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El ascenso de Brasil como potencia global…

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Sigue el ascenso de Brasil como potencia global

Raúl Zibechi

KLEEE1El triunfo de Dilma Rousseff zanjó el principal tema en disputa: si la quinta economía del mundo seguiría su marcha como uno de los líderes de los países emergentes, o sea, si mantendrá su autonomía relativa respecto de los centros mundiales de poder, o si esa marcha ascendente conocería una inflexión para acoplarse a las políticas hegemonistas de Estados Unidos. El triunfo de José Serra hubiera significado un cambio de rumbo en la segunda dirección, mientras la victoria de Rousseff confirma la vocación de potencia global hegemónica en Sudamérica trazado durante los ocho años de presidencia de Lula.

Serra había delatado durante la primera vuelta de la elección su voluntad de que Brasil tome distancia del Mercosur. En vista de que es el único país capaz de indicar el rumbo por el que debe transitar la región, un debilitamiento del énfasis en la integración regional habría sido un paso atrás en la construcción de la Unasur (Unión de Naciones Sudamericanas) y del Consejo de Defensa Sudamericano. Lo que hubiera abierto las puertas a una mayor injerencia de Washington de la mano de la OEA y, probablemente, generado mayores problemas a los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia.

La creciente autonomía de la región sudamericana respecto de Washington, que siempre consideró la región como su patio trasero, se habría frenado y quizá retrocedido al periodo previo a la aparición de los gobiernos progresistas a partir de 1999. Puede discutirse si la integración que promueve Brasil, con base en el libre mercado, profundiza las relaciones asimétricas entre países. O si, como consideran analistas, estamos ante una nueva y ampliada versión del subimperialismo brasileño que hace tres décadas analizó Ruy Mauro Marini. La existencia de estas tendencias negativas no debe opacar que el ascenso de Brasil como potencia global implica el debilitamiento del dominio estadunidense.

En la política doméstica los cambios fueron y serán mínimos. Hay cuatro elementos a considerar. El PT sale fortalecido al convertirse en la primera fuerza en votos y en representación parlamentaria (88 diputados y 14 senadores), por haber caído sus adversarios al nivel más bajo en mucho tiempo (el PSDB de Serra y Fernando Henrique Cardoso pasó de 99 diputados en 1999 a los 54 actuales y la derecha pura, DEM, cayó de 105 diputados de hace una década a los 43 que tendrá en el nuevo parlamento). La alianza de 10 partidos que tejió Lula tendrá una cómoda mayoría en ambas cámaras.

Los resultados indican que en los años recientes se produjo un realineamiento del electorado. Lula llegó a la presidencia con 46.4 por ciento en la primera vuelta de 2002 y 61 por ciento en la segunda. Fue relegido en 2006 con 48.6 por ciento en primera vuelta y 61 por ciento en la segunda. Ahora Dilma obtuvo 46.9 por ciento en la primera vuelta y algo más de 56 por ciento en la segunda. Porcentajes muy similares que indican que, más allá del trasiego de votos lulistas de la clase media a los más pobres, hay una estabilidad y fidelidad del electorado que no consiguen torcer los grandes medios. Este nuevo alineamiento electoral durará un largo periodo.

La tercera cuestión es que Lula consiguió lo que nunca había conseguido un político brasileño: llevar a la presidencia a la persona designada para sucederle. Ni los grandes estadistas que tuvo Brasil, como Getulio Vargas, consiguieron esa proeza. Mayor aún cuando Rousseff era hasta hace poco una persona casi desconocida que había sido ajena al PT durante la mayor parte de su vida política. Este triunfo de Lula lo convierte en la persona destinada a manejar los hilos del poder, también durante cierto tiempo.

La cuarta cuestión es la que refleja Bruno Lima Rocha en su excelente artículo Una crítica abajo y a la izquierda, y consiste en la debilidad de los movimientos sociales. Es preciso tener la firmeza y la madurez para asumir que hay gobiernos que mejoran la vida de las mayorías y no construyen proyectos de poder para que estas mismas mayorías sean dueñas de sus destinos, concluye Lima.

Por arriba, constata cómo durante ocho años Lula tejió una sólida alianza con sectores de la clase política más tradicional, como el ex presidente José Sarney y el ex ministro de Economía de la dictadura Delfim Netto, y con la gran banca, la industria automovilística, las trasnacionales brasileñas y las multinacionales de telecomunicaciones y del agronegocio. Por abajo, observa que los movimientos están menos organizados, movilizan menos, se milita menos, hay una distancia mayor entre dirigentes y bases, no tienen una entidad transversal que los coordine y hasta el propio MST pierde su capacidad de liderar la lucha popular.

En síntesis: se consolidó el poder de las clases dominantes mientras los proyectos de transformar la sociedad se han debilitado. El movimiento popular brasileño está mucho más confuso de lo que estaba en la segunda mitad de los años 90, en pleno auge del neoliberalismo y de la era de Cardoso, apunta Lima. No es un diagnóstico agradable de escuchar, pero siempre es necesario mirar la realidad de frente. Un buen ejemplo es considerar que hoy la reforma agraria, por la que se movilizó buena parte de la sociedad brasileña en los 80 y los 90, está más lejos que nunca, mientras el agronegocio avanza sin cesar.

Si Brasil es el país destinado a marcar tendencias en la región, la realidad de los movimientos no augura nada positivo en el corto plazo. Quizá haya que concluir que la potencia de los movimientos ha emigrado a otras latitudes, como Bolivia y Argentina. La reacción de reafirmación de los de abajo ante la muerte del ex presidente Néstor Kirchner es buena muestra de que el espíritu del levantamiento del 19 y 20 de diciembre de 2001 está vivo y seguirá marcando la vida política del país. Durante un buen tiempo.

LA JORNADA.MX

Written by Eduardo Aquevedo

7 noviembre, 2010 at 1:51

Paul Krugman: Obama perdió las elecciones por falta de osadía económica…

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El galimatías del foco de atención

klee6PAUL KRUGMAN 07/11/2010

Los demócratas, declaraba el miércoles Evan Bayh en un artículo de opinión en The New York Times, "se excedieron al centrarse en la atención sanitaria en vez de en la creación de empleo durante una recesión grave". Muchos otros han estado diciendo lo mismo: la idea de que el Gobierno de Obama se equivocó al no centrarse en la economía se está consolidando en la opinión pública.

      La política económica de Obama ha acabado siendo un desastre político precisamente porque trató de jugar sobre seguro

      Pero no tengo ni idea de qué quiere decir la gente, si es que quiere decir algo, cuando dice eso. Centrar toda la atención sobre el foco de atención es, a mi modo de ver, un acto de cobardía intelectual, ya que es una manera de criticar la trayectoria del presidente Obama sin explicar qué habrían hecho ellos de forma diferente.

      Después de todo, ¿la gente que dice que Obama se tendría que haber centrado en la economía está diciendo en realidad que debería haber aplicado un paquete de estímulos mayor? ¿Está diciendo que debería haber seguido una línea más dura con los bancos? Si no es eso, ¿qué están diciendo? ¿Que debería haberse paseado frunciendo el ceño y murmurando: "Estoy centrado, estoy centrado"?

      El problema de Obama no ha sido la falta de atención, sino la falta de osadía. Al inicio de su mandato optó por un plan económico que era demasiado débil. Agravó ese pecado original al pretender que todo estaba encarrilado y al adoptar la retórica de sus enemigos.

      Las consecuencias de las crisis financieras importantes casi siempre son terribles: las crisis graves vienen seguidas normalmente de numerosos años de desempleo muy elevado. Y cuando Obama ocupó su cargo, EE UU acababa de sufrir su peor crisis financiera desde la década de 1930. Lo que el país necesitaba, teniendo en cuenta el gris panorama, era un plan de reactivación realmente ambicioso.

      ¿Podría Obama haber ofrecido realmente dicho plan? Puede que no hubiera conseguido un gran plan por medio del Congreso, o por lo menos no sin usar unas tácticas políticas extraordinarias. Sin embargo, se podría haber decantado por ser atrevido y hacer que el Plan A fuese la aprobación de un plan económico verdaderamente adecuado y que el Plan B consistiera en culpar a los republicanos de los problemas económicos si lograban bloquear dicho plan.

      Pero eligió un rumbo aparentemente más seguro: un paquete de estímulos de tamaño medio que era claramente insuficiente para el cometido. Y eso no es hablar a toro pasado. A principios de 2009, muchos economistas, entre ellos un servidor, advertían más o menos frenéticamente de que las propuestas del Gobierno distaban mucho de ser lo suficientemente atrevidas.

      Lo peor es que no había Plan B. A finales de 2009 ya era obvio que los agoreros tenían razón, que el programa era demasiado pequeño. Obama podría haberse dirigido al país y declarar: "Mi predecesor dejó la economía en un estado incluso peor del que nos imaginábamos y necesitamos más medidas". Pero no lo hizo. En vez de eso, él y sus funcionarios siguieron afirmando que su plan original era el correcto, y eso dañó su credibilidad todavía más, ya que la economía seguía sin cumplir las expectativas.

      Mientras tanto, las políticas y la retórica del Gobierno condescendientes con los bancos -dictadas por el miedo a dañar la confianza financiera- acabaron por desatar el enfado populista, en beneficio de unos republicanos todavía más condescendientes con los bancos. Obama acrecentó sus problemas al ceder de hecho en la discusión sobre el papel del Gobierno en una economía en crisis.

      Percibí una sensación de desesperación en el primer discurso de Obama sobre el Estado de la Unión, en el que declaró que "las familias de todo el país se están apretando los cinturones y están tomando decisiones duras. El Gobierno federal debería hacer lo mismo". Eso no solo era mala ciencia económica -en estos momentos, el Gobierno debe gastar porque el sector privado no puede o no quiere hacerlo-, sino que era una repetición literal de lo que John Boehner, el futuro portavoz del Congreso, dijo cuando atacó los estímulos originales. Si el presidente no dice lo que piensa sobre su propia filosofía económica, ¿quién lo hará?

      Por tanto, en esta historia, ¿dónde encaja el foco de atención? ¿En la falta de coraje? Sí. ¿En la falta de valentía en sus propias convicciones? Sin duda. ¿En la falta de atención? No.

      ¿Y por qué el hecho de no abordar la asistencia sanitaria habría arrojado un resultado mejor? La gente del foco nunca lo explica.

      Por supuesto, del argumento que mantiene que la reforma sanitaria fue un error se extrae lo siguiente: principalmente, que los demócratas deberían dejar de comportarse como demócratas y convertirse en republicanos light. Analicen lo que está diciendo la gente como Bayh, y ello se reduce a exigir que Obama se pase los dos años próximos muerto de vergüenza y admitiendo que los conservadores tenían razón.

      Existe una alternativa: Obama puede adoptar una postura. Para empezar, sigue teniendo la capacidad de elaborar una ayuda importante para los propietarios de viviendas, un ámbito en el que su Gobierno ha perdido una oportunidad durante sus dos primeros años. Más allá de esto, el Plan B sigue disponible. Puede proponer unas medidas reales para crear empleo y ayudar a los desempleados, y poner a los republicanos en un aprieto por interponerse en el camino de la ayuda que necesitan los estadounidenses.

      ¿Podría ser políticamente arriesgado adoptar esa postura? Sí, por supuesto. Pero la política económica de Obama ha acabado siendo un desastre político precisamente porque trató de jugar sobre seguro. Es hora de que pruebe algo distinto.

      Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © New York Times News Service. Traducción de News Clips.

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