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Poder, cultura e intelectuales. Conversación entre P. Bourdieu y H. Haacke…
Publicado en ACCION PARALELA N’ 4
Pierre Bordieu: Usted se ha referido a los intelectuales que, para huir del desencanto frente al hundimiento de los regímenes digamos socialistas (y ésta es una hipótesis optimista: hay también una ambición de poder que busca ejercer por otros medios la influencia que no se puede ejercer por las solas armas intelectuales), se han pasado a la gestión. Desde los años 60, ciertos intelectuales -sobre todo sociólogos y economistas influidos por el modelo americano- han exaltado la figura del experto responsable o del tecnócrata gestor contra la imagen hasta entonces dominante -particularmente con Sartre- del intelectual crítico. Sorprendentemente, es sin duda la llegada al poder de los socialistas la que le otorga a esta figura su baza decisiva. El poder socialista ha suscitado sus pequeños intelectuales de corte que, de coloquio en comisión, han ocupado el primer plano de la escena, ocultando -si es que no combatiendo- el trabajo de aquellos que han continuado resistiendo en sus búsquedas en todos los órdenes.
Hans Haacke: Puede que haya ahí un conflicto irresoluble. Ningún organismo, y seguramente ni siquiera una sociedad compleja como la nuestra, puede existir sin un dispositivo gestor. No dudo en absoluto que ganamos con la presencia de intelectuales en los órganos de gestión. Pero también tengo clao que el objetivo de la gestión es sobre todo asegurar el funcionamiento antes que la reflexión o la crítica. Son responsabilidades contradictorias. Conozco, porque lo he observado personalmente, el cambio radical -seguramente inevitable- que sufren los personajes del mundo del arte cuando se pasan de la crítica a la gestión de las instituciones o la organización de exposiciones.
Pierre Bordieu: Mediante la puesta en rebajas, si es que no la demolición, del intelectual crítico, lo que está en juego es la neutralización de todo contrapoder. Estamos de más todos los que tenemos la pretensión de oponernos, individual o colectivamente, a los imperativos sagrados de la gestión. Es algo insoportable. Y ahí reencontramos otra antinomia, o cuando menos una contradicción muy difícil de superar. Las actividades de investigación, tanto en el dominio del arte como en el de la ciencia, necesitan del Estado para existir. En la medida en que, grosso modo, el valor de las obras es proporcionalmente inverso a lo extendido de su mercado, las empresas culturales no pueden existir y subsistir sino gracias a los fondos públicos. Las radios y las televisiones culturales, los museos, todas las instituciones que ofrecen «high culture», conocimientos nuevos, no existen sino por los fondos públicos, como excepciones a la ley del mercado hechas posibles por la acción del Estado, el único capaz de asegurar la existencia de una cultura sin mercado. No se puede abandonar la producción cultural a la suerte del mercado o a la graciosa complacencia de un mecenas.
Hans Haacke: A título de anécdota: en el Museo Busch-Reisinger de la Universidad de Harvard, un museo que se especializa en arte alemán, hay hoy por hoy un «curator Daimler-Benz». Es un conservador que ocupa un puesto pagado por Mercedes. Simplemente, es impensable que ese museo llegue un día a presentar mi trabajo.
Pierre Bordieu: Por definición, el estado es el único que puede representar la paradoja del «corredor libre» -tan querida por los economistas neoclásicos-: una solución no lógica, que no la hay, pero sí sociológica. Sólo el estado está en condiciones de decir -con alguna posibilidad de ser escuchado y obedecido-: cojas o no cojas el autobús, vayas o no vayas al hospital, seas negro o blanco, cristiano o musulmán, debes pagar para que haya autobuses, escuelas, hospitales abiertos a negros y blancos, cristianos y musulmanes. El liberalismo radical es evidentemente la muerte de la producción cultural libre, porque la censura se ejerce a través del dinero. Si por ejemplo yo tuviera que encontrar esponsors para financiar mi investigación, mal iría. Un poco como usted, si tuviera que buscarse la ayuda con Mercedes o Cartier. Evidentemente estos ejemplos son un poco burdos, pero creo que son importantes porque es en los casos límite donde pueden verse con claridad los enjuagues, los compromisos.
Hans Haacke: En los Estados Unidos hay una tradición muy distinta, toda vez que todas las instituciones culturales son privadas y dependen de la generosidad de los patronos y, más recientemente, de los esponsors. Lo que resulta escalofriante es que en Europa se comienza a aplicar el modelo americano. Las instituciones que se han liberado de su servidumbre al príncipe y la iglesia se colocan más y más cada vez bajo el control de las empresas privadas. Esas empresas están obligadas a tener en cuenta los intereses de su accionariado, es su razón de ser. La privatización de hecho de las instituciones culturales tiene entonces un coste terrible. En la práctica, la res-publica, lo público, desaparece. Incluso aunque los esponsors sólo financien una parte del programa, en la práctica lo condicionan por entero.
Philip M. de Montebello, experto en estos temas, ha llegado a admitir que «es una forma inherente de censura, insidiosa y oculta»1. Es difícil restablecer la situación una vez que el estado ha abdicado y las instituciones se convierten en dependientes, en el sentido más fuerte, de sus esponsors. Mientras que, a fin de cuentas y a nivel de presupuesto nacional, os contribuyentes continúan pagando la factura, las instituciones, cada una en su sector, no ven más que la reducción resultante. Cada vez más, se acostumbran a imponer limitaciones de contenido a sus programas. La gestión lo impone. De hecho, el patrón de Cartier nos ha advertido implícitamente que el entusiasmo de los esponsors no está garantizado eternamente. En una entrevista declaraba: «La cultura está de moda. Estupendo. Mientras eso ocurra hay que aprovecharse»2. Es ingenuo pensar que el Estado va a retomar su responsabilidad en materia de cultura cuando los Cartier del mundo ya no se interesen en ella.
Pierre Bordieu: De hecho es ahí donde volvemos a encontrar la antinomia. Hay un cierto número de condiciones de existencia de una cultura crítica que no pueden ser aseguradas sino por el estado. En breve: debemos esperar -e incluso exigir- del Estado instrumentos de libertad frente a los poderes económicos, pero también frente a los políticos: es decir, frente al estado mismo. En cuanto el Estado se pone a pensar y actuar desde la lógica del rendimiento y la rentabilidad, -en materia de hospitales, escuelas, radios, televisiones, museos o laboratorios-, entonces todas las más altas conquistas de la humanidad se ven amenazadas: todo aquello que se refiere al orden de lo universal, del interés general, del que el Estado, quiéralo o no, es el garante oficial.
Por eso es necesario que los artistas, los escritores e intelectuales, que tienen a su cargo algunos de los más singulares hallazgos de la humanidad, aprendan a servirse, contra el Estado, de la libertad que el propio Estado asegura. Es preciso que trabajen, sin escrúpulo ni mala conciencia, para impulsar el crecimiento del compromiso del estado y a la vez a mantenerse vigilantes frente a la propia empresa del Estado. Por ejemplo, y si nos referimos a la ayuda del Estado a la creación cultural, hay que luchar a la vez por el aumento de dicha ayuda a las empresas culturales no comerciales y por el aumento del control social sobre el empleo de dicha ayuda. Por el aumento de la ayuda, contra la tendencia más y más asentada a medir el valor de los productos culturales en función de lo extenso de su público, y a condenar pura y simplemente, como hace la televisión, las obras sin público. Y por el aumento del control ejercido sobre dicha ayuda porque si el éxito comercial no garantiza el valor científico o artístico la falta de tal éxito tampoco, y no cabe excluir por principio. Por ejemplo, entre los libros difíciles de publicar sin subvención puede haberlos que no merezcan ser publicados.
De manera más general, me parece obligado esforzarse en evitar que el mecenazgo de estado, que obedece a una lógica muy parecida a la del mecenazgo privado, pueda permitir a los detentadores del poder oficial construirse una clientela -como hemos visto ha ocurrido recientemente con las compras a pintores y anticipos sobre la taquilla para el mundo del cine- o incluso una verdadera corte de «escritores», «artistas» e «investigadores». Sólo reforzando a la vez la ayuda del estado y los controles sobre el empleo de dicha ayuda -y en particular sobre las derivas privadas de los fondos públicos- conseguiremos escapar en la práctica a la alternativa de «estatalismo» o «liberalismo» en la que los ideólogos del nuevo liberalismo intentan atraparnos.
Hans Haacke: Sí: es seguramente ahí donde reside nuestra responsabilidad.
Pierre Bordieu: Desgraciadamente, los ciudadanos y los intelectuales no están preparados para ejercer esa libertad frente al Estado, sin duda porque esperan demasiado a título personal: carreras, condecoraciones, la ridícula clase de cosas por las que tienen Estado y son tenidos por él. Y luego está la ley -que podemos llamar ley Jdanov- que hace que cuanto más débil y poco reconocido sea un productor cultural según las leyes específicas de su propio universo y entorno, tanto más tenga necesidad de la intervención de poderes exteriores, tanto más esté dispuesto a apelar a esos poderes (sea la Iglesia, el partido, el dinero o el Estado, según lo momentos y lugares) para imponerse en su propio campo. Robert Dranton ha hecho una contribución importante al pensamiento realmente crítico recordándonos que buena parte de los revolucionarios franceses eran descendientes de la bohemia de los escritores y los intelectuales fracasados3. Marat era un intelectual malvado que envió a la guillotina a más de un buen intelectual. El mecenazgo de Estado corre siempre el riesgo de favorecer a los mediocres, siempre más dóciles. En 1848 había un gobierno de izquierda, el hermano de Louis Blanc era el ministro de Cultura, y era un pintor pompier el que se encargaba de hacer el retrato de la República…
Y sabemos bien que, más globalmente, el progresismo en materia de política no va necesariamente aparejado con ningún radicalismo estético -y ello por razones sociológicas más que evidentes. Un pensamiento verdaderamente crítico debe comenzar con una crítica de los fundamentos económicos y sociales del propio pensamiento crítico. Es muy frecuente que, como Vd. mismo ha recalcado en todo momento, un pensamiento verdaderamente crítico deba realmente oponerse también a aquellos que administran justificaciones críticas de pensamientos y prácticas realmente conservadoras, o que no se adhieren a las posiciones críticas sino porque no dan la talla (falta de competencia, en realidad) para ocupar las posiciones normalmente asociadas al conservadurismo.
Hans Haacke: No hay duda de que los fondos públicos siempre pueden ser usados para sostener a los pompiers o alimentar un arte oficial. Si hablamos del encargo público -un sector extremadamente expuesto a las presiones políticas- hay en efecto muchos ejemplos espantosos. Pero si comparamos esos encargos públicos y las compras privadas, veremos que la situación no mejora, sino que va a peor. Lo que cuenta es, siempre, la inteligencia y la independencia de los responsables. Las obras de la exposición de «Arte degenerado» de los nazis venían todas exclusivamente de colecciones públicas. Eso quiere decir que pese a la oposición del emperador y las autoridades que, desde 1918 y como él, no entendían nada de arte, los directores de los museos alemanes habían adquirido un buen número de importantes obras de la vanguardia de aquel tiempo. Otro ejemplo: la comparación entre las adquisiciones de arte contemporáneo del MoMA de Nueva York, institución privada que depende en primer lugar de las donaciones, y las del Centro Pompidou demuestra que los funcionarios franceses han podido ser más audaces y han reunido con fondos públicos una colección más importante en el sector más «arriesgado», desde el punto de vista del mercado, la moral o la ideología.
Pierre Bordieu: Un sistema público concede más margen de libertad; pero en todo caso esa libertad hay que saber utilizarla…
Los filósofos adoran plantear la cuestión de la libertad del filósofo profesor-funcionario. De hecho, es muy importante que existan profesores de filosofía sostenidos por el Estado. Pero a condición de que ellos sepan utilizar verdaderamente esa libertad ligada al hecho de que son titulares de una posición garantizada por el Estado, y que incluye la libertad de, eventualmente, pronunciarse contra el Estado, contra el pensamiento del Estado. Pero esas opiniones en realidad no le debilitan, o no menos que lo alimentan … Y los poderes estatales hábiles saben muy bien cómo pueden manipular a los artistas, invitarlos a los partis del Elíseo, etc. Dicho lo cual, sigue siendo cierto que siempre que haya un curator arriesgado, él puede elegir con riesgo. Mientras que si está financiado por empresas privadas entonces no puede.
Hans Haacke: Puede que por ejemplo falte más coraje al nuevo conservador de las galerías de contemporáneo del Centro Pompidou -que tiene menos que sus colegas de antaño. Antes de su designación, fue conservador de la Foundación Cartier …
Pierre Bordieu: ¿Y cuál es el estatuto del curator en Graz? ¿Es funcionario estatal?
Hans Haacke: La situación en Graz es un poco compleja. Cada otoño desde el 68 se organiza un fesival cultural, el Otoño Estirio. Está financiado por el ayuntamiento de Graz, la provincia Estiria y el gobierno austríaco de Viena.
Pierre Bordieu: O sea, que es una manifestación ocasional. No tiene una estructura permanente.
Hans Haacke: Werner Fenz, el curator encargado de organizar la sección de artes plásticas del festival en el que yo participé, es el conservador de la Neue Galerie, el pequeño museo de arte contemporáneo de la ciudad de Graz.
Pierre Bordieu: Parece muy audaz …
Hans Haacke: Lo es. Y afortunadamente, no está solo. Para el veinte aniversario del festival, los organizadores han decidido conmemorar otro aniversario, el de la «Anschluss», la anexión de Austria por Hitler en 1938. Dieciséis artistas han sido invitados a crear obras destinadas a ser instaladas temporalmente en lugares públicos que jugaron un papel importante en el régimen nazi. Werner Fenz ha explicado su programa con una claridad admirable: «Puntos de referencia -que es el título de la exposición- intenta incitar a los artistas a tratar con la historia, la política y lo social, para así reivindicar un espacio intelectual hoy por hoy abandonado a la indiferencia cotidiana, en una regresión progresiva, desconsiderada y manipulada». Mi propuesta fue disimular una estatua de la Virgen en el centro del pueblo, como hicieron los nazis en el 38, bajo un obelisco cuajado de insignias hitlerianas y añadir un balance de los muertos asesinados por los nazis en la provincia Estiria.
Cuando lo propuse pensaba que ese proyecto iba a ser imposible de realizar. Pero no quería participar en la exposición sino con él. Los funcionarios podían haber dicho que mi proyecto resultaba demasiado caro. O podían haberlo rechazado aludiendo a razones de seguridad, en una región que todavía cuenta con demasiados simpatizantes nazis. También podían haber invocado el respeto a la virgen, como hizo un periódico local cuando mi memorial a los muertos del nazismo recibió una bomba incendiaria. Pero, y pese a todos esos posibles argumentos, el proyecto se realizó. El ayuntamiento, dirigido por los socialistas, y la provincia -gobernada por conservadores-, colaboraron. Y como esperaba, el memorial jugó un papel de catalizador de la conciencia histórica entre las gentes de Graz. Creemos que la censura y la autocensura están por todas partes -y es verdad, existe. Pero si probamos sus límites, podemos encontrarnos de cuando en cuando que hay agujeros en el muro, que podemos perforar. Puede ocurrir que las cosas puedan hacerse, pese a que las imaginemos imposibles.
Pierre Bordieu: Los universos sociales se han vuelto muy complicados: son el resultado de combinaciones de juegos muy complejos y separados. Y nadie puede controlarlos. Puede ocurrir, por la concurrencia de un ministerio contra otro, de una oficina contra otra, en un mismo universo, o entre distintos universos… todo puede ocurrir. Depende muy frecuentemente de una sola persona, pero si sabe sacar partido del «juego» que comportan siempre las estructuras.
Hans Haacke: O es una persona o es una constelación anómala de circunstancias, como la que conocí en Berlín tras la caída del muro y la reunificación. Si no se intenta, nunca ocurre. Y si se consigue, ello constituye un precedente en el que podemos apoyarnos para ir más allá.
Pierre Bordieu: Para retomar de nuevo lo que decíamos a propósito del «clima» intelectual, podemos proponer que, teniendo en cuenta que se tiene tendencia a renunciar a emprender una actuación determinada en función de sus pocas posibilidades de éxito, el clima que tiende a desacreditar a los intelectuales críticos, que tiende a rebajar la estimación de posibilidades de hacer las cosas y triunfar en ellas, contribuye a favorecer una forma de autocensura; o peor, un sentimiento de desmoralización y desmovilización. Es por eso que actuaciones como las suyas tienen, en los tiempos que corren, mucho valor. Tienen, como diría Max Weber, el valor de «profecías ejemplares».
Hans Haacke: En la obra de Graz, como en la de Berlín o Königsplatz de Munich no aporto realmente informaciones nuevas. Pero sí en otras, como la que se refiere a los vínculos entre Philip Morris y el senador Helms, que contienen una parte de información hasta ese momento desconocida, y que en consecuencia producen un efecto de revelación. A partir de mis investigaciones sobre las maniobras de fabricación de cigarrillos, que hizo saber a todo el mundo que «el desarrollo de la empresa pasa por el arte», me encontré con una pequeña bomba informativa: el espónsor de la Declaración de Derechos no sólo subvencionaba las campañas electorales de Helms, como yo suponía, sino que también los cowboys de Philip Morris habían donado 200,000 dólares para abrir un museo en su honor, destinado a difundir los «valores americanos» que él representaba. Incorporé esa noticia dentro de un collage facsímil de otro de Picasso que había formado parte de la exposición Braque-Picasso que Phiplip Morris esponsorizó en el MoMA, reemplazando los fragmentos de periódicos originales por extractos de la prensa actual. El New York Times y otros periódicos hicieron amplios informes de mi descubrimiento y recogieron también las embarazosas declaraciones de los portavoces de la empresa. En protesta contra la ayuda prestada por Philip Morris al enemigo del arte y los gays, muchos artistas se retiraron de eventos esponsorizados por Philip Morris. Hubo ecos de ese boicot hasta en Berlín. Finalmente, el espónsor de Helms dedició donar dinero para la lucha contra el sida, y hacerlo público.
Pierre Bordieu: Demostró que un hombre prácticamente solo puede producir efectos inmensos rompiendo la baraja, transgrediendo la ley y exponiéndola al escándalo, el instrumento de acción simbólica por excelencia. O por lo menos, que no es preciso optar entre la acción colectiva, la manifestación en masa o el refugio en un partido, y la apatía individual, la renuncia y la resignación.
Hans Haacke: Lo que nos ayudó, seguramente, fue que Jesse Helms tenía muy pocos amigos en la prensa neoyorkina. Y también que esa revelación coincidió con el gran debate en los Estados Unidos sobre los riesgos de fumar. Incluso el ministerio de sanidad acusó a Philip Morris de ser un «mercader de muerte». La impertinencia que cometió al presentarse como aval de los Derechos Humanos, se volvió en su contra.
Una política de la forma.
Pierre Bordieu: En el punto en que nos encontramos, me parece que convendría reflexionar sobre el hecho de que el proceso de autonomización del mundo artístico -con respecto a mecenas, academias, al Estado…- ha venido acompañado de una renuncia a determinadas funciones, en particular políticas. Y que uno de los efectos que su trabajo produce es el de reintroducir esa función. Dicho de otra forma: la libertad que los artistas han ido conquistando a lo largo de la historia, y que se limita a las formas, usted la extiende tambien a la función. Lo que lleva al problema de la percepción de sus obras: los hay que se interesan en la forma y son incapaces de percibir su función crítica, los hay que se interesan en la función crítica y no perciben la forma, mientras que en realidad la necesidad estética de la obra se refiere al hecho de que se dicen ciertas cosas, pero en la forma precisa, necesaria y subversiva, en que son dichas.
Hans Haacke: Creo que el público de lo que llamamos arte raramente es homogéneo. Siempre hay una tensión entre los que se interesan sobre todo en aquello que es contado y aquellos que privilegian la manera. Ni los unos ni los otros pueden apreciar la obra de arte en todo su valor. Las «formas» hablan y el contenido se inscribe en las formas. El conjunto está inevitablemente impregnado de significaciones ideológicas. Y no es distinto en el caso de mi trabajo. Los hay que se interesan por el tema y la información…
Pierre Bordieu: El mensaje.
Hans Haacke: …implícita o explícita. Puede que se sientan reforzados en sus opiniones cuando se dan cuenta que no son los únicos en pensar así. Nos place encontrar cualquier cosa que nos ayude a articular nuestras ideas difusas y darles una forma más nítida. Así que predicar la conversión -como se suele decir- no es del todo una pérdida de tiempo. Buena parte de la publicidad y todos los candidatos a una elección lo hacen, y no les falta razón. Frente a los simpatizantes hay gente en desacuerdo, entre ellos los que intentan eliminar mi obra -hay muchos ejemplos espectaculares. Las tentativas de censura demuestran, cuando menos, que los censores piensan que la exposición de mis obras puede traer consecuencias. Entre esos dos extremos, hay un público curioso, pero sin una opinión fija. Y entre ellos mi obra encuentra gente dispuesta a reexaminar sus posiciones. Correspoden, grosso modo, con ese público flotante que los expertos en marketing o relaciones públicas consideran el encargado de aumentar el mercado de un producto o de una opinión. Es también en ese sector «flou» donde se sitúa buena parte de la prensa. Aunque evidentemente se trata de un esquema muy general.
En el grupo de los que se interesan prioritariamente por eso que hemos venido llamando «forma» -y cada vez que empleo esta dicotomía, para mí tramposa, me siento mal-, hay un grupo importante de estetas que piensan que toda referencia política contamina el arte, introduciendo aquello que Clement Greenberg llamaba ingredientes «extra-artísticos». Para estos estetas, esto es periodismo, o peor: propaganda, comparable a la propaganda estalinista o a la de los nazis. Ignoran, entre otras cosas, que mi trabajo está muy lejos de ser apreciado por el poder. En el origen de su argumento está la hipótesis de que los objetos que constituyen la historia de arte han sido producidos en un vacío social, y consecuentemente no revelan nada sobre el entorno de su nacimiento. La verdad es en cambio que los artistas son muy conscientes de las determinaciones sociopolíticas de su tiempo. Muy frecuentemente, ellos producen sus obras para servir a objetivos muy específicos. La situación en Occidente se ha vuelto muy compleja desde el siglo XIX, con la desaparición de los encargos eclesiales y la realeza.
Pero ya el arte de la burguesía de los países bajos en el XVII demostró que continuaba siendo una manifestación de ideas, actitudes y los valores del clima social colectivo y de los personajes específicos de su tiempo. Y nada ha cambiado en eso. Las obras de arte -y quiéranlo o no los artistas- son siempre expresiones ideológicas: incluso si no están hechas para clientes identificables en un momento dado. En tanto marcas de poder y capital simbólico -espero que la utilización de sus términos sea correcta- esas obras cumplen un papel político. Muchos de los movimientos del arte de este siglo -pienso en fracciones importantes de los constructivistas, dadaistas y del surrealismo- tenían objetivos explícitamente políticos. Me parece que una insistencia específica sobre la «forma» o el «mensaje» supondría una especie de separatismo. Tanto una como otro son altamente políticas. Por lo que se refiere a la función de propaganda de todo arte, me gustaría añadir que la significación y el impacto de un objeto nunca está fijado a perpetuidad.
Depende siempre del contexto en el que se analiza. Afortunadamente, la mayoría de la gente no se conforma con la presunta pureza del arte. Es evidente que en el mundillo del arte se interesan muy particularmente por las cualidades específicamente visuales de mi trabajo: se preguntan cómo ellas se inscriben en la historia del arte y si desarrollo formas nuevas, procedimientos nuevos. Se es más hábil para descifrar las formas en tanto que significantes, y hay una apreciación mlara de las técnicas. De modo que las gentes que son capaces de identificar las alusiones políticas, los simpatizantes de mi mundillo, gustan de encontrar las referencias a la historia del arte, inaccesibles a los profanos. Creo que una de las razones por las que mi trabajo es reconocido por un público tan diverso es que ya dos fracciones que yo he distinguido tan groseramente -evidentemente, la cosa es más compleja- tienen pese a todo la certeza de que las «formas» expresan un «mensaje»; y que el «mensaje» no se transmitiría sino a través de una «forma» adecuada. La integración de ambos elementos es lo que cuenta.
Pierre Bordieu: ¿Quiere Vd. decir que, incluso cuando privilegian uno de los dos aspectos, intuyen confusamente la presencia del otro?
Hans Haacke: Sí, eso creo.
Pierre Bordieu: ¿Y que perciben que sus obras son doblemente necesarias: desde el punto de vista del mensaje y desde el de la forma, y de la relación entre ambos?
Hans Haacke: Lo que también cumple un papel importante es el contexto. El contexto en el que el público se encuentra con mi obra. Hay una diferencia entre encontrarlo en lugares públicos, como en Graz, Munich o Berlín, y encontrarlo en museos o, incluso para audiencias más especializadas, en las galerías de arte. Las dos últimas categorías de audiencia consideran sin duda mi obra como arte, aunque discutan su calidad artística -como hace Hilton Kramer. En cambio, los peatones que se lo encuentran en la calle lo miran de otra manera.
A menudo yo trabajo deliberadamente para un contexto específico. Así que el entorno social y político del lugar de exposición cumple un papel, tanto o más que la propia arquitectura del espacio. Las circunstancias simbólicas del contexto son muy frecuentemente mi material esencial. Un trabajo realizado específicamente para un lugar dado, por tanto, no puede ser desplazado y mostrado igualmente en cualquier otro. Por lo mismo, la significación de los elementos físicos dependen a menudo de su contexto. Que no es necesariamente estable. Por ejemplo, la estrella de neón de Mercedes girando sobre un gran edificio que nos encontramos entrando en París por el Norte en tren no significa lo mismo que esa misma estrella en lo alto del Europa Center de Berlín (sobre todo, depués de la caída del Muro), o esa misma estrella colocada por mí en uno de los miradores de las fortificaciones del mismo muro.
Pierre Bordieu: Ese es uno de los tópicos que la autonomización del arte ha roto: el efecto museo arranca la obra de cualquier contexto, reclamando la mirada «pura». Es también ese reencuentro con el contexto lo que su obra restablece. Lo que Vd. dice tiene en cuenta la circunstancia en que se dice. El buen lenguaje es el que cumple a un propósito y lo alcanza eficazmente. Es eso lo que hace del ejemplo de Graz un caso extraordinario, justamente el tratamiento que el público da a la obra; es un poco como si Vd. hubiera provocado a las gentes a quemar la obra. ¿Había Vd. previsto algo así?
Hans Haacke: No desde luego la bomba incendiaria. Pero habíamos tomado precauciones, por supuesto. Había guardianes durante la noche. Sea cual sea el carácter de una escultura contemporánea, tenemos suficiente experiencia como para saber que por el mero hecho de estar en el espacio público invita al vandalismo.
Por lo que se refiere al trabajo para un contexto dado, me gustaría añadir que, como ocurre con múltiples otras cuestiones que atañen a la teoría y sociología del arte, tiene un precedente en la obra de Duchamp. Cuando presentó su «Fuente» en la exposición de los Independientes anónimamente, la planteó deliberadamente para un contexto específico. Lo sabía bien, porque era miembro de esa sociedad neoyorquina y podía imaginarse las reacciones de sus colegas. Y jugó con ellas…
Pierre Bordieu: Sí, pero paradójicamente hacía un poco lo contrario de lo que Vd. hace. Se servía del museo como contexto descontextualizador, si se puede decir. Es decir: tomamos un urinario y, por el hecho de colocarlo en e museo, alteramos su naturaleza en tanto el museo va a operar sobre él el efecto que produce sobre todos los objetos expuestos. Ya no es un tríptico o un crucifijo ante el que se va a orar, sino una obra de arte que vamos a contemplar.
Hans Haacke: Hoy por hoy es una reliquia, pero en 1917 fue un escándalo. Para empezar, Duchamp logró desenmascarar los criterios de sus colegas, que pedían que ese objeto fuera excluido del universo artístico. Cuando su amigo Arensberg lo compró, los criterios cambiaron. De golpe, ese urinario fue contemplado como diferente a todos los otros cientos de urinarios que podían comprarse -seguramenente más baratos- en cualquier tienda de sanitarios de Nueva York. Pero su significación había cambiado. De esa forma Duchamp había desvelado para la historia las reglas del juego, el poder simbólico del contexto…
Pierre Bordieu: Pero Vd. minimiza la novedad de lo que Vd. hace en comparación a aquello. Por supuesto que participa de la misma lógica. Pero usted reintroduce un contexto que ya no es únicamente el museo, sino la Villa de Graz, sus habitantes, los nazis, …
Hans Haacke: Creo que la mayoría de los que pasean por Graz se relacionan con mi trabajo no tanto como arte, sino como manifestación política. De tal forma que su incendio también tuvo que ser contemplado como una acción política. Sólo en el contexto del mundillo cultural se interpretó también como un atentado contra el arte. Si un artista sale de su medio, como yo hice en Graz -y no fuí el único- entonces implica simultáneamente varias esferas sociales diferentes. Las categorías de clasificación a las que estamos acostumbrados saltan por los aires.
Me parece que la «guetización» del arte es un fenómeno reciente. Hubo tentativas de salir por parte de Tatlin, Heartfield y otros. Rodchenko concebía la propaganda como fusión del arte y la acción social. Pero esas tentativas pasaron ya a formar parte de la historia del arte. Los museos, las galerías y las colecciones privadas acuerdan los valores simbólicos -y por supuesto también económicos- de ciertos objetos, y les ofrecen un espacio protegido importante e incluso una tribuna. Pero después de todo este tiempo, queda un cierto malestar.
Me pregunto si ese sentimiento no tiene su origen en una cierta comprensión romántica de la situación del arte, y en un malentendido profundo a propósito del papel que cumple ese gueto separado de lo artístico en la práctica contemporánea -y pienso si no hay una contradicción entre los términos «gueto» y «tribuna» que he utilizado. ¿Qué interés tendrían las empresas en esponsorizar un enclave cerrado? ¿Por qué el senador Helms y los neoconservadores se afanan tanto en lo que ocurre por aquí? ¿Y cómo se explica que el puesto de director del Beaubourg o del Whitney de NY no sean concebidos como meros puestos administrativos, que podrían ser cubiertos por cualquier antiguo alumno de la escuela de arte o la Academia del Louvre y sus equivalentes en los Estados Unidos?
Pierre Bordieu: ¿Puede extenderse sobre estas alusiones?
Hans Haacke: Hay un debate sobre la dirección de los museos que va más allá de lo que se dice cuando se les acusa de ser sucursales de los marchantes de NY u otros lugares. Quienes hablan del contexto en que las obras son creadas suelen ser acusados de marxistas, etiqueta altamente estigmatizante. La práctica más habitual consiste en descontextualizar los objetos, como si se tratara de presentar colecciones de mariposas exóticas. Esa forma de concebir los museos elude toda consideración del campo social del que provienen las obras -y aunque los creadores aludan a él. Sin duda es una práctica políticamente prudente. Pero conlleva la neutralización del arte.
Las instituciones artísticas, un poco como las escuelas, son lugares de formación. Influyen en nuestra forma de vernos a nosotros mismos y de considerar las relaciones sociales. Y como en otras sucursales de la industria de la conciencia, nuestros valores se negocian en ella de modo sutil. Si se quiere, es un campode batalla en que se enfrentan distintas concepciones ideológicas de lo social. El mundo del arte, contrariamente a lo que se cree, no es un mundo aparte. Lo que en él sucede expresa la sociedad global y sus repercusiones. En tanto las relaciones no son mecánicas y la complejidad de los frentes no permite una identificación inequívoca, no es fácil demostrar esa interdependencia arte-sociedad. Funciona menos en los detalles que a nivel del clima social. Pero como ya la metáfora metereológica sugiere, lo que ocurre en las geografías particulares no puede olvidarse. El concepto de clima es débil, pero estoy seguro de que es así, de un modo casi imperceptible, como se deciden las direcciones globales que adopta nuestra sociedad.
Pierre Bordieu: Dicho lo cual se entiende que, según las formas del arte, el corte, la separación entre arte y sociedad, sea mayor o menor. De hecho hay formas artísticas que instituyen ese corte, que viven de él.
Hans Haacke: Pero incluso ésas tienen una influencia sobre eso que hemos llamado el clima…
Pierre Bordieu: Al menos negativamente. No haciendo lo que podrían hacer…
Hans Haacke: A comienzos de los años 80, una docena de años más tarde de la revolución cultural de los 60, hubo un resurgir de la pintura neo-expresionista. La llegada de esa moda, acompañada del retorno de la pintura tradicional al primer plano de la escena artística, señaló al mismo tiempo el declive de un período rico de experimentación, análisis y compromiso social. Siguiendo la moda, la Documenta de 1982 postuló, grosso modo, la restauración del mundo mítico, del individuo contra lo social, del artista semi-dios que plantea su desafío al mundo, del Rambo. Eso se correspondió con la llegada en los Estados Unidos de Reagan a la Casa Blanca y poco después de Kohl a la cancillería alemana.
Margaret Thatcher ya estaba desmantelando el estado del bienestar en beneficio de la libre empresa, mientras su amigo americano se preparaba para defenderse del Imperio del Mal en la Guerra de las Galaxias. Charles Saatchi, el patron del emporio publicista que hacía las campañas de Maggie compró masivamente la nueva pintura, contribuyendo así a elevar su cotización. Por supuesto que el trabajo «no chic» continuó haciéndose subterráneamente, en la oscuridad, y hubo jóvenes que se implicaron en nuevas tentativas críticas que no serían reconocidas hasta mucho más tarde. Sería injusto acusar a los artistas o al entorno que hizo fortuna en esas circunstancias de, conscientemente, haber apoyado la política de los conservadores en el poder. Pero por lo menos a nivel de clima, creo que hubo una colaboración4 de mutuo beneficio.
Notas
Este texto recoge dos epígrafes de una larga conversación entre Haacke y Bordieu publicada originalmente en Libre-echange, Seuil, Paris, 1994.
1 «A word from our sponsor», Newsweek, 25 Nov 85, p. 98. (HH).
2 Alaijn-Dominique Perrin, «Le mécénat français: la fin dun préjugé» interview de Sandra d’Aboville,Galeries Magazine, num. 15, Paris, Oct-nov, 1986, p. 74 (HH).
3 Robert Dranton, Bohème littéraire et Revolution. Le monde des livres au xviii siecle, Gallimard-Seuil, 1983.
4 Diez años más tarde, Jan Hoet, el director de la Documenta de 1992, excluyó formalmente toda obra con alusiones políticas explícitas. En cambio, optó por lo que llamaba el misterio, lo infamiliar… (HH).
Colo Colo logra empate con Cobreloa: semifinales al rojo…
¿Alguien podría dudar que el fútbol es un fenómeno social y cultural, que da cuenta de un cierto tipo de expectativas colectivas, sea de evasión, de distracción, de alguna forma de “alienación”, de “fuga” respecto de otras dimensiones de la realidad? Así se constata en Europa y América Latina, donde de lejos se trata del deporte más popular, “deporte y pasión de multitudes”, y que de simple actividad social y cultural, se transforma progresivamente en una actividad mercantil, en un negocio, en una actividad empresarial que mueve miles de millones de dólares en diferentes continentes… Pero aún considerando esa evolución mercantil, sigue siendo un fenómeno social y cultural… En Chile, Colo Colo, junto a Universidad de Chile, encarnan visiblemente ese fenómeno… ¿podríamos entonces dejar de dar cuenta de expresiones notorias de su existencia? Por ejemplo, Colo Colo va ahora en marcha hacia otro título, despertando fuertes expectativas en un sector de la subjetividad colectiva nacional … pero un accidente podría impedirlo aún… E.A.
Colo Colo se llevó valioso empate de Calama
Sábado 29 de Noviembre de 2008
17:54
El Mercurio Online
SANTIAGO.- Las fichas estaban puestas en los naranjas. En las últimas fechas de la fase regular y, sobre todo, en los cuartos de final (triunfo por 3-0 sobre la U), Cobreloa había vuelto a hacer del Municipal de Calama un reducto inexpugnable.
Así, los dirigidos de Marco Antonio Figueroa salían hoy, sábado, a asegurar los tres puntos y a conseguir una cuenta de ahorro con la que llegar a buscar la clasificación a Santiago.
Pero el que, finalmente, hizo su negocio fue Colo Colo, que se fue con un importante punto y 3 valiosos goles como visitante, que a la hora de una igualdad en puntos pesan como el plomo.
Y todo empezó temprano para los albos, ya que a los 8 minutos se pusieron en ventaja con un tanto de Rodolfo Moya tras recibir un centro de Daúd Gazale, quien había recibido un pase profundo, a las espaldas de los defensores, de Macnelly Torres.
A los 20′, Cobreloa consiguió la igualdad gracias a un grueso error del portero Cristián Muñoz. Fabián Benítez disparó desde 30 metros y el tiro, frontal, rozó en Riffo, pero no desvió el balón que llegó a las manos del meta que vio cómo el balón se le escapaba y se anidaba en su arco.
Tras el empate, los loínos subieron sus líneas y presionaron en campo rival, cambio que encontró frutos a los 35 minutos, cuando Gustavo Savoia sacó un remate desde 25 metros que se desvió en un defensor albo descolocando a Muñoz. 2-1 para el local.
Pero antes del descanso, Macnelly Torres, que en Calama ha hecho buenas presentaciones, puso el 2 a 2 para la visita, resultado con que se terminó el primer lapso.
En la segunda etapa, la noche pudo venirse para Colo Colo, pues a los 49 minutos Rodrigo Meléndez le cometió una fea infracción a Pablo Magalhaes y se hizo acreedor de la cartulina roja.
Sin embargo, con un hombre menos el “Cacique” se supo poner en ventaja con anotación de Daúd Gazale, quien recibió un pelotazo largo y frontal que el ariete ganó entre dos centrales loínos -aunque tocó el balón con la mano- y definió de gran manera nate la estirada de prieto.
De ahí en más, Barticciotto se dedicó a defender el resultado. Sacó a Moya por Villarroel y a Gazale por Carrasco.
Cobreloa se fue en busca del empate y el tanto llegó en los pies de Gustavo Savoia que sacó un remate cruzado razante tras una buena jugada de Junior Fernández que había ingresado opr Daniel González.
El local fue por más, pero la barrera alba impidió el triunfo loíno y rescató un valioso empate desde Calama.
El próximo sábado se definirá al primer semifinalista del Clausura en el estadio Monumental. Colo Colo corre con ventaja.
Mañana, domingo, a partir de las 12:00 horas, comenzará la segunda semifinal en el estadio Fiscal de Talca, entre Rangers y Palestino.
Barticciotto: “No podemos relajarnos para la revancha”
| Noticias Primera A |
| Sábado, 29 de Noviembre de 2008 18:55 |
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El DT de Colo Colo se mostró feliz con el esfuerzo de su equipo, señalando que sacaron adelante un difícil partido ante Cobreloa, jugando de manera inteligente, además de recalcar que no hay nada definido y que saldrán a buscar la victoria en Santiago. Muy conforme se mostró el entrenador de Colo Colo Marcelo Barticciotto tras el empate obtenido por su equipo en Calama. ‘Barti’ señaló que la expulsión de Meléndez condicionó el planteamiento y que la revancha será igual de complicada, por lo que saldrán a ganar el partido en Santiago. “Después de la expulsión, perdimos un poco la generación de juego, pero fuimos inteligentes y supimos aguantarlo. En Santiago tenemos que salir a buscar el partido y por eso necesitamos el apoyo de la gente, porque la revancha será complicada y no podemos relajarnos, porque no hay nada definido”, dijo el técnico albo. Como lo señaló el estratega colocolino, el hombre de menos fue un factor clave. El responsable de esto fue Rodrigo Meléndez, quien reconoció su error, pero destacó el esfuerzo de sus compañeros para sacar el resultado. “Partimos ganando y ellos después nos hicieron dos goles de rebote, pero Colo Colo fue inteligente, se manejó bien en todas las líneas y sacamos un gran resultado. La expulsión fue mi error, porque vi que no llegaba con la cabeza y metí la mano”, dijo ‘Kalule’. En el camarín local, el entrenador Marco Antonio Figueroa no quiso hacer declaraciones. Pero el que sí habló fue el goleador Gustavo Savoia, a quien no le gustó el resultado. El argentino reconoció las individualidades del rival, pero se mostró optimista de cara al partido de vuelta. “Tenían jugadores que no venían jugando, pero Gazale y Moya marcaron diferencias, y nosotros no supimos aprovechar el hombre de más. Tengo bronca, pero creo que en la vuelta lo ganamos y pasaremos a la final”, cerró el trasandino. |
HOMO ACADEMICUS, Pierre Bourdieu

Siglo Veintiuno Editores publica por primera vez en castellano esta obra en la cual Pierre Bourdieu detiene su lúcida mirada en el mundo universitario para señalar y describir la lucha de poderes constante en el campo académico. Para el autor, esta lucha se desarrolla siguiendo una lógica específica, donde el poder académico y el prestigio intelectual ó científico son los dos polos opuestos, mientras que las disciplinas y las prácticas dominantes y dominadas se distribuyen en torno a ellos.
¿Cómo se manifiesta este juego de fuerzas e intereses? Según Bourdieu, esto ocurre en los conflictos entre facultades o entre disciplinas; en las pujas por lograr horarios de clases, recursos económicos y humanos; en la reproducción del cuerpo docente, en la endogamia de ese cuerpo y en sus modos de reclutamiento y selección; y en la exclusión de los adversarios.
Es una ilusión pensar que la producción intelectual está exenta de determinismos o que surge del ejercicio libre e independiente del pensamiento, sostiene Bourdieu. Por el contrario, asegura que esa producción está condicionada por la ubicación y la trayectoria en el espacio académico, y quienes se consagran al saber (los que lo construyen y lo transmiten, pero también los estudiantes) no deberían soslayar esta evidencia.
CONTRA EL FATALISMO ECONOMICO, por P. Bourdieu
Mis más cálidos agradecimientos para la ciudad de Ludwigshafen, su alcalde el Señor Wolfgang Schulte y al Instituto Ernst Bloch, por el honor que se me ha concedido y asocia mi nombre con el de uno de los filósofos a quien más admiro. Mis agradecimientos también para el señor Ulrich Beck por el generoso discurso que acaba de pronunciar. Me hace pensar en que en el futuro próximo podremos asistir al nacimiento de la utopía de un colectivo intelectual europeo, cosa que he apoyado durante mucho tiempo. Mi única crítica a esta eulogia es su excesiva generosidad, especialmente por la forma en que atribuyó a mi persona una cantidad de propiedades y cualidades que sólo son producto de condiciones sociales. No puedo dejar de pensar, cuando se me honra de semejante manera y se me eleva al nivel de gran defensor de la idea utópica -en estos días tan desacreditada, desechada y ridiculizada, en nombre del realismo económico-, que estoy siendo autorizado o más precisamente urgido a intentar definir cual tiene que ser y debe ser el papel del intelectual, en relación a la utopía en general y la utopía europea en particular.
El aspecto engañoso de esta revolución conservadora es que, atrapada por todos los signos de la modernidad, aparentemente no conserva nada de la oscura pastoral de la Selva Negra, tan amada por los revolucionarios de los años 30… Después de todo, viene de Chicago ¿no es así?… Galileo dijo que el mundo natural está escrito en lenguaje matemático. Actualmente, tratan de inventar que el mundo social está escrito en lenguaje económico. Mediante el arma de las matemáticas -y también del poder de los medios- el neoliberalismo se ha transformado en la forma suprema de contraataque conservador, apareciendo durante los últimos treinta años bajo la denominación de “el fin de la ideología” o, mas recientemente, “el fin de la historia”.
Fatalismo economicista
Lo que se nos presenta como un horizonte imposible de superar por el pensamiento -el fin de las utopías criticas- no es nada más que un fatalismo economicista, que puede criticarse en los términos empleados por Ernst Bloch en El espíritu de la utopía (1) dirigiéndose al economicismo y fatalismo que pueden encontrarse en el marxismo.
La fechitización de las fuerzas productivas y el fatalismo resultante, se encuentra hoy paradójicamente en los profetas del neoliberalismo y en los sacerdotes del Deutschmark y la estabilidad monetaria. El neoliberalismo es una poderosa teoría económica cuya estricta fuerza simbólica, combinada con el efecto de la teoría, redobla la fuerza de las realidades económicas que supuestamente expresa. Sostiene la filosofía espontanea de los administradores de las grandes multinacionales y de los agentes de la gran finanza, en especial los agentes de Fondos de pensión. Seguida en todo el mundo por políticos nacionales e internacionales, funcionarios oficiales y especialmente por el mundillo de los periodistas tradicionales -todos más o menos igualmente ignorantes de la teología matemática subyacente- se está transformando en una creencia universal, en un nuevo evangelio ecuménico.
Este evangelio, o más bien la vulgarización gradual que se ha hecho a nombre del liberalismo en todos los lugares, está confeccionada con una colección de palabras mal definidas -”globalización”, “flexibilidad”, “desrregulación” y otras- que, a través de sus connotaciones liberales e incluso libertarias pueden ayudar a dar la apariencia de un mensaje de libertad y liberación a una ideología que se piensa a si misma como opuesta a toda ideología.
De hecho, esta filosofía tiene y reconoce como su único objetivo la permanente creación de riqueza y, más secretamente, su concentración en manos de una minoría privilegiada, y por lo tanto conduce un combate por cualquier medio, incluso la destrucción del medio ambiente y el sacrificio humano, contra cualquier obstáculo a la maximización de las ganancias. Seguidores del laisser-faire, como Thatcher, Reagan y sus sucesores ponen cuidado en la práctica no del laisser-faire sino, al contrario, en dar mano libre a la lógica de los mercados financieros para llevar adelante una guerra total contra los sindicatos, contra las adquisiciones sociales de los últimos siglos, en una palabra, contra todas las formas de civilización asociadas con el estado social.
Juzgar por los resultados
La política neoliberal puede ser ahora juzgada por sus resultados, que son claros para todos, a pesar de los esfuerzos para probar por medio de trucos estadísticos y trampas groseras que Estados Unidos y Gran Bretaña han alcanzado el pleno empleo. Hay desempleo masivo. Los trabajos que hay son precarios, la permanente inseguridad resultante afecta una creciente proporción de la población, aun en las clases medias. Hay una profunda desmoralización ligada al colapso de la solidaridad elemental, especialmente en la familia y todas las consecuencias de este estado de anomia: delincuencia juvenil, crimen, drogas, alcoholismo, la reaparición en Francia y en otros lugares de movimientos políticos de corte fascista. Y hay una destrucción gradual de las adquisiciones sociales y cualquier defensa de estas es denunciada como conservadurismo pasado de moda.
A esto podemos sumar ahora la destrucción de las bases económicas y sociales de las más notables conquistas culturales de la humanidad. La autonomía de la cual gozaban los universos de la producción cultural en relación al mercado, que había crecido continuamente por medio de las luchas de los escritores, artistas y científicos, está cada vez más amenazada. La dominación del “comercio” y de “lo comercial” sobre la literatura aumenta día a día, especialmente por medio de la concentración de la industria de publicidad que está cada vez más sujeta a las restricciones de la ganancia inmediata. Acerca del cine, podemos preguntarnos qué quedará del cine artístico experimental europeo en diez años, a no ser que se haga todo lo posible para proporcionar a los productores de vanguardia los medios de producción y más importante aún, de distribución.
Todo esto, sin mencionar los servicios sociales, condenados o a las órdenes directamente interesadas de las burocracias estatales o empresariales o a ser estrangulados económicamente. Se me preguntará ¿cual fue el papel de los intelectuales en todo esto ? No intentaré hacer un listado -sería muy largo y muy cruel- de todas las formas omisión o, peor aun, de colaboración. No necesito mencionar los argumentos de los así llamados filósofos modernistas y posmodernistas que, no satisfechos con enterrarse a sí mismos en juegos escolásticos, se reducen a la defensa verbal de la razón y el diálogo racional, o peor aun, sugieren una versión supuestamente posmoderna pero realmente radical-chic de la ideología del fin de las ideologías, con toda su condena de las grandes narrativas y una denuncia nihilista de la ciencia.
Utopismo razonado
¿Cómo podremos evitar desmoralizarnos en este entorno más o menos desalentador? ¿Cómo devolveremos la vida y la fortaleza social al “utopismo razonado” del que habla Ernst Bloch refiriéndose a Francis Bacon? (2). Para empezar ¿cómo debemos entender el significado de esta frase? Otorgándole un riguroso significado a la oposición descrita por Marx entre “sociologismo” (la pura y simple sumisión a las leyes sociales) y “utopismo” ( el desafío audaz de estas leyes), Ernst Bloch describe al “utópico razonable” como quien actúa en virtud de “el pleno conocimiento conciente del curso objetivo”, la posibilidad objetiva y real de su “época”; a quien, en otras palabras, “anticipa psicológicamente una posible realidad”. El utopismo racional se define como opuesto tanto al “pensamiento ilusorio que siempre ha traído descrédito a la utopía” como a “las trivialidades filisteas preocupadas esencialmente por los hechos”. Se opone al “derrotismo ultimatista” “la herejía de un automatismo objetivista, según el que las contradicciones objetivas del mundo serían suficientes en sí mismas para revolucionar el mundo en el cual se dan” y, al mismo tiempo, al “activismo por sí mismo” , puro voluntarismo basado en un exceso de optimismo.(3)
Así que contra este “fatalismo de banquero” que pretende hacernos creer que el mundo no puede ser diferente a lo que es -en otras palabras, totalmente sometido a los intereses y deseos de ellos-, los intelectuales y todos aquellos preocupados por el bienestar de la humanidad tendrán que restablecer un pensamiento utópico con respaldo científico, tanto en sus metas, que deben ser compatibles con las tendencias objetivas, como en sus medios, que también deben ser científicamente examinados. Necesitan trabajar colectivamente en estudios que puedan impulsar proyectos y acciones adecuados a los procesos objetivos que se intenta transformar.
El utopismo razonado, como lo he definido, es indiscutiblemente lo más ausente en la Europa actual. La forma de resistir a esta Europa -la que el pensamiento de los banqueros intenta hacernos aceptar a toda costa- no es el rechazo a Europa en sí misma desde una posición nacionalista, como lo hacen algunos, sino levantar un rechazo progresivo a la Europa neoliberal definida por bancos y banqueros. Sirve a sus intereses suponer que cualquier rechazo a la Europa que quieren equivale a un rechazo a cualquier Europa. Pero rechazando a una Europa definida y dominada por los bancos, rechazamos el pensamiento de los banqueros y el proceso que -bajo la cobertura neoliberal- termina haciendo del dinero la medida de todas las cosas, incluido el valor de los hombres y mujeres en el mercado laboral y así en todos los terrenos, en todas las dimensiones de la existencia; un proceso que al establecer la ganancia como criterio único para evaluar la educación, la cultura, el arte, la literatura, nos condena a una prosaica civilización desabrida de “fast food”, novelas de aeropuertos y guisos televisivos.
Resistencia europea
La resistencia a la Europa de los banqueros y la previsible restauración conservadora, sólo puede ser europea. Y solamente puede ser europea en el sentido de liberarse de intereses, presunciones, prejuicios y hábitos de pensamiento que son nacionales y aun vagamente nacionalistas, siendo realmente una acción de todos los europeos, en otras palabras, una combinación concertada de intelectuales de todos los países europeos, sindicatos de todos los países europeos, de las más diversas asociaciones de todos los países europeos. Es por esto que la tarea más urgente del momento no es elaborar programas europeos comunes, sino la creación de instituciones -parlamentos, federaciones internacionales, asociaciones europeas de esto y aquello: camioneros, editores, maestros y demás, pero también defensores de árboles, peces, hongos, aire puro, niños y todo lo demás- en el seno de los cuales pueden ser discutidos y elaborados determinados programas europeos.
La gente podrá decir que todo esto ya existe, pero yo estoy plenamente seguro de lo contrario, no es preciso más que mirar la actual situación de la federación europea de sindicatos; la única corporación internacional europea que se está construyendo y que posee cierto nivel de efectividad es la de los tecnócratas, contra la cual no tengo nada que decir, en verdad sería el primero en defenderla contra las dudas generalmente estúpidas, nacionalistas o -peor aún- populistas que se ciernen sobre ella. Finalmente, para no dar una respuesta general y abstracta a la pregunta por la cual comencé -sobre el papel de los intelectuales en la construcción de la utopía europea- quisiera decir que contribución espero hacer personalmente a esta inmensa y urgente tarea.
Convencido como estoy de que los mayores vacíos de la construcción europea pueden ubicarse en cuatro áreas principales -el estado social y sus funciones; la unificación de los sindicatos; la armonía y modernización de el sistema educativo; y la articulación entre la política económica y la política social- estoy trabajando actualmente, en colaboración con investigadores de diversos países europeos, sobre la concepción y construcción de las estructuras organizativas esenciales para llevar a cabo la investigación comparativa y complementaria necesaria para aportar al utopismo en estas cuestiones su carácter razonado, especialmente, por ejemplo, esclareciendo los obstáculos sociales hacia una europeización real de instituciones tales como estado, sistema educativo y sindicatos.
Un proyecto especialmente querido por mí, se refiere a la articulación entre la política económica y lo que llamamos política social, más precisamente, los efectos sociales y los costos de la política económica. Incluye el intento de encontrar las causas primarias de las diversas formas de la miseria social que aflige a hombres y mujeres de las sociedades europeas, lo que casi siempre nos remite a decisiones económicas. Es una oportunidad para que el sociólogo, a quien corrientemente no se consulta excepto para remendar la vajilla que rompen los economistas, aproveche para recordarnos que la sociología puede y debe jugar un papel inicial en las decisiones políticas que son dejadas cada vez más en manos de los economistas o dictadas de acuerdo a consideraciones económicas muy limitadas.
A través de una descripción detallada del sufrimiento causado por las políticas neoliberales -en el mismo sentido que en La Misere du monde (4)- y por medio de sistemáticas referencias cruzadas entre, por un lado, los índices económicos concernientes a la política social de las empresas (ajustes, métodos administrativos, salarios y demás) y, por otro lado, los índices de tipo más evidentemente social (accidentes industriales, enfermedades ocupacionales, alcoholismo, utilización de drogas, suicidio, delincuencia, crimen, violaciones, y demás). Me gustaría plantear la pregunta acerca de los costos sociales de la violencia económica y por lo tanto intentar diseñar las bases para una economía del bienestar que tenga en cuenta todas las cosas que, la gente que dirige la economía y los economistas, excluyen de los cálculos más o menos imaginarios en cuyo nombre pretenden gobernarnos.
Por lo tanto, para concluir, sólo quiero formular la pregunta que debe estar en el centro de cualquier utopía razonada concerniente a Europa: cómo creamos una Europa realmente europea, una que esté libre de toda dependencia de cualquiera de los imperialismos -comenzando por el imperialismo que afecta la producción y la distribución cultural en particular, vía las restricciones comerciales. Liberada también de todos los residuos nacionales y nacionalistas que aun impiden que Europa acumule, aumente y distribuya todo lo que es más universal en la tradición de todas naciones que la componen.
Para terminar con un lugar totalmente concreto del “utopismo” razonado, permítaseme sugerir que esta cuestión, para mí crucial, sea incluida en el programa del Centro Ernst Bloch y el de la organización internacional de “utópicos reflexivos” que en él podría constituirse.
* Texto del discurso pronunciado por Pierre Bourdieu el 22 de noviembre de 1997, en el acto de recepción del Premio Ernst Bloch, concedido por el Instituto Ernst Bloch, en la ciudad alemana de Ludwigshafen. Publicado en New Left Review Nº 227, enero-febrero 1998, Londres. Traducido del inglés por Clara Inés Restrepo.
LA SOCIOLOGÍA, ¿ES UNA CIENCIA?, ENTREVISTA CON PIERRE BOURDIEU
In: La Recherche N0 331, Mayo de 2000.Traducción: Manuel Antonio Baeza R. Concepción, Diciembre de 2000.
LA SOCIOLOGÍA, ¿ES UNA CIENCIA?, ENTREVISTA CON PIERRE BOURDIEU
In: La Recherche N0 331, Mayo de 2000.Traducción: Manuel Antonio Baeza R. Concepción, Diciembre de 2000.
PIERRE BOURDIEU: CONFERENCIA MAGISTRAL SOBRE SU TRAYECTORIA INTELECTUAL.
Primero, quiero decir cuan feliz me siento
de tener la ocasión de dirigirme a un público mexicano. Voy a intentar hablar en castellano y, si no acierto, o si se me hace demasiado difícil, volveré al francés y pediré la ayuda de los intérpretes. Antes de describir las grandes etapas de mi itinerario, como me lo pidió uno de ustedes, quisiera señalar las intenciones mayores que, desde el principio, inspiraron mi trabajo.
En primer lugar, he intentado abordar siempre de manera fría, fríamente científica, problemas políticamente candentes, es decir, a la vez importantes y difíciles: ello, contra la idea de “neutralidad axiológica” que siempre me pareció una hipocresía conservadora, y a fin de profesionalizar el pensamiento crítico (contra la sociología crítica de la escuela de Frankfurt y su radicalismo “chic” y contra el “izquierdismo a lo francés” —gauchisme à la française—). He trabajado sucesivamente en Argelia, durante la guerra de liberación; en Francia, sobre los estudiantes y los profesores de la universidad en vísperas del movimiento de mayo del ’68, etc., etc. Las implicaciones políticas de mis investigaciones no eran visibles, especialmente cuando uno estaba encerrado en dicha problemática progresista tradicional (ponía el acento en la dimensión simbólica de las prácticas, pensando —y lo pienso todavía— que éste era el punto ciego del marxismo y de todo el movimiento social, y, por consiguiente, aparecía como una especie de idealista, mientras intentaba producir una teoría materialista de lo simbólico).
Además, la nueva manera de hacer sociología exigía mucho trabajo, de parte del productor y también del lector… Exigía una verdadera conversión del modo de pensar, una ruptura con la manera de pensar más común entre los especialistas de ciencias sociales. Por ejemplo, la insistencia en la construcción del objeto implicaba una ruptura con el modo de pensar que era común a la mayor parte de los marxistas (por ejemplo, en Francia hubo quienes contaron muy precisamente el número exacto de pequeños burgueses) y a los investigadores dominados por el modelo americano de la investigación empírica, como Lazarsfeld. Y así, hubo investigadores norteamericanos de inspiración marxista (Erik Olin Wright, Classes, 1985) que combinaron el marxismo a la manera de Poulantzas con el empiricismo positivista a la manera de Lazarsfeld para producir estudios empíricos de las clases muy abstractos y poco instructivos. Otra dificultad de la empresa era entrar en una verdadera competencia con la sociología dominante, representada en ese momento por tres nombres: Parsons, Merton y Lazarsfeld; había que reconquistar, si se puede decir así, las armas científicas monopolizadas por la sociología norteamericana, en aquel entonces dominante.
En segundo lugar, he invertido siempre en mi trabajo, aún en el más concreto, más estrictamente empírico, grandes problemas teóricos, sobre los cuales los filósofos, hasta los marxistas, se contentaban sólo con discutir. Por ejemplo, una de las intenciones mayores de mi trabajo en Argelia fue la de hacer empíricamente la distinción, muy importante en aquel entonces, y también ahora, entre el subproletariado, dedicado a imaginaciones milenaristas y el proletariado, la clase obrera abierta a esperanzas revolucionarias (en lugar de aspiraciones milenaristas). Más generalmente, quería escapar a la alternativa teórica entre el objetivismo, en aquel tiempo dominante en sociología, en etnología (con Lévi-Strauss), y el subjetivismo, que dominaba la filosofía de inspiración fenomenológica, como la de Jean-Paul Sartre.
Si hay algo en mi trabajo que merece ser imitado (y no sólo discutido) es el esfuerzo para superar la oposición entre teoría y empiria, entre la reflexión teórica pura y la investigación empírica. Los instrumentos teóricos que he producido o perfeccionado deben su fuerza y su interés para la ciencia al hecho de que he practicado, como todo científico, un eclecticismo selectivo y acumulativo y he intentado totalizar las conquistas mayores de la ciencia social ignorando oposiciones y divisiones más religiosas que científicas, como entre marxismo y weberianismo, o entre marxismo y durkheimismo, o entre estructuralismo y fenomenología (o etnometodología).
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Nota bibliográfica Sergio Lorenzo Sandoval Aragón Las siguientes, son las referencias bibliográficas mencionadas por Bourdieu en su conferencia y que aquí ofrecemos para que el lector pueda profundizar. Listamos aquí las más fáciles de encontrar; para una panorámica de la obra de este autor, hasta 1990, así como sobre sus estudios etnológicos en Argelia, se puede consultar la bibliografía que aparece en: Pierre Bourdieu, Sociología y cultura, Grijalbo/CONACULTA, México, 1990; algunas de las obras más importantes publicadas entre 1990 y 1999 que se encuentran en español y que no aparecen en la lista de abajo, son: Las reglas del arte (Seuil: 1992; Anagrama: 1995), La miseria del mundo (Seuil: 1993; FCE: 1999), Las meditaciones pascalianas (Seuil: 1997; Anagrama: 1999), La dominación masculina (Seuil: 1998; Anagrama: 2000), Contrafuegos (Raisons d’agir: 1998; Anagrama: 2000), Sobre la televisión (Liber: 1996, Anagrama, 1997), Poder, derecho y clases sociales (Desclée de Brower, Bilbao: 2000). Referencias bibliográficas citadas por el conferenciante |
La primera fase de mi trabajo en Argelia se orientó por el lado de la etnología. Estudié principalmente la lógica de la economía precapitalista (especialmente la postura en relación con el tiempo que pide y que favorece); el rechazo del cálculo, especialmente en los intercambios internos, etc. En una segunda fase, estudié las estructuras del parentesco, problema exaltado por las investigaciones de Lévi-Strauss; y en un tercer momento, los sistemas mítico-rituales. Sobre los problemas de parentesco, las sociedades árabobereberes constituyen un desafío para la teoría levistraussiana del intercambio: el casamiento con la prima paralela, hija del hermano del padre, que es casi una hermana, no juega el rol de instrumento de circulación de las mujeres y de los bienes que le es impartido1 en el modelo levistraussiano.
Muchas razones me indujeron a cuestionar este modelo: 1). Utilizando la estadística —que no se utiliza casi entre los etnólogos—, descubro que la tasa de casamientos conforme a la “regla”, es inferior al 5%; 2). Las reflexiones de los filósofos, y en particular de Wittgenstein, sobre lo que significa “seguir una regla” me ayudan a alejarme de la teoría estructuralista de la acción (de la cual Althusser ha dado la formulación más extrema y más absurda, reduciendo al agente al rol de Träger,2 portador de la estructura); 3). Las investigaciones que llevo sobre el matrimonio en Béarn, provincia del Sur de Francia de la que provengo, lo que me permite dirigir sobre las prácticas una mirada menos alejada que la del etnólogo estructuralista; ello me indujo a descubrir que los agentes pueden ser dirigidos, en sus elecciones matrimoniales, por intereses en el sentido amplio del término. En resumen, fui guiado a pasar de una explicación del casamiento por la obediencia a la regla a una descripción del casamiento como una estrategia de reproducción, orientada por intereses materiales y simbólicos, y explicable —en cuanto tal—, por un conjunto de factores. Los análisis de las estructuras mítico-rituales que realicé en la misma época, me conducen a cuestionar la visión estructuralista: los sistemas míticos y las prácticas rituales, obedecen a lógicas prácticas que es necesario analizar lógicamente sin reducirlas a lo puramente lógico.
Paralelamente, y esto ha sido sin duda la oportunidad de mi vida, emprendo investigaciones sociológicas más clásicas sobre la estructura social de la sociedad argelina. Descubro en esta ocasión lo absurdo de la división entre etnología y sociología. ¿Cómo comprender por ejemplo las conductas económicas de los trabajadores lanzados directamente del mundo precapitalista, dominado por el rechazo del cálculo, al mundo capitalista importado e impuesto por la colonización? Empresa tanto más difícil cuanto que la mayor parte de los trabajadores (y, a fortiori, los desempleados o los trabajadores precarios) no disponen de las condiciones económicas y sociales que son necesarias para adaptarse a un cosmos económico dominado por la previsibilidad y la calculabilidad: los subproletarios no tienen bastante asidero sobre el presente para poder considerar tomar asidero sobre el futuro por un proyecto cualquiera que fuera, y en particular un proyecto revolucionario colectivo. De allí la paradoja: es necesario disponer de un mínimo de seguridad y de certeza para estar en condiciones de acceder al proyecto revolucionario de cambiar la sociedad. Debajo del umbral de seguridad, se está condenando a las esperanzas milenaristas que proporcionan una presa fácil a las políticas populistas. (Este trabajo, muy antiguo, ha retomado súbitamente toda su actualidad, hasta para las sociedades económicamente más avanzadas donde los progresos del trabajo temporario y de los empleos precarios remiten a una fracción cada vez más grande de los trabajadores a una situación cercana a la de los subproletarios argelinos, puestos en la imposibilidad de hacer un plan de vida práctico y de comprometerse en una acción colectiva orientada por fines racionales).3
Todavía tendría mucho que decir, pero paso a las investigaciones, sin duda mejor conocidas por ustedes, sobre la educación y la cultura. Contrariamente a la ilusión según la cual la escuela cumple una función liberadora, ilusión vehiculizada y antaño defendida por los partidos progresistas, las encuestas empíricas muestran que la institución escolar contribuye a la reproducción de las desigualdades sociales. Digo bien contribuye: la escuela es uno de los lugares donde actúan ciertos mecanismos de reproducción (entre otros). En una serie de trabajos posteriores, intentaré describir el sistema de las estrategias de reproducción a través de las cuales los grupos (y en particular las familias) trabajan, consciente e inconscientemente para reproducir su posición en la estructura social y por ello esta estructura misma. Las sociedades económicamente avanzadas se caracterizan por el hecho de que la transmisión del capital cultural juega un rol determinante en la reproducción de la estructura social. Reproducción, no implica de ninguna manera ausencia de resistencia, de cambio, de distorsión, sino permanencia de una estructura de diferencia y de distancias.
Paralelamente a estas investigaciones sobre el sistema escolar, dirigí un conjunto de trabajos que apuntan a establecer las condiciones de la adquisición de la cultura y los efectos de la herencia cultural sobre las prácticas. Luego de un estudio sobre el público de los museos europeos, realizado en colaboración con Alain Darbel y Dominique Schnapper, y un estudio sobre la práctica fotográfica al cual estaban asociados Luc Boltanski, Jean-Claude Chamboredon y Robert Castel, publiqué en La distinción. Criterio y bases sociales del gusto4 un modelo global de las prácticas sociales del cual quisiera expresar el principio, porque ha sido frecuentemente mal comprendido. En primer lugar, por los que tendrían dificultades con la particularidad nacional de las prácticas analizadas, en materia de consumos culturales (los nombres de los cantantes o de los actores o de los actores favoritos son frecuentemente franceses) o de consumos a secas (la petanca5 o el whisky) o aún de prácticas deportivas (el rugby o la equitación) y de opiniones políticas, los remito a Razones prácticas, sobre la teoría de la acción, donde intento mostrar, en una conferencia destinada a un público japonés, como se puede desprender de este libro una enseñanza universal a costa de una lectura (relacional y no sustancialista) y de un trabajo de transposición. Así, mis análisis, aparentemente limitados al caso francés, se revelaron capaces de proporcionar el menos sistemas de hipótesis a verificar en el caso particular de México.
Pero paso a la enseñanza esencial de este libro: el espacio social es un espacio de diferencias, de distinciones entre posiciones sociales (susceptibles de ser caracterizadas por nombres de categorías profesionales definidas), que se expresa, se retraduce, se manifiesta, se proyecta, en un espacio de diferencias, de distinciones simbólicas, que hacen que la “sociedad” en su conjunto funcione como un lenguaje. Esto significa que la topología social, que describe la estructura del espacio, es inseparablemente una semiología social, que describe el mundo social como un sistema de signos, un lenguaje (que somos capaces de leerlo prácticamente, sin poseer explícitamente la gramática, desprendida por el análisis sociológico, a través de las intuiciones del habitus, como sistema de esquemas de percepción y de apreciación, que nos permite relacionar inmediatamente un acento, o un traje, o una práctica alimentaria, con una posición social, y, al mismo tiempo que se le confiere un cierto valor, positivo o negativo).
El pasaje del espacio de las posiciones económicas y sociales al espacio de la toma de posiciones simbólicas, de los signos sociales de distinción (que no son signos distinguidos sino para una pequeña parte de la sociedad, los dominantes), se cumple por la intermediación del habitus: el habitus como sistema de disposiciones es el producto de la incorporación de la estructura social a través de la posición ocupada en esta estructura (y, en cuanto tal, es una estructura estructurada), y al mismo tiempo estructura las prácticas y las representaciones, actuando como estructura estructurante, es decir como sistema de esquema práctico que estructura las percepciones, las apreciaciones y las acciones. De manera más simple, los agentes tienen tomas de posición, gustos en pintura, en literatura o en música, pero también en cocina o en materia de pareja sexual o aún de opiniones políticas que corresponden a su posición en el espacio social, por consiguiente al sistema de disposiciones, al habitus, que está asociado, por la intermediación de los acondicionamientos sociales, a esta posición. La ilustración más sorprendente de estos mecanismos está constituida por el fenómeno de homogamia, que, en ausencia de coacciones directas que ejercieran antaño familias cuidadosas de evitar las mésalliances,6 no puede explicarse sino por la afinidad espontánea de los habitus, de los gustos.
Es necesario detenerse un momento sobre la noción de espacio social. En cuanto sistema de diferencias, de puntos o de posiciones separadas, no confundidas, retiene una de las propiedades esenciales del mundo social que querían afirmar aquellos que hablan de clases sociales o de sociedades divididas en clases, diferenciadas. Pero deja de lado las clases en el sentido de grupos separados y opuestos que existirían en la realidad, incluso independientemente de la intervención del investigador. Si existe algo como clases sociales, en el sentido tradicional (marxista) del término, es en la medida, y solamente en esa medida, de que ellas han sido hechas, construidas por un trabajo histórico del tipo del que describe E. P. Thompson en The making of English Working Class. Ese trabajo a un tiempo teórico y práctico —militante—, que es necesario para transformar las afinidades de interés y de disposiciones ligadas a la proximidad en el espacio social en un proyecto consciente y colectivo de defender o de promover esos intereses y ese estilo de vida contra los de la clase opuesta.
Las clases, cuando existen como tales, se fabrican por el trabajo de “group making” que se realiza principalmente en los campos de producción cultural y especialmente en el campo político. Esta noción de campo, he sido inducido a construirla con motivo de un conjunto de estudios llevados a cabo sobre diferentes espacios de producción cultural: la religión, la política, el arte, la literatura, la filosofía, el derecho, la ciencia, etc. Un campo es un subespacio social relativamente autónomo, un microcosmos al interior del macrocosmos social, que puede ser definido como un campo de fuerzas (en el sentido estricto de la física einsteniana) y un campo de luchas para conservar o transformar la relación de fuerzas. Esta definición abstracta trae a la luz una realidad de la cual tenemos la intuición práctica pero cuya ausencia, flagrante en todos los trabajos consagrados a los diferentes objetos que he nombrado: religión, arte, literatura, derecho, etc., impide la construcción adecuada, apropiada, del objeto considerado. Por falta de la noción de campo como instrumento de construcción, la discusión científica está condenada a permanecer encerrada en la alternativa del análisis interno de las obras y del análisis externo. El análisis interno considera los textos en sí mismos y para sí mismos, sin referencia alguna al contexto, como la tradición semiológica o hermenéutica. El análisis externo, frecuentemente asociado a la tradición marxista o a la sociología (de la religión, del arte, de la ciencia, etc.), relaciona directamente las obras con el contexto social, a la situación económica global, o a una clase social particular (por ejemplo, en la historia del arte, la de los comanditarios de las obras), sin tomar en cuenta el campo, es decir el microcosmos social en el interior del cual ellas son producidas, y la lógica específica del funcionamiento de ese campo. Esto quiere decir que para comprender, por ejemplo, las obras sociológicas que se escriben hoy en Argentina, en Bolivia, en Brasil o en México, es necesario tener en cuenta: primeramente, la posición de cada autor en el interior del campo de producción sociológica nacional (es lo que traté de hacer, para el campo universitario en mi libro Homo Academicus o para el campo literario en Las reglas del arte); en segundo lugar, como Pascale Casanova lo ha mostrado, a propósito de la literatura, en La République mondiale des lettres, la posición de tal o cual campo nacional en el campo mundial (por ejemplo ciertas naciones, ciertos campos nacionales, son sometidos a efectos de doble dominación, que, si pueden acarrear un doble aplastamiento7, pueden hacer posible estrategias consistentes en jugar de alguna manera una dominación contra otra).
La noción de campo es particularmente potente y fecunda, especialmente en tanto que permite escapar a toda una serie de falsos debates y acumular, como lo he hecho por ejemplo en mi lectura de Heidegger, todo lo que el texto revela sobre el contexto histórico (había mostrado, a partir de los textos que Heidegger había permanecido nazi hasta el fin, lo que ha sido probado después por los historiadores) y todo lo que el contexto revela sobre el texto (por ejemplo el rol de “pensadores” que los historiadores de la filosofía excluyen espontáneamente, como Spengler o Jünger, en la formación del pensamiento de Heidegger). Otra ventaja de la noción de campo: permite derrumbar las barreras entre los diferentes objetos, religión, arte, derecho, etc., y fertilizar la investigación en cada sector con el producto de la investigación en los otros.
Los campos de producción cultural están asociados a un poder de un tipo particular que llamo el poder simbólico, poder que ejercen los detentores de un capital simbólico. La forma por excelencia de este poder es la que se ejerce, en las relaciones entre los sexos, es decir la dominación masculina. Este poder se ejerce sobre los (o las) que sufren, es decir las mujeres y los homosexuales, masculinos o femeninos, a través de la complicidad arrancada que ellos le acuerdan del hecho de que le aplican a la relación entre los sexos categorías de percepción y de apreciación que son producto de la incorporación de la estructura de esta relación. Sería necesario dar ejemplos como el hecho de que, grosso modo, todo lo que es del orden de lo pequeño es bueno y está bien, cuando se trata del cuerpo femenino; y malo y mal, cuando se trata del cuerpo masculino. Pero sería necesario explicar aquí los fundamentos teóricos de la noción de poder simbólico que, como lo he mostrado en un artículo aparecido bajo este título en los Annales, en 1977, integra tradiciones teóricas consideradas como incompatibles, kantianas (con la teoría de las formas simbólicas), estructuralistas o, mejor, durkheimiana, marxista y weberiana. No puedo sino remitirlos a este artículo, aparecido en inglés en Language and Symbolic Power (en castellano no sé dónde).8 Esta noción es muy necesaria científicamente (y políticamente) porque permite asir y comprender la dimensión de la más invisible de las relaciones de dominación, de las relaciones entre dominantes y dominados según el género (el sexo), como venimos de verlo, pero también según la étnia (entre blancos y negros especialmente, o entre ladinos y mestizos), o según la posición en el espacio social. Es así que el sistema escolar, a través de las clasificaciones que opera y que se imponen a aquellos mismos que allí son víctimas (se sabe que la ideología del don es cada vez más aceptada a medida que se desciende en la jerarquía social) cumple una función de sociodicea, de justificación del orden establecido, incomparablemente más importante que todas las formas de propaganda. Es decir de paso, que la sociología del sistema de enseñanza es una parte capital de la sociología política, casi siempre olvidada por la “ciencia política”.
Puede verse como se pasa muy naturalmente de la ciencia del mundo social a la acción política; porque he rechazado siempre, como lo decía al comienzo, el mito conservador de la “neutralidad ética” (los que denuncian la ciencia social como culpable de denunciar tienen por propiedad esencial no tener nada que enunciar de esencial sobre el funcionamiento del mundo social). Una parte muy importante de la producción sociológica es conservadora, sin tener necesidad de inspirarse en una intención de conservar, porque es mala y porque, por omisión, omitiendo plantear la cuestión o describir el fenómeno pertinente, contribuye a la perpetuación del orden social tal como es. Es el caso hoy en día de una buena parte de la producción mundial de discursos sobre el mundo social que, como lo he mostrado con Loïc Wacquant, en un artículo titulado “Las astucias de la razón imperialista” (“Les ruses de la raison impérialiste”), acepta, las más de las veces sin saberlo (es un caso típico de la dominación simbólica), principios de visión y de división, problemáticas, conceptos, etc… Estos principios, aunque sean el producto de una visión (académica) particular de una sociedad particular, los Estados Unidos, se presentan como universales mientras reproducen y vehiculizan categorías particulares, nacionales, de percepción y de apreciación. El reconocimiento mundial de palabras como mundialización, o globalización, flexibilidad (flexibility), multiculturalismo, comunitarismo, minoridad, etc., se acompaña de la ignorancia, del desconocimiento, de sus límites sociales e históricos, como consecuencia de la circulación sin control, ligada a los efectos de dominación. La difusión de aquella doxa planetaria, falsamente internacional, es hoy uno de los mayores obstáculos a una verdadera internacionalización del pensamiento sociológico que es, hoy más que nunca, necesaria para pensar los cambios actuales.
La lucha política es, en lo esencial, una lucha para imponer, en el seno de una nación o a escala internacional, el principio de visión y de división dominante, y desconocido (méconnu) como tal, pues es reconocido como legítimo. Es el caso de hoy de la visión neoliberal del mundo económico y social. El sociólogo interviene en esta lucha por el solo hecho de develarla como tal, ofreciendo así la posibilidad de un uso liberador del conocimiento de las estrategias y de los mecanismos de dominación. Va de suyo que, incluso si la revelación debilita automáticamente mecanismos cuya eficacia descansa por una parte sobre su ocultamiento, y sobre el desconocimiento que de allí resulta, no puede por sí sola contrarrestarlos completamente, menos todavía neutralizarlos o aniquilarlos. No solamente porque, como se le ve bien con la dominación masculina, las disposiciones y los esquemas de pensamiento cómplices del orden establecido están inscritos muy profundamente, y desde hace mucho tiempo, en los cuerpos o, si se prefiere, en los inconscientes. Ellos son constantemente reforzados por los que tienen el poder de hablar públicamente sobre el mundo social, en el primer rango, entre los cuales están los periodistas, pero también muchos intelectuales y hombres políticos: esos no tienen sino que dejarse llevar por sus automatismos de pensamiento para contribuir al reforzamiento de las rutinas de pensamiento que fundan el orden simbólico.
Se llega así, inevitablemente, a la cuestión del rol de los intelectuales o, más precisamente, de los sociólogos, y más generalmente, de los especialistas del análisis del mundo social. ¿Cómo podrían ellos no trabajar con todos los medios de los cuales disponen, para su diseminación?, si están convencidos de haber descubierto verdades dignas de ser ampliamente conocidas sobre el funcionamiento del mundo social. Guardar silencio o reservar sus revelaciones sólo al mundo erudito (savant) sería, en más de un caso, una forma de no brindar asistencia a la persona en peligro. Por esta razón, deben superar las prudencias y también las perezas ligadas a la pertenencia al campo científico, dominado por la creencia de que la “neutralidad” es por sí una garantía de objetividad, para trabajar colectivamente (como la asociación internacional Raisons d’agir)9 a difundir los conocimientos y los útiles de conocimiento que la ciencia social produce, y que son necesarios para resistir a los nuevos oscurantismos, que hoy se presentan frecuentemente bajo las apariencias más racionales y más ilustradas, oponiéndoles la crítica de una razón científica tan lúcida como sea posible sobre el mundo social y sobre todo sobre ella misma.
Notas
1. Parece ser que quiso decir “asignado” o “atribuido”.
2. Träger: vocablo alemán que significa “cargar”.
3. Sobre este asunto, se puede leer del autor: Contrafuegos (ver bibliografía).
4. Ver bibliografía.
5. Juego también conocido como bolos franceses.
6. Es decir, que no favorece una alianza entre familias.
7. En otras partes se refiere a estos términos como doble constricción.
8. Ver nota bibliográfica (recuadro).
9. Ver la Página web: http://www.zeg.org/raison-dagir/start.htm
(Conferencia magistral para la “Cátedra Michel Foucault” de la Universidad Autónoma Metropolitana (Valle de México), sustentada el martes 22 de junio de 1999. Las aclaraciones y notas contenidas en este texto son de Sergio Lorenzo Sandoval Aragón; también la nota bibliográfica que se intercala como recuadro de este trabajo)
Contre « le fléau néo-libéral », Pierre Bourdieu
Pierre Bourdieu (né en 1930), professeur au Collège de France, est l’un des intellectuels français les plus cités dans le monde des sciences humaines. Formé à Normale Sup, philosophe et ethnologue, il consacre ses premiers travaux à l’Algérie, aux paysans du Béarn, mène des enquêtes, avant mai 68, sur les étudiants en France, élabore peu à peu le concept de « champ » (économique, politique, littéraire, scientifique) qu’il étudie à propos de l’épiscopat français, des romanciers du 19e siècle, des économistes libéraux, des féministes, de la « noblesse d’état », mais aussi à propos des goûts musicaux de la petite bourgeoisie, du sport d’élite, des milieux universitaires, des gays et lesbiennes, des chômeurs de longue durée.
Auteur d’une trentaine d’ouvrages traduits en de nombreuses langues et de plusieurs centaines d’articles, directeur de deux revues internationales (Actes de la recherche en sciences sociales et Liber), Pierre Bourdieu publie, ces dernières années, aux côtés d’ouvrages théoriques ardus (Raisons pratiques, 1994, Méditations pascaliennes, 1997), plusieurs brûlots polémiques et incitations à l’action politique qui sont la conséquence pratique de ses enquêtes de terrain. Ainsi Sur la télévision (1996) a-t-il mis en émoi le monde journalistique, dont l’ « emprise » sur le mode de pensée actuel était décrite et critiquée. Ce mois-ci, Pierre Bourdieu publie dans Le Monde diplomatique « L’essence du néo-libéralisme », une déconstruction de cette théorie économique aujourd’hui sans rival.
Ces jours enfin paraît Contre-feux, un recueil de textes politiques dont le sous-titre dit le programme : « Propos pour servir à la résistance contre l’invasion néo-libérale ». Ouvrage né d’une « fureur », il contraste avec les travaux désormais classiques, ardus et distancés, que sont, par exemple La Distinction (1979), La Noblesse d’état (1989) ou Les Règles de l’art (1992). Sans renoncer aux acquis du savoir sociologique, Bourdieu attaque le président de la Bundesbank, Hans Tietmeyer, le « racisme d’état » en France, l’écrivain Philippe Sollers, les économistes libéraux, les gouvernants européens qui présentent le néo-libéralisme comme une fatalité historique. Le « fléau néo-libéral » est d’actualité. Le sociologue propose de le combattre dans un livre accessible, ayant pour but de « communiquer aux militants les acquis les plus avancés de la recherche » à ce sujet. D’où vient le néo-libéralisme et la « révolution conservatrice » qu’il entraîne?
La théorie économique qui dit le fonder résiste-elle à l’examen? Comment les termes « flexibilité » ou « dérégulation », qui cachent des drames sociaux, ont-ils pu être connotés positivement? Le sociologue tente de répondre à ces graves questions, mais constate aussi des raisons d’espérer : ainsi le « miracle social » que constituent les grèves de décembre 1995, en France, et, en janvier 1998, les occupations spontanées de lieux publics par les chômeurs unis en associations. L’émergences d’une « résistance », venue des plus démunis, prélude à une ligue généralisée de citoyens, qui unirait chômeurs, travailleurs sociaux, service public, intellectuels, artistes, contre cette menace sociale que constitue l’économie « pure » laissée à elle-même. Entretien.
Jérôme Meizoz.
Référence :
– Contre-feux. Propos pour servir à la résistance contre l’invasion néo-libérale, Liber éditions, Seuil diffusion, 125 p., 1998.
Parutions récentes :
Sur la télévision, Liber éditions, 1996; Méditations pascaliennes, Le Seuil, 1997; réédition de La Misère du monde, Points-Seuil, 1998); « L’essence du néo-libéralisme », Le Monde diplomatique, mars 1998; ARESER (collectif), Quelques diagnostics et remèdes urgents pour une université en péril, Liber éditions, 1998.
Questions à Pierre Bourdieu
J.M. 1. Depuis le début des années 90, on constate qu’aux côtés de vos travaux classiques, « méthodiquement contrôlés », vous manifestez des « raison d’agir », par des textes d’action, comme Sur la télévision et, aujourd’hui, Contre-feux. Comment en êtes-vous venu là?
P. B. Les interventions que j’ai faites dans l’espace politique sont plus anciennes, mais moins visibles, car j’étais moi-même moins visible à l’époque. Je pense aux interventions sur la Pologne avec Michel Foucault, en 1982, mais aussi à de constantes prises de position sur l’Algérie, pays que je connais bien pour y avoir longuement enquêté. Cela dit, depuis une quinzaine d’années, je me suis battu plus particulièrement pour mettre en place un « intellectuel collectif ». Il y a dix ans, à la Foire du livre de Milan, j’ai organisé la rencontre d’une cinquantaine d’intellectuels européens pour essayer de constituer une instance internationale permanente capable de prendre position régulièrement sur les problèmes politiques qui intéressent les intellectuels. J’ai prêché l’intellectuel collectif un peu partout, par le biais de la revue Liber, notamment. Un des problèmes de cette utopie, c’est l’accès aux médias : mon souhait est de redonner aux intellectuels la propriété de leurs moyens de diffusion, de leur permettre de parler plutôt que d’être parlés par les médias. Malheureusement les médias ne veulent connaître les intellectuels que comme des individualités et rendent difficiles ou vains tous les efforts pour parler collectivement, j’en donne des exemples dans mon livre.
2. Est-ce pour cela que vous avez fondé, il y a deux ans, votre propre maison, Éditions Liber- Raisons d’agir?
La collection « Raisons d’agir », est le produit d’un véritable travail collectif de chercheurs, historiens, économistes, sociologues, de même que le collectif ARESER qui vient de proposer une description clinique, assez cruelle, de l’université française. Il s’agit d’une maison d’édition autonome, offrant une tribune qui permet d’échapper à l’épuisant lobbying qui est nécessaire pour passer quelques pages dans les médias. Les petits livres que nous avons publiés ont atteint, pour deux d’entre eux, plus de 100 000 exemplaires. Nous avons ainsi la maîtrise complète de notre parole, sans nulle censure. Pensez au livre de Serge Halimi sur le journalisme de révérence, Les Nouveaux chiens de garde : il est absolument certain qu’il n’aurait jamais trouvé éditeur…
3. Votre maison d’édition s’inscrit dans un esprit de « résistance », le mot revient souvent.
Oui. Nous souhaitons exercer une force négative, c’est-à-dire avant tout résistante aux médias les plus puissants, comme Le Monde, pour ne pas le nommer, qui banalisent le discours néo-libéral sur le monde social. Le succès de vente est donc important, car il oblige les médias à prendre en compte ce que nous disons. Malheureusement, aujourd’hui, dans les médias, la force des idées se mesure à la force du nombre. C’est la pensée audimat. Nous espérons, par nos livres, tenir en respect, ou du moins faire respecter certaines règles. D’où le titre de mon livre, Contre-feux. Les grands journalistes, qui détiennent aujourd’hui un immense pouvoir, veulent parfois faire croire que les intellectuels veulent je ne sais quel pouvoir terroriste de type stalinien. En fait, les intellectuels ne veulent pas le pouvoir, ils veulent un contre-pouvoir efficace, ils veulent le pouvoir de dire non.
4. Dans votre livre, deux émotions dominent: la « fureur » d’une part, contre un monde économique injuste, de l’autre l’éloge d’un « miracle » social, la résistance spontanée que les chômeurs, les grévistes, en France, lui opposent. On a pourtant l’impression, à vous lire, que le pessimisme l’emporte…
Il y a un désespoir devant ce qu’il advient des sociétés européennes, il y a également une fureur suscitée par les intellectuels qui se rendent complices des forces commerciales. Ce qui me met en colère, c’est disons, la légèreté parisienne, ce ton badin avec lequel on s’oblige à parler des choses sérieuses, qui autorise toutes les reconversions et toutes les compromissions. La légèreté parisienne tue la conviction. J’ai heureusement fait d’autres expériences, ainsi ma participation aux mouvements de la nouvelle gauche, c’est-à-dire à la gauche de la gauche, m’a fait découvrir, à l’opposé de ce que je viens de décrire, des militants désintéressés, qui font en quelque sorte l’art pour l’art de la politique. Ils échappent à la fausse alternative de l’optimisme et du pessimisme : leur combat est peut-être désespéré, mais ils font ce qu’il y a à faire. D’où mon admiration pour le mouvement des chômeurs qui a réussi à exister en France, est s’est même étendu en Allemagne. Ce mouvement hautement improbable, que même les socialistes se sont empressés de critiquer, qui n’avait pas guère l’appui des médias, a même réussi à passer les frontières!
5. Dès que le sociologue passe de l’étude objectiviste au texte engagé, l’ambiguïté s’installe : est-ce qu’il « dévoile » les mécanismes sociaux cachés ou est-ce qu’il les « dénonce »? Bien des réactions primaires contre Sur la télévision y trouvent leur origine. Comment décririez-vous le but de votre travail?
C’est tout le problème de la différence entre décrire et prescrire, dans les sciences humaines. Prenez l’exemple de Milton Friedman, l’économiste bien connu de l’École de Chicago. Friedman a été le conseiller économique de Pinochet, au Chili, dans sa politique ultra-libérale. S’agit-il d’économie descriptive? Moi-même, j’ai été victime de ce moralisme de la neutralité, de la non-implication du scientifique. Je m’interdisais alors, et à tort, de tirer certaines conséquences évidentes de mon travail d’enquête. Avec l’assurance que donne l’âge, avec la reconnaissance aussi, et sous la pression de ce que je considère comme une vraie urgence politique, j’ai été amené à intervenir sur le terrain dit de la politique. Comme si on pouvait parler du monde social sans faire de politique! On pourrait dire qu’un sociologue fait d’autant plus de politique qu’il croit ne pas en faire…
6. Vous mettez en garde contre la « dégradation de la vertu civile » dans les démocraties contemporaines. C’est presque une expression de moraliste. Qu’entendez-vous par là ?
L’expression peut paraître très normative. Or il y a des conduites qui sont plus universelles que d’autres, selon le test kantien de l’universabilité. La « vertu civile », consiste dans le fait de prendre acte que nous sommes objectivement solidaires, et que les actions des uns ont des conséquences pour les autres. Tout un ensemble d’acquis du processus historique qui a fait l’État démocratique (la sécurité sociale, que l’on veut remplacer par des assurances, etc.) sont menacés par la pensée néo-libérale.
7. L’État social est une conquête historique censée garantir le bien commun, rappelez-vous. Or aujourd’hui, il est également menacé par le néo-libéralisme qui le vilipende comme un appareil bureaucratique, fait de lourdeurs, etc.
La politique néo-libérale, fondée sur une vision étroite de l’économie, a pour objectif de détruire tous les collectifs (État, associations, familles, etc.), tous les freins au marché pur, pour permettre à ses forces de s’exercer en toute liberté. C’est la négation de l’ordre social dont je parlais. Le démantèlement de l’État social, actuellement, par exemple à travers l’accord AMI, et bien d’autres mesures, brisent de nombreuses structures essentielles. Ainsi, on sait que les dominés ont partie liée avec l’État social : pour prendre un exemple précis, à mesure que l’État social dépérit, la précarisation des emplois féminins augmente. Pourquoi? Ce qui est affaibli, c’est ce que j’appelle la « main gauche » de l’État, (hôpitaux, services sociaux), les dominés du service public, et c’est là que les femmes sont le plus représentées… De son côté, la « main droite » de l’État (hauts fonctionnaires, énarques, etc.) professe et impose (aux autres) les principes néo-libéraux.
8. Vous êtes particulièrement critique quant au rôle des médias dans ce processus.
Oui, car ceux-ci contribuent pour une part par légèreté, par insouciance, par ignorance aussi, au ronron néo-libéral. Sans compter ceux qui se font le relais de discours politiques conservateurs, présentés comme modernistes… Comme tous les bons menteurs, ils mentent bien, parce qu’ils sont eux-mêmes trompés.
9. En attaquant des écrivains comme Philippe Sollers ou Bernard-Henri Lévy, vous montrez aussi combien la logique néo-libérale peut avoir des effets néfastes dans les univers artistiques. Pouvez-vous en donner des exemples?
Je prendrai l’exemple du marché de l’édition, sur lequel nous menons actuellement une grande enquête. On voit les conséquences de ce que je nomme la « révolution conservatrice » dans les domaines de la production culturelle, chez les artistes comme au niveau des institutions. Il y a rencontre et coïncidence entre les intérêts d’écrivains un peu cyniques qui présentent la soumission aux verdicts commerciaux comme une révolution littéraire (ainsi ce qu’on lit sur la « nouvelle génération » romanesque, le « retour au réel », la « fin du formalisme ») et d’autre part, une concentration de plus en plus grande de l’édition. Cette concentration, perceptible dans la grande presse comme dans l’édition littéraire, s’accompagne du triomphe généralisé de la logique commerciale. Comme me le disait un professionnel du monde éditorial, l’édition est de plus en plus dirigée par des gens qui ne lisent pas les livres, mais les listings de vente… C’est pourquoi je m’attaque aux pitreries des écrivains qui, en badinant sur ces questions, scient la branche sur laquelle ils sont assis.
10. Toujours dans le même ordre d’idées, comment expliquez-vous la vogue, dans la grande presse, des « sujets de société », couplée au mépris affiché des journalistes pour les « sociologues »?
La sociologie a ce privilège de produire un consensus négatif, de faire l’unanimité des journalistes, des artistes, et autres contre elle, car elle dit sur eux des choses douloureuses à entendre. Les scientifiques, les physiciens par exemple, n’ont en général rien contre elle. Pour faire écrivain, par exemple, il est de bon ton d’afficher son mépris pour la sociologie. De même, les philosophes n’aiment guère la sociologie, mais pour d’autres raisons que j’ai abordées dans Méditations pascaliennes : car elle remet en question leur point de vue surplombant, et par là même leur statut d’observateur suprême et supérieur. En général, ceux qui sont les plus féroces envers la sociologie, ce sont étrangement ceux qui n’en connaissent pas le premier mot… Quant aux journalistes, La Misère du monde leur a fait découvrir que ce que ces gens que d’ordinaire ils font parler (je parle du journalisme écrit) ou qu’ils font taire (je parle du journalisme télévisé ou radiophonique) ont des choses extraordinaires à dire, si on sait les écouter. Beaucoup de journalistes le savent encore, mais ils ont eux-mêmes de plus en plus de mal à se faire écouter… Le sensationnalisme « de société » est vraiment l’exact contraire de la sociologie.
Propos recueillis par Jérôme Meizoz, 11 mars 1998.
Parution in Le Temps, Genève, 28-29 mars 1998, p. 11.
Contre « le fléau néo-libéral », Pierre Bourdieu
Pierre Bourdieu (né en 1930), professeur au Collège de France, est l’un des intellectuels français les plus cités dans le monde des sciences humaines. Formé à Normale Sup, philosophe et ethnologue, il consacre ses premiers travaux à l’Algérie, aux paysans du Béarn, mène des enquêtes, avant mai 68, sur les étudiants en France, élabore peu à peu le concept de « champ » (économique, politique, littéraire, scientifique) qu’il étudie à propos de l’épiscopat français, des romanciers du 19e siècle, des économistes libéraux, des féministes, de la « noblesse d’état », mais aussi à propos des goûts musicaux de la petite bourgeoisie, du sport d’élite, des milieux universitaires, des gays et lesbiennes, des chômeurs de longue durée.
Auteur d’une trentaine d’ouvrages traduits en de nombreuses langues et de plusieurs centaines d’articles, directeur de deux revues internationales (Actes de la recherche en sciences sociales et Liber), Pierre Bourdieu publie, ces dernières années, aux côtés d’ouvrages théoriques ardus (Raisons pratiques, 1994, Méditations pascaliennes, 1997), plusieurs brûlots polémiques et incitations à l’action politique qui sont la conséquence pratique de ses enquêtes de terrain. Ainsi Sur la télévision (1996) a-t-il mis en émoi le monde journalistique, dont l’ « emprise » sur le mode de pensée actuel était décrite et critiquée. Ce mois-ci, Pierre Bourdieu publie dans Le Monde diplomatique « L’essence du néo-libéralisme », une déconstruction de cette théorie économique aujourd’hui sans rival.
Ces jours enfin paraît Contre-feux, un recueil de textes politiques dont le sous-titre dit le programme : « Propos pour servir à la résistance contre l’invasion néo-libérale ». Ouvrage né d’une « fureur », il contraste avec les travaux désormais classiques, ardus et distancés, que sont, par exemple La Distinction (1979), La Noblesse d’état (1989) ou Les Règles de l’art (1992). Sans renoncer aux acquis du savoir sociologique, Bourdieu attaque le président de la Bundesbank, Hans Tietmeyer, le « racisme d’état » en France, l’écrivain Philippe Sollers, les économistes libéraux, les gouvernants européens qui présentent le néo-libéralisme comme une fatalité historique. Le « fléau néo-libéral » est d’actualité. Le sociologue propose de le combattre dans un livre accessible, ayant pour but de « communiquer aux militants les acquis les plus avancés de la recherche » à ce sujet. D’où vient le néo-libéralisme et la « révolution conservatrice » qu’il entraîne?
La théorie économique qui dit le fonder résiste-elle à l’examen? Comment les termes « flexibilité » ou « dérégulation », qui cachent des drames sociaux, ont-ils pu être connotés positivement? Le sociologue tente de répondre à ces graves questions, mais constate aussi des raisons d’espérer : ainsi le « miracle social » que constituent les grèves de décembre 1995, en France, et, en janvier 1998, les occupations spontanées de lieux publics par les chômeurs unis en associations. L’émergences d’une « résistance », venue des plus démunis, prélude à une ligue généralisée de citoyens, qui unirait chômeurs, travailleurs sociaux, service public, intellectuels, artistes, contre cette menace sociale que constitue l’économie « pure » laissée à elle-même. Entretien.
Jérôme Meizoz.
Référence :
– Contre-feux. Propos pour servir à la résistance contre l’invasion néo-libérale, Liber éditions, Seuil diffusion, 125 p., 1998.
Parutions récentes :
Sur la télévision, Liber éditions, 1996; Méditations pascaliennes, Le Seuil, 1997; réédition de La Misère du monde, Points-Seuil, 1998); « L’essence du néo-libéralisme », Le Monde diplomatique, mars 1998; ARESER (collectif), Quelques diagnostics et remèdes urgents pour une université en péril, Liber éditions, 1998.
Questions à Pierre Bourdieu
J.M. 1. Depuis le début des années 90, on constate qu’aux côtés de vos travaux classiques, « méthodiquement contrôlés », vous manifestez des « raison d’agir », par des textes d’action, comme Sur la télévision et, aujourd’hui, Contre-feux. Comment en êtes-vous venu là?
P. B. Les interventions que j’ai faites dans l’espace politique sont plus anciennes, mais moins visibles, car j’étais moi-même moins visible à l’époque. Je pense aux interventions sur la Pologne avec Michel Foucault, en 1982, mais aussi à de constantes prises de position sur l’Algérie, pays que je connais bien pour y avoir longuement enquêté. Cela dit, depuis une quinzaine d’années, je me suis battu plus particulièrement pour mettre en place un « intellectuel collectif ». Il y a dix ans, à la Foire du livre de Milan, j’ai organisé la rencontre d’une cinquantaine d’intellectuels européens pour essayer de constituer une instance internationale permanente capable de prendre position régulièrement sur les problèmes politiques qui intéressent les intellectuels. J’ai prêché l’intellectuel collectif un peu partout, par le biais de la revue Liber, notamment. Un des problèmes de cette utopie, c’est l’accès aux médias : mon souhait est de redonner aux intellectuels la propriété de leurs moyens de diffusion, de leur permettre de parler plutôt que d’être parlés par les médias. Malheureusement les médias ne veulent connaître les intellectuels que comme des individualités et rendent difficiles ou vains tous les efforts pour parler collectivement, j’en donne des exemples dans mon livre.
2. Est-ce pour cela que vous avez fondé, il y a deux ans, votre propre maison, Éditions Liber- Raisons d’agir?
La collection « Raisons d’agir », est le produit d’un véritable travail collectif de chercheurs, historiens, économistes, sociologues, de même que le collectif ARESER qui vient de proposer une description clinique, assez cruelle, de l’université française. Il s’agit d’une maison d’édition autonome, offrant une tribune qui permet d’échapper à l’épuisant lobbying qui est nécessaire pour passer quelques pages dans les médias. Les petits livres que nous avons publiés ont atteint, pour deux d’entre eux, plus de 100 000 exemplaires. Nous avons ainsi la maîtrise complète de notre parole, sans nulle censure. Pensez au livre de Serge Halimi sur le journalisme de révérence, Les Nouveaux chiens de garde : il est absolument certain qu’il n’aurait jamais trouvé éditeur…
3. Votre maison d’édition s’inscrit dans un esprit de « résistance », le mot revient souvent.
Oui. Nous souhaitons exercer une force négative, c’est-à-dire avant tout résistante aux médias les plus puissants, comme Le Monde, pour ne pas le nommer, qui banalisent le discours néo-libéral sur le monde social. Le succès de vente est donc important, car il oblige les médias à prendre en compte ce que nous disons. Malheureusement, aujourd’hui, dans les médias, la force des idées se mesure à la force du nombre. C’est la pensée audimat. Nous espérons, par nos livres, tenir en respect, ou du moins faire respecter certaines règles. D’où le titre de mon livre, Contre-feux. Les grands journalistes, qui détiennent aujourd’hui un immense pouvoir, veulent parfois faire croire que les intellectuels veulent je ne sais quel pouvoir terroriste de type stalinien. En fait, les intellectuels ne veulent pas le pouvoir, ils veulent un contre-pouvoir efficace, ils veulent le pouvoir de dire non.
4. Dans votre livre, deux émotions dominent: la « fureur » d’une part, contre un monde économique injuste, de l’autre l’éloge d’un « miracle » social, la résistance spontanée que les chômeurs, les grévistes, en France, lui opposent. On a pourtant l’impression, à vous lire, que le pessimisme l’emporte…
Il y a un désespoir devant ce qu’il advient des sociétés européennes, il y a également une fureur suscitée par les intellectuels qui se rendent complices des forces commerciales. Ce qui me met en colère, c’est disons, la légèreté parisienne, ce ton badin avec lequel on s’oblige à parler des choses sérieuses, qui autorise toutes les reconversions et toutes les compromissions. La légèreté parisienne tue la conviction. J’ai heureusement fait d’autres expériences, ainsi ma participation aux mouvements de la nouvelle gauche, c’est-à-dire à la gauche de la gauche, m’a fait découvrir, à l’opposé de ce que je viens de décrire, des militants désintéressés, qui font en quelque sorte l’art pour l’art de la politique. Ils échappent à la fausse alternative de l’optimisme et du pessimisme : leur combat est peut-être désespéré, mais ils font ce qu’il y a à faire. D’où mon admiration pour le mouvement des chômeurs qui a réussi à exister en France, est s’est même étendu en Allemagne. Ce mouvement hautement improbable, que même les socialistes se sont empressés de critiquer, qui n’avait pas guère l’appui des médias, a même réussi à passer les frontières!
5. Dès que le sociologue passe de l’étude objectiviste au texte engagé, l’ambiguïté s’installe : est-ce qu’il « dévoile » les mécanismes sociaux cachés ou est-ce qu’il les « dénonce »? Bien des réactions primaires contre Sur la télévision y trouvent leur origine. Comment décririez-vous le but de votre travail?
C’est tout le problème de la différence entre décrire et prescrire, dans les sciences humaines. Prenez l’exemple de Milton Friedman, l’économiste bien connu de l’École de Chicago. Friedman a été le conseiller économique de Pinochet, au Chili, dans sa politique ultra-libérale. S’agit-il d’économie descriptive? Moi-même, j’ai été victime de ce moralisme de la neutralité, de la non-implication du scientifique. Je m’interdisais alors, et à tort, de tirer certaines conséquences évidentes de mon travail d’enquête. Avec l’assurance que donne l’âge, avec la reconnaissance aussi, et sous la pression de ce que je considère comme une vraie urgence politique, j’ai été amené à intervenir sur le terrain dit de la politique. Comme si on pouvait parler du monde social sans faire de politique! On pourrait dire qu’un sociologue fait d’autant plus de politique qu’il croit ne pas en faire…
6. Vous mettez en garde contre la « dégradation de la vertu civile » dans les démocraties contemporaines. C’est presque une expression de moraliste. Qu’entendez-vous par là ?
L’expression peut paraître très normative. Or il y a des conduites qui sont plus universelles que d’autres, selon le test kantien de l’universabilité. La « vertu civile », consiste dans le fait de prendre acte que nous sommes objectivement solidaires, et que les actions des uns ont des conséquences pour les autres. Tout un ensemble d’acquis du processus historique qui a fait l’État démocratique (la sécurité sociale, que l’on veut remplacer par des assurances, etc.) sont menacés par la pensée néo-libérale.
7. L’État social est une conquête historique censée garantir le bien commun, rappelez-vous. Or aujourd’hui, il est également menacé par le néo-libéralisme qui le vilipende comme un appareil bureaucratique, fait de lourdeurs, etc.
La politique néo-libérale, fondée sur une vision étroite de l’économie, a pour objectif de détruire tous les collectifs (État, associations, familles, etc.), tous les freins au marché pur, pour permettre à ses forces de s’exercer en toute liberté. C’est la négation de l’ordre social dont je parlais. Le démantèlement de l’État social, actuellement, par exemple à travers l’accord AMI, et bien d’autres mesures, brisent de nombreuses structures essentielles. Ainsi, on sait que les dominés ont partie liée avec l’État social : pour prendre un exemple précis, à mesure que l’État social dépérit, la précarisation des emplois féminins augmente. Pourquoi? Ce qui est affaibli, c’est ce que j’appelle la « main gauche » de l’État, (hôpitaux, services sociaux), les dominés du service public, et c’est là que les femmes sont le plus représentées… De son côté, la « main droite » de l’État (hauts fonctionnaires, énarques, etc.) professe et impose (aux autres) les principes néo-libéraux.
8. Vous êtes particulièrement critique quant au rôle des médias dans ce processus.
Oui, car ceux-ci contribuent pour une part par légèreté, par insouciance, par ignorance aussi, au ronron néo-libéral. Sans compter ceux qui se font le relais de discours politiques conservateurs, présentés comme modernistes… Comme tous les bons menteurs, ils mentent bien, parce qu’ils sont eux-mêmes trompés.
9. En attaquant des écrivains comme Philippe Sollers ou Bernard-Henri Lévy, vous montrez aussi combien la logique néo-libérale peut avoir des effets néfastes dans les univers artistiques. Pouvez-vous en donner des exemples?
Je prendrai l’exemple du marché de l’édition, sur lequel nous menons actuellement une grande enquête. On voit les conséquences de ce que je nomme la « révolution conservatrice » dans les domaines de la production culturelle, chez les artistes comme au niveau des institutions. Il y a rencontre et coïncidence entre les intérêts d’écrivains un peu cyniques qui présentent la soumission aux verdicts commerciaux comme une révolution littéraire (ainsi ce qu’on lit sur la « nouvelle génération » romanesque, le « retour au réel », la « fin du formalisme ») et d’autre part, une concentration de plus en plus grande de l’édition. Cette concentration, perceptible dans la grande presse comme dans l’édition littéraire, s’accompagne du triomphe généralisé de la logique commerciale. Comme me le disait un professionnel du monde éditorial, l’édition est de plus en plus dirigée par des gens qui ne lisent pas les livres, mais les listings de vente… C’est pourquoi je m’attaque aux pitreries des écrivains qui, en badinant sur ces questions, scient la branche sur laquelle ils sont assis.
10. Toujours dans le même ordre d’idées, comment expliquez-vous la vogue, dans la grande presse, des « sujets de société », couplée au mépris affiché des journalistes pour les « sociologues »?
La sociologie a ce privilège de produire un consensus négatif, de faire l’unanimité des journalistes, des artistes, et autres contre elle, car elle dit sur eux des choses douloureuses à entendre. Les scientifiques, les physiciens par exemple, n’ont en général rien contre elle. Pour faire écrivain, par exemple, il est de bon ton d’afficher son mépris pour la sociologie. De même, les philosophes n’aiment guère la sociologie, mais pour d’autres raisons que j’ai abordées dans Méditations pascaliennes : car elle remet en question leur point de vue surplombant, et par là même leur statut d’observateur suprême et supérieur. En général, ceux qui sont les plus féroces envers la sociologie, ce sont étrangement ceux qui n’en connaissent pas le premier mot… Quant aux journalistes, La Misère du monde leur a fait découvrir que ce que ces gens que d’ordinaire ils font parler (je parle du journalisme écrit) ou qu’ils font taire (je parle du journalisme télévisé ou radiophonique) ont des choses extraordinaires à dire, si on sait les écouter. Beaucoup de journalistes le savent encore, mais ils ont eux-mêmes de plus en plus de mal à se faire écouter… Le sensationnalisme « de société » est vraiment l’exact contraire de la sociologie.
Propos recueillis par Jérôme Meizoz, 11 mars 1998.
Parution in Le Temps, Genève, 28-29 mars 1998, p. 11.
ET SI ON REPENSAIT L’ECONOMIE?, Pierre Bourdieu
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Le discours économique est la religion du monde moderne, avec ses gourous et ses croyances. Dans deux livres qui paraissent cette semaine les deux sociologues contestent à ces « spécialistes » le droit de régir nos vies.
Il y a un an et demi, Pierre Bourdieu publiait « la Domination masculine ». Depuis lors, on savait qu’il consacrait son cours du Collège de France à Manet, et l’on s’attendait donc à voir paraître un livre sur la peinture. Or voilà qu’il nous donne aujourd’hui un livre sur les HLM, les maisons Phénix et le marché du logement dans les années 70 et 80… Après quelques ouvrages de réflexion théorique, il revient donc à une sociologie pure et dure, qui brasse les statistiques et les données empiriques. Mais le propos n’en est pas moins ambitieux. Il s’agit tout simplement de refonder l’analyse économique et la pensée sur l’économie.
De son côté, Frédéric Lebaron étudie la manière dont est produite la « croyance économique », c’est-à-dire l’idée, aujourd’hui partout répandue, que ce sont les lois de l’économie qui dominent le monde, et que ces lois reposent sur la logique d’une maximalisation des profits. C’est presque un travail d’ethnologue qu’il nous offre, en cherchant à savoir qui sont les économistes, comment ils sont formés, d’où viennent leurs catégories de pensée, comment ils travaillent, comment ils élaborent leurs théories et leurs modèles. Deux livres différents et complémentaires, dont les auteurs entreprennent de faire revivre toute une tradition disparue de la sociologie, qui consistait à refuser qu’on séparât l’économie des autres sciences sociales. Pour montrer que la parole des économistes ne saurait être notre nouvel Évangile.
Le Nouvel Observateur. – À lire vos deux livres, on a l’impression que les sociologues entreprennent aujourd’hui de contester la suprématie de la science économique, mais aussi des économistes comme nouveaux maîtres du monde.
Frédéric Lebaron. – Il y a sans doute, dans nos deux livres, une certaine volonté de remettre en cause l’hégémonie d’un certain mode de pensée économique, et peut-être aussi – il faut bien l’avouer – l’arrogance de certains des représentants de cette corporation. Mais cela en se situant sur le terrain de la critique et de la construction scientifiques. C’est sur ce plan que l’économie aujourd’hui socialement dominante peut et doit être discutée, en particulier par la sociologie et les autres sciences sociales, comme l’anthropologie et l’histoire.
Pierre Bourdieu. – Cette mise en question ne peut cependant rester cantonnée sur le terrain strictement scientifique. Nous sommes en effet confrontés à l’omniprésence de la science économique dans le langage ordinaire et à la force inouïe des croyances et des catégories économiques, qui s’étend, avec leur bénédiction le plus souvent, bien au-delà de l’univers pur des théoriciens.
F. Lebaron. – Oui, par exemple à travers le langage de l’économie, la vision économique (ou économiste) s’est étendue dans les médias – même les plus critiques -, qui ont accoutumé le public à une sorte de soumission ou de résignation aux lois d’airain de l’économie…
P. Bourdieu. – …c’est d’ailleurs le fait que le journalisme soit un des grands véhicules de la croyance économique qui explique notre présence ici aujourd’hui.
F. Lebaron. – L’économie s’impose comme le langage de la vie publique, et impose ses schèmes, ses systèmes argumentatifs, ses modèles cognitifs. Comme par exemple dans le cas de l’avenir des retraites, qui est pensé en termes comptables et non comme un enjeu de solidarité inter et intragénérationnelle, mais aussi entre groupes sociaux.
N. O. – Votre propos est assez radical puisque, au fond, ce que vous contestez, c’est que l’économie soit vraiment une science ?
F. Lebaron. – Plus exactement, je conteste le fait que l’économie puisse être décrite avec assurance comme « la plus scientifique des sciences sociales ». Et j’essaie de montrer, à partir d’une enquête fondée sur des observations de terrain et des méthodes statistiques, que l’économie est peut-être par certains côtés plus proche du champ religieux (ou philosophique) que d’un champ scientifique très autonome.
En fait, je ne fais que réactiver un certains nombre de « doutes existentiels », qui sont aussi vieux que l’économie, et qui ont été exprimés par des économistes parmi les plus prestigieux, à propos de l’économie : elle ne fait pas de découvertes, dit Malinvaud, elle s’appuie sur des faits non observés, dit Leontief, elle est essentiellement normative, dit Sen, elle est le lieu des modes intellectuelles les plus contradictoires et d’une hypersophistication mathématique, dit Allais. Autant de caractéristiques qui, si on les rassemble, portent à ranger l’économie du côté de certaines théories philosophiques plutôt que du côté des sciences physiques ou biologiques, sans même parler des mathématiques.
N. O. - Mais n’exagérez-vous pas un peu lorsque vous parlez de l’économie comme d’une nouvelle religion ?
F. Lebaron. – Je pourrais me contenter de répondre que je ne fais que prendre au sérieux, comme révélateurs d’un certain inconscient collectif, les dossiers sur les « nouveaux prêtres de l’économie », le discours sur les « gourous » de Wall Street, ou encore la béatification laïque d’Alan Greenspan (président de la banque centrale américaine). Il ne faut pas tordre la réalité si fortement pour retrouver dans les diverses figures sociales d’économistes celles de l’ordre religieux : le théologien, le prêtre, le missionnaire, l’hérétique, le réformateur…
P. Bourdieu. – Sans oublier les fidèles exaltés et un peu fidéistes. Il y en a pas mal parmi les journalistes frottés de quelques cours d’économie de Sciences-Po.
F. Lebaron. - Mais c’est précisément parce que l’économie se donne les apparences de l’autonomie (notamment à travers l’usage des mathématiques) qu’elle paraît échapper à une réduction totale au religieux. En fait il faudrait dire, en paraphrasant à la fois Durkheim et Weber, qu’elle est en tout cas une forme « complexe » de la vie religieuse, une forme « moderne » et hautement « rationalisée ».
N. O. – Ce qui fait l’originalité de votre travail, c’est que vous vous êtes intéressé à la formation des économistes : qui sont-ils ? dans quelles écoles sont-ils formés ? Votre livre est à la fois une histoire sociale et une psychanalyse sociale.
F. Lebaron. – J’ai étudié le mode de production d’un ensemble de dispositions sociales particulières, qui sont associées au fait d’être économiste aujourd’hui. En montrant d’abord qu’il était illusoire de penser ces dispositions comme homogènes : l’économie est un champ, structuré par des oppositions sociales et scolaires. En insistant ensuite sur le fait que la formation à l’économie a pour fonction de retraduire dans une langue particulière, et dans certains cas – comme à l’Ensae – très formalisée, les dispositions banales, largement inconscientes, d’un habitus « bourgeois » et masculin, selon les cas « ingénieurial » ou « managérial » : valorisation de la réussite individuelle, propension au calcul, à l’anticipation, à l’accumulation de capital social, économique, propension à l’abstraction déductive, etc. Le goût pour les modèles et l’adhésion à des théories aussi irréalistes que celle des anticipations rationnelles trouvent leur origine, et en tout cas leur caution pratique, dans un certain rapport pratique au monde social.
N. O. – Votre livre, Pierre Bourdieu, est assez différent car il n’analyse pas les économistes, mais, si j’ai bien compris, il vise tout simplement à enlever aux économistes leur objet. À partir de la description ethnologique d’une scène très concrète, la conversation entre un acheteur d’une maison particulière et le vendeur, vous reconstruisez tout ce qui a été nécessaire pour qu’une telle scène puisse se produire telle qu’elle se produit.
P. Bourdieu. – Mon intention n’est pas de prendre aux économistes leur objet, mais de prendre pour objet, avec les instruments ordinaires des sciences historiques, un objet ordinairement considéré comme économique : l’achat d’une maison. Ce qui oblige à découvrir que, pour comprendre une transaction à la fois tout à fait singulière et parfaitement banale, il faut reconstruire l’ensemble des décisions qui ont défini la politique de crédit (aux particuliers, mais aussi aux entreprises de construction), c’est-à-dire, entre autres choses, l’histoire des confrontations, dans le cadre des commissions, entre des banquiers et des hauts fonctionnaires plus ou moins enclins à adopter la vision néolibérale selon leur trajectoire scolaire et leur corps d’appartenance.
F. Lebaron. – Autant de choses que les modèles économiques ignorent au nom du droit à l’abstraction…
P. Bourdieu. – Oui. M. Camdessus, dont il est question, comme de beaucoup d’autres personnages connus, dans mon livre, invoque toujours l’économie (que sans doute il ne lit guère), mais les économistes ne font aucune place dans leurs modèles à M. Camdessus, même quand celui-ci a travaillé très directement à produire l’objet de leurs calculs. L’État, que l’on aime à opposer au marché, est présent, très pratiquement, dans le marché. Le vendeur de maisons Bouygues qui aide le client potentiel à remplir un dossier de demande de crédit agit, sans le savoir complètement, en agent de la banque et aussi de l’État, qui lui délègue tacitement une part de l’autorité qu’il exerce sur le client.
N. O. – À ce propos, je vous ai trouvé un peu audacieux de balayer en un paragraphe la distinction entre État et société civile.
P. Bourdieu. - Mais on voit bien que des agents que l’on rangerait sans discuter du côté de la « société civile », comme les vendeurs de telle ou telle entreprise privée, sont en fait habités par la pensée d’État et agissent en mandataires officieux de l’État.
N. O. – En fait, de proche en proche, ce sont tous les dogmes de la doctrine économique que vous cherchez à dynamiter : l’offre et la demande, le choix rationnel des individus…
P. Bourdieu. – Ce que l’on découvre en effet, lorsque l’on s’intéresse aux conditions réelles du fonctionnement des échanges économiques, c’est que l’offre comme la demande telles qu’elles peuvent être appréhendées à un moment donné sont des constructions sociales. La demande, parce qu’elle dépend pour une part très importante de l’aide de l’État sous ses différentes espèces, qui sont associées à des philosophies sociales très différentes (par exemple, l’aide à la personne que les néolibéraux, Valéry Giscard d’Estaing et d’autres, ont substituée à l’aide à la pierre, dans les années 70, avec la complicité d’une fraction de la haute fonction publique dont la conversion au néolibéralisme ne date pas d’aujourd’hui, était censée favoriser l’attachement à la propriété privée, contre le collectivisme des grands immeubles collectifs). L’offre, parce qu’elle dépend aussi des formes de crédit que les banques, avec le soutien de l’État, accordent aux différentes catégories de constructeurs.
Mais ce n’est pas tout : comprendre réellement l’offre, c’est l’appréhender en tant que structure, ou, plus précisément – pardonnez-moi d’être un peu compliqué -, c’est saisir les offreurs, appréhendés dans leur diversité et leur dispersion extrêmes, depuis la grande entreprise de production industrielle de maisons préfabriquées produisant plusieurs milliers de maisons par an jusqu’au petit artisan offrant quelques maisons sur un marché strictement local, comme un champ, c’est-à-dire comme le lieu de rapports de force qui déterminent et délimitent les relations de concurrence entre les différentes entreprises et ceux qui les dirigent.
N. O. – Au fond, c’est la notion d’ « individu » telle que l’accepte l’économie néoclassique que vous voulez mettre en question.
P. Bourdieu. – Ce n’est là qu’un des nombreux cas où l’ignorance des acquis les plus élémentaires des autres sciences sociales conduit les économistes à accepter sans discussion les représentations du sens commun. Pourtant, le terrain des pratiques économiques est sans doute une des meilleures occasions de montrer que ce que nous appelons l’individu, avec ses besoins, ses propensions, ses dispositions, ses aptitudes, est un produit de l’histoire, individuelle et surtout collective. C’est Bergson, pourtant peu suspect de sociologisme, qui disait : « Il faut plusieurs siècles pour produire un utilitariste comme Stuart Mill. » Ce que j’appelle l’habitus économique est ce collectif incorporé en chacun de nous qui fait que nous sommes grosso modo adaptés au monde économique dont nous sommes les produits.
N. O. – Ne craignez-vous pas qu’on vous accuse de tomber dans une vision déterministe ?
P. Bourdieu. – Ce reproche serait particulièrement mal venu de la part de ceux qui invoquent sans cesse l’inéluctabilité des lois des marchés financiers.
N. O. – Vos deux livres se terminent par un élargissement de l’analyse au plan international. Vous analysez, Pierre Bourdieu, le passage du champ national au champ international tandis que vous vous interrogez, Frédéric Lebaron, sur l’apparente légitimation scientifique mondiale que le prix Nobel donne aux théories économiques (on est étonné d’apprendre en vous lisant que le prix Nobel d’économie n’est pas un vrai prix Nobel, mais a été créé par une banque).
F. Lebaron. – Oui, par la banque centrale suédoise, en 1968. Et ce n’est pas tout à fait un hasard. Ces instances, devenues toujours plus « indépendantes »…
P. Bourdieu. – …indépendantes surtout des États et des citoyens, évidemment…
F. Lebaron. – …ont vu leur pouvoir s’accroître considérablement durant les dernières années, en fondant leur légitimité, au moins partiellement, sur le savoir économique. La Banque centrale européenne ne contrôle pas seulement les taux directeurs – ce qui a des répercussions considérables sur la dynamique socio-économique dont nous risquons d’avoir un aperçu dans les mois qui viennent. Elle exige le respect de normes budgétaires strictes qui limitent le recours à la dépense publique, veille à prévenir les « tensions inflationnistes », qu’elle voit plus dans les revendications salariales que dans la spéculation financière…
Quant au prix Nobel, il est valorisé autant en dehors qu’à l’intérieur du monde des économistes, car il accrédite l’idée que cette discipline est bien une science, comme la physique. Mais si l’on regarde les caractéristiques des « élus », on s’aperçoit que ce prix tend à reconnaître les travaux les plus en phase avec les forces économiques dominantes de chaque période. Durant les années 70, il consacre le plus souvent des keynésiens, interventionnistes, qui ont eu leur heure de gloire dans la période 50-60. Ensuite on assiste à un basculement vers le monde des marchés, notamment financiers, très visible dans les années 90. Le centre symbolique de la science économique mondiale se déplace alors vers Chicago, lieu d’expression de la forme la plus absolutiste de la foi dans les mécanismes de marché. L’évolution du prix Nobel n’est que l’indice d’un déplacement plus large du coeur du pouvoir économique.
P. Bourdieu. – C’est ce qu’ont manifesté avec éclat ceux qui ont contesté l’attribution du faux prix Nobel à Milton Friedman, qui s’est fait connaître aussi pour quelques interventions politiques sans équivoque en faveur de régimes politiques sans équivoque.
N. O. – Le sous-titre du livre de Frédéric Lebaron parle des « économistes entre science et politique », et ça doit être compris comme une critique, mais vos livres présentent des analyses scientifiques qui m’ont semblé également très politiques.
F. Lebaron. – Oui, à la différence de l’économie, qui se présente socialement comme une science fondamentale, mais qui est en réalité fondamentalement politique et au service des pouvoirs économiques, nous nous plaçons sur le terrain de la science, en sachant pertinemment que ce choix ne sera pas sans effets politiques et qu’il n’est pas politiquement neutre de vouloir faire œuvre scientifique, puisque cela signifie, notamment, affirmer la nécessité de l’autonomie de la recherche en sciences sociales par rapport aux pouvoirs et courir ainsi le risque d’être disqualifié par les nombreuses forces sociales hostiles à cette autonomie.
P. Bourdieu. – L’économie se veut une science pure et parfaite, comme les modèles mathématiques derrière lesquels elle dissimule ses présupposés, mais, paradoxalement, elle se voit aussi comme une science d’État et de gouvernement. La sociologie s’attire le soupçon, en grande partie parce qu’elle refuse de faire simplement (ou seulement) ce que les pouvoirs demandent le plus volontiers – par exemple, aujourd’hui, de donner les moyens de réparer les pots cassés par l’économie et, indirectement, par les économistes, en étudiant la drogue, la délinquance et toutes les manifestations de désintégration sociale, qui sont pour une grande part l’effet des politiques économiques.
Prendre pour objet l’économie néoclassique ou inviter les spécialistes des sciences historiques (à commencer évidemment par tous les économistes lucides sur les limites de leur orthodoxie) à lui prendre son objet, c’est faire un acte scientifique qui, étant donné le rôle éminent que l’orthodoxie néolibérale joue à la fois dans la « rationalisation » et dans la légitimation des politiques économiques les plus favorables aux détenteurs du pouvoir économique, est aussi, qu’on le veuille ou non – et je crois que nous le voulons -, un acte politique.
Propos recueillis par DIDIER ÉRIBON
Nouvel Observateur – N°1852, Semaine du 04 mai 2000.
ET SI ON REPENSAIT L’ECONOMIE?, Pierre Bourdieu
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Le discours économique est la religion du monde moderne, avec ses gourous et ses croyances. Dans deux livres qui paraissent cette semaine les deux sociologues contestent à ces « spécialistes » le droit de régir nos vies.
Il y a un an et demi, Pierre Bourdieu publiait « la Domination masculine ». Depuis lors, on savait qu’il consacrait son cours du Collège de France à Manet, et l’on s’attendait donc à voir paraître un livre sur la peinture. Or voilà qu’il nous donne aujourd’hui un livre sur les HLM, les maisons Phénix et le marché du logement dans les années 70 et 80… Après quelques ouvrages de réflexion théorique, il revient donc à une sociologie pure et dure, qui brasse les statistiques et les données empiriques. Mais le propos n’en est pas moins ambitieux. Il s’agit tout simplement de refonder l’analyse économique et la pensée sur l’économie.
De son côté, Frédéric Lebaron étudie la manière dont est produite la « croyance économique », c’est-à-dire l’idée, aujourd’hui partout répandue, que ce sont les lois de l’économie qui dominent le monde, et que ces lois reposent sur la logique d’une maximalisation des profits. C’est presque un travail d’ethnologue qu’il nous offre, en cherchant à savoir qui sont les économistes, comment ils sont formés, d’où viennent leurs catégories de pensée, comment ils travaillent, comment ils élaborent leurs théories et leurs modèles. Deux livres différents et complémentaires, dont les auteurs entreprennent de faire revivre toute une tradition disparue de la sociologie, qui consistait à refuser qu’on séparât l’économie des autres sciences sociales. Pour montrer que la parole des économistes ne saurait être notre nouvel Évangile.
Le Nouvel Observateur. – À lire vos deux livres, on a l’impression que les sociologues entreprennent aujourd’hui de contester la suprématie de la science économique, mais aussi des économistes comme nouveaux maîtres du monde.
Frédéric Lebaron. – Il y a sans doute, dans nos deux livres, une certaine volonté de remettre en cause l’hégémonie d’un certain mode de pensée économique, et peut-être aussi – il faut bien l’avouer – l’arrogance de certains des représentants de cette corporation. Mais cela en se situant sur le terrain de la critique et de la construction scientifiques. C’est sur ce plan que l’économie aujourd’hui socialement dominante peut et doit être discutée, en particulier par la sociologie et les autres sciences sociales, comme l’anthropologie et l’histoire.
Pierre Bourdieu. – Cette mise en question ne peut cependant rester cantonnée sur le terrain strictement scientifique. Nous sommes en effet confrontés à l’omniprésence de la science économique dans le langage ordinaire et à la force inouïe des croyances et des catégories économiques, qui s’étend, avec leur bénédiction le plus souvent, bien au-delà de l’univers pur des théoriciens.
F. Lebaron. – Oui, par exemple à travers le langage de l’économie, la vision économique (ou économiste) s’est étendue dans les médias – même les plus critiques -, qui ont accoutumé le public à une sorte de soumission ou de résignation aux lois d’airain de l’économie…
P. Bourdieu. – …c’est d’ailleurs le fait que le journalisme soit un des grands véhicules de la croyance économique qui explique notre présence ici aujourd’hui.
F. Lebaron. – L’économie s’impose comme le langage de la vie publique, et impose ses schèmes, ses systèmes argumentatifs, ses modèles cognitifs. Comme par exemple dans le cas de l’avenir des retraites, qui est pensé en termes comptables et non comme un enjeu de solidarité inter et intragénérationnelle, mais aussi entre groupes sociaux.
N. O. – Votre propos est assez radical puisque, au fond, ce que vous contestez, c’est que l’économie soit vraiment une science ?
F. Lebaron. – Plus exactement, je conteste le fait que l’économie puisse être décrite avec assurance comme « la plus scientifique des sciences sociales ». Et j’essaie de montrer, à partir d’une enquête fondée sur des observations de terrain et des méthodes statistiques, que l’économie est peut-être par certains côtés plus proche du champ religieux (ou philosophique) que d’un champ scientifique très autonome.
En fait, je ne fais que réactiver un certains nombre de « doutes existentiels », qui sont aussi vieux que l’économie, et qui ont été exprimés par des économistes parmi les plus prestigieux, à propos de l’économie : elle ne fait pas de découvertes, dit Malinvaud, elle s’appuie sur des faits non observés, dit Leontief, elle est essentiellement normative, dit Sen, elle est le lieu des modes intellectuelles les plus contradictoires et d’une hypersophistication mathématique, dit Allais. Autant de caractéristiques qui, si on les rassemble, portent à ranger l’économie du côté de certaines théories philosophiques plutôt que du côté des sciences physiques ou biologiques, sans même parler des mathématiques.
N. O. - Mais n’exagérez-vous pas un peu lorsque vous parlez de l’économie comme d’une nouvelle religion ?
F. Lebaron. – Je pourrais me contenter de répondre que je ne fais que prendre au sérieux, comme révélateurs d’un certain inconscient collectif, les dossiers sur les « nouveaux prêtres de l’économie », le discours sur les « gourous » de Wall Street, ou encore la béatification laïque d’Alan Greenspan (président de la banque centrale américaine). Il ne faut pas tordre la réalité si fortement pour retrouver dans les diverses figures sociales d’économistes celles de l’ordre religieux : le théologien, le prêtre, le missionnaire, l’hérétique, le réformateur…
P. Bourdieu. – Sans oublier les fidèles exaltés et un peu fidéistes. Il y en a pas mal parmi les journalistes frottés de quelques cours d’économie de Sciences-Po.
F. Lebaron. - Mais c’est précisément parce que l’économie se donne les apparences de l’autonomie (notamment à travers l’usage des mathématiques) qu’elle paraît échapper à une réduction totale au religieux. En fait il faudrait dire, en paraphrasant à la fois Durkheim et Weber, qu’elle est en tout cas une forme « complexe » de la vie religieuse, une forme « moderne » et hautement « rationalisée ».
N. O. – Ce qui fait l’originalité de votre travail, c’est que vous vous êtes intéressé à la formation des économistes : qui sont-ils ? dans quelles écoles sont-ils formés ? Votre livre est à la fois une histoire sociale et une psychanalyse sociale.
F. Lebaron. – J’ai étudié le mode de production d’un ensemble de dispositions sociales particulières, qui sont associées au fait d’être économiste aujourd’hui. En montrant d’abord qu’il était illusoire de penser ces dispositions comme homogènes : l’économie est un champ, structuré par des oppositions sociales et scolaires. En insistant ensuite sur le fait que la formation à l’économie a pour fonction de retraduire dans une langue particulière, et dans certains cas – comme à l’Ensae – très formalisée, les dispositions banales, largement inconscientes, d’un habitus « bourgeois » et masculin, selon les cas « ingénieurial » ou « managérial » : valorisation de la réussite individuelle, propension au calcul, à l’anticipation, à l’accumulation de capital social, économique, propension à l’abstraction déductive, etc. Le goût pour les modèles et l’adhésion à des théories aussi irréalistes que celle des anticipations rationnelles trouvent leur origine, et en tout cas leur caution pratique, dans un certain rapport pratique au monde social.
N. O. – Votre livre, Pierre Bourdieu, est assez différent car il n’analyse pas les économistes, mais, si j’ai bien compris, il vise tout simplement à enlever aux économistes leur objet. À partir de la description ethnologique d’une scène très concrète, la conversation entre un acheteur d’une maison particulière et le vendeur, vous reconstruisez tout ce qui a été nécessaire pour qu’une telle scène puisse se produire telle qu’elle se produit.
P. Bourdieu. – Mon intention n’est pas de prendre aux économistes leur objet, mais de prendre pour objet, avec les instruments ordinaires des sciences historiques, un objet ordinairement considéré comme économique : l’achat d’une maison. Ce qui oblige à découvrir que, pour comprendre une transaction à la fois tout à fait singulière et parfaitement banale, il faut reconstruire l’ensemble des décisions qui ont défini la politique de crédit (aux particuliers, mais aussi aux entreprises de construction), c’est-à-dire, entre autres choses, l’histoire des confrontations, dans le cadre des commissions, entre des banquiers et des hauts fonctionnaires plus ou moins enclins à adopter la vision néolibérale selon leur trajectoire scolaire et leur corps d’appartenance.
F. Lebaron. – Autant de choses que les modèles économiques ignorent au nom du droit à l’abstraction…
P. Bourdieu. – Oui. M. Camdessus, dont il est question, comme de beaucoup d’autres personnages connus, dans mon livre, invoque toujours l’économie (que sans doute il ne lit guère), mais les économistes ne font aucune place dans leurs modèles à M. Camdessus, même quand celui-ci a travaillé très directement à produire l’objet de leurs calculs. L’État, que l’on aime à opposer au marché, est présent, très pratiquement, dans le marché. Le vendeur de maisons Bouygues qui aide le client potentiel à remplir un dossier de demande de crédit agit, sans le savoir complètement, en agent de la banque et aussi de l’État, qui lui délègue tacitement une part de l’autorité qu’il exerce sur le client.
N. O. – À ce propos, je vous ai trouvé un peu audacieux de balayer en un paragraphe la distinction entre État et société civile.
P. Bourdieu. - Mais on voit bien que des agents que l’on rangerait sans discuter du côté de la « société civile », comme les vendeurs de telle ou telle entreprise privée, sont en fait habités par la pensée d’État et agissent en mandataires officieux de l’État.
N. O. – En fait, de proche en proche, ce sont tous les dogmes de la doctrine économique que vous cherchez à dynamiter : l’offre et la demande, le choix rationnel des individus…
P. Bourdieu. – Ce que l’on découvre en effet, lorsque l’on s’intéresse aux conditions réelles du fonctionnement des échanges économiques, c’est que l’offre comme la demande telles qu’elles peuvent être appréhendées à un moment donné sont des constructions sociales. La demande, parce qu’elle dépend pour une part très importante de l’aide de l’État sous ses différentes espèces, qui sont associées à des philosophies sociales très différentes (par exemple, l’aide à la personne que les néolibéraux, Valéry Giscard d’Estaing et d’autres, ont substituée à l’aide à la pierre, dans les années 70, avec la complicité d’une fraction de la haute fonction publique dont la conversion au néolibéralisme ne date pas d’aujourd’hui, était censée favoriser l’attachement à la propriété privée, contre le collectivisme des grands immeubles collectifs). L’offre, parce qu’elle dépend aussi des formes de crédit que les banques, avec le soutien de l’État, accordent aux différentes catégories de constructeurs.
Mais ce n’est pas tout : comprendre réellement l’offre, c’est l’appréhender en tant que structure, ou, plus précisément – pardonnez-moi d’être un peu compliqué -, c’est saisir les offreurs, appréhendés dans leur diversité et leur dispersion extrêmes, depuis la grande entreprise de production industrielle de maisons préfabriquées produisant plusieurs milliers de maisons par an jusqu’au petit artisan offrant quelques maisons sur un marché strictement local, comme un champ, c’est-à-dire comme le lieu de rapports de force qui déterminent et délimitent les relations de concurrence entre les différentes entreprises et ceux qui les dirigent.
N. O. – Au fond, c’est la notion d’ « individu » telle que l’accepte l’économie néoclassique que vous voulez mettre en question.
P. Bourdieu. – Ce n’est là qu’un des nombreux cas où l’ignorance des acquis les plus élémentaires des autres sciences sociales conduit les économistes à accepter sans discussion les représentations du sens commun. Pourtant, le terrain des pratiques économiques est sans doute une des meilleures occasions de montrer que ce que nous appelons l’individu, avec ses besoins, ses propensions, ses dispositions, ses aptitudes, est un produit de l’histoire, individuelle et surtout collective. C’est Bergson, pourtant peu suspect de sociologisme, qui disait : « Il faut plusieurs siècles pour produire un utilitariste comme Stuart Mill. » Ce que j’appelle l’habitus économique est ce collectif incorporé en chacun de nous qui fait que nous sommes grosso modo adaptés au monde économique dont nous sommes les produits.
N. O. – Ne craignez-vous pas qu’on vous accuse de tomber dans une vision déterministe ?
P. Bourdieu. – Ce reproche serait particulièrement mal venu de la part de ceux qui invoquent sans cesse l’inéluctabilité des lois des marchés financiers.
N. O. – Vos deux livres se terminent par un élargissement de l’analyse au plan international. Vous analysez, Pierre Bourdieu, le passage du champ national au champ international tandis que vous vous interrogez, Frédéric Lebaron, sur l’apparente légitimation scientifique mondiale que le prix Nobel donne aux théories économiques (on est étonné d’apprendre en vous lisant que le prix Nobel d’économie n’est pas un vrai prix Nobel, mais a été créé par une banque).
F. Lebaron. – Oui, par la banque centrale suédoise, en 1968. Et ce n’est pas tout à fait un hasard. Ces instances, devenues toujours plus « indépendantes »…
P. Bourdieu. – …indépendantes surtout des États et des citoyens, évidemment…
F. Lebaron. – …ont vu leur pouvoir s’accroître considérablement durant les dernières années, en fondant leur légitimité, au moins partiellement, sur le savoir économique. La Banque centrale européenne ne contrôle pas seulement les taux directeurs – ce qui a des répercussions considérables sur la dynamique socio-économique dont nous risquons d’avoir un aperçu dans les mois qui viennent. Elle exige le respect de normes budgétaires strictes qui limitent le recours à la dépense publique, veille à prévenir les « tensions inflationnistes », qu’elle voit plus dans les revendications salariales que dans la spéculation financière…
Quant au prix Nobel, il est valorisé autant en dehors qu’à l’intérieur du monde des économistes, car il accrédite l’idée que cette discipline est bien une science, comme la physique. Mais si l’on regarde les caractéristiques des « élus », on s’aperçoit que ce prix tend à reconnaître les travaux les plus en phase avec les forces économiques dominantes de chaque période. Durant les années 70, il consacre le plus souvent des keynésiens, interventionnistes, qui ont eu leur heure de gloire dans la période 50-60. Ensuite on assiste à un basculement vers le monde des marchés, notamment financiers, très visible dans les années 90. Le centre symbolique de la science économique mondiale se déplace alors vers Chicago, lieu d’expression de la forme la plus absolutiste de la foi dans les mécanismes de marché. L’évolution du prix Nobel n’est que l’indice d’un déplacement plus large du coeur du pouvoir économique.
P. Bourdieu. – C’est ce qu’ont manifesté avec éclat ceux qui ont contesté l’attribution du faux prix Nobel à Milton Friedman, qui s’est fait connaître aussi pour quelques interventions politiques sans équivoque en faveur de régimes politiques sans équivoque.
N. O. – Le sous-titre du livre de Frédéric Lebaron parle des « économistes entre science et politique », et ça doit être compris comme une critique, mais vos livres présentent des analyses scientifiques qui m’ont semblé également très politiques.
F. Lebaron. – Oui, à la différence de l’économie, qui se présente socialement comme une science fondamentale, mais qui est en réalité fondamentalement politique et au service des pouvoirs économiques, nous nous plaçons sur le terrain de la science, en sachant pertinemment que ce choix ne sera pas sans effets politiques et qu’il n’est pas politiquement neutre de vouloir faire œuvre scientifique, puisque cela signifie, notamment, affirmer la nécessité de l’autonomie de la recherche en sciences sociales par rapport aux pouvoirs et courir ainsi le risque d’être disqualifié par les nombreuses forces sociales hostiles à cette autonomie.
P. Bourdieu. – L’économie se veut une science pure et parfaite, comme les modèles mathématiques derrière lesquels elle dissimule ses présupposés, mais, paradoxalement, elle se voit aussi comme une science d’État et de gouvernement. La sociologie s’attire le soupçon, en grande partie parce qu’elle refuse de faire simplement (ou seulement) ce que les pouvoirs demandent le plus volontiers – par exemple, aujourd’hui, de donner les moyens de réparer les pots cassés par l’économie et, indirectement, par les économistes, en étudiant la drogue, la délinquance et toutes les manifestations de désintégration sociale, qui sont pour une grande part l’effet des politiques économiques.
Prendre pour objet l’économie néoclassique ou inviter les spécialistes des sciences historiques (à commencer évidemment par tous les économistes lucides sur les limites de leur orthodoxie) à lui prendre son objet, c’est faire un acte scientifique qui, étant donné le rôle éminent que l’orthodoxie néolibérale joue à la fois dans la « rationalisation » et dans la légitimation des politiques économiques les plus favorables aux détenteurs du pouvoir économique, est aussi, qu’on le veuille ou non – et je crois que nous le voulons -, un acte politique.
Propos recueillis par DIDIER ÉRIBON
Nouvel Observateur – N°1852, Semaine du 04 mai 2000.
PIERRE BOURDIEU, LA EDUCACION Y LA CULTURA, C. Sánchez-Redondo

Se ofrece en este artículo una breve semblanza de la evolución de la carrera profesional P. Bourdieu, sus ideas y obras, centrándose especialmente en las referidas a Sociología de la Educación, en las que ha destacado con su teoría sobre la relación entre educación y clases sociales. Concretamente su teoría de la reproducción; su teoría de las clases sociales en un espacio social, con distintos tipos de capital, su volumen, estructura y trayectoria de clase; el papel de la cultura dominante, las diferentes estrategias de reconversión de las diferentes fracciones de clase, la superproducción y devaluación de los títulos escolares. También las luchas de poder en el campo universitario, su sociología de los gustos. Y muchas otras ideas y temas que aquí no pueden tratarse en orden a la brevedad.
Carlos Sánchez-Redondo Morcillo.
Profesor de la Escuela Universitaria de Magisterio de Toledo. UCLM.
En enero de este año 2002 moría a los 71 años de edad Pierre Bourdieu, seguramente el sociólogo actual más importante de Francia y uno de los más importantes del mundo, que ha ejercido notables influencias en otros autores. En él se han unido las figuras de profesor, de investigador, de teórico y, cómo no, de incansable escritor de sus ideas e investigaciones. Dentro del campo de la Sociología ha dedicado una parte de sus esfuerzos a la educación, por lo que es considerado, junto a otras cosas, como sociólogo de la educación, y muy importante. Este es el campo que nos interesa y al que dedicaremos mayor atención aquí.
Había nacido en 1930 en Denguin, tierras de Bearn, en Francia, en un hogar humilde. Tras cursar estudios en la Escuela Normal Superior, en los que destacó, y en la Facultad de Letras, ejerció a los 24 años como profesor de Filosofía en el Liceo de Moulins durante tres años, para después ejercer como profesor ayudante en la Facultad de Letras de Argel otros dos años, hasta 1960. Esta estancia en Argelia le sirvió para escribir acerca de ese país sus primeras obras en los primeros años 60, como veremos después en su bibliografía. En 1960 pasó a enseñar durante dos años en La Sorbone de París y a investigar en el Centre de Sociologie Européenne, que en aquel entonces estaba dirigido por Raymond Aron, en L’École Pratique de Hauts Études de París. Este centro será fundamental en la obra de Bourdieu, como veremos.
A partir de entonces comenzó a ocupar cargos directivos en diferentes centros y a dedicarse a la Sociología de la Educación, como veremos en la bibliografía. En 1962 fue nombrado Vicedecano de Ordenación Académica de la Facultad de Letras de Lille, pasando dos años después a ser el Director de Estudios de L’École Pratique antedicha (Escuela Práctica de Altos Estudios), institución en la que fundó en 1967 el Centre de Sociologie de l’Éducation et de la Culture.
Al año siguiente, 1968, sustituyó a Raymond Aron en la dirección de estudios del Centro de Sociología Europea, cargo que ha seguido ocupando, lo que le ofrecería grandes posibilidades profesionales, especialmente por la disponibilidad de muchas investigaciones realizadas no sólo por él mismo, sino por otros colaboradores de ese centro (entre ellos, Passeron y Chamboredon), por las posibilidades de difusión, y por el renombre de la institución, al que él mismo ha contribuido.
Durante esta década de los 60, especialmente 1964-65, escribió sus primeras obras de sociología de la educación, sobre la relación y comunicación pedagógica, y especialmente acerca de los estudiantes, su cultura y sus estudios. En 1968 una obra muy conocida sobre el oficio de sociólogo. También escribió sobre el arte, la fotografía y los museos, obras menos conocidas entre nosotros.
Los años 70 son cruciales en su obra sobre educación y en darse a conocer a través de las traducciones de sus primeras obras. Aquellos primeros estudios sobre los estudiantes culminarían en 1970 con la publicación, junto a su colaborador del Centro de Sociología Europea Jean Claude Passeron como coautor, de su famosísima obra La reproducción, traducida al español en 1977. En ella plasma su famosa teoría sobre el sistema de enseñanza, que para muchos es tan parecida a la teoría de la reproducción marxista, que es difícil distinguir ambas; si bien considero la de Bourdieu más completa, puesto que considera que el papel del sistema educativo es reproducir no sólo la estructura económica y social, sino también la cultura, e incluso autorreproducir la propia institución escolar.
Fue uno de los autores que se reunieron en Gran Bretaña junto con Michael Young, Basil Bernstein y otros para discutir sobre sus ideas acerca de la educación y dar un nuevo enfoque a la sociología, lo que daría origen al famoso libro compilado por Young (Knowledge and Control, 1971), que a su vez daría nombre a lo que se ha dado en llamar la Nueva Sociología de la Educación, dentro de la cual suele clasificarse a Bourdieu, aunque este asunto de su clasificación es difícil, como más adelante veremos.
En 1975 fundó y dirigió la prestigiosa revista Actes de la Récherche en Sciencies Sociales. Y en 1979 sale su obra La distintion, Critique sociale du jugement, que para mí es su mejor obra, por la multitud de ideas, de aspectos teóricos, de investigaciones empíricas de que echa mano; no sólo considero que aquí muestra sus dotes de sociólogo, sino de psicólogo social, cuando muestra las actitudes y actuaciones características de las diversas clases sociales. Pero dejaremos para más adelante los comentarios sobre esta obra.
Ya en los años 80 es un autor famoso, no sólo en Francia, sino en el mundo occidental al menos, pues sus ideas son conocidas gracias a las traducciones; en estos años (como no podía ser menos) continuará escribiendo. En 1981 empezará a trabajar como asesor sindicalista, por un lado, y como profesor de Sociología en el Colegio de Francia, por otro lado (curiosamente, su discurso inaugural sorprendió a los asistentes al tratar sobre una crítica a los discursos inaugurales). En 1985 el presidente de la República Francesa, François Miterrand, le encarga un estudio sobre el sistema educativo y las previsiones para el futuro, que daría origen a otro libro en el que participan varios autores (ver bibliografía). En 1988 es profesor visitante en la Universidad de Chicago; y al año siguiente funda otra revista, Liber, Revue Européenne des Livres.
Entre sus escritos de esta década destacaría algunas obras de sociología, aunque no de la educación, pero obras muy conocidas, como Le sens pratique, Questions de Sociologie, Leçon sur la leçon, Ce que parler veut dire, Homo academicus y Coses dites.
En 1993 colabora en la creación del Parlamento de los Escritores, de Estrasburgo. Ese mismo año recibe la Medalla de Oro del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, por su obra, considerada como la mayor contribución de un autor francés a la sociología actual. En cuanto a sus escritos de los 90, destacar en 1992 una obra sobre antropología reflexiva (hizo también una contribución con un artículo a un libro, Antropología de la Educación, que ya había editado años antes como Sociología de la Educación, lo que, en mi opinión, es criticable) y otra sobre las reglas del arte en el campo literario; al año siguiente otra obra bastante conocida, La misère du monde; sobre la televisión; una sociología de los usos sociales de las ciencias; y sobre la dominación masculina (ver bibliografía).
Como vemos, Bourdieu ha tocado varios campos de la sociología, especialmente a destacar sobre esta misma ciencia, sobre distintos campos artísticos y sobre educación. Su extensa obra es reconocida en muchos países, entre ellos España, y ha merecido con creces la medalla de oro otorgada en su país en 1993. Su nombre solía aparecer muy a menudo en la prensa francesa, especialmente cuando criticaba la economía de libre mercado, la invasión neoliberal o las restricciones a la inmigración.
Su gran preocupación fue el poder social, pues consideraba que la sociedad es un campo de feroz competencia por la posición social, por la consecución de los distintos capitales de que habla su teoría de las clases sociales; es una especie de lucha de clases por el poder en una sociedad en la que existen diferencias entre grupos y clases sociales. Y en todo esto la cultura y la educación tienen un papel importante para la reproducción de esas diferencias.
En fin, Bourdieu nos ha dejado muchas ideas y conceptos bastante originales y polémicos. A nosotros lo que más nos interesan son sus ideas sobre educación, en las que centraremos nuestros comentarios.
Algunas ideas sobre educación.
Aunque aquí comentaré algunas otras obras de Bourdieu, yo destacaría por un lado las ideas contenidas en su obra La reproducción, y, por otro lado, y sobre todo, en La distinción, si bien ésta última no sólo contiene ideas sobre educación, sino muchas otras, que veremos más adelante.
1. En Los estudiantes y la cultura, un librito fácil de leer, tanto por su poca extensión como por su lenguaje fácil (al lado de otros libros posteriores suyos), comienza a elaborar sus ideas sobre la controversia igualdad-desigualdad en educación. En contra de la teoría funcionalista de la igualdad de oportunidades educativas, y en la línea del funcionalismo crítico de Coleman, Jencks o Boudon, que pusieron sobre el tapete otros factores (aparte de los individuales de la capacidad y del esfuerzo) sociales y familiares de rendimiento escolar, Bourdieu entiende que existe desigualdad, pues el éxito escolar se distribuye según la clase social de que provengan los estudiantes, en gran parte debido al diferente bagaje cultural (de clase social) de cada uno y su relación con la cultura dominante (la de la clase alta). Son los primeros pasos para elaborar posteriormente su teoría de la reproducción
“La ceguera ante las desigualdades sociales obliga y autoriza a explicar todas las desigualdades, especialmente en materia de éxito escolar, como desigualdades naturales, desigualdades de dotes. Semejante actitud está implícita en la lógica de un sistema que, por reposar en un postulado de igualdad formal de todos los alumnos –postulado que es condición previa de su funcionamiento- está incapacitado para reconocer otras desigualdades que las que provienen de las dotes individuales. Tanto en la enseñanza propiamente dicha cuanto en la selección de los que se muestran aptos, el profesor no reconoce más que alumnos iguales en derechos y en deberes” (Bourdieu y Passeron, 1973, 101). Es lógico pensar que los hijos de clase social alta estén en ventaja en el sistema escolar, porque ellos ya están inmersos desde su entrada en él en la cultura dominante; mientras que los hijos de clases dominadas sufren en la escuela una aculturación a una cultura distinta a la suya propia, lo cual les exige un esfuerzo de adaptación y asimilación. “La cultura de la élite está tan cerca de la cultura de la Escuela que el alumno que procede de un medio pequeño-burgués (y a fortiori si procede de un medio campesino u obrero) no puede adquirirla sino a base de un esfuerzo continuado, mientras que a un alumno de clase culta…le vienen dados por su posición social. De modo que para unos, el aprendizaje de la cultura de la élite es una verdadera conquista que se paga a un precio muy alto, mientras que, para otros, constituye una herencia que comporta, al mismo tiempo, la facilidad y las tentaciones de la facilidad (Bourdieu y Passeron, 1973, 51).
“Los estudiantes de clases cultas son los mejor (o los menos mal) preparados para adaptarse a un sistema de exigencias difusas e implícitas, porque poseen, implícitamente, los medios de satisfacerlas…
Hay una evidente afinidad entre la cultura escolar y la cultura de la clase alta” (Bourdieu y Passeron, 1973, 109).
2. Sobre La reproducción, he de decir que al leerlo me produjo una sensación de pesadez, al ver tantos párrafos tan parecidos repetidos varias veces para ir desarrollando sus ideas; lo que hace necesario concentrar mucho la atención para ver las diferencias entre un párrafo y otro y entender las ideas. Y esto a pesar de que él muestre unos gráficos (págs. 42-43) para ayudar al lector a entender cómo se organiza el conjunto de proposiciones que presenta, representando las relaciones lógicas y las correspondencias entre las proposiciones del mismo grado (de una proposición de primer nivel –1,2,3,4, en la que una lleva a la siguiente- se derivan proposiciones de segundo nivel –1.1, 1.2, 2.4, 2.5, etc. que se interrelacionan- y de las cuales se derivan otras proposiciones de tercer nivel –1.1.1, 1.1.2, 3.2.5, 3.2.6, etc. que se interrelacionan-. Para a continuación ir desplegando el conjunto de tales proposiciones en forma de párrafos.
Sin embargo, las ideas conten idas en esta obra son importantísimas, ya que en ellas elabora su teoría, por la que ha sido conocido el autor. Por otro lado, en este libro comienza a verse el lenguaje del autor, con párrafos relativamente largos, frases largas y lenguaje muy específico y poco habitual para neófitos.
Por supuesto, en este punto Bourdieu se muestra contrario a las teorías que entienden que la escuela enseña “la cultura de la sociedad”; por el contrario, lo que enseña es la cultura de un grupo o clase social determinado que ocupa una posición de poder en la estructura social; lo que se reproduce a través de cualquier acción pedagógica es una arbitrariedad cultural.
“Estas teorías que, tal como puede observarse en Durkheim, se limitan a extrapolar a las sociedades divididas en clases la representación de la cultura y de la transmisión cultural más extendida entre los etnólogos, se funda en el postulado tácito de que las diferentes AP (acciones pedagógicas) que se ejercen en una formación social colaboran armoniosamente a la reproducción de un capital cultural concebido como una propiedad indivisa de toda la ‘sociedad’. En realidad, por el hecho de que corresponden a los intereses materiales y simbólicos de grupos o clases distintamente situados en las relaciones de fuerza, estas AP tienden siempre a reproducir la estructura de la distribución del capital cultural entre esos grupos o clases, contribuyendo con ello a la reproducción de la estructura social: en efecto, las leyes del mercado donde se forma el valor económico o simbólico, o sea, el valor como capital cultural, de las arbitrariedades culturales reproducidas por las diferentes AP (individuos educados), constituyen uno de los mecanismos, más o menos determinantes según el tipo de formación social, por los que se halla asegurada la reproducción social, definida como reproducción de la estructura de las relaciones de fuerza entre las clases” (Bourdieu y Passeron, 1977, 51).
Considera, por tanto, no sólo la reproducción socio-económica de la sociedad capitalista, en el sentido marxista, sino la reproducción cultural y la autorreproducción de la institución escolar. “…es necesario producir, por los propios medios de la institución, las condiciones institucionales cuya existencia y persistencia (autorreproducción de la institución) son necesarias tanto para el ejercicio de su función propia de inculcación, como para la realización de su función de reproducción de una arbitrariedad cultural de la que no es el productor (reproducción cultural), y cuya reproducción contribuye a la reproducción de las relaciones entre los grupos o las clases (reproducción social)” (Bourdieu y Passeron, 1977, 95). La escuela, por tanto, cumple una función cultural al inculcar, transmitir y conservar la cultura (por supuesto, la cultura dominante); rutiniza la cultura escolar, codificando, homogeneizando y sistematizando el mensaje escolar y a quien lo transmite. Otra función social, al reproducir la estructura social y sus relaciones de clase. Y una función ideológica, al enmascarar esa función social bajo la apariencia de ser autónoma, independiente y neutral; y cuanto mejor aparente esto la escuela, mejor realiza esas funciones.
Y todo ello se realiza en última instancia, de la mano del agente (seguramente inconsciente) que es el profesor, del cual el sistema escolar se asegura de que ponga todos sus recursos y celo al servicio de su función (de inculcación), al concederle la delegación de la autoridad institucional de la escuela en su autoridad pedagógica.
“El profesor debe estar dotado por la institución de los atributos simbólicos de la autoridad ligada al cargo…La libertad que el sistema de enseñanza deja al profesor es la mejor forma de obtener de él que sirva al sistema…que sirva a la perpetuación de las relaciones establecidas entre las clases”"(Bourdieu y Passeron, 1977, 180-181).
El profesor ejerce sus funciones mediante sus acciones pedagógicas, como vimos en la cita anterior (1977, 51). Pero éstas están controladas por y sometidas a las clases dominantes, puesto que a través de ellas se enseña una arbitrariedad cultural; por ello, son instrumentos de dominación y de reproducción. Así, poder y cultura se alían para reproducirse. Al ser acciones pedagógicas impuestas, toda acción pedagógica se convierte en violencia simbólica.
Lo que se produce en el individuo cuando interioriza los principios de esa arbitrariedad cultural, son habitus, prácticas habituales intelectuales, morales y laborales, que perpetúan el poder social. Los primeros hábitos que adquirimos son los familiares y los de clase social; sobre éstos primeros hábitos sirven de base a cualquier otro adquirido posteriormente. En este sentido, la escuela selecciona y legitima un sistema de hábitos y prácticas sociales impuesto por una determinada clase; presenta unos valores y normas culturales de clase como si fueran universales. Estas cuestiones veremos más adelante que son muy desarrolladas en La distinción.
Finalmente, un aspecto concreto del capital cultural a tener en cuenta en su relación con el rendimiento escolar es el lenguaje utilizado por los estudiantes. Bourdieu trata aquí muy someramente lo que Bernstein desarrollará ampliamente en su teoría de los códigos lingüísticos. Nos dice que los profesores siempre tienen en cuenta el lenguaje que utilizan sus alumnos; que el lenguaje utilizado en la universidad está más o menos alejado del que es familiar ( el lenguaje materno) a los estudiantes provenientes de distintas clases sociales, por lo que su rendimiento está influido por su mayor o menor dominio del código de la lengua universitaria. Por tanto, el capital lingüístico de un individuo tiene mayor o menor valor en el mercado escolar según la distancia entre el dominio simbólico que exige la escuela y el dominio práctico del lenguaje que el estudiante debe a su primera educación de clase. En definitiva, que el lenguaje escolar es una de las mediaciones más ocultas por las que se establece una relación entre el origen social y el éxito escolar.
En definitiva, aparecen ya conceptos originales como “autoridad pedagógica impuesta”, “violencia simbólica”, “arbitrariedad cultural”, “capital cultural”, “legitimidad” o “control simbólico”, que se han difundido mucho en Sociología de la Educación.
3. En cuanto a La distinción. Una crítica social del gusto, he de decir que, por lo voluminoso, lo denso, y el lenguaje tan complejo que utiliza, es la obra de Bourdieu que más me costó leer y entender; y fue de la mano de Julio Carabaña en un curso de Doctorado. Esos párrafos tan largos, esas frases interminables a veces (de una página completa), tan difíciles de leer, tan cargadas de ideas que necesitan varias relecturas para poder entenderlas, tan necesitadas de reflexión; esas tablas estadísticas (algunas con fallos) y gráficos tan recargados. ¡Cuánto tiempo necesité para entenderlo! Pero cuando lo conseguí llegué a la conclusión de que es para mí, con mucho, la mejor obra de Bourdieu de las que yo he leído. Y así también han pensado muchos otros, puesto que la Asociación Internacional de Sociología incluyó esta obra entre las diez más importantes de Sociología del siglo XX.
En ella reitera muchas de las ideas expuestas en sus anteriores libros sobre educación y sobre clases sociales, y va más allá de ellas continuando con sus teorías. No sólo se trata de una sociología de la educación y de las clases sociales, sino, como dije anteriormente, de psicología social de las clases; no es, pues, solamente un libro sobre sociología de los gustos.
El libro se basa en muchos datos de encuestas (a pesar de los reparos que Bourdieu dice de ellas) realizadas por el Centro de Sociología Europea. La idea básica es que las clases altas siempre intentan distinguirse de las demás en sus gustos, prácticas y usos culturales; en definitiva, por su habitus de clase; mientras que las clases bajas siempre intentan imitar a las altas. Éstas últimas poseen el gusto puro, que es un don natural, y la cultura y la estética legítimas, la nobleza cultural; mientras que las clases bajas poseen el gusto bárbaro, la estética popular, no constituye su habitus, no es un don natural, si acaso es una naturalidad cultivada, es pura imitación que se nota artificial y por la cual las clases altas les consideran advenedizos, y, por ello, despreciados. Existe, pues, una relación entre la clase social y los gustos, prácticas y usos culturales.
Yo distinguiría dos grandes aspectos del libro: uno dedicado a los gustos, usos y prácticas culturales, y otro más concreto, referido a las prácticas de las diferentes fracciones de clase respecto al sistema escolar.
Sobre lo que en general puede decirse “los gustos” (que da subtítulo al libro) dedica gran parte de esta obra, exponiéndonos gustos y costumbres de las diferentes fracciones de clase sobre muchas artes, deportes, medios de comunicación e incluso ideas políticas. De todo ello nos pone numerosos ejemplos, basándose en investigaciones empíricas hechas en Francia, relativos a los diferentes deportes, tipo de música, de teatro, periódicos, comida y bebida, mobiliario y objetos del hogar, ideas políticas, etc., que gustan de practicar, consumir y disfrutar a unos y otros. Los ejemplos son traspasables a España y a cualquier otro país. Esta parte del libro resulta muy del gusto de la mayoría de los lectores, que pueden sentirse identificados con los usos y costumbres de una u otra clase social.
Veamos un párrafo al respecto (que ocupa completo más de una página):
“La aversión por los estilos de vida diferentes es, sin lugar a dudas, una de las barreras más fuertes entre las clases: ahí está la homogamia para testificarlo. Y lo más intolerable para los que se creen poseedores del gusto legítimo es, por encima de todo, la sacrílega reunión de aquellos gustos que el buen gusto ordena separar…no existe ninguna lucha relacionada con el arte que no tenga también por apuesta la imposición de un arte de vivir, es decir, la transmutación de una manera arbitraria de vivir en la manera legítima de existir que arroja a la arbitrariedad cualquiera otra manera de vivir” (Bourdieu, 1989, 54).
Por otro lado, aquí nos presenta una exposición detallada de su teoría del espacio social, su sistema de clases sociales (superiores o altas, medias y populares), o mejor dicho, de fracciones de clase (pequeña burguesía, nueva pequeña burguesía, alta burguesía, élite, fracciones dominantes, etc.) , utilizando para ello un gráfico a doble página en el que se disponen distintas profesiones, e incluso posición jerárquica dentro de una misma profesión, teniendo en cuenta tres dimensiones: volumen de capital, estructura de capital y trayectoria; es decir, cuánto tiene, de qué tipos de capital tiene, y el auge o decaimiento de la profesión en la sociedad y el consiguiente ejercicio de la misma de una generación a otra (envejecimiento o rejuvenecimiento, feminización o masculinización de la profesión).
Pongamos un ejemplo muy cercano, puesto que se refiere a la profesión que ejercemos. La profesión de profesor se divide en varias, según el nivel en que se enseña, con diferencias en cuanto al nivel escolar exigido, el nivel cultural, el status social que se otorga y el nivel económico que se paga; de modo que no ocupan la misma posición en el espacio social un maestro de Primaria que un profesor de Secundaria que un profesor universitario; irán ocupando posiciones cada vez más elevadas respectivamente.
En cuanto al “capital”, en La distinción expone los distintos tipos de que ya había hablado en obras anteriores; son los capitales cultural, económico, social y escolar. Los tres primeros pueden ser heredados, pues de padres a hijos puede traspasarse no sólo el capital económico, sino la cultura familiar desde el nacimiento, que es cultura de clase social, y también las relaciones e influencias sociales. Pero el capital escolar es el único que no puede heredarse; los padres no pueden pasar a sus hijos sus títulos escolares (aunque pueden influir, con diferentes estrategias, en que consigan unos u otros). Aún así, existe una relación entre capital escolar y conocimientos y prácticas culturales.
Lo más novedoso para mí, y para las teorías de las clases sociales de muchos autores, es la referencia al capital social, que pasa desapercibido para muchos.
Veamos el siguiente párrafo al respecto:
“Los poseedores de un fuerte capital escolar que han heredado un fuerte capital cultural y tienen a la vez los títulos y los cuarteles de nobleza cultural, la seguridad que de la pertenencia legítima y la naturalidad que asegura la familiaridad, se contraponen no sólo a los que se encuentran desprovistos de capital escolar y del capital cultural heredado…, sino también, por una parte, a aquellos que, con un capital cultural heredado equivalente, han obtenido un capital escolar inferior…, y por otra parte, a aquellos que, dotados de un capital escolar semejante, no disponían, en su origen, de un capital cultural tan importante y que mantienen con la cultura, que deben más a la escuela y menos a su familia, una relación menos familiar, más escolar” (Bourdieu, 1989, 80).
Lo interesante es lo que nos dice Bourdieu sobre lo que ocurría ya en esa época (años 70) en Francia, y que ahora ocurre y está a la vista de todo el mundo (no porque lo dijera él): la superproducción y consiguiente devaluación de títulos escolares. Puesto que la escuela otorga títulos, pero también status social, en principio todas las fracciones de clase utilizan la escuela para mantener o aumentar su posición social y su patrimonio; pero cada una lo hace con diferentes estrategias de reconversión. Así, por ejemplo, la nueva clase media invierte en cultura para mejorar su status, e intenta una orientación profesional de los estudios, marginando los tradicionales estudios humanísticos; la élite cultural intenta conservar su capital cultural y legitimarlo con títulos académicos para no perder su status y mantener su posición de privilegio, orientándose hacia estudios humanísticos, a los que defiende; la fracción de clase alta con buen volumen de capital económico intenta reconvertir parte del mismo en capital cultural, intentan relacionar los estudios universitarios con el mundo de los negocios; aunque quienes han obtenido gran capital económico sin tener ningún capital escolar ni cultural suelen orientar a sus hijos a “seguir el negocio” sin estudiar y a invertir en economía. “De hecho, las fracciones más ricas en capital cultural se inclinan a invertir preferentemente en la educación de sus hijos al mismo tiempo que en las prácticas culturales apropiadas para mantener y acrecentar su particularidad específica; las fracciones más ricas en capital económico relegan las inversiones culturales y educativas en beneficio de las inversiones económicas, mucho más, sin embargo, los patronos industriales y comerciales que la nueva burguesía de los cuadros del sector privado, que manifiesta la misma preocupación por la inversión racional en el terreno económico como en el de la educación” (Bourdieu, 1989, 118).
Sobre este aspecto, veamos lo que escribe Bourdieu sobre el caso concreto de los maestros, que tienden a invertir en capital escolar principalmente: “…aquellos que deben lo esencial de su capital cultural a la Escuela, como los maestros y los profesores originarios de las clases populares y medias, se muestran particularmente sumisos a la definición escolar de la legitimidad y tienden a proporcionar sus inversiones, de manera muy estricta, al valor que la Escuela reconoce en los diferentes dominios” (Bourdieu, 1989, 86).
En definitiva, cada clase social tiene su “ethos” característico, cuyos valores determinan sus actitudes hacia la cultura y hacia la educación; este ethos es decisivo en el ingreso y permanencia en el sistema educativo, ya que determina los estudios del individuo antes de comenzarlos. Pero, al final, prácticamente todas las fracciones de clase orientan a sus hijos hacia los estudios, invierten en capital escolar para conseguir capital económico, cultural y social. Lo cual nos recuerda aquella teoría funcionalista de la igualdad de oportunidades educativas y de la educación como inversión.
A este fenómeno se añade el que unas fracciones de clase están mejor informadas que otras sobre las salidas profesionales de cada carrera, su rentabilidad económica (el sueldo que se gana ejerciendo esa profesión) y el status social que otorga. En este caso, las fracciones de clase alta están mejor informadas, y orientan a sus hijos hacia las carreras más rentables, aunque sean más caras, largas y difíciles de estudiar; mientras que las fracciones de clase baja no suelen tener esa información, y orientan a sus hijos simplemente hacia estudios universitarios (lo cual ya es una gran ventaja sobre los padres, que apenas tienen estudios), dando por supuesto que obtendrán una buena profesión con la que ganarán buen dinero y posición social. De aquí que las distintas fracciones de clase orientan a sus hijos hacia diferentes estudios. Esto es lo que otros autores han denominado “carreras de élite y carreras de aluvión”. Así, quienes más rentabilidad obtienen del sistema escolar son las clases altas.
“Entre las informaciones constitutivas del capital cultural heredado, una de las que más valor tienen es el conocimiento práctico o intelectual de las fluctuaciones del mercado de las titulaciones académicas, el sentido de la inversión que permite obtener el mejor rendimiento del capital cultural heredado en el mercado laboral o del capital escolar en el mercado laboral, sabiendo, por ejemplo, abandonar a tiempo las vías o carreras devaluadas para orientarse hacia vías o carreras de porvenir, en lugar de aferrarse a los valores escolares que procuraban los más altos beneficios en un estado anterior del mercado” (Bourdieu, 1989, 140).
De todos modos, la consecuencia de que todos estudien es la superproducción de títulos escolares: salen más titulados de los que la sociedad necesita en su mercado laboral. Es el desajuste de que hablaron los funcionalistas, y es también lo que otros autores han denominado “la universidad, fábrica de parados”. Tal superproducción ocasiona una devaluación de los títulos en el mercado laboral, de modo que un titulado tiene cada vez más difícil conseguir el puesto de trabajo correspondiente a este título; cada promoción lo tiene más difícil que la anterior; si en los años 60 un titulado universitario tenía relativamente fácil (nunca lo ha sido) conseguir ese trabajo, en la actualidad es mucho más difícil. Aunque existen diferencias entre unas carreras y otras, pues mientras unas tienen fácil salida profesional por el equilibrio entre oferta y demanda laboral, otras carreras, superpobladas y con pocas salidas profesionales, sufren tal devaluación mucho más.
Pero no acaba aquí el círculo vicioso de las consecuencias, puesto que, porque los títulos valen cada vez menos, los estudiantes que luchan contra esto (especialmente de carreras de aluvión) intentan conseguir aún más títulos y diplomas, embarcándose en más estudios (un segundo título universitario, una segunda especialidad, doctorados, masters, cursos, cursillos, etc.) para superar a los demás en la consecución del puesto de trabajo. Pero es que lo mismo han pensado y hecho otros muchos estudiantes, con lo que la competencia continúa. Entonces continúa la devaluación de títulos y diplomas.
“La entrada en la carrera y en la competencia por la titulación académica de fracciones que hasta entonces han utilizado poco la escuela, ha tenido como efecto obligar a las fracciones de clase cuya reproducción estaba asegurada principal o exclusivamente por la escuela, a intensificar sus inversiones para mantener la particularidad relativa de sus titulaciones y, correlativamente, su posición en la estructura de las clases, llegando a ser así la titulación académica y el sistema escolar que la otorga una de las apuestas privilegiadas de una competencia entre las clases que engendra un aumento general y continuo de la demanda de educación y una inflación de las titulaciones académicas” (Bourdieu, 1989, 130). En nuestro entorno actual (no en contexto en que escribe Bourdieu esta obra) tenemos un ejemplo cercano en los diplomados de Magisterio, obligados a adquirir más títulos y diplomas para conseguir méritos para el concurso-oposición o para pedir interinidad, lo que hace que muchos sigan una segunda especialidad, continúen en una licenciatura, y sigan todo tipo de cursillos.
Pero quizá lo peor de todo esto sea el desengaño general de los estudiantes hacia el sistema escolar, como consecuencia de todo esto. Bourdieu nos ofrece aquí un argumento que puede explicar en parte el actual desinterés por estudiar (en el sentido literal de esta palabra) y, por extensión, la rebeldía hacia cualquier institución social:
“La descualificación estructural que afecta al conjunto de los miembros de esta generación, destinados a obtener de sus titulaciones menos de lo que hubiera obtenido de ellas la generación precedente, se encuentra en la base de una especie de desilusión colectiva que lleva a esta generación engañada y desengañada a hacer extensiva a todas las instituciones la rebeldía unida al resentimiento que le inspira el sistema escolar. Esta especie de carácter anti-institucional…conduce, en última instancia, a una especie de denuncia de unos supuestos tácitamente asumidos en el orden social, a una suspensión práctica de la adhesión a las metas que éste propone, a los valores que profesa, y al rechazo de las inversiones, que constituye la condición sine qua non para su funcionamiento” (Bourdieu, 1989, 145). Pero, en definitiva, a pesar de las diferentes estrategias de reconversión entre las distintas fracciones de clase, todas tienden a utilizar la escuela como sistema de reproducción, y cada vez más.
En fin, son tantas y tantas cosas las que nos dice Bourdieu en esta magnífica obra, que no podemos analizar aquí todas ellas. Nos hemos limitado a las que más interesan en el mundo de la educación. En esta obra cualquier persona, perteneciente a cualquiera de las fracciones de cualquier clase social, puede sentirse identificado con algunas de las ideas que expone sobre sus gustos, usos, prácticas y estrategias educativas. Al menos, eso es lo que me ha pasado a mí; como en los siguientes párrafos:
“El pequeño-burgués realiza los sacrificios más importantes, si no los más patentes, en el orden de la sociabilidad y de las satisfacciones correlativas. Seguro de que no debe su posición más que a su propio mérito…La preocupación por concentrar los esfuerzos y reducir los costes conduce a romper los lazos, incluso los familiares, que constituyen un obstáculo para la ascensión individual” (Bourdieu, 1989, 341).
“Toda la existencia del pequeño-burgués ascendente es anticipación de un porvenir que no podrá vivir, en la mayoría de los casos, más que por procuración, por mediación de sus hijos, sobre los que ‘hace recaer –como suele decirse- sus ambiciones’…Puesto que está condenado a estrategias que necesitan varias generaciones, que se imponen siempre que el plazo de acceso al bien codiciado excede los límites de una vida humana, el pequeño-burgués es el hombre del placer y del presente diferidos, que se tomará más tarde ‘cuando tenga tiempo’, ‘cuando haya terminado de pagar’, ‘cuando se hayan terminado los estudios’, ‘cuando los hijos crezcan’, o ‘cuando se jubile’. Es decir, con la mayor frecuencia, cuando sea demasiado tarde, cuando, habiendo entregado a crédito su vida, ya no habrá tiempo para recuperar sus fondos y será necesario, como suele decirse, ‘rebajar sus pretensiones’ o mejor, ‘desistir de ellas’. No existe reparación para un presente perdido. Sobre todo cuando acaba de manifestarse …la desproporción entre las satisfacciones y los sacrificios” (Bourdieu, 1989, 357).
4. Para terminar con este punto, en Homo academicus trata un tema que hasta entonces había sido soslayado por la sociología, y en particular la de la educación; el mundo del profesorado universitario, que el sociólogo, que está dentro de él, debe intentar objetivar. Bourdieu considera la Universidad (al menos la francesa, a la que se refiere en concreto su estudio) como un campo de enfrentamiento entre varios poderes, relativos a las diferentes trayectorias sociales y académicas y a las producciones de cada uno; constituye un espacio de posiciones y de “especies” del profesor universitario. En este espacio se plasma la estructura de la distribución de diferentes especies de poder.
Ese poder se manifiesta de diversas maneras: en los conflictos y luchas entre Facultades, entre unas ciencias y otras, entre unas y otras disciplinas; en la acaparamiento de más o menos horarios de clases, recursos económicos y personales; en la reproducción del cuerpo de profesores universitarios, en la endogamia del cuerpo, en la separación de los adversarios. El mundo universitario es, en definitiva, un campo de luchas de poder entre individuos que ocupan distintas posiciones en el espacio no sólo académico, sino también social, ya que el tener más o menos poder en la universidad no se debe sólo a la valía y prestigio como profesor o investigador, sino también a las relaciones sociales de poder del individuo en cuestión, que a su vez se deben, en parte, a aquella posición académica.
Los profesores universitarios son, al fin y al cabo, personas que toman una postura intelectual determinada, pero también una postura social y política; y esto ocurre siempre, tanto en períodos de equilibrio como de crisis.
A partir de este estudio, otros autores han escrito sobre las luchas de poder en el mundo del profesorado universitario
A la vista de todo esto, ¿cómo clasificar a Bourdieu?
Es difícil encajar las ideas de Bourdieu en un enfoque sociológico concreto, tanto por las muchas ideas que expresa a lo largo de sus muchos escritos, como por la misma evolución de ellas.
Por un lado, tiene algo de funcionalista, especialmente en su corriente crítica, al resaltar las desigualdades sociales en educación debidas a factores de clase social. Por su propio lenguaje, y por conceptos e ideas sobre la legitimidad, ideología, cultura dominante, reproducción, bien podría ser considerado marxista. Por su centralidad en la cultura de clase y en la dominación puede ser considerado como weberiano. Por sus relaciones con Young, Bernstein y otros, y su participación en el libro que dió origen a la Nueva Sociología de la Educación, y por sus ideas sobre el poder y control en la transmisión del conocimiento escolar, puede ser encuadrado dentro de ésta. Y así podríamos seguir.
Entonces, ¿dónde encuadrarle? Veamos lo que él mismo nos dice en Cosas dichas. Concretamente recibe influencias de Marx, Durkheim y Weber, de los que escribe que “representan puntos de referencia que estructuran nuestro espacio teórico y nuestra percepción de este espacio” (Bourdieu, 1988, 40). Y etiqueta su propio trabajo de “estructuralismo constructivista” o “constructivismo estructuralista”, entendiendo estructuralismo o estructuralista en el sentido de que en el mundo social existen estructuras objetivas independientes de la conciencia y de la voluntad de los agentes, que son capaces de orientar o de coaccionar sus prácticas o representaciones; y por constructivismo o constructivista quiere decir que hay una génesis social de una parte de los esquemas de percepción, de pensamiento y de acción, que constituyen el habitus, y de otra parte, existen estructuras, particularmente campos o grupos, de las clases sociales (Bourdieu, 1988, 127).
Todo ello hace difícilmente clasificable a este autor; aunque, como él mismo opina,
“…la respuesta a la cuestión de saber si un autor es marxista, durkheimiano o weberiano no aporta casi ninguna información sobre este (cualquier) autor…Uno de los obstáculos para el progreso de la investigación es este funcionamiento clasificatorio del pensamiento académico, y político, que a menudo prescribe la invención intelectual impidiendo la superación de las falsas antinomias y las falsas divisiones. La lógica de la etiqueta clasificatoria es exactamente la del racismo, que estigmatiza al encerrar en una esencia negativa. En todo caso, constituye, a mi modo de ver, el principal obstáculo para lo que me parece ser la justa relación con los textos y con los pensadores del pasado…
(tengo con los autores) “…relaciones muy pragmáticas: recurro a ellos como a compañeros en el sentido de la tradición artesanal…a quienes se puede pedir una ayuda momentánea en las situaciones difíciles…Se toma la riqueza allí donde se la encuentra…La función de la cultura es designar a los autores en quienes se tienen posibilidades de encontrar ayuda…Es posible servirse de ella (la cultura) como de una caja de herramientas, más o menos inagotable (Bourdieu, 1988, 38-39).
Párrafo éste que encuentro muy interesante, con el que estoy de acuerdo, pues considero no siempre positivo el afán de clasificar a un autor dentro de una corriente teórica, y más cuando un autor polifacético es difícilmente clasificable. Este afán deriva, sin duda, del mundo académico, que exige, en bien de la mejor docencia, poner en cuadros todo aquello que pueda ser encuadrado, se supone que para un mejor recuerdo y comprensión de quienes están aprendiendo. Pero, ¿por qué empeñarse siempre en ello?
Valoración final de Bourdieu.
Indudablemente, como dijimos al principio, Bourdieu es considerado hoy como uno de los sociólogos actuales más importantes; su obra ha trascendido no sólo su país, sino incluso Europa, y en España tiene fervientes seguidores. Ha escrito muchos artículos y libros sobre temas muy variados de la sociología, especialmente centrándose en ésta misma como ciencia y en el trabajo de sociólogo, en diversas manifestaciones artísticas y en la educación. Si bien, considero que su obra no sólo es sociología, sino a veces psicología social de clases o de grupos sociales, filosofía social y de la educación, e incluso (aunque yo no estoy muy convencido de ello) inicios en la antropología. Debido a esta amplitud literaria del autor aquí sólo nos hemos centrado en algunas de sus obras, especialmente relacionadas con la educación.
Hemos visto como, tanto a la vista de sus obras como de sus propias confesiones ha sido influido por varios autores, entre los que destacan Marx, Durkheim y Weber; si bien, yo destacaría las influencias del primero y del último, visibles tanto en sus ideas como en su lenguaje. Pero esto no acota la clasificación del autor dentro de una corriente teórica, pues se ha dicho de él que es, aparte de marxista o weberiano, estructuralista, de la Nueva Sociología de la Educación británica (aunque él no sea británico, pero colaboró en su fundación). Pero para mí como para el propio Bourdieu, ¿por qué empeñarse en clasificar a un autor? ¡Estúdiense sus ideas!
Autor que ha gustado de exhibir en muchas de sus obras unas ideas y un lenguaje que creen polémica, un lenguaje incluso cáustico a veces, enrevesado parece que a propósito; lo que hace la lectura de algunas obras algo difícil. Ha elaborado conceptos originales e ideas que han tenido influencia sobre otros autores.
En el terreno de la Sociología de la Educación, Bourdieu ha destacado por llamar la atención, en la línea del funcionalismo crítico, sobre los factores sociales y familiares de la trayectoria escolar de estudiantes de diferentes clases sociales, sobre el papel de la escuela en la reproducción cultural, y de ahí la social y económica, la función de los profesores, de los exámenes, el lenguaje escolar, sobre las luchas de poder en la universidad, sobre las distintas estrategias de reconversión de diferentes clases sociales respecto del sistema escolar, sobre la sobreproducción y devaluación de los títulos escolares en el mercado laboral, y un largo etcétera, por no hacer una lista interminable.
De él (y de su colaborador Passeron) escribió Lerena (¿por qué tengo la impresión de que Bourdieu y Lerena se parecen en muchas cosas?), que sólo pudo leer algunas de sus obras, hasta las de los años 80, debido a su temprana muerte:
“…el desarrollo más significativo de la Sociología de la Educación…un brillante esfuerzo de formalizar una teoría que antes y después de esta obra es objeto de múltiples investigaciones…Esta orientación representa, en mi criterio, el punto más alto de la actual sociología de la educación, tanto por su valor teórico como por su rigor empírico…representa la mejor tradición sociológica –Durkheim, Weber y Marx- al servicio de la nueva sociología…Bourdieu trata de incorporar el mundo de la educación y de la cultura a la reflexión sociológica en profundidad, de tal modo que la consideración de ese mundo se constituya en uno de los ejes centrales de la sociología a secas” (Lerena, 1985, 213-214).
Pero ¿es que todo en él es bueno?, ¿no puede criticársele nada? ¡Claro que sí! Se le ha criticado la excesiva abstracción de su sistema teórico; su relativismo cultural, pues junto a la cultura dominante existen otras, como la popular y entre ambas se dan contradicciones; el olvido de las resistencias y problemas que encuentra la transmisión de la cultura burguesa a los hijos de las clases populares; el que los dominados pueden aprovechar la experiencia de la escuela, controlada por las clases altas, para reforzar sus posiciones de lucha social. Se ha dicho de él que su obra parece un “funcionalismo de lo peor” o un “hiperfuncionalismo del revés”.
También se le ha criticado los conceptos de violencia simbólica y de acción pedagógica impuesta, crítica a la que me sumo: Todo en la vida del ser humano consiste en socialización de unos a otros, especialmente –como dijo Durkhjeim- de los adultos hacia los niños y jóvenes, intentando eliminar la parte animal que tenemos y haciéndonos sociales. Así se nos enseñan muchas actitudes, conductas y conocimientos. ¿Es una imposición?, ¿se ejerce una violencia sobre el socializado o sobre el estudiante cuando se le enseña? Entonces habría que decir que se le violenta o impone cuando se le enseña a comer con cuchara y tenedor, a asearse, a hacer sus necesidades en determinado sitio y momento, a leer y escribir, y así un largo etcétera. Pero es que esta es la forma de transmitir unas cosas a otros.
Algunos dicen de él que fue un hipócrita por criticar el sistema escolar y la vida intelectual y universitaria de Francia (quizá por haber sido en un principio rechazado por los círculos intelectuales de París), cuando él mismo, de origen social humilde, fue formado en ese sistema y ha sido uno de los intelectuales universitarios con más éxito.
Por mi parte, yo le criticaría también el haber editado un artículo que había catalogado como sociología de la educación, como antropología de la educación años después.
Sea como sea, el magnífico y polémico Bourdieu ha muerto. Esperamos que su obra continúe fomentando el interés por la sociología y por la educación en asuntos tan discutidos como los que él ha tratado, y sea estudiado y continuado por otros autores. Descanse en paz.
Bibliografía de Bourdieu (sólo libros).
Sociologie de l’Algérie. Presses Universitaires de France (P.U.F.), Paris, 1961.
Travail et travailleurs en algérie. Mouton, Paris-La Haye, 1963.
Le deracinement. La crise de l’agriculture traditionelle en Algérie. Minuit, Paris, 1964.
Les héritiers. Les étudiants et la culture. Minuit, Paris, 1964.
Los estudiantes y la cultura. Labor, Buenos Aires, 1973.
Rapport pédagogique et communication. Mouton, Paris, 1965.
Un art moyen. Essai sur les usages sociaux de la photographie. Minuit, Paris, 1966.
L’amour de l’art. Les musées d’art et leur public. Minuit, Paris, 1966.
Le metier de sociologue. Mouton-Bordads, Paris, 1968.
El oficio de sociólogo. Siglo XXI, Madrid, 1976.
La reproduction. Eléments pour une théorie du système d’enseignement. Minuit, Paris, 1970.
La reproducción .Elementos para una teoría de la enseñanza. Laia, Barcelona, 1977.
Mitosociología. Fontanella, Barcelona, 1975.
Esquisse d’une théorie de la pratique, precedé de tríos études e’ethnologie kabyle. Droz, Génève, 1972.
Algérie 60. Structures économiques et structures temporelles. Minuit, Paris, 1977.
La distintion. Critique sociale du jugement. Minuit, paris, 1979.
La distinción. Taurus, Madrid, 1089.
Le sens pratique. Minuit, Paris, 1980.
El sentido práctico. Taurus, Madrid, 1990.
Questions de sociologie. Minuit, Paris, 1980.
Travaux et projects. Centre de Sociologie Européenne, Paris, 1980.
Leçon sur la leçon. Minuit, Paris, 1982.
Ce que parler veut dire. L’économie des échanges linguistiques. Fayard, Paris, 1982.
Campo de poder y campo intelectual. Folios, Buenos Aires, 1983.
Homo academicus. Minuit, Paris, 1984.
Coses dites. Minuit, Paris, 1987.
Cosas dichas. Gedisa, Barcelona, 1988.
La noblesse d’État. Grandes écoles et esprit de corps. Minuit, Paris, 1989.
Réponses. Pour une anthropologie reflexive .Du Seuil, Paris, 1992.
Les regles de l’art. Génèsse et structure du champ litéraire. Seuil, Paris, 1992.
La misère du monde. Seuil, paris, 1993.
Libre-échange. Seuil, Paris, 1994.
Raisons pratiques. Sur la théorie de l’action. Seuil, Paris, 1994.
Sur la televisión. Liber-Raisons d’Agir, Paris, 1996.
Méditations pascaliennes. Seuil, paris, 1997.
Les usages sociaux de les sciences. Pour une sociologie clinique du champ scientifique. INRA, Paris, 1997.
Conte-feux: Propos pour servir à la resístanse contre l’invasion néoliberale. Liber-Raisons d’Agir, Paris, 1998.
La domination masculine. Seuil, Paris, 1998.
Referencias bibliográficas.
ALONSO HINOJAL, I. (1980): Educación y sociedad. Las sociologías de la educación. C.I.S., Madrid.
FORQUIN, J.C. (1985): “·El enfoque sociológico del éxito y el fracaso escolares: Desigualdades de éxito escolar y origen social”. Educación y Sociedad, nº 3, pp. 203-205.
LERENA, C. (1985): Materiales de sociología de la educación y de la cultura. Zero, Madrid.
YOUNG, M.F.D. (1971): Knowledge and Control. New Directions for the Sociology of Education. Collier-McMillan, London.
PIERRE BOURDIEU Y LA EDUCACION
El sociólogo y antropólogo francés Pierre Bourdieu, se destaca, entre los grandes pensadores contemporáneos, por la importancia de su obra; en el conjunto de la misma sobresalen importantes estudios acerca de la educación. De hecho, hay entre sus trabajos varios análisis que privilegian la educación y los sistemas de enseñanza. Tales análisis permiten explicitar las implicaciones, disimuladas en la mayoría de los casos, de la educación formal e informal en los procesos de dominación simbólica.
por Mendes Catani, Afrânio ; Catani, Denice Barbara ; Pereira, Gilson R. de M.
Constituyéndose en objeto central cuyo examen permite evidenciar mecanismos del conocimiento social, la educación puede también esclarecer las formas por las cuales los agentes conocen las instituciones y se reconocen en ellas, y del mismo modo, cómo operan ese conocimiento y reconocimiento en lo que dice respecto a las producciones simbólicas (arte, ciencia, religión y otras). De acuer do con esta perspectiva, para Bourdieu (1987 a, p.295) “la sociología de la educación configura su objeto particular cuando se constituye como ciencia de las relaciones entre la reproducción cultural y la reproducción social, o sea, en el momento en que se esfuerza por establecer la contribución que el sistema de enseñanza ofrece en vistas a la reproducción de la estructura de las relaciones de fuerza y de las relaciones simbólicas entre las clases”. La palabra “contribución”, en este trecho es esencial para aprehender el espíritu de la sociología de la educación practicada por Bourdieu. Para ésta, la cuestión a ser investigada en cada caso particular–entendido siempre como “modalidad de lo posible”, esto es, “el invariante en la variante observada”– es siempre la contribución del sistema de enseñanza y la forma específica por la cual ésta se reviste para la reproducción de la estructura de las relaciones, simultáneamente de fuerza y simbólicas, entre todos los agentes sociales (grupos, clases, instituciones).
Bourdieu reiteró, de manera obsesiva, a lo largo de su obra, los beneficios heurísticos de la experiencia cruzada entre el “desenraizamiento de un universo familiar” y la “familiarización con un universo extranjero” (Miceli, 1999).
Era hijo de un modesto empleado de correos de la región de Béarn (Pirineos Atlánticos), nació en Denguim (1930) y falleció en París (2002); estudió primero en el Liceo de Pau, y luego en Paris, en el Liceo Louis-le-Grand. Sus estudios superiores los hizo en la Facultad de Letras y en la Escuela Normal Superior (ENS), núcleo de reclutamiento y formación de la élite intelectual francesa de esa época. El hecho es que Bourdieu se benefició del eficiente sistema público de enseñanza del país, consolidado a lo largo de la III República (1870-1940).
Graduado en filosofía, escribe que en los años 50, quando era estudiante, aquellos que se distinguían por una “brillante trayectoria” no podían, so pena de bajar de categoría, dedicarse a tareas prácticas, tan vulgarmente banales, como las del oficio de sociólogo (Bourdieu, 1992,p.176). En este mismo libro, unas líneas más adelante, agrega: es evidente que la conversión que experimenté para adherir a la sociología no era ajena a mi trayectoria social. Viví la mayor parte de mi juventud en una pequeña ciudad del suroeste de Francia. Y sólo pude satisfacer las exigencias de la institución escolar renunciando a muchas de mis primeras experiencias y adquisiciones, y no solamente a mi acento original (….) La etnología y la sociología me permitieron reconciliarme con mis primeras experiencias y asumirlas sin perder nada, creo, de aquello que adquirí posteriormente. Eso es algo no común entre los desertores, que experimentan con frecuencia un profundo malestar y a veces se avergüenzan de sus orígenes y experiencias originarias. La investigación que realicé a mediados de 1960, en aquella pequeña ciudad, me permitió descubrir más cosas acerca de mí que cualquier otra forma de introspección. (Bourdieu, 1992, p.1767).
Dio clases en el Liceo de Moulins (1954-1955), hizo el servicio militar en Argelia (1955-1958) quedándose dos años más en ese país, como profesor asistente en la Facultad de Letras de Argel (1958-1960). Su carrera posterior fue la siguiente: profesor en la Facultad de Letras de Lille (1961-1964), y a partir de 1964, director de estudios en la Escuela de altos Estudios de Ciencias Sociales, director del Centro de Sociología de la Educación y de la Cultura (Paris). En 1975 creó la revista Actas de la Investigación en Ciencias Sociales y en 1981, fue titular de la Cátedra de Sociología del Colegio de Francia, después de haber competido con Raymond Boudon y Alain Touraine.
En el conjunto de sus libros y artículos, Bourdieu combinó con talento tres de los llamados “padres fundadores” de la sociología que antes de él, tradicionalmente eran confrontados, a saber, Karl Marx, Émile Durkheim y Max Weber.
Sus actividades de investigación se iniciaron en Argelia, a fines de los años 50, luego con Jean-Claude Passeron, estudió los mecanismos escolares de reproducción social (Los herederos, 1964 y La reproducción, 1970) habiendo desarrollado “una obra multiforme en innumerables terrenos, siempre con la preocupación de que la elaboración teórica no fuese nunca totalmente separada del trabajo empirico”, integrando otros aspectos en sus reflexiones. “Es el caso, por ejemplo, de una obra colectiva organizada por él, La miseria del mundo (1993), centrada en la manera en cómo las formas de sufrimiento moldean la subjetividad de los individuos. Aquello que él llamó ‘constructivismo naturalista’ sintetiza bien la originalidad de su obra, particularmente en lo que respecta a los trabajos que fueron publicados desde fines de los años 70″ (Corcuff, 1997, p.37).
Bourdieu escribe en Cosas dichas que si tuviese que caracterizar su trabajo en pocas palabras, hablaría de un constructivismo estructuralista, tomando la palabra “estructuralismo” en un sentido muy diferente a aquel que le es dado por la tradición saussuriana o lévi-straussiana. Por estructuralismo o estructuralista, quiero decir que existen, en el propio mundo social y no solamente en los sistemas simbólicos, lenguaje, mito, etc., estructuras objetivas, independientes de la conciencia y de la voluntad de los agentes, que son capaces de orientar o de constreñir sus prácticas o representaciones. Por constructivismo, quiero dicer que hay, por un lado, una génesis social de los esquemas de percepción, de pensamiento y de acción que son constitutivos de aquello que llamo de habitus y, por otro lado, de las estructuras sociales, en particular de lo que llamo de campos y de grupos, y particularmente de lo que se acostumbra llamar de clases sociales (Bourdieu, 1987b,p. 147).
Creemos que algunas palabras deben ser dichas acerca de la Escuela Normal Superior, donde Bourdieu se formó. Fundada en 1794 e instalada en 1847 en el 45 de la calle de Ulm, del otro lado del Panteón y no lejos de la Sorbona, la Escuela tenía la función de reunir alumnos becarios con la finalidad de transformarlos en los mejores profesores de Francia en las más variadas áreas del conocimiento. En el libro de Nicole Masson, La Escuela Normal Superior. Los caminos de la libertad, figura una lista de normalistas que se hicieron célebres en diversos campos (astrofísica, biología, química, economía, edición, geografía, historia, industria, periodismo, lingüística, literatura, matemática, mineralogía, filosofía, física, política, psicoanálisis, sociología y teatro); Gérard Debreu (premio Nóbel de economía); Marc Bloch, Lucien Fèvre, Jacques Le Goff y Paul Veyne (historia); Georges Dumézil (lingüísitica); Jean Giraudoux, Roger Caillois, Paul Nizan, Jean Prévost y Romain Rolland (literatura); André Weil (matemática); Alain, Louis Althusser, Raymond Aron, Henri Bergson, Georges Canguilhem, Régis Debray, Jacques Derrida, Michel Foucault, Maurice Merleau-Ponty, Jean-Paul Sartre y Simone Weil (filosofía); Léon Blum, Jean Jaurès y Georges Pompidou (política); Didier Anzieu y Daniel Lagache (psicoanálisis); Raymond Boudon, Célestin Bouglé, Pierre Bourdieu, Émile Durkheim, Maurice Halbwachs, Marcel Mauss y Alain Touraine (sociología).
Vale resaltar que la Escuela Normal Superior tenía una característica básica, su papel de crisol social. Los costos de un curso de medicina o derecho excedían las posibilidades de las clases obreras y rurales, pero los profesores podían venir de abajo, gracias a las becas disponibles para la continuación de sus estudios. Escribiendo en la década del 20, Albert Thibaudet [autor de La república de los profesores] descubrió que entre ocho o nueve de cada diez alumnos de la Normal habían recibido becas. La persona podía haber nacido y haberse criado en una provincia distante y aún así ser aceptada en la Normal; una vez en el Khâgne [clase preparatoria literaria para la Normal], preparatorio, y después., en la Escuela, establecería los contactos que servirían para toda la vida. Para ingresar en la sociedad, era un medio tan bueno como haber sido criado en un barrio elegante de París. (Lottman, 1987,p.38).
Aún en la actualidad un/a joven francés/a que desee ser profesor/a encontrará en la Escuela Normal Superior condiciones bastante tentadoras: después de haber superado un riguroso proceso selectivo, firma un contrato con el Estado, a través del Ministerio de Educación, mediante el cual está obligado/a a trabajar para el gobierno durante diez años. En ese plazo están incluidos los cuatro años regulares del curso. De esta manera el/la joven académico/a es inmediatamente empleado/a público/a a partir de su ingreso a la Escuela, recibiendo una beca de 8.80.0 francos franceses (aproximadamente 1.000 euros). Obtiene, además, a precios considerablemente subsidiados, alojamiento y alimentación en la propia institución.
Las observaciones que se hacen acá sobre la obra de Bourdieu pretenden situar las maneras en que el autor fue leido y comprendido en Brasil, así como las formas de incorporación de sus proposiciones en los estudios del campo educacional. Para hacer eso posible se examinaron las producciones divulgadas en veinte periódicos educacionales:
ANDE, n.1-21, San Pablo, 1981/1995; Cadernos CEDES, n.1-50, Campinas, SP, 1980/200; Cadernos de Pesquisa, n. 1-110, San Pablo, 1971/2000; Contexto e Educação, n.1-53, Ijuí, RS, 1986/1999; Educação & Filosofía, n.1-25, Uberlândia, MG 1986/1999: Educação & Realidade, v.1-24, Porto Alegre, 1976/1999; Educação e Seleção, n. 1-20, San Pablo, 1980/1989; Educação e Sociedade, n. 1-7, Campinas, SP, 1978/2000; Educação em Debate, n.1-37, Fortaleza, 1978/ 1999; Educação em Revista, n. 1-30, Belo Horizonte, 1985/1999;…


La lógica de los campos*
17 de marzo de 2008

















La culpa de todo la tiene el “Doctor Shock”, dice Klein. Milton Friedman, un hombre carismático y ambicioso, perteneciente a la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago, es posiblemente el único economista que pudo poner en práctica sus reformadores planteamientos, experimentando directamente con un país del Cono Sur.

