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El trabajo y su sociología: el VI Congreso de ALAST…

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Pablo López y Ángel Luis Lara*

DR1 La Asociación Latinoamericana de Sociología del Trabajo (Alast) celebró su sexto congreso la semana pasada. Durante cuatro días, 600 investigadores latinoamericanos, europeos y estadunidenses nos reunimos en la ciudad de México para compartir y discutir en torno a las realidades de los mundos del trabajo del presente. De los pescadores cucapás a la confección de software de código abierto, de los jornaleros de las cadenas globales agrícolas a la producción de conocimiento en las universidades, de las trabajadoras domésticas a la fabricación flexible de biotecnología, las radiografías de las realidades del trabajo actual se fueron comunicando hasta componer la imagen en movimiento de la multiplicidad de universos laborales concretos que produce el mundo en el que vivimos, las formas políticas de su regulación, las dinámicas económicas de su explotación y las experiencias de conflicto que se le resisten.

Los seminarios, los debates y la puesta en común de una cantidad ingente de investigaciones confluyeron en una idea que constituye un dato operativo para la investigación y la intervención en los territorios laborales: las clásicas concepciones del trabajo y las viejas maneras de pensarlo encogen ante la cualidad de las mutaciones que éste ha experimentado en las últimas décadas. La aparición de nuevas lógicas organizacionales, el valor productivo del conjunto de la vida o las profundas transformaciones que ha conocido la regulación de la relación social llamada trabajo, entre erosión de las relaciones salariales y dislocamiento de los equilibrios que el maltrecho derecho laboral establecía entre capital y trabajo, motivan la ampliación del horizonte de investigación y la asunción de una mayor complejidad analítica.

El congreso de la ciudad de México deja muchas ventanas y puertas saludablemente abiertas para la investigación social y para la acción. De entre ellas, destaca una idea fuerte: la vuelta a modelos productivos basados en la intensificación del trabajo se ha acompañado de un violento proceso de precarización y de individualización de las relaciones laborales. Si los años 90, en plena vorágine ideológica neoliberal, conocieron el auge de la idea del fin del trabajo, la realidad se ha encargado de ridiculizar a los responsables de semejante disparate: el trabajo está por todas partes, no tiene fin. Sin embargo, hoy es más invisible e informal que nunca. Una de las paradojas más cruciales de nuestro tiempo es que cuánto más importante es el papel del trabajo para el presente y el futuro de nuestra sociedad, más se precariza y más débil es su capacidad de resistencia.

En este sentido, la actividad de investigación concreta en multitud de sectores productivos confirma que los sindicatos tradicionales se han convertido en instituciones desconectadas de las formas de vida y de la subjetividad de los nuevos trabajadores y trabajadoras. Lo que queda por dilucidar es si la fragmentación del movimiento obrero, el carácter corporativo de muchos de sus sindicatos y su instrumentalización por parte de las empresas, son la causa o el producto del problema.

El congreso de Alast ha sido importante precisamente por haber afrontado esa y otras muchas problemáticas cruciales. Lejos de anclarse en su carácter formal de disciplina académica, la sociología del trabajo es para muchos de sus investigadores un verdadero acto de indisciplina que se coloca del lado de los trabajadores y trabajadoras, de sus esperanzas, sus rabias y sus anhelos. Pura ética. Como diría Pierre Bourdieu, un verdadero deporte de combate.

* Miembros del Grupo de Investigación en Ciencias Sociales del Trabajo Charles Babbage, de la Universidad Complutense de Madrid.

La Jornada.mx

Escrito por Eduardo Aquevedo

8 mayo, 2010 a 14:06

Poder, cultura e intelectuales. Conversación entre P. Bourdieu y H. Haacke…

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Publicado en ACCION PARALELA N’ 4

Pierre Bordieu: Usted se ha referido a los intelectuales que, para huir del desencanto frente al hundimiento de los regímenes digamos socialistas (y ésta es una hipótesis optimista: hay también una ambición de poder que busca ejercer por otros medios la influencia que no se puede ejercer por las solas armas intelectuales), se han pasado a la gestión. Desde los años 60, ciertos intelectuales -sobre todo sociólogos y economistas influidos por el modelo americano- han exaltado la figura del experto responsable o del tecnócrata gestor contra la imagen hasta entonces dominante -particularmente con Sartre- del intelectual crítico. Sorprendentemente, es sin duda la llegada al poder de los socialistas la que le otorga a esta figura su baza decisiva. El poder socialista ha suscitado sus pequeños intelectuales de corte que, de coloquio en comisión, han ocupado el primer plano de la escena, ocultando -si es que no combatiendo- el trabajo de aquellos que han continuado resistiendo en sus búsquedas en todos los órdenes.

Hans Haacke: Puede que haya ahí un conflicto irresoluble. Ningún organismo, y seguramente ni siquiera una sociedad compleja como la nuestra, puede existir sin un dispositivo gestor. No dudo en absoluto que ganamos con la presencia de intelectuales en los órganos de gestión. Pero también tengo clao que el objetivo de la gestión es sobre todo asegurar el funcionamiento antes que la reflexión o la crítica. Son responsabilidades contradictorias. Conozco, porque lo he observado personalmente, el cambio radical -seguramente inevitable- que sufren los personajes del mundo del arte cuando se pasan de la crítica a la gestión de las instituciones o la organización de exposiciones.

Pierre Bordieu: Mediante la puesta en rebajas, si es que no la demolición, del intelectual crítico, lo que está en juego es la neutralización de todo contrapoder. Estamos de más todos los que tenemos la pretensión de oponernos, individual o colectivamente, a los imperativos sagrados de la gestión. Es algo insoportable. Y ahí reencontramos otra antinomia, o cuando menos una contradicción muy difícil de superar. Las actividades de investigación, tanto en el dominio del arte como en el de la ciencia, necesitan del Estado para existir. En la medida en que, grosso modo, el valor de las obras es proporcionalmente inverso a lo extendido de su mercado, las empresas culturales no pueden existir y subsistir sino gracias a los fondos públicos. Las radios y las televisiones culturales, los museos, todas las instituciones que ofrecen «high culture», conocimientos nuevos, no existen sino por los fondos públicos, como excepciones a la ley del mercado hechas posibles por la acción del Estado, el único capaz de asegurar la existencia de una cultura sin mercado. No se puede abandonar la producción cultural a la suerte del mercado o a la graciosa complacencia de un mecenas.

Hans Haacke: A título de anécdota: en el Museo Busch-Reisinger de la Universidad de Harvard, un museo que se especializa en arte alemán, hay hoy por hoy un «curator Daimler-Benz». Es un conservador que ocupa un puesto pagado por Mercedes. Simplemente, es impensable que ese museo llegue un día a presentar mi trabajo.

Pierre Bordieu: Por definición, el estado es el único que puede representar la paradoja del «corredor libre» -tan querida por los economistas neoclásicos-: una solución no lógica, que no la hay, pero sí sociológica. Sólo el estado está en condiciones de decir -con alguna posibilidad de ser escuchado y obedecido-: cojas o no cojas el autobús, vayas o no vayas al hospital, seas negro o blanco, cristiano o musulmán, debes pagar para que haya autobuses, escuelas, hospitales abiertos a negros y blancos, cristianos y musulmanes. El liberalismo radical es evidentemente la muerte de la producción cultural libre, porque la censura se ejerce a través del dinero. Si por ejemplo yo tuviera que encontrar esponsors para financiar mi investigación, mal iría. Un poco como usted, si tuviera que buscarse la ayuda con Mercedes o Cartier. Evidentemente estos ejemplos son un poco burdos, pero creo que son importantes porque es en los casos límite donde pueden verse con claridad los enjuagues, los compromisos.

Hans Haacke: En los Estados Unidos hay una tradición muy distinta, toda vez que todas las instituciones culturales son privadas y dependen de la generosidad de los patronos y, más recientemente, de los esponsors. Lo que resulta escalofriante es que en Europa se comienza a aplicar el modelo americano. Las instituciones que se han liberado de su servidumbre al príncipe y la iglesia se colocan más y más cada vez bajo el control de las empresas privadas. Esas empresas están obligadas a tener en cuenta los intereses de su accionariado, es su razón de ser. La privatización de hecho de las instituciones culturales tiene entonces un coste terrible. En la práctica, la res-publica, lo público, desaparece. Incluso aunque los esponsors sólo financien una parte del programa, en la práctica lo condicionan por entero.

Philip M. de Montebello, experto en estos temas, ha llegado a admitir que «es una forma inherente de censura, insidiosa y oculta»1. Es difícil restablecer la situación una vez que el estado ha abdicado y las instituciones se convierten en dependientes, en el sentido más fuerte, de sus esponsors. Mientras que, a fin de cuentas y a nivel de presupuesto nacional, os contribuyentes continúan pagando la factura, las instituciones, cada una en su sector, no ven más que la reducción resultante. Cada vez más, se acostumbran a imponer limitaciones de contenido a sus programas. La gestión lo impone. De hecho, el patrón de Cartier nos ha advertido implícitamente que el entusiasmo de los esponsors no está garantizado eternamente. En una entrevista declaraba: «La cultura está de moda. Estupendo. Mientras eso ocurra hay que aprovecharse»2. Es ingenuo pensar que el Estado va a retomar su responsabilidad en materia de cultura cuando los Cartier del mundo ya no se interesen en ella.

Pierre Bordieu: De hecho es ahí donde volvemos a encontrar la antinomia. Hay un cierto número de condiciones de existencia de una cultura crítica que no pueden ser aseguradas sino por el estado. En breve: debemos esperar -e incluso exigir- del Estado instrumentos de libertad frente a los poderes económicos, pero también frente a los políticos: es decir, frente al estado mismo. En cuanto el Estado se pone a pensar y actuar desde la lógica del rendimiento y la rentabilidad, -en materia de hospitales, escuelas, radios, televisiones, museos o laboratorios-, entonces todas las más altas conquistas de la humanidad se ven amenazadas: todo aquello que se refiere al orden de lo universal, del interés general, del que el Estado, quiéralo o no, es el garante oficial.

Por eso es necesario que los artistas, los escritores e intelectuales, que tienen a su cargo algunos de los más singulares hallazgos de la humanidad, aprendan a servirse, contra el Estado, de la libertad que el propio Estado asegura. Es preciso que trabajen, sin escrúpulo ni mala conciencia, para impulsar el crecimiento del compromiso del estado y a la vez a mantenerse vigilantes frente a la propia empresa del Estado. Por ejemplo, y si nos referimos a la ayuda del Estado a la creación cultural, hay que luchar a la vez por el aumento de dicha ayuda a las empresas culturales no comerciales y por el aumento del control social sobre el empleo de dicha ayuda. Por el aumento de la ayuda, contra la tendencia más y más asentada a medir el valor de los productos culturales en función de lo extenso de su público, y a condenar pura y simplemente, como hace la televisión, las obras sin público. Y por el aumento del control ejercido sobre dicha ayuda porque si el éxito comercial no garantiza el valor científico o artístico la falta de tal éxito tampoco, y no cabe excluir por principio. Por ejemplo, entre los libros difíciles de publicar sin subvención puede haberlos que no merezcan ser publicados.

De manera más general, me parece obligado esforzarse en evitar que el mecenazgo de estado, que obedece a una lógica muy parecida a la del mecenazgo privado, pueda permitir a los detentadores del poder oficial construirse una clientela -como hemos visto ha ocurrido recientemente con las compras a pintores y anticipos sobre la taquilla para el mundo del cine- o incluso una verdadera corte de «escritores», «artistas» e «investigadores». Sólo reforzando a la vez la ayuda del estado y los controles sobre el empleo de dicha ayuda -y en particular sobre las derivas privadas de los fondos públicos- conseguiremos escapar en la práctica a la alternativa de «estatalismo» o «liberalismo» en la que los ideólogos del nuevo liberalismo intentan atraparnos.

Hans Haacke: Sí: es seguramente ahí donde reside nuestra responsabilidad.

Pierre Bordieu: Desgraciadamente, los ciudadanos y los intelectuales no están preparados para ejercer esa libertad frente al Estado, sin duda porque esperan demasiado a título personal: carreras, condecoraciones, la ridícula clase de cosas por las que tienen Estado y son tenidos por él. Y luego está la ley -que podemos llamar ley Jdanov- que hace que cuanto más débil y poco reconocido sea un productor cultural según las leyes específicas de su propio universo y entorno, tanto más tenga necesidad de la intervención de poderes exteriores, tanto más esté dispuesto a apelar a esos poderes (sea la Iglesia, el partido, el dinero o el Estado, según lo momentos y lugares) para imponerse en su propio campo. Robert Dranton ha hecho una contribución importante al pensamiento realmente crítico recordándonos que buena parte de los revolucionarios franceses eran descendientes de la bohemia de los escritores y los intelectuales fracasados3. Marat era un intelectual malvado que envió a la guillotina a más de un buen intelectual. El mecenazgo de Estado corre siempre el riesgo de favorecer a los mediocres, siempre más dóciles. En 1848 había un gobierno de izquierda, el hermano de Louis Blanc era el ministro de Cultura, y era un pintor pompier el que se encargaba de hacer el retrato de la República…

Y sabemos bien que, más globalmente, el progresismo en materia de política no va necesariamente aparejado con ningún radicalismo estético -y ello por razones sociológicas más que evidentes. Un pensamiento verdaderamente crítico debe comenzar con una crítica de los fundamentos económicos y sociales del propio pensamiento crítico. Es muy frecuente que, como Vd. mismo ha recalcado en todo momento, un pensamiento verdaderamente crítico deba realmente oponerse también a aquellos que administran justificaciones críticas de pensamientos y prácticas realmente conservadoras, o que no se adhieren a las posiciones críticas sino porque no dan la talla (falta de competencia, en realidad) para ocupar las posiciones normalmente asociadas al conservadurismo.

Hans Haacke: No hay duda de que los fondos públicos siempre pueden ser usados para sostener a los pompiers o alimentar un arte oficial. Si hablamos del encargo público -un sector extremadamente expuesto a las presiones políticas- hay en efecto muchos ejemplos espantosos. Pero si comparamos esos encargos públicos y las compras privadas, veremos que la situación no mejora, sino que va a peor. Lo que cuenta es, siempre, la inteligencia y la independencia de los responsables. Las obras de la exposición de «Arte degenerado» de los nazis venían todas exclusivamente de colecciones públicas. Eso quiere decir que pese a la oposición del emperador y las autoridades que, desde 1918 y como él, no entendían nada de arte, los directores de los museos alemanes habían adquirido un buen número de importantes obras de la vanguardia de aquel tiempo. Otro ejemplo: la comparación entre las adquisiciones de arte contemporáneo del MoMA de Nueva York, institución privada que depende en primer lugar de las donaciones, y las del Centro Pompidou demuestra que los funcionarios franceses han podido ser más audaces y han reunido con fondos públicos una colección más importante en el sector más «arriesgado», desde el punto de vista del mercado, la moral o la ideología.

Pierre Bordieu: Un sistema público concede más margen de libertad; pero en todo caso esa libertad hay que saber utilizarla…

Los filósofos adoran plantear la cuestión de la libertad del filósofo profesor-funcionario. De hecho, es muy importante que existan profesores de filosofía sostenidos por el Estado. Pero a condición de que ellos sepan utilizar verdaderamente esa libertad ligada al hecho de que son titulares de una posición garantizada por el Estado, y que incluye la libertad de, eventualmente, pronunciarse contra el Estado, contra el pensamiento del Estado. Pero esas opiniones en realidad no le debilitan, o no menos que lo alimentan … Y los poderes estatales hábiles saben muy bien cómo pueden manipular a los artistas, invitarlos a los partis del Elíseo, etc. Dicho lo cual, sigue siendo cierto que siempre que haya un curator arriesgado, él puede elegir con riesgo. Mientras que si está financiado por empresas privadas entonces no puede.

Hans Haacke: Puede que por ejemplo falte más coraje al nuevo conservador de las galerías de contemporáneo del Centro Pompidou -que tiene menos que sus colegas de antaño. Antes de su designación, fue conservador de la Foundación Cartier …

Pierre Bordieu: ¿Y cuál es el estatuto del curator en Graz? ¿Es funcionario estatal?

Hans Haacke: La situación en Graz es un poco compleja. Cada otoño desde el 68 se organiza un fesival cultural, el Otoño Estirio. Está financiado por el ayuntamiento de Graz, la provincia Estiria y el gobierno austríaco de Viena.

Pierre Bordieu: O sea, que es una manifestación ocasional. No tiene una estructura permanente.

Hans Haacke: Werner Fenz, el curator encargado de organizar la sección de artes plásticas del festival en el que yo participé, es el conservador de la Neue Galerie, el pequeño museo de arte contemporáneo de la ciudad de Graz.

Pierre Bordieu: Parece muy audaz …

Hans Haacke: Lo es. Y afortunadamente, no está solo. Para el veinte aniversario del festival, los organizadores han decidido conmemorar otro aniversario, el de la «Anschluss», la anexión de Austria por Hitler en 1938. Dieciséis artistas han sido invitados a crear obras destinadas a ser instaladas temporalmente en lugares públicos que jugaron un papel importante en el régimen nazi. Werner Fenz ha explicado su programa con una claridad admirable: «Puntos de referencia -que es el título de la exposición- intenta incitar a los artistas a tratar con la historia, la política y lo social, para así reivindicar un espacio intelectual hoy por hoy abandonado a la indiferencia cotidiana, en una regresión progresiva, desconsiderada y manipulada». Mi propuesta fue disimular una estatua de la Virgen en el centro del pueblo, como hicieron los nazis en el 38, bajo un obelisco cuajado de insignias hitlerianas y añadir un balance de los muertos asesinados por los nazis en la provincia Estiria.

Cuando lo propuse pensaba que ese proyecto iba a ser imposible de realizar. Pero no quería participar en la exposición sino con él. Los funcionarios podían haber dicho que mi proyecto resultaba demasiado caro. O podían haberlo rechazado aludiendo a razones de seguridad, en una región que todavía cuenta con demasiados simpatizantes nazis. También podían haber invocado el respeto a la virgen, como hizo un periódico local cuando mi memorial a los muertos del nazismo recibió una bomba incendiaria. Pero, y pese a todos esos posibles argumentos, el proyecto se realizó. El ayuntamiento, dirigido por los socialistas, y la provincia -gobernada por conservadores-, colaboraron. Y como esperaba, el memorial jugó un papel de catalizador de la conciencia histórica entre las gentes de Graz. Creemos que la censura y la autocensura están por todas partes -y es verdad, existe. Pero si probamos sus límites, podemos encontrarnos de cuando en cuando que hay agujeros en el muro, que podemos perforar. Puede ocurrir que las cosas puedan hacerse, pese a que las imaginemos imposibles.

Pierre Bordieu: Los universos sociales se han vuelto muy complicados: son el resultado de combinaciones de juegos muy complejos y separados. Y nadie puede controlarlos. Puede ocurrir, por la concurrencia de un ministerio contra otro, de una oficina contra otra, en un mismo universo, o entre distintos universos… todo puede ocurrir. Depende muy frecuentemente de una sola persona, pero si sabe sacar partido del «juego» que comportan siempre las estructuras.

Hans Haacke: O es una persona o es una constelación anómala de circunstancias, como la que conocí en Berlín tras la caída del muro y la reunificación. Si no se intenta, nunca ocurre. Y si se consigue, ello constituye un precedente en el que podemos apoyarnos para ir más allá.

Pierre Bordieu: Para retomar de nuevo lo que decíamos a propósito del «clima» intelectual, podemos proponer que, teniendo en cuenta que se tiene tendencia a renunciar a emprender una actuación determinada en función de sus pocas posibilidades de éxito, el clima que tiende a desacreditar a los intelectuales críticos, que tiende a rebajar la estimación de posibilidades de hacer las cosas y triunfar en ellas, contribuye a favorecer una forma de autocensura; o peor, un sentimiento de desmoralización y desmovilización. Es por eso que actuaciones como las suyas tienen, en los tiempos que corren, mucho valor. Tienen, como diría Max Weber, el valor de «profecías ejemplares».

Hans Haacke: En la obra de Graz, como en la de Berlín o Königsplatz de Munich no aporto realmente informaciones nuevas. Pero sí en otras, como la que se refiere a los vínculos entre Philip Morris y el senador Helms, que contienen una parte de información hasta ese momento desconocida, y que en consecuencia producen un efecto de revelación. A partir de mis investigaciones sobre las maniobras de fabricación de cigarrillos, que hizo saber a todo el mundo que «el desarrollo de la empresa pasa por el arte», me encontré con una pequeña bomba informativa: el espónsor de la Declaración de Derechos no sólo subvencionaba las campañas electorales de Helms, como yo suponía, sino que también los cowboys de Philip Morris habían donado 200,000 dólares para abrir un museo en su honor, destinado a difundir los «valores americanos» que él representaba. Incorporé esa noticia dentro de un collage facsímil de otro de Picasso que había formado parte de la exposición Braque-Picasso que Phiplip Morris esponsorizó en el MoMA, reemplazando los fragmentos de periódicos originales por extractos de la prensa actual. El New York Times y otros periódicos hicieron amplios informes de mi descubrimiento y recogieron también las embarazosas declaraciones de los portavoces de la empresa. En protesta contra la ayuda prestada por Philip Morris al enemigo del arte y los gays, muchos artistas se retiraron de eventos esponsorizados por Philip Morris. Hubo ecos de ese boicot hasta en Berlín. Finalmente, el espónsor de Helms dedició donar dinero para la lucha contra el sida, y hacerlo público.

Pierre Bordieu: Demostró que un hombre prácticamente solo puede producir efectos inmensos rompiendo la baraja, transgrediendo la ley y exponiéndola al escándalo, el instrumento de acción simbólica por excelencia. O por lo menos, que no es preciso optar entre la acción colectiva, la manifestación en masa o el refugio en un partido, y la apatía individual, la renuncia y la resignación.

Hans Haacke: Lo que nos ayudó, seguramente, fue que Jesse Helms tenía muy pocos amigos en la prensa neoyorkina. Y también que esa revelación coincidió con el gran debate en los Estados Unidos sobre los riesgos de fumar. Incluso el ministerio de sanidad acusó a Philip Morris de ser un «mercader de muerte». La impertinencia que cometió al presentarse como aval de los Derechos Humanos, se volvió en su contra.

Una política de la forma.

Pierre Bordieu: En el punto en que nos encontramos, me parece que convendría reflexionar sobre el hecho de que el proceso de autonomización del mundo artístico -con respecto a mecenas, academias, al Estado…- ha venido acompañado de una renuncia a determinadas funciones, en particular políticas. Y que uno de los efectos que su trabajo produce es el de reintroducir esa función. Dicho de otra forma: la libertad que los artistas han ido conquistando a lo largo de la historia, y que se limita a las formas, usted la extiende tambien a la función. Lo que lleva al problema de la percepción de sus obras: los hay que se interesan en la forma y son incapaces de percibir su función crítica, los hay que se interesan en la función crítica y no perciben la forma, mientras que en realidad la necesidad estética de la obra se refiere al hecho de que se dicen ciertas cosas, pero en la forma precisa, necesaria y subversiva, en que son dichas.

Hans Haacke: Creo que el público de lo que llamamos arte raramente es homogéneo. Siempre hay una tensión entre los que se interesan sobre todo en aquello que es contado y aquellos que privilegian la manera. Ni los unos ni los otros pueden apreciar la obra de arte en todo su valor. Las «formas» hablan y el contenido se inscribe en las formas. El conjunto está inevitablemente impregnado de significaciones ideológicas. Y no es distinto en el caso de mi trabajo. Los hay que se interesan por el tema y la información…

Pierre Bordieu: El mensaje.

Hans Haacke: …implícita o explícita. Puede que se sientan reforzados en sus opiniones cuando se dan cuenta que no son los únicos en pensar así. Nos place encontrar cualquier cosa que nos ayude a articular nuestras ideas difusas y darles una forma más nítida. Así que predicar la conversión -como se suele decir- no es del todo una pérdida de tiempo. Buena parte de la publicidad y todos los candidatos a una elección lo hacen, y no les falta razón. Frente a los simpatizantes hay gente en desacuerdo, entre ellos los que intentan eliminar mi obra -hay muchos ejemplos espectaculares. Las tentativas de censura demuestran, cuando menos, que los censores piensan que la exposición de mis obras puede traer consecuencias. Entre esos dos extremos, hay un público curioso, pero sin una opinión fija. Y entre ellos mi obra encuentra gente dispuesta a reexaminar sus posiciones. Correspoden, grosso modo, con ese público flotante que los expertos en marketing o relaciones públicas consideran el encargado de aumentar el mercado de un producto o de una opinión. Es también en ese sector «flou» donde se sitúa buena parte de la prensa. Aunque evidentemente se trata de un esquema muy general.

En el grupo de los que se interesan prioritariamente por eso que hemos venido llamando «forma» -y cada vez que empleo esta dicotomía, para mí tramposa, me siento mal-, hay un grupo importante de estetas que piensan que toda referencia política contamina el arte, introduciendo aquello que Clement Greenberg llamaba ingredientes «extra-artísticos». Para estos estetas, esto es periodismo, o peor: propaganda, comparable a la propaganda estalinista o a la de los nazis. Ignoran, entre otras cosas, que mi trabajo está muy lejos de ser apreciado por el poder. En el origen de su argumento está la hipótesis de que los objetos que constituyen la historia de arte han sido producidos en un vacío social, y consecuentemente no revelan nada sobre el entorno de su nacimiento. La verdad es en cambio que los artistas son muy conscientes de las determinaciones sociopolíticas de su tiempo. Muy frecuentemente, ellos producen sus obras para servir a objetivos muy específicos. La situación en Occidente se ha vuelto muy compleja desde el siglo XIX, con la desaparición de los encargos eclesiales y la realeza.

Pero ya el arte de la burguesía de los países bajos en el XVII demostró que continuaba siendo una manifestación de ideas, actitudes y los valores del clima social colectivo y de los personajes específicos de su tiempo. Y nada ha cambiado en eso. Las obras de arte -y quiéranlo o no los artistas- son siempre expresiones ideológicas: incluso si no están hechas para clientes identificables en un momento dado. En tanto marcas de poder y capital simbólico -espero que la utilización de sus términos sea correcta- esas obras cumplen un papel político. Muchos de los movimientos del arte de este siglo -pienso en fracciones importantes de los constructivistas, dadaistas y del surrealismo- tenían objetivos explícitamente políticos. Me parece que una insistencia específica sobre la «forma» o el «mensaje» supondría una especie de separatismo. Tanto una como otro son altamente políticas. Por lo que se refiere a la función de propaganda de todo arte, me gustaría añadir que la significación y el impacto de un objeto nunca está fijado a perpetuidad.

Depende siempre del contexto en el que se analiza. Afortunadamente, la mayoría de la gente no se conforma con la presunta pureza del arte. Es evidente que en el mundillo del arte se interesan muy particularmente por las cualidades específicamente visuales de mi trabajo: se preguntan cómo ellas se inscriben en la historia del arte y si desarrollo formas nuevas, procedimientos nuevos. Se es más hábil para descifrar las formas en tanto que significantes, y hay una apreciación mlara de las técnicas. De modo que las gentes que son capaces de identificar las alusiones políticas, los simpatizantes de mi mundillo, gustan de encontrar las referencias a la historia del arte, inaccesibles a los profanos. Creo que una de las razones por las que mi trabajo es reconocido por un público tan diverso es que ya dos fracciones que yo he distinguido tan groseramente -evidentemente, la cosa es más compleja- tienen pese a todo la certeza de que las «formas» expresan un «mensaje»; y que el «mensaje» no se transmitiría sino a través de una «forma» adecuada. La integración de ambos elementos es lo que cuenta.

Pierre Bordieu: ¿Quiere Vd. decir que, incluso cuando privilegian uno de los dos aspectos, intuyen confusamente la presencia del otro?

Hans Haacke: Sí, eso creo.

Pierre Bordieu: ¿Y que perciben que sus obras son doblemente necesarias: desde el punto de vista del mensaje y desde el de la forma, y de la relación entre ambos?

Hans Haacke: Lo que también cumple un papel importante es el contexto. El contexto en el que el público se encuentra con mi obra. Hay una diferencia entre encontrarlo en lugares públicos, como en Graz, Munich o Berlín, y encontrarlo en museos o, incluso para audiencias más especializadas, en las galerías de arte. Las dos últimas categorías de audiencia consideran sin duda mi obra como arte, aunque discutan su calidad artística -como hace Hilton Kramer. En cambio, los peatones que se lo encuentran en la calle lo miran de otra manera.

A menudo yo trabajo deliberadamente para un contexto específico. Así que el entorno social y político del lugar de exposición cumple un papel, tanto o más que la propia arquitectura del espacio. Las circunstancias simbólicas del contexto son muy frecuentemente mi material esencial. Un trabajo realizado específicamente para un lugar dado, por tanto, no puede ser desplazado y mostrado igualmente en cualquier otro. Por lo mismo, la significación de los elementos físicos dependen a menudo de su contexto. Que no es necesariamente estable. Por ejemplo, la estrella de neón de Mercedes girando sobre un gran edificio que nos encontramos entrando en París por el Norte en tren no significa lo mismo que esa misma estrella en lo alto del Europa Center de Berlín (sobre todo, depués de la caída del Muro), o esa misma estrella colocada por mí en uno de los miradores de las fortificaciones del mismo muro.

Pierre Bordieu: Ese es uno de los tópicos que la autonomización del arte ha roto: el efecto museo arranca la obra de cualquier contexto, reclamando la mirada «pura». Es también ese reencuentro con el contexto lo que su obra restablece. Lo que Vd. dice tiene en cuenta la circunstancia en que se dice. El buen lenguaje es el que cumple a un propósito y lo alcanza eficazmente. Es eso lo que hace del ejemplo de Graz un caso extraordinario, justamente el tratamiento que el público da a la obra; es un poco como si Vd. hubiera provocado a las gentes a quemar la obra. ¿Había Vd. previsto algo así?

Hans Haacke: No desde luego la bomba incendiaria. Pero habíamos tomado precauciones, por supuesto. Había guardianes durante la noche. Sea cual sea el carácter de una escultura contemporánea, tenemos suficiente experiencia como para saber que por el mero hecho de estar en el espacio público invita al vandalismo.

Por lo que se refiere al trabajo para un contexto dado, me gustaría añadir que, como ocurre con múltiples otras cuestiones que atañen a la teoría y sociología del arte, tiene un precedente en la obra de Duchamp. Cuando presentó su «Fuente» en la exposición de los Independientes anónimamente, la planteó deliberadamente para un contexto específico. Lo sabía bien, porque era miembro de esa sociedad neoyorquina y podía imaginarse las reacciones de sus colegas. Y jugó con ellas…

Pierre Bordieu: Sí, pero paradójicamente hacía un poco lo contrario de lo que Vd. hace. Se servía del museo como contexto descontextualizador, si se puede decir. Es decir: tomamos un urinario y, por el hecho de colocarlo en e museo, alteramos su naturaleza en tanto el museo va a operar sobre él el efecto que produce sobre todos los objetos expuestos. Ya no es un tríptico o un crucifijo ante el que se va a orar, sino una obra de arte que vamos a contemplar.

Hans Haacke: Hoy por hoy es una reliquia, pero en 1917 fue un escándalo. Para empezar, Duchamp logró desenmascarar los criterios de sus colegas, que pedían que ese objeto fuera excluido del universo artístico. Cuando su amigo Arensberg lo compró, los criterios cambiaron. De golpe, ese urinario fue contemplado como diferente a todos los otros cientos de urinarios que podían comprarse -seguramenente más baratos- en cualquier tienda de sanitarios de Nueva York. Pero su significación había cambiado. De esa forma Duchamp había desvelado para la historia las reglas del juego, el poder simbólico del contexto…

Pierre Bordieu: Pero Vd. minimiza la novedad de lo que Vd. hace en comparación a aquello. Por supuesto que participa de la misma lógica. Pero usted reintroduce un contexto que ya no es únicamente el museo, sino la Villa de Graz, sus habitantes, los nazis, …

Hans Haacke: Creo que la mayoría de los que pasean por Graz se relacionan con mi trabajo no tanto como arte, sino como manifestación política. De tal forma que su incendio también tuvo que ser contemplado como una acción política. Sólo en el contexto del mundillo cultural se interpretó también como un atentado contra el arte. Si un artista sale de su medio, como yo hice en Graz -y no fuí el único- entonces implica simultáneamente varias esferas sociales diferentes. Las categorías de clasificación a las que estamos acostumbrados saltan por los aires.

Me parece que la «guetización» del arte es un fenómeno reciente. Hubo tentativas de salir por parte de Tatlin, Heartfield y otros. Rodchenko concebía la propaganda como fusión del arte y la acción social. Pero esas tentativas pasaron ya a formar parte de la historia del arte. Los museos, las galerías y las colecciones privadas acuerdan los valores simbólicos -y por supuesto también económicos- de ciertos objetos, y les ofrecen un espacio protegido importante e incluso una tribuna. Pero después de todo este tiempo, queda un cierto malestar.

Me pregunto si ese sentimiento no tiene su origen en una cierta comprensión romántica de la situación del arte, y en un malentendido profundo a propósito del papel que cumple ese gueto separado de lo artístico en la práctica contemporánea -y pienso si no hay una contradicción entre los términos «gueto» y «tribuna» que he utilizado. ¿Qué interés tendrían las empresas en esponsorizar un enclave cerrado? ¿Por qué el senador Helms y los neoconservadores se afanan tanto en lo que ocurre por aquí? ¿Y cómo se explica que el puesto de director del Beaubourg o del Whitney de NY no sean concebidos como meros puestos administrativos, que podrían ser cubiertos por cualquier antiguo alumno de la escuela de arte o la Academia del Louvre y sus equivalentes en los Estados Unidos?

Pierre Bordieu: ¿Puede extenderse sobre estas alusiones?

Hans Haacke: Hay un debate sobre la dirección de los museos que va más allá de lo que se dice cuando se les acusa de ser sucursales de los marchantes de NY u otros lugares. Quienes hablan del contexto en que las obras son creadas suelen ser acusados de marxistas, etiqueta altamente estigmatizante. La práctica más habitual consiste en descontextualizar los objetos, como si se tratara de presentar colecciones de mariposas exóticas. Esa forma de concebir los museos elude toda consideración del campo social del que provienen las obras -y aunque los creadores aludan a él. Sin duda es una práctica políticamente prudente. Pero conlleva la neutralización del arte.

Las instituciones artísticas, un poco como las escuelas, son lugares de formación. Influyen en nuestra forma de vernos a nosotros mismos y de considerar las relaciones sociales. Y como en otras sucursales de la industria de la conciencia, nuestros valores se negocian en ella de modo sutil. Si se quiere, es un campode batalla en que se enfrentan distintas concepciones ideológicas de lo social. El mundo del arte, contrariamente a lo que se cree, no es un mundo aparte. Lo que en él sucede expresa la sociedad global y sus repercusiones. En tanto las relaciones no son mecánicas y la complejidad de los frentes no permite una identificación inequívoca, no es fácil demostrar esa interdependencia arte-sociedad. Funciona menos en los detalles que a nivel del clima social. Pero como ya la metáfora metereológica sugiere, lo que ocurre en las geografías particulares no puede olvidarse. El concepto de clima es débil, pero estoy seguro de que es así, de un modo casi imperceptible, como se deciden las direcciones globales que adopta nuestra sociedad.

Pierre Bordieu: Dicho lo cual se entiende que, según las formas del arte, el corte, la separación entre arte y sociedad, sea mayor o menor. De hecho hay formas artísticas que instituyen ese corte, que viven de él.

Hans Haacke: Pero incluso ésas tienen una influencia sobre eso que hemos llamado el clima…

Pierre Bordieu: Al menos negativamente. No haciendo lo que podrían hacer…

Hans Haacke: A comienzos de los años 80, una docena de años más tarde de la revolución cultural de los 60, hubo un resurgir de la pintura neo-expresionista. La llegada de esa moda, acompañada del retorno de la pintura tradicional al primer plano de la escena artística, señaló al mismo tiempo el declive de un período rico de experimentación, análisis y compromiso social. Siguiendo la moda, la Documenta de 1982 postuló, grosso modo, la restauración del mundo mítico, del individuo contra lo social, del artista semi-dios que plantea su desafío al mundo, del Rambo. Eso se correspondió con la llegada en los Estados Unidos de Reagan a la Casa Blanca y poco después de Kohl a la cancillería alemana.

Margaret Thatcher ya estaba desmantelando el estado del bienestar en beneficio de la libre empresa, mientras su amigo americano se preparaba para defenderse del Imperio del Mal en la Guerra de las Galaxias. Charles Saatchi, el patron del emporio publicista que hacía las campañas de Maggie compró masivamente la nueva pintura, contribuyendo así a elevar su cotización. Por supuesto que el trabajo «no chic» continuó haciéndose subterráneamente, en la oscuridad, y hubo jóvenes que se implicaron en nuevas tentativas críticas que no serían reconocidas hasta mucho más tarde. Sería injusto acusar a los artistas o al entorno que hizo fortuna en esas circunstancias de, conscientemente, haber apoyado la política de los conservadores en el poder. Pero por lo menos a nivel de clima, creo que hubo una colaboración4 de mutuo beneficio.

Notas
Este texto recoge dos epígrafes de una larga conversación entre Haacke y Bordieu publicada originalmente en Libre-echange, Seuil, Paris, 1994.
1 «A word from our sponsor», Newsweek, 25 Nov 85, p. 98. (HH).
2 Alaijn-Dominique Perrin, «Le mécénat français: la fin dun préjugé» interview de Sandra d’Aboville,Galeries Magazine, num. 15, Paris, Oct-nov, 1986, p. 74 (HH).
3 Robert Dranton, Bohème littéraire et Revolution. Le monde des livres au xviii siecle, Gallimard-Seuil, 1983.
4 Diez años más tarde, Jan Hoet, el director de la Documenta de 1992, excluyó formalmente toda obra con alusiones políticas explícitas. En cambio, optó por lo que llamaba el misterio, lo infamiliar… (HH).

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P. Bourdieu: intelectuales y pensamiento crítico. Entrevista.

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Entrevista a Pierre Bourdieu de Martín Granovsky

bourdieu77 “En la diferencia está el gusto”, sostiene, y no habla sólo de cepajes para un buen tinto. Así dice Pierre Bourdieu, sociólogo, uno de los investigadores sociales más importantes de la actualidad, en una entrevista en París para discutir el papel del intelectual, su obligación de anticipar las nuevas tendencias y el deber de ponerse en una posición crítica. La conversación resultó un viaje a fenómenos muy evidentes sin el aburrimiento de las respuestas previsibles.

Publicado en Pagina/12

La pila de libros sobre historia, sociología, delito, lingüística o movimientos sociales deja ver sólo algunos retazos de la enorme mesa de madera negra. Pierre Bourdieu, profesor del Collège de Francia, habla mirando de reojo al ventanal con su vista de árboles en primavera. Saco y pantalón sport, camisa de jean, tiene un aspecto juvenil que lo ayuda a quitarle tono apocalíptico a sus propios anticipos del futuro.

Bourdieu, que analizó en sus libros desde la televisión hasta la “dominación masculina”, acaba de publicar Las estructuras sociales de la economía. No es un sociólogo corporativo, que defiende a su profesión como una secta. “La mayor parte de los intelectuales europeos están sometidos a la visión dominante”, dice. Pero, ¿lo contrario no equivaldría a dejar de ser sociólogo para transformarse en profeta? “La gente comprende la dirección de los acontecimientos, pero muchas veces lo hace tarde”, explica. “Y a veces, entiende cuando ya no hay mucho que hacer.”

–¿Su función como intelectual es adelantarse?

–Como sociólogo tengo más información que la mayoría de la gente, y puedo anticipar cosas que hoy no son visibles. Por ejemplo: en los últimos tiempos hubo la mayor concentración de estos días en Francia en protesta por una serie de despidos (Bourdieu se refiere a las empresas Danone y Mark & Spencer). Yo lo había previsto, y cuando lo hice me dijeron que era un pájaro de mal agüero. Pero ocurrió. O sea que no fui el culpable de la mala suerte. Naturalmente creo en las excepciones, pero me interesa atisbar cómo serán las tendencias futuras.

–¿Cuál tendencia pesa hoy?

–En su momento escribí que quienes detentaban el poder querían aumentar sus ganancias a niveles increíbles. Por ejemplo, a un 10 o 15 por ciento anual. Por eso consideré que es la tasa de ganancia la que gobierna el mundo y, cuando lo dije, me acusaron de exagerado. Pues bien: Danone despidió muchos empleados argumentando que debía asegurar una tasa de ganancia del 15 por ciento a sus accionistas.

–¿Usted cree que no lo toman en cuenta?

–En cuestiones sociales, la gente necesita mucho tiempo para comprender. Pasó con la educación: llevó muchos años darse cuenta de que la institución escolar estaba cambiando. En los años ‘60, las clases populares aún soñaban con el milagro del bachillerato.

–¿Estaba mal que se esperanzaran?

–La realidad es que, muy lentamente, fueron descubriendo que las cosas cambiaban pero que el bachillerato no garantizaba nada por sí mismo. A veces temo que la gente se despierte cuando sea demasiado tarde.

–¿Por qué sería tarde?

–La profundidad de cambios en Inglaterra, Francia o Alemania hace difícil volver atrás. Incluso para los sindicatos todo es más complejo. Hoy hay una conferencia europea de sindicatos. Durante mucho tiempo, la Confederación General del Trabajo, una de las centrales sindicales francesas, quiso entrar al organismo. No lo dejaban. Estaba excluida por razones ideológicas. Y bien: ahora pudo. Pero resulta que los sindicatos a nivel europeo se convirtieron en un lobby regional para discutir problemas tecnocráticos. Y cuando se planteó la movilización contra los despidos de los últimos tiempos la protesta surgió de los movimientos marginales, más que de los sindicatos.

–¿La protesta está condenada a ser débil?

–Yo señalo la nueva realidad. Lo que seguro es falso es pensar que la superexplotación puede provocar reacciones por sí misma. Eso es una ilusión. Las fuerzas de protesta hoy son débiles.

–¿Por qué?

–Un ejemplo: los jóvenes entran más fácilmente en las nuevas formas de trabajo.

–¿Cómo son esas nuevas formas? –El oficio específico importa menos que antes. Hay discontinuidad en la misma tarea dentro de la empresa. El empleo muchas veces es temporario.

–¿Eso lleva a que los jóvenes choquen?

–Bueno, en la empresa suele haber conflictos intergeneracionales.

–¿Es creíble la teoría según la cual desaparecerá el trabajo?

–No. Pertenece a la utopía. Las estadísticas muestran que la gente nunca trabajó tanto. En los Estados Unidos, para poner un caso, nunca había aumentado tanto la jornada laboral. Y también aumenta la edad de jubilación. Y se incrementa la precariedad.

–¿En qué se nota?

–Para llegar a un salario que dé para vivir las mismas personas se ven obligadas a trabajar mucho, mucho más. Eso, para no hablar de incomodidades como el tiempo de viaje de casa al trabajo.

–¿Aumenta?

–Un amigo mío hizo un estudio sobre la distancia entre el hogar y el empleo en Normandía. Descubrió que a medida que pasaban los años los obreros vivían más lejos del trabajo. Y quizás esto sea deliberado.

–¿Deliberado?

–Tal vez estemos en presencia de nuevas formas de gestión para cambiar el sistema de trabajo y hacer más difícil cualquier tipo de resistencia.

–Profesor, ¿es inevitable la forma actual de mundialización?

–Describir las cosas como fatales es algo deliberado. Apunta a destruir barreras, incluso intelectuales. Si usted destruye barreras, cada vez encontrará menos resistencias.

–Pero el tipo de resistencia también cambia.

–Sí. Las nuevas formas de resistencia son discontinuas, aunque en su favor hay que decir que tienen, eso sí, un gran efecto simbólico.

–¿Y podrían ser eficaces?

–Yo apoyo la formación de una corriente social europea para coordinar los sindicatos y los movimientos sociales.

–¿Cómo son esos movimientos hoy?

–Nuclean a los sin techo, a los desempleados, a las feministas, y muchas veces plantean problemas ajenos a las organizaciones sindicales. Problemas más afines a los izquierdistas, en el sentido antiguo de la palabra.

–¿A los ultraizquierdistas?

–Más bien a los anarcosindicalistas. Pero en la propia CGT existe una tradición anarcosindicalista.

–Estos movimientos, ¿pueden compararse con los del Mayo Francés de 1968?

–Los actuales tienen más raíces sociales, y esgrimen reivindicaciones olvidadas, en parte, por los partidos socialdemócratas, cosa que naturalmente inquieta al gobierno socialista. También sus métodos son nuevos: las acciones son cada vez más espectaculares, los protagonistas suelen tener más instrucción que los de los sindicatos tradicionales y emplean un compromiso físico cada vez mayor.

–¿Tienen futuro?

–La unificación de los movimientos es difícil e improbable, pero debo decir que avanza más rápido de lo que yo mismo pensaba. Y es porque hay elementos concretos contra los que protestar. Pongamos el caso de los artistas. La cultura y la salud están amenazadas, y experimentarán a largo plazo consecuencias hoy invisibles de medidas visibles. Lo mismo pasa con la agricultura y la biotecnología.

–¿En qué perjudica la mundialización?

–Hace muchos años dijeron que yo exageraba porque expliqué en una conferencia que si continuaban practicando la agricultura actual desaparecerían las diferencias. Borgoña sería lo mismo que Bordeaux, y hasta los vinos terminarían pareciéndose.

–¿Cómo sucedería eso?

–Por la destrucción de la capa superficial de la tierra. Bueno, resulta que eso empezó a pasar. La gente pregunta: ¿ahora qué hacemos? Les contesto: reconstruyamos el suelo, pongamos gusanos.

–¿Por qué le interesa tanto mantener las diferencias?

–Porque sería una lástima perderlas.

–¿Por qué un francés debería preocuparse tanto como usted de conservar las diferencias entre Borgoña y Bordeaux?

–Porque en la diferencia está el gusto. A más diferencia, más gusto. ¿Acaso a alguien le gusta comer un solo tipo de manzana?

–Usted dice que presentar la mundialización como algo fatal es un acto deliberado. ¿Cómo podría generarse una oposición a los efectos más dañinos de la mundialización? ¿Quiénes deberían empezar?

–Los que se den cuenta de los costos escondidos de la ganancia maximizada. Antes en los Estados Unidos decían: “Lo que es bueno para Ford, es bueno para los norteamericanos”. Ahora en todo el mundo se dice: “Lo que es bueno para la economía es bueno para todos”. Y no es así. No hay provecho para todos.

–¿Qué costos notorios hay?

–Los que mencioné antes. Y el daño ecológico. Pero también la violencia. Hay relaciones muy obvias. En los Estados Unidos, la política neoliberal extrema y la cantidad de cárceles son correlativos. Lo mismo ocurre con la relación entre la miseria y el sida. A más neoliberalismo, más cárceles, y más encarcelados. A más pobres, más sida.

–¿No es un planteo maniqueísta? ¿La mundialización no tiene ninguna ventaja?

–En todo caso, no tiene sólo ventajas.

–Pero usted plantea sólo las desventajas.

–No hay que olvidarse de que yo hablo en reacción al discurso dominante. Y el discurso dominante no dice nunca lo que yo digo. Algunos me acusan de parcialidad. Es una paradoja que sea yo el que suene parcial. Claro, quedo como un excéntrico porque el otro discurso aparece como universal. No sólo soy excéntrico, según ese criterio. También bizarro. Y exagerado.

–¿La suya es una posición moral?

–Digamos que fui pasando de una actitud profesional a una actitud pública. Hice público lo que estaba aprendiendo en mi vida profesional. Me parece que ése era mi deber.

–¿Por qué un deber?

–Si sé que ocurrirá una catástrofe y no lo aviso, estoy cometiendo algo parecido a un delito de no asistencia a una persona en peligro. Hace un tiempo tuve la oportunidad de discutir el problema de la mundialización de la cultura con productores y gente del sector. Muchos de ellos pensaban de buena fe que la concentración de empresas formaría conglomerados poderosos, y que ese poder contribuiría a la difusión de la cultura. Yo les dije que estaban equivocados. En el cine las diferencias se están borrando igual que entre Borgoña y Bordeaux. Ya no hay más cine italiano, no hay cine húngaro, hay cine francés solo por ayuda del Estado. Lo mismo pasa con las editoriales, cada vez más concentradas. Bertelsman, la alemana, puso un piso de ganancias que debe obtener. Por eso algunos libros no serán publicados por ellos, y una segunda categoría será la de los libros que se publiquen pero sean menos difundidos. En general, la concentración destruye las condiciones de producción cultural de productos sin mercado amplio y seguro. Volvemos al pasado, cuando en la historia de la humanidad las grandes obras tuvieron mercado póstumo y éxito póstumo. Sus autores no lo vivieron.

–¿No hay, al mismo tiempo, un acceso cada vez más masivo a la cultura?

–Sí, pero sólo en apariencia. Todo está amenazado por el proceso de concentración económica.

–Usted investigó mucho sobre educación, según comentó antes. ¿También allí se registra el mismo proceso?

–El número de escolarizados aumentó y eso tuvo consecuencias profundas, no buscadas, en todos los ámbitos. Cuando Francia y Alemania se sintieron al borde de la explosión de alumnos, en lugar de inventar nuevas formas educativas solo se preocuparon de bajar costos y exigencias. De ese modo empezó a haber, y la tendencia parece profundizarse, dos velocidades educativas.

–¿Incluso en la educación estatal?

–Sí.

–¿Cuáles son las dos velocidades?

–Una de mayor exigencia. Otra, de exigencia menor. Si esto no se revierte, habrá un sistema internacional de mayor velocidad, dominado por las instituciones con matriz en los Estados Unidos, y otro de menor velocidad, y de segundo nivel, con base en los sistemas educativos nacionales. Como en todo, ¿no? Lo que digo es una constatación…

–¿Y no es fatal?

–No. Con las constataciones ocurre que uno puede quedarse en ellas o puede tomarlas como punto de partida para implementar una política distinta. O se refuerza la tendencia social, o se la combate. Está muy bien saber inglés, pero, ¿en este mundo todos tendremos que jugar al golf y al criquet?

Más ganancias, menos cultura*, por P. Bourdieu

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Pierre Bourdieu

BOURDIEU2 ¿Es posible todavía, y será posible por mucho tiempo, hablar de producciones culturales y de cultura? A los que hacen el nuevo mundo de la comunicación, y que son hechos por él, les gusta referirse al problema de la velocidad, los flujos de información y las transacciones que se vuelven cada vez más rápidos, y sin duda tienen razón en parte cuando piensan en la circulación de la información y la rotación de los productos. Dicho esto, la lógica de la velocidad y la del lucro que se reúnen en la búsqueda de la máxima ganancia en el corto plazo (con el rating en el caso de la televisión, el éxito de venta en el del libro -y, muy evidentemente, el diario-, el número de entradas vendidas en el de la película) me parecen incompatibles con la idea de cultura.

Cuando, como decía Ernst Gombrich, se destruyen las condiciones ecológicas del arte, el arte y la cultura no tardan en morir. Como prueba, podría limitarme a mencionar lo ocurrido con el cine italiano, que fue uno de los mejores del mundo y que sólo sobrevivía a través de un pequeño puñado de cineastas, o con el cine alemán, o con el cine de Europa oriental. O la crisis que sufrió en todas partes el cine de autor, por falta de circuitos de difusión. Sin hablar de la censura que pueden imponer los distribuidores a determinados filmes -el más conocido es el de Pierre Carles-. O también el destino de alguna cadena radiocultural, hoy en liquidación en nombre de la modernidad, el rating y las connivencias mediáticas.

¿Arte o mercancía? Pero no se puede comprender realmente lo que significa la reducción de la cultura al estado de producto comercial si no se recuerda cómo se constituyeron los universos de producción de las obras que consideramos como universales en el campo de las artes plásticas, la literatura o el cine. Todas las obras que se exponen en los museos, todos las películas que se conservan en las cinematecas, son producto de universos sociales que se constituyeron poco a poco independizándose de las leyes del mundo ordinario y, en particular, de la lógica de la ganancia.Para que lo entiendan mejor, he aquí un ejemplo: el pintor del Quattrocento -se sabe por la lectura de los contratos- debía luchar contra quienes le encargaban obras para que éstas dejaran de ser tratadas como un simple producto, valuado según la superficie pintada y al precio de los colores empleados; debió luchar para obtener el derecho a la firma, es decir el derecho a ser tratado como autor, y también por eso que, desde fecha bastante reciente, se llaman derechos de autor (Beethoven todavía luchaba por este derecho); debió luchar por la rareza, la unicidad, la calidad; debió luchar, con la colaboración de los críticos, los biógrafos, los profesores de historia del arte, etcétera, para imponerse como artista, como creador.

Es todo esto lo que está amenazado hoy a través de la reducción de la obra a un producto y una mercancía. Las luchas actuales de los cineastas por el final cut y contra la pretensión del productor de tener el derecho final sobre la obra, son el equivalente exacto de las luchas del pintor del Quattrocento. Los pintores necesitaron casi cinco siglos para conseguir el derecho de elegir los colores empleados, la manera de emplearlos y finalmente el derecho a elegir el tema, especialmente al hacerlo desaparecer con el arte abstracto, para gran escándalo del burgués que encargaba la obra. Del mismo modo, para tener un cine de autor se requiere un universo social, pequeñas salas y cinematecas que proyecten los clásicos y frecuentadas por los estudiantes, cineclubes animados por profesores de filosofía, cinéfilos formados en la frecuentación de dichas salas, críticos sagaces que escriban en los Cahiers du cinéma, cineastas que hayan aprendido su oficio viendo películas de las cuales pudieran hablar en estos Cahiers; en pocas palabras, todo un medio social en el cual determinado cine tiene valor, es reconocido.Son estos universos sociales los que hoy están amenazados por la irrupción del cine comercial y la dominación de los grandes difusores, con los cuales deben contar los productores, excepto cuando ellos mismos son difusores: resultado de una larga evolución, hoy han entrado en un proceso de involución.

En ellos se produce un retroceso: de la obra al producto, del autor al ingeniero o al técnico que utiliza recursos técnicos, los famosos efectos especiales, y estrellas, ambos sumamente costosos, para manipular o satisfacer las pulsiones primarias del espectador (a menudo anticipadas gracias a las investigaciones de otros técnicos, los especialistas en marketing).Reintroducir el reino de lo comercial en universos que se han constituido, poco a poco, contra él, es poner en peligro las obras más nobles de la humanidad, el arte, la literatura e incluso la ciencia.No creo que alguien pueda querer esto realmente. Recuerdo la célebre fórmula platónica: Nadie es malvado voluntariamente. Si es cierto que las fuerzas de la tecnología aliadas con las fuerzas de la economía, la ley del lucro y la competencia, ponen en peligro la cultura, ¿qué hacer para contrarrestar ese movimiento? ¿Qué se puede hacer para favorecer las oportunidades de aquellos que sólo pueden existir en el largo plazo, aquellos que, como los pintores impresionistas de antaño, trabajan para un mercado póstumo?

Buscar la máxima ganancia inmediata no es necesariamente obedecer a la lógica del interés bien entendido, cuando se trata de libros, películas o pinturas: identificar la búsqueda de la máxima ganancia con la búsqueda del máximo público es exponerse a perder el público actual sin conquistar otro, a perder el público relativamente restringido de gente que lee mucho, frecuenta mucho los museos, los teatros y los cines, sin ganar a cambio nuevos lectores o espectadores ocasionales. Una inversión rentable. Si se sabe que, al menos en todos los países desarrollados, la duración de la escolarización sigue creciendo, así como el nivel de instrucción medio, como crecen también todas las prácticas estrechamente relacionadas con el nivel de instrucción (frecuentación de los museos y los teatros, lectura, etcétera), se puede pensar que una política de inversión económica en los productores y los productos llamados de calidad, al menos en el corto plazo, podría ser rentable, incluso económicamente (siempre que se cuente con los servicios de un sistema educativo eficaz).

De este modo, la elección no es entre la mundialización -es decir la sumisión a las leyes del comercio y, por lo tanto, al reino de lo comercial, que siempre es lo contrario de lo que se entiende universalmente por cultura- y la defensa de las culturas nacionales o de tal o cual forma de nacionalismo o localismo cultural.Los productos kitsch de la mundialización comercial, el jean o la Coca-Cola, la soap opera o el filme comercial espectacular y con efectos especiales, o incluso la world fiction, cuyos autores pueden ser italianos o ingleses, se oponen en todos los sentidos a los productos de la internacional literaria, artística y cinematográfica, cuyo centro está en todas partes y en ninguna, aun cuando haya estado durante mucho tiempo y quizá todavía esté en París, sede de una tradición nacional de internacionalismo artístico, al mismo tiempo que en Londres y Nueva York.

Así como Joyce, Faulkner, Kafka, Beckett y Gombrowicz, productos puros de Irlanda, Estados Unidos, Checoslovaquia y Polonia fueron hechos en París, igual número de cineastas contemporáneos como Kaurismaki, Manuel de Oliveira, Satyajit Ray, Kieslowski, Woody Allen, Kiarostami y tantos otros no existirían como existen sin esta internacional literaria, artística y cinematográfica cuya sede social está ubicada en París. Sin duda porque es allí donde, por razones estrictamente históricas, se constituyó hace mucho y ha logrado sobrevivir el microcosmos de productores, críticos y receptores sagaces necesario para su supervivencia.Repito, hacen falta muchos siglos para producir productores que produzcan para mercados póstumos.

Es plantear mal los problemas oponer, como a menudo se hace, una mundialización y un mundialismo que supuestamente están del lado del poder económico y comercial, y también del progreso y la modernidad, a un nacionalismo apegado a formas arcaicas de conservación de la soberanía. En realidad, se trata de una lucha entre un poder comercial que intenta extender a todo el universo los intereses particulares del comercio y de los que lo dominan y una resistencia cultural, basada en la defensa de las obras universales producidas por la internacional desnacionalizada de los creadores.

Quiero terminar con una anécdota histórica que también tiene que ver con la velocidad y que expresa correctamente lo que debían ser, en mi opinión, las relaciones que podría tener un arte liberado de las presiones del comercio con los poderes temporales. Se cuenta que Miguel Angel mantenía tan poco las formas protocolares en sus relaciones con el papa Julio II, quien le encargaba sus obras, que éste se veía obligado a sentarse muy rápidamente para evitar que Miguel Angel se sentara antes que él. En un sentido, se podría decir que intenté perpetuar aquí, muy modestamente, pero de manera fiel, la tradición, inaugurada por Miguel Angel, de distancia con respecto a los poderes y muy especialmente a estos nuevos poderes que son las fuerzas conjugadas del dinero y los medios.

*Copyright Clarín y Le Monde, 1999. Traducción de Elisa Carnelli

Reestructuración, flexibilidad y segmentación de los mercados de trabajo en América Latina, E. Aquevedo

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REESTRUCTURACIÓN, FLEXIBILIDAD Y SEGMENTACIÓN DE LOS MERCADOS DE TRABAJO TRABAJO EN AMERICA LATINA, por Eduardo Aquevedo S.

Texto publicado en la revista Papeles de Población, Revista Indexada (ISI), México, Nº 26.


La finalidad de este texto es abordar, de manera obligadamente sintética, los nuevos procesos socio-económicos que se están registrando en América Latina durante las últimas décadas, y particularmente el referido a las relaciones entre los fenómenos de flexibilización y sus efectos en los mercados de trabajo y procesos democráticos en varios países de la región. Una atención especial se presta a los procesos de precarización de la fuerza de trabajo en una gran cantidad de países de la región, con la extensión del trabajo temporal, con y sin contrato, y a la subsiguiente reducción de los costos salariales en los diferentes sectores de la economía.


I.- Elementos de contexto: un periodo de transición

El sistema económico mundial vive un período de profundas mutaciones y reestructuraciones desde hace por lo menos un par de décadas, cuyos impactos sobre la estructura y dinámica de los mercados de trabajo en América Latina, así como, por lo demás, en muchas otras regiones del mundo, es tan sólo una de sus manifestaciones visibles. Sus impactos son también profundos en otros ámbitos, tales como los modelos de desarrollo en general, las estructuras de clase, las relaciones internacionales y de poder, las prácticas culturales, etc., al punto de configurar en los hechos una situación de transición hacia una nueva etapa del desarrollo capitalista cuyas configuraciones particulares son sin duda difíciles aún de prever. Por ello constituyen, en consecuencia, un tema absolutamente abierto. Las tendencias principales que contextualizan el fenómeno que nos acupa en este texto son varias, de las cuales destacaremos a continuación las cuatro siguientes:

A] La revolución científico-tecnológicas (RCT) en curso.

Esta RCT está basada prioritariamente en la micro-electrónica y en las tecnologías de la información (informática, telecomunicaciones, etc.). En torno a estas nuevas matrices tecno-científicas se articulan actividades de investigación, descubrimientos y aplicaciones cada vez más amplias y decisivas en diversos dominios (nuevos materiales, biotecnologías, nuevas fuentes energéticas, etc.). Este fenómeno, empujado y catalizado principalmente por procesos económicos crecientemente exigentes y complejos a partir de la segunda guerra, retroactuó a la vez sobre dicha dinámica económica, incorporando nuevos vectores o fuentes de productividad y otorgándole niveles aún más altos de complejidad. Lo que interesa destacar aquí es que este proceso consolida la (relativamente) nueva simbiosis entre economía, ciencia y técnica, que comienza a plasmar en determinadas áreas o territorios (periféricos y centrales) una dinámica de crecimiento – concentrador, excluyente y desigual – pero, en todo caso, extremadamente importante y virtualmente ilimitada de las fuerzas productivas con decisivos impactos a escala mundial. Ahora bien, en virtud de esta RCT, no sólo la ciencia y la tecnología en general, sino que específicamente el conocimiento y la información se transforman en factores decisivos de los procesos productivos, tanto en los países centrales como en los países semi-periféricos de mayor dinamismo (Corea del Sur y Taiwan, por ejemplo), en la medida que incorporan dichas nuevas tecnologías en sus actividades productivas. Acotemos sólo que este inmenso proceso, traducido también en un fuerte imperio de la tecnociencia, tiene igualmente consecuencias ambiguas, contradictorias y ambivalentes en los diferentes niveles del sistema mundial, con predominio probable de aquellas de signo negativo.

B] La centralidad de la regulación mercantil.

El desarrollo histórico del capitalismo se caracteriza por una constante extensión de la actividad mercantil, así como de la salarización. Sin embargo, nunca este proceso de mercantilización avanzó con tanta rapidez y profundidad como durante las últimas décadas. El hombre, la sociedad y el propio planeta tienden pues a subordinarse rápidamente a la lógica mercantil, al punto que no pocos pretenden que las relaciones de mercado son «inherentes a la naturaleza humana». Como lo indica Polanyi [1983], la sociedad se transforma progresivamente en un simple «auxiliar del mercado».

En consecuencia, el mercado – principalmente en la región occidental del planeta – no sólo se convierte a grandes zancadas en el único regulador de la economía, sino también en el regulador central de la sociedad. Constituido así en «la fuente y matriz del sistema», el mercado reduce inexorablemente las relaciones humanas, ambientales y sociales a relaciones estrictamente económicas o monetarias. La jerarquía entre los componentes de la dinámica social sufre pues profundos trastrocamientos. Las actividades económico-mercantiles tienden a la vez a autonomizarse de los demás componentes (políticos, religiosos, culturales, etc.), y a subordinarlos. Y al interior del espacio económico, el sector industrial pierde terreno en beneficio del sector servicios, y las actividades directamente productivas son dominadas por las de tipo monetario-financiero. En este sentido, la fuerte hegemonía de las políticas monetaristas o librecambistas de inspiración neoliberal en zonas dominantes del planeta, por un lado se explica por su gran coherencia e identificación con esta tendencia mercantilista de fondo, profunda, que se retroalimenta a través de múltiples vectores, que marca la realidad contemporánea de las últimas décadas, y, por el otro, no hacen sino propagarla y profundizarla.

C] La mundialización (o globalización) económica y social.

En efecto, no sólo los mercados, sino también el capital, la producción, la gestión, la fuerza de trabajo, la información y la tecnología se organizan en flujos que atraviesan las fronteras nacionales. Si bien la actividad productiva (medida en volúmenes de producción e intercambio) de las empresas de los países centrales continúa orientada, en lo fundamental, hacia sus respectivos mercados internos, es indiscutible que la mundialización o globalización de los procesos productivos aparece ya como el parámetro director. No obstante los volúmenes preponderantes de intercambio asumidos en el marco de los Estado-Nación y el peso creciente de los procesos de integración regional, lo concreto, en efecto, es que las economías nacionales son cada vez menos unidades pertinentes de contabilidad económica (M.Castells [1991; 1998]). La competencia y las estrategias económicas, tanto de las grandes como de las pequeñas y medianas empresas, tienden a definirse y a decidirse en un espacio regional, mundial o global.

La globalización aparece entonces como una resultante esencial, al mismo tiempo que la forma o modalidad concreta asumida por el proceso de mercantilización indicado antes. La mercancía y su intercambio – auténtico y complejo fenómeno socio-económico de autorregulación y auto-organización –, traspasa pues las fronteras, horada ideologías, echa abajo muros, modifica conciencias y comportamientos, estimula e incorpora el progreso técnico, hace crecer simultáneamente la riqueza y la pobreza, integra minorías y excluye mayorías, unifica (y a veces también divide) países, regiones y territorios y, por último, después de no pocos rodeos y tergiversaciones, tiende a imponer su ley al planeta entero, en cada una de sus dimensiones. En lo inmediato, en todo caso, parece evidente que este fenómeno no reversible es sustentado principalmente por las grandes firmas multinacionales y responde preferentemente a sus intereses.

D] Un nuevo “orden” económico internacional.

Pero ese proceso de mundialización o globalización del mundo moderno y de sus estructuras económicas en particular se acompaña simultáneamente de otra tendencia, referida más específicamente a su contenido. Ella tiene que ver con la configuración de un nuevo orden económico mundial. Aproximadamente veinte años de crisis, de integración masiva del progreso técnico en los procesos productivos, de reestructuración y modernización, de cambios notables en la división internacional del trabajo y de mundialización de los procesos productivos, etc., han hecho posible en efecto la emergencia progresiva de un sistema u « orden » económico internacional profundamente transfigurado, caracterizado esencialmente por tres sub-tendencias, que por razones de espacio nos limitaremos sólo a enunciar: a) cuasi estagnación persistente o lento crecimiento de la economía global y, simultáneamente, creación de condiciones de una nueva dinámica de crecimiento centrada en determinadas áreas o territorios del planeta, apoyado en el uso intensivo de las nuevas tecnologías (ello no se identifica pero se vincula a la denominada “nueva economía” (cf. R. Dornbusch, 2000; A. Gorz, 1999); b) aumento considerable de la brecha entre países y poblaciones pobres y ricas a nivel mundial (Cf. PNUD, 1999; L. Thurow, 1996); y c) una configuración abiertamente piramidal, polarizada y jerarquizada de la estructura de la economía-mundo, que tiende hacia desequilibrios crecientes.

II.- Reestructuración internacional y flexibilización

Los elementos anteriores, entonces, permiten situar en un contexto más amplio fenómenos como los procesos de reestructuración y de flexibilización registrados en el último periodo. Desde los años 70, en efecto, con el agotamiento del crecimiento y de los modelos de desarrollo de postguerra, es evidente que las más poderosas instituciones financieras y económicas internacionales debieron abocarse a enfrentar la crisis y a promover o incitar (con mayor o menor coordinación y sin que ello exprese necesariamente una “confabulación”) la edificación de un nuevo orden económico internacional, que difiere considerablemente del precedente.

A las rigideces y altos costos operativos del régimen fordista en el centro, y de una taylorización heterogénea, tradicional e ineficiente en los países periféricos, se comenzó de hecho a propiciar patrones de acumulación y modos de regulación flexibles, transformándose así la flexibilización de los sistemas productivos y de los mercados de trabajo en un verdadero paradigma a escala internacional. No hay misterio en el hecho de que el FMI, el Banco Mundial, la OCDE, además de los gobiernos de los principales países desarrollados, transformaron esta opción en una auténtica ortodoxia desde, a lo menos, comienzos de los años 80 en adelante (el denominado Consenso de Washington data de inicios de los años 80), y en un instrumento clave para superar la crisis estructural iniciada o evidenciada en la década anterior.

En todo caso, puede sostenerse que, más allá de ciertos dogmatismos y de utilizaciones abusivas de la flexibilización en desmedro de la fuerza de trabajo, esta orientación tenía y tiene fundamentos serios. Parece difícil objetar en el plano teórico, en efecto, una orientación que cuestione y busque superar las evidentes rigideces y anacronismos del fordismo y del taylorismo, y que promueva cambios en favor de una mayor flexibilidad de los procesos productivos y de las relaciones sociales (D. Laborgne y A. Lipietz, 1992).

El problema es que este gran viraje internacional, esta gran mutación, carece totalmente de inocencia o neutralidad y, por el contrario, tiene objetivos económicos y sociales bastante precisos: contribuir, por una lado, a una importante reducción de los costos de producción del sistema, de manera de acrecentar los márgenes de ganancia y eventualmente fortalecer o relanzar la acumulación de capital en un espacio internacional crecientemente internacionalizado o/y globalizado; y, por el otro, que este esfuerzo recaiga principalmente sobre la fuerza de trabajo, obligándolo por diversas vías a ceder una parte del excedente que ésta había logrado llegar a controlar, a través del incremento de los salarios directos e indirectos, hasta comienzos de los años 80. De hecho, como es sabido, se han registrado importantes transferencias de excedentes desde el trabajo hacia el capital a escala internacional, y ello se manifiesta visiblemente en los deterioros persistentes de la distribución del ingreso constatados año a año por organismos como el PNUD y la CEPAL, entre otros.

La flexibilidad, entonces, ha hecho ya progresos importantes en el Norte y en el Sur, y se ha transformado de hecho en un soporte y en una orientación decisivos de las políticas económicas durante la última década. En América Latina es una práctica que se implementa desde hace ya más de dos décadas, siendo Chile uno de los países que ha hecho el recorrido más largo y quizás más exitoso por esta vía. Pero en la última década, según lo señalan la OIT y la CEPAL, ella se implanta, aunque no sin dificultades y resistencias, en la mayoría de los países latinoamericanos, y especialmente en México, Argentina, Colombia, Perú, El Salvador, Brasil, Ecuador y Panamá, mediante modificaciones de mayor o menor profundidad de sus respectivas legislaciones laborales.

III.- Hacia mercados de trabajo fuertemente segmentados

Por de pronto digamos que esta nueva orientación, muy propia y característica de la denominada “nueva economía” en gestación a escala internacional, ha producido modificaciones profundas en los mercados de trabajo de cada país, haciéndolos cada vez más duales o segmentados. Hay evidencias cada vez más sólidas en el sentido de que se avanza en el sur (así como también en el norte) de nuestro continente hacia mercados caracterizados, de un lado, por un núcleo progresivamente declinante de trabajadores de mayor calificación y productividad, con contratos más estables o indefinidos, con coberturas sociales más amplias, con condiciones de trabajo más dignas y, desde luego, con salarios en promedio más altos; y, del otro, por un sector o segmento de trabajadores de menor calificación y productividad, con contratos a tiempo parcial, temporales, o incluso sin contrato, y con salarios en general notoriamente más bajos.

Según datos aportados por la CEPAL y la OIT, este segundo sector del mercado de trabajo representa todavía una porción minoritaria de la fuerza de trabajo global, esto es, no más del 30%. Sin embargo, mientras el sector estable o protegido tiende a estagnar o retroceder, el sector precarizado crece rapidamente, especialmente durante la última década. Porque, en verdad, de eso se trata: del nacimiento y desarrollo de un segmento de trabajadores crecientemente precarizados, tanto en sus relaciones contractuales con el empleador, cada vez más frecuentemente un empresario subcontratista, como en lo que se refiere a las condiciones de trabajo y a sus niveles de salario.

En estudios recientes y convergentes de especialistas de la OIT y de la CEPAL se constata que el grado de precarización resultante del crecimiento de los trabajadores temporales, con o sin contrato, ha aumentado en todas las ramas de actividad y en todos los países, con excepción de los servicios personales en Argentina. En dichos estudios se observa que este proceso ha sido relativamente más pronunciado en la actividad comercial y en los servicios. El menor aumento relativo de la precarización se observa en la industria (excepto en argentina, donde aumentó casi 4,5 puntos por ciento), y en la construcción, que ya registraba desde antes un alto grado de precariedad. Se constata además que la precarización en Perú ha sido más alta, incrementándose en un 30% en la industria y en un 41% en los servicios. Ahora bien, estos datos referidos en particular a los trabajadores temporales, también es válido para otras categorías, como los empleados a plazo fijo.

III.- Subcontratación, trabajo temporal y reformas laborales

La extensión creciente del empleo temporal tiene como contrapartida, en América Latina así como en otras latitudes, la afirmación del empresario subcontratista como figura central, esto es, como intermediario privilegiado e indispensable entre el trabajador temporero o a plazo fijo y la gran empresa. El subcontratista es parte entonces de este nuevo triángulo mediante el cual la gran empresa externaliza una parte importante de sus costos, reduciendo en particular los gastos salariales, y también externaliza una considerable parte de los riesgos vinculados, por ejemplo, a la resistencia social o sindical. En este sentido el empresario contratista no sólo es necesario al reforzamiento del potencial de acumulación de la gran empresa, sino que también debe ser considerado como elemento consubstancial de las estrategias de flexibilización implementadas en nuestra región.

Una característica central de estas nuevas evoluciones en las sociedades latinoamericanas, como consecuencia de los mencionados procesos de flexibilización de las relaciones laborales, es, pues, el crecimiento del trabajo por tiempo determinado, y particularmente del trabajo temporal. Esta es, sin duda, la coordenada principal que determina y explica los procesos de precarización del empleo (Cf. A. Sotelo, 1999).

En las líneas que siguen, entonces, haremos una referencia especial a algunas de las tendencias principales que caracterizan a este segmento de creciente importancia de los mercados laborales de América Latina, para luego subrayar algunas conclusiones al menos provisorias.

Cabe recordar que entre las décadas del 70 y del 90 se han registrado profundas reformas a la legislación laboral vigente sobre las modalidades de contratación en la mayor parte de los países de la región. A diferencia de la legislación anterior, de carácter más proteccionista, que priorizaba ampliamente el contrato de duración indefinida y en donde los contratos temporales eran más bien una excepción, en las nuevas legislaciones ambas formas de contrato son, en el mejor de los casos, puestas en el mismo lugar, sin preferencia formal por uno u otro. Ahora bien, esta reforma en materia de contratación implica al menos dos orientaciones básicas. Por un lado, se amplían significativamente las situaciones en las que se justifica recurrir a la contratación temporal, así como la extensión de la duración de los mismos. Y por el otro, se otorga explícitamente una mayor facilidad legal para recurrir a la subcontratación de trabajadores, sea a través de empresas privadas de colocaciones o incluso, en algunos casos, de cooperativas.

De acuerdo a estudios concordantes, los resultados que se pretenden alcanzar con dichas reformas son esencialmente cuatro (Cf. V. Tokman/ D. Martínez, 1999). Primero, posibilitar que el empleador ajuste con mayor flexibilidad y menor costo el tamaño de la plantilla de trabajadores a los requerimientos variables de la demanda, permitiendo así reducir los costos laborales, como se dijo ya antes. Segundo, permitir reducir el costo de contratación, en la medida que el salario pagado al trabajador a tiempo determinado sea inferior al de un trabajador permanente, como en realidad ocurre en la mayoría de los casos. El resultado debiera significar una reducción en el costo laboral promedio, y si la productividad es constante o creciente, ello se traduciría en una mayor competitividad de la empresa. Tercero, el menor costo relativo de contratación de trabajadores temporales debería generar un aumento de la demanda por este tipo de trabajadores; Cuarto, en fin, como resultado de lo anterior, de manera general debería aumentar la elasticidad ingreso-empleo asalariado; esto es, el crecimiento generaría una mayor creación de puestos de trabajo asalariado.

Digamos, por de pronto, que este resultado tiende también a verificarse, creando una masa creciente de “ocupados pobres”, es decir, de empleados con muy bajos ingresos. Hoy, en efecto, la categoría de pobreza se refiere a una subcategoría de ocupados o empleados, a diferencia del pasado en que la pobreza era estrictamente sinónimo de desempleo.

IV.- Tendencias principales

Observando ahora más detenidamente los resultados ya logrados y no sólo esperados, me permitiré destacar tres hechos o tendencias principales, que, en lo esencial y sin entrar en mayores detalles en honor al tiempo, se ajustan bastante bien a las expectativas cifradas en las mencionadas reformas.

Un primer logro importante, como ya se adelantó, es el aumento del número de asalariados con contrato temporal. En efecto, la información disponible pone en evidencia que la proporción de asalariados privados urbanos con contratos temporales ha aumentado, especialmente en Perú y Chile. En Perú, los asalariados temporales en la industria, la construcción y los servicios se incrementó del 29,4% en 1989 al 55,3% dentro del total de asalariados con contrato en dichas ramas en 1997. En Chile, dicha proporción en las mismas tres ramas aumentó del 11,3% al 17,4 en 1997, aumentando muy probablemente tal proporción en los años siguientes. En Argentina (Gran Buenos Aires) ellos representaban en 1990 el 3,2% del total de asalariados con contrato en la industria y servicios, y en 1996 el 4,1%. En Colombia, esta categoría de trabajadores en la construcción, la industria y los servicios pasan del 11,2% en 1989, al 12% en 1996. Si a los trabajadores temporales con contrato se agregan los asalariados sin contrato, en total los aumentos de la categoría de trabajadores sin protección e inestables, es decir, precarios, aumenta en 12% en Argentina, en 6,5% en Chile y en alrededor de 23% en Perú. Más aún, según las fuentes indicadas, si se consideran los trabajadores simplemente sin contrato (en negro) y los trabajadores temporales también sin contrato, en conjunto estas dos subcategorías representan alrededor del 45% del empleo total en estos 4 países, siendo más importantes los trabajadores sin contrato, los que constituyen en promedio 2/3 del total. Es decir, estamos en presencia de una situación de precarización del empleo de gran magnitud.

Un segundo logro importante de dichas reformas, es, en efecto, un importante aumento de la proporción de trabajadores urbanos sin contrato de trabajo. Por ejemplo, en la industria y servicios, la proporción de asalariados privados urbanos sin contrato en Argentina pasó de un 21,9% del total de la fuerza de trabajo privada en 1990, a un 33% en 1996, situación que explica el 149,4% del aumento del empleo; en Chile, los asalariados sin contrato en la industria, los servicios y la construcción crecieron del 14,1% del total de la fuerza de trabajo asalariada privada en esos sectores en 1994, al 15,6% en 1996, y representan o explican el 51% de los nuevos puestos de trabajo generados; en Perú, en los mismos sectores, dicho sector de la fuerza de trabajo aumentó del 29,9% en 1989, al 41,1% en 1997, y contribuyó con el 62,5% del aumento del empleo; en Colombia, en fin, al contrario de las situaciones precedentes, los trabajadores sin contrato en los mismos sectores ya señalados disminuyeron del 37,5% del total de los asalariados privados en 1989, al 31% en 1996. En este país, el 95% del aumento del empleo fue con contrato. Los datos disponibles parecen mostrar que esta anomalía se debe, en suma, a una simple sustitución de asalariados sin contrato por trabajadores con contrato temporal, especialmente en las microempresas.

Una tercer logro importante de dichas reformas ha sido una indiscutible reducción de los costos salariales, vía aumento, en particular, del asalariado temporal y de los trabajadores sin contrato. Si se considera solamente los casos de Argentina, Colombia, Chile y Perú, se constata por ejemplo que el costo de contratar a un asalariado temporal equivale entre el 57% y 66% del contrato de un trabajador permanente. En función de las respectivas legislaciones de cada país, hay diferencias significativas entre uno y otro. En Argentina, el costo se reduce sólo en un 13%. En Colombia, en un 34%. En Chile, en un 41%. Y en Perú, en un 35%. Podemos acotar que para el caso de Chile esta reducción de los costos salariales data de fines de la década del 70, en cambio en los otros tres países la situación es más reciente.

Esta situación, que en sí es ya bastante desmedrada, es, sin embargo, como veremos luego, bastante más positiva que la de los trabajadores sin contrato, que representan una porción también importante de la fuerza de trabajo en estos mismos países. En efecto, mientras en Argentina el salario de esta categoría de trabajadores representaba en 1996 el 94% del salario del trabajador temporal y el 58% del permanente, en Chile representa el 91% y el 53% respectivamente, en Colombia el 94% y el 62%, y en Perú es equivalente al del asalariado temporal.

De manera general, puede afirmarse entonces que el costo laboral es decreciente según si el trabajador sea contratado por tiempo indeterminado, o por un periodo de tiempo determinado o bien no posea contrato alguno, lo que configura en grueso los dos segmentos señalados al comienzo de los nuevos mercados de trabajo en América Latina. En promedio, para los cuatro países que nos sirven de referencia, el trabajador con contrato temporal representa un costo 34% inferior al contratado por período indeterminado. A la vez, el trabajador sin contrato represente en promedio una disminución del costo laboral de entre el 15% y el 30% en relación con el trabajador temporal.

V.- Trabajo, democracia y gobernabilidad en América Latina

No dejan de tener razón quienes sostienen (F. Fukuyama [1992]) que la democracia liberal y la economía de mercado no han cesado de extenderse durante los últimos cien años, hasta ocupar hoy – sobre todo después del derrumbe de las dictaduras de tipo soviético –, una posición hegemónica a escala internacional. Pero junto a tal proceso de extensión de la democracia liberal – y del consiguiente retroceso de las modalidades extremas o clásicas de totalitarismo – puede constatarse igualmente que ésta tiende simultáneamente a asumir un carácter eminentemente formal y crecientemente restringido.

Estas tendencias parecen derivarse de dos factores vinculados a los procesos globales señalados en una sección anterior. El primero de ellos es su fuerte inter-relación con la economía de mercado, y en definitiva su subordinación cada vez más neta a la lógica de esta última. Es decir, la lógica del mercado opera en el sentido de asegurar el establecimiento de democracias restringidas, autolimitadas, incapaces de poner en cuestión el poder dirigente de los verdaderos sujetos históricos modernos: los grandes empresarios, y paticularmente la gran empresa transnacional. Las democracias liberales deben ser pues coherentes, en primer lugar, con la propia economía de mercado dominante y con sus principales expresiones de clase.

En los países centrales y periféricos, la preponderancia del mercado y la intervención creciente del dinero y de las grandes empresas en la política ha tenido en las últimas décadas al menos dos expresiones básicas: aumento o generalización de los casos de corrupción del personal político (Francia, España, Italia, Japón, en particular, entre los países industrializados), y, lo que nos parece todavía más decisivo en este sentido, un control cada vez más importante de los medios de comunicación por parte de los grandes grupos financieros (N. Chomsky [1992]). El segundo factor que parece explicar el carácter restringido o el debilitamiento de la vida democrática está referido a los procesos de tecnocratización de las actividades sociales ya indicados, así como a la emergencia y desarrollo de poderosos grupos o sectores tecno-burocráticos, tanto en el mundo industrializado como periférico o semi-periférico. La esfera política, en efecto, al crecer en complejidad y «tecnicidad», escapa progresivamente al control de los ciudadanos en beneficio de «expertos», «especialistas» o tecno-burócratas (E. Morin,1993).

Señalemos, por otro lado, que la restricción de la democracia es precisamenete el punto de vista adoptado por la Comisión Trilateral en 1975, en el Informe redactado por M. Crozier, S. P. Huntington y J. Watanudi, y prefaseado por el propio Z. Brzezinski, en el cual se problematiza, tal vez por primera vez de manera tan explícita, la «gobernabilidad de las democracias», se subrayan sus dañinos «excesos», y se destaca la necesidad de una efectiva “moderación” en su ejercicio (Cf. N. Chomsky, 1992). Se dice allí, en efecto, que “Las democracias occidentales son ingobernables. Se multiplican los factores de desestabilización. En economía, las palabras clave son ahora las de redespliegue, austeridad…. Cuanto más democrático es un sistema, más expuesto está a amenazas intrínsecas”. Los responsables principales de este estado de cosas son designados: los intelectuales contestatarios, los sindicatos y los medios de comunicación social independientes. De donde se desprende un conjunto de iniciativas promovidas por instituciones y gobiernos comprometidos con ese punto de vista que van en el sentido de la profunda reestructuración del capitalismo ya aludida, una de cuyas finalidades centrales es restablecer “el orden” en este ámbito. Lo decisivo en este aspecto es que, a partir de ahí, la gobernabilidad pasó a adquirir una relevancia mayor que la propia democracia: ésta deberá en adelante subordinarse a la primera.

Este contexto “duro” (reestructuración del capitalismo) ha tenido un impacto duradero y profundo, como ya se ha indicado, en la evolución del empleo y de las relaciones laborales a escala internacional, y notoriamente en nuestro continente. Ahora bien, esta evolución particular plantea también, suplementariamente, problemas a la gobernabilidad de los regímenes semi-democráticos vigentes en América Latina (Cf. D. Salinas, 1999). En este caso se trata más precisamente de límites sociales o socio-económicos al ejercicio de la democracia y a la gobernabilidad de esta última, precisamente como consecuencia de la implementación de las medidas desreglamentadoras o desreguladoras orientadas en la dirección señalada.

La precariedad y fragmentación social inducida por los nuevos modelos de desarrollo y las estrategias de flexibilización vigentes, en efecto, generan no sólo una activa u ofensiva exclusión social y política de amplios sectores de la población, sino que, al mismo tiempo, al atomizar y fragmentar a tales segmentos del mundo asalariado, los induce u obliga a la marginalización de las estructuras sindicales, a prácticas forzadamente individuales vía diversos modos de chantaje económico, al mismo tiempo que los desmoviliza y despolitiza y, en definitiva, los despoja de referentes ideológicos o culturales elementales (la tradición de organización y movilización sindical es una de ellas). Por esta vía, o bien se les arroja fuera de los márgenes de la participación política real, o bien se les coopta políticamente para prácticas conservadoras con discursos falsamente pragmáticos o a veces neopopulistas (Fujimori es un buen ejemplo de este último tipo de alternativa conservadora).

De ahí a la deslegitimación social de la política, de los partidos, a las pérdidas de sentido de las prácticas sociales colectivas, a la generación de determinadas formas de anomia social, etc., no hay más que un paso. En tal sentido, no sólo la democracia pierde sustancia y contenido real, sino que su propia “gobernabilidad” resulta también más problemática. Al minarse durablemente los canales y mecanismos esenciales de expresión de intereses y de negociación entre grupos o sectores sociales, se abre paso, en efecto, a prácticas anárquicas colectivas o individuales, a formas en consecuencia desreguladas de protesta o de intervención social, o en definitiva a formas inéditas y eventualmente más brutales de manifestación del descontento social (drogadicción, extensión de diversas o nuevas formas de delincuencia, boicot anónimo, corrupción generalizada, etc.). En fin, en este contexto, la priorización de la gobernabilidad por sobre el reforzamiento o perfeccionamiento de la democracia puede conducir a resultados saludables, aunque evidentemente paradójicos e indeseables para determinados sectores, como es el caso reciente de Venezuela. Es decir, para importantes organismos internacionales preocupados antes que nada por la “gobernabilidad”, el “remedio” puede resultar más peligroso que la “enfermedad”.

VI.- Algunas conclusiones provisorias

En América Latina se asiste en consecuencia a una rápida transformación de los mercados de trabajo, en el sentido ya indicado de una creciente segmentación y precarización, lo que ha permitido al empresariado reducir costos, incrementar sus niveles de rentabilidad y, en algunos casos, también aumentar las tasas de acumulación, como en el caso de Chile. Las estrategias de flexibilización aplicadas en América Latina, de tipo más defensivas que ofensivas o dinámicas, parecen pues exitosas en tal sentido, esto es, en lo que se refiere al fortalecimiento relativo de la competitividad de las economías de la región, en el cuadro sobre todo de la promoción de exportaciones de tipo primario. Estas orientaciones, por otro lado, tienen un impacto notoriamente negativo en el ámbito de la política, al debilitar las formas y mecanismos de participación democrática, no obstante que en el mediano plazo favorezcan, salvo algunas significativas excepciones, ciertos grados o modalidades de gobernabilidad. El fraccionamiento de los actores sociales populares (incluidos amplios sectores de clases medias), en efecto, deterioran las formas tradicionales de oposición o disenso político y, como consecuencia, recíprocamente, el espacio para la dominación o hegemonía conservadora o neoconservadora se amplía. De ahí, entre otras razones, la gran fuerza actual de las políticas neoliberales.

El problema que se plantea es, en esencia, que tal estrategia general aplicada en nuestro continente parece útil sólo para formas de crecimiento económico poco exigentes en empleos calificados, que no impliquen una creciente y sólida productividad y una fuerte motivación de la fuerza de trabajo. Es decir, es útil para la reproducción de modelos de desarrollo de tipo periférico y con dinamismos sólo de corto o mediano plazo. Por consiguiente, cuando los pueblos y gobiernos, en la medida en que ello ocurra, se decidan por estrategias de crecimiento de mayor sustentabilidad social y ambiental, así como de mayor endogeneidad estructural y productiva, los mercados de trabajo deberán sufrir nuevas e importantes modificaciones, en un sentido probablemente inverso al que se constata en la década reciente. Con ello ganará también, probablemente, la práctica de la democracia y la preocupación por la “gobernabilidad” perderá bastante de sentido. Apostemos, al menos, a que las prioridades entre ambas podrá invertirse.

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<!–[if !supportFootnotes]–>


<!–[endif]–>

Este trabajo forma parte de los resultados preliminares de la Investigación financiada por el Fondecyt (Proyecto N° 1990383) sobre “Trabajo temporero, flexibilidad laboral y productividad en la empresa subcontratista de la VIII Región. Un estudio sobre los rezagos en la modernización socio-económica de la actividad forestal”.

Al respecto, cfr. M. Castells, 1991; 1998; B. Coriat, 1990.

A este respecto, cfr. en particular M. Castells, 1998; M. Beaud, 1994; K. Kosik, 1993, 1994)

Cf. J. Robin [1992], M.Castells [1991], [1992]; J. Lojkine [1992]; G.Lafay, C.Herzog [1989]; A. Toffler [1990]; B. Coriat [1990].

<!–[if !supportFootnotes]–>[5]<!–[endif]–> K. Kosik [1994] ubica los comienzos de este « entrecruzamiento » estratégico entre economía, ciencia y técnica en las primeras décadas de este siglo. Pero es indudable que ese proceso se consolida e intensifica a partir de la segunda guerra y del auge fordista. El mismo Kosik [1994:36] describe este proceso en los términos siguientes: «Tres ámbitos de la realidad humana, que tradicionalmente existen de un modo independiente (la economía, la técnica y la ciencia), se entrecruzan en una formación simbiótica que, junto con la masificación, se convierte en el fenómeno determinante de la época moderna. Este entrecruzamiento se realiza como un crecimiento ilimitado, como la superación de todos los límites, como una inmensa intensificación y un inmenso incremento».

Al respecto, cf. en particular M. Castells [1991]. Para un examen crítico del rol de la ciencia y de la técnica en tanto que fuerza productiva, cf. en especial B. Coriat [1976].

Al respecto, cf. en particular E. Morin [1990], [1991], [1993]; M. G. de la Huerta [1990]; H. Marcuse [1990]; J. Habermas [1973], [1985]. Se recordará que, después de M. Weber, la Escuela de Frankfurt y su Teoría Crítica han estado en la vanguardia del tratamiento de la técnica como problemática esencial.

Para un mayor desarrollo, cf. M.Beaud [1994]. Sobre la importancia de la finanza en el ámbito internacional, cf. en particular G. Lafay y C.Herzog [1989].

El “modelo chileno” es en este sentido más caricatural que paradigmático: la diferencia es en efecto considerable entre la aplicación de las orientaciones neoliberales en este país y, por ejemplo, en cualquier país europeo.

Cf. C.A. Michalet [1985]; S. Amin [1991], [1992].

Ver al respecto E. Morin [1993].

Sobre el particular, cf. L. Thurow (1996).

Cf., en particular, M. Aglietta (1997).

Respecto a las características de este NOEI , cf. en particular, E. Aquevedo (1999); J.C. Rufin [1991; D. Laborgne y A. Lipietz [1992, 1992b].

Véase sobre este particular, especialmente, D. Laborgne et A. Lipietz, 1992; J.-C. Ruffin, 1991; J. P. Durand, 1993. En un trabajo anterior hemos sugeridos, por nuestra parte, algunas ideas al respecto. Cfr. E. Aquevedo, 1998.

Sobre este particular, cf. R. Frenkel y otros (1992).

A este respecto, cf. en particular J. Rifkin (1996); CEPAL (

La información y en buena medida los análisis de esta sección se apoyan decididamente en V. Tokman y D. Martínez (1999); CEPAL (1999-2000), y CEPAL (2000).

Sobre este particular, cf. especialmente V. Tokman y D. Martínez (1999).

F. Fukuyama [1992: 72] subraya en efecto que « el crecimiento de la democracia liberal y del liberalismo económico que lo acompaña ha sido el fenómeno macropolítico más notable de los cien últimos años ». Para un examen crítico del trabajo de Fukuyama, cf. C. Castoriadis y otros [1992].

El propio F. Fukuyama [1992: 68-69] reconoce utilizar una definición « estrictamente formal » de la democracia cuando él determina cuales son los países democráticos, asumiendo igualmente que « la democracia formal sola no garantiza siempre una participación y derechos iguales. Los procedimientos democráticos pueden ser manipulados por las élites y no reflejan siempre con exactitud la voluntad o los verdaderos intereses del pueblo ».

Como es sabido, la Comisión Trilateral nace por iniciativa de David Rokefeller en julio de 1973 (Cf. A. Mattelard, 2000).

Cf. A. Mattelard (2000).

P. Bourdieu: la televisión y sus impactos sobre la sociedad y los demás medios… Entrevista.

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bourdieu8 *En este fragmento del diálogo que François Granon mantuvo con Pierre Bourdieu, publicado en la revista Télérama, el sociólogo francés se refiere a la peligrosa influencia que la televisión tiene sobre los otros medios y sobre la práctica del periodismo.

- ¿Existir es aparecer en la radio o en la televisión? -

Actualmente, nadie puede iniciar una acción sin el apoyo de los medios. Tan simple como eso. El periodismo termina dominando toda la vida política, científica o intelectual. Habría que crear instancias en las cuales investigadores y periodistas se critiquen mutuamente y puedan trabajar en conjunto. No obstante, los periodistas son una de las categorías más susceptibles: se puede hablar de los curas, de los patrones e incluso de los profesores, pero sobre los periodistas es imposible mencionar las cosas que llegan a hacer…

- ¡Es el momento de decirlo! -
Hay una paradoja de base: es una profesión muy poderosa, compuesta por individuos muy frágiles. Allí se produce una notable discordancia entre el poder colectivo -considerable- y la fragilidad estatuaria de los periodistas, que se encuentran en una posición de inferioridad tanto respecto de los intelectuales como de los políticos. A nivel colectivo, los periodistas arrasan. Desde el punto de vista individual, están en constante peligro. Constituye un oficio muy duro -no por azar hay allí tanto alcoholismo- y los jefecitos son terribles. No sólo se quiebran las carreras, sino también las conciencias, lamentablemente. Los periodistas sufren mucho. Al mismo tiempo se vuelven peligrosos: cuando un ámbito sufre, termina transfiriendo su dolor hacia afuera, bajo la forma de la violencia o el menosprecio.

- ¿Podría haber reformas en esa esfera? -
La coyuntura es muy desfavorable. En el campo del periodismo existe una competencia furiosa, en la cual la televisión ejerce una coacción terrible. Podrían ofrecerse miles de índices, como el de la transferencia de periodistas televisivos a la cabeza de órganos de prensa escrita. Es la televisión la que define el juego: los temas de los que hay que hablar, qué personas son importantes y cuáles no. Con todo, la televisión, alienante para el resto del periodismo, está ella misma alienada, puesto que vive muy particularmente sometida a las imposiciones directas del mercado. (De manera general, si el sociólogo escribiera la décima parte de lo que piensa cuando habla con los periodistas -por ejemplo, sobre la fabricación de los programas-, éstos lo denunciarían por haber tomado partido y por su falta de objetividad, por no hablar de su arrogancia insoportable…) El que pierde dos puntos de rating se queda afuera. Esta violencia que pesa sobre la televisión contamina todo el campo de los medios. Se transmite incluso a los espacios intelectuales, científicos, artísticos, que estaban construidos en base al desprecio del dinero y a una indiferencia relativa a la consagración masiva. ¿Se imaginan a Mallarmé esperando ser reconocido en las calles y aplaudido en los meetings? Y sin embargo, esos pequeños universos, como la literatura o las ciencias, en las cuales se podía vivir como un desconocido y en la pobreza con la condición de ser estimado por algunos y hacer cosas dignas de realizarse, están actualmente bajo amenaza.

- ¿Cree que en las condiciones actuales de competencia los medios pueden escuchar sus razones? -
Sé que puedo parecer un sabiondo que viene a predicar la moral en un momento en que hay que salvarse como sea y en que el patrón de Libération (diario de gran circulación, vinculado al Partido Socialista, N. del E.) debe preguntarse todas las mañanas si habrá suficientes anunciantes para publicar su próximo número. Pero es precisamente esa crisis -y la violencia que exacerba- la que lleva a ciertos periodistas a pensar que estos sociólogos no están tan locos como parecían. Entre los periodistas son siempre los jóvenes y las mujeres los más afectados: me gustaría que comprendieran un poco mejor por qué les pasa eso, que no existió necesariamente un error del jefecito -el cual, por su parte, no es demasiado sagaz, pero por eso se lo eligió-, sino que hay una estructura que los oprime. Esta toma de conciencia puede ayudar a soportar la violencia y a organizarse. Tiene la virtud de desdramatizar y proporcionar instrumentos para una comprensión colectiva.

- Usted describió los campos del arte y de la ciencia como universos que poco a poco van elaborando reglas. ¿Cómo puede ser que el periodismo no haya podido encontrar las suyas? -
En el universo científico, en efecto, hay mecanismos sociales que obligan a los sabios a comportarse moralmente, sean ellos "morales" o no. El biólogo que acepta dinero de un laboratorio para escribir una publicación sin ningún valor… Hay una justicia inmanente. Aquel que transgrede ciertas prohibiciones pierde. Se autoexcluye, se desacredita. Mientras que, en el campo del periodismo, ¿dónde puede localizarse un sistema de sanciones y recompensas? ¿Cómo va a manifestarse la estima hacia el periodista que cumple bien con su trabajo?

- Seguramente alguien lo acusará de querer un sistema dirigista, un comité central de los medios…-
Lo sé. Pero es todo lo contrario. La autonomía que predico ensancha la diferencia. Y es la dependencia la que genera uniformidad. Si las tres revistas francesas -L’Express, Le Point y Le Nouvel Observateur- tienden a ser intercambiables es porque están sometidas aproximadamente a las mismas coacciones, a las mismas encuestas, a los mismos anunciantes, que los periodistas se pasan unos a otros, y se roban entre sí temas o tapas. Cuando en realidad, si ganaran mayor autonomía respecto de los anunciantes -y de su propio ranking, la cantidad de ejemplares vendidos-, respecto de la televisión, que impone los temas importantes, se diferenciarían enseguida. Para limitar los efectos funestos de la competencia, llegué a sugerir, por ejemplo, que los periódicos crearan instancias comunes, análogas a las que se conforman en casos extremos -como en los raptos de niños-, cuando todos se ponen de acuerdo para hacer el black-out de la información. En estos casos extremos, los medios dejan a un lado sus intereses competitivos para salvar una suerte de ética común. Para otros temas que sólo se tratan porque otros lo hacen podríamos imaginar una especie de moratoria. En el caso de los libros, el fenómeno es asombroso. Muchos periodistas culturales están obligados a hablar de libros que desprecian, únicamente porque los demás los mencionaron, lo cual contribuye bastante al éxito irresistible de libros lamentables…

- Frente a estos medios que le disgustan, usted parece adoptar una actitud que puede criticarse: la del desdén. ¿Por qué? -
Una actitud de repliegue, más bien. Pero no es mía exclusivamente. No conozco a ningún gran sabio, ni gran artista, ni gran escritor que no sufra en su relación con los medios. Es un verdadero problema, porque los ciudadanos tienen derecho a escuchar a los mejores. Sin embargo, los mecanismos de invitación y de exclusión hacen que los telespectadores se encuentren casi sistemáticamente privados de lo mejor.

pierre-bourdieu.blogspot.com

P. Bourdieu: la tecnocracia neoliberal contra los trabajadores. Una crítica…

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bourdieu09 En esta intervención de 1995, P. Bourdieu, respaldando a un poderoso movimiento social que defiende conquistas fundamentales, critica duramente a la tecnocracia francesa que a las órdenes de un Gobierno de derecha pretendía seguir desmantelando el importante servicio público de ese país conforme a la lógica neoliberal imperante. Mucho de lo que Bourdieu afirma y denuncia en esa intervención podría aplicarse también a la realidad chilena actual, en que las fuerzas conservadoras del país defienden, con todos los medios a su alcance, las orientaciones impuestas por la dictadura de Pinochet y asumidas posteriormente por amplios sectores de las elites gobernantes en contra del servicio público, especialmente en el ámbito de la Educación. Sugerimos pues su lectura. E.A.

COMBATIR LA TECNOCRACIA EN SU PROPIO TERRENO

Pierre Bourdieu, Sociólogo

Estoy aquí para expresar nuestro apoyo, a todos aquellos que luchan , desde hace tres semanas, contra la destrucción de una civilización asociada a la existencia del servicio público: civilización de la igualdad republicana de los derechos, a la educación, a la salud, a la cultura, a la investigación, al arte, y por encima de todo, al trabajo.

Estoy aquí para decir que comprendemos este movimiento profundo, es decir, la desesperanza y las esperanzas que allí se expresan y que también nosotros experimentamos; para decir que no comprendemos (o que comprendemos muy bien) a estos que no lo comprenden, como a este filósofo que, en el "Journal du dimanche" del día 10 de diciembre, descubre con estupefacción, "el abismo entre la comprensión racional del mundo", encarnada según él por Juppé, así lo dice textualmente, "y el deseo profundo de la gente".

Esta oposición entre la visión de largo plazo de la "élite" esclarecida y las pulsiones de corto plazo del pueblo o de sus representantes, es típica del pensamiento reaccionario de todos los tiempos y de todos los países, pero adquiere hoy una forma nueva con la nobleza de Estado, que fundamenta la convicción de su legitimidad en el título escolar y en la autoridad de la ciencia, principalmente económica. Para estos nuevos gobernantes de derecho divino, no solamente la razón y la modernidad, sino también el movimiento y el cambio, están del lado de los gobernantes, de los ministros, de los patrones o de los "expertos". La sinrazón y el arcaísmo, la inercia y el conservadurismo, del lado del pueblo, de los sindicatos y de los intelectuales críticos.

Es esta la certeza tecnocrática que expresa Juppé cuando escribe: "Quiero que Francia sea un país serio y un país feliz", lo cual puede traducirse como: "Quiero que la gente seria, es decir, las élites, los "enarcas", los que saben adonde esta la felicidad del pueblo, puedan realizar la felicidad del pueblo, incluso a pesar de él, es decir, contra su voluntad. En efecto, enceguecido por esos deseos, de los que hablaba el filósofo, el pueblo no conoce su felicidad, particularmente la felicidad de ser gobernados por gente que, como Juppé, conocen su felicidad mejor que él". Así piensan los tecnócratas y así entienden la democracia. Comprendemos que ellos no comprendan que el pueblo, en nombre del cual pretenden gobernar, descienda por las calles, -¡colmo de la ingratitud!- para oponérseles.

Esta nobleza de Estado, que predica la desaparición del Estado y el reino sin reserva del mercado y del consumidor, sustituto comercial del ciudadano, se ha apropiado del Estado, ha hecho del bien público un bien privado , de la cosa pública, de la República, su cosa.

Lo que hoy está en juego, es la reconquista de la democracia contra la tecnocracia: hay que acabar con la tiranía de los "expertos" al estilo del Banco Mundial o del FMI, que imponen sin discusión los veredictos del nuevo Leviatán, "los mercados financieros", y que no pretenden negociar sino "explicar". Hay que romper con esa nueva fe en la inexorabilidad histórica que profesan los teóricos del liberalismo . Hay que inventar nuevas formas de un trabajo político colectivo, capaz de constatar las necesidades, principalmente económicas (lo que puede ser tarea de expertos) pero para combatirlos y, si es del caso, para neutralizarlos.

La crisis de hoy es una oportunidad histórica. Para Francia y sin duda para todos estos que, cada día mas numerosos, en Europa y en otras partes del mundo, rechazan esa nueva alternativa: liberalismo o barbarie. Trabajadores ferroviarios, empleados de correo, maestros, funcionarios de los servicios públicos, estudiantes y tantos otros, activa o pasivamente comprometidos en este movimiento, han planteado con sus manifestaciones, con sus declaraciones, con las innumerables reflexiones que han provocado y que las tapaderas de los medios han querido en vano asfixiar, problemas fundamentales, demasiado importantes para dejárselos a los tecnócratas, tan autosuficientes como insuficientes: ¿cómo restituir a los primeros interesados, es decir, a cada uno de nosotros, la definición aclarada y razonable del futuro de los servicios públicos, de la salud, de la educación, de los transportes, etc., en relación, principalmente con aquellos que, en los otros países de Europa están expuestos a las mismas amenazas? ¿Cómo reinventar la escuela republicana, rechazando la instalación progresiva en la enseñanza superior, de una educación con dos velocidades, simbolizada por las Grandes Escuelas y las facultades?

Es posible hacerse la misma pregunta a propósito de la salud o de los transportes. ¿Cómo luchar contra la precarización que golpea al personal de los servicios públicos y que conlleva formas de dependencia y de sumisión, particularmente funestas, en las empresas de difusión cultural, radio, televisión o prensa escrita por el efecto de censura que ejercen, incluso en la docencia?

En el trabajo de reinvención de los servicios públicos, los intelectuales, escritores, artistas, científicos, etc., tienen un papel importante que jugar. Primeramente, pueden contribuir a quebrar el monopolio de la ortodoxia tecnocrática sobre los medios de difusión. Pero pueden también comprometerse, de manera organizada y permanente, y no solamente en los encuentros ocasionales de una coyuntura de crisis, al lado de aquellos que están en condiciones de orientar eficazmente el futuro de la sociedad: asociaciones y sindicatos principalmente, y trabajar en la elaboracion de análisis rigurosos y de proposiciones inventivas sobre las grandes cuestiones que la ortodoxia mediático-política impide plantear. Pienso en particular en el tema de la unificación del campo económico mundial y los efectos de la nueva división mundial del trabajo o de la cuestión de las pretendidas leyes de bronce de los mercados financieros, en nombre de las cuales son sacrificadas tantas iniciativas políticas; en la cuestión de las funciones de la educación y de la cultura en las economías adonde el capital informático se ha convertido en una de las fuerzas productivas determinantes, etc.

Este programa puede parecer abstracto y puramente teórico. Pero se puede rechazar el tecnocratismo autoritario sin caer en un populismo en el que los movimientos sociales del pasado sacrificaron a menudo demasiado y que le hace el juego, una vez más, a los tecnócratas.

Lo que he querido expresar, en todo caso, y quizás mal, por lo que pido excusas a quienes pude haber escandalizado o aburrido, es una solidaridad real con aquellos que hoy se baten por cambiar la sociedad: pienso en efecto que no se puede combatir eficazmente la tecnocracia, nacional o internacional, si no es enfrentándola en su terreno privilegiado, el de la ciencia, principalmente económica, y, oponiendo al conocimiento abstracto y mutilado del cual ella se vale , un conocimiento, más respetuoso, de los hombres y de las realidades a las cuales ellos se ven confrontados.

El presente discurso fue pronunciado por Pierre Bourdieu, quien es quizás el más prestigioso sociólogo francés de la actualidad, ante los trabajadores en huelga, reunidos en la Gare de Lyon en París, el día 12 de diciembre de 1995.
Publicado en Libération el 14 de diciembre de 1995.
Traducción al español de O. Fernández.

P. Bourdieu: los límites de las Encuestas de Opinión y la “no existencia” de una opinión pública…

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“La opinión pública no existe*
Pierre Bourdieu

BOURDIEU0005 Quisiera señalar, en primer lugar, que mi propósito no es denunciar de manera mecánica y fácil las encuestas de opinión, sino proceder a un análisis riguroso de su funcionamiento y sus funciones. Lo que implica que se cuestionen los tres postulados que implícitamente suponen. Toda encuesta de opinión supone que todo el mundo puede tener una opinión; o, en otras palabras, que la producción de una opinión está al alcance de todos. Aun a riesgo de contrariar un sentimiento ingenuamente democrático, pondré en duda este primer postulado. Segundo postulado: se supone que todas las opiniones tienen el mismo peso. Pienso que se puede demostrar que no hay nada de esto y que el hecho de acumular opiniones que no tienen en absoluto la misma fuerza real lleva a producir artefactos desprovistos de sentido. Tercer postulado implícito: en el simple hecho de plantearle la misma pregunta a todo el mundo se halla implicada la hipótesis de que hay un consenso sobre los problemas, entre otras palabras, que hay un acuerdo sobre las preguntas que vale la pena plantear. Estos tres postulados implican, me parece, toda una serie de distorsiones que se observan incluso cuando se cumplen todas las condiciones del rigor metodológico en la recogida y análisis de los datos.

A menudo se le hacen reproches técnicos a las encuestas de opinión. Por ejemplo, se cuestiona la representatividad de las muestras. Pienso que, en el estado actual de los medios utilizados por las empresas que realizan encuestas, la objeción apenas tiene fundamento. También se les reprocha el hacer preguntas sesgadas o, más bien, el sesgar las preguntas en su formulación: esto ya es más cierto y muchas veces se condiciona la respuesta mediante la forma de hacer la pregunta. Así, por ejemplo, transgrediendo el precepto elemental de la construcción de un cuestionario que exige que se les "dé sus oportunidades" a todas las respuestas posibles, frecuentemente se omite en las preguntas o en las respuestas propuestas una de las opciones posibles, o incluso se propone varias veces la misma opción bajo formulaciones diferentes. Hay toda clase de sesgos de este tipo y sería interesante preguntarse por las condiciones sociales de aparición de estos sesgos. En muchos casos se deben a las condiciones en las que trabajan las personas que producen los cuestionarios.

Pero, sobre todo, se deben al hecho de que las problemáticas que fabrican los institutos de opinión están subordinadas a una demanda de tipo particular. Así, cuando emprendimos el análisis de una gran encuesta nacional sobre la opinión de los franceses respecto al sistema de enseñanza, extrajimos de los archivos de una serie de gabinetes de estudios las preguntas referentes a la enseñanza. Esto nos permitió constatar que desde mayo de 1968 se habían planteado más de doscientas preguntas sobre el sistema de enseñanza, frente a menos de veinte entre 1960 y 1968. Eso significa que las problemáticas que se le imponen a este tipo de organismos están profundamente ligadas a la coyuntura y dominadas por un tipo determinado de demanda social. La cuestión de la enseñanza, por ejemplo, sólo puede ser planteada por un instituto de opinión pública cuando se convierte en problema político. Se ve enseguida la diferencia que separa a estas instituciones de los centros de investigación que generan sus problemáticas, si no en un universo puro, en todo caso con una distancia mucho mayor respecto a la demanda social en su forma directa en inmediata.

Un análisis estadístico sumario de las preguntas planteadas nos puso de manifiesto que la inmensa mayoría estaban directamente vinculadas a las preocupaciones políticas del "personal político". Si nos entretuviéramos esta tarde jugando a los papelitos y si yo les dijera que escribieran las cinco cuestiones que les parecen más importantes en el tema de la enseñanza, seguramente obtendríamos una lista muy diferente de la que obtenemos al sacar las preguntas que fueron efectivamente planteadas por las encuestas de opinión. La pregunta: "¿Hay que introducir la política en los institutos"? (o variantes de la misma) se hizo muy a menudo, mientras que la pregunta: "¿Hay que modificar los programas?" o "¿Hay que modificar el modo de transmisión de los contenidos?" apenas se planteó. Lo mismo con "¿Hay que reciclar a los docentes?" Preguntas que son muy importantes, al menos desde otra perspectiva.

Las problemáticas que proponen las encuestas de opinión están subordinadas a intereses políticos, y esto pesa enormemente tanto sobre la significación de las respuestas como sobre la significación que se le confiere a la publicación de los resultados. La encuesta de opinión es, en el estado actual, un instrumento de acción política; su función más importante consiste, quizá, en imponer la ilusión de que existe una opinión pública como sumatoria puramente aditiva de opiniones individuales; en imponer la idea de que existe algo que sería como la media de las opiniones o la opinión media. La "opinión pública" que aparece en las primeras páginas de los periódicos en forma de porcentajes (el 60% de los franceses están a favor de…), esta opinión pública es un simple y puro artefacto cuya función es disimular que el estado de la opinión en un momento dado es un sistema de fuerzas, de tensiones, y que no hay nada más inadecuado para representar el estado de la opinión que un porcentaje.

Sabemos que todo ejercicio de la fuerza va acompañado por un discurso cuyo fin es legitimar la fuerza del que la ejerce; se puede decir incluso que lo propio de toda relación de fuerza es el hecho de que sólo ejerce toda su fuerza en la medida en que se disimula como tal. En suma, expresándolo de forma sencilla, el hombre político es el que dice: "Dios está de nuestra parte". El equivalente de "Dios está de nuestra parte" es hoy en día "la opinión pública está de nuestra parte". He aquí el efecto fundamental de la encuesta de opinión: constituir la idea de que existe una opinión pública unánime y, así, legitimar una política y reforzar las relaciones de fuerza que la sostienen o la hacen posible.

Tras haber dicho al principio lo que quería decir al final, voy a tratar de señalar muy rápidamente cuáles son las operaciones mediante las que se produce este efecto de consenso. La primera operación, que tiene como punto de partida el postulado de que todo el mundo debe tener una opinión, consiste en ignorar los no-contestan (1). Por ejemplo, le preguntas a la gente: "¿Está usted a favor del gobierno Pompidou?" Registras un 30% de no-contestan, un 20% de sí, un 50% de no. Puedes decir: la parte de personas en contra es superior a la parte de personas a favor y después queda este residuo del 30%. También puedes volver a calcular los porcentajes a favor y en contra excluyendo los no-contestan. Esta simple elección es una operación teórica de una importancia fantástica sobre la que quisiera reflexionar con ustedes.

Eliminar los no-contestan es hacer lo que se hace en una consulta electoral donde hay papeletas en blanco o nulas; es imponerle a la encuesta de opinión la filosofía implícita de la consulta electoral. Si se mira con mayor atención, se observa que la tasa de no-contestan es más elevada de forma general entre las mujeres que entre los hombres, que la distancia entre mujeres y hombres se eleva a medida que los problemas planteados son más específicamente políticos. Otra observación: cuanto más trata una pregunta sobre problemas del saber, de conocimiento, mayor es la distancia entre las tasas de no-contestan de los más instruidos y las de los menos instruidos. A la inversa, cuando las preguntas tratan de problemas éticos las variaciones de los no-contestan por nivel de instrucción son pequeñas (ejemplo: "¿Hay que ser severo con los hijos?"). Otra observación: cuanto más se trata una pregunta sobre problemas conflictivos, sobre un nudo de contradicciones (por ejemplo, una pregunta sobre la situación en Checoslovaquia para personas que votan comunista), cuantas más tensiones le genera una pregunta a una categoría determinada, más frecuentes son los no-contestan en esta categoría. Por consiguiente, el simple análisis estadístico de los no-contestan proporciona una información sobre lo que significa la pregunta, así como sobre la categoría considerada, hallándose ésta definida tanto por la probabilidad que tiene de tener una opinión, como por la probabilidad condicional de tener una opinión a favor o en contra.

El análisis científico de las encuestas de opinión muestra que no existe prácticamente problema ómnibus ni pregunta que no sea reinterpretada en función de los intereses a quienes se plantea, por lo que el primer imperativo es preguntarse a qué pregunta creyeron responder las distintas categorías de encuestados. Uno de los efectos más perniciosos de la encuesta de opinión consiste precisamente en conminar a las personas a responder a preguntas que no se han planteado. Así, por ejemplo, las preguntas que giran en torno a problemas de moral, ya se trate de preguntas sobre la severidad de los padres, las relaciones entre profesores y alumnos, la pedagogía directiva o no directiva, etc., problemas cuya percepción como problemas éticos aumenta a medida que se desciende en la jerarquía social, al tiempo que pueden ser problemas políticos para las clases superiores: uno de los efectos de la encuesta consiste en transformar respuestas éticas en respuestas políticas por el simple efecto de imposición de problemática.

En realidad, hay varios principios a partir de los cuales se puede generar una respuesta. Tenemos, en primer lugar, lo que se puede llamar la competencia política en referencia a una definición a la vez arbitraria y legítima, es decir, dominante y disimulada como tal, de la política. Esta competencia política no se halla universalmente distribuida. Varía grosso modo como el nivel de instrucción. En otras palabras, la probabilidad de tener una opinión sobre todas las cuestiones que suponen un saber político es comparable con la probabilidad de ir al museo. Se observan diferencias fantásticas: donde un estudiante comprometido en un movimiento izquierdista percibe quince divisiones a la izquierda del PSU, para un mando intermedio no hay nada. En la escala política (extrema-izquierda, izquierda, centro-izquierda, centro, centro-derecha, derecha, extrema-derecha, etc.) que las encuestas de "ciencia política" emplean como algo sin vuelta de hoja, algunas categorías sociales utilizan intensamente un pequeño rincón de la extrema izquierda; otras utilizan únicamente el centro; otras utilizan toda la escala. Al final, una elección es la agregación de espacios completamente distintos; se suma a personas que miden en centímetros con personas que miden en kilómetros o, más bien, a personas que puntúan de 0 a 20 con personas que puntúan entre 9 y 11. La competencia se aprecia, entre otras cosas, por el grado de finura de percepción (ocurre lo mismo en estética, algunos pueden distinguir los cinco o seis estilos sucesivos de un solo pintor).

Podemos llevar la comparación un poco más lejos. En materia de percepción estética, tenemos en primer lugar una condición de posibilidad: es preciso que las personas piensen la obra de arte como una obra de arte; a continuación, habiéndola percibido como una obra de arte, es preciso que posean las categorías de percepción para construirla, estructurarla, etc. Supongamos una pregunta formulada así: "¿Está usted a favor de una educación directiva o por una educación no directiva?" Para algunos, esta pregunta puede constituirse como política, al integrarse la representación de las relaciones padres-hijos en una visión sistemática de la sociedad; para otros, es una pura cuestión de moral. Así, el cuestionario que hemos elaborado y en el que le preguntamos a la gente si, para ellos, es o no política hacer huelga, llevar el pelo largo, participar en un festival pop, etc., pone de manifiesto variaciones muy amplias por clases sociales. La primera condición para responder de forma adecuada a una cuestión política es, por tanto, ser capaz de construirla como política; la segunda, tras haberla construido como política, es ser capaz de aplicarle categorías específicamente políticas, que pueden ser más o menos adecuadas, más o menos refinadas, etc. Estas son las condiciones específicas de producción de opiniones, las que la encuesta de opinión supone que se cumplen de forma universal y uniforme con el primer postulado según el cual todo mundo puede producir una opinión.

Segundo principio a partir del cual las personas pueden producir una opinión: lo que llamo el "ethos de clase" (por no decir "ética de clase"), es decir, un sistema de valores implícitos que las personas han interiorizado desde la infancia y a partir del cual generan respuestas a problemas extremadamente distintos. Las opiniones que las personas pueden intercambiar a la salida de un partido de fútbol entre Roubaix y Valenciennes le deben una buena parte de su coherencia, de su lógica, al ethos de clase. Una multitud de respuestas a las que se considera respuestas políticas se producen en realidad a partir del ethos de clase y pueden asumir, a la vez, una significación completamente distinta cuando se las interpreta en el terreno político. Aquí he de referirme a una tradición sociológica, muy extendida sobre todo entre determinados sociólogos de la política en Estados Unidos, que hablan habitualmente de un conservadurismo y autoritarismo de las clases populares. Estas tesis se basan en la comparación internacional de encuestas o de elecciones, que tienen mostrar que cada vez que se interroga a las clases populares, sea en el país que sea, sobre problemas referentes a las relaciones de autoridad, la libertad individual, la libertad de prensa, etc., dan respuestas más "autoritarias" que las otras clases; y se concluye de manera global que existe un conflicto entre los valores democráticos (en el autor en que pienso, Lipset, se trata de los valores democráticos americanos) y los valores que han interiorizado las clases populares, valores de tipo autoritario y represivo.

De ahí sacan una especie de visión escatológica: elevemos el nivel de vida, elevemos el nivel de instrucción y, como la propensión a la represión, al autoritarismo, etc., va unida a bajos ingresos, a bajo nivel de instrucción, etc., produciremos así buenos ciudadanos de la democracia americana. En mi opinión, lo que está en cuestión es la significación de las respuestas a determinadas preguntas. Supongamos un conjunto de preguntas de este tipo: ¿Está usted a favor de la igualdad entre los sexos? ¿Está usted a favor de la libertad sexual de los cónyuges? ¿Está usted a favor de una educación no represiva? ¿Está usted a favor de la nueva sociedad?, etc. Supongamos otro conjunto de preguntas del tipo: ¿Deben hacer huelga los profesores cuando ven amenazada su situación? ¿Deben ser solidarios los docentes con el resto de funcionarios en los períodos de conflicto social?, etc. Estos dos conjuntos de preguntas arrojan respuestas de estructura estrictamente inversa en relación con la clase social: el primer conjunto de preguntas, que se refiere a un determinado tipo de innovación en las relaciones sociales, en la forma simbólica de las relaciones sociales, suscita tantas más respuestas a favor cuanto más nos elevamos en la jerarquía social y en la jerarquía según el nivel de instrucción; a la inversa, las preguntas que tratan sobre las transformaciones reales de las relaciones de fuerza entre las clases suscitan cada vez más respuestas en contra a medida que nos elevamos en la jerarquía social.

En suma, la proposición "las clases populares son represivas" no es ni verdadera ni falsa. Es verdadera en la medida en que, ante todo un conjunto de problemas como los que atañen a la moral doméstica, a las relaciones entre generaciones o entre sexos, las clases populares tienen tendencia a mostrarse mucho más rigoristas que las otras clases sociales. Por el contrario, en las cuestiones de estructura política, que ponen en juego la conservación o la transformación del orden social, y no sólo la conservación o transformación de los modos de relación entre los individuos, las clases populares son mucho más partidarias de la innovación, es decir, de una transformación de las estructuras sociales. Podemos ver cómo algunos de los problemas planteados –y a menudo mal planteados– en mayo de 1968, en el conflicto entre el partido comunista y los izquierdistas, están relacionados de forma muy directa con el problema central que he tratado de plantear esta tarde, el de la naturaleza de las respuestas, es decir, del principio a partir del cual se producen. La oposición que he establecido entre estos dos grupos de preguntas nos remite, en efecto, a la oposición entre dos principios de producción de opiniones: un principio específicamente político y un principio ético, siendo el problema del conservadurismo de las clases populares producto de la ignorancia de esta distinción.

El efecto de imposición de problemática, efecto ejercido por toda encuesta de opinión y por toda interrogación política (comenzando por la electoral), deriva del hecho de que las preguntas planteadas en una encuesta de opinión no son preguntas que se les planteen realmente a todas las personas interrogadas, así como del hecho de que las respuestas no son interpretadas en función de la problemática por referencia a la cual han respondido las diferentes categorías de encuestados. Así, la problemática dominante –de la que proporciona una imagen la lista de preguntas planteadas en los dos últimos años por los institutos de opinión–, es decir, la problemática que les interesa esencialmente a las personas que detentan el poder y que quieren estar informadas sobre los medios de organizar su acción política, la dominan de manera muy desigual las diferentes clases sociales.

Y, cuestión importante, éstas se hallan más o menos capacitadas para producir una contra-problemática. Con motivo del debate televisado entre Servan-Schreiber y Giscard d’Estaing, un instituto de sondeos de opinión hizo preguntas del tipo: "¿Depende el éxito escolar de los dones, de la inteligencia, del mérito?" Las respuestas recogidas ofrecen de hecho una información (ignorada por los que la producían) sobre el grado de conciencia que las diferentes clases sociales tienen de las leyes de la transmisión hereditaria del capital cultural: la adhesión al mito del don y del ascenso social por la escuela, de la justicia escolar, de la equidad de la distribución de los puestos en función de las titulaciones, etc., es muy diferente en las clases populares. La contra-problemática puede existir para algunos intelectuales, pero no tiene fuerza social a pesar de haber sido recogida por algunos partidos y grupos. La verdad científica está sometida a las mismas leyes de difusión que la ideología. Una proposición científica es como una bula papal sobre el control de la natalidad, sólo predica a convertidos.

Se suele asociar la idea de objetividad en una encuesta de opinión al hecho de hacer la pregunta en los términos más neutros posibles con el fin de darles todas sus oportunidades a todas las respuestas. En realidad, la encuesta de opinión se hallaría sin duda más próxima a lo que ocurre en la realidad si, transgrediendo completamente las reglas de la "objetividad", se les ofreciera a las personas los medios para situarse como se sitúan realmente en la práctica real, es decir, en referencia a opiniones ya formuladas; si en lugar de decir, por ejemplo, "algunas personas están a favor del control de la natalidad, otras están en contra, ¿y usted?…", se enunciaran una serie de posicionamientos explícitos de los grupos autorizados para constituir y difundir las opiniones, de manera que la gente pudiera situarse en referencia a respuestas ya constituidas. Se suele hablar de "tomas de posición"; hay posiciones que ya están previstas y que se toman. Pero no se las toma al azar. Se toman las posiciones que se está predispuesto a tomar en función de la posición que se ocupa en un campo determinado. Un análisis riguroso tiene como objetivo explicar las relaciones entre la estructura de las posiciones a tomar y la estructura del campo de las posiciones objetivamente ocupadas.

Si las encuestas de opinión captan muy mal los estados virtuales de la opinión y, más exactamente, los movimientos de opinión, ello se debe, entre otras razones, a que la situación en la que aprenden las opiniones es completamente artificial. En las situaciones en que se constituye la opinión, en particular las situaciones de crisis, las personas se hallan ante opiniones constituidas, ante opiniones sostenidas por grupos, de manera que elegir entre opiniones es, claramente, elegir entre grupos. Este es el principio del efecto de politización que produce la crisis: hay que elegir entre grupos que se definen políticamente y definir cada vez más tomas de posición en función de principios explícitamente políticos. De hecho, lo que me parece importante es que la encuesta de opinión trata a la opinión pública como una simple suma de opiniones individuales, recogidas en una situación que, en el fondo, es la de la cabina electoral, donde el individuo va furtivamente a expresar en el aislamiento una opinión aislada. En las situaciones reales, las opiniones son fuerzas y las relaciones entre opiniones son conflictos de fuerza entre los grupos.

Otra ley se desprende de estos análisis: se tienen más opiniones sobre un problema cuanto más interesado se está por este problema. Por ejemplo, en relación al sistema de enseñanza la tasa de respuestas está íntimamente unida al grado de proximidad respecto al sistema de enseñanza, y la probabilidad de tener una opinión varía en función de la probabilidad de tener poder sobre aquello de lo que se opina. La opinión que se afirma como tal, espontáneamente, es la opinión de personas cuya opinión tiene peso, como se suele decir. Si un ministro de educación actuase en función de una encuesta de opinión (o, al menos, a partir de una lectura superficial de la encuesta), no haría lo que hace cuando actúa realmente como político, es decir, a partir de las llamadas de teléfono que recibe, de la visita de tal responsable sindical, de tal decano, etc. En realidad, actúa en función de estas fuerzas de opinión realmente constituidas que sólo se manifiestan a su percepción en la medida en que tienen fuerza y en que tienen fuerza porque están movilizadas.

Tratándose de prever lo que va a ser de la universidad en los próximos diez años, pienso que la opinión movilizada constituye la mejor base. De todas formas, el hecho, del que dejan constancia los no-contestan, de que las disposiciones de determinadas categorías no accedan al estatuto de opinión –es decir de discurso constituido que pretende una coherencia, que pretende ser escuchado, imponerse, etc.–, no debe llevarnos a concluir que en situaciones de crisis las personas que no tenían ninguna opinión elegirían al azar: si el problema se halla constituido políticamente para ellos (problemas de salario, de cadencias de trabajo para los obreros), elegirán en términos de competencia política; si se trata de un problema que para ellos no está constituido políticamente (relaciones represivas en el interior de la empresa) o si está en vías de constitución, se guiarán por el sistema de disposiciones profundamente inconsciente que orienta sus elecciones en los ámbitos más diferentes, desde la estética o el deporte hasta las preferencias económicas. La encuesta de opinión tradicional ignora al mismo tiempo los grupos de presión y las disposiciones virtuales que pueden no expresarse en forma de discurso explícito. Por ello es incapaz de generar la menor previsión razonable sobre lo que pasaría en situación de crisis.

Supongamos un problema como el del sistema de enseñanza. Se puede preguntar: "¿qué piensa usted de la política de Edgar Faure?" Es una pregunta muy parecida a una consulta electoral, en el sentido de que es la noche en que todos los gatos son pardos: todo el mundo están en general de acuerdo sin saber sobre qué; sabemos lo que significó el voto por unanimidad de la ley Faure en la Asamblea Nacional. A continuación se pregunta: "¿está usted a favor de la introducción de la política en los institutos?" Aquí se observa un corte muy claro. Ocurre lo mismo cuando se pregunta: "¿pueden hacer huelga los profesores?" En este caso, los miembros de las clases populares, por una transferencia de su competencia política específica, saben qué responder. Se puede preguntar además: "¿hay que transformar los programas? ¿Está usted a favor de la evaluación continua? ¿Está usted a favor de la introducción de los padres de los alumnos en los consejos de profesores? ¿Está usted a favor de la supresión del examen de agregación?, etc.". Bajo la pregunta "¿está usted a favor de Edgar Faure?" subyacían todas estas preguntas y las personas han tomado posición de golpe sobre un conjunto de problemas que un buen cuestionario sólo podría plantear mediante al menos sesenta preguntas en las que se observarían variaciones en todos los sentidos.

En un caso, las opiniones estarían asociadas positivamente a la posición en la jerarquía social; en otro, negativamente; en algunos casos, la asociación sería muy fuerte; en otros, muy débil, o incluso no se daría en absoluto. Basta con pensar que una consulta electoral representa el límite de una pregunta como "¿está usted a favor de Edgar Faure?" para comprender que los especialistas de sociología política puedan afirmar que la relación que se observa habitualmente, en casi todos los ámbitos de la práctica social, entre la clase social y las prácticas o las opiniones, es muy pequeña cuando se trata de fenómenos electorales, hasta el punto de que algunos no dudan en concluir que no hay ninguna relación entre la clase social y el hecho de votar derechas o izquierdas. Si tienen en cuenta que una consulta electoral plantea en una única pregunta sincrética lo que sólo se podría aprehender razonablemente en doscientas preguntas, que unos miden en centímetros, otros en kilómetros, que la estrategia de los candidatos consiste en plantear mal las cuestiones y en jugar al máximo con el disimulo de las divergencias para ganarse los votos indecisos, y tantos otros efectos, llegarán a la conclusión de que quizás haya que plantear al revés la cuestión tradicional de la relación entre el voto y la clase social y preguntarse cómo es posible que a pesar de todo se constate una relación, aunque sea pequeña; e interrogarse sobre la función del sistema electoral, instrumento que, por su propia lógica, tiende atenuar los conflictos y las divergencias. Lo que es verdad es que estudiando el funcionamiento de la encuesta de opinión uno puede hacerse una idea de la manera en que funciona este tipo particular de encuesta de opinión que es la consulta electoral, así como del efecto que produce.

En suma, he querido decir que la opinión pública no existe, al menos bajo la forma que le atribuyen los que tienen interés en afirmar su existencia. He dicho que existen, por una parte, opiniones constituidas, movilizadas, de grupos de presión movilizados en torno a un sistema de intereses explícitamente formulados; y, por otra, disposiciones que, por definición, no son opinión si se entiende por tal, como he hecho a lo largo de todo este análisis, algo que puede formularse discursivamente con una cierta pretensión a la coherencia. Esta definición de opinión no es mi opinión sobre la opinión. Es simplemente la explicitación de la definición que ponen en juego las encuestas de opinión cuando le piden a la gente que tome posición respecto a opiniones formuladas y cuando producen, por simple agregación estadística de las opiniones así producidas, este artefacto que es la opinión pública. Simplemente digo que la opinión pública en la acepción implícitamente admitida por los que hacen encuestas de opinión o por los que utilizan sus resultados, simplemente digo que esta opinión no existe.

*Conferencia impartida en Noroit (Arras), en enero de 1972, y publicada en Les temps modernes, no. 318, enero de 1973, pp. 1292-1309. Ver, también: P. Bourdieu, Questions de sociologie, París, Minuit, 1984, pp. 222-250. Texto de la versión en castellano de Enrique Martín Criado, en: Cuestiones de Sociología, Istmo, España, 2000, pp. 220-232, Col. Fundamentos, no. 166.

NOTAS

(1) Les non-réponses: bajo esta denominación están comprendidos, en francés, los "no sabe" y los "no contesta" de las encuestas. Para no sobrecargar el texto con siglas hemos preferido traducirla por "no-contestan", dando por entendido que se corresponde con estos dos apartados (NS/NC) (Nota de Enrique Martín Criado.).

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P. Bourdieu: el poder y los medios de comunicación. Entrevista.

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Pierre Bourdieu se ha convertido en el pensador francés más influyente de este fin de milenio desde que en 1995 apostó claramente por el compromiso de unir teoría y práctica.

La Maison des sciences de L´homme, en el 54 de Boulevard Raspail, Paris, es uno de los grandes laboratorios humanísticos de la vieja Europa. En un pequeño despacho de la cuarta planta me encuentro con el intelectual europeo más citado internacionalmente. Es un joven de casi setenta años que ha entregado su vida a investigar lo oculto que mueve cualquier realidad y que detesta el cinismo y el nihilismo de los predicadores posmodernos que copan los medios de comunicación. La solidez de sus estudios lo han situado en la cumbre de la sociología mundial.

Es profesor en el Collège de France y director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales. Dirige la revista Actes de la recherche en sciences sociales , y hace tres años fundó una editorial de agitación: Liber-Raisons d´Agir . Herramientas de pocas páginas que aproximan las últimas investigaciones sociales y culturales a los militantes de los nuevos movimientos contestatarios. Y es que en 1995, durante las huelgas que conmovieron Francia, Pierre Bourdieu no se quedó en el Olimpo de los posmodernos sino que bajo a la arena del activismo político y, como el mismo sostiene, se sitúo a la izquierda de la izquierda para dar argumentos a quienes se resisten contra la mundialización neoliberal.

Su labor como investigador se inició en Argelia a finales de los años 50, con trabajos etnográficos sobre la Kabilia. Poco después estudió la soltería en el Bearn, un pedazo de Pirineo junto al País Vasco francés, donde nació en 1930. La pugna entre lo objetivo y lo subjetivo en el territorio de la creación artística y el intento de unificar las ciencias humanas le motivaron a escribir obras tan reveladoras como "Esbozo de una teoría de la práctica" (1972) y "El sentido práctico". Pero fue "La distinción. Criterios y bases sociológicas del gusto” (1979), el libro que lo consagró como uno de los sociólogos más importantes, que ha sabido dar la vuelta a Marx y a Weber para descifrar cómo funcionan las estructuras simbólicas de dominación ocultas en nuestra tradición cultural.

Para superar el error de Marx de suponer la existencia de clases sociales constituidas en la realidad inventó conceptos tan esenciales como Espacio social y Espacio simbólico, que son algo así como las suma de los diferentes espacios o campos en conflicto, los ruedos, donde se libran las luchas de poder. Capital económico y capital cultural pugnan en cualquier microcosmos o campo para obtener la legitimidad o el canon, el poder, como sucede en los campos artístico, literario o científico, entre otros, que son instituciones históricamente constituidas y dotadas de un conjunto de normas de juego. Su noción de hábitus también es capital, pues mediante la escuela, la tradición, lo oído, escuchado y sentido, el ser humano de un determinado medio social configura un esquema de comportamiento que es lo que le empuja a actuar, opinar y comportarse de una determinada manera dentro del campo, o campos en los que se mueva. En Bourdieu todo es relacional. Y aunque estemos dominados, a causa de ese complejo juego de relaciones en los diferentes microcosmos, él da útiles de resistencia con los que tomar conciencia para vencer cualquier pretedeterminación.

La obra de Bourdieu es impresionante y abarca infinidad de campos. Ha estudiado temas tan diversos como el universo bereber, los museos, los gustos, las escuela, la gestación del Estado moderno, la clase dirigente, la creación artística y literaria, la representación política, la alta función pública, la casa privada, el sufrimiento social, los medios de comunicación. En su último libro, "La Dominatión masculine", muestra cómo la relaciones entre los sexos están eternizadas y desvela los mecanismos estructurales que permiten dominar a las mujeres. Este último libro ha resultado tan polémico y fundamental como los tres anteriores: "Sobre la televisión" (1996), "Meditaciones pascalianas" (1997) y "Contrafuegos" (1998).

En su dilatada carrera como antropólogo, etnólogo y sociólogo ha aportado varios instrumentos para avanzar en la comprensión de los mecanismos ocultos que mueven nuestra sociedad. Para desarticular ideas preconcebidas, como por ejemplo la existencia de clases sociales, ha introducido en el vocabulario de la sociología la noción de espacio social y de campo de poder.

¿Puede explicarlo un poco?

La noción de espacio social resuelve, a mi parecer, el problema de la existencia o no de las clases sociales que divide desde los inicios a los sociólogos. Se puede negar su existencia sin negar lo esencial, que son las diferencias sociales que existen en la sociedad a causa de la distribución desigual de bienes y capitales, lo que genera antagonismos individuales y, a veces, enfrentamientos colectivos. La noción de espacio social permite, matemática o lógicamente, situar las diferencias. Pero al mismo tiempo se abandona la idea de que existen grupos sociales constituidos contra otros grupos, como sostuvo Marx. Las clases sociales sólo existen en estado virtual, y la sociología no ha de construir clases, sino espacios sociales, en primer lugar para romper con la tendencia de pensar el mundo social de una forma sustancialista, que es la del sentido común y el racismo. Las actividades o las preferencias propias de los individuos o grupos de una sociedad determinada en un momento dado, para nada están inscritas de una vez y para siempre en una especie de esencia biológica o cultural.

¿Y cómo estructura el espacio social?

En una sociedad donde hay probabilidad de casarse, de hacer deporte juntos, de hablar el mismo lenguaje, de tener los mismos gustos y el mismo tipo de amigos, tales posibilidades, en la realidad, son muy desiguales según la posición que uno ocupe en función del capital económico y el capital cultural. Puedo citar como ejemplo un estudio en el que demuestro que el espacio social está estructurado a grosomodo en dos dimensiones, y de hecho en tres. Si usted construye la imagen del espacio social y corta un círculo al azar, las personas que estén en él, tendrán muchas más cosas en común que los que están fuera. Por ejemplo, se ha hecho un estudio de endogamia entre matrimonios de un mismo nivel, y cuanto más se afina más aumentan los niveles de endogamia. La endogamia entre los alumnos de la Escuela Normal Superior es extraordinario.

La noción de espacio social da cuenta de todo lo que quieren decir los que hablan de clases sociales, sin caer en el error de creer que las clases existen en la realidad. En tiempos de guerra, por ejemplo, se puede asociar en nombre del patriotismo a los obreros y los patronos. Pero en tiempos normales, uno irá a beber pernaud y el otro whisky. Uno irá a jugar a la petanca y el otro al bridge. Tengo estudios sobre la patronal francesa donde los juegos de sociedad, el bridge por un lado y el golf y el tenis por otro, son instrumentos escondidos de selección social, porque están muy desigualmente distribuidas en un momento dado, y también entre generaciones. Hay una tercera dimensión invisible que es la antigüedad en la posición. Uno tendrá posibilidades de casarse con la hija del jefe y otro no. Este espacio de tres dimensiones es algo muy potente, me da miedo, y me pregunto: ¿Es posible que todo esté tan fuertemente determinado?

¿Y la noción campo de poder?

Es una noción en fase experimental. Necesitaba resolver dificultades y la he concebido atendiendo a muchos estudios sobre el poder, que es una noción complicada porque es un sistema de relaciones. Al estudiar lo que se llama clase dirigente, nos preguntamos qué tienen en común un juez de la corte suprema y un empresario de IBM, o éste último con un gran abogado. Hay que abandonar la visión de grupo unificado, coherente, para decir que hay una especie de campo, un espacio de relación independiente, relativamente autónomo con respecto al espacio social en su conjunto, y en el cual unas personas detentan una especie de capital particular y luchan con otras que detentan otras especies de capitales para dar más fuerza al suyo.

En el siglo XIX, hubo en Francia una lucha entre los artistas y los burgueses. Fueron luchas un tanto rituales. Muchos artistas eran hijos de burgueses en ruptura con la burguesía; Cézanne, hijo de banqueros. Manet, hijo de un alto funcionario. En esta lucha lo que estaba en juego era la dominación sobre el mundo social y al mismo tiempo sobre los instrumentos legítimos de dominación. Cuando Baudelaire ataca al burgués ataca las bases del poder burgués. Dice, los burgueses son filisteos, beocios, incultos, no tienen el buen capital, que es el capital cultural, literario… Y el burgués responde: esas personas son bohemios, maleducados, sucios, irresponsables, inadaptados, locos. Por lo tanto, hay una lucha entre estilos de vida, incluso entre maneras de ser hombre, que es al mismo tiempo una lucha por el poder.

¿Y qué sucede con los diferentes campos intelectuales en relación al poder al final del siglo XX?

Si llego a decir que la única manera de ser un hombre es tener mucho dinero, como sucede hoy, todos los demás quedan descalificados. Actualmente, en esta lucha dentro del campo de poder, los intelectuales han perdido, porque incluso son los banqueros, o casi, los que dicen quiénes son los intelectuales. El campo de poder es como un ruedo, un lugar de lucha relativamente independiente, porque las luchas que suceden en este espacio son diferentes de las grandes luchas sociales. A menudo se han descrito como lucha de clases y revoluciones enfrentamientos internos en el campo de poder, a las que se han unido los desposeidos.

Lo que yo llamo campo intelectual o campo artístico es un subcampo en el interior del campo de poder. Y los intelectuales ocupan una posición temporalmente dominada, económicamente dominada dentro de éste. Y es una de las razones por las cuales están estructuralmente asociados, a menudo, con los dominados. Están entre los dos grupos. Un poco como las mujeres de la clase dominante. No es casual que en los salones fueran ellas las que permanecían junto a los artistas.

¿Cómo se legitiman los prestigios en los diferentes campos de la cultura y quién los autoriza ?

En todos los campos existe una lucha por definir quién decide quién forma parte del campo y quién no. Quién es escritor y quién no. En un campo intelectual o artístico, la gente dirá que Manet, por ejemplo, hizo una revolución artística que desplazó a sus maestros, que vendían los cuadros de Couture o de los grandes pintores pompiers más caros que los de Tiziano. Entre 1860 y 1890 hubo una revolución: cuadros que valían millones se desvalorizaron. Manet no sólo negó a las personas que dominaban el campo artístico, sino también el principio en el nombre del cual dominaban. Joyce hizo una revolución artística análoga que cambió el principio según el cual entramos en el juego y ganamos. En cada campo, en la poesía por ejemplo, hay un desafío escondido: el derecho a jugar o el fuera de juego. Y una vez que el juego está en marcha, cuáles son las bazas que cada uno tiene.

¿Usted publicó, Contra la Televisión, en el que desvela cómo el actual neoliberalismo coacciona la autonomía de los diversos campos intelectuales?

He tenido muchísimas discusiones sobre el neoliberalismo, sobre este cambio, esta crisis de civilización a la que estamos asistiendo. Todas las revoluciones artísticas del siglo XIX tenían el fin de imponer valores no económicos: el arte contra el dinero ..

Pienso que en muchos campos, en literatura y otros, lo que ahora contemplamos es la revancha del dinero contra el arte. La autonomía, la independencia que los universos artísticos habían conquistado gracias a combates terribles, incluso con personas que murieron para que un libro invendible fuera publicable, para que no hubiera ninguna correlación entre el éxito comercial de un libro y su valor artístico, todo esto está amenazado; lo que hoy impera son los valores comerciales. Autores o creadores, que no son necesariamente los mejores desde el punto de valor en términos del medio, pueden aliarse con las personas que están fuera. Uno de los factores de esta pérdida en todos los campos es la televisión. Hoy, ser es ser visto en la televisión y caer simpático a los periodistas. Los libros que tienen éxito son los de la televisión. Esta temible alianza hace que los defensores de los valores específicos, del arte por el arte por decirlo pronto, estén cada vez más amenazados. En el campo de la justicia, los periodistas utilizan el poder que tienen sobre el gran público para intervenir en los procesos de manera emocional. Exclaman cosas como: Han matado a una niña pequeña, ¡hay que matar al asesino!, y así juzgan a los culpables con sus propias leyes. Con los científicos sucede lo mismo. La ciencia cuesta cara, y para conseguir créditos los científicos tienen que pasar por los medios de comunicación.

¿Quiere esto decir que la producción de los diferentes campos culturales está mediatizada por los medios de comunicación?

Cualquier campo científico o cultural es un microcosmos dentro del macrocosmos. Cada campo es una pequeña República en la que están los dominados y los dominadores, y también las relaciones de poder, aunque no todos los poderes son del mismo tipo. El poder que ejerce un gran matemático sobre un pequeño matemático no es igual que el que ejerce un patrón sobre un obrero.Los matemáticos son los más autónomos, nadie entiende lo que hacen, incluso los periodistas no se meten. Son como los poetas de vanguardia, que están al margen de todo y por esa razón pueden permanecer puros, pero a costa de quedar fuera de juego. Por su parte, todas las personas que están entre estos dos ámbitos, como los sociólogos o los economistas, se encuentran particularmente amenazados e intentan construir su campo con sus propias leyes. Pero como de lo que hablan es del dominio público, todo el mundo juzga: los obispos, la gran prensa, el público en general. Este fenómeno es un poco inquietante desde el punto de vista del futuro de las disciplinas artísticas, literarias, jurídicas, filosóficas.

Los nuevos filósofos, por ejemplo, son personas que no tienen un buen nivel profesional, no están al corriente de las discusiones actuales. Estoy seguro de que usted conoce a Bernard Henri-Lévy, y es muy probable que no conozca a Jacques Bouveresse, que es un gran maestro del oficio. El primero va a la televisión y el otro no, o cuando va, el público se pregunta: ¿de qué está hablando?. La televisión ha cambiado las relaciones de fuerzas internas en los espacios de producción. La filosofía es un ejemplo muy bueno. Puede ser muy técnica, y también una práctica de cualquiera que no sea filósofo profesional, de una persona de letras que usa la filosofía como herramienta profesional pero que no aprobaría un examen elemental en la universidad, aunque la use para convencer al público, que sólo tiene nociones vagas de filosofía. Y cuando algún intelectual de nivel le dice a la gente que esto no es filosofía, muchos se sienten ofendidos y exclaman: ¡Claro que sí, yo lo leo y encuentro que está muy bien!. Es tan naif como esto. Ortega y Gasset ya decía cosas como que la pintura moderna ha cortado el contacto con la realidad. Y hoy, los medios o los artistas mediocres utilizan esté tipo de especulaciones para combatir a los buenos artistas.

¿Qué puede hacer el periodista comprometido?

El periodista puede hacer mucho, y si a veces soy crítico es porque pienso que tiene una enorme responsabilidad. Es unos de los personajes sociales más poderosos, aunque individualmente sea vulnerable. La prensa es un poder considerable que se cree crítico, una de las mitologías de la profesión porque la mayoría de periodistas son más bien conservadores. Además no tienen tiempo de leer libros. Cumplen muy poco el papel de descubridores, salvo algunas excepciones. En todo lo relativo al arte, el periodista medio, es decir influyente, de Le Monde des Livres por ejemplo, es una instancia de consagración de cosas mediocres, o de personas no mediocres pero consagradas desde hace cincuenta años.

¿Es posible un periodismo de investigación, un periodismo responsable que sortee la corrupción estructural que existe en el campo del periodismo.?

El periodista que descubre, que investiga complots o bien que hace investigaciones peligrosas sobre el terreno, es un mito. Algunos personas lo hacen, y cada vez más son mujeres. Como están dominadas, son ellas las que investigan las situaciones difíciles. El periodista del establishment, el periodista de Le Monde, de The Guardian, del New York Times, del País, es una persona que contribuye al mantenimiento del orden simbólico y de la visión dominante del mundo.

En el campo de los periodistas están por un lado los establecidos, y por otro los críticos marginados que luchan contra los que dominan en su espacio social. En Francia todavía quedan unos cuantos, sobre todo en Le Monde Diplomatique, Charlie Hebdo, Le Canard Enchaîné. Aunque cada vez hay menos. En mi juventud, si me hubieran dicho que el redactor jefe del Nouvel Observateur se iba a convertir en redactor jefe de Le Figaro me hubiera caído de espaldas. Y que ese mismo podía convertirse en director del Figaro Madame, es ya alucinante. Cosas así ocurren constantemente. Existe una homogeneización, y las condiciones económicas atenúan los efectos de lucha que hay en el campo.

A los minoritarios de Le Monde Diplomatique se les acusa de iluminados, a los del Charlie Hebdo de sesentayochistas trasnochados, cuando su página económica es mucho más seria que la de Le Monde. Habría que crear periódicos, pero para ello se necesita un dinero que no tenemos. Conozco periodistas valientes, inteligentes que no tienen trabajo, o a los que se les paga para que no escriban. ¿Quiere esto decir que se trata de la coacción económica? No, no es tan simple, es la presión económica que se ejerce a través de la lógica propia de los campos humanísticos. Estos campos tiene sus propias leyes, sus competencias, sus confrontaciones. Y los periodistas tienen también los suyos en relación a los diferentes campos culturales. Ese juego, bajo presión, es cada vez más potente y modifica los otros juegos, y no sólo por la presión de la publicidad y de los grandes medios. Si por ejemplo, la economía coaccionara directamente el mundo jurídico todo el mundo protestaría. En el periodismo, como la presión de la economía pasa por mecanismos más sutiles el público la digiere mejor.

¿Los periodistas más jóvenes o más conscientes pueden abrir brecha a esta colosal censura?

En Francia, uno de los dramas es el de las diversas posiciones entre los periodistas precarios, con contratos de duración determinada. En general jóvenes que dicen: tengo un montón de ideas. Actualmente estoy preparando un número en Actes de la Recherche que incluye una investigación sobre el periodismo. En él muestro que se están haciendo cosas muy originales. Programas para niños, documentales de televisión, encuestas de investigación, reportajes. Todo esto está realizado por free lances que se pasan el día buscando temas, cómo venderlos y a quién. Pero estos esfuerzos están totalmente controlados, porque los recién licenciados no inventan con toda libertad sino en función de la idea de lo que va a gustar a las cadenas, incluidas las culturales, que excluyen infinidad de asuntos. Lo que estos free-lances proponen ya ha pasado por el filtro de la autocensura. Saben que no merece la pena cansarse proponiendo un tema sobre la corrupción de Jacques Chirac. Mi profesión me lleva a estudiar fondos de corrupción estructurales, es decir corrupciones en las cuales nadie es el sujeto, sino que se producen por la lógica del sistema. Es la estructura misma la que hace que eso sea así. Estamos inducidos a no decir, ni siquiera a pensar en decir. Existe una censura invisible. En este sentido podría haber alianzas formidables entre investigadores y periodistas.

¿Cree posibles estas alianzas?

En ellas estoy desde hace tiempo. Si por ejemplo tengo un proyecto de artículo sobre el sistema escolar pero no estoy al corriente de lo último que ha dicho el Ministro, o hay ciertos hechos que no puedo comprobar haciendo las verificaciones necesarias porque necesitaría unos años que no tengo, sería muy bueno que me pudiera partir el trabajo con un periodista. Juntos podríamos hacer cosas formidables, aunque para que estas alianzas pudieran prosperar tendrían que existir directores de periódico que las aceptaran. Respecto del periodismo mantengo enormes esperanzas.

¿Cómo se podría conjugar éxito comercial con calidad?

Es un problema difícil. Mallarmé, un poeta muy esotérico, ya se planteaba cómo producir cosas conforme a la lógica del microcosmos cultural lo más poéticas, literarias, científicas y artísticas posibles. Uno de los grandes obstáculos son las personas que están en contacto con el público pero que han perdido el contacto con la verdadera literatura o la verdadera poesía. Estas personas dificultan el esfuerzo para ofrecer al público lo mejor del microcosmos.

Sin embargo, hoy se producen más libros y estudios que en ninguna otra época, algunos de extraordinaria calidad.

Un poeta del siglo XIX afirmaba que hay gente que produce para el mercado y otros que crean su propio mercado. Si tomamos el ejemplo de la sociología cuanto mejor van las cosas más hay que saber para convertirse en sociólogo. En todos estos universos existe lo que los economistas llaman el derecho de admisión, que equivale a lo que cada uno tiene que pagar para ser miembro del mundillo. Cuando la ciencia avanza, el precio del derecho de admisión sube. Para ser filósofo verdadero, hay que tener hoy una gran amplitud cultural porque hay que conocer a la vez a los pragmatistas estadounidenses, a los filósofos vieneses, a tal o cual escuela. Las obras de este microcosmos que eleva el derecho de entrada son cada vez más completas, más conformes a la realidad, más bellas. Y al público no le llegan. Para reconocerlas existe el sistema escolar que transmite los instrumentos de comprensión pero lo hace con retraso y con grandes deficiencias. Estas obras son cada vez más universales e independientes y sin embargo no somos capaces de crear las condiciones de acceso. Hay gente que tiene el monopolio de lo universal y uno de los temas permanentes de mi obra consiste precisamente en decir que estas obras que aspiran a la universalidad estas monopolizadas por algunos, tanto en la producción como en su consumo. Así pues, una de mis consignas sería: universalicemos las condiciones de acceso a lo universal.

¿Qué problemáticas plantean los intelectuales que viven por y para los medios de comunicación de masas?

Escuchando a los filósofos mediáticos parece que ya no hace falta leer a Kant, ni a Hegel, ni a Heidegger. Estos pseudofilósofos se dirigen al público diciendo: Yo les voy a contar cosas que responderán a los problemas que usted se plantea en la vida. Y hablan por la radio sobre la diferencia entre democracia y totalitarismo, y citan a los filósofos más fáciles como Hanna Arendt. O nos hacen creer que, como la historia y la filosofía ya las tenemos, no merece la pena perder el tiempo leyendo a Bourdel o Duby o E.P. Thompson. Personalmente no tengo nada en contra de ellos. Pero políticamente, porque estamos hablando de política literaria y científica, estas personas contribuyen, como se ve en las publicaciones, a aniquilar progresivamente las condiciones de producción de obras de vanguardia. Si usted no vende cada año cinco mil ejemplares, usted no existe. Hace diez años, Les Editions de Minuit , publicaron a Beckett, vendieron trescientos ejemplares y no les preocupó. Ahora se ha elevado el nivel de exigencia en materia comercial y hay cosas que uno no logra publicar. En el terreno de las Ciencias Sociales hay jóvenes investigadores que hacen lo mejor que se hace actualmente en la materia. Si los que les apoyamos dejáramos de existir no podrían volver a publicar.

Usted ha creado utiles para combatir estas situaciones con gran éxito, ¿conoce otras contribuciones?

Puedo citar a Pierre Carles, un joven director de cine que hizo una película de mucho éxito sobre la televisión. Bueno, pues tuvo que hacer una colecta para poder montarla y pasarla en los cines de arte y ensayo. Conozco a grupos de jóvenes artistas que hacen cooperativas para controlar los medios de difusión. Y en mi terreno, hemos fundado la pequeña editorial Raisons d´Agir por razones de censura puesto que eran libros que nadie quería publicar, o porque los periodistas no les harían ninguna reseña, o porque eran libros con mucho riesgo comercial. En esta editorial publique mi libro sobre la televisión, y vendimos doscientos mil ejemplares. El problema del público es que no se le ofrecen productos así. Mi combate principal, y lo llevo también al terreno político, es dentro de los universos intelectuales. La lucha no se da en Chiapas, sino en las redacciones de los medios de comunicación. Parece ridículo decirlo, pero hay mucha lucha de intereses en la filosofía, en el mundo editorial, en la universidad… Desgraciadamente, los intelectuales tienen también costumbres que provienen de su pasado político comunista, socialista, etc. Y tienen una definición un poco limitada de la política porque la convierten en sinónimo de lo que hacen los partidos. Y hay desafíos políticos todos los días, como el sistema escolar, algo de vital importancia que no es objeto del debate que merece. Parece más interesante ocuparse de Timor Oriental. Aranguren era alguien que comprendía esto y libraba luchas intelectuales de cercanía que eran al mismo tiempo luchas políticas.

O sea, se puede luchar contra el pulpo mediático.

Hay un pequeño grupo que se llama Attac, formado por gente de Le Monde Diplomatique. Nosotros estamos unidos a ellos. Nos constituimos para luchar contra la ley de circulación de capitales, que en Francia se llama AMI. Es una medida jurídica que desposee a los Estados de cualquier poder de intervención contra las intrusiones económicas.

¿Cómo construir la Europa de los movimientos sociales frente a la de los banqueros?

Hace varios días que me digo: tienes que escribir algo sobre ello. Pero estaba muy desanimado con todo lo que está ocurriendo en Yugoslavia. Ayer por la mañana, por fin empecé a trabajar pero por la noche estaba otra vez desalentado porque las fuerzas conservadoras son enormes. Los socialdemócratas que han tomado el poder en la casi totalidad de los países europeos son a veces más conservadores que los gobiernos a los que han sustituido. Lo que hoy se plantea el movimiento social es el hecho de que los países más avanzados socialmente, para mantener la competitividad, reduzcan las prestaciones sociales. Para contrarrestar este efecto, la única solución sería que los gobiernos socialistas que hoy gobiernan en los paises más poderosos se plantearan regular la competencia. Habría que instituir una instancia política de control de la banca europea y toda una serie de medidas. Pero nadie piensa en ello. En Maastricht, en lugar de decir qué podemos hacer para limitar los efectos perversos de la competencia interna en Europa, se tomaron medidas destinadas a satisfacer los mercados financieros que prohiben y despojan a los Estados nacionales de la posibilidad de hacer cualquier política social.

Con estos presupuestos, a los gobiernos no les queda ningún margen. Y colectivamente sí habría margen porque Europa es lo suficientemente fuerte como para ser autónoma respecto al mercado. La Europa social sólo son palabras y en cambio habría montones de medidas precisas: salario mínimo garantizado, programas a largo plazo de inversión en materia de ecología, de investigación científica, transportes…, que incluso generarían mano de obra y reforzarían la sinergia positiva. También estoy desencantado porque hay fuerzas, pero todo lo que es transnacional es muy difícil. Los sindicatos son muy nacionales y sus dirigentes no hablan idiomas. Es preciso que en cada unión sindical haya un responsable que conozca Francia, otro que conozca Gran Bretaña, otro que conozca Italia, de manera que cuando se discuta un problema inglés los de los otros paises sepan de que va. A pesar de todo, dentro de unos días haremos en Estrasburgo una reunión con escritores como Günter Grass y sindicalistas para tratar de discutir juntos de manera transnacional. Es un largo proceso que hay que hacer. La CGT, por ejemplo, era un sindicato muy francés que ahora se está planteando lo internacional. Pero la construcción de un verdadero sindicato europeo (Y aún más internacional) es cosa muy difícil. Tal sindicato corre peligro de ser siempre muy frágil, estando amenazado por fuerzas económicas muy poderosas y capaces de introducir contradicciones entre los intereses nacionales.

P. Bourdieu: la lógica de los campos

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La noción de campo forma parte, junto con las de habitus y capital, de los conceptos centrales de su obra, que comprende estudios sobre los campos artístico y literario, el campo de las grandes escuelas, los campos científico y religioso, el campo del poder, el campo jurídico, el campo burocrático, etc. Usted utiliza la noción de campo en un sentido muy técnico y preciso que está, quizás, en parte ocultado por su significación corriente. ¿Podría decir de dónde viene esta noción (para los americanos evoca, en forma verosímil, la Field theory de Kurt Lewin), qué sentido le da usted, y cuáles son sus funciones teóricas?

Como no me gustan mucho las definiciones profesorales, querría comenzar con un breve excursus sobre su uso. Podría remitir aquí al Métier du sociologue. Es un libro un poco escolar, pero que contiene sin embargo principios teóricos y metodológicos que permitirían comprender que una cantidad de abreviaciones y elipses que quizás se me reprochan son de hecho rechazos conscientes y elecciones deliberadas. Por ejemplo, el uso de conceptos abiertos es un medio para romper con el positivismo -pero ésta es una frase hecha. Para ser más preciso, es un medio permanente para recordar que los conceptos no tienen sino una definición sistémica y son concebidos para ponerse en práctica empíricamente de manera sistemática. Nociones tales como habitus, campo y capital pueden definirse, pero solamente en el interior del sistema teórico que constituyen, nunca en estado aislado.

Dentro de la misma lógica se me pregunta frecuentemente, en Estados Unidos, porqué no propongo teoría «de mediano alcance» (middle-range theory). Pienso que sería en principio una manera de satisfacer una expectativa positivista, a la manera del ya viejo libro de Berelson y Steiner (1964) compilación del conjunto de las leyes parciales establecidas por las ciencias sociales. Como lo mostró Duhem hace mucho tiempo en el plano de la física, y luego Quine, la ciencia no conoce sino sistemas de leyes. Y lo que es verdadero con respecto a los conceptos, es verdadero con respecto a las relaciones. Del mismo modo, si uso mucho más el análisis de correspondencias que el análisis de regresión múltiple, por ejemplo, es porque es una técnica relacional de análisis de los datos cuya filosofía corresponde exactamente, a lo que es, a mi modo de ver, la realidad del mundo social. Es una técnica que «piensa» términos de relaciones, precisamente yo intento pensar la noción de campo.

Pensar en términos de campo es pensar relacionalmente (1968b, 1982c, pp 41-42). El modo de pensamiento relacional (antes que «estructuralista», más estrecho) es, como lo mostró Cassirer en Substance et Fonction, la marca distintiva de la ciencia moderna, y se podría mostrar que se la encuentra tras las empresas científicas tan diferentes, en apariencia, como las del formalista ruso Tynianov, la del psicólogo Kurt Lewin, la de Norbert Elías y las de los pioneros del estructuralismo en antropología, en lingüística e historia, de Sapir y Jakobson a Dumézil y Levi-Strauss. (Lewin invoca explícitamente a Cassirer, como yo, para superar el sustancialismo aristotélico que impregna espontáneamente el pensamiento del mundo social). Yo podría, deformando la famosa fórmula de Hegel, decir que lo real es relacional: lo que existe en el mundo social son relaciones -no interacciones o lazos intersubjetivos entre agentes sino relaciones objetivas que existen «independientemente de las conciencias y de las voluntades individuales», como decía Marx.

En términos analíticos, un campo puede definirse como una trama o configuración de relaciones objetivas entre posiciones. Esas posiciones se definen objetivamente en su existencia y en las determinaciones que imponen a sus ocupantes, agentes o instituciones, por su situación (situs) actual y potencial en la estructura de la distribución de las diferentes especies de poder (o de capital), cuya disposición comanda el acceso a los beneficios específicos que están en juego en el campo, y, al mismo tiempo, por sus relaciones objetivas con las otras posiciones (dominación, subordinación, homología, etc.). ‘En las sociedades altamente diferenciadas el cosmos social está constituido por el conjunto de esos microcosmos sociales relativamente autónomos, espacios de relaciones objetivas que son el lugar de una lógica y de una necesidad irreductibles a aquellas que rigen los otros campos. Por ejemplo, el campo artístico, el campo religioso y el económico obedecen a lógicas diferentes: el campo económico emergió, históricamente, en tanto que universo en el que, como se dice, «los negocios son los negocios», business is business, y del que las relaciones de parentesco, de amistad y de amor están, en principio, excluidas; el campo artístico, por el contrario, se constituyó en y por el rechazo, o la inversión, de la ley del provecho material (1971d).

Usted utiliza frecuentemente la imagen del «juego» para dar una primera intuición de lo que entiende por campo.
Efectivamente, se puede comparar el campo con un juego (aunque a diferencia de un juego no sea el producto de una creación deliberada y no obedezca a reglas, o mejor, regularidades no explicitadas y codificadas). Tenemos de este modo apuestas que son, en lo esencial, el producto de la competición entre los jugadores; una investidura en el juego, illusio (de ludus, juego): los jugadores entran en el juego se oponen, a veces ferozmente, sólo porque tienen en común el atribuir al juego y a las apuestas una creencia (doxa), un reconocimiento que escapa al cuestionamiento (los jugadores aceptan, por el hecho de jugar el juego, y no por un «contrato», que vale la pena jugar el juego) y esta connivencia está en el principio de su competición y de sus conflictos. Disponen de triunfos, es decir de cartas maestras cuya fuerza varía según el juego: del mismo modo que cambia la fuerza relativa de las cartas según los juegos, la jerarquía de las diferentes especies de capital (económico, cultural, social, simbólico) varía en los diferentes campos. Dicho de otro modo, hay cartas que son válidas, eficientes en todos los campos -son las especies fundamentales de capital-, pero su valor relativo en tanto que triunfos varía según los campos, e incluso según los estados sucesivos de un mismo campo. Dando por supuesto que, más fundamentalmente, el valor de una especie de capital -por ejemplo el conocimiento del griego o del cálculo integral- depende de la existencia de un juego, de un campo en el que ese triunfo puede ser utilizado: un capital o una especie de capital es aquello que es eficiente en un campo determinado, como arma y como apuesta de lucha, lo cual permite a su, portador ejercer un poder, una influencia; por lo tanto, existir en un campo determinado, en lugar de ser una simple «cantidad despreciable». En el trabajo empírico el determinar qué es el campo, cuales son los límites, y determinar qué especies de capital actúan en él, dentro de qué límites ejerce sus efectos, etc., es una misma cosa. (Se ve que las nociones de capital y de campo son estrechamente interdependientes.)

Es en cada momento el estado de las relaciones de fuerza entre los jugadores lo que define la estructura del campo: se puede imaginar que cada jugador tiene delante de sí pilas de fichas de diferentes colores, correspondientes a las diferentes especies de capital que posee, de manera tal que su fuerza relativa en el juego, su posición en el espacio de juego, y también sus estrategias de juego, lo que se llama en francés su « juego» (jeu), los golpes, más o menos riesgosos, más o menos prudentes, más o menos subversivos o conservadores que emprende dependen al mismo tiempo del volumen global de sus fichas y de la estructura de las pilas de fichas, del volumen global de la estructura de su capital; pudiendo diferir dos individuos dotados de un capital global más o menos equivalente tanto en su posición como es sus tomas de posición, en tanto que uno tiene (relativamente) mucho capital económico y poco capital cultural (un patrón de una empresa privada, por ejemplo); y el otro tiene mucho capital cultural y poco capital económico (por ejemplo un profesor).

Más exactamente, las estrategias de un «jugador» en lo que define su juego dependen de hecho no sólo del volumen y de la estructura de su capital en el momento considerado y de las chances en el juego (Huyghens hablaba de lusiones, siempre de ludus para definir las probabilidades objetivas) que ellas le aseguran, sino también de la evolución en el tiempo del volumen y la estructura de su capital, es decir de su trayectoria social y de las disposiciones (habitus) que se constituyeron en la relación prolongada con una cierta estructura objetiva de chances.

Y esto no es todo: los jugadores pueden jugar para aumentar o conservar su capital, sus fichas, es decir conformemente a las reglas tácitas del juego y a las necesidades de la reproducción del juego y de las apuestas; pero pueden también trabajar para transformar, parcial o totalmente, las reglas inmanentes del juego, cambiar por ejemplo el valor relativo de las fichas, la tasa de cambio entre diferentes especies de capital, por estrategias tendientes a desacreditar la sub-especie de capital sobre la que reposa la fuerza de sus adversarios (por ejemplo el capital económico) y a valorizar la especie de capital de la que ellos están particularmente dotados (por ejemplo el capital jurídico). Numerosas luchas en el campo del poder son de este tipo: especialmente las que apuntan a apoderarse de un poder sobre el Estado, es decir sobre los recursos económicos y políticos que permiten al Estado ejercer un poder sobre todos los juegos y sobre las reglas que los rigen.

Esta analogía permite ver el lazo entre los conceptos que usted pone en juego en su teoría. Pero es necesario ahora retomar de manera más precisa ciertas cuestiones. En primer lugar, ¿Cómo se determinan la existencia de un campo y sus fronteras?
La pregunta acerca de los límites del campo se formula siempre dentro del campo mismo y, en consecuencia, no admite una respuesta a priori. Los participantes de un campo, por ejemplo las empresas económicas, los sastres, los escritores, trabajan constantemente para diferenciarse de sus rivales más próximos, con el objetivo de reducir la competencia y establecer un monopolio sobre un sub-sector particular de campo (habría que corregir esta frase, que sucumbe al «sesgo» teleológico -aquel que me atribuyen frecuentemente cuando se comprende que hago de la investigación de la distinción el principio de las prácticas culturales: todavía un efecto funesto -hay una producción de diferencia que no es en nada el producto de la investigación de la diferencia; hay mucha gente -pienso por ejemplo en Flaubert- para la cual existir dentro de un campo es, eo ipso, diferir, ser diferente, afirmar la diferencia; esta gente estaba frecuentemente dotada de características que hacían que no debieran estar allí, que debieran haber sido eliminados de entrada; pero cierro el paréntesis); trabajan también para excluir del campo una parte de los participantes actuales o potenciales, especialmente elevando el derecho de entrada, o imponiendo una cierta definición de la pertenencia: es lo que hacemos, por ejemplo, cuando decimos que X o Y no es un sociólogo, o un verdadero sociólogo, conforme a las leyes inscriptas en la ley fundamental del campo tal como nosotros la concebimos. Sus esfuerzos para imponer y hacer reconocer tal o cual criterio de competencia y de pertenencia pueden resultar más o menos exitosos, según la coyuntura. De este modo, las fronteras del campo no pueden determinarse sino por una investigación empírica. Toman sólo raramente la forma de fronteras jurídicas (con, por ejemplo, el numerus clausus), incluso si los campos conllevan «barreras a la entrada», tácitas o institucionalizadas.

A riesgo de parecer que sacrifico la tautología, diría que se puede concebir un campo como un espacio en el que se ejerce un efecto de campo, de manera que lo que le ocurre a un objeto que atraviesa ese campo no puede ser explicado completamente por sus solas propiedades intrínsecas. Los límites del campo se sitúan en el punto en el que cesan los efectos de campo. En consecuencia, hay que tratar de medir, en cada caso, por medios variados, el punto en el que esos efectos estadísticamente detectables declinan o se anulan en el trabajo de investigación empírica, la construcción de un campo no se efectúa por un acto de decisión. Por ejemplo, no creo que el conjunto de las asociaciones culturales (coros, grupos de teatro, clubes de lectura, etc.) de tal Estado americano o de tal departamento francés constituya un campo. Opuestamente, el trabajo de Jerome Karabel (1984) sugiere que las principales universidades americanas están ligadas por relaciones objetivas tales que la estructura de esas relaciones (materiales o simbólicas) ejerce efectos en el interior de cada una de ellas. Lo mismo con respecto a los diarios: Michael Schudson (1978) muestra que no es posible comprender la emergencia de la idea moderna de «objetividad» en el periodismo, si no se ve que dicha objetividad aparece en diarios cuidadosos de afirmar su respeto de las normas de respetabilidad, oponiendo las «informaciones» a las simples «noticias» de los órganos de prensa menos exigentes. Solamente estudiando cada uno de estos universos puede establecerse cómo están concretamente constituidos, dónde terminan, qué forma parte de ellos y qué no, y si constituyen verdaderamente un campo.

¿Cuáles son los motores del funcionamiento y del cambio del campo?
El principio de la dinámica de un campo reside en la configuración particular de su estructura, en la distancia entre las diferentes fuerzas específicas que se enfrentan en él. Las fuerzas que son activas en el campo que el analista selecciona de ese hecho como pertinentes, porque producen las diferencias más importantes, son las que definen el capital específico. Como he dicho a propósito del juego y de los triunfos, un capital no existe ni funciona sino en relación a un campo: confiere un poder sobre el campo, sobre los instrumentos materializados o incorporados de producción o de reproducción, cuya distribución constituye la estructura misma del campo; sobre las regularidades y las reglas que definen el funcionamiento del campo; y sobre los beneficios que en él se engendran.

Campo de fuerzas actuales y potenciales, el campo es también un campo de luchas por la conservación o la transformación de la configuración de sus fuerzas. Además, el campo, en tanto que estructura de relaciones objetivas entre posiciones de fuerza, sostiene y orienta las estrategias por las cuales los ocupantes de esas posiciones buscan, individual o colectivamente, salvaguardar o mejorar su posición e imponer el principio de jerarquización más favorable a sus propios productos. Dicho de otro modo, las estrategias de los agentes dependen de suposición en el campo, es decir en la distribución del capital específico, y de la percepción que tienen del campo, es decir de su punto de vista sobre el campo en tanto que vista tomada a partir de un punto dentro del campo.

¿Qué diferencia hay entre un campo y un «aparato» en el sentido de Althusser o un sistema tal como lo concibe Luhmann, por ejemplo?
Una diferencia esencial: en un campo hay luchas, por lo tanto historia. Soy muy hostil a la noción de aparato que es para mí el caballo de Troya del funcionalismo de lo peor: un aparato es una máquina infernal, programada para alcanzar ciertos objetivos. (Ese fantasma del complot, la idea de que una voluntad demoníaca es responsable de todo lo que sucede en el mundo social, frecuenta el pensamiento « crítico»). El sistema escolar, el Estado, la Iglesia, los partidos políticos o los sindicatos no son aparatos, sino campos. En un campo, los agentes y las instituciones luchan, siguiendo las regularidades y las reglas constitutivas de ese espacio de juego (y, en ciertas coyunturas, a propósito de esas mismas reglas), con grados diversos de fuerza y, por lo tanto, con distintas posibilidades de éxito para apropiarse de los beneficios específicos que están en juego en el juego. Los que dominan en un campo dado están en posición de hacerlo funcionar en su provecho, pero deben tener siempre en cuenta la resistencia, la protesta, las reivindicaciones, las pretensiones, «políticas» o no, de los dominados.

Ciertamente, en ciertas condiciones históricas, que deben ser estudiadas de manera empírica, un campo puede comenzar a funcionar como un aparato. Cuando el dominador logra anular y aplastar la resistencia y las reacciones del dominado, cuando todos los movimientos se dirigen exclusivamente desde lo alto hacia lo bajo, la lucha y la dialéctica constitutivas del campo tienden a desaparecer. Hay historia desde que la gente se rebela, resiste, reacciona. Las instituciones totalitarias -asilos, prisiones, campos de concentración- o los Estados dictatoriales son tentativas de poner fin a la historia. De este modo, los aparatos representan un caso límite, algo que puede ser considerado como un estado patológico de los campos, pero es un límite nunca realmente alcanzado, incluso en los regímenes dichos «totalitarios» más represivos.

En cuanto a la teoría de los sistemas, es verdadero que encontramos en ella un cierto número de parecidos superficiales con la teoría de los campos. Se podría fácilmente retraducir los conceptos de «auto-referencialidad» o de «auto-organización» por lo que yo coloco bajo la noción de autonomía; en los dos casos, es verdad, el proceso de diferenciación y de autonomización juega un rol central. Pero las diferencias entre las dos teorías son sin embargo radicales. En primer lugar, la noción de campo excluye el funcionalismo y el organicismo: los productos de un campo dado pueden ser sistemáticos sin ser productos de un sistema, y en particular de un sistema caracterizado por funciones comunes, una cohesión interna y una autoregulación -postulados de la teoría de los sistemas que deben ser rechazados. Si bien es verdad que en el campo literario o en el campo artístico se pueden tratar las tomas de posición constitutivas de un espacio de posibles como un sistema, estas tomas de posición posibles forman un sistema de diferencias, de propiedades distintivas y antagónicas que no se desarrollan según su propio movimiento interno (como implica el concepto de autoreferencialidad), sino a través de los conflictos internos al campo de producción. El campo es el lugar de relaciones de fuerza -y no solamente de sentido- y de luchas tendientes a transformarlo y, por lo tanto, el lugar de un cambio permanente. La coherencia que puede observarse en un estado dado del campo, su aparente orientación hacia una función única (por ejemplo en el caso de las grandes escuelas de Francia, la reproducción de la estructura del campo del poder) son el producto del conflicto y de la competencia, y no de una suerte de autodesarrollo inmanente de la estructura.

Una segunda diferencia mayor es que un campo no tiene, partes, componentes, cada sub-campo tiene su propia lógica, sus reglas y regularidades específicas, y cada etapa en la división de un campo conlleva un verdadero salto cualitativo (como, por ejemplo, cuando se pasa de un nivel del campo literario en su conjunto al sub-campo de la novela o del teatro). Todo campo constituye un espacio de juego potencialmente abierto, cuyos límites son fronteras dinámicas, que son un juego de luchas en el interior del campo mismo. Un campo es un juego que nadie ha inventado y que es mucho más fluido y complejo que todos los juegos que puedan imaginarse. Digo esto para aprehender plenamente todo lo que separa los conceptos de campo y de sistema, hay que ponerlos en práctica y compararlos a través de los objetos empíricos que producen.

Brevemente, ¿cómo debe conducirse el estudio de un campo, y cuáles son las etapas necesarias en este tipo de análisis?
Un análisis en términos de campo implica tres momentos necesarios y conectados entre sí (1971a). En primer lugar, se debe analizar la posición del campo en relación al campo del poder (1983c), donde ocupa una posición dominada. (O, en un lenguaje mucho menos adecuado: los artistas y los escritores, o más generalmente los intelectuales, son una «fracción dominada de la clase dominante»). En segundo lugar, se debe establecer la estructura objetiva de las relaciones entre las posiciones ocupadas por los agentes o las instituciones que están en competencia en ese campo. En tercer lugar, se deben analizar los habitus de los agentes, los diferentes sistemas de disposiciones que han adquirido a través de la interiorización de un tipo determinado de condiciones sociales y económicas y que encuentran en una trayectoria definida en el interior del campo considerado una ocasión más o menos favorable de actualizarse.

El campo de las posiciones es metodológicamente inseparable del campo de las tomas de posición, entendido como el sistema estructurado de las prácticas y expresiones de los agentes. Los dos espacios, el de las posiciones objetivas y el de las tomas de posición, deben ser analizados juntos y tratados como «dos traducciones de la misma frase», según la fórmula de Spinoza. Dicho esto, en situación de equilibrio el espacio de las posiciones tiende a comandar el espacio de las tomas de posición. Las revoluciones artísticas son el resultado de la transformación de las relaciones de poder constitutivas del espacio de las posiciones artísticas, que se vuelve posible por el encuentro de la intención subversiva de una fracción de los productores con las expectativas de una fracción de su público, es decir, por una transformación de las relaciones entre el campo intelectual y el campo del poder (1987g). Lo que es verdadero para el campo artístico vale también para otros campos. Se puede de este modo observar la misma correspondencia entre las posiciones en el campo universitario en la víspera de mayo del 68 y las posiciones tomadas en ocasión de esos acontecimientos, como lo muestro en Homo academicus, o incluso entre las posiciones estratégicas de los bancos y empresas en el campo económico y las estrategias que ponen en práctica en materia de publicidad o de gestión del personal, etc.

Dicho de otro modo, ¿el campo es una mediación capital entre las condiciones económicas y sociales y las prácticas de quienes forman parte de él?
Las determinaciones que pesan sobre los agentes situados dentro de un campo determinado (intelectuales, artistas, políticos o industriales de la construcción) no se ejercen nunca directamente sobre ellos, sino solamente a través de la mediación específica que constituyen las formas y las fuerzas del campo, es decir luego de haber sufrido una reestructuración (o si se prefiere, una refracción) que es más importante cuanto más autónomo es el campo, es decir que es más capaz de imponer su lógica específica, producto acumulado de una historia particular. Dicho esto, podemos observar toda una gama de homologías estructurales y funcionales entre el campo de la filosofía, el campo político, el campo literario, etc., y la estructura del espacio social: cada uno de ellos tiene sus dominantes y sus dominados, sus luchas por la conservación o la subversión, sus mecanismos de reproducción, etc. Pero cada una de estas características reviste en cada campo una forma específica, irreductible (pudiendo ser definida una analogía como un parecido en la diferencia). De este modo, las luchas en el interior del campo filosófico, por ejemplo, están siempre subdeterminadas y tienden a funcionar en una lógica doble. Tienen implicaciones políticas en virtud de la homología de las posiciones que se establecen entre tal y tal escuela filosófica, y tal y tal grupo político o social dentro del espacio social tomado en su conjunto.

Una tercera propiedad general de los campos es el hecho de que son sistemas de relaciones independientes de las poblaciones que definen esas relaciones. Cuando hablo de campo intelectual, sé muy bien que, dentro de él, voy a encontrar «partículas» (simulemos por un momento que se trata de un campo físico) que están bajo el imperio de fuerzas de atracción, de repulsión, etc., como en un campo magnético. Hablar de campo es acordar la primacía a ese sistema de relaciones objetivas sobre las partículas. Se podría, retomando la fórmula de un físico alemán, decir que el individuo es, como el electrón, un Ausgeburt des Felds, una emanación del campo. Tal o tal intelectual particular, tal o tal artista no existe en tanto que tal sino porque tiene un campo intelectual o artístico. (Se puede de este modo resolver la eterna pregunta, cara a los historiadores del arte, de saber en qué momento se pasa del artesano al artista: pregunta que, formulada en esos términos, está casi desprovista de sentido ya que esta transición se hace progresivamente, al mismo tiempo que se constituía un campo artístico en la cual algo así como un artista podía comenzar a existir).

La noción de campo está allí para recordar que el verdadero objeto de una ciencia social no es el individuo, el «autor», incluso si un campo no puede construirse sino a partir de individuos, ya que la información necesaria para el análisis estadístico está generalmente ligada a individuos o instituciones singulares. Es el campo lo que debe estar en el centro de las operaciones de investigación, esto no implica de ninguna manera que los individuos sean puras «ilusiones», que no existan. Pero la ciencia los construye como agentes, y no como individuos biológicos, actores o sujetos; estos agentes se constituyen socialmente como activos y actuantes en el campo por el hecho de que poseen las cualidades necesarias para ser eficientes en él, para producir efectos en él. E incluso a partir del conocimiento del campo en el que están insertos se puede aprehender mejor aquello que hace a su singularidad, su originalidad, su punto de vista como posición (dentro de un campo), a partir de la cual se instituye su visión particular del mundo, y del campo mismo…

Lo cual se explica por el hecho de que a cada momento hay algo así como un derecho de entrada que todo campo impone y que define el derecho a participar, seleccionando así ciertos agentes y no otros…
La posesión de una configuración particular de propiedades es lo que legitima el derecho de entrar en un campo. Uno de los objetivos de la investigación es identificar esas propiedades activas, esas características eficientes, es decir, esas formas de capital específico. Estamos así ubicados frente a una especie de círculo hermenéutico: para construir el campo, hay que identificar las formas de capital específico que serán eficientes en él, y para construir esas formas de capital específico, hay que conocer la lógica específica del campo. Es un vaivén incesante, dentro del proceso de investigación, largo y difícil.

Decir que la estructura del campo -habrán notado que he construido progresivamente una definición del concepto- está definida por la distribución de las especies particulares de capital que son activas en él es decir que, cuando mi conocimiento de las formas de capital es adecuado, puedo diferenciar todo lo que hay que diferenciar. Por ejemplo, y allí está uno de los principios que ha guiado mi trabajo sobre los profesores de universidad, no podemos satisfacernos con un modelo explicativo que sea incapaz de diferenciar personas, o mejor, posiciones que la intuición ordinaria del universo particular opone muy fuertemente, y debemos interrogarnos sobre las variables olvidadas que permitirían distinguirlos, (paréntesis: la intuición ordinaria es totalmente respetable; simplemente hay que estar seguro de no hacerla intervenir en el análisis sino de manera conciente y razonada, y de controlar empíricamente su validez, a diferencia de esos sociólogos que la utilizan inconcientemente, como cuando construyen esas especies de tipologías dualistas que critico en el principio de Homo academicus, tales como «intelectual universal» por oposición a «local»).

Último punto: los agentes sociales no son «particulares» mecánicamente atraídos y empujados por fuerzas exteriores. Son más bien portadores de capital y, según su trayectoria y la posición que ocupan en el campo en virtud de su dotación en capital (volumen y estructura), tienen propensión a orientarse activamente, ya sea hacia la conservación de la distribución del capital o hacia la subversión de dicha distribución. Las cosas no son tan simples, evidentemente, pero pienso que es una proposición muy general, que vale para el espacio social en su conjunto, sin embargo no implica que todos los poseedores de un gran capital sean automáticamente conservadores.

¿Podría precisar qué es lo que entiende por la «doble relación oscura» entre el habitus y el campo y cómo funciona?
La relación entre el habitus y el campo es en primer lugar una relación de condicionamiento: el campo estructura el habitus, que es el producto de la incorporación de la necesidad inmanente de ese campo o de un conjunto de campos más o menos concordantes -pudiendo estar las discordancias al principio expresadas bajo la forma de habitus divididos, hasta destrozados. Pero es también una relación de conocimiento o de construcción cognitiva: el habitus contribuye a constituir el campo como mundo significativo, dotado de sentido y de valor, en el cual vale la pena invertir su energía, de esto se siguen dos cosas: en primer lugar, la relación de conocimiento depende de la relación de condicionamiento que la precede y que da forma a las estructuras del habitus; en segundo lugar, la ciencia social es necesariamente un «conocimiento de un conocimiento» y debe hacer lugar a una fenomenología sociológicamente fundada sobre la experiencia primaria del campo.

La existencia humana, el habitus como social hecho cuerpo, es esa cosa del mundo por la cual hay un mundo: «el mundo me comprende, pero yo lo comprendo», más o menos esto decía Pascal. La realidad social existe, por decirlo de algún modo, dos veces, en las cosas y en los cerebros, en los campos y en los habitus, en el exterior y en el interior de los agentes. Y, en cuando el habitus entra en relación con un mundo social del que es producto, es como un pez en el agua y el mundo se le aparece como obvio. Podría, para que me comprendan, prolongar las palabras de Pascal: el mundo me comprende, pero yo lo comprendo; es porque él me ha producido, porque ha producido las categorías que le aplico, que se me aparece como obvio, evidente. En la relación entre el habitus y el campo, la historia entra en relación consigo misma: es una verdadera complicidad ontológica que, como Heidegger y Merleau-Ponty lo sugirieron, une el agente (que no es un sujeto o una conciencia, ni el simple ejecutante de un rol, o la actualización de una estructura o de una función) y el mundo social (que no es nunca una simple cosa, incluso si debe ser construido como tal durante la fase objetivista de la investigación (1980d, p. 6)). Esta relación de conocimiento práctico no se establece entre un sujeto y un objeto constituido como tal y formulado como un problema. Siendo el habitus lo social incorporado, está «como en su casa» dentro del campo que habita, que percibe inmediatamente como dotado de sentido a interés. El conocimiento práctico que procura puede describirse por analogía con la phronèsis aristotélica o, mejor, con la orthè doxa de la que habla Platón en el Ménon: del mismo modo que la «opinión recta» «cae sobre lo verdadero», de alguna manera, sin saber cómo ni porqué, la coincidencia entre las disposiciones y la posición, entre el sentido del juego y el juego, conduce al agente a hacer lo que tiene que hacer sin proponerlo explícitamente como un objetivo, de este lado del cálculo e incluso de la conciencia, de este lado del discurso y de la representación.

Sustituyendo la relación construida entre el habitus y el campo por la relación aparente entre el «actor» y la «estructura», lleva el tiempo al corazón del análisis sociológico y, a contrario, revela las insuficiencias de la concepción destemporalizada de la acción de las visiones estructuralistas o racionalistas de la acción.
La relación entre el habitus y el campo, concebidos como dos modos de existencia de la historia, permite fundar una teoría de la temporalidad que rompe simultáneamente con dos filosofías opuestas: por un lado, la visión metafísica que trata el tiempo como una realidad en sí, independiente del agente (con la metáfora del río) y, por el otro, una filosofía de la conciencia. Lejos de ser una condición a priori y trascendental de la historicidad, el tiempo es aquello que la actividad práctica produce en el acto mismo por el cual se produce a sí misma. Porque la práctica es producto de un habitus que es a su vez producto de la incorporación de las regularidades inmanentes y de las tendencias inmanentes del mundo; contiene en ella misma una anticipación de esas tendencias y de esas regularidades, es decir una referencia no thética a un futuro inscripto en la inmediatez del presente. El tiempo se engendra en la efectuación misma del acto (o del pensamiento) como actualización de una potencialidad que es, por definición, presentificación de un no actual y despresentificación de un actual, lo mismo que el sentido común describe como el «paso» del tiempo. La práctica no constituye (salvo excepciones) el futuro como tal, dentro de un proyecto o un plan armados por un acto de voluntad conciente y deliberada. La actividad práctica, en la medida en que tiene sentido, en que es razonable, es decir engendrada por habitus que están ajustados a las tendencias inmanentes del campo, trasciende el presente inmediato por la movilización práctica del pasado y la anticipación práctica del futuro inscripto en el presente en estado de potencialidad objetiva. El habitus se temporaliza en el acto mismo a través del cual se realiza porque implica una referencia práctica al futuro implicado en el pasado del que es producto. Habría que precisar, afinar y diversificar este análisis, pero quería solamente hacer entrever cómo la teoría de la prácticaa condensada en las nociones de campo y de habitus permite desembarazarse de la representación metafísica del tiempo y de la historia como realidades en sí mismas, exteriores y anteriores a la práctica, sin abrazar por ello la filosofía de la conciencia, que sostiene las visiones de la temporalidad que se encuentran en Husserl o en la teoría de la acción racional.

*Director de Estudios en la Ecole desd Hautes Etudes en Sciences Sociales.

La reciente o actual polémica Bourdieu…

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BOURDIEU2

Desde hace varias semanas, la familia de Pierre Bourdieu (1930-2002), así como sus fieles y sus amigos, estaban en vilo: ¿podían dejar pasar la provocación del lingüista Jean-Claude Milner, que cuestionaba seriamente la memoria del sociólogo, profesor del Collège de France?

El pasado sábado 13 de enero, Alain Finkielkraut recibía al lingüista y filósofo Jean-Claude Milner y a la escritora Catherine Clément en su programa radiofónico Répliques, que emite France Culture. La emisión llevaba por título “La figure du juif de savoir”. Aquel día, Milner calificó de “libro antisemita” a los Les Héritiers. Les étudiants et la culture, una de las obras maestras de Bourdieu. Éstas fueron sus palabras: «J’ai ma thèse sur ce que veut dire “les héritiers” chez Bourdieu : “les héritiers”, c’est les Juifs […]. Je crois que c’est un livre antisémite». Pongamos el diálogo:

- Jean-Claude Milner : – « Vous raisonnez, je veux bien que ce soit par référence à Bourdieu. J’ai ma thèse sur ce que veut dire “ héritiers” chez Bourdieu : les héritiers, c’est les Juifs ! »

- Catherine Clément (la voix souriante) : “Vous croyez ?”.

- Jean-Claude Milner : “Je crois que c’est un livre antisémite”.

- Alain Finkielkraut (amusé et vaguement gêné) : “Ah bon ? Ouh la la ! Ouh la la ! Ecoutez, comme vous le dites très très très brutalement, et peut-être faudra-t-il consacrer une une une autre émission à cette question… à cette question-là. Vous nous plongez dans une certaine…”

- Jean-Claude Milner : “Je… je laisse de côté ce point mais …”

- Alain Finkielkraut : “Oui oui, laissez-le de côté”.

En un texto colectivo publicado el jueves 8 de febrero en Liberation (Après Bourdieu, à qui le tour ?), varias figuras de la escena intelectual francesa, entre quienes se hallaban los historiadores Daniel Rocche y Roger Chartier, el antropólogo Françoise Héritier, el jurista Danièle Lochak o el filósofo Jacques Bouveresse, decidieron reaccionar finalmente contra unas observaciones que entendían “absurdes et ridicules” . Si se habían tomado algunas semanas en responder era por la gravedad del asunto, porque trataba de la memoria de un hombre y de la suerte de las ciencias sociales en Francia, y más generalmente del debate intelectual. No es casualidad, decían los firmantes, que la diana fuera un sociólogo y, lo que es más, un sociólogo crítico.

Sería gracioso si el tema no fuera tan serio recordar que la sociología, desde sus orígenes (y recordemos que su padre fundador, Durkheim, era hijo de rabino) fue una “ciencia judía”. Sociólogo antisemita, ciencia judía, estos anatemas sólo revelan una cosa: las ciencias sociales, en cuanto revelan la realidad de los mecanismos sociales, son molestas. Por eso, tal injuria, que alcanza también a la persona de Jean-Claude Passeron, es “le symptôme de la vacuité du débat intellectuel et politique”. A falta de argumentos, se insulta.

Pero, a fuerza de manejar la injuria, se trivializan los actos y las palabras realmente antisemitas. Publicado en 1964 por Minuit y escrito con Jean-Claude Passeron, los Héritiers ofrecía los resultados de una investigación estadística dedicada a analizar la composición social de los estudiantes y, en consecuencia ,a la reproducción de las élites. Bourdieu y Passeron intentaban demostrar que se descartaba para la universidad a los niños provenientes de las clases populares en favor de los hijos de la élite, los cuales habían adquirido su “capital cultural” en el universo familiar “Pour les classes défavorisées, il s’agit purement et simplement d’une élimination”, escribían. ¿Se puede calificar esta investigación de “antisemita”, como hizo brutalmente Jean-Claude Milner en la radio?

Preguntado por Le Monde hace unos días, el lingüista hablaba de una “provocation qui vise à faire penser” y afirmaba no haber dicho nada de lo que tuviera que retractarse: “Si cela fait relire de façon sérieuse et loyale les textes de Bourdieu, alors je n’ai fait que mon devoir. Car le livre de Bourdieu a eu des conséquences néfastes pour tous les enfants d’immigrés qui réussissaient, et qui étaient sommés de s’interroger : “Est-ce que finalement, je ne me suis pas conformé à un système de domination ?”. La passion qui anime ce livre, c’est celle-là, même si je ne prête pas à Bourdieu d’intention xénophobe.”

El lingüista añadía: “Ce qui me frappe, chez Bourdieu, c’est une stylistique générale, une forme de rhétorique qui consiste à employer les mots d’une manière détournée : il appelle “héritiers” des groupes qui n’ont aucun héritage, “noblesse d’Etat” quelque chose qui n’a rien à voir avec la noblesse. Moi-même, je suis l’exemple type de ce qu’on appelle l’élitisme méritocratique ! Or de quoi suis-je l’héritier ? Mes parents n’avaient pas d’argent, et le français n’était pas leur langue maternelle !”

http://pierre-bourdieu.blogspot.com

P. Bourdieu: los intelectuales y la política…

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bourdieu000317 de marzo de 2008

¿Qué pasa con los intelectuales y la política?

Conferencia dictada en la convención de la Asociación de Lenguas Modernas (MLA, Chicago, 1999).


¿Pueden los intelectuales, especialmente aquellos que pertenecen a instituciones académicas intervenir en la esfera política? ¿Deben intervenir en debates políticos? Si respondemos que sí, ¿en qué condiciones pueden insertarse eficazmente? ¿Qué rol pueden jugar los investigadores en los diferentes movimientos sociales tanto a nivel nacional como (y principalmente) a nivel internacional, ya que es ése el espacio en que se decide el destino de los individuos y las sociedades? ¿Pueden contribuir los intelectuales a inventar nuevos mapas que hagan que la política se ajuste a los problemas de nuestra época?

Primero que nada, para evitar malentendidos, debo decir que los investigadores, artistas o escritores que intervienen en el mundo político no se convierten inmediatamente en políticos. Siguiendo el modelo creado por Emile Zola a propósito del caso Dreyfus, los investigadores se vuelven intelectuales o intelectuales públicos cuando invierten su autoridad específica y los valores asociados al ejercicio de su arte en una lucha política… Al invertir la competencia artística o científica en debates cívicos, los intelectuales corren riesgo de desilusionar a otros. Por un lado, pueden desilusionar a aquellos que en su universo académico cerrado eligen el camino virtuoso de permanecer encerrados en la torre de marfil y que ven en el compromiso una violación de la famosa “neutralidad” (erróneamente igualada a objetividad científica cuando es algo inevitable, es decir, un hecho, que el escapismo es siempre imposible).

Por otro lado, pueden desilusionar a aquellos que en el campo del periodismo y la política ven la práctica intelectual como una amenaza a su monopolio sobre la opinión pública… Acusar el anti-intelectualismo no excluye a los intelectuales de la crítica al intelectualismo: todos los intelectuales deben realizar una práctica de auto-crítica. La reflexividad crítica es un prerrequisito de toda acción política de los intelectuales. Estos deben llevar a cabo una crítica permanente de los abusos de poder o de autoridad que se realizan en nombre de la autoridad intelectual; o si se prefiere, deben someterse a sí mismos a la crítica del uso de la autoridad intelectual como arma política dentro del campo intelectual mismo (enseñanza, investigación, etc). Todo académico debe también someter a crítica los prejuicios escolásticos cuya forma más persuasiva es la propensión a tomar como meta una serie de revoluciones de papel. Este impulso generoso pero poco realista ha llevado a muchos intelectuales de mi generación a someterse … a un radicalismo de papel, esto es, la tendencia a confundir las cosas de lógica por la lógica de las cosas…

Habiendo postulado estas notas preliminares, puedo entonces afirmar que los intelectuales (artistas, escritores, científicos, etc. que ingresan a la acción política en base a su competencia en sus áreas de especialización) son indispensables para las luchas sociales, especialmente en el presente dadas las formas que la dominación asume. Trabajos históricos recientes y mucha inercia intelectual, han cumplido un rol fundamental para la producción e imposición de la ideología neoliberal que regula el mundo. A la producción de estos pensamientos reaccionarios debemos oponer la producción de redes críticas que ha convertido a los intelectuales específicos (en el sentido que expone Foucault) en un colectivo intelectual capaz de definirse por sí mismos los temas y fines de sus reflexiones y acciones.

Este colectivo intelectual puede y debe rellenar funciones negativas: debe trabajar para producir y diseminar instrumentos de defensa contra la dominación simbólica que descansa cada vez más en la autoridad de la ciencia. El colectivo-intelectual puede someter al discurso dominante a una crítica sin merced del léxico abstracto (globalización, flexibilidad, empleo) razonando sus usos específicos y metáforas. El colectivo-intelectual debe también someter su discurso a una crítica sociológica que extiende la crítica discursiva y desmantela las determinantes sociológicas que minan al discurso dominante (comenzando con los medios de prensa, y especialmente con los periódicos de economía). Finalmente, pueden contraponer a la autoridad pseudo-científica de los expertos, una crítica científica de los presupuestos escondidos en tales discursos.

Este colectivo puede cumplir una función positiva al contribuir al trabajo colectivo de invención política. Las consecuencias que produjo el colapso de la Unión Soviética en el mundo ha dejado un vacío que la doxa neoliberal ha llenado, y la universidad poco ha contribuido para crear una crítica social… Necesitamos reconstruir una edificio crítico y esta reconstrucción no puede ser hecha por un solo intelectual aislado….

Pierre Bourdieu: Ciencia de la ciencia… sobre “El oficio de científico”.

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bourdieu1La ciencia en peligro.
Ciencia de la ciencia en Pierre Bourdieu

Eduardo Robredo Zugasti

Noticia crítica del último libro publicado por Pierre Bourdieu:
El oficio de científico. Ciencia de la ciencia y reflexividad (Anagrama, 2003)

«La autonomía que la ciencia había conquistado poco a poco entre a los poderes religiosos, político o incluso económicos, y, parcialmente por los menos, a las burocracias estatales que garantizaban las condiciones mínimas de su independencia, se ha debilitado considerablemente (…) la sumisión a los intereses económicos y a las seducciones mediáticas amenaza con unirse a las críticas externas y a los vituperios internos, cuya última manifestación son algunos delirios «posmodernos» para deteriorar la confianza en la ciencia, y muy especialmente, en la ciencia social. En suma, la ciencia está en peligro, y en consecuencia, se vuelve peligrosa» (P. Bourdieu, El oficio de científico.)

§. 1

Pierre Bourdieu (1930-2002) ha escrito diversos libros y ensayos. Por ejemplo, sobre educación, Los estudiantes y la cultura (1964), periodismo y teoría de la comunicación, Sobre la televisión (1997), sobre crítica del arte, Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario (1992) así como muchos otros trabajos tan conocidos como La dominación masculina (1999), un texto de cierta relevancia para la teoría feminista o La distinción (1979), donde ensaya una crítica social del gusto. Se ha destacado también como un crítico tenaz del neoliberalismo y los efectos de la globalización (La misera del mundo, 1993,Contrafuegos, 1999). Su principal aportación a la sociología se resume en la teoría de la práctica (Razones prácticas, 1997) y en la idea del «habitus»; un instrumento crítico que propone un balance entre el objetivismo y el subjetivismo de los estudios sociales con el fín de superar tanto el análisis estructuralista como el etnológico (y sus tendencias respectivas a privilegiar los aspectos etic y emic respectivamente).

El oficio de científico. Ciencia de la ciencia y reflexividad reproduce en papel un curso que Pierre Bourdieu impartió en el College de France sobre sociología de la ciencia.

§. 2

Me parece que una de las enseñanzas fundamentales de la Teoría del Cierre Categorial consiste en subrayar que las ciencias positivas no se desenvuelven en un territorio virgen, que no brotan misteriosamente desde ninguna fuente de prístina epistemología. Las ciencias proceden, por el contrario, desde fuentes que no son ellas mismas científicas (sino mas bien tecnológicas y artesanales) y ello contra cierto «gnosticismo» científico que prefiere ignorar la dialéctica característica de estas ciencias con su medio (no científico). Esta dialéctica (diaméricamente considerada) incluye tanto contradicciones internas a la ciencia (de unas ciencias con otras ciencias, así como de una ciencia consigo misma) como contradiccionesexternas, dadas en las intersecciones con los contextos extracientíficos. Las ciencias poseen, en todo caso, una raíz socio-histórica precisa, y ello aunque sus núcleos gnoseológicos (los teoremas, según la TCC) no sean reducibles enteramente a este «contexto de descubrimiento», por decirlo con Reichenbach.

El diagnóstico de Bourdieu alude, en la cita que reproducimos, a esas contradicciones externas objetivas entre las ciencias y las ideologías envolventes, y no únicamente aquellas que dicen referencia a ideologías en principio alejadas de nuestra «cosmovisión ilustrada» (por ejemplo, las escandalosas «críticas» creacionistas a la teoría de la evolución o a la segunda ley de la termodinámica; o simplemente el soterrado retorno del «pensamiento mágico» popular al estilo Harry Potter, El Señor de los anillos y otros artefactos «new age»), sino también a la supuesta sumisión de la ciencia ante los «poderes temporales» (La crítica de la «razón instrumental», y no sólo en el sentido de los frankfurtianos, sino también en el sentido del mismo Papa de Roma cuando protestaba por la instrumentalización que de la biomedicina habrían hecho los laboratorios a propósito de los tratamientos contra el SIDA).

La obra de Bourdieu, por lo que refiere a la sociología de la ciencia, pretende enmarcarse en un «habitus» (por decirlo a su modo característico) que distará tanto de la postura «heroica» revolucionaria como del «radical chic» (al estilo posmoderno), y ello renunciando al «doble juego» del sociólogo-filósofo, o bien del etnólogo-filósofo, por cuanto su «socioanálisis» pretende arraigar en una tradición de cuño científico positivo, aún inspirándose en la «filosofía rigurosa» de Koyré o Bachelard. Se trata de evitar, tanto el realismo objetivista, como el escepticismo o nihilismo gnoseológico.

Precisamente, Bourdieu presenta su proyecto de una «ciencia de la ciencia» (bajo la «férula sociológica») como una poderosa reacción, tanto frente a las alternativas críticas de la nueva sociología de la ciencia (al estilo de Merton), como frente al nihilismo posmoderno o bien la sumisión de la ciencia al poder temporal y la seducción de las ideologías. Ahora bien, lo que, por nuestra parte, podemos poner en duda, es que semejante perspectiva de una «ciencia de la ciencia» tenga que identificarse necesariamente con el enfoque sociológico. Al menos si se toma como referencia la TCC, no cabe hablar de una «ciencia de la ciencia» si esta se entiende como «síntesis suprema» o como «teoría general de la ciencia» capaz por sí misma de alcanzar la misma esencia gnoseológica. No hay, propiamente, una «ciencia de la ciencia», sino varias: Psicología de la ciencia, Historia de la ciencia, Lógica de la ciencia &c. Así, el psicólogo de la ciencia, desde una teoría de la ciencia basada en el análisis de las ciencias como «conocimiento», tenderá a considerar oblicuamente los resultados ofrecidos por las ciencias sociológicas. Otro tanto ocurrirá con el lógico o con el historiador de la ciencia, que tenderán a privilegiar las estructuras formales sintácticas (ciencias como sistemas lógico-proposicionales), o bien el etnólogo, que tenderá a analizar las ciencias como productos culturales (ciencias como etno-ciencias). Todas estas «ciencias de la ciencia», en todo caso, atribuirán un significado oblicuo, no central, al socioanálisis científico.

Pese a este indudable «sesgo sociológico», la pregunta que trata de responder Pierre Bourdieu se acerca bastante, según pensamos, a la pregunta gnoseológica por la esencia de las ciencias, en cuanto estas han sido capaces de alumbrar verdades de algún modo «trans-históricas», que sin embargo no encuentran su razón última en fundamentos separados o «metaméricos» (como pudieran serlo las «semina scientiae» de Descartes o el sujeto trascendental kantiano, por no hablar de la «patria de las ideas» platónica). Pues la verdad científica estaría situada, para Bourdieu, entre medias de ese «binomio epistemológico» que formarían de un lado el logicismo (y su tendencia al objetivismo y al proposicionalismo) y de otro el historicismo (con su tendencia relativista y escéptica). La crítica sociológica de la ciencia, de esta forma, se presenta, como una superación de esa «tradición escolástica» (nosotros diríamos: la tradición proposicionalista y logicista de la ciencia) que tiende a contemplar el análisis de las ciencias en tanto sistemas ya cristalizados, conclusos y perfectos; sistemas de proposiciones en una ciencia ya establecida (digamos, en su «contexto de justificación») y no ya, por el contrario, en una ciencia en marcha o en una(s) «ciencia(s) en formación».

El propósito de Bourdieu es, ante todo, evitar el «efecto de radicalidad» que sin duda habría propiciado la «nueva sociología de la ciencia» como ciencia falsamente neutralizada. Por ejemplo, para Latour la actividad científica no pasa de ser un tipo de literatura capaz de producir cierto «efecto de verdad». Este efecto estaría basado en la centralidad de la explicación (donde será posible encontrar un «cierre proposicional», pero no tanto un «cierre objetual» por cuanto la verificación no resultaría de un proceso objetivo, sino de un proceso de auto-verificación de la realidad artificial como una construcción social, entre otras) y en una visión semiológica del mundo (paralela, acaso, al textismo de Geertz).

En la visión de la nueva sociología de la ciencia, los científicos no pasarían de ser, según esto, «empresarios capitalistas», donde el análisis de las ciencias quedaría centrado en el descubrimiento de las alianzas y las luchas cínicas por el crédito sociológico, según un modelo explicativo basado en el finalismo de los agentes individuales.

La sociología de la ciencia de Bourdieu surge, justamente, como la crítica del microanálisis del laboratorio y del modelo finalista basado en estas estrategias cínicas individuales de lucha y poder; unos modelos que, de hecho, habrían puesto en peligro el estatuto gnoseológico de la ciencia y su prerrogativa para distinguirse de otros modos de conocimiento. La propuesta del sociólogo francés consiste, pues, en diseñar una teoría general del espacio científico cuyo «campo» presupone, pues, una visión dialéctica de las ciencias (frente a las ideas de la ciencia pura, exquisita), dado que semejante campo estaría conformado esencialmente por la presencia de fuerzas y luchas (entre los dominadores o la «ciencia normal» y los dominados o posibles «revolucionarios») que se desenvuelven entre medias de unas ciencia in-fectas en los procesos sociales e históricos (si bien no habría porque reducir las ciencias a estos procesos). Además, el capital científico resultante del campo tendría en cuenta tanto el análisis del conocimiento como el papel esencial del re-conocimiento (reconocimiento del hecho científico en cuanto «homolegein» o consenso derivado del diálogo dialéctico). Pues el «conocimiento» científico empieza a ser propiamente tal, en efecto, en el mismo momento en que es re-conocido por la comunidad de científicos.

Lo que se quiere poner en cuestión, en consecuencia, es tanto la radicalidad escéptica de la tradición relativista como la tradición objetivista de cuño escolástico (lógico-proposicionalista); puesto que ambas tendencias impedirían contemplar a la práctica científica en cuanto esta es el producto de un habitus sui generis. El «oficio de científico» no vendría tanto determinado, y este es un punto verdaderamente crucial, desde un método previamente cristalizado (como se ha pensado tradicionalmente sobre todo desde las líneas más «hermenéuticas» de la filosofía de la ciencia; estoy pensando en Gadamer y esa nítida división de humanidades y ciencias metódicas, el paradigma de la explicación y la comprensión con su cuidadosa distinción de ciencias naturales y ciencias del espíritu, etc), sino más bien desde un dominio práctico (connaiseurship) basado mucho antes en el cuidado por la práctica que en el dominio abstracto de unas normas dadas de antemano. Esta visión de la práctica científica como «arte» (en el sentido de Polanyi, si bien la práctica del científico no se confunde con la del artista) privilegia la competencia técnica y las operaciones manuales, por encima incluso de la lógica. Pues entre lógica y práctica existiría algo así como un hiatus que el «oficio de científico» debe salvar.

«La dificultad de la iniciación en cualquier práctica científica (física cuántica o sociología) procede de que hay que realizar un doble esfuerzo para dominar el saber teóricamente, pero de tal manera que dicho saber pase realmente a las prácticas, en forma de «oficio», de habilidad manual, de «ojo clínico», etcétera, y no quede en el estado de metadiscurso a propósito de las prácticas». (Bourdieu,op. cit., pág. 76.)

La noción de «campo» es pues, junto al «habitus», la idea más potente en el análisis de Bourdieu. Un campo científico que estaría dotado de ciertos caracteres tanto genéricos (compartidos por otros «campos»), como específicos; entre ellos la limitación de su acceso a los especialistas, su sumisión al arbitraje de la realidad misma, o el «postulado de sentido» a la manera de Frege: si todo estuviera en un flujo continuo y nada se mantuviera fijo para siempre, no habría ninguna posibilidad de conocer el mundo y todo estaría sumido en la confusión.

Bourdieu, en todo caso, evita el enfoque epistemológico, al menos en sentido subjetivo, «el sujeto de la ciencia no es un colectivo integrado (Durkheim, Merton) sino un campo, y un campo absolutamente singular, en el que las correlaciones de fuerza y de lucha entre los agentes y las instituciones están sometidas a unas leyes específicas».

La sociología de la ciencia de Pierre Bourdieu se interesa, ante todo, por el análisis de las condiciones socio-trascendentales del conocimiento. En este sentido puede considerarse que su obra se encuentra inserta en la tradición de historización y socialización del sujeto trascendental kantiano. Pues la objetividad que presuponemos a las ciencias depende esencialmente de unas condiciones de observación que son colectiva y socialmente dispuestas: «no existe una realidad objetiva independiente de las condiciones de su observación sin poner en duda el hecho de que lo que se manifiesta una vez determinadas dichas condiciones, conserva un carácter de objetividad» (Bourdieu, op. cit., pág. 131.).

La verificación resultará ser, en resolución, más un proceso sociológico que puramente lógico-epistemológico, donde la «publicación» de sus resultados no se reduzca a mera «publicidad» (como parecía sugerir la nueva sociología de la ciencia), y ello porque la finalidad de esta publicación con vistas al reconocimiento consiste en un «hacer público», un llevar el hecho al consenso social (pues, como decimos, el hecho conocido ha de ser re-conocido por la Institución Ciencia). La ciencia es, en definitiva, una construcción social, pero de tal modo (como el propio Bourdieu se ve impelido a admitir) que sus descubrimientos (sus núcleos gnoseológicos, sus verdades) resultan irreductibles a las condiciones sociales que la han hecho posible.

http://www.nodulo.org

Las paradojas de Bourdieu, R. Bartra

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bourdieu0001He tenido no pocas veces la impresión de que lo más creativo y original del sociólogo Pierre Bourdieu (1930-2002) aparece más en sus entrevistas que en sus libros. Es una exageración, por supuesto, pero basta recordar la colección de entrevistas y conferencias publicada en 1987 con el título de Cosas dichas para comprender la importancia que el propio Bourdieu concedía a las palabras expresadas como parte de una conversación o de una confrontación pública. Por ello, el libro de entrevistas que Miguel Ángel Quemain le hizo a Bourdieu es muy significativo (Pierre Bourdieu, el intelectual polivalente, Ediciones Sin Nombre / Conaculta, México, 2006). Tiene la enorme ventaja de condensar una obra amplia y extraordinariamente diversa en pocas páginas. No quiero decir que ya no necesitamos leer los libros de Bourdieu. De hecho, estamos ante una invitación a realizar esas lecturas. Pero este pequeño libro nos ofrece una excelente panorámica del pensamiento de Bourdieu expresado en sus propias palabras.

Otra virtud de las entrevistas es que nos acerca a las contradicciones de Bourdieu, especialmente en materia política. Un sociólogo muy cercano a Bourdieu, Robert Castel, explicaba recientemente cómo habían cambiado las ideas políticas de Bourdieu a lo largo de su vida (“Crítica social: radicalismo o reformismo político”, en Pensar y resistir, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2006). En mayo de 1968 era un moderado reformista que despreciaba profundamente a los izquierdistas de aquella época, a quienes reprochaba su incomprensión del proletariado. Pero al final de su vida Bourdieu se convirtió en uno de esos ultraizquierdistas que tanto había odiado, un eslabón del intelectual colectivo antisistema que publica panfletos y firma manifiestos. Lo interesante de esta evolución, dice Robert Castel, es que no está correlacionada con el desarrollo de su pensamiento teórico. Su principal aportación se concentra en su análisis de las relaciones de dominación, que fue aplicando a la educación, a las artes y a muy diversos campos de la vida social, hasta dibujarnos la gran complejidad de la omnipresencia de lo que llamó la violencia simbólica.

Desde luego, sus ideas están empapadas de la cultura de su época. Aunque él los detestaba, hallamos en sus libros las huellas de Althusser, Roland Barthes, Derrida o de Foucault. Bourdieu es un intelectual que constantemente trata de comprender su propio sistema de comprensión, una especie de subjetividad crítica muy propia de los intelectuales franceses de su generación. Acaso, como él sugiere, siempre ha hecho sociología de la sociología, ha practicado la que llama una reflexividad para “cuestionar los privilegios del sujeto que conoce para franquear todas las relaciones que lo atan a sus propios intereses, a sus pulsiones y presupuestos”. Esta actitud ha dado frutos extraordinarios, pero también ha legitimado a ese tipo de intelectual francés que siempre dice cómo hay que hacer las cosas, para que las hagan otros, pues nunca se decide a hacerlas él mismo. Cuando el lado izquierdista radical de Bourdieu se asoma, su reflexividad es difícil de distinguir de la tristemente célebre autocrítica que el stalinismo le exigía a los intelectuales de extracción burguesa, con el objeto de desprenderse de su historicidad clasista para alcanzar una visión científica. Y no obstante, en obras como Homo academicus Bourdieu muestra una sutileza que a veces no se reconoce en sus expresiones posteriores, de los años noventa. En una entrevista, por ejemplo, Bourdieu afirma tajantemente que muchos intelectuales no consideran digno “reconocerse como una fracción dominada de la clase dominante”, expresión políticamente correcta –sin duda– pero excesivamente simplificadora. Y sin embargo, Bourdieu cree firmemente que es posible la autonomía del campo intelectual.

Veamos un ejemplo. No ignora que ser nombrado miembro del Collège de France es un privilegio y una consagración típica del mismo sistema que critica. ¿Cómo superar la paradoja? Muy sencillo: hace una sociología del discurso inaugural en el Collège de France durante su propio discurso inaugural. Ello significa, dice, “jugar a la posibilidad de liberarse de ese ritual y al mismo tiempo darle más autoridad a mi análisis para proponer una liberación de esa lógica consagratoria”. Se encuentra en las antípodas de Sartre, quien para escapar a los rituales consagratorios tajantemente rechazó el premio Nobel. En cambio repite lo que ya había hecho Lévi-Strauss ante el mismo trance en el Collège: hacer una disección del rito y de la mitología durante el mismo ritual que consagra al mito. Pero Bourdieu cree que si convierte la sociología en un socioanálisis entonces logrará desarrollar una conciencia sin concesiones. Es un intento singular de escapar a la contradicción, señalada por Robert Castel, entre la alta sofisticación de su análisis sociológico y la tosquedad de sus posiciones políticas. Por eso se produce esta especie de esquizofrenia de, como dice el propio Bourdieu, “defender la autonomía de mi discurso en relación a la persona singular que soy”.

Otro ejemplo puede ser su peculiar relación con la literatura. De entrada Bourdieu rechaza Sartre cuando éste le da implicaciones estéticas a las posturas filosóficas. Bourdieu rechaza de plano la estetización de la filosofía o de la sociología. Desde luego, acepta que hay textos literarios son una mejor sociología, más realista, que muchos ensayos sociológicos. En cambio, se resistía a que elementos de la literatura entrasen en la redacción de textos sociológicos. En general, a Bourdieu tampoco le agradaba que la ironía y el humor penetrasen el campo de la sociología, aunque los aceptaba como arma de la crítica contra periodistas y políticos. Burlarse de esos que llama “maestros del pensar sin pensamiento” le parece muy bien, para erosionar el monopolio del debate público en manos de comentaristas sabelotodo de la televisión y la prensa.

La jaula abierta. El blog de Roger Bartra

Bourdieu, Passeron y Chamboredon: “El Oficio de Sociólogo”.

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Epistemología / Sociología: Bourdieu, Passeron y Chamboredon: “El Oficio de Sociólogo”.-

Bourdieu, Passeron y Chamboredon:

”El Oficio de Sociólogo”:

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“Si es preciso emplear contra la teoría tradicional las mismas armas que contra la sociología espontánea, es porque las construcciones más complejas toman de la lógica del sentido común no sólo sus esquemas de pensamiento, sino también su proyecto fundamental”. (Ibd. Bourdieu, Chamboredon, Passeron).-
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Reseña: “Cuando se quiere huir del mundo tal y como es, uno puede ser músico, puede ser filósofo, puede ser matemático. Pero ¿cómo huir de él siendo sociólogo? Para lograr ver y hablar del mundo tal cual es, hay que aceptar estar siempre en lo complicado, lo confuso, lo impuro, lo vago, etc., e ir así contra la idea común del rigor intelectual.” Tal el desafío que lanzan los autores en el prólogo de esta obra. Este clásico introductorio a la sociología muestra cómo la disciplina carece de un estatus epistemológico de excepción. Y justamente por el hecho de que los límites entre el saber común y la ciencia son en este terreno más imprecisos, se impone el esfuerzo por examinarla a través de los principios generales proporcionados por el saber epistemológico. Así, la pregunta referida a si la sociología es o no una ciencia, y una ciencia como las otras, debe sustituirse por la pregunta sobre el tipo de organización y funcionamiento de la fortaleza científica más favorable a la aparición y desarrollo de una investigación sometida a controles científicos. El “oficio” de sociólogo es una teoría de la construcción sociológica del objeto convertida en habitus, así lo definen los autores a lo largo de este texto. Poseer un oficio es saber que, para tener una posibilidad de construir el objeto, hay que volver explícitos los supuestos, o incluso revelar que lo real es relacional, que lo que existe son las relaciones, vale decir, algo que no se ve, a diferencia de los individuos o los grupos.

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Aporte Aquileano:

Guía de Lectura : “El Oficio de Sociólogo”.-

1. Concepción de Método y de Metodología.
Para los autores, el método no debe reducir la realidad, encarándola desde un punto deductivo, que parta de generalizaciones abstractas para aplicarse a lo particular. Antes bien, sostienen que “los grandes procedimientos lógicos no pueden aún ser explicados, con suficiente precisión, por separado de sus aplicaciones. A partir del estudio de las aplicaciones regulares de los procedimientos científicos, se podrá entonces, llegar a la noción de “sistema”, que es precisamente la noción de método en tanto sistematización de hábitos intelectuales que llevan a establecer principios de investigación rigurosos. La metodología se refiere a la teoría que engloba las operaciones de investigación. Tiene que ver con los instrumentos conceptuales o técnicos que otorgan rigor y fuerza a la verificación experimental. Los autores abogan por una visión conjunta y emparentada de método y metodología, para evitar reduccionismos y evitar la anarquía conceptual.
2. Reflexión metodológica en el interior de cada proceso de investigación.
En conjunción con lo anterior, los autores entienden que la reflexión epistemológica debe darse en el interior de cada proceso de investigación desde el momento en que tanto los elementos conceptuales, como los técnicos son propios de la verificación experimental particular. Esto se vincularía con el proceso de investigación concreto.  A través de esta reflexión, que trasciende el empirismo, se logra un conocimiento irreducible  Además se puede así lograr construir una lógica científica del conocimiento de la verdad, que debe ser contínuamente puesta en duda y, luego, refutada o rectificada. Estas ideas serán retomadas en vistas cuando los autores hagan referencia a la actitud de índole epistemológica propia del Científico. Esto tiene que ver con la noción de “Vigilancia Epistemológica”.
3. Interpretación de la frase: “Restituir la fuerza heurística de los conceptos.”
La idea de restituir la fuerza heurística de los conceptos se relaciona con la enseñanza de la Investigación , en tanto proyecto cuyo objetivo será exponer los principios de una práctica profesional y a la vez proporcionar los instrumentos adecuados para un tratamiento sociológico del objeto y una disposición activa tendiente a reflexionar sobre los conceptos fundamentales, revisarlos críticamente, cuestionarlos y otorgarles un valor que deje de ser neutral. Con estos fines se busca que éstos puedan ser propensos al dinamismo y capaces de romper con estructuras de pensamiento canónicas.
4. Conceptualizaciones de la noción de “Vigilancia Epistemológica”.
La noción de “Vigilancia Epistemológica” se vincula con la idea de restitución de la fuerza heurística de los conceptos, por un lado. Por otra parte, tiene que ver con la coherencia teórica que guarda el investigador con sus propia línea de pensamiento, desde al cual debe identificar en su práctica investigativa cuál es el error, y dentro de su marco teórico buscar y aplicar los mecanismos metodológicos que le permitan superar los obstáculos presentados.  Retomando a Bachelard, esta vigilancia permitiría captar la lógica del error para construir luego la lógica del descubrimiento de la verdad como polémica contra el error y así sucesiva y permanentemente con las nuevas, propensas e inestables verdades (Siempre relativas y plausibles de devenir errores). Finalmente, se vincula con la capacidad de traspolar conceptos y métodos a otros trabajos de investigación, con el objetivo de que al ser arrancados de su contexto original, puedan adquirir nuevos usos. El ejercicio de la vigilancia epistemológica debe ser constante y tendiente a subordinar uso de técnicas y conceptos a un examen continuo sobre las condiciones y los límites de su validez.Es decir que la coherencia s tal precisamente porque se repiensa La Vigilancia Epistemológica no implica aferrarse a una obediencia incondicional a un Organon de reglas lógicas (”Clausura Prematura”). Antes bien, es preciso reconocer que existe una disponibilidad semántica en los conceptos, lo que constituye una de las condiciones del conocimiento.
5. Riesgos del Desplazamiento de la Vigilancia Epistemológica.
Los problemas del desplazamiento de la vigilancia epistemológica surgen cuando el científico sobredimensiona su pertenencia particular a un marco teórico con respecto a la disciplina en la cual éste se inserta. Es decir, que el desplazamiento puede a llegar a ser extremo pero sin embargo el científico no haber dejado de ser coherente. Lo que resulta inaceptable es que su desplazamiento epistemológico lo lleve a burlar el acuerdo epistemológico que subyace en la disciplina a la cual es afín el científico.  El Desplazamiento no genera problemas si se lo entiende como una búsqueda transmutable de rigores relativos y específicos, desde la teoría de Bachelard, quien entiende a la Verdad como una “Teoría del Error Rectificado”. Detener la vigilancia es aplicar excesivamente la metodología, así también el uso de instrumentos y apoyos sin verificar con antelación las condiciones bajo las cuales éstos se aplican. La clave es la Coherencia, dentro del mismo sistema “Método / Metodología”. Coherencia dinámica y polisémica. “El hecho científico se conquista, construye y comprueba” (Vd. Bachelard).
Cap 1: “La Ruptura”.
1. Ruptura Epistemológica: ¿En qué consiste?.
La ruptura consiste en alejar de la ciencia la influencia de las nociones comunes, de manera de lograr la objetivación de las técnicas de investigación. Para ello es preciso realizar una crítica lógica y lexicológica del lenguaje común con el objeto de elaborar y reelaborar controladamente las nociones científicas.  El aporte de la Estadística es insoslayable en esta labor, en tanto el análisis estadístico desgarra la trama de relaciones que s entretejen continuamente en la experiencia.
2. Práctica Científica: Necesidad de romper con las prenociones del sentido común.
La práctica científica supone una ruptura con las prenociones del sentido común por el hecho de que el descubrimiento científico no se reduce nunca a una simple lectura de lo real, sino a romper con lo real y con las configuraciones que éste propone a la percepción.
3. Interpretación del postulado: “Una investigación seria conduce a reunir lo que vulgarmente se separa o a distinguir lo que vulgarmente se confunde” .
La frase postula la necesidad de una ruptura con el saber vulgar y espontáneo y con sus prenociones erradas. La idea tiene que ver con romper con las relaciones más aparentes y familiares, para hacer surgir un nuevo sistema de relaciones entre los elementos, y así fundar el Conocimiento Abstracto y Científicamente avalado
4. Problemas que plantea el lenguaje en la práctica de la investigación.
Los problemas que plantea el lenguaje en la práctica de investigación surgen por el hecho de que el lenguaje común encierra en su vocabulario y en su sintaxis una filosofía petrificada de lo Social. El Investigador por ser Investigador Social corre el riesgo de emplear inevitablemente estos términos vulgares, cayendo en un pseudo cientificismo Espontáneo. Para evitar esta ingerencia, el Investigador, debe redefinir las palabras comunes den dentro de un sistema de nociones expresamente definidas y metódicamente depuradas, sometiendo a la crítica a alas categorías, los problemas y esquemas que la lengua científica toma, sin quererlo, de la lengua común. De esta manera se evitaría caer en el Cientificismo espontáneo, que surge cuando se emplean términos vulgares, reflejos distorsionados de explicación y descripción).
5. Ruptura epistemológica respecto a la propia tradición disciplinaria.
No sólo el Sentido común limita la actividad científica. También la Vigilancia Epistemológica con respecto a una misma tradición disciplinar puede llegar a ser un mal consejero para la Investigación propiamente científica. La palabra tradición supone una valoración despectiva para los autores que se relaciona con el encasillamiento y la ortodoxia estática. La radición engloba a individuos particulares y las autoridades eminentes pueden obrar en detrimento de la libre voluntad del Científico concreto. En definitiva, condicionado por su propia tradición disciplinar, el Investigador no construye su objeto de conocimiento, categorías y otros elementos Científicos, sino que lo reelabora, lo ya elaborado y construido. Y lo hace por un mero mecanismo de extracción artificial de elementos teóricos ya dados y de aspiración universal. 
Cap 3: “La Construcción del Objeto”.
1. Supuestos sobre los cuáles se apoya el criterio de demarcación empirista. De qué manera entienden a partir de esto los autores el proceso de construcción y diferenciación de las disciplinas científicas.
El criterio de demarcación de las ciencias en el modelo empirista se apoya en una tendencia a concebir sus ámbitos de dominio epistemológico como un conflicto de límites con respecto a las ciencias vecinas y ello en razón de que se imagina la división científica del trabajo como una “división real de lo real”. El objeto de estudio y la división interdisciplinaria, en la misma línea de demarcación, se realiza en función del parámetro de clasificación por sectores aparentes. Frente a ello, Bourdieu y Passeron entienden el proceso de construcción y de diferenciación de las disciplinas científicas por la diferencia de tipo terminológica, así como también por el objeto y metodología que emplean. Se precisa, entonces, superar tanto el Cientificismo espontáneo de los conceptos vulgares, como el rigor analítico y formal de los conceptos llamados operatorios. Una vez logrado esto, la delimitación del corpus particular de cada ciencia daría como resultado una construcción de denominaciones específicas. Al construir nuevos objetos, se construyen nuevas relaciones entre los aspectos de las cosas. Así surgen los conceptos sistemáticos, que resultan de un uso en referencia continuo con respecto al sistema total de interrelaciones científicas de la disciplina.
2. Clasificación por sectores aparentes.
Los autores refieren vertientes subdisciplinares dentro de una misma disciplina teórica, valiéndose, para ello de la idea de “Clasificación por sectores aparentes”. Para ellos esta delimitación interdisciplinaria sería un indicio de Pseudo cientificismo, relacionado con lo Espontáneo . Retomamos la idea referida en el texto: ” La División subdisciplinar sería una (”atomista/analítica”) división real de lo real”).
3. Diferencia entre Objeto Real y Objeto Científico
La diferencia entre objeto real y objeto de conocimiento científico estriba en el hecho de que el objeto real es un objeto espontáneo, que surge de la realidad inmediata, en tanto que el objeto Científico es un objeto mediatizado, sistematizado, siendo definido éste en función de las interrelaciones que existen en el sistema total al cual pertenece y construido, además en vistas de una problemática científica, sin la cual el objeto de investigación no existiría como tal.
4. Papel de las “denominaciones específicas” en la construcción de nuevos objetos.
El papel que cumplen las denominaciones específicas en la construcción de conocimientos es el de proporcionar un corpus de categorías específicas, luego interrelacionables a nivel sistema disciplinar total. Estas se componen con palabras del vocabulario común, pero al establecer nuevas relaciones entre los aspectos de las cosas, crean nuevos objetos, y son indicadores de una ruptura epistemológica con los objetos preconstruidos de la sociología espontánea.
5. Concepción sobre la relación sujeto objeto de conocimiento implicada en la frase “el hecho se construye”. Diferencia con la afirmación “El hecho se descubre” y sus implicancias.
En la proposición “El hecho se construye” subyace la concepción de que el sujeto y el objeto interactúan y de que de esta dialéctica surge como síntesis el hecho, que puede identificarse con el producto científico y con el Conocimiento científico. Decir que “El hecho se descubre”, por su parte, implicaría que ya está dado por lo cual al sujeto sólo le competería desenfundar un objeto ya preconcebido. El sujeto cumpliría un rol más pasivo en este caso, frente al Objeto- Activo, que potencialmente, tendría en sí el germen del Conocimiento.
6. Interpretación de la idea de “Construcción del objeto”, a partir de la afirmación: “Sólo a condición de que se interrogue”. Sus consecuencias metodológicas consecuentes.
La idea de construcción del Objeto, “sólo a condición de que se lo interrogue “, tiene que ver con construir y descubrir, a la vez al Objeto. Desde el punto de vista metodológico estas ideas se relacionarían con la teoría de Bachelard del Obstáculo Epistemológico y con su idea referida anteriormente.  También con la idea de romper con la falsa dicotomía “neutralidad axiológica”/”neutralidad metodológica”, haciendo de ambas una dupla metodológica en el proceso de interrogación del Objeto. Indudablemente, el papel del Científico edebe ser  activo e indagador, caracteres fundamentales en este caso.
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Fuente Post: Bourdieu, Pierre; Chamboredon, Jean-Claude; Passeron, Jean-Claude. El Oficio de Sociólogo. México D.F.  Siglo XXI Editores. 2002.-
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Pierre Bourdieu ( 1930-2002 ).-

Escrito por Eduardo Aquevedo

2 diciembre, 2008 a 0:16

Colo Colo logra empate con Cobreloa: semifinales al rojo…

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colocolo11¿Alguien podría dudar que el fútbol es un fenómeno social y cultural, que da cuenta de un cierto tipo de expectativas colectivas, sea de evasión, de distracción, de alguna forma de “alienación”, de “fuga” respecto de otras dimensiones de la realidad?  Así se constata en Europa y América Latina, donde de lejos se trata del deporte más popular, “deporte y pasión de multitudes”, y que de simple actividad social y cultural, se transforma progresivamente en una actividad mercantil, en un negocio, en una actividad empresarial que mueve miles de millones de dólares en diferentes continentes… Pero aún considerando esa evolución mercantil, sigue siendo un fenómeno social y cultural…  En Chile, Colo Colo, junto a Universidad de Chile, encarnan visiblemente ese fenómeno… ¿podríamos entonces dejar de dar cuenta de expresiones notorias de su existencia? Por ejemplo, Colo Colo va ahora en marcha hacia otro título, despertando fuertes expectativas en un sector de la subjetividad colectiva nacional … pero un accidente podría impedirlo aún… E.A.

Colo Colo se llevó valioso empate de Calama

En un entretenido partido, los albos lograron arrebatarle un punto a Cobreloa y, más importante aún, anotarle tres goles.

Sábado 29 de Noviembre de 2008
17:54
El Mercurio Online

SANTIAGO.- Las fichas estaban puestas en los naranjas. En las últimas fechas de la fase regular y, sobre todo, en los cuartos de final (triunfo por 3-0 sobre la U), Cobreloa había vuelto a hacer del Municipal de Calama un reducto inexpugnable.

Así, los dirigidos de Marco Antonio Figueroa salían hoy, sábado, a asegurar los tres puntos y a conseguir una cuenta de ahorro con la que llegar a buscar la clasificación a Santiago.

Pero el que, finalmente, hizo su negocio fue Colo Colo, que se fue con un importante punto y 3 valiosos goles como visitante, que a la hora de una igualdad en puntos pesan como el plomo.

Y todo empezó temprano para los albos, ya que a los 8 minutos se pusieron en ventaja con un tanto de Rodolfo Moya tras recibir un centro de Daúd Gazale, quien había recibido un pase profundo, a las espaldas de los defensores, de Macnelly Torres.

A los 20′, Cobreloa consiguió la igualdad gracias a un grueso error del portero Cristián Muñoz. Fabián Benítez disparó desde 30 metros y el tiro, frontal, rozó en Riffo, pero no desvió el balón que llegó a las manos del meta que vio cómo el balón se le escapaba y se anidaba en su arco.

Tras el empate, los loínos subieron sus líneas y presionaron en campo rival, cambio que encontró frutos a los 35 minutos, cuando Gustavo Savoia sacó un remate desde 25 metros que se desvió en un defensor albo descolocando a Muñoz. 2-1 para el local.

Pero antes del descanso, Macnelly Torres, que en Calama ha hecho buenas presentaciones, puso el 2 a 2 para la visita, resultado con que se terminó el primer lapso.

En la segunda etapa, la noche pudo venirse para Colo Colo, pues a los 49 minutos Rodrigo Meléndez le cometió una fea infracción a Pablo Magalhaes y se hizo acreedor de la cartulina roja.

Sin embargo, con un hombre menos el “Cacique” se supo poner en ventaja con anotación de Daúd Gazale, quien recibió un pelotazo largo y frontal que el ariete ganó entre dos centrales loínos -aunque tocó el balón con la mano- y definió de gran manera nate la estirada de prieto.

De ahí en más, Barticciotto se dedicó a defender el resultado. Sacó a Moya por Villarroel y a Gazale por Carrasco.

Cobreloa se fue en busca del empate y el tanto llegó en los pies de Gustavo Savoia que sacó un remate cruzado razante tras una buena jugada de Junior Fernández que había ingresado opr Daniel González.

El local fue por más, pero la barrera alba impidió el triunfo loíno y rescató un valioso empate desde Calama.

El próximo sábado se definirá al primer semifinalista del Clausura en el estadio Monumental. Colo Colo corre con ventaja.

Mañana, domingo, a partir de las 12:00 horas, comenzará la segunda semifinal en el estadio Fiscal de Talca, entre Rangers y Palestino.

Barticciotto: “No podemos relajarnos para la revancha”

Noticias Primera A
Sábado, 29 de Noviembre de 2008 18:55

El DT de Colo Colo se mostró feliz con el esfuerzo de su equipo, señalando que sacaron adelante un difícil partido ante Cobreloa, jugando de manera inteligente, además de recalcar que no hay nada definido y que saldrán a buscar la victoria en Santiago.

Muy conforme se mostró el entrenador de Colo Colo Marcelo Barticciotto tras el empate obtenido por su equipo en Calama. ‘Barti’ señaló que la expulsión de Meléndez condicionó el planteamiento y que la revancha será igual de complicada, por lo que saldrán a ganar el partido en Santiago.

“Después de la expulsión, perdimos un poco la generación de juego, pero fuimos inteligentes y supimos aguantarlo. En Santiago tenemos que salir a buscar el partido y por eso necesitamos el apoyo de la gente, porque la revancha será complicada y no podemos relajarnos, porque no hay nada definido”, dijo el técnico albo.

Como lo señaló el estratega colocolino, el hombre de menos fue un factor clave. El responsable de esto fue Rodrigo Meléndez, quien reconoció su error, pero destacó el esfuerzo de sus compañeros para sacar el resultado.

“Partimos ganando y ellos después nos hicieron dos goles de rebote, pero Colo Colo fue inteligente, se manejó bien en todas las líneas y sacamos un gran resultado. La expulsión fue mi error, porque vi que no llegaba con la cabeza y metí la mano”, dijo ‘Kalule’.

En el camarín local, el entrenador Marco Antonio Figueroa no quiso hacer declaraciones. Pero el que sí habló fue el goleador Gustavo Savoia, a quien no le gustó el resultado. El argentino reconoció las individualidades del rival, pero se mostró optimista de cara al partido de vuelta.

“Tenían jugadores que no venían jugando, pero Gazale y Moya marcaron diferencias, y nosotros no supimos aprovechar el hombre de más. Tengo bronca, pero creo que en la vuelta lo ganamos y pasaremos a la final”, cerró el trasandino.

Escrito por Eduardo Aquevedo

29 noviembre, 2008 a 17:21

Pierre Bourdieu: la esencia del Neoliberalismo

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Como lo pretende el discurso dominante, el mundo económico es un orden puro y perfecto, que implacablemente desarrolla la lógica de sus consecuencias predecibles y atento a reprimir todas las violaciones mediante las sanciones que inflige, sea automáticamente o —más desusadamente— a través de sus extensiones armadas, el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y las políticas que imponen: reducción de los costos laborales, reducción del gasto público y hacer más flexible el trabajo.

Publicado en Le Monde,Francia.

¿Tiene razón el discurso dominante? ¿Y qué pasaría si, en realidad, este orden económico no fuera más que la instrumentación de una utopía —la utopía del neoliberalismo— convertida así en un problema político? ¿Un problema que, con la ayuda de la teoría económica que proclama, lograra concebirse como una descripción científica de la realidad?

Esta teoría tutelar es pura ficción matemática. Se fundó desde el comienzo sobre una abstracción formidable. Pues, en nombre de la concepción estrecha y estricta de la racionalidad como racionalidad individual, enmarca las condiciones económicas y sociales de las orientaciones racionales y las estructuras económicas y sociales que condicionan su aplicación.

Para dar la medida de esta omisión, basta pensar precisamente en el sistema educativo. La educación no es tomada nunca en cuenta como tal en una época en que juega un papel determinante en la producción de bienes y servicios tanto como en la producción de los productores mismos. De esta suerte de pecado original, inscrito en el mito walrasiano (1) de la «teoría pura», proceden todas las deficiencias y fallas de la disciplina económica y la obstinación fatal con que se afilia a la oposición arbitraria que induce, mediante su mera existencia, entre una lógica propiamente económica, basada en la competencia y la eficiencia, y la lógica social, que está sujeta al dominio de la justicia.

Dicho esto, esta «teoría» desocializada y deshistorizada en sus raíces tiene, hoy más que nunca, los medios de comprobarse a sí misma y de hacerse a sí misma empíricamente verificable. En efecto, el discurso neoliberal no es simplemente un discurso más. Es más bien un «discurso fuerte» —tal como el discurso siquiátrico lo es en un manicomio, en el análisis de Erving Goffman (2). Es tan fuerte y difícil de combatir solo porque tiene a su lado todas las fuerzas de las relaciones de fuerzas, un mundo que contribuye a ser como es. Esto lo hace muy notoriamente al orientar las decisiones económicas de los que dominan las relaciones económicas. Así, añade su propia fuerza simbólica a estas relaciones de fuerzas. En nombre de este programa científico, convertido en un plan de acción política, está en desarrollo un inmenso proyecto político, aunque su condición de tal es negada porque luce como puramente negativa. Este proyecto se propone crear las condiciones bajo las cuales la «teoría» puede realizarse y funcionar: un programa de destrucción metódica de los colectivos.

El movimiento hacia la utopía neoliberal de un mercado puro y perfecto es posible mediante la política de derregulación financiera. Y se logra mediante la acción transformadora y, debo decirlo, destructiva de todas las medidas políticas (de las cuales la más reciente es el Acuerdo Multilateral de Inversiones, diseñado para proteger las corporaciones extranjeras y sus inversiones en los estados nacionales) que apuntan a cuestionar cualquiera y todas las estructuras que podrían servir de obstáculo a la lógica del mercado puro: la nación, cuyo espacio de maniobra decrece continuamente; las asociaciones laborales, por ejemplo, a través de la individualización de los salarios y de las carreras como una función de las competencias individuales, con la consiguiente atomización de los trabajadores; los colectivos para la defensa de los derechos de los trabajadores, sindicatos, asociaciones, cooperativas; incluso la familia, que pierde parte de su control del consumo a través de la constitución de mercados por grupos de edad.

El programa neoliberal deriva su poder social del poder político y económico de aquellos cuyos intereses expresa: accionistas, operadores financieros, industriales, políticos conservadores y socialdemócratas que han sido convertidos en los subproductos tranquilizantes del laissez faire, altos funcionarios financieros decididos a imponer políticas que buscan su propia extinción, pues, a diferencia de los gerentes de empresas, no corren ningún riesgo de tener que eventualmente pagar las consecuencias. El neoliberalismo tiende como un todo a favorecer la separación de la economía de las realidades sociales y por tanto a la construcción, en la realidad, de un sistema económico que se conforma a su descripción en teoría pura, que es una suerte de máquina lógica que se presenta como una cadena de restricciones que regulan a los agentes económicos.

La globalización de los mercados financieros, cuando se unen con el progreso de la tecnología de la información, asegura una movilidad sin precedentes del capital. Da a los inversores preocupados por la rentabilidad a corto plazo de sus inversiones la posibilidad de comparar permanentemente la rentabilidad de las más grandes corporaciones y, en consecuencia, penalizar las relativas derrotas de estas firmas. Sujetas a este desafío permanente, las corporaciones mismas tienen que ajustarse cada vez más rápidamente a las exigencias de los mercados, so pena de «perder la confianza del mercado», como dicen, así como respaldar a sus accionistas. Estos últimos, ansiosos de obtener ganancias a corto plazo, son cada vez más capaces de imponer su voluntad a los gerentes, usando comités financieros para establecer las reglas bajo las cuales los gerentes operan y para conformar sus políticas de reclutamiento, empleo y salarios.

Así se establece el reino absoluto de la flexibilidad, con empleados por contratos a plazo fijo o temporales y repetidas reestructuraciones corporativas y estableciendo, dentro de la misma firma, la competencia entre divisiones autónomas así como entre equipos forzados a ejecutar múltiples funciones. Finalmente, esta competencia se extiende a los individuos mismos, a través de la individualización de la relación de salario: establecimiento de objetivos de rendimiento individual, evaluación del rendimiento individual, evaluación permanente, incrementos salariales individuales o la concesión de bonos en función de la competencia y del mérito individual; carreras individualizadas; estrategias de «delegación de responsabilidad» tendientes a asegurar la autoexplotación del personal, como asalariados en relaciones de fuerte dependencia jerárquica, que son al mismo tiempo responsabilizados de sus ventas, sus productos, su sucursal, su tienda, etc., como si fueran contratistas independientes. Esta presión hacia el «autocontrol» extiende el «compromiso» de los trabajadores de acuerdo con técnicas de «gerencia participativa» considerablemente más allá del nivel gerencial. Todas estas son técnicas de dominación racional que imponen el sobrecompromiso en el trabajo (y no solo entre gerentes) y en el trabajo en emergencia y bajo condiciones de alto estrés. Y convergen en el debilitamiento o abolición de los estándares y solidaridades colectivos (3).

De esta forma emerge un mundo darwiniano —es la lucha de todos contra todos en todos los niveles de la jerarquía, que encuentra apoyo a través de todo el que se aferra a su puesto y organización bajo condiciones de inseguridad, sufrimiento y estrés. Sin duda, el establecimiento práctico de este mundo de lucha no triunfaría tan completamente sin la complicidad de arreglos precarios que producen inseguridad y de la existencia de un ejército de reserva de empleados domesticados por estos procesos sociales que hacen precaria su situación, así como por la amenaza permanente de desempleo. Este ejército de reserva existe en todos los niveles de la jerarquía, incluso en los niveles más altos, especialmente entre los gerentes. La fundación definitiva de todo este orden económico colocado bajo el signo de la libertad es en efecto la violencia estructural del desempleo, de la inseguridad de la estabilidad laboral y la amenaza de despido que ella implica. La condición de funcionamiento «armónico» del modelo microeconómico individualista es un fenómeno masivo, la existencia de un ejército de reserva de desempleados.

La violencia estructural pesa también en lo que se ha llamado el contrato laboral (sabiamente racionalizado y convertido en irreal por «la teoría de los contratos»). El discurso organizacional nunca habló tanto de confianza, cooperación, lealtad y cultura organizacional en una era en que la adhesión a la organización se obtiene en cada momento por la eliminación de todas las garantías temporales (tres cuartas partes de los empleos tienen duración fija, la proporción de los empleados temporales continúa aumentando, el empleo «a voluntad» y el derecho de despedir un individuo tienden a liberarse de toda restricción).

Así, vemos cómo la utopía neoliberal tiende a encarnarse en la realidad en una suerte de máquina infernal, cuya necesidad se impone incluso sobre los gobernantes. Como el marxismo en un tiempo anterior, con el que en este aspecto tiene mucho en común, esta utopía evoca la creencia poderosa —la fe del libre comercio— no solo entre quienes viven de ella, como los financistas, los dueños y gerentes de grandes corporaciones, etc., sino también entre aquellos que, como altos funcionarios gubernamentales y políticos, derivan su justificación viviendo de ella. Ellos santifican el poder de los mercados en nombre de la eficiencia económica, que requiere de la eliminación de barreras administrativas y políticas capaces de obstaculizar a los dueños del capital en su procura de la maximización del lucro individual, que se ha vuelto un modelo de racionalidad. Quieren bancos centrales independientes. Y predican la subordinación de los estados nacionales a los requerimientos de la libertad económica para los mercados, la prohibición de los déficits y la inflación, la privatización general de los servicios públicos y la reducción de los gastos públicos y sociales.

Los economistas pueden no necesariamente compartir los intereses económicos y sociales de los devotos verdaderos y pueden tener diversos estados síquicos individuales en relación con los efectos económicos y sociales de la utopía, que disimulan so capa de razón matemática. Sin embargo, tienen intereses específicos suficientes en el campo de la ciencia económica como para contribuir decisivamente a la producción y reproducción de la devoción por la utopía neoliberal. Separados de las realidades del mundo económico y social por su existencia y sobre todo por su formación intelectual, las más de las veces abstracta, libresca y teórica, están particularmente inclinados a confundir las cosas de la lógica con la lógica de las cosas.

Estos economistas confían en modelos que casi nunca tienen oportunidad de someter a la verificación experimental y son conducidos a despreciar los resultados de otras ciencias históricas, en las que no reconocen la pureza y transparencia cristalina de sus juegos matemáticos y cuya necesidad real y profunda complejidad con frecuencia no son capaces de comprender. Aun si algunas de sus consecuencias los horrorizan (pueden afiliarse a un partido socialista y dar consejos instruidos a sus representantes en la estructura de poder), esta utopía no puede molestarlos porque, a riesgo de unas pocas fallas, imputadas a lo que a veces llaman «burbujas especulativas», tiende a dar realidad a la utopía ultralógica (ultralógica como ciertas formas de locura) a la que consagran sus vidas.

Y sin embargo el mundo está ahí, con los efectos inmediatamente visibles de la implementación de la gran utopía neoliberal: no solo la pobreza de un segmento cada vez más grande de las sociedades económicamente más avanzadas, el crecimiento extraordinario de las diferencias de ingresos, la desaparición progresiva de universos autónomos de producción cultural, tales como el cine, la producción editorial, etc., a través de la intrusión de valores comerciales, pero también y sobre todo a través de dos grandes tendencias. Primero la destrucción de todas las instituciones colectivas capaces de contrarrestar los efectos de la máquina infernal, primariamente las del Estado, repositorio de todos los valores universales asociados con la idea del reino de lo público. Segundo la imposición en todas partes, en las altas esferas de la economía y del Estado tanto como en el corazón de las corporaciones, de esa suerte de darwinismo moral que, con el culto del triunfador, educado en las altas matemáticas y en el salto de altura (bungee jumping), instituye la lucha de todos contra todos y el cinismo como la norma de todas las acciones y conductas.

¿Puede esperarse que la extraordinaria masa de sufrimiento producida por esta suerte de régimen político-económico pueda servir algún día como punto de partida de un movimiento capaz de detener la carrera hacia el abismo? Ciertamente, estamos frente a una paradoja extraordinaria. Los obstáculos encontrados en el camino hacia la realización del nuevo orden de individuo solitario pero libre pueden imputarse hoy a rigideces y vestigios. Toda intervención directa y consciente de cualquier tipo, al menos en lo que concierne al Estado, es desacreditada anticipadamente y por tanto condenada a borrarse en beneficio de un mecanismo puro y anónimo: el mercado, cuya naturaleza como sitio donde se ejercen los intereses es olvidada. Pero en realidad lo que evita que el orden social se disuelva en el caos, a pesar del creciente volumen de poblaciones en peligro, es la continuidad o supervivencia de las propias instituciones y representantes del viejo orden que está en proceso de desmantelamiento, y el trabajo de todas las categorías de trabajadores sociales, así como todas las formas de solidaridad social y familiar. O si no…

La transición hacia el «liberalismo» tiene lugar de una manera imperceptible, como la deriva continental, escondiendo de la vista sus efectos. Sus consecuencias más terribles son a largo plazo. Estos efectos se esconden, paradójicamente, por la resistencia que a esta transición están dando actualmente los que defienden el viejo orden, alimentándose de los recursos que contenían, en las viejas solidaridades, en las reservas del capital social que protegen una porción entera del presente orden social de caer en la anomia. Este capital social está condenado a marchitarse —aunque no a corto plazo— si no es renovado y reproducido.

Pero estas fuerzas de «conservación», que es demasiado fácil de tratar como conservadoras, son también, desde otro punto de vista, fuerzas de resistencia al establecimiento del nuevo orden y pueden convertirse en fuerzas subversivas. Si todavía hay motivo de abrigar alguna esperanza, es que todas las fuerzas que actualmente existen, tanto en las instituciones del Estado como en las orientaciones de los actores sociales (notablemente los individuos y grupos más ligados a esas instituciones, los que poseen una tradición de servicio público y civil) que, bajo la apariencia de defender simplemente un orden que ha desaparecido con sus correspondientes «privilegios» (que es de lo que se les acusa de inmediato), serán capaces de resistir el desafío solo trabajando para inventar y construir un nuevo orden social. Uno que no tenga como única ley la búsqueda de intereses egoístas y la pasión individual por la ganancia y que cree espacios para los colectivos orientados hacia la búsqueda racional de fines colectivamente logrados y colectivamente ratificados.

¿Cómo podríamos no reservar un espacio especial en esos colectivos, asociaciones, uniones y partidos al Estado: el Estado nación, o, todavía, mejor, al Estado supranacional —un Estado europeo, camino a un Estado mundial— capaz de controlar efectivamente y gravar con impuestos las ganancias obtenidas en los mercados financieros y, sobre todo, contrarrestar el impacto destructivo que estos tienen sobre el mercado laboral. Esto puede lograrse con la ayuda de las confederaciones sindicales organizando la elaboración y defensa del interés público. Querámoslo o no, el interés público no emergerá nunca, aun a costa de unos cuantos errores matemáticos, de la visión de los contabilistas (en un período anterior podríamos haber dicho de los «tenderos») que el nuevo sistema de creencias presenta como la suprema forma de realización humana.

Notas

1. Auguste Walras (1800-66), economista francés, autor de De la nature de la richesse et de l’origine de la valeur [sobre la naturaleza de la riqueza y el origen del valor) (1848). Fue uno de los primeros que intentaron aplicar las matemáticas a la investigación económica.

2. Erving Goffman. 1961. Asylums: Essays On The Social Situation Of Mental Patients And Other Inmates [Manicomios: ensayos sobre la situación de los pacientes mentales y otros reclusos]. Nueva York: Aldine de Gruyter.

3. Ver los dos números dedicados a « Nouvelles formes de domination dans le travail » [nuevas formas de dominación en el trabajo], Actes de la recherche en sciences sociales, Nº 114, setiembre de 1996, y 115, diciembre de 1996, especialmente la introducción por Gabrielle Balazs y Michel Pialoux, « Crise du travail et crise du politique » [crisis del trabajo y crisis política], Nº 114: p. 3-4.

Foro mundial de socioeconomía: crítica al neoliberalismo…

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Foro mundial formula críticas al neoliberalismo en Costa Rica

Un análisis crítico de las políticas neoliberales emprenden más de 400 especialistas de todo el mundo que se reúnen a partir de este lunes en San José, en la XX Conferencia anual de la Sociedad para el Avance de la Socioeconomía (SASE).

Economistas, sociólogos y otros especialistas de las ciencias sociales, en su mayoría académicos, participarán en el foro que será inaugurado con una conferencia magistral por el presidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz, Oscar Arias. “Flexibilidad económica y estabilidad social en la era de la globalización” es el tema central de la conferencia de este año, que se celebra por vigésima ocasión “y por primera vez en un país del hemisferio sur”, explicó a AFP el coordinador del comité local, Roger Churnside. “No se trata de proponer ningún modelo específico alternativo al neoliberalismo, porque no es ese el objetivo de la organización, sino de formular críticas al enfoque neoliberal”, señaló Churnside.

La XX Conferencia de la SASE abordará un total de 14 subtemas relacionados con el tema general y se han programado alrededor de 100 paneles durante los tres días del foro, que concluye el miércoles. La mayoría de las actividades tendrán lugar en el campus de la Universidad de Costa Rica, en el sector este de San José. Entre los participantes se menciona a académicos de reconocida trayectoria internacional como José Antonio Ocampo, profesor de la Universidad de Columbia en Estados Unidos, quien ha fungido como subsecretario general de las Naciones Unidas para Asuntos Sociales y Económicos, entre otros cargos internacionales y en su país de origen, Colombia.

Otros destacados panelistas son los sociólogos Arlie Hochschild, de la Universidad de California en Berkeley; Alejandro Portes, de la Universidad de Princeton; y Michael Storper, del Instituto de Estudios Políticos de París y de la Escuela de Economía de Londres. “La SASE es una organización fundada en 1989 por economistas y sociólogos de fama mundial y que comparten la filosofía de que la ciencia social es una y que debe la economía tiene que complementarse con la sociología, la historia, las ciencias políticas y otras”, explicó Churnside.

Pierre Bourdieu, uno de los fundadores y miembros del Comite Internacional Patrocinador de la SASE, antes de morir en 2002.

P. Bourdieu: preguntas a los verdaderos amos del mundo…

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Sería un poco ridículo para mí tratar de exponer el estado del mundo mediático a individuos que lo conocen mejor que yo. A personas que se hallan entre las más poderosas del mundo, con ese poder que no es sólo el del dinero sino el que el dinero puede dar sobre los espíritus.

Ese poder simbólico que en la mayoría de las sociedades era propio del poder político o económico y hoy está en las manos de las mismas personas, aquellas que detienen el control de los grandes grupos de comunicación, es decir, del conjunto de los instrumentos de difusión de los bienes culturales. Me encantaría someter a estas personas tan influyentes a un interrogatorio similar al que Sócrates planteaba a los poderosos de su tiempo.

No estoy en condiciones de hacerlo, pero de todos modos quisiera arrojar algunas preguntas -que a estas personas seguramente ni se les ocurren, en especial porque no tienen tiempo- que remiten todas a una sola: Amos del mundo, ¿acaso ustedes dominan su dominio? O para decirlo más sencillamente, ¿saben qué es lo que están haciendo y todas las consecuencias que ello acarrea? Preguntas a las cuales Platón respondía con una fórmula célebre que sin duda también se aplica aquí: “Nadie es malvado voluntariamente”.

Nos dicen que la convergencia tecnológica y económica de lo audiovisual, las telecomunicaciones y la informática y la confusión de las redes hacen que las protecciones jurídicas se vuelvan completamente inoperantes e inútiles; nos aseguran que la profusión tecnológica ligada a la multiplicación de los canales temáticos responderá a la demanda potencial de los consumidores más diversos y que gracias esta explosión of media choices todas las demandas recibirán una oferta adecuada; en suma, que todos los gustos conseguirán satisfacerse. Afirman que la competencia, en especial cuando está asociada al progreso tecnológico, es sinónimo de “creación”. Podría ilustrar cada una de mis aserciones con decenas de referencias y citas que me harían caer en la redundancia. (…)

Sin embargo, también nos dicen que la competencia de los nuevos ingresantes, mucho más poderosos -que provienen de las telecomunicaciones y la informática- es tan fuerte que al ámbito audiovisual le cuesta cada vez más resistir; que las cifras de derechos, en especial en materia de deportes, son cada vez más elevadas; que todo lo que producen y hacen circular los nuevos grupos de comunicación tecnológica integrados económicamente -desde publicidades de televisión hasta libros, películas o juegos televisivos- debe recibir el mismo trato que cualquier otra mercancía; y que este producto industrial estándar tiene que obedecer por lo tanto a la ley común, la del beneficio, fuera de toda excepción cultural sancionada por limitaciones reglamentarias, como el precio único en los libros o las restricciones de difusión. Nos dicen finalmente que la ley del beneficio, es decir, la ley del mercado, es claramente democrática, pues otorga el triunfo al producto plebiscitado por la mayoría.

Deberíamos confrontar cada una de estas “ideas” no con otras ideas -correríamos el riesgo de pasar por ideólogos perdidos en las nubes- sino con hechos: a la idea de la diferenciación y diversificación extraordinaria de la oferta podríamos oponerle la extraordinaria uniformización de los programas de televisión; las múltiples redes de comunicación tienden cada vez más a difundir -a menudo a la misma hora- el mismo género de productos, juegos, soap operas, música comercial, melodramas sentimentales del tipo telenovela, series policíacas que da igual que sean francesas, como Navarro, o alemanas, como Derrick, y tantos otros productos surgidos de la búsqueda de beneficios máximos con costos mínimos; o, en un ámbito muy diferente, la homogeneización creciente de los periódicos y, sobre todo, de las revistas semanales.

Otro ejemplo. A las “ideas” de competencia y diversificación podríamos oponerle la concentración extraordinaria de los grupos de comunicación. La suma de las actividades de producción, explotación y difusión desencadena abusos de posición dominante que favorecen a las películas de la misma empresa: Gaumont, Pathé y UGC proyectan el 80% de las películas de exclusividad presentes en el mercado parisino; habría que mencionar también la proliferación de cines multiplex que incurren en una competencia desdeal con las pequeñas salas independientes, condenadas a menudo a cerrar sus puertas.

Pero lo esencial es que las preocupaciones comerciales y en particular la búsqueda del beneficio máximo a corto plazo se imponen más y más en el conjunto de las producciones culturales. De esta manera, en la edición de libros -ámbito que he estudiado de cerca- las estrategias de los editores se limitan a orientarse inequívocamente hacia el éxito: cuando las editoriales están integradas por grupos multimedias deben extraer tasas de beneficio muy elevadas.
Es momento de empezar a plantear preguntas. Hablé de producciones culturales. ¿Acaso se puede seguir hablando hoy, y se podrá seguir haciéndolo mañana, de producciones culturales y de cultura? A quienes construyen el nuevo mundo de la comunicación y son construidos por él les gusta evocar el problema de la velocidad, los flujos de información y las transacciones que se vuelven cada vez más rápidas; en parte tienen razón cuando piensan en la circulación de la información y en la rotación de los productos. Dicho esto, la lógica de la velocidad y del beneficio que se reúnen en la búsqueda del beneficio máximo a corto plazo -el rating para la televisión, el número de lectores para los libros y diarios y la cantidad de espectadores para las películas- me parecen difícilmente compatibles con la idea de cultura. Como decía Ernst Gombrich, el gran historiador del arte, cuando las “condiciones ecológicas del arte” se destruyen, éste y la cultura no tardan en morir.

A modo de prueba, podría contentarme con mencionar lo que resultó del cine italiano, que fue uno de los mejores del mundo y que sobrevive sólo gracias a un puñado de cineastas, o del cine alemán o del de Europa del Este. O la crisis que conoce en todas parte el cine de autor por la falta, entre otras cosas, de circuitos de difusión. Y ni hablemos de la censura que los distribuidores pueden imponer a ciertas películas como la de Pierre Carles, que no por casualidad versaba acerca de la censura en los medios. O incluso el destino de una radio cultural como France Culture, uno de los pocos lugares de libertad frente a la presión del mercado y del marketing editorial, que hoy está entregada a la liquidación en nombre de la modernidad, el rating y las connivencias mediáticas.

Pero únicamente podemos comprender realmente lo que significa la reducción de la cultura al estado de producto comercial si recordamos cómo se constituyeron los universos de producción de las obras que consideramos universales en el terreno de las artes plásticas, la literatura o el cine. Todas las obras expuestas en los museos, todas esas obras de la literatura que se convirtieron en clásicos, todas esas películas conservadas en las cinematecas y en los museos del cine son el producto de universos sociales que se conformaron de a poco, liberándose de las leyes del mundo ordinario y en particular de la lógica del beneficio. Pensemos en el siguiente ejemplo: el pintor del quattrocento tuvo que luchar contra los apoderados para que su obra dejara de ser tratada como un simple producto y evaluada en función de la superficie pintada y de los colores empleados; debió pelear para obtener el derecho de firmar, es decir, el derecho de ser tratado como un autor; debió combatir por la singularidad, la unicidad, la calidad y gracias a la colaboración de los críticos, biógrafos y profesores de historia del arte se impuso como artista, como “creador”.

Pero todo esto es lo que se encuentra hoy amenazado por la reducción de la obra a un mero producto o mercancía. Las luchas actuales de los cineastas por el final cut y contra la pretensión del productor de retener el derecho final sobre la obra son el equivalente exacto de los esfuerzos del pintor del quattrocento. Fueron necesarios casi cinco siglos para que los pintores obtuvieran el derecho de escoger los colores empleados, la manera de emplearlos, y luego el derecho de elegir el tema, en especial haciéndolo desaparecer, con el arte abstraco, para gran escándalo del apoderado burgués. Asimismo, para tener un cine de autor hace falta todo un universo social, pequeñas salas y cinematecas que proyecten películas clásicas y que sean visitadas por los estudiantes, cineclubs dirigidos por profesores de filosofía formados por la frecuentación de dichas salas, críticos bien preparados que escriban en los Cahiers du cinéma (Revista de cine), cineastas que hayan aprendido su oficio viendo películas que reseñaban en esos Cahiers, en fin, todo un medio social en el cual un cierto tipo de cine sea reconocido como valioso.

Estos universos sociales están bajo amenaza por la irrupción del cine comercial y el dominio de los grandes difusores, con los cuales deben contar los productores -salvo cuando éstos también trabajan de difusores-: son la culminación de una larga evolución y hoy se hallan en un proceso de involución. Presenciamos una regresión de la obra al producto, del autor al ingeniero o al técnico que utiliza los famosos efectos especiales o acude a grandes estrellas, recursos extremadamente costosos, para manipular o satisfacer las pulsiones primarias del espectador, pulsiones a menudo anticipadas gracias a las investigaciones de otros técnicos: los especialistas en marketing. Y sin embargo sabemos todo el tiempo que hace falta para crear creadores, es decir, espacios sociales de productores y receptores en el interior de los cuales aquellos puedan aparecer, desarrollarse y tener éxito.

Reintroducir el reino del comercio y de lo “comercial” en universos que muy lentamente se habían construido contra él es poner en peligro las obras más altas de la humanidad, el arte, la literatura e incluso la ciencia. No creo que alguien realmente pueda desear eso. Por tal razón al comienzo recordaba la célebre fórmula platónica: “Nadie es malvado voluntariamente”. Si las fuerzas de la tecnología aliadas con las fuerzas de la economía, la ley del beneficio y de la competencia amenazan la cultura, ¿qué podemos hacer para contrarrestarlas? ¿Qué podemos hacer para fotalecer las chances de aquellos que sólo pueden existir en los plazos largos, aquellos que, como los pintores impresionistas de otro tiempo, trabajan para un mercado póstumo? Me refiero a los que se esfuerzan para que sobrevenga un nuevo espacio, en oposición a quienes se someten a las exigencias del mercado actual y reciben beneficios inmediatos, materiales, económicos o simbólicos (premios, condecoraciones o renombre académico).

La elección no es entre la “globalización”, es decir, la sumisión a las leyes del comercio y en consecuencia al reino de lo “comercial” -que siempre se distingue de lo que casi universalmente se entiende por cultura- y la defensa de las culturas nacionales o tal o cual forma de nacionalismo o localismo cultural. Los productos kitsch de la “globalización” comercial, la película de entretenimiento con efectos especiales o incluso la world fiction cuyos autores pueden ser italianos o ingleses, se contrapone a los productos de la internacional literaria, artística y cinematográfica cuyo centro está en todas partes y en ninguna, aun si por mucho tiempo se halló en París, Londres o Nueva York, sedes de una tradición nacional de internacionalismo artístico. Así como Joyce, Faulkner, Kafka, Beckett o Gombrowicz, productos puros de Irlanda, Estados Unidos, Checoslovaquia o Polonia florecieron en París, muchos cineastas contemporáneos como Kaurismaki, Manuel de Olivera, Satyajit Ray, Kieslowski, Woody Allen, Kiarostami -y tantos otros- deben sus logros a esa internacional literaria, artística y cinematográfica situada en París. Sin duda porque allí, por razones estrictamente históricas, ese microcosmos de productores, críticos y receptores informados que resulta tan vital se constituyó hace mucho tiempo y pudo sobrevivir hasta hoy.

Insisto: lleva muchos siglos crear productores que trabajen para mercados póstumos. Colocar por un lado una “globalización” supuestamente vinculada al poderío económico-comercial, al progreso y la modernidad y por otro un nacionalismo atado a formas arcaicas de conservación de la soberanía no ayuda a comprender el problema. En realidad presenciamos una lucha entre una potencia comercial que pretende expandir universalmente los intereses particulares del comercio y de sus amos y una resistencia cultural basada en la defensa de las obras universales producidas por la internacional desnacionalizada de los creadores.

Quisiera terminar con una anécdota histórica también ligada a la cuestión de la velocidad y que en mi opinión señala bastante bien las relaciones que un arte liberado de las presiones del comercio podría mantener con los poderes temporales. Se cuenta que Miguel Angel empleaba tan pocas formas protocolares en su vínculo con el Papa Julio II, su apoderado, que éste se veía obligado a sentarse muy rápido para impedir que Miguel Angel se sentara antes que él. En cierto sentido, podría decir que aquí he intentado perpetuar, muy modestamente, pero con total fidelidad, la tradición inaugurada por Miguel Angel: distanciarse de los poderes y muy especialmente de esas nuevas fuerzas que se apoyan en el dinero y en los medios.

Texto publicado en Le Monde (14 de octubre de 1999) y en Libération (13 de octubre de 1999).

P. Bourdieu, intelectual crítico y movimiento social, por E. Febbro

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Durante las huelgas que paralizaron a Francia en noviembre y diciembre de 1995, la figura de Pierre Bourdieu fue una compañía regular y comprometida en todos aquellos sectores que, desde la base, se oponían a las reformas ultraliberales del entonces primer ministro conservador Alain Juppé. En un abrir y cerrar de ojos, Francia quedó suspendida a dos largos conflictos sociales desencadenados por la proyectada reforma del sistema de protección social y, sobre todo, por los cambios que el gobierno pretendía introducir en el régimen de las jubilaciones de los ferroviarios. En el transcurso de un mes y medio no hubo trenes, ni metros, ni autobuses ni ningún medio de transporte público que funcionara: el país estaba a pie y Bourdieu fue, en esos momentos de insalvables desgarros, uno de los pocos intelectuales que bajó a la arena de la invisible pero existente clase obrera.

Por Eduardo Febbro
Desde París, Página/12

Al despuntar el día, en los inhóspitos galpones ferroviarios donde los huelguistas de la CGT votaban en asamblea la continuación de la huelga, Bourdieu presenciaba los debates e intervenía para apoyar la iniciativa del movimiento obrero. Nada puede ilustrar mejor la interacción entre las teorías de Pierre Bourdieu y los movimientos sociales como aquellos 50 días en los que un país le dijo no a las ultranzas liberales. La obra de Pierre Bourdieu es voluminosa y variada. Además de fundar una controvertida escuela sociológica cuyo eje central es la crítica de la modernidad, en los últimos años de su vida Bourdieu creó dos corrientes inéditas para un hombre oriundo de las ciencias sociales. La primera corresponde a un sólido compromiso a favor de los movimientos sociales. La segunda atañe a la constitución de un bloque transgresor desde donde fustigó y atacó con un éxito de público inesperado a las estructuras de poder que manipulaban horizontalmente a la sociedad.

En los años ‘90, Bourdieu tenía un peso tal en Francia que fue objeto de enardecidos y violentos debates en los medios de comunicación. Primeras planas de los semanarios, extensos artículos en los diarios, columnas polémicas, ediciones especiales en las revistas de debate, programas de radio y televisión y libros panfletos contra lo que en Francia se denominó el sistema Bourdieu se convirtieron en moneda corriente. Sus detractores denunciaban un supuesto monopolio del sociólogo en el campo de la crítica al liberalismo, al tiempo que ponían en tela de juicio su tajante división del mundo en dominadores y dominados. A veces, el debate llegó al pugilato. Un ex miembro del círculo Bourdieu, Jeanine Verdès-Leroux, escribió un virulento panfleto llamado “El sabio y la política, ensayo sobre el terrorismo sociológico de Pierre Bourdieu”. La muy seria revista Esprit contribuyó a alterar el clima con un número especial donde denunció “la práctica deliberada de la mentira y de la falsificación” en los trabajos de Bourdieu. Para la revista, los análisis del sociólogo no eran “una estrategia de contradicción política” sino que respondían a la voluntad de “caporalización de la vida intelectual”. Impasible ante las críticas, Bourdieu respondía: “Lo que yo defiendo es la posibilidad y la necesidad de que haya intelectuales críticos. No hay democracia efectiva sin un contrapoder crítico”. Ese concepto de crítico repetido en todos los planos es el signo de todos sus trabajos.

Los primeros libros de Bourdieu estuvieron consagrados a Argelia, país en el que ejerció la docencia (Sociología de Argelia, 1958), El desarraigo (1964) y, sobre todo, Los herederos, un trabajo sobre el medio estudiantil con el cual se hizo muy conocido y que lo convirtió en una de las referencias mayores de Mayo del ‘68. En los años ‘60, Bourdieu participó de lleno en el agitado clima intelectual de la época con una serie de trabajos que abarcaron temas tan diversos como la cultura, el arte, lapolítica, la dominación masculina, los medios de comunicación o la miseria social.

Bourdieu fue el hombre de todos los combates, el guerrero social acusado de sectario por sus detractores que construyó una obra monumental cuya novedad sociológica consistió en otorgarle un lugar central, una función, a las estructuras simbólicas: el arte, la educación, la cultura, la literatura y, en el último tramo de su vida, la política y los medios de comunicación. Con esa metodología como telón de fondo y el tema de “la violencia simbólica” como objeto-red de todos su libros, Bourdieu se ocupó de lo social en momentos en que lo social parecía no tener otra existencia que la dinámica del provecho. Desde Los herederos pasando por La miseria del mundo (1993) o Las estructuras sociales de la economía (2000), a lo largo de sus 25 libros publicados Bourdieu abrió caminos inexplorados en el campo de la sociología. Paradójicamente, su apogeo llegó con el incremento de las desigualdades sociales. En la segunda mitad de los ‘90 llegó a ser sin quererlo la piedra filosofal del movimiento social y de lo que en Francia se conoce como la izquierda de la izquierda, es decir, los grupos e individuos que no se reconocían en la izquierda gobernante.

Nada define mejor la relación de Bourdieu con el mundo político como las calificaciones con que lo trataban los partidos de la izquierda oficial. En el Partido Socialista francés, la acción y el pensamiento de Bourdieu eran vistos a través de la fórmula “la izquierda de testimonio crítico”. A su vez, en el Partido Comunista, las intervenciones del autor de La miseria del mundo no pasaban con facilidad. El boletín oficial del PCF fechado en abril de 1999 definía sus posiciones en éstos términos: “confort romántico” o “izquierda protestataria y antipolítica”. De hecho, Bourdieu llegó a la cumbre a una edad avanzada, 70 años, llevado por la fuerza de sus compromisos y por el volcán del movimiento social de diciembre de 1995. Bourdieu le dio cuerpo doctrinario a una revuelta contra el liberalismo, atacando sucesivamente los principales centros de poder, es decir, el político y los medios de comunicación.

Al término de aquellos casi dos meses de parálisis nacional fundó Raisons d’agir, con un grupo de intelectuales cuya meta vino a romper la sacrosanta objetividad científica. Con la revista trató de “poner a disposición del movimiento social el trabajo de los sociólogos, psicólogos e historiadores”. La división entre la objetividad del investigador científico y la convicción subjetiva del militante político quedó resumida en una figura que Bourdieu y sus partidarios universitarios llamaron “el intelectual colectivo”, una definición que encuentra sus raíces en Michel Foucault, que se refería al “militante científico”. Para el autor de Los herederos lo importante era “no dejar el trabajo científico en el vestuario y servirse de él como un arma política”. Raisons d’agir resultó ser el arma con que Bourdieu golpearía el corazón del sistema: la universidad, los medios, la protección social, el desempleo, la precariedad del trabajo fueron los principales temas de reflexión. Estos encontraron el “instrumento de la transgresión con la creación de la editorial Liber/Raisons d’agir, cuyas obras publicadas respondían a dos fundamentos de Bourdieu: lanzar libros de intervención a fin de comprender la crisis y, más políticamente, “destruir la frontera entre trabajo científico y militantismo, rehabilitando la polémica”. El público consagró lo acertado de su iniciativa. Libros de estatuto confidencial como La televisión o Los perros guardianes (un panfleto riguroso contra los periodistas) alcanzaron tiradas muy superiores a la de los libros lanzados por las grandes editoriales.

“Cuanto más envejezco, más me siento empujado hacia el crimen. Transgredo líneas que antes me había prohibido transgredir”, decía Bourdieu refiriéndose a sus compromisos intelectuales. El sociólogo francés reconocía que durante años fue “víctima de ese moralismo de laneutralidad, del no implicarse, de la no-intervención del científico, como si se pudiese hablar del mundo social sin ejercer la política”. Bourdieu la ejerció: en las aulas, en los libros y hablando ante los auditorios más diversos: huelguistas, personas sin domicilio fijo, cárceles, hospitales, campesinos. Sus ataques contra los sistemas sociales desestructuradores y la globalización no admitieron concesión alguna. “El fatalismo de las leyes económicas esconde en realidad una política. Pero se trata de una política paradójica porque apunta a despolitizar: es una política que, liberándolas de todo control, apunta a darles a las fuerzas económicas un poder fatal. Al mismo tiempo, esa política busca obtener la sumisión de los gobiernos y de los ciudadanos a las fuerzas económicas y sociales liberadas mediante ese método”. Pesimista y al mismo tiempo comprometido, Bourdieu fue antes de tiempo el sociólogo que iba a pensar, a “objetivar”, el desarraigo y la soledad social a las cuales las leyes del mercado arrojaron a millones de individuos.

P. Bourdieu: opinión pública y encuestas de opinión

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“El Problema de la sociología son los profesores de sociología”
Pierre Bourdieu, autor de la frase anterior, postula que la opinión pública no existe. Realizó un análisis riguroso de las encuestas de opinión custionando los tres postulados que se le suponen:

1. Toda encuesta de opinión supone que todo el mundo puede tener una opinión.
2. Todas las opiniones tienen el mismo peso.
3. Existe un consenso sobre los problemas.

Bourdieu considera que las problemáticas que fabrican los institutos de opinión están subordinadas a una demanda de tipo particular. Motivo por el cual en la construcción de los cuestionarios se aplican sesgos en la formulación de las preguntas para condicionar la respuesta. Al estar subordinadas a intereses políticos, se refleja en la significación de la respuestas y de la publicación de los resultados. De esta manera la encuesta de opinión se convierte en un instrumento de acción política y su función principal es imponer la ilusión de que existe una opinión pública.

Efecto fundamental de la encuesta de opinión:

* Constituir la idea según la cual existe una opinión pública unánime para legitimar una política y reforzar las relaciones de fuerza que la sostienen o la hacen posible.

Operaciones para producir el efecto de consenso:
* Ignorar a los “no contestan”

El simple análisis estadístico de los “no contestan” proporciona información sobre lo que significa la pregunta, sobre la categoría considerada y se encuentra definida tanto por la probabilidad de tener una opinión como por la probabilidad condicional de tener una opinión a favor o en contra. Uno de los efectos más perniciosos de la encuesta de opinión consiste en conminar a las personas a responder a preguntas que no se han planteado.

* El “ethos de clase”

Las personas producen opinión a través de lo que Bourdieu llama el “ethos de clase”, un sistema de valores implícitos, interiorizados desde la infancia, a partir del cual se generan respuestas a toda clase de problemas. La naturaleza de las respuestas:

Oposición entre dos principios de producción de opiniones:
1. Principio específicamente político.
2. Pricipio ético.

El efecto de imposición de problemática tiene su base en que a las personas que detentan el poder, la problemática que les interesa, afecta de manera muy desigual a las diferentes clases sociales. Se tienen más opiniones sobre un problema cuanto más interesado se está por ese problema. Al hablar de las tomas de posición, el objetivo es explicar las relaciones entre la estructura de las posiciones a tomar y la estructura del campo de las posiciones objetivamente ocupadas. La encuesta de opinión trata a la opinión pública como un agregado de opiniones cuando en realidad las opiniones son fuerzas y las relaciones entre opiniones son conflictos de fuerza entre grupos.

Conclusión:
La opinión pública no existe, existen:
* opiniones constituidas, movilizadas, grupos de presión movilizados en torno a un sistema de
intereses explícitamente formulados
* disposiciones, algo que puede formularse discursivamente con una cierta pretensión a la
coherencia.


Escrito por D. B.
http://pierre-bourdieu.blogspot.com

HOMO ACADEMICUS, Pierre Bourdieu

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Siglo Veintiuno Editores publica por primera vez en castellano esta obra en la cual Pierre Bourdieu detiene su lúcida mirada en el mundo universitario para señalar y describir la lucha de poderes constante en el campo académico. Para el autor, esta lucha se desarrolla siguiendo una lógica específica, donde el poder académico y el prestigio intelectual ó científico son los dos polos opuestos, mientras que las disciplinas y las prácticas dominantes y dominadas se distribuyen en torno a ellos.¿Cómo se manifiesta este juego de fuerzas e intereses? Según Bourdieu, esto ocurre en los conflictos entre facultades o entre disciplinas; en las pujas por lograr horarios de clases, recursos económicos y humanos; en la reproducción del cuerpo docente, en la endogamia de ese cuerpo y en sus modos de reclutamiento y selección; y en la exclusión de los adversarios.

Es una ilusión pensar que la producción intelectual está exenta de determinismos o que surge del ejercicio libre e independiente del pensamiento, sostiene Bourdieu. Por el contrario, asegura que esa producción está condicionada por la ubicación y la trayectoria en el espacio académico, y quienes se consagran al saber (los que lo construyen y lo transmiten, pero también los estudiantes) no deberían soslayar esta evidencia.

Escrito por Eduardo Aquevedo

10 junio, 2008 a 14:03

Escrito en BOURDIEU, SOCIOLOGIA

CONTRA EL FATALISMO ECONOMICO, por P. Bourdieu

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Mis más cálidos agradecimientos para la ciudad de Ludwigshafen, su alcalde el Señor Wolfgang Schulte y al Instituto Ernst Bloch, por el honor que se me ha concedido y asocia mi nombre con el de uno de los filósofos a quien más admiro. Mis agradecimientos también para el señor Ulrich Beck por el generoso discurso que acaba de pronunciar. Me hace pensar en que en el futuro próximo podremos asistir al nacimiento de la utopía de un colectivo intelectual europeo, cosa que he apoyado durante mucho tiempo. Mi única crítica a esta eulogia es su excesiva generosidad, especialmente por la forma en que atribuyó a mi persona una cantidad de propiedades y cualidades que sólo son producto de condiciones sociales. No puedo dejar de pensar, cuando se me honra de semejante manera y se me eleva al nivel de gran defensor de la idea utópica -en estos días tan desacreditada, desechada y ridiculizada, en nombre del realismo económico-, que estoy siendo autorizado o más precisamente urgido a intentar definir cual tiene que ser y debe ser el papel del intelectual, en relación a la utopía en general y la utopía europea en particular.

Revolución conservadora

Debemos reconocer que estamos actualmente en un período de restauración neo-conservadora. Pero esta revolución conservadora asume una forma sin precedentes: no hay, como en tiempos anteriores, ningún intento de invocar un pasado idealizado mediante la exaltación de la tierra, la sangre, y los temas de las antiguas mitologías rurales. Es un nuevo tipo de revolución conservadora que, para justificar su restauración reclama una relación con el progreso, la razón y la ciencia -la economía, en verdad-, y a partir de esto intenta relegar el pensamiento y la acción progresiva a un estatus arcaico. Se erige como patrón de normas para todas las prácticas, y por tanto como norma ideal, el orden del mundo económico librado a su propia lógica: la ley del mercado, la ley del más fuerte. Ratifica y jerarquiza la norma de los llamados mercados financieros, el retorno a un tipo de capitalismo radical que no responde a ninguna ley más que a la máxima ganancia; un capitalismo sin tapujos, desenfrenado, que ha sido llevado hasta el límite de su eficiencia económica por medio de las formas modernas de conducción Management y las técnicas manipuladoras como la investigación de mercado y las propagandas de venta y comercialización.

El aspecto engañoso de esta revolución conservadora es que, atrapada por todos los signos de la modernidad, aparentemente no conserva nada de la oscura pastoral de la Selva Negra, tan amada por los revolucionarios de los años 30… Después de todo, viene de Chicago ¿no es así?… Galileo dijo que el mundo natural está escrito en lenguaje matemático. Actualmente, tratan de inventar que el mundo social está escrito en lenguaje económico. Mediante el arma de las matemáticas -y también del poder de los medios- el neoliberalismo se ha transformado en la forma suprema de contraataque conservador, apareciendo durante los últimos treinta años bajo la denominación de “el fin de la ideología” o, mas recientemente, “el fin de la historia”.

Fatalismo economicista
Lo que se nos presenta como un horizonte imposible de superar por el pensamiento -el fin de las utopías criticas- no es nada más que un fatalismo economicista, que puede criticarse en los términos empleados por Ernst Bloch en El espíritu de la utopía (1) dirigiéndose al economicismo y fatalismo que pueden encontrarse en el marxismo.

La fechitización de las fuerzas productivas y el fatalismo resultante, se encuentra hoy paradójicamente en los profetas del neoliberalismo y en los sacerdotes del Deutschmark y la estabilidad monetaria. El neoliberalismo es una poderosa teoría económica cuya estricta fuerza simbólica, combinada con el efecto de la teoría, redobla la fuerza de las realidades económicas que supuestamente expresa. Sostiene la filosofía espontanea de los administradores de las grandes multinacionales y de los agentes de la gran finanza, en especial los agentes de Fondos de pensión. Seguida en todo el mundo por políticos nacionales e internacionales, funcionarios oficiales y especialmente por el mundillo de los periodistas tradicionales -todos más o menos igualmente ignorantes de la teología matemática subyacente- se está transformando en una creencia universal, en un nuevo evangelio ecuménico.

Este evangelio, o más bien la vulgarización gradual que se ha hecho a nombre del liberalismo en todos los lugares, está confeccionada con una colección de palabras mal definidas -”globalización”, “flexibilidad”, “desrregulación” y otras- que, a través de sus connotaciones liberales e incluso libertarias pueden ayudar a dar la apariencia de un mensaje de libertad y liberación a una ideología que se piensa a si misma como opuesta a toda ideología.

De hecho, esta filosofía tiene y reconoce como su único objetivo la permanente creación de riqueza y, más secretamente, su concentración en manos de una minoría privilegiada, y por lo tanto conduce un combate por cualquier medio, incluso la destrucción del medio ambiente y el sacrificio humano, contra cualquier obstáculo a la maximización de las ganancias. Seguidores del laisser-faire, como Thatcher, Reagan y sus sucesores ponen cuidado en la práctica no del laisser-faire sino, al contrario, en dar mano libre a la lógica de los mercados financieros para llevar adelante una guerra total contra los sindicatos, contra las adquisiciones sociales de los últimos siglos, en una palabra, contra todas las formas de civilización asociadas con el estado social.

Juzgar por los resultados
La política neoliberal puede ser ahora juzgada por sus resultados, que son claros para todos, a pesar de los esfuerzos para probar por medio de trucos estadísticos y trampas groseras que Estados Unidos y Gran Bretaña han alcanzado el pleno empleo. Hay desempleo masivo. Los trabajos que hay son precarios, la permanente inseguridad resultante afecta una creciente proporción de la población, aun en las clases medias. Hay una profunda desmoralización ligada al colapso de la solidaridad elemental, especialmente en la familia y todas las consecuencias de este estado de anomia: delincuencia juvenil, crimen, drogas, alcoholismo, la reaparición en Francia y en otros lugares de movimientos políticos de corte fascista. Y hay una destrucción gradual de las adquisiciones sociales y cualquier defensa de estas es denunciada como conservadurismo pasado de moda.

A esto podemos sumar ahora la destrucción de las bases económicas y sociales de las más notables conquistas culturales de la humanidad. La autonomía de la cual gozaban los universos de la producción cultural en relación al mercado, que había crecido continuamente por medio de las luchas de los escritores, artistas y científicos, está cada vez más amenazada. La dominación del “comercio” y de “lo comercial” sobre la literatura aumenta día a día, especialmente por medio de la concentración de la industria de publicidad que está cada vez más sujeta a las restricciones de la ganancia inmediata. Acerca del cine, podemos preguntarnos qué quedará del cine artístico experimental europeo en diez años, a no ser que se haga todo lo posible para proporcionar a los productores de vanguardia los medios de producción y más importante aún, de distribución.

Todo esto, sin mencionar los servicios sociales, condenados o a las órdenes directamente interesadas de las burocracias estatales o empresariales o a ser estrangulados económicamente. Se me preguntará ¿cual fue el papel de los intelectuales en todo esto ? No intentaré hacer un listado -sería muy largo y muy cruel- de todas las formas omisión o, peor aun, de colaboración. No necesito mencionar los argumentos de los así llamados filósofos modernistas y posmodernistas que, no satisfechos con enterrarse a sí mismos en juegos escolásticos, se reducen a la defensa verbal de la razón y el diálogo racional, o peor aun, sugieren una versión supuestamente posmoderna pero realmente radical-chic de la ideología del fin de las ideologías, con toda su condena de las grandes narrativas y una denuncia nihilista de la ciencia.

Utopismo razonado
¿Cómo podremos evitar desmoralizarnos en este entorno más o menos desalentador? ¿Cómo devolveremos la vida y la fortaleza social al “utopismo razonado” del que habla Ernst Bloch refiriéndose a Francis Bacon? (2). Para empezar ¿cómo debemos entender el significado de esta frase? Otorgándole un riguroso significado a la oposición descrita por Marx entre “sociologismo” (la pura y simple sumisión a las leyes sociales) y “utopismo” ( el desafío audaz de estas leyes), Ernst Bloch describe al “utópico razonable” como quien actúa en virtud de “el pleno conocimiento conciente del curso objetivo”, la posibilidad objetiva y real de su “época”; a quien, en otras palabras, “anticipa psicológicamente una posible realidad”. El utopismo racional se define como opuesto tanto al “pensamiento ilusorio que siempre ha traído descrédito a la utopía” como a “las trivialidades filisteas preocupadas esencialmente por los hechos”. Se opone al “derrotismo ultimatista” “la herejía de un automatismo objetivista, según el que las contradicciones objetivas del mundo serían suficientes en sí mismas para revolucionar el mundo en el cual se dan” y, al mismo tiempo, al “activismo por sí mismo” , puro voluntarismo basado en un exceso de optimismo.(3)

Así que contra este “fatalismo de banquero” que pretende hacernos creer que el mundo no puede ser diferente a lo que es -en otras palabras, totalmente sometido a los intereses y deseos de ellos-, los intelectuales y todos aquellos preocupados por el bienestar de la humanidad tendrán que restablecer un pensamiento utópico con respaldo científico, tanto en sus metas, que deben ser compatibles con las tendencias objetivas, como en sus medios, que también deben ser científicamente examinados. Necesitan trabajar colectivamente en estudios que puedan impulsar proyectos y acciones adecuados a los procesos objetivos que se intenta transformar.

El utopismo razonado, como lo he definido, es indiscutiblemente lo más ausente en la Europa actual. La forma de resistir a esta Europa -la que el pensamiento de los banqueros intenta hacernos aceptar a toda costa- no es el rechazo a Europa en sí misma desde una posición nacionalista, como lo hacen algunos, sino levantar un rechazo progresivo a la Europa neoliberal definida por bancos y banqueros. Sirve a sus intereses suponer que cualquier rechazo a la Europa que quieren equivale a un rechazo a cualquier Europa. Pero rechazando a una Europa definida y dominada por los bancos, rechazamos el pensamiento de los banqueros y el proceso que -bajo la cobertura neoliberal- termina haciendo del dinero la medida de todas las cosas, incluido el valor de los hombres y mujeres en el mercado laboral y así en todos los terrenos, en todas las dimensiones de la existencia; un proceso que al establecer la ganancia como criterio único para evaluar la educación, la cultura, el arte, la literatura, nos condena a una prosaica civilización desabrida de “fast food”, novelas de aeropuertos y guisos televisivos.

Resistencia europea
La resistencia a la Europa de los banqueros y la previsible restauración conservadora, sólo puede ser europea. Y solamente puede ser europea en el sentido de liberarse de intereses, presunciones, prejuicios y hábitos de pensamiento que son nacionales y aun vagamente nacionalistas, siendo realmente una acción de todos los europeos, en otras palabras, una combinación concertada de intelectuales de todos los países europeos, sindicatos de todos los países europeos, de las más diversas asociaciones de todos los países europeos. Es por esto que la tarea más urgente del momento no es elaborar programas europeos comunes, sino la creación de instituciones -parlamentos, federaciones internacionales, asociaciones europeas de esto y aquello: camioneros, editores, maestros y demás, pero también defensores de árboles, peces, hongos, aire puro, niños y todo lo demás- en el seno de los cuales pueden ser discutidos y elaborados determinados programas europeos.

La gente podrá decir que todo esto ya existe, pero yo estoy plenamente seguro de lo contrario, no es preciso más que mirar la actual situación de la federación europea de sindicatos; la única corporación internacional europea que se está construyendo y que posee cierto nivel de efectividad es la de los tecnócratas, contra la cual no tengo nada que decir, en verdad sería el primero en defenderla contra las dudas generalmente estúpidas, nacionalistas o -peor aún- populistas que se ciernen sobre ella. Finalmente, para no dar una respuesta general y abstracta a la pregunta por la cual comencé -sobre el papel de los intelectuales en la construcción de la utopía europea- quisiera decir que contribución espero hacer personalmente a esta inmensa y urgente tarea.

Convencido como estoy de que los mayores vacíos de la construcción europea pueden ubicarse en cuatro áreas principales -el estado social y sus funciones; la unificación de los sindicatos; la armonía y modernización de el sistema educativo; y la articulación entre la política económica y la política social- estoy trabajando actualmente, en colaboración con investigadores de diversos países europeos, sobre la concepción y construcción de las estructuras organizativas esenciales para llevar a cabo la investigación comparativa y complementaria necesaria para aportar al utopismo en estas cuestiones su carácter razonado, especialmente, por ejemplo, esclareciendo los obstáculos sociales hacia una europeización real de instituciones tales como estado, sistema educativo y sindicatos.

Un proyecto especialmente querido por mí, se refiere a la articulación entre la política económica y lo que llamamos política social, más precisamente, los efectos sociales y los costos de la política económica. Incluye el intento de encontrar las causas primarias de las diversas formas de la miseria social que aflige a hombres y mujeres de las sociedades europeas, lo que casi siempre nos remite a decisiones económicas. Es una oportunidad para que el sociólogo, a quien corrientemente no se consulta excepto para remendar la vajilla que rompen los economistas, aproveche para recordarnos que la sociología puede y debe jugar un papel inicial en las decisiones políticas que son dejadas cada vez más en manos de los economistas o dictadas de acuerdo a consideraciones económicas muy limitadas.

A través de una descripción detallada del sufrimiento causado por las políticas neoliberales -en el mismo sentido que en La Misere du monde (4)- y por medio de sistemáticas referencias cruzadas entre, por un lado, los índices económicos concernientes a la política social de las empresas (ajustes, métodos administrativos, salarios y demás) y, por otro lado, los índices de tipo más evidentemente social (accidentes industriales, enfermedades ocupacionales, alcoholismo, utilización de drogas, suicidio, delincuencia, crimen, violaciones, y demás). Me gustaría plantear la pregunta acerca de los costos sociales de la violencia económica y por lo tanto intentar diseñar las bases para una economía del bienestar que tenga en cuenta todas las cosas que, la gente que dirige la economía y los economistas, excluyen de los cálculos más o menos imaginarios en cuyo nombre pretenden gobernarnos.

Por lo tanto, para concluir, sólo quiero formular la pregunta que debe estar en el centro de cualquier utopía razonada concerniente a Europa: cómo creamos una Europa realmente europea, una que esté libre de toda dependencia de cualquiera de los imperialismos -comenzando por el imperialismo que afecta la producción y la distribución cultural en particular, vía las restricciones comerciales. Liberada también de todos los residuos nacionales y nacionalistas que aun impiden que Europa acumule, aumente y distribuya todo lo que es más universal en la tradición de todas naciones que la componen.

Para terminar con un lugar totalmente concreto del “utopismo” razonado, permítaseme sugerir que esta cuestión, para mí crucial, sea incluida en el programa del Centro Ernst Bloch y el de la organización internacional de “utópicos reflexivos” que en él podría constituirse.

* Texto del discurso pronunciado por Pierre Bourdieu el 22 de noviembre de 1997, en el acto de recepción del Premio Ernst Bloch, concedido por el Instituto Ernst Bloch, en la ciudad alemana de Ludwigshafen. Publicado en New Left Review Nº 227, enero-febrero 1998, Londres. Traducido del inglés por Clara Inés Restrepo.

Escrito por Eduardo Aquevedo

4 junio, 2008 a 5:08

LA SOCIOLOGÍA, ¿ES UNA CIENCIA?, ENTREVISTA CON PIERRE BOURDIEU

con un comentario


Entrevista con Pierre Bordieu. La sociología. ¿es una ciencia?
La sociología es en plenitud una ciencia, pero sí una ciencia dífícil. Al contrario de las ciencias consideradas puras, ella es por excelencia la ciencia que se sospecha de no serlo. Hay para ello una buena razón: produce miedo. Porque levanta el velo de cosas ocultas, incluso reprimidas.

La Recherche: Comencemos por las cuestiones más evidentes: las ciencias sociales, y la sociología en particular, ¿son verdaderamente deudas? ¿Por qué siente Ud. la necesidad de reivindicar la cientificidad?
Pierre Bourdieu: La sociología me parece tener todas las propiedades que definen una ciencia. Pero, ¿en qué grado? La respuesta que podemos hacer varía mucho según los sociólogos. Diré solamente que hay mucha gente que se dice o se cree sociólogos y que confieso tener dificultad en reconocerles como tales (es el caso también, en grados diferentes, en todas las ciencias). En todo caso, hace mucho tiempo que la sociología salió de la prehistoria, es decir de la edad de las grandes teorías de la filosofía social con la cual los profanos a menudo la identifican. El conjunto de los sociólogos dignos de ese nombre se ajusta a un capital de logros, de conceptos, de métodos, de procedimientos de verificación. No obstante, por diversas razones sociológicas evidentes, y entre los cuales porque ella juega el rol de disciplina refugio, la sociología es una disciplina muy dispersa (en el sentido estático del término), y esto en diferentes puntos de vista. Así se explica que ella dé la apariencia de una disciplina dividida, más próxima de la filosofía que las otras ciencias. Pero el problema no reside allí: si somos de tal manera detallistas acerca de la cientificidad de la sociología es porque ella perturba.
La Recherche: Los sociólogos entonces, ¿son objeto de una sospechaparticular?
Pierre Bourdieu: La sociología tiene efectivamente el triste privilegio de encontrarse sin respiro confrontada a la cuestión de su cientificidad. Se es mil veces menos exigente con la historia o la etnología, sin hablar de la geografía, de la filología o de la arqueología. Siempre interrogado, el sociólogo se interroga e interroga siempre. Esto hace creer en un imperialismo sociológico:¿qué es esta ciencia emergente, vacilante, que se permite someter a examen a las otras ciencias? Yo pienso, por supuesto, en la sociología de la ciencia. De hecho, la sociología no hace más que plantear a las otras ciencias preguntasque se plantean a ella de manera particularmente aguda. Si la sociología es una ciencia crítica, es quizás porque ella misma se encuentra en una posición crítica. La sociología crea problemas, como se dice.
La Recherche: ¿La sociología provoca miedo?
Pierre Bourdieu: Si, porque saca el velo que existe sobre cosas escondidas y a veces reprimidas. Ella revela, por ejemplo, la correlación entre el éxito escolar, que se identifica con la inteligencia, y el origen social o, más aún, con el capital cultural heredado de la familia. Son verdades que los tecnócratas, los epistemócratas (es decir buena cantidad de aquellos que leen la sociología y de los que la financian) no quieren oír. Otro ejemplo: la sociología muestra que el mundo científico es el lugar de una competencia que está orientada por la búsqueda de beneficios específicos (premios Nóbel y otros, prioridad del hallazgo, prestigio, etc.) y conducida en nombre de intereses específicos (es decir irreductibles a los intereses económicos en su forma ordinaria y percibidos por lo mismo como “desinteresados”). Esta descripción cuestiona evidentemente una hagiografía científica en la cual participan a menudo los científicos y de la cual éstos tienen necesidad para creer lo que hacen.
La Recherche: De acuerdo: la sociología aparece a menudo como agresiva y perturbadora, Pero, ¿por qué se requiere que el discurso sociológico sea “científico”? Los periodistas también plantean preguntas molestas; ahora bien, ellos no reivindican su pertenencia a la ciencias ¿Por qué es decisivo que haya una frontera entre la sociología y un periodismo crítico?
Pierre Bourdieu: Porque hay una diferencia objetiva. No es una cuestión de vanidad. Hay sistemas coherentes de hipótesis, de conceptos, de métodos de verificación, todo cuanto se adjunta comúnmente a la idea de ciencia. Por consiguiente, ¿por qué no decir que es una ciencia si lo es realmente? Ciertamente es una cuestión muy importante: una de las maneras de zafarse de verdades molestas es decir que ellas no son científicas, lo que quiere decir que ellas son políticas, es decir suscitadas por el interés, la pasión, por lo tanto relativas y relativizables.
La Recherche: Si se plantea a la sociología la cuestión de lacientificidad, ¿no es también porque ella se ha desarrollado con cierto retraso con respecto a las otras deudas?
Pierre Bourdieu: Sin duda, pero ese retraso se debe al hecho de que la sociología es una ciencia especialmente difícil. Una de las dificultades mayores reside en el hecho de que sus objetos son espacios de lucha: cosas que se esconden, que se censuran; por las cuales se está dispuesto a morir. Es verdad también para el investigador mismo que se encuentra en juego en sus propios objetos. Y la dificultad particular que enfrenta la sociología se debe muy a menudo a que las personas tienen miedo de lo que van a encontrar. La sociología confronta sin cesar a aquél que la practica a realidades rudas, ella desencanta. Es el por qué, contrariamente a lo que a menudo se cree, afuera y adentro, ella no ofrece ninguna de las satisfacciones que la adolescencia busca frecuentemente en el compromiso político. De ese punto de vista, ella se sitúa al polo opuesto de las ciencias llamadas puras (o de las artes puras), que son sin duda por una parte, refugios en los cuales tienden a aislarse para olvidar el mundo, universos depurados de todo lo que causa problema, como la sexualidad o la política. Es el por qué los espíritus formajes o formalistas hacen en general una sociología lastimosa.
La Recherche: Ud. muestra que la sociología interviene a propósito de cuestiones socialmente importantes. Eso plantea el problema de su neutralidad, de su objetividad el sociólogo, ¿puede permanecer por encima de las pugnas, en posición de observador imparcial?
Pierre Bourdieu: La sociología tiene como particularidad tener por objeto campos de lucha: no solamente el campo de las luchas de clases sino el campo de las luchas científicas mismo. Y el sociólogo ocupa una posición en esas luchas: de partida, en tanto que detentor de un cierto capital económico y cultural, en el campo de las clases; enseguida, en tanto que investigador dotado de cierto capital específico, en el campo de la producción cultural y, más precisamente, en el sub-campo de la sociología. Esto, él debe tenerlo siempre en mente con el fin de discernir y controlar todos los efectos que su posición soca puede tener sobre su actividad científica. Es la razón por la cual la sociología de la sociología no es, para mí, una especialidad entre otras, sino una de las condiciones primeras de una sociología científica. Me parece en efecto que una de las causas principales del error en sociología reside en una relación incontrolada del objeto. Es entonces capital que el sociólogo tome conciencia de su propia posición. Las posibilidades de contribuir a producir la verdad me parecen en realidad depender de dos factores principales, que están ligados a la posición ocupada: el interés que se tiene en saber y en hacer saber la verdad (o, inversamente, a esconderla o a escondérsela) y la capacidad que se tiene de producirla. Se conoce la expresión de Bachelard: No hay ciencia sino de lo escondido. El sociólogo está mejor armado para descubrir lo escondido por el hecho de estar mejor armado científicamente, de que utiliza mejor el capital de conceptos, de métodos, de técnicas, acumulado por sus predecesores, Marx, Durkheim, Weber, y muchos otros, y que es más crítico; que la intención consciente o inconsciente que le anima es más subversiva, que tiene más interés en sacar a luz lo que está censurado, reprimido en el mundo social. Y si la sociología no avanza más rápido, como la ciencia social en general, es tal vez, en parte, porque esos dos factores tienden a variar en sentido inverso.Si el sociólogo llega a producir, aunque fuere un poco de verdad, no está bien que él tenga interés en producir esa verdad, sino porque existe interés. Lo que es exactamente lo contrario del discurso un poco tonto sobre la neutralidad. Este interés puede consistir, como en todas partes, en el deseo de ser el primero en hacer un hallazgo y de apropiarse de todos los beneficios asociados, o en la indignación moral, o en la rebelión contra ciertas formas de dominación y contra aquellos que las defienden al interior del campo científico, etc. En síntesis, no hay una Inmaculada Concepción. Y no habrían muchas verdades científicas si se debiera condenar tal o cual descubrimiento (basta con pensar en la “doble hélice”) so pretexto de que las intenciones o los procedimientos no fueron muy puros.
La Recherche: Pero, en el caso de las ciencias sociales, el “interés”, la “pasión”, el “compromiso”, ¿NO pueden conducir al enceguecimiento?
Pierre Bourdieu: En realidad, y es lo que constituye la dificultad particular de la sociología, esos “intereses”, esas “pasiones”, nobles o ignominiosas, no conducen a la verdad científica sino en la medida en que están acompañadas de un conocimiento científico de lo que las determina, y de los límites así impuestos al conocimiento. Por ejemplo, todos saben que el resentimiento ligado al fracaso no hace más lúcido acerca del mundo social sino encegueciendo respecto del principio mismo de esa lucidez. Pero eso no es todo. Más una ciencia es avanzada, más el capital de saberes acumulados es importante y más las estrategias de subversión, de crítica, cualesquiera sean las “motivaciones”, deben, para ser eficaces, movilizar un saber importante. En física, es difícil triunfar sobre un adversario recurriendo al argumento autoridad o, como sucede todavía en sociología, denunciando el contenido político de su teoría. Las armas -de la crítica deben ser científicas para ser eficaces. En sociología, al contrario, toda proposición que contradice las ideas incorporadas está expuesta a la sospecha de una opción ideológica, de una toma de posición política. Aquélla choca con intereses sociales: los intereses de los dominantes que tienen una opción por el silencio y por el “buen sentido”, los intereses de los portavoces, de los altoparlantes, que necesitan ideas simples, simplistas, consignas. Es la razón por la cual se le pide mil veces más pruebas (lo que, de hecho, está muy bien) que a los voceros del “buen sentido”. Y cada descubrimiento de la ciencia desencadena un inmenso trabajo de “crítica” retrógrada que acapara todo el orden social (los créditos, los puestos, los honores, por lo tanto la creencia) y que apunta a enterrar lo que había sido descubierto

In: La Recherche N0 331, Mayo de 2000.Traducción: Manuel Antonio Baeza R. Concepción, Diciembre de 2000.

Escrito por Eduardo Aquevedo

3 junio, 2008 a 20:34

LA SOCIOLOGÍA, ¿ES UNA CIENCIA?, ENTREVISTA CON PIERRE BOURDIEU

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Entrevista con Pierre Bordieu. La sociología. ¿es una ciencia?
La sociología es en plenitud una ciencia, pero sí una ciencia dífícil. Al contrario de las ciencias consideradas puras, ella es por excelencia la ciencia que se sospecha de no serlo. Hay para ello una buena razón: produce miedo. Porque levanta el velo de cosas ocultas, incluso reprimidas.

La Recherche: Comencemos por las cuestiones más evidentes: las ciencias sociales, y la sociología en particular, ¿son verdaderamente deudas? ¿Por qué siente Ud. la necesidad de reivindicar la cientificidad?
Pierre Bourdieu: La sociología me parece tener todas las propiedades que definen una ciencia. Pero, ¿en qué grado? La respuesta que podemos hacer varía mucho según los sociólogos. Diré solamente que hay mucha gente que se dice o se cree sociólogos y que confieso tener dificultad en reconocerles como tales (es el caso también, en grados diferentes, en todas las ciencias). En todo caso, hace mucho tiempo que la sociología salió de la prehistoria, es decir de la edad de las grandes teorías de la filosofía social con la cual los profanos a menudo la identifican. El conjunto de los sociólogos dignos de ese nombre se ajusta a un capital de logros, de conceptos, de métodos, de procedimientos de verificación. No obstante, por diversas razones sociológicas evidentes, y entre los cuales porque ella juega el rol de disciplina refugio, la sociología es una disciplina muy dispersa (en el sentido estático del término), y esto en diferentes puntos de vista. Así se explica que ella dé la apariencia de una disciplina dividida, más próxima de la filosofía que las otras ciencias. Pero el problema no reside allí: si somos de tal manera detallistas acerca de la cientificidad de la sociología es porque ella perturba.
La Recherche: Los sociólogos entonces, ¿son objeto de una sospechaparticular?
Pierre Bourdieu: La sociología tiene efectivamente el triste privilegio de encontrarse sin respiro confrontada a la cuestión de su cientificidad. Se es mil veces menos exigente con la historia o la etnología, sin hablar de la geografía, de la filología o de la arqueología. Siempre interrogado, el sociólogo se interroga e interroga siempre. Esto hace creer en un imperialismo sociológico:¿qué es esta ciencia emergente, vacilante, que se permite someter a examen a las otras ciencias? Yo pienso, por supuesto, en la sociología de la ciencia. De hecho, la sociología no hace más que plantear a las otras ciencias preguntasque se plantean a ella de manera particularmente aguda. Si la sociología es una ciencia crítica, es quizás porque ella misma se encuentra en una posición crítica. La sociología crea problemas, como se dice.
La Recherche: ¿La sociología provoca miedo?
Pierre Bourdieu: Si, porque saca el velo que existe sobre cosas escondidas y a veces reprimidas. Ella revela, por ejemplo, la correlación entre el éxito escolar, que se identifica con la inteligencia, y el origen social o, más aún, con el capital cultural heredado de la familia. Son verdades que los tecnócratas, los epistemócratas (es decir buena cantidad de aquellos que leen la sociología y de los que la financian) no quieren oír. Otro ejemplo: la sociología muestra que el mundo científico es el lugar de una competencia que está orientada por la búsqueda de beneficios específicos (premios Nóbel y otros, prioridad del hallazgo, prestigio, etc.) y conducida en nombre de intereses específicos (es decir irreductibles a los intereses económicos en su forma ordinaria y percibidos por lo mismo como “desinteresados”). Esta descripción cuestiona evidentemente una hagiografía científica en la cual participan a menudo los científicos y de la cual éstos tienen necesidad para creer lo que hacen.
La Recherche: De acuerdo: la sociología aparece a menudo como agresiva y perturbadora, Pero, ¿por qué se requiere que el discurso sociológico sea “científico”? Los periodistas también plantean preguntas molestas; ahora bien, ellos no reivindican su pertenencia a la ciencias ¿Por qué es decisivo que haya una frontera entre la sociología y un periodismo crítico?
Pierre Bourdieu: Porque hay una diferencia objetiva. No es una cuestión de vanidad. Hay sistemas coherentes de hipótesis, de conceptos, de métodos de verificación, todo cuanto se adjunta comúnmente a la idea de ciencia. Por consiguiente, ¿por qué no decir que es una ciencia si lo es realmente? Ciertamente es una cuestión muy importante: una de las maneras de zafarse de verdades molestas es decir que ellas no son científicas, lo que quiere decir que ellas son políticas, es decir suscitadas por el interés, la pasión, por lo tanto relativas y relativizables.
La Recherche: Si se plantea a la sociología la cuestión de lacientificidad, ¿no es también porque ella se ha desarrollado con cierto retraso con respecto a las otras deudas?
Pierre Bourdieu: Sin duda, pero ese retraso se debe al hecho de que la sociología es una ciencia especialmente difícil. Una de las dificultades mayores reside en el hecho de que sus objetos son espacios de lucha: cosas que se esconden, que se censuran; por las cuales se está dispuesto a morir. Es verdad también para el investigador mismo que se encuentra en juego en sus propios objetos. Y la dificultad particular que enfrenta la sociología se debe muy a menudo a que las personas tienen miedo de lo que van a encontrar. La sociología confronta sin cesar a aquél que la practica a realidades rudas, ella desencanta. Es el por qué, contrariamente a lo que a menudo se cree, afuera y adentro, ella no ofrece ninguna de las satisfacciones que la adolescencia busca frecuentemente en el compromiso político. De ese punto de vista, ella se sitúa al polo opuesto de las ciencias llamadas puras (o de las artes puras), que son sin duda por una parte, refugios en los cuales tienden a aislarse para olvidar el mundo, universos depurados de todo lo que causa problema, como la sexualidad o la política. Es el por qué los espíritus formajes o formalistas hacen en general una sociología lastimosa.
La Recherche: Ud. muestra que la sociología interviene a propósito de cuestiones socialmente importantes. Eso plantea el problema de su neutralidad, de su objetividad el sociólogo, ¿puede permanecer por encima de las pugnas, en posición de observador imparcial?
Pierre Bourdieu: La sociología tiene como particularidad tener por objeto campos de lucha: no solamente el campo de las luchas de clases sino el campo de las luchas científicas mismo. Y el sociólogo ocupa una posición en esas luchas: de partida, en tanto que detentor de un cierto capital económico y cultural, en el campo de las clases; enseguida, en tanto que investigador dotado de cierto capital específico, en el campo de la producción cultural y, más precisamente, en el sub-campo de la sociología. Esto, él debe tenerlo siempre en mente con el fin de discernir y controlar todos los efectos que su posición soca puede tener sobre su actividad científica. Es la razón por la cual la sociología de la sociología no es, para mí, una especialidad entre otras, sino una de las condiciones primeras de una sociología científica. Me parece en efecto que una de las causas principales del error en sociología reside en una relación incontrolada del objeto. Es entonces capital que el sociólogo tome conciencia de su propia posición. Las posibilidades de contribuir a producir la verdad me parecen en realidad depender de dos factores principales, que están ligados a la posición ocupada: el interés que se tiene en saber y en hacer saber la verdad (o, inversamente, a esconderla o a escondérsela) y la capacidad que se tiene de producirla. Se conoce la expresión de Bachelard: No hay ciencia sino de lo escondido. El sociólogo está mejor armado para descubrir lo escondido por el hecho de estar mejor armado científicamente, de que utiliza mejor el capital de conceptos, de métodos, de técnicas, acumulado por sus predecesores, Marx, Durkheim, Weber, y muchos otros, y que es más crítico; que la intención consciente o inconsciente que le anima es más subversiva, que tiene más interés en sacar a luz lo que está censurado, reprimido en el mundo social. Y si la sociología no avanza más rápido, como la ciencia social en general, es tal vez, en parte, porque esos dos factores tienden a variar en sentido inverso.Si el sociólogo llega a producir, aunque fuere un poco de verdad, no está bien que él tenga interés en producir esa verdad, sino porque existe interés. Lo que es exactamente lo contrario del discurso un poco tonto sobre la neutralidad. Este interés puede consistir, como en todas partes, en el deseo de ser el primero en hacer un hallazgo y de apropiarse de todos los beneficios asociados, o en la indignación moral, o en la rebelión contra ciertas formas de dominación y contra aquellos que las defienden al interior del campo científico, etc. En síntesis, no hay una Inmaculada Concepción. Y no habrían muchas verdades científicas si se debiera condenar tal o cual descubrimiento (basta con pensar en la “doble hélice”) so pretexto de que las intenciones o los procedimientos no fueron muy puros.
La Recherche: Pero, en el caso de las ciencias sociales, el “interés”, la “pasión”, el “compromiso”, ¿NO pueden conducir al enceguecimiento?
Pierre Bourdieu: En realidad, y es lo que constituye la dificultad particular de la sociología, esos “intereses”, esas “pasiones”, nobles o ignominiosas, no conducen a la verdad científica sino en la medida en que están acompañadas de un conocimiento científico de lo que las determina, y de los límites así impuestos al conocimiento. Por ejemplo, todos saben que el resentimiento ligado al fracaso no hace más lúcido acerca del mundo social sino encegueciendo respecto del principio mismo de esa lucidez. Pero eso no es todo. Más una ciencia es avanzada, más el capital de saberes acumulados es importante y más las estrategias de subversión, de crítica, cualesquiera sean las “motivaciones”, deben, para ser eficaces, movilizar un saber importante. En física, es difícil triunfar sobre un adversario recurriendo al argumento autoridad o, como sucede todavía en sociología, denunciando el contenido político de su teoría. Las armas -de la crítica deben ser científicas para ser eficaces. En sociología, al contrario, toda proposición que contradice las ideas incorporadas está expuesta a la sospecha de una opción ideológica, de una toma de posición política. Aquélla choca con intereses sociales: los intereses de los dominantes que tienen una opción por el silencio y por el “buen sentido”, los intereses de los portavoces, de los altoparlantes, que necesitan ideas simples, simplistas, consignas. Es la razón por la cual se le pide mil veces más pruebas (lo que, de hecho, está muy bien) que a los voceros del “buen sentido”. Y cada descubrimiento de la ciencia desencadena un inmenso trabajo de “crítica” retrógrada que acapara todo el orden social (los créditos, los puestos, los honores, por lo tanto la creencia) y que apunta a enterrar lo que había sido descubierto

In: La Recherche N0 331, Mayo de 2000.Traducción: Manuel Antonio Baeza R. Concepción, Diciembre de 2000.

Escrito por Eduardo Aquevedo

3 junio, 2008 a 20:34

Escrito en BOURDIEU, SOCIOLOGIA

Neoliberalismo y exclusión social…

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Entrevista a Loic Wacquant.

Se presenta como un “sociólogo urbano”, estudia la transformación de las ciudades y la marginalidad social y es considerado el principal discípulo de Pierre Bourdieu, el célebre sociólogo francés con quien escribió uno de sus numerosos libros. Su mundo es el de las fronteras entre “el adentro” y “el afuera”, los guetos de Chicago, las periferias de París, los barrios suburbanos de las metrópolis latinoamericanas, el de cómo se trazan las fronteras internas de una sociedad cuando ella queda dominada por la pura lógica del mercado.

Para Loic Wacquant, es un error observar las formas actuales de la marginalidad afuera o detrás nuestro, en el pasado, o en el “atraso”: “ellas están dentro de los espacios y relaciones sociales, delante nuestro, y si no empezamos por reconocerlo no podremos cambiarlo”, dice. Hiperactivo, 47 años, llegó a Buenos Aires, visitó las cárceles, donde asistió a los cursos universitarios que se dictan allí, dio una conferencia y se fue al día siguiente. Vino invitado por la UBA en el marco del 50 aniversario de la Carrera de Sociología, con el auspicio de la Fundación OSDE , Clacso y el Ministerio de Educación.

Se utilizan muchas metáforas y eufemismos para hablar de la marginalidad social: “excluidos del reparto de la torta”, “castigados del modelo”, “bomba de tiempo”, “sectores en problemas”, “condenados de las ciudades”, “parias urbanos” ¿cómo se establece hoy esta relación entre pobreza, exclusión e inseguridad en las grandes metrópolis y sus periferias?

Es cierto, cuando se mira desde lejos o desde arriba, se apela a un discurso exotizante, un discurso del miedo, para el cual los barrios pobres se caracterizan por todo lo que falta. Pero cuando uno mira de cerca se observa que hay una similitud, sí, es el sub-proletariado que vive en los barrios en la parte más baja de la jerarquía de la ciudad; pero esa marginalidad urbana no está configurada de la misma manera en todos lados.

Hay situaciones de exclusión social que son comunes

Sí, claro, se da la experiencia del sentimiento de ser rechazado, el desprecio colectivo, la estigmatización de esos barrios es la misma en Estados Unidos con el gueto y los negros; en Francia, con los suburbios obreros y los inmigrantes; en Brasil, con las favelas, en Argentina con las villas miserias, etc.. Pero, yendo al interior, uno puede descubrir que allí viven personas como tú y yo, que tratan de construir una vida, de sostener una familia, pero que enfrentan limitaciones materiales que son extremas y que sobre todo se ven marcadas por la inestabilidad de vida. Es la imposibilidad, justamente, de asentarse en el mundo del trabajo y de proyectarse hacia el futuro.

Los estallidos de violencia en los suburbios de Francia reflejan una “americanización” de estas formas de exclusión social?

Lo que vemos, sobre todo, es que en Estados Unidos el discurso sobre el gueto y en Francia sobre “las banlieues” esconden la aparición de nuevos regímenes de marginalidad cuya característica principal es la inestabilidad de la condición asalariada. Esa inestabilidad no es una característica de los pobres, sino de los empleos y de la nueva relación salarial que se establece. Se atribuye erróneamente a los pobres rasgos que no se deben a ellos sino a la posición socio-económica en la que están y a la degradación de sus condiciones de vida.

¿En qué se diferencia la marginalidad actual de la de otras épocas no tan lejanas?

Básicamente, en que vivimos una transición del “Welfare” como un derecho a estar protegido de la sanción del mercado, a un “Workfare”, a una obligación de trabajar, de seguir una formación, de dar a la comunidad como contrapartida de la ayuda social que se recibe. De modo que el trabajo deja de ser un derecho para convertirse en un deber del ciudadano, que empuja a los pobres hacia un mercado laboral precario e inestable. Y entonces, se funden y confunden los barrios obreros estables con la economía callejera informal, dominada por actividades ilícitas o criminales, y la violencia y el miedo que estas generan, con gran circulación de armas de fuego y de drogas, más los enclaves marginales, definidos por la experiencia de un estigma de grupo y una decadencia colectiva.

¿Qué papel juega el Estado en estos cambios?

Es fundamental. Tenemos una política estatal que por dos lados aumenta y difunde la inseguridad social. Por el lado de la desregulación económica y por el lado de la restricción de los programas de protección social. Esa turbulencia y esos desórdenes sociales que son creados por la desregulación económica y el retiro de la ayuda social, hay que contenerlos de alguna manera particular.

¿Se los contiene desplegando el Estado penal?

La paradoja es que el despliegue de la policía, de la justicia criminal y las cárceles, es una respuesta que da el Estado a la inseguridad social que las políticas públicas crearon al des-regular la economía y reducir la protección social. Por eso es algo que se ve en el mundo entero. Como escribió Marx, un fantasma recorre el mundo, sí, pero no es el proletariado; es el fantasma del neoliberalismo y sus resultados.

La marginalidad y la exclusión social ¿serían un “logro” del neoliberalismo?

Es el producto necesario del neoliberalismo. En el caso de los ideólogos del neoliberalismo, se lo presenta de dos formas. Una, como un residuo del pasado: “hay mucha gente pobre, hay que esperar hasta que dejen de serlo y seguir ‘neo-liberalizando’ para que dejen de serlo. Y si realmente se des-regula, desaparecerán la desocupación y la pobreza”. La segunda es que se trata de un fenómeno transitorio. Habría una transición entre las sociedades reguladas keynesiana y fordista, y el Estado futuro del neoliberalismo. O sea que habría un período en el que “sí, es cierto, hay muchos daños, hay muchos costos, hay mucha pobreza, pero hay que esperar” .

¿Qué respuesta da a esos argumentos?

Lo que sostengo es que esta marginalidad no es un residuo del pasado, y tampoco es un fenómeno transitorio o efímero. Es un fenómeno que está ligado al desarrollo mismo de los sectores más avanzados de la economía. Y por lo tanto está delante de nosotros, no detrás. Y está aquí para durar. Y mientras se insista en apostar a lo que se llama el camino de la economía avanzada, sin contemplar el cuadro social completo, se seguirá reproduciendo marginalidad avanzada.

¿Cuál sería la respuesta alternativa en el modo de encarar el problema ?

En América Latina se observa desde hace quince años un aumento de la violencia, de la criminalidad, del miedo en las ciudades y, por lo tanto, en reacción a ese aumento de la inseguridad y el miedo el Estado reacciona diciendo: “vamos a activar la policía, la justicia, la prisión”. “Mano dura”. “Tolerancia cero”. Y esa reacción de utilizar el Estado penal para tratar de contener la violencia fracasa porque no toca la causa que es la inseguridad social y económica. Si se deja que la inseguridad económica siga ahí, forzosamente habrá inseguridad criminal Y se puede aumentar la policía, la justicia y las cárceles, se pueden multiplicar por dos, por tres, por cinco y poco se logrará.

Pero Usted mismo señala que el regreso del pleno empleo y el viejo Estado asistencial no es posible ni deseable.

Hacen falta políticas de largo plazo, a cinco, diez, veinte años. (Los políticos deben tener una mirada a largo plazo. Y pensar no sólo en esta generación sino en la generación que viene). Hay que tener el valor, aunque no haya una caída inmediata de la criminalidad, en sostener el crecimiento económico y el mejoramiento de empleo. Aunque es verdad, las nuevas formas de la marginalidad no se resuelven sólo con crecimiento y empleo.

¿Entonces?

Creo que hay que inventar un nuevo Estado social o prepararse para enfrentar desórdenes e inseguridad crónica. Un componente, por ejemplo, es el principio de una renta universal del ciudadano. Que cada familia tenga acceso a un ingreso mínimo independientemente del trabajo. Que los bienes públicos esenciales, la educación, la salud, la seguridad, la vivienda y el transporte sean provistos en una cuota mínima a todo el mundo. Hay que inventar nuevos programas que permitan distribuir de la manera más igualitaria posible esos bienes fundamentales para tener una sociedad democrática. Se puede empezar con un ingreso universal ciudadano o por el acceso a la educación y la formación profesional para toda la vida. Tener políticas de salud pública y de educación muy activas es la mejor lucha contra la criminalidad.

(ddooss.org)

PIERRE BOURDIEU: CONFERENCIA MAGISTRAL SOBRE SU TRAYECTORIA INTELECTUAL.

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Primero, quiero decir cuan feliz me siento
de tener la ocasión de dirigirme a un público mexicano. Voy a intentar hablar en castellano y, si no acierto, o si se me hace demasiado difícil, volveré al francés y pediré la ayuda de los intérpretes. Antes de describir las grandes etapas de mi itinerario, como me lo pidió uno de ustedes, quisiera señalar las intenciones mayores que, desde el principio, inspiraron mi trabajo.

En primer lugar, he intentado abordar siempre de manera fría, fríamente científica, problemas políticamente candentes, es decir, a la vez importantes y difíciles: ello, contra la idea de “neutralidad axiológica” que siempre me pareció una hipocresía conservadora, y a fin de profesionalizar el pensamiento crítico (contra la sociología crítica de la escuela de Frankfurt y su radicalismo “chic” y contra el “izquierdismo a lo francés” —gauchisme à la française—). He trabajado sucesivamente en Argelia, durante la guerra de liberación; en Francia, sobre los estudiantes y los profesores de la universidad en vísperas del movimiento de mayo del ’68, etc., etc. Las implicaciones políticas de mis investigaciones no eran visibles, especialmente cuando uno estaba encerrado en dicha problemática progresista tradicional (ponía el acento en la dimensión simbólica de las prácticas, pensando —y lo pienso todavía— que éste era el punto ciego del marxismo y de todo el movimiento social, y, por consiguiente, aparecía como una especie de idealista, mientras intentaba producir una teoría materialista de lo simbólico).
Además, la nueva manera de hacer sociología exigía mucho trabajo, de parte del productor y también del lector… Exigía una verdadera conversión del modo de pensar, una ruptura con la manera de pensar más común entre los especialistas de ciencias sociales. Por ejemplo, la insistencia en la construcción del objeto implicaba una ruptura con el modo de pensar que era común a la mayor parte de los marxistas (por ejemplo, en Francia hubo quienes contaron muy precisamente el número exacto de pequeños burgueses) y a los investigadores dominados por el modelo americano de la investigación empírica, como Lazarsfeld. Y así, hubo investigadores norteamericanos de inspiración marxista (Erik Olin Wright, Classes, 1985) que combinaron el marxismo a la manera de Poulantzas con el empiricismo positivista a la manera de Lazarsfeld para producir estudios empíricos de las clases muy abstractos y poco instructivos. Otra dificultad de la empresa era entrar en una verdadera competencia con la sociología dominante, representada en ese momento por tres nombres: Parsons, Merton y Lazarsfeld; había que reconquistar, si se puede decir así, las armas científicas monopolizadas por la sociología norteamericana, en aquel entonces dominante.
En segundo lugar, he invertido siempre en mi trabajo, aún en el más concreto, más estrictamente empírico, grandes problemas teóricos, sobre los cuales los filósofos, hasta los marxistas, se contentaban sólo con discutir. Por ejemplo, una de las intenciones mayores de mi trabajo en Argelia fue la de hacer empíricamente la distinción, muy importante en aquel entonces, y también ahora, entre el subproletariado, dedicado a imaginaciones milenaristas y el proletariado, la clase obrera abierta a esperanzas revolucionarias (en lugar de aspiraciones milenaristas). Más generalmente, quería escapar a la alternativa teórica entre el objetivismo, en aquel tiempo dominante en sociología, en etnología (con Lévi-Strauss), y el subjetivismo, que dominaba la filosofía de inspiración fenomenológica, como la de Jean-Paul Sartre.
Si hay algo en mi trabajo que merece ser imitado (y no sólo discutido) es el esfuerzo para superar la oposición entre teoría y empiria, entre la reflexión teórica pura y la investigación empírica. Los instrumentos teóricos que he producido o perfeccionado deben su fuerza y su interés para la ciencia al hecho de que he practicado, como todo científico, un eclecticismo selectivo y acumulativo y he intentado totalizar las conquistas mayores de la ciencia social ignorando oposiciones y divisiones más religiosas que científicas, como entre marxismo y weberianismo, o entre marxismo y durkheimismo, o entre estructuralismo y fenomenología (o etnometodología).

Nota bibliográfica

Sergio Lorenzo Sandoval Aragón

Las siguientes, son las referencias bibliográficas mencionadas por Bourdieu en su conferencia y que aquí ofrecemos para que el lector pueda profundizar. Listamos aquí las más fáciles de encontrar; para una panorámica de la obra de este autor, hasta 1990, así como sobre sus estudios etnológicos en Argelia, se puede consultar la bibliografía que aparece en: Pierre Bourdieu, Sociología y cultura, Grijalbo/CONACULTA, México, 1990; algunas de las obras más importantes publicadas entre 1990 y 1999 que se encuentran en español y que no aparecen en la lista de abajo, son: Las reglas del arte (Seuil: 1992; Anagrama: 1995), La miseria del mundo (Seuil: 1993; FCE: 1999), Las meditaciones pascalianas (Seuil: 1997; Anagrama: 1999), La dominación masculina (Seuil: 1998; Anagrama: 2000), Contrafuegos (Raisons d’agir: 1998; Anagrama: 2000), Sobre la televisión (Liber: 1996, Anagrama, 1997), Poder, derecho y clases sociales (Desclée de Brower, Bilbao: 2000).

Referencias bibliográficas citadas por el conferenciante
P. Bourdieu, Boltanski, Chamboredon, Castel, Lagneau y Schnapper. La fotografía: un arte intermedio. Nueva Imagen. México, 1989. (Antecedente de La distinción).
P. Bourdieu, Alain Darbel y D. Schnapper. L’amour de l’art, Les musées auropéens et leur public. Minuit. París, 1969. (Antecedente de La distinción).
Bourdieu, Pierre y J-C Passeron. La reproducción: elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Fontamara. México, 1995.
P. Bourdieu. El sentido práctico, Taurus, Madrid, 1991. (Etnología en Argelia).
_________. La distinción, criterios y bases sociales del gusto. Taurus, Madrid, 1998.
_________. Homo Academicus. Les Éditions de Minuit. Paris, 1984. (Hay traducción al inglés: Homo Academicus, Stanford University Press, California, 1988. Accesible en el CIESAS de Occidente, Guadalajara).
_________. Las reglas del arte. Anagrama. Barcelona, 1995.
_________. La ontología política de Martin Heidegger. Paidós. Barcelona, 1991.
_________. “Sur le pouvoir symbolique”, en: Annales, núm. 3, mayo-junio de 1977. pp. 405-411. (El conferenciante se refiere a este texto bajo su título inglés y dice desconocer “dónde” está publicado en español; la referencia exacta es: P. Bourdieu, “Sobre el poder simbólico”, en: Intelectuales, política y poder. Eudeba/Universidad de Buenos Aires, 2000. pp. 65-73.
_________. Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Anagrama. Barcelona, 1999.
La obra más reciente de este autor es: Les structures sociales de l’économie. Seuil. París, mayo de 2000. 289 pp. [Colección Liber]. (Se puede adquirir en el sitio: www.librairieonline.com).

La primera fase de mi trabajo en Argelia se orientó por el lado de la etnología. Estudié principalmente la lógica de la economía precapitalista (especialmente la postura en relación con el tiempo que pide y que favorece); el rechazo del cálculo, especialmente en los intercambios internos, etc. En una segunda fase, estudié las estructuras del parentesco, problema exaltado por las investigaciones de Lévi-Strauss; y en un tercer momento, los sistemas mítico-rituales. Sobre los problemas de parentesco, las sociedades árabobereberes constituyen un desafío para la teoría levistraussiana del intercambio: el casamiento con la prima paralela, hija del hermano del padre, que es casi una hermana, no juega el rol de instrumento de circulación de las mujeres y de los bienes que le es impartido1 en el modelo levistraussiano.
Muchas razones me indujeron a cuestionar este modelo: 1). Utilizando la estadística —que no se utiliza casi entre los etnólogos—, descubro que la tasa de casamientos conforme a la “regla”, es inferior al 5%; 2). Las reflexiones de los filósofos, y en particular de Wittgenstein, sobre lo que significa “seguir una regla” me ayudan a alejarme de la teoría estructuralista de la acción (de la cual Althusser ha dado la formulación más extrema y más absurda, reduciendo al agente al rol de Träger,
2 portador de la estructura); 3). Las investigaciones que llevo sobre el matrimonio en Béarn, provincia del Sur de Francia de la que provengo, lo que me permite dirigir sobre las prácticas una mirada menos alejada que la del etnólogo estructuralista; ello me indujo a descubrir que los agentes pueden ser dirigidos, en sus elecciones matrimoniales, por intereses en el sentido amplio del término. En resumen, fui guiado a pasar de una explicación del casamiento por la obediencia a la regla a una descripción del casamiento como una estrategia de reproducción, orientada por intereses materiales y simbólicos, y explicable —en cuanto tal—, por un conjunto de factores. Los análisis de las estructuras mítico-rituales que realicé en la misma época, me conducen a cuestionar la visión estructuralista: los sistemas míticos y las prácticas rituales, obedecen a lógicas prácticas que es necesario analizar lógicamente sin reducirlas a lo puramente lógico.
Paralelamente, y esto ha sido sin duda la oportunidad de mi vida, emprendo investigaciones sociológicas más clásicas sobre la estructura social de la sociedad argelina. Descubro en esta ocasión lo absurdo de la división entre etnología y sociología. ¿Cómo comprender por ejemplo las conductas económicas de los trabajadores lanzados directamente del mundo precapitalista, dominado por el rechazo del cálculo, al mundo capitalista importado e impuesto por la colonización? Empresa tanto más difícil cuanto que la mayor parte de los trabajadores (y, a fortiori, los desempleados o los trabajadores precarios) no disponen de las condiciones económicas y sociales que son necesarias para adaptarse a un cosmos económico dominado por la previsibilidad y la calculabilidad: los subproletarios no tienen bastante asidero sobre el presente para poder considerar tomar asidero sobre el futuro por un proyecto cualquiera que fuera, y en particular un proyecto revolucionario colectivo. De allí la paradoja: es necesario disponer de un mínimo de seguridad y de certeza para estar en condiciones de acceder al proyecto revolucionario de cambiar la sociedad. Debajo del umbral de seguridad, se está condenando a las esperanzas milenaristas que proporcionan una presa fácil a las políticas populistas. (Este trabajo, muy antiguo, ha retomado súbitamente toda su actualidad, hasta para las sociedades económicamente más avanzadas donde los progresos del trabajo temporario y de los empleos precarios remiten a una fracción cada vez más grande de los trabajadores a una situación cercana a la de los subproletarios argelinos, puestos en la imposibilidad de hacer un plan de vida práctico y de comprometerse en una acción colectiva orientada por fines racionales).
3
Todavía tendría mucho que decir, pero paso a las investigaciones, sin duda mejor conocidas por ustedes, sobre la educación y la cultura. Contrariamente a la ilusión según la cual la escuela cumple una función liberadora, ilusión vehiculizada y antaño defendida por los partidos progresistas, las encuestas empíricas muestran que la institución escolar contribuye a la reproducción de las desigualdades sociales. Digo bien contribuye: la escuela es uno de los lugares donde actúan ciertos mecanismos de reproducción (entre otros). En una serie de trabajos posteriores, intentaré describir el sistema de las estrategias de reproducción a través de las cuales los grupos (y en particular las familias) trabajan, consciente e inconscientemente para reproducir su posición en la estructura social y por ello esta estructura misma. Las sociedades económicamente avanzadas se caracterizan por el hecho de que la transmisión del capital cultural juega un rol determinante en la reproducción de la estructura social. Reproducción, no implica de ninguna manera ausencia de resistencia, de cambio, de distorsión, sino permanencia de una estructura de diferencia y de distancias.
Paralelamente a estas investigaciones sobre el sistema escolar, dirigí un conjunto de trabajos que apuntan a establecer las condiciones de la adquisición de la cultura y los efectos de la herencia cultural sobre las prácticas. Luego de un estudio sobre el público de los museos europeos, realizado en colaboración con Alain Darbel y Dominique Schnapper, y un estudio sobre la práctica fotográfica al cual estaban asociados Luc Boltanski, Jean-Claude Chamboredon y Robert Castel, publiqué en La distinción. Criterio y bases sociales del gusto
4 un modelo global de las prácticas sociales del cual quisiera expresar el principio, porque ha sido frecuentemente mal comprendido. En primer lugar, por los que tendrían dificultades con la particularidad nacional de las prácticas analizadas, en materia de consumos culturales (los nombres de los cantantes o de los actores o de los actores favoritos son frecuentemente franceses) o de consumos a secas (la petanca5 o el whisky) o aún de prácticas deportivas (el rugby o la equitación) y de opiniones políticas, los remito a Razones prácticas, sobre la teoría de la acción, donde intento mostrar, en una conferencia destinada a un público japonés, como se puede desprender de este libro una enseñanza universal a costa de una lectura (relacional y no sustancialista) y de un trabajo de transposición. Así, mis análisis, aparentemente limitados al caso francés, se revelaron capaces de proporcionar el menos sistemas de hipótesis a verificar en el caso particular de México.
Pero paso a la enseñanza esencial de este libro: el espacio social es un espacio de diferencias, de distinciones entre posiciones sociales (susceptibles de ser caracterizadas por nombres de categorías profesionales definidas), que se expresa, se retraduce, se manifiesta, se proyecta, en un espacio de diferencias, de distinciones simbólicas, que hacen que la “sociedad” en su conjunto funcione como un lenguaje. Esto significa que la topología social, que describe la estructura del espacio, es inseparablemente una semiología social, que describe el mundo social como un sistema de signos, un lenguaje (que somos capaces de leerlo prácticamente, sin poseer explícitamente la gramática, desprendida por el análisis sociológico, a través de las intuiciones del habitus, como sistema de esquemas de percepción y de apreciación, que nos permite relacionar inmediatamente un acento, o un traje, o una práctica alimentaria, con una posición social, y, al mismo tiempo que se le confiere un cierto valor, positivo o negativo).
El pasaje del espacio de las posiciones económicas y sociales al espacio de la toma de posiciones simbólicas, de los signos sociales de distinción (que no son signos distinguidos sino para una pequeña parte de la sociedad, los dominantes), se cumple por la intermediación del habitus: el habitus como sistema de disposiciones es el producto de la incorporación de la estructura social a través de la posición ocupada en esta estructura (y, en cuanto tal, es una estructura estructurada), y al mismo tiempo estructura las prácticas y las representaciones, actuando como estructura estructurante, es decir como sistema de esquema práctico que estructura las percepciones, las apreciaciones y las acciones. De manera más simple, los agentes tienen tomas de posición, gustos en pintura, en literatura o en música, pero también en cocina o en materia de pareja sexual o aún de opiniones políticas que corresponden a su posición en el espacio social, por consiguiente al sistema de disposiciones, al habitus, que está asociado, por la intermediación de los acondicionamientos sociales, a esta posición. La ilustración más sorprendente de estos mecanismos está constituida por el fenómeno de homogamia, que, en ausencia de coacciones directas que ejercieran antaño familias cuidadosas de evitar las mésalliances,
6 no puede explicarse sino por la afinidad espontánea de los habitus, de los gustos.
Es necesario detenerse un momento sobre la noción de espacio social. En cuanto sistema de diferencias, de puntos o de posiciones separadas, no confundidas, retiene una de las propiedades esenciales del mundo social que querían afirmar aquellos que hablan de clases sociales o de sociedades divididas en clases, diferenciadas. Pero deja de lado las clases en el sentido de grupos separados y opuestos que existirían en la realidad, incluso independientemente de la intervención del investigador. Si existe algo como clases sociales, en el sentido tradicional (marxista) del término, es en la medida, y solamente en esa medida, de que ellas han sido hechas, construidas por un trabajo histórico del tipo del que describe E. P. Thompson en The making of English Working Class. Ese trabajo a un tiempo teórico y práctico —militante—, que es necesario para transformar las afinidades de interés y de disposiciones ligadas a la proximidad en el espacio social en un proyecto consciente y colectivo de defender o de promover esos intereses y ese estilo de vida contra los de la clase opuesta.
Las clases, cuando existen como tales, se fabrican por el trabajo de “group making” que se realiza principalmente en los campos de producción cultural y especialmente en el campo político. Esta noción de campo, he sido inducido a construirla con motivo de un conjunto de estudios llevados a cabo sobre diferentes espacios de producción cultural: la religión, la política, el arte, la literatura, la filosofía, el derecho, la ciencia, etc. Un campo es un subespacio social relativamente autónomo, un microcosmos al interior del macrocosmos social, que puede ser definido como un campo de fuerzas (en el sentido estricto de la física einsteniana) y un campo de luchas para conservar o transformar la relación de fuerzas. Esta definición abstracta trae a la luz una realidad de la cual tenemos la intuición práctica pero cuya ausencia, flagrante en todos los trabajos consagrados a los diferentes objetos que he nombrado: religión, arte, literatura, derecho, etc., impide la construcción adecuada, apropiada, del objeto considerado. Por falta de la noción de campo como instrumento de construcción, la discusión científica está condenada a permanecer encerrada en la alternativa del análisis interno de las obras y del análisis externo. El análisis interno considera los textos en sí mismos y para sí mismos, sin referencia alguna al contexto, como la tradición semiológica o hermenéutica. El análisis externo, frecuentemente asociado a la tradición marxista o a la sociología (de la religión, del arte, de la ciencia, etc.), relaciona directamente las obras con el contexto social, a la situación económica global, o a una clase social particular (por ejemplo, en la historia del arte, la de los comanditarios de las obras), sin tomar en cuenta el campo, es decir el microcosmos social en el interior del cual ellas son producidas, y la lógica específica del funcionamiento de ese campo. Esto quiere decir que para comprender, por ejemplo, las obras sociológicas que se escriben hoy en Argentina, en Bolivia, en Brasil o en México, es necesario tener en cuenta: primeramente, la posición de cada autor en el interior del campo de producción sociológica nacional (es lo que traté de hacer, para el campo universitario en mi libro Homo Academicus o para el campo literario en Las reglas del arte); en segundo lugar, como Pascale Casanova lo ha mostrado, a propósito de la literatura, en La République mondiale des lettres, la posición de tal o cual campo nacional en el campo mundial (por ejemplo ciertas naciones, ciertos campos nacionales, son sometidos a efectos de doble dominación, que, si pueden acarrear un doble aplastamiento
7, pueden hacer posible estrategias consistentes en jugar de alguna manera una dominación contra otra).
La noción de campo es particularmente potente y fecunda, especialmente en tanto que permite escapar a toda una serie de falsos debates y acumular, como lo he hecho por ejemplo en mi lectura de Heidegger, todo lo que el texto revela sobre el contexto histórico (había mostrado, a partir de los textos que Heidegger había permanecido nazi hasta el fin, lo que ha sido probado después por los historiadores) y todo lo que el contexto revela sobre el texto (por ejemplo el rol de “pensadores” que los historiadores de la filosofía excluyen espontáneamente, como Spengler o Jünger, en la formación del pensamiento de Heidegger). Otra ventaja de la noción de campo: permite derrumbar las barreras entre los diferentes objetos, religión, arte, derecho, etc., y fertilizar la investigación en cada sector con el producto de la investigación en los otros.
Los campos de producción cultural están asociados a un poder de un tipo particular que llamo el poder simbólico, poder que ejercen los detentores de un capital simbólico. La forma por excelencia de este poder es la que se ejerce, en las relaciones entre los sexos, es decir la dominación masculina. Este poder se ejerce sobre los (o las) que sufren, es decir las mujeres y los homosexuales, masculinos o femeninos, a través de la complicidad arrancada que ellos le acuerdan del hecho de que le aplican a la relación entre los sexos categorías de percepción y de apreciación que son producto de la incorporación de la estructura de esta relación. Sería necesario dar ejemplos como el hecho de que, grosso modo, todo lo que es del orden de lo pequeño es bueno y está bien, cuando se trata del cuerpo femenino; y malo y mal, cuando se trata del cuerpo masculino. Pero sería necesario explicar aquí los fundamentos teóricos de la noción de poder simbólico que, como lo he mostrado en un artículo aparecido bajo este título en los Annales, en 1977, integra tradiciones teóricas consideradas como incompatibles, kantianas (con la teoría de las formas simbólicas), estructuralistas o, mejor, durkheimiana, marxista y weberiana. No puedo sino remitirlos a este artículo, aparecido en inglés en Language and Symbolic Power (en castellano no sé dónde).
8 Esta noción es muy necesaria científicamente (y políticamente) porque permite asir y comprender la dimensión de la más invisible de las relaciones de dominación, de las relaciones entre dominantes y dominados según el género (el sexo), como venimos de verlo, pero también según la étnia (entre blancos y negros especialmente, o entre ladinos y mestizos), o según la posición en el espacio social. Es así que el sistema escolar, a través de las clasificaciones que opera y que se imponen a aquellos mismos que allí son víctimas (se sabe que la ideología del don es cada vez más aceptada a medida que se desciende en la jerarquía social) cumple una función de sociodicea, de justificación del orden establecido, incomparablemente más importante que todas las formas de propaganda. Es decir de paso, que la sociología del sistema de enseñanza es una parte capital de la sociología política, casi siempre olvidada por la “ciencia política”.
Puede verse como se pasa muy naturalmente de la ciencia del mundo social a la acción política; porque he rechazado siempre, como lo decía al comienzo, el mito conservador de la “neutralidad ética” (los que denuncian la ciencia social como culpable de denunciar tienen por propiedad esencial no tener nada que enunciar de esencial sobre el funcionamiento del mundo social). Una parte muy importante de la producción sociológica es conservadora, sin tener necesidad de inspirarse en una intención de conservar, porque es mala y porque, por omisión, omitiendo plantear la cuestión o describir el fenómeno pertinente, contribuye a la perpetuación del orden social tal como es. Es el caso hoy en día de una buena parte de la producción mundial de discursos sobre el mundo social que, como lo he mostrado con Loïc Wacquant, en un artículo titulado “Las astucias de la razón imperialista” (“Les ruses de la raison impérialiste”), acepta, las más de las veces sin saberlo (es un caso típico de la dominación simbólica), principios de visión y de división, problemáticas, conceptos, etc… Estos principios, aunque sean el producto de una visión (académica) particular de una sociedad particular, los Estados Unidos, se presentan como universales mientras reproducen y vehiculizan categorías particulares, nacionales, de percepción y de apreciación. El reconocimiento mundial de palabras como mundialización, o globalización, flexibilidad (flexibility), multiculturalismo, comunitarismo, minoridad, etc., se acompaña de la ignorancia, del desconocimiento, de sus límites sociales e históricos, como consecuencia de la circulación sin control, ligada a los efectos de dominación. La difusión de aquella doxa planetaria, falsamente internacional, es hoy uno de los mayores obstáculos a una verdadera internacionalización del pensamiento sociológico que es, hoy más que nunca, necesaria para pensar los cambios actuales.
La lucha política es, en lo esencial, una lucha para imponer, en el seno de una nación o a escala internacional, el principio de visión y de división dominante, y desconocido (méconnu) como tal, pues es reconocido como legítimo. Es el caso de hoy de la visión neoliberal del mundo económico y social. El sociólogo interviene en esta lucha por el solo hecho de develarla como tal, ofreciendo así la posibilidad de un uso liberador del conocimiento de las estrategias y de los mecanismos de dominación. Va de suyo que, incluso si la revelación debilita automáticamente mecanismos cuya eficacia descansa por una parte sobre su ocultamiento, y sobre el desconocimiento que de allí resulta, no puede por sí sola contrarrestarlos completamente, menos todavía neutralizarlos o aniquilarlos. No solamente porque, como se le ve bien con la dominación masculina, las disposiciones y los esquemas de pensamiento cómplices del orden establecido están inscritos muy profundamente, y desde hace mucho tiempo, en los cuerpos o, si se prefiere, en los inconscientes. Ellos son constantemente reforzados por los que tienen el poder de hablar públicamente sobre el mundo social, en el primer rango, entre los cuales están los periodistas, pero también muchos intelectuales y hombres políticos: esos no tienen sino que dejarse llevar por sus automatismos de pensamiento para contribuir al reforzamiento de las rutinas de pensamiento que fundan el orden simbólico.
Se llega así, inevitablemente, a la cuestión del rol de los intelectuales o, más precisamente, de los sociólogos, y más generalmente, de los especialistas del análisis del mundo social. ¿Cómo podrían ellos no trabajar con todos los medios de los cuales disponen, para su diseminación?, si están convencidos de haber descubierto verdades dignas de ser ampliamente conocidas sobre el funcionamiento del mundo social. Guardar silencio o reservar sus revelaciones sólo al mundo erudito (savant) sería, en más de un caso, una forma de no brindar asistencia a la persona en peligro. Por esta razón, deben superar las prudencias y también las perezas ligadas a la pertenencia al campo científico, dominado por la creencia de que la “neutralidad” es por sí una garantía de objetividad, para trabajar colectivamente (como la asociación internacional Raisons d’agir)
9 a difundir los conocimientos y los útiles de conocimiento que la ciencia social produce, y que son necesarios para resistir a los nuevos oscurantismos, que hoy se presentan frecuentemente bajo las apariencias más racionales y más ilustradas, oponiéndoles la crítica de una razón científica tan lúcida como sea posible sobre el mundo social y sobre todo sobre ella misma.

Notas
1. Parece ser que quiso decir “asignado” o “atribuido”.
2. Träger: vocablo alemán que significa “cargar”.
3. Sobre este asunto, se puede leer del autor: Contrafuegos (ver bibliografía).
4. Ver bibliografía.
5. Juego también conocido como bolos franceses.
6. Es decir, que no favorece una alianza entre familias.
7. En otras partes se refiere a estos términos como doble constricción.
8. Ver nota bibliográfica (recuadro).
9. Ver la Página web: http://www.zeg.org/raison-dagir/start.htm

(Conferencia magistral para la “Cátedra Michel Foucault” de la Universidad Autónoma Metropolitana (Valle de México), sustentada el martes 22 de junio de 1999. Las aclaraciones y notas contenidas en este texto son de Sergio Lorenzo Sandoval Aragón; también la nota bibliográfica que se intercala como recuadro de este trabajo)

Escrito por Eduardo Aquevedo

31 mayo, 2008 a 6:17

Escrito en BOURDIEU, SOCIOLOGIA

Contre « le fléau néo-libéral », Pierre Bourdieu

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Pierre Bourdieu (né en 1930), professeur au Collège de France, est l’un des intellectuels français les plus cités dans le monde des sciences humaines. Formé à Normale Sup, philosophe et ethnologue, il consacre ses premiers travaux à l’Algérie, aux paysans du Béarn, mène des enquêtes, avant mai 68, sur les étudiants en France, élabore peu à peu le concept de « champ » (économique, politique, littéraire, scientifique) qu’il étudie à propos de l’épiscopat français, des romanciers du 19e siècle, des économistes libéraux, des féministes, de la « noblesse d’état », mais aussi à propos des goûts musicaux de la petite bourgeoisie, du sport d’élite, des milieux universitaires, des gays et lesbiennes, des chômeurs de longue durée.

Auteur d’une trentaine d’ouvrages traduits en de nombreuses langues et de plusieurs centaines d’articles, directeur de deux revues internationales (Actes de la recherche en sciences sociales et Liber), Pierre Bourdieu publie, ces dernières années, aux côtés d’ouvrages théoriques ardus (Raisons pratiques, 1994, Méditations pascaliennes, 1997), plusieurs brûlots polémiques et incitations à l’action politique qui sont la conséquence pratique de ses enquêtes de terrain. Ainsi Sur la télévision (1996) a-t-il mis en émoi le monde journalistique, dont l’ « emprise » sur le mode de pensée actuel était décrite et critiquée. Ce mois-ci, Pierre Bourdieu publie dans Le Monde diplomatique « L’essence du néo-libéralisme », une déconstruction de cette théorie économique aujourd’hui sans rival.

Ces jours enfin paraît Contre-feux, un recueil de textes politiques dont le sous-titre dit le programme : « Propos pour servir à la résistance contre l’invasion néo-libérale ». Ouvrage né d’une « fureur », il contraste avec les travaux désormais classiques, ardus et distancés, que sont, par exemple La Distinction (1979), La Noblesse d’état (1989) ou Les Règles de l’art (1992). Sans renoncer aux acquis du savoir sociologique, Bourdieu attaque le président de la Bundesbank, Hans Tietmeyer, le « racisme d’état » en France, l’écrivain Philippe Sollers, les économistes libéraux, les gouvernants européens qui présentent le néo-libéralisme comme une fatalité historique. Le « fléau néo-libéral » est d’actualité. Le sociologue propose de le combattre dans un livre accessible, ayant pour but de « communiquer aux militants les acquis les plus avancés de la recherche » à ce sujet. D’où vient le néo-libéralisme et la « révolution conservatrice » qu’il entraîne?

La théorie économique qui dit le fonder résiste-elle à l’examen? Comment les termes « flexibilité » ou « dérégulation », qui cachent des drames sociaux, ont-ils pu être connotés positivement? Le sociologue tente de répondre à ces graves questions, mais constate aussi des raisons d’espérer : ainsi le « miracle social » que constituent les grèves de décembre 1995, en France, et, en janvier 1998, les occupations spontanées de lieux publics par les chômeurs unis en associations. L’émergences d’une « résistance », venue des plus démunis, prélude à une ligue généralisée de citoyens, qui unirait chômeurs, travailleurs sociaux, service public, intellectuels, artistes, contre cette menace sociale que constitue l’économie « pure » laissée à elle-même. Entretien.

Jérôme Meizoz.

Référence :
Contre-feux. Propos pour servir à la résistance contre l’invasion néo-libérale, Liber éditions, Seuil diffusion, 125 p., 1998.
Parutions récentes :
Sur la télévision, Liber éditions, 1996; Méditations pascaliennes, Le Seuil, 1997; réédition de La Misère du monde, Points-Seuil, 1998); « L’essence du néo-libéralisme », Le Monde diplomatique, mars 1998; ARESER (collectif), Quelques diagnostics et remèdes urgents pour une université en péril, Liber éditions, 1998.

Questions à Pierre Bourdieu

point J.M. 1. Depuis le début des années 90, on constate qu’aux côtés de vos travaux classiques, « méthodiquement contrôlés », vous manifestez des « raison d’agir », par des textes d’action, comme Sur la télévision et, aujourd’hui, Contre-feux. Comment en êtes-vous venu là?

point P. B. Les interventions que j’ai faites dans l’espace politique sont plus anciennes, mais moins visibles, car j’étais moi-même moins visible à l’époque. Je pense aux interventions sur la Pologne avec Michel Foucault, en 1982, mais aussi à de constantes prises de position sur l’Algérie, pays que je connais bien pour y avoir longuement enquêté. Cela dit, depuis une quinzaine d’années, je me suis battu plus particulièrement pour mettre en place un « intellectuel collectif ». Il y a dix ans, à la Foire du livre de Milan, j’ai organisé la rencontre d’une cinquantaine d’intellectuels européens pour essayer de constituer une instance internationale permanente capable de prendre position régulièrement sur les problèmes politiques qui intéressent les intellectuels. J’ai prêché l’intellectuel collectif un peu partout, par le biais de la revue Liber, notamment. Un des problèmes de cette utopie, c’est l’accès aux médias : mon souhait est de redonner aux intellectuels la propriété de leurs moyens de diffusion, de leur permettre de parler plutôt que d’être parlés par les médias. Malheureusement les médias ne veulent connaître les intellectuels que comme des individualités et rendent difficiles ou vains tous les efforts pour parler collectivement, j’en donne des exemples dans mon livre.

point 2. Est-ce pour cela que vous avez fondé, il y a deux ans, votre propre maison, Éditions Liber- Raisons d’agir?

point La collection « Raisons d’agir », est le produit d’un véritable travail collectif de chercheurs, historiens, économistes, sociologues, de même que le collectif ARESER qui vient de proposer une description clinique, assez cruelle, de l’université française. Il s’agit d’une maison d’édition autonome, offrant une tribune qui permet d’échapper à l’épuisant lobbying qui est nécessaire pour passer quelques pages dans les médias. Les petits livres que nous avons publiés ont atteint, pour deux d’entre eux, plus de 100 000 exemplaires. Nous avons ainsi la maîtrise complète de notre parole, sans nulle censure. Pensez au livre de Serge Halimi sur le journalisme de révérence, Les Nouveaux chiens de garde : il est absolument certain qu’il n’aurait jamais trouvé éditeur…

point 3. Votre maison d’édition s’inscrit dans un esprit de « résistance », le mot revient souvent.

point Oui. Nous souhaitons exercer une force négative, c’est-à-dire avant tout résistante aux médias les plus puissants, comme Le Monde, pour ne pas le nommer, qui banalisent le discours néo-libéral sur le monde social. Le succès de vente est donc important, car il oblige les médias à prendre en compte ce que nous disons. Malheureusement, aujourd’hui, dans les médias, la force des idées se mesure à la force du nombre. C’est la pensée audimat. Nous espérons, par nos livres, tenir en respect, ou du moins faire respecter certaines règles. D’où le titre de mon livre, Contre-feux. Les grands journalistes, qui détiennent aujourd’hui un immense pouvoir, veulent parfois faire croire que les intellectuels veulent je ne sais quel pouvoir terroriste de type stalinien. En fait, les intellectuels ne veulent pas le pouvoir, ils veulent un contre-pouvoir efficace, ils veulent le pouvoir de dire non.

point 4. Dans votre livre, deux émotions dominent: la « fureur » d’une part, contre un monde économique injuste, de l’autre l’éloge d’un « miracle » social, la résistance spontanée que les chômeurs, les grévistes, en France, lui opposent. On a pourtant l’impression, à vous lire, que le pessimisme l’emporte…

point Il y a un désespoir devant ce qu’il advient des sociétés européennes, il y a également une fureur suscitée par les intellectuels qui se rendent complices des forces commerciales. Ce qui me met en colère, c’est disons, la légèreté parisienne, ce ton badin avec lequel on s’oblige à parler des choses sérieuses, qui autorise toutes les reconversions et toutes les compromissions. La légèreté parisienne tue la conviction. J’ai heureusement fait d’autres expériences, ainsi ma participation aux mouvements de la nouvelle gauche, c’est-à-dire à la gauche de la gauche, m’a fait découvrir, à l’opposé de ce que je viens de décrire, des militants désintéressés, qui font en quelque sorte l’art pour l’art de la politique. Ils échappent à la fausse alternative de l’optimisme et du pessimisme : leur combat est peut-être désespéré, mais ils font ce qu’il y a à faire. D’où mon admiration pour le mouvement des chômeurs qui a réussi à exister en France, est s’est même étendu en Allemagne. Ce mouvement hautement improbable, que même les socialistes se sont empressés de critiquer, qui n’avait pas guère l’appui des médias, a même réussi à passer les frontières!

point 5. Dès que le sociologue passe de l’étude objectiviste au texte engagé, l’ambiguïté s’installe : est-ce qu’il « dévoile » les mécanismes sociaux cachés ou est-ce qu’il les « dénonce »? Bien des réactions primaires contre Sur la télévision y trouvent leur origine. Comment décririez-vous le but de votre travail?

point C’est tout le problème de la différence entre décrire et prescrire, dans les sciences humaines. Prenez l’exemple de Milton Friedman, l’économiste bien connu de l’École de Chicago. Friedman a été le conseiller économique de Pinochet, au Chili, dans sa politique ultra-libérale. S’agit-il d’économie descriptive? Moi-même, j’ai été victime de ce moralisme de la neutralité, de la non-implication du scientifique. Je m’interdisais alors, et à tort, de tirer certaines conséquences évidentes de mon travail d’enquête. Avec l’assurance que donne l’âge, avec la reconnaissance aussi, et sous la pression de ce que je considère comme une vraie urgence politique, j’ai été amené à intervenir sur le terrain dit de la politique. Comme si on pouvait parler du monde social sans faire de politique! On pourrait dire qu’un sociologue fait d’autant plus de politique qu’il croit ne pas en faire…

point 6. Vous mettez en garde contre la « dégradation de la vertu civile » dans les démocraties contemporaines. C’est presque une expression de moraliste. Qu’entendez-vous par là ?

point L’expression peut paraître très normative. Or il y a des conduites qui sont plus universelles que d’autres, selon le test kantien de l’universabilité. La « vertu civile », consiste dans le fait de prendre acte que nous sommes objectivement solidaires, et que les actions des uns ont des conséquences pour les autres. Tout un ensemble d’acquis du processus historique qui a fait l’État démocratique (la sécurité sociale, que l’on veut remplacer par des assurances, etc.) sont menacés par la pensée néo-libérale.

point 7. L’État social est une conquête historique censée garantir le bien commun, rappelez-vous. Or aujourd’hui, il est également menacé par le néo-libéralisme qui le vilipende comme un appareil bureaucratique, fait de lourdeurs, etc.

point La politique néo-libérale, fondée sur une vision étroite de l’économie, a pour objectif de détruire tous les collectifs (État, associations, familles, etc.), tous les freins au marché pur, pour permettre à ses forces de s’exercer en toute liberté. C’est la négation de l’ordre social dont je parlais. Le démantèlement de l’État social, actuellement, par exemple à travers l’accord AMI, et bien d’autres mesures, brisent de nombreuses structures essentielles. Ainsi, on sait que les dominés ont partie liée avec l’État social : pour prendre un exemple précis, à mesure que l’État social dépérit, la précarisation des emplois féminins augmente. Pourquoi? Ce qui est affaibli, c’est ce que j’appelle la « main gauche » de l’État, (hôpitaux, services sociaux), les dominés du service public, et c’est là que les femmes sont le plus représentées… De son côté, la « main droite » de l’État (hauts fonctionnaires, énarques, etc.) professe et impose (aux autres) les principes néo-libéraux.

point 8. Vous êtes particulièrement critique quant au rôle des médias dans ce processus.

point Oui, car ceux-ci contribuent pour une part par légèreté, par insouciance, par ignorance aussi, au ronron néo-libéral. Sans compter ceux qui se font le relais de discours politiques conservateurs, présentés comme modernistes… Comme tous les bons menteurs, ils mentent bien, parce qu’ils sont eux-mêmes trompés.

point 9. En attaquant des écrivains comme Philippe Sollers ou Bernard-Henri Lévy, vous montrez aussi combien la logique néo-libérale peut avoir des effets néfastes dans les univers artistiques. Pouvez-vous en donner des exemples?

point Je prendrai l’exemple du marché de l’édition, sur lequel nous menons actuellement une grande enquête. On voit les conséquences de ce que je nomme la « révolution conservatrice » dans les domaines de la production culturelle, chez les artistes comme au niveau des institutions. Il y a rencontre et coïncidence entre les intérêts d’écrivains un peu cyniques qui présentent la soumission aux verdicts commerciaux comme une révolution littéraire (ainsi ce qu’on lit sur la « nouvelle génération » romanesque, le « retour au réel », la « fin du formalisme ») et d’autre part, une concentration de plus en plus grande de l’édition. Cette concentration, perceptible dans la grande presse comme dans l’édition littéraire, s’accompagne du triomphe généralisé de la logique commerciale. Comme me le disait un professionnel du monde éditorial, l’édition est de plus en plus dirigée par des gens qui ne lisent pas les livres, mais les listings de vente… C’est pourquoi je m’attaque aux pitreries des écrivains qui, en badinant sur ces questions, scient la branche sur laquelle ils sont assis.

point 10. Toujours dans le même ordre d’idées, comment expliquez-vous la vogue, dans la grande presse, des « sujets de société », couplée au mépris affiché des journalistes pour les « sociologues »?

point La sociologie a ce privilège de produire un consensus négatif, de faire l’unanimité des journalistes, des artistes, et autres contre elle, car elle dit sur eux des choses douloureuses à entendre. Les scientifiques, les physiciens par exemple, n’ont en général rien contre elle. Pour faire écrivain, par exemple, il est de bon ton d’afficher son mépris pour la sociologie. De même, les philosophes n’aiment guère la sociologie, mais pour d’autres raisons que j’ai abordées dans Méditations pascaliennes : car elle remet en question leur point de vue surplombant, et par là même leur statut d’observateur suprême et supérieur. En général, ceux qui sont les plus féroces envers la sociologie, ce sont étrangement ceux qui n’en connaissent pas le premier mot… Quant aux journalistes, La Misère du monde leur a fait découvrir que ce que ces gens que d’ordinaire ils font parler (je parle du journalisme écrit) ou qu’ils font taire (je parle du journalisme télévisé ou radiophonique) ont des choses extraordinaires à dire, si on sait les écouter. Beaucoup de journalistes le savent encore, mais ils ont eux-mêmes de plus en plus de mal à se faire écouter… Le sensationnalisme « de société » est vraiment l’exact contraire de la sociologie.

Propos recueillis par Jérôme Meizoz, 11 mars 1998.
Parution in Le Temps, Genève, 28-29 mars 1998, p. 11.

Escrito por Eduardo Aquevedo

31 mayo, 2008 a 4:01

Escrito en BOURDIEU, NEOLIBERALISMO

Contre « le fléau néo-libéral », Pierre Bourdieu

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Pierre Bourdieu (né en 1930), professeur au Collège de France, est l’un des intellectuels français les plus cités dans le monde des sciences humaines. Formé à Normale Sup, philosophe et ethnologue, il consacre ses premiers travaux à l’Algérie, aux paysans du Béarn, mène des enquêtes, avant mai 68, sur les étudiants en France, élabore peu à peu le concept de « champ » (économique, politique, littéraire, scientifique) qu’il étudie à propos de l’épiscopat français, des romanciers du 19e siècle, des économistes libéraux, des féministes, de la « noblesse d’état », mais aussi à propos des goûts musicaux de la petite bourgeoisie, du sport d’élite, des milieux universitaires, des gays et lesbiennes, des chômeurs de longue durée.

Auteur d’une trentaine d’ouvrages traduits en de nombreuses langues et de plusieurs centaines d’articles, directeur de deux revues internationales (Actes de la recherche en sciences sociales et Liber), Pierre Bourdieu publie, ces dernières années, aux côtés d’ouvrages théoriques ardus (Raisons pratiques, 1994, Méditations pascaliennes, 1997), plusieurs brûlots polémiques et incitations à l’action politique qui sont la conséquence pratique de ses enquêtes de terrain. Ainsi Sur la télévision (1996) a-t-il mis en émoi le monde journalistique, dont l’ « emprise » sur le mode de pensée actuel était décrite et critiquée. Ce mois-ci, Pierre Bourdieu publie dans Le Monde diplomatique « L’essence du néo-libéralisme », une déconstruction de cette théorie économique aujourd’hui sans rival.

Ces jours enfin paraît Contre-feux, un recueil de textes politiques dont le sous-titre dit le programme : « Propos pour servir à la résistance contre l’invasion néo-libérale ». Ouvrage né d’une « fureur », il contraste avec les travaux désormais classiques, ardus et distancés, que sont, par exemple La Distinction (1979), La Noblesse d’état (1989) ou Les Règles de l’art (1992). Sans renoncer aux acquis du savoir sociologique, Bourdieu attaque le président de la Bundesbank, Hans Tietmeyer, le « racisme d’état » en France, l’écrivain Philippe Sollers, les économistes libéraux, les gouvernants européens qui présentent le néo-libéralisme comme une fatalité historique. Le « fléau néo-libéral » est d’actualité. Le sociologue propose de le combattre dans un livre accessible, ayant pour but de « communiquer aux militants les acquis les plus avancés de la recherche » à ce sujet. D’où vient le néo-libéralisme et la « révolution conservatrice » qu’il entraîne?

La théorie économique qui dit le fonder résiste-elle à l’examen? Comment les termes « flexibilité » ou « dérégulation », qui cachent des drames sociaux, ont-ils pu être connotés positivement? Le sociologue tente de répondre à ces graves questions, mais constate aussi des raisons d’espérer : ainsi le « miracle social » que constituent les grèves de décembre 1995, en France, et, en janvier 1998, les occupations spontanées de lieux publics par les chômeurs unis en associations. L’émergences d’une « résistance », venue des plus démunis, prélude à une ligue généralisée de citoyens, qui unirait chômeurs, travailleurs sociaux, service public, intellectuels, artistes, contre cette menace sociale que constitue l’économie « pure » laissée à elle-même. Entretien.

Jérôme Meizoz.

Référence :
Contre-feux. Propos pour servir à la résistance contre l’invasion néo-libérale, Liber éditions, Seuil diffusion, 125 p., 1998.
Parutions récentes :
Sur la télévision, Liber éditions, 1996; Méditations pascaliennes, Le Seuil, 1997; réédition de La Misère du monde, Points-Seuil, 1998); « L’essence du néo-libéralisme », Le Monde diplomatique, mars 1998; ARESER (collectif), Quelques diagnostics et remèdes urgents pour une université en péril, Liber éditions, 1998.

Questions à Pierre Bourdieu

point J.M. 1. Depuis le début des années 90, on constate qu’aux côtés de vos travaux classiques, « méthodiquement contrôlés », vous manifestez des « raison d’agir », par des textes d’action, comme Sur la télévision et, aujourd’hui, Contre-feux. Comment en êtes-vous venu là?

point P. B. Les interventions que j’ai faites dans l’espace politique sont plus anciennes, mais moins visibles, car j’étais moi-même moins visible à l’époque. Je pense aux interventions sur la Pologne avec Michel Foucault, en 1982, mais aussi à de constantes prises de position sur l’Algérie, pays que je connais bien pour y avoir longuement enquêté. Cela dit, depuis une quinzaine d’années, je me suis battu plus particulièrement pour mettre en place un « intellectuel collectif ». Il y a dix ans, à la Foire du livre de Milan, j’ai organisé la rencontre d’une cinquantaine d’intellectuels européens pour essayer de constituer une instance internationale permanente capable de prendre position régulièrement sur les problèmes politiques qui intéressent les intellectuels. J’ai prêché l’intellectuel collectif un peu partout, par le biais de la revue Liber, notamment. Un des problèmes de cette utopie, c’est l’accès aux médias : mon souhait est de redonner aux intellectuels la propriété de leurs moyens de diffusion, de leur permettre de parler plutôt que d’être parlés par les médias. Malheureusement les médias ne veulent connaître les intellectuels que comme des individualités et rendent difficiles ou vains tous les efforts pour parler collectivement, j’en donne des exemples dans mon livre.

point 2. Est-ce pour cela que vous avez fondé, il y a deux ans, votre propre maison, Éditions Liber- Raisons d’agir?

point La collection « Raisons d’agir », est le produit d’un véritable travail collectif de chercheurs, historiens, économistes, sociologues, de même que le collectif ARESER qui vient de proposer une description clinique, assez cruelle, de l’université française. Il s’agit d’une maison d’édition autonome, offrant une tribune qui permet d’échapper à l’épuisant lobbying qui est nécessaire pour passer quelques pages dans les médias. Les petits livres que nous avons publiés ont atteint, pour deux d’entre eux, plus de 100 000 exemplaires. Nous avons ainsi la maîtrise complète de notre parole, sans nulle censure. Pensez au livre de Serge Halimi sur le journalisme de révérence, Les Nouveaux chiens de garde : il est absolument certain qu’il n’aurait jamais trouvé éditeur…

point 3. Votre maison d’édition s’inscrit dans un esprit de « résistance », le mot revient souvent.

point Oui. Nous souhaitons exercer une force négative, c’est-à-dire avant tout résistante aux médias les plus puissants, comme Le Monde, pour ne pas le nommer, qui banalisent le discours néo-libéral sur le monde social. Le succès de vente est donc important, car il oblige les médias à prendre en compte ce que nous disons. Malheureusement, aujourd’hui, dans les médias, la force des idées se mesure à la force du nombre. C’est la pensée audimat. Nous espérons, par nos livres, tenir en respect, ou du moins faire respecter certaines règles. D’où le titre de mon livre, Contre-feux. Les grands journalistes, qui détiennent aujourd’hui un immense pouvoir, veulent parfois faire croire que les intellectuels veulent je ne sais quel pouvoir terroriste de type stalinien. En fait, les intellectuels ne veulent pas le pouvoir, ils veulent un contre-pouvoir efficace, ils veulent le pouvoir de dire non.

point 4. Dans votre livre, deux émotions dominent: la « fureur » d’une part, contre un monde économique injuste, de l’autre l’éloge d’un « miracle » social, la résistance spontanée que les chômeurs, les grévistes, en France, lui opposent. On a pourtant l’impression, à vous lire, que le pessimisme l’emporte…

point Il y a un désespoir devant ce qu’il advient des sociétés européennes, il y a également une fureur suscitée par les intellectuels qui se rendent complices des forces commerciales. Ce qui me met en colère, c’est disons, la légèreté parisienne, ce ton badin avec lequel on s’oblige à parler des choses sérieuses, qui autorise toutes les reconversions et toutes les compromissions. La légèreté parisienne tue la conviction. J’ai heureusement fait d’autres expériences, ainsi ma participation aux mouvements de la nouvelle gauche, c’est-à-dire à la gauche de la gauche, m’a fait découvrir, à l’opposé de ce que je viens de décrire, des militants désintéressés, qui font en quelque sorte l’art pour l’art de la politique. Ils échappent à la fausse alternative de l’optimisme et du pessimisme : leur combat est peut-être désespéré, mais ils font ce qu’il y a à faire. D’où mon admiration pour le mouvement des chômeurs qui a réussi à exister en France, est s’est même étendu en Allemagne. Ce mouvement hautement improbable, que même les socialistes se sont empressés de critiquer, qui n’avait pas guère l’appui des médias, a même réussi à passer les frontières!

point 5. Dès que le sociologue passe de l’étude objectiviste au texte engagé, l’ambiguïté s’installe : est-ce qu’il « dévoile » les mécanismes sociaux cachés ou est-ce qu’il les « dénonce »? Bien des réactions primaires contre Sur la télévision y trouvent leur origine. Comment décririez-vous le but de votre travail?

point C’est tout le problème de la différence entre décrire et prescrire, dans les sciences humaines. Prenez l’exemple de Milton Friedman, l’économiste bien connu de l’École de Chicago. Friedman a été le conseiller économique de Pinochet, au Chili, dans sa politique ultra-libérale. S’agit-il d’économie descriptive? Moi-même, j’ai été victime de ce moralisme de la neutralité, de la non-implication du scientifique. Je m’interdisais alors, et à tort, de tirer certaines conséquences évidentes de mon travail d’enquête. Avec l’assurance que donne l’âge, avec la reconnaissance aussi, et sous la pression de ce que je considère comme une vraie urgence politique, j’ai été amené à intervenir sur le terrain dit de la politique. Comme si on pouvait parler du monde social sans faire de politique! On pourrait dire qu’un sociologue fait d’autant plus de politique qu’il croit ne pas en faire…

point 6. Vous mettez en garde contre la « dégradation de la vertu civile » dans les démocraties contemporaines. C’est presque une expression de moraliste. Qu’entendez-vous par là ?

point L’expression peut paraître très normative. Or il y a des conduites qui sont plus universelles que d’autres, selon le test kantien de l’universabilité. La « vertu civile », consiste dans le fait de prendre acte que nous sommes objectivement solidaires, et que les actions des uns ont des conséquences pour les autres. Tout un ensemble d’acquis du processus historique qui a fait l’État démocratique (la sécurité sociale, que l’on veut remplacer par des assurances, etc.) sont menacés par la pensée néo-libérale.

point 7. L’État social est une conquête historique censée garantir le bien commun, rappelez-vous. Or aujourd’hui, il est également menacé par le néo-libéralisme qui le vilipende comme un appareil bureaucratique, fait de lourdeurs, etc.

point La politique néo-libérale, fondée sur une vision étroite de l’économie, a pour objectif de détruire tous les collectifs (État, associations, familles, etc.), tous les freins au marché pur, pour permettre à ses forces de s’exercer en toute liberté. C’est la négation de l’ordre social dont je parlais. Le démantèlement de l’État social, actuellement, par exemple à travers l’accord AMI, et bien d’autres mesures, brisent de nombreuses structures essentielles. Ainsi, on sait que les dominés ont partie liée avec l’État social : pour prendre un exemple précis, à mesure que l’État social dépérit, la précarisation des emplois féminins augmente. Pourquoi? Ce qui est affaibli, c’est ce que j’appelle la « main gauche » de l’État, (hôpitaux, services sociaux), les dominés du service public, et c’est là que les femmes sont le plus représentées… De son côté, la « main droite » de l’État (hauts fonctionnaires, énarques, etc.) professe et impose (aux autres) les principes néo-libéraux.

point 8. Vous êtes particulièrement critique quant au rôle des médias dans ce processus.

point Oui, car ceux-ci contribuent pour une part par légèreté, par insouciance, par ignorance aussi, au ronron néo-libéral. Sans compter ceux qui se font le relais de discours politiques conservateurs, présentés comme modernistes… Comme tous les bons menteurs, ils mentent bien, parce qu’ils sont eux-mêmes trompés.

point 9. En attaquant des écrivains comme Philippe Sollers ou Bernard-Henri Lévy, vous montrez aussi combien la logique néo-libérale peut avoir des effets néfastes dans les univers artistiques. Pouvez-vous en donner des exemples?

point Je prendrai l’exemple du marché de l’édition, sur lequel nous menons actuellement une grande enquête. On voit les conséquences de ce que je nomme la « révolution conservatrice » dans les domaines de la production culturelle, chez les artistes comme au niveau des institutions. Il y a rencontre et coïncidence entre les intérêts d’écrivains un peu cyniques qui présentent la soumission aux verdicts commerciaux comme une révolution littéraire (ainsi ce qu’on lit sur la « nouvelle génération » romanesque, le « retour au réel », la « fin du formalisme ») et d’autre part, une concentration de plus en plus grande de l’édition. Cette concentration, perceptible dans la grande presse comme dans l’édition littéraire, s’accompagne du triomphe généralisé de la logique commerciale. Comme me le disait un professionnel du monde éditorial, l’édition est de plus en plus dirigée par des gens qui ne lisent pas les livres, mais les listings de vente… C’est pourquoi je m’attaque aux pitreries des écrivains qui, en badinant sur ces questions, scient la branche sur laquelle ils sont assis.

point 10. Toujours dans le même ordre d’idées, comment expliquez-vous la vogue, dans la grande presse, des « sujets de société », couplée au mépris affiché des journalistes pour les « sociologues »?

point La sociologie a ce privilège de produire un consensus négatif, de faire l’unanimité des journalistes, des artistes, et autres contre elle, car elle dit sur eux des choses douloureuses à entendre. Les scientifiques, les physiciens par exemple, n’ont en général rien contre elle. Pour faire écrivain, par exemple, il est de bon ton d’afficher son mépris pour la sociologie. De même, les philosophes n’aiment guère la sociologie, mais pour d’autres raisons que j’ai abordées dans Méditations pascaliennes : car elle remet en question leur point de vue surplombant, et par là même leur statut d’observateur suprême et supérieur. En général, ceux qui sont les plus féroces envers la sociologie, ce sont étrangement ceux qui n’en connaissent pas le premier mot… Quant aux journalistes, La Misère du monde leur a fait découvrir que ce que ces gens que d’ordinaire ils font parler (je parle du journalisme écrit) ou qu’ils font taire (je parle du journalisme télévisé ou radiophonique) ont des choses extraordinaires à dire, si on sait les écouter. Beaucoup de journalistes le savent encore, mais ils ont eux-mêmes de plus en plus de mal à se faire écouter… Le sensationnalisme « de société » est vraiment l’exact contraire de la sociologie.

Propos recueillis par Jérôme Meizoz, 11 mars 1998.
Parution in Le Temps, Genève, 28-29 mars 1998, p. 11.

Escrito por Eduardo Aquevedo

31 mayo, 2008 a 4:01

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ET SI ON REPENSAIT L’ECONOMIE?, Pierre Bourdieu

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Le discours économique est la religion du monde moderne, avec ses gourous et ses croyances. Dans deux livres qui paraissent cette semaine les deux sociologues contestent à ces « spécialistes » le droit de régir nos vies.
Il y a un an et demi, Pierre Bourdieu publiait « la Domination masculine ». Depuis lors, on savait qu’il consacrait son cours du Collège de France à Manet, et l’on s’attendait donc à voir paraître un livre sur la peinture. Or voilà qu’il nous donne aujourd’hui un livre sur les HLM, les maisons Phénix et le marché du logement dans les années 70 et 80… Après quelques ouvrages de réflexion théorique, il revient donc à une sociologie pure et dure, qui brasse les statistiques et les données empiriques. Mais le propos n’en est pas moins ambitieux. Il s’agit tout simplement de refonder l’analyse économique et la pensée sur l’économie.
De son côté, Frédéric Lebaron étudie la manière dont est produite la « croyance économique », c’est-à-dire l’idée, aujourd’hui partout répandue, que ce sont les lois de l’économie qui dominent le monde, et que ces lois reposent sur la logique d’une maximalisation des profits. C’est presque un travail d’ethnologue qu’il nous offre, en cherchant à savoir qui sont les économistes, comment ils sont formés, d’où viennent leurs catégories de pensée, comment ils travaillent, comment ils élaborent leurs théories et leurs modèles. Deux livres différents et complémentaires, dont les auteurs entreprennent de faire revivre toute une tradition disparue de la sociologie, qui consistait à refuser qu’on séparât l’économie des autres sciences sociales. Pour montrer que la parole des économistes ne saurait être notre nouvel Évangile.

pointg.gif (57 octets) Le Nouvel Observateur. – À lire vos deux livres, on a l’impression que les sociologues entreprennent aujourd’hui de contester la suprématie de la science économique, mais aussi des économistes comme nouveaux maîtres du monde.

pointg.gif (57 octets) Frédéric Lebaron. – Il y a sans doute, dans nos deux livres, une certaine volonté de remettre en cause l’hégémonie d’un certain mode de pensée économique, et peut-être aussi – il faut bien l’avouer – l’arrogance de certains des représentants de cette corporation. Mais cela en se situant sur le terrain de la critique et de la construction scientifiques. C’est sur ce plan que l’économie aujourd’hui socialement dominante peut et doit être discutée, en particulier par la sociologie et les autres sciences sociales, comme l’anthropologie et l’histoire.

pointg.gif (57 octets) Pierre Bourdieu. – Cette mise en question ne peut cependant rester cantonnée sur le terrain strictement scientifique. Nous sommes en effet confrontés à l’omniprésence de la science économique dans le langage ordinaire et à la force inouïe des croyances et des catégories économiques, qui s’étend, avec leur bénédiction le plus souvent, bien au-delà de l’univers pur des théoriciens.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – Oui, par exemple à travers le langage de l’économie, la vision économique (ou économiste) s’est étendue dans les médias – même les plus critiques -, qui ont accoutumé le public à une sorte de soumission ou de résignation aux lois d’airain de l’économie…

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – …c’est d’ailleurs le fait que le journalisme soit un des grands véhicules de la croyance économique qui explique notre présence ici aujourd’hui.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – L’économie s’impose comme le langage de la vie publique, et impose ses schèmes, ses systèmes argumentatifs, ses modèles cognitifs. Comme par exemple dans le cas de l’avenir des retraites, qui est pensé en termes comptables et non comme un enjeu de solidarité inter et intragénérationnelle, mais aussi entre groupes sociaux.

pointg.gif (57 octets) N. O. – Votre propos est assez radical puisque, au fond, ce que vous contestez, c’est que l’économie soit vraiment une science ?

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – Plus exactement, je conteste le fait que l’économie puisse être décrite avec assurance comme « la plus scientifique des sciences sociales ». Et j’essaie de montrer, à partir d’une enquête fondée sur des observations de terrain et des méthodes statistiques, que l’économie est peut-être par certains côtés plus proche du champ religieux (ou philosophique) que d’un champ scientifique très autonome.
En fait, je ne fais que réactiver un certains nombre de « doutes existentiels », qui sont aussi vieux que l’économie, et qui ont été exprimés par des économistes parmi les plus prestigieux, à propos de l’économie : elle ne fait pas de découvertes, dit Malinvaud, elle s’appuie sur des faits non observés, dit Leontief, elle est essentiellement normative, dit Sen, elle est le lieu des modes intellectuelles les plus contradictoires et d’une hypersophistication mathématique, dit Allais. Autant de caractéristiques qui, si on les rassemble, portent à ranger l’économie du côté de certaines théories philosophiques plutôt que du côté des sciences physiques ou biologiques, sans même parler des mathématiques.

pointg.gif (57 octets) N. O. - Mais n’exagérez-vous pas un peu lorsque vous parlez de l’économie comme d’une nouvelle religion ?

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – Je pourrais me contenter de répondre que je ne fais que prendre au sérieux, comme révélateurs d’un certain inconscient collectif, les dossiers sur les « nouveaux prêtres de l’économie », le discours sur les « gourous » de Wall Street, ou encore la béatification laïque d’Alan Greenspan (président de la banque centrale américaine). Il ne faut pas tordre la réalité si fortement pour retrouver dans les diverses figures sociales d’économistes celles de l’ordre religieux : le théologien, le prêtre, le missionnaire, l’hérétique, le réformateur…

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – Sans oublier les fidèles exaltés et un peu fidéistes. Il y en a pas mal parmi les journalistes frottés de quelques cours d’économie de Sciences-Po.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. - Mais c’est précisément parce que l’économie se donne les apparences de l’autonomie (notamment à travers l’usage des mathématiques) qu’elle paraît échapper à une réduction totale au religieux. En fait il faudrait dire, en paraphrasant à la fois Durkheim et Weber, qu’elle est en tout cas une forme « complexe » de la vie religieuse, une forme « moderne » et hautement « rationalisée ».

pointg.gif (57 octets) N. O. – Ce qui fait l’originalité de votre travail, c’est que vous vous êtes intéressé à la formation des économistes : qui sont-ils ? dans quelles écoles sont-ils formés ? Votre livre est à la fois une histoire sociale et une psychanalyse sociale.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – J’ai étudié le mode de production d’un ensemble de dispositions sociales particulières, qui sont associées au fait d’être économiste aujourd’hui. En montrant d’abord qu’il était illusoire de penser ces dispositions comme homogènes : l’économie est un champ, structuré par des oppositions sociales et scolaires. En insistant ensuite sur le fait que la formation à l’économie a pour fonction de retraduire dans une langue particulière, et dans certains cas – comme à l’Ensae – très formalisée, les dispositions banales, largement inconscientes, d’un habitus « bourgeois » et masculin, selon les cas « ingénieurial » ou « managérial » : valorisation de la réussite individuelle, propension au calcul, à l’anticipation, à l’accumulation de capital social, économique, propension à l’abstraction déductive, etc. Le goût pour les modèles et l’adhésion à des théories aussi irréalistes que celle des anticipations rationnelles trouvent leur origine, et en tout cas leur caution pratique, dans un certain rapport pratique au monde social.

pointg.gif (57 octets) N. O. – Votre livre, Pierre Bourdieu, est assez différent car il n’analyse pas les économistes, mais, si j’ai bien compris, il vise tout simplement à enlever aux économistes leur objet. À partir de la description ethnologique d’une scène très concrète, la conversation entre un acheteur d’une maison particulière et le vendeur, vous reconstruisez tout ce qui a été nécessaire pour qu’une telle scène puisse se produire telle qu’elle se produit.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – Mon intention n’est pas de prendre aux économistes leur objet, mais de prendre pour objet, avec les instruments ordinaires des sciences historiques, un objet ordinairement considéré comme économique : l’achat d’une maison. Ce qui oblige à découvrir que, pour comprendre une transaction à la fois tout à fait singulière et parfaitement banale, il faut reconstruire l’ensemble des décisions qui ont défini la politique de crédit (aux particuliers, mais aussi aux entreprises de construction), c’est-à-dire, entre autres choses, l’histoire des confrontations, dans le cadre des commissions, entre des banquiers et des hauts fonctionnaires plus ou moins enclins à adopter la vision néolibérale selon leur trajectoire scolaire et leur corps d’appartenance.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – Autant de choses que les modèles économiques ignorent au nom du droit à l’abstraction…

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – Oui. M. Camdessus, dont il est question, comme de beaucoup d’autres personnages connus, dans mon livre, invoque toujours l’économie (que sans doute il ne lit guère), mais les économistes ne font aucune place dans leurs modèles à M. Camdessus, même quand celui-ci a travaillé très directement à produire l’objet de leurs calculs. L’État, que l’on aime à opposer au marché, est présent, très pratiquement, dans le marché. Le vendeur de maisons Bouygues qui aide le client potentiel à remplir un dossier de demande de crédit agit, sans le savoir complètement, en agent de la banque et aussi de l’État, qui lui délègue tacitement une part de l’autorité qu’il exerce sur le client.

pointg.gif (57 octets) N. O. – À ce propos, je vous ai trouvé un peu audacieux de balayer en un paragraphe la distinction entre État et société civile.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - Mais on voit bien que des agents que l’on rangerait sans discuter du côté de la « société civile », comme les vendeurs de telle ou telle entreprise privée, sont en fait habités par la pensée d’État et agissent en mandataires officieux de l’État.

pointg.gif (57 octets) N. O. – En fait, de proche en proche, ce sont tous les dogmes de la doctrine économique que vous cherchez à dynamiter : l’offre et la demande, le choix rationnel des individus…

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – Ce que l’on découvre en effet, lorsque l’on s’intéresse aux conditions réelles du fonctionnement des échanges économiques, c’est que l’offre comme la demande telles qu’elles peuvent être appréhendées à un moment donné sont des constructions sociales. La demande, parce qu’elle dépend pour une part très importante de l’aide de l’État sous ses différentes espèces, qui sont associées à des philosophies sociales très différentes (par exemple, l’aide à la personne que les néolibéraux, Valéry Giscard d’Estaing et d’autres, ont substituée à l’aide à la pierre, dans les années 70, avec la complicité d’une fraction de la haute fonction publique dont la conversion au néolibéralisme ne date pas d’aujourd’hui, était censée favoriser l’attachement à la propriété privée, contre le collectivisme des grands immeubles collectifs). L’offre, parce qu’elle dépend aussi des formes de crédit que les banques, avec le soutien de l’État, accordent aux différentes catégories de constructeurs.
Mais ce n’est pas tout : comprendre réellement l’offre, c’est l’appréhender en tant que structure, ou, plus précisément – pardonnez-moi d’être un peu compliqué -, c’est saisir les offreurs, appréhendés dans leur diversité et leur dispersion extrêmes, depuis la grande entreprise de production industrielle de maisons préfabriquées produisant plusieurs milliers de maisons par an jusqu’au petit artisan offrant quelques maisons sur un marché strictement local, comme un champ, c’est-à-dire comme le lieu de rapports de force qui déterminent et délimitent les relations de concurrence entre les différentes entreprises et ceux qui les dirigent.

pointg.gif (57 octets) N. O. – Au fond, c’est la notion d’ « individu » telle que l’accepte l’économie néoclassique que vous voulez mettre en question.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – Ce n’est là qu’un des nombreux cas où l’ignorance des acquis les plus élémentaires des autres sciences sociales conduit les économistes à accepter sans discussion les représentations du sens commun. Pourtant, le terrain des pratiques économiques est sans doute une des meilleures occasions de montrer que ce que nous appelons l’individu, avec ses besoins, ses propensions, ses dispositions, ses aptitudes, est un produit de l’histoire, individuelle et surtout collective. C’est Bergson, pourtant peu suspect de sociologisme, qui disait : « Il faut plusieurs siècles pour produire un utilitariste comme Stuart Mill. » Ce que j’appelle l’habitus économique est ce collectif incorporé en chacun de nous qui fait que nous sommes grosso modo adaptés au monde économique dont nous sommes les produits.

pointg.gif (57 octets) N. O. – Ne craignez-vous pas qu’on vous accuse de tomber dans une vision déterministe ?

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – Ce reproche serait particulièrement mal venu de la part de ceux qui invoquent sans cesse l’inéluctabilité des lois des marchés financiers.

pointg.gif (57 octets) N. O. – Vos deux livres se terminent par un élargissement de l’analyse au plan international. Vous analysez, Pierre Bourdieu, le passage du champ national au champ international tandis que vous vous interrogez, Frédéric Lebaron, sur l’apparente légitimation scientifique mondiale que le prix Nobel donne aux théories économiques (on est étonné d’apprendre en vous lisant que le prix Nobel d’économie n’est pas un vrai prix Nobel, mais a été créé par une banque).

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – Oui, par la banque centrale suédoise, en 1968. Et ce n’est pas tout à fait un hasard. Ces instances, devenues toujours plus « indépendantes »…

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – …indépendantes surtout des États et des citoyens, évidemment…

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – …ont vu leur pouvoir s’accroître considérablement durant les dernières années, en fondant leur légitimité, au moins partiellement, sur le savoir économique. La Banque centrale européenne ne contrôle pas seulement les taux directeurs – ce qui a des répercussions considérables sur la dynamique socio-économique dont nous risquons d’avoir un aperçu dans les mois qui viennent. Elle exige le respect de normes budgétaires strictes qui limitent le recours à la dépense publique, veille à prévenir les « tensions inflationnistes », qu’elle voit plus dans les revendications salariales que dans la spéculation financière…
Quant au prix Nobel, il est valorisé autant en dehors qu’à l’intérieur du monde des économistes, car il accrédite l’idée que cette discipline est bien une science, comme la physique. Mais si l’on regarde les caractéristiques des « élus », on s’aperçoit que ce prix tend à reconnaître les travaux les plus en phase avec les forces économiques dominantes de chaque période. Durant les années 70, il consacre le plus souvent des keynésiens, interventionnistes, qui ont eu leur heure de gloire dans la période 50-60. Ensuite on assiste à un basculement vers le monde des marchés, notamment financiers, très visible dans les années 90. Le centre symbolique de la science économique mondiale se déplace alors vers Chicago, lieu d’expression de la forme la plus absolutiste de la foi dans les mécanismes de marché. L’évolution du prix Nobel n’est que l’indice d’un déplacement plus large du coeur du pouvoir économique.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – C’est ce qu’ont manifesté avec éclat ceux qui ont contesté l’attribution du faux prix Nobel à Milton Friedman, qui s’est fait connaître aussi pour quelques interventions politiques sans équivoque en faveur de régimes politiques sans équivoque.

pointg.gif (57 octets) N. O. – Le sous-titre du livre de Frédéric Lebaron parle des « économistes entre science et politique », et ça doit être compris comme une critique, mais vos livres présentent des analyses scientifiques qui m’ont semblé également très politiques.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – Oui, à la différence de l’économie, qui se présente socialement comme une science fondamentale, mais qui est en réalité fondamentalement politique et au service des pouvoirs économiques, nous nous plaçons sur le terrain de la science, en sachant pertinemment que ce choix ne sera pas sans effets politiques et qu’il n’est pas politiquement neutre de vouloir faire œuvre scientifique, puisque cela signifie, notamment, affirmer la nécessité de l’autonomie de la recherche en sciences sociales par rapport aux pouvoirs et courir ainsi le risque d’être disqualifié par les nombreuses forces sociales hostiles à cette autonomie.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – L’économie se veut une science pure et parfaite, comme les modèles mathématiques derrière lesquels elle dissimule ses présupposés, mais, paradoxalement, elle se voit aussi comme une science d’État et de gouvernement. La sociologie s’attire le soupçon, en grande partie parce qu’elle refuse de faire simplement (ou seulement) ce que les pouvoirs demandent le plus volontiers – par exemple, aujourd’hui, de donner les moyens de réparer les pots cassés par l’économie et, indirectement, par les économistes, en étudiant la drogue, la délinquance et toutes les manifestations de désintégration sociale, qui sont pour une grande part l’effet des politiques économiques.

Prendre pour objet l’économie néoclassique ou inviter les spécialistes des sciences historiques (à commencer évidemment par tous les économistes lucides sur les limites de leur orthodoxie) à lui prendre son objet, c’est faire un acte scientifique qui, étant donné le rôle éminent que l’orthodoxie néolibérale joue à la fois dans la « rationalisation » et dans la légitimation des politiques économiques les plus favorables aux détenteurs du pouvoir économique, est aussi, qu’on le veuille ou non – et je crois que nous le voulons -, un acte politique.

Propos recueillis par DIDIER ÉRIBON
Nouvel Observateur – N°1852, Semaine du 04 mai 2000.

Escrito por Eduardo Aquevedo

31 mayo, 2008 a 1:44

Escrito en BOURDIEU

ET SI ON REPENSAIT L’ECONOMIE?, Pierre Bourdieu

con 4 comentarios



Le discours économique est la religion du monde moderne, avec ses gourous et ses croyances. Dans deux livres qui paraissent cette semaine les deux sociologues contestent à ces « spécialistes » le droit de régir nos vies.
Il y a un an et demi, Pierre Bourdieu publiait « la Domination masculine ». Depuis lors, on savait qu’il consacrait son cours du Collège de France à Manet, et l’on s’attendait donc à voir paraître un livre sur la peinture. Or voilà qu’il nous donne aujourd’hui un livre sur les HLM, les maisons Phénix et le marché du logement dans les années 70 et 80… Après quelques ouvrages de réflexion théorique, il revient donc à une sociologie pure et dure, qui brasse les statistiques et les données empiriques. Mais le propos n’en est pas moins ambitieux. Il s’agit tout simplement de refonder l’analyse économique et la pensée sur l’économie.
De son côté, Frédéric Lebaron étudie la manière dont est produite la « croyance économique », c’est-à-dire l’idée, aujourd’hui partout répandue, que ce sont les lois de l’économie qui dominent le monde, et que ces lois reposent sur la logique d’une maximalisation des profits. C’est presque un travail d’ethnologue qu’il nous offre, en cherchant à savoir qui sont les économistes, comment ils sont formés, d’où viennent leurs catégories de pensée, comment ils travaillent, comment ils élaborent leurs théories et leurs modèles. Deux livres différents et complémentaires, dont les auteurs entreprennent de faire revivre toute une tradition disparue de la sociologie, qui consistait à refuser qu’on séparât l’économie des autres sciences sociales. Pour montrer que la parole des économistes ne saurait être notre nouvel Évangile.

pointg.gif (57 octets) Le Nouvel Observateur. – À lire vos deux livres, on a l’impression que les sociologues entreprennent aujourd’hui de contester la suprématie de la science économique, mais aussi des économistes comme nouveaux maîtres du monde.

pointg.gif (57 octets) Frédéric Lebaron. – Il y a sans doute, dans nos deux livres, une certaine volonté de remettre en cause l’hégémonie d’un certain mode de pensée économique, et peut-être aussi – il faut bien l’avouer – l’arrogance de certains des représentants de cette corporation. Mais cela en se situant sur le terrain de la critique et de la construction scientifiques. C’est sur ce plan que l’économie aujourd’hui socialement dominante peut et doit être discutée, en particulier par la sociologie et les autres sciences sociales, comme l’anthropologie et l’histoire.

pointg.gif (57 octets) Pierre Bourdieu. – Cette mise en question ne peut cependant rester cantonnée sur le terrain strictement scientifique. Nous sommes en effet confrontés à l’omniprésence de la science économique dans le langage ordinaire et à la force inouïe des croyances et des catégories économiques, qui s’étend, avec leur bénédiction le plus souvent, bien au-delà de l’univers pur des théoriciens.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – Oui, par exemple à travers le langage de l’économie, la vision économique (ou économiste) s’est étendue dans les médias – même les plus critiques -, qui ont accoutumé le public à une sorte de soumission ou de résignation aux lois d’airain de l’économie…

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – …c’est d’ailleurs le fait que le journalisme soit un des grands véhicules de la croyance économique qui explique notre présence ici aujourd’hui.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – L’économie s’impose comme le langage de la vie publique, et impose ses schèmes, ses systèmes argumentatifs, ses modèles cognitifs. Comme par exemple dans le cas de l’avenir des retraites, qui est pensé en termes comptables et non comme un enjeu de solidarité inter et intragénérationnelle, mais aussi entre groupes sociaux.

pointg.gif (57 octets) N. O. – Votre propos est assez radical puisque, au fond, ce que vous contestez, c’est que l’économie soit vraiment une science ?

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – Plus exactement, je conteste le fait que l’économie puisse être décrite avec assurance comme « la plus scientifique des sciences sociales ». Et j’essaie de montrer, à partir d’une enquête fondée sur des observations de terrain et des méthodes statistiques, que l’économie est peut-être par certains côtés plus proche du champ religieux (ou philosophique) que d’un champ scientifique très autonome.
En fait, je ne fais que réactiver un certains nombre de « doutes existentiels », qui sont aussi vieux que l’économie, et qui ont été exprimés par des économistes parmi les plus prestigieux, à propos de l’économie : elle ne fait pas de découvertes, dit Malinvaud, elle s’appuie sur des faits non observés, dit Leontief, elle est essentiellement normative, dit Sen, elle est le lieu des modes intellectuelles les plus contradictoires et d’une hypersophistication mathématique, dit Allais. Autant de caractéristiques qui, si on les rassemble, portent à ranger l’économie du côté de certaines théories philosophiques plutôt que du côté des sciences physiques ou biologiques, sans même parler des mathématiques.

pointg.gif (57 octets) N. O. - Mais n’exagérez-vous pas un peu lorsque vous parlez de l’économie comme d’une nouvelle religion ?

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – Je pourrais me contenter de répondre que je ne fais que prendre au sérieux, comme révélateurs d’un certain inconscient collectif, les dossiers sur les « nouveaux prêtres de l’économie », le discours sur les « gourous » de Wall Street, ou encore la béatification laïque d’Alan Greenspan (président de la banque centrale américaine). Il ne faut pas tordre la réalité si fortement pour retrouver dans les diverses figures sociales d’économistes celles de l’ordre religieux : le théologien, le prêtre, le missionnaire, l’hérétique, le réformateur…

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – Sans oublier les fidèles exaltés et un peu fidéistes. Il y en a pas mal parmi les journalistes frottés de quelques cours d’économie de Sciences-Po.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. - Mais c’est précisément parce que l’économie se donne les apparences de l’autonomie (notamment à travers l’usage des mathématiques) qu’elle paraît échapper à une réduction totale au religieux. En fait il faudrait dire, en paraphrasant à la fois Durkheim et Weber, qu’elle est en tout cas une forme « complexe » de la vie religieuse, une forme « moderne » et hautement « rationalisée ».

pointg.gif (57 octets) N. O. – Ce qui fait l’originalité de votre travail, c’est que vous vous êtes intéressé à la formation des économistes : qui sont-ils ? dans quelles écoles sont-ils formés ? Votre livre est à la fois une histoire sociale et une psychanalyse sociale.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – J’ai étudié le mode de production d’un ensemble de dispositions sociales particulières, qui sont associées au fait d’être économiste aujourd’hui. En montrant d’abord qu’il était illusoire de penser ces dispositions comme homogènes : l’économie est un champ, structuré par des oppositions sociales et scolaires. En insistant ensuite sur le fait que la formation à l’économie a pour fonction de retraduire dans une langue particulière, et dans certains cas – comme à l’Ensae – très formalisée, les dispositions banales, largement inconscientes, d’un habitus « bourgeois » et masculin, selon les cas « ingénieurial » ou « managérial » : valorisation de la réussite individuelle, propension au calcul, à l’anticipation, à l’accumulation de capital social, économique, propension à l’abstraction déductive, etc. Le goût pour les modèles et l’adhésion à des théories aussi irréalistes que celle des anticipations rationnelles trouvent leur origine, et en tout cas leur caution pratique, dans un certain rapport pratique au monde social.

pointg.gif (57 octets) N. O. – Votre livre, Pierre Bourdieu, est assez différent car il n’analyse pas les économistes, mais, si j’ai bien compris, il vise tout simplement à enlever aux économistes leur objet. À partir de la description ethnologique d’une scène très concrète, la conversation entre un acheteur d’une maison particulière et le vendeur, vous reconstruisez tout ce qui a été nécessaire pour qu’une telle scène puisse se produire telle qu’elle se produit.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – Mon intention n’est pas de prendre aux économistes leur objet, mais de prendre pour objet, avec les instruments ordinaires des sciences historiques, un objet ordinairement considéré comme économique : l’achat d’une maison. Ce qui oblige à découvrir que, pour comprendre une transaction à la fois tout à fait singulière et parfaitement banale, il faut reconstruire l’ensemble des décisions qui ont défini la politique de crédit (aux particuliers, mais aussi aux entreprises de construction), c’est-à-dire, entre autres choses, l’histoire des confrontations, dans le cadre des commissions, entre des banquiers et des hauts fonctionnaires plus ou moins enclins à adopter la vision néolibérale selon leur trajectoire scolaire et leur corps d’appartenance.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – Autant de choses que les modèles économiques ignorent au nom du droit à l’abstraction…

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – Oui. M. Camdessus, dont il est question, comme de beaucoup d’autres personnages connus, dans mon livre, invoque toujours l’économie (que sans doute il ne lit guère), mais les économistes ne font aucune place dans leurs modèles à M. Camdessus, même quand celui-ci a travaillé très directement à produire l’objet de leurs calculs. L’État, que l’on aime à opposer au marché, est présent, très pratiquement, dans le marché. Le vendeur de maisons Bouygues qui aide le client potentiel à remplir un dossier de demande de crédit agit, sans le savoir complètement, en agent de la banque et aussi de l’État, qui lui délègue tacitement une part de l’autorité qu’il exerce sur le client.

pointg.gif (57 octets) N. O. – À ce propos, je vous ai trouvé un peu audacieux de balayer en un paragraphe la distinction entre État et société civile.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - Mais on voit bien que des agents que l’on rangerait sans discuter du côté de la « société civile », comme les vendeurs de telle ou telle entreprise privée, sont en fait habités par la pensée d’État et agissent en mandataires officieux de l’État.

pointg.gif (57 octets) N. O. – En fait, de proche en proche, ce sont tous les dogmes de la doctrine économique que vous cherchez à dynamiter : l’offre et la demande, le choix rationnel des individus…

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – Ce que l’on découvre en effet, lorsque l’on s’intéresse aux conditions réelles du fonctionnement des échanges économiques, c’est que l’offre comme la demande telles qu’elles peuvent être appréhendées à un moment donné sont des constructions sociales. La demande, parce qu’elle dépend pour une part très importante de l’aide de l’État sous ses différentes espèces, qui sont associées à des philosophies sociales très différentes (par exemple, l’aide à la personne que les néolibéraux, Valéry Giscard d’Estaing et d’autres, ont substituée à l’aide à la pierre, dans les années 70, avec la complicité d’une fraction de la haute fonction publique dont la conversion au néolibéralisme ne date pas d’aujourd’hui, était censée favoriser l’attachement à la propriété privée, contre le collectivisme des grands immeubles collectifs). L’offre, parce qu’elle dépend aussi des formes de crédit que les banques, avec le soutien de l’État, accordent aux différentes catégories de constructeurs.
Mais ce n’est pas tout : comprendre réellement l’offre, c’est l’appréhender en tant que structure, ou, plus précisément – pardonnez-moi d’être un peu compliqué -, c’est saisir les offreurs, appréhendés dans leur diversité et leur dispersion extrêmes, depuis la grande entreprise de production industrielle de maisons préfabriquées produisant plusieurs milliers de maisons par an jusqu’au petit artisan offrant quelques maisons sur un marché strictement local, comme un champ, c’est-à-dire comme le lieu de rapports de force qui déterminent et délimitent les relations de concurrence entre les différentes entreprises et ceux qui les dirigent.

pointg.gif (57 octets) N. O. – Au fond, c’est la notion d’ « individu » telle que l’accepte l’économie néoclassique que vous voulez mettre en question.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – Ce n’est là qu’un des nombreux cas où l’ignorance des acquis les plus élémentaires des autres sciences sociales conduit les économistes à accepter sans discussion les représentations du sens commun. Pourtant, le terrain des pratiques économiques est sans doute une des meilleures occasions de montrer que ce que nous appelons l’individu, avec ses besoins, ses propensions, ses dispositions, ses aptitudes, est un produit de l’histoire, individuelle et surtout collective. C’est Bergson, pourtant peu suspect de sociologisme, qui disait : « Il faut plusieurs siècles pour produire un utilitariste comme Stuart Mill. » Ce que j’appelle l’habitus économique est ce collectif incorporé en chacun de nous qui fait que nous sommes grosso modo adaptés au monde économique dont nous sommes les produits.

pointg.gif (57 octets) N. O. – Ne craignez-vous pas qu’on vous accuse de tomber dans une vision déterministe ?

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – Ce reproche serait particulièrement mal venu de la part de ceux qui invoquent sans cesse l’inéluctabilité des lois des marchés financiers.

pointg.gif (57 octets) N. O. – Vos deux livres se terminent par un élargissement de l’analyse au plan international. Vous analysez, Pierre Bourdieu, le passage du champ national au champ international tandis que vous vous interrogez, Frédéric Lebaron, sur l’apparente légitimation scientifique mondiale que le prix Nobel donne aux théories économiques (on est étonné d’apprendre en vous lisant que le prix Nobel d’économie n’est pas un vrai prix Nobel, mais a été créé par une banque).

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – Oui, par la banque centrale suédoise, en 1968. Et ce n’est pas tout à fait un hasard. Ces instances, devenues toujours plus « indépendantes »…

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – …indépendantes surtout des États et des citoyens, évidemment…

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – …ont vu leur pouvoir s’accroître considérablement durant les dernières années, en fondant leur légitimité, au moins partiellement, sur le savoir économique. La Banque centrale européenne ne contrôle pas seulement les taux directeurs – ce qui a des répercussions considérables sur la dynamique socio-économique dont nous risquons d’avoir un aperçu dans les mois qui viennent. Elle exige le respect de normes budgétaires strictes qui limitent le recours à la dépense publique, veille à prévenir les « tensions inflationnistes », qu’elle voit plus dans les revendications salariales que dans la spéculation financière…
Quant au prix Nobel, il est valorisé autant en dehors qu’à l’intérieur du monde des économistes, car il accrédite l’idée que cette discipline est bien une science, comme la physique. Mais si l’on regarde les caractéristiques des « élus », on s’aperçoit que ce prix tend à reconnaître les travaux les plus en phase avec les forces économiques dominantes de chaque période. Durant les années 70, il consacre le plus souvent des keynésiens, interventionnistes, qui ont eu leur heure de gloire dans la période 50-60. Ensuite on assiste à un basculement vers le monde des marchés, notamment financiers, très visible dans les années 90. Le centre symbolique de la science économique mondiale se déplace alors vers Chicago, lieu d’expression de la forme la plus absolutiste de la foi dans les mécanismes de marché. L’évolution du prix Nobel n’est que l’indice d’un déplacement plus large du coeur du pouvoir économique.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – C’est ce qu’ont manifesté avec éclat ceux qui ont contesté l’attribution du faux prix Nobel à Milton Friedman, qui s’est fait connaître aussi pour quelques interventions politiques sans équivoque en faveur de régimes politiques sans équivoque.

pointg.gif (57 octets) N. O. – Le sous-titre du livre de Frédéric Lebaron parle des « économistes entre science et politique », et ça doit être compris comme une critique, mais vos livres présentent des analyses scientifiques qui m’ont semblé également très politiques.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. – Oui, à la différence de l’économie, qui se présente socialement comme une science fondamentale, mais qui est en réalité fondamentalement politique et au service des pouvoirs économiques, nous nous plaçons sur le terrain de la science, en sachant pertinemment que ce choix ne sera pas sans effets politiques et qu’il n’est pas politiquement neutre de vouloir faire œuvre scientifique, puisque cela signifie, notamment, affirmer la nécessité de l’autonomie de la recherche en sciences sociales par rapport aux pouvoirs et courir ainsi le risque d’être disqualifié par les nombreuses forces sociales hostiles à cette autonomie.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. – L’économie se veut une science pure et parfaite, comme les modèles mathématiques derrière lesquels elle dissimule ses présupposés, mais, paradoxalement, elle se voit aussi comme une science d’État et de gouvernement. La sociologie s’attire le soupçon, en grande partie parce qu’elle refuse de faire simplement (ou seulement) ce que les pouvoirs demandent le plus volontiers – par exemple, aujourd’hui, de donner les moyens de réparer les pots cassés par l’économie et, indirectement, par les économistes, en étudiant la drogue, la délinquance et toutes les manifestations de désintégration sociale, qui sont pour une grande part l’effet des politiques économiques.

Prendre pour objet l’économie néoclassique ou inviter les spécialistes des sciences historiques (à commencer évidemment par tous les économistes lucides sur les limites de leur orthodoxie) à lui prendre son objet, c’est faire un acte scientifique qui, étant donné le rôle éminent que l’orthodoxie néolibérale joue à la fois dans la « rationalisation » et dans la légitimation des politiques économiques les plus favorables aux détenteurs du pouvoir économique, est aussi, qu’on le veuille ou non – et je crois que nous le voulons -, un acte politique.

Propos recueillis par DIDIER ÉRIBON
Nouvel Observateur – N°1852, Semaine du 04 mai 2000.

Escrito por Eduardo Aquevedo

31 mayo, 2008 a 1:44

PIERRE BOURDIEU, LA EDUCACION Y LA CULTURA, C. Sánchez-Redondo

con un comentario


Se ofrece en este artículo una breve semblanza de la evolución de la carrera profesional P. Bourdieu, sus ideas y obras, centrándose especialmente en las referidas a Sociología de la Educación, en las que ha destacado con su teoría sobre la relación entre educación y clases sociales. Concretamente su teoría de la reproducción; su teoría de las clases sociales en un espacio social, con distintos tipos de capital, su volumen, estructura y trayectoria de clase; el papel de la cultura dominante, las diferentes estrategias de reconversión de las diferentes fracciones de clase, la superproducción y devaluación de los títulos escolares. También las luchas de poder en el campo universitario, su sociología de los gustos. Y muchas otras ideas y temas que aquí no pueden tratarse en orden a la brevedad.

Carlos Sánchez-Redondo Morcillo.
Profesor de la Escuela Universitaria de Magisterio de Toledo. UCLM.

En enero de este año 2002 moría a los 71 años de edad Pierre Bourdieu, seguramente el sociólogo actual más importante de Francia y uno de los más importantes del mundo, que ha ejercido notables influencias en otros autores. En él se han unido las figuras de profesor, de investigador, de teórico y, cómo no, de incansable escritor de sus ideas e investigaciones. Dentro del campo de la Sociología ha dedicado una parte de sus esfuerzos a la educación, por lo que es considerado, junto a otras cosas, como sociólogo de la educación, y muy importante. Este es el campo que nos interesa y al que dedicaremos mayor atención aquí.

Había nacido en 1930 en Denguin, tierras de Bearn, en Francia, en un hogar humilde. Tras cursar estudios en la Escuela Normal Superior, en los que destacó, y en la Facultad de Letras, ejerció a los 24 años como profesor de Filosofía en el Liceo de Moulins durante tres años, para después ejercer como profesor ayudante en la Facultad de Letras de Argel otros dos años, hasta 1960. Esta estancia en Argelia le sirvió para escribir acerca de ese país sus primeras obras en los primeros años 60, como veremos después en su bibliografía. En 1960 pasó a enseñar durante dos años en La Sorbone de París y a investigar en el Centre de Sociologie Européenne, que en aquel entonces estaba dirigido por Raymond Aron, en L’École Pratique de Hauts Études de París. Este centro será fundamental en la obra de Bourdieu, como veremos.

A partir de entonces comenzó a ocupar cargos directivos en diferentes centros y a dedicarse a la Sociología de la Educación, como veremos en la bibliografía. En 1962 fue nombrado Vicedecano de Ordenación Académica de la Facultad de Letras de Lille, pasando dos años después a ser el Director de Estudios de L’École Pratique antedicha (Escuela Práctica de Altos Estudios), institución en la que fundó en 1967 el Centre de Sociologie de l’Éducation et de la Culture.

Al año siguiente, 1968, sustituyó a Raymond Aron en la dirección de estudios del Centro de Sociología Europea, cargo que ha seguido ocupando, lo que le ofrecería grandes posibilidades profesionales, especialmente por la disponibilidad de muchas investigaciones realizadas no sólo por él mismo, sino por otros colaboradores de ese centro (entre ellos, Passeron y Chamboredon), por las posibilidades de difusión, y por el renombre de la institución, al que él mismo ha contribuido.

Durante esta década de los 60, especialmente 1964-65, escribió sus primeras obras de sociología de la educación, sobre la relación y comunicación pedagógica, y especialmente acerca de los estudiantes, su cultura y sus estudios. En 1968 una obra muy conocida sobre el oficio de sociólogo. También escribió sobre el arte, la fotografía y los museos, obras menos conocidas entre nosotros.

Los años 70 son cruciales en su obra sobre educación y en darse a conocer a través de las traducciones de sus primeras obras. Aquellos primeros estudios sobre los estudiantes culminarían en 1970 con la publicación, junto a su colaborador del Centro de Sociología Europea Jean Claude Passeron como coautor, de su famosísima obra La reproducción, traducida al español en 1977. En ella plasma su famosa teoría sobre el sistema de enseñanza, que para muchos es tan parecida a la teoría de la reproducción marxista, que es difícil distinguir ambas; si bien considero la de Bourdieu más completa, puesto que considera que el papel del sistema educativo es reproducir no sólo la estructura económica y social, sino también la cultura, e incluso autorreproducir la propia institución escolar.

Fue uno de los autores que se reunieron en Gran Bretaña junto con Michael Young, Basil Bernstein y otros para discutir sobre sus ideas acerca de la educación y dar un nuevo enfoque a la sociología, lo que daría origen al famoso libro compilado por Young (Knowledge and Control, 1971), que a su vez daría nombre a lo que se ha dado en llamar la Nueva Sociología de la Educación, dentro de la cual suele clasificarse a Bourdieu, aunque este asunto de su clasificación es difícil, como más adelante veremos.

En 1975 fundó y dirigió la prestigiosa revista Actes de la Récherche en Sciencies Sociales. Y en 1979 sale su obra La distintion, Critique sociale du jugement, que para mí es su mejor obra, por la multitud de ideas, de aspectos teóricos, de investigaciones empíricas de que echa mano; no sólo considero que aquí muestra sus dotes de sociólogo, sino de psicólogo social, cuando muestra las actitudes y actuaciones características de las diversas clases sociales. Pero dejaremos para más adelante los comentarios sobre esta obra.

Ya en los años 80 es un autor famoso, no sólo en Francia, sino en el mundo occidental al menos, pues sus ideas son conocidas gracias a las traducciones; en estos años (como no podía ser menos) continuará escribiendo. En 1981 empezará a trabajar como asesor sindicalista, por un lado, y como profesor de Sociología en el Colegio de Francia, por otro lado (curiosamente, su discurso inaugural sorprendió a los asistentes al tratar sobre una crítica a los discursos inaugurales). En 1985 el presidente de la República Francesa, François Miterrand, le encarga un estudio sobre el sistema educativo y las previsiones para el futuro, que daría origen a otro libro en el que participan varios autores (ver bibliografía). En 1988 es profesor visitante en la Universidad de Chicago; y al año siguiente funda otra revista, Liber, Revue Européenne des Livres.

Entre sus escritos de esta década destacaría algunas obras de sociología, aunque no de la educación, pero obras muy conocidas, como Le sens pratique, Questions de Sociologie, Leçon sur la leçon, Ce que parler veut dire, Homo academicus y Coses dites.

En 1993 colabora en la creación del Parlamento de los Escritores, de Estrasburgo. Ese mismo año recibe la Medalla de Oro del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, por su obra, considerada como la mayor contribución de un autor francés a la sociología actual. En cuanto a sus escritos de los 90, destacar en 1992 una obra sobre antropología reflexiva (hizo también una contribución con un artículo a un libro, Antropología de la Educación, que ya había editado años antes como Sociología de la Educación, lo que, en mi opinión, es criticable) y otra sobre las reglas del arte en el campo literario; al año siguiente otra obra bastante conocida, La misère du monde; sobre la televisión; una sociología de los usos sociales de las ciencias; y sobre la dominación masculina (ver bibliografía).

Como vemos, Bourdieu ha tocado varios campos de la sociología, especialmente a destacar sobre esta misma ciencia, sobre distintos campos artísticos y sobre educación. Su extensa obra es reconocida en muchos países, entre ellos España, y ha merecido con creces la medalla de oro otorgada en su país en 1993. Su nombre solía aparecer muy a menudo en la prensa francesa, especialmente cuando criticaba la economía de libre mercado, la invasión neoliberal o las restricciones a la inmigración.

Su gran preocupación fue el poder social, pues consideraba que la sociedad es un campo de feroz competencia por la posición social, por la consecución de los distintos capitales de que habla su teoría de las clases sociales; es una especie de lucha de clases por el poder en una sociedad en la que existen diferencias entre grupos y clases sociales. Y en todo esto la cultura y la educación tienen un papel importante para la reproducción de esas diferencias.

En fin, Bourdieu nos ha dejado muchas ideas y conceptos bastante originales y polémicos. A nosotros lo que más nos interesan son sus ideas sobre educación, en las que centraremos nuestros comentarios.

Algunas ideas sobre educación.

Aunque aquí comentaré algunas otras obras de Bourdieu, yo destacaría por un lado las ideas contenidas en su obra La reproducción, y, por otro lado, y sobre todo, en La distinción, si bien ésta última no sólo contiene ideas sobre educación, sino muchas otras, que veremos más adelante.

1. En Los estudiantes y la cultura, un librito fácil de leer, tanto por su poca extensión como por su lenguaje fácil (al lado de otros libros posteriores suyos), comienza a elaborar sus ideas sobre la controversia igualdad-desigualdad en educación. En contra de la teoría funcionalista de la igualdad de oportunidades educativas, y en la línea del funcionalismo crítico de Coleman, Jencks o Boudon, que pusieron sobre el tapete otros factores (aparte de los individuales de la capacidad y del esfuerzo) sociales y familiares de rendimiento escolar, Bourdieu entiende que existe desigualdad, pues el éxito escolar se distribuye según la clase social de que provengan los estudiantes, en gran parte debido al diferente bagaje cultural (de clase social) de cada uno y su relación con la cultura dominante (la de la clase alta). Son los primeros pasos para elaborar posteriormente su teoría de la reproducción

“La ceguera ante las desigualdades sociales obliga y autoriza a explicar todas las desigualdades, especialmente en materia de éxito escolar, como desigualdades naturales, desigualdades de dotes. Semejante actitud está implícita en la lógica de un sistema que, por reposar en un postulado de igualdad formal de todos los alumnos –postulado que es condición previa de su funcionamiento- está incapacitado para reconocer otras desigualdades que las que provienen de las dotes individuales. Tanto en la enseñanza propiamente dicha cuanto en la selección de los que se muestran aptos, el profesor no reconoce más que alumnos iguales en derechos y en deberes” (Bourdieu y Passeron, 1973, 101). Es lógico pensar que los hijos de clase social alta estén en ventaja en el sistema escolar, porque ellos ya están inmersos desde su entrada en él en la cultura dominante; mientras que los hijos de clases dominadas sufren en la escuela una aculturación a una cultura distinta a la suya propia, lo cual les exige un esfuerzo de adaptación y asimilación. “La cultura de la élite está tan cerca de la cultura de la Escuela que el alumno que procede de un medio pequeño-burgués (y a fortiori si procede de un medio campesino u obrero) no puede adquirirla sino a base de un esfuerzo continuado, mientras que a un alumno de clase culta…le vienen dados por su posición social. De modo que para unos, el aprendizaje de la cultura de la élite es una verdadera conquista que se paga a un precio muy alto, mientras que, para otros, constituye una herencia que comporta, al mismo tiempo, la facilidad y las tentaciones de la facilidad (Bourdieu y Passeron, 1973, 51).

“Los estudiantes de clases cultas son los mejor (o los menos mal) preparados para adaptarse a un sistema de exigencias difusas e implícitas, porque poseen, implícitamente, los medios de satisfacerlas…

Hay una evidente afinidad entre la cultura escolar y la cultura de la clase alta” (Bourdieu y Passeron, 1973, 109).

2. Sobre La reproducción, he de decir que al leerlo me produjo una sensación de pesadez, al ver tantos párrafos tan parecidos repetidos varias veces para ir desarrollando sus ideas; lo que hace necesario concentrar mucho la atención para ver las diferencias entre un párrafo y otro y entender las ideas. Y esto a pesar de que él muestre unos gráficos (págs. 42-43) para ayudar al lector a entender cómo se organiza el conjunto de proposiciones que presenta, representando las relaciones lógicas y las correspondencias entre las proposiciones del mismo grado (de una proposición de primer nivel –1,2,3,4, en la que una lleva a la siguiente- se derivan proposiciones de segundo nivel –1.1, 1.2, 2.4, 2.5, etc. que se interrelacionan- y de las cuales se derivan otras proposiciones de tercer nivel –1.1.1, 1.1.2, 3.2.5, 3.2.6, etc. que se interrelacionan-. Para a continuación ir desplegando el conjunto de tales proposiciones en forma de párrafos.

Sin embargo, las ideas conten idas en esta obra son importantísimas, ya que en ellas elabora su teoría, por la que ha sido conocido el autor. Por otro lado, en este libro comienza a verse el lenguaje del autor, con párrafos relativamente largos, frases largas y lenguaje muy específico y poco habitual para neófitos.

Por supuesto, en este punto Bourdieu se muestra contrario a las teorías que entienden que la escuela enseña “la cultura de la sociedad”; por el contrario, lo que enseña es la cultura de un grupo o clase social determinado que ocupa una posición de poder en la estructura social; lo que se reproduce a través de cualquier acción pedagógica es una arbitrariedad cultural.

“Estas teorías que, tal como puede observarse en Durkheim, se limitan a extrapolar a las sociedades divididas en clases la representación de la cultura y de la transmisión cultural más extendida entre los etnólogos, se funda en el postulado tácito de que las diferentes AP (acciones pedagógicas) que se ejercen en una formación social colaboran armoniosamente a la reproducción de un capital cultural concebido como una propiedad indivisa de toda la ‘sociedad’. En realidad, por el hecho de que corresponden a los intereses materiales y simbólicos de grupos o clases distintamente situados en las relaciones de fuerza, estas AP tienden siempre a reproducir la estructura de la distribución del capital cultural entre esos grupos o clases, contribuyendo con ello a la reproducción de la estructura social: en efecto, las leyes del mercado donde se forma el valor económico o simbólico, o sea, el valor como capital cultural, de las arbitrariedades culturales reproducidas por las diferentes AP (individuos educados), constituyen uno de los mecanismos, más o menos determinantes según el tipo de formación social, por los que se halla asegurada la reproducción social, definida como reproducción de la estructura de las relaciones de fuerza entre las clases” (Bourdieu y Passeron, 1977, 51).

Considera, por tanto, no sólo la reproducción socio-económica de la sociedad capitalista, en el sentido marxista, sino la reproducción cultural y la autorreproducción de la institución escolar. “…es necesario producir, por los propios medios de la institución, las condiciones institucionales cuya existencia y persistencia (autorreproducción de la institución) son necesarias tanto para el ejercicio de su función propia de inculcación, como para la realización de su función de reproducción de una arbitrariedad cultural de la que no es el productor (reproducción cultural), y cuya reproducción contribuye a la reproducción de las relaciones entre los grupos o las clases (reproducción social)” (Bourdieu y Passeron, 1977, 95). La escuela, por tanto, cumple una función cultural al inculcar, transmitir y conservar la cultura (por supuesto, la cultura dominante); rutiniza la cultura escolar, codificando, homogeneizando y sistematizando el mensaje escolar y a quien lo transmite. Otra función social, al reproducir la estructura social y sus relaciones de clase. Y una función ideológica, al enmascarar esa función social bajo la apariencia de ser autónoma, independiente y neutral; y cuanto mejor aparente esto la escuela, mejor realiza esas funciones.

Y todo ello se realiza en última instancia, de la mano del agente (seguramente inconsciente) que es el profesor, del cual el sistema escolar se asegura de que ponga todos sus recursos y celo al servicio de su función (de inculcación), al concederle la delegación de la autoridad institucional de la escuela en su autoridad pedagógica.

“El profesor debe estar dotado por la institución de los atributos simbólicos de la autoridad ligada al cargo…La libertad que el sistema de enseñanza deja al profesor es la mejor forma de obtener de él que sirva al sistema…que sirva a la perpetuación de las relaciones establecidas entre las clases”"(Bourdieu y Passeron, 1977, 180-181).

El profesor ejerce sus funciones mediante sus acciones pedagógicas, como vimos en la cita anterior (1977, 51). Pero éstas están controladas por y sometidas a las clases dominantes, puesto que a través de ellas se enseña una arbitrariedad cultural; por ello, son instrumentos de dominación y de reproducción. Así, poder y cultura se alían para reproducirse. Al ser acciones pedagógicas impuestas, toda acción pedagógica se convierte en violencia simbólica.

Lo que se produce en el individuo cuando interioriza los principios de esa arbitrariedad cultural, son habitus, prácticas habituales intelectuales, morales y laborales, que perpetúan el poder social. Los primeros hábitos que adquirimos son los familiares y los de clase social; sobre éstos primeros hábitos sirven de base a cualquier otro adquirido posteriormente. En este sentido, la escuela selecciona y legitima un sistema de hábitos y prácticas sociales impuesto por una determinada clase; presenta unos valores y normas culturales de clase como si fueran universales. Estas cuestiones veremos más adelante que son muy desarrolladas en La distinción.

Finalmente, un aspecto concreto del capital cultural a tener en cuenta en su relación con el rendimiento escolar es el lenguaje utilizado por los estudiantes. Bourdieu trata aquí muy someramente lo que Bernstein desarrollará ampliamente en su teoría de los códigos lingüísticos. Nos dice que los profesores siempre tienen en cuenta el lenguaje que utilizan sus alumnos; que el lenguaje utilizado en la universidad está más o menos alejado del que es familiar ( el lenguaje materno) a los estudiantes provenientes de distintas clases sociales, por lo que su rendimiento está influido por su mayor o menor dominio del código de la lengua universitaria. Por tanto, el capital lingüístico de un individuo tiene mayor o menor valor en el mercado escolar según la distancia entre el dominio simbólico que exige la escuela y el dominio práctico del lenguaje que el estudiante debe a su primera educación de clase. En definitiva, que el lenguaje escolar es una de las mediaciones más ocultas por las que se establece una relación entre el origen social y el éxito escolar.

En definitiva, aparecen ya conceptos originales como “autoridad pedagógica impuesta”, “violencia simbólica”, “arbitrariedad cultural”, “capital cultural”, “legitimidad” o “control simbólico”, que se han difundido mucho en Sociología de la Educación.

3. En cuanto a La distinción. Una crítica social del gusto, he de decir que, por lo voluminoso, lo denso, y el lenguaje tan complejo que utiliza, es la obra de Bourdieu que más me costó leer y entender; y fue de la mano de Julio Carabaña en un curso de Doctorado. Esos párrafos tan largos, esas frases interminables a veces (de una página completa), tan difíciles de leer, tan cargadas de ideas que necesitan varias relecturas para poder entenderlas, tan necesitadas de reflexión; esas tablas estadísticas (algunas con fallos) y gráficos tan recargados. ¡Cuánto tiempo necesité para entenderlo! Pero cuando lo conseguí llegué a la conclusión de que es para mí, con mucho, la mejor obra de Bourdieu de las que yo he leído. Y así también han pensado muchos otros, puesto que la Asociación Internacional de Sociología incluyó esta obra entre las diez más importantes de Sociología del siglo XX.

En ella reitera muchas de las ideas expuestas en sus anteriores libros sobre educación y sobre clases sociales, y va más allá de ellas continuando con sus teorías. No sólo se trata de una sociología de la educación y de las clases sociales, sino, como dije anteriormente, de psicología social de las clases; no es, pues, solamente un libro sobre sociología de los gustos.

El libro se basa en muchos datos de encuestas (a pesar de los reparos que Bourdieu dice de ellas) realizadas por el Centro de Sociología Europea. La idea básica es que las clases altas siempre intentan distinguirse de las demás en sus gustos, prácticas y usos culturales; en definitiva, por su habitus de clase; mientras que las clases bajas siempre intentan imitar a las altas. Éstas últimas poseen el gusto puro, que es un don natural, y la cultura y la estética legítimas, la nobleza cultural; mientras que las clases bajas poseen el gusto bárbaro, la estética popular, no constituye su habitus, no es un don natural, si acaso es una naturalidad cultivada, es pura imitación que se nota artificial y por la cual las clases altas les consideran advenedizos, y, por ello, despreciados. Existe, pues, una relación entre la clase social y los gustos, prácticas y usos culturales.

Yo distinguiría dos grandes aspectos del libro: uno dedicado a los gustos, usos y prácticas culturales, y otro más concreto, referido a las prácticas de las diferentes fracciones de clase respecto al sistema escolar.

Sobre lo que en general puede decirse “los gustos” (que da subtítulo al libro) dedica gran parte de esta obra, exponiéndonos gustos y costumbres de las diferentes fracciones de clase sobre muchas artes, deportes, medios de comunicación e incluso ideas políticas. De todo ello nos pone numerosos ejemplos, basándose en investigaciones empíricas hechas en Francia, relativos a los diferentes deportes, tipo de música, de teatro, periódicos, comida y bebida, mobiliario y objetos del hogar, ideas políticas, etc., que gustan de practicar, consumir y disfrutar a unos y otros. Los ejemplos son traspasables a España y a cualquier otro país. Esta parte del libro resulta muy del gusto de la mayoría de los lectores, que pueden sentirse identificados con los usos y costumbres de una u otra clase social.

Veamos un párrafo al respecto (que ocupa completo más de una página):

“La aversión por los estilos de vida diferentes es, sin lugar a dudas, una de las barreras más fuertes entre las clases: ahí está la homogamia para testificarlo. Y lo más intolerable para los que se creen poseedores del gusto legítimo es, por encima de todo, la sacrílega reunión de aquellos gustos que el buen gusto ordena separar…no existe ninguna lucha relacionada con el arte que no tenga también por apuesta la imposición de un arte de vivir, es decir, la transmutación de una manera arbitraria de vivir en la manera legítima de existir que arroja a la arbitrariedad cualquiera otra manera de vivir” (Bourdieu, 1989, 54).

Por otro lado, aquí nos presenta una exposición detallada de su teoría del espacio social, su sistema de clases sociales (superiores o altas, medias y populares), o mejor dicho, de fracciones de clase (pequeña burguesía, nueva pequeña burguesía, alta burguesía, élite, fracciones dominantes, etc.) , utilizando para ello un gráfico a doble página en el que se disponen distintas profesiones, e incluso posición jerárquica dentro de una misma profesión, teniendo en cuenta tres dimensiones: volumen de capital, estructura de capital y trayectoria; es decir, cuánto tiene, de qué tipos de capital tiene, y el auge o decaimiento de la profesión en la sociedad y el consiguiente ejercicio de la misma de una generación a otra (envejecimiento o rejuvenecimiento, feminización o masculinización de la profesión).

Pongamos un ejemplo muy cercano, puesto que se refiere a la profesión que ejercemos. La profesión de profesor se divide en varias, según el nivel en que se enseña, con diferencias en cuanto al nivel escolar exigido, el nivel cultural, el status social que se otorga y el nivel económico que se paga; de modo que no ocupan la misma posición en el espacio social un maestro de Primaria que un profesor de Secundaria que un profesor universitario; irán ocupando posiciones cada vez más elevadas respectivamente.

En cuanto al “capital”, en La distinción expone los distintos tipos de que ya había hablado en obras anteriores; son los capitales cultural, económico, social y escolar. Los tres primeros pueden ser heredados, pues de padres a hijos puede traspasarse no sólo el capital económico, sino la cultura familiar desde el nacimiento, que es cultura de clase social, y también las relaciones e influencias sociales. Pero el capital escolar es el único que no puede heredarse; los padres no pueden pasar a sus hijos sus títulos escolares (aunque pueden influir, con diferentes estrategias, en que consigan unos u otros). Aún así, existe una relación entre capital escolar y conocimientos y prácticas culturales.

Lo más novedoso para mí, y para las teorías de las clases sociales de muchos autores, es la referencia al capital social, que pasa desapercibido para muchos.

Veamos el siguiente párrafo al respecto:

“Los poseedores de un fuerte capital escolar que han heredado un fuerte capital cultural y tienen a la vez los títulos y los cuarteles de nobleza cultural, la seguridad que de la pertenencia legítima y la naturalidad que asegura la familiaridad, se contraponen no sólo a los que se encuentran desprovistos de capital escolar y del capital cultural heredado…, sino también, por una parte, a aquellos que, con un capital cultural heredado equivalente, han obtenido un capital escolar inferior…, y por otra parte, a aquellos que, dotados de un capital escolar semejante, no disponían, en su origen, de un capital cultural tan importante y que mantienen con la cultura, que deben más a la escuela y menos a su familia, una relación menos familiar, más escolar” (Bourdieu, 1989, 80).

Lo interesante es lo que nos dice Bourdieu sobre lo que ocurría ya en esa época (años 70) en Francia, y que ahora ocurre y está a la vista de todo el mundo (no porque lo dijera él): la superproducción y consiguiente devaluación de títulos escolares. Puesto que la escuela otorga títulos, pero también status social, en principio todas las fracciones de clase utilizan la escuela para mantener o aumentar su posición social y su patrimonio; pero cada una lo hace con diferentes estrategias de reconversión. Así, por ejemplo, la nueva clase media invierte en cultura para mejorar su status, e intenta una orientación profesional de los estudios, marginando los tradicionales estudios humanísticos; la élite cultural intenta conservar su capital cultural y legitimarlo con títulos académicos para no perder su status y mantener su posición de privilegio, orientándose hacia estudios humanísticos, a los que defiende; la fracción de clase alta con buen volumen de capital económico intenta reconvertir parte del mismo en capital cultural, intentan relacionar los estudios universitarios con el mundo de los negocios; aunque quienes han obtenido gran capital económico sin tener ningún capital escolar ni cultural suelen orientar a sus hijos a “seguir el negocio” sin estudiar y a invertir en economía. “De hecho, las fracciones más ricas en capital cultural se inclinan a invertir preferentemente en la educación de sus hijos al mismo tiempo que en las prácticas culturales apropiadas para mantener y acrecentar su particularidad específica; las fracciones más ricas en capital económico relegan las inversiones culturales y educativas en beneficio de las inversiones económicas, mucho más, sin embargo, los patronos industriales y comerciales que la nueva burguesía de los cuadros del sector privado, que manifiesta la misma preocupación por la inversión racional en el terreno económico como en el de la educación” (Bourdieu, 1989, 118).

Sobre este aspecto, veamos lo que escribe Bourdieu sobre el caso concreto de los maestros, que tienden a invertir en capital escolar principalmente: “…aquellos que deben lo esencial de su capital cultural a la Escuela, como los maestros y los profesores originarios de las clases populares y medias, se muestran particularmente sumisos a la definición escolar de la legitimidad y tienden a proporcionar sus inversiones, de manera muy estricta, al valor que la Escuela reconoce en los diferentes dominios” (Bourdieu, 1989, 86).

En definitiva, cada clase social tiene su “ethos” característico, cuyos valores determinan sus actitudes hacia la cultura y hacia la educación; este ethos es decisivo en el ingreso y permanencia en el sistema educativo, ya que determina los estudios del individuo antes de comenzarlos. Pero, al final, prácticamente todas las fracciones de clase orientan a sus hijos hacia los estudios, invierten en capital escolar para conseguir capital económico, cultural y social. Lo cual nos recuerda aquella teoría funcionalista de la igualdad de oportunidades educativas y de la educación como inversión.

A este fenómeno se añade el que unas fracciones de clase están mejor informadas que otras sobre las salidas profesionales de cada carrera, su rentabilidad económica (el sueldo que se gana ejerciendo esa profesión) y el status social que otorga. En este caso, las fracciones de clase alta están mejor informadas, y orientan a sus hijos hacia las carreras más rentables, aunque sean más caras, largas y difíciles de estudiar; mientras que las fracciones de clase baja no suelen tener esa información, y orientan a sus hijos simplemente hacia estudios universitarios (lo cual ya es una gran ventaja sobre los padres, que apenas tienen estudios), dando por supuesto que obtendrán una buena profesión con la que ganarán buen dinero y posición social. De aquí que las distintas fracciones de clase orientan a sus hijos hacia diferentes estudios. Esto es lo que otros autores han denominado “carreras de élite y carreras de aluvión”. Así, quienes más rentabilidad obtienen del sistema escolar son las clases altas.

“Entre las informaciones constitutivas del capital cultural heredado, una de las que más valor tienen es el conocimiento práctico o intelectual de las fluctuaciones del mercado de las titulaciones académicas, el sentido de la inversión que permite obtener el mejor rendimiento del capital cultural heredado en el mercado laboral o del capital escolar en el mercado laboral, sabiendo, por ejemplo, abandonar a tiempo las vías o carreras devaluadas para orientarse hacia vías o carreras de porvenir, en lugar de aferrarse a los valores escolares que procuraban los más altos beneficios en un estado anterior del mercado” (Bourdieu, 1989, 140).

De todos modos, la consecuencia de que todos estudien es la superproducción de títulos escolares: salen más titulados de los que la sociedad necesita en su mercado laboral. Es el desajuste de que hablaron los funcionalistas, y es también lo que otros autores han denominado “la universidad, fábrica de parados”. Tal superproducción ocasiona una devaluación de los títulos en el mercado laboral, de modo que un titulado tiene cada vez más difícil conseguir el puesto de trabajo correspondiente a este título; cada promoción lo tiene más difícil que la anterior; si en los años 60 un titulado universitario tenía relativamente fácil (nunca lo ha sido) conseguir ese trabajo, en la actualidad es mucho más difícil. Aunque existen diferencias entre unas carreras y otras, pues mientras unas tienen fácil salida profesional por el equilibrio entre oferta y demanda laboral, otras carreras, superpobladas y con pocas salidas profesionales, sufren tal devaluación mucho más.

Pero no acaba aquí el círculo vicioso de las consecuencias, puesto que, porque los títulos valen cada vez menos, los estudiantes que luchan contra esto (especialmente de carreras de aluvión) intentan conseguir aún más títulos y diplomas, embarcándose en más estudios (un segundo título universitario, una segunda especialidad, doctorados, masters, cursos, cursillos, etc.) para superar a los demás en la consecución del puesto de trabajo. Pero es que lo mismo han pensado y hecho otros muchos estudiantes, con lo que la competencia continúa. Entonces continúa la devaluación de títulos y diplomas.

“La entrada en la carrera y en la competencia por la titulación académica de fracciones que hasta entonces han utilizado poco la escuela, ha tenido como efecto obligar a las fracciones de clase cuya reproducción estaba asegurada principal o exclusivamente por la escuela, a intensificar sus inversiones para mantener la particularidad relativa de sus titulaciones y, correlativamente, su posición en la estructura de las clases, llegando a ser así la titulación académica y el sistema escolar que la otorga una de las apuestas privilegiadas de una competencia entre las clases que engendra un aumento general y continuo de la demanda de educación y una inflación de las titulaciones académicas” (Bourdieu, 1989, 130). En nuestro entorno actual (no en contexto en que escribe Bourdieu esta obra) tenemos un ejemplo cercano en los diplomados de Magisterio, obligados a adquirir más títulos y diplomas para conseguir méritos para el concurso-oposición o para pedir interinidad, lo que hace que muchos sigan una segunda especialidad, continúen en una licenciatura, y sigan todo tipo de cursillos.

Pero quizá lo peor de todo esto sea el desengaño general de los estudiantes hacia el sistema escolar, como consecuencia de todo esto. Bourdieu nos ofrece aquí un argumento que puede explicar en parte el actual desinterés por estudiar (en el sentido literal de esta palabra) y, por extensión, la rebeldía hacia cualquier institución social:

“La descualificación estructural que afecta al conjunto de los miembros de esta generación, destinados a obtener de sus titulaciones menos de lo que hubiera obtenido de ellas la generación precedente, se encuentra en la base de una especie de desilusión colectiva que lleva a esta generación engañada y desengañada a hacer extensiva a todas las instituciones la rebeldía unida al resentimiento que le inspira el sistema escolar. Esta especie de carácter anti-institucional…conduce, en última instancia, a una especie de denuncia de unos supuestos tácitamente asumidos en el orden social, a una suspensión práctica de la adhesión a las metas que éste propone, a los valores que profesa, y al rechazo de las inversiones, que constituye la condición sine qua non para su funcionamiento” (Bourdieu, 1989, 145). Pero, en definitiva, a pesar de las diferentes estrategias de reconversión entre las distintas fracciones de clase, todas tienden a utilizar la escuela como sistema de reproducción, y cada vez más.

En fin, son tantas y tantas cosas las que nos dice Bourdieu en esta magnífica obra, que no podemos analizar aquí todas ellas. Nos hemos limitado a las que más interesan en el mundo de la educación. En esta obra cualquier persona, perteneciente a cualquiera de las fracciones de cualquier clase social, puede sentirse identificado con algunas de las ideas que expone sobre sus gustos, usos, prácticas y estrategias educativas. Al menos, eso es lo que me ha pasado a mí; como en los siguientes párrafos:

“El pequeño-burgués realiza los sacrificios más importantes, si no los más patentes, en el orden de la sociabilidad y de las satisfacciones correlativas. Seguro de que no debe su posición más que a su propio mérito…La preocupación por concentrar los esfuerzos y reducir los costes conduce a romper los lazos, incluso los familiares, que constituyen un obstáculo para la ascensión individual” (Bourdieu, 1989, 341).

“Toda la existencia del pequeño-burgués ascendente es anticipación de un porvenir que no podrá vivir, en la mayoría de los casos, más que por procuración, por mediación de sus hijos, sobre los que ‘hace recaer –como suele decirse- sus ambiciones’…Puesto que está condenado a estrategias que necesitan varias generaciones, que se imponen siempre que el plazo de acceso al bien codiciado excede los límites de una vida humana, el pequeño-burgués es el hombre del placer y del presente diferidos, que se tomará más tarde ‘cuando tenga tiempo’, ‘cuando haya terminado de pagar’, ‘cuando se hayan terminado los estudios’, ‘cuando los hijos crezcan’, o ‘cuando se jubile’. Es decir, con la mayor frecuencia, cuando sea demasiado tarde, cuando, habiendo entregado a crédito su vida, ya no habrá tiempo para recuperar sus fondos y será necesario, como suele decirse, ‘rebajar sus pretensiones’ o mejor, ‘desistir de ellas’. No existe reparación para un presente perdido. Sobre todo cuando acaba de manifestarse …la desproporción entre las satisfacciones y los sacrificios” (Bourdieu, 1989, 357).

4. Para terminar con este punto, en Homo academicus trata un tema que hasta entonces había sido soslayado por la sociología, y en particular la de la educación; el mundo del profesorado universitario, que el sociólogo, que está dentro de él, debe intentar objetivar. Bourdieu considera la Universidad (al menos la francesa, a la que se refiere en concreto su estudio) como un campo de enfrentamiento entre varios poderes, relativos a las diferentes trayectorias sociales y académicas y a las producciones de cada uno; constituye un espacio de posiciones y de “especies” del profesor universitario. En este espacio se plasma la estructura de la distribución de diferentes especies de poder.

Ese poder se manifiesta de diversas maneras: en los conflictos y luchas entre Facultades, entre unas ciencias y otras, entre unas y otras disciplinas; en la acaparamiento de más o menos horarios de clases, recursos económicos y personales; en la reproducción del cuerpo de profesores universitarios, en la endogamia del cuerpo, en la separación de los adversarios. El mundo universitario es, en definitiva, un campo de luchas de poder entre individuos que ocupan distintas posiciones en el espacio no sólo académico, sino también social, ya que el tener más o menos poder en la universidad no se debe sólo a la valía y prestigio como profesor o investigador, sino también a las relaciones sociales de poder del individuo en cuestión, que a su vez se deben, en parte, a aquella posición académica.

Los profesores universitarios son, al fin y al cabo, personas que toman una postura intelectual determinada, pero también una postura social y política; y esto ocurre siempre, tanto en períodos de equilibrio como de crisis.

A partir de este estudio, otros autores han escrito sobre las luchas de poder en el mundo del profesorado universitario

A la vista de todo esto, ¿cómo clasificar a Bourdieu?

Es difícil encajar las ideas de Bourdieu en un enfoque sociológico concreto, tanto por las muchas ideas que expresa a lo largo de sus muchos escritos, como por la misma evolución de ellas.

Por un lado, tiene algo de funcionalista, especialmente en su corriente crítica, al resaltar las desigualdades sociales en educación debidas a factores de clase social. Por su propio lenguaje, y por conceptos e ideas sobre la legitimidad, ideología, cultura dominante, reproducción, bien podría ser considerado marxista. Por su centralidad en la cultura de clase y en la dominación puede ser considerado como weberiano. Por sus relaciones con Young, Bernstein y otros, y su participación en el libro que dió origen a la Nueva Sociología de la Educación, y por sus ideas sobre el poder y control en la transmisión del conocimiento escolar, puede ser encuadrado dentro de ésta. Y así podríamos seguir.

Entonces, ¿dónde encuadrarle? Veamos lo que él mismo nos dice en Cosas dichas. Concretamente recibe influencias de Marx, Durkheim y Weber, de los que escribe que “representan puntos de referencia que estructuran nuestro espacio teórico y nuestra percepción de este espacio” (Bourdieu, 1988, 40). Y etiqueta su propio trabajo de “estructuralismo constructivista” o “constructivismo estructuralista”, entendiendo estructuralismo o estructuralista en el sentido de que en el mundo social existen estructuras objetivas independientes de la conciencia y de la voluntad de los agentes, que son capaces de orientar o de coaccionar sus prácticas o representaciones; y por constructivismo o constructivista quiere decir que hay una génesis social de una parte de los esquemas de percepción, de pensamiento y de acción, que constituyen el habitus, y de otra parte, existen estructuras, particularmente campos o grupos, de las clases sociales (Bourdieu, 1988, 127).

Todo ello hace difícilmente clasificable a este autor; aunque, como él mismo opina,

“…la respuesta a la cuestión de saber si un autor es marxista, durkheimiano o weberiano no aporta casi ninguna información sobre este (cualquier) autor…Uno de los obstáculos para el progreso de la investigación es este funcionamiento clasificatorio del pensamiento académico, y político, que a menudo prescribe la invención intelectual impidiendo la superación de las falsas antinomias y las falsas divisiones. La lógica de la etiqueta clasificatoria es exactamente la del racismo, que estigmatiza al encerrar en una esencia negativa. En todo caso, constituye, a mi modo de ver, el principal obstáculo para lo que me parece ser la justa relación con los textos y con los pensadores del pasado…

(tengo con los autores) “…relaciones muy pragmáticas: recurro a ellos como a compañeros en el sentido de la tradición artesanal…a quienes se puede pedir una ayuda momentánea en las situaciones difíciles…Se toma la riqueza allí donde se la encuentra…La función de la cultura es designar a los autores en quienes se tienen posibilidades de encontrar ayuda…Es posible servirse de ella (la cultura) como de una caja de herramientas, más o menos inagotable (Bourdieu, 1988, 38-39).

Párrafo éste que encuentro muy interesante, con el que estoy de acuerdo, pues considero no siempre positivo el afán de clasificar a un autor dentro de una corriente teórica, y más cuando un autor polifacético es difícilmente clasificable. Este afán deriva, sin duda, del mundo académico, que exige, en bien de la mejor docencia, poner en cuadros todo aquello que pueda ser encuadrado, se supone que para un mejor recuerdo y comprensión de quienes están aprendiendo. Pero, ¿por qué empeñarse siempre en ello?

Valoración final de Bourdieu.

Indudablemente, como dijimos al principio, Bourdieu es considerado hoy como uno de los sociólogos actuales más importantes; su obra ha trascendido no sólo su país, sino incluso Europa, y en España tiene fervientes seguidores. Ha escrito muchos artículos y libros sobre temas muy variados de la sociología, especialmente centrándose en ésta misma como ciencia y en el trabajo de sociólogo, en diversas manifestaciones artísticas y en la educación. Si bien, considero que su obra no sólo es sociología, sino a veces psicología social de clases o de grupos sociales, filosofía social y de la educación, e incluso (aunque yo no estoy muy convencido de ello) inicios en la antropología. Debido a esta amplitud literaria del autor aquí sólo nos hemos centrado en algunas de sus obras, especialmente relacionadas con la educación.

Hemos visto como, tanto a la vista de sus obras como de sus propias confesiones ha sido influido por varios autores, entre los que destacan Marx, Durkheim y Weber; si bien, yo destacaría las influencias del primero y del último, visibles tanto en sus ideas como en su lenguaje. Pero esto no acota la clasificación del autor dentro de una corriente teórica, pues se ha dicho de él que es, aparte de marxista o weberiano, estructuralista, de la Nueva Sociología de la Educación británica (aunque él no sea británico, pero colaboró en su fundación). Pero para mí como para el propio Bourdieu, ¿por qué empeñarse en clasificar a un autor? ¡Estúdiense sus ideas!

Autor que ha gustado de exhibir en muchas de sus obras unas ideas y un lenguaje que creen polémica, un lenguaje incluso cáustico a veces, enrevesado parece que a propósito; lo que hace la lectura de algunas obras algo difícil. Ha elaborado conceptos originales e ideas que han tenido influencia sobre otros autores.

En el terreno de la Sociología de la Educación, Bourdieu ha destacado por llamar la atención, en la línea del funcionalismo crítico, sobre los factores sociales y familiares de la trayectoria escolar de estudiantes de diferentes clases sociales, sobre el papel de la escuela en la reproducción cultural, y de ahí la social y económica, la función de los profesores, de los exámenes, el lenguaje escolar, sobre las luchas de poder en la universidad, sobre las distintas estrategias de reconversión de diferentes clases sociales respecto del sistema escolar, sobre la sobreproducción y devaluación de los títulos escolares en el mercado laboral, y un largo etcétera, por no hacer una lista interminable.

De él (y de su colaborador Passeron) escribió Lerena (¿por qué tengo la impresión de que Bourdieu y Lerena se parecen en muchas cosas?), que sólo pudo leer algunas de sus obras, hasta las de los años 80, debido a su temprana muerte:

“…el desarrollo más significativo de la Sociología de la Educación…un brillante esfuerzo de formalizar una teoría que antes y después de esta obra es objeto de múltiples investigaciones…Esta orientación representa, en mi criterio, el punto más alto de la actual sociología de la educación, tanto por su valor teórico como por su rigor empírico…representa la mejor tradición sociológica –Durkheim, Weber y Marx- al servicio de la nueva sociología…Bourdieu trata de incorporar el mundo de la educación y de la cultura a la reflexión sociológica en profundidad, de tal modo que la consideración de ese mundo se constituya en uno de los ejes centrales de la sociología a secas” (Lerena, 1985, 213-214).

Pero ¿es que todo en él es bueno?, ¿no puede criticársele nada? ¡Claro que sí! Se le ha criticado la excesiva abstracción de su sistema teórico; su relativismo cultural, pues junto a la cultura dominante existen otras, como la popular y entre ambas se dan contradicciones; el olvido de las resistencias y problemas que encuentra la transmisión de la cultura burguesa a los hijos de las clases populares; el que los dominados pueden aprovechar la experiencia de la escuela, controlada por las clases altas, para reforzar sus posiciones de lucha social. Se ha dicho de él que su obra parece un “funcionalismo de lo peor” o un “hiperfuncionalismo del revés”.

También se le ha criticado los conceptos de violencia simbólica y de acción pedagógica impuesta, crítica a la que me sumo: Todo en la vida del ser humano consiste en socialización de unos a otros, especialmente –como dijo Durkhjeim- de los adultos hacia los niños y jóvenes, intentando eliminar la parte animal que tenemos y haciéndonos sociales. Así se nos enseñan muchas actitudes, conductas y conocimientos. ¿Es una imposición?, ¿se ejerce una violencia sobre el socializado o sobre el estudiante cuando se le enseña? Entonces habría que decir que se le violenta o impone cuando se le enseña a comer con cuchara y tenedor, a asearse, a hacer sus necesidades en determinado sitio y momento, a leer y escribir, y así un largo etcétera. Pero es que esta es la forma de transmitir unas cosas a otros.

Algunos dicen de él que fue un hipócrita por criticar el sistema escolar y la vida intelectual y universitaria de Francia (quizá por haber sido en un principio rechazado por los círculos intelectuales de París), cuando él mismo, de origen social humilde, fue formado en ese sistema y ha sido uno de los intelectuales universitarios con más éxito.

Por mi parte, yo le criticaría también el haber editado un artículo que había catalogado como sociología de la educación, como antropología de la educación años después.

Sea como sea, el magnífico y polémico Bourdieu ha muerto. Esperamos que su obra continúe fomentando el interés por la sociología y por la educación en asuntos tan discutidos como los que él ha tratado, y sea estudiado y continuado por otros autores. Descanse en paz.

Bibliografía de Bourdieu (sólo libros).

Sociologie de l’Algérie. Presses Universitaires de France (P.U.F.), Paris, 1961.

Travail et travailleurs en algérie. Mouton, Paris-La Haye, 1963.

Le deracinement. La crise de l’agriculture traditionelle en Algérie. Minuit, Paris, 1964.

Les héritiers. Les étudiants et la culture. Minuit, Paris, 1964.

Los estudiantes y la cultura. Labor, Buenos Aires, 1973.

Rapport pédagogique et communication. Mouton, Paris, 1965.

Un art moyen. Essai sur les usages sociaux de la photographie. Minuit, Paris, 1966.

L’amour de l’art. Les musées d’art et leur public. Minuit, Paris, 1966.

Le metier de sociologue. Mouton-Bordads, Paris, 1968.

El oficio de sociólogo. Siglo XXI, Madrid, 1976.

La reproduction. Eléments pour une théorie du système d’enseignement. Minuit, Paris, 1970.

La reproducción .Elementos para una teoría de la enseñanza. Laia, Barcelona, 1977.

Mitosociología. Fontanella, Barcelona, 1975.

Esquisse d’une théorie de la pratique, precedé de tríos études e’ethnologie kabyle. Droz, Génève, 1972.

Algérie 60. Structures économiques et structures temporelles. Minuit, Paris, 1977.

La distintion. Critique sociale du jugement. Minuit, paris, 1979.

La distinción. Taurus, Madrid, 1089.

Le sens pratique. Minuit, Paris, 1980.

El sentido práctico. Taurus, Madrid, 1990.

Questions de sociologie. Minuit, Paris, 1980.

Travaux et projects. Centre de Sociologie Européenne, Paris, 1980.

Leçon sur la leçon. Minuit, Paris, 1982.

Ce que parler veut dire. L’économie des échanges linguistiques. Fayard, Paris, 1982.

Campo de poder y campo intelectual. Folios, Buenos Aires, 1983.

Homo academicus. Minuit, Paris, 1984.

Coses dites. Minuit, Paris, 1987.

Cosas dichas. Gedisa, Barcelona, 1988.

La noblesse d’État. Grandes écoles et esprit de corps. Minuit, Paris, 1989.

Réponses. Pour une anthropologie reflexive .Du Seuil, Paris, 1992.

Les regles de l’art. Génèsse et structure du champ litéraire. Seuil, Paris, 1992.

La misère du monde. Seuil, paris, 1993.

Libre-échange. Seuil, Paris, 1994.

Raisons pratiques. Sur la théorie de l’action. Seuil, Paris, 1994.

Sur la televisión. Liber-Raisons d’Agir, Paris, 1996.

Méditations pascaliennes. Seuil, paris, 1997.

Les usages sociaux de les sciences. Pour une sociologie clinique du champ scientifique. INRA, Paris, 1997.

Conte-feux: Propos pour servir à la resístanse contre l’invasion néoliberale. Liber-Raisons d’Agir, Paris, 1998.

La domination masculine. Seuil, Paris, 1998.

Referencias bibliográficas.

ALONSO HINOJAL, I. (1980): Educación y sociedad. Las sociologías de la educación. C.I.S., Madrid.

FORQUIN, J.C. (1985): “·El enfoque sociológico del éxito y el fracaso escolares: Desigualdades de éxito escolar y origen social”. Educación y Sociedad, nº 3, pp. 203-205.

LERENA, C. (1985): Materiales de sociología de la educación y de la cultura. Zero, Madrid.

YOUNG, M.F.D. (1971): Knowledge and Control. New Directions for the Sociology of Education. Collier-McMillan, London.

Escrito por Eduardo Aquevedo

27 mayo, 2008 a 14:11

PIERRE BOURDIEU Y LA EDUCACION

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El sociólogo y antropólogo francés Pierre Bourdieu, se destaca, entre los grandes pensadores contemporáneos, por la importancia de su obra; en el conjunto de la misma sobresalen importantes estudios acerca de la educación. De hecho, hay entre sus trabajos varios análisis que privilegian la educación y los sistemas de enseñanza. Tales análisis permiten explicitar las implicaciones, disimuladas en la mayoría de los casos, de la educación formal e informal en los procesos de dominación simbólica.

por Mendes Catani, Afrânio ; Catani, Denice Barbara ; Pereira, Gilson R. de M.

Constituyéndose en objeto central cuyo examen permite evidenciar mecanismos del conocimiento social, la educación puede también esclarecer las formas por las cuales los agentes conocen las instituciones y se reconocen en ellas, y del mismo modo, cómo operan ese conocimiento y reconocimiento en lo que dice respecto a las producciones simbólicas (arte, ciencia, religión y otras). De acuer do con esta perspectiva, para Bourdieu (1987 a, p.295) “la sociología de la educación configura su objeto particular cuando se constituye como ciencia de las relaciones entre la reproducción cultural y la reproducción social, o sea, en el momento en que se esfuerza por establecer la contribución que el sistema de enseñanza ofrece en vistas a la reproducción de la estructura de las relaciones de fuerza y de las relaciones simbólicas entre las clases”. La palabra “contribución”, en este trecho es esencial para aprehender el espíritu de la sociología de la educación practicada por Bourdieu. Para ésta, la cuestión a ser investigada en cada caso particular–entendido siempre como “modalidad de lo posible”, esto es, “el invariante en la variante observada”– es siempre la contribución del sistema de enseñanza y la forma específica por la cual ésta se reviste para la reproducción de la estructura de las relaciones, simultáneamente de fuerza y simbólicas, entre todos los agentes sociales (grupos, clases, instituciones).

Bourdieu reiteró, de manera obsesiva, a lo largo de su obra, los beneficios heurísticos de la experiencia cruzada entre el “desenraizamiento de un universo familiar” y la “familiarización con un universo extranjero” (Miceli, 1999).

Era hijo de un modesto empleado de correos de la región de Béarn (Pirineos Atlánticos), nació en Denguim (1930) y falleció en París (2002); estudió primero en el Liceo de Pau, y luego en Paris, en el Liceo Louis-le-Grand. Sus estudios superiores los hizo en la Facultad de Letras y en la Escuela Normal Superior (ENS), núcleo de reclutamiento y formación de la élite intelectual francesa de esa época. El hecho es que Bourdieu se benefició del eficiente sistema público de enseñanza del país, consolidado a lo largo de la III República (1870-1940).

Graduado en filosofía, escribe que en los años 50, quando era estudiante, aquellos que se distinguían por una “brillante trayectoria” no podían, so pena de bajar de categoría, dedicarse a tareas prácticas, tan vulgarmente banales, como las del oficio de sociólogo (Bourdieu, 1992,p.176). En este mismo libro, unas líneas más adelante, agrega: es evidente que la conversión que experimenté para adherir a la sociología no era ajena a mi trayectoria social. Viví la mayor parte de mi juventud en una pequeña ciudad del suroeste de Francia. Y sólo pude satisfacer las exigencias de la institución escolar renunciando a muchas de mis primeras experiencias y adquisiciones, y no solamente a mi acento original (….) La etnología y la sociología me permitieron reconciliarme con mis primeras experiencias y asumirlas sin perder nada, creo, de aquello que adquirí posteriormente. Eso es algo no común entre los desertores, que experimentan con frecuencia un profundo malestar y a veces se avergüenzan de sus orígenes y experiencias originarias. La investigación que realicé a mediados de 1960, en aquella pequeña ciudad, me permitió descubrir más cosas acerca de mí que cualquier otra forma de introspección. (Bourdieu, 1992, p.1767).

Dio clases en el Liceo de Moulins (1954-1955), hizo el servicio militar en Argelia (1955-1958) quedándose dos años más en ese país, como profesor asistente en la Facultad de Letras de Argel (1958-1960). Su carrera posterior fue la siguiente: profesor en la Facultad de Letras de Lille (1961-1964), y a partir de 1964, director de estudios en la Escuela de altos Estudios de Ciencias Sociales, director del Centro de Sociología de la Educación y de la Cultura (Paris). En 1975 creó la revista Actas de la Investigación en Ciencias Sociales y en 1981, fue titular de la Cátedra de Sociología del Colegio de Francia, después de haber competido con Raymond Boudon y Alain Touraine.

En el conjunto de sus libros y artículos, Bourdieu combinó con talento tres de los llamados “padres fundadores” de la sociología que antes de él, tradicionalmente eran confrontados, a saber, Karl Marx, Émile Durkheim y Max Weber.

Sus actividades de investigación se iniciaron en Argelia, a fines de los años 50, luego con Jean-Claude Passeron, estudió los mecanismos escolares de reproducción social (Los herederos, 1964 y La reproducción, 1970) habiendo desarrollado “una obra multiforme en innumerables terrenos, siempre con la preocupación de que la elaboración teórica no fuese nunca totalmente separada del trabajo empirico”, integrando otros aspectos en sus reflexiones. “Es el caso, por ejemplo, de una obra colectiva organizada por él, La miseria del mundo (1993), centrada en la manera en cómo las formas de sufrimiento moldean la subjetividad de los individuos. Aquello que él llamó ‘constructivismo naturalista’ sintetiza bien la originalidad de su obra, particularmente en lo que respecta a los trabajos que fueron publicados desde fines de los años 70″ (Corcuff, 1997, p.37).

Bourdieu escribe en Cosas dichas que si tuviese que caracterizar su trabajo en pocas palabras, hablaría de un constructivismo estructuralista, tomando la palabra “estructuralismo” en un sentido muy diferente a aquel que le es dado por la tradición saussuriana o lévi-straussiana. Por estructuralismo o estructuralista, quiero decir que existen, en el propio mundo social y no solamente en los sistemas simbólicos, lenguaje, mito, etc., estructuras objetivas, independientes de la conciencia y de la voluntad de los agentes, que son capaces de orientar o de constreñir sus prácticas o representaciones. Por constructivismo, quiero dicer que hay, por un lado, una génesis social de los esquemas de percepción, de pensamiento y de acción que son constitutivos de aquello que llamo de habitus y, por otro lado, de las estructuras sociales, en particular de lo que llamo de campos y de grupos, y particularmente de lo que se acostumbra llamar de clases sociales (Bourdieu, 1987b,p. 147).

Creemos que algunas palabras deben ser dichas acerca de la Escuela Normal Superior, donde Bourdieu se formó. Fundada en 1794 e instalada en 1847 en el 45 de la calle de Ulm, del otro lado del Panteón y no lejos de la Sorbona, la Escuela tenía la función de reunir alumnos becarios con la finalidad de transformarlos en los mejores profesores de Francia en las más variadas áreas del conocimiento. En el libro de Nicole Masson, La Escuela Normal Superior. Los caminos de la libertad, figura una lista de normalistas que se hicieron célebres en diversos campos (astrofísica, biología, química, economía, edición, geografía, historia, industria, periodismo, lingüística, literatura, matemática, mineralogía, filosofía, física, política, psicoanálisis, sociología y teatro); Gérard Debreu (premio Nóbel de economía); Marc Bloch, Lucien Fèvre, Jacques Le Goff y Paul Veyne (historia); Georges Dumézil (lingüísitica); Jean Giraudoux, Roger Caillois, Paul Nizan, Jean Prévost y Romain Rolland (literatura); André Weil (matemática); Alain, Louis Althusser, Raymond Aron, Henri Bergson, Georges Canguilhem, Régis Debray, Jacques Derrida, Michel Foucault, Maurice Merleau-Ponty, Jean-Paul Sartre y Simone Weil (filosofía); Léon Blum, Jean Jaurès y Georges Pompidou (política); Didier Anzieu y Daniel Lagache (psicoanálisis); Raymond Boudon, Célestin Bouglé, Pierre Bourdieu, Émile Durkheim, Maurice Halbwachs, Marcel Mauss y Alain Touraine (sociología).

Vale resaltar que la Escuela Normal Superior tenía una característica básica, su papel de crisol social. Los costos de un curso de medicina o derecho excedían las posibilidades de las clases obreras y rurales, pero los profesores podían venir de abajo, gracias a las becas disponibles para la continuación de sus estudios. Escribiendo en la década del 20, Albert Thibaudet [autor de La república de los profesores] descubrió que entre ocho o nueve de cada diez alumnos de la Normal habían recibido becas. La persona podía haber nacido y haberse criado en una provincia distante y aún así ser aceptada en la Normal; una vez en el Khâgne [clase preparatoria literaria para la Normal], preparatorio, y después., en la Escuela, establecería los contactos que servirían para toda la vida. Para ingresar en la sociedad, era un medio tan bueno como haber sido criado en un barrio elegante de París. (Lottman, 1987,p.38).

Aún en la actualidad un/a joven francés/a que desee ser profesor/a encontrará en la Escuela Normal Superior condiciones bastante tentadoras: después de haber superado un riguroso proceso selectivo, firma un contrato con el Estado, a través del Ministerio de Educación, mediante el cual está obligado/a a trabajar para el gobierno durante diez años. En ese plazo están incluidos los cuatro años regulares del curso. De esta manera el/la joven académico/a es inmediatamente empleado/a público/a a partir de su ingreso a la Escuela, recibiendo una beca de 8.80.0 francos franceses (aproximadamente 1.000 euros). Obtiene, además, a precios considerablemente subsidiados, alojamiento y alimentación en la propia institución.

Las observaciones que se hacen acá sobre la obra de Bourdieu pretenden situar las maneras en que el autor fue leido y comprendido en Brasil, así como las formas de incorporación de sus proposiciones en los estudios del campo educacional. Para hacer eso posible se examinaron las producciones divulgadas en veinte periódicos educacionales:

ANDE, n.1-21, San Pablo, 1981/1995; Cadernos CEDES, n.1-50, Campinas, SP, 1980/200; Cadernos de Pesquisa, n. 1-110, San Pablo, 1971/2000; Contexto e Educação, n.1-53, Ijuí, RS, 1986/1999; Educação & Filosofía, n.1-25, Uberlândia, MG 1986/1999: Educação & Realidade, v.1-24, Porto Alegre, 1976/1999; Educação e Seleção, n. 1-20, San Pablo, 1980/1989; Educação e Sociedade, n. 1-7, Campinas, SP, 1978/2000; Educação em Debate, n.1-37, Fortaleza, 1978/ 1999; Educação em Revista, n. 1-30, Belo Horizonte, 1985/1999;…

Escrito por Eduardo Aquevedo

26 mayo, 2008 a 8:16

Pierre Bourdieu (1930-2002). Perfil biográfico y académico

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Nacido en 1930 en Denguin (Pirineos Atlánticos), Francia. Estudió en el Liceo de Pau (1941-1947), en la École Normale Superieure (1951-1954) y filosofía en La Sorbona (1951-1954), donde leyó su tesis Structures temporelles de la vie affective. A los 25 años ejerce como profesor en el Instituto de Moulins (Allier) y, más tarde, en Argelia, París y Lille. Profesor en la École Normale Superiure (1964-1984).

Entre 1964 y 1980 es director de la L’École Pratique de Hauts Études y catedrático de Sociología en el College de France desde 1981. Director del Centro de Sociología Europea, en sustitución de Raymond Aron, con quien trabajó previamente, y de la Escuela Superior de Ciencias Sociales (1985-2002). Director de la revista Actes de la Recherche en Sciences Sociales (1975-2002). Doctor ‘honoris causa’ de las universidades Libre de Berlín (1989), Johann-Wolfgang-Goethe de Francfort (1996) y Atenas (1996).

A los 28 años aparece su libro Sociologie de l’Algérie (1958). Dos de sus primeros textos, que publica junto a Jean-Claude Passeron en 1964, hacen referencia a la sociología de la educación, uno de los ámbitos recurrentes de sus análisis: Les étudiants et leurs études y Les héritiers. Les étudiants et la culture, publicadas el mismo año en el que aparece Les fonctions sociales de la photographie. Uño después, en 1965, publica Un art moyen. Essais sur les usages sociaux de la photographie y Rapport pédagogique et communication.

Su producción es muy extensa. Así, en 1973 aparece Fondements d’une théorie de la violence symbolique. Reproduction culturelle et reproduction sociale, escrita con Jean-Claude Passeron; tres años después, en 1976, Le système des grandes écoles et la reproduction de la classe dominante. Además, entre otras muchas obras, publica La distinction. Critique sociale du jugement (1979), Ce que parler veut dire. L’économie des échanges linguistiques (1982), Homo academicus (1984), La Noblesse d’état. Grandes écoles et esprit de corps (1986), Les règles de l’art. Genèse et structure du champ littéraire (1992), pero alcanza su mayor éxito con La misére du monde (1993), donde denuncia el sufrimiento social, que bebe en las fuentes marxistas y en el pensamiento de Michel Foucault, y traza, en una combinación de sociología y antropología social, la radiografía de la exclusión social, de los desheredados de la modernización, del progreso tecnológico y de la globalización.

El discurso de Bourdieu, que ya se había manifestado con matices críticos antes de mayo del 68, se acentúa en los últimos años de su vida con nuevas argumentaciones contra el neo-liberalismo y en favor de la sociedad civil y del naciente foro social mundial, participando cerca de los sindicatos, de las organizaciones no gubernamentales, de los emigrantes y de las asociaciones cívicas contra las posiciones neoliberales que nutrían el discurso de la sociedad llamada postmoderna. Bourdieu fue uno de los fundadores de la editorial Liber-Raisons d’agir, impulsora del movimiento Attac. Falleció, como consecuencia de un cáncer, en 2002. Según el diario parisino Le Monde, era el intelectual francés más citado en la prensa mundial.

Entre sus últimos libros, Raisons pratiques. Sur la theorie de l’action (1994), Sur la télévision. Le champ journalistique et la télévision y Sur la télévision; suivi de l’emprise du journalisme (1996); Contre-feux. Propos pour servir à la résistance contre l’invasion néo-libérale y La domination masculine (1998); Contre-feux 2. Pour un mouvement social européen y Langage et pouvoir symbolique (2001) [véase bibliografía completa].

En lengua española se han publicado las siguientes obras: Argelia entra en la historia, Nova Terra, Barcelona, 1965; Los estudiantes y la cultura, Labor, Barcelona, 1969; Mitosociología, Fontanella, Barcelona, 1975; El oficio de sociólogo (con otros), Siglo XXI, México, 1976; Capital cultural, escuela y espacio social, Siglo XXI, México, 1977; La reproducción, Laia, Barcelona, 1981 (Fotamara, México, 1998) ; Sociedad y cultura, Grijalbo, Ciudad de México, 1984; ¿Qué significa hablar?, Akal, Madrid, 1985; La distinción, Taurus, Madrid, 1988; Cosas dichas, Gedisa, Barcelona, 1988; La ontología política de Martín Heidegger, Paidós, Barcelona, 1991; El sentido práctico, Taurus, Madrid, 1991; Respuestas. Por una Antropología Reflexiva (con L. Wacquant), Grijalbo, México, 1995; Las reglas del arte: génesis y estructura del campo literario, Anagrama, Barcelona, 1996; Sobre la televisión, Anagrama, Madrid, 1997; Razones prácticas: sobre la teoría de la acción, Anagrama, Barcelona, 1997; La dominación masculina, Anagrama, Barcelona, 1999; Meditaciones pascalinas, Anagrama, Barcelona, 1999; La miseria del mundo, Akal, Madrid, 1999; Intelectuales, política y poder, Eudeba, Buenos Aires, 1999; La dominación masculina, Anagrama, Barcelona, 2000; Contrafuegos: reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal, Anagrama, Barcelona, 2000; El oficio de sociólogo, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2001; Contrafuegos 2: por un movimiento social europeo, Anagrama, Barcelona, 2001.
En lengua portuguesa, entre otras traducciones: A Economia das Trocas Simbólicas, Perspectiva, São Paulo, 1982; A Reprodução, Vega, Lisboa, 1983; Questões de Sociologia, Marco Zero, Rio de Janeiro, 1983; O Que Falar Quer Dizer, Difel, Lisboa, 1998; O Poder Simbólico, Difel, Lisboa, 1989 (Bertrand Brasil, Rio de Janeiro, 1989); Coisas Ditas, Brasiliense, São Paulo, 1990; As Regras da Arte, Companhia das Letras, São Paulo, 1996 (Presença, Lisboa, 1996); Razões Práticas, Celta, Oeiras, 1997; Sobre a Televisão, Celta, Oeiras, 1997; Meditações Pascalianas, Celta, Oeiras, 1998; Escritos de educação, Vozes, Petrópolis, 1998; Contrafogos, Celta, Oeiras, 1998; A Dominação Masculina, Celta, Oeiras, 1999; Contrafogos II, Celta, Oeiras, 2001.
Bourdieu, el compromiso social y político del intelectual.

PENSAMIENTO Y EXPRESIÓN CIENTÍFICA

Pensador y sociólogo, desaparecido en 2002, cuyas posiciones han sido valoradas como una de las más influyentes en Francia durante la última mitad del pasado siglo.
Para Bourdieu, el periodismo se analiza más desde la posición del mediador, del periodista, que de las condiciones mercantiles de la producción de las industrias mediáticas y culturales. El periodismo aparece como un ‘campo’, esto es, como un universo con autonomía, cuyo capital simbólico, su identidad profesional, le reviste de una ética y una función social que no se corresponde con la conducta de la propia práctica profesional.

El periodismo y los periodistas transforman su posición, su función social, sus prácticas profesionales con el despliegue de la televisión comercial. La competencia se mide aquí con los audímetros y los valores de audiencia determinan los contenidos. Pero los periodistas se muestran fascinados por el medio, ajenos a un análisis crítico de su nuevo papel. La lucha por la audiencia lleva a la banalización, a la búsqueda de valores discursivos que lleguen al mayor número posible de espectadores y eso se consigue con la degradación de los contenidos. Los intereses de los emisores se convierten en un filtro deformador para satisfacer a las audiencias masivas.

Para Bourdieu, más que hablar de ‘sociedad de la información’, es necesario hablar de ‘sociedad del espectáculo’. El poder no es tanto el poder de hacer, el poder político, como el poder contar, el poder mediático.

Bourdieu, sin embargo, no cree que la presión del mercado y de las audiencias sea una expresión determinante del discurso de los medios, ya que atribuye a los periodistas, a través de lo que propone su ‘sociología de la acción’, una capacidad de regeneración ética, de cambio del ‘habitus’, de la ‘ideología profesional’. Critica la imagen autocomplaciente de la profesión periodística y la escasa o nula aceptación de la crítica, como ocurre en otros ‘campos’ (cultura, arte, ciencia, etc.), incluso la crítica interna, entre corrientes o posiciones. “El medio periodístico -señala- rechaza la crítica mutua que se practica en todos los campos de la producción cultural y sobre la cual reposa todo el progreso de las ciencias y del arte, de la literatura”.

El análisis de la profesión, la autocrítica y el cambio de su ‘capital simbólico’ describen la sociología de la acción que conduce a la reinserción del periodismo en la democracia. Bourdieu denuncia asimismo el deterioro de la profesión y de los contenidos a través de nuevas prácticas de censura, basadas en la defensa de los intereses de los editores por parte de directores y jefes de redacción promovidos a sus cargos “por su oportunismo y su sumisión”.

Bourdieu hace una apelación a un periodismo de raíces cívicas, que suscite el debate de las ideas y combata el secuestro de los medios y del espacio público de debate por las corporaciones mercantiles. Aunque reconoce que la condición laboral de los profesionales se está debilitando, entiende que es esa circunstancia una de las que contribuyen a restarle independencia, a la práctica de la lealtad con la empresa antes que con la sociedad, porque en ello le va el empleo. Como para las empresas el éxito del periodismo está relacionado con los ‘ratings’ de audiencia y las ventas de ejemplares, ésta nueva escala de valores ha sido asumida por los periodistas, que han abandonado su espíritu crítico como observadores de la realidad.

Las intervenciones de Bourdieu sobre el periodismo -llega a hablar de una profesión corrupta, plagiaria y mercenaria- suscitaron fuertes protestas de periodistas y de los teóricos que, según aquél, habían idealizado interesadamente la imagen de los comunicadores para beneficiarse de la proyección mediática. También fue criticado desde otras esferas académicas, por un análisis insuficiente de las variables y ambientes que determinan el fenómeno mediático, más allá de las prácticas profesionales.

Escrito por Eduardo Aquevedo

26 mayo, 2008 a 3:30

ENTREVISTA A PIERRE BOURDIEU, por P. Ribas

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Pierre Bourdieu se ha convertido en el pensador francés más influyente de este fin de milenio desde que en 1995 apostó claramente por el compromiso de unir teoría y práctica.

Entrevista por Pepe Ribas,

La Maison des sciences de L´homme, en el 54 de Boulevard Raspail, Paris, es uno de los grandes laboratorios humanísticos de la vieja Europa. En un pequeño despacho de la cuarta planta me encuentro con el intelectual europeo más citado internacionalmente. Es un joven de casi setenta años que ha entregado su vida a investigar lo oculto que mueve cualquier realidad y que detesta el cinismo y el nihilismo de los predicadores posmodernos que copan los medios de comunicación. La solidez de sus estudios lo han situado en la cumbre de la sociología mundial. Es profesor en el Collège de France y director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales. Dirige la revista Actes de la recherche en sciences sociales , y hace tres años fundó una editorial de agitación: Liber-Raisons d´Agir . Herramientas de pocas páginas que aproximan las últimas investigaciones sociales y culturales a los militantes de los nuevos movimientos contestatarios. Y es que en 1995, durante las huelgas que conmovieron Francia, Pierre Bourdie no se quedó en el Olimpo de los posmodernos sino que bajo a la arena del activismo político y, como el mismo sostiene, se sitúo a la izquierda de la izquierda para dar argumentos a quienes se resisten contra la mundialización neoliberal.

Su labor como investigador se inició en Argelia a finales de los años 50, con trabajos etnográficos sobre la Kabilia. Poco después estudió la soltería en el Bearn, un pedazo de Pirineo junto al Pais Vasco frances, donde nació en 1930. La pugna entre lo objetivo y lo subjetivo en el territorio de la creación artística y el intento de unificar las ciencias humanas le motivaron a escribir obras tan reveladoras como “Esbozo de una teoría de la práctica” (1972) y “El sentido práctico”. Pero fue “La distinción. Criterios y bases sociológicas del gusto” (1979), el libro que lo consagró como uno de los sociólogos más importantes, que ha sabido dar la vuelta a Marx y a Weber para descifrar cómo funcionan las estructuras simbólicas de dominación ocultas en nuestra tradición cultural.

Para superar el error de Marx de suponer la existencia de clases sociales constituídas en la realidad inventó conceptos tan esenciales como Espacio social y Espacio simbólico, que son algo así como las suma de los diferentes espacios o campos en conflicto, los ruedos, donde se libran las luchas de poder. Capital económico y capital cultural pugnan en cualquier microcosmos o campo para obtener la legitimidad o el canon, el poder, como sucede en los campos artístico, literario o científico, entre otros, que son instituciones históricamente constituidas y dotadas de un conjunto de normas de juego. Su noción de hábitus también es capital, pues mediante la escuela, la tradición, lo oído, escuchado y sentido, el ser humano de un determinado medio social configura un esquema de comportamiento que es lo que le empuja a actuar, opinar y comportarse de una determinada manera dentro del campo, o campos en los que se mueva. En Bourdieu todo es relacional. Y aunque estemos dominados, a causa de ese complejo juego de relaciones en los diferentes microcosmos, él da útiles de resistencia con los que tomar conciencia para vencer cualquier pretedeterminación.

La obra de Bourdieu es impresionante y abarca infinidad de campos. Ha estudiado temas tan diversos como el universo bereber, los museos, los gustos, las escuela, la gestación del Estado moderno, la clase dirigente, la creación artística y literaria, la representación política, la alta función pública, la casa privada, el sufrimiento social, los medios de comunicación. En su último libro, “La Dominatión masculine”, muestra cómo la relaciones entre los sexos están eternizadas y desvela los mecanismos estructurales que permiten dominar a las mujeres. Este último libro ha resultado tan polémico y fundamental como los tres anteriores: “Sobre la televisión” (1996), “Meditaciones pascalianas” (1997) y “Contrafuegos” (1998).

En su dilatada carrera como antropólogo, etnólogo y sociólogo ha aportado varios instrumentos para avanzar en la comprensión de los mecanismos ocultos que mueven nuestra sociedad. Para desarticular ideas preconcebidas, como por ejemplo la existencia de clases sociales, ha introducido en el vocabulario de la sociología la noción de espacio social y de campo de poder.

¿Puede explicarlo un poco?

La noción de espacio social resuelve, a mi parecer, el problema de la existencia o no de las clases sociales que divide desde los inicios a los sociólogos. Se puede negar su existencia sin negar lo esencial, que son las diferencias sociales que existen en la sociedad a causa de la distribución desigual de bienes y capitales, lo que genera antagonismos individuales y, a veces, enfrentamientos colectivos. La noción de espacio social permite, matemática o lógicamente, situar las diferencias. Pero al mismo tiempo se abandona la idea de que existen grupos sociales constituidos contra otros grupos, como sostuvo Marx. Las clases sociales sólo existen en estado virtual, y la sociología no ha de construir clases, sino espacios sociales, en primer lugar para romper con la tendencia de pensar el mundo social de una forma sustancialista, que es la del sentido común y el racismo. Las actividades o las preferencias propias de los individuos o grupos de una sociedad determinada en un momento dado, para nada están inscritas de una vez y para siempre en una especie de esencia biológica o cultural.

¿Y cómo estructura el espacio social?

En una sociedad donde hay probabilidad de casarse, de hacer deporte juntos, de hablar el mismo lenguaje, de tener los mismos gustos y el mismo tipo de amigos, tales posibilidades, en la realidad, son muy desiguales según la posición que uno ocupe en función del capital económico y el capital cultural. Puedo citar como ejemplo un estudio en el que demuestro que el espacio social está estructurado a grosomodo en dos dimensiones, y de hecho en tres. Si usted construye la imagen del espacio social y corta un círculo al azar, las personas que estén en él, tendrán muchas más cosas en común que los que están fuera. Por ejemplo, se ha hecho un estudio de endogamia entre matrimonios de un mismo nivel, y cuanto más se afina más aumentan los niveles de endogamia. La endogamia entre los alumnos de la Escuela Normal Superior es extraordinario.
La noción de espacio social da cuenta de todo lo que quieren decir los que hablan de clases sociales, sin caer en el error de creer que las clases existen en la realidad. En tiempos de guerra, por ejemplo, se puede asociar en nombre del patriotismo a los obreros y los patronos. Pero en tiempos normales, uno irá a beber pernaud y el otro whisky. Uno irá a jugar a la petanca y el otro al bridge. Tengo estudios sobre la patronal francesa donde los juegos de sociedad, el bridge por un lado y el golf y el tenis por otro, son instrumentos escondidos de selección social, porque están muy desigualmente distribuidas en un momento dado, y también entre generaciones. Hay una tercera dimensión invisible que es la antigüedad en la posición. Uno tendrá posibilidades de casarse con la hija del jefe y otro no. Este espacio de tres dimensiones es algo muy potente, me da miedo, y me pregunto: ¿Es posible que todo esté tan fuertemente determinado?

¿Y la noción campo de poder?

Es una noción en fase experimental. Necesitaba resolver dificultades y la he concebido atendiendo a muchos estudios sobre el poder, que es una noción complicada porque es un sistema de relaciones. Al estudiar lo que se llama clase dirigente, nos preguntamos qué tienen en común un juez de la corte suprema y un empresario de IBM, o éste último con un gran abogado. Hay que abandonar la visión de grupo unificado, coherente, para decir que hay una especie de campo, un espacio de relación independiente, relativamente autónomo con respecto al espacio social en su conjunto, y en el cual unas personas detentan una especie de capital particular y luchan con otras que detentan otras especies de capitales para dar más fuerza al suyo.

En el siglo XIX, hubo en Francia una lucha entre los artistas y los burgueses. Fueron luchas un tanto rituales. Muchos artistas eran hijos de burgueses en ruptura con la burguesía; Cézanne, hijo de banqueros. Manet, hijo de un alto funcionario. En esta lucha lo que estaba en juego era la dominación sobre el mundo social y al mismo tiempo sobre los instrumentos legítimos de dominación. Cuando Baudelaire ataca al burgués ataca las bases del poder burgués. Dice, los burgueses son filisteos, beocios, incultos, no tienen el buen capital, que es el capital cultural, literario… Y el burgués responde: esas personas son bohemios, maleducados, sucios, irresponsables, inadaptados, locos. Por lo tanto, hay una lucha entre estilos de vida, incluso entre maneras de ser hombre, que es al mismo tiempo una lucha por el poder.

¿Y qué sucede con los diferentes campos intelectuales en relación al poder al final del siglo XX?

Si llego a decir que la única manera de ser un hombre es tener mucho dinero, como sucede hoy, todos los demás quedan descalificados. Actualmente, en esta lucha dentro del campo de poder, los intelectuales han perdido, porque incluso son los banqueros, o casi, los que dicen quiénes son los intelectuales. El campo de poder es como un ruedo, un lugar de lucha relativamente independiente, porque las luchas que suceden en este espacio son diferentes de las grandes luchas sociales. A menudo se han descrito como lucha de clases y revoluciones enfrentamientos internos en el campo de poder, a las que se han unido los desposeidos.

Lo que yo llamo campo intelectual o campo artístico es un subcampo en el interior del campo de poder. Y los intelectuales ocupan una posición temporalmente dominada, económicamente dominada dentro de éste. Y es una de las razones por las cuales están estructuralmente asociados, a menudo, con los dominados. Están entre los dos grupos. Un poco como las mujeres de la clase dominante. No es casual que en los salones fueran ellas las que permanecían junto a los artistas.

¿Cómo se legitiman los prestigios en los diferentes campos de la cultura y quién los autoriza ?

En todos los campos existe una lucha por definir quién decide quién forma parte del campo y quién no. Quién es escritor y quién no. En un campo intelectual o artístico, la gente dirá que Manet, por ejemplo, hizo una revolución artística que desplazó a sus maestros, que vendían los cuadros de Couture o de los grandes pintores pompiers más caros que los de Tiziano. Entre 1860 y 1890 hubo una revolución: cuadros que valían millones se desvalorizaron. Manet no sólo negó a las personas que dominaban el campo artístico, sino también el principio en el nombre del cual dominaban. Joyce hizo una revolución artística análoga que cambió el principio según el cual entramos en el juego y ganamos. En cada campo, en la poesía por ejemplo, hay un desafío escondido: el derecho a jugar o el fuera de juego. Y una vez que el juego está en marcha, cuáles son las bazas que cada uno tiene.

¿Usted publicó, Contra la Televisión, en el que desvela cómo el actual neoliberalismo coacciona la autonomía de los diversos campos intelectuales?

He tenido muchísimas discusiones sobre el neoliberalismo, sobre este cambio, esta crisis de civilización a la que estamos asistiendo. Todas las revoluciones artísticas del siglo XIX tenían el fin de imponer valores no económicos: el arte contra el dinero ..

Pienso que en muchos campos, en literatura y otros, lo que ahora contemplamos es la revancha del dinero contra el arte. La autonomía, la independencia que los universos artísticos habían conquistado gracias a combates terribles, incluso con personas que murieron para que un libro invendible fuera publicable, para que no hubiera ninguna correlación entre el éxito comercial de un libro y su valor artístico, todo esto está amenazado; lo que hoy impera son los valores comerciales. Autores o creadores, que no son necesariamente los mejores desde el punto de valor en términos del medio, pueden aliarse con las personas que están fuera. Uno de los factores de esta pérdida en todos los campos es la televisión. Hoy, ser es ser visto en la televisión y caer simpático a los periodistas. Los libros que tienen éxito son los de la televisión. Esta temible alianza hace que los defensores de los valores específicos, del arte por el arte por decirlo pronto, estén cada vez más amenazados. En el campo de la justicia, los periodistas utilizan el poder que tienen sobre el gran público para intervenir en los procesos de manera emocional. Exclaman cosas como: Han matado a una niña pequeña, ¡hay que matar al asesino!, y así juzgan a los culpables con sus propias leyes. Con los científicos sucede lo mismo. La ciencia cuesta cara, y para conseguir créditos los científicos tienen que pasar por los medios de comunicación.

¿Quiere esto decir que la producción de los diferentes campos culturales está mediatizada por los medios de comunicación?

Cualquier campo científico o cultural es un microcosmos dentro del macrocosmos. Cada campo es una pequeña República en la que están los dominados y los dominadores, y también las relaciones de poder, aunque no todos los poderes son del mismo tipo. El poder que ejerce un gran matemático sobre un pequeño matemático no es igual que el que ejerce un patrón sobre un obrero.Los matemáticos son los más autónomos, nadie entiende lo que hacen, incluso los periodistas no se meten. Son como los poetas de vanguardia, que están al margen de todo y por esa razón pueden permanecer puros, pero a costa de quedar fuera de juego. Por su parte, todas las personas que están entre estos dos ámbitos, como los sociólogos o los economistas, se encuentran particularmente amenazados e intentan construir su campo con sus propias leyes. Pero como de lo que hablan es del dominio público, todo el mundo juzga: los obispos, la gran prensa, el público en general. Este fenómeno es un poco inquietante desde el punto de vista del futuro de las disciplinas artísticas, literarias, jurídicas, filosóficas. Los nuevos filósofos, por ejemplo, son personas que no tienen un buen nivel profesional, no están al corriente de las discusiones actuales. Estoy seguro de que usted conoce a Bernard Henri-Lévy, y es muy probable que no conozca a Jacques Bouveresse, que es un gran maestro del oficio. El primero va a la televisión y el otro no, o cuando va, el público se pregunta: ¿de qué está hablando?. La televisión ha cambiado las relaciones de fuerzas internas en los espacios de producción. La filosofía es un ejemplo muy bueno. Puede ser muy técnica, y también una práctica de cualquiera que no sea filósofo profesional, de una persona de letras que usa la filosofía como herramienta profesional pero que no aprobaría un examen elemental en la universidad, aunque la use para convencer al público, que sólo tiene nociones vagas de filosofía. Y cuando algún intelectual de nivel le dice a la gente que esto no es filosofía, muchos se sienten ofendidos y exclaman: ¡Claro que sí, yo lo leo y encuentro que está muy bien!. Es tan naif como esto. Ortega y Gasset ya decía cosas como que la pintura moderna ha cortado el contacto con la realidad. Y hoy, los medios o los artistas mediocres utilizan esté tipo de especulaciones para combatir a los buenos artistas.

¿Qué puede hacer el periodista comprometido?

El periodista puede hacer mucho, y si a veces soy crítico es porque pienso que tiene una enorme responsabilidad. Es unos de los personajes sociales más poderosos, aunque individualmente sea vulnerable. La prensa es un poder considerable que se cree crítico, una de las mitologías de la profesión porque la mayoría de periodistas son más bien conservadores. Además no tienen tiempo de leer libros. Cumplen muy poco el papel de descubridores, salvo algunas excepciones. En todo lo relativo al arte, el periodista medio, es decir influyente, de Le Monde des Livres por ejemplo, es una instancia de consagración de cosas mediocres, o de personas no mediocres pero consagradas desde hace cincuenta años.

¿Es posible un periodismo de investigación, un periodismo responsable que sortee la corrupción estructural que existe en el campo del periodismo.?

El periodista que descubre, que investiga complots o bien que hace investigaciones peligrosas sobre el terreno, es un mito. Algunos personas lo hacen, y cada vez más son mujeres. Como están dominadas, son ellas las que investigan las situaciones difíciles. El periodista del establishment, el periodista de Le Monde, de The Guardian, del New York Times, del País, es una persona que contribuye al mantenimiento del orden simbólico y de la visión dominante del mundo.

En el campo de los periodistas están por un lado los establecidos, y por otro los críticos marginados que luchan contra los que dominan en su espacio social. En Francia todavía quedan unos cuantos, sobre todo en Le Monde Diplomatique, Charlie Hebdo, Le Canard Enchaîné. Aunque cada vez hay menos. En mi juventud, si me hubieran dicho que el redactor jefe del Nouvel Observateur se iba a convertir en redactor jefe de Le Figaro me hubiera caído de espaldas. Y que ese mismo podía convertirse en director del Figaro Madame, es ya alucinante. Cosas así ocurren constantemente. Existe una homogeneización, y las condiciones económicas atenúan los efectos de lucha que hay en el campo. A los minoritarios de Le Monde Diplomatique se les acusa de iluminados, a los del Charlie Hebdo de sesentayochistas trasnochados, cuando su página económica es mucho más seria que la de Le Monde. Habría que crear periódicos, pero para ello se necesita un dinero que no tenemos. Conozco periodistas valientes, inteligentes que no tienen trabajo, o a los que se les paga para que no escriban. ¿Quiere esto decir que se trata de la coacción económica? No, no es tan simple, es la presión económica que se ejerce a través de la lógica propia de los campos humanísticos. Estos campos tiene sus propias leyes, sus competencias, sus confrontaciones. Y los periodistas tienen también los suyos en relación a los diferentes campos culturales. Ese juego, bajo presión, es cada vez más potente y modifica los otros juegos, y no sólo por la presión de la publicidad y de los grandes medios. Si por ejemplo, la economía coaccionara directamente el mundo jurídico todo el mundo protestaría. En el periodismo, como la presión de la economía pasa por mecanismos más sutiles el público la digiere mejor.

¿Los periodistas más jóvenes o más conscientes pueden abrir brecha a esta colosal censura?

En Francia, uno de los dramas es el de las diversas posiciones entre los periodistas precarios, con contratos de duración determinada. En general jóvenes que dicen: tengo un montón de ideas. Actualmente estoy preparando un número en Actes de la Recherche que incluye una investigación sobre el periodismo. En él muestro que se están haciendo cosas muy originales. Programas para niños, documentales de televisión, encuestas de investigación, reportajes. Todo esto está realizado por free lances que se pasan el día buscando temas, cómo venderlos y a quién. Pero estos esfuerzos están totalmente controlados, porque los recién licenciados no inventan con toda libertad sino en función de la idea de lo que va a gustar a las cadenas, incluidas las culturales, que excluyen infinidad de asuntos. Lo que estos free-lances proponen ya ha pasado por el filtro de la autocensura. Saben que no merece la pena cansarse proponiendo un tema sobre la corrupción de Jacques Chirac. Mi profesión me lleva a estudiar fondos de corrupción estructurales, es decir corrupciones en las cuales nadie es el sujeto, sino que se producen por la lógica del sistema. Es la estructura misma la que hace que eso sea así. Estamos inducidos a no decir, ni siquiera a pensar en decir. Existe una censura invisible. En este sentido podría haber alianzas formidables entre investigadores y periodistas.

¿Cree posibles estas alianzas?

En ellas estoy desde hace tiempo. Si por ejemplo tengo un proyecto de artículo sobre el sistema escolar pero no estoy al corriente de lo último que ha dicho el Ministro, o hay ciertos hechos que no puedo comprobar haciendo las verificaciones necesarias porque necesitaría unos años que no tengo, sería muy bueno que me pudiera partir el trabajo con un periodista. Juntos podríamos hacer cosas formidables, aunque para que estas alianzas pudieran prosperar tendrían que existir directores de periódico que las aceptaran. Respecto del periodismo mantengo enormes esperanzas.

¿Cómo se podría conjugar éxito comercial con calidad?

Es un problema difícil. Mallarmé, un poeta muy esotérico, ya se planteaba cómo producir cosas conforme a la lógica del microcosmos cultural lo más poéticas, literarias, científicas y artísticas posibles. Uno de los grandes obstáculos son las personas que están en contacto con el público pero que han perdido el contacto con la verdadera literatura o la verdadera poesía. Estas personas dificultan el esfuerzo para ofrecer al público lo mejor del microcosmos.

Sin embargo, hoy se producen más libros y estudios que en ninguna otra época, algunos de extraordinaria calidad.

Un poeta del siglo XIX afirmaba que hay gente que produce para el mercado y otros que crean su propio mercado. Si tomamos el ejemplo de la sociología cuanto mejor van las cosas más hay que saber para convertirse en sociólogo. En todos estos universos existe lo que los economistas llaman el derecho de admisión, que equivale a lo que cada uno tiene que pagar para ser miembro del mundillo. Cuando la ciencia avanza, el precio del derecho de admisión sube. Para ser filósofo verdadero, hay que tener hoy una gran amplitud cultural porque hay que conocer a la vez a los pragmatistas estadounidenses, a los filósofos vieneses, a tal o cual escuela. Las obras de este microcosmos que eleva el derecho de entrada son cada vez más completas, más conformes a la realidad, más bellas. Y al público no le llegan. Para reconocerlas existe el sistema escolar que transmite los instrumentos de comprensión pero lo hace con retraso y con grandes deficiencias. Estas obras son cada vez más universales e independientes y sin embargo no somos capaces de crear las condiciones de acceso. Hay gente que tiene el monopolio de lo universal y uno de los temas permanentes de mi obra consiste precisamente en decir que estas obras que aspiran a la universalidad estas monopolizadas por algunos, tanto en la producción como en su consumo. Así pues, una de mis consignas sería: universalicemos las condiciones de acceso a lo universal.

¿Qué problemáticas plantean los intelectuales que viven por y para los medios de comunicación de masas?

Escuchando a los filósofos mediáticos parece que ya no hace falta leer a Kant, ni a Hegel, ni a Heidegger. Estos pseudofilósofos se dirigen al público diciendo: Yo les voy a contar cosas que responderán a los problemas que usted se plantea en la vida. Y hablan por la radio sobre la diferencia entre democracia y totalitarismo, y citan a los filósofos más fáciles como Hanna Arendt. O nos hacen creer que, como la historia y la filosofía ya las tenemos, no merece la pena perder el tiempo leyendo a Bourdel o Duby o E.P. Thompson. Personalmente no tengo nada en contra de ellos. Pero políticamente, porque estamos hablando de política literaria y científica, estas personas contribuyen, como se ve en las publicaciones, a aniquilar progresivamente las condiciones de producción de obras de vanguardia. Si usted no vende cada año cinco mil ejemplares, usted no existe. Hace diez años, Les Editions de Minuit , publicaron a Beckett, vendieron trescientos ejemplares y no les preocupó. Ahora se ha elevado el nivel de exigencia en materia comercial y hay cosas que uno no logra publicar. En el terreno de las Ciencias Sociales hay jóvenes investigadores que hacen lo mejor que se hace actualmente en la materia. Si los que les apoyamos dejáramos de existir no podrían volver a publicar.

Usted ha creado utiles para combatir estas situaciones con gran éxito, ¿conoce otras contribuciones?

Puedo citar a Pierre Carles, un joven director de cine que hizo una película de mucho éxito sobre la televisión. Bueno, pues tuvo que hacer una colecta para poder montarla y pasarla en los cines de arte y ensayo. Conozco a grupos de jóvenes artistas que hacen cooperativas para controlar los medios de difusión. Y en mi terreno, hemos fundado la pequeña editorial Raisons d´Agir por razones de censura puesto que eran libros que nadie quería publicar, o porque los periodistas no les harían ninguna reseña, o porque eran libros con mucho riesgo comercial. En esta editorial publique mi libro sobre la televisión, y vendimos doscientos mil ejemplares. El problema del público es que no se le ofrecen productos así. Mi combate principal, y lo llevo también al terreno político, es dentro de los universos intelectuales. La lucha no se da en Chiapas, sino en las redacciones de los medios de comunicación. Parece ridículo decirlo, pero hay mucha lucha de intereses en la filosofía, en el mundo editorial, en la universidad… Desgraciadamente, los intelectuales tienen también costumbres que provienen de su pasado político comunista, socialista, etc. Y tienen una definición un poco limitada de la política porque la convierten en sinónimo de lo que hacen los partidos. Y hay desafíos políticos todos los días, como el sistema escolar, algo de vital importancia que no es objeto del debate que merece. Parece más interesante ocuparse de Timor Oriental. Aranguren era alguien que comprendía esto y libraba luchas intelectuales de cercanía que eran al mismo tiempo luchas políticas.

O sea, se puede luchar contra el pulpo mediático.

Hay un pequeño grupo que se llama Attac, formado por gente de Le Monde Diplomatique. Nosotros estamos unidos a ellos. Nos constituimos para luchar contra la ley de circulación de capitales, que en Francia se llama AMI. Es una medida jurídica que desposee a los Estados de cualquier poder de intervención contra las intrusiones económicas.

¿Cómo construir la Europa de los movimientos sociales frente a la de los banqueros?

Hace varios días que me digo: tienes que escribir algo sobre ello. Pero estaba muy desanimado con todo lo que está ocurriendo en Yugoslavia. Ayer por la mañana, por fin empecé a trabajar pero por la noche estaba otra vez desalentado porque las fuerzas conservadoras son enormes. Los socialdemócratas que han tomado el poder en la casi totalidad de los países europeos son a veces más conservadores que los gobiernos a los que han sustituido. Lo que hoy se plantea el movimiento social es el hecho de que los países más avanzados socialmente, para mantener la competitividad, reduzcan las prestaciones sociales. Para contrarrestar este efecto, la única solución sería que los gobiernos socialistas que hoy gobiernan en los paises más poderosos se plantearan regular la competencia. Habría que instituir una instancia política de control de la banca europea y toda una serie de medidas. Pero nadie piensa en ello. En Maastricht, en lugar de decir qué podemos hacer para limitar los efectos perversos de la competencia interna en Europa, se tomaron medidas destinadas a satisfacer los mercados financieros que prohiben y despojan a los Estados nacionales de la posibilidad de hacer cualquier política social. Con estos presupuestos, a los gobiernos no les queda ningún margen. Y colectivamente sí habría margen porque Europa es lo suficientemente fuerte como para ser autónoma respecto al mercado. La Europa social sólo son palabras y en cambio habría montones de medidas precisas: salario mínimo garantizado, programas a largo plazo de inversión en materia de ecología, de investigación científica, transportes…, que incluso generarían mano de obra y reforzarían la sinergia positiva. También estoy desencantado porque hay fuerzas, pero todo lo que es transnacional es muy difícil. Los sindicatos son muy nacionales y sus dirigentes no hablan idiomas. Es preciso que en cada unión sindical haya un responsable que conozca Francia, otro que conozca Gran Bretaña, otro que conozca Italia, de manera que cuando se discuta un problema inglés los de los otros paises sepan de que va. A pesar de todo, dentro de unos días haremos en Estrasburgo una reunión con escritores como Günter Grass y sindicalistas para tratar de discutir juntos de manera transnacional. Es un largo proceso que hay que hacer. La CGT, por ejemplo, era un sindicato muy francés que ahora se está planteando lo internacional. Pero la construcción de un verdadero sindicato europeo (Y aún más internacional) es cosa muy difícil. Tal sindicato corre peligro de ser siempre muy frágil, estando amenazado por fuerzas económicas muy poderosas y capaces de introducir contradicciones entre los intereses nacionales.
(www.ddooss.org)

Escrito por Eduardo Aquevedo

25 mayo, 2008 a 9:04

El modelo económico chileno y la Doctrina del Shock, por Naomi Klein

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Naomi Klein viene al ‘’laboratorio Chile’’

El capitalismo 2.0 no garantiza sino que limita la libertad de las personas. Esa es la consigna del último libro de la canadiense superventas y que sitúa como kilómetro cero de la globalización neoliberal la instauración del modelo económico bajo la bota de Pinochet en nuestro país. La próxima semana Klein estará de visita acá, donde comenzó todo.

Ana Rodríguez Silva, El Mostrador.

La culpa de todo la tiene el “Doctor Shock”, dice Klein. Milton Friedman, un hombre carismático y ambicioso, perteneciente a la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago, es posiblemente el único economista que pudo poner en práctica sus reformadores planteamientos, experimentando directamente con un país del Cono Sur.

Y ese país es Chile. Una nación que de recóndita y desconocida no tiene nada, pues ha estado bajo la mira de la potencia estadounidense desde 1965, año en que comenzó el denominado “Proyecto Chile”, un plan consistente en educar estudiantes cuidadosamente seleccionados de la Universidad Católica, en la Universidad de Chicago. Un concepto de “intercambio” mal entendido, destinado a resistir las ideas del desarrollismo latinoamericano que comenzaban a surgir en la época.

Naomi Klein sintetiza estas ideas en su libro “La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre”, diciendo: “Friedman soñaba con eliminar los patrones de las sociedades y devolverlas a un estado de capitalismo puro, purificado de toda interrupción como pudieran ser las regulaciones del gobierno, las barreras arancelarias o los intereses de ciertos grupos (…) Friedman creía que cuando la economía estaba muy distorsionada, la única manera de alcanzar el estado previo era infligir deliberadamente dolorosos shocks: sólo una ‘medicina amarga’ podía borrar todas esas distorsiones y pautas perjudiciales”.

Fue precisamente a través de un shock que se “corrigió” el modelo con que el Chile de Allende funcionaba. Un golpe eléctrico –a veces, literal- que instauró una dictadura militar, con un cabecilla que posaba para la foto de lentes oscuros, que nada sabía de economía y que escogió precisamente a los “Chicago Boys” para su asesoría en estas materias.

Cuando se examina en el aula la economía setentera chilena con microscopio y se desprecian los intentos del Estado por aliviar la pobreza, diseñar programas de nuevas estrategias económicas y trabajar en conjunto con los militares para mantener a la población aterrorizada y preparar el shock no resulta tan descabellado. El plan de Friedman iba sobre ruedas.

Al poco tiempo del Golpe, Friedman visitó Chile y fue recibido, según Klein, como un rock star. “A lo largo de toda su visita, Friedman machacó con un solo tema: la Junta había empezado bien, pero necesitaba abrazar el libre mercado sin ninguna reserva. En discursos y entrevistas utilizó un término que hasta entonces jamás se había aplicado a una crisis económica del mundo real: pidió un ‘tratamiento de choque’.

Afirmó que era ‘la única cura. Con certeza. No hay otra forma de hacerlo. No hay otra solución a largo plazo’”, cita la canadiense.

“La doctrina del shock requiere condiciones sociales en que haya un extendido temor, pánico e incertidumbre en la población. En esas condiciones es que dejan de operar las estructuras de las fuerzas sindicales, gremiales y otro tipo de asociaciones”, dice el director ejecutivo de la Asociación Chilena pro Naciones Unidas (ACHNU), Osvaldo Torres. ¿Es necesario recordar cómo se mantuvo el clima de temor?

Los resultados

“Una de las manifestaciones más puras del sistema económico imperante que indica Klein es justamente el modelo nacional, donde las variables de desarrollo solamente son medidas en función del crecimiento”, dice el académico del departamento de Sociología de la Universidad de Chile, Rodrigo Figueroa.

Para Osvaldo Torres, los argumentos de Naomi Klein van desnudando “el carácter ideológico de la ‘ciencia económica de la Escuela de Chicago’, quedando desenmascarado como un discurso que tiene tras de sí un proyecto político de carácter neoliberal, que no puso ninguna cortapisa para imponerse, aplastando las democracias formales que se daban tanto en América Latina como en otros lugares del mundo.

Desde esa perspectiva creo que ella muestra un panorama en que la globalización podría haber avanzado con otro rostro y otros caminos y no el del shock y la brutalidad”. “En Chile aún vivimos las secuelas de lo que fue esta doctrina, que lentamente se ha intentado reponer con un giro en la política económica, que no ha sido un giro muy radical, y con una lentísima recuperación del protagonismo de las instituciones y la participación democrática”, asegura Torres.

Según Figueroa, la nuestra es una sociedad en la que el modelo de desarrollo se aplica “a rajatabla en función de tener algunos parámetros que va a exigir el mercado como mecanismo de regulación social en distintas materias”. Esto es salud, educación, fondos de pensiones, acceso a protección social.

Para el académico de la Universidad de Chile, en el país ha predominado una visión fundamentalmente pensada en el mercado, en que el Estado asume un rol corporativista, en el sentido de cautelar el correcto desarrollo del modelo.

“No me cabe la menor duda de que el Estado y la forma en que se ha ejercido la voluntad general a partir de él supone una protección de la propiedad privada, y por lo tanto de las dimensiones sociales o de la sociedad civil son entendidas como situaciones que deben ser controladas, que es lo que hace el Estado en los últimos quince años en Chile”.

Además, y al igual que en muchos otros aspectos, el modelo neoliberal ha construido un sistema de relaciones laborales “donde se tiende a la individualización y a desvalorizar los elementos colectivos del mundo del trabajo. Esto significa reducir el trabajo a una pura y simple mercancía, sustentando relaciones laborales individualizadas como si se estuviera concurriendo a un mercado de bienes cualquiera.

Por eso nuestra legislación le da escaso valor a la negociación colectiva, tal como estamos viendo ahora con trabajadores que no pueden negociar colectivamente ni tampoco organizarse, como los subcontratados”, dice Figueroa.

BOURDIEU, SOCIOLOGIA CRITICA Y POLITICAS PUBLICAS, J.J. BRUNNER

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Escrito por Eduardo Aquevedo

15 abril, 2008 a 14:24

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