar a los prestamistas privados). Por otra parte, pocas de las instituciones implicadas en la concesión de préstamos hipotecarios subpreferenciales -como Countrywide Financial- eran bancos comerciales sujetos a la Ley de Reinversión en la Comunidad.

        Aparte de eso, había otras burbujas; la burbuja de los inmuebles comerciales de EE UU, que no estaba en absoluto promovida por políticas públicas, y las burbujas en Europa. El hecho de que los inmuebles residenciales estadounidenses solo fuesen parte de un fenómeno mucho mayor parece ser una presunta prueba en contra de cualquier opinión que dependa demasiado de supuestas distorsiones creadas por los políticos estadounidenses.

        ¿Era la política gubernamental completamente inocente? No, pero sus pecados eran más de omisión que de acción. A Fannie y Freddie no se les debería haber permitido tratar de obtener beneficios en las últimas etapas de la burbuja inmobiliaria; y los reguladores no fueron capaces de usar la autoridad que tenían para impedir que se asumieran riesgos excesivos. Pero por mucho que los conservadores quieran colocar a los políticos bondadosos en el centro de esta historia, ese no es su lugar. Y el respaldo que da Rajan a la versión conservadora de la historia, sin siquiera reconocer los problemas de dicha versión, resulta poco fiable y evasivo.

        La burbuja como un cisne blanco

        Sean cuales sean las causas exactas de la burbuja inmobiliaria, es importante darse cuenta de que las burbujas en general no son ni mucho menos algo fuera de lo habitual. Por el contrario, como explicaba detalladamente Robert Shiller, de Yale, en su libro Exuberancia irracional (Turner), elogiado con razón, son una característica recurrente de los mercados financieros. (No es una coincidencia que Shiller avisase desde el principio de que estábamos experimentando una burbuja inmobiliaria masiva). Las burbujas se han producido en las economías pequeñas y en las grandes, en países concretos y en la economía mundial en su conjunto, en periodos de intensa intervención pública y en épocas de mínima injerencia gubernamental. La burbuja inmobiliaria del Atlántico Norte, como dicen Roubini y Mihm, fue un "cisne blanco", un tipo de acontecimiento normal, no uno tremendamente inusual, aunque mucho más grande que la mayoría.

        Nosotros opinamos que la burbuja surgió en gran parte gracias a la superabundancia mundial de ahorros, pero que cobró bríos (que es lo que hacen las burbujas). Puede que las innovaciones financieras como la titularización de hipotecas hayan contribuido a inflar la burbuja, pero los bancos europeos se las apañaron para ampliar en exceso el crédito sin tantas florituras. Sin embargo, está claro que hubo fallos de supervisión garrafales. En concreto, Ben Bernanke ha reconocido que la Reserva Federal no empleó su autoridad reguladora para frenar los excesos de las entidades de crédito hipotecario (un descuido trágico). Greenspan hizo caso omiso de la clara advertencia que hizo un miembro de la junta directiva de la Reserva sobre los préstamos hipotecarios, que se habían vuelto peligrosamente excesivos. Y la titularización generalizada de los préstamos hipotecarios ha hecho que el problema sea mucho más difícil de resolver.

        En un mercado inmobiliario que ahora está deprimido en todos los aspectos de la economía, los titulares de hipotecas y prestatarios con problemas estarían en mejor situación si pudieran renegociar sus préstamos y evitar las ejecuciones hipotecarias. Pero cuando las hipotecas se han rebanado y troceado para agruparlas y luego se han vendido en el mercado internacional, de forma que ningún inversor posee más que una fracción de cualquier hipoteca, esas negociaciones son imposibles. Y por culpa de los lobbies del sector financiero que impidieron que las hipotecas estuviesen cubiertas por los procesos de quiebra personal, ningún juez puede imponer una solución. El fenómeno de la titularización, creado con la creencia de que nunca se produciría un hundimiento a gran escala en el sector de la vivienda, ha atrapado a los inversores y a los prestatarios con problemas en una espiral descendente mutuamente destructiva.

        2.

        ¿Qué pasa cuando las burbujas estallan? Invariablemente, un montón de riqueza en activos desaparece. Pero eso, en sí mismo, no basta para convertir el estallido de una burbuja en una catástrofe para la economía en general. La crisis de la Bolsa de 2000-2002 asestó un golpe de cinco billones de dólares al patrimonio de las familias estadounidenses. Hizo sufrir mucho a aquellas personas que contaban con las plusvalías para su jubilación, pero no desencadenó ninguna crisis sistémica generalizada. La crisis inmobiliaria representó un golpe de ocho billones de dólares, que tampoco fue mucho más grande que el del hundimiento de la Bolsa, si se tienen en cuenta la inflación y el crecimiento económico que hubo de por medio. Pero dio lugar a la peor crisis mundial desde los años treinta. ¿Por qué?

        La mayor parte de Cómo salimos de ésta, de Roubini y Mihm, está, de hecho, dedicada a esta pregunta. Curiosamente, teniendo en cuenta la reputación que tiene Roubini de persona extremista y agorera, el libro depara pocas sorpresas. Pero es una muy buena introducción para explicar la manera en que unas finanzas mal encaminadas pueden destrozar una economía por lo demás saludable.

        Hay dos respuestas principales a la pregunta de por qué algunas burbujas de activos hacen tanto daño cuando se pinchan. La respuesta más corta de miras se centra en el sector financiero; la de miras más amplias sostiene que la deuda y el apalancamiento entre agentes no financieros como corporaciones y propietarios de viviendas son igual de importantes. El hecho de que uno suscriba una u otra tiene consecuencias importantes para la visión que tiene sobre el modo en que deberíamos responder ante los pertinaces males de la economía.

        Hablemos primero del sector financiero: los bancos y otras instituciones similares. Incluso Adam Smith sabía que los bancos están particularmente sujetos a crisis de confianza. Forma parte de la naturaleza de su negocio: un banco puede prometerle que tendrá acceso a su dinero siempre que quiera pero, dado que la mayoría de los fondos depositados en manos de cualquier banco se invierten en valores a largo plazo, ningún banco puede mantener realmente esa promesa si una gran parte de los depositantes exigen simultáneamente que se les devuelva su dinero. Por eso la banca depende de la confianza: mientras la gente crea que su dinero está seguro y solo saque fondos cuando tenga un motivo personal o empresarial para hacerlo, su dinero probablemente estará a salvo. Pero si los clientes de un banco empiezan a dudar de la solidez de la institución y deciden en masa sacar su dinero -es decir, si hay una retirada masiva de fondos del banco-, el miedo a que el banco quiebre puede convertirse en una profecía hecha realidad.

        La crisis mundial del mercado inmobiliario, a diferencia del estallido de la burbuja de las punto.com, hizo que surgieran preocupaciones justificables respecto a la solidez de los bancos. Las instituciones financieras en su mayoría no estaban expuestas a las acciones tecnológicas. Sin embargo, estaban muy expuestas a pérdidas debidas a impagos hipotecarios. Por eso no resulta sorprendente, al menos retrospectivamente, que la crisis del mercado inmobiliario desencadenase una retirada masiva de fondos en grandes partes del sistema financiero. O por usar un término anticuado que vuelve a utilizarse de manera habitual, desencadenó el pánico financiero.

        Pero ¿cómo podría darse un pánico de los de antes en el mundo moderno? Generaciones de instructores económicos les han dicho a sus alumnos que las retiradas masivas de fondos en los bancos -como en la famosa escena de la película Qué bello es vivir- son algo del pasado, ya que los depositantes modernos saben que su dinero está asegurado por la Corporación Federal de Garantía de Depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés). ¿Por qué se equivocaban? La ahora familiar respuesta es que en 2007 el sistema financiero había evolucionado hasta un punto en el que tanto la regulación bancaria tradicional como la red de seguridad asociada a ella estaban llenas de agujeros.

        En EE UU, la banca convencional fue sustituyéndose progresivamente por diversas alternativas, ahora frecuentemente agrupadas con la expresión "banca en la sombra". Por ejemplo, muchas empresas empezaron a colocar su dinero no en depósitos bancarios sino en repos o acuerdos de recompra (préstamos a muy corto plazo a fondos de cobertura y bancos de inversión). Los acuerdos de recompra ofrecían unos tipos de interés más altos que los depósitos corrientes, porque sus emisores no estaban sujetos a los requisitos de reservas ni a otras normas que se aplican a los bancos convencionales. Pero no estaban garantizados por el Gobierno y, por tanto, estaban expuestos a crisis de confianza. Las retiradas masivas de acuerdos de recompra hundieron a Bear Stearns y Lehman Brothers. Y, según muchos cálculos, en 2007, los acuerdos de recompra y otras formas de banca en la sombra representaban alrededor del 60% del sistema bancario estadounidense total (pero la banca en la sombra seguía estando sin regular ni asegurar en su mayoría). "No es de extrañar", escriben Roubini y Mihm, "que el sistema de banca en la sombra estuviese en el centro de lo que se convertiría en la madre de todas las retiradas masivas bancarias".

        En Europa, la ruptura de la red de seguridad bancaria tradicional adquirió una forma un tanto distinta. En primer lugar, los bancos de las zonas de burbuja en España, Irlanda, Islandia y Reino Unido concedieron préstamos que superaban con creces sus depósitos, los cuales complementaron con financiación al por mayor, es decir, adquiriendo préstamos de otros bancos e inversores. Esta financiación al por mayor podía agotarse, y de hecho se agotó, cuando la solidez de los prestamistas originales se vio en tela de juicio.

        Más allá de eso, los bancos europeos estaban respaldados por sus Gobiernos nacionales, no por una red de seguridad paneuropea, lo cual quiere decir que, cuando en algunos países surgieron problemas bancarios realmente graves, la capacidad de los Gobiernos de esos países para apoyar a sus bancos se vio cuestionada. Islandia, donde un puñado de banqueros desmandados asumió una deuda varias veces mayor que el PIB del país, es el ejemplo más conocido. Pero dudas similares aunque menos importantes relativas a la capacidad del Gobierno para hacer frente a las deudas de la banca han surgido en Irlanda y España.

        De modo que la crisis del mercado inmobiliario generó una crisis de confianza en gran parte del sistema financiero mundial y terminó por paralizar partes cruciales de dicho sistema. Los signos de tensión empezaron a aparecer a finales del verano de 2007; el caos se desató después de la quiebra de Lehman en septiembre de 2008. Durante el invierno de 2008-2009 se dispararon los costes de los préstamos para casi todo el mundo -en el caso de que alguien consiguiera un crédito- excepto para los Gobiernos. Y la economía mundial parecía acercarse peligrosamente a una catástrofe total.

        Los responsables políticos se apresuraron a evitar ese final. Se rescató a las instituciones financieras a expensas de los contribuyentes; se ampliaron las garantías para restaurar la confianza (Irlanda, por ejemplo, tomó la extraordinaria medida de garantizar toda la deuda bancaria irlandesa); los bancos centrales y los organismos gubernamentales echaron una mano como prestamistas de último recurso y ofrecían crédito cuando los bancos no podían o no querían. Estas medidas consiguieron controlar el pánico: a principios del verano de 2009, la mayoría de los índices de estrés financiero habían vuelto a valores más o menos normales. Y como señalábamos al principio de este artículo, la economía mundial dejó de caer en picado y empezó a crecer otra vez.

        Pero, como también hemos señalado, no ha sido una recuperación en toda regla. Si el problema fundamental tiene que ver con una crisis de confianza en el sistema bancario, ¿por qué la restauración de la confianza en la banca no ha traído una vuelta del crecimiento económico sólido? Es probable que la respuesta sea que los bancos solo eran una parte del problema. Resulta curioso que sólo uno de los tres libros analizados aquí mencione al menos la obra del fallecido Hyman Minsky, un economista heterodoxo y durante mucho tiempo olvidado, a quien le ha llegado su momento (en más de un sentido). No obstante, Roubini y Mihm aportan una buena visión general de las ideas de Minsky (y Richard Koo, lo sepa o no, es en gran medida un minskyano).

        La teoría de Minsky, en resumen, era que las épocas de estabilidad financiera sientan las bases de las crisis futuras porque incitan a una amplia variedad de agentes económicos a contraer deudas cada vez mayores y a participar en una especulación cada vez más arriesgada. Mientras los precios de los activos siguen subiendo, impulsados por las compras financiadas con deuda, todo parece marchar sobre ruedas. Pero, antes o después, la música se detiene: hay un momento Minsky en el que todos los actores se dan cuenta (o los acreedores les obligan a darse cuenta) de que los precios de los activos no van a subir eternamente y de que los prestatarios han asumido una deuda excesiva.

        Pero ¿no es esta nueva prudencia algo bueno? No. Cuando un individuo intenta pagar lo que debe, no hay ningún problema; pero cuando todo el mundo trata de hacerlo al mismo tiempo, las consecuencias pueden muy fácilmente ser destructivas para todos los implicados. El proceso de destrucción se observa más claramente en el sector financiero, donde el intento por parte de todo el mundo de pagar su deuda vendiendo activos al mismo tiempo puede llevar a un círculo vicioso de precios que se hunden y angustia creciente. Pero el problema no se limita necesariamente a las finanzas.

        De hecho, Richard Koo sostiene en The Holy Grail of Macroeconomics (El santo grial de la macroeconomía, sin publicar en España ) que el mayor problema al que se enfrentan las economías después de un momento Minsky (aunque él nunca usa ese término) no reside en el sector financiero, sino en los sectores no financieros con demasiadas deudas en sus balances. Koo es el economista jefe del Instituto de Investigación Nomura. Gran parte de su libro está dedicado a la larga época de estancamiento de Japón que se inició a principios de los años noventa. Este estancamiento, afirma, era en su mayoría un reflejo de los problemas que tenían con las cuentas de resultados las corporaciones no financieras, que se vieron atrapadas en grandes deudas tras el estallido de la burbuja inmobiliaria japonesa en los años ochenta. Sostiene que EE UU se enfrenta ahora a un problema similar, con problemas de deuda concentrados no en las corporaciones sino en los propietarios de viviendas que han asumido grandes deudas tanto al comprar las casas como al usarlas como cajeros automáticos, es decir, rehipotecándolas para obtener dinero en efectivo por la revalorización de la vivienda y gastando ese efectivo en un mayor consumo.

        Según el análisis de Koo, los intentos simultáneos por parte de muchos actores privados de pagar sus deudas condujeron a una "falacia de la composición", que está estrechamente relacionada con la famosa (aunque muy a menudo subestimada) "paradoja del ahorro". Cada corporación o familia individual recorta el gasto en un intento por reducir la deuda; pero estos recortes del gasto reducen los ingresos de todo el mundo y mantienen la economía permanentemente deprimida.

        Estos problemas más generales de deuda y desapalancamiento posiblemente expliquen por qué el éxito a la hora de estabilizar el sector financiero solo ha servido para alejar un poco la economía del abismo, sin dar pie a una recuperación sólida. La economía está atada de pies y manos, todavía paralizada por la excesiva cantidad de deuda sin pagar. Es decir, los esfuerzos simultáneos de tantas personas por pagar sus deudas al mismo tiempo hacen que la economía siga deprimida.

        ¿Y cuál es la solución? A corto plazo, la única forma de evitar una recesión profunda cuando casi todo el mundo en el sector privado está tratando de pagar su deuda simultáneamente es que el Gobierno se mueva en la dirección contraria: que se convierta, de hecho, en el prestatario de último recurso, emitiendo deuda y gastando más a medida que el sector privado se retrae. Cuando el momento Minsky es más intenso, los déficits presupuestarios no solo son buenos, son necesarios. En realidad, el aumento de los déficits presupuestarios en todo el mundo entre 2007 y 2009 posiblemente fue más importante aún que los rescates financieros para evitar que la crisis del mercado inmobiliario desencadenase una repetición de la Gran Depresión en toda su magnitud.

        Por cierto que, este aumento repentino de los déficits presupuestarios no se debió principalmente a los esfuerzos deliberados por estimular la economía. Al contrario, los factores principales fueron la caída de la recaudación fiscal a medida que las economías se hundían y, en segundo lugar, un crecimiento de los pagos automáticos como los subsidios por desempleo. En EE UU, el déficit federal bianual de 2009-2010 rondará los 2,5 billones de dólares; el plan de estímulo de Obama representa menos de un cuarto del total.

        Por tanto, los déficits presupuestarios han evitado que caigamos en el abismo.

        Paul Krugman es columnista de The New York Times y catedrático de Economía y Asuntos Internacionales en Princeton. Obtuvo el premio Nobel de Economía en 2008. Robin Wells es coautora, junto con Krugman, de Fundamentos de economía y ha enseñado Economía en Princeton, Stanford y el Massachusetts Institute of Technology. © 2010 The New York Review of Books Distribuido por The New York Times Syndicate Traducción de News Clips.

        El País.com

        Paul Krugman: EE.UU se sume en la oscuridad…

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        Atacar a la Seguridad Social, P. Krugman (ver más abajo)

        Las luces se apagan en todo EE UU, literalmente. La ciudad de Colorado Springs ha copado los titulares con su intento desesperado por ahorrar dinero apagando un tercio de sus farolas, pero están ocurriendo o barajándose cosas similares en todo el país, desde Filadelfia hasta Fresno. Entretanto, un país que en su día asombró al mundo con sus visionarias inversiones en transportes, desde el canal de Erie hasta el sistema de autopistas interestatales, ahora se halla en un proceso de despavimentado: en varios Estados, los Gobiernos locales están destruyendo carreteras que ya no pueden permitirse mantener y reduciéndolas a grava.

        Y una nación que antaño valoraba la educación, que fue una de las primeras en ofrecer escolarización básica a todos sus niños, ahora está haciendo recortes. Los profesores están siendo despedidos, y los programas, cancelados. En Hawai, hasta el curso escolar se está acortando de manera drástica. Y todo apunta a que en el futuro se producirán todavía más ajustes.

        Nos dicen que no tenemos elección, que las funciones gubernamentales básicas -servicios esenciales que se han proporcionado durante generaciones- ya no son viables. Y es cierto que los Gobiernos estatales y locales, duramente azotados por la recesión, están faltos de fondos. Pero no lo estarían tanto si sus políticos estuvieran dispuestos a considerar al menos algunas subidas de impuestos.

        Y en el Gobierno federal, que puede vender bonos a largo plazo protegidos contra la inflación con un tipo de interés de solo el 1,04%, no escasea el dinero en absoluto. Podría y debería ofrecer ayuda a los Gobiernos locales y proteger el futuro de nuestras infraestructuras y de nuestros hijos.

        Pero Washington está prestando ayuda con cuentagotas, y hasta eso lo hace a regañadientes. Debemos dar prioridad a la reducción del déficit, dicen los republicanos y los demócratas centristas. Y luego, casi a renglón seguido, afirman que debemos mantener las subvenciones fiscales para los muy adinerados, lo cual tendrá un coste presupuestario de 700.000 millones de dólares durante la próxima década.

        En la práctica, buena parte de nuestra clase política está demostrando cuáles son sus prioridades: cuando se les da a elegir entre pedir que el 2% de los estadounidenses más acaudalados vuelvan a pagar los mismos impuestos que durante la expansión de la era Clinton o permitir que se derrumben los cimientos de la nación -de manera literal en el caso de las carreteras y figurada en el de la educación-, se decantan por esto último.

        Es una decisión desastrosa tanto a corto como a largo plazo. A corto plazo, esos recortes estatales y locales suponen un pesado lastre para la economía y perpetúan el desempleo, que es devastadoramente elevado.

        Es crucial tener en mente a los Gobiernos estatal y local cuando oímos a la gente despotricar sobre el desbocado gasto público durante la presidencia de Obama. Sí, el Gobierno federal estadounidense gasta más, aunque no tanto como cabría pensar. Pero los Gobiernos estatales y locales están haciendo recortes. Y si los sumamos, resulta que los únicos incrementos relevantes en el gasto público han sido en programas de protección social, como el seguro por desempleo, cuyos costes se han disparado por culpa de la gravedad de la crisis económica.

        Es decir que, a pesar de lo que dicen sobre el fracaso del estímulo, si observamos el gasto gubernamental en su conjunto, apenas vemos estímulo alguno. Y ahora que el gasto federal se reduce, a la vez que continúan los grandes recortes de gastos estatales y locales, vamos marcha atrás.

        Pero ¿no es también una forma de estímulo el mantener bajos los impuestos para los ricos? No como para notarlo. Cuando salvamos el puesto de trabajo de un profesor, eso ayuda al empleo sin lugar a dudas; cuando, por el contrario, damos más dinero a los multimillonarios, es muy posible que la mayor parte de ese dinero quede inmovilizado.

        ¿Y qué hay del futuro de la economía? Todo lo que sabemos acerca del crecimiento económico dice que una población culta y una infraestructura de alta calidad son cruciales para el crecimiento. Las naciones emergentes están realizando enormes esfuerzos por mejorar sus carreteras, puertos y colegios. Sin embargo, en Estados Unidos estamos reculando.

        ¿Cómo hemos llegado a este punto? Es la consecuencia lógica de tres décadas de retórica antigubernamental, una retórica que ha convencido a numerosos votantes de que un dólar recaudado en concepto de impuestos es siempre un dólar malgastado, que el sector público es incapaz de hacer algo bien.

        La campaña contra el Gobierno siempre se ha planteado como una oposición al despilfarro y el fraude, a los cheques enviados a reinas de la Seguridad Social que conducen lujosos Cadillac y a grandes ejércitos de burócratas que mueven inútilmente documentos de un lado a otro. Pero eso, cómo no, son mitos; nunca ha habido ni de lejos tanto despilfarro y fraude como aseguraba la derecha. Y ahora que la campaña empieza a dar frutos, vemos lo que había realmente en la línea de fuego: servicios que todo el mundo, excepto los muy ricos, necesita, unos servicios que debe proporcionar el Gobierno o nadie lo hará, como el alumbrado de las calles, unas carreteras transitables y una escolarización decente para toda la ciudadanía.

        Por tanto, el resultado final de la prolongada campaña contra el Gobierno es que hemos dado un giro desastrosamente equivocado. Ahora, EE UU transita por una carretera a oscuras y sin asfaltar que no conduce a ninguna parte.

        Atacar a la Seguridad Social

        PAUL KRUGMAN 22/08/2010

        La Seguridad Social cumplió 75 años la semana pasada. Debería haber sido una ocasión alegre, una fecha para celebrar un programa que ha aportado dignidad y decencia a la vida de los estadounidenses de más edad. Pero el programa está siendo atacado, y al asalto se han unido algunos demócratas y casi todos los republicanos. Cuentan los rumores que la comisión antidéficit del presidente Obama podría solicitar un profundo recorte de las prestaciones y, más concretamente, un fuerte aumento de la edad de jubilación.

        Los que atacan a la Seguridad Social (SS) afirman que les preocupa el futuro financiero del programa. Pero sus números no cuadran y en realidad su hostilidad no tiene nada que ver con dólares y céntimos, sino más bien con ideología y posicionamientos. Y lo que hay bajo todo ello es ignorancia o indiferencia hacia la realidad de la vida para muchos estadounidenses.

        Respecto a los números: legalmente, la SS tiene su propia financiación específica, a través del impuesto único. Pero también forma parte del presupuesto general federal. Esta doble contabilidad significa que hay dos formas en las que la SS podría enfrentarse a problemas financieros. La primera es que la financiación específica resulte insuficiente, lo que obligaría al programa bien a recortar las prestaciones o bien a acudir al Congreso en busca de ayuda. La segunda es que los costes de la Seguridad Social acaben siendo insoportables para el presupuesto federal en su conjunto.

        Pero ninguno de estos dos problemas en potencia supone un peligro claro y actual. La Seguridad Social ha registrado superávits durante los últimos 25 años, acumulando esos beneficios en una cuenta especial denominada fondo de fideicomiso. El programa no tendrá que solicitar ayuda al Congreso ni reducir las prestaciones hasta que, o a menos que, el fondo se haya agotado, cosa que los actuarios del programa no prevén que suceda hasta 2037, y, según sus cálculos, hay muchas probabilidades de que ese día no llegue nunca.

        Entretanto, una población envejecida acabará induciendo -a lo largo de los próximos 20 años- una subida del coste de pagar las prestaciones de la SS desde el actual 4,8% del PIB hasta cerca de un 6%. Para que se hagan una idea, esta subida es significativamente menor que el aumento en el gasto de defensa desde 2001, algo que Washington no consideró ni mucho menos una crisis, y ni siquiera una razón para replantearse algunas de las rebajas fiscales de Bush.

        Entonces, ¿a qué se deben esas aseveraciones de crisis? Se basan en gran medida en una contabilidad de mala fe. En concreto, se basan en un juego del trilero en el que los superávits que la SS ha estado registrando durante un cuarto de siglo no cuentan (porque, en fin, el programa no tiene una existencia independiente; no es más que una parte del presupuesto general federal), mientras que los futuros déficits de la Seguridad Social son inaceptables porque, bueno, el programa tiene que sostenerse por sí solo.

        Sería fácil descartar este timo de la estampita como un completo disparate, excepto por una cosa: muchas personas influyentes, entre ellas Alan Simpson, copresidente de la comisión antidéficit del presidente, están vendiendo este disparate. Y después de haberse inventado una crisis, ¿qué quieren hacer los asaltantes de la SS? No proponen recortar las prestaciones a los jubilados actuales; en lugar de eso, el plan es invariablemente recortar las prestaciones que se pagarán dentro de muchos años. Así que plantéenselo de esta manera: para evitar la posibilidad de que se produzcan futuros recortes de las prestaciones debemos recortar las prestaciones futuras. Estupendo.

        ¿Qué es lo que realmente está pasando aquí? Los conservadores odian la Seguridad Social por razones ideológicas: su éxito menoscaba su afirmación de que el Gobierno es siempre el problema, nunca la solución. Pero reciben un apoyo crucial de los enterados de Washington, para quienes una voluntad declarada de recortar la SS ha servido durante mucho tiempo como insignia de la seriedad fiscal, independientemente de la aritmética. Y ningún ala de la coalición anti-Seguridad Social parece conocer o preocuparse por las penalidades que sus propuestas favoritas causarían.

        Esta idea tan de moda de aumentar la edad de jubilación aún más de lo que aumentará conforme a la ley vigente -ya ha pasado de los 65 a los 66, está previsto que suba hasta los 67 y algunos proponen ahora que llegue hasta los 70- suele justificarse con afirmaciones de que la esperanza de vida ha aumentado, de modo que la gente puede fácilmente trabajar más años de su vida. Pero eso solo es cierto en el caso de los administrativos, la gente que menos necesita la Seguridad Social. No me refiero únicamente al hecho de que es mucho más fácil verse trabajando hasta los 70 años si se tiene un cómodo puesto de oficina que si uno se dedica a un trabajo físico. EE UU se está convirtiendo en una sociedad cada vez más desigual, y las crecientes disparidades se extienden a cuestiones de vida y muerte. La esperanza de vida a la edad de 65 años ha aumentado mucho en los escalafones más altos del reparto de la renta, pero mucho menos para los trabajadores con rentas más bajas. Y recuerden, la actual legislación ya prevé un aumento de la edad de jubilación.

        De modo que repelamos este injusto y -para qué andarnos con rodeos- cruel ataque contra los trabajadores estadounidenses. Los grandes recortes de la Seguridad Social no deben estar sobre el tapete.

        Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2010 New York Times News Service. Traducción de News Clips. Diario El País

        Escrito por Eduardo Aquevedo

        23 agosto, 2010 a 18:54

        Chile: Casen 2009 evidencia grave aumento de la brecha entre ricos y pobres…

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        La desigualdad aumenta en Chile, de acuerdo a la encuesta Casen 2009, que da cuenta de un incremento de 9% en los ingresos del 10% de hogares de mayores recursos, y sólo de 1% en el 10% de familias de más escasos recursos.

        Lunes 26 de julio de 2010, La Nación.com

        klee6El 10% de familias de mayores ingresos recibe en promedio poco menos de 3 millones de pesos, mientras que en el 10% de los hogares más pobres se las arreglan con 114 mil pesos, de acuerdo a los datos arrojados por la Encuesta de Caracterización Socioeconómica (Casen) medida en 2009.

        Los números dan cuenta de un incremento de 9% en los ingresos de los más ricos, que en el anterior estudio ganaban en promedio $2.205.000, lo que aumentó a $2.953.920 el año pasado.

        Ello aumentó la brecha con los más pobres, en tanto este último grupo aumentó ingresos en apenas 1%, equivalente a $990, pues antes recibían $113.010 y hoy la cifra es de $114.000.

        Los antecedentes los dio a conocer el titular de Mideplan, Felipe Kast, quien sostuvo que “los datos de pobreza nos ponen un tremendo desafío por delante y el gobierno reafirma su compromiso para terminar la extrema pobreza, para que tengamos una verdadera sociedad de seguridades”.

        Apuntó que, “al mismo tiempo, estos datos nos invitan a preguntarnos por nuestro sistema de educación y si es que podemos tener o no una sociedad más justa en el sentido que el origen no determine el destino”.

        Según el ministro de Planificación, los aspectos que más influyen en este resultado, que ubica a los pobres en su misma posición y a los más ricos en una notoria mejor situación, son la disminución de creación de nuevos empleos y la desaceleración de la economía a partir del año 2.000.

        La Casen fue aplicada entre noviembre y diciembre de 2009 a 71.460 hogares del país, contando con representatividad nacional, por zona urbana y rural, para las 15 regiones del país y para un total de 334 comunas. La muestra tiene un error muestral de 0,36 a nivel de hogares.

        Paul Krugman: los mitos de la austeridad…

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        PAUL KRUGMAN 11/07/2010

        Krugman_visita_Barcelona Cuando era joven e ingenuo, creía que la gente importante adoptaba una postura basándose en una consideración concienzuda de las opciones. Ahora sé que no es así. Gran parte de lo que la gente seria cree se basa en prejuicios, no en análisis. Y estos prejuicios están sujetos a modas y tendencias.

        Esto me lleva al tema de la columna de hoy. Durante los últimos meses, otros y yo hemos presenciado, con asombro y horror, el surgimiento de un consenso en los círculos políticos a favor de la austeridad fiscal inmediata. Es decir, la idea de que ha llegado la hora de recortar drásticamente el gasto se ha convertido de algún modo en una creencia generalizada, a pesar de que las principales economías mundiales siguen profundamente deprimidas.

        Esta creencia generalizada no se basa en pruebas ni en un análisis pormenorizado. En lugar de eso, se asienta sobre lo que podríamos llamar amablemente pura especulación, y menos amablemente, productos de la imaginación de la élite política -concretamente, en la fe en lo que yo he llegado a imaginar como un invisible guardián de los bonos y un hada de la confianza-.

        Los guardianes de los bonos son inversores que les cierran el grifo a los Gobiernos que consideran que son incapaces de pagar sus deudas o que no están dispuestos a hacerlo. No cabe duda de que los países pueden sufrir crisis de confianza [véase la deuda de Grecia]. Pero lo que los defensores de la austeridad afirman es que a) los guardianes de los bonos están a punto de atacar Estados Unidos y b) cualquier gasto adicional en estímulos económicos les hará saltar.

        ¿Qué motivos tenemos para creer que algo de esto pueda ser cierto? Sí, Estados Unidos tiene problemas presupuestarios a largo plazo, pero lo que hagamos en relación con los estímulos durante los dos próximos años no afectará prácticamente en nada a nuestra capacidad para hacer frente a estos problemas a largo plazo. Como ha dicho hace poco Douglas Elmendorf, el director de la Oficina Presupuestaria del Congreso, "no existe una contradicción intrínseca entre proporcionar un estímulo fiscal adicional hoy, cuando la tasa de paro es alta y muchas fábricas y oficinas están infrautilizadas, e imponer restricciones fiscales dentro de unos años, cuando la producción y el empleo probablemente estarán casi a la altura de sus posibilidades".

        No obstante, cada pocos meses nos dicen que los guardianes de los bonos han llegado y que debemos imponer la austeridad ya, ya mismo, para apaciguarlos. Hace tres meses se produjo un ligero repunte de los tipos de interés a largo plazo que fue recibido con reacciones cercanas a la histeria: "El miedo a la deuda dispara los tipos", era el titular de The Wall Street Journal, a pesar de que no había pruebas reales de dicho miedo, y Alan Greenspan declaró que la subida era el aviso de un "canario en una mina".

        Desde entonces, los tipos a largo plazo han vuelto a desplomarse. Lejos de huir de la deuda del Gobierno de Estados Unidos, los inversores la ven evidentemente como su apuesta más segura en medio de una economía que se tambalea. Pero los defensores de la austeridad siguen asegurando que los guardianes de los bonos atacarán en cualquier momento si no recortamos drásticamente el gasto de inmediato.

        Pero no se preocupen: los recortes del gasto pueden ser dolorosos, pero el hada de la confianza hará que desaparezca el dolor. "La idea de que las medidas de austeridad podrían desencadenar una situación de estancamiento es incorrecta", afirmaba Jean-Claude Trichet, el presidente del Banco Central Europeo, en una entrevista reciente. ¿Por qué? Porque "las políticas que inspiran confianza fomentarán, no obstaculizarán, la recuperación económica".

        ¿En qué se basa la creencia de que la contracción fiscal es en realidad expansionista, en que mejora la confianza? (Por cierto, esta es precisamente la doctrina que exponía Herbert Hoover en 1932). Bueno, ha habido casos históricos de recortes del gasto y subidas de impuestos que han ido seguidos de crecimiento económico. Pero, que yo sepa, cada uno de esos ejemplos, al analizarlo detenidamente, resulta ser un caso en el que los efectos negativos de la austeridad se vieron compensados por otros factores, factores que no es probable que sean relevantes actualmente. Por ejemplo, la era de la austeridad con crecimiento de Irlanda en la década de los ochenta dependió de una evolución drástica desde el déficit comercial al superávit comercial, lo cual no es una estrategia que pueda seguir todo el mundo al mismo tiempo.

        Y los ejemplos actuales de austeridad son cualquier cosa menos alentadores. Irlanda ha sido un buen soldado en esta crisis y ha aplicado con determinación unos recortes del gasto radicales. Su recompensa ha sido una crisis con categoría de depresión -y los mercados financieros siguen considerándolo un país con grave riesgo de impago-. A otros buenos soldados, como Letonia y Estonia, les ha ido todavía peor; y estos tres países, lo crean o no, han sufrido crisis peores en cuanto a producción y empleo que la de Islandia, que se vio obligada por la tremenda escala de su crisis financiera a adoptar políticas menos ortodoxas.

        Así que la próxima vez que oigan a gente aparentemente seria explicar por qué es necesaria la austeridad fiscal, traten de analizar sus argumentos. Casi con seguridad, descubrirán que lo que parece realismo pragmático se sostiene en realidad sobre una base fantástica, en la creencia de que unos guardianes invisibles nos castigarán si somos malos y el hada de la confianza nos recompensará si somos buenos. Y las políticas del mundo real -políticas que arruinarán las vidas de millones de familias trabajadoras- se están construyendo sobre esa base.

        El Pais.com

        Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2010 New York Times News Service. Traducción de News Clips.

        La actual crisis económico-social y sus perspectivas. Entrevista a M. Castells

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        entrevista a Manuel Castells
        por Iñaki Gabilondo

        en CNN, realizada el 10 de junio de 2010

        CRISIS008 El pasado 10 de junio, el eminente sociólogo Manuel Castells fue entrevistado por Iñaki Gabilondo en el programa “Hoy” de CNN+. Como era de esperar, el tema fue la actual crisis económica y las respuestas de Castells constituyen, en conjunto, una magistral lección de economía; no de “ciencia” económica, sino de economía social. He aquí la transcripción de dicha entrevista.

        IÑAKI GABILONDO: Ante la actual situación, ¿qué tipo de cosas van a ocurrir? ¿Ante qué tipo de fenómenos nos hemos de preparar y cómo, profesor?

        MANUEL CASTELLS: El gran problema que tenemos es que hemos vivido en una economía centrada en el consumo. La demanda representa el 70 por ciento del crecimiento económico, tanto en Europa como en Estados Unidos y, desde luego, en España, y esa demanda se ha hecho en los últimos años fundamentalmente a crédito, de forma especulativa, y cuando estalló la burbuja inmobiliaria y, a partir de ahí, la burbuja financiera, y los bancos y las instituciones financieras quedaron sin posibilidad de mantener esos créditos, totalmente arriesgados, sin las garantías que tenían antes, los gobiernos los rescataron a ellos, pero ellos no nos rescataron a nosotros. Entonces, en este momento no hay crédito para las pequeñas y medianas empresas, no hay crédito para seguir consumiendo, estamos montados en un nivel de vida que se basa en el consumo y en pensar que, de forma ilimitada, podemos endeudarnos y pagar nuestros préstamos, y eso se acabó. Hemos sido drogados por una sociedad de consumo, y ahora tenemos el mono de la droga del consumo cuando ya no podemos consumir.

        I.G.: Pero, ¿está acercándose un tiempo de gran austeridad? ¿Vamos a vivir en una austeridad… tal vez la tradición de España ha sido vivir en la austeridad, salvo estos pocos años, pero nos hemos de preparar para una vida austera?

        M.C.: Estamos, en cierto modo, entrando en esa vida austera, entre otras cosas porque si recortan sueldos, congelan pensiones y disminuye la capacidad de endeudarse de las familias, evidentemente vamos a tener que vivir con menos dinero del que teníamos antes. Y el gran problema aquí es nuestra capacidad personal, psicológica de poder vivir con menos dinero. Por otro lado, tenemos una gran oportunidad, porque lo peor de todo esto es que podemos tener que pasar por una austeridad bastante larga y complicada, con muchos sacrificios, ponernos a trabajar, los que tengan trabajo, mucho más duro y cobrando menos, y todo esto, en el fondo, con la idea de volver atrás, de volver al mismo modelo que teníamos antes, es decir, llevar una vida, hablando técnicamente, de idiotas.

        Es decir, una vida de correr sin parar, para consumir cosas que nos interesan solo a medias, para vivir con la angustia de pagar la hipoteca, pagar el coche, para seguir en los atascos y contaminando todo lo que está a nuestro alrededor, y no tener tiempo ni para vivir, ni siquiera para amar y ser amados, que es quizá lo que a mucha gente más le importa. Este es el problema. No solo los sacrificios, sino sacrificios, ¿para qué? Para volver a este mundo que teníamos, que quizá a algunos les guste, pero a la mayor parte de las personas, cuando se miran a sí mismos por la noche, después de haber pasado un día extenuante, piensan “y todo esto, ¿para qué?”.

        I.G.: ¿Pero sabe lo que ocurre, profesor? Puede que, en efecto, nosotros hayamos dicho “pues casi mejor instalarnos en una sociedad un poquito menos histérica que aquella, pero los grandes responsables, este planteamiento de los mercados excitados, la voracidad bancaria, etcétera, ellos sí quieren regresar a ese modelo anterior, nos van a empujar para que vayamos hacia allí.

        M.C.: Naturalmente, porque ese es su negocio. Su negocio es vendernos sueños a préstamo, y hacer que nos endeudemos y que no tengamos tiempo para pensar, y que dediquemos todo nuestro trabajo, es decir, toda nuestra vida y todo nuestro esfuerzo a pagarles el dinero que ellos nos prestan y que, en el fondo, es nuestro dinero, porque es el dinero que obtenemos trabajando, que va a los mercados financieros (ya sabe Vd. que ni sus ahorros ni los míos, ni los de las personas que nos estén viendo en este momento están en el banco; están en algún mercado financiero que nadie sabe y nadie controla); pues bien, ese dinero solo produce dinero a las instituciones financieras en la medida en que lo prestan, y últimamente lo tienen que prestar a otros bancos, esos bancos a otras personas y a nosotros.

        Para el sistema de funcionar en base a ganar dinero prestando dinero es esencial que sigamos manteniendo esa utopía, diría yo, de llegar a ser felices por medio del consumo,  sin saber para qué nos sirve ese consumo. Pero quizá aquí, en el momento en que no podemos consumir aunque queramos, es el momento de replantearnos cambiar el `chip’: trabajar lo que tengamos que trabajar, ganar lo que tengamos que ganar y consumir lo que realmente necesitemos y, sobre todo, tener mucho más tiempo libre. Yo creo que uno de los temas que se podría entrar en la negociación seria entre patronal y sindicatos es esquemas que ya existen en 22 países de la OCDE: a saber, reducción del tiempo de trabajo con reducción equivalente del salario y, en muchos casos, el gobierno compensa un 60 por ciento del salario perdido. Pero como mínimo la idea es que, en lugar de que haya despido masivo, haya una reducción del tiempo de trabajo que, evidentemente, para que las empresas no cierren, tiene que ser equivalente a la reducción de salario.

        I.G.: Las palabras que Vd. emplea a la hora de analizar el actual momento, a la espera de que decidan por encima de nuestras cabezas, Vd. dice algo que nosotros deberíamos tomar como decisión automática, que es apostar por la innovación y alentar a los emprendedores. Me gustaría que nos contara con más detalle su posición.

        M.C.: El tema es que la economía tira a partir de la inversión, o del aumento de la productividad o a partir de la demanda. Entonces, hasta ahora nos habíamos montado una economía sin crecimiento de la productividad… en España; en Estados Unidos es diferente. En España, el gran problema es la falta de crecimiento o muy poco crecimiento de la productividad en los diez últimos años. Era un incremento del PIB en base al aumento del empleo en sectores poco cualificados, como la inmobiliaria, la construcción y el turismo, y aumento simplemente de consumo de detalle, de comercios, etc. Pues bien, esto es de bajísima productividad y lo que ha ocurrido es que no hemos generado suficiente valor para compensar lo que estábamos obteniendo como renta a partir de las deudas. Si en lugar de tirar de la demanda, como hacemos nosotros y la mayor parte de los países europeos y Estados Unidos, tiramos de la inversión y crecemos en base al crecimiento de la productividad, como hacen los chinos por ejemplo, las cosas cambian, porque el incremento del consumo que hagamos será la consecuencia de lo que ganemos en términos reales, en base al incremento de la productividad, y no en términos ficticios financieros.

        La productividad viene, fundamentalmente, de la innovación tecnológica y empresarial, y de la capacidad de que algunas personas puedan desarrollar proyectos de nuevo tipo, que encuentren nuevos productos, nuevos mercados, nuevas tecnologías, y con esto se incrementa la productividad y se crea valor real. Y hay miles y miles de personas que son emprendedores y emprendedoras en toda España. Hay grandes oportunidades y hay gente muy cualificado y con buen nivel educativo y tecnológico. El problema aquí es que necesitan financiación para sus proyectos. Sin financiación no hay emprendimiento real, hay sueños de emprendedores. Y aquí el problema que tenemos es que las instituciones financieras españolas no saben de capital riesgo de verdad, son muy conservadoras, son absolutamente arriesgadas en manipular nuestros fondos de inversión, pero en cambio son absolutamente conservadoras en favorecer el emprendimiento. Aquí, el capital riesgo, como se llama en el mundo, en España las instituciones financieras lo consideran capital para mí, riesgo para ti.

        I.G.: Porque Vd. defiende la teoría de que sería un magnífico negocio para todos, incluso para los que apoyaron la acción de los emprendedores, si se jugara en esa dirección de las pequeñas empresas. Además dice que ya está pasando, que aunque no nos demos cuenta, está ya ocurriendo esto.

        M.C.: Sí. En primer lugar, está ocurriendo porque la idea del empleo de por vida en una gran empresa o en una administración es realmente, en este momento, una fantasía total. El crecimiento del empleo en España y en todo el mundo se debe, sobre todo, a las pequeñas y medianas empresas. Y no solo de las que existen, sino de las que se van creando cada día. He vivido más o menos treinta años en Silicon Valley y las grandes empresas de hoy, que son las grandes multinacionales de la tecnología, Google o cualquiera que Vd. pueda mencionarme, se iniciaron todas como pequeñas empresas innovadoras, como acciones de emprendedores. Google lo crearon dos personas. Yahoo! lo crearon dos personas. Cisco lo creó una pareja. La clave es que esas personas tenían la capacidad de poder obtener financiación para desarrollar su capital tecnológico, su capital humano. En Silicon Valley, si no fracasas no te dan dinero. Es decir, como media, las empresas de Silicon Valley que se establecen finalmente, sus emprendedores han fracasado seis veces antes de que la séptima sea la que va la vencida. Y solamente les dan dinero sustantivo, dinero importante, en la medida en que ya tienen la experiencia del fracaso, porque si no, es que no han aprendido, y si no han aprendido a fracasar, no saben realmente llevar una empresa.

        En España es al revés. Si has fracasado, olvídate de que te financien. Y la innovación, por definición, pasa primero por intentos y fracasos, porque si no, no sería innovación. Porque es algo que no se sabe, que no existe, que hay que probar y, por consiguiente, implica un factor de riesgo, y un factor de riesgo de cada aprendizaje a través del fracaso. Implica, también, el mantenimiento de la determinación de seguir adelante, de crear nuevos productos, nuevas empresas, y así crear riqueza entre todos.

        Entonces, yo diría que la salida de la crisis pasa, a la vez, por hacer un modelo productivo basado en la innovación y en el aumento de la productividad del lado de la oferta, y por parte de la demanda, en cambio, reducir el consumo a niveles razonables, y pensar que no necesitamos todo lo que consumimos, pero que sí necesitamos los servicios básicos, los servicios públicos de salud, educación, cultura, transporte, vivienda, servicios que ahí sí necesitamos que el gobierno pueda ayudar, que el sector público pueda ayudar. Pero ese sector público no puede ayudar si no hay una creación de valor y de riqueza en la economía que tenga que venir de la innovación y del incremento de la productividad.

        I.G.: De todas maneras, hemos pensado que a nosotros ya nos ha convencido Vd. Ahora se trataría de ver cómo les convencemos a los bancos de que hicieran ese tipo de cambio de `chip’ para poder empujar en esa dirección. Pero Vd., hace muy poco, ha sido seleccionado como miembro del Comité… son 18 miembros y Vd. es el único español, de esa organización European Institute of Innovation and Technology, que parece que van a trabajar en asuntos de innovación de una manera muy potente en toda Europa. Por tanto, sospecho que tendrán intención de actuar en las líneas que Vd. nos dice y confiarán en que habrá financiación para una doctrina de esta naturaleza.

        M.C.: Sí, pero nosotros somos coherentes con el modelo de innovación y de emprendimiento que propugnamos. El EIT, como se llama, remedando al famoso MIT de Estados Unidos, es una nueva institución europea que depende del Parlamento Europeo y que tiene financiación del Parlamento Europeo. Pero nosotros no damos fondos, como los otros programas europeos, a fondo perdido, digamos, a subvencionar. Somos contrarios a la subvención, al subsidio, porque esto, en realidad, acostumbra a la gente a ser funcionarios. Lo que estamos haciendo, concretamente, es construir redes de empresas y universidades que colaboren en proyectos que, de momento, hemos lanzado en tres grandes áreas: proyecto de tecnologías y empresas para mitigar el calentamiento global; tecnologías de información y comunicación para el bienestar de la sociedad y el tercero, proyecto de energías renovables y sostenibles. Cada uno de estos proyectos está organizado en lo que llamamos comunidades de innovación y conocimiento.

        Para cada uno de estos proyectos hemos hecho un concurso competitivo, al que se han presentado más de veinte redes de empresas y universidades, que son cientos de empresas y universidades, las más importantes de Europa. De esas veinte, hemos seleccionado los tres mencionados, y cada uno de estos tres son cinco centros, en cinco grandes ciudades europeas, ligados entre ellos, y en cada uno de estos centros hay seis, siete, ocho empresas y universidades que colaboran en este proyecto. Pues bien, a cada una de estas comunidades de innovación y conocimiento, que tienen financiación para trece años, nosotros les damos el 25 por ciento de la financiación; ellos se tienen que buscar el 75 por ciento. Pero, claro, al principio nosotros les damos el 75, ellos ponen el 25, y así van generando… Por tanto, al final serán cientos de millones de euros que están siendo invertidos en estos proyectos de innovación y tecnología que tienen una condición `sine qua non’: que de aquí salgan, no solo proyectos para las grandes empresas que participan, sino posibilidades de financiación de innovación para emprendedores de todo tipo.

        Hay que decir que una de esas comunidades importantes está en Barcelona, en temas de energía, en la que participan algunas de las grandes empresas de Barcelona, participa ESADE, una de las grandes escuelas de negocios de España, y participa también la Universidad Politécnica de Cataluña. En otra de las comunidades de innovación y tecnología, concretamente en la de cambio climático, participa la Generalitat valenciana. Es decir, aquí se está creando una capacidad conjunta de empresas y universidades y centros de investigación en base a financiación de la innovación, pero financiación para que lleguen a desarrollar proyectos rentables. Creo que es un ejemplo… nosotros solo intentamos presentar un modelo que funcione en la práctica, pero es algo que, naturalmente, tiene que hacerse desde los gobiernos, desde las comunidades autónomas, desde las empresas. Es un modelo que creo viable, pero que tendría que ser repetido y ampliado a muchos niveles. Lo que no sirve de nada es dar más dinero para hacer más carreteras, más trenes de alta velocidad, más obra pública, esa es la vieja fórmula de salir de la crisis, poniendo demanda pública, es decir, en el fondo, gasto público para sustituir a la demanda privada que baja y que ha desaparecido porque no hay crédito. Eso es una forma de empleo comunitario disfrazado, que lleva simplemente a que se agota a medio plazo porque los gobiernos no tienen más dinero para seguir pagando proyectos que no generan productividad.


        VIDEO de la ntrevista a Manuel Castells en CNN, realizada por Iñaki Gabilondo, el 10 de junio de 2010

        1 parte: www.youtube.com/watch 1

        2 parte www.youtube.com/watch 2

        http://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/Manuel_Castells.htm

        Déficits de destrucción masiva: la conexión Irak-Austeridad fiscal, por Ch. Hayes y P. Krugman…

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        Déficits de destrucción masiva: la conexión Irak-Austeridad fiscal, y los tornadizos humores de las elites

        Christopher Hayes · · · · · 18/07/10

        "Tal vez el aspecto más egregio del modo en que se nos vendió la Guerra de Irak fue la falsedad de su pretexto. Realmente, nunca hubo armas de destrucción masiva, según terminó por admitir el propio Paul Wolfowitz. Las armas de destrucción masiva sólo eran "algo en lo que todo el mundo coincidía". Y así ocurre también con los déficits públicos. A los conservadores y a sus aliados neoliberales les traen sin cuidado los déficits; lo que les importa es la austeridad: desventrar el Estado democrático y social de derecho y redistribuir la riqueza hacia arriba. Ése es el objetivo. Los déficits son sólo "algo en lo que todo el mundo coincide", las armas de destrucción masiva de esta crisis de todo punto fabricada. El senador John Kyl, de Arizona, en declaraciones a la cadena [ultraderechista] Fox News, ha llegado al punto de admitirlo abiertamente. Hay que evitar cualquier incremento del gasto, dijo, "pero nunca debería evitarse el coste de una decisión deliberada de reducir los impuestos a los americanos". Ahí lo tienen, pues."

        Christopher Hayes escribe un corto y demoledor artículo sobre los humores de las elites dirigentes: las mismas que llevaron a la catástrofe de la guerra de Irak nos llevan ahora a la catástrofe de la austeridad fiscal. SP recomienda también el cometario del Premio Nobel Paul Krugman a esta formidable pieza de Hayes. Para ver el breve pero jugoso comentario de Krugman, pulse AQUÍ.

        Si ustedes han venido prestando atención a lo sucedido en la última década, no les resultará sorprendente que las elites políticas del país se hallen ahora en medio de una desgoznada discusión sobre el futuro de la nación estadunidense. Pero, incluso descontando los niveles de degradación que ha llegado a alcanzar el establishment de Washington, no deja de resultar asombroso el pánico que ha cundido en torno a la deuda pública

        Empecemos con los hechos. Casi todo el déficit de este año y los déficits que se proyectan para el corto y el mediano plazo son el resultado de tres cosas: las guerras en curso en Afganistán e Irak, los recortes fiscales de Bush y la recesión. La solución para nuestra situación fiscal es: terminar con las guerras, dejar que expire el plazo de los recortes fiscales y restaurar un crecimiento robusto. Nuestros déficits estructurales a largo plazo requerirán que seamos capaces de controlar la inflación en la asistencia sanitaria al modo como lo hacen los países con sistemas de salud con cobertura universal.

        Ello es que ahora mismo nos enfrentamos a una crisis de desempleo que amenaza con sumergirnos en un feo y largo período de bajo crecimiento, una especie de década perdida que causará una tremenda miseria, degradará el capital humano de la nación, desbaratará a toda una cohorte de jóvenes trabajadores durante años y abrirá un agujero en el balance contable del Estado. Lo mejor para salir de este escenario es más gasto público para tutelar el regreso de la economía a una senda de salud. Puede que la economía esté viva, pero eso no significa que esté sana. Hay razones para seguir tomando antibióticos, luego de comenzar a sentirse bien.

        Y sin embargo: el filisteo tamborileo de pánico de los histéricos del déficit se hace cadía día más atronador. A juzgar por su programa y su vídeo on-line, el Festival Aspen de las Ideas de este año fue una orgía al aire libre de jeremíadas antidéficit. El Festival es una buena ventana para observar las preocupaciones de la elite, y que su foro de apertura estuviera saturado por las ominosas alertas sobre la quiebra venidera pronunciadas por gentes como Niall Ferguson, Mort Zuckerman y David Gergen es un mal augurio. No lo es tampoco el hecho de que hubiera un panel rotulado "La inquietante emergencia fiscal en América: cómo equilibrar las cuentas". Tal actitud no es exclusiva de los columnistas y los tertulianos mediáticos. Los dirigentes de la comisión fiscal de Obama han calificado de "cáncer" a los déficits públicos proyectados.

        La histeria ha llegado a tal extremo, que los senadores republicanos (a los que se ha añadido el demócrata por Nebraska Ben Nelson) han hecho filibusterismo parlamentario contra un proyecto de extensión de las ayudas al desempleo porque no venía acompañado de recortes del gasto. Recuérdese que el coste de esa extensión de las ayudas para gente lo suficientemente desdichada como para verse atrapada entre las fauces de la peor recesión conocida en 30 años erade 35 mil millones de dólares. La ley habría contribuido a incrementar la deuda en menos de un 0,3%.

        Todo esto resulta estridentemente familiar. La actual deliberación –si así puede llamársela— sobre los déficits trae a la memoria la deliberación nacional sobre la guerra en vísperas de la invasión de Irak. De un día para otro, lo que otrora fuera considerado tolerable por el establishment –Saddam Hussein—, se hizo subitáneamente intolerable: una crisis de urgencia tan perentoria, que exigía de las "personas serias" la fabricación a toda máquina de ideas capaces de lidiar con ella. Una vez la carga de la prueba pasó de las gentes que favorecían la guerra a los que se oponían a ella, pasó también toda posibilidad de argumentación.

        Ahora se nos coloca en la misma situación en relación con la deuda pública. En medio de un desempleo oficialmente reconocido del 9,5% y de una contracción global de la economía, de lo último de lo que deberíamos estar hablando es de déficits a corto plazo. Sin embargo, en el presente, el billete de entrada al club de la "gente seria" exige, no un plan para reducir el desempleo, sino un plan para dar una guerra sin cuartel a los invisibles y hasta ahora incorpóreos traficantes de títulos de deuda pública que estarían preparando un ataque contra el dólar.

        Tal vez el aspecto más egregio del modo en que se nos vendió la Guerra de Irak fue la falsedad de su pretexto. Realmente, nunca hubo armas de destrucción masiva, según terminó por admitir el propio Paul Wolfowitz. Las armas de destrucción masiva sólo eran "algo en lo que todo el mundo coincidía". Y así ocurre también con los déficits públicos. A los conservadores y a sus aliados neoliberales les traen sin cuidado los déficits; lo que les importa es la austeridad: desventrar el Estado democrático y social de derecho y redistribuir la riqueza hacia arriba. Ése es el objetivo. Los déficits son sólo "algo en lo que todo el mundo coincide", las armas de destrucción masiva de esta crisis de todo punto fabricada. El senador John Kyl, de Arizona, en declaraciones a la cadena [ultraderechista] Fox News, ha llegado al punto de admitirlo abiertamente. Hay que evitar cualquier incremento del gasto, dijo, "pero nunca debería evitarse el coste de una decisión deliberada de reducir los impuestos a los americanos". Ahí lo tienen, pues.

        Recuérdese que la Guerra de Irak podría haberse evitado, si más congresistas demócratas se hubieran opuesta a ella. En cambio, votaron a favor muchos que sabían sobradamente en su fuero interno que todo el empeño no era sino la gestación de un colosal desastre al que empujaban las presiones ultraderechistas y los halcones mediáticos. El error se repite ahora. A pesar de que los economistas de la Casa Blanca se percatan perfectamente de la necesidad de los estímulos públicos a la vista de un desempleo astronómicamente elevado, el New York Times nos informa de que los cerebros políticos de la Casa Blanca – David Axelrod y Rahm Emanuel— han decidido que la opinión pública ha perdido el apetito por el incremento del gsto público. "Mi trabajo consiste en informar del humor público", explicado Axelrod. Luego apareció en el programa de la cadena ABC This Week para sacar la bandera blanca y declarar que el presidente seguiría presionando a favor de extender las ayudas al desempleo; llamativamente, se omitió cualquier mención a las ayudas a los gobiernos de los estados federados, originalmente incluidos en la carta dirigida en junio pasado por el presidente al Congreso solicitando un paquete de estímulos.

        Pero no hay que rendir la esperanza: la opinión pública anda muy lejos de estar obsesionada con el déficit público, muy lejos, pues, de los humores de Washington. De acuerdo con una encuesta conjunta del diario USA Today y de Gallup, el 60% de los estadounidenses apoyan "un mayor gasto público para crear empleo y estimular a la economía", con un 38% que se opone a eso. Una encuesta realizada por Hart Research Associates, publicada en junio pasado, mostraba que dos tercios de los norteamericanos estaban a favor de seguir asistiendo públicamente a los desempleados. Para lo que sí hay "poco apetito" es para una contrarreforma que recorte derechos sociales y se lleve por delante a la Seguridad Social.

        La lección de la Guerra de Irak es que, a largo plazo, la buena política no puede separarse de las buenas políticas públicas. Si la Casa Blanca se siente tentada a desarrollar malas políticas a corto plazo porque eso le parece menos arriesgado políticamente, lo que debería hacer es telefonear a John Kerry y preguntarle si eso le funcionó con Irak.

        Christopher Hayes es un reconocido analista y crítico cultural norteamericano, editor en Washington de la revista The Nation…

        Una apostilla a la conexión Irak-Austeridad fiscal

        Paul Krugman · · · · ·

        18/07/10

        Chris Hayes ha escrito un magnífico artículo trazando paralelos entre el actual entusiasmo con la austeridad fiscal experimentado ahora por la elite y la marcha hacia la Guerra en Irak. Yo le he estado dando vueltas al asunto desde hace mucho, y hasta llegué a creer que había escrito sobre el asunto. Lo cierto, hasta donde se me alcanza, es que no lo hice.

        Se me permitirá añadir un poco de sal a la herida: si el paralelo de Irak sirve de alguna orientación, incluso cuando todo haya terminado definitivamente mal, cuando la economía norteamericana se haya despeñado por la trampa de la deflación, cuando el grueso de las gentes admitan ya que la austeridad fue un error; cuando todo eso haya sucedido, sólo quienes se empecinaron en el error seguirán siendo considerados "serios", mientras que quienes argumentaron sin desmayo contra un curso de acción desastroso que "todo el mundo apoyaba" seguirán siendo tratados como casposos y de poco fiar.

        Paul Krugman es Premio Nóbel de Economía 2008.

        Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F.Nyerro

        Nouriel Roubini: vamos nuevamente hacia una profunda recesión económica internacional…

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        • Una época de dobles caídas de la economía mundial, Nouriel Roubini

        • Crecimiento cero y capital, Alejandro Nadal (ver más abajo)

        CRISISSS1 Nouriel Roubini, in Socialismo o Barbarie

        La economía mundial, artificialmente impulsada desde la recesión de 2008–2009 por un estímulo fiscal y monetario a gran escala y rescates financieros, va camino de una profunda recesión este año, al ir desapareciendo los efectos de esas medidas. Peor aún, no se han abordado los tremendos excesos que alimentaron la crisis: demasiada deuda y demasiado endeudamiento en el sector privado (familias, bancos y otras entidades financieras e incluso en gran parte del sector empresarial).

        El "desendeudamiento" del sector privado apenas ha comenzado. Además, ahora hay un enorme "reendeudamiento" del sector público en las economías avanzadas, con enormes déficit presupuestarios y una acumulación de deuda pública impulsada por los estabilizadores automáticos, los estímulos fiscales anticíclicos keynesianos y los inmensos costos de la socialización de las pérdidas del sistema financiero.

        En el mejor de los casos, afrontamos un período prolongado de crecimiento anémico y por debajo de la tendencia general en las economías avanzadas, al empezar el desendeudamiento por parte de las familias, las entidades financieras y los gobiernos a repercutir en el consumo y la inversión. En el nivel mundial, los países que gastaron demasiado –los Estados Unidos, el Reino Unido, España, Grecia y otros– deben ahora desendeudarse y están gastando, consumiendo e importando menos.

        Pero los países que ahorraron demasiado –China, el Asia en ascenso, Alemania y el Japón– no están gastando más para compensar la reducción del gasto en los países que se están desendeudando. Así pues, la recuperación de la demanda agregada mundial será débil, con lo que impulsará mucho menos el crecimiento mundial.

        La desaceleración mundial, ya evidente en los datos correspondientes al segundo trimestre de 2010, se acelerará en la segunda mitad del año. El estímulo fiscal desaparecerá cuando empiecen a entrar en vigor los programas de austeridad en la mayoría de los países.

        Los ajustes de inventario, que impulsaron el crecimiento durante algunos trimestres, se acabarán. Los efectos de las políticas tributarias que robaron la demanda al futuro –como, por ejemplo, los incentivos a compradores de coches y viviendas– disminuirán, al expirar esos programas. Las condiciones del mercado laboral siguen siendo débiles, con poca creación de empleo y una sensación de malestar que va extendiéndose entre los consumidores.

        La situación previsible en las economías avanzadas es una mediocre recuperación en forma de U, aun cuando evitemos la doble caída en forma de W. En los Estados Unidos, el crecimiento anual ya estaba por debajo de la tendencia general en la primera mitad de 2010 (2,7 por ciento en el primer trimestre y se calcula que en el período abril–junio será un mediocre 2,2 por ciento). El crecimiento va a aminorarse aún más: hasta el 1,5 por ciento en la segunda mitad de este año y avanzado el 2011.

        Sea cual fuere la letra del alfabeto que los resultados económicos de los EE.UU. representen en última instancia, lo que viene será como una recesión. Una mediocre creación de empleo y un mayor aumento del desempleo, mayores déficit presupuestarios cíclicos, una nueva bajada de los precios de las viviendas, mayores pérdidas de los bancos con las hipotecas, el crédito al consumo y otros préstamos y el riesgo de que el Congreso apruebe medidas proteccionistas contra China contribuirán a ello.

        En la Eurozona, las perspectivas son peores. El crecimiento puede estar próximo a cero al final de este año, cuando la austeridad fiscal haga efecto y los mercados de valores bajen. Unos marcados aumentos en los márgenes soberanos, empresariales y de la liquidez interbancaria aumentarán los costos de capital y los aumentos de aversión al riesgo, volatilidad y riesgo soberano socavarán aún más la confianza de las empresas, los inversores y los consumidores. El debilitamiento del euro será positivo para la balanza exterior de Europa, pero los beneficios resultarán más que contrarrestados por el daño a las exportaciones y las perspectivas de crecimiento en los EE.UU., China y el Asia en ascenso.

        Incluso China está dando muestras de desaceleración, debidas a los intentos de su Gobierno de controlar el recalentamiento económico. La desaceleración en las economías avanzadas, junto con un euro más débil, minarán aún más el crecimiento chino, con lo que su tasa de crecimiento pasara de más del 11 por ciento al 7 por ciento al final de este año. Se trata de una mala noticia para el aumento de las exportaciones en el resto de Asia y entre los países ricos en materias primas, que cada vez dependen más de las importaciones chinas.

        Una importante víctima será el Japón, donde el anémico crecimiento de la renta real está deprimiendo la demanda interna y las exportaciones a China mantienen el poco crecimiento que hay. El Japón padece también un bajo crecimiento potencial, debido a la falta de reformas estructurales y a unos gobiernos débiles e ineficaces (cuatro primeros ministros en cuatro años), un gran volumen de deuda pública, tendencias demográficas desfavorables y un yen fuerte que se aprecia durante los períodos de aversión al riesgo.

        Una previsible situación en la que el crecimiento de los EE.UU. se desplome hasta el 1,5 por ciento, la zona del euro y el Japón estén estancados y el crecimiento de China se reduzca hasta por debajo del 8 por ciento puede no entrañar una contracción mundial, pero, como en los EE.UU., lo parecerá, y cualquier sacudida posterior podría inclinar de nuevo esa inestable economía mundial hacia una recesión propiamente dicha.

        Las posibles causas de semejante sacudida son legión. Los problemas de la Eurozona con los riesgos de la deuda soberana podrían empeorar, con lo que propiciarían otra ronda de correcciones de los precios de los activos, aversión mundial al riesgo, volatilidad y contagio financiero. Un circulo vicioso de corrección de los precios de los activos y un crecimiento más débil, junto con contratiempos inesperados que actualmente no están reflejados en los precios, podrían propiciar nuevas bajadas de los precios de los activos y un crecimiento aún menor, dinámica que condujo a la economía mundial a la recesión en primer lugar.

        Y no podemos excluir la posibilidad de un ataque militar israelí a Irán en los doce próximos meses. Si sucediera eso los precios del petróleo podrían aumentar rápidamente y, como en el verano de 2008, desencadenar una recesión mundial.

        Por último, los encargados de la adopción de decisiones se están quedando sin instrumentos. Otra relajación monetaria cuantitativa no cambiará gran cosa, porque hay poco margen para un estimulo fiscal suplementario en la mayoría de las economías avanzadas y la capacidad para rescatar a las entidades financieras que son demasiado grandes para quebrar –pero también para ser salvadas– quedará profundamente limitada.

        De modo que, a medida que se evaporen las ilusorias esperanzas optimistas de una rápida recuperación en forma de V, el mundo avanzado se encontrará en el mejor de los casos en una larga recuperación en forma de U, que en algunos casos –la Eurozona y el Japón– puede ser lo suficientemente larga para extenderse en una casi depresión en forma de L. Será difícil evitar la recesión con caída doble.

        En un mundo así, la recuperación en los más fuertes mercados en ascenso –la gran esperanza de la economía mundial– también se verá afectada, porque ningún país es una isla económicamente. De hecho, el crecimiento de muchas economías con mercados en ascenso –empezando por la de China– depende en gran medida de unas economías avanzadas entregadas a la reducción de gastos.

        Abróchense los cinturones para un viaje muy accidentado.

        (*) Nouriel Roubini es presidente de Roubini Global Economics y profesor de la Stern School of Economics de la Universidad de Nueva York.

        Fuente: http://www.socialismo-o-barbarie.org/economia/100718_b_epocadecaidas.htm

        Crecimiento cero y capital

        Alejandro Nadal

        La destrucción del medio ambiente y el crecimiento parece que van de la mano. Por esa razón hoy existe un movimiento importante que propone un crecimiento cero o hasta un de-crecimiento en las economías del planeta como una forma de frenar el deterioro del medio ambiente.

        El decrecimiento es definido como una reducción en términos físicos en la producción y consumo a través de una contracción en la escala de actividad y no sólo por incrementos en la eficiencia. En un trabajo reciente Kallis-Schneider-Martínez Alier (www.esee2009.si) explican que el decrecimiento puede ser visto como una reducción voluntaria, equitativa y gradual en la producción y consumo de tal modo que se garantice el bienestar humano y la sustentabilidad ambiental a nivel local y global, tanto en el corto como en el largo plazo.

        Para alcanzar el decrecimiento se han propuesto muchas medidas relacionadas con tecnología, trabajo, educación y crédito. Algunas de estas medidas están relacionadas con políticas macroeconómicas. Por ejemplo, se propone una reforma monetaria en la que desaparece la moneda fiduciaria, considerando que así se corta de tajo la propensión al crecimiento desenfrenado. La moneda fiduciaria no está respaldada por reservas de oro o algún otro metal, o valores y divisas, de tal modo que su valor intrínseco es nulo. Su función de medio de pago es posible porque ha sido designada oficialmente como el instrumento monetario por excelencia. La confianza derivada de esta declaratoria permite que un simple pedazo de papel pueda desempeñarse como instrumento monetario. Parece que los seguidores del decrecimiento siempre han visto un enemigo en este mecanismo porque les parece que permite el crecimiento sin fin por carecer de un referente tangible. Esta es una visión equivocada: la prueba es que aún cuando la moneda no era fiduciaria había crecimiento.

        El crecimiento tampoco encuentra sus orígenes en una patología cultural, una manía, un fetiche o una moda loca. El crecimiento es la consecuencia directa de la operación de las economías capitalistas. Y esta afirmación se aplica al capitalismo tal y como existía en Génova en el siglo XVI, o al mundo de las mega-corporaciones que imponen sus reglas en los mercados globales. También vale para describir lo que pasa en el capitalismo industrial o en el financiero.

        En pocas palabras, el crecimiento está generado por factores endógenos del capitalismo porque el objetivo del capital es producir ganancias sin un fin determinado. Ese es el sentido de la particular forma de circulación monetaria que define al capital. Por la ley de la mercancía su propósito no es producir cosas más o menos útiles (o decididamente inútiles), sino producir ganancias y reproducirse a sí mismo. Por eso el capital es un motor de acumulación interminable, independientemente de si existe o no una moneda fiduciaria, o de si hay tal o cual mentalidad. La competencia intercapitalista es la manifestación de esta característica del capital.

        En los Grundrisse, Marx señala que “conceptualmente, la competencia no es otra cosa que la naturaleza interna del capital, su carácter esencial, que surge y se realiza en la interacción de muchos capitales, una tendencia interna que se presenta como necesidad externa. El capital existe y sólo puede existir como muchos capitales y su determinación aparece como la interacción recíproca de unos con otros. Por las fuerzas de la competencia, el capital está siendo continuamente acosado ‘¡marcha, marcha!”

        Cada componente de estos capitales es un centro privado de acumulación y sabe que de no actuar como tal, la competencia lo aniquilará. Por eso el capital siempre está estrenando espacios de rentabilidad: nuevos productos, procesos y mercados. Cada intersticio y cada oquedad es un territorio en espera de ser conquistado para la rentabilidad del capital. Para sus ojos inquietos, todo es un espacio de rentabilidad, desde los alimentos y el agua, los recursos genéticos, los yacimientos de petróleo o las píldoras tranquilizantes para olvidar el estrés cotidiano.

        ¿Podríamos tener un sistema tecnológico tan eficiente que redujera la huella ecológica aún con crecimiento? Eso está por verse, pero por el momento las ganancias de eficiencia han sido contrarrestadas por el efecto escala y por el efecto boomerang (al incrementar la eficiencia, los costos unitarios disminuyen, los precios bajan y aumenta el consumo).

        Debe quedar claro que el crecimiento capitalista es una especie de enfermedad que todo destruye, comenzando con el ser humano. El corolario de todo esto es que la única forma de abandonar la manía del crecimiento es deshaciéndonos del capital. Por supuesto, esto abre otra discusión interesante. Mientras tanto, la teoría macroeconómica lo único que ha podido hacer es darse cuenta de las consecuencias terribles del estancamiento en las economías capitalistas: desempleo, inventarios no vendidos, crisis. ¿Capitalismo sin crecimiento? No va a ser fácil.

        http://nadal.com.mx

        Escrito por Eduardo Aquevedo

        21 julio, 2010 a 23:58

        ¿Hacia la Gran Depresión?

        con un comentario

        Alejandro Nadal · · · · ·

        11/07/10

        La crisis global no da señales de resolverse. Los sobresaltos en los mercados financieros y las malas noticias en los sectores reales de la economía indican que las cosas podrían empeorar. Algunos analistas ya se preguntan abiertamente si el mundo se encamina hacia una réplica de la Gran Depresión de los años 30.

        No es una pregunta alarmista. La realidad es que las raíces de esta crisis son muy profundas y se encuentran en la esencia misma de las economías capitalistas. El volcán que estalló en 2008 es la parte visible de un desastre que se viene cocinando desde hace más de 30 años. Conviene recordar algunos rasgos de la evolución de la economía estadunidense para comprender que la recuperación va a requerir algo más que un simple estímulo fiscal. Las lecciones son importantes para todo el mundo.

        En Estados Unidos la crisis actual no se origina simple y llanamente en el mercado de las hipotecas chatarra. Los orígenes se encuentran en la compresión salarial desde los años 70. Ese fenómeno terminó con la llamada fase dorada del capitalismo (1945-1975) marcada por tasas de crecimiento sostenido, por remuneraciones al alza y una reducción notoria en la desigualdad social. En cambio, a partir de los años 70 el crecimiento se redujo, la masa salarial cayó y la desigualdad aumentó.

        La única manera de mantener niveles adecuados de demanda agregada fue a través del endeudamiento que comenzó a crecer desmedidamente en los años 70. Ese proceso culminó con el desenfrenado crecimiento de pasivos del sector privado en los últimos 15 años en Estados Unidos. Hoy el panorama no es nada tranquilizador. Un estudio reciente revela que en promedio la contribución del endeudamiento a la demanda agregada en ese país durante la década pasada alcanzó 15 por ciento anual y culminó en 1998 con un 22 por ciento. O sea que casi una cuarta parte de la demanda agregada en Estados Unidos estuvo financiada con deuda en 1998. En contraste, en la década de los 20, en promedio la deuda sólo financió 8.7 por ciento de la demanda agregada.

        El desplome actual es todavía más preocupante. En los últimos 30 meses el desplome en el nivel de endeudamiento es de 42 por ciento. Es decir, que el desendeudamiento tiene contribución negativa a la demanda agregada, muy superior a lo que sucedió entre 1929 y 1931 (caída de 12.5 por ciento por el desendeudamiento). Y ese ritmo de desendeudamiento no parece estar menguando en estos días. Lo único que ha podido mitigar ese brutal proceso de contracción de la demanda agregada ha sido el estímulo fiscal que ahora está por agotarse.

        En este contexto, el llamado a la reducción del déficit fiscal en el comunicado final del G-20 de Toronto es una estupidez. Desde 1970, ni la demanda, ni el empleo han crecido en Estados Unidos sin la ayuda de una demanda agregada impulsada por el endeudamiento.

        Mientras los asalariados trataban de compensar el estrangulamiento salarial y la pérdida de poder de compra con más deuda, el gran capital desplazó sus operaciones hacia países con bajos costos salariales. El proceso culminó con el traslado de cientos de miles de empleos hacia China. En tres décadas el mundo fue testigo del desmantelamiento de la planta industrial en Estados Unidos. Algunos consideran que se trató de un proceso asociado a la evolución normal de una economía capitalista. Pero lo cierto es que las grandes compañías multinacionales que se beneficiaron con el traslado de sus operaciones manufactureras a China no se desindustrializaron, simplemente cambiaron de domicilio. En Estados Unidos se quedaron los que piensan que lo mejor de ese país es su capacidad de hacer innovaciones financieras. Un resultado de este proceso fue el desequilibrio mundial entre los más grandes países superavitarios (China) y deficitarios (Estados Unidos). En buena medida la incapacidad de la economía estadunidense para generar empleos se debe precisamente al desmantelamiento de la planta industrial a lo largo de los últimos 25 años.

        En el Congreso en Washington casi nadie quiere otro paquete de estímulo para la economía estadunidense. Por eso muchos ahora piensan que habrá una recaída y la gráfica de la recesión tendrá la forma de una W. Pero otros piensan que podría tener la forma de una L muy, pero muy alargada. Es decir, la economía de Estados Unidos permanecería en el colapso varios años.

        Frente a este paisaje, el G-20 se pronunció por mantener y profundizar el modelo económico neoliberal en el mundo. Como si el único futuro posible fuera el mismo laboratorio de donde salió la crisis actual. Deberían leer el último capítulo de la Teoría General de Keynes, en especial el pasaje en el que advierte que quizá el único medio para mantener el pleno empleo y disminuir la desigualdad será a través de la socialización de la inversión. Pero, caray, todo esto estaba prohibido pensarlo en el pequeño estado policiaco en que Canadá convirtió la sede del G-20.

        Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

        La Jornada, 7 julio 2010

        Chile: la CASEN 2010 y las causas del aumento de la pobreza…

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        CASEN, pobreza y rigor

        Por Daniel Hojman, académico de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard  15 de Julio de 2010, Ciper Chile

        El aumento de la pobreza que mostró la última encuesta CASEN ha sido atribuido por el Presidente a la dilapidación de recursos públicos, programas sociales ineficientes y la corrupción. Los datos conocidos hasta ahora no entregan argumentos para sustentar esa tesis, sino que más bien apuntan al impacto del alza del valor de los alimentos y la crisis internacional. Lo que parece una estrategia para desprestigiar a la administración de Bachelet demuestra falta de rigor del mandatario y pone en riesgo su credibilidad.

        A juzgar por la cobertura de prensa, los comentarios en las redes sociales y la cadena televisiva del Presidente Sebastián Piñera, el aumento de la fracción de pobres de un 13,7% de la población en diciembre del 2006 a un 15,1% en diciembre del 2009 tuvo un impacto comunicacional significativo. Para los entendidos, no hubo sorpresa alguna. Quizás la única sorpresa del anuncio del Presidente el día martes 13 de julio fue su falta de rigor.

        Esta última afirmación requiere fundamento. Tras anunciar la mala noticia del aumento de la pobreza, el mandatario se refirió a la dilapidación de recursos mal focalizados y declaró que el gasto social “desgraciadamente muchas veces no llega a quienes realmente lo necesitan porque los recursos se quedan entrampados en la burocracia o porque se despilfarran en gastos innecesarios o sencillamente porque se quedan en las garras de la corrupción.” Haciendo eco, la vocera de gobierno señaló que “si las políticas sociales se estuviesen haciendo bien no tendríamos un aumento en la pobreza”. Ni el Presidente ni la vocera hicieron mención a la crisis económica u otros factores como el alza del precio de los alimentos a raíz de una crisis alimentaria mundial como posibles explicaciones.

        Si hubiese que guiarse por la autoridad que le confiere a Sebastián Piñera no solo el cargo presidencial, sino también el conocimiento técnico de un empresario exitoso con un doctorado en economía de Universidad de Harvard, un observador ingenuo se vería obligado a aceptar dos hipótesis. Primero, el aumento en la pobreza se debió fundamentalmente al fracaso de las políticas sociales del gobierno anterior. Segundo, las prácticas administrativas de ese gobierno fueron menos que aceptables.

        La primera hipótesis es cuestionable por a lo menos tres razones independientes. La condición de pobreza se determina en base a un ingreso de corte –algo más de $64,000 por persona en zonas urbanas, la línea de pobreza. Ese monto corresponde a dos veces el valor de una canasta de bienes que busca representar el consumo básico de un hogar de bajos ingresos. Debido a que los pobres destinan más de la mitad de su ingreso al consumo de alimentos, la canasta es más intensiva en alimentos que la canasta usada para determinar el IPC y la inflación. Entre el 2006 y el 2009 el mundo enfrentó una crisis alimenticia que se reflejó en un aumento desproporcionado del precio de los alimentos como los vegetales y el pan. El valor real de la canasta usada para fijar la línea de la pobreza subió 18% (es decir, creció 18% “por encima” de la inflación de la economía). Una estimación conservadora, es que una línea de pobreza 18% más alta puede explicar 4 puntos de la pobreza medida para el 2009. En consecuencia, el alza desproporcionada del precio de los alimentos por sí sola puede explicar el aumento de la pobreza (y tal vez más), algo que podrá confirmarse cuando todos los datos de la CASEN estén disponibles (hasta ahora sólo se han dado a conocer resultados generales). Esta alza es pobreza nueva, pero se origina en los mercados internacionales y la crisis alimentaria mundial. No puede achacarse a políticas sociales.

        El segundo factor es la crisis financiera internacional cuyo impacto en Chile fue más moderado que en otras economías pero que igualmente estuvo asociado a un alza del desempleo y posiblemente caídas en el ingreso. No es obvio cuán importante es la contribución de la crisis financiera a la pobreza, pero sin duda aportó.

        La tercera razón no dice relación con las posibles causas del aumento. El índice de pobreza se basa en mediciones de ingreso. Sin embargo, muchos de los programas sociales de la administración de Bachelet (y de cualquier gobierno) no afectan directamente el ingreso autónomo. Ejemplos incluyen la expansión de prestaciones de salud y el AUGE, el acceso a jardines infantiles, políticas de vivienda. Esto no es una crítica al índice de pobreza como un indicador válido. Es una crítica del uso de ese indicador para enjuiciar políticas sociales que, por definición, no se verán reflejadas en ingresos, a lo menos en el corto plazo. Un juicio sobre esas políticas requiere ya sea de una evaluación específica o bien complementar los datos de ingreso autónomo de la encuesta CASEN con otros datos de la misma u otras encuestas.

        Por último, aunque los argumentos anteriores fueran desmentidos, eso sólo podría hacerse sobre la base de un análisis cuidadoso de la evidencia. El perfeccionamiento de las políticas públicas exige que se evalúen en su mérito. Si una evaluación seria de los programas sociales, una que apunte no solo a cuantificar el impacto en los ingresos de un programa sino también en otras variables de bienestar –incluyendo los efectos para las comunidades– demuestra que hay programas ineficientes o que sería mejor refocalizar el gasto en programas de mayor impacto, bienvenido.

        Aunque en comparaciones internacionales Chile aparece consistentemente en la última década entre los 25 países menos corruptos del mundo y con índices comparables a los de Francia o Japón, hay consenso sobre la necesidad de una política de tolerancia cero contra la corrupción. Lo inaceptable es saltarse el más mínimo rigor en un tema tan delicado, hacerlo en forma deliberada y con la intención principal de golpear a los gobiernos anteriores. Para la galería. Es más, en lo sustantivo, la propia propuesta del gobierno sugiere la necesidad de profundizar la red de protección social instalada en los gobiernos de la Concertación. En concreto, el Ingreso Ético Familiar que se propone es bastante continuista y sus fundamentos se hallan en conclusiones y propuestas del Consejo Presidencial Trabajo y Equidad encargado por la administración anterior (Ver capítulo 1 del informe de la llamada Comisión Meller). Esto sugiere que más que demoler lo anterior, se trata de perfeccionarlo. ¿Por qué no plantearlo así? ¿No es esa una forma más constructiva de apelar a la unidad necesaria para erradicar la pobreza? ¿Por qué estimular la retaliación y exponerse a la pérdida de credibilidad?

        En suma, los dichos del Presidente y su vocera no gozan de soporte técnico. Es plenamente factible que al analizar la evidencia y controlar por el efecto del alza del precio de los alimentos y el ciclo económico descubramos que el impacto de las políticas sociales del gobierno anterior sobre la pobreza fue positivo en lo grueso y que no hubo un cambio “estructural” en la tendencia. O tal vez sí, lo dirá el análisis. También es factible que refocalizar el gasto conduzca a mejoras. La opción del Presidente por enlodar la gestión anterior puede surtir el deseado efecto de reducir la popularidad de Michelle Bachelet. Al mismo tiempo siembra más dudas sobre su credibilidad. Esta vez, no se trata del incumplimiento de una promesa de campaña y, aunque no es el primer argumento falaz y populista que hemos escuchado, se ha ido un paso más allá. La desprolijidad del Presidente en este episodio es un pasivo para la credibilidad de sus técnicos, muchos de los cuales admiro tanto profesional como humanamente. Si el Presidente sugiere que el alza en pobreza se debe a la dilapidación y las “garras de la corrupción”, sus ministros pueden matizar sus dichos pero no contradecirlo.

        Es de esperar que un tema tan serio como la pobreza y la distribución del ingreso, donde entender los determinantes y evaluar las políticas es de primer orden, el gobierno piense y hable con todo el rigor de quienes aspiran a la excelencia. La popularidad Bachelet, Lavín o Piñera, la mezquindad política, no afectan la realidad de la pobreza. Más allá de las legítimas diferencias que existan sobre la visión de sociedad que queremos, erradicar la pobreza es un anhelo compartido. Todos deben estar a la altura de esa tarea.

        Escrito por Eduardo Aquevedo

        16 julio, 2010 a 17:15

        La India: un crecimiento económico depredador…

        con un comentario

        Alejandro Nadal

        KLEE003 La economía de India mantiene elevadas tasas de crecimiento desde hace varios años y para muchos es un ejemplo a seguir. Se afirma incluso que la experiencia del subcontinente es muestra de que el neoliberalismo sí puede funcionar. La realidad es otra. La evolución de la economía india es un proceso patológico que se nutre de la desigualdad social y la destrucción ambiental.

        India mantuvo un crecimiento modesto después de la independencia en 1947. El proyecto de industrialización sostuvo una expansión reducida (4 por ciento) pero estable de 1950 a 1980. El ingreso per cápita aumentó en promedio 1.3 por ciento anual en ese periodo. La balanza comercial se mantuvo con déficit permanente y la economía estuvo cerrada a los flujos comerciales y de capital.

        La crisis mundial de la deuda en los años 80 sometió a India a los dictados del Fondo Monetario Internacional y en los años 90 se impusieron las reformas de corte neoliberal, lo que representó un viraje radical en política económica. En los últimos 10 años India tuvo en promedio una tasa de crecimiento anual de 6.8 por ciento. La prensa internacional ha presentado esto como un milagro económico.

        En estos años la desigualdad y la pobreza en India han empeorado. Hoy, 42 por ciento de la población total de ese país (mil 173 millones) vive con menos de un dólar diario. Un 75 por ciento de la población vive con dos dólares diarios y el modelo económico no va a revertir esta estructura tan desigual.

        A pesar de las tasas de crecimiento de 6 por ciento-7por ciento, el aumento en el empleo formal en India es raquítico y no pasa de 1 por ciento anual. Por cierto, eso significa que la expansión económica se apoya en aumentos de productividad muy importantes. Eso se relaciona con la estrategia de orientar la inversión hacia las exportaciones, lo cual requiere abatir al máximo los costos salariales para poder competir. Por eso la racionalización de las cadenas productivas se acompaña de fuertes recortes en el empleo.

        A pesar del milagro en las tasas de crecimiento, India mantiene déficit crónico en sus cuentas externas y necesita financiarlo. Para ello ha optado por recibir flujos de capital, tanto en inversión extranjera directa, como en inversiones en cartera (capitales de corto plazo). Pero esto entraña un costo enorme: la política macroeconómica debe respetar reglas de juego que no tienen nada que ver con las necesidades de la población india.

        La política monetaria está dominada por la necesidad de atraer capitales al espacio económico indio. Eso implica mantener altas tasas de interés. Además sólo los privilegiados tienen acceso al crédito, todo esto imprime un sesgo regresivo en la distribución de la riqueza al privilegiar la cartera de activos de los estratos más ricos y profundizar la desigualdad. Pero eso es irrelevante: lo que importa es mantener el flujo de capitales que permite financiar el déficit externo.

        Todo esto explica que India tenga hoy las reservas más elevadas de su historia (unos 230 mil millones de dólares). En esto se parece a China, pero la diferencia es que aquél país tiene enorme superávit en su balanza comercial, mientras India sufre déficit crónico. Las reservas de India no lo son propiamente, son un recurso que en cualquier momento puede evaporarse.

        La política fiscal se rige por el dogma del presupuesto balanceado y como no hay que incomodar a los dueños del capital para no afectar las inversiones, el equilibrio fiscal se logra recortando el gasto social y reduciendo el monto de recursos para la conservación ambiental.

        La apertura a la inversión extranjera pasa por la entrega de concesiones en las industrias extractivas, forestal y turística. Esto desemboca en el despojo de tierras en las que se encuentran los yacimientos (hierro en Chhattisgarh, bauxita en Orissa, etc.) o cubiertas con densos bosques que representan una riqueza comercial de fácil acceso. Muchas de esas tierras son el hogar de pueblos originarios o adivasi (término derivado del sánscrito que significa primeros habitantes del bosque). Los adivasi son menos de 8 por ciento de la población de India, pero constituyen 40 por ciento de la población despojada de valles, cerros y cuencas de ríos. La entrega de sus tierras a megacorporaciones en las industrias extractivas y turísticas es uno de los rasgos más violentos del milagro neoliberal en India.

        El economista Amit Bhaduri, profesor emérito de la Universidad Jawaharlal Nehru en Nueva Delhi, ha calificado a este proceso como crecimiento depredador. Hay que aclarar que no se trata de una metáfora. Es efectivamente un complejo proceso económico y político en el que los perdedores entregan su forma de vida a un crecimiento que privilegia a unos pocos y no puede elevar el nivel de vida de la mayoría de la población.

        El paralelismo con México es extraordinario. Realmente lo único diferente son las tasas de crecimiento. Lo demás es idéntico. El mismo modelo, la misma injusticia.

        http://nadal.com.mx

        Las políticas fiscales neoliberales…

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        Vicenç Navarro, Público

        Una de las políticas fiscales que han caracterizado el pensamiento neoliberal reproducido en la mayoría de partidos gobernantes en la Unión Europea, tanto de derecha como de centro izquierda, ha sido la reducción de impuestos. Se decía que tal bajada de impuestos liberaba la capacidad creativa, tanto de los ciudadanos como de las empresas, estimulando así la economía. En España, no sólo la derecha –tanto española (PP), como catalana (CiU)– sino también la izquierda gobernante (PSOE), enfatizaron la conveniencia de bajar los impuestos. El presidente Zapatero inició su mandato con el dicho de que “bajar impuestos es de izquierdas”. Antes, los gobiernos del PP habían hecho de esa bajada el elemento central de su política fiscal.

        Y un tanto semejante ocurrió en varios países de la UE. En Alemania, por ejemplo, los impuestos sobre el capital se redujeron (desde 1995 a 2009) nada menos que 26 puntos, a la vez que el nivel de gravación fiscal de las rentas superiores se redujo 9,5 puntos. En España y Francia, la reducción de los impuestos de las rentas superiores fue incluso mayor, reduciéndose 13 puntos. En Italia, el Impuesto de Sociedades bajó 20,8 puntos y el de las rentas superiores 6,1 puntos. Tales reducciones favorecieron a las rentas del capital y a las rentas superiores, de manera que tales rentas, como porcentaje de las rentas nacionales, se dispararon, incrementándose las desigualdades de renta de una manera muy acentuada. De esta manera, la regresividad fiscal y las desigualdades sociales aumentaron espectacularmente estos últimos 15 años.

        El argumento que se utilizó para promover estas políticas fiscales, favorables a las rentas del capital y a las rentas superiores, era que había que cuidar (mimar, sería la expresión más adecuada) los factores movibles –tales como el capital y las rentas superiores–, evitando que se asustaran y dejaran el país. Este era el discurso neoliberal que sostuvieron los medios de mayor difusión del país. Detrás de él existía el enorme poder político del capital financiero y empresarial (y muy en especial el relacionado con las exportaciones), así como el de las rentas superiores. Donde esta influencia adquirió mayor desarrollo fue en Alemania, cuyo modelo económico estaba, y continúa estando, basado en un modelo financiero y exportador con una competitividad elevada, enraizada en unos salarios estancados que no mejoraban con el crecimiento de la productividad. Ese incremento de la productividad repercutía primordialmente en aumentar los beneficios del capital, muy en especial de las empresas exportadoras y de la banca, y no en aumentar las rentas del trabajo.

        Como dijo Peter Bofinger, miembro del Consejo Económico alemán, “el problema de Alemania es que vive muy por debajo de sus posibilidades”, es decir, que la riqueza que se creaba y continúa creándose no repercute sobre el nivel de vida de los trabajadores y de las clases populares alemanas. El Gobierno socialdemócrata del canciller Gerhard Schröeder (1998-2005) fue el que inició –en su programa de 2010– la reducción de los impuestos de sociedades y de las rentas superiores, política seguida más tarde por Angela Merkel y sus gobiernos de coalición. Algo parecido ha estado ocurriendo en Francia, donde la creciente regresividad fiscal explica un notable crecimiento de las desigualdades sociales. De nuevo fue un Gobierno socialdemócrata, dirigido por Lionel Jospin (1997-2002) el que inició la política de reducción de impuestos, política que fue acentuada por Nicolas Sarkozy en 2007.

        Tal reducción de impuestos de las rentas superiores, además de incrementar las desigualdades, creó también las bases para que apareciera el problema del déficit del Estado. Este déficit fue causado, en parte, por la disminución de la actividad económica. Pero las políticas de reducción de impuestos, con la consiguiente reducción de los ingresos al Estado, contribuyeron enormemente a la creación de los déficits y del aumento de la deuda pública. En Alemania, por ejemplo, si los niveles de imposición fiscal fueran los mismos que existían en 1998, el Estado alemán habría recaudado 75.000 millones de euros más por año de los que recaudó en 2009, una cantidad semejante, por cierto, al déficit que el Gobierno Merkel quiere resolver mediante los recortes muy acentuados que ha propuesto sobre el Estado del bienestar alemán. Un tanto semejante ocurre en España, donde el déficit del Estado no sería tan elevado si los niveles de imposición, tanto de las rentas del capital como de las rentas superiores, se hubieran mantenido igual a los existentes en los años ochenta.

        Estos datos señalan el error del argumento ampliamente utilizado en las instituciones europeas (Consejo Europeo, Comisión Europea y Banco Central Europeo) en defensa de la austeridad del gasto público (incluyendo el gasto público social), indicando erróneamente que “hemos estado viviendo durante todos estos años por encima de nuestras posibilidades”, asumiendo que nos hemos gastado más de lo que tenemos. Pero no es cierto y es fácil de demostrar. Tenemos el gasto público social más bajo de la UE-15, lo cual no se debe a que España no tenga recursos. España tiene ya el nivel de riqueza de la UE-15. Su PIB per cápita es el 94% del promedio de la UE-15. Y, sin embargo, el gasto social es sólo el 73% del promedio de la UE-15. Si nos gastáramos el 94% del promedio tendríamos 66.000 millones de euros más para gastarnos en nuestro escuálido Estado del bienestar. España tiene estos recursos. Lo que ocurre es que el Estado no los recoge. Y ahí está el problema. No es que vivamos por encima de nuestras posibilidades, lo que pasa es que los ricos, los bancos y los grandes empresarios no pagan lo que deberían. Las políticas neoliberales han favorecido a las rentas superiores, creando una enorme polarización social, que han generado la crisis actual y que están dificultando la recuperación económica. Y ahí está el problema que los medios de persuasión no tocan.

        Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/2126/las-politicas-fiscales-neoliberales/

        La docta incompetencia de la teoría macroeconómica actual

        con un comentario

        Paul Krugman · · · · ·

        04/07/10

        Mark Thoma y Brad DeLong nos llaman la atención sobre la crítica de James Morly a la teoría macroeconómica actual. Hace algún tiempo, yo mismo escribí sobre eso. Como dejé dicho entonces, la historia básica de la macroeconomía “moderna” discurre sobre poco más o menos así:

        1.- Lucas y sus discípulos coincidían en que la economía tiene una apariencia keynesiana –es decir, todo ocurre como si las políticas monetaria y fiscal tuvieran efectos reales—, pero sostuvieron que un enfoque teórico en términos de equilibrio con información imperfecta podía explicar por qué, y al propio tiempo, librarse de las implicaciones políticas keynesianas. Y ridiculizaron la teoría económica de Keynes.

        2.- Hacia 1980 –¡hace ya tres décadas!— estaba ya claro que el proyecto científico de Lucas había fracasado. Los modelos de equilibrio con información imperfecta no pueden, en efecto, explicar hechos clave sobre los ciclos económicos, especialmente el de la persistencia de las recesiones aun cuando todos los agentes saben que se hallan en recesión.

        3.- Sin embargo, lejos de admitir que seguían una senda equivocada, los abogados de la teoría macroeconómica que se practica en las universidades de agua dulce [1] doblaron la apuesta, y buscaron explicar el ciclo económico en términos de shocks reales.

        4.- Tampoco este enfoque se ajustaba a los hechos. Así que, tratando de salvar sus modelos, añadieron más epiciclos, y si alguna vez tuvieron un adarme de claridad, ahora la perdieron toda.

        5.- Los economistas de agua dulce declaran que el ciclo económico es profundamente enigmático, y que necesitamos más investigación antes de poder hacer recomendaciones políticas.

        En suma, estamos ante una docta incompetencia. Los economistas que no se adentraron por esa senda y no arrojaron al agujero de la memoria todo lo que la profesión aprendió entre 1936 y 1973 no están particularmente desconcertados ante la situación en que ahora nos hallamos.. Al contrario; parece una versión extrema de algo bastante familiar, y las políticas recomendables no son difíciles de hallar.

        Sólo quien sigue comprometido con un proyecto de investigación fracasado –un proyecto que fracasó hace una generación, pero que se negó en redondo a admitirlo— está perplejo.

        NOTA T.: [1] Se llama “economistas de agua dulce” a los economistas antikeynesianos concentrados en varias universidades del interior de los EEUU, situadas cerca de grandes lagos (como la de Chicago), mientras que se conoce como “economistas de agua salada” a los keynesianos, concentrados más bien en las universidades norteamericanas de la costa atlántica y de la costa pacífica.

        Paul Krugman fue Premio Nóbel de Economía en 2008.

        Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F.Nyerro

        Escrito por Eduardo Aquevedo

        8 julio, 2010 a 2:45

        Paul Krugman: la nueva austeridad neoliberal, un grave error…

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        Esa sensación de los años treinta

        PAUL KRUGMAN 20/06/2010

        Krugman_visita_Barcelona De repente, crear empleo no está de moda, pero infligir dolor sí lo está. Condenar los déficits y negarse a apoyar una economía todavía convaleciente se ha convertido en la nueva tendencia en todas partes, incluido EE UU, donde 52 senadores han votado en contra de ampliar la ayuda a los desempleados a pesar de tener la tasa más alta de desempleo a largo plazo que ha habido desde los años treinta.

        Muchos economistas, entre los que me incluyo, consideramos que este giro hacia la austeridad es un tremendo error. Trae recuerdos de 1937, cuando el intento prematuro de Franklin D. Roosevelt de equilibrar el presupuesto contribuyó a hundir de nuevo en una grave recesión a una economía que empezaba a recuperarse. Y en Alemania, donde me encuentro, unos cuantos académicos ven paralelismos con las políticas de Heinrich Brüning, canciller entre 1930 y 1932, cuya devoción por la ortodoxia financiera terminó por sellar el funesto destino de la República de Weimar.

        Pero a pesar de estas advertencias, los halcones del déficit se están imponiendo en la mayoría de los sitios; y en ninguno tanto como en Berlín, donde el Gobierno ha prometido 80.000 millones de euros en subidas de impuestos y recortes del gasto, a pesar de que la economía sigue funcionando muy por debajo de su capacidad.

        ¿Qué lógica económica se oculta tras las medidas gubernamentales? La respuesta, que yo sepa, es que no hay ninguna lógica. Si presionamos a las autoridades alemanas para que expliquen por qué tienen que imponer austeridad a una economía deprimida, nos dan razones que no cuadran. Si así se lo indicamos, nos salen con razones diferentes, que tampoco cuadran. Discutir con los halcones alemanes del déficit se parece bastante a discutir con los halcones estadounidenses sobre Irak allá por 2002: saben lo que quieren hacer, y cada vez que alguien refuta uno de sus argumentos, se limitan a inventarse otro.

        Así es más o menos como transcurre la conversación habitual (esto se basa tanto en mi propia experiencia como en la de otros economistas estadounidenses):

        Halcón alemán: "Tenemos que recortar los déficits inmediatamente, porque tenemos que afrontar la carga fiscal de una población envejecida".

        Estadounidense desagradable: "Pero eso no tiene sentido. Auque consiguiesen ahorrar 80.000 millones de euros -cosa que no podrán hacer, porque los recortes presupuestarios perjudicarán a su economía y reducirán los ingresos-, los intereses pagados por esa deuda representarían menos de una décima de porcentaje de su PIB. De modo que la austeridad que buscan pondrá en peligro la recuperación económica y prácticamente no contribuirá nada a mejorar su situación presupuestaria a largo plazo".

        Halcón alemán: "No voy a intentar rebatir la aritmética. Hay que tener en cuenta la reacción del mercado".

        Estadounidense desagradable: "¿Pero cómo saben de qué modo reaccionará el mercado? Y en cualquier caso, ¿por qué tendría el mercado que verse condicionado por políticas que no tienen casi ningún impacto en la situación fiscal a largo plazo?".

        Halcón alemán: "Usted no comprende nuestra situación".

        El punto clave es que, aunque los defensores de la austeridad se las dan de realistas obstinados que hacen lo que hay que hacer, no pueden ni quieren justificar su postura con cifras reales (porque, de hecho, las cifras no respaldan su postura). Y tampoco pueden afirmar que los mercados estén exigiendo austeridad. Por el contrario, el Gobierno alemán sigue siendo capaz de adquirir préstamos con tipos de interés por los suelos.

        Así que las motivaciones reales de su obsesión por la austeridad tienen otro origen.

        En EE UU, muchos de los que se describen a sí mismos como halcones del déficit son simple y llanamente unos hipócritas: están ansiosos por recortar las ayudas de quienes las necesitan, pero su preocupación por los números rojos desaparece cuando se trata de subvenciones fiscales para los ricos. Así, el senador Ben Nelson, que tan santurronamente declaró que no podemos permitirnos pagar 77.000 millones de dólares en ayudas a los parados, desempeñó un papel decisivo a la hora de aprobar el primer recorte de impuestos de Bush, que nos costó la friolera de 1,3 billones de dólares.

        La postura de los halcones alemanes del déficit parece más sincera. Pero sigue sin tener nada que ver con el realismo fiscal. Es más bien una cuestión de pose y actitud moralizadora. Los alemanes tienden a pensar que asumir déficits es moralmente incorrecto, mientras que equilibrar los presupuestos se considera virtuoso, independientemente de las circunstancias o la lógica económica. "Las últimas horas han sido una demostración de fuerza singular", declaraba Angela Merkel, la canciller alemana, tras una reunión especial del gabinete sobre el plan de austeridad. Y, en el fondo, de lo que se trata es de demostrar la fuerza (o lo que se percibe como fuerza).

        Todas estas poses tendrán, cómo no, un precio. Solo una parte de ese precio recaerá sobre Alemania: la austeridad alemana empeorará la crisis en la zona euro, lo que hará que a España y a otras economías en apuros les resulte mucho más difícil recuperarse. Los problemas de Europa también están debilitando al euro, lo que perversamente beneficia a la industria alemana, pero también exporta las consecuencias de la austeridad alemana al resto del mundo, incluido EE UU.

        Pero los políticos alemanes parecen decididos a demostrar su fuerza imponiendo sufrimiento; y los políticos de todo el mundo están siguiendo su ejemplo.

        ¿Cómo de grave será? ¿Realmente se volverá a repetir la situación de 1937? No lo sé. Lo que sí sé es que la política económica de todo el mundo ha dado un mal giro, y que las probabilidades de una recesión prolongada aumentan día a día.

        Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2010 New York Times News Service. Traducción de News Clips.

        Escrito por Eduardo Aquevedo

        25 junio, 2010 a 23:00

        Los desafíos de Cuba…

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        Eric Toussaint, Rebelión

        Traducido por Griselda Pinero y Raul Quiroz

        CUBA-CASTRO-RAULFIDEL Existen varios factores, externos e internos, que están creando una situación difícil y de tensión en Cuba. La crisis financiera y económica mundial afecta directamente a la economía cubana en cinco niveles:

        1.- El precio de la tonelada de níquel que exporta Cuba bajó, en el mercado mundial, de 50.000 dólares a 10.000 dólares entre 2008 y 2009.

        2.- Aunque la cantidad de turistas haya aumentado un poco en 2009, éstos redujeron notablemente lo que gastan, y por ello los ingresos por turismo disminuyeron un 10 %.

        3.- La caída del precio del petróleo, que afectó directamente a Venezuela, retrasó el pago de los servicios que Cuba ofrece a los venezolanos, en especial los relativos a la salud.

        4.- Los efectos, que todavía permanecen, de los daños producidos por los grandes huracanes que arrasaron la isla en 2008.

        5.- El mantenimiento del embargo por el gobierno de Barack Obama. El nuevo presidente ni siquiera levantó las medidas que prohíben a los ciudadanos estadounidenses hacer turismo o curarse en Cuba. Dada la proximidad entre Estados Unidos y Cuba, el turismo proveniente del vecino del Norte podría aumentar de forma notable los ingresos por turismo en la isla.

        La consecuencia de todo esto es un desequilibrio (un déficit) en la balanza comercial de Cuba, puesto que el país debe importar en gran proporción alimentos para el consumo en el país. El Gobierno reaccionó con una fuerte reducción de las importaciones, lo que afectó la vida cotidiana de la población cubana. Las dificultades de aprovisionamiento de alimentos han creado un malestar perceptible por aquellos que hablan con los cubanos y cubanas en la calle. Se debe precisar que, al contrario de una aplastante mayoría de los países en desarrollo, incluidos los países emergentes, nadie muere de hambre en Cuba y no se constata una insuficiencia alimentaria ponderable en la población. Los cubanos y cubanas no están subalimentados. En un país donde las desigualdades siguen siendo mucho menores que las de los países vecinos, la población tiene acceso a una alimentación suficiente y a servicios sanitarios y educativos de calidad. En 2009, un habitante medio ingirió 3.200 calorías diarias, mientras que la norma nacional mínima es de 2.600 calorías.

        De todas maneras, gran parte de la población se siente frustrada en su vida cotidiana, ya que debe dedicar un tiempo anormalmente largo en las colas frente a las tiendas de alimentación. Además, el precio de algunos productos aumentó, como por ejemplo las patatas, cuyo precio, liberado, se duplicó.

        Cuba tiene un acceso restringido a la financiación externa

        Se debe recordar que Cuba no es miembro ni del FMI ni del Banco Mundial, de manera que no sufre sus directivas. Por lo tanto, Cuba no les pide créditos. Por otro lado, los países miembros del Club de París desde hace años rechazan otorgarle préstamos. Aunque cuando se conocen las condicionalidades que acompañan a esos créditos, la verdad es que no hay necesidad de lamentarse por ello. [2]

        Los bancos privados internacionales, cuando están dispuestos a concederle créditos, cobran primas de riesgo país muy elevadas para protegerse del embargo decretado por Estados Unidos. Concretamente, la mayor parte de los préstamos otorgados a Cuba provienen de China, Brasil y Venezuela. Esta situación es muy decepcionante ya que los países de la región que constituyeron en Cancún, en febrero de este año, la Comunidad Latina y del Caribe (que comprende todos los Estados de América, excepto Estados Unidos y Canadá) disponen de cerca de 500.000 millones de dólares en forma de reservas de cambio. En lugar de utilizar estas reservas para realizar inversiones productivas en la región o para ayudar a algunos países del Sur con balanzas comerciales desequilibradas, una parte considerable de estos fondos se prestan al gobierno de Estados Unidos mediante la compra de bonos del Tesoro estadounidense. [3] La situación es muy frustrante, ya que, en el ámbito político, la creación de esta nueva organización pone fin a una anomalía existente desde hace cerca de medio siglo, o sea, la existencia de una Organización de Estados Americanos (OEA) cuya sede está en Washington y de donde Cuba fue excluida por la presión de las autoridades estadounidenses.

        Los retrasos que persisten en el despegue del Banco del Sur, creado por siete países [4] (cuyas operaciones, de todas maneras, están limitadas a Sudamérica), no permiten tampoco entrever una posibilidad de préstamo solidario a corto plazo para Cuba. Finalmente, el banco del ALBA, [5] que apenas está en la fase de su puesta en marcha, tampoco dispone de socios suficientemente ricos, excepto Venezuela, para constituir una sólida fuente de financiación para Cuba.

        Unas reformas necesarias en el ámbito agrícola

        Después de abordar los factores externos, abordemos ahora los factores internos.

        El balance de los 50 años de política agrícola cubana es negativo porque, como ya se ha mencionado, más de la mitad de las calorías ingeridas en la isla provienen de alimentos importados. Por lo tanto, se está muy lejos de la soberanía alimentaria. Para responder a esta situación, las autoridades acaban de adjudicar en usufructo casi un millón de hectáreas en barbecho a 100.000 familias. No nos podemos imaginar que esta decisión positiva sea suficiente para aportar realmente una solución que esté a la altura de los problemas. Cuando se interroga a las autoridades sobre sus políticas en materia de derechos de propiedad, responden que no se contempla la modificación legislativa actual que permitiría la extensión de la propiedad privada en la agricultura y en los servicios (ver recuadro). Las autoridades quieren, con toda razón, evitar la reconstitución de los latifundios. Efectivamente se deben tomar medidas que imposibiliten la reconstrucción de las relaciones de producción y de propiedad capitalistas tanto en el sector agrícola como en el resto de la sociedad cubana, no existe ninguna duda sobre eso. Pero el observador se da cuenta de que en el sector de la pequeña propiedad familiar privada es donde la producción de alimentos es más eficaz. Ahora bien, este sector representa sólo un pequeño porcentaje de todas las tierras cultivables de Cuba.

        El Estado podría aumentar la cantidad de familias con acceso a la propiedad privada, bajo la condición de producir alimentos. A estas familias campesinas se les debería prohibir la venta de sus tierras a terceros para evitar la concentración de tierras y por ende la reconstitución de latifundios. El Estado podría estimular la extensión y estabilización de un campesinado productivo constituido por explotaciones familiares que podrían utilizar métodos orgánicos para producir una cantidad suficiente de alimentos de calidad. La familia que trabajase una tierra que le pertenece debería participar directamente en la producción y podría contratar algunos asalariados para ayudarles, con la condición de que se respetase estrictamente el código de trabajo, garantizando unas condiciones de trabajo y un salario digno, y la contribución a la financiación de la seguridad social del trabajador. Se circunscribiría de esta forma el sector privado a la pequeña producción familiar de mercado, que podría coexistir con los sectores cooperativos y estatales. Se podría también, junto a estos sectores, desarrollar una producción agrícola municipal, urbana o semiurbana, bajo la autoridad de los municipios. De hecho, durante los últimos veinte años, los cubanos y cubanas desarrollaron la producción en huertos urbanos o semiurbanos y alcanzaron un elevado nivel de eficacia. Esta experiencia podría ser reforzada.

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        Recuadro: Propiedad de la Tierra Agrícola en Cuba

        por Daniel Munevar Sastre

        En el momento del triunfo de la Revolución Cubana en 1959, la propiedad de la tierra mostraba un alto índice de concentración: el 9% de las fincas concentraba el 73% de las tierras [6] . La reforma agraria implementada entre 1959 y 1963 progresivamente redujo la concentración de la tierra en manos privadas a través de la reducción del tamaño permitido de las propiedades. A partir de 1963, el tamaño máximo de una hacienda fue reducido a 67ha, mientras que las propiedades de mayor extensión fueron nacionalizadas. Hacia 1989, el 82% de la superficie total y el 73% de la superficie agrícola pertenecían a 385 empresas estatales [7] .

        La crisis económica causada por la caída del bloque soviético puso de relieve los problemas de productividad del sector agrícola en la isla. Ante esta situación el Gobierno procedió a buscar alternativas para reducir la dependencia de importaciones de alimentos. En 1993 se procede a crear las UBPC (Unidades Básicas de Producción Cooperativa), para incentivar la producción. Para el año 2000, las cooperativas agrícolas ocupaban el 43% de la superficie total y el 61,3% de la agrícola [8] . Sin embargo la reciente crisis alimentaría ha puesto de relieve los problemas con esta iniciativa. Tras dos decenios desde su creación, cerca de la tercera parte de las UBPC no generan ganancias. Esta situación, unida a acusaciones de corrupción y falta de control democrático dentro de las cooperativas, llevó a que en 2009 se eliminaran 139 UBPC y se fusionaran otras 76 [9] . A pesar de esta situación las cooperativas aún ocupan el 42% de las tierras en Cuba en 2010, mientras el Gobierno sigue explorando alternativas para incrementar la producción agrícola.

        Fin del recuadro

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        El control obrero, la autogestión, el control ciudadano, la organización de los espacios de debate

        Pero la condición sine qua non para encontrar soluciones a los problemas de Cuba consiste en dar un salto cualitativo en la participación popular bajo diferentes formas: control obrero, autogestión, control ciudadano, organización de espacios de debates contradictorios, etc.

        Efectivamente, el problema fundamental de Cuba reside en que los trabajadores y trabajadoras y la ciudadanía en general no se sienten directamente implicados en las decisiones que afectan a su trabajo (condiciones de trabajo, destino del producto de su trabajo, mantenimiento de las herramientas, etc.). Esto produce un nivel de productividad muy bajo, un importante despilfarro, así como una gran cantidad de robos en los lugares de trabajo. Es el factor interno esencial que explica las debilidades intrínsecas del régimen cubano. Es cierto que la historia del siglo XX y comienzos del siglo XXI ofrece pocos ejemplos duraderos y exitosos de experiencias de control obrero y de autogestión. Los países que intentaron experiencias socialistas rápidamente vieron como éstas se deformaban en burocráticas y autoritarias, seguidas, sin matices, de su degradación. A pesar de las dificultades objetivas y subjetivas, si no se hace un progreso radical en este aspecto, todas las tentativas de mejora y de reforma corren el riesgo de estar destinadas al fracaso y, por consiguiente, las frustraciones y desilusiones tendrán el terreno abonado. Cuando se interroga a las autoridades sobre la cuestión de la participación popular, se obtienen respuestas evasivas.

        El retrasado fin de la «libreta»

        El gobierno cubano decidió hace más de un año, en su afán de hacer frente a la reducción de los ingresos del Estado, poner fin, en forma progresiva, a la existencia de la «libreta». ¿Qué es la libreta? Es el carné del que dispone cada cubano/a que le da acceso a una serie de productos de base a un precio muy bajo, prácticamente simbólico. Estos productos cubren aproximadamente el 30% de las necesidades alimentarias. Esto representa, según los cálculos oficiales, un coste para el Estado de 1.000 millones de dólares por año. Para suministrar a toda la población los productos de la libreta fuertemente subvencionados, el Estado debe gastar esa suma, ya sea comprando productos importados con divisas, o remunerando a los productores locales. La gran mayoría de los cubanos y cubanas consideran la libreta como una de sus grandes conquistas. En las actuales circunstancias, parece que el Gobierno es consciente de que la supresión de la libreta produciría un enorme descontento popular. Es probable que renuncie a su supresión durante este año o en los próximos dos años. Pero la amenaza de esa decisión no está definitivamente abandonada.

        Desde hace 20 años se escuchan infinitos comentarios vaticinando el inminente fin del régimen castrista y/o la restauración del capitalismo. Ninguna de esas dos cosas ha pasado y Cuba sigue siendo el país donde el capitalismo se suprimió hace 50 años como consecuencia de una revolución. Sometido al bloqueo de Estados Unidos, condenado todos los años por más del 98 % de los miembros de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el país está de nuevo frente a una serie de desafíos que sólo una renovación de la actividad de las masas podrá superar.

        Notas:

        [1] Eric Toussaint es presidente del CADTM Bélgica (Comité por la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo, www.cadtm.org ), es doctor en Ciencias Políticas. Es autor de La Crisis Global, Editorial de las Madres de la Plaza de Mayo, Buenos Aires, 2010; autor de Banco del Sur y Nueva Crisis internacional (editorial Viejo Topo, Barcelona, Enero 2008; editorial Abya-Yala, Quito, Junio 2008; Observatorio DESC, La Paz, Octubre 2008) , autor de Banco mundial, el golpe de estado permanente ( El Viejo Topo, Barcelona, Enero 2007; Editorial Abya-Yala, Quito, Julio 2007; CIM, Caracas, Agosto 2007; Observatorio DESC, La Paz, Noviembre 2007); autor de La Bolsa o la Vida (CLACSO, Buenos Aires, 2004; Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2004; editorial Abya-Yala, Quito, 2002). Eric Toussaint es coautor junto a Yannick Bovy del libro Le Pas suspendu de la révolution. Approche critique de la réalité cubaine , Editions Le Cérisier, Mons, 2001.

        [2] Cuba suspendió el pago de su deuda con el Club de París a mediados de los años ochenta (véase Damien Millet y Eric Toussaint, 60 preguntas/60 respuestas sobre la deuda, el FMI y el Banco Mundial, Icaria Editorial/Intermón, Barcelona 2010).

        [3] Véase Eric Toussaint, El Banco del Sur y la nueva crisis internacional, El Viejo Topo, Mataró, 2008, capitulo 1.

        [4] Ibid.

        [5] ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de América) es un proyecto de integración alternativa propuesto en 2003 por el presidente de Venezuela en respuesta al ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), iniciativa estadounidense. En funcionamiento desde 2004, comprende actualmente a Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, Dominica, San Vicente y las Granadinas, Ecuador y Antigua y Barbuda. La propuesta de integración incluye proyectos en los sectores de finanzas, educación, infraestructuras, ciencia y tecnología, energía, medio ambiente, etc. La iniciativa más importante hasta ahora es la de Petrocaribe, que provee petróleo venezolano en condiciones ventajosas al resto de países miembros. En el momento de su apogeo, en 2008, el valor total de las exportaciones de petróleo venezolano a sus socios de Petrocaribe alcanzó los 10.000 millones de dólares.

        [6] Ver, Jiménez, R. (2007), “ Aspectos fundamentales del desarrollo cooperativo cubano”, FLACSO. Disponible en: http://www.flacso.uh.cu/sitio_revista/num3/articulos/art_RJimenez2.pdf

        [7] Ver, Díaz, B. (2005), “Migraciones Este-Oeste en Cuba. Las cooperativas agrícolas como vía de inclusión social”. Ponencia al IX Seminario Internacional UniRcoop, Río de Janeiro.

        [8] Op. Cit. 2

        [9] Ver, “Aciertos y Desaciertos de las UBPC”. Disponible en: http://www.granma.cubaweb.cu/2009/12/04/nacional/artic01.html

        Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

        rCR

        Escrito por Eduardo Aquevedo

        25 junio, 2010 a 22:28

        La trampa de la deflación…

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        Kostas Vergopoulos*

        CRISIS--Marcha_ortodoxia Obama implantó su esquema para la recuperación económica estadunidense: un 60 por ciento del programa de rescate se aplica a la reactivación de la economía real, el aumento del empleo y a aquellos con menores ingresos. Por el contrario, en Europa, la canciller alemana permaneció anclada en la disciplina presupuestaria de la zona euro. Su plan promueve el estancamiento y la deflación –con un presupuesto competitivo– asumiendo esto como ayuda al euro atacado desde los mercados financieros. Para eso Angela Merkel alienta sanciones y exclusiones de distinta forma en la zona, pero el problema del euro no es sólo monetario, sino que va más allá. Los insuficientes acuerdos de Bruselas del 9 de mayo extienden las consecuencias de la mala gestión de la crisis griega a toda el área euro: la cautela financiera trae un panorama incierto sobre la caída de la moneda común, amén de otras cuestiones. Se supone que la reducción del nivel de actividad económica fortalezca la posición del euro, pero esta opción puede ser desastrosa y derivar en una prueba contraria a la meta deseada

        Las dilaciones teatrales de la canciller, según Der Spiegel, devinieron en retrasar cuatro meses la aplicación de mecanismos europeo de acción, alimentando la especulación financiera sin precedentes en Grecia, exhibiendo, asimismo, la poca capacidad zonal para defender su moneda y –especialmente– para reactivar su economía. Este retraso infló desproporcionadamente el costo de la operación de rescate que, de todas formas, se veía enorme e inevitable desde el principio. Será un costo importante, extendido en el tiempo y que en última instancia conlleva la intervención: se impone a los países un largo proceso deflacionario como eje central para mejorar la competitividad. En el caso de Grecia, los 110 mil millones inyectados de ninguna manera apuntan a reactivar su economía –golpeada con medidas de austeridad salarial, fiscalidad excepcional, draconianos recortes presupuestarios y desregulación salvaje–, sino que son el seguro de los acreedores europeos, principalmente de la banca franco-alemana. En virtud del acuerdo del FMI-UE-Grecia, se espera sin dudas la recuperación económica, con medidas para purgar el país, que lo conducen a la recesión y la deflación, tenidas éstas como opciones terapéuticas. El indicador financiero ratio-deuda, 15 por ciento por encima del producto interno bruto (PIB) griego en la actualidad, será superior al 50 por ciento del PIB en los próximos años.

        Se afirma acerca de los países “de la franja vitivinícola” (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia, España) que viven fuera de todo recate: se trata de un intento por culpar a las víctimas. Sin embargo, sus déficit públicos se triplicaron en el último trienio en consonancia con la crisis internacional. Y esto es válido aún para España, con todo y su superávit presupuestario de 2 por ciento del PIB hasta 2007. Hoy en día la zona euro sufrió un choque asimétrico, principalmente de origen externo. Hasta 2007, los “países del vino” fueron el motor de la zona, con tasas de crecimiento y productividad superiores a las de sus socios de las grandes economías. En la actualidad, la demanda de sus productos a nivel internacional se contrae. En todas partes, las monedas se depreciaron como un choque necesario para amortiguar el impacto de la crisis y estabilizar las economías, excepto en Europa, donde por el contrario se optó por la deflación, esperando que cierta debilidad temporal en la economía devenga en el fortalecimiento de la moneda y las finanzas. En Estados Unidos, Reino Unido, China o Japón, las monedas están al servicio de la economía; no es así en Europa, donde la economía está al servicio del dinero.

        Sin embargo, es precisamente el momento histórico de Europa atlántica para afirmar su presencia, aumentando la cooperación entre países miembros y cohesionando el espacio económico único. Pero, en lugar de esto, la Unión Europea renuncia a la competencia positiva, apalancando a los países de la región en crisis con el mecanismo de contraer más déficit al recurrir al Fondo Monetario, concediendo préstamos según las condiciones del mercado, e imponiendo la deflación como método terapéutico. Obama trata de ganar la confianza del mercado impulsando su economía; Europa comunitaria tratando que se renueve la confianza con paquetes exclusivamente monetarios y –en particular– a través de la deflación, es decir, la garantía de la no recuperación. La deflación supone un peligro de infección mayor que el incumplimiento de pago: éste está limitado en el tiempo, pero aquéllas son por periodos indefinidos, ilimitados.

        La opción adoptada se remonta a los principios fundamentalistas ultraliberales del siglo XVIII, como los de David Hume (1752), pero no tiene ninguna relación con prácticas de monedas contemporáneas. En Estados Unidos, Canadá y Alemania, las autoridades centrales están ayudando a sus gobiernos locales deficitarios, no sólo con sus deudas, sino también a mantener la actividad en las zonas afectadas. Esto sería la menos que los estados miembros de la zona euro tendrían derecho a esperar de su liderazgo. Lo anterior podría lograrse sin cargas abultadas para los contribuyentes europeos, mediante una simple garantía de deuda emitida por los países de la Unión –lo que permitiría reducir el costo de la refinanciación– o por medio de eurobonos, a disposición de las naciones en crisis. Una tercera vía sería la financiación directa por el Banco Central Europeo (BCE) a los estados en crisis. En la actualidad, esta posición se adopta ante la monetización de valores propiedad de bancos privados, pero, sin embargo, se omite hacerlo si son demandados por las entidades emisoras de los estados. Esta es una toma de partido con sesgo ideológico de los especuladores hacia países con problemas. Si, en virtud del acuerdo del 9 de mayo, el BCE –por primera vez en su historia en conflicto con su constitución–, acepta valores del gobierno, aunque sólo en los mercados secundarios, es probable que se aliviaran las presiones especulativas. Sin embargo, esto no elimina necesariamente la bomba en la que el edificio europeo se asienta: la opción alemana deflacionaria, como terapia de tratamiento.

        Traducción: Rubén Montedónico

        Kostas Vergopoulos, Profesor de Economía en la Universidad de Paris VIII, Francia. Amigo personal, fue director de mi tesis de doctorado y colega de trabajo en el Departamento de Economía en la misma Universidad. Publico su artículo con mucho placer. 

        kvergo@gmail.com

        Escrito por Eduardo Aquevedo

        20 junio, 2010 a 18:24

        Galbraith y Krugman: En defensa del déficit público…

        con 2 comentarios

        James K. Galbraith

        The Nation, Traducido para Rebelión por Juan Agulló

        DINERO3 La Comisión Simpson-Bowles1, amparada en las farisaicas enaguas de la reducción del déficit público, acaba de declarar –por boca de su Presidente- que propondrá recortes a la Seguridad Social. (Quizás, para rememorar su ecológico pasado, el ex Senador Alan Simpson se da a la prometeica tarea de podar la Seguridad Social). La congelación del gasto público por parte de Obama constituye otro sacrificio simbólico a los dioses del déficit. La mayoría de los observadores cree que la referida decisión no tiene vuelta atrás pero, ¿qué ocurriría si la tuviera? La respuesta es que una reducción demasiado grande del déficit público puede destruir la economía (o lo que queda de ella) y conducirnos, en un par de años, a una Gran Depresión.

        Precisamente por eso la fobia al déficit que predomina en Wall Street, en la prensa, entre algunos economistas y prácticamente, entre todos los políticos es, en realidad, uno de los mayores peligros al que nos enfrentamos actualmente. No se trata, tan sólo, de los pensionistas: ¡todos estamos amenazados! De hecho recortar el déficit público sin reconstruir, previamente, el engranaje del crédito privado es un camino, casi seguro, a la estagnación, a la recesión e incluso a una posible Gran Depresión. Asimismo, obsesionarse demasiado en garantizar recortes del déficit público a largo plazo, también puede contribuir a obstruir aquello que es necesario hacer para reestablecer un crecimiento fuerte y una recuperación del empleo.

        Dicho crudamente: sólo hay dos maneras posibles de lograr crecimiento económico a largo, generando déficit público o concediendo préstamos bancarios. Los Gobiernos y los bancos son, de hecho, las dos únicas instituciones con poder para crear algo de la nada. Si de lo que se trata es de aumentar la capacidad de inversión, necesariamente, uno de esos dos grandes motores financieros tiene que ponerse en marcha.

        Para el ciudadano de a pie el déficit público es, pese a su mala reputación, mucha mejor idea que los préstamos privados. De hecho es una forma de que el dinero llegue –limpio de polvo y paja- a sus bolsillos, listo para empezar a gastar cuando quiera y en lo que quiera… incluso, para saldar sus deudas. Eso es lo que, técnicamente hablando, se llama un “aumento del patrimonio financiero líquido”. Para la gente de la calle eso es bueno pero para los bancos no, porque no ganan nada…

        Y eso es, precisamente, lo que explica las fobias clásicas de las bolsas, de las grandes empresas y de los economistas de derechas. A los banqueros no les gusta nada el déficit fiscal porque compite con los préstamos bancarios como fuente de crecimiento. Cuando un banco presta, sus ganancias también lo hacen porque hay intereses que alguien tiene que pagar e incluso, si la deuda no puede ser saldada, puede terminar habiendo un activo financiero –en forma de inmueble, fábrica o empresa- del que se terminará apropiando el banco. Aparentemente sencillo ¿verdad?

        Pues no tanto, porque aunque todo esto debería resultar evidente, suele permanecer opaco. Y suele permanecer opaco porque legiones de esbirros de Wall Street –coordinados, sobre todo, por la Fundación Peter Peterson pero también por el ex Contralor General David Walker; el ala derecha del Partido Demócrata, con Robert Rubin a la cabeza y numerosas iniciativas “bipartidistas”, como la Coalición Concordia o el Comité para un Presupuesto Federal Responsable- trabajan arduamente para generar la mayor confusión pública posible en estos asuntos. De hecho, todos esos irresponsables no expresan, jamás, la más mínima autocrítica por la crisis financiera que se originó en Wall Street y les estalló en sus narices. Al contrario, ellos siempre advierten -con un cinismo impresionante- que los Gobiernos podrían ser generadores de “subprimes” y de “Pirámides Ponzi” [NDT: timos], cosas que no son ciertas.

        Ésas son, también, las persona a las que les encanta la vieja cantinela de que la Seguridad Social está en “bancarrota” o aquella otra de que la “pesada carga” del déficit público “la terminarán pagando nuestros nietos” o decir que “estamos endeudados hasta las orejas”. Todas esas idioteces no son más que parte de una de las mayores campañas de desinformación de todos los tiempos.

        Dicha campaña se fundamenta en lo que muchos llaman “sentido común”. De hecho es fácil vender como “sabiduría casera” que los Gobiernos no pueden, como las familias, “vivir por encima de sus posibilidades”. El problema es que los Gobiernos no son como las familias: éstas últimas dependen de las rentas para saldar sus deudas, y los Gobiernos no.

        Además, en el peor de los casos, los deudores privados pueden quebrar: la bancarrota es una protección que brindan las sociedades civilizadas como alternativa al sistema penitenciario. La otra es que, si se trata de hipotecas, los deudores pueden hacer entrega de los bienes que no han podido pagar y punto.

        En el caso de los Gobiernos no hay riesgo de impago. Por eso gastan dinero (y pagan intereses) sin importarles demasiado. Lo curioso es que, a diferencia de los deudores privados, no necesitan liquidez. Como le gusta subrayar al agudo economista Warren Mosler, el funcionario de Hacienda que firma los cheques de la Seguridad Social no sabe quién es y mucho menos conoce el teléfono del colega que recaudó esos impuestos. De hecho si usted, de repente, desea pagar sus propios impuestos en dinero contante y sonante, el Gobierno de turno le dará un recibo y ya le cobrará. Como es la fuente de dinero, siempre está ahí.

        Quizás por eso los Gobiernos gastan impunemente. Se trata, además, de gastos sin costo ya que la inflación se puede eliminar, por ejemplo, vía depreciación de la moneda nacional. El gasto suntuario –por ejemplo, en aventuras militares innecesarias- seca las fuentes reales de recursos pero lo bueno es que ningún Gobierno puede quebrar jamás en la moneda que él mismo controla. Las moratorias de deuda ocurren, solamente, cuando los Gobiernos que las decretan no controlan la moneda en la que se endeudan –como Argentina, que tenía deuda en dólares o ahora Grecia que, aunque todavía no ha decretado una moratoria de pagos, debe en euros. Sea como fuere, cuando la soberanía es un hecho real, la bancarrota es un hecho irrelevante. Cuando Obama afirma, inopinadamente, que Estados Unidos “no tiene dinero”, dice algo sin sentido y por ende peligroso: me pregunto si él mismo se lo cree.

        Tampoco es cierto que el déficit público sea una herencia envenenada para las generaciones venideras. De hecho, más bien, nunca termina de pagarse ni se terminará de hacerlo. Las deudas personales se son contraídas durante la vida del deudor o incluso a su muerte pero son difícilmente heredadas. El déficit público, por el contrario, siempre está ahí porque los Gobiernos nunca mueren y aún en el improbable caso de que lo hicieran (como consecuencia de una guerra o de una revolución) nadie heredaría ese fardo.

        El déficit público siempre aumenta. Estados Unidos siempre ha tenido –salvo en seis cortas ocasiones seguidas, todas ellas, de recesión- presupuestos deficitarios. Ello, lejos de suponer una pesada carga, ha constituido la espoleta del crecimiento económico. Los títulos de deuda pública, a diferencia del endeudamiento privado –que únicamente transfiere rentas de una parte del sector privado a otra- alimentan la liquidez de las empresas.

        Los que son una amenaza para la solvencia son los intereses. Una reciente proyección del Centro de Presupuesto y Prioridades Políticas –basada en simples declaraciones de la Oficina Presupuestaria del Congreso (que es un gabinete encargado de realizar análisis presupuestarios para el Congreso de Estados Unidos)- afirma que el pago de intereses de la deuda pública frisará el 15% del PIB en 2050, lo que supondría un déficit total de, aproximadamente, un 300%. El problema es que eso es, sencillamente, imposible. Si los intereses se pagasen a personas que lo más lógico es que gastasen en bienes y servicios generadores de empleo, entonces estaríamos hablando de una forma de gasto público como otra cualquiera. Pagos de intereses de esa categoría afectarían a la economía tanto como la movilización para la Segunda Guerra Mundial. Lo más irónico del asunto es que, mucho antes de llegar a esos extremos, alcanzaríamos pleno empleo con una inflación creciente que dispararía el crecimiento económico y estabilizaría la deuda. Lo que en ese improbable caso probablemente haría la Reserva Federal sería garantizar el pago de intereses manteniendo los tipos de interés a corto a precios muy bajos.

        ¿Y qué decir de los extranjeros? ¿Acaso es cierto que nos hacen un favor comprándonos títulos de deuda? Para hacer eso China, por ejemplo, tiene que vendernos bienes sin que nosotros [NDT: Estados Unidos] podamos venderles nada a cambio. Eso supone un esfuerzo para China; un esfuerzo que Pekín está dispuesto a realizar porque tiene razones para ello: exportar productos industrializados promueve la formación de la fuerza de trabajo, las transferencias de tecnología y mejora de la calidad de los productos manufacturados. Todo esto activa, además, la generación de empleo. Pero esas son cosas de los chinos.

        Para China los títulos de deuda son una especie de tesoro sin valor. Pekín no puede hacer gran cosa con ellos. China ya importa todas las materias primas, maquinaria y aeronaves que puede utilizar y si quisiera más, compraría más. Entonces, a menos que Pekín decida cambiar su política de exportación, su stock de títulos de deuda estadounidense seguirá creciendo… y nosotros [NDT: Estados Unidos] vamos a seguir pagando los intereses que esos títulos generan, pero no con un esfuerzo real, sino digitando números en ordenadores… y eso no cuesta nada: ni ahora ni nunca. (Si los chinos acumulasen los intereses, podrían ayudarnos a crear empleo. Así que el hecho de comprar muchos bienes a los chinos implica que tendremos que ser muy imaginativos y audaces si lo que realmente deseamos es crear todo el empleo que necesitamos). Una última cuestión ¿China podría vender sus dólares? En principio podría hacerlo comprando, por ejemplo, deuda griega (lo que revalorizaría el euro frente al dólar). Lo que ocurre es que, si se reflexiona bien, no da la impresión de que a ningún burócrata chino eso le parezca una buena idea.

        Lo que es cierto para el Gobierno como un todo, también lo es para sus partes. Lo es, por ejemplo, para la Seguridad Social, que ni puede declararse en quiebra ni dejar de pagar por las buenas, salvo que el Congreso decida –o digamos mejor, que el Congreso, siguiendo las recomendaciones de la Comisión Simpson-Bowles- decida cerrar el grifo. El argumento que vincula la viabilidad de la Seguridad Social a una supuesta curva descendente de las cotizaciones sociales es definitivamente falaz y tiene motivaciones políticas de fondo. Ese planteamiento es una farsa. El primero en emplearlo fue Franklin Delano Roosevelt quien, así, pretendía proteger a la Seguridad Social de los intentos de recorte. Paradójicamente, su argumento terminó sirviendo para todo lo contrario: ahora se ha convertido en una recurrente forma de generar ansiedad  y en el mejor argumento para evitar la expansión universal del sistema de Seguridad Social.

        La Seguridad Social es un programa público que se financia a partir de las cotizaciones. Promueve, por consiguiente, la circulación de recursos en un lapso determinado de tiempo. La principal circulación no va, como suele creerse, del joven hacia el mayor puesto que incluso si la Seguridad Social no existiera alguien se ocuparía de los ancianos. Lo que suele argumentarse, de hecho ocurría, más bien, antiguamente: los más jóvenes se ocupaban de sus mayores. Desde que la Seguridad Social existe eso ya no es igual: la transferencia real, efectiva, se da de los padres que tienen hijos hacia los que no los tienen y de los jóvenes cuyos progenitores han fallecido hacia los padres que no tienen descendencia. En ambos casos se trata de una distribución equitativa, progresiva y sobre todo sostenible. Es cierto que hay un problema con el coste de la asistencia médica pero, también, que ese no es un problema de la Seguridad Social. No es algo que, por consiguiente, deba resolverse a través de recortes en la asistencia sanitaria, precisamente porque, si por algo se caracteriza la asistencia sanitaria pública es por su bajo coste. Ése es precisamente el problema que explica que la Seguridad Social sea odiada, desde hace décadas, por los peores depredadores de Wall Street.

        El déficit público y el endeudamiento están interconectados. El endeudamiento contribuye, de hecho, a la reducción del déficit. Eso es lo que ocurrió durante toda la década de los 90. Un colapso en el crédito genera, sin embargo, mayores gastos e impagos: eso es lo que está ocurriendo ahora. Como los bancos no pueden prestar el déficit aumenta. El único problema es hacia dónde se orienta ese déficit: ¿hacia inversiones productivas que reconstruyen el país -como durante el New Deal- o hacia acumulaciones improductivas de capital, en un clima de inseguridad y de desempleo, que más bien podrían estar siendo invertidas en la generación de empleo?

        Si se pudieran revivir los endeudamientos, ¿sería bueno volver a endeudarse? Siempre que haya buenas razones, por qué no. Los Gobiernos suelen estar, por definición, burocratizados y tener pesadas conducciones políticas. Operan, fundamentalmente, en los ámbitos del derecho y de la regulación. Los bancos privados, por el contrario, al estar descentralizados y ser competitivos, suelen tener mucha mayor flexibilidad. Un buen sistema bancario conducido por gente competente, con buen criterio para los negocios y que conozca a su clientela, es bueno para cualquier economía. El hecho de que usted tenga que pagar los intereses que genera una deuda también puede constituir un elemento de motivación para seguir invirtiendo.

        El problema es que actualmente no existe ese tipo de banco. Lo que hay es un cártel dirigido por una plutocracia incompetente cuyos tentáculos llegan hasta las faltriqueras de los Estados. Para que un crédito tenga retorn hay que descontar las deudas impagables, que ahora se han convertido en exorbitantes; restaurar la renta privada (creando empleo) y el sistema de garantía (o sea, el valor de los bienes inmuebles) pero, sobre todo, hay que reestructurar el sistema financiero. Hay que intervenir los bancos, combatir el fraude, generar incentivos para préstamos orientados al ahorro energético, a la construcción de infraestructuras y a otros sectores [productivos estratégicos]. Una posibilidad alternativa es promover la creación de un sistema bancario nuevo y paralelo, que es lo que se hizo durante el New Deal [NDT: en Estados Unidos] con la banca pública e incluso, con las promociones sociales de vivienda protegida (Fannie Mae y Freddie Mac [NDT: los dos bancos de inversión en los que se originó la crisis financiera actual] salieron de ahí)…

        De todos modos, hasta que no se emprenda una reforma financiera seria, el déficit presupuestario es la única manera de recuperar la senda del crecimiento económico. No es necesario que éste sea de su agrado; simplemente usted tiene que ser consciente de que hace falta para recuperar el crecimiento y el empleo y de que, además, va a hacer falta durante mucho tiempo: por lo menos, hasta que se diseñe un plan estratégico de inversiones en energía y en medio ambiente parcialmente financiado por un sector financiero reformado, restaurado y disciplinado.

        Pero más allá de mis impresiones y deseos personales es muy posible que la actual histeria imperante -en relación con el déficit público- no sea más que una cortina de humo orientada a desviar la atención de las disfunciones estructurales que caracterizan al actual sistema bancario: sería la única forma de detener una reforma financiera. Si ese fuera el caso, lo que yo me preguntaría es si eso es intrínsecamente bueno. Porque puede serlo pero también puede no serlo…

        James K. Galbraith (autor de The Predator State: How Conservatives Abandoned the Free Market e Why Liberals Should Too, Free Press, 2008) es profesor en la Escuela de Administración Pública de la Universidad de Texas y Consejero Académico del Instituto de Economía Levy.

        Fuente: http://www.thenation.com/article/defense-deficits

        Los halcones del déficit han tomado el control del G20

        Paul Krugman

        krugman.blogs.nytimes.com

        “Los países enfrentados a serios desafíos fiscales necesitan acelerar el ritmo de consolidación”; y se añade: “Saludamos los recientes anuncios de algunos países en el sentido de reducir sus déficits en 2010 y robustecer su marco y sus instituciones fiscales”

        Esas palabras contrastan vivamente con el anterior comunicado del G20 de fines de abril, que llamaba a mantener el apoyo fiscal “hasta que la recuperación esté firmemente impulsada por el sector privado y se haya llegado a echar más raíces”.

        Es de todo punto increíble que eso ocurra con un desempleo todavía al alza en la eurozona, y con sólo unos débiles indicios de progresos en el mercado de trabajo estadounidense.

        ¿No necesitamos preocuparnos por la deuda pública? Sí; pero abandonar el gasto público cuando la economía está todavía profundamente deprimida es, además de extremadamente costoso, una forma bastante ineficaz de reducir la deuda futura. Costoso, porque deprime más a la economía; ineficaz, porque, deprimiendo a la economía, la contracción fiscal resultante reducirá la recaudación impositiva. Una estimación aproximada ahora mismo es que recortar el gasto en un 1% del PIB incrementa la tasa de desempleo en un 0,75% (en comparación con lo que ocurriría de otro modo) y, sin embargo, reduce la deuda futura en menos de un 0,5% del PIB.

        Lo manifiestamente correcto es hacer cosas que reduzcan el gasto y/o incrementen el ingreso luego de que la economía se haya recuperado, y en particular, esperar a que la economía sea lo bastante fuerte como para que la política monetaria pueda compensar los efectos contractivos de la austeridad fiscal. Pero no: los halcones del déficit quieren sus recortes mientras las tasas de desempleo se hallan todavía a niveles récord y la política monetaria aún se halla en apuros frente a aumentos de precios rayanos en el cero.

        Pero ¿qué hay de Grecia y todo eso? Fíjense, los problemas de deuda soberana los padecen países que se enfrentan a un problema muy específico: forman parte de la zona euro, Y están sobrevalorados gracias a los enormes flujos de entrada de capitales que experimentaron en los buenos tiempos; resultado de lo cual es que ahora experimentan años de terrible deflación. Los países que no se hallan en esa situación no se enfrentan a ninguna presión de los mercados para proceder a recortes inmediatos; esta misma mañana, los bonos a 10 años rendían un 3,51 en Gran Bretaña, un 3,21 en los EEUU y un 1,27 en Japón.

        Sin embargo, la sabiduría ahora convencional dice que esos países deben, a pesar de todo, proceder a recortes: no porque los mercados lo estén exigiendo, no porque eso vaya a tener algún impacto apreciable en las perspectivas fiscales a largo plazo, sino porque piensan que, aun si no deberían hacerlo, los mercados podrían llegar a exigirlo en el futuro.

        Una locura manifiesta que adopta la pose de la sabiduría. Increíble.

        Paul Krugman es profesor de economía en Princeton. Fue Premio Nobel de en 2008.

        http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3384

        CEPAL: necesidad de intervención del Estado para combatir pobreza y desigualdad…

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        • Plantea la Cepal que el Estado retome papel protagónico en AL
        • El dispar reparto de la riqueza, por el aumento al pago de deuda y disminución del gasto social

        Foto

        Roberto González Amador, Periódico La Jornada
        Domingo 30 de mayo de 2010, p. 24

        La crisis financiera echó por tierra el progreso social de los últimos años en América Latina. La región se consolidó como la más desigual del mundo: el ingreso promedio por persona en el estrato más acaudalado supera 17 veces al que percibe 40 por ciento de personas en los hogares más pobres. Ese es el problema y la solución, según la Comisión Económica para América Latina (Cepal), pasa por replantear la forma en que el Estado fue relegado de las decisiones económicas en las pasadas tres décadas.

        El informe que a partir de este domingo será discutido en el periodo anual de sesiones de la Cepal, en Brasilia, la capital brasileña, resalta la necesidad de un fuerte papel del Estado, al que confiere la calidad de principal actor en la conciliación de políticas de estabilidad y crecimiento económico, de desarrollo productivo, promoción de empleo y de mayor igualdad social.

        Las reformas de los años 80 del siglo pasado, de reducción del papel del Estado en la economía y liberalización económica y financiera, y el impacto de la crisis de la deuda aumentaron las brechas de ingresos en la región, apuntó la Cepal en su informe La hora de la igualdad. Brechas por cerrar, caminos por abrir, que será entregado a los gobiernos de la región en el marco del 33 periodo de sesiones del organismo.

        La Cepal apuntó que la disparidad distributiva que caracteriza a los países de América Latina y el Caribe puede observarse al comparar la relación de ingresos entre el decil (10 por ciento del total de la población) más rico y los cuatro deciles más pobres. El ingreso medio por persona de los hogares ubicados en el decil más alto supera 17 veces al del 40 por ciento ciento de los más pobres. El efecto inmediato de este nivel de desigualdad es que se inhíbe el traslado de los frutos del crecimiento a los sectores más pobres, añadió.

        Entre 1990 y 2002 la región mostró una marcada rigidez en la distribución del ingreso, que había alcanzado valores históricos en la década de 1980. La Cepal añadió que el periodo de 2003 a 2008 se caracterizó por un crecimiento económico sostenido en Latinoamérica y el Caribe, así como por una tendencia, leve pero evidente, hacia una menor concentración del ingreso.

        Si bien las mejoras distributivas de inicios de siglo son positivas, la evidencia parece indicar la persistencia de cuatro aspectos centrales que limitan los futuros avances en materia de igualdad: la distribución del ingreso, la distribución de la educación y el conocimiento, la muy desigual capacidad para aprovechar esa educación y conocimientos en el mercado laboral y la reproducción intergeneracional de la desigualdad, señala el informe.

        El origen

        La Cepal recuerda en el informe que la crisis de la deuda externa a principio de los 80 (los presupuestos públicos de varios países de la región se consumían en el pago de intereses a acreedores externos) provocó fuertes restricciones financieras en el gasto público. Para cubrir los déficits fiscales se impuso como criterio de política reducir el gasto público, sobre todo el social.

        El Estado contrajo su rol social, regulatorio y empresarial. Se privatizó parte de la provisión del bienestar, se redujo el gasto público social y se promovió la descentralización. Diversos regímenes de seguridad social, salud y hasta educación fueron transformados de sistemas de reparto (los trabajadores en activo financiaban con sus aportaciones las pensiones de los que estaban jubilados), centralizados, con redistribución de ingresos y riesgos, a sistemas que debían ajustar en la mayor medida posible las prestaciones de las personas a sus capacidades en el mercado, e incentivar el aseguramiento individual y el acceso por los propios medios, recuerda el reporte.

        En el terreno laboral, la política social se caracterizó por la implementación de políticas de desregulación y flexibilización contractual con tendencias a la reducción de los costos salariales y la precarización contractual, lo que fomentó el trabajo por cuenta propia y el trabajo informal, en condiciones de elevadas tasas de desempleo, indicó la Cepal.

        El informe no refiere casos específicos, pero el tipo de política laboral impuesta en algunos países de la región en los años 80 retrata rasgos de la propuesta de reforma impulsada por el gobierno mexicano y su partido en la Cámara de Diputados, con el apoyo de sectores empresariales y la prensa pro empresarial.

        En el área de los servicios sociales, continúa el informe, a partir de la década de los años 80 se tendió a descentralizar los sistemas educativos y de salud pública, con los consiguientes problemas de financiamiento a nivel de las entidades federativas o provincias. Se privatizaron parte de estos servicios, así como la infraestructura social básica. En el ámbito asistencial, mientras tanto, el esfuerzo se centralizó en el desarrollo de políticas de combate a la pobreza, con la consiguiente masificación y multiplicación de programas sociales focalizados, abundó.

        El documento de la Cepal planteó:

        “En América Latina y el Caribe el comienzo de la década de 1980 estuvo marcado por la crisis de la deuda, que coincidió con la reorientación de la política y la economía, el nuevo patrón de globalización y el predominio del proyecto de sociedad basado en los mecanismos de mercado autorregulado y el predominio de los agentes privados.

        En el diagnóstico que se hizo en ese entonces de la crisis latinoamericana, se atribuyó especial relevancia al excesivo crecimiento del Estado en décadas precedentes y a la incapacidad de controlar el déficit público y las demandas salariales de los sectores público y privado. Esta crítica coincidió con la globalización económica, una onda de apertura, el sesgo a la desregulación de los intercambios globales tanto financieros como comerciales y la deslocalización productiva en función de los costos de los factores de producción.

        Fue en ese marco que en la región se impulsaron dos tipos de medidas: unas, encaminadas a promover la estabilidad mediante la aplicación de políticas públicas orientadas por los mecanismos de mercado y otras que apuntaban a reducir el tamaño del Estado y su grado de intervención económica, agregó la Cepal. En ese camino se desmantelaron instituciones fundamentales para el desarrollo de sectores como el agrícola o el industrial, que, indicó, tenían un papel importante en la formulación de políticas de largo plazo y en el desarrollo productivo.

        Nuevo papel del Estado

        La Cepal destacó la necesidad de posicionar al Estado en el lugar que le corresponde en la conducción de estrategias de desarrollo en los países de la región. Es preciso sortear supuestos que la evidencia histórica actualmente cuestiona y que en su momento contribuyeron a demonizar ora al mercado, ora al Estado. La calidad y eficiencia de los mercados en la región dependerán de la calidad y probidad de los Estados para regularlos por medio de mecanismos apropiados de control, incentivos y orientación. Asimismo, está claro que hay funciones cuya responsabilidad atañe al Estado para velar por el bien común y la cohesión social, indicó.

        Aseguró que el mercado por sí solo no produce igualdad ni bienes públicos y tampoco se ocupa de la situación a largo plazo. Esto, dijo, no significa negar la utilidad de los mecanismos de mercado o de las adecuadas combinaciones público-privadas para la asignación de recursos y la provisión de servicios.

        El documento de la Cepal resaltó la necesidad de un fuerte papel del Estado. El Estado es el principal actor en la conciliación de políticas de estabilidad, crecimiento económico, desarrollo productivo, promoción del empleo y la igualdad, aseguró.

        Cepal pide a América Latina atender tormenta de inequidad

        Por Milagros Salazar, enviada especial

        BRASILIA, 31 may (IPS) – Los nueve países de América Latina con mayores niveles de desigualdad tendrían que invertir entre seis y nueve por ciento del producto interno bruto (PIB) para mejorar la situación de sus poblaciones más vulnerables, diagnosticó la Cepal, reunida en la capital brasileña.

        La Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) alertó durante su 33 periodo de sesiones en Brasilia que en la región se profundizan las inequidades de la productividad entre grandes y pequeños empresarios, y entre territorios dentro de los países, en el documento "La Hora de la Igualdad: brechas por cerrar, caminos por abrir".

        La reunión regional de tres días, que comenzó el domingo, se realiza con signos positivos para el subcontinente, cuyo PIB va a crecer en 4,1 por ciento este año, según las últimas revisiones del organismo. Pero la Cepal dijo que se requiere lanzar una "agenda para la igualdad" a fin de corregir las muchas versiones de la inequidad en la región.

        La capital anfitriona, por ejemplo, es nueve veces más rica que el nordestino estado de Piauí, o en Perú la andina región de Huancavelica es siete veces más pobre que la parte costera de la sureña Moquegua, puntualiza el estudio que pretende ser una hoja de ruta para transformar a la igualdad en el eje rector del desarrollo latinoamericano.

        Hay "territorios ganadores y perdedores", señaló la secretaria ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena, en la presentación del informe. El reto es "crecer para igualar" y el Estado debe cumplir un papel más activo en ese objetivo y no dejar la tarea al mercado, planteó la máxima funcionaria de la comisión dependiente de la Organización las Naciones Unidas.

        El estudio estableció que dentro de las ciudades y regiones más desarrolladas en cada país se observan bolsones de pobreza, en un problema que afecta a casi todos los países, incluso a una potencia mundial emergente como Brasil, con mayor gasto social.

        Los países con mayores brechas de bienestar, dice el estudio, son Bolivia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Paraguay, Perú y República Dominicana. Estos países sólo invirtieron en promedio 181 dólares por persona en gasto social durante el bienio 2007-2008.

        En contraste, Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, Panamá y Uruguay invirtieron en promedio 1.029 dólares en gasto social por habitante en ese mismo período. Es el grupo que ostenta, además, el mayor PIB por persona en América Latina.

        En medio se encuentran Colombia, México y Venezuela con una inversión promedio de 619 dólares.

        En el acceso a la educación también existen diferencias. Entre el 20 por ciento más pobre de los jóvenes, solo uno de cada cinco concluye la secundaria, mientras que entre el 20 por ciento con más recursos, cuatro de cada cinco la terminan.

        Con este panorama, la Cepal realiza algunos cálculos de transferencias que se requieren para reducir la brecha de inequidad.

        Así, los países con menor gasto social tendrían que invertir entre seis y nueve por ciento del PIB para aportar el costo total del valor de una canasta básica mensual a su población infantil menor a cinco años, al grupo con edad superior a 65 años y a los desempleados. En el caso de los niños entre cinco y 14 años, el cálculo se basa en la mitad de la canasta.

        El costo para los países con mayor gasto social oscilaría entre 1 y 1,5 por ciento del PIB y entre los países intermedios entre 2 y 4 por ciento.

        Pese a estos desafíos pendientes, la Cepal reconoce un neto incremento del gasto social global en América Latina, que entre 1990 y 2008 pasó de 12 a 18 por ciento. También destaca una caída de la pobreza regional entre 2002 y 2008, cuando bajó de 44 a 33 por ciento.

        Pero califica esos avances como insuficientes y destaca que el gasto social debe impulsarse aún más, después que el impacto de la crisis mundial provocó una pérdida del poder adquisitivo de las familias y arrastró a nueve millones de personas a la pobreza.

        "La crisis nos lleva a una nueva forma de pensar el desarrollo", señaló a IPS Martin Hopenhayn, coordinador general del informe y director de la División de Desarrollo Social de la Cepal.

        La Comisión plantea que los Estados trabajen en una convergencia productiva y territorial que acelere la igualdad social. En el primer caso, enfatiza que los pequeños y medianos empresarios (Pymes) deben conectarse con el mundo globalizado para mejorar sus condiciones, y no quedar esta herramienta restringida a las elites empresariales.

        "La estructura productiva es tan heterogénea y fragmentada que vemos empresas de algunos sectores que producen como si se encontraran en países del primer mundo y pequeños empresarios que trabajan como si estuvieran en naciones del cuarto mundo. Esto se convierte en una máquina que reproduce la desigualdad", explicó Hopenhayn.

        Para el experto, mejorar la situación de las Pymes significa mejorar las condiciones de sus trabajadores.

        En el segundo aspecto, el de la convergencia territorial, se resalta la necesidad de recortar las brechas entre las diferentes divisiones administrativas dentro de los países. Para ello, la Cepal propone que el Estado tenga un papel central en la mejora de la infraestructura, los servicios básicos y el desarrollo tecnológico, entre otros sectores.

        El documento también propone mejorar las políticas laborales y reformar los sistemas tributarios, para incrementar la inversión social.

        El director del Departamento del Hemisferio Occidental del Fondo Monetario Internacional, Nicolás Eyzaguirre, aseguró, sin embargo, que no existe "ninguna evidencia" de que más Estado equivalga a más oportunidades.

        Para Eyzaguire la desigualdad tiene que ver con que haya un Estado en manos de "un grupo capturado por grupos organizados o un Estado democrático al servicio de los ciudadanos".

        Maurice Odle, asesor económico del secretario general de la Comunidad del Caribe (Caricom) pidió a la Cepal prestar más atención a los países pobres caribeños, golpeados por desastres naturales y las características específicas de cómo viven la inequidad.

        Odle enfatizó que entre los países caribeños también hay grandes desigualdades y citó que el PIB de Las Bahamas es 29 veces superior al de Haití. Estas diferencias, dijo, pueden generar corrientes migratorias y tensiones entre los vecinos.

        Además, indicó que el alto nivel de desempleo, la migración, el tráfico de drogas y el armamentismo hace que "la desigualdad también esté asociada a la seguridad" en los países caribeños.

        Venezuela: el chavismo en su cortocircuito…, por E. Lander

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        Foro Social Mundial: El chavismo en su cortocircuito

        Edgardo Lander/ Inter Press Service, Enero 2010

        Entrevistador, Antonio Martins

        El chavismo repite errores de gobiernos anteriores al no enfrentar la enorme dependencia petrolera de Venezuela.

        PORTO ALEGRE, Brasil, 27 ene (IPS/TerraViva) – La "esquizofrenia" del proceso bolivariano está en el origen de las turbulencias que vive Venezuela, según el sociólogo Edgardo Lander, que analiza para TerraViva las causas de la nueva crisis que vive ese país sudamericano.

        Los próximos seis meses pueden redefinir el futuro político de la nación sudamericana, dijo el venezolano Lander en Porto Alegre, en el mismo palco donde poco antes participó de un seminario que evaluó los primeros 10 años del Foro Social Mundial (FSM), cuya edición 2010 se inició el lunes en esta ciudad del sur de Brasil.

        Ante la primera pregunta, se inquieta el cuerpo de Lander, que sostiene un rostro tenso, de cabeza alargada y cabellos grises.

        El sociólogo se remueve en la silla, emite un suspiro y empieza a describir con detalle lo que casi nunca aparece en los medios de comunicación masivos, que ven en el presidente Hugo Chávez un demonio a exorcizar, ni en los de cierta izquierda, que suelen tratar al mandatario casi como a un ángel redentor.

        "El proceso político venezolano sigue marcado por una profunda esquizofrenia", sostiene el profesor de la Universidad Central de Venezuela y miembro del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso).

        "La movilización social desencadenada desde la asunción de Chávez (en 1999) despertó a las mayorías de su apatía. Ellas se sienten dueñas del país. Millones de personas, antes sumisas, quieren opinar. Y lo hacen en los Consejos Comunales, los comités de agua, los espacios abiertos para debatir políticas de salud y educación", dice Lander.

        Pero "la movilización fue desencadenada por el Estado y depende fuertemente de él", continúa Lander, uno de los articuladores destacados de los Foros Sociales de las Américas.

        Por ejemplo, explica, "los Consejos Comunales, piedra de toque del nuevo proceso político, acostumbraban a tomarse en serio todas las propuestas de debate lanzadas por el presidente".

        "Pero, ¿qué hacer si, en medio de una intensa polémica, los miembros del Consejo prenden la televisión y ven al mandatario anunciar que ya decidió la cuestión en la que estaban inmersos? ¿No es natural que se sientan como meros figurantes?", cuestiona.

        Según Lander, las varias crisis que se entrecruzan en la Venezuela actual están relacionadas, para bien o para mal, con el carácter particular del chavismo.

        Éste apela a la iniciativa de los de abajo para enfrentar el conservadurismo de las elites. Pero no quiso, o no fue capaz –al menos por ahora— de liberar a las mayorías incluso de su propio gran líder… Por eso produce ineficiencia, conformismo y personalismo, argumenta el sociólogo.

        La crisis eléctrica, arguye, es uno de los síntomas. La falta de electricidad se está volviendo cada vez más severa, no tiene solución a corto plazo y causará un apagón que podría desbaratar la economía, advierte Lander.

        Se esperan medidas en breve: se habla de cortes de suministro de cuatro horas diarias, cinco días por semana, tanto para los hogares como para el sector productivo. Existe una causa natural: la prolongada sequía, devastadora para un país donde 70 por ciento de la electricidad depende de la energía hidroeléctrica.

        El embalse del Guri –situado sobre el río Caroní, en el sudeste del país y responsable de más de la mitad de la energía generada– pierde 11 centímetros por día.

        A inicios de esta semana, Chávez lanzó un pedido de emergencia a su par de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, solicitándole que envíe especialistas para ayudar a encontrar salidas.

        Pero en un país con fuentes hídricas abundantes no se puede culpar sólo al clima. Como le ocurrió a Brasil a fines del siglo XX, las razones del apagón se encuentran también en la ineficacia, la incapacidad de planeamiento y la pobreza administrativa.

        "Una de las manifestaciones de la cultura personalista es juzgar que, para dirigir bien una empresa o un sector de la economía, basta con el compromiso político", sostiene Lander.

        En el terreno económico, el segundo gran problema venezolano es el riesgo de inflación y desabastecimiento, causados por una gran caída de la moneda frente al dólar.

        El 8 de este mes, el gobierno se vio obligado a abandonar la política de cambio fijo que mantenía desde 2003, y una cotización de 2,15 bolívares por dólar, establecida en 2005. En el mercado negro, la divisa estadounidense costaba el doble, y un volumen cada vez mayor de transacciones se celebraban fuera de los canales legales.

        La depreciación de la moneda fue de 100 por ciento, pues el dólar pasó a valer 4,30 bolívares para la mayoría de las operaciones económicas, con excepción de una pequeña canasta de productos de primera necesidad (como alimentos y medicamentos) y de las compras gubernamentales, que se benefician de una cotización de 2,60 bolívares por divisa.

        Para una economía que importa casi todo, la tendencia es una inflación en disparada. La clase media salió de compras, causando desabastecimiento.

        Para Lander, el chavismo repite errores de gobiernos anteriores al no enfrentar la enorme dependencia petrolera del país. En los años en que el precio del combustible se disparó en el mercado internacional, ingresaron tantos dólares a Venezuela que el país se daba el lujo de comprar todo en el exterior.

        Pero, ¿cómo enfrentar ahora un escenario en el que se combinan racionamiento de energía, desorganización económica e inflación acelerada?

        Lander ve el eje de la crisis venezolana dislocado para las elecciones parlamentarias que se celebrarán en septiembre.

        La oposición, asevera, ya no comete los errores infantiles en los que incurría en el pasado, cuando llegó a abandonar la contienda y quedó fuera del parlamento.

        Ahora piensa a mediano y largo plazo, según el sociólogo. No intentará transformar las protestas callejeras de las últimas semanas en un golpe de Estado, como hizo en abril de 2002. En los próximos meses permanecerá unida y articulada.

        Según cuán profunda sea la crisis económica, no debe descartarse que la oposición se alce con la mayoría en el Congreso, en cuyo caso el presidente estaría privado del control que ejerce del Estado en un momento crucial para su proyecto político, argumenta Lander.

        ¿Cómo reaccionaría el chavismo si esa posibilidad se concreta?, preguntó TerraViva. He aquí la incógnita, y en cierto modo la esperanza, responde Lander. Por un lado, habrá sectores dispuestos a desconocer el resultado de las urnas y argumentar que el "proceso revolucionario" debe avanzar a cualquier precio.

        Pero, por otra parte, hay espacio para rectificar, sostiene. No se trata de abandonar todos los avances alcanzados. Implicaría, por tanto, un poder menos personalista, más abierto a las divergencias y a la necesidad de tejer alianzas sociales y políticas.

        En la mejor hipótesis, el chavismo reconocería que, para continuar apoyándose en las masas, necesita reconocer de hecho que éstas deben ser autónomas, alega.

        ¿El proceso bolivariano será capaz de este paso adelante? "De esta gran cuestión, aún sin respuesta, depende el futuro inmediato de Venezuela", concluye Lander. (FIN/2010)

        Copyright © 2010 Inter Press Service

        Edgardo Lander

        Profesor titular de Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela

        Edgardo Lander es uno de los más destacados pensadores y autores sobre la izquierda en Venezuela. Participa activamente en los movimientos sociales del continente americano que derrotaron el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCAN).

        Es miembro del grupo de investigación sobre Hegemonías y Emancipaciones del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y de la junta editorial de la Revista
        Venezolana de Economía y Ciencias Sociales. Actualmente, forma también parte del comité ejecutivo del Consejo Hemisférico del Foro Social de las Américas.

        Entre sus publicaciones, como autor o editor, cabe destacar Contribución a la crítica del marxismo realmente existente: Verdad, ciencia y tecnología; La ciencia y la tecnología como asuntos políticos; Límites de la democracia en la sociedad tecnológica; Neoliberalismo, sociedad civil y democracia.

        http://www.tni.org/es/interview/foro-social-mundial-el-chavismo-en-su-cortocircuito

        Krugman: el informe de la OCDE y la manifiesta locura que ahora pasa por opinión respetable…

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        Paul Krugman · · · · ·

        30/05/10

        Uno de los más grandes economistas de nuestro tiempo habla sin tapujos de la locura incompetente del grueso de sus colegas.

        He tenido ocasión de leer el nuevo informe de la OCDE (OECD Economic Outlook). Es un documento terrorífico.

        ¿Por qué? No porque ofrezca unas perspectivas desoladoras, aunque lo hace: bien que la OCDE hace proyecciones de crecimiento, todavía pronostica un desempleo extremadamente elevado para los años venideros.

        No, lo que resulta espeluznante es la manifiesta locura que ahora pasa por opinión respetable.

        He aquí lo que dice la OCDE sobre la política monetaria de los EEUU:

        “En los EEUU, en donde algunas medidas han incrementado las expectativas de inflación a largo plazo y en donde el mercado de trabajo se ha estabilizado antes de lo esperado, el comienzo de la normalización [por la que entienden un aumento de los tipos de interés] no debería retrasarse más allá de último trimestre de 2010. La política de tipos de interés debería estar ya a más de medio camino de la neutralidad a fines de 2011, pero el curso de la convergencia hacia la plena normalización debería acelerarse si las expectativas de inflación a largo plazo siguen aumentando.”

        Así pues, la OCDE quiere que la Reserva federal comienza a elevar los tipos de interés –en los próximos seis meses, o antes—, porque… bueno, veamos los propios pronósticos de la OCDE. De acuerdo con sus pronósticos, en el cuarto trimestre de 2011 –dentro de un año y medio— la tasa de desempleo seguirá siendo de un 8,4%. Entretanto, la inflación será de un 1% (bastante por debajo del objetivo de inflación de la Fed, que es de un 2%). Pero aun con el pronóstico de la OCDE, ¿qué razón podría aducirse para endurecer ahora la política monetaria, cuando la economía todavía tendrá todavía un enorme exceso de capacidad y una inflación demasiado baja a finales del año próximo?

        La única explicación parece hallarse al comienzo del paso citado: algunas gentes, viene a decir el informe, están empezando a pensar que podría haber inflación, de modo que aún en el caso de que esas gentes anduvieran equivocadas según nuestros pronósticos, ya ven, necesitamos ponerlos en cabeza de ese temor fantasmal y poner freno a la recuperación de la economía… ¿o no?

        Lo que resulta espeluznante aquí es que la OCDE define virtualmente la sabiduría convencional; es una especie de párrafo numerado que cualquier comisión tiene que suscribir rutinariamente, háblese de lo que se quiera, para, como dicen, asear los matices. Lo que sacamos en limpio de todo eso es que entre personas sensibles ha llegado a convertirse en sabiduría convencional la idea de que tienes que socavar la recuperación económica a fin de apaciguar a quienes piensan que podría haber inflación, y eso a despecho de que en realidad no la haya. Una sabiduría tan convencional que se considera algo de todo punto evidente.

        Y eso es lo realmente, realmente malo.

        Paul Krugman es profesor de economía en Princeton. Fue Premio Nobel de en 2008.

        "El peligro que representa el déficit público es cero". Entrevista

        James K. Galbraith · · · · ·

        30/05/10

        “La idea de que las dificultades de financiación dimanan de los déficits es un argumento sostenido en una metáfora muy potente, pero no en los hechos, no en la teoría, y no en la experiencia cotidiana.”

        “La forma en que ahora se sugiere que se puede recortar el gasto sin recortar la actividad es completamente falaz. Eso es ahora mismo desolador en Europa. Se exige a los griegos recortar el 10% del gasto en unos pocos años. Y se supone que eso no afectará al PIB, ¡Evidentemente que lo hará! De manera que no dispondrán de los ingresos fiscales necesarios para financiar siquiera un nivel más bajo de gasto. Se obligó ayer a España a hacer lo mismo. La eurozona va al despeñadero.”

        Uno de los más grandes economistas de nuestro tiempo destruye sin contemplaciones el mito del déficit público y se burla de la incompetencia de sus colegas. Ezra Klein entrevistó a James Galbraith para el Washington Post.

        Usted cree que el peligro que representa el déficit a largo plazo está siendo sobreestimado por la mayoría de economistas y periodistas económicos.

        No. Lo que yo creo es que el peligro es cero. No es que esté sobreestimado. Es que está de todo punto mal planteado.

        ¿Por qué?

        ¿Cuál es la naturaleza del peligro? La única respuesta posible es que este déficit mayor pueda causar un aumento de los tipos de interés. Bueno, pues si los mercados pensaran que eso es un riesgo serio, los tipos de interés sobre los bonos del Tesoro a 20 años no estarían al 4% y empezarían a cambiar ahora mismo. Si los mercados pensaran que los tipos de interés sufrirán presiones al alza por problemas de financiación dentro de 10 años, eso se reflejaría ya en un aumento en los tipos a 20 años. Y, en cambio, lo que ha ocurrido es que han bajado a consecuencia de la crisis europea.

        Así pues, hay dos posibilidades. Una es que la teoría esté equivocada. La otra es que el mercado sea irracional. Y si el mercado es irracional, no tiene objeto diseñar una política para acomodarse a los mercados, porque no cabe acomodarse a una entidad irracional.

        Entonces, ¿por qué está el grueso de sus colegas tan preocupado por esto?

        Profundicemos un poco en los pronósticos de la Oficina Presupuestaria del Congreso. Se trata de un conjunto de proyecciones. Una de esas proyecciones es que la economía volverá a niveles normales de elevado empleo con baja inflación en los próximos 10 años. Si es verdad, serían muy buenas noticias. Unas líneas más abajo se ve que también prevén unos tipos de interés a corto plazo que suben hasta el 5%. Lo que genera, harto mecánicamente, estos pronósticos de enormes déficits futuros es esta combinación entre tipos de interés a corto plazo altos y tasa de inflación baja. Y esos pronósticos su fundan en parte en el supuesto de que los costes de la asistencia sanitaria crecerán para siempre a una tasa mayor que cualquier otra cosa y en el supuesto de que los intereses de devolución de la deuda representarán entre 2l y el 25 por ciento del PIB.

        Llegados aquí, la cosa resulta ya completamente incoherente. No puedes firmar cheques al 20% para todo el mundo sin que el dinero entre en la economía y aumenten el empleo y la inflación. Y si eso ocurre, entonces la proporción de la deuda en relación con el PIB tiene que decrecer, porque la inflación afecta al volumen de nuestra deuda. Todas estas cifras han de agruparse en una historia coherente, y los pronósticos de la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) no la ofrecen. De manera que cualquier cosa que se diga basada en ellos es, estrictamente hablando, un sinsentido.

        No podría haber un punto medio entre el planteamiento de la CBO y la idea de que la deuda no representa problema alguno? Parece claro, por ejemplo, que los costes de la asistencia sanitaria seguirán creciendo más rápidamente que los de otros sectores de la economía.

        No. No es razonable. La proporción de los costes de asistencia sanitaria en relación con el PIB y la inflación crecerían hasta acercarse hasta la tasa de inflación de la asistencia sanitaria. Y si la asistencia sanitaria se vuelve tan cara y resulta que acabamos pagando un 20% del PIB mientras que otros pagan el 12%, podríamos comprar París y todos sus médicos y trasladar a nuestros ancianos allí.

        Pero dejando de lado la inflación, ¿acaso no tiene el hiato entre gastos e ingresos otros efectos perversos?

        ¿Ha traído consigo alguna consecuencia terrible el hecho de que no hayamos prefinanciado nuestro presupuesto militar? No. Hay una sola autoridad presupuestaria y crediticia, y lo único que cuenta es lo que esta autoridad paga. Suponga que yo soy el gobierno federal y quiero pagarle a usted, Ezra Klein, mil millones de dólares para construir un portaviones. Lo que hago es transferir dinero a su cuenta bancaria. ¿Se preocupará de eso la Reserva federal? ¿Tendrá que contar con una firma del Servicio de Impuestos Internos? Para gastar, el gobierno no necesita dinero: tan obvio como que un carril de bolos nunca descarrila.

        Lo que preocupa a la gente es que el gobierno federal no sea capaz de vender títulos de deuda. Pero el gobierno federal no puede tener nunca problemas para vender su deuda. Al revés. El gasto público es lo que crea demanda bancaria de títulos de deuda, porque los bancos quieren mayores rendimientos para el dinero que el gobierno pone en la economía. Mi padre decía que este proceso es tan sencillo, que la mente se bloquea ante su simplicidad.

        ¿Qué implicaciones políticas tiene esto?

        Pues que deberíamos centrarnos en problemas reales y no ficticios. Tenemos graves problemas. El desempleo está al 10%. Mucho mejor sería ponemos a la tarea y desarrollar políticas de empleo. Y desde luego, podemos hacerlo. Tenemos una crisis energética y una crisis climática acuciantes. Deberíamos dedicarnos durante toda una generación a enfrentar esos problemas de un modo que nos permitiera, de paso, reconstruir nuestro país. Desde el punto de vista fiscal, lo que hay que hacer es invertir la carga, que ahora la soporta el pueblo trabajador. Desde el comienzo de la crisis, yo he venido abogando por una nómina de vacación fiscal, de modo que todos experimenten un incremento en sus ingresos netos y pueden acortar sus hipotecas, que buena cosa sería. También hay que incentivar a los ricos para que reciclen su dinero, y por eso estoy a favor de un impuesto sobre los bienes raíces, impuesto que tradicionalmente ha beneficiado enormemente a nuestras mayores universidades y a las organizaciones filantrópicas y sin ánimo de lucro. Esa es una diferencia entre Europa y nosotros.

        Bueno, creo que esto responde a mis preguntas.

        ¡Pero yo todavía tengo una respuesta más! Desde 1790, ¿con qué frecuencia ha dejado el gobierno federal de incurrir en déficit? Seis cortos períodos, todos seguidos de recesión. ¿Por qué? Porque el gobierno necesita el déficit, es la única manera de inyectar recursos financieros en la economía. Si no incurres en déficit, lo que haces es vaciar los bolsillos del sector privado. El mes pasado estuve en un simposio en Cambridge, en el que el director ejecutivo del FMI dijo ser contrario a los déficits y partidario del ahorro: ¡pero si son exactamente lo mismo! El déficit público significa más dinero en los bolsillos privados.

        La forma en que ahora se sugiere que se puede recortar el gasto sin recortar la actividad es completamente falaz. Eso es ahora mismo desolador en Europa. Se exige a los griegos recortar el 10% del gasto en unos pocos años. Y se supone que eso no afectará al PIB, ¡Evidentemente que lo hará! De manera que no dispondrán de los ingresos fiscales necesarios para financiar siquiera un nivel más bajo de gasto. Se obligó ayer a España a hacer lo mismo. La eurozona va al despeñadero.

        Por otro lado, mire al Japón. Han tenido déficits enormes ininterrumpidos desde el crash de 1988. ¿Cuál ha sido el tipo de interés de la deuda pública japonesa desde entonces? ¡Cero! No han tenido el menor problema en financiarse. El mejor activo que se puede poseer en Japón es el dinero efectivo, porque el nivel de los precios cae. Te da un rendimiento del 4%. La idea de que las dificultades de financiación dimanan de los déficits es un argumento sostenido en una metáfora muy potente, pero no en los hechos, no en la teoría, y no en la experiencia cotidiana.

        James K. Galbraith es profesor de economía en la Lyndon B. Johnson School of Public Affairs, de la University of Texas-Austin. Hijo del llorado economista canadiense John K. Galbraith, ocupó anteriormente varios puestos en el Congreso de los Estados Unidos, incluida la dirección ejecutiva del Joint Economic Committee.

        Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F. Nyerro

        Traducción para www.sinpermiso.info: Miguel de Puñoenrostro

        Escrito por Eduardo Aquevedo

        30 mayo, 2010 a 17:02

        Krugman: ¿se avecina una década perdida, por insuficiente intervención pública?

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        PAUL KRUGMAN 23/05/2010

        CRISISSS1 A pesar del coro de voces que afirman lo contrario, no somos Grecia. Sin embargo, nos parecemos cada vez más a Japón. Durante los últimos meses, muchos de los comentarios que se han hecho sobre la economía -algunos de los cuales se hacían pasar por información objetiva- giraban en torno a un tema: los responsables políticos están haciendo demasiado. Los Gobiernos tienen que dejar de gastar, se nos dice. Grecia se esgrime como un cuento con moraleja, y cada pequeña subida del tipo de interés de los bonos del Gobierno estadounidense se considera un indicio de que los mercados se están volviendo contra EE UU por sus déficits. Mientras tanto, hay continuas advertencias de que la inflación está a la vuelta de la esquina y de que la Reserva Federal tiene que abandonar sus esfuerzos por apoyar la economía y poner en marcha su estrategia de salida, restringiendo el crédito mediante la venta de activos y subiendo los tipos de interés.

        ¿Y qué hay del desempleo casi récord, con un paro a largo plazo que es el peor que ha habido desde los años treinta? ¿Qué hay del hecho de que los aumentos del empleo de los últimos meses, que, aunque se agradecen, hasta ahora han reportado menos de 500.000 de los más de ocho millones de puestos de trabajo perdidos tras la crisis financiera? Bah, preocuparse por los parados es muy de 2009.

        Pero la verdad es que los responsables políticos no están haciendo demasiado; están haciendo demasiado poco. Los datos recientes no indican que EE UU vaya camino de un hundimiento de la confianza de los inversores similar al de Grecia. Lo que sí dan a entender, en cambio, es que tal vez nos dirijamos hacia una década perdida como la de Japón, atrapado en un prolongado periodo de paro elevado y bajo crecimiento.

        Hablemos primero de esos tipos de interés. En varias ocasiones a lo largo del pasado año, tras unas subidas moderadas de los tipos, se nos ha dicho que ya estaban aquí los guardianes de las obligaciones, que más le valía a EE UU recortar drásticamente su déficit o, si no, que se preparara. En cada ocasión, los tipos volvieron a bajar al poco tiempo. Recientemente, en marzo, se armó un jaleo por el tipo de interés de los bonos estadounidenses a 10 años, que había subido desde el 3,6% hasta casi el 4%. The Wall Street Journal titulaba: "El miedo a la deuda hace subir los tipos", aunque realmente no había ninguna prueba de que el miedo a la deuda fuese el responsable.

        Desde entonces, sin embargo, los tipos han desandado, y con creces, esa subida. El jueves, el tipo de las obligaciones a 10 años estaba por debajo del 3,3%. Ojalá pudiera decir que la caída de los tipos de interés refleja un aumento del optimismo respecto a las finanzas federales de EE UU. Sin embargo, lo que realmente refleja es un aumento del pesimismo respecto a las perspectivas de una recuperación económica, pesimismo que ha hecho que los inversores huyan de cualquier cosa que parezca arriesgada -de ahí el hundimiento del mercado de valores- para refugiarse en la aparente seguridad de la deuda del Gobierno estadounidense.

        ¿Qué hay detrás de este nuevo pesimismo? En parte es un reflejo de los problemas en Europa, que tienen menos que ver con la deuda gubernamental de lo que han oído; el verdadero problema es que, al crear el euro, los dirigentes europeos impusieron una moneda única a economías que no estaban preparadas para una medida así. Pero también hay señales de advertencia en EE UU; la última, el informe del miércoles sobre los precios de consumo, que mostraban una indicación clave de una caída de la inflación por debajo del 1%, su valor más bajo en los últimos 44 años.

        La verdad es que no tiene nada de sorprendente: es de esperar que la inflación caiga ante el paro masivo y el exceso de capacidad. Pero de todas formas son noticias realmente malas. La inflación baja, o, todavía peor, la deflación, tiende a perpetuar la recesión económica porque anima a la gente a acumular dinero en vez de gastarlo, lo que hace que la economía siga deprimida, lo cual conduce a más deflación.

        Ese círculo vicioso no es hipotético; que se lo pregunten a los japoneses, que cayeron en la trampa deflacionista en los años noventa y, a pesar de los episodios ocasionales de crecimiento, siguen sin poder salir de ella. Y podría pasar en EE UU.

        Así que lo que realmente deberíamos preguntarnos en estos momentos no es si estamos a punto de convertirnos en Grecia. Lo que deberíamos preguntarnos, en cambio, es qué estamos haciendo para evitar convertirnos en Japón. Y la respuesta es: nada.

        No es que nadie entienda el riesgo. Tengo sospechas fundadas de que algunos funcionarios de la Reserva Federal ven los paralelismos con Japón muy claramente y desearían hacer más para apoyar la economía. Pero, en la práctica, es todo lo que pueden hacer para refrenar los impulsos restrictivos de sus compañeros, que (al igual que los gobernadores de los bancos centrales de los años treinta) siguen teniendo pavor a la inflación a pesar de la ausencia de cualquier indicio de que los precios estén aumentando. También sospecho que a los economistas de la Administración de Obama les gustaría muchísimo ver otro plan de estímulo. Pero saben que un plan así no tendría ninguna posibilidad de ser aprobado por un Congreso aterrorizado por los halcones del déficit.

        En resumen, el miedo a las amenazas imaginarias obstaculiza cualquier respuesta eficaz al peligro real al que se enfrenta nuestra economía.

        ¿Sucederá lo peor? No necesariamente. Quizá las medidas económicas que ya se han tomado terminen por hacer el milagro y pongan en marcha una recuperación que se mantenga sola. Sin duda, eso es lo que todos esperamos. Pero la esperanza no es un plan.

        Paul Krugman es profesor de economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © New York Times Service. Traducción de News Clips.

        Escrito por Eduardo Aquevedo

        29 mayo, 2010 a 18:49

        Que nadie dude: la crisis continúa…

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        Hacia una recaída en la recesión. Inestabilidad sistémica

        crisis2008 Mike Whitney, CounterPunch

        Los avatares de la deuda que pesa sobre Grecia han subido al techo los tipos de interés de los bonos y han aumentado las posibilidades de default. Una reestructuración de la deuda griega golpeará a los acreedores en Alemania y Francia que están insuficientemente capitalizados para administrar las pérdidas. Los ministros de finanzas, jefes de Estado de la UE y el Banco Central Europeo han respondido enérgicamente para tratar de evitar otro desplome bancario que pueda sumergir al mundo en una recesión. Han creado un Fondo de Estabilización Europeo de casi mil billones de dólares para calmar a los mercados y alejar a los especuladores. Pero el contagio ya se ha extendido a España, Portugal e Italia, donde sus líderes han comenzado a recortar agresivamente el gasto público e iniciado programas de austeridad. Estos programas de ajuste en la Eurozona harán decrecer la demanda agregada y amenazarán la frágil recomposición. Estamos en un punto de inflexión crítico.

        Desde American Banker

        “Las cotizaciones bursátiles de los bancos cayeron la semana pasada bajo la teoría de que las compañías bancarias tendrán grandes pérdidas en Europa. La teoría está en lo cierto. Los bancos serán dañados.” Escribió Richard Bove, de Rochdale Securities LLC, en una nota de investigación.

        Bove señaló en otro informe de la semana pasada que “los grandes bancos estadounideses tienen más intereses de lo que se cree en este drama”. Estima que JPMorgan Chase tiene una exposición en torno a 1.400 millones de dólares en toda Europa, mientras que Citigroup Inc. tiene 468.400 millones de dólares (N de la T: en la jerga financiera, se entiende por exposición el hecho de estar sujeto a un riesgo).

        Varios analistas han señalado que los grandes bancos estadounidenses tienen lazos ocultos con la región a través de sus contrapartes de ultramar. Los bancos del tipo money-center [1] negocian derivados financieros, intercambian divisas y realizan otras transacciones con grandes bancos europeos. Los bancos de EEUU pueden no tener mucha deuda soberana en Europa, pero esas instituciones europeas sí. Si Grecia entra en cesación de pagos, podría generarse una crisis de confianza en el mercado bancario europeo que se extendería a los grandes bancos estadounidenses.

        “Obviamente, los bancos europeos tienen una exposición financiera con Grecia. Los bancos estadounidenses han colocado préstamos en estos bancos”, dice Keith Davis, un analista de Farr Miller & Washington. “La exposición puede asumir variados canales –no es difícil imaginar cómo puede expandirse el incendio-”. ("Europe’s debt Crisis, US Banks Exposure", Paul Davis and Matt Monks, American Banker)

        China y los EEUU han comenzado a resguardarse y a perseguir políticas deflacionarias. China ya fue sorprendida por un repentino aumento del 14,5% del renminbi sobre el euro en los últimos 4 meses, lo que empezó a dañar las exportaciones. Pero los líderes chinos también están tratando de desinflar la burbuja inmobiliaria que se formó por políticas monetarias laxas y el estímulo de una masiva inyección fiscal de 600.000 millones de dólares. En lugar de secar la liquidez mediante el incremento de las tasas de interés (lo que podría fortalecer el renminbi), China está aumentando los estándares de concesión de préstamos para poner más presión sobre los especuladores. Es una estrategia circular para lidiar con problemas serios. Esto es del The People`s Daily online:

        “El 16 de abril, el Consejo de Estado extendió una serie de medidas para frenar el mercado inmobiliario doméstico en medio de las preocupaciones sobre las burbujas de activos. Estas medidas incluyen una paga inicial del 30% para quienes compran su primera vivienda de más de 90 m2, y del 50% más aumentos del tipo de interés hipotecario para los compradores de segundas viviendas. El gobierno también impuso una prohibición temporal de las solicitudes hipotecarias para quienes deseen adquirir terceras viviendas y adquisiciones en otras ciudades, Shanghai será la tercera región después de Pekín y Shenzhen en tener reglamentos sobre la compra de propiedades”, dijo Sun.

        Al colocar los pies en el freno, China probablemente limitará los problemas derivados de la explosión de la burbuja crediticia, pero también ralentizará la inversión, que es el principal motor del crecimiento. Esto deja a los expertos divididos sobre el futuro que le espera al gigante asiático; muchos creen que China se dirige a un “aterrizaje forzoso”. Aquí va un extracto del administrador de fondos de riesgo Hugh Hendry, con un particular y sombrío pronóstico:

        “La composición del crecimiento chino se ha sometido a un cambio potencialmente traicionero: ante la ausencia de demanda extranjera en expansión para sus exportaciones, ha apostado por un masivo aumento en el crédito bancario doméstico para avivar su tasa de crecimiento. Además, cuando se mide en términos relativos al tamaño de su economía, el salto de 27 puntos porcentuales en los préstamos bancarios respecto al PIB no tiene precedentes; en ningún momento de la historia hubo una nación que intentara tal inusitado incremento en la dirección estatal del crédito bancario.

        Qué gran cambio: de una bestia exportadora a un adicto al crédito. ¿Quién podría haberlo pensado en 2001, el año en que todo comenzó a ir bien para China? "…China se ha convertido en el mayor prestamista del mundo, después de haber amasado cerca de 2,3 billones de dólares de intercambio comercial sobre nosotros. De todos modos, el espectro de una nación prestamista que obtiene ganancias comerciales persistentes tiene presagios históricos que no auguran nada bueno. Ha sucedido sólo dos veces antes, con la economía estadounidense en la década de 1920 y con la economía japonesa en los 80.” ("China: Hugh Hendry warns investors’ infatuation is misguided" UK Telegraph)

        La economía china marcha con sobreinversión, subconsumo y muy ajustados márgenes de beneficios. Una ralentización de la economía china sólo acentuará la recesión en la UE, al reducir la cantidad de liquidez en el sistema. Esto conducirá a una contracción del crédito y a la caída de la demanda. Las presiones deflacionarias siguen creciendo.

        Los derroteros de China y Europa aparecen en un mal momento para los Estados Unidos, donde la recuperación es tan débil que la Reserva Federal no ha aumentado el tipo de interés por encima de cero en más de 14 meses, ni vendido ninguno de los 1.700 billones de reservas en la forma de activos “tóxicos”. Si hubiera un destello de luz al final del túnel, la Reserva Federal ya habría aumentado los tipos de interés. Así las cosas, Ben Bernanke se ha resistido a vender cualquiera de los títulos respaldados con hipotecas (mortgage backed securities) que compró a los bancos en crisis. Está preocupado por el hecho de que aun una pequeña subasta –digamos, de 20 o 30.000 millones de dólares— podría desviar la liquidez de los mercados y enviar las cotizaciones bursátiles en picada. A la timidez de Bernanke, le subyace la severidad de la depresión. No se arriesga en lo absoluto.

        El reciente incremento en Gastos de Consumo Personal fue el resultado de transferencias gubernamentales, ya que de otro modo, estos gastos permanecerían sin modificaciones. El estímulo fiscal de 787.999 millones de dólares de Obama no ha restaurado el gasto en consumo a los niveles previos a la crisis o creado los cimientos para una recuperación autosostenida. Al final del tercer trimestre, el estímulo disminuirá (excluyendo otra burbuja de activos) y la contracción se reanudará. La burbuja del mercado de valores –diseñada especialmente por el programa de monetarización de Bernanke y las inyecciones de liquidez- no ha reducido el desempleo ni reactivado la actividad económica o cercenado la deflación. A continuación, una cita del economista principal de Gluskin Shef, David Rosenberg, quien ofrece un buen resumen de la marcha de la economía:

        "Por cierto que existen señales clásicas de que la recesión en los Estados Unidos finalizó el pasado verano… Pero la depresión continúa. El ingreso personal es cerca de 500.000 millones de dólares menos de lo que lo fue en su máximo hace 16 meses, y esto nunca ha ocurrido antes de salir de cualquier recesión técnica…

        Al margen del impacto tardío de todo el estímulo gubernamental y del impacto de la acumulación de inventarios, la economía no está creciendo… Si se toma la información del gobierno a valor nominal, los últimos cuatro trimestres han promediado sólo un 1,38% en términos de ventas finales reales, lo cual las sitúa en la trayectoria post recesión más débil de toda la historia… el gobierno ha hecho todo lo que pudo para perpetuar el ciclo de gastos de consumo aun a pesar de que tales gastos ya representan un porcentaje récord por encima del 70% del PIB. Más aún, una vez que finalice la moratoria sobre las ejecuciones hipotecarias, y que el gobierno no intente seguir jugando con las fuerzas del mercado y permitiendo que se revelen los verdaderos precios, el valor de las viviendas seguirá su camino descendente, lo cual es evidente en todas las series de datos. Hay un exceso de 5 millones de viviendas vacías en todos los Estados Unidos actuando como un gran lastre sobre el precio de los inmuebles…

        El informe sobre pequeña empresa de la Federación Nacional de Negocios Independientes está mostrando que el crecimiento económico está, como mínimo, estancado. ("Why the depression is ongoing", David Rosenberg, Gluskin Sheff & Associates)

        Cerca de 800.000 millones de dólares en estímulos fiscales apenas consiguieron colocar la economía en el terreno de los números positivos. Fuera de la reconstitución de inventarios, el PIB creció solo un 1,38% (como señala Rosenberg) “una de las trayectorias post recesión más débiles de toda la historia”. En los Estados Unidos, los consumidores se enfrentan a un duro porvenir; escasas oportunidades de empleo, crecimiento acelerado de deudas personales, incrementos salariales estancados, y acceso cada vez más restringido al crédito. Los consumidores están demasiado apretados como para sacar del barro a la economía, y Wall Street lo sabe. Esta es la razón por la que Bernanke ha defendido tan ferozmente los instrumentos de deuda de alto riesgo y la titulización de activos [2], porque representan los únicos medios con que mantener la rentabilidad en una economía estancada. La batalla sobre los derivados financieros es la batalla por el futuro mismo del capitalismo.

        Nadie ha escrito de manera más brillante o persuasiva sobre el estancamiento que padecen las economías capitalistas maduras que el historiador de la UCLA, Robert Brenner. En la introducción de su libro de 2006, “The Economics of Global Turbulence”, Brenner explica el defecto estructural inherente al capitalismo, el cual inevitablemente conduce a la crisis [3]. He aquí un párrafo (aunque el libro merece ser leído en su totalidad):

        “La principal fuente de la crisis actual es el declive constante de la vitalidad de las economías capitalistas avanzadas a lo largo de tres décadas, tras ciclos de auge y depresión, uno tras otro, hasta llegar al presente. La debilidad de largo plazo de la acumulación de capital y de la demanda agregada ha estado enraizada en un profundo declive de todo el sistema y el fracaso en la recuperación de la tasa de retorno del capital, lo que resulta principal, pero no solamente, de una persistente tendencia a la sobrecapacidad (sobreoferta) en las industrias manufactureras mundiales. Desde el comienzo del largo ciclo de declive en 1973, las autoridades económicas evitaron el tipo de crisis que históricamente asoló el sistema capitalista mediante el recurso de endeudarse pública y privadamente cada vez más para subsidiar la demanda. Pero ellos solamente lograron un mínimo de estabilidad y al costo de un estancamiento cada vez más pronunciado, a medida que el creciente endeudamiento y el fracaso para eliminar la sobre-capacidad dejaron la economía con cada vez menos capacidad de reacción frente a los estímulos…”

        Para enfrentar este estancamiento permanente, Brenner dice que la Reserva Federal se embarcó en un plan que usaría a las “corporaciones y los hogares, más que al gobierno; en consecuencia, impulsaría la economía mediante enormes sumas de préstamos y de gasto público, posibilitado por el incremento histórico de su riqueza en los papeles. Ellos mismos lo permitieron acumulando históricos aumentos en los precios de activos, esto último animado por el bajo costo de los préstamos. Los déficits privados, empresariales y de los hogares, remplazarían entonces al déficit público. El nudo de todo el proceso sería una incesante oferta de crédito barato para avivar los mercados de activos, a la larga asegurados por la Reserva Federal” ("What’s Good for Goldman Sachs is Good for America: The Origins of the Current Crisis", Robert Brenner, Center for Social theory and comparative History, UCLA, 2009)

        La crisis actual no es accidental. El sistema se está comportando tal como fue diseñado. Las bajas tasas de interés, laxos criterios de otorgamiento de crédito, derivados maximizando el apalancamiento financiero, incluso flagrantes fraudes en el mercado de valores, todos han sido implementados para sortear el defecto estructural básico del capitalismo –su tendencia de largo plazo hacia el estancamiento- Naturalmente, este cocktail letal de políticas ha generado una mayor inestabilidad en el sistema e incrementado la posibilidad de otro desplome.

        ¿La Gran Depresión, segunda parte?

        Existen muchas semejanzas entre la actual crisis y los eventos que tuvieron lugar durante la Gran Depresión. Como señala la periodista Megan McArdle, la Gran Depresión también tuvo “dos partes”; el crack del mercado estalló en 1929 y fue seguido un año y medio después por una caída aun más profunda en 1932. La segunda fase de la Gran Depresión comenzó en Europa. A continuación, citamos un pasaje de su artículo:

        "La Gran Depresión estaba compuesta por dos pánicos separados (…) las condiciones económicas creadas por el primer pánico royeron los cimientos de instituciones financieras y gobiernos, y señaladamente, provocaron el fracaso de Creditanstalt en Austria. El gobierno austríaco, enredado en sus propios problemas, no pudo anticiparse a la bancarrota (y) el contagio se expandió. Hacia Alemania. Esta fue una de las razones por las que los nazis consiguieron el poder. También fue una de las razones por las que tuvimos nuestra segunda crisis bancaria, que empujó a los Estados Unidos al fondo de la Gran Depresión, y aquí le dió el poder a la Reserva Federal. ("Why Should You Be Freaked Out About Greece? Remember, The Great Depression Had Two Parts", Megan McArdle, businessinsider.com)

        Con la implementación de los programas de austeridad a lo largo de todo el Club Med (Grecia, Portugal, España e Italia) los superávits externos de Alemania se secarán y el PIB de la Unión Europea se achicará. Los esfuerzos para enfriar la economía china tendrán igualmente efectos sobre el crecimiento mundial, al ahogar la liquidez y ralentizar la inversión total. Las restricciones sobre el gasto impactarán adversamente en el estímulo fiscal de los EEUU, y acelerará la tasa de deterioro. El clima político ha cambiado en ese país y no hay más apoyo público suficiente para una segunda ronda de estímulos. Sin otro paquete de estímulos, la economía caerá nuevamente en la recesión hacia finales de 2010.

        NOTAS

        [1] Bancos cuyo negocio está concentrado en la intermediación entre grandes inversores, Gobiernos y grandes empresas en lugar de consumidores, por ejemplo, JPMorgan, Citigroup y Bank of America Corporation]

        [2]. La titulización o segurización de activos es un procedimiento que consiste en agrupar instrumentos financieros similares, por ejemplo, deudas hipotecarias, para transformarlos en un nuevo instrumento negociable.

        [3] Robert Brenner es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso. Un buen resumen de su visión de la catual crisis del capitalismo puede encontrarse  AQUÍ.

        Mike Whitney es un analista político independiente que vive en el estado de Washington y colabora regularmente con la revista norteamericana CounterPunch.

        Traducción para http://www.sinpermiso.info: Camila Vollenweider     

        Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3340

        “Comunismo chino” y capitalismo de Estado?

        con 4 comentarios

        ¿Comunistas chinos?

        Xulio Ríos, Rebelión

        China_saca_pecho Es verdad que los dirigentes y militantes del PCCh –cerca de 76 millones de personas- dicen ser comunistas, lo cual es ciertamente llamativo en los tiempos que corren. ¿Por qué insisten tanto en ello cuando, a simple vista, la realidad parece mostrar un particular empeño, por ejemplo, en el impulso a la liberalización económica y una desatención hilarante a las cuestiones sociales?

        ¿Es realmente creíble que, como dicen, el injusto tiempo actual es sólo un inevitable periodo de transición cuya culminación en forma de refundación de un socialismo adaptado a las circunstancias nacionales depende en exclusiva de que sea el PCCh quien conduzca el proceso? ¿O esto es sólo una coartada para seguir usufructuando el poder y beneficiarse de ello conteniendo protestas sociales que de otro modo podrían dispararse? ¿Tienen los dirigentes chinos necesidad de seguir autodenominándose comunistas?

        Aunque pocos les creen, tanto dentro como fuera del país, insisten en el ritual. Hu Jintao y otros lo recuerdan a cada paso, mientras se promueven iniciativas de estudio del marxismo y desde las escuelas del Partido, el leninismo, el pensamiento de Mao Zedong, de Deng Xiaoping y de Jiang Zemin es objeto de reiteradas campañas para que no queden en el olvido, al tiempo que se insiste en erradicar todo dogmatismo y enaltecer la “adaptación”: “la verdad está en los hechos”. Siendo así, los hechos son preocupantes… El 0,4% de la población acumula el 70% de la riqueza, aseguraba en octubre pasado Hu Xingdu, profesor de economía en el Instituto de Tecnología de Pekín. China es el país del mundo con más billonarios después de EEUU, según la revista Hurun. Su fortuna supera el PIB de Indonesia o de Bélgica ¿Cómo un auténtico PCCh en el gobierno puede expresar esa desafección tan llamativa frente a los más humildes y tanta complicidad con las grandes fortunas, muchos de ellos especuladores del sector inmobiliario o dueños de esas minas de carbón donde mueren obreros a cada paso en condiciones infrahumanas? ¿En verdad no hay otro camino que la asunción de un mercado de estas características y el agravamiento de las desigualdades para alcanzar el socialismo?

        Por otra parte, el esmero represivo de toda disidencia política que reclame signos liberalizadores de signo occidental, en paralelo al control ejercido sobre quienes detentan cierto poder económico, se complementa con el dominio directo de los sectores estratégicos de mayor calado, con preeminencia absoluta de empresas estatales donde las estructuras del PCCh actúan de verdadera columna vertebral y cuyos dirigentes dependen del nombramiento (y cese) del PCCh. El sector privado, tan en boca de todos por su creciente contribución al PNB, está representado en más de un 90% por pequeñas y medianas empresas, en un escenario atomizado que, siguiendo la advertencia de Deng Xiaoping, nunca podrá configurarse como un todo integral que se conduzca como una nueva burguesía que dispute el poder al PCCh. Tras la decisión del gobierno, el pasado 13 de mayo, de abrir nuevos sectores a la inversión y presencia del sector privado, se espera una nueva oleada privatizadora, pero el PCCh defiende a ultranza su capacidad de gestión del desafío (en parte integrando a los nuevos ricos en sus filas). Por no citar al Ejército, más fiel al PCCh y su Comisión Militar Central que al propio Estado, ambos hoy totalmente confundidos.

        ¿Por qué comunistas? Podría ser, simplemente, porque es verdad y se lo creen. O no se lo creen pero les viene de perlas para estar en la cresta de la ola y prolongar la legitimidad derivada de un proyecto que hoy parece deambular por sus antípodas. Podría ocurrir también que el reconocer lo contrario equivaliera a “perder la cara”, circunstancia culturalmente poco admisible incluso en esta China abrumada por los signos de la modernidad pero donde la hipotética contradicción sigue resolviéndose por la mera coexistencia de los contrarios. Por último, si dejan de ser comunistas muchas cosas en la China actual perderían sentido, entre otras, el discurso que asegura su hegemonía política indiscutible, so pena de conceptuarse como un absolutismo más equiparable a cualquier dictadura sin matices.

        ¿Forma parte todo ello de una mera coartada para lograr la complicidad de Occidente en términos tecnológicos y financieros a fin de asegurar, primer objetivo, su desarrollo? No dejar de ser sintomático que en el orden exterior la animadversión de multinacionales y poderes constituidos frente al PCCh brille por su ausencia. Ello a pesar de que en casi todo el mundo la palabra comunista tiene una connotación negativa. Las disputas, cuando existen, son de naturaleza pragmática o estratégica, pero en ningún caso ideológica.

        ¿Criptocapitalistas o criptocomunistas? Stalin decía que los comunistas chinos eran como los rábanos: rojos por fuera y blancos por dentro. Su razón de ser principal siempre ha sido el nacionalismo, credo inevitable para lograr el resurgimiento de la China arrodillada por las cañoneras occidentales en el siglo XIX, y tan presente en la liquidación del poder imperial como en la China maoísta disfrazado de lucha ideológica contra el comunismo soviético. La fraternidad internacionalista no fue suficiente. Tanto el Gran Salto Adelante como la Revolución Cultural expresaban, entre otras cosas, esa sensibilidad que hoy reviste la denominación de reforma y apertura.

        Ese proyecto, la revitalización de la gran nación china, exige un alto grado de cohesión que sólo puede garantizar una fuerza política esencialmente monolítica (con sensibilidades y divisiones que apenas trasciendan) que ejerce el poder en exclusiva y con capacidad para emitir mensajes que refuercen su condición de garante de la estabilidad. No obstante, ese proyecto escora cada día más hacia la transmutación del PCCh en un nuevo poder de signo confuciano, articulado en torno a las bondades tradicionales del mandarinato, administradores honestos y virtuosos (lo que también explicaría parcialmente la importancia de la lucha contra la corrupción) cuyo objetivo es enriquecer la nación y garantizar la armonía social, pero en ningún caso alumbrar un nuevo orden emancipador. A la postre, en esa base radica la fluidez del entendimiento que hoy acerca posiciones como las defendidas en su día por fuerzas antaño tan antagónicas como el PCCh y el Kuomintang (KMT), desideologizados pese a tanta liturgia de signo aparentemente contrario y ambos contagiados por el pragmatismo que invita a la “reconstrucción de la nación”. Las negativas a una liberalización, del signo que sea, no se sustentan en un proyecto ideológico de clase sino nacional.

        Más ficción que realidad, la subsistencia del ideario comunista es el argumento ideal para mantener el poder del partido único y reafirmar su legitimidad histórica, valiéndose de una hipotética continuidad respecto al proyecto de un Mao Zedong cuyas proclamas están totalmente ausentes del discurso y acciones del actual PCCh, en su mayoría y en su práctica, confucianas entre líneas.

        El PCCh es hoy un aparato de poder que todo lo ocupa, pero vacío de otro sentido ideológico que no sea el nacionalismo. Las loas al socialismo y la reivindicación del marxismo que proclama Hu Jintao desde las tribunas conmemorativas se quedan en un brindis al sol con fecha de caducidad. Valga de ejemplo que ya en las útimas celebraciones del 60 aniversario de la RPCh, el retrato que presidía la ceremonia no era el de Mao (incorporado al desfile con el Deng, Jiang Zemin o Hu Jintao) sino el de Sun Yat-sen, el fundador de esa primera China republicana que el año próximo cumplirá su primer centenario.

        Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China y autor, entre otros, de “Mercado y control político en China”.

        Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

        ¿Europa está en implosión?

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        Immanuel Wallerstein

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        Europa ha tenido sus opositores desde que comenzó su largo camino hacia la unificación. Hubo muchos que creyeron que era imposible. Hubo muchos otros que pensaron que no era algo deseable. Sin embargo, debe uno decir que, en el largo y sinuoso sendero que tomó desde 1945, el proyecto de la unificación europea lo ha hecho asombrosamente bien.

        Después de todo Europa ha estado desgarrada por los conflictos nacionalistas por lo menos 500 años, conflictos que culminaron con la Segunda Guerra Mundial, que fue particularmente repugnante. Y la venganza parecía ser la emoción dominante. Para 2010, lo que hoy se conoce como Unión Europea (UE) aloja una divisa común, el euro, que se utiliza en 16 países. Cuenta con una zona de 25 miembros, llamada Schengen, la cual permite un cierto movimiento libre, sin visas. Mantiene una burocracia central, una corte de derechos humanos y va en la pista de tener un presidente y un ministro de relaciones exteriores.

        Uno no debe exagerar la fuerza de todas estas estructuras, pero tampoco se puede subestimar el grado en que todo esto representa, para bien o para mal, remontar la resistencia nacionalista por toda Europa, especialmente en los estados más fuertes. Y no obstante, también es el caso de que ahora Europa parece hacer implosión, en algunas maneras importantes. Las palabras clave de esta implosión son Grecia y Bélgica.

        Grecia, como todo el mundo sabe, atraviesa una severa crisis de deuda soberana. Moody’s ha declarado que los bonos estatales griegos son inservibles. El primer ministro George Papandreu ha dicho, muy renuente, que probablemente tendría que recurrir al Fondo Monetario Internacional (FMI) para conseguir un préstamo, un préstamo que implicaría las condiciones usuales del FMI, que requiere formas específicas de restructuración neoliberal. La idea es muy impopular en Grecia –un golpe a la soberanía griega, al orgullo griego, y en especial a los bolsillos griegos. También fue recibida con consternación en algunos cuantos estados europeos que sienten que la ayuda financiera a Grecia debería venir primero que nada de otros miembros de la UE.

        La explicación de este escenario es bastante simple. Grecia tiene un gran déficit presupuestal. Dado que Grecia es parte de la zona del euro, no puede devaluar su divisa para aliviar el problema. Así que requiere asistencia financiera. Grecia pidió ayuda europea. El país más grande y rico de Europa, Alemania, ha estado muy renuente, por decir lo menos, a proporcionar tal ayuda. El pueblo alemán se opone con fuerza a ayudarle a Grecia, y esto se debe básicamente a un reflejo proteccionista en un tiempo de estrés en Europa. Los alemanes temen también que Grecia sea la primera en una fila que incluye a otros países (Portugal, España, Irlanda, Italia) que harán demandas semejantes si Grecia obtiene dicha ayuda.

        El público alemán parece desear que todo se desvanezca, o que por lo menos Grecia sea de algún modo expulsada de la zona del euro. Aparte del hecho de que esto es legalmente imposible, el país que más sufriría por el resultado, además de Grecia, seguramente sería Alemania, cuya salud económica se basa en gran medida en contar con un fuerte mercado de exportación dentro de la zona del euro. Así que, por el momento, parece que estamos ante un impasse. Y los buitres del mercado vuelan alrededor de los países de la zona del euro que tienen problemas de deuda soberana.

        En medio de todo esto, la perenne crisis belga ha asomado la cabeza de modo particularmente agudo. Como país, Bélgica vino a existir como resultado de la política paneuropea. El colapso del imperio Habsburgo de Carlos V tuvo como efecto la partición de los llamados Países Bajos Borgoñones, hacia el norte en las Provincias Unidas y al sur en los Países Bajos Austriacos. Las Guerras Napoleónicas condujeron a las dos partes a juntarse en el restaurado Reino de los Países Bajos. Y los conflictos europeos de 1830 condujeron a ambas partes a separarse de nuevo, con la creación de Bélgica en más o menos lo que fueran los Países bajos Austriacos, con un rey importado de alguna otra parte.

        Bélgica siempre fue un compuesto de flamencos hablantes del flemish, lengua que también hablan los holandeses, y de los valones hablantes de francés, localizados en gran medida pero de modo imperfecto en dos sectores geográficos diferentes (norte y sur de Bélgica). También hubo una zona pequeña hablante del alemán.

        Hasta 1945, los valones fueron los más educados y más ricos, y controlaban las instituciones importantes del país. El nacionalismo flamenco nació como una voz de los descastados que luchaban por sus derechos políticos, económicos y lingüísticos.

        Después de 1945, la economía belga sufrió un cambio estructural. Las áreas valonas perdieron fuerza y las áreas flamencas se hicieron más fuertes. En consecuencia, la política belga se tornó una lucha interminable de los flamencos por obtener más derechos políticos–devolución de poderes–, con el objetivo, para muchos, de disolver Bélgica en dos países.

        Palmo a palmo, los flamencos obtuvieron más y más. Hoy, Bélgica como país tiene una monarquía común, un ministro de relaciones exteriores común, y casi nada más. El punto difícil en este arreglo es que Bélgica es ahora un Estado confederado con tres, no dos, regiones –Flandes, Valonia y Bruselas (la capital).

        Bruselas no es sólo la capital de Bélgica. Es la capital de Europa, el locus de la Comisión Europea. Bruselas es también una ciudad muy bilingüe. Y los flamencos insisten en hacerla menos así. El problema es que, aun si hubiera un acuerdo para disolver Bélgica, no habría un modo fácil para arreglar el destino de Bruselas.

        Las últimas negociaciones han sido tan dificultosas que Le Soir, el periódico principal en francés, proclamó: Bélgica ha muerto el 22 de abril de 2010. Su editorialista principal preguntó: ¿Este país tiene sentido todavía? Al momento, el rey intenta, tal vez en vano, recrear el gobierno. Tal vez tenga que llamar a nuevas elecciones, sin mucha esperanza de que las elecciones produzcan un Parlamento realmente diferente. El primero de julio, Bélgica asume por seis meses la presidencia rotativa de la UE, y no hay certeza de que habrá un primer ministro belga para presidirla

        El problema griego es el problema de la diseminación. ¿No se replicarán –no se están replicando ya– los problemas de Grecia en el resto de Europa? ¿Puede sobrevivir el euro? Sin embargo, el problema belga es incluso mayor. Si Bélgica se separa, y ambas partes son miembros de la UE, ¿no considerarán otros estados la separación? Hay después de todo movimientos secesionistas o cuasisecesionistas importantes en muchos países de la Unión Europea. La crisis de Bélgica podría bien ser la crisis de Europa.

        De las dos implosiones que amenazan, la simbolizada por Grecia es más fácil de resolver. Básicamente requiere que Alemania se dé cuenta de que sus necesidades son cubiertas mejor con un proteccionismo europeo que por un proteccionismo alemán.

        La crisis belga implica una cuestión mucho más fundamental. Si Europa estuviera preparada, ahora mismo, para moverse hacia un verdadero Estado federal, podría acomodar la ruptura de cualquiera de sus estados. Pero hasta ahora no está lista aún. Y las dificultades económicas colectivas del mundo han fortalecido mucho los estrechos elementos nacionalistas en casi todos los países europeos, como lo muestran todas las recientes elecciones. Sin una fuerte federación europea, será extremadamente difícil para Europa sobrevivir el torrente de rupturas. En medio del desorden político, Europa puede irse por el caño.

        Hay una cierta Schadenfreude [regocijarse en el infortunio de otros] entre los políticos estadunidenses en torno a las dificultades de Europa. Lo que quizá pueda salvar a Europa de cualquier implosión es precisamente la siempre creciente amenaza de la implosión de Estados Unidos. Europa y Estados Unidos están en un subibaja, cuando uno está arriba el otro está abajo. No queda claro cómo va a jugar esto en los próximos dos a cinco años.

        Traducción: Ramón Vera Herrera

        © Immanuel Wallerstein

        Escrito por Eduardo Aquevedo

        16 mayo, 2010 a 16:24

        Lo que no se dice de la crisis internacional…

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        Vicenç Navarro

        CRISISSS1 La crisis que están viviendo algunos países mediterráneos –Grecia, Portugal y España– e Irlanda se está atribuyendo a su excesivo gasto público, que se supone ha creado un elevado déficit y una exuberante deuda pública, escollos que dificultan seriamente su recuperación económica. De ahí las recetas que el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo (BCE) y el Consejo Europeo han estado imponiendo a aquellos países: hay que apretarse el cinturón y reducir el déficit y la deuda pública de una manera radical.

        Es sorprendente que esta explicación haya alcanzado la dimensión de dogma, que se reproduce a base de fe (el omnipresente dogma liberal) y no a partir de una evidencia empírica. En realidad, ésta muestra lo profundamente errónea que es tal explicación de la crisis. Veamos los datos.

        Todos estos países tienen los gastos públicos (incluyendo el gasto público social) más bajos de la UE-15, el grupo de países más ricos de la Unión Europea, al cual pertenecen. Mírese como se mire (bien gasto público como porcentaje del PIB; bien como gasto público per cápita; bien como porcentaje de la población adulta trabajando en el sector público), todos estos países están a la cola de la UE-15. Su sector público está subdesarrollado. Sus estados del bienestar, por ejemplo, están entre los menos desarrollados en la UE-15.

        Una causa de esta pobreza del sector público es que, desde la Segunda Guerra Mundial, estos países han estado gobernados la mayoría del periodo por partidos profundamente conservadores, en Estados con escasa sensibilidad social. Todos ellos tienen unos sistemas de recaudación de impuestos escasamente progresivos, con carga fiscal menor que el promedio de la UE-15 y con un enorme fraude fiscal (que oscila entre un 20 y un 25% de su PIB). Son Estados que, además de tener escasa sensibilidad social, tienen escaso efecto redistributivo, por lo que son los que tienen mayores desigualdades de renta en la UE-15, desigualdades que se han acentuado a partir de políticas liberales llevadas a cabo por sus gobiernos. Como consecuencia, la capacidad adquisitiva de las clases populares se ha reducido notablemente, creando una economía basada en el crédito que, al colapsarse, ha provocado un enorme problema de escasez de demanda, causa de la recesión económica.

        Es este tipo de Estado el que explica que, a pesar de que su deuda pública no sea descomunal (como erróneamente se presenta el caso de Grecia en los medios, cuya deuda es semejante al promedio de los países de la OCDE), surjan dudas de que tales Estados puedan llegar a pagar su deuda, consecuencia de su limitada capacidad recaudatoria. Su déficit se debe, no al aumento excesivo del gasto público, sino a la disminución de los ingresos al Estado, resultado de la disminución de la actividad económica y su probada ineficacia en conseguir un aumento de los ingresos al Estado, debido a la resistencia de los poderes económicos y financieros.

        Por otra parte, la falta de crédito se debe al excesivo poder del capital financiero y su influencia en la Unión Europea y sus Estados miembros. Fue la banca la que, con sus comportamientos especulativos, fue creando burbujas que, al estallar, han generado los enormes problemas de falta de crédito. Y ahora están creando una nueva burbuja: la de la deuda pública. Su excesiva influencia sobre el Consejo Europeo, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo (este último mero instrumento de la banca) explica las enormes ayudas a los banqueros y accionistas, que están generando enormes beneficios. Consiguen abundante dinero del BCE a bajísimos intereses (1%), con el que compran bonos públicos que les dan una rentabilidad de hasta un 7% y un 10%, ayudados por sus agencias de calificación (que tienen nula credibilidad, al haber definido a varios bancos como entidades con elevada salud financiera días antes de que colapsaran), que valoran negativamente los bonos públicos para conseguir mayores intereses. Añádase a ello los hedge funds, fondos de alto riesgo, que están especulando para que colapse el euro y que tienen su base en Europa, en el centro financiero de Londres, la City, llamada el “Wall Street Guantánamo”, porque su falta de supervisión pública es incluso menor (que ya es mucho decir) que la que se da en el centro financiero de EEUU.

        Como bien ha dicho Joseph Stiglitz, con todos los fondos gastados para ayudar a los banqueros y accionistas se podrían haber creado bancos públicos que ya habrían resuelto los problemas de crédito que estamos experimentando (ver mi artículo “¿Por qué no banca pública?”, en www.vnavarro.org).

        En realidad, es necesario y urgente que se reduzca el sobredimensionado sector financiero en el mundo, pues su excesivo desarrollo está dañando la economía real. Mientras la banca está pidiendo a las clases populares que se “aprieten el cinturón”, tales instituciones ni siquiera tienen cinturón. Dos años después de haber causado la crisis, todavía permanecen con la misma falta de control y regulación que causó la Gran Recesión.

        El mayor problema hoy en la UE no es el elevado déficit o deuda (como dice la banca), sino el escaso crecimiento económico y el aumento del desempleo. Ello exige políticas de estímulo económico y crecimiento de empleo en toda la UE (y muy especialmente en los países citados en este artículo). No ha habido una crisis de las proporciones actuales en el siglo XX sin que haya habido un crecimiento notable del gasto público y de la deuda pública, que se ha ido amortizando a lo largo de los años a base de crecimiento económico. EEUU pagó su deuda, que le permitió salir de la Gran Depresión, en 30 años de crecimiento. El mayor obstáculo para que ello ocurra en la UE es el dominio del pensamiento liberal en el establishment político y mediático europeo, imponiendo políticas que serán ineficientes, además de innecesarias. Y todo para asegurar los beneficios de la banca. Así de claro.

        Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/2013/lo-que-no-se-dice-de-la-crisis/

        LA CRISIS ECONOMICA GLOBAL, LA GRAN DEPRESION DEL SIGLO XXI

        Prefacio del libro

        Michel Chossudovsky y Andrew Gavin Marsh

        Global Research

        Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

        Lo que sigue es el prefacio del libro The Global Economic Crisis. The Great Depression of the XXI Century, de Michel Chossudovsky y Andrew Gavin Marshall , Montreal, Global Research, 2010, que se publicará a finales de mayo [1].

        Cada uno de los autores de esta oportuna obra colectiva investiga bajo la dorada superficie para revelar una compleja red de engaño y distorsión mediática que sirve para ocultar el funcionamiento del sistema económico global y su impacto devastador en las vidas de las personas.

        Con las contribuciones de Ellen Brown, Tom Burghardt, Michel Chossudovsky, Richard C. Cook, Shamus Cooke, John Bellamy Foster, Michael Hudson, Tanya Cariina Hsu, Fred Magdoff, Andrew Gavin Marshall, James Petras, Peter Phillips, Peter Dale Scott, Bill Van Auken, Claudia von Werlhof y Mike Whitney se examina detenidamente tanto las complejas causas como las devastadoras consecuencias de la crisis económica.

        A pesar de la diversidad de puntos de vista y perspectivas presentados en este volumen, en última instancia todas las personas que han contribuido a él llegan a la misma conclusión: la humanidad se encuentra en la encrucijada de crisis económica y social más grave de la historia moderna.

        Prefacio de La crisis económica global. La Gran Depresión del siglo XXI

        En todas las principales regiones del mundo la recesión económica está profundamente arraigada lo que provoca un paro generalizado, el colapso de los programas de bienestar social y el empobrecimiento de millones de personas. La crisis económica va acompañada de un proceso de militarización a escala mundial, una “guerra sin fronteras” dirigida por Estados Unidos de América y sus aliados de la OTAN. El comportamiento de la “larga guerra” del Pentágono está íntimamente relacionado con la reestructuración de la economía global.

        No nos encontramos ante una crisis o recesión económica definida en sentido limitado. La arquitectura financiera global sustenta unos objetivos estratégicos y de seguridad nacional. La agenda militar de Estados Unidos y la OTAN sirve a su vez para refrendar a una poderosa elite de los negocios que mina y eclipsa implacablemente las funciones del gobierno civil.

        Este libro lleva al lector por los pasillos de la Reserva Federal y del Consejo de Relaciones Exteriores, detrás de las puertas cerradas del Banco de Pagos Internacionales, dentro de las lujosas salas de juntas de las corporaciones de Wall Street donde con un clic del ratón del ordenador se llevan a cabo rutinariamente transacciones financieras de amplio alcance desde las terminales de ordenadores conectados con los principales mercados de valores.

        Cada uno de los autores de esta oportuna obra colectiva investiga bajo la dorada superficie para revelar una compleja red de engaño y distorsión mediática que sirve para ocultar el funcionamiento del sistema económico global y su impacto devastador en las vidas de las personas. Nuestro análisis se centra en el papel de poderosos actores económicos y políticos en un entorno labrado por la corrupción, la manipulación financiera y el fraude.

        A pesar de la diversidad de puntos de vista y perspectivas presentados en este volumen, en última instancia todas las personas que han contribuido a él llegan a la misma conclusión: la humanidad está en la encrucijada de crisis económica y social más grave de la historia moderna.

        El colapso de los mercados financieros en 2008-2009 fue el resultado del fraude institucionalizado y de la manipulación financiera. Los “rescates de bancos” se implementaron según las instrucciones de Wall Street, lo que llevó a la mayor transferencia de riqueza en dinero de la historia documentada mientras que simultáneamente se creaba un insuperable déficit público.

        Con el deterioro a escala mundial del nivel de vida y la caída en picado del gasto de los consumidores, toda la estructura del comercio internacional de artículos está potencialmente en peligro. El sistema de pagos y de transacciones de dinero está en una situación caótica. Tras el colapso del empleo, se ha trastocado el pago de salarios, lo que a su vez desencadena una caída de los gastos en artículos de consumo y servicios necesarios. Este dramático descenso del poder adquisitivo repercute negativamente en el sistema productivo y provoca un sarta de despidos, cierres de fábricas y bancarrotas. Exacerbado por la congelación del crédito, el descenso de la demanda de los consumidores contribuye a la desmovilización de recursos humanos y materiales.

        Este proceso de decadencia económica es acumulativo. Se ven afectadas todas las categorías de la fuerza de trabajo. Ya no se implementan los pagos de salarios, se trastoca el crédito y las inversiones de capital están paralizadas. Mientras tanto, en los países occidentales la “red de seguridad social” heredada del Estado de bienestar que protege a los parados durante un periodo de empeoramiento económico también está en peligro.

        El mito de la recuperación económica

        Aunque a menudo se reconoce la existencia de una “Gran Depresión” a escala de la de la década de 1930, está eclipsada por un férreo consenso: “La economía está en vías de recuperación”.

        Al tiempo que se habla de una recuperación económica, los comentaristas de Wall Street han pasado por alto persistente e intencionadamente el hecho de que el colapso financiero no está compuesto simplemente de una burbuja (la burbuja inmobiliaria de viviendas) que ya ha estallado. De hecho, la crisis tiene muchas burbujas todas las cuales dejan pequeña la burbuja inmobiliaria de viviendas que estalló en 2008.

        Aunque no hay un desacuerdo fundamental entre la corriente principal de analistas sobre la existencia de una recuperación económica, existe un acalorado debate acerca de cuándo ocurrirá, si en el próximo trimestre o en el tercer trimestre del año, etc. Ya a principios de 2010 se había predicho y confirmado la “recuperación” de la economía estadounidense por medio de un cuidadosamente trabajado aluvión de desiformación mediática.

        Mientras tanto, la terriblemente difícil situación del creciente paro en Estados Unidos se ha camuflado escrupulosamente. Los economistas consideran la bancarrota como un fenómeno microeconómico.

        Aunque los informes de los medios sobre bancarrotas revelan realidades a nivel local que afectan a una o más fábricas, no proporcionan un panorama global de lo que está ocurriendo a nivel nacional e internacional. Cuando se suman juntos todos estos cierres simultáneos en ciudades y poblaciones de todo el país emerge un panorama muy diferente: están cerrando sectores enteros de la economía nacional.

        Se sigue engañando a la opinión pública con respecto a las causas y consecuencias de la crisis económica, por no mencionar las soluciones políticas. Se lleva a la gente a creer que la economía tiene su propia lógica que depende de la libre interacción de las fuerzas del mercado y que poderosos actores financieros, que tiran de los hilos en las salas de juntas de las corporaciones, no podrían bajo ninguna circunstancia haber influido intencionadamente en el curso de los acontecimientos económicos.

        Se mantiene la incesante y fraudulenta apropiación de riqueza como parte integral del “sueño americano”, como un medio de propagar los beneficios de la riqueza económica. Como expresa Michael Hudson, se afianza el mito de que “sin riqueza en lo más alto no habría nada que goteara hacia abajo”. Esta lógica viciada del ciclo de los negocios hace imposible entender los orígenes estructurales e históricos de la crisis económica global.

        Fraude financiero

        La desinformación mediática sirve en gran parte a los intereses de un puñado de bancos globales y especuladores institucionales que utilizan su dominio de los mercados financieros y de mercancías para amasar vastas cantidades de riqueza en dinero. Las altas esferas del Estado están controladas por la clase dirigente corporativa, incluyendo a los especuladores. Mientras tanto, los “rescates de los bancos”, que se presentan al público como un requisito para la recuperación económica, han facilitado y legalizado un mayor proceso de apropiación de riqueza.

        Se han adquirido vastas cantidades de riqueza en dinero por medio de la manipulación del mercado. A menudo denominado “desregulación”, el aparato financiero ha desarrollado instrumentos sofisticados de completa manipulación y engaño. Con información y conocimiento previo interno y utilizando los instrumentos del comercio especulativo los principales actores financieros tienen la capacidad para amañar a su favor los movimientos de mercado, de precipitar el colapso del competidor y de causar estragos en las economías de los países en desarrollo. Estas herramientas de la manipulación se han convertido en una parte integral de la arquitectura financiera, están insertadas en el sistema.

        El fracaso de la economía dominante

        La profesión económica, particularmente en las universidades, raramente aborda el verdadero “mundo real” en funcionamiento de los mercados. Constructos teóricos centrados en modelos matemáticos sirven para representar un mundo abstracto, de ficción, en el que los individuos son iguales. No hay distinción teórica entre trabajadores, consumidores o corporaciones, todos los cuales son considerados “operadores individuales”. En este mundo abstracto ningún individuo solo tiene el poder o la capacidad para influenciar el mercado, ni puede haber conflicto alguno entre trabajadores y capitalistas.

        Al no analizar la interacción de poderosos actores económicos en la economía de la “vida real”, se pasan por alto los procesos de fraude del mercado, de manipulación y de fraude. Los programas de economía de las universidades no examinan ninguno de los siguientes temas: la concentración y centralización de la toma de decisiones económicas, el papel de las elites financieras, los thinks tanks económicos, las salas de juntas de las corporaciones. El constructo teórico es disfuncional; no se puede utilizar para proporcionar herramientas para comprender la crisis económica.

        La ciencia económica es un constructo ideológico que sirve para justificar el Nuevo Orden Mundial. Un conjunto de postulados dogmáticos sirve para mantener el capitalismo de libre mercado negando la existencia de la desigualdad social y se niega la naturaleza movida por el beneficio del sistema. El papel de poderosos actores económicos y cómo estos actores son capaces de influenciar el funcionamiento de los mercados financieros y de mercancías no preocupa a los teóricos de la disciplina. Raramente se consideran los poderes de manipulación del mercado que sirven para apropiarse de vastas cantidades de riqueza en dinero. Y cuando se reconocen, se considera que pertenecen al reino de la sociología o de la ciencia política.

        Esto significa que los analistas de la corriente dominante raramente analizan el marco político e institucional que hay detrás de este sistema económico global formado en el curso de los últimos treinta años. La consecuencia de ello es que, con algunas excepciones, la economía como disciplina no ha proporcionado el análisis que se requiere para comprender la crisis económica. De hecho, sus principales postulados de libre mercado niegan la existencia de una crisis. El centro de atención de la economía neoclásica es el equilibrio, desequilibrio y “corrección de mercado” o “ajuste” por medio de los mecanismos de mercado, como un medio de hacer volver a la economía “a la senda del crecimiento autosostenido”.

        Pobreza y desigualdad social

        La economía política global es un sistema que enriquece a unos pocos a expensas de la inmensa mayoría. La crisis económica global ha contribuido a aumentar las desigualdades sociales tanto dentro de los países como entre estos. Bajo el capitalismo global, la pobreza cada vez mayor no es el resultado de una escasez o de una falta de recursos humanos y materiales. La verdad es más bien lo contrario: la depresión económica está marcada por un proceso de desconexión entre recursos humanos y capital físico. Se destruyen las vidas de las personas. La crisis económica está muy arraigada.

        Bastante deliberadamente se han reforzado las estructuras de desigualdad social lo que lleva no sólo a un proceso generalizado de empobrecimiento sino también a la desaparición de los grupos con ingresos medios y medios altos.

        También está amenazado el consumo de la clase media en el que se basa este modelo de desarrollo capitalista difícil de controlar. Las bancarrotas han afectado a varios de los más activos sectores de la economía de consumo. Durante varios decenios las clases medias occidentales han estado sujetas al deterioro de su riqueza material. Aunque la clase media existe en teoría, es un clase construida y mantenida por la deuda de los hogares.

        En vez de la clase media, la clase rica se está convirtiendo rápidamente en la clase consumidora lo que lleva a un incesante crecimiento de la economía de productos de lujo. Además, con el agotamiento de los mercados de la clase media para productos manufacturados se ha producido un cambio decisivo y central en la estructura de la riqueza económica. Con la desaparición de la economía civil, el desarrollo de la economía de guerra de Estados Unidos, apoyando un descomunal presupuesto de defensa de casi tres billones de dólares, ha alcanzado nuevas cotas. Mientras caen los mercados de valores y aumenta la recesión, las industrias de armas avanzadas, los contratistas militares y de seguridad nacional y las compañías de mercenarios con mucho futuro (entre otros) han experimentado un próspero y radiante crecimiento de sus diferentes actividades.

        Guerra y crisis económica

        La guerra está inextricablemente unida al empobrecimiento de las personas dentro del propio país y en todo el mundo. La militarización y la crisis económica está íntimamente unidas. Se ha sustituido la provisión de artículos y servicios para satisfacer las necesidades humanas básicas por una “máquina de matar” a la que mueve el beneficio en apoyo a la “Guerra global contra el terrorismo” de Estados Unidos. Se hace luchar a los pobres contra los pobres. Sin embargo, la guerra enriquece a la clase alta que controla la industria, el ejército, el petróleo y la banca. En una economía de guerra, la muerte es buena para los negocios, la pobreza es buena para la sociedad y el poder es bueno para la política. Las naciones occidentales, en particular Estados Unidos, gastan cientos de miles de millones de dólares al año para matar a personas inocentes en lejanas naciones empobrecidas, mientras que los propios ciudadanos sufren las disparidades de las líneas divisorias de pobreza, clase, género y raza.

        A través del libre mercado se lleva a cabo una “guerra económica” declarada cuyo resultado es el paro, la pobreza y la enfermedad. Las vidas de las personas están en “caída libre” y se destruye su poder adquisitivo. En un sentido muy real, los últimos veinte años de economía de “mercado libre” han tenido consecuencias en las vidas de millones de personas a través de la pobreza y la indigencia social.

        En vez de ocuparse de una inminente catástrofe social, los gobiernos occidentales, que sirven a los intereses de las elites económicas, han instalado un Estado policial del “Gran Hermano” encargado de enfrentarse a todas las formas de oposición y disidencia social, y de reprimirlas.

        La crisis económica y social no ha llegado en modo alguno a su climax y países enteros, incluyendo Grecia e Islandia, están en peligro. No hay más que ver la escalada de la guerra en Asia Central y Oriente Medio, y las amenazas de Estados Unidos y la OTAN a China, Rusia e Irán para ser testigo de cómo la guerra y la economía están íntimamente unidas

        Nuestro análisis en este libro

        Las personas que han participado en este libro revelan las complejidades de la banca global y su insidiosa relación con el complejo industrial militar y los conglomerados de empresas petroleras. El libro presenta un enfoque interdisciplinario y multifacético, aunque también aborda el análisis de las dimensiones históricas e institucionales. Se ponen de relieve las complejas relaciones de la crisis económica con la guerra, del imperio con la pobreza mundial. Esta crisis tiene un verdadero alcance global y unas repercusiones en todas las naciones y en todas las sociedades.

        En la primera parte se exponen las causas generales de la crisis económica global así como los fallos de la economía dominante. Michel Chossudovsky se centra en la historia de la desregulación y la especulación financiera. Tanya Cariina Hsu analiza el papel del Imperio Estadounidense y su relación con la crisis económica. John Bellamy Foster y Fred Magdoff emprenden una revisión completa de la economía política de la crisis explicando el papel central de la política monetaria. James Petras y Claudia von Werlhof proporcionan un resumen y una crítica detallados del neoliberalismo y se centran en las repercusiones económicas, políticas y sociales de las reformas de del “libre mercado”. Shamus Cooke examina el papel decisivo de la deuda, tanto pública como privada.

        La segunda parte, que incluye capítulos de Michel Chossudovsky y Peter Phillips, analiza la creciente marea de pobreza y desigualdad social resultante de la Gran Depresión.

        La tercera parte, con contribuciones de Michel Chossudovsky, Peter Dale Scott, Michael Hudson, Bill Van Auken, Tom Burghardt y Andrew Gavin Marshall, examinan las relaciones que hay entre crisis económica, Seguridad Nacional, la guerra dirigida por Estados Unidos y la OTAN y el gobierno mundial. Como afirma Peter Dale Scott, en este contexto la crisis económica crea condiciones sociales que favorecen la instauración de una ley marcial.

        La cuarta parte se centra en el sistema monetario global, su evolución y su papel cambiante. Andrew Gavin Marshall examina la historia de los bancos centrales así como las diferentes iniciativas para crear sistemas monetarios regionales y globales. Ellen Brown se centra en la creación de un banco central global y de una moneda global por medio de un Banco de Pagos Internacionales (BIS, en sus siglas en ingles). Richard C. Cook examina el sistema monetario basado en la deuda como un sistema de control y proporciona un marco para democratizar el sistema monetario.

        La quinta parte se centra el en funcionamiento del Sistema Bancario en la Sombra que desencadenó el colapso de los mercados financieros de 2008. Los capítulos escritos por Mike Whitney y Ellen Brown describen detalladamente cómo el "plan Ponzi" de Wall Street se utilizó para manipular el mercado y transferir miles de millones de dólares a los bolsillos de los banksters*.

        Estamos en deuda con los autores por su investigación minuciosamente documentada, por su análisis incisivo y, lo que es más importante, por su firme compromiso con la verdad: Tom Burghardt, Ellen Brown, Richard C. Cook, Shamus Cooke, John Bellamy Foster, Michael Hudson, Tanya Cariina Hsu, Fred Magdoff, James Petras, Peter Phillips, Peter Dale Scott, Mike Whitney, Bill Van Auken y Claudia von Werlhof han proporcionado, con la mayor claridad, herramientas para comprender los complejos y diversos procesos económicos, sociales y políticos que están afectando a las vidas de millones de personas en todo el mundo.

        Tenemos una deuda de gratitud con Maja Romano de Global Research Publishers, quien supervisó y coordinó incansablemente la edición y producción de este libro, incluyendo la creativa idea de la portada. Queremos agradecer a Andréa Joseph la cuidadosa edición del manuscrito y de los gráficos. También hacemos extensivo nuestro agradecimiento y consideración a Isabelle Goulet, Julie Lévesque y Drew McKevitt por su apoyo en la revisión y edición del manuscrito.

        Michel Chossudovsky y Andrew Gavin Marshall, Montreal y Vancouver, mayo de 2010

        *N. de la t.: Bankster es un expresivo neologismo formado sobre banquero (“banker”) y gángster.

        [1] http://globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=18851

        Fuente: http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=19025

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