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Paul Krugman: una guerra de la derecha contra los pobres…

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“Las bases republicanas son conscientes de que su condición de hombres blancos es cada vez más minoritaria. Últimamente, John Kasich, gobernador republicano de Ohio, ha dicho algunas cosas sorprendentes. En primer lugar, saboteo en la Asamblea Legislativa de su Estado controlada por su propio partido para evitar llevar adelante el programa de Obamacare, financiado con fondos federales y una pieza importante de la reforma sanitaria de Obama.

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Evidentemente, Kasich no es el primero en hacer esta observación. Pero el hecho de que venga de un republicano bien considerado (aunque, a lo mejor, ya no tanto), precisamente de alguien que tenía fama de ser un agitador de ideas conservadoras, es revelador. La hostilidad republicana hacia los pobres y los desfavorecidos se ha exacerbado hasta tal punto que en realidad el partido ya no defiende otra cosa, y solo un observador obstinado en su ceguera puede ser incapaz de verlo.Qué le está ocurriendo a la derecha republicana. La gran pregunta: ¿Por qué? A veces vemos a algunos expertos declarar que lo que mueve el Tea Party, es la preocupación por los déficits presupuestarios. Fantasías. Lean la columna de Rick Santelli, de la CNBC: no hay ni una sola mención a los déficits. En cambio, sí hay críticas contra la posibilidad de que el Gobierno ayude a los perdedores a evitar la ejecución de sus hipotecas.

Sus críticas no son acerca de la responsabilidad fiscal, pero sí acerca de cómo el Gobierno ayuda a los vagos que no lo merecen. No cabe duda de que les sigue enardeciendo la idea, de que los pobres y los desafortunados reciben la mayor ayuda posible, y así lo expresó el diputado Paul Ryan, presidente de la Comisión Presupuestaria de la Cámara de Representantes, el colchón de protección social se está convirtiendo en una hamaca en la que se acuna a gente físicamente sana para que vivan de la beneficencia y la complacencia.

Las propuestas presupuestarias de los republicanos incluyen recortes salvajes a los programas de protección social como los cupones para alimentación y el programa de salud denominado Medicare. Pero en otras crisis económicas, los Gobiernos republicanos han ayudo a los pobres. En el año 1936, cuando Alf Landon fue propuesto como candidato a Presidente por los republicanos, sus discurso hablaban sobre temas que los conservadores no hacen suyos hoy día. Se lamentaba de que la recuperación económica era lenta y de la persistencia del desempleo elevado, y atribuía la debilidad crónica de la economía a una excesiva intervención del Estado y a la incertidumbre que esta provocaba. Pero dijo: “de la depresión se desprende no solo la dificultad de la recuperación, sino también el problema igualmente grave de la protección de los desempleados hasta que se alcance la recuperación. Darles asistencia en todo momento es un deber. Nosotros, los miembros de mi partido, nos comprometemos a no descuidar nunca esta obligación”.

¿Pueden imaginarse a un candidato republicano decir algo así hoy día? Desde luego, es imposible en un partido comprometido con la idea de que los desempleados la tienen muy fácil; de que el seguro de desempleo y los vales de comida los tiene tan consentidos que no encuentran ninguna motivación para salir y buscar trabajo.

Entonces, ¿cuál es el quid de la cuestión? En un reciente ensayo, el sociólogo Daniel Little insinuaba que una de las razones es la ideología del mercado: si el mercado siempre tiene razón, entonces la gente que acaba en la pobreza es porque merece ser pobre. Y yo añadiría que algunos dirigentes republicanos representan en sus mentes fantasías libertarias de adolescentes. Pero, como afirma Little, también está el estigma que nunca se borra: la discriminación racial.

En un informe reciente citado en múltiples ocasiones, Democracy Corps, una organización de demócratas dedicada a los estudios de opinión, exponía las conclusiones de que en los grupos de debate con miembros de facciones republicanas, descubrieron que las bases republicanas son muy conscientes de su condición de hombres blancos, y en su país donde esta raza es cada vez más minoritaria, y que considerando que el sistema de protección social ayuda a los otros, no a la gente como ellos, y además vincula a la población no blanca al Partido Demócrata.

Por estas razones, concluyo que se está librando una guerra contra los pobres, coincidiendo y ahondando el padecimiento de una economía con problemas y sin soluciones inmediatas. Esta guerra puede ser definitorio de la política en los Estados Unidos.”. Agrega este compilador si los republicanos estadounidenses, se niegan ayudar a sus conciudadanos, como pensar que pueden ayudar al resto de la humanidad.

(*) Paúl Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía 2008. Publicado en “Bitácora” de Montevideo. 11/11/2013.

Written by Eduardo Aquevedo

14 diciembre, 2013 at 5:53

P. Krugman: ¿se ha terminado el crecimiento? Desigualdad y guerra de clases…

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De las perspectivas para una prosperidad a largo plazo sabemos menos de lo que pensamos

30 DIC 2012 – 00:00 CET52
                                                                                                          Planta de Mercedes en Vance, Alabama. / Bernard Troncale (Cordon Press)

La mayor parte de los comentarios económicos que se leen en la prensa se centran en el corto plazo: los efectos del precipicio fiscal sobre la recuperación estadounidense, las tensiones a las que se ve sometido el euro y el último intento de Japón de salir de la deflación. Esta atención es comprensible, dado que una depresión mundial te puede arruinar todo un día. Pero nuestros apuros actuales se acabarán con el tiempo. ¿Qué sabemos de las perspectivas para una prosperidad a largo plazo?

La respuesta es: menos de lo que pensamos.

Las proyecciones a largo plazo realizadas por los organismos oficiales, como la Oficina Presupuestaria del Congreso, por lo general dan por sentado dos cosas importantes. Una es que el crecimiento económico a lo largo de las próximas décadas se parecerá al crecimiento a lo largo de las últimas décadas. En concreto, se prevé que la productividad —el principal impulsor del crecimiento— aumente a un ritmo no muy diferente del de su crecimiento medio desde la década de 1970. Por otro lado, sin embargo, estas proyecciones por lo general dan por sentado que la desigualdad de ingresos, que se disparó a lo largo de las tres últimas décadas, solo aumentará con moderación en el futuro.

No resulta difícil entender por qué los organismos dan esto por sentado. Teniendo en cuenta lo poco que sabemos sobre el crecimiento a largo plazo, dar por hecho simplemente que el futuro se parecerá al pasado es una suposición natural. Por otra parte, si la desigualdad de ingresos sigue aumentando vertiginosamente, estamos ante un futuro distópico en el que se producirá una guerra de clases, y no es algo que los organismos gubernamentales quieran plantearse.

Así y todo, es muy probable que esta opinión generalizada se equivoque en uno o en ambos aspectos.

          Si la desigualdad de ingresos sigue aumentando, se producirá en un futuro una guerra de clases

Recientemente, Robert Gordon, de la Northwestern University, provocó un revuelo al sostener que es probable que el crecimiento económico disminuya drásticamente y, de hecho, es muy posible que la época de crecimiento que se inició en el siglo XVIII esté tocando a su fin.

Gordon señala que el crecimiento económico a largo plazo no ha sido un proceso continuo: ha sido impulsado por varias “revoluciones industriales” específicas, cada una de las cuales estaba basada en un conjunto concreto de tecnologías. La primera revolución industrial, basada en gran medida en el motor de vapor, impulsó el crecimiento a finales del siglo XVIII y a principios del XIX. La segunda, que resultó posible, en gran parte, por la aplicación de la ciencia a tecnologías como la electrificación, la combustión interna y la ingeniería química, empezó en torno a 1870 e impulsó el crecimiento hasta la década de 1960. La tercera, centrada en torno a la tecnología de la información, define nuestra época actual.

Y, como señala Gordon correctamente, los beneficios, hasta ahora, de la tercera revolución industrial, aunque son reales, han sido mucho menos importantes que los de la segunda. La electrificación, por ejemplo, fue un invento mucho más importante que Internet.

Es una tesis interesante y un contrapeso útil frente a toda la sorprendente glorificación de la última tecnología. Y aunque no creo que tenga razón, la forma en la que probablemente se equivoca tiene implicaciones igual de destructivas para la opinión generalizada. El argumento en contra del tecnopesimismo de Gordon reside en gran parte en la suposición de que los grandes beneficios de la tecnología de la información, que solo acaban de empezar, provendrán del desarrollo de máquinas inteligentes.

Si siguen estas cosas, saben que el campo de la inteligencia artificial lleva décadas rindiendo por debajo de sus posibilidades, lo cual es frustrante, ya que a los ordenadores les resulta increíblemente difícil hacer cosas que a todos los seres humanos les parecen fáciles, como entender palabras normales y corrientes o reconocer objetos diferentes en una foto. Últimamente, sin embargo, parece que se han derribado las barreras y no porque hayamos aprendido a reproducir el entendimiento humano, sino porque los ordenadores pueden ofrecer hoy día resultados aparentemente inteligentes buscando mediante patrones en enormes bases de datos.

Es verdad que el reconocimiento del lenguaje todavía no es perfecto; según el programa, una persona que llamó indignada me dijo que estaba “totalmente equivocado”. Pero eso es mucho mejor de lo que estaba hace solo unos años, y ya se ha convertido en una herramienta tremendamente útil. El reconocimiento de objetos está un poco rezagado: sigue produciendo emoción el hecho de que una red de ordenadores alimentada con imágenes de YouTube aprendiese espontáneamente a identificar a los gatos. Pero no hay un gran trecho desde esto hasta un sinfín de aplicaciones económicamente importantes.

Por eso puede que las máquinas estén listas dentro de poco para realizar tareas que actualmente requieren una gran cantidad de trabajo humano. Esto se traducirá por un rápido aumento de la productividad y, por tanto, por un crecimiento económico general elevado.

Pero —y esta es la cuestión fundamental— ¿quién se beneficiará de ese crecimiento? Por desgracia, es muy fácil sostener el argumento de que la mayoría de los estadounidenses se quedarán atrás, porque las máquinas inteligentes acabarán devaluando la contribución de los trabajadores, incluidos los trabajadores cualificados cuyas habilidades se volverán superfluas repentinamente. La cuestión es que existen buenas razones para pensar que la opinión generalizada reflejada en las proyecciones presupuestarias a largo plazo —unas proyecciones que determinan todos los aspectos de la actual discusión política— es totalmente errónea.

¿Cuáles son, entonces, las consecuencias de esta visión alternativa para la política? Bueno, es un tema que tendré que abordar en una futura columna.

Paul Krugman, profesor de Princeton, es premio Nobel de Economía de 2008

© New York Times Service 2012

Traducción de News Clip

Written by Eduardo Aquevedo

31 diciembre, 2012 at 13:43

Chile: contra la desigualdad (Velasco, Larroulet y compañía)…

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El pasado 1° de diciembre, Andrés Velasco, ex ministro de Hacienda y actual precandidato presidencial, lanzó su libro “Contra la Desigualdad: el empleo es la clave“. Allí desarrolla in extenso  la tesis, no muy novedosa, de que para disminuir la desigualdad la clave es aumentar la tasa de ocupación. Es decir, generar más y más puestos de trabajo.

No tardó mucho para que desde el actual Gobierno, las autoridades saludasen la propuesta y sacasen – de nuevo – a relucir la copiosa creación de puestos de trabajo de la administración Piñera.

Así, el argumento planteado por Velasco fue defendido (entre otros) por Cristián Larroulet, Ministro Secretario General de la Presidencia, por Hernán Larraín, senador UDI y por Luis Larraín, Director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo. Más empleo = menos desigualdad suena también muy similar a la vieja teoría del chorreo económico, – planteada en 1955 por Simon Kuznets -que sostiene que hay una parte del crecimiento económico que se rebalsará hacia la población vía puestos de trabajo y que, como consecuencia de ello, mejorará la distribución de ingresos.

Lamentablemente,  no por repetir mucho una frase, esta se vuelve verdad. Y eso ocurre con esta idea.

En los últimos 20 años en Chile se ha generado más empleo, sin embargo ello no se ha traducido en una mejora en los indicadores de desigualdad. De hecho, durante los últimos 20 meses se han creado 570 mil nuevos puestos de trabajo, la mayoría de muy mala calidad: el 55% es trabajo por cuenta propia (la mayoría de tiempo parcial y baja calificación), familiar no remunerado, personal de servicio doméstico o microempresarios que tienen menos de 5 trabajadores. El 45% restante es trabajo asalariado, pero correspondiente en un 100% a empresas contratistas o subcontratistas.Es importante dejar claro en el debate público que la mala calidad del trabajo anula cualquier efecto positivo que podría tener la creación de empleo sobre la distribución de ingresos. De hecho, tomando las 34 comunas del Gran Santiago, entre junio de 2010 y junio de 2011, habiéndose creado más de 97 mil empleos (según INE, ó 73 mil según U. Chile), la desigualdad en la distribución de ingresos -asociados al trabajo- empeoró en un 32%: el 10% más rico aumentó la brecha respecto al 10% más pobre en un cerca de 1/3. (cálculos Fundación SOL, en base a Encuesta de Empleo y Desempleo Universidad de Chile e INE).

Por otro lado, si bien existen países como los nórdicos, que han logrado la combinación perfecta de altas tasas de empleo (esto es, una gran cantidad de personas trabajando) y bajos niveles de desigualdad, también es cierto que existen muchísimos países de África Subsahariana que, con tasas de empleo y participación inclusive mayores que los escandinavos (pues gran parte de los trabajos son precarios, como lo que está pasando en Chile), siguen subsumidos en la desigualdad. Basta con ver las tasas de ocupación de Angola (64,4%), Ruanda (85,3%), Etiopía (79,5%) y Sierra Leona (65,3%) Todos ellos son países pobres y desiguales, pero altamente participativos en términos de tasas de ocupación, inclusive más que la de los países escandinavos: Noruega (63,5%), Dinamarca (59,8%), Finlandia (55,2%) y Suecia (58,4%). (Datos tomados de Key Indicators of the Labour Market de la OIT de 2010 KILM-OIT).

Estos casos muestran que, contra lo planteado por Velasco, Larroulet y compañía, “contra la desigualdad” el empleo por sí solo, no es la clave. ¿Por qué?

Parte importante de la respuesta tiene que ver con otros conductores de la desigualdad, que necesariamente deben ponerse en la balanza (informe “Growing Unequal (2008)” de la OECD). Uno de ellos es el poder de negociación que tienen los trabajadores. Descuidar la distribución inducida por sindicatos y negociación colectiva, puede no solamente esterilizar lo que se logre con más empleos, sino también empeorar la distribución, como ha ocurrido en los últimos años en Chile, donde se han generado empleos, el país ha crecido  económicamente, pero la desigualdad no ha mejorado.

La importancia de estos factores queda en evidencia al responder la siguiente pregunta ¿quién gana cuando aumenta el ingreso promedio? Tomando los datos de Estados Unidos, Emmanuel Sáez de la Universidad de California, concluye que para el período 2000-2007, el 100% del crecimiento de los ingresos de ese país cayó en bolsillos del 10% más rico. Replicando la metodología de Sáez, y haciendo uso de la encuesta Casen, tenemos que, durante el período 2000-2006 -al igual que en Estados Unidos- en Chile todo el crecimiento de los ingresos cayó en las manos del 10% más rico, en manos de la aristocracia trabajadora.

Esa realidad no se revierte sólo con más empleo.

Teóricamente suena lógico y didáctico plantear que si antes trabajaba una persona en la casa y ahora lo hacen dos, la distribución de ingresos tiene que mejorar: hay más ingresos en el hogar. Pero descuidar el “excedente productivo no remunerado” puede provocar que aún cuando trabajen dos personas, la distribución termine siendo igual, o incluso peor. Ello, como consecuencia de que las dos personas del tramo más rico se han adueñado de parte relevante de las remuneraciones que correspondían a las dos personas del tramo más pobre.

Así ocurre en Chile. En el período comprendido entre 1990 y 2009, nuestro país presenta una creciente disociación entre la productividad y las remuneraciones. En los últimos 20 años, si la productividad creció en un 90%, las remuneraciones solo lo hicieron en un 20% (tomando datos de la Encuesta Suplementaria de Ingresos del INE y para productividad datos del Banco Central de Chile). Esta brecha es el “excedente productivo no remunerado”, la productividad que debiendo ser pagada al factor trabajo, fue apropiada por los empresarios abultando su tasa de ganancia.

Preocuparse primero de crecer y de la distribución después, ha sido un concepto equivocado que el propio Banco Mundial ya lo ha señalado.

Contra la desigualdad, un elemento clave es la negociación colectiva de alta cobertura, que aumente las remuneraciones y disminuya el excedente productivo no remunerado.

Un reciente estudio de la Fundación SOL, concluye que aumentar en 10 puntos porcentuales la sindicalización mejora el Gini en un 4,3% y que aumentar el grado de centralización de la negociación colectiva (el mismo que se degradó al mínimo durante la primera etapa de la dictadura, y nunca más se tocó), mejora la distribución de ingresos en un 7,1%. También muestra que hay distintas formas de organizar la negociación colectiva y que la que tenemos en Chile es la menos eficaz en términos de mejorar la distribución de ingresos. (Para más detalles, ver propuesta de Fundación SOL).

Crear y crear más puestos de empleo sin tener una solución sincera al imperfecto sistema de negociación, puede llevarnos al desastre que viven varios de los países del “Black Africa“: pleno empleo y enorme desigualdades. De hecho hoy avanzamos por esa senda siguiendo el lugar común que el ex ministro Velasco desempolva en su último libro.

Contra la desigualdad: Velasco, Larroulet y compañía – El Mostrador.

OCDE: La brecha entre ricos y pobres alcanza su nivel más alto en 30 años…

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La OCDE pide los gobiernos que revisen los impuestos para que los ricos paguen más.- La diferencia de ingresos crece incluso en países tradicionalmente igualitarios como Alemania, Dinamarca y Suecia

A. MARS - Madrid – 05/12/2011

La desigualdad ha crecido en los países de la OCDE, que une a la grandes economías y las potencias emergentes, hasta alcanzar el nivel más alto en 30 años. Los ingresos medios del 10% más rico de la población es nueve veces el promedio del 10% de los más pobles, según el informe que acaba de hacer público la OCDE.

La brecha entre ricos y pobres ha crecido incluso en países tradicionalmente igualitarios, como Alemania, Dinamarca y Suecia, de 5 veces a una en 1980 a seis veces a uno en la actualidad. Esta desigualdad es mayor, de 10 a uno, en Italia, Japón, Corea y Reino Unidos mientras que en Israel, Turquía y Estados Unidos alcanza las 14 veces a uno.Se lleva la palma el ahora tan admirado Brasil, con una distancia en los ingresos de 50 veces a uno, aunque se ha reducido la desigualdad en la última década. Los datos alcanzan hasta 2008, con lo que no recogen el impacto de la crisis económica mundial.

España, con 11 veces a una, se sitúa por debajo de Estados Unidos, Portugal y Reino Unido, pero por encima de Alemania y Francia. La desigualdad ha disminuido desde mediados de los años 80 si se miran los datos hasta 2008, aunque si se recogen hasta 2010, las cifras de Eurostat muestran cómo la desigualdad se ha disparado.

"El contrato social se está empezando a deshacer en muchos países. Este estudio hace desvanecerse la asunción de que los beneficios del crecimiento económico goteará automáticamente a los desfavorecidos y que la mayor desigualdad fomenta la movilidad social. Sin una estrategia para el crecimiento inclusivo, la desigualdad seguirá creciendo", ha advertido esta mañana Angel Gurría, el secretario general de la OCDE, al presentar el informe en París.

La creciente desigualdad entre salarios es lo que ha disparado la brecha social, debido, por una parte, a que el beneficio ha ido mejorando para los más formandos y empeorando para los empleados de menor cualificación y, por otra, a la proliferación de trabajos a tiempo parcial o jornadas flexibles, según la OCDE. Además, los impuestos, que sirven para reducir esta desigualdades, han resultado menos efectivos en la redistribución de ingresos desde mediados de los 90.

Otro factor ha sido el recorte en los impuestos a los que más ganan, según la OCDE.

"No hay nada inevitable entre estas altas y crecientes desigualdades", ha dicho Gurría. El informe, sostiene, indica que la mejora de la formación de los trabajadores es de lejos el mejor instrumento para contener la creciente brecha entre ingresoso. Pero la OCDE también pide a los gobiernos "que resiven su sistema fiscal para asegurar que los más ricos contribuyen en su justa medida en el pago de impuestos".

 

La brecha entre ricos y pobres alcanza su nivel más alto en 30 años · ELPAÍS.com.

Chile sigue siendo el país de la OCDE con mayor desigualdad…

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Un estudio dado a conocer por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico señala sin embargo que el país, junto a México y España, integran un pequeño grupo de naciones que en el último cuarto de siglo ha logrado revertir la tendencia.

 

El coeficiente Gini de Chile – la desigualdad más alta entre los países de la OCDE
15-Abril-2011
Chile tiene el coeficiente Gini más alto entre los países de la OCDE, lo que significa la desigualdad más alta. En segundo lugar está México con un coeficiente de Gini de 0.48. Mientras la desigualdad creció en México desde mediados de los 80s hasta finales del 2000, Chile la ha reducido considerablemente. La República Checa, Suecia y Finlandia son los países de la OCDE en que más aumentó la desigualdad durante esta época. Sin embargo todavía pertenecen a los países con más igualdad en cuanto a la distribución del ingreso.

Aunque la pobreza relativa también disminuyó en Chile, todavía es muy alta. Sólo en Israel y México es mayor. Aproximadamente una de cada 5 personas es pobre en México y Chile, mientras el promedio de la OCDE es una de cada 10. Además el 38% de los chilenos reporta que le es difícil vivir de sus ingresos actuales, un porcentaje muy por encima de la media de la OCDE de 24%. Relacionado con la alta tasa de pobreza y la distribución inequitativa del ingreso es el nivel de confianza en las demás personas; el 87% de los chilenos y el 74% de los mexicanos sospechan de la gente. Con estas cifras ambos países se encuentran significativamente por arriba del promedio de la OCDE de 41%.

Fuente: http://statlinks.oecdcode.org/812011041P1G024.XLS
http://www.oecd.org/social
www.oecd.org/els/social/indicators/SAG
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Las desigualdades de ingresos en la OCDE han subido a los niveles más elevados de las últimas décadas por efecto de una mayor fractura del mercado de trabajo en parte por la globalización, según la organización, que advierte de una tendencia “políticamente explosiva” en particular con la crisis actual.

“La desigualdad está en su nivel más elevado del último medio siglo”, señaló el secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en la presentación a la prensa de un estudio sobre la cuestión que contiene datos de la evolución entre mediados de los años 80 y finales de la pasada década.

El 10 % de la población más rica en el conjunto de la OCDE recibía unas nueve veces más ingresos que el 10 % más pobre al terminar la pasada década, mientras que a mediados de los ochenta la diferencia era de unas siete veces.

En ese periodo, el agravamiento de las desigualdades ha sido bastante generalizado, en concreto en 24 de los 33 miembros del conocido como el “Club de los países desarrollados”, y sucedió en Estados de tradición más igualitaria como Alemania, Dinamarca o Suecia.

En esos la diferencia entre el 10 % más rico y el 10 % más pobre pasó de cinco a seis veces.

Mucho mayor era la brecha en Estados Unidos, con unas quince veces más ingresos en un grupo que en el otro. En este país, el 1 % más rico pasó de acaparar casi el 8 % de los ingresos en 1979 al 17 % en 2007, mientras en el otro extremo el 20 % más pobre redujo su parte en el pastel del 7 % al 5 %.

Las mayores desigualdades dentro de la OCDE, en cualquier caso, se constataron en Chile, con 27 veces más de ingresos para el 10 % más privilegiado que para el 10 % más mísero. En México la diferencia era de unas 25 veces.

Sin embargo, estos fueron dos de los pocos países que redujeron esas fracturas durante el último cuarto de siglo, y en ese mismo grupo se encuentra España, donde el diferencial se situaba en 2008 en unas once veces.

Fuera de la organización, los extremos estaban todavía más alejados en ciertos países emergentes y un ejemplo presentado en el informe es el de Brasil, con unos ingresos superiores en 50 veces para los más favorecidos, y eso pese a que allí la brecha también se ha acortado.

Aunque todavía no hay datos concretos y comparables de todos los países para los años de la crisis, la OCDE ha constatado en una docena de ellos que en un primer momento durante 2009 y 2010 las diferencias no se agravaron sobre todo por el bajón de los ingresos financieros.

El director del departamento de empleo y asuntos sociales de la OCDE, John Martin, puso el acento en que “encontrar un empleo es la mejor forma de salir de la pobreza”, y por eso lo más prometedor es promover la entrada en el mercado de trabajo de los grupos que tienen una menor representatividad.

Pero Martin reconoció que eso no basta para salir de la dinámica de la desigualdad, puesto que luego “hay que dar perspectivas de carrera”.

Gurría hizo hincapié en que “la redistribución de los ingresos debe estar en el centro de gravedad de una gobernanza responsable” no sólo por cuestiones éticas sino también “por razones económicas”.

Defendió un aumento de la fiscalidad para los más ricos, pero poniendo el acento en el 1 % con los recursos más elevados o incluso en un porcentaje inferior, porque a su juicio ahí “hay margen”, y dijo que en muchos casos su nivel de impuestos es relativamente menor que el de otros grupos de población.

Y a la cuestión de si eso no favorecería la evasión fiscal, replicó que hay mecanismos para combatir ese fenómeno, y aludió a la acción de la OCDE contra los paraísos fiscales, en el marco del Foro Global sobre la Transparencia Financiera a cuya supervisión han aceptado someterse un centenar de jurisdicciones.

Pero no quiso entrar en el debate de la conveniencia de una tasa sobre las transacciones financieras, sobre la que hay fuertes divergencias en el seno de la OCDE.

Written by Eduardo Aquevedo

5 diciembre, 2011 at 13:40

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