Archivo para agosto 1st, 2008
R. KARADZIC. CRIMINAL DE GUERRA, O MILITAR DERROTADO Y CHIVO EXPIATORIO?
Holanda. Acusado por 11 cargos, afirma que se le ha “secuestrado” y que teme por su vida Karadzic revela pactos con EU´. El ex líder serbo bosnio afirmó ante el juez del tribunal de La Haya que acordó con Richard Holbrooke poner fin a la guerra a cambio de su retirada pública; el negociador estadounidense lo niega.
El juicio del caso 18/18 comenzó ayer en el Tribunal Penal Internacional de La Haya. El líder serbo bosnio Radovan Karadzic, de 63 años, vestido con traje azul oscuro, camisa blanca, pelo corto peinado hacia atrás y un semblante serio, acusado por once cargos de genocidio y crímenes de guerra, reafirmó la teoría sostenida por su familia de que había llegado a un acuerdo secreto con el negociador estadounidense Richard Holbrooke para poner fin a la guerra de Bosnia a cambio de su retirada de la vida pública. “Mi compromiso era retirarme de la vida pública, incluso de la vida literaria”, indicó Karadzic. “A cambio, Estados Unidos cumpliría con sus obligaciones”, dijo, sin especificar en qué consistían. Holbrooke “hablaba en nombre de Estados Unidos”, aseveró.
La familia de Karadzic defiende que Holbrooke, negociador ante el ex presidente serbio Slobodan Milosevic, prometió no entregar al ex jefe político de los serbo bosnios al tribunal, si desaparecía de la escena pública. Florence Hartmann, consejera y portavoz de la ex fiscal Carla del Ponte, ya había afirmado que antes de 1997, los soldados de la OTAN desplegados en Bosnia no hicieron nada para detener a Karadzic, pese a que éste se desplazaba a sus anchas por Pale, capital de la autoproclamada república serbia de Bosnia.
Holbrooke negó, en entrevista con la CNN, el acuerdo con Karadzic, pero afirmó en cambio que obtuvo de él el compromiso de retirarse de la vida política en julio de 1996. “Negocié un acuerdo muy duro. Tuvo que dimitir inmediatamente de sus dos cargos: el de presidente de la parte serbia de Bosnia y el de presidente de su partido. Y lo hizo”, dijo Holbrooke. “Pero cuando desapareció, hizo circular una información errónea sobre el acuerdo, diciendo que no se le perseguiría si desaparecía”, agregó en serbio, única lengua que usó. Karadzic denunció que su arresto fue un “secuestro” marcado por las “irregularidades” y que teme por su vida. También solicitó hacer uso del plazo legal de 30 días para declararse culpable o no de los cargos de genocidio, crímenes de guerra y contra la humanidad que le imputa el Tribunal Penal Internacional (TPI) para la ex Yugoslavia por su papel en la guerra de Bosnia (1992-1995). Interrogado por el juez Alphons Orie sobre la ausencia de abogados a su alrededor, Karadzic dijo: “Tengo un consejero invisible. He decidido asegurar mi defensa yo mismo, no sólo en mi comparecencia inicial, sino a lo largo de todo el proceso”. Su próxima audiencia tendrá lugar el 29 de agosto, una vez consumido el plazo de 30 días solicitado.
Alphons Orie, el juez,
LA DERECHA LATINOAMERICANA Y LAS FARC DE COLOMBIA: ESCENARIOS FUTUROS
Colombia
En el primer semestre de 2008 se ha producido un fuerte viraje político, que le permite a las derechas, locales y globales, y a las multinacionales, recuperar posiciones y retomar la ofensiva. El viraje no se circunscribe a Colombia, aunque tiene allí su epicentro mayor, sino que se extiende a países como Argentina, Bolivia y Perú, pero en lo esencial afecta a toda la región.
En Colombia, si alguna vez hubo algún equilibrio estratégico entre las FARC y las fuerzas armadas, en los últimos meses se ha quebrado a favor del Estado. La guerrilla perdió toda posibilidad de negociar un acuerdo humanitario en condiciones favorables, no puede mantener ofensivas militares ni políticas, sufre un agudo descrédito entre la población y ya no cuenta con aliados significativos en la región ni en el mundo. Aún así, lo más probable es que las FARC sigan adelante, con menguada capacidad de iniciativa y con la probable fragmentación entre sus mandos y frentes, como lo sugiere el desenlace de la liberación de los 15 secuestrados.
La estrategia delineada por el Comando Sur y el Pentágono, y plasmada en el Plan Colombia II, no contempla ni la derrota definitiva ni la negociación con la guerrilla. Eliminar a las FARC del escenario sería un pésimo negocio para la estrategia imperial de desestabilización y recolonización de la región andina, a la que Fidel Castro definió como “paz romana”. Ese proyecto no puede llevarse a cabo sin guerra, directa o indirecta, o sea sin la desestabilización permanente como forma de reconfiguración territorial y política de la estratégica región que incluye el arco que va de Venezuela a Bolivia y Paraguay, pasando por Colombia, Ecuador y Perú.
Por un lado, se trata de despejar la región andina para facilitar el negocio multinacional actual (minería a cielo abierto, hidrocarburos, biodiversidad, monocultivos para agrocombustibles) que supone tanto la apropiación de los bienes comunes como el desplazamiento de las poblaciones que aún sobreviven en esos espacios. No estamos ante un capitalismo, digamos, “normal”, el que fue capaz en su momento de establecer alianzas y pactos que dieron vida al Estado benefactor, en base a la triple alianza entre Estado, empresarios nacionales y sindicatos. Se trata de un modelo financiero-especulativo y de acumulación por desposesión, que sustituye las negoaciones por las guerras y la extracción de plusvalor por la apropiación de la naturaleza. O sea, un capitalismo de guerra para tiempos de decadencia imperial.
Este sistema asume la forma de capitalismo criminal o mafioso en países como Colombia, porque no sólo es funcional a la guerra y al robo, sino que ellas forman su núcleo central, su principal modo de acumulación. Eso explica la alianza estrecha entre empresas privadas de guerra, que cuentan en ese país con 2 a 3 mil mercenarios apodados ahora “contratistas”, con un Estado paramilitar como el que encabeza Alvaro Uribe, asentado en la alianza con paramilitares y narcotraficantes. En Colombia, a ese orden de cosas le han hecho frente tres fuerzas: la guerrilla, la izquierda del Polo Democrático y los movimientos sociales. La primera cree que puede vencer con las armas o negociar con ese nuevo poder. El Polo desestima el papel de Washington y de las multinacionales, como diseñadores y usufructuarios del Estado paramilitar mafioso, y sobreestima por lo tanto los márgenes democráticos. Los movimientos, por su parte, tienen grandes dificultades para superar la escala local y sectorial y no están en condiciones, por ahora, de erigirse en actores alternativos.
El Plan Colombia II fue el encargado de diseñar ese Estado militarista y en este momento busca afianzarlo. Ahora que las FARC no representan riesgo mayor para ese proyecto, aparece con claridad el objetivo de largo plazo trazado. Lejos de abrir espacios para la negociación, como desea la izquierda, el mensaje de los últimos meses indica un solo camino: ni la paz ni la rendición les garantiza la vida a los guerrilleros. O combaten y resisten o les espera el exterminio, como sucedió a fines de la década de 1980. Se trata de golpear sus núcleos territoriales para desplazarlos hacia las zonas fronterizas con Venezuela y Ecuador, donde el Plan Colombia II aspira a convertirlos en instrumento de la desestabilización regional.
Por eso Venezuela y Hugo Chávez adoptaron la estrategia de reducir la tensión con el gobierno de Uribe. No se trata de una cuestión ideológica, como pretenden algunos analistas. Ese debate vale para las mesas de café o los despachos académicos, pero tiene escasa utilidad cuando se trata de la sobrevivencia de proyectos de cambio social. Si se consolida el proyecto imperial, toda la región sufrirá con la polarización, de ahí la urgencia por desmontar los conflictos, tanto en Colombia como en Argentina y Bolivia.
Un eventual triunfo de Barack Obama tampoco modificará las cosas. Puede atemperar los rasgos más autoritarios del uribismo, lo que explica el nerviosismo del gobierno de Bogotá y su solícita alianza con el candidato republicano. Lo cierto es que los planes del Comando Sur no dependen del inquilino de la Casa Blanca, y que estos apuntan a promover una acción integral en la región que la convierta en una zona estable y un baluarte inexpugnable para mantener la hegemonía estadounidense a escala global. En suma, las elites imperiales aspiran usar la fuerza de las armas para revertir su decadencia, que pasa por la recolonización de América Latina. En un período como el actual, sólo la movilización popular y las vías políticas pueden contribuir a debilitar la ofensiva que viene del Norte.
COLOMBIA: EL LADO OCULTO Y SUBJETIVO DEL SECUESTRO
El amor murió en la selva
El drama del secuestro se añade muchas veces el final de la relación de pareja de las víctimas – El trauma cambia los roles – La soledad y los chismes agrandan la brecha
“Se llevaron a un hombre y me devolvieron otro”, afirmó, con un deje de dolor, Lucy de Géchen, el día que anunció el divorcio de su esposo Jorge Eduardo. Habían pasado apenas cuatro meses desde que él, con 20 kilos menos, encanecido y con aspecto de tener muchos años más de los que realmente tenía, había recuperado la libertad después de seis años de permanecer secuestrado por la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). “Se enamoró de otra”, agregó sentida Lucy, como si recordara el largo tiempo que esperó a su hombre.
No es un caso aislado. Los secuestros, todos ellos, causan un efecto emocional enorme. Tan grande, que los sentimientos cambian. Y se transforman en el que está allá, aislado, humillado y en el que se queda soñando en el abrazo de bienvenida. El 48% de las parejas acepta que la dolorosa experiencia ha golpeado sus relaciones, aseguran en País Libre, fundación que trata de descifrar las más profundas huellas que deja el secuestro que en Colombia prolifera con las FARC, el narcotráfico y la delincuencia común. Lo dijo Jorge Eduardo Géchen en comunicado público: “Nuestra separación es una de las secuelas que nos han dejado esos seis años de profundo sufrimiento”.
En Colombia, para nadie pasó inadvertida la frialdad, la indiferencia con que Ingrid Betancourt saludó a Juan Carlos Lecompte, su segundo esposo, al llegar a Bogotá tras su rescate el pasado 2 de julio. Ella viajó un día después a París; él se quedó en Bogotá. Para frenar los rumores y las conjeturas, Lecompte dio la cara. En una entrevista con el diario El Tiempo abrió su alma. “Esperaba un abrazo fuerte”, dijo. “El amor por mí pudo habérsele acabado en la selva”. Y aseguró que los chismes sobre las supuestas relaciones que él tuvo, pudieron llevar a este frío encuentro.
La directora de País Libre, Olga Lucía Gómez, explica gráficamente lo que ocurre. “Es una película de vídeo; alguien da al pause, la detiene y se mete en otro mundo. En el momento de regresar desea que al pulsar de nuevo el pause siga rodando la misma película; pero resulta que ya no es la misma”. Igual proceso viven las familias. “Volver a combinar ese cúmulo de vivencias y sentimientos, ponerlos en una sola vía, es un tema muy complejo”, asegura esta psicóloga.
Los chismes sobre lo que ocurre aquí y allá, figuran en la lista de los factores que inciden para que el anhelado reencuentro no funcione. Hay más. En las interminables horas de soledad hay tiempo para revisar, para evaluar cada expresión de la relación. A veces esa reevaluación no coincide. Y está el cambio de roles. El hombre vuelve y encuentra a su mujer -antes tímida, dependiente-, convertida en hábil negociante, desenvuelta en escenarios públicos pues asumió, en su ausencia, la bandera contra el secuestro, el manejo del dinero…
El choque se produce también con los hijos. El de uno de los que aún permanece en la selva confesó hace poco: “No sé si voy a aceptar que mi papá me regañe cuando regrese”. Se lo llevaron cuando él era un colegial de nueve años. Hoy es un aventajado universitario. Pero para otros el impacto resulta aún mayor: regresan y un niño al que jamás han visto, se les cuelga al cuello y los llama papá. Sus mujeres estaban embarazadas cuando a ellos les partieron en dos la vida.
Clara Rojas, secuestrada con Ingrid Betancourt a comienzos de 2002, asegura que retomar el hilo de la “novela en pausa”, es más fácil para el secuestrado. “Las familias cambian pero están en el mismo ambiente. Sin embargo, uno tuvo una vivencia totalmente diferente, difícil de explicar y lograr que, con la óptica de aquí, se entienda”.
Su experiencia fue especialmente dramática. A los dos años de estar allá supo que estaba embarazada de un guerrillero. Siempre había querido ser madre. En ese momento tenía 40 años y pensé: ‘¿Qué tal que después no se me presente la oportunidad?’. Por eso no me planteé como opción abortar; decidí pelear por mi hijo”, cuenta mientras acaricia la pulsera llena de figuras de vírgenes, que le regaló hace poco uno de sus hermanos. Y fue una decisión difícil de explicar a quienes compartían con ella una cárcel alambrada en medio de la selva. “Sobre todo los hombres estaban inquietos, muy preocupados. Yo les dije: ‘Como ninguno de ustedes es el papá, tranquilos, no es problema de ustedes’. Y tomé el control de mi situación”.
Hoy Clara, como dice ella misma, “se está reinventando”. Se dedica a escribir un libro sobre su dura experiencia. El resto del tiempo lo dedica a consentir al amor que nació allá. Emmanuel de cuatro años, ojos grandes, negros y un flequillo lacio sobre su frente. “Uno cambia, se vuelve más práctico, menos apasionado. Me pregunto, entre otras cosas, si tendré la capacidad de volverme a enamorar…”. Lo dice como si pesara cada palabra, en medio de una tímida sonrisa. Trata de hablar lo mínimo. Cree que es la manera de “cicatrizar heridas”.
“En el secuestro se tiene que construir otra vida. Tiene que tener algún sentido, algún significado lo que se hace allá”, afirma, enfática, Olga Lucía Gómez. Mientras fuma, cuenta que muchos encapsulan los sentimientos, los bloquean -”si piensan mucho en su familia se debilitan”-, y concentran toda su energía en sobrevivir, en enfrentar el presente. “En las experiencias límite si no canalizan los sentimientos de amor hacia algo o alguien hay menos posibilidad de vivir…”.
Y ese amor se canaliza, a veces, hacia un compañero de pesadilla. Una ex secuestrada confesó a este periódico que tuvo opciones de enredarse con rehenes como ella, pero las desechó. “Todos eran hombres casados y una no sabía si realmente harían esfuerzos por cambiar su vida cuando regresaran”. Ella no quería sumar otro dolor a su calvario. Hoy se alegra. Algunos de sus compañeros “no visualizaron la encrucijada que les esperaba al recobrar la libertad y hoy sufren ante un nuevo dilema”.
Esos amores que nacen en medio del secuestro, casi nunca sobreviven. Perduran fuertes lazos de lealtad, se desdibuja el enamoramiento. Dary Lucía Nieto, psicóloga de País Libre, habla de otras relaciones que se dan en el marco de la supervivencia, que son difíciles de curar. Las de afecto, de agradecimiento, por los captores que tuvieron mínimos gestos de humanidad. Una mujer, cuenta, lloraba y extrañaba al guerrillero que, en medio de las marchas eternas por la selva, se la echaba al hombro cuando ella tenía los pies llenos de ampollas.
El tiempo de separación impuesto por el secuestro a las parejas se convierte en una suerte de interinidad afectiva, injusta de lado y lado. Las esposas de los 11 diputados asesinados por las FARC tras seis años de cautiverio, varias jóvenes y hermosas, pintaban así su condición durante ese largo tiempo de espera: “No somos ni viudas, ni separadas, ni casadas…”. Muchos ojos están pendientes de los movimientos de quien se queda. Las censuras llueven con el más inocente gesto de coquetería con el sexo opuesto. Hay suegras que se convierten en vigilantes de la fidelidad de sus yernos y nueras; piensan que siguen su vida demasiado a su aire.
Pero también hay secuestrados que no tienen opción de intentar el reencuentro. Uno de los 11 soldados que regresó a la vida junto con Ingrid Betancourt, encontró que su mujer ya tenía hogar con otro… Y le ocurrió también al hoy ex canciller Fernando Araujo, al que se llevaron cuando estaba estrenando segundo matrimonio con una mujer bastante menor. Al poco tiempo empezó a extrañar los mensajes radiales de ella -en Colombia hay programas dedicados a enviar mensajes a secuestrados- , preguntó a sus captores buscando respuestas al silencio. Pero sólo cuando regresó seis años después confirmó lo que se había negado a aceptar: ella era feliz al lado de su nuevo esposo y su pequeño hijo. Hoy el ex canciller también reencontró el amor. Como dice Olga Lucía Gómez, el secuestro, que se vive y se asimila luego, de diferente manera, a veces se puede olvidar, pero siempre deja huellas.
El País.com





